Rudyard Kipling
(Bombay, India, 1865 - Londres, 1936)


El juicio de Dungara (1888)
(“The Judgement of Dungara”)
Originalmente publicado, como “The Peculiar Embarrassment of Justus Krenk”,
en The Week’s News (28 de julio de 1888);
Vol. 3 de Indian Railway Library, In Black and White
(Allahabad: A H Wheeler & Co, 1889, 104 págs.);
Soldiers Three
(Londres: Sampson Low, Marston, Searle, & Rivington, 1890, 104 págs.)



Ved al pálido mártir con su túnica convertida en llamas.


      Todavía se refiere esto en las espesuras de la montaña de Berbulda, y para corroborar la nación, señálese lo que aún queda en pie de la misión: una casa sin techo y sin ventanas. El Gran Dios Dungara, el Dios de las cosas tales como son, el Terrible, el de Un solo ojo, el que tiene en su poder el Colmillo del Elefante rojo, el propio Dungara, fue autor de todo esto. El que no crea en Dungara será destrozado por la furia de Yat, por esa misma locura que se apoderó de los hijos y de las hijas de los Buria Kol cuando volvieron las espaldas a Dungara y vistieron su desnudez. Así lo dice Athon Dazé, sacerdote supremo del Santuario y Custodio del Colmillo perteneciente al Elefante rojo. Pero si preguntáis al subdelegado y agente a cuyo cargo corren los Burla Kol, se reirá sin duda, no por espíritu de malevolencia contra la obra de las misiones, sino porque él mismo vio la venganza de Dungara ejecutada en los hijos espirituales del reverendo Justo Krenk, pastor de la Misión de tubinga, y de Lotta, la virtuosa compañera del misionero.
       Si hubo algún hombre que mereciera ser tratado afectuosamente por los dioses, ese hombre fue, sin duda, el reverendo Justo, de Heildelberg, hombre generoso que, sintiéndose llamado a desempeñar una misión religiosa, se fue a la espesura de la selva llevando consigo a Lotta, la rubia de ojos azules.
       —Nosotros a estos hombres, ahora por prácticas de idolatría oscurecidos, mejores debemos hacer —dijo. Justo al comenzar su carrera.
       —Sí —añadió, con profunda convicción—: ellos serán buenos y con sus propias manos a trabajar aprenderán. Porque todos los buenos cristianos deben trabajar.
       Y con un estipendio más modesto que el de un ayudante inglés, de esos que sin estudios teológicos leen textos sagrados a los fieles, Justo Krenk instaló su morada más allá de Kamala y de la garganta de Malair, en la margen opuesta del río Berluda, casi al pie de la azul colina de Panth, en cuya cima se levanta el templo de Dungara. Como se ve, Krenk había ido al riñón del país de los Buria Kol, hombres desnudos, bondadosos, tímidos, desvergonzados y perezosos.
       ¿Conocéis la vida de una de estas misiones excéntricas? Haced un esfuerzo con la imaginación para representaron una soledad más grande que la de esas estaciones de ínfimo orden a donde os ha enviado el Gobierno; imaginad un aislamiento que pesa sobre vuestros párpados desde que despertáis y que os acompaña en todas las tareas cotidianas: no hay oficina de correos; no hay un solo ser de vuestro color con quien hablar; no hay caminos; no hay otros alimentos que los indispensables para no morir de agotamiento, pero ninguno de los que dan gusto al paladar; no hay ser u objeto que os atraiga por su bondad, por su belleza o por su interés. Toda vuestra vida ha de estar en vosotros mismos y en la gracia divina con que hayáis sido beneficiados.
