Rudyard Kipling
(Bombay, India, 1865 - Londres, 1936)


Ellos (1904)
(“They”)
Originalmente publicado en Scribner’s Magazine (agosto 1904);
Traffics and Discoveries
(Londres: Macmillan and Co., 1904, 393 págs.)



      Un paisaje me llevaba a otro; la cima de una colina, a otra cercana, en la mitad del Condado, y ya que no podía hacer otra cosa que mover una palanca, dejé que el Condado corriera bajo mis ruedas. Las amplias llanuras salpicadas de árboles frutales, en el este, dejaron paso al tomillo, a los acebos y a las hierbas grises de los montes Downs, a su vez todo esto fue sustituido por los fértiles campos de cereales y por las higueras de la costa baja, donde al viajero le acompaña, por su izquierda y a lo largo de quince millas de llano, el movimiento rítmico del oleaje. Cuando por fin giré tierra adentro, a través de una confusión de colinas redondeadas y de bosques, había traspasado el límite de mis fronteras conocidas. Más allá de la mismísima aldea que hace de madrina de la capital de los Estados Unidos, encontré villorrios escondidos donde las abejas, los únicos seres despiertos, zumbaban en tilos de veinticuatro metros de altura, que se levantaban por encima de grises iglesias normandas; arroyuelos que parecían surgir milagrosamente de la nada, y que se tiraban bajo puentes de piedra construidos para soportar un tránsito más pesado ya desaparecido, y que no volvería a molestarlos; graneros para almacenar los diezmos más grandes que las iglesias surgían junto a una vieja herrería que proclamaba a los cuatro vientos haber sido una vez la sala de reuniones de los Caballeros del Temple. Encontré gitanos en una propiedad pública donde la retama, el helecho y el brezo luchaban a brazo partido en más de una milla de vía romana; y algo más allá molesté a un zorro rojo que daba vueltas en el suelo, como hacen los perros, bajo la luz desnuda del sol.
       Cuando las colinas de bosques se cerraron a mi alrededor, me puse de pie en el coche para tener una mejor visión del gran Down
[Duna], cuya cima cubierta de vegetación es un hito en cincuenta millas a la redonda en las comarcas bajas. Supuse, por la configuración del paisaje, que encontraría una carretera, que, yendo hacia el oeste, me llevaría al pie de la montaña. No tuve, sin embargo, en cuenta los bosques, que como un velo se interpusieron entre el proyecto y su realización. Un giro rápido me metió primero en un atajo verde, lleno de luz solar líquida, después en un túnel oscuro donde las hojas muertas del otoño pasado murmuraban y crepitaban bajo las ruedas de mi automóvil. Las ramas fuertes del avellano que estaba sobre mi cabeza no habían sido podadas durante dos generaciones, por lo menos, ni hacha alguna había ayudado al roble cubierto de musgo o al haya a crecer más. En este punto la carretera se convertía abiertamente en un sendero tapizado de hierba, sobre cuyo terciopelo oscuro las matas de prímulas resaltaban como jade, y algunos jacintos salvajes blancos cabeceaban pesadamente al unísono las corolas. Aprovechando la bajada apagué el motor y me deslicé por encima de los remolinos de hojas esperando encontrarme con algún guardia, pero oí solamente a un grajo, a lo lejos, bajo la penumbra de los árboles, alzando sus gritos contra el silencio.
       El sendero continuaba bajando. Estaba a punto de dar la vuelta y de meter la segunda para hacer en sentido contrario el camino recorrido, antes que fuera a dar en algún pantano, cuando vi un rayo de sol que atravesaba más adelante la maraña y solté el freno. Decidí continuar el descenso. Mientras los rayos de luz golpeaban mi cara, mis ruedas delanteras tocaron el manto de hierba sobre un amplio prado tranquilo, en el que surgían jinetes que medían tres metros con las lanzas en ristre, monstruosos pavos reales y elegantes damas de honor con la cabeza redonda y los cabellos relucientes, azules, oscuros y brillantes: eran árboles de tejo podados como figuras humanas. Más allá del prado, ya que los bosques estaban colocados en escuadrones compactos que iban al asalto por tres lados, se levantaba una casa de antigua piedra corroída por los líquenes y castigada por la intemperie, con sus ventanas divididas por columnitas y techos de tejas rojas. Estaba flanqueada por muros semicirculares, del mismo color que las tejas, que cerraban el prado por su cuarto lado y a sus pies crecía un seto recortado hasta la altura de un hombre. Había palomas en el tejado, junto a las finas chimeneas de ladrillo, y entreví, tras del muro que se interponía, un palomar octogonal.
       Me paré delante de la casa; la lanza verde de un caballero apuntaba a mi pecho, detenido por la belleza enorme de esa joya en aquel lugar.
       «Si no me echan por intruso, o si este caballero no me ensarta como a un tordo», pensé, «Shakespeare y la reina Isabel, por lo menos, tendrían que salir por esa puerta del jardín entreabierta para invitarme a tomar el té con ellos».
       Un niño apareció en una ventana de arriba, y me pareció que el pequeño agitaba una mano amistosa dirigida a mí. Pero era para llamar a un compañero, pues inmediatamente apareció otra cabecita rubia. Entonces oí una risa entre los pavos reales de madera de tejo, y, cuando me volví para descubrir el motivo (hasta ese momento había estado observando sólo la casa), vi el chorro plateado de una fuente tras un seto, subiendo hacia el sol. Las palomas del techo arrullaban como respuesta a un murmullo callado del agua; pero entre ambas melodías pude oír la risita de completa felicidad de una criatura absorta en alguna pícara diablura.
       La puerta del jardín —roble macizo hundido en la robustez del muro— se abrió nuevamente: una mujer con un gran sombrero de paja avanzó con lentitud por la escalera de piedra en la que el tiempo dibujara sus concavidades y con esa misma lentitud atravesó el manto de hierba. Estaba pensando una disculpa, cuando ella levantó la cabeza y vi que era ciega.
       —Lo oí llegar —dijo—. Viene en automóvil, ¿no es verdad?
       —Creo que me equivoqué de camino. Tendría que haber dado la vuelta allí arriba… Lo siento. Nunca habría pensado… —empecé diciendo.
       —Pero yo me alegro mucho. ¡Es gracioso que un automóvil entre en el jardín! Sería tan agradable… —Se volvió e hizo como si mirara a su alrededor—. Usted…, ¿usted ha visto a alguien?
       —Nadie con quien hablar, pero los chicos parecían interesados, a distancia.
       —¿Qué chicos?
       —Vi a dos en la ventana, hace un momento, y creo que oí a otro por allí atrás.
       —¡Qué afortunado es usted! —exclamó, y su rostro se llenó de alegría—. Naturalmente, yo los oigo, pero eso es todo. ¿Usted los ha visto y los ha oído?
       —Sí —respondí—. Y si conozco algo a los chicos, uno de ellos lo está pasando muy bien cerca de aquella fuente. Se ha escapado, supongo.
