George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


La detención del músico (1941)
(“L’Arrestation du musicien”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 128, 16 de mayo de 1941);
Les dossiers de l’Agence «O»
(París: Gallimard, N.R.F., 1943, 672 págs.)



I

      –¿Cómo es? —había preguntado Torrence por teléfono antes de decidirse.
       —Pequeño, de aspecto gruñón, con un bigote a lo Charlot…
       —¡Bueno! Es el comisario Lucas.
       Un antiguo compañero de Torrence en la Policía Judicial. La cosa se ponía graciosa. Lucas vivía perpetuamente intranquilo. El espectro de la posible plancha le perseguía sin cesar. Era un hombre cuya honradez lindaba con la ingenuidad. Sensitivo hasta un extremo inadmisible en quien dirige la lucha contra los criminales. Pero, cosa curiosa, todo el mundo temía a Lucas, a causa de su constante aire gruñón.
       La llegada de Torrence y de su fotógrafo Emilio al pequeño bar de la calle Fromentin fue tanto más sensacional cuanto que aquella calle de Montmartre, aunque da a la plaza Pigalle, es una de las más tranquilas del barrio. ¡Y con mayor razón a las seis de la mañana!
       Era el mes de mayo. Lucas llevaba todavía el abrigo, que le hacía parecer más pequeño, porque, como a la mayoría de los hombres de corta estatura, le gustaban los abrigos anchos y largos.
       —Pareces un apagavelas —le dijo una vez Torrence.
       Lucas tomaba un café con gotas en una mesa de mármol cerca de la ventana. El dueño del bar limpiaba el mostrador de cinc con blanco de España y un inspector, sentado junto al comisario, escuchaba las últimas instrucciones.
       —Todo nos hace suponer que va armado, y que es hombre que venderá cara su vida… Yo pasaré primero…
       Precisamente en aquel instante se abre la puerta y entra Torrence, como en su casa, como si fuese muy natural que el director de la Agencia O entrase a tomar café acompañado de un fotógrafo en un bar de la calle Fromentin.
       De pronto la inquietud se apodera de Lucas.
       —¿Qué vienes a hacer tú aquí?
       —¿Y tú?
       —Pues… Ya lo ves. Pasaba por el barrio…
       —Exactamente como nosotros, ¿verdad, Emilio?
       —Sí, jefe…
       —Es curioso que nos volvamos a encontrar frente al Hôtel du Dauphiné
       —Oye, Lucas. ¿Admites protección ahora? He visto a un inspector en la plaza Pigalle y otro al final de la calle. Aparte del coche de la «casa» que espera frente a…
       —En serio, ¿qué vienes a hacer aquí? No es posible que te hayan avisado de que…
       ¡Pobre Lucas! Era, no obstante, fácil de comprender. Tres cuartos de hora antes, a Torrence que roncaba como un trompo holandés, lo llamaron al teléfono…
       —¿Es usted, señor Torrence? Perdóneme que le moleste a estas horas, pero el asunto es grave y urgente… Aquí, José…
       ¿Qué le puede haber sucedido a José? Torrence le conoce hace mucho tiempo. Todos los noctámbulos de París le conocen. José es el jefe de uno de los mejores jazz de Montmartre, el que atrae más público al Cabaret du Pingouin, de la calle Fontaine.
       —Oiga. Es necesario que venga usted enseguida… Dentro de unos minutos, estoy seguro de que me van a detener.
       —¿Quién?
       —La policía.
       Torrence medio dormido, no ve la relación que puede haber entre José y la policía. En efecto, no por trabajar todas las noches en un establecimiento de Montmartre ha de ser uno considerado como del hampa, y José, por su parte, es un verdadero gentleman cuya vida es de las más regulares que darse pueda.
       —Explíquese, amigo… Le confieso que… —Torrence oye la voz del músico, pero ya no es a él a quien se dirige, sino a alguien que debe de estar cerca de él. Y José pregunta:
       —¿Qué es lo que hace?
       —Se ha sentado en un peldaño de la escalera, justo frente a la puerta —responde una voz de mujer.
       —¡Oiga!… Señor Torrence… Le preguntaba a Julie… La conoce, ¿no es verdad? ¡Sí, hombre!… Estaba con el Banquero… Sí; nos queremos desde hace algunas semanas… Oiga, es preciso que le ponga al corriente en pocas palabras… Tengo miedo de que se decidan y de que luego sea tarde…
       Sin soltar el auricular, Torrence hace gárgaras con un vaso de agua y se estira hasta alcanzar su pipa, en la que queda un resto de tabaco de la víspera.
       —Empiece… ¿Julie es la rubia alta? ¿La que hacía el número de danza acrobática?
       —Lo hace todavía… Se cansó del Banquero… Ya le contaré eso… Nos queremos los dos… Vivimos en el Hôtel du Dauphiné, de la calle Fromentin, donde yo residía antes… ¡Oiga!… ¡Espere! Veo a otro en la acera de enfrente. ¡Cuidado, Julie!… No muevas las cortinas… Vale más que no sepan que…
       —Sigo sin comprender…
       —El Banquero ha venido varias veces a reclamarme a Julie… Usted ya sabe qué tipo es…
       ¿Por qué llaman a ese personaje el Banquero? Quizá a causa de su gusto muy pronunciado por los trajes fastuosos, los abrigos forrados de pieles y los brillantes grandes como avellana. De qué vive exactamente es un misterio. Lo que inspira es miedo y su mirada no tiene nada de atractiva.
       —¡Bueno!… Continúo… Naturalmente, me negué a devolvérsela. Ella no querría volver con él por nada del mundo. Sólo estaba con él porque la tenía atemorizada. Me amenazó con que se vengaría… Confieso que desde entonces yo no estaba muy tranquilo, sobre todo, cuando volvía a casa de noche, porque es hombre capaz, de meterle a uno una bala en la barriga y seguir tranquilamente su camino…
       ¡Uf!… Torrence ha conseguido, sin soltar el teléfono, frotar una cerilla y encender la pipa…
       —Escucho…
       —Casi todas las noches se las pasa en el Pingouin. Hoy estaba allí. Pero lo que me pareció más raro es que había otros tipos que creí reconocer… ¡Policías! Al principio me extrañó que estuvieran allí. Usted ya sabe cómo son esas cosas. Desde nuestro sitio, se ve todo… Acabé por darme cuenta de que era a mí a quien vigilaban. A causa mía interrogaban a los camareros y a las animadoras…
       »Cuando volví a casa, con Julie, me seguían tres…
       »Miré por la ventana y vi perfectamente que dos de ellos se quedaban de guardia en la calle…
       »Julie y yo hemos meditado la cosa… Excuso decirle que yo no he cometido nada reprensible… Nada de cocaína ni de historias de ese género… Ha sido Julie la que me ha dicho:
       »—Apuesto a que es un golpe del Banquero… Él es así…

