Vladimir Nabokov
(San Petersburg, Rusia, 1899 - Montreux, Suiza, 1977)


Una cuestión de honor (1927)
(“Подлецъ”, “Podlets”, “An Affair of Honor”)
Originalmente publicado en el diario Rul’ (1927);
versión inglesa publicada en la revista The New Yorker (3 de septiembre de 1966);
Vozvrashchenie Chorba [Возвращеніе Чорба]
(Berlín: Slovo, 1930, 248 págs.);
Nabokov’s Quartet
(Nueva York: Phaedra, 1966, 104 págs.);
A Russian Beauty and Other Stories
(Nueva York: McGraw-Hill, 1973, 268 págs.);
The Stories of Vladimir Nabokov
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1995, 659 págs.)



1.

      El infausto día en que Anton Petrovich conoció a Berg sólo tiene una existencia teórica, porque su memoria no se dignó fijar aquella infausta fecha en el calendario, y ahora resultaba de todo punto imposible identificar el día preciso. En términos generales puede decirse que tuvo lugar el último invierno, en torno a la Navidad de 1926. Berg surgió de la nada, saludó con una inclinación de cabeza y volvió a sentarse en un sillón, en el lugar de la nada previa a él. Sucedió en casa de los Kurdyumovs, que vivían en St Mark's Strasse, en las afueras, en el barrio moabita de Berlín, creo. Los Kurdyumovs seguían siendo pobres, tal y como los había dejado la Revolución, mientras que Anton Petrovich y Berg, expatriados como ellos, habían conseguido enriquecerse un tanto. Ahora, cuando en los escaparates de las camiserías aparecía una docena de corbatas semejantes, todas ellas de tonos luminosos y ahumados, como los de una nube al atardecer, junto con una docena de pañuelos de tinte exactamente igual, Anton Petrovich se compraba tanto la corbata de moda como el pañuelo de moda y todas las mañanas, en su camino hasta el banco, experimentaba el placer de encontrarse con esa misma corbata y con ese mismo pañuelo en la persona de dos o tres caballeros que, como él mismo, iban camino de su correspondiente oficina. En una ocasión tuvo cierta relación de trabajo con Berg; Berg era indispensable, le llamaba cinco veces al día, empezó a frecuentar su casa y contaba chistes interminables, ¡cómo le gustaba contar chistes! La primera vez que fue a su casa, Tanya, la mujer de Anton Petrovich, le encontró muy británico y muy divertido. «¡Hola, Anton!», gritaba Berg, lanzándose hasta la mano tendida de Anton con los dedos bien abiertos (según es costumbre en Rusia) para estrechársela con fuerza. Berg era fornido, poderoso, siempre bien afeitado y le gustaba compararse con un ángel atlético. Una vez le mostró a Anton Petrovich un viejo cuaderno negro. Las páginas estaban todas cubiertas de cruces, había exactamente quinientas veintitrés. «La guerra civil en Crimea, un recuerdo», dijo Berg con una leve sonrisa, y añadió fríamente: «Ni qUe decir tiene que sólo he contado a los rojos que maté en el acto, de un solo tiro». El hecho de que Berg fuera un ex oficial de caballería y de que hubiera luchado a las órdenes del general Denikin provocaba la envidia de Anton Petrovich y no podía soportar que Berg empezara a contar, delante de Tanya, sus incursiones de reconocimiento y sus cargas nocturnas. Anton Petrovich, por su parte, era un ser más bien gordo, paticorto y portaba un monóculo que, en sus ratos libres, es decir, cuando no estaba colocado en el ojo, colgaba de una estrecha cinta negra y, cuando Anton Petrovich se acomodaba repantigado en una butaca, el monóculo brillaba ridículo como un ojo descabalado sobre su estómago. Un furúnculo que le habían extirpado dos años antes le había dejado una cicatriz en la mejilla derecha. La cicatriz, así como su bigote recortado y tosco y su gran nariz rusa, se crispaban cuando intentaba colocarse el monóculo en su posición. «Deja de hacer muecas», le decía entonces Berg, «por mucho que te esfuerces, no vas a lograr ponerte más feo de lo que estás».
       Un ligero vapor flotaba por encima de sus vasos de té; había un éclair de chocolate medio aplastado, del que se salía el contenido cremoso; Tanya, con los brazos desnudos acodados sobre la mesa y la barbilla apoyada en sus dedos entrelazados, contemplaba cómo se elevaba en el aire el humo de su cigarrillo y Berg trataba de convencerla de que se cortara el pelo, de que todas las mujeres lo habían hecho desde tiempo inmemorial, de que la Venus de Milo tenía el pelo corto, mientras Anton Petrovich se oponía acaloradamente a ello con todo tipo de argumentos; Tanya se limitaba a encogerse de hombros y a desprenderse de la ceniza de su cigarrillo con un leve golpe de uña.
       Pero todo aquello llegó pronto a su fin. Un miércoles a finales de julio, Anton Petrovich viajó a Kassel por motivos de trabajo y desde allí envió un telegrama a su mujer diciendo que volvería el viernes. El viernes vio que se tenía que quedar allí por lo menos otra semana más y envió otro telegrama. Al día siguiente, sin embargo, consiguió cerrar el trato y, sin preocuparse de enviar un tercer telegrama, Anton Petrovich emprendió el regreso a Berlín. Llegó hacia las diez de la noche, cansado e insatisfecho con aquel viaje. Desde la calle vio que las ventanas del dormitorio de su piso estaban todas iluminadas, transmitiéndole la consoladora noticia de que su mujer estaba en casa. Subió hasta el quinto piso, dio tres vueltas a la llave para abrir los tres cerrojos de la puerta, y entró. Al pasar por el vestíbulo oyó el ruido del agua que corría en el cuarto de baño. «Húmeda y sonrosada», pensó Anton Petrovich anticipando el encuentro amoroso, mientras se dirigía al dormitorio a dejar la maleta. En el dormitorio, delante del espejo del armario, encontró a Berg poniéndose la corbata.
       Mecánicamente, Anton Petrovich dejó caer la bolsa en el suelo, sin quitarle los ojos de encima a Berg, que ladeó su rostro impasible, cogió al vuelo el extremo de su brillante corbata y se lo pasó por el nudo. «Sobre todo, no te alarmes», dijo Berg, mientras se apretaba el nudo con cuidado. «Por favor, no te alarmes. Mantén la calma.»
       Tengo que hacer algo, pensó Anton Petrovich. Pero ¿qué? Sintió un temor en las piernas, una ausencia de piernas, un temblor frío, doloroso. Hacer algo deprisa… Empezó a quitarse un guante de la mano. El guante era nuevo y se ajustaba perfectamente. Anton Petrovich no dejaba de sacudir la cabeza, y de murmurar mecánicamente: «Vete de inmediato. Esto es horrible. Lárgate…».
       —Ya me voy, ya me voy, Anton —dijo Berg, ajustándose la chaqueta con toda calma.
       «Si le pego, me devolverá el golpe», pensó Anton Petrovich en un flash. Se quitó el guante finalmente y se lo lanzó a Berg con torpeza. El guante dio contra la pared y fue a caer en la palangana.
       —Buen tiro —dijo Berg.
       Cogió el sombrero y el bastón y se dirigió hacia la puerta dejando a Petrovich atrás. «En cualquier caso, me tienes que acompañar», dijo. «El portal está cerrado.»
       Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, Anton Petrovich le siguió. Al empezar a bajar las escaleras, Berg, que iba delante, se echó a reír. «Lo siento», dijo sin volver la cabeza, «pero es tremendamente divertido… que te echen a la calle con tantas complicaciones». Al llegar al rellano volvió a reírse y aceleró la marcha. Anton Petrovich hizo lo mismo. Aquella espantosa carrera era indecorosa… Berg le estaba obligando deliberadamente a bajar a trompicones. Qué tortura… Tercer piso… Segundo… ¿Cuándo se acabarán estas escaleras? Berg voló por el último tramo y se quedó esperando a Anton Petrovich, dando golpecitos ligeros con su bastón. Anton Petrovich llegó jadeante y con dificultad consiguió que la llave saltarina entrara en la cerradura. Por fin se abrió.
       —Trata de no odiarme —dijo Berg desde la acera—. Ponte en mi lugar…
       Anton Petrovich cerró la puerta de golpe. Desde el principio había sentido la tentación de dar algún portazo. El ruido resonó en sus oídos. Y ahora, al subir las escaleras, se dio cuenta de que teñía el rostro cubierto de lágrimas. Al pasar por el vestíbulo, volvió a oír el ruido del agua que seguía corriendo. Esperando a que saliera bien caliente, lo más seguro. Pero ahora, por encima del ruido del agua, oía la voz de Tanya. Cantaba a voz en grito en el baño.
