George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


La ventana abierta (1936)
(“La Fenêtre ouverte”)
Originalmente publicado en Paris-Soir-Dimanche
(7 y 14 de noviembre de 1936);
Les nouvelles enquêtes de Maigret
(París: Éditions Gallimard, 1944, 528 págs.)


      Eran las doce menos cinco cuando los tres hombres se encontraron frente al 116 bis de la calle Montmartre, casi en la esquina con la calle Jeûneurs.
       —¿A dónde se va?
       —Se toma un trago y se va…
       Tomaron el aperitivo en un mostrador vecino. Luego, con el cuello del abrigo levantado, las manos en los bolsillos, porque hacía trío, penetraron en el patio de un inmueble, buscaron la escalera C, por fin la encontraron y subieron dos pisos. Sobre cada puerta de aquella vieja casa complicada había placas de esmalte o de cobre anunciando lo mismo a un fabricante de flores artificiales que a una sociedad de cine. En el segundo, en el fondo de un oscuro pasillo, la placa presentaba las palabras «El Comercio Francés» y el brigadier Lucas pasó el primero, abrió la puerta, se tocó el ala de su sombrero.
       —¿Está aquí Oscar Laget?
       En la antesala, un hombre de unos cincuenta años estaba sentado tras una mesa de verde mantel y pegaba sellos en unos sobres. Empezó por sacudir negativamente la cabeza. Luego, un detalle cualquiera debió chocarle en el aspecto de los visitantes, porque les observó con más atención, pareció comprender y se levantó.
       —No está nunca en el despacho por la mañana —explicó—. ¿Para qué le quieren?
       —Tengo una orden de arresto —replico Lucas, enseñando un papel que sobresalía de su bolsillo—. ¿Dónde se le puede encontrar a esta hora?
       —Seguramente no le encontrará… Debe estar en la Bolsa o en uno de los restaurantes de los alrededores. A las cuatro, volverá…
       Lucas intercambió una mirada con sus compañeros.
       —Déjeme ver su despacho…
       El hombre le precedió dócilmente, le hizo franquear un corredor estrecho, abrió una puerta y mostró, efectivamente, un despacho vacío.
       —¡Bien! Volveremos a las cuatro…

* * *

       Si Maigret, esta vez, estuvo en el caso verdaderamente desde el principio sólo se debió a la casualidad. A las tres, estaba en su despacho del Quai des Orfèvres cuando telefonearon que unos argelinos acababan de intercambiar unas cuchilladas al lado de la puerta de Italia. Ahora bien, los argelinos caían dentro de la jurisdicción del brigadier Lucas.
       —No puedo ir, jefe. Es preciso que esté a las cuatro en Montmartre para un arresto…
       —¿El arresto de quién?
       —Laget… ¿Sabe?… El hombre del «Comercio Francés»… La orden firmada por la sección financiera del Tribunal…
       —Encamínate a la puerta de Italia… Yo iré a Montmartre…
       Trabajó hasta las cuatro menos diez, saltó a un taxi con dos inspectores y penetró bajo la bóveda. Luego, en el patio, preguntó maquinalmente, al ver aquella red de escaleras destartaladas.
       —¿No existe una segunda salida?
       —No lo creo…
       ¡Carecía de importancia, en suma! ¡El banal arresto de un pequeño financiero dudoso!
       —En el segundo, jefe… Gire a la derecha…
       Todo aquello no era más que una lata. El hombre de cincuenta años, Ernest Descharneau, seguía sentado detrás de su mesa. Esta vez no pegaba sellos, sino que copiaba direcciones en los sobres. Ante él, en la antesala, cuatro o cinco personas se aburrían.
       —¿Ha llegado Oscar Laget? —preguntó Maigret sin dejar su pipa.
       —Todavía no… No puede tardar… Estos señores también le esperan…
       Una ojeada a los «señores» en cuestión, acreedores evidentemente, gentes más o menos cansinas que estaban allí desde hacía una hora o dos, con la esperanza de arrancar algunos céntimos a Laget. Maigret tuvo tiempo de cargar una pipa, después de haber vaciado la suya en el suelo, porque éste ya estaba sucio.
       —¡Aquí hay corriente! —gruñó levantando el cuello de terciopelo de su abrigo.
       Ernest Descharneau se inclinó un poco hacia un lado, tendió la oreja y murmuró:
       —Creo que es él el que entra…
       —¿Por qué? ¿No entra por esta puerta?
       —Entra siempre por detrás… Voy a avisarle…
       Luego, cuando pronunciaba la última sílaba al levantarse, sonó una detonación por la parte del despacho de Laget. Descharneau quiso precipitarse hacia allí, pero Maigret le apartó con un gesto y pasó el primero.
       El pasillo hacía un recodo. Al fondo una ventana abierta —¡la que provocaba la corriente de aire!— daba a un patio pequeño, y Maigret, friolero, la cerró al pasar. Esperaba encontrarse la puerta de Laget cerrada con llave, pero no lo estaba. En el despacho, el hombre de negocios, pequeño y gordo, estaba sentado en su sitio, echado hacia atrás, con una herida abierta en la sien derecha; sobre la alfombra, un poco por debajo de su mano que colgaba, vacía un revólver.
       —¡No dejar entrar a nadie! —gruñó Maigret, volviéndose.
       Desde aquel momento, algo le chocaba, pero todavía no sabía el que. Refunfuñaba, observaba todo a su alrededor, con las manos siempre en los bolsillos, el sombrero un poco hacia atrás, en una actitud que le era familiar. Su mirada acabó por posarse en dos zapatos de mujer que sobresalían de la cortina de la ventana y gruñó:
       —¿Qué hace usted aquí?
       Al mismo tiempo, una mujer todavía joven, con un abrigo de pieles, salía de su escondrijo, miraba a los tres hombres con angustia y balbuceaba:
       —¿Quién es usted? ¿Qué viene a hacer?
       —¿Y usted?
       —¡Yo soy la señora Laget!
       El inspector, que se había inclinado sobre el cuerpo, se incorporaba por fin y declaraba plácidamente:
       —¡Muerto!…

