George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


Calle Pigalle (1936)
(“Rue Pigalle”)
Originalmente publicado en Paris-Soir-Dimanche
(29 de noviembre y 6 de diciembre de 1936);
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)


      Si alguien hubiese entrado por casualidad en casa de Marina, sin duda no habría visto más que el fuego. Lucien, el patrón, con un amplio chaleco beige que todavía le hacía más pequeño y más ancho, movía las botellas detrás del mostrador, trasvasaba, volvía a tapar, cambiaba meticulosamente el cuero del grifo y, si estaba de mal talante, aquello se podía achacar a la hora y al tiempo.
       Porque era una mañana gris y más fría que las demás, una mañana que traía nieve, que arrastraba a la cama. Apenas eran las nueve y la calle Pigalle no estaba muy animada.
       El cliente de paso sin duda se preguntaría quién era aquel señor grueso, de amplio abrigo, que fumaba su pipa, la espalda contra la estufa, calentando en su mano una copa y, ciertamente, no hubiese pensado en el comisario Maigret, de la Policía Judicial.
       En el suelo, hubiera visto a una criada bretona, Julie, con aire siempre asustado, rostro acribillado de pecas, vestida como una fregona, que limpiaba la parte baja de las mesas.
       En los restaurantes de Pigalle muy raramente se iniciaba el servicio temprano. La limpieza no estaba hecha. Quedaban todavía vasos sucios y en la cocina, cuya puerta estaba abierta, se podía ver a la dueña, Marina en persona, todavía más sucia y descuidada que su criada.
       El conjunto era más bien tranquilo, familiar. En la mesa del fondo había dos hombres que, sin embargo, no tenían tan mal aspecto, aunque estaban sin afeitar y sus trajes estuviesen arrugados, como si no hubiesen dormido.
       En verdad, el cliente que entrase improvisadamente, sólo hubiese visto un pequeño restaurante como los demás, un restaurante de parroquianos habituales, no muy limpio, evidentemente, pero tampoco antipático en la fría mañana.
       Sin duda hubiera cambiado de opinión al ver de repente a Maigret divisar en el perchero el abrigo de pelo de camello de uno de los clientes, aproximarse, introducir la mano en uno de los bolsillos y sacar de él sin sorpresa una porra. Luego, al oír al comisario decir con aire de niño bueno:
       —¡Eh! Christiani… ¿Es la mía?