       Por las mañanas los conversos, los dudosos y los recalcitrantes encaminarán sus pasos desnudos y suaves a la terraza de la misión. La infinita bondad y la inagotable paciencia del misionero, y, sobre todo, la perspicacia más fina, son indispensables, pues su grey tiene a la vez toda la sencillez de la infancia, toda la experiencia de la edad viril y toda la sutileza del salvajismo. Hay que atender a las cien necesidades materiales de la congregación. Pero, sobre todo, el misionero deberá estar atento, según el sentido de la responsabilidad que ha contraído ante Dios; pues no le será lícito dejar perdida ninguna simiente espiritual en la muchedumbre clamorosa que le rodea. Esta atención a la vida del alma no ha de ser óbice para que el misionero cuide también de la salud temporal de sus ovejas, tarea tanto más difícil cuanto que las tales ovejas se creen poseedoras de secretos terapéuticos, y que, por otra parte, están siempre dispuestas a reírse en las barbas del misionero, que toma demasiado a lo serio las ideas del salvaje.
       El día avanza, y cuando ya ha pasado el ímpetu de la acción matinal, el misionero se da cuenta de que su obra es enteramente inútil. Hay que luchar contra el desaliento, sin otro aguijón que la creencia en la bondad de la defensa del alma arrebatada a las garras del diablo. Esta es una creencia muy alta y muy reconfortante; pero mantenerla sin desmayo durante veinticuatro horas consecutivas será la prueba más concluyente de fortaleza física y de inalterabilidad nerviosa.
       Preguntad a los encanecidos veteranos de la Cruzada Médica de Banockburn cuál es la vida de sus predicadores; hablad con los miembros de la Agencia Evangélica, esos delgaduchos americanos que se jactan de ir a donde no llega ningún inglés, aún después de ellos; preguntadle a un pastor de la Misión de Tubinga cuáles son sus resultados. Si os atrevéis a formular cuestiones concretas, todos esos beneméritos darán como resumen sus trabajos. Pero en tales documentos no se habla de los hombres que han perdido en las misiones del desierto la juventud y el vigor —todo lo que puede perder un hombre, fuera de la fe—. No dicen una sola palabra de las inglesas que han muerto de fiebre en los montes del Panth, y que han partido sabiendo de antemano a lo que iban. Pocos pastores os hablarán de tales cosas, como no os hablarán de aquel joven David of St. Bees, que, destinado a la obra del Señor, volvió quebrantado por la más amarga desolación, y casi con la razón perdida, gritando en la Misión central:
       —¡No hay Dios, pero he andado en compañía del diablo!
       Los informes callan, porque el heroísmo, el sacrificio de un blanco culto, son cosas que carecen de valor comparadas con la salvación de un alma semihumana, a quien es necesario redimir de su fe fantástica en espíritus del bosque, duendecillos de las rocas y demonios de los ríos.
       Y a Gallio, el subdelegado, no le interesaba nada de eso. Había estado mucho tiempo en el Distrito. Los Buria Kol le querían y le llevaban presentes: peces cogidos con arpón, orquídeas de las más sombrías y recónditas selvas y toda la caza que pudiera desear para su mesa. El les daba, en cambio, quinina, y se entendía con el sumo sacerdote Athon Dazé para satisfacer las necesidades rudimentarias de la colectividad.
       —Cuando ustedes hayan vivido algún tiempo en este país —decía Gallio en la mesa de los Krenk— se persuadirán de que nada significan las diferencias de credo. Yo prestaré todo mi apoyo a la Misión —no hay para qué decirlo—, pero se debe respetar a mis Buria Kol. Son buenos y confían en mí.
       —Yo a ellos la palabra del Señor enseñaré —dijo Justo, cuyo rostro circular despedía los fulgores del entusiasmo—. Y yo a sus prejuicios no atacaré sin antes seria reflexión hacer. Pero, ¡oh amigo mío!, ésta, en el espíritu, imparcialidad de creencias, igualmente consideradas, es mala.
       —¡Dale! —dijo Gallio—. Yo tengo a mi cargo la salud temporal de los salvajes y la paz del Distrito. A usted le toca la parte espiritual. Y arréglese como pueda. Sólo le recomiendo que se abstenga de hacer lo que hizo su predecesor, pues de otro modo no le garantizo la vida.
