George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


El castillo del arsénico (1940)
(“Le château de l’arsenic”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 109, 28 de junio de 1940);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)



I

      Vaciló sólo un cuarto de segundo y luego se irguió sobre las puntas de los pies, porque no tenía mucha estatura y la campanilla estaba colocada exageradamente alta. En el acto, dos clases de ruidos distintos parecieron querer disputarse el dominio de los sonidos: en primer lugar, la campana, de cuyo cordón el Doctorcito acababa de tirar, y que resonaba en alguna parte del castillo con la cadenciosa armonía de un carrillón por otro lado, los ladridos de una multitud de perros.
       No es una imagen: se trataba, en efecto, de una multitud, si esa palabra puede aplicarse a una buena cuarentena de horribles canes, una cuarentena de perritos rojos sin raza, pero todos parecidos entre sí, con la sola diferencia de que los había jóvenes y viejos.
       Llegaron de algún escondrijo del castillo y se lanzaron raudos hacia la reja, cruzando lo que un día fuera un frondoso parque, cuyo único vestigio era una espesura de zarzales acumulada al pie de unos cuantos árboles añosos y corpulentos.
       El Doctorcito sabía que le estaban observando, no solamente desde el castillo, sino también de las casas del pueblo, donde todo el mundo debía preguntarse quién era el que en aquel momento osaba llamar a aquella reja.
       El poblado estaba situado en un claro del bosque de Orleans. Pero el claro, como un antiguo traje, resultaba demasiado estrecho para contener el castillo y las casuchas allí arracimadas. El bosque desbordaba, ahogaba a la aldea, en la que parecía que incluso el sol entraba con dificultad.
       Algunos tejados de pizarra. Una droguería, una posada, y un puñado de casas de planta baja. Finalmente, el castillo, demasiado grande, demasiado viejo, considerablemente deteriorado, que tenía el aire de un ser recién arruinado, vestido con harapos en los que persistiese la huella de un corte distinguido.
       ¿Tendría el Doctorcito que volver a provocar el estrépito de la campana mientras los chuchos de pelo rojo le mostraban los dientes y se lanzaban en tromba contra la reja?
       Una cortina se movió en la planta baja. Una silueta pálida apareció un instante tras los cristales del primer piso.
       Por fin llegó alguien. Una joven, casada o soltera, de veinticinco años, una sirvienta garbosa, de cuerpo y rostro atractivos, que nadie hubiera esperado ver en aquel lugar.
       —¿Qué desea? —preguntó, al tiempo que rechazaba a los perros cogiéndolos uno a uno por la piel del lomo y arrojándolos varios metros atrás.
       —Quisiera hablar con el señor Mordaut.
       —¿Está usted citado con él?
       —No.
       —¿Es usted del juzgado?
       —No. Pero si me hace el favor de pasarle mi tarjeta…
       La joven se alejó. Los perros reanudaron su concierto. Un poco más tarde la joven volvió acompañada de otra criada, ésta de unos cincuenta años y de cara desconfiada.
       —¿Qué desea usted del señor Mordaut?
       Entonces, el Doctorcito, perdiendo las esperanzas de franquear aquella reja demasiado bien guardada, se jugó el todo por el todo.
       —Es por lo que concierne a los envenenamientos —dijo con la más graciosa de sus sonrisas, como si hubiera ofrecido un bombón.
       La silueta había vuelto a aparecer tras los cristales del primer piso.
       ¿El señor Mordaut sin duda?
       —Pase, haga el favor. ¿Es suyo el coche? Éntrelo también, porque ahí fuera los chiquillos no tardarían en hacerle añicos a pedradas.
       —Buenos días, señor… Le presento mis excusas por haber forzado en cierto modo su puerta, tanto más cuanto que usted, sin duda, jamás oyó pronunciar mi nombre.
       —Jamás —confesó el triste señor Mordaut, moviendo la cabeza.
       —De la misma manera que otros se dedican a la grafología o a la radiestesia, yo me apasiono por los problemas humanos, por los enigmas que suelen presentarse en la iniciación de los asuntos criminales.
       Lo más difícil quedaba por hacer o, mejor, por decir. El Doctorcito estaba sentado allí, en el centro de un salón. Y aquel salón era toda una época o, más exactamente, el detritus de diez épocas acumulado allí por el azar de los años, por no decir de los siglos.
       Como el aspecto exterior del castillo, aquel salón resultaba triste y polvoriento, descolorido, caduco, miserable. Asi era también el señor Mordaut, enfundado en una chaqueta demasiado larga que hacía pensar en una levita ochocentista, por encima de la cual asomaban sus fláccidas mejillas y una barba corta, aferrada a su mentón como un liquen, de un color gris sucio.
       —Le escucho…
       ¡Adelante! ¡No era momento de retroceder!
       —Me han interesado extremadamente, señor, los rumores que desde hace cierto tiempo corren acerca de este castillo y acerca de usted. He sabido que la justicia se puso en movimiento, ordenando la exhumación de tres cadáveres. Prefiero declarárselo con franqueza: yo estoy aquí para descubrir la verdad, es decir, para saber si usted envenenó a su tía Emilia Duplantet, luego a su mujer, nacida Felicia Maloir y finalmente a su sobrina Solange Duplantet.
       Era la primera vez que dirigía un discurso de aquella índole, y su inquietud aumentaba por el hecho de que un largo camino, obstaculizado por muchas puertas, le separaba de la carretera y del caserío. Su interlocutor no se había inmutado. Balanceaba, en el extremo de un largo cordón negro, unos lentes de modelo antiguo. Para describir la expresión de su cara sólo se puede repetir que el hombre estaba triste, triste, triste…
       ¡Sudaba tristeza! ¡Era la tristeza misma! ¡Era la encarnación de toda la tristeza del mundo!
       —Ha hecho usted bien hablándome francamente. ¿Una copa?
       El Doctorcito no se estremeció a pesar suyo. Resultaba bastante inquietante verse ofrecer bebida por un fulano a quien se acababa de acusar más o menos crudamente de tres envenenamientos.
       —No tema… Yo beberé antes que usted. Tengo todavía un viejo vino natural del que se cosechaba en el castillo antes de la filoxera. ¿Ha pasado usted por el pueblo?
       —Me he detenido un momento en la posada para asegurarme de que me podrían alojar.
       —No tenía por qué hacerlo, señor… señor, ¿cómo?
       —Juan Dollent.
       —Señor Juan Dollent, me permito ofrecerle mi hospitalidad.
       El enigmático individuo destapó una botella polvorienta, de extraña forma, y el Doctorcito bebió casi sin aprensión uno de los mejores vinos naturales que había probado en su vida.
       —Permanecerá aquí todo el tiempo que quiera. Comerá conmigo. Circulará con absoluta libertad por todo el castillo, y yo responderé a sus preguntas con toda franqueza. ¿Permite usted?
       Tiró de un cordón de lana, y el penetrante sonido de una campanilla resonó en algún sitio. Seguidamente la vieja que había abierto la verja a Dollent se presentó.
       —Ernestina: pondrá otro cubierto. Hará preparar para el señor la habitación verde. El señor estará aquí en su casa, ¿entendido? Y satisfará usted todas sus curiosidades.
       Cuando los dos hombres se quedaron solos de nuevo, suspiró:
       —Sin duda le sorprende esta acogida, ¿no? ¿Quién sabe si no le parece anormal? Sepa, señor Dollent, que llega un momento en que uno acepta cualquier probabilidad de salvación sea cual sea. Si una cartomántica, un faquir o un derviche, una gitana o uno de esos radiestesistas de quienes antes me hablaba se ofreciera para ayudarme, le daría las mismas facilidades.
       Hablaba lentamente, con voz cansada, mirando a la gastada alfombra y frotando maquinalmente, con cuidado exagerado, los lentes, que jamás se ponía ante los ojos.
       —Soy un hombre perseguido por la mala suerte desde que nací. Si existieran concursos de mala suerte, campeonatos de desgracias, estoy seguro de que me llevaría el primer premio. Cualquier cosa que haga se vuelve contra mí. Cada uno de mis gestos, cada palabra mía, me causa algún perjuicio. He nacido para acumular las desgracias, no solamente sobre mi cabeza, sino sobre la de todos los que me rodean.
       Mis abuelos eran muy ricos. Mi abuelo Mordaut es el hombre que construyó la mayor parte del Barrio Haussmann, en París, y amasó millones.
       Ahora bien, el día de mi nacimiento, se colgó a causa de un escándalo en el que estaba mezclado con algunos políticos.
       Mi madre, bajo el golpe de la emoción, tuvo una fiebre puerperal y sucumbió en tres días.
       Mi padre trató de remontar la corriente. De toda la fortuna adquirida, sólo quedaba este castillo. Yo tenía cinco años cuando vine aquí. Jugando en la torre, pegué fuego a toda un ala que quedó destruida y que contenía los objetos de valor.
       ¡Era demasiado! ¡Aquello se volvía alucinante!
       —A los diez años tuve una amiguita de mi edad a la que quería mucho: Gisele, la hija del posadero de entonces. En aquella época todavía había agua en los fosos. Un día, mientras estaba pescando ranas con un trapo encarnado, ella resbaló y se ahogó ante mis ojos.
       Podría continuar la lista de mis desgracias…
       —¡Perdoné! —le interrumpió el Doctorcito—. Me parece que, hasta aquí, las desgracias más bien se abatieron sobre los otros que sobre usted.
       —¿Y usted cree que ésa no es la mayor de las desgracias? Hace ocho años, mi tía Duplantet, al quedar viuda, vino a vivir con nosotros, y seis meses más tarde moría de un ataque cardíaco.
       —Se afirma que fue envenenada lentamente con arsénico. ¿No tenía ella un seguro de vida a favor de usted, y no cobró usted una fuerte suma?
       —Cien mil francos. Apenas con qué apuntalar la torre sur, que se derrumbaba… Tres años más tarde, mi mujer.
       —Murió también de una crisis cardíaca. También ella había suscrito un seguro de vida que le valió…
       —Que me valió las acusaciones que usted sabe y la suma de doscientos mil francos.
       Suspiró, contemplando sus brillantes lentes.
       —En fin —terminó el Doctorcito—: hace quince días su sobrina, Solange Duplantet, huérfana, falleció en el castillo, a los veintiocho años de edad, de una enfermedad de corazón, dejándole a usted la fortuna de los Duplantet, o sea cerca de medio millón.
       —¡En tierras y en inmuebles! —precisó el extraño individuo.
       —En esta última ocasión las lenguas se desataron, varias cartas anónimas llegaron al juzgado y se abrió una investigación.
       —Los señores del juzgado han venido tres veces y no han encontrado nada. Otras dos veces me han hecho ir a Orleans para someterme a un interrogatorio y carearme con «sus» testigos. Creo que si me atreviera a salir por el pueblo me matarían.
       —Porque se han encontrado trazas de arsénico en los tres cadáveres.
       —Parece que en todos los cadáveres se encuentran esas trazas.
       Éste era el motivo de que el Doctorcito estuviese allí. En el viaje había pasado por París, donde había visto a su amigo el comisario Lucas, quien le había declarado:
       —Estoy persuadido de que no se descubrirá nada. Los casos de envenenamiento son los más misteriosos. ¿Abundan estos casos? Ni siquiera podemos responder con seguridad, pero seguramente es en ese terreno donde quedan más crímenes impunes.
       Verá usted como se encontrará arsénico en las vísceras o en lo que quede de ellas. Los peritos discutirán hasta perder el aliento, unos afirmando que siempre hay una cierta dosis de arsénico en los cadáveres y otros inclinándose por el envenenamiento.
       Si el caso llega a los tribunales, los jurados, embrutecidos y descorazonados por esas discusiones técnicas y por tantas conclusiones contradictorias, preferirán dictar un veredicto negativo.
       En este campo es donde, con un poco de suerte, un hombre como usted podría…