* * *

       Una media hora antes, cuando llegaba al Quai des Orfèvres, Maigret había sido llamado por teléfono por alguien que insistía en hablarle personalmente. Su interlocutor hacía evidentes esfuerzos para disimular su voz.
       —¿Es usted, comisario?… Ha habido jaleo, esta noche, en casa de Marina… Si se da una vuelta por allí, tal vez encuentre a su amigo Christiani. Y puede tener la idea de pedirle noticias de Martino… Ya sabe, el pequeño de Antibes, cuyo hermano acaba de embarcarse para la Guayana…
       Cinco minutos más tarde, Maigret sabía, por la central, que el telefonazo procedía de un «estanco» de la calle Notre—Dame—de—Lorette. Un cuarto de hora más tarde bajaba de un taxi en la esquina de la calle Pigalle en el momento en que, a lo largo de las aceras, los arroyos acarreaban el máximo de residuos.
       Maigret, que todavía no sabía nada, hubiera jurado que aquello era serio y probablemente muy serio, porque estas denuncias raramente son imaginarias.
       La prueba la tuvo en seguida, cuando subía lentamente la calle.
       Casi frente a casa de Marina, divisó un pequeño bar de carboneros, que le extrañó encontrar entre aquellas boîtes. En este bar, al acecho cerca de la cristalera, el comisario reconoció a dos hombres, el Nizardo y Pepito, que no tenían la costumbre de encontrarse tan temprano y menos en parecido lugar.
       Un instante después, empujaba la puerta del restaurante de enfrente y distinguía, al fondo, a Christiani acompañado por un joven socio, René Lecoeur, al que llamaban El Contable, porque había sido empleado del Banco de Marsella.
       En esta clase de asuntos, es mejor no extrañarse por nada. Maigret se llevó la mano a su sombrero hongo y saludó a todo el mundo, como un hombre acostumbrado que viene a tomarse un vasito.
       —¿Qué tal, Lucien?
       Lo que no era óbice para que notase que la servilleta temblaba en la mano del patrón, y que la criada, incorporándose bruscamente, se pegaba con la cabeza en una mesa.
       —¿Mucha gente, esta noche?… Deme un café y un calvados pequeño…
       Luego, entrando en la cocina:
       —¿Qué tal, Marina?… Ya he visto que se te ha roto un cristal de encima del mostrador…
       Porque había notado a la primera ojeada que un cristal había sido roto por una bala de revólver.
       —Ya hace tiempo… —se apresuró a explicar Lucien—. Un tipo, al que no conocía, que acababa de comprar un revólver y que no sabía que estaba cargado…
       Desde entonces, todo sucedía al ralentí. Ya hacía más de un cuarto de hora que Maigret estaba allí y sólo se habían intercambiado veinte palabras. Mientras que la criada seguía con su trabajo, Lucas seguía en el mostrador y que Marina se movía en la cocina, el comisario fumaba su pipa, bebía su copa, iba de tanto en tanto a echar una ojeada a la taberna de enfrente y volvía hacia la estufa.
       Conocía la casa como sus bolsillos. Lucien, tras haber tenido disgustos en Marsella, había comprado un permiso y abierto en Montmartre aquel pequeño restaurante que regentaba con su mujer. La clientela estaba formada sobre todo por antiguos compañeros, gentes del medio, naturalmente, pero la mayoría juiciosos como él, que se habían convertido casi en burgueses.
       Éste era el caso de Christiani que, diez años antes, no vacilaba en el momento de su detención, en sacudir a Maigret un puñetazo y que ahora era propietario de dos «casas» en París y otra en la Barcelonette.
       También era el caso poco más o menos de los dos de enfrente, del Nizardo sobre todo, que tenía «casas» como Christiani, pero desgraciadamente que competían con las suyas.
       El Nizardo era de la banda de los marselleses, como se decía allí, mientras que Christiani era el jefe de los corsos.
       —Dime, ¿hace mucho que tu amiguito está instalado enfrente, en casa del Auvergnat?
       —¡No me preocupo de esas gentes! —replicó Christiani con desprecio.
       —¡Es posible! Pero él me ha dado la impresión de ocuparse de ti. Y mira, si no creyese que eres un hombre, pensaría que es su presencia en la tabernilla lo que te impide salir…
       Un tiempo. Un trago de calvados.
       —Sí… Me imaginaría cosas así… Esta noche, por una razón o por otra, ha habido leña… Y, desde entonces, el Nizardo y Pepito os esperan fuera, por lo que habéis tenido que dormir sobre los bancos…
       Al hablar, se aproximaba el Contable y palpaba las arrugas de su chaqueta.
       Únicamente me pregunto lo que hubiese podido pasar, dado que todo el mundo sabe que a Lucien no le gustan los destrozos y que tú no eres hombre que se eche para atrás… A propósito, el hermano de Martino, que embarcó ayer para la isla de Ré, te saluda…
       ¡Muy cordial todo aquello! ¡Incluso buen chico! Lo que no impedía que Christiani hubiese temblado y que Maigret, aprovechando que el Contable estaba de pie, le tanteaba los bolsillos y sacaba de ellos una gran navaja automática.
       —¡Peligroso, hijo!… Es mejor no pasearse con estos juguetes por ahí… Y tú, Christiani, ¿no tienes nada para mí en el bolsillo?
       Christiani se encogió de hombros, sacó un revólver Smith and Wesson que tendió al comisario.
       —¡Mira! Le falta una bala… Sin duda la que rompió el cristal… Lo que me extraña es que tú no lo hayas cambiado y que tú te hayas tomado la molestia de limpiar el cañón…
       Metía el cuchillo, porra y revólver en un bolsillo de su abrigo y, con aire de no tocar nada, registraba todos los rincones, incluso abría la nevera y la cabina del teléfono. Pero sobre todo era su mente la que trabajaba. Intentaba comprender. Sopesaba las hipótesis que iba apartando una tras otra.
       —¿Sabes que el Nizardo le dijo a Martino que su hermano había sido «entregado»? Por lo menos eso es lo que acaba de contarme… Si te dejo en libertad es para que lo evites, porque podría reprocharte algo y tiene la costumbre de ir armado…
       —¿A dónde quiere llegar? —farfulló Christiani, que en apariencia estaba tan tranquilo como Maigret.
       —A ningún sitio… Me gustaría ver a Martino… No sé por qué, pero siento curiosidad por verle…
       Entretanto, se había asegurado que nadie, muerto o vivo, se había escondido en el restaurante, ni en la cocina, ni en la habitación de Lucien y Marina que estaba a continuación.
       A las nueve y media, un repartidor trajo una caja de aperitivos. Luego, casi inmediatamente después, un inmenso coche amarillo de los Viajes Duchemin se detuvo ante el inmueble y volvió a partir un poco más tarde.
       —Ya me darás una rodaja de salchichón, Marina, de ese que haces tú misma…
       Y de repente Maigret frunció el ceño porque de la habitación salía un nuevo personaje, que estaba casi tan sorprendido como el propio comisario.
       —¿De dónde sales tú?
       —Yo… estaba acostado en la cama…
       Era Fred, el socio de Christiani en algunos negocios; mentía, puesto que Maigret acababa de constatar que la habitación estaba vacía.
       —Por lo que veo —gruñó el comisario— estáis tan pegados a la casa que no la abandonáis… Dame tu «fuego» también…
       Fred titubeó, tendió su revólver, un Smith and Wesson igualmente, al que no le faltaba ningún cartucho.
       —¿Me lo devolverá?
       —Es posible… Dependerá de lo que me diga Martino… Le espero de un momento a otro… Sí, le he dado una cita aquí…
       Observaba los rostros y veía palidecer a René Lecoeur, apurar un trago de la copa.
       Un esfuerzo más. Era preciso encontrar, costase lo que costase, y Maigret encontró, en el mismo momento en que miraba hacia la calle por la que pasaba un camión…
       —Descuelga el teléfono… —ordenó a Christiani.
       Porque no quería entrar en la cabina, desde donde no podía vigilar a los pájaros.
       —Pídeme la Policía Judicial… Que se ponga Lucas al aparato… ¿Lo tienes?… Pásamelo…
       El hilo felizmente era bastante largo.
       —¿Eres tú, Lucas?… Vas a telefonear inmediatamente a los Viajes Duchemin… Es preciso encontrar de entre sus coches al que acaba de entregar algo o de hacerse cargo de algo en la calle Pigalle… ¿Comprendido?… Mira cuál es… ¡A toda velocidad!… Me quedo aquí, sí…
       Luego, vuelto hacia la cocina:
       —¿Y ese salchichón, Marina?
       —Aquí está, comisario… Aquí está…
       —No creo que estos señores quieran… O mucho me equivoco, o no tienen apetito…

* * *

       A las once y diez todos seguían en su sitio, incluido el Nizardo y su compañero en la casa del carbonero de enfrente. A las once y once, Lucas saltaba de un taxi, muy excitado, empujaba la puerta, y hacía señas a Maigret de que tenía que decirle algo muy importante.
       —Puedes hablar delante de estos señores, son amigos…
       —He podido alcanzar al coche en el bulevar Rochechouart… Han cargado un baúl… Les han telefoneado desde esta casa… Un inquilino del tercero, el señor Bécheval… Un enorme baúl, o más bien un cofre para ser enviado a Quimper…
       —¡Espero que no lo hayas dejado marchar! —se burló Maigret.
       —Lo he hecho abrir… Contenía un cadáver, el de Martino, el hermano de…
       —Lo sé… A continuación…
       —El doctor Paul estaba en su casa y ha podido venir en seguida… Tengo la bala que estaba en la herida…
       Maigret la palpó con aire indiferente, murmuró como para sí mismo:
       —Browning 6 mm. 35… Ves cómo esto no pega: estos señores, que han pasado la noche aquí, sólo tienen Smith and Wesson
       No se podía prever lo que iba a hacer. Incluso, si alguien hubiese entrado en aquel momento, no hubiese adivinado un drama y Luden se las ingeniaba para seguir detrás de su mostrador.
       —¿Quieres que te diga lo que pienso?… Quedará entre nosotros, ¿no es cierto?… Esta noche, a Martino, que había bebido demasiado, se le metió en la cabeza que lúe a causa de Christiani por lo que su hermano fue embarcado… Vino a pedirle cuentas… Y, a fe mía, como estaba enervado, le sobrevino un accidente… ¿Comprendes?
       También Lucas se preguntaba a dónde quería llegar su jefe. Christiani encendía un cigarrillo y expelía el humo con una falsa desenvoltura.
       —Únicamente que el Nizardo y Pepito esperaban en la calle… No se han atrevido a entrar, sino que han preferido esperar a los otros a la salida.
       »¿Te das cuenta, ahora?… Por eso nuestros amigos, aquí presentes, han dormido sobre las banquetas, mientras que el Nizardo paseaba por fuera y luego, al amanecer, se instalaba en casa del carbonero. Lo más embarazoso era ese cadáver que no se podía dejar en manos de Lucien… ¿Qué hubieras hecho tú, Christiani?… Tú eres un hombre inteligente…
       Christiani se encogió de hombros desdeñosamente.
       —Contéstame, Lucien… ¿Quién es ese señor Bécheval que vive en el tercero?…
       —Un anciano imposibilitado…
       —Lo que yo creía… Alguien subió arriba, al amanecer, y le ha hecho comprender que debía callarse… Antes de que la casa despertase, se subió el cuerpo arriba, pasando por detrás, y se le metió en el cofre del viejo… Luego, telefonazo a los Viajes Duchemin… Ve a preguntar al tercero si es verdad… Estoy seguro de que te dará la descripción de nuestro amigo Fred, que se ha encargado del asunto…
       —¿Qué prueba eso? —gruñó Fred.
       —Seguro que eso no prueba que tú le has enfriado… ¡Marina!… Dales por lo menos salchichón. Me los voy a llevar al Quai y tal vez esté mucho rato con ellos…
       ¡Siempre nada trágico! La prueba que un cobrador trató un asuntillo con Lucien y no se percató de nada.
       —¿No tienes nada que decirme, Christiani?
       —Nada…
       —¿Y tú, Contable? De hecho, es la primea vez que te veo metido en un asunto serio…
       —No comprendo nada de lo que dice —dijo el chico con voz apagada.
       —Entonces, no tenemos más que esperar a Lucas…
       Se esperó. Y los otros, enfrente, también seguían esperando. Y el movimiento de la calle se hacía más intenso, mientras el cielo se iluminaba un poco, mientras la luz blanqueaba.
       —¡No es una suerte, Lucien, que esto haya ocurrido en tu casa!… No hay que dejar romper los cristales… Trae mala suerte…
       Lucas volvía ya, anunciando:
       —¡Es exacto!… He encontrado al pobre hombre amordazado… Me ha dado la descripción de Fred, pero había otro por la noche al que no vio… Le saltaron encima mientras dormía…
       —¡Esto marcha!… Telefonea a un taxi… ¡Espera!… Telefonea también a la «casa» para que envíen a alguien a vigilar a los de enfrente, que no vayan a armar jaleo…
       Y Maigret, rascándose la cabeza, miró a sus tres valientes suspirando:
       —De aquí tal vea se sabrá cuál de vosotros ha disparado…

* * *

       Maigret, como hombre que dispone de todo su tiempo y que no sabe qué hacer, enfiló una de las mesas e instaló en ella una verdadera panoplia, colocando la porra de Christiani al lado del revólver de éste y del de Fred, colocando luego un poco más lejos el cuchillo de Lecoeur.
       —No te asustes por lo que te voy a decir, pequeño —le lanzó a este último, que parecía a punto de desmayarse—. Es tu primer negocio, pero probablemente no será el último… Este revólver, ¿ves?, es el de Christiani, que lleva mucho tiempo metido en el oficio para jugar con una pequeña browning como la que ha matado a Martino… También Fred es un criminal reincidente al que le gustan las armas serias… Cuando estalló la pelea, Christiani disparó y le debieron empujar porque le pegó al cristal… Luego tú, con tu pequeña browning
       —Yo no tengo browning —logró articular el Contable.
       —¡Precisamente! «Porque tú no la tienes has sido tú el que ha disparado». Fred ha guardado su arma porque sabía que probaba su inocencia. Christiani ni ha limpiado la suya para demostrar que disparó una bala y que no alcanzó a nadie… Los dos saben lo que es un informe de los peritos y han seguido el juego… Mientras que a ti te era necesario hacer desaparecer el revólver, porque hubiese probado que tú eras el causante… ¿Dónde lo has puesto?
       —¡Yo no he matado!
       —Te pregunto dónde lo has puesto… Pregunta a Christiani… Es demasiado tarde para hacer el tonto…
       —No encontrará la browning
       Maigret le miró con piedad y murmuró entre dientes:
       —¡Pobre imbécil!
       Tanto más pobre y más imbécil cuanto que no era a él a quien quería Martino y que, si había disparado, era para probar a los otros que tenía agallas.
       Cuando Lucas volvió, Maigret le dijo a media voz:
       —Busca por todas partes… Sobre todo por el techo… No son lo bastante idiotas como para esconder el arma en casa de Lucien, ni en la del viejo… Sí, arriba en la escalera, hay un tragaluz que dé al techo…
       Se llevó a su gente, mientras que dos o tres paseantes, demasiado inocentes en apariencia, vigilaban la taberna de enfrente.
       Christiani, en su abrigo de pelo de camello, tenía el aspecto de un burgués al que llevan por error y al que se dejará en seguida en libertad con toda clase de excusas. Fred chuleaba. El Contable estiraba todos sus músculos.
       El caso era de los más clásicos. Maigret siempre había dicho que sin el azar el cincuenta por ciento de los criminales escaparían al castigo y que, sin las denuncias, el otro cincuenta por ciento estaría en libertad.
       Aquello parecía una humorada, sobre todo cuando lo decía con su gruesa voz.
       Lo que no impedía que la denuncia había existido. Luego, el azar, que le había permitido ver el coche amarillo de los Viajes Duchemin.
       Pero ¿no quedaba un alto porcentaje de oficio, de conocimiento de la gente e incluso de lo que se llama inspiración?
       A las tres de la tarde, se encontraba la browning en el techo a donde, en efecto, se había arrojado desde el tragaluz.
       A las tres y media, el Contable confesaba llorando y Christiani, dando la dirección de un célebre abogado, afirmaba:
       —¡Ya verá como saldré en seis meses!
       Ante lo cual Maigret suspiró sin mirarle:
       —Yo, con el puñetazo, sólo tuve para dos dientes…




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