George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


Madame Cuatro y sus hijos (1945)
(“Madame Quatre et ses enfants”)
Maigret les petits cochons sans queue
(París: Presses de la Cité, 1950, 221 págs.)



      Aquella noche hubo un poco de retraso. Incluso pudo creerse por un instante que la escena no se verificaría. Apenas un roce en el momento en que Raymonde colocaba en las mesas la sopera, llena de un líquido untuoso, de color rosa de alta costura. Alguien, en una mesa cerca de la estufa, dijo:
       —Sopa de calabazas.
       Y, precisamente porque aquello procedía de una mesa privilegiada, de una de las dos mesas casi pegadas a la estufa, quizá también, simplemente porque se equivocaba, Madame Cuatro murmuró, mientras llenaba hasta el borde los platos de sus dos hijos:
       —Hijos míos, es vuestra sopa preferida, ¡sopa de tomate!
       Y había hablado con su voz de «cuando estaba de buenas».
       —Es sopa de calabaza —protestó el mayor.
       Porque los hijos, ¿no es así?, creen de mejor gana a los extraños que a los padres.
       —¡Cállate, Jean-Claude!
       —¡No es sopa de tomate! ¡Es sopa de calabaza!
       —¡Te digo que es…!
       Pero ella, a su vez, acababa de probarla, y prefirió zanjar el incidente con una orden:
       —¡En la mesa no se habla!
       Evidentemente estaba humillada. Le hubiera gustado volverse para ver si la gente sonreía. Estaba segura de que seguían pensando en su equivocación, con aquellas sonrisas que sentía siempre detrás de su espalda, en las mesas cercanas a la estufa.
       Entonces, como de repente se mezclasen en la radio dos emisoras, de tal manera que un lánguido tango, a continuación de sabe Dios qué interferencias, se transformase en una música rechinante cuyos instrumentos nadie hubiese podido adivinar, Mme. Cuatro alzó vivamente su estrecho rostro y miró al aparato con mirada furiosa, como si aquel cubo de madera barnizada con una débil luz en el cuadrante, oculto en su rincón, se hubiera puesto también contra ella, y la abrumase a propósito con aquellos bárbaros sonidos.
       —¿Qué es eso? —preguntó de repente.
       Y Raymonde, que pasaba cargada de platos, murmuró dirigiendo una ojeada cómplice a las otras mesas:
       —El receptor está viejo… Se estropea continuamente…
       Los que estaban cerca de la estufa se habían sofocado de calor. Los efluvios cálidos les daban en pleno rostro, hacían brillar sus ojos, escocían sus piernas. Una pareja joven tenía incluso el cinismo de apartar la mesa, mientras que la nariz de Mme. Cuatro, entre la ventana de postigos mal encajados sacudidos por el viento y la puerta abierta a cada instante del office, azuleaba bajo los polvos.
       Se oía la mar, que batía furiosamente contra la escollera; y el viento, que se metía en la calle y hacía batir una persiana en el piso; se oía también la estufa, que producía bruscos zumbidos, y el ruido más próximo de los tenedores en los platos. Eran diez, no más, en el comedor de la pensión Notre-Dame, en Sables-d’Olonne, en pleno diciembre. La radio, en su rincón, continuaba masticando música, ahora en sordina, ahora, ella también, con repentino frenesí.
       Personas que no se conocían sino por haber comido varias veces en aquella habitación, cerca los unos de los otros, se lanzaban miradas cómplices, simplemente por haber asistido las noches precedentes, a las escenas entre Mme. Cuatro y sus hijos.
       —Esta noche, nada… —decían aquellas miradas.
       —Lo de la sopa ha hecho efecto…
       —¡Escuche…! ¿Quién sabe…? Mme. Cuatro tiene la nariz azul y los labios fruncidos…
       Fuera de allí, en otras ocasiones, sobre todo sin sus dos hijos, quizá la encontrasen bonita. Quizá incluso alguno de los señores presentes le hubiera hecho la corte. ¿Quién sabe? No estaba peor que cualquier otra. El perfil un poco alargado, un poco agudo; ojos de un azul desteñido que tenían el defecto de quedarse repentinamente quietos, precisamente en los instantes en que Mme. Cuatro sospechaba que la gente se burlaba de ella. Tenía la ocurrencia equivocada de dejar que sus cabellos platino le cayesen por la nuca como los de una muchacha. Llevaba la ropa corta, demasiado corta, esto era evidente. Llevaba, de la mañana a la noche, aquel abrigo de piel que parecía de oso, del que emergían sus largas piernas.