       Sin dejar de escuchar, Torrence consigue ponerse un zapato, y luego, el otro.
       —No hemos dormido. Oímos a un policía que vino a montar la guardia en el rellano mismo. Ahí está todavía, frente a nuestra habitación. Y al apuntar el día, un tipo, que debe de ser un comisario, ha llegado en coche… Los otros han ido a darle cuenta… El comisario en cuestión está, en este instante, en el pequeño bar de enfrente… Estoy seguro de que va a venir a detenerme…
       —¿Dónde suelen dejar ustedes la llave de su habitación?
       —En el tablero, en el despacho del hotel.
       —En ese caso, registren la habitación lo más rápidamente posible, descosan el colchón, busquen por todas partes. Si el Banquero intenta hacerles detener, es porque hay algo que podrá servir de prueba contra ustedes y ese algo…
       —¡Oiga! No se vaya… ¡Creía que nos habían cortado!… Oiga, señor Torrence… Lo hemos registrado todo. A Julie ya se le ocurrió esa idea…
       —¿Y los bolsillos? ¿La ropa? ¿La de ella? Si hay cuadros en las paredes quítenles los marcos… Voy allá…
       Torrence, sin afeitar, se mete en un taxi. Pasa por el bulevar Raspail para recoger a Emilio, a su inseparable Emilio, que pasa por fotógrafo o por empleado de la Agencia O, pero que es, en realidad, su cerebro.
       —En marcha, Emilio… Vaya faena… Van a detener a un músico que no ha hecho ningún mal…
       —¿Está usted seguro?
       —Pondría la mano en el fuego —exclama el bueno de Torrence—. Conozco a José desde hace años. Es un muchacho encantador y…
       Emilio lo sabe todo, lo lee todo, lo ve todo, como si los días no tuvieran para él veinticuatro horas, sino cien…
       —¿No dirige, por casualidad, el jazz del Pingouin? Oiga, jefe, el tío John fue asesinado anteanoche, al salir del Pingouin.
       —¡Yo me ocupaba de otro asunto… —gruñó Torrence, humillado por no conocer ni siquiera por los periódicos el caso del tío John!
       Un anciano americano, inmensamente rico. Un original que se pasaba todas las noches en los establecimientos de Montmartre y era conocido en todas partes con el nombre afectuoso de tío John. En cada uno de los establecimientos tenía su whisky especial que hacía venir del Canadá. Y su copa marcada con sus iniciales.
       Se dice que gastaba de quince a veinte mil francos cada noche, en billetes que sacaba a puñados, revueltos, de sus bolsillos.
       Ahora bien: han asesinado al tío John. Lo encontraron con una cuchillada, en la espalda, no lejos del Pingouin, de donde acababa de salir. Sus joyas habían desaparecido y el dinero que llevaba encima también.
       —¿De modo —dijo Torrence, pensativo— que usted cree que se sospecha que José haya cometido ese crimen?
       —Es probable…
       —Ya llegamos… ¡Mire! Ya están ahí dos inspectores de guardia. Lucas hace las cosas en grande… Eso quiere decir que no está tranquilo…

       Apenas instalado Torrence en la mesa de su antiguo compañero e iniciada la conversación entre los dos hombres, se oye un timbre. El dueño desaparece en una habitación interior y vuelve enseguida.
       —¿Uno de ustedes es un tal Torrence?
       —Soy yo… Yo…
       Lucas frunce las cejas. La llegada del director de la Agencia O y de su inseparable Emilio fue algo inesperado. Pero que, apenas llegado, recibiesen una llamada telefónica…
       —¡Diga!… Sí… Soy yo.
       —Le he visto llegar… Estaba detrás de la cortina… La segunda ventana de la izquierda, en el cuarto piso… ¿Ya sabe que la cosa es muy grave? Estoy perdido…
       —Pero…
       —He hecho lo que me aconsejó usted. Julie y yo hemos removido otra vez la habitación de arriba abajo. Sólo hay una cosa en la que no habíamos pensado… Me alegro de haberle llamado por teléfono… Ya sabe usted que soy saxofonista… Poseo dos instrumentos que guardo en el mismo estuche… De momento, no he visto nada… ¿Cómo se me habrá ocurrido la idea de meter la mano en uno de los saxofones? El caso es que había en él un puñal manchado todavía de sangre.
       —No grite tan fuerte… Podría oírle el tipo que está en el rellano. Es fastidioso, desde luego… Conociendo a Lucas…
       —Pensé en tirar el arma por los retretes, pero no pasaría… Si se descubre ese puñal, no sé qué va a pasar…
       —Oiga, amiguito…
       Torrence, como su antiguo jefe Maigret, suele llamar a la gente amiguito, sobre todo en los momentos difíciles.
       —Oiga. Si dentro de algunos minutos ve una ventana abierta frente a la de usted… Es en el cuarto piso, ¿no…? Una vez en el hotel, ya no pensarán en vigilar la calle… En todo caso no mirarán hacia arriba… Usted arrojará el puñal y tratará de hacerlo con destreza… Por lo demás ya veremos luego…
       Vuelve junto a Lucas y lo encuentra reloj en mano.
       —Las seis y siete… La hora legal de la salida del sol. Vamos a poder proceder a esa detención. Ya ves, Torrence, que sigo siendo escrupuloso en materia de legalidad… ¡Los abogados son tan quisquillosos!… Y siempre somos nosotros los que nos la cargamos…
       Lucas se levanta.
       —¿Vienes?
       —¿Adónde? Ah, no, chico… No creo que estemos aquí por el mismo asunto.
       Lucas cruza la calle y reúne a sus hombres.
       —Dígame pronto, jefe… ¿Quién vive en el cuarto piso izquierda?
       —Una mujer sordomuda que…
       —Emilio… Pronto…
       Torrence dice rápidamente algunas palabras a Emilio, el cual se lanza por la escalera. ¿Se equivoca? ¿Tiene razón? Su cometido, en todo caso, es el de tratar de evitar por todos los medios que una grave acusación pese sobre su cliente.
       —Sírvame otro calvados.
       Mientras se lo sirven va a la puerta como para tomar el fresco. El cielo está claro. El coche de la Policía Judicial ha venido a situarse al borde de la acera justo frente al Hôtel du Dauphiné. Lucas ha hecho bien las cosas. El gran juego que se reserva para los malhechores más peligrosos.
       —No faltan más que los gases —gruñe Torrence, que piensa en el inofensivo José.
       Y miró hacia arriba. Vio abrirse la ventana de José, lo cual probaba que Emilio había logrado, sabe Dios con qué pretexto, penetrar en la habitación de la vieja y abrir su ventana.
       Y con tal de que el músico afine la puntería…
       —Buenos días, señor Torrence…
       Éste se sobresalta. Cerca de él hay un hombre al que tarda unos instantes en reconocer.
       —No esperaba encontrarle en nuestro barrio tan temprano. Creía que la Agencia O le daba tanto trabajo que…
       Es el Banquero, envuelto en un gran abrigo gris y con el cigarrillo en los labios.
       —¿Le gustan los pájaros?
       Y también mira hacia arriba. ¿Cómo impedirle que mire?… Sobre todo ahora que es el momento de… José se ha asomado un instante… Toma impulso… Los agentes deben de estar por la escalera…
       ¡Bueno! ¡Pues tanto peor! ¡A grandes males, grandes remedios! Torrence aúlla.
       —¡Le prohíbo que me insulte, caballero!
       Y, al mismo tiempo, asesta un puñetazo en plena cara a su interlocutor. Éste, sorprendido, se lleva la mano a la nariz y a los ojos, vacila, trata de agarrarse y Torrence le suelta otro directo prosiguiendo, para que le oiga el dueño del bar, que ha acudido y que contempla la escena desde la puerta:
       —¿Qué modales son ésos? ¡Insultar a la gente honrada que ni siquiera le ha dirigido la palabra!
       El Banquero está sentado en la acera. Ahora ya no importa que levante la cabeza. ¡Ya está hecho! ¡Ya está terminado! El puñal acusador ha pasado como un rayo por encima de la calle.
       —Mi querido señor Torrence… —dice tranquilamente el Banquero al levantarse—, no tengo la costumbre de quedarme con lo que me dan… Sólo que me tomo tiempo para devolverlo… Y añado los intereses… ¿Comprende?
       El que no comprende nada es el tabernero, estupefacto al ver a un hombre a quien acaban de tirar al suelo a puñetazos, levantarse casi sonriendo, limpiarse la nariz que le sangra y permanecer allí como si esperara el resto.
       —Ha cometido un error, señor Torrence… ¡Los intereses, no lo olvide!… Quizá porque pago siempre los intereses con usura me llaman el Banquero…
       La ventana de arriba se ha vuelto a cerrar. Pronto aparece Lucas en la puerta del hotel. Lleva cogida por el brazo a Julie, la rubia, que se ha puesto un abrigo de pieles. José les sigue entre dos inspectores con las esposas en las muñecas.
       Los otros policías se han quedado arriba, a registrar minuciosamente la habitación y el cuarto de baño.
       Si la ciudad ha empezado perezosamente a vivir, la calle aún está desierta. Lo que preocupa a Torrence es no volver a ver a Emilio.
       —Su calvados está servido —anuncia el tabernero.
       —Ya voy… Gracias.
       ¿Acaso la anciana sordomuda…? Torrence no está tranquilo. ¿No habrá sido demasiado audaz y se habrá apartado peligrosamente del camino de la legalidad? Lucas lo saluda. Él le devuelve el saludo. La mirada de José, que se ha metido en el auto, es más serena de lo que sería de esperar.
       —¿No tiene otra salida la casa, jefe?
       —No, señor. ¿Por qué me lo pregunta?
       El auto ha partido. El Banquero se aleja secándose todavía la nariz.
       Transcurre un cuarto de hora, media hora, y Torrence sigue allí, esperando cada vez más intranquilo.
       No se imagina, al oír un campanilleo en la trastienda, que es para él.
       —¡Señor Torrence! —llama el dueño.
       —No lo comprendo. ¿Quién puede saber qué…?
       —¡Diga! —grita con impaciencia.
       —Cuidado, jefe, que va usted a ensordecerme…
       —¿Emilio?
       —Sí, hombre. He pensado que con lo que he metido en mi aparato fotográfico; sería mejor que no me vieran. He pasado por el patio… Hay una pared, que no es muy alta, y no he tardado en encontrarme en una casa cuya entrada principal da al bulevar…
       —¿Dónde está usted en este momento?
       —En la oficina, jefe. Le espero… En cuanto a la vieja… ¡Pues…!
       —¿Qué? ¿Qué ha sucedido?
       —Nada grave, jefe. Cuando abrió la puerta, llevaba yo la cara tapada con el trapo negro de fotógrafo; y, sencillamente, se desmayó. Se va a pasar el día buscando lo que le puede faltar en su casa…


