George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


El Holandés afortunado (1940)
(“La bonne fortune du Hollandais”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 94, 8 de marzo de 1940);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)



I

      Cuando el comisario Lucas salió del «rapport», es decir, de la conferencia que se celebra por las mañanas en el «Quai des Orfèvres» entre el director de la Policía Judicial y sus jefes de servicio, llevaba una carpeta azul en la mano y la enseñó con un guiño al Doctorcito, que esperaba prudentemente.
       Era el mes de agosto. Juan Dollent había decidido pasar en París los quince días de vacaciones que se otorgó y aprovecharlos para iniciarse en los métodos de la Policía Judicial. Por suerte, el comisario Lucas era natural de las Charentes y el Doctorcito había conseguido que unos amigos le recomendaran.
       —Venga a verme todas las mañanas a las nueve. Mucho será que un día u otro no encontremos un asunto que le interese.
       Ahora Lucas conducía a su compañero hacia el fondo de un inmenso pasillo.
       —Finjamos charlar… —murmuró señalando a una vidriera tras la que había una sala de espera—. Observe el tipo que está ahí.
       En la pequeña estancia estaba sentado un hombre alto, voluminoso, robusto y sanguíneo, cuya cara empapada de sudor reflejaba aquel aburrimiento que asoma a todos los rostros después de una larga espera.
       Se adivinaba que había tenido tiempo de dar diez vueltas a la habitación, levantarse, volverse a sentar, contemplar, en su marco de madera negro, las fotografías de inspectores muertos en acto de servicio, y el horrible reloj estilo Luis-Felipe que, con aires de importancia, estaba sobre la chimenea.
       En aquel momento, el hombre miraba concienzudamente el tapete verde de la mesa.
       —¿Le ha visto bien?… Venga.
       Una vez en su despacho, Lucas preguntó:
       —¿Qué le parece?
       —Pues que es del Norte, sin duda un extranjero… que no ha pasado la noche en su cama y que su temperamento no es nervioso, porque soporta con mayor placidez de la que yo tendría el suplicio de la espera… ¿Qué ha hecho?
       El Doctorcito estaba algo inquieto y volvía a experimentar la sensación de humildad que siente el discípulo delante de su maestro.
       —¡No corra tanto!… ¿Cree acaso que aquí sólo viene la gente que ha cometido algún delito?… Instálese en ese rincón… No se mueva.
       El comisario Lucas llamó y dijo al ujier.
       —Haga entrar al señor Kees Van der Donck.
       El sol ya estaba muy alto. La ventana abierta de par en par dejaba entrar los ruidos de los muelles como un reflejo del Sena que se deslizaba entre sus murallas de piedra. A veces pasaban coches llenos de extranjeros y, la víspera, en los Grandes Bulevares, el Doctorcito, más habituado a la calma de Marsilly y de La Rochelle, había oído hablar todos los idiomas.
       —Siéntese, señor Van der Donck. Perdone que le haya hecho esperar y le doy las gracias por haber sido tan amable de ponerse a nuestra disposición.
       —Es un asunto muy enojoso… —suspiró el coloso, cuyos ojos en una cara encarnada, de rasgos abultados, eran extraordinariamente infantiles.
       —Lo comprendo… Muy enojoso… Veo en esta ficha que usted es holandés…
       —De Ámsterdam… Importador de productos coloniales, especialmente de productos de las Indias Neerlandesas.
       —Está usted en París desde hace tres días… Anoche cenó sólo en un gran restaurante de los Campos Elíseos…
       —Cené demasiado bien —precisó el holandés, que tenía una sabrosa ingenuidad reflejada en el semblante—. Todo esto es culpa de la cocina y los vinos franceses… En Holanda no estamos acostumbrados… Después de cenar estaba muy alegre y, como hacía demasiado calor para ir al teatro, quise visitar el Luna-Park… Es verdaderamente muy excitante… Había muchas lindas parisienses… que se divertían… y reían a carcajadas… Yo también reí…
       »Y así, riendo, llegué a los columpios, donde conocí a Anita y a Simona… Sólo sé su nombre… Dos señoritas muy alegres… muy graciosas… muy ingeniosas… Subimos a todas las atracciones… Entramos en todas las barracas… Y, de vez en cuando, íbamos al bar a apagar la sed.
       —¿Fueron a menudo al bar? —murmuró el comisario, que era el hombre más apacible y risueño del mundo.
       —A menudo, sí… Por eso, esta mañana me duele mucho la cabeza… No tiene importancia… ¿Cómo dicen ustedes?… ¿Estregado?
       —Estragado. Lo mismo da. Prosiga.
       —La última vez que fuimos al bar, vi que una joven nos miraba y parecía tener ganas de divertirse también… Fui a invitarla, y por cierto tiré un velador al pasar, ya que iba haciendo eses…
       —¿Y continuó la fiesta con las tres compañeras?
       —Es difícil de explicar, señor comisario. Con las otras dos, Anita y Simona, sólo quería pasar el rato… Unas jovencitas que viven con sus padres. Mientras que la tercera… Se llamaba Lidia… No era francesa… Me dijo que era bailarina… Pero no lo podría jurar.
       —En una palabra, que a medianoche usted acompañó a sus dos primeras amigas hasta el metro y se quedó sólo con Lidia…
       —Entramos en el hotel «Beauséjour» que estaba cerca de allí, en la Avenida de la Grande Armée.
       —Una pregunta. Usted habita en el «Gran Hotel» bulevar de los italianos. ¿Por qué no llevó allí a su compañera?
       —¡Oh, señor comisario!… En el «Gran Hotel» yo soy un señor serio y no quería que…
       —Continuemos… Usted permaneció cerca de una hora en el hotel. Supongo que antes de irse le hizo un regalo a su compañera…
       El Doctorcito, que no quitaba la vista de encima al holandés, vio que se sonrojaba y que por un momento perdía su serenidad.
       —Ya no me acuerdo… No; creo que no…
       —¿No reclamó, ella?
       —Ella también había bebido… Los dos habíamos bebido antes de entrar en el hotel… Cuando salí quise andar un poco… Estaba ya muy cerca del Arco de Triunfo cuando me di cuenta de que no llevaba mi cartera…
       —¿En qué bolsillo solía ponerla?
       —Aquí… ¡Mire!… Véalo…
       —Y entonces volvió al hotel «Beauséjour». Subió a la habitación… Lidia estaba vestida…
       —Sí… Tendida en la cama… O, mejor dicho atravesada. Creí que en el momento de partir se había quedado dormida. Iba a despertarla, moviéndola, cuando vi sangre y comprendí que estaba muerta. Tenía la cabeza como si se la hubieran aplastado…
       —¿No llamó, usted?
       —Bajé y salí a la calle…
       —Dispense… ¿Había encontrado su cartera?
       —Sí; en el suelo… Se me había caído del bolsillo… En la esquina de la avenida pregunté al agente dónde estaba el puesto de policía… Fui allí… Enseñé mis documentos al brigada… Le dije que la joven estaba muerta…
       —¿Eso es todo lo que usted sabe?
       —¿No le parece que es suficiente?… Tengo mucho miedo a que mi nombre salga en los periódicos… En Holanda, la gente es muy severa en lo que concierne a las malas costumbres… Sería muy perjudicial para mis negocios que se llegara a saber que…
       —¿Esperaba regresar próximamente a Holanda?
       —Dentro de dos o tres días…
       —Tal vez tenga que esperar un poco más. Le ruego que no se mueva de París hasta que yo se lo indique… Puede usted retirarse, señor Van der Donck.
       —¿No saldrá mi nombre en la prensa?
       —Por el momento no lo veo necesario —llamó—. ¡José! Acompañe al señor Van der Donck.
       —Ya ve usted, doctor, los asuntos que se presentan en verano… ¿Qué opina de éste?
       El Doctorcito se rascó la cabeza muy turbado.
       —Se dice de usted —prosiguió Lucas— que tiene un olfato excepcional y sigue métodos muy personales. Ignoro cuáles son los crímenes de los que ha tenido ocasión de ocuparse en provincias. Aquí tiene uno que es de lo más clásico que pueda darse. ¿Qué va usted a hacer? Está en posesión de los mismos elementos que nosotros… ¡Dispense!, olvidaba un documento: el pasaporte de Lidia Nielsen, natural de Hungría, bailarina de cabaret, es decir, animadora. 22 años, soltera, procedente de Bruselas, donde trabajó mucho tiempo en un establecimiento titulado «Le Pingouin»… Según su pasaporte, Lidia Nielsen llegó ayer a París, pero nosotros ignoramos aún el hotel donde se alojó.
