William Faulkner
(New Albany, Mississippi, 1897 - Byhalia, Mississippi, 1962)


¡Absalón, Absalón! (1936)
Absalom, Absalom!
(Nueva York: Random House, 1936, 384 págs.)

I

      Desde poco después de las dos de la tarde y hasta casi la puesta del sol de aquella larga, aquietada, calurosa y cansina tarde de septiembre, estuvieron sentados en lo que la señorita Coldfield seguía llamando el despacho porque así lo había llamado su padre, una estancia mal iluminada, calurosa, sin ventilación, con las persianas cerradas, afianzadas desde cuarenta y tres veranos antes, porque cuando era niña alguien supuso y le hizo creer que la luz y el aire en movimiento esparcían el calor, y que la penumbra siempre era más fresca, y que (a medida que el sol pegaba con más fuerza por ese lado de la casa, que daba a poniente) se tornaba un enrejado de rayos de luz sesgados, cuajados de motas de polvo que a Quentin le parecían partículas de pintura vieja y seca que hubieran entrado al desprenderse de las persianas descamadas tal como el viento pudiera haberlas arrastrado. Había un emparrado de glicinia que ese verano había florecido por segunda vez sobre un espaldar de madera ante una de las ventanas, en el cual se posaban y echaban a volar los gorriones a rachas, al azar, emitiendo un vivido y polvoriento susurro antes de levantar el vuelo; frente a Quentin, la señorita Coldfield con su luto eterno, que vestía ya desde cuarenta y tres años antes, sin que nadie supiera si era por hermana, padre o por no marido, sentada tan derecha en la silla de respaldo recto, que le quedaba tan alta que las piernas le colgaban inertes, rígidas, como si tuviera las canillas y los tobillos de hierro, lejos del suelo, con ese aire de ira impotente y estática que tienen los pies de los niños, hablaba con su voz denodada, apesadumbrada, asombrada, hasta que al fin la escucha renegase y el sentido del oído se confundiera y apareciese el objeto tiempo atrás muerto de su impotente y sin embargo indomable frustración, como si mediante una recapitulación ultrajada lo evocase, recogido, desatento e inofensivo, extrayéndolo del polvo detenido y soñador y victorioso.
       No se detenía el fluir de su voz, se esfumaba tan sólo. Reinaba la penumbra tenue y con olor a féretro, dulce y empalagosa y endulzada en demasía por la glicinia florecida dos veces junto al muro gracias al despavorido y sosegado sol de septiembre que en ella impactaba destilado e hiperdestilado, en la que de cuando en cuando se colaba sonoro el nuboso aleteo de los gorriones como un listón plano y flexible que sacudiese un chiquillo sin nada mejor que hacer, y el rancio olor a carne de hembra vieja y de antiguo asediada en la virginidad mientras el rostro macilento y apesadumbrado lo contemplaba por encima del triángulo apenas visible de encaje en las muñecas y el cuello, desde la silla demasiado alta en la que remedaba una niña crucificada; la voz que no cesaba, pero que se esfumaba a largos intervalos como un arroyuelo, un hilillo de agua que gotease más bien entre trecho y trecho de tierra reseca, y el espectro que musitaba con umbría docilidad, como si fuera la voz que él obsedía allí donde otro con fortuna mejor habría tenido una casa. Del trueno insonoro y brusco irrumpía él (hombre-caballo-demonio) en una escena apacible y decorosa, como una acuarela de colegial esmerado, con un deje azufroso aún en el cabello y la ropa y la barba, agrupados a su espalda los negros salvajes de su banda cual bestias a medio domesticar, instados a que caminasen erguidos como los hombres, en actitudes asalvajadas y reposadas, y esposado entre todos ellos el arquitecto francés con su pinta adusta y huraña y andrajosa. Inmóvil, barbudo y con la palma de la mano en alto se encontraba el jinete; tras él, los negros salvajes y el arquitecto cautivo se apiñaban en silencio, portando en incruenta paradoja las palas y los picos y las hachas de una pacífica conquista. Entonces, en el dilatado desasombro, Quentin tenía la impresión de verlos arrasar de pronto el centenar de millas cuadradas de tierra sosegada y desconcertada y arrancar la casa y sus elegantes jardines con violencia de la Nada insonora y abatirlos como los naipes sobre una mesa bajo el inmóvil y pontificio jinete de la mano en alto, creando así el Centenar de Sutpen, hágase el Centenar de Sutpen como en el ancestral hágase la luz. Luego, se reconcilió con la facultad del oído y le pareció escuchar a dos Quentins disociados, el Quentin Compson que en el Sur se preparaba para ir a estudiar a Harvard, aún en el Sur profundo y fenecido desde 1865, y poblado por espectros lenguaraces, ultrajados, desconcertados, que escuchaban porque no estaba en su poder no escuchar a uno de los espectros que había rehusado quedarse quieto, que se había negado a yacer en paz durante aún más tiempo que la mayoría, y que le hablaba de los viejos tiempos, de una época espectral, y el Quentin Compson que aún era demasiado joven para merecer la condición de espectro, pero que no obstante por fuerza tenía que serlo, no en vano había nacido y se había criado en el Sur profundo, igual que ella: los dos Quentins disociados hablaban el uno con el otro en el prolongado silencio de lo despersonal, en ausencia o negación de lenguaje, tal que así: Parece que un demonio, se llamaba Sutpen (coronel Sutpen), el coronel Sutpen. Que vino a saber de dónde y sin previo aviso cayó sobre la tierra con una banda de extraños negros y levantó una plantación (Arrancó con violencia una plantación, dice la señorita Rosa Coldfield) la arrancó con violencia. Y casó con su hermana Ellen y engendró un hijo y una hija que (Sin bondad los engendró, dice la señorita Rosa Coldfield) sin bondad y sin cariño. Que debieran haber sido las joyas que adornasen su orgullo y el escudo y el consuelo de su senectud, pero que (Sólo que ellos lo destruyeron o algo así o él los destruyó o algo así. Y murieron) y murieron. Sin pesar, dice la señorita Rosa Coldfield (salvo en su caso). Sí, salvo en su caso, pues lloró su pérdida. (Y salvo en el caso de Quentin Compson.) Sí. Y también excepción hecha de Quentin Compson.
       —Y es que según me han dicho se marcha usted a estudiar a la universidad de Harvard —dijo—. Por eso dudo mucho que vuelva usted por aquí y que aquí se dedique a ejercer de abogado de provincias en un poblachón dejado de la mano de Dios como es Jefferson. En el Norte han puesto buen cuidado en que apenas quede nada en el Sur para un joven con posibles. Puede ser que se dedique usted a la profesión de literato, como hacen en estos tiempos tantos caballeros y tantas damas del Sur, y a lo mejor un buen día se acordará usted de todo esto y decidirá ponerlo por escrito. Para entonces ya se habrá casado, digo yo, y a lo mejor su esposa tiene apetencia de comprarse un vestido nuevo, o se ha encaprichado con un sillón nuevo para el salón, y usted podrá poner por escrito todo esto y mandarlo a las revistas. Es posible que recuerde usted con afecto a la anciana que le hizo pasar la tarde entera encerrado entre cuatro paredes, escuchando mientras ella le hablaba de personas y de sucesos que usted tuvo la fortuna de ahorrarse, cuando su deseo más bien habría sido pasar el rato al aire libre, con amigos de su misma edad.
       —Así es, señora —dijo Quentin. Sólo que no lo dice en serio, pensó. Es porque quiere que se sepa. Aún tenía en el bolsillo la nota que le había llevado en mano un chiquillo negro poco antes de mediodía, la nota en que le pedía que fuese a visitarla —una petición caprichosa, formal, envarada, que en realidad era una citación que le hubiera llegado casi desde otro mundo—, la hoja llamativa y arcaica, de buen papel de escribir, del antiguo, casi por completo cubierta con una letra clara, desdibujada, apretada, que debido al asombro que le causó la petición de una mujer que le triplicaba en edad, y a la que conocía de toda la vida sin haber cruzado siquiera un centenar de palabras con ella, o tal vez porque sólo tenía veinte años, no supo reconocer en ella la revelación de un carácter frío, implacable, despiadado incluso. Obedeció al punto, y nada más terminar la comida de mediodía recorrió a pie la media milla que separaba su casa de la de ella con el calor seco y polvoriento de comienzos de septiembre, y así entró en la casa (también parecía más pequeña de lo que era en realidad —tenía dos plantas—, despintada, un tanto deslucida, aunque dotada de un aire, de un algo que recordaba la hosca terquedad de un resistente, como si, al igual que ella, hubiera sido construida para que encajase en un mundo en todos los sentidos más reducido que aquel en que se encontraba, y para complementarlo), en la que, en la penumbra del vestíbulo, tras las persianas cerradas, con un aire más caluroso que el del exterior, como si estuviera aprisionada en una tumba con todos los suspiros del tiempo lento y lastrado por el calor que había transcurrido a lo largo de cuarenta y tres años, la diminuta figura de negro, de la que ni siquiera oyó susurrar su vestido de seda, el pálido triángulo de encaje en los puños y en el cuello, el rostro apagado que lo miraba con gesto a un tiempo especulativo, premioso y suplicante, esperaba para invitarle a pasar.
       Es porque quiere que se sepa, quiere que se cuente, pensó, para que personas a las que nunca verá la cara y personas de las que nunca sabrá nada y que nunca han sabido nada de ella ni conocen su nombre ni han visto su cara lo lean y sepan por fin por qué permitió Dios que perdiésemos la guerra: para que sólo mediante la sangre de nuestros hombres y las lágrimas de nuestras mujeres pudiese Él hacer frente a ese demonio y borrar su nombre y su linaje de la faz de la tierra. Casi en ese preciso instante llegó él a la conclusión de que no podía ser ésa la razón por la que le había enviado la nota, y supuso que, enviándole la nota, y por qué a él, puesto que si tan sólo había tenido la esperanza de que se supiera, si tan sólo quiso que se contara, y que incluso se imprimiera, no habría tenido necesidad de llamar a nadie; una mujer que ya cuando su padre (el de Quentin) era joven se había dado a conocer (aunque no llegó a confirmarse) como poeta laureada del pueblo y del condado mediante el envío de poemas, odas, panegíricos y epitafios a la severa y exigua lista de suscriptores de la prensa del condado, nacidos de una amarga e implacable reserva en la que conservaba ella la ausencia de derrota, la negación de la derrota, poemas todos ellos nacidos de una mujer cuyos antecedentes familiares en lo marcial, bien se sabía en el pueblo y en todo el condado, se cifraban en la figura de su padre, que, objetor de conciencia por motivos de religión, había muerto de inanición en el desván de su propia casa, escondido (al decir de algunos, emparedado) de los policías militares confederados, alimentado en secreto, al amparo de la noche, por esa misma hija que ya entonces acumulaba las piezas de su primer infolio, en las que había de embalsamar nombre a nombre a los vencidos, a los obstinados de la causa perdida, y en el sobrino que cuatro años estuvo al servicio del mismo regimiento que el prometido de su hermana y que luego asesinó de un tiro al prometido a la entrada de la casa en la que esperaba la hermana vestida de novia en la víspera de su boda, y que se dio a la fuga y se esfumó sin que nadie llegara a saber dónde.
       Habían de transcurrir todavía tres horas antes que supiera por qué lo había mandado llamar ella, porque esta parte del porqué, la primera parte, Quentin ya la conocía. Era tan sólo una parte de su herencia, del hecho de respirar por espacio de veinte años el mismo aire y de oír a su padre hablar del hombre, una parte de los ochenta años de herencia con que cargaba el pueblo, Jefferson, envuelto por el mismo aire que el hombre mismo había respirado entre esta tarde de septiembre de 1909 y aquella mañana de domingo de 1833 en que llegó a caballo al pueblo procedente de un pasado indiscernible y adquirió sus tierras sin que nadie supiera cómo y construyó su casa, su mansión, al parecer de la pura nada, y casó con Ellen Coldfield y engendró a sus hijos —el hijo que dejó viuda a su hermana cuando aún no había sido novia en el altar— y que así cumplió la trayectoria que le cupo en suerte hasta su violento (la señorita Coldfield cuando menos habría añadido que justo y merecido) final. Quentin había crecido con todo ello; los nombres eran intercambiables y casi eran legión. Poblaban su infancia; su propio cuerpo era un salón vacío en el que se propagaba el eco de nombres sonoros, los nombres de los vencidos; no era un ser, una entidad, sino que era, en el fondo, una mancomunidad. Era un barracón repleto de tercos espectros empeñados en mirar atrás y todavía en proceso de restablecimiento, al cabo de cuarenta y tres años del brote de fiebre que sirvió de cura a la enfermedad, despertando de la fiebre sin saber siquiera que había sido la fiebre misma contra la cual combatieron, y no contra la enfermedad, y con terquedad recalcitrante miraban atrás, más allá de la fiebre, a la enfermedad, que contemplaban con verdadero pesar, debilitados por la fiebre y libres sin embargo de la enfermedad y sin tener conciencia de que la libertad era la que corresponde a la impotencia.
       (—Pero… ¿por qué ha querido contármelo a mí? —dijo a su padre al caer la noche, cuando volvió a la casa luego de que ella lo despidiera no sin antes arrancarle la promesa de que volvería a recogerla con la calesa—. ¿Por qué ha querido contármelo a mí? ¿Qué más me dará a mí que la tierra o el terruño o lo que fuera se hartara por fin de él y se revolviera contra él y lo destruyera? ¿Y si también hubiese destruido a la familia de la señorita Coldfield? Algún día se revolverá y nos destruirá a todos, igual da que nuestro apellido sea Coldfield, Sutpen o cualquier otro.
       —Ah —dijo el señor Compson—. Años atrás aquí en el Sur hacíamos de nuestras mujeres verdaderas damas. Luego vino la guerra, y a las damas convirtió en espectros. Siendo caballeros como somos, ¿qué otra cosa podemos hacer, salvo prestarles oídos como se presta oídos a los espectros? —Y añadió—: ¿Quieres saber cuál es la verdadera razón de que te haya escogido a ti? —Estaban sentados en el porche, a la espera de que llegase la hora que dispuso la señorita Coldfield para que Quentin fuese a recogerla—. Es porque necesita que alguien vaya con ella: un hombre, un caballero, pero joven todavía, y que se preste a hacer lo que ella quiere y a hacerlo como quiere ella. Y te ha escogido a ti porque tu abuelo fue lo más parejo a un amigo que llegó a tener Sutpen en todo el condado, y es probable que ella esté convencida de que Sutpen quizá le contó a tu abuelo algo relacionado con él y con ella, con aquel compromiso que nada comprometió, con aquella promesa que no se satisfizo. Acaso contase incluso a tu abuelo la razón por la que ella al final no quiso desposarse con él. Y es posible, piensa ella, que tu abuelo me lo contase a mí y que yo te lo haya contado a ti. Así las cosas, y en cierto modo, el asunto, pues poco o nada importa lo que pueda suceder allá esta noche, seguirá sin salir de la familia; el esqueleto (si de un esqueleto se trata) seguirá dentro del armario. Quizá crea que de no haber sido por la amistad que le brindó tu abuelo Sutpen nunca habría llegado a tener un asidero aquí, y que sin ese asidero no podría haberse casado con Ellen. Así que quizá te considera en parte responsable, responsable por herencia de lo que se hizo de su familia y de ella misma por culpa de él.)
       Sea cual fuere la razón de que lo escogiera a él, fuera ésa o no, Quentin supuso que se tomaba mucho tiempo para ir al meollo de la cuestión. Entretanto, como si fuera en proporción inversa a la voz que menguaba por momentos, el espectro invocado del hombre al que ella no podía perdonar, así como tampoco estaba en su mano cobrarse venganza de él, comenzó a adquirir una calidad rayana en la solidez, en la permanencia. Circundando el ambiente, enclaustrado en su propio efluvio del infierno, en su aura de obstinado estancamiento, meditaba (meditaba, pensaba, parecía poseer capacidad sentiente, como si, pese a estar desposeído de la paz —e impermeable de algún modo a la fatiga— que ella rehusaba otorgarle, siguiera irrevocablemente fuera del alcance del daño o del dolor que ella padeciera y pudiera provocar) con ese punto apacible e inofensivo y ni siquiera muy atento, el perfil del ogro que, a medida que la voz de la señorita Coldfield iba desgranando sus palabras, resolvió ante los ojos de Quentin las figuras de dos niños, a medias ogros, formando los tres un sombrío trasfondo sobre el que se recortaba la cuarta, que no era otra que la madre, Ellen, su difunta hermana: esa Níobe sin lágrimas que en una especie de pesadilla había concebido el fruto de aquel demonio, que incluso en vida había tenido movimiento, pero sin vida, y pesadumbre, pero sin llanto, y que entonces investía un aire de sosegada e insensata desolación, no como si hubiera sobrevivido a los otros, ni como si hubiese muerto antes, sino como si más bien nunca hubiese vivido. Quentin creyó verlos a los cuatro dispuestos en el convencional grupo familiar de la época, con decoro y ceremonia inertes, y visto ahora como se vería la fotografía antigua y desvaída si se ampliase y se colgase en la pared, detrás de y encima de la voz, un retrato de cuya presencia la propia dueña de la voz no fue del todo consciente, como si ella (la señorita Coldfield) nunca hubiese visto esa estancia, una imagen, un grupo que incluso para Quentin poseía una calidad extraña, contradictoria, estrafalaria, no del todo comprensible, no del todo (pese a sus veinte años) correcta, un grupo cuyo último miembro llevaba cinco lustros muerto y el primero cinco décadas, y evocada ahora a partir de la penumbra sofocante de una casa yerta, entre la hosca e implacable falta de perdón de una anciana y el roce pasivo y acaso impaciente de un joven de veinte años que se decía al compás de la voz Tal vez es preciso conocer a una persona espantosamente a fondo para amarla, pero cuando a alguien se le odia durante cuarenta y tres años se le llega a conocer espantosamente bien, así que quizá sea mejor, quizá sea buena cosa porque al cabo de cuarenta y tres años ya no sorprende, ya no causa gran contento ni causa gran enojo. Y acaso la voz (la voz que desgranaba palabras, las palabras, el asombro increíble e insufrible) había sido una vez un grito sonoro, pensó Quentin, mucho tiempo atrás, cuando era moza, cuando era de una joven e indomable ausencia de toda pena, de condena de la ceguera de las circunstancias y de los sucesos salvajes: ahora no pasaba de ser sino la solitaria y frustrada carne avejentada de mujer amargada y curtida durante cuarenta y tres años en el antiguo insulto, la anciana que no otorga perdón, ultrajada y traicionada por la afrenta definitiva y absoluta que había sido la muerte de Sutpen:
       —No era un caballero. Ni siquiera era un caballero. Llegó aquí con un caballo y dos pistolas y un apellido que nadie había oído nunca, que nadie tuvo la certeza de que fuera el suyo, tal como tampoco el caballo y ni siquiera las pistolas tenían por qué ser suyos, en busca de un lugar donde esconderse, y el Condado de Yoknapatawpha se lo proporcionó. Aspiró a contar con el aval de los hombres respetables a modo de barricada que lo salvaguardase de otros forasteros, de forasteros que más adelante pudieran llegar en busca de él, y Jefferson se lo otorgó. Necesitó entonces respetabilidad, el escudo de una mujer virtuosa, para que su posición fuera inexpugnable incluso frente a los hombres que le habían dado protección cuando llegase el día y la hora inevitables en que se alzasen contra él con todo su desprecio, horror e indignación, y fueron mi padre y el padre de Ellen quienes se la confirieron. Bah, nada tengo en contra de Ellen, la pobre tonta, romántica y ciega, que no tenía sino juventud e inexperiencia por toda excusa, y eso si acaso; pobre tonta, romántica y ciega, cuando ya no tuvo ni juventud ni inexperiencia que la excusaran, cuando se tendió a morir en esa casa a cambio de la cual había entregado tanto el orgullo como la paz, sin nadie más que la hija que ya era como si hubiera enviudado sin haber sido novia en el altar y que había de ser en tan sólo tres años viuda con certeza sin haber sido nada en absoluto, y el hijo que había repudiado el techo mismo bajo el cual nació, la casa a la que sólo había de regresar una vez antes de desaparecer para siempre, y además como un asesino y casi fratricida; y él, monstruo, villano y demonio, combatiendo en Virginia, en donde las posibilidades de que la tierra se librase de él de una vez por todas eran más elevadas que en cualquier otro lugar bajo el sol, por más que tanto Ellen como yo supiéramos que habría de volver, ya que hasta el último hombre de nuestros ejércitos tendría que perder la vida antes que le alcanzara a él una bala o un cañonazo; y, en fin, yo: tan sólo una niña, nada más que una niña, téngalo presente, cuatro años menor que la sobrina a la que se me pidió salvar, una niña a la que recurrió Ellen cuando me dijo «Protégela. Protege al menos a Judith». Sí, pobre tonta, ciega y romántica, que ni siquiera fue dueña de aquellas cien millas de plantación que al parecer impresionaron o conmovieron e incluso cegaron a nuestro padre, ni tampoco de la casa grande y la idea misma de tener esclavos a su servicio durante todo el día, que no diré impresionó, conmovió o cegó, pero que sí congració a su tía. No: sólo el rostro de un hombre que se las ingeniaba para presumir con arrogancia incluso cuando montaba a caballo, un hombre que, por lo que se alcanzaba a saber (por lo que llegó a saber incluso el padre que le iba a dar a su hija en matrimonio), o carecía de pasado o no osaba desvelarlo, un hombre que apareció en el pueblo llegado a saber de dónde, con un caballo y dos pistolas y un rebaño de animales salvajes que había cazado por sí solo, por ser más fuerte e inspirar más temor que ellos en la tierra de paganos, la que fuese, de la que había huido, y aquel arquitecto francés que tenía todas las trazas de haber sido acorralado y cazado a su vez por los negros; un hombre que vino aquí huyendo y aquí se escondió, se ocultó tras el envoltorio de lo respetable, tras un centenar de millas de terreno que arrebató a una tribu de indios ignorantes, nadie sabe cómo, y una casa del tamaño de un juzgado, en la que vivió tres años sin puertas ni ventanas ni cama siquiera, a pesar de lo cual la llamó el Centenar de Sutpen, como si hubiera sido concesión o privilegio de un monarca, cedido a perpetuidad a su bisabuelo —un hogar, una propiedad: una esposa y una familia que, siendo necesarios para su ocultación, aceptó junto con el resto de las señas distintivas de la respetabilidad tal como hubiera aceptado las incomodidades necesarias e incluso el dolor causado por los abrojos y los espinos en la espesura, si la espesura le hubiera brindado, con abrojos y espinos, la protección que con tanto afán buscaba.
       »No: ni siquiera un caballero. Ni casándose con Ellen ni con diez mil como Ellen habría llegado a serlo. Tampoco es que quisiera serlo, ni que se le tomase por un caballero. No. Eso no fue necesario, puesto que para todo cuanto pudiera necesitar le bastaba con los nombres de Ellen y de mi padre con letras de molde en una licencia matrimonial (o en cualquier otra patente de respetabilidad) que la gente pudiera ver y leer, tal como hubiera querido la firma de nuestro padre (o de cualquier hombre de probada reputación) en un pagaré, porque nuestro padre sabía quién había sido su padre en Tennessee y quién había sido su abuelo en Virginia y nuestros vecinos y las gentes entre las que vivíamos sabían que sabíamos y sabíamos que sabían que sabíamos que nos habrían creído siempre en lo referente a quiénes éramos y de dónde veníamos aun cuando hubiésemos mentido, tal como cualquiera podría haberle mirado a él una sola vez y haber sabido a la primera que mentía al hablar de quién era, al decir de dónde venía y al señalar por qué vino, por el mero hecho de haberse negado al parecer a decir nada. Y el mero hecho de que tuviera que escoger la respetabilidad para esconderse tras ella fue prueba suficiente (caso de que alguien necesitara más pruebas) de que aquello de lo que había huido tenía que ser algo que fuese todo lo contrario de lo respetable, algo tan siniestro que no se podía hablar de ello siquiera. Y es que era demasiado joven. No tenía más que veinticinco años, y un hombre de veinticinco años no asume por su propia voluntad las adversidades y las privaciones por las que ha de pasar desbrozando un terreno virgen para poner en pie una plantación en una región distinta y sólo por dinero; ésa es tarea que no acometería un joven sin un pasado del que prefiriese que no se dijera nada, en Mississippi y en 1833, con un río repleto de barcos de vapor cargados de botarates borrachos y cubiertos de diamantes y resueltos a despilfarrar su algodón y sus esclavos antes que el barco llegase a Nueva Orleans; no, eso no se hace cuando se tiene todo eso a una noche de camino a caballo, siendo el único obstáculo o impedimento los demás canallas que anduvieran sueltos o el riesgo de quedar varado en tierra, en un banco de arena o, en el peor de los casos, la soga al cuello. Y no es que fuese el benjamín al que en un lugar tranquilo y venerable de Virginia o de Carolina mandan irse con un excedente de negros para colonizar tierras nuevas, porque cualquiera que viese a los negros que se trajo se tuvo que dar cuenta de que quizá vinieron (seguramente vinieron) de un lugar mucho más antiguo y venerable que Virginia o Carolina, pero que nada tenía de tranquilo. Y cualquiera podía haberle mirado una sola vez a la cara, a él, para darse cuenta de por qué había elegido el río, e incluso la certeza de la soga al cuello, para acometer lo que acometió, incluso de haberse sabido que iba a encontrar oro enterrado, esperándole en las tierras que había adquirido.
       »No: no tengo nada contra Ellen, así como tampoco a mí misma me reprocho nada. Es menos lo que me puedo reprochar, porque yo dispuse de veinte años para conocerlo y Ellen sólo tuvo cinco. Y en esos cinco ni siquiera lo vio, sino que sólo oyó por terceros qué estaba haciendo, y ni siquiera llegó a saber al parecer más que la mitad, puesto que de la mitad de lo que hizo en esos cinco años nadie sabía nada, y de la otra mitad ningún hombre habría querido decir ni palabra a su esposa, menos aún a una jovencita; aquí vino y aquí montó un brutal espectáculo de circo que duró cinco años y por el cual Jefferson le dio su agradecimiento, o le compensó por el entretenimiento, escuchándole al menos hasta el extremo de que nadie dijera a su esposa qué estaba haciendo. Pero yo tuve toda la vida para observarle, ya que al parecer, y por razones que el Cielo no ha estimado conveniente divulgar, mi vida estuvo destinada a terminar una tarde de abril de hace cuarenta y tres años, puesto que nadie que haya tenido tan poca cosa que llamar vida como tuve yo hasta aquel momento llamaría vida a lo que he tenido después, nadie. Vi lo que había sido de Ellen, mi hermana. La vi convertida casi en una reclusa, pendiente de los dos niños que iban creciendo, a los que no estuvo en su mano salvar. Vi qué precio había pagado por esa casa y por ese orgullo; vi los pagarés a cargo de su dignidad y su contento y su paz y de todo aquello que hubo de avalar con su firma cuando aquella noche entró en la iglesia, los vi vencer uno a uno a su debido tiempo. Vi cómo se prohibía que se casara Judith, un veto sin ton ni son, sin sombra de razón y sin excusa; vi a Ellen morir sólo conmigo por toda compañía, con una niña tan sólo a la que pudo recurrir para pedirle que protegiera a la única hija que le quedaba; vi a Henry repudiar su hogar y su primogenitura y regresar después y poco menos que arrojar el cadáver ensangrentado del hombre al que su hermana amaba sobre las costuras de su vestido de novia; vi volver a ese hombre, fuente de todo mal, causa que sobrevivió a todas sus víctimas, que había engendrado dos hijos no sólo para que se destruyeran mutuamente y aniquilaran su linaje, sino también para acabar con el mío, y pese a todo accedí a desposarme con él.
       »No. No me reprocho nada. Tampoco alegaré la juventud en mi descargo, pues ya me dirá usted qué criatura que haya vivido en el Sur después de 1861, hombre o mujer o negro o mula, ha tenido tiempo u ocasión no sólo de ser joven, sino también de saber qué es eso de ser joven oyéndolo de labios de alguien que lo fuera. Ni siquiera pienso escudarme en la proximidad diaria: en el hecho de que yo, una mujer joven y en edad casadera y en una época en la que la mayoría de los hombres en edad de merecer a los que en circunstancias normales habría tratado con frecuencia hubiesen muerto en los campos de batalla, viviera durante dos años bajo el mismo techo que él. No voy a pretextar la necesidad material: el hecho de que, siendo mujer y huérfana y pobre, buscara yo no ya protección, sino el sustento mismo, en mis parientes más cercanos, en la familia de mi difunta hermana, si bien sí desafío a quien quiera echarme la culpa a que tenga en cuenta que yo era una huérfana de veinte años de edad, una mujer joven y sin recursos, que como es natural desearía no sólo justificar su situación, sino también reivindicar el honor de una familia el buen nombre de cuyas mujeres nunca ha encontrado impugnación, aceptando para ello la honorable proposición de matrimonio del hombre a cuya mesa tenía por obligación sentarse para subsistir. Y sobre cualquier otra consideración no me disculpo: una joven recién salida de un holocausto que le había arrebatado los padres y la seguridad y todo, que había visto cuanto la vida significaba para ella caer hecho trizas a los pies de unas cuantas figuras con forma de hombres, pero con nombres y estatura de héroes; una joven le digo arrojada a diario y a cada hora al contacto con uno de esos hombres que, a despecho de lo que hubiera podido ser en otro tiempo y a pesar de lo que ella pudiera haber creído o llegara a saber sobre él, había batallado con honor durante cuatro años por el terruño y por las tradiciones de la tierra en que había nacido ella (y el hombre que hubiera hecho una cosa así, por más teñido de villanía que estuviera, habría poseído a ojos de ella, aunque fuera sólo por asociación con ellos, la estatura y la hechura misma de los héroes), y que entonces se hallaba recién salido del mismo holocausto que había padecido ella, sin otra cosa con qué afrontar lo que el futuro deparase al Sur que las manos desnudas y la espada que al menos él nunca rindió, y la mención al valor que le otorgó su derrotado comandante en jefe. Vaya si fue valiente. Eso nunca me he abstenido de decirlo, y nunca lo he dicho con la boca chica. De todas formas, que nuestra causa, nuestra vida misma, nuestras esperanzas de futuro y nuestro orgullo y dignidad en el pasado hayan sido puestas en entredicho con el refuerzo de hombres como aquél… hombres de valor y de fuerza contrastados, pero sin piedad y sin honor… ¿Es de extrañar que al Cielo pluguiera nuestra derrota?
       —No, señora —dijo Quentin.
       —Y que fuese nuestro padre, el mío y el de Ellen, que fuera precisamente él entre todos los que allá iban de visita, a beber y a jugar con él y a verlo pelear con aquellos negros salvajes, cuyas hijas podía incluso ganar en una partida de naipes, que fuese precisamente nuestro padre… ¡Que haya sido él…! Me pregunto cómo pudo aquel hombre abordar a papá, con qué pretexto; qué pudo haber además del común civismo de dos hombres que se encuentran en la calle, qué hubo entre un hombre llegado a saber de dónde, o que no osaba decir de dónde vino, y nuestro padre; qué pudo haber entre un hombre así y papá, feligrés de la iglesia metodista, comerciante que no se había enriquecido y que no sólo no podría haber hecho nada en este mundo por mejorar su fortuna o tener perspectivas más halagüeñas, sino que bajo ningún concepto podía tampoco poseer nada que quisiera él, que ni siquiera habría recogido por el camino algo que no le perteneciera, un hombre que no era dueño de tierras ni de esclavos, excepción hecha de dos criadas que ni siquiera compró y a las que puso en libertad tan pronto le fueron entregadas en pago de una deuda, que no bebía y no cazaba y no jugaba; qué pudo haber, me digo, entre papá y un hombre del que sé a ciencia cierta que no pisó una iglesia en Jefferson sino tres veces en toda su vida —la primera vez que vio a Ellen, la vez en que ensayaron la ceremonia de la boda y la vez en que se celebró la boda—, un hombre al que cualquiera podría mirar y ver a la primera de cambio que, aunque en apariencia ya no lo tuviera, estaba más que acostumbrado a tener dinero y estaba resuelto a tenerlo de nuevo y no tendría ningún escrúpulo a la hora de amasarlo: un hombre que iba a descubrir a Ellen en una iglesia. En el templo, compréndalo usted, como si fuera una fatalidad y pesara sobre nuestra familia una maldición y Dios mismo quisiera encargarse de que se cumpliera y se apurase hasta la última gota y hasta el último poso. Pues sí, una fatalidad y una maldición sobre el Sur y sobre nuestra familia como si por quién sabe qué antepasado nuestro hubiera resuelto establecerse y tener descendencia en una tierra propensa a la fatalidad y ya maldita por ella, aun cuando no hubiera tenido que ser nuestra familia, los progenitores de nuestros padres, los que heredasen la maldición muchos años antes y hubieran sido objeto de coerción por parte del Cielo para establecerse en una tierra y en un tiempo ya malditos. Así que ni siquiera yo, una niña demasiado pequeña para saber poco más que eso, aunque Ellen fuera mi propia hermana y Henry y Judith mis sobrinos, ni siquiera yo iba a ir hasta allá salvo cuando papá o mi tía venían conmigo, y no iba a jugar con Henry ni con Judith, en absoluto, salvo en la casa (y no porque fuese cuatro años menor que Judith y seis menor que Henry: ¿no fui yo la persona a quien recurrió Ellen antes de morir, no fue a mí a quien dijo «Protégelos»?), y hasta yo misma solía preguntarme qué pudo hacer nuestro padre o su propio padre antes de casarse con nuestra madre, qué era lo que Ellen y yo teníamos que expiar, qué era aquello para lo cual ya no bastábamos una de las dos, qué crimen se pudo cometer, que trajera esa maldición a nuestra familia y nos convirtiera en instrumentos no ya de la destrucción de ese hombre, sino también de la nuestra.
       —Sí, señora —dijo Quentin.
       —Sí —dijo con voz hosca y sosegada desde el triángulo inmóvil de encaje que la penumbra atenuaba; entonces, entre los espectros meditabundos y decorosos, a Quentin le pareció ver cómo se plasmaba la figura de una niña pequeña con las faldas y las enaguas atildadas de otros tiempos, con las trenzas decorosas y atildadas de una época ya periclitada. Parecía estar de pie más bien al acecho, protegida tras la cuidada valla de tablones blancos que cercaba el pequeño jardín, tal vez un simple césped de clase media, pendiente de lo que el mundo de ogros o lo que quisiera que fuese lo que se extendía más allá de la apacible calle de pueblo, con ese aire que tienen los niños que han nacido cuando sus padres ya llevan avanzada la vida y que se ven condenados a contemplar la totalidad del comportamiento humano a través de los complejos e innecesarios caprichos, de las necedades en que incurren los adultos: un aire de Casandra, desprovisto de humor, profunda y severamente desproporcionado a la edad de una niña que nunca fue pequeña—. Y es que nací demasiado tarde. Nací con veintidós años de retraso. Una niña que a partir de las conversaciones que sorprendía en boca de los adultos ideó que los rostros de mi propia hermana y de los hijos de mi hermana habían terminado por ser como los rostros de un cuento poblado por los ogros entre la hora de la cena y la hora de acostarse mucho antes de tener edad o estatura suficiente para que se me permitiese jugar con ellos, si bien fui yo la persona a la que esa hermana hubo de recurrir al final, cuando ya se estaba muriendo, con uno de sus hijos desaparecido y condenado a ser un asesino y la otra condenada a ser viuda antes de haber sido novia en el altar, y fui yo a quien dijo en su lecho de muerte «Protégela a ella al menos. Al menos salva a Judith». Una niña, cuyo instinto salvaguardado de niña le valió para dar esa respuesta que la sabiduría madura de los mayores al parecer no les permitió dar: «¿Que la proteja? ¿De quién y de qué? Él ya les ha dado la vida: no tiene por qué causarles más perjuicio. Es de sí mismos de quienes requieren protección».
       Tendría que haber sido más tarde de lo que era; tendría que haber sido ya tarde, si bien las delgadas franjas de luz solar sobre las que titilaban las motas de polvo no parecían bordadas a mayor altura en la impalpable pared de penumbra que separaba unas de las otras; apenas parecía que se hubiera movido el sol. Aquello (la (conversación, la narración) parecía (a él, a Quentin) que participase del sabotaje de la lógica y de la razón que se da en un sueño que quien tiene sabe que ha de haberse producido, abortado y completo, en un segundo, si bien la calidad misma de la que debe depender para conmover a quien sueña (la verosimilitud) e imbuirle de credulidad —horror o placer o desconcierto— depende de un modo absoluto de un reconocimiento formal y de una aceptación llana del tiempo transcurrido, consumido, del tiempo que transcurre y se consume, como en la música o en un relato impreso.
       —Sí. Nací demasiado tarde. Fui una niña que iba a recordar aquellos tres rostros (y el de él también) tal como los vio por vez primera en el carruaje, aquel primer domingo por la mañana en que este pueblo comprendió que él había convertido el trecho del camino que va del Centenar de Sutpen a la iglesia en la pista de un hipódromo. Yo tenía tres años y sin duda lo había tenido que ver antes. A la fuerza tenía que haberlo visto. Pero no lo recuerdo. Ni siquiera recuerdo haber visto a Ellen antes de aquel domingo. Era como si la hermana en la que nunca había puesto los ojos, y que antes que yo naciera se había esfumado dentro de la fortaleza de un ogro o de un djinn, fuese a regresar en ese momento al mundo que había abandonado gracias a una dispensa de un día de duración, y yo, que era una niña de tres años, desperté temprano para la ocasión, y me vistieron y me peinaron como si fuese Navidad, o una ocasión más seria y ceremoniosa que la propia Navidad, puesto que entonces, y por fin, ese ogro o ese djinn había accedido por respeto a la esposa y a los hijos a asistir a la iglesia, había consentido permitirles al menos acercarse a las inmediaciones de la salvación, dar al menos una oportunidad a Ellen para que luchase con él por el alma de esos niños que estaban en un campo de batalla, para lo que ella podía contar con el apoyo no ya del Cielo, sino también de su propia familia y de otras personas de su clase; sí, incluso por el momento se sometió él a la redención o, a falta de ello, al menos se mostró caballeroso para la ocasión, aun cuando siguiera él sin regenerarse. Es lo que yo esperaba. Es lo que vi cuando estuve a la entrada de la iglesia entre papá y nuestra tía y esperé a que llegase el carruaje tras las doce millas del trayecto. Y aunque de seguro tuve que ver antes de este momento a Ellen y a los niños, ésta es la visión que se me quedó grabada como primera impresión de ellos, y es la que me llevaré a la tumba: algo así como el frente de un tornado sólo apenas entrevisto, el carruaje y el rostro blanco de Ellen en lo alto, y las dos réplicas de su rostro en miniatura franqueándola, y en el pescante la cara y los dientes del negro salvaje que guiaba los caballos, y él, su cara exactamente igual a la del negro, salvo los dientes (debido sin duda a la barba), todo ello envuelto en un trueno y en una furia de caballos despavoridos y de galope y de polvo.
       »Oh, había gente de sobra para acompañarle, para asistirle, para hacer de la carrera todo un espectáculo: eran las diez de la mañana y era domingo, y el carruaje corría veloz sobre dos de sus ruedas hasta la puerta misma de la iglesia, con aquel negro salvaje y vestido de cristiano, que tal cual parecía un tigre de circo con guardapolvo y sombrero de copa, y Ellen sin una gota de sangre que le diera color en el rostro, sujetando con toda el alma a aquellos dos niños que no lloraban, que no tenían necesidad de sujeción, que iban sentados uno a cada lado de ella perfectamente inmóviles, como ella, y en sus rostros pintada aquella enormidad infantil que entonces no comprendimos del todo. Pues sí, desde luego que hubo muchos dispuestos a acompañarle, asistirle y compincharse con él; ni siquiera él podría haber montado una carrera sin un contrincante. Y es que ni siquiera la opinión pública pudo frenarle, ni siquiera los hombres que podían tener esposa e hijos en sus carruajes, que podían acabar despanzurrados en una zanja, a la orilla del camino: tuvo que ser el propio presbítero, que habló en nombre de las mujeres de Jefferson y del Condado de Yoknapatawpha. Y por eso dejó de ir a la iglesia; después de aquella vez sólo acudía Ellen con los niños en el carruaje el domingo por la mañana, y así supimos que al menos ya no se cruzarían apuestas, puesto que nadie sabría decir si era o no una carrera de verdad, ya que entonces, con el rostro ausente, sólo viajaba en el pescante del carruaje el negro salvaje y perfectamente inescrutable, con el brillo en los dientes, y así ya no supimos si se trataba de una carrera o de una fuga, y si la coronaba la victoria sólo podría verse en el rostro que se había quedado a doce millas de allá, en el Centenar de Sutpen, que ni siquiera tenía necesidad de ver, o de estar presente. Era entonces el negro, que cuando adelantaba a otro carruaje hablaba también a los caballos que tirasen del otro, así como hablaba a los de su tiro, y algo decía, aunque no con palabras, seguramente no necesitaba palabras, en esa lengua con la que pernoctaban en el fango oscuro del tremedal, cualquiera que fuese, en que él los encontró, el tremedal del que los trajo; la polvareda, el trueno, el carruaje que rechinaba ante la puerta de la iglesia a la vez que las mujeres y los niños chillaban espantados y los hombres sujetaban las riendas del otro tiro. Y el negro abría la portezuela para que bajasen Ellen y los niños y se llevaba el carruaje detrás de la iglesia, a la arboleda donde los amarraba, y castigaba a los caballos por haberse desbocado; hubo una vez un imbécil que quiso impedir que los azotase, con lo que el negro se volvió hacia él con la vara en alto, enseñándole un poco los dientes, y le dijo: “El amo dice, yo hago. Dígaselo al amo”.
       »Sí: de ellos. De ellos mismos. Y esta vez ni siquiera fue el presbítero. Fue Ellen. Nuestra tía y papá estaban conversando y llegué yo y la tía me dijo “Ve a jugar, anda”, por más que aun cuando no hubiese oído nada del otro lado de la puerta podría haberles repetido la conversación: “Tu hija, tu propia hija”, dijo la tía, y papá repuso “Sí, es mi hija. Cuando quiera que yo intervenga me lo dirá en persona”. Y es que ese domingo en que Ellen y los niños salieron por la puerta principal no les estaba esperando el carruaje, sino el faetón de Ellen con la yegua dócil y vieja, que ella misma conducía, y el mozo de cuadra que ella había comprado, en vez del negro salvaje. Judith miró el faetón una sola vez y entendió qué significaba y se puso a chillar, a chillar y a patalear mientras se la llevaban a la casa para meterla en la cama. No, él no estaba presente. Tampoco diré que un rostro triunfal acechase desde una de las ventanas. Es probable que se hubiera quedado tan pasmado como nos quedamos todos los demás, pues nos dimos cuenta de que nos encontrábamos ante algo más que un simple arrebato infantil o un episodio de histeria: que el rostro de él había estado en todo momento en el carruaje, que había sido Judith, una niña de seis años, la que había autorizado e incluso instigado al negro a azuzar a los caballos para que se desbocasen al galope. No Henry, dese cuenta: no el niño, cosa que ya de por sí habría sido escandalosa, sino Judith, la niña. Aquella misma tarde, tan pronto papá y yo traspasamos la cancela y nos adentramos por la avenida de acceso a la casa, sentí que sucedía algo. Fue como si en algún lugar de la quietud y la paz del domingo por la tarde existieran aún los chillidos de la niña, como si se prolongasen no con la calidad del sonido, sino como algo que se oyese con la piel, con el cabello. Pero no pregunté nada todavía. Yo tenía cuatro años. Permanecí en la calesa al lado de papá tal como había estado entre la tía y él a la entrada de la iglesia aquel primer domingo en que me arreglaron para ir a ver por vez primera a mi hermana y a mis sobrinos, permanecí mirando la casa (había estado antes en el interior, como es natural, pero es que al verla en la primera ocasión que alcanzo a recordar me pareció saber de antemano cómo iba a ser, igual que supe de antemano cómo iban a ser Ellen y Judith y Henry, antes incluso de verlos aquella vez que siempre recuerdo por ser la primera). No, ni siquiera pregunté nada entonces, tan sólo miré aquella casa enorme y silenciosa, y dije “Papá, ¿en qué habitación descansa Judith? ¿Está mala?”, y lo dije con la serena aptitud de los niños para aceptar lo inexplicable, aunque ahora sepa bien que ya entonces estaba preguntándome qué había visto Judith cuando salió por la puerta principal y se encontró el faetón en vez del carruaje, el domesticado mozo de cuadra en vez del mozo salvaje, y se puso a dar alaridos como una posesa. Sí: una tarde de domingo, una tarde calurosa y apacible como ésta; recuerdo aún la absoluta quietud que reinaba en la casa cuando entramos, por la que supe en el acto que estaba ausente, sin saber que estaría a la sombra del emparrado de uva moscatel, bebiendo en compañía de Wash Jones. Sólo supe, cuando papá y yo traspusimos el umbral, que no estaba allí, y lo supe con una especie de convicción omnisciente (el mismo saber instintivo que me permitió decir a Ellen que no era de él de quien necesitaba Judith protección), a sabiendas de que él no tenía necesidad de quedarse a disfrutar de su triunfo, y que éste, por comparación con lo que había de venir, éste había sido mera trivialidad que tampoco merecía nuestra atención. Sí, la habitación a oscuras, en silencio, con las persianas cerradas y una negra sentada junto a la cama, con un abanico, y el rostro blanco de Judith sobre la almohada, bajo una fina gasa alcanforada, supuse que dormida: acaso adormecida, o en lo que se llamaría adormición: y la cara blanca y sosegada de Ellen y papá, que me dijo “Sal a buscar a Henry y pídele que juegue contigo, Rosa”, así que me aposté al otro lado de la puerta silenciosa en el silencioso rellano de la primera planta porque me dio miedo alejarme incluso de allí porque oía la quietud de la tarde dominical en la casa y me llegaba con más potencia que el trueno, con más potencia que una triunfal carcajada.
       »—Piensa en los niños —dijo papá.
       »—¿Que piense en los niños? —dijo Ellen—. ¿Y qué otra cosa hago? ¿Qué otra cosa crees que hago cuando paso las noches en vela, salvo pensar en ellos?
       »Ni papá ni Ellen hablaron de volver a casa. No: todo esto sucedió antes que se pusiera de moda remediar los errores dándoles la espalda y huyendo de ellos. No se oía otra cosa que las palabras que se dijeron los dos en voz baja al otro lado de la puerta impávida, con las que podrían haber discutido algo que se hubiera publicado en una revista; yo, una niña pegada a esa puerta porque miedo me daba estar allí pero más miedo me daba alejarme, permanecí inmóvil y pegada a la puerta, como si quisiera fundirme con la madera oscura y hacerme invisible, como un camaleón, escuchando el espíritu vivo, la presencia de esa casa, puesto que parte de la vida y del aliento de Ellen habían ingresado en ella, como el de él, que despedía un suspiro prolongado y neutro de triunfo y desesperanza, y también de victoria y de terror.
       »—¿Tú amas…? —dijo papá.
       »—Papá… —dijo Ellen. Eso fue todo. Pero atiné a verle la cara con la misma claridad con que se la estaba viendo a papá, la misma expresión que tenía en el carruaje aquel primer domingo y todos los demás. Entonces llegó un criado y anunció que nuestra calesa estaba lista.
       »Sí. De ellos mismos. No de él, no de nadie más, tal como nadie podría haberlos salvado, ni siquiera él. Y es que entonces nos mostró por qué ese triunfo no había merecido su atención. Es decir, se lo mostró a Ellen. Yo no estuve allí; habían pasado seis años, durante los cuales apenas llegué a verlo. Nuestra tía ya no estaba y yo me ocupaba de las cosas de la casa y atendía a papá. Quizás una vez al año papá y yo íbamos hasta allá a comer, y quizá cuatro veces al año Ellen y los niños venían a pasar el día con nosotros. Él no: que yo sepa, no volvió a entrar en esta casa después de casarse con Ellen. Yo era joven entonces, era tan joven que di en creer que se debía a un terco rescoldo de la conciencia, si es que no era remordimiento, incluso en él. Pero ahora lo entiendo mejor. Ahora sé que fue tan sólo porque como papá le había provisto de respetabilidad por medio de una esposa ya no quedaba nada que deseara de papá, y de ese modo ni siquiera la elemental gratitud, ni mucho menos las apariencias, pudieron forzarlo a prescindir de sus propios placeres hasta el extremo de aceptar una comida en la mesa de la familia de su esposa. Por eso los vi muy poco. Tampoco tenía yo tiempo para juegos, caso de que alguna vez tuviera inclinación a jugar. Nunca aprendí a jugar, y entonces ya no pensé que hubiese razón para intentar aprender, caso de que hubiera tenido tiempo.
       »Así que pasaron seis años, aunque en verdad para Ellen no fuera un secreto, ya que aquello al parecer había ocurrido de continuo, desde el día en que puso el último clavo y remató la casa, la única diferencia entre aquella época y sus tiempos de soltero radicaba en que entonces enjaezaban los caballos del tiro y ensillaban los caballos y enganchaban las mulas en la arboleda que había tras el establo, a espaldas de la casa, de modo que atravesaban el prado sin que se les pudiera ver desde la casa. Y es que todavía eran muchos; era como si Dios o el diablo se hubieran aprovechado de los vicios que él tenía para aportar testigos al cumplimiento de nuestra maldición no sólo entre los bien nacidos, entre las gentes de nuestra misma clase y condición, sino también entre la escoria, entre la peor ralea, gentes que no podrían haberse acercado a la casa en ninguna circunstancia diferente, ni siquiera por la puerta de atrás. Sí: Ellen y esos dos niños, solos en una casa que distaba y dista doce millas del pueblo, y allá abajo, en el establo, un corro de rostros en torno a un espacio vacío, cuadrado, a la luz de un farol, los rostros de los blancos por tres de los lados, los de los negros por el cuarto, y en el medio dos de sus negros salvajes enzarzados en un combate cuerpo a cuerpo, luchando no como pueden luchar los blancos, con reglas y con armas, sino como luchan los negros, empeñados los dos en hacerse daño cuanto antes y en hacer cuanto más mejor. Ellen lo sabía, o creía más bien saberlo, pero no es así. Lo aceptaba; no es que estuviera reconciliada con ello, sino que lo aceptaba, como si en lo más recrudecido de la afrenta llegase un momento de respiro en el que fuera posible aceptarla casi con gratitud, ya que una puede decir para sus adentros Gracias a Dios que esto es todo; ahora al menos ya lo sé todo, pensándolo, aferrándose todavía a esa idea cuando aquella noche se precipitó al establo mientras los hombres mismos que se habían colado con sigilo por la parte de atrás se apartaron de ella todavía con una pizca de decencia y Ellen vio no a las dos bestias negras que contaba con ver, sino a un blanco y a un negro, desnudos los dos de cintura para arriba, tratando de sacarse los ojos el uno al otro como si sus respectivas pieles no sólo hubieran tenido que ser del mismo color, sino también estar cubiertas de pelo. Sí. Parece ser que en ciertas ocasiones, tal vez al final de la velada, el espectáculo, a modo de apoteosis, o tal vez por ser simple previsión, un pensamiento puesto en la conservación de la supremacía, él mismo entraba en el cuadrilátero para enfrentarse a uno de los negros. Sí. Eso fue lo que vio Ellen: su marido y el padre de sus hijos allí en medio, desnudo y jadeante, ensangrentado hasta la cintura, y el negro evidentemente recién caído, postrado a sus pies y también ensangrentado, sólo que en la piel del negro la sangre a lo sumo parecía grasa embadurnada o sudor; Ellen echó a correr cuesta abajo, alejándose de la casa, sin haberse cubierto la cabeza, a tiempo de oír el fragor, el griterío, y oyéndolo a la vez que corría en plena oscuridad, y sin tiempo a que los espectadores se percatasen estuvo entre ellos, oyéndolo antes que a un espectador se le ocurriese decir “Ha sido un caballo” y luego “Es una mujer” y al fin “Dios mío, es un niño”, entró corriendo y los espectadores se apartaron para permitir que viese a Henry precipitarse entre los negros que lo habían tenido sujeto, gritando, vomitando, sin detenerse ella a mirar los rostros que se alejaron, se apartaron cuando se arrodilló en el suelo hediondo del establo para levantar a Henry y tampoco miró a Henry, sino que lo miró a él, que seguía en pie, enseñando los dientes a pesar de la barba enmarañada mientras otro negro le secaba la sangre del torso con un saco de arpillera. “Caballeros, sé que nos disculparán”, dijo Ellen. Pero ya habían comenzado a marcharse, y Ellen no los miró tampoco entonces, sino que se arrodilló en tierra con Henry abrazado a ella, llorando, y él seguía allí de pie mientras un tercer negro le alargaba la camisa o la chaqueta como si la prenda fuese un bastón y él una serpiente enjaulada.
       »—¿Dónde está Judith, Thomas? —dijo Ellen.
       »—¿Judith? —dijo, y no mintió: su sensación de triunfo se le había subido a la cabeza; estaba más reforzado en el mal de lo que jamás pudo imaginarse—. Judith? ¿No está en su cama?
       »—A mí no me mientas, Thomas —dijo Ellen—. Puedo entender que hayas traído a Henry hasta aquí, que quieras que Henry vea todo esto. Trataré de entenderlo: sí, me esforzaré por entenderlo. Pero a Judith no, Thomas. A mi hijita no, Thomas.
       »—No espero que lo entiendas —dijo él—. Porque eres mujer. Pero yo no he traído aquí a Judith. Yo no la traería aquí. No espero que lo creas, pero es la verdad. Te lo juro.
       »—Ojalá pudiera creerte —dijo Ellen—. Quisiera creerte. —Y se puso a llamarla—. ¡Judith! —gritó con voz sosegada, dulce, rebosante de desesperación—. ¡Judith, cariño! Es hora de irse a dormir.
       »Pero yo no estuve allí. Yo no estuve y no vi esta vez las dos inconfundibles caritas de Sutpen, la de Judith y la de la niña negra que estaba a su lado, mirando la escena desde el ventanuco del pajar.

II

      Fue un verano de glicinias. El crepúsculo estaba preñado de ese aroma y envuelto en el olor del habano de su padre, sentados los dos en el porche de la entrada después de cenar, a la espera de que fuese la hora de que Quentin se pusiera en camino, mientras sobre la hierba espesa las luciérnagas revoloteaban al azar; el aroma, el perfume que cinco meses más tarde la carta del señor Compson iba a transportar desde Mississippi y a través de la nieve de hierro, de la nieve duradera de Nueva Inglaterra, hasta la habitación en que Quentin estuviera sentado en Harvard. Fue también un día para escuchar, la escucha, la audición enclavada en 1909, aunque fuera sobre todo de aquello que ya conocía desde que naciera, de lo que se respiraba en el aire mismo en que las campanas de la iglesia tañeron aquella mañana de domingo de 1833 (y los domingos se oía incluso una de las tres campanas originales del mismo campanario en el que se pavoneaban las descendientes de las mismas palomas, y arrullaban, zureaban, trazaban cortos vuelos que remedaban manchurrones de pintura diluida en el suave cielo del verano); una mañana de domingo de junio con el repicar apacible y perentorio de las campanadas y una cierta cacofonía —las denominaciones acordadas, en consonancia, pero no así la melodía— y las señoras y los niños y los negros de la casa con los parasoles y los matamoscas, e incluso unos cuantos hombres (las mujeres con sus miriñaques entre el paño en miniatura de los niños y las enaguas de las niñas, con faldas de aquella época en que las señoras no caminaban, sino que pasaban flotando) mientras los demás hombres permanecían sentados con los pies en la balaustrada en el porche de la posada de Holston, atentos a quien pasara, y por allí pasó el forastero. Ya iba a mitad de camino por la plaza cuando lo vieron, a lomos de un caballo grande, ruano, fatigado, hombre y bestia con todas las trazas de haber sido creados a partir del aire mismo y colocados en el intenso sol de la mañana de verano de un día festivo, avanzando con trote corto; era un rostro y era un caballo que ninguno de los presentes había visto jamás, un nombre que nadie había oído, y un origen y una intención que algunos jamás llegarían a conocer. Así, en las cuatro semanas que siguieron (Jefferson era entonces poco más que un poblachón: la posada de Holston, el juzgado, seis tiendas, una herrería y unas caballerizas, una taberna que frecuentaban los buhoneros y los tratantes de ganado, tres iglesias, tal vez una treintena de casas particulares) el nombre del forastero circuló en los lugares de ocio y de negocio y en los domicilios, en acompasada estrofa y antistrofa: Sutpen. Sutpen. Sutpen. Sutpen.
       Eso fue todo cuanto en el pueblo se iba a saber de él durante casi un mes entero. Al parecer había llegado al pueblo procedente del sur, un hombre que rondaría los veinticinco años de edad según después se supo en el pueblo, porque por entonces aún habría sido imposible adivinar su edad porque por entonces parecía un hombre que hubiera estado enfermo y no un hombre que hubiera tenido que guardar cama y reposo y que se hubiera restablecido de su convalecencia para desplazarse con una especie de desconcierto receloso, a tientas, por un mundo al que ya se creyera a punto de renunciar, sino un hombre que hubiera atravesado una suerte de experiencia en solitario, en una caldera, algo que no hubiera sido la mera fiebre, un suponer, de un explorador que no sólo hubiera tenido que hacer frente a las adversidades al uso en la empresa de su elección, sino que más bien se hubiera visto vencido por el lastre añadido e imprevisto también de la fiebre y hubiera librado combate con ella a cambio de un coste enorme, aunque no tanto físico, sino anímico más bien, solo y sin ayuda de nada y de nadie y no a fuerza ciega de voluntad o instinto de resistir y sobrevivir sino por conquistar y conservar el disfrute a cambio del cual aceptó en origen el envite. Un hombre de robusto corpachón, sólo que entonces tan emaciado estaba que andaba poco menos que en los huesos, con una barba corta y rojiza que recordaba un disfraz, por encima de la cual sus ojos claros tenían una calidad a un tiempo visionaria y alerta, despiadada y reposada, en un rostro cuyas facciones remedaban la arcilla, luego de haberse coloreado al calor de la caldera de la fiebre, ya fuera del alma, ya fuera del entorno, más oscura que el sol mismo bajo una superficie yerta e impenetrable como el barro vidriado al fuego. Eso fue lo que los lugareños vieron, aunque faltaban años para que en el pueblo se llegara a saber que eso era cuanto poseía por entonces, el caballo fuerte y reventado y la ropa que llevaba pegada a la espalda y la pequeña alforja en la que apenas le cabía la muda limpia y las navajas y las dos pistolas de las que la señorita Coldfield habló a Quentin, con las cachas tan desgastadas como el mango de un pico, y que empleaba con la misma precisión que dos agujas de zurcir; más adelante el abuelo de Quentin lo vio cabalgar a medio galope y dar la vuelta alrededor de un pino recién brotado, a cinco o seis metros, y clavar las dos balas en un naipe de baraja clavado a su vez en el tronco. Alquiló una habitación en la posada de Holston, pero se llevaba la llave consigo y todas las mañanas ensillaba y se largaba antes que rayase el alba, nunca se llegó a saber en el pueblo adónde, seguramente porque hizo la demostración de puntería al tercer día de llegar. Por eso hubo que fiarse de las indagaciones y algún interrogatorio somero para averiguar sobre él lo que se pudo, cosa que por necesidad tenía lugar de noche, a la hora de la cena, en el comedor de la posada de Holston o en el salón que por fuerza había de cruzar para ganar su cuarto y cerrar la puerta, como hacía en cuanto terminaba de cenar. La barra estaba en el mismo salón, lugar que podría o tendría que haber sido el idóneo para abordarle e incluso para interpelarle, de no ser porque jamás hizo uso de la barra. No bebía nada, dijo al resto de los parroquianos de la posada. No les dijo que antes bebía y que se hubiera quitado, y tampoco dijo que nunca hubiese probado el alcohol. Dijo tan sólo que no le apetecía beber nada; años aún tuvieron que pasar hasta que incluso el abuelo de Quentin (por aquel entonces también era un hombre joven; años aún tendrían que pasar para que llegara a ser el general Compson) se enterase de que la razón por la cual Sutpen no bebía era que no tenía dinero con que pagarse una copa o devolver la cortesía a quien lo hubiese invitado; fue el general Compson quien por entonces reparó antes que nadie en que Sutpen no sólo no tenía dinero que gastar en una copa y en la cordialidad correspondiente, sino que además carecía del tiempo y de la apetencia: que por entonces era por completo esclavo de su secreta y furiosa impaciencia, ganada su convicción de cualquiera que hubiera sido su experiencia reciente, aquella fiebre física o espiritual, persuadido de la premura inaplazable, del tiempo que huía veloz bajo sus pies, que iba a impelerle durante los cinco años que siguieron, según cómputo del general Compson, más o menos hasta nueve meses antes que naciera su hijo.
       Así quisieron darle caza, dar con él por tierra en el salón, entre la mesa donde cenaba y la puerta cerrada de su cuarto, por ver de darle la oportunidad de que les dijera quién era y de dónde venía y qué se traía entre manos, ocasión en la cual se desplazaba de manera gradual y constante hasta quedar su espalda en contacto con algo —un poste, una pared— y allí permanecía y no decía nada, aun siendo tan atento y tan cortés como un recepcionista de hotel. Fue por medio del agente de los indios chickasaw, con el cual o a través del cual cerraba sus tratos, y por eso hubo que esperar hasta que despertó al chupatintas que atendía en el Registro del condado aquel sábado por la tarde con el título de propiedad de las tierras, en regla, y la moneda de oro, española, como tuvo el pueblo noticia de que había pasado a ser dueño de un centenar de millas cuadradas de la mejor tierra virgen de la llanura aluvial que hubiera en los alrededores, aun cuando también esa novedad llegó demasiado tarde, ya que el propio Sutpen se había marchado de nuevo sin que nadie supiera adónde. Pero entonces ya era titular de un terreno entre los suyos y algunos dieron en sospechar lo que el general Compson al parecer sabía: que la moneda española con la que había pagado su registro en toda regla era la última, del tipo que fuera, que obraba en su poder. Tuvieron así la certeza de que había marchado en busca de algo más; algunos hubo incluso que se adelantaron a creer (diciéndolo además en voz alta, aprovechando que no estaba él presente) lo que la futura y entonces nonata cuñada de Sutpen iba a decirle a Quentin casi ochenta años después: que había dado con una forma incomparable y muy oportuna de esconder su botín y que había regresado al lugar donde escondía su tesoro para volver con los bolsillos llenos, aun cuando en realidad no hubiese cabalgado con las dos pistolas para volver al río y a los barcos de vapor llenos de tahúres y de traficantes de algodón y de esclavos para reponer el tesoro escondido. Al menos algunos ya se lo decían entre sí cuando regresó dos meses después, otra vez sin previo aviso y acompañado esta vez por la carreta cubierta, con un esclavo negro en el pescante y junto al negro, en el mismo asiento, un hombre menudo, alerta, resignado, de rostro enjuto, latino, fatigado, con levita y un chaleco floreado que no hubiera causado ningún furor en un bulevar parisino, todo lo cual iba a lucir de continuo durante los dos años siguientes —la vestimenta sombría y teatral y la expresión resuelta, a la vez que fatalista y pasmada— mientras su cliente blanco y el mozo negro a los que había de asesorar aunque no en persona iban en pelota picada, salvedad hecha de la capa de barro reseco con que se habían recubierto. Se trataba del arquitecto francés. Años más tarde en el pueblo se supo que había hecho todo el viaje desde la Martinica fiado tan sólo de la palabra pelada que había empeñado Sutpen y que había subsistido durante dos años comiendo sólo venado asado en hoguera de campamento, pernoctando en una tienda de campaña sin suelo, hecha con la lona de la carreta, antes de ver el primer color o forma que adquiriese la paga anunciada. Y hasta que de nuevo pasó por el pueblo dos años después, camino de Nueva Orleans, ni siquiera volvió a ver Jefferson; no acudía al pueblo, o Sutpen tal vez no se lo permitiera, en las contadas ocasiones en que Sutpen se dejó ver por allí, y apenas tuvo ocasión de ver Jefferson el primer día, porque la carreta no se detuvo a su paso por el pueblo. Al parecer, fue mero azar de la geografía que Sutpen pasara de hecho por el pueblo, haciendo sólo un alto un momento para que alguien (no el general Compson) echara un vistazo bajo la lona de la carreta y se encontrase en el interior de un túnel negro y tachonado de ojos quietos que olía como la guarida del lobo.
       Pero la leyenda de los negros salvajes de Sutpen no iba a tener comienzo de golpe, ya que la carreta pasó de largo como si hasta las maderas y los hierros de que estaba hecha, así como los mulos que de ella tiraban, se hubieran impregnado, a fuerza de estar asociados a él, de esa misma impulsividad emaciada e incansable, de esa condición de premura y de la conciencia de la fugacidad del tiempo que dictaba hasta el último de sus gestos; más adelante Sutpen dijo al abuelo de Quentin que aquella tarde en que la carreta pasó de largo por Jefferson llevaban desde la noche anterior sin probar bocado, y que su intención era llegar al Centenar de Sutpen y al llano, junto al río, para tratar de cazar un cervatillo antes que anocheciera y evitar que el arquitecto y los negros y él mismo tuvieran que pasar otra noche sin nada que llevarse a la boca. Así pues, la leyenda de los negros llegó poco a poco al pueblo, portada por los hombres que a caballo se llegaban hasta allá para ver qué estaba pasando, y que dieron en contar que Sutpen se apostaba con las pistolas aprestadas, junto a una senda usada por la caza para ir a abrevar y ordenaba a los negros internarse por los tremedales cual si fuesen una jauría; fueron ellos los que relataron que durante el primer verano y el primer otoño no dispusieron los negros de mantas al cobijo de las cuales dormir (o al menos no las usaron), antes incluso que Akers, el cazador de mapaches, asegurase haber pisado a uno que encontró oculto en el barro como si fuese un aligator adormilado, y que dio una voz de alarma justo a tiempo. Los negros no sabían hablar inglés aún, y de seguro hubo otros que, como Akers, desconocían que aquella lengua en la que se comunicaban entre sí y con Sutpen era una especie de francés criollo, y no un siniestro y fatal dialecto que sólo ellos conocieran.
       Hubo muchos más que Akers, aunque los otros fuesen ciudadanos responsables y terratenientes, que no tenían por qué rondar de noche en torno al campamento. Lo cierto, como dijo la señorita Coldfield a Quentin, es que formaban partidas que se reunían en la posada de Holston y salían a caballo, a menudo llevándose comida para pasar fuera el día entero. Sutpen había construido un horno para cocer ladrillos y había instalado la sierra y la niveladora que había llevado en la carreta, un cabrestante hecho con una larga lanza, el tronco entero de un pino joven, al cual la yunta de la carreta y los negros por turnos y él mismo cuando hacía falta, cuando menguaba el ritmo de la máquina, se enganchaban como si los negros fuesen de veras salvajes; como dijo el general Compson a su hijo, al padre de Quentin, cuando los negros faenaban Sutpen nunca les levantaba la voz, pues llamaba su atención en el preciso instante psicológico por medio del ejemplo, cual si los guiase mediante el ascendiente de la paciencia, no por el miedo que impone la fuerza bruta. Sin desmontar (por lo común, Sutpen ni siquiera los saludaba con un gesto, como si al parecer fuera ajeno a su presencia, como si apenas fueran sino sombras desocupadas) formaban una piña de curiosidad y silencio, como si necesitaran protección los unos de los otros, y contemplaban cómo iba levantándose su casa, extraída plancha a plancha y ladrillo a ladrillo de los tremedales donde aguardaba el maderamen y el barro, el hombre blanco y barbudo y la veintena de negros, todos en pelota picada bajo la costra de barro con que se habían recubierto. Hombres como eran, los espectadores no cayeron en la cuenta de que las prendas que vestía Sutpen cuando apareció en Jefferson a caballo eran las únicas que le habían visto gastar, y eran muy pocas las mujeres del condado que por el momento habían puesto los ojos en él. De lo contrario, alguna se le habría adelantado a la señorita Coldfield también en esto: en adivinar que reservaba su ropa para mejor ocasión, toda vez que el decoro, ya que no la elegancia ni la prestancia, iba a ser la única arma (escalera, más bien) con que llevase a cabo el último asalto sobre aquello que la señorita Coldfield y acaso también otros consideraban la respetabilidad, esa respetabilidad que, según el general Compson, era la secreta aspiración de Sutpen, en algo que iba más allá de la mera adquisición de una señora para su casa. Así faenó con la veintena de negros, encostrados de barro para protegerse de los mosquitos y, como dijo la señorita Coldfield a Quentin, discernible del resto sólo por la barba y los ojos; sólo el arquitecto francés semejaba un ser humano, por el atuendo francés del que no se despojaba ni un instante, con una especie de invencible fatalidad, hasta el día en que la casa quedó rematada y a falta sólo de los cristales de las ventanas y de las piezas de hierro que no pudieron fabricar a mano y marchó el arquitecto, faenando con el sol a plomo y el calor atosigante del verano, con furia sosegada e incansable.
       Le costó dos años el empeño junto con su cuadrilla de esclavos importados, a los que sus conciudadanos de adopción seguían considerando mucho más alimañas que cualquier animal asesino que pudiera él haber avistado y abatido por aquellos parajes. Faenaban de sol a sol mientras los grupos de jinetes cabalgaban o los miraban en silencio, y el arquitecto con su levita formal y su sombrero parisino y su expresión de pasmo y seriedad y amargura rondaba por las inmediaciones del lugar con un aire entre el de un espectador por azar, agriamente desinteresado, y el de un espectro condenado y consciente de la pena impuesta, un asombro el suyo, dijo el general Compson, no provocado tanto por los demás y por lo que estuvieran haciendo, sino por sí mismo, por el hecho inexplicable e inconcebible de su propia presencia. Pero era un buen arquitecto; Quentin conoció la casa grande, a doce millas de Jefferson, en medio de la arboleda de los cedros y los robledales, setenta y cinco años después que fuera construida. Y no sólo era un arquitecto, como dijo el general Compson, sino también un artista, pues sólo un artista pudo haber aguantado aquellos dos años con objeto de construir una casa que con toda certeza no sólo esperaba sino que también se proponía en firme no volver a ver jamás. No tanto, dijo el general Compson, por las adversidades y las injurias a la cordura, no tanto por las penurias y el ultraje a la sensibilidad de los dos años de estancia, sino por Sutpen: sólo un artista pudo haber resistido la falta de escrúpulos y la premura de Sutpen y a pesar de los pesares ingeniárselas para domeñar el sueño de arisca y castillesca magnificencia que Sutpen obviamente se había propuesto hacer realidad, ya que la edificación, tal como Sutpen la había ideado, hubiera sido casi tan grande como era Jefferson por entonces; el menudo, adusto y fatigado extranjero había plantado batalla sin ayuda y había vencido la vanidad feroz y desmedida de Sutpen, o su arrogante afán de vindicación, o lo que fuera (ni siquiera el propio general Compson lo sabía bien del todo), y así había creado, a partir de la derrota misma de Sutpen, el triunfo que, aun satisfechas sus ansias, no habría sabido el propio Sutpen cómo obtener.
       Quedó así pues terminada hasta la última viga, el último travesaño, el último ladrillo y el último perno de madera que pudieron fabricar por sus propios medios. Sin pintar y sin amueblar, sin un solo cristal en las ventanas y sin pomos ni pestillos en las puertas, allí pasó tres años más en medio de sus jardines y avenidas, incluidos los barracones para los esclavos y los establos y los ahumaderos; los pavos silvestres se acercaban a menos de una milla de la casa y los ciervos se llegaban con sigilo, del color del humo, y dejaban delicadas huellas en los parterres en los que aún no crecerían las flores hasta que pasaran otros cuatro años. Comenzó entonces un periodo, una etapa en que el pueblo y el condado lo observaron aún con mayor asombro. Tal vez fuera porque el siguiente paso que dio hacia la consecución de aquella secreta finalidad que el general Compson afirmaba haber conocido, pero que todo el pueblo y el condado entero comprendieron a lo sumo de manera más bien difusa, si es que de alguna manera llegaron a comprenderlo, exigía paciencia, o un tiempo de pasividad, en vez de la impulsividad furiosa a que los tenía acostumbrados; fueron esta vez las mujeres las primeras en sospechar qué se había propuesto, cuál había de ser el siguiente paso. Ninguno de los hombres, y ciertamente ninguno de los que lo conocían lo suficiente para tratarlo por su nombre de pila, sospecharon que deseara encontrar esposa. No cabe duda de que algunos hubo, casados y solteros por igual, que no sólo se habrían negado en redondo a considerar la idea, sino que incluso hubieran manifestado sus protestas más acaloradas, pues durante los tres años que siguieron llevó lo que a todas luces tuvo que ser para ellos una existencia perfecta. Allí vivió, a más de ocho millas del vecino más cercano, en viril soledad y en lo que se podría considerar la sala de armas de medio acre de planta en que concentró su nobiliario esplendor. Vivió en la espartana cáscara del edificio más grande del condado sin exceptuar siquiera los juzgados, cuyo umbral ni una sola mujer había llegado a ver, sin ninguna blandura feminizada de cristales o puertas o colchones, allí donde no sólo no hubo mujer que pusiera reparos si él optaba por que los perros durmiesen con él en su jergón, ni siquiera disponía de perros con los que cobrarse las piezas de caza que dejaban sus huellas a la vista de la puerta posterior de la casa, la puerta de la cocina, sino que las cobraba en cambio por medio de seres humanos que le pertenecían en cuerpo y alma, y de los que se creía (o se decía al menos) que eran capaces de llegarse sigilosos hasta un gamo echado en tierra y rebanarle el pescuezo antes que pudiera mover un músculo.
       Fue en esta época cuando comenzó a invitar a los grupos de hombres de que habló la señorita Coldfield a Quentin, convidándolos al Centenar de Sutpen, a acampar con simples mantas en las habitaciones sin vestir de su embrionaria opulencia formal. Cazaban de día y de noche jugaban a las cartas y bebían, y en alguna que otra ocasión de seguro enfrentó a sus negros los unos contra los otros y acaso en esta época participó él mismo de cuando en vez en aquellos espectáculos que según la señorita Coldfield su hijo era incapaz de soportar, mientras que su hija los contemplaba impertérrita. Sutpen sí bebía en esta época, aunque es probable que hubiera otros, además del abuelo de Quentin, que comentaron que bebía con gran cicatería salvo si era él mismo quien se las hubiera ingeniado para suministrar a la concurrencia parte del licor que se consumiera. Sus invitados llevaban buenas provisiones de whisky que él bebía con una especie de cálculo cicatero, cual si de cabeza llevase la cuenta de lo trasegado, dijo el general Compson, por mantener una suerte de solvencia y equilibrio espiritual entre la cantidad de whisky que aceptaba y la cantidad de carne en fuga que proporcionaba a las escopetas de sus invitados.
       De este modo vivió por espacio de tres años. Tenía ya una plantación; en menos de dos años había sacado a flote casa y jardines de los cañaverales y los tremedales vírgenes, y labró primero sus tierras y las sembró después con simiente de algodón que le prestó el general Compson. Pareció que entonces renunciara a continuar. Pareció dispuesto a asentarse en medio de lo que casi tenía terminado y dejar así pasar tres años, durante los cuales ni siquiera dio la impresión de que en su ánimo latiera intención ni apetencia ninguna. Quizá no sea de extrañar que los caballeros del condado y los que no eran caballeros y vivían en el condado dieran en creer que la vida que llevaba entonces había sido el objetivo que siempre tuvo en mente; fue el general Compson, quien parecía haberle llegado a conocer en medida suficiente para ofrecerse a prestarle simiente de algodón y que así comenzara a sacar rendimiento de la tierra, el que se dio cuenta de que no era el caso; sólo a él dijo Sutpen alguna vez alguna cosa de su pasado. Fue el general Compson quien supo antes que nadie que la moneda española era la última moneda que le quedaba, tal como fue Compson (según supo el pueblo más adelante) quien se ofreció a prestar a Sutpen el dinero para que terminase y amueblase su casa, ofrecimiento que le fue rehusado. Por eso no cabe duda de que el general Compson fue en todo el condado el primero en decirse que Sutpen no precisaba pedir en préstamo el dinero necesario para rematar del todo la casa, adquirir todo cuanto en ella faltase, porque su intención era subsanar esa carencia casándose. No la primera persona: el primero, ya que de acuerdo con lo que contó la señorita Coldfield a Quentin setenta y cinco años más tarde las mujeres del condado ya andaban cuchicheando unas con otras, y con sus maridos también, comentando que Sutpen no se proponía quedarse en ese punto cruzado de brazos, que demasiadas molestias se había tomado y había pasado ya demasiadas privaciones, que había sobrellevado adversidades más que de sobra para conformarse con aquello y vivir exactamente como había vivido mientras se construía la casa, con la única diferencia de que tenía entonces un techo a resguardo del cual dormir en vez de la lona de una carreta a modo de tienda de campaña sin suelo siquiera. Es probable que las mujeres hubieran buscado entre las familias de quienes podían ya ser considerados amigos suyos la candidata a novia cuya dote pudiera dar por terminada la forma y la sustancia de aquella respetabilidad que al decir de la señorita Coldfield había sido siempre su objetivo. Así pues, al expirar esta segunda etapa, cuando tres años después de terminada la casa y de que se hubiera marchado el arquitecto, de nuevo un domingo por la mañana y sin previo aviso el pueblo lo vio cruzar la plaza esta vez a pie, pero con el mismo atuendo con que había llegado a caballo cinco años antes y que nadie había visto (él, o uno de los negros, planchó la levita con ladrillos calentados en el horno, dijo el general Compson al padre de Quentin), y entrar así en la iglesia metodista, sólo algunos de los hombres se llevaron una sorpresa. Las mujeres tan sólo dijeron que había agotado las posibilidades de las familias de los hombres con que había compartido caza y juego, y que había acudido al pueblo para encontrar mujeres tal como habría ido de visita al mercado de Memphis a comprar reses o esclavos. Pero cuando se hicieron cargo de quién era la que al parecer había ido a buscar al pueblo y a la iglesia, aquella que había de investir con su decisión, la confianza de las mujeres se hizo una y la misma con la sorpresa de los hombres y aún fue mucho más: fue desconcierto.
       Y es que el pueblo creía entonces que lo conocía bien. Durante dos años lo había visto erigir con furia hosca e infatigable aquella cáscara de casa y preparar los campos para el cultivo, y luego permaneció tres años completamente estático, como si funcionase movido por la corriente eléctrica y hubiese llegado alguien a retirar, desmontar el cableado de la dinamo, al tiempo que las mujeres del condado poco a poco iban convenciéndose de que tan sólo se hallaba a la espera de encontrar una esposa con una dote que permitiera llenar la cáscara y rematar la casa. Por eso, cuando entró en el templo aquel domingo por la mañana con la levita planchada hubo hombres así como mujeres convencidos de que les bastaba con mirar despacio la congregación de los fieles para adivinar en qué dirección iban a llevarle sus pasos, hasta hallarse en apariencia al tanto de que había puesto la mira por lo visto en el padre de la señorita Coldfield, haciéndolo con la misma frialdad despiadada con que probablemente puso la mira en el arquitecto francés. Asistieron con perplejidad y desconcierto al asedio cargado de intención que puso en torno al único hombre de todo el pueblo con el cual era imposible que tuviese nada en común, menos aún dinero, un hombre que a todas luces nada podría hacer por él, nada de cuanto bajo el sol pudiera hacerse, salvo darle crédito en un insignificante comercio que tenía en un cruce de caminos o votar a su favor caso de que algún día se propusiera ordenarse para ser ministro metodista: un metodista comerciante de modesta posición y circunstancias, pero que ya tenía esposa y familia, por no hablar de la madre y la hermana que de él dependían, a las que mantenía gracias a las ganancias de un negocio con el que había llegado a Jefferson diez años antes en una sola carreta, un hombre con fama de ser de una rectitud absoluta e inquebrantable y puritana incluso en una región y en una época en las que abundaban las oportunidades de medrar fuera de la ley, un hombre que ni bebía, ni jugaba, ni cazaba siquiera. Atenazados por la sorpresa olvidaron que el señor Coldfield tenía una hija en edad casadera. No se pararon a pensar ni un instante en la hija. No se les ocurrió, era imposible relacionar a Sutpen con el amor. Pensaron en lo despiadado más que en lo justo y en el miedo más que en el respeto, pero no en la compasión ni en el amor, además de estar sumidos en exceso en el estupor de la especulación en torno al modo en que se proponía o se las ingeniaría para emplear Sutpen al señor Compson de cara a la consecución de las secretas finalidades que aún pudiera albergar. Nunca llegarían a saberlo. Ni siquiera la señorita Rosa Coldfield lo sabría. Y es que a partir de aquel día no hubo más cacerías en el Centenar de Sutpen, y si lo vieron iba a ser siempre en el pueblo. No haraganeando, no mano sobre mano. Los caballeros que habían pernoctado bajo su techo y habían entrechocado sus vasos con él (algunos habían llegado a llamarlo Sutpen, prescindiendo de la formalidad del «señor») lo vieron pasar por la calle, por delante de la posada de Holston, y saludar con un solo gesto ceremonioso, llevándose los dedos al ala del sombrero, y entrar en la tienda del señor Coldfield. Eso fue todo, no hubo más.
       —Entonces un buen día desapareció de Jefferson por segunda vez —dijo el señor Compson a Quentin—. A esto el pueblo ya tendría que haberse acostumbrado. Sin embargo, su posición había sutilmente cambiado, como bien verás por la reacción del pueblo ante su segundo regreso. Y es que cuando esta vez volvió era en cierto modo un enemigo público. Quizá fuese por lo que trajo consigo esta vez, por el material con que esta vez regresó, por comparación con la sencilla carreta tapada con una lona y repleta de esclavos negros con que había llegado la vez anterior. Pero en realidad no lo creo. Es decir, creo que hubo algo más complicado que el mero valor de los candelabros y las lámparas de araña y los muebles de caoba y las alfombras. Creo que la afrenta nació de un hecho sencillo, y es que el pueblo cayó en la cuenta de que estaba complicándose, o involucrándose; de que fuera cual fuese la fechoría que dio lugar a la caoba y a la cristalería estaba obligando al pueblo a conchabarse. Hasta ese momento, hasta el domingo en que acudió al templo, si había abusado de alguien o había lastimado a alguien fue sólo al viejo Ikkemotubbe, del cual recibió sus tierras en una transacción que sólo competía a su conciencia, al Tío Sam y a Dios. Pero su posición había cambiado entonces, porque unos tres meses después de marchar, cuando salieron de Jefferson cuatro carretas para ir a recibirlo en el río, se supo que el señor Coldfield fue el hombre que las contrató y las despachó con ese objetivo. Eran carretas de las grandes, con tiro de bueyes, y a su regreso el pueblo entero las miró y supo, al margen de la carga que pudieran traer, que el señor Coldfield no podía haber hipotecado todo cuanto poseía a cambio de una cantidad suficiente para llenarlas; a buen seguro esta vez fueron más los hombres que las mujeres quienes lo imaginaron durante su ausencia con un pañuelo sobre el rostro y los dos tambores de las pistolas relucientes bajo los destellos de las arañas colgadas en el salón del barco de vapor, si es que no imaginaron cosas peores, algo que se llevase a cabo en las tinieblas acechantes de un embarcadero embarrado y a cuchillo y por la espalda. Lo vieron pasar en su caballo ruano junto a sus cuatro carretas; parece que ni siquiera los que habían probado su comida y habían cazado en sus tierras y lo llamaban incluso «Sutpen», sin poner delante el «señor» que habría sido de rigor, ni siquiera éstos lo abordaron en esta ocasión. Se limitaron a esperar a que volviesen al pueblo las informaciones y los rumores sobre el modo en que él, junto a sus negros ya un tanto domesticados, había instalado puertas y ventanas y fogones y cazuelas en la cocina y lámparas de araña en las salas y muebles y cortinas y alfombras; fue el mismo Akers que cinco años antes se dio de bruces con el negro rebozado de barro el que volvió atónito, boquiabierto de pasmo, al bar de la posada de Holston la noche en que dijo a la concurrencia: «Muchachos, ¡esta vez ha robado el maldito barco de vapor entero!».
       »Así por fin se colmó el vaso de las cívicas virtudes. Un día, con el sheriff del condado entre ellos, un grupo de ocho hombres tomó el camino del Centenar de Sutpen. No tuvieron que llegar hasta la casa grande, porque a unas seis millas del pueblo se encontraron con Sutpen en persona. Montaba el caballo ruano y vestía la levita y el gorro de castor que ya le conocían, envolviéndose las piernas con un trozo de lona; llevaba un cabás en el pomo de la silla y un pequeño cesto de mimbre colgado del brazo. Detuvo al ruano (era abril, y el camino era todavía un cenagal) y tomó asiento sobre la lona extendida, mirándolos entonces de hito en hito. Dijo tu abuelo que tenía los ojos como los trozos de un plato de loza hecho añicos, y la barba hirsuta y almohazada. Así fue como lo dijo: hirsuta y almohazada. “Buenos días, caballeros —les dijo—. ¿Me buscaban ustedes?”
       »Con toda certeza, algo más que esto tuvo que ventilarse entonces, aunque ninguno de los miembros del comité de vigilancia se fue de la lengua, al menos que yo haya llegado a saber. Todo lo que sé es que el pueblo, los hombres reunidos en el porche de la posada de Holston, vieron llegar a Sutpen y al comité juntos, a caballo, a la plaza, Sutpen un tanto adelantado al grupo, los demás apiñados tras él, Sutpen con las piernas y los pies bien envueltos en la lona y los hombros rectos dentro de la desgastada levita de paño, tocado por un desgastado gorro de castor que se le había ladeado un poco, hablando con ellos por encima del hombro, con los ojos endurecidos y pálidos y temerarios y seguramente socarrones y tal vez despectivos incluso entonces. Se detuvo ante la puerta y salió el mozo de cuadra negro ya agachado y tomó al ruano de la brida y Sutpen bajó de la montura y subió las escaleras con el cabás y la cesta de mimbre y tengo entendido que se dio la vuelta en este punto y los miró de nuevo uno por uno, apiñados unos con otros, montados en sus caballos, sin saber qué hacer exactamente. Y quizá fuera bueno que gastara él aquella barba y no le vieran la boca. Se volvió y miró al resto de los hombres, sentados, con los pies apoyados en la balaustrada del porche, mirándole también; hombres que antes lo visitaron en su casa y que durmieron en el suelo y que fueron de cacería con él, y los saludó con el gesto de ostentación y de jactancia con que se tocaba el sombrero (sí, le faltaba a todas luces una buena crianza. Siempre se le notaba en eso, ya lo decía tu abuelo, en la formalidad de su trato con los demás. Era en esto como John L. Sullivan, el boxeador, que había aprendido tediosa y penosamente a bailar la giga típica de Escocia, ejercitándose en secreto y sin descanso, tanto que ya no le hacía falta llevar el compás de la música como si dijéramos para bailar a la perfección. Tal vez diera en creer que tu abuelo o el juez Benbow podían haberlo hecho igual con algo menos de empeño que él, pero nunca habría podido creer que nadie pudiera batirle en saber cuándo y cómo hacerlo con toda precisión. Además, lo llevaba pintado en la cara; en sus propios rasgos se encontraba prueba de su poder, tu propio abuelo dijo que cualquiera podía mirarle a la cara y darse perfecta cuenta de que llegada la ocasión y si hay necesidad este hombre es capaz de hacer y hará cualquier cosa) y entró en la posada y ordenó que le preparasen un cuarto.
       »Se quedaron montados en los caballos, esperándole. Supongo que eran conscientes de que en un momento u otro tendría que salir: supongo que se quedaron montados en los caballos y pensando en las dos pistolas. Y es que todavía no se había escrito una orden de detención contra su persona; aquello no era sino la opinión pública en un estado de indigestión aguda, y llegaron entonces otros jinetes a la plaza y se hicieron cargo de la situación, de modo que era nutrido el pelotón que lo estaba esperando cuando salió al porche. Llevaba un sombrero nuevo y una nueva levita, así se supo qué contenía el cabás con el que entró. Se supo también entonces qué contenía la cesta, porque ya no la llevaba consigo, aunque no cabe duda de que en el momento tuvo que desconcertarles más si acaso. Y es que, date cuenta, andaban todos muy afanosos en especular cómo planeaba servirse del señor Coldfield y, desde que regresó, andaban todos sumamente irritados por la convicción de estar presenciando entonces los resultados, por más que los medios todavía fuesen un enigma, tanto que nadie se acordó de la señorita Ellen.
       »Así que de nuevo hizo un alto, seguro, y de nuevo los miró de hito en hito, seguro que reteniendo en la memoria las caras nuevas, sin premura, ocultándole aún la barba lo que la boca podría haber mostrado. Pero parece ser que no dijo nada en todo este tiempo. Bajó los peldaños del porche y atravesó la plaza caminando, el comité (tu abuelo dijo que para entonces constaba de unos cincuenta hombres) siguiendo sus pasos a través de la plaza. Dicen que no miró atrás ni una sola vez. Siguió caminando erguido, con el sombrero nuevo inclinado sobre los ojos, llevando en la mano aquello que a los presentes tuvo que parecerles el definitivo motivo de desconcierto gratuito e incluso un insulto; el comité avanzaba a caballo por la calle, a su lado y no del todo en paralelo, y aun otros que en esos momentos no disponían de un caballo a mano se sumaron al resto y siguieron al comité por la calle, y las señoras y los niños y las esclavas se asomaron a las puertas y a las ventanas de las casas a ver pasar tan hosca comitiva, y Sutpen, sin mirar aún atrás ni una sola vez, atravesó la cancela del jardín del señor Coldfield y recorrió el camino enladrillado hasta la puerta, con el periódico con que envolvía un ramo de flores como si fuese una cornucopia llena a rebosar.
       »Volvieron a esperarle. El gentío iba en aumento, sumándose otros hombres y algunos mozalbetes e incluso algunos negros de las casas contiguas, apretados tras los ocho miembros originales del comité que aguardó sin perder de vista la puerta del señor Coldfield hasta que salió. Pasó un buen rato y ya no llevaba las flores al salir, y al volver hacia la cancela era un hombre que se había prometido en matrimonio. Pero esto no lo supieron, porque tan pronto llegó a la cancela procedieron a su detención. Se lo llevaron de vuelta al pueblo mientras señoras y niños y negros miraban tras de las cortinas y tras de los setos que protegían los frentes y las esquinas de las casas, en las cocinas en cuyos fogones sin duda ya empezaba a quemarse la comida, y así volvieron a la plaza, en donde el resto de los hombres en edad y condición de trabajar salieron de tiendas y oficinas y despachos para seguirlos, a tal punto que cuando llegaron al juzgado Sutpen tenía mayor seguimiento que si se tratara de un esclavo que se hubiera dado a la fuga. Ante el juez lo denunciaron, pero para entonces ya estaban presentes tu abuelo y el señor Coldfield. Firmaron ellos su puesta en libertad bajo palabra y a última hora de la tarde había vuelto a casa con el señor Coldfield, caminando por la misma calle que recorrió a pie a mediodía, sin duda acompañado por las mismas caras que lo miraban tras los visillos, rumbo a la cena con que se habían de celebrar los esponsales sin vino en la mesa y sin whisky antes ni después de la cena. Tengo entendido que durante ninguno de los tres recorridos que ese día hizo por esa calle se alteró en nada su porte, el mismo paso premioso al compás del cual se mecía su levita nueva, el mismo ángulo del sombrero nuevo sobre los ojos y la barba. Tu abuelo dijo que parte del aspecto de barro vitrificado al fuego que tenía su rostro cuando cinco años antes llegó al pueblo había desaparecido, y que tenía la tez honestamente curtida por el sol. Y tampoco es que estuviera más entrado en carnes, tu abuelo dijo que tampoco era eso: era tan sólo que la carne sobre los huesos se la había aquietado, como si se le hubiese tornado pasiva o inerte tras hacer en verdad frente al aire, como si fuese después de correr un buen trecho, y así llenaba con creces la ropa que vestía, con ese aire de jactancia, sólo que sin beligerancia ni bravuconería, aunque según tu abuelo nunca se trató de beligerancia, sino tan sólo de la actitud de un hombre permanentemente en guardia. Y eso había desaparecido, como si al cabo de tres años pudiera fiarse de que sólo sus ojos se ocuparan de la vigilancia, sin que la carne que le colgaba de los huesos tuviera también que montar guardia. Dos meses después, él y la señorita Ellen se habían casado.
       »Fue en junio de 1838, casi cinco años clavados desde el domingo por la mañana en que llegó al pueblo en su caballo ruano. Tuvo lugar (la boda) en la misma iglesia metodista en que vio a Ellen por primera vez, según la señorita Rosa. La tía había logrado imponer al señor Coldfield entre quejas y amenazas (no con zalamerías: eso de nada habría servido) que permitiera a Ellen maquillarse para la ocasión. El maquillaje había de ocultar las huellas de las lágrimas. Pero antes que terminara la ceremonia de la boda estaba el maquillaje lleno de surcos, reseco y resquebrajado. Diríase que Ellen entró en la iglesia aquella noche resguardándose del llanto como quien se cobija de la lluvia, para ingresar entonces de nuevo en el llanto, de nuevo las lágrimas, las mismas lágrimas incluso, la misma lluvia. Subió al carruaje y partió con ella (la lluvia) rumbo al Centenar de Sutpen.
       »Fue la boda lo que provocó las lágrimas, no el hecho de casarse con Sutpen. Las lágrimas que tuviera guardadas para eso, en el supuesto de que lágrimas le quedasen, llegaron más adelante. No estuvo previsto que fuese una boda a lo grande. Es decir, el señor Coldfield no parece haberse propuesto que lo fuera. De los dos hombres (no hablo de Ellen, claro está: de hecho, te habrás dado cuenta de que la mayoría de los divorcios tienen lugar entre mujeres a las que casó un juez de paz que mascaba tabaco, en un juzgado de pueblo, o bien un pastor al que despiertan después de medianoche, al que se le ven los tirantes bajo los faldones de la chaqueta, que no se ha puesto el alzacuellos, y que tiene una mujer o una hermana solterona que firma los papeles alabeados en calidad de testigo. Por eso, ¿es demasiado creer que esas mujeres lleguen a ansiar un divorcio a raíz de una sensación no de lo incompletas que son sus vidas, sino de la frustración auténtica y de la traición? ¿Y que al margen de la prueba viva y palpitante que son los hijos, y de todo lo demás, sigan teniendo en mente incluso entonces una imagen de sí mismas al caminar con la música, por delante de las cabezas que se vuelven a mirarlas, envueltas por todo el aderezo de lo simbólico y por las circunstancias de la rendición ceremonial de aquello que ya no poseen? ¿Por qué no, si para ellas la auténtica rendición, la de verdad, sólo puede ser (y ha sido) una ceremonia como el cambio de un billete de curso legal para adquirir un billete de ferrocarril?): de los dos hombres, fue Sutpen el que deseaba (o esperaba: esto lo sé por algo que tu abuelo dejó caer una vez y que sin duda habría sabido por el propio Sutpen, del mismo modo accidental, ya que Sutpen no pudo decirle a Ellen que lo deseaba, lo cual —el hecho de que en el último instante se negara a respaldarla a ella en su deseo y en su insistencia— en parte explica las lágrimas) la boda por todo lo alto, la iglesia repleta y el ritual. El señor Coldfield al parecer tenía sólo intención de emplear, de utilizar la iglesia, al margen de su significado espiritual, exactamente igual que pudo haber utilizado cualquier otro elemento, concreto o abstracto, al que hubiese dedicado una determinada cantidad de tiempo. Parecía que pretendiese utilizar la iglesia en la cual había invertido una determinada cantidad de sacrificio y a buen seguro de abnegación y sin duda trabajo de veras y dinero en aras de lo que bien podría llamarse un exigente saldo de solvencia espiritual, tal como hubiera recurrido a una desmotadora de algodón en la que estimase que tenía invertido bien interés, bien responsabilidad, para el desmotado de todo el algodón que él mismo o cualquier miembro de su familia, consanguíneo o por matrimonio, hubiese cultivado. Eso, nada más. Acaso fuera debido a las mismas tediosas e infatigables economías que le habían permitido mantener a madre y a hermana y casarse y dar prosperidad a una familia por medio de las ganancias de aquel comercio que diez años antes le había cabido en una sola carreta; tal vez fuera por un sentido innato de la delicadeza y de la adecuación (que su hermana y su hija nunca parecieron poseer, dicho sea de paso) en lo tocante al prospectivo yerno con el que dos meses antes su intervención fue decisiva para ahorrarle la cárcel. Pero no fue por ninguna falta de valentía en lo tocante a la posición todavía anómala del yerno en el pueblo. Al margen de cómo hubieran sido sus relaciones con anterioridad, sin contar cómo pudieran ser sus relaciones futuras, si el señor Coldfield hubiese creído que Sutpen fuera en su día culpable de cualquier delito no habría movido un dedo para impedir que diera con sus huesos en la cárcel. Seguramente no se habría desvivido para que Sutpen terminase en la cárcel, pero no cabe duda de que la mejor de las posibles fumigaciones morales que Sutpen pudo haber recibido por entonces a ojos de sus conciudadanos fue el hecho de que el señor Coldfield hubiera firmado su orden de libertad bajo palabra, cosa que no habría hecho por salvar su buen nombre aun cuando la detención hubiera sido resultado directo del negocio que tenían a medias Sutpen y él, aquel asunto del que, cuando llegó a un punto en el que su conciencia rehusara sancionarlo, se había eximido para permitir que Sutpen se embolsara todos los beneficios, negándose incluso a permitir que Sutpen le reintegrase las pérdidas en que había incurrido al retirarse, aunque sí permitió que su hija se desposara con aquel hombre de cuyos actos no daba su conciencia aprobación. Fue la segunda vez en que hizo algo semejante.
       Cuando se casaron, fueron sólo diez las personas que acudieron a la iglesia, incluido el cortejo nupcial, del centenar que recibió la invitación, aunque cuando salieron del templo (era de noche: Sutpen había ordenado a media docena de sus negros salvajes que esperasen a la entrada con las teas de madera de pino prendidas) el resto del centenar se había presentado en las personas de los chiquillos y mozalbetes y hombres llegados desde la taberna de los arrieros que había casi en las afueras: tratantes de ganado y mozos de cuadra y demás ralea, que nunca habían sido invitados. Ésa fue la otra mitad de la razón que explica las lágrimas de Filen. Fue la tía la que persuadió o cameló al señor Coldfield, pero no con zalamerías, para que la boda se celebrase a lo grande. Sutpen no se había manifestado. Pero deseaba esa solemnidad. De hecho, la señorita Rosa acertó más de lleno de lo que pudo suponer: él quería no la esposa anónima y los anónimos hijos, sino los dos nombres, la esposa inmaculada y el suegro irrecusable, y que ambos figurasen en el certificado, en la patente. Sí, patente, con su sello de oro y su rojo badulaque si tal hubiera sido posible. Pero no para sí. Ella (la señorita Rosa) hubiera tenido el sello de oro y el rojo badulaque por muestra de vanidad. Claro que también fue vanidad concebir aquella casa y construirla en lugar extraño, con poco más que sus propias manos y aún más a despecho del azar y de la probabilidad de que surgiera una interferencia molesta en la desaprobación que todas las comunidades de los hombres muestran hacia toda situación que no alcanzan a entender. Y orgullo: ella reconoció que él era valiente, y quizás incluso le reconociera el mérito del orgullo: el mismo orgullo que deseaba una casa así, que no iba a conformarse con nada que no llegara a tanto, y que le impelió a lograrla al coste que fuera y a vivir luego en ella, solo, en un jergón en el suelo por espacio de tres años, hasta que pudo amueblarla como convenía amueblarla, habida cuenta de que parte indispensable del mobiliario, y no la menor, era el certificado de matrimonio. Ella había acertado de lleno. No era sólo cobijo, no era sólo esposa anónima e hijos lo que él ambicionaba, tal como no sólo ambicionaba la boda. Pero nunca se lo dijo a Ellen, ni a nadie. De hecho, cuando sobrevino la crisis femenina, cuando Ellen y la tía quisieron ponerlo de su parte para convencer al señor Coldfield de que la boda se celebrase por todo lo alto, él no quiso prestarles su apoyo. Sin duda recordaba aún mejor que el señor Coldfield que dos meses antes tuvo un pie en la cárcel, que la opinión pública que en algún momento a lo largo de los cinco años precedentes había engullido su existencia por más que él nunca se hubiera agazapado ni hubiera estado quieto del todo en el interior de ese estómago público que había llevado a cabo uno de los violentos y naturales a la vez que inexplicables vuelcos que a veces tiene la humanidad y lo había regurgitado. Y en nada le ayudó que al menos dos de los ciudadanos que debieran haber sido dos dientes de la mandíbula ultrajada hubieran hecho en cambio las veces de sendas palancas para mantener la mandíbula abierta e impotente mientras él salía ileso de ella.
       »También recordaban esto Ellen y la tía. La tía, desde luego. Por ser mujer, sin duda formaba parte de la liga de mujeres de Jefferson que a los dos días de que el pueblo lo viera llegar cinco años antes acordaron no perdonarlo jamás por no tener pasado, y que habían seguido firmes en su resolución. Como la boda era ya un incidente concluido, ella probablemente lo considerase la única oportunidad de arrojarlo de vuelta al gaznate de la opinión pública que por último había querido rehusarlo, y no sólo para garantizar el futuro de su sobrina en calidad de esposa suya, sino también para justificar la acción de su hermano al impedir que diera con sus huesos en la cárcel e incluso su propia postura por haber en apariencia sancionado y permitido la celebración de una boda que en realidad no habría estado en su mano impedir, todo esto, como te dijo la señorita Rosa, en aras de la casa y la posición social y la categoría que las mujeres comprendieron mucho antes que los hombres que no sólo eran en conjunto el objetivo que perseguía, sino que estaba dispuesto a toda costa a lograr. O tal vez las mujeres sean aún menos complejas que todo eso, y para ellas cualquier boda sea mejor que quedarse sin boda, y una boda a lo grande, con un villano, sea preferible a una boda de andar por casa, aunque sea con un santo.
       »Así que la tía se sirvió incluso de las lágrimas de Ellen. Sutpen, que con bastante seguridad estaba enterado de lo que iba a suceder, se tornó cada día que pasaba más grave, más serio a medida que se acercaba la hora. No es que estuviera preocupado: tan sólo estaba vigilante, como tuvo que estar desde el día en que dio la espalda a todo cuanto conocía —los rostros y las costumbres— y (tan sólo tenía catorce años, se lo dijo a tu abuelo. La misma edad que tenía Henry aquella noche, en el establo, de la que te habló la señorita Rosa, la noche en que no estuvo a la altura, la noche de la que te habló la señorita Rosa) se echó a un mundo del que incluso en teoría con los conocimientos medios que de la geografía pudiera tener un muchacho no sabía absolutamente nada, y con una idea fija en la mente, que no suelen tener los hombres hasta que la sangre comienza a fluir por sus venas con más lentitud, a los treinta años, o más, y en tal caso sólo porque la imagen representa la paz y la indolencia, o al menos un repunte de la vanidad, no la vindicación satisfecha, de una pasada afrenta en la persona de un hijo cuya simiente aún no está y pasarán años hasta que esté plantada. Esa misma actitud ojo avizor que tuvo que gastar día y noche sin modificarla, sin dejarla a un lado, como la vestimenta con la que sin duda por un tiempo no por cierto corto tuvo que vivir y dormir, y en un país y entre unas gentes cuya propia lengua tuvo que aprender, y en donde justamente por ello iba a cometer aquel error que, una vez dada su aquiescencia, ni siquiera habría sido un error, y que, como se negaba a aceptarlo y se negaba a dejarse detener por él o por sus consecuencias, terminó por ser su condena; esa conciencia alerta que no dormía nunca, que con certeza sabía que no podía permitirse más que un error; esa vigilancia permanente en medir y sopesar cada evento por comparación con lo eventual, cada circunstancia por comparación con la naturaleza humana, su capacidad de juzgar y de errar y el barro moral de que estaba hecho por comparación con las fuerzas no sólo humanas sino también naturales, eligiendo y descartando, aceptando el compromiso de su sueño y su ambición como ha de hacer uno con el caballo que lleva campo a través, salvando maderos y obstáculos, que no controla mediante su capacidad para evitar que el animal se dé cuenta de que no es capaz uno de salvarlos, de que en realidad él es el más fuerte.
       »La suya pasó a ser entonces una situación curiosa. Él era el solitario, no Ellen. Ella no sólo contaba con la tía para que le prestara respaldo, sino también con el hecho de que las mujeres nunca suplican, nunca alegan la soledad hasta que circunstancias impenetrables e insalvables las obligan a renunciar a toda esperanza de conseguir la baratija en concreto que en ese preciso instante por casualidad anhelen poseer. Y no el señor Coldfield. Él no sólo tenía a la opinión pública, sino también su inapetencia de que la boda se celebrase por todo lo alto para, tal como Ellen tenía a su tía, así como su propio deseo de una boda por todo lo alto, respaldarlo sin incurrir en la incongruencia de una paradoja. Entretanto, Sutpen quería que la boda fuese por todo lo alto, y lo quería más incluso que Ellen, o por razones más profundas que ella, si bien su buen juicio le avisó de antemano de cómo se lo tomaría el pueblo, más incluso de lo que al señor Coldfield le pudo avisar su criterio. Así pues, mientras Ellen recurría a las lágrimas no sólo para coaccionar a su padre, sino también para convencer a Sutpen de que se pusiera de su parte y arrimase el hombro en el empeño, él no tuvo más que un enemigo, el señor Coldfield. Pero cuando se negó a ceder a los deseos de ella, cuando decidió ser neutral, tuvo tres, contando a la tía. Entonces (vencieron las lágrimas; Ellen y la tía redactaron un centenar de invitaciones; Sutpen se llevó a uno de los negros salvajes que las fue entregando en mano, de puerta en puerta, e incluso repartió otra docena de invitaciones de corte más personal para el ensayo general de la ceremonia) cuando llegaron al templo para asistir al ensayo la noche de la víspera y encontraron la iglesia desierta y un puñado de hombres de los alrededores del pueblo (incluidos dos de los chickasaws de la tribu del viejo Ikkemotubbe) de pie entre las sombras, a la entrada, volvieron a manar las lágrimas. Ellen soportó el ensayo con aparente entereza, pero la tía se la llevó después a casa en un estado muy cercano a la histeria, aunque al día siguiente había vuelto a ser una llantina intermitente tan sólo. Algo se habló, se dijo incluso que cabría aplazar la boda. No sé a quién se le pudo ocurrir, tal vez a Sutpen. Pero sí sé quién vetó esa posibilidad. Fue como si la tía estuviera resuelta no meramente a hacer que el pueblo se tragara a Sutpen, sino también a meterle la boda a la fuerza hasta el estómago mismo. Pasó todo el día siguiente yendo de casa en casa, con la lista de invitados en la mano, vestida de cualquier manera y con un chal por encima, con una de las negras de Coldfield (eran las dos mujeres) pisándole los talones tal vez por puro afán de protección, tal vez absorbida cual hoja seca tras la estela tormentosa de aquella furia hosca y hombruna de mujer afrentada; desde luego, visitó nuestra casa, aun cuando tu abuelo nunca hubiera tenido otra intención que la de asistir a la boda: la tía seguramente no albergaba dudas acerca de lo que pudiera hacer mi padre, pues mi padre había echado una mano en sacar a Sutpen de la cárcel, aunque es probable que para entonces se le hubiera agotado toda capacidad de raciocinio: también vino a nuestra casa, date cuenta, aunque tu abuelo estaba resuelto a asistir a la boda. Mi padre y tu abuela eran entonces recién casados; mi madre aún era una desconocida en Jefferson, y no sé qué pudo pensar, sólo que nunca quiso decir una sola palabra sobre lo acontecido, sobre aquella loca a la que nunca había visto, que vino hecha un basilisco a la casa no para invitarla a la boda, sino para decirle que no se le ocurriese no estar presente en la ceremonia, tras lo cual salió como había entrado. Mi madre al principio ni siquiera supo qué boda podía ser aquélla, y cuando llegó mi padre a casa se encontró a mi madre en pleno ataque de histeria, y ni siquiera veinte años después era capaz mi madre de decir qué había ocurrido. Para ella, aquello no tuvo ninguna gracia. Mi padre le tomaba el pelo con aquel suceso, pero incluso pasados veinte años de aquel día, cuando le tomaba el pelo, yo la he visto amagar con levantar la mano (quizá con el dedal en uno de los dedos) como si fuera a protegerse, y he visto pintarse en su rostro la misma expresión que se le tuvo que poner cuando se marchó la tía de Ellen.
       »Esa mañana recorrió el pueblo entero. No le llevó mucho tiempo y no se dejó casa sin visitar; al caer la noche, las circunstancias de la situación se habían extendido no sólo más allá del pueblo, sino también por debajo de él, penetrando en los establos y en la taberna de los arrieros de donde iban a salir los invitados que acudieron no sólo a modo de aviso, sino también como amenaza encubierta y desafío. Ellen como es natural no estuvo al tanto de todo esto, no más que la propia tía, ni hubiese dado crédito a lo que iba a suceder incluso en el supuesto de ser clarividente, de haber visto de veras el ensayo de los acontecimientos antes que el tiempo los trajera consigo. No es que la tía se hubiera considerado aislada y protegida de semejante afrenta, lisa y llanamente no puedo creer que sus intenciones y sus actos de aquel día pudieran haber dado por resultado otro distinto del apetecido cuando había renunciado de momento no ya a toda su dignidad familiar, sino también a todo su recato de mujer. Sutpen supongo que podría habérselo dicho, pero sin duda sabía que la tía nunca le hubiese creído. Es probable que ni siquiera lo intentase: sólo hizo lo único que podía hacer, que fue mandar recado al Centenar de Sutpen para que viniesen otros seis o siete de los negros, hombres de los que podía fiarse, los únicos de los que podía fiarse, y proveerlos de las teas de madera de pino que, encendidas, sostenían a la entrada cuando llegó el carruaje y salió el cortejo nupcial. Y fue en este punto donde cesaron de fluir las lágrimas, porque la calle por la que se llegaba a la iglesia estaba llena de carros y carretas y calesas, aunque sólo Sutpen y tal vez el señor Coldfield se percataron de que en vez de haber llegado hasta la entrada y estar vacíos se hallaban detenidos al otro lado de la calle y seguían ocupados, y de que el recinto de la entrada parecía una suerte de escenario iluminado por las teas humeantes que sostenían los negros bien por encima de la cabeza, la luz de las cuales titilaba y resplandecía proyectada sobre las dos hileras de rostros entre los cuales había de pasar el cortejo para entrar en la iglesia. Todavía no se oyeron silbidos, ni mofas, ni abucheos; era evidente que ni Ellen ni la tía sospechaban aún que nada se hubiera torcido.
       »Y es que por un momento Ellen dio por terminado el llanto y secó sus lágrimas y entró en el templo. Estaba desierto, con la sola excepción de su abuelo y su abuela y tal vez otra media docena de personas que pudieron acudir por lealtad a los Coldfield o tal vez por estar cerca y así no perder ningún detalle de aquello que el pueblo, representado por los coches allí parados, parecía haber colegido por adelantado y exactamente con la misma claridad que Sutpen. Aún estaba desierto el templo cuando comenzó y concluyó la ceremonia. Y es que Ellen también tenía su orgullo, o al menos esa vanidad que puede a veces asumir el papel del orgullo y la fortaleza; además, todavía no había ocurrido nada. Fuera, el gentío aguardaba en silencio, tal vez por respeto a la iglesia, tal vez por la propensión e incluso la ansiedad que tiene el anglosajón por la completa aceptación mística tanto de los palos y las piedras de la lapidación como de las vigas y piedras consagradas en el templo. Parece ser que salió ella de la iglesia y se adelantó por tanto entre el gentío sin ningún aviso previo. Tal vez estuviera aún embebida en ese orgullo desmedido, con el cual no permitió que nadie fuera de la iglesia la viera llorar. Se adentró entre el gentío seguramente presurosa por llegar al recogimiento de su carruaje, donde podría ceder de nuevo al llanto; tal vez su primer indicio fue una voz que gritó «¡Cuidado! ¡A la novia no le deis!», y el proyectil —un terrón de barro seco, un desperdicio, lo que fuere— que pasó de largo, o tal vez la propia luz que cambió al darse ella la vuelta y ver a uno de los negros, la tea en alto, en el instante de emprender la carrera hacia el gentío, los rostros, cuando Sutpen le habló en esa lengua en la que ni siquiera entonces reconoció buena parte del condado una lengua civilizada. Eso fue lo que vio ella, lo que vieron los otros desde los coches detenidos al otro lado de la calle: la novia que se refugió al resguardo de su brazo y él que la colocó a su espalda y permaneció inmóvil, quieto incluso después que otro proyectil (no arrojaron nada que pudiera causar heridas: puñados de lodo reseco y desechos vegetales) le derribase el sombrero y un tercero le alcanzase de lleno en el pecho, de pie, inamovible, una expresión que era casi una sonrisa en la que asomaban los dientes en medio de la barba, sujetando a sus negros por medio de una sola palabra (sin duda había pistolas entre el gentío; de seguro había navajas; el negro no habría durado vivo ni diez segundos si se hubiese abalanzado contra ellos) mientras en torno al cortejo nupcial el círculo de los rostros boquiabiertos, en cuyos ojos se reflejaba la luz de las teas, parecía azuzar y vacilar y cambiar de lugar y esfumarse al fin al resplandor humeante de la madera de pino prendida. Se batió en retirada hacia el coche escudando con el cuerpo a las dos mujeres y ordenando a los negros con otra palabra que lo siguieran. Pero no le arrojaron nada más. Al parecer, todo fue un primer estallido espontáneo, si bien acudieron armados y provistos de los proyectiles que sí lanzaron. De hecho, aquélla pareció ser toda la escaramuza, conclusión del momento de tensión en que el comité de vigilancia lo había seguido hasta la cancela de la casa del señor Coldfield exactamente dos meses antes. Los hombres de que estaba compuesto el gentío, los tratantes y arrieros y carreteros, regresaron, desaparecieron en la región de la que habían emergido como las ratas para aquella ocasión; se esparcieron, se volatilizaron por el campo, rostros que ni siquiera Ellen iba a recordar, entrevistos en la noche, o en una comida, o en el mostrador de tantas otras tabernas, a veinticinco y cincuenta y cien millas de distancia, por caminos sin nombre, y luego desaparecidos también de allí; los que habían acudido en sus carros y calesas a presenciar el espectáculo de fuegos de artificio, los que habían ido de visita al Centenar de Sutpen (los hombres) a cazar en sus tierras y a comer en su mesa y a reunirse en ocasiones de noche en su establo, cuando emparejaba a dos de sus negros salvajes y luchaban uno contra el otro, como emparejan otros hombres a sus gallos de pelea, o tal vez a verlo entrar a él en persona en el cuadrilátero, a medirse con uno de ellos. Se disipó todo en el aire, aunque no desapareció del recuerdo. Él no olvidó aquella noche, aunque Ellen, creo yo, sí la olvidó, lavándose los recuerdos que le quedaran a fuerza de enjugarlos con sus lágrimas. Sí, había vuelto a llorar, desde luego, lluvia que cayó a mares sobre aquella boda.