       Ni esto, ni el color malva que los polvos daban a su nariz, constituían razones para…
       Las ocho… El carillón Westminster que daba ocho campanadas. Al mismo tiempo, una voz zalamera que salía de la caja barnizada, tan zalamera que parecía dirigirse a cada uno en particular, decía:
       —«Aquí, Radio Andorra…»
[En español en el original].
       No esperaban más. Cada cual pensaba en otra cosa, contemplaba en su plato un trozo de raya con manteca negra, hincaba las puntas de su tenedor en las alcaparras color verde sombrío. Y entonces, ¡plaf! El ruido seco de un bofetón. Casi en seguida, rumor de sillas removidas. Mme. Cuatro estaba de pie. Intentaba levantar por un brazo al más joven de los chicos, que todavía tenía escondida su cara y que chillaba.
       —¡A la cama… A la cama, en seguida…! ¿Me oyes…?
       ¡Ah! Ya no era la misma voz. Mme Cuatro estaba furiosa, jadeante, a causa sobre todo de lo mucho que pesaban los siete años del niño. El crío se había tirado al suelo. Ella lo levantaba a medias, como a un muñeco en jersey y en pantalón de esquiar. El crío se había enganchado a la pata de la mesa con uno de sus pies, y, al tiempo que Mme. Cuatro arrastraba a su hijo hacia la puerta, la mesa le seguía, todo el mundo miraba, y cada uno se esforzaba vanamente en no soltar la risa.
       Ella, por su parte, les miraba a todos de una vez, con vergüenza, con desafío.
       —¡Te digo que vayas a acostarte inmediatamente…! Jean-Claude… Agarra la mesa…
       Pero Jean-Claude, el mayor, con sus diez años, permanecía sentado en la silla, las piernas bailando, mientras la mesa se alejaba insensiblemente de él.
       Mme. Cuatro era delgada. Quizá no tuviese buena salud. Era necesario, sin embargo, llegar hasta el final.
       —¿Te crees que vas…?
       ¡Plaf! Otro sopapo. Ella, a su vez, recibió una patada, y, si se la mirase de cerca, se advertirían sus ganas de llorar.
       —¿Te crees que vas…? ¡Abre la puerta, Jean-Claude…!
       Jean-Claude se decidió a abrir. Ella arrastraba al más pequeño, al enemigo; lo arrastraba de cualquier modo. El chico se debatía. Era ya demasiado fuerte para ella.
       —Camina delante… Más de prisa…
       ¡Vamos! Había ganado el primer tiempo. Había logrado sacar a su hijo de la habitación. Ahora estaban uno y otro en la escalera, y los ruidos que llegaban mostraban a las claras que la lucha continuaba.
       Al menos se podía sonreír con tranquilidad, cambiar miradas e impresiones. En voz baja, desde luego, a causa del chico mayor, que permanecía allí y que se había vuelto a sentar en la mesa.
       Mme. Cuatro jamás conseguiría nada. Ni del mayor ni del pequeño. Y, en el fondo, la culpa la tenía ella. No sabía gobernarlos. Eran traviesos, ciertamente. Pero, ¿no son traviesos todos los chicos?
       ¿Por qué a ella le faltaba la autoridad hasta ese punto?
       Se peleaba con ellos. Se peleaba literalmente. Todavía ahora, en la escalera, la batalla continuaba.
       —¡Te digo que te levantes…! ¿Me oyes?… ¡Vas a levantarte en seguida, o si no…!
       —¿Nos sirve usted vino, Raymonde…?
       —En seguida, señor… ¿Del mismo?
       Continuaban comiendo. La voz acariciadora de la radio aconsejaba afectuosamente no concluir la comida sin antes tomar una grajea depurativa, «de venta en todas las buenas farmacias».
       ¿Qué sucedía? En el primer piso, precisamente encima de las cabezas, se oían carreras. Corrían como si se tratase de una persecución, que terminó con el batir de una puerta.
