Thomas Mann
(Lübeck, Alemania, 1875 - Suiza, 1955)


La caída (1894)
(“Gefallen”)

      Los cuatro volvíamos a estar juntos.
       Esta vez el anfitrión era el pequeño Meysenberg. Las cenas en su taller siempre tenían un encanto especial.
       Era una habitación extraña, decorada en un estilo único: el de las extravagancias de artista. Jarrones etruscos y japoneses, abanicos y dagas españoles, sombrillas chinas y mandolinas italianas, conchas africanas y pequeñas estatuas antiguas, abigarradas figurillas rococó y vírgenes cerosas, viejos grabados y trabajos surgidos del propio pincel de Meysenberg: todo ello diseminado por la habitación sobre mesas, estanterías, consolas y paredes; por si fuera poco, estas últimas, al igual que el suelo, estaban cubiertas por gruesas alfombras orientales y descoloridas sedas bordadas, dispuestas en combinaciones tan estridentes que parecían señalarse unas a otras con el dedo.
       Nosotros cuatro —es decir, el pequeño e inquieto Meysenberg con sus rizos castaños, Laube, un economista jovencísimo, rubio e idealista que no cesaba de pontificar dondequiera que estuviese sobre la incuestionable legitimidad de la emancipación femenina, el doctor en medicina Sellen y yo—, nosotros cuatro, pues, nos habíamos acomodado en asientos de lo más variopinto en torno a la pesada mesa de caoba que ocupaba el centro del taller y llevábamos un buen rato haciendo los honores al excelente menú que el genial anfitrión había compuesto para nosotros… Aunque hay que decir que tal vez prestábamos una atención aún mayor a los vinos. Una vez más, Meysenberg no había querido reparar en gastos.
       El doctor estaba sentado en una gran silla de coro tallada a la antigua de la que, con su habitual agudeza, no cesaba de burlarse. Era el irónico del grupo. Cada uno de sus gestos despectivos estaba cargado de experiencia vital y de desdén por el mundo. Era el mayor de los cuatro y rondaría la treintena. También era el que más había «vivido» de todos.
       —Un tanto libertino —decía Meysenberg—, pero divertido.
       Es verdad que al doctor se le podía apreciar cierto «libertinaje» en la cara. Tenía un peculiar brillo borroso en los ojos y su negra y corta cabellera ya delataba un pequeño claro en la coronilla. El rostro, rematado por una perilla, mostraba unos rasgos burlescos que descendían de la nariz a las comisuras de la boca y que a veces incluso le procuraban cierto aire de amargura.
       Como solía suceder, para cuando llegó el roquefort ya nos hallábamos sumidos en las «conversaciones profundas». Selten las llamaba así, con el desdeñoso sarcasmo de un hombre que, como él decía, hacía tiempo que había decidido convertir en su única filosofía el disfrute, sin preguntas ni escrúpulos, de esta vida terrenal que con tan poca consideración nos ha montado ese director de escena de ahí arriba, para terminar encogiéndose de hombros y preguntar:
       —¿Y eso es todo?
       Pero Laube, que a través de hábiles rodeos había conseguido meterse de nuevo en su elemento, ya estaba otra vez fuera de sí y gesticulaba desesperadamente en el aire desde su profunda butaca tapizada.
       —¡De eso se trata! ¡De eso se trata! ¡La ignominiosa posición social de la hembra —(Laube nunca decía «mujer», sino «hembra», que le sonaba más científico)— hunde sus raíces en los prejuicios, en los estúpidos prejuicios de la sociedad!
       —¡Salud! —dijo Selten en tono suave y compasivo mientras vaciaba una copa de vino tinto.
       Su reacción hizo que el buen muchacho perdiera lo que le quedaba de paciencia.
       —¡Ah, tú! —dijo, poniéndose en pie de un salto—. ¡Viejo cínico! ¡Contigo no se puede hablar! Pero vosotros —añadió dirigiéndose desafiante a Meysenberg y a mí—, ¡vosotros tenéis que darme la razón! ¡¿Sí o no?!
       Meysenberg estaba pelando una naranja.
       —Pues sí y no —dijo con convicción.
       —Bien, ¡continúa! —dije animando al orador, que una vez más necesitaba desahogarse y no iba a dejarnos en paz hasta conseguirlo.
       —¡Hunde sus raíces en los estúpidos prejuicios y en la obtusa injusticia de la sociedad, eso es lo que digo! Todas esas nimiedades… Por el amor de Dios, ¡pero si son ridículas! Eso de que construyan institutos para chicas o que contraten a las hembras como telegrafistas o algo así, finalmente, ¿qué significa? A un nivel más alto, sin embargo, ¡menudos puntos de vista! Con relación a lo erótico, a la sexualidad, por ejemplo, ¡qué crueldad tan corta de miras!
       —Ajá —dijo el doctor muy aliviado, poniendo a un lado la servilleta—. Parece que ahora, al menos, la cosa se pone interesante…
       Laube no se dignó mirarlo.
       —Fijaos —prosiguió con vehemencia, gesticulando con un gran bombón del postre que a continuación se metió en la boca con un ademán solemne—, fijaos, cuando dos se aman y el seductor es el hombre, no por eso dejará de ser un caballero. Incluso habrá actuado con arrojo, ¡maldito miserable! Pero la hembra será la perdida, la repudiada por la sociedad, la proscrita, la caída. ¡Sí, la ca-í-da! ¡¿Dónde reside el sostén moral de una mentalidad semejante?! ¿Es que el hombre no ha caído también? ¡¿Acaso no ha actuado con deshonra aún mayor que la hembra?!… ¡Pues bien, hablad! ¡Decid algo!
       Pensativo, Meysenberg siguió el humo de su cigarrillo con la mirada.
       —En realidad tienes razón… —dijo con benevolencia.
       El rostro de Laube resplandeció triunfante.
       —¿La tengo? ¿La tengo? —repetía continuamente— Y es que, ¿dónde está la justificación ética de un juicio semejante?
       Miré al doctor Selten. Se había quedado muy callado. Había bajado silenciosamente esa mirada suya de expresión amarga mientras le daba vueltas a una bolita de pan entre los dedos.
       —Levantémonos —dijo serenamente a continuación—. Quiero contaros una historia.
       Habíamos apartado la mesa de la cena y nos habíamos acomodado al fondo, en un rincón alfombrado y provisto de pequeños sillones que lo hacían muy agradable para charlar. Una lámpara cenital dejaba la habitación sumida en una tenue luz azulada. Bajo el techo ya empezaba a flotar una ligera capa de humo.
       —Bien, empieza —dijo Meysenberg mientras llenaba cuatro pequeñas copas de benedictino francés.
       —Sí, con mucho gusto voy a contaros esta historia, ya que nos viene a cuento —dijo el doctor— y voy a hacerlo directamente en forma de relato. Ya sabéis que hubo un tiempo en que me entretenía con esta clase de cosas.
       No podía verle bien la cara. Estaba sentado, con las piernas cruzadas, las manos en los bolsillos laterales de la chaqueta, reclinado en el sillón y mirando sosegadamente la lámpara azul del techo.
       «El héroe de mi historia —empezó a decir al cabo de un rato—, había aprobado el bachillerato en su pequeña localidad natal del norte de Alemania. A los diecinueve o veinte años ingresó en la Universidad de P., una ciudad bastante grande del sur.
       Era la manifestación perfecta del “buen tipo”. Nadie podía guardarle rencor por mucho tiempo. Alegre, benévolo y conciliador, enseguida se convirtió en el favorito de todos sus compañeros. Era un joven apuesto y delgado de rasgos suaves, vivaces ojos castaños y labios delicados sobre los que empezaba a apuntar el primer bigote. Cuando deambulaba por las calles mirando con curiosidad a su alrededor, las manos en los bolsillos y el claro sombrero redondo echado hacia atrás sobre sus rizos negros, las muchachas le lanzaban miradas enamoradas.
       Sin embargo, era inocente, tan puro en las cuestiones de la carne como en las del espíritu. Podía decir, con el general Tilly, que aún no había perdido una batalla ni tocado a una mujer. Lo primero porque aún no había tenido oportunidad y lo segundo por exactamente la misma razón.
       Apenas llevaba catorce días en P. cuando, como es natural, se enamoró. No de una camarera, que es lo más habitual, sino de una joven actriz, una tal señorita Weltner, que cubría los papeles de enamorada ingenua en el teatro Goethe.
       Si bien es cierto que, como observa tan acertadamente el poeta, quien ha tomado el elixir de la juventud ve a una Elena en cada hembra, la muchacha era realmente guapa. Una figura de infantil delicadeza: el cabello rubio mate, los ojos gris-azulados crédulos y alegres, la nariz delicada, la boca de inocente dulzura y la barbilla suave y redondeada.