       Lotta le sirvió una taza de té, y preguntó con vivacidad:
       —¿Qué fue ello?
       —Creo que era un recién llegado, que, sin pensar en las consecuencias de sus cultos, entró en el templo y se permitió descargar un paraguazo en la cabeza del viejo Dungara. Los Buria Kol se indignaron y le dieron una salvaje paliza. Yo estaba en el Distrito y el misionero me envió una carta: “Perseguido por la causa del Señor. Mande usted un piquete de caballería”. Las tropas más próximas se hallaban a más de ciento cincuenta kilómetros. Pero no se necesitaba de la fuerza armada. Fui personalmente a Panth y hablé con Athon Dazé. Le dije paternalmente que él, como hombre de gran penetración y sabiduría debió haber advertido a tiempo que el Sahib era un pobre loco, trastornado del cerebro a causa de una insolación. Jamás habrá visto usted pueblo más consternado y arrepentido. Athon Dazé dio todo género de satisfacciones, y envió una buena provisión de aves, leche y otros muchos productos de los que más abundan en esta montaña. Yo dejé un donativo de cinco rupias para el santuario, y le dije a Macnamara que había sido muy imprudente. El me reprochó mis reverencias en un templo pagano. Si trasponiendo la cresta de la colina hubiera insultado a Palín Deo, el ídolo de los Buria Kol, se le habría empalado en un bambú ardiente, antes que yo pudiera acudir en su auxilio, y después me habría visto obligado a colgar algunos de aquellos pobres brutos. Sea usted bondadoso con ellos, pero desde ahora le digo que no adelantará gran cosa.
       —No yo —contestó Justo—, sino mi maestro. Nosotros, con los niños comenzaremos. Algunos de ellos, enfermos estarán. Después de los niños, las madres vendrán. Y, por último, los hombres. Pero yo que usted en interna simpatía con nosotros fuera, preferiría.
       Gallio tuvo que partir. Andaba ocupado en reparar los puentes de bambú, lo que hizo con peligro de su vida, y tuvo que pensar también por aquellos días en dar caza a dos tigres merodeadores. Le preocupaba, por último, seguir la huella a algunos cuatreros del Buria Kol que robaban a sus hermanos los del clan de Buria. Gallio pasaba el día a caballo y dormía por las noches entre los malsanos vapores de la selva. Era un hombre sin imaginación, positivo, desprovisto del sentimiento reverencial y del instinto de la fe, y muy dado al ejercicio del poder absoluto, con gran satisfacción de los habitantes de su poco envidiable Distrito.
       —Nadie quisiera estar en mi lugar —decía frecuentemente, con expresión de profunda contrariedad—, y mi jefe sólo asoma por acá la punta de la nariz cuando sabe de positivo que no hay fiebre. Esta circunstancia hace de mí un verdadero monarca, y mi virrey es Athon Dazé.
       Gallio se jactaba de un supremo desdén por la vida humana, y, sin embargo, fue capaz de caminar cuarenta kilómetros con una criaturita de tez cobriza en los brazos para llevarla a la Misión.
       —Padre, aquí le traigo este regalo. Ya sabe usted que los de Kol dejan morir su población infantil supernumeraria. Yo no lo censuro. Pero tenga usted esta chiquillay edúquela. Casualmente la encontré en la encrucijada de Berbulda. Y creo que la madre viene siguiéndome.
       —Es la primera oveja del aprisco —dijo Justo.
       Lotta tomó en sus brazos ala pequeñuela y empezó a arrullarla con gran maestría. La madre, entre tanto, que, siguiendo la ley de su tribu, había expuesto a la criaturita para que muriera, se arrastraba frente a la Misión, en la espesura del juncal, mirando hacia el interior con los ávidos ojos del amor materno. Había corrido por los bosques en pos del subdelegado, y llegó a la Misión agotada por la fatiga y con los pies destrozados por las zarzas y espinos. ¿Qué propósitos tenía el omnipotente subdelegado? El hombrecillo de vestido negro que vivía en aquella casa, ¿iba, por ventura, a comerse viva la tierna carne de su hijita? Athon Dazé contaba que todos los hombres blancos vestidos de negro se alimentaban de carne humana.