* * *

       El inspector Janvier fue el encargado de avisar al comisario del barrio, al Tribunal y a la Identidad Judicial, mientras que Maigret, de mal talante, daba vueltas por la estancia a la que iluminaba un día crudo.
       —¿Hace mucho tiempo que está en este despacho? —preguntó de repente lanzando una mirada de reojo a la señora Laget.
       —Llegué casi al mismo tiempo que usted… Cuando oí pasos, me escondí detrás de la cortina por casualidad…
       —¿Por qué?
       —No lo sé… Quería saber en primer lugar…
       —¿Saber qué?
       —Lo que había pasado… ¿Está seguro de que está muerto?
       No lloraba, sino que estaba huraña, y Maigret prefirió no insistir. Fue a hablar en voz baja con el segundo inspector.
       —Quédate en el despacho y vigílala, que no toque nada…
       Luego volvió a la antesala, en donde seguían los clientes.
       —¡Ustedes, no se vayan!… Tal vez les necesite…
       —¿Está muerto?
       —Bien muerto… En cuanto a usted —y se dirigía a Descharneau— quisiera hablarle a solas…
       —Podemos ir al despacho de la señora… A menos que ella esté allí…
       El despacho estaba frente al de Laget. Para no ser molestado, Maigret cerró la puerta con llave, tanteó maquinal mente la llave de la estufa, que no tiraba, y mostró una silla a su compañero.
       —Siéntese… Su nombre… Su edad… Cuénteme todo lo que sepa…
       Y forzaba al hombre a sentarse, mientras él permanecía de pie, circulando, según su costumbre, a través de la estancia.
       —Me llamo Ernest Descharneau, cincuenta y cuatro años, antiguo comerciante, teniente de la reserva…
       —¿Y actualmente oficinista? —gruñó Maigret.
       —No es precisamente eso —corrigió Descharneau con un deje de amargura—. Pero tiene razón: se le parece.
       A pesar de que llevaba ropa usada, tenía cuidado de su persona, había distinción en sus maneras, esa distinción grisácea, particular en las gentes que han sufrido desgracias.
       —Antes de la guerra, tenía una tienda en el bulevar de Courcelles. Y los negocios no iban demasiado mal.
       —¿Una tienda de qué?
       —De armas, de municiones y de artículos de caza… Luego salí para el frente, como simple soldado y, al tercer año de guerra, ya era teniente de artillería…
       Maigret se percató entonces de un pequeño lazo rojo en el revés de su chaqueta. Notó también que el hombre, al hablar con una precipitación un poco febril, no cesaba de tender la oreja hacia los ruidos del apartamento.
       —Fue en la Champagne en donde conocí a Oscar Laget, que estaba a mis órdenes…
       —¿Simple soldado?
       —Sí… Más tarde, llegó a sargento… Con la desmovilización encontré mi tienda cerrada y a mi mujer enferma… Me quedaba un poco de dinero y tuve la desgracia de invertirlo en un negocio que fracasó un año más tarde… Mi mujer murió…
       Se oyeron ruidos de pasos y Maigret comprendió que era la policía del barrio, pero no se preocupó. Sentado en la esquina del escritorio, preguntó:
       —¿A continuación?
       —Laget, en aquel momento, había montado una sociedad de productos químicos y fui a verle… Tenía las oficinas en el bulevar Haussmann y me tomó como apoderado… Puesto que había venido a detenerle, debía saber qué hombre era.
       —¡Continúe!
       Se hubiera podido creer, a veces, que Maigret no escuchaba.
