George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


El club de las Damas Ancianas (1941)
(“Le Club des Vieilles Dames”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 149, 10 de octubre de 1941);
Les dossiers de l’Agence «O»
(París: Gallimard, N.R.F., 1943, 672 págs.)



I

      Una vez que Emilio se presentó, en el Lavandou, a un holandés que había llamado a la Agencia O, fue cogido con un desdeñoso:
       —Le creía a usted más gordo…
       Porque le habían tomado por el bueno de Torrence. Sucedió casi lo mismo, pero con mucha más amabilidad en casa de la Sra. Pitchard. Cuando Emilio entró en su aterciopelado apartamento del Quai de Passy, la dama no pudo dejar de manifestar su sorpresa, y luego su arrobamiento, murmurando por fin con un acento delicioso que era difícil de reconocer:
       —Nunca me hubiera imaginado que fuese usted tan joven, señor Torrence…
       —Es que yo no soy el señor Torrence, sino uno de sus empleados.
       —No importa. Siéntese. ¡Dios mío! Aún estoy toda trastornada por lo sucedido.
       Un cuarto de hora más tarde, Emilio había conquistado a la señora Pitchard con su aire de persona bien educada, con la atención más que cortés con que sabía escuchar y con los movimientos de cabeza con que subrayaba la relación de su interlocutora.
       —Un joven sorprendente, debió de telefonear a la Presidenta. —Por otra parte, se lo he enviado… Será usted tan amable, luego, de ponerlo en relación con nuestra amiga Renaudin. ¡Sí, sí! Es necesario que todas esas damas le conozcan.
       La excelente señora Pitchard, cuyo defecto más aparente era un gusto demasiado pronunciado por el color malva, un malva casi agresivo con que se vestía de pies a cabeza —¡cuando salía, llevaba un sombrero malva y un velito a lunares blancos!—, la excelente señora Pitchard, digo, no sospechó jamás que, durante toda su relación, Emilio soportó el suplicio del hombre a quien se le hacen cosquillas y que no puede reír bajo ningún pretexto.
       —Figúrese usted, señor…, yo debiera casi decir joven, dada su edad…, figúrese que cada semana, tengo la costumbre de invitar para el week-end, a una de las damas del club.
       —¿Quiere usted permitirme que le pregunte, señora, de qué club se trata?
       —Del Club de las damas ancianas… ¿No ha oído hablar de él?… Ya ve usted, que contrariamente a lo que se cree, no todas las damas de cierta edad tratan de rejuvenecerse… Nosotras escogimos adrede ese título sin ambigüedad y el articulo primero de los estatutos precisa que no pueden formar parte del club más que las damas de buena sociedad que hayan alcanzado la edad de cincuenta años.
       La señora Pitchard añadió melindrosa:
       —Yo tengo cincuenta y dos.
       —No lo hubiera creído nunca —dijo Emilio con convicción.
       —Es un club muy estricto. Somos una cincuentena de miembros en París, damas del mismo París o de la colonia extranjera. También tenemos en provincias miembros correspondientes que, cuando vienen a París, encuentran un hogar en nuestro club. Le decía, pues, que todas las semanas tengo la costumbre…
       —Perdone, señora, ¿puede usted precisarme el objeto de esa asociación?
       —No es una asociación… Es un club…, ¿no tienen los hombres sus círculos?… Nosotras ya hemos franqueado el cabo de la cincuentena, es claro… En las reuniones mundanas, los jóvenes no se ocupan de nosotras y los caballeros prefieren retirarse a fumar. Nosotras, pues, decidimos reunirnos para pasar el rato lo más agradablemente posible, porque no hemos renunciado a la alegría. Nuestros locales, un vasto apartamento, se encuentran en la Avenida Victor-Hugo, a dos pasos de la plaza de l’Etoile, y no es por casualidad por lo que están situado encima de uno de los mejores reposteros-fondistas de París.
       »Jugamos al bridge y a otros juegos de sociedad… Damos tés, almuerzos y comidas… En una palabra, pasamos reunidas horas agradables.
       »No es necesario que añada que no se admite a ningún hombre en nuestros salones, ni siquiera un mayordomo… El servicio lo hacen exclusivamente mujeres que también tienen que haber cumplido cincuenta años.
       »Vuelvo a mi relato. Cada semana, tengo la costumbre de invitar a una de las damas a pasar el week-end en mi villa de Triel… La elección no la hago al azar, sino que, para no provocar celos, sigo la lista alfabética de los miembros.
       »El sábado último, le tocó el turno a la señora Sacramento…
       —¿La señora Sacramento es española? —preguntó Emilio.
       —No. Pertenece a la alta sociedad panameña. Su padre, su suegro o uno de sus tíos, no lo sé exactamente, fue presidente de la República de Panamá… Es una persona muy alegre y también muy distinguida… ¡Tiene uno de esos acentos!… Bien; pues le envié mi invitación, pero no la aceptó en parte. Objetó que tenía que pasar la noche en París, porque su sobrina Rosita no podía acompañarla, ya que aquella noche estaba invitada a una velada oficial.
       »—Pues bien, mi querida amiga, venga a comer el sábado y regrese por la noche a París… Triel no está lejos y con su coche…
       —¿Quiere usted darme la dirección de la señora Sacramento?
       —Con mucho gusto…; ocupa un magnífico apartamento en la avenida Foch, cerca del Bois de Boulogne… Si a mí no me gustase tanto la vista del Sena, yo…
       Emilio está tan modoso que diríase que pasó toda su vida junto a las sayas de damas ancianas.
       —Y voy a referirme a la velada del sábado. La señora Sacramento llegó a los ocho de la noche con su automóvil y su chófer… Hicimos las dos solas una comida encantadora. Soy golosa, y tengo uno de los mejores cocineros de París. En una palabra, que nos divertimos mucho. La señora Sacramento no tiene precio cuando cuenta historias, y las sabe extraordinarias.
       »Serían quizás las diez de la noche y saboreábamos una copita de licor, cuando se desencadenó una terrible tormenta… A ustedes, en París, también debió de tocarles su parte…
       »A pesar de la lluvia torrencial, la señora Sacramento pidió su coche. Unos instantes más tarde, su chófer anunció que no estaba en condiciones de ponerse en marcha. No recuerdo qué se le había estropeado, porque no entiendo nada de mecánica.
       »La señora Sacramento pareció extremadamente contrariada… La estación está lejos. Además, yo le hice saber que no había trenes para París.
       »Después de largas discusiones con el chófer, éste prometió que el auto estaría arreglado para las primeras horas del día siguiente.
       »—¡A condición de que esté a punto a las seis! —insistió la señora Sacramento—. Es absolutamente necesario que me encuentre en París al amanecer… A condición, también, mi querida amiga, de que usted me prometa que no se levantará. No quiero serle causa de molestias… Y patatín-patatán…
       »Charlamos todavía una hora más. Hacia las once y media, la señora Sacramento telefoneó a su sobrina para anunciarle que no regresaría hasta el día siguiente por la mañana.
       »Yo misma la acompañé a su habitación, que está contigua a la mía… La llamamos el cuarto azul… Cada habitación tiene el nombre de un color… En Cannes, donde poseo una villa, las habitaciones tienen nombres de flores. ¿No es encantador?
       »Nos dormimos. Yo disfruto de un sueño excelente, pero en cambio tengo la costumbre de despertarme temprano.
       —Dispense, señora, permítame que le pregunte si en su villa guarda usted grandes sumas de dinero.
       —Jamás. Algunos miles de francos para los gastos corrientes.
       —¿Hay objetos de valor?
       —¿Qué se yo?… Cosas viejas que el señor Pitchard coleccionaba.
       —¿Y no ha desaparecido nada?
       —¿Por qué me lo pregunta?
       —Creía que puesto que usted ha acudido a la Agencia O…
       —¡Ah, no!… ¡Ah, no! La cosa es más extraordinaria que lo que usted piensa. Escúcheme… Ya puede fumar un cigarrillo… La pipa, no, pero un cigarrillo, sí.
       »Así, pues, hacia las cinco y media de la mañana, yo que me despierto y oigo que la señora Sacramento va y viene por la habitación azul. Frente a la tapia, oigo también el zumbido del motor del automóvil, que el chófer ha logrado reparar.
       »Ya sé que había prometido no levantarme. Pero puesto que no dormía… Me pongo una bata… Bajo sin hacer ruido… Instantes más tarde, mi amiga desciende a su vez y, al verme en el vestíbulo, hace el gesto de retroceder.
       »Tuve en aquel momento la impresión neta de que vacilaba entre volver a subir a su habitación o…
       »Sorprendida, me adelanto.
       »Noté que apresaba a ella una gran agitación.
       »—Usted me perdonará… Es necesario que me dé prisa… Ya voy con retraso…
       »Corría casi. Evitó el mirarme de frente.
       »Yo, señor, me quedé allí con los ojos desmesuradamente abiertos. No supe decir nada. Ni siquiera sé si tuve la presencia de ánimo para balbucear palabras de cortesía.
       —Acababa de darme cuenta de que, durante la noche, la barba de la señora Sacramento había crecido.
       Emilio tragó saliva y, gracias a aquel pequeño ejercicio repetido varias veces, pudo conservar su seriedad.
       —¿Comprende usted ahora por qué la señora Sacramento insistió tanto para irse el sábado por la noche?… ¿Comprende por qué tenía la absoluta necesidad de partir de la villa muy temprano, antes de que yo me despertara?
       —¡No llevaba consigo su navaja de afeitar!
       »Así, pues, un hombre acababa de pasar la noche en la habitación azul, junto a la mía, ¡y yo ni siquiera había cerrado la puerta de comunicación!
       »Más grave aún; durante meses, durante casi un año, un hombre ha formado parte del Club de las Damas ancianas y ha convivido con nosotras…
       »Trastornada aún por la emoción, telefoneé a la Presidenta, la cual me hizo jurar que guardaría silencio hasta que ambas juntas pudiéramos estudiar la situación.
       »Vino a verme el domingo. Sentadas en el fondo del jardín, discutimos extensamente el asunto. Decidimos no revelar nada al club antes de que se hubiera realizado una profunda investigación.
       »Y es por eso, señor, por lo que me he dirigido a la Agencia O, cuya habilidad y discreción nos son conocidas…
       —Usted perdone… ¿Me dijo antes que no había desaparecido nada de su casa?
       —Exacto.
       —¿Se han cometido robos recientemente en los locales del club?
       —¡Jamás! ¿En qué piensa usted?
       —Ustedes juegan al bridge y a otros juegos… ¿juegan también al bacará?
       —De vez en cuando… Pero nunca fuertes cantidades.
       —¿Tenía la señora Sacramento suerte en el juego?
       —Perdía lo que quería…
       Una risita.
       —Ya verá: es necesario que le confiese que la señora Sacramento era la más simpática de nuestras amigas… ¡Era tan chusca!… Ya le he hablado de sus historias… Si tuviese tiempo se las contaría… Tenía tanto éxito, que había señoras que no venían más que por ella. Preguntaban al entrar:
       »—¿Está la señora Sacramento?
       »Y, si no estaba, las había que se retiraban.
       —¿Puede usted describírmela?
       —Es difícil… Más bien baja que alta… Muy morena, con algunos hilos de plata en las sienes… Aproximadamente como yo. Facciones finas, inconstantes, espirituales… Siempre de buen humor, siempre aguda, siempre riendo y divirtiendo…
       —¿Se aprovechó de su presencia en el club para hacerse invitar por las señoras?
       —Jamás. Hasta creí que no aceptaría mi invitación… Sabíamos que vivía sola con su sobrina Rosita.
       —¿La conoce usted a esa sobrina?
       —Jamás puso los pies en el club, puesto que es contrario a los estatutos… Pero si la encontré alguna vez por la calle Saint-Honoré o en la calle Royale… Es una criatura admirable, morena como su tía, resplandeciente de salud, que no viste sino en las mejores casas…
       Era lunes por la mañana. Fue la víspera cuando la señora Pitchard se dio cuenta de que las mejillas de su amiga se habían cubierto de pelos espesos y cortos durante la noche.
       —Sólo me queda, señora, una pregunta por hacer. ¿Qué desea usted exactamente de la Agencia O?
       La señora Pitchard pareció quedarse estupefacta y sus ideas acerca de la inteligencia de Emilio estuvieron a punto de modificarse.
       —Pero, señor… ¡Piense que, durante meses, un hombre que quizá ni siquiera tiene cincuenta años, se introdujo en el Club de las Damas Ancianas! ¡Piense que asistió a todas nuestras reuniones!… Si eso se supiera, sería un escándalo sin precedentes.
       —¿Sabe él…? Quiero decir, ¿sabe la señora Sacramento que usted se dio cuenta de que le había crecido la barba?
       —No lo creo… Corrió tan rápidamente hacia su coche… Es capaz de volver al club… ¿qué podemos hacer? Ni la señora Presidenta ni yo podemos de ningún modo pedirle que nos pruebe… En fin, ya me comprende usted… No podemos tampoco borrarla sin razón de la lista de los miembros…
       »En fin la Presidenta y yo deseamos saber por qué ese hombre sintió la necesidad de formar parte de nuestro pequeño grupo y si…
       —Le confieso, señora, que su proposición es bastante inesperada y que es la primera vez que la Agencia O se encarga de una misión tan… ¿cómo le diré?… tan original.
       —La Presidenta, a la que he vuelto a telefonear antes de que usted llegara, está de acuerdo conmigo en lo que concierne a los gastos… El club es rico… ya le he dicho que nuestros miembros pertenecen a la mejor sociedad… Aquí tengo la lista de las damas y su dirección. Estoy encargada de entregarle confidencialmente una copia y además este cheque para sus primeros gastos… ¡Pero, válgame Dios, y qué joven es usted! Será absolutamente necesario que vea a la presidenta.

