Virginia Woolf
(1882-1941)


Las olas (1931)
(The Waves)


       El sol aún no se había alzado. Sólo los leves plie­gues, como los de un paño algo arraigado, permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte, que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo raya­ban, avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo a la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente.
       Al acercarse a la playa cada barra se alzaba, se amontonaba sobre si misma, rompía, y se deslizaba un sutil velo de agua blanca sobre la arena. La ola se detenía, y después volvía a retirarse arrastrán­dose, con un suspiro como el del durmiente cuyo aliento va y viene en la inconsciencia. Poco a poco, la oscura raya en el horizonte se aclaraba, como si las partículas suspendidas en una vieja botella de vino hubieran descendido al fondo, dejando verde el vidrio. También más allá se aclaraba el cielo, como si el blanco poso hubiera descendido, o como si el brazo de una mujer recostada bajo el horizonte hubiera alzado una lámpara, y planas barras blancas, verdes y amarillas se proyectaban en el cielo, como las varillas de un abanico. Entonces, la mujer alzó más la lámpara, y el aire pareció devenir fibroso y apartarse de la verde superficie, chispeante y llameando, en rojas y amarillas hebras como el humeante fuego que ruge en una hoguera. Poco a poco, las hebras de la hoguera se fundieron en un resplandor, en una incandescencia que alzó el peso del gris cielo lanudo, poniéndolo encima de él, y lo convirtió en millones de átomos de suave azul. La superficie del mar se hizo despacio transparente, y estuvo destellante y rizada hasta que las oscuras barras quedaron casi borradas. Lentamente, el brazo que sostenía la lámpara la alzó más, y después más, hasta que la ancha llama se hizo visible. Un arco de fuego ardía en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar lanzaba llamas doradas.
       La luz incidió en los árboles del jardín, y dio transparencia a una hoja. Y luego a otra. Un pájaro gorjeó alto. Hubo una pausa. Otro pájaro gorjeó más bajo. El sol dio relieve a los muros de la casa, y se posó como la punta de un abanico cerrado en una blanca persiana, dejando una azul huella digital de sombró bajo la hoja junto a la ventana del dormitorio. La persiana se movió lentamente, pero dentro todo era penumbra sin sustancia. Fuera, cantaban los pájaros su melodía vacía.
       «Veo un aro que pende sobre mí», dijo Bernard. «El aro vibra y pende de un lazo de luz.»

       «Veo una tajada de pálido amarillo», dijo Susan, «que crece y se aleja al encuentro de la raya de púrpura.»
       «Oigo el sonido», dijo Rhoda, «de canto barato en gorjeo, canto barato, que se eleva y baja.»
       «Veo un globo», dijo Neville, «que cuelga en el aire, en vertical caída, contra las inmensas laderas de una colina que no sé.»
       «Veo una borla carmesí», dijo Jinny, «entreverada de hebras de oro.»
       «Oigo un patear», dijo Louis. «Hay un gran animal con una pata encadenada. Patea, patea, patea.»
       «Mira la telaraña, en el ángulo del balcón», dijo Bernard. «Tiene cuentas de agua, gotas blancas de luz.»
       «Las hojas se amontonan alrededor de la ventana, como orejas puntiagudas», dijo Susan.
       «Una sombra se proyecta en el sendero», dijo Louis, «como un codo en flexión.»
       «Islas de luz flotan sobre el césped', dijo Rhoda.
       «Caen a través de los árboles.»
       «Los ojos de los pájaros destellan en los túneles formados por las hojas», dijo Neville.
       «Vello corto y duro cubre los tallos», dijo Jinny, «y en ellos se han pegado gotas de agua.»
       «Una oruga está enroscada formando un aro verde», dijo Susan, «y sus pies parecen unas muescas redondeadas.»
       «El caracol de cáscara gris cruza arrastrándose el sendero, y deja las briznas aplastadas detrás», dijo Rhoda.
       «Y ardientes destellos nacidos en los cristales de las ventanas rebrillan y se apagan en el césped», dijo Louis.
       «Las piedras son frías, bajo mis pies», dijo Neville. «Las siento una a una, redondas o puntiagudas.»
       «Me arde el dorso de las manos», dijo Jinny, «pero el rocío me ha puesto las palmas pegajosas y húmedas.»
       «Ahora el gallo canta como un chorro de agua dura y roja en la blanca marea», dijo Bernard.
       «Los pájaros cantan alto y bajo, callan y cantan, a nuestro alrededor», dijo Susan.
       «El animal patea; patea el elefante con la pata encadenada; el gran bruto en la playa patea», dijo Louis.
       «Mira la casa», dijo Jinny, «con las persianas blancas en todas las ventanas.»
       «Agua fría comienza a manar del grifo del fregadero», dijo Rhoda, «sobre el cuenco con pescadilla.»
       «Rajas de oro rajan los muros», dijo Bernard, «y hay sombras de hojas, azules y en forma de dedos, bajo las ventanas.»
       «Y ahora la señora Constable se pone las gruesas medias negras», dijo Susan.
       «Cuando el humo se alza, el sueño enroscándose se aleja del tejado, como una niebla», dijo Louis.
       «Al principio, los pájaros cantaban a coro», dijo Rhoda. «Ahora la puerta de la cocina se abre. Se van volando. Se van volando como el puñado de semilla que lanza el sembrador. Pero hay uno, solo, que canta junto a la ventana del dormitorio.»
       «En el fondo del cuenco se forman burbujas», dijo Jinny. «Después suben, más y más aprisa, cómo una cadena de plata hasta la superficie.»
       «Ahora Biddy raspa las escamas de los pescados con un cuchillo mellado sobre una tabla», dijo Neville.
       «La ventana del comedor es azul oscuro ahora», dijo Bemard, «y el aire retiembla sobre las chime­neas.»
       «Una golondrina se posa en el cable de la electricidad», dijo Susan. «Y Biddy ha dejado brusca­mente el cubo en el suelo de losas de la cocina.»
       «Esta es la primera campanada de la campana de la iglesia», dijo Louis. «Será seguida por otras, uno dos, uno dos, uno dos.»
       «Mira cómo vuela el mantel sobre la mesa, blanco y a lo largo», dijo Rhoda. «Ahora hay discos de blanca porcelana, y rayas de plata junto a cada plato.»
       «De repente zumba una abeja en mi oreja», dijo Neville. «Está aquí, y ya ha pasado.»
       «Ardo, tiemblo», dijo Jinny, «al salir de este sol y entrar en esta sombra.»
       «Ahora se han ido todos», dijo Louis. «Estoy so­lo. Todos han entrado en la casa para desayunar, y he quedado en pie junto al muro entre las flores. Es muy temprano, antes de las clases. Flor tras flor puntean la profundidad verde. Los pétalos son arlequines. Los tallos surgen de los negros hoyos. Las flores nadan como peces de luz, en la superficie de las oscuras aguas verdes. Sostengo un tallo en la mano. Soy el tallo. Mis raíces descienden hasta las profundidades del mundo, a través de tierras secas, de roca, a través de húmedas tierras, de vetas de plomo y de plata. Soy todo fibra. Todos los temblores me estremecen, y el peso de la tierra oprime mis costillares. Aquí, mis ojos son hojas verdes que no ven. Soy un chico vestido de franela gris, con un cinturón de hebilla en forma de serpiente, aquí. Allá, abajo, mis ojos son los ojos sin párpados de una estatua de piedra en un desierto junto al Nilo. Veo mujeres que pasan, con cántaros rojos, camino del río. Veo camellos que se balancean y hombres con turbante. Oigo pateos, temblores y rebullir a mi alrededor.
       »Aquí Bernard, Neville, Jinny y Susan (pero no Rhoda) rasan los parterres con sus redes. Espuman las mariposas de las móviles cabezas de las flores. Peinan la superficie del mundo. Sus redes están llenas de alas batientes. “¡Louis! ¡Louis! ¡Louis!”, gritan. Pero no pueden verme. Estoy al otro lado del seto. En la masa de hojas sólo hay menudos ori­ficios, como ojos para ver. Dios mío, déjalos que pasen. Dios mío, permite que dejen las mariposas envueltas en un pañuelo, sobre la grava. Déjales contar cuántas mariposas blancas, cuántas rojas y cuántas moteadas han atrapado. Pero permite que no me vean. A la sombra del seto, soy verde como el tejo. Mi cabello es de hojas. Estoy enraizado en el centro de la tierra. Mi cuerpo es un tallo. Oprimo el tallo. Una gota se forma en el orificio de la boca, y lenta y densa crece y crece. Ahora, algo de color de rosa pasa por el orificio como un ojo. Ahora, el rayo de una mirada pasa por el túnel. Y el rayo me toca. Soy un chico con un traje de franela gris. Es ella y me ha encontrado. Siento el golpe en el cogote. Me ha besado. Todo se ha hecho añicos.»
       «Me he puesto á correr», dijo Jinny, «después de desayunar. He visto que las hojas se agitaban en un orificio del seto. He pensado: “Es un pájaro en su nido”. Las hojas han seguido moviéndose. He tenido miedo. Corriendo, he pasado ante Susan, ante Rhoda, Neville y Bernard, que hablaban junto a la caseta de las herramientas. Lloraba mientras corría más y más aprisa. ¿Qué ha movido las hojas? ¿Qué mueve mi corazón, mis piernas? Y he entrado brus­camente aquí, viéndote verde como un arbusto, como una rama, muy quieto, Louis, con la mirada fija. “¿Está muerto?”, he pensado, y te he besado, sal­tándome el corazón, bajo el vestido de color de rosa, como las hojas, que siguen moviéndose aunque nada hay que las mueva. Ahora huelo a geranios, huelo al mantillo de la tierra. Bailo. Ondulo. Me encuentro arrojada sobre ti, como una red de luz. Yacente tiemblo, sobre ti arrojada.»
       «Por entre el claro en el seto», dijo Susan, «vi cómo Jinny le besaba. Alcé la cabeza inclinada sobre la maceta, y miré por el claro en el seto. Vi cómo Jinny le besaba. Los vi, a Jinny y a Louis, besándose. Ahora envolveré mi angustia en el pañuelo que siempre llevo en el bolsillo. Y la angustia quedará prietamente apretujada, en una pelota. Sola iré al bosque de hayas, antes de clase. No me sentaré a la mesa para hacer sumas. No me sentaré al lado de Jinny, no me sentaré al lado de Louis. Cogeré mi angustia, y la dejaré sobre las raíces, bajo las copas de las hayas. La examinaré y la cogeré con las puntas de los dedos. No me descubrirán. Comeré nueces y buscaré huevos entre las zarzas, se me amazacotará el cabello, dormiré bajo un arbusto, beberé agua de charca y allí moriré.»
       «Susan ha pasado junto a nosotros», dijo Bernard. «Ha pasado ante la puerta de la caseta de las herramientas, con el pañuelo prietamente apelotonado. No lloraba, pero sus ojos, tan hermosos, se habían achicado, como se achican los de los gatos antes de saltar. La seguiré, Neville. Iré despacio tras ella, para estar presto, con mi curiosidad, a fin de confortarla cuando estalle y en su rabia piense: “Estoy sola.”
       »Ahora cruza el campo, contoneándose indiferente, para engañarnos. Llega a la depresión; cree que nadie la ve; echa a correr con los puños crispados ante sí. Se le hunden las uñas en el pañuelo apelotonado. Se dirige hacia el bosque de hayas, fuera de la luz. Abre los brazos al llegar a las pavas y se zambulle en las sombras como una nadadora.
       Pero se ha quedado ciega tras la luz y tropieza y se arroja sobre las raíces, bajo las copas de los árbo­les, donde la luz parece jadear, naciendo y extinguiéndose, naciendo y extinguiéndose. Las ramas respiran fuerte, arriba y abajo. Hay angustia ahí. Las raíces forman un esqueleto en la tierra, con hojas muertas amontonadas en los rincones. Susan ha derramado su angustia. El pañuelo yace en las raíces de las hayas, y Susan solloza, ovillada donde ha caído.»
       «He visto cómo Jinny le besaba», dijo Susan.«He mirado por entre las hojas y la he visto. Entró bailando, moteada de diamantes, leves como el polvo. Y yo soy chaparra, Bernard, chaparra y baja. Tengo ojos que miran muy de cerca el suelo y ven insectos en la hierba. La amarilla calidez de mi costado se tornó piedra, cuando vi que Jinny besaba a Louis. Comeré hierba y moriré en cualquier charca de agua parda, con podridas hojas muertas.»
       «Te he visto ir hacia allá», dijo Bernard. «Al pasar junto a la puerta de la caseta, te he oído gritar: “Soy desdichada”. He dejado el cuchillo. Con Neville tallaba barquitos en un leño. Y voy despeinado porque, cuando la señora Constable me ha dicho que me peinara, había una mosca en una telaraña, y he preguntado: “¿Devuelvo la libertad a la mosca? ¿Dejo que la araña la devore?” Por esto siempre llego tarde. Voy despeinado, con astillas de madera en el pelo. Al oír que llorabas te he seguido, y he visto cómo dejabas en el suelo el pañuelo apelotonado, con tu rabia y tu odio en él. Pero esto pronto cesará. Nuestros cuerpos están cerca el uno del otro ahora. Oyes mi respiración. También veo el es­carabajo que lleva una hoja sobre el dorso. Avanza en una dirección y luego en otra, de manera que incluso tu deseo, mientras contemplas el escaraba­jo, de poseer algo único (ahora es Louis) se ve obligado a vacilar, como la luz que va y viene por entre las hojas del haya. Y entonces las palabras que se mueven tenebrosas en las profundidades de tu mente romperán este nudo de dureza, contenido en tu pañuelo.»
       «Amo», dijo Susan, «y odio. Sólo una cosa deseo. Mi mirada es dura. La mirada de Jinny se quiebra en cien mil luces. Los ojos de Rhoda son como esas pálidas flores a las que acuden las polillas al atardecer. Los tuyos crecen y rebosan, pero nunca se quiebran. Sin embargo estoy ya empeñada en mi búsqueda y mi propósito. Veo insectos en la hierba. Pese a que mi madre todavía me hace blancos calcetines de punto y me cose dobladillos en los delantales, y pese a que aún soy una niña, amo y odio.»
       «Pero cuando estamos sentados cerca», dijo Bernard, «tú y yo nos fundimos el uno en el otro gracias a las frases. Quedamos ribeteados de niebla. Formamos un territorio sin sustancia.»
       «Veo el escarabajo», dijo Susan. «Veo que es negro, veo que es verde. Estoy limitada a palabras sueltas. Pero tú puedes alejarte, te escapas, te elevas más alto, con las palabras y palabras en frases.»
       «Ahora», dijo Bernard, «exploremos. Hay una casa blanca que yace entre los árboles. La casa yace ahí, mucho más bajo que nosotros. Nos hundiremos como nadadores, tocando el suelo con sólo las puntas de los dedos de los pies. Nos hundiremos a través del aire verde de las hojas, Susan. Nos hundimos mientras corremos. Las olas nos cubren, las hojas de las hayas se reúnen sobre nuestras cabezas. Ahí está el reloj del establo con sus brillantes saeta doradas. Ahí están las llanuras y los picos de los tejados de la gran casa. Ahí está el mozo de cuadra produciendo metálicos sonidos en el patio con botas de caucho. Esto es Elvedon.
       »Ahora, a través de las copas de los árboles, he­mos caído en tierra. El aire ya no alza sus largas y desgraciadas olas purpúreas sobre nuestras cabezas. Tocamos el suelo. Pisamos el suelo. Ahí está el recortado seto del jardín de las señoras. Por ahí andan al mediodía, con tijeras, cortando rosas. Ahora estamos en el bosque limitado, con el muro alrededor. Esto es Elvedon. He visto carteles en la encrucijada, con un brazo que apunta “A Elvedon”. Nadie ha estado aquí. Los helechos despiden un olor muy fuerte y debajo de ellos hay setas rojas. Ahora despertamos las dormidas cornejas que nun­ca habían visto una forma humana. Ahora pisamos las podridas manzanas silvestres enrojecidas por el tiempo y resbaladizas. Hay un muro circular alrededor de este bosque. Nadie entra aquí. ¡Escucha! Un sapo gigantesco ha saltado por entre la maleza. Y esto es el murmullo de una primitiva piña que cae para pudrirse entre los helechos.
       »Pon el pie en esta piedra y álzate. Mira por encima del muro. Esto es Elvedon. La señora está sentada entre dos alargadas ventanas, escribiendo. Con gigantescas escobas, los jardineros barren el césped. Somos los primeros que llegamos aquí. Somos los descubridores de una tierra ignorada. No te muevas. Si los jardineros nos vieran, dispara­rían contra nosotros. Debemos permanecer clavados como los armiños en la puerta del establo: ¡Mira! No te muevas. Agárrate con fuerza a los hierbajos del muro.»
       «Veo a una señora escribiendo. Veo a los jardi­neros que barren», dijo Susan. «Si muriésemos aquí, nadie nos enterraría.»
       «¡Corre!», dijo Bernard. «¡Corre! ¡El jardinero de la barba negra nos ha visto! ¡Nos pegará un tiro! ¡Disparará contra nosotros como si fuéramos grajos y quedaremos clavados en el muro! Estamos en tierra hostil. Debemos huir hacia el bosque de hayas. Debemos escondernos bajo las copas de los árboles. Mientras veníamos he movido una ramita caída. Hay un sendero secreto. Agáchate cuanto puedas. Pensarán que somos zorros. ¡Corre!
       »Ahora estamos a salvo. Podemos erguirnos de nuevo. Podemos estirar los, brazos bajo este alto dosel, en este vasto bosque. Nada oigo. Es sólo el murmullo de las olas en el aire. Esto es una paloma torcaz que busca cobijo en las copas más altas de las hayas. La paloma bate el aire. La paloma bate el aire con alas de madera.»
       «Ahora te alejas», dijo Susan, «hilando frases. Ahora asciendes como el hilo de un globo, más y más arriba, a través de capas de hojas, fuera de mi alcance. Ahora remoloneas. Me tiras de la falda, mirando hacia atrás, haciendo frases. Te has esca­pado de mí. Ahí está el jardín. Aquí el seto. Aquí está Rhoda en el sendero. Aquí está Rhoda en jet sendero, meciendo pétalos en el cuenco castaña.»
       «Todos mis buques son blancos», dijo Rhoda. «No quiero los pétalos rojos de los geranios y de las malvas del huerto. Quiero pétalos blancos que floten cuando inclino el cuenco. Tengo ahora una flota que nada de orilla a orilla. Echaré una ramita que sea balsa para un marinero náufrago. Echaré una piedra, y veré las burbujas surgiendo del fondo del mar. Neville se ha ido, y Susan se ha ido. Jinny está en el huerto, cogiendo grosellas, quizá en com­pañía de Louis. Podré estar sola unos instantes, mientras la señorita Hudson coloca las libretas en la mesa de la clase. Dispongo de una breve porción de libertad. He recogido todos los pétalos caídos y los he echado a nadar. He rociado algunos. Aquí pondré un faro. Y ahora voy a balancear mi cuenco castaño de un lado a otro para que mis barcos naveguen con oleaje. Algunos se hundirán. Algunos se estrellarán contra los arrecifes. Uno navega solo. Este es mi barco. Penetra en heladas cavernas en las que la foca ladra, y verdes cadenas pendientes de las estalactitas se balancean. Se alzan las olas, sus crestas se retuercen, fíjate en las luces de los mástiles. Se han desperdigado, han naufragado, todos salvo mi buque, que remonta la ola y se desliza en la galerna y llega a las islas en las que los papa­gayos parlotean y las lianas… »
       «¿Dónde está Bernard?», dijo Neville. «Tiene mi cuchillo. Estábamos en la caseta de las herramientas, construyendo barcos, y Susan pasó ante la puer­ta. Y Bernard tiró al suelo su barco y se fue tras ella con mi cuchillo, el cuchillo afilado que talla la quilla. Bernard es como un alambre colgante, como el cordón roto de una campanilla, siempre oscilando. Es como las algas colgadas en el alféizar de la ventana, ahora húmedas, ahora secas. Me deja en la estacada, y sigue a Susan, y si Susan llora, Bernard se lleva mi cuchillo y le cuenta historias. La hoja grande de mi cuchillo es un emperador, la hoja rota es un negro. Odio las cosas colgantes, odio las cosas húmedas. Odio vagar sin propósito y mezclar las cosas. Ahora suena la campana y llegaremos tarde. Debemos dejar nuestros juguetes. Debemos entrar juntos. Las libretas están dispuestas, una al lado de la otra, en la mesa con tapete verde.»
       «No conjugaré el verbo», dijo Louis, «hasta que Bernard lo haya recitado. Mi padre es banquero en Brisbane y hablo con acento australiano. Esperaré e imitaré a Bernard. Bernard es inglés. Todos son ingleses. El padre de Susan es clérigo. Rhoda no tiene padre. Bernard y Neville son hijos de nobles caballeros. Jinny vive con su abuela en Londres. Ahora humedecen con la lengua las puntas de los lápices. Ahora retuercen las libretas y, mirando de soslayo a la señorita Hudson, cuentan los purpú­reos botones de su corpiño. Bernard lleva una astilla en el pelo. Susan tiene enrojecidos los ojos. Los dos están colorados. Pero yo soy pálido; soy pulido, y me sujeto los pantalones de golf con un cinturón de hebilla de bronce en forma de serpiente. Me sé la lección de memoria. Sé más de lo que todos juntos sabrán en su vida. Me sé los casos y los géneros. Si quisiera, podría aprender toda la ciencia del mun­do. Pero no quiero demostrarlo y recitar la lección. Mis raíces se entrelazan y forman un tejido, como las hebras de una planta en el tiesto, alrededor del mundo. No quiero levantarme y alcanzar la cumbre, y vivir a la luz de este gran reloj de rostro amari­llo, que late y late en su constante tic-tac. Jinny y Susan, Bernard y Neville, se unen entre sí formando una zurriaga con la que azotarme. Se ríen de que sea pulido y tenga acento australiano. Ahora procuraré imitar el suave acento con que Bernard bisbi­sea el latín.»
       «Son palabras blancas», dijo Susan, «como los cantos rodados que se encuentran en la playa.»
       «Mueven la cola a derecha e izquierda cuando les habla», dijo Bernard. «Menean la cola, agitan la cola, se mueven por el aire en rebaño, ahora hacia aquí, ahora hacia allá, avanzan juntas, ahora se se­paran, ahora se reúnen.»
       «Son palabras amarillas, son palabras flamígeras», dijo Jinny. «Me gustaría tener un vestido lla­meante, un vestido amarillo, un vestido leonado, para ponérmelo por la noche.»
       «Cada tiempo verbal», dijo Neville, «tiene un sig­nificado diferente. En este mundo hay un orden; hay distinciones, hay diferencias, en este mundo en cuyo umbral me encuentro. Sí, porque esto es sólo el principio.»
       «Ahora la señorita Hudson», dijo Rhoda, «ha cerrado el libro. Ahora comienza el terror. Ahora coge la corta porción de tiza y traza números en la pizarra, seis, siete, ocho, después una cruz, y luego una raya. ¿Cuál es la respuesta? Los otros miran, miran con comprensión. Louis escribe. Susan escribe. Neville escribe. Jinny escribe. Incluso Bernard ha co­menzado ahora a escribir. Yo no puedo escribir.
       Sólo veo números. Los otros entregan las respuestas, uno tras otro. Me toca el turno. Pero no tengo respuesta. Los otros ya pueden irse. Se van dando un portazo. La señorita Hudson se va. Me quede sola para encontrar la respuesta. Los números no significan nada ahora. El significado ha desapare­cido. El reloj hace tic-tac. Las saetas son convoyes que cruzan un desierto. Las negras rayas en la cara del reloj son verdes oasis. La saeta larga se ha ade­lantado en busca de agua. La otra avanza penosamente a tropezones sobre las ardientes piedras del desierto. La puerta de la cocina bate una sola vez. A lo lejos ladran perros salvajes. Mira, el lazo en el trazó del número comienza a llenarse de tiempo, contiene el mundo en su interior. Comienzo a trazar un número, y el mundo queda enlazado en él, y yo estoy fuera del lazo, que ahora cierro —así—, sello y completo. El mundo forma un todo completo, y yo estoy fuera de él, llorando, gritando: "¡Salvadme de ser expulsada para siempre del lazo del tiem­po!»
       «Ahí está Rhoda sentada con la vista fija en la pizarra», dijo Louis, «en clase, mientras nosotros vagamos libremente, cogiendo aquí un poco de tomillo, allá una hoja de boj, mientras Bernard nos cuenta una historieta. Las paletillas de Rhoda casi se tocan, en el centro de la espalda, como las alas de una pequeña mariposa. Mientras contempla los números de yeso, su pensamiento se aloja en los blancos círculos. Pasa a través de los blancos lazos y, sola, penetra en el vacío. Carecen de significado para Rhoda. No tiene respuesta ante ellos. Rhoda no tiene cuerpo y los otros sí. Y yo, que hablo con acento australiano, y que mi padre es banquero en Brisbane, no temo a Rhoda como temo a los otros.»
       «Arrastrémonos bajo el dosel de las hojas del grosellero», dijo Bernard, «y contemos historias. Vivamos en el submundo. Tomemos posesión de nues­tro territorio secreto, iluminado por grosellas pendientes, como candelabros, que brillan en rojo, por un lado, y en negro por el otro. Aquí, Jinny, si encogemos el cuerpo, podremos permanecer sentados bajo el dosel de las hojas del grosellero y contemplar el balanceo de los incensarios. Este es nuestro universo. Los otros se alejan por el sendero de los carruajes. Las faldas de la señorita Hudson y de la señorita Curry pasan como campanitas para apagar cirios. Ahí van los blancos calcetines de Su­san. Ahí van las limpias sandalias de Louis, dejando claras huellas en la grava. Ahí nos llegan cálidas oleadas de olor a hojas en descomposición, manti­llo en podredumbre. Estamos en tierras pantanosas ahora, estamos en una jungla de malaria. Hay un elefante con blancos colmillos, muerto por una flecha clavada, quieta, en un ojo. Los brillantes ojos de los pájaros cojitrancos —águilas y buitres— se perciben claramente. Nos toman por árboles caídos. Picotean un gusano —esto es una cobra encapuchada—, y lo dejan con una parda cicatriz emponzoñada, para que sea atacado por los leones. Este es nuestro mundo, iluminado por lunas crecientes y estrellas de luz. Grandes pétalos casi transparentes cierran las salidas como purpúreas ventanas. Todo es extraño. Las cosas son inmensas y muy pequeñas. Los tallos de las flores son gruesos como troncos de roble. Las hojas están altas como cúpulas de vas­tas catedrales. Aquí yacentes, somos gigantes capaces de hacer retemblar el bosque.
       «Esto es aquí», dijo Jinny, «esto es ahora. Pero pronto nos iremos. Pronto la señorita Curry tocará el silbato. Echaremos a andar. Nos separaremos. Tú irás a la escuela. Tendrás profesores con cruces con blancos lazos. Yo tendré una profesora en una escuela de la costa oriental, sentada bajo un retrato de la reina Alejandra. Allá iré, como Susan y Rhoda. Esto es solamente aquí, esto es solamente ahora. Ahora yacemos bajo los groselleros, y cuando la brisa sopla quedamos con todo el cuerpo moteado. Mi mano es como una piel de serpiente. Mis rodillas son rosadas islas flotantes. Tu rostro es como un manzano bajo una red.»
       «El calor se va», dijo Bernard, «de la jungla. Negras alas baten las hojas sobre nosotros. La señorita Curry ha tocado el silbato en la terraza. Arrastrándonos debemos salir del cobijo de las hojas del grosellero y andar erguidos. Llevas ramitas en el pelo, Jinny. Y veo una oruga verde en tu cuello. Forma­remos en dos de a fondo. La señorita Curry nos llevará a dar un brioso paseo, mientras la señorita Hudson se queda sentada ante su mesa haciendo cuentas.»
       «Es aburrido», dijo Jinny, «caminar por la carretera, sin ventanas por las que mirar, sin legañosos ojos de azules cristales por los que ver la calle.»
       «Debemos formar por parejas», dijo Susan, «y andar en buen orden, sin arrastrar los pies, sin rezagarnos, con Louis al frente abriendo marcha, porque Louis es despierto y no es maula.»
       «Como sea que, según afirman», dijo Neville, «soy tan delicado que no puedo ir con ellos, porque me canso muy fácilmente y luego caigo enfermo, emplearé esta hora de soledad, este alto en el conversar, para merodear por la casa y revivir, si puedo, por el medio de situarme en el mismo punto de la escalera, a mitad del descansillo, la sensación que tuve al oír hablar del muerto, a través de la puerta batiente, anoche, mientras la cocinera metía y sa­caba pasteles del horno. Lo encontraron degollado. Las hojas del manzano quedaron clavadas fijas en el cielo. La luna miraba y miraba. Me sentía incapaz de levantar el pie para subir un peldaño. Lo encontraron en el arroyo. La sangre corría por el arroyo. Tenía la quijada blanca como el bacalao muerto. A esa rigidez, a esa inmovilidad estricta, la llamaré para siempre jamás “muerte entre los manzanos”. Allí estaban las flotantes nubes de pálido gris. Y el inexorable árbol. La leve ondulación de mi vida no servía de nada. No podía pasar. Había un obstáculo. Dije: “No puedo superar este obstáculo ininteligible”. Y los otros pasaron. Pero estamos condenados, todos nosotros, por los manzanos, por el inexorable árbol que no podemos pasar.
       »Ahora la rigidez, la estricta inmovilidad, está superada. Proseguiré mi inspección de los lugares de la casa a última hora de la tarde, al ocaso, cuando el sol pone oleaginosas manchas en el linóleo, y una grieta de luz se arrodilla en la pared, y da a las patas de la silla la apariencia de estar quebradas.»
       «He visto a Florrie en el huerto», dijo Susan, «al regresar del paseo, y estaba con la colada hinchada a su alrededor, los pijamas, los calzoncillos, los ca­misones, muy hinchados. Y Ernest la ha besado. Ernest iba con el delantal verde y estaba limpiando plata. Tenía los labios fruncidos, con arrugas como la boca de una bolas de cordel, y la cogió en sus brazos con el pijama hinchado entre ellos. Ernest estaba ciego como un toro, y Florrie se pasmó de temor, únicamente las rojas venas minúsculas da­ban color a sus blancas mejillas. Ahora, a pesar de que nos pasan bandejas de pan con mantequilla y vasos de leche, a la hora del té, veo una hendidura en la tierra, de ella sale silbando ardiente vapor. Y la tetera ruge, como rugía Ernest, y estoy hin­chada y tersa como el pijama, incluso mientras mis dientes se hunden en el blando pan con mantequilla y sorbo la leche dulce. No temo al calor, ni temo al helado invierno. Rhoda sueña, mientras chupa la corteza de pan mojada en leche. Louis contempla la pared frente a él, con ojos del verde color de los caracoles. Bernard forma bolitas con miga de pan y las llama “gente”. Neville, con sus ademanes limpios y concluyentes, ya ha terminado. Ha enrollado la servilleta y ha deslizado en ella la argolla de plata. Jinny efectúa movimientos circulares con los dedos sobre el mantel, como si bailaran al sol, en una sucesión de piruetas. Pero no temo al calor, ni al helado invierno.»
       «Ahora», dijo Louis, «nos levantaremos todos, nos pondremos en pie. La señorita Curry abre el ancho libro negro y lo deja sobre el armonio. Es difícil reprimir el llanto mientras cantamos, mientras rogamos a Dios que nos proteja en el sueño y nos llame hijos. Cuando estamos tristes y tembloro­sos de miedo, es bueno cantar a coro, inclinándonos levemente el uno contra el otro, yo hacia Susan, Susan hacia Bernard, con las manos cogidas, muy temerosos, yo de mi acento, Rhoda de los números, pero dispuestos a vencer.»
       «Juntos subimos las escaleras, en tropel, como caballos enanos», dijo Bernard, «pateando, empujándonos, para esperar el turno de entrar en el lavabo. Resoplamos, nos empujamos, saltamos sobre las blancas y duras camas. Me toca el turno. Voy.
       »La señorita Constable, protegida por una toalla de baño, coge la esponja de color de limón y la hunde en el agua. La esponja toma el castaño color del chocolate, chorrea, la señorita Constable la eleva sobre mi cabeza, tiemblo bajo la esponja y la señorita Constable la estruja. El agua me recorre la espina dorsal. Destellantes flechas de sensaciones se disparan hacia uno y otro lado. Estoy cubierto de cálida carne. Las secas coyunturas se me humedecen; mi cuerpo frío se calienta, chorrea y brilla. El agua desciende y me convierte en una anguila destelleante. Ahora cálidas toallas me envuelven, y su aspereza, al frotarme la espalda, hace ronronear la sangre. En la techumbre de mi mente se forman gruesas y densas sensaciones. Como el agua cae el día: el bosque, Elvedon, Susan y la paloma. Como agua que chorrea por los muros de mi mente, como aguas reunidas, el día cae copioso y esplendente. Ahora me ato, sin ceñirla demasiado, la cinta del pijama, y me tiendo, cubriéndome con la delgada sábana que flota en la luz sutil que es como una leve capa de agua lanzada sobre mis ojos por una ola. A su través, lejos, muy lejos, débilmente y lejos, oigo el comienzo del coro, ruedas, perros, hom­bres que gritan, campanas de la iglesia, el comienzo del coro.»
       «Del mismo modo que doblo el vestido y el viso», dijo Rhoda, «me despojo de mi imposible deseo de ser Susan, de ser Jinny. Pero extenderé los dedos de los pies para tocar el límite de la cama. Adquiriré la seguridad, al tocar el metal, propia de todo lo duro. Ahora no puedo hundirme. Es imposible que caiga a través de la delgada sábana, ahora. Ahora relajo el cuerpo sobre este frágil colchón y quedo suspendida en el aire. Ahora floto sobre la tierra. Ya no estoy en pie para que me golpeen y me hieran. Todo es suave y dócil, maleable. Las paredes y las alacenas palidecen y sus amarillos rectángulos, sobre los que pálido brilla el cristal, se doblegan. Ahora de mí pueden manar los pensamientos. Puedo pensar en mis flotas navegando en el mar alzado en oleaje. Estoy a salvo de los difíciles roces y los choques. Navego sola, junto a blancos acantilados. ¡Pero me hundo! ¡Caigo! Esto es el ángulo de la alacena. Esto es el espejo del cuarto de los niños. Pero se estiran y alargan. Me hundo en las negras plumas del sueño. Sus densas alas oprimen mis ojos. Mientras viajo en las tinieblas, veo los alargados parterres, y la señorita Constable sale corriendo del ángulo que forma el césped, para decirme que mi tía ha venido a buscarme en un coche de caballos. Subo. Huyo. Como si llevara muelles en los tacones, salto a las copas de los árboles. Pero ahora caigo dentro del coche ante la puerta de entrada, y allí está sentada mi tía, moviendo afirmativamente la cabeza con plumas amarillas, duros como cantos rodados los ojos. ¡Oh, despertar entre sueños! Mira, ahí está la cómoda. Quiero salir de estas aguas. Pero se amontonan sobre mí. Entre sus grandes hombros me llevan. Me obligan a dar un giro sobre mí misma, me derriban, estoy tendida entre esas largas luces, esas largas olas, esos interminables senderos, esas gentes que me persiguen, me persiguen.»



       El sol se alzó más. Olas azules, olas verdes, dibujaban rápidos abanicos en la playa, rodeando el hierro vertical clavado en la arena, y dejando aquí y allá, superficiales charcas de luz. Cuando se retiraron, quedó una sutil línea negra en la arena. Las rocas, antes suaves y neblinosas, se endurecieron y quedaron marcadas por rojas grietas.
       Duras franjas de sombra yacían en el césped, y el rocío que danzaba en lo alto de las flores y las hojas convertía el jardín en un mosaico de chispas aisladas que aún no se habían reunido en una. Los pájaros de pecho moteado en rosa y amarillo, cantaron ahora una o dos estrofas juntos, enloquecidos, como patinadores cogidos del brazo, y se callaron bruscamente, separándose.

