George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


Un grito de mujer (1939)
(“Une femme a crié”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 82, 15 de diciembre de 1939);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)



I

      En realidad, en los tres o cuatro pueblos en que ejercía el Doctorcito, los candidatos a la muerte no le quitaban demasiado el sueño. En cambio, los que le obligaban a levantarse a medianoche haciéndole velar hasta la madrugada, eran más bien los candidatos a la vida. Sólo en el mes de octubre había tenido que asistir a veintitrés nacimientos.
       Una vez más, se preparaba aquel día para ir a acostarse a la hora en que todo el mundo suele levantarse. Eran las siete de la mañana, y acababa de regresar de una laboriosa noche de parto. Según su costumbre, se tomaba un buen desayuno, y en estos casos solía hacerlo en la cocina mientras charlaba con Ana. Pero aquel día, la sirvienta, que acababa de recibir el periódico, demostraba mucha impaciencia por leerlo. De pronto, el doctor se dio cuenta de que Ana tenía deseos de decirle algo, pero que se contenía para no contrariar su intención de acostarse. A pesar del cansancio que le cerraba los ojos, comprendió enseguida que debía tratarse de algo referente al enigma que, desde hacía ya más de un mes, mencionaban con frecuencia los periódicos.
       Durante todo este tiempo, es decir, desde que el doctor leyó la declaración que hizo el dueño del garaje de Ecoin, le ocurría muy a menudo el pensar en voz alta:
       —Estoy seguro de que esos atontados no encontrarán nada.
       Ana sabía perfectamente lo que significaba esta frase y las ganas locas que tenía el doctor de personarse en el lugar del suceso para poder ejercitar, una vez más, sus cualidades de descifrador de enigmas. Pero aquel lugar se hallaba cerca de Nevers, a unos doscientos kilómetros de Marsilly, y el Doctorcito no podía permitirse el lujo de ausentarse continuamente.
       —¿Han encontrado el cuerpo, Ana? —preguntó mientras engullía un trozo de apetitoso salchichón.
       Ella asintió con un movimiento de cabeza.
       —¿Qué edad tiene la mujer?
       Ana contestó con aire de triunfo:
       —Primero, señorito, le diré que no se trata de una mujer. ¿Ve usted cómo no es tan perspicaz como se imagina? Es el cadáver de un hombre y, además, muy corpulento, puesto que mide 1,85 y pesa más de cien kilos… Ahora supongo que el señorito, en lugar de acostarse, saldrá enseguida…
       Ana decía esto con cierta ironía, como instigándole; el doctor, con la boca llena todavía, contestó rápido y muy serio:
       —Lo ha adivinado usted, Ana. Prepare mi maleta con unas mudas y, como hace tan mal tiempo, no se olvide de ponerme otro par de zapatos.
       Media hora más tarde, el diminuto coche del doctor se lanzaba carretera abajo envuelto en un frío viento otoñal.

       Hacía un mes aproximadamente, el 2 de octubre para ser más exactos, que Jerome Espardon, dueño del garaje del villorrio de Ecoin, a cinco kilómetros de Nevers, en la carretera nacional de París, se había presentado a las cinco de la mañana en el puesto de gendarmería más cercano para hacer una declaración que todos los periódicos habían reproducido, y que ocasionó muchos quebraderos de cabeza a más de una persona.
       —Esta noche pasada, día 1 de octubre —declaró Espardon— velé hasta más tarde que de costumbre debido a que no había podido terminar las cuentas del mes. A las once me hallaba todavía en mi despacho, pero con la puerta metálica del garaje cerrada y la luz de la bomba de gasolina apagada; de todas formas, creo que se filtraba un poco de luz por las rendijas de la contraventana de mi despachito.
       »De repente, oí un coche que se paraba, y momentos después golpearon a la puerta de entrada del garaje. Normalmente, procuro no atender a estas llamadas de noche, ya que algunos de mis compañeros han sido atacados por los maleantes que siempre circulan por las carreteras. Pero como aquel día no me había desnudado todavía, decidí abrir la puertecita del cierre metálico. Había llovido poco antes y unos gruesos nubarrones ocultaban la luna; por ello, la noche era muy oscura.
       »Un hombre corpulento, al que no pude ver la cara debido a la oscuridad, me pidió treinta litros de gasolina. Como solamente estaban encendidas las luces de posición del coche, no pude hacer las comprobaciones de matrícula que suelo hacer en estos casos.
       »Mientras accionaba la manivela de la bomba, miré distraídamente la placa de matricula, y si bien no puedo recordar las letras, he retenido perfectamente los números 87. 75.
       »A través del cristal trasero también vi que había dos personas sentadas, un hombre y una mujer.
       »El cliente me pagó con un billete de cien francos; yo tenía que devolverle dos francos veinticinco, pero mientras buscaba cambio en el bolsillo me dijo:
       »—Está bien.
       »Y en el momento en que el hombre se sentaba al volante y ponía el motor en marcha, alguien bajó un poco el cristal de la puerta de detrás, vi salir una mano de mujer y una voz gritó:
       »—¡Socorro!… ¡Por favor!…
       »Era, desde luego, una voz de mujer. Pero pronto quedó ahogada por el ruido del coche al ponerse en marcha y alejarse a toda velocidad en dirección a París.
       »Como el teléfono está siempre desconectado durante la noche, no pude avisar enseguida a la policía. Pero además, como da la casualidad de que mi mujer está pasando unos días en casa de sus padres, me encontraba solo en el garaje y no pude alejarme. También les diré que luego pensé que quizás se tratase de una broma y no le di demasiada importancia. Pero de todas formas, y para quedar con la conciencia tranquila, he preferido avisarles a ustedes.
       La gendarmería, de momento, tampoco le dio importancia al relato, y se contentaron con telefonear al Jefe de Distrito para saber si aquella noche había sucedido algo anormal.
       Pero no se tenían noticias de que hubiera ocurrido ningún accidente, y no había habido motivo de alarma en toda la noche. Además, y debido a una denuncia por el robo de unos conejos, un gendarme se había pasado la noche vigilando la carretera a la entrada de la pequeña localidad de Pouilly, a veinte kilómetros del lugar. Dicho guardia había anotado instintivamente el número de todos los coches que pasaron por allí aquella noche, pero no se encontró en su lista ninguna matricula que terminase con 87. 75. Por lo tanto, el coche que señalaba el dueño del garaje no podía haber ido muy lejos.
       Al día siguiente se encontró, en efecto, el coche en cuestión, y este hallazgo le valió al del garaje el pasar un mal cuarto de hora. Cuando estaba tomando tranquilamente el aperitivo, se le acercaron unos gendarmes y de bastante mal talante le acusaron de haberse emborrachado la noche anterior y de haberles tomado el pelo con su famosa historia; y poco faltó para que se lo llevaran.
       Un solo coche, en efecto, correspondía a las señas dadas por el dueño del garaje: el del abogado Humbert, de Nevers.
       Y este señor, persona muy honorable de la ciudad, y además hijo de un magistrado, había declarado bajo juramento:
       —Aquel viernes, día 1 de octubre, como todos los viernes, mi mujer y yo cogimos el coche para ir a cenar a casa de nuestros amigos Lajarigue, que viven en la plaza de Gambetta. Allí teníamos que reunirnos, como hacemos todas las semanas, con los Dormois y los Vercel, y luego, después de cenar, jugar al bridge hasta las doce.
       »Y así fue, en efecto. Cuando llegamos a la plaza Gambetta llovía, y paré mi coche junto al de los Dermois, que ya estaban allí. Los Vercel, que viven muy cerca de los Lajarigue, habían ido a pie.
       »Como siempre suele ocurrir, la partida de bridge se prolongó más de la cuenta, y nos separamos a eso de la una. Los coches se hallaban donde los habíamos dejado, y no observamos nada anormal.
       A pesar de ello, el pobre hombre del garaje, al que nadie daba crédito, sostenía sus afirmaciones.
       —Yo aseguro que puse 30 litros de gasolina en ese coche el viernes, día 1 de octubre, a las once de la noche.
       Y el pobre hombre tenía razón, como pudo comprobarse dos días después, gracias a la señora Humbert. Ella solía utilizar el coche muchas tardes, y recordó que el día 1 de octubre había tenido la intención de llenar el tanque, pero que no lo había hecho. Aquella noche fueron a casa de los Lajarigue, y al día siguiente, el coche no salió del garaje. Sin embargo, el domingo, se dio cuenta de que el tanque estaba casi lleno.
       —¿Has puesto gasolina? —preguntó a su marido.
       —¿Yo? No.
       —Sin embargo…
       Y de esta manera se supo que Jerome Espardon no había mentido ni soñado. Alguien había utilizado aquel coche durante la partida de bridge, lo había conducido por la carretera de París, y al encontrarse casi sin gasolina se había parado en el garaje de Ecoin.
       No debía de haber ido muy lejos, puesto que el gendarme que se hallaba en la entrada de Pouilly no lo había visto pasar. Y al final debió regresar a Nevers para dejar el coche donde lo había encontrado, antes de la una de la madrugada.
       Ahora bien, ¡una voz de mujer había pedido socorro!…

