Sherwood Anderson
(1876-1941)

Uña y carne

      Vivió hasta la edad de siete años en una casa vieja, sin pintar, junto a un camino abandonado que arrancaba de Trunion Pike. Su padre no se ocupaba apenas de ella, y su madre había falle­cido. Su padre se pasaba el tiempo discutiendo y discurriendo sobre religión. Afirmaba que él era un agnóstico; y de tal manera vivía absorto en la empresa de echar abajo las ideas que acerca de Dios se habían deslizado en el cerebro de sus convecinos, que no alcanzó a ver cómo se mani­festaba Dios en aquella niñita que vivía tan pron­to en un sitio como en otro, casi olvidada, gracias a la bondad de los parientes de su fallecida madre.
      Llegó a Winesburgo un forastero que vio en la niña lo que no había visto su padre. Era un joven de elevada estatura, de pelo rojizo, que casi siem­pre estaba borracho. A veces solía sentarse en una silla delante de la New Willard House, con el padre de la niña, Tom Hard. Este hablaba, sos­teniendo que no era posible la existencia de Dios; el extranjero le oía sonriendo y guiñaba el ojo a los que estaban cerca de ellos. Se hicieron gran des amigos, él y Tom, y solían estar juntos muy a menudo.
      El forastero era hijo de un rico negociante de Cleveland y había venido a Winesburgo con una finalidad. Quería curarse del hábito de la bebida, y pensó que tendría mayores probabilidades de luchar con aquel vicio que estaba aniquilándolo si ponía tierra de por medio entre él y sus amigos de la ciudad y se iba a vivir en un pueblo del campo.
      Su estancia en Winesburgo no fue precisamen­te un éxito. La monotonía con que transcurrían las horas lo llevó a darse con más ahinco que nunca a la bebida. Pero acertó en una cosa. Puso a la hija de Tom Hard un nombre que encerraba un gran sentido.
      Una tarde venía el forastero haciendo eses por Main Street del pueblo, todavía con la resaca de una copiosa borrachera. Tom Hard estaba sentado en una silla, delante de la New Willard House, y tenía encima de las rodillas a su hijita, de cinco años entonces.
      Sentado en el andén de madera, se hallaba a su lado George Willard. El forastero se dejó caer junto a él en una silla. Todo su cuerpo tiritaba; y cuando habló, su voz era temblorosa.
      Era la hora del crepúsculo y la oscuridad se cernía sobre la población y sobre la línea del fe­rrocarril que pasaba frente al hotel, al pie de un pequeño declive. A lo lejos, hacia el oeste, reso­naba el prolongado silbido de la locomotora de un tren de pasajeros. Un perro, que había estado durmiendo en mitad de la carretera, se levantó y empezó a ladrar. El forastero se puso a charlar sin ton ni son e hizo una profecía acerca de la niña que el agnóstico tenía en brazos.
      «Vine a este pueblo para apartarme de la bebi­da», dijo, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. No miraba a Tom Hard, sino que inclinaba el busto hacia adelante, con la mirada perdida en la oscuridad, como si estuviese viendo una visión. «Huí al campo para curarme, pero ha sido inútil. Les diré por qué.» Se volvió y miró a la niña que estaba sentada muy tiesa sobre la rodilla de su padre; ella le devolvió la mirada.
      El forastero puso la mano sobre el brazo de Tom Hard. «No es la bebida mi única debilidad -dijo-. Tengo otra. Soy un enamorado y no he dado todavía con un objeto para mi amor. Esto tiene mucha importancia, y usted lo comprende­rá si tiene suficiente experiencia para ello. Por esto es inevitable que yo acabe mal. Son pocos los que lo comprenden.»
      El forastero se calló como abrumado de triste­za, pero lo despertó un nuevo silbido de la loco­motora del tren de pasajeros. «No he perdido la fe. Lo digo muy alto. Pero he venido a parar a un lugar en el que nadie comprenderá mi fe», dijo con voz áspera. Dirigió una mirada intensa a la niña y empezó a hablar para ella, sin prestar aten­ción al padre. «Esa mujer vendrá -dijo, y su voz se hizo ahora aguda y ansiosa-. Pero cuando lle­gue ya habré partido yo. ¿Te das cuenta? Las horas de nuestra cita no coinciden. Sería cosa del destino que hubiera dado yo con ella precisa­mente en una tarde como ésta, estando yo des­trozado por el alcohol. y siendo ella tan sólo una niña.»
      Las espaldas del forastero empezaron a tem­blar violentamente; intentó hacer un cigarrillo, pero se le cavó el papel de sus dedos temblequean­tes. Se puso furioso y gruñó: «Creen que no tiene mérito el ser mujer y hacerse amar, pero yo sé muy bien lo que eso significa -exclamó, y se volvió otra vez hacia la niña. Yo lo comprendo —dijo—. Tal vez soy yo el único hombre que lo comprende.»
      Su mirada vagó otra vez por la oscuridad de la calle. «La conozco aún sin haberla visto nunca -continuó suavemente-. Conozco sus luchas y sus derrotas. Es precisamente por esas de­rrotas por lo que resulta para mí el único ser amado. Desde ahora las mujeres tendrán otro rasgo distintivo nacido de sus derrotas. He dis­currido un nombre para esa condición. La llamo Uña y Carne. Discurrí este nombre cuando yo era un soñador auténtico y antes que mi cuerpo se envileciese. Es la condición de ser fuerte para ser amada. Es algo que los hombres necesitarían en­contrar en las mujeres, pero que no lo encuen­tran.»
      El forastero se puso en pie y permaneció frente a Tom Hard. Su cuerpo se balanceaba atrás y adelante y parecía que iba a caerse; pero lo que hizo fue arrodillarse sobre la acera y llevar las manos de la niñita a sus labios de borracho, be­sándolas con éxtasis. «Sé Uña y Carne —díjole ansiosamente—. Atrévete a ser fuerte y valerosa. Ese es el camino. Arriésgalo todo. Ten valor su­ficiente para atreverte a que te amen. Sé algo más que un hombre o mujer. Sé Uña y Carne.»
      El forastero se levantó y se alejó tambaleándo­se por la calle. Uno o dos días después subió a un tren y regresó a su casa de Cleveland. Aquella misma noche de verano, después de la conversa­ción frente al hotel, llevó Tom Hard la niña a la casa de un pariente que la había invitado a pasar la noche en su casa. Caminando por la oscuridad, bajo los árboles, se olvidó de la charla del foras­tero y volvió a concentrar su pensamiento en la búsqueda de argumentos capaces de destruir la fe cíe los hombres que creían en Dios. Llamó a su hija por su nombre y ésta se echó a llorar.
      «No quiero que me llamen así —declaró—. Quiero que me llamen Uña y Carne, eso es, Uña y Carne Hard.» La niña lloraba tan desconsola­damente, que Tom Hard se enterneció y se puso a consolarla. Detúvose bajo un árbol, la tomó en sus brazos y empezó a acariciarla. «Vamos, sé buena» —díjole vivamente, pero ella no se tran­quilizó. Se entregó con abandono infantil a su dolor, y su voz rompió el sosiego nocturno de la calle. «Quiero ser Uña y Carne. Quiero ser Uña y Carne. Quiero ser Uña y Carne Hard», exclamó, moviendo la cabeza y sollozando, como si su energía infantil no pudiese sostener aquella vi­sión que las palabras del borracho habían des­pertado en ella.



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