Raymond Carver
(1939-1988)

Vitaminas
(“Vitamins”)
Originalmente publicado en Granta (marzo 1981);
Cathedral (1983);
Collected Stories (2009)



      Yo tenía empleo y Patti no. Trabajaba unas horas de noche en el hospital. No hacía nada. Trabajaba un poco, firmaba la tarjeta por ocho horas y me iba a beber con las enfermeras. Al cabo de un tiempo, Patti quiso trabajar. Decía que necesitaba un empleo por dignidad personal. Así que empezó a vender vitaminas de puerta en puerta.
       Durante una temporada, no fue más que una de esas chicas que patea las calles de barrios desconocidos, llamando a las puertas. Pero aprendió los trucos del oficio. Era despierta, y siempre había destacado en el colegio. Tenía personalidad. Muy pronto la compañía la ascendió. Algunas chicas menos despabiladas fueron puestas a sus órdenes. En poco tiempo dirigía un equipo propio desde un pequeño despacho en la zona comercial. Pero las chicas que trabajaban para ella siempre estaban cambiando.
       Algunas se despedían al cabo de un par de días y, a veces, al cabo de unas horas. Pero de cuando en cuando había chicas capaces. Sabían vender vitaminas. Esas eran las que se quedaban con Patti. Las que constituían el núcleo del equipo. Pero las había que no lograban vender nada.
       Las que no se las arreglaban bien simplemente se marchaban. No volvían al trabajo. Si tenían teléfono, lo dejaban descolgado. No salían a abrir la puerta. Patti se tomaba muy a pecho aquellas deserciones, como si las chicas fuesen nuevos conversos que hubiesen perdido la fe. Se culpaba a sí misma. Pero lo superaba. Eran demasiadas para no sobreponerse.
       De cuando en cuando, alguna chica se quedaba paralizada delante de una puerta, incapaz de llamar. O a lo mejor llamaba, pero no le salía la voz. O con las fórmulas de cortesía mezclaba algo que no debería decir hasta después de haber entrado. En esos casos, la chica recogía los bártulos, cogía el coche y daba una vuelta hasta que Patti y las demás terminaban. Celebraban una conferencia. Volvían juntas al despacho. Se decían cosas para animarse. «Cuando las cosas se ponen duras, las personas duras continúan». O: «Haz las cosas como es debido, y saldrán como es debido». Cosas así.
       A veces una chica tomaba las de Villadiego, con el maletín de muestras y todo.
       Iba a la ciudad a dedo y desaparecía. Pero siempre había chicas para ocupar su puesto. En aquella época, las chicas entraban y salían. Patti tenía una lista. Cada pocas semanas incluía un anuncio en el Pennysaver. Llegaban otras chicas y se daban más cursillos de formación. Había un sinfín de chicas.
       El núcleo del equipo lo formaban Patti, Donna y Sheila. Patti era un bombón.
       Donna y Sheila sólo estaban pasables. Una noche, la tal Sheila le dijo a Patti que la quería más que a nada en el mundo. Patti me aseguró que ésas fueron las palabras que empleó. Patti había llevado a Sheila a su casa y estaban frente a la puerta. Patti le contestó que ella también la quería. Que quería a todas sus chicas. Pero no del modo que pensaba Sheila. Entonces Sheila le tocó el pecho a Patti. Patti me dijo que cogió la mano de Sheila entre las suyas y le advirtió que esas cosas no le iban. Dijo que Sheila ni rechistó, que sólo asintió con la cabeza, apretó la mano de Patti, la besó y salió del coche.
       Eso era por Navidad. La venta de vitaminas iba bastante mal por entonces, así que pensamos dar una fiesta para animar a todo el mundo. De momento, parecía una buena idea. Sheila fue la primera en emborracharse y perder el sentido. Se desvaneció estando de pie, se derrumbó y durmió durante horas. Estaba de pie en medio del cuarto de estar, y en un segundo se le cerraron los ojos, se le doblaron las piernas y cayó al suelo con el vaso en la mano. Al caer, la mano con que sujetaba la copa chocó con la mesita. Aparte de eso, no hizo ruido alguno. La copa se vertió sobre la alfombra. Patti, otra chica y yo la llevamos como un fardo al porche de atrás, la depositamos sobre un catre e hicimos lo que pudimos para olvidarnos de ella.