       Desde hacía un mes, el Doctorcito estaba furioso.
       —Tendré que decidirme a ir por allá y ver lo que pasa —le repetía casi a diario a Ana.
       No era exagerado afirmar que la investigación se prolongaba demasiado. En primer lugar, nadie había presentado ninguna denuncia, pero además no se sabía nada de cierto. ¿Se habría cometido un crimen? ¿Se trataría de un robo? Y, por último, ¿cuál era la autoridad competente? ¿La policía de Nevers o la gendarmería? Y si era esta última, ¿de qué distrito y qué brigada?…
       ¿Quién era aquella mujer que había esperado hasta el último momento para pedir auxilio? ¿Por qué no lo había hecho antes, mientras su acompañante, que se hallaba fuera del coche, no podía ni ponerlo en marcha ni intervenir? ¿Quién sería el hombre corpulento? ¿Y el otro, el del interior del coche, del cual el del garaje solamente había podido distinguir vagamente la silueta?

       Cierto día, y cuando había ya transcurrido cerca de un mes, apareció en el periódico la siguiente noticia:

     «Unos cazadores que recorrían el pantano de Bois-Bezard, situado a diez kilómetros de Nevers, han encontrado en los cañaverales el cadáver de un hombre de unos cincuenta años. La víctima era de constitución robusta.
     »El cadáver no ha sido identificado todavía, y las autoridades se hallan en el lugar del suceso. Hay quien se pregunta si este asunto no guarda cierta relación con la declaración del dueño del garaje de Ecoin, que publicamos en su día.
     »Esta historia enigmática podría reservarnos varias sorpresas».

       Tal era el contenido del suelto que había leído Ana y que había motivado la brusca marcha del doctor hacia el lugar del suceso.
       En este momento, Dollent apretaba a fondo el acelerador, pero su viejo y diminuto cinco caballos, que ya tenía más de ocho años, no podía dar más de sí. De vez en cuando, una ráfaga de viento sacudía el coche de tal forma que casi le hacía perder la dirección, y en más de una ocasión estuvo el doctor a punto de despistarse. Pero él ya no se daba cuenta de nada, y toda su atención estaba concentrada en el posible enigma.
       Un grito de mujer… Un hombre corpulento…
       «Quisiera saber si han encontrado el revólver», pensó en voz alta, como si fuera cosa natural y evidente que el hombre hubiera muerto de un balazo.

       —¿Quién? ¿Cómo dice?
       —Soy el doctor Dollent…
       —¿Es usted pariente o amigo de la victima? ¿Le conocía usted? ¿Viene de parte del Juzgado?
       En un sector de unos 50 o 100 kilómetros alrededor de Marsilly y de la Rochelle, casi todos los policías conocían al Doctorcito, pero aquí se hallaba ante un gendarme testarudo que sólo hacía caso de la consigna que le habían dado.
       —Nadie puede entrar en los cañaverales de Bois-Bezard sin permiso del fiscal.
       —¿Y dónde está ese fiscal?
       —En el lugar del suceso, a unos trescientos metros de aquí…
       —Pues entonces, ¿cómo quiere que se lo pida si no me deja usted pasar?
       —Eso ya no es cosa mia. Excepto los señores de los periódicos, tengo órdenes de no dejar pasar a nadie.
       Al borde del camino había varios coches estacionados y dos de ellos llevaban el distintivo de otros tantos importantes periódicos de París. En aquel preciso momento llegó también una camioneta, y de ella bajó un hombre cargado de cámaras de cine. El Doctorcito tuvo una idea.
       —¿Le ayudo? —preguntó.
       —Muy agradecido… ¿Hacia dónde hay que ir?
       —Sígame.
       Cogió una de las cámaras y pasó, junto con el operador de cine, ante las propias narices del gendarme. Éste frunció el ceño, pero no se atrevió a intervenir.

       Seguía el fuerte viento y unos nubarrones pasaban bajos, casi rozando los árboles, como aviones. Las aguas del estanque humedecían y refrescaban el aire, y un poco más lejos del lugar del suceso había una hilera de álamos por encima de los cuales volaban en círculo unos cuervos. Unos señores vestidos de oscuro iban y venían en todas direcciones, procurando no ensuciarse de barro los zapatos. Nadie se fijaba en Jean Dollent. Los fotógrafos tiraban placas y los periodistas estaban muy atareados. Un policía tomaba medidas, y, en medio de todo este ajetreo, allí, en los cañaverales, había un cuerpo tendido en el suelo, cubierto con un trozo de lona.
       —¿Vendrá ella? —preguntó el fiscal.
       —He mandado al inspector Leroy que la avisara —contestó el comisario jefe—. Dentro de poco llegarán.
       —¿Está usted seguro de no haberse equivocado al reconocer a la víctima?
       —Un hombre como él, señor fiscal, no se confunde fácilmente.
       —¿De qué vivía?
       El Doctorcito se hallaba junto a los dos interlocutores, con tanta naturalidad y aplomo, que seguramente cada uno de ellos pensaría que acompañaba al otro.
       —Hace ya algunos años —decía el comisario jefe—, Isidoro Borchain compró un hotelito en la Avenida de la República, y desde entonces vivió en Nevers. Al principio me pregunté por qué motivo había escogido nuestra ciudad, siendo así que tanto él como su mujer son del Norte, creo que de Roubaix. Pero la contestación que me dieron me satisfizo por completo. Borchain representa —perdón, representaba— en Francia a una de las casas americanas más importantes de productos para dentistas, y visitaba a sus clientes personalmente, pues, según parece, se trata de artículos bastante delicados. Por esto escogió como lugar de residencia una ciudad que se hallara aproximadamente en el centro de Francia, lo cual le permitía volver a casa con relativa frecuencia.
       El comisario, que acababa de llenar su pipa, preguntó al Doctorcito, al que no conocía:
       —¿Tiene usted lumbre?
       ¡Todo empezaba siempre igual! Lo más importante era poder sortear el primer obstáculo; después, ya nadie prestaba atención. Los periodistas le toman a uno por policía y los policías por periodista; esos señores del Juzgado piensan que desde el momento en que uno se encuentra allí, es porque tiene derecho a estar y le piden lumbre; e incluso casi un consejo.
       Convencido de ello, el Doctorcito tuvo un rasgo de audacia, y al tiempo que presentaba la cerilla ya encendida, preguntó:
       —¿Se ha encontrado el revólver?
       —Junto al cadáver. A un metro exactamente. Es un Colt de grueso calibre.
       Cuando el comisario acabó de pronunciar aquellas palabras, se oyó el motor de un coche que se acercaba. Los allí presentes murmuraron algo, todo el mundo dirigió la mirada hacia la carretera, y los fotógrafos y periodistas se lanzaron en loca carrera hacia el borde de la misma…
       —No llego a comprender… Les aseguro que no es posible… —decía una voz de mujer.
       Dollent adivinó que se trataba de la señora Borchain, y pudo examinarla a placer mientras ella se defendía débilmente contra la curiosidad de todos aquellos profesionales que la rodeaban.
       ¿Acaso hubiera podido aquella mujer hacer algo que no fuera débilmente? Quizás nunca había visto el doctor a una mujer tan femenina como aquélla, hasta el punto de que no parecía de estos tiempos. Su aspecto evocaba los gabinetes tapizados de seda, y las sillas forradas con telas de flores, y todo en ella emanaba femineidad perfumada y suave que raramente se encuentra hoy día.
       ¿Qué edad tendría? Probablemente unos treinta años. Su cara era muy bonita y de líneas algo imprecisas; la piel, muy pálida, recordaba el cutis «lirio y rosa» que tanto se ensalzaba antiguamente. Sus pies eran muy pequeños y llevaba un calzado de gusto exquisito. Debajo del abrigo de piel, que mantenía apretado contra su cuerpo, se entreveía un vestido de seda negro.
       —Les repito que no es posible…
       La señora Borchain se parecía a las mujeres con las que soñaba el Doctor cuando tenía quince años, y recordaba a las heroínas de los folletines del siglo pasado. Mientras la contemplaba, evocó un grabado que había en casa de sus padres: una mujer joven y muy parecida a ella, sentada en un trineo empujado por un caballero… Llevaba un abrigo y un gorro de armiño y sus manos se hundían con un gesto de frío intenso en un manguito de igual piel, mientras el caballero empujaba el trineo por el hielo…
       Se oían los disparos de las cámaras fotográficas, y la joven señora procuraba andar por allí con una sonrisa forzada. No cesaba de repetir:
       —Les juro que…
       —Por aquí, señora. Haga el favor. Perdone mi desagradable insistencia, pero es absolutamente necesario que vea usted…
       La comitiva se acercaba a la vieja lona, y todo el mundo estaba emocionado, excepto los fotógrafos, que disparaban sus máquinas sin cesar.
       El fiscal, al que por primera vez le habían encargado la dirección de un asunto de esta índole, dijo con aire entristecido:
       —Un poco de valor, señora. Son cosas de la vida…
       —¡Más bien de la muerte! —Estuvo a punto de soltar el Doctorcito.
       —Tome mi brazo, señora, y no dude en apoyarse si siente usted…
       El comisario se agachó y levantó la lona. La señora Borchain, sin ningún gesto y sin más ruido que el de un pajarito que abre su pico en un último esfuerzo para respirar, se desmayó. El fiscal, que la sujetaba por el brazo, no conseguía por sí solo mantenerla en pie. Entonces el Doctorcito, sacando un frasquito de su bolsillo, se adelantó, diciendo:
       —Déjenme ustedes, esto es cosa mia —y acto seguido, la tendió sobre la hierba.
       Mientras trataba de reanimarla, pensaba para sus adentros:
       ¿De qué manera una mujer semejante llamaría en la intimidad a un marido que mide 1,85, pesa más de cien kilos y lleva el nombre de Isidoro?
       ¿Por qué motivo se nos presentan siempre en los momentos más dramáticos las ideas más cómicas?
       Su pregunta recibió una contestación casi inmediata. La joven señora abrió los ojos y pronunció suavemente:
       —¡Isi!…
       Luego, y con cierta excitación, añadió:
       —No es cierto, ¿verdad? En este momento debería hallarse en Montauban. Déjenme mirar otra vez, quiero asegurarme de que no…
       Tuvieron que llevarla casi hasta el cuerpo tendido, y si bien esta vez no se desmayó se deshizo en lágrimas.
       ¿Qué ocurrió luego, exactamente? Como de costumbre, hubo cierto desorden, y el doctor no pudo recordar nunca con precisión cómo habían transcurrido aquellos minutos. Pero la realidad fue que el Doctorcito, que no se apartaba ya de su enferma —considerándola como tal— se encontró sentado en un coche que no sabía de quién era, en compañía del comisario jefe.
       —Llévenos al domicilio de la señora Borchain, Avenida de la República —ordenó el comisario al chófer.
       Otros coches seguían detrás y aquello parecía la comitiva de un entierro. Poco después atravesaron una pequeña aldea, y a la derecha de la carretera, Dollent pudo leer un cartel que decía:

Jerome Espardon
Mecánico

       A la puerta de su garaje, y mirando con cierto estupor la caravana de coches que pasaba, el doctor vio al que le pareció ser el tal Jerome.

       —¿Quieren pasar un momento? —preguntó la señora Borchain. Sus manos temblaban y sus labios estaban secos y pálidos.
       —Con mucho gusto, si nos lo permite —contestó el comisario.
       El Doctorcito entró también. Un criado de chaqueta blanca había abierto la puerta, y les condujo a un gran salón cuyas paredes estaban revestidas de maderas de tonos pálidos incrustadas con motivos dorados. El hotelito de los Borchain era una bonita casa del siglo XVIII, totalmente restaurada, y daba la impresión de ser muy confortable y de estar amueblado con bastante buen gusto.
       —Por más que me esfuerce, todavía no lo puedo creer —decía la señora Borchain—. Ha sido tan inesperado, tan fuera de todo lo que solía ocurrir normalmente… ¡Joseph! Tráigame algo de beber. Y sirva también a estos señores. Perdonen ustedes, pero es que estoy tan nerviosa… Seria mejor que les atienda mi hermana. ¡Joseph!
       Hablaba de prisa, como si quisiera aturdirse, y su mirada no llegaba a fijarse en ninguna parte.
       —Diga usted a la señorita Nicole si quiere hacer el favor de bajar. Pero no le cuente lo que ha pasado.
       —La señorita ya está enterada, señora.
       —¿Cómo lo ha sabido? ¿Quién se lo ha dicho?
       —Bajó hace un momento, y en aquel preciso instante traían el periódico. Lo ha leído y, naturalmente…
       —¿Qué ha dicho?
       —Nada, señora. Subió corriendo a su habitación y se encerró con llave.
       —Avísela de que están aquí estos señores, y niéguele que baje. ¿Me permiten ustedes un momento? Voy a quitarme el abrigo y el sombrero.
       «¡Ay! —pensó el Doctorcito—. Quizás ahora, al quedarnos solos, el comisario me hará algunas preguntas, y entonces se dará cuenta de que no tengo nada que ver con todo este asunto».
       Pero no fue así, y el comisario, por el contrario, dijo:
       —¿Que le parece a usted?
       —¿El qué?
       —Pues esta mujer.
       —Creo que… ¡Hum!
       —¿La cree usted culpable de haber matado a su marido?
       Dollent no se atrevía a contestar, no quería comprometerse. Sin embargo, esta pregunta le había como sobresaltado.
       —Personalmente —decía el comisario— no me dejo impresionar por el hecho de que se haya desmayado. Es un truco demasiado conocido. En cambio, observo…
       El Doctorcito no supo nunca lo que observó el comisario, puesto que en aquel preciso instante se abrió la puerta y entró la señora Borchain. Llevaba un vestido negro, y sus preciosos cabellos oscuros resaltaban sobre su piel mate.
       —Entra —decía a alguien que se hallaba detrás de la puerta—. Estos señores han venido para hablar con nosotras.
       Era la hermana, Nicole, que entró a su vez. Sus cabellos eran de un tono rojizo, de ese color que se suele designar con el nombre de rubio veneciano. Era más alta y delgada que su hermana, y de rasgos más precisos. Su mirada era penetrante y en toda su persona había una cierta rigidez mezclada con una especie de desconfianza animal.
       —Entra, Nicole. Estaba diciendo a estos señores que a estas horas, Isi debería hallarse en Montauban, ¿verdad?
       —También lo creo así.
       —Fue al menos lo que nos dijo cuando salió de viaje.
       El comisario tosió. Se notaba perfectamente que en este salón, con un criado sirviendo refrescos, no se encontraba tan a sus anchas como en su despacho perfumado de humo de pipa.
       —Perdonen la interrupción, señoras. Estaban diciendo que el señor Borchain salió de viaje. ¿Pueden decirme cuándo se marchó?
       —Espere. Joseph, quédese un momento. Usted puede ayudarme a recordar.
       La señora Borchain respiró con fuerza y se secó los ojos y la nariz con su fino pañuelo de batista.
       —Pues verá. Acababa de regresar del congreso dental de Casablanca. Mi marido viajaba mucho, ¿sabe usted? Su profesión le obligaba. Aquel día llegó a eso de las… Veamos, Joseph, ayúdeme a recordar. Eso es, ahora recuerdo que no lo esperábamos tan temprano. En lugar de coger el barco, como de costumbre, había tomado el avión. Serian las tres de la tarde…
       —Las tres y diez minutos, señora —precisó Joseph—. Yo mismo abrí la puerta al señor. Por cierto que creí que sería el cartero de «certificados», que suele pasar a esa hora.
       —¿Y se volvió a marchar?
       —La misma noche, a eso de las… Espere. Recuerdo que cenamos los tres. O, mejor dicho, no. Nicole no bajó, debido a una fuerte jaqueca. Debo decirle que mi hermana vive con nosotros desde que murieron nuestros padres, hace cinco años, y le hemos arreglado unas habitaciones en el segundo piso. Es muy joven todavía, sólo tiene veintitrés años. ¡Dios mío, qué difícil es acordarse de las cosas! Cenamos en la habitación contigua a este salón. Y luego mi marido me acompañó al dormitorio. Me acosté, y él se fue casi enseguida…
       —¿Llevó el coche?
       —Sí. Cuando viaja por Francia siempre lo lleva.
       —¿Dónde está el garaje?
       —En la parte trasera de la casa. Tenemos un garaje particular, y se entra en él por la calle de los Minimes, ¿verdad, Nicole? Mis recuerdos son tan imprecisos que no puedo acordarme si subió a despedirse de ti…
       —Vino a darme un beso, Marthe. Tenía mucha prisa. Creo que quería llegar a Marsella a la mañana siguiente, y desde allí empezar su recorrido por el Sur.
       Marthe Borchain insinuó una débil sonrisa.
       —Esto es todo lo que puedo decirles, señores.
       —¿Sabe usted si tenía algún enemigo?
       —¿Por qué razón quiere usted que tuviera enemigos? Quizás algún competidor, ya que mi marido se había creado una excelente posición. Pero enemigos…
       —Perdone usted que le haga una pregunta más indiscreta. ¿Sabe si tenía algún asunto de faldas?
       Marthe Borchain contestó con el corazón abierto:
       —¿Quién, Isi…?
       Y con una sonrisa triste añadió:
       —Me adoraba, y solamente vivía para mí. ¡Cuántas veces me dijo que esperaba poder retirarse pronto para no tener que alejarse de nosotras…!
       —Permita que insista, señora. ¿Puede precisar la fecha del regreso de Casablanca y de su nueva marcha?
       Era evidente que no se acordaba, y la señora Borchain no hacía más que mirar a su hermana y a Joseph.
       —Dígame, Joseph, ¿se acuerda usted…?
       —Fue el día primero, señora. Me acuerdo perfectamente porque aquél día me pagó usted, y la cocinera y yo fuimos por la mañana a la Caja de Ahorros a ingresar la paga.
       —¿Ha vuelto usted a ver el coche de su marido?
       —¡Cómo, si se lo llevó! —Y al decir aquello se mordió los labios recordando el espectáculo que había presenciado en el pantano de Bois-Bezard—. Perdone, creí que me preguntaba si había visto…
       —La comprendo —dijo el comisario—. ¿Era un coche grande?
       —Sí, un coche americano muy potente y cómodo. Mi marido era más bien grueso y le gustaba la comodidad. Además, era de temperamento sanguíneo y…
       —¿Puedo preguntarle a usted, señorita, si sabe algo que pueda darnos una pista?
       Nicole, que permanecía apoyada contra la chimenea, dijo solamente:
       —¡Nada!
       —¿La última vez que vio usted a su cuñado no le encontró algo raro, algo preocupado?
       —Como de costumbre.
       El Doctorcito se agitó nervioso en su silla de patas doradas.
       —¿No le dijo nada que pudiera hacerle suponer que le pesaba marcharse?
       —Siempre sentía tener que marcharse.
       Y la joven dirigió a su hermana una mirada hostil.
       —Quiere usted decir que le contrariaba separarse de…
       —Mi cuñado era terriblemente celoso.
       —¡Nicole! —suspiró la señora Borchain.
       —¿No es verdad que Isi era muy celoso?
       —Sí, lo era. ¡Cómo todos los hombres! Como todos los maridos que deben viajar mucho. Ya sabes muy bien que…
       —¡Yo no he dicho nada! —contestó fríamente Nicole.
       El comisario ya no sabía qué más podía preguntar, y se levantó indeciso.
       —Creo, señoras, que en el estado actual de la investigación… ¡Ah! Otra pregunta. Éste es el revólver que…
       Esta vez fue Nicole la que contestó, con la precisión que, por lo visto, la caracterizaba:
       —¡Era el suyo!
       —¿Lo reconoce usted?
       —Siempre lo llevaba consigo cuando viajaba. Una vez intentaron atracarle en plena carretera, y desde entonces no lo dejaba.
       —¿Lo reconoce usted también, señora Borchain?
       —Creo que era el suyo, sí. Creo habérselo visto. Como me dan mucho miedo las armas no lo sacaba nunca en mi presencia.
       —Probablemente me veré obligado a hacerles nuevas preguntas. Espero que no tomarán a mal que vengamos a molestarlas. ¿Vamos, doctor?
       Cuando se hallaron nuevamente en la calle el comisario murmuró entre dientes:
       —¡Hum! Una historia rara. En fin, ya veremos. En cuanto a usted, doctor, espero recibir mañana temprano su dictamen, y entonces…
       —¡Perdón! ¿A qué dictamen se refiere?
       —Cómo, ¿no es usted el médico forense? ¿No iba usted con el juzgado?
       —Soy médico, en efecto, pero no forense.
       —¿Entonces?
       —¡Pues entonces, nada! —suspiró el Doctorcito, que esperaba la tormenta—. El forense debía de ser aquel señor de la barba que subió al coche de los periodistas…
       Ante esta contestación, el comisario se limitó a pronunciar un seco:
       —¡Buenas noches!
       —¡Buenas noches! —repitió como un eco el doctor.
       ¡Poco le faltó para soltar la carcajada! Y pensando en el ama de llaves, que tenía la osadía de dudar de su talento, murmuró:
       —Mi querida Ana, te juro que no me volverás a ver hasta que haya conseguido descifrar el enigma de Isidoro Borchain. Y si mientras tanto hay alguna cliente que tiene la mala idea de dar a luz…
       Dio media vuelta, cruzó la calle, y se puso a observar el hotelito de los Borchain como si se tratara de una vieja catedral.