       —Jean-Jacques… Jean-Jacques… ¿Quieres abrir en seguida?
       Aquello acontecía en el pasillo a donde daban las habitaciones, la número 4, que era la de la madre, y la número 5, que era la de los muchachos, precisamente enfrente de la puerta de los retretes.
       —Si no me abres in-me-dia-ta-men-te…
       Mme. Cuatro sacudía la puerta. Amenazaba. Su voz se hacía más insinuante:
       —Escucha, Jean-Jacques… Si abres, te prometo…
       El chico no abría. No se movía. No decía nada, inmóvil en el reducto sin luz, sentado en la tapa del retrete.
       Arriba, la voz de la madre hablaba de cerrajero y de comisario de policía. El mayor, porque se olvidaban de servirle, o, más sencillamente, por curiosidad, abandonó el comedor y subió la escalera.
       —Tú, ve en seguida a acostarte…
       —Pero…
       ¿Quién sabe si aquella voz aguda, a veces tan falsa como la de la radio en aquel momento, no estaba colmada de sollozos que no hallaban camino en una garganta demasiado apretada?
       —Si no dieses mal ejemplo a tu hermano…
       —¡Dios mío, qué familia! —suspiró alguien abajo.
       —Los muchachos son insoportables, y ella carece de autoridad sobre ellos. No sabe qué partido tomar. Tan pronto es todo miel, como tan pronto, por cualquier bobada, lo chicos reciben un sopapo sin haber tenido tiempo de enterarse de dónde viene…
       —Hay que preguntarse quién tiene más culpa…
       Después de la raya había chuletas con puré y coles de Bruselas. Luego, el queso. Por último, las manzanas, y, mientras las mondaban, se seguía oyendo, de vez en cuando, la voz de Mme. Cuatro en el pasillo, ante la puerta del retrete.
       —Te prometo que si abres no te haré nada…
       El niño refunfuñaba. Pasó todavía un tiempo. Se habló de otra cosa. Cada cual se instaló más o menos cerca del fuego. Por fin, cuando no se la esperaba, apareció Mme. Cuatro, inmóviles los rasgos del rostro, la nariz menos malva que antes, bajo una nueva capa de polvos.
       Les miró con una sonrisa vaga, un comienzo de sonrisa, más bien, que parecía presta a transformarse en una mueca de cólera. Pero todos permanecieron serios y hablaron de otras cosas.
       —No quiero raya —le dijo a Raymonde, que no le había retirado el cubierto—. ¿Qué viene después?
       No podía dejar de pensar que algunas personas abusaban al rodear tan estrechamente la estufa, sin que quedase para los demás calor suficiente. Personas que no tienen frío, que lo hacen a propósito para ejercer a las claras su derecho, su superioridad sobre ella, que no tiene más que la habitación num. 4 y que ha llegado la última a la pensión Notre Dame.

       La mala suerte la perseguía invariablemente. La persiana que se batía durante toda la noche al ritmo brutal del ventarrón, era la de su habitación, de modo que Mme. Cuatro no pegó ojo hasta la madrugada. Entonces, los demás se las compusieron para abrir y cerrar ruidosamente la puerta de enfrente, terminando cada vez con el estrépito de la cisterna al vaciarse.
       Su ventana daba, no a la mar sino a una calleja de no muy buena fama, y, cuando se vestía, una mujer la miraba desde enfrente con mirada crítica y como sospechosa. Era también ella la que tenía su habitación tapizada del papel más sombrío, de un desolador y hediondo color.
       Sin embargo, hacía lo que podía.
       —¡Lávate detrás de las orejas, Jean-Jacques…! Deja a tu hermano en paz…
       —¡Vamos! ¡No empecéis tan pronto! —Quería estar contenta. Cantaba una canción—. Cantad conmigo los dos…
       Y los pensionarios que les oían cantar les miraban con la misma mirada que cuando les oían pelearse. Cantaban los tres a viva voz. Ella cantaba como una niña. Les abrazaba, les hacía rodar tiernamente por encima de la cama.
       —Sur-le-Pont-d’Avignon…
       Bailaban, palabra. Formaban una rueda entre la cama y el tocador, en la desordenada habitación. Se batía una puerta. ¡Ah, estas puertas…!
