George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


El billete de metro (1941)
(“Le ticket de métro”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 140, 8 de agosto de 1941);
Les dossiers de l’Agence «O»
(París: Gallimard, N.R.F., 1943, 672 págs.)



I

      Era una de esas mañanas como para encerrarse en las oficinas bien caldeadas y entregarse perezosamente a trabajos descansados. Fueron llegando, por turno, con la nariz encarnada y la punta de los dedos entumecida, y todos repitieron la misma canción:
       —¡Qué niebla!
       Las estufas roncaban cargadas hasta los topes. A causa de la niebla, si bien no eran más que las nueve, las luces estaban encendidas. Barbet, como todos los días, acababa de salir para el correo. La señorita Berta había ocupado su sitio en la antesala y, para decirlo todo, ponía orden en su bolso de mano, en el que periódicamente hacía la limpieza, vaciándolo.
       En el despacho grande, Torrence, que había encendido una pipa, se mantenía de pie, de espaldas al fuego, en una actitud antaño familiar a su antiguo jefe Maigret.
       Emilio, pasaba el tiempo haciendo punta a todos los lápices que estaban al alcance de sus manos, en su pequeño cuartito, cuyo desorden adoraba y desde el que podía ver todo cuanto ocurría en el despacho del jefe.
       Para emplear una palabra de Torrence, la jornada no había sido todavía embragada, y lo mismo debía de ocurrir en millares de oficinas parisienses, en las que se disfrutaban unos minutos de sabroso descanso antes de abordar el trabajo.
       Súbitamente, la señorita Berta levantó la cabeza. Se oían pasos en la escalera, pero eran pesados, torpes, vacilantes.
       —De no haber sido tan de mañana —diría luego ella—, hubiera creído que se trataba de un borracho.
       Es verdad que la escalera de la Cité Bergère era angosta e incómoda.
       Una mano tienta, busca el asidero de la puerta. La señorita Berta no se mueve, pero observa aquel botón que empieza a girar.
       Se abre la puerta. La joven se levanta.
       —¿Qué desea usted?
       Siente una impresión desagradable. El hombre que acaba de entrar la mira como si no la viese o, mejor dicho, como si fuese un polvillo ínfimo en su camino. Es alto, y viste un abrigo oscuro. Es hombre de unos cincuenta años; probablemente un buen burgués, acostumbrado a mandar.
       ¿Había venido ya a la Agencia O? La verdad es que no era difícil adivinar cuál era el despacho del jefe, porque éste tenía una doble puerta acolchada.
       Toda aquella escena duró apenas unos segundos. Durante un instante, al pasar, el hombre se apoyó en la mesa. Sin preocuparse de la secretaria, abre la puerta de Torrence. Éste, sorprendido, observa a aquel desconocido que irrumpe de tal modo en su despacho. Emilio, en el despachito contiguo, está también atento, detrás del espejo que los visitantes no sospechan y que le permite ver todo lo que ocurre igual que un micrófono le permite oírlo todo.
       El hombre abre la boca… Se nota que hace un esfuerzo desesperado, y, no obstante, no salen de sus labios más que inarticulados sonidos… Vacila… Sus dos manos están crispadas sobre el pecho…
       No se sabe nada, no se sospecha todavía la verdad y no obstante todos están conmovidos por la impresión de algo trágico. La estufa ronca.
       La mirada del hombre se vuelve huraña. Son las diez y siete minutos.
       —Él… Él…
       En la pared, justo encima de Torrence, hay un reloj de lo más vulgar posible; un reloj, como los que hay en la mayoría de las oficinas; con una esfera descolorida en una caja negra. Una de las manos del hombre trata de señalarlo… Las agujas marcan exactamente las diez y siete minutos…
       —Él… Él…
       Algo le sube a la garganta. Su mirada expresa la desesperación más atroz. Quiere hablar a toda costa.
       —El ne…
       —¿El qué? —pregunta Torrence, precipitándose hacia el hombre.
       Éste se desploma en el suelo. Un chorro de sangre brota de sus labios, y, no obstante, Torrence, inclinado sobre el hombre, juraría que, en un aliento, el desconocido ha murmurado:
       —El negro…
       Ya los ojos, cuya mirada estaba clavada en el reloj, se han vuelto vidriosos. Unos segundos más, un espasmo, un estremecimiento de todo el ser y ya no hay más que un cadáver en el suelo.
       La señorita Berta telefonea al doctor Marie, que habita en la vecindad, en Montmartre. Barbet vuelve de Correos silbando alegremente.
       Torrence, que ha desabrochado el abrigo del muerto, señala a Emilio una pequeña herida sangrienta precisamente a la altura del bolsillo superior del chaleco.
       —No hace más que unos minutos que a ese hombre le han metido una bala en el pulmón izquierdo —explica Torrence, que está acostumbrado a esa clase de heridas… ¡Mire! La sangre se ha coagulado enseguida en el orificio… Se ha producido una hemorragia interna. Ha sido necesario que este hombre hiciera un esfuerzo sobrehumano para seguir andando, para subir hasta aquí, para balbucear algunas sílabas.
       Ni Torrence ni Emilio son precisamente unas mujercitas y, no obstante, están tan pálidos el uno como el otro. Hay en aquel drama algo de inexorable, de equívoco, que les impresiona.
       —El doctor viene enseguida —anuncia la señorita Berta, que prefiere no mirar hacia el muerto.
       Y éste, tendido en la habitación, parece anormalmente grande.
       —Sería bueno que telefonease a la Policía Judicial, jefe.
       Torrence llama al comisario Lucas, su antiguo colega del «Quai des Orfèvres».
       —Sí, hombre, sí… Ven tú mismo… Me gustaría que, en lo posible, se obrara con discreción. No, no le conozco. Juraría que el disparo se lo hicieron a menos de cien metros de mi despacho… No hubiera podido andar más… Te espero; sí.
       Emilio, que ha empezado a registrar los bolsillos del cadáver, saca de uno de ellos, no sin sorpresa, un gran revólver de cilindro. El arma está fría. Y no obstante falta una bala en el cilindro y el cañón no está engrasado.
       —¿Qué dice usted a eso, jefe?
       Torrence mueve la cabeza. En casos semejantes es cuando su experiencia, adquirida en la Policía oficial, le es útil.
       —Digo que este hombre no ha podido suicidarse. Mire el abrigo, la chaqueta… No hay huellas de pólvora en el tejido, ni la menor quemadura… Si la bala hubiese sido disparada desde tan cerca, sobre todo con un arma de ese calibre… ¿Pero dónde ha ido Barbet?
       —Lo he enviado a la Cité Bergère.
       Torrence comprende. Vacían uno tras otro los bolsillos del cadáver. Y en primer lugar, del bolsillo derecho del abrigo, sacan un billete de metro que lleva la fecha del día y que ha sido despachado en la estación Saint-Martin, que está a menos de un kilómetro de la Cité Bergère. Seguramente el desconocido tenía prisa de llegar, porque, a pie, casi hubiera invertido el mismo tiempo.
       —Es un billete de tarifa corriente —observa Emilio—, es decir, que este hombre tomó el metro en la Puerta de Saint-Martin después de las nueve de la mañana.
       La estación más próxima a las oficinas de la Agencia O es la estación Faubourg-Montmartre, a sesenta metros. A esa hora, en el momento de la apertura de las oficinas y de los almacenes, el cruce de Montmartre está particularmente animado. En cambio, la Cité Bergère está casi desierta.
       Un bolsillo interior de la chaqueta proporciona otra sorpresa. Aparecen en él, y dentro de un sobre amarillo, cincuenta billetes de mil francos casi nuevos, sujetos por clips en legajos de diez.
       —Desde luego, el motivo del crimen no ha sido el robo… ¡Ah! Aquí está su cartera.
       No es difícil averiguar la identidad de la víctima. Se trata de un tal Gérard Duhourcin, subdirector de las Fábricas de alambres francesas de Saint-Etienne. Tiene cincuenta y cuatro años y nació en Lille (Nord).
