George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


Maigret y los cerditos sin rabo (1946)
(“Les petits cochons sans queue”)
Maigret les petits cochons sans queue
(París: Presses de la Cité, 1950, 221 págs.)



I

A LAS CASADAS JÓVENES LES GUSTA PEGAR BOTONES

      Acerca de la llamada telefónica de las siete no había lugar a dudas: Marcel la había llamado telefónicamente desde el periódico. Germaine acababa de llegar al restaurante Franco-Italien, en el bulevar de Clichy, donde tenían la costumbre de cenar, y donde se reunían automáticamente cuando no se habían citado en otra parte. Allí les reservaban su mesa cerca de la ventana. Aquello formaba parte de su hogar.
       Germaine había tenido el tiempo justo de sentarse y comprobar que eran las siete menos tres minutos cuando Lisette, la chica del vestuario, que la miraba con emocionada curiosidad desde que se había casado y que experimentaba tanta satisfacción en llamarle señora, se había aproximado.
       —Madame Blanc… Monsieur la llama al teléfono…
       No le decía M. Blanc. Decía Monsieur, con un aire de complicidad tal que parecía como si aquel monsieur hubiera pertenecido a ambas.
       Cambió de programa, sin duda. Con Marcel había siempre que esperar cambios de programa. Probablemente iba a decirle:
       «—Ve a vestirte rápidamente y prepárame el smoking… Vamos a tal estreno, o a tal fiesta…».
       ¿Cuántas veces, durante el mes que llevaban casados, habían quedado en casa por la noche? Dos; no le costaba trabajo contarlas.
       —¿Eres tú, Marcel?
       No era él quien estaba al aparato, sino la telefonista del periódico, cuya voz conocía perfectamente. También la telefonista conocía la suya, y por eso, antes de pasarle la comunicación, solía decirle:
       «—Le pongo con su marido, señora Blanc».
       Luego, estaba en el periódico. Y no había bebido. Incluso cuando no había tomado más que dos o tres aperitivos, ella lo advertía en la manera de hablar, porque en seguida se le trababa la lengua. Era encantador, por lo demás. Germaine no se lo confesaba, e incluso le gustaba cuando estaba así, un poquitín achispado, no mucho, y ceceaba.
       —¿Eres tú, mon chou? Te ruego, por favor, que cenes sin mí esta noche. Tengo en mi despacho a John Dickson… Sí, el manager de Turner… Quiere a toda costa llevarme a cenar consigo antes del combate, y no puedo negárselo…
       Había olvidado que Marcel tenía combate de boxeo aquella noche. A ella no le gustaba el boxeo. Además, había creído comprender desde el principio que, como Marcel asistía a estas reuniones por los «negocios», según su expresión, prefería no verla allí.
       —Sabes perfectamente que en esos medios existe cierto número de tipos mal hablados, a quienes me vería en la necesidad de romper la cara.
       »¿Qué vas a hacer, mon chou? ¿Irás al cine?
       —Todavía no lo sé. Creo que volveré a casa.
       —Yo estaré de vuelta a las once y media. Pongamos lo más tarde a medianoche… Escribiré la crónica en casa, e iremos juntos a llevarla al periódico. A no ser que prefieras que nos encontremos a las doce en la cervecería Graff…
       —No, en casa…
       Germaine no estaba triste. Alegre tampoco, desde luego. Pero hacía falta habituarse. Era el oficio de Marcel. Cenó sola. Dos o tres veces, con la nariz inclinada sobre el plato, estuvo a punto de hablar, tan acostumbrada estaba a pensar en voz alta y a que él estuviese allí, con su sonrisa siempre medio burlona y medio enternecida.
       —¿No quiere postre? ¿Café tampoco, señora Blanc?
       —Gracias, no tengo más hambre…
       Al pasar ante un cine iluminado, se preguntó si había hecho bien diciéndole que volvería a casa. Luego, de pronto, sintió prisa por estar allí, e hizo casi una fiesta de aquella soledad; de esperar, en su piso, a que él volviese. Hasta ahora, cuando lo había esperado, había sido siempre en los bares y en las cervecerías donde él la citaba. Apenas había tenido tiempo de familiarizarse con su casa.
       Subía a pie por la calle Caulaincourt, cada vez más tranquila, cada vez más provinciana, a medida que se alejaba de los bulevares de Montmartre. La noche era apacible, no demasiado fría para el mes de diciembre, pero lluviosa. Más que lluvia, era una neblina muy fina, muy sutil, que envolvía las luces como un ligero velo.
       Su casa hacía esquina con la calle Caulaincourt y la calle Lamark, cerca de la plaza de Constantin-Pecqueur. La veía de lejos y distinguía el sexto piso, el balcón con barandilla de hierro negro que rodeaba el inmueble y del cual una pequeña parte, limitada por enrejados, era de su exclusivo dominio.
       ¿Por qué la tranquilizaba tanto el ver luces en las ventanas vecinas de su piso? Al pasar por el corredor vio a la portera que bañaba a su hijo antes de acostarlo, y le dio las buenas noches. No había ascensor. Era el único inconveniente. Al subir vio la luz bajo las puertas, oyó rumores de radio y conversaciones al calor del fuego, y creyó percibir el olor característico de cada uno de los hogares cerca de los cuales pasaba.
       —¿De veras que tiene un piso? —le había preguntado Marcel un día, con aquella voz tan peculiar; aquella voz que, al oírla, no se sabía nunca si hablaba en serio o en broma.
       Estaban en Morsang, a la orilla del Sena, a finales del verano. Hacía dos años que Germaine pasaba allí sus fines de semana con toda una pandilla. Una camarada había llevado a Marcel, quien había vuelto varias veces.
       —Vivo en un piso amueblado —había respondido ella.
       —Yo también. ¿Le gusta eso?
       —A falta de otra cosa…
       —¡Ah…! Pues yo acabo de encontrar uno vacío…
       ¡Milagro de milagros! ¡El sueño de medio millón de parisienses!
       —¡Verá! Está en Montmartre. Desde todas las ventanas puede contemplarse el panorama de París. Tiene un balcón como tres pañuelos de bolsillo, donde se puede desayunar al sol. Cuando hay sol, claro.
       Había añadido:
       —Lo he alquilado. Ahora, busco una mujer. Es urgente, porque me instalo el 15 de octubre.
       Al final había dicho con aire de broma:
       —¿No le tienta? Una habitación, cocina, comedor, cuarto de baño y balcón…
       Meter la mano en su bolsillo para buscar la llave al llegar al descansillo, era siempre un gozo para ella; y lo era también descubrir encima de los muebles, al encender la luz, los objetos de Marcel: una pipa, un abrigo y, en el dormitorio, las zapatillas.
       —¡Lástima que no estés en casa, querido! Hubiésemos pasado una buena velada…
       Hablaba sola, a media voz, para acompañarse.
       —También es cierto que, si tú estuvieras, habríamos salido.
       —Comprenderás —decía él bromeando—, que todavía no soy hombre de hogar; pero ya llegará, más tarde, cuando tenga… cuando tenga, ¿qué edad, vamos a ver?… ¿Cincuenta? ¿Setenta años?
       Germaine intentó leer. Luego se decidió a ordenar su ropa, coser un botón por aquí, dar una puntada por allá. A las nueve levantó los ojos hacia el reloj, y pensó que la sesión estaría comenzando en la sala Wagram; imaginó el ring, las luces crudas, la gente, los boxeadores, Marcel en la mesa de los periodistas…
       A las diez y media cosía aún, cuando se sobresaltó. Un timbre llenaba el piso de ruido. Era el del teléfono, al que no estaba acostumbrada, porque lo habían instalado la semana anterior.
       —¿Eres tú, mon chou?
       Germaine pensó que era la primera vez que Marcel la telefoneaba a casa. Durante la jornada, ella estaba en el almacén de la casa Corot-Soeurs, en el barrio de Saint-Honoré, y era allí a donde él la llamaba, quizá demasiadas veces, a juicio de las señoritas Corot.
       —¿Qué estás haciendo?
       —Coso…
       ¿Por qué frunció Germaine las cejas? En aquella llamada había algo que le desagradaba, pero era incapaz de definirlo. Él no había bebido aún, y, sin embargo, su voz no tenía la claridad habitual. Parecía embarazada, como cuando se creía obligado a mentir.
       —¡Mientes tan mal!… —le había repetido ella con frecuencia.
