George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


La Posada de los ahogados (1938)
(“L’Auberge aux noyés”)
Originalmente publicado en Police-Film/Police-Roman
(n° 29, 20 de noviembre de 1938);
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)



I

      —¿De verdad no quiere abrigarse? —insistió no sin vergüenza el capitán de gendarmes.
       Y Maigret, con las manos en los bolsillos de su abrigo, el sombrero hongo transformado en recipiente de agua que se vaciaba de golpe al menor movimiento, el Maigret hosco, macizo, inmóvil, el de los días malos, gruñía sin quitar los dientes de su pipa:
       —¡No!
       Una advertencia a hacer es que las historias enojosas, aquellas que hacen sudar tinta antes de ser resueltas y que acaban de una manera más o menos desagradable, son aquéllas en las que uno se deja embarcar bastante tontamente por casualidad, o simplemente por falta de valor para decir que no cuando todavía está a tiempo.
       Una vez más, éste era el caso de Maigret. Había llegado la víspera a Nemours para un asunto de importancia secundaria, que tenía que resolver con el capitán de gendarmes Pillement.
       El capitán era un hombre encantador, cultivado, deportivo, salido de la Academia de Saumur. Había tenido a bien hacerle al comisario los honores de su mesa y de su bodega; luego, como llovía a cántaros, le había invitado a dormir en la habitación de los amigos.
       Estaban en lo peor del otoño y desde hacía quince días se vivía bajo la lluvia y la niebla, mientras que el Loing, en crecida, arrastraba ramas de árboles en sus tumultuosas aguas.
       —¡Esto no podía faltar! —suspiró Maigret cuando a las seis de la mañana, y a pesar de que todavía no se había levantado el día, oyó sonar el teléfono.
       Algunos instantes más tarde, el capitán murmuraba detrás de la puerta:
       —¿Duerme, comisario?
       —¡No, no duermo!
       —¿No le molestaría venir conmigo a quince kilómetros de aquí? Se ha producido allí un curioso accidente esta noche…
       ¡Maigret fue, naturalmente! En la orilla del Loing, en donde la carretera nacional sigue el curso del río, entre Nemours y Montargis. Un decorado que quita el mal sabor de boca producido por el madrugón. Un cielo bajo y frío. Gruesas sombras de lluvia. El río de un marrón sucio y más allá los álamos bordeando el canal.
       Ni una aldea. La única posada, la Posada des Pêcheurs
[de los Pescadores], estaba a setecientos metros y Maigret ya sabía que en la región se la llamaba más corrientemente la Posada de los Ahogados.
       ¡En cuanto a los ahogados de esta vez, todavía no se sabía nada!
       La grúa trabajaba rechinando mientras que se veía a dos hombres enfangados, marineros, manejar la bomba de una escafandra. Cinco o seis coches estaban detenidos junto a la carretera. Otros, en los dos sentidos, pasaban despacio, a veces paraban para saber lo que ocurría y continuaban su camino.
       Uniformes de gendarmes, ambulancias a las que se había hecho ir por si acaso en el transcurso de la noche, pero que evidentemente no servían para nada.
       Era preciso esperar, esperar a que el coche que estaba allí, en plena corriente, bajo las rápidas aguas, estuviese sólidamente sujeto por la grúa y fuese retirado del río.
       Un camión de diez toneladas, uno de esos monstruos ruidosos que gravitan día y noche a lo largo de las carreteras, estaba parado antes del recodo.
       No se sabía con certeza lo que había ocurrido. La víspera por la noche, un camión de diez toneladas, que efectuaba un servicio regular entre París y Lyon, pasaba por aquella misma carretera, un poco después de las ocho. En el recodo, había embestido a un coche que estaba parado, con todas las luces apagadas, y el coche había sido lanzado al Loing.
       El chófer, Joseph Lecoin, había creído oír gritos y el marinero de la «Belle-Thérèse», cuya barcaza estaba amarrada en el canal, a menos de cien metros, también decía haber oído llamadas de socorro.
       Los dos hombres se habían encontrado en la orilla y habían efectuado vagas búsquedas con ayuda de un fanal. Luego, el chófer del camión había continuado su camino hasta Montargis, en donde había avisado a los gendarmes.
       El lugar en donde había tenido lugar el accidente caía dentro de la jurisdicción de Nemours, por lo que, a su vez, también habían avisado a los gendarmes de esta ciudad, pero, como no se podía intentar nada antes de que se hiciese de día, hasta las seis, el teniente no había despertado a su capitán.
       Era un día sombrío.
       Todos tenían frío y se encogían de hombros al lanzar hacia aquel agua tumultuosa miradas que tampoco eran ansiosas.
       El propietario de la posada estaba allí, abrigado bajo un amplio paraguas, y discutía el asunto en plan de conocedor.
       —Si los cuerpos no están en el coche, no se les encontrará durante bastante tiempo, porque todas las presas están abiertas y llegarán hasta el Sena, a menos que se enganchen a unas ramas…
       —Seguramente no están en el coche —replicaba el chófer del camión—, puesto que es un coche descapotable.
       —¡Es curioso!
       —¿Por qué?
       —Porque ayer tuve dos clientes con un coche descapotable. Durmieron y almorzaron en la posada. Deben estar acostados todavía y no les he vuelto a ver.
       No se podía decir que Maigret escuchaba aquellas charlas, pero las oía y las registraba a pesar suyo.
       Por fin emergía el buzo y se empezaba a divisar su gruesa cabeza de cobre.
       —Ya se puede subir —anunciaba—. La cadena está bien sujeta.
       En la carretera, los coches hacían sonar el claxon, sin comprender la causa de aquel embotellamiento. Aparecían las cabezas en las portezuelas de los coches.
       La grúa, que había sido traída desde Montargis, producía una barahúnda insoportable y por fin se veía emerger lentamente del agua la parte superior de una carrocería gris, luego el capot, las ruedas…
       Maigret tenía los pies mojados, los bajos de los pantalones llenos de barro. Se hubiera bebido muy a gusto una taza de café caliente, pero no quería abandonar aquellos lugares para ir hasta la posada, y el capitán de gendarmes no se atrevía a intentar distraerle.
       —¡Cuidado, muchachos!… Soltad un poco a la izquierda…
       La parte delantera del coche presentaba las clarísimas señales de la colisión, probando así, como ya lo había afirmado el chófer del camión, que el coche, en el momento del accidente, estaba vuelto en dirección a París.
       —¡Iza!… Uno… Dos… ¡Iza!…
       Al fin, el coche se encontró sobre la orilla. Marca extranjera, con las ruedas torcidas, las aletas plegadas como papel, con los asientos cubiertos ya de barro y de detritus.
       El teniente de gendarmes apuntaba el número de la matrícula, mientras que el capitán buscaba, dentro, la placa con el nombre del propietario. Esta placa llevaba la mención: R. Daubois, 135, avenida Ternes, París.
       —Hago telefonear allá abajo, ¿verdad, comisario?
       Maigret parecía decir: «¡Haz lo que te dé la gana! ¡A mí eso no me interesa!…».
       Era asunto del gendarme y no asunto del comisario de la Policía Judicial. Un brigadier ya se había alejado en moto para telefonear a París. Todo el mundo, comprendidos una decena de curiosos que habían bajado de los coches de paso, rodeaba el despojo sacado del agua y algunos, maquinalmente, palpaban la carrocería o se inclinaban para ver el interior.
