Thomas Mann
(Lübeck, Alemania, 1875 - Suiza, 1955)


En casa del profeta (1904)
(“Beim Propheten”)
Das Wunderkind. Novellen (1917)


       Hay lugares extraños, mentes extrañas, regiones extrañas del espíritu, elevadas y miserables. En la periferia de las grandes ciudades, allí donde las farolas se vuelven más escasas y los gendarmes patrullan por parejas, hay que subir las escaleras de las casas hasta que ya no se pueda avanzar más para acceder a las oblicuas buhardillas en donde unos genios jóvenes y pálidos, criminales del sueño, incuban apáticamente y de brazos cruzados sus pensamientos, o para llegar a los talleres de decoración barata e insignificante donde unos artistas solitarios, indignados y consumidos por dentro, hambrientos y orgullosos, luchan inmersos en una nube de humo por sus más extremos y confusos ideales. Es aquí donde hallaremos el fin, el hielo, la pureza y la nada. Aquí carece de validez todo contrato, toda concesión, toda tolerancia, toda mesura y todo valor. Aquí el aire es tan poco denso y tan honesto que las miasmas de la vida son incapaces de medrar. Aquí rige la obstinación, la más extrema consecuencia, el yo que reina desesperado, la libertad, el delirio y la muerte…
       Era un Viernes Santo, a las ocho de la noche. Varias de las personas a las que Daniel había invitado llegaron en aquel mismo instante. Habían recibido invitaciones en formato cuartilla en las que un águila se llevaba por los aires, cogida con las garras, una daga desenvainada y que, en una escritura singular, exhortaban a su receptor a que asistiera a la reunión que se celebraría el Viernes Santo con objeto de la lectura de las proclamaciones de Daniel; así es como, en la hora fijada, coincidieron en aquella calle desierta y sombría del arrabal frente al banal edificio en alquiler en el que se hallaba la morada terrenal del profeta.
       Algunos ya se conocían e intercambiaron saludos. Se trataba del pintor polaco y de la flaca muchacha que vivía con él; del poeta, un semita larguirucho y de barba negra acompañado por su voluminosa y pálida esposa ataviada con largas túnicas colgantes, una personalidad de aspecto simultáneamente marcial y enfermizo, espiritista y capitán de caballería fuera de servicio; y de un joven filósofo con apariencia de canguro. El novelista, un caballero de sombrero rígido y cuidado bigote, era el único que no conocía a nadie. Procedía de una esfera muy distinta y había ido a parar allí por pura casualidad. Mantenía cierta relación con la vida, y uno de sus libros era leído en los circuitos burgueses. Estaba decidido a comportarse con agradecimiento, con severa humildad y, en todo, como una criatura que estaba siendo tolerada. Siguió a cierta distancia a los demás al interior de la casa.
       Subieron las escaleras, un escalón tras otro, apoyados en la barandilla de hierro forjado. Guardaban silencio, pues eran personas que conocían el valor de la palabra y no acostumbraban a hablar inútilmente. A la tenue luz de las lamparitas de petróleo que había sobre los alféizares de las ventanas en los recodos de la escalera, iban leyendo al pasar los nombres que había en las puertas de las viviendas. Así pasaron de largo por el hogar y el nido de inquietudes de un empleado de una agencia de seguros, de una comadrona, de una lavandera, de un «agente» y de un callista, en silencio, sin desprecio, pero sintiéndose extraños. Ascendían por la estrecha caja de la escalera como a través de un pozo en penumbra, con confianza y sin detenerse, pues desde allá arriba, desde ese lugar en el que ya no se puede avanzar más, les esperaba un resplandor, el temblor de un reflejo suave y fugaz que procedía de la altura más extrema.