       Primero se enamoró de su rostro, después de sus manos, después de sus brazos, que tuvo ocasión de ver desnudos durante la representación de una obra ambientada en la antigüedad… y un buen día llegó a amarla por completo. Incluso se enamoró de su alma, que en realidad aún no conocía.
       Su amor le costó una fortuna. Al menos una noche de cada dos ocupaba un asiento de platea en el teatro Goethe. Tenía que pedirle dinero continuamente por carta a su mamá, para lo que pergeñaba las excusas más extravagantes. Pero al fin y al cabo, mentía sólo por ella, y eso lo disculpaba todo.
       Cuando supo que la amaba, lo primero que hizo fue ponerse a escribir poesías: la célebre “lírica silenciosa” alemana.
       De este modo muchas veces se quedó sepultado bajo los libros hasta altas horas de la madrugada, acompañado únicamente por el monótono tic-tac del pequeño despertador de la cómoda y por algunos pasos solitarios que resonaban de vez en cuando en el exterior. Muy arriba en el pecho, en el arranque del cuello, se le había asentado un dolor blando, tibio y líquido que muchas veces pugnaba por subir hasta sus fatigados ojos. Pero como le daba vergüenza llorar de verdad, se limitaba a descargar sus lágrimas sobre el paciente papel en forma de palabras.
       Así, con mórbidos versos de tonalidad melancólica, se decía a sí mismo lo dulce y encantadora que era ella y lo enfermo y fatigado que estaba él, y hablaba de esa gran agitación que había en su pecho y que le incitaba a viajar a lo desconocido, lejos, muy lejos, allí donde bajo cientos de rosas y violetas dormita una dulce felicidad; y que no podía hacerlo porque estaba atrapado…
       En efecto, resultaba ridículo. Cualquiera se habría reído.
       Y es que todas esas palabras eran tan tontas, tan vanamente desvalidas… Sin embargo, él ¡la amaba! ¡La amaba!
       Naturalmente, tras habérselo confesado a sí mismo se sintió avergonzado. Y es que su amor era tan miserable, estaba tan lleno de humillación, que se hubiera conformado con besar en silencio el diminuto pie de su encantadora dama, o su blanca mano, y después hubiera estado dispuesto a morir. En cuanto a su boca, ni siquiera se atrevía a pensar en ella.
       En una ocasión en que despertó en plena noche, se la imaginó acostada a su lado, la amada cabeza apoyada en la blanca almohada, la dulce boca ligeramente entreabierta y las manos, esas manos indescriptibles de venas levemente azuladas, plegadas sobre la manta. Entonces se dio súbitamente la vuelta, apretó la cara contra la almohada y lloró largo rato en la oscuridad.
       Con eso había alcanzado el punto culminante. Había llegado a una situación en la que ya era incapaz de seguir escribiendo poemas y había perdido el apetito. Evitaba a sus conocidos, apenas salía y sus ojos mostraban unas ojeras profundas y oscuras. Además, tampoco trabajaba y no le apetecía leer nada. Sólo quería seguir vegetando, adormecido frente a su fotografía, que hacía tiempo que se había comprado, sumido en lágrimas y amor.
       Una noche estaba sentado frente a una apetecible jarra de cerveza en el rincón de una taberna en compañía de su amigo Rölling, a quien ya conocía del colegio y que estudiaba medicina como él, si bien le llevaba algunos semestres de ventaja.
       Rölling dejó la jarra sobre la mesa con un golpe resuelto.
       —Muy bien, pequeño. Y ahora cuéntame lo que te pasa.
       —¿A mí?
       Pero el joven acabó cediendo y se desahogó hablándole de ella y de sí mismo.
       Rölling sacudió disgustado la cabeza.
       —Mal asunto, pequeño. No hay nada que hacer. No eres el primero. Completamente inaccesible. Hasta hace poco vivía con su madre, y aunque ya hace algún tiempo que ésta se ha muerto… no hay absolutamente nada que hacer. Se trata de una joven terriblemente decente.
       —Pero ¿es que pensabas que yo…?
       —Bueno, yo pensaba que esperarías…
       —¡Ay, Rölling!…
       —¿Ah, no? Bueno. Pues perdona, ahora lo entiendo. No imaginaba que el asunto fuera tan sentimental… En fin, entonces envíale un ramo de flores, acompáñalo de una carta casta y respetuosa e implórale que te dé permiso por escrito para ir a visitarla y expresarle verbalmente tu admiración.
       El muchacho se puso pálido y le temblaba todo el cuerpo.
       —Pero… ¡eso no puede ser!
       —¿Por qué no? Cualquier criado le llevará el recado por cuarenta centavos.
       Se puso a temblar aún más.
       —¡Dios mío…! ¡Si eso fuera posible!
       —A ver, ¿dónde vive?
       —Yo… Pues no sé.
       —¡¿Pero ni siquiera sabes eso?! ¡Camarero! Tráigame la guía.
       Rölling lo encontró enseguida.
       —¿Lo ves? Durante todo este tiempo has tenido a tu dama viviendo en un mundo superior y ahora resulta que vive en la Heustrasse 6a, tercer piso. ¿Lo ves? Aquí lo pone: Irma Weltner, miembro del teatro Goethe… Por cierto, se trata de un barrio bastante malo. ¡Así es como se premia la virtud!
       —¡Por favor, Rölling…!
       —De acuerdo, está bien. Pues vas a hacer eso. Con un poco de suerte te dejará que le beses la mano… ¡bendito! Esta vez emplearás lo que te cueste la butaca en primera fila para comprarle el ramo.
       —¡Dios, qué me importa a mí el dichoso dinero!
       —¡Qué maravilloso es haber perdido el sentido! —declamó Rölling.
       Ya a la mañana siguiente una carta conmovedoramente ingenua acompañada de un precioso ramo de flores salió en dirección a la Heustrasse. Si recibiera una respuesta suya… ¡cualquier respuesta! ¡Con qué dicha besaría las líneas!
       A los ocho días ya había roto la portezuela del buzón del portal de tanto abrirla y cerrarla, causando el enojo de la casera.
       Las ojeras se le habían vuelto aún más profundas. Ciertamente, el pobre ofrecía un aspecto miserable. Cada vez que se miraba en el espejo se llevaba un buen susto y después lloraba de autocompasión.
       —¡Tú, pequeño! —dijo un día Rölling con determinación—, esto no puede seguir así. Te estás viniendo abajo por momentos. Hay que hacer algo. Mañana vas a ir a verla.
       El joven abrió desmesuradamente sus ojos enfermizos.
       —A verla… ¿Así, sin más…?
       —Sí.
       —Pero no puedo. No me ha dado permiso.
       —Es que eso de la cartita fue una tontería. Ya nos podríamos haber imaginado que no te iba a invitar por escrito si ni siquiera te conoce. Simplemente tienes que ir a verla. Si ya basta con que te dé los buenos días para que te sientas embriagado de felicidad… Además, tú tampoco eres un monstruo, precisamente… Ya verás como no te echa de casa. Irás mañana mismo.
       El joven se sintió mareado.
       —No voy a poder —dijo en voz baja.
       —¡En ese caso, no hay nada que hacer! —replicó Rölling, que empezaba a sentirse molesto—. ¡Vas a tener que ver cómo lo superas tú solito!
       Entonces, al igual que el mes de mayo pugnaba por librar un último combate con el invierno en el seno de la naturaleza, se sucedieron días de dura lucha en su interior.
       Pero una mañana, cuando el muchacho se levantó y abrió la ventana al despertar de un sueño profundo en que la había visto, resultó que había llegado la primavera.
       El cielo resplandeciente le sonreía benigno en un azul intenso y un singular olor a especias dulces flotaba en el aire.
       El joven sintió, olió, saboreó, vio y escuchó la primavera. Todos sus sentidos estaban henchidos de ella. Y era como si aquella franja de sol que reposaba sobre la casa de enfrente fluyera hasta su corazón en palpitantes oscilaciones, aclarándolo y fortaleciéndolo.
       Entonces besó en silencio el retrato de su dama, se puso una camisa limpia y su mejor traje, se afeitó el vello incipiente de la barbilla y se encaminó a la Heustrasse.
       Se sentía dominado por un extraño sosiego que casi le daba miedo. Aun así, no lo abandonaba. Era un sosiego de ensueño, como si no fuera él aquel muchacho que en ese momento estaba subiendo las escaleras para encontrarse de pronto frente a la puerta en que se podía leer el letrero: Irma Weltner.