       Con un extraño sentimiento de alivio, Anton Petrovich volvió al dormitorio. Vio ahora algo que no había observado antes, que las dos camas estaban deshechas y que en la de su mujer había un camisón rosa. Su nuevo traje de noche y un par de medias de seda estaban preparados en el sofá: evidentemente se estaba arreglando para ir a bailar con Berg. Anton Petrovich sacó su lujosa pluma estilográfica del bolsillo. «No puedo soportar volverte a ver. No respondo de mis actos cuando te vea.» Lo escribió de pie, inclinándose en una postura incómoda sobre el tocador. El monóculo estaba empañado con una lágrima enorme… las letras nadaban… «Por favor, vete. Te dejo algo de dinero. Ya arreglaré las cosas con Natasha mañana. Duerme en su casa esta noche, o en un hotel… pero, por favor, no lo hagas aquí.» Terminó de escribir y colocó el papel en el espejo, en un lugar donde ella no tuviera más remedio que verlo. Junto al papel dejó un billete de cien marcos. Y, al atravesar el vestíbulo, volvió a oír de nuevo a su mujer cantando en el baño. Tenía una voz como de gitana, una voz que te embrujaba… felicidad, una noche de verano, una guitarra… aquella noche cantó sentada en un cojín en medio del suelo, y al cantar achinaba los ojos… Acababa de declarársele… sí, la felicidad, una noche de verano, una mariposa nocturna estrellándose contra el cielo. «Te entrego mi alma, te quiero con pasión infinita…» «¡Qué horror! ¡Qué horror!», se repetía mientras caminaba por la calle. La noche estaba templada, con un enjambre de estrellas. No sabía qué camino tomar, le era indiferente. Probablemente ya había salido del baño y había visto la nota. Anton Petrovich hizo una mueca de dolor al acordarse del guante. Un guante recién estrenado flotando en una palangana llena. La visión de aquel objeto maldito le llevó a emitir un grito que asustó a un transeúnte. Vio las sombras oscuras de los enormes álamos en torno a una plaza y pensó, Mityushin vive por aquí. Anton Petrovich le telefoneó desde un bar que se le apareció de repente como en un sueño para luego retroceder en la distancia como las luces de cola de un tren. Mityushin le abrió la puerta borracho, y al Principio no prestó atención al rostro lívido de Anton Petrovich. En aquella habitación mal iluminada no encontró sino a un desconocido y a una señora de pelo negro con un traje rojo que estaba tumbada en el sofá de espaldas a la mesa, aparentemente dormida. Unas cuantas botellas brillaban sobre la mesa. Anton Petrovich había llegado en plena celebración de un cumpleaños, pero no consiguió saber si se trataba del cumpleaños de Mityushin, del de la bella durmiente, o del hombre desconocido (que resultó ser un alemán rusificado que respondía al extraño nombre de Gnushke). Mityushin, con rostro ardiente, le presentó a Gnushke y, señalando con un gesto la espalda de la durmiente, observó como de paso: «Adelaida Albertovna, quiero que conozcas a un gran amigo mío». La señora no se movió; Mityushin, sin embargo, no mostró sorpresa alguna, como si en ningún momento hubiera entrado en su consideración que la durmiente se despertara. Todo aquello era un poco raro y como de pesadilla —aquella botella vacía de vodka con una rosa en el cuello, aquel tablero de ajedrez en el que se jugaba una partida como a saltos, la dama durmiente, aquel Gnushke, borracho aunque tranquilo…
       —Toma una copa —dijo Mityushin y de repente alzó las cejas—. ¿Qué te pasa, Anton Petrovich? Pareces muy enfermo.
       —Faltaría más, por favor, tómate una copa —dijo con una insistencia estúpida Gnushke, un hombre de rostro realmente alargado, con un cuello también muy largo y estrecho que parecía un Dachsund.
       Anton Petrovich engulló media copa de vodka y se sentó.
       —Ahora, cuéntanos qué te ha pasado —dijo Mityushin—. No sientas ningún reparo en hacerlo delante de Henry, es el hombre más honrado de la tierra. Es mi turno, Henry, te prevengo, si después de este movimiento, te comes a mi alfil, te haré jaque mate en tres jugadas. Bueno, cuéntalo todo, Anton Petrovich.
       —Ya lo veremos —dijo Gnushke, mostrando un enorme puño almidonado al extender el brazo—. Te olvidaste del peón en h5.
       —Al diablo con h5 —dijo Mityushin—. Anton Petrovich va a contarnos su historia.
       Anton Petrovich tomó más vodka y la habitación empezó a dar vueltas. El tablero de ajedrez estaba a punto de chocar contra las botellas; las botellas, junto con la mesa, se movían en dirección al sofá; el sofá, con la misteriosa Adelaida Albertovna se dirigía hacia la ventana; e incluso la ventana empezó a bailar. Este movimiento endemoniado estaba de alguna manera conectado con Berg, y había detenerlo, detenerlo al punto, destrozarlo, desgarrarlo, destruirlo…
       —Quiero que seas mi padrino —empezó a decir Anton Petrovich, y se dio cuenta de que a su frase le faltaba algo pero se sentía absolutamente incapaz de corregirla.
       —¿Padrino? —dijo Mityushin distraído, mirando de reojo al tablero de ajedrez, que amenazaba la mano de Gnushke, meneando los dedos.
       —Deja eso y escúchame —exclamó Anton Petrovich con voz angustiada—. ¡Escúchame! No bebamos más. Esto es serio, muy serio.
       Mityushin se le quedó mirando con sus brillantes ojos azules.
       —La partida ha sido cancelada, Henry —dijo, sin siquiera mirar a Gnushke—. Esto parece serio.
       —Tengo la intención de batirme en duelo —murmuró Anton Petrovich, intentando ópticamente sujetar la mesa que a su vista había comenzado a flotar—. Quiero matar a cierta persona. Se llama Berg: quizá lo hayáis visto alguna vez en mi casa. Prefiero no explicar mis motivos…
       —Puedes explicárselo todo a tu padrino —dijo Mityushin con suficiencia.
       —Perdona que me entrometa —dijo Gnushke de repente, alzando el dedo índice—. Recuerda que está escrito: «¡No matarás!»
       —El hombre se llama Berg. Creo que le conoces. Y necesito dos padrinos.
       Era imposible pasar por alto la ambigüedad.
       —Un duelo —dijo Gnushke.
       Mityushin le hizo un gesto con el codo.
       —No interrumpas, Henry.
       —Eso es todo —concluyó Anton Petrovich en un susurro y bajando los ojos, se puso a manosear desganado el cordón de su inútil monóculo.
       Silencio. La dama del sofá roncaba cómodamente. Por la calle pasó un coche, atronando con la bocina.
       —Estoy borracho y Henry está borracho —murmuró Mityushin—, pero aparentemente ha ocurrido algo muy serio —se mordió los nudillos y miró a Gnushke—. ¿Qué crees, Henry? —Gnushke suspiró.
       —Mañana, vosotros dos os presentaréis en su casa —dijo Anton Petrovich—. Elegid el lugar y todo eso. No me dejó su tarjeta. Según las reglas debería haberme dejado su tarjeta. Le arrojé un guante a la cara.
       —Estás actuando como un hombre noble y valiente —dijo Gnushke cada vez más animado—. Por una extraña coincidencia estos asuntos no me resultan ajenos. Un primo mío también murió en un duelo.
       «¿Por qué “también”?», pensó Anton Petrovich angustiado. «¿Será una señal?»
       Mityushin echó un trago y dijo con desenvoltura:
       —Como amigo no me puedo negar. Iremos a ver al señor Berg por la mañana.
       —Por lo que respecta a la ley alemana —dijo Gnushke—, si lo matas, te meterán en la cárcel unos cuantos años pero, si por el contrario te matan a ti no te molestarán.
       —Ya he considerado todos los términos del duelo —dijo Anton Petrovich solemne.
       Y entonces volvió a aparecer aquel objeto bello y lujoso, aquella pluma negra brillante con su delicado punto de oro, que en tiempos normales se desliza como una varita de terciopelo por el papel; sin embargo, en estos momentos, la mano de Anton Petrovich no deja de temblar, y la mesa se balancea como la cubierta de un barco en la tormenta… En un pliego de papel que Mityushin sacó de la nada, Anton Petrovich escribió su manifiesto de desafío a Berg, llamándole canalla tres veces, y concluyendo con la siguiente frase tan poco convincente: «Uno de los dos tiene que perecer».
