George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)


La florista de Deauville (1941)
(“La fleuriste de Deauville”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 137, 18 de julio de 1941);
Les dossiers de l’Agence «O»
(París: Gallimard, N.R.F., 1943, 672 págs.)



I

      Emilio llegó a las seis y algunos minutos de la mañana. Venía directamente del Lavandou, donde había terminado la investigación sobre la dama del traje de baño verde. Había dejado a la señorita Berta, la rolliza mecanógrafa de la Agencia O, de vacaciones en Cassis y el ordenanza Barbet, antiguo carterista retirado, era el único que cuidaba las oficinas de la Cité Bergère.
       A decir verdad, Emilio estaba muy intrigado. Parecía que su «jefe». Torrence no tenía ni la menor idea de apelar a él para el asunto del que estaba encargado. Ni siquiera era un asunto, más que en la acepción mercantil de la palabra, pero la Agencia O tenía necesidad de todo para equilibrar su presupuesto, sobre todo con la manía de Emilio de no reparar nunca en gastos.
       En una palabra, Torrence, en Deauville, estaba simplemente encargado de vigilar con discreción a Norma Davidson, esposa de Oswald Davidson, el riquísimo americano. Había recibido el encargo del mismo Oswald Davidson, a quien retenían en Egipto sus negocios.
       No era cuestión de celos. El viejo Davidson no ignoraba que su joven esposa iba siempre rodeada de una corte de hombres jóvenes y guapos y que entre ellos habría el preferido. ¿Estaba resignado? Eso no le importaba a Torrence.
       Su misión consistía en evitar los escándalos y también en velar por las joyas de Norma Davidson, que ora después de fuertes pérdidas en el juego, ora en el curso de una noche demasiado alegre, tenía la singular costumbre de ir sembrando por todas partes…
       Pero el telegrama de Torrence a Emilio cuando estaba todavía en el Lavandou, era bastante alarmante:

«Si está disponible, venga con toda urgencia a Deauville, donde brego con un problema insoluble. Torrence».

