George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


¡Jeumont, 51 minutos de parada! (1936)
(“Jeumont, 51 minutes d’arrêt”)
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)


      Entre un profundo sueño, Maigret oyó vagamente un timbrazo, pero no se dio cuenta de que llamaban al teléfono, que su mujer se inclinaba por encima dé él para responder:
       —¡Es Popaul! —declaró tras haber sacudido a su marido—. Quiere hablarte…
       —¿Eres tú, Popaul? —gruñó Maigret medio dormido.
       —¿Eres tú, Tonton? —decían desde el otro extremo del hilo.
       Eran las tres de la mañana. La cama estaba caliente, los cristales cubiertos de flores de hielo, porque fuera helaba, y helaba todavía más allá arriba en Jeumont, desde donde telefoneaba Popaul.
       —¿Qué es lo que cuentas?… ¡Espera!… Anoto los nombres… Otto… Sí, deletrea, es más seguro…
       La señora Maigret espiaba a su marido preguntándose únicamente una cosa: si él tendría que levantarse o no. Y, naturalmente, se levantó, gruñón, explicando:
       —Ha ocurrido algo no muy católico, allá arriba, en Jeumont, y Popaul ha tenido que detener a todo un vagón…
       Popaul era Paul Vinchon, el sobrino de Maigret, inspector en la frontera belga.
       —¿A dónde vas?
       —En primer lugar al Quai para coger algunas informaciones. Luego, tal vez saltaré al primer tren…

* * *

       Las historias siempre ocurren con el 106, un tren que sale de Berlín a las once de la mañana con uno o dos vagones de Varsovia, que pasa por Lieja a las 23 horas 44 minutos, hora en que la estación está vacía (sólo se espera su salida para cerrar) y que por fin llega a Erquelines a la 1 y 57.
       Aquella noche, los estribos de los vagones estaban blancos de escarcha y resbaladizos. En Erquelines, los aduaneros belgas, que por así decirlo no tienen nada que hacer en la salida, pasaron por los pasillos, abrieron algunos compartimentos al azar y se apresuraron a ir a reunirse alrededor de la estufa.
       A las 2 y 14, el tren se ponía en marcha para franquear la frontera y alcanzar Jeumont a las 2 y 17.
       —¡Jeumont! ¡51 minutos de parada!… —gritaba un empleado mientras corría por el andén con su linterna.
       En la mayor parte de los compartimentos, los viajeros dormían, las lámparas estaban apagadas y las cortinas echadas.
       —¡Que los viajeros de segunda y tercera clase desciendan para la aduana! —se gritaba a lo largo del convoy.
       Y el inspector Paul Vinchon, al ver el número de cortinas echadas, de luces que se encendían, fruncía el ceño y se aproximaba al jefe del tren.
       —¿Por qué trae hoy tantos viajeros de primera?
       —A causa de un congreso internacional de dentistas que se inaugura mañana en París. Por lo menos llevamos veinticinco pasajeros más de los normales…
       Vinchon subió en el vagón de cabeza, abrió las puertas una a una diciendo con voz maquinal:
       —¡Preparen sus pasaportes, por favor!