       —Quería darte las buenas noches… —murmuró él—. El combate de fondo va a dar comienzo… Hay mucha gente… Debes oírla…
       No. Germaine no tenía la impresión de oír el rumor de una sala llena de espectadores excitados.
       —Sigo esperando estar de vuelta antes de medianoche… ¿Me oyes?… ¿Por qué no dices nada?
       —Te escucho…
       —¿Estás de mal humor?
       —De ninguna manera…
       —¿Te aburres?
       —No, querido… No comprendo por qué te inquietas…
       —No me inquieto… Dime pues…
       Germaine comprendió que por fin iba a saber la razón de la llamada.
       —Si por casualidad me retrasase un poco…
       —¿Esperas volver más tarde?
       —No… Pero ya sabes cómo es esto… Puedo verme obligado a tomar una copa con los organizadores…
       —¿Muy tarde? —No… En seguida…
       Germaine oyó el ruido de un beso, y, dócilmente, lo devolvió. Después quiso hablar, y empezó:
       —Marcel, yo…
       Pero él había colgado ya, y ella quedó sola en su piso, con la ropa interior y los trajes a su alrededor.
       Si bien estaba segura de que la primera llamada había sido hecha desde el periódico, a causa de la telefonista que le había hablado, nada le probaba que la segunda, la de las diez y media, hubiera sido hecha desde la sala Wagram, y más tarde debía persuadirse de lo contrario.
       A las once había colocado sus cosas en el armario. Buscaba algo que hacer. Estuvo a punto de coger un libro. Por casualidad, vio en una butaca el abrigo de pelo de camello de Marcel, y recordó haber notado, hacía unos días, que uno de sus botones se le estaba cayendo. Como estaban en la calle, no lo había cosido entonces. Y ahora, aquella historia del botón le había hecho sonreír, porque le traía un recuerdo.
       Marcel era muy presumido, a veces de una presunción un tanto aparatosa. Era aficionado a los tonos claros, a las corbatas de colores vivos. Un domingo por la mañana, en Morsang, ella le había hecho notar:
       —Ha perdido usted un botón del jersey…
       —No lo he perdido. Lo tengo en el bolsillo.
       —Entonces, démelo, que se lo voy a coser…
       Había sido mucho antes de que él le hablase del piso. Le había dicho, sin embargo:
       —¡La de botones que va usted a coser cuando esté casada!
       —¿Por qué?
       —Es algo que he observado cada vez que uno de mis amigos se casa. A las casadas jóvenes les encanta pegar los botones de sus maridos. Sospecho incluso que los arrancan a propósito para poder coserlos luego. Y si usted tiene ya el vicio antes…
       Ahora, Germaine sonreía al extender el «pelo de camello» sobre sus rodillas. Enhebró la aguja; luego en el momento de coser, notó en el bolsillo un objeto de tamaño desacostumbrado.
       Jamás se le hubiera ocurrido fisgar en los bolsillos de Marcel. No era todavía celosa. Quizá no llegase a serlo nunca, tanta confianza tenía en él, y, sobre todo, en su sonrisa de muchachito tierno.
       El objeto era duro. No se parecía en nada a lo que se suele meter en los bolsillos, y, sin curiosidad, exclusivamente por amor al orden, lo quitó de allí.
       Entonces, mientras los dedos apartaban el papel de seda, su rostro cambió de expresión; permaneció un buen rato inmóvil, absorta, con los ojos un poco aterrados, clavados en un cerdito de porcelana.

       Eran las once y media. Lo veía en el reloj. El cerdito rosa estaba encima de la mesa, delante de ella. El abrigo se le había caído a la alfombra. Febrilmente, Germaine marcaba una cifra en el teléfono, pero cada una de las veces un timbrazo entrecortado le anunciaba que la línea estaba ocupada.
       Sus dedos se crispaban como si, al mismo tiempo que una cuestión de segundos, se tratase de una cuestión de vida o muerte. Sin tregua, volvía a marcar el número. Luego se levantó, ojeó la guía de teléfonos para asegurarse de que no se había equivocado.
       Cuando Marcel la había llamado, a las diez y media, iba a comenzar el combate de fondo. ¿Cuánto tiempo dura un combate de pesos pesados? Eso depende, evidentemente. ¿Y después? ¿Se iba la gente en seguida? ¿Los organizadores abandonaban inmediatamente la sala?
       —¡Oiga! ¿Sala Wagram?
       —Sí, señora.
       —Dígame, señor… ¿Ha terminado la sesión…?
       —Hace casi media hora, señora…
       —¿Se ha ido todo el mundo?… ¿Quién está al aparato?
       —El electricista… Hay todavía algunos señores por aquí…
       —¿Quiere usted preguntarles si M. Marcel Blanc…? Sí, Blanc… Como el color blanco… El periodista, sí… ¿Quiere usted preguntarles si está con ellos…? Debe de estar en compañía de los organizadores… Es muy importante… Le ruego que haga todo lo posible por dar con él… ¡Oiga…! Sí, si está, que venga a hablarme…
       Luego, en el silencio súbito, con el auricular a la oreja, Germaine lamentó haberse precipitado de aquella manera y haber molestado a Marcel. ¿Qué le iba a decir?
       Quizá estuviese a punto de llegar a casa mientras ella esperaba al teléfono. Se oían pasos en la escalera. No, era para el cuarto. ¿Y si hubiese cogido un taxi en seguida…? A Marcel no le gustaba esperar los autobuses, y sentía horror por el metro… Cogía un taxi con el menor pretexto…
       —¡Oiga!… ¿Qué dice?… ¿No está con esos señores?… ¿No sabe usted si…?
       Habían colgado. Otra vez el vacío. Y el cerdito rosado encima de la mesa, el cerdito sin rabo.
       —Escucha, Marcel, es necesario que me digas…
       Pero Marcel no estaba allí. Ella permanecía sola, y, de pronto sentía miedo de aquella soledad, tanto miedo, que fue hacia la puerta del balcón, y la abrió.
       Fuera, la noche era de un gris azulado; los tejados húmedos se recortaban con Claridad, las chimeneas, las hondas trincheras de las calles salpicadas de faroles, y allá lejos, brillante, la riada de los bulevares de Montmartre, la plaza Blanche, la plaza Pigalle, el Moulin-Rouge, y mil boites de nuit de las que emanaba una neblina fosforescente.
       Los taxis subían por la calle Caulaincourt, y cambiaban de velocidad a causa de la pendiente. Germaine creía que cada uno de ellos iba a pararse, que Marcel bajaría de él, que vería su silueta volverse negligentemente hacia el chófer, y, después, que levantaría la cabeza hacia sus ventanas. También los autobuses de techos plateados, que paraban justamente ante la casa y de los que bajaban dos o tres personas que se alejaban levantando el cuello de sus abrigos.
       —No es posible, Marcel… —decía ella a media voz.
       Bruscamente, le resultó insoportable permanecer en traje de casa; porque se había desnudado al llegar, como era su costumbre. Se precipitó hacia la habitación, y cogió, al tuntún, un traje de lana. Un traje que se abrochaba a la espalda. Un traje que Marcel tenía la costumbre de abrocharle, y, mientras, le besaba en la nuca.
       ¿De qué tenía miedo? Tal vez hacía varios días o varias semanas que el cerdito de porcelana estaba en el bolsillo del abrigo. ¿Cuándo se lo había puesto Marcel por última vez? No tenía más que dos abrigos. Debería recordarlo. Lo quería. Cien veces al día lo miraba de reojo para admirarlo, para contemplar su silueta, para reconocer un gesto que le gustaba, el simple movimiento de su mano cuando apagaba el cigarrillo, por ejemplo.
       Todavía aquella mañana habían comido juntos, no en el Franco-Italien, a donde no iba más que de noche, sino en un restaurante próximo a los grandes bulevares, en casa de Mère Catherine. Germaine era incapaz de decir cuándo se había puesto Marcel por última vez el abrigo de pelo de camello.
       En cualquier caso, hacía menos de ocho días, porque ella lo había llevado, al tinte la semana anterior.
       ¡Y ella que creía saberlo todo de sus actos y sus gestos! Él se lo contaba todo, incluidas las mentiras que contaba en el periódico. Le telefoneaba sin cesar. Se daban citas. Cuando le sobraba un minuto, no vacilaba en ir a saludarla al almacén. Germaine había vuelto al balcón, todavía agitada, y una vez más palideció.
       —No has estado nunca en los deportes de invierno, ¿verdad?
       Había estado una vez, pero como vendedora, porque la casa Corot-Soeurs abría una sucursal en Megéve durante la temporada.