II

      Los dos gendarmes encargados de vigilar el lugar del suceso estaban sentados sobre un montón de piedras.
       —¿No te recuerda nada a ti esto?
       —Verás, de todo un poco. Este cielo que parece una esquela mortuoria, los árboles, el viento…
       —A mí me recuerda que, cuando era pequeño, el día de Todos los Santos íbamos toda la familia al cementerio.
       —¡Todos los Santos! ¡Pero si es pasado mañana! —murmuró, lúgubre, el primer gendarme.
       —En realidad, ¿qué estamos haciendo aquí? Ya no hay nada que guardar, puesto que se han llevado al muerto…
       —Sin duda estaremos guardando el lugar del crimen —contestó el otro con filosofía.
       La verdad era que no guardaban nada, y que si a las seis de una pésima tarde otoñal todavía se encontraban allí era a causa de que sus jefes los habían olvidado.
       —A propósito del muerto, celebro que se lo hayan llevado.
       —¿Por qué? ¿Te impresiona?
       Y el gendarme que decía aquello se olió los dedos, frunció el ceño, y empezó a liar un cigarrillo.
       —Lo más curioso es que no puedo quitarme este olor de la nariz. ¿Tú no lo hueles?
       —No, estoy resfriado.
       —Es una tontería lo que voy a decirte, pero hasta el cigarrillo huele mal.
       De pronto, el que así hablaba abrió mucho los ojos, se incorporó a medias y gritó:
       —¡Ernest!
       —¿Qué te ocurre?
       —¡Mira…! Al lado de tu pie.
       Ernest se levantó, y echándose vivamente, hacia atrás dijo:
       —¡Otro cadáver!
       Así parecía, en efecto, puesto que de entre el montón de piedras salían un par de dedos.
       —¿Miramos de qué se trata?
       —Creo que es mejor avisar a los jefes. Tú quédate aquí, yo voy a telefonear…
       —¿Por qué no vamos los dos? ¡Al fin y al cabo no se va a marchar!
       Y así fue como a las ocho de la noche, y ante el capitán de la gendarmería, se retiró del montón de piedras un segundo cadáver; el de un hombre de unos treinta años, vestido con un traje de sport. Este segundo cadáver se hallaba a menos de cincuenta metros del lugar donde apareció el de Isidoro Borchain. Pero así como el primero lo dejaron de cualquier manera en medio del cañaveral, a este último lo habían escondido cuidadosamente bajo el montón de piedras.
       Empezaba ya a anochecer, y el gendarme, al que no hacían mucha gracia los cadáveres, susurró al oído de su compañero:
       —Oye, mientras no se les ocurra hacernos quedar aquí hasta mañana… Sin contar con que va a caer una…