       Cuando los pasajeros no estaban despiertos, cuando la luz seguía apagada, la encendía y se veía surgir de la sombra los rostros hinchados de un mal sueño.
       —Preparen sus pasaportes, por favor…
       Cinco minutos más tarde, volvía a pasar, se cruzaba con los aduaneros que visitaban los compartimentos de primera clase, haciendo salir a todo el mundo al pasillo, tanteando los asientos, registrando hasta los menores rincones.
       —Pasaportes, carnets de identidad…
       Estaba en un vagón alemán con los asientos de terciopelo rojo.
       Generalmente, aquellos compartimentos sólo llevaban cuatro viajeros, pero, a causa de los dentistas que habían invadido el 106, eran seis.
       Popaul tuvo una mirada admirativa para una hermosa mujer que se encontraba en la esquina izquierda, cerca del pasillo, y que tenía pasaporte austríaco. A los demás apenas les miró, hasta el momento en que llegó al fondo del compartimento en donde un hombre, cubierto con una gruesa manta, no se había movido.
       —¡Pasaporte! —repitió tocándole el hombro.
       Los demás viajeros empezaban a abrir las maletas para la aduana que llegaba. Vinchon sacudió más a su dormilón, le vio desplomarse hacia un lado y, un instante más tarde, constataba que el hombre estaba muerto.
       Fue una escena caótica. El compartimento era demasiado estrecho para todo el mundo y, cuando llegó una camilla, hubo que sudar para colocar en ella el cuerpo particularmente pesado.
       —¡Llevadlo a la enfermería! —ordenó Vinchon, que un poco más tarde descubría a un médico alemán en el tren.
       Al mismo tiempo, por si acaso, hacía vigilar el compartimento por un aduanero. La joven austríaca fue la única que quiso bajar para tomar el aire, pero no se le dejó y ella se encogió de hombros con aire despectivo.
       —¿Puede decirme de qué ha muerto?
       El médico parecía intrigado y acabó, ayudado por Vinchon, de desnudar al muerto. Incluso entonces no se vio en seguida rastro de herida y no fue hasta pasado un buen momento cuando el alemán mostró, bajo la gruesa tetilla del viajero, una señal apenas visible.
       —Le han hundido una aguja en el corazón… —declaró.
       El tren tenía todavía doce o trece minutos de parada. El comisario especial estaba ausente. Vinchon, febril, tuvo qué tomar una decisión sobre la marcha. Corrió hacia el jefe de estación y pidió que el vagón fuese desenganchado del tren.
       La gente no sabía a ciencia cierta lo que ocurría. Los de los compartimentos vecinos protestaron cuando se les anunció que el vagón se quedaba en Jeumont y que deberían encontrar sitio en otra parte. Los que habían viajado con el muerto todavía protestaron más cuando Vinchon declaró que se veía obligado a retenerles hasta el día siguiente.
       Sin embargo, no se podía hacer otra cosa, puesto que había un asesino entre ellos. Lo que no impidió que Vinchon, una vez partido el tren con un vagón y seis viajeros de menos, empezó a sentir debilidad en las piernas y llamó a su tío por teléfono.