       Cuando Emilio llegó a la Agencia O, en la Cité Bergère, Torrence, sumido en el estudio de expedientes fastidiosos, levantó la cabeza y se sorprendió del aire particularmente animado de su colaborador.
       —¿Qué hay de la señora Pitchard?
       —Encantadora… Figúrese usted, jefe, que la señora Pitchard, de acuerdo con la presidenta del Club de las Damas ancianas…
       —¿Eh? —exclamó Torrence, persuadido de que Emilio se burlaba de él.
       Pero Emilio puso encima de la mesa un cheque de cinco mil francos.
       —Es un anticipo. Tenemos el encargo de averiguar si la señora Sacramento, Lelia Sacramento, es un hombre o una mujer… Estamos también encargados de averiguar por qué esa persona, varón o hembra, se hizo inscribir en el Club de las Damas Ancianas del que es uno de los miembros más ingeniosos.
       Emilio era el hombre de los anuarios. Su cubil, detrás del despacho oficial de Torrence, estaba abarrotado de anuarios de todas clases, de guías de ferrocarril y de líneas de navegación de todos los países del mundo. Con el sombrero puesto y un cigarro apagado en los labios, compulsó cierto número de libracos polvorosos.
       —Pues bien —concluyó—, hubo, en efecto, un Sacramento que fue durante seis meses presidente de la República de Panamá y que respondía al dulce nombre de José. Hace de eso diez años… Según el Boletín mondain de su país existía una señora Sacramento… Veo, en fin, que aquel presidente de la República murió en el ejercicio de su cargo… De modo que la señora Sacramento es viuda desde hace una decena de años.
       —¿Encuentra usted eso apasionante? —gruñó Torrence que, acostumbrado a las pesquisas criminales de la Policía judicial no se interesaba por un asunto en el que no hubiera por lo menos un cadáver.
       —¿Apasionante? Palpitante, se tendría que decir… Y no es eso todo, jefe… He aquí la colección completa del Fígaro. Eche una ojeada a la crónica mundana. Comprobará que la señora Sacramento y su sobrina Rosita están invitadas a todas las recepciones de embajadas y a todas las tiestas mundanas, en las que se subraya a cada paso la belleza y la gracia de la señorita Rosita.
       —¿Y eso qué prueba?
       Entonces Emilio lanzó una mirada divertida a la densa silueta de Torrence.
       —¿Sería usted capaz, jefe, durante más de un año, de vivir varias horas, casi cotidianamente en el Club de las Damas Ancianas? ¿Sería capaz de asistir durante años, trajeado con un vestido de seda negra, a recepciones mundanas? ¿Eh?
       ¡Responda!
       —Es idiota.
       —No es idiota: es simplemente admirable. Y el hombre que ha llegado a ese resultado no es un cualquiera, se lo juro.
       —No veo adónde va usted a parar.
       —No se ha robado nada, al parecer, en el Club de las Damas Ancianas… Nada se ha robado en casa de mi excelente amiga la señora Pitchard… Nada tampoco en el curso de las veladas mundanas de que le hablo, porque el Fígaro lo mencionaría…
       —¿Y qué?
       —Pero, caramba, jefe, me pregunto qué le pasa hoy… Es muy difícil, muy penoso, para un hombre vivir cierto tiempo bajo atuendos femeninos sin traicionarse… Ello exige no solamente un físico apropiado, sino además un excepcional dominio de sí mismo y una voluntad más que mediana. No olvide que no se trata de un baile de disfraces, o de una o dos veladas, sino de largos meses, de varios años quizás. Los Sacramentos son gente conocida. No frecuentan ambientes vulgares, sino el mundo internacional y hermético de las embajadas… Hay otros panameños en París…
       —Evidentemente, es bastante curioso.
       —Diga que es despampanante, y que la falsa señora Sacramento, si verdaderamente le creció la barba y si verdaderamente es una falsa señora Sacramento, ha realizado una proeza extraordinaria. En fin, ese hombre, puesto que se nos afirma que es un hombre, últimamente vive desde hace años con una joven que pasa por ser su sobrina… ¡Si ésta, por su parte, no se ha dado cuenta de nada!… Piense, jefe, en la intimidad que reina entre una tía y su sobrina, que viven en la misma casa… Piense en ciertos «deshabillés», en ciertas…
       Emilio se sonrojó, porque Emilio era casto.
       —Piense en todo cuanto acabo de decirle y llegará a la misma conclusión que yo, a saber que este asunto, tan ridículo en apariencia, es tal vez uno de los más turbios que se han encargado a la Agencia. Ahora, me pregunto cómo me voy a introducir en el apartamento de la Avenida Foch. A un hombre de tal inteligencia y habilidad no le ha de faltar olfato, y no es poniéndome una gorra de empleado de gas ni disfrazándome de mozo de las «Galerías», que…
       —Yo creía —murmuró Torrence— que usted hablaba el español como don Quijote mismo y que había vivido dos meses en Panamá.
       Emilio vaciló aún.
       —Usted parece olvidar —prosiguió el gordo de Torrence, con ferocidad— que esa graciosa señora Sacramento es la mujer o la parienta próxima de un antiguo presidente de la República… Muchas veces, le han tomado a usted por un estudiante más que por un policía sagaz… Hay estudiantes pobres, y son muchas las cosas que pueden pedir a una persona influyente en su país.
       Y he ahí cómo Emilio, gracias a unas transformaciones más o menos hábiles, se convirtió aquel día en el estudiante panameño pobre.
       Su pelo rojo se volvió negro. Su tez se hizo aceitunada. Su chaqueta demasiado estrecha le rejuveneció más y sus gafas de concha hacían muy Barrio Latino.
       No estaba de todos modos, muy confiado, cuando, a las tres de la tarde, se presentó al portero de un suntuoso inmueble de la Avenida Foch, antes Avenida del Bosque.
       —¿La señora Sacramento, por favor?
       —Creo que acaba de salir… Su coche ya no está frente a la puerta. Sin duda la encontrará en su club.
       —¿No hay nadie en su casa?
       —La señorita Rosita debe estar.
       ¡Vamos! ¡Un poco de ánimo! Emilio toma el ascensor y pulsa un botón eléctrico.
       —Desearía —dice en español al mayordomo que le recibe de frac— hablar con la señorita Rosita Sacramento.
       El mayordomo frunce el entrecejo. Se ve que no entendía el español, y que sólo el nombre de la joven le había chocado.
       —¿Quiere usted hablar con la señorita Rosita? —preguntó en francés, con un fuerte acento inglés o más bien americano—. ¿De parte de quién?
       —Emilio Tessaro.
       —Si quiere esperar un instante…
       Emilio oye una voz juvenil y alegre que interrogaba tras una puerta.
       —¿Qué pasa, John?
       Y enseguida se quedó deslumbrado ante la más resplandeciente de las apariciones.