       —Póngame con las «Tréfileries Françaises» de Saint-Etienne, señorita Berta… Luego, me pondrá con el 132 de Saint-Etienne… Es su domicilio particular.
       En la misma cartera, hay un billete de ferrocarril Saint-Etienne - París, de ida y vuelta, despachado la víspera por la tarde en Saint-Etienne. Gérard Duhourcin, pues, verosímilmente, tomó el tren de la noche.
       Emilio se hunde en su cuchitril, donde colecciona guías de todas clases. Al cabo de unos instantes, vuelve con el informe requerido.
       —El tren ha llegado esta mañana a las 7 y 12 a la estación de Lyon… ¡Es curioso!
       —¿Qué es lo curioso?
       —Que este hombre no haya tomado el metro hasta llegar a la Puerta de Saint-Martin.
       Un reloj de oro. Una pluma estilográfica también de oro con la fecha de un aniversario; un regalo, claro está. El traje es de buen corte, confortable, y sale de la gran sastrería de Lyon.
       El doctor Marie ha llegado y se arrodilla junto al cadáver.
       —Saint-Etienne al teléfono…
       Torrence llega a ponerse en comunicación directa con el director.
       —¡Oiga!… ¿Tienen ustedes de subdirector a Gérard Duhourcin? Es un hombre alto y robusto, ¿verdad?, ¿de pelo gris y bigote ligeramente plateado?… ¿Cómo dice? Ya le informaré dentro de un instante… Quisiera saber si el señor Duhourcin tenía que venir hoy a París… ¿Sí?… ¿Para qué?, no, señor… Respóndame primero… Luego le diré todo lo que tengo que decirle… ¡No se enfade, por Dios!… ¿Cómo? ¿Mañana?… ¿La boda de su hijo con la hija de usted?… ¿Y para eso?… Sí, en fin, usted supone… ¿No tiene más que ese hijo?… ¿Y sabe usted dónde solía hospedarse cuando venía a París?… Ha fallecido, hace unos instantes, en mi despacho mismo… Acabo de pedir por teléfono su domicilio particular… Tiene usted razón… Si quiere usted encargarse de ello… Me gustaría que su hijo viniera lo más pronto posible… En cuanto a la ceremonia… ¡Naturalmente!… ¡Sí; es una catástrofe!…
       El doctor Marie, que se ha vuelto a levantar, confirma exactamente las suposiciones de Torrence. Según él, el disparo se hizo a una distancia de tres o cuatro metros, sólo unos instantes antes de la muerte, y fue un milagro que el hombre hubiese podido subir la escalera y…
       —¡Y no hacemos más que empezar con esta historia! —suspira Torrence—. ¡Entra, Lucas!… ¡Un asunto feo, chico!… ¡Mira!… Gérard Duhourcin… Situación de primer orden en Saint-Etienne… Casado… Padre de un joven que, mañana al mediodía, pensaba casarse con la hija del director de las Tréfileries
       »Ya he hablado por teléfono con Saint-Etienne… Duhourcin salió ayer, en el tren de la noche… No llevaba equipaje… No pensaba pasar más que unas horas en París… Le esperaban esta tarde en Saint-Etienne… ¿Qué dices?… Según el director, su viaje a París tenía por objeto comprar el regalo para los recién casados…
       »El director está desesperado… Parece que estaba encargada una comida de sesenta cubiertos y además iba a celebrarse una fiesta íntima para todo el personal de la fábrica y de las oficinas…
       La silueta de Barbet se perfila en el marco de la puerta.
       —¿Qué hay?
       —He hecho unas pequeñas averiguaciones en la Cité Bergère. El peluquero de la planta baja estaba en la puerta de su tienda contemplando la niebla… Oyó muy bien unos pasos que se acercaban, pero no les prestó atención… Afirma que en un momento dado, cuando el hombre estaba a unos veinte metros de la casa, se produjo un ruido como si se reventara un neumático… No se preocupó, porque eso sucede a menudo… Poco después, percibió una silueta que penetraba en la casa.
       —¿Has telefoneado al juzgado? —le pregunta Torrence a Lucas.
       —No podía dejar de hacerlo…
       ¡Una visita del juzgado a la Agencia O! ¡Un crimen en la Agencia O! ¡Vaya publicidad para una agencia de policía privada!
       Mandan a Barbet, con el revólver, a casa de Gastinne-Renette, el armero, para el peritaje. Le encargan a Barbet que espere y traiga todos los informes posibles.
       ¡Un día que se anunciaba tan tranquilo, tan afelpado de bruma!
       —¿Me quedo? —pregunta el doctor Marie.
       —Valdría más, en efecto, que esperara la llegada del juzgado.
       Apenas han transcurrido diez minutos cuando suena el timbre del teléfono. Es Saint-Etienne. Una voz de mujer.
       —¡Oiga! ¿Verdad que no es posible?… Mi marido…
       ¡Bueno! El Director de las Tréfileries ya ha tenido tiempo para ir al domicilio de Duhourcin y participar la mala noticia a la familia.
       —Dígamelo todo, señor —suplica la mujer—. Le juro que no es posible… Mi marido no tenía ningún enemigo en el mundo… Era el mejor de los hombres, el más justo, el más…
       —Se oye otra voz, una voz de hombre.
       —Déjame hablar, mamá… ¡Oiga!… Aquí, Jean Duhourcin… No hay más tren que el del mediodía… Llegaré antes en coche… ¿Está usted seguro de que es mi padre?… Si es él, tiene una pequeña cicatriz en la nuca. Mírelo pronto, por favor… Mamá no quiere creerlo todavía…
       El doctor se inclina, mueve afirmativamente la cabeza.
       —¡Señor Duhourcin… por desgracia…!
       Un grito, en la casa del muerto. Torrence, lúgubre, cuelga el aparato. Unos coches se han parado en la Cité Bergère. Es el juzgado. ¡Y luego llegarán los reporteros de los diarios, los fotógrafos, toda la orquesta!
       —No tienes suerte, Torrence —le dice Lucas.
       Y la señorita Berta, más sensible, se indigna.
       —¡Me parece que el que no tiene suerte es sobre todo ese hombre!… ¡Ni su familia!… ¡Ni la pareja que iba a casarse mañana!…
       Diez, quince personas en las oficinas. Luego, los fotógrafos de la Identificación Judicial, que ocupan todo el local con sus embarazosos aparatos. No se sabe dónde meterse. Para esos señores es casi una ganga venir de cerca de la organización de la Agencia O que tan a menudo le ha llevado ventaja a la Policía oficial.
       ¡Bueno! Ya llegó el primer periodista, avisado por Dios sabe quién, sin duda por el peluquero de la planta baja.
       —Dígame, señor Torrence, cuándo llegó ese hombre y…
       Teléfono. Esta vez es Barbet. Está en la Avenida Montaigne, en el despacho del señor Gastinne Renette, el célebre armero.
       —Se pondrá él, jefe… Es muy interesante.
       —¡Oiga! ¿El señor Torrence? Sí; he examinado el arma… No hay duda posible… Se ha hecho un disparo con este revólver esta misma mañana… No… Me pide demasiado… Pongamos que el disparo se hizo, a juzgar por el grado de oxidación, más bien a las nueve que a las diez…
       Torrence se dirige al especialista en huellas digitales.
       —Le van a traer un revólver cuya culata nadie ha tocado, desde esta mañana, sin envolverse la mano en un pañuelo… Necesito saber quién manejó el arma…

       Al mediodía, los más importantes personajes del juzgado se han ido, pero quedan en el local algunos especialistas que actúan bajo la dirección de Lucas.
       Los resultados vienen unos tras otros.
       En primer lugar, el revólver del difunto. Era el arma típica de un buen burgués provinciano que se contenta con guardar un revólver en su mesita de noche sin llevarlo jamás encima. El revólver, en efecto, era pesado y engorroso.
       Por otra parte, Torrence ha telefoneado a la doncella de los Duhourcin. El revólver, que se encontraba siempre en el cajón de la mesita de noche, ha desaparecido. Su señor no lo llevaba nunca en el bolsillo.
       Ahora bien, en el revólver no hay más huellas digitales que las del muerto.
