Thomas Mann
(Lübeck, Alemania, 1875 - Suiza, 1955)


Los hambrientos
(“Die Hungernden”)
Originalmente publicado en la revista Die Zukunft, vol. 11, n. 17, Berlin (1903)
(Der kleine Herr Friedemann, 1909)


Un estudio

       En el instante en que Detlef se sintió más íntimamente afectado por la sensación de estar de más, se dejó arrastrar, como sin querer, por el tumulto festivo y desapareció sin despedirse de la vista de aquellas dos personas.
       Se abandonó a una corriente que lo llevó a lo largo de una de las paredes de la suntuosa sala del teatro, y hasta que no se supo lejos de Lilli y del pequeño pintor no ofreció resistencia y tomó pie: lo hizo cerca del escenario, apoyándose en la curvatura sobrecargada de dorados de un palco del proscenio, entre una barbuda cariátide barroca con la cabeza gacha por el peso de la carga y su compañera femenina, cuyos turgentes senos apuntaban a la sala. Hizo un esfuerzo para adoptar, a pesar de todo, una postura de confortable contemplación, atisbando de vez en cuando a través de los anteojos y deslizando la mirada por toda aquella multitud resplandeciente, aunque evitando un punto del gentío.
       La fiesta estaba en su momento culminante. Al fondo de los palcos abombados la gente comía y bebía en mesas con mantel, mientras los caballeros, con fracs negros o de algún otro color y con enormes crisantemos en el ojal, se inclinaban desde los antepechos sobre los empolvados hombros de unas damas embutidas en trajes fantásticos y ataviadas con peinados extravagantes, señalando entre parloteos el abigarrado tumulto de la sala, que se aislaba en grupos o se desplazaba como en una corriente, estancándose y uniéndose en remolinos para separarse enseguida otra vez creando fugaces juegos de colores…
       Las mujeres, con sus fluyentes vestidos, los sombreros anchos como gabarras atados bajo la barbilla con una grotesca lazada y apoyadas en largos bastones, sostenían frente a los ojos unos binóculos de larga manija, mientras las mangas abombadas de los trajes de los hombres casi llegaban a tocar las alas de sus grises sombreros de copa… Las bromas más sonoras llegaban hasta los palcos, donde de vez en cuando alguien alzaba la copa de champán o de cerveza en señal de saludo. Con la cabeza inclinada hacia atrás, la gente se apretujaba frente al escenario abierto, en el que se estaba representando alguna excentricidad multicolor y ruidosa. Después, al cerrarse el telón, todo el mundo retrocedió entre carcajadas y aplausos. La orquesta arrancó de nuevo sus bramidos. La gente se empujaba mientras deambulaba de un lado a otro. Y la luz amarilla que llenaba por entero la fastuosa sala, mucho más intensa que la luz diurna, procuraba un resplandeciente centelleo a los ojos de los presentes, mientras todos, en inspiraciones aceleradas y vagamente ansiosas, absorbían el vaho cálido y excitante de las flores y el vino, los alimentos, el polvo, los cosméticos, el perfume, los cuerpos festivamente acalorados…
       La orquesta dejó de tocar. La gente se detuvo cogida del brazo y mirando risueña al escenario, en el que, entre rechinares y jadeos, ya se estaba representando una nueva función. Cuatro o cinco personas disfrazadas con trajes de campesino estaban parodiando con clarinetes y gangosos instrumentos de cuerda la batalla cromática de la música de Tristán… Detlef cerró por un instante los ojos, que le ardían. Sus sentidos eran tan refinados que no le quedaba más remedio que percibir la agónica nostalgia de la unión expresada en estas notas aun a pesar de la arbitraria deformación a que estaban siendo sometidas, y de pronto volvió a invadirlo la asfixiante melancolía del solitario que, movido por la envidia y el amor, se había perdido por una hija normal y corriente de la vida…
       Lilli… Su alma articuló su nombre con una mezcla de súplica y de ternura. Y entonces sí que ya no pudo seguir negándole a su mirada que se deslizara secretamente hacia ese lejano punto… Sí, todavía estaba allí atrás, en el mismo lugar en que la había dejado un rato antes, y de vez en cuando, al dividirse la multitud, podía verla entera. Allí estaba, con su vestido blanco bordado de plata, la rubia cabeza un poco ladeada y las manos a la espalda, apoyada en la pared y mirando a los ojos al pequeño pintor mientras charlaba. Sí, lo miraba directamente a los ojos con picardía y sin ambages, a unos ojos tan azules, despejados y cristalinos como los suyos propios…
       ¿De qué estarían hablando? ¿De qué seguirían hablando todavía? Ay, esas charlas que fluyen tan ligeras y sin esfuerzo de la fuente inagotable que proporcionan la candidez, la falta de pretensiones, la inocencia y el buen humor, y de la que él, serio y lento a causa de una vida de ensoñación y de conocimiento, a fuerza de constataciones paralizantes y de angustia creativa, no sabía beber. Se había ido. En un arrebato de orgullo, desesperación y generosidad se había escabullido y había dejado solas a aquellas dos criaturas para después, a lo lejos, tener todavía ocasión de percibir, con el ahogo de los celos en la garganta, la sonrisa cómplice de alivio con la que se habían librado por fin de su opresiva presencia.