       —Los productos químicos duraron tres años y yo hice algunos ahorros… Un buen día, Laget se largó y me encontré en la calle… Desde aquel momento, se habló de persecuciones, lo que no impidió a Laget, un año más tarde, fundar con gran pompa un nuevo negocio: «El Comercio Francés»…
       Descharneau vacilaba en continuar, preguntándose si Maigret se interesaba o no en su discurso y seguían oyéndose pasos y voces en las otras estancias.
       —En un cierto momento, tuvo hasta sesenta empleados y las oficinas ocupaban tres pisos de un inmueble moderno, en la calle Beaubourg. Laget editaba periódicos corporativos, «El Periódico de la Carnecería», «El Boletín de los Mandatarios», «El Monitor de los Cueros y Pieles», y otros más…
       —¿Usted estaba allí?
       —Cuando vine a verle, me tomó cerca de él, sin misión precisa, pero yo era una especie de su brazo derecho… Fue así como me nombró apoderado de la mayor parte de las sociedades que creaba e incluso, a veces, administrador…
       —¿Aunque, ahora, iba usted a ser perseguido igualmente?
       —Es probable —refunfuñó Descharneau—. Usted no puede comprender cómo iba esto… Incluso cuando había sesenta empicados, teníamos que correr detrás de dos mil francos… Laget poseía un coche y la señora Laget el suyo… Habían hecho construir una casa de campo de ochocientos mil francos, pero los criados permanecían tres meses sin cobrar… Se tapaba un agujero con otro agujero… Laget desaparecía dos o tres días, volvía, febril, por una puertecilla, me hacía firmar papeles…
       »—Rápido… ¡Esta vez es la fortuna!…
       »Yo no sabía lo que firmaba… Cuando dudaba, me reprochaba mi ingratitud, me recordaba que por así decir me había sacado del arroyo…
       »Tenía momentos de generosidad… Si tenía dinero, no se preocupaba por darme sin razón veinte o treinta mil francos, lo que no le impedía, al día siguiente o a los dos días, volvérmelos a pedir…
       »Tras unos altos y bajos, llegamos aquí… La señora Laget quiso ocuparse ella misma de los negocios y viene cada día a su despacho…».
       Maigret, quitándose la pipa de la boca, de repente propuso una pregunta que, a pesar de su simplicidad, hizo sobresaltarse a Descharneau.
       —¿Dónde ha almorzado?
       —¿Cuándo?… ¿Hoy?… Espere… He salido un instante para ir a buscar pan y salchichón… Encontrará los pellejos y las migas en mi cesta de papeles…
       —¿No ha venido nadie?
       —¿Qué quiere decir? A las dos han llegado los acreedores, como siempre… Por eso Laget no se atrevía a venir por la escalera principal… Hay una salida que da a la calle Jeûneurs… Hay que atravesar edificios, pasillos, dar una vuelta a través de los dos inmuebles, pero él lo prefería…
       —¿Y su mujer?
       —¡También!
       —¿Es su costumbre llegar al despacho a las cuatro?
       —¡No! Por lo general viene a las dos… Pero estamos en el primer miércoles del mes y ella ha ido al ministerio a cobrar su pensión… Es una viuda de guerra, casada en segundas nupcias…
       —¿La cree capaz de haber matado a su marido?
       —No lo sé.
       —¿Y cree a Laget capaz de haberse suicidado?
       —No lo sé… Le he dicho todo lo que sabía… Me pregunto lo que me va a pasar…
       Maigret fue a abrir la puerta.
       —Le volveré a ver en seguida…