       —¡Jean-Claude…! ¿Adónde vas?
       Mme. Cuatro se endosaba su piel de oso, su ridículo sombrero, un sombrero que quizá se llevase en París, pero que en pleno invierno, no se lleva de ningún modo en Sables-d’Olonne. Altos, inverosímilmente altos tacones prolongaban sus largas piernas, dándole aspecto de ir subida en unos zancos.
       ¿Y después? Se iban juntos a la rompiente de las olas, cogidos del brazo. Ella, triunfante, se volvía hacia la pensión Notre-Dame desafiando a aquellos imbéciles que se reían de ella y de sus hijos.
       Más tarde, uno de los muchachos volvía solo, con una mejilla colorada, e iba a encerrarse en la habitación. Un cuarto de hora más tarde aparecía la madre.
       —¿Y Jean-Claude?
       —Está arriba…
       —¿Y Jean-Jacques?
       —No lo hemos visto… ¿No estaba con usted?
       Subía.
       —Jean-Claude, ¿no has visto a tu hermano?… ¡Ábreme…! ¡Ve a buscar a Jean-Jacques!…
       En sus momentos felices sonreía como todo el mundo. Aunque quizá su sonrisa nunca estuviese bien colocada en los labios. Era una sonrisa provisional, como un sol de marzo que, dubitante, aparece entre dos chaparrones. Pero, ¿acaso no son esos soles los más tiernos?
       Los pensionistas se encontraban diez veces al día en el comedor caliente, porque las habitaciones no lo estaban. Se saludaban, cambiaban unas frases, periódicos, libros. ¿Por qué se callaban o cambiaban de conversación cuando ella llegaba?
       Entonces, su sonrisa desaparecía, su nariz se alargaba, sus labios se adelgazaban, cogía cualquier cosa para leer, y cruzaba las piernas en un rincón.
       Una vez, a las siete y media de la tarde, se había sentado de este modo cerca de la estufa, mientras Raymonde colocaba los cubiertos. Evidentemente no era su mesa, pero todavía no se comía, y, fuera de las comidas, aquel lugar era de todos por igual.
       Leía. Veía perfectamente que los pensionistas se instalaban los unos junto a los otros. La sopa humeaba ya en una mesa. La pareja cuya plaza ella había ocupado había bajado ya, y permanecían de pie, sin atreverse a decir nada.
       La miraba. La misma Raymonde la espiaba, esperando que dejase el sitio para servir. La pareja joven no sabía dónde colocarse.
       Ella continuaba leyendo a propósito. ¿Por qué siempre había de tocarle a ella tomar la iniciativa?
       —¡Jean-Jacques…! ¡Jean-Claude…! ¡Venid aquí, hijos míos…!
       Les hablaba con exquisita ternura. Los apretaba contra sus rodillas, contra su pecho, mejilla contra mejilla.
       —¿Os habéis divertido? ¿Dónde está tu libro, Jean-Claude?
       Exactamente hasta las ocho menos veinte. Sólo entonces se levantó.
       —¡A la mesa, hijos míos…!
       Todo lo cual no impidió que, un poco más tarde, surgiese la escena, porque Jean-Jacques no quería comerse la sopa de puerros. Le sermoneó y le suplicó durante bastante tiempo en voz baja, con una discreción imprevisible. Después el resorte se distendió con la habitual rapidez. Agarró a su hijo por la nariz, como se agarra el asa de una olla, le echó la cabeza hacia atrás y, mientras le mantenía así agarrado por la nariz, le ordenaba tener la boca abierta, por la cual introducía las cucharadas una tras otra.
       Recibió bastantes patadas en las espinillas sin quejarse. El chico llevaba zuecos con suela de madera. Y, cuando aquella noche, acostados los hijos, volvió a bajar como era su costumbre, pudieron verse los golpes violáceos bajo las medias de seda.
       Algunos pensaban que estaba un poco loca o, al menos, que carecía de estabilidad mental.