       Entonces, como una exhalación, le sobrevino la sensación de estar loco. Se preguntó qué diantre estaba buscando allí y se dijo que tenía que dar media vuelta enseguida antes de que lo viera alguien.
       Pero tan sólo fue como si a través de este último estertor de timidez se hubiera visto definitivamente liberado de su anterior estado de desvarío y diera paso en su ánimo a una confianza intensa, segura y alegre, y si hasta ese momento había estado sometido a una especie de presión, a una necesidad que pesaba sobre él como en un estado de hipnosis, ahora actuaba movido por una voluntad libre, decidida y eufórica.
       Al fin y al cabo, ¡era primavera!
       La campanilla resonó metálicamente por todo el piso. Una joven acudió a abrir.
       —¿La señorita se encuentra en casa? —preguntó jovial.
       —En casa… Sí… Pero ¿a quién tengo el…?
       —Aquí tiene.
       El joven le entregó su tarjeta de visita y, mientras la muchacha se disponía a llevársela, la siguió sin más con una risa temeraria en el corazón, de modo que cuando ella le entregó la tarjeta a su joven señora, él ya estaba en la habitación, muy derecho, con el sombrero en la mano.
       Era una habitación de dimensiones moderadas y con muebles sencillos y oscuros.
       La joven dama ya se había incorporado del asiento que ocupaba junto a la ventana. El libro que había sobre la mesita junto a ella parecía haber sido apartado hacía sólo un instante. Nunca, en ninguno de sus papeles, le había parecido tan encantadora como era en realidad. El vestido gris que, con una aplicación más oscura en el pecho, ceñía su delicada figura era de sobria elegancia. En el pelo encrespado de su frente centelleaba el sol de mayo.
       La sangre del joven palpitaba y zumbaba de deleite, y cuando ella lanzó una mirada de asombro a su tarjeta seguida de otra, de sorpresa aún mayor, a su persona, la cálida añoranza que lo embargaba prorrumpió en dos palabras temerosas y vehementes al tiempo que avanzaba hacia ella con un par de rápidas zancadas:
       —¡Oh, no…! ¡Sobre todo, no se me enfade!
       —¿Qué clase de asalto es éste? —preguntó ella, divertida.
       —Es que yo, aunque usted no me lo haya permitido, yo… ¡Por una vez tenía que decirle de viva voz cuánto la admiro, señorita!
       Ella le señaló cordialmente una butaca y el joven continuó hablando al sentarse, un poco a trompicones:
       —Verá, yo soy de esos que siempre tiene que decirlo todo y que no… no puede dejar que las cosas le corroan por dentro, así que le pedí… ¿Por qué no me respondió usted, señorita? —espetó con franqueza, interrumpiéndose a sí mismo.
       —Bien… No puedo decirle hasta qué punto —respondió la joven con una sonrisa— me alegraron sinceramente sus palabras de reconocimiento y el bonito ramo que me envió, pero… No podía ser que yo, sin más… Al fin y al cabo, no podía saber…
       —No, no, si puedo imaginármelo perfectamente, pero ¿verdad que no está disgustada conmigo porque haya venido así, sin permiso…?
       —¡Oh, no, cómo podría…! ¿Hace poco que está usted en P.? —añadió rápidamente, evitando con delicadeza lo que prometía ser una pausa embarazosa.
       —Ya hace unas seis o siete semanas, señorita.
       —¿Tanto tiempo? Pensaba que me habría visto actuar por primera vez hace una semana y media, cuando recibí sus amables líneas…
       —¡¡Se lo ruego, señorita!! ¡Durante todo este tiempo he estado viéndola casi cada noche! ¡En todos sus papeles!
       —En ese caso, ¿cómo es que no ha venido a verme antes? —preguntó, ingenuamente sorprendida.
       —¿Debería haberlo hecho…? —repuso él con coquetería.
       Se sentía tan indeciblemente feliz sentado en la butaca frente a ella, en íntima conversación, y la situación le resultaba tan inconcebible, que casi tenía miedo de que, como en otras ocasiones, a tan dulce sueño sucediera un triste despertar. Se sentía alegre y a gusto hasta el punto que le faltó poco para cruzar relajadamente las piernas, pero también tan desmesuradamente feliz que habría podido lanzarse de inmediato a sus pies, diciéndole con una exclamación de júbilo: “¡Pero si todo esto no es más que una estúpida comedia! ¡Si yo te quiero tanto…!, ¡tanto…!”.
       Ella se ruborizó un poco, pero recibió su graciosa réplica con una risa cordial.
       —Disculpe… Me ha interpretado usted mal. Es verdad que me he expresado con cierta torpeza, pero no creo que le resulte tan difícil comprender…
       —A partir de ahora, señorita, haré un esfuerzo para comprenderla aún mejor.
       Estaba completamente fuera de sí. Tras esta réplica se lo dijo para sus adentros una vez más: ¡Irma Weltner estaba allí! ¡Allí mismo! ¡Y él, con ella! Una y otra vez tenía que hacer acopio de toda su lucidez para cerciorarse de que quien estaba ahí sentado era él, y no cesaba de repasar con mirada incrédula y dichosa el rostro y la figura de su dama… Sí, aquél era su cabello de un rubio apagado, aquélla era su dulce boca, su suave barbilla con leve tendencia a formarse un repliegue, aquélla era su nítida voz de niña, su encantadora dicción que fuera del escenario dejaba traslucir un poco el dialecto del sur. Y cuando ella, sin hacer mayor caso a su respuesta, cogió una vez más la tarjeta de visita que había dejado encima de la mesa para adquirir mayor constancia del nombre de su visitante, resultó que también eran aquéllas las amadas manos que él había besado tantas veces en sueños, aquellas manos indescriptibles, mientras que esos ojos que ahora volvían a dirigirse a él… ¡Con una expresión que denotaba una interesada cordialidad en constante aumento…! Entonces las palabras de la joven volvieron a estarle destinadas, dando continuidad a la charla con una alternancia de preguntas y respuestas, que, interrumpiéndose de vez en cuando, volvía a entretejerse después con fluidez, partiendo de la procedencia de los dos y prosiguiendo con sus respectivas ocupaciones y con los distintos papeles de Irma Weltner, a cuya “concepción” él, naturalmente, dedicó unas alabanzas y una admiración sin límites, por mucho que en realidad, como ella misma admitía entre risas, había bien poco que “concebir” en ellos.
       En su graciosa risa siempre resonaba también una leve nota teatral, como si un gordo papá de comedia acabara de soltarle un chiste moseriano a la platea. Sin embargo, en esos instantes, al contemplar el rostro de la joven con devoción cándidamente manifiesta, la risa que le brotaba de la boca le fascinaba de tal modo que tuvo que reprimir varias veces la tentación de caer de inmediato a sus pies y confesarle con franqueza su gran, su grandísimo amor.
       Debió de haber transcurrido más de una hora cuando, por fin, el joven miró consternado su reloj y se levantó a toda prisa.
       —Pero ¡cuánto la estoy entreteniendo, señorita Weltner! ¡Debería haberme despedido usted hace rato! A estas alturas ya tendría que saber que el tiempo, a su lado…
       Había sido muy hábil sin saberlo. Ya casi se había apartado por completo de su manifiesta admiración por la joven como artista. Ahora, de forma instintiva, los cumplidos que le expresaba generosamente empezaban a adquirir una naturaleza paulatinamente más personal.
       —Pero ¿qué hora es? ¿Por qué quiere irse ya? —inquirió la joven con un ademán de apenada sorpresa que, si se trataba de una actuación, resultó más realista y convincente de lo que había sido nunca sobre un escenario.
       —¡Por Dios, ya la he aburrido bastante! ¡Toda una hora!
       —¿De veras? ¡Qué rápido se me ha pasado el tiempo! —exclamó entonces con un asombro que sin la menor duda era auténtico—, ¿¡Ya ha pasado una hora!? Pues en ese caso voy a tener que darme prisa para meterme algo de mi nuevo papel en la cabeza… ¡Y para esta misma noche! ¿Vendrá usted al teatro? Durante el ensayo aún no me sabía nada. ¡El director casi me pega!
       —¿Cuándo me da usted su permiso para que lo asesine? —preguntó él solemnemente.
       —¡Cuanto antes, mejor! —rió ella, ofreciéndole la mano para despedirse.
       En un arrebato de pasión, se inclinó sobre la mano que le tendía y apretó los labios contra ella en un beso largo e insaciable al que, a pesar de que una voz interior le reclamaba moderación, fue incapaz de poner fin. No podía alejarse del dulce perfume de aquella mano ni de aquel dichoso desvarío amoroso.