       —Dicho de otro modo —declara Torrence después de haber consultado en voz baja a Emilio—. El señor Duhourcin sabía que corría un peligro. Luego no venía solamente a París a comprar un regalo para su hijo y para su nuera. Llegó poco después de las siete de la mañana.
       »Las averiguaciones, en la estación de Lyon, demuestran que un hombre que responde a sus señas se aseó en los locales nuevamente dispuestos para ese objeto.
       »Se le vio luego en la cantina, donde tomó tres croissants y una taza de café… En el momento de pagar, mudó de consejo y pidió una copa de ron. Exigió una copa de degustación. Eran más de las ocho y media cuando salió de la cantina.
       Los periodistas tomaban notas. Era imposible librarse de ellos.
       —De modo, pues, que, entre las ocho y media y las diez y diez, hora en la que llegó aquí herido mortalmente, el señor Duhourcin hizo un disparo con su revólver.
       »Todo cuanto de él sabemos descarta la idea de una pura fantasía. No era hombre para disparar en la niebla por divertirse…
       »Por otra parte, el billete de metro es ordinario… Fue después de las nueve cuando Duhourcin tomó el metro de la estación Saint-Martin, verosímilmente para venir aquí.
       »Hay una cuestión que considero capital. El señor Duhourcin, ¿vino a París para vernos, es decir, para encargar a la Agencia O una investigación cualquiera?
       »En ese caso, ¿por qué disparó primero un tiro y contra quién?
       »¿La idea de dirigirse a nosotros no se le ocurrió hasta después de haber hecho el disparo?
       »Lo cierto es que, veinticinco metros antes de llegar a nuestra puerta, fue atacado a su vez y herido mortalmente.
       »No ha podido hablar, por lo menos de una manera inteligible… La Agencia O, en este asunto, no tiene nada que ocultar y considera como un deber el poner todos los triunfos posibles en las manos de la policía oficial.
       »Puedo decirles, pues, que el señor Duhourcin, en el momento de morir, ha mirado el reloj con insistencia. He comprendido que, sabiendo que su tiempo estaba contado, se esforzaba para transmitirme un postrer mensaje y que su gran desesperación era la de no poder lograrlo.
       »Ha balbuceado una frase. Creo haberla comprendido bien, pero no puedo afirmar nada. A mi juicio, esa frase ha sido:
       »—El negro
       He ahí por qué los diarios de la noche publicaron con grandes titulares:

El misterio del Reloj y del Negro

       No solamente el hijo del difunto llegó de Saint-Etienne durante la tarde, después de haber recorrido el camino sin parar en ningún sitio, con riesgo de romperse la crisma, sino que le acompañaba el director de las Tréfileries, señor Laborie.
       El cadáver había sido transportado al Instituto Médicolegal. El contenido del estómago confirmaba las afirmaciones del mozo de café de la estación de Lyon.
       La bala, alojada en el pulmón, había sido extraída. El señor Gastinne-Renette, llamado para determinar el calibre, afirmó que se trataba de una bala forrada de níquel disparada por un revólver automático del calibre 6 mm 35.
       El empleado de la taquilla de la estación de metro Saint-Martin no reconoció la fotografía húmeda aún que le enseñaron. Era, según sus palabras, la hora del «mayor jaleo» y las caras desfilaban ante sus ojos a razón de quince o veinte por minuto.
       La Policía Judicial, con todos sus efectivos, recorría los hospitales, las clínicas, las comisarías de policía y los médicos de barrio, con la esperanza de descubrir a un herido misterioso.
       ¿Contra quién había disparado el señor Duhourcin entre las ocho y las diez de la mañana?
       ¿Debía creerse que no había tocado a nadie?
       Aquel día, y ya muy avanzada la noche, todos los negros que aparecieron entre la estación de Lyon y la Ópera fueron interpelados, y se comprobó su identidad, así como el empleo de su tiempo desde la víspera por la noche.
       En cuanto a los informes acerca del interfecto, eran excelentes. El señor Duhourcin entró como contable en las Tréfileries Françaises, hacía veinticinco años, y se había granjeado, por su trabajo, su honradez y su perseverancia, una posición de primer plano. No solamente era desde hacía tres años subdirector de la fábrica y se había hecho construir en los alrededores inmediatos de Saint-Etienne una cómoda villa, sino que, además, el enlace de su hijo, que debía tener lugar al día siguiente, con la hija del director, consagraba su merecida ascensión en la jerarquía social.
       La Agencia O, a las cuatro de la tarde, después de tantas visitas, daba el espectáculo de unas oficinas literalmente devastadas y no quedaba ni un solo objeto en su sitio. La señorita Berta, mal repuesta de sus emociones, trataba de poner un poco de orden, en tanto que Barbet no se bastaba para cumplir todas las misiones que Torrence y Emilio le confiaban.
       Después de la salida de los periódicos de la noche, aquello fue un desfile incesante de mirones por debajo de las ventanas.


II

      Pocas veces despliega tal celo la Policía Judicial y pocas veces puede decirse que los resultados fueran, en cierto modo, tan satisfactorios.
       Ocurrió que unos inspectores, provistos de la fotografía de Gérard Duhourcin, pudieron en pocas horas, reconstituir paso a paso la marcha de éste desde la estación de Lyon hasta la plaza de la República.
       De modo que Duhourcin, que llegó temprano a París, se había tomado bastante tiempo. En primer lugar se aseó en la estación. Enseguida tomó croissants y café. Por último pidió una copa de ron y, acerca de ese punto, la declaración de su familia y de sus amigos era firme: si bien no desdeñaba nunca un vaso de borgoña añejo con una buena comida, no bebía nunca alcohol, sobre todo desde que, hacía algunos años, su salud se había alterado ligeramente.
       Una vez fuera de la estación a las ocho y media —declaración del mozo de la cantina— tomó por la acera derecha de la calle de Lyon. Lo vieron un tendero de artículos de tafilete y una abacera, ambos ocupados a aquella hora en retirar los postigos de sus tiendas.
       Nueva sorpresa en la plaza de la Bastilla. El sobrio señor Duhourcin entró en una tabernita que también hacía de estanco y tomó una copa grande de calvados. Eran en aquel momento las nueve menos cuarto.
       Luego, se le vio en el bulevar Beaumarchais (declaración de un fabricante de pipas) y en la plaza de la República, donde tampoco vaciló en penetrar una vez más en una cervecería y beber un vaso de alcohol.
       Se podían, pues, resumir así los hechos: el señor Duhourcin, apacible burgués de Saint-Etienne, hizo un viaje a París la víspera de la boda de su hijo. El objeto aparente de dar una sorpresa a los jóvenes esposos no era, con toda evidencia, sino una coartada, puesto que:
       1.º Por primera vez en su vida, llevaba consigo su revólver, del que jamás había hecho uso ni lo sacaba siquiera del cajón de su mesita de noche.
       2.º Aquel hombre sobrio, que seguía un régimen desde hacía algunos años, sintió la necesidad, a partir de las ocho de la mañana, de beber sucesivamente muchas copas de alcohol.
       En la plaza de la República, por el contrario, se perdía definitivamente su pista y no se la volvía a encontrar hasta la estación del metro de Saint-Martin, en la que tomó un billete después de las nueve.
       ¿Qué pudo haber hecho el señor Duhourcin entre la plaza de la República y la Puerta Saint-Martin, o sea en unos quinientos metros de los bulevares?
       La policía oficial se entregaba con particular ahinco a seguir la pista del negro, y los negros de París sabían algo de ello, porque no podían recorrer doscientos metros por las aceras sin ser interrogados seriamente por los agentes.
       También se creía que entre la plaza de la República y la Puerta Saint-Martin fue donde el subdirector de las Tréfileries usó el revólver.
       Pero las horas pasaban y no se registraban en aquel barrio ni tumultos, ni heridos, ni descubrimiento de cadáver alguno. ¿Cabía suponer que en medio de la niebla que reinaba aquella mañana el señor Duhourcin se había divertido disparando un tiro al aire? Ello no cuadraba ni a su edad ni a nada de lo que se sabía de su carácter.