       —¿Te gustaría? ¿Conseguirías quince días de permiso? Bastará que yo haga un buen negocio, y nos largaríamos juntos…
       ¿Por qué Germaine no había protestado? Se había mostrado encantada, en realidad porque no lo creía. De esta manera hacía él los proyectos más abracadabrantes, cada uno más costoso que el otro, como si no tuviesen necesidad de escatimar nada, cuando, en realidad, contaba sólo con las ganancias de sus artículos.
       Ella le había dicho:
       —Has nacido para rico. Todo te apetece…
       —Sobre todo para ti… —había contestado él, con cierta gravedad que no le era habitual—. Ya ves, desde que te conozco, tengo unas ganas locas de tener un coche…
       —¿Sabes conducir?
       —He tenido uno, hace tiempo…
       Ella no se había atrevido a preguntarle cuándo. En resumen no sabían casi nada el uno del otro, salvo que se querían. Su matrimonio había sido una especie de juego, un juego delicioso.
       —¿Tienes padre?
       —Mi padre… —Y él mismo había cortado—: Vive en provincias, evidentemente… Pero tú eres mayor… Yo, por mi parte, no tengo a nadie… Ocúpate de tus papeles… Nos casarán en la alcaldía del IX
       Porque era en el distrito IX, cerca del square Saint-Georges, donde Germaine, antes de su matrimonio, tenía una habitación amueblada.
       —¿No es demasiado destartalada la alcaldía del IX? Aunque, para el tiempo que estaremos allí…
       Un taxi. No. Continuaba su camino. Volvió a mirar la hora. Pasaba de medianoche, y, ahora, los transeúntes eran tan escasos que se oía durante un tiempo el resonar de sus pasos en el dédalo de calles.
       —He debido encontrarte tres años antes…
       —¿Por qué?
       —Porque, cuando se es joven, se pierde el tiempo…
       Era inaudito el número de francesitas de ese tipo a las que ella no había dado importancia y que ahora recordaba. Hasta su alegría, que ahora tenía para ella otro sentido. Marcel era exuberante, sin que su exuberancia pareciese forzada. Era naturalmente alegre, ameno. Y, sin embargo, en su mirada había una especie de precaución.
       —Ya verás como no soy tan malo…
       —¿Por qué ibas a serlo?
       Él sonreía, o se reía, o la abrazaba:
       —En el fondo, creo que soy un tipo como cualquiera… Lo bueno y lo malo bien mezclado, tan bien mezclado que no siempre me reconozco…
       ¡Si él pudiese volver! ¡Si estuviese allí, si bajase de un taxi, si doblase la esquina, si oyese sus pasos en la escalera!
       ¿Por qué había telefoneado a las diez y media y su voz le había hablado con embarazo, como si, por primera vez, le ocultase algo?
       Ella había hecho mal en llamar a la sala Wagram. Ahora se daba cuenta. Podía resultar realmente grave. ¿Había dicho al electricista que era la mujer de Marcel? No se acordaba.
       ¡Pero no! Aquello no era posible. ¿Por qué aquella noche, precisamente?
       Pero también, ¿por qué le había hablado de los deportes de invierno e incluso de comprar un coche? ¿En qué negocio esperaba tener éxito? De cuando en cuando, aparte de sus crónicas deportivas, le salía un contrato de publicidad en el que le correspondía el diez por ciento. Unos miles de francos, no más.
       Germaine fue hacia el teléfono. No. Regresó al balcón; ahora, del cielo bajo caía una lluvia fina y sonora. Suave, filtrada. El panorama de París ganaba en intimidad. ¿Por qué no volvía Marcel?
       El teléfono… Iba y venía a él sin cesar, se alejaba, volvía.
       —¡Oiga!… ¿Interurbano…? Por favor, ¿quiere darme el 147 de Joinville, señorita?
       No tenía necesidad de consultar la guía. El timbre, al otro lado, resonaba largamente y daba la impresión, Dios sabría por qué, de suscitar el eco en una gran casa vacía.
       —No contestan…
       —¿Quiere insistir, señorita…? Estoy segura de que hay alguien… Pero probablemente, a estas horas, duerme… Siga llamando, ¿quiere?
       El timbre… Germaine acechaba los ruidos de la escalera, los de la calle, los frenos de los taxis y de los autobuses…
       —¡Oiga!… Soy Germaine… ¿Dormías?… ¿Estás seguro de que dormías?… ¿No hay nadie en tu casa?
       Sus rasgos se habían puesto duros y graves.
       —Perdóname por haberte despertado… ¿Cómo?… ¿La gota?… Perdóname, no sabía… No, nada.
       La otra voz, al extremo del hilo, era gruñona. Era la voz de un hombre que padece un ataque de gota y a quien se obliga a saltar de la cama y a bajar un piso en pijama.
       —Necesito absolutamente que me des unos informes… Dime con franqueza si conoces a un tal Marcel Blanc…
       Y la otra voz, furiosa:
       —Creí que no hacía falta decir los apellidos…
       —No hay más remedio… ¿Has oído?… Marcel…
       —Bien, ¿y qué?
       —¿Le conoces?
       Silencio.
       —Es necesario que me contestes en seguida… Es muy importante… Es la última cosa que te pediré… ¿Le conoces?
       —¿Cómo es?
       —Veinticinco años… Buena facha… Moreno, elegante…
       Germaine tuvo una inspiración.
       —Suele llevar un abrigo de piel de camello muy claro…
       Silencio al otro lado del hilo.
       —¿Le conoces?
       —¿Y tú?
       —No importa. Respóndeme. ¿Le conoces?
       —¿Y qué?
       —Nada… Necesito saber… La respuesta es que sí, ¿no es eso?
       Germaine creyó que alguien subía. No era más que un gato maullando en el felpudo.
       —Ven a verme cuando quieras…
       —No cuelgues… Escucha… Lo que quiero que me digas es si esta noche…
       —¿Qué?
       —¿No me comprendes?
       —Creí que estabas casada.
       —Justamente… Se trata…
       Y, en un movimiento irresistible:
       —Se trata de mi marido.
       ¿Por qué le pareció ver que el hombre del otro lado del hilo se encogía de hombros? El hombre se limitó a decir:
       —Ve a acostarte…
       Después, Germaine continuó hablando en vano. En Joinville, el 147 había colgado.
       Era la una y media de la madrugada, y Marcel no había regresado aún. El cerdito sin cola lanzaba reflejos en la mesa donde continuaba abierto el estuche de costura, y el «pelo de camello» yacía aún sobre la alfombra.


II

EL COMERCIANTE DE CERDITOS

      Las cuatro. Entre todas las ventanas que se podían ver desde el balcón, sólo una estaba encendida, y, de vez en cuando, tras las cortinas, pasaba una silueta, sin duda la de alguien que cuidaba a un enfermo.
       Marcel no había vuelto. Marcel no había telefoneado, no había enviado recado alguno, y entonces, cuando la aguja grande del reloj marcó la vertical exacta en la esfera, Germaine se decidió a telefonear otra vez.
       —Oiga… ¿Eres tú, Ivette?… ¿Dormías, pobrecita?… No me guardes rencor… Soy Germaine… Sí… ¿Quieres hacerme un gran favor?… ¿Cómo dices?
       La fea Ivette, al otro lado del hilo, se había limitado a murmurar:
       —Ya…
       Era una vendedora de la casa Corot-Soeurs, una enorme muchacha de veinticinco años, sin el menor atractivo físico. Ella lo sabía, no trataba de hacerse ilusiones, y realizaba el milagro de seguir siendo la compañera más alegre y cariñosa del mundo.
       —Vístete de prisa, no importa cómo. Para ganar tiempo, voy a telefonear a un taxi. Vendrás aquí inmediatamente…
       Aparte de su «ya», Ivette no manifestó sorpresa ni curiosidad alguna; un cuarto de hora más tarde paraba un taxi en la esquina de la calle, y la fea Yvette subía la escalera. Germaine le abrió la puerta.
       —Debes de estar extrañada…
       —Son cosas que pasan, hija mía…
       —Marcel no está en casa…
       —Me lo figuraba. Si estuviese tu marido, no me hubieras llamado…
       —Ya te explicaré más tarde. Mejor dicho: son cosas que, francamente, no puedo explicarte ni siquiera a ti…
       —¿A dónde hay que ir a buscarlo? ¿Tengo que decirle que estás enferma, o que te has metido una bala en la cabeza?
