George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


El enamorado de las pantuflas (1941)
(“L’amoureux aux pantoufles”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 112, 24 de enero de 1941);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)



I

      Solía llegar alrededor de las seis y cuarto, barrigudo, con la frente siempre sudorosa. Al tiempo que se secaba con un pañuelo de color, empezaba por dar una primera vuelta a la sección.
       Esto ocurría en uno de los grandes almacenes de los alrededores de la ópera. A aquella hora una marea humana fluía por las aceras, y los coches, en la calzada, avanzaban a pequeños saltos, en línea de a diez.
       En el gran almacén, los ascensores funcionaban sin descanso y todo el mundo se agitaba, empujaba a sus vecinos, exigía que le sirvieran antes del cierre.
       Sólo aquel hombre, plácido, con aspecto de modesto jubilado, no compartía la fiebre general y parecía ignorar que el establecimiento cerraba sus puertas a las seis y media.
       La sección de las pantuflas no estaba lejos de la puerta C. El hombre se sentaba, y Gaby, la dependienta, exhalaba un suspiro de resignación.
       —¿Qué será hoy? —preguntaba, tratando de conservar por lo menos la apariencia de la cortesía comercial.
       Era la hora de empolvarse y maquillarse y no la de probar pantuflas a un maniático.
       —Quisiera un articulo flexible, de color habana.
       —¿Como ayer, pues?
       —No… Las de ayer tenían la suela demasiado gruesa.
       Desde la semana anterior, todos los días se desarrollaba la misma escena. El cliente miraba a Gaby con mucha dulzura, como un enamorado tímido, y mientras ella traía las cajas se descalzaba el pie izquierdo.
       —¿Le gusta esto?
       —Es un poco claro… ¿No tendría algo más oscuro?
       Y Gaby sabía —como lo sabían sus compañeras— que hasta el último minuto no habría ya variación. El hombre se probaría diez, veinte pares de pantuflas antes de escoger uno, y, al fin, cuando los timbres sonaran, se dirigiría a la caja llevando su paquete bajo el brazo.
       Gaby había intentado un truco para desalentarle. Su compañera Antonieta, de la sección de tafiletería, tenía el encargo de ir a decirle, en voz alta, en presencia del cliente de las pantuflas:
       —Ahí va tu novio…
       Antonieta había añadido por su cuenta:
       —¿Sigue siendo tan celoso?
       El hombre no se inmutó. Era la imagen de la placidez, de la paciencia, de la dulzura. Otro truco, más cruel, no dio tampoco resultado: Gaby no había vacilado en probarle, ayudándose con un calzador, pantuflas demasiado estrechas. Pero el hombre se limitó a hacer una mueca.
       ¿Se proponía, pues, continuar durante semanas o meses, quien sabe si durante años, yendo a comprar cada día un par de pantuflas e invariablemente unos instantes antes del cierre?

       A Gaby, en aquel momento, las lágrimas se le asomaron a los ojos. Miraba el sitio en que su enamorado solía sentarse y explicaba al Doctorcito:
       —El hecho ocurrió anteayer. Yo no sabía ya qué, pantuflas mostrarle. Tenía una clienta malhumorada que esperaba con un niño. Me agaché para coger varias cajas de las que están debajo de este mostrador. Sin levantar la cabeza, cogí el pie de mi cliente.
       »No sé por qué experimenté una sensación rara. Levanté la cabeza. Creí que el hombre se había dormido, porque tenía la barbilla apoyada sobre el pecho.
       »Le sacudí, y por poco se me cae encima.
       »Se desplomó, blando, como un saco de arena. Lancé un grito… La gente acudió… El inspector dijo:
       »¡Aire! ¡Aire! Sin duda es una crisis cardíaca.
       »Porque a veces vemos accidentes de esta clase.
       »¡Pero, no! Cuando le quitaron el cuello postizo y la corbata, se vio que había sangre en su camisa y se comprobó que había recibido un balazo en el pecho.
       —¡Sí señor, aquí! ¡En pleno almacén! ¡En plena aglomeración de público!
       ¡Y nadie había oído nada!
       Mientras yo trataba de calzarle una pantufla, él estaba ya muerto. El hecho me ha afectado hasta el punto que he pedido que me cambiaran de sección… Cada vez que veo esa silla…

       Aquella misma mañana, cuando el Doctorcito había llegado a París, el comisario Lucas ya había terminado su primera investigación. Llevó a Dollent al segundo piso del almacén y detúvose en la sección de juguetes.
       —Dispararon desde aquí. Observe la silla que ocupaba la víctima. El asesino estaba aquí. He interrogado a todos los dependientes. Recuerdan que un hombre todavía joven rondó mucho rato por la sección. Uno de los dependientes le preguntó si deseaba algo y él contestó: «Espero a mi mujer».
       »Serían alrededor de las seis y cuarto. El desconocido parecía interesarse por las panoplias… Empuñó algunas muestras de pistolas “Eurêka”.
       »¿Comprende el mecanismo del crimen? Debía llevar en el bolsillo, en un paquete, o quizá en una cartera, una pistola de aire comprimido, desde luego un arma de gran presión, posiblemente provista de un silenciador.
       »Para matar a esa distancia no basta un revólver, aunque sea de gran calibre. Una carabina hubiera sido engorrosa. Pero hay pistolas de tiro al blanco que matan a un hombre a más de cincuenta metros.
       »El asesino maneja inocentemente juguetes infantiles. Es natural en esa sección. Finge apuntar, y nadie se sorprende.
       »Los timbres que anuncian el cierre son potentes. En ese momento, en el almacén el alboroto ha llegado a su punto álgido. Nadie oye el leve ruido de un arma de aire comprimido o de una pistola con silenciador.
       »La Dirección se vuelve loca. Quiere que se haga lo posible y lo imposible para que se descubra al culpable. Por eso nos preguntaron si conocíamos a algún detective privado capaz de hacer investigaciones paralelamente con las de la Policía Judicial.
       »Di la dirección de usted. Como puede ver, no tengo celos de sus laureles.
       »¡Buena suerte!