       Todo el mundo se emborrachó y volvió a su casa. Patti se fue a la cama. Yo tenía ganas de seguir, así que me senté a la mesa con una copa hasta que amaneció. Luego Sheila entró del porche y empezó a armarla. Dijo que tenía tal dolor de cabeza que le daban ganas de darse contra las paredes. Que tenía una jaqueca tan fuerte que tenía miedo de quedarse bizca para siempre. Y estaba convencida de que se le había roto el dedo meñique. Me lo enseñó. Estaba morado. Se quejó de que la hubiéramos dejado dormir toda la noche con las lentillas puestas. Quiso saber si a alguien le importaba un pimiento. Se acercó el dedo a la cara y lo miró. Meneó la cabeza. Retiró el dedo tanto como pudo y lo observó. Era como si no pudiese creer las cosas que le habían ocurrido aquella noche. Tenía la cara hinchada y los cabellos desgreñados. Se echó agua fría en el dedo.
       —¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! —dijo, llorando sobre la pila.
       Pero había hecho proposiciones serias a Patti, una declaración de amor, y yo no le tenía la menor lástima.
       Yo estaba bebiendo whisky con leche y un cubito de hielo. Sheila estaba apoyada en el escurridero de los platos. Me miraba con los ojos empequeñecidos. Bebí un trago. No dije nada. Volvió a explicarme lo mal que se sentía. Dijo que necesitaba que la viera un médico. Que iba a despertar a Patti. Que iba a dejar el trabajo, a salir del Estado, para marcharse a Portland. Que primero tenía que despedirse de Patti.
       Insistió. Quería que Patti la llevase al hospital para que le vieran el dedo y los ojos.
       —Yo te llevaré —dije.
       No me apetecía, pero estaba dispuesto a hacerlo.
       —Quiero que me lleve Patti —repuso Sheila.
       Con la mano buena se sujetaba la muñeca del dedo malo, que estaba tan hinchado como una linterna de bolsillo.
       —Además, tenemos que hablar. He de decirle que me voy a Portland. Tengo que despedirme de ella.
       —Me parece que tendré que decírselo yo de tu parte —dije—. Está durmiendo.
       Sheila se puso de mal genio.
       —Somos amigas —afirmó—. He de hablar con ella. Tengo que decírselo yo.
       Meneé la cabeza.
       —Está dormida. Acabo de decírtelo.
       —Somos amigas y nos queremos —insistió Sheila—. Tengo que despedirme de ella.
       Sheila hizo ademán de salir de la cocina.
       Empecé a levantarme.
       —He dicho que te llevo yo.
       —¡Estás borracho! Ni siquiera te has acostado todavía. —Se volvió a mirar el dedo y añadió—: ¡Maldita sea! ¿Por qué ha tenido que pasar esto?
       —No estoy demasiado borracho para llevarte al hospital.
       —¡Yo no voy en coche contigo! —gritó Sheila.
       —Como quieras. Pero no vas a despertar a Patti, tortillera de mierda.
       —¡Hijoputa!
       Eso es lo que dijo, y luego se fue de la cocina y salió por la puerta principal sin utilizar el cuarto de baño ni lavarse siquiera la cara. Me levanté y miré por la ventana.
       Iba andando por la acera hacia Euclid. Aún no se había levantado nadie. Era demasiado pronto.
       Terminé la copa y pensé en ponerme otra.
       Me la puse.
       Después de aquello, nadie volvió a ver a Sheila. En todo caso, ninguno de nosotros, la gente relacionada con las vitaminas. Echó a andar por Euclid Avenue y desapareció de nuestras vidas.
       Más tarde, Patti preguntó:
       —¿Qué le ha pasado a Sheila?
       —Se ha marchado a Portland.
       A mí me gustaba Donna, la otra componente del núcleo. La noche de la fiesta bailamos con unos discos de Duke Ellington. La apreté bastante, le olí el pelo, y le puse la mano un poco más abajo de la cintura mientras evolucionábamos por la alfombra. Era formidable bailar con ella. Yo era el único tío de la reunión, y había siete chicas, seis de ellas bailando entre sí. Era estupendo echar un vistazo al cuarto de estar.