       Matui pasó una larga noche de vigilia en la espesura del bambú, y al amanecer vio que salí de la casa una mujer blanca, de una blancura tal que ella no había visto jamás. Esa mujer llevaba en brazos a la hija de Matui, envuelta en vestidos de una limpieza inmaculada. Lotta no conocía el idioma de los Buria Kol, pero el lenguaje de una madre es igual al de todas las madres. Lotta vio que unas manos le asían por la orla del vestido, oyó unos apasionados sonidos guturales, y no necesitó más para saber con quién estaba. Matui tomó en brazos a su hija. Sería criada, esclava de aquella maravillosa mujer blanca. La tribu de Matui repudiaría a la madre que recogía a su hija en tales condiciones, Lottay Matui lloraron; la una, como Buria Kol, y la otra, a la manera germánica, que incluye cierto estrépito nasal.
       Justo, el hombre de la esperanza, dijo:
       —Primero, la niña; después, la madre; vendrá el padre, y vendrán todos, para gloria de Dios. Amén.
       Vino el padre, en efecto; pero vino con arco y flechas, muy irritado, porque no tenía quien le preparara la comida.
       ¿Vamos a contar toda la historia de la Msión? Faltaría espacio; porque es muy larga, y tendríamos que decir cómo fue extraño Justo, al ejemplo de su imprudente predecesor. Lo primero que hizo el misionero fue dar una buena paliza a Moto, el marido de Matui, para castigar la brutalidad de ese hombre. Moto quedó atónito al principio, pero repuesto del temor de una muerte inmediata, se reanimó y quedó adscrito como el más fiel aliado y el primer catecúmeno de Justo. Poco a poco fue creciendo la grey, con gran desagrado para Athon Dazé. El sacerdote del Dios de las Cosas tales como son iba quedando en condiciones desventajosas respecto al sacerdote que sirve al Dios de las Cosas tales como debieran ser. La miel, las aves y los peces empezaron a escasear en el templo de Dungara. Esto fue debido, en parte, a que Lotta se ingeniaba para aligerar el peso de la maldición pronunciada por Jehová contra Eva. Por su parte, y como una compensación, Justo apretó en el capítulo de la maldición pronunciada por Jehová contra nuestro primer antepasado. Esto encendió el fuego de la rebelión en el pecho de los hombres de Buria Kol, pues sostenían que su dios era perezoso por naturaleza. Justo logró vencer en parte los escrúpulos religiosos de los Buria Kol en lo relativo al trabajo, y les enseñó que la madre y negra tierra puede producir algo más que bellotas.
       Los acontecimientos presumidos se desarrollaron en el transcurso de muchos meses; el viejo Athon Dazé no cesaba de meditar su venganza por el olvido en que la tribu tenía a Dungara. Con salvaje doblez fingió hacerse amigo de Justo, y aún hizo insinuaciones sobre su probable conversión. Entre tanto, decía en el seno de la congregación:
       —Los de la grey del Padre se han vestido, y adoran a un Dios que trabaja. Dungara los castigará gravemente si no se arrojan a las aguas del Berbulda, arrepentidos y aullando.
       Por las noches, el Colmillo del Elefante rojo daba gemidos en las colinas, y los fieles se levantaban diciendo:
       —El Dios de las Cosas tales como son medita una venganza contra los que han abjurado. Ten clemencia, Dungara, pues somos tus hijos. Y danos todas las cosechas de los que han sembrado bajo las inspiraciones de otro Dios.
       El delegado y su mujer fueron al país de los Buria Kol cuando empezó a bajar el termómetro.