       El director era joven. Se paseaba nerviosamente por su despacho y echaba, de vez en cuando, una mirada llena de desconfianza a Juan Dollent, cuyo aspecto era más bien el de un tonto. ¿Por qué el Doctorcito, para inspirar confianza, no se decidía una vez por todas a crearse una originalidad cualquiera, a adoptar un tic, una manía, a llevar monóculo o a fumar cigarrillos extraordinarios? Con sus treinta años, su pequeña estatura y sus trajes siempre algo ajustados, apenas si parecía un estudiante.
       —Escúcheme bien. Parece que la policía cree que el crimen lo cometió un profesional. Así lo espero. No obstante, no veo por qué un profesional tuvo que meterse con un hombre que tenía todas las apariencias de un maniático.
       »Lo que más temo, ¿ve usted?, es que se trate del crimen de un loco. Sin duda, usted sabe que los grandes almacenes, como las redacciones de los diarios y ciertos edificios públicos, tienen el don de atraer a los locos.
       »Siendo así, si el individuo que disparó desde la sección de juguetes es un demente, es casi seguro que querrá repetir su hazaña. Los locos operan en serie.
       »Ahora bien, a pesar de todas las precauciones que podemos tomar, nos es difícil impedir que se reproduzca el mismo hecho.
       »El reportaje que de él hicieron los diarios nos ha causado ya un perjuicio innegable. Ayer, la venta en la sección de pantuflas y en las contiguas a ella fue casi nula. Sólo unos cuantos curiosos desfilaron por allí, sin acercarse demasiado.
       »Haga su investigación. No sé cuáles son sus métodos. Por ahí se dice que no tiene ningún método. Tome esta tarjeta, con la que podrá circular a su gusto por los almacenes e interrogar a los miembros del personal.
       »Sólo me queda presentarle a la señorita Alicia, de la sección de joyería, que ayer me hizo una declaración que le repetirá. Yo desconfío de las declaraciones de las mujeres. Sé con qué facilidad trabaja su imaginación.
       Pulsó un timbre.
       —Haga pasar a la señorita Alicia.
       Era una joven alta y pálida, de ésas que, como el director decía, tienen una imaginación vagabunda. Probablemente leía muchas novelas o se apasionaba por las estrellas de cine.
       —¿Quiere repetir al señor…?
       Turbada, permaneció vacilante un rato antes de decidirse a hablar, con extremada volubilidad.
       —Verá usted… Cuando vi la foto en los diarios… Porque cuando ocurrió la catástrofe era mi día de descanso. Ayer vi la fotografía del pobre hombre en los diarios, y enseguida le reconocí. Antes de dedicarse a Gaby, fue a mí a quien… él…
       —¿Qué quiere decir; que le hizo proposiciones?
       —No. Pero durante varios días… podría saber el número exacto de días… vino a mi sección.
       —¿A las seis y cuarto?
       —Entre las cinco y las seis. Es frecuente que los clientes vengan por nosotras. Nosotras nos damos cuenta enseguida, porque las compras que hacen carecen siempre de importancia… ¿Comprende? Vino con una cadena de reloj. Quería un mosquetón. Probé una docena y acabó por comprar uno. Al día siguiente volvió. El mosquetón ya no estaba en la cadena. Me dijo que se le había roto; no le creí, porque era un artículo sólido. Regateó mucho. No se decidió. Finalmente acabó por comprar otro.
       —¿Y volvió al día siguiente? ¿Siempre a la misma hora?
       —Sí. Durante quince días vino cada tarde y cada vez me compró un mosquetón.
       —Dígame, señorita Alicia: ¿no pensó usted que pudiera ser un ladrón de grandes almacenes, como tantos parece que hay?
       —Lo pensé. Y por lo tanto le observé muy bien. Incluso le pedí al inspector que no le perdiera de vista mientras yo le atendiese.
       —¿Y…?
       —¡No!
       —Dígame… ¿Dónde se encuentra su sección?
       —¡Ah, sí…! En el primer piso… justo encima de la sección de juguetes. La cosa me chocó ayer cuando leí el diario. Por eso pedí hablar con la Dirección.
       Unos instantes después, la señorita Alicia había salido, y el director anunció al Doctorcito:
       —No me fío, como ya le he dicho. No obstante, pasé esta declaración a la policía y solicité que se hiciera una discreta averiguación acerca, de esa dependienta. En efecto, desde hace varias semanas desaparecen de su sección objetos de valor.
       —¿Es anormal?
       —Contamos con un porcentaje de robos que es poco más o menos constante, salvo en el período de las fiestas, cuando, claro está, los especialistas gozan de buenas ocasiones. Pero el valor y la cantidad de objetos hurtados durante estos últimos tiempos en la sección de joyería son particularmente elevados, y…
       Al salir del despacho del director, resultaba pavoroso asomarse a aquella inmensa nave, más vasta que cualquier catedral, y de la que subía un continuo susurro de muchedumbre. ¿Por qué punto podría el Doctorcito…?
       Se encogió de hombros, tomó un ascensor, salió a la calle de la Chaussée d’Antin y, fríamente, como otros se tragan una píldora o una aspirina, vació dos copas de coñac.
       Luego se dirigió a la calle de Notre-Dame-de-Lorette y buscó el número 67. Iba a llamar a la portería cuando, a través de la mirilla, vio al comisario Lucas ocupado en interrogar a la portera.
       Porque el muerto había sido identificado. Se llamaba Justino Galmet, de cuarenta y ocho años de edad, sin profesión y domiciliado desde hacía veinte años en aquella calle.


II

      —¿Quiere interrogarla usted mismo? —propuso Lucas, abriendo la puerta de la portería. De lo contrario, puede acompañarme arriba, al apartamento de Galmet.
       Se encontraron en el ambiente tradicional del pequeño burgués de Montmartre. El inmueble era viejo, las pinturas oscuras, groseros aromas culinarios se filtraban por debajo de todas las puertas, y en la atmósfera resonaban voces, gritos de niños y rumores de arcaicos aparatos de radio.
       En el cuarto piso y dando al patio, un alojamiento de tres piezas, amueblado con buenos muebles viejos provincianos y, frente a la ventana flanqueada por dos tiestos con geranios, un canario en su jaula.
       —No vendrá nadie a molestarnos —anunció Lucas—. La portera me asegura que Justino Galmet no recibía nunca. Era un solterón empedernido y el hombre más ordenado del mundo.
       »Una vez por semana, la portera, subía a arreglarle la vivienda “a fondo”, como ella dice, pero creo que exagera un poco.
       »Los demás días, Justino Galmet se hacía él mismo la cama, guisaba su desayuno y su comida, salía a las dos de la tarde y volvía alrededor de las nueve, casi siempre cargado de paquetes.
       »Cenaba en un restaurante que hace esquina con la calle Lepic; ya he telefoneado a ese restaurante. Le conocían… Le reservaban una mesa cerca de la ventana. Era muy comilón. Solía pedir platos delicados. Comía lentamente, leyendo los diarios de la noche, bebía su café, una copita de licor, y se iba tranquilamente.
       »Ahora otra noticia más sorprendente…
       Lucas hizo una pausa, observando las reacciones del Doctorcito.
       —En nuestros archivos he encontrado el nombre de Justino Galmet. No figura en ellos como criminal, sino como policía. Entró en el cuerpo hace veinticinco años. Permaneció en él cuatro años, en calidad de inspector. Luego presentó su dimisión, alegando que había heredado algún dinero y que a partir de entonces viviría como un rentista.
       »He interrogado a algunos de los nuestros que le conocieron. Era un muchacho retraído, solitario. No sentía gusto alguno por el trabajo; ahora bien, podía pasarse horas enteras saboreando dobles de cerveza, solo, en una terraza soleada, y, ya en aquella época, se daba buenas comidas.
       »Como puede ver, era el tipo de solterón empedernido.
       »¿Quiere que ahora examinemos la casa?
       Decir que estaba limpia sería exagerar. Pero, dado que el inquilino de aquel apartamento se lo hacía todo personalmente, es preciso reconocer que hubiera podido encontrarse más desorden. Juan Dollent empezó por dar de comer y de beber al canario. La abierta ventana descubrió el paisaje familiar de los tejados de París, dorados bajo el sol.
       Entretanto, Lucas abrió un vasto y antiguo guardarropa y llamó a su compañero.
       —¡Mire! Aquí están todas sus adquisiciones, que ni siquiera han sido desempaquetadas. ¿Quiere ayudarme a cortar los cordeles?
       Fue un desembalaje extravagante. No sólo se encontraron los seis pares de pantuflas, sino también objetos mucho más inesperados: platos de cerámica, retales de seda artificial, cepillos para dientes, peines, frascos de loción capilar; uno de los paquetes sólo contenía pipas, y la portera había afirmado que su inquilino no fumaba.
       La mayoría de los objetos conservaban su etiqueta.
       —¿Qué le parece, doctor?
       —Que eso no es el producto de pequeños robos. En primer lugar, nada tiene suficiente valor para excusar los hurtos. Luego, observe que todos estos objetos están cuidadosamente empaquetados en papel de los almacenes de donde proceden, y que algunos llevan todavía la ficha de control pasada en el cordel.
       —¿Cree usted que nuestro Justino era un maniático enamorado de las dependientas y que para acercarse a ellas se imponía esas compras? Tenga en cuenta que, a la larga, eso tenía que serle oneroso. Solamente las pantuflas representaban un termino medio de cincuenta a sesenta francos diarios. Ahora bien, nuestro hombre estaba lejos de llevar una gran vida. ¿Quiere que le diga lo que pienso?
       »Sobre todo no vaya usted a hincharse de vanidad. Ahora que conozco sus métodos… Sé lo que usted puede hacer mejor que nosotros y lo que nosotros podemos hacer mejor que usted. Pues bien; éste es un asunto para usted.
       »Nosotros estamos fuera de la vida normal. Justino Galmet no corresponde en nada a las víctimas de que nos ocupamos habitualmente.
       »En cuanto a su asesino, me da miedo por la calmosa audacia de su gesto, por el aplomo que revela.
       En vez de dar las gracias por el cumplido, el Doctorcito emitió un profundo suspiro.
       —¡Qué!, ¿no se entusiasma? —sonrió Lucas.
       Y el Doctorcito, lúgubre, murmuró:
       —Jamás, antes de haber descubierto mi primera verdad. Y por más que busco…
       —Si me necesita…
       —Solamente quisiera que hiciera comprobar si Justino Galmet fue varios días seguidos a los almacenes de donde provienen estos artículos y siempre dirigiéndose a la misma dependienta.