      ¡Aquello era tan poco característico del «jefe», cuya impasibilidad era casi tan legendaria como la de Maigret, con quien había trabajado durante quince años!…
       Emilio, al apearse del tren, estaba de muy buen humor. Acababa de resolver, en el Lavandou, un problema bastante complicado En pleno mes de agosto dejaba la costa tórrida del Mediterráneo por la atmósfera deliciosamente límpida de la Mancha. Había dormido bien. Al despertar, un sol ligero, alegre como el champán, le había dado la bienvenida. Por entre los tejados de las casas, acababa de divisar el mar, no ya de un azul sombrío como el que había abandonado, sino de un aéreo azul pastel. Además, la rozagante estación de Deauville parecía construida adrede para mantenerle de un humor regocijante.
       Pero Torrence estaba allí y Emilio apenas reconoció al que muchos llaman el Gran Torrence. Podía creerse que el buen gigante acababa de sufrir repentinamente los primeros ataques de una enfermedad del hígado. Estaba ojeroso y con los párpados hinchados. Iba mal afeitado, descuidadamente. Llevaba hecho un pingajo su traje gris. Y con una voz lúgubre, como para dar un pésame, dijo al estrechar la mano de su colaborador:
       —Me alegro muchísimo de que haya venido… No he pegado ojo en toda la noche… Deje su equipaje al mozo del Royal, que lo llevará al hotel… Si no está muy cansado, iremos andando y podremos charlar.
       —Un momento para tomar un café en la cantina, jefe…
       Siempre le habían gustado a Emilio las mañanitas, mientras la gente duerme y solamente unos cuantos personajes proceden a lo que se podría llamar el aseo de la ciudad. Los barrenderos municipales estaban en su puesto. En los cafetines, en los bares y en los almacenes los encargados de la limpieza bruñían los cristales con yeso mate. En otras partes apisonaban la tierra roja de las pistas de tenis y tendían las redes…
       Sin embargo, en cuanto salieron de la estación, murmuró Torrence:
       —Fue anteayer exactamente a esta hora… Observe que en el Casino, en este momento, aún continúan la partida… También ocurrió lo mismo el miércoles… Unos jugadores empedernidos, alrededor del tapete verde… Por más que el sol atraviese con sus rayos la tela cruda de las cortinas, esos señores de frac o smoking permanecen impasibles ante las fichas del bacará, y las luces del reservado siguen encendidas.
       —No veo en qué…
       —¿Es usted jugador, Emilio?
       —A la «belote» no lo hago del todo mal…
       —No es eso lo que le pregunto. ¿No ha jugado usted nunca al bacará? De seguro que no conoce usted a Loulou… Era una vendedora de flores… una chiquilla sin edad precisa… Se le hubieran podido calcular dieciséis años, pero en realidad tenía veinticuatro… Todas las noches se instalaba en las gradas del Casino con su cesta de claveles y rosas. Vendía poco… Era como una mascota. Muchos eran los jugadores que al pasar para dirigirse al reservado nunca dejaban de echar algunos billetes en su cesta y de tocarle el hombro… Dicen que Loulou iba reuniendo de esa manera una pequeña fortuna…
       »Por eso, sin duda, no vacilaba en pasarse toda la noche en su puesto…
       »Bueno… Vea el Casino… Vea, en la tercera grada, el sitio que solía ocupar Loulou. Bueno, pues, el miércoles a estas horas, un jugador empedernido, Ronald Sinclair, que salía del Casino, donde había perdido hasta el resuello, se detuvo sorprendido al ver a Loulou dormida junto a su cesta.
       »Por lo menos, así lo creía él… Se le acercó… Percibió un hilo de sangre que corría a lo largo de las gradas…
       »Unos instantes más tarde, se comprobaba que Loulou tenía alojada una bala de revólver en medio del pecho…
       Con las cejas fruncidas, objetó Emilio:
       —Es ciertamente desastroso para esa chica… pero confieso que no veo, jefe, qué nos importa a nosotros ese crimen y sobre todo por qué parece usted tan abatido… Creo que está usted aquí para ocuparse de Norma Davidson…
       —¿Y si al pie de la escalinata hubiese aparecido el revólver de Norma Davidson? Un arma de lujo, una joya, acerca de la cual no hay duda posible. Y mucho menos cuando las iniciales de esa señora están grabadas en la montura de plata de la culata.
       —¿Y dispararon con esa arma?
       —Sin duda alguna… Faltaba una bala en el cargador… La que los forenses extrajeron de la herida…
       —¿Y usted, jefe, dónde estaba aquella noche?
       —En la cama… En el Royal… Aquel edificio que ve a su derecha…
       —¿Había abandonado usted la vigilancia?
       —De ningún modo. El martes por la noche, la señora Davidson, rodeada como siempre de una pequeña corte, más o menos recomendable, había cenado en el Casino. Se celebraba la «gala azul y blanca». Ella bebió mucho, como de costumbre… Por el contrario, jugó moderadamente y no perdió más que cincuenta mil francos poco más o menos… A las tres, contra todo lo que se esperaba, regresó para acostarse y, como solía hacer por la noche, encerró sus joyas en el cofre del Royal, en presencia del conserje y de la mía.
       —¿Y fue usted, pues, a acostarse?
       —Mi misión había terminado aquella noche.
       —¿Vio alguien salir a la señora Davidson del Royal, más tarde?
       —No.
       —En ese caso…
       —Espere… No estamos más que en el comienzo del drama. Ya ve usted lo que parece Deauville a esta hora. La mayoría de la gente duerme… Sólo el personal de limpieza de las calles, de los almacenes y de los hoteles está levantado. Y también algunos originales, que creen que están aquí para tomar baños de mar… Mire, ahí va uno con su albornoz… ¡Uno que quiere nadar! Y aún no han terminado la limpieza de la playa ni la recogida de papeles.
       —Ya le entiendo. Quiere usted decir que en principio la muerte de la florista no hizo demasiado ruido…
       —Y hasta la policía decidió, de acuerdo con las autoridades municipales y con la dirección del Casino, hablar de ello lo menos posible. A la gente no le gusta, cuando está de vacaciones, el pensar en cosas tristes… Los jugadores son supersticiosos y la población no vive más que de los jugadores. En resumen, un comisario de la brigada móvil se encargó de la investigación que debía proseguirse entre bastidores… Pero, a las once…
       —¿Es decir, a la hora de levantarse la gente?
       —Aproximadamente. La hora del desayuno y del tenis… El director del Royal, a quien conozco personalmente, estaba en medio del salón y parecía nervioso. Yo le dije bromeando:
       »—¿Qué le pasa a usted, Mauricio?
       Habían llegado Torrence y Emilio no lejos del Bar du Soleil y la playa se extendía ante ellos, de un tostado bastante oscuro porque el mar acababa de retirarse y la arena estaba húmeda… Colocaban en su sitio los toldos multicolores. Aseaban la terraza y las casetas.
       —Enrique no ha bajado todavía —me respondió el director—. Me sorprende porque es muy puntual. Hubiera debido empezar el servicio a las diez.
       —¡Todas las personas que usted cita parecen no tener más que nombre de pila!… —observó Emilio.
       —Porque en el mundo hotelero la gente no tiene apellidos y sí solamente nombre: Mauricio, Carlos, Enrique…
       —¿Quién es ese Enrique?
       —¡Quién era! Un personaje tan célebre en Deauville como Loulou… El principal botones del Royal. Si usted estuvo en Deauville alguna vez, no habrá dejado de verle con su librea azul con adornos de oro… Desde las diez de la mañana hasta las doce de la noche y a menudo más tarde, estaba allí de pie frente a la puerta giratoria, y todo el mundo le llamaba por su nombre: a él se dirigían para todo, para un coche, para un pronóstico de las carreras de caballos, para saber las últimas habladurías, para… En una palabra, Enrique era en Deauville lo que el botones de Maxim’s fue mucho tiempo en París.
       —¿Ha muerto?
       —No vaya demasiado aprisa… Ya veo que no ha comprendido todavía la gravedad de la situación, sobre todo para el porvenir de la Agencia O… O soy un imbécil…
       —Sabe usted perfectamente, jefe, que no es un imbécil…
       —Ello no impedirá que todo el mundo lo suponga… Después de lo que ocurrió el miércoles…
       —¿Y si me dijera de una vez lo que ocurrió?
       —Pues bien, un cuarto de hora más tarde, el director del Royal decidió enviar a un mozo a enterarse, porque Enrique, cuyos servicios podían necesitarse en cualquier momento, era de los privilegiados. Su habitación estaba arriba, bajo el techado… Yo fumaba mi primera pipa, paseándome por el salón con el director, cuando el chico volvió pálido como… una hoja de papel…
       »—¡Ha muerto! —aulló a todos los ecos.
       »—¿Quién ha muerto?
       »—Enrique…
