George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


Tempestad sobre la Mancha (1938)
(“Tempête sur la Manche”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 4, 20 de mayo de 1938);
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)



I

      Era como para creer que una maliciosa casualidad se aprovechaba del reciente retiro de Maigret para presentarle irónicamente la prueba más flagrante de la fragilidad de los testimonios humanos. Y, esta vez, el famoso comisario, o más bien aquel que llevaba todavía este título tres meses antes, estaba del otro lado del mostrador, al lado del cliente, si se puede decir, puesto que era a él a quien preguntaban con insistente mirada:
       —¿Está seguro de que eran las seis y media, poco más o menos, y que estaba cerca de la chimenea?
       Ahora bien, Maigret se daba cuenta, con una evidencia horripilante, que un pequeño puñado de humanos, una media docena de la concurrencia, podían quedar repentinamente paralizados por aquella simple pregunta:
       —¿Qué hizo usted exactamente entre las seis y las siete?
       ¡Si por lo menos se hubiese tratado de hechos tumultuosos o dramáticos o emocionantes! ¡Claro que no! Se trataba simplemente de una media docena de personas que, por el mal tiempo, habían coincidido, esperando la cena, en las dos o tres estancias comunes de una pensión familiar.
       Y Maigret-cliente, Maigret-interrogado, dudaba como un mal alumno o como un falso testigo.

* * *

      Mal tiempo era demasiado poco. En la estación Saint-Lazare, una pancarta anunciaba: «Tempestad sobre la Mancha. La travesía Dieppe-Newhaven no es segura».
       Y se veía a numerosos ingleses dar media vuelta para volver a su hotel.
       En Dieppe, en la calle principal, se podía creer que el viento iba a arrancar los anuncios. Para abrir algunas puertas, hacía falta apoyarse. El agua caía a cántaros, con un ruido de olas chocando con las rocas costeras y a veces se perfilaba una silueta, alguno que se veía obligado a salir y que pasaba muy cerca de las paredes, corriendo, con el abrigo sobre la cabeza.
       Era noviembre. Desde las cuatro estaban encendidas las luces. En la estación marítima, el barco que hubiera tenido que salir a las dos seguía en el muelle, cerca de las barquichuelas cuyos mástiles entrechocaban.
       La señora Maigret, resignada, había ido a buscar a su habitación un trabajo de tricot que había empezado en el tren, y se había sentado cerca de la estufa adonde un gato al que no conocía, el gato pelirrojo de la pensión familiar, había ido a acurrucarse en su regazo.
       De tanto en tanto, levantaba la cabeza y lanzaba una mirada afligida a Maigret, que no sabía dónde meterse.
       —Hubiera sido mejor ir al hotel —suspiraba ella—. Hubieras encontrado a alguno para jugar a las cartas…
       ¡Naturalmente! Únicamente que la señora Maigret, ahorradora, había obtenido de Dios sabe qué amiga la dirección de aquella pensión familiar perdida al principio del muelle, en la desierta oscuridad del barrio veraniego en donde, en invierno, los postigos estaban cerrados y las puertas atrancadas.
       Sin embargo, se trataba de un viaje de placer, el único, en realidad, que la pareja se había permitido desde su viaje de novios, veinticinco años antes.
       ¡Por fin Maigret era libre! Había abandonado el Quai des Orfèvres y podía acostarse, por la noche, con la certeza de pasar la noche en su cama, sin que de repente un telefonazo le enviase a inclinarse sobre algún cadáver todavía caliente.
       Entonces, como la señora Maigret soñaba desde hacía tiempo con conocer Inglaterra, se había decidido:
       —Iremos a pasar quince días a Londres. Aprovecharé para ir a saludar a algunos colegas de Scotland Yard con los que trabajé durante la guerra…
       ¡Y he ahí su suerte! ¡Tempestad sobre la Mancha! ¡El barco que no salía! Aquella lúgubre pensión familiar de la cual la señora Maigret se había acordado bruscamente y en la que las paredes sudaban la mezquindad y el fastidio.
       La propietaria, señorita Otard, que ya había doblado la cincuentena y que intentaba camuflarla con sonrisas melosas, tenía un involuntario gesto con las narices cada vez que encontraba el rastro del humo de pipa que seguía a Maigret en sus idas y venidas. Varias veces había estado a punto de abrir la boca, de hacer notar que no se fuma en pipa, sobre todo sin descanso, en las pequeñas estancias recalentadas en las que están las señoras. En aquellos momentos, Maigret, que sentía llegar la tormenta, la miraba a los ojos con tal placidez que ella prefería volver la cabeza.
       Tampoco se sentía encantada cuando veía al antiguo comisario, que nunca había podido desembarazarse de aquel tic, dar vueltas alrededor de las estufas, coger el atizador y rascar la costra de carbón tan vigorosamente que todas las chimeneas roncaban como motores.
       La casa no era grande. Era una villa de dos pisos que había sido transformada en alojamiento. Se entraba por un pasillo, pero, por razón de ahorro, este pasillo no estaba iluminado, ni la escalera que conducía al primero y al segundo, a pesar de que a veces se oía a alguien que tropezaba en los escalones, o una mano que tanteaba antes de encontrar la manilla de una puerta.
       La primera estancia, en la parte delantera, constituía el salón, con unos extraños silloncitos de terciopelo verdoso y sobre la mesa había unas muy viejas revistas medio deshojadas.
       Luego venía el comedor, en el que se tenía derecho a permanecer igualmente fuera de las horas de las comidas.
       La señora Maigret estaba en el salón. Maigret iba de una estancia a la otra, de una estufa a otra, de un atizador a otro atizador. Detrás estaba el office, en donde Irma, la pequeña sirvienta de quince años, estaba ocupada aquella tarde en limpiar los cuchillos y los cubiertos con blanco de España.
       Por fin, la cocina, dominio de la señorita Otard y de Jeanne, la mayor de las criadas, una joven de veinticinco a treinta años, siempre con zapatillas, siempre mal peinada y de una dudosa limpieza, siempre agria también, lanzando miradas desconfiadas u hoscas.
       No había más personal en la casa, en donde no cesaba de alborotar, gruñir y dar bofetadas un chiquillo atontado de cuatro años, el hijo de Jeanne, cosa que supo Maigret preguntando a la más joven de las criadas.
       En otra parte, a causa del tiempo, las horas tal vez no eran alegres. En casa de la señorita Otard eran lúgubres y los minutos debían tener más segundos que en cualquier otra parte, porque las agujas no avanzaban sobre el cuadrante del péndulo de mármol negro colocado bajo la esfera sobre la chimenea.
       —Intenta aprovechar un momento de calma para ir al café… Seguramente encontrarás a alguien para echar la partida…
       Tampoco tenían el recurso de charlar, porque nunca estaban solos. La señorita Otard iba de la cocina al salón, abría un cajón o un armario, se sentaba, volvía a marcharse, con el aire de alguien que debe vigilar a cada uno bajo pena de catástrofe. ¡Podía creer que, si permanecía un cuarto de hora ausente, aprovecharían para sustraerle uno de sus viejos números de la Moda del Día o para prender fuego al buffet!
       De tanto en tanto, Irma entraba también, precisamente para volver a colocar los cubiertos en el cajón de este buffet y para coger otros.
       En cuanto a la dama triste, a la que los Maigret llamaban así porque ignoraban su nombre, estaba sentada cerca de la estufa del comedor en una silla, el busto erguido, y leía un libro del que no se veía el título, porque no tenía tapas.