II

      El joven pelirrojo de la Agencia O no había tenido tiempo de abrir la boca, asombrado como estaba ante los grandes ojos negros que le miraban de hito en hito, cuando una voz jovial exclamó:
       —¡Emilio!
       Y Emilio, es necesario decirlo, se puso tan colorado como un colegial a quien se ha cogido infraganti, o una jovencita cuya mamá descubre la primera falta. Balbuceó, sin recobrar su aplomo y olvidando su papel de estudiante panameño pobre:
       —¡Dora!
       —¿Pero qué idea ha tenido, querido, de hacerse pintar de moreno?
       Emilio también hubiera podido formular preguntas, pero le faltó sangre fría.
       En la Agencia O, el personal hubiera jurado que Emilio nunca había tenido aventuras, y la señorita Berta, la gentil secretaria, en vano había vivido cuarenta y ocho horas con él en el Lavandou, en una intimidad propicia.
       El mayordomo se había alejado discretamente. Y la joven prosiguió con una familiaridad llena de buen humor y de gracia:
       —¿Qué ha sido de usted, darling, desde aquel lindo cementerio de Eyub?… Perdóneme si me río… ¡Pero esa idea de haber cambiado de color…! ¡Si por lo menos fuese usted una mujer linda!
       La historia databa ya de cinco años. Emilio había ido a pasar unas semanas en Constantinopla, convertida en Estambul. Se había alojado en el Pera-Palace y su vida estaba casi exenta de aventuras cuando llegó un viejo americano, el señor Simson, en compañía de una joven tan brillante como ligera de cascos.
       Era Dora, Dora, que hoy llamaban Rosita. De española, que ella decía ser entonces, se había convertido en panameña.
       El Pera-Palace —no era la temporada de turismo— estaba casi vacío. El americano y su compañera tomaban sus comidas en la mesa contigua, a la en que Emilio comía solo. ¿Qué mirar en un comedor vacío, sino una vecina, sobre todo si es bonita?
       Emilio, no obstante, no tenía intenciones precisas y su timidez natural le hubiera quitado la idea de cualquier acción audaz.
       Una noche, cuando acababa de comer, el conserje del hotel fue a decirle:
       —Hace una luna magnífica. Si puedo darle un consejo, elija esta noche para su visita al cementerio Eyub. Por otra parte, sabiendo que usted estaba libre, he hecho venir el coche que tiene la costumbre de llevarle.
       Contrariamente a lo que ocurre en la Europa Occidental, los cementerios turcos no son considerados como lugares tristes, sino como jardines en cuyas avenidas umbrosas los enamorados no desdeñan el extraviarse.
       Una hora más tarde, Emilio se preparaba para salir del Pera-Palace. En el salón vio a la joven compañera del americano vestida como si fuera a salir.
       No se habían hablado nunca más que para decirse:
       —Perdón, señorita…
       —Pase, señor…
       —Le ruego que…
       Pero ella se adelanta y le dice sin embarazo:
       —Oí antes que iba usted a Eyub y que dispone de un coche… Estoy libre esta noche y hace ocho días que tengo deseos de visitar ese famoso cementerio… ¿Sería indiscreción pedirle un sitio en su coche?
       Fue una de las raras aventuras de Emilio, la única, en todo caso, que había exigido de él tan poco esfuerzo.
       En las poéticas avenidas bordeadas de cipreses, Dora no escatimó las confidencias. Confesó que era española, que el señor Simson era un viejo imbécil, pero muy rico, y que le hacía regalos suntuosos.
       ¡No, no era gazmoña, la Dora!
       —Figúrate que desde hace ocho días estoy encaprichada de ti y esperaba una ocasión…
       Muchas veces, por la noche, al dormirse o, mejor dicho, al buscar en vano el sueño, Emilio se acordó de los menores detalles de aquella noche, que fue una de las más agitadas de su vida.
       El cementerio de Eyub y sus rincones desiertos no agotaron el ardor de su compañera y, de regreso al hotel, ella fue a pasar dos horas más en la habitación del joven antes de deslizarse en el apartamento de Simson.
       Al día siguiente Emilio se levantó tarde. Cuando bajó vio el coche del americano, cargado de baúles, frente a la puerta del hotel, a pesar de que la pareja debía quedarse aún varios días en Estambul.
       El conserje le dirigió un guiño de ojos. Dora bajó, pasó ante él como si no le viera, seguida de su amigo viejo…
       Y nada más.
       Nunca más se habían vuelto a ver.