II

       Son cerca de las cuatro de la tarde cuando Torrence franquea la puerta del «Quai des Orfèvres» y sube por la escalera de la Policía Judicial. Acaba de recibir en la Agencia O una llamada telefónica del jefe.
       —¿Tendría inconveniente en venir a charlar un momento conmigo, en mi despacho?
       En cuanto llega a lo alto de la escalera, Torrence frunce el entrecejo. Hay allí, a la izquierda una habitación con mamparas de cristal, que sirve de sala de espera. Aquella tarde, están allí sentadas dos mujeres con inequívoco aspecto de animadoras, así como unos caballeros que conservan en la vida privada su aire de «maîtres d’hôtel».
       —El gran juego… —refunfuñó Torrence.
       Lo mismo se percibe también en la atmósfera de la casa. Idas y venidas de inspectores, puertas que golpean, llamadas telefónicas… Torrence está seguro de encontrar detrás de aquella puerta a Lucas frente a José, vasos de cerveza y emparedados encima de la mesa y denso humo de pipas. El interrogatorio debe de haber empezado a las nueve de la mañana. De vez en cuando a Lucas le reemplaza un inspector, o bien llaman a un testigo y tratan de poner a José en contradicción con él.
       —¡Hombre! Señor Torrence… —exclama el mozo del despacho—. El jefe le espera…
       —Buenos días, Torrence… Siéntese; haga el favor… Dada la carrera que usted ha hecho en la casa, he preferido hacerle venir a título absolutamente particular…
       ¡Caramba! ¿Qué significa aquel título absolutamente particular? ¿Ha de entender que han vacilado en traer: a Torrence entre dos inspectores?
       El director ha adoptado la cara severa que le va tan mal, pero que prueba que el asunto es malo. Hasta se ha olvidado de decir según su costumbre:
       —Puede usted fumar…
       —¿Tienen ustedes muchos asuntos en curso, por el momento, en la Agencia O?
       Ha pronunciado Agencia O con la punta de desprecio que la policía oficial dedica a la policía privada.
       —Bastantes, sí…
       —Lo lamento. Porque de haber estado, por decirlo así, parado, hubiera tenido por lo menos una excusa al aceptar el servicio que está haciendo desde esta mañana.
       «¿Qué es lo que sabrá?», se pregunta Torrence agachando la cabeza como un colegial cogido in fraganti.
       —Le tengo por bastante inteligente —continúa el otro—, para estar seguro de que a usted no le cabe duda alguna acerca de la culpabilidad de su nuevo cliente.
       —Dispense, jefe… Yo quizá no soy inteligente, pero estoy persuadido de que José no ha matado al tío John.
       El director pulsa un timbre.
       —Dígale a Lucas que le deje un momento el sumario, ¿hace el favor?
       Traen el sumario. El jefe se toma tiempo, y empieza por esgrimir un impreso de giro postal.
       —¿Conoce usted la letra de nuestro pájaro? Verdad es que los peritos no han autenticado todavía este documento, pero, a primera vista, no cabe duda alguna… Lea… Dos mil francos, sí…
       »La fecha… La de ayer… Este giro ha sido redactado en la estafeta postal de la Plaza Blanche, y ¿a quién van dirigidos los dos mil francos?… A la señora viuda Leborgne, calle de la República, en Bourges… Es decir, a la madre de José, el cual José se llama en realidad José Leborgne.
       »Ahora bien, el dueño del Pingouin le repetirá, si usted lo desea, que él no hizo pago alguno ayer ni anteayer a su director de jazz. Éste, por el contrario, ha reclamado algunos anticipos. En fin, hemos telefoneado a la emisora de radio donde José da frecuentes audiciones y tampoco le han entregado cantidades de dinero estos últimos tiempos.
       Torrence no se siente orgulloso, evidentemente. Contempla el impreso con sus grandes ojos glaucos.
       —Hay algo más. Esto. Un giro de tres mil francos esta vez con la misma letra, firmado José Leborgne y dirigido a un banco de la calle Tronchet. Lea en la parte reservada a la correspondencia.

      

     «Les ruego ingresen estos tres mil francos en mi cuenta.

José Leborgne».

      —¿Empieza usted, Torrence, a darse cuenta? Claro está que nos hemos dirigido al banco en cuestión, el cual nos ha afirmado que la cuenta de Leborgne tenía casi siempre saldo deudor. Esa cuenta no le servía más que para cobrar los cheques cruzados con que le pagaban. ¿Es necesario que le lea la declaración del portero del Pingouin, con quien su músico ha sido careado esta mañana?

     «El tío John, que estaba borracho, como siempre a aquella hora, salió a eso de las tres de la mañana, cuando íbamos a cerrar. No llamé a un taxi porque sabía que el hombre volvía a su casa siempre a pie…
     »Casi en el mismo instante, llegó José con su estuche de saxofones en la mano. Parecía que buscaba a alguien con la mirada y se hundió en la oscuridad de la calle… Al parecer tenía mucha prisa… Eso me sorprendió, porque ordinariamente se iba siempre con la señorita Julie… Quiero decir desde estos últimos tiempos…».