       Por fortuna, Dollent no tenía el sentimiento del ridículo. Poco le importaba que las dependientas de las secciones vecinas, sin duda puestas al corriente, se olvidasen de sus propios clientes para mirarle tocándose con el codo y, algunas de ellas, reteniéndose para no echarse a reír.
       Había comido muy bien y, desde entonces, después del café y la copa, se había tomado ya varios aperitivos en previsión de la comida siguiente.
       ¿Cuál era, en resumen, la misión que le habían encomendado? Había muerto un hombre de quien nadie sabía nada. Era imposible encontrar un individuo más opaco y a la vez más misterioso que Justino Galmet.
       ¡Ni un amigo! ¡Ninguna relación! ¡Parecía vivir en la más olímpica de las soledades!
       Y, no obstante, alguien le había matado. Alguien, pues, había tenido interés en matarle.
       Una sola base sólida, como decía el Doctorcito. Regularmente, en diferentes almacenes, Justino Galmet compraba cada día, a la misma hora y a la misma dependienta, un objeto cualquiera del que luego no sabía qué hacer, limitándose a guardarlo en su inmenso guardarropa y en las alacenas de su apartamento.
       Las seis y cuarto. Y Dollent estaba allí, en la silla habitual del muerto.
       Se había descalzado el pie izquierdo. Gaby, emocionada y nerviosa, escuchaba las órdenes que Dollent le daba:
       —Ahora haga conmigo exactamente lo mismo que hacía con su cliente.
       —¿Le pruebo pantuflas?
       —Pruébeme pantuflas… De la misma forma que se las probaba a él.
       Con una triste sonrisa, ella se atrevió a preguntar:
       —¿También tengo que hacerle daño?
       Veamos… ¿Qué era lo que Justino veía desde aquí? Mirando hacia arriba, veía una parte de la sección de joyería, en el primer piso. Y Alicia, que le había reconocido, iba de vez en cuando a mirarlo por encima de la baranda.
       Encima mismo, los juguetes, y entre éstos una bella panoplia con dos pistolas… Pero no eran peligrosas puesto que sólo disparaban flechas.
       Más arriba, por falta de campo visual, sólo se percibían las barandas doradas de los otros pisos.
       —¡Toma! Hay música —observó el Doctorcito, haciendo al mismo tiempo una mueca porque la dependienta le probaba una pantufla demasiado estrecha—. Diga… ¿Siempre hay música?
       —¡No me hable de eso!… Es la cosa a la que más nos cuesta habituarnos. El tocadiscos funciona todo el día. ¡Y menos mal cuando ponen piezas lentas! Pero a esta hora, para animar a los clientes a que se den prisa, no tocan más que marchas y pasodobles… ¿He de continuar?
       Planta baja… Frente a él una sección de saldos. Le habían dicho que la mercancía se cambiaba cada lunes, Aquello se llamaba «ocasiones de la semana».
       A la izquierda, una caja con el número 89.
       Luego, inmediatamente detrás, una puerta dorada y la acera llena de gente.
       Dollent empezó a hacerse una pregunta:
       —¿Por qué en este lugar hay más público que…?
       Pero encontró la respuesta al distinguir una boca de «metro».
       —Ya le he probado seis pares…
       —¿Y a él?
       —A veces siete… Una vez, nueve.
       —¿De qué dependía esto?
       —No lo sé.
       ¡No dependía de las pantuflas, puesto que Justino Galmet no se las ponía, ni siquiera las desempaquetaba!
       Una idea le hizo sonreír. Acababa de bajar la vista. ¿Acaso…? ¡No! No se mata a un hombre por eso… Por otra parte, equivalía a suponer en la víctima una gran dosis de candor. Era evidente que, agachándose para probar las pantuflas, Gaby, sin quererlo, ensanchaba un poco el escote de su blusa, lo cual permitía a la mirada del cliente descubrir el nacimiento de los senos.
       Pero, antes de ir a la sección de pantuflas, Justino había ido a la de joyería, y allí Alicia no tenía necesidad alguna de agacharse. Además, en otras ocasiones había comprado distintos artículos.
       —Tiene que decidirse —dijo súbitamente la empleada—. Tocan los timbres.
       En efecto, unos sonoros timbres llenaban la inmensa nave con sus imperiosas vibraciones. La gente se precipitaba hacia la salida, los dependientes se apresuraban, los inspectores en chaqué y corriendo como perros de pastor, repetían:
       —¡Vamos! ¡Dense prisa, señoras y caballeros!
       En la caja 89 se pagaban las últimas compras. La cajera dejó un instante un gran sobre amarillo para cobrar unos francos.
       —¿Se queda éstas?
       —Éstas u otras cualesquiera.
       Quería llevar la experiencia hasta el final.
       … Meterse en la piel de…
       La pregunta era obsesionante: ¿Qué era lo que Justino Galmet, que ya no estaba allí para responder, miraba los días precedentes?
       Gaby volvió a ponerle el zapato izquierdo y le dijo:
       —Por aquí…
       Estuvo a punto de preguntar por qué le llevaba en dirección opuesta a la salida, pero comprendió. La cajera del 89 salía de su taquilla con el sobre amarillo en la mano. Encima de la caja, un rótulo ostentaba la palabra «Cerrado».
       —Por aquí… Ya sólo queda la caja principal.
       El Doctorcito tenía la mirada aguda. Sin embargo, seguía con dificultad a la muchacha por entre la riada de público que avanzaba en dirección contraria a la suya.
       —Treinta y ocho con noventa.
       El Doctorcito se volvió. Trató de seguir observando. Le pareció que reconocía a la cajera del 89 que llevaba en la mano el sobre amarillo; en aquel momento se disponía a entrar en un ascensor.
       A Dollent le pusieron un paquetito en las manos. Gaby le miró, como preguntándole si había descubierto algo. Él se encogió de hombros y se entretuvo unos minutos buscando en sus bolsillos los noventa céntimos que le faltaban para completar el importe.
       —¿Volverá mañana? —preguntó Gaby, sobreexcitada.
       —Tal vez…
       Ya en la calle, el paquete de las pantuflas le molestaba tanto que, aprovechándose del tumulto producido por la muchedumbre, se agachó y lo abandonó junto al borde de la acera.
       —¡Oiga! ¿Es usted, doctor? Aquí Lucas. Hemos encontrado la cuenta corriente de nuestro hombre. En una sucursal del Crédito Lionés. Por regla general, depositaba en ella unos quinientos francos cada semana. Aparte, y a largos intervalos, hacía ingresos en la cuenta de varios miles de francos. Pero sólo una docena de veces en veinte años. ¡Oiga! ¿Sigue usted en el aparato?
       —Continúe.
       —Desde hace tres meses los depósitos han sido mayores. Veinte mil francos la última semana. Doce mil la semana pasada. Siete u ocho mil la anterior; no tengo la cifra a la vista. Los meses precedentes, cuatro o cinco mil francos por semana.
       —¡Cielos! ¡Me parece que eso representa un lindo paquete!
       —Representa, sobre todo, una gran desproporción. En veinte años, apenas doscientos mil francos… Porque también hubo retirada de fondos.
       »Y en cambio, cerca de ciento cincuenta mil francos en tres meses.
       »No es esto todo. Cierto fulano acaba de presentarse a la Policía Judicial. Es un corredor de fincas. Hace unos doce días recibió en su oficina del Faubourg Saint-Martin, la visita de Justino Galmet, quien le preguntó si tenía en venta una casita de campo, a ser posible emplazada a la orilla del Loire.
       »Estaban en tratos para la adquisición de una linda casa de doscientos mil francos, situada en los alrededores de Cléry. La escritura tenía que ser firmada la próxima semana.
       —¿Se sabe si Justino Galmet visitó la casa?
       —Sí. El pasado martes. Fue allí en taxi. Observe que eso representa un gasto apreciable. Iba acompañado de una mujer muy joven que examinó la casa como si fuera ella la destinada a habitarla.
       —¿Me guarda la sorpresa para el final?
       —¿Cómo lo ha adivinado?
       —No importa. Diga… ¿Gaby?
       —Caliente… caliente… Es mucho más inesperado. De todos modos, tengo ya una certeza. Hace poco, cuando usted se iba con su paquete yo estaba en la salida del personal con el corredor de fincas, el cual no vaciló, porque ya de lejos había reconocido el abrigo color mostaza.
       —¡Le escucho!
       —La señorita Alicia. La de la joyería. Oiga, doctor… No quisiera causarle pena ni decepcionarle. Pero empiezo a creer que, contrariamente a lo que le declaré esta mañana, este asunto es más apropiado para nosotros que para usted. Desde el momento que la tal Alicia era… ¿Me comprende? Ya verá usted cómo vamos a topar con un policía que se volvió ladrón. ¿Se ha molestado?
       —¿Yo?
       —¡Diga algo, pardiez! Todavía estoy en, el despacho. ¿Quiere venir a beber un glass conmigo, antes de irse a la cama?
       —¡No!
       —¿Está furioso?
       —¡No!
       Ahora era Lucas quien no sabía qué decir y quien, buena persona como era, temía haber humillado al Doctorcito.
       —¡Vamos! Otra vez se desquitará… ¿Quiere divertirse? Mañana, a las nueve, he convocado a la tal Alicia. Todavía no sé todavía si será necesario sacudirla, pero me parece que resultará interesante.
       —Buenas noches.
       —¿Vendrá usted?
       —Tal vez… Buenas noches. Tengo sueño.
       Y era verdad, porque, como le sucedía siempre que se engolfaba en una investigación, el Doctorcito había bebido exageradamente.