       Yo estaba en la cocina cuando Donna apareció con el vaso vacío. Estuvimos solos un rato. La abracé un poco. Respondió. Nos quedamos abrazados.
       —No, ahora no —dijo al cabo.
       Cuando oí el «ahora no», la solté. Pensé que era algo tan seguro como el dinero en el banco.
       Estaba pensando en ese abrazo cuando Sheila entró con su dedo.
       Seguí pensando en Donna. Acabé la copa. Descolgué el teléfono y fui a la habitación. Me desnudé y me acosté junto a Patti. Me quedé quieto unos momentos para descansar. Luego me puse manos a la obra. Pero no se despertó. Después cerré los ojos.
       Cuando volví a abrirlos era ya por la tarde. Estaba solo en la cama. La lluvia golpeaba contra la ventana. En la almohada de Patti había una rosquilla, y un vaso de agua del día anterior en la mesilla de noche. Aún estaba borracho y no me acordaba de nada. Sabía que era domingo y que la Navidad estaba cerca. Me comí la rosquilla y me bebí el agua. Volví a dormirme hasta que oí a Patti con la aspiradora. Entró en la habitación y preguntó por Sheila. Entonces fue cuando le dije que se había ido a Portland.
       Alrededor de una semana después de Año Nuevo, Patti y yo estábamos tomando una copa. Acababa de llegar del trabajo. No era muy tarde, pero llovía y estaba oscuro. Me quedaban dos horas para entrar a trabajar. Pero antes íbamos a tomar un whisky y a charlar un poco. Patti estaba cansada. Tenía la moral por los suelos y ya iba por la tercera copa. Nadie compraba vitaminas. Las únicas chicas que tenía eran Donna y Pam, una casi novata que era cleptómana. Hablamos de cosas como el mal tiempo y de cuántas multas de aparcamiento se podían recibir sin pagar. Entonces empezamos a hablar de que nos iría mucho mejor si nos trasladáramos a Arizona o a un sitio parecido.
       Preparé otra copa. Miré por la ventana. Arizona no era mala idea.
       —Vitaminas —dijo Patti.
       Cogió el vaso y removió el hielo.
       —¡Vaya mierda! Mira, de niña ésta era la última cosa que podía imaginar que haría. ¡Por dios! Jamás hubiera pensado que terminaría vendiendo vitaminas.
       Vitaminas de puerta en puerta. Esa sí que es buena. De verdad que no me cabe en la cabeza.
       —Tampoco yo lo había pensado nunca, cariño —dije.
       —Exacto. Tú lo has dicho en pocas palabras.
       —Cariño…
       —No hay cariño que valga. La vida es dura, hermano. La mires por donde la mires, no es fácil.
       Pareció meditar un poco. Meneó la cabeza. Luego terminó la copa.
       —Hasta dormida sueño con las vitaminas. Ni un momento de reposo. ¡Ni uno! Al menos tú puedes salir del trabajo y olvidarte. Apuesto a que nunca has soñado con él.
       Seguro que no sueñas con dar cera al piso o lo que sea que hagas allí. Después de largarte de ese puñetero sitio, no sueñas con él, ¿verdad? —gritó.
       —Yo no me acuerdo de mis sueños. A lo mejor ni sueño. Cuando me despierto no recuerdo nada.
       Me encogí de hombros. No me interesaba lo que se me pasaba por la cabeza cuando dormía. No me importaba.
       —¡Tú sueñas! —exclamó Patti—. Aunque no te acuerdes. Todo el mundo sueña. Si no soñaras, te volverías loco. He leído cosas sobre eso. Es un escape. La gente sueña cuando duerme. Si no se vuelve majareta. Pero yo sueño con vitaminas. ¿Entiendes lo que te digo?
       Tenía la vista clavada en mí.
       —Sí y no —contesté.
       No era una pregunta sencilla.
       —Sueño con soltar el rollo para vender vitaminas. Vendo vitaminas día y noche. ¡Vaya vida!
       Terminó la copa.
       —¿Qué tal va Pam? ¿Sigue robando?
       Quería cambiar de tema. Pero no se me ocurrió otra cosa.
       —¡Mierda! —dijo Patti.
       Meneó la cabeza como si yo no supiera nada. Escuchamos la lluvia.