       —Yo le hubiera reconocido, darling, aunque se hubiese puesto una peluca y una larga barba gris… ¿Pero, cómo ha sabido usted, después de tanto tiempo, que yo estaba en París y que ahora me llamaba Rosita?
       Se ha de confesar que la turbación de Emilio no era sin motivo. ¿Qué responderle?
       —Señorita, yo… yo…
       —¡John!… ¡John! —llamó la joven—. Sírvanos un whisky, ¿quiere? Estoy segura de que mi amigo Emilio se está muriendo de sed.
       Extraña criatura, que sin duda es una aventurera, pero que puede, de un instante a otro, tomar el aspecto de la joven más aristocrática. Un cuerpo admirable. Un rostro regular, sin el menor rasgo de vulgaridad. Ojos que, bajo el influjo de la pasión, se vuelven tal vez demasiado expresivos, pero que ella sabe usar de tal manera que son aptos para expresar hasta las emociones de las vírgenes.
       —Así, pues, mi querido Emilio, ¿qué es lo que cuenta y qué ha venido a hacer aquí? Si mi tía…
       La joven ríe al pronunciar esas palabras. Emilio se da cuenta de que son un sondeo.
       —¿Está segura de que sea su tía?
       —¡Casi como de que Simson era mi tío! —lanzó ella soltando una carcajada.
       Emilio es el que está más cohibido de los dos. Ella pone en juego los ojos, las manos, los pies, su pierna, qué es bellísima y que descubre hasta más arriba de la rodilla.
       —¡A nuestros antiguos amores!… Y usted, amigo, ¿qué es de usted? ¿Se convirtió quizás por fin en oficial de marina? Recuerdo que en aquella época seguía los cursos de la Escuela Naval y que había ido a Estambul a pasar sus vacaciones, tras las huellas de Loti y de Farrère…
       Jamás, en el curso de su existencia, la cual en verdad no había sido muy larga, Emilio se había encontrado en un apuro semejante.
       —¡Verdaderamente sigo preguntándome por qué se ha hecho teñir el pelo! Tanto más cuanto que se lo han teñido mal, darling
       Hay reflejos que… Deje todo eso ahí, John… Deme Passy 22.23… He de decirle a mi manicura que no venga esta tarde…
       —¿Por qué? Le ruego que…
       —Estoy demasiado contenta de verle y de evocar con usted los antiguos buenos recuerdos… ¡Páseme el aparato, John!… ¡Oiga! Aquí, la señorita Sacramento… Sí… Estoy muy ocupada hoy… ¿Quiere decirle a la señorita Blanche que no se moleste?… Sí… Otra cita… Eso es… Ya telefonearé.
       La joven se vuelve hacia el mayordomo.
       —Déjenos, John… A propósito, creo que usted me había pedido su tarde… Pues bien, de acuerdo. Puede irse al cine.
       ¿Es una comedia? Si lo es, la representan con tal maestría que Emilio no llega a descubrir la trama.
       Y si no lo es, ¿qué hará?
       —¡A su salud, darling!
       Rosita, cuando todavía era Dora, ya tenía la costumbre, como mucha gente que viaja por el mundo, de mezclar dos o tres idiomas.
       —Explíqueme ahora cómo encontró mi pista… Y dígame francamente si está todavía enamorado… Después de tanto tiempo sería maravilloso…
       Emilio respondió:
       —Señorita, yo estoy aquí porque su pseudotía, que forma parte del Club de las Damas Ancianas, no es en realidad sino un hombre y…
       Emilio se calla.
       —Diríase que no está usted contento…
       Cual verdadera hija de Eva, no le da nunca tiempo de recobrarse.
       —¿Es a causa de mi tía? ¿Es usted celoso, Emilio? Confiese que yo no podía permanecerle fiel durante años sin saber si jamás le volvería a encontrar. Usted sabe que en Estambul el viejo Simson se dio cuenta de todo. Me esperó en su habitación. ¡Me hizo una escena! Exigió que nos fuéramos al día siguiente. Quería ir a estirarle las orejas y si no lo hizo fue porque yo le dije…
       ¡Bueno! ¡He ahí que, por añadidura, Emilio le ha de quedar agradecido! ¡Fue ella la que impidió que su viejo le estirase las orejas!
       ¿No tenía razón Emilio, desde entonces, de evitar las aventuras de ese género?
       —¿No bebe? Recuerde. En Estambul, nos bebimos juntos tres copas de raki en un pequeño restaurante turco, comiendo aquellas cosas raras que sirven en platillos. A mí se me iba la cabeza y usted me sostenía en sus brazos diciéndome…
       De pronto, Emilio tuvo una inspiración.
       —¿Me permite que telefonee?
       —Con mucho gusto… Fíjese, no obstante, en que ni siquiera me ha dado un beso… Sepa que mi tía… ¡Hum! Es mucho menos celosa que el señor Simson y que… ¡En fin! Tiene usted el listín encima del velador… El aparato está conectado… ¿Me permite usted que entretanto vaya a empolvarme un poco?
       La joven desaparece por una puerta. Emilio hojea el listín telefónico.
       Club… Club… Club… ¡Es inaudita la cantidad de clubs que hay en París! Club de las Damas Ancianas… Passy… ¿Eh? Passy 22.23.
       —¡Oiga…! ¡Oiga! ¿El Club de las Damas Ancianas?… ¿A quién tengo el honor…? ¿El guardarropa?… Dígame… Quisiera hablar inmediatamente con la señora Sacramento… ¿Cómo?… Sí, es urgente… ¿Que vuelva a telefonear dentro de dos horas?… Es imposible… ¿Que ha salido?… ¿Precipitadamente?… Después de una llamada telefónica…
       Se precipita hacia la puerta por la que desapareció la joven. Penetra así en una gran habitación en la que la luz entra a chorros y cuyas ventanas están abiertas.
       —¡Señorita Rosita! —llama—. ¡Ah de la casa!… ¡Ah de la casa!
       Nadie responde. El cuarto de baño está vacío. El comedor está vacío. Los dos salones vacíos.
       —¿No hay nadie?… ¿No hay nadie?
       Está tan sofocado como cuando hace poco le recordaban su aventura amorosa en Estambul. De modo, pues, que se han burlado de él en pocos minutos, lo más simplemente del mundo. Se dejó enganchar. Escuchó, se dejó evocar recuerdos que…
       Oye pasos en la escalera. Llaman. Vuelven a llamar. Llaman a la puerta violentamente.
       —¡Ya va! ¡Ya va!
       Tres agentes uniformados en el rellano.
       —¿Dónde está? —preguntan.
       —¿Quién?
       —El ladrón. Acaban de avisar a «Police-Secours» y de decirnos que un ladrón estaba trabajando en el piso…
       Uno de los agentes mira con mayor atención a Emilio.
       —¿Es usted el ayuda de cámara?
       Y como quiera que Emilio no responde enseguida:
       —¡Sus documentos!… ¡Aprisa!… Cuidado, vosotros, que, a lo mejor va armado.
       Emilio, como de costumbre, no lleva sus documentos de identidad en el bolsillo.
       —Agencia O —responde.
       —¡Toma! ¡Toma!… Nosotros conocemos a la gente de la Agencia O… Aparte del antiguo Torrence y de cierto pelirrojo…
       —Yo soy el pelirrojo… Emilio… os ruego que… Déjenme correr en persecución de…