       »Ya me tiene en la escalera de servicio… Llegamos al quinto piso… El director empuja una puerta y descubrimos, en efecto, a Enrique en el suelo, boca abajo, al pie de la cama…
       —Perdone —pregunta calmoso Emilio, poniéndose un cigarrillo entre los labios pero olvidándose de encenderlo, según su costumbre—. ¿La cama estaba deshecha?
       —Sí.
       —¿Y el muerto estaba con el pijama?
       —No. Es decir… Me gusta que me haya formulado esa pregunta… Llevaba, en efecto, el pijama, pero encima se había puesto un pantalón negro… Estaba despeinado. Su aspecto era el de un hombre a quien han despertado mientras dormía profundamente y que se ha vestido rápidamente…
       —¿Revólver?
       —Una bala en el corazón.
       —¿Ha aparecido el arma?
       —No… Ya se le ha practicado la autopsia… Calibre 6 mm 35. El más corriente, el mismo de la bala que mató a Loulou… Pero las estrías no son parecidas. Dicho de otro modo, el disparo no se hizo con el revólver de Norma Davidson…
       —¿Por qué dice usted eso? ¿Hay algo que permita suponer…?
       —¡Claro! Y ahora comprenderá mi agobio. Daría cualquier cosa, daría mi mano izquierda…
       —¡Cuidado! Puede servirle aún… aunque no sea más que para ignorar lo que hace la derecha…
       —Le juro que éste no es momento para bromas. Daría mucho, en todo caso, por no haber aceptado la misión que nos encargó el señor Davidson. Enrique, tenía algo en su mano crispada… Un chal… Y observe —todos los peritos están de acuerdo sobre este punto— que era imposible que después de su muerte se le hubiese puesto aquel chal entre los dedos… Los tenía tan apretados en el tejido que hubiera precisado un violento esfuerzo para…
       —¿El chal de Norma Davidson? —preguntó Emilio.
       —¿Cómo lo sabe?
       —Es el único detalle que puede explicar el agobio de usted.
       —Era, en efecto, uno de sus chales. Y la duda es menos posible, puesto que era el que llevaba aquella noche. Un chal de seda blanca, en el que había pintados a mano pájaros exóticos, una obra de arte, al parecer, aunque yo no encuentro eso bonito.
       —Desde el momento en que es caro —soltó filosóficamente Emilio—, esa gente lo encuentra lindo… ¿Y qué más?
       —¿Cómo, y qué más?
       —Sí; ¿qué sucedió?
       —No sucedió nada…
       Emilio se había sentado en la arena, como los excursionistas domingueros que llevan su comida y que, con gran escándalo de los veraneantes, se lavan los pies en el mar que contemplan extasiados mientras comen un bocado en familia.
       —En resumen, que la policía acusa a su clienta…
       —A nuestra clienta.
       —Perdone… La policía acusa a nuestra clienta de haber asesinado a la joven florista que usted llama Loulou, de haberse introducido luego en la habitación del botones y de haber alojado en el corazón de éste una bala de 6 mm 35… ¿Qué responde ella?
       —¡Nada!
       Emilio no pudo abstenerse de observar:
       —Dígase lo que se quiera, jefe… Me gusta el Mediterráneo… Acabo de llegar del Lavandou, que es, según dicen, un paraíso terrenal… No tengo inconveniente en que sea así… ¡Pero, mire ese paisaje! ¿Sabe usted qué impresión siento? Me parece que soy muy pequeñito y estoy en una inmensa concha de ostra de tonos nacarados, y que la concha se entreabre y seguirá abriéndose sin cesar cada vez más… Es maravilloso y si mi traje de baño no estuviera ya en el Hotel… ¿De modo que ella… no responde nada?
       —Soltó la carcajada cuando se le insinuó que después de haber fingido que iba a acostarse había salido misteriosamente de su departamento… No se da cuenta de la situación… Le soltó al comisario de la brigada móvil…
       »—A mí esas cosas no me importan… Cablegrafíe a Davidson… Ya tiene su dirección en El Cairo… Yo había bebido tres botellas de champán y estaba durmiendo…
       —¿Qué piensa usted, jefe?
       —La verdad es que cuando la despertaron a la una de la tarde tenía la lengua pastosa y hubo que darle una copa de jugo de limón para volver a ponerla bien.
       —¿La han detenido?
       —Todavía no. El juez de instrucción le ha pedido respetuosamente que no se alejara de Deauville. Tres inspectores la siguen… uno de ellos duerme en el pasillo, frente a su departamento. Han cablegrafiado a Davidson, el cual anunció que vendría en avión.
       —¿Llegó ya?
       —Se le espera al mediodía. ¿Se da usted cuenta ahora del papel que hace la Agencia O en este asunto? Estoy aquí para vigilar a Norma Davidson… La misma noche, se cometen dos crímenes. En el lugar de autos se encuentra, por una parte, el revólver de nuestra americana, y por otra parte su chal. Los policías oficiales me miran con mala cara. Poco ha faltado para que me detuvieran…
       Se produjo un gran silencio durante el que sólo se oía el murmullo monótono del mar sobre la arena de la playa.
       —¿Una sombrilla, señores?
       —Gracias. No merece este sol que le echen.
       Unos veleros salían del puerto y se deslizaban ligeramente por encima del agua color de espliego.
       —Es menos difícil —dijo de golpe Emilio, como si se despertara de un sueño— que la historia del Lavandou.
       —¿Por qué dice eso?
       —¡Porque en el Lavandou no había ni revólver, ni chal!
       —¡Claro!
       —Oh, no, jefe. Cuantos más elementos hay, más probabilidades tiene un problema de ser resuelto fácilmente… ¿Cómo es su Norma?
       —¡Nuestra Norma!… Veintidós años. Morena teñida de rubio. Lo que ahora se llama una rubia platino. Exbailarina… Ellos dicen girl… Los multimillonarios americanos se desviven por casarse con girls. Una voz aguda… El mundo le pertenece. Bebe como un carretero… Ríe con una risa histérica… Hace que todo el mundo se postre a sus pies y, cuando se celebró la penúltima fiesta de gala, vertió el champaña a chorros en el saxófono exigiendo que el músico se lo tragara.
       —¡Vaya, una niña encantadora! ¿Qué hizo ella, después?
       —Lo que hace todos los días. Baño de sol en la playa, en medio de una docena de jóvenes… Cocktails… Almuerzo de veinte cubiertos… Siesta… Carreras de caballos… A causa de la siesta no llega nunca antes de la cuarta o de la quinta… Apuesta fuerte y, la última vez, le arañó la cara al joquey por el cual había apostado, porque no ganó. De haber podido se habría metido con el caballo.
       —¿Tiene miedo a su marido?
       —Ella le llama daddy, lo que, al parecer, quiere decir papá.
       —¿Y no da ninguna explicación?
       —Ni siquiera sabe, según ella, dónde se encontraba su revólver, y todavía menos lo que había hecho de su chal de aves exóticas cuando regresó del Casino… ¡Todo esto me tiene enfermo! Si este caso no acaba con la reputación hasta aquí tan sólida de la Agencia O, que me vuelva pez volador.
       Emilio pensó que, decididamente, la atmósfera de Deauville no le sentaba bien al bueno de Torrence.
       —Davidson va a llegar.
       —Hasta creo que es él quien zumba por encima de nosotros.
       En efecto, un avión, desde hacía unos instantes, describía círculos cada vez más apretados por encima de Deauville, buscando sin duda el aeródromo…
       —¿Qué le vamos a decir?
       —Que la Agencia O hará lo necesario —replicó Emilio, imperturbable.
       —¿Tiene usted alguna idea?
       —Tengo cincuenta… Todo consiste en encontrar la buena… Y ahora, jefe…
       Ésa era una de las características más sabrosas de la Agencia O. Oficialmente Torrence era el jefe y Emilio, ante la gente, y hasta en privado, se divertía en darle aquel título.
       El verdadero jefe, sin embargo, no dejaba de serlo el joven pelirrojo y, cuando estaban solos, Torrence…
       De manera que se devolvían el «jefe» sin descanso y quien les hubiese oído…
       —El avión ha aterrizado… Yo me voy a tomar un baño, si no ve usted inconveniente en ello. Acabo de dejar a un multimillonario en el Lavandou, y de buena gana le confieso que no me gusta mucho esa clase de gente. ¡Mírelo! Dígale, como de costumbre, que yo soy su empleado, o su fotógrafo, todo lo que se le ocurra… Un buen baño. Luego, me ocuparé de la florista… ¿Habrá gambas, por aquí? ¡Tengo unos deseos de tomar gambas para almorzar!…
       ¡Como si se sirvieran gambas en el Royal! A menos de bautizarlas «Fantasies à la Richelieu» o «Bouquet de la Pompadour», ¿no hubiera sido indigno de aquellas señoras y de aquellos caballeros poner en sus platos unos bichos tan humildes?
       —¡Ea!… ¡Valor, jefe!… ¡Mire!… Estoy seguro de que, antes de empezar a rozarse con ese Davidson, haría usted muy santamente bebiéndose un ajenjo bien cargado.
       Eran las diez de la mañana. El sol brillaba desde hacía varias horas y algunas persianas, en los hoteles de lujo, empezaban a entreabrirse tímidamente.
       Deauville iba a despertarse.