       —Nadie vende vitaminas —prosiguió Patti. Cogió el vaso, pero estaba vacío—. Nadie compra vitaminas. Eso es lo que te estoy diciendo. ¿No me has oído?
       Me levanté a poner otra copa.
       —¿Hace algo Donna? —pregunté.
       Leí la etiqueta de la botella y esperé.
       —Anteayer hizo un pequeño pedido. Eso es todo. Lo único que hemos hecho esta semana. No me sorprendería que se despidiera. No se lo reprocharía. Si yo estuviera en su lugar, me marcharía. Pero si se va, entonces, ¿qué? Volvería a empezar, eso es. Partiría de cero. En pleno invierno, gente enferma por todo el Estado, muriéndose, y nadie piensa que lo que necesita son vitaminas. Yo misma estoy muy enferma.
       —¿Qué te pasa, cariño?
       Puse los vasos sobre la mesa y me senté. Siguió hablando como si yo no hubiera dicho nada. A lo mejor no había dicho nada.
       —Soy mi único cliente. Estoy convencida de que todas esas vitaminas me sientan bien para la piel. ¿Qué te parece mi piel? ¿Se puede caer en una sobredosis de vitaminas? Ya casi no puedo ni cagar como la gente normal.
       —Cariño —la reconvine.
       —A ti te da igual que tome vitaminas. Ahí está la cosa. No te importa nada. El limpiaparabrisas se me ha roto esta tarde en plena lluvia. Casi tengo un accidente. No lo he tenido por un pelo.
       Seguimos charlando y bebiendo hasta la hora de ir a mi trabajo. Patti dijo que iba a remojarse en la bañera si es que no se dormía antes.
       —Me duermo de pie —aseguró—. Vitaminas. Eso es lo único que cuenta.
       Echó una mirada por la cocina. Miró su vaso vacío. Estaba borracha. Pero me permitió besarla. Luego me marché a trabajar.
       Había un sitio al que iba después del trabajo. Empecé a ir por la música y porque daban una copa después de la hora de cierre. Era un local llamado Off-Broadway. Era un bar de negros en un barrio negro. Lo llevaba un negro llamado Khakhi. Empieza a llegar la gente cuando en los demás bares dejan de servir. Piden la especialidad de la casa —cola Royal Crown con un chispazo de whisky—, o se llevan la botella debajo del abrigo, piden una cola y se lo mezclan ellos. Los músicos se ponen a improvisar y los bebedores que quieren seguir bebiendo vienen a beber y a escuchar música. A veces baila alguna pareja. Pero principalmente se sientan a beber y a escuchar música.
       De vez en cuando un negro le da un botellazo en la cabeza a otro negro. Se contaba una historia de que una vez siguieron a uno a los servicios y le cortaron el pescuezo mientras tenía las manos ocupadas meando. Pero yo nunca he visto ninguna trifulca. Nada que Khakhi no pudiese dominar. Khakhi era un negro corpulento con la cabeza calva que brillaba extrañamente bajo las luces fluorescentes. Llevaba camisas hawaianas que le colgaban por encima del pantalón. Creo que llevaba algo metido en el cinturón. Al menos una porra, quizá. Si alguien empezaba a salirse de madre, Khakhi se metía en el follón. Ponía su manaza sobre el hombro del tío, decía unas palabras y aquí paz y después gloria. Hacía meses que yo frecuentaba su bar. Me gustaba que me dijera cosas como: «¿Qué tal te va esta noche, amigo?». O: «Hace siglos que no te veo, amigo».
       El Off-Broadway es el sitio al que llevé a Donna cuando quedamos citados. Fue nuestra única cita.
       Salí del hospital justo después de media noche. El tiempo había aclarado y las estrellas brillaban. Aún me zumbaba la cabeza por los whiskys que había bebido con Patti. Pero pensaba pasarme por New Jimmy para tomar un trago camino de mi casa.
       El coche de Donna estaba aparcado junto al mío, Donna dentro. Recordé el abrazo que nos dimos en la cocina. «Ahora no», me había dicho.
       Bajó la ventanilla y sacudió la ceniza del cigarrillo.
       —No podía dormir —dijo—. Tengo un montón de cosas en la cabeza y no podía dormir.
       —Hola Donna —dije—. Me alegro de verte, Donna.
       —No sé lo que me pasa.