       El sol proyectaba más anchas franjas sobre la casa. La luz tocó algo verde en el ángulo de la ventana y lo convirtió en un bulto de esmeralda, en una caverna de puro verde, como un fruto sin semilla. Afiló los perfiles de las sillas y de las mesas, y bordó los blancos manteles con fino hilo de oro. A medida que la luz aumentaba, aquí y allá algún que otro capullo se abría en flor temblorosa y veteada de verde, como si el esfuerzo de la eclosión las hubiera dejado balanceándose, golpeando con sus frágiles aldabas los blancos muros, en débil sonido de carillón. Todo devino suavemente amorfo, como si la porcelana de la fuente fuese fluida y líquido el acero del cuchillo. Entretanto, el choque de las olas al romper llegaba a sordos golpes, como leños al caer, sobre la playa.
       «Ahora», dijo Bernard, «ha llegado el momento. El día ha llegado. El coche está a la puerta. El peso de mi gran maleta parece exagerar la curvatura de las piernas patizambas de George. La horrenda ceremonia ha terminado, las propinas y los adioses en el vestíbulo. Ahora me queda esa ceremonia de tragar saliva con mi madre, la de estrechar la mano de mi padre. Ahora debo seguir agitando la mano, y no parar hasta que doblemos la esquina. Ahora esta ceremonia ha terminado. A Dios gracias, todas las ceremonias han terminado. Estoy solo. Voy a ingresar en la escuela superior.
       »Parece que todos hagamos las cosas sólo para un momento determinado, y que jamás volvamos a hacerlas. Jamás. Esta urgente temporalidad da miedo. Todos saben que ingreso en la escuela superior, que por vez primera voy a la escuela superior. Mientras friega los peldaños, la criada dice: “Este chico va por vez primera a la escuela”. Debo esforzarme en no llorar. Debo mirarlos a todos con indiferencia. Ahora veo abiertos de par en par los terribles portalones de la estación. “El reloj con cara de luna me mira”. Debo construir frases y frases para in­terponer algo duro entre yo y la mirada de las criadas, la mirada de los relojes, los rostros observan­tes, los rostros indiferentes, o de lo contrario lloraré. Ahí va Louis, ahí va Neville. Los dos con largos abrigos y bolsas de viaje en la mano. Los dos se encuentran junto a la taquilla. Están serenos y com­puestos. Pero su aspecto ha cambiado.»
       «Ahí está Bernard», dijo Louis. «Está sereno y compuesto, tranquilo. Balancea la bolsa al andar. Le seguiré, porque no siente miedo. Del vestíbulo pasamos al andén, llevados por una fuerza que nos arrastra, tal como el río arrastra ramas y paja, que deja junto a los pilares del puente. Ahí está la muy poderosa locomotora, toda ella espalda y muslos, sin cuello, de color verde botella, jadeando vapor. El factor toca el silbato y baja la bandera. Sin esfuerzo, por el impulso de la bandera, como una avalancha provocada por un leve empujón, nos ponemos en marcha. Bernard se coloca una manta en las piernas y hace chasquear los nudillos. Neville lee. Londres se desmigaja. Londres jadea y avanza. Se eriza de chimeneas y torres. Ahí, una iglesia blanca; ahí, un mástil entre agujas de edificios. Ahí un canal. Ahora hay espacios abiertos, con senderos de asfalto sobre los que parece raro que la gente deba caminar. Una colina moteada de casas rojas. Un hombre cruza un puente, seguido por un perro. Ahora el chico vestido de rojo dispara contra un faisán. El chico vestido de azul le aparta. “Mi tío es el mejor cazador de Inglaterra”. “Mi primo tiene la mejor jauría para la caza del zorro”. Comienzan los alardes. Y yo de nada puedo alardear porque mi padre es banquero en Brisbane y hablo con acento australiano.»
       «Por fin, después de tanto ajetreo, después de tanto barullo y ajetreo», dijo Neville, «hemos llegado. Es un gran momento, un solemne momento.
       Llego como un señor a sus tierras. Ahí está nuestro fundador, nuestro ilustre fundador, erguido en el gran patio, con un pie alzado. Saludo a nuestro fun­dador. Estos cuadrángulos tienen un noble aire ro­mano. Las luces de las aulas están ya encendidas. Quizá sean laboratorios, y esto quizá sea una bi­blioteca en la que exploraré las exactitudes de la lengua latina, y pisaré firmemente el sendero de las bien forjadas frases, y pronunciaré los explícitos y sonoros hexámetros de Virgilio, de Lucrecio, y cantaré con pasión jamás oscura o informe los amores de Catulo, leyendo en un gran libro de anchos márgenes. También me tumbaré en los campos de cosquilleantes céspedes. Con mis amigos yaceré bajo los olmos.
       »Mira, el director de estudios. Es sorprendente que me parezca ridículo. Es demasiado pulido, de­masiado reluciente y negro, como una estatua de jardín público. Y en el lado izquierdo del chaleco, de este chaleco prieto, tenso como un tambor, cuel­ga un crucifijo.»
       «El viejo Crane», dijo Bernard, «se pone ahora en pie para dirigirnos la palabra. El viejo Crane, el director de estudios, tiene una nariz como una montaña al ocaso, y una hendidura azul en el men­tón, como una hondonada cubierta de vegetación incendiada por un excursionista, como una hondo­nada con vegetación vista desde la ventanilla del tren. Se balancea un poco, mientras va formando sus tremendas y sonoras palabras. Pero sus palabras son demasiado afables para ser verdad. Sin embargo, ahora se cree sincero. Y cuando abandona la estancia, moviendo pesadamente los hombros a uno y otro lado, y sigue adelante lanzándose a través de las puertas batientes, todos los profesores, balanceándose pesadamente, también se lanzan a través de las puertas. Esta es la primera noche que pasamos en la escuela, lejos de nuestras hermanas.»
       «Esta es la primera noche que paso en la escue­la», dijo Susan, «lejos de mi padre, lejos de mi casa. Se me humedecen los ojos, las lágrimas me dan escozor. Me desagrada el olor a pino y linóleo. Me desagradan los arbustos estremecidos por el viento y las higiénicas baldosas. Me desagradan los alegres chistes y el bruñido aspecto que todos tienen aquí. Dejé mi ardilla y mis palomas al cuidado del chico. Bate la puerta de la cocina, y los tiros estremecen las hojas cuando Percy dispara contra las cornejas. Aquí todo es falso, todo corrompido. Rhoda y Jinny están sentadas lejos, con sus vestidos de sarga cas­taña, y contemplan a la señorita Lambert sentada bajo el retrato de la reina Alejandra, leyendo el libro que tiene ante sí. También hay una banderola azul, de labor de punto, bordada por una alumna de otros tiempos. Si no oprimo los labios, si no es­trujo el pañuelo, lloraré.»
       «El brillo purpúreo», dijo Rhoda, «en el anillo de la señorita Lambert cruza y vuelve a cruzar la mancha negra en la página blanca del libro de rezos. Es un brillo amoroso, del color del vino. Ahora que tenemos las maletas deshechas en los dormitorios, nos sentamos en rebaño bajo mapas de todo el mundo. Aquí hay pupitres con pocillos para la tinta. Escribiremos con tinta nuestros ejercicios. Pero aquí nadie soy. No tengo cara. Tanta gente, todas vestidas de sarga castaña, me ha robado la identidad. Todas somos desconsideradas y retraídas. Buscaré un rostro, un rostro compuesto y monumental, y lo dotaré de omnisciencia, y lo llevaré bajo mis ropas, como un talismán, y después (lo prometo) encontraré un escondite en el bosque para poder, allí, mirar en secreto mi colección de curiosos te­soros. Lo prometo. Así no lloraré.»
       «La mujer morena», dijo Jinny, «con pómulos salientes, tiene un reluciente vestido veteado, como una concha, para vestir de noche. Está muy bien para el verano, pero, para el invierno, me gustaría un vestido muy sutil, entreverado de hebras rojas que brillaran a la luz del fuego. Entonces, cuando todas las lámparas se encendieran, me pondría el vestido rojo, sutil como un velo, el vestido revolotearía alrededor de mi cuerpo, y flotaría en el momento en que yo entrara en la estancia con evoluciones de bailarina. Tomaría, el vestido, forma de flor cuando me dejara caer, en el centro de la sala, sobre una silla dorada. Pero la señorita Lambert lleva un vestido opaco que le cae en cascada, desde el frunce blanco como la nieve, mientras sigue sentada bajo el retrato de la reina Alejandra, con un blanco dedo firmemente posado en la página. Y rezamos.»
       «Ahora entramos de dos en dos», dijo Louis, «or­denada y procesionalmente, en la capilla. Me gusta la penumbra que nos cubre al entrar en el sagrado edificio. Me gusta el ordenado avance. En filas entramos. Nos sentamos. Prescindimos de nuestras in­dividuales peculiaridades, al entrar. Me gusta este momento en que, balanceándose un poco, aunque sólo a consecuencia de la inercia, el doctor Crane sube al púlpito y lee el texto de una Biblia puesta en el dorso de un águila de bronce. Gozo, mi cora­zón se ensancha ante el volumen y la autoridad del doctor Crane. Deja, el doctor Crane, las nubes de polvo arremolinado sobre mi trémula e ignominio­samente agitada mente —cómo bailábamos alrededor del árbol de Navidad, y al entregar los regalos se olvidaron de mí, y la mujer gorda dijo “este niño no tiene regalo”, y me dio la reluciente bandera de la Gran Bretaña, puesta en lo alto del árbol, y yo lloré de rabia—, para que las recuerde con devoción. Ahora todo queda bien asentado, gracias a la autoridad y al crucifijo del doctor Crane, y me doy cuenta de que me invade la conciencia de la Tierra bajo mis pies, y mis raíces descienden y descienden, hasta que se agarran a algo duro, situado en el centro, envolviéndolo. Mientras el doctor Crane lee, recobro mi continuidad. Me convierto en una figura de la procesión, en un radio de la gran rueda que al girar me pone por fin erecto, aquí y ahora. He estado en tinieblas, he estado oculto, pero cuando la rueda gira (mientras él lee), me elevo a esta débil luz en la que puedo percibir, aunque con dificultad, los muchachos arrodillados, las columnas y las pla­cas de bronce conmemorativas. No hay aquí grosería, no hay aquí bruscos besos.»
       «El bruto amenaza mi libertad», dijo Neville, «cuando reza. Sin calor de imaginación, sus heladas palabras caen sobre mi cabeza como losas, mientras la dorada cruz jadea sobre el chaleco. Las palabras con autoridad quedan corrompidas por quienes las pronuncian. Me mofo y me río de esta triste religión, de estas trémulas y acongojadas figuras, heridas y cadavéricas, que descienden por el blanco camino bordeado de hogueras, a cuya sombra yacen tendidos en el polvo, abiertas las piernas, muchachos, muchachos desnudos. Y en la puerta de la taberna cuelgan los pellejos hinchados de vino. Por Pascua estuve en Roma con mi padre. Y la temblorosa figura de la madre de Cristo fue paseada, balanceándose, a lo largo de las calles, igual que la torturada figura de Cristo, en una caja de vidrio.
       »Ahora me inclinaré a un lado, como si me rascara el muslo. Así veré a Percival. Está sentado ahí, erguido entre la chusma. Inhala y expele el aire con indudable vigor por la recta nariz. Sus ojos azules y extrañamente inexpresivos mantienen la mirada fija, con pagana indiferencia, en la colum­na que tiene ante él. Sería un excelente inspector de comportamiento en la capilla. Iría siempre con una vara y castigaría con azotes a los chicos peque­ños que se portaran mal. Está vinculado a las frases latinas de las lápidas de bronce. Nada ve. Nada oye. Está muy lejos de todos nosotros, está en un universo pagano. Pero mira, ahora se lleva la mano al cogote. Ademanes como éste bastan para que uno se enamore de alguien desesperadamente y para siempre. Dalton, Jones, Edgar y Bateman se llevan también la mano al cogote, de la misma manera. Pero sin éxito.»
       «Por fin", dijo Bernard, «la sucesión de gruñidos cesa. El sermón termina. El predicador ha reducido a polvo la danza de las blancas mariposas ante la puerta. Su voz áspera y vellosa es como un mentón mal afeitado. Ahora, balanceándose como un mari­nero borracho, regresa a su asiento. Todos los profesores intentarán imitarle. Pero, por ser delgaditos, por ser blandos, por llevar pantalones grises, sólo conseguirán quedar en ridículo. No, no les des­precio. Sus payasadas son dignas de lástima a mi parecer. Anoto este hecho en mi bloc de notas, junto con muchos otros, para futura referencia. Cuando sea mayor, llevaré siempre conmigo una libreta, una libreta gorda, con muchas páginas metódicamente señaladas con las letras del alfabeto. Allí escribiré frases. En las páginas de la eme escribiré “mariposas, polvo de té”. Si, en mi novela, describo el sol en el alféizar, buscaré en la eme y encontraré polvo de mariposas. Me será muy útil. El árbol “proyecta en la ventana las sombras de sus verdes dedos”. Esto también me será muy útil. Pero, desdichado de mí, cualquier cosa distrae mi atención, cualquier cosa, como un cabello retorcido como un hilo de azúcar tostado, como el libro de rezos de Celia, con incrustaciones de nácar. Louis puede con­templar la naturaleza sin un pestañeo durante una hora. Contrariamente, yo pronto me distraigo, a no ser que me estimulen con palabras. "El lago de mi mente, libre de remos, respira plácidamente y no tarda en sumirse en aceitosa somnolencia." Esto también me será útil.»
       «Ahora salimos de este fresco templo y penetra­mos en los amarillos campos de juego», dijo Louis. «Y, por ser día medio festivo (el cumpleaños del Duque), nos sentaremos en el largo césped, mientras juegan (ellos) al cricket. Si quisiera, podría ser uno de ellos. Me pondría las almohadilladas defensas y cruzaría el campo de juego al frente de los bateadores. Mira, mira, ahora, como todos siguen a Per­cival. Es de cuerpo pesado. Avanza torpemente hacia el extremo del campo, sobre el crecido césped, hacia el lugar en que se alza el gran olmo. Su magnificencia es la propia de un campeador medieval. Parece dejar en el césped un rastro de luz. Mira, le seguimos en tropel, como fieles servidores, para que nos ma­ten como a corderos, ya que, sin la menor duda, Percival acometerá una imposible empresa y morirá en el empeño. El corazón se me alborota, me hiere el costado como una hoja con dos filos. Por una parte adoro su magnificencia; por otra, desprecio sus vulgares acentos —yo, tan superior a él— y siento celos.»
       «Y ahora», dijo Neville, «que Bernard comience. Que parlotee y nos cuente historias, mientras des­cansamos recostados. Que nos describa lo que todos hemos visto a fin de que forme una secuencia. Ber­nard dice que siempre hay una historia que contar. Yo soy una historia. Louis es una historia. Hay la historia del niño limpiabotas, la historia del hombre con un solo ojo, la historia de la mujer que vende caracolas. Que con su parloteo hilvane una historia, mientras reposo tumbado y miro las figuras de rí­gidas piernas, los bateadores con las almohadilladas defensas. Parece que el mundo entero fluya y se curve: en la tierra los árboles, y nubes en el cielo. A través de las copas de los árboles, alzo la vista al cielo. Parece que el partido se juegue ahí, arriba. Débilmente, entre las suaves nubes blancas, oigo el grito “¡Corre!”, y oigo el grito: “¿Y ahora qué?” Si este azul estuviera ahí siempre, si este vacío se conservara siempre, si este momento durara siem­pre…
       »Pero Bernard sigue hablando. Como burbujas ascienden las palabras. “Como un camello… ” “Como un buitre." El camello es un buitre, y el buitre es un camello, porque Bernard es un alambre colgante, suelto, pero muy ameno. Sí, porque cuando habla, cuando hace sus locas comparaciones, me siento ligero y leve. Y también floto, como si fuera esa burbuja; uno se siente liberado; uno tiene la sensación de haber escapado. Incluso los gordos chicos pequeños (Dalton, Larpent y Baker) sienten este abandono. Las historias de Bernard les gustan más que el cricket. Cogen las frases al vuelo, mientras ascienden como burbujas. Dejan que las briznas de hierba, como plumas, les cosquilleen la nariz. Y entonces todos nos damos cuenta de que Percival yace entre nosotros. Sus curiosas carcajadas parecen avalar nuestras risas. Pero ahora ha dado una vuelta sobre sí mismo, rodando sobre el largo cés­ped. Me parece —que mordisquea una brizna. Se aburre. Y yo también me aburro. Inmediatamente se da cuenta Bernard de que nos aburrimos. Advierto cierto esfuerzo, cierta tensión en su frase, como si dijera: “¡Escuchad!”, pero Percival dice: “No.” Sí, porque Percival es siempre el primero en descubrir la insinceridad y también es en extremo brutal. La frase se debilita y muere. Sí, ha llegado el terrible momento en que a Bernard le fallan las fuerzas y ya no sabe cómo proseguir, y duda, y retuerce entre los dedos una porción de cordel, y calla, abriendo la boca como si estuviera a punto de ponerse a llorar. Entre las torturas y las desdichas del vivir, se cuenta también ésta: nuestros amigos son inca­paces de terminar sus relatos.»
       «Ahora intentaré», dijo Louis, «antes de que nos levantemos, antes de que vayamos a tomar el té, fijar este momento, mediante un esfuerzo de supre­ma ambición. Esto permanecerá. Nos vamos; unos a tomar el té, otros a las pistas de tenis, yo a mos­trar mi ensayo al señor Barker. Esto permanecerá. De la disconformidad y del odio (desprecio a cuantos juegan con las imágenes; me irrita intensamente el poder de Percival) mi mente hecha añicos pasa a la unidad, recompuesta por cierta súbita percepción. Los árboles y las nubes son testigos de mi total unidad. Yo, Louis, yo, que caminaré por la tierra durante esos setenta años, en el odio y la disconformidad me he formado entero y uno. Aquí, en esta zona circular de césped, hemos permane­cido juntos, unidos por el tremendo poder de una fuerza interior inevitable. Agitan los árboles sus ra­mas y las nubes pasan. Se acerca el instante en que estos soliloquios serán compartidos. No siempre emitiremos un sonido cual el gong golpeado, cuan­do en nosotros incide una sensación y después otra. De niños, nuestras vidas fueron gongs golpeados, clamor y alardes, llanto de desesperación, palma­das contra el cogote en los jardines.
       »Ahora césped y árboles, aire viajero que al soplar vacía espacios en el azul que después se llenan, estremeciendo las hojas que después se aquietan, y nosotros en círculo, aquí sentados, con los brazos alrededor de las piernas dobladas, anuncian cierto orden diferente, y nuevo, que constituye una razón permanente. Lo veo durante un segundo, y esta no­che intentaré fijarlo en palabras, forjarlo como un circulo de acero, pese a que Percival lo destruye, al irse a pasos rudos, aplastando las briznas del césped, seguido por el grupo de los chicos sin im­portancia que trotan serviles tras él. Sin embargo necesito a Percival, ya que es él quien inspira poesía.»
       «¿Durante cuántos meses», dijo Susan, «durante cuántos años, he subido corriendo esta escalera, en los tristes días del invierno, en los escalofríos de los días de primavera? Ahora estamos en pleno verano. Subimos la escalera para ponernos las blancas pren­das de jugar a tenis, Jinny y yo, y detrás Rhoda. Cuento los peldaños mientras asciendo, los cuento porque cada peldaño es una consumación. Del mismo modo, todas las noches arranco el día consumido del calendario y lo estrujo hasta dejarlo como una pelota. Lo hago vengativamente, mientras Betty y Clara están de rodillas. No rezo. Me vengo en el día. En su imagen lanzo mi resentimiento. Ahora estás muerto, digo, día de escuela, día odiado. Han dado a todos los días de junio —éste es el vigésimo­quinto— esplendor y orden, con los gongs, las lec­ciones, las órdenes de aseo, de cambio de atuendo, de trabajar, de comer. Escuchamos a los misioneros venidos de la China. A lo largo de los pavimentos de asfalto, nos llevan en coche a conciertos en audi­torios. Nos muestran galerías y cuadros.
       »En casa forman olas las espigas en los campos. Mi padre fuma, apoyado en el quicio de la puerta. Dentro bate una puerta y luego otra, cuando el aire del verano recorre los desiertos pasillos. Quizá un viejo cuadro se balancea en la pared. De la rosa en el búcaro cae un pétalo. Los carros de los campesinos dejan al pasar sobre el seto manojos de heno. Lo veo todo, siempre, al pasar ante el espejo del descansillo, con Jinny delante y Rhoda detrás rezagada. Jinny baila. Jinny siempre baila en el salón, sobre las feas baldosas. Hace rodar aros en el patio de recreo. Coge flores a escondidas, y se pone una en la oreja, de manera que los oscuros ojos de la señorita Perry arden de admiración hacia Jinny, y no hacia mí. La señorita Perry ama a Jinny, y yo también hubiera podido amarla, pero ahora no amo a nadie, salvo a mi padre, mis palomas y la ardilla que dejé en casa, encerrada en una jaula, al cuidado del chico.»
       «Odio el espejito que hay en la escalera», dijo Jinny. «Sólo refleja la cabeza. Nos corta la cabeza. Y mis labios son demasiado gruesos, y mis ojos están demasiado juntos. Muestro demasiado las encías cuando río. Corta la cabeza de Susan, con su me­lancólica expresión, con sus ojos verde césped, que gustarán a los poetas, dijo Bernard, ya que apenas tienen blanco a su alrededor, y eclipsan los míos. Incluso el rostro de Rhoda, lunar, vacío, forma una unidad, como aquellos blancos pétalos que echaba a un cuenco con agua para que flotaran. Por esto me adelanto a las dos en la escalera y llego antes que ellas al descansillo, donde cuelga el largo espejo que me refleja entera. Ahora veo mi cuerpo y mi cabeza unidos. Incluso ataviada con este vestido de sarga, forman una unidad, mi cabeza y mi cuerpo. Mira, cuando muevo la cabeza, se estremece por entero mi cuerpo estrecho, incluso mis flacas piernas tiemblan como un tallo al viento. Destello, entre el fijo rostro de Susan y la vaguedad del de Rhoda. Salto como una de esas llamas que surgen de las grietas de la tierra. Me muevo, bailo. Ni por un instante dejo de moverme y bailar. Me muevo como aquella hoja que se movía en el seto, cuando yo era niña, y me asustó. Bailo entre esas paredes veteadas, impersonales, desangeladas, con su cenefa amarilla, bailo como el reflejo de las llamas del hogar en la tetera. Incluso los fríos ojos de las mu­jeres me hacen llamear. Cuando leo, una raya purpúrea recorre el negro canto de las tapas del libro de texto. Sin embargo, soy incapaz de seguir los cambios de las palabras. No puedo seguir un pen­samiento desde el pasado al presente. No quedo desconcertada, como Susan, con lágrimas en los ojos, recordando mi casa. Ni tampoco me ovillo, como Rhoda, entre los helechos, manchándome de verde el vestido rosa, mientras sueño en plantas que florecen en el fondo del mar, y rocas por entre las que los peces nadan lentamente. No sueño.
       »Y ahora deprisa. Quiero ser la primera en despojarme de estas burdas prendas. Ahí están las lim­pias medias blancas. Ahí están los nuevos zapatos. Me ato el cabello con una cinta blanca, y lo hago de manera que, cuando salte en la pista, la cinta flote destellante, sin dejar por ello de enroscarse en el cuello, impecablemente en su lugar. Ni un solo cabello se desmandará.»
       «Esta es mi cara», dijo Rhoda, «en el espejo, tras el hombro de Susan, esta cara es mi cara. Pero me replegaré detrás de Susan, para ocultarla, ya que yo no estoy aquí. No tengo cara. Los demás tienen cara. Susan y Jinny tienen cara. Están aquí. Su mundo es el mundo real. Las cosas que levantan son cosas que pesan. Dicen “sí”, dicen “no”. Pero yo oscilo y cambio, y en menos de un segundo de­vengo transparente. Cuando se cruzan con una criada, la criada las mira sin reírse. Pero se ríe de mí. Ellas saben lo que han de decir, cuando alguien les habla. Se ríen de veras, se enojan de veras, en tanto que yo he de mirar primero a mi alrededor, y hacer lo que los demás hacen, cuando ya lo han hecho.
       »Mira ahora con qué extraordinaria seguridad Jinny tensa las medias, sólo para jugar a tenis. Me parece admirable. Pero me gusta más el estilo de Susan porque es más resuelta, y no ambiciona tanto como Jinny la distinción. Las dos me desprecian por copiarlas. Pero alguna vez, Susan me enseña, por ejemplo, cómo hacer un lazo, en tanto que Jinny se guarda para sí cuanto sabe. Tienen amigas con quienes estar. Se dicen secretos en los rincones. Y yo sólo estoy vinculada a los nombres y las caras. Atesoro unos y otras como amuletos que me protejan de un desastre. En la sala, elijo un rostro lejano, y apenas puedo tomar el té cuando ésa, cuyo nombre ignoro, está sentada frente a mí. Me atraganto. La violencia de mis emociones estremece mi cuerpo. Imagino que esas gentes sin nombre, esas gentes inmaculadas, me vigilan ocultas detrás de arbustos. Doy grandes saltos para suscitar su admi­ración. Y por la noche, en cama, las dejo pasmadas, maravilladas. A menudo muero atravesada por flechas para ganarme su llanto. Si dicen, o veo por las etiquetas en sus maletas, que pasaron las vacaciones en Scarborough, el pueblo entero se cubre de oro y todas sus calles resplandecen. Por esto odio los espejos que revelan mi rostro verdadero. Sola, a menudo me sumo en la nada. He de mover los pies con gran cautela, para no rebasar los límites del mundo y caer en la nada. He de golpear con la mano una dura puerta, para llamarme a mí misma a fin de que vuelva a entrar en el cuerpo.»
       «Nos hemos retrasado», dijo Susan. «Tenemos que esperar nuestro turno para jugar. Nos queda­remos clavadas aquí, en el largo césped, y fingiremos contemplar a Jinny y a Clara, a Betty y a Mavis. Pero no las miraremos. Odio presenciar el juego de los demás. Construiré imágenes de todo lo que más odio y las enterraré. Este pulido canto rodado es Madame Carlo, y la enterraré muy hondo, por sus modales lisonjeros y amables, por los seis peniques que me dio en premio a no doblar los dedos mientras tocaba escalas al piano. Enterré los seis peniques. Enterraría la escuela entera: el gimnasio, el aula, el comedor que siempre huele a carne, y la capilla. Enterraría los tilos castaño-rojizos, y los aceitosos retratos de viejos caballeros, benefactores y fundadores de escuelas. Hay algunos árboles que me gustan, como el cerezo con sus grumos de clara savia en la corteza, y también me gusta el panorama de lejanas colinas que se ve desde la buhardilla. Salvo esto, lo enterraría todo, como entierro estas feas piedras esparcidas en esta sa­lobre costa, con sus muelles y visitantes. Donde yo vivo, las olas son larguísimas, de millas y millas. En las noches de invierno las oímos rugir. La pasada Na­vidad, un hombre que iba solo en su carro se ahogó.»
       «Cuando pasa la señorita Lambert», dijo Rhoda, «charlando con el sacerdote, todas se ríen, e imitan la curva en su espalda. Sin embargo, todo cambia y se ilumina. Jinny salta más alto, cuando la seño­rita Lambert pasa. Y si la señorita Lambert viera esta margarita, también la margarita cambiaría. Vaya donde vaya, las cosas cambian bajo su mirada. Sin embargo, ¿puede decirse que, cuando la seño­rita Lambert ha pasado ya, las cosas no sean las mismas? La señorita Lambert lleva al sacerdote, a través de la portezuela, a su jardín particular. Y, cuando llega a la charca, ve una rana sobre una hoja, y también esto cambiará. Todo es solemne, todo es pálido, allí donde la señorita Lambert se encuentra, en pie, como una estatua en una arbo­leda. Deja que de los hombros le resbale la capa de seda bordada, y solamente su purpúreo anillo brilla aún, su anillo vinoso y amatista. Cuando la gente nos deja, siempre queda un misterio. Cuando nos dejan, puedo acompañarles a la charca y darles serena compostura. Cuando la señorita Lambert pasa, la margarita cambia. Y todo se mueve como ráfagas de fuego, cuando la señorita Lambert corta tajadas de asado de buey. Al paso de los meses las cosas pierden su dureza. Incluso mi cuerpo deja ahora pasar la luz. Mi espina dorsal es suave como la cera cercana a la llama de la vela. Sueño. Sueño.»
       «He ganado el partido», dijo Jinny. «Ahora os ha llegado el turno. Yo debo arrojarme al suelo y ja­dear. El ejercicio y el triunfo me han dejado sin resuello. Todo cuanto forma mi cuerpo parece haberse adelgazado con el ejercicio y el triunfo. Mi sangre seguramente es de un rojo brillante, está remontada, bate contra mis costillas. Me cosquillean las plantas de los pies, como si aros de alambre se abrieran y cerraran a su alrededor. Veo una a una, muy claramente, las briznas del césped. Pero el pulso me late con tal fuerza en la frente, detrás de los ojos, que todo baila, la red y la hierba. Vuestros rostros suben y bajan como mariposas, y los árboles parecen saltar. En este universo nada hay fijo, nada hay enraizado. Todo se ondula, todo baila, todo es agilidad y triunfo. Sólo después de tumbarme sola en el duro suelo, y así contemplar vuestro juego, comienzo a sentir el deseo de ser elegida, de ser convocada, de ser llamada por una persona que ha venido en mi busca, que se siente atraída por mí, que no puede mantenerse alejada de mí, y que acude junto a la silla dorada en que me siento, con mi vestido desplegado a mi alrededor como una flor. Nos retiramos a un balconcillo, y hablamos, él y yo.
       »Ahora baja la marea. Ahora los árboles vuelven a la tierra, las olas que baten contra mis costillas avanzan y se retiran más suavemente, y mi corazón echa el ancla como un velero cuyas velas resbalan desde lo alto a la blanca cubierta. El juego ha ter­minado. Ahora debemos tomar el té.»
       «Los fanfarrones», dijo Louis, «se dirigen ahora formando un vasto equipo al campo de cricket para jugar. Han partido, cantando a coro, en el carri­coche. Todos vuelven la cabeza simultáneamente, al llegar a la curva de los laureles. Ahora fanfarronean. El hermano de Larpent jugaba al fútbol, en el equipo de Oxford; el padre de Smith marcó una época en el campo de cricket de Lords. Archie y Hugh; Parker y Dalton; Larpent y Smith, después, otra vez, Archie y Hugh; Parker y Dalton; Larpent y Smith. Los nombres se repiten, los nombres son siempre los mismos. Son los voluntarios, son los jugadores de cricket, son los oficiales de la Historia Natural de la Sociedad. Van siempre en formación de cuatro de a fondo, marcando el paso con insig­nias en los gorros, saludan al mismo tiempo cuando pasan ante la figura de su general. ¡Qué mayestá­tico es su orden, qué hermosa su obediencia! Si pudiera seguirles, si pudiera ir con ellos… Sacrificaría cuanto sé para poder hacerlo. Pero también arrancan las alas a las mariposas y las dejan tem­blando, arrojan a los rincones sucios pañuelos es­trujados con manchas de sangre. Hacen llorar a los chicos pequeños en oscuros pasillos. Tienen gran­des orejas rojas, bajo el borde de los gorros, orejas rojas y despegadas. Sin embargo, así queremos ser, Neville y yo. Les contemplo con envidia. Les espío oculto tras la cortina, y observo con deleite la si­multaneidad de sus movimientos. Si mis piernas recibieran la fuerza de las suyas, ¡cómo correrían! Si hubiera pertenecido a su grupo y hubiera ganado partidos, y hubiera remado en las grandes regatas, y hubiera galopado durante un día entero, ¡cantaría canciones con fuerza de trueno a medianoche! ¡Qué torrente de palabras surgiría de mi garganta!»
       «Ahora Percival se ha ido», dijo Neville. «No piensa más que en el partido. Pero no ha agitado la mano, cuando el carricoche ha seguido la curva junto a los laureles. Me desprecia porque mi debilidad no me permite jugar (sin embargo, siempre ha tratado con benevolencia este rasgo mío). Me des­precia porque sólo me importa que ganen o pierdan en la medida en que a él le importa. Acepta mi devoción, acepta mi trémula, y sin duda alguna abyecta, ofrenda, mezclada con el desprecio que su inteligencia me inspira. Sí, porque no sabe leer. Sin embargo, cuando leo en voz alta a Shakespeare o a Catulo, tumbado en el césped, comprende más que Louis. Y no me refiero a las palabras, no, porque ¿qué son las palabras? ¿Acaso no sé ya componer rimas, imitar a Pope, a Dryden y a Shakespeare? Pero soy incapaz de pasarme el día al sol, con la mirada fija en la pelota, soy incapaz de sentir el vuelo de la pelota en mi cuerpo y de pensar sólo en la pelota. Estaré toda la vida junto a los límites de las palabras. Sin embargo, no podría vivir con Percival y tolerar su estupidez. Se embrutecerá y roncará. Se casará y en su casa habrá tiernas esce­nas a la hora del desayuno. Pero ahora es joven. Ni un hilo, ni una hoja de papel, media entre él y el sol, entre él y la lluvia, entre él y la luna, cuando yace desnudo, lacio, ardiente, en cama. Ahora, mien­tras avanzan por la carretera en el gran coche, su rostro está moteado en rojo y amarillo. Se quitará la chaqueta y la arrojará lejos; en pie, abiertas las piernas y prestas las manos, contemplará el campo y rogará: “Señor, danos la victoria”. Sólo pensará en una cosa, vencer.
       »¿Cómo arreglármelas para ir con ellos en el carricoche a jugar al cricket? Sólo Bernard podría ir con ellos, pero Bernard no puede porque ha llegado tarde. Siempre llega tarde, Bernard. Su incorregible imaginación le impide ir con ellos. Cuando se lava las manos, es capaz de interrumpir la ope­ración para decir: “En la telaraña hay una mosca, ¿la salvo o dejo que la araña se la coma?” Vive a la sombra de innumerables perplejidades, sería capaz de ir con ellos a jugar al cricket, y se tumbaría en el césped para contemplar el cielo, llevándose un sobresalto cuando alguien golpeara la pelota. Pero le perdonarían porque les contaría una historia.»
       «Ya se han largado», dijo Bernard, y me he retrasado tanto que no puedo ir con ellos. Los horribles muchachos, por otra parte tan hermosos, a los que tú y Louis, Neville, tanto envidiáis, se han largado, todos con la cabeza orientada hacia un mismo sitio. Sin embargo, no me doy cuenta de estas profundas distinciones. Mis dedos pulsan las teclas sin saber cuáles son blancas y cuáles son ne­gras. Archie consigue fácilmente los cien, mientras que yo, con mucha suerte, a veces logro quince.
       Pero ¿en qué nos diferenciamos? Espera, Neville, espera, déjame hablar. Del fondo de la cacerola as­cienden burbujas como burbujas de plata. Imagen sobre imagen. Soy incapaz de permanecer sentado ante mis libros, como Louis, con feroz tenacidad. Debo abrir el portillo para que salgan estas frases encadenadas con las que uno cuanto ocurre, de ma­nera que, en vez de incoherencia, se perciba un hilo de vagabunda línea que una sutilmente una cosa con otra. Ahora te contaré la historia del doctor.
       »Cuando el doctor Crane se lanza balanceándose a través de las puertas batientes, después de dirigir los rezos, está convencido, parece, de su inmensa superioridad. Y realmente, Neville, no podemos negar que su partida nos produce no sólo una sensa­ción de alivio sino también la sensación de que nos hayan quitado algo, como por ejemplo una muela. Pues bien, sigamos al doctor Crane, después de ha­ber cruzado jadeante las puertas batientes, en su itinerario hacia sus habitaciones. Imaginémosle en la intimidad del aposento de los armarios, encima de los establos, desnudándose. Se desabrocha las ligas de los calcetines (seamos triviales, seamos íntimos). Después, en un ademán característico (es muy difícil evitar estas expresiones estereotipadas, aun cuando, en el caso del doctor Crane, no dejan de ser en cierto modo idóneas), extrae las monedas de plata y de cobre de los bolsillos de los panta­lones, y las deja ahí, y ahí, encima de la mesilla. Descansando ambos antebrazos en los brazos del sillón, el doctor Crane piensa (es un momento íntimo, y ahí es donde podemos pillarle): ¿cruzo el puente rosáceo que me lleva al dormitorio o no lo cruzo? Las dos habitaciones están unidas por un puente de luz rosada nacida en la lámpara de la mesilla de noche junto a la cama en que yace la señora Crane, con la cabellera en la almohada, le­yendo un libro de memorias francés. Sin dejar de leer, se pasa la mano por la frente en ademán lán­guido y desengañado al mismo tiempo, y suspira: “¿Es eso todo?”, identificándose con una duquesa francesa. Ahora, dice el doctor Crane, dentro de dos años me jubilaré. Me dedicaré a recortar arbus­tos en un jardín en la campiña occidental. Almirante hubiera podido ser, o juez, y no profesor de secundaria. Fija la vista en la estufa de gas, con la espalda mucho más encorvada de lo que jamás la hayamos visto nosotros (recordemos que va en camisa), se pregunta: ¿qué fuerzas me han llevado a esta situa­ción en la que me encuentro? ¿Qué poderosas fuer­zas?, piensa, cogiendo el ritmo de sus mayestáticas frases, mientras vuelve la cabeza, y, por encima del hombro, mira a través de la ventana. La noche es tormentosa. Las ramas del castaño se mueven arriba y abajo. Por entre ellas destellan las estrellas. ¿Qué poderosas fuerzas del bien y del mal me han conducido a donde estoy?, se pregunta, y se percata con dolor que una pata del sillón ha perfo­rado la alfombra púrpura. Y así queda, sentado, col­gantes los tirantes. Pero las historias en las que se cuenta el vivir de la gente en la intimidad son difíciles. No puedo continuar. Entre los dedos retuerzo una porción de cordel. Agito cuatro o cinco monedas en el bolsillo del pantalón.»
       «Las historias de Bernard me divierten», dijo Neville, «al principio. Pero cuando siguen un curso absurdo y languidecen, y Bernard se queda con la boca abierta, retorciendo un cordel, siento mi soledad. A todos nos ve, Bernard, con los perfiles borrosos. Por esto no le hablo de Percival. No puedo ofrecer a su benévolo entendimiento mi violenta y absurda pasión. También yo me inventaría una “historia”. Necesito a otra persona, a una persona cuyos pensamientos caigan como un hacha sobre el tronco, una persona para quien el sumo absurdo sea sublime, y un cordón de zapato sea adorable. ¿A quién puedo explicar la fuerza de mi pasión? Louis es demasiado frío, demasiado universal. No hay nadie aquí, aquí entre esas grises arcadas y gimientes palomas, y alegres juegos y emulación y tradición, todo ello hábilmente organizado para evitar los sen­timientos de soledad. Sin embargo, mientras camino, quedo a veces paralizado por los presentimientos de lo que ha de suceder. Ayer, al cruzar la puerta abierta que lleva al jardín particular, vi a Fenwick con el mazo levantado. Sobre el césped se alzaba el vapor de la tetera. Había extensas zonas cubiertas de flores azules. De repente, descendió sobre mí y me cubrió la oscura y mística conciencia de la adoración, del logro de totalidad que triunfa sobre el caos. Nadie vio mi compuesta y ávida figura en el quicio de la puerta abierta. Nadie adivinó la nece­sidad que sentía de ofrecer mi ser a un dios, y pe­recer y desaparecer. Descendió el mazo. La visión se quebró.
       »¿Debo buscar un árbol? ¿Debo abandonar estas aulas y estas bibliotecas, y la ancha página amarilla en la que leo a Catulo, para ir en busca de los bos­ques y de los campos? ¿Debo caminar bajo los álamos, o recorrer la orilla del río en la que las copas de los árboles se unen como amantes en el agua? La naturaleza es demasiado vegetal e insulsa. Sólo tiene sublimidades, vastedades, agua y hojas. Comienzo a desear la luz de los leños en lla­mas, la intimidad, el cuerpo de una persona.»
       «Comienzo a desear», dijo Louis, «que llegue la noche. Mientras me encuentro aquí, con la mano en el rugoso roble de la puerta del señor Wickham, me imagino amigo de Richelieu, o el duque de Saint Simon ofreciendo rapé en una cajita al mismísimo rey. Mis ingeniosas frases «corren cual reguero de pólvora por la corte». Duquesas arrancan esmeraldas de sus pendientes, llevadas por la admiración… Sin embargo, estos cohetes ascienden con más brillo por la noche, en la oscuridad de mi aposento. Soy sólo un muchacho con acento colonial, que tiene los nudillos en el rugoso roble de la puerta del aposento del señor Wickham. El día ha sido pletórico de ignominias y de triunfos, a salvo del temor de risas. Soy el mejor estudiante de la escuela. Pero cuando la oscuridad llega, prescindo de este cuerpo tan poco envidiable —mi larga nariz, mis delgados labios, mi acento colonial— y vivo en el espacio, me transformo en compañero de Virgilio y de Platón. Soy el último vástago de una de las más grandes familias de Francia. Pero, al mismo tiempo, soy también aquel que se impondrá la obligación de abandonar estos territorios barridos por el viento e iluminados por la luna, estas divagaciones de medianoche, y se enfrentará con puertas de rugoso roble. Conseguiré en el curso de mi vivir —permitid Cielos que sea pronto— una gigantesca fusión de las dos discrepancias que con tan repulsiva claridad se ven en mí. Lo conseguiré merced a mis sufrimientos. Llamaré a la puerta. Y entrare.»
       «He, arrancado totalmente mayo y junio», dijo Susan, «y veinte días de julio. He arrancado los días y los he estrujado, de tal modo que han dejado de existir, y sólo son un peso en mi costado. Han sido días inválidos, como polillas de alas atrofiadas, incapaces de volar. Únicamente faltan ocho días. Dentro de ocho días, me apearé del tren y quedaré en pie en el andén, a las seis veinticinco. Entonces se desplegará mi libertad, y todas esas limitaciones que arrugan y encogen —horas, orden y disciplina, estar ahí y allí en el exacto momento debido— quedarán hechas añicos. Huirán del día, en el momento en que abra la puerta del vagón y vea a mi padre con su viejo sombrero y sus polainas. Me estremeceré. Me echaré a llorar. El día siguiente me levan­taré al alba. Saldré por la puerta de la cocina. Pasearé por el páramo. Los grandes caballos de los jinetes fantasmales atronarán el aire con sus cascos a mis espaldas y se detendrán bruscamente. Veré la golondrina rasando el césped. Me arrojaré al suelo en la orilla del río y veré el pez entrando y saliendo de los manojos de plantas acuáticas. Las agujas de pino dejarán huellas en las palmas de mis manos. Entonces me abriré y arrancaré de mí cuanto aquí he hecho; algo duro. Sí, porque algo se ha formado en mí aquí, a través de los inviernos y los veranos, en escaleras y dormitorios. No deseo, tal como Jinny desea, ser admirada. No quiero que, al entrar, la gente levante la vista con admiración. Quiero dar, quiero recibir, y quiero soledad en la que desplegar cuanto tengo.
       »Entonces regresaré a lo largo de los trémulos senderos, bajo los arcos de hojas de castaños. Ade­lantaré a una vieja que empuja un cochecito de niño, repleto de ramas, y también al pastor. Pero nada nos diremos. Volveré a entrar por la puerta de la cocina, y antes veré las curvas hojas de las coles con gotas de rocío, y la casa en el huerto, ciega, cubiertas las ventanas con las cortinas. Subi­ré a mi aposento, y sacaré mis cosas, cuidadosamente guardadas en el armario: las conchas, los huevos, las curiosas briznas de hierba. Daré de comer a mis palomas y a mi ardilla. Iré a la perrera y peinaré a mi spaniel. De esta manera, poco a poco, me quitaré esa cosa dura que se me ha for­mado aquí, en el costado. Pero suena la campana. Los pies arrastrándose avanzan perpetuamente.»
       «Odio la oscuridad, el sueño y la noche», dijo Jinny, «y yacente ansío que llegue el nuevo día. Quisiera que la semana fuese un solo día sin divisiones. Cuando despierto temprano —los pájaros me despiertan— me quedo quieta en la cama y observo cómo se clarifica el color de las asas de bronce de la cómoda. Luego, de la pileta. Después, del toallero. A medida que se clarifica el color de las cosas del dormitorio, más aprisa me late el corazón. Siento que se me endurece el cuerpo, y que toma color rosáceo, amarillo, moreno. Las manos recorren las piernas y el cuerpo. Siento en ellas las pendientes, la delgadez. Me gusta escuchar cómo el rígido sonido del gong recorre la casa, y comienza entonces el ajetreo; allá un golpe sordo, allí un murmullo de parloteo. Baten las puertas, mana el agua, He aquí otro día, he aquí otro día, grito cuando mis plantas tocan el suelo. Puede ser un día mutilado, un día imperfecto. A menudo me riñen. A menudo me reprochan mi pereza y mis risas, pero incluso mientras la señorita Matthews gruñe echándome en cara mi ligereza de cascos y mi escasa atención, veo que algo se mueve, quizás una mota de sol en un cua­dro, o el asno que arrastra la máquina segadora sobre el césped, o una vela que pasa por entre las hojas de laurel, y por esto nunca me entristezco. Y nadie puede conseguir que deje de hacer piruetas, a la espalda de la señorita Matthews, durante los rezos.
       »Ahora también se acerca el momento en que dejaremos la escuela y llevaremos faldas largas. Llevaré collares y un vestido blanco, sin mangas, por la noche. Habrá fiestas en deslumbrantes salas. Y un hombre se fijará en mí, y me dirá lo que a nadie ha dicho. Le gustaré más que Rhoda y Susan. Descubrirá en mí cierta cualidad, algo peculiar. Pero no estoy dispuesta a quedar vinculada a una persona tan sólo. No quiero quedar fijada, inmovilizada. Me estremezco y tiemblo como la hoja del seto, ahora, sentada en el borde de la cama, colgantes los pies y con un nuevo día abriéndose ante mí. Tengo cincuenta años, tengo sesenta años, por delante. Nada he gastado de mi herencia. Estoy en los inicios.»
       «Faltan aún horas y horas», dijo Rhoda, «para que llegue el momento en que pueda apagar la luz y yacer suspendida en la cama sobre el mundo, antes de que pueda permitir que el día se hunda, antes de que pueda permitir que mi árbol crezca, tembloroso, en las verdes espesuras sobre mi cabeza. Aquí no puedo dejarle crecer. Alguien lo aplasta. Hacen preguntas, interrumpen, lo derriban.
       »Ahora iré al baño, me quitaré los zapatos y me lavaré. Pero mientras me lavo, mientras estoy con la cabeza inclinada en la pileta, dejaré que el velo de la emperatriz de Rusia se pose en mis hombros. Los diamantes de la corona imperial destellarán en mi frente. Oigo el rugido de la chusma hostil, cuando salgo al balcón. Ahora me seco vigorosamente las manos, de manera que la señorita, esa señorita cuyo nombre he olvidado, no pueda sospechar que estoy agitando el puño ante la enfurecida multitud. "Soy vuestra emperatriz." Mi apostura es desafiante. Ca­rezco de miedo. Y conquisto.
       »Pero es éste un sueño muy frágil, y el árbol es de papel. La señorita Lambert lo destruye todo. Basta la visión de la señorita Lambert esfumándose al fin del corredor para desintegrar en átomos el sueño. No es sólido, no me produce satisfacción, este sueño de la emperatriz. Ahora que ya se ha derrumbado, me deja temblorosa, aquí, en el pasillo. Todo parece haber palidecido. Ahora iré a la biblioteca, cogeré un libro, y leeré y miraré. Leeré otra vez y miraré. He aquí un poema referente a un seto. Descenderé perezosamente por él e iré cogiendo flores verdes, mayas de color de luz de luna, ro­sas silvestres y serpentinos tallos de enredadera. Lo reuniré todo en mis manos y lo dejaré sobre la brillante superficie de la mesa. Me sentaré en la temblorosa orilla del río y contemplaré los nenúfa­res, anchos y luminosos, que con su aguada luz de luna iluminan en haces el roble que se cierne sobre el agua. Cogeré flores. Formaré con ellas un ramo, lo tomaré en la mano y lo ofreceré… ¡Oh! ¿A quién? Hay un obstáculo en el fluir de mi vida. Una profunda corriente tropieza con algo. Y este algo se estremece. Tira. Un nudo en el centro opone resistencia. Es dolor, es angustia. Me debilito, cedo. Mi cuerpo se reblandece. Quedo abierta, quedo incan­descente. Ahora la corriente se desborda en una profunda marea fertilizante que abre lo antes cerrado, forzando lo antes prietamente plegado, y fluye sin limitación. ¿A quién daré cuanto ahora me recorre, cuanto nace y fluye de mi cuerpo cálido y poroso? Recogeré las flores y las ofreceré… ¡Oh! ¿A quién?
       »Marineros pasean ociosos por el puerto, pasan parejas de enamorados. Los autobuses ruedan ruidosos por los muelles, camino de la ciudad. Daré. En­riqueceré. Devolveré al mundo esta belleza. Formaré con mis flores un ramo y avanzando con el brazo extendido al frente lo ofreceré… ¡Oh! ¿A quién?»
       «Ahora hemos recibido», dijo Louis, «ya que éste es el último día del último curso —mi último día, y el de Neville y Bernard— cuanto nuestros maestros tenían que darnos. La presentación se ha efectuado. El mundo ha sido ofrecido. Ellos se quedan, nosotros nos vamos. El gran doctor, a quien, entre todos los hombres, yo soy quien más reverencia, balanceándose un poco por entre las mesas, por entre los encuadernados volúmenes, nos ha entre­gado obras de Horacio, de Tennyson, la obra completa de Keats y Matthew Arnold, todas ellas con pertinentes frases manuscritas. Respeto la mano que nos las ha dado. El gran doctor habla animado por las más firmes convicciones. Las palabras que pro­nuncia son verdad para él, pero no para nosotros. En la fosca voz de la emoción profunda, con altanería y ternura, nos ha dicho que íbamos a aban­donar la escuela. Nos ha exhortado a cumplir con el deber de "portarnos como hombres". (En sus labios, las frases citadas de la Biblia y las citadas del Times parecen por igual magníficas.) Algunos harán esto, otros aquello. Algunos no volverán a verse. Neville, Bernard y yo no volveremos a reunir­nos aquí. La vida nos separará. Pero hemos formado entre nosotros ciertos vínculos. Nuestros años de adolescencia, nuestros años irresponsables, han terminado. Pero hemos establecido entre nosotros ciertos vínculos. Ante todo, hemos heredado tradiciones. Estas losas en el suelo llevan seiscientos años desgastándose. Inscrito en estos muros están los nombres de soldados, políticos y también de algu­nos desdichados poetas (entre éstos estará el mío). ¡Benditas sean todas las tradiciones, todas las salvaguardas, todas las limitaciones! Os guardo pro­fundo agradecimiento, hombres de negras togas, y también a vosotros, los muertos, por vuestra guía y vuestra protección. Pero, a pesar de todo, el problema sigue en pie. Las diferencias no se han resuelto. Las flores agitan la cabeza, más allá de la ventana. Veo pájaros silvestres, e impulsos más silvestres que el más silvestre de los pájaros nacen en mi silvestre corazón. Mis ojos lanzan selváticas miradas y mantengo los labios prietamente cerrados. El pájaro vuela. La flor baila. Pero oigo siempre el sordo sonido de las olas, y la bestia encade­nada patea en la playa. Patea y patea.»
       «Esta es la ceremonia final», dijo Bernard. «Esta es la última de todas nuestras ceremonias. Nos sentimos embargados de extraños sentimientos. El fac­tor, bandera en mano, se dispone a tocar el silbato. El tren, con su aliento de vapor, se dispone a echar a andar. Uno siente deseos de decir algo, de sentir algo, que sea adecuado a la ocasión. La mente está presta, los labios prietos. Y, en este momento, entra una abeja y zumba alrededor de las flores que forman el ramo que Lady Hampton, la esposa del general, no deja de olisquear, para que se vea que agradece la delicadeza. ¿Y si la abeja le picara en la nariz? Estamos todos profundamente emocionados. Pero somos irreverentes. Pero nos arrepenti­mos. Pero sentimos deseos de que se acabe cuanto antes. Pero nos duele irnos. La abeja nos distrae. Su vuelo sin rumbo parece una mofa de la intensi­dad de nuestros sentimientos. Con vago zumbido, con amplio ajuste, la abeja se ha posado en un clavel. Muchos de nosotros no volveremos a vernos. No volveremos a gozar de ciertos placeres, cuando ten­gamos libertad de acostarnos o de quedarnos en vela, cuando yo no tenga necesidad de entrar de contrabando en el dormitorio, velas casi consumidas y literatura inmoral. Ahora la abeja zumba alrededor de la cabeza del gran doctor. Gran amistad han des­pertado en mí Larpent, John, Archie, Percival, Ba­ker y Smith. Sólo he conocido a un muchacho loco. Sólo a un muchacho malvado he odiado. Con placer recuerdo ahora los terriblemente inhibidos desayu­nos de tostadas y mermelada, en la mesa del direc­tor de estudios. Sólo él no se da cuenta de la pre­sencia de la abeja. Si se posara en su nariz, la espantaría con un magnífico ademán. Ahora acaba de decir una ingeniosidad. Ahora poco ha faltado para que su voz se quebrara, pero realmente no se ha quebrado. Ahora nos despide… A Louis, Neville y a mí, para siempre. Cogemos nuestros libros relucientemente encuadernados, con cultas frases manuscritas en retorcida caligrafía. Nos levantamos, nos dispersamos. La presión se ha extinguido. La abeja se ha convertido en un insecto insignificante al que nadie hace caso y, por la ventana abierta, se ha sumido en la oscuridad. Mañana nos vamos.»
       »Nos disponemos a irnos», dijo Neville. «Aquí están las maletas, aquí están los coches. Ahí va Percival con su sombrero hongo. Se olvidará de mí. Mis cartas quedarán olvidadas y sin contestación entre escopetas y perros. Le mandaré poemas, y quizá me conteste con una postal. Pero ésta es precisa­mente la razón por la que le amo. Le citaré, bajo un reloj, junto a una cruz. Allí le esperaré, y no vendrá. Por esto le amo. Con olvido, casi ignorándola por entero, se alejará de mi vida. Y aunque parezca increíble yo entraré en otras vidas. Esto, lo que ahora ocurre, quizá sea sólo una partida sin importancia, un preludio solamente. Pese a que no puedo soportar la pomposa palabrería del doctor y sus fingidas emociones, comienzo a comprender que ciertas realidades, por el momento vagamente percibidas, se acercan más y más. Podré entrar libremente en el jardín en que Fenwick levanta el mazo. Quienes me han despreciado reconocerán mi soberanía. Por mandato de una inescrutable ley de mi manera de ser, 7a soberanía y el poder no bastarán. Por entre cortinas penetraré sin cesar en intimidades, y exigiré palabras musitadas a solas. Y así parto, dubitativo pero excitado, con temor a intolerables dolores. Sin embargo, pienso que, en mis em­peños de conquista tras grandes sufrimientos, estoy predestinado con toda certeza a descubrir al fin cuál es mi deseo. Ahí, por última vez, veo la estatua de nuestro pío fundador, con palomas en la cabeza. Las palomas volarán eternamente alrededor de su cabeza, dejándola blanca, mientras el órgano gime en la capilla. Voy en busca de mi asiento, y cuando lo haya encontrado, en un rincón de nuestro compartimento reservado, levantaré con la mano un libro hasta la altura de los ojos, para ocultar una lágrima, para observar, para mirar un rostro. Este es el primer día de las vacaciones de verano.»
       «Este es el primer día de las vacaciones de ve­rano», dijo Susan. «Pero el día está todavía enro­llado. No lo examinaré hasta que pise el andén al atardecer. No me permitiré ni siquiera olerlo hasta que a mi olfato llegue el frío aire verde de los cam­pos. Pero estos campos ya no son campos de escuela. Y éstos no son setos de escuela. En estos campos los hombres hacen cosas de veras. Cargan carros con heno de veras. Y éstas son vacas de veras, y no vacas de escuela. Sin embargo, el olor a fenol de los corredores y el olor a yeso de las aulas están aún en mi olfato. Y el brillo de las pizarras está aún en mis ojos. He de esperar hasta que los campos y los setos, los bosques y los campos, y la tierra, con algún que otro matojo, de los desfiladeros por los que el tren pasa, y los túneles y los huertos de los suburbios, con mujeres colgando ropa a secar, y más campos, y niños recorriendo semicírculos montados en las puertas de las verjas, cubran y en­tierren esta escuela que he odiado.
       »No enviaré a mis hijos a la escuela, ni pasaré una sola noche de mi vida en Londres. Aquí, en esta amplia estación, todo son ecos y hueco tronar. La luz es como la amarilla luz bajo un alero. Jinny vive aquí. Jinny saca de paseo a su perro en estos pavi­mentos. Aquí, la gente recorre de prisa y en silencio las calles. Nada miran, como no sea los escaparates de las tiendas. Todos mueven la cabeza arriba y abajo, y sus cabezas están todas situadas, aproximadamente, a la misma altura. Las calles están atadas entre sí con hilos de telégrafo. Las casas son todo vidrio, guirnarlas y brillo. Ahora las casas son todo portal y cortinas de encaje, todo columnas y blancos peldaños. Pero sigo adelante y vuelvo a encontrarme fuera de Londres. De nuevo comienzan los campos, y las casas, y las mujeres que cuelgan ropa a secar, y los árboles y los campos. Londres está ahora velado, ahora se desvanece, se hunde, cae. El fenol y la resina comienzan a perder su aroma. Huelo a grano y a nabos. Deshago el envoltorio de papel liado con una guita de algodón blanco. La cáscara del huevo cae en la hendidura entre mis rodillas. Ahora nos detenemos en muchas estaciones, y del tren descargan rodando bidones de leche. Ahora hay mujeres que se besan y se ayudan unas a otras en el transporte de cestos repletos. Ahora me asomaré a la ventanilla. El aire pasa veloz por mi nariz y garganta, el aire frío, el aire salado con olor a campos de nabos. Y ahí está mi padre, de espaldas, hablando con un campesino. Me estremezco y lloro. Ahí está mi padre, con polainas. Ahí está mi padrea
       «Voy cómodamente sentada en un rincón, hacia el norte», dijo Jinny, «en este rugiente expreso que avanza con tal suavidad que elimina barreras y alla­na colinas. Como una exhalación pasamos ante las señales. Levemente se balancea la tierra a uno y otro lado, cuando pasamos. La distancia se condensa constantemente en un punto, y constantemente abrimos de nuevo la distancia de par en par. Sin cesar saltan hacia arriba los postes de telégrafo. Derriba­mos uno y surge otro. Ahora rugimos y nos balan­ceamos en el interior de un túnel. Este señor sube el cristal de la ventanilla. Veo reflejos en el destellante vidrio que forra el túnel. Veo que el señor baja el periódico. Sonríe a mi reflejo en el túnel. Mi cuerpo, instantáneamente, por sí mismo, se riza bajo su mirada. Mi cuerpo tiene vida propia e inde­pendiente. Ahora el negro vidrio de la ventana vuel­ve a ser verde. Hemos salido del túnel. El señor lee el periódico. Pero hemos intercambiado la apro­bación de nuestros respectivos cuerpos. Hay una gran sociedad de cuerpos, y el mío ha sido presentado en ella. Mi cuerpo ha entrado en la estancia donde se encuentran las sillas doradas. Mira, todas las ventanas de las casitas y sus blancas cortinas bailan, y los hombres sentados en las vallas que limitan los campos de cultivo, con azules pañuelos al cuello, se dan cuenta, como me doy yo, del actual ardor y entusiasmo. Uno agita la mano a nuestro paso. En los jardines de estas casitas hay glorietas y emparrados, y hombres jóvenes subidos a escaleras de mano podan rosales. Un hombre a caballo cruza el campo al trote. Cuando pasamos, el caballo cabecea. Y el jinete vuelve la cabeza y nos mira. Otra vez rugimos traspasando la larga oscuridad. Me reclino en el asiento y me entrego al éxtasis. Imagino que, al salir del túnel, entraré en una es­tancia iluminada con lámparas, una estancia con sillones, en uno de los cuales me hundiré, muy admirada, con el vestido desplegado a mi alrededor. Pero, al levantar la vista, mi mirada se tropieza con la de esta amarga mujer que sospecha mi éxtasis. Ante su rostro se cierra mi cuerpo con impertinencia, como un parasol. Abro mi cuerpo y cierro mi cuerpo a voluntad. La vida empieza. Ahora comienzo a gastar mi tesoro de vida.»
       «Este es el primer día de las vacaciones de verano», dijo Rhoda. «Y ahora, mientras el tren pasa ante esas rocas rojas, ante ese mar azul, el curso terminado adquiere forma a mis espaldas. Veo su color. Junio fue blanco. Veo los campos blancos de margaritas, y blanco de vestidos, y veo las pistas de tenis marcadas con blanco. Luego hubo viento y violentos truenos. Una noche vi una estrella corrien­do entre las nubes, y le dije: “Consúmeme”. Fue a mitad de verano, después de la fiesta en el jardín, y de mi humillación en la fiesta en el jardín. El viento y las tormentas dieron color a julio. Y tam­bién en la mitad yacía el cadavérico y horrible charco gris, en el patio, cuando yo lo iba a cruzar, con un mensaje en un sobre, en la mano. Llegué al borde del charco, No podía cruzarlo. La identidad me falló. Nada somos, me dije, y caí. Como una pluma me levantó el viento y fui impulsada a lo largo de túneles. Entonces, con mucho remilgo, adelanté un pie sobre el charco. Apoyé la mano en el muro de ladrillos. Regresé muy penosamente, vol­viendo al interior de mi cuerpo por el gris y cada­vérico espacio del charco. Realmente lo que me importa es la vida.
       »Por esto prescindo del verano en la escuela. A intermitentes sacudidas, bruscas como el salto del tigre, la vida surge del mar jadeante, mostrando primero su oscura cresta. Es a esto a lo que estamos vinculados, a esto es a lo que estamos unidos, como cuerpos a caballos salvajes. Y no obstante hemos inventado modos y maneras para llenar las oqueda­des y disimular estas grietas. Ahí viene el revisor. Allí veo a dos hombres, tres mujeres. Allí hay un gato en un cesto, y yo con el codo apoyado en el marco de la ventana, esto es aquí y ahora. Seguimos adelante, arrastrándonos, a través de murmurantes campos de doradas espigas. Las mujeres de los campos se sorprenden de que las dejemos atrás, ahí, azada en mano. Ahora el tren patea con fuerza, respira entre estertores, al subir y subir. Por fin hemos llegado a lo alto. Aquí sólo viven unos cuantos corderos salvajes, unos pocos caballitos de largo pelo, pero, a pesar de ello, gozamos de toda como­didad, con mesas en las que dejar los periódicos y anillos alrededor de las jarras para que se manten­gan unidas sus piezas. Llegamos con estos utensi­lios y enseres, a lo alto de la colina. Ahora hemos llegado. A nuestras espaldas se hará el silencio. Si miro hacia atrás, más allá de esta calva cabeza, veré el silencio cerrándose ya y las sombras de las nubes persiguiéndose unas a otras en la desierta colina. El silencio se cierne sobre nuestro efímero paso. Esto, digo yo, es el momento presente. Esto es el primer día de las vacaciones de verano. Esto es parte del monstruo, en trance de aparecer, al que estamos vinculados.»
       «Ahora ya estamos fuera», dijo Louis. «Ahora es­toy suspendido en el vacío, sin vínculos. Estamos en la nada. Cruzamos Inglaterra en tren. Inglaterra se desliza por la ventanilla, transformándose siempre, ahora colina y luego bosque, ahora ríos y cipreses y después de nuevo pueblos. Y no me dirijo a una tierra firme. Bernard y Neville, Percival, Archie, Larpent y Baker van a Oxford o a Cambridge, a Edimburgo, Roma, París, Berlín, o a alguna univer­sidad norteamericana. Yo voy vagamente a ganar vagamente dinero. En consecuencia una amarga sombra, un cortante acento, caen sobre estas doradas espigas, estos campos enrojecidos por las amapolas, estos rebosantes campos que nunca rebosan de sus límites, sino que las espigas avanzan y avanzan, en olas, sólo hasta el límite, avanzan sin cesar. Este es el primer día de una nueva vida, otro radio de la rueda que se alza. Pero mi cuerpo pasa errante como la sombra de un pájaro. Debe de ser transitorio como la sombra en el prado, que pronto se desva­nece, pronto oscurece y muere allí, en el límite con el bosque, y así sería si no obligara a mi cerebro a avanzar hasta mi frente. Me impongo la obligación de dar constancia, aunque sólo sea con una línea de poesía no escrita, de este momento. La obligación de marcar esta pulgada en la larga, larga historia que comenzó en Egipto, en tiempo de los faraones, cuando la mujer iba con rojos cántaros al Nilo. Parece que yo haya vivido ya muchos miles de años. Pero, si ahora cierro los ojos, si no consigo tener conciencia del punto en que el pasado y el presente se encuentran, de que estoy sentado en un vagón de tercera lleno de muchachos que van a casa para pasar las vacaciones, robaré a la historia humana la visión de un momento. Su ojo, capaz de comprenderme, se cerrará, si ahora me duermo, por abulia o cobardía enterrándome en el pasado, en las tinieblas, o si fanfarroneo como Percival, Archie, John, Walter, Lathom, Larpent, Roper, Smith, fanfarronean. Los nombres son siempre los mismos, los nombres de los fanfarrones. Todos fanfarronean, todos hablan, salvo Neville, quien de vez en cuando desliza una mirada por encima de una novela francesa, de la misma manera que siempre se deslizará en estancias con almohadones, iluminadas por el fuego del hogar, con muchos libros y un amigo, mientras yo doblo el espinazo, en una silla de oficina, detrás de un mostrador. Entonces me convertiré en un ser amargado y me burlaré de ellos. Envidiaré que prosigan su descenso por las seguras sendas de la tradición, a la sombra de los viejos tejos, mientras yo frecuento el trato de oficinistas y gentes del pueblo de Londres y pateo el pavimento de la ciudad.
       »Pero ahora, etéreo, mientras cruzo los campos sin habitáculos (ahí hay un río; un hombre pesca; veo un campanario, ahí está la calle del pueblo con su posada de arqueadas ventanas), todo es oscuro y como un sueño para mí. Estos duros pensamientos, esta envidia, esta amargura, no arraigan en mí. Soy el fantasma de Louis, un efímero transeúnte, en cuya mente tienen los sueños poder, y el jardín so­nidos cuando, al amanecer, los pétalos flotan sobre insondables profundidades y los pájaros cantan. Me sumerjo y chapoteo en las destellantes aguas de la infancia. Tiembla el sutil velo que la cubre. Pero la bestia encadenada patea y patea en la playa.»
       «Louis y Neville», dijo Bernard, «sentados, guardan silencio. Están los dos absortos. Para los dos la presencia de los demás es como un muro diviso­rio. Contrariamente, cuando yo me encuentro en compañía, inmediatamente las palabras forman anillos de humo, y observo que al momento las frases comienzan a saltar enroscadas de mis labios. Es como si acercara una cerilla al fuego. Algo prende y arde. Ahora entra un hombre de próspero aspecto y avanzada edad, un viajero. En seguida siento el deseo de abordarle. Instintivamente me desagrada el significado de su presencia, fría y ajena, entre no­sotros. No creo en la separación. No somos individuales. Por otra parte, también siento deseos de incrementar mi colección de valiosas observaciones acerca de la verdadera naturaleza de la vida huma­na. Mi libro tendrá, sin duda alguna, muchos volúmenes y tratará de todas las variedades de hombre y mujer hasta el momento conocidas. Lleno mi mente con cuanto ocurre en una estancia o en un vagón de ferrocarril, de la misma forma que se llena una estilográfica en el tintero. Tengo una constante e irremediable sed. Ahora, gracias a imperceptibles signos que no puedo interpretar por el momento, pero que más adelante interpretaré, me doy cuenta de que el hielo de su desconfianza comienza a fun­dirse. Su soledad da indicios de resquebrajarse. Ha hecho una observación con referencia a una casa de campo. De mis labios surge un anillo de humo (referente a las cosechas), y el anillo le rodea, permitiéndome entablar contacto con él. La voz huma­na tiene el poder de dejarnos desarmados (no so­mos individuales, sino una sola unidad). Mientras intercambiamos estas breves pero amables obser­vaciones sobre las casas de campo, yo construyo y doy concreción al hombre. Es un marido benévolo pero en modo alguno fiel; constructor, que da trabajo a un corto número de hombres. En la población en que vive es hombre importante. Ha llegado ya a concejal y, con el tiempo, quizá llegue a alcalde. Lleva un gran adorno, como una muela arrancada, con las correspondientes raíces, hecho de coral, colgando de la cadena del reloj. Walter J. Trumble es un nombre que le vendría pintiparado. Ha estado en Norteamérica, en viaje de negocios con su esposa, allí el precio de la habitación doble en un hotel de poca monta equivale a lo que gana en un mes. Lleva los dientes frontales reforzados con oro.
       »La verdad es que no sirvo para reflexionar. Necesito concreciones en todo. Sólo así consigo entrar en contacto con el mundo. Sin embargo, siempre me ha parecido que una buena frase tiene existencia independiente. Ahora bien, también creo que probablemente las mejores frases se forjan en soledad. Exigen cierto último toque de refrigeración que yo no sé darles, ya que siempre ando a vueltas con cálidas y solubles palabras. A pesar de todo, mi método tiene ciertas ventajas sobre el método que ellos usan. A Neville le repugna la vulgaridad de Trumble. Louis, desparramada la vista, avanzando a largas zancadas de desdeñosa cigüeña, parece coger las palabras con pinzas, como las que se usan para los terrones de azúcar. No cabe negar que sus ojos —locos y rientes, pero desesperados— expresan algo que no hemos sabido calibrar. Tanto Louis como Neville gozan de una precisión, de una exactitud, que admiro y nunca poseeré. Ahora comienzo a darme cuenta de que será preciso actuar. Nos acercamos a un empalme, y en el empalme tendré que trasbordar. He de subir al tren que va a Edimburgo. No puedo aprehender con precisión este hecho, está suelto entre mis pensamientos, como una moneda o un botón desprendido. Ahí viene el campechano viejales que taladra los billetes. Yo tenía billete; sí, con toda certeza tenía un billete. En fin, carece de importancia. Hay dos posibilidades: encontrarlo o no encontrarlo. Busco en la cartera. Busco en los bolsillos. Esas cosas son las que cons­tantemente interrumpen el proceso, en el que estoy eternamente empeñado, de encontrar una frase perfecta que refleje exactamente este mismísimo instante.»
       «Bernard se ha ido», dijo Neville, «sin billete. Ha huido de nosotros, haciendo una frase y agitando la mano. Conversaba con el fontanero o el criador de caballos con la misma facilidad que con nosotros. El fontanero sentía devoción por Bernard. “Si tuviera un hijo así”, pensaba, “podría mandarle a Oxford”. Pero ¿qué sentía Bernard por el fontanero? ¿No sería que Bernard únicamente quería proseguir la historia que sin cesar se cuenta a sí mismo? La comenzó cuando de niño formaba bolitas con miga de pan. Una bolita era un hombre, otra bolita era una mujer. Somos bolitas. Todos somos frases en la historia de Bernard, cosas que escribe en su libreta, en las páginas de la A o en las de la B. Relata nuestra historia con gran comprensión de todo, salvo de aquello que más nos importa. Y es así por cuanto no nos necesita. Nunca está a nuestra merced. Ahí le veo agitando los brazos en el andén. El tren parte sin él. No ha podido trasbordar. Ha perdido el billete. Pero no importa. Charlará con la camarera del bar sobre el tema del destino humano. Partimos. Bernard ya se ha olvidado de nosotros. Ya nos ha perdido de vista. Seguimos nuestro camino, embargados por sensaciones que tardan en desvanecerse, sensaciones agridulces, sí, porque en cierta manera Bernard da lástima, en su empeño de envolver el mundo en frases inacabadas, y por haber perdido el billete. En cierta manera, hay que amarle.
       »Ahora finjo leer. Alzo el libro hasta ponerlo a la altura de los ojos. Pero soy incapaz de leer en pre­sencia de fontaneros y tratantes de caballos. Carezco del don de hacerme simpático. Este hombre no despierta mi admiración, ni él me admira a mí. Séame permitido al menos ser honrado. Séame permitido denunciar este mundo de naderías y memeces, tan satisfecho de si mismo, estos asientos repletos de pelo de caballo, estas coloreadas fotografías de embarcaderos y desfiles militares. Poco me falta para chillar ante la cómoda satisfacción de sí mismo, y la mediocridad de este mundo que produce tratan­tes de caballos con adornos de coral pendientes de la cadena del reloj. Llevo en mi interior algo que los destruirá por entero. Mi risa les hará retorcerse en sus sillones, les obligará a echar a correr aullando. No: son inmortales. Triunfan. Por ellos, jamás podré leer a Catulo en un vagón de tercera. En octubre me obligarán a refugiarme en cualquier universidad de la que llegaré a ser profesor, y a ir a Grecia con maestros de escuela, y a dar conferen­cias acerca de las ruinas del Partenón. Más me valdría criar caballos y vivir en una de esas rojas casitas, que dedicarme a entrar y salir de las calaveras de Sófocles y Eurípides, como un antojo, con una esposa intelectual, una de esas mujeres de las universidades. Sin embargo éste es mi destino. Sufriré. A los dieciocho años ya soy capaz de sentir tal desprecio que todos los tratantes de caballos me odian. Este es mi triunfo. No transijo. No soy tími­do. No tengo acento. No me hacen temblar los temores de lo que la gente pueda pensar de “mi padre que es banquero en Brisbane”, como Louis.
       »Ahora nos acercamos al centro del mundo civilizado. Ahí están los conocidos gasómetros. Ahí están los jardines públicos cortados por senderos de asfalto. Ahí están los enamorados, descaradamente yacentes, boca contra boca, sobre el césped reque­mado. Percival casi habrá llegado ya a Escocia. Su tren avanza por entre rojas colinas. Ve la larga línea de los montes y la muralla romana. Lee una novela policíaca, pero lo comprende todo.
       »El tren reduce su marcha ahora que nos acercamos a Londres, el centro, y también el latir de mi corazón se amortigua de miedo, de alegría. ¿Qué encontraré ahí? ¿Qué extraordinaria aventura me espera entre estas camionetas de correos, estos maleteros, esas multitudes que llaman taxis? Me siento insignificante, perdido, pero exultante de gozo. Con un suave choque nos detenemos. Dejaré que todos bajen antes que yo. Me quedaré sentado, inmóvil, durante unos instantes, antes de sumergirme en este caos, este tumulto. No quiero prever lo que ha de ocurrir. El rugido está en mis oídos. Bajo esta techumbre de vidrio, suena y resuena, como el oleaje del mar. Nos arrojan al andén con nuestras maletas. La multitud, arremolinándose, nos separa. La conciencia de mi propio ser casi perece. Como mi desprecio. Me arrastran hacia dentro, me hunden, me alzan hasta el cielo. Avanzo por el andén, cogiendo fuertemente cuanto poseo: una maleta.»



       El sol ascendió. Barras verdes y amarillas caye­ron sobre la playa, dorando los costillares de la consumida barca, dando azul brillo de acero a las planas hojas de las algas. La luz casi perforaba las delga­das y rápidas olas que en forma de abanico se des­lizaban de prisa sobre la playa. La muchacha, que al sacudir la cabeza había hecho bailar todas las piedras preciosas, el topacio, el aguamarina, todas las piedras preciosas con chispas bajo los líquidos colores, dejó ahora al descubierto sus sienes y, los ojos muy abiertos, trazó un recto sendero sobre las olas, cuyos destellos de escamas se oscurecieron. Se amontonaron las ¿las, sus verdes oquedades adquirieron profundidad y negrura, y parecía que vagabundos bancos de peces pudieran atravesarlas. Al romper y retroceder, dejaban en la arena una negra raya formada por ramitas y corcho, pajillas y palitos, como si una chalupa ligera hubiera naufragado, reventados sus costados, y su tripulante hubiera ga­nado a nado la tierra, trepando a una roca, dejando que la frágil carga fuera transportada por las olas a la playa.
       En el jardín los pájaros que al amanecer habían cantado sin orden ni concierto esporádicamente, en aquel árbol, en aquel arbusto, ahora cantaban a coro en sonido agudo y cortante. Ahora a coro, como si tuvieran conciencia de compañerismo. Ahora aisla­damente, como si cantaran al cielo azul pálido. Giraron en curva, formando un solo vuelo, cuando el gato negro avanzó por entre las matas, cuando la cocinera, al echar más cenizas al montón, les asustó:
       Había en su canto miedo, premoniciones de dolor y la alegría de huir veloces, ahora, en este instante. También cantaban en emulación, al claro aire de la mañana, en rápidas evoluciones sobre el olmo, cantando juntos mientras se perseguían, huyendo los unos de los otros, escapando, dándose picotazos, sin dejar de evolucionar en el aire, arriba. Y después, cansados de persecución y vuelo, dulcemente comen­zaron a descender, a declinar con delicadeza, a dejarse caer y posarse silenciosos en el árbol, en el muro, mirando con sus destellantes ojos y girando la cabeza a uno y otro lado, atentos, despiertos, in­tensamente conscientes de una cosa, de un objeto determinado.
       Quizá fuera la cáscara de un caracol, alzada en el césped como una grisácea catedral, un redondeado edificio con el rastro de quemaduras en oscuros círculos, a la verde sombra del césped. O quizá veían el esplendor de las flores, difundiendo en los parterres una fluida luminosidad púrpura, con túneles de oscuras sombras también purpúreas entre los tallos. O quizá fijaban la mirada en las pequeñas y brillantes hojas del manzano, danzando sin liberarse, rígidamente destellantes, entre las flores de motas rosadas. O quizá veían la gota de lluvia en el seto, pendiente y sin caer, con la casa cerniéndose ínte­gramente y los altos olmos también. O, al mirar derechamente al sol, sus ojos eran cuentas de oro.
       Al mirar ahora a un lado, ahora al otro, su visión llegaba a mayores profundidades, bajo las flores, al fondo de las oscuras avenidas que penetraban en el mundo de sombras donde se pudre la hoja y cae la flor. Entonces uno de ellos descendió como una flecha, en vuelo bello y certero, y dio un picotazo en el suave y monstruoso cuerpo del gusano indefenso, le dio otro picotazo, y otro, y lo dejó para que se pudriera. Allá, abajo, entre las raíces, donde las flores se pudrían, nacían oleadas de olores de muerte, y se formaban gotas en los blandos costados de co­sas hinchadas. La piel del fruto podrido se agrietaba, y al exterior salía una materia que, por densa, no manaba. Las babosas exudaban amarillas secreciones, y una y otra vez un cuerpo amorfo, con una cabeza en cada extremo, se balanceaba despacio a uno y otro lado. Los pájaros de ojos de oro, saltando entre las hojas, observaban intrigados esta húmeda podredumbre. De vez en cuando hundían la punta del pico brutalmente en la pegajosa mezcla.
       También ahora, al alzarse el sol, sus rayos llegaron a la ventana, incidiendo en la cortina con la cenefa roja, y comenzaron a revelar círculos y líneas. Ahora, a la creciente luz, la blancura se posó en el plato. Se condensó el brillo de la hoja. Aparadores y sillas se alzaban detrás, de tal manera que, a pesar de ser entidades separadas, parecían inseparablemente unidas. Se hizo más blanco el lago del espejo en la pared. La flor real en el alféizar de la ventana tenía la compañía de una flor fantasma. Sin embargo, el fantasma formaba parte de la flor, ya que, cuando se abrió el capullo, en la flor más pálida, en el cristal, se abrió también un capullo.