       »Le comunicaré este dato en cuanto lo tenga, porque en estos momentos la brigada de los alojamientos está mostrando el retrato de la victima a todos los dueños ce hotel.
       »En cuanto a las causas de la muerte, Lidia Nielsen fue golpeada en la cabeza con inusitada violencia y le rompieron el cráneo… Si no es usted demasiado sensible, y siendo médico supongo que no lo será, podré enseñarle una fotografía en la que se distinguen fragmentos de cerebro sobre el empapelado de la pared…
       »Me iba a olvidar de otro detalle. Si le he preguntado a Van der Donck si había hecho un regalo a su compañera, es porque en el bolso de ésta no se ha encontrado, aparte del pasaporte y otros objetos menudos, más que un billete de cincuenta francos y algunas monedas…
       »Voy a dejarle trabajar, doctor. Venga por aquí cuando le plazca… Todos mis sumarios están a su disposición y no le ocultaré nada sobre los progresos de la encuesta.
       Había algo de ironía en las últimas frases, pero era una ironía cordial y el Doctorcito no podía darse por ofendido.
       —A propósito… Si yo no estuviera aquí cuando usted venga, pregunte por el inspector Torrence, que trabaja siempre conmigo.
       Cuando se volvió a encontrar en los muelles, donde el calor a las diez de la mañana ya era sofocante, el Doctorcito no se sintió con su brío habitual. Aquel caso no se parecía a los que había dilucidado hasta entonces y quizás estuviera también impresionado por la inmensidad de París que se agitaba a su alrededor.
       ¿Preguntar al sereno del hotel e informarse acerca de todos los que aquella noche habían dormido allí? ¿Buscar la pista de Lidia desde que llegó a París? El comisario lo había dicho.
       ¿Y luego? ¿Telegrafiar a la policía neerlandesa para pedirle informes del señor Van der Donck? ¿Y después a la belga para obtenerlos acerca de la estancia de la víctima en «Le Pingouin»?…
       Estaba verdaderamente desalentado. Por primera vez tuyo la sensación de su pequeñez en medio del vasto mundo. La atmósfera de París le aplastaba. La enorme tarea que exige una investigación vulgar como aquélla le hacía dudar de sus posibilidades, a él que sólo contaba con su cerebro para luchar.
       Trató de emplear su sistema habitual, que consistía en establecer, antes de toda búsqueda y todo razonamiento, una base simple y franca, un cierto número de verdades absolutas.
       —Van der Donck llegó a París hace tres días… Lidia llegó el mismo día del crimen…
       Si ya se conocían y se habían dado cita, ¿hubieran escogido un lugar tan ruidoso como el Luna-Park y el holandés se hubiera hallado en compañía de dos chicas en el momento del encuentro?
       Lidia entró con su compañero en el primer hotel que vieron. Él la dejó al cabo de una hora, lo que podía parecer normal. Y también era normal que él hubiese retrocedido en busca de su cartera.
       ¿Estaba muerta Lidia cuando la dejó por primera vez?
       En tal caso, ¿hubiera regresado el holandés y hubiera ido a avisar a la policía, pudiendo desaparecer sin decir nada?
       No le hizo un regalo… Pero había especificado muy bien que la joven bailarina estaba tan borracha como él…
       ¿Por qué Lidia se volvió a vestir, ya que la encontraron completamente vestida?
       Si alguien hubiese entrado en la habitación para matarla, ¿qué objeto perseguía y por qué no se había llevado la cartera que, caída en el suelo, debía ser muy visible?
       El Doctorcito llegó a los Grandes Bulevares y contempló con admiración la inmensa fachada del «Gran Hotel», vaciló, franqueó la puerta giratoria y se encontró en el hall lleno de gente.
       ¿Dirigirse al portero? ¿Para preguntarle qué? ¿Informes acerca de Van der Donck? Vio a la izquierda del vestíbulo un suntuoso bar americano y aquella visión le dio sed. Al cabo de un instante, subido a un taburete, muy alto, pidió un combinado y se sumió en sus reflexiones.
       —¡Señor Dollent!… Llaman al teléfono al señor Juan Dollent…
       Un botones iba repitiendo la llamada por todas partes y el Doctorcito estuvo un buen rato sin darse cuenta de que le llamaban. ¿Cómo podía saberse que estaba allí?
       —Señor Dollent… al número 7, en el sótano, a la derecha.
       —¡Oiga! ¿Es usted, doctor?… Aquí, Lucas… Perdone que le interrumpa en su investigación…
       Dollent, descontento por haber empezado tan mal, estuvo a punto de responderle una grosería.
       —Quisiera con toda honradez decirle que tengo en mi despacho a un joven muy interesante… Se presentó a poco de haber salido en la prensa la fotografía de Lidia… ¿Quiere usted coger un taxi y…?
       Cinco minutos más tarde, el Doctorcito estaba en el «Quai des Orfèvres». En el despacho de Lucas se encontraba un joven alto, flaco, pálido, de ojos febriles y dedos crispados.
       —Entre, doctor… Le presento a René Fabry, empleado de Banco en Bruselas. Veintidós años, ¿no es verdad, señor Fabry?
       —Veintiuno… Lidia y yo…
       Su labio inferior se levantó. La nuez de su garganta se movió y tuvo que hacer grandes esfuerzos para contener su llanto.
       —Verá usted —explicó Lucas para ganar tiempo— hacía cerca de dos meses que el señor Fabry era el amante de Lidia.
       —¡Nos queríamos! —rectificó el joven con las pupilas encendidas.
       —¡Eso es! —prosiguió Lucas sin ironía aparente… Se querían. Parece ser que Lidia no era la mujer que aparentaba, sino una joven demasiado seria, de buena familia, que sólo bailaba en los cabarets para ganarse la vida…
       —¡Su padre fue oficial del ejército húngaro! —intervino el joven.
       —¡Ya lo ve, doctor! Claro está que el señor Fabry y Lidia no vivían juntos. El señor Fabry vivía con sus padres. Pero se veían frecuentemente por la tarde. De noche, el señor Fabry iba al «Pingouin», pero le era imposible esperar a su amiga hasta las cuatro de la mañana, debido a su trabajo.
       —Sabía que regresaba directamente a su casa… La seguí dos veces…
       —Díganos ahora cómo se dio cuenta de la desaparición de Lidia.
       —Fui a su casa ayer tarde. Ella había alquilado un piso amueblado en el barrio de la Bolsa. Su patrona me dijo que acababa de salir con una maleta y que había cogido un taxi. La patrona oyó como decía:
       »—A la estación del Mediodía…
       »Ahora bien, ¿para dónde cogería uno el ferrocarril en la estación del Mediodía sino para París?
       »Pasé horas atroces. No cené. Luego resolví irme también. Dejé unas líneas a mis padres. Escribí una carta al banco, excusándome de tomar mis vacaciones sin avisar… Cogí el tren de medianoche y llegué esta mañana un poco antes de las siete a la estación del Norte.
       Sin dejar de disimular maravillosamente su ironía, el comisario dijo al Doctorcito:
       —El señor Fabry esperaba encontrar a su amante en París… No tenía sus señas… Ni siquiera estaba seguro de que Lidia estuviese aquí…
       —¡Yo la habría encontrado! —exclamó orgullosamente el joven—. Estoy seguro de que si no me la hubiesen matado…
       —¿No oyó nunca hablar de un tal Van der Donck?
       —Jamás.
       —¿Tampoco Lidia aludió nunca ante usted a un holandés?
       —Lidia no se ocupaba de los hombres. En cuanto salía del «Pingouin», donde tenía la obligación de…
       —¡Evidentemente!… ¡Evidentemente! Y usted afirma que no era de esas mujeres que van a un hotel con un hombre que no conocen…
       —¡Ah, no! Y le prohíbo que…
       —Cálmese… Tanto el doctor como yo… Estamos dispuestos a creerle. Dado sus relaciones con la interfecta…
       —Yo me hubiera casado con ella. Y si mis padres no me hubiesen dado su consentimiento…
       —Usted pretende, pues, que Lidia ha sido víctima de un complot… ¿No es eso lo que me dijo antes?
       —Repito que no cabe otra explicación. Quizás se ocupaba de política… Tal vez de espionaje…
       —¿No lo sabe usted?
       Se sofocó. Le fastidiaba no saber nada de ella.
       —No… Lidia era misteriosa, como todas las húngaras.
       —¿Quiere tener la bondad de decirme en qué hotel vive para saber dónde podría encontrarle?
       —En el hotel de Maubeuge, cerca de la estación… Es la primera vez que vengo a París y…