       —¿Le gustan los niños?
       Le di una o dos razones por las que no los odiaba del todo.
       —Claro, claro —me respondió—. Entiendo. No le parecerá una estupidez si le pido que dé unas vueltas por el jardín, una o dos veces, muy despacio. Estoy segura de que les gustaría verlo. ¡Ven tan pocas cosas así, pobrecitos! ¡Una intenta hacerles la vida agradable, pero —extendió las manos hacia el bosque— estamos aquí tan aislados del mundo!
       —Me parece una magnífica idea —le dije—. Pero no quiero estropearle el césped.
       La mujer volvió la cara hacia la derecha.
       —Espere un momento —dijo—. Estamos en la puerta sur, ¿no? Detrás de esos pavos reales hay un camino empedrado. Lo llamamos Paseo de los Pavos Reales. No se puede ver desde aquí, según me han dicho, pero, si usted avanza hasta la orilla del bosque, puede doblar donde está el primer pavo y llegar hasta el empedrado.
       Era un sacrilegio despertar la fachada dormida de esa casa con el ruido de un motor, pero me enfilé con el coche para cruzar el prado, rocé la orilla del bosque y me metí en el amplio paseo empedrado, junto a la fuente, tan brillante como una estrella de zafiro.
       —¿Puedo ir yo también? —preguntó la mujer. No, por favor, no me ayude. Les va a gustar más si me ven a mí.
       Tanteó con suavidad el camino hasta la puerta delantera del automóvil, y con un pie en el estribo exclamó:
       —¡Chicos! ¡Eh, chicos, miren y vean lo que va a pasar!
       La voz podría haber sacado a las almas condenadas de su abismo de perdición, por la abrasadora llamada de dulzura, y no me sorprendió oír una exclamación de respuesta más allá de las piedras. Podía haber sido el chico que estaba junto a la fuente, pero huyó cuando nos acercamos, dejando un barquito de papel en el agua. Vi brillar su camisa azul entre los jinetes inmóviles.
       Tranquilamente desfilamos por el paseo y a petición de la mujer lo hicimos por segunda vez. En esta ocasión el chico, dominando el miedo, se mantuvo apartado y dubitativo.
       —El chico nos está mirando —dije—. Me pregunto si le gustaría dar una vuelta.
       —Ellos son muy tímidos todavía. Muy tímidos. Pero ¡dichoso usted que puede verlos! Escuchemos. Detuve el motor de inmediato y la quietud húmeda, cargada del olor del boj, nos envolvió en su manto profundo. Pude oír el sonido de las tijeras de un jardinero que estaba podando; el zumbido de las abejas y voces de palabras ininteligibles, que podrían haber sido las de las palomas.
       —¡Oh, qué descorteses! —dijo la mujer, con tono de fuerte enfado.
       —Quizá les asusta el motor. La doncella de la ventana parece muy interesada.
       —¿Sí? —Alzó la cabeza—. He sido injusta con ellos. Me quieren de verdad. Es lo único por lo que vale la pena vivir…, que nos quieran de verdad, ¿no es así? No quiero ni pensar qué sería este lugar sin ellos. A propósito, ¿no es bonito?
       —Creo que es el lugar más bonito que he visto en mi vida.
       —Todos me dicen eso. Puedo sentirlo, naturalmente, pero no es lo mismo.
       —¿Entonces usted nunca…? —empecé diciendo, pero me detuve avergonzado.
       —No, desde que recuerdo. Ocurrió cuando sólo tenía unos meses, me han dicho. Y sin embargo debo recordar algo; de otro modo, ¿cómo podría soñar con colores? Veo luz en mis sueños, y colores, pero jamás los veo realmente. Sólo los oigo, como cuando estoy despierta.
       —Es difícil ver caras en sueños. Algunos pueden, pero la mayoría no tenemos ese don —proseguí, mirando la ventana donde estaba la niña, escondida.
       —También yo he oído decir eso —me respondió—. Y me aseguran que uno nunca ve en sueños la cara de una persona muerta. ¿Es verdad?
       —Creo que sí…, ahora que lo pienso.
       —¿Pero a usted le ha sucedido? Le pregunto a usted —los ojos ciegos se volvieron hacia mí.
       —Nunca vi las caras de mis muertos en ningún sueño —respondí.
       —Entonces tiene que ser tan malo como ser ciego.
       El sol había caído tras el bosque y las sombras largas del crepúsculo iban apoderándose de los jinetes insolentes, uno a uno. Vi la punta de una lanza hecha de hojas caer repentinamente en la penumbra, y todo el verde compacto y duro se volvió negro, con una tonalidad suave. La casa, después de aceptar que otro día terminase, como había aceptado otros cien mil ya terminados, parecía sentir necesidad de las sombras de la noche para meterse mejor en su estado de reposo.
       —¿Pero alguna vez ha deseado ver las caras de sus muertos? —preguntó, después de un silencio.
       —Muchísimo, alguna vez —repliqué.
       La niña había abandonado la ventana mientras la oscuridad cayó sobre ella.
       —Ah, también yo, pero creo que no está permitido… ¿Dónde vive?
       —Exactamente al otro extremo…, a más de sesenta millas; tengo que irme. No he traído la linterna grande.
       —Pero todavía no es de noche. Puedo percibirlo.
       —Me parece que lo será antes de que llegue a casa. ¿Puede mandar a alguien conmigo para que me indique el camino? Estoy completamente perdido.
       —Mandaré a Madden que le acompañe hasta el cruce. ¡Estamos tan apartados del mundo, que no me extraña que se haya perdido! Yo le voy a indicar el camino hasta la fachada; pero vaya despacio, ¿eh?, hasta salir de aquí. No le parece una tontería, ¿verdad?
       —Le prometo que lo haré como usted dice —le dije, y dejé que el automóvil se deslizara aprovechando la cuesta abajo del camino empedrado.
       Rodeamos el ala izquierda de la casa, cuyos elaborados canalones de plomo fundidos bien merecían un día de viaje; pasamos junto a una gran verja cubierta de rosas que llegaban hasta el muro rojo y seguimos girando hasta la fachada altísima de la mansión, que en belleza y majestuosidad no sólo superaba la parte trasera sino todas las otras que había visto.
       —¿Es tan bonita? —me dijo pensativa, cuando oyó mis alabanzas—. ¿También le gustan los canalones de plomo? Atrás está el antiguo jardín de azaleas. Dicen que este lugar debe de haber sido construido para niños. Ayúdeme a bajar, por favor. ¿Es usted, Madden? Me gustaría que acompañara a este caballero hasta el cruce. Se ha perdido, pero…, pero los ha visto.
       Un mayordomo apareció silenciosamente en el milagro de roble antiguo que era la puerta principal y se deslizó, siempre sin hacer ruido, hacia un lado para coger su sombrero. Entretanto la mujer me miraba con unos ojos azules abiertos en los que no había luz y por primera vez advertí que era bella.