       Por fin se hallaban en la meta, justo debajo del tejado, a la luz de seis velas que ardían en varios candelabros distintos sobre una mesita cubierta con palias desteñidas que había al final de la escalera. En la puerta, ya con el aspecto de la entrada a un desván, alguien había colgado un letrero de cartón gris que, en tipos romanos trazados con carboncillo, rezaba «Daniel». Llamaron al timbre…
       Les abrió un niño cabezón y de mirada cordial vestido con un traje azul nuevo y botas relucientes, con una vela en la mano, y les iluminó oblicuamente el camino a través del corredor pequeño y oscuro hasta una estancia abuhardillada sin empapelar, completamente vacía a excepción de un perchero de madera. Sin mediar palabra, con un gesto acompañado de un sonido gutural y balbuceante, el niño invitó a los presentes a dejar allí sus cosas, y cuando el novelista, movido por una genérica simpatía, le formuló una pregunta, se hizo definitivamente patente que el niño era mudo. A continuación guió de nuevo con su luz a los invitados a través del corredor, esta vez hacia otra puerta distinta, y les hizo entrar. El novelista entró el último. Llevaba levita y guantes, decidido a comportarse como si estuviera en una iglesia.
       Una claridad generada por veinte o veinticinco velas encendidas que vibraban y centelleaban festivamente imperaba en la estancia de dimensiones moderadas en la que entraron. Una joven que llevaba un vestido sencillo con puños y cuello de color blanco, María Josefa, la hermana de Daniel, de semblante puro y necio, se hallaba muy cerca de la puerta y les iba estrechando la mano a todos a medida que llegaban. El novelista la conocía. Había coincidido con ella en una tertulia literaria. En aquella ocasión la había visto muy erguida en su asiento, con la taza en la mano, y la había oído hablar de su hermano con voz clara y fervorosa. Adoraba a Daniel.
       El novelista lo buscó con la mirada…
       —No está aquí —dijo Maria Josefa—. Está ausente, no sé dónde. Pero su espíritu estará entre nosotros y seguirá frase por frase las proclamaciones mientras sean leídas.
       —¿Quién las va a leer? —preguntó el novelista con voz contenida y reverente.
       Se tomaba aquello en serio. Era una persona de buenas intenciones y con una íntima humildad, lleno de respeto por todas las manifestaciones del mundo, dispuesto a aprender y a honrar todo lo que fuera digno de ser honrado.
       —Un discípulo de mi hermano —respondió María Josefa— que va a venir desde Suiza. Aún no está aquí. Lo estará en el momento oportuno.
       Frente a la puerta, apoyado sobre una mesa y con el canto superior arrimado contra el techo inclinado, se mostraba a la luz de las velas un gran dibujo al pastel realizado con trazos amplios y vehementes que representaba a Napoleón calentándose, en actitud tosca y despótica, los pies calzados con botas de cañonero a la lumbre de la chimenea. A la derecha de la entrada se erigía un baúl parecido a un altar sobre el que, entre velas que ardían en candelabros plateados, extendía sus manos la talla policromada de un santo que tenía los ojos dirigidos hacia lo alto. Delante había un reclinatorio y, al aproximarse, uno se podía percatar de la presencia de una pequeña fotografía de aficionado que había sido apoyada verticalmente contra uno de los pies del santo y que representaba a un hombre joven de unos treinta años, de frente tremendamente elevada, pálida e inclinada hacia atrás, y un rostro rasurado y huesudo como de ave de presa que denotaba una concentrada espiritualidad.
       El novelista se quedó un rato frente al retrato de Daniel. A continuación, con suma precaución, se atrevió a entrar un poco más en la estancia. Tras una gran mesa redonda cuyo tablero pulido en tonos amarillos mostraba, rodeada de una corona de laurel, la misma águila portadora de una daga que ya habían tenido ocasión de ver en las invitaciones, entre las butacas bajas de madera, asomaba una silla gótica severa, estrecha y empinada como si se tratara de un trono o de un sitial. Un banco largo y de hechura sencilla, recubierto de tela barata, se extendía frente al espacioso nicho que formaba la confluencia del muro y del tejado y en la que había embutida una ventana baja. Estaba abierta, seguramente porque la estufa cerámica, baja y rechoncha, se había caldeado demasiado, y abría la vista a una porción de noche azul en cuya profundidad y vastedad se perdían, en forma de puntos incandescentes de color amarillo, las farolas de gas distribuidas irregularmente en intervalos cada vez mayores.