       —Vas a quedarte aquí… Soy yo quien debe salir… Sólo que, escucha… Atiende al teléfono… Si llaman, anotas cuidadosamente los recados… Si fuese Marcel, le dirás quién eres… Te conoce… Añade que he salido y que no tardaré en volver… Si volviese, le dices lo mismo; le dices que estaba inquieta, y que… salí a buscarlo…
       —Las cuatro y media… —observó la fea Yvette—. No vale la pena que me desvista… ¿Puedo tenderme en el diván?… ¿No tienes nada de beber…?
       —Debe de haber una botella de coñac en la alacena…
       Germaine estaba ya en la puerta. Un poco más tarde, saltaba al taxi que la había esperado.
       —A Joinville… Siga la orilla del Marne… Yo le avisaré…
       Estaba más tranquila, más lúcida, desde que, en lugar de esperar, actuaba. Seguía hablando a media voz, por costumbre de mujer que ha vivido mucho tiempo sola. Las calles estaban desiertas, aparte de algunos camiones de legumbres que se dirigían hacia les Halles
[Mercado central de París]. El taxi no tardó ni media hora en llegar a Joinville, y, un poco más tarde, Germaine lo paró ante una enorme finca aislada, a la orilla del agua.
       —Espéreme…
       Llamó. Sabía que tardarían. Tuvo que llamar varias veces antes de oír, de adivinar más bien, los pasos silenciosos tras la puerta. No ignoraba que iban a abrir la mirilla para mirarla en silencio. Se impacientó. Comenzaba a sentir los hombros húmedos.
       —Soy yo —dijo—. Abre.
       Y la voz gruñona de su padre, al otro lado de la puerta, rezongó:
       —Mejor harías yéndote al diablo…
       Sin embargo, abrió. Luego, una vez dentro, encendió la luz, y empujó la puerta de la derecha, que era la de un enorme salón polvoriento y sin fuego. Les envolvió un frío húmedo, un aire en que se mezclaba el olor del moho con el de la falta de limpieza.
       —¿No ha vuelto? —preguntó él, ciñéndose la bata y acurrucándose en un viejo sillón.
       —Si hubiera vuelto, yo no estaría aquí.
       El hombre era enorme y blando, con rostro barroso y ojos acentuados por grandes bolsas. De vez en cuando se llevaba la mano a la pierna dolorida, hinchada por la gota.
       Miraba a su hija con curiosidad no exenta de ironía y satisfacción.
       —Te han atrapado, ¿eh? No valía la pena armar la que armaste… Cuando pienso en todo lo que me has dicho…
       —He venido a hablarte seriamente… ¿Conoces a Marcel…?
       —Conozco por lo menos a un Marcel… Si tan siquiera me hubieras dicho el nombre del que iba a casarse contigo, en lugar de hacerme firmar una autorización en blanco… ¿Qué le ha pasado a tu marido?… ¿Lo han encerrado?
       Sin tratar de engallarse, Germaine murmuró:
       —No lo sé… Todavía no ha vuelto… En el bolsillo encontré por casualidad uno de tus cerditos… ¿Cuándo ha venido a verte?
       El hombre, a quien todo el mundo llamaba M. François, no pasaba más que las noches y los domingos en la enorme casa de ladrillos de Joinville. Cerca de la iglesia de Notre Dame-de-Lorette, en pleno corazón de París, a dos pasos de la sala Drouot, poseía un enorme almacén de antigüedades, que se parecía bastante a un baratillo, y donde se encontraba de todo: sillones viejos, estampas amarillentas, cuadros más o menos auténticos, y chinerías de jade o de marfil.
       Todo aquello, como la casa de Joinville, estaba polvoriento y anticuado, y el mismo patrón, M. François andaba siempre vestido con un traje viejo de codos gastados y cuello grasicnto y sucio que le quedaba demasiado ancho.
       —Hace tres o cuatro días —respondió.
       Al fondo del almacén, en un estante, había algunos de aquellos cerditos sin rabo cuya vista había alterado tanto a Germaine, y fuera, en la trastienda, debía haber una caja llena.
       Al principio era un millar, mil cerditos de porcelana, todos iguales, desprovistos del divertido rabo en tirabuzón que es patrimonio de los cerdos.
       Un día, hacía ya años, un viajante de comercio había entrado en el almacén, y había sacado una de aquellas figuras de su cartera.
       —Es Limoges auténtico —había explicado—. Tenemos mil exactamente iguales. Inútil advertirle la finura de la pasta y del colorido, porque usted entiende de esto. Formaban parte de un gran encargo de diversos animales destinados a la exportación… ¿Qué ha sucedido? ¿En qué pensaba el artista? ¿Cómo nadie se dio cuenta del olvido, primero al hacer el molde, y luego al cocer los ejemplares? El caso es que el lote estaba ya terminado cuando alguien advirtió que los cerditos no tenían rabo… Monsieur François, créalo usted si quiere, pero eso ha bastado para que resulte imposible venderlos… Le ofrezco el lote, los mil cerditos… Ponga un precio…
       M. François había dado una cifra irrisoria y, al día siguiente, le enviaron las cajas. Un año más tarde no había vendido ni dos ejemplares porque, cada vez que ponía una de aquellas figuritas en manos de un cliente, éste no dejaba de advertir:
       —¡Lástima que se le haya roto el rabo…! —No se le ha roto. No lo ha tenido nunca…
       Y sin embargo, a partir de entonces, los cerditos empezaron a desaparecer de la tienda uno tras otro. Mejor dicho: los que se los llevaban no discutían, no rebuscaban por el almacén, sino que preguntaban en seguida al entrar:
       —¿Tiene cerditos de porcelana?
       Sucedía, a propósito de los cerditos, algo todavía más raro. Cuando el cliente preguntaba el precio, M. François reflexionaba durante más tiempo del acostumbrado, y daba una cifra casi siempre distinta.
       —Veintidós francos…
       O veintiuno, o veintitrés, raras veces menos de veinte. Pero una vez, por ejemplo, había dicho sencillamente:
       —Un franco.
       Veintidós francos querían decir veintidós horas, o sea, las diez de la noche. Un franco, era la una de la madrugada. Y esto quería decir que M. François esperaba a su interlocutor a dicha hora en la villa de Joinville.
       Los iniciados no eran numerosos. Eran casi siempre los mismos, muchachos jóvenes en su mayor parte, y, por lo general, bien vestidos. Algunos llegaban con el coche, que dejaban al borde de la acera; pero había alguno desharrapado que hubiera podido causar extrañeza a quien le viese adquirir objetos tan superfluos como los cerditos de porcelana.
       Así, aunque hubiera gente en el almacén, nadie sospecharía nada. Y el desconocido que se presentaba allí por primera vez, no tenía necesidad de mostrar referencias: desde el momento en que pedía un cerdito, era que le había enviado alguien de confianza, y ya tendría tiempo de explicarse en Joinville.
       —¿Te ha traído algo? —preguntó Germaine, mirando duramente a su padre, que acariciaba su pierna enferma.
       —Esta vez no…
       Había sido tres o cuatro días antes. Y hacía cinco o seis que Marcel le había hablado a Germaine de los deportes de invierno.
       —¿Qué ha venido a hacer?
       —Lo que hacen todos cuando están sin un céntimo… Pedirme dinero… Cuando tienen algo de que deshacerse, son muy amables, y aceptan mi precio sin discutir demasiado… Cuando se huelen que lo he vendido caro, vuelven, y el tono cambia… Ya conoces la canción:
       »“Usted ha ganado bastante dinero conmigo… Todavía la última vez, me ha dado… Bien podía prestarme algunos billetes de mil en espera de que dé un buen golpe…”.
       »Y ahí los tienes hablándome de golpes sensacionales, de telas extraordinarias, Renoir o Cézanne, cuando no de pintores clásicos.
       »“Dentro de ocho días, dentro de cinco, se los traigo… Necesito esperar la ocasión propicia, usted me comprende… Le interesa a usted tanto como a mí, puesto que en el negocio gana más que yo…”.
       M. François hablaba con voz cansada y desdeñosa.
       —¡Todos son iguales! Se imaginan que soy avaro. Yo me pregunto cómo ni uno sólo entre ellos ha tenido redaños para venir a asesinarme y a robarme mi tesoro… Porque ellos imaginan que tengo un tesoro escondido, que duermo encima de él, y que mi colchón está lleno de billetes de los grandes y de monedas de oro…
       Sin embargo, no se podía decir que fuese precisamente un avaro; Germaine lo sabía; era quizá la única en el mundo que lo sabía. Su padre no era avaro: era maniático.