III

      ¡Oh gran casualidad la que hizo que el Doctorcito tomara el mismo «metro» en el que la señorita Alicia había ya tomado asiento! Era la hora de la apertura de los almacenes y de los bancos. El vagón estaba atestado, y la joven no vio al doctor, el cual pudo observarla holgadamente.
       —Me gustaría saber —se dijo— lo que puede pensar una joven como ésa, que ha mentido a la policía y que súbitamente se ve citada al «Quai des Orfèvres».
       ¡Por supuesto, sus pensamientos no serían de color de rosa! Contrariamente a su colega Gaby, que era bastante fogosa, Alicia pertenecía más bien al tipo melancólico; una de esas jóvenes que no son más feas que las otras, a las que incluso uno encuentra muy aceptables si las examina en detalle, pero que se toman la vida en serio y se vuelven fastidiosas.
       Aquella mañana, la joven tenía los ojos irritados. Con un carácter como el suyo, era capaz de haber llorado toda la noche. Se había empolvado torpemente y sus cabellos estaban revueltos.
       Vivía en un pequeño alojamiento de la calle Lamarck. Era posible que ni siquiera se hubiese tomado la molestia de entrar en un bar para tomar una taza de café con un croissant.
       —No pienso enternecerme —murmuró el Doctorcito al salir del «metro» en la estación del Pont-Neuf.
       El tiempo era magnifico. Hubiérase deseado que aquella mañana durara siempre, con aquel sol espumoso como el champaña y la sutil neblina que subía del Sena. Alicia andaba presurosa, sin volverse. Frente al lúgubre portal de la Policía Judicial, la muchacha vaciló un momento, se acercó al agente y por fin empezó a subir la polvorosa escalera.
       Dollent la volvió a ver arriba, en la sala de espera de las vidrieras, y entró en el despacho de Lucas, que le estaba esperando.
       —Oiga, comisario, usted me habló ayer de sacudirla. No sea usted demasiado malo con ella, ¿me lo promete? Parece tan abatida…
       —Haga entrar a la joven que está ahí fuera —ordenó Lucas con la más gruesa de sus voces.
       Aquella mañana estaba de buen humor. Toda la primavera de la tierra entraba por sus ventanas abiertas de par en par y, cosa rara, el hombre se había puesto una corbata de fantasía, azul y con lunares blancos. A pesar de que intentaba hacer el «coco», ponía un punto de alegría en su mirada.
       —Siéntese, señorita Alicia. No voy a ocultarle que su caso es grave, muy grave, y que lo que ha hecho podría costarle caro.
       Los ojos de la joven se desbordaron. Aterrorizada, sólo acertaba a secar sus lágrimas con el pañuelo hecho una bola.
       —Ayer, cuando fue interrogada, no se lo dijo todo a la policía. En realidad, declaró en falso, lo cual cae bajo el artículo…, el artículo… bueno, bajo no sé qué artículo del código.
       —Yo… Yo creía que…
       —¿Qué es lo que usted creía?
       —Que jamás se descubrirían nuestras relaciones…, nuestras relaciones… ¡Me trastornó tanto aquel horrible suceso…!
       —¿Desde cuándo conocía a Justino Galmet?
       —Desde hace unas tres semanas.
       —¿Y sin embargo ya era su amante?
       —¡Oh, no, señor comisario! ¡Se lo juro por la cabeza de mis hermanitos!
       —¿La cabeza de…?
       —De mis hermanitos… Soy huérfana, con dos hermanos que van todavía a la escuela. El más pequeño, a la de párvulos.
       —No veo la relación que puede existir entre sus hermanitos y Justino Galmet.
       —Ahora lo comprenderá. Si sólo se hubiera tratado de mí no le hubiera hecho caso. No era un hombre de mi edad, y además no me gustaba su tipo.
       —¡Un momento! Empecemos por el principio. ¿Fue en el almacén donde conoció a Galmet?
       —En la sección, sí. Venía cada día a comprar un mosquetón para su cadena de reloj. Era muy respetuoso. De no haberlo sido tanto, no le hubiera escuchado. Ahora ya no puedo saberlo, pero estoy segura de que era un hombre serio.
       »Al tercer o cuarto día, me preguntó tímidamente:
       —Señorita, ¿tiene usted compromiso?
       »Y yo le respondí que tenía dos hermanitos y que a causa de ellos no podría casarme nunca.
       El Doctorcito observaba al comisario, quien, a pesar suyo, no podía ocultar su aire de buena persona, y hacía esfuerzos para hablar con voz gruesa:
       —En una palabra, que al tercer o cuarto día, aquel hombre, al que usted no conocía ni por asomo, le hizo proposiciones.
       —Es difícil de explicar… No era como los demás. Era muy suave de carácter. Me confesó que estaba solo en la vida, que siempre había estado solo.
       —¿Mientras iba probando mosquetones?
       —No. Me invitó a comer con él en un restaurante de la Chaussée-d’Antin. Me dijo que su vida iba a cambiar, que estaba a punto de cobrar una herencia.
       El comisario y Juan Dollent cambiaron una rápida mirada. Decididamente, Justino Galmet tenía la manía de las herencias. ¿No era lo que había anunciado cuando dimitió de la Policía Judicial?
       —Quería vivir en el campo, preferentemente en las riberas del Loire. Me preguntó si consentiría en casarme con él, caso de que la casa me gustara. Y enseguida añadió que mis hermanitos vivirían con nosotros, que a él le gustaría tener de golpe una familia, que él mismo se encargaría de darles una buena instrucción.
