Raymond Carver
(1939-1988)

Distancia
[Todo pegado a la ropa]

(“Distance”)
(También: “Everything Stuck to Him”)
Originalmente publicado, como “Distance”, en Chariton Review (Fall 1975)
Furious Seasons and Other Stories (1977);
Fires (1983);
What We Talk About When We Talk About Love (1981);
como “Distance”, en Where I'm Calling From (1988);
versión manuscrita en Beginners (2009) y Collected Stories (2009)



      Pasa en Milán las Navidades y quiere saber cómo era todo cuando era una chiquilla.
       Dime, dice. Cuéntame cómo era todo cuando era pequeña. Bebe Strega a pequeños sorbos, espera, lo mira atentamente.
       Es una chica tranquila, delgada, atractiva, una superviviente de pies a cabeza.
       Eso fue hace mucho tiempo. Fue hace veinte años, dice él.
       Pero puedes recordarlo, le anima ella. Continúa.
       ¿Qué es lo que quieres saber?, pregunta él. ¿Qué más puedo contarte? Podría explicarte algo que sucedió cuando eras recién nacida. Es algo que te concierne. Pero sólo incidentalmente.
       Cuéntame, insiste ella. Pero antes pon otras copas para que no tengas que pararte en la mitad.
       El vuelve de la cocina con las bebidas, se acomoda en la silla y empieza.

       Ellos también eran sólo unos chiquillos, pero estaban locamente enamorados. Él tenía dieciocho años y ella diecisiete cuando se casaron. Y poco después tuvieron una hija.
       La niña nació a finales de noviembre, durante una racha de frío que coincidió con la temporada alta de las aves acuáticas. El chico era un apasionado de la caza, ya ves. Y esto tiene su importancia.
       El chico y la chica, marido y mujer, padre y madre, vivían en un pequeño apartamento, debajo del consultorio de un dentista. Por la noche, y a cambio de la renta y los servicios del apartamento, limpiaban el consultorio del dentista. En verano debían cuidar del césped y las flores. En invierno el chico quitaba la nieve y echaba sal en los senderos. ¿Me sigues? ¿Te haces una idea del cuadro que te describo?
       Me hago una idea.
       Estupendo, prosigue él. Bien, pues un día, el dentista descubre que están usando su papel con membrete para su correspondencia personal. Pero ésa es otra historia.
       Se levanta de la silla y se pone a mirar por la ventana. Ve los tejados y la nieve que cae sobre ellos con monotonía. Cuenta la historia, le pide ella.
       Los dos chiquillos estaban enamorados de verdad. Y además de eso tenían grandes ambiciones. Siempre estaban hablando de las cosas que iban a hacer y de los sitios que visitarían.
       Ahora el chico y la chica dormían en el dormitorio, y el bebé en el cuarto de estar. Digamos que el bebé tenía unos tres meses y que acababa de empezar a dormir toda la noche de un tirón.
       Un sábado por la noche, después de limpiar el consultorio, el chico llamó desde allí a un viejo amigo de caza de su padre.
       Carl, le anunció cuando el hombre descolgó el auricular, lo creas o no, soy padre.
       Enhorabuena, contestó Carl. ¿Cómo está tu esposa?
       Muy bien, Carl. Todos estamos bien.
       Fantástico, exclamó Carl. Me alegra oírlo. Pero si Hamas para ir de caza, tengo algo que decirte. Los gansos pasan a millones. No he visto tantos en mi vida. Ayer cacé cinco. Vuelvo mañana por la mañana, así que, si quieres, ven conmigo.
       Claro que quiero, afirmó el chico.
       El chico colgó el teléfono y bajó a contárselo a la chica. La chica vio cómo preparaba sus cosas: cazadora, morral, botas, calcetines, gorro, ropa interior larga, repetidora.
       ¿A qué hora volverás?, quiso saber la chica.
       Hacia el mediodía, probablemente, respondió el chico. Pero puede que no llegue hasta las seis. ¿Es demasiado tarde?
       Está bien, aprobó ella. El bebé y yo nos arreglaremos perfectamente. Ve y diviértete. Cuando vuelvas, nos vestimos y vamos a ver a Sally.
       El chico dijo: me parece una buena idea.
       Sally era la hermana de la chica. Era deslumbrante. No sé si has visto fotos de ella. El chico estaba un poco enamorado de Sally, lo mismo que estaba un poco enamorado de Betsy, que era otra hermana de la chica. El chico solía decirle a la chica que, si no estuvieran casados, le haría la corte a Sally.
       ¿Y qué me dices de Betsy?, solía preguntar la chica. Odio admitirlo, pero pienso que es más guapa que Sally y que yo. ¿Qué me dices de Betsy?
       A Betsy también, solía responder el chico.