       —¿Qué responde José? —pregunta Torrence.
       —Que si se marchó, en efecto, del Pingouin, con bastante precipitación, fue debido a que quiso ir al encuentro de un amigo que había visto en la sala.
       —Lo que es fácil de comprobar —triunfa Torrence—. Ese amigo que vio en la sala…
       —¡A condición de que exista! Pero, como por casualidad, su amigo José se niega a revelar su nombre… Parece que ese caballero es un hombre casado que estaba aquella noche en compañía de una extranjera y José sostiene que él no tiene derecho a crear conflictos en un matrimonio…
       —¿Por qué razón dijo que corrió tras él?
       —Como por casualidad, para que le prestara mil francos.
       —¿Y el camarada se los dio?
       —No pudo, por la excelente razón de que, una vez en la calle, el músico no le encontró. Muchas casualidades en poco tiempo, ¿verdad?
       —Es lamentable, desde luego —suspira Torrence.
       Y el jefe, súbitamente, se vuelve más severo:
       —Lo que es más lamentable aún, Torrence, por no emplear otra palabra, es ver a un hombre que ha pasado años aquí, que conoce nuestro oficio y que lo ha practicado hasta el presente con honor, es ver, repito, a ese hombre que se aprovecha de lo que ha aprendido con nosotros para tratar de contrarrestar la acción de la justicia… He ahí por qué le he pedido, a título oficioso, que pasara por mi despacho. A usted, esta mañana, le ha prevenido José. Lo sabemos porque hemos podido descubrir sus comunicaciones telefónicas. Usted acudió a su llamada en compañía de ese Emilio, a quien será preciso que también diga dos palabras… José le ha telefoneado otra vez… Pero nosotros sabemos que en aquel momento estaba en su habitación del hotel la prueba formal de su crimen…
       Tiende a Torrence una carta anónima en la que se denuncia la culpabilidad y en la que se dice especialmente:
       «—Si quieren ustedes la prueba de lo que digo no tienen más que abrir el estuche de sus saxofones. Encontrarán allí el cuchillo con que mató al tío John. Yo lo he visto con mis propios ojos. No tengo interés en darme a conocer, pero puedo precisar que soy un empleado del Pingouin y que no se me escapa nada de lo que ocurre allí.
       »En cuanto a la sortija con el diamante negro…
       —No he oído todavía hablar de eso —interrumpe Torrence.
       —El americano llevaba siempre en el anular izquierdo una sortija de platino con un enorme diamante negro. Ese anillo le fue arrancado por el asesino.
       —¿Me permite que continúe?
       «… En cuanto a la sortija del diamante negro, la piedra ha sido desengastada e ignoro donde la ocultó. Pero ustedes encontrarán la sortija en el vestuario de los músicos. Para precisar, se halla en el fondo de la caja de polvos personal de José».
       El jefe saca la sortija de platino de su cajón y la pone triunfalmente encima de la mesa.
       —¿Qué me dice usted a eso?
       —¿No encuentra usted, jefe, que es demasiado?
       —¿Demasiado qué?
       —Demasiadas pruebas… Hemos visto desfilar por esta casa a numerosos asesinos, ¿no es cierto?… Pues no recuerdo ni un solo caso en el que tantos elementos…
       —¡Perdone! José es un debutante… Un aficionado… Impelido por la necesidad de dinero no ha vacilado en…
       —Lo extraño es por qué ha tardado tanto tiempo.
       —No comprendo.
       —Yo le conozco algo. José siempre fue un manirroto. Para él, el dinero no cuenta y, durante los últimos días del mes, suele contentarse con «croissants» y cafés con leche… Una sola cosa es sagrada: el giro que envía, cada mes, a su madre, de la cual es el único sostén…
       —No me va usted a contar el cuento del asesino que quería mucho a su madre… ¡Eso es bueno para los jurados, Torrence!… Pero no he terminado. Esta mañana los especialistas han examinado los dos saxofones de su amigo. Pues bien, ¿sabe usted lo que han descubierto? En uno de ellos, rascaduras que prueban que el instrumento ha contenido un objeto duro y cortante, probablemente un cuchillo… Hay algo más grave… Se han podido recoger en el laboratorio ínfimas partículas de una materia parda y, de un momento al otro, sabremos si es sangre y, en caso afirmativo si es sangre humana…
       »De modo que el cuchillo estaba efectivamente en el saxofón, como esta carta afirma.
       »La sortija también estaba en la caja de los polvos.
       »El que escribió esta carta estaba bien informado…
       —Demasiado… —suspiró Torrence.
       —¿Qué dice?
       —Nada…
       —Y llegamos a lo más sensible… El cuchillo ha desaparecido… Desapareció, verosímilmente, cuando usted estaba en la calle… ¿Qué hacía su extraño adjunto en aquel momento?
       —Lo ignoro.
       Torrence trata de ganar tiempo. Tiene necesidad de reflexionar. ¡Vamos! Lucas no era capaz de adivinar el truco del puñal arrojado por la ventana. ¿Acaso la sordomuda había formulado una queja? Una sordomuda puede escribir perfectamente…
       —¿Quizá —dijo tomando una decisión súbita— ha recibido usted otro anónimo relativo a ése, asunto?
       El tiro da en el blanco. El jefe está fastidiado.
       —No; una carta, no; pero sí una llamada telefónica.
       —Anónima, claro está…
       —Las afirmaciones de mi confidente han sido inmediatamente comprobadas. Habló conmigo mismo este mediodía… Esa llamada telefónica, Torrence, me ha ofendido y apesadumbrado al mismo tiempo porqué aclara con una luz particularmente cruda ciertas actuaciones de su Agencia O… Espero que, ahora, usted me comprende… Mientras sus colegas, con riesgo de su vida…
       —¿Cree usted, jefe? —murmuró suavemente Torrence con reproche.
       —Con riesgo de su vida, sí. Mientras sus colegas proceden a la detención de un peligroso malhechor, usted, que durante tanto tiempo compartió su vida, ayudado por cierto joven poco escrupuloso, se las ingenia para lograr que un asesino escape al castigo que merece. Para eso Emilio no ha vacilado en penetrar en casa de una anciana achacosa que hubiera podido morirse de miedo… El cuchillo le fue lanzado por José y Emilio lo ha hecho desaparecer. En verdad, yo no sé, Torrence, si he obrado bien al mandarle venir aquí por sí mismo, como un antiguo colaborador, o si, por el contrario, mi deber era…
       —¿Cree usted verdaderamente, jefe, que había un cuchillo en el saxofón?
       Cuando Torrence adopta esa vocecita suave, cuando hace ese mohín de niño a quien riñen, no tiene precio. El jefe está a punto de dar libre curso a su cólera cuando suena el timbre del teléfono.
       —Diga… Sí… Soy yo… ¿Está usted seguro? Bueno; espero su informe con urgencia. Tráigamelo personalmente.
       Esta vez, al colgar el aparato, está amenazador.
       —Le doy una hora para ir a buscar el cuchillo que usted detenta indebidamente.
       —Pero, jefe…
       —Identificación judicial acaba de telefonearme… El laboratorio es formal. Las partículas de materia parda de que le he hablado son efectivamente de sangre, y de sangre humana… Espero que, en esas condiciones, usted comprenderá su deber y que no me obligará a tomar medidas que me serían particularmente desagradables.
       ¡Caramba! La cosa es aún más grave de lo que Torrence había previsto. El jefe no se levanta para acompañarle hasta la puerta. No parece haber visto la mano que le tendía y toca el timbre para llamar al alguacil como cuando se trata de una visita corriente.
       —Dígale al comisario Lucas que venga a verme —dice dirigiéndose a aquel alguacil.
       Lúgubre, recorre Torrence el largo corredor de la Policía Judicial, en el que inspectores que todavía no están enterados le saludan alegremente. El gran jefe ha dicho una hora… Con tal de que…
       Torrence se mete en un taxi.
       —Cité Bergère… Rápido…
       Trepa por la escalera de cuatro en cuatro. En la antesala casi derriba a su empleada, la señorita Bérthe.
       —¿Emilio? —pregunta.
       —Hace una hora que se fue.
       —¿Y Barbet?
       —Emilio le mandó a un recado.
       Torrence siente un sudor frío en la frente. Entra en el despacho de Emilio, local que ofrece siempre un espectáculo impresionante de bello desorden. Aparta los anuarios y las guías de ferrocarril, abre los cajones…
       ¿Quién sabe? Quizá Emilio ha tomado la precaución de poner el puñal en un lugar seguro, en la caja de caudales. Torrence la abre. Allí no está el puñal.
       —¿No sabe usted, señorita Berthe, si Emilio, al salir, llevaba consigo un cuchillo que…?
       —¡No! Ya sé lo que quiere usted decir. El cuchillo se lo ha llevado Barbet.
       —¿No ha dicho cuándo volvería?
       —Seguramente ya no volverá hoy.
       —¿Cómo lo sabe usted?
       —Porque en el momento de ponerse el sombrero me comunicó que se iba a dar una vuelta por Toulon…
       —¿Eh? ¿Cómo? Ha dicho que…
       —Por Toulon, sí… Como que yo contesté que tenía suerte de ir a ver el Mediterráneo…
       Torrence, desmoronado, se sienta pesadamente y se coge la cabeza con ambas manos.
       El director de la Policía Judicial ha dicho una hora…
       Súbitamente, se sobresalta. Pasos en la escalera. La puerta se abre. Es Emilio, despejado, contento, con un cigarrillo apagado en los labios, según su costumbre.
       —Me fui a beber un doble a la Cervecería Montmartre… —explica como si fuese la cosa más natural del mundo.
       —Pero, desgraciado… No sabe usted lo que nos espera… Si dentro de una hora, dentro de cuarenta minutos, ahora, no he devuelto el cuchillo al director de la Policía Judicial, éste no vacilará, por más Torrence y director de la Agencia O que yo sea, en pedir una orden de arresto contra mí.
       Entonces, Emilio suelta, sin desmontarse:
       —¡Vaya una idea rara!…
       Y luego, súbitamente, con la misma calma:
       —Afortunadamente el asesino está todavía en la esquina de la calle.