       Ahora estaba en el lugar. Aspiraba a pleno pulmón, saturándose de aquel ambiente desesperadamente melancólico.
       —¿Puedo preguntarle por qué tiene tantos perros, todos de la misma raza?
       Al señor Mordaut le sorprendió mucho la pregunta.
       —¿Tantos perros? —repitió—. ¡Ah, sí…! Tom y Mirza. Mi padre tenía dos perros a los que quería mucho. Esos perros, Tom y Mirza, tuvieron cría. Los pequeños criaron a su vez. Desde que mi amiguita se ahogó ante mis ojos no he querido oír hablar de que se ahoguen perritos ni gatitos. Lo que usted ha visto es la descendencia de Tom y Mirza. No sé cuántos hay. Apenas nos ocupamos de ellos. Viven en el parque, y poco a poco se van volviendo salvajes.
       Una idea pareció chocarle:
       —Es curioso —murmuró abstraído—. Son los únicos seres que prosperan alrededor de mí. Nunca lo había pensado.
       —¿Tiene usted algún hijo?
       —Sí: Héctor. Ya le habrán hablado de él. A consecuencia de una enfermedad que tuvo en su infancia, su cerebro no se ha desarrollado, en tanto que su crecimiento físico ha sido normal. Vive en el castillo. A los veintidós años posee la inteligencia de un niño de nueve… Pero no es malo.
       —¿Hace mucho tiempo que está a su servicio la persona que me ha introducido y a la que usted ha llamado Ernestina?
       —Desde siempre. Es la hija de los jardineros de mi padre. Ellos murieron y ella siguió aquí.
       —¿No se casó nunca?
       —Jamás.
       —¿Y la joven?
       —¿Rosa? —dijo el señor Mordaut, con una ligera sonrisa—. Es una sobrina de Ernestina. Hace cerca de diez años que vive en el castillo en calidad de camarera. Cuando llegó era una chiquilla de dieciséis años.
       —¿No tiene más personal?
       —Nadie más. Mi fortuna no me permite llevar una vida de gran boato. Hace veinte años que tengo el mismo auto, y la gente se vuelve a su paso. Vivo entre mis libros y mis bibelots.
       —¿Va a menudo a París?
       —Puede decirse que nunca. ¿Qué haría yo allí? No soy lo suficientemente rico como para pasarme los días divirtiéndome… ni lo bastante pobre como para aceptar un empleo. Y estoy seguro de que si me dedicase a los negocios, no daría una. ¡Con la mala suerte que tengo para todo…!
       Había momentos en que oyendo aquella voz acolchada y monótona se tenía la impresión de vivir bajo una inmensa campana de cristal.
       Todos los seres de aquella casa estaban recogidos en sí mismos, incluso Rosa, la joven de formas agraciadas.
       ¿Podía uno imaginar que una carcajada, una verdadera explosión de alegría, resonase en aquellas salas o en aquellos pasillos?
       El Doctorcito se estremeció. Acababa de oír un ruido que le era familiar: el motor de Ferblantine había sido puesto en marcha.
       Miró duramente a su huésped.
       —Están tocando mi coche —dijo.
       Y no estuvo lejos de pensar que…
       —¿Eh…? Sí… Ya lo ve… Usted acaba de llegar… Hablábamos tan tranquilos… Ya verá como es Héctor quien…
       Suspirando se dirigió hacia una ventana y la abrió. En efecto, se veía a un enorme mozarrón sentado en el interior de Ferblantine y ocupado en hacer gruñir horriblemente el motor.
       —¡Héctor! ¿Quieres apearte?
       Por toda respuesta, Héctor le sacó la lengua a, su padre.
       —Héctor. Si no dejas en paz el auto del señor…
       El señor Mordaut salió precipitadamente al parque. El Doctorcito le siguió y pudo asistir a una escena penosa y grotesca. El padre trataba de arrancar a su hijo del asiento. Pero Héctor era un palmo más alto que él y de constitución robusta.
       —Quiero hacerle andar —se obstinaba.
       —Si no bajas inmediatamente…
       —Te prevengo que no me dejaré azotar.
       En la puerta de la cocina, Ernestina estaba de pie, con las manos en las caderas, y seguía sin emoción las peripecias de la lucha.
       De repente se abrió una tercera puerta. Rosa, que se había puesto un delantal blanco para servir la mesa, y que así parecía más atractiva aún, corrió hacia el coche.
       —Déjele —le dijo al señor Mordaut—. Ya sabe que, con usted, él se obstinará. Vamos a ver, señorito Héctor, ¿es que quiere estropear el automóvil del señor doctor?
       —¿Es un doctor? —preguntó el joven, desconfiado—. ¿Para quién ha venido?
       —Apéese… Sea bueno.
       La muchacha ejercía una innegable autoridad sobre él. Sólo con su voz parecía apaciguar a aquel pobre anormal que, dejando los mandos de Ferblantine, examinó a Juan Dollent.
       —¿Para quién ha venido? ¿Otra vez el cáncer de Ernestina?
       —Sí; eso es… Está aquí para el cáncer de Ernestina.
       El 5 caballos fue trasladado a lugar seguro: al garaje donde estaba el viejo coche del señor Mordaut. Luego los dos hombres salieron al jardín.
       —Tenga en cuenta que Ernestina no tiene nada. Pero está siempre hablando de su cáncer. Desde que su hermana, la madre de Rosa, murió de un cáncer, cree a ojos cerrados que ella también tiene uno… Pero no sabe exactamente dónde. Tan pronto es en la espalda como en el pecho o en el vientre. Se pasa el tiempo consultando médicos, y le fastidia que no le encuentren nada. Si le había de su cáncer, le aconsejo que…
       Pero Ernestina estaba delante de ellos, furiosa.
       —Bueno, ¿es que van a la mesa o no? Si creen que la comida puede esperar indefinida…
       De modo que tres mujeres, sin contar a las dos sirvientas, habían vivido en aquella casa. Y las tres, a edades diferentes, habían muerto de enfermedad de, corazón, que es generalmente el diagnóstico superficial de los envenenamientos por el arsénico. ¡Por lo menos, de los envenenamientos lentos! De aquellos envenenamientos que exigen que el asesino suministre cada día un poco de muerte a su víctima.
       Y eso durante meses…
       En la mesa había una jarra de vino y otra de agua. En cuanto a la comida, era vulgar, por no decir pobre: unas sardinas y unos rábanos, como en los restaurantes de segundo orden; luego, un estofado de carnero, un pedazo de queso, ya seco, y dos bizcochos por persona.