       Entre aquellos cuadros y aquellos objetos preciosos que algunos imbéciles, como los llamaba M. François, quien los despreciaba intensamente, iban a robar en casas de campo o en pisos lujosos, había muy pocos de los que él consintiese en deshacerse. Sólo piezas dudosas, o de segundo orden.
       Se creía que los enviaba a América, cuando la verdad era que la mayor parte permanecían en la finca de Joinville, donde el viejo, él solo, por la noche, los contemplaba.
       —¿Le has dado dinero?
       —No.
       —¿Qué le has dicho?
       Germaine conocía a su padre. Precisamente porque le conocía era por lo que un día, cuando no tenía más que veinte años, se había separado definitivamente de él.
       Un hombre había muerto a causa de la pasión del viejo anticuario, un muchacho de veintidós años. También él había comprado un cerdito sin rabo, y probablemente no era el primero. Había ido a aquella misma habitación donde no había una sola obra de arte, donde las paredes estaban adornadas con horribles litografías enmarcadas en negro. ¿A quién se le hubiera ocurrido que las obras maestras había que ir a buscarlas al sótano?
       Por casualidad, sin pretenderlo, Germaine había asistido a la entrevista.
       —Sólo dos mil… —suplicaba el joven—. Le juro que tengo verdadera necesidad… Mi amiga está enferma… Es necesario operarla… No quiero enviarla a un hospital gratuito… ¿Comprende?…
       Y su padre suspiraba:
       —¿Qué es lo que me has traído la última vez?
       —Un pequeño Monticelli, lo sabe perfectamente… Me dio por él exactamente lo que valía el marco… Yo me informé después, y sé que valía por lo bajo cien mil francos…
       —A condición de venderlo y de que no lo cojan a uno… Ya ves, hijo mío, yo tampoco soy más que un pobre hombre… Tráeme algo, y te pagaré lo que valga… No soy lo suficiente rico para hacer el filántropo…
       —Pero lo que le pido no es más que un anticipo…
       —¿Un anticipo a cuenta de qué?
       —A cuenta de lo que traeré un día de éstos…
       —¿Tienes algo a la vista?
       Estaba claro que no. El muchacho, azarado, vacilaba.
       —¡Ah!, si me trajeras un Manet… Aunque no fuese más que un Manet pequeño…
       En aquella época M. François tenía pasión por los Manet. Porque, periódicamente, sufría una pasión dominante.
       —¿Dónde los hay?
       —No sé… En todas partes… Evidentemente, los hay en las galerías, pero es difícil…
       —Las galerías están vigiladas por la noche… Sin contar con que hay alarmas eléctricas y todo un montón de aparatos nuevos…
       —La semana pasada, en la sala de Ventas, un banquero compró uno que me gustaría…
       —¿Cómo se llama el banquero?
       —Lucas-Morton… Recuerda lo que te he dicho del cuadro…
       —Si le traigo ese Manet, ¿cuánto me daría?
       —Llegaría hasta veinte mil… Pongamos treinta…
       Dos días después se leía en los periódicos de la mañana que un ladrón de veintidós años había sido muerto en la propiedad de M. Lucas-Morton, en Versalles, por el guardián nocturno, en el momento en que intentaba entrar con violencia en la galería.
       —¿Has leído?
       Su padre había leído la noticia sin manifestar ninguna emoción.
       —¿No te hace ningún efecto?
       —Yo no tengo nada que ver con eso, ¿no te parece?
       Germaine tenía demasiadas cosas que decirle. Había preferido callar. Se había marchado. Y un mes más tarde, después de haber recorrido agencias de colocaciones, después de haber llamado a centenares de puertas, entraba como dependienta en la casa Corot-Soeurs.
       No había vuelto a ver a su padre más que una vez, en el almacén:
       —Firma… —le había dicho, tendiéndole un papel.
       —¿De qué se trata?
       —La autorización para casarme.
       —¿Con quién?
       —Poco importa…
       Él había bajado la cabeza y había firmado. Suspirando, añadió:
       —Como quieras…
       La había seguido con la mirada mientras Germaine salía del almacén, pero ella no se había vuelto ni había visto su rostro alterado.
       Germaine, dura y fría, estaba ahora ante él. Y le interrogaba como un juez:
       —¿Qué más le has dicho?
       Germaine recordaba más que nunca al muchacho que, a falta de dos mil francos para pagar la operación de su amiga, se había dejado matar en Versalles. Esta vez, ¿adónde había mandado su padre a Marcel? A aquel Marcel que sólo necesitaba dinero porque acababa de alquilar un piso y porque no resistía el deseo de llevar a su mujer a los deportes de invierno.
       —No lo sé… Le dije que, para tener dinero, necesitaba evidentemente traer alguna cosa…
       —Antes de esto, ¿había venido con frecuencia?
       —Cinco o seis veces…
       —¿En cuánto tiempo?
       —En tres años… Trajo siempre hermosas piezas… No se trata de cualquiera… Él sabe lo que vale… No pierde el tiempo en bagatelas…
       ¿No le había dicho Marcel, con aquel aire de burlarse de sí mismo que adoptaba cada vez que hablaba de cosas serias: «¡Lástima que te haya encontrado demasiado tarde…!»?
       Germaine había creído que bromeaba. En el fondo, jamás lo había tomado completamente en serio, y ahora era a sí misma a quien ella detestaba.
       «No soy un crápula», había dicho otra vez.
       Y Germaine volvió a interrogar a su padre:
       —¿Durante estos últimos meses?
       —Hacía lo menos un año que no lo había visto cuando el otro día volvió al almacén…
       —Lo que ahora necesito es saber lo que le has dicho, ¿entiendes?
       Un encubridor vulgar coge todo lo que le traen, todo lo que tiene algún valor, todo lo que es más o menos fácil de vender. Pero M. François no era un encubridor vulgar. Era un apasionado, con pasión devoradora.
       Había hablado de un Manet al muchacho que murió. En resumen, era él quien lo había enviado a casa del banquero, en Versalles.
       —Responde…
       —En este momento, lo que más me interesa son los Renoir… No los grandes cuadros, que, por lo demás, están casi todos en museos, sino pequeños Renoir, cabezas de mujeres, naturalezas muertas… Hay naturalezas muertas que…
       —¿Has insinuado algún nombre?
       —No lo creo…
       —Reflexiona…
       —No… Por otra parte, con Marcel no es necesario… Es un muchacho que sale lo suficiente para saber dónde se encuentran las piezas hermosas…
       —Espera a que haga una llamada telefónica…
       Llamó a su propio número. Se estremeció al oír la voz de Yvette toda emocionada, creyendo sin duda que era Marcel quien estaba al aparato.
       —¿Sólo eres tú?… Bueno… Nada, hija mía… Me hubiera gustado darte una buena noticia, pero no hay nada… Di, pues… Acabo de leer un librejo cuyo segundo tomo no encuentro… La Cartuja de Parma… ¿No sabes dónde lo has metido?…
       Aquello le recordó a Germaine que Marcel, hacía unos días leía en la cama, a su lado, el segundo volumen de La Cartuja de Parma.
       —¿No vuelves?
       —Creo que volveré… El libro debe de estar en el dormitorio… Hay una librería pequeña junto a la cama…
       —Gracias… ¡Buena suerte…!
       Germaine, al colgar, hablaba a media voz, sin preocuparse por su padre, que tenía prisa por volverse a la cama.
       —No puedo telefonear al periódico, porque, si no lo han cogido, podía ser peligroso… Me pregunto si habrá enviado el artículo… Si lo envió, debió de quedar en la sala Wagram hasta el final, es decir, hasta las once… Luego, escribir las cuartillas, llevarlas o hacerlas llevar… En este caso…
       Eran las cinco y media de la mañana. El contador del taxi seguía dando vueltas, como una rata roedora, delante de la casa; pero a Germaine no le preocupaba.
       —Algún Renoir…
       —¡Hay tanta gente que los tiene! —suspiró su padre—. Harías mejoren ir a acostarte… Nada prueba que lo hayan cogido… Por otra parte, no sería muy grave para él, porque no ha estado nunca condenado… ¿Comprendes? No es como un reincidente… Con un buen abogado…
       Ella repetía, levantándose:
       —Algún Renoir…
       ¿Por qué tenía la impresión de que la salvación de Marcel dependía de ella? Ni por un instante había pensado en guardarle rencor. ¿Y cómo se lo iba a guardar? ¿No le había ocultado ella también su verdadera personalidad? ¿No era la hija de François?