       Ella la retiró con cierta brusquedad y, cuando él volvió a mirarla, creyó reconocer en su rostro cierta expresión de confusión, cosa que debería haber constituido un motivo para que se alegrara de todo corazón; sin embargo, la interpretó como una muestra de disgusto por su comportamiento indecoroso, del que por unos instantes se avergonzó terriblemente.
       —Mi más sincero agradecimiento, señorita Weltner —dijo apresuradamente y en un tono más formal que el anterior—, por la gran amabilidad que me ha dispensado.
       —¡Se lo ruego! Estoy encantada de haberle conocido.
       —¿Verdad que… —solicitó, recuperando el tono de franqueza—… que no me va a negar un favor, señorita? ¿Verdad que me va a permitir que vuelva a verla?
       —¡Naturalmente!… Es decir… Claro, ¿por qué no?
       Irma se sentía un tanto incómoda. Tras haberle besado la mano de aquella forma tan extraña, la petición de aquel joven parecía un poco intempestiva. Sin embargo, le ofreció la mano una vez más y añadió, con serena cordialidad:
       —Estaría encantada de poder volver a charlar un rato con usted.
       —¡Mil gracias!
       Una pequeña inclinación y el muchacho estaba fuera. De pronto, en cuanto dejó de verla, volvió a creer que todo había sido un sueño.
       Pero entonces sintió de nuevo en sus labios y en su mano el calor de la de ella y supo una vez más que todo era real y que sus sueños “descabellados” y dichosos se habían vuelto realidad. Bajó las escaleras a trompicones como si estuviera borracho, ladeado sobre la barandilla que sus dulces manos tenían que haber rozado tantas veces y que besó, con besos jubilosos, de arriba abajo.
       Y una vez abajo, delante de aquella casa un poco retirada de las demás, había una pequeña plazuela semejante a un patio o a un jardín en el que un matojo de lilas lucía sus primeras flores. Allí se detuvo para sumergir su ardiente rostro en aquel macizo refrescante y, con el corazón palpitante, sorbió largo rato aquel aroma juvenil y delicado.
       ¡Oh, cuánto la amaba!
       Hacía un rato que Rölling y un par de jóvenes más habían terminado de comer cuando el muchacho entró en el restaurante y, acalorado, se sentó con ellos tras saludarlos fugazmente. Durante unos minutos permaneció completamente inmóvil y se limitó a mirarlos de uno en uno con una sonrisa de superioridad que parecía estarse burlando secretamente de ellos porque, sentados ahí sin más, no sabían nada.
       —¡¡Chicos!! —exclamó de repente, inclinándose sobre la mesa—. ¿Queréis saber una cosa? ¡¡Soy feliz!!
       —¿De veras? —dijo Rölling mirándolo muy expresivamente a la cara. Entonces, con un movimiento ceremonioso, le tendió la mano por encima de la mesa.
       —Mis más sinceras felicitaciones, pequeño.
       —¿Por qué?
       —Pero ¿qué pasa?
       —Es verdad, aún no lo sabéis. Hoy es su cumpleaños. Celebra su cumpleaños. Miradle. ¿No os parece acabado de nacer?
       —¡Pues sí!
       —¡Caramba!
       —¡Felicidades!
       —Oye, pues entonces nos tendrías que…
       —¡Pues claro que sí! ¡Ca-ma-re-ro!
       Desde luego, había que reconocer que aquel muchacho sabía cómo celebrar su cumpleaños…
       Más adelante, tras ocho días aguardados con ansiosa impaciencia, repitió su visita. Al fin y al cabo, ella le había dado permiso. Todos aquellos exaltados estados de ánimo que la timidez amorosa había despertado en él la primera vez ya empezaban a ser abolidos.
       Pues bien, el caso es que a partir de entonces empezó a verla y a hablarle con más frecuencia. Al fin y al cabo, ella volvía a darle permiso una y otra vez.
       Los dos charlaban desenfadadamente y su trato casi podría haberse calificado de amistoso si de vez en cuando no se hiciera perceptible cierta sensación repentina de embarazo y cohibición, una especie de vago temor, que solía manifestarse en los dos al mismo tiempo. En tales momentos la conversación podía quedar interrumpida de pronto y disolverse en una mirada silenciosa de varios segundos que, al igual que cuando le besó la mano aquella primera vez, terminaba motivando instantáneamente una mayor rigidez en el trato posterior.
       Algunas veces la joven le permitió que la acompañara a casa después de la función. ¡Qué plenitud y felicidad albergaban para él aquellas noches de primavera, cuando paseaba a su lado por las calles! Entonces, frente a la puerta de su casa, ella le daba cordialmente las gracias por la molestia, él le besaba la mano y, con un agradecimiento jubiloso en el corazón, seguía su camino.
       Fue una de estas noches cuando, tras haberse despedido y habiéndose alejado ya algunos pasos de ella, se le ocurrió volverse. Entonces vio que ella seguía en el umbral y parecía buscar algo en el suelo. Sin embargo, al joven le había dado la impresión de que no se había puesto en actitud de buscar hasta después de que él se hubiera dado la vuelta inesperadamente.
       —Anoche os vi —le dijo Rölling en una ocasión—. Pequeño, permíteme que te manifieste todos mis respetos. Desde luego, no hay nadie que haya llegado tan lejos con ella como tú. Eres un tipo de mucho cuidado. Claro que también eres tonto. Me parece que la pobre ya no puede hacerle más insinuaciones. ¡Menudo dechado de virtudes! ¡Pero si debe de estar loca por ti! ¡Y que tú no aproveches y vayas a por todas de una vez…!
       Él lo miró unos instantes sin comprender. Entonces cayó en la cuenta y dijo:
       —¡Bah, cállate!
       Pero estaba temblando.

       Entonces maduró la primavera. A finales de ese mismo mes de mayo ya empezaron a sucederse varios días calurosos en los que no cayó ni una gota de lluvia. Con un azul desvaído y turbio, el cielo bajaba su mirada fija hacia la tierra sedienta, y por la noche, el imperturbable y espantoso calor del día daba paso a un bochorno sofocante y pesado que las corrientes de aire no hacían sino más perceptible.
       En uno de estos crepúsculos, nuestro bravo muchacho deambulaba solitario por las colinas de uno de los parques que rodeaban la ciudad.
       No había podido soportar quedarse más tiempo en casa. Volvía a estar enfermo. Una vez más, se movía impulsado por aquella sedienta nostalgia que ya había creído más que saciada con tanta felicidad. Sin embargo, de nuevo se veía impelido a suspirar por ella. Pero ¿qué más quería?
       ¡La culpa era de Rölling, ese Mefistófeles! (Aunque Rölling era más benévolo y menos ingenioso.)
       Para entonces rematar —no puedo decir cómo— tan elevada intuición…
       El muchacho sacudió la cabeza con un lamento y fijó la mirada a lo lejos, en la oscuridad.
       ¡La culpa era de Rölling! Fue él quien, cuando lo vio palidecer de nuevo, empezó a nombrarle con palabras brutales y a presentarle desnudamente lo que hasta entonces sólo había visto envuelto en la niebla de una melancolía mórbida y vaga.
       El muchacho seguía caminando, con paso fatigado y, sin embargo, resuelto, en pleno bochorno.
       No acertaba a dar con el matojo de jazmines cuyo perfume percibía desde hacía rato. Después de todo, era imposible que por aquella época del año hubiera florecido ya algún jazmín. No obstante, cada vez que salía al exterior sentía ese olor dulce y aturdidor por doquier.
       En un recodo del camino, contra una acusada pendiente poblada de árboles dispersos, había un banco. Se sentó en él y miró al frente.
       Al otro lado del camino el césped reseco declinaba en dirección al río, que se deslizaba cansinamente. Más allá circulaba la avenida, impecablemente recta, entre dos hileras de álamos. Y aún más allá, si se seguía con cierto esfuerzo la línea del pálido y violáceo horizonte, podía reconocerse el carro de un granjero que se arrastraba solitario.
       El muchacho se quedó allí, mirando fijamente y sin atreverse a hacer ningún movimiento, pues tampoco a su alrededor parecía moverse nada.
       ¡Ese sofocante olor a jazmín que no cesaba!
       Y en el mundo, esa sorda carga, ese silencio templado e incubador, sediento y anhelante. Sentía que de algún modo tenía que llegarle una liberación, una salvación desde algún sitio, una satisfacción que aliviara como una tormenta toda esa sed que había en él y en la naturaleza…
       Y entonces la muchacha volvió a aparecer ante su vista, vestida con aquella túnica clara de dama antigua que dejaba al descubierto un brazo delgado y blanco que sin duda sería suave y fresco…
       En ese momento se puso en pie impulsado por una vaga decisión tomada a medias y recorrió cada vez más aprisa el camino a la ciudad.