       Cuando acabó de escribir, rompió a llorar y Gnushke, chascando la lengua, le limpió la cara al pobre hombre con un gran pañuelo de cuadros rojos, mientras que Mityushin no dejaba de señalar al tablero de ajedrez, repitiendo pesadamente: «Te deshaces de él como si fuera el rey, jaque mate en tres jugadas y se acabó la cuestión». Anton Petrovich sollozaba, y trataba de liberarse de las manos amigas de Gnushke, repitiendo infantilmente: «¡La quería tanto! ¡La quería tanto!».
       Y amanecía un nuevo día triste.
       —Entonces, a las nueve tenéis que estar en su casa, dijo Anton Petrovich, levantándose a duras penas de la silla.
       —A las nueve estaremos en su casa —repitió Gnushke como en eco.
       —Nos quedan cinco horas de sueño —dijo Mityushin.
       Anton Petrovich le dio forma al sombrero (todo este rato había estado sentado encima), tomó la mano de Mityushin, la retuvo entre las suyas un momento y luego la levantó y la apoyó contra su mejilla.
       —Vamos, vamos, no debes hacer eso —murmuró Mityushin y, repitiendo su gesto, se dirigió a la dama durmiente—. Nuestro amigo se va, Adelaida Albertovna.
       Esta vez sí que se movió, se despertó sobresaltada y se dio la vuelta despacio. Tenía la cara abotargada y llena de arrugas provocadas por el sueño, y unos ojos achinados maquillados en exceso.
       —Será mejor que dejéis de beber —dijo con calma y de nuevo les dio la espalda y se volvió hacia la pared.
       En la esquina de la calle, Anton Petrovich encontró un taxi soñoliento que le llevó a velocidad fantasmal a través de los baldíos de la ciudad grisazul y al llegar delante de su casa volvió a quedarse dormido. En el vestíbulo se encontró con Elspeth, la doncella, que abrió la boca y se le quedó mirando con ojos severos, como si estuviera a punto de decir algo; pero lo pensó mejor, y se fue arrastrando sus pantuflas por el pasillo.
       —Espere —dijo Anton Petrovich—. ¿Se ha ido mi mujer?
       —Es una vergüenza —dijo la doncella enfatizando sus palabras—. Esto es una casa de locos. Baúles en mitad de la noche, todo del revés…
       —Le he preguntado si ya se ha ido mi mujer —gritó Anton Petrovich con voz de pito.
       —Sí —contestó Elspeth taciturna.
       Anton Petrovich entró al salón. Decidió que dormiría allí. El dormitorio, evidentemente, era tabú. Encendió la luz, se tumbó en el sofá, y se tapó con el abrigo. Por alguna razón, algo le molestaba en la muñeca izquierda. Claro, el reloj. Se lo quitó, le dio cuerda, mientras pensaba, qué extraordinario, cómo mantiene el decoro este hombre, incluso se acuerda de darle cuerda al reloj. Y, como todavía estaba borracho, de inmediato empezaron a acunarle unas olas enormes y rítmicas, en vaivén, arriba y abajo, y arriba y abajo hasta que empezó a marearse mucho. Se enderezó… el gran cenicero de cobre… deprisa… Sus entrañas le dieron tal tirón que un dolor agudo le atravesó el vientre… y todo aquello cayó fuera del cenicero. Se quedó dormido inmediatamente. Uno de sus pies, con su zapato negro y polaina gris colgaba fuera del sofá, y la luz (que se había olvidado de apagar) concedía a su frente sudorosa un brillo de palidez.


2.

      Mityushin era un pendenciero y un borracho. Era capaz de cualquier cosa a la menor provocación. Un verdadero temerario. También se recuerda en la ciudad que un amigo suyo, que quería insultar al servicio de Correos, solía arrojar cerillas encendidas en los buzones. Le llamaban Gnut. Probablemente se trataba de Gnushke. En realidad, Anton Petrovich sólo había tenido la pretensión de pasar la noche en casa de Mityushin. Pero luego, y sin razón aparente, había comenzado toda aquella conversación acerca de los duelos… Desde luego que había que matar a Berg pero antes hubiera sido preciso considerar todo aquel asunto detenidamente, y, a la hora de elegir padrinos, hubieran debido ser caballeros. Tal y como estaba planteado ahora, todo el asunto había tomado un cariz absurdo e indecoroso. Todo había sido absurdo e indecoroso —empezando por el guante y acabando por el cenicero. Pero ahora ya no había nada que hacer, tendría que apurar su cáliz…
       Buscó debajo del sofá, donde había aterrizado su reloj. Las once. Mityushin y Gnushke ya habrían visitado a Berg en su casa. De repente, un pensamiento agradable se abrió paso entre los demás, hizo a un lado todo presagio funesto, y luego desapareció. ¿A qué se refería el pensamiento, a qué? ¡Claro! Ayer se habían emborrachado y también él había bebido demasiado. Con toda seguridad se habían quedado dormidos, y luego, vueltos en sí, habían pensado que todas sus palabras no habían sido más que incoherencias; pero este agradable pensamiento pasó y se desvaneció. Daba igual, la cosa se había puesto en marcha y tendría que repetirles sus palabras de la víspera. Sin embargo, era extraño que todavía no hubiesen aparecido. ¡Qué palabra tan impresionante, «duelo»! ¡Me voy a batir en duelo! Un encuentro hostil. Combate singular. Duelo. «Duelo» suena mejor. Se levantó, y se dio cuenta de que tenía los pantalones terriblemente arrugados. Se habían llevado el cenicero. Elspeth debía de haber entrado mientras él dormía. Qué vergüenza. Debía ir a ver cómo había quedado el dormitorio. Olvidar a su mujer. Ya no existía. Nunca había existido. Todo aquello era cosa del pasado. Anton Petrovich respiró con fuerza y abrió la puerta del dormitorio. Encontró allí a la doncella que estaba metiendo un periódico todo arrugado en la papelera.
       —Tráigame un poco de café, por favor —dijo y fue hasta el tocador. Había un sobre. Su nombre; la letra de Tanya. Junto a él, en desorden, estaban su cepillo, su peine, su cepillo de afeitar y un guante todo tieso. Anton Petrovich abrió el sobre. Los cien marcos y nada más. Se volvió a un lado y a otro, no sabiendo qué hacer con ellos.
       —Elspeth…
       La doncella se acercó, mirándole recelosa.
       —Tenga, quédeselos. Ayer noche tuvo que aguantar demasiada molestia, por no hablar de otras cosas más desagradables… Tome, quédeselo.
       —¿Cien marcos? —la doncella preguntó en un susurro, para, a continuación, ponerse colorada. Sólo Dios sabe lo que le pasó por la cabeza, pero dejó caer de un golpe la cesta de la ropa sucia, y gritó—: ¡No! No puede sobornarme, soy una mujer honesta. Espere y verá cómo le digo a todo el mundo que intentó sobornarme. ¡No! Esto es una casa de locos… —y desapareció dando un portazo.
       —Pero ¿qué le pasa? Dios mío, ¿qué le pasa? —musitó Anton Petrovich confundido, y, acercándose de un paso hasta la puerta, le gritó a la doncella—: ¡Haga el favor de marcharse ahora mismo, váyase de esta casa!
       —Ya es la tercera persona que echo de la casa —pensó, temblando con todo el cuerpo—. Y ahora no tengo a nadie que me traiga café.
       Pasó mucho tiempo cambiándose y aseándose, y luego se sentó en un café enfrente de su casa, mirando de vez en cuando para ver si llegaban Mityushin y Gnushke. Tenía muchísimas cosas que hacer en la ciudad pero no podía pensar en cosas de trabajo. Duelo. Palabra maravillosa.
       Por la tarde Natasha, la hermana de Tanya, apareció en la casa. Tenía tal disgusto que apenas podía hablar. Anton Petrovich no dejó de pasear por la habitación, rozando los muebles a su paso. Tanya había llegado al piso de su hermana a mitad de la noche, en un estado terrible, como no te puedes ni imaginar. Anton Petrovich encontró extraño estar tuteando a Natasha. Después de todo, ya no estaba casado con su hermana.
       —Le pasaré una cierta suma de dinero bajo ciertas condiciones —dijo, tratando de que no se le notara la histeria que sentía estaba a punto de aparecer en su voz.