       Como el Doctorcito se hallaba en Nevers, no se había enterado todavía del descubrimiento del segundo cadáver. Mientras tanto, él iba realizando la investigación a su manera, y estaba contentísimo, no solamente por los resultados que obtenía, sino además por el hecho de que para conseguirlos se había visto obligado a beber dos absentas. En efecto, para poder telefonear a Montauban había entrado en un café; y naturalmente, en espera de la conferencia, no había tenido más remedio que pedir algo. Escogió en la Guía de Montauban el número del dentista más conocido, y al poco rato obtuvo comunicación.
       —¡Oiga! ¿Hablo con el señor Geroul…? Perdone que le moleste, pero desearía preguntarle si últimamente recibió usted la visita del señor Borchain, Isidoro Borchain, el representante de…
       —¡Sí, ya sé! Le conozco. Y ya llevo tres semanas esperándole, pues en esta época siempre suele pasar a verme. ¿Sabe usted algo de él?
       —¿A qué se refiere usted?
       —Pues que necesito verle. Carezco de ciertos productos y al no recibir su visita le he escrito dos cartas a Nevers; pero todavía no me ha contestado.
       —¡Oiga! No corte, señorita… ¿Ha dirigido usted las cartas a su domicilio de Nevers, a la Av. de la República?
       —Sí, como siempre.
       —¿Dice usted que le ha escrito durante estas tres últimas semanas?
       —La segunda carta la mandé el sábado pasado.
       —¿Figura el nombre de usted en el sobre?
       —Sí, señor. Mi nombre y dirección.
       —Muy agradecido por su información…
       Y diciendo esto el doctor colgó el aparato.
       Para recompensarse a sí mismo pidió una segunda absenta al salir de la cabina telefónica. Luego, alegre y de buen humor, salió a pasear por las calles de Nevers, al tiempo que examinaba los escaparates. El de la primera papelería que encontró le llamó la atención, pero después de examinar las tintas de color, las reglas y los compases, alzó los hombros y siguió adelante.
       Dejó el centro de la ciudad y se encontró en un barrio tranquilo, donde le pareció que podría hallar lo que buscaba. Un poco más lejos había una pequeña tienda, mitad mercería y mitad papelería, llena de periódicos, novelas baratas, patrones de jersey y postales enternecedoras. Entró y se dirigió a la señora que estaba detrás del mostrador:
       —Buenos días. Desearía un papel de escribir de fantasía. Lo mejor que tenga, y si es posible, de color; rosa, por ejemplo…
       Encontró lo que buscaba. La señora le enseñó unos paquetes de seis sobres y seis cartas, en varios colores…
       —Esto es lo mejor que se hace —afirmó muy seria—. Y además, como verá, es muy distinguido.
       El doctor compró uno de los paquetes, y pidió cien sellos de un céntimo.
       —¿Es necesario que sean precisamente de un céntimo?
       —¡Absolutamente necesario!
       Y al salir de la pequeña tienda fue cuando no tuvo otro remedio que tomarse su tercer aperitivo. ¿Dónde podría escribir en una ciudad desconocida, si no era un café? Se sentó en el primero que encontró y pidió otra absenta. Mientras escribía, el camarero le miraba con cierta sorpresa. ¿Qué estaría haciendo aquel cliente con semejante papel y sobres de colores? ¿Y aquella cantidad de sellos de un céntimo?
       En un sobre color rosa el doctor escribió, con tinta violeta, la siguiente dirección:

«Señorita Nicole
Casa del Sr. Isidoro Borchain
25, Av. de la República,

NEVERS».

       Y en el sobre metió un papel blanco. En lugar de franquearlo con un sello corriente, se entretuvo en pegar cincuenta de un céntimo, lo cual daba a la carta un aspecto raro. Luego repitió la operación con otro sobre de color verde, pero esta vez la carta iba dirigida a la señora Borchain.
       —¡Ya veremos el resultado que da! —murmuró entre dientes.
       Todavía le quedaba mucho trabajo por delante y su cerebro funcionaba a la misma velocidad que sus pequeñas y nerviosas piernas. Si a estas horas el comisario jefe estaba ya al corriente del segundo descubrimiento del pantano de Bois-Bezard, el Doctorcito iba desarrollando su idea y todavía tenía que hacer una cosa antes de dar por terminada su jornada.
       Cerca del puente, en la carretera de Moulins, preguntó al policía de servicio:
       —Dígame, por favor, ¿sabe usted si hay un guardapesca en Nevers?
       —¿Un guardapesca? ¿Quiere usted saber si hay un guardapesca? Espere que recuerde. Creo que puede encontrar eso que busca cerca de la compuerta. Pero no tiene nada que ver con la administración municipal…
       Cerca de la compuerta halló, en efecto, a un hombre corpulento, con una gorra de uniforme, que estaba ordeñando una cabra.
       —Dígame, buen hombre, ¿recuerda usted cómo estaban las aguas el día l.º de octubre?
       —¿Que cómo estaban las aguas?
       —Sí. Altas… Bajas…
       —Bajas, naturalmente, puesto que ha llovido muy poco desde el verano. Fíjese si estarán bajas que en algunos sitios los chiquillos cogen los peces con la mano.
       —Sin embargo, y perdone si mi pregunta le parece ridícula… yo no tengo ningún conocimiento de hidrografía, ¿sabe usted?… Pero ¿no existe ningún agujero en el trozo de río que atraviesa Nevers? ¿Ningún lugar donde las aguas sean más profundas? Quizás ustedes tendrán un nombre especial para designar lo que quiero decir.
       —¡Claro que lo hay! Cerca del tercer pilar del puente hay un agujero de ocho metros de profundidad, por lo menos.
       —¿El tercer pilar del puente, dice? No, éste no sirve… Necesito otro que esté más cerca de la orilla. El guardapesca le miró con cierta desconfianza, preguntándose para qué querría aquel individuo un agujero semejante.
       —¿Tiene que ser muy profundo su agujero?
       —¿Hasta qué profundidad se puede ver a través del agua?
       —Depende de si está clara o turbia. En este momento se ve hasta más de un metro, y eso que ha llovido.
       —Aguarde un momento, voy a calcular. Tres… Tres y dos… ¡Eso es! ¿Hay algún agujero, cerca de la orilla, que tenga unos cinco metros como mínimo, y en el que quepa un automóvil?
       El guarda reflexionó un instante, movió la cabeza, escupió, y contestó con desconfianza:
       —Depende de lo que quiera hacer con él.
       —No, yo no quiero hacer nada. Solamente busco un automóvil.
       —¿Un automóvil? Pues en este caso sólo hay un agujero lo suficientemente grande y profundo, que se halla en el muelle de los Tanneurs, precisamente al lado de un gran montón de ladrillos.
       —¿Quiere acompañarme? Naturalmente, le daré una buena propina por el tiempo que le hago perder. Podemos ir en el bote y además sería conveniente que nos lleváramos una percha, y quizás también un garfio.
       Al cabo de un rato, y mientras el guarda arrastraba sin convicción el garfio por el fondo del agujero cayó inesperadamente un fuerte chaparrón. Para el guarda, este incidente no tuvo gran importancia, puesto que llevaba impermeable, pero el Doctorcito quedó calado hasta los huesos. Por fin, al cabo de un tiempo que parecía interminable, pareció que el garfio tocaba algo.
       —¿Por qué no sigue su contorno con la percha?
       Así se hizo y tanto el guarda como el doctor sacaron la conclusión de que, efectivamente, había un coche en el fondo del agujero.
       —¿Cómo lo ha adivinado? —preguntó el guarda algo intranquilo.
       —No he adivinado nada. ¡Se trata de una conclusión!
       Era bien sencillo. Desde el momento en que Isidoro Borchain no había cogido su coche, y también desde el momento en que era él el conductor del automóvil cogido en la plaza Gambetta… ¡Todo era cuestión de meterse en la piel de los personajes! Era evidente que Borchain se dirigía a un lugar bien determinado, pero que por algún motivo no quiso hacerlo con su propio coche. Pero también lo era el que Borchain pensaba regresar, pues no podía comprenderse que se hubiera dirigido a Bois-Bezard para suicidarse. Sin embargo, él no había vuelto, ¡pero sí el coche robado al abogado Humbert!
       ¿Por qué, entonces, no se había encontrado el coche de Isidoro en el estanque de Bois-Bezard? ¿Cuál era la única manera de hacer desaparecer rápidamente un automóvil embarazoso en una ciudad, como Nevers, atravesada por un río?