       Cuando al fin se detuvo, con la confusa sensación de haber llegado a la meta, un gran susto le sobrevino de repente.
       Ya se había hecho de noche. A su alrededor todo estaba silencioso y oscuro. Sólo muy de vez en cuando se dejaba ver alguien a esas horas en aquella zona todavía suburbial.
       La luna, casi llena, lucía en el firmamento bajo cientos de estrellas levemente veladas. Muy a lo lejos se percibía la luz cansina de una farola de gas.
       Y él estaba ahí de pie, frente a la casa de Irma.
       ¡No, él no había querido ir! Pero había algo en él que sí había querido sin que él lo supiera.
       Y ahora, estando ahí de pie y alzando inmóvil la mirada hacia la luna, todo parecía estar en orden y aquél parecía ser su sitio.
       Entonces vino un nuevo resplandor de alguna parte.
       Procedía de arriba, del tercer piso, de su habitación, en la que había una ventana abierta. Así pues, aquella noche Irma no había tenido que actuar. Estaba en casa y aún no se había retirado a dormir.
       El joven se puso a llorar. Se apoyó contra la valla y lloró. Todo era tan triste… El mundo estaba tan mudo y sediento, y la luna tan pálida…
       Estuvo llorando durante mucho tiempo, porque por un momento las lágrimas le parecieron la solución, la liberación y el alivio que tanto ansiaba. Pero después se notó los ojos aún más secos y ardientes que antes.
       Y esa árida opresión volvió a apoderarse de todo su cuerpo hasta el punto de verse forzado a gemir, a gemir por… por…
       ¡Ceder! Ceder…
       ¡No! ¡No debía ceder, sino…!
       Se enderezó. Los músculos se le tensaron por un instante. Pero entonces un dolor tibio y quedo volvió a arrasar con todas sus fuerzas.
       No obstante, si es que tenía que ceder era mejor que lo hiciera fatigado. Presionó débilmente el picaporte y subió las escaleras lentamente y arrastrando los pies.
       La criada lo miró con cierta sorpresa, dada la hora. Pero sí, la señorita estaba en casa.
       Hacia tiempo que ya no lo anunciaban. Tras una breve llamada, él mismo abrió la puerta que daba a la sala de estar de Irma.
       No era consciente de estar realizando ninguna acción. En vez de caminar hacia la puerta, se dejaba llevar hacia ella. Se sentía como si por debilidad hubiera soltado algún tipo de asidero y ahora una callada necesidad lo estuviera empujando con ademán serio y casi entristecido. Notaba que cualquier acto autónomo y meditado de su voluntad en contra de esta orden tan quedamente poderosa no hubiera hecho sino sumir su interior en una dolorosa disyuntiva. Ceder… Tenía que ceder. Lo que entonces sucediera sería lo que de todos modos tenía que pasar, lo necesario.
       Como respuesta a su llamada percibió un leve carraspeo, como de quien se prepara la garganta para hablar. A continuación sonó un “adelante” fatigado e interrogativo.
       Al entrar, el muchacho la sorprendió sentada en la penumbra en el sillón que había al fondo de la habitación, tras la mesa redonda. Una lámpara encendida y cubierta por un paño emitía su luz frente a la ventana abierta, sobre el pequeño aparador. Irma no lo miró, sino que, creyendo seguramente que se trataba de la doncella, permaneció inmóvil en su postura de fatiga, con la mejilla apoyada en el respaldo.
       —Buenas noches, señorita Weltner —dijo él en voz baja.
       Al oírlo la joven alzó bruscamente la cabeza y lo miró un instante con profundo temor.
       Estaba pálida y tenía los ojos enrojecidos. Una expresión de sufrimiento y de silenciosa entrega rodeaba su boca y una fatiga de indecible dulzura parecía estarle implorando en aquella mirada levantada hacia él y en el tono de su voz cuando preguntó:
       —¿Tan tarde?
       Entonces el muchacho sintió que estaba saliendo a la superficie todo aquello que no había sentido nunca porque nunca antes se había abandonado a sí mismo, una congoja cálida e íntima causada por el dolor que reflejaba ese rostro tan infinitamente dulce y esos amados ojos que hasta ese momento habían estado flotando sobre su vida bajo la apariencia de una felicidad benigna y alegre. En efecto, si hasta ese instante únicamente había sentido compasión por sí mismo, ahora era por ella por quien sentía una compasión profunda y de infinita entrega.
       El muchacho se quedó inmóvil en la misma posición que tenía en el momento de verla y se limitó a dirigirse a ella en voz tímida y baja, si bien todo lo que estaba sintiendo procuraba a sus palabras una intensa sonoridad:
       —¿Por qué llora, señorita Irma?
       Enmudecida, Irma bajó la mirada hacia su regazo, hacia el trapillo blanco que estrujaba con la mano.
       El muchacho fue a su encuentro y, sentándose a su lado, tomó entre las suyas las dos manos delgadas y de mate blancura de la joven, ahora frías y húmedas, y las besó tiernamente una tras otra, y mientras sus ojos se llenaban de ardientes lágrimas que procedían de lo más hondo de su pecho, repitió con voz temblorosa:
       —Porque… Usted ha estado llorando…
       Pero ella dejó caer aún más la cabeza contra el pecho, de modo que el tenue perfume de su cabello flotó hacia él, y mientras parecía estar luchando contra un sufrimiento denso, temeroso y callado y los delicados dedos se estremecían convulsivamente entre sus manos, el joven vio cómo, de sus largas y sedosas pestañas, se desprendían lenta y pesadamente dos lágrimas.
       Él apretó atemorizado las manos de la joven contra el pecho y, con un nudo en la garganta, gimió sonoramente de tanto dolor desesperado:
       —¡No puedo! No puedo verte… ¡llorar! ¡No lo soporto!
       Y la joven alzó la pálida cabecita hacia él de manera que pudieron mirarse a los ojos, hondamente, hasta las profundidades del alma, y con esa mirada se dijeron el uno al otro que se amaban. Y entonces, una exclamación de amor jubilosamente aliviadora y desesperadamente feliz acabó con el último residuo de contención, y mientras sus jóvenes cuerpos se entrelazaban en una tensión convulsiva que les dotaba de nuevo vigor, juntaron con fuerza sus temblorosos labios, y este primer y prolongado beso, en torno al cual el mundo entero parecía hundirse, recibía a través de la ventana abierta el aflujo del aroma de las lilas, que ahora se había vuelto bochornoso y anhelante.
       El muchacho levantó del asiento la figura delgada, casi enflaquecida, de Irma y los dos susurraron en los labios abiertos del otro, balbuceando, lo mucho que se amaban.
       Entonces sintió un extraño estremecimiento al ver cómo ella, que en su timidez de enamorado había sido la más elevada diosa, frente a la que siempre se había sentido débil, torpe y pequeño, empezaba a flaquear ahora bajo el influjo de sus besos…
       Durante aquella noche se despertó una vez.
       La luz de la luna jugaba en el cabello de Irma, cuya mano reposaba en su pecho.
       Entonces alzó la mirada a Dios, besó sus ojos dormidos y se sintió mejor tipo que nunca.
       Una lluvia tormentosa había caído durante la noche. La naturaleza se había visto liberada de su fiebre sofocante. Todo el mundo respiraba un aire más fresco.
       Bajo el frío sol de la mañana los lanceros desfilaban por la ciudad y la gente los veía pasar frente a sus puertas, aspirando aquel aire puro y sintiéndose feliz.
       Mientras el muchacho paseaba bajo la primavera rejuvenecida de camino a casa, los miembros aquejados por un debilitamiento soñador y feliz, habría podido gritar sin cesar, mirando el luminoso azul del cielo: ¡oh, dulce, dulce, dulcísima!
       Después, de nuevo en casa, frente a su mesa de trabajo, frente a la fotografía de su amada, volvió en sí y procedió a realizar un escrupuloso examen de conciencia sobre lo que había hecho y sobre si, aun con toda su felicidad, no había sido un sinvergüenza. Eso le hubiera sabido muy mal.
       Pero no, todo había estado bien.
       Su ánimo era tan festivo y campanero como el día de su confirmación, y cuando miró por la ventana y vio aquella primavera gorjeante y la dulce sonrisa del cielo, se sintió de nuevo como se había sentido aquella noche, como si, lleno de un agradecimiento silencioso y grave, mirara al buen Dios directamente a los ojos; sus manos se unieron y con fervorosa ternura, a modo de devota oración matutina, le susurró a la primavera el nombre de Irma.