       —No es una cuestión de dinero —contestó Natasha, sentada delante de él, balanceando su pierna brillante en sus medias de seda—. La cuestión es que todo este asunto se nos ha ido de las manos de una forma espantosa.
       —Gracias por venir —dijo Anton Petrovich—, ya hablaremos más adelante, ahora mismo estoy muy ocupado —mientras la acompañaba a la puerta, observó indiferente (o al menos pensó que sonaba indiferente). «Me voy a batir en duelo con él», los labios de Natasha temblaron; le besó fugazmente en la mejilla y se fue. Qué raro que no le implorara para que no se batiese. Tenía que haberle implorado que no se batiera. En nuestros tiempos nadie se bate en duelo. Llevaba el mismo perfume que… ¿Quién? No, no nunca se había casado.
       Un poco más tarde todavía, en torno a las siete, llegaron Mityushin y Gnushke. Parecían taciturnos. Gnushke se inclinó silencioso y le entregó a Anton Petrovich un sobre sellado. Lo abrió Empezaba así: «He recibido su mensaje, extremadamente estúpido y extremadamente maleducado…». El monóculo de Anton Petrovich se desprendió y se lo volvió a poner. «Lo siento mucho por usted, pero ya que ha adoptado esta actitud, no tengo más elección que aceptar su desafío. Sus padrinos son horribles. Berg.»
       La garganta de Anton Petrovich se quedó desagradablemente seca, y de nuevo sintió aquel ridículo temblor de piernas.
       —Sentaos, sentaos —dijo y él se sentó sin dilación. Gnushke se hundió en un sillón, se dio cuenta de lo que hacía y se incorporó para sentarse dignamente en el borde.
       —Es un personaje bastante insolente —dijo Mityushin cariacontecido—. Imagínate, no dejó de reírse en todo el tiempo, estuve casi a punto de pegarle un puñetazo en los dientes.
       Gnushke se aclaró la garganta y dijo:
       —Sólo tengo un consejo que darte: apunta bien, porque él también va a apuntar bien.
       Ante los ojos de Anton Petrovich apareció la página de un cuaderno cubierta de equis: el diagrama de un cementerio.
       —Es un tipo peligroso —dijo Gnushke, hundiéndose de nuevo en el sofá, para recomponerse después y sentarse al borde del mismo.
       —¿Y quién va a hacer el informe, Henry, tú o yo? —preguntó Mityushin, mordiendo un cigarrillo mientras daba vueltas al encendedor con el pulgar.
       —Será mejor que lo hagas tú —dijo Gnushke.
       —Hemos tenido un día muy ocupado —empezó Mityushin, mirando con sus ojos azules desorbitados a Anton Petrovich—. Exactamente a las ocho y media, Henry, que estaba completamente borracho, y yo…
       —Protesto —dijo Gnushke.
       —… fuimos a casa del señor Berg. Estaba bebiéndose un café. Inmediatamente le entregamos tu nota. La leyó. Y ¿qué hizo, Henry? Sí, rompió a reír. Esperamos a que acabara de reír y Henry le preguntó qué planes tenía.
       —No, no le pregunté por sus planes, sino por cómo pensaba reaccionar —le corrigió Gnushke.
       —… reaccionar. Ante esto, el señor Berg replicó que consentía en el duelo y que él elegiría las pistolas. Hemos acordado todas las condiciones: los combatientes se colocarán uno frente al otro a una distancia de veinte pasos. Se abrirá fuego a una orden de mando. Si nadie ha muerto después del primer fuego, el duelo podrá continuar. Al infinito. ¿Qué más detalles hay, Henry?
       —Si resulta imposible encontrar pistolas de duelo, entonces se utilizarán Browning automáticas —dijo Gnushke.
       —Browning automáticas. Tras establecer este punto, preguntamos al señor Berg cómo ponernos en contacto con sus padrinos. Fue a telefonear. Luego escribió la nota que tienes ante tus ojos. Por cierto, no dejó de reír mientras la escribía. A continuación fuimos a un café para encontramos con sus dos compinches. Le compré a Gnushke un clavel para que se lo pusiera en el ojal. Nos reconocieron por el clavel. Se presentaron y, bueno, por decirlo en pocas palabras, todo está en orden. Se llaman Marx y Engels.
       —Eso no es exactamente cierto —interrumpió Gnushke—. Se llaman Markov y coronel Arkhangelski.
       —Eso carece de importancia —dijo Mityushin y siguió hablando—. Ahora comienza lo épico del asunto. Salimos de la ciudad con aquellos tipos para buscar un lugar apropiado. Ya conoces Weissdorf, justo después de pasar el Wannsee. Eso es. Al llegar allí dimos un paseo por el bosque y encontramos un claro, donde resultó que aquellos tipos habían estado de merienda con sus novias el otro día. El claro es pequeño, y a su alrededor no hay sino bosques. En resumen, el lugar ideal aunque, desde luego, no es el grandioso decorado montañoso que se encuentra en el duelo fatal de Lermontov. Mira cómo llevo las botas todas sucias, blancas de polvo.
       —También las mías —dijo Gnushke—. Debo decir que el viajecito ha sido bastante fatigoso. Luego se hizo un silencio.
       —Hace calor, hoy —dijo Mityushin—. Más calor que ayer.
       —Mucho más —dijo Gnushke.
       Mityushin comenzó a aplastar su cigarrillo en el cenicero con exagerada meticulosidad. Silencio. A Anton Petrovich el corazón se le había subido a la garganta. Trató de tragárselo, pero empezó a latir con más fuerza todavía. ¿Cuándo tendría lugar el duelo? ¿Mañana? ¿Por qué no se lo decían? ¿Quizás, pasado mañana? Sería mejor que fuera pasado mañana…
       Mityushin y Gnushke se miraron y se levantaron.
       —Te vendremos a buscar mañana a las seis y media de mañana —dijo Mityushin—. No tiene sentido ir más temprano. Allí no hay ni un alma, además.
       Anton Petrovich también se levantó. ¿Qué debía hacer? ¿Darles las gracias?
       —Está bien, muchas gracias, caballeros… Gracias, caballeros… Entonces todo está arreglado. Está bien.
       Los otros saludaron con una inclinación de cabeza.
       —Todavía tenernos que ir a buscar un médico y también las pistolas —dijo Gnushke.
       En el vestíbulo Anton Petrovich cogió a Mityushin del brazo y musitó:
       —Sabes, es estúpido, pero verás, es que no sé disparar, quiero decir, que sé cómo se hace, pero nunca he practicado…
       —Hummm —dijo Mityushin—, qué mala suerte. Hoy es domingo, si no hubieras podido tomar alguna que otra clase de armas. Realmente, lo tuyo es auténtica mala suerte.
       —El coronel Arkhangelski da clases privadas de tiro —sentenció Gnushke.
       —Sí —dijo Mityushin—. Y tú te las das de inteligente, ¿no? Con todo, ¿qué vamos a hacer, Anton Petrovich? Sabes una cosa, a veces los principiantes tienen suerte. Confía en Dios y limítate a apretar el gatillo.
       Se fueron. Anochecía. Nadie se había ocupado de echar la persiana. Debía de haber un poco de queso y de galletas en el aparador. Las habitaciones estaban desiertas e inmóviles, como si los muebles hubieran estado vivos y llenos de movimiento en otra vida y ahora hubieran muerto. Un feroz dentista de cartón inclinado sobre un paciente de cartón muerto de pánico —ésta era una escena que había visto no hacía mucho, en una noche azul, verde, de rubí, entreverada de fuegos artificiales, en el Parque de Atracciones. Berg apuntó con cuidado, la escopeta de aire comprimido estalló en un disparo, los perdigones dieron en la diana, liberando un muelle, y el dentista de cartón sacó de un tirón una muela inmensa de cuádruple raíz. Tanya aplaudió, Anton Petrovich sonrió, Berg volvió a disparar, y los discos de cartón repiquetearon al girar, las pipas de barro estallaron una tras otra, y la pelota de ping-pong que bailaba en un esbelto surtidor de agua desapareció. Qué espanto… Y lo más espantoso de todo era que Tanya dijo medio en broma: «No debe de ser divertido batirse en duelo contigo». Veinte pasos. Anton Petrovich contó los pasos de la puerta a la ventana. Once. Se puso el monóculo y trató de imaginarse la distancia. Dos habitaciones como aquélla. Si pudiera conseguir desarmar a Berg con el primer tiro. Pero no sabía ni siquiera apuntar. Estaba destinado a errar el tiro. Por ejemplo, aquel abrecartas. No, mejor aquel pisapapeles. Se supone que hay que ponerlo así y apuntar. O quizá así, junto a la barbilla, así parece más fácil. Y en ese instante, mientras sostenía ante sí el pisapapeles con forma de loro, apuntando aquí y allá, Anton Petrovich se dio cuenta de que lo iban a matar.