       —Recuerde —dijo con voz suave— que tiene que volver, si los quiere —y desapareció en el interior de la casa.
       El mayordomo, en el coche, no habló hasta que estuvimos cerca de las puertas del pabellón de caza, donde al ver un retazo de una camisa azul entre los matorrales frené para que el demonio no inspirase al chiquillo un movimiento repentino que me pudiese llevar a un accidente culpable.
       —Perdón —preguntó de pronto—, ¿por qué ha hecho eso, señor?
       —Por aquel chico.
       —¿Nuestro chico de azul?
       —Claro.
       —Siempre anda por aquí. ¿Lo vio en la fuente, señor?
       —Oh, sí, varias veces. ¿Debo girar aquí?
       —Sí, señor. ¿Y también ha podido verlos arriba?
       —¿En la ventana? Sí.
       —¿Y eso fue antes que la señora apareciera y le hablara, señor?
       —Un poquito antes. ¿Por qué me lo pregunta? Se quedó un instante en silencio.
       —Sólo para asegurarme de que… de que ellos han visto el automóvil, señor, porque con chicos que andan por los alrededores, aunque estoy seguro de que usted conduce con mucho cuidado, podría producirse un accidente. Nada más, señor. Aquí está el cruce. Desde aquí ya no puede perderse, señor.
       —Gracias, señor, pero no es nuestra costumbre, no con…
       —Le pido disculpas —le dije y me guardé la libra de plata.
       —Oh, otros de mi condición lo habrían aceptado sin rechistar. Adiós, señor.
       Se retiró a la espléndida e impenetrable torre de su posición social, alejándose. Era evidente que se trataba de un mayordomo que se preocupaba del honor de su casa y que estaba interesado, quizá por culpa de una niñera, de todo lo que sucedía entre los niños.
       Después de pasar los carteles del cruce miré hacia atrás, pero las sinuosas colinas se entrelazaban unas con otras con tanto celo que no pude ver el emplazamiento de la casa. Cuando pregunté el nombre de aquella casa en una granja cercana, en la carretera, la mujer gorda que vendía dulces me dio a entender que se podían tolerar a las personas en automóvil, pero que no podían «ir por ahí pidiendo información como si fueran en carruaje». La comunidad de aquellas tierras no destacaba precisamente por sus buenos modales.
       Cuando de noche, en casa, reconstruí mi ruta de la jornada en el mapa, no tuve las ideas más claras. Según el mapa catastral, Antigua Granja Hawkin parecía ser el nombre del lugar, y el viejo Calendario geográfico del Condado, en general, no bajaba a estos particulares. La casa más importante de aquella zona era Honington Hall, de estilo georgiano (finales del Setecientos), con adornos de la primera época victoriana, como testimoniaba un atroz grabado en metal. Expuse mi problema a un vecino —persona con profundas raíces en las tradiciones del lugar— y me dio el nombre de una familia completamente desconocido para mí.
       Más o menos un mes más tarde volví, o quizá deba decir que mi automóvil emprendió el camino por su propia voluntad. El coche dejó atrás las áridas dunas, atravesó cada vuelta del laberinto de senderos al pie de las colinas, se deslizó a través del muro de bosques altos, por el follaje casi impenetrable, llegó al cruce en el que el mayordomo me había dejado y un poco más adelante decidió tener una avería que me obligó a pararlo en una explanada de hierba que se insinuaba en un bosque de avellanos, envuelto en el silencio del verano. Por lo que podía entender consultando el sol y un detallado mapa militar, debía ser el camino lateral de ese bosque que había explorado la primera vez desde la parte alta, allá arriba. Hice que mis trabajos de reparación pareciesen algo muy serio, y mostré mis relucientes herramientas: llaves, pinzas, inflador y demás, que esparcí con orden sobre un tapete. Era una trampa para cualquier muchacho, porque, pensé, en un día tan bello los niños no debían estar demasiado lejos. Al hacer una pausa en mi trabajo escuché, pero el bosque estaba tan saturado de los ruidos del verano (aunque los pájaros ya se habían apareado), que no me fue posible distinguir al principio su piar de las pisadas de pequeños pies cautelosos que se deslizaban sobre las hojas muertas. Toqué la bocina de una forma tentadora, pero los pies huyeron y me arrepentí, porque para un niño cualquier ruido repentino representa un verdadero motivo de terror. Llevaba trabajando más de media hora cuando oí en el bosque la voz de la mujer ciega, que gritaba:
       —¡Chicos, chicos! ¿Dónde estáis?
       Y la quietud del lugar pareció estremecerse por la perfección de aquel grito, y creyó adquirir su equilibrio con repugnancia. La mujer se acercó a mí, tanteando su camino entre los troncos de los árboles, y aunque un chico, al parecer, iba colgado de su falda, se metió entre el follaje como un conejo cuando ella estuvo cerca.
       —¿Es usted? —preguntó—. ¿El que viene del otro extremo del Condado?
       —Sí, soy yo, el del otro extremo del Condado.
       —¿Por qué no vino por los bosques de arriba? Allí estaban ellos hace un momento.
       —Estaban aquí hace unos minutos. Creo que se han dado cuenta de la avería de mi automóvil, y han venido a verme.
       —Espero que no sea una avería grave. ¿Por qué se averían los automóviles?
       —Por cincuenta motivos distintos. Sólo que el mío ha elegido el número cincuenta y uno.
       Se echó a reír alegremente al oír mi inocente broma, y se tiró hacia atrás su sombrero.
       —Si no le importa, me quedo aquí dijo.
       —Espere un momento —exclamé—, voy a darle un cojín.
       Puso un pie sobre la alfombra cubierta de piezas de recambio y se inclinó sobre ellas con vivo interés.
       —¡Qué bonitas!
       Las manos, con las que veía, tocaron rápidamente los objetos dispersos por el suelo e iluminados por los rayos de sol que pasaban entre los árboles.
       —Aquí hay una caja… ¡Otra caja! ¡Ah, pero si las ha colocado como si estuviera jugando a los tenderos!
       —Le confieso que las puse para atraerlos. En realidad no necesito ni la mitad.
       —¡Qué amable de su parte! Oí su bocina en el bosque de arriba. ¿Dice que hace un momento estaban aquí?
       —Estoy seguro. ¿Por qué son tan tímidos? Ese chiquito de azul que estaba con usted hace un momento ya debería haber superado su miedo. Me ha estado observando como a un piel roja.
       —Habrá sido por su bocina —dijo la mujer—. Oí que uno de ellos, nervioso, pasaba corriendo a mi lado mientras yo bajaba. Son tímidos…, muy tímidos, incluso conmigo —se volvió y exclamó nuevamente:
       —¡Chicos, chicos! ¡Venid a verme!