       Y fue el fracaso más completo, el más integral que la Agencia O sufriera, tanto más acerbo cuanto que, a su vez, fue Emilio solo, el Gran Jefe, quien tuvo la culpa.
       ¿Qué le queda en las manos? ¿Qué indicios retener? ¡Nada! ¡Menos que nada! Por la mañana le indican que una señora Sacramento, miembro del Club de las Damas Ancianas, era sin duda un hombre.
       A las tres de la tarde, se enteraba de que la pseudosobrina de aquella panameña no era sino una aventurera de la que fue amante una vez en Turquía.
       ¡A las tres y media, nada! Bregaba aún con la Policía. Tuvo que llamar al bueno de Torrence. Se le soltó con excusas irónicas.
       Pero, lo más grave era que ya no había nadie en el apartamento de la Avenida Foch.
       En las mismas narices y en las barbas, por decirlo así, de Emilio, Rosita había dado la orden a John, el mayordomo, de que se fuera al cine. Había, además, en la casa, una camarera y una cocinera. ¿Qué había sido de ellas? ¡Misterio!
       La señora Sacramento había salido precipitadamente del Club de las Damas Ancianas.
       Rosita había desaparecido…
       A las diez de la noche, Emilio y Torrence, en compañía de un inspector de la Policía Judicial a quien forzosamente tuvieron que contar su historia, seguían esperando en el amplio y suntuoso apartamento.
       Todos sus inquilinos habían huido como ratas.
       Y Emilio suspiró, lúgubre, dirigiéndose a Torrence:
       —¿Qué le había dicho yo, jefe?
       —¿Qué me había dicho usted?
       —Que era grave. Que era un asunto extraordinario… Que…
       —Usted se había olvidado de decirme que esa tal Rosita había sido su…
       —¡Chitón!
       Pero había algo más extraordinario todavía. Claro está que habían registrado la casa. Eran gente del oficio. Generalmente, no se les escapaba nada. Y Dios sabe si los locales en que se ha vivido son elocuentes.
       Pues bien, no se encontró nada que desmintiese, la fábula de la «señora Sacramento» ni la de «su sobrina la bella Rosita», como decían los diarios mundanos.
       Cartas de otras señoras viejas a la falsa señora vieja.
       «Mi querida amiga:
       »Su té de ayer fue deslumbrante y espero que aceptará, la semana próxima, así como su encantadora sobrina…».
       Todo era de esa calidad. Ni una sola fotografía reveladora. Nada en la habitación de John, el mayordomo, de quien se desconfiaba.
       El inspector de la Policía Judicial, para aumentar las precauciones, había hecho ir allí a dos especialistas en huellas digitales. Se habían tomado de los muebles y puertas, tanto en el piso como en las habitaciones de los criados, situadas en la parte alta de la casa.
       Se recibió un poco antes de las diez la respuesta por teléfono.
       Ninguna de las huellas tomadas correspondía a las existentes en la Identidad Judicial. O, dicho de otro modo, ni los dueños ni el personal eran expresidarios.
       —Ya ve usted… Esa Sacramento… o mejor, ese hombre que se hacía pasar por Sacramento…
       —Ya había comprendido —gruñó Torrence.
       —Al salir de la villa de Triel, tuvo una idea. Vio algo de anormal en la mirada de la buena señora Pitchard. No lo bastante para tener una certeza… Pero ella… Quiero decir él, se puso a la defensiva… Previno a su sobrina…
       —Que no debe de ser sobrina suya…
       —¿Me va usted a dejar acabar, sí o no?
       Y se veía que Emilio estaba verdaderamente enfadado.
       —Prosiga.
       —Todo el mundo se mantuvo en estado de alarma. Hasta había un código especial para avisar a la señora anciana… es decir al…
       —¡Comprendido!
       —… para avisarle en el Club de las Damas Ancianas… Bastó con comprar la complacencia de la señorita del guardarropa… Me gustaría mucho ir a dar una vuelta por allí…
       Torrence, malhumorado, miraba con insistencia el pelo castaño de su colaborador.
       —Eso le obligará a otra transformación. Según lo que me ha dicho de los estatutos de ese extraño club, la presencia de hombres y la de mujeres de menos de cincuenta años está estrictamente prohibida y no veo cómo…
       Mala carburación en el motor de la Agencia O. Emilio, en efecto, responde vejado:
       —Me sería más fácil que a usted.
       Y mira intencionadamente a la barriga prominente del exinspector Torrence.
       En aquel momento suena el timbre del teléfono.
       —¡Diga! —responde Emilio—. Sí, la casa de la señora Sacramento… No está aquí, pero…
       Y, al otro extremo de la línea, una voz fresca exclama:
       —Ya lo sé, jefe.
       Es la señorita Berta, que monta guardia en la Cité Bergère, en las oficinas de la Agencia.
       —No quería molestarle… Pero una tal señora Pitchard ha telefoneado ya tres veces. Quiere hablarle con toda urgencia. Yo no le he dicho nada, naturalmente… Le he prometido que en cuanto usted regresara la iría a ver. Ella ha añadido que no se preocupara por la hora y que no se trataba de una visita mundana.


III

      La señora Pitchard era toda azúcar y miel. Esperaba a Emilio en su apartamento aterciopelado del Quai de Passy y había preparado una botella de alcohol más que venerable.
       —Le he causado mucha molestia, ¿verdad? Sí, sí, me doy cuenta, ahora, de lo torpe que he sido…
       Emilio ya había comprendido, pero prefirió esperar la continuación.
       —No hay que prestar mucha atención a lo que cuentan las señoras ancianas. Para nosotras, un acontecimiento sin importancia se convierte en un mundo… ¡Si pudiera usted vernos en el Club! A veces nos divertimos toda una tarde con una nonada.
       Emilio seguía sin manifestar sentimiento alguno. Se mantenía sentado, muy modoso, en el borde de su silla, las manos encima de las rodillas y, a decir verdad, si bien escuchaba lo que le decía su interlocutora, otros pensamientos se superponían a su discurso.
       —He aquí —se decía Emilio—, a una cincuentena de damas viejas de la más alta sociedad. La mayor parte llevan una vida mundana y han creado una familia. Sus hijos e hijas ya están ahora casados. Los maridos, en general, o están muertos o chochean. El Club de las Damas Ancianas más parece un convento que un Círculo y, como dice la señora Pitchard, esas señoras se divierten con nada y deben reír como locuelas por la broma más inocente.
       »Ahora bien, al leer la lista de los miembros del Club, uno se da cuenta de que ese pequeño grupo más o menos ridículo representa una fortuna incalculable. No hay ni una sola de esas señoras que no pueda firmar sin pestañear un cheque de un millón, y algunas de ellas son más de cincuenta veces millonarias.
       La señora Pitchard prosiguió, sirviendo alcohol ambarino a Emilio:
       —Cometí el error de dar demasiada importancia a un incidente que no la tenía y que no debe tenerla. De momento, la Presidenta se emocionó tanto como yo, y por eso les llamé… Hoy hemos tenido reunión de Comité. Y me han dado palmetazos.
       —Dispense —preguntó Emilio—. ¿Dónde estaba la señora Sacramento durante esa reunión del Comité?
       —En el gran salón. No le habíamos dicho nada todavía… Parece que recibió una llamada telefónica y que se fue precipitadamente… Decía que decidimos por unanimidad olvidar el incidente. Una investigación es inútil y no serviría más que para ponernos en ridículo. Algunas de nosotras tienen maridos en la diplomacia o en los negocios; estarían furiosos si sus nombres se mezclaran con una historia, al fin y al cabo, sin importancia.
       Sonrió mostrando todos sus dientes, que los tenía muy bellos.
       —Le pido que me perdone, señor Emilio, por haberle molestado así. Espero que tendrá la bondad de conservar, para indemnizarse, el modesto cheque que le entregué.
       —¿Sabe usted que la señora Sacramento ha desaparecido y que su sobrina también?
       —¿De veras?
       —Parece que esa huida estaba preparada. Se han encontrado pocos baúles en el apartamento.
       »Como esas damas viajaban mucho normalmente, se hubiera debido encontrar más equipaje. Además, da la casualidad de que todo el personal está ausente…
       —Ya ve usted que tengo razón y que todo se arregla. Sintiéndose descubierta, la falsa señora Sacramento ha decidido cambiar de género de vida y no oiremos hablar más de ella. Le repito una vez más que cuento con la discreción de la Agencia O, a la que agradezco la celeridad con que…
       ¡Y más frases, y más melindres! ¡Rara mujer! Emilio no se explicaba todavía bien la impresión que experimentaba frente a ella. Había, en efecto, en la señora Pitchard, una mezcla de firmeza, de buen sentido y de puerilidad… Sus facciones eran netas, casi voluntariosas, y a veces su mirada revelaba una ingenuidad inesperada.
       —Buenas noches, señora. Le prometo que a menos de un nuevo incidente, la Agencia O se callará y…
       Torrence, que le esperaba en un café próximo, frente a un doble de cerveza, refunfuñó:
       —¡Nos está bien! Nuestra dignidad nos prohibía aceptar una investigación tan ridícula.
       —Oiga, jefe… Creo que me voy a tomar un día o dos de permiso…
       —¡Ah!
       Y Torrence, que había comprendido, contempló largo rato su doble antes de suspirar:
       —Peor para usted, amigo… Siempre he dicho que usted tenía el alma de un aficionado…