       Hacia las diez decidió irse a dormir. El dormitorio, sin embargo, era tabú. Con gran esfuerzo encontró ropa de cama limpia en el armario, le puso una funda a la almohada, y extendió una sábana sobre el sofá de piel del salón. Mientras se desnudaba, pensó, me estoy metiendo en la cama por última vez en mi vida. Qué tontería, chirrió débilmente alguna oscura partícula del alma de Anton Petrovich, la misma partícula que le había llevado a lanzar el guante en desafío, a dar un portazo, y a llamar canalla a Berg. «¡Tonterías!», dijo Anton Petrovich con un hilo de voz, e inmediatamente se dijo a sí mismo que no estaba bien decir esas cosas. Si pienso que no me va a suceder nada, entonces ocurrirá lo peor. Todo en la vida sucede del revés. Sería bueno leer algo, por última vez, antes de dormirme.
       Ya estoy otra vez de vuelta con lo mismo, se lamentó en su interior. ¿Por qué ha de ser por última vez? Estoy fuera de mí. Tengo que controlarme. Ojalá me fuera dada una señal de cualquier tipo. ¿Quizá los naipes?
       Encontró una baraja en una consola cercana y cogió la carta de arriba, un tres de diamantes. ¿Qué significado quiromántico tiene un tres de diamantes? No lo sabía. Luego sacó, en este orden, la reina de diamantes, el ocho de tréboles, el as de picas. ¡Ah! Eso no presagiaba nada bueno. El as de picas, creo que significa muerte. Pero también hay mucha tontería en todo esto, supersticiones que no van a ningún lado… medianoche. Han dado las cinco. Mañana se ha convertido en hoy. Hoy me bato en duelo.
       En vano trató de encontrar un poco de paz. Ocurrían cosas extrañas: el libro que tenía en las manos, una novela de algún escritor alemán, se llamaba La montaña mágica, y «montaña» en alemán se dice Berg; decidió contar hasta tres y si pasaba un tranvía justo cuando decía tres, eso querría decir que le matarían, y el tranvía corroboró su apuesta. Y entonces Anton Petrovich hizo lo peor que puede hacer un hombre en una situación como la suya: decidió razonar sobre el significado real de la muerte. Cuando hubo pensado en ello durante unos minutos, todo perdió sentido, le costaba respirar. Se levantó, se puso a caminar por la habitación, se llegó hasta la ventana para contemplar el cielo puro y terrible de la noche. Tengo que escribir mi testamento, pensó Anton Petrovich. Pero hacer testamento era, por así decir, jugar con fuego; significaba inspeccionar el contenido de la urna propia en el columbario. «Será mejor que intente dormir algo», se dijo a sí mismo en voz alta. Pero en cuanto cerraba los ojos, se le aparecía el rostro sonriente de Berg, guiñándole el ojo descarado. Entonces volvía a encender la luz, intentaba leer, fumar, aunque no era fumador habitual. Se le aparecían una serie de recuerdos triviales —una pistola de juguete, un camino en el parque, ese tipo de cosas— e inmediatamente cortaba abruptamente el flujo de sus recuerdos pensando que los que van a morir siempre evocan detalles de su pasado. Pero entonces se asustaba con la imposibilidad del recuerdo: se daba cuenta de que no estaba pensando en Tanya, que estaba como anestesiado por una droga extraña que le hacía insensible a su ausencia. «Ella era toda mi vida y ha desaparecido», pensó. «Inconscientemente, ya me he despedido de ella, y ahora todo me resulta indiferente, puesto que voy a morir…» Mientras tanto, la noche había comenzado a desvanecerse.
       Hacia las cuatro se arrastró hasta el comedor a beber un vaso de agua de seltz. Al pasar junto a un espejo se reflejó en el mismo su pijama de rayas y su pelo que empezaba a ralear y a despejar su frente. Parezco un espectro de mí mismo. ¿Qué puedo hacer para dormir un rato? ¿Qué?
       Se dio cuenta de que estaba tiritando de frío, se enfundó en una manta de viaje y se sentó en un sillón en el centro del oscuro cuarto cuyas formas iban poco a poco adquiriendo precisión. ¿Cómo ocurrirá todo? Debo vestirme con sobriedad, con elegancia. ¿Esmoquin? No, eso es una estupidez. Un traje negro, entonces… sí, y una corbata negra. El traje negro nuevo. Pero si me hieren, si me hieren en el hombro, por ejemplo… El traje se echará a perder… La sangre, el agujero, y, además, igual empiezan cortando la manga. Tonterías, no va a pasar nada de esto. Tengo que ponerme mi traje nuevo. Y cuando empiece el duelo, me subiré las solapas de la chaqueta, ésa es la costumbre, creo, para ocultar la blancura de la camisa, probablemente, o a lo mejor, tan sólo, debido a la humedad de las primeras horas de la mañana. Así lo hacían en aquella película que vi. Y luego tengo que mantenerme absolutamente sereno, dirigirme a todo el mundo educada y tranquilamente. Gracias, ya he disparado. Su turno. Si no se quita el cigarrillo de la boca no voy a disparar. Estoy dispuesto a continuar. Gracias, ya me he reído, eso es lo que se dice cuando te cuentan un chiste malo… ¡Oh, si tan sólo pudiera imaginarse los detalles! Llegarían todos —él, Mityushin y Gnushke— en un coche, dejarían el coche en la carretera, se adentrarían en el bosque. Berg y sus padrinos estarían probablemente ya allí esperándoles, siempre ocurre así en los libros. Pero ahora surgía un problema, ¿hay que saludar al contrincante? ¿Qué hace Onegin en la ópera? Quizá un breve saludo con el sombrero en la distancia fuera suficiente. Luego, probablemente empezarían a medir la distancia y a cargar las armas. ¿Y él, qué haría mientras tanto? Sí, claro, pondría el pie sobre algún tocón a cierta distancia y esperaría en esa postura desenfadada. Pero ¿y si Berg hacía lo mismo y también se apoyaba negligentemente en el tocón de un árbol? Berg era bien capaz de eso y mucho más… Imitándome para avergonzarme. Eso sería horrible. Otra posibilidad era apoyarse en el tronco de un árbol o sencillamente sentarme en la hierba. Alguien (¿era en un relato de Pushkin?) comía cerezas que sacaba de una bolsa de papel. Sí, pero entonces hay que llevar la bolsa al campo de duelo, y parece una estupidez. Oh, bueno, ya lo decidiría a su debido tiempo. Digno, y a la vez, indiferente. Luego tomaríamos posiciones. Veinte yardas nos separarán. Entonces era el momento de subirse las solapas y el cuello. Cogería la pistola así. El coronel Ángel agitaría un pañuelo y contaría hasta tres. Y entonces, de repente, algo absolutamente terrible, algo absurdo sucedería, algo inimaginable, por mucho que uno piense en ello noche tras noche hasta la noche de los tiempos, por mucho que uno viviera hasta los cien años en un lugar como Turquía… Qué agradable viajar, sentarse en los cafés… ¿Qué se siente cuando una bala te atraviesa las costillas o la frente? ¿Dolor? ¿Náusea? ¿O simplemente una detonación seguida de oscuridad total? Una vez, el tenor Sobinov cayó al suelo de forma tan realista que su pistola acabó en el foso de la orquesta. Y ¿si, por el contrario, recibía una terrible herida de esas —en el ojo, o en sus partes? No, Berg le mataría directamente. Claro que aquí sólo he contabilizado los que he matado en el acto. Una cruz más en aquel cuadernillo negro. Inimaginable…
       El reloj del comedor dio las cinco: ding-dong. Con tremendo esfuerzo, Anton Petrovich se puso en movimiento tiritando de frío, arropándose con la manta, y tras unos pasos se detuvo perdido en sus pensamientos, y luego, de repente, dio una patada al suelo, como hizo Luís XVI cuando le dijeron: «Es la hora, Su Majestad, de ir al patíbulo». No puedo hacer nada para evitarlo. Dio una patada con su torpe pie. La ejecución era inevitable. Hora de afeitarse, de lavarse y vestirse. Ropa interior escrupulosamente limpia y el nuevo traje negro. Al meter los gemelos de ópalo en los puños de su camisa, Anton Petrovich meditó que los ópalos eran las piedras del destino y que faltaban tan sólo dos o tres horas para que la camisa estuviera toda cubierta de sangre. ¿Dónde caería el agujero? Cepilló los pelos brillantes que se habían pegado a su torso cálido y sintió tal miedo que tuvo que cubrirse los ojos con la mano. Había algo patéticamente independiente en la forma en que todo a su alrededor se movía inexorablemente —el corazón que seguía latiendo, los pulmones hinchándose, la sangre circulando, los intestinos contrayéndose— y era él en persona quien estaba conduciendo al matadero a esta tierna criatura interna e indefensa que vivía tan ciega, tan confiada… ¡Al matadero! Agarró su camisa favorita, abrió un ojal, y gruñó al meterse de cabeza en la fría y blanca oscuridad del lino que le envolvía. Calcetines, corbata. Se lustró los zapatos torpemente con una gamuza. Mientras buscaba un pañuelo limpio se tropezó con una barra de labios. Contempló en el espejo su rostro desagradablemente blanco, y luego, aplicó, indeciso, a su mejilla un poco de carmín. En principio, su aspecto empeoró. Se chupó el dedo y se frotó la mejilla con él, lamentándose de no haber prestado más atención a cómo se maquillaban las mujeres. Finalmente consiguió una tez ligera, color de ladrillo y decidió que había quedado bien. «Ya está, ya estoy listo», dijo, dirigiéndose al espejo; y entonces le sobrevino un bostezo insoportable y el espejo se disolvió en lágrimas. Rápidamente perfumó su pañuelo, distribuyó sus papeles, el pañuelo, las llaves y la pluma estilográfica en los distintos bolsillos, y se colocó el nudo negro de su monóculo. Qué pena que no tenga un par de guantes. Los que tenía eran bonitos y nuevos, pero el guante izquierdo se me ha quedado viudo. El inconveniente de los duelos. Se sentó en su escritorio con los hombros apoyados en él y se dispuso a esperar, mirando de tanto en tanto por la ventana y otras veces al reloj de viaje que llevaba en su cartera de piel.