II

       –A su entera disposición, don Emilio… El jefe me ha dicho que conteste a todas sus preguntas.
       Emilio no parpadea, pero comprende que su nombre inspira confianza al segundo botones del Royal. Porque hay o, mejor dicho, había un botones primero, un botones segundo y un botones tercero, sin contar el tipo de librea que se lanza al asalto de los clientes.
       Emilio. ¿Torrence no le enseñó acaso, aquella mañana, que, en el oficio, la gente no tiene más que nombre de pila? Pues bien, él no es más que Emilio, y eso le da confianza.
       —¡Ah, pero no será fácil hablar a estas horas! Las señoras y los señores acaban de levantarse. Es la hora en que, en otras partes, la gente ya está cansada, pero ellos salen de la cama y no vendrán a almorzar hasta dentro de dos horas.
       Torrence está arriba en compañía de Oswald Davidson, quien, apenas se apeó de su avión, subió a un coche. Del coche pasó al hotel.
       —¿El detective Torrence? —reclamó.
       Torrence se adelantó, los hombros hundidos.
       —Sígame, señor.
       Lo que hacen en el departamento de Norma Davidson, Emilio lo ignora en absoluto. Por su humilde parte, se ha pegado a los pasos del botones segundo, el que substituye a Enrique, y se ha apoderado ya de su gorra de cuatro galones. El botones segundo se llama John. No es ni inglés ni americano.
       —Me llamo Juan —explica—. En el hotel en que trabajaba ya había un Juan. Entonces, me llamé John, para que hubiese una diferencia.
       —Me parece que, desde hace pocos momentos, le he oído hablar tres o cuatro idiomas.
       —Es posible. Hablo cinco.
       —¿Es usted parisiense?
       —Era profesor de lenguas extranjeras en el Liceo de Avignon… Es un oficio que no rinde y en el que no hay porvenir. Una tarde, quise probar suerte en Montecarlo… Perdí todas mis economías. Al día siguiente me desperté sin un céntimo en un hotel, incapaz de pagar mi cuenta… Entonces comprendí…
       —¿Qué fue lo que comprendió?
       —Que desde el momento en que en el mundo hay gente que gasta cada día la fortuna de una familia normal, vale más pegarse a ellos… Me hice intérprete… Intérprete es un oficio bastante considerado… Le dan cincuenta francos a un intérprete que se ha pasado la vida estudiando cinco o seis lenguas vivas, pero le dan una ficha de mil francos al lacayo que en la mesa del bacará coloca un cenicero debajo del cigarro.
       —De manera que usted se hizo…
       —Botones segundo… Ahora, como usted ve, botones primero, por fallecimiento de Enrique.
       —¿Era, como usted, universitario?
       —Dispénseme…
       John se lanza a abrir una portezuela y vuelve al cabo de unos instantes.
       —Me preguntaba usted si… Verá usted, don Emilio, entre nosotros, nunca nos dirigimos preguntas… Antes, cuando yo formaba parte de la burguesía, me presentaba gravemente: Fulano de tal, profesor del Liceo de Avignon… En el comedor, en el Royal, esos señores cambian sus tarjetas… X., productos de belleza… Y., pastas dentífricas… Nosotros, en el comedor reservado para nosotros, somos más discretos. Allí están John, Elena, Emilia, Carlos… No tenemos necesidad de cambiar tarjetas, ya sabemos que estamos entre caballeros…
       —¿De manera que no sabe nada sobre Enrique?
       —Un instante… ¿Me permite?
       Se precipita. Un botones a quien se le acercó una mujer joven y linda viene a hablarle al oído. John le dice unas cuantas palabras a la dama y vuelve trayendo en la mano un billete de los grandes que ella le dio.
       —¿Qué ocurre? —se permite preguntar Emilio.
       —Nada… Menos que nada… Esa chica de Bruselas, que quiere saber lo que su marido perdió ayer en el casino…
       —¿Y le ha dado mil francos?
       —¿Qué representa eso para ella? Su marido está al frente del trust del cobre.
       Un chofer que conduce un coche de alquiler de lujo se le acerca y pone, no mil francos, pero sí dos billetes de cien francos, en la mano de John, que los acepta con altivez.
       —¡Ya ve usted!… Hay que hacer de todo un poco… Substituyo a Enrique. Antes, yo sólo cobraba el diez por ciento de las cantidades que… Porque, téngalo presente, todo ese dinero se divide en cierto número de partes y…
       —¿Y el botones jefe es el distribuidor?
       —Claro. Ningún taxi se para frente a la puerta sin dejarnos algo… Un informe para las carreras… Una localidad para el teatro… La dirección de una mujer bonita…
       —Por consiguiente, conoce usted a todo Deauville…
       —No tan bien, ¡ay!, como Enrique.
       —¿Hacía tiempo que él ejercía la profesión?
       —¿Cómo dice? Ya se ha olvidado de lo que dije antes… Entre nosotros hay gente de todos los puntos cardinales… Podría citarle uno, y no de los menos importantes, que empezó pidiendo limosna por las calles de Nápoles… Hay también un Gran Duque auténtico… Malos, por otra parte, para llevar la librea, porque sus antiguos amigos no se atreven a darles una propina, y de eso todos sufrimos… Hay…
       —¿Y Enrique?
       —No lo sé… Aun con la mejor voluntad del mundo no podría decirle nada de él. Extranjero, seguramente… ¿Europa central? ¿Europa oriental?… Misterio… Si yo hablo cinco lenguas, él hablaba siete…
       —¿Casado?
       —¡Querido don Emilio, he ahí otra pregunta que tampoco se debe formular jamás! Yo no sé nada, absolutamente nada, de la vida de Enrique… Y aquí nadie sabe que yo tengo una familia, una mujer y dos hijas, que viven en Avignon, en una deliciosa casa burguesa, y que cuentan a todos que papá está de viaje dando conferencias…
       —¿No le vio usted nunca con alguna mujer?
       —Con todas.
       —Quiero decir…
       —Ya le entiendo. Usted desea saber si tenía una amiga fija… Pues bien, todo cuanto puedo decirle es que, dos veces, sorprendí a la florista…
       —¿A Loulou?
       —Sí… la sorprendí; subía por la escalera de servicio para ir a verle…
       —¿Hace mucho tiempo?
       —La última vez, veamos… Hace apenas cinco días… ¡Ni eso!… Fue el sábado…
       —¿A qué hora?
       —A las ocho de la mañana… Dispénseme… ¡Yes, sir!… ¡Yes, sir!
       Y el nuevo botones n.º 1 acompaña a un inglés a su coche informándole sobre las carreras de la tarde.
       —Oiga, John.
       —Le escucho…
       —Debe usted ganarse, con este sistema, una fortunita. ¿Es de quinientos francos el billete que lleva en la mano?
       —¡Si usted supiera los gastos que tenemos! ¡Y la distribución! Pongamos que un botones jefe, al cabo de la temporada, llegue a economizar cien mil francos, y que tenga otro empleo en el Mediodía durante la temporada de invierno.
       Un botones les interrumpe.
       —Perdone, John… ¿Conoce usted en la casa a un tal don Emilio?
       —Aquí está.
       —Le llaman a usted, con toda urgencia, al 27…
       —El departamento de Norma Davidson… —murmura el botones jefe—. Nosotros decimos Lady Davidson. En general a las americanas les gusta que las llamen lady
       Emilio se eclipsa.