III

      Si él se deshizo de ella, dudo mucho que ella quisiera contárselo a nadie dijo Quentin.
       Ah volvió a decir el señor Compson. Después de muerto el señor Coldfield en el 64, la señorita Rosa marchó al Centenar de Sutpen a vivir con Judith. Tenía entonces veinte años, era cuatro años menor que la sobrina a la cual, en estricta obediencia a la súplica que le hizo su hermana en su lecho de muerte, había resuelto salvar de la condenación de la familia que Sutpen parecía más resuelto que nunca a culminar, al parecer por el procedimiento de casarse con él. Ella (la señorita Rosa) había nacido en 1845, cuando su hermana ya llevaba siete años casada y había tenido dos hijos y la señorita Rosa nació siendo sus padres de más que mediana edad (su madre debía de pasar de los cuarenta y murió de sobreparto y la señorita Rosa nunca se lo perdonó a su padre) y en una época en la que —en el supuesto de que la señorita Rosa reflejase la actitud de sus padres para con el yerno— la familia sólo aspiraba a hallar paz y tranquilidad y probablemente ni contaba ya con ni quería tampoco otro vástago. A pesar de todo lo cual vino al mundo, así fuese a costa de la vida de su madre, hecho que jamás le estaría permitido olvidar, y se crió a las faldas de la misma tía solterona que se empeñó en hacer tragar no sólo al prometido de la hermana mayor sino también la boda misma a un pueblo que de ningún modo iba a engullir tal cosa, creciendo en la masonería femenina, de clausura, para ver en la realidad de su propia respiración no sólo la justificación solitaria del sacrificio de su madre, no sólo un reproche andante y palpitante de su padre, sino también una acusación que latía ubicua e incluso era transferible a la totalidad del principio masculino (el principio que había dejado a la tía hecha una virgen a los treinta y cinco) que alentase por sobre la polvareda. Así, sus primeros dieciséis años de vida los pasó en aquella casita hosca y estrecha, con el padre al que odiaba sin saberlo, un hombre extraño y callado, cuya única compañía y amistad parece haber sido su conciencia y lo único que le importaba parece haber sido su reputación de probidad entre sus congéneres, ese hombre que más adelante iba a encerrarse en el desván e iba a morir de hambre con tal de no ver su tierra natal convulsa en el empeño de repeler a un ejército invasor, y con la tía que diez años después seguía empeñada en vengar a toda costa el fiasco que fue la boda de Ellen abatiendo sobre el pueblo, la raza humana, por medio de todas y cada una de sus criaturas —hermano sobrinas sobrino que no era de su sangre ella misma incluso y todo bicho viviente— la furia ciega e irracional de una serpiente en plena muda; la tía, que había enseñado a la señorita Rosa a ver en su hermana a una mujer que se había esfumado no sólo de la familia y de la casa, sino también de la vida, recluida en un edificio como el de Barbazul y metamorfoseada en mera máscara que miraba atrás con pasivo y desesperanzado pesar, aquel mundo pretérito e irrevocable, carente de duración entendida como tal, sostenido más bien en suspenso, en son de chanza, por un hombre (su rostro, el mismo que el señor Coldfield veía en esos momentos, el mismo que había visto desde aquel día en que, con su futuro yerno convertido en manifiesto compañero de yunta, aunque fuese en verdad látigo, la conciencia del señor Coldfield tascó el freno y, renunciando incluso a su parte en el cargamento, se despidió sin más del yerno para tomar por su propio camino) que había entrado en la vida de ella y en la de su familia, antes que ella naciera, con la brusquedad de un tornado, causando daños irrevocables, incalculables, y había seguido a lo suyo: un aire ceniciento de mausoleo, preñado de rectitud puritana y de femeninas ansias de venganza, rencorosas y ultrajadas, en el que transcurrió la niñez de la señorita Rosa, aquella arcaica, envejecida, intemporal ausencia de juventud consistente en una escucha como la de Casandra, del otro lado de las puertas cerradas, de acechar en los pasillos y salas en penumbra, colmados unos y repletas otras de ese efluvio presbiteriano de lúgubre y vindicativa anticipación, mientras aguardaba ella a que la primera niñez y el fin de la infancia con que la naturaleza la había confundido y la había traicionado se apoderasen de la precocidad de la desaprobación convencida en lo tocante a todas y cada una de las cosas que pudieran penetrar tras las paredes de esa casa por intervención de cualquier hombre, en particular de su padre, con que la tía parece que la hubiera investido desde el día en que nació, a la vez que la envolvió en pañales y mantillas.
       Quizá viese en la muerte de su padre, en la resultante carencia que sobre ella se impuso no sólo como huérfana, sino también como necesitada, obligada a recurrir a su parentela más cercana para tener comida y cobijo y protección, quizá viese en ese destino el suministro mismo de la oportunidad perfecta para observar con religiosidad la petición que su hermana le hizo al morir. Quizás incluso ella misma se viese como instrumento de represalia: si no vio en sí misma un instrumento activo y poderoso, capaz de hacerle frente a él, al menos vio una suerte de símbolo pasivo de la ineludible obligación así recordada de alzarse incruenta y sin dimensión del ara del sacrificio que había de ser el lecho conyugal. Y es que hasta que él regresó de Virginia en el 66 y la encontró allí viviendo con Judith y Clytie (sí, Clytie, Clytemnestra, también era hija de él. Fue él quien le puso el nombre. A todos les puso nombre: a su progenie y a la descendencia de sus negros salvajes cuando la región empezó a asimilarlos. ¿No te dijo la señorita Rosa que dos de los negros que aquel día que llegaron en la carreta eran mujeres?
       No, señor dijo Quentin.
       Pues sí. Dos. Y no las trajo hasta aquí ni el azar ni el exceso de vista. De eso se ocupó quien se había ocupado de prever con certeza cosas que acontecerían mucho más allá de los dos años que le costó construir su casa y dar muestra de sus buenas intenciones a sus vecinos, hasta que le permitieron cruzar su ganado salvaje con el de ellos, domesticado, toda vez que la diferencia de lengua entre sus negros y los de ellos podía haber sido un estorbo tan sólo durante unas semanas, tal vez nada más que unos días. Llevó consigo a las dos mujeres adrede; es probable que las hubiera escogido con el mismo esmero y con la misma astucia con que escogía a otros seres vivos, los caballos y los mulos y el vacuno que trajo más adelante. Y allí vivió durante casi cinco años, antes de tener conocimientos tales que pudiera dirigir la palabra a cualquier mujer blanca del condado, tal como no tenía mobiliario en su casa, y por la misma razón: no poseía entonces nada que pudiera dar a cambio de lo uno o de las otras. Sí. Le dio por nombre Clytie tal como había dado y daría nombre a todos, al que vino antes de Clytie y a Henry y a Judith, con la misma robustez sardónica y la misma temeridad, nombrando con sus propios labios su propia, irónica fecundidad de dientes de dragón, sus victorias que derrotas comportaban, que con dos excepciones siempre fueron hembras. Sólo que a mí siempre me ha gustado creer que quiso ponerle por nombre Casandra, incitado por alguna clase de economía puramente dramática no sólo a engendrar sino también a nombrar el augurio que presidiera su propio desastre, y que le salió el nombre equivocado por un cruce en el fondo natural en todo hombre que casi tuvo que aprender por sus propios medios a leer)… Cuando regresó en el 66 ella no había llegado a verlo siquiera un centenar de veces en toda su vida. Y lo que vio entonces fue aquella casa de ogro de su niñez, vista una vez y repetida a intervalos y en ocasiones que no alcanzaba ni a contar ni a recordar, como la máscara de la tragedia griega que es intercambiable no sólo de escena a escena, sino también de un actor a otro, tras la cual tenían lugar eventos y ocasiones sin cronología ni secuencia, dejándola en realidad incapacitada para decir cuántas veces distintas lo había visto, por la razón de que, despierta o dormida, la tía le había enseñado a no ver nada más. En esas ocasiones cautas y lúgubres e incluso formales, cuando la tía y ella iban al Centenar de Sutpen a pasar el día y la tía le ordenaba que fuese a jugar con su sobrino y su sobrina tal como le hubiese ordenado la tía que tocara una pieza al piano para entretener a la concurrencia, no lo veía siquiera en la mesa de la cena, porque la tía se las había apañado para que la visita coincidiera con una de sus ausencias, y es probable que la señorita Rosa hubiese tratado de rehuir todo encuentro con él caso de que él estuviera allí. Y en las cuatro o cinco ocasiones en que a lo largo del año Ellen iba con los niños a pasar el día en casa de su padre, la tía (una mujer fuerte y vindicativa y de una pieza, que parece haber sido el doble de hombre que el señor Coldfield y que en honor a la verdad no sólo hizo las veces de madre de la señorita Rosa, sino que también fue su padre) proyectaba asimismo sobre tales visitas el mismo ambiente de hosquedad, de conspiración encarnizada, de alianza en contra de los dos adversarios, uno de los cuales, el señor Coldfield, tanto si era capaz de aguantar lo suyo como si no, había levantado tiempo atrás sus piquetes y había desmantelado la artillería para refugiarse en la ciudadela inexpugnable de su pasiva rectitud; el otro, Sutpen, seguramente podría haber plantado cara e incluso podría haberlos derrotado, sólo que ni siquiera era sabedor de su condición de adversario encarnizado. Y es que ni siquiera se presentaba en la casa para la comida del mediodía. Su razón tal vez fuera cierta delicadeza para con su suegro, la verdadera razón y comienzo de la relación con el cual ni la tía ni Ellen ni la señorita Rosa llegaron jamás a conocer, que Sutpen iba a divulgar únicamente a un hombre, y bajo la promesa de guardar la confidencia mientras siguiera con vida el señor Coldfield por respeto al buen nombre que el señor Coldfield había cultivado con primor y a su inmaculada moralidad, y que, según dijo tu abuelo, el propio el señor Coldfield jamás divulgó amparándose en idéntica razón. O quizá la razón fuese la misma que la señorita Rosa te contó y la misma que le comunicó la tía: que luego de haber obtenido cuanto su suegro poseía, todo cuando Sutpen pudo utilizar y ambicionar, él (Sutpen) no tuvo ni el valor de dar la cara ante su suegro ni el decoro y la decencia de completar el grupo ceremonial de familia ni siquiera cuatro veces al año. O tal vez fuese la razón que Sutpen se daba a sí mismo y que la tía se negaba a creer debido a ese mismo hecho: que no iba al pueblo a diario y que cuando iba prefería pasar el rato (en esta época sí se servía del bar) con los hombres que a mediodía se juntaban en la posada de Holston.
       Ése era el rostro que si ella llegaba a ver se encontraba al otro extremo de la mesa del comedor, el rostro de un enemigo que ni siquiera estaba al corriente de su encarnizamiento. Tenía ella diez años y después del abandono de la tía (la señorita Rosa se ocupaba de la casa de su padre tal como había hecho la tía hasta la noche en que la tía salió por la ventana y nunca más se supo de ella) no hubo nadie que tratase de animarla a jugar con su sobrino y su sobrina en aquellos tiempos formales y fúnebres, ni siquiera tuvo que ir hasta allá y respirar el mismo aire que respiraba allí donde, pese a estar ausente, él seguía al acecho de lo que ella llamaba sardónico y vigilante triunfo. Iba al Centenar de Sutpen sólo una vez al año, cuando, vestidos de domingo, su padre y ella recorrían las doce millas en la calesa robusta y baqueteada, precedida por el tiro de mulos robustos y avejentados, para pasar allí el día. Era el señor Coldfield quien insistía en aquellas visitas, era él quien nunca se había pasado sin hacerlas mientras estaba la tía, tal vez por sentido del deber, que era la razón que aducía y que en este caso incluso la tía pudo creer, tal vez por no ser la verdadera, ya que sin duda la propia señorita Rosa no había creído la verdadera: y es que el señor Coldfield deseaba ver a sus nietos, con respecto a los cuales era cada vez mayor su intranquilidad ante el día en que su padre comunicara al hijo al menos la naturaleza de aquel negocio antiguo, despachado entre el padre y el abuelo, que el señor Coldfield aún no estaba seguro de que su yerno hubiese contado alguna vez. Si bien la tía ya no estaba, aún se las ingeniaba para legar a cada una de aquellas expediciones y para invocar en ellas parte del sabor arcaico de aquellas hoscas incursiones en territorio de un enemigo que no era sabedor de estar en guerra. Y es que ahora que la tía ya no estaba, Ellen había renegado de aquel triunvirato que la señorita Rosa quiso mantener sin darse cuenta de que eran pareja. Estaba completamente sola y sin el apoyo siquiera de Ellen (en esta época Ellen pasó por una metamorfosis total, de la que afloró en el lustro siguiente con la radical renovación de un renacer); del otro lado de la mesa estaba el enemigo que no era consciente siquiera de que allí tomaba asiento no en calidad de anfitrión y cuñado, sino como parte contraria en la firma de un armisticio. Es probable que ni siquiera la mirase dos veces por comparación con su propia familia y sus hijos, la niña menuda y liviana a la que ni siquiera cuando fuera una mujer hecha y derecha le llegarían los pies al suelo sentada en sus propias sillas, las que iba a heredar, no las otras, meros objetos que acumularía como complemento y expresión del carácter individual, como se suele hacer, a diferencia de Ellen, que a pesar de ser también menuda era lo que se suele considerar rellena (y que habría llegado a ser, si no hubiera entrado su vida en declive, si no se hubiera adentrado en una época en la que ni siquiera los hombres hallasen gusto en comer, y el final de sus días hubiera estado libre de cuitas, sin duda de generosa planta. No gruesa: tan sólo redonda, llena, el cabello cano, los ojos jóvenes aún, todavía un tenue sonrojo en lo que ya sería papada, no mejillas, las manos pequeñas y gordezuelas, con sus anillos y sin escaras, dobladas en sosegada anticipación, pensando en la comida, sobre el mantel adamascado y ante la vajilla de Haviland, bajo la lámpara de araña que había llevado él al pueblo muchos años antes en varias carretas, ante el asombro, ante el pasmado ultraje de sus conciudadanos), y a diferencia de Judith a sus catorce, si bien anunciaba que algún día podría mirar a su padre a los ojos y estar a su misma altura; esa criatura, ese rostro que muy rara vez decía nada durante la comida, como unos ojos como (tú lo dijiste) dos ascuas insertadas a la fuerza en masa de harina blanda y un cabello acicalado, de ese curioso color ratonil sobre el cual no suele lucir el sol, a diferencia de los rostros de Judith y de Henry, rostros de quien pasa mucho tiempo al aire libre: Judith con el cabello de su padre y los ojos de su padre, Henry con el cabello a mitad de camino entre el tono rojizo del padre y el negro de Ellen y los ojos de un tono avellana oscuro, y sin embargo brillantes; un cuerpo menudo con un aire de curiosa y paradójica incomodidad, como un disfraz que se pide en préstamo en el último instante y por pura necesidad ante un baile de máscaras al que nunca se ha querido asistir: el aura de una criatura entonces enclaustrada por decisión bien sopesada y que sigue sin embargo presa de las convulsiones del aprendizaje forzoso, en vez de tener una participación voluntaria o de prestarse siquiera de grado, para poder respirar —obligada sierva de carne y hueso, a la espera incluso en esos instantes de hallar el modo de escapar de la carne y del latir de la sangre escribiendo por ejemplo una poesía de colegiala sobre los también muertos—, el rostro, el rostro más pequeño de los presentes, mirándole a él al otro lado de la mesa con aquietada y curiosa y profunda intensidad, como si en verdad tuviera algún íntimo conocimiento obtenido de esa relación estrecha con el fluido entretejerse de los acontecimientos (el tiempo) que había adquirido o cultivado escuchando tras las puertas cerradas no lo que del otro lado se oyera, sino tornándose supina y receptiva, incapaz de discriminar, de opinar, de sentir incredulidad, atenta a la temperatura previa a la fiebre del desastre, la temperatura que perciben los adivinos y que a veces les da la razón, de la catástrofe futura en la que el rostro del ogro de su niñez al parecer desaparecerá por ensalmo y tan por completo que ella accedería a desposarse con el último propietario del mismo.
       Ésta pudo ser la última vez que lo vio. Y es que dejaron de ir allá. El señor Coldfield dejó de ir. Nunca hubo un día fijo para la visita. Una mañana cualquiera él se limitaba a personarse a la hora del desayuno, con la levita negra, de paño grueso, bien armada, con la que había contraído matrimonio, la misma que había usado cincuenta y dos veces al año después que la tía los abandonase, hasta el día en que se la puso para no quitársela más, el día en que subió al desván y cerró la puerta clavándola por dentro y arrojó el martillo por la ventana y allí murió. En aquellas ocasiones la señorita Rosa se retiraba y reaparecía con el formidable vestido de seda negra o marrón que la tía había escogido para ella años atrás y que ella había continuado usando los domingos y en las ocasiones señaladas incluso tras quedar desgastado, hasta el día en que su padre decidió que la tía no iba a regresar y permitió a la señorita Rosa hacer uso de la ropa que la tía había dejado en la casa la noche en que se fugó con un novio que nadie le había conocido. Montaban entonces en la calesa y se ponían en camino, el señor Coldfield avisando de antemano a las dos negras para que no preparasen nada de comer a mediodía y (según era creencia en el pueblo) les cobraba por la comida improvisada a base de sobras que tendrían que hacerse ellas. Un buen año no fueron. De seguro, el señor Coldfield no se presentó al desayuno con la levita negra, y pasaron más días sin que lo hiciera, y eso fue todo. Tal vez tuviera la impresión, ahora que los nietos ya estaban crecidos, de que el balance de su conciencia había quedado bien cuadrado, toda vez que Henry estudiaba en Oxford, en la universidad del estado, y Judith aún había ido más lejos, internándose en esa transición entre la niñez y la edad adulta en la mujer allí donde era todavía más inaccesible para el abuelo, del cual poca cosa había visto a lo largo de su vida, y el cual es probable que aún le importase menos: ese estado en el que, siendo todavía visibles, las jovencitas parece que se dejaran ver a través de un cristal, allí donde ni siquiera la voz alcanza, en el cual existen (siendo ella el trasgo que pudo y en efecto corrió más y trepó más y cabalgó más que su hermano, y peleó con él y contra él) en una nacarada iridiscencia sin sombras en la que ellas mismas toman parte; sostenidas en nebulosa suspensión, extrañas e imprevisibles, sus propias siluetas fluidas y delicadas y sin sustancia; no es que por sí mismas flotasen y buscasen, sino que tan sólo se hallaban a la espera, parásitas y poderosas y serenas, recogiéndose en sí mismas, sin esfuerzo, en lo post-núbil, sobre lo cual darán forma, a lo cual fluirán de vuelta, así los senos, el vientre, las caderas, los muslos.
       Dio comienzo entonces el periodo que terminó con la catástrofe que produjo en la señorita Rosa una transformación tan absoluta que la llevó a dar su consentimiento al matrimonio por el cual iba a desposarse con el hombre al que había terminado por considerar un ogro. No fue un cambio súbito y radical de carácter: eso no cambió. Ni siquiera su comportamiento cambió de un modo apreciable. Aun cuando Charles Bon no hubiese muerto, ella con toda probabilidad habría ido al Centenar de Sutpen a vivir tarde o temprano, después de muerto su padre; una vez diera ese paso, es probable que allá hubiera pasado el resto de su vida, tal como sin duda contaba con hacer cuando fue allá. Pero si Ron hubiera seguido con vida y Judith y él se hubieran casado y Henry hubiera permanecido en el mundo conocido, ella se habría mudado (si es que se hubiese mudado) allá sólo cuando estuviera dispuesta a ello, y habría vivido (si es que hubiese vivido) con la familia de su difunta hermana sólo en calidad de tía, que es lo que era en verdad. No fue su carácter: a pesar de los seis años que probablemente habían pasado desde que en verdad lo vio y a pesar de los cuatro que con certeza pasó alimentando a su padre de noche y en secreto, hallándose él escondido para no caer en las manos de los policías militares confederados, oculto en el desván, al tiempo que ella escribía poesía heroica a propósito de los mismos hombres de los que su padre se ocultaba, y que lo habrían matado a tiros o lo habrían ahorcado sin juicio previo si lo hubiesen encontrado, hombres de los cuales, a la sazón, el ogro de su niñez fue uno más y (trajo consigo un diploma en mención de su valor, firmado de puño y letra por el propio general Lee), uno de los buenos, la cara con la que acudió resuelta a pasar allá el resto de sus días era la misma cara con la que lo miraba desde el otro lado de la mesa del comedor, la misma que él de igual modo no habría sabido precisar cuántas veces había visto, ni cuándo, ni dónde, y no porque fuera incapaz de olvidarla, sino porque seguramente no la hubiese recordado en medida suficiente para describirla a los diez minutos de mirar a otra parte, y desde detrás de la cual la misma mujer que fuera aquella niña ahora lo miraba con idéntica intensidad, huraña y fría.
       Aunque a Sutpen no lo volviera ella a ver durante años, empezó a ver a su hermana y a su sobrina más a menudo que nunca. Ellen se hallaba entonces en pleno apogeo de lo que su tía habría calificado como su fase de renegada más recalcitrante. Parecía no sólo estar de acuerdo, reconciliada con su vida y su matrimonio, sino estar de hecho orgullosa de todo ello. Había florecido como si el Destino se apiñase en el habitual veranillo indio que debiera haber florecido poco a poco y haberse disipado con discreción a lo largo de seis u ocho años, en tres o cuatro, ya fuese por compensación de cuanto le esperaba, ya fuese por zanjar cuentas pendientes y saldar la deuda que su esposa, Natura, tenía consignada a su nombre. Tenía ya treinta y bastantes, era gordezuela, su rostro aún sin tacha. Era como si todas las huellas que el mero estar en el mundo hubiese dejado en ella hasta la fecha en que la tía se fue sin decir palabra hubiesen desaparecido, erradicadas por fin entre el esqueleto y la piel, entre la suma de la experiencia y el envoltorio en que reside, gracias al paso de los años intermedios en las carnes templadas al fuego y serenadas. Su porte, su aire, era tirando a regio —Judith y ella hacían viajes frecuentes al pueblo y visitaban a las mismas damas, algunas de las cuales ya eran abuelas, a las que la tía quiso imponer obligatoria asistencia a la boda veinte años atrás y, de acuerdo con las exiguas posibilidades que presentaba el pueblo, hacían algunas compras—, cual si por fin hubiese logrado evacuar no ya la herencia puritana, sino la realidad misma; había inmolado al marido que la ultrajaba y a los hijos que no entendía recluyéndolos en las sombras; había escapado al fin a un mundo de pura ilusión en el que, a salvo de todo daño, se desplazaba, vivía, pasaba de una actitud a otra sobre el telón de fondo que representaba su condición de señora de la casa grande, esposa del más acaudalado, madre de los más afortunados. Cuando iba de compras (había ya en Jefferson una veintena de comercios) se mostraba envarada sin bajar siquiera de la calesa, elegante, segura de sí, presumida, diciendo las tonterías más disparatadas, voluble, soltando la retahíla de sus adornadas fases sin sentido a partir del repertorio que para su papel había escrito ella misma, el papel de la duquesa peripatética que sabe hacer sopas de propiedades medicinales y las distribuye entre unos campesinados desheredados, desposeídos, desobligados; una mujer que, de haber tenido la fortaleza precisa para soportar pesares y contratiempos, podría haber alcanzado el estrellato en el papel de la matriarca que arbitra desde su asiento en un rincón, junto al hogar encendido, el orgullo y el destino de su familia, en vez de recurrir al final al miembro más joven de la misma para pedirle que sea ella quien proteja a los demás.
       Muchas semanas dos y hasta tres veces acudían al pueblo y visitaban la casa, la mujer insensata, irreal, voluble y bien conservada, que llevaba seis años ausentada del mundo, la mujer que había abandonado hogar y parentela en un mar de lágrimas y que en una región umbría, de miasmas, algo así como las amargas inmediaciones de la Estigia, había engendrado dos hijos y había surgido cual mariposa larvada en un pantano, sin el impedimento del peso en el vientre y en los órganos grávidos del sufrimiento y la experiencia, revoloteando en un vacío brillante y perenne, iluminado por un sol detenido, y la muchacha perdida en sus ensoñaciones, que no en su vida, en su completo desapego, impermeable a toda realidad casi como si padeciese una tara, un defecto físico, una sordera. Para ellas, la señorita Rosa no podía haber sido entonces absolutamente nada: ni la niña que había sido objeto y víctima de las atenciones y cuidados incansables y vindicativos de la tía desaparecida, ni la mujer cuya ocupación de ama de llaves pudiera indicar, y ni siquiera la tía de carne y hueso que de hecho era. Y difícil sería precisar cuál de las dos por su parte, si la tía o la sobrina, resultaba más irreal para la señorita Rosa, la adulta que había huido de la realidad para refugiarse en una región de blandura en la que habitaban las muñecas, o la jovencita que deambulaba cual sonámbula en una suspensión tan completamente física que recordaba un estado prenatal, y tan alejada del otro extremo de la realidad como Ellen lo estaba del suyo, yendo a la casa dos y hasta tres veces por semana, y una vez incluso, el verano en que Judith cumplió diecisiete, haciendo un alto en el viaje a Memphis para comprarle ropa a Judith: sí, su ajuar. Fue el verano que siguió al primer año de Henry en la universidad, después que volviera a la casa con Charles Bon a pasar las navidades, y luego una semana más o menos en las vacaciones de verano, antes que Bon se llegara a caballo hasta el río para tomar allí el vapor y volver a su casa de Nueva Orleans; el verano en que el propio Sutpen se marchó, en viaje de negocios al decir de Ellen, e insistió, sin duda en la ignorancia, tal era su existencia entonces, en que desconocía adonde había marchado su esposo, sin ser consciente de que ni siquiera le inspiraba la menor curiosidad, y sin que nadie, salvo tu abuelo y tal vez también Clytie, llegara nunca a saber que también había ido a Nueva Orleans. Entraban ellas en aquella casa pequeña y huraña y sofocante en la que aún al cabo de cuatro años parecía estar la tía apostada tras cada una de las puertas y que Ellen llenaba por espacio de diez o quince minutos con sus chillidos y perturbaciones y entonces marchaba, llevando consigo a la hija soñadora e inapetente, que no había dicho una sola palabra; la señorita Rosa, que era en realidad la tía de la muchacha y que por edad debiera haber sido su hermana menor, y que por experiencia y esperanza y oportunidades reales debiera haber sido la sobrina, no prestaba atención a la madre y seguía la partida de la hija inaccesible con ansias miopes e imposibles de expresar y sin la menor comezón de los celos, proyectando sobre Judith todos los sueños abortados y todas las ilusiones engañosas de su juventud condenada a la frustración, ofreciendo a Judith el único obsequio (de necesidad ofrecido al ajuar de la novia y no a la novia misma; fue Ellen quien lo contaba entre agudos chillidos de diversión y lo contaba con cierta frecuencia) que estaba en su mano ofrecer: se ofreció a enseñar a Judith a ocuparse de las tareas de la casa y a planear las comidas y a supervisar la colada, recibiendo a cambio de su ofrecimiento la mirada inexpresiva e insondable, el desatento «¿Cómo? ¿Qué has dicho?», mientras Ellen ni siquiera entonces se abstenía de dar chillidos de entretenida apreciación. Se marcharon acto seguido… la calesa, los paquetes envueltos, el entretenimiento de pavo real que gastaba Ellen, la ensoñación abúlica de la sobrina. La siguiente vez en que visitaron el pueblo y la calesa hizo el alto de costumbre ante la casa del señor Coldfield, una de las negras salió a decirles que la señorita Rosa no estaba en casa.
       Ese verano también volvió ella a ver a Henry. No lo había visto desde el verano anterior, aunque por Navidad estuvo en casa con su amigo de la universidad y tuvo conocimiento de los bailes y festejos que se celebraron en el Centenar de Sutpen durante las vacaciones, pero su padre y ella no salieron. Y cuando Henry fue a visitarla en compañía de Bon cuando volvía a sus estudios, al día siguiente de Año Nuevo, cuando fue a hablar con su tía, ella no estaba en casa. Por eso no lo vio hasta el verano siguiente, hasta que hubo pasado un año entero. Ella estaba en el pueblo, de compras, en plena calle, hablando con tu abuela, cuando él pasó de largo a caballo. No la vio. Montaba una yegua nueva que su padre le había regalado, vestido con levita y sombrero ya de caballero; tu abuela dijo que ya era entonces tan alto como su padre y que montaba la yegua con la misma jactancia de Sutpen, aunque era más liviano de huesos, como si pudieran sus huesos soportar la jactancia pero fuesen aún livianos y quebradizos para el peso de la pompa y el alarde. Y es que Sutpen también había dado en representar su papel. Había corrompido a Ellen en múltiples sentidos. Era el terrateniente con más tierras y el dueño de las mayores plantaciones de algodón de todo el condado, estado al que había llegado usando las mismas tácticas que las empleadas en la construcción de su casa, el mismo empeño resuelto e inquebrantable, el mismo desprecio absoluto por el modo en que pudieran tomarse en el pueblo aquellos de sus actos que se llegaran a saber y por cómo debían de sentar en el pueblo aquellos más señalados y que no se llegaran a conocer. Es decir, hubo entre sus conciudadanos algunos que estaban ya entonces convencidos de que en algún sitio tenía que haber gato encerrado, o un negro oculto en las matas de madreselva, según el decir de la región, y que iban desde aquellos que creían que la plantación era en realidad una tapadera de su ocupación real y más siniestra, hasta los que al parecer creían que los negros salvajes que se trajo consigo poseían en verdad el mágico poder de extraer más algodón por hectárea que cualquier negro ya domesticado, pasando, cómo no, por los que estaban convencidos de que había descubierto un modo infalible de manipular el mercado del algodón, un sistema que le permitía sacar por cada una de sus balas de algodón un rendimiento superior a los réditos que rebanaban los cultivadores honestos. No se le tenía aprecio (cosa que, era evidente, de todos modos no apetecía), sino temor, cosa que parecía divertirle, caso de que en realidad no le complaciera. Pero se le aceptaba: obviamente, la fortuna que había amasado era excesiva para que se le rechazase, para que siquiera se le pudiera molestar en serio. Lo había logrado, había conseguido que su plantación funcionara a pedir de boca (tenía ya un capataz; era el hijo de aquel mismo sheriff que lo había detenido en la puerta de la casa de su futura esposa, el día en que se prometieron) a los diez años de casarse, y ya interpretaba también su papel, un papel de soltura y despreocupación arrogantes que, como tanta soltura y tanta despreocupación, y más con tanta arrogancia, lo llevaron a engordar, a darse un aire pomposo. Sí, había corrompido a Ellen sembrando en ella no sólo la simiente de la renegada, aunque, al igual que ella, no fuera consciente de que su propio florecer también era floración forzosa, y de que mientras seguía interpretando su escena ante su público, tras él era el sino, el destino, la venganza, la ironía el director de escena, llámalo como quieras, el que ya disponía la recogida del decorado y preparaba las sombras y siluetas sintéticas y espúreas para decorar la siguiente escena. «Allá va…», dijo tu abuela. Pero la señorita Rosa ya lo había visto, allí en la calle junto a tu abuela, sin que le llegara la cabeza apenas al hombro de tu abuela, delgada, ataviada con uno de los vestidos que la tía había dejado en la casa y que la señorita Rosa se había arreglado para poder usarlo aun cuando nunca le hubiera enseñado nadie a coser, tal como se había hecho cargo de las tareas de la casa y se había ofrecido a enseñar a Judith cómo ocuparse de todo, si bien nadie le había enseñado a cocinar y nadie le había enseñado a hacer nada, nada más que a aguzar el oído y escuchar del otro lado de la puerta, con un echarpe sobre la cabeza como si tuviera cincuenta en vez de quince años, mirando entonces a su sobrino, que pasó de largo, y diciendo: «Vaya… Si se ha afeitado…».
       Entonces dejó incluso de ver a Ellen. Es decir, Ellen también dejó de acudir a la casa, dejó de hacer la parada ritual en el carruaje en medio de la ronda que cada semana la llevaba por los comercios del pueblo, y en los comercios, sin tomarse la molestia de bajar, ordenaba a comerciantes y dependientes por igual que sacaran los rollos de tela y las contadas fruslerías y caprichos que tuviesen a la venta y que sabían de sobra, mejor que ella, que ella no les iba a comprar, limitándose en cambio a enredar y a sobar y a desordenar y al final a rechazar, todo ello en un flujo constante de mezquina y caprichosa y llamativa volubilidad. No con desprecio, ni tampoco exactamente con condescendencia, sino con anodina e incluso pueril imposición, aprovechando la tolerancia y los buenos modales o el simple desvalimiento de los hombres, comerciantes y dependientes por igual; a renglón seguido iba a la casa y también la llenaba con sus insensatos y fútiles estallidos de vanidad, de consejos imposibles y sin fundamento, a propósito de la señorita Rosa y de su padre y de la casa, y del modo de vestir de la señorita Rosa y de la disposición del mobiliario y de los alimentos y del modo en que debían prepararse e incluso de las horas a las que debían servirse. Y es que ya se acercaba el día (era 1860, el propio señor Coldfield muy probablemente ya había reconocido que la guerra era inevitable) en que el destino de la familia Sutpen, que a lo largo de veinte años había sido como un lago que se va llenando con el agua de los callados manantiales y se ensancha en un callado valle y se extiende y aumenta de nivel de manera casi imperceptible, y en el cual los cuatro miembros flotaban en despreocupada suspensión, sintiera la primera sacudida subterránea hacia su válvula de salida, la quebrada angosta que también estaba llamada a ser una catástrofe para la tierra, y los cuatro apacibles nadadores de repente se volvieran para mirarse unos a los otros, todavía no con alarma, ni con desconfianza todavía, sino sólo alertas, al percibir el comienzo del crepúsculo, sin hallarse ninguno aún en ese punto en el que el hombre mira a sus semejantes en plena hecatombe y piensa: ¿en qué momento me abstendré de intentar salvarlos para pensar sólo en salvarme yo?, y sin ser conscientes siquiera de que ese momento ya se acercaba. Así pues, la señorita Rosa no vio a ninguno de ellos, como tampoco había visto (y nunca iba a ver con vida) a Charles Bon; a Charles Bon, de Nueva Orleans, el amigo de Henry que no sólo era unos años mayor que Henry, sino también, en realidad, ya demasiado talludo para seguir cursando estudios en la universidad y ciertamente estaba un tanto fuera de lugar en la universidad en que estudiaba, una pequeña universidad en aquella tierra de nadie del estado de Mississippi, incluso en la pura nada, a trescientas millas de la ciudad de mundo, de la ciudad extranjera que tenía por suya, en que estaba su hogar, un joven en efecto de elegancia mundana, con una seguridad confianzuda y una madurez impropia de sus años, apuesto, a todas luces adinerado, protegido por el trasfondo de una sombría figura legal, un tutor en vez de padre o madre, un personaje que en el remotísimo Mississippi de la época más debía de parecer un ave fénix, erigido en su plenitud a partir de una niñez inexistente, nacido de no mujer e impermeable al tiempo y, una vez esfumado, capaz de no dejar ni huesos ni polvo en ninguna parte, un hombre con una desenvoltura en el trato y un aire galante y jactancioso en comparación con los cuales la pomposa arrogancia de Sutpen era torpeza y desmaña y Henry más bien un mozalbete sin garbo, un patán. La señorita Rosa nunca lo vio: esto era un cuadro, una imagen. No fue lo que le contó Ellen, Ellen entonces en las cumbres más altas de su verano de mariposa, con el encanto añadido de entregar con donosura, con gracejo, a voluntad, el cetro a la sucesora de su sangre y de su sexo, actitud y comportamiento concurrentes con el periodo del compromiso, con los cuales las madres que quieren pueden casi convertirse en las novias en las bodas de sus hijas. Escuchando a Ellen, un desconocido casi de seguro habría dado en creer que la boda, que acontecimientos posteriores habían de indicar que fue algo de lo que ni siquiera se había hablado entre los jóvenes y sus padres, había de hecho llegado a celebrarse. Ellen ni una sola vez hizo mención del amor que existiera entre Judith y Bon. No llegó siquiera a insinuarlo. El amor, en referencia a ella, no pasaba de ser un asunto concluido y perfectamente inerte para el que ella y su familia hallarían tres usos concordantes: una prenda que Judith podría usar tal como usaba su vestido de montar a caballo o un vestido de baile, un mueble que complementase y completase el mobiliario de su casa y posición, y un mentor que diera ejemplo y corrigiera los modales provincianos de Henry, su manera de hablar y de vestir. Parecía que hubiese abarcado ella el tiempo, o que para ella el tiempo hubiese dejado de existir. Postuló los años transcurridos en un visto y no visto, años durante los cuales no tuvo lugar ni luna de miel ni transformación alguna, desde los cuales los (entonces) cinco rostros miraban con una especie de rubor sin vida y perenne pese a todo en su apagamiento, como retratos colgados en el vacío, tomados cada uno en su máximo esplendor presagiado y alisados hasta perder todo pensamiento y toda experiencia, los originales de los cuales hubieran vivido y hubieran muerto tanto tiempo atrás que sus alegrías y sus penas habían de estar ya olvidadas incluso por los tablones mismos de la tarima sobre la cual se habían pavoneado y habían hecho posturas y habían reído y habían llorado. Todo ello mientras la señorita Rosa, sin escuchar, había recibido la imagen desde la primera palabra, tal vez desde que fue pronunciado el nombre mismo, de Charles Bon; la solterona condenada de por vida a los dieciséis, sentada bajo ese brillante relumbre de ilusión engañosa, cual si fuese uno de esos tubos eléctricos y coloreados de los cabarets y ella estuviera allí por vez primera en su vida y el tubo lleno de un relumbre sin sustancia, de motas de hojalata que manaron de repente veloces por encima de ella, deteniéndose un instante antes de continuar. No tuvo celos de Judith. Tampoco fue compasión de sí misma, allí sentada, con una de esas batas de andar por casa, arreglada de cualquier manera (las prendas de vestir a veces descartadas, pero por lo común todavía nuevas, que Ellen le cedía de vez en cuando y que siempre eran de seda, cómo no) y que la tía había abandonado cuando se fugó con el tratante de caballos y de mulos, tal vez con la esperanza y quién sabe si con la firme intención de nunca ponerse nada parecido, pestañeando de continuo al mirar a su hermana mientras era Ellen la que hablaba. Probablemente no fuera sino apacible desesperación y alivio ante una abnegación absoluta y definitiva, ahora que Judith estaba a punto de inmolar la vicaria recompensa de la frustración en aras del cuento de hadas que viviera. Sonaba a cuento de hadas cuando Ellen más adelante se lo contó a tu abuela, sólo que era un cuento de hadas escrito por e interpretado para un club de señoras a la moda. Pero para la señorita Rosa tuvo que ser auténtico, no ya verosímil, sino incluso justificado; de ahí el comentario que de nuevo desencadenó en Ellen (también lo contaba ella, tomándolo por la broma pueril que en el fondo era) alaridos de asombro, de diversión, de intranquilidad. «Nos lo merecemos», dijo la señorita Rosa. «¿Merecérnoslo? ¿A él?», dijo Ellen seguramente entre alaridos. «Pues claro que nos lo merecemos… si es que así lo quieres ver. Yo desde luego espero y cuento con que entiendas que los Coldfield están cualificados para reciprocar cualquier señalado honor que el matrimonio con quien sea pueda conferirles.»
       Como es natural, no existe réplica conocida a esta observación. Al menos por lo que Ellen llegó a contar, la señorita Rosa no intentó siquiera darla. Tan sólo vio marchar a Ellen y se dispuso entonces a hacerle a Judith el segundo obsequio de los dos que tenía a su alcance. Poseía sólo dos, legado éste del mismo modo por su tía, que le enseñó tanto a llevar la casa como a arreglar la ropa antes de largarse una noche por la ventana, aunque este segundo regalo se desarrollase tarde (podría decirse que repercutió) debido a que cuando se largó la tía Rosa aún no era de talla suficiente para aprovechar la ropa descartada ni siquiera acortando las prendas a golpe de tijera. Se dispuso en secreto a confeccionar prendas para el ajuar de Judith. Se apropió de la tela que guardaba su padre en su comercio. No pudo haberla sacado de ninguna otra parte. Tu abuela me dijo que por entonces la señorita Rosa no sabía de hecho contar dinero, cambiarlo; conocía en teoría la progresión de las monedas, pero al parecer nunca había tenido ocasión de ver dinero en metálico, de tocarlo, de experimentarlo y ensayar con él; que en determinados días de la semana iba al pueblo provista de una cesta y que compraba en determinadas tiendas que el señor Coldfield había designado, pero sin que las monedas ni suma de dinero alguno cambiase de mano o de dueño, y que más avanzado el día era el señor Coldfield quien seguía sus pasos guiándose por las deudas anotadas en papeles sueltos o garabateadas en paredes y mostradores, y saldándolas una a una. Por eso tuvo que obtener de él todo el tejido. Y tal como se había llevado él la totalidad del negocio a Jefferson en una carreta, y en una época en la que tenía madre esposa hermana e hijos a su cargo, y tenía que mantenerlos por medio del negocio tal como tenía en esta época una sola hija que mantener por el mismo medio, y en todo ello pesaba en todo momento ese profundo desinterés por la acumulación de lo material que había permitido que la conciencia lo llevara a retirarse a tiempo de aquel negocio pretérito en el que su yerno lo había implicado no sólo a costa de sus justos beneficios sino sacrificando también su inversión inicial, sus provisiones, comenzadas como mera colección de lo elemental para cubrir las primeras necesidades, y que en apariencia no eran siquiera suficientes para que su hija y él mismo se alimentasen de dichas reservas, no habían ido en aumento, ni menos aún se habían diversificado. Fue a pesar de todo allí adonde hubo de recurrir ella para hacerse con el material imprescindible para hacer esas íntimas prendas de muchacha que habían de ser en su caso ajuar nupcial por persona interpuesta, y bien podrás imaginar cuál sería la idea que de esas prendas podía tener la señorita Rosa, por no hablar de cuál sería la idea que se formase de las prendas y de su aspecto cuando hubiera terminado de confeccionarlas sin ayuda de nadie. Nadie sabe cómo se las ingenió para apropiarse la tela del comercio de su padre. Él no se la dio. Le habría parecido a él de su incumbencia proveer a su nieta de ropa si la viera ataviada de un modo que faltase a la decencia, si la viese harapienta o mal abrigada, pero no para que se casara. Por eso creo que ella la robó. A la fuerza tuvo que robarla. Tuvo que sacarla prácticamente delante de las narices de su padre (era una tienda pequeña y era él mismo quien atendía a la clientela, y desde cualquier rincón veía cualquier otro rincón) con esa osadía amoral, con esa afinidad por el bandolerismo o el latrocinio, o a sisar en las vueltas, que es propia de las mujeres, aunque es más probable, o eso me gusta pensar, que lo hiciera mediante algún subterfugio de tan manifiesta y desesperada transparencia, ideado con toda su inocencia, que su misma sencillez le valió de engaño.
       De modo que ya ni siquiera volvió a ver a Ellen. Al parecer Ellen había cumplido ya su misión, había cumplido ya el luminoso mediodía y la tarde sin sentido de su verano de mariposa y se había esfumado, había desaparecido tal vez no de Jefferson, pero sí de la vida de su hermana, para dejarse ver ya sólo una vez más, moribunda, en su lecho en una habitación a oscuras, en la casa en la que el fatídico infortunio había puesto las manos hasta el extremo de esparcir los negros cimientos sobre los cuales estaba construida y llevarse a sus dos principales puntales masculinos, marido e hijo, arrastrando al uno al riesgo y al peligro de la batalla, el otro al parecer devorado por el olvido. Henry había desaparecido sin dejar rastro. De eso también se enteró ella mientras pasaba sus días (y sus noches: tendría que esperar a que su padre durmiese) cosiendo con tedio y sin maña las prendas que confeccionaba para el ajuar de su sobrina, y que tenía que mantener ocultas no sólo de su padre, sino también de las dos negras, que podrían habérselo dicho al señor Coldfield, devanando el encaje de la bobina enredada y apelotonada y desenrollando hilo del carrete y cosiéndolos sobre las prendas mientras llegaban las noticias de la elección de Lincoln y de la caída del fuerte de Sumpter, en Charleston, y ella apenas prestaba atención, escuchaba y perdía el doblar de las campanas que anunciaban la condenación de su tierra natal entre dos tediosas y torpes puntadas que daba en una prenda que nunca iba a lucir y nunca se iba a quitar en beneficio de un hombre al que ella nunca había de ver con vida. Henry desapareció sin más: ella supo lo que se supo en el pueblo, que en aquellas navidades Henry y Bon volvieron por segunda vez a pasar las vacaciones, el apuesto y adinerado nativo de Nueva Orleans cuyo compromiso matrimonial con la hija la madre llevaba ya seis meses pregonando por todo el pueblo sin descanso. Volvieron por segunda vez y el pueblo estuvo a la espera de que se anunciase el día exacto de la ceremonia. Y entonces sucedió algo. Nadie supo bien qué: pudo ser algo entre Henry y Bon por una parte y Judith por la otra, o entre los tres jóvenes por una parte y los padres por la otra. Fuera como fuese, llegó el día de Navidad y Henry y Bon ya no estaban en la casa. Y Ellen no estaba para nadie (al parecer se había retirado a la habitación a oscuras de la que ya no iba a salir hasta que murió dos años después) y nadie fue capaz de precisar nada a juzgar por el rostro o los actos o el comportamiento de Sutpen y de Judith, de modo que el cuento llegó a través de los negros: cómo la víspera de Navidad hubo una fuerte discusión no entre Bon y Henry, no entre Bon y Sutpen, sino entre padre e hijo, y cómo Henry abjuró formalmente de cuanto le hubiese correspondido por su primogenitura y repudió a su padre y renunció al techo mismo bajo el que había nacido, y Bon y él se marcharon de noche y a caballo y la madre quedó postrada, aunque, a juicio del pueblo, no por el trastorno de los planes de boda, sino a causa del sobresalto que produjo la realidad al entrar de lleno en su vida: el misericordioso hachazo antes de degollar a la res. Aunque Ellen como es natural tampoco lo supiera.
       Eso fue lo que oyó la señorita Rosa. Nadie sabe qué pensó. En el pueblo se supuso que la reacción de Henry fue debida a la fogosa naturaleza de la juventud, por no hablar de que la sangre de Sutpen corría por sus venas, y se dijo que el tiempo curaría la herida. De seguro, el comportamiento de Sutpen y de Judith, del uno para con el otro y de ambos para con el pueblo, tuvo algo que ver en todo esto. Se les veía juntos por el pueblo, los dos en el carruaje de vez en cuando, como si nada hubiese ocurrido entre ellos, lo cual de ninguna manera podía haber sido así caso de que la discusión tuviera lugar entre Bon y el padre, como tampoco podía ser el caso si la disputa se produjo entre Henry y su padre, porque en el pueblo se sabía que entre Henry y Judith existía una relación más estrecha incluso que el tradicional afecto y la consabida lealtad entre hermano y hermana, una relación curiosa, una suerte de tierna e impersonal rivalidad entre dos cadetes de un regimiento modélico que comen del mismo plato y duermen bajo la misma manta y desafían a la misma destrucción y que son capaces de arriesgarse a morir el uno por el otro y no por el otro en sí, sino por no permitir que se abra una brecha en el frente unido del regimiento. Eso era cuanto sabía la señorita Rosa. No pudo saber de todo ello más de lo que se supo en el pueblo, porque quienes sí sabían (Sutpen o Judith: no así Ellen, a la que en primer lugar no se le había dicho nada, además de que lo habría olvidado o no habría sido capaz de asimilarlo en caso de que se le dijera: Ellen, la mariposa, bajo de la cual sin previo aviso había desaparecido el aire mismo, el aire soleado que la sostenía, dejándola con las manos gordezuelas plegadas sobre el cobertor en la habitación a oscuras y los ojos probablemente sin indicio de sufrimiento, llenos tan sólo de incomprensión y aturdimiento) no le habrían dicho más de lo que le dijeron a nadie en Jefferson o en cualquier otro lugar. Es probable que ella saliera, es probable que saliera una sola vez y nunca más, y sin duda se abstuvo de preguntar nada, ni siquiera a Judith, tal vez a sabiendas de que nada se le iba a decir, tal vez porque estaba sólo a la espera. Y tuvo que haber dicho al señor Coldfield que no pasaba nada y era evidente que ella misma se lo había creído, ya que continuó cosiendo las prendas para la boda de Judith. Aún seguía haciéndolo cuando Mississippi resolvió la secesión y cuando los primeros uniformes confederados comenzaron a aparecer por Jefferson y cuando el coronel Sartoris y Sutpen reunieron el regimiento que partió en el 61 con Sutpen, segundo al mando, cabalgando a la izquierda del coronel Sartoris en un negro corcel llamado Scott en honor de sir Walter, bajo los colores del regimiento que Sartoris y él habían reunido y que las mujeres de la casa de Sartoris habían bordado utilizando retazos de seda. Físicamente había ensanchado por comparación con lo que era cuando llegó a caballo a Jefferson en aquel domingo del 33, e incluso en comparación con lo que era cuando se casó con Filen. Aún no era oronda su corpulencia, aunque ya rondaba los cincuenta y cinco años de edad. La gordura, la panza, llegaron más adelante. Le llegaron de repente, de golpe, al año siguiente de lo que fuera que se hiciese de su compromiso matrimonial con la señorita Rosa, cuando ella se marchó de su casa y volvió al pueblo para vivir en soledad en la casa de su padre y nunca más volvió a dirigirle la palabra salvo en aquella ocasión en que lo interpeló cuando le fueron a decir que él había muerto. La abundancia de carnes le sobrevino de repente, como si aquello que los negros y también Wash Jones llamaban la fina y admirable estampa de un hombre hubiese alcanzado y sostenido su admiración hasta mucho después de ceder los cimientos y algo entre el perfil que de él se conocía en el pueblo y el esqueleto intransigente y cierto que era en realidad se hubiese reblandecido y, por efecto de la gravedad, cayera y rebotara y se contuviera como un globo, inestable, inerte, por el envoltorio que lo había traicionado.
       No vio ella partir al regimiento porque su padre le prohibió salir de la casa hasta que hubo marchado, negándose a permitirle que tomara parte o que estuviese presente con el resto de las mujeres y las jovencitas en la ceremonia de la despedida, y no porque su yerno casualmente formara parte de la tropa. Nunca había sido un hombre irascible, y antes que se declarase la guerra y Mississippi se secesionase sus actos y discursos de protesta no sólo fueron sosegados, sino también lógicos y bastante sensatos. Pero después que la suerte estuviera echada pareció cambiar de la noche a la mañana, tal como su hija Ellen había cambiado de naturaleza no muchos años antes. Tan pronto comenzaron las tropas a aparecer por Jefferson cerró la tienda y la mantuvo cerrada todo el tiempo en que los soldados eran movilizados y hacían la instrucción, no sólo en aquellos primeros días sino también más adelante, cuando una tropa ocasional acampaba para pasar la noche antes de seguir camino, negándose a vender ninguna mercancía a precio ninguno, y no sólo a las familias de los soldados, sino también, se decía, a los hombres y mujeres que hubieran dado respaldo a la secesión y la guerra sólo de palabra, con su mera opinión. No sólo se negó a permitir a su hermana que volviera a la casa a vivir en ella mientras su marido el tratante de caballos estuviera en la guerra, sino que ni siquiera permitió que la señorita Rosa se asomara a la ventana a ver pasar a los soldados. Había cerrado el comercio a perpetuidad y se pasaba todo el día sin salir de la casa. Allí vivió con la señorita Rosa, los dos en la trasera, con la puerta de la calle cerrada a cal y canto y las persianas cerradas y bien fijados los postigos, y allí, al decir de los vecinos, pasaba el día tras una de las persianas ligeramente entreabierta, como un centinela en su garita, armado no con un mosquete, sino con la gran Biblia de la familia, en la cual estaban registrados su nacimiento y el de su hermana y el nacimiento de sus dos nietos (no así el matrimonio de la tía; éste fue la señorita Rosa quien lo registró junto con la muerte de Ellen el día en que también anotó la defunción del propio señor Coldfield y la de Charles Bon e incluso la de Sutpen), debidamente inscritos con su letra clara y regular, hasta que pasaba de largo un destacamento: entonces abría la Biblia y declamaba con voz áspera y tonante, por encima incluso del ruido de los pasos marciales, los pasajes teñidos del antiguo y violento y vindicativo misticismo que tenía previamente marcados, tal como el verdadero centinela habría dispuesto en una hilera sus cartuchos sobre el alféizar de la ventana. Una mañana supo que habían asaltado su comercio y que lo habían saqueado, de seguro una compañía de tropas foráneas que estaba acampada en las afueras del pueblo, de seguro espoleada por sus propios conciudadanos, aunque sólo fuese de palabra. Aquella noche subió al desván con el martillo y con un puñado de clavos y cerró la puerta y la clavó al marco y arrojó el martillo por la ventana. No era un cobarde. Era un hombre de una entereza moral que no se rebajaba a nada, que llegó a una región desconocida con una reducida provisión de bienes y cinco personas a las que mantener y dar comodidades y seguridad cuando menos con sus exiguos recursos, y allí echó raíces. Todo esto lo hizo comerciando y ahorrando; nunca lo habría logrado de no ser con el ahorro o por medios deshonestos, y como bien dijo tu abuelo, un hombre que en una región tal como era entonces Mississippi restringiera la deshonestidad a la venta de sombreros de paja y madejas de cordel y carnes en salazón habría sido tenido en su propia familia por cleptómano. Pero no era un cobarde, aun cuando su conciencia le dictase escrúpulos, como dijo a tu abuelo, no tanto por la idea del derramamiento de la sangre y la vida de los seres humanos, cuanto más bien por la idea del despilfarro en sí: de fatigar y arrasar y devorar y acribillar cualquier material, por la causa que fuera.
       La vida de la señorita Rosa consistía en administrar su día a día y el de su padre. Hasta la noche del saqueo del comercio subsistieron gracias a sus reservas. Iba a la tienda después de anochecido con un cesto, y volvía con alimentos suficientes para un día o dos. Las provisiones, que ya llevaban un tiempo sin reponerse, estaban bastante mermadas antes del saqueo; ella, a quien nunca había enseñado nadie nada práctico, porque la tía la había criado de forma que creyese que no sólo era delicada, sino preciada también, pronto tuvo que ocuparse de cocinar los alimentos que con el paso del tiempo eran cada vez más costosos de encontrar y cada vez de peor calidad, subiéndole la comida de noche a su padre con la ayuda de la roldana de un pozo afianzada en el ventanuco del desván. Lo hizo a lo largo de tres años, suministrando en secreto y al resguardo de la noche alimentos cuya cantidad apenas era suficiente para una persona al hombre al que aborrecía. Y tal vez con anterioridad no supo que lo aborrecía y tal vez ni siquiera lo supiera entonces, si bien la primera de las odas a los soldados del sur, de las mil o tal vez más que contenía aquella carpeta cuando la vio tu abuelo en 1885, estaba fechada en el primer año de encarcelamiento voluntario de su padre, fechada a las dos de la madrugada.
       Entonces, un día murió el padre. Una noche, de madrugada, no asomó la mano a recoger la cesta. Los clavos viejos seguían en la puerta y los vecinos ayudaron a desatrancarla a hachazos y allí encontraron a quien había visto saquear su único medio de sustento por acción de los defensores de su causa, aunque hubiera repudiado el saqueo y hubiera repudiado a sus autores, y lo encontraron con comida para tres días intacta junto al jergón, como si hubiera pasado tres días cuadrando mentalmente sus cuentas terrenales, hallando el resultado, demostrando que era el correcto y dedicando entonces a su paisaje contemporáneo de locura y de ultraje y de injusticia la terca y coherente impasibilidad de una condena fría e inflexible. La señorita Rosa no sólo quedó huérfana, sino que quedó en la miseria. El comercio era una cáscara, un edificio desierto y abandonado incluso por las ratas y que nada contenía, ni siquiera buena voluntad, puesto que su padre se había sustraído por su extraño comportamiento al trato con los vecinos, había vuelto la espalda al pueblo mismo, había hecho oídos sordos a la tierra encenagada en la batalla. Hasta las dos negras se habían marchado, las negras a las que él dio la condición de libertas tan pronto estuvo en posesión de ambas (las recibió, sin duda, en pago de una deuda, no por adquisición), redactando los documentos de manumisión que ellas no sabían leer y asegurándoles un salario semanal que retuvo en su totalidad, a la espera de que de ese modo cubriese el valor de mercado por el cual las había aceptado en pago de una deuda, y a cambio de todo lo cual estuvieron ellas entre los primeros negros que desertaron en Jefferson y siguieron a las tropas de los yanquis. Por eso, cuando murió no tenía nada, ni ahorros, ni bienes. A buen seguro, el único placer de que gozó alguna vez no estuvo en los exiguos ahorros que espartanamente había amasado antes de cruzarse en su camino con su futuro yerno; no estuvo en el dinero, sino en su representación de garantía de que, con la contaduría del espíritu en la que tenía depositada su fe, en el futuro daría valor a sus cheques en la moneda de la abnegación y la entereza. Y, a buen seguro, lo que más le tuvo que doler en todo el negocio que emprendió con Sutpen no fue la pérdida de sus activos, sino el hecho de que tuviera que sacrificar lo ahorrado, el símbolo de la entereza y la abnegación, para mantener intacta la solvencia espiritual que creía tener ya con creces establecida y garantizada. Fue como si hubiera tenido que pagar dos veces la misma factura debido a un error insignificante en la fecha o en la firma.
       Así, la señorita Rosa no sólo quedó huérfana, sino que quedó en la miseria, sin más parentela sobre el polvo de la tierra que Judith y la tía de la que había tenido una última noticia dos años antes, cuando intentaba atravesar las líneas de los yanquis para llegar a Illinois y así estar cerca del presidio de Rock Island, en donde su marido, que había ofrecido su talento de tratante de caballos y mulos al cuerpo de remonta de la caballería del ejército confederado y había sido hecho preso, cumplía condena por un tiempo. Ellen llevaba dos años bajo tierra, la mariposa, la falena más bien sorprendida por la galerna, zarandeada y estampada contra una pared, a la que estuvo aferrada mientras aleteaba con debilidad, no con un particular ahínco por seguir con vida, no con especial dolor, pues era tan liviana que el golpe no pudo ser demasiado fuerte, ni tampoco con un recuerdo excesivo del rutilante vacío en que vivió antes que la azotara la galerna, sino a lo sumo pasmada, aturdida en la perplejidad y la incomprensión, el caparazón brillante y trivial ni siquiera en gran medida transformado a pesar del año entero de malos alimentos, ya que todos los negros de Sutpen habían desertado para seguir también a las tropas de los yanquis a tierras lejanas, la sangre salvaje que había él traído a esta región y que había intentado mezclar, fundir, aunar con la sangre domesticada que ya estaba en ella, con el mismo esmero y la misma intención con que cruzaba la del semental y la suya propia. Y con idéntico éxito: como si su presencia por sí sola obligase a aquella casa a aceptar primero y a retener después la vida humana, como si las casas en verdad poseyeran una facultad sentiente, una personalidad y un carácter adquiridos no sólo de las personas que respiran o han respirado en ellas, sino inherente más bien a la madera, al ladrillo y al mortero, o legados a la madera, al ladrillo y al mortero por los hombres que las concibieron y las construyeron: en ésta, una incontestable afirmación o vocación quizá de vacío, de deserción; una insuperable resistencia a la ocupación, salvo si sancionada y protegida por los despiadados y los más fuertes. Había perdido algo de peso, cómo no, pero era como si la mariposa misma entrase en su propia disolución de veras disolviéndose, como si el área del ala y del cuerpo menguase un poco, el dibujo de los ojos comprimiéndose un poco más, pero sin que se le viera una sola arruga; la misma cara lozana y casi infantil sobre la almohada (aunque la señorita Rosa descubrió entonces que Ellen llevaba años tiñéndose obviamente el cabello), la misma lozanía y suavidad en las manos gordezuelas (aunque ya sin anillos) sobre el cobertor, y sólo el aturdimiento en los ojos oscuros, que miraban sin comprender, era indicio de alguna presencia de vida mediante la cual postulaba la cercanía de la muerte al pedir a su hermana, una mocita de diecisiete años entonces (Henry hasta ese momento seguía desaparecido, habiendo repudiado por propia voluntad sus derechos de primogénito; aún no había regresado para tener la intervención postrera y representar su papel en la condenación de la familia, y esto, al decir de tu abuelo, le ahorró dolor a Ellen, no porque hubiera sido el revés definitivo y aplastante, sino porque se habría despilfarrado en ella, ya que la falena, aferrada a la pared, aun estando viva habría sido incapaz de sentir los embates de una nueva y violenta galerna), que protegiera a la hija que le quedaba. Así las cosas, lo natural habría sido que se fuese a vivir con Judith, lo natural para ella y para cualquier sureña, para cualquier dama del Sur. No habría sido necesario que se lo pidiera o se lo propusiera nadie; nadie había supuesto que ella contaba con que llegase esa proposición o petición, igual da. Y es que así es una dama sureña. No el hecho de que sin dinero y sin perspectiva de que nunca pudieran ser las cosas de otro modo, y a sabiendas de que todos cuantos la conocían estaban al corriente de esto, si bien se mudara con su parasol y un orinal para su uso particular y tres baúles a vivir a casa de otra persona y se acomodara en la habitación misma en que la esposa de uno usa las ropas bordadas a mano y no sólo se hiciera con el mando de todos los criados que del mismo modo saben que jamás les dará una propina, porque saben igual de bien que los blancos que nunca tendrá nada que darles, a pesar de lo cual entra en la cocina y echa a la cocinera y condimenta la comida que uno haya de comer según el gusto que su paladar le dicte; no es eso, no es eso lo que ella trata de conservar, no se aferra a eso en cuerpo y alma; es como si viviera de la sangre misma, como un vampiro, no de un modo insaciable, no desde luego con voracidad, sino con ese desocupado y sereno esplendor de las flores que se arroga para sí porque también le inunda las venas, alimento de la sangre ancestral que surcó mares ignotos y continentes de los que no existen mapas, y que bregó contra la adversidad en tierra inhóspita, contra circunstancias y asechanzas y fatalidades, con apacible despreocupación ante cualquier carga onerosa, ante cualquier impedimento que atosigue los placeres y la paz misma en cuya preservación incurre lo que podría considerarse el manantial contemporáneo y transmutable que se las ingenia para mantener los corpúsculos más groseros, los portadores de nutrientes, en número suficiente, y sanos en el flujo de la sangre.
       Eso es lo que se habría dado por supuesto que hiciera. Pero no lo hizo. Y no obstante, pese a ser también huérfana, Jutith disponía aún de todas aquellas hectáreas abandonadas para procurarse sustento, por no decir que tenía la ayuda de Clytie y su compañía, y contaba con que Wash Jones le procurase alimento, tal como había procurado alimento a Ellen hasta que murió. Pero la señorita Rosa no fue allí de inmediato. Tal vez nunca habría ido bajo ningún concepto. A pesar de que Ellen le había pedido que cuidase de Judith, que la protegiese, es posible que a su entender Judith aún no necesitara protección, puesto que aun cuando el afecto postergado pudiera haberle proporcionado la voluntad de existir, de resistir el tiempo que hiciera falta, ese mismo afecto, aun cuando quedase postergado, por fuerza tenía que preservar y preservaría a Bon hasta que la locura de los hombres se estancase por puro agotamiento y él regresara al fin de donde quiera que estuviese y trajera consigo a Henry, víctima por igual de la locura y del infortunio. Tuvo que ver a Judith de vez en cuando en aquel entonces, y Judith quizá le apremió a que se fuese a vivir al Centenar de Sutpen, pero yo creo que ésta es la razón de que no fuese, aun cuando siguiera sin saber nada del paradero de Bon y de Henry y Judith al parecer tampoco le dijera nada. Y es que Judith lo sabía. Es posible que lo supiera desde algún tiempo atrás; es posible que también Ellen lo supiera, aunque es probable que para Ellen por entonces la ausencia no fuera un estado cualitativo, una ausencia hecha de ignominia o de un olvido que fueran idénticos y tal vez a Ellen no se le ocurriese la idea de decírselo a su hermana, que para otra persona la incertidumbre del combate y la certidumbre del olvido tal vez fueran dos cosas distintas, o quizá Judith tampoco dijo nada a su madre. Es posible que Ellen no supiera antes de su muerte que Henry y Bon eran soldados del regimiento que habían organizado sus compañeros de la universidad. El primer indicio que tuvo la señorita Rosa en un total de cuatro años, la primera señal que apuntó en sentido de que su sobrino pudiera estar vivo, tuvo lugar la tarde en que Wash Jones, a lomos del último jamelgo que le quedaba a Sutpen, se llegó a la puerta de su casa y allí se puso a llamarla a gritos. Lo había visto antes, pero no lo reconoció: era un hombre flaco y desgarbado, de ojos claros, con el lastre de la malaria, con un rostro que podía corresponder a cualquier edad comprendida entre los veinticinco y los sesenta, sentado a horcajadas en el mulo sin ensillar, ante la cancela, en plena calle, gritando «¡Hola! ¡Hola!» a intervalos, hasta que ella salió a la puerta, momento en el cual bajó un poco la voz, no mucho. «¿Susté Rosie Coldfield?», le dijo.