       Era una hermosa mañana. Los gorriones gorjeaban como locos en el alto tilo bajo la ventana. Una sombra de terciopelo azul pálido cubría la calle, y aquí y allá un tejado relumbraba de plata. Anton Petrovich tenía frío y una jaqueca insoportable. Un sorbo de brandy sería el paraíso. En la casa no había. La casa ya estaba desierta; el amo, desaparecido para siempre. Qué estupidez. Debo mantener la calma. El timbre de la puerta va a sonar en cualquier momento. Ya llegan tres minutos tarde. Quizá no vengan. Una mañana de verano tan hermosa… ¿Quién fue la última persona muerta en un duelo en Rusia? Un tal barón Manteuffel, hace veinte años. No, no van a venir. Bien. Esperaría otra media hora, y luego se iría a la cama, el dormitorio estaba perdiendo su horror y se estaba convirtiendo en un espacio definitivamente atractivo. Anton Petrovich abrió la boca de par en par, y cuando estaba a punto de emitir un buen bostezo —sentía el crujido en los oídos, la hinchazón bajo el paladar—, sonó con brutalidad el timbre de la puerta. Tragándose mecánicamente el bostezo inacabado, Anton Petrovich fue al vestíbulo, abrió la puerta y Mityushin y Gnushke al unísono atravesaron el umbral.
       —Ya es hora —dijo Mityushin fijando la mirada en Anton Petrovich. Llevaba su acostumbrada corbata color pistacho, pero Gnushke se había puesto una vieja levita.
       —Sí, estoy listo —dijo Anton Petrovich—. En un momento estoy con vosotros…
       Les dejó de pie en el vestíbulo, fue corriendo hasta el dormitorio y, para ganar tiempo, empezó a lavarse las manos, sin dejar de repetirse: «¿Pero qué está ocurriendo? Dios mío, ¿qué es lo que está pasando?». Hace tan sólo cinco minutos todavía había esperanza, hubiera podido producirse un terremoto, Berg hubiera podido morirse de un ataque al corazón, el destino hubiera podido intervenir, suspendiendo los acontecimientos, le hubiera podido salvar.
       —Anton Petrovich, apresúrate —llamó Mityushin desde el vestíbulo. Se secó las manos rápidamente y se unió a ellos.
       —Sí, sí, ya estoy listo. Vamos.
       —Tendremos que tomar el tren —dijo Mityushin cuando estuvieron fuera—. Porque si a estas horas llegamos en taxi al bosque, podría despertar sospechas y el taxista podría ir a la policía. Anton Petrovich, por favor, no te pongas nervioso.
       —No lo estoy, no digas estupideces —contestó Anton Petrovich con una sonrisa indefensa.
       Gnushke, que hasta ese momento había estado callado, se sonó ruidosamente la nariz y dijo como si no pasara nada:
       —Nuestro adversario va a traer al médico. No conseguimos encontrar pistolas de duelo. Sin embargo, nuestros colegas consiguieron dos Brownings automáticas.
       En el taxi que les iba a llevar a la estación, se sentaron de la siguiente manera: Anton Petrovich y Mityushin en el asiento de atrás y Gnushke frente a ellos en el trasportín, con las piernas recogidas. Anton Petrovich se vio sorprendido de nuevo por un ataque nervioso que le llevó a bostezar. Aquel bostezo vengativo que había conseguido suprimir. Una y otra vez volvía aquel espasmo inmisericorde, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Mityushin y Gnushke mostraban un semblante solemne, pero al mismo tiempo parecían muy contentos de sí mismos.
       Anton Petrovich apretó los dientes y bostezó con la nariz únicamente. Luego, abruptamente, rompió a hablar: «He dormido maravillosamente esta noche». Trató de encontrar algo que decir…
       —Hay gente en las calles —dijo y añadió—: A pesar de lo pronto que es.
       Mityushin y Gnushke estaban silenciosos. Otro ataque de bostezos. Oh Dios…
       Pronto llegaron a la estación. A Anton Petrovich le pareció que nunca había viajado tan deprisa. Gnushke compró los billetes y con ellos abiertos en la mano como en un abanico, emprendió la marcha. De repente, se volvió a mirar a Mityushin y se aclaró la garganta como si quisiera indicar algo. Junto al puesto de bebidas estaba Berg. Buscaba monedas en los bolsillos del pantalón, con la mano izquierda metida hasta el fondo del bolsillo mientras sostenía la billetera con la mano derecha, como hacen los anglosajones en las tiras cómicas. Sacó finalmente una moneda y al dársela a la vendedora le dijo algo que la hizo reír. Berg también se rió. Tenía las piernas separadas. Llevaba un traje de franela gris.
       —Vamos hasta aquel puesto de refrescos —dijo Mityushin—. Resulta extraño que pasemos a su lado sin saludarnos.
       Una extraña parálisis se apoderó de Anton Petrovich. Totalmente inconsciente de lo que hacía, se subió al vagón, se sentó junto a la ventana, se quitó el sombrero para después volvérselo a poner. Tuvo que ponerse en marcha el tren y empezar a moverse para que su cerebro volviera a funcionar de nuevo, y en aquel instante le embargó esa desagradable sensación que se tiene en los sueños, cuando dentro de un tren sin lugar de procedencia ni destino, nos damos cuenta de pronto de que vamos viajando prácticamente sin ropa, sólo con los calzoncillos puestos.
       —Están en el vagón de al lado —dijo Mityushin, sacando una pitillera—. ¿Por qué tienes que estar bostezando todo el tiempo, Anton Petrovich? Me pone la carne de gallina.
       —Siempre bostezo por la mañana —contestó melancólico Anton Petrovich.
       Pinos, pinos, pinos. Una pendiente de arena. Más pinos. Una mañana tan hermosa…
       —Esa levita, Henry, no es lo más apropiado —dijo Mityushin—. Para decirlo brutalmente, es un horror.
       —Eso es asunto mío —dijo Gnushke.
       Qué bonitos, esos pinos. Y ahora un destello de agua. De nuevo bosques. Qué enternecedor, el mundo, qué frágil… Si consiguieras dejar de bostezar… me duele la mandíbula. Si evitas el bostezo, los ojos se te llenan de lágrimas. Estaba sentado con el rostro mirando a la ventana, escuchando las ruedas que batían al ritmo de matadero… matadero… matadero…
       —Yo te aconsejaría —dijo Gnushke— que dispararas inmediatamente. Apunta al centro de su cuerpo… si lo haces tienes más oportunidades.