       ¿Por qué había venido, por qué había vuelto hoy una vez más? ¿Qué le impelía a mezclarse, para su propio tormento, con esa masa de los despreocupados que lo rodeaba y estimulaba sin llegar a acogerlo nunca realmente? ¡Bien lo conocía, ese deseo! «Nosotros, los solitarios», había escrito en algún lugar en un momento de callado reconocimiento, «nosotros, los soñadores desheredados y apartados de la vida, que dejamos que nuestros cavilosos días transcurran lejos de todo y en un aislamiento artificial y glacial… Nosotros, que irradiamos a nuestro alrededor un frío soplo de insuperable extrañeza en cuanto dejamos ver entre las criaturas vivas nuestras frentes señaladas por el estigma del conocimiento y del desánimo… Nosotros, pobres espectros de la existencia, saludados con temeroso respeto por los demás, pero enseguida abandonados de nuevo a nosotros mismos para que nuestra mirada profunda y conocedora no les empañe por más tiempo su alegría… Todos nosotros cultivamos en nuestro interior una añoranza furtiva y consuntiva por lo cándido, lo sencillo y lo vivo, por un poco de amistad, de entrega, de confianza y de felicidad humana. Esa “Vida” de la que estamos excluidos no se nos presenta como algo extraordinario —también nosotros lo somos— ni se nos aparece como una visión de sangrienta grandeza y de salvaje hermosura: lo que constituye el imperio de nuestra nostalgia es la vida concebida como lo normal, lo decente y lo estimable: ¡la vida en toda su seductora banalidad!…»
       Miró hacia los dos que seguían charlando, al tiempo que una oleada de risas benévolas que atravesó la sala interrumpió el sonar de los clarinetes que desfiguraban aquella lánguida y dulce melodía de amor hasta convertirla en el más clamoroso sentimentalismo… Vosotros lo sois, sintió. Vosotros sois esa vida cálida, graciosa y alocada tal y como se enfrenta en una perpetua antítesis al mundo del espíritu. Pero no os penséis que éste os desprecia. No os creáis ni una sola de sus muecas de desdén. Nosotros os perseguimos en secreto; nosotros, duendes de la profundidad y mudos monstruos de conocimiento, os miramos a distancia mientras en nuestros ojos arde una afanosa nostalgia por ser vuestros iguales.
       ¿Se nos rebela el orgullo? ¿Acaso está tratando de negar que nos sentimos solos? ¿Fanfarronea diciendo que la obra del espíritu le asegura a nuestro amor una unión más elevada con las criaturas de todos los tiempos y lugares? Sí, pero ¿con cuáles? ¡Sólo con nuestros iguales, con seres sufrientes, y añorantes, y pobres, y nunca con vosotros, los de los ojos azules, los que no tenéis necesidad de espíritu!…
       Había empezado el baile. Las representaciones en el escenario habían terminado. La orquesta resonaba y cantaba con brío. Sobre el suelo pulido se deslizaban, giraban y balanceaban las parejas. Y Lilli bailaba con el pequeño pintor. ¡Con qué encanto le brotaba la linda cabecita del cáliz que formaban sus rígidas solapas bordadas en plata! Avanzando y girando, ágiles y distendidos, iban recorriendo su reducido espacio. Él había vuelto el rostro hacia ella y, sonrientes, entregándose controladamente a la dulce trivialidad de los ritmos, continuaban hablando.