       Después de cenar, el chico subió la intensidad de la estufa y ayudó a la chica a bañar a la niña. Volvió a maravillarse ante aquella criatura que tenía sus rasgos y los rasgos de ella al cincuenta por ciento. Le puso polvos a aquel cuerpo minúsculo. Le puso polvos entre los dedos de las manos y de los pies.
       Vació el agua del baño y subió arriba a mirar el cielo. Estaba encapotado, y hacía frío. El césped, lo que quedaba de él, parecía lona, tenía un aspecto rígido y gris bajo la luz de la calle.
       La nieve se amontonaba a la orilla del sendero. Pasó un coche. Oyó un sonido de arena bajo sus ruedas. Se puso a imaginar cómo sería el día siguiente, los gansos batiendo el aire sobre su cabeza, la culata hundiéndose en su hombro.
       Cerró la puerta con llave y bajó al apartamento.
       En la cama intentaron leer. Pero los dos se quedaron dormidos, ella primero; la revista se le deslizó de las manos y quedó encima de la colcha.
       Fue el llanto de la niña lo que le despertó.
       La luz estaba encendida y la chica, de pie junto a la cuna, mecía a la niña en los brazos. Luego la chica dejó al bebé, apagó la luz y volvió a meterse en la cama.
       El chico oyó llorar a la niña. Esta vez la chica no se movió. La niña lloró a intervalos y acabó callándose. El escuchó, luego dormitó. Pero el llanto del bebé volvió a despertarle. La luz de la salita estaba encendida. Se incorporó y encendió la lámpara.
       No sé lo que le pasa, comentó la chica paseándose con el bebé en brazos. La he cambiado y dado de comer, pero sigue llorando. Estoy tan cansada que tengo miedo de que se me caiga.
       Vuelve a la cama, dijo el chico. La tendré yo un rato.
       Se levantó y cogió a la niña. La chica volvió a acostarse.
       Acúnala unos minutos, le aconsejó la chica desde el dormitorio. Puede que se duerma.
       El chico se sentó en el sofá con la niña en brazos. La meció sobre las piernas hasta que consiguió que cerrara los ojos, y al poco fueron cerrándose los suyos. Se levantó con cuidado y puso a la niña en la cuna.
       Eran las cuatro menos cuarto: le quedaban cuarenta y cinco minutos. Se metió en la cama y se durmió. Pero transcurridos unos minutos la niña volvió a llorar, y esta vez se levantaron los dos.
       El chico hizo algo terrible: soltó una maldición.
       Por el amor de Dios ¿qué te pasa?, protestó la muchacha. Quizá esté enferma o algo así. Quizá no debíamos haberla bañado.
       El chico cogió a la niña. La niña pataleó y sonrió.
       Mira, dijo. No creo que le pase nada, sinceramente.
       ¿Cómo lo sabes?, preguntó ella. Trae, déjame tenerla. Sé que tendría que darle algo, pero no sé qué.
       La chica volvió a dejar a la niña en la cuna. Ambos se quedaron mirándola, y la niña empezó a llorar.
       La chica la cogió. Niñita, niñita, sollozó con lágrimas en los ojos.
       Puede que le pase algo en el estómago, aventuró el chico.
       Ella no respondió. Siguió acunando a la niña sin hacerle al chico ningún caso.