IV

      Aún no había anochecido lo suficiente para que Quentin se pusiera en camino, no lo suficiente para que la señorita Coldfield se aviniera a recibirlo según su gusto, descontando incluso las doce millas que había hasta allá y las doce de vuelta. Quentin eso lo sabía. Casi la estaba viendo a la espera en una de las habitaciones sin luz y sin ventilación, en la soledad inexpugnable de la casita arisca y sofocante. No tendría una luz prendida porque pronto pensaba estar fuera de la casa, y porque seguramente algunos de sus ancestros o parientes o personas afines alguna vez le debió de decir que la luz y el aire en movimiento portaban el calor, tal como también le había dicho que el coste de la electricidad no dependía del tiempo real que estuviera la luz encendida, sino de la refracción necesaria para superar la inercia inicial en el momento de accionar el interruptor: eso era lo que se reflejaba en el contador. Ya se había puesto el sombrero negro con incrustaciones de azabache, de eso estaba él seguro, y se habría cubierto los hombros con un echarpe, sentada a la luz moribunda, cada vez más metida en la penumbra, del crepúsculo. Tendría ya en la mano o en el regazo el bolso en el que guardaba todas las llaves, entrada y retrete y armario, que poseía la casa de la cual se disponía a desertar quizá por espacio de seis horas, y un parasol, o un paraguas, pensó él, recordando que ella era impermeable al clima y a la estación, ya que si bien no le había dirigido a ella ni un centenar de palabras antes de aquella tarde, en toda su vida, sí sabía que con anterioridad jamás había salido de la casa después de ponerse el sol salvo los domingos y los miércoles en que asistía a las congregaciones de piadosa oración, probablemente en esos cuarenta y tres largos años. Sí, era probable que llevara el parasol. Saldría con él cuando él acudiese a llamarla y lo llevaría invencible en el exánime suspiro del anochecer sin rocío siquiera, en donde en esos momentos la única alteración con respecto de la oscuridad estaba en el blando y más pleno azar con que revoloteaban las luciérnagas —un azar más pleno y más denso en el crepúsculo que llegaba tras sesenta días sin lluvia y cuarenta y dos sin rocío siquiera—, al porche en donde se levantó de la silla cuando el señor Compson, con la carta en la mano, salió de la casa y al pasar encendió la luz para leerla.
       —A lo mejor tienes que entrar para leerla —dijo el señor Compson.
       —Tal vez pueda leerla aquí —repuso Quentin.
       —A lo mejor tienes razón —dijo el señor Compson—. A lo mejor la luz del día, y qué decir de ésta —indicó la única lámpara, un globo manchado y ensuciado por los mosquitos tras el largo verano, y que ni siquiera cuando estaba limpia daba demasiada luz—, que tuvo el hombre que inventar de necesidad, ya que, aliviado de la carga de tener que ganarse la vida con el sudor de su frente, parece que revierta (o evolucione) hacia el estado de animal nocturno, en fin, a lo mejor incluso ésta sería excesiva para ella, para ellos. Sí, para ellos: los de aquel día y los de aquel entonces, un tiempo acabado, concluido, extinto, personas también como nosotros, víctimas como nosotros también, sólo que víctimas de circunstancias distintas, más simples y por tanto integérrimas, de mayor amplitud, más heroicas, y sus figuras más heroicas también, no concernidas, ni empequeñecidas, ni complicadas, sino distintas, nítidas, sin pliegues, que poseían el don de amar de golpe y morir de golpe en vez de ser criaturas difusas y desmadejadas y aventadas, extraídas a ciegas y trozo a trozo de un bolso lleno de todo y de nada y ensambladas de cualquier manera, autores y víctimas también de un millar de homicidios y de un millar de cópulas y divorcios. A lo mejor tienes razón. A lo mejor cualquier luz más intensa sería excesiva. —Pero no entregó la carta a Quentin en ese momento.
       Volvió a sentarse y Quentin hizo lo propio y tomó el puro que había dejado sobre la barandilla, la brasa de nuevo al rojo, la glicinia del color del humo que de nuevo se disipaba en volutas inertes sobre la cara de Quentin cuando el señor Compson volvió a apoyar los pies en la balaustrada, la carta en la mano y la mano tan oscura como si fuese la de un negro por contraste con el pantalón de lino en cuya pernera la había posado.
       —Y es que Henry amaba a Bon. Por él repudió sus derechos de primogenitura, de sangre, y rehusó toda seguridad material. Renunció por un hombre que era cuando menos bígamo en su fuero interno, si es que no era un canalla redomado, sobre cuyo cadáver iba Judith a encontrar una fotografía de la otra mujer y del niño. Tan es así que él (Henry) pudo contradecir a su padre por una declaración que él mismo tuvo que comprender que su padre ni pudo hacer ni habría hecho sin fundamento y sin pruebas. Y sin embargo lo hizo, y fue el propio Henry quien asestó el golpe con su propia mano, aun cuando tuvo que saber que lo que su padre le dijo sobre la mujer y el niño era cierto. Tuvo que reconocerlo entre sí, tuvo que decírselo cuando cerró la puerta de la biblioteca por última vez, al salir aquella víspera de Navidad, y tuvo que repetírselo a menudo cuando Bon y él cabalgaban juntos en la oscuridad de hierro de aquella madrugada de Navidad, alejándose de la casa en que había nacido, la casa que sólo iba a ver una vez más, y con la sangre del hombre que entonces cabalgaba junto a él todavía fresca en sus manos: Creeré. Quiero creer y creeré. Aunque así sea, aunque lo que me ha contado mi padre sea cierto y muy a mi pesar no pueda abstenerme de saber que es cierto, creeré pese a todo, sigo creyendo que es cierto. ¿Qué otra cosa podía haber tenido la esperanza de hallar en Nueva Orleans si no era la verdad, si no era lo que su padre le había dicho, lo que él había rechazado y se había negado a aceptar y había contradicho de plano, aun cuando muy a su pesar ya tenía que creerlo? ¿Y quién sabe por qué un hombre, a pesar del sufrimiento, se aferra por encima del resto de las extremidades indemnes al brazo o a la pierna que en el fondo sabe le ha de ser amputado? Porque amaba a Bon. Me lo imagino en la biblioteca con Sutpen durante la víspera de Navidad, el padre y el hermano, percusión y repercusión, como el trueno y su eco, e igual de juntos: la declaración y la réplica que la contradijo, la decisión instantánea e irrevocable entre el padre y el amigo, entre (eso tuvo que creer Henry) el lugar donde se encontraban el honor y el amor y el lugar donde fluían la sangre y los beneficios, aun cuando en el preciso instante de contradecir a su padre y afirmar que era falsedad lo que dijo supiera que era verdad. He ahí el porqué de los cuatro años, el tiempo de prueba. Tuvo que saber que sería en vano, tuvo que saberlo incluso en aquella víspera de Navidad, por no hablar de lo que tuvo que ver con sus propios ojos en Nueva Orleans. Tal vez incluso llegara a conocer a Bon así de bien entonces; Bon no había cambiado hasta entonces, y no iba a cambiar después, y él (Henry) no pudo decir a su amigo esto lo hice por el afecto que te tengo: haz tú esto otro por el afecto que me tienes. No pudo decirlo, date cuenta, ese hombre, ese joven de veinte años apenas, el cual había dado la espalda a todo cuanto conocía para jugársela por aquel único amigo a quien ya cuando aquella noche se alejaban a caballo tuvo que haber sabido, al igual que sabía que era verdad lo que su padre le había dicho, que estaba condenado y destinado a matar. Tuvo que haberlo sabido, tal como tenía que saber que era vana su esperanza, aun cuando no supiera cuál era su esperanza y qué era lo que esperaba, cuál era esa esperanza y ese sueño de que Bon cambiase, de que fuera otro, de que cambiara la situación, qué sueño del que algún día pudiera despertar para descubrir que había sido un sueño, como en el sueño que provoca la fiebre en un herido, cuyo brazo o pierna lesionados son los fuertes y están enteros, y los sanos son los doloridos y enfermos.
       »Fue el periodo de prueba que impuso Henry. Henry los mantuvo a los tres en una suerte de intervalo al que incluso Judith consintió hasta cierto punto. Ella no estaba al cabo de lo que aquella noche hubiera ocurrido en la biblioteca. No creo que nunca llegara a saberlo, ni sospechar nada hasta cuatro años después, cuando volvió a verlos, cuando trajeron de vuelta el cadáver de Bon a la casa grande y encontró ella en su guerrera una fotografía que no era el retrato de ella, ni de su hijo; despertó a la mañana siguiente y ellos ya no estaban, sólo quedaba la carta, la nota que había escrito Henry, quien de seguro se negó a permitir que fuese Bon quien la escribiera: un anuncio del armisticio, el periodo de prueba, y Judith se plegó hasta cierto punto y dio en parte su consentimiento, aun cuando con idéntica rapidez se habría negado a obedecer cualquier orden de su padre, tal como se había negado Henry a desafiarle, y sin embargo obedeció a Henry en este punto y se sometió a él —no al familiar y al varón, al hermano, sino debido a la relación existente entre ellos, a esa personalidad única y dotada de dos cuerpos, los cuales fueron seducidos casi de un modo simultáneo por un hombre al que Judith nunca había visto—, sabedores ella y Henry, los dos, que ella cumpliría el periodo de prueba, que otorgaría a Henry el beneficio de ese intervalo, sólo hasta el punto mutuamente reconocido, aunque tácito e indefinido, los dos sin duda al tanto de que cuando se alcanzase ese punto, y con el mismo sosiego, con la misma negativa a aceptar o a ceder debido a ninguna debilidad tradicional de su sexo, pondría fin al armisticio y le plantaría cara como si fuera su enemigo, sin exigir y sin desear siquiera que Bon estuviera presente para contar con su apoyo, negándose incluso, de seguro, a permitirle intervenir en caso de que lo estuviera, abordando ella el asunto primero con Henry, como un hombre, antes incluso de consentir en revertir a su condición femenina, de amada, de prometida. Y Bon: Henry tampoco había dicho a Bon lo que su padre le había dicho, tal como tampoco volvió junto a su padre a decirle que Bon lo negaba, ya que para lo uno tendría que haber pasado por lo otro, y él sabía que todo desmentido que diera Bon habría sido precisamente mentira, y aun cuando él hubiera podido cargar sobre sus hombros con la mentira de Bon no podría haber sobrellevado que ni Judith ni su padre la supieran. Bon tuvo que tener conocimiento de la visita de Sutpen a Nueva Orleans tan pronto él (Bon) llegó a su casa aquel primer verano. Tuvo que haber sabido que Sutpen ya conocía su secreto —si es que Bon, hasta no presenciar la reacción de Sutpen, alguna vez llegó a considerar que hubiera motivo para guardarlo en secreto, no desde luego objeción válida al casamiento con una mujer blanca—, situación en la que probablemente todos sus coetáneos, todos los que pudieron permitírselo, estuvieron del mismo modo envueltos, y que no se le habría ocurrido jamás comentar a su prometida o a su esposa o a la familia de ella, en la misma medida en que tampoco les habría revelado los secretos de una organización fraterna de la que hubiera sido miembro antes de casarse. De hecho, el modo en que la familia de su futura esposa reaccionó ante el descubrimiento fue a buen seguro la primera y la última vez en que la familia Sutpen le sorprendió. A mí es él quien me sorprende, quien me parece curioso de veras. Llegó a aquella aislada y puritana casa, casa de campesinos al fin y a la postre, casi igual que el propio Sutpen llegó a Jefferson: al parecer completo pese a carecer de trasfondo o de pasado o de infancia, un hombre algo más envejecido de aspecto que lo propio de su verdadera edad y nimbado o envuelto en una especie de resplandor escita, que parece que sedujera al hermano y a la hermana acomodados al medio rural sin ningún esfuerzo por su parte, sin proponérselo siquiera, y que provocó todo el desasosiego y todo el alboroto desde el instante en que cayó en la cuenta de que Sutpen iba a impedir que se celebrase la boda caso de que estuviera en su mano impedirlo, momento en el cual él (Bon) parece haberse recluido y haber adoptado el papel de mero espectador pasivo un tanto sardónico, distante y completamente enigmático. Parece que flotase, sombrío, casi sin sustancia, un tanto por detrás y un tanto por encima de todos los demás ultimátums y afirmaciones y desafíos y retos y repudios tan francos y tan lógicos, aunque (para él) incomprensibles, con un aire de distanciamiento irónico e indolente, como el de un joven cónsul romano que hiciera el equivalente del Grand Tour en su época, entre las hordas de los bárbaros que su abuelo conquistara, encerrado en una casa bronca y pueril y terrible, un castillo de muro de barro en medio de un bosque de miasmas y espíritus errabundos. Fue como si todo aquello le resultara no inexplicable, desde luego, sino tan sólo innecesario, como si en el acto supiera que Sutpen había descubierto lo relativo a la amante y al niño y en ese momento le parecieran la acción de Sutpen y la reacción de Henry sendas pifias, torpezas morrocotudas en lo moral, fruto de un fetichismo tan necio que ni siquiera merecía el nombre de pensamiento, y que contemplaba con el desapego y la atención de un científico que observara los músculos de una rana anestesiada: los observaba, los contemplaba parapetado tras la barrera de sofisticación en comparación con la cual Henry y Sutpen eran unos trogloditas. No sólo el exterior, su forma de caminar y de hablar y de vestir, de acompañar a Ellen al comedor o de darle la mano para subir al carruaje y (tal vez, seguramente) de besársela, los modales que Ellen envidiaba porque Henry carecía de ellos, sino también por el hombre en sí, esa fatalista e impenetrable imperturbabilidad con que los miraba mientras esperaba a que hiciesen cualquier cosa que estuvieran haciendo o fuesen a hacer, como si en todo momento hubiera sabido que surgiría la ocasión en que tuviera que esperar y en que tan sólo le correspondería quedar sin más a la espera; había seducido a Henry y a Judith, a los dos tan cabalmente que no podía temer que no fuera a desposarse con Judith cuando él lo deseara. No era esa estúpida astucia a medias instinto y a medias fe en la suerte, y a medias hábito muscular de los sentidos y los nervios que tiene el jugador a la espera de asumir lo que pueda a partir de lo que ve, sino cierto pesimismo reservado e inflexible, despojado generaciones atrás de toda la morralla convencional y toda la aparatosa farfolla de quienes (sí: Sutpen y Henry y los Coldfield también) aún no han emergido del todo de la barbarie, y que así que pasen dos mil años seguirán despojándose con gestos triunfales del yugo de la cultura y la inteligencia latinas, por parte de las cuales, de entrada, nunca corrieron gran peligro, ni menos aún permanente.
       »Y es que amaba a Judith. Habría añadido él sin duda “A mi manera” puesto que, como pronto tuvo ocasión de aprender el que hubiera sido su futuro suegro, no era ésta la primera vez que desempeñaba este papel, y prometió a Judith lo que le prometió, y menos aún era la primera vez que se habría prestado a una ceremonia para conmemorarlo, e hizo la distinción (era más o menos católico) que pudo entre ésta, con una mujer blanca, y aquella otra. Y es que ya verás la carta, no la primera que le escribió a ella, pero sí al menos la primera que ella mostró, como ya sabía tu abuela entonces: según creemos, ahora que ya está muerta, es la única que conservó, a menos que la señorita Rosa y Clytie, cómo no, destruyeran las demás después que ella muriese: y ésta se conserva no porque Judith la apartase con la intención de conservarla, sino porque la trajo ella misma y se la dio a tu abuela el mismo día en que destruyó las otras que él le había escrito (siempre y cuando fuera ella, cómo no, quien las destruyese), cosa que tuvo que suceder cuando encontró en la guerrera de Bon la fotografía de la amante que tenía una octava parte de sangre negra y del chiquillo que ella le dio. Y es que él fue su primer y único amor. Tuvo que haberlo mirado exactamente con los mismos ojos con que Henry lo miraba. Y sería difícil decir a cuál de los dos parecía más espléndido, si a la que tenía la esperanza, así fuese inconsciente, de apropiarse de la imagen por medio de su posición legal, o al otro, al que poseía el conocimiento, así fuera inconsciente al deseo, de la barrera infranqueable que la similitud de género erigía sin remedio, ese hombre a quien Henry vio por vez primera a caballo, en la arboleda de la universidad, en dos de los caballos que allí tenía, o tal vez cruzando a pie el campus con aquella capa y sombrero un tanto afrancesados que gastaba, o tal vez (es lo que prefiero pensar) fuera presentado con la debida formalidad al hombre que se hallaba reclinado con un batín de flores, casi feminizado, en una soleada ventana de sus aposentos, este hombre apuesto y elegante e incluso felino y demasiado mayor para estar donde estaba, demasiado mayor no por sus años, sino por su experiencia, dotado de un tangible efluvio de conocimiento, pletórico: de actos consumados y apetencias saciadas y placeres agotados e incluso postergados. Tuvo así que parecer no ya a Henry, sino a la totalidad de los estudiantes de aquella pequeña universidad de provincias, una fuente no de envidia, pues uno sólo envidia a quien considera que es sólo por puro accidente, nada más, superior a uno mismo, y que posee lo que uno cree que con un poco más de suerte que la que ha tenido hasta entonces llegará a poseer; no de envidia, sino de desesperanza: esa cortante y sobrecogedora y terrible y aciaga desesperanza de los jóvenes, que a veces adquiere la forma del insulto e incluso de la agresión física contra el ser humano que la encarna o, en casos extremos, como el de Henry, un insulto y una agresión contra todos y cada uno de los detractores del sujeto, como atestigua la violencia con que Henry repudió a su padre y renunció a sus derechos de primogenitura cuando Sutpen prohibió que se celebrase el matrimonio. Sí, él quería a Bon, el cual lo sedujo con la misma certeza infalible con que iba a seducir a Judith: el muchacho de campo de los pies a la cabeza, nacido y criado en el medio rural, quien con otros cinco o seis integrantes del reducido estudiantado compuesto por los hijos de otros dueños de otras plantaciones a los que Bon permitió que trabasen amistad íntima con él, que imitasen su manera de vestir y sus modales y (en la medida en que eran capaces) su manera misma de vivir, miraba a Bon como si fuese un héroe salido de una versión de Las mil y una noches para adolescentes que hubiera tropezado con (o más bien se le hubiera encomendado) un talismán o una piedra de toque no para investirle de sabiduría o poder o riqueza, sino para dotarle de la capacidad y proveerle de la oportunidad de pasar de una escena de deleite apenas concebible a la siguiente sin que mediase intervalo, pausa o hartazgo; y el mero hecho de que, haraganeando, arrellanado ante ellos con aquel atuendo extravagante y casi femenino que gastaba en su sibarítica intimidad, afectaba ese hartazgo hastiado pero acrecentaba así no sólo el desconcierto, sino también la amargura y la desesperación y la rabia exasperada; Henry, el provinciano, el payaso casi, dado a la acción instintiva y violenta más que al pensamiento sopesado, al raciocinio, quien pudo ser consciente de que su aguerrido orgullo provinciano por la virginidad de su hermana era una cantidad errónea que debía incorporar en sí misma la imposibilidad de durar para ser algo precioso, para existir, y que por tanto dependía de su pérdida, de su ausencia, para haber existido de hecho. De hecho, tal vez sea éste el incesto puro y perfecto: el hermano que comprende que la virginidad de la hermana ha de ser destruida para que haya existido de hecho, tomando esa virginidad en la persona del hermano político, un hombre que él mismo sería si en él se pudiera convertir, metamorfosearse en amante, en esposo, y mediante el cual él mismo sería despojado, elegido para ser despojado, si pudiera convertirse en, metamorfosearse en hermana, amante, prometida, esposa. Tal vez todo esto es lo que sucedió no en el entendimiento de Henry, sino en su alma. Y es que nunca se paró a pensar. Sintió y actuó de inmediato. Conoció la lealtad y la interpretó. Conoció el orgullo y los celos; amó y penó y mató, aun apenado y, yo creo, amando aún a Bon, el hombre al cual concedió cuatro años de margen, tuvo cuatro años a prueba, cuatro años durante los cuales tuvo tiempo de sobra para renunciar al otro matrimonio y disolverlo, a sabiendas de que los cuatro años de espera y de esperanza habían de ser en vano.
       »Sí: fue Henry, no Bon, en calidad de testigo del cortejo de extraordinaria placidez que vivieron Bon y Judith, un compromiso, si es que llegó a darse el compromiso, que duró todo un año y que comprendió dos visitas por vacaciones, que hizo por invitación expresa del hermano de la novia, periodos que Bon parece haber dedicado a montar a caballo y a cazar en compañía de Henry, o bien a actuar como una elegante e indolente y esotérica flor de invernadero que poseía tan sólo el nombre de una ciudad por todo pasado, por toda historia, por todo origen, flor en torno a la cual Ellen se pavoneaba y aleteaba desplegando su desatinado y postrer veranillo de mariposa; él, el hombre vivo, había sido objeto de una usurpación, date cuenta. No hubo tiempo, no hubo intervalo, no hubo margen en aquellos días de ajetreo para que pudiera cortejar a Judith. Ni siquiera es posible imaginárselo a solas con Judith. Prueba a hacerlo, que lo máximo que podrás sacar en claro es tan sólo una proyección de ambos, mientras las personas de carne y hueso se encontraban sin duda alejadas y en otra parte —dos sombras de paseo, serenas, sin alteraciones carnales, por un jardín, en verano—, los dos mismos espectros serenos que parecían contemplar imparciales y atentos y reposados, por encima, desde detrás, la inexplicable masa tormentosa de las prohibiciones y los desafíos y los repudios en la cual Sutpen como una roca y Henry, volátil y violento, destellaron y centellearon y se apagaron: Henry, quien hasta entonces nunca había estado en Memphis, quien nunca había estado lejos de la casa hasta el mes de septiembre, en que marchó a la universidad con sus ropas de pueblerino y su caballo ensillado y su criado negro; los seis o siete que eran, de una edad similar y de una formación sólo superficial en materia de comidas y vestimenta y ocupaciones diarias y ocio, apenas distinta de la de los esclavos negros que los atendían; el mismo sudor, la única diferencia se encontraba en que de un lado se destinaba al trabajo en los campos de cultivo, mientras del otro era el precio de los espartanos y magros placeres de que podían servirse por no tener que sudar en los campos de cultivo: la dureza y la violencia de la caza y la equitación; los mismos placeres, jugándose los unos a las cartas los cuchillos romos y las baratijas de latón y las pizcas de tabaco y los botones y las prendas de vestir, por ser lo más fácil y lo más rápido de entregar; los otros, el dinero y los caballos y las armas y los relojes, y por idénticas razones; las mismas fiestas, la misma música con los mismos instrumentos, toscos violines y guitarras, ya fuera en la gran mansión, con velas y vestidos de seda y champagne, ya fuera en las cabañas con suelo de tierra, con teas humeantes de madera de pino y percal y agua endulzada con melaza; fue Henry, porque en aquel entonces Bon ni siquiera había visto a Judith. Es probable que apenas hubiese prestado atención al desmadejado relato que le hizo Henry de su breve y convencional historia y procedencia, tanto que ni siquiera recordaba que Henry tuviera una hermana, ese hombre indolente y ya demasiado maduro para hallar compañía entre los jóvenes, los niños, con los que vivía entonces, ese hombre desajustado a su tiempo y que además lo sabía y lo aceptaba por una razón obviamente suficiente para que se armara de valor y resistiera, y a todas luces demasiado seria o al menos demasiado privada para divulgarla a los conocidos que tuviera entonces; ese hombre que más adelante demostró la misma indolencia, casi una total falta de interés, el mismo desapego cuando se armó el alboroto por el anuncio del compromiso que, por lo que se llegó a saber en Jefferson, nunca llegó a tener existencia formal, que el propio Bon ni confirmó ni desmintió nunca, y él en un segundo plano, imparcial y pasivo, como si no fuera él quien estaba implicado o bien como si actuase en nombre de un amigo ausente, como si la persona implicada y proscrita fuese alguien de quien nunca hubiese oído hablar, alguien que nada le importase. No parece que ni siquiera llegara a darse ningún cortejo. Al parecer rindió a Judith el dudoso cumplido de no pretender siquiera arruinarla, y menos aún insistió en el matrimonio ni antes ni después que Sutpen lo prohibiera de forma expresa, y esto, fíjate bien, en un hombre que ya se había forjado una reputación por sus hazañas entre las mujeres estando en la universidad, mucho antes que Sutpen llegase a tener pruebas patentes. No hubo compromiso, no hubo cortejo siquiera: Judith y él se vieron otras tres veces en dos años, durante un total de doce días, contando el tiempo que consumió Ellen; se despidieron sin decirse adiós siquiera. Con todo, cuatro años más tarde, Henry tuvo que matar a Bon para impedir que se casaran. Por eso tuvo que ser Henry quien sedujo a Judith, y no Bon: la sedujo a la vez que él mismo caía seducido en el trecho que va de Oxford al Centenar de Sutpen, el trecho comprendido entre ella misma y el hombre al cual todavía no había conocido, como si fuera por medio de esa telepatía con la que cuando eran niños parecían a veces anticiparse el uno a las acciones del otro, como dos pájaros que emprenden el vuelo en el mismo instante; ese vínculo no es como el ilusorio y convencional engaño que se da entre dos gemelos, sino más bien como el que existe entre dos personas que, al margen de su sexo o de su edad, al margen de su herencia y su raza y su lengua, encallaran desde que nacen en una isla desierta: la isla es aquí el Centenar de Sutpen; la soledad, la sombra de ese padre con el cual no ya el pueblo, sino también la familia de la madre, meramente habían asumido el armisticio, en vez de aceptarlo y asimilarlo.
       «¿Comprendes? Ahí los tienes: una jovencita de campo, una simple provinciana que ve a un hombre una media de una hora al día durante doce días extendidos a lo largo de año y medio, a pesar de lo cual tan resuelta está a casarse con él que fuerza a su hermano y lo pone ante el último recurso, el homicidio, si es que no fue asesinato, con tal de impedirlo, y esto al cabo de un periodo de cuatro años, durante el cual no siempre pudo estar segura de que él siguiera vivo; un padre que había de ver a ese hombre una sola vez, si bien tendría motivos para llevar a cabo un viaje de seiscientas millas para investigarlo y bien corroborar lo que a esas alturas al parecer sospechaba por ciencia infusa o bien hallar al menos algo que le sirviera del mismo modo de razón para que nunca se llegara a celebrar el matrimonio; un hermano a cuyos ojos el honor y la felicidad de esa hermana e hija, habida cuenta de la curiosa e insólita relación que entre ellos existía, habían de ser algo más preciado, más motivo de celos de lo que incluso eran para el padre, a pesar de lo cual tuvo que ser el adalid del matrimonio hasta el extremo de repudiar al padre, al linaje de su sangre y a la casa, convirtiéndose en seguidor que dependió del pretendiente rechazado por espacio de cuatro años, antes de darle muerte al parecer por las mismas razones por las que cuatro años antes abandonó su hogar para ser su adalid; el amante por último que sin volición ni deseo se vio implicado en un compromiso matrimonial que no pareció pretender ni evitar, que aceptó el rechazo con el mismo espíritu pasivo y sardónico, si bien cuatro años después estaba por lo visto tan resuelto a contraer matrimonio, el mismo matrimonio ante el cual entonces parecía haber sido del todo indiferente, que forzó al hermano que había sido su adalid a matarlo para impedir que se celebrase. Sí: habida cuenta de todo ello, para Henry, un joven de muy poco mundo, por no decir para su padre, bastante más viajado, la existencia de la amante una octava parte de cuya sangre era negra, y del hijo, negro en la decimosexta parte de su sangre, y habida cuenta de la ceremonia morganática, una situación que era parte del bagaje social y a la moda de un joven adinerado de Nueva Orleans en la misma medida en que lo eran sus zapatos de baile, eran razones de peso, lo cual es hilar demasiado fino en el campo del honor incluso en el caso de esos hombres huraños, sombríos y sin par que son nuestros ancestros nacidos en el Sur, los hombres y mujeres que alcanzaron la mayoría de edad en torno a 1860 o 1861. Es sencillamente increíble. Es algo que no se explica. O quizá sea eso: ellos no lo explican y nosotros no tenemos por qué entenderlo. Algunos cuentos que iban de boca en boca sí tenemos; hemos exhumado de viejos baúles y arcones cartas que carecen de salutación inicial y de firma que las cierren, en las que hombres y mujeres que vivieron y respiraron hoy no pasan de ser sino iniciales o apodos acuñados a partir de un afecto hoy inconcebible, que nos suenan a sánscrito o a choctaw; apenas vislumbramos ya a las personas, a las personas en cuya sangre palpitante y en cuya simiente permanecíamos nosotros latentes, a la espera, en esa umbría dilución del tiempo que posee ahora proporciones heroicas, en la que llevamos a cabo sus actos de simple pasión y de simple violencia, impermeables al tiempo e inexplicables… Sí: Judith, Bon, Henry, Sutpen: todos ellos. Ahí los tienes, a pesar de lo cual falta algo: son como una fórmula química exhumada a la que las cartas del arcón olvidado, escritas con esmero, el papel envejecido y descolorido y a punto de hacerse pedazos, la letra desdibujada y casi indescifrable, pero cargada de intención, presta forma y sentido familiares, el nombre y la presencia de fuerzas volátiles y semientes; las amalgama uno en las proporciones exigidas, pero no sucede nada; las relee con tedio y con empeño, las examina, se cerciora de que no olvida nada, de que no incurre en un error de cálculo; las amalgama de nuevo y de nuevo nada sucede: tan sólo las palabras, los símbolos, las formas mismas, sombrías e inescrutables y serenas sobre el turgente telón de fondo de un horrible y sangriento infortunio que desbarata los asuntos de los hombres.
       »Vinieron de la universidad para pasar aquellas primeras navidades. Judith y Ellen y Sutpen lo conocieron entonces, Judith al hombre al que iba a ver un total de doce días, al que iba a recordar sin embargo cuatro años después de tal modo (nunca le escribió durante ese tiempo; Henry no se lo permitió; era el periodo de prueba, date cuenta) que cuando recibió una carta suya en la que le decía Hemos esperado tiempo más que suficiente Clytie y ella comenzaron casi de inmediato a confeccionar un vestido y un velo de novia a partir de retales y descartes; Ellen, el esotérico, el casi barroco, el casi epiceno objeto artístico que con voracidad pueril ensayó incluir en el mobiliario y la decoración de su casa; Sutpen, el hombre al cual tras verlo una sola vez y antes que existiera el compromiso matrimonial en ninguna parte, salvo en la imaginación calenturienta de su esposa, vio como amenaza potencial a la (entonces por fin) triunfal coronación de sus adversidades pasadas y de su ambición, amenaza de la cual tenía al parecer tanta certeza que justificó el viaje de seiscientas millas que era necesario para demostrarla, y ello en un hombre que podía haberle pegado un tiro a todo el que no le cayera en gracia, a todo el que le inspirase cierto temor, pero que no se habría desplazado diez millas siquiera para investigarlo. ¿Comprendes? Casi se podría pensar que el viaje de Sutpen a Nueva Orleans fue mero fruto del azar, una más de tantas ilógicas maquinaciones de una fatalidad que había escogido a aquella familia antes que a cualquier otra del condado, de la tierra, tal como escoge un chiquillo ese hormiguero para verter agua hirviendo en él, y no cualquier otro, sin que él mismo sepa el porqué. Se quedaron dos semanas y volvieron a caballo a la universidad, deteniéndose a visitar a la señorita Rosa, a la que no encontraron en su casa; pasaron el largo periodo lectivo hasta las vacaciones de verano conversando, cabalgando, estudiando (Bon estudiaba derecho. Casi a la fuerza, puesto que sólo esa actividad pudo hacerle más llevadera su residencia en la universidad, al margen de la razón que había llevado consigo para quedarse; ése era el entorno perfecto para su indolencia dilatoria, tanto hincar los codos en los manuales de Blackstone y Coke en un lugar en el que el estudiantado aún no sobrepasaba un número de dos cifras, en el que la facultad de derecho constaba de otros seis como él además de Henry, pues en efecto fue él quien corrompió a Henry y lo animó a que estudiara también derecho; Henry cambió de estudios a mitad de curso), a la par que Henry lo imitaba en su vestimenta y en su manera de hablar, más bien lo caricaturizaba quizás, y Bon, aunque entonces ya había visto a Judith, era con toda probabilidad el mismo hombre perezoso y felino al que Henry había endilgado el papel de pretendiente de su hermana, tal como durante el trimestre de otoño endilgaron Henry y sus compañeros a Bon el papel de donjuán; Ellen y Judith viajaron al pueblo hasta dos y tres veces por semana para hacer sus compras, y una vez fueron a visitar a la señorita Rosa cuando iban de camino, en carruaje, a Memphis, con un carro que las precedía para hacerse cargo de las adquisiciones, del botín, y un negro de más en el pescante, con el cochero, para hacer un alto a cada trecho, sin que recorriesen muchas millas, y prender junto al camino una fogata en la cual recalentar los ladrillos sobre los cuales reposaban los pies de Ellen y Judith, en plena adquisición del ajuar para aquella boda cuyo compromiso formal no existía en ninguna parte, salvo en la imaginación calenturienta de Ellen; y Sutpen, que había visto a Bon una vez y se encontraba en Nueva Orleans haciendo indagaciones en torno a su persona durante la siguiente ocasión en que Bon puso los pies en la casa: a saber qué estaba pensando, qué estaba esperando, qué momento, qué día preciso para viajar a Nueva Orleans y descubrir lo que parece que en todo momento supo que iba a encontrar. No tenía a quién decírselo, no tenía con quién hablar de aquello, de su miedo y sus recelos. No se fiaba de nadie, ni hombre ni mujer, no tenía el amor de nadie, ni mujer ni hombre, ya que Ellen era incapaz de amar y Judith era demasiado semejante a él y él tuvo que darse cuenta a primera vista de que Bon, por más que la hija aún pudiera quizá salvarse de su influjo, ya había corrompido al hijo. Había tenido un éxito excesivo, date cuenta; suya era la soledad del desprecio y la desconfianza que acarrea el éxito para quien lo conquista sólo por ser fuerte, y no por tener tan sólo suerte.
       »Entonces llegó junio y el final de curso y Henry y Bon regresaron al Centenar de Sutpen, Bon tan sólo para pasar un día o dos antes de seguir viaje a caballo hasta el río, donde tomaría el vapor que lo llevara a su casa, a Nueva Orleans, ciudad a la que ya había emprendido viaje Sutpen sin que nadie lo supiera, y menos que nadie Ellen. Se quedó tan sólo dos días, aunque fue entonces, más que nunca, cuando tuvo la oportunidad de llegar a un entendimiento con Judith, tal vez de enamorarse de ella incluso. Fue su única oportunidad, su última oportunidad, aunque claro está que ni él ni Judith pudieron saberlo, toda vez que Sutpen, que llevaba casi dos semanas ausente de la casa, sin duda había descubierto ya entonces a la amante ochavona y al niño. Así las cosas, por primera y última vez Bon y Judith podría decirse que tuvieron campo libre, o más bien así pudo ser, ya que fue Ellen quien se encontró con campo libre. Me la imagino orquestar aquel cortejo, proporcionar a Judith y a Bon ocasiones para que se citaran y se hicieran promesas, y me la imagino con una ubicuidad coqueta e infatigable, de la que ambos sin duda en vano trataron de evadirse, Judith con preocupación y enojo, pero todavía serena, Bon con aquel desagrado sardónico y sorprendido que parece haber sido la manifestación más habitual de un carácter tan impenetrable y sombrío como el suyo. Sombrío, sí: un mito, una fantasmagoría, algo que engendraron por entero ellos mismos, una emanación de la sangre, una creación de la forma de ser de Sutpen, como si ese hombre en absoluto tuviera una existencia propia. Sin embargo, allí estaba el cadáver que la señorita Rosa vio, al que Judith dio enterramiento en la tumba de la familia, al lado de su madre. Y esto otro: el hecho de que sobreviviera un compromiso indefinido, jamás expresado en voz alta, dice mucho del postulado de que se amaron, pues durante aquellos dos días un mero romance habría perecido, habría muerto ahogado en la edulcoración y en el oportunismo. Bon entonces fue a caballo hasta el río y tomó el barco. Y además esto: quién sabe, pero tal vez si Henry hubiera viajado con él aquel mismo verano en vez de esperar hasta el siguiente, tal vez no habría muerto Bon como murió; si al menos Henry hubiese viajado entonces a Nueva Orleans y allí hubiera descubierto a la amante y al niño, antes que fuera demasiado tarde Henry podría haber reaccionado al descubrimiento exactamente igual que hizo Sutpen, como cabría esperar que reaccionase un hermano celoso, puesto que, quién sabe, pero no fue la existencia de la amante y del niño, la posible bigamia, aquello que Henry denunció y tachó de mentira y contradijo a su padre, sino que denunció el hecho de que fuera su padre quien se lo dijo, de que fuera su padre quien se le adelantara, el padre que es enemigo natural de todo hijo y de todo yerno, que en la madre encuentran a su aliada, tal como después de celebrada la boda será el padre aliado del yerno, que tiene entonces por enemiga encarnizada a la madre de su esposa. Pero Henry no hizo el viaje en aquella ocasión. Cabalgó hasta llegar al río con Bon y regresó a la casa; al cabo de un tiempo también Sutpen regresó a la casa, nadie iba a saber de dónde, ni con qué intención, hasta las navidades siguientes, y así pasó aquel verano, el último verano de paz y de contento, con Henry, de seguro sin propósito meditado, defendiendo la causa de Bon mucho mejor que el propio Bon, ese fatalista indolente que nunca se tomó la molestia de abogar por ella, mientras Judith escuchaba con serenidad, con aquella tranquilidad impenetrable que más o menos un año antes había sido la ausencia de volición, la vaguedad ensoñada e insensata de una jovencita, pero que ya era entonces la compostura de una mujer madura, el aplomo de una mujer madura y por añadidura enamorada. Fue entonces cuando llegaron las cartas y cuando Henry las leyó todas sin asomo de celos, con esa abnegación completa y metamorfoseada en el cuerpo de quien iba a ser el amante de su hermana. Y Sutpen aún no dijo nada acerca de lo que había descubierto en Nueva Orleans, seguía a la espera sin que Henry ni Judith recelaran nada, a la espera de quién sabe qué, quizá con la esperanza de que cuando Bon se enterase, pues por fuerza tenía que llegar a su conocimiento que Sutpen había descubierto su secreto, él (Bon) cayera en la cuenta de que el juego había terminado y se abstuviera de regresar a la universidad al año siguiente. Pero Bon regresó. Henry y él se encontraron de nuevo en la universidad; las cartas —ya tanto de Henry como de Bon— hicieron viajes semanales, llevadas en mano por el criado de Henry, y Sutpen seguía a la espera, con la certeza de que nadie sabía entonces a la espera de qué, y fue increíble que esperase hasta las navidades para que la crisis le sobreviniera, ese hombre del cual se decía no sólo que salía al paso de cualquier contratiempo o complicación para atajarlos en seco, sino que a veces salía al paso de los contratiempos o las complicaciones que él mismo fabricaba. Pero esta vez esperó y le sobrevino: por navidades, Henry y Bon llegaron una vez más en sus caballos al Centenar de Sutpen y el pueblo entero estaba para entonces convencido por la insistencia de Ellen de que el compromiso era firme: aquel 24 de diciembre de 1860, los niños negros provistos de ramas de muérdago y de acebo por todo pretexto ya rondaban la trasera de la casa grande para dar voces, “el aguinaldo”, a los blancos, al rico de la ciudad llegado para cortejar a Judith sin que Sutpen todavía dijera nada, sin que nadie recelase nada, salvo si acaso Henry, si acaso Henry, que fue quien provocó la crisis aquella misma noche, y Ellen, que ya se hallaba en la cota máxima que alcanzaron las aguas desbordadas de su vida de irrealidad e ingravidez, que con el alba del día siguiente iba a quebrarse bajo sus pies e iba a anegarla del todo, la vida cuyos restos iba a pasar aturdida, sin entender nada, en la habitación de las persianas cerradas en la que murió al cabo de dos años; la víspera de Navidad, la explosión, sin que ninguno ya jamás supiera ni el porqué ni el qué sucedió entre Henry y su padre, y ya sólo los negros que iban susurrando de cabaña en cabaña propagaron la noticia de que Henry y Bon se habían marchado a caballo, en plena noche, no sin que Henry antes repudiase su hogar y su derecho de primogénito.
       «Marcharon a Nueva Orleans. Cabalgaron con el frío claror de aquel día de Navidad hasta el río y allí tomaron el barco de vapor, Henry todavía al mando, con la iniciativa, como había de ser hasta el final, cuando por primera vez durante toda su relación fue Bon quien guió sus pasos y Henry quien siguió. No tenía por qué haber ido. Voluntariamente se había convertido en un pobre sin recursos, aunque tampoco pudo haber acudido a su abuelo en busca de ayuda, pues aunque es probable que tuviera mejor montura que ningún otro estudiante de la universidad, sin exceptuar al propio Bon, aunque es probable que dispusiera de muy poco dinero más allá del que pudo reunir con las prisas y cargar en su caballo junto con los objetos de valor que por azar llevara encima cuando Bon y él emprendieron viaje. No, no tenía por qué marchar, y en esa ocasión también tomó la delantera y Bon cabalgó a su lado tratando de sonsacarle y averiguar qué era lo que había pasado. Bon sabía, por descontado, qué era lo que Sutpen descubrió en Nueva Orleans, pero le faltaba saber cuánto era lo que Sutpen había contado a Henry, y Henry no soltaba prenda, a lomos de la yegua nueva de la que sin duda sabía que tendría que desprenderse y sacrificarla también junto con el resto de su vida, su herencia, a buen paso en aquel trecho, la espalda envarada e irrevocablemente vuelta a la casa, al lugar en que nació y a todas las familiares escenas de su infancia y juventud, que había repudiado en aras de aquel amigo con el cual, a pesar del sacrificio que acababa de hacer por afecto y por lealtad, aún no podía ser perfectamente sincero. Y es que sabía que lo que Sutpen le dijo era verdad. Tuvo que saberlo en el instante mismo en que contradijo a su padre y denunció su mentira. Así pues, no se atrevió a pedir a Bon que lo desmintiera. No se atrevió, ¿lo entiendes? Era capaz de afrontar la pobreza, su condición de desheredado, pero no podría haber soportado la mentira de labios de Bon. Fue sin embargo a Nueva Orleans. Fue derecho al único lugar, al lugar mismo en el que no podía evitar la corroboración concluyente de la misma afirmación que, viniendo de su padre, había tachado de mentira. Fue allí con esa intención, fue allí a corroborarla. Y Bon cabalgaba a su lado tratando de averiguar qué era lo que le había dicho Sutpen: Bon, quien durante año y medio había visto a Henry imitar su vestimenta y su manera de hablar, quien durante año y medio se había visto convertido en objeto de aquella devoción completa y abnegada que sólo un joven, nunca una mujer, profesa por otro joven o por un hombre; quien a lo largo de un año exacto había visto a la hermana sucumbir ante aquel mismo embrujo al que ya había sucumbido el hermano, y ello sin volición por parte del seductor, sin que éste siquiera levantase un dedo, como si en realidad fuera el hermano quien embrujó a la hermana, seduciéndola por medio de su viva imagen, de su imagen vicaria, que era la que caminaba y respiraba en el cuerpo de Bon. Con todo, he aquí la carta, enviada cuatro años después, escrita en una hoja de papel, rescatada de una casa que fue saqueada en Carolina, con mina de plomo para limpiar fogones hallada en algún almacén militar que fue capturado a los yanquis, cuatro años después que ella no recibiera ningún mensaje de Henry en el sentido de que él (Bon) estaba vivo. Así que tanto si Henry sabía lo de la otra mujer como si lo ignoraba, entonces sí tuvo que saberlo. Bon se dio cuenta. Me los imagino cabalgar, Henry todavía acalorado por la colérica percusión de su lealtad reivindicada, Bon más sabio, más reposado, más taimado, aunque sólo fuese por tener mayor experiencia y unos cuantos años más, enterándose gracias a Henry, sin que Henry se enterase, de cuanto Sutpen le había contado. Y es que Henry ya tenía que saberlo. Y no creo que fuera sólo por conservar a Henry en calidad de aliado, pensando en que quizá lo necesitara en una futura crisis. Fue porque Bon no sólo amaba a Judith a su manera, sino que también amaba a Henry, y creo que lo amaba en un sentido más hondo que meramente a su manera. Es posible que en su fatalismo fuera Henry a quien más amaba de los dos, viendo tal vez en la hermana sólo una sombra, la mujer recipiente en la cual consumar el amor cuyo verdadero objeto era el joven: este donjuán cerebral que, invirtiendo el orden, había aprendido a amar aquello que había lastimado; tal vez fuera incluso algo más que Judith o Henry, tal vez fuese la vida, la existencia que ambos representaban. Y es que quién sabe qué panorama de paz pudo entrever en la monotonía de aquel rincón de provincias olvidado de la mano de Dios, qué alivio, qué escapatoria para el viajero sediento que había llegado demasiado lejos y a edad demasiado temprana, en aquel sencillo manantial campestre encajonado en el granito.
       »E imagino cómo se lo dijo Bon a Henry, cómo se lo reveló. Imagino a Henry en Nueva Orleans sin haber visitado antes siquiera Memphis, un Henry toda cuya experiencia del mundo constaba de estancias en otras casas, plantaciones casi intercambiables con la suya, en las que se plegó a la misma rutina que en su casa, las mismas partidas de caza y las mismas peleas de gallos, las mismas carreras de caballos improvisadas en toscos circuitos caseros, con caballos sólidos por su sangre y su raza, aunque no fueran animales criados para las carreras y tal vez no llevaban ni media hora fuera de los astiles de una carreta o una calesa; los mismos bailes convencionales con idénticas y también intercambiables vírgenes de provincias, al compás de una música clavada a la de su casa, el mismo champagne, sin duda el mejor, aunque servido con tosquedad y con la pantomima y la elegancia burlesca de los mayordomos negros que (y lo mismo en el caso de los bebedores, que lo trasegaban como si fuera whisky puro, entre brindis exagerados y nada sutiles) habrían tratado la limonada del mismo modo. Lo imagino, con su herencia puritana —esa herencia tan peculiar y anglosajona— de misticismo orgulloso y fiero, y esa capacidad de sentir vergüenza de la ignorancia y la inexperiencia, en esa ciudad extranjera y paradójica, con un ambiente al tiempo funesto y lánguido, al tiempo femenino y duro como el acero, ese palurdo arisco y sin sentido del humor, tallado en el pedernal de una herencia granítica, en donde incluso las casas, por no decir nada de la vestimenta y la conducta, están construidas a imagen de un Jehová sádico y celoso; lo imagino colocado de repente en un lugar cuyos moradores habían previamente creado el coro jerárquico de los bellos santos y los hermosos ángeles para respaldo del Todopoderoso en las fachadas de sus casas y en sus ornatos personales y en sus vidas voluptuosas. Sí, imagino cómo lo fue preparando Bon, cómo llegó el pasmo: la destreza, el cálculo, la preparación previa de la puritana mentalidad de Henry, tal como hubiera preparado un campo en pendiente, angosto y pedregoso, para sembrarlo y cultivar en él lo que quisiera. Iba a ser la ceremonia en sí, al margen de cómo fuese, lo que Henry rehusara: Bon lo sabía. No iba a ser la amante, y ni siquiera el niño, ni siquiera la amante negra y menos aún el niño por también serlo, puesto que Henry y Judith se habían criado con una hermanastra negra; no iba a ser la amante a ojos de Henry, ni mucho menos una amante negra para un joven con la educación de Henry, un joven que había crecido y vivía en un entorno en el que el otro sexo se hallaba dividido en tres nítidas categorías, divididas (dos de ellas) por un abismo que era posible salvar una sola vez y en una única dirección —damas, mujeres, hembras—, las vírgenes con que los caballeros llegado el día se casaban, las cortesanas a las que atendían con sus visitas sabáticas a las ciudades, las esclavas y mujeres sobre las que reposaba la primera casta y a la que en determinados casos debía sin lugar a dudas la realidad de su propia virginidad; no, para Henry no fue nada de eso, no lo pudo ser para un joven de sangre recia, víctima del arduo celibato de la equitación y la caza con el que se acaloraba y se importunaba la sangre de un joven, al que tanto él como su estirpe se veían obligados para que pasara el tiempo, las muchachas de su propia clase prohibidas e inaccesibles y las mujeres de la segunda categoría igualmente inaccesibles en virtud del dinero y la distancia, y de ahí que sólo las esclavas, las criadas adecentadas y aseadas por sus señoras blancas, o tal vez las muchachas de cuerpo sudoroso al volver de los campos y el joven que allí se presenta a caballo y hace una señal al capataz que las vigila y le dice Envíame a Juno o a Missylena o a Chlory y acto seguido se interna a caballo entre los árboles y allí desmonta y aguarda. No: había de ser la ceremonia, una ceremonia en la que a buen seguro participó con una negra, aunque no por ello dejó de ser una ceremonia; es lo que sin duda pensó Bon. Por eso lo imagino del modo en que lo hizo: el modo en que tomó el negativo del alma inocente y del intelecto provinciano de Henry y lo expuso poco a poco a ese esotérico entorno, acreciéndolo poco a poco en pos de la imagen que deseaba que retuviera impresa, que aceptase. Lo veo corromper a Henry poco a poco en los aledaños de la elegancia, sin prolegómenos y sin previo aviso, el postulado posterior al hecho en sí, exponiendo a Henry lenta y gradualmente al aspecto superficial, la arquitectura cuando menos curiosa, un tanto pomposa, de dejes femeninos y, por tanto, para Henry opulenta, sensual, pecaminosa; la inferencia de una riqueza copiosa y fácil, medida por la carga de los barcos de vapor en un lugar en que con tedio avanzaban palmo a palmo las figuras humanas, sudorosas, por los campos de algodón; los destellos y el relumbre de un sinfín de ruedas de las calesas, en las que las mujeres, entronizadas e inmóviles, en su veloz tránsito por su campo visual, parecían retratos pintados junto a los hombres con trajes de lino algo más fino y diamantes algo más luminosos y con un paño algo más elegante y con sombreros ladeados con algo más de inclinación, cubriéndoles algo más el rostro, con un punto algo más siniestro y fanfarrón que todo cuanto Henry hubiera visto hasta la fecha: y su mentor, el hombre por el cual había repudiado no sólo sangre y primogenitura, sino también alimento y cobijo y vestimenta, cuyo atuendo y maneras de hablar había querido él emular, junto con su actitud hacia las mujeres y sus ideas sobre el honor y el orgullo, ve resolverse la imagen entera y la ve fijarse y entonces dice a Henry: “Pero no se trata de eso. Eso no es más que la base, los cimientos. Puede pertenecer a cualquiera”, y Henry: “¿Qué quieres decir? ¿No se trata de eso? ¿Es entonces algo que está por encima, es algo más selecto que todo eso?”, y Bon: “Sí. Eso no son más que los cimientos. Eso pertenece a cualquiera”: un diálogo sin mediar palabra, sin servirse de la lengua, que serviría para fijar y luego retirar sin suprimir una sola línea la imagen, ese trasfondo, dejando entonces el trasfondo, el negativo, preparado e inocente de nuevo: el negativo dócil, dotado de esa humildad puritana hacia todas las cosas, que es más cuestión de sensatez que de lógica, de realidad, el hombre, el corazón que pugna y se ahoga tras él, diciendo ¡Creeré! ¡Creeré! ¡Creeré! Sea verdad o no, ¡creeré!, a la espera de la siguiente imagen que el mentor, el corruptor, tuviera en gana administrar: esa imagen siguiente, a resultas de cuya fijación y aceptación el mentor volvería a decir, quizás esa vez con palabras, contemplando aún el rostro sobrio y pensativo pero aún seguro en su conocimiento y en su confianza en esa herencia puritana que en ese momento debiera dar muestras de desaprobación y no de sorpresa ni de desesperanza e incluso de nada en absoluto con tal de no ver a la desaprobación manifestarse en forma de sorpresa o desesperanza: “Pero ni siquiera de esto se trata”, y Henry: “¿Quieres decir que es algo aún más elevado, que está por encima de esto?”. Y es que él (Bon) hablaría en esos momentos con pereza, casi enigmáticamente, emulsionando él mismo en el negativo la imagen que le vino en gana fijar; imagino cómo lo hizo, el cálculo, la pericia alerta de un cirujano, el frío distanciamiento, las breves exposiciones, tan breves que resultasen crípticas, casi entrecortadas, el negativo inconsciente y ajeno a lo que mostrase al fin la imagen completa, apenas entrevista y, pese a todo, imposible ya de extirpar: un carricoche, un caballo de monta que espera ante una puerta cerrada de aspecto curiosamente monacal, en un barrio un tanto decadente, incluso un tanto siniestro, y Bon que comenta al desgaire el nombre de su dueño, la corrupción que con sutileza opera de nuevo al inculcar en el entendimiento de Henry la idea de un hombre de mundo que conversa con otro, que Henry sabía que Bon creía que Henry sabría incluso, y gracias a cualquier palabra descoyuntada, de qué estaba hablando Bon, y Henry el puritano que ante todo debía no dar muestra de nada, cualquier cosa con tal de no dar muestra de sorpresa o de incomprensión; una fachada cerrada a cal y canto, ciega, adormecida en la vaporosa luz de la mañana, investida por aquella voz envolvente y críptica de algo que inspiraba secretos, extraños, inimaginables deleites. Sin saber que lo que veía era como si para Henry aquella impenetrable y desconchada barrera al disolverse produjera o revelara no un atisbo de comprensión en su entendimiento, el intelecto que sopesa y descarta, sino como si golpease en cambio de lleno, certera, algún fundamento primario y ciego, insensato, de todo varón joven que viviera un sueño y una esperanza, una hilera de rostros como un bazar repleto de flores, apoteosis suprema de las pertenencias materiales, de la carne humana engendrada a partir del cruce de las dos razas para su venta, un pasillo de rostros como flores condenadas y trágicas, emparedado entre la arisca hilera de las dueñas añosas y los perfiles elegantes de los jóvenes acicalados, depredadores y (en ese instante) caprinos: todo esto entrevisto por Henry en un abrir y cerrar de ojos, expuesto rápidamente y velozmente retirado, la voz de su mentor todavía envolvente, plácida, enigmática, postulando aún la realidad de un hombre de mundo que conversara con otro acerca de algo que los dos entienden, algo de lo que ambos se fían, algo con lo que ambos cuentan, el provinciano horror del puritano a revelar sorpresa o ignorancia, que conocía a Henry mucho mejor de lo que Henry le conocía a él, y sin que Henry tampoco diera muestras, ahogando ese primer alarido de terror y de pesar, ¡Creeré! ¡Creeré! ¡Creeré! Sí, así de fugaz tuvo que ser, sin que Henry tuviese tiempo de comprender qué había visto, pero ya más despacio: llegaría entonces el momento que Bon había ido preparando: un muro infranqueable, un zaguán portentosamente cerrado, el sobrio y pensativo joven provinciano sólo a la espera, ojo avizor, sin preguntar todavía por qué, o qué, el zaguán de sólidos barrotes en lugar de la reja de hierro como una celosía y el hecho de que ambos entrasen, llamando Bon con los nudillos a una pequeña puerta adyacente de la cual emerge un individuo cetrino que recuerda a un ser extraído de un antiguo grabado de la Revolución Francesa, concernido, un tanto perplejo, que mira primero la luz del día y luego a Henry y que habla con Bon en un francés que Henry no entiende y los dientes de Bon que resplandecen un instante antes de responder en francés “¿Con él? ¿Un americano? Es un invitado; tendría que dejarle escoger el arma y me niego a batirme con hachas. No, no. No es eso. Sólo la llave”. Sólo la llave, y entonces el portón macizo se cerró a sus espaldas, no ante ellos; ni una visión, ni una prueba por sobre las altas murallas de la ciudad baja y apenas ningún sonido, la masa laberíntica de las adelfas y los jazmines, el llantén y la mimosa que de nuevo amurallaban la franja de tierra desnuda, rastrillada y cubierta por un polvo de conchas trituradas, inmaculada, sólo con algunas manchas recientes, ocres, que aparecían aquí y allá, y la voz —el mentor, el guía que se hace a un lado para contemplar el rostro grave, provinciano— casual, placentera al desgranar las anécdotas: “La costumbre dicta que ambos se sitúen espalda contra espalda, la pistola en la diestra y la punta del capote del adversario en la izquierda. A la señal convenida comienzas a caminar y notas que se tensa el capote, momento en el cual te vuelves y disparas. Claro que de vez en cuando hay algunos que, cuando la sangre se ha acalorado más de la cuenta, o cuando sigue siendo sangre campesina, prefieren el duelo a cuchillo y con un solo capote. Se encaran uno con otro, envueltos ambos por el capote, sujetando cada uno con la mano izquierda la muñeca del otro. Pero yo nunca me he batido así”, todo como si tal cosa, parlanchín, ya lo ves, a la espera de la pregunta sopesada del joven provinciano, el cual ya sabía la respuesta antes de preguntar: “¿Por qué ibas tú… por qué iban a batirse?”.
       »Sí, Henry ya lo sabría, o bien creería saberlo; a lo sumo lo tendría por un anticlímax aun cuando no lo fuera, aun cuando fuera cualquier otra cosa, el golpe definitivo, el embate, el estoque, la fina incisión de cirujano que los nervios ya pasmados del paciente ni siquiera sentirían, sin saber que los primeros golpes duros de veras eran los descargados al azar, los más toscos. Y es que estaba la ceremonia. Ambos eran sabedores de que a eso se resistiría Henry, le resultaría difícil de tragar, digerir y retener. Pero vaya si era astuto ese hombre del cual durante semanas Henry había ido comprendiendo que sabía cada vez menos, ese extraño entonces inmerso en los preparativos formales, rituales casi, de la visita, olvidado de todo lo demás y casi melindroso como una mujer por cómo le sentaba a Henry la levita nueva que le había encargado para la ocasión, que forzó a Henry a que aceptase la ocasión, por medio de todo lo cual la impresión en su totalidad que Henry iba a recibir de su visita quedaría establecida antes que se marcharan de la casa, antes que Henry llegase a ver a la mujer: y Henry, el joven provinciano, el desconcertado, con la sutileza de la marea que ya por debajo de él indicaba la cota en la que tendría que traicionarse y traicionar toda su crianza y su manera de pensar, o bien negar al amigo por el cual ya había repudiado casa y familia y todo; el desconcertado, el (por el momento) desamparado, deseoso de creer, si bien no alcanzaba a ver de qué manera podía hacerlo, llevado por el amigo, por el mentor, al pasar por uno de los umbrales inescrutables, extrañamente desprovistos de vida, como aquel ante el cual antes había visto el caballo o el carricoche, e ingresar así en un lugar en el que para su mentalidad provinciana y puritana toda moralidad era el mundo al revés y todo honor había perecido, un lugar creado por y para la voluptuosidad, para los sentidos, sin vergüenza y la desvergüenza misma, y el muchacho de campo con su sencillo y hasta entonces impertérrito código en el que las hembras eran damas o eran putas o eran esclavas contempló la apoteosis de dos razas condenadas presidida por su propia víctima, una mujer con un rostro como una trágica magnolia, la hembra eterna, la eterna encarnación del sufrimiento; el niño, el pequeño, dormido entre sedas y encajes para ser segura a la par que completa la posesión material de aquel que, por haberlo engendrado, era su dueño y señor en cuerpo y alma y gozaba de entera libertad para venderlo (si quisiera) como un ternero o un cachorro o un cordero; y el mentor que volvía a mirar, tal vez el tahúr que entonces se preguntase ¿He ganado o he perdido? cuando salieron y regresaron a los aposentos de Bon, durante ese lapso impotente incluso para tomar la palabra, la astucia, sin contar ya con ese carácter puritano que no debe dar muestras ni de sorpresa ni de desesperación, necesitado de contar entonces (si acaso) con la corrupción misma, con el amor; ni siquiera pudo decir “¿Y bien? ¿Qué me dices de todo esto?”. Tan sólo pudo esperar, fiado de los actos absolutamente imprevisibles de un hombre que vivía de acuerdo con el instinto y no con la razón, a que Henry tomase la palabra: “Pero es una mujer comprada. Es una puta”. Y Bon incluso con amabilidad: “No es una puta. No digas eso. De hecho, no te refieras a ninguna de ellas por ese nombre en Nueva Orleans; de lo contrario, te verás obligado a comprar ese privilegio pagando con tu propia sangre seguramente a un millar de hombres”, y tal vez incluso con cierta compasión: esa compasión pesimista y sardónica y cerebral de los inteligentes ante cualquier injusticia humana, ante cualquier desatino o sufrimiento: “Nada de putas. Y nada de putas precisamente por nosotros, por ese millar de hombres. Nosotros, el millar, los hombres blancos, somos quienes las hemos hecho, las hemos creado y producido; hemos hecho las leyes que proclaman que una octava parte de un tipo específico de sangre pesa más que las otras siete octavas partes si son de otro tipo. Lo reconozco. Pero esa misma raza blanca también las habría convertido en esclavas, en mano de obra, en cocineras, tal vez incluso en braceras, de no haber sido por ese millar, esos pocos hombres como yo, sin principios y sin honor, dirás acaso. No podemos, tal vez ni siquiera queremos salvarlas a todas ellas; tal vez las mil que salvamos no son ni una en un millar. Pero a ésa la hemos salvado. Dios tal vez distinga a todas las alondras, pero no nos las damos nosotros de ser Dios, date cuenta. Tal vez ni siquiera aspiramos a ser Dios, ya que ningún hombre querría de veras sino a una sola de las alondras. Y tal vez cuando Dios mire el interior de uno de estos establecimientos como el que has visto esta noche no nos elegiría a uno de nosotros para que fuésemos Dios ahora que Él ya es viejo. Aunque sin duda tiene que haber sido joven alguna vez, y sin duda alguien que haya existido tanto tiempo como Él, que ha visto tanto y tan extenso y tan crudo y tan promiscuo acto pecaminoso sin ninguna donosura y sin moderación y sin decoro, como Él ha tenido que ver, y que al final haya tenido que contemplar, aunque los ejemplos no lleguen a ser ni siquiera uno en un millar de millares, los principios del honor, del decoro y de la caballerosidad aplicados a un instinto humano perfectamente normal que vosotros los anglosajones insistís en llamar lujuria y a cuyo servicio recurrís en los sabáticos en las cavernas primitivas, la caída de aquello que llamáis la gracia empañada entonces por palabras de extenuación y de explicación que desafían al cielo, el retorno a la gracia saludado por los heraldos de los gritos de humillación ahíta y de flagelación con los que se intenta aplacar al Cielo, en ninguno de los cuales, el desafío o la expiación, puede el Cielo hallar nada que le interese, ni nada que le complazca, tal como tampoco halla nada, al cabo de las dos o tres primeras veces, que le divierta. Así pues, tal vez ahora que Dios ya es viejo no le interese el modo en que nos ponemos al servicio de eso que llamáis lujuria. Tal vez ni siquiera nos exige que salvemos a esta única alondra, tal como tampoco salvamos a la única alondra que salvamos en alabanza de Dios. Pero sí salvamos a una que de no ser por nosotros habría sido vendida a cualquier bestia dispuesto a pagar su precio, y que no se le vende para pasar la noche, como una prostituta blanca, sino que se le vende en cuerpo y alma y de por vida a quien podría utilizarla con mayor impunidad de la que se atrevería a emplear con un animal, fuera yegua o ternera, para luego despreciarla o venderla o incluso asesinarla cuando se le agotase, o cuando su manutención y su valor ya no salieran a cuenta. Sí: una alondra que Dios mismo olvidó distinguir. Y es que si bien los hombres, los hombres blancos, fueron quienes la crearon, Dios no lo impidió. Plantó la semilla de la que floreció ella, la sangre blanca para dar forma y pigmento a lo que el hombre blanco llama belleza femenina, a un principio femenino que existía en su compleción, en su majestad de reina, en la calenturienta entrepierna ecuatorial del mundo mucho antes que el blanco que nos corresponde bajara de los árboles y perdiese pelo y se blanquease, un principio apto y dócil y un instinto de extraños, misteriosos, antiguos placeres de la carne (que lo es todo: no hay otra cosa) que sus blancas hermanas de un mohoso ayer rehuyen presas de una moral aterrada y escandalizada: un principio que allí donde su hermana blanca tiene la necesidad de convertirlo en cuestión de pura economía, como quien se empeña en instalar una caja registradora o una balanza o una caja fuerte en una tienda o un negocio para calcular y apartar un determinado porcentaje de los beneficios, impera sabio, supino y todopoderoso en el lecho de seda en penumbra que constituye su trono. No: nada de putas. Ni siquiera cortesanas: criaturas arrebatadas en su más tierna infancia, entresacadas y escogidas y criadas con mayor esmero del que se dedica a cualquier niña blanca, a cualquier monja, a cualquier yegua de pura sangre incluso, por parte de una persona que les dedica todas las atenciones y todos los cuidados, privándose del sueño, que ninguna madre da jamás. A cambio de una cantidad, por descontado, sólo que es una cantidad que se ofrece y se acepta o se rechaza por medio de un sistema mucho más formal que el que rige la compraventa de las niñas blancas, ya que como mercancía son mucho más valiosas que las niñas blancas, criadas y adiestradas para cumplir la única finalidad y propósito de una mujer: amar, estar hermosa, entretener; no ver apenas nunca la cara de un solo hombre hasta no ser llevada al baile de turno y ofrecida y elegida por un hombre que a cambio no es que pueda y no es que quiera sino que debe proporcionarle un entorno apropiado, en el cual amar y estar hermosa y entretener, y que debe por lo común arriesgar su vida o al menos su sangre a cambio de tal privilegio. No, nada de putas. A veces pienso que son ellas las únicas mujeres castas de verdad, por no decir las únicas vírgenes que hay en toda América, y que siguen siendo fieles y leales a ese hombre no sólo hasta que muera o las deje en libertad, sino también hasta que ellas mueren. ¿Dónde vas a encontrar a una dama o a una puta de las que puedas dar por sentado que harán algo así?”. Y Henry: “Pero tú te casaste con ella. Te casaste con ella”. Y Bon… más apresurado en el hablar, más tajante, aun siendo aún el hierro, el acero, el tahúr que aún no se ve reducido a su última baza: “Ah, esa ceremonia. Así que es eso. Mera fórmula, pamemas tan sin sentido como un juego de niños, llevada a cabo por alguien creado por la propia situación cuya necesidad satisface: una bruja que farfulla en un antro iluminado por un puñado de pelo que arde, algo bisbiseado en una lengua que ni siquiera las chicas mismas ya entienden, enraizado en nada que resulte de ningún provecho económico ni para ella ni para la posible progenie, toda vez que el hecho en sí al que dimos reconocimiento, la farsa que soportamos, fue prueba y garantía de aquello que la ceremonia misma nunca pudo sancionar, que no otorgó ningún nuevo derecho a nadie, que a nadie negó los viejos —¿un ritual tan sin sentido como el de los universitarios en el secreto nocturno de sus habitaciones, incluso con los mismos símbolos arcaicos y olvidados?—… ¿A eso le llamas matrimonio, cuando la noche de bodas y el negocio de ocasión con una prostituta que para ello es contratada comportan la misma soberanía sobre una alcoba (temporalmente, claro está) particular, el mismo orden al despojarse de las mismas prendas, el mismo ayuntamiento en un solo lecho? ¿Por qué no llamar también a eso matrimonio?”. Y Henry: “Ya, ya, lo sé. Tú dime que dos y dos son cinco y resulta, mira tú por dónde, que son cinco. Pero sigue estando el matrimonio. Supongamos que contraigo una obligación con un hombre que no habla mi lengua; la obligación se le transmite en la suya y yo la acepto. ¿Es menor mi obligación porque casualmente desconozco la lengua en que él me acepta de buena fe? No: es mayor, mucho mayor”. Y Bon —con el triunfo en la mano, con la bondad en la voz—: “¿Has olvidado que esa mujer y ese niño son negros? ¿Lo has olvidado tú, Henry Sutpen, del Centenar de Sutpen, en Mississippi? ¿Eres tú quien aquí viene a hablar de matrimonio, de una boda?”. Y Henry —ahora con desesperanza, el último y alargado grito de irrevocable negación de la derrota—: “Sí. Lo sé. Eso lo sé. Pero ahí sigue estando. No está bien. Ni siquiera siendo tú quien lo hace basta para que esté bien. Ni siquiera siendo tú”.
       »Y eso fue todo. Debiera haber sido todo; la tarde acaecida cuatro años más tarde tendría que haber sido la del día siguiente, los cuatro años de intervalo un mero anticlímax, dilución y prolongación de una conclusión ya madura para sobrevenir entonces, aplazada por la guerra, por una estúpida y sangrienta aberración producida en el altísimo (e imposible) destino de los Estados Unidos, instigada quizá por esa fatalidad familiar que poseía, junto con toda circunstancia, esa curiosa falta de economía entre causa y efecto que es siempre característica del destino cuando se reduce a emplear a los seres humanos tomándolos por herramientas, por meros materiales. De todos modos, Henry aguardó cuatro años y los mantuvo a los tres en suspenso durante el periodo de prueba, a la espera, con la esperanza de que Bon renunciase a la mujer y disolviera el matrimonio que él (Henry) reconoció que no era tal, y al que nada más conocer a la mujer y al niño tuvo que saber que Bon jamás renunciaría. De hecho, con el correr del tiempo, al hacerse Henry a la idea de que aquella ceremonia no sancionaba la validez de un matrimonio, ése bien pudo ser el escollo que contrarió a Henry y causó su zozobra: no las dos ceremonias sino las dos mujeres, no el hecho de que Bon tuviese la intención clara de cometer bigamia, sino que al parecer se propusiera hacer de su hermana (la de Henry) una especie de compañera de segunda fila en un harén. De todos modos, aguardó esperanzado por espacio de cuatro años. Aquella primavera regresaron al norte. Se había librado ya la batalla de Bull Run y en la universidad, entre los estudiantes, se estaba formando un regimiento. Henry y Bon se alistaron en él. Es probable que Henry escribiera a Judith para darle razón de su paradero y sus propósitos. Se alistaron juntos, date cuenta, Henry atento a Bon y Bon dejándose observar, sometido a prueba, cumpliendo el plazo: sin que uno osara perder de vista al otro no por miedo a que Bon se casara con Judith sin que Henry pudiera estar presente para impedirlo, sino a que Bon se casara con Judith y entonces él (Henry) tuviera que pasar el resto de su vida con el conocimiento de que se alegraba en el fondo de haber sido así traicionado, con el júbilo del cobarde que se rinde sin haber sido vencido, y el otro por la misma razón, porque no habría querido a Judith sin Henry, ya que nunca pudo poner en duda que podría casarse con Judith cuando le viniera en gana, a pesar tanto de su hermano como de su padre, porque como ya he dicho antes no era Judith el objeto del amor de Bon ni de la solicitud de Henry. Ella sólo era una forma sin contenido, un recipiente vacío en el que ambos se desvivían por preservar no la ilusión de cada uno, no su ilusión del otro, sino aquello que cada cual entendía que el otro creía que era él, el hombre y el joven, seductor y seducido, victimizados por turno los dos, cada cual por el otro, el conquistador vencido por su propia fuerza, el vencido conquistado por sus propias flaquezas, antes que Judith entrase en sus vidas conjuntas siendo siquiera un nombre de jovencita. ¿Y quién sabe? Había estallado la guerra; quién sabe si la fatalidad y las víctimas de la fatalidad no pensaban al tiempo, no esperaban que la guerra zanjase toda cuestión pendiente, dejase en libertad a uno de los dos irreconciliables, puesto que no sería la primera vez que la juventud se tomase tal catástrofe como acto expreso de la Providencia, ejecutado con el único propósito de resolver un problema personal que la juventud no podía resolver por sí misma.
       »Y Judith: ¿cómo si no explicársela, salvo de este modo? A buen seguro que Bon no pudo corromperla e infundirle su fatalismo en el breve lapso de doce días, pues no sólo no intentó corromperla en su castidad y arrebatarle su pureza, sino que tampoco se propuso desafiar a su padre. No: fue cualquier cosa menos fatalista, no en vano así era Sutpen y el código de Sutpen para apoderarse de cuanto quisiera siempre y cuando tuviera fuerza suficiente, pues de sus dos hijos era Henry el que había salido a los Coldfield y al amasijo amazacotado de los Coldfield en lo tocante a la moralidad y a las reglas del bien y del mal; fue ella quien mientras Henry se desgañitaba y vomitaba contempló desde el desván aquella noche el espectáculo de un Sutpen semidesnudo y enzarzado en combate cuerpo a cuerpo con uno de sus negros semidesnudos, y lo hizo con la misma atención e interés y con la misma frialdad con que el propio Sutpen habría observado a Henry pelear con un muchacho negro de su misma edad y su mismo peso si tal pelea se hubiera llegado a celebrar. Y es que no podría haber sabido cuál era la razón de que su padre se opusiera a la boda. Henry no se lo habría dicho y ella no se lo habría preguntado a su padre. Y es que aun cuando lo hubiera sabido nada habría cambiado para ella. Habría actuado tal como hubiese actuado Sutpen ante todo el que pretendiera llevarle la contraria: se habría llevado a Bon lejos de allí. Me la imagino: si fuera preciso, habría asesinado a la otra mujer. Pero desde luego que no habría llevado a cabo ninguna investigación y no habría sostenido entonces un debate moral entre lo que quería y lo que creía que era correcto. Y sin embargo esperó. Esperó cuatro años sin que le llegase noticia de él, más allá de saber por medio de Henry que él (Bon) estaba vivo, pues Henry no permitió que Bon le escribiera. Así fue el periodo de prueba; los tres lo aceptaron; no creo que mediara nunca una promesa exigida u ofrecida entre Henry y Bon. Salvo Judith, que no pudo haber sabido qué pasó ni por qué. ¿Te has percatado de cuántas veces, cuando tratamos de reconstruir las causas que han desembocado en las acciones de los hombres y las mujeres, con qué frecuencia y con qué asombro nos vemos reducidos a la creencia, a la única creencia posible, de que emanaron de algunas de las virtudes de antaño? El ladrón que roba no por codicia sino por amor, o el asesino que mata no por lujuria, sino por piedad. Judith dio confianza implícita allí donde había recibido amor, dio amor implícito allí donde obtuvo aliento y orgullo, ese orgullo verdadero, no el falso orgullo que transforma lo que en el momento no comprende en desdén y en indignación y así se desencadena en resentimiento y en laceraciones, sino ese orgullo verdadero que puede reconocer ante sí y sin rebajarse que amo, y no aceptaré ningún sucedáneo; algo ha ocurrido entre mi padre y él; si mi padre tuvo razón, no volveré a verlo; si estaba en un error, él vendrá o mandará a buscarme; si feliz puedo ser, lo seré; si he de sufrir, debo estar a su altura. Y es que esperó; no hizo ningún empeño por intentar ninguna otra cosa. Sus relaciones con su padre no habían cambiado ni una pizca; viéndolos juntos, era como si Bon nunca hubiera existido, los dos rostros sosegados e impenetrables en el carruaje, en el pueblo, durante los meses que siguieron al día en que Ellen decidió guardar cama, entre aquel día de Navidad y el día en que Sutpen se marchó a caballo con su regimiento y el de Sartoris. No hablaban, no se decían nada, date cuenta; Sutpen callaba lo que había sabido de Bon; Judith, que sabía dónde se encontraban entonces Bon y Henry. No tenían necesidad de hablar. Eran demasiado semejantes. Eran como a veces llegan a ser dos personas, que parecen conocerse la una a la otra tan bien o que son tan parecidas que el poder o la necesidad de comunicarse mediante el habla se atrofian por falta de uso al comprenderse sin la necesidad de que intervengan el oído o el intelecto, y que dejan de entenderse una a la otra cuando usan la palabra. Así que ella no le dijo dónde estaban Henry y Bon y él no lo descubrió hasta después de partir al frente el regimiento de la universidad, porque Bon y Henry se alistaron y luego se ocultaron en alguna parte. Tuvieron que hacerlo así, tuvieron que haber pasado en Oxford sólo el tiempo suficiente para alistarse antes de seguir viaje a caballo, porque nadie que los conociera en Oxford o en Jefferson estuvo al tanto de que fueran ya entonces integrantes del regimiento, lo cual de otro modo habría sido casi imposible de ocultar. Y es que entonces llegaba a Oxford gente —padres y madres y hermanos y parientes y novias de aquellos jóvenes— procedente de lugares mucho más lejanos que Jefferson, familias con sus provisiones y su ropa de cama y sus criados, para acampar en casa de las familias de Oxford, para contemplar la mímica gallarda de las marchas y las contramarchas en que tomaban parte los hijos y los hermanos, atraídos todos ellos, ricos y pobres, aristócratas y campesinos, por el espectáculo de masas más conmovedor de todas las experiencias de masas del género humano, mucho más que un espectáculo en el que un sinfín de vírgenes vayan a ser sacrificadas a un principio pagano, a un Príapo: el espectáculo de los jóvenes de huesos prestos y ligeros, la gallarda brillantez de la sangre y la carne engañadas y ataviadas con los marciales oropeles del latón y los penachos, en marcha hacia la batalla. Y de noche se escucharía la música, los violines y los triángulos entre el resplandor de las velas, el henchirse de las cortinas en las altas ventanas en la noche abrileña, el vaivén y el frufrú de la crinolina indiscriminada sobre la sencilla manga gris del soldado o los dorados entorchados del oficial, de un ejército que fue de caballeros, ya que la guerra no lo fuera, en el que el soldado raso y el coronel se llamaban uno al otro por su nombre de pila no como un labrador a otro, por encima del arado que hace un alto en el campo, ni como lo habrían hecho de un lado a otro de un mostrador, en una tienda repleta de rollos de percal, de queso y de grasa para los arneses, sino como hacía con toda normalidad un hombre con otro hombre por encima de los hombros suaves y empolvados de las mujeres, por encima de las dos copas alzadas y llenas a rebosar de un Muscadet excelente o de un champagne comprado para la ocasión; la música, el vals repetitivo y nocturno según pasaban los días y esperaba el regimiento la hora de partir, el brillo bravo y trivial en la negra noche, no catastrófica, sólo un telón de fondo, la última primavera de la juventud y su aroma perenne; y Judith, que no estaba allí, y Bon, el fatalista escondido en algún lugar, vigilante y vigilado; y los recurrentes y floridos amaneceres de abril y mayo y junio con el ruido de las cornetas que penetraba por un centenar de ventanas en el que un centenar de viudas todavía sin desposar se soñaban vírgenes y risueñas con sus rizos y tirabuzones de cabello negro o castaño o rubio, y Judith no estaba entre ellas; y cinco soldados del regimiento, montados junto a mozos y criados en una carreta de pertrechos, con sus uniformes nuevos, inmaculados, grises, hicieron una gira por todo el estado con la bandera, los colores de la compañía, los fragmentos de seda cortados y preparados, pero no cosidos, de casa en casa, hasta que todas las novias de todos los integrantes del regimiento hubieron dado algunas puntadas con su hilo y su dedal, y Henry y Bon tampoco estuvieron entre ellos, ya que no se sumaron al regimiento hasta que hubo emprendido la marcha, pues debieron emerger del lugar en el que estuvieran al acecho, saliendo como si nadie los viese de la orilla del camino, de unos arbustos o de una arboleda, para sumarse al regimiento en marcha; los dos, el joven y el hombre, el joven privado ya de sus derechos de primogenitura, que debiera haber sido uno más entre las velas y los violines, los besos y las lágrimas desesperadas, que debiera haber sido uno más de la guardia de los colores que recorrió todo el estado con la bandera sin coser aún, y el hombre que nunca debiera haber estado allí bajo ningún concepto, demasiado mayor para estar allí, tanto por años como por experiencia: ese huérfano mental y espiritual cuyo destino era, al parecer, existir a mitad de camino entre el lugar en que estuviera su corporeidad y el lugar en que su mentalidad y su equipamiento moral aspiraban a estar, estudiante universitario, aunque por la elemental acumulación de años demasiado plenos a su espalda se viera obligado a tomar parte en las actividades extra-académicas de un curso de derecho que constaba de seis alumnos, y en la guerra, por esa misma fuerza encerrado en el aislamiento de quien ostenta una comisión de mando. Fue ascendido al rango de teniente antes que el regimiento entrase en combate. No creo que lo deseara; imagino que incluso trató de rehuirlo, de escaquearse del nombramiento. Pero allí estaba, huérfano una vez más por la situación misma, a la cual y por la cual estaban condenados los dos, oficial y soldado entonces, pero todavía vigilante y vigilado, a la espera de algo pero sin saber qué, qué acto del destino, de los Hados, qué sentencia irrevocable, impuesta por qué Juez o Árbitro entre ellos, ya que nada que quedase por debajo serviría de nada, nada reversible, nada a medias tintas podía bastar, el oficial, el teniente en posesión de la ligera y autorizada ventaja de quien puede decir ve allá, o de quedarse al menos alguna vez en retaguardia del batallón al mando del cual estaba; el soldado que portó al teniente, al que el proyectil alcanzó en el hombro, sobre su propia espalda, cuando el regimiento tuvo que batirse en retirada frente a los cañones yanquis en Pittsburgh Landing, llevándoselo a un lugar seguro al parecer con el solo propósito de vigilarlo durante otros dos años, escribiendo a Judith entretanto para informarle de que ambos estaban vivos, nada más.
       »Y Judith. Vivía sola entonces. Tal vez hubiese vivido sola desde aquel día de Navidad del año anterior y durante el año anterior a ése y luego tres años y todavía desde cuatro años antes, ya que si bien Sutpen se había marchado con su regimiento y el de Sartoris y los negros —la raza salvaje con la que había creado el Centenar de Sutpen— habían seguido a las primeras tropas yanquis que pasaron por Jefferson, vivía en absoluta soledad, cómo si no con Ellen en cama, en la habitación de las persianas cerradas, exigiendo la atención sin descanso que exige una niña mientras esperaba con aquella atónita y pasiva incomprensión la hora de su muerte, y ella (Judith) y Clytie se las apañaban con un huertecillo a duras penas improvisado para seguir con vida, y Wash Jones, que vivía en la llanura, a la orilla del río, en el abandonado y ruinoso campamento de pesca que Sutpen había construido después que la primera mujer —Ellen— entrase en su casa y el último cazador de ciervos y osos saliera de ella, donde permitía entonces que vivieran Wash y su hija y su nieta recién nacida, se hacía cargo de las tareas más pesadas del huerto y surtía a Ellen y a Judith y luego sólo a Judith de pesca y de caza en ocasiones, llegando incluso a entrar en la casa pese a que hasta que Sutpen se marchó nunca se había acercado más allá del emparrado donde engordaban las uvas moscatel detrás de la cocina, donde los domingos por la tarde bebía con Sutpen de la damajuana y el pozal de agua clara de manantial que Wash había traído desde casi una milla de distancia, Sutpen charlando sentado en la butaca hecha con las duelas de un tonel y Wash acuclillado contra un poste, farfullando, soltando risotadas; no era falta de compañía y no era ciertamente ociosidad: el mismo rostro impenetrable y sereno, sólo que ya un poco más envejecido, un poco más delgado, que había aparecido en el pueblo, en un carricoche, junto a su padre, una semana después que se supiera que su prometido y su hermano habían abandonado la casa al abrigo de la noche sin que nadie supiera por qué, ni a dónde, y sin que nadie lo preguntara, tal como nadie preguntó entonces, cuando acudía al pueblo con el vestido remendado que gastaban entonces todas las mujeres del Sur, todavía en el carricoche, sólo que ahora tiraba de él una mula, una mula de labranza, sin cochero que lo condujera, que pusiera a la mula un arnés o que se lo quitara, para reunirse con el resto de las mujeres —entonces había bastantes heridos en Jefferson— en el hospital improvisado en el que (la virgen educada, la suprema y tradicionalmente ociosa) limpiaban y vendaban los cuerpos por sí mismos ensuciados de los desconocidos heridos y de los muertos y hacían vendajes de las cortinas y las sábanas y las mantelerías de las casas en las que habían nacido, sin que nadie preguntara por su hermano y por su novio mientras hablaban todas, unas con otras, de hijos y de hermanos y de maridos, con lágrimas, con pena tal vez, pero al menos con certidumbre, con conocimiento, también ella a la espera, como Henry y Bon, sin saber de qué, aunque, al contrario que Henry y Bon, sin saber siquiera por qué. Entonces murió Ellen, la mariposa de un verano olvidado que ya llevaba dos años muriéndose, la cáscara sin sustancia, la sombra impermeable a toda alteración o disolución debido a su propia ingravidez: no dejó cuerpo que enterrar, tan sólo la silueta, el recuerdo, transportados en una tarde apacible, sin repicar de campanas y sin catafalco a la arboleda de los cedros, a que yaciera en la paradoja de la luz en polvo bajo el millar de libras del monumento de mármol que Sutpen (ya nombrado Coronel Sutpen tras la deposición de Sartoris en la elección anual de oficiales del regimiento el año anterior) trajo en la carreta de los pertrechos del regimiento desde Charleston, Carolina del Sur, y que plantó encima de la leve y herbosa depresión en donde le dijo Judith que estaba la tumba de Ellen. Y entonces murió su abuelo de inanición tras la puerta clavada del desván, y Judith de seguro invitó a la señorita Rosa a que se fuera a vivir con ella al Centenar de Sutpen, y la señorita Rosa declinó la invitación, al parecer a la espera también de que le llegase esta carta, primera noticia directa de Bon en el plazo de cuatro años, y que, una semana después de darle entierro junto a la tumba de su madre, ella misma llevó al pueblo en el carricoche tirado por la mula que tanto ella como Clytie habían aprendido a enganchar con el arnés y que entregó a tu abuela, la carta que llevó voluntariamente a tu abuela, si bien Judith ya nunca visitaba a nadie, ya no tenía amistades, y sin duda no llegó a saber por qué eligió a tu abuela, por qué le dio la carta, tal como tampoco tu abuela llegó a saberlo; ya no es que hubiera adelgazado, es que estaba demacrada, y el cráneo de los Sutpen desde luego asomaba a través de la desgastada carne de los Coldfield, el rostro que mucho tiempo atrás había olvidado cómo ser joven si bien era absolutamente impenetrable y absolutamente sereno: sin señal de duelo, sin ningún pesar, cuando tu abuela le dijo: “¿Yo? ¿Quiere que la guarde?”.
       »—Sí —dijo Judith—. O que la destruya. Como guste. Léala si quiere o no la lea si no quiere. Y es que es muy poca impresión la impresión que uno deja, dese cuenta. Uno nace y prueba tal o cual cosa y no sabe por qué y lo sigue intentando y uno ha nacido al mismo tiempo que mucha más gente, mezclado con todos ellos, como si tuviera que tratar de mover brazos y piernas sujetos por medio de hilos sólo que esos mismos hilos están enganchados a todos los demás brazos y a todas las demás piernas y todos tratan de moverse a la vez y no saben por qué, uno sólo sabe, a lo sumo, que los hilos están entrelazados, enredados los unos con los otros, como si cinco o seis personas quisieran tejer una alfombra al tiempo en el mismo telar, sólo que cada una pretende tejer su propia trama y eso en el fondo no puede importar, ya lo sabe, pues de lo contrario los que han dispuesto el telar tal como es lo habrían hecho un poco mejor, digo yo, y sin embargo tendrá que importar, digo yo, porque uno sigue intentándolo, tiene que seguir intentándolo por todos los medios, y de repente y sin previo aviso todo ha terminado y lo que a uno le queda es un bloque de piedra tallada en la que se ven unos arañazos siempre y cuando alguien se haya acordado de arañar el mármol y ponerlo en su sitio o haya tenido tiempo de hacerlo, y llueve sobre esa roca y luce el sol sobre esa roca y al cabo de un tiempo ya ni siquiera se acuerdan del nombre, de lo que esos arañazos pretendían decir, y no importa. Así que tal vez si puede uno dirigirse a alguien, cuanto más desconocido mejor, y le da algo —un trozo de papel—, lo que sea, cualquier cosa, con la intención no de decir nada en sí mismo, ni siquiera de que esa persona lo lea o lo guarde, ni de que se tome la molestia de deshacerse de él o de destruirlo, al menos será algo, por poca cosa que sea, porque así habrá ocurrido, será recordado aunque sólo sea por pasar de mano en mano, de una mentalidad a otra, y al menos será un arañazo, algo, algo que pueda dejar huella en algo que fue una vez por la razón de que pudo morir algún día, mientras el bloque de piedra no puede ser es porque nunca podrá llegar a ser fue porque no puede morir ni perecer… —y tu abuela no dejaba de mirarla, de mirar el rostro impenetrable, sosegado, absolutamente sereno, lloroso:
       »—¡No! ¡No! ¡Eso no! Piensa en tu… —y el rostro la miraba con plena comprensión, con absoluta serenidad aún, sin asomo de amargura.
       »—Oh. ¿Yo? No, eso no. Y es que alguien tendrá que cuidar de Clytie, y pronto también de mi padre, que algo querrá comer cuando vuelva a casa, porque mucho ya no ha de durar, puesto que ahora han empezado a matarse a tiros los unos a los otros. No. Eso no. Las mujeres eso no lo hacen por amor. Ni siquiera creo que lo hagan los hombres. Al menos, ahora ya no. Y es que ahora ya no quedará espacio, ya no tendrán dónde ir, donde quiera que sea, si es que es. Todo estará lleno. Hasta los topes. Como un teatro, como un teatro de la ópera, si lo que uno espera encontrar es el olvido, la diversión, el entretenimiento; como si la cama estuviera ya demasiado llena cuando lo que uno desea es una oportunidad de tumbarse en calma y de dormir, dormir, dormir… —El señor Compson cambió de postura. Poniéndose a medias en pie, Quentin tomó la carta de sus manos y bajo el globo de luz tenue, prácticamente cubierto por los cuerpos de los insectos, la abrió con esmero, como si la hoja, el rectángulo desecado, no fuera de papel, sino que fuera la ceniza intacta de su forma y sustancia anteriores; y entretanto siguió hablando la voz del señor Compson mientras Quentin le oía sin escucharle—: Ahora podrás entender por qué dije que él la amaba. Y es que hubo otras cartas, hubo muchas otras, galantes y floridas e indolentes y frecuentes e insinceras, enviadas para su entrega en mano desde la otra punta de las cuarenta millas que separan Oxford de Jefferson a partir de aquellas primeras navidades, la adulación metropolitana y llena de galantería, desocupada, delicada (y, para él, sin duda carente de sentido), gesto dedicado desde la urbe a la bucólica doncella, y esa bucólica doncella, con esa profunda clarividencia, absolutamente inexplicable y tranquila y paciente que tienen las mujeres, frente a la cual las lindezas y galanterías del petimetre de la metrópolis no pasaban de ser las cucamonas y las payasadas de un niño chico y empeñado en dar la nota, recibía las cartas sin entenderlas y ni siquiera las conservaba, a pesar de sus elegantes, galantes, tediosas acuñaciones y metáforas, desestimando cada una en cuanto llegaba la siguiente. En cambio, haber conservado ésta, que tuvo que haberle llegado caída del cielo tras un prolongado periodo de sequía, tras un intervalo de cuatro años, y considerarla digna de dársela a un desconocido para que la guardase o la destruyera, según gustara, para que la leyera o no, según al desconocido le pareciera oportuno, y dejar hecho ese arañazo, esa marca indeleble en la cara impávida del olvido al que todos estamos condenados, del que ella misma habló… —Quentin le oyó sin haberle escuchado al tiempo que leía los tenues renglones garabateados con trazos delgados, que ni siquiera parecían impresos en el papel por la presión de una mano que hubiera poseído vida, sino más bien producto de una sombra proyectada, que se hubiera resuelto en el papel en el instante en que él lo escrutaba y que podría desdibujarse, esfumarse en cualquier instante, a pesar de que siguiera haciéndolo: la lengua muerta que hablaba al cabo de cuatro años y que volvía a hablar al cabo de otros cincuenta, amable y sardónica y caprichosa y con un pesimismo incurable, sin fecha, ni salutación, ni firma:

       Tendrás que reparar en que no incurro en insulto contra ninguno de los dos si digo, y en serio lo digo, que ésta es una voz que surge de entre los vencidos, y para qué hablar de entre los muertos. En verdad, si fuera yo un filósofo deduciría y extraería un curioso y apropiado comentario sobre los tiempos que corren, que fuera asimismo augurio para el futuro, y lo baria a partir de esta carta que ahora tienes entre las manos, una hoja de papel de escribir que, como bien puedes ver, lleva la mejor marca de agua, la mejor filigrana francesa, que data de hace setenta años, salvada (hurtada, si lo prefieres) de la mansión expoliada de un aristócrata arruinado, y escrita con la mejor mina de plomo para limpiar fogones, fabricada hace menos de doce meses en una factoría de Nueva Inglaterra. Sí, así es: mina, betún. Lo capturamos de una manera que es toda una historia. Imagínate: éramos una pandilla de lo más variopinto, más que nada espantapájaros, no diré que muertos de hambre gracias a una mujer, dama o hembra sin más, porque en algún punto sito al sur de la línea Mason-Dixon y en este año de gracia de 1865 esa distinción, esa palabra sería mera redundancia, y equivaldría a decir que respirábamos aún. Y tampoco diré harapientos, ni descalzos, porque ambas cualidades nos corresponden
       por derecho a los dos desde hace tanto tiempo que ya nos hemos acostumbrado, sólo que, gracias a Dios (y esto restaura la fe que aún pueda tener no en la naturaleza humana quizá, pero sí al menos en el hombre), en realidad no termina él por ser inmune a las adversidades y a las privaciones: sólo es el espíritu, el alma grosera y omnívora y cargada de carroña, el que llega a ser inmune; el cuerpo por sí mismo, gracias a Dios, nunca se reconcilia con el viejo y suave tacto del jabón y de la ropa limpia y de algo que se interponga entre la planta del pie y la tierra, algo que diferencie la primera de una pezuña o de una zarpa. Así pues, digamos tan sólo que andábamos más bien escasos de munición. E imagínate cómo íbamos, los espantapájaros, con uno de esos planes confeccionados y madurados con la desesperación de los espantapájaros, que no sólo por fuerza han de salir sino que además salen bien, por la sencilla razón de que no queda absolutamente el menor margen para una alternativa, no se abre una disyuntiva de ninguna especie ante el hombre o el cielo, ni queda hueco en la tierra, o bajo ella, para que el fracaso encuentre sitio donde anidar, donde detenerse, donde respirar, donde ser enterrado y sepultado, y nosotros (los espantapájaros) ponemos en práctica ese plan con mucho brío, por no decir con grandes alharacas; imagínate, digo, la presa y el botín, los diez rollizos e indefensos carretones de los abastecedores, los espantapájaros que van sacando una tras otra las bellas cajas que contienen, una tras otra bellamente marcadas con esa U y con esa S que desde hace cuatro años son para nosotros el símbolo del botín que pertenece a los vencidos, los panes y los peces que otrora fueron de la Frente esclarecida, el nimbo radiante de la Corona de Espinas; los espantapájaros que despanzurran las cajas provistos de piedras y de bayonetas y, por qué no, con uñas y dientes, y que las abren y que por fin encuentran ¿qué? Mina de plomo disuelta. Galones y galones, qué digo, quintales de la mejor mina, betún para lustrar fogones, todas las cajas con menos de un año de antigüedad desde que salieron de fábrica, y sin duda en camino con el afán de alcanzar al general Sherman, provistas de una orden de campo tardíamente emitida, en virtud de la cual debía de exigírsele que lustrasen bien los fogones antes de pegarle fuego a las casas. Cómo nos pudimos reír. Sí, te aseguro que nos reímos, porque esto es algo que al menos he aprendido bien a lo largo de estos cuatro años: que de veras hay que tener el estómago vacío para reírse con ganas, que sólo cuando uno tiene hambre, o miedo, es capaz de extraer la esencia postrera de la risa, tal como el estómago vacío extrae la esencia postrera del alcohol. Ahora al menos tenemos betún para los fogones. En abundancia. A carretadas. Tenemos a decir verdad demasiado betún para los fogones, puesto que ni que decir tiene lo que tengo que decir, como podrás imaginar: y es que no hace falta mucho para decir lo que te digo. Así que la conclusión y augurio que saco en claro, aun cuando no soy yo filósofo, son los que siguen.
       Hemos esperado tiempo más que de sobra. Habrás reparado en que no incurro en ningún insulto contra ti si digo que be esperado tiempo más que de sobra. Por lo tanto, como no incurro en insulto ninguno contra ti al decir que sólo yo he esperado, no añadiré: espérame. Y es que no puedo decir para
       cuándo podrías esperarme. Y es que una cosa es lo que ERA y ahora no es porque ha muerto, murió en 1861, y por lo tanto lo que ES (Ya está. Han comenzado a abrir fuego otra vez. Lo cual, ahora que lo digo, es pura redundancia, como lo es el respirar o la escasez de munición que tan necesaria nos resulta. Y es que a veces pienso que nunca ha cesado. Nunca ha cesado, naturalmente. No es eso lo que quiero decir. Lo que quiero decir es que nunca ha habido más, que hubo tan sólo una descarga de fusilería hace cuatro años, que resonó una vez y quedó en suspenso, detenida, hipnotizados los cañones de los fusiles uno tras otro, en la actitud de congelación que es la propia de su asombro, de su desconcierto horrorizado y jamás repetido y que ahora sólo es el eco sonoro y tonante y boquiabierto con la sacudida del mosquete que deja caer un centinela fatigado o que cae cuando cae el cuerpo mismo, exhausto, extenuado en el aire que cubre la tierra allí donde resonó por vez primera la descarga de fusilería y en donde ha de permanecer porque no hay bajo el cielo ningún otro espacio que lo acoja. Así que eso significa que ha vuelto a amanecer y que he de detenerme. ¿Detener el qué, dirás? Pues es sencillo: pensar, recordar —repara en que no digo esperar—; volver a ser una vez más, por un período que no tiene límites ni localización en el tiempo, insensato e irracional compañero e inquilino de un cuerpo que, incluso al cabo de cuatro años, con una suerte de fidelidad desalentadora e incorruptible que a mí me resulta increíble o admirable más bien, sigue inmerso y olvidado y atónito en sus recuerdos de la paz de antaño y de aquel contento, los propios nombres de cuyos perfumes y sonidos ya no sé si recuerdo, y que ignora incluso la presencia y la amenaza de un brazo desgarrado o de una pierna arrancada como si fueran una promesa en la que hubiera incurrido en secreto, una promesa infalible, una convicción irrenunciable de la inmortalidad. Pero… por terminar). No podría decir para cuándo has de esperarme. Y es que lo que ES es algo distinto otra vez porque ni siquiera estaba entonces vivo. Y como dentro de esta hoja de papel ahora conservas lo mejor del viejo Sur ya extinto, y como las palabras que lees han sido escritas con lo mejor (lo decía cada una de las cajas: lo mejor de lo mejor) del nuevo Norte que lo ha conquistado y que, por tanto, nos guste o no, tendrá que sobrevivir, ahora creo que tú y yo nos hallamos, por extraño que pueda resultar, incluidos entre los que están condenados a vivir.