       —¿Quieres ir a algún sitio a tomar una copa?
       —Patti es amiga mía.
       —Y mía también —dije, añadiendo—: Vamos.
       —Sólo para que lo sepas.
       —Conozco un sitio. Un bar de negros —le dije—. Hay música. Podemos tomar una copa y escuchar música.
       —¿Quieres llevarme?
       —Ven conmigo.
       En seguida empezó con las vitaminas. Las vitaminas eran una ruina, las vitaminas iban de capa caída. Las vitaminas caían en picado.
       —Me duele hacerle esto a Patti —dijo Donna—. Es mi mejor amiga, y se esfuerza porque nos hagamos una situación. Pero tendré que despedirme. Esto que quede entre nosotros. ¡Júralo! Tengo que comer. He de pagar el alquiler. Necesito un abrigo y zapatos nuevos. Las vitaminas no dan para mucho. No creo que las vitaminas nos den ya para nada. No se lo he dicho a Patti. Como te he advertido, de momento sólo lo estoy pensando.
       Donna puso la mano al lado de mi pierna. Se la cogí y le apreté los dedos. Me devolvió el apretón. Luego retiró la mano y pulsó el encendedor. Cuando encendió el cigarrillo, volvió a poner la mano en el mismo sitio.
       —Lo peor de todo es que me duele dejar a Patti. ¿Entiendes lo que te digo? Formábamos un equipo. —Me pasó el cigarrillo—. Sé que es una marca diferente, pero pruébalo, anda.
       Entré en el aparcamiento del Off-Broadway. Había tres negros apoyados en un Chrysler con el parabrisas roto. Estaban de tertulia, pasándose una botella en una bolsa de papel. Nos echaron una mirada. Salí y di la vuelta para abrirle la puerta a Donna. Comprobé que dejaba las puertas bien cerradas, la cogí del brazo y nos dirigimos a la calle. Los negros se limitaron a mirarnos.
       —No estarás pensando en irte a Portland, ¿verdad? —le pregunté.
       Estábamos en la acera. Le pasé el brazo por la cintura.
       —No sé nada de Portland. No se me ha pasado por la cabeza.
       La parte delantera del Off-Broadway era como la de un bar cualquiera. Había unos cuantos negros sentados al mostrador y otros inclinados sobre sus platos en mesas cubiertas con un hule rojo. Cruzamos el bar y pasamos al gran salón de la parte de atrás. Había una barra larga, reservados junto a la pared y una plataforma al fondo donde se instalaban los músicos. Delante de la tarima se abría lo que podía pasar por una pista de baile. Los bares y los clubs nocturnos aún estaban abiertos, por lo que todavía no había mucha gente. Ayudé a Donna a quitarse el abrigo. Elegimos un reservado y pusimos los cigarrillos encima de la mesa. Hannah, la camarera negra, se acercó. Hannah y yo nos saludamos con la cabeza. Ella miró a Donna. Pedí la especialidad de la casa con Royal Crown para dos y decidí ver las cosas por su lado bueno.
       Nos trajeron las copas, pagué, tomamos un trago y luego empezamos a abrazarnos. Así seguimos durante un rato, magreándonos y besándonos. De cuando en cuando, Donna se detenía, se apartaba de mí y me cogía de las muñecas. Me miraba a los ojos. Luego cerraba los párpados despacio y nos besábamos de nuevo.
       En seguida empezó a llenarse el local. Dejamos de besarnos. Pero la seguí rodeando con el brazo. Ella dejó la mano encima de mi pierna. Un par de trompetistas negros y un batería blanco se pusieron a tocar algo. Pensé que Donna y yo tomaríamos otra copa escuchando música. Luego iríamos a su casa para terminar lo que habíamos empezado.
       Acababa de pedirle otras dos copas a Hannah cuando un negro llamado Benny se acercó con otro negro, alto y bien vestido. Tenía unos ojillos enrojecidos y llevaba un traje a rayas con chaleco. Además de camisa rosa, corbata, abrigo, sombrero de fieltro de ala ancha y todo el equipo.
       —Hola, chico —dijo Benny.