III

      En la Policía Judicial sigue jugándose fuerte y los inspectores hacen cábalas sobre si esta vez se batirá el «récord» marcado por Mestorino: el interrogatorio de éste, en efecto, duró veintisiete horas sin interrupción.
       Hace ya diez horas que José está allí, en una silla, despeinado, con la corbata torcida y los ojos febriles. Cada vez que sale Lucas y que el músico espera recobrar el aliento, entra otro inspector y vuelve a verificar el sumario desde el comienzo.
       —Veamos… Está probado que usted no tenía dinero.
       De buena gana sollozaría.
       —Pero, caramba, si le repito que yo no he tenido dinero en mi vida…
       —Confiesa usted, pues, que no tenía dinero. Ya hemos conseguido algo… y usted necesitaba dinero, aunque sólo fuese para enviar a su madre…
       En la habitación vecina, Julie sufre el mismo suplicio aproximadamente con la sola diferencia de que ella es menos nerviosa que el músico y que responde con vivacidad, permitiéndose a veces una ironía feroz.
       ¿Pasarán allí la noche? ¿No la pasarán? Es la única pregunta que se formula, pero en la «casa» todos están persuadidos de que Lucas acabará por lograr que su hombre confiese.
       En la Cité Bergère, entretanto, Emilio dice sin emocionarse:
       —Vamos un instante al Museo.
       No se trata de ir al Louvre o a cualquier otro museo oficial. El Museo en la Agencia O no es más que una especie de desván en el que se amontonan los objetos más inesperados. Hay allí trajes, revólveres, cabos de cuerda y hasta un sable de caballería. Todos son objetos que, en su día, tuvieron que ver algo con asuntos criminales.
       —Veamos… ¿Qué me dice usted de este cuchillo, jefe?… No está oxidado. La manchita parda de la hoja es sangre. ¿Pasó esta arma por los servicios del laboratorio?
       —No.
       —En ese caso, todo va bien… Pero lo más difícil queda por hacer. No sé si seré yo o será usted el que…
       Mientras habla, Emilio va enjugando el mango del cuchillo y envuelve éste en un pedazo de franela.
       —Venga… Voy a actuar yo… Pero usted estará allí, dispuesto a hacer lo que hizo esta mañana… ¿Entendido?
       Se hace de noche. El Faubourg Montmartre está muy iluminado, muy animado en aquella hora. Precisamente frente a la Cité Bergère, hay una tabaquería-bar en cuyo mostrador está acodado el Banquero, que vigila desde lejos la Agencia O.
       Al ver a los dos hombres que salen de la Cité, está a punto de pagar su consumición y seguirles, pero ya ellos han cruzado la calle y han entrado en el angosto establecimiento, donde cuatro parroquianos, en un rincón están jugando a la belote.
       —¿Qué va a tomar usted, jefe? Perdone, señor, ¿permite usted?
       Emilio empuja un poco al Banquero, como para entrar en contacto. Encarga dos aperitivos.
       —No sé si lo reconocerá —dice en voz alta—. Si reconoce el cuchillo, está listo. Será lástima, porque es un buen chico.
       El Banquero escucha con las manos en los bolsillos de su grueso abrigo.
       —Pero ahora se me ocurre… El Banquero, que precisamente está aquí, quizá podría decirnos…
       Y Emilio, suave, se vuelve hacia el hombre de la mirada fría.
       —Perdone, señor… ¿Podría usted decirnos si este cuchillo, que ha caído por azar en nuestras manos, pertenece a…?
       Es el instante decisivo. Todo depende de un reflejo, de una sospecha…
       Emilio ha tendido al Banquero el cuchillo, que sostiene por la hoja. El hombre, con las cejas fruncidas, coge maquinalmente el mango para mirar el arma más de cerca. En cuanto a Torrence, éste tiene ya los puños cerrados dispuesto a pegar en el caso de que…
       —Lo siento… No he visto jamás este…
       Ya no hay más que ver sus ojos. Acaba de nacer una sospecha. Es capaz de darse cuenta. Si comprende…
       De un tironcito seco Emilio recobra el cuchillo y Torrence se interpone pesadamente entre los dos hombres. Entonces, sin apresurarse, Emilio envuelve otra vez el mango en el pedazo de franela y se mete el envoltorio en el bolsillo.
       —¿Qué se debe, patrón?
       El Banquero está lívido. ¡Ha comprendido, caramba! ¡Sin más ni más acaban de robarle sus huellas digitales! Afortunadamente hay gente en el local. El voluminoso Torrence protege con estrategia la salida de Emilio, que lleva la preciosa prueba. Unos segundos más tarde, los dos hombres están dentro de un taxi.
       —¡Listos! —suspira Emilio.
       —Estaba yo que ardía…
       —Yo más bien sentía como un escalofrío que me subía y me bajaba por la espalda… El resto le incumbe a usted, jefe… Es lástima que yo no pueda estar allí… Porque, al fin y al cabo, nadie más que el asesino puede haber visto el verdadero puñal… Si alguien, pues, asegura que ésta no es el arma del crimen, confiesa que…
       Emilio sonrió embobado. Acababa de realizar uno de los más bonitos trucos de su carrera.
       —Le dejo en el «Quai des Orfèvres» y me quedo con el taxi… Le iré dando noticias mías a la señorita Berthe, que no saldrá de la oficina…
       Torrence sube, sofocado, la escalera de la Policía Judicial. A pesar del aplomo de Emilio, él no se siente tranquilo y su conciencia le cosquillea desagradablemente.
       —¡Hombre!… ¡Torrence!… El jefe me acaba de decir…
       Es Lucas, que sale de su despacho, en el que sin duda ha dejado a un inspector torturando a José.
       —No me guardes rencor —prosigue Lucas—. Me vi obligado a decirle al jefe que tú… ¿Qué es eso que llevas?
       —Traigo el cuchillo…
       —Entonces, ¿es verdad? ¿Tú has hecho eso?
       El honrado, el escrupuloso Lucas, está profundamente entristecido.
       —¡En fin! Vamos, pues, a liquidar el asunto…
       Un instante… Voy a avisar al jefe.
       Un poco más tarde, los dos se hallan en el despacho del director.
       —Está bien, Torrence… No esperaba menos de usted… Cuando se ha cometido una falta, por grave que sea, hay que tener siempre el valor de confesarla.
       En aquel momento, Torrence no sabe si soltar la carcajada o echarse a llorar, de tal modo la situación es a la vez cómica y dramática.
       —Veamos el arma… ¡Hum! Un cuchillo vulgar, ya viejo; va a ser difícil encontrar al vendedor… Según todas las probabilidades, el asesino lo poseía desde hacía mucho tiempo.
       Torrence hubiera querido poder murmurar.
       —¡Y que lo digas!
       Se trata, en efecto, de un cuchillo que, hace dos años, llevó a su propietario a la guillotina.
       —¿Qué les decía yo? —dice de pronto triunfalmente el director—. Miren aquí. Sí. Esa mandata… ¡Sangre coagulada! Y otras partículas de esa misma sangre han aparecido en el saxofón. Esperemos que, a pesar de todas las manipulaciones que Emilio y usted han hecho sin duda con este objeto podamos todavía encontrar huellas digitales…
       —Hemos tomado muchas precauciones —afirma gravemente Torrence.
       —Bueno, señores, hagan el favor de seguirme…
       Tiene prisa por saber y abandona la vía administrativa. Los tres hombres suben por una estrecha escalera y llegan al desván bajo el tejado del Palacio de Justicia. En un rincón, el maniquí articulado que sirve para las reconstituciones. Un laboratorio muy moderno. Aparatos fotográficos de lentes desmesurados.
       —Oiga, Bigois… ¿Quiere usted, enseguida, tomar las huellas de este mango de cuchillo y darnos una fotografía…?
       —Es fácil, jefe.
       —Usted, Torrence, ¿nos ha traído las huellas digitales de su Emilio?
       No fue Torrence, sino Emilio, quien pensó en ello.
       —Aquí están. Y éstas son las mías.
       El trabajo se hace rápidamente. Unos minutos más tarde, mientras los tres hombres charlan gravemente, el fotógrafo sale de la cámara oscura con una prueba mojada en la mano. La seca con alcohol.
       Pasemos a la Identificación Judicial.
       Corredores largos, escaleras secretas. Hace ya rato que es hora de cenar, pero nadie se acuerda de ello.
       —He aquí las huellas encontradas en el mango del cuchillo. He aquí las del inspector Torrence que sin duda tocó ese cuchillo, y las de su empleado Emilio, que ciertamente lo tocó. Se trata de saber si hay otras huellas y de quién son…
       El especialista es un as. Una gran lente le permite ver las menores particularidades de las huellas.
       —Éstas son las del señor Torrence… Estas otras, sobre todo en la hoja, son las de su empleado, de quien acaba de hablarme.
       —¿Hay otras?
       —Muy netas… Hasta diría que de una nitidez inesperada.
       —Perdone —interviene Lucas—, ¿no serán éstas?
       Y enseña la ficha dactiloscópica que hizo por la mañana con los cinco dedos de la mano de José.
       El especialista mueve la cabeza.
       —Ninguna relación.
       —No obstante…
       —Le aseguro que no hay relación alguna. Las huellas del cuchillo pertenecen a la categoría E.
       Y se lanza a una explicación que nadie escucha. Lucas mira a Torrence con una estupefacción mezclada con una desconfianza instintiva. En cuanto al director de la Policía Judicial, hace una figura rara con las cejas fruncidas.
       —Dentro de un instante, les diré…
       Algunos cálculos. El empleado abre cajones llenos de fichas, las de todos cuantos han desfilado como criminales o como sospechosos. Centenares de millares. El especialista, con su modesta blusa negra, saca una carpeta de un estante.
       —Me parece que esas huellas me recuerdan algo… Tenga… Aquí está su hombre.
       Lucas se precipita. Torrence, un poco inquieto a pesar de todo, espera esforzándose en mostrar firmeza.
       Pegadas al cartón blanco, hay dos fotografías, una de cara y otra de perfil de esas terribles fotos de Identificación Judicial, tomadas bajo una luz cruda, que no deja en la sombra ninguna tara, ninguna irregularidad del rostro.
       —¡Pero si es el Banquero! —murmura Lucas.
       ¡Anda, pues! ¡Era fatal! ¿No acaba de poner él mismo sus huellas en el mango del cuchillo?
       —¿Ha sido condenado? —pregunta el gran jefe.
       —Su expediente nos lo dirá. Páseme el expediente número 31 216.
       Teléfono. Los expedientes están arriba en los «Sommiers», en una sala inmensa donde se alinean los armarios de hierro que contienen todos los secretos del país en materia criminal.
       Unos instantes bastan. Otro empleado trae una carpeta oscura. Menos sombría no obstante que el humor de Lucas. Hojea los papeles.