      —Y eso es todo —dijo el señor Compson—. Ella la recibió y junto con Clytie confeccionó el vestido de novia y el velo sirviéndose de retazos, tal vez retazos que habrían de servir, que habrían de haber ido a los pertrechos, pero que no fueron. No supo ella cuándo iba a volver él porque él mismo no lo sabía: y es posible que se lo dijera a Henry, es posible que a Henry le mostrase la carta antes de enviarla, y es posible que no; tal vez fue sólo la vigilia y la espera del vigía, el que decía a Henry He esperado tiempo más que de sobra, al tiempo que Henry decía al otro ¿Entonces renuncias? ¿Renuncias?, y el otro que decía No renuncio. Durante cuatro años he dado al azar ocasión de que renunciase a mí o de que por mí renunciase, pero parece ser que estoy condenado a vivir, que ella y yo estamos condenados a vivir, el desafío y el ultimátum expresados junto a la fogata de un vivaque, el ultimátum expresado ante la cancela a la que los dos hombres debieron de llegar a caballo, el uno prácticamente al lado del otro: sosegado el uno, recto, resuelto, tal vez sin resistirse siquiera, fatalista hasta el final; el otro sin remordimiento, devorado por la pena implacable, por la desesperación inalterable… (A Quentin le pareció que poco menos que llegaba a verlos a los dos, uno frente al otro ante la cancela. Al otro lado de la cancela, lo que había sido un cuidado jardín era entonces una desolación entre yerma, descuidada y sobrecrecida de maleza, con un aire de ensueño, de lejanía, boquiabierta, como el rostro de un hombre sin afeitar en el momento en que despierta con el éter de la anestesia en el cuerpo, extendiéndose hasta el otro extremo, hasta una casa enorme en donde una muchachita esperaba con su vestido de novia hecho de retazos hurtados, la casa envuelta asimismo en ese aire de desolación, desconchada, sin haber sufrido una invasión, mera cáscara varada y olvidada en un remanso de catástrofe, un esqueleto que renuncia a sus últimas partículas en lentos goterones de mobiliario, de alfombras y tapices, de ropa blanca y de plata, para ayudar a morir a hombres desgarrados, angustiados, sabedores incluso en el instante de morir que a lo largo de los meses el sacrificio y la angustia han sido en vano. Se enfrentaron uno al otro en sus caballos escuálidos, dos hombres, jóvenes los dos, sin haber conocido aún el mundo, sin haber respirado aún lo suficiente para ser viejos pero con ojos de viejo, con el cabello revuelto y las caras demacradas y curtidas a la intemperie, como si las hubiera tallado en bronce una mano espartana e incluso de negro, ya del color de las hojas secas, uno con el entorchado deslucido de un oficial, el otro sin adornos en los puños, la pistola sobre el arzón de la cabalgadura y sin amartillar, los dos rostros reposados, sin levantar la voz ninguno de los dos: Ni se te ocurra pasar de la sombra de esa jamba, de la rama de ese árbol, Charles; y Voy a pasar, Henry)… y Wash Jones apareció entonces a horcajadas sobre la mula sin ensillar ante la cancela de la señorita Rosa, gritando su nombre a pleno pulmón en la calle soleada y apacible, vociferando «¿Susté Rosie Coldfield? Pos más vale que se venga pallá. Henry sacargao a ese menda, al cabrón del francés. Loa dejao más tieso cun filete».


V

      Sin duda le habrán contado ya cómo indiqué a Jones que tomase aquella mula que no era suya y que la llevase al otro lado del granero y la enganchase a nuestra calesa mientras yo me ponía el sombrero y el echarpe y cerraba la casa. No hizo falta más, pues sin duda le habrán contado que tampoco tuve necesidad de baúl ni de bolso, ya que las prendas de vestir que poseía, ahora que las prendas que tuve la buena suerte de heredar de mi tía, ya fuera por amabilidad suya o por sus prisas, estaban desgastadas desde tiempo atrás, eran sólo las que Ellen de cuando en vez se acordaba de cederme, y Ellen llevaba ya dos años muerta; me bastó pues con cerrar la casa con llave y ocupar mi sitio en la calesa y recorrer aquellas doce millas que no había recorrido yo desde que murió Ellen, al lado de aquel animal que hasta la muerte de Ellen no tuvo permiso para entrar en la casa por la puerta principal, aquel animal progenitor de animales cuya nieta iba a suplantarme si no en la casa de mi hermana sí en la cama de mi hermana, a la que (eso le dirán) aspiraba yo; aquel animal, aquel bruto que (bruto instrumento de esa justicia que preside los acontecimientos humanos y que, recibida en el individuo, funciona con lisura, no tanto garra, sino más bien terciopelo, pero que, si hombre o mujer la burlan, sigue su curso como acero implacable y candente y aplasta por igual a débiles justos y a injustos fuertes, siendo el vencedor y el inocente víctimas por igual, despiadada en la búsqueda de la verdad y en la destrucción del error que tiene por meta) aquel bruto que no sólo había de presidir las diversas formas y los sucesivos avatares que tomase el demoníaco destino de Thomas Sutpen, sino que también había de proveer por fin la carne de la mujer en la que su nombre y su linaje hallaran sepultura; aquel bruto que parecía convencido de haber prestado servicio y de haber cumplido el fin que le estaba asignado sólo con dar voces en la calle, delante de mi casa, clamando no sé qué de sangre y de pistolas, y que parecía creer que toda información adicional que pudiera darme era de por sí exigua, o demasiado blanda, o carente del peso necesario para exigirle que se desprendiera del tabaco de mascar, porque a lo largo de las subsiguientes doce millas que recorrimos ni siquiera pudo decirme qué había ocurrido.
       Yes de ver cómo atravesé aquellas mismas doce millas una vez más al cabo de los dos años transcurridos desde la muerte de Ellen (¿o fue al cabo de los cuatro años de que desapareciera Henry o al cabo de los diecinueve que ya pasaban desde que vi la luz y respiré por vez primera?) sin saber nada, sin capacidad de saber nada más que esto: un disparo que se había oído tenue y lejano, de dirección y de fuente imprecisas, y que habían oído dos mujeres, dos mujeres jóvenes, solasen una casa podrida, en la que no habían resonado pasos de hombre a lo largo de dos años; un disparo seguido de atónitas conjeturas por encima de la tela y las agujas con que se hallaban ocupadas, y luego pisadas en el vestíbulo, en las escaleras, una carrera presurosa, pisadas de hombre: y Judith tuvo el tiempo justo de aferrar el vestido todavía sin terminar de confeccionar y de sujetarlo ante sí cuando la puerta se abrió de golpe y apareció su hermano, el asesino con el rostro desencajado al que no había visto en cuatro años y al que creía (si es que era, si es que seguía con vida, si es que aún respiraba) a mil millas de allí: y en ese momento los dos, los dos hijos maldecidos sobre los cuales en ese preciso instante acababa de abatir su primer golpe la demoníaca herencia que les había tocado en suerte, los dos se miraron uno al otro por encima de aquel vestido de novia sostenido en alto e inconcluso. Doce millas recorrí para encontrarme con esto al lado de un animal que fue capaz de plantarse en la calle, delante de mi casa, y con toda facundia decir a gritos en medio de la populosa soledad que escuchaba sin perder detalle que mi sobrino acababa de asesinar al prometido de su hermana, y que en cambio no fue capaz de azuzar el paso de la mula que nos llevaba porque, según dijo, no era ni mía ni suya y además no se le había dado un pienso decente desde que el maíz se terminó en febrero, y que cuando por fin enfilamos hacia la cancela tuvo que detener la mula y, señalando con el látigo y no sin antes escupir, dijo: «Fue allá mismito». «¿Fue el qué, mastuerzo?», le grité, y él: «Fue allá», hasta que le arrebaté el látigo y azucé a la mula.
       Pero no podrán decirle en cambio cómo seguí por la avenida, dejando a uno y otro lado los arriates de Filen, las flores echadas a perder, invadidos por las malas hierbas, y cómo llegué a la casa, la cáscara, la (así lo pensé) crisálida-ataúd, el lecho conyugal de la juventud y la pesadumbre, del duelo y la pérdida, y descubrí que había llegado no demasiado tarde, como pensaba, sino demasiado pronto. Con el pórtico podrido y las paredes desconchadas seguía la casa en pie no atrasada, no invadida, sin marcas de balazos ni huellas de la bota de hierro del soldado, sino como si más bien se reservara para algo más: para una desolación más profunda que la ruina, como si hubiese aguantado en yuxtaposición de hierro a una llama de hierro, a un holocausto que se hubiera revelado menos fiero, menos implacable, que no se hubiera lanzado de lleno sobre ella, sino que hubiese caído y retrocedido incluso ante el esqueleto impertérrito e indómito que las llamas no osaron corroer en un último instante de crisis; había incluso un peldaño, un tablón podrido que se había soltado y que cedía bajo el pie (o que habría cedido si no hubiera pisado yo con levedad y con rapidez) cuando subí hasta el vestíbulo cuya alfombra había tiempo atrás desaparecido junto con la ropa de cama y las mantelerías, aprovechadas en pertrechos para el ejército, y vi una inequívoca cara de Sutpen y nada más gritar «¡Henry! ¡Henry! ¿Qué has hecho? ¿Qué intentaba decirme este mastuerzo?» caí en la cuenta de que había llegado no demasiado tarde, como pensaba, sino demasiado pronto. Y es que aquélla no era la cara de Henry. Era una inequívoca cara de Sutpen, desde luego, pero no la suya; era una cara de Sutpen de color café, desde luego, en la penumbra reinante al pie de la escalera; yo acababa de pasar veloz de la luminosidad de la tarde al silencio atronador de la casa pesarosa y taciturna, en el que nada acerté a ver en principio: poco a poco fui viendo la cara, la cara de Sutpen que no se acercaba, que no afloraba en la penumbra, sino que ya estaba engastada en la luz escasa, firme, como una roca, anterior al tiempo y a la casa y a la condenación y a todo, a la espera (ah, sí: había elegido bien; había mejorado con la elección quien creó a su imagen y semejanza el gélido Cerbero de su Averno particular); la cara desprovista de sexo y carente de edad, pues nunca había tenido ni uno ni otra: la misma cara de esfinge con que había nacido ella, la que aquella noche había asomado desde el ventanuco del pajaral lado de Judith, la que sigue teniendo ahora, a los setenta y cuatro años, mirándome sin inmutarse, sin una sola alteración, como si hubiera sabido al milímetro en qué momento iba a llegar yo y hubiera esperado en ese punto todo el tiempo que invertí en recorrer las doce millas tras la mula al paso y me hubiera visto acercarme, acercarme y por fin entrar por la puerta como de sobra sabía (sí, y quizá lo hubiese decretado, puesto que existe esa justicia cuyo paladar vientre de Moloch no hace distingos entre hueso cartilaginoso y carne tierna) que había de ser; la cara que me hizo detenerme en seco (no mi cuerpo, que siguió adelante, se abalanzó: no, yo misma, mi propio ser, esa existencia profunda que llevamos, de la que el movimiento de las extremidades no es más que torpe y desacompasado acompañamiento, como otros tantos instrumentos superfinos que se tocan con la desmaña de un aficionado y desafinan con la melodía) en el yermo de ese vestíbulo con la escalera despojada (también la alfombra había desaparecido) que ascendía hacia lo oscuro, hacia el rellano de la primera planta, en donde hablaba un eco que no era el mío, sino más bien de ese algo impalpable, irrevocable, extraviado, de ese podría haber sido que obsede todas las casas, todos los recintos amurallados que hayan erigido las manos de los hombres no por guarecerse, no por cobijarse y gozar de calor, sino para ocultarse de la mirada curiosa del mundo y contemplar los recovecos siniestros a que nos llevan los intemporales, ilusorios engaños de la juventud, del orgullo y de la esperanza y de la ambición. «¡Judith! —dije—. ¡Judith!»
       No hubo respuesta. Yo no la esperaba. Quizá ni siquiera entonces esperaba que respondiera Judith, tal como una niña, justo antes del instante en que tiene plenitud el terror comprendido, llama al padre o a la madre cuando en verdad sabe (antes que el terror destruya toda posibilidad de raciocinio) que ni siquiera están a mano y que no pueden oírle. Yo no había clamado por nadie, ni por nada, sino más bien (trataba de clamar) a través de algo, a través de esa fuerza, de ese antagonismo enfurecido y sin embargo inamovible, igual que una roca, que me había detenido en seco, esa presencia, ese rostro conocido, familiar, de color café, ese cuerpo (los pies descalzos de color café quietos en el suelo desnudo, la curva de la escalera que ascendía tras ella) no mayor que el mío, y que sin moverse, sin alteración ni desplazamiento visual de ninguna clase (ni siquiera apartó su mirada de la mía, por la sencilla razón de que no me estaba mirando a mí, sino que miraba a través de mí, al parecer atenta al sereno rectángulo de la puerta abierta, que yo había quebrado), parecía alargarse y proyectar algo hacia lo alto, no un alma, no un espíritu, sino más bien algo semejante a una escucha profundamente concentrada y acongojada, atenta a algo, o pendiente de algo que yo no alcancé a oír, una conciencia meditabunda y apenada, una llana aceptación de lo inexplicable y lo no visto y lo heredado de una raza más antigua y más pura que la mía, algo que conjuró postuló y conformó en el aire vacío entre nosotras aquello que yo creí que había ido a encontrar (no: aquello que era mi deber encontrar, pues de lo contrario, allí de pie, y respirando, habría denegado yo que hubiese nacido en verdad): ese dormitorio tiempo atrás clausurado y enmohecido, la cama sin sábana (el lecho nupcial del amor y la pesadumbre y el duelo) con el cadáver pálido y ensangrentado, con el gris de la guerrera desgastada y remendada enrojeciendo el colchón desnudo, la viuda no desposada y arrodillada a su lado, y yo (mi cuerpo) sin detenerme aún (sí: para eso necesitaba la mano, el contacto); yo, imbécil autosugestionada que aún seguía creyendo que lo que hubiera de ser sería, no podría sino ser, pues de lo contrarío tendría que denegar tanto la cordura como el aliento, veloz, lanzándome hacia aquel rostro inescrutable de color café, cualquier cosa salvo insensata: la voluntad clarividente se había templado en sus rasgos hecha maldad amoral sin desvío absoluta gracias a la negra sangre voluntariosa con que la había cruzado, réplica de sí mismo que él había creado y que había decretado que presidiera su ausencia, tal como se podría contemplar un ave salvaje que de noche revolotease con frenesí y congoja hasta estamparse contra una lámpara funesta. «Espere —dijo—. No suba.» No me detuve: sería precisa la mano. Y seguí a la carrera, cubriendo esos últimos pasos, esa distancia a través de la cual parecíamos fulminarnos una a la otra no como dos rostros enfrentados, sino como contradicción abstracta que éramos en verdad, como si nos hablásemos, nos entendiésemos una a la otra libres de las limitaciones y restricciones que imponen la dicción y el oído.
       «No suba, Rosa.» Fue así como lo dijo: con ese sosiego, con ese aplomo, y una vez más como si no hubiera sido ella la que lo dijo, como si las palabras hubieran salido de la propia casa, la casa que él había construido, que alrededor de él había creado como supuración de sí mismo, como la hubiese creado el sudor de su propio cuerpo, como si hubiese producido una especie (incluso invisible) de caparazón como una crisálida complementaria en la que Ellen tuviera que vivir y morir siendo extraña y foránea, en la que Henry y Judith habrían tenido que ser víctimas y prisioneros, o bien morir. Y es que no fue el nombre, la palabra, el hecho de que me hubiera llamado Rosa. De niñas ya me llamaba así, tal como a ellos los llamaba Henry y Judith; yo estaba al tanto de que entonces aún llamaba a Judith (y también a Henry, cuando hablaba de él) por sus nombres de pila. Y es posible que con toda naturalidad me hubiera seguido llamando Rosa, puesto que para cualquier otra persona que me conociese yo seguía siendo una niña. Pero no fue por eso. No fue eso lo que ella quiso decir, ni mucho menos. En verdad, durante ese instante en que estuvimos cara a cara (el instante previo a que mi cuerpo, que seguía avanzando, la rozase al pasar de largo y llegase al pie de la escalera) me mostró mayor respeto y deferencia que cualquier otra persona que yo conociera; supe desde el instante en que entré por la puerta que precisamente para ella, de todas las personas que yo conocía, no era una niña. «¿Rosa? —exclamé—. ¿A mí me llamas así? ¿Y me lo llamas a la cara?» Fue en ese instante cuando me tocó y me detuve en seco. Es posible que ni siquiera así se detuviera mi cuerpo, puesto que me pareció tener conciencia de que aún se precipitaba a ciegas contra el peso macizo y sin embargo imponderable (no era ella su dueña: era un instrumento) de esa voluntad que me impidió alcanzar la escalera; es posible que el son ido de la otra voz, la sola palabra pronunciada desde lo alto de la escalera, sobre nosotras, ya nos hubiera quebrado, ya nos hubiera separado antes que (mi cuerpo) llegara a detenerse. No lo sé. Sólo sé que todo mi ser parecía lanzado a ciega velocidad contra algo monstruoso e inamovible, con el sobresalto de un impacto demasiado inmediato y repentino para ser mero asombro y rabia ante la mano negra y temeraria que me prohibió el paso posada sobre mi carne de mujer. Y es que algo hay en el contacto de la carne con la carne, algo que arredra, que traspasa y penetra hasta el fondo de los canales intrincados y engañosos del ordenamiento decoroso, algo que enemista además como bien saben los amantes, porque de ambos hace tacto y contacto aquello que es la ciudadela del yo soy vertebral: no espíritu, ni alma; el ánimo de la ebriedad sin trabas puede tomarlo cualquiera en cualquier pasillo oscuro en esta terrenal vivienda de alquiler. Pero basta que la carne toque carne para ver cómo se desploma toda la cáscara de las patrañas y pamemas de la casta y del color de la piel. Sí, me detuve en seco; no fue mano de mujer, no fue mano de negro, sino el brusco tascar el freno que retuvo y domeñó y guió la voluntad enfurecida y resuelta, inquebrantable; no le grité a ella, sino a eso otro, hablé a eso otro a través de la mujer, de la negra, sólo por el sobresalto que aún no era rabia provocada por la afrenta y que pronto había de ser terror, sin esperar ni recibir respuesta, porque las dos supimos que no fue a ella a quien dije: «¡Quítame las manos de encima, negra!».
       No recibí ninguna. Permanecimos allí tan sólo, yo quieta en la actitud y el acto de correr, ella rígida en su enfurecida inmovilidad, las dos unidas por la mano y el brazo que nos sujetaban como un fiero y tenso cordón umbilical, hermanas gemelas de la penumbra maligna que a ella había dado presencia y consistencia. De niña, más de una vez la había visto a ella y había visto a Judith y a Henry pelearse en los juegos intempestivos a que ellos (y es probable que todos los niños: no lo sé) se daban y (tengo entendido) Judith y ella incluso dormían juntas, en la misma habitación, aunque Judith en la cama y ella en un jergón en el suelo. Pero en más de una ocasión he oído decir que Ellen las encontró a las dos en el jergón, y una vez juntas en la cama. Pero yo no. Ni siquiera de niña jugaba con los mismos objetos con que jugasen Judith y ella, como si esa retorcida y espartana soledad que yo llamaba mi niñez, que me había enseñado (y poco más me enseñó) a escuchar antes de comprender y a entender antes de oír, también me hubiera enseñado no sólo a temerla de un modo instintivo, a ella y a cuanto ella era, sino también a rehuir los objetos mismos que ella hubiera tocado. Así permanecimos allí. Y de pronto no fue rabia provocada por la afrenta lo que había esperado yo, no fue rabia lo que me arrancó ese grito instintivo: no fue terror: fue un desbordamiento acumulado de la propia desesperanza. Recuerdo que estando allí unidas por aquella mano carente de volición (sí: también era víctima sentiente, igual que ella y yo) grité —tal vez no en voz alta, no con palabras (y no a Judith, téngalo en cuenta: tal vez ya sabía, desde el instante en que entré en la casa y vi de in mediato ese rostro que era al tiempo más Sutpen que Sutpen, tal vez supe ya entonces algo que no podía, no quería, no debía crecer— grité: «¿Y tú también? ¿Tú también, hermana, hermana?». ¿Qué es lo que esperaba? Como una imbécil autosugestionada había recorrido doce millas en espera ¿de qué? ¿Quizá que Henry apareciera tras una puerta que conociera bien su tacto, su mano en el pomo, el peso de su pie sobre un umbral que conociera ese peso, y hallar en cambio plantada en el vestíbulo a una criatura menuda y simple y aterrada, a la que ni hombre ni mujer había mirado nunca dos veces, a la que él mismo no había visto en cuatro años, y antes rara vez llegó a ver, aunque la reconocería sin dudarlo ya fuera tan sólo por la seda castaña y raída que en otro tiempo tan bien había sentado a su madre y porque la criatura estaba allí de pie y lo llamaba por su nombre de pila? ¿Que apareciera Henry y dijera «Vaya, si es Rosa, tía Rosa. Despierta, tía Rosa, despierta»? ¿Yo, la soñadora aferrada al sueño como se aferra el paciente al último e inasible instante de éxtasis insufrible en su agonía con el fin de afilar al máximo el sabor que el dolor posee cuando cesa, entrando en la realidad, en más que la realidad, no para llegara ese antaño que no ha cambiado y que no presenta alteración, sino a un tiempo alterado, para amoldarse al sueño que, de consuno con quien lo sueña, se inmola en su apoteosis: «Mi madre y Judith están en el cuarto de los niños, mi padre y Charles han salido a pasear por el huerto. Despierta, tía Rosa, despierta»? O tal vez no se tratase de esperar, tal vez ni siquiera fuese esperanza; tal vez tampoco fuera un sueño, ya que los sueños no vienen a pares, ¿y no había recorrido yo las doce millas llevada no por la mula de carne y hueso sino por un potro quimérico, hijo de la yegua misma de la noche desbocada en la pesadilla? (Sí, Rosa: despierta, despierta, no de lo que fue, no de lo que era, sino de lo que no fue, de lo que no pudo nunca haber sido, Rosa; despierta no a lo que debiera, no a lo que pudo haber sido, sino a lo que no puede ni debe ser, despierta, Rosa, de la esperanza, tú que creías que hay decoro en el duelo por la pérdida aunque la pena y el pesar estén ausentes; creíste que habría necesidad de ti, el que salvaras no el amor tal vez, no la felicidad ni la paz, sino lo que quedó atrás con la viudedad, y te encontraste con que no había nada que salvar, tú que esperabas salvarla tal como le prometiste a Ellen (no a Charles Bon, no a Henry: no a ninguno de los dos, y no de él, ni tampoco al uno del otro) y descubres que ya es demasiado tarde, que habría sido demasiado tarde aunque hubieras llegado derecha desde el vientre de tu madre o hubieras estado allá incluso en plena culminación de la moralidad y la fuerza y la capacidad en que ella nació, tú que recorriste doce millas y diecinueve años para salvar lo que no tenía necesidad de salvarse, y en cambio terminaste por perderte tú) Tan sólo sé que no lo encontré. Encontré tan sólo ese estado de ensueño en el que una va a la carrera y no se mueve debido a un pavor en el que no tiene fe, apresada no por las arenas movedizas e insondables de una pesadilla, sino por un rostro que era el inquisidor de su alma, una mano que era el agente de su propia crucifixión, hasta que la voz nos separó, rompió el sortilegio. Dijo una sola palabra: «Clytie». Así, así de fría, de serena: no Judith, sino la casa misma que volvía a hablar, aunque fuera con la voz de Judith. Ah, bien la conocía yo, por algo había creído en el decoro del duelo; la conocía tan bien como ella —Clytie— la conocía. No se movió. Fue sólo la mano, la mano desaparecida antes que yo comprendiera que la había retirado. No sé si la retiró o si rehuí yo su contacto. Pero había desaparecido, y esto es algo que tampoco le podrán contar: cómo eché a correr, huí, subí las escaleras y encontré no a la novia doliente por su viudedad, sino a Judith de pie ante la puerta cerrada de esa alcoba, vestida con la prenda de algodón con que la vi siempre desde la muerte de Ellen, con algo sujeto en una mano inerte; y si hubo dolor por la pérdida y si hubo pena y hubo angustia las había apartado de sí, no sé si en todo o en parte, lo ignoro, junto con un vestido de novia inacabado. «¿Qué hay, Rosa?», dijo, y de nuevo lo dijo así, y detuve mi carrera otra vez en el aire, si bien mi cuerpo, ciego y no semiente vehículo de barro y de hálito ilusos, siguió terco en su avance: y vi entonces que lo que sujetaba con mano laxa y negligente era la fotografía, su propio retrato con su funda metálica, que ella misma le había regalado a él, que sostenía contra el costado, con gesto de flojera, tan olvidado como cualquier libro de pasatiempos intrascendentes que hubiese interrumpido.
       Eso fue lo que encontré. Tal vez sea lo que esperaba, sabía (incluso a los diecinueve sabía, lo diría si no fuera por mis diecinueve años, mis muy particulares diecinueve años) qué iba a encontrar. Tal vez tampoco pude haber querido más que eso, no podría haber aceptado menos, e incluso a los diecinueve tuve que saber que vivires un único instante, constante y perpetuo, en el que el cortinaje del misterio pende ante lo que ha de ser con docilidad e incluso alegre de recibirla más leve y escueta acometida que osáramos emprender si tuviésemos la valentía (no la sabiduría: no es precisa la sabiduría para esto) de rasgarlo. O tal vez tampoco sea falta de valentía: tal vez no sea la cobardía que no afronta ese trastorno que se baila en el cimiento primordial de este orden de los hechos del que el alma prisionera, que destila miasmas, se desentiende en su ascenso hacia lo solar; tensa sus tenues arterías y venas presas y a su vez aprisiona esa chispa, ese sueño que, así como el instante cósmico y absoluto de su libertad refleja y repite (¿repite? crea, reduce a esfera frágil evanescente iridiscente) la totalidad del espacio y del tiempo y la masa terrestre, recusa la hirviente y anónima masa miasmática que en todos los años del tiempo no ha obtenido beneficio alguno ni merced de la muerte, sino que sólo ha aprendido a recrear, renovar, y así muere, desaparece, se esfuma, si bien ¿es verdadera sabiduría la que acierta a comprender que existe un podría haber sido que es más que la verdad, del cual el que sueña al despertar no dice «¿He soñado?», sino que más bien dice o más bien apela y acusa al supremo ser del cielo con un «¿Por qué be despertado, si con el despertar ya nunca más he de dormir?».
       Hubo una vez… ¿Ha reparado usted de qué modo la glicinia, al recibir de lleno el impacto del sol en ese muro, destila su aroma e impregna esta estancia como si, al no encontrar el impedimento de la luz, progresara y traspasara la miríada de componentes que tiene la oscuridad? Ésta es la sustancia de la recordación —los sentidos: la vista, el olfato; los músculos con que vemos y oímos—, no del espíritu, no del pensamiento: no existe eso que se da en llamar memoria: el cerebro tan sólo recuerda aquello que los músculos anhelan, ni más ni menos: y la suma resultante es por lo común incorrecta, falsa, merecedora sólo del nombre que se da al sueño. Vea cómo la mano extendida de quien duerme, al tocar la vela que arde en la mesilla, recuerda el dolor y retrocede como si la accionara un resorte, libre, mientras cerebro e intelecto siguen durmiendo y hacen de ese foco de calor adyacente un mito sin pies ni cabeza en torno a la huida de la realidad: o cómo esa misma mano de quien duerme en sensual maridaje con una superficie tersa al tacto es transformada en ese mismo intelecto, en ese mismo cerebro dormidos, en la misma superchería alejada de toda experiencia. Sí, así es: pasa la pena, se difumina; bien lo sabemos, pero pregunte usted a los conductos lagrimales si han olvidado cómo llorar. Hubo una vez (esto tampoco pueden habérselo contado) un verano de glicinias. Todo lo trasfundía la glicinia (yo tenía catorce años) como si todas las primaveras por capitular en el futuro se hubieran condensado en una sola primavera, en un solo verano: la primavera y el verano que son de toda mujer que haya respirado por sobre la polvareda de la tierra, contemplada por todas las primaveras traicionadas y suspendidas, arrancadas del tiempo irrevocable, repercutidas, vueltas a florecer. Fue u na añada excepcional de glicinia, entendiendo por añada esa dulce conjunción de raíz y floración y apremio y hora y clima; y yo (tenía catorce años) no insistiré en la floración, a la que ningún hombre ha tenido aún que mirar —ni mirará— dos veces, y no con los ojos de un niño, sino de menos aún que un niño, ni más una niña que una mujer, sino incluso con ojos que fueran aún menos que los de cualquier carne de mujer. Tampoco diré la hora, alabeada y tramada, amarga y pálida, encrespada y a medias huida, e intimidada ante toda aspiración de verdor que pudieran haber atraído a ella a la tierna mosca efímera del mes de mayo, los juegos infantiles de novios, o haber dado pausa a la depredadora avispa macho o ala abeja de tardía lujuria. En cambio, en la raíz y el apremio sí insisto, y los reclamo, pues ¿no había heredado yo también de todas las Evas no hermanadas y nacidas después de la serpiente? Sí, el apremio: crisálida frustrada de qué semilla perfecta y ciega, pues ¿quién dirá qué raíz muda y olvidada no podría aún florecer en un concentrado esférico más esférico y más concentrado y más embriagador en su perfección porque el bulbo se plantó de mala manera y no permaneció estéril, sino que tan sólo durmió en el olvido?
       Aquél fue el verano echado a perder de mi yerma juventud, que (por un breve periodo, lo que dure esa brevísima primavera del corazón femenino que ya no retorna) viví no como mujer, como muchacha, sino más bien como el hombre que quizá debí haber sido. Tenía catorce años, eran catorce los años, si es que años pueden llamarse a los que pasé en aquel pasillo no hollado, no recorrido, que yo llamaba niñez, y que no fueron vida, sino más bien proyección sin luz del útero materno; había sido gestada, completada, pero no madurada, tan sólo atrasada debido a la falta de una cesárea, al fórceps helado que me acarició la cabeza, el fórceps de un tiempo salvaje, que debiera haberme arrancado para darme libertad, y esperaba no la luz, sino esa condenación que llamamos victoria femenina y que es: resiste ahora y después resiste, sin que venga a cuento, sin cómo y sin porqué, sin esperanza ni recompensa, y luego resiste. Era como ese pez ciego y subterráneo, como esa chispa aislada cuyo origen el pez ya no recuerda, que palpita y late en su reducto crepuscular y letárgico, con la antigua comezón que ni duerme ni descansa ni tiene para hablar más palabra que «Esto se llamaba luz», aquello «olor», lo otro «tacto», y lo de más allá, lo que no ha recibido nombre siquiera que designe el sonido de la abeja o del pájaro o el aroma de la flor o la luz del sol o el cariño… sí, sin crecimiento, sin desarrollo, amada por la luz que amaba, pero provista tan sólo de esa sagacidad, de ese crecimiento canceroso e invertido de la soledad, que suple el omnívoro e irracional sentido del oído para que haga la función de todos los demás: de manera que en vez de alcanzar los hitos medidos en la procesión de la infancia en su tiempo normal anduve al acecho, sin que se me sorprendiera por así decir, calzada con la humedad misma y el mismo y aterciopelado silencio del útero, sin desplazar el aire, sin emitir un solo sonido que me delatase, pasando de una puerta cerrada, y prohibida, a la siguiente, y así fui adquiriendo todo cuanto iba a saber de la luz y del espacio en que se movían y respiraban las personas tal como yo (esa misma niña) podría haberme formado una idea aproximada del sol mirándolo a través de un pedazo de cristal ahumado; catorce años, cuatro menos que Judith, cuatro años después que Judith pasara por ese momento que sólo las vírgenes conocen: cuando toda el ansia delicada que en el espíritu alienta es una unión nupcial anónima, sin clímax, epicena e inviolada, no esa violación viuda y nocturna por parte de los muertos ineluctables y desdeñosos que es imposición a los veinte y a los treinta y a los cuarenta, sino por parte de un mundo lleno a rebosar de un matrimonio vivo como la luz y el aire que respira. Pero no fue un verano de descontento vehemente y de comezón constante para la virgen; no fue un verano falto de la cesárea que tendría que haber servido para arrancarme, carne yerta o embrión incluso, de entre los vivos, o bien, por el goce de la fricción de la carne virilmente surcada, haberme también armado e investido de varón, y no de mujer hueca.
       Fue el verano posterior a aquella primera Navidad en que Henry lo llevó a la casa, el verano siguiente a los dos días de vacación que pasó en el Centenar de Sutpen antes de cabalgar hasta el río para tomar el vapor que lo llevara a su casa, el verano siguiente a que mi tía se marchara y papá tuviera que emprender viaje de negocios y yo fuese puesta al cuidado de Ellen (es posible que mi padre eligiera a Ellen por refugio para mí porque en aquel entonces Thomas Sutpen también estaba ausente), alojada con ella para que ella cuidase de mí, de quien había nacido demasiado tarde, nacida de un curioso descoyuntarse de la vida de mi padre y puesta en sus manos (ahora dos veces) viudas, siendo yo competente para alcanzar un estante de la cocina, contar cucharas, doblar una sábana e incluso coserle el dobladillo y verter la medida exacta de leche en un recipiente para batirla y hacer mantequilla, pero sin valer para nada más, a pesar de lo cual era demasiado valiosa para que se me dejara en casa. Nunca lo había visto. (Nunca lo vi. Nunca lo vi muerto. Oí un nombre, vi una fotografía, ayudé a cavar una tumba: eso fue todo) aun cuando una vez estuvo en mi casa, aquel primer día de Año Nuevo en que Henry lo trajo para cumplir su deber de sobrino y hablar conmigo cuando ya volvían los dos a la universidad y yo no estaba en casa. Hasta entonces ni siquiera había oído pronunciar su nombre, no sabía que existiera. Sin embargo, el día en que fui allá para quedarme durante el verano fue como si aquella pausa que se hizo como si tal cosa en mi puerta hubiera dejado una semilla, una mínima virulencia en la tierra de mi sótano, presta quizá no para el amor (yo no le amaba, ¿cómo iba a amarle? Ni siquiera había oído su voz, sólo tenía la palabra de Ellen para admitir que existiera tal persona), presta desde luego no para el espionaje, que es como seguramente lo llamará usted, que durante los seis meses anteriores, entre aquel día de Año Nuevo y aquel mes de junio, dio sustancia a esa sombra provista de un nombre que emergía de la vanidad caprichosa y locuaz de Ellen, esa silueta sin rostro todavía, pues aún no había visto yo la fotografía, reflejada en la mirada cohibida, sigilosa y desconcertada de una jovencita: y es que yo, que nada había aprendido del amor, ni siquiera del amor paterno, esa afectuosa y entrañable y constante violación de la propia intimidad, esa estultificación del yo henchido e incorregible que es lo que merece y corresponde a toda carne de mamífero, no fui, no llegué a ser amante, ni amada, sino que me convertí en algo más que en amor: en la defensora a ultranza, y andrógina, del amor enciclopédico.
       Tuvo que haber sido una especie de semilla que él dejó allí la que provocó que el insulso cuento de hadas que se contaba a medias una niña cobrase vida en aquel jardín. Y es que no espiaba yo a nadie cuando a ella la seguía. No fue espionaje, aunque usted diga que eso fue lo que hice. Y aun cuando fuera espionaje, no fueron celos, porque yo no le amaba. (¿Cómo podría, cuando nunca lo había visto?) Y aun cuando lo amase no fue como aman las mujeres, como amaba Judith, como yo creí que amaba. Si fue amor (y sigo diciendo: ¿cómo iba a serlo?), fue tal como aman las madres que, para castigar a la hija, no la azotan a ella, sino que a través de ella azotan al hijo del vecino, que acaba de darle a ella unos azotes o que de ella los ha recibido, y que acarician no al hijo que quieren recompensar, sino al hombre o la mujer sin nombre que es quien le ha dado una moneda insignificante y resudada. Pero no como aman las mujeres. Y es que nada pedí de él, dese cuenta. Y aún más: no le di nada, que es la suma que resulta del amor. Si es que ni siquiera lo eché en falta. Aun ahora ni siquiera sé si alguna vez tuve conciencia de que no había visto su rostro salvo en la fotografía, esa sombra, esa imagen en el dormitorio de una jovencita: una imagen intrascendente y enmarcada sobre la mesita del tocador, aunque adornada y envuelta (o eso creí) por todas las rosas y los lirios invisibles de la doncellez, y es que antes de haber visto la fotografía podría haber reconocido, qué digo, podría haber descrito su rostro. Y es que nunca lo vi. Ni siquiera tengo conocimiento de que Ellen alguna vez lo viera, de que Judith llegase a amarlo, de que Henry lo aniquilara: así las cosas, ¿quién va a poner en duda si digo que Por qué no lo inventé, no lo creé? Y esto es lo que sí sé: si fuera Dios, inventaría a partir de ese tumulto embravecido que llamamos progreso algo (tal vez una máquina) que adornase los yermos altares de los espejos de todas las muchachas que son y que han de ser con algo así —que tan poca cosa es cuando tan poca cosa queremos—, ese rostro fotografiado. Ni siquiera tendría necesidad de un cráneo que le diera soporte: prácticamente anónimo, bastaría con una vaga inferencia de un cuerpo vivo, de carne y hueso, deseado por alguien distinto así fuese en el reino de las sombras nebulosas de la fantasía que se toma por realidad. Una imagen que se viera a hurtadillas, a la chita callando (eso me enserió mi infancia en vez del amor, y me fue de provecho; lo cierto es que si me hubiera enseñado el amor, el amor no podría haberme valido de tanto en la vida), entrando con sigilo en la habitación desierta a mediodía. No para soñar, puesto que habitaba en el sueño, sino para renovar, ensayar el papel, como puede colarse entre bambalinas una simple aficionada con todos sus defectos, anhelante, en el ínterin de una escena visible, para escuchar un instante la voz del apuntador. Y de ser celos no fueron los celos de un hombre, los celos de un amante, que espía por ver, por paladear, por tocar esa ensoñación de soledad de la doncellez que es el primer vislumbre de ese velo transparentado que llamamos virginidad; no para aparecer de golpe, forzar esa vergüenza que es en todo parte de la declaración de amor, sino para regodearse en el serio abundante e instantáneo ya sonrosado con el rubor del sueño, así que todavía no tenga necesidad de despertar vergüenza. No, no era eso: yo no espiaba por ver quién pudiera aparecer por los caminos de arena rastrillada en el jardín, por pensar: «Esta huella fue la suya de no haber sido por el rastrillo que la borró, a tal punto que a pesar del rastrillo ahí sigue, y la de ella es la que hay al lado, formando ese ritmo lento y recíproco en el que el corazón, el intelecto, no tienen necesidad de estar pendientes de los pies dóciles (sí, deseosos)»; o, si no, pensaba «¿Qué suspiros de las almas gemelas tiene la susurrante miríada de oídos ocultos y a la escucha en este recóndito emparrado, en esa reclusión entre los arbustos? ¿Qué votos, qué promesas, qué pujante llama de embeleso ha coronado la lluvia de color lila que desprende la glicinia, la henchida disolución de esta rosa?». Pero lo mejor de todo, mucho mejor que esto, fue la verdadera vivencia y la propia ensoñación de la carne. Oh, no: no espiaba nada cuando me encerraba a soñar en la fronda al acecho de mi propio arbusto o de mi propio emparrado tal como creía que se entregaba ella a sus ensoñaciones al abrigo del asiento umbrío que contenía la huella de sus muslos ausentes, así como la arena que todo lo borra, los millones de terminaciones nerviosas de la fronda y el verdor, el sol mismo y las constelaciones lunares que lo habían contemplado, el aire que la rodeaba contenía en algún lugar su pie, su silueta pasajera, su rostro, la voz con que le había hablado, su propio nombre: Charles Bon, Charles Bueno, Charles el que pronto habría de ser su marido. No, no espiaba, no me escondía siquiera; era tan niña que no necesitaba esconderme, tan niña que mi presencia no la hubiese vulnerado por más que estuviera sentada con él, si bien era a la vez mujer suficiente para haberme presentado ante ella con el derecho de que me recibiera (tal vez con placer, con gratitud) en esa confianza virginal y sin asomo de vergüenza en que hablan las jovencitas del amor: sí, tan niña, para ir y decirle «Déjame dormir contigo», tan mujer para decirle «Tumbémonos juntas en la cama y cuéntame qué es el amor», si bien no lo hice, porque habría tenido entonces que decir «No me hables del amor, déjame que te cuente, yo del amor ya sé más de lo que tú sabrás nunca, más de lo que tú nunca necesitarás saber». Entonces volvió mi padre y vino a buscarme y me llevó a casa y yo volví a ser la niña anodina que durante demasiado tiempo había sido, pero también la mujer anodina que apenas había tenido tiempo de ser, vestida con las prendas que tan mal me sentaban y que mi tía había desestimado cuando se fue, encargada de llevar una casa que me sentaba igual de mal, que no tenía forma precisa, y que no se dedicó a espiar, a esconderse, sino a esperar, a observar sin recompensa, sin agradecimiento, y que no le amaba en el sentido que damos al amor porque no existe amor de esa clase sin esperanza, y que (de ser amor) amaba con un cariño que iba más allá de donde alcanzan esos libros fáciles y hechos para la ocasión: ese cariño que renuncia a lo que nunca tuvo, esa púdica cantidad que es cuanto posee el donante, si bien su peso infinitesimal nada añade a la sustancia del amado, a pesar de lo cual lo di. Y no a él, sino a ella; fue como si le dijera «Toma, ten esto también. Tú no le puedes amar como habría que amarle, y aunque él no sienta el peso de esta donación, tal como tampoco sentiría su falta, quizá llegue un día un momento en vuestra vida de casados en el que él encuentre esta partícula de átomo tal como podrías tú encontrar un brote pálido y escondido y prieto en un arriate de flores que de sobra te sea conocido y tal vez te detengas y digas “¿De dónde ha salido esto?”, y sólo tendrás que contestar “No lo sé”». Así volví a casa y pasé cinco años sin salir, oí el eco de un disparo, subí unas escaleras de pesadilla y encontré…
       Bueno, una mujer de pie, sosegada, con su vestido de algodón, ante una puerta cerrada que no me permitió franquear, una mujer más extraña a mí que a cualquier pena con la que no quiso asociarse, una mujer que dijo «¿Qué hay, Rosa?», y que lo dijo con sosiego infinito cuando yo estaba en plena carrera, la carrera que (ahora lo sé) había iniciado cinco años antes, cuando él también estuvo en mi casa y no dejó más huella que la que había dejado en la de Ellen, donde no había sido sino silueta, sombra: no de un hombre, de un ser, sino de un mueble de carácter esotérico, un jarrón o una silla o una mesa que Ellen deseaba poseer, como si esa impresión que él hubiera dejado (o la falta de ella) en las paredes de la casa de los Coldfield o de Sutpen contuviera la profecía portentosa de cuanto había de ser: sí, de aquel primer año salí a la carrera (aquel año anterior a la guerra), aquel año durante el cual Ellen me habló del ajuar (y era mi ajuar), de toda la panoplia de ensueño y de rendición que era mi rendición, aunque tuviera tan poco que rendir que fuera todo cuanto tenía, porque existe ese podría haber sido que es la sola roca a la que nos aferramos para ponernos a salvo en el maelstrom de la realidad insoportable; los cuatro años durante los cuales creí que ella esperaba como esperaba yo, mientras el mundo estable que se nos había enseñado a conocer se disolvía en las llamas y la humareda hasta que desapareciera la paz y la seguridad, y la dignidad y la esperanza, y quedara tan sólo el honor mutilado de los veteranos, y el amor. Sí, tendría que haber, debería haber amor y fe: nos los habían legado nuestros padres, maridos, novios, hermanos, que portaron la dignidad y la esperanza de la paz en la vanguardia del honor, tal como portaron las banderas: amor y fe tendría que haber, pues, de lo contrario, ¿por qué combaten los hombres? ¿Por qué, si no, vale la pena morir? Sí, morir no por la vanidad del honor, no por la dignidad, ni siquiera por la paz, sino por el amor y la fe que dejaron al marchar. Y es que él tenía que morir; lo sé, lo supe, igual que habían de morir la dignidad y la paz: de lo contrario, ¿cómo demostrar la inmortalidad del amor? Aunque no el amor, no la fe en sí misma, en sí mismos. El amor sin esperanza tal vez, la fe con poca cosa de la que sentir orgullo: el amor y la fe al menos por encima de la matanza y la necedad, para salvar al menos del polvo humilde y condenado algo del antiguo embrujo, del embrujo perdido del corazón. Sí: la encontré de pie delante de aquella puerta cerrada que yo no había de franquear (y que ella tampoco volvió a traspasar al menos que yo sepa, hasta que Jones y el otro hombre subieron con el ataúd la escalera), con la fotografía de la mujer en la mano que le colgaba del costado y el rostro en absoluto sosiego, y me miró un instante y levantó la voz lo justo para que se le oyera en el vestíbulo, abajo: «Clytie. La señorita Rosa se quedará a cenar. Más vale que sirvas más comida. —Y entonces—: ¿Bajamos? Voy a tener que hablar con el señor Jones de unos cuantos tablones y unos clavos».
       Eso fue todo. Mejor dicho, no todo, ya que no hay un todo, no hay final ni conclusión; no es el golpe lo que nos causa sufrimiento, sino el tedioso anticlímax de la repercusión que produce, las repulsivas consecuencias con que, como los despojos, es preciso cargar, llevarse, despejar el umbral mismo de la desesperación. Dese cuenta: yo nunca lo vi. Ni siquiera llegué a verle muerto. Me llegó a los oídos un eco, no así el disparo; vi una puerta cerrada, no la llegué a franquear: recuerdo que aquella tarde en que sacamos el ataúd de la casa (Jones y otro hombre blanco que extrajo, que exhumó a saber de dónde, lo improvisaron con unos tablones que arrancaron de la cochera; recuerdo que mientras comíamos los alimentos que Judith —sí, Judith: el mismo rostro sosegado y frío, tranquilo y aplomado, encima de los fogones— había cocinado, que comimos en la estancia bajo la cual se hallaba él de cuerpo presente, oíamos los martillazos y el serrucho en la parte de atrás, y recuerdo que vi a Judith una sola vez, con un sombrero de algodón raído, a juego con el vestido, para protegerse del sol, darles instrucciones sobre el modo en que debían construirlo; recuerdo que durante toda aquella tarde lenta y soleada martillaron y serraron delante de la ventana de la sala que daba a la parte de atrás, la lenta y enloquecedora raspadura del serrucho repetida hasta la sinrazón, los martillazos secos y cargados de intención, de tal modo que parecía que cada uno fuera a ser el último, pero que no lo era, pues se reanudaban y se repetían justo cuando la amortiguada dilución por agotamiento de los nervios destrozados, tensados por la fatiga más allá de toda flexibilidad posible, se relajaba en el silencio y tenía entonces que desgañitarse de nuevo: hasta que por fin salí a la parte de atrás (y vi a Judith en el corral, en medio de la polvareda que levantaban las gallinas, recogidos los huevos en el doblez del delantal) y les pregunté por qué, por qué allí, por qué tenía que ser exactamente allí, y ambos se quedaron quietos el tiempo suficiente y más que suficiente para que Jones se volviera y escupiera otra vez y dijera: «Mirusté: porque así no queda tan lejos de la caja cuando haya que subirla», y cómo antes de darles yo la espalda él, o uno de los dos, aún añadió, tras un atónito, desmañado, torpe raciocinio, «Más fácil sería ir por él y sacarlo aquí fuera y clavetear las planchas a su alrededor, aunque eso a la señorita Judy no creo que le hiciera ninguna gracia»); recuerdo que cuando lo bajamos por las escaleras y lo sacamos hasta la carreta que estaba esperando quise cargar yo con todo el peso del ataúd para cerciorarme de que de veras iba dentro. Y no podría asegurarlo. Fui una de las que portaron el féretro y sin embargo no pude, no quise creer algo que sabía que no podía ser de otra forma. Y es que nunca lo vi. ¿Se da usted cuenta? Hay ciertas cosas que nos suceden, cosas que el intelecto y los sentidos rechazan tal como rechaza a veces el estómago lo que ha aceptado el paladar, lo que la digestión no tolera; son cosas que nos detienen en seco, como si mediase una impalpable intervención, como una lámina de cristal a través de la cual vemos sucederse los acontecimientos subsiguientes como si transcurriesen en un vacío insonoro y se difuminasen hasta desaparecer; ya no existen, nos dejan clavados en el sitio, impotentes, desvalidos; inmóviles, tanto que podríamos morir. Así fue en mi caso. Yo estuve allí; una parte de mí caminó comedida, acompasada a la cadencia con que avanzaban Jones y su compañero, y Theophilus McCaslin, que a saber cómo se había enterado de la noticia en el pueblo, y Clytie, según cargábamos con la caja tosca e ingobernable hasta salvar la curva al pie de la escalera, mientras Jones, que nos seguía, la enderezaba por detrás, y así salimos de la casa y llegamos a la carreta; una parte de mí permaneció en pie ante la tierra abierta en una grieta, a la sombra cernida de los cedros, y oyó el sordo y desdibujado repicar de los terrones sobre la madera y respondió No cuando Judith, desde el túmulo formado en la cabecera de la tumba, dijo «Era católico. ¿Sabe alguno de ustedes cómo recitan los católicos el responso…?», a lo que Theophilus McCaslin dijo «Al infierno los católicos. Era un soldado. Yo sí sé cómo rezar una plegaria por cualquier soldado confederado», y clamó entonces con estridente y ronco vozarrón de viejo, resonante y cacofónico: «¡Yaaay, Forrest! ¡Yaaay, John Sartoris! ¡Yaaaay!». Y algo que no era yo se fue caminando con Judith y con Clytie por el campo sobre el que se ponía el sol y respondió con curiosa y serena suspensión a la voz baja y serena que hablaba de la siembra del maíz y de la tala de la leña para el invierno, y en la cocina, a la luz de un candil, ayudó esta vez a cocinar y ayudó a comer los alimentos en la estancia por encima de cuyo techo ya no yacía él de cuerpo presente, y se fue a acostar (así, tomó una palmatoria con su vela, que le tendía aquella mano firme, sin atisbo de temblor, y pensó: «Ni siquiera ha llorado», y en un espejo que parecía empañar el relumbre de la vela vio mi rostro y dijo «Y tú tampoco») en aquella casa en la que había pasado él una corta estancia (esta vez definitiva) sin dejar siquiera rastro, ni lágrimas siquiera. Sí. Un día no estaba allí. Y al día siguiente estuvo. Y ya no volvió más. Fue demasiado breve, demasiado rápido, demasiado veloz: en seis horas de una tarde de verano sucedió todo, lapso demasiado corto para dejar la impronta de un cuerpo en un colchón, y la sangre puede manar de cualquier parte caso de que sangre hubiera, puesto que yo nunca lo llegué a ver. Por lo que a mí me fue dado saber, no teníamos cadáver; ni siquiera teníamos asesino (ese día ninguna de nosotras dijo nada de Henry; yo misma, la tía, la solterona, tampoco pregunté si tenía buena cara, si tenía cara de estar enfermo; no dije ni una sola de las mil banalidades con que la indómita sangre de mujer ignora el mundo del hombre, ese mundo en el que el pariente consanguíneo da las muestras de valor o de cobardía, de necedad o lujuria o miedo por las que sus congéneres lo ensalzan o lo crucifican) que allá se presentó y echó la puerta abajo y vociferó su crimen y desapareció, pues de no ser porque seguía con vida resultó entonces mucho más ensombrecido que la mera abstracción que habíamos introducido en una caja de tablones con la tapa claveteada, un disparo oído sólo por su eco, un caballo extraño, escuálido, medio asilvestrado, frenado por la brida y sin jinete que ocupara la silla, en las alforjas una pistola, una camisa limpia y raída, un mendrugo de pan duro como el hierro, capturado por un hombre a cuatro millas de distancia y dos días después cuando intentaba forzar el pasador de la puerta de su establo. Sí, más incluso: estaba ausente, y sin embargo estaba; había regresado, y no estaba; tres mujeres depositaron algo en la tierra y lo cubrieron de tierra, como si él nunca hubiera estado.
       Me preguntará usted por qué me quedé. Le podría decir que lo ignoro, le podría dar diez mil razones insignificantes, todas falsas, y que usted me creyera: que me quedé porque había comida, aunque podría haber peinado las zanjas y arañado entre las malas hierbas, improvisar y trabajar un huerto en mi casa del pueblo igual que allá, por no hablar ya de los vecinos, de los amigos cuya limosna hubiese aceptado, pues la necesidad tiene una curiosa forma de obliterar de nuestra conducta no pocos escrúpulos y remilgos referentes al orgullo y al honor; que me quedé por el cobijo, si bien disponía de mi propio techo y a un precio inexistente, la verdad; que me quedé por la compañía, si bien en mi casa habría tenido la compañía de vecinos que al menos eran de mi misma clase, que me conocían de toda la vida e incluso desde antes, en el sentido de que no sólo pensaban como pensaba yo, sino también como pensaban mis antepasados, mientras que allá tenía por compañía a una mujer a la que, por muy pariente de sangre que fuera, no entendía, y ala cual, si mi observación me autorizase a creer como creía, tampoco deseaba entender, y a otra que era tan ajena a mí y tan ajena a todo que podríamos haber sido no sólo de distintas razas (y lo éramos), no sólo de distintos sexos (y no lo éramos), sino de distintas especies, y sin hablar una lengua que ambas entendiésemos, las sencillas palabras de la cual, con las que nos vimos obligadas a ajustar nuestros días con los de otro ser, eran menos conducentes a la inferencia del pensamiento ajeno, o de su intención, que los sonidos que un animal o un ave pudieran haberse dirigido mutuamente. Pero no aduciré ninguna de estas razones. Me quedé allá y esperé a que regresara Thomas Sutpen. Sí. Usted dirá (o querrá creer) que esperé ya entonces a formalizar mi compromiso con él; si le dijera que no fue así, usted creería que miento. Pero de veras le digo que no. Esperé a que llegase exactamente igual que esperaron Judith y Clytie ese día: porque entonces él habría pasado a ser todo cuanto teníamos, todo cuanto nos daba razón para continuar existiendo, para comer y dormir y despertar y levantarnos otro día: a sabiendas de que él tendría necesidad de nosotras, a sabiendas (pues no en vano lo conocíamos) de que de inmediato procedería a salvar cuanto quedase del Centenar de Sutpen y a restaurarlo. No es que pudiéramos necesitarlo, ni que quisiéramos tener necesidad de él. (Nunca, ni siquiera un solo instante, había pensado yo en el matrimonio; nunca, ni siquiera un solo instante, había imaginado yo que me pudiera mirar, que me viera, puesto que nunca me había visto. Puede usted creerme, se lo aseguro, pues no tendré reparos en contárselo cuando llegue el momento de decirle cuándo lo pensé.) No. Ni siquiera fue necesario el primer día de la vida que habíamos de llevar juntas para que comprendiéramos que tampoco teníamos necesidad de él, ni tuvimos necesidad de hombre alguno en tanto Wash Jones viniese o siguiera allí: yo, que había mantenido la casa de mi padre y lo había mantenido a él con vida durante casi dos años; Judith, que había hecho allá otro tanto; Clytie, que sabía cortar la leña o arar un surco mejor (o al menos más deprisa) que el propio Jones. Y esto es lo triste, una de las cosas más tristes: ese tedio cansino que embarga el corazón y se apodera del espíritu cuando ya no tienen necesidad de aquello para cuya necesidad (el corazón y el espíritu) son necesarios. No. No le necesitábamos ni siquiera vicariamente, ni podíamos tampoco sumarnos a él en su enfurecido (en la casi demente intención que se trajo a la casa a su regreso, y que parecía proyectar, irradiar por delante de sí antes de desmontar incluso) afán de restaurar todo el paraje y devolverle lo que había sido, aquello por lo que había sacrificado piedad y caballerosidad y amor y todas las virtudes de la cortesía, en el supuesto de que de veras tuviese que sacrificarlo, de que sintiera la carencia, de que las deseara de otros. Ni siquiera eso. Ni Judith ni yo queríamos una cosa así. Tal vez fuera porque no creímos que se pudiera hacer, aunque más bien creo que fue por mucho más: porque existíamos en una apatía que casi era paz, como la de la propia tierra ciega, que no siente, que no sueña con el tallo de la flor, con el capullo, que no envidia la aérea y musical soledad de las tiernas hojas recién brotadas, que ella misma nutre.
       Así pues, lo esperamos. Llevamos la vida ajetreada y sin sobresaltos que llevarían tres monjas en un convento yermo y azotado por la pobreza: teníamos unas paredes seguras, sobradamente inviolables, aunque a las paredes no les importase si comíamos o no. Y amistosamente: no como dos blancas y una negra, no como tres negras o tres blancas, ni siquiera como tres mujeres, sino tan sólo como tres criaturas que tenían necesidad de comer, pero que no encontraban placer en ello, que tenían necesidad de dormir, pero no hallaban alegría ni en el cansancio que agota ni en la reparación que regenera, y en las que el sexo era como una atrofia olvidada, como esas agallas rudimentarias que llamamos amígdalas o los pulgares que se siguen pudiendo enfrentar por la atávica necesidad de trepar a los árboles. Mantuvimos la casa, la parte en que vivíamos, en condiciones aceptables de uso; mantuvimos la habitación a la que había de regresar Thomas Sutpen: no la que había dejado cuando era marido de su mujer, sino aquella a la que regresaría siendo un viudo que había perdido a su hijo, despojado así de aquella posteridad a la que de cierto había aspirado, no en vano se había tomado la molestia de engendrar a sus hijos y había corrido con los gastos de su crianza y de su alojamiento y manutención entre los muebles de importación, bajo lámparas de cristal, así como mantuvimos también la habitación de Henry, tal como Judith y Clytie la mantuvieron, mejor dicho, como si no hubiese subido a la carrera la escalera aquella tarde de verano, para bajar corriendo al poco; cultivamos, cuidamos, cosechamos con nuestras propias manos los alimentos que comimos, creamos y cuidamos aquel huerto tal como cocinamos y comimos los alimentos que nos daba: sin distingo entre las tres, de edad o de color, sino sólo teniendo en cuenta quién podía encender el fuego, quién revolver la cazuela, regar esas plantas o llevar el doblez del delantal lleno de maíz basta el molino, para volver con la harina, con menos coste para el bien común, ya fuera en tiempo, en gasto o en energía. Era como si fuéramos un solo ser, intercambiables e indiscriminadas, que mantenía vivo y cuidado el huerto, que hilaba y tejía las prendas que vestíamos, que cazaba y encontraba y recogía las hierbas enclenques al borde de la acequia para proteger y garantizar el espartano compromiso que osábamos o encontrábamos tiempo de pactar con la enfermedad, además de azuzar y regañar a Jones como un solo ser para que se ocupase del maíz y cortase la leña que habían de darnos calor y sustento a lo largo del invierno; las tres, tres mujeres: demasiado pronto me obligaron a mí las circunstancias, a muy tierna edad, a asumirlas tareas y la mentalidad de un ama de casa ahorradora, que igual pudo haber conducido su existencia en un faro solitario, en una roca, a una edad a la que ni siquiera había aprendido, en cambio, a cultivar un arriate de flores, y menos aún un huerto, y que me había enseriado a considerar el combustible o la carne como algo que aparecía por su propia volición, en un cajón de leña o en un estante de la despensa; Judith, creada por las circunstancias (¿las circunstancias? cien años de atenta educación, tal vez no por la sangre, no por la sangre de los Coldfield, pero sin duda por la tradición en la que la despiadada voluntad de Thomas Sutpen se había horadado su lugar propio) para atravesar las etapas sucesivas de la crisálida suave, aislada, indemne: capullo, reina prolífica y bien atendida, luego matriarca potente y de mano blanda, en el contento y la serenidad de una vejez bien vivida: Judith, impedida por lo que en mí eran unos cuantos años de ignorancia, pero que en ella eran diez generaciones de férreas prohibiciones, que no había aprendido aún ese primer principio de la penuria que consiste en ahorrar y escatimaren aras del ahorro mismo, y del mismo gesto de escatimar, y que (auxiliada o incitada por Clytie) cocinaba el doble de lo que éramos capaces de comer y el triple de lo que podíamos permitirnos y luego se lo daba a cualquiera, al primer desconocido, en una tierra que ya empezaba a poblarse de soldados extraviados o rezagados que hacían un alto para pedir lo que fuera; y (que no por último) Clytie. Clytie, que no era inepta, o que era cualquier cosa, salvo inepta: perversa, insondable y paradójica: libre, si bien incapaz de libertad, que nunca, ni una sola vez en su vida, se había considerado esclava, que profesaba fidelidad a nadie, como lobo u oso indolente y solitario (sí: salvaje: a medias de sangre de negra sin domesticar, a medias de sangre de Sutpen: y si «sin domesticar» se entiende por sinónimo de «salvaje», «Sutpen» es entonces la callada e insomne maldad que restalla en el látigo del que domestica), cuya falsa apariencia la sujeta en la docilidad de la mano del miedo, pero que no lo está, y que si ésa es su fidelidad, lo es exclusivamente al principio primordial e inmutable de su propio salvajismo; Clytie, que en la pigmentación misma de su carne representaba la hecatombe que nos había empujado a Judith y a mí a lo que éramos, y que de ella había hecho (de Clytie) aquello que declinaba ser, tal como había declinado ser aquello cuyo propósito no fue otro que emanciparla, como si presidiera con altanería lo nuevo y con toda intención siguiera representando para nosotras la portentosa amenaza de lo antiguo.
       Éramos tres extrañas. Desconozco qué pensaba Clytie, qué vida llevaba con los alimentos que cultivábamos y cocinábamos al unísono, con las telas que hilábamos y tejíamos juntas, nutridas y guarecidas juntas. Pero contaba con ello, puesto que ella y yo éramos abierta aunque honestamente, sí, enemigas. En cambio, ni de lejos sabía qué podía pensar, qué sentía Judith. Dormíamos en la misma habitación las tres (no sólo para mejor aprovechar la leña que teníamos que llevar nosotras. Lo hacíamos por seguridad. Pronto comenzó el invierno y ya habían empezado a volver los soldados, los rezagados, no todos ellos mendigos, ni rufianes, sino hombres tan sólo que lo habían arriesgado todo y que todo habían perdido, que habían sufrido más allá de su capacidad de resistencia y regresaban entonces a una tierra echada a perder, no los mismos hombres que marcharon con gallardía, sino hombres transformados —y esto es lo peor, la degradación definitiva que la guerra impone al alma, al espíritu— a semejanza de ese hombre que abusa por pura desesperación, y ay de la esposa o la amante que en su ausencia haya sido violada. Teníamos miedo. Les dábamos de comer. Les dábamos lo que tuviéramos, y habríamos restañado sus heridas y los habríamos dejado en condiciones caso de haber estado en nuestras manos. Pero nos daban miedo), despertábamos y cumplíamos las obligaciones tediosas e inacabables que comportaba el mero hecho de aferrarse a la vida y al aliento; nos sentábamos frente al fuego después de cenar, las tres en ese estado en que los huesos mismos y los propios músculos tienen tal fatiga que no hallan descanso, cuando el espíritu, diluido e invencible, ha trocado y modelado incluso el desamparo en esa fácil negligencia de una prenda raída, y hablábamos, hablábamos de centenares de cosas y de ninguna. Hablábamos de él, de Thomas Sutpen, del final de la guerra (era evidente para todos) y de cuándo regresaría y de lo que baria: cómo dar comienzo a la hercúlea tarea que sabíamos había de imponerse, y en la que (oh, sí: esto también lo sabíamos) nos arrastraría con la misma implacabilidad de antaño tanto queriendo como si no; hablábamos de Henry en voz queda —ese desvelo normal e inservible e impotente en la mujer que se preocupa por el varón ausente—, de cómo se las habría apañado, de si pasaría hambre o frío, tal como hablábamos de su padre, como si tanto ellos como nosotras siguiéramos habitando en aquel tiempo al que aquel disparo, aquellos pasos apresurados y enloquecidos habían puesto fin y habían suprimido, como si aquella tarde jamás hubiera sido. En cambio, ni una sola vez hablamos de Charles Bon. Hubo dos tardes a finales del otoño en que Judith se ausentó y regresó a la hora de la cena, serena y sosegada. No le pregunté y no la seguí, aunque supe, y supe que Clytie lo sabía, que había ido a limpiar la tumba de hojas secas y de la corteza desprendida de los cedros, aquel montículo que se desdibujaba y poco a poco volvía a confundirse con la tierra, bajo el cual no habríamos enterrado nada. No, nunca se oyó aquel disparo. Aquel ruido sólo fue el golpe seco y definitivo con que se cerró una puerta entre nosotras y todo cuanto era, todo cuanto pudo haber sido, una ruptura retroactiva del fluir de los acontecimientos, un instante para siempre cristalizado en un tiempo imponderable y consumado por tres mujeres débiles, pero indómitas, que antes que se consumara el hecho en sí, el que rechazamos, negamos, despojamos al hermano de su presa, arrancamos la bala al asesino de su víctima. Así fue como vivimos durante siete meses. Y una tarde de enero Thomas Sutpen volvió a la casa; alguna levantó la mirada del huerto que estábamos preparando para que nos diese algo de comer otro año más y lo vio cabalgar por la avenida. Y una tarde me comprometí en matrimonio con él.
       Me costó sólo tres meses. (¿Se percata de que no digo a él, sino que digo a mí?) Sí, sólo tres meses, luego de que durante veinte años lo considerase (cuando lo miraba, cuando tenía que mirarlo) un ogro, un animal salido de un cuento para aterrar a los niños; había visto a los suyos pasar por encima del cadáver de mi difunta hermana y proceder a destruirse unos a los otros, y en cambio tuve que acudir a él a la primera oportunidad, como el perro al que se llama con un silbido, en aquel mediodía en que él, que llevaba veinte años viéndome, alzó por vez primera la cabeza y se detuvo a mirarme. Oh, no me reprocho nada; podría (y lo haría, sí; de seguro lo he hecho ya) darle un millar de razones engañosas, todas válidas para las mujeres, que irían desde la natural falta de consistencia que es propia de la mujer hasta el deseo (e incluso la esperanza) de la posible riqueza, de la buena posición, e incluso el miedo a morir sin haber conocido varón, que (de seguro se lo habrán dicho) tienen siempre las solteras de cierta edad, o por venganza. No, no me reprocho nada. Pude haberme marchado a mi casa y no lo hice. Tal vez debí haberme marchado. Pero no lo hice. Al igual que Judith y Clytie, me planté ante el pórtico podrido de la casa y lo vi llegar en un caballo escuálido y cansino sobre el que no parecía que fuera montado, pues más bien parecía proyectarse como un espejismo, con una fiera y dinámica rigidez, producto de la impaciencia, que el caballo escuálido, la silla, las botas, la guerrera del color de las hojas, desgastada, con su entorchado sin lustre, sacudido a cada paso, que contenía el caparazón sentiente, pero sin nervio, en que se había convertido, no podrían seguir al paso, y que parecía precederle cuando desmontó, y con la cual dijo «Bueno, hija mía», y se inclinó y rozó con la barba la frente de Judith, que no se había movido y no se movió, que permanecía envarada, inmóvil, sin cambiar de expresión, y en el marco de la cual se dijeron cuatro frases, cuatro frases de palabras directas y sencillas, debajo encima detrás de las cuales percibí el mismo vínculo de la sangre común que había percibido aquel día en que Clytie me retuvo al pie de la escalera: «¿Henry no?», «No. No está aquí.» «… Ah. ¿Y…?» «Sí. Henry lo mató». Y se echó a llorar. Sí, se deshizo en lágrimas quien aún no había derramado una sola, quien aquella tarde había bajado la escalera con una expresión de frialdad y de sosiego de la que no se había despojado desde entonces y que a mí me detuvo en plena carrera ante aquella puerta cerrada; sí, reventó a llorar como si toda aquella acumulación de siete meses seguidos hubiese entrado en erupción por todos sus poros en una descarga increíble (no se movió, no movió ni un músculo) y acto seguido se esfumara, desapareciera tan de repente como si el aura fiera y árida en que él la había envuelto secara las lágrimas más deprisa de lo que manaban: y aún de pie con las manos sobre sus hombros miró a Clytie y dijo «Ah, Clytie», y entonces me miró a mí, el mismo rostro que yo había visto la última vez, sólo que algo más delgado, los mismos ojos despiadados, el cabello algo encrespado, sin asomo de reconocimiento en absoluto, hasta que Judith dijo «Es Rosa. Tía Rosa. Ahora vive aquí».
       Eso fue todo. Llegó por la avenida y entró de nuevo en nuestras vidas sin causar más ondas que aquellas lágrimas instantáneas e increíbles. Y es que él mismo no estaba allí, no estaba en la casa en que pasábamos nuestros días, no se había detenido allí. Su caparazón vacío sí estaba, se servía de la habitación que le habíamos reservado y comía los alimentos que cultivábamos y preparábamos y servíamos como si no percibiera la blandura de la cama y no distinguiera ni calidades ni sabores en las vituallas. Sí. No estaba allí. Algo se sentaba a comer con nosotras, con ese algo conversábamos, algo respondía a nuestras preguntas; algo se sentaba con nosotras de noche frente al fuego y, desperezándose sin previo aviso, sobreponiéndose a una inercia absoluta, profunda, ensimismada, hablaba no con nosotras, seis oídos, tres intelectos capaces de escuchar, sino con el aire, con la presencia hosca, ruinosa, a la espera, con el espíritu mismo de la casa, y hablaba con lo que parecía la jactancia de un demente que dentro de su propio féretro hubiera levantado las murallas de sus fabulosos Camelots, de sus inconmensurables Carcasonas. No es que estuviera ausente del lugar, del arbitrario cuadrado de tierra al que puso por nombre el Centenar de Sutpen: ni mucho menos. Estaba ausente tan sólo de la sala, y era porque tenía que estar en otra parte, pues una parte de él abarcaba todos y cada uno de los campos arruinados y las cercas caídas y las paredes desmoronadas de las cabañas, las algodoneras, los establos; él mismo se hallaba disuelto, suspenso en una solución cohesionada por el apremio eléctrico y furioso e inmóvil y la conciencia de la brevedad del tiempo y la necesidad de apresurarse, como si acabara de respirar hondo y mirase en derredor y comprendiera que era viejo (tenía cincuenta y nueve) y le preocupase (no era temor: preocupación tan sólo) no que la vejez le hubiera dejado impedido de acometer lo que se proponía acometer, sino que quizá no le quedase tiempo de acometerlo antes que le llegase la hora. No nos equivocamos al suponer qué se había propuesto: no se iba a detener siquiera a respirar antes de emprender y culminarla restauración completa de su casa y su plantación, decidido a dejarlas en la medida de lo posible tal como habían sido. No supimos cómo iba a proceder; yo tampoco creí que pudiera. Él mismo no podía saberlo si había llegado a la casa con nada y había llegado a la nada, a cuatro años menos que nada. Pero eso no le arredró. La suya fue la furia fría y alerta del jugador que sabe que de todos modos puede perder, pero que si deja un instante de reposo a su querer fiero y constante cuenta ya con toda la certeza de ganar, y que impide que el suspense llegue nunca a cristalizar mediante la simple y fiera manipulación de los naipes o los dados basta que los conductos y las glándulas de la suerte vuelvan de nuevo a segregar sus flujos. No se detuvo, no se tomó siquiera un día o dos para que los huesos y las carnes de sus cincuenta y nueve años se recuperasen, el día o dos en los que podría haber hablado no de nosotras y de lo que habíamos hecho hasta entonces, sino de sí mismo, de los últimos cuatro años (por todo cuanto llegó a decirnos, podría no haberse librado una guerra, o bien haberse librado en otro planeta, sin que él pusiera en riesgo nada de lo suyo, sin que su carne ni su sangre hubiesen vivido padecimiento en la contienda), periodo natural durante el que la amargura de la derrota, aun cuando no le hubiera dejado tullido, podría haberse agotado en algo que remedase la paz, la quietud tras la rabia y la incredulidad del relato (que permite al hombre si no reconciliarse con los vivos sí al menos soportarlos) de ese margen de pluma que media entre la victoria y el desastre, que es lo que hace insufrible la derrota que, volviéndose en su contra, rehusó acabar con la vida de quien, por no haber muerto, no se resigna a vivir con ello.
       Apenas lo vimos. Se ausentaba desde el alba hasta el anochecer junto con Jones y otro u otros dos hombres que había sacado a saber de dónde, y a los que pagó tal vez con la misma moneda con que había pagado al arquitecto extranjero, con zalamerías y promesas, con amenazas y al final con la fuerza. Aquél fue el invierno en que empezamos a aprender qué significaban los politicastros y cómo se desenvolvían los caciques, el invierno en que la gente —las mujeres— atrancaban de noche puertas y ventanas, y empezaban a meterse miedo unas a las otras contándose rumores sobre las revueltas de los negros, el invierno en que las tierras arruinadas de tanto barbecho siguieron más descuidadas incluso, mientras los hombres, con las pistolas en los bolsillos, se reunían a diario en asambleas secretas, en los pueblos. Él no acudió a una sola; recuerdo que una noche vino de visita una delegación, unos hombres que cabalgaron por los barrizales de principio de marzo y que lo pusieron en el brete preciso de dar un sí o un no, de mostrarse con ellos o contra ellos, de declarar si era amigo o enemigo; recuerdo que él se negó, que declinó, que les ofreció (sin una sola alteración en su rostro demacrado y despiadado, sin que le mudase la voz llana) su desafío, si desafío era lo que iban buscando, diciéndoles que si todos los hombres del Sur hicieran lo que él estaba haciendo, si se cuidasen de devolver a sus tierras el esplendor perdido, la tierra en general y el Sur en particular se salvarían sin duda: dicho esto los hizo abandonar la estancia en que los había recibido y les hizo salir de la casa y se plantó en el umbral sujetando el farol por encima de la cabeza mientras el portavoz de los delegados pronunciaba su ultimátum: «Esto puede ser la guerra, Sutpen», a lo que él repuso «A eso estoy acostumbrado». Sí, yo lo vi; yo presencié la furia solitaria del viejo, armado con la cual iba a entablar combate no contra la terquedad de la tierra, tratable sin embargo poco a poco, o no todavía, pues antes hubo de bregar contra el peso portentoso de los nuevos tiempos, como si fuese a represar un río con la sola fuerza de sus manos y la sola ayuda de un guijarro, y ello por la misma y espúrea ilusión de bailar recompensa, que le había fallado una vez (¿fallado? traicionado si acaso: y esta vez lo destruiría); ahora mismo veo a las claras la analogía, la carrera fatal y curva con que se apresuraba a cerrar el círculo de su orgullo despiadado, su lujurioso afán de magnificencia vana, aunque en su día no acertase a verla. ¿Cómo iba a verla? Cumplí veinte años, desde luego, pero seguía siendo una niña, seguía viviendo en el pasillo uterino al que no llegaba el mundo siquiera con un eco vivo, sino con sombras yertas e incomprensibles, donde con un pasmo sosegado y pueril, ajena a toda alarma, presencié las bufonadas con que hombres y mujeres —mi padre, mi hermana, Thomas Sutpen, Judith, Henry, Charles Bon— daban consistencia al espejismo llamado honor, principios, matrimonio, amor, pesadumbre, duelo, muerte; la niña que, mirándolo a él, ya no era niña, sino parte del triunvirato de mujer-madre que componíamos las tres, Judith, Clytie y yo, que dio de comer y dio de vestir y dio calor a aquel caparazón vacío, estático, y que de ese modo dio rienda suelta y dio amplitud a la enfurecida y vana ilusión, y así dijo «Al fin mi vida vale algo, aun cuando sólo escude y proteja los disparates enfurecidos de una criatura enajenada». Y una tarde (yo estaba en el huerto con una azada en la mano, donde llega el camino del establo) levanté los ojos y lo vi mirarme. Me había visto a lo largo de veinte años, pero en ese momento me estaba mirando; se había plantado en el camino y me miraba en plena tarde. Eso fue lo extraño: que fuese precisamente en plena tarde, a una hora a la que no debiera haber estado por los alrededores de la casa, sino a muchas millas de distancia, invisible en quién sabe qué paraje, en medio de su centenar de millas cuadradas, que aún nadie se había tomado la molestia de empezar siquiera a arrebatarle, y tal vez ni siquiera en tal o cual paraje preciso, sino difuso (no diluido, no adelgazado, sino espesado, engrandecido, abarcándolo todo como si fuese un instante de esfuerzo tremendo, un instante prolongado, sin interrupción, en el que compendiase y encerrase intacto en sí ese cuadrado de unas diez millas de lado mientras afrontaba desde el filo mismo del desastre, invencible, impávido, lo que ya tenía que saber que había de ser la derrota final), cuando por el contrario se hallaba en el camino mirándome con algo extraño, con un resto de curiosidad en el rostro, como si el granero y el sendero mismo en el instante en que me avistó hubieran sido un cenagal del que hubiese emergido sin previo aviso y sin conocimiento previo de que estaba a punto de ingresar en la luz, y entonces siguiese adelante, el rostro, el mismo rostro: no era amor, yo no diría eso, ni bondad, ni compasión: tan sólo un súbito y excesivo estallido de luz, un esclarecimiento en él, que había sabido que su hijo había cometido asesinato y que había desaparecido sin dejar huella y entonces se había limitado a decir: «Ah. Vaya, Clytie». Se encaminó a la casa. Pero no era amor; no digo que lo fuera; no me reprocho nada, no busco excusa. Podría haber dicho que tuvo necesidad de mí, que me utilizó, ¿por qué iba a rebelarme ahora, porque de hecho me utilizara? Pero ni lo dije ni lo digo. Ahora podría decir que no lo sé, y no mentiría. Y es que no lo sé. Él se fue; eso tampoco lo supe entonces, puesto que el espíritu también tiene su metabolismo, como lo tienen las entrañas, y en él lo que durante largo tiempo se acumula arde, genera, crea y rompe una suerte de doncellez de la carne voraz; sí, en un segundo tan sólo; en efecto, suprimidas de golpe todas las pamemas que emanan del no puedo, no quiero, jamás querré, en un rojo instante de olvido voluntario y arrasador. Ése fue mi instante: pude haber huido y no lo hice, descubrí que había seguido su camino y no recordé cuándo se había alejado, bailé lista la tierra para sembrar habas y no supe si la había preparado yo, me senté a la mesa de la cena esa misma noche con el familiar caparazón de nube y sueño al que nos habíamos acostumbrado (no me miró durante la cena; pude haber preguntado entonces En qué ilusoria cloaca de sueños nos traiciona la carne incorregible, pero no lo hice) y luego, frente al fuego, nos sentamos en la habitación de Judith como siempre, hasta que apareció él por la puerta y nos miró y dijo: «Judith, tú y Clytie…», y calló, y no había terminado de entrar, y dijo: «En fin, no importa, A Rosa no le molestará que vosotras oigáis lo que voy a decir, puesto que vamos escasos de tiempo y bastante ajetreados estamos con lo que nos queda», y se detuvo y me apoyó la mano sobre la cabeza y (desconozco qué pudo mirar mientras habló, salvo que por el sonido de su voz no fue a nosotras, ni a nada que hubiese en la habitación) añadió: «Tal vez pienses que no fui muy buen marido para tu hermana Ellen.
       Es probable que lo creas. Pero aunque no tengas en cuenta el hecho de que soy más viejo, creo que puedo prometer que no seré al menos peor contigo».
       Ése fue mi cortejo. Ese minuto en que se cruzaron nuestras miradas en el huerto, esa mano sobre mi cabeza en la habitación de su hija: un ucase, un decreto, un alarde sereno y henchido como una frase (sí: y pronunciada con idéntica actitud) compuesta no para decirse, no para oírse, sino para leerse una vez tallada en la piedra blanda que sirve de pedestal a una efigie olvidada y sin nombre. No lo disculpo, ni lo justifico, ni compasión reclamo, yo que no respondí «Sí, quiero» porque no se me preguntó, porque no hubo lugar, hueco, margen para la respuesta. Y es que pude haber dado una. Pude haber forzado yo sola ese margen si hubiera querido, pude haber hecho un hueco en el que alojase no un manso «sí», sino un tajo frenético, de arma desesperada y ciega, de arma de mujer, cuya herida misma, abierta, hubiera dado un grito que dijera «¡No! ¡No!», y «¡Socorro!», y «¡Salvadme!». No, nada me reprocho, ni compasión reclamo, yo que ni siquiera me moví, que permanecí sentada bajo la mano endurecida y olvidadiza de aquel ogro de mi infancia y le oí hablar a Judith y oí los pies de Judith y vi la mano de Judith, no a Judith, sino esa palma de su mano en la que leí, como en una crónica impresa, la orfandad, las penurias y las privaciones, el duelo por el amor perdido; los cuatro arduos y estériles años de despellejarse en el telar, con el hacha y con la azada y con todas las demás herramientas decretadas para el uso de los hombres: y en ella descansaba la alianza que él había puesto en el dedo de Hilen en la iglesia, una noche, casi treinta años atrás. Sí: analogía y paradoja y locura también. Permanecí sentada y percibí, no vi, cómo me colocaba la alianza en el dedo (se había sentado él también, en la silla que llamábamos de Clytie, mientras ella estaba de pie junto a la chimenea, pero fuera del círculo de luz que emanaba del fuego) y escuché su voz tal como Ellen tuvo que haberla escuchado en el abril de su propio espíritu treinta años antes: no habló de mí, ni del amor, ni del matrimonio, no habló siquiera de sí, ni habló a ningún mortal que en su cordura pudiera escucharle, sino que se dirigió a las mismas fuerzas oscuras del destino que había evocado y había desafiado llevado por el mismo sueño desatinado y fanfarrón en el que flotaba un Centenar de Sutpen intacto, que no tenía ya más existencia real (y que nunca volvería a tenerla) de la que tenía cuando Ellen oyó por vez primera hablar de su propiedad, como si al restablecer esa alianza a un dedo vivo hubiera retrocedido veinte años y hubiera detenido el tiempo, lo hubiera solidificado. Sí. Permanecí sentada y oí su voz y me dije: «Vaya, ha enloquecido. Decretará la celebración del matrimonio para esta misma noche y oficiará él la ceremonia, siendo al tiempo el novio y el ministro; pronunciará él sus propias bendiciones desatinadas sobre la boda, con la palmatoria de su dormitorio en la mano; también yo debo de haber enloquecido, puesto que consentiré, sucumbiré, lo respaldaré y me lanzaré». No, no me reprocho nada, ni compasión reclamo. Si me salvé aquella noche (y me salvé; el mío había de ser más adelante, un sacrificio más frío, cuando nosotros, o más bien yo, estuviera libre de todas las excusas que brinda la carne sorprendida, inoportuna, traidora) no fue por culpa mía ni por nada que yo hiciera, sino más bien porque, cuando hubo devuelto la alianza, dejó de mirarme y si acaso volvió a verme tal como me había visto durante los veinte años que precedieron a aquella tarde, como si hubiese alcanzado un momentáneo intervalo de cordura, tal como suele sucederles a los dementes y tal como tienen los cuerdos intervalos pasajeros de demencia, para no perder la conciencia de que están cuerdos. Fue incluso más que eso. A lo largo de tres meses me había visto a diario aunque no me hubiese mirado, puesto que no era yo sino una más del triunvirato que recibió su arisca y callada gratitud viril por la espartana acogida que le dimos, tal vez no a su entera comodidad, pero sí al menos a la altura del sueño desquiciado en que vivía. Sin embargo, durante los dos meses siguientes, no me vio. Es posible que la razón fuera evidente: andaba demasiado ajetreado; una vez cerrado ya el compromiso matrimonial (siempre y cuando fuera eso lo que necesitaba) ya no tuvo necesidad de verme. Y desde luego que no me vio: ni siquiera se llegó a fijar una fecha para la boda. Fue casi como si yo no estuviera en la casa. Peor aún: podría haberme marchado, haber vuelto a la mía, y él no me hubiera echado en falta. Yo estaba (al margen de lo que él quisiera de mí, fuera lo que fuese: no mi ser, ni mi presencia: sólo mi existencia, al margen de lo que representara para él Rosa Coldfield o cualquier hembra joven con la que no tuviera parentesco de sangre en lo que se hubiera propuesto, fuera lo que fuese, y es que esto debo ponerlo en su haber por hacerle justicia: nunca, ni una sola vez, había pensado en lo que me propuso basta el momento en que me lo propuso, pues sé de sobra que no habría esperado dos meses y tampoco dos días para decírmelo)… mi presencia era para él tan sólo la ausencia de una ciénaga negra y de una vid retorcida y de enredaderas invasivas para ese hombre que había atravesado un tremedal sin guía y sin impulso, sin esperanza, sin luz, sin más que la incorregible negación de la derrota, y que por fin se hubiera dado de bruces sin previo aviso con un terreno firme y con el sol y el aire, caso de que para él tuviera existencia algo así como el sol, caso de que algo o alguien pudiera haber rivalizado con el blanco, deslumbrante resplandor de su locura. Sí, enloquecido, digo, pero no tanto. Y es que hasta la maldad más perniciosa tiene un lado práctico: el ladrón, el mentiroso, el asesino incluso, siguen normas más inflexibles que las que la virtud propugna, ¿y por qué no habría de obrar así la locura? Si estaba loco, era demencial el sueño cuya consecución perseguía, pero no sus métodos: no fue un loco quien a fuerza de tratos y artimañas logró que hombres como Jones trabajasen de sol a sol para él; no fue un loco quien supo alejarse de sábanas y caperuzas, del nocturno galopar de los caballos, con que otros hombres que en otro tiempo fueron conocidos suyos, ya que no sus amigos, dieron salida al chancro supurante de la derrota; no fueron tampoco planes y prácticas de un loco las que le valieron al precio más bajo que pudo pagar la única mujer disponible para casarse con él, y por medio de la única estratagema con la que pudo rendiría: no, nada de enloquecido, pues de seguro algo tiene la locura, e incluso la locura demoníaca de la que el propio Satán huye despavorido de su propia obra, y de la que Dios se compadece, así sea una chispa, una migaja que sirva de levadura y redima esa carne articulada, esa facultad de hablar ver oír gustar y existir que llamamos hombre y consideramos humano. Pero no importa. Le voy a decir qué hizo para que juzgue usted. (O intentaré más bien decírselo, porque hay cosas para las que con tres palabras sobran las tres, y con tres mil son tres mil las que faltan, y ésta es una de ellas. Se puede contar; podría tomar otras tantas frases, repetir las audaces, nítidas, escuetas e injuriosas palabras tal cual él las pronunció, y legarle a usted el mismo atónito y pavoroso ultraje y la misma incredulidad que yo conocí cuando pude entender qué me estaba diciendo, y podría utilizar tres mil frases y en cambio dejarle tan sólo ese porqué, porqué y porqué, que he preguntado y he tenido que oír durante casi cincuenta años.) Pero sea usted quien juzgue, y ya me dirá si obré bien o no.
       Dese cuenta: yo era ese sol, o creí que lo era, y pensé que existía esa chispa, esa migaja que a pesar de la locura sigue siendo divina, aunque la locura misma no conozca palabra alguna que designe el terror o la piedad. Había un ogro de mi niñez que antes que yo naciera se llevó a mi única hermana a su inhóspita guarida de ogro, y allí engendraron dos niños medio fantasmagóricos con los que no se me dio pie ni quise yo relacionarme, como si mi soledad, debida a lo tardío de mi nacimiento, me hubiera inculcado el presentimiento de ese fatal entrelazarse, me hubiera advertido de ese avieso y funesto clímax antes incluso de saber cómo se llama el asesinato, y lo perdoné; hubo una silueta que se alejó a caballo, bajo una bandera y (fuera demonio o no) que demostró valor en todos sus padecimientos, y no sólo me limité a perdonarle: le quité la vida, porque el cuerpo, la sangre, el recuerdo en que había habitado ese ogro regresó al cabo de cinco años y me dijo «Ven» tal como se dice a un perro y yo fui. Sí: el cuerpo, el rostro, con el nombre y el recuerdo exacto, incluso con la recordación correcta de a qué y a quién (salvo a mí: ¿qué pudo ser eso, sino prueba adicional?) había dejado atrás, de a qué y a quién había regresado: pero ya no era el ogro, era un villano, desde luego, pero mortal y falible, que no invocaba tanto temor cuanto más bien piedad: ya no un ogro, enloquecido, desde luego, sin duda, aunque me dije entre mí ¿Por qué no había de ser la locura víctima también de sí misma?, o ¿Por qué no iba a ser no del todo locura, sino desesperación y soledad en ese titánico conflicto con el solitario, predestinado, indomeñable y férreo espíritu?: ya no un ogro, porque éste había muerto, se había esfumado, consumido en alguna parte entre las llamas y las vaharadas del sulfuro, tal vez entre los desolados riscos de mi recuerdo de infancia… o de mi olvido; yo era ese sol, y creí que él (luego de aquella tarde en la habitación de Judith) no se había olvidado de mí, sino que sólo se mostraba ajeno, refractario, receptivo a lo sumo como el fugitivo que se ve libre de los tremedales y palpa la tierra y saborea el sol y la luz de nuevo y no es consciente ni de lo uno ni de lo otro, sino sólo de las tinieblas y de la ausencia de la ciénaga; yo creí que había alumbrado la magia en la sangre diversa que conocemos con el pálido nombre de amor llamado tal vez a ser; creí que para él podría ser el sol (aunque fuera yo la más joven, la más débil) en el que ni Judith ni Clytie proyectarían sombra ninguna; sí, era la más joven, aunque en potencia careciera de edad ni mensurada ni mensurable, puesto que sólo yo entre ellas podría decir: «Oh tú anciano enfurecido, no albergo yo sustancia alguna que se acople a tu sueño, pero puedo darte espacio holgado y amplitud y aire para tu delirio». Y una tarde —intervino el destino en esto, una tarde y una tarde y una tarde, ¿lo ve?, la muerte de la esperanza y del amor, la muerte de la dignidad y de los principios, y al cabo la muerte de todo lo que pudiera quedar, salvo la incredulidad del ultraje, el pasmo que ha perdurado cuarenta y tres años— regresó a la casa y me llamó, gritando desde el porche de la parte de atrás hasta que bajé la escalera: oh, no, le aseguro que no había pensado en ello hasta ese instante, ese prolongado instante en cuyo interior se cifró la distancia entre la casa y el lugar en que se encuentra, donde quiera que fuese, cuando pensó en ello: y también esto revela una coincidencia: fue precisamente el día en que supo sin lugar a dudas y por fin, con toda exactitud, qué porción de sus cien millas cuadradas iba a ser capaz de conservar y sostener y considerar de su propiedad cuando muriese, el día en que supo que, pasara lo que pasase, iba a retener al menos la cáscara del Centenar de Sutpen; me llamó a gritos hasta que bajé la escalera. Ni siquiera se tomó la molestia de amarrar el caballo; estaba con las riendas sobre el brazo (y no me depositó la mano sobre la cabeza esta vez) y pronunció las audaces y nítidas y escuetas e injuriosas palabras exactamente igual que si hubiese hecho a Jones o a alguno de los otros hombres una consulta a propósito de una perra o una vaca o una yegua.
       Le habrán dicho cómo volví a casa. Sí, sí; lo sé: «Rosie Coldfield, lo has perdido, lo has de llorar; pescaste un galán, no lo supiste guardar». Desde luego que lo sé (y no con maldad: no serían capaces de ninguna maldad): Rosie Coldfield, la frustrada, la amargada, la huérfana, la campesina reseca que llaman Rosie Coldfield, por fin encuentra con quién casar y así se larga del pueblo, del condado; se lo habrán dicho: que allá me fui a pasar el resto de mis días, que vi en el asesinato que cometió mi sobrino un gesto de la mano de Dios que me permitió al fin cumplir con obediencia la petición que mi hermana me hizo en su lecho de muerte para que salvase al menos a uno de sus hijos, a los que ella había condenado por el mero hecho de concebirlos, aunque en realidad me permitió bailarme en la casa cuando regresara él, que, por ser un demonio, sería por consiguiente invulnerable, inasequible a las balas y a los cañonazos, y que así habría de regresar; yo lo estaría esperando por ser joven aún (no había enterrado yo esperanza alguna con las cornetas, bajo una bandera) y por estar ya madura para desposarme en un tiempo y en un lugar en que la mayoría de los jóvenes habían muerto y todos los vivos o eran viejos o estaban casados o estaban cansados, demasiado fatigados para el amor; él era mi mejor oportunidad y era la única en un medio en el que en el mejor de los supuestos e incluso en ausencia de la guerra mis oportunidades habían sido ínfimas, puesto que no sólo era yo una dama del Sur, sino que también se daba el caso de que la modestia misma en mi trasfondo y en mis circunstancias por fuerza había de ser su propia ratificación, puesto que de haber sido la hija del adinerado dueño de una plantación podría haberme casado con quien fuera, pero siendo la hija de un tendero sin posibles ni siquiera podía permitirme el lujo de aceptar unas flores prácticamente de nadie, y así me habría visto a la postre condenada a casarme con algún aprendiz o dependiente del comercio de mi padre. Sí, de seguro se lo habrán dicho: yo, pese a ser joven todavía, había sepultado mis esperanzas sólo durante aquella noche que se prolongó por espacio de cuatro años, cuando tras las persianas cerradas y junto a la luz de una candela que no dormía nunca embalsamé la guerra y toda su herencia de sufrimiento y de injusticia y de dolor y de pesadumbre en los dorsos de las páginas de un viejo libro de cuentas, embalsamando y sellando del aire que respiraba el efluvio secreto y ponzoñoso de la lujuria y del odio y de los asesinatos; se lo habrán dicho: la hija de un emboscado que aún estaba por convertirse en un demonio, en un villano, que por tanto hizo bien en odiar a su padre, puesto que de no haber muerto él en ese desván no habría tenido que ir allá en busca de sustento y de protección y de cobijo y si no hubiera tenido que depender ella de sus víveres y sus prendas de vestir (incluso si echase ella una mano en cultivar alimentos y en tejer prendas) para seguir con vida y no pasar frío, lo cual por elemental justicia reclamaba que le diera la compensación por todo ello que pudiera él exigir conforme con el honor de ella, ella no habría aceptado el compromiso de matrimonio con él y no habría tenido que pasar las noches en vela preguntándose Por qué y Por qué y Por qué, como ha hecho a lo largo de cuarenta y tres años: como si hubiera tenido instintivamente razón ya de niña en odiar a su padre y así esos cuarenta y tres años de rabia impotente e insufrible fueran la venganza de alguna naturaleza compleja e irónica, estéril, contra ella. Sí, Rosie Coldfield por fin se había comprometido, aunque en ausencia del legado que a la postre le hizo su hermana, un cobijo donde guarecerse, unos parientes, podría haberse convertido en una carga para el pueblo, y en cambio Rosie Coldfield, lo has perdido, lo has de llorar; pescaste un galán, no lo supiste guardar, Rosa Coldfield, que iba a tener razón, sólo que la razón, cuando se tiene, no es suficiente para las mujeres que de largo preferirían no tenerla antes que empeñarse a toda costa en que el hombre que no la tenía la reconociera. Y eso es lo que ella no le puede perdonar: no el insidio, ni tampoco que él la dejase plantada, sino que haya muerto. Oh, sí; lo sé, lo sé: sé que dos meses después se supo que ella había recogido sus pertenencias (esto es, que se puso el echarpe y el sombrero) y que había vuelto al pueblo, para vivir en la casa en la que ya no estaban sus difuntos padres, adonde Judith iría de cuando en cuando a llevarle algunos de los víveres que tuvieran en el Centenar de Sutpen y que sólo la absoluta necesidad, la animal, inexplicable, terca voluntad de vivir que tiene la carne, la llevó a ella (la señorita Coldfield) a aceptarlos. Y fue necesidad absoluta, y es que entonces el pueblo entero —los labradores al pasar, los criados negros que iban a servir a las cocinas de los blancos— la veía antes que saliera el sol apropiándose de las verduras que hubieran crecido junto a las cercas de los huertos, arrancándolas entre las estacas de las cercas, puesto que no tenía un huerto propio, ni simiente con la que plantar uno, ni aperos de labranza con los que faenar en el caso de haber sabido cómo, ella que sólo tenía un conocimiento exiguo de las cosas del campo y que a buen seguro no se habría puesto a labrar ni siquiera sabiendo cómo, pues no se había rendido; introducía la mano entre las estacas de la cerca para arrancar las verduras por más que los dueños de los huertos le hubieran dado permiso para entrar a recogerlas y ellos mismos se las habrían recogido y se las habrían hecho llegar, puesto que fueron en efecto más, y no sólo el juez Benbow, los que de noche le dejaban cestas con provisiones en la puerta de su casa, si bien ella no lo permitía, y llegaba al extremo de servirse de un bastón para introducirlo en la cerca y arrancar las verduras que de ese modo alcanzase, siendo el alcance de su brazo sin más ayuda que la del bastón el límite impuesto a sus hurtos, el límite que nunca sobrepasó, y si salía antes que el pueblo hubiese despertado era para impedir que la viesen robar, puesto que de haber tenido un negro a su servicio le habría mandado a plena luz del día a buscar víveres donde fuese, le habría dado lo mismo en dónde, exactamente igual que habrían enviado a sus hombres al pillaje los héroes de la caballería sobre los cuales escribía sus poemas. Sí, Rosie Coldfield, lo has perdido, lo has de llorar; pescaste un galán, no lo supiste guardar; (oh, desde luego que se lo habrán dicho) encontró un galán y fue insultada, algo que oyó de sus labios y que no perdonó, y no tanto porque lo dijera, sino por haber pensado de ella una cosa así, de modo que cuando se lo oyó decir reparó, rauda como el rayo, en que era algo que él había tenido en mente durante un día, una semana, un mes tal vez, mirándola a diario con eso en mente y sin que ella lo supiera. Sin embargo, le perdonó. Le dirán a usted todo lo contrario, pero le perdoné. ¿Por qué no había de hacerlo? No tenía nada que perdonar; no lo perdí porque nunca fue mío; cierto segmento de fango podrido entró en mi vida, me dijo a la cara algo que no había oído nunca y que nunca volvería a oír, y con la misma se fue; eso fue todo. Nunca fue mío, y desde luego no lo fue en el hediondo sentido que daría usted a la expresión y que tal vez piense (pero se equivoca) que le doy yo. Eso no tuvo ninguna importancia. Ése no fue el quid del insulto. Lo que quiero decir es que a él nada ni nadie en este mundo lo poseyó jamás, ni siquiera Ellen, ni siquiera la nieta de Jones. Y es que su lugar no era de este mundo. Era una sombra ambulante. Era la imagen del murciélago cegado por la luz que su propio tormento proyectaba al fiero resplandor del demoníaco farol que lo alumbraba por debajo de la corteza de la tierra y por tanto invertida, retrotraída, de las tinieblas abismales y caóticas a las tinieblas eternas y abismales para completar su descendente (¿repara usted en la gradación?) elipsis, aferrándose, tratando de aferrarse con vanas e insustanciales manos a lo que esperó que le diera sostén, que lo salvase, que frenara su caída, Ellen (¿repara usted en ellas?), yo misma, luego la última de las hijas sin padre de la única hija de Wash Jones, que según tengo entendido murió en un burdel de Memphis, para hallar desgajamiento (ya que no descanso y paz) por fin en el tajo de una hoz herrumbrosa. De esto también tuve conocimiento, me enteré en su día, aunque no por medio de Jones esta vez, sino gracias a otra persona que tuvo la bondad de hacer conmigo un aparte para decirme que había muerto. «¿Muerto? —exclamé—. ¿Muerto? ¿Tú? Mientes; tú no has muerto; ¡el cielo no puede y el infierno no se atreve a darte albergue!»
Pero Quentin no estaba escuchando, porque había también algo que no podía dejar pasar de largo: esa puerta, el ruido de los pasos veloces en las escaleras, al otro lado, casi como continuación del tenue disparo, las dos mujeres, la negra y la muchacha blanca en ropa interior (confeccionada con retazos de sacos de harina cuando hubo harina, de cortinas de ventana cuando no), detenidas de pronto, mirando las dos la puerta, la masa entre amarillecida y crema de viejo satén intrincado y de encajes extendida con esmero sobre la cama y de pronto velozmente tomada en vilo, entre las manos de la muchacha blanca, sostenida ante sí en el momento en que se abrió la puerta con estrépito y apareció el hermano sin sombrero, con el cabello encrespado y cortado a machete, con la bayoneta, el rostro macilento y extenuado y sin afeitar, el uniforme mal remendado, desvaído, gris, la pistola aún pegada al costado: los dos, hermano y hermana, tenían un parecido tan curioso como si la diferencia de sexo tan sólo hubiera acentuado el común de la sangre hasta darle una similitud aterradora, casi insoportable, hablándose el uno al otro con frases breves, entrecortadas, como bofetadas, como si se hallasen frente por frente y abofeteándose por turno riguroso, sin que ninguno de los dos hiciera el menor intento por defenderse de las bofetadas del otro:
       Ahora ya no te puedes casar con él.
       ¿Por qué no me puedo casar con él?
       Porque ha muerto.
       ¿Que ha muerto?
       Sí. Yo lo he matado.