       —¿Qué piensa de todo esto, doctor?
       —¿Y usted? —replicó éste, gruñón.
       —Lo mismo que usted, es decir, nada todavía.
       Y con un asomo de sarcasmo añadió:
       —La verdad es que afortunadamente nosotros, los de la Policía Judicial, no pensamos mucho… A propósito… Hemos encontrado el domicilio en París de la joven que René Fabry quiere que tengamos por una ingenua… Se alojó en el hotel Cristal, calle Fontaine; un hotel, dicho sea entre nosotros, frecuentado sobre todo por señoritas de virtud dudosa, por animadoras y por caballeros no muy recomendables. Se ha registrado su habitación. En su neceser hemos hallado la cantidad de diez mil francos en billetes belgas, lo que hace suponer que la joven no seguía a cualquier hombre por el regalito de costumbre…
       »En fin, telefoneé personalmente a Ámsterdam, donde el señor Van der Donck goza de sólida reputación… Es soltero… Viaja mucho por sus negocios y por gusto… No le esperan allí hasta dentro de algún tiempo, porque ésta es la época del año que dedica para hacer una visita de inspección bastante importante por Europa.
       »Y nada más, doctor… ya sabe ahora tanto como nosotros… Yo quisiera poder decir otro tanto.
       —¿Qué significa eso? —replicó Dollent frunciendo las cejas.
       —Que quisiera estar seguro de saber tanto como usted… Teniendo en cuenta sus hazañas precedentes, es imposible que usted no se haya formado todavía una opinión y que, de deducción en deducción…
       ¡Bueno! No valía la pena discutir. El sonriente comisario Lucas, amparándose en toda su tramoya policíaca, tenía razón. Y el Doctorcito, llegado desde el rincón más apartado de su provincia, se daba cuenta de que andaba equivocado si pretendía luchar en velocidad e ingenio con la policía oficial.
       —Que tenga buena suerte en su investigación, doctor…
       Hallábase ya Dollent en el fondo del pasillo y a punto de bajar la escalera, cuando Lucas corrió tras él.
       —¡Pst!, otra cosa… Iba a olvidar lo más importante…
       Era innegable que volvía a hablar con ironía. Llevaba un pedazo de papel en la mano.
       —Vea lo que se encontró en el bolso de nuestra bailarina… Un pedazo de menú… Al dorso, y escrito con lápiz, un número: 658… Eso es todo… Confiese que no hago trampas ni por equivocación…
       —¿Puede confiarme ese papel?
       —Con mucho gusto.
       Al cabo de una hora, a causa de aquel pedazo de papel separado de la parte inferior de un menú, el Doctorcito estaba cómodamente instalado en el rápido de Bruselas, molesto, no obstante, por haber tenido que coger un «pullman», puesto que no había otro tren en aquella hora.
       —La policía no ha de preocuparse por el dinero —suspiró, pensando en lo que acababa de pagar y en lo que gastaría en la capital belga.
       Incurría en un craso error, y Lucas no hubiera dejado de decírselo de haber estado allí. Añadiendo sin duda:
       —¡No olvide que mis hombres, cuando cogen un taxi, están casi seguros de que no les indemnizarán de los gastos hechos!
       Por lo menos, Dollent estaba convencido de haberse servido, aunque sólo hubiese sido por un instante, de su facultad de razonar. Buena prueba de ello era que los demás, los de la Policía Judicial, no habían encontrado nada interesante en aquel pedazo de papel.
       Las partes impresas, que sin duda indicaban el nombre del restaurante, habían desaparecido. Se leía entre otras cosas:

     «Mayonesa de langostinos: ocho francos».

       De pronto el Doctorcito pestañeó. Sólo había estado dos veces en Bélgica, pero se acordaba de la predilección que tenía la gente de aquel país por la mayonesa y por los platos titulados: mayonesa de langostinos, mayonesa de bogavante, mayonesa de cangrejos…
       Un salto a Montmartre antes de coger el tren. Entró en un restaurante.
       —Dígame, camarero, ¿hay restaurantes que anuncian en el menú platos como éste: mayonesa de langostinos?
       Lo más extraño fue que dio con un camarero de Bruselas que dijo con un sabroso acento:
       —Eso es belga, ¿no?
       En cuanto al número… a buen seguro que el Doctorcito no hubiera explicado a Lucas el proceso de su pensamiento… El número le recordaba un viaje a Roma. Ocupaba, en el hotel Excelsior, la habitación 432. El empleado del ascensor le explicó que los centenares en los grandes hoteles representaban el piso… De modo que todas las habitaciones del primero llevaban números que empiezan por cien… En el segundo, por doscientos… Y así sucesivamente.
       Cuando realizó aquel viaje, Dollent tropezó en un establecimiento nocturno con una encantadora bailarina, que no era húngara, sino griega, y le rogó que pasaran la noche juntos.
       —No podemos salir antes de que se cierre el local —le respondió ella—. Espéreme… Bebamos algo…
       En dos horas, gastó siete u ochocientas liras en una cena con champaña. ¡Y sólo eran las tres de la madrugada!
       —¿A qué hora cierran?
       —Nunca antes de las cinco… y, si queda gente, a las seis o más.
       No era lo suficientemente rico para quedarse durante mucho tiempo, tal como iban los gastos.
       —Prométame que vendrá a verme —insistió, esperanzado, porque la chica griega parecía personificar la ingenuidad.
       —¿Dónde?
       —Hotel Excelsior…
       —Deme el número de su habitación…
       ¡Qué noche! Esperó hasta las siete de la mañana, en pijama de seda, dando vueltas y más vueltas por la habitación, y vio cómo apuntaba el día, cómo el sol salía por encima de los tejados.
       ¡La griega no compareció!