       La joven lloraba; no se sabía si era de miedo, de tristeza o de enternecimiento.
       —¡Así era aquel hombre! Pedí un día de descanso para ir con él a ver la casa de Cléry. Por el camino no dejó de ser respetuoso.
       »—Dentro de unos días —me dijo— ya nada me retendrá en París. Haremos publicar enseguida las amonestaciones.
       —Oiga, señorita Alicia. ¿No le pareció raro ver que su pretendiente o, mejor dicho, su novio, dejaba su sección para frecuentar la de pantuflas y hacer la corte a su compañera Gaby?
       —El primer día sí, porque no me previno.
       —¿Y luego?
       —Me juró que Gaby no le interesaba, que no podía decirme nada más, pero que debía tener confianza. Por otra parte, desde mi sitio podía vigilarles.
       —De manera que le pareció natural que…
       —No me había hablado nunca de su profesión, pero, si he de decirle la verdad, pensé que…, que era…
       —¿Que era qué?
       —Que era de la policía. En el almacén vemos a muchos a causa de los robos. Cuando comprendí que había muerto…, enseguida pensé en mis hermanitos. Yo les había anunciado que iríamos a vivir al campo…
       ¿Tenía Lucas verdadera necesidad de sonarse? Sea lo que fuere, lo cierto es que lo hizo.
       —¿Está segura de que esta vez nos ha dicho toda la verdad?
       —Creo que sí. No recuerdo nada más.
       —¿No le dijo nunca su novio algo que pudiera informarla acerca de su personalidad?
       —Era muy respetuoso, muy suave…
       Aquello era un leit-motiv.
       —Yo presentía que, a pesar de la diferencia de edades, no seria desgraciada con él.
       «Ahora va a hablarnos otra vez de sus hermanitos» —pensó Dollent.
       Pero no fue así, porque Lucas la interrumpió:
       —Puede retirarse, señorita. Si la vuelvo a necesitar la llamaré de nuevo.
       —¿Y no se me causarán molestias?
       La joven no podía creer que ya estaba lista, que era libre, que iba a salir de aquella impresionante casa en la que había entrado temblando.
       —Gracias, señor comisario. No sé cómo agradecerle… Si usted supiera cómo… cómo…
       —¡Ya… muy bien! Adiós.
       La empujó hacia afuera. Cuando se volvió y cerró la puerta, su cara reflejaba más emoción de la que hubiera deseado.
       —¿No he sido demasiado feroz? —preguntó, bromeando, al Doctorcito.
       —Estaba pensando en que los mismos hechos, los mismos acontecimientos, pueden tomar un aspecto diferente según se los vea de uno o de otro lado del telón. Es algo parecido a lo que ocurre en el teatro. Por un lado, el espectador que cree en la acción que se desarrolla ante sus ojos. Por el otro, los tramoyistas, los actores que se ajustan sus pelucas. Así, para esa joven, la muerte de Justino Galmet representa tantas cosas… Para usted y para mí no es más que un pequeño misterio excitante, un problema que hay que resolver… ¿Qué piensa usted del hombre?
       Lucas no pudo hacer más que encogerse de hombros… ¡Era tan inesperado todo aquello!
       La víspera, Justino Galmet era simplemente uno de esos personajes misteriosos de los que tantos ejemplares suele haber en los grandes almacenes.
       Y de pronto, se convertía en un ser casi emocionante o, por lo menos, enternecedor.
       ¿Pensaba, verdaderamente, casarse con la honrada señorita Alicia y llevársela al campo con sus hermanitos?
       En caso afirmativo, ¿por qué una bala aniquiló aquellos proyectos en el momento en que iban a realizarse?
       Porque él había dicho: dentro de pocos días, nada me retendrá en París
       Pocos días. No pocas semanas, sino pocos días, después de haber pasado tantos años allí.
       —… le retendría en París —puntualizó el Doctorcito a media voz, como si hubiese querido descubrir todos los sentidos posibles de aquellas simples palabras.
       La cosa era sencilla. No había diez cosas, ni tres ni dos, sino una sola, tonta en apariencia, a causa de su vulgaridad: ¿Qué era lo que retenía aún durante algunos días a Justino Galmet en París?
       Una vez descubierto eso, lo demás iría como una seda.
       —¿Adónde va usted? —preguntó el comisario Lucas encendiendo su pipa y sentándose ante su mesa.
       —A beber una copa. ¿Sabe usted, comisario, por qué hay borrachos?
       —No. Creo que…
       —Sin duda se equivoca. Si hay borrachos es porque el único remedio para quitar los efectos de la borrachera es el volver a beber. ¡De aquí parte el engranaje!
       Era imposible saber si hablaba en serio o en broma. Se fue silbando. Por las calles de París tenía el aspecto de un hombre cuya única preocupación es la de aspirar la vida por todos sus poros; nadie hubiera adivinado que una pregunta le perseguía, tenaz, como un moscardón en día de tormenta.
       —¿Qué era lo que podía retenerle en París algunos días más?
       De repente se precipitó hacia el gran almacén. Gaby y Alicia estaban en sus respectivas secciones, una en la de pantuflas y la otra en la de joyería.
       —Dispense que vuelva a molestarla, señorita Alicia. Yo también soy un hombre muy respetuoso y suave. Por eso me permito invitarla a comer conmigo en un restaurante de la Chaussée-d’Antin. ¿A qué hora sale usted?
       —A las doce y media.
       —Pues bien, la esperaré frente a la entrada del «metro».