    —… detenido hace cinco años como cómplice de un robo con fractura, pero puesto en libertad por falta de pruebas. Detenido al año siguiente, en Marsella, cuando el atentado contra un cobrador de banco, pero puesto en libertad un mes más tarde por falta de pruebas…

      —Oiga, Lucas —dice el jefe—. Parece que es listo el mozo ese.
       —Espere… Detenido hace un año en Deauville, cuando la desaparición de las esmeraldas de lady Rochester, pero puesto en libertad por falta de
       —¿No les parece una letanía? Siempre la mención: «puesto en libertad por falta de pruebas». ¿Y si regresáramos a mi despacho?
       El pequeño grupo recorre otra vez corredores y escaleras. En el momento en que el director empuja su puerta acolchada, entra el alguacil.
       —Acaban de llamarle por teléfono… Quise pasar la comunicación a su secretario… El hombre que telefoneaba, y que se ha negado a dar su nombre, ha dicho que volvería a llamar dentro de unos minutos. Es referente al asesinato del tío John…
       —Entren, señores. No nos queda más que esperar esa comunicación misteriosa. Sin duda viene del mismo anónimo que nos ha enviado las acusaciones contra el músico. Y, a propósito, ¿dónde está nuestro músico?
       Descuelga un teléfono interior.
       —¿Es usted, Janvier?… ¿Ha confesado?… ¿Nada? ¿Sigue negando?
       Nadie se da cuenta de que Torrence se pone pálido. Son esas palabras las que le asustan de pronto:
       —Sigue negando…
       Porque José, que no está avisado, debe de estar negándolo todo en bloque, incluso que encontró el arma en su saxofón y que la echó por la ventana. En ese caso, ¿cómo explicar que la Agencia O se halle en posesión de aquella arma?
       Y sobre todo… ¡Idiota de Emilio! Por primera vez en su vida, Torrence duda seriamente del genio de su colaborador. Porque fue Emilio quien organizó toda esa historia y, ahora, dentro de unos instantes, sin duda, la posición de Torrence será peor que nunca, peor incluso que si no hubiese traído el puñal.
       ¿Cómo no ha pensado en eso, Emilio?
       —¡Faltan huellas en el mango del puñal!
       Los otros, el director y Lucas, no se han dado cuenta todavía, pero pensarán en ello ciertamente. ¡Es infantil!
       ¿Qué se ha descubierto? Las huellas digitales del Banquero, las de Emilio, y las de Torrence.
       Pero ¿y las de José? Porque, en fin, para lanzar el puñal por encima de la calle y…
       Suena el timbre del teléfono. Torrence se encoge todo lo que puede. No le cabe duda de que es el Banquero.
       —¡Diga!… ¿Qué dice?… Sí, soy yo mismo… Le confesaré que no me gustan mucho las comunicaciones anónimas… ¿Qué dice? ¿Que pregunte a…? Pero ¿cómo puede usted saber que…? ¿Las huellas digitales?… Sí, claro… Sí… Pero ¿quién es usted y por qué…?
       Demasiado tarde. Ya han colgado. Queda pensativo.
       —Señores, me intriga saber quién será ese hombre que sabe tantas cosas… Un instante…
       Descuelga el teléfono.
       —¿Quién está en el aparato?… ¿Martín? Oiga, Martín, trate pronto de saber de dónde procede la llamada telefónica que acabo de recibir en este instante… Sí… Espero…
       Torrence daría un mundo para hallarse en otro sitio.
       —Señores —declama el jefe—, hay alguien que se está burlando de la policía y no sé si seremos todos unos imbéciles…
       Al decir eso, mira a Torrence con cierta vacilación. ¿Creerá acaso que Torrence también es un imbécil, o que…?
       —El hombre que acaba de telefonearme sabe ya que tenemos el cuchillo y que hemos encontrado las huellas digitales de tres personas… ¿pero saben lo que ha añadido?
       —«¿Cómo es posible que no estén allí las huellas de José, puesto que arrojó el cuchillo por la ventana?».
       Torrence cree deber balbucear.
       —Acaso llevaba guantes. O había utilizado un trapo.
       —Rara precaución por parte de un inocente, ¿no le parece, Torrence?
       Éste cae en el lazo.
       —No olvide que José vive en Montmartre, en un ambiente en el que estas cosas son corrientes…
       Otra vez el teléfono. Esta vez, el jefe parece furioso.
       —No, señor, mi despacho no es… En fin, se lo haré, pero opino que es tomarse demasiada libertad, el molestarme para…
       Se vuelve hacia Torrence y le pasa el auricular.
       —Es para usted…
       Torrence coge el receptor con mano no muy firme.
       —Diga… Sí… ¿Cómo? ¡Ah, bien! ¿Si usted…? ¿Y qué?
       Catástrofe. Acabará por creer que su reputación es cada vez peor en la casa, ya que el meticuloso Lucas acaba de hacer una cosa que no suele hacer. Se ha levantado, y previa una mirada al jefe, como para pedirle permiso, ha cogido el segundo auricular.
       —Yo quisiera, jefe…
       Habla Emilio, con voz bastante emocionada.
       —… quisiera que viniese lo más pronto posible a la calle de Dames. Al número 17… Estaré por allí, sí. Pero es urgente.
       Torrence cuelga y se esfuerza por sonreír.
       —Perdonen, señores… Es mi empleado que…
       Lucas continúa en su sitio.
       —… que les pide que vayan con urgencia al número 17 de la calle de Dames. ¿Tendrían inconveniente en que fuéramos juntos? Estoy seguro de que el jefe compartirá mi opinión… Hay en este asunto puntos muy oscuros, coincidencias perturbadoras para…
       Entra un inspector.
       —Es por lo de la llamada telefónica. La llamada, acerca de la que hace poco me ha pedido que le informara. Viene de un cafetín de la esquina de la calle de Dames… Llamé allí y el dueño se puso al aparato. La llamada la hizo uno de sus clientes, cuyo nombre ignora, pero a quien ve a menudo por el barrio, un hombre alto y robusto, de ojos grises y que lleva un amplio abrigo gris…
       —Vaya, Lucas… En cuanto a usted, Torrence, excuso decirle que quizá tendré que pedirle cuentas y que el hecho de que haya vivido mucho tiempo entre nosotros, en vez de favorecerle, no hará sino dar mayor gravedad a actos cuya…
       Prefiere acabar repitiendo con una mirada significativa a Lucas.
       —¡Vaya! No me iré de mi despacho antes de tener noticias…