       —Oiga, camarero…
       El camarero del pullman acababa de servir el té.
       —¿Cuántos hoteles de seis pisos, por lo menos, hay en Bruselas?
       —Hay el Metropol.
       —Sí.
       —Luego, el Palace, cerca de la Estación del Norte… El Astoria… El…
       Anotó al vuelo. Tomó nota de ocho hoteles, pero al cabo de un rato sólo había siete, porque el camarero se le acercó de nuevo para decirle que se había equivocado y que uno de aquellos hoteles sólo tenía cinco pisos.
       ¿Qué estaría haciendo el comisario Lucas en aquel momento? ¿Y qué cara pondría si, mañana, el Doctorcito volviera con…?
       ¡La idea le entusiasmaba! Volver en aquel mismo tren tan cómodo con la solución del problema, apearse en la estación del Norte, meterse en un taxi y decirle a Lucas en tono displicente:
       —Ya está.
       —¿Qué es lo que está?
       —Todo… Vea la solución del problema…
       Con los ojos medio entornados y una ligera sonrisa en los labios, el Doctorcito soñaba mientras desfilaban las primeras casas de Schaerbeek.


II

      —Oiga, portero. Estoy buscando a un buen amigo. Creo que se hospeda aquí. Si no me equivoco, ocupa el apartamento 658.
       Hallábase en el Metropol, el tercer hotel que Dollent visitaba aquella tarde. Parecióle que el portero tenía un aire más malicioso del que convenía y que miraba algo que estaba detrás de él. En el mismo momento, el Doctorcito recibió una palmada en el hombro y, a pesar de tener la conciencia muy tranquila, se estremeció y quedó desagradablemente sorprendido, lo suficiente para darse cuenta de la impresión que ha de producir en el ánimo de un criminal semejante sopapo.
       Una voz alegre, de acento bruselense muy marcado tartajeó.
       —Apuesto a que usted es el doctor, ¿verdad?
       Un hombre gordo, corto de piernas, de tez rubicunda y boca de gachas, dirigió un gruñido al portero:
       —Gracias, Jefke… Yo me ocuparé de él…
       Luego, sin dejar de dar palmaditas en el hombro de Dollent:
       —Ya me figuré que perdería el tiempo interrogando a Jefke y a los demás… Esa gente es muy charlatana… y si quiere venir conmigo a beber un doble bien escanciado…
       —Usted perdone, pero…
       —¡Usted perdone! ¡Qué idiota! Inadvertidamente omití presentarme. Inspector Snoek, del cuerpo de Seguridad belga… Mi viejo camarada Lucas me ha telefoneado para decirme que seguramente usted llegaría y para que le facilitara…
       Acompañó al Doctorcito hasta la terraza de un gran café contiguo y encargó al camarero:
       —¡Dos «formidables»!
       Poco después, les trajeron dos vasos que debían de contener un litro de cerveza cada uno.
       —Ahora, si desea preguntarme algo…
       El inspector Snoek sacó de su bolsillo un mamotreto y lo puso encima del velador de mármol dispuesto, al parecer, a sacar de él todos los informes imaginables.
       —¿Quién ocupaba el apartamento 658 del hotel Metropol?
       —¿De veras no lo sabe usted? ¡Pues es muy astuto y me pregunto cómo se las ha arreglado para llegar hasta aquí! ¡Toma, lo ocupaba Kees Van der Donck!, y le diré que lo alquila por años… El sexto piso del Metropol está más o menos reservado para los buenos clientes, banqueros, bolsistas, diamantistas, industriales que vienen a Bruselas a fecha fija y les gusta ser parroquianos… La gerencia del hotel se las compone para que la habitación esté libre cuando ellos llegan… Los hay que hasta dejan su equipaje todo el año… Si quiere usted darse una vuelta por allí arriba, verá baúles a lo largo y a lo ancho del pasillo.
       —¿Poseía Van der Donck baúles?
       —Dos grandes baúles en los que encontraba, cuando llegaba de Ámsterdam con una pequeña cartera de cuero en la mano, todo lo que necesitaba, trajes, ropa interior. Existe cierto número de hombres de ésos que los lunes frecuentan la Bolsa de Bruselas, los miércoles la de Londres, los viernes la de Colonia o de Dusseldorf… ¡A su salud!
       Y el Doctorcito comprobó que la mirada de su interlocutor, hombre de estrepitosa familiaridad, rebosaba de malicia.
       —¿Qué más desea saber?
       —¿Visitó Lidia Nielsen al holandés en su apartamento del Metropol?
       De golpe, recibió otra palmada, pero esta vez en la barriga.
       —¿Sabe que, a pesar de ser un aficionado, no tiene un pelo de tonto? Pero esta vez no me será posible responderle, porque casi todas las noches la joven corría por el hotel como un ratoncillo…
       —¿Ha interrogado usted al personal del «Pingouin»?
       —¡Ya lo creo!… ¡A su salud! Al parecer Lidia Nielsen se pintaba sola para descubrir a los hombres de negocios… ¿Comprende lo que quiero decir?… Por dentro, fría como un pescado en una nevera… Pero, por fuera, excitante como ella sola, capaz de encender a un regimiento de bomberos… Mantenía a los pobres tipos jadeantes hasta las cuatro o las cinco de la mañana y se encontraban siempre bajo la mesa doble número de botellas que las que habían bebido… Luego, si valían la pena, iba a verlos al hotel… Ora en el Palace, ora en el Metropol… Los porteros nocturnos solían verla llegar al apuntar el día con vestido de noche aún… Ella les guiñaba el ojo y corría al ascensor.
       —¿La noche del 6? —preguntó el Doctorcito.
       —Hacía ya varios días que Van der Donck estaba en Bruselas. Por la tarde recibió a unos caballeros en su apartamento. Por la noche, regresó temprano, alrededor de las once, y dijo que tomaría el primer tren de la mañana… Pagó su cuenta antes de subir a acostarse.
       —¿Y sus dos grandes baúles?
       —No habló de ellos. El portero nocturno, a quien interrogué, cree recordar que vio a Lidia, pero no podría asegurarlo. Tampoco recuerda haber visto al holandés cuando se fue, lo que no tiene nada de particular dado que era la hora en que suele ir a calentar su café… ¿No desea saber nada más, doctor?
       Y Dollent, comprobando que los ojos de su compañero brillaban más que de costumbre, pensó:
       —Tú, amiguito, con tus aires de inocencia, te estás preguntando si voy a hacerte cierta pregunta o no. Vamos a ver si es ésta la que esperas.
       Y dijo en voz alta:
       —¿Siguen los dos baúles en el pasillo?
       —Uno solamente.
       —¿Cómo marchó el otro?
       —¡Camarero! ¡Sírvanos otros «formidables»! ¿Cómo se fue el otro? ¡Pues en tren!… Cuando el holandés llegó a la estación, a eso de las seis de la mañana, telefoneó al Metropol.
       »—¡Expidan el baúl más grande a París! —dijo.
       »—¿A qué hotel? —preguntó el portero.
       »—Al depósito de equipajes de la estación del Norte… Mándeme el boletín a lista de Correos.
       »—¿A qué estafeta?
       »—Estafeta… Estafeta 42.
       »—Ahora creo que ya sabe tanto como yo. Ha tenido usted suerte de ser el niño mimado del comisario Lucas, ¿verdad?… Aquí, en Bélgica, si usted tratara de conducir sus investigaciones tal como lleva ésta, creo que los jefes le mandarían a paseo.