       El secretario de la Comisaría miraba al Doctorcito con cara de pocos amigos; seguramente su jefe le habría contado ya la aventura de la víspera.
       —Es necesario que hable inmediatamente con su jefe. He hecho un descubrimiento importante.
       —Es una lástima que el jefe haya salido —contestó el secretario—. Y, si viene usted para hablar del hallazgo del segundo cadáver, llega demasiado tarde.
       Jean Dollent frunció el ceño.
       —¿El segundo cadáver?
       —Supongamos que no he dicho nada —dijo contrariado el secretario—. Si quiere ver al jefe pase usted mañana. Ya me habrá dicho entonces si quiere recibirle.
       «Un segundo cadáver», pensaba el Doctorcito. Diez minutos más tarde se hallaba al volante de su pequeño cinco caballos camino de Bois-Bezard. La verdad era que se sentía humillado. Ciertamente, acababa de apuntarse un bonito tanto con el descubrimiento del coche de Isidoro Borchain. Pero esto pasaba a segundo término. ¿Por qué no había seguido el camino que parecía indicarle su primera idea? Ahora ya nadie lo creería, y, sin embargo, cuando la tarde anterior se hallaba en el pantano con el comisario y el fiscal estuvo a punto de decir:
       «¡Ahora sólo falta encontrar el otro!».
       Y no era solamente una intuición, sino la consecuencia de un razonamiento, quizás todavía vago, pero de todas formas aceptable.
       Si se había encontrado un segundo cadáver tenía que ser forzosamente cerca de donde hallaron al otro, pensó. Y el dueño del garaje Espardon había, afirmado que en el coche iban dos hombres. El primero, el de más de cien kilos, era Isidoro Borchain. Por lo tanto, éste ya estaba liquidado… En cuanto a la mujer, mañana se sabría algo si el truco de los sobres surtía efecto. Quedaba, pues, el otro hombre.
       «Era el cadáver de este segundo el que se había descubierto», decidió el Doctorcito con un silbido de admiración para consigo mismo.
       Era ya de noche cuando el Doctorcito llegó a Bois-Bezard. Había allí varios coches «oficiales» y se percibían los puntos luminosos de las linternas eléctricas que iban de un lado para otro. El doctor pasó muy cerca de un gendarme que guardaba el acceso al camino, sin que éste le dijera nada. Probablemente no se atrevió a interpelarle, creyendo que se trataría de algún otro personaje oficial que llegaba. Andando en la obscuridad casi tropezó con el fiscal.
       —¡Usted aquí! —pronunció una voz furiosa, en la obscuridad—. ¡Esto ya es el colmo! Voy a ordenar que le echen.
       Era la voz del comisario jefe, el cual, dirigiéndose al fiscal, prosiguió:
       —Señor fiscal, este hombre, que se dice médico, pero a quien nadie conoce ni sabe de dónde viene, ha tenido la desfachatez de hacerse pasar por el médico forense.
       —¡Eh! No tan de prisa, señor comisario. Usted me ha tomado por el médico forense, que es muy diferente, y como no me ha preguntado quién era yo… pues verá, no he creído necesario decírselo. Además, si me he tomado la molestia de venir hasta aquí con Ferblantine…
       —¿Quién es Ferblantine?
       —Pues ¿quién va a ser? ¡Mi coche! Es un nombre cariñoso que le he puesto. Si me he tomado la molestia de venir hasta aquí, repito, ha sido para darles a ustedes noticias del automóvil.
       El doctor no acostumbraba ser farsante, pero hacía poco rato que había tomado su cuarto aperitivo.
       —¿De qué automóvil?
       —Del coche de Isidoro Borchain.
       —¿Lo ha encontrado usted? —preguntó con sorpresa el fiscal.
       —Sí, señor. Hace una hora. Se halla en el fondo del Loira, dentro de un agujero situado junto al muelle de los Tanneurs.
       —¿Lo ha visto usted?
       —Todavía no, puesto que está dentro de un gran agujero de seis metros de profundidad.
       —Entonces, ¿cómo lo sabe?
       Aquél era uno de los momentos que le compensaban de todas sus desventuras.
       —Pues, verá usted, señor fiscal; una idea que he tenido. He pensado que… Pero a propósito, ¿han identificado el segundo cadáver?
       El reconocimiento no había sido difícil, puesto que en los bolsillos del muerto se encontró una cartera con documentos de identidad a nombre de René Juillet, industrial de Roubaix.
       El comisario, después de la conversación sostenida entre el Doctorcito y el fiscal, ya no se atrevía a desembarazarse de aquél, sobre todo desde que el magistrado había dicho:
       —¡Este hombre o es un farsante o se trata de un muchacho realmente extraordinario! ¡Cerciórese usted, comisario!
       De resultas de la orden del fiscal, Dollent se hallaba, a las diez de la noche, en los locales de la policía en compañía del comisario.
       Éste pidió comunicación telefónica con Roubaix.
       —¡Oiga! ¿La comisaría de Roubaix? Aquí el comisario jefe de Nevers. ¿Conocen ustedes a un tal René Juillet?
       —¿Dice usted Juillet? ¿Han encontrado a René Juillet? —contestó la voz con ansiedad.
       La policía de Roubaix conocía, en efecto, a la familia Juillet. El padre poseía una pequeña fábrica de tejidos, y su hijo René, de treinta años, soltero, se ocupaba principalmente de la parte comercial. Ello le obligaba a viajar constantemente y disponía de un kilométrico. Hacía más de tres semanas que se ignoraba su paradero, y su padre había avisado a la policía; pero todos los esfuerzos para dar con su hijo habían sido infructuosos.
       —¿Se le conocía algún asunto de faldas? —preguntó el comisario.
       —No, ninguno.
       —¿Podían haberle conducido sus asuntos a Nevers?
       —Improbable.
       —¿Dónde fue visto por última vez?
       El 20 de septiembre había salido de Roubaix hacia París, y luego tenía que dirigirse hacia el Este, pero allí no debía permanecer más de tres o cuatro días. Cuando el padre de Juillet vio que pasaban los días y que su hijo no regresaba, preguntó a sus corresponsales en Colmar y Mulhouse si sabían algo, y éstos le contestaron que no había estado por allí. Entonces fue cuando avisó a la policía.

       —¿Qué opina usted, señor comisario? —preguntó el Doctorcito muy respetuosamente, pero con cierta ironía.
       —Creo —contestó éste con sequedad— que muy pronto hallaremos la solución de este enigma.
       —¡Yo, también!
       El tono de la respuesta del doctor sorprendió al comisario, y le dirigió una mirada de desconfianza, persuadido de que su interlocutor le ocultaba algo.
       —¿Podría decirme por qué razón, usted, médico de Marsilly, según nos ha dicho, se halla en estos momentos en Nevers privando a su clientela de sus preciosos cuidados?
       —He venido expresamente por este asunto.
       —Entonces estaba usted al corriente.
       —Naturalmente, por los periódicos, como todo el mundo.
       —Y su curiosidad ha llegado hasta el extremo de hacerle abandonar a sus clientes para…
       El Doctorcito no pudo contener una sonrisa, y dándose perfecta cuenta de que su actitud empezaba a hacerse sospechosa, juzgó conveniente dar una explicación en previsión de que el comisario acabara por encerrarlo.
       —… Para encontrar la solución; sí, señor comisario. Es una manía como otra cualquiera, y la tengo desde hace varios meses. Unos juegan al ajedrez, otros, coleccionan sellos… yo, descifro enigmas. Pero no quiero molestarle por más tiempo; buenas noches, señor comisario.
       Se dirigió hacia la puerta y, cuando iba a salir, dijo, volviéndose a medias:
       —A propósito, otra pregunta. Si mañana temprano, pongamos a eso de las nueve, he descubierto al asesino de Isidoro Borchain… ¿debo comunicárselo a usted o prefiere que me dirija inmediatamente al Juzgado?
       —Estaré en mi despacho toda la mañana, pero dudo de que… ¡Hum! De todas formas, si descubre al asesino de Borchain y de René Juillet…
       —No, al de Juillet no lo podré encontrar.
       —¿Por qué motivo?
       —Pues, porque…
       Estaba visto que, si eso seguía, se le echarían encima todos los comisarios de policía de Francia.
       «Hay que reconocer pensó más tarde Dollent, cuando se acostaba en una modesta habitación del hotel de la Paix —que si unos aficionados se empeñaran en querer reconocer a mis enfermos…».