       Y, puesto que era su hija, sabía cómo suceden estas cosas. Ante todo, había que descartar la idea de un golpe maduramente preparado. Si hubiera sido así, no hubiera sido a las diez y media, al telefonear Marcel por segunda vez, cuando había advertido en la voz de su marido algo anormal.
       Acababa de tomar una decisión. ¿Por qué a las diez y media? ¿Y por qué en la sala Wagram?
       —Calle Caulaincourt… —le dijo al chófer, mientras Monsieur François volvía a cerrar los cerrojos de la puerta y subía a su habitación.
       Seguía lloviendo de manera interminable. Germaine, en el fondo del taxi, cuyo vidrio no cerraba herméticamente, tenía frío.
       Marcel, como la mayor parte de los «clientes» de su padre, no debía de operar más que en pisos vacíos. En París era bastante fácil, porque los criados casi nunca se acuestan en el piso propiamente dicho, sino en la sexta o séptima planta, donde se encuentran las habitaciones de la servidumbre.
       El muchacho que se había dejado matar en Versalles, había tenido la mala suerte de trabajar en un hotel privado.
       Germaine volvía continuamente al punto de partida con obstinación maquinal:
       —A las diez y media…
       La sala Wagram. El ring rodeado de cuerdas. Los miles de espectadores en la polvareda de luz cruda. Marcel en la mesa de la prensa…
       Entonces fue allí cuando, de repente, le vino la idea… Los Renoir… Él había visto pues, entre los espectadores, a alguien que tenía algún Renoir, alguien cuyo piso, verosímilmente, estaría vacío hasta el final de la velada…
       Le resultaba tan evidente que no ponía en duda aquella reconstrucción de los hechos.
       La sala Wagram… Los deportes de invierno, quizá el coche del que tantas ganas tenía… Aquel viejo canalla de M. François que se negaba a prestarle unos billetes, pero que le daría muchos a cambio de uno o varios pequeños Renoir…
       Y, entre las filas de cabezas iluminadas por los proyectores, en las primeras filas, sin duda, alguien en quien todo esto se concretaba, alguien que representaba los Renoir, la nieve, el coche rápido…
       En tanto que este alguien estuviese allí, mirando los boxeadores, no habría peligro…
       Pero, ¿por qué Marcel había telefoneado a Germaine? ¿Un presentimiento? Él, a quien jamás habían cogido, ¿tenía la impresión de que podía fallar el golpe? ¿Quería, para tranquilizarse, oír la voz de Germaine? ¿Vacilaba aún? Si, por ejemplo, ella hubiera insistido en que volviese lo antes posible, si se hubiera lamentado de su soledad…
       ¡Pero no! Germaine, por el contrario, se había mantenido en su postura de siempre: jamás quería aparecer ante él como un impedimento de lo que fuese. Él era libre. Ella había decidido, desde el primer día, que le permitiría toda la sensación de su libertad.
       Ni siquiera le había dicho, como suelen hacer las mujeres, lo que había tenido ganas de decirle:
       —No vuelvas demasiado tarde…
       No le había confesado que aquella noche solitaria estaba para ella cargada de melancolía.
       Era culpa suya. Tenía aproximadamente una hora por delante. ¿A dónde habría ido Marcel? ¿Hacia qué barrio de París había corrido?
       Estaba el problema de la llave. Eso, por lo general, exige una larga preparación: procurarse la llave del piso, o tomar el molde de la cerradura y fabricar una llave falsa.
       No había tenido tiempo. Estaba segura, quería estarlo, de que él no tenía nada preparado de antemano. Además, ¿no había permanecido un año sin llevar nada a M. François?
       Por una razón o por otra, quizá porque estaba desengañado, quizá porque tuviese miedo, había querido cambiar de vida. La prueba era que se había casado. Lo más rápidamente posible. ¿Con el fin de evitar toda nueva tentación?
       Sucede a veces que se dan con éxito tres o cuatro golpes brillantes y que, de pronto, sobreviene el pánico. Uno se dice que se ha tenido suerte, que la cosa no puede durar, y que a la vez siguiente se pagarán todas juntas.
       Peligroso estado de espíritu, si se tiene la mala ocurrencia de recomenzar, porque es entonces cuando uno se deja coger. Falta de fe en sí mismo. O descuido. Se deja uno coger estúpidamente, se tropieza en un detalle idiota…
       Germaine no podía siquiera telefonear a la policía. Los periódicos no aparecerían hasta dentro de una hora. Y, con frecuencia, los periódicos de la mañana no traen todos los sucesos de la noche.
       Lo veía en la P. J., en el despacho de cualquier inspector ocupado en interrogarle después de haberle quitado la corbata y los cordones de los zapatos… Lo veía en el hospital, en el…
       ¡No, en el depósito, no! Sólo de pensar en aquella palabra le daban ganas de gritar.
       —Algún Renoir…
       Cosa curiosa, le parecía que no tenía más que realizar un pequeño esfuerzo; que estaba muy cerca de la verdad. ¿Por qué la palabra Renoir le resultaba tan familiar, no a causa del pintor, de quien ella conocía evidentemente las obras, sino como una palabra que se ha leído u oído recientemente?
       Más aún: hubiese jurado que era la voz de Marcel quien la había pronunciado. ¿Pero cuándo? ¿Dónde? ¿En qué ocasión?
       El taxi paró en la esquina de la calle Caulaincourt, y ella vio las ventanas encendidas. Rebuscó en el bolso. No tenía bastante dinero encima. Había pensado en todo, menos en eso.
       —Espéreme un momento. Subo a buscar dinero…
       Germaine corrió por la escalera, y se sonrojó al recordar que la víspera había pagado al tapicero con el dinero que quedaba en la casa.
       —Escucha, mi pobre Yvette…
       Le daba vergüenza. Jamás en su vida se había sentido tan avergonzada. Yvette, que estaba en combinación, tendida en el diván leía.
       —¿Tienes dinero?
       —¿Necesitas mucho?
       —Para pagar el taxi… No sé cuánto… Marcel no está, y es él quien tiene toda nuestra fortuna en su cartera…
       Yvette revolvió en su bolso y sacó de él cuatrocientos francos.
       —¿Te bastará?
       —Supongo…
       Bajó los seis pisos hablando sola, y dio al chófer sus excusas; se sentía tan miserable aquella noche, tan culpable ante todo el mundo…
       Subió jadeante, más despacio. Yvette se había puesto el traje, y, ya con el sombrero en la mano, se dirigía al espejo.
       —Supongo que ya no me necesitas, ¿no?
       Estuvo a punto de decirle que sí, que le daba miedo quedarse sola, pero no se atrevió.
       —Te lo agradezco, y te pido otra vez perdón… Puedes sin embargo hacerme otro favor… Si a las nueve no me ves en el almacén, ¿quieres decirles a las señoritas Corot que no me encuentro bien, que iré más tarde, o que quizá no vaya?… Ya te lo explicaré alguna vez… Es mucho más terrible de lo que crees…
       —¡Todas las casadas decís lo mismo…! ¡Incluso las que no lo están!…
       —Tú no puedes comprender…
       —Ya sé… Nunca se puede comprender…
       Y después, en el momento de ponerse el abrigo:
       —¿No prefieres que me quede?
       —Gracias… Eres muy amable… Voy a tratar de dormir un poco…
       —¡Allá tú…! ¡En fin…! Todo esto acabará por arreglarse… Te he dejado un poco de coñac… Harías mejor en bebértelo…
       Aquella mañana, con la cara pálida y los párpados enrojecidos, Yvette parecía verdaderamente un clown; y la mueca que hizo al despedirse, una extraña sonrisa que quería ser alentadora, acentuaba el parecido.
       —Buenas noches, hija mía… Si es que puede decirse…
       Germaine estuvo a punto de retenerla, porque, una vez sola, le pareció oír que la llamaba la voz de Marcel; de Marcel que, en alguna parte, la necesitaba; de Marcel que pedía socorro.
       Pero, ¿desde dónde?
       Dentro de media hora se iluminarían los tejados, se harían de un color gris reluciente, y se vería ascender el humo de todas las chimeneas de París; se adivinarían las calles profundas entre los bloques de casas, el zumbido de los autobuses, el paso de cientos de miles de hombrecillos comenzando a agitarse en una jornada de diciembre frío y húmedo.