       ¿Acaso el Doctorcito, que pensaba en las tres mujeres, dejó traslucir una ligera inquietud? En todo caso, el señor Mordaut dijo tristemente:
       —No tema. Yo probaré cada plato y cada bebida antes que usted. Para mí eso no tiene la menor importancia.
       »Ha de saber, doctor, que yo también padezco una enfermedad del corazón. Desde hace tres meses experimento los mismos síntomas que mi tía, mi mujer y mi sobrina en los comienzos de su mal.
       Verdaderamente era necesario tener mucho apetito para consumir aquellas viandas. ¿No hubiera sido más prudente Juan Dollent yéndose a comer y a dormir a la posada?
       Héctor comía glotonamente, como un niño mal educado. A decir verdad no resultaba muy alegre contemplar a aquel muchachote de veintidós años y mirada de chiquillo astuto.
       —¿Qué piensa usted hacer esta tarde, doctor? ¿Puedo serle útil en algo más?
       —Me gustaría ir y venir solo. Veré los campos… Tal vez formularé algunas preguntas a la servidumbre.
       Empezó por el final. Se fue, primeramente, a la cocina, donde encontró a Ernestina lavando la vajilla.
       —¿Qué le ha contado? —preguntó, con una típica desconfianza campesina—. ¿Le ha hablado de mi cáncer?
       —Sí.
       —Le ha dicho que no era verdad, ¿no es eso? Pero le ha jurado que él sufría del corazón. Pues bien, yo estoy segura de que es todo lo contrario. Jamás ha sufrido del corazón. Cuando se queja, se ve que no está enfermo. En primer lugar, no tiene los mismos sudores que las pobres damas.
       —¿Tenían sudores?
       —Sí, por la noche. Y cuando hacían el menor esfuerzo. Finalmente, se quejaban de vértigos, y no había bastantes mantas en sus camas para calentarlas. Temblaban de frío hasta con dos botellas de agua caliente entre las sábanas. ¿Acaso tiene él el aspecto de un hombre que tirita?
       Hablaba sin cesar de trabajar, y se veía que era robusta y sana. En sus buenos tiempos debió de haber sido hermosa, exuberante como lo era ahora su sobrina Rosa. No era tímida. Miraba a la gente cara a cara, y le gustaba decir lo que pensaba.
       —Quería preguntarle, doctor… ¿Se puede dar el cáncer a alguien por medio del arsénico o de otros venenos?
       Dollent prefirió no decir ni sí ni no, porque le pareció conveniente mantener a la vieja criada en sus temores.
       —¿Qué siente usted? —tergiversó.
       —Dolores, como si me clavaran un punzón. Sobre todo en los riñones. Algunas veces también entre omóplatos.
       No era cosa de sonreír, porque ello hubiera bastado para hacerse una enemiga.
       ¿Por qué se le ocurrió responder: «Si quiere, luego la examinaré»?
       De haberse tratado de Rosa, la cosa hubiera sido comprensible. Pero ¿de Ernestina que había cumplido ya los cincuenta años? ¡Vaya una idea la de querer verla desnuda!
       —Cuando haya terminado con la vajilla —dijo la mujer, con precipitación—. Vea: no me quedan más que los platos y los cubiertos. Cinco minutos solamente…
       ¿Sería posible que…? ¡No! No quería creerlo. Ciertamente, había encontrado algunas pacientes de aquella edad que conservaban un ardoroso temperamento y para las que el médico tenía un atractivo particular. En Marsilly había una que iba a verle cada semana; siempre tenía mal en algún sitio, e invariablemente experimentaba la necesidad de desnudarse.
       Pero, Ernestina… ¡Y en aquel lúgubre castillo!
       —Bien. Ya he terminado. Cuando bajemos haré la comida a los perros. Es en el segundo piso. ¿No necesita usted su maletín?
       La escalera estaba en una torre. Llegaron al segundo piso: un largo pasillo al que daban las puertas de seis o siete habitaciones. Allí ya no había alfombra en el sucio. Unos grabados viejos y varios cuadros sin valor colgaban de las paredes, ladeados, cubiertos de polvo.
       Ernestina empujó una puerta. El Doctorcito quedó sorprendido al encontrarse en una habitación limpia, que tenía cierto encanto.
       Era la habitación de una campesina acomodada, de espíritu ordenado. Una gran cama de caoba, de estilo antiguo, con un cobertor inmaculado. Una mesa redonda, bien encerada. Una estufa, una butaca de tapicería y un taburete para los pies. Más allá, en un rincón, un escritorio para señora, estilo Luis XVI, con una hermosa cerradura de bronce dorado.
       —Excuse el desorden…
       No había ningún desorden, ni una mota de polvo.
       —Cuando se vive en casa ajena no se tiene tanto gusto como en la propia. Le aseguro que si tuviera una casita en el campo, lejos de este maldito bosque… Vuélvase, doctor, mientras me desnudo.
       Dollent se sentía un poco avergonzado. Aquello era casi un abuso de confianza. Sabía perfectamente que la mujer no tenía cáncer. ¿Para qué, pues, aquella auscultación que tomaba caracteres equívocos?
       —Bueno… Ya puede volverse.
       La mujer tenía una carne extraordinariamente blanca, casi como la de una joven, y, de no haber presentado la decadencia propia de la edad, sus formas hubiesen sido armoniosas.
       —Es aquí, doctor… Toque…
       Llamaron a la puerta.
       —¿Quién? —preguntó Ernestina, agresiva.
       —Soy yo —respondió Rosa—. ¿Qué estás haciendo?
       —Si te lo preguntan di que no lo sabes.
       —¿Está el doctor contigo?
       —No te importa.
       —Le estoy buscando para enseñarle su habitación.
       —Ya se la enseñarás luego.
       Y murmuró entre dientes:
       —¡Peste de chiquilla…! Si pudiera miraría por el ojo de la cerradura. Pero ya me cuidé de poner la llave por dentro. ¡Oiga! Está escuchando. Ha fingido marcharse y ha vuelto sin hacer ruido. ¡Así se vive en esta casa! La gente pasa el tiempo espiando; cuando no es uno es otro. Una cree estar sola en un sitio, y de pronto se encuentra con alguien a quien no ha oído llegar. ¡Hasta el dueño se divierte en ese juego!
       »¡Y su hijo, que trepa por las tuberías del tejado para dar sustos!
       »Hablemos en voz baja… Mejor será que no nos oiga. Toque… ¿No nota como un bulto?
       —¡Si te crees que no lo oigo todo! —dijo burlona en el pasillo, la voz de Rosa—. ¡Que se diviertan…!
       Y esta vez pareció que, realmente, se alejaba.