       Todos los diarios estaban de acuerdo sobre un punto: el burgués de Saint-Etienne tenía una cita misteriosa en París, y ciertas razones para creer que aquella cita sería peligrosa, puesto que había tomado la precaución de armarse.
       ¿En dónde estaba citado? ¿Con quién? ¿Para qué? Preguntas eran ésas a las que trataban de responder veinte reporteros por lo menos, y bastantes policías aficionados.
       Emilio había tomado el tren para Saint-Etienne; se apeó a eso de las nueve de la mañana y preguntó por la villa que el señor Duhourcin se había hecho construir en las afueras de la población ahumada, en una colina de agradable aspecto.
       La villa era confortable, de bastante buen gusto. Las habitaciones eran claras y daban todas a un vasto jardín.
       Aquello correspondía exactamente a lo que un hombre como Duhourcin debía de considerar como la morada ideal para su vejez. El huerto estaba bien cuidado. Había en él un invernadero y árboles frutales, y no hacía mucho tiempo que habían construido una pista de tenis. En el garaje había un coche que, aunque no era de un lujo escandaloso, respondía a una de las mejores marcas de Francia.
       Una criadita, de lo más feo posible, fue la que le abrió la puerta. Era flaca y negruzca, y bizqueaba. Su aspecto, a primera vista, era rudo y, no obstante, no tardó Emilio en comprobar que era la mejor chica del mundo.
       —Voy a avisar a la señora…
       —Le ruego que no lo haga. Me han dicho que la señora Duhourcin, a consecuencia de sus emociones, se ha tenido que meter en cama.
       —Es exacto, sin serlo. Esta mañana se ha levantado, pero no sale aún de su habitación. El doctor Corbion va a venir a visitarla a las diez.
       —No la moleste. Estoy de acuerdo con el señorito Juan, que me ha permitido que visite la casa y que interrogue al personal.
       Personal poco numeroso, puesto que, fuera del jardinero, no se componía más que de la doncella, llamada Elvira, y de una cocinera que Emilio apenas entrevió.
       Por todas partes, una limpieza escrupulosa. En vez de los revoltijos polvorientos que tan a menudo se encuentran en provincias, la atmósfera era clara y alegre, los muebles, nuevos y sobrios de líneas; chucherías casi todas bien escogidas. En suma, aquella casa, en una exposición universal, hubiera podido constituir un pabellón titulado «El Goce de Vivir».
       Un vasto salón, a la izquierda. La fotografía de una joven rubia, encima del piano de cola.
       —Es la novia del señorito Juan.
       Otra fotografía, al lado; la de la señora Duhourcin, mujer de aspecto todavía joven, de fisonomía agraciada.
       Exactamente lo contrario de lo que se cree y de lo que se espera encontrar cuando se busca una atmósfera de drama.
       Pero el drama no había dejado de tener lugar.
       —¿Servía usted a la mesa, Elvira?
       —Sí, señor.
       —¿Puede decirme, pues, desde cuándo estaba a régimen su señor?
       —Es fácil. Desde las vacaciones que fuimos a pasar todos en Dieppe. Habitualmente íbamos a Bretaña. No sé por qué aquel año… Mejor dicho, ya me acuerdo… La villa que los señores tenían la costumbre de alquilar no estaba libre… Les indicaron una en Dieppe. Allí fue donde el señor, que tenía buen estómago y un apetito como se lo deseo a usted, empezó a encontrarse mal.
       —¿Se cuidó?
       —La señora le cuidaba… Él pretendía que no era nada más que exceso de trabajo… Ella le obligó sin embargo a que siguiera un régimen… Nada de salsas, por las que se volvía loco. Legumbres hervidas… Nada de caza… Había altos y bajos.
       —¿Qué quiere usted decir?
       —Yo no entiendo de enfermedades, pero mi pobre madre decía siempre que le dolían las piernas en el momento de la luna llena… Con el señor, sucedía lo mismo… Salvo que nunca pensé en mirar la luna… Durante diez, quince días, se portaba como usted y yo… Le oía tararear mientras se afeitaba… Me llamaba «Elvirita» porque solía ser paternal.
       —Oiga, ¿es que acaso su señor…?
       La doncella comprendió con media palabra.
       —¿Qué es lo que se atreve a suponer? No era hombre para eso. No vivía más que para su despacho y para su familia, y se ponía furioso cuando sus negocios le obligaban a ir a París.
       —¿Iba a menudo?
       —Antes, iba menos… Estos últimos tiempos hizo a París muchos viajes… Salía de noche y volvía al día siguiente por la tarde, lo cual le evitaba el tener que dormir en el hotel.
       —De manera que no llevaba nunca equipaje…
       —No… Se afeitaba antes de irse.
       —Me hablaba usted de su enfermedad…
       —Noté que le venía por períodos… Eso que llaman crisis. Durante ocho días no tenía apetito y apenas digería lo poco que comía… Luego se le pasaba y volvía a estar como antes… Mire el comedor… Ya ve que es alegre… En verano se abren esos grandes ventanales y se está aquí como en el jardín.
       Emilio lo miraba todo, lo oía todo y se mostraba tan minucioso que hubiera sorprendido a Torrence, porque Torrence lo acusaba a menudo de impulsivo.
       —¿A qué hora se levantaba su señor?
       —A las seis y media de la mañana, siempre… Le subía una taza de café… Tomaba un baño y, a las siete, bajaba… La señora se quedaba un poco más en la cama. El señorito Juan, que trabajaba también en la fábrica, se levantaba al mismo tiempo que su padre, pero se estaba más rato en el lavabo. El señor Duhourcin daba una vueltecita por el huerto. Tomaba el desayuno y apenas había terminado cuando llegaba el cartero… ¡Mire! Desde su sitio, que era éste, le veía empujar la puerta blanca de barrotes y avanzar por la avenida… A veces iba a su encuentro… otras veces era yo quien le traía la correspondencia y los periódicos.
       —¿Leía el correo aquí en el comedor?
       —Rara vez. Bebía el último trago de café y entraba en su despacho… Vea… Por aquí…
       Un despacho que no lo era, porque se notaba que allí no se trabajaba, que la verdadera actividad de su propietario estaba en la fábrica. Aquello era más bien un fumadero. Muebles de roble macizo, dos grandes butacas de cuero, bibliotecas.
       —¿Recibía mucho correo?
       —Tres o cuatro cartas al día, casi nunca más. La correspondencia comercial la recibía en la fábrica… A las ocho, sentado en ese sillón, fumaba su primera pipa hojeando el «Memorial de Saint-Etienne» al cual estaba subscrito.
       No había nada de equívoco en todo eso. Una vida apacible, tan ordenada que no se comprendía por qué grieta había podido penetrar el drama… ¡Y no obstante había fatalmente una grieta! Un hombre no se arma de pronto con un revólver y no bebe sucesivamente tres copas de alcohol, por la mañana a primera hora, si no tiene buenas razones para hacerlo.
       —Escúcheme bien, Elvira… Usted quería a su señor, ¿no es verdad?
       —Estoy tan de luto como si hubiese perdido a alguien de mi familia.
       —Pues bien; es necesario que me ayude a descubrir a su asesino, para que se le castigue… Supongo que lo desea así.
       —¿Qué tengo que hacer?
       Es una muchacha valiente. Ha dicho eso como si se le hubiese pedido que fuera a atacar a algún bandido en su guarida.
       —Es necesario que reflexione… que no me responda a la ligera… Por lo que veo, usted era casi la única que se le acercaba por la mañana antes de que saliera para la fábrica… ¿A qué hora salía de casa?
       —A las ocho y veinte. Quería llegar el primero, a las ocho y media. Con el coche estaba allí en diez minutos. A veces, se llevaba al señorito Juan. Otras veces éste iba al trabajo en bicicleta.
       —Las crisis de que me hablaba antes… Las crisis de estómago o de hígado, sí… Las de mal humor también… Porque, en aquellos momentos, tenía que estar de mal humor, ¿verdad?
       Elvira se sonrojó, lo cual no pasó inadvertido a Emilio.