       Se alzó el viento. Las olas golpeaban el tambor de la playa como guerreros con turbante, como hombres con turbante y envenenadas dagas, que, agitando los brazos levantados, avanzan hacia los rebaños que triscan, los blancos corderos.
       «La complejidad de las cosas se hace más inmediata», dijo Bernard, «aquí, en la universidad, donde la agitación y las presiones de la vida son muy intensas, y donde de día en día adquiere más fuerza la mera excitación del vivir. Todas las horas, algo nuevo aparece en la superficie. ¿Qué soy?, me pregunto. ¿Esto? No, soy aquello. Ahora, especialmente ahora, que acabo de abandonar una estancia, con gente hablando en ella, y que las losas resuenan a mi paso solitario, y que miro a la luna alzándose sublime e indiferente sobre la antigua capilla, ahora veo con gran claridad que no soy uno y simple, sino múltiple y complejo. Bernard en público es un charlatán. En privado es muy reservado. Y esto es lo que no comprenden, porque ahora seguramente están hablando de mí, y dicen que me he hurtado a ellos, que soy un ser huidizo. No comprenden que estoy obligado a efectuar diversas transiciones. Que he de cubrir las entradas y las salidas de diversos hombres que se alternan en la interpretación de diversas facetas de Bernard. Soy anormalmente consciente de las circunstancias. No puedo leer un libro en un vagón de ferrocarril, sin preguntarme, ¿será este hombre un contratista de obras?, ¿será esta mujer desdichada? Hoy tenía clarísima conciencia de que el pobre Simes, con su grano, se daba cuenta amargamente de que sus posibilidades de causar buena impresión en Billy Jackson eran remotas. Penosamente consciente de ello, he invitado a cenar a Simes con ardor. Sin duda, lo atribuirá a una admiración que no siento. Sí, es verdad, Sin embargo, “junto a una sensibilidad de mujer” (palabras de mi biógrafo) “Bernard estaba dotado del rigor lógico masculino”. Ahora bien, los individuos que producen una sola impresión, que por lo general, y dicho sea de paso, es buena (la sencillez parece atraer siempre), son aquellos que nadan equilibradamente en el centro de la corriente. (Veo peces y peces, todos apuntando con la nariz al mismo sitio, y la corriente adelantando a otra.) Canon, Lycett, Peters, Hawkins, Larpent y Neville, todos son peces en la parte central de la corriente. Pero tú te das cuenta, tú, o sea yo, que siempre acudes a todas las llamadas (sería una penosa experiencia la de llamar y que nadie acudiera, sería algo que dejaría vacía la medianoche, y es algo que explica la expresión de los viejos en los círculos y clubs, esos viejos que han dejado de llamar a un propio yo que no acude), te das cuenta de que sólo muy superficialmente has quedado representado por las palabras dichas esta noche. En el fondo, y precisamente cuando con mayor excentricidad me comporto, también soy hombre integrado en la comunidad. Me compenetro efu­sivamente. Y también sé quedarme quieto, como un sapo, recibiendo con perfecta frialdad cuanto me cae encima. Entre vosotros, que ahora estáis hablan­do de mí, pocos son los que tienen la doble capacidad de sentir y razonar. Por ejemplo, a Lycett le gusta cazar liebres. Hawkins ha pasado provechosa­mente la tarde en la biblioteca. Peters tiene esa novia en la biblioteca circulante. Todos estáis vinculados, comprometidos, atados, y esto desarrolla al máximo vuestras energías. Todos salvo Neville, cuya mente es demasiado compleja para que una sola actividad la excite. También yo soy demasiado complejo. En mí hay algo que flota, sin ligamen ni vínculo.
       »Ahora, en demostración de mi sensibilidad al ambiente, aquí, al entrar en mi aposento y encender la luz y ver la hoja de papel, la mesa, la bata des­cuidadamente arrojada sobre el respaldo del sillón, creo que soy ese hombre temerario pero reflexivo, esa figura audaz y deletérea, que, tras quitarse de los hombros la capa en distraído ademán, coge la pluma y sin dudarlo un instante suelta la siguiente carta a la mujer de la que está apasionadamente enamorado.
       »Sí, todo es propicio. Estoy del humor adecuado. Puedo escribir de cabo a rabo esa carta que tantas veces he comenzado. Acabo de llegar. He arrojado lejos de mí el sombrero y el bastón. Y escribo lo primero que se me ocurre, sin tomarme siquiera la molestia de enderezar la hoja. Será un brillante texto que ella debe estimar escrito sin una pausa, sin una tachadura. Mira cuán abierto es el trazo de las letras… Y aquí dejo, con negligencia, un borrón. Todo ha de quedar subordinado a la velocidad y la despreocupación. Escribo aprisa, corriendo, en letra pequeña, dando exagerada longitud a la cola de la “y” y cruzando la “t” así, con fuerza. En la fecha me limitaré a poner “martes, 1?”, y después un in­terrogante. Pero también debo dar a la muchacha la impresión de que este hombre —porque no soy yo— no sólo escribe sin dar la menor importancia a su escritura, con total desparpajo, sino también con respeto e intimidad. Debo aludir a conversaciones con ella sostenidas, referirme a alguna escena grabada en la memoria. Pero debo causarle la im­presión (y esto es de suma importancia) de pasar de un tema a otro con la mayor facilidad. He de pasar del funeral en sufragio del hombre que murió ahogado (tengo una frase que va pintiparada) a la señora Moffat y sus dicharachos (tengo una nota al respecto), y hacerlo intercalando unas cuantas reflexiones aparentemente ocasionales pero de tremenda profundidad (la crítica profunda a menudo se escribe ocasionalmente) acerca de un libro última mente leído, un libro un tanto raro. Quiero que la muchacha diga, mientras se cepilla el cabello o apaga una vela, “¿Dónde he leído yo eso? ¡Ah, sí, en la carta de Bernard!” Velocidad, ardor, el efecto de plomo fundido, un fluir, como el de la lava, de frase tras frase. ¿En quién pienso? En Byron, naturalmente. En cierta manera, soy como Byron. Quizás un poco de Byron me ayude a entrar en calor. Leamos una página. No. Es aburrido. Es fragmentario. Es demasiado formalista. Ahora comienzo a cogerle el tranquillo. Su ritmo penetra en mi cerebro (el ritmo es lo principal en la escritura). Ahora comenzaré y seguiré sin detenerme, comenzaré con firme trazo…
       »Pero no lo consigo. Todo falla. Carezco del fuelle necesario para efectuar la transición. Mi verdadera manera de ser agrieta la que he asumido y sale al exterior. Y si corrijo lo escrito, la muchacha pensará: “Bernard interpreta ahora el panel de escritor, Bernard piensa en su biógrafo” (lo cual es verdad). No, escribiré la carta mañana, inmediatamente después de desayunar.
       »Ahora voy a llenarme la mente de imágenes in­ventadas. Supongamos que me han invitado a la casa de campo de Restover, King’s Laughton, a tres millas de Langley. Llego al ocaso. En el patio de h esta destartalada pero señorial mansión hay dos o tres perros esquivos, de largas patas. En el vestíbulo veo macilentas alfombras. Un caballero de porte militar pasea por la terraza, fumando en pipa. Sobre el escritorio una herradura usada, perteneciente sin duda al caballo favorito. “¿Monta usted, joven?” “Sí, señor, me gusta mucho montar”. “Mi hija nos espera en la sala de estar”. Los latidos del corazón me golpean las costillas. La muchacha está en pie junto a una mesilla baja. Hoy ha salido de caza. Traga bocadillos con aire de marimacho. He causado una aceptable impresión en el coronel. No me considera demasiado inteligente. No me considera demasiado rudo. También juego al billar. Entonces aparece la simpática criada que lleva treinta años en la familia. Los platos están decorados con pájaros orientales de larga cola. Sobre el hogar cuelga el retrato de la madre con vestido de muselina. Hasta cierto punto puedo describir el ambiente con gran facilidad. Pero ¿puedo darle vida? ¿Puedo oír la voz de la muchacha, exactamente en el tono que utiliza cuando, al quedar solos, me dice “Bernard”? ¿Y después, qué pasa?
       »La verdad es que necesito el estímulo de los demás. Solo, con mi fuego apagado, tengo tendencia a ver los defectos de mis relatos. El verdadero novelista, el ser humano perfectamente simple, podría seguir, indefinidamente, imaginando cosas. No se integraría, como yo me integro. No tendría devas­tadora sensación de grises cenizas en un hogar apagado. Una cortina me cubre la vista. Todo se hace impenetrable. Nada más puedo inventar.
       »Recordemos. En términos generales ha sido un buen día. La gota que se forma en la techumbre del alma, al atardecer, es de brillantes colores. La mañana: hermosa. La tarde: paseo. Me gusta ver los campanarios alzándose en los grises campos. Me gusta vislumbrar cosas por entre los hombros de la gente. Constantemente se me han ocurrido cosas y cosas. He estado imaginativo y sutil. Después de la cena, he estado espectacular. He revestido de formas concretas muchas cosas que habíamos observado vagamente en diversos amigos comunes. He efectuado fácilmente mis transiciones. Pero ahora, sentado ante este fuego gris, con los desnudos promontorios de carbón negro, me voy a formular la pregunta decisiva. De entre todos ésos, ¿quién soy yo? Depende mucho de la estancia en que me encuentre. Cuando me digo “Bernard”, ¿quién viene? Un hombre fiel, sarcástico y desengañado, pero no amargado. Un hombre sin edad ni rasgos determinados. Simplemente, yo. El es quien coge el atizador y revuelve las cenizas para que caigan en chaparrón, a través de los hierros de la parrilla. “Señor”, se dice a sí mismo al ver caer la ceniza, “cuidado que soy sucio”. Y después añade lúgubre aunque con cierta sensación de consuelo: “La señora Moffat las barrerá”. Imagino que repetiré a menudo esta frase, mientras ando por la vida golpeando cenizas, golpeando esto y lo otro, ensuciando tantas cosas: “La señora Moffat vendrá y barrerá, dejándolo todo limpio”. Y ahora a la cama.»
       «En un mundo que contiene el presente momento», dijo Neville, "¿a santo de qué distinguir? A nada debemos dar nombre, no sea que al hacerlo lo alteremos. Dejemos que todo exista, que exista esta orilla, que exista esta belleza. El sol calienta. Veo el río. Veo árboles manchados y quemados a la luz del otoño. Las barcas pasan ante mi vista, a través del rojo, a través del verde. A lo lejos dobla una campana, pero no dobla por un muerto. Hay campanas que tocan a vida. Cae una hoja y cae de alegría. Amo la vida, estoy enamorado de la vida. ¡Mira cómo el sauce lanza al aire sus chorros sutiles! Mira cómo a través de ellos se desliza una barca, con muchachos indolentes, en un vivir de inconsciencia, fuertes. Escuchan un gramófono, comen fruta que llevan en bolsas de papel. Arrojan por la borda las pieles de plátano que como anguilas se hunden en las aguas del río. Todo lo que hacen es bello. Tras ellos hay hermosos frascos y ornamen­tos. Sus aposentos rebosan remos y grabados, pero ellos lo convierten todo en belleza. Esta barca pasa bajo el puente. Otra viene. Y otra. Este es Percival, recostado sobre almohadones, monolítico, en reposo de gigante. No, no es él, tan sólo se trata de uno de sus satélites, que imita su reposo monolítico, de gigante. Percival es el único que no se da cuenta de los trucos de sus imitadores, y cuando les descubre en el momento de imitarle, les da bien­humorado unos azotes con su zarpa. También ellos han pasado bajo el puente, a través de “las fuentes de los colgantes árboles”, a través de las finas rayas amarillas y del color de la ciruela. Sopla la brisa, se estremece la cortina, más allá de las hojas veo los graves, aunque eternamente gozosos edificios, que parecen porosos e ingrávidos, leves pero inmemorialmente asentados en el antiguo césped. Ahora comienza a alzarse en mí el conocido ritmo. Palabras que yacían dormidas se alzan ahora, agitan la cresta, suben y bajan, vuelven a subir y a bajar. Soy poeta, sí, lo soy. Y seguramente soy un gran poeta. Barcas y muchachos que pasan, y árboles distantes, “las fuentes de los colgantes árboles”. Lo veo todo, lo siento todo. Estoy inspirado. De mis ojos rebosan las lágrimas. Pero, mientras experimento estas sensaciones, estimulo a latigazos mi frenesí para que suba más y más. Espumea. Deviene artificial e insincero. Palabras, palabras y palabras, cómo galopan… Cómo agitan sus largas colas y crines, pero, por algún defecto mío, no puedo entregarme a sus lomos, no puedo volar con ellas, dejando detrás un rastro de mujeres y bolsas vacías. Hay en mí una deficiencia, unas fatales dudas, y si hago caso omiso de ello todo se convierte en espuma y falsedad. Sin embargo, me parece increíble que no sea un gran poeta. ¿Qué era, si no poesía, lo que anoche escribí? ¿Acaso soy demasiado fácil, demasiado rápido? No lo sé. A veces no me conozco, o no sé medir, nombrar y contar los elementos en cuyos méritos soy quien soy.
       »Ahora algo me abandona, algo sale de mí para ir al encuentro de esta figura que se acerca y me dice que le conozco, antes de que vea quién es. Qué curioso cambio se experimenta con la adición, incluso a distancia, de un amigo. Cuán útil función realizan los amigos cuando nos recuerdan. Pero cuán penoso es ser recordado, ser mitigado, que la propia personalidad sea adulterada, mezclada, que llegue a formar parte de otra. A medida que se acerca dejo de ser yo para convertirme en Neville mezclado con alguien, ¿con quién?, ¿con Bernard? Sí, es Bernard, en consecuencia Bernard será aquel a quien formu­laré la pregunta: ¿Quién soy
       «Qué raro aspecto», dijo Bernard, «tiene el sauce visto en compañía. Yo era Byron, y el árbol era el árbol de Byron, con lágrimas, cayendo como la lluvia, en lamentos. Ahora que juntos contemplamos el árbol, éste ha adquirido cierto aspecto de ir peinado, cada rama se distingue de las demás, y ahora te diré lo que siento bajo el influjo de tu claridad.
       »Siento tu reproche, siento tu poder. A tu lado, me convierto en un hombre desordenado e impulsivo, cuyo pañuelo está siempre manchado de esa mantequilla con que untamos los bollos. Efectivamente, llevo en la mano la Elegía de Gray. Con la otra mano agarro el bollo que ha absorbido total­mente la mantequilla, y se ha pegado al plato. Esto te molesta. Me doy muy clara cuenta de tu desa­grado. Inspirado por tus sentimientos y ansioso de recuperar tu aprecio, comienzo a contarte el modo en que acabo de sacar a Percival de la cama. Des­cribo sus zapatillas, la mesa de su aposento y la vela casi consumida; sus acentos enfurruñados y quejosos, cuando tiro de la mantas, mientras Percival se ovilla como un vasto capullo. Lo describo todo de tal manera que, a pesar de estar tú centrado en una íntima congoja (una forma encapucha­da preside nuestro encuentro), cedes, ríes y mi presencia te deleita. Mi encanto y el fluir de mis palabras, por cierto espontáneo e imprevisto, también a mí me deleita. A medida que con mis palabras quito de las cosas el velo que las cubre, me pasmo al advertir que he sido capaz de observar infinitamente más de lo que puedo decir. Más y más burbujas surgen en mi mente al hablar, imágenes e imágenes. Esto, digo en mi fuero interno, es lo que necesito. Y ahora pregunto: ¿Por qué no puedo terminar la carta que estoy escribiendo? En mi aposento hay cartas inacabadas por doquier. Cuando estoy en tu compañía, nace en mí la sospecha de que me cuento entre los hombres mejor dotados, sumamente dotados. Me rebosa el placer de la juventud, de la potencia, de todo cuanto ha de llegar a ser. Torpe pero entusiasta, me imagino zumbando alrededor de flores, descendiendo en un murmullo hacia corolas escarlata, y mi prodigioso runrún despierta ecos en azules pistilos. Cuán intensamente gozaré de mi juventud (me induces tú a creer). Y Londres. Y la libertad. Pero basta. No me escuchas. Expresas cierta protesta al deslizar, en un ademán indefiniblemente familiar, la mano sobre la rodilla. Por estos síntomas diagnosticamos las dolencias de nuestros amigos. Pareces decir: “En tu opulenta abundancia, no te olvides de mí”. Dices: “Detente, y pregunta por mis sufrimientos”.
       »Deja que te cree. (Otro tanto has hecho tú por mí.) Yaces en esta ardiente orilla, en este bello y muriente pero todavía luminoso día de octubre, contemplando cómo pasan flotando las barcas, barca tras barca, a través de las peinadas ramas del sauce. Y quieres ser poeta, y quieres ser amante. Pero esa esplendente claridad de tu entendimiento, y la inquebrantable honradez de tu intelecto (a ti debo estas palabras latinas; esas cualidades tuyas me obligan a rebullir inquieto y a ver las zonas manchadas y desgastadas de mi atuendo) te detienen. Te niegas al encaño. No nublas tu ser con rosadas nubes, ni amarillas.
       »¿Estoy en lo cierto? ¿He interpretado correctamente tu leve ademán? Si así es, dame tus poemas. Entrégame las hojas que anoche escribiste con tal fervor de inspiración que ahora estás un poco avergonzado. Sí, porque desconfías de la inspiración, sea la tuya, sea la mía. Regresemos juntos por el puente, bajo los olmos, y vayamos a mi aposento, donde acogidos por los muros, corridas las cortinas de roja sarga nos hurtaremos a estas molestas voces, a estos aromas y sabores de los limeros, y a otras vidas, a esas petulantes dependientas de co­mercio que van de paseo, a esas pesadas viejas que arrastran los pies, a esos furtivos vislumbres de alguna que otra vaga y evanescente figura que quizá sea Jinny, o a lo mejor es Susan, y ¡acaso no era Rhoda la que ha desaparecido al fondo de la avenida? Una vez más, por una leve contracción, he averiguado tu sentir, nos hemos alejado el uno del otro, me he ido, zumbando como un vuelo de abejas, eternamente vagabundo, sin esa capacidad que tú tienes de fijarte inexorablemente en un solo objeto. Pero volveré.»
       «Donde hay edificios como éstos», dijo Neville, «no puedo soportar que también haya dependientas de comercio. Sus risitas y su comadreo me molestan, quiebran mi quietud y me obligan, en momentos de la más pura exaltación, a recordar nuestra degradada naturaleza.
       »Pero ahora hemos, regresado a nuestro territorio, después de la breve convivencia con las bicicletas y el aroma de los limeros y las evanescentes figuras en la horrenda calle. Aquí somos los dueños de la tranquilidad y el orden, los herederos de altivas tradiciones. Las luces comienzan a proyectar amarillas rayas en la plaza. La niebla nacida en el río llena estos antiguos espacios. Suavemente se pega la niebla a la blanquecina piedra. Ahora las hojas forman una densa capa en los rústicos senderos, y tosen los borregos en los campos húmedos. Pero en mi habitación estamos secos. Conversamos en la intimidad. Las llamas saltan y caen, dando brillo a este o aquel adorno de metal.
       »Has estado leyendo a Byron. Has marcado los párrafos en los que parece haber cierta aprobación de tu carácter. Veo marcas en todas las frases que parecen revelar una naturaleza sarcástica pero apasionada, un ímpetu parecido al de la polilla que se lanza sin vacilar contra la dureza del vidrio. Al pasar la punta del lápiz por aquí, pensabas: “También yo arrojo la capa así, también yo chasqueo los dedos ante el destino”. Sin embargo, Byron jamás preparó el té tal como tú lo haces; llenas hasta tal punto la tetera que, al poner la tapa, el té rebosa y se derrama. En la mesa hay un charquito castaño que se va extendiendo entre tus libros y tus papeles. Ahora lo secas torpemente con el pañuelo que has sacado del bolsillo. Y después te vuelves a meter el pañuelo en el bolsillo. No, éste no es Byron. Este eres tú. Este es tan esencialmente tú que si algún día dentro de veinte años pienso en ti, cuando los dos seamos famosos, con gota e inaguantables, te veré en esta escena. Y si has muerto ya, lloraré. Cierto tiempo hubo en que fuiste un joven Tolstoi. Ahora eres un joven Byron. Y quizá llegue el día en que seas un joven Meredith. Entonces visitarás París durante las vacaciones de Pascua, y volverás con una negra corbata, convertido en el discípulo de cualquier detestable francés de quien nadie ha oído hablar. Entonces romperé contigo.
       »Soy una sola persona: yo. No suplanto a Catulo, a quien adoro. Soy un estudioso sumamente disciplinado, con un diccionario a un lado, y al otro una libreta en la que anoto curiosos usos del participio pasado. Pero no se puede vivir siempre dedicado a disecar con cuchillo para mejor comprender­las estas antiguas frases. ¿Viviré siempre así, co­rriendo las rojas cortinas de sarga, y viendo el libro, como un bloque de mármol, pálido a la luz de la lámpara? Sería maravilloso dedicar la vida a la perfección, seguir siempre la curva de la frase, me llevara donde me llevara, a desiertos y arenas movedizas, haciendo caso omiso de señuelos y tentaciones, ser siempre pobre e ir siempre mal vestido, parecer ridículo en Piccadilly.
       »Pero soy demasiado nervioso para terminar debidamente mis frases. Hablo aprisa, paseando arriba y abajo, para ocultar mi agitación. Me irritan tus pañuelos manchados de grasa. Mancharás tu ejemplar de Don Juan. No me escuchas. Te dedicas a hacer frases sobre Byron. Y mientras tú gesticulas, con tu capa y tu bastón yo intento revelarte un secreto que a nadie he comunicado todavía. Te pido (ahí en pie y dándote la espalda) que tomes mi vida en tus manos y me digas si es mi destino causar siempre repulsión a quienes amo.
       »Te doy la espalda y nervioso muevo los dedos. No, ahora mis manos están en perfecta inmovilidad. Con exactitud abro un espacio en la librería y en él inserto el Don Juan. Ahí. Prefiero ser amado, prefiero ser famoso a seguir el camino de la perfección a través de las arenas. Pero ¿estoy condenado a producir asco? ¿Soy poeta? Tómalo. El deseo que llevo tras de los labios, frío como el plomo, pesado como la bala, aquello con lo que apunto a las de­pendientas de comercio, a las mujeres, a las ficciones y a la vulgaridad de la vida (porque la amo), sale disparado hacia ti, cuando te arrojo —tómalo— mi poema.»
       «Como una flecha ha salido de la estancia», dijo Bernard. «Ha dejado aquí su poema. Oh, amistad… ¡También yo prensaré flores entre las páginas de los sonetos de Shakespeare! ¡Oh, amistad, qué agu­dos son tus dardos! Ha dado media vuelta y me ha mirado. Me ha entregado su poema. Todas las nieblas retorciéndose se alejan de la techumbre de mi ser. Conservaré esta confianza hasta el último día de mi vida. Como una larga ola, como un avance de pesadas aguas, se ha acercado a mí, y su devastadora presencia me ha abierto de par en par, dejando al descubierto los cantos rodados de la playa de mi espíritu. Todos los parecidos han quedado unidos. “No eres Byron, eres tú”. Cuán extraño es que otra persona te concentre en un solo ser.
       »Cuán extraño es sentir cómo el hilo que de nosotros surge se adelgaza y avanza cruzando los nebulosos espacios del mundo que entre nosotros media. Se ha ido. Aquí estoy, en pie, con su poema en la mano. Entre él y yo media el hilo. Pero ahora, qué agradable es, cuánta confianza infunde, saber que la ajena presencia ha desaparecido, que la escrutadora mirada se ha apagado, ha sido cubierta por una capucha… Con qué satisfacción cierro las ventanas y me niego a recibir otras presencias. Con qué satisfacción advierto que, de los oscuros rincones en que se refugiaron, vuelven esos desastrados huéspedes, esos parientes, a los que él con su superior poder obligó a ocultarse. Los burlones y observadores espíritus que, incluso en la crisis y la vacilación del momento, se mantuvieron vigilantes, vuelven ahora en rebaño al hogar. Con su ayuda soy Bernarci, soy Byron, soy esto y lo otro. Como en anteriores tiempos oscurecen el aire y me enriquecen con sus bufonadas y sus comentarios, nublando la hermosa sencillez de mi momento de emoción. Sí, puesto que yo soy más yo de lo que Neville cree. No somos tan simples como nuestros amigos quisieran para satisfacer sus necesidades. Sin embargo, el amor es simple.
       »Ahora han regresado mis huésped, mis parientes. Ahora el orificio en mis defensas que Neville ha perforado con su estoque increíblemente agudo ha sido reparado. Ahora soy y estoy casi entero, y me doy cuenta de la alegría que me embarga al hacer entrar en juego cuanto Neville ignora en mí. Mientras miro al exterior por la ventana, después de entreabrir las cortinas, pienso: “A Neville no le gustaría saberlo, pero yo gozo con ello”. (Nos servimos de los amigos para medir nuestra estatura.) Mi envergadura me permite alcanzar aquello a lo que Neville no llega. Les oigo cantar canciones de caza enfrente. Celebran una salida con los perros. Los chicos pequeños, cubierta la cabeza con gorro, que siempre aparecían en el mismo momento, cuando el carricoche seguía la curva, se dan palmadas en la espalda y fanfarronean. Pero Neville, evitando delicadamente todo género de interferencias, furtivo como un conspirador, acelera el paso camino de su aposento. Le imagino hundido en el sillón, con la vista fija en el fuego que por un momento ha adquirido arquitectónica solidez. Neville piensa: Quisiera que la vida pudiera ofrecer esta permanencia, que la vida pudiera tener este orden. Sí, porque Neville ama el orden sobre todas las cosas y detesta mi desorden a lo Byron. Corre la cortina y cierra con llave la puerta. Sus ojos (porque está enamorado; la siniestra imagen del amor ha presidido nuestro encuentro) se llenan de deseo, se llenan de lágrimas. Coge el atizador, y de un solo golpe destruye la momentánea apariencia de solidez en los ardientes carbones. Cambia todo. Y la juventud y el amor. Flotando ha pasado la barca bajo el arco de los sauces y ahora se encuentra bajo el puente. Percival, Tony, Archie u otro irán a la India. No volveremos a reunirnos. Entonces alarga la mano y coge la libreta —cuidadosamente forrada con papel moteado— y febrilmente escribe largas líneas de poesía, al estilo del poeta que más admira en el presente instante.
       »Pero deseo gozar del paso del tiempo, asomarme a la ventana, escuchar. Vuelvo a oír el irregular coro. Ahora rompen loza. Es otra tradición. El coro, como las aguas de un torrente saltando sobre rocas y peñas, asaltando brutalmente viejos árboles, cae con magnífico abandono, de cabeza, en precipicios. Rodando siguen adelante, rodando galopan, tras pe­rros de caza, tras pelotas de fútbol. Arriba y abajo, arriba y abajo, como sacos de harina, se mueven unidos a los remos. Todas las divisiones desaparecen, actúan como un solo hombre. El viento racheado de octubre rompe el rugido en alternadas erupciones sonoras y silencios, en el amplio patio. Ahora están quebrando loza. Es la tradición. Una vieja de paso inseguro, en la mano un capazo, trota hacia casa bajo las ventanas del rojo color del fuego. Tiene cierto miedo de que se abalancen sobre ella, la tiren al arroyo. Sin embargo, se detiene como si quisiera calentarse las manos sarmentosas y reumáticas en la hoguera que lanza a lo alto torrentes de chispas y porcioncillas de papel. La vieja se detiene ante la ventana iluminada. Un contraste. Esto es algo que yo veo y Neville no. Esto es algo que yo siento y Neville no. Por eso él llegará a la perfección, y yo fracasaré dejando tras mí úni­camente imperfectas frases sucias de arena.
       »Ahora pienso en Louis. ¿Qué malévola pero reveladora luz no proyectaría Louis sobre este mortecino atardecer otoñal, sobre este quebrar loza, sobre este cantar canciones, sobre Neville, sobre Byron, sobre nuestro vivir aquí? Sus delgados labios están algo prietos, sus mejillas son pálidas, en una oficina escruta un oscuro documento comercial. “Mi padre, banquero en Brisbane…” Por estar avergonzado de él, no hace más que hablar de su padre fracasado. Por esto se encuentra en una oficina, Louis el mejor estudiante de nuestro curso. Pero yo, en busca de contrastes, a menudo siento su mirada en nosotros, su mirada burlona, su mirada salvaje, sumándonos como insignificantes partes de un total que él busca sin cesar en su oficina. Y un día cogerá una fina pluma, la mojará en tinta roja, hallará el resultado de la suma. Sabremos cuál es nuestro total. Y este total no será suficiente.
       »¡Crac! Han estrellado una silla contra la pared. Estamos condenados. Ahora bien, mi caso también es dudoso. ¿Estaré acaso entregándome a injustificadas emociones? Sí, mientras asomado a la ventana arrojo abajo el cigarrillo que cae al suelo girando ligero sobre sí mismo, siento que Louis mira incluso mi cigarrillo. Y Louis dice: “Esto significa algo. ¿Pero qué?”»
       «La gente sigue pasando», dijo Louis. «Pasa incesantemente ante el cristal de esta casa de comidas. Automóviles, camiones y autobuses. Y más autobuses, camiones y automóviles, pasan ante el cristal. Al fondo percibo tiendas y casas, y también las grises agujas de una iglesia ciudadana. En primer término, están las repisas de vidrio con bandejas de bollos y de bocadillos de jamón. Todo queda un tanto oscurecido por el vapor de la tetera. Un cárnico y vaporoso olor a buey, cordero, salchichas y patatas majadas, está suspendido como una húmeda red a media altura aquí, en la casa de comidas. Tengo el libro apoyado en la botella de salsa Worcester y procuro aparentar ser como todos los demás.
       »Pero no puedo. (Siguen pasando, siguen pasando en desordenada procesión.) No puedo leer mi libro o pedir buey con la debida convicción. Repito: “Soy un inglés medio, un oficinista medio”, sin embargo echo ojeadas a los hombrecillos sentados en la mesa contigua para cerciorarme de que hago lo que ellos hacen. Fáciles los movimientos del rostro, con piel flexible que se agita obediente a la multiplicidad de sus sensaciones, prensiles como monos, sincronizados con el presente instante, discuten al compás de los pertinentes gestos la venta de un piano. Obstruye el paso en el vestíbulo. Lo compraría, pero obstruye el paso en el vestíbulo, este piano. La gente sigue pasando. Pasa entre las agu­jas de la iglesia y las bandejas de bocadillos de jamón. Los gallardetes de mi conciencia flamean, pero el desorden de la gente los desgarra y humilla perpetuamente. Por esto no puedo centrar mi atención en la cena. “Lo compraría, es bonito, pero obstruye el paso por el vestíbulo”. Se sumergen y se elevan como gaviotas con las plumas untadas en aceite, resbaladizas. Todos los excesos que rebasan la norma sentada por quien ha hablado son vanidad. Lo dicho es el justo término medio. Entretanto, los sombreros suben y bajan, la puerta se abre y se cierra sin cesar. Tengo conciencia de un fluir, de desorden, de destrucción y desesperanza. Si esto es todo, carece de valor. Sin embargo, también me doy cuenta del ritmo de la casa de comidas. Es como un vals, fluctúa alejándose y acercándose, y rueda y rueda. Las carnareras, sosteniendo las ban­dejas en equilibrio, se alejan y se acercan, y dan vueltas y vueltas, sirviendo platos de verdura, de albaricoque y natillas, sirviéndolos en el debido momento a los debidos clientes. Por lo general, los hombres, incorporando el ritmo de la camarera a su ritmo (“lo compraría, pero obstruye el paso por el vestíbulo”), aceptan la verdura, el albaricoque y las natillas. ¿Dónde se encuentra, entonces, la ruptura de esta continuidad? ¿Dónde está la fisura por la que uno vislumbra el desastre? El círculo está cerrado, la armonía es perfecta. Ahí está el ritmo central, ahí el muelle que los mueve a todos. Mira cómo se dilata y se contrae y vuelve a dilatarse. Pero yo no estoy incluido. Si hablo, imitando sus acentos, se hurgan las orejas y esperan que vuelva a hablar para poder clasificarme, para saber si procedo del Canadá o de Australia; yo, que deseo sobre todas las cosas ser abrazado con amor, yo, soy un extraño, un ser externo. Yo, que quisiera verme cubierto por las protectoras olas de lo común, diviso de soslayo un lejano horizonte. Tengo conciencia de los sombreros, subiendo y bajando, en perpetuo desorden. A mí se dirige la quejosa súplica de los espíritus que vagan desorientados (una mujer mellada tartamudea ante el mostrador): “Devuélvenos al rebaño, devuelve al rebaño a todos los que tan dispersos, subiendo y bajando, pasamos ante el cristal con bandejas de bocadillos de jamón en primer término”. Sí, os reduciré a un orden.
       »Leeré el libro apoyado en la botella de salsa Worcester. Contiene unos cuantos falsos aros forjados, unas cuantas expresiones perfectas, pero no hay poesía. Vosotros, todos vosotros, la ignoráis. Habéis olvidado lo que el poeta muerto dijo. Y soy incapaz de traducíroslo para que su poder os subyugue, y os haga comprender que carecéis de propósito y rumbo y que el ritmo es triste y nada vale, a fin de que os liberéis de esta degradación que, si no os dais cuenta de vuestras carencia de propósitos y rumbo, os penetra, convirtiéndoos en seres seniles, incluso en el caso de los jóvenes. Traducir este poema, para que pueda ser fácilmente leído, será mi empeño. Yo, el compañero de Platón y de Virgilio, llamaré a la puerta de rugoso roble. A cuanto pasa opondré esta baqueta de templado acero. No me someteré a este tránsito absurdo de sombreros hongos y sombreros de alta copa, de emplumados y variopintos tocados femeninos. (Susan, a quien respeto, llevaría en un día de verano un sencillo sombrero de paja.) Ni al ir y venir ni al vapor que en gotas desiguales se desliza por el vidrio de la casa de comidas. Ni a las detenciones y arranques bruscos de los autobuses. Ni a las dudas ante los mostradores. Ni a las palabras que se arrastran lamentablemente, sin humano significado. Os reduciré al orden.
       »Mis raíces descienden atravesando filones de plomo y de plata, a través de húmedos y pantano­sos lugares que exhalan olores, hasta llegar a un núcleo, formado por raíces de roble unidas, en el centro. Sellado y ciego, taponados con tierra los oídos, he oído, a pesar de todo, rumores de guerras. Y el ruiseñor. He percibido mucha tropa en premura, yendo arrebañada de aquí para allá, en busca de civilización, como vuelos de aves migratorias en busca del verano. He visto mujeres con rojos cántaros dirigiéndose a las orillas del Nilo. Desperté en un jardín, con un golpe en el cogote, un ardiente beso, beso de Jinny. Y lo recuerdo todo como se recuerdan los gritos confusos, la caída de columnas y traviesas rojas y negras, en un nocturno incendio. Duermo y velo sin cesar. Ahora duermo, ahora velo. Veo la reluciente tetera, las estanterías de vidrio repletas de pálidos bocadillos amarillos, los hombres de redondeadas chaquetas encaramados en los taburetes del mostrador, y también veo, tras ellos, la eternidad. Es un estigma marcado al fuego en mi temblorosa carne por un encapuchado con un hierro al rojo. Veo esta casa de comidas recortada contra las prietas y móviles alas de las aves con mil plumas del pasado. De ahí mis prietos labios, mi palidez enfermiza, mi faceta desagradable y poco amistosa, cuando con odio y amargura oriento mi rostro hacia Bernard y Neville, que vagan felices bajo las copas de los tejos, que han heredado sillones, que cierran las cortinas a fin de que sea la luz de las lámparas la que ilumine sus libros.
       »A Susan la respeto, porque cose sentada. Cose a la luz de una apacible lámpara, en una casa en la que las espigas suspiran cerca de la ventana y me dan seguridad. Porque yo soy el más débil, el más joven de todos ellos. Soy un niño que se mira los pies, y mira los arroyuelos que el agua ha dibujado en la grava. Esto es un caracol, digo; esto es una hoja. Gozo con los caracoles; gozo con la hoja. Siempre soy el más joven, el más inocente, el más confiado. Vosotros, todos, estáis protegidos. Y yo desnudo. Cuando la camarera con trenzas arregladas como una corona de pelo pasa rápida junto a mí, os sirve los albaricoques y las natillas sin dudar, como una hermana. Sois sus hermanos. Pero cuando me levanto, sacudiéndome las micas del chaleco, dejo una propina excesiva, un chelín, bajo el alero del plato, para que la camarera no lo encuentre hasta después de haberme ido, y su desprecio, cuando lo coja riéndose, no me alcance hasta el mo­mento en que me encuentre en la puerta.»
       «Ahora el viento levanta las cortinillas», dijo Su­can, «y las jarras y cuencos, la estera y el viejo sillón con el agujero se perciben ahora claramente.
       Las consabidas cintas marchitas adornan el papel de las paredes. El coro de los pájaros ha terminado, y ahora sólo un pájaro canta cerca de la ventana del dormitorio. Me pondré las medias, pasaré silenciosa ante las puertas de los dormitorios, bajaré a la cocina, saldré al jardín y rebasando el inverna­dero saldré al campo. Hace poco que ha nacido el día. En las tierras bajas hay niebla. El día está duro y tieso como ropa blanca almidonada. Pero se suavizará, adquirirá calor. En esta hora tan tem­prana imagino que soy el campo, que soy el granero, que soy los árboles. Mías son las bandadas de pájaros, y esta libre joven que salta en el último instante, cuando casi es irremediable que la pise. Mío es el halcón que despliega perezoso sus vastas alas. Y la vaca que rechina al adelantar una pezuña, rumiando. Y la loca golondrina descolgándose en arcos. Y el pálido rojo del cielo, y el verde cuando el rojo se va. Y el silencio y la campana. Y la lla­mada del hombre que va en busca de los caballos de tiro en el campo. Todo es mío.
       »Nadie puede dividirme o mantenerme dividida. Me mandaron a la escuela. Me mandaron a Suiza para completar mi educación. Odio el linóleo. Odio los abetos y las montañas. Ahora me tenderé en el suelo llano, aquí, bajo un cielo pálido en el que lentamente avanzan las nubes. El carro crece poco a poco, a medida que se acerca por el camino. Los corderos se congregan en medio del campo. Los pá­jaros se congregan en medio del camino; aún no tienen necesidad de volar. Se alza el humo de la leña. La dureza del alba está desapareciendo. Ahora el día se agita. Vuelve el color. El día se ondula en amarillo, con todas sus cosechas. La tierra cuelga pesada bajo mi cuerpo.
       »Pero ¿quién soy yo? ¿Quién es ésta, apoyada en la verja, contemplando cómo mi setter traza círcu­los con el hocico? A veces pienso (aún no he cum­plido los veinte años) que no soy una mujer, sino la luz que ilumina esta verja, esta tierra. Soy las es­taciones, pienso a veces, enero, mayo, noviembre, el barro, la niebla, el alba. No puedo tolerar que me trasteen de un lado para otro, ni puedo flotar dulcemente, ni mezclarme con mis semejantes. Sin em­bargo ahora, apoyándome en esta verja hasta que el hierro deje huellas en mi brazo, siento el peso que se ha formado en mi costado. Algo se ha formado ahí, en la escuela o en Suiza, una cosa dura. No son suspiros ni risa. No son circulares e ingeniosas frases. No son las raras comunicaciones de Rhoda, cuando mira un punto en el aire, más allá de nuestros hombros. No son las piruetas de Jinny, toda ella de una pieza, extremidades y tronco. Lo que yo doy es selvático. Prefiero la mirada de los pas­tores que encuentro en la carretera, la rápida ojeada de las gitanas junto al carro, en la cuneta, amaman­tando a sus hijos, tal como yo amamantaré a los míos. Porque muy pronto, al mediodía, cuando las abejas zumban alrededor de las flores, llegará mi amor. Se quedará en pie bajo el cedro. A su única palabra contestaré con mi única palabra. Le daré lo que en mí se ha formado. Tendré hijos, tendré cria­das con delantales, trabajadores con horcas, una cocina a la que traerán a los cabritos enfermos para que cobren calor en un cesto, una cocina en la que colgarán jamones y brillarán las cebollas. Seré como mi madre, silenciosa, con delantal azul, recorriendo con la mirada las alacenas.
       »Ahora tengo apetito. Llamaré al perro. Pienso en pasteles y pan con mantequilla en blancos platos, en una soleada estancia. Regresaré a través de los campos. Recorreré este sendero cubierto de hierba, lo recorreré a pasos largos, firmes e iguales, des­viándome un poco para evitar un charco, saltando ligera sobre una mata. En mi saya de tela burda se forman gotas de agua, mis zapatos se oscurecen y ablandan. Del día ha desaparecido la rigidez, y está matizado de gris, verde y pardoscuro. Los pájaros ya no se posan en el camino.
       »Regreso como regresan los gatos o los zorros, con escarcha que, da tono gris al pelo y las patas endurecidas por la tierra áspera. Paso por entre las coles, cuyas hojas gimen despendiendo gotas. Me siento, en espera de oír los pasos de mi padre acercándose por el pasillo, con briznas de hierba entre los dedos. Lleno las tazas, mientras las flores, en capullo todavía, se sostienen erectas en la mesa entre los tarros de mermelada, las hogazas y la man­tequilla. Guardamos silencio.
       »Voy a la alacena y cojo las húmedas bolsas que contienen las pasas. Pongo la pesada masa de harina en la limpia, recién fregada, mesa de la cocina.
       Amaso. Aplano. Tiro, metiendo las manos en el cálido interior de la masa. Dejo que el agua fría pase por entre mis dedos y caiga después formando abanico. El fuego ruge. Las moscas zumban en círculo. Todas mis grosellas y mis arroces, las bolsas pla­teadas y las bolsas azules, vuelven a estar en la alacena cerrada. La carne se encuentra en el horno.
       El pan se alza, formando una suave cúpula, bajo el limpio paño. Al atardecer me acerco al río. El mundo entero se multiplica. Las moscas van de brizna en brizna. El polen da peso a las flores. Los cisnes siguen ordenadamente las corrientes. Las nubes, ahora cálidas, moteadas de sol, se deslizan sobre las colinas, dejando un rastro de oro en el agua y un rastro de oro en el cuello de los cisnes. Adelan­tando sucesivamente las pezuñas en alterno movi­miento, las vacas cruzan rumiando el campo. Toco con la mano el césped en busca de la seta blanca. Quiebro su tallo y cojo la purpúrea orquídea que crece a su lado, y dejo la orquídea yacente al lado de la seta con tierra en la raíz, y voy a casa para hacer hervir el agua del té para mi padre, entre las rosas que acaban de enrojecer en la mesa.
       »Pero llega el ocaso y se encienden las lámpa­ras. Y cuando llega el ocaso y se encienden las lámparas, éstas incendian con un fuego amarillo la enredadera. Con la labor me siento junto a la mesa. Pienso en Jinny. Pienso en Rhoda. Y oigo el traqueteó de las ruedas contra el suelo, al regresar los caballos de la granja al establo. También oigo el rugido del tránsito en el viento del crepúsculo. Miro las temblorosas hojas del oscuro jardín y pienso: “Bailan en Londres; Jinny besa a Louis”.»
       «Qué extraño es», dijo Jinny, “que la gente duerma, que la gente apague las luces y suba al dormitorio. Se han despojado de sus ropas y se han puesto blancos camisones. Ni en una sola de estas casas hay luz. Contra el cielo se recorta una hilera de chimeneas. Y uno o dos faroles callejeros arden como arden las lámparas cuando nadie las necesita. En la calle sólo hay gente pobre y apresurada. En esta calle nadie va o viene, el día ha terminado. En las esquinas hay uno que otro guardia. Sin embargo, la noche sólo ha comenzado. En la oscuridad tengo la impresión de que mi cuerpo resplandece.
       En la rodilla llevo seda. Mis piernas de seda se frotan suavemente. Frías reposan las piedras del collar en mi garganta. Siento en los pies la opresión de los zapatos. Estoy sentada con la espalda muy er­guida, no sea que el cabello roce el respaldo del asiento. Voy aderezada, estoy preparada. Esto es la pasajera pausa, el momento oscuro. Los violinistas han levantado ya sus arcos.
       »Ahora el coche se detiene suavemente. Queda iluminada una porción de pavimento. La puerta se abre y se cierra. La gente llega. No hablan y se apresuran a entrar. Se oye el siseante sonido de las capas cayendo en el vestíbulo. Es el preludio, es el principio. Miro, escruto, me empolvo. Todo es exacto, todo preparado. Llevo el cabello peinado en una curva. Llevo en los labios el rojo que debo. Ahora ya puedo incorporarme a los hombres y las mujeres en la escalera, mis iguales. Paso ante ellos, expuesta a su mirada, como ellos lo están a la mía. A relámpagos nos miramos, pero no nos ablandamos ni damos muestras de reconocernos. Nuestros cuer­pos se comunican. Esto es lo mío. Este es mi mundo. Todo está ordenado y presto. Los criados, en pie aquí, y en pie aquí, toman mi nombre, mi nombre nuevo, mi nombre desconocido, y lo arrojan al frente para que me preceda. Entro.
       »Aquí hay doradas sillas en las vacías y expectantes estancias, y flores, flores más quietas, más estables, que las flores que crecen y se abren en verde y se abren en blanco contra los muros. Y en una mesilla hay un libro forrado. Esto es lo que soñé, esto es lo que presentí. Estoy en mi patria aquí. Con naturalidad camino sobre las gruesas alfombras. Fácilmente me deslizo en los brillantes suelos, comienzo a abrirme, en este aroma, en este esplendor, como se abren y desenroscan las hojas de los helechos. Me detengo. Calibro este mundo. Miro los grupos de desconocidos. Entre las lustrosas mujeres, verdes, rosadas y gris perla, erguidos y en pie están los cuerpos de los hombres. Son blancos y negros. Bajo sus ropas, profundos riachuelos los surcan. Siento otra vez el reflejo de la ventana en el túnel. Se mueve. Avanza. Las blancas y negras figuras de los hombres desconocidos me miran cuando sigo adelante. Y cuando vuelvo la cabeza para mirar un cuadro, también ellos la vuelven. Revolotean sus manos hasta la corbata. Se tocan el chaleco, se tocan el pañuelo. Son muy jóvenes. Ansían causar buena impresión. Siento que mil posibilidades nacen en mí. Soy ingeniosa, soy alegre, soy lánguida, soy melancólica, sucesivamente. Tengo raíces, pero floto. Toda de oro, flotando en este rumbo, le digo a éste: "Ven." Rizándome en negro, digo a este otro: “No”. Uno abandona su puesto bajo la vitrina. Se acerca. Se dirige a mí. Es el momento más excitante que he vivido en mi vida. Me estremezco. Me rizo. Me balanceo como una planta en el río, flotando hacia aquí, flotando hacia allá, pero enraizada, para que venga hacia mí. “Ven”, le digo. “Ven”. Pálido, negro el cabello, el que viene es melancólico y romántico. Y yo soy ingeniosa y parlanchina y caprichosa, ya que él es melancólico, romántico. Está aquí. En pie a mi lado.
       »Ahora, con una leve sacudida, como un crustáceo que se desprende de la roca, me suelto, le acepto plenamente, me dejo llevar. Nos unimos a la lenta marea. Entramos y salimos de esta dubitativa música. Las rocas quiebran la corriente de la danza, la resquebrajan, la estremecen. Entrando y saliendo, ahora quedamos absorbidos por este gran cuerpo. Nos une. No podemos salir de sus sinuosos, dubi­tativos, abruptos, perfectamente circulares muros, que nos rodean. Nuestros cuerpos, el suyo duro, el mío fluido, están pegados dentro del otro cuerpo que nos une, y después alargándose, en suaves y sinuosos pliegues, nos mece y nos mece. De repente la música cesa. Mi sangre sigue corriendo, pero mi cuerpo se está quieto. La estancia gira ante mi vista. Se detiene.
       »Vamos, vayamos despacio, como vagando sin rumbo, a las doradas sillas. El cuerpo es más fuerte de lo que yo creía. Y estoy más aturdida de lo que suponía. Ya nada me importa en el mundo. Nadie me importa salvo este hombre cuyo nombre ignoro. ¿Somos aceptables, luna? ¿No somos hermosos, sentados el uno al lado del otro, aquí, yo con mi vestido de satén, y él en blanco y negro? Ahora mis iguales pueden mirarme. Os devuelvo rectamente la mirada, hombres y mujeres. Pertenezco a vuestro grupo. Este es mi mundo. Ahora cojo esta copa de delgado tallo y sorbo. El vino tiene gusto astrin­gente y drástico. No puedo evitar un perplejo retroceso, al beber. Los aromas y las flores, el esplendor y la calidez, se destilan aquí convirtiéndose en un ardiente líquido amarillo. Exactamente a la altura de mis paletillas, una cosa seca, muy abiertos los ojos, se cierra suavemente, dentro, y poco a poco se duerme. Es el éxtasis. Es alivio. La barra en la parte posterior de la garganta desciende. Las palabras se amontonan, forman una multitud, y todas se empujan, pugnando cada cual por salir. Poco importa que sea ésta o aquélla la que salga. Se agitan, se suben a las espaldas de las otras. Las solas, las solitarias, se emparejan, caen juntas y se convierten en muchas. Poco importa lo que diga. Prieta, como un pájaro que aletea, una frase cruza el vacío espacio que media entre nosotros dos. Se posa en sus labios. Vuelvo a llenar la copa. Bebo. Desaparece el velo entre los dos. Entro en el calor e intimidad de otra alma. Estamos juntos muy arriba, en un collado alpino. Melancólico está de pie en lo alto del camino. Me inclino. Cojo una flor azul y la prendo, poniéndome de puntillas para llegar a él, en la solapa de la chaqueta. ¡Ahí! Es mi momento de éxtasis. Ahora ya ha pasado.
       »Ahora la laxitud y la indiferencia nos invaden. Otros seres pasan rozándonos. Hemos perdido la conciencia de nuestros cuerpos uniéndose bajo la mesa. También me gustan los hombres de cabello rubio y ojos azules. Se abre la puerta. La puerta sigue abriéndose y abriéndose. Ahora pienso que la próxima vez que se abra, mi vida entera cambiará. ¿Quién viene? Sólo un criado con más copas. Este es un viejo, a su lado sería como su hija. Esta es una gran dama, a su lado quedaría anonadada. Hay muchachas de mi edad con las que estoy a matar, en noble antagonismo. Sí, porque esas gentes son mis iguales. Este mundo es mi patria. Aquí está mi riesgo, aquí está mi aventura. Se abre la puerta. Oh, ven, le digo a éste, rizándome dorada de la cabeza a los pies. “Ven”, y hacia mí viene.»
       «Pasaré disimuladamente por detrás de ellos», dijo Rhoda, «como si hubiera visto a un conocido más allá. Pero a nadie conozco. Retorceré el friso de la cortina y contemplaré la luna. Ráfagas de olvido calmarán mi agitación. Cuando se abre la puerta, salta el tigre. Se abre la puerta. Entra a torrentes el terror. Terrores y más terrores me per­siguen. Visitaré a escondidas los tesoros que tengo guardados. En el otro lado del mundo hay lagos que reflejan columnas de mármol. La golondrina moja la punta del ala en negros lagos. Pero he aquí que se abre la puerta y entra la gente. Vienen hacia mí. Lanzando al aire vagas sonrisas para disimular su crueldad y su indiferencia, se apoderan de mí. La golondrina se moja las alas. La luna se desliza sola sobre mares azules. He de coger la mano de este hombre. Debo responderle. Pero ¿qué respuesta le daré? Retrocedo violentamente, para seguir ardiendo en este torpe cuerpo que tan mal me sienta, y recibir los rayos de la indiferencia y el desprecio de este hombre, yo que ansío las columnas de már­mol y los lagos del otro lado del mundo, donde la golondrina moja la punta del ala.
       »La noche ha girado un poco más sobre las chi­meneas. Por encima del hombro de este hombre, a través de la ventana, veo un gato tranquilo que no se ahoga en luz, que no está preso en sedas, con libertad para detenerse, desperezarse y volver a avanzar. Odio todos los detalles del vivir individual. Pero estoy aquí, clavada, para escuchar atentamente. Una inmensa presión me agobia. No puedo moverme ni desplazar de su lugar el peso de los siglos. Flechas, un millón de flechas, me atraviesan. La burla y el ridículo me desgarran. Yo, capaz de recibir las tempestades en mi pecho, capaz de dejar alegremente que el granizo me cubra, quedo inmovilizada, aquí. Quedo en evidencia. El tigre salta. Con sus látigos las lenguas se dirigen a mí. Móviles, incesantemente, las lenguas se agitan sobre mí. He de defenderme con mentiras. ¿Qué amuleto hay contra semejante mal? ¿Qué rostro puedo invocar para que amortigüe este ardor? Pienso en nombres inscritos en las tapas de las grandes cajas, pienso en madres bajo cuyas anchas rodillas descienden las sayas, pienso en arboledas hacia las que descien­den las laderas de colinas con mil jorobas. Escon­dedme, grito, protegedme, porque soy la más joven, la más desnuda, de todas vosotras. Jinny se deja llevar como una gaviota por la ola, hábilmente se sirve de su aspecto aquí y allá, diciendo esto y diciendo lo otro, sin mentir. Yo miento. Y delinco.
       »Sola, balanceo mi cuenco. Soy el ama y señora de mi flota de bajeles. Pero aquí, mientras retuerzo entre los dedos el friso de la bordada cortina de la casa de esa mujer que me ha invitado, estoy dividida en porciones. He dejado de ser una sola enti­dad. Entonces, ¿cuál es el conocimiento que posee Jinny mientras baila, la seguridad que tiene Susan mientras inclinada, silenciosa, bajo la luz de la lámpara, pasa el blanco hilo de algodón por el ojo de la aguja? Dicen sí. Dicen no. Atizan sonoros puñe­tazos en la mesa. Pero yo dudo. Tiemblo. Veo cómo el espino sacude su sombra en el desierto.
       »Ahora echaré a andar, como si me hubiera pro­puesto algo, y así cruzaré la estancia hasta llegar al balconcillo. Veo el cielo, con las suaves plumas del súbito fulgor de la luna. También veo las barandillas de la plaza, y dos personas sin rostro, recor­tándose como estatuas contra el cielo. Resulta que hay un mundo inmune al cambio. Después de cruzar este salón bullente de lenguas que me pinchan como cuchillos, obligándome a tartamudear, a mentir, me parece que los rostros se hayan quedado sin rasgos, privados de belleza. La pareja de enamorados está agazapada bajo el plátano. El policía hace guardia en la esquina. Pasa un hombre. Resulta que hay un mundo inmune al cambio. Pero yo carezco del aplomo suficiente, ahí, de puntillas en los límites del fuego, aún chamuscada por el ardiente aliento, con miedo a que se abra la puerta, a que el tigre salte, incluso para formar una frase. Perpetuamente contradice cuanto digo. Todas las veces que se abre la puerta, me interrumpen. Aún no he cumplido los veintiuno. He nacido para que me hagan añicos. He nacido para que se burlen de mí toda la vida. He nacido para ir arriba y abajo, entre estos hombres y estas mujeres de rostros convulsivos y lenguas mendaces, como un corcho en un mar alborotado. Como la cinta de un alga, soy proyectada muy lejos cada vez que la puerta se abre. Soy la espuma que llena de blancura las más alejadas oquedades de la roca. Y también soy una muchacha, aquí, en esta sala.»



       El sol alzado ya no se recostaba en un verde col­chón. Lanzando ocasionales miradas a través de las líquidas piedras preciosas, descubrió su rostro y miró rectamente por encima de las olas. Caían con sordo sonido, regularmente. Caían percutiendo como los cascos del caballo el césped. Su espuma pulverizada se alzaba en el aire como las lanzas y flechas que el jinete lanza por encima de la cabeza. Barrían la playa con agua azul de acero, sembrada de diamantes. Avanzaban y se retiraban con la energía, la fuerza muscular, de una máquina que provecta y retrae su potencia alternativamente. La luz del sol caía en los campos y en los bosques. Los ríos to­maron color azul y en ellos aparecieron infinitas trenzas de agua, los prados que descendían hasta el borde del agua se tornaron verdes como las plumas del pájaro cuando las levanta y sacude suavemente. Las colinas, curvas y dominadas, parecían retenidas con correas, igual que un miembro humano está ceñido por músculos. Y los bosques, altivamente erizados en sus contornos, parecían la densa y recortada crin de un caballo.
       En el jardín, donde las copas de los árboles se alzaban densas sobre los parterres, los estanques y los invernaderos, los pájaros cantaban bajo el cálido sol, y cada pájaro cantaba solo. Uno cantaba bajo la ventana del dormitorio. Otro en la más alta rama del arbusto. Otro en lo alto de un muro. Cada uno cantaba con estridencia, vehementemente, con pa­sión, como si dejara estallar el canto, sin importarle que destrozara, con la violenta disonancia, el canto de otro pájaro. El brillo daba relieve a los ojos circulares. Firmemente se agarraban a la rama o al alambre. Cantaban al descubierto, sin cobijo, al aire y al sol, hermosos con su nuevo plumaje, veteados como las conchas o vivamente coloreados, con franjas de suave azul, manchas doradas, o el adorno de una sóla pluma destellante. Cantaban como si la presión de la mañana les obligara a dar suelta al canto. Cantaban como si el límite de su ser hubiera sido afilado y debiera cortar, debiera partir la sua­vidad de la luz azul verdosa, la humedad de la tierra mojada, los humos y el vapor de la grasienta cocina, el cálido aliento del carnero y el buey, la sabrosa riqueza de pasteles y fruta, los húmedos despojos y cáscaras procedentes del cubo de la co­cina, formando un montón del que nacía un lento vapor. Sobre todo lo empapado, lo manchado de humedad, lo rizado por los líquidos, descendían los pájaros, limpio el pico, despiadados y bruscos. De repente se descolgaban de la rama del arbusto o se descolgaban del muro. Espiaban al caracol y perforaban la cáscara contra una piedra. La picoteaban con furia, metódicamente, hasta que la cáscara se quebraba y por el orificio manaba una viscosidad. Alzaban el vuelo y ascendían raudos en el aire, arriba, muy alto, lanzando cortas y agudas notas, y se posaban en las más altas ramas de un árbol, desde las que miraban hacia abajo, miraban las hojas y los campanarios, los floridos campos blancos, con ondulantes céspedes, y el mar que sonaba como el tambor que convoca a un regimiento de soldados con plumas y turbantes. Una y otra vez el canto de los pájaros se unía en veloces escalas, como las corrientes de un arroyo de alta montaña cuyas aguas se juntan, espumean, se mezclan, más y más rápi­das descienden por el mismo cauce, lamiendo las mismas anchas hojas. Pero surge una roca. Se se­paran.