II

      —¿No encuentra nada?
       Hacía un buen cuarto de hora que duraba la auscultación, y, cada vez que el Doctorcito parecía que iba a terminar, Ernestina le llamaba al orden.
       —No ha tomado usted mi presión arterial.
       Para asegurarse de que la mujer sabía de qué hablaba, Dollent le preguntó:
       —¿Cuál fue el resultado la última vez?
       —Mínima 9, máxima 14… con el aparato de Pachot.
       —Oiga, señora —bromeó el Doctorcito—: veo que está usted muy al corriente en asuntos de medicina.
       —¡Pardiez! —replicó ella—. La salud no se compra en el mercado. Y si quiero vivir ciento diez años como mi abuela…
       —¿Ha leído usted libros de medicina?
       —¡Claro que sí! El mes pasado me hice traer uno de París. Ahora me pregunto si no haría bien haciendo analizar mi sangre para saber si tengo urea.
       El Doctorcito conocía a otras como ella, para las que la preocupación de la salud era una obsesión y en cierto modo una enfermedad, pero en aquel castillo del arsénico las menores originalidades adquirían un valor distinto. Dollent no tenía ganas de sonreír. La vio vestirse de nuevo y pensó que, en efecto, aquella mujer tenía una complexión que parecía garantizarle muchos años de vida, aun en el caso de que…
       —En sus libros, claro está, se habla de venenos…
       —Por supuesto. Y no le ocultaré que he leído todo cuanto acerca de ellos se dice. Cuando una ha sido testigo de tres ejemplos, anda precavida.
       ¡Sobre todo si se encuentra en el mismo caso que las otras tres!
       —¿Qué quiere usted decir?
       Desde luego, la última frase de Ernestina no había sido pronunciada al azar. Aquella mujer no hacía nada al azar, sino que en todas las cosas se tomaba el tiempo de reflexionar.
       —¿Qué se descubrió cuando murió la tía Duplantet? Que había suscrito un seguro de vida a favor del señor. Y ¿cuándo murió su mujer? Otro seguro de vida. Pues bien, ¡yo también estoy asegurada!
       —A favor de su sobrina, supongo.
       —¡Ah, no! A favor del señor. Y no por una pequeña suma, sino por cien mil francos.
       Juan Dollent se quedó pasmado.
       —¿Su dueño la ha asegurado por cien mil francos? ¿Hace mucho tiempo de eso?
       —Hará unos quince años. Mucho antes de la muerte de la tía Duplantet. De manera que yo no desconfiaba.
       Antes de la muerte de la tía Duplantet. Eso también quedó anotado en un rincón de la memoria del Doctorcito.
       —Usted comprenderá que, en esas condiciones, me pregunto a cada instante si mi turno me llegará pronto.
       —¿Con qué pretexto la aseguró?
       —Con ningún pretexto. Me dijo que un corredor de seguros había venido a verle, que el asunto era interesante, que no me costaría nada y que, si me sucedía alguna desgracia, por lo menos habría alguien a quien aprovecharía.
       —¿Tenía usted cuarenta años cuando se firmó la póliza?
       —Treinta y ocho.
       —¿Y hacía años que estaba en la casa?
       —Casi desde siempre.
       —¿Es que cuando era joven su dueño ya estaba tan triste y… cómo decirlo… tan apagado?
       —No le he conocido de otro modo.
       —¿Siempre ha vivido tan encerrado en sí mismo?… ¿No le ha conocido jamás aventuras?
       —Jamás.
       —Usted está al corriente de todos sus hechos, ¿verdad? ¿Está segura de que no tiene una amiga en la región?
       —Segura. No sale de casa. Y, si viniese una mujer aquí, se la vería.
       —No obstante, queda una posibilidad. Su sobrina Rosa es joven y linda. ¿No piensa usted que…?
       La mujer le miró cara a cara para responderle:
       —Rosa no se dejará enredar. Por otra parte, él no es un mujeriego. Sólo le interesa el dinero. Mata el tiempo haciendo inventarios de lo que hay en el castillo, y a veces se pasa días enteros buscando un objeto sin valor, un vaso de China o un cenicero desaparecido. ¡Ésa es su pasión!
       Hacía ya rato que la criada se había vuelto a vestir, recuperando su duro aspecto de cocinera intratable.
       —Ahora ya sabe usted tanto como yo. No tenía el derecho de callarme.