       Él (Quentin) no pudo dejarlo pasar de largo. Ni siquiera la estaba escuchando.
       —Disculpe, señora —dijo—. ¿Qué es lo que ha dicho?
       —Hay algo en esa casa.
       —¿En esa casa? Es Clytie. ¿No resulta que ella…?
       —No. Algo que vive en esa casa. Escondido en esa casa. Lleva en esa casa cuatro años, vive escondido en esa casa.



VI

      Había nieve en la bocamanga del abrigo de Shreve, su mano cuadrada y blanca y sin enguantar, enrojecida de frío, a punto de desaparecer. En la mesa, delante de Quentin, encima del manual abierto bajo la lámpara, el rectángulo blanco de un sobre, el desdibujado, mecánico, sobradamente familiar Jefferson, Mississippi, 10 de enero de 1910, y, abierto, el Mi querido hijo con la caligrafía inclinada y clara de su padre, llegado del verano polvoriento y yerto en que él se preparó para ir a estudiar a Harvard, para que la caligrafía de su padre pudiera reposar sobre una mesa extraña, bajo una lámpara, en Cambridge, Massachusetts; aquella yerta puesta de sol en verano —la glicinia, el olor del habano, las luciérnagas— rebajada y diluida desde el lejano Mississippi y acomodada en esa habitación extraña, en medio de aquella nieve extraña, nieve de hierro de Nueva Inglaterra:

     Mi querido hijo:
     La señorita Rosa Coldfield fue enterrada ayer. Permaneció en coma casi dos semanas y hace dos días murió sin haber recuperado la conciencia y
       sin dolor, dicen, pero a saber qué quieren decir con eso, ya que a mí siempre me ha parecido que la única muerte indolora tiene que ser aquella que se apodera de la inteligencia por sorpresa violenta y porta retaguardia por así decir, teniendo en cuenta que si la muerte es algo que vaya más allá de un breve, pasajero y peculiar estado de ánimo entre los desolados que quedan con vida, ha de ser asimismo un breve, pasajero y asimismo peculiar estado de ánimo para el sujeto que muere, y si pudiera ser más algo doloroso para cualquier inteligencia por encima de la de un niño o la de un idiota, algo más doloroso que una lenta y gradual confrontación con aquello que a lo largo de un largo periodo de pérdida y de terror se le ha enseñado a considerar un final irrevocable e insondable, no seré yo quien lo diga, porque yo no lo sé. Y si es posible que exista acceso al consuelo o que exista un cese del dolor en el último instante de la huida de un terco ultraje y de la rabia y el pasmo que a lo largo de un periodo de cuarenta y tres años han sido compañía y pan y calor del fuego y todo, tampoco yo lo sé…

       … lo cual trajo consigo aquel mismo atardecer de septiembre (y él pronto necesitó, precisó de decir: «No, ni tía, ni prima, ni tío que valga, Rosa. La señorita Rosa. La señorita Rosa Coldfield, una anciana dama que murió joven y de pura rabia en 1866, un verano», a lo que Shreve dijo «¿Quieres decir que no era pariente tuya, que no tenía nada que ver contigo ni con tu familia, que en realidad existió un tal Bayard en el Sur o una Ginebra que no eran parientes tuyos? Y de ser así ¿a cambio de qué murió?», y no fue ésta la primera vez en que Shreve… ni era la primera vez de nadie en Cambridge desde el mes de septiembre: Cuéntame del Sur. Cómo es aquello. Qué hacen allá. Por qué viven allá), aquel mismo atardecer de septiembre en el que el señor Compson por fin dejó de hablar, él (Quentin) por fin escapó de las charlas de su padre, porque ya era hora de marchar, no porque ya lo hubiese oído todo, sino porque no había prestado atención, no había estado apenas oyendo nada desde el momento en que topó con algo que no pudo pasar por alto: esa puerta, ese rostro juvenil, demacrado, de tragedia, por sí mismo hipnotizado, como el trágico en una función de teatro universitario, un Hamlet acartonado, recién despertado de un trance en el instante en que cae el telón y va dando tumbos por el escenario polvoriento, que el resto del elenco ha dejado desierto ya el día de la entrega de diplomas, la hermana frente a él, el vestido de novia entre ambos, el vestido que no había de usar, que no había de terminar, los dos a degüello con doce o catorce palabras y casi todas ellas repetidas dos, tres veces, de forma que si se redujeran a lo esencial quedarían en ocho, diez a lo sumo. Y ella (la señorita Coldfield) llevaba puesto el echarpe, de sobra sabía él que así había de ser, y el sombrero (otrora negro, ahora descolorido, de ese verde metálico e intenso a la par que apagado, el de las plumas viejas de un pavo real) y el bolso entretejido, grande, casi como un bolso de viaje, en el que llevaba todas las llaves que poseía la casa: cajón armario y puerta, algunas de las cuales ni siquiera girarían en cerrojos que, cerrados, podría abrir cualquier chiquillo con una horquilla o una goma de mascar, algunas de las cuales ya ni siquiera entraban en los cerrojos para los que fueron hechas, como los matrimonios ya viejos, cuyas partes nada tienen en común, nada que hacer, nada que decirse, salvo ese mismo volumen normal de aire que desplazar y respirar y esa olvidadiza atadura a la tierra con la que han de soportar su propio peso; esa noche, las doce millas tras la yegua gorda en la polvareda de septiembre, sin luna, los árboles que jalonaban la carretera no tan enhiestos, no tan erguidos como deberían los árboles, sino más bien achaparrados como gallináceas enormes, las hojas enroscadas y pesadas y separadas unas de las otras, como las plumas de las aves jadeantes, con la pesadez del polvo acumulado en sesenta días, la maleza que crecía a la vera del camino recubierta de polvo vulcanizado por el calor y que, vistas a través de la polvareda que envolvía a su paso el caballo y la calesa, parecían masas desechas en hebras delicadas y rígidas e inmóviles, en ascenso, en la perfección de la perpendicular a plomo sobre una especie de agua antigua, estancada, yerta, volcánica, refinada hasta quedar en el principio primero del líquido desgajado de todo oxígeno, la polvareda en la que avanzaba la calesa sin que la polvareda se aventase, porque no la había levantado ni el menor ápice de brisa y no la soportaba el aire, sino que se evocaba, se materializaba en torno a ellos, instantánea y eterna, metro cúbico a metro cúbico de caballo y de calesa, peripatética bajo las vistas de ramas deshilachadas, de un cielo plano y negro y cargado de estrellas, la polvareda moviéndose a la par, envolviéndolos no exactamente en una amenaza, sino quizás en un aviso, con blandura, casi con un punto amistoso, como si dijera Venid si queréis, que yo he de llegar allá primero; acumulándome por delante de vosotros he de llegar primero, alzándome, curvándome con mansedumbre hacia arriba bajo los cascos, bajo las ruedas, de forma que no hallaréis destino, pues meramente arribaréis con brusca suavidad a un altozano y a un panorama de noche inofensiva e inescrutable y allá no os quedará otra cosa que regresar sobre vuestros pasos y por eso os aconsejo que no sigáis, que volváis ahora, que lo dejéis estar, que lo que es sea; él (Quentin) estuvo de acuerdo en esto cuando iba sentado en la calesa junto a la anciana implacable, del tamaño de una muñeca, aferrada a su parasol de algodón, percibiendo el olor de las carnes que el calor había destilado en la anciana, el alcanfor que el calor había destilado en los antiguos pliegues del echarpe, sintiéndose como si fuese una bombilla de luz eléctrica en la piel y en la sangre, puesto que la calesa no desplazaba aire bastante para refrescarle con el movimiento, ni creaba en él movimiento bastante para que rompiera a sudar, y así pensaba Dios mío, sí: que no lo encontremos, que no lo encontremos ni a él ni a lo que sea; que no tratemos de encontrarlo, que no lo vayamos a molestar: (y Shreve de nuevo: —Un momento. Espera, espera. ¿Quieres decir que esa moza vieja, esa tía Rosa…?
       —La señorita Rosa —dijo Quentin.
       —Está bien está bien… que esa anciana dama, esa tía Rosa…
       —La señorita Rosa he dicho.
       —Está bien está bien… que esa anciana… esa tía R… Está bien está bien está bien está bien… ¿que no había ido allá, que no había puesto los pies en la casa desde cuarenta y tres años antes, si bien no sólo dijo que alguien había escondido en ella, sino que encontró además a alguien que la creyera, que la condujera ese trecho de doce millas en la calesa, a medianoche, por precisar si estaba en lo cierto o no?
       —Sí —dijo Quentin.
       —¿Que esa anciana dama que creció en una casa que era como un mausoleo superpoblado, sin más devoción ni obligación, con todo el tiempo para ella, y sin otro deber que aborrecer a su padre y a su tía y al marido de su hermana en paz y en sosiego y en espera del día en que todos ellos demostrasen no ya a sí mismos sino a todos los demás que ella había tenido razón: siendo así que la tía una noche se deslizó por el canalón del desagüe para fugarse con un tratante de caballos, y que tenía razón en lo que a la tía se refiere, de modo que asunto concluido: que luego su padre se encerró en el desván clavando la puerta por dentro para no tener que alistarse en el ejército rebelde y murió de hambre, así que asunto concluido, exceptuando la ineluctable posibilidad de que cuando le llegara el momento de reconocer ante sí mismo que ella había tenido razón quizá no hubiera tenido a quién decírselo; así pues, que ella tenía también razón en lo referente al padre, ya que si no hubiera contrariado hasta la exasperación al general Lee y a Jeff Davis no habría tenido que encerrarse clavando la puerta por dentro y morir allí de hambre, y si no hubiese muerto no la habría dejado huérfana y que por eso se halló sin amparo y a merced de aquella afrenta mortal: y que había tenido razón en lo referente al cuñado, pues si no hubiera sido un demonio sus propios hijos no habrían precisado de protección que los salvaguardara de él y ella no habría tenido que ir allá y verse allá traicionada por la carne avejentada y encontrar en vez de un Agamenón viudo para el que ella hubiera sido Casandra a un Príamo reumático y envejecido, inservible para su Tisbe ansiosa y sin embargo sin estrenar, que pudiera abordarla en ese endemoniado e innecesario pacto sellado en el mes de abril y proponerle que procrearan juntos sólo por probar y ver qué salía del intento, y si el descendiente fuese varón él se casaría con ella: y que tampoco habría tenido que regresar despavorida al pueblo, llevada por el bofetón inicial del espanto y del ultraje, a alimentarse de la hiel amarga que encontrase a duras penas al otro lado de las cercas de los vecinos en los clarores del alba: así pues, que esto distaba mucho de estar zanjado y resuelto de una vez para siempre, puesto que ni siquiera podía relatarlo debido a quién era su antecesora, no porque hubiese encontrado él una sucesora sólo con darse la vuelta y sin perder siquiera un día, sino por ser la sucesora quien era, que comprensiblemente hubiera padecido ella una situación en la que podría o querría sin más renunciar a cualquier puesto para el que su sucesora hubiese sido considerada apta, idónea a ojos de un demonio para desempeñar la función: y que esto no estaba ni mucho menos zanjado, puesto que cuando a él le llegó el momento de reconocer que se había equivocado ella habría tenido con él la misma complicación molesta que había tenido con su propio padre, y él también habría muerto, pues sin duda ninguna previo ella el tajo de la hoz aun cuando no fuera por otro motivo que el de constituir el definitivo ultraje y una afrenta tal como la de los clavos y el martillo en el caso de su padre —esa hoz, laurel simbólico del triunfo del César—, esa hoz herrumbrosa que el demonio en persona había prestado a Jones más de dos años antes para segar los hierbajos que crecían ante la puerta de la casamata y allanar así el camino al fornicio, aquella hoja oxidada y enguirnaldada con la cinta de colores vistosos o el abalorio barato de cada día, para que entrase la (¿cómo la llamó ella? no dijo «ramera», o no sólo dijo eso) fulana, esa hoz más allá de cuya forma simbólica él, pese a estar muerto, y aun cuando la tierra misma declinase soportar por más tiempo su peso, se mofaba de ella?
       —Sí —dijo Quentin.
       —¿Que ese Fausto, ese demonio, ese Belcebú huyó a esconderse de un momentáneo, fugaz destello del rostro colérico, exasperado al punto de no poder resistir más, y que se ocultó, se escabulló en la respetabilidad como el chacal entre los peñascos, o eso dio ella en pensar en un principio, hasta que cayó en la cuenta de que no se había escondido, de que no pretendía esconderse, de que tan sólo había emprendido un último y frenético arrebato de maldad y de perjuicio antes que su Acreedor se lo llevara, esta vez ya de una vez por todas y para siempre, a ese Fausto que apareció de improviso un domingo por la mañana con dos pistolas y veinte demonios a sus órdenes y engatusó a un pobre e ignorante indio al que estafó un centenar de millas de terreno y en él construyó la casa más grande que hayas visto y se largó con seis carretas y volvió con los tapices, la cristalería y las sillas Wedgwood para amueblarla y engalanarla sin que nadie llegara a saber si había atracado a mano armada otro barco de vapor o si sólo había desenterrado otra porción del botín de antaño, y que ocultaba cuernos y cola bajo un atuendo humano y un gorro de castor y eligió (la compró, se la hurtó a su suegro a cambio de nada) una esposa al cabo de tres años de examinar sopesar comparar, no en una de las casas ducales de la comarca, sino entre la nobleza menor, cuya notoriedad estaba tan de capa caída, sus posibles tan venidos a menos, que no correría el riesgo de que su esposa le trajera por dote delirios de grandeza antes que estuviese él preparado para ello, aunque tampoco tan mermada que no supiera, que se perdiera, con él, entre los cuchillos y tenedores y cucharas que había él comprado, una esposa que no sólo consolidase la ocultación, sino que también pudiera, quisiera y en efecto le diera descendencia, dos hijos que protegieran y escudaran en sí mismos y en sus progenies los huesos quebradizos y las carnes fatigadas de un anciano, defendiendo sus haberes del día en que el Acreedor diera con él por tierra y lo acorralase por última vez sin que le quedase una vía de escape: y que así con la certeza del tiempo la hija se enamoró y el hijo obró de agente para proveer el baluarte vivo que se interpusiera entre él (el demonio) y la mano con que le reclamaba su Acreedor hasta que el hijo se casara y de ese modo le diera un seguro por duplicado y convenido entre las partes; y que entonces fue preciso que el demonio se cuadrase y que volviera sobre sí y expulsara de la casa no sólo al prometido y no sólo al hijo, sino que también corrompiera sedujera e hipnotizara al hijo, al punto de que éste arrostrase el cometido de la mano armada del padre ultrajado cuando se cerniese la amenaza de la fornicación: y que así retornaría el demonio de la guerra pasados cinco años y hallaría cumplida y completa la situación por la que se había desvivido: el hijo huido para siempre, dejando atrás la soga del ahorcado, la hija condenada a la soltería, y que casi antes de quitar el pie del estribo él (el demonio) se propuso contraer otra vez compromiso matrimonial y así lo hizo, para reabastecer su progenie, las esperanzas de la cual había él mismo destruido?
       —Sí —dijo Quentin.
       —¿Que regresó y encontró que sus posibilidades de tener descendencia se habían ido al garete, que de eso se habían ocupado sus hijos, y que su plantación estaba echada a perder, los campos en barbecho, salvo una fina hilera de tallos enclenques, con los impuestos y gravámenes y sanciones sembrados a conciencia por la administración de los Estados Unidos y todo lo demás, y que todos sus negros se habían marchado a donde se cuidaron los yanquis de que marcharan, y que cualquiera hubiese dicho que se daba por satisfecho, aunque antes de quitar el pie del estribo no sólo se dispuso a rescatar su plantación del abandono y devolverle el esplendor que tuvo, como si abrigara quizá la esperanza de engañar al Acreedor mediante la ilusión y la ofuscación y ocultándose tras el engaño de que no había pasado el tiempo y no se habían obrado los cambios y no se había hecho realidad el que tuviera casi sesenta años, hasta que pudiera proveerse de una nueva camada de hijos que fueran su baluarte, y que con esa idea fija en la mente escogió a la última mujer de la tierra a la que pudo contar con imponerse, esa tía Rosa —está bien está bien está bien— que lo aborrecía, que siempre lo había aborrecido, si bien la escogió con una especie de bravuconería indignante, como si fuera una suerte de desesperada convicción, una certeza inconcebible de ser irresistible o invulnerable, que a su vez fuera parte del precio que había recibido a cambio de lo que hubiera vendido a su Acreedor, fuera lo que fuese, puesto que según la anciana dama nunca había tenido alma y era a sus ojos un desalmado; que le propuso matrimonio y fue aceptada su proposición, y tres meses más tarde, sin que se hubiera fijado una fecha para la boda y del matrimonio mismo no se hubiera hablado ni una sola vez desde entonces, y en el día exacto en que estableció sin duda de ninguna clase que podía conservar parte de sus tierras, y qué porción en concreto, la abordó y le propuso que procrearan juntos como una pareja de perros, inventándose con monstruosa astucia aquello que maridos y prometidos llevan diez millones de años tratando de inventar: aquello que sin perjuicio para ella y sin darle a ella pie a ninguna demanda o acción civil o tribal no sólo expulsaría a la mujercita soñadora de su palomar, sino que la dejaría irrevocablemente unida en matrimonio (y a él, marido o prometido, sano y salvo, al aparecer con los atributos del cornudo antes que ella pudiera siquiera respirar) con la osamenta abstracta del ultraje y la venganza; que así lo dijo y quedó libre, para siempre libre de toda amenaza o de toda intromisión por parte de nadie, no en vano había eliminado por fin al último miembro de la familia de su difunta esposa, libre por tanto: el hijo estaba huido en Texas o en California o en Sudamérica incluso, la hija condenada a vivir en soltería hasta que él muriese, puesto que luego de que muriese nada importaba, y a vivir además en esa casa de podredumbre, a cuidar de él, a darle de comer, a criar gallinas y a malvender los huevos para comprar los vestidos que ni ella ni Clytie sabían confeccionar, de forma que ni siquiera precisaba a estas alturas ser un demonio, bastándole con ser un viejo loco e impedido que por fin hubiera comprendido que el sueño de restaurar el Centenar de Sutpen no sólo era vanidad, sino también que cuanto le quedaba nunca valdría para su manutención y la de su familia, con lo cual se puso al frente de un pequeño comercio en el cruce de caminos, en el que vendía un surtido de arados y cinchas y percal y queroseno y abalorios baratos y cintas de colores a una clientela de negros libertos y (¿cómo era, qué palabra era ésa…? ah, sí: chusma)… sí, chusma blanca, con Jones por dependiente y quién sabe qué posibles ilusiones, engañosas ilusiones de amasar dinero con el comercio para restaurar la plantación; ya había escapado con bien dos veces, ya se había metido en una buena y había salido bien librado gracias a su Acreedor, ya había enemistado entre sí a sus hijos, que se habían mutuamente destruido antes que él viese prolongada su estirpe, y resolvió que quizá cometía un error siendo libre y así volvió a contraer compromiso y entonces resolvió que cometía un error no siendo libre, y se lavó las manos y volvió a salir bien librado, y volvió entonces en redondo y retrocedió sobre sus pasos y se pagó el camino vendiendo abalorios y percales y pirulíes a rayas que tenía en sus anaqueles, en su almacén, en su escaparate?
       —Sí —dijo Quentin. Habla igual que mi padre, pensó, y miró (su rostro en calma, en reposo, con una casi curiosa contrariedad) un instante a Shreve, que estaba encorvado sobre la lámpara, el torso desnudo y sonrosado y sonriente, liso como el de un niño, un querubín, sin vello casi, las lunas gemelas de sus lentes centelleantes sobre su rostro rubicundo y redondo como la luna, percibiendo (Quentin) el olor de la glicinia y del habano, viendo las luciérnagas revolotear y titilar en el crepúsculo de septiembre. Exactamente igual que hubiese hablado mi padre si mi padre hubiera sabido la noche anterior a mi visita todo lo que supo después de mi regreso, pensando Viejo loco e impedido que al final comprendió que algún límite ha de tener la capacidad de perjudicar que posee un demonio, que tuvo que ver en su situación la de la corista o el caballito del circo que comprende que la música principal al compás de la cual baila no es la de vientos cuerdas y tambores, sino la del reloj y el calendario, tuvo que verse como un viejo armón con el cañón ya despanzurrado, capaz de hacer ya sólo un último disparo sin sentido antes de desmoronarse y hacerse polvo por efecto de su furiosa descarga y retroceso, que miró en derredor y paseó los ojos por la escena que seguía teniendo a su alcance, el panorama que aún abarcaba, y vio al hijo ido, desaparecido, para él ya más insuperable que si el hijo hubiera muerto (caso de que el hijo aún siguiera vivo) y su nombre fuese otro y quienes por ese nombre le llamasen fueran desconocidos y toda simiente de dragón de la sangre de Sutpen que el hijo pudiera sembrar en el cuerpo de cualquier desconocida portase por tanto la tradición y bajo cualquier otro nombre obrase la maldad hereditaria y causara el daño entre otras gentes que jamás habrían oído el nombre exacto; la bija condenada a la soltería y que ya había escogido la soltería antes que existiera nadie llamado Charles Bon toda vez que la tía que acudió en su auxilio, a consolarla de la desdichada pérdida, no halló ni lo uno ni lo otro, sino sólo, en su lugar, ese rostro sosegado y de todo punto impenetrable entre un vestido artesanal y un sombrero para protegerse del sol ante una puerta cerrada y otra vez en medio de la polvareda que levantaban las gallinas arremolinadas mientras Jones armaba el ataúd, el mismo vestido que llevó durante el año siguiente y el mismo rostro que ostentó durante ese año, cuando la tía vivió allí y las tres mujeres hilaban y tejían sus prendas de vestir y cultivaban sus propios alimentos y cortaban la leña con la que cocinaban (al margen de la ayuda que pudieran recibir de Jones, que vivía con su nieta en el campamento de pesca abandonado, con la techumbre hundida y el porche podrido, contra la pared del cual quedaría apoyada durante dos años la hoz de Sutpen, la herramienta herrumbrosa que Sutpen le había de prestar, que le obligó a tomar en préstamo para desbrozar las malas hierbas que crecían ante la puerta, y que a la postre le forzó a emplear pero no para desbrozar malas hierbas, no al menos para segar hierbas de especie vegetal) y que ostentaba aún luego de que la indignación de la tía se la llevase en volandas al pueblo, como por efecto de una bofetada, a malvivir de las legumbres que hurtaba en huerto ajeno y de cestos anónimos que le dejaban de noche en el peldaño de la entrada, las tres, las dos hijas, la negra y la blanca, y la tía, a doce millas de distancia, atenta, como atentas vigilaban las dos hijas desde su distancia al viejo demonio, al avejentado, varicoso, desesperado Fausto que se iba a jugar la última baza ya con la mano del Acreedor posada en el hombro, al frente de su tenducho, del que sacaba lo justo para la carne y el pan, regateando en el tedio y por unas ínfimas monedas con míseros rapaces depauperados, blancos y negros por igual, y que en sus buenos tiempos pudo haber recorrido al galope diez millas en cualquier dirección sin cruzar la linde de su propiedad, recurriendo a su parva provisión de abalorios y cintas de colores y a los pirulíes revenidos, de colores chillones, con los que incluso un vejestorio podrá seducir a una campesina quinceañera, para arruinar a la nieta de su socio, de ese Jones blanco, desgalichado, devorado por la malaria, al que catorce años antes dio permiso para asentarse en el campamento de pesca abandonado con la nieta, que tenía un año; Jones, dependiente y mozo de cuerda y contable, quien por orden del demonio retiró de propia mano (y tal vez también entregó) del escaparate pirulíes abalorios y cintas, midió la tela misma que Judith (que no había sufrido pérdida y no lloró ni vistió de luto) ayudó a cortar para confeccionarle un vestido a la nieta, con el que pasar por delante de los hombres que mataban el rato, que la miraban de reojo o de soslayo y le sacaron la lengua, hasta que su vientre cada vez más hinchado a ella misma le enseñó qué era la vergüenza, o el miedo quizá; Jones, que antes del 61 ni siquiera tuvo permiso para acercarse a la casa, y que durante los siguientes cuatro años no pasó de la puerta de la cocina, y esto sólo si llevaba la caza y el pescado y las verduras de las que dependían la esposa y la hija del que había de ser seductor y corruptor (y también Clytie, la única criada que quedaba, negra, que era quien le impedía franquear la puerta de la cocina con lo que trajera) para seguir con vida, pero que ahora entraba en la casa misma las tardes (con bastante frecuencia ya) en que el demonio de improviso maldecía la tienda desprovista de clientes y echaba el cierre y se dirigía a la trastienda y con el mismo tono que empleaba para dirigirse a su dependiente e incluso a sus criados domésticos, cuando los tuvo (y el mismo con el que sin duda ordenó a Jones que recogiese del escaparate cintas abalorios y pirulíes), indicaba a Jones que cogiera el caneco (y Jones ya incluso sentado, si bien en los viejos tiempos, en las yertas tardes de los domingos de antaño, de monótona paz, que pasaban bajo el denso emparrado de uva moscatel, detrás de la casa grande, el demonio se recostaba en una hamaca mientras Jones se acuclillaba contra uno de los postes, levantándose a cada tanto para servir al demonio el contenido del caneco y del pozal lleno de agua fresca que había traído él desde el manantial, a más de una milla de distancia, para acuclillarse de nuevo y reír por lo bajo y resoplar y decir «Pos claro, señor Tom» cada vez que el demonio hacía una pausa), turnándose los dos en beber a gollete sin que del demonio permaneciera tendido ahora, y ni siquiera sentado, sino a punto de alcanzar tras el segundo o tercer trago ese estado de impotente y enfurecida y ciega negación de la derrota que es propio de los viejos, en el que se ponía de pie, tambaleante a la vez que resuelto y exigía a gritos su caballo y sus pistolas para viajar por su cuenta y riesgo y sin ayuda de nadie hasta Washington y pegarle un tiro a Lincoln (con uno o dos años de retraso) y a Sherman, al grito de «¡Matadlos! ¡Acabad con ellos, que son unos perros sarnosos!», a lo que Jones respondía «Pos claro, coroné, claro que sí», y lo sujetaba en el instante en que iba a caer cuan largo era y requisaba la primera carreta que pasaba para llevarlo hasta la casa grande y subía sujetándolo las escaleras de la puerta principal, atravesaba el pórtico suntuoso, pero sin pintar, bajo la lucerna en forma de abanico, importada cristal a cristal de Europa, que Judith sujetaba abierta para que entrase sin la menor alteración en su semblante, con el mismo rostro de sosiego helado que había ostentado ya durante cuatro años, y ascender la escalera y llevarlo al dormitorio y meterlo en la cama como si fuera un crío, y tenderse a su lado en el suelo, junto a la cama, aunque no para dormir, puesto que antes que rayase el alba el hombre en la cama se movía inquieto y gruñía y Jones le decía «Aquí paro, coroné. Tó en orden. Aún no nosan hecho papilla, ¿eh?». Ese tal Jones, que cuando el demonio marchó a caballo con el regimiento, cuando la nieta sólo tenía ocho años, fue el mismo que anduvo por ahí diciendo a todo el mundo que andaba «al cuidado de la casa y los esclavos negros del capitán» sin dar a nadie tiempo de preguntarle por qué no estaba con la tropa, cosa que con el tiempo quizá terminó por creerse, y que estuvo entre los primeros que saludaron al demonio a su regreso, saliendo hasta la cancela para decirle «En fin, coroné, que nosan matao, pero no nosan hecho papilla, ¿eh?», y que trabajó se deslomó sudó tinta china a las órdenes del demonio, durante aquel primer periodo de furia en que el demonio estuvo convencido de que podría restaurara pura fuerza de voluntad indomeñable el Centenar de Sutpen que recordaba y había perdido, que se deslomó sin esperanza de recibir pago ni recompensa de ninguna especie y que tuvo que entender mucho antes que lo entendiera el demonio (o lo reconociera) que la empresa no era factible, el ciego Jones, que al parecer aún atinó a ver en aquel despojo enfurecido y lascivo la fina y admirable estampa del hombre que en otro tiempo galopaba a lomos del negro purasangre por aquel dominio, dos lindes del cual eran imposibles de alcanzara ver desde ningún punto del mismo.
       —Sí —dijo Quentin.
       Y así llegó un domingo por la mañana en que antes que amaneciera el demonio se había levantado y se marchó y Judith creyó saber por qué, pues aquella mañana el negro semental en que había cabalgado basta Virginia y que le trajo de vuelta desde allí había tenido un potro de la yegua Penélope, sólo que no resultó ser el potrillo la causa de que el demonio hubiese madrugado tanto, y tuvo que pasar casi una semana basta que sorprendieron, encontraron a la negra vieja, a la partera que estaba acuclillada en aquel amanecer junto al jergón mientras Jones permanecía sentado en el porche en uno de cuyos laterales seguía apoyada la hoz, criando herrumbre desde dos años antes, de forma que pudo la negra contar cómo había oído primero los cascos del caballo y había oído después entrar al demonio y plantarse ante el jergón con la fusta en la mano y mirar impávido a la madre y a la criatura y decir: «Bueno, Milly. Lástima que no seas una yegua como Penélope. Así podría darte una cuadra decente en el establo». Se dio media vuelta y salió y la negra vieja, acuclillada junto al jergón, oyó las voces de ambos, la suya y la de Jones: «Atrás. Ni se te ocurra tocarme un pelo de la ropa, Wash». «Posí que le vía tocá, coronéOyó también la fusta, pero no la hoz, no le llegó el silbido con que cortó el aire, el golpe, nada, ya que aquello que meramente consuma un castigo evoca siempre un grito, mientras aquello que evoca el silencio definitivo acontece siempre en silencio. Y esa misma noche por fin lo encontraron y lo llevaron a la casa grande en un carromato y lo subieron, inmóvil y ensangrentado y con los dientes a la vista en medio de la barba (no le había encanecido la barba apenas, si bien tenía ya el pelo casi del todo blanco), a la luz de los faroles y las teas de pino, por la escalera en que la hija de rostro pétreo, sin derramar una sola lágrima, le sostuvo la puerta abierta a quien en otro tiempo se llegaba al galope hasta la iglesia y esta vez allí llegó en un visto y no visto, sólo que cuando todo hubo terminado nunca llegó a entraren la iglesia, ya que la hija (la mujer de treinta años y con pinta de ser más vieja, no como envejecen los débiles, bien encerrados en una estática hinchazón de carne ya muerta, o bien a través de una serie de etapas de gradual desmoronamiento, cuyas partículas se adhieren no a un bastidor de hierro antes impertérrito, sino unas a las otras, como si poseyeran vida propia, una vida común, olvidada, insensata, como una colonia de lombrices, tal como había envejecido el demonio mismo: con una suerte de condensación, un angustiado afloramiento de la osificación primaria e irrefrenable que el color suave y la textura blanda, el aura un tanto eléctrica de la juventud había tan sólo pasajeramente atenuado, sin ocultar nunca del todo: la solterona con sus ropas sin forma, cosidas en casa, con unas manos capaces de trajinar con los huevos o de sostener un arado y abrir un surco bien recto) decidió que fuese conducido a la misma iglesia metodista en la que se había casado con su madre antes de retornar a la tumba al pie de los cedros, para lo cual tomó prestadas las mulas medio asilvestradas para tirar de la carreta: así cabalgó a la iglesia todo lo veloz que pudo ir, en un ataúd hecho en casa, con el uniforme del regimiento y el sable y los guanteletes bordados, hasta que las mulas jóvenes se espantaron, se encabritaron, volcaron la carreta y lo dejaron tirado con sable, penacho y todas las demás galas en una zanja del fondo de la cual lo arrancó la hija para llevarlo al pie de los cedros y leer allí el responso ella misma. Y esta vez no hubo lágrimas, no hubo desolación ni pérdida ni hubo tampoco duelo, fuera o no porque no tuvo tiempo de dolerse, pues hubo de atender ella la tienda basta que le encontró un comprador, no es que la tuviera abierta a las horas de atender a la clientela, sino que llevaba las llaves en el bolsillo del delantal y si alguien la necesitaba la llamaba a la cocina o al huerto e incluso al labrantío, puesto que ahora eran Clytie y ella las que se encargaban de labrar cuanto fuera preciso, ahora que también Jones había desaparecido siguiendo los pasos del demonio al cabo de doce horas, aquel mismo domingo (y quién sabe si al mismo sitio; quién sabe si no tendrían allí un emparrado con la misma vid de uva moscatel y ya no sentirían en cambio las compulsiones del hambre o de la ambición o del fornicio o de la venganza y tal vez ni siquiera tendrían que beber, sólo echarían esto a faltar de cuando en vez y sin saber siquiera qué pudiera serlo que les faltaba, aunque no muy a menudo: serenos, plácidos, indemnes al paso del tiempo y a los cambios del clima, ahora ya sólo y sólo de vez en cuando pasaría alguna cosa, una brisa, una sombra, y el demonio dejaría de perorar y Jones dejaría de responder con risotadas y se mirarían uno al otro, sondeándose, graves, pensativos, y el demonio diría: «¿Y eso qué ha sido, Wash? Algo ha pasado. ¿Qué habrá sido?», a lo que Jones, también cauteloso, también circunspecto, le respondería: «Pos no sé, coroné. ¿Cabra sío?», mirándose uno al otro. Se esfumaría la sombra, se apagaría la brisa, hasta que al cabo Jones, sereno, en modo alguno victorioso, dijera «Aún no nosan hecho papilla, ¿eh?») y las llamaban las mujeres y los niños con sus cubos y sus cestos, con lo que Clytie o ella acudían a la tienda, abrían el cerrojo, atendían al parroquiano, echaban la llave y volvían: hasta que por fin vendió la tienda y gastó el dinero en una lápida. (—¿Cómo fue aquello? —dijo Shreve—. Algo me contaste, pero… ¿cómo fue? Tu padre y tú habíais salido a cazar codornices un día de grisura luego de una noche entera de lluvia y la zanja que los caballos no pudieron salvar así que tu padre y tú desmontasteis y disteis las riendas a ¿cómo se llamaba? ¿Cómo era el negro aquel de la mula? Luster, eso es. Fue Luster quien dio el rodeo para salvar la zanja) y su padre y él la cruzaron cuando volvió a llover de firme, una lluvia grisácea y sólida y lenta, y mansa, insonora, sin saber Quentin aún dónde se encontraban por haber cabalgado un buen rato cabizbajo para guarecerse de la llovizna, hasta que alzó los ojos y vio ante ellos la cuesta donde las juncias morían enhiestas al fundirse con la lluvia como el oro que se derritiera y vieron la arboleda, los cedros en lo alto de la loma disueltos en la lluvia como si los árboles estuvieran dibujados sobre un papel secante empapado, los cedros más allá de los cuales, más allá de los campos arruinados más allá de los cuales estaba seguro el robledal y la casa gris y podrida y abandonada a media milla de distancia.
       —A ver si hay forma de guarecerse —dijo el señor Compson— hasta que escampe. Ése de todos modos no se acercará a menos de cien yardas de esos cedros.
       Subieron la cuesta. No llegaron a ver de ninguna manera a los dos perros, tan sólo vieron la continua ondulación que se formaba en las juncias, en donde, invisibles, los perros no perdían detalle de la pendiente, hasta que uno de los dos alzó la cabeza para mirar atrás. El señor Compson hizo con la mano un gesto señalando los árboles, Quentin lo siguió. Estaba oscuro entre los cedros, la luz más lúgubre que gris, la lluvia aquietada, los glóbulos tenues, como perlas, materializados en los cañones de las escopetas y las cinco lápidas, como goterones de cera no del todo solidificados, caídos de las velas en el mármol: las dos lajas planas, pesadas, abovedadas, las otras tres losas un tanto escoradas, y aquí y allá una letra tallada e incluso una palabra entera, legible por un instante a la tenuidad de la luz que las gotas de lluvia traían partícula a partícula en la oscuridad y allí liberaban; llegaron en ese momento los dos perros, se colaron callados como el humo, el pelo aplastado por la humedad, y se acurrucaron formando al parecer una sola maraña sólida, inseparable, en busca los dos de algo de calor. Las dos lápidas planas estaban resquebrajadas por el medio por su propio peso (y desaparecido en la oquedad en donde la cámara de ladrillo había cedido se veía alisado un caminillo, erosionado por algún animal menudo, seguramente una zarigüeya, por generaciones de animalejos más bien, puesto que nada habrían encontrado que devorar en la tumba desde mucho tiempo atrás), aunque la inscripción era bastante fácil de descifrar: Ellen Coldfield Sutpen. Nacida el 9 de octubre de 1817. Muerta el 23 de enero de 1863. En la otra, Thomas Sutpen, Coronel. 23.º Regimiento de Infantería de Mississippi, Estados Confederados de América. Muerto el 12 de agosto de 1869. Esta última línea, la fecha, estaba añadida después, con tosquedad, a cincel: ni siquiera muerto iba a divulgar dónde y cuándo había nacido. Quentin miró las lápidas en silencio, pensando: Nada de amada esposa de. No. Ellen Coldfield Sutpen.
       —Nunca hubiera dicho que en 1869 les sobrase el dinero para comprar mármol —dijo.
       —Las pagó él mismo —dijo el señor Compson—. Pagó él las dos lápidas cuando el regimiento estaba acuartelado en Virginia, después que Judith le hiciera llegar la noticia de que su madre había muerto. Encargó que las trajeran de Italia, las mejores, las más espléndidas que se pudieran comprar, la de su esposa terminada, la suya con la fecha en blanco: y así lo hizo cuando estaba en el servicio activo, en un ejército que sufrió no sólo la tasa de mortandad más elevada que se haya dado nunca, ni antes ni después, sino que también tenía por costumbre, y a mucha honra, elegir a un nuevo plantel de oficiales de regimiento cada año (sistema en aras del cual tuvo fugazmente el derecho a que se le llamase coronel, puesto que se le eligió para el puesto y el coronel Sartoris fue destituido el verano anterior por votación de la tropa), de forma que en el curso normal de las cosas, antes que se le sirviera el pedido, o antes que se recibiera la mercancía, bien podría estar él bajo tierra, su tumba marcada (si acaso) por un mosquete roto y clavado en ella, y a falta de esto bien podría ser un mero teniente e incluso un soldado raso —siempre y cuando tuvieran sus hombres el valor de degradarlo—, a pesar de todo lo cual no sólo encargó las lápidas y las pagó de su peculio, sino que de un modo aún más extraño logró que entrasen a despecho de un bloqueo tan severo en toda la costa del Atlántico que las navieras sólo aceptaban por carga munición y pertrechos…
       A Quentin le pareció verlos de veras: los soldados de los batallones mermados, andrajosos y desnutridos, descalzos, los rostros demacrados y renegridos por la pólvora, mirando hacia atrás por encima de un hombro harapiento y flaco; el fulgor de los ojos, en los que ardía una desesperación indomeñable, el ansia de la negación de la derrota, al contemplar ese océano negro y vedado al otro lado del cual un navío hosco y solitario surcaba las aguas sin luces de posición, y en la bodega un espacio valedero por dos mil preciadas libras que no contenía balas, ni siquiera algo que comer, sino una piedra tallada, inerte, ampulosa, que a lo largo del año siguiente iba a formar parte de los enseres del regimiento, que seguiría sus pasos hasta Pensilvania y estaría presente en Gettysburg, alojada en una carreta guiada por el criado personal del demonio a través de tremedales y llanuras y pasos de montaña, avanzando el regimiento a la velocidad permitida por el peso de la piedra, los hombres famélicos, macilentos, y los caballos exhaustos, escuálidos, metidos hasta las ancas en el barro helado o en la nieve, sudorosos, maldiciéndola por las ciénagas y los tremedales como si fuera una pieza de artillería, hablando de las dos piedras, a las que habían puesto por nombres «el coronel» y «la señora del coronel»; así pasaron por el desfiladero de Cumberland y se adentraron por los montes de Tennessee, avanzando de noche para rehuir a las patrullas de los yanquis, hasta llegar a Mississippi a finales del otoño del 64, en donde esperaba la hija cuyo matrimonio había vetado él, la hija que había de enviudar al verano siguiente, aunque sin sufrir al parecer la pérdida ni el duelo, y donde su esposa había muerto y su hijo se había excomulgado por decisión propia y se había sujeto al destierro, para colocar una de las piedras en la tumba de su mujer y colocar la otra lápida de pie en el vestíbulo de la casa, en donde la señorita Coldfield seguramente (tal vez sin duda) la vio a diario como si fuera el retrato de su dueño seguramente (tal vez también sin duda) leyendo entre las letras talladas más esperanzas de doncella y más expectativas de virgen de las que nunca confesó a Quentin, toda vez que a él nunca le habló de la lápida, y (el demonio) tomaba el café, el mejunje hecho de maíz tostado, y probó el pan negro que Judith y Clytie prepararon para él y besó a Judith en la frente y dijo «Vaya, Clytie» y regresó a la guerra, todo en veinticuatro horas. Le pareció verlo como si hubiera estado allí. Y pensó entonces No. De haber estado allí nunca lo habría visto con tanta claridad.
       —Pero eso no explica la presencia de las otras tres —dijo—. También tuvieron que costar lo suyo.
       —¿Quién pudo pagar por ellas? —dijo el señor Compson. Quentin notó que le miraba—. Piénsalo. —Quentin miró las tres lápidas idénticas, con las letras tenues, idénticas, un tanto escoradas en el blando y podrido amontonamiento de las hojas de los cedros que se acumulaban sobre el terreno, descifrables también cuando las miró de cerca, la primera Charles Bon, nacido en Nueva Orleans, Luisiana, muerto en el Centenar de Sutpen, Mississippi, el 3 de mayo de 1865, a los 33 años y 3 meses de edad. Notó que su padre lo estudiaba.
       —Ella —dijo—. Con el dinero que obtuvo por la venta de la tienda.
       —Sí —dijo el señor Compson. Quentin tuvo que agacharse y apartar las hojas de los cedros para leer la siguiente. Al hacer ese gesto, uno de los perros se levantó y se le acercó, estirando la cabeza por ver qué miraba, como habría hecho un ser humano, como si por su asociación con los seres humanos hubiese adquirido la cualidad de la curiosidad que es atributo sólo de los hombres y los simios.
       —Largo —dijo, apartando al perro con una mano mientras con la otra esparcía las hojas de los cedros, alisando con el canto de la mano las letras apenas legibles, las graves palabras de la inscripción siguiente: Charles Etienne Saint-Valery Bon. 1859-1884. Y sintió que su padre lo escrutaba, y comentó antes de ponerse en pie que la tercera lápida ostentaba la misma fecha, 1884.
       —Pero esta vez no pudo haber sido la tienda —dijo—. Y es que la tienda la vendió en el 70, y 1884 es la misma fecha que figura en la suya —y supuso que sin duda tuvo que ser para ella terrible si quiso poner Amado esposo en la primera.
       —Ah —dijo el señor Compson—, de ésa se ocupó tu abuelo. Judith fue un día al pueblo y le llevó el dinero, o al menos una parte. Nunca supo él de dónde lo había sacado, a menos que fuera lo que le quedase del monto que había obtenido por la tienda, de cuya venta se ocupó él en su nombre, y le llevó el dinero y la inscripción (salvo la fecha de la muerte, claro está) redactada como la ves durante aquellas tres semanas en las que Clytie estuvo en Nueva Orleans para localizar al chiquillo y traerlo de regreso, si bien tu abuelo naturalmente no supo nada de esto, un dinero y una inscripción que no eran para ella, sino para él.
       —Vaya —dijo Quentin.
       —Sí. Llevan una hermosa vida las mujeres. Llevan vidas no sólo divorciadas, sino también irrevocablemente excomulgadas de toda realidad. Por eso mismo, aunque sus muertes, quiero decir el instante de la disolución, no tengan ninguna importancia para ellas, por cuanto que poseen una valentía y una entereza ante el dolor, ante la aniquilación, al lado de las cuales el más espartano de los hombres no pasaría de ser sino un niño quejumbroso, sus funerales y sus tumbas, las ínfimas, lastimosas afirmaciones de espúrea inmortalidad, colocadas sobre su adormición, son para ellas de una importancia incalculable. Tú tuviste una tía (no la recuerdas porque yo mismo tampoco la llegué a ver nunca, y sólo me ha llegado de oídas la historia) que tuvo que afrontar una operación de gravedad a la que, según se fue convenciendo, no llegaría a sobrevivir, y esto sucedió en una época en la que su pariente femenino más cercano era una mujer entre la cual y ella misma había existido a lo largo de los años una de esas enconadas, amargas, inexplicables (a ojos del hombre) y amistosas enemistades que se producen entre mujeres de la misma sangre, cuya única preocupación a la hora de abandonar este mundo consistía en disponer de cierto vestido de color castaño claro, que había sido suyo y que sabía que su parienta sabía que nunca le había tenido el menor aprecio, un vestido que era preciso quemar, no regalar a nadie, sino quemar en el corral, detrás de la casa, bajo la ventana en la que ella, si la llevase alguien hasta la ventana, y con unos dolores espantosos, lo viera arder con sus propios ojos, porque estaba segura de que, después de morir, su parienta, que era quien por lógica tendría que hacerse cargo de las cosas, la amortajaría con el vestido en cuestión para darle entierro.
       —¿Y murió? —dijo Quentin.
       —No. Tan pronto se consumió el vestido comenzó a mejorar. Se restableció tras la operación, se repuso y vivió unos cuantos años más que su parienta. Una tarde murió en paz, sin ninguna enfermedad en particular, y la enterraron con el vestido con que se había casado.
       —Vaya —dijo Quentin.
       —Sí. Pero hubo una tarde en el verano del 70 en que una de estas tumbas (entonces sólo eran tres) fue de veras regada por las lágrimas. Tu abuelo lo presenció; fue el año en que Judith vendió la tienda y tu abuelo se ocupó de los trámites, y había tomado el caballo para ir a visitarla por algún detalle pendiente y fue testigo de ello: el interludio, el esplendor ceremonial, luminoso y dramático, de la viudedad. No pudo saber entonces cómo había llegado a estar aquí la mulata, la ochavona, ni cómo pudo Judith haber tenido noticia de ella, cómo dio en escribirle para decirle dónde había muerto Bon. Lo cierto es que allí estaba, y estaba con el chiquillo de once años, que más parecía estar por cumplir ocho. Aquello tuvo que recordar una de las escenas del jardín que describía Wilde, el poeta irlandés: la hora del ocaso, los cedros oscurecidos y el sol entre ellos, en el horizonte, la luz exacta y adecuada y las tumbas, las tres lajas de mármol (tu abuelo le había adelantado a Judith el dinero para comprar la tercera lápida, adelanto sobre el producto que diese la venta de la tienda) como si las hubieran adecentado y limpiado y pulido los tramoyistas que, cuando cayera la tarde, regresarían para desmontarlas y llevárselas, huecas, frágiles, livianas, al almacén en donde descansarían hasta que volviesen a hacer falta en una escena similar; el cortejo, la escena, el acto representado en el escenario, la mujer de rostro de magnolia, ya algo más entrada en carnes, una mujer hecha de y para las tinieblas a la que bien pudiera haber ataviado Beardsley, el artista, con una túnica ingrávida y suave y diseñada no para que se infiriese el duelo, o la viudedad, sino para vestir un interludio de soñolienta y fatal insaciedad, de apasionada e inexorable hambre de la carne, caminando protegida por un parasol de encaje y seguida por una luminosa y gigantesca negra que llevaría un cojín de seda y conduciría de la mano al chiquillo al que Beardsley no sólo podría haber vestido, sino también dibujado: un chiquillo delgado, delicado, de rostro alisado y marfileño y asexuado, que, luego de que su madre diese a la negra el parasol y hubiese tomado el cojín y se hubiese arrodillado junto a la tumba y hubiera dispuesto los pliegues del vestido y hubiese llorado con desconsuelo, nunca se habría soltado un ápice del delantal de la negra y habría permanecido en pie, pestañeando en silencio, pues por haber nacido y haber pasado la vida entera en una suerte de sedosa prisión iluminada por velas perpetuamente apantalladas, respirando en vez del aire la irradiación lechosa y absolutamente física que emanaban los días y las horas de la madre, mucho distaba de estar acostumbrado a la luz del sol, y menos aún a la vida a la intemperie, a los árboles, la hierba, la tierra; por último, la otra mujer, Judith {que, al no sentir el dolor de la pérdida, nunca tuvo que observar el duelo pensó Quentin, pensando Sí, he tenido que escuchar durante demasiado tiempo), que se hallaba dentro del círculo formado por los cedros, el vestido de percal y el sombrero a juego para protegerse del sol, ambas prendas desvaídas, informes, el rostro sosegado, bien dobladas ante sí, las manos con las que igual araba que cortaba leña que cocinaba o tejía de pie, en la actitud de un guía indiferente en un museo, a la espera, sin mirar siquiera la escena acaso. Vino entonces la negra y entregó a la ochavona un frasco de cristal para que aspirase su aroma y la ayudó a ponerse en pie y se ocupó del cojín de seda y le dio el parasol y regresaron a la casa, el chiquillo sujeto aún al delantal de la negra, la negra pendiente de la mujer, a la que daba apoyo con un brazo, y Judith tras ellas con un rostro como una máscara, o como el mármol, hasta la casa, cuyo pórtico desconchado atravesaron para entrar en el espacio en el que Clytie cocinaba en esos momentos los huevos y el pan de maíz con que ella y Judith subsistían.
       »Se quedó una semana. Pasó el resto de la semana en la única habitación de la casa en cuya cama quedaban aún sábanas de hilo, la pasó en cama, con los nuevos negligés de encaje y de seda y satén, de tonos apagados, de malva y lila, de luto, en una habitación sin ventilar, cerradas las persianas a cal y canto, impregnada tras los postigos cerrados, cedidos, por el fuerte y desmayado aroma de sus carnes, y así los días, las horas, las prendas de vestir, el agua de colonia con que empapaba un paño y se humedecía las sienes, el frasco de cristal que la negra alternaba con el abanico cuando se sentaba junto a la cama, entre un viaje y otro hasta la puerta, donde recibía las bandejas con las que Clytie había subido las escaleras; Clytie, que se encargaba de llevar y traer según le indicara Judith, que tuvo que haber percibido si Judith le dijo o no que era otra negra a la cual atendía como criada, si bien atendió y sirvió a la negra tal como de cuando en vez se iba de la cocina y registraba las estancias de la planta baja, tal como hizo hasta encontrar al extraño chiquillo, al chiquillo solitario, sentado en silencio, en una silla de respaldo recto, en la penumbra de la biblioteca, o en la zona en sombra de la sala, con sus cuatro nombres de pila y su decimosexta parte de sangre negra y su trajecito caro, esotérico, de pequeño lord Fauntleroy, que contempló con pavor boquiabierto y fatalista a la arisca mujer de color café que acudía descalza a la puerta y lo miraba desde la rendija entreabierta, que no le daba pastas de té, sino el pan de maíz más basto, untado de una melaza más basta aún (y esto lo hacía subrepticiamente, no porque la madre o el aya pudieran poner reparos, sino porque en la casa apenas había nada que llevarse a la boca entre las comidas), y más que dárselo se lo obligaba a aceptar con mal contenida fiereza, y que lo encontró una tarde jugando con un chiquillo negro de su misma talla en el camino, fuera de la verja, y maldijo al negro con llana y letal violencia y lo mandó, al otro, de vuelta a la casa, con una voz cuya misma carencia de vituperio en el tono, cuya falta misma de rabia le daba una contundencia más fría y terrorífica.
       »Sí, Clytie, que permaneció impasible junto a la carreta aquel último día, tras el segundo ceremonial en la tumba, con el cojín de seda y el parasol y el frasco de las sales, cuando la madre y el hijo y el aya partieron hacia Nueva Orleans. Y tu abuelo nunca llegó a saber si fue Clytie la que siguió atenta, la que de alguna manera mantuvo el contacto, la que siguió a la espera del día, de que llegase el momento, la hora en que el chiquillo quedara huérfano y entonces fue a buscarlo, o si fue Judith la que se ocupó de la espera y de la vigilia y mandó a Clytie a que lo fuese a buscar en aquel invierno, en diciembre de 1871; Clytie, la que nunca en toda su vida se había alejado del Centenar de Sutpen más que lo necesario para llegar a Jefferson, si bien hizo sola aquel viaje a Nueva Orleans y regresó con el chiquillo, con el mozalbete de doce años ya, que parecía que tuviera diez, con uno de sus trajecitos de pequeño lord Fauntleroy, que se le había quedado pequeño, y con un gabán holgado que Clytie le compró (y le obligó a ponerse por encima, no sabría tu abuelo precisar si para protegerse del frío o no) y con todas sus demás pertenencias sujetas en un hatillo, un chiquillo que no sabía hablar inglés, tal como no sabía hablar francés la mujer que lo había encontrado, que había dado con él en una ciudad francesa y que se lo llevó consigo, este chiquillo con un semblante no envejecido, sino desprovisto de toda edad, como si no hubiera tenido infancia, pero no en el sentido en que dice la señorita Rosa Coldfield que no tuvo infancia, sino como si al nacer no hubiera pertenecido al género humano, como si hubiera sido creado sin intervención del hombre y sin agonía de la mujer, como si fuera huérfano, pero no de un ser humano (tu abuelo dijo que a ti no te extrañó qué se había hecho de la madre, que ni siquiera te importó, como a nadie importó un comino: muerte o fuga con un hombre o casorio: no crecería ella a raíz de una metamorfosis, o disolución, o adulterio, ni pasaría a la siguiente metamorfosis llevando consigo los envejecidos, acumulados, desperdiciados años que llamamos memoria, el yo reconocible, pero que cambia de una fase a otra como cambia la mariposa una vez que se despoja de la crisálida y no lleva nada de lo que era en lo que es, y no deja atrás nada de lo que es, pues se escabulle completa e intacta y sin resistirse al próximo avatar, así como la rosa o la magnolia que se abren más de la cuenta se escabullen de un junio abundoso al siguiente sin dejar huesos, ni sustancia, ni polvo de ninguna clase de rendición yerta y prístina y desalmada y abundosa en ningún lugar comprendido entre la tierra y el sol), sino así generado entero y no sujeto a ningún microbio en ese empalagoso y aromático dédalo de seda cerrada, prieta, como si fuera delicado y perverso símbolo espiritual, página inmortal de la antiquísima e inmortal Lilith, que entrase en el mundo real no a la edad de un segundo, sino de doce años, con las delicadas prendas de su existencia de paje semiocultas bajo las ásperas, informes ropas mal cortadas, según férreo patrón, de tela basta, que se venden por millones —ese burlesco uniforme y esa parafernalia de la tragedia burlesca de los hijos de Cam—; un niño callado y escuálido que ni siquiera sabía hablar inglés, recogido de improviso en medio de la hecatombe en que la única vida que había conocido se acababa de desintegrar, por obra de una criatura a la que había visto una sola vez, a la que había aprendido a respetar, a temer más bien, y de la que sin embargo no podía huir, por estar sujeto, sin amparo, pasivo, en un estado que tuvo que haber sido alguna clase de compendio increíble y hecho a medias de horror y de confianza, puesto que si bien ni siquiera podía hablar con ella (hicieron, tuvieron que hacer el viaje, una semana entera en barco de vapor, entre las balas de algodón del puente de carga, comiendo y durmiendo con los negros, en donde ni siquiera pudo él decir a su acompañante cuándo tenía hambre, cuándo tenía necesidad de ir a aliviarse) y por tanto sólo pudo sospechar, conjeturar a dónde lo llevaba, no pudo haber sabido nada a ciencia cierta, salvo que todo aquello que le había sido familiar se había esfumado en derredor como se esfuma el humo, si bien no presentó resistencia, regresando con docilidad, en silencio, a aquella casa ruinosa, podrida, que había visto una vez, en donde la mujer malencarada y meditabunda que había ido en su busca y se lo había llevado habitaba con la otra mujer, blanca y sosegada, que ni siquiera era fiera, que no era nada salvo sosiego, que para él no tenía nombre, si bien estaba de alguna manera estrechamente emparentada con él, tanto como para ser la dueña del único lugar bajo el sol en el que había visto él llorar a su madre; regresó, traspasó aquel extraño umbral, aquella demarcación irrevocable, pero no conducido por ella, no arrastrado, sino impulsado, pastoreado, guiado por esa presencia severa e implacable, para entrar en la casona desolada y yerma en donde sus propias prendas de seda, las que le quedaban, su camisa delicada y sus medias y sus zapatos, que si quedaban era para recordarle lo que en tiempos había sido, se volatilizaron, escaparon de sus brazos y de sus piernas y de su cuerpo como si no hubieran sido más que quimeras entretejidas, puro humo, nada. Y sí, durmió en el camastro al lado de Judith, al lado de la mujer que lo trataba con bondad o condescendencia, con una amabilidad fría e implacable, con un desapego más descorazonador que el de la fiera, despiadada, vigilante negra que, con una suerte de humildad invencible y espúrea, dormía en un jergón en el suelo, el niño tendido entre las dos, sin conciliar el sueño, en una suerte de hiato de desesperanza pasiva e irremediable, consciente de ello, consciente de la mujer en la cama, cada una de cuyas miradas y actos hacia él, cada uno de cuyos roces con sus manos capaces parecían en el instante de tocar su cuerpo perder todo el calor y quedar imbuidos de una antipatía fría e implacable, y la mujer del jergón, a la que ya había terminado por mirar como podría mirar a una delicada bestia salvaje, sin garras, sin colmillos, agazapada en su jaula, remedando una suerte de ferocidad desesperada e irremediable (y tu abuelo dijo: «Dejad que los niños se acerquen a Mí», y me pregunto qué quiso Él decir con eso, y, si lo que quiso decir era que se permitiese a los niños que se acercaran a Él, que Él soportaría la cercanía de los niños, qué clase de tierra había creado, y que si era preciso permitir y soportar la cercanía de los niños, cómo habría de ser el cielo en que habitaba Él), y miraba al ser humano que le daba de comer, que le da de comer, que le hace engullir una comida que él notaba que era lo mejor que podía darle, comida que se dio cuenta de que había sido preparada para él, con sacrificio, con toda la intención, con esa curiosa mezcla de salvajismo y piedad, de anhelo y odio; que lo vestía y lo aseaba, que lo introducía en un barreño de agua demasiado caliente o demasiado fría, si bien no osaba él protestar, y lo refrotaba con trapos ásperos, a veces con una furia reprimida, como si tratase en el fondo de limpiar el tenue tinte oliváceo de su piel, como se podría ver a un niño refrotar una pared mucho después que el epíteto, el insulto escrito a tiza, haya sido borrado; yacía insomne a oscuras entre ellas, notando que tampoco dormían ellas, notándolas pensar acerca de él, proyectar intenciones a propósito de él, colmar la atronadora soledad de su desesperación de más vehemencia de la que podría denotar el habla: No estás tú aquí en esta cama conmigo, en donde aunque no sea culpa tuya ni tu voluntad habrías de estar, y no estás tú en este jergón en el suelo conmigo, en donde aunque no sea culpa tuya ni tu voluntad estás y estarás, no porque sea culpa tuya ni sea tu voluntad, ni tampoco porque sea la nuestra, pues nosotras no queremos lo que no podemos, así como queremos y esperamos lo que haya de ser.
       »Y tu abuelo tampoco llegó a saber cuál de las dos fue la que le dijo que era, que tenía que ser negro, y eso que él no podía ni haber oído ni reconocer aún la palabra «negro» y toda su carga despectiva, pues ni siquiera en la lengua que conocía, en la lengua en la que había nacido y se había criado, tenía una palabra que nombrase al «negro», no en vano había nacido y había crecido en una celda vacía y forrada de guata y de seda que igual podría haberse hallado suspendida de un cabo a mil brazas de profundidad, en el mar, donde la pigmentación de la piel no tenía otro valor moral que las paredes forradas de guata y de seda, más valor que el aroma y las sombras que proyectaban las velas de color de rosa, en donde las abstracciones mismas que él podría haber observado —la monogamia y la fidelidad y el decoro y la bondad y el afecto— tenían pura raigambre en las funciones carnales como los propios procesos digestivos. Tu abuelo no sabía si le dijeron que dejara de ocupar el camastro para dormir o si lo dejó él por voluntad propia; si cuando llegó el tiempo en que su soledad y su pena hicieron callo prefirió no dormir más en el dormitorio de Judith o si le dijeron que se fuese a dormir a la sala (adonde Clytie por otra parte había trasladado su jergón), aunque no en un jergón, como ella, sino en un catre, elevado sobre el suelo y quizá no por orden de Judith, sino por la suerte de humildad inexorable y espúrea de la negra, y luego durmió en el desván, adonde se trasladó el catre, sus pocas prendas de vestir (los harapos de seda y de paño con los que había llegado, los vaqueros de tela áspera y las prendas de confección casera que las dos mujeres le compraron y le cosieron, aceptándolas él sin dar las gracias, sin hacer comentarios, aceptando asimismo su habitación en la buhardilla sin dar las gracias, sin hacer comentarios, sin pedir ni hacer alteración ninguna en las espartanas disposiciones que tenían ellas por costumbre hasta su segundo año, cuando tuvo catorce y una de las dos, Clytie o Judith, encontró escondida bajo su colchón la esquirla de un espejo roto: y quién había de saber qué horas de pesar atónito y sin lágrimas pudo haber pasado él ante el espejo roto, examinándose en los delicados, empequeñecidos harapos con los que ya tal vez ni siquiera se recordaba, con silente e incrédula incomprensión) colgadas tras una cortina apañada con un pedazo de alfombra vieja clavado en un rincón. Y Clytie dormía abajo, en el vestíbulo, al pie mismo de la escalera del desván, vigilando su ruta de escape o de salida con resolución tan inexorable como el aya española, y le enseñaba a cortar la leña y a labrar el huerto y luego a arar, a medida que su fuerza (más bien su flexibilidad y resistencia, puesto que nunca iba a pasar de ser escuálido de huesos, casi delicado) aumentó, el mozalbete de huesos escuálidos y de manos femeninas reñido con aquel avatar anónimo que era el mulo intratable, al margen de cuál fuera el trágico y estéril payaso que le tocara por compañero y complemento bajo la maldición de su padre primero, cogiéndole poco a poco el tranquillo, hasta que los dos, ligados por el salvaje símbolo viril de madera y acero, arrancaban de la tierra femenina, feraz, postrada, el maíz para comer los dos mientras Clytie los miraba, sin perderlo nunca de vista, pendiente de él en todo momento, con sus cuidados y atenciones meditabundos, fieros, celosos, sin desmayo, saliendo presurosa siempre que alguien, blanco o negro, hiciera un alto en el camino como si aguardase a que el chico terminara el surco e hiciera una pausa suficiente en su faena para dirigirle la palabra, y con una palabra apenas pronunciada, con un gesto incluso, cien veces más fiero que el llano murmullo del vituperio con que despachaba al hombre de paso y le indicaba que siguiera su camino, le ordenaba que continuase. Así que él (tu abuelo) creía que no fue ninguna de las dos. Ni Clytie, que lo guardaba como si el chiquillo fuera una moza española todavía virgen, y que antes incluso de que pudiera sospechar que él alguna vez iba a vivir allí había cortado por lo sano su primer contacto con un negro y lo mandó al interior de la casa, ni Judith, que en cualquier momento podría haberse negado a permitirle que durmiese en ese camastro hecho para un niño blanco, y que aun cuando no pudiera haberse reconciliado con el hecho de que él durmiese en el suelo podría haber obligado a Clytie a llevárselo consigo a la otra cama, y que habría hecho de él un monje, un célibe tal vez, que no un eunuco, y que no toleró que pasara ante sí mismo por un forastero, si bien de ninguna manera le hubiera impulsado a relacionarse con ningún negro. Tu abuelo no lo sabía, aun cuando sabía mucho más de lo que se sabía en el pueblo, más de lo que se sabía en el campo, esto es, que había un chiquillo extraño que vivía allá, y que al parecer había salido de la casa por vez primera a una edad en la que debía de rondar los doce años, un chiquillo cuya presencia no era explicable ni en el pueblo ni en el campo, puesto que ahora creían saber por qué Henry le había pegado un tiro a Bon y sólo se preguntaban dónde y cómo se las habían ingeniado Clytie y Judith para tenerlo oculto durante todo aquel tiempo, creyendo entonces que había sido una viuda la que dio entierro a Bon por más que no tuviera papeles que lo demostrasen, y sólo la especulación incrédula (y sorprendida) de tu abuelo, quien, si bien poseía aquellos cien dólares y las instrucciones escritas de puño y letra por Judith para la compra de la cuarta lápida y ya entonces lo tenía todo guardado en su caja fuerte, aún no había relacionado al chiquillo con el niño que vio dos años antes, cuando la ochavona acudió a llorar en la tumba, dio pie a creer que el chiquillo podría bien ser de Clytie, de la simiente implantada por su padre en el vientre de su propia hija; era un chico al que nunca se vio lejos de la casa y del que siempre estaba cerca Clytie, y al cabo fue un joven que aprendía a manejar el arado y Clytie no dejaba de estar bien cerca, y pronto se supo con qué hosquedad, con qué vigilancia indesmayable descubrió ella y puso coto a todo intento de nadie por cruzar dos palabras con él, y sólo tu abuelo a la postre supo emparejar al chiquillo, al joven, con el niño que había estado allí mismo tres o cuatro años antes, que fue a visitar la tumba; fue tu abuelo, a cuyo despacho acudió Judith aquella tarde, cinco años después, la tarde en que no acertó él a recordar cuándo fue la última vez que la había visto en Jefferson, una mujer ya en la cuarentena, con el mismo vestido de percal sin forma, con el mismo sombrero descolorido para protegerse del sol, que ni siquiera se quiso sentar, que a pesar de la máscara impenetrable que gastaba a modo de rostro transmitía una sensación de terrible apremio, y que insistió en que fuesen caminando a los juzgados mientras le hablaba, le dijo, hacia la sala atestada de gente en la que se encontraba el jurado, la sala atestada en la que entraron y entonces lo vio tu abuelo, vio al mozalbete (ya casi un hombre) esposado a un oficial, con el otro brazo en cabestrillo y la cabeza vendada, pues antes lo habían llevado al médico, y tu abuelo poco a poco fue teniendo conocimiento de lo ocurrido, o al menos de lo que acertó a averiguar, puesto que el tribunal tampoco pudo sacar gran cosa en claro de la declaración de los testigos, de los que habían salido huyendo y habían mandado llamar al sheriff, los que (exceptuando a uno al que había malherido y que por eso no pudo estar presente) se habían peleado con él, al parecer ellos en defensa propia: un baile de negros celebrado en una casamata a pocas millas del Centenar de Sutpen y allí estuvo él presente, sin que tu abuelo llegara nunca a saber cuántas veces había hecho aquello mismo con anterioridad, ni si había ido a participar en el baile o por las partidas de dados que se jugaban en la cocina, que fue donde empezó la trifulca, trifulca a la que él, y no los negros, había dado comienzo, según los testigos sin que mediara razón, sin que nadie acusara a nadie de hacer trampas, sin más; y él no lo desmintió, no dijo nada, se negó en redondo a decir nada, permaneció sentado, hosco, pálido, en silencio: de modo que en ese punto toda verdad, toda prueba se hizo humo en una masa turbulenta de espaldas y cabezas de negros, de brazos de negros, de manos de negros aferradas a los cayados, a meros leños, a herramientas de cocina, a navajas, siendo el hombre blanco el punto en que todo ello se concentraba, con lo que empuñó un cuchillo que había sacado de alguna parte, lo empuñó con desmaña, con evidente falta de destreza, de práctica, aunque con vehemencia encendida, a muerte, y con una fuerza que su escuálida complexión le negaba, una fuerza compuesta de pura y desesperada voluntad y de impermeable indiferencia al castigo, a los sopapos y las cuchilladas que encajó como si no los sintiera, sin acusarlos; no hubo causa, no hubo razón para ello; nadie llegaría nunca a saber con exactitud qué había pasado, qué maldiciones, qué improperios se mascullaron, y que podrían haber sido indicio de aquello que lo impulsó, y sólo tu abuelo llegó a conjeturar a tientas, a sospechar por asomo, a captar la presencia de esa protesta enfurecida, de esa acusación dictada por el cielo, de ese guante arrojado a la cara de lo que es furiosa, indomeñable desesperación de la que el demonio mismo podría haber hecho gala, como si el niño primero y después el joven la hubieran adquirido de las paredes mismas entre las que vivió el demonio, del aire en el que en tiempos había caminado, el aire que había respirado hasta ese instante en que su propio destino, el destino al que osó dar la espalda, le propinó una soberana paliza; sólo tu abuelo pareció percibirlo, porque la justicia y el resto de los presentes no lo reconocieron, no comprendieron quién era el hombre enclenque, con la cabeza vendada y el brazo en cabestrillo, el rostro malhumorado e impasible (exangüe en esos momentos), aceitunado, que se negó a responder a toda pregunta, a hacer ninguna declaración: así la justicia (el juez era Jim Hamblett) ya desgranaba su discurso de procesamiento cuando entró tu abuelo en la sala, empleando la ocasión y el público presente para perorar, los ojos ya vidriosos, velados por ese cese de la visión que se da en las personas a las que les gusta oírse hablar en público. “En este punto y hora en que nuestro país se desvive por levantarse y desquitarse de la férrea bota de un tirano opresor, cuando el futuro mismo del Sur en su condición de lugar soportable para nuestras esposas y nuestros hijos, para que vivan en él, depende del trabajo que hagamos con nuestras propias manos, cuando las herramientas de que disponemos, las que hemos de utilizar, las herramientas de las que dependemos, no son otras que el orgullo y la integridad y la tolerancia de los negros, y el orgullo y la integridad y la tolerancia de los blancos, un blanco…” Y tu abuelo entretanto quiso como fuera llegar hasta él, detenerle, quiso abrirse camino entre el gentío, diciéndole “Jim, Jim, Jim”, y fue ya demasiado tarde, como si la voz del propio Hamblett por fin le hubiera despertado, como si alguien acabara de chasquear los dedos delante de sus narices y lo hubiera despabilado, y así miró al detenido pero dijo de nuevo “blanco”, por más que su voz se apagase, como si la orden de detener la voz y de hacerle callar hubiese sufrido un cortocircuito y todos los rostros presentes en la sala se volvieron hacia el detenido y en ese momento se oyó clamar a Hamblett: “Pero… ¿qué es usted? ¿Quién es usted y de dónde ha salido?”.
       »Fue tu abuelo quien lo sacó de allí, fue tu abuelo quien invalidó el proceso y pagó la multa y se lo llevó a su despacho y habló con él mientras Judith esperaba en la antesala. “Tú eres el hijo de Charles Bon”, le dijo. “No lo sé”, respondió el otro, áspero y malhumorado. “¿No te acuerdas?”, preguntó tu abuelo. El otro no respondió. Tu abuelo le dijo entonces que tenía que marcharse, desaparecer, y le dio dinero para que saliera del mal paso, para que fuese tirando un tiempo. “Seas lo que seas, cuando estés en medio de desconocidos, de personas que no te conozcan, podrás ser lo que quieras. Yo me cuidaré de que todo vaya bien, yo hablaré con… con… ¿Cómo la llamas tú a ella?” En ese instante comprendió que se había pasado de la raya, pero también supo que ya era tarde para volver sobre sus pasos; permaneció sentado y miró a fondo aquel rostro inmóvil, en el que no había más expresión que en las mismas facciones de Judith, ni había esperanza, ni había el menor rastro de dolor: sólo un gesto malhumorado, hosco, inescrutable, la mirada baja y clavada en las manos femeninas y sin embargo encallecidas, en las uñas resquebrajadas, con las que sujetaba el dinero, mientras tu abuelo pensaba que no podía decir “la señorita Judith”, puesto que esas palabras habrían sido postulación de la sangre más incluso que nunca. Pensó entonces Ni siquiera sé si quiere imitarlo o no. Y dijo “a la señorita Sutpen”. “Se lo diré a la señorita Sutpen. No adónde vas, como es lógico, porque eso tampoco yo lo sabré. Pero le diré que te has marchado, que yo ya sabía que te marchabas, que estarás bien.”
       »Con esto se fue, y tu abuelo salió a caballo para decírselo a Judith, y Clytie acudió a abrir la puerta y lo miró a fondo, lo miró con firmeza a la cara, y no dijo nada, y fue a llamar a Judith, y tu abuelo aguardó en la sala en penumbra, velada, y supo que no tendría que decir nada a ninguna de las dos. No sería necesario. Judith compareció entonces y lo miró y le dijo: “Supongo que no me lo querrá decir”. “No es que no quiera: es que no puedo —dijo tu abuelo—. Pero no por ninguna promesa que le haya hecho a él. De todos modos, tiene dinero; estará…” y calló, dejando entre los dos al chiquillo desamparado e invisible, que había llegado allá ocho años antes, con el basto gabán por encima de lo que quedaba de su seda y su paño, que había llegado a ser el joven de uniforme —el sombrero hecho jirones, la ropa de faena— de su antigua maldición, que había llegado a ser el joven dotado de la pujanza del hombre joven si bien seguía siendo el chiquillo solitario con su burda ropa de faena, y tu abuelo dijo así aquellas palabras agarrotadas, vanas, las falacias especiosas y vacuas que llamamos consuelo, pensando Mejor que estuviera muerto, mejor que no hubiese vivido nunca: pensó entonces qué vana, qué vacua recapitulación sería para ella que él lo dijera, pues de seguro ella lo había dicho ya, lo había pensado, cambiando sólo la persona y el número. Volvió al pueblo. Y a la vez siguiente ya no lo mandaron llamar: lo supo como lo supo el pueblo, gracias a las malas lenguas que como la mala hierba medran por el campo y cuyas raíces son los negros, y él, Charles Etienne Saint-Valery Bon, ya había regresado (no de nuevo a casa: de nuevo regresado, como quien más que regresar se regresa) antes que tu abuelo llegara a saber cómo había vuelto, apareció con una mujer negra como el carbón, una mujer simiesca y una licencia matrimonial auténtica, devuelto por la mujer en el fondo, puesto que recientemente había sido apaleado con tanta severidad y tan castigado que ni siquiera se podía tener tieso en el mulo derrengado, sin silla de montar, a lomos del cual se dejó llevar mientras su mujer caminaba a su lado para impedir que cayera; llegó así a la casa y arrojó al parecer la licencia matrimonial a la cara de Judith con algo semejante a esa desesperación invencible con la que había atacado a los negros en plena partida de dados. Y nadie iba a saber jamás qué historia inconcebible se encerraba tras ese año de ausencia al que él nunca hizo alusión, y que la mujer que, incluso al cabo de un año y después que naciera el hijo de ambos, seguía existiendo en ese estado de pasmo, de autómata, en el que había llegado, no relató ni seguramente podría nunca haber relatado, pero que parecía exudar poco a poco y mediante un proceso de terrible e incrédula excreción, como el sudor o el miedo o la angustia: cómo la había encontrado, cómo la había arrastrado hasta allá, sacándola de quién sabe qué lugar bidimensional, qué rincón de mala muerte (el nombre mismo del cual, pueblo o villorrio, o nunca había sabido ella o bien el trauma de su éxodo le había llevado a borrarlo de su mente y anular de su memoria) en el que sus escasas luces le habían permitido obtener comida y techo, y se había casado con ella, había sostenido él la mano misma con que ella trazó laboriosamente la cruz en el registro antes de saber ella cómo se llamaba él, antes de saber que no era un hombre blanco (y esto último no sabía nadie ni siquiera entonces si ella lo sabía con certeza, ni siquiera después que naciera el hijo en una de las destartaladas casamatas de los esclavos que él reconstruyó tras alquilar la parcela a Judith); cómo había sucedido entonces más o menos un año compuesto de periodos sucesivos de absoluta inmovilidad, como una película cinematográfica rota a trozos, que el hombre de color blanco que se había casado con ella pasó tendido boca arriba, recobrándose de la última paliza que había recibido, en cuartuchos malolientes, en lugares —pueblos y ciudades— que tampoco tuvieron nombres para ella, interrumpidos por otros periodos, intervalos de movimiento furioso e incomprensible y al parecer irracional, de progresión, un torbellino de rostros y de cuerpos a través de los cuales se empeñó con todas sus fuerzas en pasar el hombre arrastrándola consigo, a saber hacia dónde, a saber de dónde, impulsado por quién sabe qué furia que no lo dejaba en paz, para terminar cada uno de ellos, para concluir igual que el anterior, hasta el punto de ser casi un ritual, el hombre al parecer a la caza de situaciones en las que le fuese posible esgrimir y arrojar el cuerpo simiesco de su compañera negra como el carbón a la cara de todo el que fuera a tomar represalias por sus ofensas: los estibadores negros y los marinos negros que encontrase en los barcos o en los tugurios de las ciudades, convencidos de que él era blanco, resueltos a creer que era blanco con tanta mayor convicción cuanto más lo negase él; los hombres blancos que, cuando decía que era negro, creían que mentía con el solo afán de salvar el pellejo, o peor aún: por puro encaprichamiento con una perversión sexual, y en uno y otro caso el resultado era idéntico: el hombre de cuerpo y extremidades tan livianas y casi tan delicadas como las de una muchacha asestaba el primer golpe, por lo común desarmado, ajeno al número de oponentes que tuviera, con la misma furia implacable, con la misma indiferencia impermeable al dolor y al castigo, sin maldecir, sin jadear, riendo tan sólo.
       «Así mostró a Judith la licencia de matrimonio y se llevó a su esposa, ya en avanzado estado de gestación, a la casamata destartalada que había querido reconstruir, y allí la instaló, la acomodó como se acomoda a un perro en la perrera quizá con un gesto, y regresó a la casa. Y nadie iba a saber qué se ventiló aquella noche entre Judith y él, en qué estancia desprovista de alfombras y amueblada con las sillas y demás que se hubieran salvado del hacha y de la quema cuando fue necesario cocinar los alimentos, gozar de calor, tal vez calentar agua en un pasajero momento de enfermedad, la mujer que había enviudado antes de haberse desposado siquiera, el hijo del hombre que la había dejado desolada y una concubina de herencia negra a la que nunca causó resentimiento la sangre negra que corriese por las venas de él, o no tanto como se lo causó que negase la sangre blanca, y todo ello con una curiosa y disparatada exageración en la que era inherente su propia irrevocabilidad, casi exactamente igual que lo hubiera hecho el demonio en persona. (Porque hubo amor dijo el señor Compson Estaba esa carta que trajo ella y que dio a tu abuela para que la guardase. Él (Quentin) la veía con la misma claridad con que veía la que estaba sobre el manual abierto en la mesa, ante él, blanca en la mano morena de su padre, sobre la pernera del pantalón de lino, en el crepúsculo de septiembre, en el que flotaban el olor de la glicinia y el olor del habano y las luciérnagas, pensando Sí. He oído demasiadas cosas, se me han dicho demasiadas cosas, he tenido que escuchar demasiadas cosas, he tenido que escuchar durante demasiado tiempo, demasiado pensando Sí, es casi exactamente igual que mi padre: esa carta, y quién podría saber qué clase de restauración moral pudo ella haber contemplado en la intimidad de aquella casa, de aquella estancia, de aquella noche, qué obstaculización de las férreas y antiguas tradiciones, ya que prácticamente había visto todo lo demás y había aprendido a llamar estables, esfumadas como las briznas de paja a merced de la galerna; ella sentada junto a la lámpara en una silla de respaldo recto, erguida, con el mismo vestido de percal, aunque en ese momento le faltase el sombrero con que se protegía del sol, la cabeza descubierta, el cabello que había sido negro azabache ya veteado de canas y él enfrente de ella, de pie. No habría querido tomar asiento; es posible que ella ni siquiera le invitase a sentarse, y la voz fría y llana no habría sido más audible que el siseo de la llama de la lámpara: “Me equivoqué. Lo reconozco. Creí que había cosas que aún importaban, sólo porque habían importado mucho antes. Pero me equivoqué. Nada importa, nada más que respirar, respirar, saber, estar vivo. Y el niño, la licencia, el papel. ¿Qué hay de eso? Ese papel es algo entre tú y alguien que es negro sin remedio. Se puede dejar al margen, nadie osará ponerlo trunca más sobre la mesa, no es más que una baladronada de un joven, proferida en sus descabellados años de juventud. En cuanto al niño, de acuerdo. ¿No engendró uno mi propio padre? ¿Le fue peor por eso? Mantendremos a la mujer y al niño si es tu deseo; pueden quedarse aquí, y Clytie ya… —lo observaba, lo miraba fijamente y sin moverse, inmóvil, erguida, las manos recogidas y quietas sobre su regazo, sin respirar apenas, como si fuera un ave silvestre o un animal que pudiera echara volar con la sola expansión y contracción de sus aletas nasales, o con el movimiento del pecho—. No. Seré yo. Yo me ocuparé de criarlo, yo me encargaré de ello… No es preciso que se le ponga un nombre; no tendrás que volverá verlo, no tengas cuidado por ello. Indicaremos al general Compson que venda parte de las tierras; lo hará. Y tú te podrás marchar. Al Norte, a las ciudades, en donde no importará siquiera que… Pero no, no lo harán. No se atreverán. Yo les diré que eres hijo de Henry, y quién iba a osar, quién podría disputar… —él seguía de pie, mirándola o sin mirarla, no sabría ella decirlo, ya que estaría cabizbajo, el rostro aún fino, delicado, inexpresivo, mirándolo ella, sin osar moverse, su voz un murmullo de claridad suficiente, de suficiente rotundidad, pero que a él apenas le llegaba—: Charles”. Y él: “No, señorita Sutpen”. Y ella de nuevo, sin moverse aún, sin desperezar siquiera un solo músculo, como si estuviera ella en la linde del bosque, ante la espesura en la que hubiera acorralado al animal que bien sabía la estaba mirando, aun cuando no lo viera, no exactamente amedrentado, no precisamente aterrado, no por cierto alarmado, sino con esa incorregibilidad liviana y nerviosa del animal libre que ni siquiera dejará una huella en la tierra que soporta su peso liviano, sin atreverse ella a alargar la mano con la que podría haberlo de veras rozado, y hablándole en cambio, con voz queda, desmayada, rebosante de esa seducción, esa promesa celestial que es el arma de la mujer: “Llámame tía Judith. Charles”.) Sí, quién iba a saber si él dijo nada o no dijo nada al darse la vuelta, al salir, ella aún sentada, sin moverse, sin desperezarse, viéndole, penetrando muros y tinieblas también para verlo caminar de vuelta por el camino que comían las malas hierbas, los espinos, entre las cabañas abandonadas, medio derruidas, hacia aquella en la que su mujer lo esperaba, avanzando por el camino de guijarros, de espinos, hacia el Getsemaní que él había decretado, que había creado para sí, en donde se había crucificado él solo y había descendido de su cruz sólo un momento y ahora retornaba a ella.
       »No, tu abuelo no supo. Supo sólo lo que se sabía en el pueblo, en el condado: que el extraño chiquillo al que Clytie no perdía de vista ni un instante, al que había enseñado a trabajar la tierra, y que ya de adulto había comparecido en el banquillo de los acusados aquel día, con la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo y la otra mano esposada, que se había esfumado y había vuelto con una esposa auténtica, pero que recordaba a un animal del zoo, ahora cultivaba por arriendo una parcela de la plantación de Sutpen, la cultivaba francamente bien, con solitaria y firme disposición, con sus conocimientos de hortelano, con sus limitaciones físicas, de cuerpo y de extremidades que seguían pareciendo demasiado enclenques para abordar la tarea que se había impuesto, y que vivía como un ermitaño en la casamata que había reconstruido, y en donde nació al cabo su hijo, y que no se relacionaba ni con blancos ni con negros (Clytie ya no lo vigilaba; ya no tenía por qué) y que no se dejó ver por Jefferson sino en tres ocasiones durante los cuatro años siguientes y que entonces al parecer, según los negros que parecían tenerle miedo, o que tenían miedo a Clytie, o a Judith, o estaba ciego o estaba violentamente borracho, según se presentaba en el barrio de los negros, donde estaban los tinglados cercanos a Depot Street y a donde tuvo que ir tu abuelo a rescatarlo (o, caso de que estuviera demasiado borracho y se hubiera puesto violento de veras, a la comisaría del pueblo) y a retenerlo hasta que su mujer, la gárgola negra, era capaz de ayuntar el tiro de la carreta y venía en su busca, sin otra señal de vida en toda ella que los ojos y las manos, y se lo llevaba a su cabaña cargado como un fardo en la trasera. Por eso al principio ni siquiera se le echó en falta en el pueblo; fue el médico del condado el que dijo a tu abuelo que había contraído la fiebre amarilla y que Judith lo había hecho instalar en la casa grande y que allí lo estaba cuidando y que Judith también había contraído la enfermedad, y tu abuelo le dijo que se lo notificase a la señorita Coldfield y él (tu abuelo) fue un día a caballo hasta allá. No desmontó. Permaneció a lomos de su caballo y llamó desde la cancela hasta que Clytie salió a mirarlo desde una de las ventanas de arriba y le dijo que “no necesitaban nada”. Al cabo de una semana tu abuelo supo que Clytie tenía toda la razón, o que entonces al menos toda la razón le asistía, aunque fue Judith la que murió primero.
       —Vaya —dijo Quentin. pensó Demasiado, demasiado tiempo recordando cómo había contemplado la quinta de las tumbas, y supuso entonces que quien quiera que hubiese enterrado a Judith debió de temer que los otros difuntos contrajesen la enfermedad contagiándose por ella, puesto que su tumba se encontraba en el extremo opuesto del claro entre los cedros, tan alejada como permitía el espacio de las otras cuatro tumbas, pensando Mi padre esta vez no tendrá que decir «piensa» porque él sabía quién había encargado y quién había pagado la lápida, ni siquiera tuvo que leer la inscripción, pensando, imaginando qué instrucciones escritas con esmero debió de pergeñar Judith, levantándose acaso en pleno delirio, para que Clytie las cumpliera, como sin duda hizo cuando supo que iba a morir, y cómo Clytie debió de aguantar los doce años siguientes, mientras criaba un niño que había nacido en la vieja cabaña de los esclavos y rebañaba aquí y allá el dinero necesario para terminar de pagar la lápida por la que Judith había adelantado a su abuelo los cien dólares veinticuatro años antes y que, cuando su abuelo quiso negarse a recibir el pago, ella (Clytie) colocó la lata oxidada y llena de monedas de cinco y de diez centavos y el quebradizo papel moneda sobre la mesa del despacho y salió sin añadir palabra. También de ésta tuvo que apartar con el canto de la mano las hojas de cedro que se habían adherido y leerla, contemplando cómo emergían las letras también bajo su mano, preguntándose en silencio cómo habían permanecido allí, cómo no se habían hecho ceniza instantáneamente al contacto con la cruda e imperdonable amenaza: Judith Coldfield Sutpen. Hija de Ellen Coldfield. Nacida el 3 de octubre de 1841. Sufrió las indignidades y los pesares de este mundo durante 42 años, 4 meses y 9 días, y halló por fin reposo el 12 de febrero de 1884. Detente, mortal; recuerda la vanidad y la necedad del mundo; cavila pensando (Quentin) Sí. No tuve siquiera que preguntar quién se había inventado eso, quién se lo sacó de la manga pensando Sí, demasiado, demasiado tiempo. No tuve por qué oírlo entonces pero no me quedó más remedio que oírlo y ahora tengo que volver a oírlo otra vez, todo de punta a cabo, porque habla exactamente igual que mi padre: hermosas vidas llevan las mujeres. En el mero acto de la respiración encuentran carne y beben de alguna hermosa dilución de la irrealidad así atenuada en la que las sombras y las formas de las cosas —del nacimiento y de la pérdida que causa la muerte, del sufrimiento, del desconcierto, de la desesperación— se mueven con el insustancial decoro de un festejo al aire libre, con sus charadas, con sus gestos perfectos y sin significado, sin ninguna capacidad de hacer daño. Fue la señorita Rosa quien la encargó. Exigió esa lápida al juez Benbow. Él había sido el albacea testamentario que administró el legado de su padre, aunque no lo designara ningún testamento, ya que el señor Coldfield ni dejó testamento ni dejó legado, con la excepción de la casa y de aquella cáscara saqueada en que terminó convertido el comercio. El juez se nombró albacea porque quiso, se eligió seguramente en algún cónclave de vecinos y de ciudadanos que se reunieron para hablar de asuntos que sólo a ella incumbían, para resolver qué hacer con ella, cuando comprendieron que no existía nada bajo el sol, y desde luego no existía un hombre, ni un comité formado por hombres, que alguna vez pudiera persuadirla de que volviera con su sobrino y su cuñado; los mismos ciudadanos y vecinos que le dejaban cestillos con comida, por la noche, en el umbral de su casa, los platos (las fuentes que contenían la comida, las servilletas con que la dejaban cubierta) que ella jamás fregaba, que devolvía sucios al cestillo vacío, dejando éste en el mismo peldaño en que lo había encontrado, como si así quisiera rematar del todo la ilusión de que nunca había existido, o de que al menos no la había tocado ella, no la había vaciado ella, no había salido ella a recoger el cesto con ese aire que no tenía nada de furtivo, que no era desafiante tampoco, a probar la comida, a criticar la calidad de los ingredientes, o de la cocción, a masticarla y a tragarla y sentir que la digería, sin dejar por todo ello de aferrarse al engaño ilusorio, a la sosegada e incorregible insistencia en que todo cuanto la evidencia más incontrovertible le dice en realidad no existe, como es propio de las mujeres; ese mismo engaño ilusorio con el que rechazó reconocer que la liquidación del comercio de su padre le había dejado algo, que le había quedado algo, que no estaba en la miseria más absoluta, que no podía aceptar el dinero contante y sonante de la venta que quiso entregarle el juez Benbow, si bien aceptó en cambio el valor del dinero (y al cabo de unos cuantos años, la sobrevaloración) de una docena de maneras distintas: se servía de los chiquillos negros que por azar pasaban por delante de la casa, llamándoles y ordenándoles que le rastrillaran el jardín, y ellos cumplían sin duda tan conscientes como todo el pueblo de que ni se mencionaba jamás la posibilidad de que ella pagase nada, de que ni siquiera volverían a verla aun cuando supieran que los estaba mirando tras los visillos de una ventana, si bien el juez Benbow se ocuparía de pagarles lo necesario; entraba en las tiendas y exigía tal o cual objeto de la estantería, del escaparate, exactamente como había exigido al juez Benbow los doscientos dólares para pagar la lápida, y salía con ese objeto de la tienda, y que con la misma y aberrante astucia con la que se negaba en redondo a fregar las fuentes de la comida y a lavar las servilletas de las cestas declinó sostener toda conversación acerca de sus asuntos con Benbow, puesto que tenía que saber que las sumas que de él había recibido sin duda sobrepasaban desde hace años el balance (él, Benbow, tenía en su despacho una carpeta, una carpeta abultada, sobre cuya cubierta, escrito con tinta indeleble, un rótulo decía
LEGADO DE GOODHUE COLDFIELD PARTICULAR. A la muerte del juez, su hijo Percy abrió la carpeta. Estaba llena de formularios de apuestas para las carreras de caballos y de resguardos de apuestas anulados, apuestas sobre caballos de cuyos propios huesos nadie acertaría a saber ahora el paradero, caballos que habían ganado y perdido carreras en el hipódromo de Memphis cuarenta años atrás, así como un libro de asiento anotado con esmero, de puño y letra del juez, cada una de cuyas entradas indicaba la fecha y el nombre del caballo y la apuesta y si había ganado o perdido; otro libro de asiento mostraba que durante cuarenta años había anotado cada una de sus ganancias y una pérdida por valor idéntico en esa mítica contabilidad) del activo que la venta del comercio pudiera haber rentado.
       Pero no me estabas escuchando porque ya lo sabías todo, ya habías aprendido, ya habías absorbido sin que mediara el lenguaje, a saber cómo, a raíz de haber nacido y de vivir junto a todo ello, con todo ello, como hacen los niños siempre: así las cosas, lo que tu padre estaba diciendo no te dijo nada que no supieras, y a lo sumo hizo resonar palabra por palabra las cuerdas vibrantes de la recordación, quién había estado antes allá, quién había visto aquellas tumbas más de una vez en el transcurso de las expediciones sin rumbo de la infancia, cuyo propósito no era otro que cazar algo a lo sumo, tal como habías visto también la vieja casa, tenías familiaridad con la apariencia que tendría antes incluso de verla, creciste un día lo suficiente para ir hasta allá por tu cuenta, con cuatro o cinco chicos de tu edad y de tu talla y desafiaros unos a los otros a evocar al fantasma, puesto que la casa estaría de seguro encantada, a la fuerza tenía que estar encantada, aunque llevara desierta y fuese inofensiva desde veintiséis años antes y nadie saliera al encuentro de nadie, y no hubiera fantasma alguno del que dar cuenta, hasta que la carreta llena de forasteros que venía por el camino de Arkansas quiso allí hacer un alto y pasar allí la noche los viajeros y algo sucedió antes de empezar siquiera a descargar, no quisieron o no pudieron o se negaron en redondo a decir qué, aunque fue algo que les obligó a volver a la carreta y azuzar a las midas para que emprendieran el galope por el camino, todo ello en diez minutos, sin detenerse hasta llegar a Jefferson; la cáscara que rezumaba podredumbre, el pórtico combado, las paredes desconchadas, las persianas combadas y las ventanas tapiadas con tablones, asentada en el centro del dominio que había revertido a propiedad del estado y había sido adquirida y vendida y adquirida y vuelta a vender una y otra y otra vez. No, no estabas escuchando; no tenías por qué: los perros se desperezaron, se pusieron en pie; alzaste la mirada y de seguro, tal como había de ser, en el momento en que tu padre dijo que sucedería, Luster había detenido la mula y los dos caballos bajo la lluvia, a unos cincuenta metros de los cedros, y estaba allí sentado, con las rodillas recogidas bajo la tela de arpillera, cercado por las nubes de vapor que despedían los animales humeantes, como si os estuviera mirando a ti y a tu padre desde alguna suerte de lúgubre e indoloro purgatorio.
       —Ven para acá a guarecerte de la lluvia, Luster —dijo tu padre—. No permitiré que el viejo coronel te haga daño.
       —Vengan ustedes y vayamos a casa —dijo Luster—. Hoy se acabó la caza.
       —Nos vamos a mojar —dijo tu padre—. Mira, te diré qué vamos a hacer: nos acercamos a caballo hasta aquella vieja casa. Allí nos podemos resguardar y estaremos secos.
       Pero Luster no dio su brazo a torcer y siguió sentado bajo la lluvia inventándose razones para no entrar en la casa: que si el techo estaba lleno de goteras, que si los tres os resfriaríais si no prendíais una buena fogata, que si os ibais a mojar tanto antes de llegar allá que lo mejor era seguir derechos de vuelta al pueblo: y tu padre se reía de Luster pero tú no reías tanto, porque si bien no eras negro, como lo era Luster, no eras mucho mayor que él, y Luster y tú estuvisteis allí el día en que cuatro o cinco de vosotros, cuatro o cinco chicos de una misma edad, comenzasteis a desafiaros unos a los otros por ver quién se atrevía a entrar en la casa, y los desafíos comenzaron mucho antes de llegar allá, de llegar por la parte de atrás, por donde estaba la calle que formaban los barracones de los esclavos —una selva de zumaque y de brezo, de nísperos y madreselva, y los puntales podridos de lo que en otro tiempo fueron los tabiques de troncos y las chimeneas de piedra y los tejados de tejas de madera en finas láminas, todas en medio de la maleza con una sola excepción; tú fuiste a esta cabaña; al principio no viste a la vieja en absoluto porque estabas mirando al chico, a aquel Jim Bond, al chico fornido y desgarbado, de boca fláccida, del color del cuero, pocos años mayor y algo más grande que tú, con una camisa remendada y descolorida, aunque bastante limpia, y unos pantalones de faena que le quedaban pequeños, y que faenaba en la parcela junto a la cabaña: por eso ni siquiera supiste que ella estaba allá basta que todos vosotros, con el sobresalto del momento, os volvisteis todos a una y la encontrasteis mirándoos desde una silla inclinada contra la pared de la cabaña, una mujer diminuta y ajada, reseca, no mucho mayor que un mono, y que podría haber tenido cualquier edad, basta diez mil años, con una saya descolorida y voluminosa y una pañoleta inmaculada con la que se cubría la cabeza, los pies descalzos del color del café y los dedos enroscados en el travesaño de la silla como lo hacen los monos, fumando una pipa de arcilla y mirándoos con unos ojos como dos botones de zapato enterrados en la miríada de arrugas que surcaban su rostro del color del café, que se limitó a miraros y a decir sin quitarse la pipa de la boca, con una voz casi idéntica a la voz de una mujer blanca: «¿Qué se os ha perdido por aquí?». Y cuando tras unos momentos alguno de vosotros dijo «Nada» echasteis todos a correr sin saber quién fue el que empezó primero, sin saber tampoco porqué, ya que no teníais miedo, y así cruzasteis los viejos campos en barbecho, anegados por la lluvia estancada, ahogados por la maleza, hasta llegara la verja vieja y podrida, a la verja que serpenteaba, y salvarla de un salto, lanzándoos por encima, y entonces la tierra, el terreno mismo, el cielo y los árboles y los bosques cobraron un aire distinto y volvieron a estar en orden.