       Hacía un mes que estaba allí, a pesar del invierno, a pesar del tiempo. No hablaba de marchar, y, sin embargo, todo le resultaba hostil: su habitación en el pasillo de los retretes; las criadas, que se quejaban de que los muchachos pusiesen todo patas arriba; Raymonde, cuyo servicio complicaba; todo el mundo, incluido las cosas mismas: la lluvia, que empezaba a caer en el momento en que a ella se le ocurría salir; el viento, que soplaba como un vendaval cuando tenía jaqueca; el periódico, que no se encontraba jamás en el momento en que ella lo necesitaba, e incluso el libro —que el gato se entretuvo en desgarrar indecentemente—, el único que se le vio entre las manos, que leía a pedacitos y que, a aquella velocidad, debía de durarle todo el invierno.
       Una mañana le anunciaron que tenía una carta. En el momento de ir a entregársela se dieron cuenta de que, por error, la habían subido a otra habitación. Hubo que esperar el regreso del señor del 2, quien, gracias a Dios, no llegó a abrirla sin darse cuenta que no era para él.
       La leyó de una ojeada rápida y aguda.
       —Estaos quietos, hijos míos…
       Luego subió a su habitación, donde se le oyó andar de un lado para otro durante una hora. Hubo que ir a preguntarle si no bajaba a comer.
       Bajó, con una capa de polvos más gruesa que de costumbre, los ojos más quietos, aquellos ojos que unas veces parecían tener miedo y que, otras, expresaban una rigidez llevada hasta lo cómico.
       —Madame Benoít… Necesito preguntarle algo…
       Hablaba a la patrona delante de todo el mundo, y lo hacía a propósito, para provocarlos.
       —Tengo necesidad de hacer un corto viaje a París… ¿Le molestaría cuidarme a los chicos durante dos o tres días?… Vosotros vais a ser buenos, ¿verdad, niños?
       —¿Por qué no nos llevas contigo?
       —Para tan poco tiempo, no vale la pena…
       —¿Vas a traernos juguetes?
       —Si sois buenos, os traeré juguetes…
       —¿Una escopeta con balas de verdad…?
       —Una escopeta…
       —¿Y una metralleta?
       —¡Callaos…! Estoy hablando con Mme. Benoit…
       —Pues sí, señora… Nos cuidaremos de ellos.
       Marchó a las once de la noche, cuando los niños estaban acostados. No se llevó maleta. Sólo un pequeño maletín.
       —Ya verán ustedes como conmigo son más razonables —suspiró Mme. Benoit cuando los pasos se alejaron en la calle—. Es ella la que los vuelve locos. Con los niños hace falta…
       Hablaba y hablaba, como quien devana una madeja, y concluyó con convicción:
       —Estoy segura de que no son malos.
       A los dos días, al abrir el periódico, su marido descubrió estupefacto en primera página la fotografía de Mme. Cuatro. Por supuesto, no se llamaba así. Se la había llamado madame Cuatro porque ocupaba la habitación número 4.
       Se la veía de pie en un pasillo, ante la puerta que un gendarme le abría; llevaba el alto sombrero puntiagudo, su «piel de oso» acampanado, y sus largas piernas.
       «La primera mujer del farmacéutico de Riom ha declarado ayer al mediodía».
       Nadie lo había sospechado. En la ficha de entrada, había escrito claramente «Mme. Martin». Pero, ¡existen tantos Martin! Y además, a su marido no se le llamaba por su nombre, sino corrientemente el farmacéutico de Riom.
       El hombre de barba oscura que tenía una farmacia, la de mayor venta de la villa, frente al Palacio de Justicia; el hombre que había emparedado seis o siete mujeres —las investigaciones no habían terminado aún y se esperaban sorpresas— en las bodegas de los sótanos de su casa de campo.
       Ella era su primera mujer, su mujer legítima, quien había tenido la suerte —o el valor— de abandonarlo después de cuatro años de matrimonio, llevándose consigo a sus dos hijos; de abandonarlo antes de que fuese demasiado tarde.
       —¡Jean-Claude…! ¡Jean-Jacques…! —gritaba Raymonde en la escalera—. ¿Queréis estaros quietos…? Se lo voy a tener que decir a vuestra madre cuando vuelva…
       Entonces, Mme Benoit permaneció un rato sin respirar, con la mirada en la puerta por la que, de un momento a otro, iban a aparecer los dos hijos de… los hijos de…
       —¡Dios mío! —suspiró, juntando las manos.




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