IV

      —Señorita, no tema pedir platos con «suplemento». Puedo afirmarle que quien paga es su director.
       Dollent había escogido un restaurante «al cubierto». La pareja estaba rodeada casi exclusivamente de dependientes y empleadas de los grandes almacenes del barrio.
       Alicia no se sentía todavía segura del todo, pero la petulancia de su compañero, que estaba de un humor muy alegre porque se había tomado tres aperitivos mientras la esperaba, provocó alguna vez una ligera sonrisa en los labios de la joven.
       —Coma a su gusto. ¿Qué le parecería una buena langosta?… ¿No le gusta la langosta?
       —Me produce urticaria —confesó la joven cándidamente.
       Por el contrario, lo que desde hacía unos instantes ella vacilaba en pedir, eran unos callos a la moda de Caen, como los que un vecino comía, y cuyo aroma llegaba hasta ellos.
       —¿Le gustan los callos? ¡De primera! ¡A mí también! ¡Camarero! Dos raciones de callos.
       Hay días en que el cielo parece lavado, puro como nunca; en estos días el aire es ligero, París sonríe como una joven, los colores deslumbran, todo es hermoso, todo es bueno.
       ¿Podía creerse, mientras estaban instalados en el confortable restaurante, que alguien había ido a la sección de juguetes ocultando una pistola que por desgracia no tenía nada de juguete, había apuntado, había apretado el gatillo y… que un pobre hombre qué estaba probándose pantuflas…?
       —Oiga, señorita Alicia… No se excite, y reflexione con calma; es necesario que recuerde ciertos detalles, aunque le parezcan de poca importancia. Por ejemplo, la última vez que Justino Galmet fue a su sección.
       Al oír el nombre de Galmet, la joven se entristeció y al Doctorcito le supo mal haber estropeado el placer de saborear los callos.
       —Era un sábado —murmuró ella, abstraída—. Lo recuerdo porque los sábados son días de prisas.
       —¿Tienen ustedes más clientes los sábados que los otros días?
       —Más del doble. Por la noche, nos duelen las piernas y los riñones.
       —De modo que está usted segura de que era un sábado. ¿Estaba sentado, Justino Galmet?
       —En nuestra sección es raro que los clientes se sienten. A veces, alguna de esas señoras que se hacen enseñar muchos artículos… Pero él no se sentó nunca.
       —De modo que desde su sitio podría ver abajo.
       —Veía la sección de pantuflas, los saldos de la semana, la caja 89 y la salida. Es lo que veo todos los días.
       —No se apresure a contestar: ¿Aquél sábado, no observó en él un leve movimiento de sorpresa, como cuando uno ve en una multitud una cara conocida?
       La joven permaneció inmóvil, con los ojos abiertos de par en par.
       —No sé —murmuró por fin—. Pero hay un detalle. No me compró el habitual mosquetón.
       —¡No le compró ningún mosquetón! ¡Y usted no lo decía! ¿Así, pues, la dejó precipitadamente?
       —Sí. Bajó…
       —¿No le chocó nada aquel día?
       Parecía como si quisiera hipnotizarla, obligarla a que recordase, y realmente, obtuvo ese resultado.
       —Yo tenía mucha gente… Durante un cuarto de hora, por lo menos, me olvidé de él. Luego, al acompañar a una clienta a la caja, eché una mirada abajo. Y me sorprendió ver que no había salido del almacén.
       —¿Dónde estaba?
       —De pie, no lejos de Gaby.
       —¿Y nada más?
       —Le repito que estaba muy atareada. Además, a causa de esas historias de robos, vigilaba atentamente mi sección. Pero estoy segura de que volví a verle mucho rato después. No quisiera que usted se basara en lo que voy a decirle. Por otra parte, cuando se ve a la gente desde arriba, apretada, empujándose con los codos, es difícil precisar. No obstante, me parece que estaba hablando con un hombre.
       —¿No podría describírmelo?
       —No. Sólo sé que llevaba un sombrero gris. Luego ya no volví a ver a Justino hasta el lunes, en la sección de Gaby. Al día siguiente, a las doce, me esperaba a la salida. No quise dirigirle la palabra. Fue entonces cuando me pidió que no tuviera en cuenta su conducta. Me prometió explicármelo todo un día. Acabé por dejarme convencer y vinimos a comer aquí. En aquella mesa, mire… A la izquierda de la puerta. Dos días después me llevó a la casa de Cléry. Estaba muy contento… Tenía ansias de vivir allí… ¿Qué le pasa?
       El Doctorcito se había puesto tan grave, con las cejas fruncidas y la mirada tan fija, que la joven se preguntó qué habría descubierto. Pero él preguntó, súbitamente:
       —¿Qué día es hoy?
       —Sábado.
       Se sobresaltó, miró los platos como quien tiene prisa y desea ver que la comida se termina.
       —¿Tomará postres? —preguntó.
       La joven no se atrevió a decir que sí. El Doctorcito llamó al camarero.
       —¡La cuenta… pronto!
       No se tomó la molestia de acompañar a su invitada hasta el almacén. Se metió corriendo en un taxi.
       —«Quai des Orfèvres»… Sí; a la Policía Judicial. ¿Por qué me mira así?


V

      —¿Usted? —exclamó, sorprendido, el comisario Lucas que, comparado con el dinámico Doctorcito era como la perpetua imagen de la impasibilidad.
       —Sí, yo. En primer lugar, un informe. ¿Puede decirme a qué cifra ascienden los robos en los grandes almacenes?
       —La cosa es fácil porque esos almacenes llevan al día las estadísticas precisas. Precisas y asombrosas. ¡Agárrese bien!… Calculo que el montante de los robos cometidos en uno sólo de esos almacenes, situado en la ribera izquierda del Sena, alcanza un promedio de un millón por año.
       »Los demás se encuentran casi en el mismo caso, lo que explica que esas casas mantengan verdaderos ejércitos de vigilantes.
       —¿Todos esos robos son cometidos por profesionales?
       —Sí y no… En primer lugar hay que considerar la morralla. Mujeres o muchachas que no pueden comprarse lo que desean y que se apoderan de pequeños objetos, sobre todo de retales de tejidos.
       »Luego viene la gran infantería, por decirlo así. Mujeres también, porque a ellas les es más fácil esconder el botín. Generalmente llevan un capazo o vestidos a propósito. Una vez se detuvo a una que simulaba estar encinta y que debajo del abrigo, llevaba una bolsa de canguro en la que iba guardando los artículos robados.
       »Éstas trabajan por parejas, porque una de ellas tiene que ocuparse de la vendedora mientras la otra opera.
       »A casi todas las conocemos. Pero son tan hábiles que es difícil cogerlas con las manos en la masa. Conocen a los detectives privados de los almacenes. En cuanto les ven, se deslizan por entre el público como anguilas y no sería posible detenerlas sin provocar escándalo.
       »Ahora bien, la regla es evitar el escándalo a toda costa.
       —¿No hay caza mayor?
       Lucas, al parecer fastidiado, confesó:
       —Sí la hay, naturalmente. Algunos robos son demasiado audaces y combinados con demasiada inteligencia para que puedan ser cometidos por ladrones vulgares. ¡No, nunca pudimos echar el guante a esos pájaros de cuenta!
       —¿Son bandas organizadas?
       —No lo sé. Me gustaría poder decirle que sí pero no tengo prueba alguna.
       —¿Hubo muchos robos de esa clase durante los últimos meses?
       —Como de costumbre, creo. Por lo menos, si nos atenemos a los grandes almacenes propiamente dichos.
       Meditabundo, jugaba con su cortapapeles; el Doctorcito esperaba prudentemente. Tuvo su recompensa, porque Lucas no tardó en suspirar.
       —Los robos más frecuentes son de otra clase. También en los almacenes, pero más bien en los de lujo, y sobre todo en las joyerías: un cliente que se apodera rápidamente de un puñado de joyas y se precipita hacia la calle, donde le espera un auto que parte en el acto. Lo habrá leído muchas veces en los diarios. Parece imposible que pueda realizarse, y, sin embargo, se logra siempre.
       »Es un efecto puramente psicológico. Los bandidos cuentan con la sorpresa. El comerciante, ocupado con otros clientes, alguno de los cuales tal vez es cómplice, tarda algunos segundos en recobrar su sangre fría y en dar la alarma.
       »En la calle ocurre lo mismo. Estos golpes suelen darse en calles muy frecuentadas. El auto arranca. Pasan varios segundos antes de que los gritos pongan sobre aviso a la gente, que sigue empujándose y apelotonándose cuando los ladrones ya están lejos. ¿Por qué sonríe usted?
       —¿Yo? —dijo cándidamente el Doctorcito—. ¿Es que sonrío?
       —Parece como si eso le divirtiera.
       —¿Por qué no? A propósito, ¿cuántos hombres podría usted prestarme esta tarde? ¡Un instante…! No quiero inspectores demasiado conocidos. ¿Me comprende? Hombres capaces de pasar desapercibidos entre el público.
       —Eso depende de lo que usted quiera hacer.
       —Tal vez nada. Tal vez mucho. Depende de una sola cosa: de que mi razonamiento sea bueno. Si es bueno, si en él no hay hueco, una rendija…
       —¿De qué se trata?
       —¡No! Ya se lo explicaré luego. No quisiera, si la cosa falla, caer en ridículo. ¡Bueno! ¿Cuántos hombres?
       —¿Quiere seis?
       —Son pocos.
       —¿Eh?
       —Por lo menos quisiera una docena. Y un auto rápido, sin marca distintiva.
       —¿Sabe usted que para una operación de esa envergadura tengo el deber de comunicarlo a mis jefes?
       Juan Dollent, imperturbable murmuró:
       —¡Comuníquelo! ¡Comuníquelo…!

