Thomas Mann
(Lübeck, Alemania, 1875 - Suiza, 1955)


Anécdota (1908)
(Frühe Erzählungen 1893-1912, 1917


      Habíamos cenado juntos, entre amigos, y proseguimos la velada hasta tarde charlando en el despacho del anfitrión. Fumábamos, sumidos en una conversación contemplativa y un tanto sentimental. Hablábamos del velo de Maya y de su resplandeciente ilusión, de eso que Buda llama «estar sediento», de las dulzuras del deseo y de la amargura del conocimiento, de la gran seducción y del gran engaño. Se habló del «chasco del deseo». Alguien planteó la tesis filosófica según la cual la meta de todo deseo es la superación del mundo. Y, estimulado por estas consideraciones, uno de los presentes relató la siguiente anécdota que, según nos aseguró, había tenido lugar en la alta sociedad de su ciudad natal, exactamente tal como él nos la contaba.
       —Si hubierais conocido a Ángela, la esposa del director Becker, la pequeña y celestial Ángela Becker, si hubierais visto sus ojos azules y sonrientes, su dulce boca, su delicioso hoyuelo en la mejilla, los rubios rizos de sus sienes, si hubierais podido ser partícipes por una sola vez del arrebatador encanto de su ser, os habríais vuelto locos por ella, igual que me volví yo y se volvieron todos. ¿Qué es un ideal? ¿No es por encima de todo un poder vivificador, una promesa de felicidad, una fuente de entusiasmo y de fuerza y, en consecuencia, un acicate y estímulo de todas las energías del alma ofrecido por la vida misma? Si esto es así, Ángela Becker era el ideal de nuestra sociedad, su estrella, la viva encamación de sus deseos. Por lo menos, creo que nadie de su entorno podía imaginarse un mundo sin ella, nadie podía plantearse su pérdida sin sentir al mismo tiempo una merma en sus ganas y en su voluntad de vivir, sin percibir un inmediato menoscabo de su dinamismo. ¡Os juro que así era!
       Se la había traído de fuera Ernst Becker, un hombre callado, cortés y, por cierto, bastante insignificante, de barba castaña. Sólo Dios sabía cómo había logrado ganarse a Ángela. Pero, en definitiva, el caso es que era suya. Jurista y funcionario de Estado en su origen, a los treinta años se había pasado a la rama bancaria, a todas luces para poderle ofrecer bienestar y una rica administración doméstica a la joven que pretendía llevar a su casa, ya que contrajo matrimonio poco después.
       Como codirector del Banco Hipotecario, ganaba entre treinta mil y treinta y cinco mil marcos, y los Becker —que, por cierto, no tenían hijos— participaban activamente en la vida social de la ciudad. Ángela era la reina de la temporada, la triunfadora de los cotillones, el punto central de las reuniones vespertinas. Durante las pausas, su palco en el teatro siempre estaba atestado de hombres que iban a ofrecerle sus respetos, sonrientes y encandilados. En los bazares de beneficencia, su puesto era asediado por compradores que se apremiaban unos a otros con el fin de aligerar sus bolsas en él y, a cambio, poder besar la pequeña mano de Ángela o ganarse una sonrisa de sus dulces labios. ¿De qué serviría calificarla de resplandeciente y maravillosa? Sólo describiendo el efecto que causaba en los demás se puede expresar el dulce encanto de su persona. Había cautivado con lazos de amor a jóvenes y viejos. La adoraban tanto muchachas como mujeres casadas. Los adolescentes le enviaban versos entre flores. Un subteniente le disparó en el hombro a un funcionario administrativo en un duelo motivado por una discusión que los dos habían tenido en un baile a causa de un vals con Ángela. A continuación se volvieron amigos inseparables al unirlos la veneración que sentían por ella. Ancianos caballeros la rodeaban después de las cenas para regodearse con su gracioso parloteo, con su gestualidad de divina picardía. La sangre volvía a fluir a las mejillas de los ancianos, que de este modo sentían deseos de vivir y eran felices. En una ocasión, un general —en broma, naturalmente, aunque no sin la plena expresión de su sentimiento— llegó a arrodillarse ante ella en el salón.
       Con todo, en realidad nadie, ni hombre ni mujer, podía presumir de tener verdadera confianza o amistad con ella, a excepción de Ernst Becker, naturalmente, y éste era demasiado callado y modesto, y quizá también demasiado inexpresivo, para hacer alarde de su felicidad. Entre ella y nosotros siempre había una bella distancia, a la que también debió de contribuir la circunstancia de que resultaba difícil encontrarla fuera de un salón o de una sala de baile. Es más, pensándolo bien, a esta festiva criatura apenas se la podía ver a la luz del día, sino sólo por las noches, sonada la hora de la luz artificial y del calor social. Aunque nos tenía a todos como admiradores, carecía de un verdadero amigo o amiga. Y estaba bien así, pues, ¿qué es un ideal con el que puedes tutearte?