       Me tendió la mano para darme un apretón fraternal. Benny y yo habíamos hablado. Él sabía que me gustaba la música, y solía acercarse a charlar conmigo siempre que coincidíamos allí. Le gustaba hablar de Johnny Hodges, de cómo había tocado con él acompañándole al saxo. Decía cosas así: «Cuando Johnny y yo hicimos aquella sesión en Mason City…»
       —Hola, Benny —contesté.
       —Te presento a Nelson —dijo Benny—. Acaba de llegar de Vietnam. Esta mañana. Ha venido a escuchar un poco de buena música. Se ha puesto los zapatos de baile, por si acaso.
       Benny miró a Nelson y le señaló con la cabeza.
       —Este es Nelson —dijo.
       Miré los relucientes zapatos de Nelson, y luego me fijé en él. Parecía querer situarme, como si me conociera de algo. Me estudiaba. Luego me enseñó los dientes con una amplia sonrisa.
       —Os presento a Donna —dije—. Donna, éstos son Benny y Nelson. Nelson, Donna.
       —Hola, chica —dijo Nelson.
       —Hola, Nelson —contestó Donna en seguida—. Hola, Benny.
       —¿Podemos sentarnos con vosotros, muchachos? —preguntó Benny—. ¿Vale?
       —Pues claro —dije.
       Pero lamenté que no hubiesen encontrado otro sitio.
       —No vamos a quedarnos mucho tiempo —dije—. Sólo el suficiente para terminar las copas.
       —Lo sé, hombre, lo sé —dijo Benny.
       Se sentó frente a mí tras dejar que Nelson pasara primero al reservado.
       —Hay cosas que hacer y sitios adonde ir. Sí, señor; Benny entiende —dijo Benny, guiñándome un ojo.
       Nelson miró a Donna, sentada frente a él. Luego se quitó el sombrero. Le dio vueltas entre las manazas, como si buscara algo en el ala. Hizo sitio en la mesa para el sombrero. Miró a Donna. Sonrió y enarcó los hombros. Ese movimiento lo hacía cada pocos minutos, como si estuviera cansado de pasear la espalda por ahí.
       —¿Es un buen amigo tuyo? —le dijo Nelson a Donna.
       —Somos buenos amigos —repuso Donna.
       Hannah se acercó. Benny pidió dos Royal Crown. Hannah se marchó, y Nelson sacó del abrigo una pinta de whisky.
       —Buenos amigos —insistió Nelson—. Amigos de verdad.
       Nelson alzó la botella y bebió un trago. Volvió a enroscar el tapón, dejó la botella encima de la mesa y la tapó con el sombrero.
       —Amigos de verdad —repitió.
       Benny me miró haciendo un gesto con los ojos. Pero él también estaba borracho.
       —Tengo que ponerme en forma —me dijo.
       Bebió un poco de cola de los dos vasos, los puso debajo de la mesa y los rellenó con whisky. Se guardó la botella en el bolsillo del abrigo.
       —Fíjate, llevo un mes a palo seco. Ya es hora de ponerme a tono.
       Estábamos apiñados en el reservado con los vasos delante de nosotros y el sombrero de Nelson encima de la mesa.
       —Oye —me dijo Nelson—, tú estabas con otra, ¿no? Con una muy guapa. No estáis casados, lo sé. Pero ésta es buena amiga tuya. ¿No es así?
       Bebí un trago. El whisky no me supo a nada. No estaba para saborear nada.
       —¿Son ciertos todos esos cuentos que vemos en la tele sobre Vietnam? —pregunté.
       Nelson tenía sus ojos enrojecidos clavados en mí.
       —Lo que quiero decir es: ¿sabes dónde está tu mujer? —me espetó—. Seguro que anda por ahí con algún tío pellizcándole los pezones y sacándole la minga mientras tú estás aquí sentado como un señor con tu amiguita. Apuesto a que ella también tiene un buen amigo.
       —Nelson —le reconvino Benny.
       —Ni Nelson ni leches —dijo Nelson.
       —Dejemos en paz a esta gente, Nelson —sugirió Benny—. En ese otro reservado hay alguien de quien te he hablado. Nelson acaba de bajar del avión esta mañana.
       —Apuesto a que sé lo que estás pensando —dijo Nelson—. Seguro que piensas: «Tengo delante un negro grande completamente borracho, y ¿qué voy a hacer con él? A lo mejor le tengo que dar una buena paliza». ¿Es eso lo que piensas?