       —No son más que las seis, comisario. Tenemos tiempo.
       —Si ha de pasar algo, ¿cómo sabe usted que…?
       —Si ocurre algo será a las seis y media en punto. ¿Otro doble?
       En aquel momento Dollent dedicaba toda su atención a la cerveza. Ambos hombres se hallaban sentados en una terraza, frente a los grandes almacenes. A pesar de los reglamentos de la circulación, uno de los mejores autos de la Policía Judicial estaba parado delante de una de las puertas, cerca de la boca del «metro».
       El Doctorcito había dado todas las órdenes, no sobre el terreno donde hubiera podido ser observado, sino en el despacho de Lucas, ante una hoja de papel que no tardó en parecer un mapa de estado mayor.
       A cada inspector le asignó un papel exactamente determinado.
       —Usted, el pelirrojo. A las seis y cuarto en punto se instalará en la sección de pantuflas y se hará probar tantos pares como convenga hasta llegar a las seis y media. A las seis y media fijará los ojos en la caja 89.
       »Usted, señor… Sí, usted. Usted aprovechará la ocasión para comprarse una cartera. No se alarme, Lucas, la dirección de los almacenes lo pagará todo. Es preciso que esté todavía en la sección cuando suenen los timbres. En aquel instante usted se fijará en…
       Y, sobre el plano de aquel sector del almacén, iba trazando cruces a medida que daba órdenes.
       —Tres hombres cerca de la puerta. Pero no deberán acercarse a ella antes de las seis y media. No hay que dar la impresión de que se ha organizado una trampa. Otros tres, junto al «metro».
       Si bien ya había realizado con éxito un número apreciable de investigaciones, aquélla era la primera vez que el Doctorcito hacía estrategia policíaca. Lucas le miraba, mitad serio y mitad burlón.
       —¿Y nada más? —preguntó, no sin ironía.
       —No. Me gustaría que un hombre se apostara en la sección de juguetes por precaución. No me resultaría muy agradable sufrir la misma muerte de Justino Galmet.

       Y, ahora, en la terraza, reloj en mano, el Doctorcito esperaba excitando al comisario con fragmentos de frases enigmáticas:
       —¿Cree usted que si Galmet hubiese sido un ladrón de grandes almacenes le hubieran matado sus cómplices, o su cómplice? No responda demasiado pronto. Tengamos en cuenta que no era caza mayor, puesto que conocemos su cuenta bancaria.
       »Opino que pertenecía al tipo de la morralla que se conforma con ganar quinientos francos por semana corriendo tales riesgos.
       »Usted me dirá que estos últimos meses… ¡No, comisario!
       —¡Pero si no he dicho nada!
       —Sé lo que piensa. Trescientos mil francos de ahorros al cabo de veinte años de repetidos robos sería poca cosa, y un personaje tan oscuro me parece incapaz de inspirar un crimen tan inteligente como el de que ha sido víctima.
       »¡Ésta es la base! Ésta es la idea fundamental que busco siempre al principio. Me había equivocado partiendo de Galmet…
       »Era de su asesino de quien se tenía que partir. Ahora bien, Un caballero capaz de imaginar el golpe de la sección de juguetes y de ejecutarla, es alguien en su oficio, confiéselo.
       »Juraría que es un hombre a quien Justino Galmet divisó, de pronto, en la sección de joyería. Bajó precipitadamente… Alicia no está segura de que ambos hablaran. Si lo hicieron, estoy persuadido de que sólo cambiaron unas pocas palabras.
       »Y a partir de aquel día encontramos a Justino Galmet instalado cada tarde en la sección de pantuflas.
       »¿No le dice nada eso?
       Lucas se contentó con refunfuñar:
       —Me permito recordarle que son las seis y cuarto.
       —Otro doble y nos iremos.
       Vació su doble, y luego entró en el almacén por una puerta secundaria, subió al primer piso y unos instantes más tarde llegó con Lucas a la sección de joyería. Alicia, que estaba despachando, les miró con inquietud, pero Dollent la tranquilizó con un gesto.
       —Uno con el que no hay que contar para correr —observó el Doctorcito, mirando hacia abajo— es su pelirrojo, porque tiene un pie descalzo. Exactamente como Justino Galmet. Diga, comisario. Si usted tuviera que desvalijar a un empleado de banco o a un oficinista, ¿qué día escogería para hacerlo?
       Jamás había estado tan insoportable, pero sin duda era su manera de ocultar su impaciencia.
       —¿Qué día? ¿Qué quiere usted decir?
       —Lo que digo. ¿Qué día escogería usted para desvalijar a un empleado de banco? ¿Escogería, por ejemplo, el 16 de enero?
       —No veo por qué…
       —¡Peor para usted! El 16 de enero, comisario, no le encontraría nada encima. Es el día siguiente al de haber pagado el alquiler. Antes hubo las fiestas, los aguinaldos… A un empleado hay que robarle el día uno de cualquier mes, cuando acaba de cobrar su sueldo. ¿No observa nada alrededor de usted?
       Pero Lucas, furioso, ya no le respondía. El Doctorcito, a pesar de todo, siguió monologando:
       —Hay el triple de gente que ayer. ¡Y todo el mundo compra! ¡Y los billetes se amontonan en las cajas…!
       Esta vez el comisario aguzó el oído.
       —¿Es que por ventura…?
       No terminó. Los timbres sonaron llenando el almacén con su estrépito, en tanto que el altavoz atronaba con una marcha militar para activar el movimiento.
       —Ahora verá… Si algo ocurre, será rápido… No se asome demasiado… No se deje ver.
       Dollent sabía lo que se tenía que mirar. La cajera del 89 cerró su gran sobre amarillo y salió de su recinto. La multitud fluía como un torrente de lava entre las secciones, la cajera tuvo que remontar la corriente para llegar al ascensor; súbitamente lanzó un grito, en el preciso momento en que el Doctorcito se fijaba en un sombrero gris perla que estaba junto a ella.
       Lo que ocurrió entonces… ¿Quién hubiera podido contarlo? Los movimientos de las muchedumbres son caóticos. Nadie sabía lo que ocurría. Una mujer gritaba. Un niño había sido atropellado y su madre gritaba más fuerte aún. La gente se acordaba, quizá, del asesinato de Justino Galmet y no vacilaba en huir, mientras el inspector pelirrojo, sin su zapato izquierdo, se levantaba.
       —No es necesario que bajemos —dijo el Doctorcito, reteniendo mal su entusiasmo—: llegaríamos tarde… si sus hombres hacen lo necesario…
       Ya no se veía el sombrero gris. La multitud se agolpaba en la puerta y chocaba con la otra multitud de la acera…