       —Habrán vuelto a sus cosas —sugerí, porque había a nuestras espaldas un murmullo de voces apagadas, quebrado por el estallido súbito de las risitas infantiles. Seguí con mis reparaciones y la mujer se inclinó con interés hacia adelante, con el mentón en la palma de la mano.
       —¿Cuántos son? —pregunté por fin. Había terminado, pero no encontraba ningún motivo para irme. Su frente se arrugó mientras pensaba.
       —No lo sé con exactitud —dijo simplemente—. A veces más…, a veces menos. Vienen y se quedan conmigo porque yo los quiero.
       —Eso es muy agradable —le dije, colocando en su sitio una caja, y mientras hablaba comprendí el carácter vacío de mi observación.
       —¿Usted…, usted se está burlando de mí? —exclamó—. Yo… yo… ninguno es mío. Jamás me casé. La gente se ríe de mí, a veces, porque…, porque…
       —Porque son unos salvajes —repliqué—. No merece la pena enfadarse por eso. Esa clase de gente se burla de todo lo que no forma parte de sus asquerosas vidas.
       —No sé. No puedo saberlo. Pero no me gusta que se rían de mí por ellos. Me duele, y cuando uno no ve… No quiero parecer tonta —su barbilla tembló como la de un niño mientras hablaba—, pero los ciegos no tenemos más que una piel, pienso yo; somos más sensibles que los otros. Todas las cosas del mundo exterior nos llegan directamente al corazón. Para ustedes es distinto. Sus ojos les sirven de defensas —podéis estar en guardia— y el dolor no puede herir fácilmente vuestra alma. La gente se olvida de eso con nosotros.
       Permanecí en silencio, reflexionando sobre ese tema inagotable: la brutalidad del pueblo cristiano, que no es una simple cuestión de herencia (pues se enseña con cuidado), frente a la cual el simple paganismo de los negros de la costa occidental es moralmente puro y controlado.
       Esta reflexión me hizo entrar profundamente en mí mismo.
       —¡No haga así! Dijo de pronto, poniéndose la mano delante de los ojos.
       —¿Qué?
       Hizo un gesto con la mano.
       —¡Así! Es… es todo púrpura y negro. ¡Así no! Ese color hace que uno se sienta mal.
       —¿Pero cómo conoce los colores? —exclamé, porque en esas palabras había sin duda una revelación.
       —¿Colores como colores? —preguntó la mujer.
       —No. Esos colores que vio hace un instante.
       —Lo sabe tan bien como yo —se rió ella—, de lo contrario no me habría hecho esa pregunta. No están fuera. Están en usted…, cuando se enfada.
       —¿Quiere decir una mancha oscura y purpúrea, como la del vino de Oporto mezclado con tinta? —dije.
       —Nunca vi tinta ni vino de Oporto, pero los colores no están mezclados. Están separados… todos separados.
       —¿Quiere decir rayas y motas negras sobre el púrpura?
       Asintió con la cabeza.
       —Sí, sí, así son —trazó de nuevo un zig-zag con el dedo—, pero ese color malo es más rojo que el púrpura.
       —¿Qué colores hay en la parte superior de… de lo que usted ve?
       Se inclinó hacia adelante con lentitud y dibujó en el pedazo de alfombra la figura del huevo.
       —Los veo así —dijo señalando con una hierba—, blanco, verde, amarillo, rojo, púrpura y el rojo con estrías de negro cuando la gente está enfadada, como le sucedió a usted ahora.
       —¿Quién le habló de esto…, por primera vez? —pregunté.
       —¿De los colores? Nadie. Cuando era pequeña solía preguntar qué colores había en los manteles, en las cortinas, en las alfombras, porque algunos colores me hacen sentir mal y otros me hacen feliz. La gente me decía los nombres, y, cuando crecí, comencé a ver a los demás por los colores —otra vez trazó el contorno del huevo, que muy pocos de nosotros puede ver.
       —¿Y todo sola? —repetí.
       —Todo sola. No había nadie. Sólo después descubrí que los demás no ven los colores.
       Estaba apoyada en el tronco de un árbol, doblando y desdoblando tallos de hierba cortados al azar. Los chicos, en el bosque, se habían acercado. Los podía ver con el rabillo del ojo, retozando como ardillas.
       —Ahora estoy segura de que usted nunca se reirá de mí —dijo después de un largo silencio—. Ni de ellos.
       —¡Dios mío! ¡No! —exclamé, cortando el hilo de mis pensamientos—. Un hombre que se ríe de un niño (a menos que el chico también se esté riendo) es un pagano.
       —No quise decir eso, por supuesto. Usted nunca se reiría de un chico, pero pensaba, o sea creía antes, que usted habría podido reírse de ellos. Ahora le pido disculpas… ¿Por qué quiere reírse?
       Yo no había hecho ningún sonido, pero ella sabía.
       —Del hecho que usted me pida disculpas. Si usted hubiera cumplido con su deber como pilar del estado y como propietaria de tierras, tendría que haberme citado ante la justicia por haber invadido sus campos cuando irrumpí en sus bosques el otro día. Fue vergonzoso por mi parte…, imperdonable.
       Me miró, con la cabeza apoyada en el tronco del árbol, larga y fijamente… Esa mujer, que podía ver el alma desnuda.
       —Curioso —casi susurró—. Muy curioso. —¿Por qué? ¿Qué hice?
       —Usted no entiende…, y sin embargo entendió lo de los colores. ¿De acuerdo?
       Hablaba con una pasión que nada había justificado y permanecí perplejo frente a ella, mientras se ponía de pie. Los chicos se habían reunido en un grupo detrás de un zarzal. Una cabeza encantadora se inclinó sobre algo más pequeño y por la posición de los hombros entendí que los dedos estaban pidiendo silencio en los labios. También ellos tenían algún tremendo secreto infantil. Sólo yo estaba perdido sin esperanzas allí, bajo la plena luz del sol.
       —No —dije, sacudiendo la cabeza, como si los ojos muertos pudieran ver—. Sea lo que sea, no lo entiendo todavía. Tal vez pueda más adelante… si me permite volver.
       —Usted volverá —me respondió—. Sin duda volverá y caminará por el bosque.
       —Quizá para entonces los chicos me conozcan bien, y me dejen jugar con ellos, como un favor. Ya sabe cómo son los chicos.
       —No se trata de un favor, sino de un derecho —me replicó, y, mientras yo me preguntaba qué había querido decir, una mujer desgreñada irrumpió por la curva del camino, con el pelo suelto, con la cara color púrpura, y mientras corría casi mugía de dolor. Era mi amiga gorda y ordinaria de la tienda de caramelos. La ciega la oyó y dio un paso adelante, diciéndole:
       —¿Qué pasa, señora Madehurst? —preguntó.
       La mujer se echó el delantal por la cabeza y literalmente se arrastró por el suelo, mientras gritaba que su nieto estaba mortalmente enfermo y que el médico del pueblo se había ido a pescar; que la madre, Jenny, no sabía qué hacer, y siguió así, repitiendo sus gritos desesperados, que parecían mugidos.