       El chico esperaba. Fue a la cocina y puso a hervir agua para el café. Se puso la prenda interior de lana encima del calzoncillo y la camiseta, la abotonó y empezó a ponerse la ropa.
       ¿Qué estás haciendo?, se extrañó la chica.
       Me voy a cazar, contestó el chico.
       No creo que debas, dijo ella. No quiero quedarme sola con ella en este estado.
       Carl cuenta conmigo, recordó él. Lo habíamos planeado.
       No me importan los planes de Carl y tuyos, le soltó ella. Y tampoco me importa Carl. Ni siquiera le conozco.
       Conociste a Carl. Lo conoces, la contradijo el chico. ¿Qué quieres decir con que no lo conoces?
       Esa no es la cuestión y tú lo sabes, respondió.
       ¿Y cuál es la cuestión?, preguntó el chico. La cuestión es que lo planeamos.
       La chica planteó: soy tu mujer. Esta es tu hija. Está enferma, o algo le pasa. Mírala. ¿Por qué llora, si no?
       Ya sé que eres mi mujer, reconoció el muchacho.
       La chica se echó a llorar. Volvió a dejar a la niña en la cuna. Pero la niña lloró nuevamente. La chica se secó las lágrimas en la manga del camisón y la cogió en bra-zos.

       El chico se ató los cordones de las botas. Se puso la camisa, el suéter, la cazadora. Oyó el pitido del hervidor de agua en la cocina.
       Vas a tener que escoger. Carl o nosotras. Lo digo en serio.
       ¿Qué quieres decir?
       Ya lo has oído, insistió la chica. Si quieres una familia, tendrás que elegir.
       Se miraron fijamente. Al cabo el chico cogió su equipo de caza y salió del apartamento. Arrancó el coche. Dio la vuelta al coche y quitó a conciencia la nieve de las ventanillas.
       Apagó el motor y se quedó un rato en el asiento. Luego se bajó y volvió a casa.
       La luz del cuarto de estar permanecía encendida. La chica estaba dormida en la cama. La niña dormía a su lado.
       Él se quitó las botas. Luego se quitó lo demás. En calcetines y ropa interior de cuerpo entero, se sentó en el sofá y se puso a leer el periódico del domingo.
       Ella y la niña seguían durmiendo. Al rato el muchacho fue a la cocina y empezó a freír bacon.
       La chica se acercó en bata y rodeó al chico con los brazos.
       Eh, exclamó el chico.
       Lo siento, se disculpó la chica. No importa, la tranquilizó el chico. No quería ser tan desagradable. Ha sido culpa mía.
       Tú quédate sentado, propuso ella. ¿Qué te parece una tortita con bacon?
       Fantástico, aprobó el chico.
       La chica sacó el bacon de la sartén e hizo la masa para el pastel. Él se sentó a la mesa y miró cómo la chica se movía por la cocina.
       La chica le puso un plato con bacon y una tortita. El chico la untó con mantequilla y echó jarabe. Pero cuando empezaba a cortar se le volcó el plato encima de los muslos.
       Es increíble, exclamó saltando de la mesa. Si te vieras, bromeó la chica.
       El chico se miró, miró todo aquello pegado a su ropa interior de cuerpo entero.
       Estaba muerto de hambre, dijo moviendo la cabeza.
       Estabas muerto de hambre, repitió ella riendo.
       El chico se quitó la prenda de lana y la tiró a la puerta del baño. Y abrió los brazos, y la chica se llegó hasta ellos.
       No vamos a pelearnos más, prometió ella. El chico dijo: no.

       Se levanta de la silla y vuelve a llenar los vasos. Ya está, anuncia. Fin de la historia. Admito que no es una gran historia.
       Me ha interesado, comenta ella.
       Él se encoge de hombros y va hasta la ventana con su vaso. Ha oscurecido, pero sigue nevando.
       Las cosas cambian, dice. No sé cómo. Pero cambian sin que uno se dé cuenta o lo desee.
       Sí, es cierto, sólo que..., empieza ella. Pero no termina lo que había empezado.
       Y deja el tema. El ve reflejado en el cristal cómo ella se estudia las uñas. Luego ella levanta la cabeza. Pregunta con viveza si le va a enseñar la ciudad, de todas formas.
       El asiente: ponte las botas y vámonos.
       Pero se queda en la ventana, recordando. Habían reído. Se habían apoyado el uno en el otro y habían reído hasta que se les saltaron las lágrimas, mientras todo lo demás —el frío y el lugar adonde él iba a ir— quedaba fuera. Al menos durante cierto tiempo.


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