       Eché una mirada por la sala. Vi a Khakhi junto a la tarima, los músicos trabajaban detrás de él. En la pista había varias parejas. Tuve la impresión de que Khakhi le miraba; pero si lo hacía, desvió la vista.
       —¿No te toca hablar a ti? —dijo Nelson—. Te estoy buscando las cosquillas. No he provocado a nadie desde que salí de Vietnam. A los norvietnamitas los he pinchado un poco.
       Volvió a sonreír frunciendo los gruesos labios. Luego dejó de sonreír y se quedó mirándome.
       —Enséñales la oreja —dijo Benny, dejando su vaso sobre la mesa—. Nelson le cortó la oreja a uno de esos enanos. La lleva siempre consigo. Enséñasela, Nelson.
       Nelson no se movió. Luego empezó a tantearse los bolsillos del abrigo. Sacó unas cosas, llaves y una caja de pastillas para la tos.
       —Yo no quiero ver ninguna oreja —dijo Donna—. ¡Uf! ¡Qué asco! ¡Por Dios!
       Me miró.
       —Tenemos que irnos —dije.
       Nelson seguía buscando en los bolsillos. Sacó una cartera del bolsillo interior de la chaqueta y la puso sobre la mesa. Le dio unas palmaditas.
       —Ahí tengo cinco de los grandes. Escucha —le dijo a Donna—. Te voy a dar dos. ¿Entiendes? Te doy dos de los grandes y me haces una mamada. Igual que la mujer de éste le estará haciendo a otro tío grande. ¿Me oyes? Ya sabes que ella se la estará chupando a otro en este mismo momento, mientras que él está aquí metiéndote mano debajo de la falda. Lo justo es lo justo. Toma.
       Sacó de la cartera las esquinas de los billetes.
       —Bueno, y otros cien para tu buen amigo, para que no se sienta despreciado. No tiene que hacer nada. Tú no tienes que hacer nada —me dijo Nelson—. Sólo quedarte aquí sentado, beberte la copa y escuchar música. Buena música. Esta tía y yo salimos juntos como buenos amigos. Y luego vuelve sola. No tardará mucho.
       —Nelson —le dijo Benny—. Esa no es manera de hablar, Nelson.
       Nelson sonrió.
       —Ya he terminado de hablar.
       Encontró lo que estaba buscando. Era una pitillera de plata. La abrió. Miré la oreja que contenía. Estaba sobre una capa de algodón. Parecía una seta disecada. Pero era una oreja de verdad y estaba prendida en una cadenita.
       —¡Santo Dios! —exclamó Donna—. ¡Qué asco!
       —¿No es impresionante? —dijo Nelson, mirando a Donna.
       —Vete a tomar por culo —contestó Donna.
       —Chica —dijo Nelson.
       —Nelson —dije yo.
       Y entonces Nelson clavó en mí su mirada sanguinolenta. Echó a un lado el sombrero, la cartera y la pitillera.
       —¿Qué es lo que quieres? —me preguntó—. Te daré lo que quieras.
       Khakhi tenía una mano en mi hombro y la otra en el de Benny. Estaba inclinado sobre la mesa, con la cabeza reluciente bajo las luces.
       —¿Cómo estáis, chicos? ¿Os divertís?
       —Todo va bien, Khakhi —dijo Benny—. Estupendamente. Estos amigos se iban a marchar. Nelson y yo nos vamos a quedar a escuchar música.
       —Eso está bien —dijo Khakhi—. Lo que yo quiero es que la gente esté contenta.
       Echó una mirada por el reservado. Se fijó en la cartera de Nelson y en la pitillera abierta, que seguían sobre la mesa.
       —¿Es una oreja de verdad? —preguntó.
       —Sí —dijo Benny—. Enséñasela, Nelson. Nelson acaba de bajar del avión con la oreja. Viene de Vietnam. La oreja ha recorrido medio mundo antes de estar encima de esta mesa esta noche. Muéstrasela, Nelson.
       Nelson cogió la pitillera y se la tendió a Khakhi.
       Khakhi examinó la oreja. Cogió la cadena y la hizo oscilar delante de sus narices.
       La miró. La dejó oscilar.
       —He oído hablar de estas orejas secas, y hasta de penes.