       —¿En qué está pensando? —le preguntó.
       —En nada.
       —Usted acaba de recordar algo.
       —Es ridículo… Una vez que…
       —¿Que… qué?
       —Que tuvo un arranque de cólera…
       —Me ha prometido usted que me ayudaría a descubrir al asesino…
       —La cosa es de hace tiempo…
       —Razón de más.
       —Pues bien, mire. Una mañana, acababa de traerle el correo en el que venía la cajita…
       —¿A qué llama cajita?
       —No sé… Mejor dicho, le voy a decir lo que sé. Los impresos, habitualmente, solían ser siempre los mismos. Le Temps, del que era suscriptor… La Journée Industrielle… La Revue des Métaux… Desde hacía algún tiempo, llegaban cajitas… Si me fijé en ellas, fue porque tocando a través del papel del envoltorio pensé que serían cajas muy prácticas para meter en ellas muchas cosas.
       Y Emilio, pensando en una prima suya que tenía la misma manía, comentó:
       —Apuesto, Elvira, a que tiene usted pasión por las cajas…
       —Una siempre tiene cosas que no sabe dónde meterlas…
       —Trate de decirme cómo eran.
       —Tenían aproximadamente un palmo; su ancho era de diez centímetros y de un dedo de altas… Por otra parte, vi una abierta…
       —Un instante… ¿Recibía muchas, su señor?
       —Aproximadamente una cada mes.
       —¿Desde hacía mucho tiempo?
       —Varios años…
       —No responda demasiado aprisa… Esta pregunta es la más importante… Hemos dicho que estaba todavía en el comedor a la llegada del correo. En ese caso, su hijo, el señorito Juan, podía estar tomando su desayuno frente a él… ¿Abría el correo, a pesar de todo?
       —Se lo he visto hacer.
       —¿Abrió alguna vez una de esas cajas?
       —No lo puedo afirmar, porque una vez se levantó precipitadamente y vino a encerrarse aquí.
       —Bien. Ahora, cuénteme el incidente que se produjo.
       —Ni siquiera fue un incidente… Porque hay que decir también que la señora es muy ordenada para todo lo que se refiere al trabajo. Hay una hora determinada para limpiar cada habitación de la casa… Una mañana, había empezado yo por el despacho cuando el señor estaba todavía en él. De pronto, encima de la mesa, vi una caja que acababa de desenvolver.
       —Descríbamela en detalle.
       —Es fácil. Era más bien una cajita, de madera blanca. Hacía tiempo que tenía yo ganas de ver una de cerca. Me aproximé, como quien no quiere la cosa, mientras el señor acababa de leer el periódico. Hice como si estuviera arreglando la mesa… Levanté la tapa de la caja y me quedé sorprendida…
       —¿Qué había dentro?
       —No lo adivinaría nunca… Cubitos de acuarela y pinceles… De mala calidad, como los que se regalan a los niños para jugar… En esta casa nos permitían a la cocinera y a mí ciertas familiaridades.
       »Yo dije:
       »—¿Va a dedicarse el señor a la pintura?
       »Y fue entonces cuando, por primera vez, se mostró severo conmigo… Su actitud correspondía tan poco a su carácter que sus palabras se me quedaron, por decirlo así, varias semanas en la boca del estómago.
       »—Hija mía, ocúpese de lo que le importe…
       —¿Qué hizo luego?
       —Se metió la caja en el bolsillo y se fue.
       —Oiga, Elvira, compruebo que este despacho no está calentado más que con radiadores.
       —Sí, señor.
       —Luego no hay chimeneas… Si su señor recibía cajas de aquella clase…
       —Por lo menos dos docenas, por no decir más…
       —¿Quiere usted decirme qué hacía con ellas?
       —No lo sé, señor… En la mesa hay cajones que se cierran con llave… Hay los estantes de las partes bajas de las bibliotecas.
       —En todo caso, aparte de esa caja de que me habla, ¿no ha visto usted nunca otras por la casa, en la papelera o en los cubos de basura, por ejemplo?
       —Nunca.
       —¿Y no ha visto nunca que su dueño pintara a la acuarela?
       —¡Oh, señor! —replicó la doncella, que a pesar de su dolor real, se divirtió con aquella idea.
       Un cuarto de hora más tarde, el hijo del difunto estaba en el despacho, agobiado de fatiga y de tristeza. Sin resistencia, entregó a Emilio todas las llaves que éste le pidió.
       —¿Realmente cree que encontrará algo aquí?
       —Quisiera asegurarme de que ningún mueble de la casa contiene cajitas de madera con cubos de acuarela.
       Juan Duhourcin no comprendía y repitió como en una pesadilla:
       —¿Cubos de acuarela?
       El resultado fue negativo, y hasta un honor para la víctima, cuyos cajones y muebles no contenían más que honorables papeles de familia, retratos de su hijo a todas las edades y algunos expedientes que repasaba por la noche, en su casa, con la cabeza descansada.
       Nada de equívoco. ¡Ni el más pequeño misterio!
       —¿Tendría usted la amabilidad de acompañarme a la fábrica?
       —Como guste.
       Decididamente aquel asunto se presentaba bajo el signo del goce de la vida. En el Saint-Etienne famoso, las Tréfileries Françaises disponían de los talleres más modernos, y en las espaciosas oficinas, casi totalmente con vidrieras, no había ni polvo ni secretos.
       —Éste era el despacho de mi padre. Tenga sus llaves.
       ¿No era acaso ridículo obstinarse en la búsqueda de aquellas cajas de acuarela? ¿Se podía basar toda una investigación en una historia contada por una simple doncella que pudo impresionarse por un detalle sin importancia?
       No obstante, parecía evidente que el señor Duhourcin había recibido, en efecto, aquellas cajas. La pregunta que se formulaba era, pues, la de:
       —¿Qué hacía con ellas?
       Por lo que Emilio solicitó:
       —Recorramos juntos, si usted quiere, por los patios de la fábrica, el camino que su padre recorría cada mañana.
       Pasaron junto a pilas de carbón, de detritus, de lingotes de cobre y de hierro. Frente a una especie de acera rodadera, Emilio preguntó:
       —¿Qué es eso?
       —Los detritus, que se llevan así al homo.
       —¿A partir de aquí ya no se escogen?
       —Sería imposible detenerlos. Cincuenta metros más lejos caen en el homo, donde hace un calor de…
       Emilio no volvería a pensar en el astronómico grado de temperatura de aquel homo, pero un cuarto de hora más tarde llegó a la estafeta postal de Saint-Etienne, donde supo que el cartero que servía a la villa del señor Duhourcin estaba haciendo su recorrido y no volvería antes de las cinco de la tarde. Emilio, acompañado siempre por el joven, fue en su busca y logró encontrarle en un barrio obrero donde todas las casas —y había varios centenares de ellas— estaban construidas según el mismo modelo.
       El mismo Juan Duhourcin propuso, con la melancólica indiferencia de la gente agobiada por un gran dolor.
       —¿Preferirá usted que le deje?
       No solamente acababa de perder a su padre, sino que, por la fuerza de los acontecimientos, su boda quedaba diferida hasta una fecha indeterminada. Todo el mundo había asegurado a Emilio que el joven adoraba a su novia. Ésta, por otra parte, lo merecía.
       ¡Un gran muchacho simpático, que desde hacía dos años era ingeniero de la fábrica y considerado como futuro director!
       —¡Dígame…!
       El cartero, con su cartera sobre la barriga, iba a llamar a una puerta y tenía un giro postal en la mano.
       —Estoy informándome acerca de la muerte del señor Duhourcin. ¿Le gustaría a usted que detuvieran a su asesino? En ese caso, tiene que contestar a mis preguntas.
       —¿Yo?… ¿Yo?… ¿Pero qué quiere usted que le diga?
       —Apártese un poco conmigo… Nos están escuchando.
       Y hallándose con el cartero en medio de aquella populosa calle continuó:
       —Con el correo habitual del señor Duhourcin solía usted llevarle unos paquetitos franqueados como impresos…
       —¿Se refiere usted a las cajas?
       El cartero manifestó enseguida su confusión.