       El hombre del sombrero gris estaba allí, en el despacho de Lucas, algo marchito, sin cuello de camisa y con la cara llena de arañazos. Se le había detenido, no sin dificultad, en el momento en que subía a un auto que estaba parado justo delante del de la policía. Pero ya no llevaba consigo el sobre… No es que lo hubiera arrojado al azar. ¿Por cuántas manos había pasado antes de desaparecer? ¿Cuántos cómplices se relevaban en el largo camino que iba de la caja al coche?
       Era un hermoso trabajo, ejecutado con mano maestra, El hombre, por otra parte, no se había desconcertado. A quien miraba con más sorpresa era al Doctorcito el cual, por su parte, le examinaba con interés.
       —O mucho me equivoco, comisario, o éste es el jefe de los audaces ladrones de quienes usted me hablaba antes.
       —¡Ya puede usted correr para encontrar una prueba! —rió sarcásticamente el individuo—. Desafío a la cajera a que diga que yo soy quien le arrancó el sobre. En una multitud como aquella cualquiera pudo alargar el brazo.

       Era verdad. El golpe se había montado con una ciencia consumada.
       —¿Sabe usted lo que me ha chocado? —prosiguió el Doctorcito, sin dejar de examinar al tipo como un objeto raro—. Que el lugar donde Justino Galmet estaba sentado cuando le mataron era, en cierto modo, una posición estratégica. Aquel rincón es único en el almacén:
       »1.º La 89 es la única caja que está situada cerca de una salida.
       »2.º Aquélla es la salida más frecuentada, debido a la estación del “metro”.
       »Ahora bien, el día en que nuestro pobre Galmet bajó repentinamente de la sección de joyería, era sábado.
       »¿Qué había visto? Se lo voy a decir… Había visto al caballero aquí presente.
       —Ahora bien, él sabía que cuando se encuentra el señor en algún sitio, este encuentro presagia un buen golpe…
       El Doctorcito tenía sed, pero allí no había nada que beber. Encendió nerviosamente un cigarrillo. Tenía fiebre. Hacía demasiado tiempo que estaba tenso como un arco.
       —Apuesto a que, cuando pertenecía a la policía, nuestro Galmet tuvo que ocuparse de los grandes almacenes. Y llego a creer que eso fue, precisamente, lo que le decidió a presentar su dimisión.
       »Hizo un pequeño cálculo. Se dijo que si cada ladrón le pagaba una comisión del diez o el veinte por ciento…
       »¿Comprende? Le bastaba con conocer a los ladrones, no para detenerles, sino para imponerles su contribución.
       »Es una profesión poco recomendable; lo admito. Admitamos también que no estaba mal pensado.
       »Una vida modesta, sin riesgos, sin fatigas… Vigilaba a su gente. Para disimular efectuaba pequeñas compras. Pronto identificaba al ladrón o a la ladrona, y sabía luego reclamarle el débito.
       »De ahí su vida de pequeño burgués. Aquellos quinientos francos depositados cada semana en el banco. Aquellos ahorros de señor de la clase media.
       »Hasta el día en que choca con una pieza de caza mayor…
       Ahora, el hombre del sombrero gris miraba al Doctorcito con una admiración que producía cierta melancolía a Lucas.
       El bandido tuvo la osadía de decir, familiarmente:
       —¡Oiga! ¡No irá a hacerme creer que es usted del ramo!
       Y Dollent, muy cortés, replicó:
       —Soy el doctor Juan Dollent, médico en Marsilly, vía La Rochelle, Charente-Marítima. Decía que… Eso es… A fuerza de huronear por todas partes, nuestro Justino Galmet dio, hace unos meses, con la banda de ese caballero, banda que no trabaja al por menor. Galmet reclama el diezmo, que es difícil negarle. Las imposiciones en el banco se hacen más importantes, y el hombre piensa en retirarse al campo.
       »Entonces ocurre lo siguiente: nuestro solterón, que pasa por hacer la corte a las dependientas, porque para él es una necesidad profesional, se enamora de la severa y resignada gracia de Alicia.
       »Se propone casarse con ella. Estaba sobre la pista de un ladrón de joyas y encuentra una esposa.
       »¿Por qué fue necesario que viera abajo la conocida silueta del caballero?
       »Sospecha que no está allí por casualidad. Baja… Trata de comprender…
       »Durante varios días va a situarse en el mismo lugar para asistir al golpe de mano y cobrar su parte.
       »Adivina el asunto de la cajera. ¿Qué puede contener una caja como aquélla los sábados por la tarde? Me he informado. Tres o cuatrocientos mil francos en lindos billetes.
       »El impuesto que les cobra a estos señores le pagará una buena parte de su casa y así no tendrá que menguar su capital.
       »He ahí por qué tiene que quedarse todavía unos días en París.
       »Hasta que el caballero aquí presente se decida a dar el golpe.
       »Luego, boda, hermanitos y todo lo demás… Huerto y jardín… La buena vida tranquila.
       »Se olvidó de prever una sola eventualidad: la de que nuestro preso estuviera harto de que le despojaran. Y éste decidió desembarazarse de Justino Galmet, que sabía demasiadas cosas y acababa por costar caro.
       »La disposición del lugar le favorece… ¡El disparo con la pistola y…!
       El hombre del sombrero gris empezaba a agitarse, pero en el mismo instante, a un signo de Lucas, la puerta se abrió y entró un hombre que no era otro sino el dependiente de la sección de juguetes.
       —Es él —afirmó enseguida—. No le vi disparar, pero aquel día manejó las panoplias y estoy persuadido de que…

       —¡Pobre tipo! —suspiró el Doctorcito, que ya había tomado cuatro o cinco copas.
       En aquel momento estaba con Lucas, en el restaurante de la estación. Dollent regresaba la misma noche a Marsilly.
       —Es maravillosamente ingenioso. ¡Hacerse ladrón de ladrones! Un ladrón burgués, ordenado, que se hace su ajuar. ¿Sabe usted, Lucas, lo que más me enternece de él y lo que me da ganas de enviar una corona a su tumba? Alicia y sus hermanitos. Estoy persuadido de que se hubiera casado con ella, de que hubiera educado a los chicos, de que hubieran sido felices como peritas en tabaque en su casita de la ribera del Loire. Ha sido una desgracia irreparable para Alicia.
       —¿Por qué?
       —¡Pardiez, porque tiene todas las probabilidades de quedarse soltera…!
       Y, dirigiéndose al camarero:
       —¿Cuánto es?




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