       A las nueve de la noche ya estaba el Doctorcito en la estación del Mediodía buscando un sitio en el tren de Paris. No podía negar que Lucas se había portado muy bien.
       En apariencia le había facilitado la tarea, puesto que envió a su encuentro a un policía belga que le dio todos los informes apetecibles.
       ¿Pero no equivalía eso a tratarlo con demasiada condescendencia, casi como a un niño? Ya empezaban a cerrar las portezuelas. Un vendedor de diarios corría a lo largo del andén.
       —«Paris-Soir», «L’Intran», «Le Soir», «La Dernière Heure».
       Los adquirió todos, a la ventura, y unos minutos más tarde, cuando el tren cruzaba los suburbios de Bruselas, el Doctorcito se instaló en el vagón restaurante y, esperando el primer servicio, abrió el periódico que tenía más cerca.

     «El caso del Luna-Park».
     «Un rebote inesperado».
     «Un joven belga dispara a boca de jarro contra el holandés Van der Donck».

     «Nuestros lectores no han olvidado el extraño caso del Luna-Park que relatamos en nuestras precedentes ediciones. Pues bien, esta tarde, a las tres, la muerte de Lidia Nielsen ha causado otro drama que ha tenido por marco el bar del Gran Hotel del bulevar de los Italianos».

       ¡Aquel bar en donde el Doctorcito la misma mañana estaba acodado! En que le sirvieron el clásico cocido madrileño y no lo probó.

     »Un joven acababa de preguntar por el señor Van der Donck y el portero creyó obrar bien indicando al visitante que el holandés se encontraba probablemente en el bar.
     »Lo más raro del caso es que en aquel momento había en el vestíbulo del hotel un inspector de policía, el inspector Torrence, encargado de vigilar discretamente a Kees Van der Donck…
     »Siguió con la mirada al joven… Le vio hablar con el barman. Luego le vio apostrofar al holandés que bebía desde hacía mucho rato y que, según el barman, empezaba a estar borracho…
     »¿Qué se dijeron entre sí aquellos dos hombres? Sólo se puede hacer conjeturas. Lo cierto es que, al cabo de un instante, el joven sacó rápidamente un revólver de su bolsillo, disparó dos veces y trató de seguir disparando, pero, por fortuna, no lo logró debido a que su automático se encasquilló.
     »Mientras la víctima, alcanzada por una de las dos balas, encorvaba el cuerpo sobre el mostrador, el asesino, un belga, se dejó detener sin oponer resistencia.
     »En la hora del cierre de esta edición, el estado del negociante neerlandés es muy satisfactorio, pues la bala no afectó a ningún órgano esencial».

       —¿Decía usted caballero?
       Sorprendido, el Doctorcito levantó la cabeza.
       —¿He dicho algo?
       Y el camarero del vagón restaurante sonrió al excusarse:
       —Usted perdone… Creí que me hablaba.
       ¿Qué pudo haber dicho en voz alta sin darse cuenta? Alimentaba con vehemencia la vana esperanza de reunir todos los datos que en apariencia no cuadraban entre sí.
       ¿Por qué Van der Donck, que, al parecer, conocía muy bien a Lidia, hasta en el sentido bíblico de la palabra, fingió tratarla en París como a una aventurera?
       ¿Por qué la llevó a un hotel de tercera categoría, siendo así que en Bruselas no vacilaba en recibirla en su habitación del Metropol, donde era más conocido que en Francia?
       ¿Por qué la joven húngara, acostumbrada a cierto lujo, siguió a su compañero hasta una habitación del hotel Beauséjour, que sólo frecuentaban peripatéticas de segundo orden?
       ¿Por qué?
       Cuando se apeó del tren en la estación del Norte todavía seguía desgranando su rosario de «por qué». Era la una de la madrugada. El amplio vestíbulo estaba casi vacío. El Doctorcito sentía pesadez en la cabeza y, descontento de sí mismo, iba a encaminarse hacia su hotel de los alrededores de la estación de Orsay para acostarse.
       —Y bien…
       Se estremeció, Había reconocido aquella voz cordial, apenas zumbona.
       —¿Ha tenido buen viaje? ¿Trae muchos informes valiosos?
       El comisario Lucas, que era el que le hablaba, lo cogió por el brazo y lo condujo hacia la salida.
       —¿No me guarda rencor? Sospeché que iría a Bruselas y quise facilitarle la tarea. Además, ¿no fue usted quien me dijo que quería estudiar los métodos de la policía oficial?
       »Pues bien, ya se habrá dado cuenta de que no hay método alguno. Nosotros desconfiamos de los razonamientos y de las teorías. Con paciencia, como buenos funcionarios que somos, reunimos, por medios ordinarios, tantos informes como podemos.
       »Y es muy raro que entre esos informes no haya uno que nos ponga sobre la pista.
       »¿Un doble?
       —¡Gracias! Sobre todo, nada de cerveza…
       Tenía aún el estómago hinchado por los «formidables» del inspector Snoek.
       —Quiero ponerle al corriente de lo que ha ocurrido durante su ausencia…
       —¡He leído la prensa! —replicó, gruñón, el Doctorcito.
       —Sabe usted, pues, casi tanto cómo nosotros… Traté de someter al joven René Fabry a un primer interrogatorio, pero no pude sacar nada de él… Es testarudo como una mula… Se ha propuesto no hablar sino en presencia de su abogado… Entretanto está en la Prevención.
       —¿Y Van der Donck?
       —En el hospital Beaujon… Fui a verle… No se explica la actitud del energúmeno, como él dice…
       —¿Le preguntó usted qué palabras le dirigió René Fabry antes de disparar?
       —Claro que sí… ¿Y. sabe usted lo que me respondió?
       »—Así aprenderá a deshonrar a las jóvenes.
       »De todos modos, ¿no quiere que tomemos algo? Si no desea cerveza…
       Se sentaron ante el velador de la terraza de un café. La noche era templada. Unas parejas pasaban lentamente entre la sombra. Unos taxis merodeaban en busca de clientes. Autocares repletos de extranjeros subían hacia Montmartre.
       Después de una primera copa de coñac, el Doctorcito pidió otra y empezó a sentirse mejor. Le pareció que percibía con más agudeza la vida que le rodeaba, la vida de una gran ciudad de cuatro millones de habitantes, sin contar los que, como Lidia, Van der Donck, René Fabry, llegan a ella desde todas las partes del mundo para solventar sus asuntos.
       Lidia era húngara.
       Van der Donck, holandés.
       El joven Fabry, empleado de banca de Bruselas.
       Y era en París donde los tres sucumbían, era en París donde, como por casualidad, se realizaba el desenlace del drama que había empezado Dios sabe dónde, quizá en el Metropol de la plaza Brouckère, tal vez en el «Pingouin».
       —¡Camarero! Una copa de coñac…
       Lucas le miró de soslayo, pero el doctor no le hizo caso.
       —Lo que quisiera saber… —empezó de pronto, después de tragarse su tercera copa.
       Pero se calló. Se encogió de hombros. ¿Acaso su compañero le había dicho todo lo que llevaba en el buche?
       —¿Qué es lo que quería saber?
       —Nada… O mejor dicho… ¿El hospital Beaujon es el que está situado en la calle del Faubourg-Saint-Honoré, verdad?
       Lucas frunció el ceño. Le hubiera gustado conocer lo que pensaba el Doctorcito.
       —Voy a acostarme…
       —Yo también…
       Ambos obraban con artificio y cautela. Y la prueba más evidente de ello es que el Doctorcito tomó un taxi y ordenó en voz alta:
       —¡Quai d’Orsay!… ¡Esquina a la calle de Beaune!…
       Lucas cogió otro taxi.
       —Siga el coche que va delante…
       En la plaza de la Ópera, Juan Dollent abrió la ventanilla que le separaba del chofer.
       —¡Hospital Beaujon!… ¡Aprisa!
       Cuando llegó allí, el Faubourg-Saint-Honoré estaba oscuro y desierto. La pesada puerta se abrió y el conserje le miró de hito en hito.
       —Soy médico… Deseo ver a uno de sus enfermos con toda urgencia. ¿Quiere llamar al interno de guardia?
       —Un instante… Sírvase esperar aquí…
       Aquello le recordó su internado de Burdeos y volvió a percibir los olores familiares, las mismas siluetas blancas de enfermeras que cruzaban los pasillos sin meter ruido…
       Un médico joven con bata blanca se le acercó por fin.
       —¿Es usted quien desea hablarme?
       —Soy el Doctor Dollent… Quisiera decir unas palabras a uno de sus enfermos… Kees Van der Donck… Ya que su estado no es grave, supongo que…
       —Está usted equivocado, querido compañero. El holandés ha sido instalado en una habitación separada… Hay órdenes de que permanezca incomunicado… Y añadiré que la policía debe de tener, buenas razones para ello, puesto que ha colocado un inspector en el pasillo…
       Hacía ya unos instantes que Dollent veía la mirada de su interlocutor fijarse en algo que había detrás de él y se volvió. Lucas estaba allí, plácido y sonriente.
       —Tenía que haberme dicho que deseaba entrevistarse con Van der Donck… Yo mismo ordené que nadie le molestara… Pero si usted se empeña…
       Y Lucas alargó su tarjeta al interno, que no tuvo más remedio que inclinarse.
       —Por aquí…
       Pasillos. Escaleras. Lámparas a media luz. Más enfermeras y, en el fondo de un corredor más largo que los otros, un hombre joven, con sombrero, sentado en una silla y fumando una pipa corta.
       —Y bien, Torrence…
       —Nada, jefe.
       —¿Tienes la llave?
       El inspector la sacó de su bolsillo y se la dio a su superior. Lucas abrió.
       —Pase, doctor…
       Dollent sólo dio un paso en la habitación. La ventana estaba abierta y él se hallaba en plena corriente de aire. No solamente la cama estaba vacía, sino que no había sábanas en ella. Atadas al pie del armario, anudadas unas con otras, colgaban en el exterior.
       —¡Desolador! —suspiró el comisario Lucas—. Es algo verdaderamente desagradable… ¿Qué dirá la gente mañana, cuando se sepa que Kees Van der Donck, a pesar de estar herido, se ha querido marchar por la ventana?… Oiga, Torrence… ¿No oyó nada?
       —Nada, jefe.
       —¿No se ausentó usted? ¿No ha cortejado a las enfermeras?
       —Se lo juro, jefe…
       —A pesar de todo es usted culpable…
       —¿…?
       —Hubiera tenido que tomar la precaución elemental de no dejar en la habitación su ropa.
       —Pero usted no me dijo…
       —Tratándose de ustedes, todo se ha de decir y de prever… Su deber es conocer su oficio, ¡vive Dios!… Puede ir a acostarse…
       »No veo la necesidad de vigilar una habitación vacía.
       Esta vez el Doctorcito y Lucas se despidieron en la esquina del Quai d’Orsay y de la calle de Beaune, y el doctor se fue realmente a la cama.