       Pero delante de la ventana se estrechaba la estancia hasta formar un aposento con aspecto de alcoba que estaba iluminado con mayor claridad que el resto de la buhardilla y que parecía medio gabinete, medio capilla. Al fondo había un diván recubierto de una tela fina y pálida. A la derecha se veía una librería tapada con una sábana en cuyo extremo superior ardían varias velas dispuestas en candelabros y lamparillas de aceite de formas antiguas. A la izquierda había una mesa cubierta con un mantel blanco que exhibía un crucifijo, un candelabro de siete brazos, un vaso lleno de vino tinto y un plato con un trozo de pastel de pasas. En el primer término de la alcoba, sin embargo, se erigía sobre un podio plano, frente a un candelabro de hierro que la sobrepasaba, una columna de escayola dorada cuyo capitel había sido recubierto con una palia de altar de seda roja. Y sobre ella descansaba una pila escrita de hojas de papel en formato folio: las proclamaciones de Daniel. Un papel pintado claro y estampado con pequeñas guirnaldas estilo Imperio cubría las paredes y la parte inclinada del techo. Una mascarilla mortuoria, guirnaldas de rosas y una gran espada oxidada colgaban de la pared. Y además del gran retrato de Napoleón, había diseminados por la estancia, en ejecuciones de lo más diverso, los retratos de Lutero, Nietzsche, Moltke, Alejandro VI, Robespierre y Savonarola…
       —Todas estas cosas han sido vividas por él —dijo María Josefa, tratando de escudriñar el efecto que había causado la decoración en el rostro respetuosamente inexpresivo del novelista.
       Pero entretanto habían llegado nuevos invitados, con solemnidad y en silencio, y la gente empezaba a acomodarse con actitud decorosa en bancos y sillas. Aparte de los que habían llegado al principio, ahora también habían tomado asiento un dibujante de extravagante aspecto, con un decrépito rostro infantil, una dama coja que solía hacerse presentar como «poetisa erótica», una joven madre soltera de ascendencia aristocrática que había sido repudiada por su familia, pero que carecía de toda pretensión espiritual y que única y exclusivamente había sido acogida en este círculo a causa de su maternidad, una escritora de cierta edad y un músico jorobado… Unas doce personas en total. El novelista se había retirado al nicho de la ventana para sentarse, y Maria Josefa se había acomodado en una silla que había muy cerca de la puerta, las manos entrelazadas sobre las rodillas. Así es como esperaron al discípulo procedente de Suiza que estaría allí en el momento oportuno.
       De repente llegó también una dama rica que solía visitar por pura afición esta clase de celebraciones. Había llegado hasta aquí en su cupé de seda procedente del centro de la ciudad, de su suntuosa casa con gobelinos y marcos de puerta de giallo antico, había subido todos los escalones y ahora, bella, perfumada y lujosa, entraba por la puerta, ataviada con un vestido de paño azul bordado en amarillo y con un sombrero parisino sobre su cabello de un castaño caoba, sonriendo con ojos como pintados por Tiziano. Venía por curiosidad, por aburrimiento, por el placer que sentía por los contrastes, por su buena predisposición hacia todo lo que se saliera un poco de lo normal, por una encantadora extravagancia. Saludó a la hermana de Daniel y al novelista, que era un visitante asiduo de su casa, y se sentó en el banco que había frente al nicho de la ventana, entre la poetisa erótica y el filósofo con apariencia de canguro, como si eso fuera lo más normal del mundo.
       —He estado a punto de llegar tarde —le dijo en voz baja, con su boca bella y expresiva, al novelista que estaba sentado tras ella—. Tenía invitados a tomar el té y la reunión se ha alargado un poco…
       El novelista estaba muy emocionado y daba gracias a Dios por haberse presentado con un atavío respetable. «¡Qué hermosa es!», pensó. «Merece ser la madre de una hija así…»
       —¿Y la señorita Sonja? —le preguntó por encima del hombro…—. ¿No ha traído usted a la señorita Sonja?