       En alguna parte estaría Marcel, y Germaine, agarrada a la fría barandilla de su balcón, miraba en todas direcciones aquel panorama gigantesco, como si, de pronto, debiera parar su mirada en un punto concreto; como si, inspirada, fuera a poder decir:
       —Está allí…



III


EL JARRÓN DE SEVRÈS Y EL TÍO DE LA CONDESA


      Siete y media. Desde el balcón se ve la camioneta de las Messageries Hachette que recorre los quioscos de periódicos, detenerse un momento ante la taberna de enfrente. El chófer, con gorra de cuero, atraviesa la acera llevando un enorme montón de diarios con la tinta todavía fresca.
       Germaine baja, sin peinarse. La portera está a punto de pasar un rodillo mojado por el portal. Germaine apenas conoce bien a aquella mujer que bizquea ligeramente. Hace un mes que trata de atraerla, porque en París es indispensable estar en buenas relaciones con la portera. Ésta, quizá a causa del ojo, parece desconfiada.
       —Me parece que esta noche ha tenido usted visita —observó—. He abierto la puerta tres o cuatro veces para su casa. ¿Hay algo que no marcha?
       Algunas personas olfatean la desgracia. Ésta era una de ellas. ¡Cuidado! Germaine se esfuerza por estar sonriendo al responder:
       —Fue mi marido, que me envió una de las secretarias del periódico para decirme que tenía que salir inmediatamente para Londres… Hoy se celebra un gran combate de boxeo… Lo nombraron en el último momento… He tenido que llevarle sus cosas al despacho…
       —¡Ah!, bien… Había pensado que quizá tenía usted a alguien enfermo…
       ¡Una menos! Ahora, el periódico. Lo compra. Entra en el barcito y bebe un café en la barra; moja un croissant, mientras vuelve las páginas con la mayor naturalidad posible.
       El combate de la sala Wagram… Un artículo de tres cuartos de columna… Firmado por Marcel Blanc.
       Aquello le hace una extraña impresión, como recibir, cuando se está lejos, la carta de alguien que ha muerto mientras tanto, u oír cómo habla en el cine un hombre que se sabe enterrado desde hace tiempo.
       ¡Pero no! ¡Marcel no está muerto! Germaine come uno, dos, tres croissants. Le da vergüenza, pero tiene hambre. ¡Cuatro croissants! Lee el artículo. Se da cuenta de que no es de Marcel. Hay en sus frases algo que le pertenece, muletillas, giros… Germaine no ignora que, entre los periodistas, se intercambian de buena gana estos pequeños favores.
       «Me harás el artículo y lo enviarás al periódico…».
       Mecanografiado, probablemente.
       Sube a su casa. Yvette casi ha vaciado la botella de coñac. Germaine siempre sospechó que no le disgustaba el alcohol. Bebe el resto. Se tiende, porque le duelen los riñones. Le da todavía más vergüenza que su apetito, pero se duerme. No viene ningún robo en el periódico, ningún suceso que pueda relacionarse con Marcel. Aquello no quiere decir nada.
       Las diez. Ni una llamada. Dentro de media hora, en los grandes bulevares, que son los primeramente abastecidos, se empezará a vender el periódico del mediodía. Se viste. Aunque no ha bebido más que un fondo de botella para entonarse, tiene la lengua gorda, como después de una verdadera orgía. Piensa en Yvette, que ha vaciado los tres cuartos de la botella. Le queda algo menos de cien francos en el bolso. ¡Tanto peor! Toma un taxi.
       Compra a un chico el periódico del mediodía. Tiene las piernas flojas. Su lengua está gorda. Esto le trae un recuerdo. Le ha sucedido ya una vez con Marcel, cuando estuvieron una noche en casa de los…
       Se sienta en el café Mazarin y, de pronto, en la primera página encuentra lo que buscaba:
       «Tentativa de robo en casa del conde de Nieul».
       ¡Caray!, en casa del conde y de la condesita, como se la llama, porque es pequeña y revoltosa como un diablo. Gente aficionada a todo, al deporte, al arte, al cine; que sale todas las noches, o que reciben con frecuencia en su piso de la avenida de Gena. Marcel y ella habían ido juntos a aquella casa una noche en que se apretaban en ella por lo menos trescientas personas, entre periodistas, actrices, médicos y abogados célebres. Un verdadero tumulto.
       —Mira —le había hecho notar Marcel—, tienen los más bellos Renoir de la época rosa…
       Casi no había visto nada. Había demasiada gente. Les ponían continuamente en la mano copas de champaña o vasos de whisky. Una casa donde se bebe de lo lindo…
       Aquello era lo que había buscado con tanto empeño durante toda la noche: el conde y la condesa de Nieul. No pierden un combate de boxeo, ni un estreno de cine, ni… Y la condesita aturdida…
       «Una curiosa tentativa de robo, que ha estado a punto de terminar trágicamente, ha tenido lugar esta noche en el domicilio del conde y la condesa de Nieul, muy conocidos del “todo París”, mientras se encontraban en la función de la sala Wagram. Un detalle, que se ha conocido después, hace pensar que el robo ha sido fortuito, porque, al volver a su casa, hacia las dos de la madrugada, la condesa de Nieul se dio cuenta de que, durante la velada, había perdido la llave del piso, que llevaba en el bolso al salir.
       »Luego el desconocido…».
       Germaine, de repente, sintió algún calor en las mejillas.
       «… que se había introducido en el piso sirviéndose de la llave hacia las once y diez, no ha podido procurársela más que en la sala Wagram. Es imposible que esta llave hubiera sido robada adrede, por un audaz carterista, puesto que el bolso está provisto de un cierre de seguridad.
       »La Condesita, como el “todo París” la llama, recuerda que, cuando se dirigía hacia su sitio, tuvo que coger el pañuelo. ¿Cayó la llave en este momento? En todo caso, el que la recogió sabía de qué se trataba y el partido que se le podía sacar.
       »Esto restringe el campo de las investigaciones. El hecho es que, hacia las once, el sujeto penetró en el piso que creía vacío y que hubiera debido estarlo. Es una casualidad que M. Martineau, tío de la condesa de Nieul, haya llegado la misma noche y se haya sentido demasiado cansado para acompañar a sus huéspedes a la sala Wagram.
       »Acababa de dormirse, cuando oyó ruido en el gran vestíbulo de la entrada, donde están colgadas las más hermosas telas de la casa. Asustado, como puede suponerse, se hizo con un revólver…».
       Las palabras, las letras bailaban. Pese a su deseo de llegar al final, Germaine se veía obligada a leer dos o tres veces la misma línea, mientras un camarero colocaba en su velador un mandarins-curaçao.
       «En el vestíbulo brilla solamente el haz de una linterna eléctrica. Un hombre está todavía en pie en una silla. El tío entra, revólver en mano. El hombre salta, corre en la oscuridad, lo derriba de un puñetazo.
       »M. Martineau ha disparado sin darse cuenta, asegura, bajo los efectos de la emoción. Hay razones para creer que la bala, casualmente, haya alcanzado su objetivo, porque se han hallado manchas de sangre en la alfombra y en la escalera.
       »¿Ha sido el ladrón herido de gravedad? Todavía no es posible saberlo, pero su detención será sin duda cuestión de unas horas. M. Martineau, que es un hombre de edad, estaba demasiado alterado para perseguirlo con la rapidez necesaria.
       »Probablemente se trata de un novicio o de un aficionado. Lo que lo hace pensar, es que el ruido que oyó el tío de la Condesita fue producido por la rotura de un enorme jarrón de Sevrès, un jarrón casi histórico, de gran valor, procedente de la época napoleónica. Aquel jarrón se encontraba bajo un adorable Renoir, una bañista roja que el aficionado, demasiado nervioso, dejó caer en el momento de descolgarlo.
       »Esto limita el campo de las investigaciones. Pero había lo menos seis mil personas en la sala Wagram, y…».
       Germaine bebió su mandarins-curaçao sin darse cuenta, dobló el periódico en muchos dobleces, y lo metió en el bolso.
       ¿Por qué, pese a todo, mientras salía del café, había en sus ojos un resplandor de satisfacción? Porque no habían cogido a Marcel, desde luego. Pero también porque ella no se había equivocado.
       Aquella historia de la llave… ¿No la había casi adivinado, gracias a la llamada telefónica de las diez y media? Marcel había visto caer la llave de la Condesita. También él se acordaba del Renoir.