       El primer trabajo de Emilio, a la mañana siguiente, consistió en ir a la Central Telefónica de Passy, en donde hizo pasar su tarjeta. Después de búsquedas bastante breves, se le comunicó que la víspera a las 19 y 43 minutos, la señora Pitchard había recibido una llamada de Bourg. La comunicación que fue solicitada por el Hôtel de Genève, en Bourg, duró poco menos de seis minutos.
       La segunda tarea de Emilio fue la de telefonear al Hôtel de Genève en Bourg. Allí supo que la comunicación con París había sido pedida por una pareja de paso. La pareja, en un potente automóvil, se dirigía a Suiza. Estaba compuesta de una joven muy hermosa y un viejo pequeño y flaco que parecía americano.
       Dicho de otro modo, que la falsa señora Sacramento había vuelto a tomar su apariencia masculina.
       Emilio, entonces, vaciló entre hacer o no el viaje a Basilea. Eran las once de la noche y no había puesto aún los pies en la Agencia O.
       Antes de embarcarse, decidió telefonear, a todo evento, al puesto fronterizo. Para hacerlo se dirigió al comisario Lucas, de la Policía Judicial, que le autorizó para servirse de una línea oficial.
       —¿La Agencia O continúa esa investigación? —dijo sorprendido Lucas—. Es verdad que los agentes privados tienen derecho. Para nosotros está terminada. Todo el mundo puede irse de su casa con precipitación, y la señora Sacramento no parece haber cometido ningún delito. Porque una vieja loca afirme que le vio crecer la barba no vamos a…
       El puesto fronterizo estaba al aparato. Emilio se hizo leer la lista de los viajeros que habían penetrado en Suiza la víspera por la noche. Lucas le vio que se sobresaltaba cuando oyó:
       —Arthur Simson, de Filadelfia, y su sobrina…
       —¿Novedades? —preguntó Lucas sorprendido.
       —Casi nada… Un hombre que me recuerda algo… Tiene usted razón, comisario… Ese asunto no parece interesante.
       —¿Lo abandona?
       —Un informe o dos más que deseo obtener, y seguramente me ocuparé de otras cosas…
       Emilio mentía. Nunca se había interesado tanto por aquella pasmosa historia como ahora que sabía que la señora Sacramento y Simson eran la misma persona.
       ¡De modo que el hombre que en Estambul, unos años antes, se alojó en el Pera-Palace en compañía de Rosita era el mismo que fue la gran dama panameña del Club de las Damas Ancianas!
       Un cuarto de hora más tarde, Emilio estaba en la Agencia O.
       —¿Necesita el auto, jefe?
       —Creía que estaba usted con permiso…
       —Justamente; me voy a dar una vuelta por el campo.
       —A lo largo del Sena, supongo…
       Y Torrence suspiró.
       El tiempo era seco, con mucho sol. Emilio, al volante del cochecito descubierto, cruzó a lo largo del Sena hasta el puente de Triel, y allí se informó acerca de la villa de la señora Pitchard. Esperaba encontrar una villa confortable, pero sin lujo exagerado. ¿No le había hablado la señora Pitchard de ella como de un modesto refugio para el week-end?
       Se quedó muy sorprendido al divisar un parque de varias hectáreas enteramente rodeado de tapia. Al otro lado de una magnífica reja de entrada, dos jardineros trabajaban en los macizos de llores.
       En cuanto al edificio principal, merecía más bien el nombre de castillo que el de villa. Era vasto, de proporciones armoniosas.
       En las dependencias se veían cuadras para muchos caballos.
       Emilio calculó grosso modo en ocho por lo menos el número de sirvientes necesarios en una propiedad como aquélla.
       Lo que más le sorprendió fue ver en el garaje dos coches que un chófer estaba lavando a chorros.
       Para no llamar la atención, Emilienne se fue a dejar el suyo en el pueblo de Triel, regresó y vio un cafetín de aldea situado no lejos de la propiedad.
       —¿Puede usted servirme una tortilla o algo para comer?
       —Ya lo creo, señor. Si desea puchero, hoy hay precisamente…
       Almorzó mejor de lo que hubiera creído, charlando con el patrón.
       —¡Hermosa propiedad!, ¿eh?
       —¡Pero lo que debe costar el mantenerla!
       —¿Pues qué hubiera dicho usted en tiempos del señor Pitchard?… Esos extranjeros no se preocupan por el dinero…
       —¿Hace tiempo qué murió el señor Pitchard?
       —Una docena de años… Apenas si se le vio por aquí… Un día supimos que la propiedad, que pertenecía a un conde arruinado, había sido adquirida por un rico australiano… Parece que trataba en lanas, que poseía decenas de millares de corderos, y algunos decían centenares de millares…
       »Fuese lo que fuese, arquitectos y empresarios de obras se instalaron en Triel y, durante un año, los trabajos siguieron su curso…
       »Luego llegaron entrenadores, y jockeys, y se habló de una cuadra de carreras.
       »En cuanto al propietario, a ése no se le veía, por decirlo así. Yo me pregunto si llegué a verlo cuatro veces a lo sumo, y siempre en un gran coche americano, con un cigarro en la boca.
       »Parece que estaba borracho todo el día. Tenía un yate en no sé qué lugar del Mediterráneo, un apartamento en Paris, otro en Londres, y se me afirmó que un castillo histórico en Escocia. Pero la mayor parte de su tiempo lo pasaba en su yate.
       »Verdaderamente, hay gente que no sabe qué hacer con su dinero, mientras que los pobres tienen que trabajar tanto para poder vivir.
       —¿Y la señora Pitchard?
       —Ya verá usted, señor, esos matrimonios no viven como nosotros. Van, vienen, circulan separadamente por el mundo y, cuando se encuentran, se saludan ceremoniosamente como si no se conocieran… ¡Es cosa de preguntarse cuándo encuentran la manera de hacer hijos!… Por otra parte, los Pitchard no tenían…
       »Varios meses después del fallecimiento del señor Pitchard, que se ahogó en el Mediterráneo un día en que, borracho perdido, se paseaba por el puente de su yate… poco tiempo después de su muerte, digo, la señora Pitchard llegó de no se sabe dónde. Una damita muy sencilla, muy gentil, nada orgullosa.
       »Desde entonces ya no se crían caballos de carrera… No conservó más que una parte de la servidumbre y no se la ve más que los sábados y los domingos… ¡Chitón!… Es el mayordomo, que viene a jugar su partida de damas.
       Un hombre de unos cincuenta años, que responde perfectamente al tipo del criado de casa grande, entró en el café y, después de haber estrechado la mano del dueño sin decir palabra, se instaló junto a la ventana. El fondista se sentó frente a él y la partida empezó enseguida.
       A Emilio le hizo falta gran paciencia para entablar conversación. A las cuatro de la tarde solamente, cuando ya se habían bebido cierto número de copitas, el joven pelirrojo de la Agencia O se atrevió a hacer alusión a la tormenta del sábado precedente.
       Fue entonces cuando el mayordomo pronunció algunas palabras que hicieron que Emilio aguzara el oído.