III

      Quién dijo que, sin la vanidad que es el resorte más poderoso de la humanidad y la inspiradora de heroísmos, el hombre viviría aún en la edad de las cavernas?
       El Doctorcito, según su costumbre, se había levantado a las seis de la mañana. Esto equivale a decir que deambulaba casi solo por las calles de París, en unión de los basureros.
       Pero estaba decidido a no dejarse humillar por el comisario Lucas y a demostrar que aquel olfato del que empezaba a hablarse en las provincias no se embotaba al entrar en contacto con la capital.
       Durante dos horas anduvo vagando de un muelle a otro y hubiérase dicho que sólo le impresionaba el espectáculo de las pinazas que se deslizaban por el río.
       En realidad pensaba:
       —¡Si por lo menos el primer correo me trajese una carta!
       Luego buscó una farmacia abierta y, para encontrar una, fue hasta la calle de Montmartre, lo que le proporcionó el placer de cruzar las Halles. Los dos frasquitos que adquirió sorprendieron al empleado de la farmacia, máxime cuando a renglón seguido pidió un pincel como los que se usan para untar la garganta.
       —¿Hay correo para mí? —inquirió a las ocho en punto en el mostrador de su modesto hotel.
       —Tres cartas, doctor.
       Subió a su habitación. No se tomó la molestia de abrir las cartas, pero, en cambio, introdujo el pincel en cada uno de los frascos, lo pasó dos veces por encima de las palabras «Juan Dollent», que se borraron completamente por encanto.
       Después de lo cual escribió lentamente, sacando la lengua entre los labios: «Kees Van der Donck».
       Estaba que ardía. No había transcurrido aún un cuarto de hora cuando entraba como un torbellino en la estafeta postal 42 y se detenía frente a la ventanilla de la lista de Correos.
       —¿Tiene algo para mí?
       —¿Qué nombre?
       —Kees Van der Donck.
       —¿Lleva documentos de identidad?
       —Los he dejado en el hotel.
       —En ese caso… A menos que traiga dos sobres con el sello de Correos.
       Los mostró y recibió como recompensa una hermosa carta con membrete del hotel «Metropol» dirigida a Van der Donck.
       —Hay ochenta céntimos de tasa… Más cincuenta de lista de Correos.
       ¡Y que se fastidie Lucas! ¡Y que se fastidie la policía oficial! ¿Quién fue el primero en mofarse del otro?
       Menos de diez minutos más tarde, un taxi le depositaba en la estación del Norte, desde donde corrió al depósito de equipajes, enarbolando el resguardo de expedición que había encontrado en el sobre.
       —Vengo a buscar un baúl.
       Examinaron el resguardo. Le dieron vueltas y el Doctorcito empezaba a temblar.
       —Vea en la Aduana.
       Tuvo que correr como los niños que juegan a las cuatro esquinas, mandado de un vestíbulo a otro hasta que un empleado le señaló un inmenso baúl armario apoyado en un rincón.
       —¿Trae usted las llaves?
       ¡Diablos! ¡No había pensado en ellas!
       Y… Y súbitamente se le ocurrió una idea… El hombre que había telefoneado al hotel «Metropol» para hacer expedir el baúl tampoco había pensado en las llaves…
       De golpe, sus últimos escrúpulos se desvanecieron.
       —En efecto, he perdido las llaves de ese baúl…
       —Podría llamar a una cerrajero…
       —No vale la pena… El baúl es viejo… Estoy seguro de que con unas tenazas se podría cortar la cerradura y…
       —¿Lleva usted tenazas? —soltó el aduanero.
       ¡Evidentemente no! Y el Doctorcito se puso a galopar por las dependencias de la estación en busca de un cortafríos…
       Corría como cuando en sueños uno se cree perseguido y las piernas se doblan hasta el punto de no poder poner un pie ante el otro.
       ¿Acaso Lucas y sus agentes?…
       Miraba sin cesar hacia la calle. Su pecho se oprimía. Ya tenía cortafríos. Acababa de dar veinte francos a un jornalero para que se lo prestara.
       Corrió.
       —Aquí está… Hagan saltar la cerradura.
       —¡Cómo usted guste! —pareció decir el aduanero.
       El metal se rasgó… Sólo faltaba abrir el baúl, que como todos los baúles-armario, se mantenía de pie.
       —¡Ya está! —dijo con aire triunfal—. Puede usted revisar, aduanero…
       Y retrocedió dos pasos. Estaba pálido. Un temblor agitaba sus dedos. La angustia… ¿Y si se hubiese equivocado? ¿Si hubiese cometido toda aquella serie de delitos para…?
       —¡Oiga!
       El aduanero resopló, furioso.
       —¿Qué es lo que hay ahí dentro? Me parece que…
       En el mismo instante separó las dos partes del baúl y un cadáver le cayó en los brazos.