       Sonja era la hija de aquella dama rica y, a los ojos del novelista, un espécimen increíblemente afortunado de criatura, un prodigio de formación universal, la viva personificación de un ideal de cultura. Pronunció su nombre dos veces porque le generaba un placer indescriptible articularlo.
       —Sonja está enferma —dijo la rica dama—. Sí, imagínese, se ha herido en un pie. Oh, no es nada, una hinchazón, una pequeña infección o tumescencia. Ya se lo han intervenido. Quizá ni siquiera hubiera hecho falta, pero ella misma lo ha querido así.
       —¡Ella misma lo ha querido! —repitió el novelista en un susurro entusiasta—. ¡En eso la reconozco! Pero, dígame, ¿cómo puedo comunicarle mi sentimiento?
       —Oh, ya la saludaré yo de su parte —dijo la rica dama. Y como él guardó silencio, añadió—: ¿O es que no le basta con eso?
       —No, no me basta —dijo el novelista en voz extremadamente baja, y dado que ella valoraba sus libros, repuso con una sonrisa:
       —Pues entonces envíele alguna florecilla.
       —¡Gracias! —dijo él—. ¡Gracias! ¡Lo haré!
       Y por dentro pensaba: «¿Una florecilla? ¡Un ramillete! ¡Un ramo entero! ¡Aun antes de desayunar me acercaré mañana en un coche de punto hasta la florista…!». Y sintió que mantenía cierta relación con la vida.
       Entonces se percibió un ruido fugaz en el exterior, se abrió la puerta para volver a cerrarse enseguida bruscamente y, a los ojos de los invitados y a la luz de las velas, apareció un joven bajo y robusto vestido con un traje oscuro: el discípulo de Suiza. Sobrevoló la estancia con una mirada amenazadora, acudió con vehementes zancadas hasta la columna de escayola que había frente a la alcoba, se puso de pie tras ella sobre el podio plano con un ahínco tal que parecía como si quisiera echar raíces en él, agarró el pliego superior del manuscrito y empezó a leer de inmediato.
       Tendría unos veintiocho años y era feo y de cuello corto. Su cabello rapado formaba una punta de excepcional longitud que se internaba en su frente ya de por sí estrecha y surcada. Su rostro, rasurado, hosco y rudo, mostraba una nariz de dogo, bastos pómulos, las mejillas hundidas y labios gruesos y prominentes que parecían articular las palabras con dificultad, a regañadientes y con una especie de blanda ira. Su rostro era tosco, pero también pálido. Leía con voz salvaje y excesivamente alta, aunque interiormente temblara, oscilara y se mostrara afectada por la falta de aliento. La mano con que sostenía el pliego escrito era ancha y roja, y aun así se estremecía. Constituía una siniestra mixtura de brutalidad y debilidad, y lo que leía concordaba extrañamente con esta impresión.
       Eran sermones, metáforas, tesis, leyes, visiones, profecías y unos llamamientos que más bien parecían órdenes del día, que se sucedían pintoresca e imprevisiblemente unos a otros en una mezcla de estilos compuesta tanto por un apocalíptico tono de salterio como por términos técnicos que procedían tanto del vocabulario estratégico militar como de la terminología filosófico-crítica. Un yo febril y terriblemente irritado se incorporaba lentamente en un delirio solitario de grandeza, amenazando al mundo con un torrente de palabras violentas. Christus imperator maximus era su nombre, y reclutaba tropas dispuestas a morir para someter el orbe, emitía mensajes, dictaba sus inflexibles condiciones, exigía castidad y pobreza, y repetía una y otra vez, en un ilimitado alboroto y con una especie de voluptuosidad anti natura, el mandamiento de la obediencia incondicional. Se nombró a Buda, Alejandro, Napoleón y Jesús como sus humildes antecesores, aunque todos estos eran indignos de soltarle siquiera los cordones de los zapatos al emperador espiritual…