* * *

       Cuando entró en el despacho de Laget, encontró en él a diez o quince personas que se agitaban y se habían encendido las luces. El fotógrafo de la Identidad Judicial, que acababa de cumplir su misión, recogía sus aparatos. El juez de instrucción y un joven sustituto charlaban en voz baja, mientras que la señora Laget, con los rasgos estirados, permanecía sentada en un rincón, como aturdida por aquel ruido y aquel movimiento.
       —¿Ha encontrado algo? —preguntó Maigret al comisario de policía.
       —Todavía no. ¿Y usted?
       —Se ha encontrado la vaina, que ha sido disparada por este revólver… La señora Laget ha reconocido el arma de su marido que estaba siempre en un cajón del escritorio…
       —¿Quiere venir un momento conmigo, señora Laget?
       Y Maigret la llevó hasta el despacho en donde había interrogado a Descharneau.
       —Quisiera excusarme por molestarla en este momento… Sólo tengo que hacerle dos o tres preguntas… En primer lugar, ¿qué piensa de Descharneau?
       —Mi marido le ayudó en todo… Le sacó de la miseria… Le trataba como a su hombre de confianza… ¿Por qué? ¿Le ha dicho algo malo Descharneau?… Es capaz… Es hosco…
       —Segunda pregunta —cortó Maigret—. ¿Cuándo vino por última vez al despacho?
       —A las dos para coger mi Carnet de identidad antes de ir al Ministerio… Hasta estos últimos meses no quería cobrar mi pensión de viuda de guerra… Pero en esta situación…
       —¿A qué hora tenía costumbre su marido de venir por la tarde?
       —En «realidad» a las tres… En seguida comprenderá… Se veía obligado, por sus negocios, a hacer con sus clientes copiosas comidas y demasiado rociadas… Como, por la noche, sufría de insomnio, había tomado la costumbre de dormitar una hora en su despacho…
       —¿Y hoy?
       —No lo sé… A las dos, Descharneau me ha dicho solamente que mi marido me esperaba a las cuatro en punto para un negocio importante…
       —¿Y no le ha hablado de la policía?
       —¡No!
       —Se lo agradezco.
       Al conducirla hacia la puerta, Maigret intentaba precisar la sensación que había tenido al entrar en el despacho de Laget. Había momentos en los que creía alcanzar el final. Luego, un instante después, el recuerdo se hacía de nuevo vago.
       Ahora tenía calor y, con el sombrero siempre sobre la nuca, la pipa entre los dientes, alcanzó la antesala, como un hombre que no sabe qué hacer. Cuatro personas, que hacía un momento esperaban a Laget para reclamarle su dinero, seguían allí, y Maigret les miró uno tras otro. Divisó a un joven alto, mal alimentado y con el pelo rapado.
       —¿Desde qué hora está usted aquí?
       —Desde las dos y diez o dos y cuarto, señor…
       Descharneau, que había vuelto ocupar su puesto en la mesa, escuchaba.
       —¿Y no ha venido nadie desde entonces?
       —Únicamente estos señores…
       Y señalaba a sus compañeros, que aprobaron con la cabeza.
       —¿Nadie ha salido?… ¿No?… ¡Espere!… ¿El oficinista ha estado siempre en su sitio?
       —Todo el tiempo.
       Pero en seguida el joven pareció reflexionar.
       —¡Espere!… Una vez, solamente, se dirigió hacia el pasillo, porque había sonado el teléfono…
       —¿A qué hora?
       —¡No lo sé!… ¿Tal vez eran las cuatro menos cuarto?… Sí, un poco antes de que llegara usted…
       —Dígame, Descharneau, ¿de quién era la comunicación?
       —No lo sé… Era un error…
       —¿Está seguro?
       —Sí… Me preguntaron… me preguntaron si era la casa del dentista…
       Ahora bien, antes de pronunciar estas últimas palabras, había, con aire de buscar una inspiración, bajado la mirada sobre los sobres colocados sobre la mesa. Eran circulares que Laget enviaba a miles de personas. Maquinalmente, Maigret hizo como el botones y leyó en el último sobre de la pila: «Señor Eugène Devries, cirujano dentista, calle…». ¡Hizo un esfuerzo para no sonreír!