III

      Eran las seis de la mañana y al que madruga, según dicen, Dios le ayuda. El Doctorcito se vistió, bajó a desayunar, y como no encontró más que al guardián de noche, que le propuso calentarle unos restos de café de la víspera, prefirió tomarse una copita de aguardiente. ¡Cuestión de ponerse en forma!…
       El cielo estaba despejado, y todos los negros nubarrones de la víspera se habían ido hacia el este. El doctor se dirigió hacia el muelle de los Tanneurs, y al llegar allí se encontró ante un alboroto insólito. Un motor jadeaba, una grúa chirriaba, y por encima de todo aquel ruido se oían los gritos de la gente y los silbidos del pito del capataz, capaces de hacer saltar de la cama a los pobres vecinos del muelle.
       El fiscal y el comisario no habían perdido el tiempo, y hubiérase dicho que, al igual que el doctor, habían querido establecer un récord. La grúa estaba en pleno funcionamiento, y había además, un pontón de Obras Públicas y una lancha del servicio de buzos. Mientras salía del fondo del río la cabeza de la escafandra, los fotógrafos entraron en acción como verdaderas ametralladoras.
       ¡Y decir que el Doctorcito había creído ser el primero!…
       Ahora, naturalmente, la cuestión era René Juillet, personaje político del Norte, hombre de mucha influencia y dinero, y la prensa de la capital se había metido de lleno en el asunto. Los periódicos anunciaban con títulos a toda página: «Los Misterios de Nevers», al igual que en su tiempo escribían «Los Misterios de Chicago». Así, pues, al parecer, desde las altas esferas habían cursado la orden de terminar lo antes posible con aquella historia.
       El coche había podido ser sujetado con unas cadenas, y la grúa lo estaba levantando lentamente. Los periodistas, al darse cuenta de la llegada del Doctorcito, le rodearon ávidos de información. Era su primer contacto con la Prensa en cuestiones de tipo policíaco, y las preguntas caían de todas partes:
       —Parece ser que usted ha descubierto…
       Dollent se hacia el modesto, pero en el fondo rebosaba de alegría. Para poder interrogarle con más tranquilidad, los periodistas le arrastraron hasta un bar cercano.
       ¡Un aguardiente! ¿Qué culpa tenía él de que el café fuera tan malo? Comprendía que no debía beber, pero casi le obligaban a ello…
       —En realidad, usted es un científico —decía un periodista.
       —¡Hem! No es eso, precisamente. Yo baso mi razonamiento en un hecho determinado, y me digo…
       ¡Dios mío! ¡Qué difícil era explicar…!
       —No se mueva… Gracias.
       Ya le habían sacado una fotografía; como a un criminal, o a una estrella de cine…
       —¿Cuál es su opinión sobre este asunto?
       —Miren, señores, entre nueve y diez se lo diré todo. Ya se lo he dicho al comisario jefe.
       —¿Afirma usted que dentro de tres horas habrá encontrado la solución del misterio?
       El doctor bajó la mirada con falsa modestia. Pero ¿no eran los demás quienes le empujaban? Él hubiera deseado que le dejaran trabajar solo, a su manera, pero todos se empeñaban en hacerle hablar.
       —Resumiendo —dijo uno de los periodistas— había tres personas en el coche, dos hombres y una mujer, y usted se ha basado en este hecho para…
       —Exactamente, Póngase usted en el lugar de…
       —¡De uno de los hombres; no, gracias! —dijo una voz.
       —Iba a decirles: pónganse en el lugar de la mujer… Y ahora, permítanme una pregunta. ¿A qué hora se hace en Nevers la primera distribución de correo?
       —A las ocho y media.
       —Muchas gracias…
       «Por consiguiente, a las nueve tendré la solución», pensó Dollent.
       Entretanto, el coche iba saliendo lleno de fango. Se comprobó la matrícula y correspondía, en efecto, al automóvil de Isidoro Borchain. Apenas lo dejó la grúa en el muelle, un mecánico del cuerpo de policía se precipitó hacia el coche para hacer una primera comprobación.
       —Lo que usted pensaba, señor comisario —dijo el mecánico—. El contacto no estaba cerrado; por lo tanto, el motor estaba en marcha cuando el coche cayó al río. Probablemente sujetaron el embrague desde fuera con un bastón o un palo y luego, al soltarlo, el coche se puso en marcha y dio la voltereta.
       —Usted perdone, señor comisario.
       —¡Cómo! ¿Ya está usted aquí?
       Era el Doctorcito.
       —Desearía pedirle que me acompañara, a eso de las nueve, a hacer una visita muy delicada —dijo éste al comisario—. Quizás al señor fiscal le gustaría acompañarnos.
       Los dos interpelados se miraron, y el fiscal pareció más dispuesto que el policía a seguir al Doctorcito.
       —¿Hay que ir muy lejos?
       —No, señor, muy cerca. A la Avenida de la República. Y creo que, después de nuestra visita, se habrá aclarado el misterio.
       Mientras se dirigían en coche al domicilio de los Borchain, el fiscal dijo:
       —Esto que vamos a hacer es bastante irregular, señor Dollent. Espero que no se haya precipitado usted demasiado, y que no arrastrará a la Justicia por un camino en el que pudiera ponerse en ridículo.
       La verdad era que el doctor no las tenía todas consigo, y si le hubiera sido posible habría hecho parar el coche en cualquier café para tomarse una copita. De todas formas, contestó:
       —Tan pronto entremos en la casa, podré decirte con toda seguridad, señor fiscal, si hemos acertado o no.

       El coche se detuvo ante el hotelito de los Borchain. Llamaron a la puerta y el mayordomo, con aire majestuoso, salió a abrirles. Dollent consultó su reloj; eran exactamente las nueve de la mañana. El fiscal y el comisario le miraban con cierta ansiedad.
       —Dígame, buen hombre…
       Ésta era una expresión que el doctor había adoptado desde su conversación de la víspera con el guardapesca, pero el mayordomo no pareció gustar de aquella franqueza.
       —¿Quién retira las cartas del buzón?
       —Yo mismo.
       —¿Las ha entregado ya a las señoras esta mañana?
       —No hará más de diez minutos.
       —Perfectamente. Por lo tanto, siempre es usted el que sube el correo.
       —No, señor. Yo lo recojo y luego lo entrego a las doncellas para que lo lleven.
       —Veo que el buzón está cerrado. ¿Nadie más que usted tiene la llave?
       —Creo que el señor tenía otra; pero no la utilizaba nunca.
       —Supongo que antes de entregar el correo a las doncellas le echará una miradita, y conste que no pretendo acusarle de indiscreción. Pero es natural que cuando se distribuyen las cartas…
       —¿Qué quiere usted insinuar?
       —Veamos; esta mañana, por ejemplo, ¿no le ha sorprendido el aspecto de alguna carta?
       —¿Cómo ha podido adivinarlo?
       —Eso no importa. Dígame usted lo que le ha chocado y no tenga miedo de hablar.
       —Pues verá, me ha sorprendido hallar un sobre de un color verde muy raro, franqueado con muchos sellos de a céntimo, pegados a todo alrededor. Iba dirigido a la señora.
       —¿Y nada más?
       —Eso es todo. Bueno, también había prospectos y facturas, pero nada que pudiera llamarme la atención.
       —¿Está seguro de que no había nada más?
       —¡Lo puedo afirmar, señor!
       —Muy bien. ¿Quiere ahora conducirnos al salón y pedir a las señoras que tengan la bondad de bajar un momento?