       Rara casa, en verdad. Construida para alojar a una veintena de personas, como mínimo, con un número infinito de habitaciones, rincones y escondrijos y escaleras inesperadas, no cobijaba más, que a cuatro habitantes, aparte de la horrible jauría pelirroja.
       Ahora bien, aquellos cuatro seres, en vez de agruparse, aunque sólo fuese para darse una mutua sensación de vida, parecía que se ingeniaban en aislarse lo más ferozmente posible.
       La habitación de Ernestina estaba al fondo del pasillo del segundo piso, en el ala izquierda. Cuando el Doctorcito inició la busca de la habitación de Rosa, en vano abrió todas las puertas del mismo piso. Las habitaciones estaban desocupadas y exhalaban un desagradable olor a enmohecimiento.
       Tuvo que buscar en el primer piso. Allí encontró fácilmente la habitación del señor Mordaut. Oyendo ruido en ella, llamó.
       —Quisiera que me indicara la habitación de la camarera Rosa —dijo.
       —Ha cambiado dos o tres veces de habitación. Creo que ahora está encima del antiguo invernadero. Cuando llegue al fondo del pasillo, doble a la izquierda. Es la segunda o tercera puerta.
       —¿Y su hijo?
       —Le tengo a mi lado. Ocupa la habitación de su pobre madre, y me veo obligado, como medida de prudencia, a encerrarle todas las noches. ¿Avanza su investigación, doctor? ¿Le ha dado informaciones interesantes la vieja Ernestina? La tengo por una mujer honrada a carta cabal. Pero, como muchas de sus semejantes a las que se da demasiada autoridad, tiene tendencia a abusar de ella.
       Pronunció todas esas frases en el mismo tono lúgubre.
       —¡En fin! Si me necesita, sigo a su disposición. ¿Sabe usted qué estoy haciendo en este momento? Entre, si lo desea. Es mi habitación. Hay un poco de desorden… Cuando usted llamó estaba ocupado clasificando fotografías de las tres mujeres que murieron en este castillo. He aquí a mi tía Emilia. Aquí, mi mujer unos días antes de nuestro casamiento. Ésta es ella cuando era niña.
       Nunca fue linda, ¿verdad? Pero era dulce, retraída. Se pasaba el día bordando. No salía más que para ir a la iglesia. Y no se aburría nunca. Cuando nos casamos, ella tenía treinta años. Era hija de un acaudalado propietario de los alrededores, pero; como que salía muy poco, nunca había tenido pretendientes. Yo hubiera debido saber que traigo mala suerte…
       Dollent no pudo soportar por más tiempo la conversación a solas con aquel hombre lúgubre y abrumado. Se dirigió a la habitación de Rosa. Acababa de hacer un cálculo rápido; hacía cerca de un año que Rosa estaba en la casa cuando la tía Emilia sucumbió envenenada con arsénico o por una enfermedad cardíaca.
       ¿Era posible imaginarse a una envenenadora de dieciséis años?
       Aplicó el oído a la puerta; no oyó nada y dio vuelta poco a poco al pestillo. La impresión fue más que desagradable. Creía entrar en una habitación vacía, y de repente vio tras de sí a la joven que le miraba tranquilamente.
       —Bueno… ¡Entre! —dijo con impaciencia—. ¿Qué espera?
       Era evidente que la muchacha había sospechado que él acudiría. ¡Y había preparado el lugar! La habitación estaba en orden; el Doctorcito observó que había papeles quemados en la chimenea.
       —He supuesto que, después de mi tía, me tocaría el turno a mí —dijo, burlona—. ¿Tengo que desnudarme también?
       El Doctorcito frunció las cejas. La chica acababa de darle la idea.
       —No me disgustaría examinarla. Se habla tanto de arsénico en este castillo, que tal vez sería interesante asegurarse de que usted no lo está tomando a pequeñas dosis.
       Con desdeñosa desenvoltura, Rosa se quitó el vestido por la cabeza, descubriendo un pecho orgulloso y una carne tan blanca como la de su tía, pero mucho más fresca y lozana.
       —¡Empiece! —exclamó—. ¿Quiere usted que me desnude del todo? Ya que ha empezado no se prive de nada.
       —Inclínese. Bueno… Respire; Tosa. Ahora, tiéndase en la cama.
       —¿Sabe usted? Prefiero decirle que estoy sana como una merluza.
       —¿Por qué precisamente como una merluza? Dollent nunca pudo comprender por qué en el espíritu de Rosa este pez representaba, mejor que cualquier otro animal, la salud perfecta.
       —Tiene usted razón. Puede volver a vestirse. El señor Mordaut me ha autorizado a que interrogue a los habitantes de la casa. Si me lo permite…
       —Escucho. Ya sé lo que me va a preguntar. Puesto que acaba de hablar con mi tía. Confiese que le ha contado que me entiendo con el dueño.
       La joven iba y venía, con vivacidad, por la habitación, que era una de las más alegres de la casa y que, por excepción, tenía en las ventanas cortinas de vivos colores.
       —¡Mi pobre tía no piensa más que en eso! Como que nunca tuvo ni marido ni amante, esta cuestión la obsesiona. Cuando habla de la gente del caserío, sólo es para imaginar amancebamientos entre ellos. Vea: ahora mismo debe estar persuadida de que yo le hago proposiciones o de que usted me las hace a mí. Para ella, desde el momento en que un hombre y una mujer están juntos…
       —A pesar de todo, he observado que Héctor la mira de una manera que…
       —¡Pobre muchacho! Claro está que me ronda. Al principio me daba un poco de miedo, porque es muy violento. Pero pronto comprendí que ni siquiera se atrevería a darme un beso.
       El Doctorcito miró las cenizas de la chimenea, y murmuró, más lentamente:
       —¿No tiene usted amante ni novio?
       —Sería propio de mi edad, ¿no le parece?
       —¿Se puede saber su nombre?
       —Si lo encuentra… ¡Puesto que está usted aquí para buscar, busque! Ahora tengo que ir abajo porque hoy debo limpiar los cobres. ¿Se queda usted aquí?
       ¿Por qué no? ¿Por qué no representar, como ella, el mismo papel cínico?
       —Sí; me quedaré, si usted no encuentra inconveniente.
       La joven se sintió despechada, pero abandonó la estancia. El Doctorcito la oyó bajar la escalera. Sin duda, la muchacha ignoraba que se puede leer lo escrito en un papel carbonizado, y no se había tomado la molestia de dispersar las cenizas. Entre otros, había un sobre de papel más grueso que los demás y que casi estaba entero. En un ángulo se distinguía todavía la palabra «… lista», lo que hacía suponer que Rosa recibía su correspondencia en la lista de correos.
       En el reverso, el remitente había escrito su dirección, de la que quedaba: «… Regimiento de Infantería Colonial…». Y luego, más abajo, la mención: «Costa del Marfil».
       Era casi seguro que Rosa tenía un enamorado, novio o amante, que servía en las tropas coloniales y estaba de guarnición en la Cosía del Marfil.

       —Vuelvo a molestarle, señor Mordaut, en un momento en que está tan ocupado con su álbum de fotografías… Esta mañana me ha dicho que a veces siente malestar. Como médico que soy quisiera asegurarme de que no se trata de un envenenamiento lento.
       Resignado el dueño del castillo esbozó un amargo suspiro y empezó a desnudarse, como antes lo hicieran las dos sirvientas.
       —Hace ya mucho tiempo —dijo— que espero sufrir el mismo destino que mi mujer y que mi tía. Cuando vi que Solange Duplantet moría…
       Dejó caer los brazos con fatiga. Contrariamente a lo que se hubiera podido pensar viéndole vestido, tenía el pecho más desarrollado de lo corriente, recubierto de largo vello y con esa piel lívida de la gente que vive siempre encerrada.
       —¿Quiere usted que me acueste? ¿Que me quede de pie? ¿Ha reconocido a mis criadas?
       —Ninguna de las dos está enferma. Pero… no se mueva. Respire normalmente. Inclínese un poco hacia adelante.
       El reconocimiento duró cerca de una hora, y el Doctorcito fue poniéndose cada vez más serio.
       —No quisiera afirmar nada antes de hablar con colegas más entendidos que yo. No obstante, el malestar que usted siente podría provenir de un envenenamiento arsenical.
       —¡Ya se lo decía yo!
       ¡No se indignó! ¡Ni siquiera se asustó!
       —Una pregunta, señor Mordaut… ¿Por qué aseguró la vida de Ernestina?
       —¿Se lo ha dicho ella? Pues, muy sencillo. Un día, un agente de seguros vino a verme. Era un joven hábil. Capaz de encontrar argumentos excelentes. Me hizo ver que éramos varios en esta casa, y casi todos de la misma edad. Como si estuviera oyendo su razonamiento…:
       «—Fatalmente, uno de ustedes morirá primero —dijo—. Será triste, ciertamente. Pero ¿por qué esa muerte no ha de servirle a usted para permitirle restaurar el castillo? Asegurando a toda la familia…».
       —¡Perdone! —interrumpió el Doctorcito—. ¿También Héctor está asegurado?
       —La compañía no asegura a los anormales. Me dejé, pues, seducir. Y para aumentar las probabilidades, aseguré también a Ernestina, a pesar de su sólida salud.
       —Otra pregunta… ¿Está usted asegurado?
       Esa idea pareció chocar al señor Mordaut.
       —No —dijo meditabundo.
       —¿Por qué?
       —Eso es, ¿por qué? La verdad es que nunca pensé en ello. Sin duda no soy más que un sórdido egoísta. En mi espíritu era necesariamente yo quien debía sobrevivir.
       —¡Y, en efecto, ha sobrevivido!
       Mordaut agachó la cabeza y dijo tímidamente:
       —¿Por cuánto tiempo?
       ¿Había que tomarle por un harapo humano y compadecerle? ¿O, por el contrario, considerar todas sus actitudes como el colmo de la habilidad?
       ¿Por qué, desde el primer momento, había dejado el campo libre al Doctorcito?
       ¿Por qué le había hablado de los sintonías que sentía?
       Un hombre capaz de envenenar a tres mujeres, entre las cuales se halla la suya propia, ¿no era también capaz, para salvar su cabeza, de tragarse una cantidad de veneno insuficiente para producir la muerte?
       Al salir de la habitación, Juan Dollent recordó las palabras del comisario Lucas:

     —Hay una gran variedad de asesinos —había dicho el experimentado miembro de la Policía Judicial—: jóvenes, viejos, pacíficos, violentos, alegres y tristes. Se mata por muchas razones: amor, celos, cólera, envidia, ambición… En una palabra, por todos los pecados capitales.
     »Pero los envenenadores son casi siempre de una sola especie. Si se examina la lista de envenenadores y envenenadoras célebres, ¿qué se observa? Ni uno solo de ellos es alegre. Ninguno de ellos llevó, antes de su crimen, una vida normal.
     »En su fondo se encuentra siempre una pasión; una pasión interior lo bastante violenta para dominar todos los demás sentimientos, para inspirar la crueldad atroz que consiste en ver a su víctima morir a fuego lento.
     »Una pasión física. Y, en ese caso, es mejor decir un vicio, puesto que no se trata del amor.
     »Lo que encierra es la más sórdida avaricia.
     »Ha habido envenenadores que durante largos años han dormido en un jergón de mendigo que contenía una fortuna.

      Transcurrió una hora. El Doctorcito, abrumado por una especie de asco que sólo su curiosidad le hacía soportable, anduvo por el castillo y por el parque, donde los perros ya no le presentaban batalla.
       Estaba cerca de la verja y se preguntaba si no sería conveniente llegarse hasta el pueblo, aunque sólo fuera para cambiar de aire, cuando oyó un gran alboroto procedente de la casa, y un gran grito de Ernestina.
       Echó a correr; en parte, tuvo que dar la vuelta al castillo. No lejos de la cocina había una especie de granero que contenía paja y herramientas agrícolas.
       Allí, en el centro del granero, estaba Héctor tendido, muerto, con los ojos vidriosos y el rostro contraído. El Doctorcito no tuvo necesidad de agacharse para dictaminar:
       —Arsénico en gran dosis.
       Cerca del cadáver, que estaba tendido en la paja, se veía una botella parda que ostentaba las palabras: «Ron de Jamaica».
       El señor Mordaut se volvió lentamente, con un extraño destello en los ojos. Ernestina lloraba. Rosa, algo apartada, como persona a quien los muertos impresionan, tenía la cabeza gacha.


III

      Media hora más tarde, mientras esperaban a la gendarmería avisada por teléfono, el Doctorcito, con un sudor frío en la frente, empezaba a preguntarse si llevaría a cabo su investigación.
       En efecto, acababa de aclarar, por lo menos en parte, la historia de la botella de ron.
       —¿Recuerda usted la conversación que tuve con el señor después de comer? —dijo Ernestina—. ¡Sin embargo, usted estaba allí! Me preguntó qué preparaba para la cena. Yo le respondí: sopa de alubias y coliflor…
       Era exacto. El Doctorcito había oído vagamente algo por el estilo, aunque no le prestó atención.
       —El señor me replicó que no era suficiente, visto que usted comería con nosotros, y me pidió que añadiera una tortilla al ron.
       ¡También era verdad!
       —Perdone —exclamó Dollent—: cuando necesita ron, ¿de dónde lo toma usted?
       —De la alacena del comedor. Allí es donde están todas las botellas de licores y los aperitivos.
       —¿Tiene usted la llave?
       —La pido cuando la necesito.
       —¿La pidió para coger el ron?
       —Poco después de haber salido usted de mi habitación.
       —¿Estaba la botella empezada?
       —Sí… Pero hacía tiempo que no se había bebido de aquel ron. Quizá durante el último invierno se utilizó para servir uno o dos grogs.
       —¿Qué hizo usted después?
       —Le devolví la llave al señor. Fui a la cocina y limpié las legumbres para la sopa.
       —¿Dónde estaba el ron?
       —Encima de la chimenea. No lo necesitaba hasta el momento en que tendría que preparar la tortilla.
       —¿No entró nadie en la cocina? ¿No vio a Héctor rondar por allí?
       —No.
       —¿Y usted no salió?
       —Sólo un momento, para llevar la comida a los perros.
       —Cuando regresó, ¿estaba todavía el ron allí?
       —No me fijé.
       —¿Tenía Héctor la costumbre de apoderarse de las bebidas?
       —A veces. ¡No solamente de las bebidas! Era muy goloso. Hurtaba todo lo que encontraba, y se lo iba a comer en un rincón, como un cachorrillo.
       —¿Qué hubiera sucedido si Héctor…?
       Ernestina hubiera preparado la tortilla. ¿Se hubiera notado un sabor normal? ¿No se hubiera achacado el gusto al ron?
       ¿Quién hubiera evitado que se comiera aquella tortilla?
       Aquella tortilla preparada en la cocina…
       Servida por Rosa…
       Mientras el señor Mordaut, Héctor y el Doctorcito estaban en el comedor…


       Aquella noche, en el castillo no hubo cena. La gendarmería se quedó allí. Dos agentes situados en la verja podían a duras penas contener a la gente del pueblo, que profería gritos amenazadores. La policía de Orleans había llegado ya, y también el personal del Juzgado. Había luz en todas las piezas del castillo, cosa que no debía de haber ocurrido desde hacía mucho tiempo. Asi, en esta macabra ocasión, recobró un poco de su antiguo esplendor.
       Todo fue registrado. Varios policías removieron muebles y cajones, y lo hicieron sin el menor miramiento, porque la indignación había llegado al colmo.
       En el cochambroso salón, el señor Mordaut, lívido, con mirada huraña, trataba de comprender las preguntas de los sabuesos que hablaban todos a la vez y que apenas ocultaban su deseo de maltratarle.
       Cuando se abrió la puerta y el señor Mordaut salió, llevaba las muñecas esposadas y se le condujo a una pieza vecina en la que quedó encerrado con dos guardias.
       El Juez de Instrucción de Orleans no pudo reprimir su irritación al ver al Doctorcito ya en el lugar y, por decirlo así, instalado en el castillo.
       —Usted no se contenta con investigar los crímenes —le observó sarcásticamente—. Ahora ya les precede.
       —Incluso llego a creer que yo tengo la culpa de éste.
       —¿Eh?
       —Más exactamente, del accidente que ha ocurrido… Porque no cabe duda de que ha sido un accidente. Nadie podía prever que Héctor, que no obraba sino por su fantasía, pasaría por la cocina en ausencia de Ernestina y se apoderaría de la botella de ron.
       El juez le miró, sorprendido.
       —Pero… En ese caso… también usted tenía probabilidades de morir, ¿no?
       —Era improbable.
       —¿Cómo dice?
       —Quizá me equivoque, y lo siento. Pero pienso que mi razonamiento es justo. Supongo que se hubiera servido la tortilla. Todo el mundo hubiera comido salvo el asesino, ¿no es verdad? A menos de pretender que éste quisiera suicidarse arrastrando tras de sí a toda la casa y a mí mismo a la tumba… Pero, generalmente, esa clase de asesinos es cobarde. Vuelvo a mi idea: Todo el mundo morirá menos el asesino
       »¿No le parece inverosímil que una persona que ha logrado cometer tales crímenes en diez años se conduzca de una manera tan tonta?
       »¡Porque eso es firmar el crimen! ¡Es una confesión!
       El juez, perplejo, meditaba.
       —¿Y según usted, ha sido un accidente?
       —Ya sé que es difícil explicarlo. No obstante, sí, creo que el joven Héctor no estaba señalado para hoy. Creo que nadie tenía que morir hoy. En mi opinión, para el asesino, lo ocurrido ha sido una verdadera catástrofe. Y por eso quisiera poder reconstruir, minuto por minuto, los acontecimientos de esta tarde.