       En cuanto a Rölling… No, era mejor que él no lo supiera. En realidad era un buen muchacho, pero seguro que volvería a hacer sus típicos juegos de palabras y trataría el asunto de esa forma suya tan… cómica. Pero algún día, cuando volviera a su casa… Sí, entonces se lo contaría alguna noche a su mamá, junto a la lámpara encendida. Le contaría toda, toda su felicidad…
       Y al pensarlo se abandonó de nuevo a ella.
       Naturalmente, ocho días después Rölling ya se había enterado de todo.
       —¡Eh, pequeño! —dijo—. ¿Crees que soy tonto? Lo sé todo. Y por mí bien que me lo podrías contar con un poco más de detalle…
       —No sé de qué me hablas. Pero aunque supiera de qué me hablas, no te hablaría de lo que sabes —repuso el muchacho gravemente, al tiempo que, gesticulando con el índice en ademán profesoral, guiaba a su interlocutor a través del ingenioso entresijo de su frase.
       —¡Mira por dónde! ¡Se ha vuelto muy gracioso el pequeño! ¡Un diamante tan puro como él! En fin, que seas muy feliz, muchacho.
       —Lo soy Rölling -repuso con seriedad y firmeza, estrechando afectuosamente la mano de su amigo.
       Pero para entonces a éste las cosas ya se le habían puesto demasiado sentimentales.
       —Oye —preguntó—, ahora la pequeña Irma no se pondrá a jugar a la joven esposa, ¿verdad? ¡Seguro que una cofia de puntilla le quedaría que ni pintada! Por cierto… ¿No me podrías infiltrar como amigo de la casa?
       —¡Rölling, no hay quien te aguante!
       Quizá se debiera a que Rölling se fue de la lengua. O quizá fuera porque el asunto de nuestro héroe, por cuya causa se había apartado por completo de todos sus viejos conocidos y de sus costumbres habituales, no podía pasar inadvertido por mucho tiempo. El caso es que entre los habitantes de la ciudad pronto corrió la voz de que “la Weltner del teatro Goethe” estaba teniendo un “lío” con un estudiante jovencísimo, y ya aseguraban que, en realidad, nunca se habían acabado de creer la decencia de “esa persona”.
       Sí, el joven se había trastornado por completo. El mundo se había hundido a su alrededor y ahora, entre cientos de nubecitas rosas y de amorcillos rococó tocando el violín, él vivía flotando el paso de las semanas. ¡Feliz, feliz, feliz! Sólo con que le permitieran quedarse tendido a los pies de Irma mientras las horas volaban imperceptiblemente y, la cabeza echada hacia atrás, pudiera sorber el aliento de su boca… El resto de la vida dejaba de existir, definitivamente. Lo único que existía todavía era eso que en los libros recibe el feo nombre de “amor”.
       La citada posición a sus pies, por cierto, era característica de la relación que mantenían los dos jóvenes. En ella se puso muy pronto de manifiesto el mayor peso social que tiene la mujer de veinte años frente al hombre de la misma edad. En su instintivo afán por agradarla, siempre era él quien se veía impelido a contener sus palabras y movimientos para salirle al encuentro como era debido. Dejando a un lado la completa libertad de su entrega en las escenas de amor propiamente dichas, era él quien se mostraba incapaz de actuar con total naturalidad durante sus sencillas relaciones sociales y quien carecía de auténtica desenvoltura. En parte por lo entregado de su amor, pero quizá aún más por ser socialmente el más pequeño y débil, el muchacho dejaba que ella lo riñera como a un niño para después pedirle perdón dolorida y sumisamente hasta que le volviera a permitir apoyar la cabeza en su regazo para acariciarle cariñosamente el pelo con una ternura maternal, casi compasiva. Sí, tendido a sus pies, él alzaba la vista hacia ella, iba y venía cuando ella lo deseaba y atendía a todos y cada uno de sus caprichos… ¡Y a fe mía que los tenía!
       —Pequeño —dijo Rölling—, creo que esta mujer se te ha puesto los pantalones. ¡Mucho me temo que eres demasiado dócil para vivir amancebado!
       —Rölling, eres un asno. No tienes ni idea. No sabes lo que es. La quiero. Eso es todo. No la quiero sólo así, a medias, sino que yo… la quiero como…, yo… ¡Bah, no se puede expresar con palabras…!
       —Lo que pasa es que eres muy buen tipo.
       —¡Bah, tonterías!
       ¡Bah, tonterías! Expresiones tan estúpidas como “ponerse los pantalones” o ser “demasiado dócil” no podía pronunciarlas nadie más que Rölling. Desde luego, el pobre no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Al fin y al cabo, ¿él qué era? ¿Qué diantre era? Su relación con Irma era tan sencilla y estaba tan bien… El muchacho podía pasarse la vida tomando las manos de ella entre las suyas y decirle una y otra vez: “¡Ah, cuánto te agradezco que me quieras, que me quieras siquiera un poco…!”.
       En una ocasión, durante una noche hermosa y suave, mientras paseaba solo por las calles, el muchacho le compuso a Irma un nuevo poema que lo conmovió mucho. Decía más o menos así:

Si al extinguirse el día en silencio,
y apagarse las luces de la tarde,
juntas las manos, devoto y serio,
y alzas la mirada hacia el Padre,

¿no es como si nuestro ingente gozo
él contemplara con mirada afligida,
como si nos dijeran sus quedos ojos
que un día expirará nuestra dicha?

¿Que algún día, tras la primavera
vendrá un invierno sombrío;
que de la vida la mano severa
separará nuestros caminos?

¡No, no apoyes aún tu dulce
cabeza temblorosa contra la mía,
que la radiante luz de primavera
nos sonríe todavía!

¡No llores, no! Que la pena duerme lejos.
¡Ven, mi amor, apóyate en mi pecho!
¡Contempla cómo el amor nuestro
resplandece todavía en este cielo!

      Que este poema lo conmoviera no se debía a que se hubiera imaginado seriamente la posibilidad de un final. ¡Vaya idea tan delirante! En realidad, lo único que había escrito de corazón eran los últimos versos, en los que la cadencia doliente y monótona se veía interrumpida por unos ritmos rápidos y libres al evocar la alegre excitación de la felicidad del presente. Lo demás no era sino una especie de atmósfera musical con la que provocar un par de lágrimas vagas.
       Después volvió a escribir cartas a su familia, a su localidad natal, cartas que seguro que nadie entendía. En realidad, en ellas no les decía nada. Eso sí, su puntuación denotaba una enorme excitación y en sus líneas proliferaba una cantidad ingente de signos de exclamación que parecían completamente inmotivados. Pero de alguna manera tenía que poder transmitir toda su felicidad y desahogarse de ella, y dado que, pensándolo bien, no le era posible ser totalmente franco en este asunto, optaba por atenerse a esos signos de exclamación de múltiples significados posibles. Muchas veces se reía calladamente para sus adentros al pensar que ni siquiera su instruido papá iba a ser capaz de descifrar aquellos jeroglíficos, que en el fondo lo único que querían decir era “¡soy desmedidamente feliz!”.

       Hasta mediados de julio, para él el tiempo siguió transcurriendo en medio de esta felicidad tan querida, tonta, dulce y burbujeante, y esta historia empezaría a volverse aburrida si no fuera porque llegó un día que vino introducido por una alegre y prometedora mañana.
       Sí, era una mañana realmente espléndida. Aún era bastante temprano: debían de ser las nueve. El sol aún no representaba más que una agradable caricia en la piel. Y el aire volvía a oler tan bien… Igual que aquel día, pensó el muchacho. Igual que la mañana que siguió a aquella maravillosa noche.
       El muchacho estaba de un humor excelente y caminaba golpeando alegremente la resplandeciente acera con su bastón. Se disponía a ir a verla.
       Pero ella no lo esperaba, y allí estaba precisamente la gracia. En principio tenía pensado ir a clase esa mañana, pero, naturalmente, había decidido dejarlo estar, al menos por hoy. ¡Sólo faltaría! ¡Pasarse un día tan maravilloso encerrado en un aula! En los días de lluvia, aún. Pero en aquellas circunstancias, con un cielo que le sonreía tan luminoso y agradable… ¡Había que estar con ella! ¡Con ella! Su decisión le había puesto de un humor inmejorable. Mientras bajaba por la Heustrasse iba silbando los poderosos ritmos de la canción del brindis de Cavalleria rusticana.