* * *

       —¿Entonces? —preguntó el comisario yendo hacia el juez y el sustituto.
       —¡Suicidio! —afirmó este último—. Según el doctor, el disparo se ha hecho a menos de quince centímetros del rostro… Hubiese bastado que Laget tuviese ganas de hacerlo para…
       Los dos enderezaron la cabeza cuando Maigret cortó:
       —¡O que durmiese!
       —¿Cree, pues, que se trata…?
       Y la mirada del juez se dirigió hacia la señora Laget, a quien precisamente se tomaban las huellas digitales y que se ponía tiesa en su dignidad.
       —No lo sé todavía —confesó Maigret—. Si es un crimen, en todo caso es un crimen hermoso… Porque, dense cuenta de que nosotros estábamos allí, por así decir… Se puede creer que el asesino ha esperado expresamente a que la policía estuviese presente…
       Cuando el forense pasaba, Maigret le detuvo.
       —¿Y usted, doctor, no ha notado nada anormal?
       —A fe que no… Ciertamente, la muerte ha sido instantánea…
       —¿Y después?
       —¿Qué quiere decir?
       —Nada… Laget debía ser todavía más friolero que yo… Note que el respaldo de su sillón loca al radiador…
       El juez y el sustituto intercambiaron una mirada. Maigret golpeó una vez más la cazoleta de su pipa contra su talón. Por decencia, se había recubierto el rostro de Laget con una toalla, color nido de abejas, colgada en el lavabo. Los investigadores, en suma, habían terminado su cometido y sólo esperaban una señal para irse.
       —Dígame, comisario… —dijo de repente Maigret dirigiéndose al comisario del barrio—. Me doy cuenta de que hay dos teléfonos sobre el escritorio: uno que está unido a la red y otro interior… Debe comunicar con la antesala… ¿Quiere usted llamarme desde allí?
       El comisario salió. Se esperaba, mirando a Maigret, que tenía un aire ausente. Un minuto, pasaron dos minutos. Luego el comisario de policía volvió, extrañado:
       —¿No ha oído nada?… Sin embargo, no he dejado de llamar…
       Entonces, Maigret:
       —¿Quiere venir un instante conmigo, señor juez?
       Y le arrastró hasta el despacho en donde ya había recibido a Descharneau y a la señora Laget.
       Maigret estaba de pie, dando la espalda al fuego, su pose favorita, y hablaba con voz negligente, como para excusarse por haber ido tan rápido en su cometido y no humillar demasiado al magistrado.
       —La casualidad ha querido que me encontrase allí un momento preciso y que observase al oficinista.
       —¿Es él quien…? Pero es imposible, puesto que…
       —¡Espere! En lo físico como en lo moral, le la reconocido, ¿no es cierto? Uno de esos fratasados de la posguerra que son tal vez la peor herencia que ésta nos ha dejado, las víctimas más lamentables, en todo caso… Un hombre que ha sido el teniente Descharneau, un hombre que, en aquel momento, tenía ciertamente un alto valor moral… Tras el armisticio, no encuentra nada de su vida de antaño. Su comercio está arruinado, su mujer muere… Y es Laget, cuya vulgaridad y falta de escrúpulos hacen maravillas en esta época turbia, el que le recoge…
       Un silencio. Maigret cargaba su cuarta pipa.
       —¡Iba a decir que eso es todo! —suspiro—. Laget se sirve de Descharneau como un hombre como él se puede servir de un hombre honrado… Y la honestidad de este último se rebela varias veces, se atenúa, con sobresaltos, revueltas, aunque a fin de cuentas el sentimiento dominante de Descharneau para aquel que se pretende su benefactor es el odio… Un odio lauto más vivaz cuando Laget cae dando tumbos a su vez, aunque en definitiva Descharneau ha vendido su honestidad por un plato de lentejas…
       —No veo adónde quiere…
       —¿Llegar? Yo tampoco. Por lo menos, no lo vi en seguida: Imaginaba solamente a los dos hombres, el patrón y el empleado, el antiguo sargento y el antiguo teniente, cuyos papeles se han cambiado… Imaginaba estas oficinas asaltadas por acreedores mezquinos y los ujieres, luego los expedientes, la insolencia, las letras impagables y los cheques sin fondo, todo el penoso acompañamiento de «cracs» como este…
       —Es efectivamente la razón de la orden de arresto que…
       —¿Me permite un instante?
       Maigret abre la puerta, llama a Descharneau, que aparece bastante asustado.
       —Dígame, Descharneau… ¿Cuántas veces había sido perseguido Laget?
       —No lo sé… ¿Cinco o seis veces?
       —Y cada vez, ¿no es cierto que salía bien librado?
       —Sí… Tenía relaciones…
       —¡Puede irse! ¡Gracias!
       Y, una vez ido el oficinista, Maigret se volvió de nuevo hacia el juez.