* * *

       A las cuatro menos cuarto de la mañana, Maigret estaba en el Quai des Orfèvres, en donde solamente había encendidas algunas luces y en donde pedía a un inspector de guardia que le preparase café. Ya a las cuatro, mientras su despacho se llenaba de humo de pipa, tenía Berlín al otro lado del hilo y dictaba a un colega de allí los nombres y las direcciones que su sobrino le había dado.
       Después, pidió Viena, puesto que uno de los ocupantes del compartimento venía de esta ciudad. Luego, redactó un telegrama para Varsovia, porque había igualmente una dama de Vilna.
       Durante este tiempo, en el despacho del comisario especial de la estación, en Jeumont, Paul Vinchon tenía enfrente a sus cinco víctimas, que reaccionaban diferentemente según su temperamento. Por lo menos había un buen luego, una de esas enormes estufas de estación que engullían sacos y sacos de carbón. Vinchon había hecho traer sillones de los despachos vecinos, y eran también muebles administrativos, en madera negra, de patas vueltas, de terciopelo ajado.
       —Les prometo ir lo más rápido posible, pero la situación es tal que me veo obligado a retenerles en vista…
       No había un minuto que perder si quería tener para la mañana un informe más o menos conveniente. Los pasajeros estaban en su despacho. El cuerpo de Otto Braun (la víctima se llamaba así, según indicaba el pasaporte encontrado en su bolsillo) estaba en la enfermería.
       —Puedo, si lo desean, hacer que les sirvan bebidas calientes… Pero tienen que decidirse rápido porque el buffet va a cerrar…
       A las cuatro, Vinchon era molestado por el sonar del teléfono.
       —¡Hola!… ¿Aulnoye?… ¿Qué dice?… ¡Naturalmente!… Probablemente hay una relación, si… Pues bien, envíemelo en el primer tren… Los documentos también, evidentemente…
       Prefirió pasar a un despacho vecino para telefonear a Maigret sin ser oído.
       —¿Eres tú, Tonton?… ¡Otra cosa, ahora!… Hace algunos minutos, cuando el tren se detenía en la estación de Aulnoye, han sorprendido a un hombre que salía de debajo de un vagón… Ha habido una persecución bastante movidita y han acabado por ponerle la mano encima… Llevaba un paquete envuelto en tela encerada que contenía títulos internacionales, sobre todo petrolíferos, por un valor considerable… El hombre ha declarado llamarse Jef Bebelmans, nacido en Anvers, y ejercer la profesión de acróbata… ¡Sí!… Me lo traen en el primer tren… ¿Estarás aquí también con el primer tren?… ¿No?… ¿A las diez y veinte?… Gracias, Tonton…
       Y fue al encuentro de sus cebras, como él decía. Cuando se hizo de día, se tuvo la impresión de que todavía hacía más frío que la víspera, ya que la luz era una luz helada. Llegaban viajeros para coger el tren de cercanías, y Vinchon, sordo a las protestas de sus clientes, que acabaron embrutecidos de fatiga, seguía trabajando.