       —¿Dónde está el médico más cercano? —pregunté entre una crisis de histeria y otra.
       —Madden le puede indicar. Vaya hasta la casa y que vaya con usted. Yo me ocuparé de esto. ¡Vaya rápido! —Y llevó casi en volandas a la mujer gorda a la sombra. En dos minutos estaban tocando todas las trompetas de Jericó ante la fachada de la Casa Hermosa, y Madden, que estaba en la cocina, se puso a la altura de la situación, como mayordomo y como hombre.
       Un cuarto de hora de coche rebasando los límites de velocidad y saltándose el código de la circulación nos proporcionó un médico, a cinco millas de distancia. Al cabo de media hora lo habíamos depositado —era un hombre muy entendido en motores— a las puertas de la tienda de caramelos y nos detuvimos en la calle a esperar el diagnóstico.
       —Son útiles los automóviles —dijo Madden, como un hombre y no como mayordomo—. Si yo hubiera tenido uno cuando enfermó mi hija, no habría muerto.
       —¿Cómo fue? —pregunté.
       —Difteria. Mi mujer no estaba. Nadie sabía qué hacer. Yo recorrí ocho millas en un carro para buscar al médico. Cuando llegamos, se había asfixiado. Un automóvil así la habría salvado. Tendría ahora diez años.
       —Lo siento —dije.
       —Pienso que le gustaban mucho los chicos, a juzgar por lo que me dijo el otro día, cuando íbamos al cruce. —¿Los ha visto de nuevo, señor…, esta mañana?
       —Sí, pero parece que les asustan los automóviles; no logré que ninguno se acercara a menos de veinte metros.
       Me miró con atención, como un explorador considera a un extraño: no como un inferior debería levantar los ojos ante una persona de rango superior, por mandato divino.
       —Me pregunto por qué —dijo con voz poco más alta que un susurro.
       Esperamos un rato. Una brisa marina suave sopló una ráfaga sobre nuestras cabezas, pasando y volviendo a pasar por los bosques, y la hierba, que se blanqueaba con el polvo del verano, se pinaba y se inclinaba en ondas cortas.
       Una mujer, quitándose el jabón de los brazos, salió de una granja vecina a la tienda de caramelos.
       —Estuve escuchando desde el patio —dijo con tono animado—. El médico dice que Arthur tiene pronóstico reservado. ¿No habéis oído cómo gritaba? Pronóstico reservado. Supongo que la semana que viene le tocará a Jenny el turno de dar vueltas por el bosque, señor Madden.
       —Perdón, señor, pero se le está cayendo la manta de viaje —dijo Madden respetuosamente. La mujer se sobresaltó, hizo una reverencia y se alejó con rapidez.
       —¿Qué quiso decir con eso de «dar vueltas por el bosque»? —pregunté.
       —Debe ser una expresión de estos lugares. Yo soy de Norfolk —respondió Madden—. Es gente muy particular la de este condado. Lo ha tomado por un chofer, señor.
       Vi que el doctor salía de la granja seguido por una campesina sucia y descuidada, que no se soltaba del brazo del médico, como si él pudiera interceder ante la muerte.
       —Al niño —gemía— le queremos como si fuera legítimo. ¡Igual!… ¡Igual! Dios también estaría contento si lo salvara, doctor. Haga que no se vaya de mi lado. La señorita Florence le dirá lo mismo. ¡No lo abandone, doctor!
       —Lo sé, lo sé —respondió el hombre—, pero ahora se quedará tranquilo un rato. Traeremos una enfermera y las medicinas tan pronto como sea posible. —Me hizo una señal para que me adelantara con el automóvil y procuré no escuchar lo que siguió, pero vi la cara de la muchacha tumefacta y como congelada por el dolor, y sentí la mano sin alianza que se aferraba a mis rodillas mientras nos alejábamos.
       El médico era un hombre con cierto sentido del humor, porque recuerdo que requirió mi automóvil apelando al juramento de Hipócrates y utilizó al automóvil y a mí sin reparo. En primer lugar fuimos a buscar a la señora Madehurst y a la ciega, para que estuvieran junto a la cama del enfermo hasta que llegara la enfermera. A continuación invadimos una pulcra ciudad del Condado en busca de medicinas (el médico dijo que se trataba de una meningitis cerebroespinal) y, cuando el Hospital del Condado, que se alzaba junto a la inquieta feria de ganado, se reveló carente de enfermeras por el momento, recorrimos la zona palmo a palmo. Hablamos con los propietarios de grandes casas: magnates que encontrábamos al final de avenidas con las copas de los árboles que se cruzaban en arcos, y cuyas esposas e hijas muy altas se levantaban de las mesas de té para escuchar al intrépido doctor. Por fin, una señora de pelo blanco, sentada bajo un cedro del Líbano y rodeada de una corte de magníficos lebreles rusos —todos hostiles a los automóviles—, dio al médico, que las recibió como si provinieran de una princesa, órdenes escritas que llevamos durante varias millas a la máxima velocidad, a través de un parque, hasta un monasterio de monjas francesas, donde a cambio del mensaje recibimos a una hermana temblorosa de rostro pálido. Se arrodilló en el suelo de la parte trasera del auto, para pasar las cuentas de su rosario sin pausa hasta que, gracias a atajos improvisados por el médico, la dejamos en la tienda de caramelos. Fue una tarde larga, llena de episodios demenciales que se elevaban y se esfumaban como el polvo bajo nuestras ruedas; visiones parciales y fugaces de vidas remotas e incomprensibles a través de las cuales corrimos a toda velocidad. Volví a casa al atardecer, extenuado, y esa noche soñé con bestias de cuernos punzantes; con monjas de ojos saltones que caminaban por un jardín de tumbas; con gente que tomaba tranquilamente el té a la sombra de los árboles; con pasillos que olían a ácido fénico, pintados de gris, del Hospital del Condado; con pasos de niños tímidos en el bosque, y con manos que me agarraban por las rodillas al arrancar el coche.