       —Sí —dijo Quentin.
       —Y de ése era de quien hablaba Luster —dijo Shreve—. Y tu padre te observaba porque tú nunca habías oído pronunciar el nombre, ni siquiera habías pensado que tenía que tener un nombre, no lo supiste el día en que lo viste en el huerto, y dijiste «¿Quién? ¿Jim qué?», y Luster dijo «Ése mismo. El chiquillo de color intenso que se quedó con esa vieja», y tu padre no dejaba de mirarte, y tú dijiste «Deletréalo», a lo que Luster contestó que «así hablan los abogados, eso dicen cuando te cae encima el peso de la ley, yo deletreo cuando leo». Y era él, el apellido había pasado a ser Bond y a él le daba lo mismo, quién pudiera heredar lo que fuera de su madre, lo que nunca podría haber recibido en cambio de su padre, y si tu padre le preguntó si era el hijo de Charles Bon no sólo no lo habría podido saber, sino que tampoco habría podido importarle menos: ¿y si tú le hubieras dicho que sí, que lo era, le habría rozado un instante y se habría desvanecido de lo que tú (y no él) habrías tenido que llamar su entendimiento, habría desaparecido mucho antes que pudiera suscitar reacción ninguna, ya fuera de orgullo, ya de placer, ya fuera de rabia, ya fuera de pena?
       —Sí —dijo Quentin.
       —¿Y que además había vivido en aquella cabaña, a espaldas de la casa encantada, a lo largo de veintiséis años, junto con la vieja que debía de tener ya más de setenta por más que no peinara una sola cana bajo la pañoleta con que se cubría la cabeza, y unas carnes que no se le habían descolgado, y que parecía en cambio que hubiera envejecido hasta cierto punto como envejece la gente normal y corriente, y que en ese punto hubiera dejado de envejecer, y en vez de volvérsele el pelo cano y las carnes fofas había empezado a encoger, de forma que la piel de la cara y de las manos le habían formado un millón de minúsculas arrugas, arrugas finas como pelos, y el cuerpo le iba mermando, cada vez más pequeño, como algo que encoge en un horno, como hacen los nativos de Borneo con las cabezas de los enemigos que capturan, y que bien podría haber sido el fantasma caso de que se necesitara un fantasma, aunque no era el caso, o si hubiera sido preciso que algo protegiera la casa de merodeadores sin nada mejor que hacer, aunque no fue preciso, o si hubiera quedado alguno de ellos escondido, o necesitado de un lugar donde esconderse, aunque no hubo tal necesidad? ¿Y sin embargo esa vieja, esa tía Rosa, te dijo que alguien estaba allí escondido, y tú dijiste que era Clytie o Jim Bond, y ella dijo que no, y tú dijiste que no podía ser de otro modo, porque el demonio había muerto y Judith había muerto y Bon había muerto y Henry había marchado tan lejos que ni siquiera había dejado una tumba, a lo que ella dijo que no, de manera que allá fuiste, recorriste las doce millas de noche, en una calesa, y encontraste a Clytie y a Jim Bond, los dos allí dentro, y dijiste ¿lo ves?, a lo que ella (la tía Rosa) siguió diciendo que no, a lo que proseguisteis la búsqueda y al fin allí estaba?
       —Sí.
       —Pues espera —dijo Shreve—. Por amor de Dios, espera.



VII

      Ya no quedaba nieve sobre el brazo de Shreve, ni tampoco se lo cubría la manga: sólo el antebrazo liso, de carne de cupido, y la mano que volvía al haz de la lámpara y tomaba una pipa de la lata de café ya vacía, en donde las guardaba, para llenarla y encenderla. Ahí fuera la temperatura es de cero grados, pensó Quentin; dentro de nada levantará la hoja de la ventana y se pondrá a hacer sus ejercicios respiratorios, con los puños apretados, desnudo de cintura para arriba, en la cálida y rosada abertura, sobre el cuadrángulo cercado por el hierro. Pero todavía no lo había hecho, y ahora el momento, el pensamiento, llegaba con una hora de retraso, y la pipa ya la había fumado, ya la había volcado en el cenicero, ya estaba fría, con una leve rociada de máculas de ceniza alrededor, encima de la mesa, ante los antebrazos sonrosados de Shreve, de vello brillante, mientras miraba a Quentin protegido por las dos lunas opacas de sus lentes, en las que se reflejaba el haz de la lámpara.
       —Así que sólo quería un nieto —dijo—. Eso es todo lo que andaba deseoso de tener. Joder, el Sur es una maravilla, desde luego que lo es. Mucho mejor que el teatro, no me digas que no. Mejor incluso que Ben-Hur, di que sí. No es de extrañar que de vez en cuando tengáis que salir de allá y alejaros un poco.
       Quentin no replicó. Permaneció sentado muy quieto, de cara a la mesa, las manos a uno y otro lado del manual que se había quedado abierto por la página que marcaba la carta: el rectángulo de papel doblado por el medio y ahora abierto en tres cuartas partes, cuyo bulto se había elevado por sí solo, debido al fleje del viejo doblez, en una levitación ingrávida y paradójica, formando tal ángulo que él con toda certeza no había podido leerla, descifrarla, siquiera sin esa distorsión añadida. Y sin embargo parecía estar pendiente de ella, al menos por lo que Shreve acertó a colegir; estaba, sí, leyéndola, con la cara inclinada, pensativo, ceñudo, casi malhumorado.
       —De eso le habló a mi abuelo —dijo—. Aquella vez en que el arquitecto se dio a la fuga, trató de escapar hacia el lecho del río y regresar a Nueva Orleans o a donde fuese, y él… (—El demonio, ¿eh? —dijo Shreve. Quentin no le respondió, no se detuvo, su voz siguió siendo llana, curiosa, un poco ensoñadora, aunque aún dominada por ese tono taciturno y malhumorado, el tono en que se percibe el rescoldo de un ultraje, así que Shreve, también inmóvil, semejante salvo por sus lentes y nada más (de la cintura para abajo la mesa le ocultaba; quien hubiese entrado en la habitación habría supuesto que estaba desnudo por completo) a una efigie barroca hecha de masa de harina, pero cruda y coloreada por alguien provisto de una inapreciable afinidad con lo perverso, lo miraba con curiosidad, absorto, pensativo.)… mandó recado al abuelo y a algunos más, y salió con sus perros y sus negros salvajes y emprendió la caza del arquitecto y lo llevó a refugiarse dos días después en una cueva situada a la orilla del río. Esto fue durante el segundo verano, cuando ya había terminado de asentar los cimientos y de levantar la mampostería de ladrillo y tenían cortadas casi todas las vigas maestras, pulidas incluso, y un día el arquitecto ya no pudo aguantar más, o bien le dio miedo morir de inanición, o que los negros salvajes (y quizá también el coronel Sutpen) se quedasen sin bazofia que llevarse a la boca y se lo comieran a él, o tal vez le entró la nostalgia, o a lo mejor es que tuvo la imperiosa necesidad de marcharse… (—A lo mejor tenía novia —dijo Shreve—. O a lo mejor quería tenerla, nada más. Antes dijiste que el demonio y los negros no contaban más que con dos mujeres. —Quentin no respondió tampoco a esto; de nuevo fue como si no hubiese oído nada, y siguió hablando con esa voz curiosamente reprimida y sosegada, como si hablase con la mesa que tenía delante o con la carta que reposaba en el manual o con sus propias manos, colocadas a uno y otro lado del libro.) Así que se marchó. Fue como si se esfumase a plena luz del día, rodeado por veintiuna personas. O a lo mejor es que Sutpen le había dado la espalda, y a lo mejor los negros sí lo vieron marchar y no creyeron que valiera la pena señalarlo, que siendo como eran unos salvajes probablemente no sabían en qué andaba metido el propio Sutpen, desnudo y rebozado de barro con ellos todo el día. Por eso calculo que nunca llegaron a entender para qué estaba allí el arquitecto, qué se suponía que debía hacer o qué había hecho o qué podía hacer, o quizá creyeron que Sutpen le dijo que se largase, que le dijo que desapareciera y que se ahogase, que se marchase y muriese, o tal vez sólo que se fuera. Y lo hizo, puso pies en polvorosa a plena luz del día con su chaleco bordado y su corbata de lazo, una corbata tipo Fauntleroy y un sombrero como el de un pastor protestante de los baptistas, acaso con el sombrero en la mano, y de esa guisa huyó por el tremedal y los negros lo vieron desaparecer y volvieron al tajo y Sutpen no vio nada, ni siquiera lo echó en falta hasta la noche, hasta la hora de la cena seguramente, y los negros le contaron lo ocurrido y les anunció que al día siguiente no iban a trabajar, que tenían el día libre, porque él tendría que ir a pedir prestados unos perros. No es que hubiera tenido necesidad de los perros, con los negros se las podría haber apañado para seguir el rastro, pero tal vez dio en pensar que los otros no tendrían costumbre de seguir un rastro ayudándose de los negros, que contarían con fiarse del olfato de los perros. Y el abuelo (también era joven entonces) llevó champagne y algunos de los otros llevaron whisky y se fueron reuniendo poco después de ponerse el sol en su casa, una casa que aún no tenía paredes, que aún no era otra cosa que unas hileras de ladrillos hundidos en tierra, lo cual no fue inconveniente, puesto que no iban a pernoctar allá, dijo el abuelo, y tan sólo se sentaron en torno a la hoguera con el champagne y el whisky y un cuarto del último venado que hubiera cazado él, y cuando se acercaba la medianoche llegó el hombre de los perros. Se hizo entonces de día y los perros al principio no supieron por dónde tirar, porque algunos de los negros habían rastreado ya la pista por espacio de una milla más o menos sólo por entretenerse. Pero hallaron al cabo el rastro, los perros y los negros por el tremedal, la mayor parte de los hombres a caballo, por el terreno firme de la orilla, por donde era posible avanzar sin contratiempo. En cambio, el abuelo y el coronel Sutpen se adentraron con los perros y los negros porque a Sutpen le daba mala espina que los negros pudieran dar con el arquitecto antes que él los alcanzase. El abuelo y él tuvieron que recorrer un buen trecho a pie, y mandaron a uno de los negros que llevase los caballos sujetos de las bridas y que diera un rodeo para evitar los sitios peligrosos, hasta que pudieron montar otra vez. El abuelo dijo que hacía buen tiempo y que la senda no estaba del todo mal, pero añadió que el arquitecto habría hecho bien si hubiera esperado a octubre o noviembre. Y entonces algo le dijo a mi abuelo, algo le dijo de eso.
       »Su problema era la inocencia. De súbito descubrió no tanto lo que deseaba hacer, sino lo que tenía que hacer a secas, lo que tenía que hacer tanto si le apetecía como si no, porque si no lo hiciera sabía que nunca podría vivir consigo mismo el resto de sus días, nunca podría convivir con lo que habían dejado en su interior todos los hombres y mujeres que habían muerto antes que él para hacer de él lo que era, habían dejado en él para que él lo transmitiera a otros, con todos los muertos que esperaban y seguían pendientes de ver si era capaz de hacerlo bien, de poner las cosas en su sitio, para así poder mirar a la cara no sólo a los muertos, sino también a todos los vivos que llegarían tras él cuando él fuera uno de los muertos. Y que en el preciso instante en que descubrió de qué se trataba entendió que aquello era la última cosa en este mundo para la que estaba preparado, lo último que podría hacer, porque no sólo no había sabido que tendría que hacerlo, sino que tampoco sabía que aquello existía y que era posible desearlo, que era necesario hacerlo, hasta que tuvo casi catorce años. Y es que nació en Virginia Occidental, en los montes, donde… (—No puede ser en Virginia Occidental —dijo Shreve. —¿Cómo? —dijo Quentin. —Virginia Occidental no —dijo Shreve—. Porque si tenía veinticinco años cuando llegó a Mississippi en 1833, había nacido en 1808. Y no existía Virginia Occidental en 1808, porque… —Está bien está bien —dijo Quentin. —… Virginia Occidental no formó parte de Estados Unidos hasta que… —Está bien está bien está bien —dijo Quentin.)… donde las pocas personas que conociera vivían en cabañas de troncos que rebosaban de niños, como la cabaña en la que él nació; hombres y chicos ya crecidos que cazaban o se pasaban el día tendidos en el suelo, frente al fuego, mientras las mujeres y las chicas ya crecidas pasaban entre ellos para alcanzar el fuego y cocinar, en donde las únicas gentes de color eran indios, a los que sólo se despreciaba, se miraba por encima del hombro o por la mira de la escopeta, en donde ni siquiera había oído hablar nunca de un lugar ni nunca había imaginado un paraje, una tierra, una región dividida con criterio y que perteneciese en verdad a hombres que no hacían otra cosa que cabalgar por sus tierras o sentarse vestidos con sus ropas espléndidas en los pórticos de sus mansiones mientras otros trabajaban para ellos; no imaginó siquiera que existiera semejante forma de vida, que se pudiera desear siquiera vivir así, que existieran todos los objetos que se podían desear ni que se pudieran desear todos los objetos que existieran, o que quienes eran dueños de los objetos no sólo pudieran despreciar a quienes no los poseían, sino que además tuvieran pleno respaldo en su desprecio no sólo por parte de quienes también poseían objetos, sino también de quienes no los poseían y sabían de sobra que jamás llegarían a poseerlos. Y es que donde él vivía la tierra era propiedad de cualquiera, de todos y de nadie, de forma que el hombre que se tomara la molestia de cercar un terreno y decir «Esto es mío» estaba loco de atar; en cuanto a los objetos, nadie había tenido más de lo que pudiera tener otro, porque todos y cada uno poseían sólo aquello que tenían la fuerza o la energía de tomar y de guardar, y sólo ese loco de atar se tomaría la molestia de tomar e incluso desear más de lo que pudiera comer o canjear por pólvora y whisky. Por eso ni siquiera tenía conocimiento de que existiera un país dividido con esmero, ordenado, con sus lindes y sus parcelas, y que la gente que viviera allá fuese esmerada, ordenada, parcelada de acuerdo con el color que tuviera su piel, de acuerdo con lo que poseyera cada cual, un país en donde unos cuantos hombres no sólo detentaban el poder sobre la vida y la muerte y el canje de bienes y la venta a los demás, sino que además disponían de seres vivos que desempeñaban las funciones interminables, repetitivas, personales, por ejemplo servir el whisky mismo del caneco y ponerle el vaso en la mano o quitarle las botas cuando se fuese a la cama, las cosas que todos los hombres han de hacer por sí solos desde que el tiempo es tiempo, y que tendrían que seguir haciendo hasta que muriesen, y que a nadie nunca le ha gustado y nunca le podrá gustar hacer, aunque nadie que él supiera había pensado jamás en evadirse de tales obligaciones, así como tampoco había pensado en evadir el esfuerzo de masticar, de tragar, de respirar. Cuando era niño no prestaba atención a las vagas, nubladas historias que se contaban del esplendor de Tidewater, un esplendor que penetraba incluso en los propios montes, porque entonces no le alcanzaba para entender qué querían decir las gentes que las contaban, y cuando se hizo mozalbete no las escuchaba, porque no había a la vista nada con lo que se pudiera comparar, nada con lo que se pudieran medir los cuentos, nada que prestara a las palabras vida y significado, y no existía ninguna posibilidad de que alguna vez llegara a interesarse (desde luego, no había creencia o pensamiento de que tal vez algún día), y porque estaba demasiado ajetreado haciendo las cosas que hacen los chicos; cuando llegó a joven y la curiosidad misma exhumó los cuentos que no tenía conciencia de haber escuchado, sin saber que había especulado en torno a lo que se contaba, sintió interés, le habría gustado ver aquellos lugares, pero lo sintió sin envidia y sin pesar, porque pensaba que unas gentes proliferaban y medraban en un lugar y otras en otro, y unas llegaban a tener fortuna (o llegaban a tener suerte, habría dicho él; quizás habría dicho que llegaban a tener la suerte de tener fortuna) y otras no, y los propios hombres (según dijo al abuelo) poco tenían que ver con la elección y menos aún con el pesar, porque (también se lo dijo a mi abuelo) nunca se le había ocurrido que ningún hombre fuera a tomarse la ceguera del azar por autoridad o permiso para despreciar a los otros, a quienes fuese. Por tanto, apenas había oído hablar siquiera de que existiera un mundo así hasta que cayó de bruces en él.
       «Así fue la cosa. Cayeron de bruces en él toda la familia, regresaron a la costa de la que había partido hacia el interior el primero de los Sutpen (probablemente en tiempos en que el navío del Old Bailey arribó a Jamestown), volvieron dando tumbos a Tidewater por pura altitud, elevación y gravedad, como si el frágil asidero que hubiera tenido la familia (algo dijo al abuelo sobre la muerte de su madre en aquel entonces, sobre cómo su padre señaló que era una mujer espléndida y fatigosa, y que la echaría de menos; algo dijo sobre el hecho de que fuera la esposa la que arrastró a su padre más aún hacia el Oeste) en los montes se hubiera quebrado y todo el tropel que formaban, desde el padre hasta las hijas ya crecidas y hasta el que aún no sabía andar, fue deslizándose, alejándose de los montes, patinando con una suerte de coherencia acelerada, con una suerte de inercia y de abandono, de pereza, como una colección inservible de pecios en un río desbordado, que por una suerte de motivación propia y perversa, como la que los objetos inanimados a veces demuestran tener, se desplazara río arriba y remontase la corriente misma del río, atravesando así la meseta de Virginia hasta alcanzar las llanuras encharcadas de la desembocadura del río James. No sabía por qué se habían cambiado de lugar, no recordaba las razones de ese desplazamiento si es que alguna vez llegó a conocerlas, si fue por optimismo, por la esperanza que henchía el pecho del padre o por nostalgia, ya que ni siquiera sabía de dónde era oriundo su padre, si la región a la que regresaron era o no la suya, y ni siquiera si su padre sabía, recordaba, deseaba recordarla y encontrarla de nuevo; o bien si alguien, algún viajero, le había hablado de un lugar acogedor o de un tiempo más llevadero, de una manera de escapar a las adversidades con que se encontraba al buscar comida y mantener el calor a la manera en que se hacía en los montes, o si tal vez su padre una vez lo conoció o si ese individuo conoció a su padre y lo recordaba, si le había dado por pensar en él, o bien alguien emparentado con él y que había querido olvidarle y no pudo, y que mandó a buscarlo y él obedeció, y fue no por el trabajo prometido, sino por el desahogo, por tener fe tal vez en que el parentesco, lo consanguíneo, le valiera para evadir el trabajo si era parentesco de veras, presa de su propia inercia y de aquello que los dioses que por él velaban hasta entonces no le habían evitado. Pero él (—El demonio —dijo Shreve)… no sabía o no recordaba si alguna vez había oído, si alguna vez se le dijo cuál había sido la razón o si nunca llegó a conocerla. Todo cuanto recordaba era que una mañana el padre se levantó y dijo a las chicas mayores que recogieran todos los víveres que tuviesen, y alguien envolvió al bebé y alguien apagó la hoguera echando agua y emprendieron la marcha y bajaron del monte hacia el llano en que existían caminos. Tenían una carreta destartalada y dos bueyes cojitrancos. Dijo al abuelo que no recordaba ni dónde ni cuándo ni cómo se había hecho su padre con la carreta y los bueyes, pero que fue él (tenía diez años; los dos hermanos mayores se habían marchado de la casa algún tiempo atrás, y no se habían tenido noticias de ellos) quien condujo a los bueyes, ya que nada más montar en la carreta su padre inauguró la costumbre de cubrir esa parte del traslado dedicado a yacer boca arriba en la carreta, a la vez que se desplazaba, olvidado entre las mantas y faroles y baldes y fardos de ropa y niños, roncando por causa del alcohol trasegado. Así fue como se lo contó. No recordaba si fueron semanas o meses o un año el tiempo que estuvieron en camino (salvo que una de las chicas mayores, que partió con ellos de la cabaña siendo soltera seguía siendo soltera cuando por fin se detuvieron, aunque había sido madre antes que perdieran de vista el último perfil azul de los montes), si el invierno y la primavera siguiente y luego el verano los sorprendieron en el camino y los dejaron atrás o si sorprendieron ellos las estaciones y las fueron dejando atrás una por una a medida que descendían de los montes, o si fue el descenso mismo el que sorprendió y dejó atrás todo y ellos no avanzaron en una línea paralela al tiempo, sino que descendieron en perpendicular, a través de la temperatura y el clima… una (no se podría decir que fuera etapa, porque tal como la recordaba o tal como le contó al abuelo que la recordaba no tuvo ni un comienzo preciso ni un final concreto) dilución de una suerte de enfurecida inercia y de inmovilidad paciente, mientras esperaban sentados en la carreta ante las puertas de las tabernas y las fondas, a la espera de que el padre bebiera hasta quedar inconsciente, en una suerte de locomoción sin destino, de movimiento de puro sueño, después que sacaban al viejo del cobertizo, de la casucha, del granero o de la zanja en que se encontrase y lo volvían a cargar en la carreta, y durante la cual no parecía que hicieran progreso de ninguna clase, sino que permanecían en suspenso mientras era la tierra misma la que iba cambiando, la que se aplanaba y se ensanchaba a partir de la covachuela del monte en que todos habían nacido, y al cabo se combaba y ganaba elevación en torno a ellos como una marea en la que los rostros extraños y ásperos en las puertas de las tabernas y los cuchitriles en los que el viejo entraba o bien salía llevado por ellos o bien era arrojado a patadas (y una vez lo echó a patadas de un garito un negro enorme como un toro, el primer negro, el primer esclavo que vieron, que salió por la puerta con el viejo al hombro como si fuera un saco de harina a medio llenar y su boca —la del negro— llena a rebosar de risa y llena de dientes como lápidas) nadaban y desaparecían y dejaban su sitio a otros rostros; la tierra, el mundo, ascendía en derredor y pasaba de largo como si la carreta diera rutinarias vueltas a la noria (y lo mismo era primavera que era verano y seguían camino hacia un lugar que nunca habían visto y que ni siquiera concebían, un lugar al que como es natural tampoco tenían deseo de llegar, procedentes de un lugar, de un punto perdido en la falda de un monte, al cual probablemente ni uno solo —con la posible excepción del padre por lo común inconsciente, que hizo un tramo del viaje acompañado por los elefantes de color de mora y las culebras que parecía haber ido a cazar— habría sabido regresar), trayendo de golpe los rostros y lugares extraños, rostros y lugares a renglón seguido suprimidos como por ensalmo en la sobriedad de su sobrio asombro campesino, tabernas, garitos que pasaban a ser villorrios, villorrios que se convertían en aldeas, aldeas que eran pueblos de pronto, y un paisaje allanado de repente, con buenos caminos, campos cultivados, negros que faenaban en los campos mientras los hombres blancos permanecían en sus espléndidos caballos y los observaban, y más caballos espléndidos y hombres de espléndida vestimenta, con una expresión en el rostro distinta de la de los montañeses de las tabernas en donde al viejo ni siquiera se le permitía entrar por la puerta, los garitos de los que por sus modales de montañés al beber lo sacaban a patadas sin haberle dado tiempo a beber cuanto quería (de modo que comenzaron entonces a avanzar a mejor ritmo), sin que las risas y las burlas acompañasen la rudeza con que de todos ellos lo echaban por más que las risas y las burlas hubieran sido ásperas y nunca hubiese en ellas demasiada amabilidad.
       »Así fue como se le quedó impreso. Había aprendido la diferencia que hay no sólo entre blancos y negros, sino que también fue aprendiendo que existía entre los blancos y los propios blancos una diferencia que no se podía medir con un levantamiento de yunque, ni sacándole el ojo al otro, ni con todo el whisky que uno pudiera trasegar antes de levantarse y salir derecho de la sala en que estuviera. Es decir: había empezado a discernirlo sin ser consciente de ello de manera muy cabal. Aún pensaba que era cuestión del lugar y del modo en que cada cual hubiera sido engendrado, con suerte o sin ella, y que los sortudos serían aún más reacios que los desafortunados a la hora de aprovecharse de ello y sacar partido, sintiendo que ello les daba algo más que la suerte, que si acaso sentirían mayor ternura y predisposición hacia los desafortunados de las que los desafortunados tendrían nunca necesidad de que nadie sintiera por ellos. Todo eso iba a aprenderlo más adelante. Recordaba cuándo fue, porque fue en el mismo segundo en que descubrió la inocencia. No fue el segundo, no fue el instante lo que le costó: le costó llegar a ello, al momento en que tuvieron a la fuerza que comprender, tuvieron que creer que por fin había terminado el viaje, que ya no se movían, que ya no iban a ninguna parte, no el estar por fin quietos, en cierto modo asentados, porque eso ya había ocurrido otras veces a lo largo del trayecto; recordaba que una vez la diferencia gradual de comodidad que provocaba la presencia y la ausencia de calzado y de ropa de abrigo se produjo en un sitio preciso: un establo en el que la hermana dio a luz y, como le dijo al abuelo, por lo que alcanzaba a recordar fue en un establo, en un momento situado fuera del tiempo, donde también fue concebido. Y es que por fin se habían parado. No sabía en dónde pudo ser. Por un tiempo, durante los primeros días o semanas o meses, el instinto del montañés acostumbrado a los bosques que había adquirido en el entorno en que creció, o que tal vez le fuera legado por los dos hermanos que se esfumaron, uno de los cuales había llegado en su ruta hacia el oeste una vez hasta el río Mississippi —legado junto con las desgastadas prendas de cuero y otros enseres que dejaron en la cabaña cuando emprendieron camino la última vez para nunca más volver—, y que él había afinado con la práctica que tienen los niños en la caza de presas de pequeño tamaño, le ayudó a orientarse al punto (según dijo) de que podría haber encontrado el camino de vuelta hasta la cabaña del monte. Pero eso ya era pasado, quedó atrás el momento en que por fin pudo haber dicho con exactitud dónde había nacido ya semanas y meses (y quizás un año, el año, toda vez que fue entonces cuando le invadió la confusión sobre su edad y ya nunca supo ponerla en claro, de modo que dijo al abuelo que no sabía precisar sin un margen de error de un año al menos qué edad tenía de verdad). Así que no sabía ni de dónde había llegado ni en dónde se encontraba ni por qué. Tan sólo estaba allí, rodeado por los rostros, por casi todos los rostros de quienes había conocido a lo largo de su vida, de quienes conocía de siempre (aunque el número, a pesar de los empeños de las dos hermanas solteras que muy pronto, según dijo al abuelo, y sin que todavía mediase ninguna boda, trajeron al mundo a otro bebé, el número disminuyera, menguase debido al clima, a los calores, a la humedad reinante), viviendo en una cabaña que era poco menos que una réplica exacta de la cabaña del monte, salvo que no se encontraba expuesta al viento intenso, sino recogida en cambio en un paraje cercano a un río ancho y llano por el que a veces parecía que no fluyera la corriente o que incluso fluía en sentido inverso, en donde sus hermanos y hermanas parecían enfermar en cuanto habían comido algo y morir antes que les tocase la vez de volver a comer algo, en donde los regimientos de negros con unos cuantos blancos que los vigilaban plantaban y cultivaban cosas de las que él jamás había oído hablar (el viejo también hacía algo, para variar, además de beber sin descanso. Al menos, salía de la cabaña después del desayuno y volvía sobrio a la hora de la cena, y a saber cómo procuraba alimentos para todos) y el viejo que era propietario de todas las tierras y de todos los negros y al parecer también de los blancos que supervisaban el trabajo ajeno vivía en la casa más grande que él nunca hubiera visto y se pasaba la mayor parte de la tarde (contó cómo se había colado entre las zarzas enmarañadas del jardín y se había escondido para observarlo) en una hamaca hecha con las duelas de una barrica, tendida entre dos árboles, habiéndose quitado los zapatos mientras un negro que a diario vestía ropas mejores de las que nunca hubieran tenido ni su padre ni sus hermanas, mejores de las que pudieran aspirar a tener algún día, no hacía otra cosa que llevarle de beber; y él (tendría once o doce o trece años, porque fue entonces cuando se dio cuenta de que irrevocablemente había perdido la cuenta exacta de los años que tuviera) se pasaba la tarde entera tumbado, mientras sus hermanas se asomaban de vez en cuando a la puerta de la cabaña, a dos millas de allá, y lo llamaban a voces en el bosque, para que fuese a buscar leña, o a traer agua, pendiente de observar a aquel hombre que no sólo tenía zapatos en verano, sino que ni siquiera tenía por qué ponérselos.
       »Con todo y con eso, no tuvo envidia del hombre al que estaba observando. Codiciaba sus zapatos, sí, y es probable que le hubiera gustado que su padre tuviera a su mando a un mono de feria que vistiera de buen paño y que le alcanzara el caneco y que le llevase la leña y el agua a la cabaña para que sus hermanas cocinasen e hiciesen la colada y tuviesen caldeada la cabaña, con tal de no ser él quien se tuviera que encargar de todo ello. Tal vez incluso percibiera, comprendiera el placer que habría dado a sus hermanas que sus vecinos (otros blancos como ellos, que vivían en otras cabañas semejantes, aunque no tan bien construidas ni tan bien conservadas y mantenidas como las que ocupaban los esclavos negros, pero nimbadas sin embargo por el aura luminosa de la libertad, de la que carecían los barracones de los esclavos a pesar de sus techos recios y de las paredes encaladas) las viesen así atendidas. Y es que no sólo no habría perdido aún la inocencia, sino que ni siquiera había descubierto que la poseía. No, no envidiaba al hombre, como tampoco habría envidiado a un montañés que fuera dueño de una buena escopeta. Habría codiciado la escopeta, pero él mismo habría sido respaldo y confirmación del orgullo y placer que su propietario tuviera por su pertenencia, ya que le habría sido inconcebible que el propietario del arma sacara grosero partido de la suerte que le había deparado la escopeta a él, y no a otro, diciendo a los demás: como yo soy dueño de esta escopeta, mis brazos y mis piernas y mis huesos y mi sangre son superiores a los tuyos, a no ser que fuera el resultado victorioso de una lucha librada con escopeta, ¿y cómo demonios iba a luchar un hombre contra otro que tuviera a su servicio negros bien vestidos y que se pasara la tarde entera tumbado en una hamaca y además descalzo? Ni siquiera supo que era inocente el día en que su padre lo mandó a la casa grande a dar un recado. No recordaba (o no dijo al menos) qué recado fue aquél, parece ser que seguía sin saber exactamente a qué se dedicaba su padre, qué trabajo u ocupación (tal vez sólo supuesta) tenía en relación con la plantación; era un chico de trece o catorce años, tampoco lo sabía, e iba vestido con prendas que su padre se había agenciado en el economato de la plantación, prendas que había desgastado con el uso y que una de sus hermanas había remendado y acortado para que él las heredara, y no tenía mayor conciencia de la pinta que pudiera tener con esa ropa, o de la posibilidad de que alguien reparase en sus trazas, que la que pudiera tener de su propia piel cuando siguió por el camino y dobló para entrar por la cancela y enfiló por la avenida dejando atrás un trecho en el que trabajaban aún más negros que se pasaban el día entero sin otra cosa que hacer además de plantar flores y segar la hierba, y así llegó a la casa, al pórtico, a la puerta principal, pensando que por fin le había llegado la hora de ver el interior de la mansión, de ver qué más cosas podía poseer un hombre que disponía de un negro particular que le servía el licor y le quitaba los zapatos que ni siquiera necesitaba ponerse, imaginando tan sólo que al hombre le complacería tanto mostrarle el montante de sus pertenencias como habría complacido al montañés mostrarle el cuerno de la pólvora y el molde de la bala que acompañaban su escopeta. Y es que aún era inocente. Lo supo sin ser consciente de ello; al abuelo le contó que antes que el negro vestido de mono de feria que acudió a abrirle la puerta terminara de decir lo que le dijo le pareció en cierto modo que se disolvió y que una parte de él volvió en redondo y que retrocedió veloz los dos años que llevaban viviendo allí igual que cuando uno pasa deprisa por una estancia y mira todos los objetos que hay en ella y se da la vuelta y vuelve a pasar por la estancia y mira todos los objetos desde el lado opuesto y cae en la cuenta de que nunca los había visto, retrocediendo de golpe a través de aquellos dos años y viendo entonces una docena de cosas que habían acaecido y que él ni siquiera vio: cierta forma callada y displicente, a la vez que llana y directa, que sus hermanas mayores y las otras mujeres blancas de su clase tenían de mirar a los negros, no con miedo, ni con reservas, sino con una suerte de antagonismo especulativo, no debido a nada conocido, a ninguna razón precisa, sino heredada sin más por los blancos y los negros, la sensación, el efluvio de la cual pasaba entre las blancas que salían a las puertas alabeadas y vencidas de las cabañas y los negros del camino, y que no se explicaba por el hecho de que los negros no tuvieran mejores ropas, y que los propios negros no devolvían como se devuelve un antagonismo, ni a modo de mofa, desafío o provocación, sino mediante el hecho mismo de ser en apariencia ajenos a ello, con una despreocupación si acaso excesiva (uno sabía que en su mano estaba darles un golpe, dijo al abuelo, y que ellos no lo devolverían, no plantarían siquiera resistencia. Pero no quería uno, porque ellos (los negros) no eran ni mucho menos lo que uno querría golpear; porque golpearlos sería como golpear el juguete de un niño, un globo con una cara pintada, una cara tersa y escurridiza y distendida, y a punto de reventar de la risa, de modo que no se atrevía uno a golpear, porque tan sólo estallaría, y uno preferiría verlo marchar delante de sus narices, y perderlo de vista, antes que tener que soportar sus sonoras risotadas), de charla de noche ante el fuego cuando tenían compañía o habían ido ellos mismos de visita a otra cabaña después de cenar, las voces de las mujeres con la sobriedad de siempre, serenas incluso, pero colmadas de algo oscuro, arisco, y sólo algún hombre, por lo común su propio padre, ebrio sin duda, pronto a prorrumpir en una áspera recapitulación de su propia valía, el respeto que su propia destreza física exigía de sus semejantes, y el chico de trece o catorce años, o quizá doce, sabedor de que los hombres y las mujeres hablaban de lo mismo, aunque ni una sola vez lo hubiesen mencionado por su nombre, como cuando habla la gente de sus privaciones sin mencionar el asedio, de la enfermedad sin nombrar la epidemia; le habló de una tarde en que su hermana y él iban por el camino y él oyó el carruaje que venía tras ellos y se orilló y en ese mismo instante comprendió que su hermana no iba a quitarse para cederle el paso, y siguió su marcha por el medio y medio del camino con una suerte de implacabilidad malencarada que se le notaba en el ángulo mismo con que ladeaba la cabeza, y él le dio una voz, y entonces fue todo polvareda y encabritarse de los caballos y resplandor de las hebillas de los arneses y los radios de las ruedas; vio dos parasoles en el carruaje y vio al cochero negro con sombrero de copa, lo vio gritar “¡Fuera de ahí, moza! ¡Quita de en medio!”, y así pasó de largo, desapareció: el carruaje y la polvareda y los dos rostros que bajo los parasoles fulminaron a su hermana con sendas miradas. Acto seguido arrojó él en vano terrones arrancados del camino tras la polvareda que seguía arremolinándose, entonces a sabiendas, cuando el mayordomo negro vestido de mono de feria le impidió con su propio cuerpo que franquease la puerta al tiempo que le hablaba, a sabiendas de que no había lanzado sus endebles proyectiles contra el cochero negro, de que los había lanzado si acaso contra la polvareda levantada por las ruedas finas y orgullosas a su paso, y que fue en vano; le habló de una noche a altas horas, cuando su padre volvió y entró en la cabaña dando tumbos; le notó el olor a whisky en el aliento pese a estar abotargado por el sueño interrumpido, y oyó el mismo retintín fiero y exultante, de vindicación, en la voz de su padre: «Buena tunda hemos dado a uno de los negros de Pettibone», y se desperezó con esto, despertó del todo, preguntó a cuál de los negros de Pettibone habían apaleado, y su padre respondió que no lo sabía, que a ese negro no lo había visto nunca: y él preguntó qué había hecho el negro y su padre respondió: “Por el fuego del infierno, ¡ese condenado hijo de perra era uno de los negros de Pettibone!”… y cómo, sin saberlo aún entonces, por no haber descubierto aún la inocencia, tuvo que haber formulado la pregunta con la misma seriedad con que le respondió su padre, dando uno y otro a entender que no se trataba de un negro de veras, de un ser vivo, de carne y hueso, que sintiera el dolor y se retorciera y aullara. Lo vio incluso manos a la obra: la negrura de la noche rasgada por las antorchas entre los árboles, los rostros enfebrecidos e histéricos de los blancos, la cara de globo del negro. Tal vez el negro estuviera con las manos atadas, o sujetas, pero eso habría sido lo de menos, porque no habría empleado las manos como un globo para debatirse y retorcerse por soltarse: no, el rostro de globo no: se hallaría quieto entre todos ellos, levitativo, resbaladizo, distendido, fino como el papel de seda. Alguien atizaría entonces al globo un único golpe exasperado y exasperante y él parecería emprender la fuga, echar a correr con todos alrededor, adelantándolos, sobrepasándolos, adelante, y retornando después para sobrecogerlos de nuevo, los rugidos en oleadas de risa clara, sin sentido, aterradora, resonante. Y entonces se encontró él allí, ante el pórtico blanco, con el negro vestido de mono de feria que le impedía el paso, mirándolo con desprecio, mirando con desdén sus pantalones remendados y sus ropas desgastadas, sin zapatos, y no creo que dicho sea de paso jamás hubiera conocido un peine, puesto que ése sería uno de los enseres que sus hermanas tendrían bien escondidos, pues él jamás habría reparado en su propio cabello o ropa, ni se había parado tampoco a pensar en el cabello o la ropa de nadie, hasta que vio al negro vestido de mono de feria, que sin mérito alguno por su parte poseía por pura casualidad el aire de felicidad que se tiene cuando uno se ha criado en una buena casa de Richmond tal vez, mirándolo (—O tal vez incluso en Charleston —apostilló Shreve en voz queda), mirando su vestimenta y él ni siquiera alcanzaba a recordar qué le había dicho el negro, cómo le dijo el negro, antes incluso de darle tiempo de decir a qué había ido, que nunca más se le ocurriese presentarse en la puerta principal de la casa, y que su sitio estaba en la puerta de atrás, con el servicio.
       »Ni siquiera se acordaba de haber marchado. De improviso se encontró en plena carrera y ya recorrida cierta distancia desde la casa, aunque no había emprendido veloz el camino de regreso. No lloraba, dijo. Ni siquiera estaba encolerizado. Tan sólo necesitaba pararse a pensar, por eso quiso ir a un lugar tranquilo, donde poder pensar con sosiego, y sabía cuál era ese lugar. Se dirigió hacia el bosque. Dice que no se dijo él adónde iba a ir, que su cuerpo, sus pies, fueron allí sin encomendarse a nadie: un paraje en el que una trocha que frecuentaba la caza se adentraba en un cañaveral, en donde había un roble caído que formaba una especie de cueva, en donde conservaba él una pequeña parrilla de hierro con la que a veces asaba las piezas de caza menor que pudiera haber cobrado. Dice que entró reptando en la covacha y que se sentó de espaldas contra las raíces vistas del roble, y que allí se puso a pensar. Y es que aún no fue capaz de pensar con claridad. Por eso se puso a rebuscar entre lo poco que podía llamar experiencia algo con lo cual le fuera posible medirlo, y no halló nada. Se le había indicado que fuera por la puerta de atrás antes incluso de permitirle explicar la naturaleza de su recado, y él había nacido entre gentes cuyas casuchas no tenían una puerta de atrás, sino tan sólo ventanas, y todo el que entrase o se marchase por una ventana nada más que podía estar escondiéndose o fugándose, cuando él no había hecho ni lo uno ni lo otro. En verdad había acudido a la mansión llevado por un asunto de negocios, con la buena fe del espíritu comercial que, según era su convencimiento, todos los hombres aceptaban como tal. Obviamente nunca había contado con que se le invitase a comer nada, puesto que el tiempo, la distancia que iba de una olla a la siguiente, no tenía por qué medirse en horas, ni en días; tal vez ni siquiera contaba con que se le invitara a pasar al interior. Pero sí había dado por hecho que se le escucharía, porque había ido o lo habían enviado por un asunto de negocios, por más que no recordase de qué se pudo tratar y quizás en aquel momento (según dijo) tal vez no llegara a entenderlo del todo, aunque con toda certeza guardaba alguna relación con la plantación que daba mantenimiento y sostén a la espléndida casa blanca y la espléndida puerta, blanca también y decorada con herrajes de bronce, y al paño y al lino y a las medias de seda que vestía el negro ataviado como un mono de feria que le dijo con cajas destempladas que se dirigiera a la puerta de atrás antes de permitirle siquiera explicar la naturaleza del recado. Fue como si lo hubieran enviado con un bloque de plomo e incluso con unas cuantas balas ya moldeadas para que el dueño de la magnífica escopeta pudiera dispararla, y como si el hombre que salió a la puerta le dijera que dejara las balas sobre un tocón, en la linde del bosque, sin permitirle siquiera acercarse lo suficiente para ver mejor la escopeta.
       »Y es que no montó en cólera. En este punto le insistió al abuelo y se lo dejó bien claro. Se había limitado a pensar, porque le rondaba la idea de que algo tendría que hacer al respecto; algo tendría que hacer con el fin de vivir consigo mismo durante el resto de sus días, y si no supo decidir qué era fue debido a esa inocencia que acababa de descubrir que poseía, amén de que tendría que litigar con ella (con la inocencia, no con el hombre, ni con la tradición). No tenía nada con qué comparar y mensurar lo ocurrido, nada más que la analogía de la escopeta, y sólo con esa ayuda no lograba que aquello tuviera ni pies ni cabeza. No había perdido en modo alguno la calma, dijo, allí sentado con los brazos alrededor de las rodillas dentro de su guarida, a la vera de la trocha a la que más de una vez se asomó por comprobar cuándo soplaba el viento idóneo, momentos en los cuales vio pasar a los ciervos a menos de tres metros de su escondrijo, mientras las dos personas que en su interior debatían estuvieron de acuerdo en que si hubiese sólo uno, si tuviera una sola persona mayor y más inteligente a la cual preguntar, entonces seguramente. Pero no la tenía, no se tenía más que a sí, a los dos que tenía en el interior de un cuerpo que contaba tal vez trece o tal vez catorce o que ya tal vez tenía quince años, ya nunca lo sabrían con certeza, mientras discutía consigo mismo sin perder la calma: Pero sí le puedo pegar un tiro. (No al negro vestido de mono de feria. No se trataba en modo alguno del negro, tal como tampoco se trató del negro al que su padre ayudó aquella noche a dar una paliza. Ese negro no era más que otro rostro como un globo huidizo y distendido por las risotadas pánfilas y terribles que no se atrevía a reventar, que lo miraba con desprecio, desde su mayor altura, desde el otro lado de la puerta entornada, durante ese instante en el que, sin tener tiempo de saberlo, algo se le había escapado, mientras —incapaz de cerrar los ojos y hacer la vista gorda— lo miraba desde dentro del rostro como un globo, tal como el hombre que ni siquiera tenía que ponerse los zapatos de los que era dueño, al que la risa del globo mantenía tras una barricada, protegido de quienes, como él, miraba desde un lugar invisible (al hombre) en el que estuviera en ese momento, y miraba al chiquillo ante la puerta sólo entornada, por la que no iba a entrar, mirando a través del chiquillo y más allá de él, viendo él mismo a su propio padre y a sus hermanas y hermanos a la vez que el propietario, el rico (no el negro), debía de haberlos visto en todo momento, como si fuesen ganado, seres lentos y pesados, desprovistos de toda gracia, evacuados con brutalidad a un mundo sin esperanza, sin sentido, para ellos sin por ni para qué, donde a su vez serían capaces de reproducirse con brutal y viciada fecundidad, duplicarse, triplicarse, entremezclarse, llenar a rebosar el espacio y la tierra de una raza cuyo futuro sería una sucesión de prendas acortadas y remendadas y rehechas, compradas a precios exorbitantes porque eran blancos, en tiendas en las que a los negros se les daban las mismas prendas gratis, teniendo por única herencia la expresión de un rostro como un globo a punto de reventar de risa, que había mirado a uno de sus progenitores, no recordado, sin nombre, que llamó con los nudillos a una puerta cuando era un chiquillo y que se encontró con un negro que le indicó que se fuese a la puerta de atrás): Pero sí le puedo pegar un tiro: y el otro: No. Eso no serviría de nada: y el primero: Entonces ¿qué hacemos? y el otro: No lo sé: y el primero: Pero sí le puedo pegar un tiro. Podría colarme con sigilo por ahí mismo, entre la maleza, y agazaparme a la espera de que salga a tumbarse en la hamaca para pegarle un tiro sin más: y el otro: No. Eso no serviría de nada: y el primero: Entonces ¿qué hacemos?: y el otro: No lo sé.
       »Después le entró el hambre. Fue antes de la hora de almorzar cuando acudió a la casa grande, y ya no lucía el sol allí donde estaba acuclillado, aunque aún alcanzaba a ver el relumbre del sol en las copas de los árboles que lo rodeaban. Pero su estómago ya le había dicho que era tarde y que aún sería mucho más tarde cuando llegara a casa. Y dijo que entonces empezó a pensar en su casa Hogar. El hogar y que en un primer momento quiso pensar que pretendía reírse y que siguió diciéndose que pretendía reírse aun después de saber muy bien que no; Hogar se dijo cuando salía ya del bosque y se acercaba allí, aún a escondidas, y lo miró desde cierta distancia, las paredes de troncos parcialmente podridos, el techo hundido, donde faltaban tejas que nunca habían repuesto, limitándose a colocar cacerolas sartenes pozales bajo las goteras, el cobertizo anexo que empleaban a modo de cocina y que bien estaba como estaba, porque con el buen tiempo igual daba que no tuviera chimenea si ni siquiera pretendían usarla cuando llovía, y su hermana que sacaba agua con la bomba de un barreño, en un lateral de la casucha, de espaldas a él, sin forma definida, con un vestido de percal y unas botas holgadas que habían sido del viejo, los cordones sin atar, de modo que le azotaban los tobillos al caminar, ancha de caderas como una vaca, la faena misma de la que se ocupaba en esos momentos brutal y estultamente desproporcionada a la recompensa que pudiera dar: la esencia primordial del trabajo, del empeño, reducida al absoluto más crudo, que sólo un animal podría resistir; y entonces (añadió) le asaltó por vez primera el pensamiento de qué iba a decirle a su padre cuando el viejo preguntase si había cumplido su recado y había llevado el mensaje a la casa grande, reparó por vez primera en la conveniencia de mentir o decir verdad, ya que si mintiera sería descubierto seguramente en el acto, puesto que era probable que el hombre hubiera mandado a un negro para averiguar por qué no había hecho su padre lo que tuviera que hacer, aquello por lo que había querido dar una excusa, aquello que estaba sin hacer, siempre y cuando fuera ésa la naturaleza del recado que le mandó hacer en la casa grande, y que (siempre y cuando el viejo siguiera siendo como era) acaso lo fuera. Pero esto no sucedió de inmediato, pues su padre aún no estaba en la casa. Sólo se encontró a su hermana, quien parecía esperar no la leña, sino que él regresara, para tener ocasión de utilizar las cuerdas vocales, atosigándole entonces para que fuese a buscar leña, cosa a la que él no se negó, no puso objeciones, sino que se limitó a no oírla, a no prestarle atención, ya que seguía absorto en sus pensamientos. Entonces llegó el viejo y la hermana lo delató y el viejo le ordenó que fuese en busca de leña: y por el momento nada dijo del recado, nada dijo mientras cenaban, ni cuando él fue a tenderse en el jergón en donde dormía y en el que entonces se acostó no a dormir, sino con las manos entrelazadas en la nuca, sin decir por el momento nada acerca de ello y sin saber si iba a mentir o no. Y es que dijo que todavía no se le había pasado por la cabeza lo terrible del caso, y que siguió tendido en el jergón mientras los dos discutían en su interior, hablando con sosiego, por turnos; los dos sosegados, e incluso recostándose para actuar con tranquilidad, razonablemente, y sin rencor: Pero sí le puedo pegar un tiro. —No. Eso no serviría de nada. —Entonces ¿qué hacemos? —No lo sé: y él se limitó a escuchar sin sentir un interés especial, dijo, escuchándolos a los dos sin prestar atención. Y es que lo que entonces se había parado a pensar era algo que no había merecido. Era algo que tenía que estar allí, que era natural en un chiquillo, en un niño, y él no prestó atención a lo uno ni a lo otro porque fue algo que un chiquillo habría pensado, y de ese modo supo que para hacer lo que tenía que hacer con el objeto de vivir consigo mismo tendría que soportarlo con la misma claridad que un hombre, y así pensó El negro nunca me dio oportunidad de decirle de qué se trataba, de modo que él (tampoco se trataba entonces del negro) nunca lo sabrá, y sea lo que fuere no llegará a hacerse y él no sabrá que no se ha hecho hasta que sea demasiado tarde, así que ése será su pago por decir al negro que hiciera lo que hizo, y ni siquiera si se hubiese tratado de decirle que había un incendio en el establo, en la casa, ni siquiera así me habría dejado el negro decírselo, advertírselo y entonces dijo que de improviso ya no fue un pensamiento, que fue algo que gritó dentro de él con tanta potencia que casi sus hermanas dormidas en el otro jergón y su padre en la cama con los dos pequeños llenando la cabaña de ronquidos que apestaban a alcohol habrían tenido que oírlo: Nunca me dio oportunidad de decir nada. Ni siquiera de abrir la boca: fue demasiado veloz y demasiado confuso en su precipitación para ser pensamiento, una especie de grito que le dio de lleno en la cara, que hirvió en su interior y se le derramó por encima como la risa del negro: Nunca me dio oportunidad de decirlo y mi padre nunca me preguntó si se lo dije o si no así que nunca llegará a saber que mi padre le mandó recado así que si lo recibió o si no poco podrá ya importar, ni siquiera a mi padre podrá importarle; acudí a aquella puerta para que aquel negro me dijera que nunca más se me ocurriese presentarme en aquella puerta y yo no sólo no hice nada de provecho al no decírselo, sino que tampoco hice nada perjudicial, no hay ni bien ni mal en el mundo entero que yo pueda hacerle. Fue así más o menos, dijo, como una explosión… un deslumbrante resplandor que desapareció sin dejar rastro, ni cenizas ni despojos: tan sólo una llanura sin límite de la que se elevaba la silueta serena de su inocencia erguida como un monumento; esa inocencia que le instruyó a obrar con sosiego, con la misma calma con que habían hablado los otros, empleando para zanjarlo su propia analogía de la escopeta, y al decir ellos en lugar de él se refirió a mucho más que los insignificantes mortales que bajo el sol pudieran pasar la tarde tumbados en una hamaca habiéndose quitado los zapatos: “Si te dispusieras a combatir contra quienes tienen buenas escopetas, lo primero que harías es agenciarte lo más parecido a una buena escopeta que pudieras pedir prestada, ¿no es cierto?”, y dijo Sí. “Pero ésta no es cuestión de escopetas. Para combatir contra ellos necesitas, tienes que tener lo que tienen ellos, lo que les lleva a hacer lo que hizo él. Necesitas tierras y negros y una casa hermosa para combatir contra ellos. ¿Lo ves?”, y volvió a decir Sí. Esa misma noche se marchó. Despertó antes de que fuera de día y se marchó igual que se había ido a dormir al jergón, de puntillas salió de la cabaña. Nunca más volvió a ver a su familia.
       »Se fue a las Antillas. —Quentin no se había movido, ni siquiera para levantar la cabeza y alterar su actitud taciturna, su aturdimiento sobre la carta abierta que yacía depositada sobre el manual abierto, las manos puestas en la mesa a uno y otro lado del libro y de la carta, la mitad de la cual se erguía inclinada a partir de su doblez transversal, sin más soporte, como si hubiese aprendido la mitad del secreto de la levitación—. Así fue como lo dijo. El abuelo y él se encontraban sentados en un tronco porque los perros se habían atascado y no daban con el rastro. Mejor dicho, se habían detenido delante de un árbol, un árbol del que él (el arquitecto) no podía haber escapado, aunque era indudable que se había encaramado a él, porque encontraron el varal de pino joven con sus tirantes anudados a un extremo, del cual había tenido que ayudarse para trepar aunque en un principio no entendieron el porqué de los tirantes, y así pasaron tres horas hasta que comprendieron que el arquitecto había recurrido a la arquitectura, a la física, para darles esquinazo, tal como recurre cualquier hombre en un momento de crisis a lo que mejor conoce, el homicida al homicidio, el ladrón al latrocinio, el mentiroso a la mentira. El (el arquitecto) sabía de los negros salvajes aun cuando no hubiera sabido que Sutpen iba a llevar a los perros; había elegido ese árbol y había subido tras él el varal, y calculando fuerza y distancia y trayectoria había salvado el trecho que lo separaba del árbol más cercano, al cual no podría haber llegado una ardilla voladora, y a partir de éste fue pasando de un árbol a otro y así por espacio de media milla, hasta que de nuevo puso pie en tierra. El abuelo y él se sentaron en el tronco y conversaron; uno de los negros salvajes regresó al campamento a buscar vituallas y el resto del whisky, y avisaron con los cornos a los demás y corrieron, y mientras esperaban le siguió contando a mi abuelo parte de su relato.
       »Se fue a las Antillas. Así lo dijo él: no dijo cómo se las apañó para saber dónde estaban las Antillas, ni de dónde zarpaban los barcos con rumbo a las Antillas, ni cómo llegó al puerto del que zarpaban los barcos, ni cómo se embarcó, ni si le gustó la vida en alta mar, ni cómo se tomó las penurias del marino, y para él tuvieron que ser penurias y adversidades, para un chico de catorce o quince años que nunca había visto el océano y que se hizo a la mar en 1823. Tan sólo se limitó a decir: “Así que me fui a las Antillas”, y lo dijo allí sentado en el tronco, con mi abuelo, mientras los perros seguían aullando al pie del árbol en que creían que debía estar el arquitecto, pues no podía haberse ido a ninguna parte; lo dijo tal cual, exactamente como lo dijo treinta años después en el despacho de mi abuelo (entonces con sus mejores galas, aunque ajadas y sucias y raídas tras tres años de guerra, con el tintineo del dinero en el bolsillo y la barba florida: barba y cuerpo e intelecto en ese momento de esplendor que alcanzan las distintas partes de que consta un hombre, ese momento en el que bien puede afirmar he hecho todo cuanto me propuse hacer y si quisiera podría detenerme en este punto y nadie podría echarme en cara desidia ni indolencia, ni siquiera yo mismo —y tal vez sea ése el instante que siempre escoge el Destino para jugárnosla, sólo que ese esplendor resulta tan sólido y tan estable que el principio de la caída queda oculto por un tiempo—, con la cabeza bien alta, con esa actitud que nadie llegó a saber nunca de quién había imitado, o si tal vez la había aprendido en el mismo libro en que aprendió las palabras, las frases rimbombantes con que decía el abuelo que pedía incluso un fósforo para prender el habano u ofrecía el habano mismo a su contertulio, y sin ápice siquiera de vanidad, sin rastro de comicidad en el porte, al decir del abuelo, debido a esa inocencia que nunca perdió del todo porque después que por fin le indicara aquella noche qué debía hacer la olvidó del todo y nunca supo que la seguía teniendo), y se lo dijo, date cuenta, sin que mediara excusa, sin pedir compasión; sin dar explicaciones, sin pedir exculpaciones: le dijo a mi abuelo, sin más, cómo había desechado a su primera esposa, tal como hacían los reyes de los siglos
XI y XII : “Descubrí que no era y que nunca podría ser, aunque ella no tuviera la culpa, coadyuvante ni aumentativa del designio que yo tenía en mente, así que proveí por ella, para que no le faltara de nada, y la repudié”. Se lo dijo a mi abuelo con ese mismo tono mientras esperaban sentados en el tronco a que volviesen los negros junto con los demás invitados y el whisky: “Así que me fui a las Antillas. Había recibido cierta educación durante parte de un invierno, la suficiente para saber algo de las islas y comprender que serían muy aptas para el expeditivo cumplimiento de mis exigencias”. No recordaba cómo es que empezó a ir a la escuela. Es decir, por qué su padre resolvió de pronto mandarlo a la escuela, qué nebulosa visión o forma pudo evolucionar a partir de la bruma de alcohol y de palizas que propinaba a los negros y de tretas para escaquearse del trabajo que su viejo consideraba su mente: la imagen no de ambición ni de gloria, no de ocuparse de que su hijo estuviera mejor preparado que él por su propio bien, acaso tampoco un instante ciego de rebelión contra la propia cabaña cuya techumbre había tenido goteras sobre tal vez un centenar de familias como la suya, que habían llegado y se habían guarecido a vivir bajo ella y habían desaparecido sin dejar ni rastro, nada, ni siquiera harapos y loza desportillada, sino que seguramente no pasó de ser un gesto de envidia y de vindicación hacia uno o dos de los hombres, dueños de plantaciones a los que tenía que ver de cuando en vez. Fuera como fuese, acudió a la escuela durante unos tres meses de un invierno, un adolescente de trece o catorce años en un aula llena de niños tres o cuatro años menores que él y tres o cuatro años más adelantados, y él probablemente no sólo sería más corpulento que el maestro (imagina, el tipo de maestro que daría clase en una escuela de campo con una sola aula en medio de las plantaciones de la franja costera de Tidewater, en Virginia, donde estaban y acaso estén aún las plantaciones más espléndidas de los hacendados más ricos) sino también mucho más hombre, además de acudir seguramente a la escuela provisto de su sobria y vigilante reserva de montañés y de una cantidad no desdeñable de insubordinación latente, de la cual no tendría mayor constancia, así como tampoco sería consciente de que el profesor tenía miedo de él. No es que fuera falta de docilidad, ni dificultad de trato, y quizá tampoco se le pudiera llamar orgullo, sino más bien, seguramente, esa confianza en uno mismo que se adquiere en las montañas y en la soledad, puesto que al menos parte de su sangre (su madre era una montañesa, una escocesa que, según dijo el abuelo, nunca aprendió a hablar inglés del todo bien) había tenido origen montañés, aunque fuera lo que fuese le impidió condescender a aprender de memoria las áridas sumas y las tablas de multiplicar y otras cosas por el estilo, si bien le permitió en cambio atender cuando el maestro leía en voz alta. Lo mandaron a la escuela, “donde —contó a mi abuelo— aprendí poca cosa, salvo que la mayoría de las hazañas, buenas y malas por igual, merecedoras del oprobio o del elogio, que se hallasen al alcance de los hombres, ya habían sido realizadas, y habían de aprenderse sólo en los libros. Así pues, escuchaba cuando nos leía en voz alta. Ahora comprendo que en casi todas estas ocasiones recurría a la lectura en voz alta sólo cuando se daba cuenta de que la totalidad de los alumnos estaban a punto de levantarse y abandonar el aula. Pero fuera cual fuese la razón nos leía y yo escuchaba con atención, aunque no supiera, no pudiera saber que con esa atención estaba pertrechándome mejor para el designio que más adelante iba a trazar, mucho mejor que aprendiendo todas las sumas y las restas de la cartilla. Así tuve conocimiento de las Antillas. No tanto en dónde estaban las islas, aunque de haber sabido entonces que ese conocimiento un día me iba a ser de utilidad también lo habría adquirido. Lo que aprendí fue la existencia de ese lugar al que llamaban las Antillas, al que acudían en barco los pobres y se hacían ricos sin que importase cómo, en tanto en cuanto fuese un hombre astuto y valeroso: esta última cualidad creía poseerla, y la primera creía que, si hubiese de adquirirla a fuerza de energía y a fuerza de voluntad en la escuela del esfuerzo y de la experiencia, de seguro la aprendería. Recuerdo que una tarde me quedé cuando toda la escuela ya se había marchado, recuerdo que esperé al maestro, que le di tiempo (era un hombre más bien menudo y que parecía siempre polvoriento, como si hubiera nacido y hubiera pasado toda la vida en desvanes y trasteros) y le salí al paso. Recuerdo que se sobresaltó al verme y que pensé entonces que si fuera a golpearlo no se oiría ni un grito a resultas del golpe, sino tan sólo el ruido de la polvareda al levantarse, como cuando se sacude una alfombra tendida en una cuerda. Le pregunté si era cierto, si era verdad lo que nos había leído sobre aquellos hombres que se enriquecieron en las Antillas. ‘¿Y por qué no iba a serlo? —respondió dando un paso atrás—. ¿No me oíste leerlo del libro?’ ‘¿Y cómo puedo yo saber si lo que nos leyó estaba en el libro?’, le dije. Así de verde estaba yo, así de rústico era. Aún no había aprendido siquiera a leer mi propio nombre; aunque llevaba tres meses asistiendo a la escuela, me atrevería a decir que no sabía una sola cosa más de las pocas que sabía el primer día que asistí. Pero necesitaba aprender, date cuenta. Tal vez un hombre construye su futuro de múltiples maneras, no sólo de una, y lo construye de cara no sólo a ese cuerpo que mañana ha de ser el suyo, que será suyo al año siguiente, sino con las miras puestas en las acciones y en los rumbos irrevocables de las acciones resultantes que la debilidad de sus sentidos y su intelecto no pueden prever, pero que son los que tomará así que pasen veinte o treinta años, los que habrá de tomar con el fin de sobrevivir a la acción. Tal vez fuera ese instinto, y no yo, el que lo sujetó por el brazo cuando dio un paso atrás (la verdad es que no dudé de él. Creo que ya entonces, a tan corta edad, comprendí que no podía habérselo inventado, que carecía de eso que es necesario en un hombre para que pueda engañar siquiera a un niño con sus mentiras. Pero ya lo ve usted: necesitaba estar seguro, necesitaba aprovechar cualquier método que me quedase a mano para tener total certeza. Y a mano no tenía nada más que a él) clavándome la mirada y tratando de librarse de mí, del que lo sujetó cuando le dije —estaba yo sosegado, bastante sosegado; sólo necesitaba saber con certeza— le dije: ‘¿Y si yo fuera hasta allá y descubriese que no es cierto?’, y él no sé cómo se puso a chillar, a dar alaridos, ‘¡Socorro, socorro!’, así que lo solté y le dejé marchar. Por eso, cuando llegó la hora en que supe que para llevar a cabo mi designio ante todo y antes que nada iba a necesitar dinero en cantidades considerables, me acordé de lo que nos había leído y me fui a las Antillas”.
       »Fueron llegando entonces los demás invitados a caballo, y al cabo de un rato volvieron los negros con la cafetera y una pierna de venado y el whisky (y una botella de champagne que se les había pasado antes por alto, dijo el abuelo) y Sutpen dejó de hablar durante un tiempo. No contó nada más hasta que hubieron comido y se hubieron sentado a fumar mientras los negros y los perros (hubo que llevarse a los perros a rastras del árbol, pero más difícil aún fue lograr que olvidasen el varal de pino que llevaba atados los tirantes del arquitecto, como si no sólo fuese el varal lo último que había tocado el arquitecto, sino también como si fuese aquello que su exultación había tocado cuando encontró una posibilidad, un resquicio por el cual dar esquinazo a sus perseguidores, de manera que no era sólo el hombre, sino también su exultación, lo que venteaban los perros y los enfurecía) hacían nuevas intentonas de rastreo por todas direcciones, alejándose y dispersándose cada vez más, hasta que justo antes que se pusiera el sol uno de los negros dio una voz de júbilo y él (no había dicho nada en un buen rato, dijo el abuelo, y permaneció tendido, apoyado sobre un codo, con las botas magníficas y los únicos pantalones que tenía y la camisa que se había puesto cuando salió embarrado del tremedal y se aseó tras darse cuenta de que tendría que dar caza él mismo al arquitecto si deseaba encontrarlo posiblemente con vida, sin decir ni palabra y seguramente sin escuchar nada de lo que se dijeron los hombres, que hablaron de algodón y de política, limitándose a fumar un habano que el abuelo le había dado y mirando el resplandor de los rescoldos y haciendo tal vez de nuevo el viaje a las Antillas, el que había hecho cuando tenía catorce años sin saber siquiera adónde iba, ni si llegaría alguna vez, tal como tampoco tenía forma de saber si los hombres que le habían dicho cuál era el rumbo del barco mentían o no, así como tampoco supo si el maestro le había dicho la verdad, o no, acerca de lo que decía el libro.
       Y nunca dijo si el viaje había sido arduo o no, ni cuántas cosas tuvo que soportar hasta llegar a puerto, ni cuáles. Y es que sin duda tuvo que soportar todo aquello que callaba, por más que entonces estuviera persuadido de que era valor y astucia todo cuanto necesitaba, a sabiendas también de que de uno iba sobrado y de que la otra podía aprenderla siempre y cuando se le enseñase, y seguramente se la enseñaron las penurias y las adversidades del viaje que le dio el consuelo de que los hombres que le dijeron que el barco navegaba con rumbo a las Antillas no le habían mentido, puesto que entonces, dijo el abuelo, probablemente no era capaz de creer que nada fuera fácil) dijo: «Ahí está», y se puso en pie y todos siguieron camino y hallaron el lugar en que el arquitecto había vuelto a poner pie en tierra, cobrándose una ventaja de unas tres horas sobre sus perseguidores. Tuvieron que apretar el paso, por lo que no hubo tiempo para charlas, o al menos al decir del abuelo no pareció que él tuviera intención de reanudar su relato. Se puso el sol y el resto de los hombres tuvo que emprender el regreso al pueblo; se fueron todos menos mi abuelo, que quería seguir oyéndole contar algo más. Mediante uno de los otros mandó recado (entonces tampoco estaba casado) de que no volvería a casa, y él y Sutpen siguieron adelante hasta que no hubo luz. Dos de los negros (estaban entonces a trece millas del campamento de Sutpen) habían vuelto a por mantas y más vituallas. Se hizo de noche y los negros prendieron teas con madera de pino nudosa y aún siguieron adelante un buen trecho, ganando todo lo posible, por saber que el arquitecto había tenido que cobijarse al poco de anochecer para no desorientarse y ponerse a caminar trazando un círculo. Así es como mi abuelo lo recordaba: él y Sutpen llevaban a los caballos de las bridas (se volvió a mirar atrás de vez en cuando y vio los ojos de los caballos relucientes a la luz de las teas y los vio cabecear, y vio las sombras deslizarse a lo largo de los pechos y los flancos) y los perros y los negros (los negros aún desnudos en su mayoría, salvo unos pantalones que llevaba uno u otro) con las teas humeantes y resplandecientes en alto y la luz rojiza en torno a sus cabezas y brazos y la costra de barro con que se habían rebozado en el tremedal para protegerse de los mosquitos ya reseca, dura, brillante, reluciente como el cristal o la porcelana, y las sombras que proyectaban más altas que ellos en un instante y acto seguido disueltas, e incluso los árboles y los arbustos y la maleza desaparecían de un momento a otro por más que supiera uno que en todo momento seguían estando allí puesto que se palpaba su presencia por medio del aliento, como si, invisibles, comprimieran y condensaran el aire invisible que había uno respirado. Y contó que Sutpen retomó la palabra, que se puso de nuevo a contárselo antes que él comprendiera que se trataba de una continuación, y que Sutpen le contó cómo había pensado que algo tenía que haber en el destino de un hombre (o algo a propósito del hombre) que provocaba que el destino se le acomodase como la ropa de vestir se le acomodaba, como esa levita que, nueva, podía haber sentado bien a un millar de hombres, pero que después que uno la usara y la desgastara por un tiempo ya no le sirve a nadie más, y que se nota siempre que se ve, aun cuando sólo se vea una manga o la solapa: de modo que su destino (—El del demonio —dijo Shreve)… su destino se le había amoldado, se había adaptado a su inocencia, a su prístina propensión al dramatismo de escena y a la sencillez heroica e infantil, tal como ese uniforme de buen paño que en aquellos cuatro años fue posible ver en diez mil hombres, que llevaba él puesto cuando aquella tarde acudió al despacho treinta años después se había avenido a la jactancia de los gestos altivos y a la palabrería forense con que estatuyó revestido de calma, con esa franqueza y esa inocencia que llamamos “de niño”, por más que un niño perteneciente a la especie humana sea el único ser vivo que nunca es del todo franco ni del todo inocente, las cosas más sencillas y las más espantosas. Le estuvo contando algo más, ya se había adentrado en lo que le estaba relatando, aun sin haber empezado todavía a referir cómo llegó a donde fuera que estuviese ni tampoco cómo había llegado a producirse aquello en lo que estuvo implicado (obviamente al menos tendría ya veinte años, había estado apostado tras una ventana, a oscuras, disparando los mosquetes que alguien cargaba y le pasaba), internándose junto con el abuelo en aquella estancia sitiada, en Haití, con la misma sencillez con que había llegado a las Antillas diciendo que resolvió ir a las Antillas y que así fue a las Antillas; esta anécdota no fue continuación intencionada de la otra, sino que meramente se la tuvo que traer a la memoria la imagen de los negros que los precedían con las teas encendidas; no relató cómo había llegado allí, qué sucedió en los seis años comprendidos entre el día en que él, un chiquillo de catorce años que no conocía otra lengua que la inglesa, y tampoco es que la conociera demasiado bien, había resuelto marcharse a las Antillas a enriquecerse, y esa noche en que, convertido en capataz o encargado o algo así de un francés que era dueño de una plantación de caña de azúcar se tuvo que resguardar en la casa, con la familia del dueño de la plantación (y el abuelo dijo que hizo entonces la primera mención —una sombra que apenas emergió un instante y se desvaneció por completo, aunque no del todo— de (—Es una chica —dijo Shreve—. No me digas más. Sigue.)… a la que consideró que era inadecuada para sus propósitos, de modo que la repudió, si bien proveyó por ella) y unos cuantos criados mulatos, aterrorizados, a los que de vez en cuando tuvo que jalear con puntapiés y con insultos, sin abandonar su puesto en la ventana, para que ayudasen a la chica a cargar los mosquetes que el dueño de la plantación y él disparaban por las ventanas, y me recelo que el abuelo tuvo que decirle “Espere espere por amor de Dios espere”, exactamente igual que estás a punto de hacer tú, hasta que por fin se detuvo y retrocedió y volvió a empezar al menos con cierto respeto por la ley de causa y efecto, ya que no por la secuencia lógica de los hechos, ni por la continuidad. O tal vez fuese porque habían vuelto a sentarse, tras haber decidido que ya llevaban mucho trecho recorrido para esa noche, y los negros montaron el campamento y prepararon algo de cenar y ellos (el abuelo y él) bebieron algo de whisky y comieron y se acomodaron luego frente a la fogata a beber más whisky y él volvió a contarlo todo desde el principio sin que por ello quedase absolutamente claro —el cómo y el porqué de su presencia allá, y el qué era exactamente—, puesto que no le estuvo hablando de sí mismo. Le estuvo contando un relato. No se jactó de algo que hubiera hecho él; se limitó a contar un relato sobre un hombre llamado Thomas Sutpen y sobre lo que había experimentado, todo lo cual habría seguido siendo la misma historia por más que el hombre no hubiera tenido nombre, o por más que se hubiera contado la historia a propósito de cualquiera o a propósito de nadie, aquella noche, entre unos vasos de whisky.
       »Es posible que eso le obligase a frenar, pero no fue suficiente para aclarar gran cosa el relato. Siguió sin referir a mi abuelo la trayectoria de alguien llamado Thomas Sutpen. El abuelo dijo que la única mención que hizo de esos seis o siete años en que tuvo su existencia que transcurrir en alguna parte, en que tuvo que desarrollarse donde fuera, fue la referencia al patois que tuvo que aprender para encargarse de la plantación y al francés que tuvo que aprender quizá no para contraer compromiso de matrimonio, pero sí para poder repudiar a la mujer después de haberse hecho con ella; cómo, al decir del abuelo, había creído que el valor y la astucia serían suficientes, si bien descubrió que estaba en un error, y cómo lamentó no haber aprovechado mejor su educación, no haber conocido más a fondo las costumbres antillanas cuando supo que no todo el mundo hablaba la misma lengua y reparó en que no sólo iba a necesitar valor y astucia, valentía y perspicacia, sino que también tendría que aprender una nueva lengua, pues de lo contrario ese designio al que se había dedicado de lleno iba a nacer muerto. Así pues, aprendió la lengua tal como aprendió a ser marinero, digo yo, porque el abuelo le preguntó por qué no se buscó a una chica con la que convivir para aprender de la manera más fácil y el abuelo dijo que se quedó con la luz de la fogata en la cara y en la barba y en los ojos aquietados e iluminados, y que dijo… el abuelo dijo que fue la única vez en que le oyó decir algo sencillo y sereno: “En la noche de la que le hablo (y hasta mi primer matrimonio, podría añadir) yo aún era virgen. Es probable que usted no lo crea, y si tratase yo de explicarlo usted descreería de mí más que nunca. Por eso me limitaré a decir que también esto formaba parte del designio que yo tenía en mente”, y el abuelo le dijo: “¿Por qué no había de creerlo?”, y él, mirando aún al abuelo con esa expresión serena y luminosa en los ojos, le dijo “¿Pero lo cree? ¿No me profesa usted tanto desprecio para creer que a los veinte años no podía yo ni haber sufrido la tentación ni haberla ocasionado?”, y el abuelo dijo: “Tiene usted razón. No creo que deba creerlo. Pero le creo”. Así pues, no fue el suyo un relato que tratara de mujeres, y no trató desde luego del amor: la mujer, la muchacha, esa sombra que sabía cargar el mosquete, pero que aquella noche no fue digna de su confianza para disparar un solo tiro por la ventana (ni tampoco las siete u ocho noches que pasaron acurrucados en la oscuridad, mirando por las ventanas los almiares o graneros o como se llamen las construcciones en las que se guarda la caña de azúcar cosechada, y también los campos, arder por los cuatro costados y humear densamente: dijo que les llegaba el olor de la quema, que no se podía oler nada más que aquel aroma acre, dulzón, cargado, como si el odio y lo inexorable, los mil años de oscuridad y de secreto que habían generado el odio y lo inexorable, hubieran intensificado el olor del azúcar: y el abuelo dijo que en ese momento se acordó de que siempre había visto a Sutpen rechazar el azúcar que se le ofrecía con el café, y en ese momento supo (el abuelo) el porqué, si bien se lo preguntó pese a todo para estar seguro y Sutpen le dijo que era cierto, en efecto; le dijo que no tuvo miedo hasta después que los campos y los almiares ardieran y olvidaran entonces incluso el olor del azúcar quemado, aunque desde entonces nunca fue capaz de soportar el azúcar)… la muchacha sólo había salido a la luz un instante en el relato, casi en una sola palabra, y dijo el abuelo que fue como si él también la hubiera entrevisto en un solo y fugaz instante, con el destello de uno de los mosquetes, un rostro inclinado, una sola mejilla, un mentón un solo instante apenas dibujado más allá de la cortina del cabello suelto, un brazo esbelto, blanco, alzado, una mano delicada que asía la baqueta, y nada más. No hubo más detalles ni más información sobre el modo en que llegó del campo del que estaba encargado a la casa sitiada cuando los negros se abalanzaron sobre él con los machetes desenvainados, como tampoco la hubo sobre el modo en que pasó de la cabaña medio podrida en Virginia a los campos de los que estuvo encargado, y esto, al decir del abuelo, resultó tanto más increíble que el modo en que llegó allí desde Virginia, porque esto comportaba la inferencia del tiempo, de un espacio cuya travesía indicaba en efecto cierta desocupación, siendo el tiempo más dilatado que cualquier distancia, mientras que el otro, el paso de los campos a la casa en la que se parapetó parecía haberse producido con una suerte de violenta abrogación que debió de ser tan fugaz y tan repentina como el tiempo que dedicó a relatarla, una condensación del tiempo que fue indicativa de su violencia inherente, y que contó de ese modo plácido, anecdótico, con palabrería un tanto forense, al parecer tal como la recordaba, imprimiéndole el sello de un interés y una curiosidad puramente impersonales que ni siquiera el miedo (fue la única vez en que mencionó el miedo por el mismo procedimiento inverso, consistente en hablar de una época en la que no tuvo miedo: fue antes de tener miedo, según dijo) pudo sazonar en demasía. Y es que no tuvo miedo hasta después que todo hubo terminado, dijo el abuelo, porque para él no pasó de ser más que eso: un espectáculo, algo que valdría la pena presenciar sólo porque quizá no le cupiera la ocasión de presenciar nunca más una cosa así, puesto que su inocencia seguía en funcionamiento y él no sólo no supo qué era el miedo hasta mucho después, sino que al principio ni siquiera supo que no estaba aterrado; ni siquiera supo que había encontrado el lugar en el que era posible adueñarse deprisa de un buen dinero con tal que uno fuera valeroso y astuto (en realidad no se refería a la astucia, al menos al decir de mi abuelo. Se refería más bien, si acaso, a la falta de escrúpulos, sólo que ésta era una palabra que no conocía, puesto que con toda certeza no figuraba en el libro del cual leía en voz alta su maestro en la escuela. O tal vez fuera eso lo que entendía él por valor, dijo el abuelo), pero en el que la elevada mortandad era concomitante con el dinero y la pátina de los dólares no era debida al oro, sino a la sangre —un rincón de la tierra que pudo haber creado y apartado el Cielo mismo, dijo el abuelo, para que fuese un teatro de violencias y de injusticias y derramamientos de sangre, y todas las desenfrenadas y satánicas pasiones de la codicia y la crueldad humanas, un teatro para la última y desesperada furia de todos los proscritos por ser parias y de todos los condenados—; una pequeña isla situada en medio de un mar sonriente, en el que acecha la furia, de una increíble tonalidad índigo, que era el punto intermedio entre lo que llamamos la selva y lo que llamamos la civilización, a mitad de camino entre el continente tenebroso e insondable del que fueron arrancadas mediante violencia la sangre de los negros, la carne y los huesos de los negros, y su cavilar y su rememorar y sus esperanzas y deseos, y la tierra fría y conocida a la que estaba condenada, la tierra y el pueblo civilizado que había expulsado a algunos de su misma sangre, de su mismo cavilar, de sus mismos deseos y esperanzas, que habían terminado por ser tan groseros que ya no fue posible afrontarlos y tolerarlos por más tiempo, y que habían dejado a la intemperie, a la desesperada, en medio de la soledad del océano; una pequeña isla perdida en una latitud para soportar cuyo clima habrían sido precisos diez mil años de herencia ecuatorial, un terreno estercolado con la sangre negra resultante de dos siglos de opresión y explotación, hasta que reventó en una increíble paradoja de verdor apacible y de flores carmesíes y de brotes de caña de azúcar de un tamaño tal que triplicaba la estatura de un hombre y que abultaba poco más, cómo no, pero que tenían libra a libra un valor análogo al de la veta de plata, como si Natura llevara sus propias cuentas e hiciera balance y ofreciera recompensa por las extremidades arrancadas de cuajo y por los corazones desgarrados aun cuando el hombre prefiriese no hacer lo propio, dedicarse a la siembra y al cultivo de la naturaleza y el hombre no sólo regado en demasía por la sangre malgastada, sino también aventado por el aliento de los vientos en los que los barcos condenados habían pretendido tomar la huida en vano, de los que hasta el último jirón de vela se había hundido en el mar azul junto con el último, vano, desesperado grito de mujer o de niño desmadejado por el viento; el cultivo de los hombres también: los huesos y cerebros todavía intactos, en los que la vieja sangre que nunca jamás se adormece y que había desaparecido engullida por la tierra que pisaban aún clamaba venganza. Y él era el encargado de todo ello, todo lo vigilaba a la vez que montaba en paz su caballo e iba de un lado a otro mientras aprendía la lengua (esa hebra fina y quebradiza, dijo el abuelo, mediante la cual la superficie y los rincones y las aristas de las vidas secretas y solitarias que llevan los hombres pueden por un instante unirse de vez en cuando antes de hundirse de nuevo en las tinieblas en que clamó el espíritu por vez primera sin ser oído y en que ha de declamar por última vez sin que tampoco nadie responda), sin saber que aquello sobre lo que cabalgaba era un volcán, oyendo el temblor del aire en la noche y el latir de los tambores y los cánticos, sin saber que era el corazón mismo de la tierra lo que estaba oyendo, convencido (al decir del abuelo) de que la tierra era afable y acogedora y que las tinieblas eran tan sólo algo que uno veía o algo en lo que no era posible ver nada; encargado de vigilar cuanto debía vigilar sin saber que lo estaba vigilando, organizando sus expediciones diarias desde una ciudadela armada hasta que llegó el día. Y esto al parecer tampoco lo contó, no dijo cómo sobrevino el día, qué pasos fueron los que desembocaron en él, y es que el abuelo dijo que al parecer no lo sabía, no comprendía lo que por fuerza tuvo que ver a diario debido a esa inocencia: un hueso de cerdo con algo de carne putrefacta aún adherida a él, unas cuantas plumas de gallina, un trapo sucio, con manchas, anudado de modo que contuviera algunos guijarros, que apareció una mañana sobre la almohada del viejo sin que nadie supiera (y, menos que nadie, el propio dueño de la plantación, que había dormido con la cabeza recostada en esa almohada) cómo había llegado allí, pues al mismo tiempo que fue descubierto se supo que todos los sirvientes, todos los mulatos, habían desaparecido, y él mismo no llegó a saber, hasta que no se lo dijo el dueño de la plantación, que las manchas del trapo no eran de tierra, ni de grasa, sino de sangre, ni que lo que creyó que era la furia gala del dueño de la plantación no era furia ni era gala, sino que en realidad era terror, y él sintió curiosidad y un cierto interés porque aún seguía considerando al dueño de la plantación y a su hija dos extranjeros (contó al abuelo que hasta aquella primera noche del asedio no había reparado una sola vez en que no sabía cuál era el nombre de pila de la joven, al margen de que hubiese llegado a oírlo o no. También dijo al abuelo, o más bien dejó caer en el decurso de su relato, tal como se retira el comodín de una baraja recién estrenada, sin ser capaz después de recordar si se ha retirado el comodín o no, que la esposa del viejo era española, de modo que fue el abuelo, y no Sutpen, quien cayó en la cuenta de que hasta la primera noche del asedio seguramente no había visto a la joven más de una docena de veces); el cadáver de uno de los mulatos por fin apareció (lo encontró él luego de buscarlo durante dos días sin sospechar siquiera que lo que le salía al paso era un muro ciego de rostros negros e impávidos, un muro de secretismo tras el cual era posible que se estuviera preparando para suceder cualquier cosa, y es que, según supo después, estaba de hecho preparándose, y al tercer día halló el cadáver en un lugar en el que no podía habérsele pasado por alto durante la primera hora del primer día de búsqueda si en efecto hubiera estado allí) y él estaba sentado en el tronco, dijo el abuelo, contándolo, acompañándose con los gestos propios del relato, y eso que el abuelo mismo lo había visto combatir desnudo y pecho contra pecho con uno de sus negros salvajes a la luz de la fogata del vivaque mientras se estaba construyendo su casa, como de hecho seguía luchando con ellos a la luz del farol, en el establo, después de haberse agenciado al fin aquella esposa que había de ser coadyuvante a que diera él un paso más en la consecución del designio que tenía en mente, sin dar mayor trascendencia a las peleas, sin estrecharse las manos, sin dar ni recibir congratulaciones cuando se limpiaba la sangre del torso y se ponía la camisa, porque al final de la pelea terminaba el negro tendido boca arriba en el suelo, jadeando, mientras otro negro le echaba agua por encima; allí sentado contó al abuelo cómo al fin encontró al mulato, o al que había sido mulato, y le dijo que él (Sutpen) había visto tanto como el que más y había hecho tanto como el que más, incluidas ciertas cosas de las que no alardeaba: había sin embargo cosas que un hombre que pretende ser civilizado veía cuando no le quedaba más remedio, aunque de ellas no iba a hablar, de modo que se limitaría a decir que por fin encontró al mulato y comenzó a comprender que la situación podía ponerse fea; entonces se pertrecharon en la casa, tras la barricada, los cinco en total —el dueño de la plantación, su hija, dos criadas y él—, encerrados en ella, y el aire se fue llenando de humo y del olor de la caña quemada y del resplandor y la humareda del incendio en el cielo, y el palpitar y el latir del aire debido a los tambores y los cánticos; la pequeña isla perdida bajo su cuenco invertido de días y noches alternos como un vacío al que no podía llegar ayuda, al que ni siquiera los vientos del mundo exterior podían llegar con la excepción de los alisios, lo mismos vientos cansinos que soplan de acá para allá, que soplan a través de la pequeña isla perdida y aún más la lastran con el peso de las voces cansinas de las mujeres asesinadas y de los niños sin hogar ni sepultura que van dando tumbos por el solitario mar que la aísla, mientras las dos criadas y la muchacha cuyo nombre de pila aún no conocía cargaban los mosquetes que el padre de la muchacha y él disparaban no contra un enemigo, sino contra la noche haitiana, proyectando sus vanos e insignificantes destellos hacia las tinieblas hostiles, fatigadas de sangre, palpitantes: y todo ello en la estación del año comprendida entre los huracanes y alguna remota esperanza de lluvia: y cómo a la octava noche se le agotó el agua y hubo que hacer algo, así que dejó el mosquete apoyado contra la pared y salió de la casa y los sometió. Así fue como lo relató él: salió de la casa y los sometió, y a su regreso la muchacha y él contrajeron compromiso de matrimonio, a lo que el abuelo dijo: “Espere espere”, a buen seguro lo dijo, y dijo: “Pero si usted entonces ni siquiera la conocía; me ha dicho usted que cuando comenzó el asedio ni siquiera sabía cómo se llamaba”, y él miró al abuelo y dijo: “Sí. Pero comprenda que me llevó algún tiempo recobrarme”. Ni palabra sobre cómo fue. Eso es algo que tampoco contó, eso tampoco tenía mayor relevancia en el relato; se limitó a dejar el mosquete apoyado contra la pared e indicó a alguien que desatrancara la puerta y que pasara la tranca después que saliera él, y se adentró en la negrura y los sometió, es posible que gritando más fuerte, es posible que con su mera presencia, es posible que con un porte mayor de lo que pudieran creer ellos que la carne y los huesos de nadie podrían o deberían (deberían, sí: eso sería de veras pavoroso: encontrar carne y huesos capaces de soportar más de lo que se les podría pedir que soportaran); tal vez al fin ellos mismos dieron la vuelta y huyeron espeluznados de aquellos brazos y aquellas piernas de blanco, que tenían la misma forma de sus propias extremidades y de las que podía manar la sangre igual que de las suyas, y que contenían un espíritu indómito que debiera haber llegado procedente del mismo fuego primigenio del que procedían los suyos, pero que no podía, bajo ningún concepto podía (mostró al abuelo las cicatrices, una de las cuales, al decir del abuelo, estuvo muy cerca de dejarlo virgen para el resto de sus días) y entonces clareó el día sin el latir de los tambores por vez primera en ocho días y salieron (acaso el hombre y la hija) y atravesaron la tierra quemada bajo el intenso relumbre del sol como si no hubiera ocurrido nada, caminando los dos por lo que tuvo que parecer una desolación infinita, una quietud apacible, una soledad absoluta, y dieron con él y lo llevaron a la casa: y cuando se restableció, la muchacha y él se habían prometido en matrimonio. Y entonces calló.
       —De acuerdo —dijo Shreve—. Sigue.
       —He dicho que calló.
       —Ya te he oído. ¿Que calló el qué? ¿Cómo es que se prometió en matrimonio y calló y sin embargo más adelante tuvo una esposa a la cual repudiar, una esposa con la que tuvo que casar? Dijiste que él no recordaba cómo llegó a Haití, y luego que no recordaba cómo entró en la casa que asediaban los negros. ¿Ahora me vas a decir que tampoco recordaba que se hubiera casado? ¿Que se prometió en matrimonio y que entonces resolvió callar, sólo que un día descubrió que no había callado y que, por el contrario, se había casado? ¿Y te has limitado a llamarlo virgen?
       —Digo que calló, que dejó de contar, que cesó su relato —dijo Quentin. No se había movido, y hablaba en apariencia (si es que con algo hablaba) con la carta que tenía abierta sobre el manual abierto encima de la mesa, entre sus manos. Frente a él, Shreve había llenado la pipa, había apretado el tabaco, había vuelto a fumar. Ahora la pipa estaba volcada, una rociada de ceniza blanca esparcida en abanico desde la cazoleta, sobre la mesa, ante sus brazos cruzados, desnudos, puesto que si bien sólo eran las once la habitación empezaba a enfriarse, camino de ese punto en torno a la medianoche en el que sólo quedaría calor suficiente en los radiadores para evitar que las tuberías se congelasen, aunque (esa noche no iba a realizar los ejercicios respiratorios ante la ventana abierta) aún tendría que ir al dormitorio y volver primero con el albornoz y luego con el abrigo por encima del albornoz y con el abrigo de Quentin en el brazo—. Tan sólo dijo que estaba entonces prometido en matrimonio y entonces dejó de contarlo. Calló, dijo el abuelo, calló en seco, terminantemente, como si eso fuera todo cuanto podía haber, como si no hubiera más que añadir, como si eso fuera todo cuando podía dar gusto oír de hombre a hombre, bebiendo whisky, en plena noche. Quizá lo fuera. —Su rostro (el de Quentin) se hallaba inclinado. Aún hablaba con aquel tono de voz tan curioso, aquel tono casi malhumorado, con el que había provocado que Shreve lo mirase desde el comienzo con una curiosidad intencional y con un aire reflexivo, de desapego, y que provocaba que aún lo mirase desde detrás de su expresión (la de Shreve) de querubínico y erudito desconcierto que sus lentes intensificaban o que quizás en realidad creasen—. Tan sólo se puso en pie y miró la botella de whisky y dijo: «Por esta noche basta. Vayámonos a dormir; mañana querremos salir temprano. Con suerte, podremos darle caza antes que se espabile».
       »Pero no fue así. Iba avanzando la tarde cuando dieron con él —al arquitecto me refiero—, y fue sólo porque se había lesionado una pierna al tratar de arquitectarse él solo a la otra orilla del río. Pero esta vez cometió un error de cálculo, así que los perros y los negros lo cercaron sin dejar de lanzar aullidos y los negros armaron una barahúnda (dijo el abuelo que quizá los negros creyeran que al tomar la huida el arquitecto había renunciado motu proprio a su estatus de carne vedada, que con su fuga les había ofrecido también motu proprio un gambito, que los negros habían aceptado al lanzarse en su persecución y que habían ganado con su captura, por lo que entonces tendrían permiso para asarlo y comérselo, aceptando tanto los vencedores como el vencido este hecho con el mismo espíritu deportivo, con el buen entendimiento de la deportividad, sin rencores ni resentimientos por ninguna de las partes) al sacarlo a rastras (se habían reintegrado en la partida de caza los hombres que la emprendieron el día anterior, salvo tres, y los que volvieron aún habían ido con refuerzos, de modo que eran más que cuando empezó la persecución, al decir del abuelo) al sacarlo a rastras de la covacha en la que se había guarecido bajo la margen del río: un hombrecillo al que faltaba una manga de la levita, con el chaleco estampado a flores y echado a perder por el agua y el barro, señal de su caída en el río, y una pernera del pantalón desagarrada, de modo que vieron dónde se había amarrado la pierna con un jirón de la camisa, tan ensangrentada como hinchada tenía la pierna, y el sombrero desaparecido sin dejar rastro. No se lo llegaron a encontrar, así que el abuelo le regaló un sombrero nuevo el día en que la casa quedó terminada. Fue en el despacho del abuelo, quien dijo que el arquitecto tomó el sombrero con ambas manos y se echó a llorar… un hombrecillo agobiado, con el rostro desencajado, la barba de dos días, que salió de la covacha plantando resistencia como un gato montés a pesar de la pierna lesionada y de todo lo demás, entre los ladridos de los perros y los alaridos de alborozo que daban los negros, desgastándose por anticipado con regocijada y mortífera expectación, como si estuvieran bajo la impresión de que como la persecución había durado más de veinticuatro horas las reglas quedaban automáticamente abrogadas y no tendrían que esperar para asarlo, hasta que Sutpen bajó a la orilla y, provisto de un palo corto, con el agua casi hasta las rodillas, espantó a los negros y a los perros repartiendo golpes, dejando al arquitecto allí de pie no con cara de susto, sino sólo jadeando y, según dijo el abuelo, un tanto desencajado de dolor, porque los negros le habían hecho daño en la pierna al calor de la captura, e hizo ante todos ellos un discurso en francés, largo y tan rápido que, al decir del abuelo, es probable que ningún otro francés lo hubiese entendido en su totalidad. Pero sonó bien, el abuelo dijo que incluso él —y todos los presentes— se dio cuenta de que no quiso pedir disculpas; estuvo muy bien, dijo el abuelo, y dijo que Sutpen se volvió hacia él, pero que él (el abuelo) ya se había aproximado al arquitecto y le tendía la botella de whisky, a la que había quitado el corcho. Y el abuelo vio los ojos en el rostro demacrado, los ojos exasperados y desesperanzados, pero también indómitos, también invictos, no derrotados aún por nada que hubiese visto, y maldito lo que fuera, dijo el abuelo, ni por las cincuenta y tantas horas de oscuridad y de tremedales y de no dormir y de agotamiento y de no comer y de no tener a dónde ir, y tampoco esperanza de llegar a nada: y tomó la botella con una de sus manos pequeñas, de mapache, y alzó la otra e incluso la agitó con desmaña por encima de la cabeza unos segundos antes de acordarse de que no tenía sombrero, y entonces aún alzó de nuevo la mano en un gesto con el que pareció concitar todo el infortunio y toda la derrota que haya sufrido la especie humana en un pellizco entre los dedos, como si fuese un puñado de polvo, que arrojó a su espalda, por encima del hombro, antes de levantar la botella y hacer una leve inclinación de la cabeza, primero al abuelo, luego a todos los demás que lo circundaban a horcajadas de sus caballos y lo miraban sin perder ripio, y dio entonces no sólo el primer trago de whisky a palo seco que hubiera dado en su vida, sino que bebió con avidez aquello que nunca se hubiese imaginado que iba a beber, tal como tampoco cree un brahmín que sea posible concebir que surja alguna vez una situación en la que haya de comer carne de perro.