* * *

       No se perdió el tiempo. No se debía perder, porque se trataba de la clase de asuntos que pueden acarrear complicaciones diplomáticas. No se podía retener a cinco viajeros de diversas nacionalidades, teniendo los papeles en regla, únicamente porque un hombre había sido asesinado en su compartimento…
       Maigret llegó a las diez y veinte, como había anunciado. A las once, sobre una vía de la estación a donde había sido conducido el vagón, tenía lugar la reconstrucción. Era un poco fantasmagórica a causa de la niebla, del frío y de la fatiga general. Por dos veces se debía oír una risa nerviosa que probaba que uno de los viajeros había abusado de los tragos para calentarse.
       —¡Antes que nada, el muerto en su sitio! —dijo Maigret—. Supongo que las cortinas de la ventana exterior estaban echadas.
       —No se ha tocado nada… —afirmó su sobrino.
       Ciertamente, hubiera sido mejor esperar a la noche, hasta la hora exacta en que se había producido el acontecimiento. Pero puesto que era imposible…
       Otto Braun, según su pasaporte, era un hombre de cincuenta y ocho años, nacido en Breme, antiguo banquero en Stuttgart. Vestido cuidadosamente, ésa era la impresión que daba. Un hombre grueso y confortable, de cráneo rapado, de tipo israelita bastante pronunciado.
       Las informaciones que acababan de llegar de Berlín decían a su respecto: «… Tuvo que cesar su actividad financiera Iras la revolución nacional—socialista, pero ha dado pruebas de fidelidad al gobierno y nunca ha sido molestado… Pasaba por muy rico… Dio un donativo de un millón de marcos a la caja del partido…».
       En uno de los bolsillos del muerto, Maigret encontró una factura de hotel, del «Kaiserhof», en Berlín, en donde Otto Braun había permanecido tres días, al venir de Stuttgart.
       En aquel momento, los cinco viajeros estaban de pie en el pasillo, siguiendo con mirada tranquila o furiosa las idas y venidas del comisario. Éste, señalando la red encima de Braun, preguntó:
       —¿Son suyas esas maletas?
       —¡Son mías! —dijo la aguda voz de Lena Leinbach, la austríaca.
       —¿Quiere ponerse en el sitio que ocupaba esta noche?
       Lo hizo de mala gana y sus gestos bruscos dejaban entrever un principio de borrachera. Llevaba un suntuoso abrigo de visón, una ropa extremadamente elegante y joyas por todas partes.
       Viena telegrafiaba a su respecto: «… Medio mundana muy cara, que ha tenido numerosas aventuras en las capitales del centro de Europa, pero de quien la policía no ha tenido que ocuparse nunca… Ha sido durante largo tiempo la amante de un príncipe alemán…».
       —¿Quién de ustedes subió al compartimento en Berlín? —preguntó Maigret volviéndose hacia los otros.
       —¿Permite? —dijo alguien en excelente francés.
       Y era un francés, en efecto. Adolphe Bonvoisin, de Lille.
       —Yo puedo informarle, ya que estaba en el vagón desde Varsovia… Éramos dos… Yo, vengo de Lwow, porque soy representante de hilaturas y mi casa tiene una filial en Polonia… En Varsovia, la señora subió al mismo tiempo que yo…
       Señalaba a una señora de cierta edad, una judía como Otto Braun, gruesa y morena, de piernas hinchadas, que llevaba un abrigo de astracán.
       —Señora Irvitch, de Vilna.
       Como no hablaba francés, se explicó en alemán. La señora Irvitch, mujer de un importante tratante de pieles, venía a París para consultar a un especialista y protestaba contra…
       —¡Siéntese en el sitio que ocupaba!
       Quedaban dos, dos hombres.
       —¿Su nombre? —dijo Maigret al primero, que era enorme, delgado, de mucha casta y que hacía pensar en un oficial.
       —Thomas Hauke, de Hamburgo…
       Sobre él, Berlín era más prolijo:
       «… Condenado en 1924 a dos años de prisión por tráfico de joyas robadas… estrechamente vigilado después… Frecuentaba los lugares de placer de diversas capitales europeas. Sospechoso de dedicarse al comercio clandestino de cocaína y morfina…».
       El último, por fin, un hombre de treinta y cinco años, con gafas, cabeza rapada, rasgos rígidos.
       —Doctor Gellhorn, de Colonia… —anunció.
       Hubo un ridículo error. Maigret le preguntó por qué, cuando habían descubierto a su compañero inerte, no se había ocupado de él.
       —Porque no soy doctor en medicina, sino en arqueología…
       El compartimento, ahora igual que la noche precedente, estaba ocupado de esta manera:

Otto Braun, Ad. Bonvoisin, Sra. Irvitch,
Thomas Hauke, Dr. Gellhorn, Lena Leinbach.

      Naturalmente, a excepción de Otto Braun, incapaz de testimoniar, todos negaban ser el asesino. También todos afirmaban que no sabían nada.
       Por otra parte, Maigret había estado un cuarto de hora con Jef Bebelmans, el acróbata de Anvers que había surgido de debajo de un vagón en Aulnoye y que transportaba títulos al portador por valor de dos o tres millones.
       En primer lugar, Bebelmans, puesto en presencia del cadáver, no se había inmutado y se había contentado con preguntar:
       —¿Quién es?
       A continuación, se le había encontrado un billete de tercera clase Berlín–París, lo que no le había impedido en cierto momento viajar pegado a las bielas, sin duda para que no le descubriesen sus títulos en la frontera.
       Pero Bebelmans no era un charlatán. Era un gracioso que se contentaba con declarar:
       —Es su oficio hacer preguntas. Únicamente que yo, precisamente, no tengo nada que decir…
       Los informes sobre él no eran famosos: antiguo acróbata, a continuación fue camarero en las boîtes, en Bruselas, luego en Berlín.

* * *

       —Por lo tanto —empezó Maigret, que fumaba dando cortas chupadas a pesar de la presencia de las dos mujeres—, usted, Bonvoisin, y la señora Irvitch, ya estaban en el tren en Varsovia. ¿Quién subió en Berlín?
       —La señora en primer lugar… —afirmó Bonvoisin señalando a Lena Leinbach.
       Ella mostró la red de encima del muerto, en donde se encontraban tres lujosas maletas de cocodrilo recubiertas por una funda beige.
       —Usted, pues, puso sus maletas en este lugar y se sentó en la otra esquina… La esquina diametralmente opuesta…
       —El muerto… Quiero decir ese señor, subió a continuación… —dijo Bonvoisin, que no paraba de hablar.
       —¿Sin maletas?
       —Sólo llevaba una manta de viaje…
       Conciliábulo entre Maigret y su sobrino. Nuevo inventario de la cartera de mano del muerto en la cual se encontró el resguardo de unos baúles. Como éstos ya habían llegado a Taris, Maigret telefoneó para que fuesen abiertos con toda urgencia.
       —¡Bien! Ahora… (señaló a Hauke). ¿Ese señor?
       —Subió en Colonia…
       —¿Es exacto, señor Hauke?
       —Es decir, que en Colonia cambié de compartimento… Estaba en un compartimento de no fumadores…
       También el doctor Gellhorn había subido en Colonia, donde vivía.
       Mientras que Maigret, con las manos en los bolsillos, preguntaba, rezongaba para él, observaba a los pasajeros uno tras otro, Paul Vinchon, como un buen secretario, tomaba notas al vuelo. Fue en estas notas en donde se pudo leer:
       «Bonvoisin: Hasta la frontera alemana nadie parecía conocerse, salvo la señora Irvitch y yo… Después de la aduana, cada uno se instaló bien que mal para dormir y se apagó la luz… En Lieja, vi a la señora (Lena Leinbach) que quería salir al pasillo. En seguida el señor de la otra punta (Otto Braun) se levantó y le preguntó en alemán adonde iba.
       »—Quiero tomar el aire un momento —dijo ella».
       Y estoy seguro que él respondió:
       »—¡Quédate!
       Más adelante, Bonvoisin decía:
       «—En Namur, ella quiso bajar de nuevo, pero Otto Braun, que parecía dormir, hizo un movimiento y ella se quedó. En Charleroi hay otra conversación entre los dos, pero me empezaba a dormir y sólo tengo un recuerdo vago…».
       Por lo tanto, en Charleroi, Otto Braun todavía vivía. ¿Vivía aun en Erquelines? No se podía saber. El aduanero se había contentado ron entreabrir la puerta y, viendo dormir a todo el mundo, no había insistido.
       Por lo tanto, fatalmente, entre Charleroi y Jeumont, o sea en el transcurso de alrededor de una hora y media, uno de los viajeros había debido levantarse, aproximarse a Otto Braun y hundirle una aguja en el corazón.