       —¡Ahí está! Descharneau no ha querido que, una vez más, el otro se escapase… Y tiene mal aspecto, ya lo ha visto… Apostaría por una úlcera, sino es un cáncer en el estómago… Es incapaz, en adelante, de rehacer su situación… Detenido Laget, se convertía al día siguiente en un despojo al que un día u otro se le vería comiendo la sopa de los pobres… Ahora bien, con o sin razón, Descharneau considera que es Laget el que ha hecho de él este despojo…
       —Pero ¿cómo ha podido materialmente…?
       —Le doy mi opinión y algunos minutos más bastarán para confirmarla… Hoy, al mediodía, un brigadier y dos inspectores vienen para detener a Laget, que está ausente, y Descharneau les hace volver a las cuatro…
       »No olvide que durante días, durante meses, nuestro hombre, en la antesala, no ha hecho nada más que poner sellos y copiar direcciones y que ha tenido tiempo de madurar en su cabeza mil planes de venganza cada vez más complicados…
       »Me ha confesado que, contrariamente a su costumbre, hoy no había ido a almorzar y sospecho que aquí se entregó a un trabajo minucioso, del cual buscaremos en seguida los rastros…
       »¡Porque la ocasión es propicia, casi única!… Los demás días la señora Laget está en el despacho a las dos, como una empleada… Únicamente el primer miércoles del mes, va al Ministerio de Finanzas a cobrar su pensión…
       »Cuando pasa, para recoger su carnet de identidad, Descharneau le dice que “su marido la esperará en su despacho a las cuatro en punto” y ella no tiene ninguna razón para desconfiar…
       »Desde entonces todo es fácil, casi demasiado fácil… La antesala, como cada tarde, se llena de acreedores “que van a poder certificar que Descharneau no les ha abandonado”…
       »Únicamente un instante… A las cuatro menos cuarto, ¡fíjese en la hora!… Se escucha un timbrazo que es una supuesta llamada del teléfono, pero, como por casualidad, Descharneau declara que se trataba de un error y sólo da una respuesta embarazosa.
       »Veremos en seguida si, bajo la mesa de la antesala, no existe un botón que permite hacer sonar un timbre… Es un tanto más plausible que el oficinista tenía que tener un medio de advertir a su patrón de las visitas demasiado enojosas…
       —Es fácil de controlar —dijo el juez.
       —El resto también. Descharneau penetra, pues, a las cuatro menos cuarto, en el despacho de su patrón, en el que desde hace media hora ha oído entrar a Laget. Laget duerme, como de costumbre… Descharneau, antiguo armero, no tiene problemas en procurarse un silenciador que adapta al revólver del cajón y, a quemarropa, dispara…
       —Pero…
       —¡Espere! Mete el silenciador en su bolsillo o más probablemente lo arroja a los lavabos… Vuelve a la antesala, espera de nuevo, llegamos nosotros…
       »Entonces, nos declara que Laget no puede tardar en venir… Esperamos como los demás… Descharneau, que tiende la oreja, oye a la señora Laget que llega a las cuatro en punto y, cuando todavía se encuentra en la escalera de servicio, aprieta el botón del teléfono interior…
       —No comprendo…
       —¿No comprende que es necesaria una detonación para hacer creer «que es en aquel momento cuando Laget se suicida o es asesinado»?… Hace un instante, el comisario del barrio ha intentado hacer funcionar el teléfono interior y no lo ha logrado… Apostaría a que el hilo ha sido atado a cualquier petardo, colocado en el alféizar de la ventana del pasillo, porque, me he olvidado de decírselo, esta ventana, a nuestra llegada, estaba abierta… Es, pues, en nuestra presencia, en nuestras propias narices… Nos precipitamos y asustamos, sin saberlo, a la señora Laget, que se esconde detrás de una cortina.
       Maigret sonríe.
       —Me chocó, al entrar en el despacho, algo anormal… Ahora comprendo lo que era… Yo, que soy un viejo fumador de pipa, distingo entre el humo caliente y el enfriado… Ahora bien, en el despacho de Laget se olía a pólvora, cierto, «Pero a pólvora enfriada»… En cuanto al forense, a quien le hablaremos de nuevo, se ha equivocado con respecto al estado de rigidez del cadáver, por el hecho de que el cuerpo estaba apoyado contra un radiador, lo que…
      

* * *
       Se encontró, en el alféizar de la ventana, los restos del petardo y un trozo de hilo de cobre unido al teléfono interior.
       —¡Eso no es cierto! —gritó Descharneau el primer día.
       Pero, al día siguiente, se le encontró ahorcado en su celda, por medio de bandas de tela que había confeccionado con su camisa.




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