IV

      –¿Para quién es? —pregunta el portero desde la exigua portería.
       No solamente ha acompañado Lucas a Torrence a la calle de Dames, sino que ha ordenado que les siguiese un inspector, de modo que Torrence ya tiene casi la sensación de estar detenido.
       La calle es oscura. Pocas tiendas. Nadie frente al número 17. Aquellos señores, pues, entraron.
       —Acabamos de recibir una llamada telefónica dándonos cita en esta casa.
       —No hay más que dos aparatos en todo el edificio. En casa del doctor Fels, en el primero, y en casa del señor Chuin, en el tercero…
       —¿El señor…?
       —¿El señor Chuin es chino o japonés?
       —Oh, no, señor. Es como usted y yo…
       Torrence insiste:
       —¿Es uno alto, ancho de espaldas, con ojos grises, que sale sobre todo de noche?
       —Exactamente… Está en su derecho, ¿no es verdad?
       He ahí a los tres hombres por la escalera bastante mal iluminada. En cuanto llegan al rellano del tercer piso, se abre una puerta y el Banquero se yergue frente a ellos con un revólver en la mano.
       —No teman nada, señores… Les esperaba… Tengan la bondad de entrar.
       Y, volviéndose hacia el interior, añade:
       —¡Usted no se mueva!
       Los tres hombres entran. Si la casa es vulgar y vieja, el piso es confortable y casi pudiera decirse de buen gusto. La primera habitación, a la izquierda, es un vasto estudio en el que hay un joven sentado en una poltrona. Lo más extraño es que tiene las manos en el aire.
       —Entren, señores, por favor… Señor comisario, porque si no me equivoco es el comisario Lucas a quien tengo el honor de hablar, tenga la bondad de registrar los bolsillos de este individuo a quien acabo de sorprender robando en mi casa o, mejor dicho… Pero ya le explicaré lo restante luego…
       Torrence reconoce a Emilio, a Emilio, que no se inmuta y que pregunta, dócilmente:
       —¿Puedo bajar los brazos? —Y añade enseguida—: Por si piensan registrarme, ahí está el objeto:
       Y entrega a Lucas una bolita de masilla. Lucas no comprende nada de aquello.
       —Tenga cuidado. Lo que yo le entrego es el diamante negro del tío John… Acababa de descubrirlo en esta casa cuando ese hombre…
       —¡Dispense! —interrumpe el Banquero, glacial—. Usted venía para meterlo en esta casa, cuando, gracias a la mayor de las casualidades, yo pasaba por delante de mi casa y vi con estupor que había luz en las ventanas… He subido… Le he sorprendido… Le he amenazado con mi revólver y por su actitud he comprendido que esperaba refuerzos.
       Emilio hace el gesto del hombre que no trata de luchar. No obstante, contrariamente a lo que esperaba Torrence, que ya ve truncada su carrera de policía privado, Emilio no está muy abatido.
       —Señores —dice Lucas—, vamos a tratar de proceder con orden. Usted asegura, señor Chuin… Porque ése es su nombre, ¿verdad? El Banquero no es más que un apodo… Usted asegura que al pasar por la calle de vuelta a su casa, ha… ha…
       —… he descubierto a este individuo ocupado en ocultar una bola de masilla en mi casa. Mire bien ese objeto como yo lo he mirado y comprenderá a qué tareas, por lo menos inesperadas, se entrega la Agencia O… Uno de sus clientes ha sido detenido esta mañana por asesinato… Inmediatamente, la Agencia O se pone en movimiento para fabricar otro culpable… ¿Por qué ha recaído sobre mí su elección?… Yo supongo que es José el que ha tenido esa delicada atención después de haber tenido la de quitarme mi novia…
       —¿Qué tiene usted que decir, Torrence?
       —Nada.
       —¿Y usted, joven?
       —Que, en el mejor de los casos, no tendremos información antes de medianoche. Probablemente, a la una.
       —Tenga la bondad de explicar…
       —No serviría de nada. El señor, en efecto, me ha sorprendido en su casa.
       —¡Se introdujo usted aquí con fractura!
       —Me he valido de una llave falsa, si es eso lo que quiere usted decir… Es exacto. Tenía la impresión de que cierto diamante negro podía hallarse aquí y puse empeño en asegurarme de ello personalmente. Hacía ya dos horas que trabajaba concienzudamente (esas búsquedas no son fáciles), cuando por fin obtuve un resultado; en ese preciso momento llegó el señor y me amenazó con un revólver. Como son armas peligrosas y yo no quisiera todavía…
       —¿Cuándo telefoneó a su jefe Torrence?
       —El señor me obligó a ello. Tenía empeño en que apareciese la policía, pero no quería llamarla él mismo. Sabía que Torrence se encontraba en aquel momento en el «Quai des Orfèvres».
       —¡Es falso! —responde el Banquero—. Ese joven, ese ladrón, telefoneó antes de que yo llegara…
       Emilio, aliviado por no tener que levantar los brazos, explica:
       —Déjenle hablar. No tiene importancia. Miren ustedes, el Banquero, aquí presente, se propuso dos cosas al matar al tío John. En primer lugar desembarazarse de un rival que había tratado de hacer desaparecer con amenazas. Era necesario, pues, obrar de tal modo que todas las sospechas recayesen sobre José.
       »Pero ya que para eso había que sacrificar algunos billetes robados, enviando giros escritos con una letra perfectamente imitada, no dejaba de tener cierto aliciente el apoderarse del gran diamante negro del tío John. Aun calculando por lo bajo, es un chismecito que puede valer de cien a ciento veinte billetes…
       »Confieso que me equivoqué al creer que el Banquero no volvería a su casa esta tarde… Lo había dejado por los alrededores del Faubourg Montmartre y aproveché para hacer una visitita domiciliaria, por la cual presento mis excusas, porque, evidentemente, no es muy legal.
       »Durante dos horas, no encontré nada. Luego, por casualidad, cerca de una ventana, uno de cuyos cristales había sido reemplazado recientemente, percibí una bolita de masilla que olvidó el vidriero…
       »Excelente escondrijo, ¿no es verdad? Y con el cual nadie atinaría…
       »Fué entonces, repito, cuando entró el Banquero y…
       —Un instante… —gruñe Lucas, descolgando el teléfono.
       Pronto tiene al director de la Policía Judicial al otro extremo de la línea.
       —Oiga, jefe… Sí; yo también creo que sería lo mejor… Dejo a mi inspector aquí, claro está…
       Y cuelga.