       Una emoción que parecía creada por unas manos que agarrotaban y modelaban su interior invadió de pronto al solitario. ¡A pesar de todo, sois míos, y yo estoy por encima de vosotros!, sintió. ¿Es que no contemplo entre sonrisas la simplicidad de vuestras almas? ¿No percibo y retengo con un amor sarcástico cada ingenua agitación de vuestros cuerpos? A la vista de vuestro inconsciente trasiego, ¿no se preparan en mi interior las fuerzas de la palabra y de la ironía, hasta el punto de que me palpita el corazón por el afán de imitaros y por la placentera sensación de dominio que me produce exponer vuestra estúpida felicidad a la compasión del mundo bajo la luz de mi arte?…
       Pero llegado a este punto volvió a derrumbarse en su interior, sorda y nostálgicamente, todo lo que se había estado construyendo con tanta obstinación. ¡Ay, ojalá por una sola vez, sólo por una noche como aquélla, pudiera no ser un artista, sino un ser humano! Escapar por una vez de la maldición que dicta inquebrantable que no debes ser, sino contemplar. Que no debes vivir, sino crear. Que no debes amar, sino conocer. ¡Por una vez vivir, amar y alabar movido por sensaciones ingenuas y simples! ¡Por una vez, estar entre vosotros, en vosotros, ser vosotros, los que estáis vivos! ¡Por una vez, tragaros en sorbos deleitosos, oh delicias de lo banal…!
       Entonces se estremeció de repente y desvió la mirada. Le parecía como si todos aquellos rostros atractivos y acalorados reflejaran una expresión escrutadora y asqueada en cuanto notaban su presencia. De pronto, el deseo de poner tierra por medio, de ir en busca del silencio y de la oscuridad, se le hizo tan intenso que no pudo resistirlo por más tiempo. Sí, salir de ahí, marcharse del todo sin despedirse, igual que momentos antes se había retirado del lado de Lilli, y una vez en casa, apoyar la cabeza calenturienta y desdichadamente embriagada sobre una almohada fresca. Caminó en dirección a la salida.
       ¿Se daría cuenta? Lo conocía tan bien, este desaparecer, este escabullirse en silencio, orgulloso y desesperado, de una sala, de un jardín o de algún centro de alegre sociabilidad, con la secreta esperanza de, por un instante fugaz, deslizar una sombra por el horizonte de aquella criatura luminosa a la que se adora, de procurarle un momento de afectada reflexión y de compasión… Se detuvo y miró una vez más a la sala. Una súplica creció en su interior. ¿Resistir, estar junto a ella, aunque sea de lejos, y esperar algún instante imprevisto de felicidad? Era inútil. Quedaba descartada toda aproximación, toda comprensión, toda esperanza. ¡Vete, sal a la oscuridad, apoya la cabeza entre las manos y llora, si puedes, si es que existen las lágrimas en tu mundo de rigidez, de desolación, de hielo, de espíritu y de arte! Entonces abandonó la sala.
       Un dolor ardiente que lo atravesaba en silencio se había acomodado en su pecho, pero al mismo tiempo también una esperanza insensata e irracional… Ella tenía que darse cuenta, tenía que comprender, tenía que venir, que salir en pos de él. Aunque sólo fuera por compasión, tendría que retenerlo a medio camino y decirle: «Quédate, alégrate, te quiero». Y él se fue extremando la lentitud, aunque sabía, sabía con la más absoluta certeza, que ella, la pequeña danzante y charlatana Lilli, no iba a venir de ningún modo.
       Eran las dos de la mañana. Los corredores estaban desiertos y las vigilantes asintieron adormecidas tras los largos mostradores de la guardarropía. Se embutió en su abrigo, cogió el sombrero y el bastón y abandonó el teatro.
       En la plaza, en la iluminada niebla blanquecina de la noche invernal, había coches de punto formando una larga hilera. Con la cabeza gacha y el lomo abrigado con mantas, los caballos esperaban inmóviles frente a los coches al tiempo que los cocheros, embozados, pisoteaban la nieve en grupos para entrar en calor. Detlef hizo una señal a uno de ellos y, mientras el hombre preparaba a su animal, aguardó en la salida del vestíbulo iluminado y dejó que el aire frío y seco le refrescara las ardientes mejillas.