       Por lo que se podía entender, estaba allí desde hacía varias semanas. Debía tener unos treinta años y tenía mal aspecto; ¿tal vez había venido para reposar después de haber sufrido una operación? En todo caso, evolucionaba con precaución, como si temiese romperse algo. Comía poco, suspirando, lamentando sin duda los minutos sacrificados a aquella función vulgar.
       En cuanto a la otra, la recién casada, como decía Maigret con una sonrisa feroz, era todo lo contrario y producía verdaderas corrientes de aire sólo con pasar de un sillón a otro.
       La recién casada debía tener de cuarenta a cuarenta y cinco años. Era bajita y gruesa, no muy agradable, seguramente; la prueba es que su marido acudía a la menor llamada con, de antemano, un aire obediente y confundido.
       Este marido alcanzaba la treintena y no era necesario examinarle durante mucho tiempo para comprender que no se había casado por amor, sino que se había asegurado, sacrificando su libertad, el pan para su vejez.
       Su nombre era Mosselet: Jules y Emilie Mosselet.
       Si la aguja no avanzaba rápido, avanzaba a pesar de todo. Maigret se acordó fuera de tiempo de haber mirado la hora en el momento en que Jeanne servía a la dama triste una infusión de menta. Eran las cinco y algunos minutos; y Jeanne le pareció más solapada que nunca.
       Fue poco tiempo después cuando el joven inglés, el señor John, volvió de fuera, dejando penetrar la tempestad y el frío en la casa, dejando, con su impermeable empapado, regueros de agua en el salón.
       Tenía el semblante animado por el aire vivo y por la noticia que traía. Anunció con un fuerte acento:
       —El barco va a salir… Pueden traer mi equipaje, señorita la dueña…
       Desde la mañana iba precipitadamente de un sitio a otro, porque tenía prisa en volver a Inglaterra, y ahora volvía de la estación marítima en donde le habían anunciado que el navío iba a intentar la travesía.
       —¿Tiene mi cuenta?
       Maigret dudó un momento. Estuvo a punto de seguir el consejo de su mujer, a riesgo de quedar empapado, y correr a lo largo de las casas hasta la «Cervecería de los Suizos» en donde, por lo menos, había vida y movimiento.
       Fue incluso hasta el perchero, en el pasillo. Distinguiendo en el claroscuro las tres grandes maletas del señor John, se encogió de hombros y entró en el salón.
       —¿Por qué no vas? Te pones inútilmente de mal humor…
       Sólo a causa de aquella observación, se hundió pesadamente en un sillón y atrapó la primera revista que le vino a la mano, de la cual se puso a pasar las páginas.
       Lo que es notable, es que rigurosamente no tenía nada que hacer y tampoco podía preocuparle nada. Lógicamente, pues, hubiera tenido que estar en un estado de perfecta receptividad.
       La casa no era grande. Desde cualquier punto, se oían los menores ruidos hasta tal punto que por la noche, cuando la pareja Mosselet se encerraba en su habitación, aquello era vergonzoso.
       Ahora bien, Maigret no vio nada, no oyó nada, no tuvo ni la sombra de un presentimiento.
       Se dio cuenta vagamente de que el señor John pagaba su cuenta y pasaba al office para darle una propina a Irma. Respondió vagamente a un adiós vago del inglés y comprendió que Jeanne, más fuerte que el joven, era la encargada de llevar dos de las maletas al barco.
       Pero no la vio salir. Aquello no le interesó. Llegó a leer —porque la revista que había cogido por casualidad era una revista de agricultura— un largo artículo, de caracteres pequeños, sobre las costumbres de los ratones campesinos y acabó por apasionarse tontamente.
       Desde entonces, la aguja pudo avanzar en silencio por el cuadrante color verde mar del péndulo sin que nadie se preocupase por ello. La señora Maigret, que contaba los puntos de su tricot, movía los labios sin ruido. A veces, una bola de carbón crepitaba en una de las estufas o una borrasca producía un ronquido en la chimenea.
       El entrechocar de la vajilla indicaba que Irma ponía la mesa. También había un solapado olor a fritura que anunciaba las tradicionales pescadillas de la noche.
       Y, de repente, he aquí que surgieron voces de la noche, voces animadas que parecían brotar de la tempestad y que se acercaban, rozaban los postigos, se detenían en el umbral, rematando en calderón por el más violento timbrazo que jamás registró la casa.
       Incluso en aquel momento, Maigret no se movía. Durante horas había deseado una diversión para combatir la monotonía de la jornada y, en el momento que se presentaba, tan espléndida que uno no se la podía esperar, permanecía inmerso en sus historias de ratones campesinos.
       —Es aquí, sí… —decía la voz de la señorita Otard.
       A causa del aire que entraba, del agua, de las ropas mojadas, de los rostros enrojecidos y animados, tuvo que alzar la cabeza y distinguir un uniforme de policía y el abrigo negro de un hombrecillo con un puro apagado.
       —¿Es usted, verdad, la que tiene como empleada a una tal Jeanne Fénard?
       Maigret se percató de que el chiquillo estaba allí precisamente, salido de Dios sabía dónde, sin duda del fondo de la cocina.
       —Esta persona acaba de ser muerta de un disparo de revólver mientras pasaba por la calle Digue…
       El primer reflejo de la señorita Otard fue la incredulidad, la desconfianza. Se percibía que no era mujer para dejarse contar cualquier cosa por cualquiera y, con labios repulgados, tuvo una palabra magnífica:
       —¡Verdaderamente!
       Pero la continuación no dejaba margen a la duda, porque el hombre del puro apagado proseguía:
       —Soy el comisario de policía… Deseo que venga conmigo para reconocer el cuerpo… Deseo también que nadie más salga de esta casa…
       Los ojos de Maigret pestañearon de malicia. Su mujer le miró con aire de decir:
       —¿Por qué no te identificas?
       Pero hacía demasiado poco tiempo que disfrutaba del retiro y que saboreaba las alegrías del anonimato. Se hundía en su sillón con una voluptuosidad real. Examinaba al comisario con ojo crítico.
       —Haga el favor de ponerse algo y seguirme…
       —¿A dónde?
       —Al depósito…
       Entonces se oyó un gran grito, una crisis de nervios verdadera o bastante bien interpretada, un gemido de la dama triste, a la que Maigret había olvidado.
       Irma surgía del office, sosteniendo un plato en la mano.
       —¿Jeanne está muerta?
       —Tú no te preocupes de eso… —ordenó la señorita Otard—. Puedes servir la cena mientras yo vuelvo…
       Miró al chiquillo que no había comprendido y que vagaba por entre las piernas de las personas mayores.
       —Métele en su habitación… Que se acueste…
       ¿Dónde estaba en aquel momento la señora Mosselet? La pregunta parecía fácil y, sin embargo, Maigret no la pudo contestar. Por contra, Mosselet, que llevaba por la casa unas ridículas zapatillas de fieltro rojo, se encontraba allí, al lado del pasillo. Desde su habitación, había oído sin duda el ruido y había bajado.
       —¿Qué ocurre? —preguntaba.
       Pero el comisario tenía prisa. Dijo algunas palabras en voz baja al agente de uniforme, que se quitó el capote, su quepis, encendió un cigarrillo y fue a plantarse delante del fuego, como alguien que se instala para un buen rato.
       Se arrastraba afuera a la señorita Otard, que se había puesto un impermeable amarillo y unas botas de caucho y que se volvía una última vez para decir a Irma:
       —¡Sirve rápido la cena!… Las pescadillas se van a quemar…

* * *

      Irma lloraba, maquinalmente, como por cortesía, porque alguien había muerto. Lloraba y servía, volviendo la cabeza para no dejar caer sus lágrimas en los platos.
       Allí, Maigret se percató de que la señora Mosselet estaba en la mesa, apenas alterada, pero curiosa.
       Allí, Maigret se percató de que la señora Mosselet estaba en la mesa, apenas alterada, pero curiosa.
       —Me pregunto cómo es posible… ¿Ha ocurrido en la calle?… ¿Hay, pues, apaches en Dieppe?…
       Mosselet comía con apetito. La señora Maigret seguía sin comprender por qué su marido parecía tan indiferente ante aquel asunto, mientras que se había pasado la vida ocupándose de crímenes.
       La dama triste miraba a su pescadilla poco más o menos como la pescadilla la miraba a ella y abría de tanto en tanto la boca, no para comer, sino para dejar escapar un poco de aire a guisa de suspiro.
       En cuanto al agente, había cogido una silla, se había instalado en ella a horcajadas y miraba a los demás mientras comían, impaciente por representar un papel.
       —¡Soy yo quien la ha encontrado! —dijo orgullosamente a la señora Mosselet que parecía la más interesada.
       —¿Cómo?
       —Por pura casualidad… Yo vivo en la calle Digue, una callejuela que va del muelle al puerto, allá abajo, después de la Tabacalera. Se puede decir que nunca pasa nadie. Yo andaba de prisa agachando la cabeza y vi algo oscuro…
       —¡Es horrible! —dijo la señora Mosselet sin convicción.
       —A lo primero creí que se trataba de un borracho, porque se les encuentra todos los días en la acera…
       —¿Incluso en invierno?
       —Sobre todo en invierno, porque se empieza a beber para calentarse…
       —¡Mientras que en el verano se bebe para refrescarse! —dijo burlonamente Jules Mosselet con una mirada maligna a su mujer.
       —Si usted quiere… Palpé… Me di cuenta de que era una mujer… Llamé y cuando se la llevó a la farmacia, la que está precisamente en la esquina de la calle París, se constató que estaba muerta… También fue entonces cuando la reconocí, porque conozco todos los rostros del barrio… Le dije al comisario:
       »—Esa joven es la criada de la pensión Otard…
       Entonces Maigret preguntó tímidamente, como un señor que vacila en mezclarse en lo que no le interesa:
       —¿Y no había maletas cerca de ella?
       —¿Por qué tendría que haber maletas?
       —No lo sé… También me pregunto si estaba vuelta hacia el puerto o de este lado…
       El agente se rascó la cabeza.
       —Espere… Creo, tal como estaba colocada, que más bien venía hacia aquí cuando le aconteció…
       Dudó un rato, se decidió a coger la botella de vino negro y a servirse un vaso murmurando:
       —¿Me permiten?
       Este movimiento le había acercado a la mesa. Quedaban dos pescadillas tiesas en el plato. Dudó otra vez, cogió una, se la comió sin tenedor ni cuchillo y fue a tirar la espina al saco de carbón.
       Luego interrogó a cada uno con la mirada, se aseguró así de que no había ningún aficionado a la segunda pescadilla y se la comió como la primera, bebió otra vez y suspiró:
       —Esto debe ser un crimen pasional… Esta joven era una pindonga como no había otra… Era una de las más asiduas al baile que está en la otra parte del puerto…
       —Entonces, ya cambia —murmuró la señora Mosselet, que desde que se trataba de un crimen pasional parecía encontrar el asunto completamente natural.
       —Lo que me extraña —proseguía el agente al que Maigret no quitaba ojo— es que lo hayan hecho con un revólver… Los marineros, como usted sabe, se sirven mejor de un cuchillo…
       En aquel instante entró la señorita Otard, y el viento, que enrojecía los demás rostros, había vuelto pálido el suyo. El acontecimiento, además, le daba conciencia de su importancia y su actitud proclamaba:
       —Sé cosas, pero no cuenten conmigo para que se las diga…
       Su mirada recorría la mesa, sobre los que cenaban y los platos, reparaba en las espinas de las pescadillas. Y preguntaba severamente a Irma, que refunfuñaba pegada a la chambrana de la puerta:
       —¿Qué esperas para servir la ternera?
       Luego, por fin, al agente:
       —¿Espero que le haya dado de beber?… Su patrón va a venir dentro de algunos instantes… Está telefoneando a Newhaven…
       Maigret se estremecía y ella se dio cuenta. Aquel estremecimiento no le pareció muy católico y se vio claramente pasar una sospecha por su mente.
       La prueba es que se creyó en el deber de añadir:
       —… Por lo menos, supongo…
       No lo suponía: lo sabía. Por lo tanto, el comisario de policía había oído hablar del señor John y de su precipitada marcha.
       Por el momento, la pista oficial era por consiguiente la pista del joven inglés.
       —¡Todo esto me va a poner enferma! —murmuró con voz doliente la dama triste, que sólo abría la boca tres veces al día para suspirar.
       —¿Y yo? —se indignó la señorita Otard, que no toleraba que alguien estuviese más afectado que ella por el acontecimiento—. ¿Cree usted que esto va a arreglar mis negocios? Una joven a la que me ha costado meses levantar… ¡Irma! ¿Cuándo te decidirás a traer la salsa?
       El resultado más claro de aquellas idas y venidas era haber dejado llenar la casa de aire fresco: en lugar de fundirse con el calor ambiente, formaba pequeñas corrientes que revoloteaban, pasaban por la nuca, provocaban un escalofrío entre los hombros.
       Hasta el punto que Maigret se levantó, indiferente al saco vacío, y fue a atizar la estufa. Luego llenó una pipa, la encendió con una antorcha de papel presentada al fuego y se plantó en su postura favorita, la que se conocía en el Quai des Orfèvres, la pipa entre los dientes, la espalda al fuego, las manos juntas sobre los muslos, con aquel aspecto indefinible, obstinado o ausente, que tenía cuando los elementos esparcidos empezaban a agruparse en su mente y a formar como un germen, todavía inconsistente, de verdad.
       La llegada del comisario de policía no logró hacerle hacer movimiento alguno. Oyó:
       —El barco no ha llegado… Vendrán a avisarme…
       No era difícil imaginar el vapor sacudido en la oscuridad de la Mancha en donde sólo se debían ver las crestas blancuzcas de las enormes olas. Y los pasajeros enfermos, el buffet desierto, las sombras inquietas en la sombra del puerto, con, por toda referencia, intermitentemente, el punto relampagueante del faro de Newhaven.
       —Me veo obligado a interrogar a estas señoras y a estos señores, uno tras otro…
       La señorita Otard comprendió y decidió:
       —Se puede cerrar la puerta de comunicación. Se instala en el salón y…
       El comisario de policía no había cenado, pero no habían más pescadillas en la mesa y no se atrevió a meter los dedos en la bandeja en la que se enviscaban los trozos de ternera.



II

      Era una casualidad. El agente había mirado a su alrededor para saber por quién empezaría. Su mirada se había encontrado con la de la señora Maigret, que le pareció lo bastante dócil para dar ejemplo.
       —Pase… —le había dicho abriendo y luego cerrando tras ella la puerta del salón, mientras que una ligera sonrisa se posaba en los labios del antiguo comisario.
       La puerta, a pesar de estar cerrada, dejaba oír poco más o menos todo lo que se decía al otro lado y la sonrisa de Maigret se acentuó cuando su colega, en la estancia contigua, preguntó:
       —¿Con «ai» o con «é»?
       —Con «ai»…
       —¿Como el famoso comisario?
       Gran esposa, que se contentaba con responder:
       —¡Sí!
       —¿Está emparentada con él?
       —Soy su mujer.
       —Pero, entonces… es… ¿es su marido el que está con usted?
       Y, un instante después, Maigret estaba en el salón, ante un buen hombre a la vez resplandeciente y un poquitín inquieto.
       —Confiese que ha querido hacerme dar un patinazo… Cuando pienso que iba a interrogarle como a los demás… Dese cuenta de que, lo que hago aquí, es por cargo de conciencia y un poco para matar el tiempo mientras espero noticias de Newhaven… Pero usted, que estaba en el lugar, que ha visto de alguna manera prepararse el drama, debe tener una idea todavía más clara y le agradecería…
       —Le juro que no tengo la más mínima idea.
       —En suma, ¿quién sabía que esa joven iba a salir?
       —La gente de la casa, naturalmente. Pero he aquí que ahora me doy cuenta de la dificultad del papel de testigo: soy incapaz de determinar con exactitud quién estaba en la casa en aquel momento.
       —¿Estaba ocupado?
       —Leía…
       No se atrevió a añadir que leía un artículo sobre la vida de los topos y de los ratones campesinos.
       —He oído confusamente un zafarrancho… A continuación…
       «¡La señora Mosselet, por ejemplo! ¿Estaba arriba o no estaba? Y, si estaba, ¿en dónde? ¿Qué hacía?»
       El comisario de policía no estaba satisfecho. No estaba lejos de creer que a su ilustre colega le producía placer el dejar que se devanase los sesos él solo y tuvo que prometerse interiormente el mostrarle cómo él, pequeño policía de provincias, sabía llevar una investigación.
       Se hizo llamar a la dama triste, que se llamaba Germaine Moulineau y que era institutriz en período de convalecencia.
       —Estaba en el comedor —balbuceó—. Me acuerdo que pensé que era injusto hacer llevar las maletas del inglés a aquella pobre joven, mientras que hombres fuertes no sabían cómo matar el tiempo.
       Había dicho aquello por Maigret, así lo probaba la ojeada que le había lanzado a sus anchos hombros al hacer alusión a los hombres fuertes.
       —¿Desde ese momento, no abandonó el comedor?
       —¡Perdón! Subí a mi habitación.
       —¿Estuvo mucho tiempo?
       —Un cuarto de hora poco más o menos… Me tomé una pastilla y esperé a que hiciese su efecto…
       —Perdóneme por la pregunta que voy a hacerle, pero se la haré a todos los huéspedes de la casa y la considero como una simple formalidad. ¿Supongo que hoy no habrá salido y, por consiguiente, que sus ropas estarán secas?
       —No… Hacia media tarde salí un momento…
       ¡Nueva prueba de la relatividad de los testimonios! Maigret no se había percatado ni de que había salido, ni que durante un cuarto de hora había estado ausente del comedor.
       —¿Sin duda fue a la farmacia a buscar esas pastillas?
       —No… Quería contemplar el puerto bajo la lluvia y la borrasca…
       —Se lo agradezco… ¡El siguiente!
       El siguiente era una siguiente: era Irma, que seguía refunfuñando y que estrujaba entre sus dedos la punta de su delantal.
       —¿Sabe usted si su compañera Jeanne tenía enemigos?
       —No, señor…
       —¿Notó usted un cambio de humor que indicase que se sentía amenazada?
       —Solamente me dijo esta mañana que no seguiría mucho tiempo más en esta boîte… Es la palabra que empleó…
       —¿No la tratan bien?
       —Yo no he dicho eso —se apresuró a declarar con una mirada hacia la puerta.
       —¿Sabe, por lo menos, si Jeanne tenía amantes?
       —Seguramente sí.
       —¿Por qué dice «seguramente sí»?
       —Porque siempre tenía miedo de estar embarazada.
       —¿No sabe nombres?
       —Había un pescador que venía a veces a silbar en la callejuela, uno llamado Gustave…
       —¿De qué callejuela habla?
       —De la de detrás… Se puede salir directamente por allí, atravesando el patio que está detrás de la cocina…
       —¿Salió usted esta noche?
       Dudó, iba a decir que no, siguió dudando y acabó por confesar:
       —Sólo un segundo… Fui a la panadería a buscar un croissant…
       —¿A qué hora?
       —No lo sé… Sin duda hacia las cinco…
       —¿Qué necesidad tenía de un croissant?
       —No nos dan mucho de comer… —murmuró con una voz apenas perceptible.
       —Se lo agradezco.
       —¿No se lo dirá?
       —Puede estar tranquila… ¡El siguiente!…
       Esta vez se vio entrar a Jules Mosselet, que tenía un aire tan natural como era posible.
       —A sus órdenes, señor comisario.
       —¿Salió usted esta tarde?
       —Sí, señor comisario… Fui a buscar cigarrillos…
       —¿A qué hora?
       —Debían ser las cinco menos cinco o las cinco menos diez… Volví casi en seguida… Hacía muy mal tiempo…
       —¿No conocía a la víctima?
       —En absoluto, señor comisario…
       Se le dieron las gracias como a los demás y su mujer tomó su sitio. Se le hizo la pregunta convertida en ritual:
       —¿Salió esta tarde?
       —Naturalmente, ¿estoy obligada a responder?
       —Será mejor para usted.
       —En ese caso, le pido solamente que no le hable a Jules. En seguida comprenderá. Es un muchacho que tiene mucho éxito con las mujeres. Como es débil de carácter, desconfío. Cuando le oí salir, le seguí para saber adónde iba…
       —¿Y a dónde fue? —preguntó el comisario con un guiño a Maigret.
       La respuesta fue, por lo menos, inesperada.
       —No lo sé…
       —¿Cómo que no lo sabe? Acaba de confesar que le siguió…
       —¡Precisamente! Creí que le seguía. ¡Compréndame! El tiempo de ponerme el abrigo, de abrir el paraguas y él ya estaba en la esquina de la primera calle. Cuando llegué, distinguí a lo lejos una silueta con un impermeable marrón y le seguí los pasos. Hasta cinco minutos después, cuando la silueta pasó por delante de un escaparate iluminado, no me di cuenta de que no era Jules… Entonces, volví y no…
       —¿Cuánto tiempo tardó él en volver?
       —No lo sé… Estaba arriba… Pudo estar abajo un rato…
       En aquel momento, la campanilla fue agitada violentamente y un agente uniformado entregó un pliego al comisario. Éste lo desdobló y en seguida se lo pasó a Maigret:
       «Ni John Miller, ni nadie respondiendo a su descripción, ha desembarcado del barco de Dieppe a Newhaven».

* * *

      El comisario de policía había ofrecido cortésmente a Maigret acompañarle para proseguir la investigación, si le interesaba, pero aquello no le producía mucho placer, dada la actitud de su colega, que no parecía dispuesto a ayudarle mucho.
       Mientras andaban los dos a lo largo de las casas, en donde se arriesgaban a recibir una teja en la cabeza —se veían aquí y allá trozos en la acera—, sin embargo, le explicaba:
       —No quiero dejar nada al azar, como usted ve. Me extrañaría mucho que no hubiese gato encerrado con respecto a ese John Miller. La dueña de la pensión me ha dicho que estaba en su casa desde hacía varios días, pero que sólo había respondido evasivamente a sus preguntas. Ha pagado con dinero francés; ahora bien, detalle curioso, entregó una cantidad desacostumbrada de calderilla. Salía muy poco y solamente por la mañana. Por dos días consecutivos, la señorita Otard le encontró en el mercado, en donde parecía interesarse por la mantequilla, los huevos y las legumbres…
       —¡O en los monederos de las comadres! —cortó Maigret.
       —¿Cree usted que es un ratero?
       —Lo que explicaría, en todo caso, que haya entrado en Inglaterra con otro nombre y con otra ropa que la señalada por usted…
       —Eso no me impedirá hacer que lo busquen. Ahora vamos a casa de Víctor, el café que está cerca de la pescadería. Me sentiría dichoso al encontrar ahí a ese Gustave del que nos ha hablado la criada pequeña y saber si se trata de un tal Gustave, llamado Diente-Roto, del que me he tenido que ocupar varias veces…
       —Su agente pretende que los muchachos de aquí tiran más de cuchillo que de revólver —objetó Maigret, saltando por encima de un profundo charco de agua, salpicándose no obstante.
       Algunos minutos más tarde, entraban en casa de Víctor, en donde el suelo de madera estaba viscoso y en donde había una decena de mesas ocupadas por marineros con blusas y zuecos. El café estaba demasiado violentamente iluminado y un pick-up expandía una música chillona mientras que el dueño y dos camareras bastante sucias se afanaban.
       Era evidente, tras una ojeada de los hombres, que habían reconocido al comisario de policía, el cual, acompañado por Maigret, había ido a sentarse a un rincón y había pedido una jarra de cerveza. Cuando una de las muchachas le sirvió, la retuvo por el delantal, le habló en voz baja:
       —¿A qué hora ha venido Jeanne esta tarde?
       —¿Qué Jeanne?
       —La amante de Gustave…
       La joven vaciló, miró a un grupo de hombres y reflexionó:
       —¡Creo que no la he visto! —dijo por fin.
       —Viene a menudo, ¿verdad?
       —Ocurre… Pero no entra… Entreabre la puerta para ver si él está. Si está, él se reúne con ella fuera.
       —¿Gustave ha pasado la velada aquí?
       —Habrá que preguntarle a mi compañera Berthe… Yo me he ausentado…
       Maigret tenía una sonrisa angelical. Parecía encantado de ver que él no era el único en no poder aportar un testimonio cierto.
       Berthe era la otra camarera. Era bizca. Tal vez era eso lo que le daba un aire tan desagradable.
       —Si quiere saberlo —le contestó al comisario—, pregúnteselo a él. A mí no me pagan para hacer de policía.
       Ahora bien, la primera camarera ya había hablado con un pelirrojo, calzado con botas de caucho, que se levantaba, se subía su pantalón de grueso paño, sujeto con un cordel, escupía al suelo, se acercaba al comisario y, abriendo la boca, mostraba justo en medio un diente roto.
       —¿Es de mí de quien se ocupa?
       —Quisiera saber si has visto a Jeanne esta noche…
       —¿Y a usted qué puede importarle eso?
       —Jeanne está muerta.
       —Eso no es cierto…
       —Te digo que está muerta, en la calle, muerta por una bala de revólver.
       El muchacho se quedó verdaderamente sorprendido, miró a los otros y les gritó:
       —¡Dígame! ¿Qué historia es ésa? ¿Jeanne está muerta?
       —Contesta a mi pregunta. ¿La has visto?
       —¡Tanto peor! Prefiero decir la verdad. Vino…
       —¿A qué hora?
       —No lo sé… Me jugaba el aperitivo con el gordo Polyte…
       —¿Eran más de las cinco?
       —¡Seguramente!
       —¿Entró?
       —No le permito entrar en los cafés que yo frecuento. Vi su cabeza en la puerta. Fui a decirle que me dejase en paz…
       —¿Por qué?
       —¡Porque sí!
       El dueño había parado el tocadiscos y el silencio reinaba en la sala en la que los clientes intentaban coger retazos de la conversación.
       —¿Discutisteis?
       Diente-Roto se encogió de hombros, como hombre que sabe que las pasará moradas para hacerse comprender.
       —Es eso y no lo es…
       —¡Explícate!
       —Pongamos que yo tenía ideas sobre otra y que ella estaba celosa…
       —¿Qué otra?
       —Otra que fue una vez al baile con Jeanne…
       —Su nombre…
       —No lo conozco… ¡Tanto peor, puesto que usted quiere saberlo!… Desde el momento que todavía no la he tocado, usted no puede meterme en líos, a pesar de su edad… Es la pequeña que trabaja con Jeanne en la pensión… ¡Eso es todo! Cuando Jeanne vino, fui hasta la acera y le anuncié que, si no me dejaba en paz, recibiría una paliza.
       —¿Y después? ¿Volviste a entrar al café?
       —No inmediatamente… Fui a ver el barco de Newhaven que salía… Creía que haría mal la maniobra a causa de la corriente… ¿Me detiene?
       —Todavía no…
       —¡Porque no quiere avergonzarse, eh! Ya se empieza a tener la costumbre de trincarnos a nosotros por los demás… ¡Decir que está muerta!… ¿Por lo menos no habrá sufrido?
       Era una extraña impresión, para Maigret, estar allí y no tener nada que hacer. Todavía no estaba acostumbrado a no ser más que un ciudadano como los demás. Oía a una voz distinta de la suya hacer las preguntas y tenía que hacer un esfuerzo para no intervenir, aprobar o desaprobar.
       A veces, le quemaba una pregunta en los labios y era un verdadero suplicio callarse.
       —¿Me acompaña? —preguntó el comisario de policía levantándose y arrojando una moneda sobre la mesa.
       —¿A dónde va?
       —A la comisaría. Tengo que redactar mi informe; a continuación, podría acostarme, porque no tengo nada más que hacer por hoy…
       Una vez en la acera, murmuró levantándose el cuello de su abrigo:
       —Naturalmente, pongo a un hombre detrás de Diente-Roto… Es mi método y creo que también el suyo… En cuanto a querer obtener, cueste lo que cueste, resultados inmediatos, es un fallo, porque sólo se consigue cansarse y perder sangre fría… Mañana, tendré bastante trabajo con esos señores de la Fiscalía…
       Maigret prefirió dejarle bajo la lámpara roja de la comisaría; no tenía nada que hacer en el despacho en el que su colega iba a aplicarse sabiamente a redactar un informe minucioso.
       El viento había amainado más bien, pero la lluvia seguía cayendo, más fluida, se hubiese dicho, que hacía un rato, porque caía verticalmente. Pocas gentes pasaban por delante de los escaparates todavía iluminados.
       Como le ocurría antaño cuando una investigación se ponía en marcha mal, Maigret empezó por perder el tiempo, en el sentido que entró en la Cervecería de los Suizos y que durante un buen cuarto de hora siguió maquinalmente la partida de chaquete de sus dos vecinos.
       Tenía los pies mojados en sus zapatos y se daba cuenta de que había pillado un resfriado. Lo que le decidió, tras haber vaciado su medio, a pedir un ponche al ron que le hizo subir la sangre a la cabeza.
       —¡En fin! —suspiró levantándose.
       ¡Aquello no le importaba! Ciertamente aquello le producía desazón, pero ya había suspirado bastante por el retiro para no gruñir, ahora que lo tenía.
       Fuera, al fondo del puerto, más allá de la estación marítima, que estaba desierta y en donde sólo brillaba una sola luz en arco, distinguió un halo malva sobre la acera mojada y se acordó de un cierto baile en cuestión.
       Sin haber decidido que iría, siempre prohibiéndose ocuparse de aquel asunto, se encontró frente a una extraña fachada pintada con mal gusto e iluminada por farolillos de colores. Cuando abrió la puerta, recibió en el rostro bocanadas fétidas, pero quedó decepcionado al hallar el establecimiento casi vacío.
       Dos mujeres bailaban, obreras sin duda, que querían sacar jugo a su dinero, y los tres músicos tocaban para ellas solas.
       —De hecho, ¿a qué día estamos? —le preguntó al dueño instalándose en el bar.
       —A lunes… Ya sabe, hoy no vendrá mucha gente… Aquí, sobre todo el sábado y el domingo, un poco el jueves… Algunas parejas en seguida, después del cine, aunque con este tiempo… ¿Qué toma?
       —Un ponche…
       Lo lamentó al ver confeccionar su ponche con ron corriente y con agua hervida en una cacerola dudosa.
       —¿No había venido nunca? ¿Está de paso en Dieppe?
       —Estoy de paso, sí…
       Y el hombre, equivocándose, explicaba:
       —En mi casa no encontrará profesionales. Puede bailar, ofrecer una copa a esas jóvenes, pero, lo demás, es muy difícil… ¡Sobre todo hoy!
       —¿Porque no hay nadie?
       —No solamente por eso… ¡Mire! Esas muchachas que bailan… ¿Sabe por qué bailan?
       —No…
       —Para apartar la tristeza… Hace un momento, había una que lloraba y otra que miraba fijamente ante ella… Les he ofrecido el modo de sobreponerse… No es gracioso saber así que una compañera ha muerto…
       —¡Ah! ¿Ha habido un accidente?
       —¡Sí, un crimen! En una callejuela, a menos de cien metros de aquí… Una criada a la que han encontrado con un balazo en la cabeza…
       Y Maigret pensó:
       «¡Pensar que no se me había ocurrido la idea de preguntar si la habían alcanzado en la cabeza o en el pecho!».
       —El disparo, pues, lo han hecho desde cerca…
       —Y tan de cerca; con esta oscuridad y semejante tormenta hubiera sido difícil apuntar a tres pasos… Lo que no impide que yo juraría que no ha sido uno de aquí… El puñetazo todavía pasa… Todos los sábados tengo que salir fuera para evitar la pelea… ¡Mire! Yo mismo, desde que me han dicho esto, no estoy en mis cabales…
       Era tan cierto que se sirvió un vasito y chasqueó la lengua.
       —¿Quiere que se las presente?
       Maigret no protestó a tiempo y el dueño llamaba ya a las dos muchachas con un gesto familiar.
       —He aquí un señor que se aburre y que querría ofreceros una copa… Venga para aquí. Estará mejor en este rincón…
       Su ojeada explicaba a Maigret que incluso podría tomarse ciertas libertades sin ser visto.
       —¿Qué os sirvo? ¿Ponches?
       —Vengan los ponches…
       Era vergonzoso. No tenía experiencia. Las dos jóvenes le examinaban a hurtadillas e intentaban iniciar la conversación.
       —¿No baila?
       —No sé bailar…
       —¿No quiere aprender?
       ¡No! ¡Por lo menos allí! ¡No se veía evolucionando por la pista bajo las miradas divertidas de los tres músicos!
       —¿Es viajante de comercio?
       —Sí… Estoy de paso… El dueño acaba de decirme que su amiga… en fin, que le ha ocurrido una desgracia…
       —¡No era nuestra amiga! —contestó una de las jóvenes.
       —¡Ah! Creía…
       —Si hubiese sido una amiga, no estaríamos aquí. Pero se le conocía, como se conoce a todas las habituales. Ahora que está muerta, no se puede quererle mal. Ya es bastante triste…
       —Naturalmente…
       Era preciso aprobar. Sobre todo era preciso saber esperar sin alarmar a sus compañeras.
       —¿No era seria? —se arriesgó, sin embargo.
       —Eso no es decir nada…
       —¡Cállate, Marie! Puesto que ha muerto…
       Llegaron algunos clientes. Una de las jóvenes bailó varias veces con desconocidos. En un cierto momento, Maigret vio a Gustave Diente-Roto, borracho perdido, acodado en el bar.
       El borracho le miró como si fuese a reconocerle y Maigret temió una escena desagradable. Pero no hizo nada. El hombre estaba demasiado ebrio como para ver algo preciso y el dueño sólo esperaba la ocasión para echarlo fuera.
       A cambio del servicio que le había prestado a Maigret presentándole dos bellezas de la tierra, le imponía cada cuarto de hora una ronda de ponches.
       Aunque era la una de la mañana cuando salió, el antiguo comisario de la Policía Judicial rozó la chambrana de la puerta, tuvo alguna dificultad para abotonarse su abrigo y chapoteó en todos los charcos.
       Se olvidó de que los clientes de la pensión que volvían después de las once debían llamar a un timbre especial que sonaba en la habitación de la señorita Otard. Agitó violentamente la campanilla, despertó a todo el mundo y se vio tan mal acogido como era posible por la propietaria, que se había puesto un abrigo sobre su camisón.
       —¡Un día como hoy!… —la oyó gruñir.
       La señora Maigret estaba acostada, pero encendió al oír pasos en la escalera y miró con estupor a su marido, cuyo andar le parecía exageradamente pesado y que se arrancó el cuello falso con un gesto inhabitual.
       —Me pregunto dónde estabas… —murmuró volviéndose hacia la pared.
       Y él repitió:
       —¿Dónde estaba?…
       Luego, otra vez, con una extraña sonrisa:
       —¿Dónde estaba?… Suponte que sea en Villecomtois…
       Ella parpadeó, buscó en sus recuerdos, se convenció de no haber oído nunca ese nombre.
       —¿Está cerca de aquí?
       —Está en la Cher… Villecomtois…
       Era mejor dejar para el día siguiente el cuidado de preguntarle.



III

      De viaje o no de viaje, acostada temprano o acostada tarde —lo que no le ocurría casi nunca— la señora Maigret tenía la manía de levantarse a horas imposibles. Ya la víspera, el antiguo comisario le había hecho una escena a ese propósito, al encontrarla, desde las siete de la mañana, ya preparada y sin saber en qué ocuparse.
       —No puedo acostumbrarme a quedarme en la cama —había respondido—. Me parece que siempre hay algo que hacer…
       Y ocurrió lo mismo aquella mañana. Él abrió un ojo, en un momento dado, porque aquel ojo se veía molestado por los rayos amarillos de una lámpara eléctrica. Todavía no era de día y ya su mujer producía unos tímidos ruidos de agua en la habitación.
       —¿Qué palabra era? —dijo Maigret, medio dormido, constatando con mal humor que iba a tener dolor de cabeza.
       La famosa palabra de la víspera, aquel nombre de aldea o de pueblo que había pregonado a su mujer al volver, le había hipnotizado de tal modo que, como ocurre a menudo, la había olvidado a fuerza de pensar en ella…
       Creyó que sólo se dormía a medias, porque tuvo conciencia de algunos pequeños hechos; así, se dio cuenta de que la lámpara estaba apagada y que un día lúgubre reemplazaba a los rayos de aquélla. Luego oyó un despertador en alguna parte de la casa, los pasos de alguien en la escalera, la campanilla, por dos veces, de la puerta de entrada.
       Le hubiera gustado saber si llovía todavía y si había cesado la tempestad, pero no tenía el valor de abrir la boca para preguntarlo y de repente se incorporó porque su mujer le sacudía por un hombro; vio que el día se había levantado completamente; su reloj, en la mesilla de noche, marcaba las nueve y media.
       —¿Qué pasa?
       —El comisario de policía está abajo…
       —¿Y a mí qué me importa?
       —Pide verte…
       Naturalmente, puesto que la víspera tal vez había bebido un ponche de más —¡y sin quererlo!— la señora Maigret se creía obligada a adoptar un aire protector y maternal.
       —Bébete el café, que está caliente…
       En estas mañanas, es siempre desagradable arreglarse, y Maigret quería dejar para el día siguiente el cuidado de afeitarse.
       —¿Qué palabra te dije ayer por la noche? —preguntó.
       —¿Cuál palabra?
       —Te hablé de una aldea…
       —¡Ah! sí… Me acuerdo vagamente… Era en alguna parte del Cantal…
       —¡Claro que no! En el Cher…
       —¿Tú crees?… Me parece que acaba en «on»…
       ¡Tanto peor! ¡Tampoco ella se acordaba! Bajó, no bien despierto todavía, con la cabeza pesada, y su pipa no tenía el mismo gusto que las otras mañanas. Se quedó sorprendido al no encontrar a nadie en la cocina, ni en el office, pero, por contra, abriendo la puerta del comedor, vio a todos los inquilinos de la casa al completo, como para una ceremonia o para una fotografía.
       La señorita Otard tenía una fea mirada de reproche, sin duda a causa de su ruidosa entrada de la noche. La dama triste, en su sillón, estaba ya tan lejana como una moribunda que no siente más relaciones con este mundo. En cuanto a los Mosselet, debían haber discutido por primera vez aquel día, porque evitaban mirarse y hacían a todo el mundo responsable de su querella.
       Hasta la pequeña Irma no era la misma y se hubiese dicho que estaba empapada en vinagre.
       —¡Buenos días!… —lanzó Maigret con todo el buen humor que le fue posible.
       Nadie contestó, ni esbozó siquiera un saludo a cambio de su deseo. Por contra, la puerta del salón se abrió. El comisario de policía, que no estaba enfadado, tendió la mano a su ilustre colega.
       —Entre, se lo ruego… No creía que le encontraría en la cama…
       La puerta estaba cerrada… Estaban solos en el salón en donde el fuego acababa de ser encendido y todavía humeaba. Por la ventana, Maigret vio el muelle gris, siempre barrido por el viento, con nubes de espuma tras cada gruesa ola.
       —Estoy cansado, sí… —gruñó.
       Y, viendo la sonrisa del otro, en seguida intentó mostrar que no era tonto. No había pensado en aquel detalle la víspera, pero aquello le venía en aquel momento.
       —¡Es cierto que su Gustave Diente-Roto estaba allí! Por lo tanto, había un agente tras sus talones. Y ese agente le ha contado…
       —Le aseguro que no era mi intención hacer la menor alusión…
       ¡El imbécil! Así que creía que la víspera, si Maigret había pasado la velada en el baile con aquellas dos muchachas, era por…
       —Me he permitido molestarle esta mañana, porque la policía de Dieppe ha hecho un descubrimiento que, me atrevo a decir, presenta un carácter bastante sensacional…
       Maigret atizó, por costumbre. Le hubiera gustado beber algo refrescante, un limón exprimido, por ejemplo.
       —¿No ha notado nada al bajar? —proseguía el otro, que estaba en la gloria como un actor que acaba de hacer el bis y que prepara su mejor papel.
       —¿Habla de la gente que esperaba en el comedor?
       —En efecto, les he reunido en una estancia y les he impedido ir y venir… Le voy a dar una noticia que tal vez va a sorprenderle: ¡el asesino o la asesina de la joven Jeanne Fénard está entre ellos!
       Hubiera sido necesario bastante más para hacer mover a Maigret una mañana como aquélla y se contentó con una mirada pesada, casi distraída, a su colega. Y éste se hubiera quedado asombrado al saber que, en aquel preciso momento, lo que preocupaba al antiguo comisario de la P.J. era encontrar un nombre de aldea que terminase en «ois»…
       —Vea esto… No tema nada… Las huellas digitales, si las había, han sido lavadas durante horas y horas por la lluvia.
       Se trataba de un cartoncito ya familiar a Maigret, un cartón alargado, grisáceo, con la palabra «Menú» impresa y rodeada de arabescos.
       Los caracteres trazados con tinta casi habían sido borrados por la lluvia, pero se distinguía todavía: Sopa de acedera… Caballas con mostaza…
       —Es nuestro menú de anteayer por la noche… —hizo notar siempre sin mostrar asombro.
       —Me lo acaban de decir. Por lo tanto, existe una certeza: este menú es un menú de la pensión Otard, y un menú que se sirvió anteayer por la noche, es decir, la víspera del crimen. Sepa ahora que ha sido encontrado esta mañana, por la mayor de las casualidades, en la cera de la calle Digue, a menos de tres metros del lugar en donde fue asesinada Jeanne…
       —¡Evidentemente!… —gruñó Maigret.
       —Está de acuerdo conmigo, ¿verdad? Ya notó ayer por la noche que no me apresuré en detener a Diente-Roto, a pesar de sus antecedentes, como algunos hubieran creído deber hacer. Mi método, como ya le he dicho, es el no ir de prisa cueste lo que cueste. La presencia de este menú en el lugar del crimen prueba, en mi opinión, que el asesino es familiar a esta casa. ¡Y aún voy más lejos! He intentado, en la tempestad que todavía seguía esta mañana, reconstruir el hecho. Imagine que tiene las manos mojadas por la lluvia y que debe disparar con precisión. ¿Qué hace? Coge el pañuelo para secarse los dedos… Al coger su pañuelo, el asesino deja caer…
       —He comprendido… —suspiró Maigret encendiendo su segunda pipa del día—. ¿E igualmente ha interpretado el sentido de las cifras escritas en el dorso del cartón?
       —Todavía no, lo confieso. Alguien, que se encontraba aquí anteayer por la noche, se ha servido de este menú para anotar algo. Leo, a lápiz: «79 × 140». Y, debajo: «160 × 80». En primer lugar he pensado que podría tratarse de las marcas de un juego cualquiera, luego he renunciado a esta explicación. Tampoco es cuestión de la hora de un tren o de un barco, como se me había ocurrido. Por ese lado el misterio sigue provisionalmente entero, pero no es menos evidente que el asesino es un huésped de la pensión. He ahí por qué he reunido a todo el mundo en el comedor, bajo la vigilancia de uno de mis inspectores. Quisiera, antes que nada, preguntarle lo siguiente:
       »Puesto que usted estaba aquí anteayer, ¿se percató, durante la velada, si alguien se servía de un lápiz para tomar notas en el menú?…
       ¡No! Maigret no había notado nada parecido. Se acordaba de que el señor y la señora Mosselet habían jugado a las damas en el velador del salón, pero no sabía dónde estaban los demás. En cuanto a él, había leído su periódico y se había acostado pronto.
       —Creo —continuó el comisario de policía satisfecho de su pequeño efecto— que ahora podemos interrogar a esa gente, a uno tras otro.
       Y Maigret seguía buscando la famosa palabra. Cada vez tenía más sed y suspiraba:
       —No antes de que me hayan traído de beber, ¿quiere?
       Abrió la puerta de comunicación y vio a la señora Maigret que, muy sabiamente, había ido a sentarse con los demás. En la luz gris, la atmósfera era la de la sala de espera de un dentista de ciudad pequeña, con las cortinas medio echadas, los rostros hoscos, las piernas que no se atrevían a extenderse y las miradas prudentes o desconfiadas que se intercambiaban a hurtadillas.
       La señora Maigret, evidentemente, hubiera podido escaparse del engorro. Pero su carácter era el de querer hacer como los demás, de coger sitio en la fila, no sin estar provista de su tricot que le hacía mover los labios en silencio para contar los puntos.

* * *

      Por cortesía, el comisario de policía la había hecho pasar la primera. Se había excusado por molestarla de nuevo y le había mostrado el menú, sin intentar cogerla en falta.
       —¿Esto no le trae ningún recuerdo?
       La señora Maigret miró a su marido, meneó la cabeza, luego volvió a leer las cifras y frunció el ceño como alguien que duda en admitir una idea barroca.
       —¡Absolutamente ninguno! —dijo por fin.
       —¿No vio a nadie, anteayer por la noche, escribir sobre un menú?
       —Tengo que decirle que, como no he dejado de tricotar, apenas he mirado lo que pasaba a mi alrededor…
       Al mismo tiempo que hablaba de aquella manera, le dirigía a su marido un pequeño signo. Y éste, comprendiendo que ella tenía algo que añadir, pero que hubiera preferido hacerlo confidencialmente, no por ello dejó de decir en voz alta:
       —¿Qué es eso?
       Le hubiese tragado. Siempre tenía miedo de meter la pata. De golpe, enrojecía, intimidada, buscaba las palabras, se excusaba diez veces por una.
       —No lo sé… Le pido perdón… Tal vez me equivoco… Pero he pensado en seguida, al ver esas cifras…
       Su marido suspiraba pensando que siempre sería la misma, humilde hasta hacer llorar.
       —… Sin duda se va a reír de mí… Un metro cuarenta es la largura de un corte de tela… Ochenta centímetros también… Y la primera cifra, setenta y nueve, corresponde a la altura de la falda…
       Se puso muy orgullosa al ver un destello en los ojos de Maigret y entonces prosiguió con desparpajo:
       —Las dos primeras cifras: 79 × 140 representan exactamente los metros que harían falta para una falda plisada, por ejemplo… Pero no existen todas las telas en ciento cuarenta… En ochenta, como no hay más anchura, con los pliegues, haría falta el doble de altura… No sé si me explico…
       Y, volviéndose hacia su marido, exclamó:
       —¿No crees que era en «ard»?
       Porque ella seguía buscando la famosa palabra y se arrepentía de haberla olvidado.