       Únicamente Bonvoisin no tenía necesidad de levantarse. Le bastaba con hacer un movimiento hacia la derecha para alcanzar al alemán. Después de él, Hauke era el mejor colocado, frente a la víctima; luego venía el doctor Gellhorn y por fin las dos mujeres.
       Maigret, a pesar de la temperatura, tenía golas de sudor en la frente. Lena Leinbach le miraba rabiosamente mientras que la señora Irvitch se quejaba de su reuma y se consolaba hablando polaco con Bonvoisin.
       Thomas Hauke era el más digno, el más distante, mientras que Gellhorn pretendía que se le hacia perder una cita importante en el Museo del Louvre.
       Se encuentra en las notas de Vinchon:
       «Maigret a Lena:
       —¿Dónde vivía en Berlín?
       »Lena: —Sólo llevaba ocho días. Estaba alojada, como de costumbre, en el “Kaiserhof”…
       »M.: —¿Conocía a Otto Braun?
       »L. L.: —¡No! Tal vez me haya tropezado con él en el hall o en el ascensor…
       »M.: —¿Por qué después de la frontera alemana se puso a hablarle como si la conociera?
       »L. L. (con ironía): —Tal vez porque estábamos en el extranjero y se envalentonaba… En Alemania, un israelita no tiene el derecho de cortejar a una aria…
       »M.: —¿Y por eso le prohibió bajar en Lieja y en Namur?
       »L. L.: —Me dijo solamente que me exponía a coger frío…».
       Todavía no había terminado el interrogatorio cuando telefonearon desde París. Los baúles de Otto Braun contenían gran cantidad de trajes (tenía ocho baúles), ropa y objetos personales en tal cantidad que se podía suponer que el antiguo banquero había salido para largo tiempo, sino para siempre.
       Pero ¡nada de dinero! ¡Solamente cuatrocientos marcos en la cartera de mano! En cuanto a los otros viajeros, tenían: Lena Leinbach: 500 francos franceses, 50 marcos, 300 coronas.
       Doctor Gellhorn: 800 marcos.
       Thomas Hauke: 40 marcos y 20 francos franceses.
       Señora Irvitch: 30 marcos, 100 francos y carta de crédito en un banco polaco en París.
       Bonvoisin: 12 zlotvs, 10 marcos, 5000 francos franceses.
       Quedaban por registrar los equipajes de mano que se encontraban en el compartimento. La bolsa de viaje de Hauke sólo contenía un traje de repuesto, un smoking y ropa interior.
       En el de Bonvoisin había dos juegos de cartas marcadas. Pero el verdadero descubrimiento se produjo en las maletas de Lena Leinbach, bajo los frascos de cristal y oro, bajo la fina ropa interior y los vestidos, había dobles fondos perfectamente disimulados.
       Únicamente que aquellos escondrijos estaban vacíos. A las preguntas que se le hacían, Lena Leinbach se contentaba con responder:
       —Compré estas maletas a una señora que hacía contrabando. Era una ocasión excelente… No me he servido jamás de ellas…
       —¿Quién había matado a Otto Braun en la semioscuridad azulada del compartimento, entre Charleroi y Jeumont?
       París empezaba a inquietarse. Llamaban a Maigret al aparato. El asunto iba a hacer ruido y a acarrear complicaciones. Los números de los títulos encontrados a Jef Bebelmans habían sido transmitidos a los principales bancos y no habían puesto ninguna pega.
       Eran las once cuando se había empezado aquella especie de reconstrucción penosa en el vagón. Se salió de allí a las dos y porque la señora Irvitch se había desmayado después de haber afirmado en polaco que no podía soportar por más tiempo el olor a cadáver. Paul Vinchon estaba pálido, porque le parecía que su tío no mostraba su sangre fría habitual o más exactamente que fluctuaba.
       —¿No marcha esto, Tonton? —le preguntó en voz baja cuando atravesaban las vías.
       —¡Quisiera encontrar la aguja! —se contentó con suspirar Maigret.
       —Retenlos una hora todavía.
       —¡La señora Irvitch está enferma!
       —¿Y qué quieres que haga?
       —El doctor Gellhorn pretende…
       —¡Déjale que pretenda! —cortó secamente el comisario.
       Y se fue a almorzar, completamente solo, al buffet de la estación.