       —Es una cuestión de suerte —dijo Mityushin—. Si le das, santo y bueno y si no lo haces, no te preocupes, igual él también falla. Un duelo no se hace real hasta después del primer fuego. Entonces es cuando empieza lo más interesante, por así decir.
       Una estación. Una parada breve. ¿Por qué le torturaban de semejante manera? Morir hoy era impensable. ¿Y si me desmayo? Tienes que ser un buen actor… ¿Qué puedo intentar? ¿Qué puedo hacer? Una mañana tan hermosa…
       —Anton Petrovich, perdona mi pregunta —dijo Mityushin—, pero es importante: ¿No tienes nada que confiarnos? Quiero decir papeles, documentos. ¿Una carta, quizás, o el testamento? Es el procedimiento habitual.
       Anton Petrovich negó con la cabeza.
       —Es una pena —dijo Mityushin—. Nunca se sabe lo que puede pasar. Mira a Henry y a mí, estamos preparados para una estancia en prisión. ¿Has dejado en orden tus asuntos?
       Anton Petrovich asintió. Ya no podía ni hablar. Lo único que le impedía ponerse a gritar eran los pinos que no dejaban de brillar en destellos tras la ventana.
       —Nos bajamos en un minuto —dijo Gnushke y se levantó. Mityushin también se puso en pie. Apretando los dientes, Anton Petrovich quiso levantarse también, pero una sacudida del tren lo devolvió a su asiento de nuevo.
       —Ya hemos llegado —dijo Mityushin.
       Sólo entonces consiguió Anton Petrovich separarse del asiento. Colocándose bien el monóculo en la cuenca del ojo, descendió al andén con precaución. El sol le dio una cálida bienvenida.
       —Vienen detrás —dijo Gnushke. Anton Petrovich sintió que le crecía una joroba en la espalda. No, esto es impensable, tengo que despertar.
       Dejaron la estación e iniciaron la marcha por la carretera por delante de unas pequeñas casas de ladrillo con petunias en las ventanas. Había una taberna en el cruce de la carretera con un camino suave y blanco que llevaba hasta el bosque. De repente, Anton Petrovich se detuvo.
       —Tengo una sed horrible —murmuró—. No me importaría tomar un trago.
       —Sí, no te hará mal —dijo Mityushin.
       Gnushke se volvió a mirar y dijo:
       —Ya han dejado la carretera y se han internado en el bosque.
       —Sólo será un minuto —dijo Mityushin.
       Entraron los tres en la taberna. Una mujer gorda estaba limpiando la barra con un trapo. Les saludó enfadada y luego les sirvió tres jarras de cerveza.
       Anton Petrovich bebió un trago, se atragantó ligeramente y dijo:
       —Excusadme un momento.
       —Date prisa —dijo Mityushin, dejando la jarra en la mesa.
       Anton Petrovich se metió en el pasillo, siguió la flecha hasta los servicios de caballeros, seres humanos, la humanidad, pasó delante del retrete, delante de la cocina, dio un respingo al tropezarse con un gato que se le enredó en los pies, apresuró el paso, llegó al final del pasillo, abrió una puerta y una lluvia de sol le salpicó el rostro. Se encontró en un patio verde, donde se paseaban unas gallinas y en el que un chico con un traje de baño viejo descansaba sobre un tronco de árbol. Anton Petrovich pasó corriendo delante de él, dejó atrás unos matorrales, bajó un par de peldaños de madera y otros matorrales, y de repente se resbaló porque el suelo estaba inclinado. Las ramas le azotaban la cara, por lo que tuvo que abrirse paso torpemente, sin dejar de resbalarse y de descender por aquel camino; la pendiente, cubierta de saúcos, era cada vez más empinada. Finalmente su precipitado descenso se hizo incontrolable. Empezó a deslizarse sobre sus piernas abiertas, todas tensas, tratando de protegerse de las ramas ligeras. Y entonces, a toda velocidad, se encontró abrazado a un árbol inesperado y empezó a moverse de lado. Los matorrales se hicieron menos densos. Delante había una valla muy elevada. Vio que había un hueco y cruzó entre las redes encontrándose al fin en una arboleda de pinos, entre cuyos troncos v junto a una choza colgaba, moteada con la sombra de los árboles, una colada de ropa recién lavada. Con la misma decisión atravesó la arboleda y al momento se dio cuenta de que una vez más se encontraba deslizándose pendiente abajo. Delante de él el agua relucía entre los árboles. Tropezó y entonces vio un camino a su derecha. Le llevó hasta el lago.
       Un viejo pescador, bronceado como un rodaballo ahumado y con un sombrero de paja, le indicó el camino hasta la estación de Wannsee. Al principio la carretera bordeaba el lago, luego se metía en el bosque, y tuvo que caminar durante dos horas por la espesura hasta llegar al ferrocarril. Recorrió penosamente la distancia que le separaba de la estación más próxima y cuando estaba llegando vio que se acercaba un tren. Se subió a un vagón y se apretujó entre dos pasajeros que se quedaron mirando con curiosidad a aquel hombre vestido de negro gordo, pálido y todo mojado, con colorete en las mejillas y los zapatos sucios, y además con un monóculo en el ojo todo tiznado. Tuvo que llegar a Berlín para encontrar un momento de reposo, o al menos, tuvo la sensación de que hasta ese momento no había cesado de huir y que sólo entonces se había detenido por primera vez a recobrar el aliento. Se encontró en una plaza que le resultaba familiar. Junto a él una vieja florista con una enorme pechera de lana vendía claveles. Un hombre cubierto por completo de letra impresa, como si fuera una cota de malla fabricada con periódicos, vendía un panfleto sensacionalista local. Un limpiabotas dirigió una mirada aduladora a Anton Petrovich. Anton Petrovich suspiró aliviado y colocó el pie decidido en el soporte de madera; los brazos del limpia se pusieron a sacar brillo a todo gas.
       Es horrible, desde luego, pensó, mientras observaba cómo la puntera de su zapato comenzaba a brillar. Pero estoy vivo, y de momento, eso es lo importante. Mityushin y Gnushke probablemente habían vuelto a la ciudad y seguramente estarían haciendo guardia delante de su casa, así que tendría que esperar a que las cosas se calmaran un poco. Bajo ningún concepto debía verlos. Más tarde iría a buscar sus cosas. Y tenía que irse de Berlín aquella misma noche…
       —Dobryy den [Buenos días], Anton Petrovich —era una voz amable junto a él.
       Dio tal respingo que se le resbaló el pie del taco del limpia. No, no había problema, una falsa alarma. La voz era la de un tal Leontiev, un hombre al que había visto un par de veces, periodista o algo así. Un tipo que hablaba mucho, pero inofensivo. Decían que su mujer se la pegaba a diestra y siniestra.
       —¿De paseo? —preguntó Leontiev, dándole un apretón de manos melancólico.
       —Sí. No, tengo un par de cosas que hacer —contestó Anton Petrovich, mientras pensaba: «Espero que siga su camino, de lo contrario esto va a ser horroroso».
       Leontiev miró a su alrededor y dijo, como si acabara de hacer un gran descubrimiento:
       —¡Un tiempo espléndido!
       En realidad era un pesimista y, como todos los pesimistas, un hombre poco o nada observador. Llevaba la barba sin afeitar, amarillenta y larga, y todo en él era torpe, lúgubre, macilento, como si la naturaleza hubiera tenido un fuerte dolor de muelas cuando le creó.
       El limpia batió los cepillos como si fueran palmas. Anton Petrovich miró sus zapatos que habían revivido.
       —¿Hacia dónde vas? —le preguntó Leontiev.
       —¿Y tú? —le preguntó Anton Petrovich.
       —Me da igual. Ahora mismo estoy libre. Puedo acompañarte un rato —se aclaró la garganta y añadió como con segundas intenciones—. Siempre que me lo permitas, claro está.
       —Desde luego, por favor —murmuró Anton Petrovich. Ahora se me ha pegado, pensó. Tengo que buscar una calle menos transitada, de lo contrario me encontraré a más gente conocida. Con tal de que consiga evitar a esos dos…
       —Bueno, ¿y cómo te trata la vida? —le preguntó Leontiev. Pertenecía a esa raza de gente que pregunta cómo te va la vida sólo para tener ocasión de contarte la suya.
       —Bien, me va bien —contestó Anton Petrovich. Ya se enteraría de todo más tarde. Dios Santo, qué lío—. Yo, ahora, tengo que ir por aquí —dijo bien alto, y giró abruptamente. Sonriendo triste y taciturno mientras pensaba en sus cosas, Leontiev casi se dio de bruces con él y se quedó medio titubeante en sus piernas frágiles.