       Quentin hizo un alto.
       —De acuerdo de acuerdo —dijo Shreve de inmediato—. No te tomes la molestia de decirme que calló y sigue, anda. —Pero Quentin no continuó de seguido; la voz inexpresiva, curiosamente apagada, monocorde, el rostro inclinado, el cuerpo relajado, sin moverse nada más que para respirar; los dos se movían sólo para respirar, jóvenes los dos, nacidos el mismo año: uno en Alberta, el otro en Mississippi; nacidos a la distancia de medio continente, si bien unidos, vinculados en cierto modo, en una suerte de transustanciación geográfica por esa depresión continental, ese río que atraviesa no sólo físicamente la tierra de la cual es cordón umbilical en lo geográfico, que no sólo recorre las vidas espirituales de todas las personas que se hallan en su cuenca, sino que es el Entorno mismo que ríe por gradaciones de temperatura y de latitud, por más que algunos de estos seres, como Shreve, nunca hayan llegado a verlo: emparentados los dos, aunque cuatro meses antes no se habían visto nunca, si bien desde que compartían una misma habitación y comían uno junto al otro los mismos alimentos y utilizaban los mismos manuales para preparar los recitados de las mismas asignaturas de primer curso, uno frente al otro, en la misma mesa iluminada por la lámpara, sobre la cual se encontraba la frágil caja de Pandora, el papel garabateado que había dado lugar a que se llenase de violentos djinns y demonios refractarios a todo raciocinio aquella acogedora celda, aquella celda monacal, aquel recoveco desangelado, sin calefacción, lleno sin embargo de ensueños, en lo que llamamos lo más noble de la vida intelectual—. No te tomes la molestia —dijo Shreve—. Tú sigue adelante.
       —Harían falta treinta años —dijo Quentin—. Hicieron falta treinta años hasta que le contó al abuelo algo más. Tal vez estuvo demasiado ajetreado, todo el tiempo libre que pudiera haber dedicado a conversar lo consumió en el afán de llevar a cabo el designio que tenía en mente, y sus únicos ratos de asueto los dedicó a combatir con sus negros salvajes en el establo en donde los hombres podían dejar atadas sus monturas y llegar por la parte de atrás sin que se les viese desde la casa, porque ya era un hombre casado y su casa estaba terminada, y ya había sido detenido por usurpar los terrenos y había sido puesto en libertad y el asunto estaba zanjado y tenía esposa y dos hijos —no: tres— y había desbrozado ya los campos y había sembrado con la simiente que el abuelo le dio en préstamo y se estaba enriqueciendo a buen ritmo y sin reveses…
       —Sí —dijo Shreve—. Y lo del señor Coldfield: ¿qué fue de aquello?
       —No lo sé —dijo Quentin—. Nadie llegó a saberlo nunca con certeza. Fue algo relacionado con el seguro de un flete, no se sabe cómo persuadió al señor Coldfield para que le permitiera servirse de su crédito: una de esas empresas que, si salen bien, a uno se le considera listísimo, y si salen mal uno cambia de nombre y se larga a Texas: y mi padre dijo que el señor Coldfield tenía que llevar un tiempo cruzado de brazos en su modesto comercio y haber visto cómo sus stocks se duplicaban tal vez cada diez años o al menos no perder mucho margen, que tuvo que haber visto clara la oportunidad de tramitar casi en todo momento aquella misma operación, sólo que su conciencia (no su valor o su coraje: el abuelo dijo que iba sobrado de ambos) no se lo permitía. Entonces apareció Sutpen y se ofreció a hacerlo con la idea de que el señor Coldfield y él dividieran las ganancias si la cosa salía bien, mientras él (Sutpen) cargaría con toda la culpa si la cosa se torciese. Y el señor Coldfield se lo permitió. Mi padre dijo que fue porque el señor Coldfield nunca creyó que aquello pudiera salir bien, que se salieran con la suya, sólo que tampoco pudo dejar de pensar en ello, así que cuando probaran suerte y la cosa saliera mal, él (el señor Coldfield) al menos podría quitársela de la cabeza, y que si se torciera y fuesen apresados el señor Coldfield insistiría en cargar con su parte de la culpa a modo de penitencia y expiación por haber pecado de pensamiento durante tantos años. Y es que el señor Coldfield nunca creyó que aquel tejemaneje pudiera salir bien, y por eso, cuando vio que iba a salir bien, que había salido bien, no pudo por menos de negarse a aceptar su participación en los beneficios; cuando vio que la maniobra daba frutos fue su conciencia lo que detestó, y no detestó a Sutpen: fue su conciencia y fue la tierra, la región que había conformado su conciencia y que luego ofreció la oportunidad de embolsarse todo aquel dinero a la conciencia que había conformado, conciencia que por fuerza hubo de rechazar el ofrecimiento; llegó a odiar tanto la región que incluso se alegró al ver cómo iba a la deriva y se acercaba cada vez más a una guerra fatídica y perdida de antemano, tanto que se habría alistado en el ejército yanqui, al decir de mi padre, de no ser porque no tenía hechura de soldado y por saber que lo matarían o moriría en la penuria, en las privaciones, y así no estaría presente el día en que Sutpen comprendiera que pagaba entonces el precio por haber erigido su edificio económico no sobre la roca de la moralidad severa, sino sobre las arenas movedizas del oportunismo y del bandolerismo moral. Por eso escogió el único gesto que se le pudo ocurrir para dejar la impronta de su desaprobación en quienes sobrevivirían a la contienda y tendrían parte en el remordimiento…
       —Claro —dijo Shreve—. Es digno de admiración. Pero Sutpen… El designio… Sigue.
       —Sí —dijo Quentin—. El designio. Enriquecerse cada vez más. Entonces se le tuvo que ofrecer a la vista una perspectiva despejada, espléndida: la casa estaba terminada y era más grande y más blanca además que aquella a cuya puerta acudió aquel día y el negro salió vestido de mono de feria y le ordenó que se largase de allí y que fuera a la puerta de atrás, y disponía incluso de su propia especie de negros, cosa que el hombre que se pasaba la tarde tumbado en la hamaca y descalzo a su antojo nunca tuvo, negros entre los cuales podría escoger a uno y adiestrarlo para que saliera a la puerta cuando llegase la hora en que llamara un chiquillo que no tendría zapatos que ponerse, vestido con las ropas viejas y remendadas, las ropas acortadas de su padre. Sólo que al decir de mi padre ya no era ése el caso, pues cuando acudió al despacho del abuelo aquel día, pasados treinta años, no pretendió dar excusas como en el fondo tampoco pretendió darlas aquella noche en que persiguieron al arquitecto, y quiso tan sólo explicarse porque era viejo y lo sabía, sabía que su deber era hablar en contra de la vejez: se le iba quedando escaso el tiempo que le quedaba por delante, el tiempo de hacer cosas a la altura de sus posibilidades y obsesiones aun cuando no albergara sobre sus huesos y su carne más dudas de las que pudiera albergar sobre su fuerza de voluntad y su valor, diciéndole entonces al abuelo que el chiquillo simbólico ante la puerta no existía, porque el símbolo del chiquillo ante la puerta era un mero producto de su imaginación, producto más bien de aquel niño asombrado, desesperado; que ahora en cambio haría pasar al niño y lo llevaría a un lugar en el que ya nunca tendría necesidad de permanecer ante una puerta blanca ni de llamar para que alguien le abriese: y no por darle cobijo, ni mucho menos, sino de modo que el chiquillo, ese desconocido sin nombre, tuviera el que tuviese, pudiera cerrar para siempre esa puerta a su espalda, dejando atrás todo cuando hubiera conocido, y mirase adelante, a lo largo de los rayos de luz aún no revelada en los que sus descendientes, que quizá ni siquiera llegasen a saber su nombre (el del chiquillo), esperasen a nacer sin tener que saber que una vez fueron arrancados ya para siempre de la brutalidad, tal como sus propios hijos (los de Sutpen) fueron…
       —No digas que soy sólo yo el que habla como tu padre —dijo Shreve—. Pero sigue, sigue.
       —Sí —dijo Quentin—. Los dos hijos —pensando Sí. Tal vez los dos hablamos como mi padre. Somos como él. Tal vez nunca sucede nada una vez y concluye. Tal vez ocurrir es algo que no se da de una vez, sino como las ondas tal vez en el agua después que se hunda la piedra, las ondas siguen, se expanden, la charca unida por un fino y acuático cordón umbilical a la charca contigua, que la primera charca alimenta, ha alimentado, alimentó, y contenga esa segunda charca una distinta temperatura del agua, una distinta molecularidad de lo ya visto, sentido, recordado, reflejada en un tono distinto la infinitud inmutable del cielo, no importa: el eco acuático de esa piedra cuya caída precipitada ni siquiera vio se desplaza sobre la superficie también en el espacio original de la onda, al viejo e inerradicable ritmo pensando Sí, los dos somos mi padre. O tal vez mi padre y yo somos los dos Shreve, tal vez hayamos hecho falta mi padre y yo para que Shreve sea o Shreve y yo para que mi padre sea o quizá Thomas Sutpen para formarnos a todos y que seamos todos—. Sí, los dos hijos, el hijo y la hija que por sexo y por edad llegaron tan que ni pintados para su designio que bien podría haberlo planificado también de ese modo; tan que ni pintados los dos por lo que hace a su carácter físico y mental que era como si los hubiese escogido a conciencia entre el celestial rebaño de los serafines y los querubines, tal como escogió a su veintena de negros en el trueque que se produjera, el que tuvo que producirse cuando repudió a su primera esposa y al hijo, en el momento en que descubrió que no podían ser coadyuvantes a la consecución de su designio. Y el abuelo dijo que en todo ello no intervino la conciencia, que Sutpen se sentó en su despacho aquella tarde, al cabo de treinta años, y que le dijo que al principio sí que tuvo algún que otro remordimiento de conciencia, pero que se había sentado a discutir con calma y argumentos lógicos con su conciencia y que así zanjó el asunto, tal como tenía que haber discutido con su conciencia lo relativo al seguro de un flete que emprendió a medias con el señor Coldfield (sólo que en este caso no debió demorarse tanto, puesto que el tiempo seguro tuvo que apremiarle) hasta dejarlo zanjado, le dijo que reconocía que bajo una determinada luz, hablando en plata, había algo injusto en lo que había hecho, aunque en la medida de lo posible lo había obviado; que podía haberla abandonado sin complicaciones, que pudo haberse puesto el sombrero y haber tomado el portante, pero que no lo hizo, y que tuvo en su descargo lo que el abuelo de seguro tendría que admitir que fue razón de peso y motivo válido, si no para todo el lugar que él por sí solo había salvado, así como para las vidas de todos los blancos que allí moraban, sí al menos para aquella porción del total que había sido específicamente descrita y otorgada por ley en el acuerdo matrimonial que él firmó de buena fe, sin ninguna clase de reservas en lo tocante a su oscuro origen y sus pertenencias materiales, mientras que no sólo hubo reservas por la parte contraria, sino también engaño intencional y además engaño de naturaleza tan grosera que no sólo desbarataría y se frustraría sin que él tuviese conocimiento el motivo capital de todo el designio, sino que habría además supuesto irónica contrariedad y menosprecio de todo cuanto había sufrido y soportado en el pasado y de todo cuanto pudiera lograr en el futuro de cara a la culminación de su designio, razón y motivo de reclamación a los que de buen grado renunció, llevándose tan sólo a la veintena de negros entre todo aquello que podría haber exigido en compensación, y cuya propiedad y conservación cualquiera que hubiera estado en su lugar habría de seguro reclamado, contencioso en el que habría encontrado sanción moral y legal, por más que no tuviera el respaldo siempre más delicado de la conciencia: y el abuelo no dijo en este caso «Espere espere» porque volvía a ser aquella inocencia, aquella inocencia que daba en creer que los ingredientes de la moralidad eran como los ingredientes de la tarta o de un pastel y que cuando uno los ha medido y sopesado y los ha mezclado y los ha puesto en el horno todo queda resuelto y no cabe sino esperar que salga o la tarta o el pastel. Sí: allí sentado en el despacho del abuelo quiso explicar en su paciente y desconcertada recapitulación no al abuelo y no a sí mismo, puesto que al decir del abuelo su propio sosiego era indicio de que mucho tiempo atrás había renunciado a toda esperanza de comprenderlo, sino que quiso explicar a las circunstancias, al destino mismo, los pasos lógicos a través de los cuales había llegado a un resultado absoluta y eternamente imposible de creer, repitiendo la sinopsis clara y simple de su historia personal (que tanto él como el abuelo ya conocían) como si quisiera explicársela a un niño intratable, arisco e imprevisible: «Verá usted: yo tenía un designio en mente. Que fuera bueno o malo es lo de menos. Lo que ahora cuenta es esto otro: ¿dónde cometí el error, qué hice o qué dejé de hacer dentro de mi designio, a quién o a qué perjudiqué con mi falla hasta el extremo que todo parece indicar? Yo tenía un designio. Para llevarlo a cabo precisaba dinero, una casa, una plantación, esclavos, una familia; a la sazón, como es natural, precisaba una esposa. Emprendí la consecución de todo ello y no pedí favores a nadie. Llegué a arriesgar mi vida en una ocasión, como ya le he contado, aunque, como también le he contado, no arrostré ese riesgo pura y simplemente por hacerme con una esposa, si bien arrojó ese resultado. Pero esto también es lo de menos: baste con que tuve la esposa que precisaba, que la acepté de buena fe, sin reservas en cuanto a mi persona, y que esto mismo esperé de ellos en buena ley. No exigí nada, dese cuenta, como bien se habría esperado que hiciera (o al menos se hubiese condonado si lo exigiera) alguien con un oscuro origen como el mío, por pura ignorancia de los buenos modales en el trato con personas de alta cuna. No exigí; los acepté según su propia valoración y estima, insistiendo por mi parte en explicar todo lo referente a mí y a mis progenitores: a pesar de todo, ellos intencionalmente me ocultaron el único hecho que tengo razones de peso para pensar que eran conscientes de que me habría llevado a rechazar todo el asunto, pues de lo contrario no me lo habrían ocultado, y es un hecho del que no tuve conocimiento hasta después de nacer mi hijo. Y ni siquiera entonces actué con crudeza. Podría haberles echado en cara todos los años malgastados, años que me causarían un retraso considerable en mi programa no sólo por la cantidad de tiempo transcurrido que representaba la cifra de los años echados a perder, sino también por esa cantidad de tiempo compensatoria que representaba la cifra de los años que entonces me vería obligado a dedicar para llegar por segunda vez al punto que había alcanzado y había perdido. Pero no lo hice. Me limité a explicarles que este mero hecho imposibilitaba del todo que aquella mujer y aquel niño fueran incorporados a mi designio, y que a resultas del mismo, según le he dicho, no pusiera ningún empeño por conservar no ya aquello que podía considerar ganado y bien ganado a riesgo de mi vida, sino también todo lo que se me había entregado mediante testimonios firmados, por cuanto que, al contrario, decliné mis propiedades y renuncié a mis derechos y aspiraciones legítimas con la finalidad de reparar cualquier injusticia de la que se me pudiera considerar responsable, para lo cual proveí todo lo que pudieran necesitar las dos personas a las que se pudiera considerar que había privado yo de algo que más adelante pudieran poseer: y todo esto se acordó, dese cuenta, se acordó de conformidad con los deseos de ambas partes. Y a pesar de todo esto, y al cabo de más de treinta años, más de treinta años después que mi conciencia me hubiera por fin garantizado que, si había cometido yo una injusticia, había hecho cuanto estuvo en mi mano para rectificarla…» y el abuelo en este punto no dijo Espere, sino que dijo, y muy posiblemente levantó la voz: «¿Conciencia? ¿Conciencia dice? Dios del amor, hombre, ¿y qué otra cosa esperaba usted? ¿Es que la afinidad y la querencia instintiva por el infortunio de un hombre que hubiera pasado todo ese tiempo en un monasterio, por no hablar del que hubiera vivido todos los años que ha vivido usted, no le aconsejaron nada mejor que eso? ¿No le instruyó mejor el pavor, el miedo elemental a las hembras que tuvo usted que asimilar con la primordial leche de mamífero? ¿Qué clase de inocencia abismal, qué inocencia de una ceguera incurable pudo ser aquella que alguien le indicó que llamase virginidad? ¿Qué le ha garantizado la creencia de que podría usted haberle comprado a ella la inmunidad sin otra moneda que la justicia?…».
       Fue en este punto cuando Shreve salió al dormitorio y se puso el albornoz. No dijo Espera: se limitó a levantarse y dejó a Quentin sentado ante la mesa, ante el libro abierto y la carta, y salió y regresó más abrigado y volvió a tomar asiento y empuñó la pipa, que se había quedado fría, aunque sin volver a llenarla, sin encenderla tal como estaba.
       —Muy bien —dijo—. Así que en aquellas navidades Henry lo llevó a la casa, a su casa, y el demonio levantó la mirada y se encontró con el rostro del que se creía libre previo pago de un buen dinero, del que se creía desembarazado de una vez por todas, para no verlo nunca más, veintiocho años antes. Sigue.
       —Sí —dijo Quentin—. Mi padre dijo que probablemente él le puso por nombre el de Charles Bon. Charles Bueno. Él no dijo al abuelo que lo hubiera hecho, pero el abuelo creyó que sí, que lo habría hecho. Eso habría formado parte del acto de limpieza, tal como habría cumplido con su parte en la limpieza de las cápsulas de las balas y de los cartuchos quemados de los mosquetes tras el asedio si no hubiera estado indispuesto (o quizá comprometido); tal vez habría insistido en ello, la conciencia que una vez más no pudo permitir que ni ella ni el niño ocuparan ningún lugar en su designio, aun cuando pudo haber cerrado los ojos y, si no engañar al resto del mundo tal como el resto del mundo le había engañado, sí al menos haber aterrorizado a quien fuese para que no se le ocurriese revelar en voz alta el secreto; la misma conciencia que no permitiría al niño, puesto que fue niño, llevar ni su apellido ni el de su abuelo materno, si bien le prohibió asimismo cumplir con la costumbre de encontrar cuanto antes marido para la mujer desechada y dar así a su hijo un apellido legítimo. Eligió el nombre él mismo, conforme a lo que pensaba el abuelo, tal como les había puesto nombre a todos —los Charles Bueno, las Clytemnestra, los Henry y las Judith y todos los demás—, toda la fecunda progenie de dientes de dragón, como la llamaba mi padre. Y mi padre dijo…
       —Tu padre —dijo Shreve—. Parece que haya acopiado muchísima información atrasada, y con gran rapidez, después de haber esperado cuarenta y cinco años. Si sabía todo esto, ¿qué razón pudo llevarle a decirte que el motivo del enfrentamiento entre Henry y Charles fue la ochavona?
       —Entonces aún no lo sabía. El abuelo tampoco se lo contó todo, así como Sutpen tampoco le contó muchas cosas al abuelo.
       —¿Y quién se lo contó?
       —Yo. —Quentin no se movió, no alzó los ojos mientras Shreve lo miraba—. El día después que nosotros… Tras aquella noche en que…
       —Entiendo —dijo Shreve—. Después que tú y la anciana tía… Entiendo. Sigue. Y tu padre dijo…
       —… dijo que tuvo que plantarse aquella tarde en el porche para esperar a Henry y al amigo del que Henry había hablado en sus cartas durante todo el otoño, esperando a que aparecieran por la avenida, y que tal vez después que Henry escribiera el nombre en la primera de las cartas Sutpen acaso se dijera que no podía ser, que tenía que haber incluso un límite para la ironía, más allá del cual puede ser bufonada y maldad, aunque no sea fatal, o bien coincidencia inofensiva, pues mi padre dijo que Sutpen tal vez tenía que saber que nadie había inventado jamás un nombre que no perteneciese a nadie, o que no hubiera pertenecido alguna vez a alguien, y así llegaron por fin a caballo, y Henry dijo «Padre, éste es Charles», y él (—El demonio —dijo Shreve) vio su rostro y supo que hay situaciones en las que la coincidencia no es sino ese niño chico que corre al entrar en el campo para participar en un partido de fútbol y el resto de los jugadores le pasan por encima y lo atropellan y queda ileso con perplejidad de todos ellos y en la furia de la pugna por esas realidades llamadas ganancia o pérdida nadie recuerda siquiera al chiquillo así como nadie llegó a ver quién fue el que se lo llevó y lo arrebató de la disolución; que estuvo allí mismo a la puerta de su casa tal como él había imaginado, planeado, designado, y con toda certeza, al cabo de cincuenta años, el niño extraviado y desamparado, sin techo y sin nombre, fue a llamar a su puerta, y no hubo por ninguna parte bajo el sol negro alguno vestido de mono de feria que saliera a abrir y ordenase al chiquillo que largo de aquí, y mi padre dijo que incluso entonces, a pesar de saber que Bon y Judith nunca se habían puesto los ojos el uno en el otro, a la fuerza tuvo que percibir y oír cómo el designio —casas, posición, posteridad y todo— se desmoronaba de golpe cual si estuviese hecho de humo, sin hacer un solo ruido, sin crear la precipitación siquiera del aire que se desplaza y sin dejar tampoco un solo escombro. Y no lo consideró él retribución ni castigo merecido, no fue que los pecados del padre volvieran a la casa para anidar en ella; ni siquiera lo llamó mala suerte, sino tan sólo un error: ese error que no atinó a descubrir por sí mismo y que presentó al abuelo no con la intención de excusarlo sino con la necesidad de revisar todo lo acontecido de manera que un espíritu imparcial (y el abuelo dijo que a su entender también tuvo que ser persona provista de formación jurídica) lo examinara y detectara y se lo señalara. No fue retribución moral, date cuenta: tan sólo un error antiguo en los hechos, un error que un hombre con valor y con astucia (cualidades que, en un caso, sabía que poseía; en el otro, creía haberla adquirido) aún podía combatir siempre y cuando diese con el error y hallase cuál había sido. Y es que no se rindió. Nunca dio nada por perdido; el abuelo dijo que todos sus actos posteriores (el hecho de que durante un tiempo no hiciera nada y que tal vez de ese modo contribuyera a provocar la situación misma que le aterraba) fueron resultado no de que mermara su valor, su astucia, su crueldad, sino de su convicción de que todo había sido consecuencia de un error, y que mientras no descubriese cuál había sido ese error no tenía intención de arriesgarse a cometer otro.
       »Así pues, invitó a Bon a la casa, y durante las dos semanas de las vacaciones (sólo que no hizo falta tanto tiempo; mi padre dijo que probablemente la señora Sutpen ya había prometido a Judith con Bon desde el día en que vio el nombre de éste en la primera carta de Henry) observó a Bon y a Henry y a Judith, u observó a Bon y a Judith más bien, porque ya tenía conocimiento de Henry y de Bon por medio de las cartas que Henry había escrito sobre su relación en la universidad; los observó durante dos semanas y no hizo nada. Luego, Henry y Bon volvieron a la universidad y el criado negro que todas las semanas se encargaba de llevar el correo entre Oxford y el Centenar de Sutpen comenzó a entregar a Judith cartas que no eran de puño y letra de Henry (y eso tampoco fue necesario, al decir de mi padre, porque la señora Sutpen ya había empapelado tanto el pueblo como el condado con la noticia del compromiso matrimonial que no se había formalizado y no existía aún), y él todavía no hizo nada. No hizo nada en absoluto hasta que casi había terminado la primavera y Henry escribió para decir que volvía con Bon a casa, con la intención de pasar allí un día o dos antes que Bon siguiera viaje a la suya. Entonces Sutpen fue a Nueva Orleans. Nadie sabe si escogió ese momento con el fin de encontrar juntos a Bon y a su madre y resolver como fuera el asunto de una vez por todas, así como nadie sabe si vio o no a la madre mientras estuvo en la ciudad, si ella lo recibió o si se negó en redondo a recibirlo, o, caso de que lo recibiera, si él intentó una vez más llegar a un acuerdo con ella, si tal vez quiso comprarla con dinero, ya que mi padre dijo que un hombre capaz de creer que a una mujer despechada, desdeñada y enojada se le pudiera comprar por medio de la lógica formal también estaría convencido de que sería posible aplacarla con dinero, y si en tal caso la cosa no salió como él había querido, o si Bon estaba presente y fue Bon quien rechazó la oferta, aunque nadie supo nunca si Bon llegó de hecho a saber o no que Sutpen era su padre, si quiso por su parte vengar a su madre al principio, o no, y sólo después se enamoró de Judith, si sólo después sucumbió a la corriente de retribución y fatalidad que al decir de la señorita Rosa había desencadenado Sutpen, y que había sido la condenación de todo su linaje, blanco y negro por igual. Pero es evidente que no salió bien, y llegaron las siguientes navidades y llegaron Henry y Bon al Centenar de Sutpen y Sutpen esta vez entendió que la cosa no tenía remedio, que Judith estaba enamorada de Bon y que si Bon quería venganza o si se había visto atrapado y hundido y condenado también en el fondo daba lo mismo. Por lo visto, mandó llamar a Henry aquella víspera de Navidad antes de cenar (mi padre dice que tal vez para entonces, tras su viaje a Nueva Orleans, había aprendido de las mujeres lo suficiente para saber que de nada habría servido llamar antes a Judith) y se lo dijo. Y supo de antemano lo que Henry iba a decir y Henry lo dijo y él recibió la tajante negativa con que su hijo le contradijo y Henry supo, al recibir su padre su negativa, que lo que su padre le había dicho era verdad; y mi padre dijo que él (Sutpen) probablemente supo qué iba a hacer Henry y contó con que Henry lo hiciera porque aún creía que se había tratado tan sólo de un error táctico de poca monta, y así se vio como quien se enzarza en una escaramuza y se encuentra en inferioridad de condiciones, si bien no puede batirse en retirada; como quien cree que si tiene paciencia suficiente y sagacidad suficiente y calma y aplomo y está alerta en la medida suficiente podrá lograr que el enemigo se disemine, para ir entonces a por ellos de uno en uno. Y Henry lo hizo. Y él (Sutpen) seguramente supo qué era lo que Henry iba a hacer a continuación; seguramente supo que Henry también iba a viajar a Nueva Orleans para averiguar la verdad por sí mismo. Aquello fue en el 61 y Sutpen supo qué iban a hacer: no sólo supo lo que iba a hacer Henry, sino también lo que iba a obligar a hacer al propio Sutpen; es posible (siendo un demonio, aunque tampoco hiciera falta ser un demonio para prever entonces que iba a desencadenarse la guerra) que incluso previera que Henry y Bon se alistarían en aquel regimiento estudiantil de la universidad; tal vez tuvo incluso alguna forma de estar al tanto, y supiera qué día iban a figurar sus nombres en el registro, alguna forma de saber dónde se encontraba el regimiento incluso antes que el abuelo fuese nombrado coronel del batallón al que estaba adscrito el regimiento y siguiera activo, al mando, hasta que resultó herido en la batalla de Pittsburgh Landing (donde Bon sufrió heridas de consideración) y volvió a casa para mejor acostumbrarse a no tener brazo derecho, y Sutpen volvió a casa a su vez en el 64 cargado con las dos lápidas y habló con el abuelo en su despacho aquel día, la víspera de que ambos volviesen al frente; supo en todo momento cuál era el paradero de Henry y de Bon, supo que habían estado en todo momento en el batallón del abuelo, en donde éste pudo en cierto modo velar por ellos aun cuando no supiera que lo estaba haciendo, incluso en el supuesto de que necesitaran esa atención, pues Sutpen también debía de estar al corriente del periodo de prueba impuesto, debía de estar al tanto de lo que estaba haciendo Henry: mantenerse y mantenerlos en suspenso a ellos dos, a Judith y a Bon, tanto como a él mismo, mientras él se debatía con su conciencia y procuraba obligarla a hacer las paces con aquello que deseaba hacer, tal como había hecho su padre en aquella remota ocasión, más de treinta años antes, e incluso se había vuelto quizá tan fatalista como Bon, y quiso dar a la guerra la oportunidad de ser la que zanjara todo el asunto matándole a él o matando a Bon o matándolos a ambos (pero sin ayuda y sin intromisión por su parte, puesto que fue él quien llevó a Bon a la retaguardia después de Pittsburgh Landing), o tal vez supo que el Sur iba a ser arrasado y que ya no quedaría gran cosa que de veras importase nada, nada por lo que valiese la pena sulfurarse, nada por lo que valiese la pena protestar o sufrir, nada por lo que valiese la pena morir, ni vivir tampoco. Ése fue el día en que acudió al despacho, su… (—El demonio —dijo Shreve)… un día en que estaba de permiso en su casa, en que había vuelto a casa cargado con las lápidas y Judith estaba allí, y calculo que la miró y que ella lo miró y que él dijo «Ya sabes dónde está», y Judith no le mintió, y él (conocía bien a Henry) dijo «Pero aún no has recibido noticias suyas», y Judith tampoco le mintió en eso, y tampoco lloró, porque los dos sabían qué pondría en la carta el día en que la carta llegase, así que no tuvo él que pedirle «Cuando te escriba para decirte que viene, poneos a confeccionar Clytie y tú el vestido de novia», ni siquiera si Judith le hubiera mentido en eso, cosa que ella no había hecho: así pues, puso una de las lápidas en la tumba de Ellen y colocó la otra en el vestíbulo y fue a visitar al abuelo, a tratar de explicárselo, a ver si el abuelo lograba descubrir el error que, a su entender, tenía que sella única causa de su problema, sentado en el despacho con su uniforme raído y deslucido, con los guantes desgastados y el fajín descolorido y (no pudo dejar de lucir el penacho, de seguro. Se lo tuvo que poner a toda costa. Tal vez hubiera tenido que prescindir del sable, pero habría lucido el penacho) el penacho de adorno en el sombrero roto y ajado y sucio, con su caballo ensillado y esperándole abajo, en la calle, y mil millas por delante, a caballo, hasta dar con su regimiento, si bien pasó la tarde allí sentado, la víspera de su regreso al frente, como si le quedase un millar de tardes, como si no tuviera prisa ni hubiera urgencia en ningún lugar bajo el sol y como si, al partir, no tuviera que ir más lejos que al Centenar de Sutpen, recorrer sólo aquellas doce millas, como si tuviera un millar de días e incluso mil años de monotonía y de paz fecunda, y él, después incluso de haber muerto, siguiera allí, siguiera contemplando a los nietos y biznietos espléndidos, extendidos hasta donde la vista alcanzase; pese a estar muerto y bajo tierra, seguiría teniendo la misma fina y admirable estampa varonil, como decía Wash Jones, pero no en ese instante. En ese instante lo había encerrado la bruma de su propia, particular, encarnizada batalla con su moralidad personal: ese quisquillo hilar cada vez más fino y partir en cuatro cada pelo de cada abstracción, mientras (al decir del abuelo) Roma se esfumaba y se derrumbaba Jericó, ese maniático esto sería acertado si o eso sería un error pero que es propio de la sangre que fluye con lentitud y de los huesos y arterias que se anquilosan al que dice mi padre que recurren los hombres en su senilidad por más que de jóvenes reaccionasen ante un único y simple Sí y ante un único y simple No tan instantáneos y tan completos y tan impensados como el chasquido del interruptor que da y que corta la luz, allí sentado, hablando, y sin que el abuelo supiera entonces de qué estaba hablando, porque el abuelo dijo entonces que no creyó que el propio Sutpen lo supiera porque ni siquiera entonces le había contado Sutpen todo lo que había que contar. Y eso por esa moralidad dichosa otra vez, dijo el abuelo: esa moralidad que no le permitía envilecer o traicionar la memoria de su primera esposa, o al menos la memoria del matrimonio, aun cuando tuviera la convicción de haberse llamado a engaño, de que le había engatusado no ante un conocido en cuya confianza y discreción confiase plenamente, tanto que deseara justificarse en ellas, y tampoco ante el hijo habido de otro matrimonio, con el fin de preservar a toda costa el estatus que fue logro y ambición de su vida entera, salvo que fuera éste el último recurso. En tal supuesto no vacilaría, dijo al abuelo: pero no mientras no se diera tal supuesto. Se había llamado a engaño él solo, por sus propios medios y ante sí mismo, aunque se había zafado sin pedir ayuda y sin recibirla de nadie; a ver si cualquier otro que se viera bajo la misma imposición sería capaz de obrar del mismo modo. Allí estaba, discurriendo entre moralidades sobre el hecho de que, al margen del curso de acción que emprendiera, el resultado habría de ser él mismo: que ese designio y ese plan al que había consagrado cincuenta años de su vida del mismo modo podría no haber tenido existencia ninguna durante casi exactamente cincuenta años, y el abuelo ni siquiera supo entonces de qué dilema le estaba hablando, qué segunda opción era la que le quedaba abierta, hasta la ultimísima palabra que pronunció antes de levantarse y ponerse el sombrero y estrechar la mano izquierda del abuelo y marcharse a caballo; esa segunda opción, o necesidad de optar, era tan incomprensible para el abuelo como había sido la razón de la primera necesidad, del repudio: así pues, el abuelo ni siquiera dijo «No sé cuál de las dos debió escoger usted», y no porque eso fuera todo cuanto pudo haber dicho, de modo que decirlo habría sido menos incluso que no dar respuesta alguna, sino porque todo cuanto hubiera dicho habría sido menos incluso que no dar respuesta alguna, toda vez que Sutpen no lo estaba escuchando, no esperaba una respuesta, no había ido en busca de compasión, no existía consejo que pudiera haber aceptado y seguido, y la justificación ya la había arrancado con coerciones de su conciencia treinta años atrás. Y aún sabía que valor no le faltaba, y aunque últimamente hubiese dado en dudar de que hubiera adquirido aquella astucia que otrora creyó poseer, seguía convencido de que en alguna parte del mundo tenía que estar y de que aún podía aprenderse, persuadido de que si podía aprender él la aprendería, y es posible que también esto otro, al menos al decir del abuelo: si no le valía la astucia para zafarse en esa segunda ocasión, como le había valido antes, al menos podía fiarlo al valor, y que el valor le otorgase fuerza de voluntad y fuerza a secas para salvar la segunda; acudió al despacho no en busca de compasión, no necesitado de ayuda ni de nada más, de modo que tampoco habría sabido qué hacer con la ayuda, caso de que el abuelo hubiera sido capaz de prestársela, sino con su sobrio y sosegado desconcierto, quizá con la esperanza (caso de que esperanza tuviese, caso de que estuviera haciendo algo, y no pensándolo en voz alta) de que la mentalidad de formación jurídica pudiera detectar y aclarar aquel error inicial en el que seguía insistiendo, y que él no había sabido localizar: “Me encontré frente a la condonación de un hecho que se me había impuesto con malas artes y sin mi conocimiento durante el proceso de construcción de mi designio en sí, o bien a sostener a toda costa mi plan original de cara a la consecución del designio, en pos del cual había incurrido yo en esa negación. Escogí, y cumplí al máximo con toda la expiación que estuviera a mi alcance por aquel perjuicio que pudiera haber causado con mi elección, pagando por el privilegio de escoger como escogí incluso más de lo que pudiera haberse esperado de mí, más incluso de lo que (por ley) se me exigía. Y pese a todo me encuentro ahora ante una segunda elección, necesaria e ineludible, el factor más curioso de la cual no es, como señaló usted y como me pareció a mí en principio, que hubiera surgido la necesidad de tomar una segunda decisión, sino que cualquiera de las decisiones que yo tomase conduciría a un mismo resultado: o bien destruyo mi designio por mi propia mano, como sucederá si me veo obligado a jugar mi última baza, o bien me abstengo de hacer nada, dejo que las cosas tomen el curso que sé que han de tomar y veo cómo mi designio se completa con bastante normalidad, con toda naturalidad, y culmina con bien a ojos del público, cuando a mis propios ojos quedará rematado de tal manera que sea burla y traición cruel de aquel chiquillo que acudió a una puerta hace cincuenta años y que fue rechazado, en reivindicación del cual fue concebido todo el plan y fue llevado adelante paso a paso hasta el momento de esta decisión, de esta segunda decisión que emana de la primera, cuando a su vez se me ha impuesto a resultas de un acuerdo, de un acuerdo que conviene de buena fe, sin ocultación de nada, mientras la otra parte, o las otras partes, le ocultó o me ocultaron a mí el factor crucial, el que destruiría la totalidad del plan y el designio en pos del cual tanto he trabajado, ocultándomelo tan a conciencia que sólo después de nacer el niño tuve conocimiento de su existencia”.
       —Tu viejo —dijo Shreve—. Cuando tu abuelo le contó todo esto, él no sabía de qué estaba hablando el abuelo, tal como el abuelo no supo a ciencia cierta de qué estaba hablando el demonio cuando el demonio se lo contó. ¿Es eso? Y cuando tu viejo te lo contó a ti, tú no habrías sabido de qué hablaba nadie de no ser porque estuviste allá y viste a Clytie. ¿No es cierto?
       —Sí —dijo Quentin—. El abuelo fue el único amigo que tuvo.
       —¿El único amigo que tuvo el demonio? —Quentin no contestó, no se movió. Hacía frío en la habitación. Los radiadores casi no despedían calor: el aviso severo silbaba en el hierro enfriado, admonición de que era hora de dormir, la pequeña muerte, la renovación. Hacía ya un rato que las campanas habían dado las once—. De acuerdo —dijo Shreve. Se arrebujaba ahora con el albornoz tal como antes se había arrebujado dentro de la piel desnuda y sin vello casi—. Escogió. Escogió la lascivia. Yo también. Pero sigue. —No hizo el comentario por frivolizar, ni lo hizo en tono derogatorio. Nació (caso de que de alguna parte procediera) de esa sentimentalidad incorregible y nada sentimental que es propia de los jóvenes y que adquiere la forma de una levedad cruel y a menudo grosera, a la cual, por cierto, Quentin no prestó la menor atención, reanudando su relato como si nunca lo hubiera interrumpido su amigo, el rostro aún inclinado, aún meditando a todas luces sobre la carta abierta sobre el libro abierto entre sus manos.
       —Aquella noche emprendió viaje a Virginia. El abuelo dijo que se acercó a la ventana y lo vio atravesar la plaza montado en el escuálido semental negro, erguido, el sombrero con el penacho roto y algo ladeado, aunque no tanto como el gorro de castor en los viejos tiempos, como si a pesar de su rango marcial y sus prerrogativas no alardease tanto como acostumbraba, no porque le hubiera bajado los humos el infortunio, no por estar escarmentado o agotado o fatigado por la guerra, sino como si también a caballo siguiera desconcertado, en ese estado en el que pugnaba por mantenerse a flote, libre, por encima de un maelstrom de seres humanos imprevisibles y refractarios a todo raciocinio, la cabeza erguida no tanto para respirar mejor, sus cincuenta años de esfuerzos y desvelos por garantizarse una posteridad, sino su código de lógica y de moral, su fórmula y receta de realidad y deducción, cuya suma bien cuadrada, cuyo producto detallado rehusaban, rechazaban la posibilidad de nadar, de flotar incluso; lo vio acercarse a la posada de Holston y vio al viejo McCaslin y a otros dos ancianos salir a trancas y barrancas a darle el alto, a horcadas él en el semental, hablando con ellos sin levantar la voz, dijo el abuelo, si bien hasta la sobriedad de sus gestos y la postura de sus hombros resultaban forenses, de pura oratoria. Luego siguió su camino. Aún podría llegar al Centenar de Sutpen antes que anocheciera, así que probablemente fue después de la cena cuando volvió la grupa del semental camino del Océano Atlántico, encontrándose Judith y él frente por frente tal vez por espacio de un minuto entero, sin que él necesitara decir «Lo impediré si puedo», sin que ella necesitara decir «Entonces impídelo… si es que puedes», sino tan sólo adiós, el beso en la frente, ni una sola lágrima; una palabra para Clytie y Wash: de amo a esclavo, de barón a vasallo: «Bien, Clytie, cuida de la señorita Judith. Wash, desde Washington te mandaré un trozo del faldón de la levita de Abraham Lincoln», y digo yo que Wash hubo de responder como cuando pasaban el rato bajo el emparrado de uva moscatel, con el caneco y el pozal: «Claro, coroné: ¡acabe con toasa chusma!». Así que despachó la torta de maíz y el café de bellotas tostadas antes de emprender viaje. Era el 65, y el ejército (el abuelo también había vuelto al frente: era general de brigada, aunque digo yo que lo sería por alguna razón más, no sólo por tener un solo brazo) se había batido en retirada por Georgia y hasta Carolina, y todos sabían que ya mucho no podía faltar. Entonces, un buen día Lee mandó refuerzos a Johnston, tropas de una de sus columnas, y el abuelo descubrió que el Vigesimotercero de Mississippi era uno de estos regimientos. Y él (el abuelo) no supo qué había ocurrido: si Sutpen de algún modo supo que Henry al final había ejercido coerción sobre su conciencia para concordar con él tal como su padre (el de Henry) había hecho treinta años antes, si Judith tal vez había escrito a su padre para decirle que por fin había tenido noticias de Bon y para comunicarle lo que ella y Bon se proponían hacer, o si los cuatro habían alcanzado de consuno ese punto en el que era preciso hacer algo, en el que algo tenía que ocurrir, eso él (el abuelo) no lo llegó a saber. Tan sólo se enteró una mañana de que Sutpen había ido a caballo al cuartel del antiguo regimiento del abuelo y solicitó y se le dio permiso para hablar con Henry y habló con él y se marchó a caballo antes de medianoche.
       —Vaya. Así que a fin de cuentas tomó su decisión —dijo Shreve—. A fin de cuentas jugó su baza. Así pues, volvió a la casa, y encontró…
       —Espera —dijo Quentin.
       —… aquello que por fuerza quería encontrar o lo que de todas todas iba a encontrar…
       —¡Espera, te digo! —dijo Quentin sin moverse, sin levantar la voz, una voz de timbre tenso, ahogado, empañado—. Lo estoy contando. —¿Voy a tener que oírlo todo de cabo a rabo? pensó Ya lo estoy oyendo todo de cabo a rabo una vez más estoy oyéndolo todo de cabo a rabo una vez más tendré que no oír otra cosa distinta nunca más salvo esto siempre igual para siempre a lo que se ve no sólo nunca sobrevive un hombre a su padre sino que tampoco sus amistades y conocidos lo consiguen—: (al menos eso en lo referente a lo cual no habría tenido necesidad ni de palabra ni de advertencia ni siquiera si Judith le hubiera hecho llegar recado, si le hubiera hecho llegar una muestra o una confesión de que se daba por vencida, aunque de acuerdo con el señor Compson nunca le habría hecho llegar muestra ni confesión de que él la había vencido, tal como tampoco, ni por asomo, se habría contentado con esperar (y la señorita Coldfield dijo que no tenía dolor por la pérdida) y recibirlo cuando regresara no con la furia ni con la desesperación que tal vez podría él haber esperado, aun cuando supiera muy poca cosa, no en vano sabía de las mujeres tan poca cosa como ya dijo el señor Coldfield, si bien, y de seguro, con algo distinto de la gélida calma que, al decir de la señorita Coldfield, mostró al recibirle, el beso de nuevo en la frente tras dos años de ausencia; las voces, los parlamentos sosegados, contenidos, rayanos en lo impersonal: «¿Y bien…?». «Sí. Henry lo mató», seguidos de las breves lágrimas que cesaron en el mismo instante en que comenzaron a manar, como si la humedad constara de una única película o capa fina como el papel de fumar y tuviese la forma de un rostro humano. El «Ah, Clytie. Ah, Rosa. En fin, Wash: no pude penetrar mucho tras las líneas de los yanquis, no llegué a cortar un trozo del faldón de la levita que te prometí», la risotada (por parte de Jones); la antigua e idiotizada estabilidad del barro articulado que, dice el señor Compson, pervive más allá de victorias y derrotas por igual: «Bueno, coroné, pos nos habrán matao, pero aún no nos han hecho papilla, eh?», y eso fue todo. Habría regresado. Estaba de vuelta en casa, donde su problema había pasado a ser la prisa, el paso del tiempo, la necesidad del apremio. No le preocupaba, dijo el señor Compson, el valor y la fuerza de voluntad, ya ni siquiera le preocupaba la astucia. Ni siquiera por un instante le preocupó su capacidad de empezar por tercera vez. Todo lo que le preocupaba era la posibilidad de no tener tiempo suficiente para hacerlo, para recuperar el terreno perdido. Tampoco malgastó ni un ápice del tiempo que le quedara. La voluntad y la astucia tampoco las desaprovechó, aunque de seguro no considerase que hubieran sido ni la fuerza de voluntad ni su astucia las que le pusieron en bandeja la oportunidad, y probablemente fuese menos la astucia y más el valor que incluso la fuerza de voluntad lo que le valió para concertar el compromiso matrimonial con la señorita Rosa en un margen de tan sólo tres meses y antes en cualquier caso de que ella fuera consciente de lo acaecido, la señorita Rosa, principal discípula y defensora de aquel culto de acoso al demonio, del cual fue objeto principal (aunque no víctima), prometida con él en matrimonio antes de acostumbrarse a tenerlo en la casa; sí, tuvo que ser más el valor, el coraje si se quiere, que la fuerza de voluntad, aunque algo tuviese que ver también la astucia: la astucia amasada grano a grano, en dolorosísimos puñados, a lo largo de los cincuenta años, que de pronto es capital y adquiere valor retroactivo o que de repente brota y fluye como simiente caída en barbecho, en un vacío o en un único terrón de hierro. Y es que pareció percibir sin detenerse a percibir, en ese tránsito por la casa que fuera prolongación del largo viaje realizado a la vuelta de Virginia, con pausa no para saludar a su familia sino para recoger tan sólo a Jones y arrastrarlo a los campos que infestaban las malas hierbas, los brezos y las zarzas, a las vallas caídas, hacha o azada en mano, el único punto flaco, el único punto vulnerable a la agresión sito en la enconada soltería de la señorita Rosa, para agredir y resolverlo todo en una sola zancada, con algo de la despiadada habilidad táctica de su antiguo superior (el Vigesimotercero de Mississippi formó parte durante un tiempo de la columna militar de Jackson). Y entonces volvió a fallarle la astucia. Se le hizo añicos, se le esfumó en la vieja e impedida lógica, en la vieja e impedida moralidad que le habían traicionado antes: qué día tuvo que ser, qué surco tuvo que ser el que le hiciera detenerse en seco, con un pie adelantado, el mango insensible del arado en las manos en el acto insensible de empuñarlo, qué poste de qué verja sostenido en vilo como si careciera de peso gracias a unos músculos que no pudieron sentirlo, cuando cayó en la cuenta de que en su problema había algo más que la mera falta de tiempo, que el problema abarcaba una suerte de hiperdestilación de esa carencia: que ya pasaba de los sesenta años de edad y que en el mejor de los supuestos podía tener a lo sumo un hijo más, que a lo sumo le quedaba un hijo en las entrañas, tal como alcanza a saber el viejo cañón que a lo sumo lleva una última bala en su corporeidad. Por eso propuso lo que a ella le propuso, y ella hizo lo que él seguramente dio por sentado que había de hacer y lo que probablemente habría sabido de cierto si no se hubiese enzarzado con terquedad en aquella moralidad que disponía de todas las piezas en orden, pero que se negaba a funcionar como era debido, que no quería moverse. De ahí la proposición, la afrenta y la incredulidad; la oleada, la bofetada con que estalló la indignación y la ira con que la señorita Rosa se desvaneció para siempre del Centenar de Sutpen, las faldas abullonadas y henchidas a merced de la crecida, con la liviandad de una astilla que llevase la corriente, el sombrero (posiblemente uno de Ellen, que ella habría sacado furtivamente del desván) bien sujeto sobre el cabello, no fuera a arrebatárselo en su precariedad la rabia desatada. Y él allí de pie con las riendas del caballo sobre el brazo, con algo tal vez semejante a una son risa dibujada tras la barba y en unos ojos que no sonreían sin embargo, que despedían más bien la arrugada concentración de un pensamiento enfurecido: la prisa, la necesidad del apremio, la urgencia, pero no el miedo, ni la preocupación: tan sólo el hecho de haber perdido ese tiempo, aunque por suerte hubiera sido tan sólo un disparo de fogueo con carga escasa, y la vieja escopeta, el viejo cañón nada hubiera perdido con la salva, aunque la próxima vez tal vez ya no le quedara pólvora para un disparo de fogueo con el que avistarla presa y desconcertarla y para una descarga posterior con todas las de la ley; el hecho de que el hilo de la astucia y del valor, del coraje mejor dicho, y de la fuerza de voluntad, desembocara en la misma madeja que el hilo de los días que le restaban, y que esa madeja le quedara tan cerca que casi alcanzaba a tocarla sin extenderla mano. Pero ésta no era una preocupación seria, toda vez que (la lógica antigua, la antigua moralidad que nunca le habían, de momento, fallado a la hora de fallarle) ya encajaba en un patrón de sobra conocido, ya le demostraba de manera concluyente que había estado en lo cierto, como en el fondo sabía que estuvo, y por tanto lo acaecido fue simple quimera y no existió en realidad).
       —No —dijo Shreve—. Ahora, espera. Déjame a mí un rato, es mi turno. A ver: Wash. Él (el demonio) de pie junto a su montura, el corcel ensillado, el sable envainado, el uniforme gris a la espera de quedar guardado en paz y criar polillas, todo perdido, todo, salvo el deshonor: luego, la voz del fiel sepulturero que abrió el drama y que lo habría de cerrar, salida entre bastidores como si fuera la voz del propio Shakespeare encarnado: «Bueno, coroné: a lo mejor nosandao una buena tunda, pero entoavía no nosan matao, ¿eh?» —No fue displicencia, ni falta de seriedad. También fue la mera coloración protectora de la levedad tras la que se parapeta la juvenil vergüenza de sentirse conmovido, desde detrás de la cual también hablaba Quentin, la razón de su taciturno desconcierto, de la payasada forzada: los dos, lo supieran o no, en la fría habitación (ahora hacía bastante frío), dedicada al más refinado de los raciocinios, que a fin de cuentas era muy semejante a la moralidad de Sutpen y a la demonización de la señorita Coldfield, esa habitación no sólo dedicada de lleno sino también reservada a todo ello, y además de manera muy conveniente, puesto que había de ser allí, por encima de cualquier otro lugar, donde la lógica y la moralidad pudieran causar la menor cantidad de daños y perjuicios que fuera posible; los dos vueltos de espaldas cual si estuvieran ya en la última trinchera, diciendo No a la sombra de Mississippi, a la sombra que había conjurado Quentin, que en vida había actuado y había reaccionado ante el mínimo de lógica y la mínima moralidad, que muerta había escapado por completo a ambas, que muerta ya era no sólo indiferente, sino también impermeable, de algún modo inconcebible mil veces más potente y más viva. Ningún perjuicio se propuso causar Shreve, y Quentin no se sintió perjudicado, no se dio por ofendido, puesto que ni siquiera calló. No titubeó siquiera; se apropió de lo que Shreve fuese a decir quitándoselo de la boca sin comas ni guiones ni puntos ni apartes:
       —… y sin reservas suficientes para arriesgar una salva, así que la espantó como espantarías tú una liebre escondida en un zarzal, lanzándole con la mano un terrón, un puñado de barro seco. Quizá fueran los primeros abalorios ensartados de la reserva que tenían Wash y él para comerciar, quizá fuera ésa la razón de que se indignara con sus clientes, los negros, o la chusma blanca que anduviera por los parajes de los alrededores, el regateo en el trueque, y que por eso los echara de allí y cerrase la puerta echando el cerrojo y se pusiera ciego de beber. Y tal vez Wash fue quien hizo entrega de los abalorios, dijo mi padre, tal vez estaba haraganeando en la cancela aquel día en que volvió a caballo de la guerra, tal vez después que se marchase con el regimiento dijera a los lugareños que él (Wash) andaba en busca del sitio del coroné y de sus negros, y tal vez al cabo de un tiempo llegara a creérselo él mismo. La madre de mi padre alguna vez dijo que cuando los negros de Sutpen se enteraron de lo que estaba diciendo a diestro y siniestro, lo pararon en medio del camino que venía del tremedal en donde se encontraba el viejo campamento de pesca que Sutpen le había cedido para que viviera allí con su nieta (que tendría entonces unos ocho años). Eran demasiados, imposible que se le ocurriese darles a todos una zurra, no se le pudo pasar por la cabeza arriesgarse a intentarlo siquiera, y los negros le preguntaron por qué no estaba él en la guerra, a lo que él respondió: «¡Fuera de mi camino, negros de mierda!», y a este exabrupto siguieron las risas sin disimulo y los codazos de los unos a los otros, preguntándose (sólo que no se lo preguntaban unos a otros, sino que era a él a quien se lo decían): «¿Quién es ése para llamarnos negros?», con lo que él se lanzó a por ellos enarbolando un palo y ellos evitaron por muy poco la acometida, sin inmutarse apenas, riéndose sin más. Él siguió llevando pescados y animales que mataba (o que tal vez robaba) y verduras a la casa en una época en la que eso era más o menos todo lo que la señora Sutpen y Judith (y Clytie también) tenían para subsistir, y Clytie no le permitía entrar en la cocina con la cesta de las vituallas y le decía: «Alto ahí donde estás, blanco. Quédate ahí bien quieto. Nunca cruzaste esa puerta estando aquí el Coronel, y tampoco ahora la vas a cruzar». Cosa que era muy cierta, sólo que al decir de mi padre parece que en ella había un cierto orgullo: que él nunca había tratado de entrar en la casa, si bien creía que caso de haberlo intentado Sutpen no habría permitido que lo echaran sin contemplaciones, y que (al decir de mi padre) podría haber dicho para sus adentros que La razón de que no lo intente no es que me niegue yo a permitirá ningún negro la posibilidad siquiera de decirme que no puedo, sino que no pienso forzar al señor Tom a maldecir a ninguna negra ni a que su esposa la reprenda por mi culpa. Sin embargo bebían juntos bajo el emparrado de uva moscatel los domingos por la tarde y los días laborables veía él a Sutpen (la fina y admirable estampa del hombre, tan viril, según decía él) cabalgar el negro semental, al galope por la plantación, y mi padre dijo que por un instante a Wash se le sosegaba el corazón y que a la vez se le henchía de orgullo y que a lo mejor le daba la impresión de que aquel mundo en el que los negros, que la Biblia decía que habían sido creados y maldecidos por Dios, condenados a ser bestias y vasallos de todos los hombres de piel blanca, se encontraban mejor acomodados y disponían de alojamiento e incluso de vestimenta, mejor en todos los sentidos que su nieta y él, que aquel mundo en el que él siempre tenía que caminar cercado por las burlas y las mofas y los ecos de las risas de los negros, no pasaba sino de ser sueño e ilusión, y que el mundo real era aquel en el que su propia y solitaria apoteosis (al decir de mi padre) pasaba de largo, al galope, montado en su pura sangre, negro, pensando tal vez, al decir de mi padre, que el Libro señalaba que todos los hombres fueron creados a imagen y semejanza de Dios, de manera que todos los hombres eran iguales a los ojos de Dios, o que al menos a Dios le tenían que parecer todos iguales, de manera que él miraba a Sutpen y pensaba Un caballero de fina y admirable estampa, un hombre con orgullo. Si Dios mismo bajara del cielo y cabalgara por la tierra, ésa es la estampa que aspiraría a tener. Es posible que fuera él quien hizo entrega de los primeros abalorios ensartados, y mi padre dijo que tal vez también de todas y cada una de las cintas que se entregaron después, durante los tres años siguientes, mientras la niña maduraba deprisa, como suelen las niñas de esa especie; en todo caso, él habría conocido y sabría reconocer todas y cada una de las cintas cuando las viera sobre ella, incluso cuando ella le mintiera al decir dónde y cómo las había encontrado, cosa que probablemente no hizo, puesto que por fuerza tenía que saber que él había visto una y otra vez las cintas en el escaparate, a diario, por espacio de tres años, y las habría reconocido todas igual de bien que habría reconocido sus propias botas. Y no sólo las conocía él, sino que las conocían a la fuerza todos los demás, los clientes y los haraganes, los blancos y los negros que se sentaban y se acuclillaban alrededor del tenducho a verla pasar, no del todo desafiante, no del todo apocada, no del todo empeñada en lucir las cintas y los abalorios, pero casi; no del todo con ninguna de esas actitudes, sino con una pizca de todas ellas: osada y malencarada y temerosa. Pero mi padre dijo que Wash seguramente tenía el corazón aún en calma después que viera el vestido y después que hablase de él, que probablemente sólo se había tornado algo serio, y que observó su carita desafiante y reservada y atemorizada cuando ella le dijo (antes que él lo preguntase, quizá demasiado insistente, quizá demasiado presta a la hora de decirlo) que se lo había dado la señorita Judith, que le había ayudado ella a confeccionarlo: y mi padre dijo que tal vez de súbito comprendió sin advertencia previa que cuando pasaba por delante de los hombres reunidos en el porche a la entrada de la tienda ellos también lo miraban y que ya entonces sabían que lo que él acababa de pensar ya lo estaban pensando ellos. Pero mi padre dijo que su corazón seguía estando en calma incluso entonces, y que respondió, si es que llegó a responder, acallando todas las protestas y todo descargo de responsabilidad: «Claro, claro. Pos si el coroné y la señorita Judith quisieron dártelo, espero que les dieras las gracias». Sin rastro de alarma, dijo mi padre: sólo un tanto pensativo, sólo algo más serio que de costumbre; mi padre dijo que aquella tarde en que el abuelo fue allá a caballo a ver a Sutpen por no sé qué asunto y no vio a nadie a la entrada del tenducho y a punto estaba de marcharse y de acudir a la casa oyó voces que llegaban desde la parte de atrás y fue hacia allá caminando y de ese modo oyó algo antes incluso de poder abstenerse de oír lo que allí se dijera, y oyó que llamaban a Sutpen por su nombre. El abuelo aún no alcanzaba a verlos, aún no había llegado a un punto en el que ellos pudieran oírle, pero dijo que supo con toda exactitud cómo los iba a encontrar: Sutpen ya habría dicho a Wash que sacara el caneco y fue entonces cuando Wash tomó la palabra y Sutpen comenzó a darse la vuelta al darse cuenta de que Wash no iba a sacar el caneco antes de comprender incluso el sentido de lo que Wash estaba diciendo y todavía no había terminado de darse la vuelta cuando de pronto retrocedió y alzó del todo la cabeza, mirando a Wash, que estaba de pie delante de él y que tampoco se había encogido, con esa actitud terca, sosegada, sin asomo de encogimiento, y entonces dijo Sutpen «¿Qué hay del vestido?», y el abuelo dijo que fue la voz de Sutpen la que resultó cortante y seca, no la de Wash, que Wash habló con voz llana y reposada, sin ningún rastro de abyección, sólo con paciencia, despacio: «Mirusté: le conocío desde hace va pa veinte años. Aún no me negao nunca a hacer lo que me dice. Y paso de los sesenta. Y ella no es más cuna cría de quince», y Sutpen dijo «¿Me vas a decir que le he hecho daño? ¿Yo, un hombre ya tan viejo como tú?», y Wash: «Asín fuesusté otro hombre, diría yo que es tan viejo como yo. Y, viejo o no, no la dejaría yo tener ese vestido, ni ná que viniera de sus manos. Perustés distinto», y Sutpen: «¿Distinto? ¿Qué quieres decir?», y el abuelo dijo que Wash no respondió, y que él volvió a llamarle y que ninguno de los dos le oyeron, y que Sutpen dijo: «A ver, entonces: ¿por qué tienes miedo de mí?», a lo que dijo Wash: «Yo no le tengo miedo. Ustés valiente. No es que sea usté un valiente que un día o una hora o un minuto lo fuera y tenga un papel que lo dice de puño y letra del general Lee. Es que ustés valiente así como está vivo y coleando. Y ésa es la diferencia. Ninguna falta hace que nadie haya firmado nada que me lo diga, que yo lo sé bien. Y sé igual que lo mismo da qué toquen sus manos, igual da que sea un regimiento de hombres o una moza ignorante o un perro perdiguero, que meterá en cintura lo que toque». El abuelo oyó entonces moverse a Sutpen, un movimiento repentino y cortante, y el abuelo dijo que se hizo a la idea, aunque sólo llegase a imaginar lo que estaba pensando Wash. Todo lo que dijo Sutpen fue “Saca el caneco”. “Pos claro, coroné”, dijo Wash.
       »Y así llegó el domingo, un año después de aquel día y tres años después que propusiera a la señorita Rosa que probase a ver primero y que si era niño y sobrevivía luego ya tendrían tiempo de casarse. Fue antes que amaneciera, cuando esperaba él que la yegua diese a luz al potro del semental negro, así que cuando se marchó de la casa antes que rayase el alba Judith dio por hecho que había ido al establo, no por nada sabía lo que había que saber de su padre y de la nieta de Wash, tanto como nadie lo supo, todo lo que no pudo dejar de saber por lo que Clytie tenía que haber sabido (puede o puede que no se lo dijera, y a saber el qué) puesto que en los alrededores todo el mundo, blanco o negro por igual, sabía de la misma manera, por haber visto pasar a la chiquilla con las cintas y los abalorios que todos reconocieron, cuánto podía haberse negado ella a descubrir durante las pruebas de costura y la confección de ese vestido (mi padre dijo que fue Judith quien lo hizo, que no fue mentira lo que la chiquilla dijo a Wash: solas las dos durante todo el día, durante una semana más o menos, y las cosas de las que debieron de hablar, o lo que Judith debió de contar mientras la chiquilla esperaba vestida sólo con aquellas prendas a las que llamaba ropa interior, con un semblante secreto, desafiante, atento y arisco, respondiendo a saber qué, diciendo a Judith a saber qué cosas, a las que luego Judith quizá trató de cerrarle los ojos, eso nadie lo sabe). Así que hubo de ser cuando no regresó a la hora de la cena: ella fue al establo o mandó a Clytie allí y descubrió que la yegua había parido de noche, aunque su padre no estaba allí. Y hubo de ser a media tarde cuando encontró a un mozalbete al que dio una moneda para que fuese hasta el viejo campamento de pesca y preguntase a Wash dónde se había metido Sutpen, y el mozalbete fue silbando hasta dar la vuelta a la cabaña medio podrida y quizá viese antes que nada la hoz, quizá primero vio el cadáver tendido entre las malas hierbas que Wash todavía no había arrancado, y en el momento en que dio un grito alzó los ojos y vio a Wash en la ventana, desde la que lo estaba mirando. Al cabo de una semana más o menos dieron caza a la negra, a la comadrona, quien contó que ella no sabía que Wash estuviese allí durante aquel amanecer en que oyó primero el caballo y luego los pasos de Sutpen al entrar y plantarse ante el jergón en que se encontraban la chiquilla y el niño, cuando dijo “Penélope… (era la yegua)… ha parido esta mañana. Un potrillo que da gusto verlo. Será la viva imagen de su padre, con el que monté al ir al Norte en el 61. ¿Te acuerdas?”, y la negra vieja dijo “Sí, amo”, y él hizo un gesto con la fusta hacia el jergón y dijo: “Bueno, ¿y aquí qué ha sido, maldito sea tu pellejo de negra: ¿caballo o yegua?”, y ella se lo dijo y él permaneció allí de pie un minuto, con la fusta contra la pierna y las rendijas de luz del sol que caían sobre él filtradas por las grietas de la pared, sobre su cabello cano, sobre la barba que aún no se le había encanecido nada, y ella dijo que le vio los ojos y los dientes entre la barba y que de haberle sido posible habría echado a correr en ese instante, sólo que no pudo, no supo cómo hacer para que sus piernas soportaran su peso y echaran a correr: y entonces él miró de nuevo a la muchacha tendida en el jergón y le dijo “Bueno, Milly. Lástima que no seas una yegua. Así podría darte una cuadra decente en el establo”, con lo que se dio la vuelta y salió. Ella aún no pudo ni moverse, y ni siquiera se enteró de que Wash estaba fuera; tan sólo oyó a Sutpen decir “Atrás. Ni se te ocurra tocarme un pelo de la ropa, Wash”, y Wash entonces, con voz queda, tanto que apenas lo llegó a oír ella: “Posí que le vía tocá, coroné”, y Sutpen de nuevo: “¡Atrás, Wash!”, de manera cortante, imperiosa, y ella entonces oyó el fustazo en la cara de Wash, pero no llegó a saber si oyó o no la hoz, porque en ese instante se dio cuenta de que sí podía moverse, ponerse en pie, salir corriendo de la cabaña y seguir corriendo entre las matas…
       —Un momento, espera —dijo Shreve—. Quieres decir que por fin había tenido el hijo que tanto ansiaba, a pesar de lo cual…
       —… recorrió a pie las tres millas y volvió antes de la medianoche para cazar a la negra vieja, y se sentó allí en el porche desvencijado hasta que amaneció, y la nieta dejó de dar gritos en el interior de la cabaña e incluso oyó una sola vez al bebé, esperando a Sutpen. Y mi padre dijo que tuvo el corazón sosegado incluso antes, por más que supiera lo que iban a decir en todas las cabañas de los alrededores cuando cayera la noche, tal como había sabido qué se estaba diciendo durante los cuatro o cinco meses anteriores, cuando la situación de su nieta (que él nunca hizo nada por disimular) ya no dejaba lugar a dudas: Wash Jones por fin ha puesto en su sitio al viejo Sutpen. Le ha costado veinte años, pero por fin ha echado mano del viejo Sutpen y lo tiene en donde Sutpen tendrá por fuerza que desgarrar carne o ponerse a gritar. Eso es lo que dijo mi padre que estuvo pensando mientras esperaba fuera, en el porche, a donde lo había mandado la negra vieja, pues le ordenó que saliera, de pie acaso junto al poste contra el cual había descansado oxidándose durante dos años la hoz, mientras los gritos de la nieta le llegaban con la regularidad de un reloj aunque su propio corazón estuviera sosegado, ni mucho menos preocupado, ni mucho menos alarmado; y mi padre dijo que tal vez, allí de pie y envuelto por la bruma de sus propios tanteos, de sus torpes tentativas Cesa moralidad tan suya, que a fin de cuentas era muy similar a la de Sutpen, le indicó que iba a obrar con bien a la vista de todo lo ocurrido y a tenor de todas las costumbres y de todo lo demás), que siempre estuvieron de algún modo entremezcladas con el galopar de los cascos incluso durante la paz de antaño que ya nadie recordaba, y en la que durante los cuatro años de la guerra no había asistido él a un galopar que fue si acaso tanto más galante y orgulloso y atronador; dijo mi padre que quizás encontrase respuesta, que quizás allí se desgajó de todo lo demás y emergió con toda claridad en pleno galope, recortada sobre el cielo amarillo del amanecer, la admirable y fina estampa del hombre a lomos de la orgullosa y fina estampa del corcel y que hasta los tanteos y las tentativas, torpes y desmañadas, se desgajaron de todo no a modo de justificación, ni de explicación, ni de extenuación y excusa, dijo mi padre, sino como apoteosis solitaria, explicable, más allá de todo estropicio humano: Él es más grande que todos los yanquis que nos mataron a nosotros y a los nuestros, que mataron a su esposa y dejaron viuda a su bija y expulsaron a su hijo de su propia casa, que le robaron a sus negros y arruinaron sus tierras; es más grande que todo este condado que se ha hecho a su medida y en pago del cual se ha encargado de llevar un tenducho en medio del campo, con el que se gana el pan y la sal; es más grande que todo escarnio y toda negación que se haya llevado a los labios, como la amarga copa del Libro. ¿Y cómo es posible que baya yo vivido a su lado por espacio de veinte años sin que me alcanzase ni me conmoviera ni me transformara? Acaso no sea yo tan grande como él, acaso no baya yo galopado. Pero al menos he sido arrastrado por donde quiera que haya ido él. Y entre él y yo aún podemos y siempre podremos, puesto que de ser así él me mostrará qué es lo que tiene en mente que yo haga, y acaso siguiera allí de pie, sujetando las riendas del semental luego de que Sutpen hubiera entrado en la cabaña, oyendo aún el eco del galopar, viendo aún galopar la estampa orgullosa y fundida y desaparecida, al galope a través de los avatares que jalonaron la acumulación de los años, del tiempo, hasta el espléndido clímax en el que galopara ya sin fatiga y sin progreso, por y para siempre inmortal bajo el sable que blande en alto y las banderas desgarradas por los disparos que descienden en un cielo del color del trueno; allí de pie se encontraba y oyó a Sutpen en el interior, oyó su única frase de salutación y pregunta y despedida, la que dijo a la nieta, y mi padre dijo que por un instante Wash acaso no percibiera la tierra misma bajo sus pies según vio a Sutpen salir de la cabaña, con la fusta en la mano, pensando con sosiego, como en un sueño, no es posible que haya oído yo lo que yo sé que he oído. Sólo sé que no es posible pensando Por eso se levantó temprano. Por ese potrillo. No es ni por mí ni por los míos. Ni siquiera fue lo suyo lo que lo llevó a madrugar sin sentir tal vez ni tierra, ni estabilidad, en ese instante, acaso sin oír su propia voz cuando Sutpen le vio la cara (la cara del hombre que en veinte años no se supo que hiciera ningún movimiento, salvo los que le mandase quien era dueño del semental en que cabalgaba) y se detuvo: «Ha dicho que si fuera yegua le podría dar una cuadra decente en su establo», acaso sin oír siquiera a Sutpen cuando le dijo con toda claridad, conminándolo, «Atrás, Wash. Ni se te ocurra tocarme un pelo de la ropa», aunque algo tuvo que oír, puesto que respondió «Posí que le vía tocá, coroné», a lo que Sutpen dijo otra vez «Atrás, Wash» antes que la vieja oyera el fustazo. Sólo que hubo dos fustazos; dos verdugones encontraron esa noche en el rostro de Wash. Es posible que los dos fustazos dieran con él por tierra; es posible que al incorporarse encontrase su mano la hoz…
       —Espera —dijo Shreve—. Por el amor de Dios, espera. Quieres decir que él…
       —… se pasó el día entero sentado ante el ventanuco desde donde veía el camino; es probable que dejara la hoz y que entrase en la cabaña en donde tal vez la nieta en el jergón preguntase quejumbrosa qué fue eso, y él «¿Qué? ¿De qué ruido me hablas, pequeña?», y tal vez incluso trató de convencerla para que comiera un poco, la carne o las sobras que seguramente se había llevado a la cabaña del tenducho el sábado por la noche, o tal vez algo de caramelo, tratando de tentarla; el centavo de jalea revenida que había tomado de un saco a rayas, y es posible que él mismo algo comiese y que luego tomara asiento ante la ventana, desde donde veía el cadáver y la hoz y las hierbas, y veía el camino. Y es que allí estaba sentado cuando el mozalbete apareció doblando la esquina de la cabaña, con un silbido, y lo vio. Y mi padre dijo que debió de darse cuenta de que no pasaría mucho del anochecer cuando sucediera, que seguramente allí debía de estar cuando percibió que se congregaban con los caballos y los perros y las armas, los curiosos, los vengativos hombres cortados por el mismo patrón que Sutpen, los que se sentaban a su mesa cuando él (Wash) aún tenía que acercarse a la casa sin pasar del emparrado de uva moscatel, hombres que habían indicado el camino, que habían mostrado a otros de menos valía cómo plantar batalla, cómo combatir, y que tal vez también poseyeran papeles firmados por los generales en los cuales se dijera que habían estado entre los más destacados, entre los más valerosos, que habían galopado en los viejos tiempos arrogantes y orgullosos con sus espléndidas monturas, por plantaciones espléndidas, símbolo también de admiración y esperanza, instrumentos también de la desesperanza y la pesadumbre; a éstos contaba con ver y de éstos contaba con huir y al parecer se le ocurrió que no tenía tanto de qué huir cuanto algo hacia lo cual huir, y que si huyese estaría escapando tan sólo de un cúmulo de sombras maliciosas, jactanciosas, para vérselas con otro, puesto que ellos (los hombres) estaban todos cortados por el mismo patrón, todos en todas las tierras que había alcanzado a conocer, siendo él, además, demasiado viejo para huir, para llegar muy lejos en el supuesto de que huyera sin poder nunca escapar de ellos; un hombre de más de sesenta años difícilmente iba a llegar lejos en su huida, no se alejaría lo suficiente para escapar de los límites de las tierras en que vivían aquellos hombres, en donde imponían el orden y el gobierno de los vivos: y mi padre dijo que acaso por vez primera en toda su vida comenzó a comprender entonces cómo había sido posible que los yanquis o cualquier otro ejército les hubiera dado una buena tunda, a los galantes, a los orgullos, a los valientes, a los reconocidos, a los elegidos y a los mejores de todos ellos, los llamados a ostentar la valentía y el honor y el orgullo. Es probable que para entonces se hubiera puesto el sol, es probable que los percibiera ya muy cerca; mi padre dijo que es probable que le pareciera que ya llegaba a oírlos: todas las voces, los murmullos del mañana y del mañana y el mañana más allá de la furia inmediata: el viejo Wash Jones por fin se ha dado un batacazo. Creyó tener a Sutpen bien sujeto, pero Sutpen lo engañó. Creyó que lo tenía, pero el viejo Wash Jones se dejó engañar y acaso lo llegara a decir en voz alta, acaso lo dijera a gritos, dijo mi padre: «¡Pero eso no me lo podía yo esperar, coroné! ¡Bien sabe usté que no!» hasta que tal vez quizá la nieta se desperezase y hablase de nuevo con voz quejumbrosa y él fuera a tranquilizarla y volviera a hablar consigo mismo, aunque ya con más cuidado, ahora en voz baja, puesto que Sutpen estaba cerca, tan cerca que le habría oído con facilidad, sin gritos, «Bien sabe usté que no. Bien sabe usted que nunca esperé ni pedí ni quise nada de otro hombre, quitando lo que de usté esperé. Y eso nunca se lo pedí. No creí que fuera necesario, y me dije no tengo necesidá. ¿Qué necesidá va a tener uno como Wash Jones, paqué va a dudar del hombre del que el general Lee en persona dijo en una nota escrita de su puño y letra que era un valiente?» (acaso volviera a ser también en voz alta, olvidándose otra vez) «¡Valiente! ¡Más nos habría valido que no volviera ninguno cabalgando en el 65!» pensando Más nos valdría que los de su calaña y los de la mía nunca hubiéramos respirado en esta tierra. Más nos valdría que cuantos quedaran de nosotros fueran borrados de la faz de la tierra antes que otro Wash Jones hubiera de ver cómo la vida entera se le arranca a tiras y se le encoge cual cáscara reseca que se desprecia y se arroja al fuego y se arruga. Llegaron entonces a caballo. Él debía de estar a la escucha, pendiente de que aparecieran por el camino los perros y los caballos, y vio los faroles si ya era de noche. Y el comandante De Spain, que era en aquel entonces el sheriff del condado, desmontó y vio el cadáver, aunque dijera que no vio a Wash y que no supo siquiera que estaba allí hasta que Wash dijo su nombre con voz queda, en la ventana, casi delante de sus narices. «¿Es usted, comandante?» De Spain le dijo que saliera y dijo que la voz de Wash era queda, era inaudible casi, cuando dijo que saldría en un instante; demasiado queda, demasiado sosegada; tan excesivamente queda y sosegada que De Spain dijo que no se dio cuenta por un instante que era demasiado queda y sosegada. «En un instante. En cuanto vea cómo está mi nieta.» «De ella nos ocuparemos nosotros —dijo De Spain—. Tú sal de ahí.» «Pos claro, comandante —dijo Wash—. Ahora mismito.» Esperaron ante la cabaña a oscuras y al día siguiente dijo mi padre que era un centenar los que recordaban el cuchillo de carnicero que tenía él escondido, afilado cual navaja —el único objeto de toda su deslucida vida del que, al menos según se llegó a saber, estaba orgulloso, el único en que ponía esmero—, sólo que para cuando se acordaron de todo esto ya era demasiado tarde. Así que no se dieron cuenta de lo que se traía entre manos. Lo oyeron tan sólo moverse en el interior de la cabaña a oscuras, oyeron entonces la voz de la nieta, apagada y quejumbrosa: «¿Quién anda ahí? Enciende el candil, abuelo» y su voz acto seguido: «No va a hacer falta la luz, pequeña. No será más que un instante», y De Spain desenfundó la pistola y dio una voz: «¡Tú, Wash! ¡Sal de ahí te he dicho!», a lo que Wash no contestó, murmurando aún algo a la nieta: «¿Dónde estás?», y la voz apagada al responder «Aquí mismo. ¿Dónde iba a estar? ¿Qué es…?». De Spain dijo entonces «¡Jones!», y ya subía a tientas los peldaños rotos cuando la nieta chilló, y todos los hombres manifestaron que se oyó el ruido seco del cuchillo al tronzar las vértebras de ambas, aunque De Spain no lo oyera. Dijo que sabía que Wash acababa de salir al porche y que dio un salto retrocediendo antes de descubrir que Wash no corría hacia él, sino hacia la otra punta del porche, donde estaba tendido el cadáver, pero que no pensó en la hoz: tan sólo retrocedió veloz unos pasos cuando vio a Wash agacharse y levantarse y correr, entonces sí, hacia él. Pero corría en realidad hacia todos ellos, dijo De Spain, corría derecho hacia los faroles, así que todos vieron la hoz en alto, por encima de su cabeza, derecho hacia los faroles y los cañones de las armas, sin hacer ruido, sin decir nada, cuando De Spain retrocedió hacia él y le dijo: «¡Jones! ¡Alto! ¡Detente o te mato! ¡Jones! ¡Jones! ¡Jones!».
       —Espera —dijo Shreve—. ¿Quieres decir que por fin tuvo el hijo que ansiaba, después de tantos contratiempos, y que entonces se volvió en redondo y…?
       —Sí. Sentado aquella tarde en el despacho del abuelo, con el mentón bien erguido, explicándole al abuelo como podría haberle explicado a Henry la aritmética de cuarto: «Ya lo ve usted, todo lo que yo quería era un hijo. Lo cual a mí me parece, si miro despacio el panorama contemporáneo, que no es un don desmesurado por parte de la naturaleza, ni es una circunstancia exagerada a la hora de exigirla…».
       —¿Quieres esperar un momento? —dijo Shreve—. ¿Me estás diciendo que con el hijo por el cual se tomó tantísimas molestias, con el hijo allí nacido, en la cabaña, le dio por desafiar al abuelo a que primero lo matase a él, y luego al recién nacido?
       —¿Cómo? —dijo Quentin—. No fue un hijo. Era niña.
       —Oh —dijo Shreve—. Vaya. En fin, salgamos de esta maldita nevera y vayámonos a dormir.