       —Visite usted la Misión de Krenk —dijo Gallio—. Creo que está realizando una obra útil a su manera. Ha construido una capilla de bambú, y le sería grato que usted la inaugurase. Como quiera que sea, verá usted allí un Buria Kol civilizado.
       Hubo mucho movimiento en la Misión.
       —Ahora, él y su muy graciosa mujer, qué buena obra hemos hecho, con sus propios ojos, ver podrán. Y delante de ambos, nuestros conversos, con las ropas por sus propias manos hechas, serán presentados. Un gran día vendrá, por la gloria de Dios.
       Y Lotta dijo:
       —Amén.
       Dentro de su mansedumbre, Krenk estaba celoso de la Misión de Tejedores, pues sus conversos no tenían las mismas habilidades; pero Athon Dazé los había inducido en los últimos tiempos a beneficiar la fibra lustrosa y sedeña de una planta que se producía espontáneamente en las colinas de Panth con mucha profusión. Podría hacerse con esa fibra una tela blanca y suave, casi igual a la tappa de los mares del Sur, y los conversos iban por primera vez en aquel día a vestir trajes de la nueva tela. Justo estaba orgulloso de su obra.
       —Ellos de trajes blancos vestidos, al delegado y a su señora de buena cuna saludarán cantando el himno: Gracias demos a Dios. Después la capilla será abierta, y hasta Gallio a creer comenzará. Así, hijos míos, de dos en dos; y tú, Lotta, dime, ¿por qué estas gentes se dan arañazos? No es bueno con el prójimo reñir. Nala, y el delegado al venir tendrá pena.
       El delegado, su mujer y Gallio traspusieron la cuesta, y llegaron a la Misión. Los conversos estaban en dos filas, formando un brillante ejército que casi llegaba a cuarenta personas.
       —¡Bien! —dijo el delegado, cuyo espíritu de dominación le llevaba a creer que a él se debía toda la obra desde sus cimientos y fundación—. Ya veo que se avanza rápidamente.
       ¡Jamás se ha dicho una verdad más grande! La Misión, en efecto, avanzaba. Primero dio saltos muy ligeros y menudos; después comenzó a desordenarse, haciendo contorsiones apenas contenidas por la vergüenza, y acabó, finalmente, emprendiendo la carrera vertiginosa de los caballos martirizados por los tábanos, o de los canguros con rabia. En lo alto de la colina se oía el fragor producido por el Colmillo del Elefante rojo, que sonaba seca y angustiosamente.
       Justo y Lotta, inmovilizados por el terror, vieron desaparecer en un instante a todos los fieles, diseminados en la espesura y dando alaridos de dolor agudísimo.
       Una voz gritó:
       —¡Es el juicio de Dungara!
       Otra:
       —¡Me quemo! ¡Me quemo!
       Y una tercera:
       —¡Al río!
       Los conversos se precipitaban por los riscos que avanzaban sobre el Berbulda, arrancándose los vestidos como podían, destrozándose y arrojándose a uno y otro lado. La trompeta de Dungara los perseguía con los acentos de una maldición.
       Justo y Lotta, inundados de lágrimas, acudieron al sitio en que estaba el delegado.
       —¡Yo no puedo entender! —dijo el misionero—. Ayer, los Diez Mandamientos repitieron. ¿Qué es esto? Al Señor, los buenos espíritus de la tierra y de la mar alaben. ¡Oh vergüenza! ¡Nada!
       Sobre un acantilado fronterizo estaba Nala, doncella de catorce veranos, que había sido la joya y el orgullo de la Misión, por dócil y virtuosa. ¿Quién la reconocía en aquella hembra desnuda como la aurora y furiosa como un gato montés?
       —¡Por esto dejé mi pueblo y el santuario de Dungara! —gritaba la doncella, agitando en el aire las faltas que se había quitado—. ¡Mono tuerto, lombriz, pescado seco!; tú me decías que nunca se consumirían las llamas. ¡Me quemo, Dungara! ¡Me quemo, Dungara! ¡Piedad, oh Dios de las Cosas tales como son!