       El sol, formando agudas cuñas, penetraba en la habitación. Todo lo que la luz tocaba adquiría faná­tica existencia. Un plato era un blanco lago. Un cuchillo parecía una daga de hielo. De repente, se veía que franjas de luz sostenían en pie a los vasos. Mesas y sillas salían a la superficie como si hubieran estado sumergidas bajo las aguas, y salían, con una película roja, anaranjada, como sale la flor en la piel del fruto maduro. Las venas en la transparencia de la porcelana, la trepa de la madera, las fibras de la estera, se dibujaban más y más delicadamente. Todo carecía de sombra. La jarra era tan verde que su intensidad parecía succionar la vista a través de un túnel y retenerla pegada como una lapa. Las formas adquirían masa y perfiles. Ahí es­taba la giba de una silla, ahí el bulto de una alacena. Y a medida que la luz adquiría intensidad, rebaños de sombras aparecían ante ella y se aglo­meraban, replegadas sobre sí mismas, formando mil dobleces, expectantes, al fondo.
       Cuán rubia y extraña», dijo Bernard, «destellante, plagada de agujas y cúpulas, se extiende la ciudad de Londres bajo la niebla ante mi vista. Guardada por los gasómetros, por las chimeneas de las fábri­cas, duerme mientras nosotros nos acercamos a ella. Todos los gritos, todos los clamores, están suave­mente envueltos en silencio. Ni la propia Roma tiene tan mayestática apariencia. Hacia Londres vamos. Ya se advierte inquietud en su maternal somnolencia. De la niebla surgen riscos erizados de casas. Fábricas, catedrales, cúpulas de vidrio, instituciones y teatros, se van poniendo en pie. El temprano tren del norte se lanza como un cohete contra Londres. Corremos la cortinilla al pasar. Vacíos rostros expectantes nos miran cuando cruzamos, ruidosos y destellantes, las estaciones. Los hombres oprimen con un poco más de fuerza los periódicos, en un presagio de muerte, cuando nuestro viento los azota. Pero rugiendo seguimos adelante. Poco falta para que estallemos en los flancos de la ciudad, como una bomba en el costado de un gigantesco, maternal y mayestático bruto. Londres murmura y zumba. Nos espera.
       »Mientras en pie miro a través de la ventanilla del tren, tengo la extraña y fuertemente persuasiva sensación de que, en méritos de mi gran felicidad (voy a contraer matrimonio), me he convertido en parte de esta velocidad, de este cohete lanzado con­tra la urbe. Estoy como entumecido, y este entu­mecimiento me ha conducido a la tolerancia y a la aceptación. Señor mío, podría decir, ¿por qué se pone usted nervioso y coge la maleta, e intenta meter en ella el gorro qué ha llevado durante toda la noche? Todo lo que hagamos será inútil. Sobre nuestras cabezas planea una espléndida unanimidad. Hemos adquirido más volumen, hemos sido investi­dos de mayor solemnidad v hemos sido barridos formando un uniforme montón, como empujados por la gris ala de un inmenso ganso (hermosa ma­ñana, pero carente de color), debido a que tenemos un único deseo: llegar a la estación. No quisiera que el tren se detuviera bruscamente. No quisiera que se quebrase la conexión que nos ha unido, al sentarnos el uno al frente del otro, durante toda la noche. No quisiera enterarme de que el odio y la rivalidad han reanudado sus actividades, así como la discrepancia en los deseos. He agradecido intensamente nuestra comunidad en el veloz tren, sentados juntos, con el único deseo de llegar a Euston. Pero, ¡alto ahí! Se ha terminado. Hemos alcanzado lo que deseábamos. Nos encontramos ante el andén Prisas y confusión, y el deseo de ser el primero en cruzar la puerta de salida y entrar en el ascensor, dominan nuestros actos. Pero no quiero ser el primero en salir, en asumir la carga de la vida indi­vidual. Yo que, desde el pasado lunes, día en que ella me aceptó, he sentido intensamente en todos los nervios la conciencia de la identidad, yo que no he sido capaz de ver el cepillo de los dientes en el vaso sin decir: “Mi cepillo de los dientes”, deseo abrir las manos hasta ahora unidas y dejar caer al suelo mis posesiones, y limitarme a estar en pie aquí en la calle sin participar, contemplando el paso de los autobuses, sin deseos, sin envidias, con lo que muy bien podría ser ilimitada curiosidad acer­ca del humano destino, si mi mente conservara aún cierto filo. Pero carece de él en absoluto. He llegado. He sido aceptado. Nada más pido.
       »Habiéndome apeado satisfecho, tal como el niño deja la teta, puedo ahora, si quiero, hundirme pro­fundamente en cuanto ocurre, en esta omnipresente vida general. (Séame permitido advertir que es mucho lo que de los pantalones depende; una cabeza inteligente queda totalmente anulada por unos pan­talones desastrados.) Se observan curiosas dudas, ante la puerta del ascensor. ¿Será por aquí, será por allá? Entonces la individualidad se afirma. Em­prenden su camino, se van. Cierta necesidad les empuja. Cualquier miserable asuntejo, como acudir a una cita o comprar un sombrero, separa a estos seres humanos, poco ha tan hermosamente unidos. En cuanto a mí hace referencia, diré que no tengo propósito alguno. Carezco de ambición. Me dejaré llevar por el general impulso. La superficie de mi mente se desliza como un río gris pálido, reflejando cuanto pasa. No puedo recordar mi pasado, mi nariz o el color de mis ojos, o cuál es la opinión que en general tengo de mí mismo. Sólo en momentos de emergencia, en un cruce, en el borde de la acera, aparece el deseo de conservar mi cuerpo, se apodera de mí y me detiene aquí ante este autobús. Parece que nos empeñamos insistentemente en vivir. Des­pués reaparece la indiferencia. El rugido del trán­sito, el paso de rostros indistintos hacia aquí y hacia allá, me deja como drogado y con tendencia a soñar; lo dicho borra los rasgos de los rostros. La gente podría pasar a través de mí como si fuera aire. Y ¿qué es este momento en el tiempo, este día determinado, en que he quedado atrapado? El rugido del tránsito podría ser cualquier otro rugido, el de los árboles del bosque o el de bestias salvajes. El tiempo se ha enroscado cosa de una o dos pulgadas en su carrete. Nuestro corto avance ha quedado anulado. También pienso que nuestros cuerpos están desnudos en realidad. Sólo vamos levemente cubiertos con ropas abotonadas. Y bajo este asfalto hay conchas, huesos y silencio.
       «Sin embargo, también es verdad que mis sue­ños, mi tímido avance de hombre que, bajo la su­perficie de las aguas, se deja llevar por la corriente, queda interrumpido, es hostigado, desgarrado, asaeteado, por sensaciones, espontáneas e irrelevantes, de curiosidad, codicia, deseo, de las que somos tan irresponsables como de aquella otras experimenta­das durante el sueño. (Quisiera tener esta maleta, etc.) Pero no, quiero descender, quiero visitar las últimas profundidades. Quiero ejercer, de vez en cuando, no sólo mi derecho a no estar constantemente actuando, sino también a explorar, a escuchar vagas voces ancestrales de ramas quebrándose, de mamuts, a alentar imposibles deseos de abrazar el mundo entero con los brazos de la comprensión, lo cual es imposible para aquellos que actúan. ¿Acaso ahora, mientras camino, no tiemblo estremecido por oscilaciones y vibraciones de simpatía que, estando como estoy desligado de mi íntimo ser, me invitan a abrazar a estos absortos rebaños, a estos mirones y paseantes, a estos mozos de recados, y a estas furtivas y fugitivas muchachas, que haciendo caso omiso de su sino, contemplan los escaparates? Sin embargo, tengo clara conciencia de lo efímero de nuestro tránsito.
       »Pero también es verdad que no puedo negar la clara conciencia de que la vida, para mí, ha que­dado ahora misteriosamente prolongada. ¿Se debe quizá a la posibilidad de tener hijos, de lanzar a más distancia la semilla, de proyectarla más allá de esta generación, de esta población cercada por el fatal destino, en la que cada cual sigue al otro, arrastrando los pies, en interminable competencia, a lo largo de las calles? Mis hijas vendrán aquí, en veranos diferentes; mis hijos descubrirán nuevos campos. En consecuencia, no somos gotas de lluvia que el viento seca. Provocamos el soplo en el jardín y el rugido en el bosque. Somos diferentes, siempre, siempre. Esto explica la confianza que tengo en mí mismo, mi básica estabilidad, que de lo contrario sería monstruosamente absurda, ahora que afronto la corriente humana en esta atestada calle, abriéndome paso entre los cuerpos de los demás, y aprovechando los momentos en que no hay riesgo para cruzar la calle. No es vanidad, ya que carezco de ambición. No recuerdo mis particulares cualidades, ni mi carácter, ni los rasgos de mi persona, mis ojos, mi nariz o mi boca. En estos momentos, yo no soy yo.
       »Pero he aquí que regresa. Uno no puede extin­guir este persistente olor. Se cuela por las grietas de la estructura.. Es la propia identidad. No forma parte de la calle. La observo, y no, veo que no. En consecuencia, uno se á parta, se separa. Por ejemplo, en esta calle lateral hay una muchacha esperando. ¿A quién espera? Ya tenemos una historia romántica. En la pared, encima de esta tienda, hay una polea, y yo pregunto: ¿Con qué finalidad ha sido puesta aquí? Me invento a una señora amoratada, hinchada, esférica, a la que su marido, sudoroso caballero de sesenta y tantos años, saca de un coche descubierto, izándola. Ya tenemos una historia grotesca. Nací con el don de formar palabras, de lanzar burbujas sobre esto y lo otro. Y mientras alumbro espontáneamente estas observaciones, me construyo, me diferencio y, cuando escucho esa voz que me dice, al pasar: “¡Mira! ¡Anota esto!”, imagino que he nacido destinado a encontrar cualquier noche de invierno el significado de todas mis observaciones, un hilo que va de una a otra, un resumen que todo lo completa y redondea. Pero los soliloquios en callejas laterales pronto languidecen. Necesito público. Este es mi principal defecto. Esto es lo que siempre mella el filo de la última afirmación e impide que se forme debidamente. Soy incapaz de sentarme a una mesa de cualquier sórdida casa de comidas y pedir día tras día la misma bebida hasta quedar rebosante de un único fluido: esta vida. Construyo mi frase y con ella huyo a un pisito amueblado, donde queda iluminada por la luz de docenas de velas. Necesito que me miren, a fin de poder dibujar estos faralaes y volantes. Para ser yo (advierto), necesito la iluminación de la mirada de otras gentes, y en consecuencia nunca puedo estar totalmente seguro de lo que soy. Los auténticos, como Louis y como Rhoda, existen en sumo grado cuando están solos. Les molesta la iluminación, la multiplicidad. Tan pronto sus retratos han sido pintados, los arrojan, boca abajo, al suelo. Las palabras de Louis están cubiertas de una espesa capa de hielo. Sus palabras nacen prietas, conden­sadas, duraderas.
       »Contrariamente, después de esta somnolencia, deseo destellar en infinitas facetas a la luz de los rostros de mis amigos. He atravesado el territorio sin sol de la no-identidad. Tierra extraña, por cierto. Y he oído, en mi instante de apaciguamiento, en mi instante de embrutecedora satisfacción, el suspiro que va y viene del oleaje más allá de este círculo de esplendente luz, de este batir de insensata furia. He tenido un instante de inmensa paz. Quizá esto sea la felicidad. Ahora he retrocedido impulsado por punzantes sensaciones, por la curiosidad, por la codicia (tengo hambre) y por el irresistible deseo de ser yo. Pienso en los seres a los que podría decir cosas, en Louis, Neville, Susan, Jinny y Rhoda. Con ellos tengo múltiples facetas. Me arrancan de las tinieblas. A Dios gracias, esta noche nos reuniremos. A Dios gracias, no tendré que estar solo. Cenaremos juntos. Despediremos a Percival que se va a la India. El momento está todavía lejos, pero ya siento presencias, ya oigo lejanos avisos, ya llevo en mí las imágenes de los amigos ausentes. Veo a Louis labrado en piedra como una estatua. A Neville, cortante como unas tijeras, exacto. A Susan, con ojos como esferas de cristal. A Jinny, bailando como una llama, febril, ardiente, en la tierra seca. Y a Rhoda, la ninfa de la fuente, siempre húmeda. Son imágenes fantásticas, son falsas esas visiones de amigos ausentes, esas imágenes grotescas que se desvanecen cuando la punta de un zapato verdadero las toca. Sin embargo, con su batir me devuelven la vida. Disipan esos vapores. La soledad comienza a impacientarme, me irrita sentir el ahogo de sus colgantes cortinas, esas insalubres cortinas que me envuelven. ¡He de hurtarme a ellas y actuar! Cualquier persona me sirve, no soy exigente. Me sirve el barrendero, el cartero, el camarero de este restaurante francés, y más aún el cordial propietario cuya cordialidad parece dirigida principalmente a sí mismo. Con sus propias manos prepara la ensalada para un cliente privilegiado. Me pregunto: ¿quién es este cliente y por qué es privilegiado? ¿Y qué dice el propietario del restaurante a esta señora con pendientes? ¿Es una amiga o una cliente? Inmediatamente, tan pronto me siento a la mesa, experimento las deliciosas sensaciones de la confusión, de la incertidumbre, de las posibilidades, de la especulación. Nacen al instante las imágenes. Mi propia fertilidad me agobia. Podría describir ampliamente, sin límites, cada silla, cada mesa, cada comensal. Zumbando va mi mente de aquí para allá cubriéndolo todo con un velo de palabras. Hablar, aunque sólo sea de vino con el camarero, es provocar una explosión. Sale disparado el cohete. Caen sus granos de oro y germinan en la fértil tierra de mi imaginación. La totalmente imprevista naturaleza de esta explosión radica en la alegría de comunicar. Yo, en trato con un desconocido camarero italiano, ¿qué soy? No hay estabilidad en este mundo. ¿Quién es capaz de expresar el significado de algo? ¿Quién puede prever el vuelo de una palabra? Las palabras son como globos que navegan sobre las copas de los árboles. Hablar de saberes es una inútil frivolidad. Todo es experimento y aventura. Constantemente nos mezclamos con desconocidos factores. ¿Qué me espera? Lo ignoro. Pero, en el momento en que dejo el vaso sobre la mesa, recuerdo que he contraído compromiso matrimonial. Esta noche cenaré con mis amigos. Soy yo, Bernard.»
       «Son las ocho menos cinco», dijo Neville. «He llegado antes de la hora fijada. Me he sentado a la mesa diez minutos antes, a fin de gozar íntegramente del placer anticipal, de ver cómo la puerta se abre y decirme: “¿Será Percival? No, no es Percival”. Me produce un morboso placer el decir “no, no es Percival”. He visto cómo la puerta se abría y cerraba, unas veinte veces ya. Y cada vez ha producido el efecto de aumentar mi ansia. Este es el lugar al que Percival se dirige. Esta es la mesa a la que se sentará. Esta mesa, estas sillas, este metálico búcaro con sus tres flores rojas, experimentarán una extraordinaria tranformación. El comedor, con sus puertas batientes, sus mesas con montones de fruta, con frías tajadas de carne, ya tiene el tembloroso aspecto irreal de los lugares en que uno espera ocurra algo. Las cosas vibran como si todavía no hubieran alcanzado plenamente su ser. Destella la blancura del blanco mantel. Aquí la hostilidad, la indiferencia de los restantes comensales es opresiva. Nos miramos recíprocamente. Vemos que no nos conocemos, miramos y apartamos la vista. Estas miradas son como latigazos. Veo en ellas toda la crueldad y la indiferencia de este mundo. Si Percival no estuviera en camino, no podría soportarlo. Tendría que irme. Sin embargo, ahora alguien le ve. Estará en el interior de un coche de alquiler, pasará ante una tienda. Y parece que Percival vierta en esta estancia esta cosquilleante luz, esta intensidad del ser, de manera que las cosas han perdido su habitual utilidad. La hoja del cuchillo es un des­tello de luz y no un objeto con el que cortar. La normalidad ha quedado aniquilada.
       »La puerta se abre, pero no es Percival quien en­tra. Es Louis, que se queda ahí, dubitativo. Ahí está su extraña mezcla de seguridad y timidez. En el momento de entrar, se mira al espejo. Se toca el cabello. Está descontento de su aspecto. Dice: “Soy un duque, el último vástago de una antigua raza”. Louis es amargo, suspicaz, dominante, difícil (le estoy comparando con Percival). Al mismo tiempo, es formidable, ya que hay risa en sus ojos. Me ha visto. Aquí está.»
       «Ahí va Susan», dijo Louis. «No nos ve. No se ha puesto un vestido adecuado a la ocasión debido a qué desprecia la frivolidad de Londres. Se queda unos instantes parada junto a la puerta, mirando alrededor, como un ser deslumbrado por el resplan­dor de una lámpara. Ahora avanza. Tiene el aire furtivo pero seguro (incluso entre las mesas y las sillas) de un animal salvaje. Parece que en su avance se oriente instintivamente entre estas mesitas, sin rozar siquiera una, haciendo caso omiso de los camareros, pero viniendo rectamente a nuestra mesa, aquí, en el rincón. Cuando nos ve (a Neville y a mí), su rostro adquiere una alarmante certidumbre, como si hubiera conseguido lo que deseaba. Ser amado por Susan ha de equivaler a ser atravesado por el agudo pico de un pájaro, a ser clavado en la puerta del granero. Sin embargo, momentos hay en que quisiera ser atravesado por un pico, ser clavado en la puerta de un granero, de una vez para siempre, claramente.
       »Ahora se acerca Rhoda, surgida de la nada, des­pués de haberse colado por la puerta, mientras no mirábamos. Seguramente ha seguido un tortuoso camino, escondiéndose ora detrás de un camarero, ora detrás de una de esas columnas de adorno, para demorar al máximo el brusco instante del recípro­co reconocimiento, para tener un momento más en el que balancear el cuenco con los pétalos. Tenemos la virtud de despertarla. La torturamos. Nos teme y nos desprecia, pero acude a nuestro lado porque, a pesar de nuestra crueldad, siempre hay aquí un nombre, un rostro, que irradia, que ilumina el suelo de Rhoda y le permite rellenar sus sueños.»
       «Se abre la puerta, la puerta sigue abriéndose», dijo Neville, «pero no llega.»
       «Ahí está Jinny», dijo Susan. «Está en pie junto a la puerta. Todo se paraliza. El camarero se detiene. Los comensales en la mesa junto a la puerta
       miran. Jinny parece ser el centro de todo. Las mesas, las puertas, las ventanas y los techos se ordenan a su alrededor, como los rayos alrededor de la es­trella en medio del quebrado cristal de la ventana. Tiene la virtud de situar las cosas en un lugar, en un orden. Ahora nos ve y avanza, y todos los rayos se ondulan, fluyen y vibran sobre nosotros, aportándonos nuevas oleadas de sensaciones. Cambia­mos. Louis se lleva la mano al nudo de la corbata. Neville, que espera con angustiada intensidad, endereza nerviosamente los tenedores ante sí. Rhoda la mira sorprendida, como si hubiera visto un incendio en un lejano horizonte. Y yo, a pesar de que me lleno la mente de húmedo césped, de campos empapados, de tamborileo de lluvia en el techo, de soplos de viento contra los muros de la casa en invierno, con el fin de proteger de Jinny mi alma, siento que su mofa se desliza a mi alrededor, siento que su risa se retuerce como lenguas de fuego a mi alrededor, iluminando sin piedad mi desastrado vestido y las cuadradas puntas de mis uñas que inmediatamente oculto bajo el mantel.»
       «No ha venido», dijo Neville. «La puerta se abre y se cierra, y no viene. Ahí va Bernard. En el momento en que se quita el abrigo, muestra, como cabía esperar, la camisa azul en los sobacos. Y después, a diferencia de todos nosotros, se acerca sin abrir puerta alguna, sin darse cuenta de que ha en­trado en un lugar lleno de desconocidos. No mira el espejo. Va despeinado, pero no lo sabe. Ignora que nos diferenciamos y que esta mesa es su objetivo. Al acercarse, duda. ¿Quién será?, se pregunta al fijarse en una mujer con un abrigo como para ir a la ópera. A todos los conoce un poco y a nadie conoce (le comparo con Percival). Pero ahora, al vislumbrarnos, nos dirige un benévolo saludo agitando la mano. Se acerca con tal benevolencia, con tan grande amor hacia la humanidad en general (entreverado de cierto sentido del humor, al pensar en cuán trivial es “amar a la humanidad en general”) que, si no fuera por Percival, que sabe transformar esto en humo de pajas, pensaría yo, como los demás piensan ya: “Ha llegado el momento de la celebración, ahora estamos todos reunidos:” Pero sin Percival no hay solidez. Somos siluetas recortadas, somos hueros fantasmas que se mueven en la niebla, sin perspectiva.»
       «La puerta batiente sigue abriéndose», dijo Rhoda. «Siguen entrando desconocidos, gente a la que jamás volveremos a ver, gente que nos roza desagradablemente con su aspecto de seres conocidos, con su indiferencia y con su mensaje de un mundo que sigue adelante sin nosotros. No podemos desaparecer del mapa, no podemos olvidar nuestros rostros. Ni siquiera yo, que carezco de rostro, que nada altero cuando llego a algún sitio (Susan y Jinny tienen la virtud de alterar los cuerpos y los rostros); aleteo desvinculada, sin ancla, sin solidez, incapaz de crear un espacio, una continuidad, un muro, contra el que estos cuerpos se recorten. Y esto se debe a Neville y a su angustia. El afilado aliento de su angustia desperdiga mi ser. Nada puede asentarse, nada puede reposar. Cada vez que la puerta se abre, Neville mira fijamente la mesa —no osa alzar la vista—, mira durante un segundo y dice: “No ha venido”. Pero aquí está.»
       «Ahora», dijo Neville, «florece mi árbol. Se levanta mi corazón. Todas las opresiones se suavizan. Todos los impedimentos desaparecen. El reinado del caos ha terminado. Percival ha impuesto un orden. Los cuchillos cortan de nuevo.»
       «Ahí va Percival», dijo Jinny. «No se ha vestido para la ocasión.»
       «Ahí va Percival», dijo Bernard, «alisándose el cabello aunque no lo hace por vanidad (no mira el espejo), sino para aplacar al dios de la compostura. Respeta las convenciones sociales; es un héroe. Los muchachos pequeños le seguían en manada por los terrenos de juego. Se sonaban las narices cuando él se las sonaba, pero lo hacían sin éxito, ya que Per­cival es Percival. Ahora que se dispone a abandonarnos para irse a la India, estas minucias se juntan formando un todo. Es un héroe. ¡Oh, si, no cabe negarlo! Y cuando se sienta junto a Susan, a la que ama, el momento queda coronado. Nosotros, que hemos sido separados por nuestra juventud (el mayor no cuenta aún los veinticinco años), que hemos cantado como ávidos pájaros cada cual su propia canción, que con la despiadada y salvaje egolatría de los jóvenes hemos picoteado nuestra propia cáscara de caracol hasta cascarla (he contraído com­promiso matrimonial), o nos hemos posado solitarios junto a la ventana de un dormitorio para cantar un canto de amor, de fama o de otras individuales ex­periencias tan caras al despiadado pájaro con el penacho amarillo junto al pico, ahora nos acerca­mos los unos a los otros, y al acercarnos aquí, en este restaurante en el que los intereses de cada cual son diferentes, y en que el incesante paso del trán­sito nos distrae, y en que la puerta abriendo perpetuamente la jaula de cristal nos ofrece a miríadas las tentaciones e insulta y hiere nuestra confianza, sentados juntos nos amamos los unos a los otros y creemos en nuestra capacidad de supervivencia.»
       «Ahora salgamos de las tinieblas de la soledad», dijo Louis.
       «Ahora digamos brutalmente y sin ambages lo que pensamos», dijo Neville. «Nuestro aislamiento, nuestro período de preparación, ha terminado. Han terminado los furtivos días del secreto y el escondite, las revelaciones en los huecos de la escalera, los momentos de terror y de éxtasis.»
       «La vieja señora Constable levantaba la esponja y la calidez llovía sobre nuestros cuerpos», dijo Bernard. «Quedábamos ataviados con este cambiante y sensual vestido de carne.»
       «El chico encargado de limpiar los zapatos hacia la corte a la criada de la cocina en el huerto», dijo Susan, «entre la hinchada colada.»
       «El soplo del viento era como el jadeo de un tigre», dijo Rhoda.
       «Lívido yacía el hombre, con el cuello degollado, en el arroyo», dijo Neville.
       «Y al subir las escaleras no podía, yo, levantar el pie contra el implacable manzano que tenía sus hojas de plata rígidas.»
       «La hoja bailaba en el seto sin que nadie soplara», dijo Jinny.
       «En el rincón con sol», dijo Louis, «los pétalos nadaban en verdes profundidades.»
       «En Elvedon, los jardineros barrían, y barrían con grandes escobas, y la mujer estaba sentada a una mesa escribiendo», dijo Bernard.
       «De estas prietas pelotas de cordel, extraemos ahora», dijo Louis, «el hilo del recuerdo al reunir­nos.»
       «Y entonces», dijo Bernard, «el coche se detuvo ante la puerta, y nosotros, calándonos los nuevos sombreros hongos para que la sombra del ala ca­yera sobre nuestros ojos y ocultara las lágrimas impropias de hombres, recorrimos calles en las que incluso las criadas nos miraban, y nuestros nombres escritos en letras blancas sobre nuestras male­ta proclamaban ante el mundo entero que nos disponíamos a ir a la escuela, con el prescrito número de calcetines y de calzoncillos, en los que nuestras madres pocas noches antes habían bordado nuestras iniciales, en nuestras maletas. Una segunda partida del cuerpo de nuestra madre.»
       «Y la señorita Lambert, la señorita Cutting y la señorita Bard», dijo Jinny, «monumentales señoras con color de piedra, adornadas de blancos encajes, enigmáticas, y anillos con amatistas, como virgina­les cirios, mortecinos gusanos de luz que se movían sobre las páginas de francés, geografía y aritmética, nos presidían. Y había mapas, pizarras de color verdoso e hileras de zapatos en una estantería.»
       «Las campanas sonaban puntualmente», dijo Susan, «y las criadas reñían y reían. Sobre el linóleo, las sillas se arrastraban hacia delante y se arrastra­ban hacia atrás. Pero desde la buhardilla se veía un panorama azul, un distante campo sin las máculas de la corrupción de aquella existencia reglamentada e irreal.»
       «De nuestras cabezas cayeron los velos», dijo Rhoda. «Sostuvimos en las manos las flores cuyas verdes hojas murmuraban en el ramo.»
       «Cambiamos, llegamos a ser irreconocibles», dijo Louis. «Y, al quedar expuestos a la acción de dife­rentes luces, lo que en nosotros había (todos éramos muy diferentes) quedó intermitentemente re­velado en violentas manchas espaciadas por vacíos y salió a la superficie como si se hubiera esparcido irregularmente ácido en la plancha. Yo era esto, Neville aquello, Rhoda era diferente, y Bernard también.»
       «Las canoas se deslizaban a través de las pálidas ramas de los sauces», dijo Neville, «y Bernard, después de avanzar con su aire despreocupado sobre anchos espacios verdes, recortado contra edificios de muy antiguos cimientos, se dejó caer inerte al suelo a mi lado. Llevado por una oleada de emoción —no hay vientos más arrebatadores ni relámpagos más súbitos— cogí mi poema, se lo arrojé y salí dando un portazo.»
       «Sin embargo, yo», dijo Louis, «os perdí de vista, me aposenté en mi oficina, donde arrancaba los días del calendario, y anunciaba al mundo de consignatarios de buques, de comerciantes en granos y de actuarios de seguros, que el viernes día diez, o el martes día dieciocho, había amanecido en la ciudad de Londres.»
       «Entonces», dijo Jinny, «Rhoda y yo, exhibiéndonos en coloridos vestidos, con unas pocas piedras preciosas engarzadas en un frío aro alrededor del cuello, hicimos reverencias, estrechamos manos y con una sonrisa cogimos bocadillos de una bandeja.»
       «El tigre saltó, y la golondrina se mojó las puntas de las alas en oscuras lagunas, al otro lado del mundo», dijo Rhoda.
       «Pero, ahora y aquí, estamos reunidos», dijo Bernard. «Nos hemos reunido en un determinado momento, en este determinado lugar. Hemos sido conducidos a esta comunidad por una profunda y común emoción. ¿Sería correcto llamarla “amor”? ¿Debemos llamarla “amor a Percival” porque Percival se va ahora a la India?
       »No. Es una denominación demasiado pequeña, demasiado particular. No podemos encerrar la ex­tensión y envergadura de nuestros sentimientos en una cápsula tan menuda. Hemos venido aquí (desde el norte y desde el sur, desde la granja de Susan, desde el comercio de Louis), para hacer una cosa que no es pervivir con aguante —¿quién pervive?—, sino ver simultáneamente con muchos ojos. En este búcaro hay un clavel rojo. Una única flor, mientras esperamos aquí sentados, flor de siete facetas y muchos pétalos, roja, cárdena, con matices purpúreos y rígidas hojas de plateados reflejos, una flor entera a la que cada mirada contribuye.»
       «Después de las caprichosas llamas, del abismal aburrimiento de la juventud», dijo Neville, «la luz revela ahora objetos reales. He aquí los cuchillos y los tenedores. El mundo está desplegado, y noso­tros también, de manera que podemos hablar.» «Nos diferenciamos, y quizá demasiado profun­damente», dijo Louis, «para poder explicarnos. Pero intentémoslo. Me he peinado antes de venir, con la esperanza de presentar el mismo aspecto que vosotros. Pero no puedo, debido a que no soy uno y completo como vosotros. Ya he vivido mil vidas. Todos los días desentierro. Cavo. Encuentro restos de mí mismo en la arena hecha por mujeres hace miles de años, cuando oía canciones junto al Nilo y la bestia encadenada pateaba. Esto que veis junto a vosotros, este hombre, este Louis, es sólo las cenizas y el desecho de algo que otrora fue espléndido. Era un príncipe árabe, fijaos en la libertad de mis movimientos. Era un gran poeta, en los tiempos de Isabel. Era duque, en la corte de Luis XIV. Soy muy vanidoso, tengo gran confianza en mí mismo. Siento inmensos deseos de que las mujeres exhalen suspiros de simpatía hacia mí. Hoy no he almorzado, a fin de que Susan me estime cadavérico, y de que Jinny me aplique el exquisito bálsamo de su comprensión. Pero, si bien es cierto que admiro a Susan y a Percival, tampoco cabe negar que odio a los demás, ya que son ellos quienes me inducen a estas extravagancias, como peinarme y disimular mi acento. Soy el mico que parlotea ante un coco, y vosotros sois las sórdidas mujeres con relucientes bolsas de pasteles pasados. También soy el tigre enjaulado, y vosotros sois los guardianes armados con barra de hierro al rojo vivo. Sí, soy más fiero y más fuerte que vosotros, pero la aparición que surge a la superficie de la tierra, después de eras de no-ser, se consumirá en el terror si os reís de mí, en vueltas y revueltas al viento contra las tormentas de hollín, en intentos de forjar un acerado aro de clara poesía que relacionará a las gaviotas con las mujeres de dientes cariados, a la aguja de la iglesia con los balanceantes sombreros hongo que veo mientras almuerzo y apoyo a mi poeta —¿Lucrecio acaso?— en las vinajeras, sobre la cuen­ta manchada de salsa.»
       «Pero vosotros nunca me odiaréis», dijo Jinny. «Siempre que me veáis, incluso si es al otro extremo de una estancia llena de doradas sillas y embajadores, la cruzaréis en busca de mi simpatía. En el momento en que he entrado, todo se ha quedado quieto, formando una estampa. Los camareros se han detenido, y los comensales han alzado los tenedores, dejándolos quietos en el aire. Tenía yo el aire de estar preparada para lo que iba a ocurrir. Y cuando me he sentado, os habéis llevado las manos a la corbata y las habéis escondido bajo la mesa. Pero yo nada oculto. Estoy preparada. Cada vez que la puerta se abre, grito: ¡Más! Mi imaginación es los cuerpos. Mi cuerpo me precede, como una linterna a lo largo de una oscura calleja, y de las tinieblas extrae una cosa tras otra, rodeadas todas de un aro de luz. Os deslumbro. Os obligo a creer que esto es todo.»
       «Pero, cuando te quedas en pie junto a la puerta», dijo Neville, «infliges inmovilidad, exigiendo admiración, y esto es un grave obstáculo para la libertad de las comunicaciones. Te quedas en la puerta, obligándonos a que nos demos cuenta de tu pre­sencia. Sin embargo, nadie me vio llegar. Llegué temprano, llegué de prisa y directamente, aquí, para sentarme al lado de la persona a quien amo. Mi vida tiene una rapidez de la que carece la tuya. Soy como un lebrel tras la pieza. Cazo desde el alba al ocaso. Nada, la búsqueda de la perfección en las arenas, la fama, el dinero, tiene significado para mí. Tendré riquezas. Tendré fama. Pero jamás tendré lo que quiero, porque carezco de gracia corporal y del valor de ella derivado. La rapidez de mi mente es demasiado fuerte para mi cuerpo. Mis fuerzas flaquean antes de que llegue al objetivo y caigo al suelo, donde quedo como un montón húmedo y quizá repugnante. En las crisis vitales suscito la lástima y no el amor. En consecuencia, sufro horriblemente. No sufro para convertirme en un lente, como hace Louis. Mi sentido de la realidad y de los hechos es demasiado ajustado para permitirme estos juegos malabares, estas ficciones. Lo veo todo —salvo una cosa— con total claridad. Esto es mi salvación. Esto es lo que da a mis sufrimientos cons­tante estímulo y vida. Esto es lo que me permite expresarme con autoridad, incluso cuando callo. Y, como sea que en cierto aspecto vivo engañado, por cuanto la persona cambia constantemente, aunque no el deseo, y en mañana alguna sé con quién estaré por la noche, nunca estoy estancado. Después de mis más duros desastres, me levanto, doy media vuelta y cambio. Las piedras rebotan en la coraza de mi cuerpo musculoso y tenso. En este empeño, envejeceré.»
       «Si fuera capaz de creer», dijo Rhoda, «en la posibilidad de envejecer al servicio de una finalidad y al compás de los cambios, me libraría de mi temor. Pero nada persiste. Un momento no conduce a otro. Se abre la puerta y el tigre se abalanza. No me habéis visto llegar. He dado un rodeo soslayando las sillas, para evitar el horror de la liberación del resorte. A todos os temo. Temo el choque de la sensación que salta sobre mí, debido a que no puedo darle el tratamiento que vosotros le dais; soy incapaz de conseguir que un momento se funda con el siguiente. Para mí todos los momentos son violentos, todos están separados. Y caigo derribada por el choque del momento, en su salto, en que os ceba­réis en mí. No hay una finalidad prevista. No sé cómo pasar de un minuto a otro, de una hora a otra, resolviendo minutos y horas, gracias a cierta fuerza natural, hasta que constituyan esa masa indivisible y unitaria a la que vosotros denomináis vida. Debido a que tenéis una finalidad prevista —¿será una persona a cuyo lado estar, será una idea, será vuestra belleza?; no lo sé— vuestros días y vuestras horas pasan como las ramas de los árboles del bosque, pasan como el suave verde del bosque junto al perro que corre tras su presa. Pero no hay presa, no hay ni un solo cuerpo, que me incite a ir en su busca. No tengo rostro. Soy como la espuma que se desliza sobre la playa, o como los rayos de la luna que caen como flechas ora en una lata, ora en un manojo de algas, o en un hueso o en una carcomida barca. Un torbellino me hunde en las profundidades de las cavernas, me lleva en volandas como un papel que choca con las paredes de interminables corredores, y he de apoyar la mano en el muro para retroceder.
       »Sin embargo, como sea que ante todo deseo te­ner un lugar en el que cobijarme, finjo, cuando subo la escalera rezagándome detrás de Jinny y de Susan, que tengo una finalidad prevista. Me pongo las medias igual que he visto a Jinny y a Susan ponérselas. Espero a que habléis, y entonces hablo igual que vosotras. He llegado a través de Londres hasta aquí, a este punto determinado, a este lugar determinado, atraída, no por el deseo de verte a ti, o a ti, o a ti, sino para encender mi fuego en el general llamear vuestro, en el general llamear de quienes vivís indivisiblemente, enteros y despreocupados.»
       «Esta noche, cuando he entrado en el comedor», dijo Susan, «me he detenido, y he mirado alrededor como un animal con ojos cercanos al suelo. El olor a alfombras y muebles y a perfume me repug­na. Me gusta pasear sola por campos húmedos, o detenerme junto a una valla, contemplar cómo mi setter mueve el hocico en círculo, y preguntarme: ¿Dónde estará la liebre? Me gusta la compañía de la gente que retuerce hierbas entre los dedos, escupe en el fuego, y arrastra los pies en zapatillas por largos corredores, como hace mi padre. Los únicos dichos que comprendo son los gritos de amor, odio, rabia y dolor. Esta conversación es como desnudar a una vieja cuyo vestido parecía formar parte de su persona, pero que ahora, a medida que hablamos, se va poniendo rosácea, y se ve que tiene los muslos arrugados y los senos colgantes. Cuando calláis, volvéis a ser bellos. Sólo aceptaré la felicidad natural. Con ella quedaré casi satisfecha. Me acostaré cansada. Yacente reposaré como un campo que da co­sechas en rotación; en verano, danzará el ardor sobre mí; en invierno, el frío me resquebrajará. Pero el ardor y el frío se sucederán naturalmente, sin que yo lo quiera o no lo quiera. Mis hijos me llevarán adelante; la aparición de los dientes, el llanto, la ida a la escuela y el regreso, serán como las olas del mar en que yo flotaré. No habrá día sin movimiento. A lomos de las estaciones me elevaré a más altura que cualquiera de vosotros. Cuando muera, poseeré más que Jinny, más que Rhoda. Pero, por otra parte, mientras vosotros sois múltiples y os abreváis millones de veces en las ideas y las risas de los demás, yo seré adusta, algo tormentosa y enteramente purpúrea. Quedaré degradada y encadenada por la bestial y hermosa pasión de la maternidad. Sin el menor escrúpulo, ayudaré a mis hijos a triunfar. Odiaré a cuantos vean sus defectos. Mentiré con descaro para favorecerles. Y dejaré que me aíslen de ti y de ti y de ti. También los celos me torturan. Odio a Jinny porque me obliga a caer en la cuenta de que tengo las manos rojas y las uñas mordisqueadas. Amo con tal ferocidad que me siento morir cuando el objeto de mi amor revela con una frase que puede hurtarse a mí. Se escapa, y yo me quedo intentando coger un hilo que aparece y desaparece entre las hojas de las copas de los árbo­les. No comprendo las frases.»
       «Si hubiera nacido», dijo Bernard, «sin saber que una palabra sigue a otra, hubiera podido ser, quién sabe, quizá cualquier cosa. Pero como sea que no ocurrió así y que descubro secuencias en todas partes, me es imposible soportar la presión de la soledad. Cuando no veo palabras retorciéndose a mi alrededor como anillos de humo, estoy en tinieblas y nada soy. Cuando estoy solo, caigo en un letargo, y me digo entristecido, mientras hago caer las cenizas por entre las barras de la parrilla, que la señora Moffat vendrá. Vendrá y lo limpiará todo. Cuando Louis está solo, ve con pasmosa intensidad y puede escribir palabras que nos sobrevivan a todos. A Rhoda le gusta estar sola. Nos teme porque aniquilamos su conciencia de ser, que tan clara es en soledad; mira, mira cómo agarra el tenedor, su arma contra nosotros. Pero yo solamente alcanzo la existencia cuando el fontanero o el tratante en caballos o quien sea dice algo que me ilumina. Y entonces, qué her­moso es el humo de mi frase alzándose y descendiendo, balanceándose y descendiendo, sobre rojas langostas y amarilla fruta, envolviéndolo todo en el manto de una sola belleza. Pero obsérvese cuán corrupta es la frase, obsérvese en qué evasiones y viejos embustes se basa. Por ello parte de mi carácter resulta del estímulo que los demás me dan y no es mío, tal como vuestro carácter es vuestro. En él hay una fatal grieta, hay una sinuosa e irregular veta de plata que lo debilita. De ahí que en la escuela abandonara a Neville, lo que tanto le irritaba. Me iba con los muchachos fanfarrones con Lorras e insignias, en el gran carricoche. Algunos de ellos están aquí esta noche cenando juntos, correc­tamente vestidos, para ir después en total acuerdo a un concierto. Les amaba. Sí, porque me conducen a la existencia con tanta certeza como vosotros lo hacéis. Y también de ahí deriva el que, cuando os dejo y el tren se pone en marcha, tengáis la impresión de que no es el tren lo que se va sino yo, Bernard, individuo despreocupado, sin sensibilidad, sin billete y que quizá ha perdido también la cartera. Susan, con la vista fija en el hilo que aparece y desaparece por entre las hojas del haya, grita: “¡Se ha ido! ¡Se me ha escapado!” Sí, porque no se me puede coger. Estoy constantemente en trance de reconstrucción. Los diferentes individuos me inducen a decir diferentes palabras.
       »Por esto no es una la persona a cuyo lado quisiera sentarme esta noche, sino cincuenta. Pero soy el único de entre vosotros que se siente aquí a sus anchas sin tomarse libertades. No soy grosero, no soy pedante. Si me ofrezco sin resistencia á las presiones de la sociedad, a menudo consigo, gracias a la destreza de mi habla, poner en circulación algún difícil problema. Observad cuán divertidos son mis juguetes, extraídos de la nada, en un segundo. Nada guardo —cuando muera, dejaré unos cuantos trajes viejos en un armario y nada más— y soy casi indiferente a estas triviales vanidades de la vida que tanto torturan a Louis. Pero he sacrificado mucho. Por estar veteado de hierro, de plata y de barro común, no puedo concentrarme hasta formar ese firme puño que crispan aquellos que no dependen del es­tímulo. Soy incapaz de sacrificios, de los heroísmos de Louis y de Rhoda. Jamás conseguiré, ni aun ha­blando, construir una frase perfecta. Pero habré contribuido, más que cualquiera de vosotros, al efímero momento. Penetraré en más estancias, más estancias diferentes, que cualquiera de vosotros. Pero, debido a que algo hay que viene del exterior, y no del interior, seré olvidado. Cuando mi voz quede acallada, sólo me recordaréis como el eco de una voz que en otros tiempos convertía los frutos en frases.»
       «Mirad», dijo Rhoda, «escuchad. Mirad cómo la luz adquiere más y más intensidad en cuestión de segundos, y todo florece y madura. Nuestra mirada, al recorrer esta estancia con todas sus mesas, pa­rece pasar por cortinas de color, rojas, anaranjadas, pardoscuras, con raros matices ambiguos, que se abren ante ella como leves velos y se cierran después, y las cosas se funden unas con otras.»
       «Sí», dijo Jinny, «nuestros sentidos se han dilatado. Membranas, redes de nervios que suelen yacer blancas e inertes, se han tensado y extendido, y flotan a nuestro alrededor, como filamentos, dando al aire naturaleza tangible y atrapando lejanos sonidos antes inaudibles.»
       «El rugido de Londres», dijo Louis, «nos rodea. Automóviles, camiones, autobuses, pasan y vuelven a pasar constantemente. Juntos forman una rueda que gira produciendo un solo sonido. Todos los sonidos separados —ruedas, campanas, gritos de borrachos y de juerguistas— se han unido en un solo sonido, del azul color del acero, y circular. Después gime una sirena. Y en este momento las playas se alejan, las chimeneas descienden, el buque avanza hacia la mar abierta.»
       «Percival se va», dijo Bernard. «Aquí estamos sentados, cercados, iluminados, de mil colores. Todo —las manos, las cortinas, los cuchillos y los tenedores, los demás comensales— se amontona y choca.
       Estamos cercados por los muros, aquí. Pero fuera está la India.»
       «Veo la India», dijo Bernard. «Veo la plana y larga playa. Veo los tortuosos senderos de barro apisonado, por los que se va y se vuelve entre rui­nosas pagodas. Veo los dorados y almenados edificios, con aspecto de fragilidad y podredumbre, como si fueran provisionales construcciones de una feria oriental. Veo una pareja de bueyes arrastrando una carreta a lo largo del camino de tierra cocida por el sol. La carreta se balancea, ineficaz. Ahora se atasca una rueda, e inmediatamente innumerables nativos únicamente ataviados con una pieza de tela alrededor de la cintura rodean la carreta y parlo­tean excitados. Pero nada hacen. El tiempo parece eterno, las ambiciones vanas. Sobre todas las cosas planea la conciencia de la inutilidad de los humanos esfuerzos. En el aire flotan extraños olores agrios. En un hoyo, un viejo sigue masticando betol y mirándose el ombligo. Pero atención, Percival avanza. Percival cabalga sobre una yegua atormentada por los tábanos y se cubre la cabeza con un salacot. Por el medio de aplicar los sistemas de Occidente, de utilizar el violento lenguaje natural en él, con­sigue desatascar la carreta en menos de cinco mi­nutos. El oriental problema ha quedado resuelto. Percival prosigue a caballo su camino. La multitud le rodea como si le considerase —y realmente lo es— un dios.»
       «Ignorado, con o sin secreto, ya que esto poco importa», dijo Rhoda, «es como una piedra caída en un estanque, a cuyo alrededor nadan los pececillos. Como pececillos, nosotros, que hemos vagado en to­das direcciones, nos hemos puesto a nadar a su alrededor, tan pronto ha llegado. Como pececillos, conscientes de la presencia de la gran piedra, satisfechos nadamos y nos ondulamos. Una sensación de comodidad nos cubre. Oro corre por nuestras venas. Uno, dos, uno, dos, el corazón late serena­mente, confiado, en trance de bienestar en éxtasis de benevolencia, y mirad, los más lejanos confines del mundo, pálidas sombras en los más remotos horizontes, como la India, por ejemplo, se ofrecen a nuestra vista. El mundo, antes encogido y reseco, se hincha y redondea. Remotas provincias surgen de las tinieblas. Vemos embarrados senderos, jungla retorcida, humanas multitudes y el buitre que se alimenta de hinchada carroña, como si todo fuera parte de nuestro altivo y espléndido territorio, debido a que Percival, caballero solitario en yegua atormentada por los tábanos, avanza por un desier­to sendero, y ha levantado su tienda entre desola­dos árboles, y ahora está sentado, solo, contemplan­do las inmensas montañas.»
       «Es Percival», dijo Louis, «sentado silencioso, tal como se sentaba en los cosquilleantes céspedes cuando la brisa dividía las nubes y las volvía a unir, quien nos hace caer en la cuenta de que estos intentos de decir “yo soy esto, yo soy aquello”, que todos hacemos ahora al reunirnos, al acudir aquí como partes separadas de un solo cuerpo y una sola alma, son falsos. Algo callamos, por miedo. Algo alteramos, por vanidad. Nos hemos esforzado en acentuar las diferencias. Este deseo de ser individuos separados nos ha inducido a resaltar nuestros defectos y cuanto de particular tenemos. Pero hay una cadena que gira y gira a nuestro alrededor, con un círculo azul-acero debajo.»
       «Es odio, es amor», dijo Susan. «Es el furioso arroyo de aguas negras como el carbón lo que nos da vértigo cuando lo miramos. Aquí estamos en una orilla, pero si bajamos la vista sentimos vértigo».
       «Es amor», dijo Jinny, «es odio, como el que Susan me tiene porque una vez besé a Louis en el jardín. Sí, porque, por ser yo como soy, cuando aparezco la obligo a pensar “tengo las manos rojas”, y las oculta. Pero nuestro odio casi no se puede distinguir del amor.»
       «Estas rugientes aguas», dijo Neville, «sobre las que construimos nuestras insensatas plataformas, son más estables que los enloquecidos, débiles e in­consecuentes gritos que emitimos cuando en un intento de hablar nos levantamos. Cuando razonamos y soltamos estos falsos dichos “¡soy esto, soy lo otro!”, el habla es falsa.
       »Pero como. Poco a poco pierdo todo conocimiento de los detalles particulares, mientras como. La comida me da peso y me asienta. Estos deliciosos bocados de pato asado, pertinentemente acompañados de verdura, sucediéndose en exquisita rotación de calidez, peso, dulzura y amargor, pasan por mi paladar, bajan, van a parar al estómago y estabilizan mi cuerpo. Tengo sensación de quietud, gravedad y dominio. Ahora todo es sólido. Instintivamente, mi paladar pide y prevé dulzura y ligereza, algo azucarado y evanescente. Y vino fresco, que sentará como un guante a estos finos nervios que parecen estremecerse en el paladar, y el paladar se ensanchará (al beber), convirtiéndose en una caverna abo­vedada, cubierta de verdes hojas de parra, con aroma a nuez moscada y el púrpura de las uvas. Ahora puedo mirar con fijeza la caída espumeante del agua que mueve el molino, ahí, abajo. ¿Qué nombre le daremos? ¿Qué habla Rhoda, cuyo rostro veo nebulosamente reflejado en el espejo enfrente? ¿Qué habla Rhoda, a quien interrumpí cuando balancea­ba los pétalos en su cuenco pardo, para preguntarle si había visto el cuchillo que Bernard había hurtado? Para ella el amor no es un remolino. No siente vértigo, cuando baja la vista. Mira a lo lejos, por encima de nuestras cabezas, a un lugar más allá de la India.»
       «Sí, por entre vuestros hombros, por encima de vuestras cabezas, a un paisaje», dijo Rhoda, «a un hoyo al que las escarpadas colinas de múltiples gi­bas descienden como pájaros con las alas plegadas. Allí, entre el corto y firme césped, se alzan arbustos de oscuras hojas, y contra esta oscuridad veo una sombra blanca, pero no de piedra, móvil, quizá viva. Pero esta sombra no es tú, no es tú, no es tú. No es Percival, Susan, Jinny, Neville o Louis. Cuando el blanco brazo reposa sobre una rodilla, es un triángulo. Ahora está alzado: una columna. Ahora una fuente, cae. No nos hace una seña, no nos llama, no nos ve. Más allá ruge el mar. Está fuera de nuestro alcance. Sin embargo, ahí me aventuro. Allá voy, para llenar mi vaciedad, para prolongar mis noches y llenarlas más y más con sueños. Y du­rante un segundo, incluso ahora, incluso aquí, alcanzo mi objetivo y digo: “No vagues más, cuanto no sea esto es intentos y engaños, aquí está el final”. Pero estas peregrinaciones, estos instantes de par­tida, siempre comienzan en vuestra presencia, de esta mesa, de estas luces, de Percival y de Susan, aquí, ahora. Siempre veo la arboleda por encima de vuestras cabezas, por entre vuestros hombros, o desde la ventana, después de cruzar el salón durante una fiesta, por la que contemplo la calle, abajo.»
       «¿Y sus zapatillas?», dijo Neville. «¿Y su voz abajo, en el vestíbulo? ¿Y vislumbrarle, cuando él no te ve? Uno espera, y él no viene. Se ha olvidado. Está con otro ser. Es infiel, su amor nada significaba. ¡Oh, entonces, el dolor, la intolerable desesperación! Pero se abre la puerta. Aquí está.»
       «En doradas ondulaciones, le digo “ven”, dijo Jinny, «y viene. Cruzando la estancia se acerca a donde yo estoy, con mi vestido como un velo flotando a mi alrededor, sentada en una silla dorada. Nuestras manos se tocan, súbito ardor hace llamear nuestros cuerpos. La silla, la copa, la mesa… Nada queda a oscuras. Todo se estremece, todo es cálido, todo arde luminosamente.»
       «Fíjate, Rhoda», dijo Louis, «se han convertido en seres nocturnos y están en trance. Sus ojos son como las alas de la polilla, que se mueven tan aprisa que parecen no moverse.»
       «Trompetas y cuernos», dijo Rhoda, «suenan. Hojas se abren. Ciervos ladran en la espesura. Hay un baile y un batir de tambores, como el baile y el batir de tambores de hombres desnudos y con gumías.»
       «Como la danza de los salvajes», dijo Louis, «alrededor de la hoguera. Son salvajes, son implacables. Danzan en círculo, blandiendo el acero. Los saltos de las llamas iluminan sus pintadas caras, las pieles de leopardo y los sangrantes miembros que han arrancado al cuerpo vivo.»
       «Las llamas de la celebración se elevan hasta muy alto», dijo Rhoda. «Pasa la gran procesión, agitando ramas verdes y ramas floridas. De los cuernos surge humo azul. A la luz de las antorchas sus cuerpos están moteados de rojo y de amarillo. Arrojan violetas. Adornan a la amada con guirnaldas y hojas de laurel, ahí, en la circular porción de césped, a la que descienden las escarpadas colinas. Pasa la procesión. Y mientras pasa, Louis, tenemos concien­cia de decadencia, presentimos la extinción. La sombra se esquina. Nosotros, que somos conspiradores, nos retiramos juntos, para inclinarnos sobre una fría urna, y nos damos cuenta de que la purpúrea llama pierde altura.»
       «La muerte está entretejida con violetas», dijo Louis. «Muerte y siempre muerte.»
       «¡Qué orgullosos nos sentimos», dijo Jinny, «aquí sentados, nosotros que aún no hemos cumplido los veinticinco! Fuera los árboles florecen. Fuera las mujeres aguardan. Fuera los coches de alquiler se deslizan y giran. Superadas las dudas, las oscuridades y el deslumbramiento de la adolescencia, mira­mos rectamente al frente, dispuestos a aceptar cuan­to venga (la puerta se abre, la puerta se abre sin cesar). Todo es real. Todo es firme, sin sombras ni engaños. La belleza ha puesto su sello en nuestra frente. Está mi belleza, está la belleza de Susan. Nuestra carne es firme y fresca. El mantel es blanco. Y nuestras manos reposan en leve curvatura, dispuestas a contraerse. Vendrán días y días, días de invierno y días de verano, apenas hemos comenzado a gastar nuestro tesoro. Ahora el fruto está henchido bajo la hoja. La estancia es dorada, y yo digo a este hombre: “Ven”.»
       «Tiene las orejas rojas», dijo Louis, «y el olor a carne pende formando una húmeda red, mientras los oficinistas comen bocadillos en el mostrador.»
       «Ante el tiempo infinito que tenemos por delante», dijo Neville, «nos preguntamos qué podemos hacer. ¿Pasear ociosos por Bond Street, mirándolo todo y quizá comprando una pluma estilográfica debido a que es verde, o preguntando cuánto vale el anillo con la piedra azul? ¿O permaneceremos sentados en interiores, mirando cómo los carbones se tornan carmesíes? ¿Alargamos la mano para coger libros y leeremos un párrafo aquí y otro allá? ¿Reiremos a grandes carcajadas sin motivo alguno? ¿Pasearemos por floridos prados cogiendo margaritas? ¿Averiguaremos cuándo sale el próximo tren para las Hébridas y pediremos un compartimento reservado? Todo está aún por llegar.»
       «Será para ti», dijo Bernard, «porque yo, ayer, di la gran campanada. Ayer me prometí en matrimonio.»
       «Qué extraño aspecto tienen», dijo Susan, «los terrones de azúcar junto a nuestros platos. Y lo mismo ocurre con las moteadas mondas de las pe­ras y el terciopelo que rodea los espejos. Nunca me había fijado. Ahora todo está asentado, todo ha quedado fijo. Bernard se casa. Algo irrevocable ha ocurrido. Sobre las aguas ha sido arrojado un círculo.
       Una cadena ha sido impuesta. Jamás volveremos a fluir libremente.»
       «Sólo por un momento», dijo Louis. «Antes de que la cadena se quiebre, antes de que el desorden renazca, permanezcamos fijos, permanezcamos abier­tos, permanezcamos presos en un vicio.
       »Pero ahora el círculo se abre. Ahora la corriente fluye. Ahora corremos más aprisa que antes. Ahora las pasiones que quietas esperaban ahí, abajo, entre la oscura maleza que hay al fondo, se levantan y su oleaje nos golpea. Dolor y celos, envidia y deseo, y algo diferente, algo más fuerte y más subterráneo que el amor. La voz de la acción habla. Escucha, Rhoda (porque somos conspiradores con las manos en la fría urna), la despreocupada, rápida v excitante voz de la acción, de los perros corriendo tras la presa. Ahora hablan sin tomarse la molestia de terminar las frases. Hablan en un idioma menudo, como el que utilizan los enamorados. Están poseídos por un imperioso bruto. Tiemblan los nervios en sus muslos. Laten y arden en los costados los corazones. Susan estruja el pañuelo. Los ojos de Jinny danzan en llamas.»
       «Están a salvo», dijo Rhoda, «de los dedos que urgan y de los ojos que escrutan. Con cuánta facilidad giran la cabeza y miran… ¡Qué posturas de or­gullo y energía adoptan! ¡Cuánta vida resplandece en los ojos de Jinny! ¡Cuán entera y aguda es la mirada de Susan, buscando insectos entre las raíces! Lustroso les brilla el cabello. Sus ojos arden como los ojos de animales que se abren paso por entre las hojas, siguiendo el rastro de la presa. El círculo ha quedado destruido. Hemos sido dispersados.»
       «Pero pronto, demasiado pronto», dijo Bernard, «esta exaltación ególatra se desvanecerá. Demasiado pronto pasará el momento de voraz identidad, y quedará saciado el apetito de felicidad y felicidad y más felicidad. La piedra se ha hundido, el momento ha pasado. A mi alrededor se extiende un amplio margen de indiferencia. Ahora en mis ojos se abren mil ojos de curiosidad. Ahora cualquiera tiene dere­cho a asesinar a Bernard, que se dispone a contraer matrimonio, siempre y cuando se respete este mar­gen de ignorado territorio, este bosque del mundo ignoto. Y me pregunto (en un discreto bisbiseo) por qué aquí hay mujeres cenando solas, sin hombres. ¿Quién son? ¿Qué las ha traído a este lugar concre­to, esta noche concreta? El jovenzuelo sentado en el rincón, a juzgar por la nerviosa manera en que, de vez en cuando, se lleva la mano a la parte trasera de la cabeza, es de pueblo. Parece suplicar, y está tan ansioso de corresponder debidamente a la amabilidad del amigo de su padre que le ha invitado a cenar, que apenas goza, ahora, de lo que mucho gozará mañana a las once y media de la mañana. También he visto que esa señora se ha empolvado tres veces la nariz, en el curso de una absorbente conversación, seguramente centrada en un tema amo­roso, quizás en las desdichas de un querido amigo común. Pero la señora piensa: “¡Dios mío, cómo tengo la nariz!”, saca la polvera, y con la borla borra los más encendidos sentimientos del corazón humano. Sin embargo, queda el insoluble problema de este solitario individuo con gafas. Y también el de la anciana señora que sola bebe champaña. ¿Qué son, quiénes son, esos desconocidos?, me pregunto. Podría inventar diez o doce historias, refe­rentes a lo que el individuo dice, la señora dice, y pintar otros cuantos cuadros. Pero ¿qué son las historias? Juguetes que manoseo, burbujas que suelto al aire, un anillo pasando por el interior de otro anillo. Y a veces incluso comienzo a dudar de que las historias realmente tengan existencia. ¿Cuál es mi historia? ¿Y la de Rhoda? ¿Y la de Neville? He­chos sí los hay, como, por ejemplo: “El apuesto joven vestido de gris, cuya reserva tan curiosamente contrastaba con la locuacidad de los demás, se sacudió las migas de pan del chaleco y, con un ade­mán característico, benévolo e imperioso a un tiempo, llamó al camarero, quien acudió instantáneamente, y regresó, poco después, con la cuenta discretamente doblada en una bandeja”. Esto es la verdad, es un hecho, pero tan pronto se rebasan estos límites, todo son tinieblas y conjeturas.»
       «Ahora, una vez más», dijo Louis, «nos dispone­mos a separarnos, después de pagar la cuenta, y el círculo en nuestra sangre, roto tan a menudo, tan bruscamente, debido a que somos muy diferentes, se cierra. Algo hemos construido. Sí, porque, cuando nos levantamos y algo nerviosos nos tocamos los dedos de una mano con los de la otra, rogamos, guardando en nuestras manos este común sentimiento: “No te vayas, no permitas que la puerta batiente destroce esa cosa que hemos construido, esa cosa formada y encerrada aquí, entre estas luces, estas mondas, este desorden de migas de pan y de gente que pasa. No te muevas, no te vayas. ¡Retenlo siempre!.»
       «Retengámoslo durante un momento», dijo Jinny, «retengamos el amor, el odio, o como queráis llamarlo, este globo hecho de Percival, de juventud y belleza, y de algo tan profundamente enraizado en nosotros que quizá jamás consigamos un momento semejante, con otro hombre.»
       «Bosques y lejanos países en la otra cara del mundo», dijo Rhoda, «forman parte de ello; tam­bién mares y junglas, los aullidos de los chacales, y la luz de la luna iluminando el alto pico sobre el que planea el águila.»
       «La felicidad forma parte de ello», dijo Neville, «y la paz de las cosas comunes. Una mesa, una silla, un libro con un estilete de cortar papel entre sus páginas, y el pétalo que cae de la rosa, y el temblor de la luz cuando sentados guardamos silencio, o cuando, quizá, al recordar cualquier trivialidad, de repente decimos algo.»
       «Los días de entre semana forman parte de ello», dijo Susan, «el lunes, el martes, el miércoles. Y los caballos yendo al campo, y los caballos al regresar, y las cornejas alzándose y descendiendo, cubriendo con su red los olmos, tanto si es abril como si es noviembre.»
       «Lo que ha de venir forma parte de ello», dijo Bernard. «Esta es la última y más esplendente gota que dejamos caer, como un celeste mercurio, en el alto y espléndido momento creado por nosotros, sobre la base de Percival. ¿Qué pasará?, me pregunto mientras me sacudo las migas del chaleco. ¿Qué hay en el exterior? Comiendo sentados, hablando sentados, hemos demostrado que somos capaces de enriquecer el tesoro de los momentos. No somos es­clavos destinados a recibir sin cesar los jamás anotados latigazos de la mezquindad en nuestras encorvadas espaldas. Tampoco somos borregos, siguiendo al amo. Somos creadores. También nosotros hemos creado algo que formará parte de las innumerables reuniones del pasado. También nosotros, cuando nos encasquetamos el sombrero y empujamos la puerta, no entramos en el caos sino en un mundo que nuestra fuerza puede subyugar, transformándolo en par­te de la iluminada y eterna senda.
       »Observa, Percival, mientras buscan taxi, el en­torno que pronto perderás, la calle endurecida y bruñida por el paso de innúmeras ruedas. El ama­rillo dosel de nuestra tremenda energía se extiende en el aire, como un ígneo paño, sobre nuestras cabezas. Los teatros y las salas de conciertos, y las lámparas de las casas, forman esta luz.»
       «Picudas nubes», dijo Rhoda, «viajan por un cielo negro como una barnizada barba de ballena.» «Ahora comienzan los sufrimientos, ahora han hecho presa en mí los colmillos del horror», dijo Neville. «Ahora llega el taxi, ahora Percival se va. ¿Qué podemos hacer para retenerle? ¿Cómo salvar la distancia que media entre nosotros? ¿Cómo alimentar el fuego para que arda eternamente? ¿Cómo informar a todos los tiempos por venir de que no­sotros, los que ahora estamos en pie en esta calle, a la luz del farol, amábamos a Percival? Ahora, Percival se ha ido.»



       El sol había llegado al más alto punto de su tra­yecto. Ya no se veía a medias, ya no tenía que ser intuido, en méritos de destellos y resplandores, como si fuera una muchacha recostada en un colchón verde mar, adornada la frente con joyas cuajadas de gotas de agua que lanzaban rayos opalinos de luz que caía y destellaba en el aire incierto, como los flancos del delfín al saltar, o el destello de la hoja de acero al caer. Ahora el sol quemaba sin piedad, sin que nadie pudiera negarlo. Incidían sus rayos en la dura arena, y las rocas se habían convertido en hornos de rojo ardor. Buscaba en todos los estanques, y atrapaba al pececillo escondido en la grieta, y ponía de relieve la enmohecida rueda del carro, el blanco hueso, o la bota sin cordones, negra como el hierro, en la arena. A todo daba su exacta medida de color, a las dunas sus innumerables destellos, a los céspedes su fulgente verde, o caía en la aridez del desierto, aquí surcado por el azote del viento, aquí transformado en desolado pedregal, aquí salpicado por el átomo verde oscuro de los árboles de la jungla. Iluminaba las suaves superficies doradas de la mezquita, las frágiles, rosadas y blancas casas de juego del pueblo sureño, y a la mujer de blanco cabello y largos senos que arrodillada en el lecho del río golpeaba con una piedra arrugadas ropas. Los vapores de sordo latir que lentamente cruzaban el mar recibían la recta mirada del sol, que incidía en los amarillos toldos y, atravesándolos, envolvía a los pasajeros que dormitaban o paseaban por cubierta, y formando con la mano pantalla sobre los ojos buscaban con la mirada la tierra, mientras día tras día, alojándolos entre sus aceitosos y latentes costados, el buque los transportaba monótonamente sobre las aguas.
       El sol incidía en las pobladas alturas de las cortinas del sur, y su mirada escrutaba los profundos y pedregosos lechos de ríos en los que escasa corría el agua bajo el alto puente colgante, de manera que las lavanderas arrodilladas en las ardientes piedras apenas podían mojar la ropa. Nervudas mulas avanzaban cuidadosas por entre sonoras piedras grises, con las alforjas colgando sobre sus estrechos hombros. Al mediodía, el calor del sol cubría de gris las colinas, como si una explosión las hubiera dejado peladas y quemadas, mientras que, más al norte, en países más nubosos y lluviosos, las colinas parecían alisadas, como si por ellas se hubiera pasado la superficie inferior de una azada, y tenían luz, como si un guardián, en su más hondo interior, fuera de estancia en estancia con una linterna en la mano. A través de los átomos del aire gris azulado el sol azotaba los campos de Inglaterra, e iluminaba pantanos y charcas, una blanca gaviota en un palo, el lento navegar de las sombras sobre los bosques de romas cabezas, sobre las jóvenes espigas y los ondulantes campos de heno. Incidía en el muro del huer­to, y cada grano y oquedad del ladrillo tenía una punta de plata, purpúrea, cálida, de manera que parecía suave al tacto, de manera que parecía que si se tocaba se convertiría en recocidos granos de pol­vo. Las grosellas colgaban en el muro, formando olas y cascadas de brillante rojo; hinchadas surgían por entre las hojas las ciruelas, y una fluida brisa verde creaba una uniforme corriente con todas las briznas de césped. La sombra de los árboles estaba hundida en un oscuro charco, al pie del tronco. La luz que descendía a raudales había transformado el conjunto de hojas separadas en una masa verde.
       Cantaron apasionadamente los pájaros canciones dirigidas a un solo oído, y después se callaron. Entre trinos y gritos menudos, transportaron porcio­nes de paja y ramitas a los oscuros nidos en las más altas ramas de los árboles. Dorados y purpúreos se posaban en el jardín, donde las piñas de laburno y múrice esparcían oro y lilas, ya que ahora, al mediodía, el jardín era todo flor y profusión, e incluso los túneles bajo las plantas eran verdes y púrpura y leonados, al pasar el sol a través del pétalo rojo o del ancho pétalo amarillo, o por entre las rejas de los verdes tallos de denso vello.
       El sol daba rectamente en la casa, cuyos blancos muros resplandecían entre las oscuras ventanas. En los cristales, con el prieto bordado de las ramas verdes, había círculos de impenetrable oscuridad. Agudas cuñas de luz se posaban en los alféizares y revelaban en el interior de la estancia platos con azules circunferencias, jarras de curva asa, el volumen de un gran cuenco, la cruzada trama de la estera y las formidables esquinas y líneas de alace­nas y estanterías con libros. Tras esta aglomeración había una zona de sombras en la que quizá se encontraran otras formas susceptibles de ser despoja­das de la sombra, o quizá más densas profundida­des de oscuridad.