       Tuve la intención de regresar al cabo de un par de días, pero quiso el Destino mantenerme alejado de esa parte del Condado, con distintos pretextos, hasta que el saúco y la rosa silvestre dieron su fruto. Llegó por fin un día luminoso, barrido por un viento de suroeste, que parecía que se pudiesen tocar con la mano las colinas, fue un día en el que las brisas cambiaban de dirección a cada momento y las nubes finas volaban alto en el cielo. Tenía un día libre, aunque no hubiese hecho nada para merecerlo, y el automóvil tomó, por tercera vez, el camino ya conocido. Cuando llegué a la cima de los Downs sentí el cambio suave del aire, al que vi brillar bajo el sol y, mirando abajo, hacia el mar, en ese instante observé cómo las aguas azules de la Mancha se volvían del color opaco y blanquecino del peltre, después de haber pasado por la tonalidad reluciente de la plata y por la bruñida del acero. Un barco cargado de carbón, bordeando la costa, se dirigía hacia aguas más profundas y, a través de una niebla color cobre, observé que se iban desplegando las velas de una flotilla de pescadores al ancla. En un valle boscoso y profundo, a mis espaldas, un remolino repentino de viento tamborileó entre los robles resguardados e hizo girar en el aire el primer montoncito de hojas de otoño. Cuando llegué a la carretera que corría a lo largo de la costa, la niebla marina se extendía sobre el empedrado y el oleaje golpeaba los rompeolas, más allá de la isla de Ushant. En menos de una hora la Inglaterra veraniega desapareció con un manto gris y frío. Éramos otra vez la isla cerrada del Mar del Norte, con todos los barcos del mundo tocando sus sirenas ante nuestras puertas llenas de peligro; y entre sus gritos se oía el chillido de las gaviotas asustadas. La gorra que llevaba en la cabeza chorreaba humedad, los pliegues de la manta de viaje la recogían en diminutos charcos o la dejaban fluir en hilillos y un hielo salado cubría mis labios.
       Tierra adentro, el aroma del otoño cargaba la niebla, espesa entre los árboles, y las minúsculas gotas se convirtieron en lluvia. Sin embargo, las flores tardías —la malva que crece en el borde de los caminos, la escabiosa de los campos y la dalia de los jardines se mostraban complacidas en la neblina— y además del aliento del mar no había muchos signos del otoño incipiente en las hojas. En las aldeas todas las puertas de las casas estaban abiertas y chicos con la cabeza y las piernas desnudas estaban sentados, muy a gusto, en los escalones húmedos para gritar «pip-pip» al forastero.
       Tuve el valor de pararme en la tienda de caramelos, donde la señora Madehurst me recibió con las lágrimas hospitalarias de una mujer gorda. El hijo de Jenny, me dijo, había muerto dos días después de la llegada de la monja. Era, según sus sentimientos, lo mejor de todo, aunque las compañías de seguros, por motivos que ella no pretendía comprender, no aseguraran de buen grado las vidas de niños abandonados.
       —No, que Jenny no se haya preocupado por Arthur, como si él hubiera llegado, como corresponde, al cabo del primer año, como he hecho yo con Jenny.
       Gracias a la señorita Florence, el chico había sido enterrado con una pompa que, en opinión de la señora Madehurst, cubría con creces la pequeña irregularidad de su nacimiento. Me describió el ataúd, por dentro y por fuera, el coche fúnebre de cristales y la tumba cubierta de madreselva.
       —¿Pero cómo está la madre? —pregunté.
       —¿Jenny? Saldrá de ésta. Yo me sentí así con uno o dos de los míos. Saldrá de ésta. Ahora anda por el bosque.
       —¿Con este tiempo?
       La señora Madehurst me miró entrecerrando los ojos, por encima del mostrador.
       —No sé, pero te abre el corazón. Sí, te abre el corazón. Nosotros decimos que, a la larga, perder y tener son casi idénticos.
       La sabiduría de las viejas comadres es mayor que la de todos los Padres de la iglesia juntos, y aquella última sentencia me dejó tan metido en mis pensamientos, mientras iba a la meta, que estuve a punto de atropellar a una mujer y a un niño en la curva de árboles frondosos, cerca de las puertas del pabellón de caza de la Casa Hermosa.
       —¡Qué mal tiempo! —exclamé, mientras frenaba para girar.
       —No es tan malo —me respondió plácidamente una mujer entre la niebla—. Mi hijo ya se ha acostumbrado. Creo que encontrará al suyo.
       Dentro, Madden me recibió con cortesía profesional y con amables preguntas sobre las condiciones del motor, al que cubrió con algo.
       Aguardé en una sala tranquila, de madera de nogal, adornada con las últimas flores de la estación y caldeada con un delicioso fuego de leña. En el salón se respiraba una influencia benéfica y gran paz. (Los hombres y las mujeres pueden, a veces, después de un gran esfuerzo, contar una mentira con apariencia de verdad; sin embargo la casa, que es su templo, no puede revelar nada más que la auténtica naturaleza de los que han vivido en ella). Un carro de juguete y una muñeca descansaban sobre el piso blanco y negro, del que había sido apartada la alfombra. Comprendí que los niños se habían marchado en ese momento —casi seguramente para esconderse— en las muchas revueltas de una escalera de madera labrada, enorme, que subía majestuosa hacia la parte alta de la sala, o para acurrucarse y observar desde detrás de los leones y las rosas esculpidos en la galería superior. Oí una voz por encima de mí, cantando como cantan los ciegos, con el alma:

En los huertos tranquilos cercados con muros.

Y ante tal reclamo se despertaron todos mis recuerdos del verano pasado.

En los huertos tranquilos cercados con muros,
; Dios bendiga nuestros frutos —decímos:
y pueda Dios bendecir también nuestras pérdidas,
lo que más se ajusta a nuestra condición.

Omitió el quinto verso, un ripio, y repitió:

¡Lo que más se ajusta a nuestra condición!

La vi apoyándose sobre la balaustrada, sus manos entrelazadas, blancas como perlas, sobre el roble.

       —¿Es usted…, la persona del otro extremo del Condado? —preguntó.
       —Sí, yo…, el del otro extremo del Condado —respondí riendo.
       —¡Cuánto tiempo tardó en volver! —Corrió escaleras abajo, mientras con una mano tocaba apenas el amplio pasamanos—. Dos meses y cuatro días. ¡Se acabó el verano!
       —Quise venir antes, pero el Destino me lo impidió.
       —Lo sabía. Por favor, haga algo con ese fuego. A mí no me dejan tocarlo, pero siento que no arde como debía. ¡Atícele un poco!
       Miré a los dos lados de la profunda chimenea y no encontré más que un trozo de estaca medio quemada con el que empujé un leño negro hasta que ardió.
       —Nunca se apaga, ni de día ni de noche —dijo la mujer, a modo de explicación—. Por si llega alguien con los pies fríos.
       —Por dentro la casa es todavía más bonita —murmuré. La luz roja se derramaba a lo largo de los paneles oscuros pulidos por el tiempo, y las rosas y los leones de la época Tudor adquirieron color y movimiento. Un viejo espejo convexo, coronado con un águila, conjugaba los elementos del cuadro en su corazón misterioso, deformando una vez más las sombras ya deformadas y curvando las líneas de la galería en el contorno de un barco. El día se estaba muriendo casi en borrasca, y la niebla se iba deshaciendo en una neblina rasgada y deshilachada. A través de las columnitas sin cortinas de la amplia ventana podía ver los valerosos jinetes del jardín tirar para atrás y recuperar terreno ante el viento que los acosaba con legiones de hojas muertas.
       —Sí, debe ser bonita —dijo la mujer—. ¿Quiere verla? En el piso de arriba todavía hay bastante luz.