       Fue precisamente un anónimo el que tuvo la curiosidad de hacer girar la manilla del portamaletas. Éste, en contra de lo que se podía esperar, estando el coche completamente destrozado, se abrió sin dificultad y el hombre lanzó un grito, retrocedió dos o tres pasos, mientras sus vecinos se precipitaban para ver.
       Maigret se aproximó como los demás, frunció el ceño y, por vez primera en la mañana, dejó oír su voz sin que se pareciese a un gruñido:
       —¡Vamos! ¡Retrocedan!… ¡Que nadie toque nada!
       También había visto. Había visto una forma humana extrañamente replegada sobre sí misma, metida en el fondo del portamaletas como si hubiese sido preciso un esfuerzo para cerrar la tapa. Encima del montón, los cabellos rubios platinados indicaban que se trataba de una mujer.
       —¡Capitán! Haga despejar el terreno, ¿quiere? Hay algo nuevo, bastante feo…
       ¡Y un feo trabajo en perspectiva! ¡Sólo para retirar el cuerpo de la mujer de su sitio chorreante de agua!…
       —¿No huele nada?
       —Sí…
       —No cree que…
       ¡Claro que sí! Se tuvo la prueba un cuarto de hora más tarde. Uno de los mirones de los coches era médico. Examinó el cadáver en la pendiente de la carretera. Era preciso hacer retroceder sin cesar a la gente e incluso a los niños que querían ver.
       —La muerte se remonta a tres días por lo menos…
       A Maigret le estiraron de la manga. Era Justin Rozier, el dueño de la Posada de los Ahogados.
       —He reconocido el coche —declaró tomando muy a gusto un aire misterioso—. ¡Es el de mis clientes!
       —¿Tiene sus nombres?
       —Han rellenado su ficha.
       El médico intervenía de nuevo.
       —¿Sabe usted que se trata de un crimen?
       —¿Cometido con qué?
       —Con una navaja de afeitar. Esta mujer tiene cortado el cuello.
       Y seguía lloviendo, tanto sobre el coche como sobre el cadáver y sobre todas aquellas negras siluetas que se agitaban en la niebla…
       Una moto… El brigadier que saltaba a tierra…
       —El coche no pertenece al señor Daubois, con el que he hablado en persona por teléfono. Lo vendió la semana pasada al dueño de un garaje de la Porte Maillot.
       —¿Y el dueño del garaje?
       —Le he telefoneado. El garaje vendió el coche ya hace tres días a un joven que pagó al contado y del cual, por consiguiente, no tomaron el nombre.
       —¡Pero puesto que yo tengo el nombre! —Se impacientó el posadero que encontraba que no se preocupaban lo bastante de él—. Únicamente tienen que llegarse hasta mi casa y…
       Se vio llegar en primer lugar a un pelirrojo que era redactor del único periódico de Montargis y corresponsal de un importante rotativo de París. Dios sabe cómo realizó su investigación, porque Maigret le mandó a paseo y el capitán Pillement también, lo que no le impidió, apenas llegado, ocupar durante más de un cuarto de hora la cabina telefónica.
       Una hora más tarde le enseñaba un carnet de prensa al gendarme encargado de impedir que los curiosos invadiesen la posada. También estaban allí los fotógrafos, trepando sobre las mesas y las sillas, tomando fotografías que no tenían ninguna relación con el drama.
       En cuanto a Maigret, recibía telefónicamente la respuesta de París.
       —La Sûreté Nationale está de acuerdo. Puesto que está ahí, continúe oficiosamente la investigación. Se le enviará en el transcurso de la jornada a un inspector de la calle Saussaies…
       ¡Curioso caso, en suma! También curiosa posada, extrañamente ubicada en un brusco recodo de la carretera. ¿No acababa de saber Maigret que en cinco años aquél era el tercer coche que caía al Loing en aquel lugar?
       Los otros dos casos eran menos misteriosos: dos coches lanzados a toda velocidad que no habían previsto la curva y que, no pudiendo enderezar a tiempo, habían caído al río. En uno de ellos había perecido una familia de cinco personas. En el segundo, sólo había habido una víctima.
       Por lo tanto, el mote no se lo habían puesto a la posada porque sí, tanto más cuanto que un domingo de Pentescostés una joven se había ahogado voluntariamente como consecuencia de unos disgustillos íntimos a pesar de que su marido, a cien metros de allí, pescaba con caña.
       ¡La Posada de los Ahogados! No había más que acercarse a la cabina telefónica, en donde los periodistas entraban por tumo, para darse cuenta de que antes de la noche la posada sería célebre.
       … «El Misterio de la Posada de los Ahogados»… «El Crimen de la Posada de los Ahogados»… «Un cadáver en un portamaletas»… «El enigma del coche gris»…
       Maigret, tranquilo y pesado, devoraba un gigantesco bocadillo de jamón regado con cerveza y miraba sin curiosidad aquella agitación tradicional que complica siempre la tarea de la policía.
       De todo aquel mundo, sólo le interesaban dos personajes: el marinero de la «Belle-Thérèse» y el chófer del camión.
       El marinero había ido a su encuentro humildemente.
       —Ya sabe que tenemos una prima por la velocidad… Tenía que haber salido esta mañana… Por lo tanto, si fuese posible…
       —¿A dónde va a descargar?
       —Al muelle Tournelles, en París… Todavía un día de canal… Tampoco se puede hacer un día seguido por el Sena… Será, pues, pasado mañana por la noche…
       Maigret le hizo repetir su declaración:
       —Habíamos acabado de cenar y mi mujer ya estaba acostada. Iba a acostarme también cuando oí una especie de ruido… Desde el interior del barco, uno no se da cuenta muy bien… Saqué la cabeza por la escotilla… Me pareció oír una voz que pedía socorro…
       —¿Qué clase de voz?
       —Una voz… Además, estaba el ruido de la lluvia sobre el puente, que es de hierro laminado… Una voz lejana…
       —¿Una voz de hombre o de mujer?
       —¡Más bien de hombre!
       —¿Cuánto tiempo después del primer ruido?
       —No se lo puedo decir exactamente, porque me estaba descalzando y me tomé tiempo para ponerme las zapatillas…
       —¿Qué hizo a continuación?
       —No podía salir en zapatillas. Bajé de nuevo. Me puse mi chaqueta de cuero y mis chanclos. Le dije a mi mujer, que no estaba dormida todavía:
       »—Tal vez alguien que se ahoga.
       Maigret insistió:
       —¿Por qué pensó que era alguien que se ahogaba?
       —Porque para nosotros, en el río y en el canal, cuando se oye pedir socorro, es generalmente por eso. Con mi bichero he salvado a más de cinco…
       —¿Se dirigió, pues, hacia el río?
       —Estaba allí, por así decirlo, ya que entre el canal y el Loing, en este lugar, no hay veinte metros. Vi las luces de un camión. Luego distinguí a un hombre grueso que andaba…
       —El chófer… ¿Era él?
       —Sí… Me dijo que había chocado con un coche y que éste había rodado hasta el río… Fui a coger mi linterna…
       —Dicho de otro modo, ¿todo esto duró un cierto tiempo?
       —¡A pesar de todo, sí!
       —¿Qué hacía el chófer mientras tanto?
       —No lo sé… Supongo que intentaba ver algo en la oscuridad…
       —¿Se aproximó usted al camión?
       —Tal vez… No me acuerdo… esperaba sobre todo ver aparecer un cuerpo en la superficie.
       —¿No sabe, pues, si el chófer estaba solo?
       —Supongo… Si hubiese habido alguien más, hubiera venido a ayudamos…
       —Cuando usted constató que no había nada que hacer, ¿qué le dijo el chófer?
       —Que iba a avisar a la gendarmería.
       —¿No precisó a cuál?
       —No… No creo…
       —¿Y no se le ocurrió decirle que podía telefonear desde la posada, que sólo está a setecientos metros?
       —Pensé en ello después, cuando vi que continuaba su camino…

* * *

       El chófer era uno de esos camioneros hercúleos. Había avisado telefónicamente a su empresa que estaba retenido por la policía como consecuencia de un accidente y esperaba sin impaciencia los acontecimientos, haciéndose servir de beber por los periodistas, a quienes, a cambio, repetía sin cesar su historia.
       Maigret le tomó aparte, en un pequeño comedor particular en donde un diván indicaba bastante a las claras que la posada de siniestro nombre era acogedora para enamorados.
       —Creía que los camioneros, generalmente, sobre todo en los trayectos largos, van siempre por parejas.
       —¡A menudo, sí! Desde hace ocho días circulo solo porque mi compañero se hirió en una mano y está en el seguro social.
       —¿A qué hora salió de París?
       —A las dos. Llevo una carga diversa y, con las carreteras resbaladizas, no podía ir de prisa…
       —¿Supongo que paró para cenar en un restaurante frecuentado por camioneros?
       —¡Eso es! ¡Tenemos nuestras casas! Siempre nos solemos encontrar poco más o menos a las mismas horas. Me paré a la salida de Nemours, en casa de mamá Catherine, que es famosa por su cocina.
       —¿Cuántos camiones había en la puerta?
       —¡Cuatro! Dos de mudanzas de la casa Morin, luego un tanque de gasolina y un servicio rápido…
       —¿Comió con los otros chóferes?
       —Con tres. Los demás estaban en una mesa contigua…
       —¿En qué orden se marcharon?
       —Los demás no lo sé… Yo me marché el último porque esperaba línea con París…
       —¿A quién había telefoneado?
       —Al patrón, para que me preparasen segmentos de pistón en Moulins. Me había dado cuenta de que el motor no iba bien y que el tercer cilindro…
       —¡Bien! ¿A qué distancia considera que estaba de sus compañeros?
       —Salí diez minutos después que el último, que era una jardinera. Como yo iba más rápido, debía estar a cuatro o cinco kilómetros…
       —¿Y sólo vio el coche en el momento del accidente?
       —Algunos metros antes, cuando era demasiado tarde para impedir el choque.
       —¿No tenía ninguna luz?
       —¡Ninguna!
       —¿Y no vio a nadie?
       —No se lo puedo decir… Llovía… Mi limpiacristales no es muy bueno… Todo lo que sé es que, cuando el coche estaba en el agua, me pareció que alguien, en la oscuridad, intentaba nadar. Luego oí como una llamada de socorro…
       —Una pregunta más: hace un momento, en la caja que está debajo de su asiento, he visto una linterna en perfecto estado… ¿Por qué no fue a buscarla?
       —No lo sé… Estaba asustado… Tenía miedo de que también mi camión rodase hasta el Loing…
       —Cuando usted pasó, ¿no estaba iluminada esta posada?
       —¡Tal vez sí!
       —¿Hace a menudo este recorrido?
       —Dos veces a la semana.
       —¿No se le ocurrió la idea de venir a telefonear a la posada?
       —¡No! Pensé que Montargis no estaba lejos y fui…
       —¿No pudo esconderse alguien en su camión, mientras usted buscaba en la orilla del río?
       —No lo creo.
       —¿Por qué?
       —Porque hubiera tenido que soltar los nudos del toldo.
       —¡Se lo agradezco! Naturalmente, usted se queda aquí a mi disposición.
       —¡Si eso puede serle útil!
       Su única preocupación era comer y beber bien y Maigret le vio dirigirse hacia la cocina para encargar su menú del mediodía.
       Era la señora Rozier, una mujer delgada y amarillenta, la que cocinaba y se encontraba desbordada por tan repentina afluencia. ¡Sin contar con que no podía coger el teléfono, entre dos periodistas, para hacer sus encargos a la ciudad!
       Una joven criada, Lili, con un aspecto demasiado despierto para su edad, bromeaba con todo el mundo mientras servía los aperitivos, y el patrón, en el mostrador, no tenía un momento libre.
       Era la estación muerta. Si en el verano la posada podía contar con los turistas, los enamora dos y los pescadores, en otoño apenas tenía como clientela a algunos cazadores de París que alquilaban una cacería en la región y que encargaban a día fijo su comida.
       Rozier había declarado a Maigret:
       —Anteayer, al atardecer, vi llegar a una pareja joven en un coche gris, el que han sacado del río. Pensé en seguida que era unos recién casados. Ésta es la ficha que les hice llenar.
       La escritura de la ficha era puntiaguda y torcida. Se leía: «Jean Vertbois, 20 años, agente de publicidad, 18, calle Acacias, en París».
       La respuesta a las preguntas de la ficha era: procedente de París, con destino a Niza.
       Por fin, de través, mientras le pedían la ficha a su compañera, el joven había añadido: «Y señora».
       La información ya había sido comunicada por teléfono a París y se investigaba en la calle Acacias, en el distrito
XVIII, no lejos del garaje donde había sido comprado el coche.
       —… Una joven muy bonita, de diecisiete a dieciocho años —respondía el patrón a Maigret—. Yo la llamaba, entre nosotros, Pimpollo. Iba con un vestido demasiado ligero para la estación y con abrigo de sport.
       —¿Llevaba maletas la pareja?
       —Una maleta, sigue arriba…
       Ahora bien, la maleta sólo contenía trajes y ropa interior de hombre, lo que dejaba suponer que la marcha de la misteriosa joven había sido inopinada.
       —¿Parecían nerviosos?
       —No particularmente… A decir verdad, pensaban más en el amor y pasaron buena parte del día de ayer en su habitación… Se hicieron subir la comida y Lili notó que no era gracioso servir a gentes que no ocultaban sus sentimientos… ¿Me comprende?…
       —¿Y no le dijeron por qué, yendo a Niza, se detenían a menos de cien kilómetros de París?
       —Yo creo que se hubiesen parado en cualquier sitio, siempre y cuando tuviesen una habitación…
       —¿Y el coche?
       —Estaba en el garaje… Ya lo ha visto… Un coche de lujo, pero de hace varios años, como los que compra la gente que no tiene mucho dinero… Aparenta riqueza y cuesta menos que un coche de serie…
       —¿No tuvo la curiosidad de abrir el portamaletas?
       —Yo nunca me permitiría…
       Maigret se encogió de hombros, porque el buen hombre no le decía nada que valiese la pena y él conocía la curiosidad de aquella clase de hoteleros.
       —En suma, ¿la pareja tenía que volver a su casa para acostarse?
       —Para cenar y para acostarse. Esperamos hasta las diez de la noche para retirar el servicio.
       —¿A qué hora salió el coche del garaje?
       —¡Espere! Ya estaba oscuro. Hacia las cuatro y media. Supuse que los jóvenes tenían ganas, después de haber estado encerrados tanto tiempo en su habitación, de dar una vuelta por Montargis o sus alrededores. La maleta seguía allí, aunque yo no me preocupaba por la cuenta.
       —¿No supo nada del accidente?
       —Nada antes de la llegada de los gendarmes, hacia las once de la noche.
       —¿Y pensó en seguida que se trataba de sus huéspedes?
       —Tenía miedo de que así fuese. Había notado que, para salir del garaje, el joven no se daba mucha maña. Era evidente que se trataba de un principiante. Ahora bien, nosotros conocemos la curva de la orilla.
       —¿No vio nada sospechoso en las conversaciones de la pareja?
       —No escuché sus conversaciones.
       Por lo que aquello se resumía así:
       El lunes, hacia las cinco de la tarde, un tal Jean Vertbois, veinte años, publicista, con domicilio en el 18 de la calle Acacias, en París, compraba en un garaje próximo a su domicilio un coche lujoso pero pasado de moda, que pagaba con cinco billetes de mil francos. (El dueño del garaje, que acababa de telefonear a Maigret, tenía la impresión de que la cartera de su cliente contenía todavía un fajo importante de billetes. Vertbois no había regateado y había anunciado que haría cambiar al día siguiente la tarjeta de identificación. En el garaje, se había presentado solo).
       Del martes, todavía no se sabía nada.
       El miércoles, al atardecer, el mismo Vertbois, con su coche, llegaba a la Posada de los Ahogados, a menos de cien kilómetros de París, acompañado por una jovencísima muchacha a la que el dueño de la posada, que tenía excelentes razones para conocerla, tomaba por una persona de buena familia.
       El jueves, la pareja salía en coche como para un simple paseo por la región y algunas horas más tarde el coche, con todas las luces apagadas, era arrollado por un camión a setecientos metros de la posada y el chófer del camión, así como un marinero, creían oír llamadas de socorro en la noche.
       De Jean Vertbois y de la muchacha, ningún rastro. Todos los gendarmes del contorno investigaban desde la mañana en la región. ¡Nada en las estaciones! En las granjas, en las posadas, en las carreteras, nadie que respondiese a las dos descripciones.
       Por el contrario, en el portamaletas del coche se descubría el cadáver de una mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy cuidada, y atractiva.
       Y el forense confirmaba las aseveraciones del médico de paso, a saber: ¡que aquella mujer había sido asesinada el lunes con una navaja de afeitar!
       Con menos seguridad, el forense daba a entender además que el cuerpo había sido metido en el portamaletas de cualquier modo solamente algunas horas después de la muerte.
       La conclusión era que, cuando la pareja había llegado a la posada, ya había un cadáver en el coche.
       ¿Lo sabía Vertbois?
       ¿Lo sabía su joven acompañante?
       ¿Qué hacía su coche, a las ocho de la noche, con todas las luces apagadas, en el borde de la carretera?
       ¿Se trataba de una avería que un conductor inexperto no había podido reparar?
       ¿Quién estaba en el coche en aquel momento?
       El capitán de gendarmes, muy hombre de mundo, evitando molestar a Maigret en su investigación, se esforzaba en recoger con sus hombres la mayor cantidad posible de elementos.
       Diez barcazas de fondo plano recorrían el Loing que se rastreaba con ganchos. Los hombres chapoteaban en la orilla y otros se afanaban alrededor de las presas.
       Los periodistas consideraban la posada como terreno conquistado y se instalaban en ella como dueños, llenando todas las estancias con su barahúnda.
       La «Belle-Thérèse» había partido hacia el muelle Tournelles con su carga de tejas, y el chófer del camión, indiferente a tanta agitación, se aprovechaba filosóficamente de aquellas nuevas vacaciones pagadas.
       En los rotativos de los periódicos ya se preparaban los titulares con caracteres tanto más grandes cuanto más sensacionalista era el periódico, y el récord se lo llevaba un reportero que había escrito:

DOS ENAMORADOS DE VEINTE AÑOS TRANSPORTAN UN CADÁVER EN SU PORTAMALETAS

       Luego en cursiva:
       Las tumultuosas aguas del Laing engullen a los criminales y a su víctima.
       Era el período desagradable de la investigación, aquél durante el cual un Maigret malhumorado no hablaba con nadie, gruñía, bebía cerveza y fumaba en pipa moviéndose como un oso en su jaula; el período de vacilación, en el que todos los elementos que se reúnen parecen contradecirse los unos a los otros, y en el que se busca en vano, en un fárrago de informaciones, un hilo conductor, con la angustia de escoger uno malo que no conducirá a ninguna parte.
       La posada, para colmo de desgracia, estaba mal calentada y con calefacción central a la que el comisario profesaba un particular horror. En fin, la cocina era mediocre y se echaba mano de las salsas para hacer frente a las múltiples demandas.
       —Ya me perdonará por decirle lo que le voy a decir, comisario.
       El capitán Pillement sonreía con finura sentándose frente a un Maigret más testarudo que de costumbre.
       —Ya sé que no le caigo bien. Por mi parte, estoy encantado de haberle retenido porque empiezo a creer que este accidente de la carretera, tan banal al principio, va a convertirse poco a poco en uno de los casos más misteriosos que sea posible imaginar.
       Maigret se contentó con servirse una ensalada de patatas, sardinas y remolacha que son los entremeses clásicos de las malas posadas.
       —Cuando sepamos quién es esa muchacha, hermosa y enamorada…
       Un enorme coche, conducido por un chófer con librea, se detenía, embarrado, ante la puerta, y un hombre de cabello gris bajaba de él, retrocedía instintivamente ante los fotógrafos que le ametrallaban por si acaso.
       —¡Mire! —murmuró Maigret—. ¡Apostaría a que ahí está su padre!



II

      El comisario no se había equivocado, pero si esperaba una escena penosa, ésta fue dejada a un lado por la notable dignidad del notario La Pommeraye. Después de haber apartado a los periodistas como hombre acostumbrado a dar prueba de autoridad, había seguido a Maigret a un saloncito particular y se había presentado:
       —Germain La Pommeraye, notario en Versalles.
       Y su profesión, como la ciudad real, sentaba maravillosamente a su larga silueta de hombre de clase, a su tez mate, a sus rasgos que apenas temblaban, mientras preguntaba con la mirada fija en el suelo:
       —¿La ha encontrado?
       —Me veo obligado —suspiró Maigret— a hacerle un cierto número de preguntas bastante precisas, por lo cual me excuso.
       El notario esbozó un gesto con la mano que significaba: «¡Vamos a ello! Sé lo que…».
       —¿Puede decirme en primer lugar lo que le ha hecho pensar que su hija podía estar mezclada en este asunto?
       —En seguida comprenderá. Mi hija Viviane tiene diecisiete años y parece que tenga veinte. Digo «tiene» mientras que, sin duda, ya debería decir «tenía». Es una impulsiva, como su madre. Y, equivocado o con razón, sobre todo después de quedarme viudo, siempre me he negado a contrariar sus impulsos. Ignoro dónde ha conocido a ese Jean Vertbois, pero creo acordarme que fue en la piscina, o en un club deportivo que tiene sus terrenos en los alrededores de Boulogne.
       —¿Conoce personalmente a Jean Vertbois?
       —Le he visto una vez. Mi hija, repito, es una impulsiva. Una noche, me declaró de sopetón: «¡Papá, me caso!».
       Maigret se levantó, abrió bruscamente la puerta, se contentó con dirigir una mirada despectiva a un periodista que había pegado la oreja a la puerta.
       —¡Continúe, señor!
       —Primero, tomé la cosa a broma. Luego, al ver que iba en serio, pedí ver al candidato. Fue así como una tarde Jean Vertbois vino a Versalles. Inmediatamente hubo un detalle que no me gustó: había llegado en un coche deportivo pedido prestado a un camarada. No sé si me comprende… Los jóvenes tienen estricto derecho a alimentar ambiciones, pero no me gusta que a los veinte años se satisfagan gratis ciertos gustos de lujo, sobre todo de un lujo de bastante mal tono.
       —En resumen, ¿la entrevista fue bastante fría?
       —Fue claramente turbulenta. Le pregunté al joven con qué medios contaba para mantener a una mujer y me respondió con una franqueza bastante desconcertante que esperaba obtener una situación más boyante y que en todo caso la dote de mi hija no la dejaría morirse de hambre. Como usted ve, el tipo clásico del pequeño oportunista cínico, tanto en sus propósitos como en sus actitudes. Hasta el punto que, por un instante, me pregunté si aquel cinismo no era una pose y no escondía una cierta timidez.
       »Vertbois me obsequió con largos discursos sobre los derechos que se arrogan los padres y sobre las ideas retrógradas de una cierta burguesía de la que me consideró como un prototipo.
       »Tras una hora, le puse en la puerta.
       —¿Cuánto tiempo hace de esto? —preguntó Maigret.
       —Apenas una semana. Cuando vi a mi hija, a continuación, me declaró que no se casaría con otro que con Vertbois, que no le conocía, que le había juzgado mal, etc. Y, a fe mía, me amenazó, si no consentía en el matrimonio, con huir con él.
       —¿Usted se resistió?
       —¡Ay! Creí que se trataba de una amenaza sin sentido. Conté con que el tiempo lo arreglaría todo. Ahora bien, desde el martes por la tarde, Viviane desapareció. El martes por la noche, fui al domicilio de Vertbois, calle Acacias, pero me respondieron que había salido de viaje. Pregunté a la portera y adquirí la certeza de que iba acompañado por una muchacha muy joven, es decir, Viviane. He aquí por qué cuando, este mediodía, al leer en los periódicos los acontecimientos de esta noche…
       Permanecía tranquilo y digno. Un poco de sudor perlaba, sin embargo, su frente mientras articulaba mirando a otra parte:
       —Le pido una sola cosa, comisario: ¡franqueza! Soy todavía lo bastante fuerte como para recibir un golpe directo, pero resistiré mal largas alternativas de esperanza y desesperanza. Según su opinión, ¿está viva mi hija?
       Maigret estuvo un buen rato sin responder. Por fin, murmuró:
       —Déjeme primero hacerle una última pregunta. Me parece que conoce muy bien a su hija. Su amor por Vertbois tiene el aspecto de un amor completo, tan romántico como exaltado. ¿Cree usted que su hija, sabiendo que Vertbois fuera un asesino, se convertiría en su cómplice por amor? No conteste demasiado rápido. Suponga que su hija llega a casa de su amante. Le pido perdón, pero la palabra es desgraciadamente exacta. Ella conoce que, para poder huir con ella y encontrar el dinero necesario para esta huida, él ha tenido que matar…
       Los dos hombres se callaron. Por fin, el señor La Pommeraye suspiró:
       —No lo sé… Sin embargo, puedo decirle una cosa, comisario, una cosa que nadie sabe… Le he dicho hace un momento que soy viudo. ¡Es cierto! Mi mujer murió hace ya tres años en América del Sur a donde había seguido, ocho años antes, a un plantador de café. Ahora bien, en el momento de su marcha, cogió cien mil francos del cofre del estudio. Viviane se parece a su madre…
       Vacilaba al oír suspirar a Maigret:
       —¡Lo deseo!
       —¿Cómo?
       —Porque, si Jean Vertbois no tiene nada que temer de su compañera, no tiene ninguna razón para hacerla desaparecer. Si, por el contrario, por ejemplo, al descubrir el cadáver en el portamaletas, su hija ha manifestado su indignación y ha proferido amenazas…
       —Comprendo lo que quiere decir, pero no comprendo que hayan ocurrido acontecimientos tales como nos lo presentan los periódicos. El coche, en el momento de la colisión, no estaba vacío, puesto que el chófer del camión y un marinero han oído gritos. Vertbois y Viviane no tenían ninguna razón para separarse. Por lo tanto, es probable…
       —Desde esta mañana se draga el río. Hasta ahora no se ha obtenido ningún resultado. ¿Puedo pedirle que me acompañe un momento a la habitación que ocupaban en esta posada?
       Era una habitación vulgar, con las paredes cubiertas de papel de flores, una cama de cobre, un armario de caoba con espejo. Sobre el tocador, algunos objetos, una navaja de afeitar, una brocha, dos cepillos de dientes, uno de ellos nuevo.
       —Ya ve —hizo notar Maigret—. El hombre tenía sus efectos personales. Pero la pareja debió pararse en el camino para comprar un cepillo de dientes para la muchacha y estas zapatillas de viaje que veo cerca de la cama. Sin embargo, me hubiera gustado encontrar una prueba de que se trataba de su hija…
       —¡Hela aquí! —dijo tristemente el padre señalando sobre la pequeña alfombra de la habitación una joya que brillaba débilmente—. Viviane llevaba siempre estos pendientes que pertenecieron a su madre. Uno cerraba mal, lo perdía regularmente y lo encontraba de milagro. ¡Es éste! ¿Todavía cree que me quedan esperanzas de encontrar viva a mi hija?
       Maigret no se atrevió a responderle que, en ese caso, la señorita Viviane La Pommeraye verosímilmente sería acusada de complicidad en un asesinato.

* * *

       Había tenido que insistir para decidir al notario a regresar a Versalles y, mientras que la lluvia continuaba, la Posada de los Ahogados se parecía cada vez más a un cuartel general.
       Los periodistas, cansados de seguir bajo el chaparrón los trabajos de los marineros ocupados en sondear el río, jugaban filosóficamente a las cartas. El capitán de gendarmes había puesto su coche a disposición del comisario que no se servía de él y cuya deshilvanada actividad no daba confianza alguna al desconocedor de sus métodos.
       Así, cuando le vieron penetrar en la cabina telefónica, los reporteros imaginaron que iban a saber algo nuevo e, indiscretos por profesión, no vacilaron en aproximarse a la puerta.
       Ahora bien, era al Observatorio de París adonde telefoneaba Maigret, haciendo que le comunicasen en primer lugar el último boletín meteorológico, insistiendo sobre algunos detalles.
       —¿Dice que no había luna ayer hacia las ocho de la noche? ¿Y que hoy sucederá lo mismo? ¿Cómo dice? ¿Saldrá a las doce y doce? Se lo agradezco.
       ¡Al salir, parecía verdaderamente satisfecho! Incluso se permitía el maligno placer de decir a los periodistas:
       —Señores, una buena noticia: tendremos por lo menos durante tres días una lluvia diluviana…
       A continuación se le vio hablar largo y tendido con el capitán Pillement, el cual poco después se ausentó y al que no se le volvió a ver en toda la jornada.
       Se bebía mucho. Alguien había descubierto un brebaje del que todo el mundo quería y Lili, que iba de una mesa a la otra, encontraba por todas partes manos curiosas a las que no rechazaba demasiado ariscamente.
       La noche, que caía a las cuatro y media, puso fin a las búsquedas en el Loing y hacía improbable encontrar los cuerpos que habían tenido tiempo de alcanzar el Sena al hilo de la corriente. Para dejar libre la carretera, un remolque había venido a buscar el coche sacado del río y lo había llevado a Montargis, en donde estaba guardado a disposición de la policía.
       Eran las seis cuando un reportero llamó al patrón y le dijo:
       —¿Qué nos va a hacer de bueno para cenar?
       Y se oyó una voz responder:
       —¡Nada de nada!
       El patrón no fue el menos sorprendido y buscó al que se había atrevido a hablar en su lugar en un sentido tan anticomercial.
       Era Maigret que se aproximaba, tranquilo.
       —En efecto, señores, voy a pedirles que no cenen esta noche aquí. No les prohíbo volver hacia las diez si eso les gusta, ni tampoco dormir en la posada. Pero, de siete a nueve, deseo vivamente que estos lugares sólo sean ocupados por las personas que se encontraban aquí ayer por la noche.
       —¿Reconstrucción? —dijo un avispado.
       —¡Tampoco! Les advierto a continuación que es inútil esconderse por los alrededores, porque no verán nada. Por contra, si son listos, tendrán sin duda una buena noticia para sus ediciones de mañana por la mañana.
       —¿A qué hora?
       —Pongamos que antes de las once. Conozco, en Montargis, un lugar en el que se come de maravilla: el hotel de la Cloche. Vayan todos allá. Digan al patrón que van de mi parte y les tratará a la perfección. Cuando yo vaya a su encuentro…
       —¿No cena con nosotros?
       —Ya estoy invitado. Pero no tardaré. Ahora, lo toman o lo dejan, y, si alguno quiere pasarse de listo, le garantizo que no tendrá la más mínima información. Señores, hasta luego, y ¡buen provecho!
       Cuando se marcharon, respiró más libremente, miró con malicia al furioso patrón.
       —¡Vamos! Usted gana con la limonada y no con la comida. Y están bebiendo desde la mañana…
       —¡Hubieran seguido!
       —¡Escúcheme! Es esencial que de siete a diez cada uno en la posada esté en el lugar que ocupaba ayer, que las luces sean las mismas…
       —Eso no es difícil.
       Quedaba uno que parecía haber quedado olvidado, Joseph Lecoin, el chófer del camión. Observaba a Maigret con extrañeza, por fin abría la boca.
       —¿Y yo?
       —Tú me vas a llevar a Nemours.
       —¿En camión?
       —¿Por qué no? A falta de un automóvil de gran lujo…
       —Como usted quiera. Si esto le puede servir de algo…
       Y fue así como el comisario Maigret abandonó la Posada de los Ahogados en el asiento de un camión de diez toneladas que hacía un ruido infernal.



III

      —¿Dónde le dejo?
       Habían hecho el camino en silencio, en la oscuridad, bajo la lluvia, cruzando a veces a coches que olvidaban el código; el limpiacristales hacía un ruido regular, como un zumbido.
       —¡No me dejas, amigo!
       El chófer miró a su compañero con asombro, creyendo que se burlaba.
       —¿Entonces, qué? ¿Se vuelve a París?
       —¡No! Espera que mire la hora.
       Y tuvo que usar el encendedor para ver su reloj, cuyas agujas marcaban las siete y media.
       —¡Bien! Para delante del primer bodegón. Tenemos tiempo.
       Y Maigret levantaba el cuello de su abrigo para atravesar la calzada, se acodaba familiarmente en el mostrador de un pequeño bar en compañía de Lecoin, que estaba sorprendido del cambio producido en la actitud del comisario.
       ¡Y no es que ésta se hubiese vuelto amenazadora! ¡O que manifestase de cualquier manera su malhumor!
       Era todo lo contrario. Estaba tranquilo. Incluso a veces sus ojos reían. Tenía confianza en él y, si se lo hubiese pedido, hubiera declarado muy a gusto:
       —¡La vida es bella!
       Saboreaba su aperitivo, seguía consultando su reloj, pagaba las consumiciones y anunciaba:
       —¡En marcha!
       —¿A dónde se va?
       —En primer lugar a cenar a casa de mamá Catherine, como hiciste ayer por la noche. ¿Ves? Llueve igual. Precisamente es la misma hora…
       Sólo tres camiones indicaban la posada cuyos exteriores eran más que modestos, pero en donde los camioneros sabían encontrar platos arreglados. La propia dueña servía, ayudada por su hija, que tenía catorce años.
       —¡Anda! ¿Ha vuelto? —se extrañó al ver entrar a Lecoin.
       Éste estrechaba la mano de los otros chóferes y se sentaba en un rincón con el comisario.
       —¿Y si tomásemos lo mismo que tomaste ayer? —propuso el comisario.
       —Aquí no hay treinta y seis platos. Hay que tomar el plato del día… ¡Mire! Es fricando con acedera.
       —Uno de mis platos preferidos…
       ¿No había, desde hacía algunos minutos, un cierto cambio en el aspecto del chófer-coloso? Su humor era menos franco. Lanzaba miradas a hurtadillas a su interlocutor, y sin duda se preguntaba a dónde quería llegar el policía.
       —Apresúrate, Catherine. No tenemos tiempo.
       —Siempre dice lo mismo y después se queda un cuarto de hora bebiéndose el café.
       El fricando estaba en su punto, el café mucho más fuerte que el que se encuentra por lo general en las tabernas. De tanto en tanto, Maigret sacaba su reloj del bolsillo y parecía esperar con cierta impaciencia la marcha de los demás chóferes.
       Éstos se levantaron por fin, tras un sorbo de orujo viejo, y poco después se oyó el runruneo de los motores.
       —Orujo también —encargó Maigret.
       —Fue así como ocurrió ayer, ¿verdad?
       —A fe que sí. Éste sería el momento de marchar. A esta hora ya había hablado por teléfono.
       —¡Marchemos!
       —¿Volvemos allá abajo?
       —Exactamente como ayer. ¿Te molesta?
       —¿A mí? ¿Por qué tendría que molestarme? Desde el momento en que no tengo nada que ocultar…
       Ahora bien, en este instante, Catherine se aproximó y preguntó al chófer:
       —¡Dígame! ¿Le dio mi recado a Benoît?
       —Claro que sí. Está arreglado.
       Una vez en el asiento, Maigret preguntó:
       —¿Quién es ese Benoît?
       —Tiene un surtidor de gasolina en Montargis. Es un compañero. Siempre paro en su casa para llenar el depósito. Mamá Catherine quería que le pusiese un surtidor y yo debía decirle a Benoît…
       —¡Llueve fuerte, eh!
       —Incluso un poco más fuerte que ayer… ¡Dese cuenta! Cuando hay que conducir toda la noche así…
       —¿No vamos demasiado rápido?
       —Igual que ayer…
       Maigret encendió su pipa.
       —Siempre —murmuraba Lecoin— nos gritan a nosotros, porque ocupamos la mitad de la carretera o porque no vamos demasiado rápido. Pero si los que conducen esos cochecitos tuviesen que llevar mastodontes como los nuestros…
       De repente, un juramento, un frenazo violento, tan violento que Maigret estuvo a punto de darse de cabeza contra el parabrisas.
       —¡Por ejemplo! —exclamó Joseph Lecoin.
       Miró a su compañero, frunció el ceño y refunfuñó:
       —¿Es usted el que lo ha hecho poner ahí?
       Había un coche, en efecto, en el lugar exacto en donde Jean Vertbois había sido catapultado la víspera. ¡Un coche gris, como el otro! ¡Llovía! ¡La noche era negra! ¡El coche no tenía las luces encendidas!
       ¡Y sin embargo, el camión se había detenido a más de tres metros del coche!
       Por un instante, el rostro del chófer había dejado entrever una cólera naciente, pero se contentó con gruñir.
       —Hubiera podido avisarme. Suponiendo que no lo hubiese visto a tiempo…
       —Y sin embargo, íbamos hablando…
       —¿Y después?
       —Ayer, estabas solo… Por lo tanto, tenías toda tu atención despierta…
       Y Lecoin preguntaba encogiéndose de hombros:
       —¿Qué quiere hacer ahora?
       —Bajemos. Por aquí. Espera. Quiero probar algo. Pide socorro…
       —¿Yo?
       —Como los que gritaban ayer no están aquí, es preciso que alguien les remplace…
       Y Lecoin gritó, de mala gana, presintiendo una trampa.
       Cuando se mostró más angustiado fue al oír pasos y cuando una silueta se movió en la oscuridad.
       —¡Acérquese! —gritó Maigret al recién llegado.
       Era el marinero de la «Belle-Thérèse», al que sin decir nada a nadie, el comisario había hecho llamar por la gendarmería.
       —¿Y bien?
       —Es difícil afirmarlo de una manera categórica… Sin embargo, para mí es poco más o menos lo mismo…
       —¿El qué? —gruñó Lecoin.
       —No sé quién grito, pero digo que era poco más o menos la misma voz que ayer…
       Esta vez faltó muy poco para que el coloso no perdiese la calma y abalanzase sobre el marinero, que no sabía qué papel representaba en aquella comedia.
       —¡Sube al camión!
       Alguien, que no se había movido hasta entonces, se aproximó: el capitán Pillement.
       —¡Todo va bien! —le anunció Maigret en voz baja—. Ahora vamos a ver el resto.
       Y volvió a sentarse en su sitio cerca de Lecoin, que no intentaba parecer amable.
       —¿Qué hago?
       —¡Como ayer!
       —¿Voy a Montargis?
       —¡Como ayer!
       —¡Si usted quiere! No sé qué idea le ronda por la cabeza, pero si cree que yo estoy mezclado en este asunto…
       Pasaban ya frente a la Posada de los Ahogados, cuyas cuatro ventanas estaban iluminadas y una de ellas tenía en letras esmaltadas el número del teléfono.
       —¿Así que no se te ocurrió la idea de pararte para telefonear?
       —Ya se lo he dicho…
       —¡Sigue!
       Un silencio. Un hombre hosco, de gestos bruscos, y Maigret, que fumaba su pipa en su oscuro rincón.
       Se llegó a Montargis y de repente Maigret hizo notar:
       —La has pasado…
       —¿El qué?
       —La gendarmería…
       —Es usted, con todas sus historias…
       Quiso dar marcha atrás, porque la gendarmería sólo estaba a cincuenta metros.
       —¡No! ¡No! —protestó Maigret—. ¡Continúa!
       —¿Continuar el qué?
       —Haciendo exactamente lo que hiciste ayer…
       —Pero fui…
       —No fuiste inmediatamente a la gendarmería. La prueba es que la hora no corresponde. ¿Dónde está el surtidor de Benoît?
       —En la segunda esquina, calle…
       —¡Vamos allí!
       —¿A hacer qué?
       —Nada… Haz lo que te digo…
       Era un surtidor corriente, delante de una casa de venta de bicicletas. La tienda no estaba iluminada, pero, a través de los cristales, se distinguía una cocina en la que se movían sombras.
       Apenas se había detenido el camión cuando un hombre salía de aquella cocina, un hombre que evidentemente había oído el motor y el chirrido del freno.
       —¿Cuántos litros? —preguntó sin mirar al camión.
       Un instante después lo reconocía, levantaba los ojos hacia Lecoin y preguntaba:
       —¿Qué haces aquí? Creía…
       —¡Ponme cincuenta litros!
       Maigret seguía en su rincón, invisible a los ojos del encargado del surtidor. Benoît, creyendo estar solo con su camarada, tal vez iba a hablar, pero Lecoin, presintiendo el peligro, se apresuró a decir:
       —¿Entonces, señor comisario, esto es todo lo que desea?
       —¡Ah! ¿Estás acompañado?
       —Uno de la policía que hace una reconstrucción, como él dice… No comprendo nada de nada. Siempre se atropella a los pequeños, mientras que…
       Maigret había saltado al suelo y había entrado en la tienda, ante el gran asombro del vendedor de bicicletas. Es que había visto a su mujer en la trastienda.
       —Lecoin pregunta cómo se las arregla —dejó caer al vuelo.
       Ella le miró con desconfianza, se inclinó para mirar a través del cristal, preguntó:
       —¿Lecoin está ahí?
       —Cogiendo gasolina.
       —¿No ha tenido disgustos?
       E, inquieta, sin comprender la intrusión de aquel hombre del sombrero hongo, se dirigió hacia el umbral.
       No se veía con claridad. Había que hacer un esfuerzo para distinguir los rasgos de los rostros.
       —Dime, Paul…
       Era su marido, atareado con la manguera de la gasolina.
       —¿Es Lecoin el que está ahí?
       Maigret, tranquilamente, acababa de llenar su pipa y la encendía aprovechando el abrigo de la tienda, iluminando por un instante los manillares niquelados de las bicicletas.
       —¿Vienes, Paul?
       Entonces, el comisario oyó claramente a uno de los hombres que le preguntaba al otro:
       —¿Qué has hecho?
       Por si acaso, sacó su revólver y lo metió en el bolsillo, presto a disparar a través del traje si era necesario. La calle estaba desierta, sin una luz. Y Lecoin era capaz de abatir a un adversario de un solo puñetazo.
       La mujer seguía en el umbral, encogida de hombros a causa del frío. Joseph Lecoin, bajando pesadamente de su asiento, daba dos pasos indecisos por la acera.
       —¿Y si fuésemos a explicamos al interior? —propuso sosegadamente Maigret.
       El encargado del surtidor colgó la manguera de la gasolina. Lecoin, que todavía no estaba muy decidido, revisaba el tapón de la reserva.
       Por fin, fue él quien gruñó andando hacia la puerta de la tienda:
       —Después de todo, no estaba convenido así… Después de usted, señor comisario…