III

      ¿Cometió Emilio la primera falta al no preguntar al botones quién le reclamaba en el departamento 27? ¿Cometió la segunda al entrar maquinalmente en el ascensor?
       Desde luego, mientras subía, pudo ver, en la escalera, a Oswald Davidson que bajaba con un maletín en la mano.
       Emilio tuvo como un presentimiento y estuvo a punto de ordenar al mozo que bajara inmediatamente. Si no lo hizo fue porque se dijo que Torrence debía de tener buenas razones para pedirle que subiera.
       Así es como, al trabajar con otro, se cometen los mayores errores, porque cada cual confía en el compañero.
       La animación, en el Royal, estaba en su apogeo y se oía un rumor alegre que subía del bar. En el pasillo del segundo piso, Emilio topó con una manicura que salía de un departamento y luego con un hombre al que reconoció como inspector de policía.
       Encontró enseguida el departamento 27 y llamó. Fue la voz de Torrence la que respondió. Y entonces ambos hombres se miraron con igual sorpresa.
       Emilio se quedó sorprendido porque, creyendo encontrar al exinspector en pleno trabajo, le vio por el contrario, sentado en un sillón, con las piernas cruzadas, tan apacible como en la sala de espera de un dentista.
       Torrence, por su parte, preguntó:
       —¿Qué pasa?
       —¿No me ha hecho llamar, usted?
       —¿Yo?… No… ¿Por qué?
       —Un botones acaba de decirme que me llamaban del 27. Me tropecé al americano que salía…
       —Ya me lo dijo, sí… Va a casa de su apoderado, de su sollicitor, como él dice, para encargarle que tramite el divorcio y depositar las joyas… ¿Quién le habrá hecho subir a usted?
       —¿Dónde está Norma Davidson?
       Torrence, que no había recobrado su alegría, sino todo lo contrario, señaló una puerta. Los dos hombres se hallaban en un salón agradablemente amueblado. La puerta en cuestión debía de ser la del dormitorio.
       —¿La espera usted a ella, jefe? —preguntó Emilio.
       —La espero y no la espero. A decir verdad, no lo sé. Ha ocurrido en este salón una escena tremenda. Desgraciadamente no entiendo ni pizca de inglés, y en inglés fue la discusión. Cuando Davidson se fue, anunciándome, en un francés chapurreado, que volvería enseguida, Norma Davidson se desmayó. Yo no sabía qué hacer, pero en aquel momento se abrió la puerta de la habitación. Una chica, con aspecto de camarera particular, me pidió que le prestara ayuda… Depositamos a la americana en su cama…
       —Y luego le pusieron a usted en la puerta… Oiga, jefe…
       Emilio, con expresión tensa, descolgó el teléfono colocado en un velador.
       —¡Oiga! El portero, por favor… Ha visto usted pasar al señor Davidson, ¿verdad? ¿Podría usted decirme adónde ha ido?
       —Un instante… Voy a preguntarlo al chico de los coches…
       Poco después, informaban a Emilio:
       —Al aeródromo.
       —Póngame en comunicación con el aeródromo inmediatamente, ¿quiere?
       —¿Ha huido? —preguntó Torrence, que decididamente, en ese asunto, había perdido su calma habitual y su confianza en sí mismo.
       —No lo sé todavía… ¡Oiga! ¿El aeródromo? Aquí, policía… ¿Está aún en la pista el avión particular del señor Davidson? ¿Cómo dice?… ¿Está? En ese caso, ¿quiere hacer el favor de impedirle que…? ¿Eh? ¿Que es imposible?… ¿Que despega?… Bien; gracias… No, no hay nada que hacer.
       Sin volver a poner a Torrence al corriente, Emilio se dirige a la puerta del dormitorio y llama. Al no obtener respuesta, trata de abrir. La puerta resiste.
       —O mucho me engaño, jefe, o vamos a tener otra sorpresa desagradable.
       Llevaba siempre en el bolsillo una ganzúa niquelada, que Barbet, antiguo ladrón de pisos, le había enseñado a utilizar. La cerradura no resistió mucho rato. La habitación estaba inundada de luz. El hueco de la puerta que daba al balcón se hallaba abierta de par en par.
       —¡Voló! —gruñó Torrence, que había seguido a su colaborador.
       Nadie en el cuarto de baño. Torrence abrió la puerta que, de la habitación, daba directamente al pasillo. Vio al inspector de policía que seguía montando la guardia.
       —¿Vio usted salir a alguien de esta habitación?
       —A la camarera, hace unos instantes.
       —¿Está usted seguro de que era la camarera?
       —Seguro… La he visto bastante durante los dos días que llevo de guardia en este hotel, donde la gente me pisa sin siquiera excusarse…
       —¡Pues bien! Puede usted telefonear al comisario, que, si no me equivoco, está en el hall, que Oswald Davidson acaba de marcharse en su avión y que su mujer ha desaparecido.

       Emilio, en el balcón, chupaba un cigarrillo apagado.
       —Me sorprendería mucho que la encontraran —dijo—. Mire… Este balcón o, mejor dicho, esta terraza tan gentilmente florida, corre a lo largo de toda la fachada… Norma ha podido penetrar en cualquier habitación. La mayoría están vacías a estas horas.
       Se paseó por la terraza y echó una ojeada en las diversas habitaciones. Casi todas, en efecto, estaban vacías, salvo una de ellas en la que una doncella hacía la cama.
       El espectáculo era magnífico. Entre el Royal y las casetas de la playa, un ancho espacio de verdor, de césped bien rastrillado, y la larga banda roja de los campos de tenis en la que se veían saltar siluetas blancas.
       Más lejos, el Bar du Soleil, la muchedumbre abigarrada, la arena y por fin el festón blanco del mar, el azul de éste confundiéndose con el azul del cielo, y velas inmaculadas.
       —Me parece que nos han tomado el pelo como nunca hasta la fecha.
       —Pero ¿qué diablos hacía usted abajo? —replicó Torrence con amargura y sin poder contenerse.
       —Imagínese que me informaba acerca del oficio de botones de hotel… ¡Es prodigiosamente interesante! ¿Sabe usted, por ejemplo, dónde se reclutan esos estimables auxiliares de la hostelería de lujo?… ¿Sabe usted que Enrique hablaba siete lenguas?
       —¡Si yo hubiese comprendido siquiera el inglés!…
       —Yo creo, jefe, que lo mejor que podemos hacer por el momento… ¡Entre!… Sí… Entre, señor comisario… Como acabo de decirle a su inspector, los pájaros volaron… ¡Los dos! No, todavía no hemos registrado el departamento. Ésa es tarea de la policía oficial, y la Agencia O no se atrevería…

       ¿Por qué no habían de hacer como los demás? Se instalaron en sillones de junco, en la terraza del Bar du Soleil, con sendos cócteles delante, bastante sabrosos por cierto. No era desagradable, cuando se dirigía la mirada hacia la arena de la playa, acariciar con la vista cuerpos casi desnudos entre los que no faltaban notables anatomías.
       —Ahora, cuénteme…
       Y Torrence empezó:
       —Usted vio al hombre como yo le vi, ¿no es verdad? Nada del tipo del multimillonario americano tal como me lo imaginaba. En la calle, si no me hubiesen prevenido, más bien lo hubiera tomado por un modesto empleado o por un dependiente de gran almacén. Bajo, delgado, canijo. Ni siquiera iba bien vestido… No tenía tampoco esa personalidad inconfundible de los héroes de las películas americanas.
       »En cuanto entró en el departamento, me dijo con un pronunciado acento americano:
       »—Siéntese.
       »La puerta de comunicación entre el salón y el dormitorio estaba abierta. No se me escapó nada de lo que allí ocurrió. Norma Davidson estaba en bata y creo que debajo de aquella bata que se abría a cada paso no había más que una camisa.
       »Davidson se puso a hablar en su lengua, con un mal humor evidente.
       »Enseguida, ella le replicó en el mismo tono.
       »Me hice la reflexión de que no reinaba la cordialidad en el matrimonio y hasta me pregunté por qué estaban casados aquellos dos seres tan diferentes.
       —Es una costumbre americana —explicó Emilio sin alterarse.
       —¿Qué es lo que es una costumbre americana?
       —La de tener una mujer joven y linda. Como se posee un automóvil o un castillo histórico. Es necesario disponer de alguien que lleve las joyas y las pieles.
       —¡Podrían alquilar un maniquí! —gruñó Torrence— y ello nos evitaría sin duda este trabajo indecente… En pocas palabras, se lanzaban réplicas cada vez más hurañas… La palabra escándalo fue pronunciada varias veces… Luego, la joven sacó de su armario un maletín… Me pareció que decía:
       »—¡Aquí están tus joyas! Ya ves que te has equivocado. Todas están ahí; puedes comprobarlo…
       »Y puso el maletín encima de la cama. Lo abrió. Su marido, haciendo uso de la invitación de ella, hizo un rápido inventario.
       »¿Por qué se sonríe usted así? Acaba por ser fastidioso…
       ¿Acaso iban a disputar ellos como los dos yanquis?
       —Sonrío, jefe, y dispénseme, porque es muy divertido oírle reconstituir una conversación de la que no entendió ni una palabra; continúe, por favor. Creo hallarme en el teatro, cuando se está demasiado lejos para oír lo que dicen los actores, y se les ve agitarse como fantoches. ¿Qué hicieron luego los Davidson?
       —No se ocuparon más de mí, como si me hubiera convertido en un paragüero. El tono subía, subía… No tardaron en injuriarse groseramente. Norma Davidson posee una voz aguda, chillona. Su marido cuando se pone a gritar lo hace tan fuerte como ella. ¿Qué le reprochaba? No lo sé. En todo caso lo cierto es que se le acercó y cuando menos lo esperaba le atizó en plena cara una de esas bofetadas… ¡Qué chasquido! La mujer se quedó aturdida. Pero no tardó en recobrar el aliento y a su vez se abalanzó…
       —¡Nada, que se pelearon como carreteros!…
       —No creo que los carreteros pongan tanto ánimo en ello. Yo, en mi rincón, debía de parecer un idiota. Ella no le abofeteó, sino que le arañó la cara y le soltó una patada en la espinilla, lo cual le hizo perder la zapatilla… Yo me levanté…
       »—Siéntese —me ordenó con calma nuestro hombre.
       »Y volvió a empezar…
       —¿Las bofetadas? —interrogó Emilio.
       —No; los reproches o no sé qué. Fue entonces cuando me di cuenta de que no era yo solo el que presenciaba aquella escena de familia. En el cuarto de baño, cuya puerta estaba abierta, se hallaba la camarera.
       —¡Y decir que hay quien envidia a esa gente! —suspiró filosóficamente Emilio—. Creo que voy a tomar otro coctel.
       —Tome todo lo que quiera, pero déjeme acabar.
       —¿Quién me telefoneó?
       —A eso voy. Habrá podido usted observar que hay teléfono en todas las habitaciones de que consta el departamento, y hasta uno laqueado en el cuarto de baño. En lo más duro de la pelea, Davidson se dirigió a la camarera y le dio una orden. Esta orden, me apresuro a añadir que pareció sorprender a Norma Davidson. La camarera descolgó y pronunció algunas palabras… En el mismo instante el millonario pasó por delante de mí con el maletín en la mano.
       »—Voy a casa de mi representante a decirle que solicite mi divorcio y a depositar estas joyas, que aquí no están seguras… Durante este tiempo, le ruego que vigile a mi esposa.
       »Ella corrió tras de él. Él le dio con la puerta en las narices.
       »Ella pareció vacilar entre el desmayo y la crisis de nervios. Fue el desmayo, verdadero o falso, lo que escogió a fin de cuentas y la camarera se abalanzó a ella. Todo ocurrió tan rápidamente que no tuve tiempo para reflexionar.
       »Usted debía de estar en el hall o en el ascensor. Yo tenía a una mujer inerte en los brazos…
       »—Espere un momento ahí al lado —me dijo la camarera—. Yo me ocupo de ella. Ya estoy acostumbrada…
       —Y hemos sido engañados por segunda vez —concluyó Emilio.
       Torrence le lanzó una mirada de reojo y apretó los dientes. Lo que quizá le exasperaba más era la calma imperturbable de su colaborador.
       —¡Cualquiera diría que eso le divierte!
       —Pues casi tiene usted razón. Póngase en mi lugar… Nadie me obligó a dedicarme a detective privado. Si lo hice, si creé la Agencia O y me aseguré la colaboración del famoso Torrence, no fue para dedicarme a buscar pruebas antes de los divorcios o entregarme a las investigaciones vulgares que nos confían, después de los robos importantes, las compañías de seguros. Hace meses que no teníamos ni el menor trabajo interesante… En el Lavandou, tuve la suerte de dar con un problema excitante… Llego aquí y…
       —¡Y ha dado contra una esquina! —terminó Torrence.
       —En todo caso con un asunto bastante embrollado en apariencia. Digo en apariencia porque es fatalmente simple. Mire… El caso del traje de baño verde, en el Lavandou… A primera vista, aquello tenía algo de prodigioso, de prestidigitación o de milagro… Bueno, pues, al cabo de unas horas…
       —Sí, pero hace ya algunas horas que está usted aquí y confesará que se halla poco más avanzado que cuando llegó. No olvide que estamos en Deauville, por cuenta de ese Davidson que con tanta elegancia se ha despedido a la francesa. En primer lugar, debieran prohibirse los aviones particulares… ¿Cómo luchar contra gente que dispone de…?
       —Iba a olvidarme de un detalle que supe antes y que aún no he tenido tiempo de comunicarle.
       »Loulou, la joven florista del casino de la que hace ya tiempo que no hablamos, demasiado tiempo, a mi entender, visitaba a veces a Enrique en su habitación…
       Torrence se encogió de hombros y señaló hacia la playa, hacia los cuerpos medio desnudos que se exponían con tranquilo impudor. Quería decir sin duda:
       —¡No va usted a creer que esa clase de líos tienen alguna importancia!
       En cuanto a Emilio, éste se quedó mirando un punto en el espacio, cosa que solía hacer cuando meditaba intensamente.
       —Confiese que es divertido… Un tal Davidson nos cae de las nubes, es la palabra exacta, en el momento en que acusan de dos crímenes a su mujer. Riñe con ella de la manera más vulgar del mundo… Usted está presente y se queda deslumbrado, pero no por eso él deja de llevarse el maletín de las joyas ante sus narices y su barba…
       —¡Gracias por la barba!
       —Con eso ya tendríamos bastante, porque, al fin y al cabo, usted no conoce al señor Davidson… Él le encargó por cable que vigilara a su mujer… Es probable que le conozcan algunos americanos, en Deauville. Pero no tiene tiempo de ver a nadie. Se apea del avión, llega como una exhalación y se va como vino. Dicho de otro modo: nada nos prueba que sea el verdadero Davidson.
       —Ya pensé en eso —suspira Torrence—. Y en tal caso la Agencia O quedará francamente deshonrada, por haber dejado robar las joyas en tales condiciones de audacia que podrían hacer pensar en una complicidad…
       —Y, no obstante, no es eso lo mejor. El Royal está vigilado por la policía… La señora Davidson, al fin y al cabo, no está más que en libertad provisional y todas sus idas y venidas son controladas… Hay un inspector en el pasillo… Se halla, en su salón, el famoso Torrence, el cual, durante un desvanecimiento de la dama, la lleva a su cama…
       »—Déjenos un instante —le pide la doncella.
       »Y, a propósito, apuesto a que la camarera era bonita.
       »El bueno de Torrence pasa a la habitación contigua y la puerta se cierra. Cuando se vuelve a abrir, algo más tarde, el pájaro se había escapado.
       »¡Pues bien, amigo mío! —era raro que Emilio llamara a su jefe “amigo mío”, pero estaba de un humor magnífico—, le digo que eso son trucos de billar… Otro coctel, barman… Sí; lo mismo… No me acuerdo de sus nombres complicados…
       »Tan de billar que…
       —Que yo tengo, mi querido Emilio, ganas de plantarlo todo. No me gusta que se burlen de mí. Siempre me consideré dichoso de colaborar con usted, pero hay límites que un hombre de mi edad, con la carrera que hizo…
       —Es exactamente lo que yo pensaba.
       —¿Eh?
       —Sí; pensaba que no hay nada tan comunicativo como el mal humor. Usted asistió hace poco a una escena de familia y yo pensaba que sería extraño que transcurriera el día sin que…
       —¿Sin qué?
       —Sin que nosotros dos tuviéramos una pequeña disputa como esos estimables Davidson… ¡Vamos a almorzar, jefe! Luego yo seguiré iniciándome, bajo la dirección de John, que es un muchacho muy inteligente, en las sutilezas del oficio de botones de gran hotel…
       Cuando llegaron al Royal, todavía no había aparecido Norma Davidson. Tampoco se tenían noticias de su camarera particular, que se llamaba Daisy.
       En cuanto al avión del señor Davidson, había hecho rumbo al sudeste, es decir, al Cairo, de donde había llegado por la mañana.
       La única reflexión que hizo Emilio al sentarse a la mesa fue ésta:
       —¡Y yo que tenía tantas ganas de tomar gambas!
       ¡Había cuarenta entremeses, pero ni una sola gamba, claro está!


IV

      –Estoy persuadido, jefe, de que yéndose a pasear por ese lado o insistiendo un poco no perderá el tiempo.
       Emilio envió a Torrence a Trouville. Aparte de los hoteles y las grandes villas, en efecto, Deauville cuenta con pocas viviendas y la mayoría de los que allí trabajan tienen su domicilio en Trouville.
       Era el caso de Loulou, la florista del casino. Si trabajaba toda la noche, en las gradas del templo del bacará, pasaba más modestamente los días en el barrio de los pescadores, en Trouville, donde ocupaba dos habitaciones en casa de unas buenas gentes.
       Allí fue adonde Emilio envió al imponente Torrence, a quien un almuerzo suntuoso no había llegado a poner de buen humor.
       La investigación oficial seguía su curso con una discreción admirable. La consigna era evidentemente la de no turbar con un celo intempestivo, sobre todo a una semana del 15 de agosto, la «temporada», que era más que brillante. Es verdad que unos caballeros, que no tenían el aspecto de los veraneantes habituales, iban y venían, cuchicheaban por los rincones y salían en taxi para sitios desconocidos, pero nada olía a drama y hubiera podido creerse que tanto la florista como el botones del Royal habían sido ya olvidados.
       Sin duda dentro de uno o dos días lo enterrarían a primera hora y no irían más que algunos amigos en la comitiva fúnebre.
       Emilio pasó una tarde rara. En efecto, se agregó, como por la mañana, a la persona de John, el botones, de quien no se separó, por decirlo así, ni un palmo. Dado que los momentos de calma chicha eran raros, que los autos iban y venían y que abordaba al hombre de la librea para pedirle las informaciones menos imaginables, la conversación siguió fatalmente un curso de los más deshilvanados.
       A menudo, el joven pelirrojo de la Agencia O tenía que dar un salto de lado para evitar las ruedas de un roadster. A pesar de su traje de paisano, una vez, una joven extranjera le tomó por un empleado del hotel y le preguntó en italiano si quedaba alguna habitación libre.
       —Bueno —le dijo poco después Emilio a su nuevo amigo John—, ustedes no saben casi nada los unos de los otros… De modo que, aun trabajando en el mismo hotel, usted ignoraba en absoluto todo lo concerniente a la vida de Enrique…
       —¿Cómo explicárselo? Nosotros somos poco numerosos en el mundo entero, porque, aunque se crea lo contrario, el número de grandes hoteles de lujo es bastante restringido. Siempre es, poco más o menos, el mismo personal, que va del uno al otro. Nos encontramos como los artistas de variedades, en Luxor, en Bombay o en Miami… Estamos juntos una temporada… Luego nos perdemos de vista durante diez años y nos volvemos a encontrar en Cannes o en San Remo…
       —¿Y no se hacen preguntas?
       —Sería muy mal visto…, justamente porque, como le decía esta mañana, hay entre nosotros gente que procede de mundos muy diferentes… En la Legión extranjera sería de muy mal gusto preguntarle su apellido al camarada con quien se vive hace años y al lado del cual se ha luchado. En este mismo hotel hay entre el personal un gran señor ruso y un hijo de familia suizo que se peleó con los suyos…
       —¿Sé acuerda usted de las lenguas que Enrique hablaba corrientemente?
       —Veamos… El francés, claro está… El inglés… El alemán… El italiano… El español…
       —Suman cinco y usted me dijo siete.
       —Estoy tratando de recordar… Espere… Un poco de holandés, creo, porque trabajó en el Carlton de Ámsterdam… Y en fin… Sí, eso es… Fué el único que, hace cuatro o cinco días, entendió al conde Vatsi, un húngaro que llegó recientemente… En esa ocasión comprobé que mi predecesor, entonces jefe mío, hablaba corrientemente el húngaro.
       —¿Hablan esa lengua muchos de ustedes?
       —Muy pocos. La mayoría de los húngaros que se hospedan en los grandes hoteles conocen el alemán y el francés.
       —Yo siempre he oído decir —murmuró Emilio— que es una lengua muy difícil y que a menos de haber vivido mucho tiempo en aquel país… A propósito, ¿está el conde Vatsi todavía en el hotel?
       —Lo ha visto usted salir hace menos de media hora. Es un hombre alto y elegante, de media edad, que lleva un sombrero hongo gris y un clavel en la solapa… Ha ido a las carreras de caballos como todas las tardes…
       —¿Casado?
       —Lo ignoro. En todo caso, aquí está solo, con un secretario o ayuda de cámara, no lo sé exactamente, más tieso que el asistente de un general y al que he visto varias veces rondar por las escaleras de servicio…
       —Dígame, John… No puede imaginarse hasta qué punto es apasionante la conversación de un hombre como usted… Si ustedes se vuelven a encontrar en el último rincón del mundo, también encontrarán, a menudo, a los mismos clientes, porque no son muchos los que viajan sin cesar… ¿El conde Vatsi, por ejemplo?…
       —Lo vi hace algunos años en San Remo, y otra vez ya no recuerdo dónde, pero no en Francia… Hasta me acuerdo de que… Es curioso cómo me ha venido a la memoria… En San Remo tuvo disgustos… Es un tipo original y sus enfados son terribles. En su país es un gran terrateniente y parece que maneja a sus campesinos con el látigo. Bueno, pues había tomado un taxi para recorrer la carretera de la Corniche hasta Montecarlo… En plena Corniche, el coche hace un guiño y faltó poco para que ocurriera un accidente… El conde se apea… El chofer busca la causa que estuvo a punto de provocarlo y descubre que las tuercas de una de las ruedas estaban mal apretadas. Por la mañana habían reparado un neumático. Parece que el conde sacó un revólver de su bolsillo y, si no llegan a tiempo unos automovilistas, hubiera metido una bala de revólver en la cabeza del chófer para enseñarle a desempeñar concienzudamente su oficio, como declaró luego.
       Un cuarto de hora más tarde, Emilio sufrió una desilusión. Sabía que el comisario de la brigada móvil se ocupaba de buscar los antecedentes de todos y de cada uno de los personajes mezclados con aquel asunto. Se presentó en su despacho.
       —¿Ha logrado averiguar la identidad de Enrique?
       —¡Eso es! ¿Cree usted también que con esos tíos basta con unos minutos? Ya me han telefoneado tres veces desde París acerca de eso… Sepa, pues, que el tal Enrique era últimamente ciudadano americano, y se llamaba Henry Vernes… Naturalización que data de unos diez años… Antes fue ciudadano francés con el nombre de Henry Vernet, lo que viene a ser casi la misma cosa. Espero informes del Ministerio acerca de ese Henry Vernet, pero ya desde ahora estoy persuadido de que se trata de una naturalización.
       —¿Y la florista?
       —¿Loulou? Eso es lo más inesperado del caso… Ésa es francesa, puesto que nació en la Côte d’Azur… Pero lleva un nombre extranjero, un nombre húngaro, al parecer… Estarzi… Nació en Cagnes-sur-Mer, cerca de Niza, y ya he telegrafiado allí… Espero la respuesta…
       —Otra pregunta, señor comisario. Usted que ha tenido en la mano todos los papeles… ¿Y la señora Davidson?
       —¿Qué pasa?… Me ocupé del aeródromo. Tengo la certeza de que no se embarcó en el avión de su marido. El hotel ha sido registrado todo lo a fondo posible sin alarmar a la clientela… Parece que ya no está allí. ¿Por dónde salió? Sin duda por una de las tres o cuatro puertas de servicio que no estaban suficientemente vigiladas.
       —No es eso lo que le quería preguntar. Claro está que ella es ciudadana americana como su marido… ¿Pero lo era antes de su casamiento?
       El comisario frunce el entrecejo y escudriña en sus legajos.
       —Aquí está… Norma, llamada Norma Smith… 22 años… Nacida en Miami…
       —O, dicho de otro modo, puesto que no lleva apellido, que es hija natural —murmura Emilio—. Muchas gracias, señor comisario.
       —No va usted a decirme que ha descubierto algo…
       —Todavía no… Pero, entre nosotros, tengo la impresión de que estoy a punto de hacer un descubrimiento… No puede usted figurarse lo interesante que es escuchar un botones de gran hotel…
       En el momento en que salía del despacho, se encontró con Torrence, que se enjugaba la frente y cuyo rostro carmesí delataba una fuerte emoción.
       —¿Qué hay de nuevo, jefe?
       —¡Silencio!… Aquí, no… Sígame…
       Torrence se llevó a su colaborador lejos de la comisaría y, asegurándose de que no les oía nadie, musitó:
       —La he encontrado.
       —¿A quién?
       —A Norma Davidson. Usted sabía algo y me lo ocultaba, ¿verdad? A mí me extrañaba que me hubiera mandado rondar por los alrededores de la casa de aquella buena gente. Porque los Liberge son una buena gente. El padre es patrón de pesca. Se han hecho una linda casa cerca del puerto y, como que para ellos es un poco grande, alquilan el primer piso los veranos…
       —Ya sé todo eso, jefe. Abrevie…
       —La embarcación se llama «Los dos Hermanos» porque con su hermano se asoció Liberge para comprarla.
       —¡Me importa un comino, jefe!
       —Pues, no obstante, gracias a eso… ¡En fin!… Estaba yo tomando el sol y haciendo el ganso con unos chiquillos que jugaban a la marelle entre mis piernas y no sé por qué se me ocurrió seguir a la señora Liberge cuando salió de su casa… Imagínese que compró un pollo asado, foie-gras, pan de lujo y una botella de burdeos añejo…
       »En vez de regresar a su casa con esos comestibles, chocantes en la de un modesto pescador, se fue al puerto y le pasó el paquete a su marido.
       —¿Subió usted a bordo?
       —No… quise ver antes… De lo que estoy seguro es de que, en el momento en que Liberge abría la escotilla, advertí la mancha blanca de un vestido de mujer…
       —¿Y se disponían a salir del puerto?
       —¡Imposible! Es la hora de la bajamar… La embarcación está varada en una densa capa de limo. ¿Qué piensa usted de la historia de las joyas? El marido que se escapa en avión hacia el sudoeste… La mujer que se escurre como una anguila y que esta noche, sin duda, desembarcará en Inglaterra o en Bélgica… ¡Y las joyas…!
       —… ¡no tienen ninguna importancia! —exclamó Emilio.
       —¿Eh?
       —¿Qué hora es, jefe?
       —Las cinco menos diez…
       —Las carreras no han terminado todavía. Venga, jefe; llegaremos a tiempo para la última…


V

      –¿A quién ha telefoneado usted?
       —A nuestro amigo el comisario. Le he pedido —claro está que en nombre de usted, porque yo soy un modesto empleado de la Agencia O y no me atrevería a dirigirme a las autoridades por mi propia iniciativa—, le he pedido que tenga la bondad de mandar registrar, lo más torpemente posible, el departamento de un tal conde Vatsi…
       —¿Por qué lo más torpemente posible?
       —Una idea que he tenido… No estoy seguro de que dé resultado, pero si las cosas ocurrieran como yo supongo…
       —¿Cree usted saber cómo ocurrieron las cosas?
       —Aproximadamente… Ya hemos llegado… Tome dos entradas de pesaje, jefe… ¡Caramba! Pues no hay aquí menos de cincuenta sombreros hongos grises… ¡No me imaginaba que esos sombreros estuvieran todavía de moda!
       Se acercó a un vendedor de consejos para ganar, el cual con un movimiento de cabeza le señaló a un personaje imponente, a un hombre de nueve palmos de altura, muy atildado a pesar de su edad, con una flor en la solapa y el bigote atusado.
       Mucho me equivocaría —musitó Emilio a su patrón— o no tardarán en llamarle al teléfono… Si ve usted que se dirige a la cabina telefónica, hágame el favor de correr al encuentro del comisario de policía, que diviso allí dirigiendo el servicio de orden… Acabo de informarme. El coche del conde es un gran Mercedes verde…
       —¿Qué hay que pedirle al comisario?
       —Que se mantenga cerca del coche, de manera que pueda oír la orden que el conde le dará a su chofer. Si es la de conducirle al Royal, nada… Si, por el contrario, la dirección es algo lejana, creo que sería prudente, a pesar del carácter poco paciente del personaje… ¡Pronto! ¡Mire!… Acaban de avisarle que le llaman al teléfono…
       Unos instantes después, en efecto, el húngaro, manifiestamente intranquilo, penetró en una de las cabinas reservadas para el público. No permaneció en ella mucho rato y, cuando salió, estrujaba entre sus dedos el cigarro que antes fumaba. Miró a su alrededor como si temiera que le espiaran y franqueó a grandes zancadas el espacio que le separaba del sitio donde aparcaban los coches.
       Dos hombres, cerca del Mercedes, conversaban calurosamente y uno de ellos era el comisario de policía de Deauville, que no estaba muy seguro de la misión que Torrence le había encomendado.
       —¿Cuánta gasolina? —preguntó entonces el conde, inclinándose hacia su chofer.
       —Sesenta litros.
       —Tome enseguida por la carretera de Ruán y de allí…
       —Perdone, caballero…
       Era el comisario.
       —Lamento interrumpirle, pero su coche no está en regla…
       —¿Qué está usted diciendo? Soy el conde Vatsi y…
       —Yo soy el comisario de policía y le pido que me siga a mi despacho para la comprobación de…
       En cuanto a Torrence, como para apoyar aquella declaración, jugaba negligentemente con el par de esposas que llevaba siempre en el bolsillo.
       —Voy con ustedes, señores, pero les prevengo que pagarán caro este… esta…