       Y sobre todo, lo que más satisfacía a Germaine, era que Marcel había tenido mala suerte. Había dejado caer el cuadro encima del jarrón de Sevrès. ¿Le temblaba la mano? Por lo menos, tenía miedo. Se portaba como un novicio, o como alguien que se dice: «Una vez más… Una sola…».
       Sintiendo que aquél no era su oficio, que no era hombre para aquel tipo de faenas…
       —Idiota… —dijo ella a media voz, entre la gente de los grandes bulevares.
       ¡Querido idiota, sí! Se había alejado. ¿Qué había hecho una vez en la calle, herido, perdiendo sangre que bastaba para traicionarle? Había corrido para alejarse de la casa. Bueno. Tal vez había descansado en un rincón. ¿Y después?
       —Con tal de que no haya cometido la estupidez de coger un taxi…
       Porque la policía interrogaría a todos los taxistas. Sin duda habrían empezado ya. Incluso nervioso, Marcel debía de ser lo bastante inteligente para no haberlo hecho.
       —¡Idiota!
       Sí, idiota, idiota por no haber venido en seguida a casa. Ella lo hubiese cuidado. Hubiera encontrado un médico amigo, el médico que fuese, cuyo secreto profesional hubiera exigido, y lo hubiera traído. Los médicos no pueden negarse a esto.
       Había tenido vergüenza, evidentemente.
       «—En el fondo, no soy un crápula…».
       Germaine tenía la impresión de hablarle mientras caminaba, y jamás había estado tan tierna con él. Hubiera hecho mejor empezando antes tomándolo en serio, comprendiendo que con sus sonrisas picaras no era más que un niño, un demonio de crío que la necesitaba para salir del mal paso en que se había metido.
       ¡Idiota, sí!… Como todos los muchachos que iban a ver a su padre, que braveaban y que, en el fondo, temblaban dentro de sus pantalones.
       ¡Su Señoría quería llevarla a los deportes de invierno y pasearla en coche! Y ella no había protestado. ¿No hubiera debido decirle: «Estás loco, mi vida… Ya se verá más tarde… Entre tanto, escribe tus artículos sobre el boxeo o el rugby…»?
       Seguro que no se había equivocado cuando, aquella noche, pensaba que él la llamaba. Tenía necesidad de ella, ¡caray! Sólo que no se había atrevido a pedirle socorro.
       —Su Señoría es demasiado orgulloso…
       ¡Tonto, retonto, querido tonto! Era capaz de hacer alguna tontería. No se habría quedado en la calle, bajo la lluvia que seguía cayendo desde la víspera a las once y diez. ¿A dónde habría ido para que lo curasen?
       ¿Se preguntaba lo que pensaba ella? La vería llorando, creyéndose ya engañada o abandonada.
       Pedazo de bobo…
       Por eso Germaine no llegaba a desesperarse; por eso, a pesar de todo, sentía una especie de alegría: porque descubría su pequeñez, y porque él la necesitaba.
       Al principio era ella quien había temblado. Había temblado de miedo de que él descubriese quién era ella realmente, de que supiese un día lo que hacía su padre, de no ser nada a su lado.
       Y era él quien…
       Germaine seguía caminando y pensando; se esforzaba por no hablar a media voz, según su costumbre de chica solitaria.
       En realidad, era necesario defenderse a toda prisa. Alguien podía haberlo visto en la sala Wagram, en la fila de la condesa.
       Hacía ya una hora que él debía estar en el periódico. Germaine entra en otro café. Mala suerte: otro mandarins-curaçao ao. Teléfono.
       —¡Oiga, señorita!, ¿tiene usted la amabilidad de ponerme con el redactor jefe? Soy Mme. Blanc…
       Así no se inquietarían. Germaine no sabía si se equivocaba o no, pero hacía falta evitar que los demás se preocupasen.
       —¡Oiga! ¿El señor Manche?… Soy Mme. Blanc… Mi marido le pide perdón… Cuando volvió esta noche, después de haberle enviado el artículo, lo esperaba yo con un telegrama de una de sus tías cuyo marido acaba de morir en provincias… Marchó en el primer tren de la mañana… Estará unos días ausente…
       Ahora se sentía fuerte, sobre todo porque, al telefonear, acababa de pensar en Jules.
       Marcel había ido dos veces a Morsang con él. Era médico. Había hecho su tesis de medicina el año anterior, pero, falto de dinero para establecerse, trabajaba como mancebo en una farmacia importante del bulevar Sebastopol. Un muchachote huesudo, un poco caballuno, con el pelo rizado color rubio querubín, que no le iba demasiado bien al resto de su fisonomía.
       Había que encontrar a Jules. Germaine no se acordaba siquiera de su apellido. Jamás había sabido su dirección.
       Taxi. Malo para los cien francos que le quedaban, pellizcados ya, además.
       —Perdón, señor, quería hablar con Jules… Sabe usted, el rubio alto que está frecuentemente en esta sección…
       —¿El doctor Belloir?
       —Eso… Sí… Un rubio rizado, con una nariz grande.
       Aquello llevó tiempo. No querían darle la dirección.
       —El doctor Belloir no ha venido esta mañana, ni ha telefoneado. Vuelva por la tarde. Tal vez lo encuentre.
       —Tengo absoluta necesidad de verle en seguida. Soy su prima. Acabo de llegar de París, y debía esperarme en la estación. Probablemente no me ha visto…
       Conciliábulo. Por fin:
       —Si es usted realmente su prima…
       —Se lo juro… Mi padre y el suyo…
       —246, calle del Mont-Cenis.
       En lo alto de Montmartre. Cerca del Sacre-Coeur. Quince francos de taxi. Un extraño patio, casi un patio de granja. Al fondo un pabelloncito de un solo piso, con una carpintería en la planta baja, y una escalera de hierro al exterior.
       —¿M. Belloir?
       —En el primero…
       Germaine subió, llamó a una puerta vidriera que no tenía timbre.
       —¿Quién es? —gritó una voz que Germaine no reconoció. Y ella fríamente:
       —Soy yo.
       Porque eso «cuela» siempre. En efecto; se arrastraron unos pasos; el rostro caballuno se pegó al cristal, y se volvió a apartar. Germaine tuvo la certidumbre de que Jules hablaba a alguien. Le latía el corazón.
       —Abra…
       No llevaba más que un pantalón arrugado y una camisa. Estaba sin afeitar.
       —Excúseme… No la había reconocido. ¿A qué se debe el honor…?
       —¿Dónde está Marcel?
       Aquello no era una verdadera habitación. Era todo lo que se quisiera, una vasta pieza, una especie de taller como el del carpintero de abajo, pero partido en dos con ayuda de una cortina de yute. Delante de la cortina, en lo que sin duda se llamaba el salón, había dos viejos sillones desfondados, una mesa, libros, una lámpara.
       —Pero… Yo no sé…
       —Escúcheme, Jules…
       Cuando la había reconocido a través del cristal había hablado a alguien, ¿no era así? Luego había alguien detrás de la cortina. Si se trataba de una mujer, peor. Y poco importaba saber si eran los mandarins-curaçao los que le daban seguridad.
       Dio tres pasos. No eran necesarios más. Levantó la cortina.
       Y Marcel estaba allí, mirándole con un aire tan asustado que ella estuvo a punto de soltar la risa, mientras se deshacía en lágrimas sin encontrar más que una sola palabra:
       —¡Idiota…!
       Germaine, lloraba verdaderamente mientras reía. No se atrevía a tocarlo, porque estaba muy pálido y porque un enorme vendaje rodeaba su pecho.
       —Te crees muy listo, ¿verdad?
       —Querida…
       —Idiota…
       —Escucha, querida…
       —A mí, que me horroriza la nieve…
       —Te juro…
       —Ante todo, volverás en seguida a casa.
       —Él no quiere…
       —¿Quién?
       —Jules…
       Jules, discretamente, se había quedado en la escalera, tiritando sin chaqueta.
       —Júrame que… —dijo ella.
       —No vale la pena…
       —¿Por qué?
       —Porque ya está hecho…
       —Confiesa que tenías miedo…
       Marcel volvió la cabeza hacia la pared encalada.
       —Lo confieso…
       —Pídeme perdón…
       —Perdón…
       —Prométeme que no volverás a hacerlo, y que te acompañaré a todos los combates de boxeo…
       —Te prometo…
       —Y que jamás volveré a encontrar en tus bolsillos un cerdito sin rabo…
       Sólo a partir de entonces empezaron a hablar en serio.




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