       —Señores, tengan la bondad de seguirme. Espero que no me obligarán a emplear medios violentos…
       El director está en un aprieto y el hecho de que sólo haya tomado un emparedado, en su despacho, para cenar, no contribuye a dulcificar su humor.
       —Una vergüenza, Torrence, ¿me oye usted? Pero lo va a pagar caro. Toda una investigación estropeada. Y total, porque un cliente le ofreció sin duda una gran cantidad para…
       —Le juro… —empieza Torrence.
       —No jure… Estoy asqueado. Tienen razón los que dicen que cuando un hombre se va de la policía oficial para…
       —Se trata de un inocente, jefe.
       —¡Porque usted lo dice! Tan inocente que para probar su inocencia, usted no vacila en hacer desaparecer el arma del crimen y en substituirla por un cuchillo que ha sacado de Dios sabe dónde.
       —¿A qué hora llega el tren a Toulon? —pregunta la voz apacible de Emilio.
       —¿Qué tren?
       —El que sale de la estación de Lyon a…
       Torrence envidia la tranquilidad de su supuesto empleado. Verdad es que éste no se juega la reputación, ni toda una carrera consagrada al triunfo de la justicia:
       —Confiese —continúa el jefe— que esa historia del diamante… ¡El Banquero tiene razón, caramba! De la misma manera que ustedes le robaron, como quien dice, las huellas digitales, iban a depositar el diamante en su casa para poder luego… Señores, eso es único en los anales de nuestro oficio y aún no sé si…
       Torrence no se atreve a pedir un vaso de cerveza. No ha cenado aún.
       —Robar la prueba principal del crimen como han hecho ustedes…
       Entretanto, el Banquero, en un despacho vecino, ha mandado subir bebida y comida.
       —Por favor, señor director —dice Emilio—, espere a que haya llegado el tren y a que Barbet haya tenido tiempo de…
       —¿Barbet? ¿Qué Barbet? ¿Quién es Barbet? —aúlla el jefe, cada vez más colérico.
       —Uno de nuestros empleados. ¡Un buen muchacho! Imagínese que, cuando yo tuve el cuchillo en la mano, reconocí enseguida que obedecía a un modelo muy especial, concebido para el yachting… Se da el caso de que yo poseo un pequeño velero en el Sena, en Meulán, y que tengo un cuchillo igual. Me fui a ver al fabricante. Los mangos, que antes eran de madera, ahora son de corcho. Ahora bien, el que yo había descubierto tenía el mango de madera… Hemos trabajado largo rato con los libros… Resultó que el cuchillo debió de haber sido vendido en Toulon, en una casa de la calle de Alger.
       —Pero esa casa estará cerrada a estas horas —responde el jefe de la Policía Judicial.
       —Barbet hará que le abran… Usted no lo conoce todavía… Y aún hay más, señor director…
       Y Emilio, cada vez más modesto, murmura:
       —Si no vacilé en enviar a Barbet allí, fue porque, al informarme acerca de los hechos y las gestas del Banquero durante estas últimas semanas, me enteré de que hace ocho días exactamente, «bajó» a Marsella, como dicen esos caballeros… Va allí a menudo. He adquirido, además, la certidumbre de que posee intereses en cierto establecimiento de Toulon. ¿Me entiende usted?
       —¿No hubiera usted podido venir aquí y decirnos…?
       —Perdone… Ustedes no me han preguntado nada… Estaban seguros de la culpabilidad de José… Dios sabe cómo se hubiera hecho la investigación y…
       —Si le comprendo bien, quiere insinuar que no tiene confianza alguna en la inteligencia de la Policía Judicial.
       Torrence se levanta para protestar como es debido. Emilio, por el contrario, que no ha pertenecido jamás a la casa, prosigue sin perder su sangre fría:
       —Ustedes son muy numerosos, ¿no es verdad? La gente inteligente está en minoría y, por lo tanto, cuanto más numerosos son los hombres, la proporción de los tontos es mayor.
       —Muchas gracias…
       —Son las doce de la noche, señor director. Salvo que haya retraso, el tren ya habrá llegado y Barbet se hallará en este momento en la calle de Algor. Estará despertando al señor Mithouard, el comerciante en cuestión… Como nosotros, tampoco él se siente trabado con reglamentos ni se preocupa por la hora a que sale o se pone el sol. El señor Mithouard le abre la puerta… ¿Quién sabe? A lo mejor lleva un gorro de dormir… Me aseguré de que tenía teléfono. A estas horas, pidiendo prioridad…
       —¡Prioridad policía! —sonríe a regañadientes el jefe.
       —Puesto que le conozco, estoy seguro de que eso es lo que hará Barbet… Oiga… Llaman de la central… o mucho me equivoco.
       El timbre suena, poco después, en el despacho.
       —¿Quiere usted ponerme con el señor Emilio, por favor?
       —¿De parte de quién?
       —Barbet… Telefoneo desde Toulon.
       —¿Desde la calle de Alger, probablemente? —pregunta sonriendo sarcástico el jefe.
       —No, desde un establecimiento.
       —¿Cómo dice?
       —Sí… Esto se llama: «La casa de las Flores»… ¿No está ahí el señor Emilio?… ¡Oiga!… ¿Es usted, señor Emilio?
       Le han dado un auricular a Emilio. El director de la Policía Judicial mantiene el otro junto a su oído. Torrence está en un grave apuro. En cuanto a Lucas, acaba de entreabrir la puerta.
       —Oiga, señor Emilio. En casa del señor Mithouard, en la calle de Alger, me han dicho que el último cuchillo del modelo que usted sabe, probablemente el que yo tuve en la mano, fue vendido a un tartamudo… Un tipo raro, han añadido. Yo no quedé satisfecho con eso, claro… Enseguida se me ocurrió la idea de ir a echar una ojeada a este establecimiento del que es propietario el señor en cuestión; hablo del Banquero. Usted ya sabe que tengo cierta costumbre… Siempre entro enseguida en la cocina, que es donde se hace todo. Un pobre diablo mondaba legumbres; era tartamudo… Le enseño el cuchillo…
       »El idiota me dice enseguida:
       »—¿Cómo? ¿Se lo ha dado el amo?
       »Y nada más. ¿Qué piensa usted de eso?

       —Escuche, amigo Torrence…
       Torrence no se inmuta. La verdad es que tiene deseos de llorar aliviado, tan intensa fue la angustia. El jefe, ahora, es todo mieles.
       —Confiese, aquí entre nosotros, que es lamentable que uno de nuestros hombres, que uno de nuestros mejores elementos, se alce contra la casa y se permita…
       —Le pido perdón, jefe… Pero nuestro cliente…
       —Su cliente, su cliente…
       —Es inocente, ¿verdad?
       —¡Claro que lo es! Pero, entretanto, hemos hecho el ridículo… ¡Ya nos hubiéramos dado cuenta nosotros de que era inocente!
       Entonces le toca a Torrence dejar filtrar un cándido:
       —¿Cuándo?
       —Mañana… Pasado mañana… Dentro de ocho días. ¡Dentro de un mes! ¡Pero nos hubiéramos dado cuenta, qué diablo! Aparte de que ustedes emplean, en la Agencia O, medios que… medios que…
       —Que dan un resultado inmediato, ¿verdad?
       —¡Pero que no nos están permitidos a nosotros! Piense en eso, Torrence. La Legalidad. La Legalidad, con una L mayúscula. Eso me recuerda el expediente de este tipo… ¿Cómo se llama?… Chuin… ¡Raro nombre! Pues bien, ese expediente…
       —Contiene tres veces la mención: «puesto en libertad por falta de pruebas» —se atreve por fin a decir Torrence—. Esta vez… Imagínese que por cuarta vez hubiese tenido éxito… ¿Qué hubiera sucedido? Que mi cliente, como usted dice…
       El jefe no quiere oír nada más.
       —¡Su cliente! ¡Siempre su cliente! Le repito que hubiéramos acabado por proclamar su inocencia… Oiga. ¿Y si entretanto fuésemos a tomar choucroute? Son las dos de la mañana y…
       —Es que yo le he prometido que…
       —Vamos, usted quiere apabullarme hasta el final. Lo siento. ¡Vamos! Tráigale a su cliente. Y traiga también a su insoportable Emilio. Hay probabilidades de que la cervecería Dauphine esté aún abierta.
       —Pero es que su amiga…
       —Sí, hombre, sí. Nos llevaremos también a Julie. Después de todo, ¿por qué no también al… quiero decir al asesino…, al Banquero?
       —A ése, si no le importa, jefe…
       Y fue así cómo en una mesa extraña, aquella noche, en la cervecería Dauphine, se pidió choucroute con fuerte aliño, mientras la voz de Lucas decía tímidamente:
       —Yo no tengo apetito, se lo aseguro.




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