       Las olas rompían y deslizaban rápidamente sus aguas sobre la arena. Una tras otra se alzaban y caían. El agua pulverizada saltaba hacia atrás impulsada por la fuerza de la caída. Las olas eran de profundo azul, con la sola excepción del dibujo de luz sembrada de diamantes en sus lomos que se contraían y distendían como los musculosos lomos de grandes caballos al avanzar. Las olas caían. Se retiraban y volvían a caer, con el sordo sonido del patear de una gran bestia.
       «Ha muerto», dijo Neville. «Cayó. Su caballo tropezó y lo arrojó al suelo. Las naves del mundo han girado bruscamente y me han golpeado la cabeza. Todo ha terminado. Las luces del mundo se han apagado. Ahí está el árbol ante el que no puedo pasar.
       »¡Oh, tener que estrujar este telegrama con mis manos, y desear que la luz del mundo retroceda, poder decir que no ha ocurrido! Pero ¿a santo de qué volver la cabeza a todos lados? Es la verdad. Es un hecho. Su caballo tropezó y lo arrojó al suelo. Los relampagueantes árboles y las blancas barandas se alzaron en densa lluvia. Hubo un brusco impulso y un zumbido en sus oídos. Después el golpe. El mundo se resquebrajó. Pesada se hizo su respiración. Murió donde había caído.
       »Graneros y días veraniegos en el campo, estancias en las que estuvimos, se encuentran ahora en el irreal mundo ido. Mi pasado ha sido amputado. Acudieron corriendo. En volandas le llevaron a un pabe­llón, hombres con botas de montar, hombres con salacots, y entre hombres desconocidos murió. A menudo me abandonaba. Y luego, a su regreso, “¡Mira, ahí viene!”, decía yo.
       »Pasan mujeres ante mi ventana, como si en la calle no se hubiera cavado un vacío, como si no hubiera árbol de quietas hojas que no se puede reba­sar. Merecemos peor suerte que la topera pisoteada. Somos infinitamente abyectos, en nuestro caminar con los ojos cerrados. Pero ¿por qué he de someterme? ¿Por qué he de intentar levantar el pie y subir la escalera? Estoy aquí, en pie. Estoy aquí, con el telegrama en la mano. Los pasados días y estancias del verano en que vivimos se alejan como papel quemado, con ojos rojos. ¿A santo de qué ir al encuentro de otros? ¿A santo de qué proseguir? ¿A santo de qué hablar y comer y tramar otras combinaciones con otra gente? Por el momento, estoy solo. Ahora nadie me conocerá. Tengo tres cartas; “he de ir a jugar al tejo con un coronel, así es que basta”, así termina nuestra amistad, yéndose él por entre la multitud y agitando la mano en despedida. Esta farsa no merece más ceremonias solemnes. Sin embargo, si alguien hubiera dicho “Espera”, y hu­biera ceñido tres puntos la cincha, hubiese, él, hecho justicia durante cincuenta años, se hubiera sentado en el alto tribunal, hubiese cabalgado solo al frente de su tropa, hubiera denunciado alguna monstruosa tiranía y hubiera regresado a nuestro lado.
       »Pero también veo que hay una torcida sonrisa, que hay un subterfugio. Algo sonríe burlón a nuestra espalda. Poco ha faltado para que ese chico se cayera al bajar del autobús. Percival cayó. Se mató. Está enterrado. Contempló el paso de la gente. Todos se agarran con fuerza a las barandillas del auto­bús, firmemente dispuestos a salvar la vida.
       »No alzaré el pie para subir la escalera. Quedaré un momento más bajo el implacable árbol, a solas con el hombre con el cuello cortado, mientras aba­jo la cocinera saca y mete pasteles. No subiré la escalera. Estamos condenados, todos. Pasan las mujeres con los cestos de la compra. La gente sigue pasando. Sin embargo, no me destruiréis. En este momento, este único momento, tú y yo estamos juntos. Y te invito a acercarte. Ven, dolor, cébate en mí. Entierra tus colmillos en mi carne. Despedázame. Sollozo, sollozo.»
       «Tan incomprensible es la combinación de las cosas», dijo Bernard, «tal es su complejidad, que ahora, al bajar la escalera, no puedo distinguir la pena de la alegría. Ha nacido mi hijo. Ha muerto Percival. Columnas me sostienen, oleadas de desnu­das emociones me golpean los costados, pero ¿cuál de ellas es pena y cuál es alegría? Me lo pregunta y no encuentro la respuesta. Sólo sé que necesito silencio, estar solo, irme, y dedicar una hora a considerar lo que ha ocurrido en mi mundo, lo que la muerte ha hecho a mi mundo.
       »Así vemos que éste es el mundo que Percival ya no ve. Examinémoslo. El carnicero entrega un pedido de carne en la casa contigua. Dos viejos avanzan a trompicones por la calle. Los gorriones levantan el vuelo. En consecuencia, la máquina funciona. Advierto el ritmo, el latir, pero lo advierto como si se tratara de algo en lo que yo no participo, debido a que Percival ha dejado de verlo. (Pálido y vendado, yace en alguna estancia.) Ahora se me presenta la oportunidad de descubrir qué es lo de mayor importancia y debo esforzarme en no mentir. Mi sentimiento con respecto a Percival era: Está sentado en el centro. Ahora no volveré a ir a este lugar. Está vacío.
       »Sí, sí, podéis estar seguros, hombres con sombreros de fieltro y mujeres con capazos en la mano; habéis perdido algo que hubiera sido de gran valor para vosotros. Habéis perdido a un jefe al que hubierais seguido. Y uno de vosotros ha perdido la felicidad y los hijos. Sí, porque ha muerto quien hubiera podido darte la una y los otros. Yace en un catre de campaña, vendado, en un caluroso hospital de la India, mientras los coolíes, en cuclillas en el suelo, agitan esos abanicos que no recuerdo cómo denominan. Pero hay algo muy importante. “Has desaparecido”, he dicho, mientras las palomas descendían sobre los tejados y nacía mi hijo, como si estas palabras expresaran un hecho real. Recuerdo su aire de independiente aislamiento, cuando éramos muchachos. Y ahora añado (se me llenan de lágrimas los ojos y se secan): “Pero es mejor de lo que osaba esperar”. Y digo, dirigiéndome a ese algo abstracto que, sin ojos, me da frente ahí, al término de la avenida, en el cielo: “¿Es esto cuanto puedes hacer?” En este caso, hemos triunfado. Has hecho lo sumo que puedes hacer, digo dirigiéndome al vacío y brutal rostro (ya que Percival tenía veinti­cinco años y hubiera vivido ochenta), y lo has hecho inútilmente. No tengo intención de arrojarme de bruces al suelo y llorar hasta que la vida deje de importarme. (He de efectuar una anotación en mi libretita: desprecio hacia quienes dan muerte absurda.) Además, y esto es importante, debo hacer cuanto esté en mi mano para poner a Percival en situaciones triviales y ridículas, a fin de que no se sienta absurdo, montado en un gran caballo. He de arreglármelas para poder decir: “Percival, nombre a todas luces ridículo”. Al mismo tiempo, permitidme que os diga, hombres y mujeres que os dirigís corriendo a la estación del metro, que no le hubierais respetado. Hubierais tenido que formar filas, y andar tras él. Cuán extraño es navegar a través de multitudes, viendo la vida con ojos vacíos y ardientes.
       »Sin embargo, ya comienzan las señales, las invitaciones, los intentos de tentarme a retroceder. La curiosidad ha desaparecido sólo durante un breve período. Nadie puede vivir fuera de la máquina por más de media hora. Advierto que los cuerpos vuelven a tener el aspecto habitual. Sin embargo, lo que hay tras ellos es diferente. La perspectiva ha cambiado. Detrás de este tablero con periódicos colgantes, está el hospital; la larga sala con hombres de negro, tirando de las cuerdas; y después le entierran. Sin embargo, como uno de ellos dice que una famosa actriz se ha divorciado, inmediatamente me pregunto ¿qué actriz? Pero no puedo extraer del bolsillo el penique, no puedo comprar un periódico, no puedo tolerar todavía las interrupciones.
       »Me pregunto si acaso no volveré a verte, no volveré a fijar la vista en tu solidez, y me pregunto qué forma revestirá nuestra comunicación. Has cruzado el ancho patio, te has alejado más y más, y has adelgazado más y más el hilo entre tú y yo. Pero, en algún lugar, existes. Algo queda de ti. Un juez. Con esto quiero decir que si algún día descubro una nueva vena en mí, la someteré en secreto a tu consideración. Te preguntaré, ¿cuál es la sentencia? Seguirás siendo el árbitro. Pero ¿hasta cuándo? Al paso del tiempo será más y más difícil explicarte las cosas. Habrá cosas nuevas. Ahora ya está mi hijo. Me encuentro ahora en el cenit de la experiencia. Vendrá el declive. Ahora ya no grito convencido “¡Qué suerte!” La exaltación, el vuelo descendente de las palomas, ha pasado ya. El caos y los detalles vuelven. Ya no me pasman los nombres escritos encima de los escaparates de las tiendas. No pienso, ¿por qué apresurarse?, ¿por qué coger trenes? La secuencia vuelve. Una cosa lleva a otra. Es el orden usual.
       »Sí, pero todavía me irrita el orden usual. No estoy dispuesto a permitir que me obliguen a acep­tar la secuencia de las cosas. Caminaré, no alteraré el ritmo de mi pensamiento deteniéndome o mirando. Caminaré. Subiré los peldaños de esta galería de arte y me someteré a la influencia de mentes como la mía, ajenas a la secuencia. Poco tiempo me queda para despejar el interrogante. Mis fuerzas vacilan. Me estoy embruteciendo. Aquí están los cuadros. Aquí están las frías vírgenes entre columnas. Dejemos que den reposo a la incesante actividad de la visión mental, la cabeza vendada, los hom­bres con cuerdas, de manera que, debajo, descubra algo no visual. Aquí están los jardines. Y Venus entre sus flores. Aquí hay santos y vírgenes azules.
       Piadosos, estos cuadros no comportan referencias, no te dan con el codo en las costillas, no señalan con el dedo. De esta manera, amplían la conciencia que de él tengo y me lo devuelven de forma diferente. Me recuerdan su belleza. “Mira donde viene”, dije.
       »Las líneas y los colores casi me convencen de que también yo puedo ser heroico, yo, que tan fácil­mente hago frases, que tan pronto quedo seducido, amo lo que viene a continuación, y no puedo crispar los puños, sino que vacilo y construyo débiles frases, de acuerdo con las circunstancias en que me encuentro. Ahora, gracias a mi debilidad, recobro lo que él era para mí: mi antítesis. Por ser naturalmente veraz, no veía la utilidad de esas exageracio­nes, y le guiaba un natural sentido de lo ajustado; realmente, era un gran maestro del arte de vivir, por lo que parece haya vivido una larga vida, difun­diendo la calma a su alrededor, casi podemos decir la indiferencia, de un modo muy claro en lo referente a sus propios triunfos, a su carrera, a pesar de que también estaba dotado en alto grado de la virtud de la compenetración con los demás. Un niño entregado a sus juegos —un atardecer de verano—, y en las puertas que se abrirán y cerrarán, que seguirán abriéndose y cerrándose, y por ellas veré visiones que me harán llorar. Sí, porque no se pue­de participar en ellas. De ahí nuestra soledad, de ahí nuestra desolación. Regreso a aquel lugar de mi mente y lo encuentro vacío. Mis deficiencias me oprimen hondamente. El ya no está aquí para oponerse a ellas.
       »Contempla la Virgen azul, rayada de lágrimas. Esto es mi entierro. Carecemos de ceremonias, sólo tenemos particulares cantos fúnebres sin conclusiones, sólo tenemos violentas sensaciones independien­tes entre sí. Nada de cuanto se ha dicho se ajusta a nuestro caso. Estamos sentados en la sala italiana de la National Gallery, recogiendo fragmentos. Dudo mucho que Ticiano sintiera alguna vez la mordedura de esta rata. Los pintores llevan vidas metódicas y absortas, añadiendo pincelada tras pincelada. No son como los poetas, chivos expiatorios. No están encadenados a la peña. De ahí el silencio y lo sublime. Sin embargo, este rojo seguramente quemó el gaznate de Ticiano. Sin duda alguna se puso en pie, sosteniendo con sus formidables brazos el cuerpo de la abundancia, y cayó en este manar. Pero el silencio pesa sobre mí. Es la perpetua exigencia de la visión. Ahora las presiones son intermitentes y sordas. Distingo menos de lo debido, y más vaga­mente de lo que debiera. Oprimo el timbre, y no sueno, ni emito irrelevantes clamoreos de tumultuo­sas campanillas. Cierto esplendor me hace titilar enloquecidamente, es el arrugado rojo contra el terso verde, es el desfile de las columnas, es la luz ana­ranjada tras las negras y picudas hojas de los olivos. Flechas de sensación se clavan en mi espina dorsal, aunque sin orden.
       »Sin embargo, algo he añadido a mi interpretación. Algo hay, profundamente enterrado. Por un momento pensé en cogerlo. Pero más vale enterrarlo. Entiérralo. Deja que germine, deja que oculto en las profundidades de mi mente algún día fructifique. Después de una larga vida, sin esfuerzo, en un momento de revelación, lo cogeré, pero ahora la idea se quiebra en mis manos. Por cada vez que las ideas se conservan enteras, mil veces se quiebran. Se quiebran, caen sobre mí. “Las líneas y los colores sobreviven, en consecuencia…”
       »Bostezo. Estoy repleto de sensaciones. Estoy exhausto, por el esfuerzo y por el largo, largo tiempo —veinticinco minutos, media hora— que me he mantenido fuera de la máquina, solo. Estoy entumecido, estoy rígido. ¿Cómo romperé esta rigidez que tan mal se compadece con mi comprensivo corazón? Hay otra gente que sufre. Multitudes y multitudes forman los que sufren. Neville sufre. Amaba a Percival. Pero yo no puedo ya soportar los excesos. Necesito a alguien con quien reír, con quien bostezar, con quien recordar cómo Percival se ras­caba la cabeza, alguien en cuya compañía Percival se encontrara a sus anchas, alguien hacia quien sintiera simpatía (no Susan, a quien amaba, sino antes bien Jinny). Si acudiera a su lado, también podría hacer penitencia. Le podría preguntar: “¿Te contó cómo le mandé a paseo, aquel día en que me pidió fuera a Hampton Court?” Estos son los pensamien­tos que me harán saltar de dolor y angustia en mitad de la noche. Son los delitos por los que haría penitencia en todos los mercados del mundo, con la cabeza descubierta, delitos como el de no ir a Hampton Court, aquel día.
       »Pero ahora quiero vida a mi alrededor, y libros y pequeños adornos, y los usuales sonidos de los mercaderes, para que sean como una almohada en la que pueda apoyar la cabeza, después de este agotamiento, y cerrar los ojos, tras la revelación. En consecuencia, bajaré decidido la escalera, alquilaré el primer taxi que se me ponga a tiro e iré a casa de Jinny.»
       »Ahí está el charco», dijo Rhoda «y no puedo cruzarlo. Oigo el rugir de la gran muela, a una pulgada de la cabeza. Su viento ruge en mi rostro. To­das las formas de vida palpables me han defraudado. Si no alargo la mano y toco algo duro, el viento me llevará a lo largo de los eternos corredores, para siempre jamás. ¿Y qué puedo tocar —qué ladrillo, qué piedra— para así cruzar el enorme vacío y penetrar en la seguridad de mi cuerpo?
       »Ahora ha caído la sombra, y la luz purpúrea cae esquinada. La figura revestida de belleza lleva aho­ra el atavío de la ruina. La figura que se erguía en la arboleda a la que van a parar las laderas de las escarpadas colinas, se derrumba en ruinas, tal como les anuncié cuando dijeron que amaban su voz en la escalera, y sus viejos zapatos, y los momentos en su compañía.
       »Ahora avanzaré por Oxford Street, viendo al frente un mundo rasgado por los rayos. Contemplaré robles partidos, y rojos allí donde la florida rama desgajada estuvo. Iré a Oxford Street y me compraré medias para ir a una fiesta. A la luz de los relámpagos haré cuanto suelo. En la lisa tierra cogeré violetas, formaré con ellas un ramo y lo ofreceré a Percival, que será algo mío para él. Y, ahora, mira lo que Percival me ha dado. Mira la calle, ahora que Percival ha muerto. Las casas tienen muy ligeros cimientos para que el viento se las lleve, al soplar levemente. Temerarios y al azar rugen raudos los automóviles, acosándonos hacia la muerte como sabuesos. Estoy en un mundo hostil. El rostro humano es repugnante. Y esto me gusta. Quiero publicidad y violencia, quiero ser arrojada como una piedra contra la roca. Me gustan las chimeneas de las fábricas, las grúas y los camiones. Me gusta el paso de rostro tras rostro tras rostro, deformes, indiferentes. Estoy harta de lo lindo, estoy harta de recato. Navego en aguas revueltas y me hundiré sin que nadie intente salvarme.
       »Con su muerte, Percival me ha revelado esto, me ha hecho caer en la cuenta de este horror, me ha sometido a esta humillación, rostros y rostros servidos como platos de sopa por marmitones, rostros vulgares, codiciosos, indiferentes, rostros que miran escaparates con paquetes colgantes, gentes que miran fijamente, que empujan, que todo lo destruyen, mancillando nuestro amor, tocado ahora por sus sucios dedos.
       »Ahí está la tienda de las medias. Poco me falta para creer que la belleza vuelve a fluir. Su susurro recorre estos pasillos, por entre los encajes y los cestos repletos de cintas de colores. Resulta que hay cálidos huecos en el corazón del rugido, alcobas de silencio en las que podemos cobijarnos bajo el ala de la belleza nacida de la verdad que deseo. El dolor queda en suspenso cuando la muchacha, en silencio, abre el cajón. Y después la muchacha habla. Me despierta. Vertiginosa desciendo al fondo, entre la maleza, y veo la envidia, los celos, el odio y el despecho, avanzando como los cangrejos sobre la arena, mientras la muchacha habla. Estos son nuestros camaradas. Pagaré y saldré con el paquete.
       »Esto es Oxford Street. Aquí el odio, los celos, la prisa y la indiferencia forman una espuma que es como una loca imitación del vivir. Estos son nues­tros camaradas. Pienso en los amigos con quienes nos sentamos y comemos. Pienso en Louis, entrega­do a la lectura de la columna de deportes de un periódico de la noche, temeroso del ridículo; es un ambicioso pedante. Mira a la gente que pasa y dice que será nuestro pastor si le seguimos. Si nos sometemos, nos reducirá a un orden. De igual manera, suavizará y alisará la muerte de Percival hasta dejarla tal como él quiere, con la vista, por encima de las vinajeras, en el cielo más allá de las casas. Entretanto, Bernard se derrumba, enrojecidos los ojos, en un sillón. Extraerá del bolsillo la libretita, y en una página de la letra M escribirá "frases a emplear en la muerte de los amigos". Jinny cruzará jacarandosa la estancia, se sentará en el brazo del sillón en que se encuentra Bernard y preguntará: “¿Tú crees que Percival me quería? ¿Sí? ¿Más que a Susan?” Susan, prometida en matrimonio a su granjero, en el campo, se quedará quieta un instan­te, fija la vista en el telegrama ante ella, con un plato en la mano, y después cerrará de un taconazo, hacia atrás, la puerta del horno. Neville, luego de mirar por la ventana, a través de las lágrimas, verá, a través de las lágrimas, y se preguntará “¿A quién veo cruzando ante la ventana? ¿Quién es ese dulce muchacho?” Este es mi tributo a Percival, marchi­tas violetas, violetas ennegrecidas.
       »¿Y a dónde iré? ¿A un museo donde se guardan anillos entre vidrios, donde hay cómodas y vestidos usados por reinas? ¿O iré a Hampton Court, para contemplar los rojos muros y los patios, y los tejos de arrebañado aspecto formando negras pirámides simétricas en el césped, entre las flores? ¿Recobraré allí la belleza, e impondré orden en mi atormentada y alborotada alma? Pero ¿qué se puede hacer en soledad? Sola, puedo quedarme quieta, en pie, en el vacío césped, y decir: Vuelan las cornejas; alguien pasa con una bolsa en la mano; he aquí un jardinero con una carretilla. Aguardaré formando cola y oleré a sudor, y a perfume más horrible que el sudor, y seré colgada juntamente con los demás, como una pieza de carne cruda entre otras piezas de carne cruda.
       »Aquí hay un establecimiento en el que uno paga y entra, donde uno escucha música, entre gente adormecida que ha venido, después de comer, en la tarde ardiente. Hemos comido carne de buey y pastel en cantidades suficientes para vivir durante una semana sin probar bocado. En consecuencia, como larvas nos apretujamos, subidos a los lomos de algo que nos transportará. Decorosos y con buen porte. Bajo el sombrero tenemos blanco cabello ondulado. Finos zapatos. Bolsos menudos. Bien afeitadas mejillas. Aquí y allá, un militar bigotillo. No hemos permitido que ni una mota de polvo se pose en el fino paño de nuestro vestido. Balanceándonos y abriendo programas, con breves palabras de saludo a los amigos, nos aposentamos, como focas varadas en las rocas, como pesados cuerpos incapaces de arrastrarse hasta el mar, en espera de que una ola nos ponga a flote, pero pesamos demasiado, y hay una extensión de arena demasiado ancha entre nosotros y el mar. Yacemos atiborrados de comida, embrutecidos por el calor. Entonces, hinchada pero contenida por el envoltorio de resbaladizo satén, la mujer verde mar viene a rescatarnos. Se succiona los labios, introduciéndoselos en la boca, adopta un aire tenso, se hincha y se lanza en el momento preciso, como si hubiera visto una manzana y su voz fuera una flecha, con la nota, “¡Ah!”
       »Un hacha ha rajado el tronco del árbol hasta el corazón. El corazón es cálido. El sonido late envuel­to en la corteza. “¡Ah!”, gritó una mujer a su amante, asomada a una ventana, en Venecia. “¡Ah, ah!”, gritó. Y volvió a gritar: “¡Ah!” La mujer nos ha enriquecido con un grito. Sí, pero sólo un grito. ¿Y qué es un grito? Entonces, los hombres con aspecto de escarabajos surgen violín en ristre, esperan, cuentan, dan un cabezazo y bajan los arcos. Y hay ondu­laciones y risas, como en la danza de los olivos, y sus grises hojas de cien mil leguas, cuando el hombre de mar, mordisqueando una ramita que sostiene entre los labios, salta a tierra, en el lugar al que descienden las laderas de las escarpadas colinas de cien mil jorobas.
       »“Como” y “como” y “como”, sí, pero ¿cuál es esa cosa que hay bajo las apariencias de la cosa? Ahora que el rayo ha rajado el tronco del árbol, y que la rama florida ha caído, y que Percival, con su muerte, me ha hecho este obsequio, quiero ver la cosa. Hay un rectángulo. Hay un rombo. Los jugadores cogen el rectángulo y lo ponen sobre el rombo. Lo ponen con gran cuidado, construyendo un perfecto habitáculo. Poco es lo que queda fuera. Ahora la estructura es visible. Lo que antes había quedado solamente esbozado queda ahora de mani­fiesto. No somos tan diferentes, ni tan perversos. Hemos construido rombos y los hemos colocado so­bre rectángulos. Este es nuestro triunfo, éste es nuestro consuelo.
       »La dulzura de este rebosante contenido rebasa los muros de mi mente y libera mi comprensión. Deja ya de vagar sin rumbo, digo. Esto es el fin. El rombo ha sido colocado sobre el rectángulo. La espiral está en lo alto. Hemos sido transportados sobre la arena al mar. Los intérpretes regresan. Pero ahora se enjugan el sudor del rostro. Ya no tienen el lozano y bienhumorado aspecto de antes. Me iré. Quiero aprovechar la tarde. Emprenderé una peregrinación. Iré a Greenwich. Sin miedo, me arrojaré a los tranvías y a los autobuses. Mientras impetuosos descendemos por Regent Street, me arrojo sobre esta mujer, sobre este hombre, y salgo ilesa y tranquila, de la colisión. Sobre el rombo hay un rectángulo. Hay aquí sórdidas calles en las que se regatea ante tenderetes callejeros, y en que se ofrece toda suerte de barras de hierro, tornillos y tuercas, y la gente se apretuja en el pavimento, sosteniendo con gruesos dedos porciones de carne cruda. La estructura es visible. Hemos construido un habitáculo.
       »Estas son, pues, las flores que crecen entre los ásperos céspedes del campo que las vacas pisotean, mordidos por el viento, casi deformes, sin fruto ni flor. Estas son las flores que yo traigo, arrancadas por las raíces del pavimento de Oxford Street, mi ramo de un penique, mi ramo de violetas de un pe­nique. Ahora por la ventanilla del tranvía veo mástiles entre las chimeneas. Hay un río. Hay buques que navegan hacia la India. Pasearé por la orilla del río. Caminaré por esta orilla, donde un viejo lee el periódico bajo una techumbre de vidrio. Pa­searé por este muelle y contemplaré los buques descendiendo con la marea. Una mujer, con un perro ladrando a su alrededor, pasea por cubierta. Su falda se agita. Su cabello se agita. Se hacen a la mar. Nos dejan. Se desvanecen en esta tarde de verano. Ahora me entregaré. Ahora me soltaré. Ahora por fin liberaré el retenido, el violentamente rechazado deseo de ser consumida. Juntos galoparemos por desiertas colinas, en las que la golondrina hunde las puntas de las alas en oscuras lagunas y las columnas erectas se conservan enteras. A la ola que se estrella en la playa, a la ola que lanza su blanca espuma hasta los más lejanos confines de la tierra, arrojo mis violetas, mi ofrenda a Percival.»



       El sol ya no estaba en mitad del cielo. Su luz esquinada caía oblicua. Aquí, daba en el borde de una nube y lo quemaba, convirtiéndolo en una fran­ja de luz, en una llameante isla sobre la que no había pie que pudiera asentar la planta. Después la luz incidió en otra nube, y en otra y en otra, de modo que las olas, debajo, quedaron traspasadas por flechas, por ígneos dardos con plumas que cruza­ban sin rumbo fijo el tembloroso azul.
       Las más altas hojas del árbol se rizaban al sol. Rígidas murmuraban, al impulso de la brisa sin sentido. Los pájaros se estaban quietos. Sólo movían bruscamente la cabeza a uno y otro lado. Ahora hacían un alto en su cantar, como si estuvieran saciados de sonido, como si la plenitud del mediodía les hubiera dejado ahítos. La libélula posada inmóvil sobre un junco, trazó su puntada azul en el aire. El lejano murmullo parecía formado por el irregular y trémulo batir de finísimas alas, bailando, en constantes ascensos y descensos, en el horizonte. Ahora el agua del río mantenía fijos los juncos, co­mo si una capa de vidrio se hubiera solidificado a su alrededor. Después, el vidrio se agitó y los juncos bajaron la cabeza. Meditativas, humillada la cabe­za, las vacas movían pesadamente una pata, y después la otra. Sobre el cubo, cerca de la casa, el grifo dejó de gotear, como si el cubo estuviera ya rebo­sante, y luego el grifo dejó caer una, dos, tres gotas separadas, una tras otra.
       Las ventanas reflejaron sin orden puntos de fuego, una rama en cayado, y después un tranquilo espacio de pura claridad. La persiana roja colgaba del borde de la ventana, y dentro de la estancia dagas de luz caían sobre las sillas y las mesas, rajando barnices y lacas. El verde cacharro abultaba enor­memente, con su blanca ventana alargada en el costado. La luz, empujando las tinieblas ante sí, se derramaba con profusión en rincones y oquedades. Sin embargo, acumulaba tinieblas en montones in­formes.

       Las olas se alzaban, curvaban el lomo y rompían. Al aire saltaban piedras y arena. Rodeaban las rocas, y la espuma pulverizado, saltaba hacia lo alto, salpicando los muros de la cueva que habían estado secos hasta el momento, y dejaban en tierra firme charcos en los que algún pez retorcía la cola, atrapado, mientras la ola se retiraba.
       «He firmado», dijo Louis, «veinte veces ya, y otra y otra y otra vez. Claro, firme y sin equívocos, aquí está mi nombre. También yo soy claro y sin equí­vocos. Sin embargo, llevo en mí una vasta herencia de experiencias. He vivido mil años. Soy como un gusano que se ha abierto camino comiendo la ma­dera de una viejísima traviesa de roble. Pero ahora soy sólido. Ahora, en esta hermosa mañana, formo una prieta unidad, sin la menor dispersión.
       »En el cielo despejado brilla el sol. Pero las doce no traen lluvia ni sol. Las doce es la hora en que la señorita Johnson me trae mis cartas para la firma en un receptáculo de alambre. Sobre estas blancas hojas dejo grabado mi nombre. El murmullo de las hojas es como el del agua corriendo por las ace­quias, verdes profundidades moteadas de dalias y zinias. Y yo, ya un duque, ya Platón el camarada de Sócrates; la marcha de hombres de piel oscura, hombres de piel amarilla, en emigración al Este, al Oeste, al Norte y al Sur; la eterna procesión, las mujeres van ahora con carteras de negocios por el Strand abajo, como antes iban con cántaros al Nilo; todas las hojas enroscadas, formando una densa masa, de mi vida con infinitas hojas, están ahora resumidas en mi nombre, limpia y escuetamente re­cortado sobre esta hoja. Ahora soy un adulto en su plenitud, ahora, erecto al sol o bajo la lluvia, he de caer con la fuerza del hacha para cortar este roble en méritos de mi peso tan sólo, porque si me desvío hacia allí, o hacia allá, caeré como la nieve y me frustraré.
       »Estoy medio enamorado de la máquina de escribir y del teléfono. Mediante cartas y telegramas, y breves pero corteses órdenes telefónicas a París, Berlín, Nueva York, he fundido en una mis muchas vidas. Con mi perseverancia y decisión he contribuido a trazar en el mapa estas líneas que unen las diferentes partes del mundo. Me gusta llegar a las diez en punto a mi despacho, me gusta el purpúreo brillo de la caoba, me gusta la mesa y sus afilados cantos, y también los cajones que con tanta suavi­dad se abren. Me gusta el teléfono con su labio dispuesto a repetir mi susurro, y me gusta el día de la fecha en la pared, así como la agenda en que anoto las entrevistas. El señor Prentice a las cua­tro, el señor Eyres a las cuatro treinta en punto.
       »Me gusta ser convocado al despacho privado del señor Burchard para informarle de nuestras relaciones con China. Tengo esperanzas de heredar un sillón y una alfombra turca. Con el hombro empujo la rueda, empujo las tinieblas ante mí, propagando el comercio en las lejanas partes del mundo donde sólo caos había. Si persevero en la lucha de convertir el caos en orden, me encontraré en el lugar que ocupó Chatham, y que ocupó Pitt, Burke y Sir Robert Peel. De esta manera lavo ciertas máculas y borro viejas culpas, como aquella mujer que me dio la bandera puesta en la cumbre del árbol de Navidad, lavo mi acento, los azotes y otras torturas, los muchachos fanfarrones, mi padre banquero en Brisbane.
       »He leído a mi poeta en la casa de comidas, y, mientras revolvía con la cucharilla el café, he escuchado a los oficinistas apostando en las pequeñas mesas y he contemplado a las mujeres dubitativas ante el mostrador. He dicho que nada puede care­cer de importancia, ni siquiera un papel pardo accidentalmente caído al suelo. He dicho que sus empe­ños han de tener una finalidad prevista, que deben ganarse sus dos libras con diez a la semana bajo el mando de un augusto jefe. Y al atardecer, una mano, una túnica, debe acogernos. Cuando haya reducido estas fracturas y haya comprendido estas monstruosidades, de manera que ya no exijan excusas y justificaciones, que son causa de que malgastemos en parte nuestras energías, devolveré a la calle y a la casa de comidas lo que perdieron al caer en estos duros tiempos y al quebrarse en estas pedregosas playas. Reuniré unas cuantas palabras, pocas, y forjaré a nuestro alrededor un aro de hierro.
       »Pero ahora no puedo perder ni un momento. Aquí no hay respiro, no hay sombra de trémulas hojas, no hay hueco en el que quepa refugiarse del sol, o sentarse con un ser amado, en el fresco atardecer. Sobre los hombros llevamos el peso del mundo, su visión está en nuestros ojos, si parpadeamos o desviamos la vista a un lado, o nos volvemos de espalda para coger con los dedos lo que Platón dijo, o recordar a Napoleón y sus conquistas, in­fligiremos al mundo la herida de cierta oblicuidad. La vida es esto. Él señor Prentice a las cuatro. El señor Eyres a las cuatro treinta. Me gusta oír el suave murmullo del ascensor, el sordo golpe con que se detiene en mi descansillo, y los viriles pasos de responsables pies a lo largo de los corredores. Y de esta manera, en méritos de nuestros esfuerzos aunados, mandamos buques a los más remotos con­fines del mundo, buques repletos de retretes y de gimnasios. Llevamos sobre los hombros el peso del mundo. La vida es esto. Si persevero, heredaré un sillón y una alfombra, una casa con invernaderos en Surrey, y una rara conífera, una rara planta de melón o árbol florido que será la envidia de los restantes mercaderes.
       »Sin embargo, sigo viviendo en mi buhardilla. Allí abro el libro de siempre. Desde allí, contemplo cómo la lluvia resbala en las losas hasta que brillan como el impermeable de un policía, desde allí veo las rotas ventanas de las casas de los pobres, los flacos gatos, una meretriz mirándose con guiños en los ojos en un espejo roto, mientras se arregla la cara para la esquina callejera. Y a veces viene Rhoda. Somos amantes.
       »Percival ha muerto (murió en Egipto, murió en Grecia, todas las muertes son una sola muerte). Su­san tiene hijos. Neville asciende rápidamente a las más conspicuas alturas. La vida pasa. Cambian perpetuamente las nubes sobre nuestras casas. Yo hago esto, hago aquello, y de nuevo hago esto y otra vez aquello. Al reunirnos y separarnos, montamos dife­rentes formas, construimos diferentes estructuras. Pero si no clavo estas impresiones en el tablón, y de los muchos hombres no hago uno, si no existo aquí y ahora en vez de existir a manchas y porciones como la nieve que motea las lejanas montañas, si no pregunto, al pasar, a la señorita Johnson algo acerca de películas de cine, si no tomo mi taza de té no acepto mi pasta favorita, entonces caeré con la nieve y me frustraré.
       »Sin embargo, cuando llegan las seis, y con la mano me toco el sombrero al pasar ante el conserje, ya que siempre he sido excesivamente efusivo en la cortesía, debido a que deseo grandemente ser aceptado, y avanzo dificultosamente, inclinado hacia delante para vencer el contrario empuje del viento, abotonado de arriba abajo, azul la quijada y saltándoseme las lágrimas, deseo tener una menuda mecanógrafa sentada en las rodillas, pienso que mi plato favorito es hígado con jamón, y soy propenso a orientar mis pasos hacia el río, hacia las estrechas calles en que abundan las tabernas, en que hay som­bras de buques al fin de la calle y mujeres a la greña. Pero recobro la sensatez y me digo, el señor Prentice a las cuatro, el señor Evres a las cuatro treinta. El hacha ha de caer en el tronco, el roble ha de ser hendido en su centro. Llevo en los hom­bros el peso del mundo. Ahí está la pluma, ahí está el papel, en las cartas del receptáculo de alambre escribo mi nombre, yo, yo, y otra vez yo.»
       «Llega el verano, y el invierno», dijo Susan. «Las estaciones se suceden. La pera se forma y cae del árbol. La hoja muerta descansa en el seto. Pero el vapor ha oscurecido la ventana. Sentada junto al fuego contemplo cómo hierve la tetera. A través del vapor, con riachuelos en la ventana, veo el peral.
       »Duerme, duerme, canturreo, tanto si es verano como si es invierno, mayo o noviembre. Duerme, canto, yo que carezco de oído musical y solamente oigo la música del campo cuando el perro ladra, suena la campana o gimen las ruedas sobre la tierra. Junto al fuego canto mi canción, como una vieja concha murmura en la playa. Duerme, duerme digo, alejando con mi voz a cuantos producen el metálico sonido de los bidones de leche, dignaran contra las cornejas, disparan contra los conejos, o de cualquier otra manera acercan el sobresalto de la destrucción a la cuna de mimbre, cargada de suaves miembros que se curvan bajo el cobertor de color de rosa.
       »He perdido la indiferencia, la mirada inexpresi­va, los ojos en forma de pera que veían la raíz. Ya no soy enero, mayo o cualquier otra estación, sino que soy un tejido de muy fino hilo alrededor de la cuna, envolviendo en un capullo hecho con mi propia sangre los delicados miembros de mi hijo. Duerme, digo, y siento en mi interior que, alzándose, surge una violencia más salvaje y más tenebrosa, que me hace capaz de derribar de un solo solee a cualquier intruso, a cualquier raptor, que al entrar en esta estancia despertara al durmiente.
       »Voy de un lado para otro, en esta casa, todo el día, con delantal y zapatillas, como mi madre, que murió de cáncer. Ya no puedo juzgar por el césped del valle o la flor del espino si es verano o si es invierno, y sólo puedo hacerlo por el vapor en el cristal de la ventana o por la escarcha en el cristal de la ventana. Cuando la alondra lanza muy alto el anillo de su voz que cae en el aire como la monda de la manzana, me inclino. Alimento a mi hijo. Yo, que solía pasear por el bosque de hayas, observan­do cómo se azulaba al caer la pluma del grajo, pasando ante el pastor y el vagabundo, que miraba a la mujer en cuclillas en la cuneta, junto a un carro inclinado, voy ahora de habitación en habitación, con un plumero en la mano. Duerme, digo, desean­do que el sueño descienda como una manta de plumón y cubra estos débiles miembros, exigiendo que la vida enfunde sus garras y retenga sus rayos y pase en silencio, convirtiendo mi cuerpo en un hueco, en un cobijo para que en él duerma mi hijo. Duerme, digo, duerme. O me acerco a la ventana y miro el alto nido de la corneja y el peral. “Sus ojos verán, cuando los míos estén va cerrados”, pienso. “Fuera de mi cuerpo, mezclada con ellos iré y veré la India. Volverá a casa, con trofeos que pondrá a mis pies. Aumentará mis posesiones”.
       »Pero nunca me levanto al alba, y no veo las purpúreas gotas en las hojas de la col, las rojas gotas en las rosas. No veo el hocico del perro setter
       trazando círculos en el aire, ni por la noche yazco viendo cómo las hojas ocultan las estrellas y las estrellas se mueven y las hojas se están quietas. Llama el carnicero. Hay que poner la leche a la sombra, para que no se agríe.
       »Duerme, digo, duerme, y la tetera hierve y su aliento se hace más y más denso hasta que sale en chorro del curvo tubo. De esta manera la vida llena mis venas. De esta manera la vida corre por mis miembros. De esta manera me siento impulsada a avanzar, hasta sentir deseos de gritar, mientras voy de un lado para otro del alba al ocaso: “¡Basta, estoy ahíta de felicidad natural!” Sin embargo, más vendrán. Más hijos. Más cunas, más capazos en la cocina, y más jamones sazonándose. Y cebollas rebrillando. Y más lechugas y patatas. Me siento como una hoja llevada por el viento, ahora rozando el césped húmedo, ahora alzándome en el aire. Estoy ahíta de felicidad natural, y a veces deseo que esta plenitud se aleje de mí, que se alce el peso de la casa dormida, cuando estamos sentados leyendo, cuando paso el hilo por el ojo de la aguja. La lám­para alimenta un fuego en el oscuro cristal de la ventana. El fuego arde en el corazón de la enredadera. Veo una calle iluminada, en las siemprevivas. Oigo tránsito en el rumor del viento por el sendero, voces rotas, una risa, y a Jinny que grita, cuando la puerta se abre: “¡Ven, ven!”
       »Pero ni un sonido rompe el silencio de nuestra casa, junto a cuya puerta suspiran los campos. El viento se cuela por entre los tejos. Una polilla choca contra la lámpara. Muge una vaca. Gime la madera de la traviesa, paso el hilo por el ojo de la aguja y murmuro: “Duerme”.»
       «Ahora es el momento», dijo Jinny. «Ahora hemos coincidido, ahora nos hemos reunido. Hablemos, contemos historias. ¿Quién es él? ¿Quién es ella? Siento una infinita curiosidad y no sé qué pasará. Si tú, a quien acabo de conocer, me dijeras: “La diligencia parte a las cuatro de Piccadilly”, no perdería si­quiera los instantes precisos para meter en un ma­letín lo imprescindible, e iría contigo inmediatamente.
       »Sentémonos aquí, bajo las flores, en el sofá junto al cuadro. Adornemos nuestro árbol de Navidad con hechos y más hechos. La gente se va tan pronto… Vayámonos con ella. Este hombre que está ahí, al lado de la cómoda, vive, según me dices, rodeado de jarrones chinos. Cascas uno v rasgas mil libras esterlinas. Amaba a una muchacha, en Roma, y la muchacha le dejó. De ahí los jarrones chinos, cacharros descubiertos en casas de huéspedes o sacados de bajo las arenas del desierto. Y, como sea que la belleza ha de romperse todos los días, a fin de que siga siendo bella, este hombre es estático, su vida está estancada en un mar de porcelana china. Sin embargo, me parece raro, sí, porque este hombre fue joven en otros tiempos, y sentado en húmedos suelos bebió ron con los soldados.
       »Hay que ser rápido en este mundo, hay que prender hábilmente hechos y más hechos, como ju­guetes al árbol de Navidad, fijándolos con un giro de los dedos. El hombre se inclina hacia delante; cómo se inclina, incluso hacia la azalea. Incluso se inclina hacia esta vieja, sólo porque lleva diamantes en las orejas y, como un paquete, pasea en un coche tirado por una yegua por sus tierras, decidiendo quién merece ayuda, qué árbol ha de ser derribado, quién ha de ser despedido mañana. (Debo decirte que he vivido mi vida, durante estos años, y que ahora tengo más de treinta, y he vivido peligrosamente, como una cabra montés, saltando de roca en roca; permanezco poco tiempo en un mismo sitio; nunca me vinculo a una persona determinada; pero descubrirás que si levanto el brazo, inmediatamente aparece una figura y se acerca.) Y este hombre es juez. Y éste un millonario. Y aquél, que tiene un ojo de vidrio, con una flecha atravesó el corazón de su niñera cuando tenía diez años. Des­pués cabalgó por desiertos portador de mensajes, tomó parte en revoluciones, y ahora reúne material para escribir una historia de la familia de su madre, desde antiguo asentada en Norfolk. Y aquel hombrecillo del mentón azulenco tiene la mano derecha tullida. Pero ¿a qué se debe? Lo ignoramos. Aquella mujer, musitas discreto, con las pagodas de perlas colgando de las orejas, fue la pura llama que iluminó la vida de uno de nuestros grandes hombres de estado. Desde la muerte del hombre de estado en cuestión, la mujer ve fantasmas, adivina el porvenir y ha adoptado a un muchacho con piel del color del café a quien llama el Mesías. Aquel hombre del mostacho caído, como el de un oficial de caballería, fue extremadamente depravado (se cuenta todo en unas memorias), hasta el día en que conoció a un hombre en un tren, que le convirtió, entre Edimburgo y Carlisle, leyéndole la Biblia.
       »Así, en muy pocos segundos, hábiles y clarivi­dentes, desciframos los jeroglíficos escritos en la cara de los demás. Aquí, en esta sala, se encuentran las desgastadas y aporreadas conchas lanzadas por el mar a la playa. La puerta sigue abriéndose. La sala se llena y se llena de conocimiento, angustia, muy diferentes clases de ambición, mucha indiferencia y algo— de desesperación. Entre todos noso­tros, me dices, podríamos construir catedrales, dictar políticas a seguir, condenar hombres a muerte y dirigir los asuntos de varias instituciones públicas. El común acervo dé experiencias es muy profundo. Entre todos nosotros tenemos gran número de hijos de uno y otro sexo, a los que estamos educando, a los que visitamos en los internados cuando tienen el sarampión y a los que preparamos a fin de que hereden nuestras casas. De una u otra manera hemos dado importancia a este día, este viernes; por el medio de acudir a los tribunales de justicia otros a los bancos y centros de negocios, otros a la clínica, y otros por el medio de desfilar en cuatro de a fondo. Un millón de manos cosen, suben cuezos con ladrillos. La actividad es infinita. Y mañana vuelve a comenzar, mañana damos importancia al sábado. Algunos tomarán el tren de Francia, otros embarcarán para la India. Algunos jamás volverán a entrar en esta sala. Uno morirá esta noche. Otro engendrará un hijo. De nosotros nacerán edificios de todo género, políticas, aventuras, cuadros, poemas, hijos, fábricas. La vida viene. La vida se va. Nosotros hacemos vida. Eso dices.
       »Pero nosotros, los que vivimos con el cuerpo, vemos, con la imaginación del cuerpo, el perfil de las cosas. Veo rocas iluminadas por la esplendente luz del sol. No puedo llevar estos hechos al interior de una cueva y, formando visera con la mano so­bre los ojos, transformar sus amarillos, sus azules, sus sombras, en una sustancia. Soy incapaz de estar mucho rato sentada. He de saltar e irme. La diligencia puede partir de Piccadilly de un momento a otro. Dejo caer al suelo estos hechos —los diamantes, las manos tullidas, los jarrones chinos y todo lo demás— como un mico deja caer las nueces de sus desnudas manos. Ignoro si la vida es esto o lo otro. Voy a mezclarme con la heterogénea multitud. Quiero balancearme, ser azotada, subir y bajar, como un buque en la mar.
       »Y lo hago porque mi cuerpo, mi compañero, que no deja de lanzar señales, que lanza el negro y áspero “No”, el áureo “Ven”, en rápidas flechas de sensaciones, está ahora expresándose. Alguien se acerca. ¿Habré levantado el brazo? ¿Acaso he mirado? ¿Será que mi pañuelo amarillo con lunares de color fresa se ha puesto a flotar y agitarse? El hombre ha surgido de la pared. Sigue. Me persigue por el bosque. Todo está en éxtasis, todo es nocturno, siguen gritando los loros en las ramas. Todos mis sentidos están erectos. Ahora siento la aspereza de la fibra de la cortina por la que paso; ahora siento la fría barandilla de hierro y su pintura con desprendidas escamas en la palma de la mano. Ahora la fresca marea de oscuridad rompe sus aguas contra mí. Estamos al aire libre. Se abre la noche, la noche atravesada por vagabundas polillas, la noche que oculta a los enamorados camino de la aven­tura. Huelo a rosas, huelo a violetas, veo rojo y azul apenas escondidos. Ahora hay grava bajo mis zapa­tos, ahora hay césped. Hacia el cielo se deslizan las altas casas negras, con el delito de las luces. »Todo Londres está incómodo con tanto destello de luz. Ahora cantemos nuestro canto de amor. Ven, ven, ven. Ahora mi áurea señal es como una libélula en tenso vuelo. Digo palabras que suenan como el reclamo del ruiseñor cuya melodía se comprime en el paso de su garganta demasiado estrecha. Ahora oigo chasquidos y rumor de ramas y golpes de cuer­nos, como si todas las bestias del bosque hubieran salido de caza, y todas saltaran y corriesen por entre la maleza espinosa. Una me ha atravesado. Una ha penetrado en mí.
       »Y flores de terciopelo y hojas con frescor de agua me cubren, me rodean y me perfuman.»
       «Fíjate», dijo Neville, «¿has visto el reloj en la repisa del hogar? Sí, el tiempo pasa. Envejecemos. Pero todo se reduce a estar contigo, —sólo contigo, aquí, en Londres, en esta habitación iluminada por el fuego, tú ahí y yo aquí. Esto es todo lo que con­tiene este mundo saqueado hasta sus últimos rincones, esquilmadas todas sus alturas y cortadas todas sus flores. Mira el fuego ascendiendo y descendiendo por el dorado tejido de la cortina. La fruta que la luz cerca cae pesadamente. Cae en la punta de mi bota, y da un halo rojo a tu cara que me parece el fuego y no tu cara. De la misma manera me parece que esto son libros en la pared, y esto una cortina, y esto quizá sea un sillón. Pero, cuando tú llegas, todo cambia. Las tazas y los platos han cambiado, cuando tú has llegado esta mañana. No cabe la menor duda, he pensado, mientras echaba a un lado el periódico, de que nuestras mezquinas vidas, pese a ser feas, sólo se revisten de esplendor y adquieren significado cuando las contemplamos con los ojos del amor.
       »Me levanté. Desayuné. Teníamos ante nosotros todo el día; y como sea que era hermoso, tierno, neutral, a pie cruzamos el parque hasta la orilla del río, por el Strand fuimos a Saint Paul, y después a la tienda en que me compré un paraguas, siempre hablando, y deteniéndonos de vez en cuando para mirar. Pero ¿puede esto durar?, me pregunté cuando estábamos junto al león de Trafalgar Square, junto al león visto una vez y para siempre jamás. Así revivo mi vida pasada, escena por escena. Hay un olmo, y ahí reposa Percival. Para siempre, siempre, juré. Después, como de costumbre, caía en la duda. Te cogí la mano. Me dejaste. El descenso a la estación del metro fue como una muerte. Que­damos separados, alejados por todas esas caras, y por el hueco viento que rugiente parecía barrer pelados peñascos. Estuve sentado, con los ojos abier­tos, en mi aposento. A las cinco supe que eras infiel. Cogí el teléfono, y el run, run, run, de su estúpida voz en tu vacía habitación golpeaba mi corazón, hundiéndolo, cuando la puerta se abrió, y allí estabas tú. Este fue, entre todos, nuestro más perfecto encuentro. Pero estos encuentros, estas separacio­nes, acaban destruyéndonos.
       »Ahora esta habitación me parece un centro ab­soluto, algo arrancado de la eterna luz. Fuera, las líneas se retuercen y se cortan, pero lo hacen a nuestro alrededor, arropándonos. Aquí estamos cen­trados. Aquí podemos guardar silencio o hablar sin alzar la voz. ¿Te has fijado en esto y en esto?, de­cimos. Digo esto, queriendo decir… Ella dudó y, creo, entró en sospechas. De todos modos, oí voces y un sollozo, en la escalera, cuando ya era muy de noche. Esto significaba el fin de sus relaciones. De esta manera tejemos a nuestro alrededor hilos infi­nitamente delgados y construimos un sistema. De él forman parte Platón y Shakespeare, así como gente totalmente oscura, sin la menor importancia. Odio a los hombres que llevan crucifijos en el lado izquierdo del chaleco. Odio las ceremonias y los lamentos, y la triste figura de Cristo temblando al lado de otra temblorosa y triste figura. También odio la pompa y la indiferencia y el énfasis, dado siempre a las palabras que no lo merecen, de la gente que perora bajo candelabros, solemnemente ataviados de gala, con estrellas y condecoraciones. Un poco de rocío en un seto, un ocaso en un liso campo invernal, o el modo en que una mujer está sentada, los brazos en jarras, en un autobús, con un cesto, esto es lo que tú me invitas a mirar, o yo a ti. Es un inmenso alivio poder llamarnos recí­procamente la atención sobre algo. Y, después, tam­bién el silencio. Seguir las oscuras sendas de la mente y penetrar en el pasado, visitar libros, apar­tar sus ramas y arrancar la fruta. Y mirarla y ma­ravillarme, como miro los despreocupados movimientos de tu cuerpo y me maravillo ante su fácil aire, su poder… el modo en que abres las ventanas, y la destreza de tus manos. Sí, porque, triste es decirlo, mi mente está algo enferma, se fatiga muy pronto. Termino fláccido y húmedo, quizá repugnan­te, al final.
       »Triste es decirlo, pero soy incapaz de cabalgar por la India, cubierto con un salacot, y pasar la noche en un bungalow. No puedo, tal como tú puedes, revolcarme como un muchacho casi desnudo en la cubierta de un barco, jugando con otros a rociarnos con una manguera. Necesito este fuego, ne­cesito este sillón. Necesito sentarme al lado de alguien, después de los empeños del día, con todas sus angustias, todas sus tensas atenciones, sus es­peras y sus suspicacias. Después de las peleas y las reconciliaciones, necesito intimidad, estar a solas contigo, poner orden en esa barahúnda. Sí, porque en mis costumbres soy pulido como un gato. Debemos ser la antítesis de la esterilidad y las deformi­dades del mundo, de sus multitudes que dan vuel­tas y vueltas, torrenciales, pateándose. Uno debe deslizar estiletes, con precisión y suavidad, entre páginas de novelas, y atar montoncillos de cartas con una cinta de seda verde, y barrer las cenizas con una escoba hecha para limpiar el hogar. Todo debemos hacerlo con el propósito de rechazar los horrores de la deformidad. Leamos escritores de virtud y severidad romanas; busquemos la perfección en las arenas. Sí, pero me gusta poner la virtud y la severidad de los nobles romanos bajo la gris luz de tus ojos, así como los ondulantes céspedes y las brisas de verano, y las risas y los gritos de muchachos en juegos, desnudos muchachos rocián­dose con mangueras unos a otros en las cubiertas de los buques. Pero no soy un desinteresado buscador, como Louis, de la perfección en las arenas. Los colores siempre manchan la página, y encima pasan las nubes. Y el poema me parece que sólo es tu voz hablando. Alcibíades, Ayax, Héctor y Percival también son tú. Les gustaba montar, arriesgaban temerariamente su vida y tampoco eran grandes lectores. Pero tú no eres Ayax ni Percival. Ellos no fruncían la nariz ni se rascaban la frente con tu exacto ademán. Tú eres tú. Esto es lo que me consuela de la carencia de muchas cosas —soy feo, soy débil—, y de la depravación del mundo, de la huida de la juventud, de la muerte de Percival, y de la amargura y del rencor y de las envidias innumerables.
       »Pero si un día no vienes después del desayuno, si un día te veo a través de cualquier espejo buscando, quizá, a otro, si el teléfono suena y suena en tu habitación vacía, entonces, después de indecibles angustias, entonces porque la locura del corazón humano no tiene límites— buscaré y encontraré un tú como el tuyo. Entretanto, borremos de un golpe el tic-tac del reloj del tiempo. Acércate más.»



       Ahora el sol había descendido más en el cielo. Las islas de nube habían adquirido más densidad y, arrastrándose, pasaban ante el sol, por lo que las rocas se tornaban súbitamente negras, y el trémulo acebo perdía su azul para quedar de plata, y som­bras como grises paños impulsados por un soplo se extendían sobre el mar. Las olas ya no visitaban las lejanas charcas, ni alcanzaban la punteada línea negra de trazo irregular, sobre la playa. La arena era gris perla, suave y brillante.
       Los pájaros trazaban altos círculos y arcos en el aire. Algunos volaban raudos por los surcos del viento, giraban y se deslizaban por ellos, como si fueran un solo cuerpo cortado en mil hilos. Como una red, caían los pájaros al descender a las copas de los árboles. Un pájaro voló solitario hacia el campo, y se posó en una blanca estaca, donde abrió las alas y las volvió a cerrar.
       En el jardín habían caído algunos pétalos. Reposaban sobre la tierra, ahuecados como conchas. La hoja muerta ya no seguía en su seto, sino que el viento la había arrancado, y ahora corría, y después se detenía, pegada a un tallo. Por todas las flores pasaba la misma onda de luz, en un repentino es­tremecimiento y esplendor, como si una aleta hubiera cortado el verde cristal de un lago. De vez en cuando, un soplo rasante e imperioso agitaba arriba y abajo las multitudinarias hojas, y, cuando el soplo comenzaba a extinguirse, cada hoja recobraba su identidad. Las flores que quemaban al sol sus coloridos discos, se apartaban de la luz, cuando el viento las agitaba, y algunas cabezas, demasiado pesadas para volver a alzarse, quedaban levemente caídas.
       El sol de la tarde calentaba los campos, azulaba las sombras y enrojecía las espigas. Como un barniz, un profundo tinte cubría los campos. Un carro, un caballo, un vuelo de cornejas, todo lo que se movía a la luz del sol quedaba envuelto en dorada redondez. Si una vaca movía una pata, provocaba ondulaciones de oro rojizo, y los cuernos parecían forrados de luz. Haces de espigas con cabellera de lino yacían en los lindes de los campos, como caídos de los hirsutos carros llegados de los prados, los carros de cortas patas y primitivo aspecto. Las nubes de redondeadas cabezas desprendían otra en su avance, pero conservaban todos los átomos de su redondez. Ahora, en su camino, atraparon a un pue­blo entero en su red, y al rebasarlo dejaron volar de nuevo, libremente, la red. A lo lejos, en el horizonte, entre millones de granos de polvo gris azulado ardía un vidrio, o se alzaba la solitaria raya de la aguja de una iglesia, o un árbol.
       Las rojas cortinas y las blancas persianas agitadas por el viento salían y entraban por la ventana, golpeando su marco, y la luz que entraba a intermitencias irregulares, con desigual intensidad, tenía un pardo matiz, y había cierto abandono en su soplo por entre las cortinas alzadas por las rachas. La luz matizaba aquí de castaño una alacena, enrojecía allí una silla, y más cerca estremecía el cristal de la ventana.

       Durante unos instantes, todo vaciló y se curvó, incierto y ambiguo, como si una gran mariposa hu­biera ensombrecido, al cruzar la estancia, la inmensa solidez de las sillas y las mesas con sus alas flotantes.
       «Y el tiempo», dijo Bernard, «deja caer su gota. La gota que se ha formado en la techumbre de nuestra alma cae. En la techumbre de mi mente el tiempo, formándose, deja caer su gota. La semana pasada, mientras me afeitaba, la gota cayó. Estando en pie, con la navaja barbera en la mano, me di cuenta bruscamente de la naturaleza meramente habitual de mi acto (esto significa la formación de la gota), y felicité a mis manos, irónicamente, por perseverar en él. Afeitad, afeitad, dije. Seguid afeitando. La gota cayó. Durante la labor del día, sin cesar, aunque a intervalos, mi pensamiento se fue a un lugar vacío y dijo: “¿Qué se ha perdido? ¿Qué ha terminado?” Y “listo y finiquitado”, musitaba, “listo y finiquitado”, solazándome en estas palabras. La gente se dio cuenta de la vacuidad de mi sem­blante y de la vaguedad de mis frases. Las últimas palabras de la frase se perdían en la nada. Mientras me abrochaba el abrigo para ir a casa, dije con más dramatismo: “He perdido la juventud.”
       »Es curioso advertir que, en toda crisis, siempre aparece una frase incongruente que insiste en acudir en nuestro auxilio. Es el castigo de vivir en una vieja civilización, con una libretita de frases. La caída de la gota antes dicha nada tiene que ver con la pérdida de la juventud. La caída de esta gota no representa más que el tiempo adelgazándose hasta formar un punto. El tiempo, que es un soleado pra­do en el que baila una luz, el tiempo, que es tan ancho y llano como un campo al mediodía, comienza a formar una pendiente. El tiempo se adelgaza hasta formar un punto. Del mismo modo que la gota cae del vaso con un denso sedimento, cae el tiempo. Estos son los verdaderos ciclos, éstos son los verdaderos acontecimientos. Entonces, como si toda la luminosidad de la atmósfera se retirara, veo el fondo desnudo. Veo lo que las costumbres ocultan. Atono, guardo cama días y días. Ceno, y después me quedo con la boca abierta, como un bacalao. No me tomo la molestia de terminar las frases y mis actos, por lo general muy imprecisos, adquieren mecánica exactitud. En esta ocasión, al pasar ante una oficina, entré y adquirí, con la compostura propia de una figura mecánica, billete para Roma.
       »Ahora estoy sentado en este banco de piedra, en estos jardines, contemplando la Ciudad Eterna, y el hombrecillo que hace cinco días se afeitaba en Lon­dres ya ha adquirido el aspecto de un montón de ropas viejas. Londres también se ha hundido. Londres está formado por fábricas derrumbadas y unos cuantos gasómetros. Pero, al mismo tiempo, soy ajeno a esa gente de aquí. Contemplo a los sacer­dotes con sus fajas de color violeta y a las pintorescas amas de cría; sólo me doy cuenta de las apariencias externas. Estoy sentado aquí como un convaleciente, como un hombre muy simple que sólo sabe palabras de una sílaba. “El sol da luz”, digo. Me siento como un insecto que viaja aposen­tado en la cumbre de la tierra, y podría jurar, aquí sentado, que percibo su movimiento giratorio y su dureza. No experimento el menor deseo de seguir una trayectoria contraria a la de la tierra. Si pudie­ra prolongar esta sensación unas seis pulgadas más, tengo el presentimiento de que tocaría un territorio muy raro. Pero mi trompa tiene sus límites. Jamás he deseado prolongar estos anímicos estados de alejamiento; me desagradan; y también los desprecio. No quiero convertirme en un hombre que se pasa cincuenta años sentado en un mismo sitio, pensan­do en su ombligo. Siento deseos de quedar uncido a un carro, a un carro cargado de verduras que tra­quetea en un camino pedregoso.
       »La verdad es que yo no soy uno de esos que encuentran su satisfacción en una persona, o en el infinito. Las estancias íntimas me aburren y el cielo también. Mi ser sólo destella cuando todas sus facetas entran en relación con mucha gente. Más vale dejar que fracasen, y estoy lleno de orificios, perdiendo porciones y porciones, como un papel que­mado. ¡Oh, señora Moffat, señora Moffat! —dijo—, venga y bárralo todo! Las cosas se han desprendido de mí. He superado ciertos deseos. He perdido amigos, algunos arrebatados por la muerte —Percival—, y otros por la simple imposibilidad de cruzar la calle. No estoy tan bien dotado como en pasados tiempos parecía estarlo. Ciertas cosas no están a mi alcance. Jamás comprenderé los duros problemas de la filosofía. Roma es el límite de mi viajar. Al caer dormido, por la noche, a veces pienso con dolor que jamás veré a los salvajes de Tahití pes­cando con jabalina a la luz de un llameante fanal, o el salto del león en la selva, o al hombre desnudo comiendo carne cruda. Ni tampoco aprenderé ruso o leeré los Vedas. Nunca más volveré a tropezar con el buzón. (Sin embargo, en mi noche, todavía han caído unas cuantas hermosas estrellas, pocas, a consecuencia de la violenta percusión.) Pero, creo, me he acercado un poco más a la verdad. Durante muchos años he canturreado complacido: “Mis hijos… mi esposa… mi casa… mi perro”. Después de abrir con el llavín la puerta de mi casa, me dejaba llevar por la familiar liturgia y me envolvía en estas cálidas mantas. Ahora el dulce velo ha caído. Ahora nada quiero poseer. (Nota: una lavandera italiana merece, en cuanto a refinamiento físico, la misma calificación que la hija de un duque inglés.)
       »Pero pensemos un poco. La gota cae. He iniciado otra etapa. Siempre etapas, etapa tras etapa. ¿Y a santo de qué han de terminar las etapas? ¿Adónde conducen? ¿A qué conclusión? Sí, porque llegan ataviadas con el ropaje de la solemnidad. Cuando sé encuentran ante estos dilemas, los devotos consultan con esos caballeros de faja violeta y aspecto sensual que pasan en rebaño ante mí. Pero nosotros desconfiamos de los maestros. Si un hombre se alza y dice: “¡He aquí la verdad!”, instantáneamente veo a un gato de arenoso pelo robando un pescado, al fondo. Y entonces digo: “Oiga, se ha olvidado usted del gato.” Por esto, en la escuela, Neville se ponía rabioso, cuando en la oscura capilla veía el crucifijo del doctor. Pero yo, que siempre me distraigo, ya sea a causa de un gato o de una abeja zumbando alrededor del ramo de flores que con tanta aplicación Lady Hampden sigue llevándose a la nariz, me inventé inmediatamente una historia para eliminar los ángulos del crucifijo. Me he inventado miles de historias, he llenado innúmeras libretas con frases a utilizar cuando encuentre la verdadera historia, la historia a la que estas frases hacen referencia. Pero aún no he encontrado la historia. Y comienzo a preguntarme: ¿hay realmente historias?
       »Contempla ahora, desde esta atalaya, la hormi­gueante población, abajo. Contempla la general ac­tividad y el clamor. Este hombre tiene problemas con su mula. Media docena de bondadosos haraga­nes le ofrecen sus servicios. Otros pasan sin mirar. Tienen tantos intereses como hilos un cadejo. Contempla la extensión del cielo sembrada de redondas nubes blancas. Imagina las leguas de tierra llana y los acueductos y el quebrado pavimento de Roma y las tumbas de la Campaña, y más allá de la Cam­paña el mar, y después más tierra y otra vez el mar. Podría muy fácilmente arrancar de este panorama cualquier detalle —el carro arrastrado por la mula, digamos—, y describirlo con la mayor facilidad. Pero ¿para qué describir a un hombre que tiene problemas con su mula? Y también podría inventarme historias referentes a esa muchacha que sube las escaleras. “Conoció al muchacho en el oscuro so­portal…” “Todo ha terminado, dijo el joven alejándose de la jaula en la que colgaba el loro de porcelana”… O, sencillamente: “Esto es todo”. Pero ¿a santo de qué imponer mi arbitraria voluntad? ¿A santo de qué relatar esto, formar aquello, y construir retorcidas figuritas como los juguetes que, en bandejas, ciertos hombres venden en la calle? Por qué selecciono esto entre cuanto hay, por qué selecciono un detalle?
       »Aquí estoy arrancándome una de mis pieles vitales, mientras todos dicen: “Bernard está pasando diez días en Roma”. Aquí estoy, paseando por esta atalaya, solo y desorientado. Pero fíjate cómo las líneas y los puntos comienzan, sin que yo deje de caminar, a formar líneas continuas cómo las cosas están perdiendo la pelada y separada identidad que tenían cuando subí estas escaleras. La gran vasija roja es ahora una mancha rojiza en una ola verde amarillenta. El :hundo comienza a desfilar, alejándose de mí, tal como desfilan las vallas cuando el tren se pone en marcha, como las olas del mar cuando el buque avanza. También yo me muevo, y comienzo a interesarme en la general secuencia de las cosas, una detrás de otra, y parece inevitable que aparezca un árbol, después un poste de telégrafo, después el fin de la valla. Y mientras avanzo, rodeado, incluido y participando, las usua­les frases comienzan a surgir como burbujas, y siento deseos de abrir la escotilla en lo alto de mi cabeza para que las burbujas queden liberadas, y después dirigir mis pasos hacia este hombre cuyo cogote me es medio conocido. Fuimos a la misma escuela. No cabe la menor duda de que nos reconoceremos, almorzaremos juntos y conversaremos. Pero espera, espera un momento.
       »No hay que despreciar estos momentos de fuga. Rara vez se dan. Tahití se convierte en algo plena­mente posible. Apoyados los codos en este parapeto, veo a lo lejos la extensión de las aguas. Aparece una aleta. Esta simple impresión visual no está vinculada a línea de razonamiento alguno, salta de la misma manera que uno puede ver la aleta de una marsopa apareciendo en el horizonte. De esta manera, las im­presiones visuales a menudo transmiten breves ma­nifestaciones que, al paso del tiempo, llegamos a despejar del velo que las cubre y a formular en palabras. Anoto, en las páginas de la M, en consecuencia: “marsopa en una extensión de agua”. Yo, que estoy consignando constantemente anotaciones al margen de mi pensamiento, a fin de utilizarlas en una última y definitiva declaración, he efectuado la anterior en vistas a una tarde invernal.
       »Ahora almorzaré en cualquier sitio. Levantaré el vaso y miraré el vino al trasluz, observaré con una lejanía superior a la habitual en mí, y cuando una mujer guapa llegue al restaurante y avance por entre las mesas, diré en mi fuero interno: “Fíjate en la aparición de esta mujer, en una extensión de agua”. Es una observación absurda, pero para mí es solemne, del color de la pizarra, con un fatal sonido de aguas y mundos en ruinas precipitándose hacia su destrucción.
       »Así es que, Bernard (te recuerdo, habitual socio de mis empresas), comencemos este nuevo capítulo y observemos la formación de esta nueva, desconocida, extraña, totalmente identificada y te­rrorífica experiencia —la nueva gota— que se dispone a tomar forma. Larpent se llama este individuo.»
       «En esta cálida tarde», dijo Susan, «aquí, en este jardín, aquí, en este campo por el que camino con mi hijo, he alcanzado la cumbre de mis deseos. Las bisagras de la puerta en la verja están enmohecidas; rechinan cuando mi hijo la abre. Las violentas pasiones de la infancia, mis lágrimas en el jardín cuando Jinny besó a Louis, mi rabia en la escuela que olía a pino, mi soledad en extranjeros países, cuando las mulas se acercaban haciendo sonar sus puntiagudos cascos y las italianas parloteaban junto a la fuente, con chales, con claveles en el pelo, han quedado recompensadas con la seguridad, la pose­sión y la vida familiar. He tenido años de paz y fecundidad. Poseo cuanto veo. De las semillas sem­bradas he visto crecer árboles. He construido estanques en los que las carpas doradas se esconden entre los lirios de anchas hojas. He cuidado fresas y lechugas, y he cubierto con blancas bolsas las peras y las ciruelas para protegerlas de las abejas. He visto a mis hijos y a mis hijas, en otros tiempos cubiertos como fruta en sus camas, romper las en­volturas y caminar a mi lado, más altos que yo, proyectando sombras en el césped.
       »Estoy protegida por vallas, enraizada aquí como cualquiera de mis árboles. Digo “mi hijo”, digo “mi hija”, e incluso el ferretero, alzando la vista del mostrador sembrado de clavos, botes de pintura y alambre de espino, respeta el desvencijado automóvil detenido ante la puerta, con sus redes para cazar mariposas, sus almohadones y sus colmenas. Del reloj colgamos muérdago por Navidad, pesamos las moras y las setas, contamos los tarros de mermelada, y año tras año nos ponemos junto al postigo de la ventana de la sala de estar para medir nuestra al­tura. También compongo coronas de blancas flores, por entre las que retuerzo plantas de plateadas hojas, en recuerdo de los muertos, y a ellas uno una tarjeta de visita expresando mi dolor por la muerte del pastor, mi condolencia a la viuda del carretero. Me siento a la vera del lecho de mujeres agonizantes que murmuran sus últimos terrores y me cogen la mano. Frecuento estancias intolerables para todos, salvo para aquellos nacidos en las circunstancias en que yo nací, y habituados al corral y al montón de estiércol y a las gallinas entrando y saliendo y a la madre con dos estancias e hijos en edad de crecer. He visto los cristales de las venta­nas cubiertos de cálido vapor, y conozco el olor del fregadero.
       »Y ahora, en pie entre las flores, con las tijeras en la mano, me pregunto: ¿por dónde puede entrar la sombra? ¿Qué golpe puede hacer vacilar mi vida laboriosamente formada, implacablemente ordena­da? Sin embargo, a veces me siento hastiada de la felicidad natural, de los frutos madurando, y de los hijos llenando la casa de remos, escopetas, calaveras, libros con los que han sido premiados y otros trofeos. Me hastía el cuerpo, me hastía mi maña, mi industria y mi astucia, me hastían las tretas sin escrúpulos con las que la madre protege, la madre que reúne bajo su celosa mirada, alrededor de una larga mesa, a sus hijos, siempre suyos.
       »Cuando llega la primavera, fresca y lluviosa, con súbitas flores amarillas, entonces, al mirar la carne a la sombra azulenca, al tocar los repletos paquetes plateados de té, las pastas cocidas al horno, recuerdo cómo se alzaba el sol, cómo las golondrinas ra­seaban el césped, recuerdo las frases que Bernard componía cuando éramos niños y las hojas se estremecían sobre nuestras cabezas, múltiples hojas, muy leves, quebrando el azul del cielo, esparciendo vaga­bundas luces sobre las esqueléticas raíces de las hayas bajo cuyas copas me sentaba, sollozando. La paloma alzaba el vuelo. Yo saltaba y corría tras las palabras que se arrastraban como el colgante hilo de un globo, y subían y subían, escapando de rama en rama. Entonces, como un cacharro cascado, se quebraba la inmovilidad de la mañana y yo, dejando los saquitos de harina, pensaba: "La vida se encuentra a mi alrededor como el vidrio alrededor del junco aprisionado."
       »Sostengo tijeras en la mano y con ellas recorto acebos, yo que fui a Elvedon y pisoteé manzanas podridas y vi a la señora escribiendo y a los jardi­neros con sus grandes escobas. Huimos corriendo, jadeantes, para que no disparasen sus armas contra nosotros, y no nos clavaran al muro, como armiños. Ahora mido y guardo. Por la noche, me siento en mi sillón y alargo el brazo para coger la labor; oigo los ronquidos de mi marido; levanto la vista cuando las luces de un automóvil en camino iluminan las ventanas, y siento que las olas de mi vida se alzan y rompen a mi alrededor, estando yo enraizada. Y oigo gritos, y veo otras vidas flotando como paja alrededor de los pilares de un puente, mientras yo empujo la aguja, ahora hacia dentro, ahora hacia fuera, pasando el hilo a través del percal.
       »A veces pienso en Percival, que me amaba. Cabalgó y se cayó, en la India. A veces pienso en Rhoda. Inquietantes gritos me despiertan en lo más hondo de la noche. Pero, por lo general, sigo contenta mi camino, con mis hijos. Corto las hojas muertas de los acebos. Algo chaparra, prematura­mente gris el cabello, pero con claros ojos en forma de pera, paseo por mis campos.»
       «Aquí estoy», dijo Jinny, «en esta estación del metro en la que confluye cuanto hay de deseable: Piccadilly South Side, Picadilly North Side, Regent Street y Haymarket. Por un instante, estoy quieta y en pie, bajo el pavimento del corazón de Londres. Innumerables ruedas ruedan y pasos pasan, exactamente sobre mi cabeza. Las grandes avenidas de la civilización coinciden aquí, y parten hacia allá y hacia allí. Estoy en el corazón de la vida. Pero mira, ahí está mi cuerpo en el espejo. ¡Cuán solitario, cuán encogido, cuán avejentado! Ya no soy joven.
       He dejado de formar parte de la procesión. Son mi­llones los que descienden esta escalera en un terrible descenso. Grandes ruedas giran inexorables, empujándolos hacia abajo. Son millones los que han muerto. Percival murió. Yo todavía coleo. Todavía vivo. Pero ¿quién vendrá si emito una señal?
       »Soy un animalejo, cuyos flancos jadean de miedo, aquí en pie, trémulo y palpitante. Pero no me rendiré al miedo. Descargaré latigazos en mis flan­cos. No soy un animalejo que gimiendo busca la sombra. Sólo durante un instante me he acobardado, al verme, sin haber tenido tiempo para prepa­rarme tal como siempre me preparo para enfrentarme con la visión de mí misma. Es cierto, ya no soy joven. No tardará en llegar el momento en que levantaré el brazo en vano, y el pañuelo caerá a mi lado sin haber lanzado señal alguna. No oiré el sú­bito suspiro en la noche y no oiré cómo alguien se acerca a través de la oscuridad. No habrá reflejos en los cristales de las ventanillas, en oscuros túneles. Miraré rostros, y veré que buscan otro rostro. Reconozco que, por un instante, el silencioso vuelo de erguidos cuerpos bajando por la escalera móvil, como el prieto y terrible descenso de un ejército de muertos, y el rugido de las grandes máquinas lanzándonos implacablemente hacia delante, a todos, todos nosotros, me han atemorizado y he sentido deseos de echar a correr en busca de cobijo.
       »Pero ahora, efectuando deliberadamente, ante el espejo, los leves preparativos que me amparan, sé que no tendré miedo. Piensa en los soberbios auto­buses, rojos y amarillos, deteniéndose y poniéndose en marcha, puntualmente, en perfecto orden. Piensa en los poderosos y bellos automóviles que ahora re­ducen su velocidad hasta ponerse al paso, y ahora salen disparados al frente; piensa en los hombres, piensa en las mujeres, que están pertrechados, pre­parados, siempre avanzando. Esto es la triunfal pro­cesión, esto es el ejército de la victoria, con banderas y águilas de bronce, y cabezas coronadas con laureles conquistados en batalla. Son mejores que los salvajes con taparrabos, y que las mujeres des­greñadas, con largos pechos oscilantes, y niños que tiran de sus largos pechos. Estas anchas avenidas —Piccadilly South, Piccadilly North, Regent Street y Haymarket— son los arenosos senderos de la victoria, desbrozados a través de la jungla. También yo, con mis zapatitos de charol, mi pañuelo que es como una película de gasa, mis labios pintados de rojo y mis cejas finamente dibujadas a lápiz, avanzo hacia la victoria a los sones de la banda.
       »Mira, incluso aquí exhiben vestidos, perpetua­mente radiantes, bajo tierra. Ni siquiera permiten que la tierra repose húmeda y con gusanos. Hay sedas y gasas iluminadas, en cajas de vidrio, y ropa interior adornada con millones de puntadas de hermoso encaje. Carmesí, verde, violeta, teñidas están de todos los colores. Piensa en cómo todo lo organizan, lo hacen rodar, lo planchan, lo tiñen, y haciendo volar las rocas forman túneles. Los ascensores suben y bajan; los trenes se detienen y se vuelven a poner en marcha con la regularidad de las olas del mar. Esto es a lo que yo me adhiero. Pertenezco a este mundo, sigo sus banderas. ¿Cómo puedo huir en busca de cobijo, cuando esa gente es tan maravillosamente aventurera, tan osada, tan curiosa —también—, y hasta hay individuos con la fortaleza suficiente para hacer un alto en sus trabajos y garrapatear, con despreocupada mano, un chiste en la pared? Por esto me empolvaré la cara y me pintaré los labios. Y dibujaré un ángulo más agudo de lo usual, al trazar con lápiz las cejas. Subiré a la superficie, e iré erecta, igual que los demás, por Piccadilly Circus. Con un claro y cor­tante ademán pediré taxi, y el conductor expresará, mediante cierta inconcreta premura, que ha comprendido mi sefial. Sí, porque suscito vehemencia. Todavía percibo las reverencias de los hombres, en la calle, como la silenciosa inclinación de las espi­gas cuando el soplo ligero del viento las agita en rojo.
       »En taxi iré a mi casa. Llenaré los jarrones con abundantes, lujosas y raras flores que, formando grandes ramos, inclinarán la cabeza. Pondré un sillón aquí, y otro allá. Dejaré cigarrillos al alcance de la mano, vasos, y un libro nuevo, aún por leer, con alegres cubiertas, por si viene Bernard, o Neville, o Louis. Pero quizá quien venga no sea Bernard, ni Louis, ni Neville, sino alguien nuevo, al­guien desconocido, alguien con quien me he cruzado en una escalera, y, volviéndome un poco, al pasar, le he murmurado: “Ven”. Vendrá esta tarde alguien a quien no conozco, alguien nuevo. Que el silencioso ejército de los muertos descienda. Yo sigo adelante.»
       «Ahora ya no necesito un cuarto», dijo Neville, «ni paredes, ni fuego en el hogar. He dejado de ser joven. Sin ansia, paso ante la casa de Jinny, v sonrío al hombre joven que se arregla el nudo de la corbata, algo nervioso, ante la puerta. Dejemos que el pulido joven oprima el timbre, dejemos que encuentre a Jinny. Si la necesito, la encontraré; y si no la necesito, sigo adelante sin detenerme. Las antiguas fuerzas corrosivas han perdido su mordiente. La envidia, la intriga y la amargura han quedado eliminadas. Y también hemos perdido nuestra gloria. Cuando éramos jóvenes, nos sentábamos en cual­quier sitio, en desnudos bancos de vestíbulos con corrientes de aire, cuyas puertas batían sin cesar. Nos revolcábamos medio desnudos, como muchachos en la cubierta de un buque rociándose unos a otros con mangueras. Ahora puedo jurar que me gusta ver a la gente, unánime, incontable e indiscri­minada, salir en torrente del metro, al terminar la jornada de trabajo. He recogido ya mi cosecha. Miro sin pasión.
       »A fin de cuentas, no somos responsables. No somos jueces. No hemos sido destinados a torturar al prójimo con hierros y tornillos. No hemos sido destinados a subir a un púlpito y dirigir a nuestros semejantes sermones, en pálidos atardeceres domi­nicales. Es mejor contemplar una rosa o leer a Shakespeare, tal como yo lo leo aquí, en la avenida Shaftesbury. Ahí está el gracioso, ahí está el villano, ahí viene en un carruaje Cleopatra, ahí viene, ardiendo en su nave. Ahí están también las figuras de los condenados, hombres sin nariz, junto al muro policial, con llamas en los pies, aullando. Esto es poesía. Cada personaje interpreta sin una sola deficiencia su papel, y casi antes de que abra los labios sé lo que va a decir, y espero el divino momento en que pronuncie la palabra que inexcusablemente tuvo que escribirse. Si dependiera únicamente del teatro, recorrería sin cesar la avenida Shaftesbury.
       »Después, procedente de la calle, al entrar en una estancia, encuentro a gente hablando, o sin apenas tomarse la molestia de hablar. El dice, ella dice, alguien dice, cosas que han sido dichas tan a menudo que, ahora, una sola palabra basta para ,levantar un gran peso. Discusiones, risas, viejos agravios, caen por el aire, dándole densidad. Cojo un libro y leo media página de algo que no me importa. Todavía no han reparado el caño de la tetera. El niño baila, ataviado con ropas de su madre.
       »Pero entonces Rhoda, o quizá Louis, un espíritu austero y angustiado, pasa y sale. ¿Quieren una trama, verdad? ¿Quieren razones? No les basta esta escena normal y corriente. No basta esperar que se diga algo, como si estuviera escrito: no basta ver cómo la frase pone su rastro de arcilla exactamen­te en el lugar adecuado, dando carácter; no basta percibir de repente un grupo perfilado contra el cielo. Si desean violencia, diré que he visto muerte, asesinato y suicidio, todo en una sola estancia. Entra uno, y uno se va. Alguien solloza en la escalera. He oído el sonido de hilos rotos y nudos anudándose, y las silenciosas puntadas en blanco cambray, una y otra vez, sobre las rodillas de una mujer. ¿Por qué pedir, como Louis, razones, o huir corriendo, como Rhoda, hasta una lejana arboleda y apartar las hojas de los laureles para ver si hay estatuas? Se dice que hay que volar con fuerza, desafiando la tormenta, con la firme creencia de que más allá de la confusión brilla el sol. Los rayos del sol caen desnudos en estanques rodeados de sauces. (Aquí, es noviembre; los pobres sostienen cajas de cerillas con dedos mordidos por el viento.) Se dice que allí encontraremos la verdad íntegra, y que la virtud, que aquí avanza arrastrándose por callejones sin salida, la poseeremos allí en su perfección. Rhoda volando nos rebasa, tirante el cuello y ciegos los fanáticos ojos. Louis, ahora tan opulento, se acerca a la ventana de su buhardilla, entre los llagados tejados, y mira el lugar en que Rhoda ha desaparecido, pero Louis tiene el deber de sentarse en su oficina, entre las máquinas de escribir y el teléfono, y desentrañarlo todo, para nuestra instrucción, nuestra regeneración, y también para la reforma de un mundo nonato.
       »Pero ahora, en esta estancia en la que entro sin llamar, las cosas se dicen como si hubieran ya sido escritas. Me acerco a la estantería con libros. Caso de elegir, leeré media página de algo que no me importa. No tengo necesidad de hablar. Pero escu­cho. Estoy maravillosamente atento. Ciertamente, este poema no se puede leer sin esfuerzo. La página a menudo es corrupta, con manchas de barro, rasgada y pegada con hojas marchitas, con porciones de verbena y de geranio. Para leer este poema es preciso tener miríadas de ojos, como una de esas lámparas que giran impulsadas por las raudas aguas, a medianoche, en el Atlántico, cuando quizá tan sólo un puñado de algas asoma a la superficie, o de repente se separan las olas, y abriéndose paso con los hombros surge un monstruo. Uno tiene la obligación de prescindir de antipatía y de celos, así como de no interrumpir. Uno ha de tener paciencia e infinito cuidado, y permitir que también se difundan los sonidos leves, sean los de las delicadas patas de la araña sobre la hoja, sea el cloqueo del agua en una irrelevante tubería de desagüe. Nada debemos rechazar con manifestaciones de miedo u horror. El poeta que ha escrito esta página (la que leo mientras la gente habla) se ha retractado. No hay comas ni punto y comas. Los versos no tienen la longitud que deben. En gran parte, es pura tontería. Uno debe ser escéptico, pero prescindir de toda precaución, y, cuando la puerta se abre, aceptar sin reservas. Y también alguna que otra vez, uno debe llorar, así como limpiar sin piedad, blan­diendo la afilada hoja, el hollín, la corteza y todo género de excrecencias. Y de esta manera (mientras hablan) hundir más y más la red, tirar suavemente de ella y sacar a la superficie lo que éste dijo, lo que ésta dijo, y hacer poesía.
       »Ahora he escuchado lo que dicen. Ahora se han ido. Estoy solo. Podría contemplar eternamente el fuego, este fuego como una cúpula, como el fuego de un horno. Ahora este leño toma el aspecto de un patíbulo, o de un pozo, o de un valle feliz. Ahora es una serpiente enroscada, carmesí y con escamas blancas. El fruto de la cortina hinchado se ofrece al pico del loro. Crec, crec, crepita el fuego como crepitan los insectos en el corazón del bosque. Crec, crec, crepita, mientras fuera las ramas azotan el aire, y ahora como una bronca explosión de cañón cae derribado un árbol. Hay sonidos de la noche de Londres. Y después oigo el único sonido que he esperado. Sube y sube y se acerca, duda y se —detiene ante mi puerta. Grito: “¡Entra! ¡Siéntate a mi lado! ¡Siéntate en el borde de una silla!” Arrastrado por la antigua alucinación, grito: “¡Acércate más, más!”»

       «Regreso de la oficina, dijo Louis. «Cuelgo el abrigo aquí, dejo el bastón allí. Me gusta imaginar que Richelieu usaba un bastón parecido. Esta es la manera en que me despojo de mi autoridad. Me he sentado a la derecha de un director, ante una mesa barnizada. Los mapas de nuestras triunfales empresas nos dan frente, colgados en la pared. Con nuestros buques hemos enlazado las diversas partes del mundo, formando así un todo. El globo ha que­dado unido por nuestras líneas. Soy inmensamente respetable. Todas las señoritas de la oficina me saludan cuando entro. Puedo cenar donde quiera, y ahora, sin dejarme llevar por la vanidad, puedo alentar esperanzas de adquirir pronto una casa en Surrey, dos automóviles, un invernadero y cierta rara especie de melón. Pero aún vuelvo, aún regreso, a mi buhardilla, cuelgo el sombrero y reanudo en soledad ese curioso intento que he efectuado desde el día en que bajé el puño para golpear con los nudillos la rugosa puerta de roble de mi profesor. Abro un librito y leo un poema. Un poema basta…

             Oh, viento occidental…
       Oh, viento occidental, mal te compadeces con mi mesa de caoba y mis botines, y también, todo hay que decirlo, con la vulgaridad de mi amante, esa actriz de tres al cuarto que jamás ha conseguido pronunciar correctamente el inglés…
       Oh, viento occidental, ¿cuándo soplarás…
       Rhoda, con su inmensa abstracción, con sus ciegos ojos del color de la carne del caracol, no te destruye, viento occidental, tanto si llega a medianoche, cuan­do las estrellas fulguran, como si viene en la más prosaica de las horas, el mediodía. En pie junto a la ventana, contempla las chimeneas y las ventanas con los cristales rotos de las gentes pobres…

             Oh, viento occidental, ¿cuándo soplarás…

       »Mi tarea, mi carga, ha sido siempre más onerosa que la de los demás. Sobre los hombros llevo una pirámide. Me he esforzado en realizar un trabajo de coloso. He dirigido un violento, indisciplinado y brutal equipo. Con mi acento australiano, he frecuentado casas de comidas y he intentado que los oficinistas me acepten, sin olvidar jamás mis solemnes y severas convicciones, así como todas las discrepancias e incoherencias que es preciso resolver. De muchacho, soñaba en el Nilo y me resistía a despertar, sin embargo supe golpear con el puño la puerta de roble. Más feliz hubiera sido de haber nacido sin destino, como Susan, como Percival, a quien tanto admiro.

             Oh, viento occidental, ¿cuándo soplarás
             para que la lluvia menuda caiga?


       »La vida ha sido un terrible avatar para mí. Soy como un vasto niño de teta, como una boca glotona, adhesiva, insaciable. He intentado arrancar de la carne viva la piedra que lleva alojada en su centro. Poca felicidad natural he conocido, pese a que elegí adrede una amante que, con su barriobajero acento londinense, me hiciera sentirme a mis anchas. Pero esta amante sólo ha servido para dejar el suelo de mi casa sembrado de sucias prendas interiores, y ahora la mujer de la limpieza y los mozos de recados de las tiendas me mencionan docenas de veces al día, burlándose de mi aire pulido y exigente.

             Oh, viento occidental, ¿cuándo soplarás
             para que la lluvia menuda caiga?


       »¿Cuál ha sido mi destino. cuál ha sido esta puntiaguda pirámide que ha oprimido mis costillares durante estos años? Ha sido recordar el Nilo y a las mujeres con cántaros en la cabeza; ha sido sen­tirme unido y desligado, al mismo tiempo, de los largos veranos y los largos inviernos que han hecho crecer las espigas v han helado los ríos. No soy un ser único v transitorio. Mi vida no es una perecedera v brillante chispa, como la que destella en la superficie del diamante. Avanzo tortuoso bajo tierra, como si un carcelero fuera de celda en celda, con un fanal en la mano. Mi destino ha sido recordar, saber que debo formar un solo tejido, saber que debo unir en un solo cable los múltiples hilos, los hilos delgados, los hilos gruesos, los rotos, los imperecederos, de nuestra larga historia, de nuestro día tumultuoso y variado. Siempre hay algo más que debe ser comprendido; otra discordancia que ha de ser escuchada; una nueva falsedad a castigar. Quebrados y sucios de hollín están estos tejados con las cogullas de sus chimeneas, sus tejas desprendidas, sus sinuosos gatos, las ventanas de sus buhardillas. Desbrozo mi camino por entre crista­les rotos, suelos llagados, y sólo veo rostros viles y hambrientos.
       »Supongamos que todo lo someto a la razón, un poema en una página, y luego muero. En este caso, os aseguro que no será involuntariamente. Percival murió. Rhoda me dejó. Pero yo viviré para convertirme en un ser esbelto, seco y marchito, y avanzar, muy respetado, con mi bastón de puño de oro, por los pavimentos de la ciudad. Quizá nunca muera, quizá nunca alcance siquiera esta continuidad y permanencia…

             Oh, viento occidental, ¿cuándo soplarás
             para que la lluvia menuda caiga?


       »Con verdes hojas florecía Percival, y fue abatido sobre la tierra, con todas sus ramas suspirando aún al viento veraniego. Rhoda, con quien yo compartía el silencio mientras los demás hablaban. Rhoda, que se rezagaba y se apartaba cuando el rebaño se reunía y galopaba, ordenados y relucientes los lomos, por los ricos pastos, ha desaparecido como el ardor del desierto. Cuando el sol produce ampollas en los tejados de la ciudad, pienso en Rhoda; cuando las hojas secas caen, cuando los viejos llegan con puntiagudos bastones y pinchan papelitos como no­sotros pinchábamos a Rhoda…

             Oh, viento occidental, ¿cuándo soplarás
             para que la lluvia menuda caiga?
             ¡Quisiera tener a mi amor en mis brazos
             y en mi cama estar otra vez!


       »Ahora vuelvo a mi libro, vuelvo a mi intento.»
       «¡Oh, vida, cuánto te he temido!», dijo Rhoda. ¡Oh, seres humanos, cuánto os he odiado! ¡Cuánto habéis molestado, cuánto habéis interrumpido, qué repugnantes habéis parecido en Oxford Street, qué míseros, sentados los unos frente a los otros, mi­rando, en el metro! Ahora, mientras asciendo por esta montaña, desde cuya cumbre veré África, grabados en mi mente llevo paquetes envueltos en papel pardo y vuestros rostros. He sido manchada y corrompida por vosotros. ¡Y qué mal oléis, cuándo hacéis cola en la calle para comprar entradas! Iban todos vestidos en indeterminados matices grises y castaños, y ni siquiera había una pluma azul pren­dida a un sombrero. Ni uno tenía el valor de ser una cosa en vez de ser otra. ¡Cuánta disolución del alma exigís sólo para poder vivir durante un día, cuántas mentiras, cuántas reverencias, cuánta pala­brería fluida, cuántos roces y cuánto servilismo! ¡Me habéis encadenado a un punto, una hora, una silla, y os habéis sentado delante! ¡Me habéis arrancado los blancos espacios que median entre hora y hora, con ellos habéis formado sucias píldoras y las habéis arrojado a la papelera con vuestras grasienta zarpas! Y estos espacios eran mi vida.
       »Pero cedí. Sonrisas de burla y bostezos quedaban cubiertos por mi mano. No salí a la calle y rompí una botella en el suelo, para así manifestar mi rabia. Trémula de ardor, fingía no sorprenderme. Hacía lo que vosotros hacíais. Si Susan y Jinny se ponían las medias así, también yo me las ponía así. Tan terrible era la vida que yo iba saltando de sombra en sombra. Contempla la vida a través de esto, contempla la vida a través de aquello; deja que haya hojas de rosal, deja que haya hojas de parra, y yo cubrí la calle entera, Oxford Street, Piccadilly Circus, con el llamear y el tremor de mi mente, con hojas de parras y hojas de rosal. También había cajas, puestas en pie en el pasillo, cuando la escuela terminó. Furtivamente me acercaba a ellas para leer las etiquetas, y soñar en nombres y en rostros. Harrogate quizá, Edimburgo quizá, estaba cubierto de áurea gloria, en el lugar en que una muchacha, cuyo nombre olvidé, permanecía erecta sobre el pavimento. Pero sólo era el nombre. Abandoné a Louis. Temía, yo, los abrazos. Con lanas, con vestiduras, he intentado cubrir la hoja azul­negra. Imploraba que el día se convirtiera en no­che. He deseado ver cómo el aparador vacila, sentir cómo la cama se ablanda, flotar suspendida, perci­bir árboles alargados, rostros alargados, un verde margen en tierras pantanosas y dos figuras desdi­chadas diciéndose adiós. Lancé palabra al aire, en un abanico parecido al que el sembrador lanza so­bre los campos arados, cuando la tierra está des­nuda. Siempre deseaba que la noche se alargara, para llenarla más y más de sueños.
       »Entonces, en un auditorio, aparté las ramas de la música y por entre ellas vi la casa que hemos construido. El rectángulo reposaba sobre el rombo. “La casa que todo lo contiene”, dije luchando con los hombros de la gente en un autobús, después de la muerte de Percival. Sin embargo, fui a Greenwich. Mientras paseaba por los muelles, pedí poder tronar para siempre al borde del mundo en que no hay vegetación, sino tan sólo, aquí y allá, una columna de mármol. Arrojé el ramo a la ola que avanzaba. Dije: “Consúmeme, llévame al más lejano límite”. La ola ha estallado: el ramo está marchito. Ahora rara vez pienso en Percival.
       »Ahora asciendo por esta montaña española. Y supondré que los lomos de esta mula son mi cama, y que en ella yazgo agónica. Sólo hay una delgada sábana, ahora, entre mi ser y las infinitas profundidades. Bajo mi peso, se ablandan los bultos del colchón. Ascendemos a trompicones, avanzamos a trompicones. Mi senda ha ascendido y ascendido hacia un árbol solitario, junto a una charca, en la cumbre. He partido las aguas de la belleza, al atardecer, cuando las colinas se cierran como las alas de los pájaros se pliegan. A veces, he cogido un clavel rojo y briznas de heno. Sola me he hundido en el césped, he tocado un viejo hueso y he pensado: Cuando el viento se incline para barrer esta altura, quizá no encuentre más que un puñado de polvo.
       »La mula avanza v avanza a trompicones. El pico de la montaña se alza como niebla, pero desde la cumbre veré África. Ahora la cama cede bajo mi cuerpo. Las sábanas moteadas de amarillos orificios me dejan caer. La buena mujer con rostro de caballo blanco, a los pies de la cama, efectúa un movimiento de despedida y da media vuelta, dispuesta a irse. ¿Quién me acompaña entonces? Sólo las flores. Las reuní en un flojo haz, formé con ellas una corona y las di… ¡Oh! ¿A quién? Ahora nos arrojamos al precipicio. Debajo están las luces de la flota sardinera. El acantilado se desvanece. Pequeñas y grises, innumerables, se mueven y extienden bajo nosotros las olas. Nada toco. Nada veo. Pode­mos hundirnos en un descenso y posarnos sobre las olas. El mar sonará como un tambor en mi oídos. Las aguas del mar oscurecerán los blancos pétalos. Flotarán durante un instante y se hundirán. Me balancearán sobre las olas y me empujarán al fondo. Todo cae en tremendo chubasco, disolviéndome.
       »Sin embargo, este árbol tiene ramas espinosas. Esto es la dura línea de la techumbre de una casita de campo. Estas formas de hoja, pintadas en rojo y amarillo, son rostros. Pongo la planta del pie en el suelo, doy un delicado paso, y con la palma de la mano oprimo la dura puerta de una posada es­pañola.»



       El sol se hundía. La dura piedra del día estaba resquebrajada y la luz se colaba por las grietas. Rayos rojos y dorados, como rápidas flechas con plumas de tinieblas, traspasaban las olas. Sin orden ni concierto, vagaban destellantes rayos de luz, como señales emitidas por islas hundidas, o dardos disparados por entre matas de laurel por muchachos rientes y desvergonzados. Pero las olas, al acercarse a la playa, estaban privadas de luz, y caían en larga percusión, como un muro al derrumbarse, un muro de piedras grises en el que ni una raya de luz había perforado un orificio.
       Se alzó cierta brisa. Un estremecimiento recorrió las hojas. Así estremecidas, perdieron su parda densidad y pasaron a ser grises o blancas, mientras el árbol movía su masa, Parpadeaba y perdía su abovedada uniformidad. El halcón posado en la más alta rama abrió y cerró los párpados, se alzó, voló y flotando en el aire se fue muy lejos. La silvestre avefría gritaba en las tierras pantanosas, evadiéndose, trazando círculos, y gritando más y más lejos en su soledad. El humo de los trenes y de las chimeneas crecía y se desgarraba y se convertía en parte del lanudo dosel que cubría el mar y los campos.
       Ahora ya habían sido segadas las espigas. Ahora de sus ondulaciones y vaivenes sólo quedaba un corto y rígido vello. Despacio, una gran lechuza se descolgó del olmo, y se balanceó y se alzó en el aire, como atada a un hilo que subiera v bajara, hasta llegar a lo alto del cedro. En las colinas las lentas
       sombras se ensanchaban y se encogían al pasar. La charca en las tierras pantanosas varía vacía. No había allí lanuda cabeza que mirase ni pezuña que chapoteara, ni cálido hocico que se hundiera en el agua. Un pájaro, posado en una rama cenicienta, alzó la cabeza v bebió un sorbo de agua fría. No había sonidos de cosecha ni sonidos de ruedas, sino sólo el súbito rugido del viento dejando que sus velas se hincharan y barriendo las puntas del césped. Un hueso reposaba, desgastado por la lluvia y requemado por el sol, reluciente como una rama pulida por el mar. El árbol que había ardido con el rojo color del zorro en primavera y en la plenitud del verano, que ofrecía obedientes hojas al viento del sur, era ahora negro, negro y pelado como el hierro.
       La tierra estaba tan lejos que va no se podían ver , brillantes tejados y destellantes ventanas. El tremen­do peso de la tierra ensombrecida había absorbido estos frágiles grilletes de la cadena, estos estorbos quebradizos como cáscara de caracol. Ahora sólo había la líquida sombra de la nube, el repiqueteo de la lluvia, un rayo de sol como un dardo, o la brusca sacudida de la tormenta. Como obeliscos, árboles solitarios marcaban las colinas.
       El sol del atardecer, disminuida la intensidad de su fuego, perdido el ardor, daba suavidad a las sillas y a las mesas, e incrustaba en ellas rombos castaños y amarillos. Reseguidos de sombras, sus perfiles parecía que hubieran adquirido más peso, como si el color, inclinándose, se hubiera trasladado a un lado. Había un cuchillo, un tenedor y un vaso, pero estaba todo hinchado y alargado, con aspecto portentoso. Rodeado de un círculo dorado, el espejo mantenía la escena inmóvil, como si en su ojo fuera eterna.

       Entretanto, las sombras se alargaban en la playa, la oscuridad se hacía más profunda. Las rocas perdieron su dureza. El agua alrededor de la vieja barca era negra, como si contuviera una masa de mejillones. La espuma se había tornado lívida, y dejaba aquí y allá un blanco resplandor perlado so­bre la arena neblinosa.
       «Hampton Court», dijo Bernard. «Hampton Court. Este es el lugar del encuentro. Contempla las rojas chimeneas, las cuadradas estructuras de Hampton Court. El tono de mi voz, al decir “Hampton Court” demuestra que soy un hombre de media edad. Hace diez, quince años, hubiera dicho “¿Hampton Court?” con interrogantes, como diciendo: “¿Cómo será?” “¿Habrá lagos, habrá espesuras?” O con expectación: “¿Qué me ocurrirá, allí?” “¿A quién encontraré?” Ahora Hampton Court —Hampton Court—, las palabras golpean un gong en el espacio que yo, con tanto trabajo, he despejado mediante media do­cena de llamadas telefónicas y tarjetas postales, sue­nan y resuenan sonoras y graves, y aparecen imágenes, atardeceres de verano, barcas, ancianas señoras subiéndose un poco la falda, una urna en invierno, narcisos en marzo, todo lo anterior asciende a la superficie de las aguas que, profundas, se encuentran en todas las escenas.
       »Ahí, en la puerta de la posada, lugar de nuestro encuentro, aguardan ya en pie Susan, Louis, Rhoda, Jinny y Neville. Han venido juntos. En un instante, tan pronto me haya unido a ellos, se formará otra disposición, otra estructura. Cuanto ahora se desperdicia, en profusa formación de escenas, será fi­jado, adquirirá asiento. Me resisto a ello. Apenas me encuentro a cincuenta yardas de distancia y ya siento que el orden de mi ser comienza a alterarse. La atracción del imán de su trato comienza a ejercer sus efectos en mí. Me acerco más. No me ven. Ahora Rhoda me ve, pero finge, impulsada por su miedo a la conmoción de los encuentros, que no me reconoce. Ahora Neville vuelve hacia mí la cabeza. Bruscamente, levantó la mano, saludando a Neville y grito: “¡También yo he prensado flores entre las páginas de los sonetos de Shakespeare!”, y quedo muy agitado. Mi barquita cabecea y se balancea in­segura al impulso de las bajas olas de un mar picado. No hay antídoto (séame permitido advertir­lo) contra la conmoción de los encuentros.
       »Y también es incómodo entrar en relación con siluetas de bordes mellados, bordes en carne viva. Poco a poco, mientras a paso lento, arrastrando los pies, deteniéndonos, entramos en la posada y nos quitamos los abrigos y los sombreros, el encuentro comienza a ser agradable. Ahora entramos en el alargado y desnudo comedor desde cuyas ventanas se ve un parque, un espacio verde todavía fantásticamente iluminado por el sol poniente, que pone barras de oro por entre los árboles. Y aquí nos sentamos.»
       «Ahora, sentados el uno al lado del otro», dijo Neville, «alrededor de esta estrecha mesa, antes de que la primera emoción se haya desvanecido, ¿qué sentimos? Con honradez, con franqueza, abiertamente, como corresponde a viejos amigos que se han reunido con dificultades, ¿qué sentimos al reunirnos? Dolor. La puerta no se abrirá. Y él no entrará. Llevamos una carga. Por ser ya, ahora, de media edad, llevamos una carga. Quitémonos de encima nuestra carga. ¿Qué habéis hecho con vuestra vida, preguntamos? ¿Y yo con la mía? ¿Y tú, Bernard? ¿Y tú, Susan? ¿Y tú, Jinny? ¿Y tú, Rhoda? ¿Y tú, Louis? Las listas han sido clavadas en las puertas. Antes de partir estos panecillos y de servirnos pescado y ensalada meto la mano en mi bolsillo íntimo y encuentro mis credenciales, lo que llevo conmigo para demostrar mi superioridad. He apro­bado. Llevo en mi íntimo y particular bolsillo los papeles que lo demuestran. Pero tus ojos, Susan, rebosantes de nabos y campos de cereal, me inquie­tan. Estos papeles que llevo en mi íntimo bolsillo —el clamor demostrativo de que he aprobado— producen un leve sonido parecido al que produce el hombre que bate palmas en un campo vacío para espantar a las cornejas. Ahora el leve sonido ha muerto bajo la mirada de Susan (la reverberación y los palmoteos por mí producidos), y sólo oigo el viento barriendo la tierra arada, y el canto de un pájaro, quizá una alondra embriagada. ¿Me ha oído el camarero, o me han oído estas furtivas y eternas parejas, ya inertes, ya irguiéndose y mirando los árboles que aún no son lo bastante oscuros para cobijar sus postrados cuerpos? No. El sonido de las palmas ha fracasado.
       »¿Qué queda, si no puedo sacar mis papeles y convenceros, gracias a mis credenciales, de que he aprobado? Queda lo que Susan revela con el ácido de sus ojos verdes, de sus ojos cristalinos y en forma de pera. Siempre hay alguien, cuando nos reunimos y los bordes del encuentro son aún cor­tantes, que se niega a sumergirse, alguien, en consecuencia, cuya identidad uno desea obligar a agazaparse ante la propia. Para mí, ahora, este alguien es Susan. Hablo para impresionar a Susan. Préstame atención, Susan.
       »Cuando alguien entra, en la hora del desayuno, incluso la fruta bordada en mis cortinas se hincha para que los loros puedan picotearla; o uno pueda arrancarla, cogiéndola entre índice y pulgar. La li­gera y desnatada leche de primera hora de la ma­ñana se torna opalina, azul y rosada. A esta hora, tu marido —el hombre que se golpea las polainas e indica con el látigo la vaca estéril— gruñe. Tú nada dices. Tú nada ves. La costumbre ciega tus ojos. A esta hora, tu relación es muda, de color de sombra e inoperante. La mía, a esta hora, es cálida y varia. Para mí no hay repeticiones. Cada nuevo día es peligroso. Suaves en la superficie, somos todo hueso, por dentro, como serpientes enroscadas. Su­pongamos que leemos The Times; supongamos que discutimos. Es una experiencia. Supongamos que es invierno. La nieve sobre el techo lo acerca a nuestra cabeza y quedamos todos encerrados en una cueva roja. Las tuberías han estallado. Ponemos una bañera amarilla, de hojalata, en el centro de la estancia. Corremos en busca de recipientes. Fíjate, se ha reventado de nuevo sobre los libros. Gritamos y reímos a carcajadas, ante la visión de la ruina. Que la solidez quede destruida. Prescindamos de las posesiones. ¿O acaso es verano? Podemos ir des­pacio hasta la orilla del lago, y ver cómo gansos chinos se acercan patosos, planos los pies, al agua, o ver una iglesia ciudadana, con aspecto de haber sido construida con huesos, y jóvenes hojas verdes temblando ante ella. (Elijo al azar; elijo lo más patente.) Cada visión es un arabesco trazado de prisa para ilustrar las maravillas y sorpresas de la inti­midad. La nieve, la tubería reventada, la bañera de hojalata, los gansos chinos, son signos que se balancean en lo alto y en los que, recordando, leo las características de cada amo, y veo cuán diferentes fueron todos.
       »Entretanto tú —y conste que quiero atenuar tu hostilidad, tus verdes ojos fijos en mí, tu descuidado vestir, tus bastas manos y los restantes emblemas de tu maternal esplendor— has estado pegada como una lapa a la misma roca. Sin embargo, es cierto, no quiero causarte daño. Sólo quiero re­frescar y reforzar mi fe en mí mismo, que ha vacilado en el momento de tu aparición. Ya no es posible cambiar. Estamos comprometidos. Antes, cuando nos reunimos en un restaurante de Londres, con Percival, todo vacilaba y temblaba. Podíamos llegar a ser cualquier cosa. Ahora hemos elegido ya, aunque a veces parece que otros hayan elegido por nosotros; unas tenazas nos cogieron por la espalda, entre los hombros. Yo elegí. Cogí la vida, no por el exterior, sino por la parte interna, por la fibra cruda, blanca y sin protección. Estoy obnubilado y herido por la impronta de mentes y rostros y de cosas tan sutiles que tienen olor, color, textura y sustancia, pero carecen de nombre. Para ti soy sólo “Neville” y ves los estrechos límites de mi vida y la barrera que no puede rebasar. Pero para mí soy inconmensurable, soy una red cuyos hilos pasan sin que se vea por el interior del mundo. Mi red casi no se puede distinguir de lo que envuelve. Levanta ballenas, inmensos leviatanes y blancas medusas, apresa lo amorfo y lo móvil. Aprehendo, percibo. Bajo mis ojos se abre un libro. Veo el fondo, el corazón, las profundidades. Sé cómo los amores temblando se convierten en fuego. Sé que los celos disparan verdes rayos aquí y allá. Sé la intrincada manera en que el amor se entrecruza con el amor; el amor forma nudos; el amor los rompe brutal­mente. He sido anudado. He sido roto.
       »Pero en cierto momento hubo otra gloria, cuando mirábamos la puerta, en espera de que se abriera y entrara Percival, cuando nos tumbábamos libres en el borde de un duro banco, en un vestíbulo pú­blico.»
       «Había el bosque de hayas», dijo Susan, «Elvedon y las doradas saetas del reloj destellando entre los árboles. Las palomas abrieron las hojas. Las cambiantes luces móviles me recorrieron. Y huyeron. Fíjate, Neville, a quien no doy importancia para poder yo ser yo, en mi mano sobre la mesa. Fíjate en los matices de saludable color aquí, en los nudillos, aquí en la palma. Mi cuerpo ha sido usado a diario, correctamente, como una herramienta mane­jada por un buen artesano, y en todas sus partes. La hoja es limpia, cortante, y está gastada en la parte central. (Luchamos como bestias en el campo, como ciervos entrechocando sus cuernos.) Vistas a través de tu pálida y floja carne, incluso las manzanas y los montones de fruta han de tener el aspecto de estar cubiertos de una película, como si se encontraran debajo de un vidrio. Hundido en un sillón, en compañía de una persona, de una sola persona, pero de una persona que cambia, sólo ves una pulgada de carne, sus nervios, sus fibras y el lento o rápido fluir de la sangre en ella, pero no ves nada por entero. Tú no ves una casa en un jardín, un caballo en el campo, una ciudad tendida en el paisaje, no, porque te encorvas como una vieja que esfuerza la vista para ver cómo zurce. Pero yo he visto la vida formando bloques, sólida y grande, sus torres y sus almenas, sus fábricas y sus gasómetros, un lugar en el que vivir, hecho desde tiempo inmemorial, con formas hereditarias. Estas cosas siguen siendo cuadradas, prominentes e indisolubles en mi mente. No soy sinuosa ni suave. Estoy sentada entre vosotros, limando vuestra blandura con mi dureza, paralizando el aleteo de las palabras, como el vibrar del ala gris plata de la polilla, con el verde chispear de mis pupilas claras.
       »Ahora ya hemos entrechocado las cornamentas. Era un preludio necesario, el saludo entre viejos amigos.»
       «Ha desaparecido el oro entre los árboles», dijo Rhoda, «y detrás hay una extensión verde, alargada como la hoja de un cuchillo visto en sueños, o una isla ahusada a la que nadie llega. Ahora los auto­móviles comienzan a guiñar los ojos y a lanzar des­tellos, al acercarse por la avenida. Ahora los enamo­rados pueden ir en busca de las sombras. Las parejas de enamorados hinchan los troncos de los árboles, dándoles obscenidad.»
       «Tiempo hubo en que la cosas eran diferentes», dijo Bernard. «Tiempo hubo en que podíamos romper la corriente, si nos daba la gana. ¿Cuántas llamadas telefónicas, cuántas tarjetas postales, son ahora necesarias para taladrar este orificio, a cuyo través nos hemos reunido aquí, en Hampton Court? ¡Qué rauda va la vida de enero a diciembre! Vivimos arrastrados por el torrente de esas cosas que han llegado a sernos tan familiares que ya no proyectan sombra; no establecemos comparaciones; apenas pensamos en yo o en tú; y en esta inconsciencia alcanzamos la máxima libertad que cabe alcanzar con respecto a la fricción, y apartamos los hierbajos que tapan las bocas de los canales sumergidos. Tenemos que saltar como peces, muy alto en el aire, para coger el tren que sale de Waterloo. Y por muy alto que saltemos volvemos a caer en la corriente. Ahora ya no embarcaré para ir a las islas de los Mares del Sur. Un viaje a Roma es mi límite, en materia de viales. Tengo hijos e hilas. Estoy inmovilizado en el lugar que me corresponde, en el rompecabezas.
       «Pero es únicamente mi cuerpo —este hombre entrado en años al que llamáis Bernard— lo que ha quedado irrevocablemente fijado, o al menos eso deseo creer. Pienso con más desinterés de lo que era capaz en mi juventud, y he de hurgar furiosa­mente, como un niño en un pastel con sorpresa, para descubrir mi yo. “Fíjate, ¿qué es eso? ¿Y esto? ¿Será esto un buen regalo? ¿Es esto todo?”, etcétera. Ahora ya sé lo que los paquetes contienen y no me importa demasiado. Lanzo mis pensamientos al aire como el sembrador lanza semillas en forma de abanico, para que caigan por el aire purpúreo del ocaso en una tierra arada, reluciente y simétrica, estéril..
       »Una frase. Una frase imperfecta. ¿Y qué son las frases? Poco me han dado para poner sobre la mesa, como no sea la mano de Susan, poco para sacar del bolsillo, cuando Neville extrae sus credenciales. No
       soy una autoridad en materia de leyes, de medicina o de finanzas. Estoy envuelto en frases que son como paja húmeda. Brillo fosforescente. Y, cuando hablo, cada uno de vosotros piensa: “Estoy iluminado, resplandezco”. Los chicos pequeños solían de­cirse: “Esta es buena, ésta es buena”, a medida que, como burbujas, de mis labios iban saliendo las frases, bajo las copas de los olmos, junto al campo de juego. También ellos se desvanecieron como bur­bujas, escaparon con mis frases. Ahora languidezco en soledad. La soledad es mi azote.
       »Paso de casa en casa, como los frailes medievales que engañaban a esposas y doncellas con aba­lorios y baladas. Soy un viajero, un buhonero, que paga la posada con una balada. Soy un invitado poco exigente, que se contenta fácilmente. A menudo acepto el mejor dormitorio, de cama con dosel. Otras veces duermo en el pajar. No me molestan las pulgas y tampoco me quejo de las sedas. Soy muy tolerante. No soy moralista. Tengo conciencia demasiado clara de la brevedad de la vida y de sus tentaciones, para dedicarme a trazar líneas rojas. Sin embargo, tampoco soy tan poco exigente como creéis a juzgar —porque me juzgáis, desde luego ­por mi facilidad de palabra. Escondida en la manga, llevo una pequeña daga de desprecio y severidad. Pero se me aplaca fácilmente. Hilo historias. Construyo juguetes con cualquier cosa. Una muchacha está sentada ante la puerta de una cabaña. La muchacha espera. ¿A quién espera? ¿Seducida o no seducida? El director de estudios de la escuela ve un orificio en la alfombra. Suspira. Su esposa, pasándose los dedos por la cabellera, aún abundante, reflexiona. Etcétera, etcétera. Olas de manos, dudas en esquinas callejeras, alguien arroja una colilla al arroyo. Todo son historias. Pero ¿cuál es la verda­dera historia? No lo sé. De ahí que conserve mis frases colgadas, como ropas en el armario, en espera de que alguien se las ponga. Y así espero, especulo, anoto esta frase, luego esa otra y no me identifico con la vida. Seré apartado como se aparta del girasol a la abeja. Mi filosofía, acumulándose, hinchán­dose más y más, se desparrama como el mercurio, en mil direcciones al mismo tiempo. Sin embargo, Louis, alocada pero severa la mirada, en su buhar­dilla, en su oficina, ha llegado a definitivas conclu­siones acerca de la verdadera naturaleza de lo que hay que saber.»
       «Rompe», dijo Louis, «el hilo que intento hilar. Tu risa lo rompe, lo rompe tu indiferencia y tam­bién tu belleza. Jinny rompió el hilo cuando me besó en el jardín, hace años. Los muchachos fanfa­rrones se burlaban de mí en la escuela, por mi acento australiano, y rompían el hilo. “Este es el significado”, digo. Y entonces un dolor me sobresalta. Es la vanidad. “Escucha”, digo, “al ruiseñor que canta entre el patear de pies, las conquistas y las emigraciones; cree…” Y, en este momento. me desgarran. Por entre cerámica rota y astillas de vidrio, me abro camino. Caen diferentes luces que transforman al leopardo común en un ser manchado y extraño. Este momento de reconciliación, este momento en que estamos reunidos, este momento del atardecer, con su vino y sus trémulas hojas, y la juventud acercándose procedente del río, con trajes de franela, almohadones bajo el brazo, está para mí entenebrecido por las sombras de mazmorras y torturas e infamias del hombre contra el hombre. Tan imperfectos son mis sentidos que jamás borran con la púrpura las graves acusaciones que mi razón acumula contra nosotros, incluso mientras estamos aquí sentados. Cuál es la solución, me pregunto a mí mismo y pregunto al puente. ¿Cómo puedo reducir estas deslumbrantes aparicio­nes que ante mí danzan a una línea capaz de unirlo todo formando una unidad? Esto es lo que medito, mientras vosotros observáis maliciosos mis labios firmemente cerrados, mis 'hundidas mejillas y mi invariable ceño.
       »Pero os ruego que observéis también mi bastón y mi chaleco. He heredado una mesa escritorio de maciza caoba en una estancia con mapas en las paredes. Nuestros buques han conquistado envidiable reputación, gracias a sus cabinas repletas de lujos. Suministramos piscinas y gimnasios. Ahora gasto chaleco blanco y consulto una libretita antes de conceder una entrevista.
       »Este es el astuto e irónico modo en que tengo esperanzas de apartar vuestra atención de mi temblorosa, tierna, infinitamente joven y desamparada alma. Sí, porque siempre soy el más joven, el que con más ingenuidad se sorprende, el que corriendo se adelanta, con aprensión y comprensión con inco­modidad y temor al ridículo, con el fin de poner remedio a posibles imperfecciones, cual un tizne en la nariz o un botón desabrochado. Todas las humillaciones me infligen sufrimientos. Sin embargo, también soy implacable, marmóreo. No comprendo cómo podéis decir que es una gran suerte el haber vivido. Vuestras nimias diversiones, vuestros infantiles entusiasmos, cuando hierve el agua de la tetera, cuando la suave brisa agita el pañuelo de seda moteada de Jinny y lo hace flotar en el aire como una telaraña, son para mí como flámulas de seda agitadas ante la vista del toro bravo. Os condeno por ello. Sin embargo, mi corazón ansía vuestra presencia. Con vosotros cruzaría los fuegos de la muerte. Pero también es cierto que soy más feliz en soledad. Gozo con el lujo de los atavíos de oro y púrpura. Pero prefiero un paisaje de chimeneas; ver gatos que se frotar el esquelético costado contra las llagadas chimeneas; las ventanas de cristales rotos; y el ronco clamor de las campanas en el campanario de una iglesia de ladrillos.»
       «Veo lo que tengo ante mí», dijo Jinny. «Este pañuelo, estos lunares del color del vino. Este vaso. Este frasco de mostaza. Esta flor. Me gusta lo que se toca, lo que se saborea. Me gusta la lluvia cuando se ha convertido en nieve y se puede tocar. Y por ser temeraria, mucho más valerosa que cualquiera de vosotros, no atempero mi belleza con la taca­ñería, no sea que ésta me chamusque. Me la trago entera. Está hecha de carne, está hecha de materia. Mi imaginación es la imaginación del cuerpo. Sus visiones no están hiladas finamente, ni tienen la blancura de la pureza, como las de Louis. No me gustan tus esqueléticos gatos ni tus chimeneas llagadas. Las tristes bellezas de tus tejados me repelen. Hombres y mujeres en uniforme, con pelucas y tú­nicas, sombreros hongo y camisas de tenis con el cuello bellamente abierto, la infinita variedad de los vestidos femeninos (me fijo en todos), me deleitan. Con ellos oscilo, entro y salgo, entro y salgo en salones, aquí, allí, en todas partes, con ellos oscilo allí donde voy. Este hombre levanta la pezuña de un caballo. Este hombre saca y mete las cajitas de su colección privada. Nunca estoy sola. Un regimiento de semejantes me acompaña y atiende. Mi madre seguramente siguió el batir de los tambores, y mi padre el mar. Soy como el perro que trota siguiendo la banda del regimiento, pero que se detiene para olisquear el tronco de un árbol o una mancha de color castaño, y de repente cruza corriendo la calle para ir al encuentro de un can vagabundo y sin raza, y entonces levanta la pata, mientras olfatea el con­turbador aroma que exhala la carnicería. Mis asuntos me han llevado a extraños lugares. Hombres, muchos, se han despegado de la pared y se han acercado a mí. Para conseguirlo, me basta con alzar la mano. Rectos como una flecha, se han acercado al lugar debido, quizá una silla, quizá un balcón, quizá una tienda en una esquina. Los tormentos y las divisiones de vuestra vida han sido resueltos por mí noche tras noche, a veces solamente mediante el tacto con un dedo, bajo el mantel, durante la cena, y tan fluido ha llegado a ser mi cuerpo que basta el tacto del dedo para que se convierta en una redondeada gota que crece, tiembla, destella y cae en un éxtasis.
       »He permanecido sentada ante un espejo, mientras vosotros escribíais o sumabais números en una mesa escritorio. Y, ante el espejo, en el templo de mi dormitorio, he juzgado mi nariz y mi mentón, así como mis labios que se abren demasiado y muestran demasiado las encías. He mirado. He advertido. He elegido el amarillo o el blanco, el brillo o el mate, la curva o la recta, que mejor me sientan. Para uno soy volátil, para otro soy rígida, angulosa como una plateada porción de hielo, o voluptuosa como la dorada llama de una vela. He corrido violentamente, hasta llegar a mi último límite, como un látigo chasqueado con fuerza. La pechera de su camisa, ahí, en el rincón, ha sido blanca; luego purpúrea; humo y llamas nos han envuelto; tras una furiosa conflagración —sin embargo, apenas alzamos la voz, sentados ante el hogar, mientras murmurábamos todos los secretos de nuestro corazón como si los vertiéramos en conchas para que nadie los oyera en la casa dormida, pero yo oí, una vez, al cocinero agitándose, y otra vez creímos que el tic-tac del reloj era un paso—, nos hemos convertido en cenizas, sin dejar rastros, sin dejar huesos no consumidos por el fuego, sin dejar mechones que guardar en relicarios, sin dejar ni uno solo de esos rastros que vuestras intimidades dejan tras sí. Ahora me vuelvo gris; ahora me torno flaca y desvaída; pero al mediodía contemplo mi rostro, sentada ante el espejo, a plena luz del sol, y veo con precisión mi nariz, mi barbilla, mis labios que se abren demasiado y muestran demasiado las encías. Sin embargo, no temo.»
       «Había faroles», dijo Rhoda, «y árboles que no se habían despojado aún de las hojas, junto a la estación. Las hojas todavía podían ocultarme. Pero no me escondí detrás de ellas. Caminé rectamente hacia vosotros, en vez de dar un rodeo para evitar el golpe de la sensación, como antes. Pero esto se debe únicamente a que he amaestrado mi cuerpo. Interiormente no estoy amaestrada. Os temo, os odio, os amo, os envidio y os desprecio, y nunca me he sentido feliz al reunirme con vosotros. En el trayecto desde la estación hasta aquí, rechazando la sombra de los árboles, me di cuenta por vuestros abrigos y paraguas, incluso desde lejos, de que estáis profundamente incrustados en una sustancia constituida por reiterados momentos unidos. Estáis vinculados, habéis adoptado una actitud, tenéis hijos, autoridad, fama, amor y trato social. Yo nada tengo. Carezco de rostro.
       »Aquí, en este comedor, veis los vasos y las astas de los ciervos, los saleros, las amarillentas manchas en el mantel. “¡Camarero!”, dice Bernard. “¡Pan!”, dice Susan. Acude el camarero; trae pan. Pero yo veo una faceta del vaso, como si fuera una mon­taña, y sólo veo parte de las astas, y el destello en esta cena de la jarra, como una grieta intrigante y terrorífica en las tinieblas. Vuestras voces suenan como los secos sonidos de los árboles en el bosque. Lo mismo me ocurre con vuestros rostros, con sus protuberancias y hoyos. ¡Qué hermoso estás, en pie e inmóvil, lejos, a medianoche, contra las barandillas de una plaza! Detrás de ti hay una luna creciente hecha de espuma, y pescadores situados en el límite del mundo sacan y arrojan redes. Un viento agita las más altas hojas de primitivos árboles. (Sin embargo, ahí estamos, sentados en Hampton Court.) Los agudos chillidos de los loros quiebran el intenso silencio de la jungla. (De aquí parten los tranvías.) La golondrina hunde las puntas de las alas en estanques de medianoche. (Aquí hablamos.) Esta es la circunferencia que intento aprehender, mientras estamos juntos, aquí sentados. Así he de sufrir la condena de Hampton Court, exactamente a las siete treinta.
       »Pero, como sea que necesito estos panecillos y estas botellas de vino, y como sea que vuestras caras con sus hoyos y protuberancias son bellas, como lo es el mantel con sus manchas amarillentas, que tan lejos está de poder extenderse en más y más anchos círculos de comprensión que, por fin (así sueño, al precipitarme por el borde de la tierra, de noche, cuando mi cama flota), abarquen al menos el mundo entero, estoy obligada a ejecutar las payasadas propias del vivir individual. Cuando os dirigís a mí, debo comenzar por vuestros hijos, vuestros poemas, vuestros sabañones, o cualquier otra cosa que hagáis o padezcáis. Pero no me engaño. Después de esas invocaciones y llamadas aquí y allá, de esas invitaciones y búsquedas, caeré sola a través de esta delgada sábana en abismos de fuego. Y vosotros ninguna ayuda me prestaréis. Más crueles que los verdugos de antaño, me dejaréis caer, y me despedazaréis, cuando esté caída. Sin embargo, momentos hay en que los muros de la mente se adelgazan. Son los momentos en que nada queda sin ser absorbido, y en que sería capaz de imaginar que podemos producir con un soplo una burbuja tan grande que permita al sol amanecer y ponerse en ella, y en que podemos. apoderarnos del azul del mediodía, y del negro de la medianoche, y escapar del aquí y del ahora.»
       «Gota tras gota», dijo Bernard, «cae el silencio. Se forma en la techumbre de la mente y cae en las charcas que hay debajo. Para siempre solo. solo, solo, oigo la caída del silencio que traza círculos concéntricos hasta las últimas orillas. Ahíto y re­pleto, con la solidez de la satisfacción de la media edad, yo, a quien la soledad destruye, dejo que el silencio caiga gota a gota.
       »Pero ahora el silencio en su caída azota mi ros­tro, y desgasta mi nariz como la nariz del hombre de nieve es desgastada por la lluvia en el jardín. A medida que el silencio cae, me disuelvo sin remedio, pierdo mis rasgos y apenas se me puede distinguir de otro cualquiera. No importa. ¿ Qué hay que im­porte? Hemos cenado bien. El pescado, el solomillo de ternera, el vino, han embotado el afilado diente del egocentrismo. La ansiedad descansa. El más vanidoso de entre nosotros, Louis quizá, no se preocupa de lo que los demás puedan Pensar de él. Las torturas de Neville están adormecidas. Permitamos que los demás prosperen, esto es lo que Neville Piensa. Susan oye la respiración de todos sus hijos, prote­gidos v dormidos. Dormid, dormid, murmura. Rhoda ha balanceado el cuenco v todos sus buques han llegado a puerto. Ya no le importa si han naufragado o si han anclado. Estamos en situación de con­siderar con total imparcialidad cualquier protesta que el mundo nos formule. Ahora pienso que la tierra no es más que un pedrusco despedido acci­dentalmente del rostro del sol, y que no hay vida en lugar alguno de los abismos espaciales.»
       «En este silencio», dijo Susan, «Parece que jamás pueda caer una hoja o volar un pájaro.»
       «Como si el milagro hubiera ocurrido», dijo Jinny, «y la vida hubiera quedado inmovilizada aquí y ahora.»
       «Y», dijo Rhoda, «nada nos quedara por vivir.»
       «Pero escuchad», dijo Louis, «al mundo movién­dose en los abismos del espacio invisible. Ruge; la iluminada cinta de la Historia ha pasado, como nuestros reyes y reinas; hemos desaparecido; el Nilo; y la vida toda. Nuestras separadas gotas se han disuelto, estamos extintos, perdidos en los abismos del tiempo y de las tinieblas.»
       «El silencio cae, el silencio cae», dijo Bernard. «Pero ahora escuchad; tic, tic, moc, moc; el mundo nos ha vuelto a encaramar en sus lomos. Por un instante, he oído los aullidos de los vientos de las tinieblas, mientras pasábamos más allá de la vida. Después tic, tic (el reloj), y después moc, moc (los automóviles). Hemos pisado tierra; estamos en la playa; estamos sentados, los seis, a una mesa. Es el recuerdo de mi nariz lo que toca a rebato. Me levanto. “¡Lucha!”, grito, “¡Lucha!”, grito recordando la forma de mi nariz, y agresivo golpeo la mesa con esta cuchara.»
       «Alcémonos contra este ilimitado caos», dijo Ne­ville, «contra esta informe imbecilidad. Al hacer el amor a una enfermera, detrás de un árbol, este sol­dado es más admirable que todas las estrellas. Sin embargo, a veces aparece en el cielo una trémula estrella y me induce a pensar que el mundo es her­moso, y que nosotros somos gorgojos que hasta los árboles deformamos con nuestros apetitos.»
       «Sin embargo, Louis», dijo Rhoda, «cuán poco dura el silencio. Ya comienzan a alisar las serville­tas al lado de los platos. “¿Quién viene?”, dice Jinny. Y Neville suspira al pensar que Percival ya no puede venir. Jinny ha sacado su espejito. Como un artista, Jinny examina su cara, se pasa la borla empolvada por la nariz y, después de meditar unos instantes, ha dado a los labios los exactos toques de rojo que necesitaban. Susan, que contempla con desprecio y temor estos preparativos, se abrocha el más alto botón de su abrigo y lo desabrocha. ¿Para qué se prepara? Para algo, sí, pero algo muy dife­rente.»
       «Se dicen», dijo Louis, «“Ha llegado el momento. Aún tengo vigor.” Esto se dicen. “Mi cara será grabada en la negrura del espacio infinito.” No terminan sus frases. “Ha llegado el momento”, no dejan de decirse. “Cerrarán los jardines”. Y yéndonos con ellos, Rhoda, arrastrados por la corriente, quizá nos rezaguemos un poco.»
       «Como conspiradores que tienen algo que musi­tarse», dijo Rhoda.
       «Es verdad y lo sé muy de cierto», dijo Bernard, «ahora, mientras recorremos esta avenida, que un rey, a caballo, cayó aquí, al tropezar con un hormiguero. Pero qué raro parece este recortar contra los rodantes abismos del espacio infinito una figurilla con una tetera de oro en la cabeza. Pronto recobra uno la fe en las figuras… Pero no se recobra al instante la fe en lo que estas figuras se ponen en la cabeza. Nuestro británico pasado… Una pulgada de luz. Los hay que se ponen una tetera de oro en la cabeza y dicen: “¡Soy un rey!” No, mientras caminamos, me esfuerzo en recobrar el sentido del tiempo, pero, por llevar esta caudalosa oscuridad en los ojos, he perdido la capacidad de aprehenderlo. Este palacio parece leve como una nube pasajera en el cielo. Es una treta de la mente este poner reyes en tronos, uno tras otro, con corona en la cabeza. Y nosotros, caminando en hilera de seis, ¿con qué podemos oponernos a ello? ¿Cómo podemos luchar contra esta marea, con sólo esta ocasional luz que en nosotros destella, a la que llamamos cerebro y sentimiento? ¿Hay algo permanente? También nuestras vidas fluyen y se alejan por avenidas sin luz, más allá del límite del tiempo, anónimas. En cierta ocasión, Neville me arrojó un poema a la cabeza. Sú­bitamente convencido de la inmortalidad, dije: “También yo sé lo que Shakespeare sabía”. Pero esto ha pasado ya.»
       «Irrazonablemente, ridículamente», dijo Neville, «mientras caminamos regresa el tiempo. Mira este perro, lo hace sin dejar de dar torpes zancadas que le obligan a contonearse. La máquina funciona. El tiempo ha encanecido esta puerta en el muro. Ahora trescientos años parecen más que el momento ido contra la visión de este perro. El rey Guillermo ca­balga con peluca, y las damas de la corte se deslizan por el césped, con sus faldas de bordados colgantes en la cintura. Mientras caminamos, comienzo a tener la firme convicción de que el destino de Europa es de inmensa importancia, y de que, aunque parezca ridículo, todo es consecuencia de la batalla de Bleneim. Sí, declaro, en el momento en que pasamos por esta puerta en el muro, que éste es el momento presente. Me he convertido en súbdito del rey Jorge.»
       «Mientras avanzamos por, esta avenida», dijo Louis, «yo rozando levemente a Jinny, Bernard del brazo de Neville, y Susan con su mano en la mía, es difícil no llorar, no calificarnos de niños, no pedir a Dios que nos proteja en nuestro sueño. Es dulce cantar a coro, cogidas las manos, con miedo a la oscuridad, mientras la señorita Curry toca el armonio.»
       «Las puertas de hierro se han cerrado», dijo Jinny. «Los colmillos del tiempo han dejado de de­vorar. Hemos triunfado sobre los abismos del espacio, con las armas del lápiz de labios, de los polvos, de sutiles pañuelos.»
       «Agarro, cojo con fuerza», dijo Susan, «cojo firmemente esta mano, cualquier mano, con amor, con odio; poco importa lo que sea.»
       «El talante sereno, el talante etéreo, es el nuestro ahora», dijo Rhoda, «y disfrutamos del momentáneo alivio (poco frecuente es liberarnos de la ansiedad) que se siente cuando los muros de la mente se hacen transparentes. El palacio de Wren, lo mismo que el cuarteto interpretado para los oídos de la gente seca y varada en la platea, forma un rombo. Sobre el rombo hay un rectángulo, y decimos: “Este es nuestro habitáculo”. Ahora la estructura es visible. Muy poco queda fuera.»
       «La flor», dijo Bernard, «el clavel rojo en el bú­caro, sobre la mesa del restaurante en que nos re­unimos para cenar con Percival, se ha convertido en una flor de seis facetas, compuesta por seis vidas.»
       «Una misteriosa iluminación», dijo Louis, «visible contra estos tejos.»
       «Construida con mucho dolor, muchas pincela­das», dijo Jinny.
       «Matrimonió, muerte, viajes, amistad», dijo Ber­nard, «ciudad y campo; hijos y todo lo demás; una sustancia de muchas facetas tallada en esta oscu­ridad; una flor de muchas facetas. Detengámonos por un instante; contemplemos lo que hemos hecho. Dejemos que arda ante los tejados. Una vida. Ahí va. Pasó. Se fue.»
       «Ahora se desvanecen», dilo Louis. «Susan con Bernard. Neville con Jinny. Tú y yo, Rhoda, nos detenemos un instante junto a esta urna de piedra. ¿Qué canción escucharemos ahora, con estas parejas sembradas entre los árboles, mientras Jinny, señalando con su enguantada mano, finge fijarse en los nenúfares, y Susan, que siempre ha amado a Bernard, le dice: “Mi vida arruinada, mi vida mal empleada”, y Neville, cogiendo la menuda mano de Jinny, con las uñas del color de las cerezas, junto al lago, junto al agua iluminada por la luna, grita: “Amor, amor”, y ella contesta, imitando a los pájaros: “¿Amor, amor?” ¿Qué canción escucharemos?»
       «Hacia el lago se desvanecen», dijo Rhoda. «Se alejan deslizándose furtivamente sobre el césped, aunque con seguridad, como si de nuestra benevolencia hubieran recabado su antiguo privilegio, el privilegio de no ser molestados. La marea del alma, inclinada, avanza hacia este lado; no pueden evitar el abandonarnos. La oscuridad cubre sus cuerpos.
       ¿Cuál es la canción que escuchamos? ¿La de la le­chuza, la del ruiseñor, la del reyezuelo? Suena la sirena del vapor, destella la luz en los eléctricos raíles, gravemente se inclinan y balancean los árboles. Un resplandor cubre Londres. He aquí a una vieja que regresa en silencio; un tardío pescador desciende a la crilla, con su caña. Ni un sonido, ni un movimiento; deben escapar a nuestra percepción.
       «Un pájaro vuela hacia su hogar», dijo Louis. «La noche abre los ojos y lanza una rápida ojeada a los arbustos, antes de dormirse. ¿Cómo lo uniremos, cómo unir los confusos y complejos mensajes que esa gente nos devuelve y no sólo esa gente sino muchos muertos, muchachos y chicas, mujeres y hombres crecidos, que han vagado por aquí, en el reinado de este o aquel rey?»
       «Un peso ha caído en la noche»;, dijo Rhoda, «arrastrándola hacia el fondo. Todo árbol ha quedado engrosado por una sombra que no es la sombra del árbol detrás del árbol. Oímos un redoble de tambores en los tejados de una cerrada ciudad en ayuno, cuando los turcos tienen hambre y su humor es incierto. Les oímos llorar con agudos ladridos de ciervo. “Abrid, abrid”. Escucha el gemido de los tranvías y los destellos de los raíles eléctricos. Oímos cómo los olmos y los álamos alzan sus ramas, como si la desposada se hubiera despojado de su camisón de seda y hubiera acudido a la puerta gritando: “Abre, abre”.»
       «Todo parece tener vida», dijo Louis. «En lugar alguno oigo a la muerte, esta noche. La estupidez, en el rostro de este hombre, la ancianidad, en el de esta mujer, debieran ser suficientes, diríase, para desvanecer el hechizo y traer la muerte. Pero ¿dónde está la muerte esta noche? Cuando es cruda dureza, restos y desechos, esto y lo otro, ha quedado pulve­rizado, como astillas de vidrio, contra esta marea azul, ribeteada de rojo, que, deslizándose sobre la playa con la fertilidad de sus innumerables peces, rompe a nuestros pies.»
       «Si pudiéramos ascender juntos, si pudiéramos percibir desde la suficiente altura», dijo Rhoda, «si pudiéramos permanecer intactos, sin apoyo alguno… Pero tú, perturbado por los leves sonidos de palmadas, de halago y de risas, y yo odio la transacción y el juicio de justicia e injusticia en los labios hu­manos, pues tengo únicamente confianza en la soledad y la violencia de la muerte, y esto es lo que nos separa.»
       «Para siempre», dijo Louis, «separados. Hemos sacrificado el abrazo junto a los helechos, y también el amar, amar, amar, junto al lago, en pie, como conspiradores que se han apartado de los demás para compartir un secreto junto a la urna. Pero ahora fíjate, mientras estamos aquí, una onda aparece en el horizonte. La red se alza más y más. Llega a la superficie de las aguas. El agua queda rota por la plata, por los pececillos temblorosos. Ya saltando, ya coleando, los pececillos son depositados en la orilla. La vida abandona su presa sobre el césped. Unas figuras vienen hacia nosotros. ¿Son hombres o son mujeres? Todavía visten las ambiguas prendas de la móvil marea en que han estado inmersas.»
       «Ahora», dijo Rhoda, «al rebasar este árbol, recobran su tamaño natural. Son tan sólo hombres, tan sólo mujeres. La maravillada intriga y el temor van cambiando a medida que se despojan de las vestiduras de la móvil marea. La lástima regresa, cuando salen a la luz de la luna, como restos de un ejército, representándonos, y yendo todas las noches (aquí o en Grecia)— a librar batalla, para regresar todas las noches, con sus heridas, con sus rostros devastados. Ahora la luz vuelve a caer sobre ellos. Tienen rostro. Se convierten en Susan y en Bernard, en Jinny y en Neville, en gente a la que conocemos. Y ahora, ¡qué reducción tiene lugar! ¡Qué humillación, qué quemadura! Los conocidos estremecimientos recorren mi cuerpo, el odio y el terror, cuando me siento inmovilizada en un único lugar por estos garfios que nos lanzan, estos saludos, estos reconocimientos, estos dedos que clavan, estas miradas que investigan. Sin embargo, bastará que hablen para que sus primeras palabras, con el tan recordado tono y la perpetua desviación de lo que una espera, para que sus manos moviéndose y haciendo surgir de las tinieblas mil días pasados de­biliten mi propósito.»
       «Algo vacila y danza», dijo Louis. «La ilusión regresa a medida que se acercan por la avenida. Las ondulaciones y el interrogatorio comienzan. ¿Qué pienso de vosotros? ¿Qué pienso de mí? ¿Quién sois? ¿Quién soy? Lo que pienso de vosotros hace de nue­vo temblar con inquietud el aire sobre nuestras cabezas, se acelera el pulso y se ilumina la mirada, y la locura de la existencia personal sin la que la vida se derrumbaría y moriría comienza de nuevo. Avanzan sobre nosotros. El sol del Sur destella sobre esta urna. Nos alejamos, penetrando en la marea del mar violento y cruel. Señor, ayúdanos a inter­pretar nuestros papeles, cuando les saludemos a su regreso, a Susan y Bernard, Neville y Jinny.»
       «Algo hemos destruido con nuestra presencia», dijo Bernard, «quizá un mundo.»
       «Sin embargo, apenas podemos respirar», dijo Neville, «agotados cual estamos. Nos hallamos en ese pasivo y exhausto estado mental en que solamente deseamos regresar al cuerpo de nuestro madre del que fuimos separados. Todo lo demás es desagradable, forzado y fatigoso. A esta luz, el pañuelo de Jinny tiene el color de las polillas. Los ojos de Susan están saciados. Apenas se nos puede distinguir del río. El único punto de contraste entre nosotros es una colilla. Y la tristeza matiza nuestra satisfacción. Ojalá os hubiéramos dejado solos, ojalá hubierais desgarrado el tejido, ojalá hubiéramos obedecido al deseo de exprimir en soledad un zumo más amargo y más negro, que también era dulce. Pero ahora estamos agotados.»
       «Después de nuestro fuego», dijo Jinny, «nada queda para guardar en relicarios.»
       «Todavía jadeo», dijo Susan, «como un pájaro joven, insatisfecha, por algo que se me ha escapado.»
       «Quedémonos unos instantes más», dijo Bernard, «antes de irnos. Paseemos por el mirador del río, casi solos. Poco falta para la hora de acostarse. La gente se ha ido a casa. Ahora, qué confortante es ver cómo se encienden las luces en los dormitorios de los pequeños tenderos, al otro lado del río. Se enciende una. Y ahora otra. ¿Cuánto habrán ganado hoy? Lo justo para pagar el alquiler, para la luz y la comida, y para vestir a los hijos. Si, pero sólo lo justo. ¡Qué clara idea de lo tolerable que puede ser la vida nos dan las luces de los dormitorios de los pequeños tenderos! Llega el sábado, y quizá sólo queda lo suficiente para comprar las entradas del cine. Quizá, antes de apagar la luz, salen al huerte­cillo y echan una ojeada al conejo gigante agazapado en su jaula de madera. Este es el conejo que se comerán en la comida del domingo. Apagan la luz. Después duermen. Y, para miles de individuos, el sueño no es más que calor y silencio, y unos momentos de juego con un sueño fantástico. “He echado al buzón mi carta”, piensa el tendero, “dirigida al periódico dominical. ¿Y si gano las quinientas libras esterlinas del concurso de fútbol? Además mataremos el conejo. La vida es agradable. La vida es buena. He echado la carta al buzón. Mataremos el conejo”. Y duerme.
       »Y así sucesivamente. Escucha. Oigo un sonido parecido al entrechocar de vagones de ferrocarril en un apartadero. Así es la feliz concatenación de los hechos, uno tras otro, en nuestro vivir. Cloc, cloc, cloc. Debo, debo, debo. Debo irme, debo dormir, debo despertar, debo levantarme, con sensatez, piadosa palabra que intentamos envilecer, pero que oprimimos contra nuestro corazón porque sin ella seríamos aniquilados. ¡Cuánto reverenciamos este sonido que parece el entrechocar de vagones en un apartadero!
       »Ahora, a lo lejos, río abajo, oigo el coro, la canción de los muchachos fanfarrones que en largas caravanas regresan de una excursión en las cubiertas de los atestados vapores. Siguen cantando igual que solían en las noches de invierno, al otro lado del patio, o con las ventanas abiertas en verano, embria­gándose, rompiendo muebles, luciendo gorritos a rayas, volviendo todos la cabeza al mismo tiempo cuando el carricoche tomaba la curva, y yo deseaba ser como ellos.
       »Entre las voces del coro, los remolinos del agua y el murmullo apenas perceptible de la brisa, nos alejamos. Pequeñas porciones de nuestro ser se des­prenden. ¡Ahora! Algo muy importante ha caído. No conservarme íntegro. Más me vale dormir. Pero debemos irnos, debemos tomar el tren, debemos ir andando a la estación, debemos, debemos, debemos… Sólo somos cuerpos que avanzan cansinos, el uno al lado del otro. Sólo existo en las suelas de mis zapatos y en los fatigados músculos de los muslos. Parece que llevemos horas caminando. Pero ¿dónde? No puedo recordarlo. Soy como un leño que se desliza suavemente por una catarata. No soy un juez. No tengo la obligación de emitir juicios. A esta luz gris, árboles y casas son iguales. ¿Es esto un poste? ¿Es esto una mujer caminando? He aquí la estación. Si el tren me partiera en dos, mi cuerpo volvería a pegarse tan pronto pasara la cola del convoy, porque soy uno e indivisible. Pero lo que me parece raro es que todavía conservo en la mano la mitad de mi billete, la mitad de regreso a Waterloo, y la sostengo firmemente entre los dedos de la mano derecha, incluso ahora, incluso dormido.»



       Ahora el sol se había hundido. No cabía distinguir el cielo del mar. Al romper, las olas extendían sus blancos abanicos hasta muy lejos en la playa, en­viaban blancas sombras a los huecos de las sonoras cuevas y retrocedían con un suspiro, alejándose de la tierra.
       El árbol sacudió las ramas, esparciendo hojas que cayeron al suelo, donde quedaron aposentadas en perfecta compostura, exactamente en el lugar en que esperarían su descomposición. Negros y grises caían sobre el jardín, procedentes del vaso roto que otrora contenía luz roja. Oscuras sombras ennegrecían los túneles entre los tallos. El tordo guardaba silencio y el gusano regresó, en un movimiento de succión, a su angosto orificio. Una y otra vez una paja emblanquecida y hueca era arrancada por el viento de un viejo nido, y caía en el oscuro césped, entre las manzanas podridas. La luz había desapa­recido de la pared de la caseta de las herramientas, y la piel de la víbora colgaba vacía del clavo. Todos los colores de la estancia habían desbordado sus ri­beras. La exacta pincelada se había hinchado, incli­nándose a un lado. Las alacenas y las sillas mezclaban sus masas castañas, formando una gran oscuridad. En la altura, desde el techo al suelo, colgaban vas­tas cortinas de trémula oscuridad. El espejo estaba pálido como la boca de una cueva sombreada por colgantes enredaderas.
       De la solidez de las colinas se había alejado la sustancia. Móviles luces proyectaban una cuña con calidad de pluma por entre hundidas y no vistas sendas, pero ni una sola luz se abría por entre las plegadas alas de las colinas, y no se oía sonido al­guno salvo el grito de un pájaro en busca de un árbol solitario. En el borde del acantilado había un igual murmullo de aire que había pasado por los bosques, de agua que se había enfriado en cien mil vidriadas cavidades, en pleno océano.