       —¿Por qué no declaró usted antes que Enrique era su padre?
       La joven Norma Davidson, a la que fueron a pescar a bordo del «Dos Hermanos» y que ahora estaba sentada en el despacho del comisario, replicó:
       —Porque Davidson no lo hubiera permitido… Un Davidson puede casarse con una girl si le parece, pero no con la hija de un botones de hotel… Me lo confesó al comunicarme que iba a pedir el divorcio.
       —Davidson le habló mucho rato —dijo suavemente Emilio— y hasta con cierta violencia…
       —Me reprochó que hubiera promovido un escándalo… La verdad es que yo nunca le dije quién era mi padre. Se fue llevándose las joyas y diciéndome que si su nombre seguía mezclado en ese asunto, no solamente pediría el divorcio, sino que no me pasaría pensión alguna… Entonces decidí esconderme con la esperanza de poder salir de Francia… Esta noche, de no haber intervenido ustedes…
       —¿Y su hermana? —preguntó Emilio, siempre con su angelical suavidad…
       —¿También usted lo sabe?… Es verdad; Loulou era hermana mía.
       —Perdonen, señores —intervino el comisario de la brigada móvil—. ¿Tendrían inconveniente en darme algunas explicaciones? Esa familia que…
       Entre tanto, un inspector, en un despacho contiguo, trataba de sonsacar al conde Vatsi. Éste se mostraba altivo y no parecía que se pudiera obtener el menor resultado.
       Por fortuna, en un tercer despacho, otro personaje no manifestaba tanta desenvoltura frente a la policía francesa. Era Yarko, el secretario-ayuda de cámara del noble húngaro, que, al hablar de su amo, empleaba una fórmula curiosa:
       —Nosotros —decía siempre como si fuese la mitad del conde—. Nosotros hicimos tal cosa… Nosotros hemos decidido que… Nosotros estuvimos a punto de…
       Sólo al tratarse del chal y del revólver de la culata de nácar se permitió el uso del singular.
       —Penetré en el departamento 27, y…

       Emilio y Torrence, desdeñando el lujo culinario del Royal y en una modesta taberna de Trouville pudieron por fin darse un atracón de gambas, acompañadas de grandes tazones de sidra embotellada. Caía la noche. La marea subía y el «Dos Hermanos» estaba a punto de zarpar, no para conducir a Norma Davidson a Inglaterra ni a Bélgica, sino para ir a arrastrar la red mar adentro.
       —Mire, jefe, no es que quiera criticarle, pero me permito observar que usted se dejó hipnotizar por aquella historia de las alhajas… Conozco un poco mejor que usted la mentalidad americana y encontré muy natural que un yanqui rico puede adornar a su mujer como a una virgen de procesión, pero no consiente que le roben ni una sola piedra… En realidad, el señor Davidson no tenía nada que ver en el drama y nos lo ha demostrado cumplidamente. Con todo cinismo, vino a asegurar la pequeña fortuna que poseía aquí y, después de haber amenazado a su mujer, se fue como había venido. ¿Por qué matar a un botones de hotel? ¿Por qué matar a una florista de casino? Toda la cuestión estaba ahí y no en otra parte…
       —No soy más que un tonto empedernido —suspiró Torrence en un exceso de modestia.
       —No; pero usted no charló como yo con John y, por consiguiente, no sabía que su predecesor, Enrique, hablaba el húngaro como su lengua materna. La florista asesinada, aunque nacida en Francia, llevaba como por casualidad un apellido húngaro. Y el ayuda de cámara solía pasearse por las escaleras de servicio.
       —De todos modos, si su experimento del hipódromo no hubiese tenido éxito…
       —Hubiera buscado por otros medios… Si el conde Vatsi tenía algo que reprocharse, si registraban su departamento, si su fiel ayuda de cámara le telefoneaba súbitamente, era casi fatal que, perdiendo la serenidad…
       —No va usted a afirmar que adivinó aquella alucinante historia de amor.
       —No. Sospechaba solamente que se trataba de un asunto muy antiguo. Como me decía mi amigo John, los botones de grandes hoteles de lujo proceden de ambientes muy diversos. Enrique era un húngaro de buena familia, pero sin fortuna, y el conde Vatsi era uno de los más ricos terratenientes de su país, algo semejante a los antiguos boyardos rusos… Ya vio el tono en que respondió a las preguntas que se le hacían… Si hubiese tenido un látigo o una pistola, en la mano…
       »Imagínese la cara de ese gran señor a quien nada se le resiste, cuando, la víspera de su boda, su novia es raptada por uno de sus amigos pobres que ella ama desde hace mucho tiempo…
       »Yo creo que los húngaros, en ese aspecto, son como los corsos, y que un odio de esa clase conduce fatalmente, un día u otro, a un drama sangriento.
       »El conde Vatsi es poderoso… Enrique, a quien seguiremos llamando así, recorre el mundo, sabiendo que su enemigo no vacilaría en matarle y en matar a su compañera.
       »Escogió un oficio que le permitía cambiar de clima sin cesar… En Cagnes-sur-Mer, cuando trabajaba en el Ruhl de Niza, le nace una hija, Loulou… La inscribe, por prudencia, en el registro civil, con el apellido de su madre…
       »Más tarde, en América, otra hija, Norma; pero su madre fallece al dar a luz…
       »El padre sigue su vida vagabunda… Norma se convierte en la señora Davidson, gracias a la mayor de las casualidades… Loulou, más independiente, es la florista que sirve de mascota en el casino de Deauville…
       »El azar les reunió a los tres en el mismo punto del globo, lo cual, para esa clase de seres errantes, es algo así como un milagro. Se veían a hurtadillas… la señora Davidson no tenía derecho a ser hija de un botones de hotel y hermana de una florista callejera…
       »El conde Vatsi se alojó en el Royal y reconoció a su enemigo… Yarko, su inseparable, pronto descubre la existencia de Norma y de Loulou…
       »Al padre le matan… Matan a Loulou… Pero, en cuanto a Norma Davidson, ¿no es más refinado hacerla meter en la cárcel?
       »Basta con entrar en su departamento y robarle el revólver y el chal…
       »Si bien ella conoce vagamente la historia de sus padres, no sabe el nombre del hombre que les ha consagrado un odio mortal…
       »¿Qué puede decir, ella?… ¿Qué puede hacer?… ¿Qué prueba dar, cuando todas las pruebas están contra ella?…
       »Si yo no hubiese charlado con mi amigo John, si éste no se hubiese acordado de que Enrique hablaba húngaro, si…
       —Con tanto si… —refunfuñó Torrence—. ¡Oiga! Espero que, a pesar de todo, no vayamos a comer solamente gambas.




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