* * *

       —¡Cállate, te digo! —gruñía Maigret una hora más tarde mientras su sobrino no sabía qué partido tomar—. Sólo vales para crearme problemas… Te voy a decir lo que tengo que decirte… Después, te lo prevengo, tendrás que sacarlo solo y, si no lo sacas, no vale la pena que telefonees a Tonton… Tonton ya tiene bastante…
       Luego, cambiando de tono:
       —¡Aquí está! He buscado la única explicación lógica de los hechos. A ti te toca lograr la prueba u obtener la confesión. Intenta seguirme:
       1.° Otto Braun, rico como es, no ha venido a Francia con ocho baúles y no sé cuántos trajes y, por otra parte, sólo con cuatrocientos marcos…
       2.° No sin razón durante el viaje por Alemania fingió no conocer a Lena Leinbach y, una vez pasada la frontera belga, se tutearon…
       3.° No quería dejarla bajar ni en Lieja, ni en Namur, ni en Charleroi…
       4.° Ella ponía en juego una obstinación desesperada para intentar bajar a pesar de todo…
       5.º Un tal Jef Bebelmans, procedente de Berlín y sin haber visto jamás a Braun (¡por lo menos hubiera vacilado ante su cadáver!) ha sido encontrado con dos o tres millones en títulos…
       Y Maigret gruñó, siempre furioso:
       —¡Me explico! Otto Braun, en su calidad de israelita, prefería ver su fortuna, o una parte de ella, fuera de Alemania.
       »Sabiendo que sus maletas serían minuciosamente registradas, se pone en contacto, en Berlín, con una vividora y le hace llevar maletas de doble fondo que serán menos examinadas si van llenas de objetos femeninos.
       »Únicamente que Lena Leinbach, como toda aventurera que se precie, tiene un amante de corazón, Thomas Hauke. Thomas Hauke, que es un especialista, se presenta en Berlín, probablemente en el mismo “Kaiserhof”, para sustraer los títulos escondidos en el doble fondo, de acuerdo con Lena.
       »Ésta embarca la primera y pone las maletas en el sitio que Braun, que sospecha a pesar de todo, le ha señalado… Ella misma se instala en el rincón opuesto, porque no deben conocerse…
       »En Colonia, Hauke, para vigilar la partida, se aposenta en el compartimento mientras que un comparsa, probablemente profesional de la cabriola, Jef Bebelmans, viaja en tercera clase con los títulos y, en cada frontera, está encargado de darse una vueltecita bajo los vagones…
       »Una vez pasada la frontera, Otto Braun, evidentemente, no arriesga nada. Podría, de un momento a otro, tener la idea de abrir las maletas de su compañera para recuperar los títulos… Por eso Lena Leinbach, en Lieja en primer lugar, en Namur a continuación y luego en Charleroi, intenta bajar del tren y despedirse a la francesa…
       »¿Desconfía él? ¿Sospecha algo? ¿Está enamorado simplemente? La sigue vigilando y ella empieza a asustarse porque, en París, fatalmente se dará cuenta del robo…
       »Incluso tal vez se dio cuenta en la frontera francesa en donde, no habiendo ninguna razón para esconder los títulos, quiso ver el doble fondo. También Thomas Hauke se da cuenta de la situación…
       —¿Y es él el que mata a Braun? —preguntó Vinchon.
       —Estoy convencido de que no. Si Hauke se hubiese levantado para eso, uno u otro de sus compañeros le hubiese visto. A mi entender Braun fue asesinado cuando tú pasaste por primera vez anunciando:
       »—Preparen sus pasaportes, por favor…
       »En este momento, todo el mundo se levanta, en la oscuridad, con ojos somnolientos… Lena Leinbach era la única que tenía una razón para colocarse delante de Braun, de pegarse a él para coger sus maletas y estoy persuadido de que en ese momento…
       —Pero ¿la aguja?
       —¡Busca! —gruñó Maigret—. La aguja de un broche basta… Si esta mujer no hubiese topado con un tipo como tú, que hizo desnudar el cadáver, se hubiera creído durante horas y horas en una muerte natural… Eres tú el que nos ha proporcionado todos estos disgustos… Ahora, pon en práctica tu plan… Haz creer a Lena que Bebelmans ha hablado, a Bebelmans que Hauke ha picado en el anzuelo, todos los viejos trucos, que…
       Y se fue a beber un medio mientras Vinchon iba a hacer lo que le había dicho su tío. Los viejos trucos son buenos puesto que lograron su cometido. Y lo lograron sobre todo porque Lena Leinbach tenía una enorme flecha de brillantes en su sombrero y porque Popaul, como le llamaba la señora Maigret, la señaló diciendo:
       —No puede negarlo… Hay sangre encima…
       ¡Y no era cierto! Lo que no fue óbice para que tuviese una crisis de nervios y confesase.




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