IV

      ¿Cuántas veces había repetido la frase?
       —Una base sólida, una sola, y, si no se descarrila, sino se suelta el cabo, se llega automáticamente a la verdad…
       De haber pertenecido a la Policía Judicial, sus colegas le hubieran llamado «Don Base Sólida».
       O también «Don En-la-piel», a causa de su locución favorita: —Meterse en la piel de los personajes
       Esta vez le repugnaba meterse en la piel de los dueños del castillo de los perros pelirrojos, perros que, encerrados por orden de los señores de la policía, aullaban sin descanso.
       Las bases sólidas… Veamos…
       1.° El señor Mordaut no puso obstáculo alguno a las indagaciones del Doctorcito e insistió para que se quedara en la casa.
       2.° Ernestina era fuerte, vigorosa, y contaba con vivir ciento diez años, como su abuela. Hacía todo lo posible para lograrlo y estaba obsesionada por el espectro de la enfermedad.
       3.° Ernestina afirmó que su sobrina no era la amante del señor Mordaut.
       4.º Rosa también estaba «sana como una merluza» y tenía un pretendiente o un amante en las tropas coloniales.
       5.º Rosa afirmaba también que no era la querida del dueño.
       6.° El señor Mordaut sufría un comienzo de envenenamiento por arsénico.
       7.° Ernestina, como dos de las tres mujeres muertas, tenía un seguro de vida a favor del dueño.

       —¿Quieran ustedes que les manifieste el fondo de mi pensamiento?
       Ahora era Ernestina la que, en el mal iluminado salón, respondía a los sabuesos.
       —El doctor, aquí presente, les confirmará que no me gusta hablar mal de la gente. Esta misma tarde me ha interrogado, y no he querido ser maliciosa. Porque, además, no tenía pruebas. No he empezado diciendo que aquí éramos cuatro que hubiéramos podido envenenar a aquellas pobres damas. El señor Héctor no entra en cuenta, porque ya ha muerto. No quedamos más que tres. Pues bien, yo afirmo que el dueño se había vuelto medio loco. Cuando comprendió que le cogerían prefirió acabar de una vez. Pero como que era un vicioso, un hombre que no hacía nada como los demás, quiso que detrás de él no quedara nada de lo que había sido su casa.
       De no haber sido ese pobre Héctor, que bebió el ron, todos estaríamos ahora muertos, incluso el doctor.
       A Dollent, aquella idea le daba escalofríos. Pensar que al día siguiente aquella misma casa hubiera estado sembrada de cadáveres…
       Y, por añadidura, no se les hubiera descubierto enseguida, porque desde hacía mucho tiempo ya nadie llamaba a la verja del castillo. Incluso ¿quién sabe si los perros hambrientos…?
       —¿No tiene usted nada que decir? —preguntó el juez de instrucción a Rosa, que miraba fijamente al suelo.
       —Nada.
       —¿No ha observado nada anormal?
       La joven espió al Doctorcito y vaciló un instante. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué era lo que dudaba en confesar?
       —Si alguien ha podido observar en el castillo algo anormal, es el doctor.
       Si alguien pudo observar…
       Si alguien…
       Dollent se sonrojó. ¿A qué aludía? ¿Cómo podía saber que él había observado…?
       —¡Explíquese claramente! —exigió el magistrado.
       —Yo no sé nada. He dicho simplemente que el doctor, que es entendido, ha hecho una investigación seria. Si no ha observado nada es que…
       La joven se interrumpió.
       —¿Es que…?
       —Nada. Yo creía que cuando un médico se toma la molestia de reconocer a todo el mundo…
       ¡Pardiez, claro que tenía razón! ¿Cómo no había pensado antes en ello?
       —Señor juez —murmuró, acercándose a la puerta—: quisiera hablarle un momento a solas.
       Hablaron en el pasillo, tan mal iluminado como las otras piezas.
       —Supongo… Espero que tiene usted facultad para… Aún es tiempo. Si un comisario parte en coche…
       Su trabajo había terminado. Se había soltado el resorte. Y, como siempre, ello se había producido de golpe.
       Elementos esparcidos… Pequeños puntos luminosos en la niebla…
       Luego, súbitamente…
       ¡Ahora sabía por qué había tardado tanto tiempo en descubrirlo! Era porque en la casa de los venenos no se había atrevido a beber para excitar su espíritu.