       El regusto insípido que le había dejado el vino espumoso le hizo sentir ganas de fumar. Sacó mecánicamente un cigarrillo, alumbró una cerilla y lo encendió. Y entonces, en el preciso instante en que se extinguió la llamita, le ocurrió algo que al principio no acertó a comprender y que lo dejó desconcertado y horrorizado, con los brazos colgándole del cuerpo, algo a lo que no acertó a sobreponerse y que no iba a poder olvidar…
       A medida que recuperaba la vista del fugaz deslumbramiento que le había producido la llama de la cerilla, empezó a emerger de la oscuridad un rostro asilvestrado, de facciones hundidas y barba pelirroja, cuyos ojos inflamados y rodeados por terribles ojeras miraban fijamente a los suyos con una expresión de cruel sarcasmo y cierta mirada escrutadora y ansiosa… A sólo dos o tres pasos de él, los puños profundamente enterrados en los bolsillos de los pantalones, el cuello de su andrajosa chaqueta subido, se apoyaba en una de las farolas que flanqueaban la entrada del teatro el hombre que poseía aquella cara tan plena de sufrimiento. Recorrió enteramente con la mirada la figura de Detlef, desde su abrigo de pieles sobre el que colgaban los anteojos hasta los zapatos de charol, para después volver a taladrarle los ojos con esa ansiosa y ávida expresión escrutadora. Aquella persona sacó aire desdeñosamente por la nariz una sola vez… y después su cuerpo se estremeció en el aire helado mientras sus fofas mejillas parecieron hundirse todavía más, sus párpados se cerraban con un estremecimiento y las comisuras de sus labios descendían hasta formar una expresión de malicia y amargura a la vez.
       Detlef quedó petrificado. Pugnaba por comprender… De pronto, adquirió conciencia de la apariencia de bienestar y de buena vida con la que él, el participante en la fiesta, debió de haber abandonado el vestíbulo, hecho una seña al cochero y sacado el cigarrillo de su pitillera de plata. Alzó involuntariamente la mano, a punto de darse una palmada en la cabeza. Avanzó un paso hacia aquella persona, tomó aire para hablar, para explicarle… No obstante, terminó entrando en silencio en el coche que ya estaba preparado. Estuvo a punto de olvidarse de darle la dirección al cochero, desconcertado y fuera de sí por la imposibilidad de aclarar las cosas.
       ¡Qué equivocación, Dios mío! ¡Qué terrible malentendido! ¡Ese miserable y marginado lo había mirado con deseo y amargura, con ese violento desprecio que no es sino envidia y nostalgia! Pero ese hambriento, ¿no había hecho alarde de su situación hasta cierto punto? En su temblor, en su amarga y sarcástica mueca, ¿no se había manifestado el deseo de impresionarlo, de procurarle a él, el descaradamente feliz, una sombra en el horizonte, un momento de afectada reflexión y de compasión? Te equivocas, amigo, fallaste en tu efecto: tu lamentable imagen no es para mí una advertencia terrible y vergonzosa de algún mundo extraño y horrible. ¡Si tú y yo somos hermanos!
       ¿Lo sientes aquí, camarada, aquí, encima del pecho, y te arde? ¡Qué bien conozco esa sensación! ¿Y por qué has venido a pesar de todo? ¿Por qué no te quedas en la oscuridad, obcecado y orgulloso, sino que buscas tu sitio bajo ventanales iluminados detrás de los cuales se celebran la música y las risas de la vida? ¿Acaso no conozco yo también ese deseo enfermizo que te impulsó a ir hasta allí para cebar tu desgracia, una desgracia a la que se puede llamar indistintamente «odio» o «amor»?
       Nada me resulta ajeno en toda esa aflicción que te invade. ¡Y tú creías avergonzarme! ¿Qué es el espíritu? ¡El odio que juega! ¿Qué es el arte? ¡La nostalgia que da forma! Los dos tenemos nuestra casa en el país de los engañados, de los hambrientos, de los acusadores y de los negadores, y también compartimos las horas traidoras llenas de desprecio por nosotros mismos, pues nos pierde ese denigrante amor que sentimos por la vida, por la necia felicidad. Pero tú no has sabido reconocerme.
       ¡Una equivocación! ¡Una equivocación!… Y mientras este lamento lo invadía por completo, en algún hondo lugar de su pecho resplandecía una intuición que era dolorosa y dulce a la vez… ¿Es que sólo se equivocaba aquél? ¿Dónde está el final del error? ¿No será que toda la nostalgia de la Tierra no es más que un error, empezando por la mía propia, por mi nostalgia de una vida sencilla e impulsiva, de esa vida muda que desconoce tanto la transfiguración por el espíritu y el arte como la redención por la palabra? Ay, todos somos hermanos, nosotros, criaturas de una voluntad que sufre sin sosiego. Y, sin embargo, no sabemos reconocernos. Nos hace falta otro amor, otro…
       Una vez en casa, sentado entre sus libros, cuadros y bustos de mirada serena, se sintió conmovido por estas piadosas palabras: «Niños, amaos los unos a los otros…».



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