       El discípulo leyó durante una hora. Entonces, con mano temblorosa, tomó un trago del vaso de vino tinto y echó mano de nuevas proclamaciones. Tenía la estrecha frente perlada de sudor, los gruesos labios le palpitaban y entre palabra y palabra, fatigado y vociferante, expulsaba aire continuamente por la nariz con un breve y sonoro bufido. Ese yo solitario cantaba, rabiaba y daba órdenes. Se perdía en imágenes delirantes, se hundía en un remolino de absurdidades para volver a salir inesperadamente a flote en algún lugar totalmente imprevisto. Se mezclaban las maledicencias y los hosannas, el incienso y el vapor de la sangre. El mundo era conquistado y redimido en batallas atronadoras…
       Habría sido difícil determinar cuál era el efecto que las proclamaciones de Daniel estaban causando en los oyentes. Algunos, la cabeza muy inclinada hacia atrás, miraban al techo con ojos apagados. Otros, profundamente agachados sobre las rodillas, tenían el rostro enterrado entre las manos. Los ojos de la poetisa erótica se velaban de forma extraña cada vez que resonaba la palabra «castidad», y el filósofo con apariencia de canguro escribía de vez en cuando algo incierto en el aire con su índice largo y torcido. El novelista hacía rato que buscaba en vano una posición adecuada para su dolorida espalda. A las diez le sobrevino la visión de un bocadillo de jamón, pero la ahuyentó con hombría.
       Hacia las diez y media los oyentes pudieron apreciar que el discípulo estaba sosteniendo el último folio en su derecha enrojecida y temblorosa. Ya se había terminado.
       —¡Soldados! —concluyó, en el límite más extremo de sus fuerzas, fallándole la voz atronadora—: ¡Para su saqueo os lego… el mundo!
       Entonces bajó del podio, escudriñó a todos los presentes con mirada amenazadora y salió con vehemencia por la puerta tal y como había llegado.
       Los oyentes aún permanecieron inmóviles un minuto más en la misma posición que habían adoptado al final. Entonces se pusieron en pie como si lo hubieran decidido al unísono y se fueron enseguida, después de que cada uno de ellos, susurrando una palabra en voz baja, hubiera estrechado la mano de Maria Josefa, que volvía a estar, callada y pura, muy cerca de la puerta.
       Fuera, el niño mudo estaba dispuesto otra vez. Iluminó el camino a los invitados hasta la guardarropía, les ayudó a ponerse los abrigos y, a través de la oscura escalera de cuyo punto más alto, el reino de Daniel, caía el inquieto resplandor de las velas, los guió hasta la puerta de la casa, que abrió con llave. Uno tras otro, los invitados salieron a la desolada calle del arrabal.
       El cupé de la dama rica la estaba esperando delante de la casa. Se pudo apreciar cómo el cochero, sentado en el pescante entre dos luminosas farolas, saludó llevándose al sombrero la mano que sostenía la fusta. El novelista acompañó a la dama rica hasta la portezuela.
       —¿Qué impresión le ha causado? —preguntó.
       —No me gusta manifestarme sobre esta clase de cosas —respondió—. Quizá sea verdaderamente un genio o algo parecido…
       —Es verdad; en el fondo, ¿qué es un genio en realidad…? —repuso pensativo—. En este Daniel se dan todas las premisas: la soledad, la libertad, la pasión espiritual, la grandiosidad del punto de vista, la fe en sí mismo, incluso la proximidad entre crimen y locura. ¿Qué le falta? ¿Tal vez el lado humano? ¿Un poco de sentimiento, de nostalgia, de amor? Claro que todo esto no es más que una hipótesis totalmente improvisada… Salude usted a Sonja —añadió todavía cuando ella le tendió la mano desde el asiento, al tiempo que, tenso, trataba de leer en la expresión de su rostro cómo iba a tomarse que le hablara simplemente de «Sonja», y no de la «señorita Sonja» o de «su respetable hija».
       Pero dado que ella valoraba sus libros, lo toleró con una sonrisa.
       —Lo haré de su parte.
       —¡Gracias! —dijo él, y una oleada de esperanza lo confundió por un instante—. ¡Ahora voy a cenar como un lobo!
       Sí, mantenía cierta relación con la vida.



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