       Una vez frente a la casa de Irma se detuvo a aspirar un rato el aroma de las lilas. Con el tiempo había llegado a entablar una íntima amistad con aquel arbusto. Siempre que acudía se detenía un momento frente a él y le hablaba silenciosamente con el mayor afecto. Las lilas le contestaban dándole calladas y tiernas promesas sobre toda la ternura que, una vez más, le estaba esperando y, al igual que nos pasa cuando estamos inmersos en una felicidad o una desgracia tan grande que somos incapaces de comunicársela a un ser humano y preferimos desahogarnos de nuestro exceso de sentimiento con la inmensa y muda naturaleza (que a veces, realmente, nos da la impresión de saber lo que le estamos diciendo), así hace tiempo que el muchacho veía las lilas como un elemento que formaba parte de su aventura, un miembro de su confianza que participaba de ella, y su estado permanente de arrobamiento lírico le hacía ver en aquellas flores mucho más que un mero aditamento escénico en una novela.
       Cuando aquel aroma dulce y querido ya le hubo susurrado promesas suficientes, el muchacho dejó el bastón en el corredor y subió, las manos embutidas con exultante alegría en los bolsillos del pantalón de su claro traje de verano y el bombín encasquetado hacia atrás —pues así le gustaba a ella que lo llevara—, y entró en la salita sin llamar.
       —¡¡Buenos días, Irma!! ¡Qué, menuda…! —“sorpresa”, iba a añadir, pero resultó que el sorprendido era él.
       Al entrar vio levantarse bruscamente de la mesa a la joven, como si quisiera ir a buscar algo a toda prisa, pero no supiera bien el qué. Ahora no dejaba de pasarse una servilleta por la boca sin saber qué hacer, de pie y mirándolo con los ojos extrañamente abiertos. En la mesa había café y pastas. Un señor mayor y respetable de blanquísimo bigote y muy bien vestido seguía sentado a ella, mirándolo con gran asombro mientras continuaba masticando.
       El muchacho se quitó inmediatamente el sombrero y, azorado, le dio vueltas entre los dedos.
       —Oh, disculpen —dijo—. No sabía que tuvieras visita.
       Al ver que la tuteaba, el señor dejó de masticar y miró a la joven a la cara.
       El muchacho se llevó un buen susto al ver lo pálida que estaba sin haberse movido del sitio. ¡Pero el aspecto del señor era mucho peor! ¡Parecía un cadáver! Y los pocos pelos que le quedaban no parecía habérselos peinado… ¿Quién sería? El muchacho se devanó los sesos a toda prisa tratando de responder a eso. ¿Un pariente? Pero si Irma no le había dicho nada… Bueno, en cualquier caso, era evidente que estaba siendo inoportuno. ¡Qué lástima! ¡Con la ilusión que le hacía…! Ahora ya podía irse como había venido. ¡Terrible!… Pero ¿por qué nadie decía nada? Y ¿cómo debía comportarse ahora con ellos?
       —¿Por qué? —dijo de repente el señor mayor, mirándolo con sus pequeños ojos hundidos, relucientes y grises, como si esperara en serio que le diera una respuesta a una pregunta tan enigmática. Debía de tener la cabeza algo confusa. De hecho, la cara que ponía era de la más absoluta estupidez. El labio inferior le caía con laxitud y le daba expresión de imbécil.
       En ese momento a nuestro héroe se le ocurrió presentarse. Lo hizo con mucho decoro.
       —Me llamo ***. Sólo quería… quería ofrecerle mis respetos…
       —¡¿Y a mí qué más me da?! —farfulló de pronto el respetable caballero—. ¡¿Y qué diantre quiere?!
       —Perdone usted, yo…
       —¡Bah! Lárguese ya de una vez. Aquí está de más. ¿Verdad, ratoncito?
       Al decir esto le guiñó cariñosamente el ojo a Irma.
       En fin, no es que nuestro héroe fuera un héroe propiamente dicho, pero el tono del anciano caballero había sido tan descaradamente ofensivo —dejando a un lado el hecho de que el chasco que se había llevado había terminado con todo su buen humor—, que cambió de inmediato su actitud.
       —Permítame, caballero —dijo con calma y determinación—, desde luego soy incapaz de comprender qué le autoriza a hablarme en ese tono, especialmente dado que me tengo por alguien que tiene tanto derecho a permanecer en esta habitación como pueda tenerlo usted, si no más.
       Eso había sido demasiado para el anciano caballero, que no estaba acostumbrado a esta clase de cosas. Su excitación era tan grande que el labio inferior le temblaba de un lado a otro. Se golpeó tres veces la rodilla con la servilleta mientras, haciendo acopio de sus precarios medios bucales, espetó:
       —¡Muchacho estúpido! Usted… ¡muchacho estúpido!
       De manera que, si durante su última réplica el furioso interpelado todavía había sido capaz de mantener la calma y no había perdido de vista la posibilidad de que el anciano caballero pudiera ser un pariente de Irma, ahora había perdido definitivamente la paciencia. La conciencia de la posición que ocupaba respecto a la joven hizo orgulloso acto de presencia en su interior. Ahora ya le daba igual quién pudiera ser el otro. Estaba profundamente ofendido y sintió que hacía un buen uso de sus “derechos” cuando señaló la puerta con un rápido ademán y, con airada aspereza, exigió al respetable anciano que abandonara de inmediato la vivienda.
       Por un momento el anciano caballero se quedó sin habla. Entonces, a medio camino entre la risa y el llanto, balbuceó, mientras sus ojos recorrían desorientados la habitación:
       —Pero, esto… yo… ¡no me lo puedo creer! ¡No me lo puedo creer! Dios Santo, ¡¿qué dices tú a eso?!
       Dicho esto imploró con la mirada a Irma, quien le había dado la espalda y no emitía sonido alguno.
       Cuando el desafortunado anciano reconoció que no cabía esperar ningún apoyo de la joven, y como tampoco se le había pasado por alto la amenazadora impaciencia con la que su rival había repetido aquel ademán en dirección a la puerta, decidió dar la batalla por perdida.
       —Me iré —proclamó con noble resignación—. Me iré enseguida. ¡Pero usted y yo nos volveremos a hablar, muchacho estúpido!
       —¡Seguro que nos volveremos a hablar! —gritó nuestro héroe— ¡No le quepa duda! ¿O acaso cree, señor mío, que me ha insultado en vano? Pero de momento ¡lárguese de aquí!
       Entre temblores y gemidos, el anciano caballero se incorporó de la silla y se puso en pie. Los holgados pantalones le bamboleaban en torno a las flacas piernas. Se apoyó en las caderas y estuvo a punto de caerse de nuevo en el asiento. Eso lo puso sentimental.
       —¡Yo, un pobre viejo! —gimoteó, mientras daba traspiés en dirección a la puerta—, ¡yo, un pobre, pobre viejo! ¡Esta grosería juvenil!… Oh… ay… —y entonces una solemne furia despertó de nuevo en él—. ¡Pero volveremos… volveremos a hablarnos! ¡Ya verá como sí! ¡Ya verá!
       —¡Pues sí, lo veremos! —aseguró desde el corredor, ya más regocijado, su cruel torturador, mientras el anciano caballero se encasquetaba el sombrero de copa con manos temblorosas, se colgaba del brazo un grueso gabán y de esta guisa, con paso inseguro, alcanzaba la escalera—. ¡Lo veremos! —repitió el buen muchacho con mucha suavidad, pues el patético aspecto del anciano caballero empezaba a suscitar su compasión—. Quedo a su disposición en todo momento —prosiguió con cortesía—, pero dada la actitud que ha tenido hacia mí, no puede sorprenderse de la que he adoptado yo.
       Dicho esto hizo una cortés inclinación y abandonó a su suerte al anciano caballero, al que aún oyó gemir desde abajo mientras llamaba a un coche.
       No fue hasta ese momento cuando volvió a caer en la cuenta de que seguía sin saber quién podía haber sido aquel caballero anciano y delirante. ¡¿Y no sería un pariente de Irma, después de todo?! ¿Su tío, su abuelo o algo así? Dios Santo, en ese caso no hay duda de que se había comportado con excesiva vehemencia. A lo mejor aquel anciano caballero era así por naturaleza, sin más… Pero de haber sido ése el caso, ella se lo habría hecho notar. En cambio, todo el asunto parecía haberla dejado sin cuidado. Sólo entonces el muchacho empezó a darse cuenta de ese detalle. Hasta ese momento toda su atención se había visto absorbida por aquel anciano desvergonzado. Pero ¿quién diantre sería? Empezó a sentirse realmente incómodo y vaciló unos instantes antes de entrar otra vez, temeroso de haberse comportado de forma poco educada.