       Ángela parecía dedicar sus días a la administración de su hogar, al menos a juzgar por el confortable esplendor que caracterizaba sus propias reuniones vespertinas. Estas veladas eran famosas y, de hecho, constituían el punto culminante del invierno: un mérito de la anfitriona, todo hay que decirlo, pues aunque Becker era un anfitrión cortés, no era nada entretenido. En tales ocasiones Ángela se superaba a sí misma. Después de cenar tomaba el arpa y acompañaba el susurrar de las cuerdas con su voz de plata. Resultaba inolvidable. El gusto, la gracia, la vivaz presencia de espíritu con que configuraba tales encuentros eran cautivadores. Su amabilidad, que irradiaba por igual a todas partes, lograba ganarse todos los corazones. Y la fervorosa atención y, seguramente, también la furtiva ternura con que trataba a su esposo nos mostraban la felicidad, la posibilidad de ser feliz, y nos llenaban de una fe refrescante y henchida de nostalgia y de deseo por todo lo bueno, similar a la que nos puede procurar la sublimación de la propia vida a través del arte.
       Todo eso era la esposa de Becker, y cabía esperar que éste supiera estimar su posesión en su justa medida. Si había un hombre en la ciudad que constituyera el centro de la envidia general, era él, y resulta fácil imaginar la cantidad de veces en que se veía obligado a escuchar lo afortunado que era. Todo el mundo se lo repetía y él aceptaba los tributos de envidia con cordial aprobación. Los Becker llevaban diez años casados. El director había cumplido los cuarenta y Ángela debía de contar unos treinta años. Entonces sucedió lo siguiente:
       Los Becker celebraban una reunión, una de sus veladas ejemplares, una cena con unos veinte comensales. El menú era excelente y la atmósfera, de lo más estimulante. En el momento en que se estaba sirviendo el champán con el helado, se pone en pie un caballero, un soltero entrado en años, y se dispone a pronunciar un brindis. Elogia a los anfitriones y celebra su hospitalidad, esa hospitalidad sincera y rica que procede de un exceso de felicidad y del deseo de que les sea dado a muchos participar de ella. Llegado a este punto, se pone a hablar de Ángela, alabándola de todo corazón.
       —Sí, mi querida, maravillosa y respetada señora —dice, dirigiéndose a ella con la copa en la mano—, si yo dejo que pasen mis días como solterón empedernido, es porque no he logrado encontrar a una mujer que fuera como usted, y si algún día llegara a casarme… ¡De una cosa no hay duda, mi mujer tendría que parecerse a usted en todo!
       Entonces se dirige a Ernst Becker y pide permiso para decirle una vez más lo que éste ya ha tenido que escuchar tantas veces: lo mucho que todos lo envidiaban, felicitaban y consideraban dichoso. Finalmente invita a todos los presentes a que se unan a él en el viva que va a pronunciar en honor de aquellos anfitriones bendecidos por Dios: en honor del señor y la señora Becker.
       El viva resuena con fuerza, la gente abandona sus asientos y se apremia con tal de poder brindar con la celebrada pareja. Entonces, de pronto, se hace el silencio, pues Becker, el director Becker, se ha puesto en pie, pálido como la muerte.
       Está verdaderamente pálido y sólo sus ojos destacan enrojecidos. Con temblorosa solemnidad toma la palabra.
       Por una vez, espeta desde su pecho, respirando con dificultad, ¡por una vez tenía que decirlo! ¡Por una sola vez descargarse de la verdad que durante tanto tiempo ha tenido que soportar en solitario! ¡Por una sola vez, abrirnos los ojos a todos nosotros, deslumbrados y fascinados como estábamos, sobre ese ídolo cuya posesión tanta envidia nos causaba! Y entonces, mientras nosotros, los invitados, en parte sentados y en parte de pie, helados y paralizados, sin dar crédito a nuestros oídos, rodeábamos con los ojos muy abiertos la decorada mesa, este hombre, en un espantoso arrebato, nos dibujó la imagen de su matrimonio… Del infierno que era su matrimonio…
       Esa mujer, ésa de ahí, qué falsa, hipócrita y terriblemente cruel que era. Qué carente de amor y qué repulsivamente degenerada. Cómo se pasaba el tiempo tumbada en decadente y negligente indolencia, para, sólo por la noche y bajo la luz artificial, despertar a una vida de falsedad. Cómo la única actividad que ejercía durante el día era torturar a su gato con una inventiva estremecedora. Hasta qué extremo lo atormentaba también a él con sus maliciosos caprichos. Cómo lo había engañado desvergonzadamente, poniéndole los cuernos con criados, con obreros e incluso con mendigos que llamaban a su puerta. Cómo había llegado a hundirlo a él en el abismo de su depravación, humillándolo, denigrándolo y emponzoñándolo. Cómo él lo había soportado todo en nombre del amor que había profesado en su día a esta impostora y también porque, en última instancia, no era sino una desgraciada que merecía una enorme compasión. Pero cómo, por fin, se había hartado de toda aquella envidia, vivas y felicitaciones, y cómo por una vez, por una sola vez, había tenido que decirlo.
       —¡Y es que ni siquiera se lava! —exclama—. ¡Es demasiado vaga para eso! ¡Está sucia por debajo de sus encajes!
       Dos caballeros lo condujeron fuera de la habitación. La reunión se disolvió.
       Unos días más tarde el señor Becker, al parecer de común acuerdo con su esposa, se hizo internar en un sanatorio para enfermedades nerviosas. Sin embargo, estaba perfectamente sano; simplemente, había llegado a un límite.
       Después los Becker se mudaron a otra ciudad.



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