V

      Ambos hombres, el juez y el Doctorcito, no habían encontrado otro sistema de huir de la curiosidad pública más que ocupando en la posada la sala de bodas y banquetes que se encontraba en el primer piso.
       Después de una tortilla que no era al ron sino con perejil, les habían servido un conejo con setas, con el que se regalaron mientras ora uno ora el otro tomaban la palabra y también mientras ora uno ora el otro, pero más a menudo el Doctorcito, levantaba su copa de vino blanco y la vaciaba.
       —Mientras no tengamos la respuesta del notario, todo lo que le puedo decir, señor juez, se limita al terreno de las hipótesis. Pero la Justicia, de la cual usted es un representante, tiene horror a las hipótesis. ¡Tal vez por eso se equivoca tan a menudo!
       —Protesto y…
       —Vacíe su copa. ¿Qué fue lo primero que le chocó en el curso de sus interrogatorios? ¡Nada! ¿Unas setas más? Peor para usted… Son excelentes. Pues bien, a mí me choca el hecho de que un hombre que asegura la vida de todo el mundo no se asegure la suya propia. Suponga que ese hombre sea un asesino. Suponga que su intención sea la de cobrar aquellos seguros. ¿Qué hará para ponerse a cubierto? Ante todo, asegurarse a sí mismo para adoptar una actitud plausible.
       —Mi querido doctor, usted mismo ha afirmado con frecuencia que los asesinos son casi siempre imbéciles.
       —¡Pero imbéciles complicados! ¡Imbéciles que toman diez precauciones en vez de una sola…! Y esas precauciones suelen ser la causa de que se les descubra.
       »Bien. Así, pues, queda claro que el señor Mordaut no estaba asegurado. Desde hace algún tiempo ya no tiene familia, pero, también sufre los efectos del arsénico como las precedentes víctimas. Mi pregunta es la siguiente: ¿quién heredará su fortuna cuando muera? Por eso le he pedido a usted que envíe a un comisario a casa del notario que…
       El posadero interrumpió la conversación para preguntarles cómo habían encontrado el conejo y ofrecerles un sabroso queso fabricado en los alrededores de Orleans.
       —Siga mi razonamiento, señor juez. La persona que reciba la herencia del señor Mordaut será, casi fatalmente, el asesino.
       »Muere Emilia Duplantet. Aparentemente, ¿quién se beneficia con ello? El señor Mordaut. Si hay juicio, todas las acusaciones recaerán sobre él. Pero, en el caso contrario, ¿quién se beneficiará con ello sino el heredero del señor Mordaut?
       »Seguidamente muere la esposa de Mordaut. Luego ella no es culpable del primer crimen. En realidad era un simple peón de la serie.
       »Y la hucha se va llenando. Es algo parecido a lo que los jugadores llaman doblar las apuestas. Sólo que ésta es una partida a muerte.
       »¿Llega Solange Duplantet al castillo? Su tío es su heredero. También su muerte aumentará la fortuna. Y muere.
       —Eso parece inverosímil —suspiró el juez de instrucción, saboreando el queso.
       —Todos los crímenes parecen inverosímiles a los que no son criminales. ¿Dónde estábamos? ¿Quién hereda hasta aquí? Mordaut… Después de éste, su hijo… ¿Y después de su hijo?
       —Sólo el testamento nos lo puede decir.
       —Entretanto, es preciso que también aclare un punto. Necesariamente, el asesino tenía en la casa una gran provisión de arsénico. Yo acababa de llegar y parecía llevar la investigación activamente.
       —Prosiga, le escucho.
       —Y he aquí lo que pienso: Al mediodía Mordaut habla, como por casualidad, de tortilla al ron. Para que las sospechas recaigan sobre él, ¿qué mejor medio que el de envenenar aquel ron? Bastará con que luego alguien diga que le encuentra un olor extraño… Porque estoy seguro de que el ron no hubiera sido echado en la tortilla. Ya le he hablado de eso. Así, ya tenemos el arsénico fuera del alcance de las manos de su poseedor.
       »Por otra parte, si Héctor, que suele rondar la cocina con su insaciable hambre, pudiese…
       »Créame, señor juez. La persona que ha cometido todos esos asesinatos…
       —¿Es…?
       —Un momento. ¿Quiere que le diga quién es, según mi parecer, el heredero de Mordaut?… Rosa.
       —Hasta tal punto que…
       —No vaya tan aprisa. Déjeme novelar un poco, si puedo emplear esa palabra, hasta que su comisario vuelva con noticias precisas. Tenga en cuenta lo que Rosa me ha recordado hace poco: Yo reconocí a todos los de la casa… ¿No observé nada especial?
       »¡Sí! Hice una observación propiamente médica. La de que Ernestina no es, en absoluto, lo que se llama una solterona. Todo en su persona hace pensar en una mujer en la más amplia acepción de la palabra.
       »Juraría que, cuando era joven, Mordaut hizo de ella su amante. Como casi todos los que no tienen vida social ni vida exterior, la pasión hizo presa en él. Era un hombre que sólo vivía para la sexualidad.
       »Fueron transcurriendo años. Para arreglar un poco sus negocios, el hombre contrajo matrimonio, y Ernestina no se opuso a ello.
       »Pero mató a la esposa a fuego lento, de igual modo que acababa de matar a la tía, cuya muerte significaba dinero para ella.
       »Ella era algo más que la mujer de Mordaut. Era su heredera. Sabía que, todo cuanto él poseía, algún día le correspondería a ella.
       Juraría que fue ella y no un agente de seguros quien inspiró aquella serie de pólizas.
       —Y tuvo la genial idea de hacer una a su nombre, para poder situarse un día entre las víctimas.
       —¿No lo comprende, señor juez? Si no concibe ciertos proyectos de lejana realización, es porque usted no vive, como yo, en el campo.
       »Ella vivirá mucho. Poco le importa perder veinte o treinta años con Mordaut. Después será libre, será rica, poseerá la casa de sus sueños y vivirá tanto como su abuela.
       »Por eso tiene un miedo tan atroz a las enfermedades. No quiere trabajar inútilmente.
       »Primero, es preciso que el tesoro sea abundante.
       »Emilia Duplantet… La señora Mordaut… Solange Duplantet…
       »¿Qué arriesga? No se sospechará de ella, puesto que no es la beneficiaria aparente de aquellos asesinatos.
       »Nadie sabe que ella obtuvo de su amante un testamento que la convierte en su legataria universal, a falta de herederos directos.
       —Mata sin peligro.
       »Si la cosa se pone fea, será Mordaut quien irá a la cárcel y quien recibirá la condena.
       »Sólo empieza a inquietarse el día en que se da cuenta de la influencia de su sobrina, a la cual ella misma introdujo, a pesar suyo en la casa.
       »Porque Rosa es más joven y más atractiva. Y Mordaut…
       —¡Todo esto es asqueroso! —exclamó el juez.
       —¡Ah! ¡Es la vida! La pasión de Mordaut por Ernestina se traslada a la sobrina de ésta. ¿Tiene Rosa un pretendiente o un amante? ¿Qué importa? En ella hay algo de la raza de su tía. Esperará algunos años… Esperará la herencia que el dueño le promete. ¡Rosa no tiene necesidad de matar! ¿Sospecha aquellos asesinatos? Le basta con ignorarlos. Al fin y al cabo la beneficiarán a ella, porque…

       —Ha sido largo, señor juez —suspiró el comisario, que no había cenado y que miraba de reojo las sobras de la comida—. La legataria universal del señor Mordaut es, descontando la parte reservada a su hijo, la señorita Rosa Saupiquet.
       Los ojos del Doctorcito brillaban.
       —¿No hay otro testamento? —preguntó el juez.
       —Hubo otro anteriormente. La legataria era la señorita Ernestina Saupiquet. Este testamento fue modificado hace cerca de ocho años.
       —¿Lo sabía la señorita Ernestina?
       —No. El cambio se hizo en secreto.
       El Doctorcito sonreía. La verdad era que acababa de beberse más de una botella de vino blanco, tan seco que sabía un poco a pedernal.
       —Y bien, señor juez, ¿se hace cargo? Ernestina ignoraba el testamento nuevo. Estaba segura de que un día u otro sacaría provecho de sus crímenes. Pero era necesario no matar a Mordaut hasta que éste hubiese acumulado lo suficiente.
       —¿Y Rosa?
       —Legalmente, no es cómplice. Aunque me pregunto si no había adivinado los cálculos, de su tía. Para ella, lo más fácil era dejar que la envenenadora actuase, puesto que un día todo iría a parar a ella y a su amante de la infantería colonial.
       »Piénselo, juez…
       Se había vuelto familiar, como lo hacia siempre cuando había bebido.
       —Sórdidos intereses… Hembras capaces de todo para asegurarse una gran suma. Y él, el idiota, el desgraciado, el pasional, que no podía privarse de mujeres dóciles, él, a quien ellas dos sojuzgaban, zarandeado entre ambas y sin saber a qué atenerse.
       Confiese que hay individuos, como ese Mordaut, destinado a tentar a los criminales.

       El posadero había puesto encima de la mesa otra botella, al parecer, para el comisario. Fue el Doctorcito quien primero se sirvió y quien, después de haber chasqueado la lengua, dijo:
       —¿Sabe usted lo que me inquietó? El hecho de que Ernestina garantizase la virtud de su sobrina. Porque dudar de ella era dudar de la virtud de Mordaut. Y, si yo llegaba a dudar de éste, fatalmente llegaría a sospechar que… En suma, nosotros la interrumpimos en su trabajo. Héctor, a quien ella mató sólo por casualidad, para desembarazarse del veneno y abrumar a Mordaut que había encargado ante mí la tortilla al ron
       »Luego quedaba Rosa…
       »Luego Mordaut…
       »Y, después, una linda casa en el campo y cuarenta años para vivir según sus sueños…
       El Doctorcito se escanció vino otra vez y concluyó:
       —Porque aún hay gente, señor juez, sobre todo en provincias, que sueña a largo plazo. ¡Por eso tienen un empeño tan grande en vivir muchos años!




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