       Cuando hubo cerrado una vez más la puerta de la habitación tras de sí, Irma ya estaba sentada en el sofá, con la punta de su pañuelito de batista entre los dientes y la mirada en el vacío. No se dio la vuelta cuando él entró.
       El muchacho permaneció inmóvil unos instantes sin saber qué hacer. Entonces cruzó los dedos frente a sí y exclamó, casi llorando de desamparo:
       —¡Pero dime de una vez quién era, por el amor de Dios!
       Ni un movimiento. Ni una palabra.
       Sintió una oleada de calor seguida de un escalofrío. Empezó a invadirle una vaga sensación de horror. Pero la interrumpió diciéndose enérgicamente a sí mismo que todo eso era sencillamente ridículo, se sentó a su lado y le cogió la mano con actitud paternal.
       —Vamos, Irma, sé razonable. ¿No estarás enfadada conmigo? Piensa que fue él quien empezó… Fue ese anciano caballero. Dime, ¿quién era?
       Silencio absoluto.
       Él se puso en pie y se alejó unos pasos de ella, desconcertado.
       La puerta que había junto al sofá y que conducía a su dormitorio estaba semiabierta. El joven entró de repente. Había visto algo en la mesita de noche, en la cabecera de la cama que estaba sin hacer, que había llamado su atención. Cuando entró otra vez lo hizo llevando un par de papeles azules en la mano, unos billetes de banco.
       Se alegró de poder cambiar de tema por un momento, así que dejó los billetes sobre la mesa y dijo:
       —Será mejor que pongas esto a buen recaudo. Lo tenías ahí encima.
       Pero tras decir esto se puso pálido como la cera, se le abrieron desmesuradamente los ojos y sus labios se separaron con un temblor.
       Y es que en el momento de entrar con los billetes en la mano, ella lo había mirado y él había podido ver sus ojos.
       Un ser espantoso estaba alargando unos dedos huesudos y grises en su interior, atenazándole con fuerza la garganta.
       Desde luego, constituía un espectáculo de lo más lamentable ver cómo el pobre muchacho alargaba los brazos y, con la voz lastimera de un niño al que han roto su juguete, era incapaz de farfullar nada más que:
       —¡Oh, no!… Ay… ¡No!
       Entonces, acorralado por el miedo, se lanzó hacia Irma, le agarró las manos como para salvarla a ella entre sus brazos y a él mismo entre los suyos y espetó, con implorante desesperación en la voz:
       —¡No, por favor…! ¡¡Por favor, por favor, no!! ¡¡¡Tú no sabes cuánto… cuánto…!!! ¡¡¡Dime que no!!!
       Entonces se apartó otra vez de ella y, con un sonoro gemido, se abalanzó hacia la ventana, donde cayó de rodillas y se golpeó duramente la cabeza contra la pared.
       Con un movimiento obstinado, la joven se hundió con más firmeza en el sofá.
       —Al fin y al cabo, trabajo en el teatro. No sé a qué viene esta escena. Después de todo, todas lo hacen. Estoy harta de hacerme la santa. Ya he visto adónde me lleva eso. No puede ser. Entre nosotras, no puede ser. Eso tenemos que dejárselo a los ricos. Nosotras tenemos que mirar cómo nos las apañamos. Hay que pagar los vestidos y… y todo eso. —Y entonces, por fin, soltó—: ¡Al fin y al cabo, todo el mundo se había enterado ya de que yo…!
       Entonces el joven se lanzó sobre ella y la cubrió con besos enloquecidos, atroces, flagelantes, y parecía como si en su titubeante “Oh, tú… ¡tú!” su amor entero luchara desesperadamente contra unos sentimientos terribles que le estaban ofreciendo resistencia.
       Tal vez ya estuviera aprendiendo con aquellos besos que, a partir de ese momento, para él el amor iba a residir únicamente en el odio, y la concupiscencia en la crueldad de la venganza. O quizá para que eso llegara aún hacía falta que el tiempo le fuera sumando otras experiencias. Ni siquiera él lo sabía.
       Poco después se encontró abajo, a las puertas de la casa, bajo el cielo sonriente y blanco y frente al matojo de lilas.
       Permaneció así largo rato, sin inmutarse, rígido, los brazos colgándole del cuerpo. Pero de pronto percibió el dulce y amoroso aliento de las lilas que salía de nuevo a su encuentro, tan delicado, puro y encantador.
       Y entonces, con un súbito movimiento de aflicción y rabia, levantó el puño hacia el cielo sonriente y metió cruelmente la mano en aquel perfume engañoso, justo en su centro, de manera que se dobló y partió el ramaje y las delicadas flores quedaron pulverizadas.
       Minutos después encontramos al muchacho en casa, sentado al escritorio, callado y débil.
       Mientras tanto, fuera, en luminosa majestad, seguía rigiendo el encanto de aquel día veraniego.
       Pero él no lograba apartar la vista del retrato de Irma, viendo cómo en él seguía tan dulce y pura como antes…
       Sobre su cabeza, bajo el suave fluir de unos arpegios de piano, un violoncelo gemía de un modo muy extraño y, mientras aquellos tonos profundos y suaves que se inflaban y elevaban se iban depositando en torno a su alma, un par de versos sueltos, tiernamente dolientes, ascendieron en su interior como una pena vieja, silenciosa y largo tiempo olvidada…

…Que algún día, tras la primavera
vendrá un invierno sombrío;
que de la vida la mano severa
separará, nuestros caminos…

      Y lo más conciliador que puedo deciros para ponerle punto y final a esta historia es que, entonces, aquel estúpido muchacho se puso a llorar.»
       Durante unos instantes nuestro rincón quedó en silencio absoluto. Tampoco los dos amigos que tenía a mi lado parecieron verse libres de la leve melancolía que el relato del doctor había suscitado en mí.
       —¿Ya está? —preguntó finalmente el pequeño Meysenberg.
       —¡A Dios gracias! —dijo Selten con una dureza que me pareció algo fingida, poniéndose en pie para aproximarse a un jarrón con lilas frescas que había al fondo de la habitación, en su rincón más extremo, sobre una pequeña repisa tallada.
       Entonces pude averiguar por fin de dónde procedía la singular intensidad de la impresión que me había causado su relato: de esas lilas, cuyo aroma había desempeñado un papel tan significativo en él y no había dejado de flotar en el aire a lo largo de toda la narración. Sin duda había sido ese aroma el que había motivado al doctor a contarnos aquel suceso y había tenido un efecto casi sugestivo para mí.
       —Conmovedor —dijo Meysenberg, encendiéndose un nuevo cigarrillo con un profundo suspiro—. Una historia muy conmovedora. Y sin embargo, tan enormemente sencilla.
       —Sí —dije, sumándome a él—, y es precisamente esta sencillez la que corrobora que fue real.
       El doctor soltó una carcajada fugaz mientras acercaba aún más su rostro a las lilas.
       El joven y rubio idealista aún no había dicho nada. Mantenía su mecedora en constante movimiento y seguía comiéndose los bombones del postre.
       —Laube parece terriblemente afectado —observó Meysenberg.
       —¡No hay duda de que se trata de una historia conmovedora! —respondió diligentemente el interpelado, deteniendo su balanceo e incorporándose—. Pero lo que Selten se había propuesto en realidad era llevarme la contraria, y no me parece que lo haya conseguido. ¿Dónde está, incluso en vistas de esta historia, la justificación moral de juzgar a la hembra…?
       —¡Bah, calla de una vez con tus rancias expresiones! —le interrumpió bruscamente el doctor, con una inexplicable excitación en la voz—. Si todavía no me has comprendido, no puedo por menos que compadecerte. Cuando una mujer cae hoy por amor, mañana lo hará por dinero. Eso es lo que he querido contarte. Nada más. Y quizá ahí tengas la justificación moral que tanto reclamas.
       —Pero, dime una cosa —preguntó de pronto Meysenberg—, si la historia es real… ¿cómo es que la conoces en todos sus detalles, y por qué te estás poniendo tan nervioso?
       El doctor calló unos instantes. Entonces, de repente, con un movimiento breve, brusco, casi espasmódico, su mano derecha se hundió en pleno ramo de lilas, las mismas cuyo aroma aún había estado aspirando lenta y profundamente un momento antes.
       —Qué demonios —dijo—, ¡porque ese «buen tipo» de la historia era yo! Si no, todo esto me traería sin cuidado.
       Desde luego, viendo cómo lo decía mientras agarraba las lilas con esa brutalidad amargada y triste…, igual que debió de hacer entonces… Desde luego, bien se podía decir que de aquel «buen tipo» ya no quedaba ni rastro.



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