       —¡Hacemos lo posible por encontrar a su asesino! —repitió Emilio para animarle.
       —¡Siendo así!… Pero no quisiera que llegara a oídos de la familia… Nosotros, ¿verdad?, tenemos que guardar el secreto profesional… Aparte de que yo no tengo prueba alguna… Pero como esas cajas llegaban todos los meses, y precisamente desde que el señor Duhourcin no se encontraba bien…
       —Prosiga, por favor…
       —¡Creerá usted que la cosa es fácil!… ¡Bueno!… Yo tuve un hijo que cogió algo parecido y me hizo la misma jugarreta. Y si yo no me hubiese dado cuenta y no lo hubiese llevado de una oreja al médico…
       —¿De qué habla usted?
       —De los paquetitos parecidos que distribuimos diariamente. Ya conoce usted los anuncios… Tratamiento infalible y discreto de… Comprende usted, ¿verdad? En los anuncios se hace constar siempre: Envío discreto… ¡Pero nosotros, los de correos, reconocemos los paquetes!… Verá usted, hay paquetes y paquetes. Cuando es un particular el que hace un paquete, se nota en el papel empleado y en la manera de atar el cordel. Cuando es una casa que expide centenares al día, aunque no lleven la marca, se reconocen. Es un embalaje cuidado, en serio, con papeles engomados y todo. Por lo tanto pensé, pero no se lo diga a nadie, que el buen señor había cogido…
       —¿Está usted seguro de que no había marca en los paquetes?
       —Seguro… Lo estoy, por lo de mi hijo… Llegué a pensar que vendrían de la misma casa. A mi hijo le enviaban unas ampollas, en cajitas de madera blanca… ¡Qué asco!… Y el muy tonto no se atrevía a confesarme…
       —¿Los envíos eran certificados?
       —No, señor. Nunca lo son, porque así es más discreto. ¡Si le dijera la cantidad que llego a distribuir cada día! Los pobres hombres se figuran que yo no sé…
       —¿Y no se acuerda de la fecha en que empezaron…?
       —No, señor. Pero sí puedo decirle que fue entonces cuando el señor Duhourcin, que era un hombre distinguido, fuerte como un toro, y siempre sonriente, empezó a cambiar. Tampoco me acuerdo de qué estafeta de París venían las cajas, pero de que venían de París estoy seguro.
       —Otra pregunta… Estoy viendo que sus clientes se impacientan.
       —¡Bah! Para lo que les traigo… Llevo en mi cartera por lo menos cincuenta avisos del recaudador de contribuciones…
       —¿Cuándo entregó usted el último paquete de esa clase al señor Duhourcin?
       —Hace unos tres días. La víspera de su fallecimiento. Aquello me chocó porque ya le había entregado uno la semana pasada y habitualmente…
       ¿Por qué el señor Duhourcin, subdirector de las Tréfileries Françaises, recibía regularmente cajas de acuarela como las de los niños; por qué las hacía desaparecer con tanto cuidado, quemándolas de seguro en el horno de la fábrica, y por qué…?
       —¿Le ha dicho algo interesante? —preguntó sin esperanza Juan Duhourcin, que aguardaba a cien metros de allí dentro de su coche.
       —Depende de lo que se descubra en París.
       Y Emilio se hizo conducir a la estación sin perder momento.


III

      Hubiérase dicho que el tiempo quería ponerse a tono con la investigación. Al quinto día después de la muerte del señor Duhourcin, París se despertó una vez más con niebla, y el hecho de que todavía no se hubiese encontrado al asesino del burgués de Saint-Etienne no era como para tranquilizar a la gente. El más cobarde de todos era sin duda Adolphe, el peluquero de la Cité Bergère, cuyo salón estaba situado precisamente debajo de la Agencia O. Desde que oyó, o creyó oír, el disparo, contaba a los que querían escucharle que tal vez la bala iba destinada a él, y todos los días su aprendiz, de quince años, tenía que salir a la calle para retirar los postigos por la mañana.
       La señorita Berta estaba resfriada. Torrence, desabrido y hasta regañón. Barbet corría desde la mañana hasta la noche en pos de unas pistas a cual más inverosímil, que comunicaban a la Agencia todos los aficionados a los misterios.
       Sólo Emilio, que había vuelto de Saint-Etienne, conservaba su humor igual, por no decir alegre. Como por casualidad, la mañana siguiente al día de su regreso, la policía hizo un descubrimiento. Un marinero que manejaba su chalana con la percha notó una resistencia rara en el fondo del agua. No era el contacto habitual del limo o del fondo. El marinero tentó y tuvo la impresión de reconocer la forma de un cadáver. Entonces, lanzó un rezón.
       Unos instantes más tarde, los vecinos del Quai de Valmy tuvieron una vez más a la vista un espectáculo siniestro. Acababan de retirar del agua el cadáver de un hombre completamente desnudo. Una cuerda atada al tobillo izquierdo del cadáver, mantenía en el otro extremo una piedra grande. ¿Era aquella piedra lo que había servido para aplastarle literalmente la cara? Desde luego, el que había arrojado el cadáver al agua hizo lo necesario para que la identificación fuese imposible. El colmo del horror era que las dos manos estaban cortadas y no por la hélice de un vapor, como supuso un anciano, puesto que no hubiera podido hacer unas secciones tan netas, sobre todo en las dos muñecas a la vez.
       En fin, el pecho mostraba las huellas de un disparo hecho a quemarropa.
       Emilio escuchó con toda calma los informes que el comisario Lucas le daba por teléfono.
       Torrence manifestó cierta sorpresa cuando oyó afirmar a su colaborador, como si fuese la cosa más natural del mundo:
       —Verá usted cómo, si aparecen las manos, tendrán huellas de tinta violeta, así como de goma de pegar, y la faz lateral externa del índice y del auricular…
       —¿Qué diablo me está usted contando? —exclamó Lucas en el aparato, creyendo que se mofaban de él.
       —Le digo que se encontrarán callos en los sitios que le he indicado. Callos provocados por el roce de cordeles. Por último, es casi seguro que si, por milagro, se encuentran esas manos, las huellas digitales no serán desconocidas en el servicio antropométrico…
       —Dragaron todo el día en el canal. Emilio había anticipado que aquello no serviría de nada.
       —Ustedes comprenderán que, si se han dado tanta maña para que el cadáver no se pudiera identificar, no van a ser tan estúpidos que se desprendan de piezas comprometedoras en el mismo sitio que el cadáver…
       En todo caso, a las dos de la tarde, había una seguridad, y la noticia, transmitida inmediatamente a Saint-Etienne, por un periodista, hizo allí el efecto de una bomba:
       La bala extraída del cadáver del canal Saint-Martin es la que fue disparada con el revólver de Gérard Duhourcin.
       ¡Así, pues, quedaba probado que el subdirector de las Tréfileries Françaises era un asesino!
       —Es una lástima, jefe —suspiró Emilio—. Aquella gente es de lo más simpático que darse pueda. Se habían procurado una existencia apacible en un ambiente encantador. Si, en vez de detenerse por el camino, Duhourcin hubiese venido directamente de la estación de Lyon a casa, se habría salvado toda la familia…
       Emilio debía de saber de qué se trataba, porque no se sorprendió lo más mínimo cuando, a las cuatro de la tarde, la Agencia O recibió una carta misteriosa. La dirección del sobre y el texto del interior estaban escritas con letras recortadas de un periódico de gran tirada.
       «Será mejor que dejen eso. Si la cosa se pone fea, se arrepentirán».
       —¿Qué le decía yo? —suspiró Emilio—. Ya verá cómo la Policía Judicial ha recibido el mismo aviso.
       Una llamada telefónica al «Quai des Orfèvres» y Lucas confirma el hecho. Acaba de recibir la misma carta exactamente que la Agencia O.
       —Lo malo es —prosiguió Emilio— que, una voz puesta en movimiento la máquina judicial, nada puede ya detenerla. Sólo habría una manera de salvar aquella gente. —Y aludía con toda evidencia a la familia Duhourcin, por la que era manifiesta su simpatía.