       —… Sin contar con que esas damas se divirtieron en la mesa como locuelas y no acababan nunca de cenar…
       —¡Bah!, las ancianas son un poco como las niñas…
       El criado se encogió de hombros y dijo:
       —Pero hay límites… Cuando uno se divierte mordiendo las manzanas, escogiendo las más gordas y manteniéndolas así el mayor rato posible.
       —¿Esas damas se divertían mordiendo las manzanas?
       —Había unas quince encima de la mesa… Cuando levanté ésta no quedaban más que cuatro que pudieran comerse… Habían clavados los dientes en las otras… Yo opino que cuando se llega a ese extremo la gente tendría que cuidarse… Y si, después de haberse divertido así durante media hora, ellas vuelven a empezar en su habitación.
       —No va usted a decirme que esas señoras una vez arriba volvieran a…
       —Las dos, no. Pero sí la pequeña, la delgada Sacramento, como la llaman… Llamó… Creí que me había olvidado de subirle el agua mineral…
       »—¿Quiere usted subirme la cesta de fruta? —me dijo—. Tengo la costumbre, cuando me despierto por la noche, de comer fruta
       »Bajo y, poco después, le llevo la cesta, luego de haber retirado las que las señoras habían mordido…
       »—Son las otras manzanas las que quería. ¡Espero que no las habrá tirado!… ¡Las había tan sabrosas¡
       »¡Perfectamente! Tuve que ir a buscar a la cocina las manzanas que…
       »No, señor, usted dirá lo que quiera, pero esa gente así debiera acudir al médico.
       —¿Habló usted de ese incidente a su señora?
       —¿Por qué? ¿Qué le puede importar a ella?
       —En efecto… No veo lo que… Oiga, ahora que lo pienso… Al morder así en esas frutas, hubieran podido dejar en ella su dentadura postiza…
       —¿Quién le ha dicho que lleva dentadura postiza? Se equivoca usted. La señora Pitchard ya no es muy joven, pero todos los dientes de su boca son suyos y yo daría una fortuna por tener los mismos ¡Desiré! ¿Y si jugáramos otra partida?… Con su permiso, señor… Las damas son mi pasión y Desiré acaba de ganarme por una chiripa.
       Cuando Emilio regresó a París aquella noche, tenía la cara grave y meditabunda de un politécnico.
       ¿Cómo responder a todas las preguntas que se formulaba sobre la conducta de las damas del Club?
       Y, en primer lugar, ¿por qué el llamado Simson, amante de la bella Rosita, había desempeñado durante más de un año el difícil papel de noble y rica panameña?
       Que Simson era un aventurero era seguro. Y un aventurero de gran clase, que no frecuentaba más que los grandes hoteles de lujo en compañía de su querida, que hacía pasar por sobrina suya.
       La gente de esa envergadura no se divierte en pequeñas jugadas que no producen mucho y que son peligrosas. Esperan pacientemente la buena ocasión, la que rendirá la gran suma, y lo ponen todo al servicio del éxito.
       ¿Qué jugada había previsto Simson en París suficientemente brillante que justificara tales preparativos y tales gastos?
       Porque el alquiler del apartamento de la Avenida Foch había sido regularmente pagado, y los muebles también, en parte por lo menos.
       ¿Por qué, una vez en la piel de la señora Sacramento, el aventurero se obliga a frecuentar el Club de las Damas Ancianas?
       Emilio se forja dos hipótesis.
       O bien Simson no se convirtió en la señora Sacramento sino para introducirse en el Club de las Damas Ancianas, y eso, con una finalidad precisa…
       Esa finalidad…
       Súbitamente, Emilio se hace llevar en taxi a la Avenida Víctor-Hugo. Penetra en casa del repostero-fondista en boga y se hace recibir por el gerente.
       —¿Son ustedes, ¿verdad?, los que servían todas las comidas al Club que se encuentra encima de su establecimiento?
       —Efectivamente. Les servía nuestro personal femenino… Porque esas señoras no admitían la presencia de un mozo o de un mayordomo. Generalmente era la señorita Thérèse la que subía. Tiene la edad canónica y…
       —¿Podría hablar unas palabras con la señorita Thérèse?
       La llamaron. Era una vieja solterona toda vestida de negro.
       —Supongo, señora, que alguna vez subió usted frutas a las damas del Club.
       —Casi cada día, señor.
       —Entre esas frutas, ciertamente habría manzanas… ¿vio usted alguna vez a alguna de aquellas señoras morder una manzana?
       A la señorita Thérèse parece chocarle aquella suposición.
       —¡Pero, señor, esas damas son muy educadas!…
       —¿Es decir que…?
       —Que usan cuchillo para mondar la fruta. Jamás, en el Club, una de esas señoras se hubiera permitido…
       —Otra pregunta. La señora Pitchard invitaba a una de sus amigas cada fin de semana. Seguía para esas invitaciones la lista alfabética de los miembros… Que usted sepa, ¿se produjo alguna vez una excepción a la regla?
       —¡Jamás!
       Al día siguiente por la mañana, con gran sorpresa de Torrence, Emilio volvió a ocupar su sitio en las oficinas de la Agencia O.
       —Estoy a su disposición, jefe —le anunció—. ¿Hay trabajo?
       —Creía que proseguía su investigación sobre las damas ancianas.
       —¡Ay, jefe! —replicó modestamente—, creo que mi investigación ya se terminó.
       —¿Encontró usted…?
       —Nada todavía, pero he enviado cierto número de cables a diferentes países del mundo… ¿Cuántos modos de identificar a una persona conoce usted?
       —Hombre… Hay, en primer lugar, las huellas digitales…
       —A condición de que se trate de un personaje del que se posea la ficha dactiloscópica.
       —Están las declaraciones…
       —A condición de que los testigos posibles no estén al otro lado del mundo…
       —Están los signos particulares…
       —A condición de que la persona que se ha de identificar tenga una cicatriz, un lunar o alguna irregularidad fácil de distinguir.
       —Pues siendo así…
       —Recuerde el robo que tuvo lugar hace unos diez años en una villa de los alrededores de Lyon. El ladrón, antes de abandonar la casa, comió copiosamente, como es tradicional entre esos caballeros.
       —Creo recordarlo. Dejó una manzana en la que había mordido.
       —Eso es. Tiene usted buena memoria… Un dentista, examinando las huellas dejadas en la manzana, encontró la marca de un trabajo de prótesis bastante especial que se había hecho en el maxilar del ladrón. Una circular dirigida a todos los dentistas de Francia y…
       —¿Encontró usted una manzana en casa de la señora Sacramento?
       —No… Pero la señora Sacramento, que se llama Simson, ha trabajado durante un año en condiciones costosas y difíciles para procurarse una manzana.
       Torrence, que no comprendió nada de lo que Emilio le decía, suspiró cogiendo un expediente:
       —Es muy interesante… ¡Oiga! Se ha cometido otro robo de alhajas en el bulevar Bonne-Nouvelle, y la Compañía de seguros nos pide que…