       —¡Cuidado!… Que no se escape… Es un asesino.
       El Doctorcito no trataba de huir, pero la gente, alrededor suyo, no podía creer que se dejara coger tan fácilmente. Tal vez le suponían armado. En todo caso, gracias al pánico, hubiera podido escapar diez veces de haberlo querido.
       —Llamen a la policía… Telefoneen a…
       El Doctorcito estaba sentado encima de una caja y había encendido un cigarrillo. Lo que más sorprendía a los que le contemplaban horrorizados era aquella sonrisa de satisfacción que vagaba por sus labios.
       —Que le lleven primero a la Comisaría especial de la estación.
       Allí le hicieron esperar un buen cuarto de hora, entre dos agentes dispuestos a golpearle al menor gesto equívoco que hiciera.
       ¡Y él seguía sonriendo!
       —Oiga… ¿La Policía Judicial? Acabamos de detener a un tal Van der Donck que intentaba retirar un baúl del depósito de equipajes… Ahora bien, este baúl… ¿Cómo dice?… Bien… De acuerdo, jefe.
       ¿Doscientas, trescientas personas en la calle? Hasta un fotógrafo de un periódico que esperaba en la estación la llegada de una estrella de cine y que aprovechó la inesperada ocasión para disparar su «flecha» ante el rostro del Doctorcito.
       —Pónganle las esposas… Llame a un taxi… Llévenlo directamente a la Policía Judicial.

       ¿No era divertido cruzar París esposado de tal guisa, entre dos agentes que le metían el cinturón en las costillas? ¿Y entrar en el «Quai des Orfèvres» por la gran puerta?
       —Por aquí… Y quieto, ¿eh? Si no…
       ¡Tuvo suerte de que a nadie se le ocurriera darle una tunda!
       —¿Para quién es? —preguntó el portero mirando al preso de arriba abajo.
       —Para el comisario Lucas.
       —Voy a avisarle.
       ¡Uf! ¡Por fin iban a dejarle tranquilo! Le quitaron las esposas que le magullaban las muñecas. ¡Ante todo y sobre todo iba a triunfar!
       —El comisario dice que, por el momento, lo metan en la celda número 2…
       —Usted perdone… —quiso protestar Dollent—. Diga al comisario que…
       —¡Basta!… Por aquí…
       Y le encerraron en una celda que tenía un metro de ancho, por dos de largo, en la que sólo entraba luz por una ventanilla.
       Durante una hora estuvo rabiando. Luego se abatió. Por fin recobró su calma y empezó a ensayar lo que diría luego.
       —Evidentemente, señor comisario, usted ha tenido la oportunidad de remover cielos y tierra, de mandar agentes a todos los hoteles de París, de interrogar a centenares de personas y de obtener en muy poco tiempo, con una simple llamada telefónica, todos los informes apetecidos de la Seguridad belga.
       »Yo, siempre aficionado…
       »¿Quiere que le diga, mi querido comisario, si usted permite que le llame así, que lo que más me chocó fue la historia que le contó Van der Donck?
       »Que Lidia estuviera vestida cuando él la encontró muerta…
       »Sólo hacía unos minutos que había salido, ya que no hizo sino subir la avenida hasta la Etoile, en donde se dio cuenta de la desaparición de su cartera.
       »Ahora bien, la mujer que encontró muerta iba vestida del todo, con las medias bien tirantes, y si no llevaba puesto el sombrero fue porque el golpe que le asestaron lo hizo caer.
       »Por lo que yo sé acerca de esa clase de mujeres, hubiera creído que Lidia pasaría el resto de la noche en la habitación.
       »Entonces quise preguntarle a usted si la cama estaba verdaderamente deshecha, si había en ella la huella dejada por dos cuerpos, pero no lo hice para no ponerle en ascuas.
       Un agente montaba guardia detrás de la ventanilla, pero Dollent no se preocupaba por él y, al igual que ciertos detenidos preparando su defensa, él preparaba su triunfante explicación.
       —Van der Donck no esperaba encontrar a Lidia Nielsen y ésta no estaba en París por casualidad.
       Hubiérase dicho que esperaba una objeción, pero no había nadie en su calabozo.
       —A partir de aquel momento, pensé que no fueron al hotel Beauséjour para encontrar lo que parecían buscar, sino únicamente para ajustar en paz sus cuentas. Lidia no se había quitado el vestido. El holandés tampoco. Al cabo de unos minutos de conversación, él debió golpearla, quizá con uno de los candelabros, tal vez con uno de los morillos que había en el hogar de la habitación.
       »Luego, prudentemente, aguardó para no inspirar sospechas al sereno si abandonaba demasiado pronto la habitación.
       »Salió. Se creyó tranquilo. Subió, en efecto, por los Campos Elíseos a pie. Nadie podía acusarle de aquel crimen…
       »Cuando, de pronto, se dio cuenta de que había dejado su cartera en la habitación… Debió resbalar de su bolsillo en el momento de hacer un esfuerzo…
       »¿Dejarla allí?… Equivalía a condenarse… ¿Ir a recogerla y volverse a marchar? Esto era más peligroso todavía, porque quién sabe si ya no se había dado la señal de alarma.
       »Como tiene el aspecto de un hombre honrado y hasta de ingenuo, más valía fingir la ingenuidad, volver a la habitación, llamar a la policía, hacerse pasar por uno de aquellos desgraciados extranjeros para los que el “París Alegre” se transforma en una fuente de toda clase de contratiempos.
       »Pero ¿Por qué, me dirá usted, asesinar a Lidia Nielsen?
       El Doctorcito sintió un calambre en el estómago, un calambre de hambre, pero no le prestó atención y prosiguió su soliloquio:
       —Yo le responderé:
       »—Porque Lidia Nielsen sabía:
       —¿Qué sabía Lidia?
       »Yo lo ignoraba, señor comisario, y para descubrirlo fui a Bruselas, donde fui recibido bastante irónicamente por su amigo el inspector Snoek, quien, entre paréntesis, tendría que encontrarse aquí para ofrecerme uno de aquellos “formidables”, que no aprecié lo bastante…».
       La llave giró en el cerrojo… La puerta se abrió. El agente se limitó a refunfuñar:
       —¡Venga!


