George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


La astucia del Doctorcito (1939)
(“Le flair du Petit Docteur”)
Originalmente publicado, como “Rendez-vous avec un mort”, en Police-Roman
(n° 76, 3 de noviembre de 1939);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)



I

La consulta sin enfermo

      —¡Oiga! ¿Hablo con el doctor?… ¡Oiga! No corte, por favor…
       La voz, al otro extremo del hilo, era ansiosa. El Doctorcito, como todo el mundo le llamaba, acababa de regresar de sus visitas y olfateaba el guisado de cordero que perfumaba su casa. Fuera hacia un calor tremendo; pero dentro, y con todas las persianas cerradas, era como estar fresco en un baño.
       —Oiga, doctor… Le llamo desde la Casa Baja… Tiene usted que venir enseguida…
       —¿Para la señora joven? —preguntó el Doctorcito.
       —Venga usted deprisa… Vendrá, ¿verdad?… Es absolutamente necesario que venga usted enseguida…
       —¿Qué tengo que llevar?…
       El doctor iba a preguntar si debía llevar el maletín con algún instrumento o medicamento especial, pero ya habían colgado. Mientras hacía la pregunta su mirada se detuvo en el reloj de pared del comedor, pero fue una de esas miradas imprecisas, típicas de la mayoría de las personas que están telefoneando.
       Bueno… qué se le iba a hacer… Encendió un cigarrillo y anunció, entreabriendo la puerta de la cocina, que no estaría de regreso hasta pasada más de media hora. Fuera, su cochecito de dos plazas aguardaba al sol, y sus asientos abrasaban.
       Cuando salía ya del pueblo y se dirigía hacia las salinas, siguiendo la carretera sin sombras y llena de hoyos, el Doctorcito frunció de repente el ceño; tan distraído iba con sus pensamientos, que poco faltó para que enganchara un carro de heno.
       No podía sospechar, sin embargo, que estaba viviendo el momento más importante de su vida, y menos aún que de la idea que acababa de tener iban a derivarse tan graves acontecimientos; de resultas de ella le quedaría una nueva pasión, y un día llegaría a ser célebre en un ambiente muy distinto del de la medicina.
       —No era posible… El reloj no estaba parado…
       En este momento se le representaba perfectamente la esfera verdemar del reloj de su comedor, con las agujas bien separadas señalando las doce y veinticinco minutos del día. Miró su reloj, y comprobó que eran las doce y media.
       Ahora bien: la Casa Baja, allá, en el fondo de las salinas, no lejos de la costa, se hallaba conectada por teléfono a Esnandes, el pueblo al que pronto llegaría. Y la central de teléfonos de esta población cerraba desde las doce hasta las dos, de lo cual se quejaban mucho los habitantes de aquella región.
       Estuvo a punto de dar media vuelta, pensando que la llamada sería una broma de mal gusto; pero ya había recorrido un buen trozo y, además, la carretera no era lo suficientemente ancha para poder dar la vuelta sin tener que maniobrar. Se encogió de hombros, resignado, atravesó Esnandes, y torció a la izquierda por un camino que se hallaba en bastante mal estado.
       ¿Cómo dijo aquel hombre que se llamaba? ¡Drouin! Jean o Jules Drouin. Ya debía hacer algo más de seis meses que había alquilado la Casa Baja. Una casa que se hallaba vacía desde hacía varios años debido a que estaba muy alejada del pueblo, y también a causa de que en invierno había que colocar una pasarela para poder salir. Era un gran caserón, de una sola planta, blanqueado con cal, y con una techumbre de tejas rojas como todas las de la región.
       Un buen día, al terminar el invierno último, se abrieron las persianas, y empezó a ser vista por allí una pareja cuyo aspecto chocaba en la región: un joven alto, un poco desgarbado, vestido siempre con un pantalón de franela gris, alpargatas y un jersey amarillo de manga corta, y una mujer joven, muy guapa, que tomaba baños de sol en el jardín.
       —Deben de ser artistas —decía la gente.
       No trabajaban, no tenían criada, y era él quien hacia las compras en la tienda de ultramarinos del pueblo. Nunca llevaba sombrero, pero en cambio se dejaba crecer una barba espesa y corta.
       Una tarde, hacía ya tres o cuatro meses, el doctor se sorprendió al encontrar al hombre sentado en su sala de espera. El desconocido se presentó.
       —Me llamo Drouin, y soy el nuevo inquilino de la Casa Baja. ¡Oh!, no soy un enfermo muy interesante, ¿sabe usted?, y mi compañera todavía menos… Solamente padezco un poco de insomnio… Desearía que me recetara usted un producto eficaz, pero inofensivo…
       El doctor le indicó unas píldoras.
       —Preferiría una droga que se disuelva en agua… Tengo la garganta bastante sensible y me cuesta mucho tragarlas…
       El hombre le fue simpático, o mejor dicho, lo encontró interesante. Su presencia excitaba la curiosidad de saber algo más sobre su vida, y tenía además una sonrisa indefinida, un poco triste, como la de algunos tuberculosos que se saben condenados.
       —Muchas gracias, doctor. ¿Qué le debo?
       —Ya hablaremos de ello en otra ocasión…
       El doctor andaba por la treintena. Solamente ejercía en la región desde hacía un par de años, y tanto a causa de su pequeña estatura como debido a su amabilidad y sencillez, o quizás también por su minúsculo coche de cinco caballos con el que recorría todo el día los malos caminos, le llamaban cariñosamente el Doctorcito.
       ¿Cuántas veces habría visto a la joven en cuestión? Así, por casualidad, la había divisado algunas veces cuando pasaba por delante de la Casa Baja, camino de la granja del Zorro. Parecía una muchacha despreocupada y a la que le tenía sin cuidado lo que pudieran decir de ella. En resumen: daban la impresión de ser una pareja de amantes muy enamorados que vivían su maravillosa aventura en el mayor aislamiento.
       Y sin embargo, una vez… El doctor se había parado en plena carretera para reparar su coche, y en aquel momento ella pasó por allí…
       —¿Duerme ya mejor su amigo? ¿Le sienta bien la medicina que le receté? —preguntó Dollent.
       Ella pareció sorprendida.
       —¿Qué quiere usted decir?
       —No, nada… solamente quería saber…

       El coche se paró al borde de la cuneta sobre la que estaba tendida una frágil pasarela de madera. Contra los blancos muros del caserón, los geranios producían una mancha viva y las hortensias otra más apagada y suave.
       Los postigos estaban abiertos, pero las ventanas permanecían cerradas. Nadie salía de la casa para recibir al doctor. En vista de ello, éste llamó a la puerta; detrás del cristal había unos visillos de cuadritos rojos.
       Quizás tuvo aún el Doctorcito la vaga idea de marcharse, pero su mano se tendió con un gesto mecánico hacia el picaporte de hierro. La puerta se abrió, y una corriente de aire fresco salió de la sombra de la cocina, que servía, también, de comedor.
       —¿Hay alguien? —preguntó el doctor alzando la voz.
       La situación se hacía violenta, y hasta le parecía que cometía una indiscreción.
       —¿Hay alguien?… ¡Eh! ¡Señor Drouin!…
       Tuvo la impresión de que algo se movía en la habitación contigua, pero era sólo un gato gris que se frotó contra sus piernas y salió. La segunda pieza era el dormitorio, amueblado de manera bastante original, y en el que había algunos muebles hechos, seguramente, por el propio Drouin.
       Había allí un gran diván que servia de cama; estaba abierto y todavía se distinguía perfectamente la huella que deja un cuerpo que ha dormido allí. En cuanto al teléfono…
       Descolgó el aparato y dio dos o tres veces a la manivela sin obtener contestación, lo cual demostraba plenamente que la llamada que había recibido a las doce y veinticinco no provenía de la casa.
       Hasta aquel momento el Doctorcito, cuyo verdadero nombre era Jean Dollent, sólo se había dedicado a la medicina, y nunca se hubiera podido imaginar, ni siquiera durante sus sueños más extravagantes, que algún día podría ocuparse de otra cosa. No creía poseer dones excepcionales de observación, ni menos aún de deducción.
       De momento, se encontraba molesto y, cosa ridícula de confesar, tenía sed. Tanta sed que…
       Esto era ya cometer una indiscreción. Pero… al fin y al cabo… Había en la estancia unas estanterías con libros, las últimas novelas publicadas; pero otras, al alcance de la mano cuando se sentaba uno en el diván, contenían varias botellas de distintos aperitivos. El doctor cogió una, la que contenía el aperitivo más suave, buscó un vaso y bebió un trago.
       Aquélla fue la tercera sorpresa del día. ¿A qué sabía aquello?… Era ridículo… A nadie iba a ocurrírsele la idea de… Sin embargo, no era posible equivocarse. Bebió de nuevo y se relamió. Esta vez estaba seguro de ello y no era preciso analizar el líquido: en una botella de vermut habían disuelto, sin lugar a dudas, bicarbonato de sosa.
       ¿Qué era lo que había contenido aquel vaso que se hallaba, precisamente, sobre la mesita, al lado del diván? Lo cogió, olfateó: ¡precisamente vermut!
       ¿No era aquello una locura? ¡Disolver bicarbonato de sosa, el medicamento más inofensivo, bueno solamente para calmar pequeñas molestias de estómago, en un aperitivo!
       —Vamos a ver… ¿No hay nadie en esta casa? ¡No es posible que no haya nadie! —gritó el Doctorcito ya molesto.
       Únicamente el gato, desde el jardín, le observaba a través del cristal de la puerta. Entonces, y con la mayor naturalidad, Jean Dollent se sentó en el borde del diván.

       Veamos. Primero: si se habían tomado la molestia de llamarle, e incluso de hacerle ir con toda urgencia, era que alguien necesitaba que el doctor se encontrara allí. A pesar de ello, no había nadie en la casa.
       Segundo: a la hora en que le llamaron, solamente podían haber pedido comunicación desde la Rochelle, y esta población se hallaba a diez kilómetros de la Casa Baja. Por otra parte, Drouin no tenía ni coche ni bicicleta, y el último autobús pasaba por allí a las ocho de la mañana. ¿Habría hecho a pie los diez kilómetros? ¿Iría su amiga con él?
       Tercero: solamente una persona había dormido la pasada noche en el diván y probablemente se trataba de la mujer, puesto que había encontrado en la almohada un largo cabello rubio.
       Cuarto: no se veía rastro alguno de que alguien hubiera desayunado, y era difícil creer que ella se bebiera, al levantarse, un vaso de vermut con bicarbonato; esto hubiera sido ya el colmo de la extravagancia.
       Mientras pensaba esto, el Doctorcito no se daba cuenta de que estaba procediendo realmente a una investigación que se parecía mucho a las de la policía.
       ¿Por qué motivo le necesitaban a él? ¿Para cuidar a quién?, se preguntaba. A menos que… Esta idea le hizo fruncir el ceño a causa de que abría nuevos horizontes. ¿Y si fuera necesario que alguien se encontrase en la Casa Baja?… Al fin y al cabo, los aldeanos no tienen teléfono en sus casas, pero además, a partir de las doce del mediodía, como máximo, cierran la central. Por lo tanto, ¿qué les hubieran podido decir a estas gentes? ¿Y por qué motivo se iban a molestar en venir?… ¡En cambio un médico! El médico es la única persona que siempre se toma la molestia de ir adonde le llaman, e incluso se puede decir que está moralmente obligado a hacerlo…
       Pero ¿para qué? ¿Por qué motivo?
       En la casa hacía un fresco delicioso y la tranquilidad era absoluta. La granja del Zorro, la casa más cercana, donde el doctor asistía a un enfermo de gota, se hallaba a más de seiscientos metros. Sólo las moscas daban un poco de vida al ambiente.
       De pronto se levantó y se dirigió hacia una vieja cómoda, debajo de la que acababa de ver algo. Se agachó y retiró un par de alpargatas en cuyas suelas había un poco de barro pegado, todavía fresco.
       ¿Dónde habría estado Drouin para ensuciar así las alpargatas? Hacia la costa no era posible, ya que la tierra de la orilla, entre los guijarros, era blanquecina y muy calcárea, y en cambio ésta era una tierra buena, obscura, característica del campo o de los prados.
       ¿No estaría haciendo el ridículo con tanta deducción? ¿No sería mejor volverse a casa, donde Ana, la sirvienta, le tenía preparado un apetitoso guisado de cordero?
       Como el vermut con bicarbonato no le había quitado la sed, escogió otra botella que contenía un aperitivo con gusto de anís. Primero lo probó; éste, por lo menos, no contenía nada raro, ni droga, ni bicarbonato. Se sirvió un vaso lleno hasta el borde y fue a situarse junto a la puerta.
       La casa tenía cinco o seis habitaciones todas ellas en la misma planta. Era un viejo caserón de campesinos y los Drouin —si es que así se les podía llamar— se habían contentado con unos cuantos arreglos, y con alegrar el conjunto a base de cretonas de color, muebles de madera blanca, varias estanterías y un decorado que recordaba los estudios de Montparnasse. Incluso había, colgada de un clavo, una bonita guitarra hawaiana que seguramente debían tocar, ya que en ella no faltaba ni una sola cuerda y además, comprobó el doctor, estaba afinada.
       Pero ¿dónde habría estado Drouin para ensuciar así las alpargatas?…
       Y el Doctorcito, en lugar de subir al coche y marcharse, se puso a dar vueltas alrededor de la casa seguido por el gato. El trozo de jardín que había en la parte posterior estaba tan seco como el resto del campo. Se acercó al pozo y miró: apenas contenía unos cincuenta centímetros de agua clara, a través de la cual se veían las piedras del fondo.
       Era tanta la tranquilidad de aquel ambiente, que daba la impresión de que el pueblo se hallaba muy lejos, y el espacio parecía infinito. Unas vacas cabeceaban bajo los efectos del sueño abrumador.
       Sueño abrumador… Ahora recordaba. Pero ¿qué relación podía haber entre el soporífero que le pidió Drouin y…?
       Había allí una pequeña valla resecada por el sol. Sin prestarle gran atención, hasta el punto de que casi pasó de largo, miró hacia el otro lado y vio que en un espacio circular la tierra no parecía tener un aspecto normal; parecía como si la hubieran removido y luego apisonado. Pasó al otro lado de la valla, removió un poco de tierra y debajo halló otra muy blanda, húmeda, igual a la que estaba pegada a las alpargatas abandonadas bajo la cómoda.
       Pero, al fin y al cabo, nada de aquello le importaba, y si algo le parecía sospechoso no tenía más que comunicarlo al Ayuntamiento de Esnandes para que avisaran a la gendarmería. Él era médico, y nada más.
       Pero… ¿por qué diablos le habían hecho ir? ¿Para descubrir qué?
       Estaba seguro de haber reconocido la voz de Drouin al teléfono. Por consiguiente, si éste le había llamado a las doce y veinticinco… Miró su reloj: era la una y Ana empezaría a impacientarse. A pesar de ello, volvió hacia la casa, abrió unas cuantas puertas y halló, en un cuarto donde había varios enseres, una pala de jardinero.
       En aquel momento Dollent estaba pensando en el cabello que había encontrado en el almohadón, y en la joven que no salía nunca de casa y que creaba a su alrededor como una atmósfera de pasión exaltada.
       Volvió al jardín, se quitó la chaqueta y empuñó la pala; la tierra era blanda y las paletadas salían con facilidad. De repente…
       El doctor había disecado bastantes cadáveres en sus años de estudio en la Facultad de Medicina, pero de todas formas, al ver aquel dedo que salía de tierra…
       Se quedó perplejo: aquello era el dedo de un hombre. Siguió sacando paletadas y puso al descubierto toda la mano, una manaza bastante descuidada.
       ¿Drouin?, pensó. No, no era posible, puesto que éste le había telefoneado. ¿Y si alguien hubiese imitado su voz?
       De todas formas, Drouin, que era un hombre elegante por naturaleza, de una elegancia que había chocado al Doctorcito, no tenía unas manos semejantes…
       ¡Adelante! Soltó una patada al gato, que estaba maullando cerca de él, siguió sacando tierra y acabó por encontrar una cara maculada de sangre y tierra.
       Más tarde, cuando le preguntaban qué impresión le había producido aquel momento, contestaba:
       —Impresión, ninguna. Más bien una sensación: estupor…
       Y verdaderamente, era asombroso encontrarse allí, solo en el espacio ilimitado, ante un agujero del que poco a poco iba saliendo el cadáver de un hombre. El muerto le era totalmente desconocido, y probablemente también lo seria en la región.
       Luego, pasados los primeros momentos, diría:
       —¡Qué feo era!
       Y era la pura verdad. Aquel hombre tenía una cabeza grande, hinchada, con un corte en el labio superior que le deformaba la boca…
       ¡Dios mio, qué calor!… Eso era, el calor y no la repugnancia lo que le molestaba… Entró de nuevo en la casa, y se sirvió el segundo y luego el tercer vaso de anís.
       —¿Por qué diablos me han llamado?
       Esta pregunta le obsesionaba, y nunca hubiera podido sospechar que tuviera tanta lógica. ¿Era el cadáver lo que habían querido que descubriera? ¡Pero, si la cosa no tenía el menor sentido! Si Drouin era el asesino, ¿qué interés podía tener en que se descubriese el cadáver de su víctima? Y si no lo era, ¿podía ignorar que había un cadáver en su jardín? ¿Y qué relación tenía con todo aquello la joven de la cual el Doctorcito no conocía ni siquiera el nombre? ¿Dónde se encontraba? ¿Con su amigo?…
       Si verdaderamente habían cometido un asesinato, por las razones que fueren, ¿por qué no se marchaban tranquilamente? Probablemente habrían pasado varios días, incluso quizás varias semanas, sin que los habitantes de Esnandes se preocuparan de ellos. Entonces la hierba habría vuelto a crecer y tendrían el noventa por ciento de probabilidades de que no se descubriera ni siquiera el cadáver.
       Sin embargo, existía una razón, y el Doctorcito empezaba a darse cuenta de que no se quedaría tranquilo hasta que encontrase…
       De momento, sin embargo, él no podía desenterrar por completo el cadáver; no tenía ni derecho a hacerlo. Por ello, se contentó con recubrir la cabeza y la mano del muerto con un visillo arrancado a la ventana de la cocina. Luego puso en marcha su coche, y se fue zumbando como un moscardón furioso a lo largo de los caminos.
       Halló al alcalde sentado tranquilamente a la mesa en la granja que explotaba al otro lado de Esnandes camino ya de Marsilly. El Doctorcito cogió una sardina a la parrilla y se la comió sin pensar en lo que acababan de tocar sus manos.
       —Hay un cadáver en la Casa Baja…
       —¿Un cadáver de qué?
       —¡Pues de hombre!… Enterrado. Creo que convendría avisar a la gendarmería, y hasta quizás a la Comisaría General.
       Y al decir esto se sirvió otra sardina. Decididamente, las emociones le abrían el apetito.
       —No es que quiera meterme en lo que no me importa, pero si me permite un consejo creo que debería acompañarme a mi casa y desde allí podría usted telefonear a la Rochelle. Entretanto, debería mandar al guarda a la Casa Baja para que no deje entrar a nadie.
       ¡Aquel pobre guardia que seguramente ya estaría borracho!
       —¿No quiere usted comer con nosotros?
       —No, gracias…
       Pero, mientras el alcalde se arreglaba para salir, el Doctorcito cogió a hurtadillas media docena de sardinas y se sirvió dos buenos vasos de vino blanco.
       —¿Cree usted que se trata de un crimen?
       —Pues verá, cuando se entierra a una persona en un jardín, sin avisar a las autoridades, ni al cura, ni a la funeraria…
       —¡Vamos, pues!

       Primero fueron a la gendarmería, y luego a la brigada especial; esto, naturalmente, les ocupó cierto tiempo y Ana estaba furiosa: el guisado de cordero se había quemado del todo.
       —Nos recogerán al pasar por aquí —dijo el alcalde—. He avisado al Juzgado. Ya me figuraba yo que estos extranjeros me causarían disgustos…
       Para el alcalde, la palabra extranjero era aplicable a todos aquellos que no eran hijos del pueblo.
       —¿Me permite? —dijo el Doctorcito—. Yo también debo telefonear a varios sitios…
       1.º A la central telefónica de la Rochelle. Al cabo de diez minutos le comunicaron que la llamada que había recibido a las doce veinticinco, la habían pedido desde el café de los Navegantes, en el puerto, a unos trescientos metros de la estación. Ahora bien, hasta las 15,08 no salía ningún tren.
       —¿Y autocares?
       —Llame a la compañía Brivin…
       Ésta fue su segunda llamada:
       2.º La casa Brivin: a las 12,10 ha salido un autocar hacia Surgères; a las 12,10 otro para Rochefort…
       Y otra vez la casa Brivin para hacer la tercera pregunta:
       3.° No, señor. En el autocar de las ocho de la mañana no ha subido nadie, en Esnandes, que corresponda a la descripción que usted nos hace. Ninguna mujer joven tampoco.
       Todavía quedaban por ver los taxis. Drouin podía haber pedido uno en la Rochelle, pero el coche habría sido visto en Esnandes.

       Por consiguiente, en el transcurso de la mañana, Drouin, y seguramente también su compañera, habían hecho a pie los diez kilómetros que separan la Casa Baja de la Rochelle. A las 12,25 Drouin había llamado al doctor para que fuera a su casa… a la casa donde se hallaba el cadáver, y en la que el propio Drouin ya no había dormido, al menos en su cama…
       El alcalde de Esnandes aguardaba tranquilamente mientras el Doctorcito andaba a grandes zancadas de uno a otro lado de la habitación. De pronto éste declaró:
       —¡Debe de haber un error!
       —¿Qué quiere usted decir? ¿Que no estoy seguro de que sea un cadáver?
       —Estoy seguro de que alguien se ha equivocado… No es posible de otra manera. Verá usted…
       Aún no había terminado de hablar cuando sonó el teléfono.
       —Diga…
       —¿Es usted, doctor?
       El Doctorcito se quedó atónito al reconocer aquella voz: era la de Drouin. Se le notaba más ansioso que cuando llamó por primera vez, y apenas si se atrevía a hablar. ¿Tendría miedo de que la comunicación estuviera intervenida?
       —Oiga… No me reconoce, ¿verdad?
       —Sí.
       Miraba hacia el alcalde, que escuchaba sin comprender.
       —¿Ha estado usted allí?
       —Sí.
       —Y ¿cómo se lo diré?… ¿no ha encontrado…?
       —¿Desde dónde me llama?
       Un silencio de indecisión.
       —Ya comprendo, siga.
       —¿Me comprende? Entonces…
       —¡Sí!
       —¿Lo ha…?
       —¡Sí!
       —Debía figurármelo. Y usted… En fin. Usted ha… Conteste con toda franqueza. Creo adivinar lo que pensará de mí, pero quizás pueda hablarle de ello algún día. ¿Sabe si la policía…?
       —¿Avisada? ¡Sí!
       —Oiga, doctor… No cuelgue…
       En el mismo instante el teléfono se puso a hacer un ruido como si estuvieran friendo algo, y se oyó hablar a las telefonistas:
       —Oye, Rochefort, ¿has terminado?
       —¡No corte, señorita! —gritó la voz enloquecida de Drouin—. Oiga, doctor…
       —Sí, diga…
       —¿Me oye todavía? ¿Cuánto tiempo cree usted que…?
       El Doctorcito se volvió hacia el alcalde de Esnandes, que seguía escuchando sin comprender una sola palabra.
       —Dentro de una hora —contestó— todas las estaciones de tren y salidas de autobuses estarán vigiladas.
       —Muchas gracias, doctor. Si más tarde volviera a llamarle…
       —El teléfono también estará intervenido.
       —¡Entonces, espere! No corte usted… Una pregunta más. Supongamos que una persona herida se presenta en su casa durante la noche… ¿Me comprende?
       —Sí…
       —Que esta persona se presenta sola, y que verdaderamente necesita que usted la cure…
       Un silencio. Ana, de vez en cuando, escuchaba a la puerta y se impacientaba.
       —¡Siga!
       —¿Podría confiar en el secreto profesional?…
       —No hay nada prescrito sobre ese particular; puedo hablar o callarme… todo dependerá de mi conciencia. Si estimo que la persona en cuestión…
       —¿Y qué decidirá usted?
       —No puedo prometerle nada. Depende…
       Un coche se había parado ante la puerta del domicilio del doctor. De él se apearon la policía y el Juzgado de la Rochelle.
       —Si la vida de esa persona, que es inocente…
       Ana abrió la puerta y los visitantes se limpiaban los zapatos en el felpudo. El Doctorcito optó por colgar.
       —Buenos días, señor Juez.
       —Buenos días, doctor. Me dicen que… Ah, pero estaba usted telefoneando…
       —Oh, no tiene importancia; era un latoso… Entre, por favor. Ana, sirva una copa de coñac a estos señores…
       Y mientras decía esto se dio cuenta perfectamente de que el alcalde de Esnandes le miraba con extrañeza.


II

Al comisario no le gusta la ironía

       —A mi entender, señor Juez, si me permite que le exponga mi opinión, creo que…
       El comisario calló, dejando vagar la mirada como si estuviese contemplando el vuelo de una mosca; pero lo que miraba en realidad, era la cara del Doctorcito y muy especialmente el extraño brillo de sus ojos, que denotaba un júbilo intenso.
       —Siga usted. Le estoy escuchando, señor comisario…
       —Perdone, pero no sé si ciertos oídos…
       El Juez comprendió enseguida. No era la primera vez desde que había empezado aquella investigación, que el comisario, sin duda alguna una excelente persona pero ceremonioso y algo pesado, se mostraba molesto por la presencia del doctor.
       El magistrado y el doctor ya se conocían, por haber coincidido en algunas partidas de bridge. Ambos eran jóvenes. Sin embargo, también al Juez le sorprendía la actitud de Dollent.
       En el jardín de la Casa Baja se hallaban reunidas unas diez personas; el guardia de Esnandes, situado cerca de la verja pintada de verde, cerraba el paso a los curiosos. Pero no le daban mucho trabajo, ya que apenas formaban un grupo algo más numeroso que el de las autoridades. Hacía un calor terrible y no había ni un solo árbol para guarecerse; era, pues, natural que los gestos de los allí presentes fueran más bien lentos y pesados. Todos, excepto el Doctorcito, que nunca se había mostrado tan impetuoso.
       —Decía, pues, señor Juez, que cuando conozcamos la identidad de la víctima podremos…
       Dollent se contuvo, pero le costó trabajo hacerlo. Tenía unas ganas locas de soltar:
       —¡Que te crees tú eso!
       ¡Ni unos ni otros sabían lo que hacían! No entendían nada y nunca llegarían a saber nada de este asunto, pensaba Dollent.
       Era la primera vez que asistía a una investigación de este tipo. En realidad, nunca se había sentido inclinado hacia las novelas policíacas, y ni siquiera leía los relatos de crímenes en los periódicos. Sin embargo, y de repente, acababa de tener como una revelación. Todos zozobraban a su alrededor y él tenía unas ganas locas de echarse a reír ante las narices de la «autoridad», o de decir, por ejemplo, al grueso cabo de gendarmería que buscaba huellas debajo del diván:
       —¡Un poco de formalidad, cabo! A su edad y además con hijos mayores, ya no se anda a gatas…
       Lo cierto era que el doctor no había descubierto nada todavía, pero estaba seguro de hallar la solución del misterio. Y no se apartaba de su razonamiento; no dejaba de pensar:
       —Si ese hombre, Drouin, me ha telefoneado una vez, y me ha llamado nuevamente desde Rochefort…
       Era divertido hallarse entre los policías y poderse decir:
       —¡Yo soy el único que puede asegurar dónde se halla en este preciso momento el hombre que tanto desearían coger!
       El doctor había dado a entender a Drouin que sus señas particulares habían sido ya comunicadas por la policía; por consiguiente, Drouin se escondería, y no sería tan tonto como para tomar un tren o coger un coche de línea. Y tampoco era probable que se alojara en un hotel. Ya se lo imaginaba errando por las tórridas calles de Rochefort y hundiéndose en la sombra propicia y fresca de las pequeñas tabernas, en espera de la noche.
       —Yo creo —pontificaba el Juez— que nos hallamos ante un crimen pasional: ¡dos hombres y una mujer! La eterna historia de dos gallos y una gallina. Sin duda vivían aquí los tres, pero la víctima se escondía. ¿Ha mandado su fotografía a París por belinografía, comisario?
       —Sabremos a qué atenernos a última hora de la tarde.
       Por fortuna aquellos señores no habían pedido al Doctorcito que hiciera una autopsia completa, que no hubiera tenido nada de agradable con aquel calor. Y solamente habían desnudado a la víctima, un hombre de corpulencia poco común, que llevaba un tatuaje en el antebrazo izquierdo representando un busto de mujer.
       La comprobación más interesante era que la muerte se había producido la víspera, entre las diez y las doce de la noche. La victima murió de una cuchillada en pleno corazón; pero antes de este golpe definitivo había recibido varios, incluso algunos puñetazos. Esto hacía suponer que el hombre no había sido atacado por sorpresa. Probablemente hubo una disputa, seguida de una lucha a puñetazos, y luego el asesino se apoderó del cuchillo. La escena se había desarrollado en la cocina, ya que en el dormitorio no se veía rastro alguno de pelea; en cambio, en el suelo de la cocina, se hallaban trocitos de cristal.
       Por consiguiente Drouin, antes de marcharse, no solamente había enterrado a la víctima, sino que, además, había arreglado con sumo cuidado el escenario del drama. Y luego… ¡aquella llamada telefónica! Había que partir siempre de la misma base.
       Cuando se mata y entierra a una persona, no suele ser corriente mandarle luego el médico, pensaba Dollent.
       —En fin, señor alcalde, ¿no sabe usted nada con respecto a los habitantes de esta casa? ¿Es que no conoce a sus administrados?
       —¿Qué quiere usted que le diga? —contestó, como excusándose, el interpelado—. El Secretario se encarga de los trámites administrativos, y yo me limito a firmar los papeles que me presenta. Ese individuo se inscribió con el nombre de Drouin, y la mujer no figuraba en ningún papel. Pensé que se trataría de algún lío y no insistí. Al fin y al cabo, los asuntos privados no nos importan…
       Los ojos del Doctorcito seguían brillando de un modo particular. Él sabía que la cosa no era tan sencilla. Y con la misma testarudez que tenía cuando jugaba al bridge, iba adelantando poco a poco en su razonamiento, reconstruyéndolo desde el principio cuando llegaba a un punto muerto.
       Se representaba a Drouin, con su pantalón gris, su jersey amarillo y su barba corta de pintor surrealista. Luego se lo imaginaba en la casa, con su pipa, puesto que fumaba en pipa… Y como era un hombre muy alto, tenía que agacharse para franquear la baja puerta… También se imaginaba a la joven, siempre a medio vestir, con la piel bronceada por el sol como un fruto jugoso…
       Sin darse cuenta hablaba a media voz y murmuraba entre dientes:
       —¡Eso es!… ¡Eso es!…
       Procuraba darles vida, hacerles moverse en su ambiente, y le parecía que cuando lo lograse habría resuelto el problema.
       —Solamente eran dos. Esto era seguro…
       Al cuerno con el Juez y con su picante solución del famoso triángulo… En la casa había una pareja, dos seres en plena luna de miel que sólo piensan en el amor…
       En cuanto a la mujer, no parecía ser de las que se dejarían abrazar por el bruto del antebrazo tatuado, cuyo cuerpo, tapado con una sábana, yacía extendido sobre la mesa.
       Dollent tuvo un sobresalto al oír que una voz, la de uno de los inspectores, decía:
       —Acabo de encontrar esto, señor comisario…
       Poco faltó para que el doctor le arrancara el objeto de las manos. Se trataba de una bolita de papel que contenía unos polvos blancos. Mojó de saliva su dedo índice, lo introdujo rápido en los polvos y probó el sabor del contenido de la bolita de papel.
       El comisario, visiblemente enfurecido, seguía sus movimientos con el ceño más fruncido que nunca.
       —Hay algo que convendría descubrir —declaró Dollent con autoridad, como si acabaran de confiarle la dirección de la investigación—. Pero, dígame, ¿dónde ha encontrado usted esta bolita de papel?
       —Eso es lo curioso. Estaba escondida entre la ropa interior de la señorita, en el fondo del armario.
       —En este caso —añadió el doctor— entre los efectos personales del hombre hallarán seguramente una cajita de cartón con la etiqueta de un producto farmacéutico…
       El inspector miró a su jefe para saber si tenía que obedecer al doctor. El comisario se encogió de hombros como quien dice:
       —¿Qué quiere usted que haga? Él manda y nadie protesta… Busque usted, por si acaso…
       Entre las personas que participan en esta clase de investigaciones se da a veces esa misma alegría cruel que mueve a las gentes que frecuentan las subastas a manosear los viejos objetos o a abrir los cajones de los muebles. En efecto, se irrumpe bruscamente y con todos los derechos que otorga la ley, en la vida de una casa, procurando descubrir sus secretos. El agente más grosero manosea con toda naturalidad la lencería fina de señora, y llega incluso hasta a leer las cartas más íntimas.
       Así se iba comprobando que si la mujer (de la que se ignoraba todo, hasta el nombre) se hallaba casi siempre a medio vestir, no por ello dejaba de tener muchos vestidos, los cuales, sin ser lujosos, eran de buena calidad y de excelente gusto. En cambio, Drouin, a menos que se hubiera llevado una maleta, lo cual era bastante improbable, puesto que había hecho el trayecto hasta la Rochelle a pie, no poseía casi nada. Seguramente no tendría más pantalón que el gris que llevaba puesto, ya que en el armario no había ninguno. En el cesto de la ropa sucia apareció su jersey amarillo y también las alpargatas que solía llevar, lo cual hacia suponer que se habría marchado con el único par de zapatos que tenía.
       Al parecer, se trataba de un muchacho instruido, y así lo indicaban los libros de las estanterías.
       —Apuesto a que… —dijo de pronto el Doctorcito.
       Desde hacía ya más de diez minutos, los agentes lo revolvían todo en busca de la cajita de cartón; el doctor reflexionaba y su mirada se fijó sobre un pote de loza que tendría una cabida aproximada de una libra de tabaco.
       —Busquen dentro del tabaco… Pudiera ser que…
       A partir de este momento los demás miraron al doctor, no ya con curiosidad, sino también con cierto respeto. En efecto, el inspector, que metió la mano en el tarro, sacó la cajita de cartón. Sin acercarse para nada, Dollent refirió lo que estaba escrito en la etiqueta.
       —¡Debe de estar medio vacía! —añadió seguidamente.
       En aquel instante, el doctor descubrió un nuevo placer, y por nada del mundo hubiera cambiado la llamada telefónica recibida por la mañana. Su alegría era inmensa, y con el rabillo del ojo miraba al comisario gruñón, y al juez, muy hombre de mundo, mientras decía:
       —Pueden estar seguros de que esta cajita contiene bicarbonato de sosa…
       Para decir toda la verdad hay que añadir que, pasados unos minutos, y como el magistrado se maravillara ante la clarividencia del doctor, el comisario arriesgó a media voz el siguiente comentario:
       —No se debe olvidar que el doctor estuvo aquí antes que nosotros… y que, según nos confesó, se pasó casi una hora solo en la casa…
       —¿No querrá usted insinuar…?
       —¡Eso no!… Sin embargo… ¡Hum!
       Se oyó el timbre del teléfono. Era conferencia con París.

       Serían cerca de las cinco de la tarde y poco a poco todo el mundo fue poniéndose cómodo; los allí presentes, excepto el juez y el secretario, se habían quitado la chaqueta. Ya nadie se acordaba de que encima de la mesa de la cocina había un cadáver. Uno de los agentes, al que la sed había secado la garganta, miraba de reojo las botellas de aperitivos sin atreverse a tocarlas; el alcalde de Esnandes propuso:
       —Voy a mandar a buscar un par de botellas de vino blanco a mi casa…
       El guardia fue a buscarlas y se descorcharon sobre la mesa del dormitorio-estudio. El secretario, empapado de sudor, dejaba de vez en cuando la pluma para beber un trago. El comisario, que acababa de tener una larga conversación con París, la estaba refiriendo al magistrado.
       —Tal como me imaginaba, el cadáver ha sido identificado rápidamente. Ya me parecía a mí que ese hombre no me era del todo desconocido. Se trata de Jo el Boxeador…
       Para los demás allí presentes, aquel nombre no significaba nada.
       —Un mal sujeto —añadió el comisario— que solía frecuentar los bares de la plaza de Ternes. Media docena de condenas… Salió de la cárcel de Poissy la última vez hará unos tres meses…
       —Tres meses —repitió el doctor, como si quisiera grabar esta cifra en su memoria.
       —¿Acaso le importa? —pareció decir la mirada severa del comisario.
       Y continuó diciendo:
       —He preguntado, como habrán podido escuchar, si habían visto últimamente a Jo en París. Normalmente no hubiera debido estar allí, puesto que se le había prohibido la residencia en la capital… Sin embargo, le vieron varias veces, últimamente la semana pasada, en los alrededores de la plaza de la Estrella.
       —Por consiguiente, no estaba escondido aquí —dijo el Doctorcito con satisfacción.
       —Yo no he afirmado nunca que lo estuviera.
       —Pero lo suponía usted.
       —Poco importa lo que yo…
       —¡Señores, por favor! —intervino el juez—. No nos peleemos ahora.
       —Si este señor continúa burlándose de mí…
       —Le juro a usted que no me burlo.
       —Siga usted, comisario. Decía usted que Jo el Boxeador estaba en París últimamente… Probablemente vendría aquí en tren… ¿Por qué motivo?
       Y el doctor, incorregible, dejó caer:
       —¡Ahí está la cuestión! Seguramente que no habrá sido con intención de recibir unas cuchilladas y hacerse enterrar detrás de una valla…
       —Supongamos que hubiera venido para ver a es la mujer… —arriesgó el magistrado, que seguía aferrado a su idea.
       No, no fue por eso. El Doctorcito lo presentía: era a la vez más sencillo y más complicado, pero él lo descubriría. Quizás necesitaría algún tiempo, pero estaba seguro de conseguirlo.
       —¿Por qué le condenaron últimamente? —dijo.
       —Si no me interrumpieran constantemente ya lo sabrían ustedes —contestó el comisario—. El gerente de un cabaret de la calle Fontaine fue asesinado…
       —¿Cuánto tiempo hace?
       —Dos años… Fue un crimen infame, cuyo móvil era el robo. Varios hombres, nunca se ha sabido cuántos, pero por lo menos dos, se dejaron encerrar por la noche en el cabaret. Iban por la caja. Cuando el gerente se quedó solo, se abalanzaron sobre él… Pero él se defendió… Sonaron unos disparos, y solamente se pudo coger a Jo el Boxeador… Fue condenado como cómplice, ya que las huellas del revólver abandonado en la sala no eran las suyas…
       En aquel momento ocurrió un hecho bastante inesperado. El Doctorcito se levantó y se puso la chaqueta. Su aspecto denotaba satisfacción y contento; hubiérase dicho que no se trataba allí de un crimen, ni de un asesinato, sino más bien de una simple visita a unos clientes o amigos. Estrechó la mano a todos y con una sonrisa desarmante dijo:
       —Bueno, señores, si ya no me necesitan, me voy a ver a mis enfermos…
       Pero en lugar de parar el cinco caballos ante la puerta de su casa, en la que desde la calle se veía la sala de espera llena de gente, tomó la carretera de Rochefort.


III

Una cuchillada perfectamente inútil

      Llegó a la ciudad sin novedad. La carretera era buena, los pájaros cantaban cobijados ya en las ramas de los árboles, y el Doctorcito iba silbando distraídamente. Estaba satisfecho de sí mismo. Más que satisfecho. ¿No acababa de descubrir que poseía unas aptitudes muy especiales que le abrían, además, horizontes hasta entonces insospechados?
       Una llamada telefónica… Hasta aquel momento nunca se había ocupado de la Casa Baja ni de sus inquilinos, y había pasado por su lado sin pensar en ellos. Una sola vez había dirigido la palabra a Drouin, para recomendarle, sin convicción alguna, una vulgar medicina que hubiera podido comprar sin necesitar al médico. También otra vez había hablado con la joven. Y, sin embargo, en unas pocas horas lo había descubierto todo; estaba plenamente convencido de ello, totalmente seguro. Los demás, el juez, el comisario y más aún el pobre alcalde, no sabían nada de nada, y el doctor pensaba que así debía de ocurrir casi siempre en un asunto policiaco.
       A causa de que no se hacían bien las cosas.
       Él, en cambio… Pero veamos, ¿en qué forma lo hacía? No le hubiera sido posible llegar a dar una explicación precisa, pero la realidad era que tenía como un presentimiento. Él se colocaba en el lugar de… O, mejor aún…
       Al fin y al cabo, poco importaba. Lo principal era que él conseguiría aclarar el misterio, y por lo tanto todos los secretos de la Casa Baja. Ahora sólo le faltaba encontrar a Drouin; pero esto no sería difícil, puesto que Rochefort era pequeño.
       Empezó su visita de inspección por el café de la Paix, en la Plaza Mayor, ya que no quería desperdiciar ninguna posibilidad; pero, tal y como esperaba, Drouin no se hallaba ni en la terraza ni el interior.
       Café del Comercio… café Joffre… café de la Marina…
       El sol se acercaba ya al horizonte, pero el calor seguía siendo sofocante y el Doctorcito se cansaba ya de tomar cervezas. En un mostrador tomó un vaso de vino blanco; luego en otro repitió, y empezó a entrarle la fiebre que siente el jugador que está seguro de su inspiración mientras aguarda que la bolita blanca se pare en el número que ha escogido.
       «¡Mientras no haga una idiotez!», murmuraba de vez en cuando entre dientes.
       En la mente del doctor la idiotez de Drouin podía consistir en intentar salir de la ciudad, ya fuera en tren o en autocar; en una palabra: seguir huyendo. Ésta sería la mejor manera de que le cogieran.
       ¿Qué podía hacer ahora? Desde las primeras horas de la tarde buscaba en un lugar determinado, y ya había recorrido muchas calles y numerosos cafés incluyendo los bares más insignificantes.
       —¡Vaya, hombre! Se me olvidaba…
       Y diciendo esto se dio una palmada en la frente. Cogió su diminuto coche y con la mayor tranquilidad del mundo se dirigió hacia una calle en la que todas las casas, cuyas persianas estaban cuidadosamente cerradas, tenían una lamparita roja en el dintel de la puerta. Las recorrió todas. Se sentaba, pedía una copita de cualquier cosa y, rechazando como podía las insinuaciones de las pupilas, preguntaba:
       —Busco a un amigo con barba que me dijo… ¿No le han visto por aquí esta tarde?
       —¿Un barbudo? No. Además, ¿sabe?, por la tarde viene muy poca gente… Sólo los asiduos clientes…
       «¡Idiota perdido! —pensó el doctor—. Soy un completo idiota. ¿Cómo no habré pensado antes en ello?».
       Y, después de haber visitado los cafés, bares y casas de citas de Rochefort, les tocó el turno a las peluquerías. Tenía que darse prisa, pues se hacía tarde y pronto cerrarían.
       —Dígame, por favor. Busco a un amigo que me citó en la estación: un muchacho alto, con un pantalón gris. Sé que pensaba arreglarse la barba…
       —¡Ernesto! ¿Has hecho una barba hoy?
       —No, jefe.
       Una, dos, cinco, diez peluquerías, y sin encontrar nada. Por lo menos este trabajo no le obligaba a tomar copitas; afortunadamente, pues su cabeza empezaba ya a darle vueltas.
       —¿Una barba?… Aguarde un momento. Sí, señor, a eso de las tres de la tarde… Lo que no puedo decirle es el color del pantalón…
       —No tiene importancia. ¿Iba solo?
       —Sí. A menos que le acompañara alguna señora, en cuyo caso ella hubiera entrado en la sección de al lado. ¡Augusto! ¿Has cogido a una señora a eso de las tres?
       ¡No! ¡No importa! ¿No era ya bastante bonito así? ¿Y emocionante? Él solo había conseguido encontrar a Drouin, y se hallaba sobre la pista todavía reciente…
       —¿No sabe usted hacia dónde se dirigió al salir de aquí?
       No, tampoco lo sabían.
       Un cuarto de hora más tarde, mientras el sol empezaba ya a esconderse detrás de las casas de la plaza Mayor, el Doctorcito perdió de nuevo los ánimos. Sentado otra vez en el café de la Paix, el mismo por donde había empezado la búsqueda horas antes, no sabía qué tomar. En la mesa contigua, unos estudiantes jugaban una partida de cartas, y un poco más lejos, una mujer sola, sentada ante un vaso de cerveza, le guiñaba el ojo.
       ¡Qué importaba ya! Absenta…
       Nunca en su vida había bebido ni pensado tanto, Y ahora el tiempo se hacía corto; era desesperante, pero otra hora perdida y quizás sería ya demasiado tarde…
       ¡Veamos! ¿Qué error habré cometido? ¿Por qué motivo, después de haber encontrado la pista de Drouin, no le era posible seguir adelante en sus deducciones? Algo fallaba en su razonamiento: no era posible de otra forma…
       —La segunda vez que me llamó, Drouin me preguntó si en el caso de que un herido se presentara en mi despacho guardaría yo el secreto profesional. Por consiguiente…
       Dollent seguía inmóvil, dudando, con el vaso de absenta en la mano y la mirada tan fija en la dirección de la mujer que momentos antes le guiñaba el ojo, que ésta creyó haber conseguido su objetivo.
       —Por lo tanto, Drouin tiene que ir a Marsilly ¡Claro! ¡Cuán cierto era que las verdades más claras son las que tardan en descubrirse!… De aquí a Marsilly hay cuarenta y cinco kilómetros, pero por otra parte Drouin no puede tomar ni el tren ni el autocar… Pues una bicicleta. ¡Éste era el detalle que había fallado!
       Cinco minutos más tarde, y con tal precipitación que hasta se olvidó de pagar la consumición, entró como una tromba en la comisaría de policía.
       —Desearía pedir una información. ¿Me puede decir si esta tarde han robado alguna bicicleta en Rochefort?
       El secretario de la comisaría le miró perplejo.
       —¿Sí han robado una bicicleta? ¿Y para qué lo pregunta?
       —Por nada… Así, una idea que he tenido…
       —Pues, no, señor; no han robado ninguna bicicleta.
       Por lo tanto, Drouin era más tímido de lo que se figuraba el doctor, pues no hay nada más fácil que robar una bicicleta e incluso un coche.
       —¿Hay muchas casas de bicicletas en la ciudad?
       —Lo ignoro, señor. No me ocupo de deportes…
       En total había ocho, pero Dollent no tuvo que recorrerlas todas. Al visitar la tercera pudo dar nuevamente libre curso a su entusiasmo. El dueño, que llevaba unas zapatillas en forma de chancleta, contestó con cierta desconfianza:
       —No he vendido ninguna, pero en cambio he alquilado dos…
       —¿Una de hombre y otra de mujer?
       —Exacto.
       —¿A eso de las cuatro?
       —¡No, señor! A las seis…
       ¡Y pensar que a esta hora ya se encontraba en Rochefort! Con un poquito más de suerte…
       —La alquiló usted a un hombre de pantalón gris, ¿verdad?
       —Puede ser…
       Ahora era cuestión de no perder el hilo; había que aprovecharse mientras la pista fuera reciente. Pero el dueño del establecimiento iba empujando al doctor hacia la puerta. Éste resistía.
       —Usted perdone. Una pregunta más. Le habrá dejado alguna garantía, ¿verdad?
       —No llevaba bastante dinero, y me ha dejado el reloj…
       ¡Magnífico! ¡Inesperado! El corazón del Doctorcito parecía que iba a estallar. A menos que aquel idiota de hombre…
       —¿Me permite que lo vea? No tenga miedo, soy el Doctor Dollent, de Marsilly… ¡Tome usted! Ahí tiene mi carnet de conducir…
       Con un hombre tan desconfiado era menester presentar las credenciales.
       —Ando buscando a un amigo que debía estar en Rochefort. Pero probablemente se habrá decidido a ir a mi casa, y por ello le ha alquilado las bicicletas.
       —¡Podía haber cogido el coche de línea!
       —¡No habrá pensado en ello!… Si me deja usted ver el reloj estoy seguro de que sabré si se trata de mi amigo.
       —¿No será usted, por casualidad, un amigo de la joven y ahora por celos quiere saber…?
       De todas formas enseñó el reloj, pero prudentemente y sin quitarle ojo. Era un magnífico cronómetro de oro.
       —¿Me permite que lo abra? Quizás el nombre esté grabado en el interior.
       Y era verdad. La suerte le acompañaba. En el interior de la tapa había marcado un nombre y una dirección: Jean Larcher. 67, Boulevard Raspail. París.
       —Muchísimas gracias… Es el nombre de mi amigo…
       Ahora era cuestión de salir inmediatamente y alcanzar las dos bicicletas que debían ir por la carretera de Marsilly. ¿Irían de prisa? ¿O quizá despacio? Esto tenía una enorme, una terrible importancia. ¿Tomarían la carretera principal? Como seguramente no conocerían bien la región, era bastante probable que no se aventuraran por los caminitos que atraviesan las salinas.
       El doctor emprendió una carrera alocada; ya anochecía, y la sombra se hacía cada vez más tupida bajo el túnel que formaban los árboles de la carretera. Por desgracia había muchos ciclistas; hasta iban por parejas. El Doctorcito había encendido los faros de su coche y trataba de reconocer las siluetas. Cuando ya las había pasado, de repente surgía una duda: ¿serían ellos y no los habría reconocido? Y acto seguido paraba el coche y esperaba a que pasaran para verlos de cara. Seguramente que más de uno de ellos le tornaría por un chiflado.
       Veinte, treinta kilómetros y ni rastro de Drouin (o de Jean Larcher) ni de la joven, por lo menos la que él buscaba. Y era ya completamente de noche cuando empezó a distinguir las luces de Marsilly. Estaba casi seguro de llegar demasiado tarde. Drouin debía de tener prisa, y si bien le era imposible moverse durante el día, seguramente tampoco habría esperado a que fuera completamente de noche. Por la tanto…
       El pequeño cinco caballos zumbaba como un insecto rabioso, y su conductor hacía como si quisiera empujarle incorporándose en el asiento, pero a pesar de todo, no conseguía pasar de los sesenta y cinco por hora.
       Nieul… Marsilly… y allí a la izquierda, por fin, su casa; la verja, el patio, las luces encendidas del comedor; pero, cosa curiosa: también había luz en la sala de espera…
       ¡Demasiado tarde! Si había luz en la sala de espera era señal de que…
       Paró el coche ante la verja olvidándose de quitar el contacto. Subió la escalinata de un salto, y en aquel momento apareció Ana toda azorada que le dijo:
       —¡Por fin! ¡No sé ya a cuántos sitios habré telefoneado para ver si le encontraba! Hay una señora en la sala de espera que…
       —¡Ya lo sé!
       Ante el estupor de Ana, rectificó:
       —Es decir, que me lo he figurado al ver encendidas las luces de la sala.
       —La pobre señora ha sido atropellada por un coche a cien metros de aquí, justo al dar la vuelta. Yo siempre he dicho que este recodo…
       Pero el doctor no la escuchaba. Sabía que tendría trabajo. Se quitó la chaqueta, empujó la puerta del consultorio y al cerrarla, sin tan siquiera dirigir una mirada a la paciente, murmuró:
       —¡Qué gracia!… ¿No hubiera podido esperar usted media hora más?


IV

El Doctorcito tenía razón

      —¿Un balazo? —preguntó Dollent, al propio tiempo que se aseguraba de que nadie podía verlos desde el exterior.
       La joven negó con un movimiento de cabeza. Estaba pálida, y sin duda más a causa de la emoción que del dolor. Con una mano sostenía sobre su hombro un pañuelo cubierto de sangre.
       —¿Una cuchillada? Vaya, aquello era ya una manía…
       Ella contestó con una triste sonrisa:
       —Él no tenía ningún revólver, pero aunque lo hubiera tenido creo que no habría podido disparar. Las armas le daban miedo…
       —Bájese usted el vestido.
       Sin perder tiempo, encendió el hornillo de gas, puso agua a hervir y preparó algodón, gasas y apósitos.
       —¿Tendrá que darme algún punto?
       —No lo sé todavía, pero creo que no será necesario.
       —¿Dónde está él? Espero que no habrá tomado el tren…
       Se volvió hacia la joven y sintió un cierto embarazo al verla con el busto desnudo; un magnífico busto que no desmerecía a pesar de la herida del hombro, de unos dos centímetros de ancho.
       —Quiere llegar a Burdeos en bicicleta antes del amanecer…
       —¿Sale algún barco?
       —Lo ha leído en los periódicos de la tarde en Rochefort. El «Veuzit», con destino a Chile. Si no le dejan subir a bordo, embarcará como polizonte; y una vez en alta mar… Además, el «Veuzit» no es un barco francés.
       —¿Le hago daño?
       —No mucho…
       —Sostenga el algodón sobre la herida mientras cojo los instrumentos.
       Pero no era la herida de la joven lo que le preocupaba, sino el que Ana pudiera cometer alguna indiscreción. Se dirigió, pues, a la cocina y le dijo:
       —Escuche, Ana. Nadie ha venido esta noche… ¿Me comprende? Usted no ha visto a esta señora. En cambio, desearía que preparara la habitación del segundo piso. Quizás la necesite…
       Al entrar de nuevo en el gabinete vio la mirada asustada de la enferma y comprendió; por ello dijo rápidamente:
       —No tema usted, no he telefoneado… Si nuestro amigo Larcher es capaz de recorrer ciento ochenta kilómetros en bicicleta…
       —¿Sabe usted su verdadero nombre?
       —¡Naturalmente!
       La satisfacción del doctor no tenía limites.
       —No tenga miedo —añadió—. No se conocerá ni la cicatriz.
       —¿Cómo ha averiguado su nombre?
       —Mire, señorita; si yo quisiera, dentro de unos instantes podría saber toda su historia. Bastaría, sin tener que llamar a la policía, con telefonear al Boulevard Raspail n.º 67… Y supongo que me contestarían unos respetables papas que no quieren saber nada de su hijo…
       —Lo ignoran todo… Creen que Jean está realizando un período de prueba en Argel. Él es ingeniero…
       —¿Y usted? —preguntó de pronto el doctor.
       En aquel momento le hacía un poco de daño; a pesar de ello la joven mostró una pálida sonrisa.
       —¿No sabe nada de mí?
       —Absolutamente nada. Ni siquiera su nombre…
       —Si se empeña usted en saberlo… Me llamo Laura… Laura Delille, y era modelo de la calle de la Paix.
       Le hizo más daño, ya que en el fondo estaba contrariado de no haber descubierto por sí mismo aquel detalle.
       —¿Qué más sabe usted?
       Y mientras le ponía los puntos con sumo cuidado, contestó:
       —Todo… Todo y nada… Que usted era la amiga de Jean Larcher, naturalmente…
       —Éramos novios desde hacía año y medio…
       —Eso es… Así, pues, cuando se conocieron, él ya había matado a un hombre.
       —Yo lo ignoraba. Le conocí en un momento en que él salía y bebía mucho, probablemente para olvidar… Al principio más bien me molestaba su compañía, ya que yo lo tomaba por un muchacho que quería divertirse y nada más. Pero luego me di cuenta de que había algo más, que era un muchacho serio y cariñoso… Sobre todo tan cariñoso… ¡Si usted supiera!…
       —Quédese unos minutos inmóvil. Esta posición no le impedirá seguir hablando…
       —Hacíamos vida casi en común en París, pero él seguía en casa de sus padres. Su padre es alto funcionario de un ministerio; un hombre muy severo… Un día, Jean me preguntó si le quería lo bastante para irme con él a vivir al campo, aunque fuera casi pobremente. Y le contesté que sí, de todo corazón…
       —Hace de ello seis meses.
       —Sí, ya sé…
       —Es decir, unas semanas antes de que dejaran en libertad a Jo el Boxeador. Seguramente éste, desde la misma cárcel, debía escribirle para sacarle dinero…
       —Yo ignoraba todo esto. Como ya le he dicho, vinimos a instalarnos en la Casa Baja. Vivíamos solos, y yo era muy feliz.
       —Sólo durante tres meses…
       —¿Cómo lo sabe usted?
       —Porque fui yo, sin saberlo, el que puso fin a su tranquilidad. ¿Recuerda aquel día en que le pregunté si su amigo dormía bien? Bueno, ahora túmbese un poco en ese butacón y descanse. La historia del soporífero es la que me hizo comprender las cosas. Drouin, o mejor dicho Jean Larcher, ya que éste es su verdadero nombre, no necesitaba de ninguna droga para poder dormir… Lo que sucede es que Jo debió de encontrar su pista y sin duda le escribiría para anunciarle su visita. O quizá Larcher le había visto rondar por la región. Y tuvo miedo de la visita, miedo sobre todo de que durante la entrevista se enterase usted de todo…
       «Entonces Larcher vino a verme y me pidió un soporífero que pudiera ser disuelto en un líquido… Dicho de otra forma: que pudiera administrarse a una persona sin que ésta lo notara…».
       —Yo me di cuenta de que el vermut estaba amargo —dijo la joven—. Se lo dije a Jean, pero me contestó que le había echado unas gotas de un producto reconstituyente. Algunas noches insistía para que bebiera bastante cantidad, y al día siguiente me costaba despertarme…
       —¡Claro, las noches que recibía la visita de Jo! Tiene que comprender que para aquel canalla el secreto que poseía era una verdadera suerte, y seguramente pensaba vivir de él… Las entrevistas debían de ser tumultuosas, y probablemente Jo exigiría a su amigo unas cantidades que no podía darle…
       —Es cierto. Más tarde pude escucharlo todo…
       —¡Gracias a mí! Al hablarle yo del soporífero de Jean, la puse en guardia.
       —¡Estaba ya tan cambiado!…
       —Usted buscó entre sus cosas y halló el soporífero. Entonces comprendió por qué tenía el vermut un gusto tan raro y por qué tenía tanto sueño a la mañana siguiente de haberlo tomado. Cambió el soporífero de la caja por bicarbonato y escondió aquél entre la ropa de usted…
       —¿Lo encontraron? —se extrañó ella con candidez.
       —Por lo tanto, usted ha asistido a algunas entrevistas entre Jo y Larcher.
       —A dos de ellas, sin contar la última… Ellos me creían dormida. Ya presentía yo que todo aquello acabaría mal, pero no quería decirle a Jean que conocía su secreto. Hacía todo lo posible para convencerlo de que nos fuéramos muy lejos, pero él le había tomado cariño a nuestra pequeña casita, en la que vivíamos tan felices… Esperaba que el otro se cansaría… ¡Pero ayer!… Dios mío, fue ayer, Jo vino a casa, y al poco rato empezó la discusión. Jean decía que no le daría ni un céntimo más y que el poco dinero que tenía tiempo atrás, se había evaporado.
       »Pero el otro, con aire irónico, le aconsejaba que confesara todo a sus padres, los cuales, según su expresión, “apoquinarían”…
       »Por fin empezó la pelea. Jo sacó un cuchillo, pero Jean, que es más fuerte de lo que aparenta, logró hacerse con él y le golpeó…
       »Yo lo oí todo… Una noche terrible… Las idas y venidas por el jardín… Jean me creía durmiendo, y al amanecer se marchó…».
       —Y fue él quien me llamó para que fuera a despertarla —interrumpió el Doctorcito—. Tenía miedo de haber exagerado la dosis de soporífero y temía por usted. Además, si se llegaba a descubrir el cadáver, usted quedaría a salvo de toda sospecha por haberla hallado yo bajo los efectos de un soporífero.
       El doctor se dirigió hacia la puerta del consultorio, la abrió de un fuerte tirón y halló a Ana escuchando. Frunció el ceño sin decir una palabra, y se volvió al sitio que ocupaba junto a la joven. Maquinalmente encendió un cigarrillo.
       —¿Me permite?
       —¿Quiere darme uno?…
       —Como médico… Bueno, ahora ya conoce el punto de partida de todo mi razonamiento. Desde el momento en que Jean me telefoneó, yo tenía que encontrar a alguien en la Casa Baja. Y como no hallé a nadie…
       —Salí detrás de él… Quería protegerlo, ayudarle. Pero en Rochefort me vio.
       —¡Y debió ponerse furioso! ¡Decir que lo había hecho todo para no comprometerla, y ahora resultaba que usted aparecía como cómplice!
       —¡Fue lo que me dijo! Pero luego me lo confesó todo. Hace dos años se hizo amigo de unos muchachos de la peor estofa, que le convencieron de que tomara parte en un atraco, el de la calle Fontaine, asegurándole de que no habría sangre por medio… La verdad es que fue él quien disparó, sin darse cuenta, cuando empezó la pelea. Y Jo, tan pronto lo cogieron, empezó a explotarle… Jean tuvo que pagarle el abogado, enviarle golosinas a la cárcel, e incluso pasar una pensión a su querida…
       »Un día nos conocimos… Él buscaba la manera de librarse de aquella pesadilla, pues sospechaba que cuando Jo estuviera libre se volvería más exigente… Consiguió reunir una pequeña cantidad y vinimos a escondernos aquí…».
       —¿Quiere tomar algo? —preguntó de repente el Doctorcito, cuyo estómago estaba revuelto con tanta bebida.
       —No, gracias, no pienso en ello. Sólo me preocupa Jean, que en este momento estará contando los kilómetros que le faltan para llegar…
       —Naturalmente, usted le habrá dicho que estaba dispuesta a seguirle…
       —Sí, pero no ha querido. Dijo que un hombre solo puede esconderse fácilmente, pero que una pareja pasa difícilmente inadvertida. Entonces, para dejarme en lugar seguro, ha pensado…
       —En ponerla al amparo del secreto profesional, y hacerle una herida para obligarme a que la cure y la esconda durante cierto tiempo…
       —Eso es… Después de haberle llamado a usted se hizo cortar la barba.
       —En la calle de la Mésange…
       —¿También sabe usted eso?
       Dollent no pudo contener una sonrisa de ingenuo orgullo. ¿No era justo que estuviera orgulloso de sí mismo? Y pensar que en aquel preciso instante el Juez, el comisario y toda aquella pandilla de «autoridades» se encontraban en la más completa ignorancia…
       En cambio, él, el Doctorcito, estaba hablando a solas tranquilamente con la joven que todos buscaban. Y si quisiera tomarse la molestia de hacer un pequeño cálculo de la distancia en kilómetros y el promedio de velocidad de un ciclista, incluso podía asegurar en qué lugar exacto de la carretera de Burdeos se encontraba el hombre cuyas señas habían sido comunicadas a todas las estaciones y puestos de policía. ¡Hasta habría podido mandar al ceremonioso comisario —¡qué gesto tan irónico!— algunos pelos de la barba de Drouin!
       —¡Y el reloj!…
       Era tal su júbilo interno, que ya ni se acordaba de su enferma; ésta buscaba dónde poder echar la ceniza de su cigarrillo. Por fin se dio cuenta de ello y se precipitó hacia ella con un cenicero.
       —Muchas gracias… Si Jean —toco madera— consigue llegar hasta Chile, seguramente encontrará la manera de ganarse la vida. Y tan pronto haya reunido la cantidad suficiente para mi viaje me iré, aunque tenga que embarcarme como emigrante…
       Hasta aquel momento había sido muy animosa, casi demasiado, pero no podía durar mucho rato; y, en efecto, poco después empezó a hacer pucheros y se echó a llorar. La joven escondió la cara entre sus manos. Ya no pensaba más que en Jean, e iba repitiendo entre sollozos:
       —Es un buen muchacho… ¡Si usted supiera!… Si pudiera conocerle como yo. Le han arrastrado, y después no quiso echarse atrás; luego, y una vez en la pendiente… Me gustaría que hubiese oído al muy bruto de Jo cuando le hablaba de la guillotina:
       «—¡No te escaparás, amigo mío…! ¡Tendrás que meter tu bonita cabeza en el agujero! ¿Y sabes quien estará en primera fila? ¡El amigo Jo! Sí, señor, el amigo Jo, que esta vez se reirá de veras…».
       En aquel momento sobrevino la crisis de nervios y el Doctorcito tuvo que aplicarle las sales.
       —¡Cálmese usted… cálmese, por favor! Le aseguro que no le ocurrirá nada. Mañana a estas horas estará ya muy lejos, y como el barco es de nacionalidad sudamericana no concederán la extradición…
       —Es lo que me ha jurado… Pero aún no sé si será verdad…
       Pero… ¿qué le ocurría al Doctorcito para tener así cogida la mano de una bonita joven con un hombro desnudo, hablarle en tono tan emocionado y ocuparse con tanta solicitud de un hombre que apenas conocía?
       ¿Y qué pensaría Ana en la cocina?
       Sin embargo, añadió en el tono más formal:
       —¡Ya verá usted cómo lo volverá a encontrar!
       ¡Y poco faltó para que la durmiera entre sus brazos!




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