       Dio media vuelta y huyó también hacia el Berbulda, en tanto que la trompeta de Dungara tocaba una marcha triunfal.
       La última de las ovejas de la Misión de Tubinga estaba ya a doscientos metros de los venerables maestros en Teología que habían abierto su alma a los esplendores de la fe.
       —Ayer, ayer mismo decía el abecé —gimoteaba Justo—. ¡Yo veo aquí la obra de Satán!
       Pero Gallio veía, entre tanto, las enaguas de la doncella, que habían caído a sus pies. Después de examinar la textura de la tela, se aplicó ésta a un brazo, alzándose la manga de la camisa e hizo presión. Separando la tela vio que en la piel le había quedado una mancha roja.
       —Ya lo suponía —dijo Gallio con calma.
       —¿Qué es eso? —preguntó Justo.
       —Yo le llamaría la túnica de Neso, pero... ¿De dónde hubo usted esa fibra para la tela?
       —Athon Dazé —contestó Justo—. Él a fabricarla enseño.
       —¡Viejo zorro! ¿Sabe usted que le ha dado la Ortiga Escorpión de Nilgiri, o sea la Girardenia heterophyla? ¡A quién extraña que brincaran y salieran como disparadas! Para hacer cuerdas de puentes con esta planta hay que ponerla a remojar durante mes y medio. ¡Es listo el tal Athon Dazé! En media hora la ortiga traspasó la piel de elefante que tienen éstos, y entonces...
       Gallio dejó escapar una carcajada. Lotta sollozaba entre los brazos de la esposa del delegado. Justo tenía la cara cubierta con ambas manos.
       —¡Girardenia heterophyla! —repitió Gallio—. ¿Cómo no me lo dijo usted, Krenk? Yo podría haber evitado esto. ¡Es fuego tejido! Todo el mundo lo sabe, excepto los desnudos de Buria Kol. Yo los conozco y puedo asegurarle a usted que no volverá uno solo.
       Se asomó desde una altura para ver lo que hacían y los encontró revolcándose en el cieno de una vega y dando alaridos de rabia. Gallio dejó de reír, pues comprendió que la Misión de Tubinga había dejado de existir para los Buria Kol.
       Justo y Lotta los vieron durante más de tres meses rondar, hoscos y sombríos, por las inmediaciones de la desierta escuela. Ni los más dóciles y aplicados quisieron volver. ¡No! La obra de la conversión quedó definitivamente paralizada por el Fuego del Lugar Maldito, como llamaron a la Misión. Ese fuego les laceró las carnes y les penetró hasta los huesos. ¿Quién desafía por segunda vez la cólera de Dungara? Ya pueden abandonar aquel sitio el hombrecillo y su mujer. Los Buria Kol no llorarían por ellos. La vida de Justo y de su mujer Lotta estaba segura, es verdad, pues Gallio hizo saber extraoficialmente a Athon Dazé que si les tocaba un cabello todos los sacerdotes de Dungara serían colgados por el subdelegado en el templo de la Divinidad. Las flechas envenenadas de los salvajes no volaron, pues, hacia la casa de la Misión. Pero tampoco llegaron a ella las ofrendas de aves, miel y sal. Krenk y Lotta no volvieron a ver en sus puerta un lechoncillo. ¡Ay! El hombre no puede vivir sólo de la gracia si carece de pan.
       —Vámonos de aquí, Lotta —dijo Justo—. El Señor ha querido que otro hombre el trabajo de la salvación inicie a su debido tiempo. Partiremos, y yo de Botánica haré estudios.
       Si alguien quiere emprender la obra de la conversión de los Buria Kol, puede aprovechar los muros de la casa que está todavía en la colina de Panth. Pero hace mucho tiempo que la capilla y la escuela han sido invadidas por la espesura de la selva.




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