       —Se la arranqué a un norvietnamita —explicó Nelson—. Ya no podía oír nada con ella. Quería un recuerdo.
       Khakhi le dio vuelta a la oreja con la cadena.
       Donna y yo empezamos a salir del reservado.
       —Tú no te vas, chica —dijo Nelson.
       —Nelson —dijo Benny.
       Khakhi vigilaba a Nelson. Yo estaba de pie junto al reservado con el abrigo de Donna. Las piernas me temblaban frenéticamente.
       —Si te vas con este maricón —dijo Nelson, alzando la voz— y le dejas que te coma el chumino, os las veréis conmigo.
       Empezamos a alejarnos del reservado. La gente miraba.
       —Nelson acaba de venir en avión de Vietnam esta mañana —le oí decir a Benny—. Hemos estado bebiendo todo el día. Es el día más largo que recuerdo. Pero estamos bien, Khakhi.
       Nelson gritó algo por encima de la música.
       —¡No os servirá de nada! ¡Hagáis lo que hagáis, a nadie le va a servir de nada!
       Le oí decir eso y luego ya no oí nada más. La música cesó y luego volvió a sonar.
       No miramos atrás. Seguimos andando. Salimos a la calle.
       Le abrí la puerta. Tomé otra vez el camino del hospital. Donna no se movió de su sitio. Encendió un cigarrillo con el mechero del coche, pero no dijo nada.
       Traté de decir algo.
       —Mira, Donna —le dije—, no dejes que esto te deprima. Siento lo que ha pasado.
       —Me habría venido bien el dinero —repuso ella—. Eso es lo que estaba pensando.
       Seguí conduciendo y no la miré.
       —Es cierto —dijo, meneando la cabeza—. Ese dinero me habría venido bien. No sé.
       Agachó la cabeza y lloró.
       —No llores —le dije.
       —No iré a trabajar mañana, hoy, sea la hora que sea cuando suene el despertador. No voy a ir. Me marcho de la ciudad. Lo que ha pasado ahí me parece una señal.
       Apretó el encendedor y esperó a que saltara.
       Paré junto a mi coche y apagué el motor. Miré por el retrovisor, casi pensando que vería el Chrysler antiguo entrar en el aparcamiento con Nelson en el asiento del conductor. Dejé un momento las manos sobre el volante y luego las bajé a las piernas.
       No quería tocar a Donna. El abrazo que nos dimos aquella noche en la cocina, los besos en el Off-Broadway, todo eso había terminado.
       —¿Qué vas a hacer? —le pregunté.
       Pero no me importaba. Si en aquel momento se hubiese muerto de un ataque al corazón, no me habría causado impresión alguna.
       —A lo mejor me voy a Portland —dijo—. Debe haber algo allí. Todo el mundo habla de Portland. Debe traer suerte. Portland por aquí, Portland por allá. Portland es un sitio como cualquier otro. Es lo mismo.
       —Será mejor que me marche, Donna.
       Empecé a salir del coche. Abrí la puerta y se encendió la luz de arriba.
       —¡Por amor de Dios, apaga esa luz!
       Salí deprisa.
       —Buenas noches, Donna.
       La dejé mirando al salpicadero. Puse mi coche en marcha y encendí los faros.
       Metí la primera y apreté el acelerador.
       Me serví un whisky, di un trago y me llevé el vaso al baño Me cepillé los dientes.
       Luego abrí un cajón. Patti gritó algo desde la habitación. Abrió la puerta del baño.
       Seguía vestida. Supongo que se había dormido con la ropa puesta.
       —¿Qué hora es? —gritó—. ¡Me he dormido! ¡Dios mío, oh, Dios mío! ¡No me has despertado, maldito seas!
       Estaba furiosa. Se quedó en la puerta con la ropa puesta. Bien podía arreglarse para ir a trabajar. Pero no había ni maletín de muestras ni vitaminas. Tenía una pesadilla, eso era todo. Empezó a mover la cabeza de un lado para otro.
       Yo no podía soportar más aquella noche.
       —Duerme, cariño. Estoy buscando una cosa —le dije.
       Se me cayó algo del armario de las medicinas. Empezaron a caer cosas al lavabo.
       —¿Dónde están las aspirinas? —pregunté.
       Se cayeron más cosas. No me importaba. Todo se venía abajo.



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