* * *

      —Es un menú de mi casa, es cierto. Pero yo no he escrito esas cifras —respondió la señorita Otard a las preguntas del comisario de policía—. Añado que, si mi casa continúa estando en estado de sitio, me veré en la obligación de…
       —Ya me excusará, señora…
       —¡Señorita!
       —Ya me excusará, señorita, y haré lo imposible para que este estado de sitio, como usted dice, dure lo menos posible. Permítame, sin embargo, hacerle saber que hemos adquirido la certeza de que el asesino es huésped de esta casa y que, en estas condiciones, no estamos fuera de lugar…
       —¡Quisiera saber quién! —contestó.
       —También yo lo quisiera y espero que no tardaremos mucho en saberlo… Entretanto, tengo que hacerle algunas preguntas, que no se me ocurrieron con el ajetreo de ayer… ¿Desde hacía cuánto tiempo estaba la joven Fénard a su servicio?
       —¡Desde hace seis meses!
       La señorita Otard respondía secamente, a disgusto.
       —¿Quiere decirme cómo entró en su casa?
       Y la otra, tal vez porque sentía posarse sobre ella la mirada maliciosa de Maigret, dejaba caer:
       —Como todo el mundo: ¡por la puerta!
       —No era una contestación espiritual la que esperaba en este momento. ¿La joven Fénard procedía de una oficina de colocaciones?
       —¡No!
       —¿Se presentó ella misma?
       —¡Sí!
       Ahora se empeñaba en responder únicamente con las sílabas estrictamente necesarias.
       —¿Dónde la conoció?
       —En nuestra casa.
       —¿Es decir?
       —Había servido durante años en «L’Anneau d’Or», en donde yo era cajera.
       —¿Se trata de un restaurante?
       —De un hotel-restaurante.
       —¿En qué región?
       —Ya se lo he dicho: en nuestra casa, en Villecomtois…
       Maigret tuvo que hacer un esfuerzo para no sobresaltarse. Era aquélla la famosa palabra por fin encontrada: Villecomtois, en la Cher. De golpe, olvidó la promesa que había hecho de permanecer en la sombra.
       —¿Jeanne era de Villecomtois? —preguntó.
       —No. Fue allí, como vino aquí, en calidad de criada para todo…
       —¿Ya tenía un hijo?
       Despectiva, replicó:
       —Hace siete años de esto y Ernest tiene cuatro años…
       —¿Siete años de qué?
       —Que me marché para instalarme aquí…
       —Pero ¿ella?
       —No lo sé…
       —Si he entendido bien, ¿se quedó allí tras su marcha?
       —Supongo…
       —¡Se lo agradezco! —pronunció Maigret con el tono amenazador de los abogados que acaban de interrogar a un testigo recalcitrante en la sala de lo criminal.
       Y, para guardar la forma, el comisario de policía de Dieppe, añadió:
       —En suma, se presentó aquí este verano y usted le dio trabajo reconociendo en ella a una joven de su región, o más exactamente a una joven a la que había conocido en su región. Concibo su gesto. Y es tanto más generoso cuanto que, en primer lugar, esta joven tenía un hijo, y a continuación que su aspecto y su conducta no estaban en consonancia con la reputación de su casa…
       —¡He hecho lo que he podido! —se contentó con dejar caer la señorita Otard.
       Un instante después, le tocaba el turno de entrar a Mosselet, con el cigarrillo en el pico, el aire astuto y condescendiente.
       —¿Esto sigue? —preguntó sentándose en la esquina de la mesa—. Confiese que para un viaje de novios…
       —¿Es usted el que ha escrito esto?
       Dio vueltas y más vueltas al menú entre sus dedos y preguntó:
       —¿Por qué tendría que confeccionar menús?
       —Hablo de las indicaciones a lápiz que están al dorso…
       —No las había visto… Perdón… ¡No! No he sido yo… ¿Qué quiere decir esto?
       —Nada… Naturalmente, ¿no ha visto a nadie, anteayer por la noche, escribir sobre el menú de la casa?
       —Confieso que no he prestado atención…
       —¿No conocía a Jeanne?
       Entonces, Jules Mosselet alzó la cabeza y pronunció simplemente:
       —¿Cómo, no la conocía?
       —Quiero decir si la conocía antes de venir aquí…
       —Ya la había visto…
       —¿En Dieppe?
       —¡No! En nuestra casa…
       ¡La «palabra» acababa de volver! Maigret, todavía actor mudo en aquella escena, se regocijaba como si fuese el héroe.
       —¿Dónde es su casa?
       —¡Villecomtois!
       —¿Usted es de Villecomtois? ¿Vive todavía allí?
       —¡Pardiez!
       —¿Y conoció a Jeanne Fénard allí?
       —Como todo el mundo, ya que era criada en «L’Anneau d’Or». También conocí a la señorita Otard, que era cajera, y por eso, cuando pasamos por Dieppe, mi mujer y yo, nos dijimos que sería mejor en casa de una paisa…
       —¿Su mujer también es de Villecomtois?
       —De Herbemont, una aldea que está a dos leguas… ¡Es todo uno!… Cuando se viaja, se visita a la gente que se conoce… También, cuando la señorita Moulineau estuvo enferma…
       Maigret tuvo que volverse para no sonreír y aquel gesto, se dio cuenta, picó al comisario de policía que no podía comprenderlo.
       Así pues, aquel asunto de Dieppe se jugaba únicamente con personajes de Villecomtois, una región de la cual nadie, antes, había oído hablar.
       Maigret pensó:
       «¡Seguramente la amiga que le ha dado la dirección a mi mujer, también es de Villecomtois!».
       En cuanto al comisario de policía, desconcertado, balbuceaba esforzándose por aparecer digno.
       —Se lo agradezco… Sin duda todavía le necesitaré… ¿Quiere hacer el favor de decir a su mujer que pase?
       Mientras estaba de espaldas, Maigret cogió de la mesa el menú que servía de cuerpo del delito, la deslizó en su bolsillo poniéndose un dedo en los labios como para decir a su colega:
       «No le hable de esto…».
       La señora Mosselet ocupó el sitio de su marido con la dignidad de una mujer que no se deja impresionar por la justicia.
       —¿Qué pasa todavía? —preguntó.
       El comisario de Dieppe, privado de su menú, no sabía qué decir. Empezó:
       —¿Vive en Villecomtois?
       —Villecomtois, en la Cher, sí. Fue mi padre el que, hace tres años, compró «L’Anneau d’Or». Ha muerto y como yo me quedaba sola y hacía falta un hombre para llevar la casa, me he casado… Hemos cerrado ocho días para el viaje de novios, pero, si esto continúa…
       —¡Perdón! —interrumpió Maigret—. ¿Se ha casado en Villecomtois?
       —Naturalmente…
       —¿A cuántos kilómetros está de una gran ciudad?
       —A cuarenta y tres kilómetros de Bourges…
       —Por lo tanto, ¿fue en Bourges donde compró su ajuar de novia?
       Le miró un instante con estupor. Debía pensar: «¿Qué tendrá que ver eso ahora?».
       Luego, se encogió de hombros, imperceptiblemente, y decidió responder.
       —¡No! Compré mi ajuar en París…
       —¡Ah! ¿Porque va a continuar su viaje de novios por París?
       —Debía empezar por ahí. Pero yo tenía ganas de ver el mar. Jules también. Ni el uno ni el otro habíamos visto nunca el mar. Si no hubiese sido por el cambio, tal vez hubiésemos ido hasta Londres…
       —Por lo tanto, llevaba consigo las menos maletas posibles… Le comprendo… En París hubiese podido renovar su guardarropa…
       Ella no comprendía por qué aquel hombre ancho y macizo como un armario con luna se entretenía hablando de cosas fútiles. Y sin embargo, continuaba, sacando pequeñas bocanadas de su pipa:
       —Eso será mucho más ventajoso porque usted tiene poco más o menos talla de maniquí… Apostaría a que da uno cuarenta y dos…
       —Uno cuarenta y dos un poco grande… Sólo que, como soy pequeña, me hago acortar los vestidos…
       —¿No lo hace usted misma?
       —Tengo una modista, que trabaja tan bien como cualquiera y que no toma…
       Por fin se percató de que en aquella entrevista había algo de anormal y levantó los ojos hacia los dos hombres, vio a Maigret que sonreía, y al otro que, no muy a gusto, hacía como que se lavaba las manos.
       —Pero ¿qué son estas historias? —preguntó de repente.
       —¿Cuánta tela le hace falta en un metro cuarenta de ancho para una falda?
       No quería responder… No sabía si debía reírse o enfadarse.
       —Una altura, ¿verdad? —insinuó Maigret.
       —¿Y qué más?
       —Dicho de otra manera, ¿setenta y ocho o setenta y nueve centímetros?
       —¿Qué más?
       —Nada… No se inquiete… Una idea como ésta… Hablábamos de trapos con mi mujer y yo pretendía que usted era más fácil de vestir que ella…
       —¿Quiere saber algo más?
       Miraba hacia la puerta, parecía temer que su marido aprovecharía su ausencia para ir a hacer cualquier felonía.
       —Es absolutamente libre… El señor comisario de policía se lo agradece…
       Ella salió, siempre inquieta y no muy a gusto, con este aire sospechoso de algunas mujeres que, a fuerza de creer en la perfidia humana, no pueden creer que se les haya dicho la verdad, aunque sea una sola vez por casualidad.
       —¿Puedo ir a la ciudad?
       —Si quiere…
       Cuando se cerró la puerta, el comisario de policía se levantó, se precipitó hacia el comedor para ordenar a su inspector:
       —Síguela…
       —¿Qué hace? —preguntó Maigret acercándose a la estufa, a la que no había atizado desde hacía rato.
       —Pero… Supongo…
       —¿Qué es lo que supone?
       —No me lo diga… Fíjese que fue ella la que ayer nos hizo la declaración más falta de base… Según ella, salió para seguir a su marido, pero pretende que se equivocó de silueta y que después de haber seguido a un desconocido volvió con las manos vacías… Estas historias de las telas…
       —¡Precisamente!
       —¿Precisamente qué?
       —Digo que esas notas sobre el menú prueban que ella no es culpable, que ninguna mujer de la casa es culpable y por ello no es necesario interrogar a la dama triste… Es así como llamamos a la institutriz mi mujer y yo… Fíjese que una mujer tiene sus medidas en la cabeza y conoce lo bastante las anchuras de las telas para no tener que apuntarlas… Si, por el contrario, encarga a un hombre una compra de este género, o si el hombre quiere darle una sorpresa…
       Señaló, sobre la mesa, los viejos números de la «Moda del Día».
       —Apostaría a que encontraríamos ahí dentro el modelo que ha encantado a la señora Mosselet… Hablaron de telas, su marido y ella… El marido tomó notas con la idea de hacerle un regalo… Tiene tanta más necesidad de mostrarse amable cuanto que, según lo que hemos oído, es ella la que tiene el dinero, es decir, el hotel «L’Anneau d’Or»… Se le toma porque hacía falta un hombre en la casa… Sin duda también porque la señora Mosselet, tarde, descubre el vacío de su vida… Pero se le debe tener en un puño… Se le vigila… Él va aquí a casa de una paisana, sin saber que la señorita Otard ha recogido un despojo que también ha vivido en Villecomtois…
       Seguía lloviendo… Límpidas gotas regaban los cristales. De tanto en tanto, un impermeable negro pasaba por la acera pegado al muro.
       —Eso no me importa, ¿verdad? —proseguía Maigret—. Pero las pequeñas de esta noche sólo me dijeron cosas buenas de la Jeanne en cuestión. Tenía mal genio. Era huraña, agria a causa de sus desgracias. Detestaba a todos los hombres, a los que hacía responsables de su mala suerte y se las arreglaba para hacerles pagar… Porque era una de las pocas habituales del baile que aceptaba acabar la noche fuera… Los ponches llegan a atontar, pero no tanto como parece…
       El otro se sentía avergonzado por su actitud de la mañana, de su sonrisa festiva y condescendiente cuando había entrado Maigret.
       —Usted mismo verá la continuación… Verá cómo Jeanne, allá, fue la amante de nuestro Mosselet, que no vale gran cosa… Verá como es el padre del chiquillo y que le dio a la joven Fénard más tortazos que billetes de mil e incluso de cien… De repente, ella le ve llegar aquí con una esposa llena de dinero y celosa como una tigresa… ¿Qué hace?
       —Le hace cantar —suspiró a disgusto el comisario de policía.
       Y Maigret encendió una nueva pipa, la tercera, gruñendo:
       —No es muy lista al hacerlo… Le hace cantar y, como él teme, no por su amor, sino por su comida…
       Al mismo tiempo, abría la puerta del comedor, encontraba a todo el mundo en su sitio, siempre como en casa del dentista.
       —¡Ven aquí! —dijo con voz cambiada a Jules Mosselet, que liaba un cigarrillo.
       —Pero…
       —¡Vamos! Ven…
       Luego, al inspector, que tenía un metro ochenta y cinco de alto…
       —Tú también… Entra…
       Por fin, miró al comisario. Quería decir:
       —Con esta gente, ya sabe…
       Mosselet fanfarroneaba menos que por la mañana y, por un poco, no levantó el brazo de antemano para parar los golpes.
       Maigret no quería mezclarse. Las mujeres, al otro lado de la puerta, temblaban al oír los gritos, las protestas vehementes, luego extraños choques.
       Maigret miraba por la ventana. Pensaba que tal vez el barco de Newhaven saldría a las dos. Luego, por un extraño encadenamiento de pensamientos, se decía que tendría que ir un día a ver lo que parecía Villecomtois.
       Cuando le tocaron el hombro, no se volvió.
       —¿Ya está? —preguntó.
       —Confiesa…
       Y se veía forzado a permanecer todavía un momento vuelto hacia la ventana para no dejar ver su sonrisa al comisario.
       En ciertos casos, no vale la pena tener aspecto…




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