       »Y es que nosotros llegásemos los primeros…
       —No entiendo lo del negro… —murmuró Torrence—. Porque estoy seguro de que, cuando el desgraciado pronunció esa palabra, hacía esfuerzos para ponerme sobre la pista. Pero entonces, ¿por qué, al mismo tiempo, miraba la hora de una manera expresiva?… Eran las diez y siete minutos. Hace cuatro días que me devano los sesos… He sumado las cifras… Diez más siete… No me dan nada… Han sido interrogados docenas de pobres negros…
       —¡Se necesitó un carretón de mano! —exclamó súbitamente Emilio como si hiciera un descubrimiento sensacional.
       —¿Para hacer qué?
       —Espere, jefe. Me parece que ya tengo el cabo del ovillo… Señorita, póngame con el médico forense, por favor… ¡Oiga!… ¿El doctor Paul?… Sí; aquí, Agencia O. Dígame, doctor… ¿Puede decirme si el cadáver del Canal Saint-Martin fue arrojado al agua inmediatamente después del disparo, o mucho tiempo después?… No tengo el informe a la vista y es urgente… ¿Cómo dice?… ¿Según usted, el cadáver fue arrojado al agua veinticuatro horas después del crimen?… ¿Y la mutilación de las muñecas?… ¿Varias horas después de la muerte?… Muchas gracias… Eso confirma mi hipótesis.
       Mordisqueó maquinalmente su cigarrillo e hizo una mueca, porque acababa de mascar un trozo grande de tabaco.
       —Un carretón de mano o un triciclo; lo que yo decía. Ya verá usted, jefe, cómo, a excepción del negro, esa historia es muy sencilla.
       La señorita Berta se había acercado para escuchar, con un pañuelo en la mano, y su resfriado hacía parecer que lloraba.
       —Después de unas vacaciones que pasó en Dieppe, Duhourcin, por razones que ignoro y que será necesario averiguar, cayó en las garras de un chantajista. La cosa debía de ser grave, porque la salud de aquel hombre robusto y bien equilibrado se alteró y padecía principalmente en los primeros días del mes, después de haber recibido una cierta caja que contenía inocentes cubos de acuarela… Sin duda un medio que su verdugo empleaba para recordarle su existencia y reclamarle nuevas cantidades.
       »Durante cinco años, Duhourcin pagó… ¡Señorita Berta! Póngame con la Agencia del “Crédit Lyonnais”, en Saint-Etienne… No había pensado en ese detalle…
       »Duhourcin está a punto de casar a su hijo con la hija de su director… Es lo que todo el mundo llama un partido magnífico… Fíjese en que Duhourcin empezó como simple contable y que casi está al frente de una industria de primer orden.
       »El chantajista se vuelve más codicioso. Exige cantidades sin duda desproporcionadas a los medios de su víctima… ¿Amenaza con impedir el casamiento a última hora? Es probable.
       »Duhourcin se ve por fin en la necesidad de hacer ese viaje a Paris. Está decidido a venir a vernos y a depositar su suerte en nuestras manos. Desgraciadamente, nuestras oficinas no se abren hasta las diez… ¿Por qué no intentar entre tanto una postrera gestión?
       »Ese hombre no puede aguantar más… Coge su revólver… Está decidido, para salvar a los suyos, a llegar hasta el crimen…
       »Los cincuenta mil francos que aparecieron en el bolsillo de su chaqueta nos lo explican todo.
       »Vino a ofrecerlos, en cierta manera, como saldo de todas las cuentas… El chantajista los rechaza… Duhourcin tira… Acude a nosotros… Va a confesárnoslo todo, a suplicarnos que le salvemos a toda costa, si ello es aún posible…
       »Un cómplice, que está al corriente de todo, le sigue en el metro, luego por la Cité Bergère y por último le mete una bala en el pecho.
       —Al habla el «Crédit Lyonnais» —anuncia la señorita Berta.
       Cuando Emilio cuelga, unos minutos más tarde, dice:
       —¡Es como suponía! Con gran estupor de la familia, la cuenta corriente de Gérard Duhourcin, que se suponía de amplio saldo acreedor, es deudora desde hace algunos días, exactamente desde la retirada de los últimos cincuenta mil francos… Se procedió ayer, en presencia del notario, a la apertura de la caja de caudales y se dieron cuenta de que todos los títulos habían sido vendidos en el curso de los últimos años… Hasta la casa de Saint-Etienne está hipotecada por más de la mitad de su valor.
       —¿Y cree usted que sería un negro el que…?
       —Creo que el cómplice que mató a Duhourcin hizo desaparecer el cadáver de su camarada echándolo en el canal Saint-Martin. De modo que el primer drama, el asesinato del chantajista, no tuvo lugar en la vía pública, sino en un sitio donde su cadáver podía permanecer veinticuatro horas sin que lo vieran.
       »El hecho de que las manos fueran cortadas prueba, además, que las huellas digitales del muerto bastarían para permitir su identificación o, dicho de otro modo, que se trataba de un expresidiario que tiene su ficha en el servicio antropométrico
       »En fin, un cómplice tan prudente es claro que no tomó un taxi para transportar el cadáver. Y, aunque dispusiera de un coche particular, no lo utilizó porque un coche que se para cerca del canal, en el Quai de Valmy, no pasa inadvertido.
       »Apuesto, pues, por un carretón de mano o un triciclo.
       »En cuanto al aviso que acabamos de recibir, igual que la policía, es claro. Los documentos que permitían hacer cantar a Duhourcin no han desaparecido, sino que están actualmente entre las manos del cómplice.
       »Y éste nos hace chantaje ahora a nosotros… o abandonamos la investigación o, si él se ve perdido, se valdrá de las armas que posee.
       —Sigo sin ver cómo el negro…
       Emilio exclamó exasperado:
       —¿Acabará usted de una vez con lo del negro? ¿No ve que ese maldito negro es el que nos descompone toda la investigación y…?
       Súbitamente, Emilio se queda inmóvil, con la mirada clavada en el descolorido reloj de la Agencia O. Coge el sombrero y el abrigo. Se dirige hacia la puerta y contesta cuando Torrence le grita:
       —¿Adónde va?
       —¡A buscar al negro!
       Aquello fue tan inesperado que Torrence, inquieto, se lanzó detrás de él sin tomar el tiempo de ponerse el abrigo.


IV

      Emilio no había tomado un taxi. Andaba aprisa a lo largo de los Grandes Bulevares en dirección a la puerta de Saint-Martin y Torrence se dio perfecta cuenta de que aquél no era momento para formularle preguntas.
       En el bulevar Saint-Martin el joven pelirrojo de la Agencia O se detuvo súbitamente y levantó un dedo en dirección a las casas de enfrente.
       —¿Qué pasa? —preguntó Torrence.
       —El negro…
       —¿Qué negro?… No veo qué…
       Pero en el mismo instante Torrence comprendió. Estaban parados frente a una gran relojería. En los cristales, se leían las palabras: Au Nègre de Toulouse.
       Y, encima de la fachada, imperaba un enorme negro de bronce, un negro desnudo cuya barriga estaba formada por un reloj. Era el rótulo de la casa.
       —¿Comprende ahora por qué, hablando del negro, el pobre hombre miraba fijamente al reloj? Esperaba que unos parisinos como nosotros, que pasamos a diario frente a esa tienda, no se equivocarían…
       Cruzaron la calle. A la derecha del almacén, había un corredor largo que daba a un patio. En ese patio estaban alineados varios triciclos, uno de ellos sin marca aparente.
       —¿Trae usted revólver, jefe? Porque, mire usted, si el mozo que cortó tan fríamente las manos de su camarada está todavía aquí, no me sorprendería que…
       —¿Qué es lo que desean? —preguntó una portera grasienta, saliendo de la portería.
       —Absolutamente nada, señora.
       Acababan de penetrar en el fondo de París y parecía que habían retrocedido dos o tres siglos. Si bien las casas del bulevar tenían un aspecto bastante moderno, no sucedía lo mismo con el patio, en cuyos edificios, que amenazaban ruina, parecían haberse refugiado todos los pequeños artesanos de París.