       —¿Por ahí? Bien, no importa, a mí me da lo mismo.
       ¿Qué puedo hacer? pensó Anton Petrovich. Después de todo no puedo seguir paseando como si nada con este tipo. Tengo que pensar bien las cosas y decidir… Y además estoy tremendamente cansado y los callos me hacen daño.
       Leontiev, por su parte, se había lanzado a contar una larga historia. Hablaba con una voz plana y sin prisa. Le contó lo cara que era su habitación, cuánto le costaba pagarla, qué dura era la vida con él y con su mujer, qué difícil era encontrar una patrona, qué insolente era su patrona con su esposa.
       —Pero, por otro lado, Adelaida Albertovna tiene su carácter —añadió con un suspiro. Era uno de esos rusos de clase media que utilizan el patronímico para hablar de sus esposas.
       Caminaban por una calle anónima donde estaban reparando el asfalto. Uno de los obreros llevaba un dragón tatuado en su pecho desnudo. Anton Petrovich se pasó el pañuelo por la frente y dijo:
       —Tengo unos asuntos que resolver cerca de aquí. Me están esperando. Es una cita de trabajo.
       —Oh, te acompaño hasta allá —dijo con tristeza Leontiev.
       Anton Petrovich inspeccionó la calle. Había un cartel que decía «Hotel». Un hotelucho escuálido y como agazapado entre un edificio cubierto de andamios y un almacén.
       —Tengo que entrar aquí —dijo Anton Petrovich—. Sí, en este hotel. Tengo una cita de trabajo.
       Leontiev se quitó un guante viejo y roto y le dio la mano desmayadamente.
       —¿Sabes qué te digo? Que te voy a esperar aquí afuera. ¿No estarás mucho tiempo?
       —Me temo que por lo menos un buen rato —dijo Anton Petrovich.
       —Qué pena. Verás, tenía un asunto que quería hablar contigo para pedirte consejo. Bueno, no importa. Esperaré por aquí un rato, por si acaso. A lo mejor acabas antes de lo previsto.
       Anton Petrovich entró en el hotel. No tenía otra elección. El interior estaba húmedo y medio a oscuras. Un ser despeinado se materializó detrás del mostrador y le preguntó que qué quería.
       —Una habitación —contestó Anton Petrovich sin levantar la voz.
       El hombre se quedó pensativo, rascándose la cabeza y le pidió un depósito. Anton Petrovich le entregó diez marcos. Una doncella pelirroja, meneando el trasero a buen ritmo, le condujo por un largo pasillo y le abrió una puerta. Entró, emitió un profundo suspiro y se sentó en una butaca ribeteada de terciopelo. Estaba solo. Los muebles, la cama, el lavabo parecieron despertarse, mirarle enfurruñados para después volverse a dormir. En aquella insignificante habitación de hotel, totalmente carente de carácter, Anton Petrovich consiguió finalmente quedarse solo.
       Encorvado, cubriéndose los ojos con las manos, se perdió en sus pensamientos: desfilaron por su mente imágenes luminosas de colores, manchas verdes tocadas por el sol, un muchacho sentado en el tronco de un árbol, Leontiev, Berg, Tanya. Y al pensar en Tanya empezó a gemir y a encorvarse todavía más. Su voz, su querida voz. Tan ligera, tan joven, tan ágil y con aquella mirada tan despierta, se encaramaba en el sofá, recogía las piernas bajo su cuerpo y su falda flotaba al viento como una cúpula de seda antes de caer al suelo. En otras ocasiones, se sentaba a la mesa, bastante inmóvil, y se ponía a fumar alzando el rostro para jugar con el humo No tiene ningún sentido… ¿Por qué me engañaste? Porque me engañaste. ¿Qué voy a hacer sin ti? ¡Tanya!… Es que no lo ves… me engañaste. Mi amor, ¿por qué?, ¿por qué?
       Sin dejar de emitir pequeños gemidos y chasqueando los nudillos, empezó a caminar por la habitación, golpeándose distraído con todos los muebles. Se detuvo al llegar a la ventana y se puso a mirar a la calle. Al principio la niebla de sus ojos le impedía ver, pero finalmente la calle se hizo visible, con un camión junto a la acera, un ciclista, una anciana que bajaba la calzada con cautela. Y en la acera se veía a Leontiev caminando mientras leía un periódico; pasó por delante y giró al llegar a la esquina. Y por alguna razón, al ver a Leontiev, Anton Petrovich se dio cuenta de lo desesperada que era su situación —sí, desesperada, porque no había otra palabra para ello. Tan sólo ayer era un hombre honorable, respetado por sus amigos, por sus conocidos y por sus colegas del banco. ¡Su trabajo! Ni pensar en ello. Todo era diferente ahora; había bajado por una pendiente resbaladiza y ahora estaba en el fondo.
       «¿Pero cómo puede ser? Tengo que tomar una decisión», dijo Anton Petrovich con un hilo de voz. ¿Habría, quizá, una solución? Le habían atormentado bastante, pero ya era suficiente. Sí, tenía que hacer algo. Recordó la mirada sospechosa del hombre del mostrador. ¿Qué se puede decir a una persona así? Obviamente: «Voy a buscar mi equipaje… lo dejé en la estación». Ya está. Adiós para siempre, ¡querido hotel! La calle, gracias a Dios, estaba limpia: Leontiev se había resignado finalmente y se había ido. ¿Cómo llego hasta la próxima parada de tranvía? Oh, basta con que camines todo recto, mi querido amigo, y llegarás a la próxima parada de tranvía. No, será mejor que tomes un taxi. Vamonos. De nuevo, las calles te resultan conocidas. Tranquilo, muy tranquilo. Dale una propina al taxista. ¡En casa! Cinco pisos. Tranquilo, muy tranquilo entró en el vestíbulo. Y entonces, rápidamente abrió la puerta del cuarto de estar. ¡Dios, qué sorpresa!
       En el cuarto de estar, en torno a la mesa, estaban Mityushin, Gnushke y Tanya. En la mesa había botellas, vasos y tazas, Mityushin resplandecía —el rostro rosa, los ojos brillantes, borracho como una cuba. Gnushke estaba también borracho, y también resplandecía mientras se frotaba las manos. Tanya apoyaba los brazos desnudos en la mesa y le contemplaba inmóvil…
       —¡Por fin! —exclamó Mityushin, y le cogió del brazo—. ¡Por fin has aparecido! —añadió en un suspiro, con un guiño de ojo malicioso—. ¡Pies de Zorro!
       Anton Petrovich se sienta y toma un poco de vodka. Mityushin y Gnushke no dejan de mirarle con malicia bondadosa. Tanya dice: «Debes de estar hambriento. Te traeré un bocadillo».
       Sí, un gran bocadillo de jamón con el pan rebosando tocino por el corte abierto. Va a prepararlo y entonces Mityushin y Gnushke se acercan de inmediato hasta él y empiezan a hablar sin dejar de interrumpirse.
       —¡Hombre de suerte! Imagínate… también a Berg le entró miedo. Bueno, no hay por qué decir «también», pero en cualquier caso, le entró miedo. Esos tipos peleones resultan luego ser siempre unos cobardes. «Caballeros, les pedimos excusas por haber accedido a actuar como padrinos de este canalla.» ¡Ya ves la suerte que tienes, Anton Petrovich! Todo se ha resuelto, pues, de la mejor manera. Y tú has quedado como un señor, mientras que él ha quedado deshonrado para siempre. Y lo más importante, tu mujer, cuando se enteró de lo que había pasado, dejó inmediatamente a Berg y volvió a ti. Y tienes que perdonarla.
       Anton Petrovich sonrió, se levantó y empezó a jugar con el cordón de su monóculo. Su sonrisa se fue desvaneciendo lentamente. Esas cosas no suceden en la vida real.
       Se quedó mirando la tapicería apolillada, la pesada cama, el lavabo, y aquel cuarto miserable de aquel hotel también miserable se le apareció como el lugar en el que tendría que vivir para siempre de allí en adelante. Se sentó en la cama, se quitó los zapatos, movió los dedos aliviado, y notó que tenía una ampolla en el talón con su consiguiente agujero en el calcetín. Luego llamó al timbre y pidió un bocadillo. Cuando la camarera puso el plato en la mesa, miró deliberadamente a otro lado, pero en cuanto se hubo cerrado la puerta, agarró el bocadillo con las dos manos, manchándose al hacerlo los dedos y la barbilla con la grasa que rezumaba del pan, y gruñendo con avidez, empezó a masticar.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar