George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


El prisionero de Lagny (1941)
(“Le prisonnier de Lagny”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 146, 19 de septiembre de 1941);
Les dossiers de l’Agence «O»
(París: Gallimard, N.R.F., 1943, 672 págs.)



I

      El coche de la Agencia O se quedó en el último camino transitable para coches —¡si es posible llamarlo así!— a unos trescientos metros de la carretera. Torrence, Emilio y Barbet, es decir, el efectivo masculino de la Agencia O en pleno, chapoteó en una especie de campo, luego la tierra se hizo más pegajosa y Barbet, de nombre predestinado, se hundió hasta la cintura en un hoyo lleno de agua.
       En vez de quejarse, el excarterista, convertido en detective, exclamó triunfalmente:
       —¿Qué le decía yo, jefe? Estamos en un antiguo ladrillar. Cincuenta metros más y llegaremos al borde del Marne.
       Son las nueve de la noche. El invierno está expirando, pero el cielo vierte diluvios de agua helada. Según los periodistas, jamás llovió tanto y los diarios reproducen cada día al zuavo del puente de Alma con el agua a media pierna.
       ¿Qué hacen aquellos tres señores de la Agencia O en la oscuridad y al borde del río? El asunto es serio, puesto que, contra la costumbre de la casa, se hacinaron los tres en el cochecito de Torrence. Y como el auto es descubierto, minúsculo y su carrocería tiene mala traza, los tres daban, hace poco, la impresión de haberse querido instalar en una bañera.
       Andaban con precaución. No hacen el menor ruido, salvo el chap de sus pies en el barro. En fin, cosa más excepcional que todo lo demás, cada cual lleva un revólver en la mano.
       Pronto, se distingue vagamente la masa sombría de una casa de un piso, que está en la misma orilla del Marne, cuyas aguas lodosas acarrean detritus.
       Barbet, que tenía la pretensión de conocer el lugar como sus propios bolsillos —haría mejor diciendo: como los bolsillos de sus antiguas víctimas—, le sopla al oído a Torrence:
       —Mire a la izquierda… Si estuviésemos en pleno día vería a doscientos metros de aquí un canal que desemboca en el río. Ese canal se llama el canal de Chelles. A su salida hay una esclusa. En fin, la gran línea ferroviaria que une Paris al Este de Francia pasa cerca de aquí y por ella circulan trenes toda la noche.
       Es la primera vez que Barbet, mozo de despacho encargado a menudo de seguir la pista de la gente o de visitar su alojamiento a escondidas de ella, toma un sitio tan importante en un asunto de la Agencia O.
       Aquel mismo día, el correo de las cinco de la tarde trajo una carta por la que el cartero reclamó una tasa. El remitente, en efecto, se había olvidado de pegar un sello en el sobre.
       Raro sobre aquél, por otra parte, del que se hubiera dicho que había sido confeccionado por un niño con un papel cualquiera y que se había cerrado con la ayuda de un papel de esparadrapo. Estaba sucio, manchado de tierra rojiza, y la dirección, escrita con lápiz, apenas era legible.

     «Señor:
     »Conozco a la Agencia O. Le suplico que ponga en juego todos los medios de que dispone. Estoy secuestrado desde hace más de cuatro semanas en un lugar que desconozco. Si esta carta le llega por milagro, he aquí algunos informes que quizás le permitirán descubrir la casa que me sirve de prisión.
     »Esta casa está al borde de un río. No creo que sea el Sena, porque ese río me parece menos ancho. Sin embargo, lo cruzan un número bastante grande de embarcaciones, entre otras, remolcadores y pinazas de motor. Casan también chalanas a la sirga, de caballos porque oigo el paso de éstos y el látigo de los carreteros.
     »Aunque, sin duda, me hicieron dar rodeos, no creo encontrarme a más de cincuenta kilómetros de París. Una línea de ferrocarril pasa cerca del lugar en que me encuentro y oigo toda la noche el estrépito de los trenes.
     »He podido mirar afuera por una estrecha rendija. No he visto más que una pequeña porción del paisaje. Un canal desemboca en el río. Los ribazos de este canal están plantados de dos hileras de grandes árboles. Hay una esclusa y una casa de esclusero.
     »En fin, examinando el barro de mis zapatos, después de haber atravesado con los ojos vendados un centenar de metros, encontré una tierra grasienta y roja como si hubiese chapoteado por un antiguo ladrillar.
     »¿Les permitirán estos datos encontrar mi cárcel? Soy un hambre de edad y no podré resistir mucho este secuestro, sobre todo en la situación moral en que me encuentro.
     »Me es imposible decirle nada más.
     »Vuelvo a suplicarle que lo ponga todo en acción para encontrarme. No importan los gastos. Pero evite a toda costa que se entere la policía oficial. Sería para mí la peor de las catástrofes».

       Sin firma. Torrence y Emilio habían estudiado detenidamente ese documento escrito con lápiz. La letra era de un hombre culto y hasta acostumbrado a escribir mucho. Era bastante firme. Emilio, que solía hacer estudios grafológicos, había declarado:
       —En todo caso no es un loco. A pesar de su S. O. S. conserva su sangre fría… Si se me preguntara por la profesión del hombre que ha trazado esos renglones, respondería que es un abogado, un médico o un notario… Añadiría que tiene la costumbre de mandar, es decir, que ocupaba en su profesión un lugar preponderante.
       En su cubil, Emilio había consultado los mapas de las vías navegables. Barbet, por casualidad, se había asomado a su trabajo:
       —¿Qué está buscando, jefe?
       Le dio a leer el billete misterioso.
       —No es necesario que pierda el tiempo, jefe ¡Ya lo encontré!
       —¿Eh?
       —He de decirle que cuando… bueno, cuando yo no estaba aún en la Agencia O, iba una o dos veces por semana a barquear por el Marne.
       Barbet no añadió que, en aquella época, era el lugar predilecto de los mozos del hampa, que se daban cita en cierto merendero.
       —Mire bien el matasellos de Correos. La palabra está mal marcada, pero termina en Y. ¡Me apuesto lo que quiera a que es Lagny! El canal es el de Chelles… Podría decirle que, en ese lugar, conozco todos los árboles y todos los rincones donde abundan los gobios… Hay, en efecto, un antiguo ladrillar, con charcas llenas de ranas. Llovía a torrentes y la encrucijada Montmartre, a la hora de la salida de los despachos, era como un mar de relucientes paraguas. Los diarios de la vendedora de la esquina parecían húmedas compresas.
       —¿Qué hacemos? —preguntó Torrence.
       —Vamos allá —decidió Emilio—. Si este mensaje es sincero, y no creo que sea obra de un bromista de mala ley, más vale actuar allí de noche que de día…
       ¿Nos llevamos a Barbet?
       —¡Pardiez!

       La casa estaba deteriorada y parecía que no había sido habitada desde hacía mucho tiempo. En ciertas ventanas se habían clavado planchas de madera para substituir a los postigos que faltaban. No se filtraba en ella ninguna luz, ningún otro ruido que el monótono producido por la lluvia sobre un cobertizo de zinc.
       Sin duda, antaño, aquella casucha era el alojamiento del guardián del ladrillar que por una razón u otra había sido abandonado.
       El lugar parecía de tal modo extraviado que uno sé hubiera creído encontrarse a centenares de kilómetros de la capital, A un kilómetro río arriba, se percibían vagamente, en la otra orilla, las luces de Lagny. Se veía también pasar en la oscuridad el halo rojo de las locomotoras.
       Dos o tres pinazas estaban amarradas frente a la esclusa, con la luciérnaga de un farol en el puente…
       —¿Entro? —preguntó Barbet.
       Era su papel. Se deslizó como un gato, sin hacer ruido, alguno y, cosa preciosa, las cerraduras no tenían ningún secreto para él.
       Emilio se apostó, revólver en mano, delante de la casa, cerca del Marne. Torrence se situó detrás.
       En cuanto a Barbet, éste desapareció engullido por la oscuridad y durante más de diez minutos se ignoró lo que de él había sido.
       Después de aquel lapso, solamente se percibió el reflejo de una linterna sorda en una buhardilla del desván. Luego un poco de luz se filtró por entre las tablas que tapaban las ventanas del primer piso.
       Por fin, bajo la puerta donde se produjo un delgado trazo luminoso; la puerta se abrió y una voz dijo:
       —Pueden venir…
       Torrence y Emilio se precipitaron. Barbet estaba en el umbral, con su linterna eléctrica en la mano.
       —¿Y qué?
       —Nadie. He visitado toda la casa, desde la bodega al desván. Cuando digo la bodega, exagero, porque hay por lo menos un metro de agua allí y las barricas vacías flotan.
       Seguidamente, los tres hombres empezaron una inspección minuciosa de aquellos lugares. La planta baja constaba de tres habitaciones y casi no había muebles en ellas: en la cocina, una mesa vieja de madera de pino, un hornillo oxidado, dos sillas con asiento de paja.
       En lo que debió de ser el comedor, una sala cuadrada de papel despegado por la humedad, sólo había remos, un ancla de embarcación bastante pesada, luces de situación, cadenas y cordajes.
       Diríase —hizo notar Emilio— que la gente que posee esta casa la utiliza como almacén de trastos viejos y que tiene una embarcación algo importante. El ancla es pesada. Las cadenas y el cordaje debieron de servir a bordo de una pinaza…
       En la tercera habitación, nada más que un viejo y desarmado caballete de pintor.
       —Vengan a ver en el primer piso… Creo que es allí donde hay algo interesante.
       Tres habitaciones más. Dos de ellas completamente vacías. En la tercera, que daba al río, pero cuyas ventanas estaban condenadas por tablas clavadas en el exterior, una cama de hierro, un jergón y una manta.
       —Observarán ustedes —dijo Emilio— que la casa no tiene luz eléctrica. Esta habitación parece haber sido habitada y, no obstante, no hay en ella, ningún sistema de alumbrado… Ni lámpara de petróleo, ni bujía, ni pila eléctrica…
       Lo más impresionante —y lo que daba a aquella habitación un olor fétido— eran las vacías latas de conservas que se amontonaban en un rincón del suelo. Había una gran cantidad: latas de sardinas, de carne de vaca, de arenques en vino blanco…
       Emilio, pensativo, iba y venía por la habitación y a cada instante, se volvía más preocupado.
       —Note —le dijo a Torrence— que no hay ni un solo pedazo de pan. Por el contrario, vea esta caja de galletas de barco. ¿Qué nos prueba eso?
       Torrence le miró interrogativo.
       —¿Que no hay tahonas por los alrededores? ¿Es eso lo que quiere decir?
       —No. Eso prueba que el prisionero estaba solo en esta casa… Si hubiese habido alguien para vigilarle, hubiera podido darle pan más o menos fresco… ¡Mire! Vea aquí tres jarros en ese rincón. ¿Por qué tres cuando ni siquiera hay una palangana para lavarse? Porque era necesario dejar al desgraciado provisión de agua para varios días. Cuente esas botellas vacías y llenas. Hay una veintena… Vino para cierto tiempo…
       Aquello era siniestro, tanto más siniestro cuanto que los tres hombres no disponían para alumbrarse más que de sus linternas sordas.
       —¿No tenía el hombre más que aquella única habitación a su disposición? Se había colocado una segunda cerradura en la puerta y ésta era de roble macizo… No encontrará usted en la estancia ni un solo objeto pesado que permita hundir la puerta o hacer volar en astillas la ventana y su forro de planchas de madera… ¡Barbet!… ¡Torrence!… Enfoquen su linterna sobre el jergón.
       Emilio se había inclinado. Cuando los tres haces luminosos se juntaron encima del jergón, se pudo distinguir lo que había intrigado al joven pelirrojo.
       Era una gran cantidad de pelos blancos. Eran tupidos y ligeramente rizados.
       —¡Pelos de barba!… ¿Comprenden ustedes? Antes de que el prisionero dejara esta habitación, le han cortado la barba, que era blanca. ¿Por qué? No lo sé.
       —Oiga, jefe, ¿no cree usted que lo hayan enterrado en la bodega?
       Emilio movió la cabeza negativamente.
       —En primer lugar, llueve desde hace ocho días y la bodega está inundada. Hubiera sido, pues, difícil cavar allí una fosa. Luego, no hay ninguna razón para cortar la barba a un cadáver o a un hombre a quien se va a matar.
       —¿Qué hacemos? —preguntó Torrence que hubiera deseado secarse delante de un buen fuego.
       —Continuemos… El menor centímetro cuadrado de esta casa puede darnos indicios…
       Era va la una de la noche cuando despertaron a un hotelero de Lagny y le pidieron vino caliente y luego habitaciones.
       A las ocho, en un día gris, el paisaje no les pareció más agradable que la noche anterior.
       El posadero, que frotaba con creta el gran espejo colocado tras su mostrador, fue el primero a quien interrogaron.
       —Dígame, ¿la casa que se encuentra casi frente a la esclusa de Chelles…?
       —¿La casa del ladrillar?… ¿Acaso quieren alquilarla?
       El posadero hablaba con franca ironía.
       —¿A quién pertenece?
       —A Laurence… Pero si logran ustedes sacarle una palabra sensata a Laurence…
       —¿Quién es Laurence?
       —Una vieja que bebe como una esponja, como diez esponjas, como todos los hoyos del ladrillar en donde ella vivía antes. A estas horas si no está en su habitación, la encontrarán en el puesto de policía, donde ella duerme la mona tres de cada cinco días.
       Encontraron a Laurence, no en el puesto de policía, sino en una habitación que más parecía una cuadra. Su primer cuidado fue el de reclamar vino tinto. Después de lo cual, con la lengua pastosa, preguntó desconfiada:
       —¿Qué le quieren ustedes a mi casa?… ¡Ya lo sé!… ¡Ya lo sé!… Les gustaría más que la vendiera. ¡No es tonto eso! ¡Yo soy propietaria, yo, señor! Y, cuando esos caballeros de la policía tratan de encerrarme por vagancia, yo puedo responderles que soy propietaria y que pago la contribución territorial… ¡ja!, ¡ja! Eso es lo que les fastidia… Si no, inmediatamente encerrarían a la pobre Laurence…
       —¿Tiene usted inquilinos?
       —¿Quién podría impedirme el tener inquilinos?… Además, que son gente bien… Cuando me pidieron que se la alquilara por dos meses yo les respondí:
       »—Nada de eso, buen señor… Por tres, seis, nueve, como todo el mundo… Y ha de pagar tres años por adelantado…
       —Perdone. ¿Han habitado la casa?
       —¿Por qué la habitarían, puesto que viven en el agua?
       —¿Son marineros?
       —¡Anda!, ¡marineros!… Llámele a aquello un yate, sí… Una vez subí a bordo para la firma… ¡Porque desde luego se firmaron documentos! Y peor para ustedes si eso les fastidia. Yo estoy en regla y si no me pagan otro litro de vino…
       —¿Está su embarcación amarrada en el canal?
       —¿En el qué?
       —¿Si está amarrada cerca de la casa?
       —Justo enfrente. Es precisamente por eso mismo por lo que la alquilaron. Un barco, por grande que sea, no tiene nunca bastante sitio… Sobre todo cuando se pinta…
       —¿Quién pintaba?
       —¡Pues el señor! Era en verano… Entonces, él pintaba dentro de la casa… Y, hasta una vez que entré y encontré a la joven señora completamente desnuda… «Está posando», me dijo él.
       —¿De qué joven señora habla?
       —De una rubia… Una extranjera, a la que apenas entendí cuando habló… Linda, señores… Con los senos pequeños como dos manzanas y una piel tan blanca como la leche.
       —¿Fue el verano último?
       —El verano anterior, sí.
       —¿Y volvieron el verano pasado?
       —No. No les he vuelto a ver. Parece que, a veces, hay luz en la casa, pero eso ya no me importa, puesto que la alquilé por tres, seis, nueve. He hecho creer a los imbéciles del lugar que tal vez sean aparecidos, y los hay que hablan de la casa frecuentada por fantasmas… Para que vean lo estúpidos que son…
       —¿Cómo se llama su inquilino?
       —La vieja reflexionó con huraña mirada.
       —No lo sé —confesó después de un esfuerzo—. Lo he olvidado. ¡Es, sobre todo, de la cabeza de donde me resiento, ve usted! Apenas si me acuerdo del nombre de mi difunto marido… Se llamaba Jules… ¡Cogía cada turca!…
       —¿Era un nombre francés?
       —Tal vez sí… Como bonito barco, era un barco bonito, todo barnizado… Tenía forma de una pinaza, pero dentro había verdaderos salones.
       —¿No recuerda tampoco el nombre del barco?
       —¡Ah, eso sí! Y hasta recuerdo que era muy pícaro y sentaba muy bien con la damita…
       —Dígalo…
       —Cupido, señor… Pregunté qué quería decir eso… Cuando me lo explicaron…
       Una hora más tarde, la Agencia O, que se había distribuido la tarea, había reunido cierto número de informes.
       Una pinaza arreglada para la navegación de recreo por canales y ríos había pasado dos años antes, tres meses, al borde del Marne, a cien metros del canal de Chelles. El propietario era un pintor. Un hombre alto y guapo de ojos azules muy claros.
       Iba acompañado de una mujer muy joven, de un rubio que parecía artificial. Apenas hablaba el francés.
       Varias veces el guarda de campo había intervenido, a causa del atuendo más que ligero con que la joven se paseaba por el puente de la embarcación. Decíase que, por la noche, la pareja se bañaba desnuda en el río.
       Los propietarios de la pinaza Cupido, recibían a veces a muchos invitados. En esos casos, la fiesta, a bordo, duraba toda la noche y, hasta en la esclusa, se encontraban botellas de champán vacías que flotaban siguiendo el curso del río.
       Nadie sabía lo que había sido del Cupido. Se confirmaba, por el contrario, que, varias veces, se había visto luz en la casa.
       —Habían dejado en ella cosas, ¿comprende usted?… Sin duda, pues, es que venían a buscarlas…
       A las doce menos cuarto, Torrence, vestido con un traje seco y una gabardina nueva, penetró en el Ministerio de Obras Públicas y preguntó por la sección de la navegación fluvial.
       Un empleado le recibió amablemente.
       —¿El Cupido?… ¿Permite usted? Si navega por recreo no será difícil encontrarle. Piense que gracias a las esclusas nos es fácil seguir las idas y venidas de todas las embarcaciones.
       Hojeó los expedientes.
       —Espere… El verano pasado, el propietario del Cupido
       —¿Tiene usted su nombre?
       —Dassonville… Jean Dassonville, artista-pintor. Un instante… Al Cupido se le concedió un permiso de circulación por el Sena… Ha debido de pasar los meses de agosto y septiembre en Honfleur… Ya verá usted, esas embarcaciones no navegan mucho… Buscan un sitio agradable y se fijan allí para las vacaciones.
       —¿Puede usted saber dónde se encuentra actualmente el Cupido?
       —A menos que haya cambiado de lugar recientemente, está amarrado un poco más abajo del puente de Saint-Cloud… Es un sitio muy rebuscado para la invernada… Se está en París y al mismo tiempo en el campo… ¿Sabe usted que la cantidad de gente que viven en embarcaciones aumenta cada mes? ¡Nada de pagar alquiler, ni de propietario, y la posibilidad de mudar de barrio en pocas horas! Hubo un momento en que el Sena, en pleno París, estuvo abarrotado de embarcaciones de ese género y tuvimos que poner orden en eso. Ninguna ley prohibe…
       A la una exactamente, Emilio y Torrence sentados a la mesa de un pequeño y simpático restaurante de Saint-Cloud, comían caracoles, contemplando una pinaza larga, convertida en casa flotante, y que llevaba en letras de oro el nombre de Cupido.
       Salía humo de la chimenea. En la popa, un enorme perro danés estaba atado bajo un pequeño techo que le protegía contra la lluvia.
       Una servicial sirvienta les sirvió un fricando con acederas cuando, en el puente de la pinaza, apareció una mujer joven y colocó una escudilla delante del perro.
       Su vestido indicaba que no era una sirvienta. No era tampoco la rubia joven descrita por la lamentable Laurence.
       Era una de las más hermosas morenas que jamás Torrence y Emilio hubiesen contemplado.


II

      No habían terminado aún su almuerzo en el pequeño restaurante de Saint-Cloud, cuando los dos hombres ya tenían noticias de Barbet, al que habían dejado en Lagny para continuar la investigación. Los informes de Barbet confirmaron los que ya poseían. Tenían además la ventaja de descartar definitivamente toda idea de mixtificación.
       El mozo de la Agencia O, en efecto, había dado con un chico de catorce años, a quien todo el mundo conocía por el apodo de Passoire, a causa de las huellas que la viruela había dejado en su cara. Lo que hizo pestañear a Barbet fue que el muchacho vendía sartas de ranas de puerta en puerta. De ahí a pensar en los hoyos del ladrillar…
       Se confirmó que el llamado Passoire había, en efecto, encontrado, cuatro días antes, la carta en el ribazo, justo frente a la casa. Se la metió en el bolsillo, donde la guardó cuarenta y ocho horas. Fue por casualidad cuando, al ver un buzón de correos, tuvo la idea de echarla dentro.
       Era, pues evidente:
       1.º Que un hombre había sido secuestrado durante varias semanas en la casucha que está al borde del agua;
       2.º Que aquel hombre pasó allí la mayor parte del tiempo solo, en una habitación del primer piso sin guardián;
       3.º Que había logrado escribir una carta y que la había dirigido, no a la policía oficial, sino a la Agencia O;
       4.º Que verosímilmente había deslizado dicha carta por entre dos de las tablas que disimulaban las ventanas;
       5.º Que en el curso de los tres últimos días habían ido a buscarlo.
       En efecto, si se hubiese escapado habría sin duda advertido a la Agencia O. Además se hubieran encontrado huellas de la huida, y no era ése el caso.
       La casa, en fin, había sido alquilada por nueve años a un tal Jean Dassonville, pintor, que vivía a bordo de la pinaza Cupido y que, dos años antes, iba en compañía de una joven extranjera rubia.

       —¿Conoce usted a los inquilinos de esa pinaza? —preguntó Torrence tomando un aire lo más indiferente posible.
       El dueño del pequeño restaurante, un buen hombre auvernés, hizo una mueca.
       —Más preferiría no conocerlos —refunfuñó, pasando por encima de la mesa la servilleta que llevaba siempre bajo el brazo.
       —¿Son clientes de usted?
       —Ya verá, se pasan semanas enteras sin poner los pies aquí y, de pronto, la noche menos pensada, a las once o a la una, porque las horas no cuentan para ellos, despiertan a toda la casa golpeando como sordos en los postigos y piden botellas de coñac, de champán, de chartreuse o de benedictine…
       —¿Porque han recibido visitas?
       —¡Eso es! No se puede imaginar la cantidad de gente que desfila a bordo de esa embarcación… Gente de toda clase… Pintorzuelos de pelo largo… Mujeres que no valen gran cosa y mujeres de la alta sociedad que llegan en coche particular y chofer… A veces, hay mucha corrección… Otras veces el escándalo dura toda la noche… Es durante esas noches cuando se nos molesta si las previsiones de bebida se les han acabado… Y verá usted, se da el caso de que yo tengo una hija…
       Mirada interrogativa de Torrence.
       —¿Ven ustedes desde aquí cómo han arreglado la pinaza? En los flancos han abierto grandes ventanas… La popa tiene vidrieras… Pues bien, señores, esa gente no se priva ahí dentro de desnudarse completamente con el pretexto de la pintura sin tomarse siquiera la molestia de correr las cortinas…
       —¿Vende muchos cuadros el señor Dassonville?
       —Muchos, no lo sé… Lo cierto es que de vez en cuando, se ve a alguien que se aleja con una tela bajo el brazo… que a veces me pagan… que otras me hacen esperar todo un mes. Algunas veces, cuando no están con fondos, vienen a comer aquí y apuntamos en la pizarra… Por mi parte, a mí no me gustan los hombres de ojos fríos.
       Emilio y Torrence se miraron. ¿Qué entendía aquel buen auvernés por hombres de ojos fríos?

       —¿Vamos allá?
       —Como usted quiera.
       —¿No voy demasiado astroso?…
       Por fortuna Torrence lleva una gabardina nueva y un sombrero apenas usado. Gracias a su gordura puede pasar por un buen burgués y nada prohibe a un burgués ser aficionado a los cuadros.
       Instantes más tarde, franqueaban la pasarela, cortada en dos por una barrera provista de una campanilla. El perro danés, amenazador, tira de su cadena. Una cara de hombre se asoma un momento al mayor de los huecos de la vidriera y los dos jefes de la Agencia O empiezan a comprender lo que el auvernés ha querido decir al hablar de los ojos fríos.
       Una puerta se abre. El hombre está allí, con una paleta de pintor en la mano. Va vestido con un grueso chaleco blanco y un pantalón de franela y calzado con pantuflas.
       —¿Qué pasa? —pregunta sin tomarse la molestia de ser cortés.
       Su pelo es casi de color paja y sus ojos tienen el tinte glauco de los fiords noruegos, y su transparencia…
       —¿El señor Dassonville?
       —¿Qué hay?
       —Me han hablado mucho de sus cuadros y hubiera deseado…
       Una vocecita con un acento extremadamente curioso dice desde el interior:
       —Cierre la puerta, Jean. Me estoy helando…
       El pintor se decide a abrir la barrera y a calmar a su perro.
       —¿A quién tengo el honor…?
       —Rousseau —tartamudea Torrence—. Joseph Rousseau. Soy industrial de provincias. Unos amigos me hablaron de sus obras.
       —Entre…
       Un vaho de calor. Y no de calor solamente. En tan poco tiempo han entrado en un mundo tan diferente que a Emilio y a Torrence la sangre se les sube a la cabeza. La estancia en que se encuentran está toda tapizada con telas sedosas y amueblada, diríase que solamente con divanes profundos y mullidos. Reina allí un olor que recuerda un poco el del incienso, pero más sutil.
       En el diván que está de cara a la puerta, hay tendido un personaje que bien pudiera tomarse por una estatua pequeña. ¿Es verdaderamente una mujer? ¿No es más bien una figura de cera?
       Es una mujer, en efecto, una japonesa joven totalmente desnuda, que fuma un cigarrillo oriental y cuya mirada indiferente se escurre sin fijarse por encima de Torrence y de su compañero. En otro diván, la joven morena que los dos hombres admiraron antes va vestida con una bata suntuosa y juega con un gato siamés.
       Es evidente que en el momento en que ambos hombres se presentaron el pintor estaba haciendo el retrato de la joven oriental. Por otra parte, se sitúa delante del caballete.
       —Si quieren ustedes sentarse, señores… Con su permiso.
       Vuelve a encender un cigarrillo y a coger sus pinceles. La modelo de la piel color de azafrán vuelve a tomar su pose.
       —¿Quiénes son los amigos que le han enviado?
       Se ve que el hombre tiene la costumbre de trabajar cuando recibe visitas.
       Torrence, que jamás conversó así en presencia de una mujer tan sucintamente vestida, carraspea y murmura:
       —Me parece que no los conoce. Son ricos comerciantes de Lyon que vienen a menudo a París y que frecuentan los bares de Montparnasse… Allí oyeron hablar del «pintor de la pinaza»…
       —¡No está mal! —aprueba Emilio con un leve parpadeo.
       —En efecto, se habla mucho de mí en Montparnasse —concede el pintor, al cual no agobia la modestia—. Pero aún se habla más en Ámsterdam, en Londres, en Nueva York… ¡Germaine!… ¿Queda algo para beber?
       —Si es para nosotros, señora…
       —¡Dejen!… Debe quedar whisky. Anoche estuvimos aquí una panda de amigos… No nos dejan nunca en paz… Es el defecto de la celebridad… ¡Vamos, Germaine!
       Ésta, que ha abierto una alacena disimulada en el mamparo, pone en una bandeja una botella de whisky, copas y sifones.
       —¿No hay hielo?
       —Puedo ir a buscarlo enfrente…
       —¡No! ¡Gracias! Ya estoy harto de ese indecente auvernés… ¡A la salud de ustedes, señores!
       Torrence, que le tiene horror al whisky, reprime una mueca. El pintor, sin soltar su paleta, vacía su copa de un trago.
       —Creo, por otra parte —prosigue Torrence, que decididamente prefiere, para conservar su sangre fría, no mirar a la pequeña estatua asiática—, creo haber visto ya alguna vez su encantadora y confortable pinaza…
       —Hemos recorrido casi toda Francia.
       —Fue, si no me equivoco, en el Marne… Pasaba en canoa automóvil con un amigo…
       Emilio tiene deseos de soltarle a su jefe:
       —¡Demasiado pronto! ¡Demasiado!
       Y, en efecto, Dassonville les miró con lo que verdaderamente se pueden llamar ojos fríos, y suspendió la conversación.
       —Puedo, por otra parte, haberme equivocado —prosiguió Torrence intentando recobrarse—. En todo caso me complace el haberle podido ver trabajando y sería más feliz todavía si pudiera adquirir una de las obras que…
       —Enseña las telas, Germaine…
       Aquello parecía formar parte de un rito.
       La joven morena, también ella poco vestida, abrió una alacena y sacó de la misma unas doce telas aún no encuadradas y algunas sin terminar.
       No solamente parecía que Dassonville no hubiera pintado nunca ni un solo personaje vestido, sino que, además, sus obras eran por lo menos lascivas y algunas de una indecencia recargada.
       —Muy bien… Muy bien… —iba diciendo Torrence—. ¡Evidentemente!… Es exactamente lo que me habían dicho…
       Y Emilio acudiendo en su ayuda:
       —Se nos decía, señor, que es usted el primer pintor del amor en nuestra época… Yo soy el secretario particular del señor Martin…
       —Martín Rousseau.
       —¿Pero no había dicho usted Joseph?
       —La casa es Joseph-Martin Rousseau… En la intimidad…
       —Bien. ¿Ustedes han venido a comprar una tela?… Pues no han de hacer más que escoger y, como estoy muy ocupado, será la señorita Germaine, que tiene la costumbre de esas cosas…
       —¿Sabe usted en qué pienso desde que he entrado aquí?… Pienso en sus obras, es evidente… ¿Cómo no pensar en ellas cuando se tiene el honor, y la suerte de…?
       ¡Pobre Torrence! ¡Y aquella mujer desnuda que se exhibe sin el más elemental de los pudores y que les mira romo una esfinge…!
       —Pienso que conozco ciertamente a la señorita Germaine… Tengo su apellido en la punta de la lengua… Estoy seguro de haberla ya encontrado y…
       —Seguramente, se equivoca usted.
       —Ruego me excusen la insistencia…
       »Suelo tener buena memoria, sobre todo cuando las fisonomías… La señorita Germaine me recuerda… Espere un momento… ¡No! No fue en casa de un abogado… En casa de un notario… Tengo muchos amigos en el notariado… Espere… Creo que…
       La joven se ha sonrojado; de ello, Torrence está seguro. Evita ahora mirarla cara a cara. ¿Habrá acertado? ¿Empieza a dar sus frutos aquel pequeño ejercicio de grafología a que se entregó Emilio con la extraña carta recibida por la Agencia O?
       —¿Hace el favor de dejarnos solos, Germaine?
       El hombre de los ojos fríos ha dicho esto con otra voz e inmediatamente la joven morena desaparece tras una mampara de terciopelo antiguo, de tonos deslucidos.
       El pintor coloca su paleta y sus pinceles encima de un velador. No se ocupa ya de la pequeña asiática, como si no fuese verdaderamente sino una estatua más o menos preciosa, y la joven ídolo, por su parte, no parece conceder a la conversación ni el mínimo interés. Puesto que ya no se pinta, puede estirar, cruzar y descruzar las piernas, exactamente como el gato siamés que está en el otro diván.
       —Señores…
       ¡Caramba! Hay algo cambiado en el ambiente. Los ojos del hombre ya no son fríos. Son de hielo y su mirada es aguda como aquellas agujas de escarcha que en invierno se forman en los cristales.
       —No tengo el derecho de pedirles su documentación…
       Estupefacción de Emilio y de Torrence, a quienes es la primera vez que semejante aventura les sucede.
       —Sin embargo, siento deseos de llamar al agente de servicio que hay en el puente de Saint-Cloud para que lo haga él en mi lugar…
       —Pero…
       —Aunque yo viva en un barco, cosa que a nadie le importa, este barco es mi domicilio legal y se dice que el carbonero es en su casa dueño…; ustedes se han introducido aquí con nombres que puedo suponer que son falsos, y la prueba está en que ni siquiera ustedes mismos se acordaban de ellos.
       »Si han venido de provincias para comprarme un lienzo, no deja de ser extraño que hayan sentido la necesidad, en primer lugar, de almorzar en ese fonducho de enfrente y de sostener una larga conversación con el dueño, que me detesta…
       »O bien son ustedes verdaderamente amantes de la pintura y están enterados de mis precios… En ese caso, les vendo uno de esos lienzos, a escoger por la suma de diez mil francos pagaderos al contado…
       —No llevo encima… —balbuceó Torrence.
       —¿Y, no obstante, venían de provincias exactamente para comprarme cuadros? ¡Eso no cuaja, señores!… Ustedes no son más que unos curiosos, unos viciosos, o bien se meten en lo que no les importa.
       »Si yo les vuelvo a ver por estos parajes, será para mi un deber el telefonear a la policía… Tengo amigos muy bien situados y ellos les enseñarán a…
       Emilio, que ha comprendido que ya no valía la pena insistir, se ha acercado a la puerta. Menos flexible, Torrence se cree en el deber de protestar:
       —Le juro que mis intenciones…
       —¿Qué diría usted, caballero, si yo me introdujese en su casa cuando está entregado a su trabajo y si me pusiera a formularle preguntas impertinentes? Usted no había visto nunca ni mi pinaza, ni a mí mismo, ni a mi amiga Germaine…
       —Hubiera jurado…
       —No se tome esa molestia… Les doy medio minuto para franquear la pasarela, y, si no lo hacen ahora mismo, lamentará tener que desatar a mi perro, que tiene una predilección particular por los caballeros de cierta edad y de gordura delicada…
       —¡Es usted arrogante como un dios, Jean! —declaró fríamente la pequeña japonesa.
       En cuanto a la Agencia O, no fue aquélla la página más brillante de su historia. Se da cuenta de que allí las amenazas no son palabras vanas. Torrence y Emilio no tienen razón. No llevan orden oficial alguna. Nada les permite imponerse a bordo de aquel barco y hacer preguntas a un hombre sobre el que no pesa ninguna acusación.
       Si se dirigieran a la Policía Judicial y enseñaran la curiosa carta cerrada con esparadrapo, se les aconsejaría verosímilmente que se fuesen a descansar al campo en espera de mejores días.
       Y además está el perro, que es una realidad tangible y amenazadora.
       Torrence y Emilio se retiran. Dassonville les sigue, con la paleta otra vez encajada en su pulgar izquierdo, puesto que acaba de volverla a coger como si considerara el incidente terminado.
       De un puntapié cierra la barrera cuando los otros han salido y, por precaución, desata el perro.
       La humillación de la Agencia O no ha llegado todavía a su colmo. Cuando los dos hombres suben por el ribazo, perciben al auvernés del pequeño restaurante que les contempla con la nariz pegada al cristal. Les hace un signo. Les invita. Les abre la puerta.
       —Los ha echado, ¿eh?… Tomen una copita para reponerse… ¡Ya adivino lo sucedido, bah! A esos tipos no se les debería permitir que circularan.
       Y el auvernés, dirigiéndose a Torrence, después de asegurarse que su hija no estaba en la sala, pregunta:
       —¿Qué edad tiene?
       —¿Cómo?
       —Hablo de su hija de usted.
       Torrence, que, decididamente, es susceptible, tiene la desgracia de responder indignado:
       —¡No se trata de mi hija!
       —¡Ah, bueno! ¡Es peor todavía! ¡Y pensar que no habrá nadie que le arree una buena paliza!… De modo que es su mujer la que…
       El buen hombre ha creído sencillamente que la señora Torrence se había dejado seducir por las insinuaciones del bello Dassonville y…
       Emilio hace inauditos esfuerzos para conservar su seriedad. En la calle, pregunta suavemente:
       —Y bien, jefe…
       —¿Y bien qué? —replica Torrence, como si le hubieran pisado un dedo.
       —¿Qué piensa usted de todo eso?
       —Pienso… pienso que…
       Y aprieta los puños. Aprieta los dientes. Y, cuando se vuelve hacia la pinaza tan gentilmente bautizada Cupido, su mirada es heraldo de venganzas sombrías.
       —Sólo espero saber de dónde sale ese tío y que…
       —Verá usted, jefe, yo siempre he oído decir que el oficio de mecenas es uno de los más difíciles… ¡Eh!… ¡Taxi!… Pero eso no es una razón, ¿verdad?, para que nos mojemos como una sopa… ¡Cité Bergère, chofer!…
       Y el chofer pone unas gotas de bálsamo en el alma de Torrence, murmurando:
       —¡Ya he reconocido al señor, bah!
       La verdad es que añade para sus bigotes:
       —¡Me arreó, en su día, bastantes contradanzas!


III

      El gordo Mignolet, comisario de la brigada de higiene, no parecía estar muy contento de ver a su antiguo colega Torrence en su despacho del «Quai des Orfèvres». ¿Celos? Debía figurarse que Torrence ganaba fortunas en la Agencia O.
       —¡No amigo mío, no! —oponía a la petición de Torrence—. Oyéndole, creeríase que usted nunca trabajó en esta casa… Habla exactamente como los buenos padres de familia que vienen a mi encuentro todos los días… El papel de la policía de higiene no es el de impedir que las jóvenes se enamoren, y, si nos tuviéramos que ocupar de todos los buenos mozos que tienen demasiado éxito…
       —Sabe usted muy bien que no se trata de lo mismo.
       —De acuerdo. Conozco la pinaza y al pintor que la habita… He tenido ocasión de hacer una investigación discreta acerca de él.
       —No pretenderá usted que atraiga a su cliente por su pintura solamente…
       —¡Señor, Dios mío, Torrence! ¡Pero qué melindroso se ha vuelto desde que salió de esta casa! Cierto es que ese muchacho excita la curiosidad de los burgueses con la atmósfera de vicio que ha sabido crear a bordo de su barco. Yo sospecho que vende a escondidas dibujos más libres aún que las telas que usted ha visto. A pesar de ello no infringe las leyes y, entre sus amigos, cuenta con un cierto número de personajes importantes… Nuestros diputados y nuestros senadores no son unos santitos. Parece que usted lo haya olvidado.
       —¡Tanto peor para todos!
       —¡Se pone usted de un modo!…
       —Pues bien, sí, no puedo dejar de tener miedo.
       Fue Emilio quien le había comunicado sus aprensiones; Emilio quien le dijo antes de que fuera al «Quai des Orfèvres»:
       —Haga todo lo posible para obtener informes, jefe. Acaso me equivoque, pero tengo sombríos presentimientos… Ya verá cómo en este asunto hay cosas muy infames… Y no sé si llegaremos a tiempo…
       He ahí por qué Torrence había insistido tanto y se agarraba todavía.
       —Lo único que le pido es que exija a esa joven su documentación.
       —Lo siento… Mientras no cometa una falta, mientras no infrinja ningún reglamento ni provoque escándalo, no tengo derecho a interpelarla. En cuanto a esos chismes de desnudeces que se perciben desde el exterior, todos los pintores son objeto de las mismas quejas de los vecinos pudibundos… ¿Acaso las estatuas de las plazas van vestidas?… ¡No, amigo mío!… No sé quién le ha lanzado por esa pista ridícula, pero puedo afirmarle que no le conducirá a ninguna parte… ¿Que ese Dassonville esté manido? ¡Sea! ¿Que juega hábilmente con los vicios de sus contemporáneos y que ejerce cierta atracción sobre las jóvenes viciosas? ¡Sea también!… Por lo demás, si he de darle un buen consejo, suelte eso.
       Y esas dos palabras, en la Policía Judicial, tienen un sentido preciso. Quieren decir en cierto modo:
       —Hay cosas que no le puedo decir, pero le aseguro que no sería prudente que usted se obstinara…
       —¡Peor para todos! —suspiró Emilio, cuando Torrence le puso al corriente—. Si, por lo menos, esa maldita lluvia quisiera cesar.
       ¿Por qué cabo iniciar las pesquisas? Barbet estaba en Saint-Cloud vigilando la pinaza. Hasta permanecía un taxi en la encrucijada más cercana para permitirle que siguiera a Dassonville caso de que éste se alejara en coche. Porque se había averiguado que el pintor poseía un pequeño automóvil casi tan antiguo como el cacharro de la Agencia O. Recientemente habían utilizado aquel coche. Estaba todo manchado de barro, y Barbet, que había podido acercarse a él, afirmó que en las estrías de los neumáticos había encontrado pedacitos de ladrillo machacado.
       ¿Pero adónde había ido el coche luego? ¿Por qué haber cambiado al viejo de cárcel?
       —Si lo han matado —observaba Torrence con bastante exactitud—, ¿por qué cortarle la barba?
       Y, ahora que la policía oficial se niega a ayudar a la Agencia O y parece que hasta le ordena sea prudente, Emilio, que tenía un peso encima de los hombros, suspiró:
       —Oiga, jefe. Confieso que no sé a qué santo encomendarme ni por qué cabo empezar la investigación… ¿Le fastidiaría mucho que emprendiéramos gastos probablemente inútiles? Quisiera tener la conciencia tranquila… Si la cosa no sirve para nada, ¿qué le vamos a hacer?
       Torrence había aceptado. Ambos se habían ido a casa de un especialista de Maisons-Alfort.
       —Es inútil pedir una autorización que se nos negaría —había decidido Emilio—. Por otra parte, dudo que se nos venga a molestar.
       A las tres de la tarde del día siguiente, una potente motobomba, que solía servir para fines más crudamente utilitarios, fue transportada cerca de la casa de Lagny. Unos obreros calzados con botas que les llegaban a la cintura bajaron a la bodega y una hora más tarde ésta se quedó vacía de agua.
       Como lo había previsto Emilio, aquella operación no atrajo a ningún curioso. La verdad es que seguía lloviendo a cántaros.
       —¿Y ahora? —preguntaron los obreros.
       Habían traído palos y picos y, durante una hora, se cavó el suelo de la bodega. Emilio estaba nervioso.
       —Me estoy preguntando qué espera usted descubrir —le dijo Torrence—. Usted mismo afirma que no se ha podido enterrar al viejo en esta bodega porque, desde que nos escribió, la inundación ha hecho imposible el acceso a ella.
       —No es en él en quien pienso… La cosa es demasiado vaga para que se le pueda explicar, jefe. ¿Ve usted?, yo parto del principio que los hombres no inventan nada, que las mismas causas producen los mismos efectos, de que los mismos hombres cometen aproximadamente los mismos crímenes. No sé por qué, a bordo de la pinaza, pensé en un asunto que data de cincuenta años.
       Uno de los obreros acaba de proferir una exclamación. Cinco minutos más tarde se exhumó con precaución del suelo de la bodega un cadáver en tal estado de descomposición que era imposible reconocerlo.

       Cosa rara, aquel descubrimiento devolvió a Emilio su sangre fría y su talante habitual.
       —¡Por consiguiente, él mata! —concluyó.
       Y se hubiera podido creer que estaba satisfecho.
       —Fíjese en que la policía no puede hacer casi nada contra él. Sostendrá que jamás habitó regularmente esta casa, aislada como está. Cualquiera pudo haber entrado en ella. Como será casi imposible identificar el cadáver… Le dejo a usted que se ocupe de eso, jefe…
       —¿Aviso al juzgado?
       —Es indispensable, evidentemente… Pero no se dé mucha prisa. Arrégleselas para que dispongamos de algunas horas. Las comunicaciones desde aquí no son fáciles… ¡Nada de exceso de celo! El Juzgado no se molestará sin duda esta noche y se contentará con enviar policías. Además usted tendrá que ir más despacio, porque tengo necesidad de llevarme el coche…
       Y Emilio, en el volante del pequeño auto descubierto que la lluvia seguía transformando en bañera, dio la vuelta a París y llegó antes de que anocheciera al Puente de Saint-Cloud.
       Había luz tras las cortinas de la pinaza. No lejos de allí, Barbet, con una gota de agua temblando en la punta de cada pelo de su cara, se consumía en un umbral que no le abrigaba mucho.
       —¿Está a bordo?
       —No ha salido del barca. La japonesita se fue.
       —¿Y la joven morena?
       —Sigue a bordo.
       —Oiga. Barbet, ¿le fastidiaría mucho si, por casualidad, tuviera que estar algunos días en la cárcel?
       —¡Caramba, jefe, ello me despertaría recuerdos desagradables, pero si es necesario…!
       Entonces, Emilio dio en voz baja instrucciones al mozo de despacho de la Agencia O y, volviendo a subir al coche, se fue a las oficinas de la Cité Bergère.
       —Está usted calado —observó la señorita Berta—. Haría bien en irse a mudar de ropa.
       Emilio prefirió secarse junto al fuego y un vapor grisáceo no tardó en desprenderse de su traje. Transcurrieron dos horas. Se acercaba la de comer.
       —¿Le voy a buscar emparedados?
       —Si no le es molestia…
       Apenas hubo salido la señorita Berta se oyeron en la escalera pasos precipitados. Era Barbet con una manga de su abrigo desgarrada.
       —¡Uf!… He estado a punto, jefe… ¡Tome!
       De debajo de su abrigo sacó un bolso de mano que lanzó sobre la mesa.
       —Tenía usted razón… No hay criada a bordo de su condenado Cupido. Parece que una mujer de faenas va allí por las mañanas para hacer lo más pesado… Bueno, poco antes de la hora de la comida, la joven salió y se dirigió hacia la calle más comercial de Saint-Cloud. La cosa ocurrió tan rápidamente que no tuve tiempo de actuar antes de que se metiera en una tocinería donde compró platitos ya preparados… La joven sacó el dinero de su bolso de mano… La he seguido hasta la abacería. Yo sólo tenía miedo de que el pintor viniera a su encuentro.
       »Bueno, cuándo ella se dirigía hacia el lugar en que la embarcación está amarrada he sacado mi navaja. De un golpe, he cortado el asa de su bolso… Estábamos en la oscuridad del muelle. Tomé el portante a gran velocidad, pero la joven gritó y alguien me cogió por la manga.
       »Afortunadamente, había dejado caer la navaja. Pude golpear con el puño, sin soltar el bolso, con la otra mano…
       »Eran seis o siete los que me perseguían. Había sobre todo un muchacho que debiera inscribirse en los cross pedestres, porque es una verdadera liebre… ¡Peor para él! He tenido que soltarle uno de aquellos directos…
       »En una palabra, que, después de una persecución bastante agitada que ha sembrado la alarma en Saint-Cloud, he logrado meterme de un salto en un autobús en marcha. He bajado en pleno Bosque de Bolonia… Metro en la Puerta Dauphine… Luego…
       Emilio, que no parecía escuchar aquella relación que tantos recuerdos evocaba en Barbet, examinaba el contenido del bolso y lanzó un suspiro de alivio cuando encontró un pasaporte.
       La fotografía que figuraba en el documento era la de la joven morena de la pinaza.
       Germaine Chauffier-Mignot, 24 años, natural de Moulins (Allier). Sin profesión.
       El pasaporte llevaba un visado de la frontera austríaca a donde era probable que la joven hubiese ido a esquiar dos años antes.
       —¿Está contento, jefe? ¿Encuentra lo que quería?
       La señorita Berta volvió con los emparedados y Emilio los compartió con Barbet como un hermano.
       —Pídame pronto el 187 de Moulins, señorita Berta.
       Emilio estaba grave, mucho más grave que de costumbre.
       —¡Oiga!… ¿Es la casa del señor Chauffier-Mignot, el senador?… ¿Quién está el aparato, por favor?… ¿El mayordomo?… Quisiera hablar con el señor senador… ¿Cómo dice?… ¿Que está de viaje?… No corte, por favor… Es muy importante… La señora Chauffier-Mignot… ¿Cómo? ¿Que murió hace veinte años?… Usted perdone… No, señor, no, no soy periodista. Se trata tal vez de la vida de su dueño… ¿Cómo?…
       »¿Puede decirme desde cuánto está de viaje?… ¿Dos meses?… Muy bien… ¿Han recibido noticias desde entonces?… ¿Sabe dónde se encuentra?… ¿En Inglaterra?… ¿Tienen cartas?… Perdone, no comprendo bien… No ponga la boca tan cerca del aparato… ¡Ah, ya!… Recibieron telegramas… ¿De Londres? Espere… Hay algo más…
       »Desearía saber de quiénes está compuesta la familia del señor Chauffier-Mignot… ¿Eh?… ¿De la señorita Germaine? ¡Ah!, vivía en París, en casa de su tía… ¿Tiene usted la dirección de esa señora?… 24, Quai de Passy Señora Mignot… ¿No tiene hermanos?… ¿Ni hermanas?… ¿Ha oído decir que la señorita Germaine iba a casarse?… ¿Sí?… ¿No sabe con quién?… ¡No corte, vive Dios!…
       A Emilio le ha subido la sangre a las mejillas, tiene los ojos brillantes. Jamás, quizá en el curso de su carrera, se ha sentido tan cerca y a la vez tan lejos de un importante descubrimiento. ¡Tenía un hilo pero tan tenue!
       —Se lo suplico; quédese en el aparato y respóndame con todo franqueza… Le repito que quizás se trate de la vida de su dueño.
       Se imaginaba al mayordomo todo vestido de negro en el vestíbulo de un severo hotel particular de provincias.
       —Cuando se fue de Moulins, ¿sabía el señor Chauffier-Mignot que iba a Inglaterra?… ¿No?… ¿Le dijo que iba a París?… ¿Cómo? ¿Se alojaba en el Continental?… Espere… No he terminado… ¿Recuerda usted haberle entregado cartas procedentes de Inglaterra?… ¿Qué?… ¿Recibió una?… ¿Llevaba el sello de Londres?… ¿Él tomó el primer tren?… Tenga, pues, la amabilidad de no meterse en la cama esta noche… Sí… En todo caso, permanezca cerca del teléfono.
       Emilio ya no pensó en acabar su emparedado. Se precipitó a su despacho, que contenía todos los anuarios imaginables. No tardó en encontrar un pequeño volumen que daba la biografía de la mayor parte de los hombres políticos de Francia así como sus retratos.
       —¡Llevaba una barba blanca! —gritó triunfalmente—. ¡Mire!… Aquí está el señor Chauffier-Mignot… ¿Qué hora es?
       —Las ocho.
       —¡Caramba! La estafeta postal de Saint-Cloud está cerrada… Pídame el teléfono de la señora Mignot, Quai de Passy… ¡Oiga! ¿La señora Mignot? ¿Cómo? Sí… Aquí, la Agencia O… No se asuste… Pero respóndame pronto, porque tenemos los minutos contados… ¿Puede usted decirme cuándo recibió por última vez la visita de su cuñado?… ¿Hace cinco meses?… ¿Está segura de que no fue a su casa de usted hará cosa de dos meses?… ¿Le telefoneó?… Bien… Del Continental ¿verdad? Estaba muy sobreexcitado… Sí, ya sé que son asuntos de familia… Estoy al corriente, señora…
       »Fue el mismo Chauffier-Mignot quien se dirigió a nosotros… ¡No, no ha muerto!… No, no dispongo de tiempo para llegarme hasta su casa… ¿Le dijo por teléfono que tenía que comunicarle noticias dramáticas?… Sí, evidentemente, no podía tratarse más que de su hija… ¿Cómo?… Nosotros somos discretos, créame. Repita… Hacía ya tres días que… sí, la oigo… ¿Que vivía a bordo de la pinaza y no había regresado a casa de usted?… Sí… ¿Dice usted que hizo recoger sus cosas por un mozo de cuerda?
       »¿Y; luego? Un telegrama de Londres… ¿Quiere decirme lo que decía lo más exactamente posible? Tomo nota… ¿Tan corto?

    «No se inquiete, stop. Retenido en Londres varias semanas, stop. Situación arreglada».

      Muchas gracias, señora… No se asuste demasiado si el teléfono la despierta durante la noche…

       —¡Andando, Barbet!
       —¿A dónde vamos?
       —A Saint-Cloud.
       —¿Pero y si la gente me reconoce?
       —No importa… Rápido…
       Los dos hombres, sin despedirse de la señorita Berta, que ya había comprendido que tenía que quedarse en la Agencia toda la noche, saltaron al auto y corrieron hacia Saint-Cloud. Una hora más tarde llamaban en una casa cuya dirección les había dado el administrador de la Estafeta postal. Era la de un modesto cartero, que tenía el muelle en su sector y que, por consiguiente llevaba el correo a bordo del Cupido. Estaba en mangas de camisa y tocaba el acordeón para sus hijos.
       —¿Cartas? Claro está que recibirá cartas… Montones… Sobre todo cartas de mujeres… ¡Es inaudita la cantidad de cartas de mujeres que ese tipo puede llegar a recibir!… Las hay tan perfumadas que mi cartera apesta…
       —¿Recibe cartas del extranjero?
       —Algunas… Sobre todo de la dama de Londres.
       —¿Qué dama de Londres?
       —No sé… Yo la llamo así porque cada dos días hay una carta que viene de Londres y que está escrita por la misma letra femenina… ¡Y mire!… Hay otro detalle… Ahora recuerdo de repente… Durante quince días, las cartas de Londres traían la dirección escrita por una mano de niño…
       —Emilio, aquella noche, vibraba de pies a cabeza como un alambre demasiado tenso.
       —¡Con tal que lleguemos a tiempo! —suspiró al salir de la caldeada casa del cartero…


IV

      La atmósfera en el «Quai des Orfèvres» era tan dramática que recordaba los peores días del caso Landrú. En cuanto a la situación de Emilio, se iba volviendo más alucinante a medida que los minutos transcurrían.
       Ciertamente, el joven pelirrojo de la Agencia O había conseguido una victoria. Había ido a buscar a su casa al director de la Policía Judicial y le había hablado con tanta elocuencia que a las diez de la noche el comisario Lucas, acompañado de tres inspectores, irrumpió a bordo de la pinaza y se llevó a Jean Dassonville así como a Germaine Chauffier-Mignot.
       Todo el mundo, a medianoche, estaba en los locales caldeados de la Policía Judicial, Torrence había acudido de Lagny.
       El más tranquilo de todos, sin duda, era Dassonville, que miraba a Emilio con ojos más helados que nunca y fumaba cigarrillos emboquillados.
       —Estamos esperando sus pruebas, señor Emilio —dijo con cierto humor el director de la Policía Judicial, que había acudido en persona.
       —Señores, yo no traigo ninguna prueba. Pero les pido que no pierdan de vista que un hombre, un anciano honorable y apreciado, está tal vez muriéndose… Confieso que ignoro dónde está… Ignoro si en su nueva prisión se ha tenido el cuidado, como en Lagny, de dejarle provisiones…
       —Hechos, por favor, señor Emilio.
       —Hay, en todo caso, un hecho probado. Los médicos forenses están de acuerdo en afirmar que el cadáver encontrado en la bodega del ladrillar es el de una mujer muy rubia, de aproximadamente veintiocho años. Hay testigos que declaran que, en la época en que ese fallecimiento tuvo lugar, el Cupido estaba amarrado frente a la casa de Lagny y que una joven rubia, probablemente sueca, era la querida del pintor… La investigación demostrará, señores, y de ello tengo certeza, que se trataba de una mujer joven, soltera o casada, rica.
       »Nos encontramos, pues, en presencia de uno de esos hombres que no vacilan en explotar la atracción que ejercen sobre ciertas mujeres…
       Una sonrisa, fría como la mirada, distendió los labios delgados de Dassonville.
       —Aquella atmósfera voluptuosa de la pinaza… Aquel ambiente de amor o, mejor dicho, de vicio… No tengo necesidad de insistir… Saben ustedes, como yo, que, hay mujeres jóvenes que se llaman modernas atraídas por…
       —Le hemos pedido hechos, señor Emilio.
       Torrence sufría por su colaborador, cuya frente sudaba a grandes gotas.
       —¿Por qué Dassonville tuvo necesidad de desembarazarse de su querida nórdica?… ¿La familia de ésta se había inquietado?… ¿Había descubierto la joven que su amante era casado y tenía un hijo?
       —¿Tiene usted pruebas?
       —Ninguna, señor director… Pero el tiempo apremia y las pruebas, estoy seguro de ello, vendrán más tarde.
       —En suma, usted se apoya en hipótesis…
       —… basadas en el carácter de los personajes y en indicios que no engañan. Verán ustedes como encontramos en Londres a una mujer joven que creyó en Dassonville, que se casó con él —¡es tan fácil en Inglaterra!— Y que tiene un hijo… Ustedes habrán advertido que, a bordo de la pinaza, no se ha encontrado ninguna carta de Londres, en tanto que el cartero afirma que se las llevaba cada dos o tres días… Si se tomaba la molestia de quemar aquella correspondencia…
       —¿El señor es novelista? —preguntó Dassonville sin abandonar su feroz ironía.
       —No, señor… Pero quisiera salvar la vida de un anciano. Usted necesita dinero, mucho dinero para llevar la vida perezosa para la que su título de artista no es más que un biombo… Después de la joven sueca, la señorita Chauffier-Mignot… Ésta vive en casa de su tía, en París… Dios sabe dónde le encuentra a usted… Un pintor puede frecuentar todos los ambientes… Ella se entusiasma… Se convierte en su querida… Y usted se dice que le sería más beneficioso, dada la fortuna de su padre, hacer de ella su mujer legítima.
       »El señor Chauffier-Mignot está a punto de aceptar, porque, sin duda, usted le ha dado pruebas de su intimidad con su hija… Pero su esposa de Londres no lo entiende así.
       —¿Y eso es todo lo que usted ha encontrado?
       —¡Por el momento! —responde secamente Emilio, que no quiere dejarse impresionar por nada del mundo.
       Jamás había jugado una partida tan difícil.
       —Su esposa de Londres, que tiene un hijo de usted, no quiere que se realice ese casamiento… ¿Le quiere acaso todavía? No lo sé en absoluto Pero ella sabe muchas cosas de usted y revela al señor Chauffier-Mignot, en la carta que una tarde, éste recibe en Moulins, cierto número de hechos de su vida.
       »El señor Chauffier-Mignot corre a París, a donde va a recoger a su hija. Le amenaza a usted quizá con revelar a la policía lo que se ha hecho de su querida sueca.
       »Matarlo sería peligroso… Su hija no sabe nada de esa historia…
       »Usted consigue llevar al senador a Lagny y secuestrarlo…
       »Así, espera que, bajo la amenaza, él acabará por ceder. Una vez contraído el matrimonio, usted estará tranquilo. El padre de su mujer retrocederá ante un escándalo y se callará…
       »Ahora bien, se da el caso de que el anciano no cede. A pesar de la terrible condición que usted le reserva, en una habitación sórdida, resiste y, un buen día, se dirige a nosotros.
       »¿Tuvo usted sospechas de aquella carta recogida en el ribazo por un niño? ¿Se dio usted cuenta de que había desaparecido papel de la habitación?
       »Teme usted que se descubra a su víctima y la va a buscar… Para el caso de que alguien viera al anciano en su automóvil —porque usted no se olvida de que, como político, su fotografía se ha publicado a menudo en los diarios— usted le corta la barba.
       »Un solo problema se presenta… lo demás no tiene importancia… ¿A dónde transportó usted al señor Chauffier-Mignot?… ¿En qué nuevo calabozo se encuentra a estas horas?
       —Señor director de la Policía Judicial —dijo fríamente el pintor—, no solamente niego, por supuesto, sino que tengo el honor de formular una denuncia ante usted por difamación, violación de domicilio y robo de un bolso de mano… Tenga la bondad de llamar, si he de continuar aquí, al letrado Henry-Robert, que elijo como abogado.
       Durante toda aquella escena, Germaine Chauffier-Mignot estuvo como abatida y sería difícil adivinar lo que pensaba.
       —¿Tiene que hacer alguna declaración, señorita?
       La joven hace un esfuerzo para decir:
       —No es posible… Recibí varios telegramas de mi padre…
       —Fechados en Londres, ¿verdad?
       —Me decía que estaba en viaje de estudios.
       —¿Y ninguna carta?
       —Ninguna.
       —Observe, señorita, que cualquiera puede expedir un telegrama con cualquier nombre… ¡Mientras que una carta…! ¿Ha recibido usted desde hace dos meses algo escrito por la mano de su padre?
       —No; no lo creo… ¡No!… ¡Pobre papá!

       El director de la Policía Judicial se paseaba por su despacho a zancadas.
       —Mi querido Torrence… Señor Emilio… No tengo necesidad de decirles la situación en que nos han colocado… ¡Hum!… una situación muy delicada… El señor Dassonville es amigo de altas personalidades y, si las hipótesis de ustedes no se apoyan en ninguna prueba…
       Emilio está que arde. Casi con lágrimas en la voz exclama:
       —¡Pero, vive Dios, aquel anciano está tal vez muriéndose!
       —A lo mejor está tranquilamente instalado en un hotel de Londres.
       Barbet acaba de entrar. La Agencia O tampoco esta vez se ha preocupado por los gastos. A Barbet se le había encargado que hiciera a Londres un considerable número de llamadas telefónicas. No solamente el senador francés no habita en ninguno de los grandes hoteles en armonía con su posición y su fortuna, sino que las personalidades políticas con quienes estaba en relación ni lo han visto ni han oído hablar de aquel viaje.
       —Dassonville, señores, no dirá nada… Acuérdense de Landrú. Y Landrú era un hombre de poca envergadura en comparación con éste. Landrú, por decirlo así, actuaba en lo vulgar, en lo fácil, al paso que Dassonville…
       »La pregunta que se formula con toda urgencia es ésta: ¿dispone el secuestrado de víveres? Impidiendo a Dassonville que vaya a abastecerle, ¿no somos nosotros los que decidimos su muerte?
       Emilio casi está feroz. Raramente se tomó un asunto tan a pecho. Verdad es que esta vez es él el único deus ex machina de la cuestión.
       —Señores, se me ocurre una idea. No sé lo que vale… Tenemos el ejemplo de la casa de Lagny… Dassonville estuvo en Lagny hace dos años y alquiló allí una casucha, a la vez que para trabajar más a sus anchas, para guardar su coche y el material pesado de su barco. El verano pasado estuvo en Honfleur… Yo me pregunto si…
       Honfleur comunica desde el otro extremo de la línea. El comisario de policía en persona ha sido sacado de la cama.
       —Me acuerdo perfectamente. Alquilaron en las afueras de la población una casita de dos habitaciones que…
       Una orden del director de la Policía Judicial. Y espera angustiosa. Emilio devora cigarrillo tras cigarrillo. Le dicen que la señorita Germaine quiere hablarle a solas.
       —La estoy escuchando.
       —No es posible, ¿verdad? Desde que usted se explicó, que estoy buscando en vano… Y no obstante…
       —No tenga miedo, señorita.
       —Es en las cartas de Inglaterra en lo que pienso… Una vez quise leer una… Se produjo una escena como jamás la había habido entre nosotros… Yo creí que… ¡No! No puedo pensar que un hombre como él…
       —Su padre de usted es admirable, señorita.
       La joven se desploma. Sus nervios ya no la sostienen. Y Emilio, que oye la campanilla del teléfono del despacho contiguo, se precipita.
       —Y bien, señores…
       El director está en el aparato. Su cara ha palidecido. Se quita la pipa de la boca.
       —¿Cómo?… Sí… ¿Hace dos horas por lo menos? Claro está que seguro.
       Cuando levanta la cabeza, su mirada se clava en Emilio, cuyas piernas están temblando.
       —Señor…
       Busca sus palabras. No las encuentra.
       —Estoy… yo… le pido que me perdone. Acaba usted de…
       Y, súbitamente, montado en cólera:
       —¡Que le pongan las esposas a ese crápula!
       Se produce una vacilación durante un momento. Los inspectores se preguntan si han comprendido bien y se vuelven hacia Emilio.
       —¡Vaya canalla!
       ¡Uf!… Es de Dassonville de quien habla.
       —Señores, se acaba de encontrar al señor Chauffier-Mignot en la casita que ese hombre, que, decididamente, no cambia mucho de táctica, como la mayoría de los criminales, alquiló por una cantidad ínfima, en los alrededores inmediatos de Honfleur… El señor Chauffier-Mignot no se halla en estado de hablar. Hace dos días, en efecto, que no ha recibido alimentos y la habitación en que fue encontrado contenía apenas el aire suficiente para…
       Entonces se asiste al acontecimiento más curioso que figurará en la historia de la Agencia O.
       Emilio ha dado dos pasos de lado, ha cogido un legajo de una silla. Se sienta tan torpemente que resbala y cae, y Torrence, que no le pierde de vista, exclama:
       —¡Pero si se ha desmayado!
       No obstante, no es así. Emilio sonríe. Una pálida sonrisa.
       —Me encuentro mejor, jefe… ¡He tenido tanto miedo! ¿Ve usted?, tenía confianza en mi razonamiento, pero al mismo tiempo…
       Dos horas más tarde, el comisario de policía de Honfleur sostiene una larga conversación con el director de la Policía Judicial.
       —¡Pero no, señor! —aulló éste en el aparato—. Yo nunca le di tales instrucciones… El señor senador tiene razón… Una confirmación verbal. ¿La ha hecho?…
       Pues bien, eso basta… Por lo demás, el cadáver de Lagny basta y le aseguro que nuestro hombre no se saldrá del caso fácilmente… ¿Qué dice usted, señor Emilio?… ¿Que le digan…? ¿Cómo?… ¿Que le digan al señor Chauffier-Mignot que su hija está aquí?… ¡Sí! Y que… ¿Cómo, señor Emilio?… Que todo va bien… Que todo irá muy bien…
       »Después de esto, señores, creo que…
       A pesar del reloj de la chimenea, el director saca de su bolsillo el suyo y refunfuña:
       —Son las cinco de la mañana y convendría que nos fuéramos a descansar un poco… Mañana… O mejor dicho, luego…




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