       La seguí hacia arriba, por la sólida y amplia escalinata, hasta la galería, donde se abrían las puertas isabelinas, delgadas y ondulantes.
       —Vea cómo pusieron los tiradores bajos, pensando en los niños —con un toque ligero de la mano hizo oscilar una puerta hacia el interior de la habitación.
       —A propósito, ¿dónde están? —pregunté—. Hoy no los he oído aún.
       No respondió inmediatamente.
       —Yo sólo puedo oírlos —replicó después suavemente—. Este cuarto es de ellos; como ve, todo está en orden.
       Me mostraba una habitación con un revestimiento pesado de madera. Había mesas plegables bajas y sillas para niños. Una casa de muñecas, con su fachada móvil medio abierta (era una de esas divididas en dos mitades unidas por un gancho), enfrente había un gran caballo-mecedora manchado, cuya silla, bien mullida, servía de apoyo para que los niños subieran al asiento de la ventana que daba al jardín. Una escopeta de juguete, en un rincón, descansaba junto a un cañón de madera dorada.
       —Seguro que acaban de salir de aquí —susurré. En la luz que se desvanecía una puerta rechinó con cautela. Oí el roce de un vestido y el rumor de unos pasos…, unos pies rápidos, que cruzaban un cuarto, más allá.
       —Los he oído —exclamó triunfante—. ¿Usted también? ¡Chicos, chicos! ¿Dónde estáis?
       La voz llenó las paredes, que la sostuvieron con cariño hasta la última nota perfecta, pero no hubo ningún grito de respuesta, como había oído en el jardín. Fuimos con rapidez de una habitación a otra, caminando por pisos de roble; aquí subiendo un escalón, allí bajando tres; por un laberinto de pasillos; y siempre nos burlaban en nuestro objetivo. Era como intentar coger a un conejo en una madriguera con salidas no tapadas y con un solo hurón. Había innumerables recovecos para esconderse y escapar después: huecos en las paredes, alféizares de ventanas que eran simples hendiduras, y que ahora estaban oscurecidos, desde donde ellos podían escurrirse a nuestras espaldas; y chimeneas abandonadas, con dos metros de profundidad en la mampostería, y luego el laberinto de las puertas de comunicación. Y, en particular, la luz del crepúsculo les ayudaba en su juego. Sorprendí un par de risitas con las que los niños festejaban que se hubiesen escapado, y un par de veces había visto la silueta del vestido contra alguna ventana en penumbra, al final de un pasillo que se iba oscureciendo. Volvimos a la galería con las manos vacías en el momento en que una mujer de mediana edad colocaba una lámpara en un nicho.
       —No, tampoco yo la he visto esta tarde, señorita Florence —la oí decir— pero ese Turpin dice que quiere verla a usted por lo de su cobertizo.
       —¡Oh, el señor Turpin tiene que estar muy apurado para venir a verme! Dígale que venga al salón, señora Madden.
       Miré hacia abajo, hacia el salón, cuya única luz provenía del fuego mortecino, y, envueltos, en la sombra, los vi por fin. Debían de haberse escurrido escaleras abajo mientras estábamos en los pasillos y ahora se creían perfectamente ocultos detrás de un antiguo biombo de cuero dorado. Según las leyes del mundo infantil, mi persecución infructuosa era tan válida como una admisión, pero ya que me había tomado tanto trabajo en descubrirlos, que decidí obligarlos a salir del escondite con el simple truco —detestado por los niños— de fingir que no los había visto. Estaban pegados los unos a los otros, en un racimo pequeño, eran poco más que sombras, salvo cuando un resplandor imprevisto y momentáneo de fuego les traicionaba, descubriendo un contorno de formas entrelazadas.
       —Vamos a tomar una taza de té —dijo la mujer—. Creo que tendría que habérselo ofrecido antes, pero una no hace caso de las convenciones cuando vive sola y es considerada… muy… peculiar.
       —Entonces, con ironía, dijo: —¿Quiere una lámpara para ver el té?
       —Creo que la luz de la chimenea es mucho más agradable.
       Bajamos hasta aquella penumbra deliciosa y Madden sirvió el té. Orienté mi silla hacia el biombo, preparado para sorprender o ser sorprendido, según se diera el juego, y con el permiso de la mujer —ya que el fuego del hogar es siempre sagrado—, me incliné a jugar con las brasas.
       —¿Dónde compra estos magníficos leños cortos? —pregunté por hablar de algo—. ¡Ah, vaya, tienen muescas!
       —Claro —me dijo—. Como no puedo leer ni escribir me veo obligada a usar el antiguo sistema inglés de las muescas para hacer mis cuentas. Deme uno y le diré lo que significa.
       Le alcancé un trozo de avellano todavía no quemado, de unos treinta centímetros de largo, y ella deslizó su pulgar por las muescas.
       —Ésta es la cantidad de leche en galones, que dio la casa de la granja el mes de abril del año pasado —dijo—. No sé qué hubiera hecho yo sin estas marcas. Un guardabosque que trabajó para mí en otro tiempo me enseñó el sistema. Ya casi no lo utiliza nadie, pero mis arrendatarios lo respetan todavía. Uno de ellos va a venir a verme ahora. ¡Oh, no importa! No tendrían que venir después de las horas de trabajo. Es un hombre codicioso, muy codicioso, e ignorante, porque de lo contrario… no vendría aquí después del anochecer…
       —¿Tiene mucha tierra, entonces?
       —Unos doscientos acres, gracias a Dios. Los otros seiscientos están casi todos arrendados a gente que conocía a mis abuelos, pero este Turpin es nuevo, un salteador de caminos.
       —¿Pero usted está segura de que no seré…?
       —Segura. Usted tiene derecho a quedarse. Él no tiene niños.
       —¡Ah, los niños! —dije, y deslicé mi silla baja hacia atrás hasta que casi tocó el biombo que los ocultaba—. Me pregunto si vendrán a verme.
       Hubo un murmullo de voces —la de Madden y otra más grave— que provenían de la puerta lateral, baja y oscura, y una especie de gigante de cabeza amarillenta, con unas polainas de lona, del tipo inequívoco del granjero arrendatario, tropezó o fue empujado.
       —Acérquese al fuego, señor Turpin —dijo ella.
       —Si…, si no le parece mal, señorita, estoy bien aquí, junto a la puerta.
       Tenía agarrado el picaporte mientras hablaba como un chico asustado. Inmediatamente comprendí que era presa de algún temor que lo dominaba completamente.
       —¿Y bien?
       —Es por lo de ese nuevo cobertizo para el ganado de este año… Nada más. Con las primeras tormentas del otoño encima…, pero volveré en otro momento, señorita. —Sus dientes temblaban tanto como el picaporte.
       —Creo que no —respondió ella con voz tranquila—. El cobertizo nuevo. ¿Qué le escribió mi administrador el 15 de este mes?