IV

      —¡Cómo!… ¿Es usted?… ¡Guardias!… Quítenle las esposas al doctor Dollent…
       —¡Ya está bien! —gruñó éste—. Como si usted no supiera que era yo quien estaba en su calabozo número 2…
       Lucas esperó la salida de los guardias.
       —Le confieso… —dijo.
       —Siendo así, lo mejor que podría hacer es mandar que me suban un vaso de cerveza y un bocadillo.
       Y, desconfiado, mientras Lucas telefoneaba, preguntó:
       —¿No le han encontrado, eh?
       —¿A quién?
       —Al asesino de Van der Donck.
       —¿Encontrado?… ¿Por qué lo pregunta?… Nunca lo perdimos.
       —¿Y anoche en el hospital?
       —Yo ya supuse que tomaría las de Villadiego por la ventana… ¡Entre! Ponga la bandeja aquí… Gracias.
       Había en la bandeja cuatro dobles de espuma cremosa y un par de sólidos emparedados de jamón en uno de los cuales hincó el diente el Doctorcito.
       —En cuanto a sus métodos, mi querido doctor, si bien dan unos resultados cuya rapidez admiro, me veo obligado a decirle que nos costarían un ojo de la cara si quisiéramos emplearlos… Falsificación… Uso de documentos falsos… Extravío de correspondencia… Robo con agravantes de un baúl… Y, en fin, si se quieren llevar las cosas al extremo, tentativa de robo y de encubrimiento de cadáver… ¡De modo que…!
       —Ello no es óbice para que en veinticuatro horas yo le haya puesto en las manos el cadáver de Van der Donck… Hablo del verdadero Van der Donck.
       —Exacto. Y tal vez no lo hubiéramos encontrado sino dentro de dos o tres días… Pero, en cambio, tenemos bajo llave al falso Van der Donck.
       En el fondo se admiraban mutuamente, pero creían necesario adoptar una huraña actitud.
       —¿Cuál fue su punto de partida, doctor? ¡Razonamientos! Uno de ellos, cuya sutileza admiro en sumo grado, fue el que le condujo a la habitación 658 del Metropol… Nosotros llegamos allí de otra manera. Pedí a la policía de Bruselas que me encontrara la pista de Van der Donck…
       —¡Con los medios de que ustedes disponen!…
       —Los disparos de aquel idiota de enamorado pasmado, me refiero a René Fabry, estuvieron a punto de despistarnos… Sin embargo, hice que vigilaran a nuestro holandés. Y me dije:
       »Tú, si algo te pesa en la conciencia, no permanecerás durante mucho tiempo en el hospital…».
       »Y así sucedió… Uno de mis agentes le esperaba en el jardín de Beaujon… Le siguió hasta el Havre, en donde no le echó mano hasta pocos minutos antes de que zarpara el correo de América del Sur.
       »Ahora, lo que me pregunto es cómo, con lo poco que usted sabía, doctor…».
       El Doctorcito se secó los labios porque acababa de devorar los dos emparedados y de tragarse dos de los dobles. Torcía la vista al mirar el tercero todavía intacto.
       —Yo —declaró— ocupo el lugar del personaje… Y de haber sido el señor Van der Donck…
       —Prosiga, le escucho…
       —De haber tenido mi apartamento alquilado por años en diversas ciudades, no hubiera telefoneado desde la estación del Mediodía, a las seis de la mañana, para pedir a un portero que expidiera un baúl a París…
       »¡Y menos a un depósito de equipajes!
       »¡Y menos aún, dado para el resguardo la dirección de una lista de correos!…
       —¿Por qué no bebe?
       —Creía que era para usted.
       —¡No, hombre! Tres dobles para usted y uno para mí.
       —¡A su salud!… El falso Van der Donck debe ser un aventurero conocido…
       —Es el reincidente holandés Peter Krull.
       —¡Bien! Se aloja en el Metropol. Sabe que su compatriota se encuentra allí y que siempre lleva grandes cantidades encima. Por la noche, entra en su aposento y le asesina… En el momento en que va a meter el cadáver en uno de los baúles que se hallan en el pasillo, surge Lidia Nielsen, con la que no había contado y a quien no conocía.
       »He ahí el detalle, lo que siempre impide que se cometan los llamados crímenes perfectos, la falta gracias a la cual la justicia acaba invariablemente por triunfar… Peter Krull, como usted le llama, no sospechó que su compatriota había dado aquella noche cita a una bailarina de cabaret.
       »Para hacerla callar, le entrega diez mil francos… Ella se va… Luego, él sale del hotel sin que le vea el portero nocturno.
       »Pero piensa que el baúl no tardará en despedir un hedor revelador… Telefonea… Hace que lo manden a París, a un depósito de estación donde podrá permanecer semanas sin que a nadie se le ocurra registrarlo…
       »Va también él París, se aloja en el Gran Hotel, y corre la juerga a su manera…
       »Hasta que se encuentra cara a cara con Lidia Nielsen. ¿Juzgó ésta, pensándolo bien, que diez mil francos eran pocos para comprar su silencio? Es probable, teniendo en cuenta lo que sabemos de ella.
       »Vino para sacar más dinero a Krull. Tal vez contaba con encontrarle por la noche en algún establecimiento nocturno de Montmartre, y lo encontró antes de lo que esperaba.
       »De pronto… Él se despide de sus dos amiguitas… Con el pretexto de ajustar sus cuentas, lleva a Lidia a un hotel cercano… La mata…
       »Y la fatalidad se encarniza en aquel asesino holandés… ¡Éste deja su cartera en la habitación!… Regresa…
       —¡Oiga, doctor!
       —¿Qué?
       —¿Sabe que es usted muy astuto? ¿Sabe que ha reconstituido los hechos con una exactitud casi rigurosa?
       —Es natural… Desde el momento en que se toma un razonamiento por una extremidad y que uno ocupa el lugar de…
       —A propósito de eso, ha ocupado usted el lugar del asesino con tanta perfección, que es a usted a quien han esposado y quien ha pasado unas horas en la celda.
       —Gracias a usted…
       —Es que, lo confieso, no quería verle triunfar… Esperaba noticias de un agente, que seguía los pasos del falso Van der Donck… Quería deslumbrarle…
       —Yo también.
       —Usted encontró el baúl… Yo lo hubiera encontrado sin duda alguna dentro de pocos días…
       —Yo seguramente hubiera llegado hasta el Havre…
       —Pero el buque ya habría zarpado.
       El Doctorcito murmuró, soñador:
       —¡Tal vez!
       Meditó. Una arruga se formaba en su frente como en los momentos más arduos de una investigación… Pero la pregunta a la que trataba de contestar esta vez era:
       —¿Quién ha obtenido los resultados más importantes, la Policía Judicial o yo?
       Quería responder honradamente. Frunció el ceño. No se acordaba de su interlocutor.
       Y éste concluyó con aire campechano:
       —¡Vaya! ¡Es usted un as, doctor! La próxima vez seré yo quien vaya a tomar una lección en Charente… Prométame que me llamará en cuanto se presente otro caso… Y, entretanto, ¿qué le parece si nos ofreciéramos una de aquellas comilonas que cuentan en la vida de un gastrónomo?
       Sólo quedaba René Fabry encarcelado. Lo estuvo tres meses en espera de ser juzgado.
       Fue absuelto.
       Mientras que el falso Van der Donck, Peter Krull, decía a los policías franceses que le conducían a la frontera, donde le esperaba el inspector Snoeck:
       —Me importa un bledo, como dicen ustedes. La pena de muerte no existe en Bélgica, y, como mi primer crimen lo cometí en Bélgica, transcurrirá mucho tiempo hasta que vuelva a Francia para responder del segundo.
       ¡Seguía viéndosele, en su rostro tallado a golpes de hacha y en sus pequeños ojos azules, el aire de un muchacho encantador!




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