       Los tres estaban sentados en el salón y ninguno se atrevía a alzar la voz; hubiérase dicho que se hallaban ante un confesonario. Mientras tanto, se oía ruido de pisadas en el piso superior. El fiscal insistió:
       —Antes de dar otro paso, doctor, ¿quiere usted tener la amabilidad de ponerme al corriente de lo que lleva entre manos?
       —Pues verá usted, es muy sencillo. Un dentista de Montauban me dijo ayer por teléfono que había escrito dos cartas a Borchain, comunicándole que esperaba su visita desde primeros de mes. Sin embargo, nadie aquí nos ha hablado de estas cartas. Supongo que admitirá, como yo, que es bastante raro, tanto más cuanto que ayer supe que el correo lo abría la señora Borchain. Por lo tanto, si ella leía el correo tuvo que enterarse de que su marido había desaparecido.
       —¡En efecto! Está usted en lo cierto.
       —¡Espere! No he terminado todavía. En vista de ello, decidí dirigir dos cartas a esta casa, una rosa y la otra verde, y si escogí estos colores tan chocantes fue precisamente para asegurarme de que llamarían la atención a la persona encargada de recoger el correo y distribuirlo. Ahora suponga usted que alguien de esta casa tiene la costumbre de abrir el buzón para retirar ciertas cartas antes de que lo haga el mayordomo. Esta persona tuvo que enterarse forzosamente de que Borchain no se encontraba en Montauban…
       El comisario empezaba a sentirse humillado, tanto más cuanto que el fiscal le miraba como queriendo decir:
       «Muy astuto el muchacho, ¿eh? ¡Esto no se le había ocurrido a usted!…».
       La señora Borchain fue la primera en bajar al salón. Iba con una bata y su semblante, muy pálido, reflejaba cansancio. Con aire confuso, se excusó:
       —Perdonen la manera de presentarme, pero no esperaba su visita tan temprano. No he dormido en toda la noche, y hace solamente un rato que conseguí conciliar el sueño.
       —Somos nosotros los que le pedimos mil perdones, señora, por esta molestia; pero las exigencias de la investigación y el deseo de vengar la muerte de su marido…
       En aquél momento entró Nicole. Su mirada parecía más triste e intranquila que la de su hermana, y sus labios estaban contraídos.
       —¿Qué más quieren de nosotras todavía? ¿Piensan importunarnos así durante mucho tiempo?
       El Doctorcito interrogó con una rápida mirada a sus dos compañeros, que parecieron concederle carta blanca en el asunto. Sin más preámbulo, Dollent comenzó el ataque.
       —Supongamos —dijo dirigiéndose a todos— que cuando Borchain regresó de improviso, y no olviden que, contrariamente a su costumbre, ésta vez tomó el avión en lugar del barco, halló en la habitación de la mujer que amaba, a un hombre, a un desconocido.
       «Ustedes esta vez se dirigió al fiscal y al comisario —sólo han visto su cadáver; pero, de todas formas, habrán podido hacerse una idea de cómo era antes de morir: un hombre fuerte, violento, sanguíneo…».
       —¡Por favor! —suspiró la señora Borchain.
       —Le ruego me perdone, señora, pero creo necesario tener que exponer los hechos con toda crudeza. Borchain estrangula a su rival… ¿No eran marcas de estrangulación las que se encontraron en el cadáver de René Juillet, comisario?… Además, Borchain reconoció al hombre como a alguien que le habían presentado una vez en Roubaix, pero solamente como a un simple amigo de la mujer a quien quería.
       »Una vez más le ruego me perdone, señora, pero es preciso que siga…
       »Cuando Borchain se casó con usted, su hermana era todavía una chiquilla, pero después se ha ido haciendo mayor. Y a medida que pasaban los años, su marido la iba mirando con otros ojos. Y cuando después de fallecer sus padres ella vino a vivir con ustedes ocurrió lo que fatalmente tenía que producirse… Su hermana se transformó en la amante de su marido, y era ella, sólo ella, la que le importaba a él.
       Marthe Borchain le miraba sin llegar a comprender el significado de aquellas tremendas palabras, mientras que en la comisura de los labios de Nicole aparecía una sonrisa sarcástica.
       —Y ahora pasemos al drama en sí. Borchain regresa antes de lo previsto, y encuentra a un hombre, René Juillet, en la habitación de su cuñada; inmediatamente se da cuenta de que desde hace mucho tiempo se quieren, y en un ataque de locura y celos, lo estrangula…
       »Por la noche, después de cenar, y cuando su mujer se ha acostado ya, obliga a la cuñada a acompañarle. Deja su coche en la plaza o calle cercana, y para que no le reconozcan se apodera del primer coche que encuentra y coloca el cadáver en el asiento trasero, al lado de su cuñada… Pero hay un detalle que Borchain no había previsto: el coche robado estaba casi sin gasolina. Cuando se da cuenta de ello, tiene el tiempo justo de llegar hasta el garaje de Espardon…
       »¿Cuál fue la reacción de Nicole en aquel momento? Como conocía muy bien a su cuñado y no ignoraba lo violento que era, quizá tuvo miedo de que también la matara a ella. Lo cierto es que, cuando el coche arrancó (quizá el cuerpo de Juillet le cayera encima a causa de la sacudida), no pudo evitar el lanzar una llamada de socorro…
       »Y con esto llegamos a Bois-Bezard.
       »Borchain entierra a René Juillet bajo un montón de piedras… Pero, entonces, ¿qué fue lo que ocurrió entre los dos amantes? El caso es que Nicole, a la que quizás Borchain amenazó con el revólver, consiguió hacerse con éste, disparó y abandonó el cadáver de su cuñado en los cañaverales…
       »A partir de ese momento, todo se redujo a hacer desaparecer los indicios. Primero devolvió el coche de los Humbert, y luego hizo desaparecer el de Borchain para que la ausencia de su cuñado no se hiciera sospechosa. Precisamente el río se hallaba a dos pasos; por lo tanto, le fue fácil hacerlo caer dentro del agujero.
       »Después se limitó a dejar pasar el tiempo. Y para que nadie en la casa pudiera enterarse de que Borchain no se encontraba en el sur de Francia, como todo el mundo suponía, retiró las cartas del buzón antes de que lo hiciera el mayordomo…
       »Y esta misma mañana de hoy la señorita Nicole ha retirado un sobre rosa a su nombre cuyo aspecto parecía más bien sospechoso…».
       Nicole seguía con su sonrisa sarcástica, mientras que la señora Borchain, cogiéndose la cabeza entre las manos, murmuraba entre sollozos:
       —¡Es terrible!… ¡Es terrible!… ¿Quién lo hubiera creído?…
       El fiscal no sabía qué actitud adoptar, cuando de pronto el comisario se levantó. Acababan de llamar a la puerta de la calle.
       —¿Me permiten? —dijo el comisario—. Debe ser para mí. Estoy esperando una comunicación urgente y me he permitido decir que me avisaran aquí.
       Pocas veces un grupo de personas reunidas en una misma pieza se habían encontrado en una situación tan delicada. Hasta el Doctorcito, una vez terminado su relato, examinaba con inquietud a cada una de las personas allí presentes, preguntándose si no habría ido demasiado lejos en sus deducciones. Sin embargo, y al igual que las dos veces anteriores, había seguido su propio método: se había puesto en la piel de los personajes. Pero… ¿y si esta vez había fallado el sistema?…
       ¿Por qué Nicole, en lugar de mirarle con aire enfurecido, tenía aquella amarga sonrisa?
       —Señores —dijo el comisario al entrar de nuevo en el salón—. Señor fiscal. Me veo obligado a pedirle una orden de arresto contra la persona de…
       Mientras el comisario pronunciaba solemnemente estas palabras, dirigió al Doctorcito una rápida mirada. Éste, pensando que quizás se habría equivocado, deseó por un momento que la tierra se lo tragara.
       —… contra la esposa de Isidoro Borchain, nacida Marthe Tillet, presunta asesina de su esposo con el revólver de éste en el pantano de Bois-Bezard.
       La señora Borchain levantó los ojos con aire sorprendido, y trató de decir:
       —Pero, señor comisario… El doctor acaba de demostrar…
       —El doctor —contestó el comisario— es quizás un gran psicólogo y un hombre de mucha lógica…
       Dollent estuvo a punto de saludar.
       —… pero no dispone de los medios que tiene la policía, y esta historia le demostrará que estamos mejor equipados de lo que él cree. Ayer por la tarde, cuando identificamos al segundo cadáver, el de René Juillet, pedí inmediatamente a la policía de Roubaix que me mandara por belinografía una copia de todas las fotografías de mujer que se encontrasen en la habitación del muerto…
       »Y ahí las tiene, acaban de llegar… Son todas de usted, e incluso hay algunas dedicadas… Por lo tanto, usted era la amante de Juillet, y era usted quien recibía sus visitas cuando su marido salía de viaje. Esto explica por qué el pobre Juillet no se casaba. Y no fue a su hermana, sino a usted, a quien sorprendió Borchain y ante quien estranguló a René, obligándola luego a que le acompañara para enterrar el cadáver en Bois-Bezard.
       »En fin, todo ocurrió tal y como ha indicado el doctor Dollent, pero con la sola diferencia de que la protagonista no era la señorita Nicole, sino usted misma…».
       El Doctorcito se levantó de su asiento como si le hubiera empujado un muelle, y dijo con efusión:
       —¡Magnífico, comisario!
       Pero éste, con aire indulgente, replicó:
       —Sólo ha cometido usted un error, doctor, pero reconocerá que ha sido de categoría: usted ha creído que era la destinataria de la carta la que la había hecho desaparecer. Sin embargo, la señorita Nicole…
       Ésta se levantó y dijo con impaciencia:
       —¡A ver si terminan de una vez! Se hacen ustedes odiosos pasándose la «pelota» de esta forma…
       —¿Sabía usted la verdad?
       —Al principio, me lo figuré, pero desde ayer estaba segura de ello… Pero esto no es una razón para que se entable ahora una discusión académica…
       Nicole dirigió a su hermana una mirada de reprobación; el Doctorcito se dio cuenta de ello y adquirió la convicción de que, en el fondo, Nicole estaba celosa de su hermana, pero no de su marido, sino más bien con relación a René Juillet.
       —Señora Borchain —continuó el comisario—, siento mucho tener que detenerla, pero me veo en la obligación de ponerla a disposición del Juzgado de Nevers…

       El comisario y el Doctorcito estaban comiendo en un modesto restaurante a orillas del río.
       —¿Lo comprende ahora, doctor?
       —¿Qué quiere usted decir?
       —Pues, muy sencillo. Usted tiene ideas excelentes, de eso no cabe duda, y es un hecho que sin la ayuda de nadie ha descubierto casi la verdad… ¡Pero mucho cuidado con el casi! Nosotros, los policías, somos, quizás, menos perspicaces, y no aspiramos a dividir un cabello en cuatro, pero, en cambio, disponemos de una verdadera organización. Así, por ejemplo: seguramente no habrá usted pensado que un muchacho enamorado hasta el extremo de hacer viajes a Nevers para ver a su amante debía tener por fuerza en su casa, algunas fotografías de la mujer de sus sueños. Pero, aun en el caso de que hubiera pensado usted tal cosa, no le habría sido posible, como simple particular que es, conseguir que se las remitieran…
       El Doctorcito quiso compensar sus leves faltas de orgullo y confesó:
       —La verdad es que no había pensado en ese detalle…
       Pero esto no modificaba el hecho de que con el citado detalle, o sin él, por si solo y sin ayuda de nadie había descubierto la verdad; al fin y al cabo solamente se había equivocado de hermana. Esto le serviría de lección para lo sucesivo, pues, a partir de aquel momento, y como suele decirse vulgarmente, estaba mordido por esta clase de asuntos.
       ¡Cuántas veces iba a dejar enfriar sobre la mesa los excelentes guisos de Ana…!




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