       —Me pareció que tal vez, si venía a hablar cara a cara…, pues, señorita, igual…
       Sus ojos, dilatados por el horror, miraban todos los rincones del salón. Abrió a medias la puerta por la que había entrado, pero advertí que se cerraba otra vez, desde afuera y con firmeza.
       —Él le escribió lo que yo le dije —prosiguió ella—. Usted tiene ya muchos animales. La granja de Dunnett nunca ha tenido más de cincuenta vacas…, ni siquiera en tiempos del señor Wright. Y él empleaba el estiércol. Usted tiene sesenta y siete y no lo hace. No se atiene al trato de arriendo en ese aspecto. Está exprimiendo el corazón de la granja.
       —Tengo intención de traer minerales…, superfosfatos…, la próxima semana. He encargado un camión. Mañana iré a la estación de carga para enterarme. Después puedo venir y hablar con usted cara a cara, señorita a la luz del día… ¿Ese caballero se va? —Casi gritó.
       Yo sólo había deslizado la silla un poco hacia atrás, para poder dar golpecitos en el cuero del biombo, pero el hombre se sobresaltó como un ratón.
       —No. Por favor, escúcheme, señor Turpin —la mujer se volvió en su silla para quedar frente a él, que estaba de espaldas a la puerta.
       La mujer le obligó a que explicitara un viejo y sórdido truco: un cobertizo nuevo para el ganado a expensas de la propietaria, de forma que con que el estiércol acumulado él podría pagar el alquiler del año siguiente, sobre la base de una nueva valoración, desde el momento en que, como ella le había explicado, el hombre lo había sangrado, haciendo baldíos los pastos que antes estaban bien abonados. No pude menos que admirar la intensidad de su codicia, cuando observé que se enfrentaba, por puro interés, a esa situación de terror, fuese la que fuese, que le llenaba la frente de sudor.
       Dejé de tamborilear el cuero —en realidad, estaba calculando el costo del cobertizo— cuando sentí que mi mano relajada había sido agarrada y girada suavemente entre las manos de un niño. Por fin había triunfado. En un instante me daría vuelta para encontrarme con aquellos inalcanzables niños de pies ligeros.
       Un suave beso acarició el centro de mi palma, como un regalo sobre el cual, por una vez, se esperaba que los dedos se cerraran: como un signo confiado, no sin cierto reproche, de una criatura expectante que no estaba acostumbrada a ser desatendida ni siquiera cuando los mayores estaban ocupados. Era el fragmento de un código mudo, establecido mucho tiempo atrás.
       Entonces supe. Era como si lo hubiera sabido desde el primer día en que miré, desde el otro extremo del prado, hacia la ventana del primer piso.
       Oí que se cerraba la puerta. La mujer se volvió hacia mí en silencio y comprendí que ella también sabía.
       No sé decir cuánto tiempo pasó después de aquel doble conocimiento. Me sobresaltó la caída de un leño y mecánicamente me levanté para colocarlo. Luego volví a mi lugar en la silla, muy cerca del biombo.
       —Ahora entiende usted —susurró la ciega entre las sombras cada vez más densas.
       —Sí, ahora entiendo. Gracias.
       —Yo…, yo sólo los oigo. —Inclinó la cabeza para apoyarla entre sus manos—. No tengo derecho, sabe…, ningún derecho. No los he engendrado ni los he perdido… ¡Ni engendrado ni perdido!
       —Siéntase feliz, entonces —dije, aunque tenía el alma desgarrada en mi interior.
       —¡Perdóneme!
       Permaneció inmóvil y yo volví a mi pena y mi gozo.
       —Fue porque los quería mucho —dijo ella al fin, con la voz rota—. Ése fue el motivo desde el principio… Aun antes que yo supiera que ellos… ellos eran todo lo que yo tendría alguna vez. ¡Los quería tanto!
       Tendió los brazos hacia las sombras, y a las otras sombras que había dentro de la sombra.
       —Ellos vinieron porque yo los quería…, porque yo los necesitaba. Yo…, yo debo haber hecho que ellos vinieran. ¿Cree que eso estuvo mal?
       —No…, no.
       —Le aseguro que los juguetes y… y todo ese tipo de cosas eran tonterías, pero…, pero yo solía odiar mucho las habitaciones vacías cuando era niña. —Señaló hacia la galería—. Y los pasillos vacíos… ¿Y cómo podía tolerar que la puerta del jardín estuviera cerrada? Suponga…
       —¡Basta! ¡Por favor, basta! —exclamé. El crepúsculo había traído una lluvia fría con viento de temporal que golpeaba en los cristales de las ventanas.
       —Y es como lo de mantener el fuego toda la noche. Yo no creo que sea una locura, ¿y usted?
       Miré el hogar amplio, de ladrillos y vi, creo que a través de lágrimas, que no había ningún guardafuego de hierro en la boca ni cerca de ella y bajé la cabeza en señal de asentimiento.
       —Hice todo eso y muchas otras cosas… sólo para hacer que lo creyeran. Entonces ellos vinieron. Los oía, pero no sabía que no eran míos por derecho hasta que la señora Madden me dijo…
       —¿La mujer del mayordomo? ¿Qué?
       —Oí… a uno… ella lo vio. Y supo. Era suyo, no para mí. Al principio yo no sabía. Quizá estaba celosa. Después empecé a entender que sólo era porque los quería, no porque… ¡Oh! Uno debe engendrar o perder —dijo con voz temblorosa—. No hay otra forma… Pero a pesar de todo me quieren. ¡Tienen que quererme! ¿No es verdad?
       En el salón no había más sonido que el del chisporroteo de las voces del fuego, pero los dos escuchábamos con atención; por fin ella encontró consuelo en lo que oía. Se recuperó y casi se levantó. Seguí sentado, inmóvil, en mi silla, cerca del biombo.
       —No crea que soy una desdichada porque me quejo así, pero… estoy envuelta en tinieblas, y usted puede ver.
       En realidad yo podía ver, y lo que vi confirmó mi decisión, aunque fuese como separar la carne del espíritu. Sin embargo, quería quedarme un poco más, ya que esa vez era la última.
       —¿Usted cree que no es justo? —exclamó con voz seca, aunque yo no había dicho nada.
       —Para usted es distinto. Mil veces. En su caso es justo… No tengo palabras para expresar mi agradecimiento. En mi caso no sería justo. Pero si yo fuese…
       —¿Por qué? —dijo, pero pasó su mano por delante de su cara, tal como había hecho en nuestro segundo encuentro en el bosque—. ¡Oh, ya entiendo! —prosiguió con sencillez infantil—. En su caso no sería justo. —Después se oyó una leve risa ahogada—. ¿Recuerda? Dije que era usted la persona más dichosa, se lo dije nada más conocernos. ¡Usted no debe volver aquí!
       Se fue, y yo me quedé sentado todavía un poco cerca del biombo, y oí el rumor de sus pasos, que se alejaban lentamente por la galería del piso de arriba.




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