       Como si hubiera olas de oscuridad en el aire, avanzaba la oscuridad, cubriendo casas, colinas, árboles, como las olas del agua lamen los costados de un buque hundido. La oscuridad pasaba por encima de los árboles, cubriéndolos, lamía solitarias imágenes y las absorbía. Parejas borrosas se unían bajo la lluvia de oscuridad de los olmos con follaje de pleno verano. Las olas de la oscuridad avanzaban por los caminos manchados de hierba y por la arrugada piel de los céspedes, envolviendo al solitario espino y las vacías cáscaras de caracol a su pie. Ascendiendo, la oscuridad soplaba en las peladas laderas de las tierras altas y llegaba a las roídas y erosionadas cumbres de las montañas, donde la nieve se aloja perpetuamente en la dura roca, incluso cuando en los valles abundan los raudos arroyos, las amarillas hojas de las vides, y muchachas, sentadas en terrazas, alzan la vista a la nieve, prote­giendo con abanicos el rostro de la luz. También a ellas la oscuridad las cubría.
       «Ahora resumamos», dijo Bernard. «Ahora voy a explicarte el significado de mi vida. Como sea que no nos conocemos (aun cuando me parece que nos tratamos en la cubierta de un buque que se dirigía a Africa), podemos hablar con toda libertad. Tengo la falsa idea de que algo hay que se adhiere por un momento, algo que tiene redondez, peso, profundidad y que forma un todo completo. Por el momento, esto parece ser mi vida. Si fuera posible, te la daría íntegra. La arrancaría tal como se arranca un racimo de uvas. Te diría: “Toma, esto es mi vida”.
       »Pero, por desgracia, lo que yo veo (este globo repleto de figuras) tú no lo ves. Me ves sentado a una mesa, ante ti, como un hombre entrado en años, algo pesado, con las sienes grises. Ves cómo cojo la servilleta y la despliego. Ves cómo me sirvo un vaso de vino. Y ves cómo la puerta se abre, a mis espaldas, y ves a la gente que pasa. Pero, para que comprendas, para darte mi vida, debo contarte una historia, y hay muchas y muchas historias, historietas de infancia, historias del colegio, historias de amor, de matrimonio, de muerte y tantas otras, aunque ninguna de ellas es verdad. Sin embargo, igual que los niños, nos contamos historias y para adornarlas componemos ridículas, flamantes y hermosas frases. Cuán cansado estoy de historias, cuán cansado estoy de frases que descienden hermosamente y posan todos sus pies en el suelo… Y, también, cómo desconfío de estos limpios esquemas de vida trazados en media cuartilla. Comienzo a desear un lenguaje menor, como el que los enamorados utilizan entre sí, lenguaje de palabras rotas, apenas articuladas, palabras como el sonido de pasos en el pavimento. Comienzo a buscar un esquema que sea más acorde con estos momentos de humi­llación y de triunfo que, innegablemente, surgen de vez en cuando. Recostado en una oquedad, un día tormentoso en que ha llovido, las enormes nubes se acercan en su avance por el cielo, nubes desgarradas y girones de nubes. Lo que entonces me deleita es la confusión, la altura, la indiferencia y la furia. Grandes nubes siempre cambiantes y movimiento; algo sulfuroso y siniestro, amontonado, en desorden; algo se cierne, se arrastra, se rasga, se pierde, y yo ahí, olvidado, minúsculo, en una oquedad. Entonces no veo ni rastro de historia, de esquema.
       »Pero ahora, mientras comemos, echemos una ojeada a estas escenas, tal como los niños hojean las páginas de un libro con ilustraciones, y la ni­ñera, señalando con el dedo, les dice: “Esto es una vaca. Esto es una vaca”. Volvamos las páginas, y yo añadiré para entretenerte un comentario al margen.
       »En el principio estaba el cuarto de los niños, con ventanas que daban al jardín, y más allá el mar. Veía algo que brillaba —sin duda alguna el asa de bronce de un cajón de la cómoda—. Entonces la señora Constable levantó la esponja por encima de su cabeza, la oprimió y lanzó, a derecha e izquierda, a lo largo de mi espina dorsal, flechas de sensación. De la misma manera, mientras alen­temos, en el resto del tiempo, cuando tropezamos con una silla, una mesa o una mujer, flechas de sensación nos traspasan, igual que ocurre en un jardín, o al beber este vino. E incluso, a veces, cuando paso por una casita en la que ha nacido un niño, poco me falta para rogar a sus moradores que no opriman una esponja sobre el nuevo cuerpo. Después, estaba también el jardín y el dosel de las hojas del grosellero que parecía cubrirlo todo; flores ardiendo como chispas sobre las profundidades verdes; una rata retorciéndose entre larvas bajo una hoja de ruibarbo; la mosca zumbando y zumbando en el techo del cuarto de los niños, y platos y platos de inocente pan con mantequilla. Todas esas cosas ocurren en un segundo y duran para siempre. Surgen los rostros. Rápido dobla uno una esquina y dice: “Mira, ahí está Jinny. Este es Neville. Este es Louis con pantalones de franela gris y un cinturón con la hebilla en forma de serpiente. Esta es Rhoda”. Rhoda tenía un cuenco en el que hacía flotar pétalos de flores blancas. Susan fue quien lloró aquel día en que yo estaba en la caseta de las herra­mientas con Neville. Sentí que mi indiferencia se fundía. Neville no se ablandó. “En consecuencia”, me dije, “yo no soy Neville”, lo que fue un maravilloso descubrimiento. Susan lloraba y yo la seguí. Su húmedo pañuelo y la visión de su espalda alzán­dose y descendiendo, como la palanca de una bomba de agua, sollozando por lo que le era negado, me excitó los nervios. “Esto no se puede tolerar”, me dije, mientras me sentaba al lado de Susan, en las raíces duras como esqueletos. Entonces me di cuenta por vez primera de la presencia de esos enemigos que cambian, pero que siempre están ahí, de las fuerzas contra las que luchamos. Dejarse llevar pasivamente es inimaginable. “Este es tu camino, mundo”, se dice uno, “y el mío es éste”. Por esto dije: “Exploremos”, me puse en pie de un salto y bajé corriendo la pendiente con Susan, y vimos al mozo del establo armando ruido con sus grandes botas en el patio. Abajo, por entre las profundi­dades de las hojas, los jardineros con grandes escobas barrían céspedes. Sentada, la señora escribía. Traspuesto, parado, pensé: “No puedo alterar ni un solo movimiento de esas escobas. Los jardineros barren y barren. Tampoco puedo alterar la fijeza de esa mujer que escribe”. Es raro que uno no pueda detener a los jardineros en su actividad de barrer o inquietar a una mujer. Así se quedaron para toda mi vida. Es como si uno hubiera despertado en Stonehenge en medio de un círculo de grandes pie­dras, esos enemigos, esas presencias. Entonces una paloma torcaz salió volando de los árboles. Y, habiéndome enamorado por primera vez en mi vida, hice una frase —un poema referente a la paloma torcaz—, una sola frase, debido a que mi mente había sido perforada, apareciendo en ella una de esas bruscas transparencias a cuyo través uno lo ve todo. Después, más pan con mantequilla, más moscas zumbando junto al techo del cuarto de los niños, en el que temblaban islas de luz, agitadas y opalinas, mientras los agudos dedos de un resplan­dor formaban goteando azules charcos en el ángulo del hogar. Día tras día, nos sentábamos a tomar el té y observábamos estás cosas.
       »Pero éramos diferentes. La cera, la cera virginal que cubre la espina dorsal, se fundía en diferentes lugares, en cada uno de nosotros. El gruñido del joven pinche al hacer el amor a la criada, entre los arbustos; las ropas hinchadas en el alambre del que colgaban a secar; el hombre muerto en el arroyo; el manzano, desnudo a la luz de la luna; la rata entre las larvas; el azul gotear del resplandor. Cada una de estas cosas manchaba y rayaba de forma diferente nuestra blanca cera. La naturaleza de la carne humana asqueaba a Louis; nuestra crueldad, a Rhoda; Susan no podía compartir; Neville quería orden; Jinny, amor; y así sucesivamente. Sufrimos terriblemente al convertirnos en individuos sepa­rados.
       »Sin embargo, yo quedé a salvo de estos exce­sos, y he sobrevivido a muchos de mis amigos, aun cuando estoy algo sordo, gris, con el tórax como desgastado, debido a que es el panorama de la vida, no contemplado desde el tejado, sino desde la ven­tana del tercer piso, lo que me gusta, y no lo que una mujer dice a un hombre, incluso en el caso de que el hombre sea yo. En consecuencia, no había modo de que en la escuela me obligaran con bruta­lidades a hacer lo que no quería. No había quien pudiera plantearme dificultades. Estaba el doctor, balanceándose en la capilla, como si anduviera por la cubierta de un buque de guerra en plena galerna, y dando órdenes con un megáfono, ya que la gente investida de autoridad tiende a adoptar actitudes melodramáticas. Yo no odiaba al doctor, como le odiaba Neville, no le reverenciaba, como Louis. Mientras estábamos sentados en la capilla, tomaba notas. Había columnas, había sombras, había lápidas con­memorativas, muchachos que se peleaban y que intercambiaban sellos, ocultando la mano con el libro de rezos; el sonido de una oxidada bomba de agua; el doctor tronando sobre la inmoralidad y nuestro deber de portarnos como hombres; y Percival ras­cándose el muslo. Tomaba notas para futuras historias; dibujaba retratos en los márgenes de mi libreta, y de esta manera me separaba todavía más del resto.
       »Percival miraba rectamente al frente, en la capilla, aquel día. También se llevaba la mano al co­gote, de una manera peculiar. Sus movimientos re­sultaban siempre notables. Todos nosotros nos llevábamos la mano al cogote, sin éxito. Percival tenía aquella clase de belleza que ahuyenta todo género de caricia s. Como sea que no era precoz, ni mucho menos, leía cuanto había sido escrito para nuestra edificación, sin efectuar el menor comentario, y creía, con aquella magnífica ecuanimidad (las palabras latinas acuden espontáneamente), que le protegería de tantas maldades y humillaciones, que las rubias trenzas de Lucy y sus rosadas mejillas eran el sumo ejemplo de belleza femenina. Así protegido, su gusto, en los últimos tiempos, era extremadamente refinado. Pero la música, una loca canción a coro, no podía faltar. Por la ventana tenía que entrar una canción de cazadores, una canción de una vida rápida aún no aprehendida, un sonido que grita entre las montañas y muere a lo lejos. Todo lo sorprendente, todo lo imprevisto, todo lo que no podemos explicar, todo lo que convierte la simetría en absurdo, esto es lo que acude a mi mente cuando pienso en él. El pequeño aparato de observación queda desarticulado. Las columnas se caen, el doctor se aleja flotando; quedo poseído por una súbita exaltación. En el curso de una carrera de caballos fue derribado. Y, mientras yo avanzaba por la avenida Shaftesbury, aquella noche, esas insignificantes y apenas formuladas caras que como burbujas salen de las puertas del metro, y muchos indios oscuros, y la gente que muere de hambre y de enfermedad, y las mujeres que han sido estafadas, y los perros apaleados, y los niños en llanto, todos me parecían huérfanos de él. Hubiera hecho justicia. Hubiera protegido. Hacia los cuarenta años de edad, hubiera escandalizado a las autoridades. Jamás se me ha ocurrido nana alguna capaz de hacerle descansar.
       »Pero séame permitido hundir una vez más la cuchara y sacar con ella a la superficie otro minúscu­lo objeto, uno de esos objetos a los que con opti­mismo denominamos «carácter de nuestros amigos»: Louis. Sentado, miraba fijamente al predicador. Todo su ser parecía haberse amontonado en su frente, y tenía los labios firmemente cerrados y la mirada fija, aun cuando de repente en ella aparecían des­tellos de risa. Padecía sabañones, castigo de una deficiente circulación. Desdichado, poco dado a la amistad, exiliado, en los momentos de confianza a veces nos explicaba que el césped cubría las playas en su tierra. La implacable mirada de la adolescencia se fijaba en sus hinchados nudillos. Sí, pero también nos dimos cuenta inmediatamente de su agudeza, su clara mente, su austeridad, y la natural tendencia nuestra, mientras yacíamos bajo los tejos, fingiendo contemplar el partido de cricket, a esperar su aprobación, que rara vez nos otorgaba. La influencia que Louis ejercía en nosotros nos moles­taba, de la misma manera que adorábamos la de Percival. Pulido, suspicaz, levantando al andar las piernas como una cigüeña, ya se había formado la leyenda de que en cierta ocasión derribó una puerta con el puño desnudo. Pero su cumbre era demasiado pelada y roqueña para que las nieblas de esta clase se pegaran a ella. Carecía de esas sencillas aficiones que nos unen los unos a los otros. Vivía aislado, enigmático. Era un estudiante capaz de esa inspirada exactitud que tiene cierto formidable cariz. Mis frases (cómo describir la luna) no suscitaban su aprobación. Por otra parte, me envidiaba hasta la desesperación por la facilidad con que yo trataba a los criados. Y esto no significa que careciera de conciencia de sus propios merecimientos. La tenía, y en medida compatible con su respeto a la disciplina. De ahí su éxito, en última instancia. Sin embargo, no era feliz. —Pero mira, pone los ojos en blanco, ahora, aquí, yacente en la palma de mi mano. De repente, pierdo la noción de lo que la gente es. Lo devuelvo a la piscina donde adquirirá lustre.
       »Luego, viene Neville, tumbado de espaldas, contemplando el cielo de verano. Flotaba entre nosotros como pelusa de cardo, vagando indolente en el ex­tremo soleado del campo de juego, sin prestar atención aunque sin aislarse. Gracias a él he merodeado alrededor de los clásicos latinos, sin jamás penetrar en ellos, y también me dio esos persistentes hábitos intelectuales que nos convierten en seres irremedia­blemente escorados, por ejemplo en lo referente a los crucifijos en cuanto a marca del diablo. Nuestros medio-amores, nuestros medio-odios y ambigüedades, a estos respectos, eran para él inexcusables cobardías. El balanceante y sonoro doctor, a quien yo senté en un sillón, colgantes los tirantes, ante una estufa de gas, para Neville no era más que un instrumento de la Inquisición. Por esto se entregó con una pasión que compensaba su indolencia a la lectura de Catulo, Horacio, Lucrecio, sin dejar de estar tumbado, adormilado perezosamente, sí, pero sin dejar de observar, fijándose, con pasión, a los jugadores de cricket, mientras con una mente como la lengua del camaleón, rápida, diestra y voraz, recorría todas las curvas y recovecos de aquellas roma­nas frases, y buscaba una persona, siempre una persona a cuyo lado estar.
       »Y las largas faldas de las esposas de los profe­sores se acercaban siseantes, como grandes monta­ñas, amenazadoras, y nuestra mano volaba al gorro. Sobre nosotros descendía un inmenso, monótono y continuo aburrimiento. Nada, nada, nada, quebraba con su aleta las plúmbeas extensiones de agua. Nada ocurría que levantara el peso del intolerable embrutecimiento. Los cursos transcurrían. Crecíamos, cambiábamos, ya que, desde luego, somos animales. En modo alguno se puede decir que estemos conscien­tes en todo momento. Respiramos, comemos y dormimos automáticamente. Existimos no sólo sepa­radamente, sino también como indiferenciados grupos de materia. En un solo movimiento se coge a un rebaño de muchachos y se les pone a jugar al cricket, a jugar al fútbol. Un ejército cruza Europa Nos reunimos en parques y aulas y diligentes condenamos a todo renegado (Neville, Louis, Rhoda) que lleva una vida independiente y separada. Y yo estoy constituido de tal manera que, mientras escucho una o dos distintas melodías, como la que canta Louis, la que canta Neville, me siento también irresistiblemente atraído por el sonido del coro que canta esa canción vieja, casi sin palabras, casi sin sentido, que al anochecer cruza el patio hasta la ventana, esa canción que oímos a nuestro alrededor, ensordecedora, mientras los automóviles y los autobuses llevan a la gente al teatro. (Escucha: los automóviles pasan veloces ante este restaurante, y de vez en cuando, a lo lejos, en el río, suena la sirena de un barco que se hace a la mar.) Si un maletero me ofrece un cigarrillo, en el tren, lo acepto. Me gusta el aspecto copioso, informe, cálido, no muy inteligente, pero extremadamente fácil y un tanto áspero, de las cosas, la conversación de los hombres que frecuentan clubs y bares, la conversa­ción de los mineros medio desnudos, en calzonci­llos, me gusta la gente directa, sin la menor pretensión, sin otra finalidad en la vida que la de cenar, amar, tener dinero y vivir de una forma tole­rable, la gente que carece de grandes esperanzas, ideales o cualquier otra cosa de este género, la gente sin otra pretensión que la de salir adelante sin grandes sufrimientos. Todo lo dicho me gusta. Por esto me iba al lado de esa gente, cuando Neville lloriqueaba o cuando Louis daba media vuelta, aun­que, desde luego, reconozco que lo hacía de un modo sublime.
       »De este modo, sin orden ni uniformidad, sino a grandes manchas chorreantes, se fue fundiendo mi chaleco de cera, aquí una gota, allá otra. Y a través de esta transparencia se hicieron visibles estos maravillosos pastos, al principio blancos como la luna, radiantes, por nadie hollados, prados de la rosa, del azafrán, de la roca y también de la víbora, de los manchados y los tenebrosos, de los inhibidos, los impositivos y los que hacen la zancadilla. Uno salta de la cama, abre de par en par la ventana, ¡y qué barahúnda arman los pájaros! Reconoces ese súbito clamor de alas, estas exclamaciones, este canto y confusión, el caudal de voces y parloteo, y todas las gotas tiemblan como si el jardín fuera un mo­saico hecho añicos, evanescente, trémulo, aún no formado constituyendo un todo, y un pájaro canta junto a la ventana. He escuchado esas canciones. He seguido esos fantasmas. He visto Joans, Doro­thys, Miriams, olvido sus nombres, pasando por las avenidas, deteniéndome en mitad de los puentes para mirar las aguas del río. Y de entre ellas surgieron una o dos claras figuras, pájaros que cantaron con la apasionada egolatría de la juventud junto a la ventana, que rompieron la cáscara del caracol contra la piedra, que hundieron sus picos en la pega­josa y viscosa materia, duros, ávidos, inexorables, Jinny, Susan, Rhoda. Fueron educadas en la costa del este o en la costa del sur. Se dejaron largas trenzas y adquirieron ese aspecto de asustadizos potros, que es el signo de la adolescencia.
       »Jinny fue la primera que acudió dando pasos de costado junto a la valla para comer azúcar. Lo to­maba con mucha astucia de las palmas de las manos, pero tenía las orejas echadas hacia atrás, como si estuviera dispuesta a morder. Rhoda era selvática, a Rhoda no se la podía coger. Era torpe y aterro­rizada, al mismo tiempo. Susan fue la primera en convertirse por entero en una mujer, en llegar a ser puramente femenina. Ella fue quien dejó caer en mi cara aquellas ardientes lágrimas terribles y hermosas, sin que en el fondo lo fueran. Nació para ser la adorada de los poetas, ya que los poetas nece­sitan sentirse a salvo. Susan es la mujer que cose sentada y dice: “Odio, amo”, que no vive con como­didad ni es próspera, pero que tiene cierta calidad acorde con la alta, aunque carente de énfasis, belleza de este sentido puro que de un modo tan es­pecial admiran quienes crean poesía. Su padre arrastrando los pies paseaba de estancia en estancia, a lo largo de corredores con grandes losas, balanceando los faldones de la bata, y en gastadas zapatillas. En las noches silenciosas, se oía la rugiente caída de una cascada a una milla. El viejo perro apenas tenía fuerzas para subirse a la silla de Susan. Y se oía la risotada de un estúpido criado, en lo alto de la casa, mientras Susan hacía rodar y rodar la rueda de la máquina de coser.
       »Esto lo observé incluso en el más alto momento de mi angustia, cuando, estrujando el pañuelo, Susan gritó: “Amo, odio”. “Un criado despreciable”, dije, “ríe en la buhardilla”, y este pequeño ejemplo de estructuración dramática demuestra lo muy incompleta que es nuestra fusión con las propias experiencias. En los contornos de toda angustia hay un individuo observador que señala con el dedo, un individuo que musita como él musitó a mi oído aquella mañana veraniega en la caca en que el trigo llega a la altura de la ventana: “El sauce crece en el prado junto al río. Los jardineros barren con grandes escobas, y la señora escribe sentada”. De esta manera me encamino hacia aquello que se encuentra más allá, fuera de nuestro propio ámbito, hacia lo que es simbólico y, en consecuencia, quizá permanente, si es que hay permanencias en nuestro dormir, comer, respirar, en nuestras vidas tan ani­males, tan espirituales y tumultuosas.
       »El sauce se alzaba junto al río. Yo estaba sen­tado en el suave césped, con Neville, con Larpent, con Baker, Romsey, Hughes, Percival y Jinny. A través de sus finas plumas salpicadas de minúsculas orejas verdes en primavera y anaranjadas en otoño, vi barcas, edificios, apresuradas mujeres decrépitas. Enterré cerilla tras cerilla en el césped para marcar esa y esa otra etapa del proceso de la comprensión (podía ser filosofía, ciencia o yo mismo), mientras el fleco de mi inteligencia, flotando libremente, se en redaba en esas sensaciones, apresándolas, en las que, después de cierto tiempo, la mente se fija y trabaja, como el doblar de las campanas, el murmullo general, las figuras evanescentes, una mucha­cha en bicicleta que, al pasar, parecía levantar la punta de una cortina que ocultaba el populoso e indiferenciado caos de la vida que rebosaba detrás del esquema de mis amigos y del sauce.
       »Sólo el árbol resistía nuestro eterno fluir. Sí, porque yo cambiaba y cambiaba, era Hamlet, era Shelley, era aquel personaje, cuyo nombre he olvi­dado, de una novela de Dostoievski, y, aunque pa­rezca increíble, fui, durante todo un curso, Napo­león, pero principalmente fui Byron. Durante muchas semanas seguidas mi papel me exigía entrar impetuosamente en estancias y arrojar abrigo y guantes en el respaldo de un sillón, frunciendo levemente las cejas. Constantemente iba a la estantería de los libros para tomar otro trago del divino medicamento. Por esto lancé mi tremendo arsenal de frases sobre una persona totalmente inadecuada, una muchacha ya casada ahora, ya enterrada ahora. Todos los libros, todas las sillas junto a la ventana estaban materialmente atestados de papeles en los que había escrito inacabadas cartas a la mujer que me convertía en Byron. Sí, porque es muy difícil terminar una carta escrita con el estilo de otro. Convertido en pura espuma, llegaba a casa de la muchacha. Intercambié muestras de afecto y pren­das, pero no me casé con ella, debido, sin duda, a que aún no estaba maduro para esta intensidad.
       »Aquí otra vez hace falta música. Y no aquella selvática canción de casa, la canción de Percival, sino una dolorida, gutural, visceral, pero también elevada, como el canto de la alondra, sonora canción que sustituya estas vacilantes y estúpidas transcripciones —¡cuán excesivamente premeditado!, ¡cuán excesivamente razonable!— que pretenden expresar el evanescente instante del primer amor. Sobre este día se desliza un cristal de púrpura. Mira una estancia antes de que ella llegue y después. Mira a los inocentes, fuera, siguiendo su camino. No ven ni oyen, pero siguen adelante. Al moverse uno en esa radiante y, sin embargo, pegajosa atmós­fera, es intensamente consciente de cada uno de sus propios movimientos, algo se adhiere, algo se pega a las manos, incluso al coger un periódico. Después, uno queda como despojado de sus vísceras, del revés, tejido como una telaraña y enroscado a una espina. Luego, un trueno de total indiferencia, la luz se extingue, y regresa la alegría inconmensurable e irresponsable, ciertos campos parecen resplandecer eternamente en verde, y aparecen inocentes paisajes que se diría están iluminados por la primera aurora, una porción de verde, por ejemplo, en Hampstead, todos los rostros son luminosos, todo conspira en un murmullo de tierna alegría, y des­pués parece la mística sensación de logro, y luego aquella aspereza de piel dura, irritante, aquellas negras flechas de temblorosas sensaciones, cuando su carta no llega, cuando ella no acude. Nace un torrente de erizadas suspicacias, horror, horror, ho­rror. Pero ¿de qué sirve la penosa elaboración de estas frases consecutivas, cuando lo que se precisa no es consecutivo sino un ladrido o un gruñido? Y años después, uno ve a una mujer de media edad, despojándose del abrigo en un restaurante.
       »Pero regresemos. Finjamos de nuevo que la vida es una sustancia sólida, en forma de globo, a la que damos vueltas en nuestros dedos. Finjamos que podemos elaborar una historia sencilla y lógica, de tal manera que, después de despachar un asunto —el amor, por ejemplo—, podemos proseguir, ordenadamente y despachar el siguiente. Decía que había un sauce. Su chaparrón de descendentes ramas, su arrugada y retorcida corteza, producían el efecto de lo que se encuentra más allá de nuestras ilusiones, pero carece de la capacidad de refrenarlas, de lo que queda alterado por estas ilusiones momentánea­mente, pero sigue estable, quieto y con rigor del que nuestras vidas carecen. De ahí, el comentario concomitante, el criterio que nos proporciona, y la razón por la que, mientras nosotros fluimos y cambiamos, eso otro parece medir sin alteración. Por ejemplo, Neville se sentaba en el césped a mi lado. Pero, mientras seguía su mirada a través de las ra­mas hasta la barca sin quilla y el muchacho que comía plátanos que extraía de una bolsa de papel, yo me preguntaba: ¿es posible que todo sea tan claro? La escena se percibía con tal intensidad y estaba tan henchida de la especial calidad de la visión de Neville que, por un momento, también yo la pude ver de este modo: la barca, los plátanos, el muchacho, a través de las ramas del sauce. Luego se desvaneció.
       »Rhoda llegó con aire vago e indeciso, dispuesta a aprovechar el paso de cualquier profesor con toga agitada por el viento o cualquier asno avanzando, con cascos suavemente calzados, por el césped, para ocultarse tras ellos. ¿Cuál era el temor que tembla­ba oculto y se transformaba en llama en el fondo de sus ojos grises, asustados, soñadores? Somos, ciertamente, crueles y vengativos, pero no hasta este extremo. No cabe duda de que tenemos una fundamental bondad, o de lo contrario no podría yo trabar libremente conversación con individuos a los que apenas conozco, ya que la conversación pronto quedaría interrumpida. El sauce, tal como Rhoda lo veía, se encontraba junto a un desierto gris en el que no había pájaro que cantara. Las hojas se encogían bajo la mirada de Rhoda, y angustiadas se estremecían a su paso. Los tranvías y los autobuses rugían broncamente, rodaban sobre terreno pedregoso, y en su veloz avance producían espuma. Quizá en el desierto de Rhoda se alzaba una columna, iluminada por el sol, junto a una laguna a la que furtivos acudían los animales salvajes a beber.
       »Luego llegó Jinny. Proyectó su fuego sobre el árbol. Era como una sinuosa amapola, febril, sedienta, animada por el deseo de beber seco polvo. Decidida, angulosa, en modo alguno impulsiva, llegó preparada. Entonces, pequeñas llamas se retorcieron en zigzag en las grietas de la tierra seca. Jinny hizo bailar a los sauces, pero no fue una ilusión, ya que Jinny nada veía que no estuviera allí. Había un árbol, estaba el río, corrían las horas de la tarde, nosotros éramos quienes estábamos allí, yo con traje de sarga, ella de verde. No había pasado, no había futuro. Sólo había aquel momento, con su aro de luz, y nuestros cuerpos. Y la inevitable exaltación, el éxtasis.
       »Cuando Louis se aposentó en el césped, no sin antes extender con cautela un impermeable (no exagero), hizo notar a todos su presencia. Producía una impresión formidable. Yo tenía la inteligencia suficiente para respetar su integridad, para respetar su busca de un raro diamante de indisoluble veracidad, con sus huesudos dedos envueltos en harapos, a cau­sa de los sabañones. Enterraba, yo, cajas de cerillas consumidas en el césped, a sus pies. Su lengua cáustica y triste reprobaba mi indolencia. Su sórdida imaginación me fascinaba. Sus héroes lucían sombrero hongo y hablaban de ventas de pianos. Por su paisaje gemían tranvías, y la fábrica vomitaba acres humos. Merodeaba por tristes callejuelas y ciudades en las que mujeres embriagadas yacían desnudas, el día de Navidad, sobre las colchas de las camas. Sus palabras caían desde lo alto de una torre, chocaban contra la superficie del agua y producían salpicones. Encontró una palabra, sólo una, para la luna. Después, se levantó y se fue. Todos nos levan­tamos; todos nos fuimos. Pero yo me detuve, miré el árbol, y mientras en la tarde otoñal contemplaba las ígneas ramas amarillas, se formó un sedimento; yo me formé; cayó una gota; yo caí, es decir, caí de una experiencia consumada, de la que había sa­lido.
       »Me levanté y me alejé. Yo, yo, yo, no Byron, ni Shelley, ni Dostoievski, sino yo, Bernard. Incluso repetí mi nombre un par de veces. Balanceando el bastón, me fui a una tienda y compré —conste que no me gusta la música— un retrato de Beethoven en marco de plata. No lo compré por amor a la música, sino porque la veía en su totalidad, sus maestros y sus aventureros, habían aparecido, for­mando largas filas de magníficos seres humanos, a mi espalda. Yo era el heredero, yo era el continuador, yo era la persona milagrosamente designada para proseguir la tarea. De esta manera, balancean­do el bastón, cubiertos los ojos con una película, no de orgullo sino antes bien de humildad, recorrí la calle. Se había desvanecido en lo alto el primer murmullo de alas, la primera canción, las primeras exclamaciones, y ahora uno entraba, uno penetraba en la casa, la casa seca, intransigente, habitada, la casa con todas sus tradiciones, sus objetos, sus acu­mulaciones de desperdicios y sus tesoros exhibidos sobre las mesas. Visité al sastre de mi familia, que aún recordaba a mi tío. Apareció gran cantidad de gente. No se trataba de individuos claramente recortados, como los primeros rostros (Neville, Louis, Jinny, Susan, Rhoda), sino de individuos confusos, sin facciones o con facciones que cambiaban tan de prisa que parecían no existir. Ruborizándome, pero despectivo, en el más extraño estado de primarios entusiasmos y escepticismos, recibí el golpe, las encontradas sensaciones, los complejos, inquietantes y totalmente imprevistos impactos de la vida, en todas partes, al mismo tiempo. ¡Cuán desconcertante! Cuán humillante es no saber jamás lo que hay que decir a continuación, y estos penosos silencios, deslumbrantes como resecos desiertos, en los que se ve claramente cada una de las piedras. Y decir después lo que uno hubiera debido decir antes, y tener conciencia de la existencia de un eje, como una ba­queta, de incorruptible sinceridad que uno trocaría gustoso por una suave ducha de agua menuda, lo que uno no podía hacer, allí, en la recepción en la que Jinny estaba sentada totalmente a sus anchas, irradiando, en una silla dorada.
       »Entonces, una señora dice con impresionante gesto: “Ven conmigo”. Le lleva a uno a una alcoba y le honra a uno con su intimidad. Los apellidos se transforman en nombres de pila, los nombres de pila se transforman en diminutivos. ¿Cuál es la solución de la India, Irlanda y Marruecos? Ancianos caballeros contestan la pregunta en pie, condecorados, junto a candelabros. Uno se da cuenta de que recibe una sorprendente cantidad de información. Fuera rugen las fuerzas indiferenciadas; dentro, so­mos muy particulares y privados, muy explícitos, e incluso tenemos la impresión de que es aquí, en esta pequeña estancia, donde determinamos que el día de la semana sea el que es, viernes o sábado. Sobre el alma suave se forma una cáscara nacarada y brillante, contra la que las sensaciones picotean en vano. En mi caso, la cáscara se formó antes que en la mayoría. Pronto pude pelar mi pera, cuando los demás daban cuenta del postre. Y pude terminar mis frases, rodeado de perfecto silencio. Este es el período en que la perfección atrae. Uno piensa que puede aprender el castellano, por el medio de atarse un cordel en el dedo gordo del pie y madrugar. Uno llena los pequeños compartimentos de la agenda con cenas a las ocho, almuerzos a la una treinta. Uno tiene camisas, calcetines y corbatas, bien colocados a su disposición sobre la cama.
       »Pero esta extremada precisión, este ordenado y militar avance, es un error, una comodidad, un embuste. En lo más hondo, siempre hay, incluso
       cuando llegamos puntualmente a la hora anunciada, con blanco chaleco y corteses formulismos, una caudalosa corriente de sueños rotos, rimas infantiles, gritos callejeros, frases inacabadas e imágenes —olmos, sauces, jardineros que barren, mujeres escribiendo—, que sube y baja, mientras cenamos con una dama. Mientras uno coloca en perfecta situación perpendicular el tenedor sobre el mantel, mil ros­tros hacen muecas. Nada hay que uno pueda pescar con una cuchara, nada hay que merezca el nombre de acontecimiento. Sin embargo, la corriente es profunda y también vive. Inmerso en ella, me quedaba parado, entre bocado y bocado, mirando con fijeza un búcaro, quizá con una flor roja, mientras un razonamiento se desarrollaba en mi mente, o percibía una súbita revelación. O me decía, yendo por el Strand, “Esta es la frase que necesito”, mientras un hermoso y fantasmal pájaro de fábula, o pez o nube de luminosos contornos se alzaba para envolver en un instante y para siempre una idea que imprecisa me asediaba, y después yo seguía trotando por la calle y contemplando con renovado deleite las corbatas y las cosas en los escaparates.
       »El cristal, el globo de la vida, como uno lo llama, lejos de ser duro y frío al tacto, tiene la superficie del más fino aire. Si lo oprimo, estalla. Toda frase que extraigo, terminada y entera, de esta caldera es solamente una fila de seis pececillos que se han dejado pescar mientras millones de peces saltan y murmuran haciendo burbujear la caldera como plata hirviendo, y se escapan por entre mis dedos. Los rostros vuelven, rostros y rostros oprimen su belleza contra la superficie de mi burbuja, Neville, Susan, Louis, Jinny, Rhoda y mil más. Cuán imposible es ponerlos en correcto orden, destacar uno en total separación, o envolverlos en un todo. Una vez más se puede establecer una comparación con la música. ¡Qué sinfonía, con sus acordes y discordancias, con sus melodías en lo alto y sus complicadas corrientes abajo, surgió entonces! Cada cual tocaba su música, el violín, la flauta, la trompeta, el tambor o el instrumento que fuera. Con Neville es “Hablemos de Hamlet”. Con Louis, la ciencia. Con Jinny, el amor. De repente, en un momento de exasperación, salto a Cumberland, con un hombre silencioso, para pasar una semana entera en una posada, mientras la lluvia corre por los cristales de las ventanas, y para cenar no hay más que cordero, cordero, cordero. Sin embargo, esta semana es una sólida piedra en el acervo de sensaciones no registradas. Fue cuando jugamos al dominó. Después tuvimos una discusión provocada por la dureza del cordero. Después paseamos por el páramo. Y una niña, asomando la cabeza por la puerta, me entregó aquella carta escrita en papel azul, en la que supe que la muchacha que me había convertido en Byron iba a contraer matrimonio con un miembro de la pequeña nobleza rural. Un hombre con polainas, un hombre con un látigo, un hombre que pronunciaba discursos, durante la cena, acerca del engorde de los bueyes, exclamé burlón, y miré las raudas nubes, y sentí mi fracaso, mis deseos de libertad, de escapar, de ligarme, de llegar a un final, de continuar, de ser Louis, de ser yo, y salí de la casa, con impermeable, solo, y me sentí sórdido bajo las eternas montañas y en modo alguno sublime, y regresé a la posada y maldije la carne e hice las maletas, y así volví a la ciénaga, a la tortura.
       »Sin embargo, la vida es agradable, la vida es tolerable. El martes sigue al lunes, después viene el miércoles. La mente cría aros, la identidad se robustece, el dolor queda absorbido por la madurez. Abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, con creciente alboroto y fuerza, la prisa y la fiebre de la juventud entran en servicio hasta que todo el ser de uno parece dilatarse y contraerse como la cuerda de un reloj. ¡Cuán rápido va el torrente de enero a diciembre! Vivimos arrastrados por la corriente de esas cosas que nos han llegado a ser tan fami­liares que carecen de sombra. Flotamos, flotamos…
       »Pero, como sea que uno ha de saltar (para con­tarte esta historia), salto aquí, en este punto, y me poso sobre un objeto común a más no poder, como por ejemplo el atizador del fuego, tal como lo vi un poco después, cuando aquella señora que me convirtió en Byron se había ya casado, a la luz de una muchacha a la que llamaré la tercera señorita Jones. Es la muchacha que se pone cierto vestido para ir a cenar con uno, que coge una cierta rosa, que le hace a uno pensar, mientras se afeita: “Cuidado, cuidado, éste es un asunto de cierta importancia”. Luego uno se pregunta: “¿Cómo tratará esta muchacha a los niños?” Uno observa que la muchacha maneja con cierta torpeza el paraguas, pero que se muestra apenada cuando el topo cae en la trampa, y no convierte el panecillo del desayuno (mientras me afeitaba, pensaba en los interminables desayunos de la vida matrimonial) en algo totalmente prosaico; quien se siente frente a esta muchacha no quedará sorprendido por la visión de una gran mosca posada en el panecillo del desayuno. También suscitó en mí el deseo de progresar en la vida. También me hizo observar con curiosidad los rostros, hasta el momento repelentes, de los recién nacidos. Y el altivo latir -tic-tac, tic-tac- del pulso de la mente adquirió más mayestático ritmo. Sin rumbo, avancé por Oxford Street. Somos los continuadores, somos los herederos, dije, pensando en mis hijos y mis hijas. Y si bien esta impresión es tan grandiosa que llega a ser absurda, y uno la oculta por el medio de saltar a un autobús o de comprar el diario vespertino, no por ello deja de ser un curioso ele­mento del ardor con el que uno se ata los cordones de los zapatos, o se dirige a viejos amigos entrega­dos a la prosecución de diversas carreras. Louis, el habitante de la buhardilla; Rhoda, la siempre húmeda ninfa de la fuente; los dos contradijeron lo que entonces era tan positivo en mí; los dos volvie­ron la espalda a lo que tan evidente me parecía (que nos casamos, que nos domesticamos); y por ello les amé, les compadecí, y también envidié pro­fundamente su distinto destino.
       »Antes tenía yo un biógrafo, fallecido hace ya tiempo, que si viviera y todavía siguiera mis pasos con aquella halagadora intensidad con que lo hacia, diría: "Durante este período, Bernard contrajo ma­trimonio y compró una casa… Sus amigos observaron en él una creciente tendencia a la domesticidad… El nacimiento de sus hijos convirtió en objetivo altamente deseable el aumento de sus ingresos”. El estilo de los biógrafos es así, lo que les permite unir, formando un todo, porciones independientes, porciones de bordes irregulares. A fin de cuentas sería injusto menospreciar el estilo biográfico cuan­do uno inicia sus cartas con las palabras “Muy señor mío” y las termina con un “De usted atento y seguro servidor”. Uno no puede despreciar estas fra­ses que, como vías romanas, cruzan el tumulto de nuestras vidas, ya que nos obligan a avanzar marcando el paso, como la gente civilizada, con el lento y medido caminar del policía, pese a que uno puede ir musitando cualquier sandez, por lo bajo, al mis­mo tiempo: "Croó, croó, croó, croan los sapos", “¡Vete cerca, vete cerca, oh muerte!”, “No me abandones al matrimonio de las mentes veraces”, etcétera. “Alcanzó cierto éxito en su profesión… Heredó algún dinero de su tío”, así prosigue el biógrafo, y si uno lleva pantalones y los sostiene con tirantes, uno debe decirlo, aun cuando sea tentador divagar por todo lo alto, jugar al escondite con esas frases. De todos modos, uno debe decirlo.
       »Quiero decir con ello que me convertí en cierto tipo de individuo, y que desbrocé mi camino del mismo modo que uno sigue una senda en el campo.
       Mis botas se desgastaron un poco, en la parte izquierda. Cuando entraba en un lugar, se producían ciertos reajustes. “¡Aquí llega Bernard!” ¡De cuántas distintas maneras dice la gente estas palabras! Hay muchas estancias, muchos Bernards. Está el Bernard encantador, pero débil; el fuerte, pero quisquilloso; el brillante, pero desaprensivo; el buen compañero, pero sin la menor duda insoportable pelmazo; el simpático, pero frío; el de abandonado aspecto, pero id a la estancia contigua— mundano, dicharachero y demasiado bien vestido. Con respecto a mí mismo, era algo diferente, y nada de lo anteriormente dicho. Soy especialmente propicio a examinarme con la mayor firmeza en estos momentos en que me encuentro ante el panecillo del desayuno, con mi esposa, que, por ser totalmente mi esposa y no la muchacha que lucía, cuando tenía esperanzas de encontrarme, cierta rosa, me da la sensación de existir, en medio de la inconsciencia, tal como debe tenerla la rana que se posa bajo la sombra de la hoja verde adecuada. “Pásame…”, digo. Y ella contesta: “La leche…” O: “Tendrá Mary”. Palabras sencillas para quienes han heredado el bo­tín de todos los siglos, pero que no lo son cuando se dicen día tras día, en la pleamar del vivir, cuando' uno se siente entero, completo, durante el desayuno. Los músculos, los nervios, los intestinos, los va­sos sanguíneos, todo lo que constituye los muelles y resortes de nuestro ser, el inconsciente murmullo de la máquina, así como el cosquilleo y movimiento de la lengua, funciona de maravilla. Abrir, cerrar, abrir, cerrar, comer, beber, a veces hablar… Todo el mecanismo parecía dilatarse y contraerse, como la cuerda de un reloj. Tostadas y mantequilla, café y jamón, The Times y las cartas. Y de repente sonó el teléfono exigente. Me levanté despacio y me acerqué al teléfono. Cogí la negra boca. Observé la facilidad con que mi mente se preparaba para recibir el mensaje que quizá fuera (se me ocurren fantasías así) el de asumir el mando del Imperio Británico; observé mi compostura; advertí con qué magnífica vitalidad los átomos de mi atención se dispersaban, se arremolinaban alrededor de la interrupción, asimilaban el mensaje, se adaptaban a un nuevo estado de cosas, y creaban, en el momento en que colgaba el teléfono, un mundo más rico, más fuerte, más complejo, en el que yo tenía que interpretar mi papel, y no albergaba la menor duda de que sabría hacerlo del modo debido. Después de encasque­tarme el sombrero, salí a un mundo habitado por un gran número de hombres que también se habían encasquetado el sombrero, y nos rozamos y trope­zamos en trenes y metros, intercambiando el cono­cedor guiño de competidores y camaradas que luchan, con mil artimañas y fintas, para alcanzar un mismo objetivo: ganarnos la vida.
       »La vida es agradable. La vida es buena. El proceso de la vida, en sí mismo, es satisfactorio. Fijémonos en un hombre normal y corriente que goce de buena salud. Le gusta comer y le gusta dormir. Le gusta respirar aire fresco y caminar a buen paso por la calle. O, en el campo, canta el gallo encaramado en una verja; un potro galopa alrededor de un campo. Siempre hay algo que hacer a continuación. El martes sigue al lunes. El miércoles al martes. Y cada día emite las mismas ondas de bienestar, repite la misma curva de ritmos, cubre con un escalofrío la fresca arena, o se va lentamente con cierta pereza. De esta manera, el ser crea aros, la identidad se robustece. Lo que era ardiente y furtivo como un puñado de grano arrojado al aire, y desperdigado aquí y allá por soplos de vida nacidos en todos los puntos de la rosa de los vientos, es ahora metódico y ordenado y arrojado con un propósito. O así parece.
       »Señor, ¡qué agradable! ¡Señor, qué bueno! Cuán tolerable es la vida de los tenderos, pensaba, mientras el tren pasaba por los suburbios, y uno veía las luces en las ventanas de los dormitorios… Activos y enérgicos como una multitud de hormigas, me decía en pie ante el cristal, contemplando a los obreros, con la bolsa en la mano, entrando agrupados en la ciudad. Cuánta dureza, cuánta energía y violencia en los miembros, pensaba al ver a los hombres en blancos calzoncillos corriendo tras la pelota de fútbol, en la nieve, en enero. Ahora, quejoso por un asunto de poca monta —quizá la carne—, parecía un lujo el perturbar con un leve temblor la enorme estabilidad, cuyo estremecimiento, ya que poco faltaba para el nacimiento de nuestro hijo, aumentaba su esplendor, de nuestra vida matrimonial. Refunfuñé, durante la cena, hablé irrazonadamente como si fuera millonario y pudiera arrojar cinco chelines por la ventana; y, como un perfecto grosero, trope­cé adrede con una banqueta. Cuando nos disponía­mos a acostarnos, hicimos las paces en la escalera, y, en pie ante la ventana, fija la vista en el cielo límpido como el interior de una piedra azul, dije: “Demos gracias por no tener la necesidad de remon­tar esta prosa en poesía; el lenguaje menudo basta”. Y así era por cuanto la amplitud y claridad de lo que veía no presentaba obstáculo alguno, sino que permitía a nuestras vidas extenderse más y más, más allá de los erizados tejados y chimeneas, hasta el impecable límite.
       »Contra esto se estrelló la muerte de Percival. “¿Cuál es la felicidad”, dije (nuestro hijo había nacido), “Cuál es el dolor?”, refiriéndome a los dos costados de mi cuerpo, mientras bajaba la escalera, en manifestación puramente física. También me fijé en el presente estado de la casa. El viento movía la cortina, la cocinera cantaba, por la puerta entreabierta veía el armario. Dije: “Dale (a mí) otro momento de respiro”, mientras bajaba la escalera. “Ahora, en esta sala, sufrirá; no tiene escape”. Pero no hay palabras para el dolor. Sólo hay gritos, grietas, blancura que pasa sobre las sábanas, alteraciones del sentido del tiempo y del espacio; la impresión de algo extremadamente fijo en los objetos móviles; y sonidos muy remotos y después muy cercanos; carne desgarrada y sangre que salta, una coyuntura bruscamente retorcida; y bajo todo ello hay algo muy importante, aunque muy remoto, que se debe conservar en la soledad. Y así salí. Vi la primera mañana que él no vería. Los gorriones eran como juguetes colgando de un hilo sostenido por un niño. ¡Qué extraño es ver las cosas sin adherirse a ellas, desde fuera, y darse cuenta de la belleza que tienen en sí mismas! Y, entonces, la sensación de haber sido liberado de un peso. Las ficciones, las falsas creencias y la irrealidad han desaparecido, y la ligereza ha llegado dotada de una especie de transparencia, haciéndose invisible, y se va a través de las cosas, mientras uno camina… ¡Qué extraño! “Y ahora, ¿qué nuevo descubrimiento me espera?” Y, a fin de conservar íntegramente este estado, hice caso omiso de los periódicos y fui a ver cuadros. Vírgenes y columnas, arcadas y naranjos, quietos como en el primer día de la creación, pero conoce­dores de la tristeza, colgaban allí, y yo los miraba. “Aquí”, dije, “tú y yo estamos juntos, sin interrupciones. Esta libertad, esta exención, parecía entonces una conquista, y produjo en mí tal exaltación que a veces voy allá, incluso ahora, para recobrar la exaltación y recobrar a Percival. Pero duró poco. Lo que atormenta es la terrible actividad de la visión de la mente: cómo fue derribado, qué aspecto tenía, a dónde le llevaron, hombres en taparrabos tirando de cuerdas, los vendajes y el barro. Entonces viene el terrible golpe de la memoria, imprevisto, sin posibilidad de evitar sus efectos. No fui con él a Hampton Court. Esta garra se me clavaba; este colmillo me desgarraba; no fui. A pesar de que él aseguraba impaciente que carecía de importancia. ¿Por qué interrumpir, por qué estropear nuestro momento de ininterrumpida comunidad? Sigo repitiendo melancólico que no fui, y así, expulsado del refugio por estos oficiosos demonios, fui a ver a Jinny porque tenía un cuarto, un cuarto con mesillas; con adornos pequeños esparcidos en mesillas. Allí confesé, con lágrimas, que no había ido a Hampton Court. Y ella, recordando otras cosas, para mí bagatelas pero para ella torturas, me reveló cómo se marchita la vida cuando hay cosas que no podemos compartir. También muy pronto entró una doncella con una nota, y en el momento en que Jinny se inclinó para contestarla y yo sentí curiosidad por saber lo que escribía y a quién, vi la primera hoja caer sobre la tumba de Percival. Vi cómo rebasábamos este momento y lo dejábamos atrás para siempre. Sentados el uno al lado del otro, en el sofá, inevitablemente recordamos lo dicho por los demás; “el perecedero lirio es más bello avanzado mayo”; comparamos a Percival con un lirio, a Percival, a quien yo quería ver perdiendo el cabello, escandalizando a las autoridades, envejeciendo conmigo. Ahora estaba ya cubierto de lirios.
       »De esta manera pasó la sinceridad del momen­to, de esta manera llegó el simbolismo, y el simbolismo era algo que no podía, yo, tolerar. Cometa­mos cualquier blasfemia de risa y crítica antes que exudar esa dulzona resina de lirio, y cubrámosle de frases, grité. Por esto me fui, y Jinny, que carece de futuro o de especulación, pero que respetó con total integridad el momento, estimuló su cuerpo con la punta del látigo, se empolvó la cara (y la amé más por ello) y me despidió agitando la mano en la puerta, llevándose la mano al pelo para que el viento no lo alborotara, ademán al que rendí honores, como si confirmara nuestra decisión: prohibir los lirios.
       »Con desilusionada clarividencia observé la lamentable vaciedad de la calle, los porches, las cortinas de las ventanas, las monótonas prendas, la concupiscencia y placer de las mujeres yendo de compras; y los viejos con bufanda, tomando el aire; la precaución de la gente al cruzar; la universal decisión de seguir con vida, cuando en realidad, memos e insensatos, dije, de cualquier tejado puede caer una teja, cualquier automóvil puede desviarse, porque no hay razón ni ton ni son que valgan cuando un borracho anda por ahí a bandazos, con un Larrote en la mano, y se acabó. Era, yo, como el hombre a quien se permite ver la representación entre bastidores, como el hombre a quien se muestra la manera en que los efectos se producen. A pesar de todo, regresé a mi acogedor hogar, y la doncella me dijo que subiera la escalera en calcetines, sigilosamente. El niño dormía. Fui a mi cuarto.
       »¿Es que no había espada, nada con que demoler aquellas murallas, esa protección, este engendrar hijos, vivir entre cortinas, devenir de día en día más y más sujeto y entregado, entre libros y pinturas? Más hubiera valido quemar la propia vida, como Louis, en el deseo de perfección, o, como Rhoda, huir de nosotros, dejarnos atrás para ir a parar a un desierto, o elegir a uno entre millones, sólo a uno, como hizo Neville; más hubiera valido ser como Susan, y amar y odiar el calor del sol o el césped mordido por las heladas, o ser como Jinny, honestos y animales. Todos han tenido su entusiasmo, su común sentir con la muerte, algo que les ha sustituido, que se ha puesto en su lugar. Por esto visité por turno a cada uno de mis amigos, intentando con dedos inseguros abrir sus féretros cerrados con llave. Fui de uno a otro, llevando en las manos mi dolor —no, no mi dolor sino la inaprehensible naturaleza de nuestro vivir— para que lo inspeccionaran. Algunos acuden a los sacerdotes, yo acudo a mis amigos y a mi propio corazón, y busco por entre frases y fragmentos algo que aún no esté quebrado, yo, para quien no hay belleza bastante en luna o árbol, para quien el contacto de una persona con otra lo es todo, pero que ni siquiera esto puedo comprender, yo que soy tan imperfecto, tan débil, tan indeciblemente solo. Ahí estaba.
       »¿Es éste el final de la historia? ¿Una especie de suspiro? ¿El último temblor de una ola? ¿Un gotear de agua en cualquier cloaca en la que, con una bur­buja, desaparece? Tocaré la mesa —así—, y así recobraré mi sentido del instante. Un aparador cubierto de vinajeras, un cesto repleto de panecillos, una fuente con plátanos. Esto son visiones confortantes. Pero, si no hay historias, ¿qué final puede ha­ber, qué principio? Quizá la vida no sea apta para el tratamiento que le damos, cuando intentamos contarla. Trasnochando sentado, hasta una hora avanzada de la noche, parece extraño que no goce­mos de un mayor dominio. Entonces las clasificacio­nes de columbario no parecen muy útiles. Qué raro es observar cómo las fuerzas se van y se van por una reseca hondonada. Sentado a solas, parece que estemos ya agotados, nuestras aguas sólo pueden rodear débilmente esa mata de acebo, no podemos llegar hasta ese canto para humedecerlo. Todo ha terminado, nos hemos acabado. Pero espera… Toda la noche pasé esperando. Espera, y de nuevo un impulso nos recorre. Nos levantamos, lanzamos al aire hacia atrás una melena de blanca espuma pul­verizada. Golpeamos sordamente la arena. No pode­mos quedar limitados. Por esto me afeité y me aseé, no desperté a mi esposa y desayuné. Me puse el sombrero y salí a ganarme la vida. Después del lu­nes, viene el martes.
       »Sin embargo, alguna duda quedaba, cierto matiz de interrogación. Me sorprendió, al abrir una puer­ta, encontrar a la gente ocupada de aquella manera. Dudé, al pedir té, si hay que decir leche o azúcar. Y la luz de las estrellas cayendo, como ahora cae, sobre mi mano, después de viajar millones y millones de años, esto es algo que puede dejarme paralizado por un momento, y no más, no, porque la debilidad de mi imaginación no me permite más. Pero cierta duda quedaba. En mi mente aleteaba una sombra como las alas de una polilla entre las sillas y las mesas de una estancia al atardecer. Cuando, por ejemplo, fui a Lincolnshire, aquel verano, para visitar a Susan, y avanzó hacia mí, cruzando el jardín, con el perezoso movimiento de una vela medio henchida por el viento, con el balanceo de la mujer que espera un hijo, pensé: “Todo sigue, pero ¿por qué?” Nos sentamos en el jardín. Vinie­ron los carros de los campesinos, dejando un rastro de heno; había el habitual murmullo campesino de cornejas y palomas; la fruta estaba protegida con redes; el jardinero cavaba. Las abejas zumbaban en los purpúreos túneles de las flores, las abejas se incrustaban en los dorados escudos de los girasoles. El viento hacía volar ramitas, raseando el césped. Cuán místico y semiconsciente, como envuelto en niebla, era todo. Pero para mí era odioso, como una red que envolviera mis miembros, paralizándolos. Ella, que había rechazado a Percival, se permitía esto, se permitía envolverse en esa capa de ocultación.
       »Sentado en el banco, esperando el tren, pensé en la facilidad con que nos rendimos, con que nos sometemos a la estupidez de la naturaleza. Y gra­cias a una chispa de perfume o a un sonido en un nervio, regresó la vieja imagen: los jardineros ba­rriendo, la señora escribiendo. Vi las figuras, bajo las hayas, en Elvedon. Los jardineros barrían; ante la mesa, la señora escribía. Pero ahora aporté la contribución de la madurez a la intuición infantil: saciedad y predestinación, conciencia de cuanto ine­vitable hay en nuestro destino, muerte, conocimiento de los límites y conciencia de que la vida es más inexorable de lo que imaginábamos. Entonces, en mi infancia, apareció claramente la presencia del enemigo, la necesidad de que alguien se opusiera a mí. Di un salto y grité: “¡Exploremos!” Y el horror de la situación terminó.
       »Pero ahora, ¿qué situación podía terminar? Aburrimiento y predestinación. ¿Y qué cabía explorar? Las hojas y el bosque nada ocultaban. Si un pájaro alzaba el vuelo, ya no podía, yo, inventar un poema. Sólo podía repetir lo dicho antes. De esta manera, si tuviera un puntero con el que señalar las mues­cas en la curva del ser, ésta sería la más baja que señalara. En este punto, la curva se enrosca inútil sobre el barro al que no hay marea que llegue, aquí, en el lugar en que me sentaba, con la espalda apo­yada en la valla, el sombrero inclinado hacia los ojos, mientras los corderos avanzaban implacables, con ese aire de seres de madera que les es propio, pasito a paso, con sus rígidas y agudas patas. Pero si se aplica durante el tiempo suficiente una hoja de acero embotada a la piedra de afilar, algo saltará, un mellado filo de fuego. De la misma manera, aplicado a la carencia de razones, de lo usual, de lo carente de finalidad, de lo amasado, saltó la llama del odio y del desprecio. Cogí mi mente, mi ser, el viejo objeto lacio, casi inanimado, y lo blandí en todos sentidos entre los restos, entre las ramitas y las pajas, entre los detestables restos del naufra­gio, maderos a la deriva, que flotaban en la aceitosa superficie. Di un salto. Dije: “¡Lucha, lucha!”, y lo repetí. Es el esfuerzo y la lucha, es la perpetua guerra, es el hacer añicos y el recomponer, ésta es la cotidiana batalla, la derrota o la victoria, el absorbente empeño. Los árboles, desperdigados, imponían orden; el grueso verde de las hojas se adelgazaba hasta convertirse en una danzante luz. Con una súbita frase, los apresé en la red; con palabras los saqué de su mundo informe.
       »Llegó el tren. Alargándose ante el andén, el tren se detuvo. Subí a mi tren. Y así inicié el regreso a Londres en el atardecer. Cuán satisfactoria era la atmósfera de sentido común y de tabaco; viejas con grandes cestos subiendo a los vagones de tercera; el succionar de pipas; las buenas noches y mañana nos veremos de los amigos despidiéndose en las estaciones. Y después las luces de Londres, no el llameante éxtasis de juventud, no la desgarrada bandera violeta, pero sí, a pesar de todo, las quietas luces de Londres; duras luces eléctricas en oficinas situadas en lo alto de los edificios; faroles bordados en los secos pavimentos; resplandores rugiendo so­bre mercados callejeros. Me gusta eso, cuando me he desembarazado del enemigo por el momento.
       »También me gusta descubrir la rugiente mani­festación de la existencia en un teatro, por ejemplo. El terrestre e indescriptible animal del color de la arcilla, el animal del campo, aquí se yergue, y, con infinitos esfuerzos e ingenio, lucha contra los verdes bosques y los verdes campos y los corderos que avanzan a paso medido rumiando. Y, desde luego, las ventanas en las largas calles grises estaban ilu­minadas; pasillos de alfombra cortaban el pavimen­to; había barridas y adornadas estancias, fuego, comida, vino v conversaciones. Hombres de marchitas manos, mujeres con pagodas de perlas colgando de las orejas, entraban y salían. Vi caras de viejos camaradas con las arrugas y risas burlonas por la labor del mundo; bellezas cuidadas hasta el punto que parecían recién nacidas incluso a su edad; y una juventud tan apta para el placer que uno concluía que el placer forzosamente ha de existir; parecía que para ella se ondularan los prados, para ella el mar alzaba picadas olas menudas, y los bosques, con pájaros de vivos colores, murmuraban para la juventud, para la expectante juventud. Allí uno se reunía con Jinny y con Hal, con Tom y con Betty, allí bromeábamos y compartíamos secretos, y nunca nos despedíamos en la puerta sin concertar otro encuentro en otra estancia, según aconsejara la ocasión, el momento del año en que vivíamos. La vida es agradable, la vida es buena. Después del lunes viene el martes, y a éste sigue el miércoles.
       »Sí, pero al cabo de cierto tiempo hay una diferencia. Puede muy bien ser que algo en el aspecto de la estancia, una noche, en la disposición de las sillas, la insinúe. Parece que ha de ser cómodo hundirse en un sofá arrinconado, y mirar, escuchar. Entonces ocurre que dos figuras en pie, de espaldas a la ventana, aparecen recortándose contra las ramas de un árbol de ancha copa. Con brusca emoción, uno piensa: “Hay figuras sin rasgos, revestidas de belleza”. En la pausa siguiente, mientras las ondas se expanden, la muchacha con la que uno debiera conversar se dice: “Es viejo”. Pero yerra. No es la edad, sino que una gota ha caído, otra gota. El tiempo ha dado otra sacudida a la situación. Arrastrándonos salimos de la bóveda del grosellero, para entrar en un mundo más ancho. El verdadero orden de las cosas —ésta es nuestra perpetua ilusión— queda ahora de manifiesto. Así, en un mo­mento, en un salón, nuestra vida se adapta al ma­yestático avance del día sobre el cielo.
       »Esta es la razón por la que, en vez de ponerme los zapatos de charol y buscar una corbata mediana­mente tolerable, fui en busca de Neville. Fui en busca de mi más viejo amigo, del amigo que me conocía cuando yo era Byron, cuando fui discípulo de Meredith, y también mientras era aquel protago­nista de Dostoievski cuyo nombre he olvidado. Le encontré solo, leyendo. Una mesa perfectamente ordenada, una cortina de pliegues metódicamente verticales, un estilete para cortar papel dividiendo un libro francés. Nadie, pensé, cambia jamás la actitud en que le vimos por primera vez, ni las ropas. Ha estado sentado en esta silla, con estas ropas, desde el día en que le conocí. Había allí libertad, había intimidad, la luz del fuego daba vida a una esférica manzana en la cortina. Allí hablamos, sentados hablamos; recorrimos la avenida, la avenida que avan­za bajo las copas de los árboles, bajo las copas den­sas de hojas murmurantes de los árboles, los árboles cuajados de fruta, por la que hemos paseado tan a menudo juntos, hasta tal punto que el césped está aplastado y muerto alrededor de algunos de estos árboles, alrededor de ciertos poemas, de ciertas obras favoritas, y ha sido nuestro constante pasear sin método lo que ha dado muerte al césped. Cuan­do he de esperar, leo; si por la noche me desvelo, voy a la estantería en busca de un libro. Creciendo, en constante aumento, hay una vasta acumulación de materiales no registrados en mi cabeza. De vez en cuando, hago un descubrimiento, puede ser Shakespeare, puede ser una mujer llamada Peck, y me digo, mientras fumo un cigarrillo en cama, “Así es Shakespeare, así es Peck”, con la certidumbre de un reconocimiento, con la sorpresa de un conocimiento inagotablemente delicioso, pero que no se puede comunicar. Así, Neville y yo compartimos nuestros Shakespeares y Pecks, comparamos nuestras respec­tivas versiones, procuramos que las visiones de uno y otro iluminen mejor la de cada cual, y después nos hundimos en uno de esos silencios rotos muy de vez en cuando por unas cuantas palabras, pocas, como si una aleta surgiera en la vasta superficie del silencio, y luego la aleta, el pensamiento, vuelve a hundirse en las profundidades, mientras en el lugar de su aparición nacen leves ondas de contentamiento y satisfacción.
       »Sí, pero de repente uno oye el latido del reloj. Y nosotros, hasta el momento inmersos en este mun­do, tenemos conciencia de la existencia de otro. Es doloroso. Neville fue quien cambió nuestro tiempo. El, que había estado pensando en el ilimitado tiem­po de la mente, que se extiende en un relampagueo desde Shakespeare hasta nosotros, atizó el fuego y comenzó a vivir según ese otro reloj que avisa que otra persona determinada se está acercando. El amplio y digno vuelo de su mente se contrajo. Ahora estaba alerta. Me daba cuenta de que escuchaba los sonidos de la calle. Advertí la peculiar manera en que tocó un almohadón. De entre las miríadas de individuos de la humanidad en todos los tiempos, Neville había elegido una persona, un momento particular. Oí un sonido en el vestíbulo. Lo que Neville estaba diciendo tembló en el aire como una llama insegura. Observé cómo desenredaba un paso del amasijo de otros pasos, cómo esperaba percibir un particular rasgo de identificación, y, con rapidez de serpiente, lanzaba una mirada a la manecilla de la puerta. (De ahí la pasmosa agudeza de sus percepciones; siempre ha sido adiestrado por una sola persona.) Una pasión tan concentrada hiere a los de­más como una materia extraña surgida de un inmóvil y destellante fluido. Tuve conciencia de mi vaca v neblinosa manera de ser, llena de sedimentos, llena de dudas, llena de frases y de notas que apuntar en libretitas. Los pliegues de la cortina quedaron quietos, esculturales, el pisapapeles sobre la mesa se endureció, los hilos del tejido de la cortina destellaron, todo devino definitivo, externo, convertido en una escena en la que yo no podía participar. Por eso me levanté, y me fui.
       »¡Dios mío! ¡Cómo se clavaron en mí, cuando salí de la estancia, los colmillos del conocido dolor, el deseo de hallarme con alguien que no estaba allí! ¿Quién? Al principio no supe quién; luego, me acordé de Percival. Hacía varios meses que no había pensado en él. Ahora, reír con él, reír con él en casa de Neville, eso era lo que quería, salir y pasear cogidos del brazo, riendo. Pero no estaba. El lugar se hallaba vacío.
       »¡Qué raro es que los muertos salten sobre nosotros en esquinas callejeras o en sueños!
       »Esta caprichosa racha de viento tan brusco y frío, me mandó aquella noche a través de Londres, en busca de otros amigos, Rhoda y Louis, impulsado por el deseo de compañía, certidumbre, contacto. Mientras subía las escaleras me pregunté cuál era la relación que les unía, qué se decían cuando es­taban a solas. Imaginé a Rhoda preparando torpemente el té. Miraba por encima de los tejados de pizarra, ella, la ninfa de la fuente, siempre húmeda, obsesa en visiones y sueños. Entreabrió las cortinas para contemplar la noche. “¡Vete!”, dijo. “Bajo la luna, está oscuro el páramo”. Llamé. Esperé. Louis quizá vertía leche en un plato, para el gato, Louis, cuyas huesudas manos se cerraban como los lados de un puerto, con lento y angustiado esfuerzo, se cerraban alrededor de un enorme tumulto de aguas, Louis quien sabía lo dicho por el egipcio, por el indio, por hombres de salientes pómulos y por solitarios con túnicas de pelo. Llamé, esperé. Nadie acudía. Bajé los peldaños de piedra. Nuestros amigos… Qué distantes, qué mudos, cuán pocas veces visitados y qué poco los conocemos. Y también yo soy opaco y des­conocido para mis amigos, un fantasma al que a veces se ve, pero a quien por lo general no se ve. La vida es un sueño, seguramente. Nuestra llama, la chispa que danza en algunas, muy pocas, pupilas, no tardará en extinguirse, y entonces todo se desvanecerá. Recordé a mis amigos. Pensé en Susan. Había comprado campos. Pepinos y tomates maduraban en sus invernaderos. En la parra muerta por las heladas del año pasado nacían dos hojas. Pesada caminaba en compañía de sus hijos por los cam­pos. Iba por las tierras acompañada por hombres en polainas, y con el bastón señalaba un tejado, unas vallas, unos muros que exigían reparación. Las pa­lomas la seguían balanceándose en sus patas, en espera del grano que Susan les arrojaba con sus dedos terrenos y capaces. Entonces, Susan decía: “Pero ya no me levanto al alba”. Después pensé en Jinny, atendiendo, sin duda alguna, a un nuevo joven invitado a su casa. Llegaban a la crisis de la conversa­ción usual. Apagaba las luces de la estancia, ponía en orden las sillas. Sí, porque Jinny aún buscaba el momento. Sin ilusiones, dura y clara como el cristal, cabalgaba contra el día con el pecho desnudo. Dejaba que sus clavos la atravesaran. Cuando le salió el mechón blanco en la frente, comenzó a retorcerlo sin miedo entre los demás. De esta manera, cuando vengan para enterrarla, todo estará en buen orden. Encontrarán porciones de cinta enroscadas. Pero la puerta todavía se abre. “¿Quién es?”, pregunta, y se levanta para ir al encuentro del hombre, dispuesta, igual que en aquellas primeras noches de primavera en las que el árbol, bajo las grandes casas de Londres en que respetables ciudadanos se acostaban serenos, apenas bastaba para cobijar su amor, y el chirriar de los tranvías se mezclaba con sus gritos de goce, y la agitación de las hojas daba sombra a su languidez, a su deliciosa laxitud, mientras se hundía refrescada por todas las dulzuras de la naturaleza satisfecha. Nuestros amigos, qué poco les visitamos, qué poco les conocemos, es verdad. Pero, cuando conozco a alguien e intento esbozar, aquí, en esta mesa, lo que yo llamo “mi vida”, esta vida no es una vida contemplada en el recuerdo; no soy una sola persona; soy muchas personas; ni siquiera sé quién soy —Jinny, Susan, Neville, Rhoda o Louis—, ni sé distinguir ¡ni vida de la suya.
       »Eso pensé aquella noche de principios de otoño, en que nos reunimos y, una vez más, cenamos jun­tos en Hampton Court. Al principio, nuestra inco­modidad fue muy notable, ya que cada uno de no­sotros se había vinculado a una distinta afirmación, y cada uno de los restantes al acercarse por el camino al lugar del encuentro, vestido de esa manera o de la otra, con bastón o sin bastón, parecía contradecir la afirmación. Vi que Jinny observaba los terrenales dedos de Susan, y después escondía los suyos; yo, al fijarme en Neville, tan pulido y tan exacto, me di cuenta de lo nebuloso de mi vida a la que las frases habían dado tan borroso carácter. Entonces Neville habló como un fanfarrón, porque estaba avergonzado de una estancia y de una perso­na y de su propio éxito. Louis y Rhoda, los conspiradores, los espías de la mesa, tomando notas, pen­saban: "A fin de cuentas, Bernard puede decir al camarero que nos sirva más panecillos, comunica­ción que nosotros no podemos establecer." Por un instante, vimos yacente entre nosotros el cuerpo de aquel ser humano completo que no conseguimos llegar a ser, pero que, al mismo tiempo, no podía­mos olvidar. Vimos todo lo que hubiéramos podido ser, todo lo que no habíamos conseguido, y, por un momento, contemplamos de mal grado los logros de cada uno de los demás, como niños que ven, cuando se parte el pastel, el único pastel, cómo disminuye la parte de la que ha de salir su porción.
       »Sin embargo, teníamos una botella de vino, y bajo el influjo de su seducción se desvaneció nues­tra hostilidad y dejamos de comparar. Y a mitad de la cena sentimos que a nuestro alrededor crecía la gran negrura de lo que está fuera de nosotros, la gran negrura de lo que no somos. El viento, el rápido rodar de las ruedas, se convirtió en el rugido del tiempo, y rápidos rodamos nosotros… ¿A dónde? ¿Y quiénes éramos? Por un momento quedamos extin­guidos, nos desvanecimos como las chispas del papel quemado, y la negrura rugía. Rebasamos el tiempo, rebasamos la historia. Para mí esto dura un segundo. Mi espíritu de lucha le da fin. Golpeó la mesa con una cuchara. Si pudiera medir las cosas con compás, lo haría, pero, como sea que mi única medida es la frase, hago frases, y no sé cuál hice en aquella ocasión. En la mesa de Hampton Court nos convertimos en seis individuos. Nos levantamos y avanzamos juntos por la avenida. En la sutil e irreal luz del ocaso, a sacudidas, como el eco de risas en una senda lateral, la cordialidad regresó a mí, sí como mi carne. Contra la puerta en el muro, contra cierto cedro, vi arder luminosa, Neville, Jinny, Rho­da, Louis, Susan y yo, nuestra vida, nuestra identidad. El rey Guillermo seguía pareciendo un monarca irreal, v su corona de oropel. Pero nosotros, contra los ladrillos, contra las ramas, los seis extraídos de entre millones y millones fuera por un momento de la abundancia sin medida del tiempo pasado y del tiempo por venir, ardíamos allí, triunfantes. El momento lo era todo, y el momento era suficiente. Y entonces Neville, Jinny, Susan y yo, tal como la ola rompe, rompimos nuestra unidad y nos entregamos a la más próxima hoja, a determinado pájaro, al niño con un aro, al perro que se balancea en torpes zancadas, al calor atesorado en los bosques después de un día ardiente, a las luces retorcidas como cintas blancas sobre las temblorosas aguas. Nos separamos. Fuimos consumidos en la oscuridad de los árboles, dejando a Rhoda y a Louis en pie en el mirador, junto a la urna.
       »Cuando regresamos de nuestra inmersión —¡cuán dulce, cuán profunda!—, y salimos a la superficie, y vimos a los conspiradores todavía en pie, allí, sentimos cierta compunción. Habíamos perdido lo que ellos habían conservado. Les interrumpimos. Pero estábamos fatigados y tanto si ello había sido bueno como si había sido malo, logrado o frustrado, el oscuro velo del ocaso iba cubriendo nuestros hechos; las luces se estaban hundiendo más y más, cuando nos detuvimos unos instantes en el mirador sobre el río. Los barcos dejaban el pasaje en la orilla; a lo lejos sonaban vítores y una canción, como si la gen­te agitara el sombrero en el aire y cantara un últi­mo coro. El sonido del coro cruzaba las aguas, y sentí el salto de aquel antiguo impulso, que he experimentado toda la vida, de dejarme llevar arriba y abajo por el rugido de muchas voces ajenas cantan­do una misma canción, de dejarme llevar arriba y abajo por el rugido de una alegría, de un sentimiento, de un triunfo, de un deseo, casi sin sentido. Pero no ahora. ¡No! No podía concentrarme, no podía distinguirme a mí mismo; no podía evitar que caye­ran al agua aquellas cosas que, hacía apenas un minuto, me habían divertido, convirtiéndome, asimismo, en un ser codicioso, celoso y vigilante, y muchas cosas más. No podía rescatar mi ser de aquel interminable proyectarme lejos de. aquella disipación, de aquel flotar hacia delante sin quererlo, de aquel alejarme velozmente en silencio, bajo los arcos del puente, alrededor de un grupo de árboles o de una isla, hasta allí donde los pájaros se posan en los pilotes, sobre las aguas encrespadas, para convertirme en olas del mar, no, no podía rescatar mi ser de aquella disipación. Por esto nos fuimos.
       »¿Cabe decir entonces que este alejarme flotan­do, mezclado con Susan, Jinny, Neville, Rhoda y Louis, fue como una suerte? ¿Como una nueva com­binación de elementos? ¿Como un indicio de lo que debía ocurrir? La nota quedó garrapateada, el libro cerrado, ya que soy un estudioso intermitente. Nun­ca expongo las lecciones en la hora señalada. Más tarde, mientras recorría Fleet Street en la hora de más tránsito, recordé aquel momento y lo continué. “¿Es que siempre”, dije “habré de golpear la cuchara contra el mantel? ¿Acaso no debo, también, con­sentir?” Los autobuses iban cuajados; avanzaban uno tras otro, y se detenían con un clic, como eslabones que se unieran a una cadena de piedra. La gente pasaba.
       »Multitudinarios, con carteras, esquivando a de­recha e izquierda con increíble celeridad, pasaban como un río en crecida. Pasaban rugiendo como un tren en un túnel. Aprovechando la ocasión, crucé; me sumergí en un oscuro pasaje y entré en la tienda donde me cortan el pelo. Eché la cabeza atrás y me envolvieron en una sábana. Ante mí tenía espejos en los que veía mi cuerpo sujeto y la gente pasando, deteniéndose, mirando y prosiguiendo indiferente su camino. El barbero comenzó a mover las tijeras de aquí para allá. Me sentía impotente para detener las oscilaciones del frío acero. Así nos cortan y nos cubren con sudarios, dije, así yacemos el uno al lado del otro en los húmedos prados, como ramas marchitas, ramas floridas. Ya no tenemos que aguantar, en pelados setos, el viento y la nieve, ya no' tenemos que mantenernos erectos cuando la galerna barre la tierra, ya no tenemos que llevar la carga, o que permanecer sin un murmullo en esos pálidos mediodías en que el pájaro se aplana contra la rama y la humedad emblanquece la hoja. Nos han cortado, hemos caído. Nos hemos convertido en parte del insensible universo que duerme cuando más despiertos estamos, y que arde en rojo cuando nosotros yacemos dormidos. Hemos renunciado a nuestra sazón y ahora yacemos inertes, marchitos, y muy pronto seremos olvidados. Y en este instante vi en el rabillo del ojo del barbero una expresión indicativa de que en la calle había algo que suscita­ba su interés.
       »¿Qué era lo que suscitaba el interés del barbero? ¿Qué veía el barbero en la calle? Así es como salgo de mis abstracciones. (Sí, porque no soy un místico, siempre hay algo que me espolea; la curiosidad, la envidia, la admiración, mi interés por los barberos e individuos semejantes es lo que me saca a la superficie.) Mientras el barbero me cepillaba la chaqueta, procuré, no sin esfuerzo, cerciorarme de su identidad, y después, balanceando el bastón, salí al Strand y evoqué para que me sirviera de contraste de mi propia personalidad, la figura de Rhoda siem­pre tan furtiva, siempre con temor en los ojos, siem­pre buscando una columna en el desierto, para des­cubrir qué había desaparecido, sí, se había suicidado. “Espera”, dije, mientras, en la imaginación enlazaba mi brazo (así nos unimos a los amigos) con el suyo. “Espera a que los autobuses hayan pasado, no cruces tan temerariamente, estos hombres son hermanos tuyos”. Al persuadir a Rhoda, también persuadía a mi alma. Sí, porque esta vida no es una sola vida, y tampoco sé si soy hombre o mujer, si soy Bernard o Neville, Louis, Susan, Jinny o Rhoda, tan extraño es el contacto de unos con otros.
       »Balanceando el bastón con el cabello recién cortado y cosquilleos en el cogote, pasé ante aquellas bandejas con juguetes de a penique la pieza, impor­tados de Alemania, sostenidas por hombres junto a St. Paul. St. Paul, la gallina clueca con las alas extendidas, de cuyo cobijo salen autobuses y ríos de hombres y mujeres en la hora de más ajetreo. Imaginé a Louis subiendo aquellos peldaños, con su im­pecable traje, el bastón en la mano, y su porte anguloso, un tanto altivo. Con su acento australiano (“Mi padre, banquero en Brisbare”) acudía, imaginé, a esas viejas ceremonias con mucho más respeto que yo, ya que he oído las mismas nanas durante mil años. Al entrar, siempre quedo impresionado por las brillantes rosas, los relucientes bronces, el vaivén de las vestiduras y los cantos, mientras una voz de niño se lamenta alrededor de la cúpula, como una paloma que vaga extraviada. La paz y supina postura de los muertos me impresionan. Son gue­rreros que descansan bajo sus viejas banderas. Luego me mofé de una tumba absurda y floridamente adornada, y también de las trompetas y de las victorias y de los escudos de armas y de la certidumbre, tan sonoramente repetida, de la resurrección, de la vida eterna. Después mi vista inquieta é inquisitiva me ofrece la imagen de un niño atemori­zado, de un viejo jubilado que avanza arrastrando los pies, o de la obediencia de las dependientas de comercio, agobiadas por sabe Dios qué carga de esfuerzos en sus pobres y flacos senos, que vienen a descansar aquí en la hora de más tránsito callejero. Vago, miro y me maravillo, y a veces, un tanto furtivo, intento ascender por el eje de la oración de alguien hasta la cúpula, y más allá, hasta el lugar a que los rezos vayan. Pero después, igual que la paloma perdida y en lamentos, siento que me fallan las fuerzas, aleteo, desciendo y me poso en una curiosa gárgola, en una desgastada nariz, o una absurda lápida funeraria, divertido, pasmado, y vuelvo a observar a los visitantes que guía en mano pasan ante mí, mientras la voz del niño vuela en la cúpula, y el órgano de vez en cuando se entrega a momentos de elefantíaco triunfo. Entonces me pregunté cómo podía Louis cobijarnos a todos, cómo podía ence­rrarnos, convertirnos en un solo ser, con su tinta roja y su fina plumilla. La voz se quebró y extinguió en un lamento.
       »Y vuelvo a la calle, balanceando el bastón, mi­rando las cestas de alambre para papeles en las papelerías, los cestos de fruta madurada en las co­lonias, murmurando Pillicock en pico Pillicock está, o croá, croó, croá, croan los sapos, o de nuevo co­mienza la ancianidad del mundo o vete cerca, vete cerca, oh muerte, mezclando así la tontería con la poesía, flotando en la corriente. Pero siempre hay que hacer algo a continuación. El martes sigue al lunes. El miércoles al martes. Cada día emite las mismas ondas. El ser engorda en círculos, como los troncos de los árboles. Como en los árboles, caen las hojas.
       »Un día, mientras estaba apoyado en la puerta de una valla por la que se entraba a un campo, el ritmo se detuvo, se detuvieron las rimas, los mur­mullos, la tontería y la poesía. En mi mente se hizo un claro. Por entre la densa masa de las hojas de la costumbre, mi vista vio. Allí apoyado, lamenté tan­to desorden, tantos objetivos no alcanzados, tanta separación, ya que uno no puede cruzar Londres para ver a un amigo, por estar la vida demasiado atestada de compromisos, ni tampoco puede uno embarcar para la India, y ver a un hombre desnudo pescando peces con arpón en el agua azul. Me dije que la vida había sido imperfecta, una frase inacabada. Para mí, que no tengo el menor inconveniente en trabar conversación con cualquier desconocido en el tren, había sido imposible conservar la coherencia; el sentido de las generaciones, de mujeres llevando cántaros rojos al Nilo, del ruiseñor que cante entre conquistas y emigraciones. Había sido un empeño demasiado vasto, dije, y ¿cómo pue­do levantar perfectamente el pie para subir la escalera? Me dirigí a mí mismo, como quien habla a un compañero con quien uno viaja hacia el Polo Norte.
       »Hablaba a aquel yo que conmigo había estado. en muchas aventuras tremendas, al hombre fiel que sigue sentado ante el fuego, removiendo las cenizas, cuando todos los demás se han ido a dormir, al hombre que ha sido construido tan misteriosamente y con tan repentinos añadidos de ser, en un bosque de hayas, sentado junto a un sauce en una orilla, apoyándose en un parapeto, en Hampton Court, el hombre que se ha centrado en sí mismo, en los momentos de emergencia, ha golpeado la mesa con la cuchara y ha dicho: “No lo consentiré:
       »Este yo, ahora, mientras estaba apoyado en la valla, mirando los campos que se ondulaban en olas de color ante, mí, abajo, no contestó. No formuló oposición alguna. Ni una frase intentó decir. Su mano no se crispó formando un puño. Yo esperé. Escuché. Nada, nada. Entonces grité, súbitamente convencido de haber sido objeto de un total aban­dono. Ahora, nada queda. No hay aleta que quiebre la inmensidad de este mar inconmensurable. La vida me ha destruido. Cuando hablo, no hay eco, no hay palabras variadas. Esto es una muerte mucho más verdadera que la muerte de los amigos, que la muerte de la juventud. Soy la ensabanada figura en la barbería, que solamente ocupa este espacio.
       »El paisaje ante mí se marchitó. Fue como un eclipse, cuando el sol se fue y dejó la tierra, floreciente en pleno follaje veraniego, marchita, frágil, falsa. También vi en una sinuosa carretera, en una danza de polvo, los grupos que habíamos formado, cómo se reunían, cómo comían juntos, cómo se en­contraban en esta estancia o en aquélla. Vi mi infatigable ajetreo, cómo había ido corriendo de uno a otro lado, cómo había viajado y había regresado, me había unido a este grupo y a aquél, aquí había besado, aquí me había inhibido. Siempre había insistido con entusiasmo, animado por un extraordinario propósito, con la nariz pegada al suelo, como el perro que sigue un rastro; alguna vez alcé la ca­beza, lancé un grito de pasmo, y después, desespe­ranzado, volví a husmear el rastro. Cuánto desorden, cuánta confusión, aquí nacimiento, aquí muerte, su­culencia y dulzura, esfuerzo y angustia y yo siem­pre corriendo de un lado para otro. Ahora había terminado. No tenía más apetitos que satisfacer, no más picadas con las que envenenar a los demás, no más cortantes dientes, no más manos que aga­rrar, no más deseos de sentir la pera, la uva y el sol latiendo, desde el muro del huerto.
       »Los bosques habían desaparecido. La tierra era una inmensidad de sombras. Ni un sonido rompía el silencio del paisaje invernal. No había gallo que cantara, ni humo que se alzara, ni tren que avan­zara. Un hombre sin sí mismo, dije. Un pesado cuerpo apoyado en una valla. Un hombre muerto. Con desapasionada desesperación, enteramente desi­lusionado, observé la danza del polvo; mi vida, las vidas de mis amigos, y aquellas fabulosas presencias, jardineros con escobas, mujeres ecribiendo, el sauce junto al río; nubes y fantasmas también formados por el polvo, de un polvo que cambiaba, tal como las nubes pierden y adquieren el oro y el rojo y pierden sus cumbres, y se hinchan por aquí, por allá, mudables, hueras. Yo con mi libreta de notas con mi elaboración de frases me había limitado a registrar cambios. Sombra, me había aplicado a anotar sombras. Pero cómo puedo ahora proseguir, dije, sin yo, sin peso y sin visión, en un mundo sin peso y sin ilusión…
       »El peso de mi desesperanza abrió la puerta en la valla en que me apoyaba y me lanzó, a mí, hom­bre entrado en años, hombre de cabello gris, al campo sin color, al campo vacío. Se acabó el escuchar ecos, se acabó el ver fantasmas, se acabó el suscitar oposición, ahora sólo queda el caminar siempre sin sombra, sin dejar huellas en la tierra muerta. Si al menos hubiera habido corderos masticando, moviendo una pata después de la otra, o un pájaro, o un hombre clavando una azada en la tierra, o un hoyo, húmedo de empapadas hoja5 en el que caer… Pero no, la senda de la melancolía con­ducía, plana, a más invierno y más palidez, a la igual y carente de interés visión del mismo paisaje.
       »Entonces, ¿cómo regresa la luz al mundo, des­pués del eclipse del sol? Milagrosamente. Frágilmen­te. A rayas delgadas. Cuelga en lo alto, como una jaula de cristal. Es un aro que será quebrado por una jarrita. Ahí hay una chispa. Y, en el instante siguiente, un chorro de crepúsculo. Luego un vapor, como si la tierra inhalara, espirase, uno, dos, por vez primera. Luego, en la luz muerta alguien pasa con una luz verde. Luego surge retorciéndose un blanco fantasma. Los bosques palpitan en azul y verde y poco a poco los campos beben rojo, dorado y castaño. De repente, un río arranca una luz azul. La tierra absorbe el color como la esponja bebe agua lentamente. Adquiere peso, se redondea, pen­de, se aposenta y se balancea bajo nuestros pies.
       »De esta manera regresó a mí el paisaje, de esta manera vi los campos ondulándose en olas de color ante mí, pero ahora había una diferencia. Veía sin ser visto. Caminaba sin sombra. Llegaba sin que se anunciara mi llegada. De mí había caído el viejo manto, la reacción, la hueca mano que golpea de­volviendo los sonidos. Sutil como un fantasma, sin dejar huellas por donde pasaba, sólo percibiendo, caminaba en soledad por un mundo nuevo jamás hollado, rozando nuevas flores, incapaz de hablar como no fuera en infantiles palabras de una sílaba, sin el cobijo de las frases, yo que tantas había hecho, sin compañía, yo que siempre fui junto a los de mi clase y condición, solitario, yo que siempre había tenido a alguien con quien compartir el vacío hogar, o la alacena con su colgante lazo de oro.
       «Pero ¿cómo describir el mundo visto sin el pro­pio yo? No hay palabras. Azul, rojo… Incluso estas palabras desconciertan, incluso ocultan con su den­sidad en vez de dejar pasar la luz. ¿Cómo describir o decir algo, otra vea, con palabras con significado? Sólo cabe decir que se desvanece, que experimenta una gradual transformación, que se convierte inclu­so durante un breve paseo en habitual, también este paisaje. La ceguera vuelve, al avanzar uno, y cada hoja repite otra hoja. La belleza regresa, mientras uno mira, y regresa con su cola de fantasmales fra­ses. Uno respira, inhalando y exhalando recio aliento; abajo, en el valle, el tren cruza arrastrándose los campos, gacha la oreja del humo.
       »Pero por un instante estuve sentado en el cés­ped, en algún lugar situado más arriba que el movi­miento del mar y el sonido de los bosques, y vi la casa, el jardín y el romper de las olas. La vieja niñera que vuelve las páginas del libro con ilustraciones, se detuvo y dijo: "Mira, esto es la verdad."
       »En esto pensaba, mientras recorría la avenida Shaftesbury, esta noche. Pensaba en aquella página del libro de ilustraciones. Y, cuando te encontré en el lugar al que uno va para colgar el abrigo, me dije: “Poco importa la personalidad de la gente a quien encuentro. Este asuntejo de ser ha terminado. No sé quién es, ni me importa, cenaremos juntos”. En consecuencia, colgué el abrigo, te di un golpecito en el hombro y dije: “Cenemos juntos”.
       »Ahora la cena ha terminado; estamos rodeados de mondas y migas de pan. He intentado arrancar este racimo y dártelo. Pero ignoro si en él hay sustancia o verdad. Tampoco sé con exactitud dónde nos hallamos. ¿Cuál es la ciudad que esta porción de cielo mira desde lo alto? ¿Será París, será Londres, el lugar donde nos hallamos sentados, o al­guna ciudad del sur, con casas pintadas de color de rosa, bajo cipreses, bajo altas montañas donde vue­lan las águilas? En estos momentos, no lo sé de cierto.
       »Ahora comienzo a olvidar, comienzo a dudar de la fijeza de las mesas, de, la realidad del aquí y del ahora, comienzo a golpean con los nudillos los bordes de objetos aparentemente sólidos y digo: “¿Eres duro?” He visto tantas cosas diferentes, he hecho tan diferentes frases… En el proceso de comer y de beber, y de pasar la vista por superficies, he perdido esa delgada y dura cáscara que aloja el alma, cáscara que en la juventud lo aprisiona a uno en su interior; de ahí la ferocidad, el tap, tap, tap, de los implacables picos de los jóvenes. Y ahora pregunto: “¿Quién soy?” He hablado de Bernard, Neville, Jinny, Susan, Rhoda y Louis. ¿Seré acaso todos ellos a la vez? ¿Soy uno y distinto? No lo sé. Aquí estamos sentados, juntos. Pero Percival ha muerto, y Rhoda ha muerto; estamos divididos; no estamos aquí. Sin embargo, no veo obstáculo alguno que nos separe. No hay división entre ellos y yo. Mientras hablaba, pensaba: “Soy tú”. Esa diferencia ala que tanta importancia damos, esa identidad que tan febrilmente ansiamos, quedó superada. Sí, desde el instante en que la vieja señora Constable alzó la esponja y la cálida agua cubrió mi carne, he te­nido sensibilidad y percepción. Aquí, en la frente, llevo el golpe que me di, cuando Percival cayó. Aquí, en el cogote, llevo el beso que Jinny dio a Louis. Mis ojos se llenan con las lágrimas de Susan. Veo a lo lejos, temblorosa como una hebra de oro, la columna que Rhoda veía, y siento el aire levan­tado por su vuelo, cuando Rhoda saltó.
       »De esta manera, cuando llega el momento de dar forma, aquí, en esta mesa, entre mis manos, a la historia de mi vida y ponerla ante ti, como una cosa completa, he de recordar cosas que se han ido muy lejos, que se han ido a gran profundidad, que se han hundido en esta o aquella vida, pasando a ser parte de ella, y también sueños, cosas que me rodean, y también los huéspedes esos fantasmas casi parlantes que merodean noche y día, que se revuelcan entre sueños —que emiten confusos gritos, que alargan sus fantasmales dedos y me agarran cuando intento huir, sombras de gente que uno hubiera podido ver, nonatos. También está el antiguo bruto, el salvaje, el hombre hirsuto que con los dedos revuelve sogas de entrañas, y traga y eructa, cuya habla es gutural, visceral. Pues bien, éste también está. Lo llevo dentro, en cuclillas. Hoy le he obsequiado con codornices, ensalada y mollejas de ternera. Ahora con su zarpa sostiene una copa de rico y viejo brandy. Se eriza, ronronea y me clava cálidas sensaciones en la espina dorsal, mien­tras sorbo. Ciertamente se lava las manos antes de cenar, pero no por ello dejan de ser peludas. Se abrocha los pantalones y los chalecos, pero no por ello cambian los órganos por estas prendas conte­nidos. Se impacienta, cuando demoro el darle la cena. Gruñe y gime constantemente, señalando con sus ademanes de medio idiota, con ansia y codicia, lo que desea. Te aseguro que a veces me cuesta mucho tenerle a raya. Este hombre, el peludo, el simiesco, ha contribuido a mi vida. Ha dado un esplendor más verde a las cosas verdes, ha puesto su antorcha, con sus rojas llamas, su denso y picante humo, detrás de cada hoja. Incluso ha iluminado el fresco jardín. Ha enarbolado su antorcha en sórdidas callejas en las que súbitamente las muchachas parecen relucir en una roja y embriagadora trans­parencia. ¡Oh, sí, cuán alto ha alzado la antorcha! ¡Me ha hecho bailar salvajes danzas!
       »Pero basta. Ahora, esta noche, mi cuerpo le­vanta grada tras grada como las gradas de un fresco templo con el suelo cubierto de alfombras, en el que se alzan murmullos, y de los altares surge humo, pero arriba, en lo alto, aquí, a mi serena cabeza sólo llegan hermosas rachas de melodía, olea­das de incienso, mientras la paloma extraviada se lamenta, y las banderas tremolan sobre las tumbas, y los oscuros aires de la medianoche estremecen los árboles, más allá de las abiertas ventanas. Cuando miro hacia abajo, en busca de esta trascendencia, ¡qué hermosos son los desmigajados restos del pan, incluso! Qué bien trazadas espirales forman las mondas de la pera, delgadas y con motas como los huevos de un pájaro marino… Incluso los tenedores, rectamente alineados uno al lado del otro, parecen lúcidos, lógicos, exactos. Y los cuernos de los panecillos que no hemos consumido están vidriados, chapados en amarillo, duros. Hasta podría rendir culto a mi mano, con sus huesos en abanico unidos por las azules venas misteriosas, y su pasmoso aspecto de eficacia, flexibilidad y capacidad de doblar suavemente y aplastar con brusquedad, infinitamente sensible.
       »Sin medida receptiva, abarcándolo todo, trému­lo de plenitud, y al mismo tiempo claro y refrenado, así parece ser mi ser, ahora que los deseos han dejado de incitarle a que se vaya y se aleje, ahora que la curiosidad ha dejado de teñirlo de todos los colores. Hondo, sin vaivenes de mareas, inmune, ahora que ha muerto, yace el hombre a quien yo llamaba “Bernard”, el hombre que llevaba una libreta en el bolsillo para escribir notas, frases para la luna, notas de rasgos, el aspecto de la gente, la manera en que volvía la cabeza este individuo, o arrojaba las colillas el otro, en la M, polvillo de mariposa, en la N, distintos nombres que a la muerte se dan. Pero ahora abramos la puerta, la puerta de cristal que gira constantemente sobre sus visagras. Que venga una mujer, que un hombre joven, con traje de etiqueta y bigotillo, se siente, ¿podrán decirme algo? ¡No! Sé todo eso también. Y si, de repente, la mujer se levanta y se va, “querida”, le diré, “ya no puedes conseguir que te siga”. El golpe de la ola al caer, que ha sonado durante toda mi vida, que me despertaba para que viera un aro de oro en la alacena, ya no estremece lo que llevo dentro.
       »Y ahora, asumiendo el misterio de las cosas, puedo alejarme como un espía, sin abandonar este lugar, sin levantarme de la silla. Puedo visitar los remotos confines de las tierras desérticas, en las que el salvaje se sienta ante la hoguera. El día se levanta, la muchacha se lleva las joyas de agua con corazón de fuego a la frente, el sol dirige recta­mente sus rayos a la casa dormida. Se ensanchan las barras de las olas, se arrojan las olas a la playa, hacia atrás vuela la espuma pulverizada, y deslizándose las aguas de las olas rodean la barca y el acebo. Los pájaros cantan a coro, profundos túneles pasan por entre los tallos de las flores, la casa se torna más blanca, se despereza el durmiente, poco a poco todo despierta. La luz invade las estancias y empuja sombra tras sombra al fondo, donde quedan replegadas e inescrutables. ¿Qué contiene la sombra central? ¿Algo? ¿Nada? No lo sé.
       »Sí, pero ahí está tu rostro. Veo la expresión de tus ojos. Yo, que me había creído tan vasto, un templo, una iglesia, un universo sin límites. capaz de estar en todas partes, junto a todas las cosas, y también aquí, no soy más que eso que ves, un hombre entrado en años, de cuerpo bastante pesado, grises las sienes, que (me veo en la copa) apoya un codo en la mesa y sostiene en la mano izquierda una copa de brandy. Este es el golpe que me habéis propinado. Me he dado de narices contra el buzón de correos. Ahora me tambaleo. Me llevo las manos a la cabeza. Se me ha caído el sombrero, he soltado el bastón. Me he comportado como un auténtico asno, y, con justicia, de mí se ríe un transeúnte.
       »Señor, ¡cuán indeciblemente asquerosa es la vida! Qué sucias jugadas nos hace. Un momento somos libres, y en el momento siguiente somos esto.
       Aquí estamos, una vez más entre migas de pan y servilletas manchadas. Este cuchillo ya se congela de grasa. El desorden, la sordidez y la corrupción nos rodean. Nos hemos llevado a la boca cuernos de pájaros muertos. Es con esas grasientas migas, babeadas en las servilletas, con estos menudos ca­dáveres, con lo que tenemos que construirnos. Siem­pre vuelve a empezar. Siempre hay enemigo. Ojos que miran los tuyos. Dedos que se enlazan con los tuyos. El esfuerzo de esperar. Llama al camarero. Paga la cuenta. Debemos levantarnos de la silla. Debemos ir en busca de nuestros amigos. Debemos irnos. Deber, deber, deber… Detestable palabra. Una vez más, yo que me creía inmune, yo que había dicho: “Me he liberado de esto”, me doy cuenta de que la ola me ha revolcado, me ha puesto cabeza abajo, ha esparcido todas mis posesiones, obligán­dome a recoger, a reunir, a amontonar, a hacer acopio de fuerzas, levantarme y hacer frente al enemigo.
       »Es raro que nosotros, capaces de tanto sufrimiento, tengamos que infligir tanto sufrimiento. Es raro que la cara de una persona, a la que no conozco aun cuando creo que en cierta ocasión coincidimos en la pasarela de un buque que iba a zarpar rumbo al Africa —una simple aglomeración de ojos, mejillas y aletas de nariz—, tenga el poder de injuriarnos. Tú miras, comes, sonríes, te aburres, te deleitas, te irritas… Esto es cuanto sé. Sin embargo, esta sombra que se ha sentado junto a mí durante una o dos horas, esta máscara a cuyo través dos ojos miran, tiene el poder de hacerme regresar, de fijarme entre esas otras caras, de encerrarme den­tro de una ardiente cámara, de mandarme volando, como una polilla, de vela en vela.
       »Pero espera. Mientras preparan la cuenta detrás del biombo, espera. Ahora que te he injuriado, por el golpe que me mandó tambaleándome a este lugar de mondas, migas y restos de carne, haré constar en palabras de una sílaba que también bajo tu mirada, sometido a su —influjo, comienzo a percibir esto, aquello y lo otro. El reloj emite su tic-tac, la mujer estornuda, el camarero se acerca… Hay un gradual movimiento de acercamiento, de reunión, de aceleración y unificación. Escucha: suena un silbato, ruedas ruedan, gimen las bisagras de la puerta. Recobro el sentido de la complejidad, de la realidad y de la lucha, y a ti debo agradecerlo. Y, con cierta lástima, cierta envidia y muy buena voluntad, estrecho tu mano y te digo buenas noches.
       ¡Bendita soledad! Ahora estoy solo. Esa persona casi desconocida se ha ido, a coger un tren, a coger un taxi, a un lugar, al lado de alguien a quien no conozco. El rostro que me miraba se ha ido. La presión ha desaparecido. Aquí quedan las vacías tazas de café. Aquí están las sillas puestas patas arriba, sin que nadie se siente en ellas. Aquí están, vacías, las mesas a las que nadie vendrá a sentarse esta noche.
       »Permitidme que alce mi canción de gloria. Bendita sea la soledad. Dejadme solo. Dejad que me quite y arroje lejos este velo del ser, esta nube que cambia al más leve soplo del aliento, noche y día, y toda la noche, todo el día. Mientras estaba aquí sentado, he cambiado. He visto cómo el cielo cam­biaba. He visto cómo las nubes cubrían las estrellas, cómo liberaban las estrellas, cómo volvían a cubrirlas. Ahora ya no observo el cambio de las estrellas. Ahora nadie me ve y he dejado de cambiar. Bendita sea la soledad que ha quitado la presión de los ojos, la invitación del cuerpo, y toda necesidad de mentiras y frases.
       »Mi libro, repleto de frases, ha caído al suelo. Está debajo de la mesa, para que la mujer de la limpieza lo barra, cuando venga al alba en busca de trocitos de papel, billetes de tranvía, y aquí y allá una nota en un papel estrujado, en forma de pelota, entre los desperdicios que deben ser barridos. ¿Cuál es la frase para la luna? ¿Y la frase para el amor? ¿Qué nombre hay que dar a la muerte? No lo sé. Necesito un lenguaje menudo, como el que los enamorados usan, palabras de una sola sílaba como las que dicen los niños cuando entran en la estancia y encuentran a su madre cosiendo, y cogen una porción de colorida lana, una pluma, un recorte de cretona. Necesito una lechuza, un grito. Cuando la tormenta cruza el tremedal y pasa sobre mí, tendido en el hoyo, donde nadie me ve, no necesito palabras. Nada claro necesito. Nada que surja ya hecho, con todos sus pies, para aposentarse en el suelo. Ni una de esas resonancias y amables ecos que resuenan y suenan de nervio en nervio, dentro de nuestro pecho, formando una música loca, falsas frases. He roto con las frases.
       »Cuánto más vale el silencio; la taza de café, la mesa. Cuánto mejor estar solo, como el solitario pájaro marino que despliega las alas posado sobre la estaca. Dejadme estar aquí sentado para siempre jamás, con cosas desnudas, esta taza de café, este cuchillo, este tenedor, cosas que son en sí mismas, tal como yo soy yo mismo. No os acerquéis para in­quietarme con vuestras insinuaciones de que ha llegado la hora de cerrar vuestra tienda e iros. Con gusto os daría cuanto dinero tengo para que no me molestéis, sino que me dejéis seguir sentado y sen­tado, en silencio y solo.
       »Pero ahora el jefe de los camareros, que acaba de cenar, aparece y me mira con cejo; se saca la bufanda del bolsillo y aparatosamente se prepara para partir. Deben irse; deben cerrar los postigos, plegar los manteles y pasar un harapo húmedo por el suelo, debajo de las mesas.
       »Malditos seáis. A pesar de mi fatiga y de haber roto con todo, debo levantarme, encontrar ese determinado abrigo que es el mío, debo meter los brazos en las mangas del abrigo, debo protegerme con la bufanda del aire de la noche y debo salir. Yo, yo, yo, fatigado, inerte, casi agotado de tanto frotar la nariz contra la superficie de las cosas, incluso yo, hombre entrado en años cuyo cuerpo comienza a ser pesado y renuente a todo esfuerzo, debo salir y coger un cierto último tren.
       »Una vez más veo ante mí la calle habitual. El dosel de la civilización ha sido quemado. El cielo es oscuro como un barnizado hueso de ballena. Pero en el cielo hay una palidez, ya de los faroles, ya del alba. Hay una cierta agitación; parloteo de gorriones, en un plátano, no sé dónde. Hay cierto aire de inicio del día. No, no lo llamaré alba. ¿Qué es el alba en la ciudad para un hombre entrado en años, que, de pie en la calle, mira un poco mareado el cielo? El alba es como un emblanquecerse el cielo, como una renovación. Otro día, otro viernes, otro veinte de marzo, enero o setiembre. Otro general despertar. Las estrellas retroceden y se extinguen. Las barras adquieren profundidad entre las olas. La película de niebla adquiere densidad sobre los campos. El rojo se pone sobre las rosas, incluso en la pálida rosa que cuelga junto a la ventana del dormitorio. Un pájaro gorjea. Los campesinos encienden las tempranas velas. Sí, es la eterna renovación, el incesante alzarse y caer, caer y alzarse otra vez.

       »Y también en mí se alza la ola. Se hincha, arquea el lomo. Una vez más tengo conciencia de un nuevo deseo, de algo que surge en el fondo de mí, como el altivo caballo cuando el jinete pica espuelas y después lo refrena con la brida. ¿Qué enemigo percibimos ahora avanzando hacia nosotros, tú, so­bre quien ahora cabalgo, mientras piafamos en este pavimento? Es la muerte. La muerte es el enemigo. Es la muerte contra la que cabalgo, lanza en ristre y melena al viento, como un hombre joven, como Percival cuando galopaba en la India. Pico espuelas. ¡Contra ti me lanzaré, entero e invicto, oh Muerte!»

                         Las olas rompían en la playa.



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