IV

      Torrence no volvía de su asombro. De vez en cuando miraba a Barbet. Barbet le miraba de igual modo y ambos se guiñaban el ojo.
       Desde hacía una semana, en efecto, Emilio estaba desconocido y, con la sonrisa en los labios, se encargaba de todos los expedientes enojosos de la Agencia O, investigaciones sin interés, revisiones fútiles que otras veces hubiera desdeñado.
       Tan grande era su fiebre de trabajo que poco faltaba para que él mismo pegara los sellos en las cartas y llevara el correo a la estafeta postal.
       Ni una palabra del Club de las Damas Ancianas, ni de la señora Pitchard, ni de la señora Sacramento. Ni una palabra tampoco de la bella Rosita, que le evocaba a la vez tan voluptuosos y humillantes recuerdos.
       A veces, recibía un despacho dirigido a su nombre personal. Apenas le echaba una ojeada y luego lo metía en un cajón que cerraba cuidadosamente con llave.
       —Creo —le dijo Torrence un día a la señorita Berta— que el señor Emilio ha sufrido una contrariedad… ¡Pobre chico!
       Se le observaba. Se le compadecía. Se evitaba la menor alusión a la investigación que tan lastimosamente había fracasado y que, de haber sido publicada por los diarios, sin duda le hubiera cubierto de ridículo.
       Fue sólo a los quince días cuando Emilio, que se había apasionado por la Bolsa y leía dos o tres diarios financieros, enseñó la cotización de valores a Torrence, que no entendía nada en ello.
       —¿Qué tengo que mirar?
       —Aquí… Los Australian… Desde hace tres días que bajan de diez a veinte enteros cada veinticuatro horas.
       —¿Posee usted Australian?… ¿Juega a la Bolsa?
       —¡Jamás! ¿Sabe usted, jefe, quién es el gran accionista, casi el único propietario de los Australian, nombre bajo el cual es conocido el más importante trust de lanas en Australia? Nuestra excelente amiga la señora Pitchard.
       —Peor para ella si los títulos bajan.
       —Un instante. Si bajan es porque se lanzan grandes paquetes de ellos al mercado. Ahora bien, infórmese en las diferentes Bolsas del mundo y le dirán que es la señora Pitchard misma la que vende sus títulos, como si tuviera una imperiosa necesidad de grandes sumas de dinero… ¿Sabe usted a cuánto asciende la fortuna de la señora Pitchard? A unos veinte millones de francos.
       —¿Y dice usted que tiene necesidad de dinero?
       —Está haciendo realizar por sus hombres de negocios la mayor parte de lo que posee. La Bolsa está enloquecida. El mercado de las lanas se entorpece de día en día. La gente se pregunta…
       —Sigo sin comprender.
       —Suponga que, súbitamente, alguien reclama a la señora Pitchard una suma enorme, la mitad, por ejemplo, de lo que ella posee, y ya la tiene en la obligación de vender sus títulos.
       —¿Pero quién podría reclamarle tal cantidad?
       —A eso llegamos. ¿Quién?… Para permitir tales exigencias, es necesario naturalmente tener autoridad sobre la señora Pitchard…
       »Pensé enseguida en la señora Sacramento, que desapareció hace quince días y que ha de encontrarse a estas horas en algún lugar de Egipto… No ya con el nombre de señora Sacramento, sino con el de Arthur Simson, ciudadano de los Estados Unidos… ¿Qué hizo en París la falsa señora Sacramento? Se introdujo en el Club de las Damas Ancianas. Esperó pacientemente que le llegara el turno de ser recibida en la villa de Triel. Y allí se divirtió como una locuela, según las palabras del mayordomo, mordiendo manzanas o haciéndolas morder a su anfitriona. Luego, se procuraría una de aquellas manzanas y se la llevaría. He aquí un cablegrama que recibí hace tres días de Melbourne en respuesta a una pregunta que formulé a la policía de aquella ciudad:

    «El señor Pitchard casó con Dollíe Smits, hermana gemela de Billie Smits, stop. Billie Smits falleció durante viaje a Argentina».

      —¿Comprende usted ahora? El riquísimo señor Pitchard, que no tarda en darse a la bebida, se casó con Dollie Smits, la cual tiene una hermana gemela. Después de una corta luna de miel, el matrimonio se separa, como suele suceder en esos ambientes, y cada cual viaja por su lado Dollie viaja en compañía de su hermana Billie, que es soltera.
       »Un buen día, se sabe en Buenos Aires que el señor Pitchard ha fallecido en el Mediterráneo.
       »Las dos mujeres se embarcan en el Mendoza y, a bordo, una de las hermanas sucumbe víctima de una pulmonía. El acta de defunción se extiende a nombre de Billie…
       »¿Comprende?… Billie puede morir, puesto que no tiene que heredar… Pero suponga ahora que la difunta sea Dollie… Toda la fortuna de Pitchard irá a herederos de la familia del marido.
       »Dos gemelas se parecen generalmente. Dollie Smits no ha estado nunca en París, donde nadie la conoce…
       »Es por eso por lo que, habiendo fallecido Dollie Smits, es Billie la que toma su sitio y se convierte en la señora viuda de Pitchard.
       »Esa sencilla substitución le vale unos cincuenta millones por lo menos.
       »La falsa viuda Pitchard vive en París, en Triel, en Cannes… Se organiza una existencia agradable de señora anciana y no sospecha que alguien que se hallaba a bordo del Mendoza olió la substitución… Vea la lista de los pasajeros del Mendoza en aquel viaje… Todo eso ha sido largo de recoger… Encontrará en ella el nombre del señor Simson y el de su sobrina.
       »El señor Simson es un aventurero de altos vuelos…
       »Que llegue a probar que la señora Pitchard no es la verdadera señora Pitchard, sino su hermana, la cual no tiene derecho alguno a la herencia, y podrá exigir la mitad por lo menos de la fortuna.
       »Simson no tiene prisa. Sabe lo difíciles que son esas pruebas… Tiene dinero… No vacila en hacer el viaje de Melbourne y tiene la idea casi genial de visitar a los mejores dentistas de la ciudad donde las dos hermanas fueron criadas.
       »Allí se entera por fin de que Billie, cuando era joven, llevó mucho tiempo un aparato dentario para enderezarle los incisivos y que aún ahora, al cabo de tantos años, se pueden distinguir las huellas de dicho aparato.
       »Además, uno de los caninos de Billie está ligeramente desviado a consecuencia de una caída que sufrió cuando era niña.
       »¿Ha comprendido ahora?
       Toda la Agencia O se ha reunido en torno a Emilio, que triunfa modestamente. Brillan los ojos de la señorita Berta, que oculta mal su sentimiento por su joven y pelirrojo jefe.
       —Eso es todo… Simson esperó con calma. Se convirtió para el caso en la señora Sacramento. Ha viajado toda su vida. Sabe que la verdadera señora Sacramento, que pasó la mayor parte de su vida en las clínicas y que fue discretamente internada como loca no es conocida ni de la alta sociedad parisina ni de la colonia panameña.
       »Necesita huellas de los dientes.
       »En el club aquellas damas no se permitirán morder directamente en las manzanas.
       »Pero, cuando le llega el turno de ser invitada a Triel, la falsa señora Sacramento hace la locuela y obtiene por fin las huellas necesarias.
       »Ya no ha de hacer más que marcharse de París… La señora Pitchard no sospecha del robo que se ha cometido en su casa: ¡una simple manzana! Pero una manzana que va a costarle decenas de millones
       »Una llamada telefónica la informa, y la mujer nos pide que suspendamos las pesquisas.
       »Luego, Simson, en seguridad, empieza el chantaje… Exige en pago de su silencio cantidades colosales.
       »Es necesario vender títulos…
       Torrence fuma lentamente su pipa con la cabeza baja.
       —¿Y qué vamos a hacer?
       —Eso le iba a preguntar, jefe.
       —En suma, que eso no nos concierne…
       —Ésa es mi opinión… ¡Que los millones están en una bolsa o en otra!… ¡En la de una falsa señora Pitchard o en la de una falsa señora Sacramento!… Que vuelvan a herederos que no los necesitan… Porque me informé bien… Los herederos de la rama Pitchard son tan ricos como su difunto tío…
       —En ese caso…
       Un gesto vago.
       —¡Pardiez! —concluyó Emilio—. Que se las compongan, ¿no es verdad?
       Lo cual no le impide pasar su tarde escribiendo cartas y más cartas. Verdad es que las echa todas a la papelera una vez terminadas. La señorita Berta, que tiene la curiosidad de vaciar el cesto, en cuanto salió Emilio, se ensombrece al leer:

     »Cara Rosita…
     »Querida amiga…
     »Señora…
     »Cara señorita y amiga…

      ¡Pero no! ¡Emilio no consiguió escribir la carta! ¡Tanto como hubiera deseado hacer saber a la bella Rosita que no se había dejado engañar y que él solo, a despecho de todos, había descubierto la verdad de la curiosa aventura del Club de las Damas Ancianas!
       ¡Bah! El mundo es tan pequeño… Tal vez un día…




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