IV

      Era un pequeño habitáculo de artesano, en toda la acepción de la palabra, con un buffet de roble trabajado, un mantel de cuadros sobre la mesa y, como floreros, horribles cosas de color rosa, mal ganadas en alguna feria.
       —Siéntese —murmuró la mujer limpiando maquinalmente la mesa delante de Maigret.
       Y Benoît cogió una botella del buffet, cuatro vasitos que llenó sin decir palabra, mientras que Lecoin se dejaba caer a horcajadas sobre una silla y se acodaba en el respaldo.
       —¿Duda de algo? —dejó caer mirando a Maigret a los ojos.
       —Por dos razones: en primer lugar porque sólo se oyeron gritos de hombre, lo que es bastante extraño, dado que había una muchacha en el lugar y que, si se hubiese ahogado, era lo bastante buena nadadora para mantenerse cierto tiempo en la superficie y pedir socorro… A continuación, tras un accidente de esta clase, no se hacen veinte kilómetros para avisar a la gendarmería mientras existe un teléfono al lado… Las ventanas de la posada estaban encendidas… Era imposible no pensar…
       —Naturalmente —admitió Lecoin—. Fue él el que quiso…
       —¿Había cogido sitio en el camión, evidentemente?
       Era demasiado tarde para retroceder. Además, los dos hombres habían tomado su partido y la mujer, por su parte, parecía aliviada. Fue ella la que aconsejó:
       —Es mejor contarlo todo. No por dos piojosos billetes de mil…
       —Joseph lo dirá… —intervino su marido.
       Y Lecoin, después de haber apurado el contenido de su vaso, explicó:
       —Pongamos que todo haya ocurrido precisamente como ayer por la noche… A pesar de la lluvia y mi limpiacristales en no muy buen estado, tengo bastante buenos ojos y bastante buenos frenos como para no chocar con un coche parado en la carretera… Por lo tanto, me paré a un metro y medio… Creí que se trataba de una avería y bajé para echar una mano… Fue entonces cuando vi a un joven muy agitado que me preguntó si quería ganar dos mil francos…
       —¿Ayudándole a arrojar el coche al agua? —intervino Maigret.
       —A decir verdad, lo hubiese podido arrojar a mano. Es lo que intentaba hacer cuando yo llegué. Pero lo que quería, sobre todo, era ser conducido a alguna parte sin que nadie lo supiese. Creo que, si sólo hubiese estado él, no hubiera accedido. Pero estaba la pequeña…
       —¿Viva todavía?
       —¡Naturalmente! Para decidirme, me explicó que no querían dejarles casar, que se amaban, que querían hacer creer en un suicidio, a fin de que no se intentase encontrarles y separarles… A mí no me gustan estos manejos, pero si hubiese visto a la chica bajo la lluvia… En resumen, le ayudé a lanzar el coche al Loing… Los jóvenes se escondieron en mi camión… Me pidieron, para dar visos de realidad, que pidiese socorro y lo hice… Así, se les creería muertos a los dos… Después, me bastaba con llevarlos a Montargis…
       »Por ejemplo, me di cuenta, durante el camino, que el joven no era un imbécil… Sabía que no podía ir a un hotel… Tampoco tenía ganas de coger un tren… Me preguntó si conocía a alguien que, pagándole otros dos mil francos, pudiese alojarles durante algunos días, el tiempo de que acabase la investigación… Pensé en Benoît…
       La mujer afirmó:
       —Nosotros creíamos también que se trataba de enamorados… Entonces, como nuestro cuñado tiene su habitación aquí y se ha ido a la «mili»…
       —¿Siguen en la casa?
       —Ella no…
       —¿Cómo?
       Y Maigret miraba a su alrededor con inquietud.
       —Por la tarde —empezó el encargado del surtidor—, cuando vi el periódico, subí y les pregunté si la historia del cadáver era cierta. La muchacha me arrancó el periódico de las manos, lo recorrió con los ojos y súbitamente, aprovechando que la puerta estaba abierta, salió corriendo…
       —¿Sin abrigo?
       —Sin abrigo ni sombrero…
       —¿Y el joven?
       —Me juró que no comprendía nada, que acababa de comprar el coche y que no había tenido la curiosidad de abrir el portamaletas…
       —¿Su casa tiene otra puerta además de ésta?
       En el mismo instante, cuando el vendedor de bicicletas respondía con un signo negativo, se oyó un estrépito en la calle. Maigret corrió hacia la acera y encontró en ella una forma tumbada, un joven que se agitaba, intentando en vano huir, a pesar de haberse roto una pierna al saltar desde el primer piso.
       Era a la vez dramático y lamentable, porque Vertbois estaba loco de rabia y todavía no admitía su fracaso.
       —Si se acerca, disparo…
       Maigret prefirió lanzarse sobre él y el otro no disparó, ya sea porque tuvo miedo, ya sea porque le faltaba sangre fría.
       —Calma, ahora…
       El joven se dirigía al chófer, al encargado del surtidor, a su mujer, les acusaba de haberle traicionado.
       Era el clásico descarriado, del que Maigret, desgraciadamente, ya había podido estudiar algunas docenas de ejemplares; solapado, envidioso, ávido de placeres y de dinero hasta el punto de no vacilar ante ningún medio para conseguirlo.
       —¿Dónde está Viviane? —le preguntó Maigret poniéndole las esposas.
       —No lo sé.
       —¿Así que llegaste a convencerla de que arrojabas el coche al agua con el solo fin de hacer creer en un suicidio de enamorados?
       —No me dejaba otra salida…
       —Y es fastidioso, ¿verdad? ¡Estar en posesión de un cadáver y no poder desembarazarse de él!
       ¡El crimen vicioso con toda su estupidez, con todo su horror, el que no reporta nada!
       Jean Vertbois, al ver que su proyecto de matrimonio se iba al traste y que se le escapaba el dinero de los La Pommeraye, incluso si se llevaba a Viviane, tomaba a una amante de cierta edad, que tenía desde hacía mucho tiempo, la atraía a su casa, la mataba, le robaba el dinero y, comprando con una parte de este dinero un coche a bajo precio, proyectaba desembarazarse del cadáver en un lugar desierto.
       Ahora bien, he aquí que aparece Viviane, con su joven amor, con su pasión. Viviane decide no regresar a su casa y compartir la suerte de su amante.
       ¡Ella no le abandonará! Las horas pasan, el coche rueda, siempre con el cadáver a cuestas.
       ¡Viviane creía vivir una verdadera luna de miel y estaba en pleno meollo de un drama inmundo!
       Enlazaba al hombre que amaba y éste sólo pensaba en el macabro paquete y en la manera de desembarazarse de él, costase lo que costase.
       Fue entonces cuando, en su desesperación, inventaba este simulacro de suicidio, al que complicaba, a la vez que lo facilitaba, la llegada fortuita de un camión…

* * *

       —¿Las informaciones prometidas, comisario?
       En la «Cloche», los periodistas habían hecho una cena que era un verdadero banquete y su humor se resentía.
       —El asesino de Marthe Dorval está en el hospital…
       —¿Marthe Dorval?
       —Una antigua cantante de opereta, que tenía dinero y que era amante de Jean Vertbois…
       —¿Él está en el hospital?
       —En el hospital de Montargis, con una pierna rota… Les autorizo para que vayan a fotografiarle y a hacerle todas las preguntas que gusten…
       —Pero ¿y la joven?
       Maigret bajó la cabeza. De ella no sabía nada y se podía temer un acto de desesperación.
       Era más de medianoche y el comisario se había reunido en la casa de Nemours, con el capitán Pillement, con el que repasaba los acontecimientos, cuando se escuchó el sonar del teléfono.
       El capitán, al aparato, manifestó una sorpresa feliz, hizo algunas preguntas: «¿Está seguro de la dirección? ¡Escuche! Para más precauciones, tráigame al chófer… Tanto peor si está borracho…».
       Y explicó a Maigret:
       —Mis hombres acaban de descubrir a un chófer de Montargis que, en el transcurso de la jornada, ha montado a una joven sin abrigo, ni sombrero… Ella se ha hecho llevar al campo, cerca de Bouges, en donde ha entrado en una casa solariega aislada… Como, durante el camino, el chófer se inquietaba por su dinero, al ver que su cliente no llevaba ni bolso, ella le repitió varias veces:
       —Mi tía pagará…

* * *

       Viviane La Pommeraye, en efecto, deshecha, jadeante, se había refugiado en casa de una de sus tías, en donde, desde su infancia, pasaba sus vacaciones.



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