       En la pared, algunas placas de esmalte anunciaban una fábrica de flores para sombreros, una casa especializada en «engañabobos», un embalador especializado en cristalería fina, una comadrona que debía de ser una fabricante de ángeles…
       —Oiga, jefe, mientras yo observo este triciclo sin marca, podría usted hacerme un gran favor si fuese a buscar algunos periódicos.
       Torrence miró a su colaborador con asombro, pero, no obstante, se alejó. Había un quiosco casi enfrente y volvió enseguida.
       —Mientras echo una ojeada a los anuncios no deje salir a nadie.
       La portera, a través de los cristales no muy limpios de la portería, les observaba inquieta.
       —… Pérdidas… Objetos encontrados… Varios… ¡Mira! Un anuncio de la Agencia O: Pistas… Préstamos a los funcionarios.
       Emilio escudriñaba las firmas de los pequeños anuncios.
       —Aquí está, jefe. Escuche… «Cuarenta francos diarios sin dejar empleo. Trabajo fácil en casa. Escribir a Simplex, 17 bis, bulevar Saint-Martin».
       —¿Y qué?
       —Estamos en el 17 bis. Mire. Ahí está la placa de esmalte de la casa Simplex… Planta baja al fondo del patio. Hasta hay una mano para enseñar el camino.
       —No veo qué tiene que ver Simplex…
       —Observe que hay luz en el sótano que señala esa mano mal dibujada. ¿Sabe usted lo que se vende allí dentro? Cuarenta francos diarios sin dejar empleo… Usted escribe… Se le ruega que envíe a la casa Simplex la suma de cien francos, importe del material necesario para el trabajo fácil en cuestión. Y, a vuelta de correo, usted recibe una caja de acuarela como las que venden por diez francos en todos los bazares… En la caja, hay cierto número de tarjetas postales para colorear… Una nota le explica finalmente que, coloreando cuarenta postales cada día y volviendo a venderlas a un franco cada una…
       Se acababa de apagar la luz en el local subterráneo de la casa Simplex.
       —Cuidado, jefe. Agarre usted al tipo que intentará pasar… Él luchará… Yo le registraré los bolsillos… Si le doy a usted un puntapié en la espinilla, procure soltarlo sin que parezca que lo hace adrede y…
       No vaciló Torrence por lo extraño de aquella orden sino a causa de la inesperada silueta del hombre que cruzaba el patio. ¿Era un hombre? ¿O más bien un niño? Veinte años apenas… Delgado y flexible como un golfo de París…
       Les observaba. Era evidente que les había reconocido. Todo su afán era franquear el angosto pasaje… Una vez en el bulevar ya se espabilaría…
       —Retroceda un poco, jefe… Déjele la ilusión de que podrá pasar.
       Y, en efecto, súbitamente, el joven dio un brinco. Torrence, al paso, le agarró por el cinto. El joven no vaciló en gritar:
       —¡Ladrones!… ¡Ladrones!
       Y los testigos de aquella escena, si los hubo —por lo menos estaba la portera, que permaneció prudentemente agazapada en la portería—, los testigos de aquella escena, digo, debieron de creer que se realizaba un robo audaz.
       Mientras el alto y robusto Torrence sujetaba al golfo, que se revolvía como un diablo, Emilio le registró los bolsillos con el mayor cinismo del mundo.
       Un puntapié en la tibia.
       Torrence, como por casualidad, soltó la presa.
       Al instante, como una anguila, el joven se escurrió por entre la multitud de los bulevares.
       —Lo mejor que podríamos hacer es imitarlo. La gente que ha asistido a la escena es capaz de llamar a la policía… Tengo en el bolsillo algo que preferiría examinar con toda tranquilidad…

       Eran las cartas, como esperaban… Las leyeron todas en la oficina de la Agencia O, en tanto que la señorita Berta ardía en curiosidad.
       Con toda evidencia, las cartas habían sido escritas, veinticinco años antes, por Gérard Duhourcin. Probaban que aquel hombre no fue siempre el personaje austero que conocían en Saint-Etienne.
       Modesto empleado en París, se había unido imprudentemente con unos jóvenes de cuidado. A la banda, que llevaba una vida alegre, solía faltarle el dinero y se lo procuraba como podía.
       El jefe era un tal Grellet, citado en las cartas con el nombre de Etienne.
       Una noche que iban de juerga, quisieron desvalijar a un noctámbulo rico que habían encontrado borracho perdido, no lejos de la plaza Blanche. Sólo se trataba de quitarle la cartera con el pretexto de meterlo en un taxi.
       Por desgracia, el hombre no estaba tan borracho como parecía. Por desgracia también, Grellet llevaba un cuchillo en el bolsillo y, cuando la víctima abrió la boca para gritar, no vaciló en utilizarlo.
       El único de la banda a quien detuvieron, dos meses después, fue Grellet. Se cargó diez años de presidio.
       —¿Se da cuenta, jefe?… Volvió de allí más corrompido que antes… Se hizo el propósito de hacerse pagar caro su silencio a sus antiguos cómplices. Había tenido buen cuidado de que ellos le escribieran cartas comprometedoras… Estoy seguro de que, salvo Duhourcin, algunos de ellos pagaron caras sus locuras juveniles.
       »Grellet instaló en el bulevar Saint-Martin esa oficina que respondía a su manera de ser…
       »Tardó en dar con Duhourcin. Parece que, por casualidad, un verano, en Dieppe, le reconoció súbitamente…
       »Y Duhourcin aflojó la mosca a su vez. Y aflojó más porque, habiéndose convertido en un hombre honrado y un ciudadano importante, cuanto más se elevaba en la jerarquía oficial mayores eran las sumas que tenía que entregar.
       Tuvo sus razones Grellet, cuando se trató del maravilloso casamiento de su hijo, para mostrarse más exigente que nunca.
       »Sin poder aguantar más, Duhourcin perdió la cabeza y disparó.
       »Lo que ignoraba era que Grellet tenía un sobrino. ¡Hum!… ¿No ha visto al joven de hace poco?
       »Sin duda ese joven, escondido en el despacho contiguo, asistió a la escena y a la muerte de Grellet. Siguió a Duhourcin… Cuando vio que estaba a punto de entrar en la Agencia O y revelarlo todo, disparó a su vez…
       »Estoy seguro de que si se examina el triciclo sin marca que se encuentra en el patio y que servía para llevar todas las tardes a correos las famosas cajas de acuarela, aparecerán huellas del cadáver.
       »Y, nada más, jefe. Le pido que me perdone el puntapié que le he dado en la espinilla…
       Torrence movió la cabeza. Había comprendido.
       —Lo que no sé es lo que le voy a contar, ahora, a Lucas… Supongo que usted tendrá la intención…
       Emilio se adelantó a su pensamiento y echó el paquete de cartas comprometedoras en la estufa.
       —Tengo la intención —dijo Emilio atizando las brasas— de causar un gran perjuicio a la Agencia O declarando a la prensa que no hemos descubierto nada… Lo siento, amigo Torrence… Dirán que no somos más listos que la policía oficial y algunos insinuarán, una vez más, que nuestra reputación es exagerada… Pero me acuerdo de cierta casa de Saint-Etienne, con unas fotografías encima del piano de cola…
       —¿Es bonita, ella?
       —¿Quién? ¿Elvira? Un adefesio…
       —¿Habla usted de la novia?
       —¡No, hombre! Hablo de la doncella. Es bizca, por añadidura… La novia es encantadora y estoy convencido de que, dentro de algunas semanas, cuando los acontecimientos formen parte del pasado… Lo que lamento es lo de los pobres negros…
       —No comprendo.
       —¡Pues es muy sencillo!… A causa de lo que usted le dijo, Lucas seguirá deteniendo a todos los negros de París. En cuando al único negro, mezclado en esa historia, de seguro que no se le ocurrirá a Lucas interrogarle en el formidable silencio de su gabinete… Pero ¿qué hora es?
       Mas la visión del reloj, descolorido en su marco negro, le recordó una escena penosa y se entristeció.




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