VIII

      Esa noche no hubo ejercicios de respiración. La ventana permaneció cerrada sobre el patio vacío y helado, al otro lado del cual las ventanas de enfrente, con sólo dos o tres excepciones, ya estaban a oscuras; pronto, las campanas darían la medianoche, las notas melodiosas y apacibles, tenues y claras como el cristal en el aire cortante (había dejado de nevar) y aquietado.
       —Así que el viejo mandó al negro que llamase a Henry —dijo Shreve—. Y apareció Henry y el viejo le dijo: «No se pueden casar porque él es hermano tuyo», a lo que Henry dijo «Mientes», y lo dijo tal cual, a bocajarro: sin pausa, sin dejar un margen, sin que mediara nada, igual que cuando se aprieta el interruptor y se enciende la luz. Y el viejo siguió sentado como estaba, sin mover un músculo, sin lanzarse a por él, y por eso Henry no volvió a decir «Mientes», porque en ese instante supo que así era; se limitó a decir «No es verdad», y no, en cambio, «No te creo», sino que dijo «No es verdad», porque pudo quizá ver de nuevo el rostro del viejo y, demonio o no, vio en él la pesadumbre, un punto de tristeza, algo de compasión no de sí mismo, sino de Henry, y es que Henry tan sólo era joven, mientras que él (el viejo) sabía que aún era dueño del valor y tal vez también de la astucia…
       Shreve se encontraba de pie junto a la mesa, de nuevo de frente a Quentin, pero sin ocupar su asiento. Con el abrigo mal abrochado por encima del albornoz parecía enorme y sin forma, como un oso greñudo, mientras miraba a Quentin (por ser sureño, la sangre se le aceleraba con el frío en las venas, circulaba con más agilidad para contrarrestar quizá los violentos cambios de temperatura, quizá tan sólo más cerca de la superficie), encorvado en su sillón, hundidas las manos en los bolsillos, como si quisiera estrecharse entre sus propios brazos para entrar en calor, con un aire de fragilidad, de desvalimiento incluso, a la luz de la lámpara, el rosáceo relumbre que ahora no despedía calor apenas, ninguna sensación acogedora, al tiempo que a los dos se les formaba una tenue nube de vaho al respirar en el frío helador de la habitación en la que no estaban ahora los dos solos, sino que eran cuatro, sin ser ya los dos que respiraban seres individuados, sino a un tiempo algo más y algo menos que gemelos, el corazón y la sangre de la juventud (Shreve tenía diecinueve años, era pocos meses más joven que Quentin. Representaba con toda exactitud los diecinueve años que tenía; era una de esas personas cuya edad correcta no se adivina nunca, porque parece exactamente que tengan la edad que tienen, así que uno se dice que es imposible que tenga esa edad, porque parece que la tenga con toda exactitud, tanto que no se aprovecha de su apariencia: por eso nunca cree uno implícitamente que tenga la edad que afirma tener, o la edad que por pura desesperación reconoce que tiene, de acuerdo con la suposición de quien trata de adivinarla, o la que otro le atribuye) con fuerza suficiente y, más incluso, con fuerza de voluntad suficiente para dos, para dos mil, para todos. No es que fueran dos en la salita de una habitación de un colegio universitario en Nueva Inglaterra, sino uno solo en una biblioteca de un lugar de Mississippi sesenta años antes, con acebo y muérdago en los jarrones, sobre la repisa de la chimenea o en los estantes, corona y guirnalda de la estación y del tiempo y de los cuadros colgados en las paredes, y una ramita o dos que decoraba la fotografía, el grupo, la madre y los dos hijos, sobre la mesa tras la cual estaba sentado el padre cuando entró el hijo; ellos —Quentin y Shreve— pensaron que después que el padre tomara la palabra y antes que lo que dijera dejase de causar sobresalto y comenzara a cobrar sentido el hijo iba a recordar más adelante que vio por la ventana, tras la cabeza del padre, a la hermana y al amante caminar despacio por el jardín, la hermana con la cabeza inclinada por el gesto de quien escucha atenta, el amante con la cabeza inclinada hacia ella, más alto, caminando los dos despacio, con ese ritmo que no la mirada sino el corazón escande y que llama latido al compás, hasta desaparecer despacio tras algún arbusto o matorral tachonado de florecillas blancas —jazmín, azahar, madreselva, acaso una miríada de rosas cherokees, sin aroma e imposibles de cortar y recoger—, nombres y flores que Shreve seguramente nunca había oído nombrar y jamás había visto, aunque el aire templado para hacerlas florecer antes hubiera pasado por delante de él, y aquí no importaría gran cosa que fuese invierno también en aquel jardín y que por eso no hubiese floración, ni hoja siquiera, en el supuesto de que alguien hubiera, alguien que caminase y fuese visto allí, ya que a juzgar por los acontecimientos posteriores también había sido de noche en aquel jardín. Pero eso no importaba, porque había ocurrido mucho tiempo atrás. A ellos (Quentin y Shreve) en nada podía afectarles, ni les importaba siquiera, pues en su mano estaba, sin necesidad de moverse, tan libres ahora de la carne como el padre que decretó y prohibió, como el amante que dio su aquiescencia, como la amada que nunca vivió el duelo por la pérdida, y sin tediosa transición del hogar y del jardín (si jardín hubiese) a la silla de montar, cabalgar con estrépito sobre las raíces heladas de aquella noche de diciembre y de aquel amanecer de Navidad, día de paz y de alborozo, de acebo y de buena voluntad y de leños en la chimenea; no era que dos de ellos allí estuvieran y luego uno de los dos, sino que los cuatro cabalgaban a lomos de dos caballos en la férrea tiniebla y sin que tampoco eso importase: qué rostros, con qué nombres se llamasen y fuesen llamados, mientras la sangre siguiera circulando en ellos, la sangre, la sangre inmortal y breve y reciente e imperecedera, capaz de anteponer el honor a la desidia del no arrepentirse y el amor a la vergüenza fácil y gruesa.
       —Y Bon no lo sabía —dijo Shreve—. El viejo no se movió y esta vez Henry no dijo «Mientes», dijo «No es verdad», y el viejo añadió «Pregúntaselo a él. Pregúntaselo entonces a Charles», y Henry comprendió entonces que eso era lo que su padre se había propuesto en todo momento y que eso era lo que él mismo se proponía cuando dijo a su padre que mentía, porque lo que el viejo dijo no fue solamente «Es tu hermano», sino también «En todo momento ha sabido que es tu hermano y que es hermano de tu hermana». Pero Bon no lo sabía. Escucha: ¿tú no te acuerdas de que tu padre lo dijo, no recuerdas que habló de que ni una sola vez el viejo, el demonio, había parecido extrañarse de que la otra esposa hubiese dado con su paradero, de que lo hubiera localizado, de que ni una sola vez pareció preguntarse a qué podía haberse dedicado ella durante todo el tiempo transcurrido, cómo pudo haber pasado todo ese tiempo, los treinta años que corrieron desde el día en que zanjó él la cuenta que con ella tuviese pendiente y obtuvo el recibí, o eso pensaba él, y vio con sus propios ojos (o eso creyó) cómo era destruida, toda en pedazos arrojados a merced del viento, y que ni una sola vez se preguntó por todo aquello, dando por hecho que ella lo dio por bueno, cuando ella lo había localizado, le había seguido la pista, no en vano pudo y quiso hacerlo? Así pues, ella no se lo dijo a Bon. No se lo habría dicho nunca, acaso por saber que él, el demonio, habría creído que sí. O tal vez no llegó a armarse de valor para decirlo. Tal vez ella nunca llegó a pensar que pudiera existir alguien tan cercano a ella como un hijo único y nacido de sus propias entrañas, al cual fuera preciso decir que había sido desdeñada y que había padecido por ello. O tal vez ya se lo dijera a menudo antes que él hubiese crecido lo suficiente para entender las palabras y así cuando hubo crecido y tuvo edad suficiente para entender las palabras que ella le decía ya se lo había dicho tantas veces, con tanta contundencia y machaconería, que las palabras ya no tenían para ella ni pies ni cabeza, puesto que para ella no era preciso que tuvieran sentido, y así había llegado al punto en que cuando pensaba que lo estaba diciendo estaba callada y cuando pensaba que callaba era el odio y la furia y el no dormir y el no olvidar lo que oía. O quizás es que ella no quiso que él lo supiera entonces. Tal vez lo fue aprestando para ese punto y hora que ella no podía prever, pero que sabía que algún día llegaría, porque tendría que llegar tarde o temprano, pues de lo contrario tendría que obrar como tía Rosa y negar que hubiera ella respirado siquiera una sola vez; el momento en que él habría de encontrarse hombro con hombro (no cara a cara) con su padre y que el destino o la suerte o la justicia o como quisiera ella llamarlo se encargase del resto (y así fue, en efecto, mejor de lo que hubiese podido inventar ella, mejor de lo que jamás hubiese esperado o soñado, a lo que tu padre dijo que tratándose de una mujer lo más probable era que no le sorprendiera); tal vez lo hubiera aprestado ella, tal vez le hubiera llevado de la mano, lavándole y dándole de comer y llevándolo a la cama y arropándolo y dándole golosinas y juguetes y la diversión del contacto con los otros niños y con sus necesidades en dosis comedidas, como si fuera medicina que le daba con sus propias manos: no porque no le quedara más remedio, ya que podría haber contado con una docena o haber comprado a un centenar para que se encargasen de tales menesteres gracias al dinero, al remanente al que el demonio de buen grado había renunciado, la cantidad que había repudiado para cuadrar su libro de cuentas morales, sino acaso como el millonario que podría tener cien mayordomos y criados y palafreneros, pero que sólo tiene un caballo, una criada, un momento, una conjunción del ánimo y del músculo y de la voluntad en un instante único: y él mismo (el millonario) paciente con la ropa de faena, con el sudor, con el estiércol del establo, que lleva con paciencia hasta el punto y hora en que ella le había de decir «Es tu padre. Nos abandonó a ti y a mí. Te negó su apellido. Ahora, puedes marchar», y sentarse entonces a dejar que Dios terminase aquello: con pistola o con cuchillo o con potro; destrucción o congoja o desgarro: que Dios diese la orden de disparar, que Dios diese la orden de que girase la rueda del tormento. Dios mío, si casi se le ve con toda claridad: un chiquillo que ya ha llegado pese a su corta edad a aprender, a esperar, antes incluso de haber aprendido cómo se llama o cuál es el nombre del pueblo en que vivía o a decir cualquiera de los dos, un chiquillo al que tan a menudo se arrancaba de sus juegos y se le sostenía, se le apretaba entre las dos manos encallecidas de (lo que al menos para él pasaba por ser) amor, sobre las rodillas rígidas y fieras, el rostro que recordaba antes que comenzase el recuerdo como el rostro de quien supervisaba todos los placeres animales del paladar y del estómago y de las entrañas, de la calidez y del gusto y de la seguridad, que descendía sobre él con una suerte de inmovilidad fulminante: se tomaba él la interrupción como algo natural, como otro más de los muchos fenómenos de que constaba la existencia; el rostro colmado de una furiosa y casi insufrible inclemencia, de una ausencia absoluta de perdón que era como la fiebre (no amargura, no crispación: tan sólo un implacable ansia de venganza), como una manifestación más del afecto del mamífero, y él sin saber en qué demonios podía consistir todo aquello, por ser aún demasiado joven para sacar en limpio cualquier hecho relacionado con la furia y el odio y la velocidad exasperante: sin comprender y sin que le importase: tan sólo curioso, creando para sí (sin ayuda de nadie, pues ¿quién iba a ayudarle?) su propia idea de lo que Puerto Rico o Haití o donde fuese era lo que entendía vagamente que encerraba su origen, tal como los niños normales y corrientes vienen del cielo o los trae la cigüeña o nacen entre las coles del huerto o salen de donde sea, sólo que en su caso era distinto, puesto que de ninguna manera (su madre al menos no tenía la más remota intención) iba a volver nunca allá (y tal vez cuando llegara a ser tan viejo como era ella se quedaría espeluznado cada vez que encontrase oculto en sus pensamientos cualquier apunte que tuviera el aroma o el sabor de algo remotamente semejante al deseo de volver allá); de ninguna manera, se suponía, le convendría nunca saber ni cuándo ni por qué hubo de marcharse, sino que a lo sumo supiera que había escapado de allá, que fuera cual fuese el poder que creó aquel lugar lo creó para que él lo aborreciera con toda el alma y nunca lo perdonase, para que lo aborreciera con aplomo y monotonía (aunque no por cierto con lo que se podría llamar paz); que él diera gracias a Dios por no recordar nada de todo aquello, aunque al mismo tiempo no debía bajo ningún concepto, no debía siquiera atreverse a olvidarlo; él, en el fondo, ni siquiera alcanzaba a saber que quizá diera por sentado que todos los demás niños tampoco tenían padres, y que verse arrebatado a diario de cualquier ocupación inofensiva que uno tuviera entre manos, con la que a nadie estaba molestando, con la que ni siquiera pensaba en nadie, por intervención de alguien que era de mayor envergadura, que tenía más fuerza, y que lo retenía durante un minuto o durante cinco bajo una especie de tubería de agua reventada, de la que manaba una furia incomprensible y un anhelo desgañitado y un afán de vindicación y una rabia incontenibles, llegando así a pensar que todo ello formaba parte de la infancia que todas las madres de todos los niños habían recibido a su vez de aquel Puerto Rico o de aquel Haití o de aquel como se llamara, cuando nadie, salvo ellos, habían vivido allí: así pues, cuando creciera y tuviera hijos tendría que transmitirles aquello mismo (y tal vez decidiera entonces, donde quiera que estuviese, que era demasiada molestia, demasiado incordio, y que no tendría hijos, o que al menos más le valía confiar que nunca los tuviera) y de ahí que nadie tuviese padre, ni un Puerto Rico o un Haití personal, mientras que todos tenían madres cuyos rostros siempre descendían de repente sobre ellos en un instante casi calculado, a raíz de una afrenta oscura y arcaica y general, de una rabia ante el ultraje que la carne real, la carne viva, la carne articulada ni siquiera había sufrido, que tan sólo había heredado; toda la carne de chiquillo que caminase sobre el polvo y que respirase el aire y que había brotado de esa paternidad ambigua y oscura y elusiva y que así se hallaba hermanada de manera perenne y ubicua en cualquier lugar bajo el sol…
       Se miraron fijamente el uno al otro —se fulminaron más bien con la mirada—, su respiración serena y regular convertida en un vaho tenue en el aire ahora sepulcral. Había algo curioso en la manera en que se miraban el uno al otro, curioso y sosegado, y profundamente atento, y de ninguna manera natural en el modo en que suelen mirarse dos jóvenes, sino casi como podrían mirarse un joven y una muchachita más joven aún animados por la virginidad pura, una suerte de búsqueda mutua y callada y desnuda, lastrada cada mirada por la inmemorial obsesión que la juventud tiene no por el lastre aplastante del tiempo con que conviven los viejos, sino por su fluidez: las luminosas alas en los talones de todos los instantes perdidos entre los quince y los dieciséis años.
       —Entonces creció y se soltó del delantal de la madre muy a pesar de ella (tal vez también muy a su pesar; tal vez ese desasimiento a los dos les doliera) y ni siquiera le importó. Descubrió que ella se traía algo entre manos y no sólo no le importó, sino que ni siquiera le trajo cuidado no saber de qué pudiera tratarse; creció, fue haciéndose mayor y descubrió que ella había ido conformándolo y templándolo y aprestándolo para que fuese el instrumento de aquello que, fuera lo que fuese, iba a administrar ella con mano implacable, acaso llegara a creer (y tal vez viese con sus propios ojos) que ella lo había engatusado para que recibiese la forma y el temple y el apresto que ella le diera, y tampoco eso le importó, porque probablemente para entonces hubiera aprendido que había sólo tres cosas, ni una más: la respiración, el placer, las tinieblas, y sabía que sin dinero no podía haber placer y que sin placer no podía darse la respiración, sino tan sólo el inhalar del protoplasma y la desmembración de algo ciego que ni siquiera llegaba a ser orgánico en unas tinieblas en las que nunca hubo un rayo de luz. Y él disponía del dinero por saber que ella bien sabía que el dinero era lo único que podía sonsacarle así fuera mediante coerción, lo único que podía convencerlo de vencer los obstáculos cuando la carrera comenzase, y por eso no se atrevía a escamoteárselo, además de saber ella que él lo sabía: «Tú me das la pasta que yo quiero y no preguntaré ni por ni para qué al menos de momento». O a lo mejor estaba tan afanosa en aprestarlo que ya nunca pensaba en el dinero, no en vano tampoco había tenido nunca demasiado tiempo para recordarlo o para contarlo o para preguntarse siquiera cuánto había en los intervalos de asueto que le quedaran entre tanto odiar y tanto enfurecerse, por lo cual todo lo que pudo ser cortapisa interpuesta entre el dinero y él fue tan sólo el abogado, y él (Bon) seguramente eso lo supo antes que nada: que le bastaba con recurrir a su madre para pegarle fuego al abogado por los pies tan pronto le viniese en gana, al igual que al caballo del millonario le basta con llegar una sola vez a la cuadra con un poco de sudor adicional, que al día siguiente tendrá un jinete nuevo que lo monte en la carrera. De seguro tuvo que ser él: un abogado en el fondo encantado con su millonaria particular, y loca de atar para más señas, a la cual podría sacar los cuartos a su antojo, probablemente no demasiado interesada en sus dineros, o no lo suficiente para verificar si los cheques estaban cumplimentados por otra mano cuando ella los firmaba; aquel abogado que, habiendo la madre de Bon urdido y planeado todo lo relativo a él desde que alcanzaba a recordar (e incluso aunque ella no lo supiera, y si lo supiera o no tampoco le habría importado ni mucho ni poco) de cara al día, al punto y hora en que se viese trasplantado de golpe a un terreno tan pródigo y tan abonado con tanta podredumbre, ya los había labrado, sembrado y cosechado tanto a él como a su madre como si ya lo poseyera; ese abogado que quizá tenía el cajón secreto de la caja de caudales secreta y el documento secreto dentro, tal vez una tabla con alfileres de colores clavados como los que emplean los generales en campaña, con todas las notaciones en clave: Hoy terminó de desplumar a un indio briago al que esquilmó un centenar de millas de tierra virgen valorada en 25.000. A las 2:31 de hoy salió enfangado del tremedal con la última plancha de madera para la casa, valorada en conjunto con la tierra en 40.000. A las 7:52 de la tarde de hoy se casó. Amenaza de bigamia valorada en menos que cero a menos que aparezca enseguida un comprador. No parece probable. Sin duda se ayuntó con la esposa ese mismo día. Pongamos 1 año y entonces quizá también con la fecha e incluso la hora precisa: Hijo. Valor intrínseco posible aunque no probable venta forzosa de la casa y las tierras más valor de la cosecha menos el del hijo una cuarta parte. Valor emocional superior al 100% de veces nada más el valor de la cosecha. Pongamos que 10 años, un hijo o más de uno. Valor intrínseco posible aunque no probable venta forzosa de la casa y las tierras debidamente mejoradas más liquidación de bienes menos parte alícuota de los hijos. Valor emocional superior al 100% de veces de incremento anual por cada hijo más valor intrínseco más liquidación de bienes más crédito en vigor y quizá también con la fecha e incluso la hora precisa: Hija y es posible que uno viese incluso los signos de interrogación antes y después de esta y de las otras palabras: ¿hija?, ¿hija?, ¿hija?, perdiéndose a lo lejos no porque el pensamiento hubiera ido desdibujándose, sino, por el contrario, porque el pensamiento se detuvo exactamente en ese instante, retrocediendo un poco y extendiéndose, como cuando coloca uno un palo de través en un reguero de agua, extendiéndolo y haciéndolo subir de nivel despacio en torno al palo, en todos los puntos en derredor, en donde fuera el sitio en que pudo cerrar la puerta con cerrojo y sentarse con tranquilidad a sustraer el dinero que Bon estuviera gastándose en putas y en champagne, tomado de lo que tuviera su madre, y a calcular cuánto podría quedarle el día de mañana y el mes siguiente y el año próximo o hasta que Sutpen estuviera a punto y hubiera madurado; pensando en el dinero en metálico, contante y sonante, que Bon dilapidaba en caballos y en vestimenta y en champagne y en juego y en mujeres (habría estado al corriente de la ochavona y del casamiento morganático mucho antes que la madre lo supiera aun cuando hubiera sido secreto; es posible que tuviera un dormitorio en la alcoba nupcial, como parecía haberlo tenido en el de Sutpen; quién sabe si no fue él mismo quien se la puso a tiro, y se dijo como se dice uno pensando en un perro: Se me está descarriando. Necesita algo que lo sujete en corto. No una soga, ni una correa: sólo un amarre no muy pesado, pero recio, no se vaya a meter en nada que esté cercado) y sólo él podía poner coto a sus desmanes, o intentarlo, al menos en la medida en que se atreviera a intentarlo, sin alejarse más de la cuenta, pues demasiado bien sabía que todo lo que tenía que hacer Bon era acudir a su madre para que en el hipódromo corriese el oro a espuertas o se pusiera oro de comer en los pesebres de los caballos si ése fuera su deseo y, si el jinete no se andaba con cuidado, también dispondría de un nuevo jinete a la primera de cambio; así contaba el dinero, así calculaba qué le iba a quedar limpio a ese ritmo durante los años siguientes, por contra de lo que era lícito calcular que pudiera embolsarse de cuando en cuando, crucificado entre tanto entre sus dos problemas: si tal vez lo que tenía que hacer era sencillamente lavarse las manos por el lado de lo tocante a Sutpen y poner a la venta lo que le quedase y salir por piernas rumbo a Texas: salvo que cada vez que pensaba en obrar de ese modo por fuerza tenía que tener en consideración todo el dinero que Bon llevaba ya gastado, y que si al menos se hubiese largado a Texas diez años antes o cinco años antes o al menos el año anterior: así que tal vez de noche, mientras esperase junto a la ventana a que clarease la grisura del día, era como dijo la tía Rosa que era ella, y tendría entonces él que negar que había respirado (o quizá se dijera: ojalá no hubiese respirado nunca), con la excepción de ese valor intrínseco que aumentaba en un doscientos por ciento con cada nuevo año; el agua retenida por el palo, aumentando de nivel y extendiéndose en torno a él con la constancia y el silencio de la luz, y él sentado allí bajo el resplandor blanco y real de la clarividencia (o segunda visión o simple fe en el infortunio de los hombres y en la necedad de sus semejantes o como lo quieras llamar) que le iba mostrando no sólo qué podría suceder probablemente, sino también qué iba a suceder con toda certeza, no porque se le hubiera aparecido como una visión repentina, sino porque tendría que ir teñido de amor y de honor y de valor y de coraje y de orgullo y dignidad; y creyendo que podría suceder, no porque fuera lógico, ni porque fuera posible, sino porque había de ser el mayor de los infortunios para todos los implicados que pudiera de hecho sobrevenir, y aunque no hubiera sido posible demostrarle a él el vicio o la virtud o el valor o la cobardía sin mostrarle a personas reales, tal como no habría sido posible demostrarle la realidad de la muerte sin mostrarle un cadáver, creía en cambio en el infortunio debido a esa educación rigurosa y ardua de eunuco polvoriento que inculcaba la necesidad de dejar la buena suerte y la alegría de que pudiera gozar el hombre en manos de Dios, el cual a cambio le redimiría de todas sus miserias y necedades e infortunios cediéndolos a las pulgas y piojos y polillas de los viejos textos de Coke y Littelton. Y la vieja Sabina…
       Se miraron fijamente —se fulminaron— uno al otro, las voces de ambos (era Shreve quien hablaba, aunque de no ser por la ligera diferencia que les habían infundido los grados de latitud que mediaban entre ellos (diferencia no de tono o de timbre, sino de golpes de frase y de empleo de las palabras) podría haber sido cualquiera de los dos y en cierto modo era ambos: los dos pensaban como uno solo, la voz que por azar hablase y expresara el pensamiento sólo daba al pensamiento la calidad de lo audible, peso vocal; los dos creaban entre los dos, a partir de los retazos y los cabos sueltos de los cuentos y charlas de antaño, personas que acaso jamás hubieran tenido existencia real en ninguna parte, y que, sombras, eran sombras no de carne y hueso que hubieran vivido y hubieran muerto, sino sombras a su vez de lo que fueran (al menos para uno de los dos, para Shreve) sombras también) tan sosegadas como visible era el murmullo del vaho de sus alientos. Las campanas comenzaron a dar las doce de la noche, melodiosas y lentas y mortecinas, del otro lado de la ventana cerrada y sellada por la nieve.
       —… la vieja Sabina, que ni por salvar su propia vida habría sido capaz de decirte ni a ti ni al abogado ni a Bon ni a nadie seguramente qué era lo que quería, lo que esperaba, lo que aspiraba a ver cumplido, porque era mujer y porque nunca tuvo necesidad de querer, esperar o aspirar a nada, bastándole con querer, esperar y aspirar (y, además, tu padre ya dijo que cuando uno va sobrado de rencor, cuando rezuma un odio fuerte y abundante, ninguna necesidad tiene de esperanza, porque el odio bastará para nutrirle); la vieja Sabina (tampoco tan vieja todavía, aunque sin duda se había abandonado en ese sentido en que se mantienen limpios los motores, bien engrasados, con el mejor carbón en el depósito, pero sin tomarse la molestia de sacar brillo a los apliques de metal, sin repasar ya el maderamen de cubierta; se abandonó en lo tocante al aspecto externo. No es que estuviera gorda; quemaría la grasa en un visto y no visto, encogiendo lo que comiera en el mismo gaznate, entre el acto de engullir y el trasiego en el estómago; no hallaría placer en la masticación, siendo el tener que masticar otra molestia más; no hallaría placer en la fina y admirable estampa que él… —Ninguno de los dos dijo «Bon»— tenía con el pantalón de buen corte, ajustado a la pierna como ajustada al talle gastaba la levita fina, ni en el hecho de que tuviese más relojes y gemelos de camisa y telas más finas y más calesas pintadas de amarillo (por no hablar de las muchachas) que la inmensa mayoría, siendo todo ello tan sólo otra molestia inevitable a la que tendría él que resignarse antes que pudiera prestarle a ella ningún servicio de provecho, así como hubo de resignarse a la dentición y a la varicela y a la quebradiza fragilidad de los huesos infantiles antes de poder prestarle a ella ningún servicio de provecho)… la vieja Sabina, que recibía los informes falseados del abogado cual si fueran los informes que se envían al cuartel general desde el frente en que se libraba la batalla, acaso con un negro especial en la antesala del abogado, sin más tarea encomendada que la de llevarlos, quizás una sola vez en el plazo de dos años o cinco veces en dos días tan sólo, según cuando tuviera ella la comezón y quisiera recibir noticias para aplacarla y decidiera dar la lata al abogado; el informe de turno, el comunicado que dijera que no andaban lejos de dar con su paradero en Texas o en Missouri o tal vez en California (California estaría bien por quedar tan lejos; prueba oportuna, inherente en la mera lejanía, la necesidad de admitir y de creer) y el día menos pensado le vamos a echar el guante, cualquier día de éstos, verá, lo tenemos a tiro, no se preocupe. Y ella claro que no, cómo iba a preocuparse: se limitaba a ordenar que le preparasen el carruaje y se iba a visitar al abogado con un vestido negro que le quedaba como si fuese a reventar, como un tramo de tubería para chimenea sin consistencia alguna, y tal vez sin sombrero siquiera, sólo con un chal por encima de la cabeza, de modo que sólo parecía que le faltase el cubo y la fregona; entraba así en tromba en el bufete y decía «Está muerto, sé que está muerto, cómo no iba a estarlo, cómo no», sin hacer así referencia a lo que la tía Rosa quiso decir: dónde encontraron e inventaron una bala capaz de matarlo sino cómo se le va a permitir que muera sin haber reconocido su error y sin sufrir y pagar por ello así que en los dos segundos siguientes a su irrupción (él, el abogado, le mostraba la carta genuina, escrita en un inglés que ella no sabía leer, la carta que se acababa de recibir, la carta que acababa de ordenar al negro que le llevase cuando ella irrumpió, y el abogado ya tenía práctica en poner la fecha oportuna en la carta, cosa que ya era capaz de hacer sobre la marcha, dándole la espalda a ella, en los pocos instantes que necesitara para extraer la carta del archivador)… echarle el guante, llegar a tenerlo tan a tiro, tan cerca, que era patente y amplia la satisfacción causada por el hecho de que siguiera con vida; tan cerca de hecho que al abogado no le costaba mayor esfuerzo que ella saliera del despacho sin haber entrado apenas, que volviera al carruaje y que retornara a su domicilio, en donde, entre espejos florentinos y cortinajes de París y canesúes seguiría pareciendo la que había ido a fregar los suelos, con un vestido negro que la cocinera ni siquiera se habría dignado mirar cuando era nuevo, cinco o seis años antes, aferrando con toda su fuerza una carta que no sabía leer (tal vez la única palabra de todas ellas que acertase a reconocer sería «Sutpen»), con la carta en una mano, mientras con la otra se cepillaba una gruesa crencha de cabello lacio del color del plomo sin mirar la carta como si la estuviera leyendo incluso en el supuesto de que supiera, sino tan sólo inclinada sobre el papel como si descendiera sobre el papel, abalanzada sobre el papel con los ojos encendidos, como si supiera que sólo disponía de un instante para leerla, de un solo segundo en el que permanecería intacta después que sus ojos la tocasen, la fulminasen, y antes que prendiera en una llamarada, de modo que no pudiera ser examinada, sino consumida, dejándola así sentada con una quebradiza y cenicienta lámina chamuscada en las manos. Y él (ninguno de los dos dijo «Bon») allí mismo, viéndola, suficientemente crecido para haber aprendido que lo que consideraba la infancia, que a los demás niños los habían hecho su padre y su madre mientras él había sido creado de la nada, creado en el instante en que empezaba a recordar, creado de nuevo en el instante en que su osamenta dejó de ser la de un niño y pasó a ser la de un chico, creado otra vez cuando dejó de ser chico y pasó a ser hombre, entre una mujer de la que había pensado que lo alimentaba y lo aseaba y lo llevaba a la cama y lo arropaba y le regalaba golosinas que le dieran gusto al paladar y le provocasen placer por ser él quien era, hasta que estuvo crecido en la medida suficiente para comprender que no era a él a quien ella aseaba y alimentaba y arropaba y daba caramelos y entretenía, sino que era a un hombre que no había llegado todavía, al que ella ni siquiera había visto aún, que sería otra cosa bien distinta del chico el día en que llegase como la dinamita que destruye la casa y la familia y quizás incluso la comunidad entera y que no es un papel viejo e inofensivo que tal vez prefiriese volar ligero y sin rumbo a merced del viento, o el serrín viejo y despreocupado, o los viejos productos químicos que mejor sería dejar sin tocar, a oscuras, en la tierra apacible, tal como estaban antes que apareciera un entrometido con unas lentes de diez aumentos a desenterrarlos y a tensarlos extenderlos alabearlos fatigarlos; creado entre esa mujer y un abogado contratado por ella (la mujer que desde antes que él alcanzase a recordar comprendió entonces que no había hecho sino planes para él, aprestándolo de cara a un momento que había de llegar y que del mismo modo había de pasar, a resultas del cual él vería con claridad que para ella no era sino poco más que un terreno pródigo y abonado de podredumbre; el abogado que desde antes que él alcanzase a recordar comprendió entonces que tan sólo había labrado y sembrado y regado y estercolado el terreno que él era como si ya lo fuese): la observaba, apoyado quizás en la repisa de la chimenea con su fina vestimenta, envuelto en el olor de incienso de harén de lo que valdría llamar fácil santidad, y la veía mirar la carta sin pensar siquiera Estoy viendo a mi madre al desnudo puesto que si el odio fuera desnudez lo había vestido durante tanto tiempo que cumplía la función de la ropa, como dicen que a veces sucede con la modestia…
       »Así que se fue. Se fue a la universidad a los veintiocho años. Y eso ni lo supo ni le pudo importar menos: cuál de los dos, la madre o el abogado, decidió que fuese a la universidad, ni el porqué, ya que en todo momento había sabido que su madre se traía algo entre manos sólo que su madre no sabía que el abogado se traía algo entre manos, y que al abogado le parecería perfecto que su madre se llevase lo que se quisiera llevar, fuera lo que fuese, siempre y cuando él (el abogado) se llevase lo que quería a ser posible un segundo antes que ella, y en su defecto al mismo tiempo. Se fue a la universidad; dijo «De acuerdo» y se despidió de la ochavona y se fue a la universidad, él que en sus veintiocho años de vida no había tenido que soportar que nadie le dijera «Tú haz lo que hacen todos los demás; ten preparada esta tarea para mañana a las nueve de la mañana, o para el viernes, o para el lunes»; acaso fuera la ochavona incluso el instrumento del que se sirvieron, o se sirvió el abogado, el amarre no muy pesado, pero recio (aunque no una correa) que el abogado le impuso para atarlo en corto e impedir que se colase dentro de quién sabe qué y descubriese luego que estaba cercado. Acaso la madre descubrió la existencia de la ochavona y del niño y de la ceremonia, acaso descubrió incluso más de lo que hubiese descubierto el abogado (más en todo caso de lo que estaba dispuesto a creer, pues consideraba a Bon un zoquete, pero no un necio) y lo mandó llamar y él se quedó apoyado contra la repisa de la chimenea una vez más, tal vez sabedor de lo que se fraguaba, de lo que había ocurrido antes que ella se lo dijese, haraganeando ahí apoyado con una expresión en el rostro que podía pasar por sonriente, sólo que no era una sonrisa, sino una expresión a través de la cual o más allá de la cual no se veía nada, mirándolo ella acaso con una crencha de cabello lacio del color del plomo caída sobre el rostro y sin tomarse siquiera la molestia de retirársela de la cara porque no tenía los ojos puestos en ninguna carta, mirándolo a él con ojos fulminantes, tratando de fulminarlo con la voz llevada por la fuerza del apremio de la alarma y del miedo, pero logrando pese a todo mantenerlos a raya puesto que no podía hablar de traición porque aún no se lo habían dicho, y en ese preciso instante no podía arriesgarse a desvelarlo; él la miraba desde detrás de la sonrisa con la que no sonreía, que era algo más allá de lo cual no se debía adivinar nada, y decía, reconocía: «¿Y por qué no? Todos los jóvenes lo hacen. La ceremonia también. No me propuse tener al hijo, pero ahora que lo tengo… Tampoco es un mal niño», y ella lo miraba, lo fulminaba con la mirada y no era capaz de animarse a decir lo que tanto deseaba decir, por haber pospuesto durante demasiado tiempo la hora de decir lo que ya podía decir: «Pero tú… Esto es distinto», y él (no tendría ella necesidad ni obligación de decirlo. Él ya lo sabría, puesto que ya sabía por qué había mandado ella llamarle, aun cuando no lo supiera, y tampoco le importase qué era lo que se traía ella entre manos desde antes que él alcanzase a recordar, desde antes que pudiera tomar a una mujer tanto si estaba enamorado como si no): «¿Por qué no? Los hombres parecen tener que casarse algún día, tarde o temprano. Y ésta es una mujer a la que conozco y que no me causa complicaciones. Y la ceremonia, ese incordio, está ya resuelta. En cuanto a una minucia tal como es una pequeña mancha de sangre negra…» sin necesidad ni obligación de decir gran cosa, de hablar apenas, sin necesidad ni obligación de decir Parece que haya venido yo a este mundo con tan pocos padres que son muchos los hermanos a los que he de ultrajar y cubrir de vergüenza mientras vivan y de ahí que hayan de ser tantos los descendientes a los que habré de legar mi pequeña porción de daños y perjuicios cuando muera; ni siquiera tuvo que decir eso, bastó con «una pequeña mancha de sangre negra…» y mirar acto seguido el rostro, el apremio desesperado, el miedo, y despedirse entonces, besándola tal vez, acaso en la mano, que reposaría en la suya y que incluso le rozaría los labios como si fuese una mano de difunta que se aferrase a la desesperada a una última esperanza; tal vez al salir él dijo de pasada ella irá a verle (al abogado); con sólo esperar cinco minutos la vería salir con el chal por encima de la cabeza. Así que esta misma noche podría saberlo… si es que me importara saberlo. Tal vez de noche se enterase, tal vez fuera antes, si es que pudieron dar con él, darle aviso, porque ella fue a ver al abogado. Y fue justo en el despacho del abogado. Tal vez antes incluso que empezara ella a contarlo por lo menudo comenzó a lucir ese relumbre blanco y difuso, como cuando se despabila una vela; tal vez alcanzó él casi a ver su mano, que escribía en el espacio en donde ¿hija?, ¿hija?, ¿hija? nunca había llegado a leerse. Y es que tal vez ése había sido el incordio, ésa había sido la preocupación que en todo momento quitó el sueño al abogado; que desde que ella le obligó a prometer que jamás comunicaría a Bon quién era su padre él no había hecho otra cosa que esperar y preguntarse cómo hacerlo, puesto que tal vez él supiera que si se lo dijera a Bon éste podría creerlo o no, pero con toda certeza iría a decirle a su madre que el abogado se lo había dicho y entonces él (el abogado) estaría hundido, no por ningún perjuicio que pudiera haber causado, puesto que no había perjuicio ninguno, ya que esto no habría bastado para alterar la situación, sino por haber contrariado a la paranoica de su clienta. Tal vez mientras estuviera sentado en su despacho sumando y restando el dinero y añadiendo lo que iban a obtener de Sutpen (nunca le preocupó lo que hiciera Bon en cuanto se enterase; probablemente mucho tiempo atrás hubiera hecho a Sutpen el cumplido de pensar que si bien era demasiado necio o demasiado indolente para sospechar o averiguar lo referente a su padre, no era tan lerdo que se abstuviera de sacar partido de ello tan pronto alguien le mostrase cuál era la jugada indicada, tal vez si se le había llegado a ocurrir que debido al amor o al honor o a lo que fuese, a cualquier otra cosa existente bajo el cielo, o a la jurisprudencia incluso, Bon se abstendría, rehusaría, en cuyo caso él (el abogado) tendría incluso la prueba apetecida de que ya no respiraba) tal vez en todo momento fue eso lo que le trajo a mal traer: cómo poner a Bon en una situación en la que o lo descubría por sí solo o bien alguien —el padre o la madre— se vieran en la necesidad y en la obligación de decírselo. Así que tal vez ni siquiera había terminado de marcharse del despacho —o al menos tan pronto tuviera él tiempo de abrir la caja de caudales y buscar en el cajón secreto y cerciorarse de que era la Universidad de Mississippi aquella en la que estudiaba Henry— cuando su mano comenzó a escribir con pulso firme y letra clara en el espacio en el que ¿bija?, ¿hija?, ¿hija? nunca llegó a figurar, y con la fecha del año en curso, 1859. Dos hijos. Digamos que 1860, 20 años. Incremento del 200% del valor intrínseco anual además de la liquidación de bienes más el crédito adquirido. Valor aproximado en 1860, 100.000. Pregunta: amenaza de bigamia, Sí o No. Posible. No. Amenaza de incesto: creíble Sí, y la mano retrocedió antes de poner el punto final, tachando con una línea final la palabra Creíble para poner Cierta y subrayarlo.
       —Y eso tampoco le importó; se limitó a decir «De acuerdo». Y es que entonces fue sabedor de que su madre no sabía y nunca llegaría a saber qué quería, así que no estaba en su mano vencerla (acaso ya había aprendido de la ochavona que a las mujeres no se las puede vencer, y que si uno es sabio o le desagradan las complicaciones y los escándalos ni siquiera se propone vencerlas), y supo que todo lo que el abogado quería era el dinero; así las cosas, con sólo abstenerse de incurrir en el error de creer que estuviera en su mano vencer en todo, con sólo tener presente que le convenía la discreción y que tenía que estar alerta, en algo podría vencer. Por eso dijo «De acuerdo» y dejó que su madre le preparase el equipaje con toda su estupenda vestimenta y con su fina ropa interior en bolsos y baúles, y tal vez haraganeó en el despacho del abogado y observó desde detrás de aquello que podría haberse llamado sonrisa cómo hacía el abogado gestos ampulosos para darse importancia o restársela a lo que tenía entre manos, dando a entender que se embarcarían sus caballos en el vapor y que tal vez se le pudiera comprar un criado adicional que hiciera de ayuda de cámara y que dispondría debidamente de su dinero y de todo lo demás; observó desde detrás de la sonrisa cómo hacía el abogado el papel de padre exigente y hablaba de los estudios, de la cultura, del latín y del griego que le habían de dar bagaje y lustre para ocupar la posición que estaba llamado a desempeñar en la vida y de la importancia de que un hombre tuviese la seguridad de llegar a donde se propusiera, de desenvolverse en su propia biblioteca, de tener fuerza de voluntad, si bien algo había, cierta cualidad propia de la cultura, que sólo la monotonía monacal y enclaustrada de una digamos discreta y pequeña universidad (pero de clase alta, de clase alta); y él (ninguno de los dos dijo «Bon». Nunca, en ningún momento, pareció que entre ellos hubiese ninguna confusión a la hora de saber a quién se refería Shreve al decir «él») escuchó con cortesía y en silencio desde detrás de aquella expresión más allá de la cual nadie tenía por qué descubrir nada, hasta preguntar por fin, tal vez a modo de interrupción, sin dejar de ser cortés y afable, sin un ápice de ironía, sin asomo de sarcasmo, «¿Y cuál dijo que era esa universidad?», y hubo entonces más gestos ampulosos para darse importancia o restársela a lo que allí se ventilaba y el abogado se dio más importancia aún repasando los papeles hasta encontrar aquel en que leyó el nombre que se había cuidado de aprender de memoria desde la primera vez que habló con la madre: «La Universidad de Mississippi en…» ¿Dónde dijiste que era?
       —En Oxford —dijo Quentin—. Está a cuarenta millas de…
       —… «En Oxford.» Y con esto volvió a dejar en paz los papeles porque se puso a hablar de una universidad pequeña, que sólo tenía diez años de antigüedad, de que allí no iba a encontrar nada que le distrajera de sus estudios (allí, en cierto modo, la propia sabiduría sería virgen, o al menos no estaría demasiado maleada) y de que tendría en cambio ocasión de observar otro sector de la región, un sector provinciano, en el que estaba anclado su prominente destino (siempre y cuando el resultado de aquella guerra que ya era sin duda inminente, en cuya provechosa terminación todos teníamos fundadas esperanzas, no le cabía la menor duda), el del hombre que estaba llamado a ser y el del poderío económico que había de representar cuando su madre falleciese; y él escuchó parapetado tras aquella expresión, diciendo: «Entonces, ¿no recomienda usted el ejercicio de la abogacía como vocación?», y por un instante tuvo que callar el abogado, pero no mucho, tal vez lo suficiente, o no de un modo perceptible, para que se pudiese considerar una pausa: y tampoco quitó los ojos de encima a Bon: «No se me había ocurrido que la profesión de las leyes pudiera resultarle atractiva», y Bon: «Tampoco me resultó atractivo practicar con el estoque mientras tuve que hacerlo. Pero al menos recuerdo una ocasión en la que me alegré de saber manejarlo», y el abogado, untuoso y sibilino y confiado: «Su madre estará de ac… estará encantada». «De acuerdo», dijo, y no dijo «adiós». No le importó, acaso no se tomó la molestia de despedirse de la ochavona, de las lágrimas y las lamentaciones y acaso los forcejeos, de la suavidad y la desesperación de aquellos brazos de tonalidad magnolia con que se le hubiera abrazado a las rodillas y (digamos) más de un metro por encima de esos invertebrados grilletes de acero la expresión que no era una sonrisa sino algo llamado a no permitir que se adivinase nada tras ella. Y es que no se las puede vencer: tan sólo se huye de ellas (y gracias a Dios es posible huir de ellas, es posible huir de ese amasijo de solidaridad hedionda y agusanada, de metro y medio de grosor, que cubre la tierra, en el que hombres y mujeres se hallan alineados, clavados como los bolos contra los que ha de chocar la bola; gracias al dios al que haya que dárselas por la forma incisiva y no ahusada, masculina, ligera y fácil de extraer del engaste en que como cámara de un cartucho la sujetan y retienen con fuerza las caderas femeninas); no hubo adiós; de acuerdo, y una noche subió por la pasarela a la luz de las teas y es probable que sólo el abogado lo acompañara en su partida no para desearle un buen viaje sino para cerciorarse de que tomaba el barco. Y el nuevo negro adicional, a su servicio, abrió sus bolsos en el suntuoso camarote, extendió su espléndida vestimenta, y las damas ya se encontraban reunidas para la cena y los hombres acodados en la barra, preparándose, aunque no fuera ése su caso; él permaneció solo en la borda, tal vez con un habano, y vio la ciudad alejarse despacio, con destellos que rielaban en el agua, hasta hundirse en el río cuando cesó todo movimiento, en suspenso el vapor, inmóvil, sin progreso alguno, como si pendiera de las estrellas mismas por las sogas de humo cuajado de chispas que ascendían a lo alto desde las chimeneas. Y quién sabe qué pudo pensar, qué sobrio sopesar y descartar, si durante años había sabido que su madre se traía algo entre manos aun cuando no supiera (probablemente creía que nunca llegaría a saber) el qué; que el abogado se traía algo entre manos y aunque sabía que tan sólo era cuestión de dinero también sabía que dentro de sus conocidas limitaciones masculinas (las del abogado) podía llegar a ser casi tan peligroso como la desconocida cantidad que su madre representaba; que ahora le esperaba aquello —la universidad, los estudios— y que tenía veintiocho años. Y no sólo eso, sino aquella universidad en particular, de la que nunca había tenido noticia, y que diez años antes ni siquiera existía; sabedor también de que era el abogado quien la había elegido para él —¿y qué sobrio, qué reconcentrado, qué malhumorado por qué, por qué, por qué esta universidad entre todas la demás?—, allí acodado en la borda, en soledad, entre el humo y el jadear de los motores y rozando casi la respuesta, consciente de los fragmentos que componían el rompecabezas y que aguardaban, que acechaban casi más allá de donde él alcanzaba, inextricables, desbarajustados e irreconocibles aún, aunque a punto de encajar cada uno en su sitio y de dar forma al dibujo que le revelase de golpe, como un relámpago, el significado de toda su vida, de su pasado: el Haití, la infancia, el abogado, la mujer que era su madre. Y quizá la carta misma que ahí estaba, bajo sus pies, en algún lugar a oscuras, en la bodega, bajo la cubierta en que se encontraba, la carta dirigida no a Thomas Sutpen, al Centenar de Sutpen, sino al señor Henry Sutpen, Residente en la Universidad de Mississippi, cerca de Oxford, Mississippi: y un día Henry se la mostró y no hubo un resplandor difuso, que poco a poco se extendiera, sino un destello, un relumbre fulminante (él no sólo no tenía un padre visible, sino que también había descubierto que desde su más tierna infancia se hallaba envuelto por una conjura siempre vigilante, jamás dormida, resuelta al parecer a inculcarle que nunca lo había temido, que su madre había emergido luego de una estancia en el limbo, de un estado de bendita amnesia, en el que los sentidos debilitados se refugian de las siniestras fuerzas y de los poderes impíos a los que no puede hacer frente la débil carne del ser humano, para despertar preñada, entre alaridos desgañitados y convulsiones retorcidas no contra la implacable agonía del parto, sino en protesta contra la afrenta de sus entrañas henchidas; que había sido engendrado en ella no mediante el proceso natural, sino insertado en y arrancado de su cuerpo por efecto del ancestral, inmortal, infernal principio masculino del terror desencadenado y de las tinieblas) en medio del cual se vio ante el rostro inocente del joven, casi diez años menor que él, mientras una parte de él decía Mi frente mi cráneo mi mentón mis manos y la otra decía Aguarda. Aguarda. Aún no lo puedes saber. Aún no puedes saber si lo que ves es lo que estás mirando o lo que crees ver. Aguarda. Aguarda. La carta que él… —no se refirió esta vez a Bon, aunque Quentin una vez más pareció comprender sin dificultades y sin esfuerzo a quién se refería—… escribió acaso en cuanto dio por buena la última anotación en el libro de cuentas, en el casillero que decía ¿hija?, ¿hija?, ¿hija?, a la vez que pensó Bajo ningún concepto debe enterarse ahora, es preciso que no se entere hasta que pueda llegar allá y él y la hija… sin recordar de sus años mozos nada del amor de juventud, sin haber dado crédito al hecho de tenerlo en caso de haberlo tenido, si bien deseoso al mismo tiempo de servirse también de ello, como se habría servido del valor y del orgullo, pensando no en la sangre acallada y salvaje e inoportuna ni en las manos claras y ligeras y hambrientas de palpar, sino en el hecho de que ese Oxford y ese Centenar de Sutpen se encontrasen a tan sólo un día de distancia a caballo y que Henry ya se encontrase instalado en la universidad y que quizá por única vez en su vida el abogado hubiese creído en la existencia de Dios: Mi apreciado señor Sutpen, El abajo firmante no le resultará conocido, ni son la posición y las circunstancias de quien la presente le escribe, pese a la valía y (espero) la dignidad que en ellas se reflejan, tan esclarecidas que garanticen alguna vez que se cumpla la esperanza que alberga de llegar a verle a usted en persona, o usted a él, valía en todo caso reflejada, al tiempo que dignidad otorgada, gracias a dos personas de buena cuna y de notable posición, una de las cuales, señora enviudada y madre, vive en la reclusión que a su condición mejor conviene en la ciudad desde la cual se le remite a usted esta carta, mientras la otra, el joven caballero que es hijo suyo, será en el momento en que lea usted la presente o bien poco después aspirante a ingresar en la misma corporación del saber, e incluso de la sabiduría, si se me permite decirlo así, de la que usted forma parte. Precisamente en su nombre le escribo estas líneas. No: no diré en su nombre; de ninguna manera consentiré que esta señora madre o el joven caballero en persona lleguen a sospechar que he podido yo emplear esa expresión, ni siquiera ante alguien que, como es su caso, señor mío, es vástago de la principal familia del condado, fortuna que a usted ha cabido. Para mí, desde luego, lo mejor sería no haberle escrito. Pero le escribo; lo he hecho; ahora ya es irrevocable; si percibe usted en estas líneas algo que huela a humildad, tómelo por procedente no de la madre y mucho menos del hijo, sino de la pluma que empuña alguien cuya humilde posición en calidad de asesor en materia legal y encargado de negocios de la señora antes mencionada, así como del joven caballero, cuya lealtad y gratitud para con alguien cuya generosidad le ha valido (esto no lo confieso: lo proclamo a los cuatro vientos) el pan y la sal y el fuego y el cobijo durante un periodo tan prolongado que habría tenido tiempo y ocasiones de aprender la gratitud y la lealtad aun cuando de nada las conociera, le han llevado a emprender una acción cuyos medios quedan muy por debajo de sus intenciones, por la razón de que él tan sólo es lo que es y lo que dice ser, y no lo que debiera. Así pues, no tome esta misiva, señor mío, por muestra de la insolencia indeseada que pudiera constituir una comunicación no solicitada por mi parte, ni tampoco por petición de paciencia en nombre de un desconocido, sino por carta de presentación (por torpe que pueda ser) de un joven caballero cuya posición no precisa de información detallada ni de recapitulación expresa allí donde esta carta ha de recibirse, a otro joven caballero cuya posición no precisa de información detallada ni de recapitulación expresa allí donde esta carta ha sido escrita. Nada de adiós; de acuerdo, tenía tantos padres que no le quedaba amor ni orgullo que recibir o infligir, ni honor ni vergüenza que compartir o legar; para él, cualquier sitio era igual que cualquier otro, igual que para un gato: la Nueva Orleans cosmopolita o el Mississippi bucólico: sus propias lámparas florentinas, heredadas y heredables, el asiento sobredorado del retrete y los espejos de volutas rococó, o bien una pequeña universidad de medio pelo que no tenía ni diez años de antigüedad; el champagne en el boudoir de la ochavona o el whisky en una mesa sin barnizar ni desbastar, en una celda monacal, y un joven de provincias, un heredero inalienable, y pastoril, que de seguro jamás había pasado diez noches fuera de la casa paterna (a menos que fuera, a lo sumo, para yacer del todo vestido junto a una fogata, en pleno bosque, oyendo corretear a los perros) hasta que llegó a la universidad, al cual vio imitar su atuendo carruaje manera de hablar y todo lo demás, siendo (el joven) completamente ajeno a lo que estaba haciendo, y que (el joven) una noche, bebiendo los dos, barbotó —no, no barbotó; tuvo más bien que farfullar, atropellarse—, mientras él (el cosmopolita diez años mayor que el joven, haraganeando con uno de los batines de seda de un estilo que el joven jamás había visto y creía de hecho que sólo lucían las mujeres) miraba al joven al que jamás había visto y lo veía sonrojarse hasta la raíz del cabello sin dejar de mirarlo, mirándolo aún a los ojos mientras farfullaba, se atropellaba, barbotaba con brusca y total irrelevancia: «Si yo tuviera un hermano, no querría que fuese mi hermano menor», y él: «¿No me digas?», y el joven: «No, querría que fuese mayor que yo», y él: «Ningún hijo de un señor hacendado quiere un hermano mayor que él», y el joven: «Pues yo sí», mirándolo con fijeza a los ojos, al esotérico, al sibarita, de pie ahora (el joven), erguido, delgado (pues era joven), el rostro rojo como la grana pero la cabeza bien alta y los ojos firmes: «Sí. Y querría que fuera exactamente igual que tú», y él: «¿De veras? Tienes el whisky de tu lado. Bebe o pásamelo».
       —Y ahora —dijo Shreve— hablemos del amor.
       Pero tampoco tuvo por qué decirlo, tal como no había tenido necesidad de especificar a qué se refería él diciendo él, ya que ninguno de los dos había estado pensando en otra cosa; todo cuanto había acontecido con anterioridad era tan sólo otro tanto que era preciso trascender y no había nadie más que ellos dos a la hora de trascenderlo, tal como siempre ha de haber alguien que rastrille las hojas secas antes de encender la hoguera. Por eso a ninguno de los dos les importaba quién llevase el peso de la charla, puesto que no era la charla por sí sola la que corría con, llevaba a cabo y cumplía el acto de trascendencia, sino que era una suerte de feliz maridaje de la charla y la escucha en el que cada uno de los dos, antes de la demanda, de la requisitoria, perdonaba condonaba olvidaba los defectos y las faltas tanto en la gestación de esta sombra que habían comentado (en la que más bien habían existido) como en la escucha, la criba y el descarte de las falsedades y la conservación de lo que parecía verdad, o se correspondía con lo preconcebido, con el fin de trascenderlo y pasar al amor, en donde puede haber paradoja e incoherencia, pero nada fallido ni falso. —Y ahora, el amor. Él tuvo que haberlo sabido todo acerca de ella antes incluso de verla: cuál era su apariencia externa, qué horas pasaba en privado en aquel mundo femenino y provinciano del que ni siquiera los hombres de su familia podían presuntamente saber gran cosa; tuvo que haberlo aprendido sin tener siquiera que formular una sola pregunta. Caramba, si tuvo que ser como si el hervor de una cazuela se sobrase y le cayera todo por encima… Tuvo que haber noches y más noches en las que Henry aprendía de él cómo haraganear en un dormitorio, con un batín y unas zapatillas como las que usaban las mujeres, envueltos en un efluvio de un aroma tenue pero inconfundible, como el que usaban las mujeres, fumando un habano casi tal como podría fumarlo una mujer, aunque todo ello con ese aire de confianza indolente, de letal seguridad en uno mismo, en el que sólo el hombre más temerario habría trazado gratuitamente la comparación (y sin el menor intento por su parte de enseñar, de adiestrar, de hacer el papel del mentor; y entonces tal vez sí, tal vez quién pudiera saber cuántas veces miró a Henry a la cara y pensó, pensó no de no ser por la intervención que sazona y que curte esa sangre que no tenemos en común es mi cráneo, mi frente, las cuencas de mis ojos, la forma y el ángulo de mi mentón y de la mandíbula y algo incluso de mi pensamiento hay detrás, y que él a su vez podría ver en mi cara si supiera mirar como yo sé sino ahí, un poco por detrás, oscurecido un poco por esa sangre ajena cuya mezcla fue necesaria para que él tuviera existencia se encuentra el rostro del hombre que nos conformó a los dos surgiendo de esa ciega y azarosa oscuridad que llamamos futuro; ahí… ahí… en cualquier momento, en cualquier segundo habré de penetrar llevado por la voluntad y la intensidad y la espantosa necesidad, despojando esa sazón ajena a sus rasgos y mirar no sólo el rostro de mi hermano, que no sabía que tuviera y que por eso nunca eché en falta, sino el de mi padre, surgiendo a partir de la sombra de cuya ausencia la posteridad de mi espíritu nunca ha escapado; instante en el cual pensaba, contemplando un ansia en la que no había ni rastro de abyección, una humildad que no era rendición del orgullo, el ofrecimiento completo y sin reservas del espíritu del cual la imitación inconsciente en el vestir y en el hablar y en todas las demás costumbres no era sino cáscara o revestimiento, pensaba qué no podré hacer con esta carne y esta sangre entregadas y deseosas, qué no podría hacer si quisiera; esta carne y esta sangre y este espíritu emanados de la misma fuente de la que brotaron los míos, pero emanados en la paz y en la quietud y en la satisfacción, y que han corrido bajo la constante e incluso monótona luz del sol, mientras que cuanto a mí me legó brotó en el odio y en la afrenta y en la inclemente ausencia de perdón y ha corrido a la sombra; qué no podría yo modelar a partir de ese barro maleable y ansioso, que el padre mismo no pudo; qué forma de qué bien podría, tendría, tiene que haber en esa sangre, sin que nadie esté a mano para tomar y modelar esa porción basta que ya sea tarde: o qué momentos en los que pudo decirse que era un sinsentido, que no podía ser verdad, que esas coincidencias sólo se producían en los libros… el hastío, el fatalismo, la incorregible propensión del gato a la soledad… Ese joven bastardo, ese patán, cómo voy a librarme de él: y entonces la voz, la otra voz: Eso no lo dirás en serio: y él: No. Pero sí digo que es un bastardo y un patán) y los días, las tardes en que salían juntos a cabalgar (y Henry también en esto le imitaba aun siendo mejor jinete, aun sin tener tal vez nada de lo que Bon habría llamado estilo, si bien había cabalgado mucho más que él, tanto que para él montar a caballo era algo tan natural como el andar, capaz de montar cualquier animal en cualquier sitio bajo cualquier circunstancia) mientras tuvo él que verse anegado y sumergido en la brillante e irreal inundación desencadenada por el habla de Henry, transportado así (los tres: él y Henry y la hermana a la que jamás había visto y quizá no tuviera mayor curiosidad por ver) a un mundo como de cuento de hadas en el que no existía nada más que ellos, cabalgando junto a Henry, escuchándole, sin necesidad de hacer preguntas, de suscitar más parlamentos en aquel joven que ni sospechar podía que él y el hombre que cabalgaba a su lado pudieran ser hermanos, y que cada vez que traspasaba el aire sus cuerdas vocales era para decir De ahora en adelante mi casa y la de mi hermana serán tu casa y mi vida y la de mi hermana serán tu vida, preguntándose (Bon) —o tal vez no se lo preguntara en absoluto, tal vez no hubiera ni asomo de asombro— si las condiciones se invirtieran y Henry fuese el desconocido y él (Bon) fuese el vástago de la gran familia y pese a todo supiera lo que sospechaba, cómo iba a decir lo mismo y, sobre todo, si habría dicho lo mismo; entonces (Bon) por fin se mostró de acuerdo, por fin dijo «De acuerdo. Iré contigo por Navidad» no a ver al tercer habitante del cuento de hadas que pintaba Henry con sus palabras, no a ver a la hermana, porque ni una sola vez había pensado en ella: se había limitado a escuchar tan sólo lo que de ella le dijera, aunque pensando Así que por fin voy a ver, voy a ver a quien fui enviado para jamás contar con verlo; le daré a entender de inmediato que no tiene por qué hacerlo, que no cuento con que lo haga, que eso no me va a hacer daño, tal como él me dará a entender rápidamente que soy su hijo, pensando quizá, quizá de nuevo con esa expresión que se podría tener por sonrisa, pero que no lo era, que era algo más allá de lo cual no tenía por qué ver nada ni siquiera un bastardo y un patán: Al menos se me nota que soy hijo de mi madre: tampoco parece que sepa qué quiero en verdad. Y es que sabía con toda exactitud qué era lo que quería; tan sólo que se dijera —el contacto físico aunque fuera en secreto, a escondidas—, el contacto físico de aquella carne caldeada antes que él naciese por la misma sangre que le había legado a él para que caldease con su propia carne, para que él a su vez la legase para que se caldease ruidosamente en venas y extremidades después que primero aquella carne y luego la suya fuesen pasto de la muerte. Y así llegó la Navidad y él y Henry recorrieron a caballo las cuarenta millas que distaban del Centenar de Sutpen mientras Henry seguía hablando, mientras seguía distendido y liviano e iridiscente, respirando sin cesar el aire del interior del globo del cuento de hadas en que existían los tres, vivían, evolucionaban tal vez en actitudes ajenas a la carne, él y el amigo y la hermana a la que nunca había visto el amigo y en la que nunca (aunque Henry no lo supiera) había pensado, o no al menos por el momento, puesto que tan sólo había oído hablar de ella desde detrás de un pensamiento más urgente, más acuciante, y Henry seguramente ni siquiera se dio cuenta de que cuanto más cerca estaban de la casa menos hablaba Bon, menos tenía que decir al respecto de nada, y quizás incluso (y esto Henry de seguro no lo sabría) menos escuchaba. Y entraron en la casa: y tal vez alguien que lo mirase habría visto pintarse en su rostro una expresión muy semejante —ofrecida con humildad pero también con orgullo, pese a ser expresión de una rendición incondicional— a la que vio con frecuencia en el rostro de Henry, y tal vez él mismo dijera No sólo no sé qué es lo que quiero sino que al parecer también soy mucho más joven de lo que pensaba: y vio cara a cara al hombre que podría ser su padre y no sucedió nada: no hubo sobresalto, no hubo cálida comunicación de la carne que el habla habría sido demasiado lenta para impedir, no hubo nada. Y allí pasó diez días, no sólo el esotérico, el sibarita, la hoja de acero en la vaina de seda recamada que Henry había comenzado a imitar en la universidad, sino también el objeto artístico, el molde y el espejo de la forma y de la moda que la señora Sutpen (según dijo tu padre) aceptó insistiendo incluso (¿no lo dijo tu padre?) en que lo era (y lo habría adquirido y habría pagado su precio incluso con Judith si no hubiese existido otro postor entre los cuatro, ¿o eso no lo dijo tu padre?) y que para ella siguió siéndolo hasta que desapareció, llevándose consigo a Henry, y ella nunca más lo volvió a ver y la guerra y los contratiempos y la pena y los malos alimentos llenaron todos y cada uno de sus días hasta que llegó un día en el que tal vez al cabo de un tiempo ya no recordaba que lo había olvidado. (Y la muchacha, la hermana, la virgen… Dios del amor, quién iba a imaginar lo que vio aquella tarde en que llegaron ambos por la avenida, qué plegaria, qué ensoñación de doncella meditativa que surgiera a caballo de una tierra de fábula, fuera cual fuese, no con el hierro áspero del cañón, sino en un sedoso y trágico Lancelot que rondaba la treintena, diez años mayor que ella y hastiado, saciado de experiencias y placeres que las cartas de Henry debieron de conjurar en la imaginación de la muchacha.) Y llegó el día de marchar sin que hubiera señal; Henry y él se fueron a caballo y no hubo señal aún, no hubo más señal en la despedida que cuando vio por vez primera ese rostro en el que podría (quiso creer) haber visto con sus propios ojos la verdad, en cuyo caso no habría sido necesaria una señal de no haber sido por la barba; no hubo señal en los ojos que le veían el rostro a él porque no había barba que lo ocultase, y podría haber visto la verdad si allí hubiera aparecido: pero ni el menor destello en los ojos: y así supo que se encontraba en su rostro porque supo que el otro la había visto allí, exactamente igual que iba a saber Henry en la víspera de Navidad del año siguiente que su padre no mentía, e iba a saberlo porque su padre no dijo nada, no hizo nada. Tal vez pensó incluso, se preguntó si acaso no sería ése el porqué de la barba, si acaso el otro no se había escondido tras la barba en preparación justamente de ese día, y, de ser así, ¿por qué?, ¿por qué? pensando Pero ¿por qué?, ¿Por qué? puesto que si tan poca cosa quería ¿no podía haber entendido que el otro hubiera preferido que la señal fuera en secreto, que no pudo haber sido veloz, que no podría haberse alegrado de que fuera en secreto aun cuando no hubiese él atinado a entender el porqué?, pensando en medio de todo esto Dios mío, soy joven, joven, y ni siquiera lo sabía; ni siquiera me dijeron que era joven, sintiendo la misma desesperación y la misma vergüenza que se siente cuando has de ver que tu padre fracasa en una prueba de valentía puramente física, pensando Tendría que haber sido yo el que fracasara: yo, yo, no él, que brotó de esa sangre con la que los dos cargamos antes que pudiera corromperse y resultara mancillada por aquello que hubiese en mi madre, fuera lo que fuese, que él no pudo tolerar…
       —Espera —exclamó Shreve, si bien Quentin no había dicho nada: había sido tan sólo cierta faceta, cierto recogimiento en la figura aún distendida y encorvada de Quentin, que presagió el habla, pues Shreve dijo Espera Espera antes que Quentin pudiera haber dicho esta boca es mía—. Y es que él ni siquiera la había mirado. Ah, la había visto, desde luego, para eso había tenido oportunidades de sobra; eso no lo pudo evitar, aun cuando sólo fuera porque de eso se cuidó la señora Sutpen… diez días repletos de esa clase de intimidades planeadas y dispuestas de antemano y llevadas a buen fin, como las campañas de los generales muertos en los manuales de la historia, en bibliotecas y salones, en paseos en calesa por las tardes, todo ello planeado con tres meses de antelación, desde que la señora Sutpen leyó la primera carta de Henry que contenía el nombre de Bon, hasta que acaso Judith comenzara a sentirse con el otro cual si fuesen una pareja de peces de colores; y él incluso dio en ponerse a hablar con ella, a trabar con ella la clase de conversación que le fuera posible trabar con una muchacha de campo que acaso nunca había visto, hasta aquel momento, a un hombre ni joven ni viejo que tarde o temprano no apestara a estiércol; habló con ella como hubiera hablado con la anciana dama en los sillones sobredorados del salón, salvo que en un caso tuvo él que correr con todo el peso de la conversación y en el otro ni siquiera hubiera podido escaquearse, y habría tenido que esperar a que Henry acudiera en su auxilio. Y quizá para entonces ya hubiera pensado en ella; quizás en los momentos en que se dijera no puede ser así; no es posible que me mire así todos los días y que no dé señal si así fuera también diría para sus adentros Ella es coser y cantar, no puede ser más fácil como cuando deja uno el champagne sobre la mesa de la cena y camina hacia el whisky que está en el aparador y se cruza por casualidad con una copa de sorbete de limón en una bandeja y mira el sorbete y se dice Eso también sería fácil, pero a quién le apetece… ¿Te encaja?
       —Pero no es amor —dijo Quentin.
       —¿Y se puede saber por qué no? Tú escucha y verás. ¿Qué fue lo que dijo la anciana dama, la tía Rosa? ¿Cómo era aquello de que hay ciertas cosas que tienen que ser, y que son tanto si están como si no, y tienen que ser un dichoso espectáculo, mucho más que otras cosas que quizás están y que no importa un dichoso comino si son o no son? He ahí el porqué. Todavía no había tenido tiempo. Dios mío, si tuvo con certeza que saber cómo había de ser. Tal como pensaba el abogado, no era un necio. Lo malo es que no era de esa clase de no necio que el abogado creyó que era. Tuvo que saber qué iba a pasar. Tuvo que ser como si pasara por delante del sorbete y quizá supiera que iba llegar al aparador donde estaba el whisky y se diera cuenta en ese instante de que a la mañana siguiente sí le iba a apetecer el sorbete; quizá ni siquiera se hubiera vuelto a mirar el champagne, en la mesa de la cena, entre la cristalería fina y sucia y el mantel de damasco arrugado, y de repente supiera que en el fondo no estaba dispuesto a volver allí. No pudo ser cuestión de elegir, de tener que elegir entre el champagne y el whisky y el sorbete, sino que de súbito (sería ya primavera en aquella región en la que él nunca había pasado una primavera, y ya dijiste tú que el norte de Mississippi es una región algo más dura que Louisiana, con la flor del cornejo y las violetas y las flores tempranas y sin aroma, aunque tanto la tierra como las noches todavía eran frías y los capullos prietos y duros como los pezones de las jovencitas, recién brotados en los alisos y en esos árboles de Judas que también llaman árboles del amor, y en los arces y en los álamos, e incluso había asomado la pujanza de la juventud en los cedros, de una manera que él nunca había visto) descubre que no quiere nada más que ese sorbete y que además lleva deseándolo de verdad ya desde hace algún tiempo, además de saber que ese sorbete es suyo y que le está esperando que lo tome. No es que esté a la espera de que alguien lo tome, sino de que lo tome él, y él sabe cómo con sólo mirar esa copa que ha de ser como esa flor que, si cualquier otra mano la alcanzase, estaría llena de espinas, pero no así en su mano; y él no estaba acostumbrado a eso, puesto que todas las demás copas que se le habían ofrecido, deseosas y fáciles de tomar, nunca habían contenido sorbete, sino que todas estaban colmadas de champagne, o al menos de vino de cocina. Y eso no es todo. Estaba también el hecho de que fuera sabedor de que lo que sospechaba podía ser cierto, o de que no supiera si lo era o no. Y quién iba a decir si no existía tal vez la posibilidad del incesto, pues quién (sin tener hermana: de los otros, no sé) ha estado enamorado y no ha descubierto la vana evanescencia del encuentro carnal; quién no ha tenido que caer en la cuenta de que cuando termina ese breve todo uno ha de retirarse tanto del amor como del placer, recoger sus propios despojos, el sombrero y los pantalones y los zapatos que uno arrastra por el mundo, y batirse en retirada, toda vez que los dioses condonan y practican éstos tanto como los ayuntamientos de ensueño, inconmensurables, que flotan ajenos a todo, por encima del instante embarazoso, presuroso, el: no era: es: ha sido: es un requisito previo, propio de elefantes y ballenas ingrávidos y henchidos: pero acaso si hubiera además pecado no tendría uno permiso para escapar, desayuntarse, retornar. «¿No es así?» Se detuvo; habría sido fácil interrumpirle en ese momento. Quentin podría haber tomado la palabra, pero no lo hizo. Permaneció sentado como antes, con las manos en los bolsillos del pantalón, los hombros abatidos, vencidos hacia delante, cabizbajo, y como si curiosamente pareciera más menudo de lo que era en verdad, porque su estatura real y su delgadez, esa delicadeza de la osamenta, de las articulaciones, que incluso a los veinte años conservaban algo, un último vestigio de la adolescencia, esto es, por comparación con ese cuerpo de querubín fornido del otro que estaba frente a él, que parecía más joven, y cuya superioridad de masa corporal y de desplazamiento lo hacía parecer más joven incluso, como un chiquillo rollizo de doce años que sobrepasara a otro en quince o veinte kilos aún parece mucho más joven que el muchacho de catorce que tuvo esa gordura y la perdió, la vendió (fuera o no con su consentimiento) por un estado de virginidad que no es ni de varón ni de hembra.
       —No lo sé —dijo Quentin.
       —De acuerdo —dijo Shreve—. Tal vez yo tampoco. Sólo que… Caramba, algún día tiene uno que enamorarse. De esa manera no te vencerían. Sería como si Dios hubiera engendrado a Jesucristo y después de encargarse de que tuviera las herramientas del carpintero nunca le diese nada que construir con ellas. ¿No lo crees?
       —No lo sé —dijo Quentin. No se movió. Shreve lo miró entonces. Incluso cuando no decían nada, el aliento les formaba nubecillas de vaho en el aire sepulcral de la habitación. Las campanas de medianoche habían tañido un buen rato antes.
       —¿Quieres decir que no te importa? —Quentin no le respondió—. Eso es, no me digas nada. Si no, me daría cuenta de que mientes. Muy bien, como quieras. Escucha. Y es que él nunca tuvo que preocuparse del amor, porque el amor velaría de sí mismo. Quizá supiera que existía un destino, una condenación o una fatalidad que pesaba sobre él, como lo que la anciana tía Rosa te contó acerca de ciertas cosas que tienen que ser tanto si están como si no están, así sea para que cuadren las cuentas, para que diga Pagado en la hoja correspondiente, para que quienquiera que lleve las cuentas pueda extraer la hoja en cuestión del libro de asiento y la queme, se deshaga de ella. Quizá supiera entonces que, al margen de lo que hubiese hecho el viejo, al margen de que sus intenciones fueran buenas o que fueran aviesas, no iba a ser el viejo quien tuviera que pagar la cuenta, y ahora que el viejo se hallaba en bancarrota debido a la incompetencia de la vejez, ¿quién iba a tener que afrontar el pago, quién, si no sus hijos? ¿No se hacían así las cosas antaño? El viejo Abraham cargado de años y achacoso débil e incapaz ya de hacer ningún daño a nadie, por fin acorralado, por lo que capitanes y recaudadores dirían: «Viejo, a ti ya no te queremos», y Abraham diría: «Alabemos al Señor, he engendrado y he criado hijos que habrán de soportar la carga de mis iniquidades y persecuciones, que tal vez recuperen mis rebaños y manadas de quien se las ha incautado sin derecho, para que descansen mis ojos sobre mis bienes y mis fieles, sobre las sucesivas generaciones de mis descendientes, centuplicados cuando haya de abandonarme el alma». Supo en todo momento que el amor velaría de sí mismo. Tal vez por eso no tuvo que pensar en ella durante aquellos tres meses, de septiembre a Navidad, mientras Henry le hablaba de ella y le decía cada vez que respiraba: Su vida y la mía han de existir en y sobre la tuya; no necesitó perder ningún tiempo sobre el amor que se había presentado, con el riesgo de que le saliera el tiro por la culata, si ni siquiera se tomó la molestia de escribirle ninguna carta (con la salvedad de aquella última carta) que ella a toda costa habría querido guardar, si ni siquiera le hizo proposición de matrimonio ni le entregó un anillo de compromiso del que la señora Sutpen pudiera hacer gala vistosamente exhibiéndolo por ahí. Y es que también el sino cargaba todo su peso sobre ella: el mismo y envejecido Abraham, tan envejecido y debilitado que nadie querría siquiera sus carnes en pago de una deuda; tal vez ni siquiera tuvo que esperar a Navidad para verla y para saberlo; tal vez eso fue lo que sacó en limpio de los tres meses de charlas que oyó de labios de Henry sin escuchar en el fondo lo que le decía: nada oigo sobre una muchachita, una virgen; si acaso, oigo hablar de un campo estrecho y delicado y cercado y virgen, ya arado y dispuesto, en el que sólo tendré que esparcir la simiente y acariciarlo con dulzura, la vio por Navidad y lo supo con certeza y luego lo olvidó, volvió a la universidad y ni siquiera recordó que lo hubiera olvidado, porque entonces no tuvo tiempo; quizá fue un día cualquiera de aquella primavera de la que hablabas antes, cuando se detuvo y dijo con absoluta tranquilidad: De acuerdo. Quiero acostarme con quien tal vez sea mi hermana. De acuerdo, y entonces también olvidó esto. Y es que no tuvo tiempo. Mejor dicho, no tuvo otra cosa que no fuera tiempo, no en vano tenía que esperar. Pero no lo tuvo para ella. Eso estaba arreglado. Se trataba de lo otro. Tal vez pensó que lo iba a encontrar en la saca del correo cada vez que el negro venía a caballo desde el Centenar de Sutpen y Henry creía que era la carta de ella lo que estaba esperando cuando lo que él pensaba era Acaso él escriba. Tendría que escribir tan sólo «Soy tu padre. Ahora, quema esto» y yo así lo hubiera hecho. O, si no, una hoja cualquiera un simple pedazo de papel con una sola palabra «Charles» de su puño y letra y yo al punto sabría qué quiso decir y ni siquiera habría tenido que pedirme que lo quemase. O un mechón de su cabello o una uña recortada y yo los entendería porque ahora creo que he sabido durante toda mi vida cómo habrían de ser un mechón de su cabello o una uña suya, y sabría identificar ese mechón o esa uña entre un millar. Y no llegó, mientras la carta que él envió a ella salió rigurosamente cada quince días y las de ella le fueron llegando y acaso pensó Si una sola de las mías me fuera devuelta sin abrir entonces. Ésa sería la señal. Y eso no sucedió: y entonces Henry comenzó a hablar de que él hiciera un alto de un día o dos en el Centenar de Sutpen cuando fuera de viaje a su casa, y él dijo que de acuerdo, dijo Será Henry quien reciba la carta, la carta en la que se diga que es inoportuno que yo haga esa visita en este momento; así pues, al parecer él no se propone reconocerme, reconocer que soy su hijo, pero al menos le habré forzado a admitir que lo soy. Y ésa tampoco llegó y se fijó la fecha y la familia del Centenar de Sutpen mandó notificación y esa carta tampoco llegó y él pensó Así ha de ser; yo le he causado una ofensa; tal vez fuera esto lo que él estaba esperando y quizás entonces el corazón le dio un vuelco, quizá dijo Sí. Sí. Renunciaré a ella; renunciaré al amor y a todo; no me ha de costar, no me será difícil, aun cuando él me diga «nunca vuelvas a mirarme a la cara; llévate mi afecto y mi reconocimiento en secreto, márchate», y eso haré; ni siquiera exigiré que me diga de sus propios labios qué fue lo que hizo mi madre, qué fue lo que justifica su acto para con ella y para conmigo. Así pues llegó el día y él y Henry recorrieron una vez más a caballo las cuarenta millas hasta la cancela y la avenida de acceso a la casa. Él sabía qué le esperaba a su llegada: la mujer a la que había visto una sola vez y había visto con toda claridad, adivinando sus intenciones; la muchacha cuyas intenciones había adivinado sin haber tenido que verla una sola vez; el hombre al que había visto a diario, al que había escrutado a fondo desde su temerosa intensidad, desde su necesidad, sin llegar a traspasarlo; la madre que hizo un aparte con Henry cuando aún no llevaban ni seis horas en la casa en aquella visita navideña y le informó del compromiso antes que el prometido hubiera tenido tiempo de relacionar el nombre de la hija con el rostro de la hija: así que seguramente antes que hubiesen vuelto a la universidad, y sin que él fuera consciente de haberlo hecho, Henry ya había dicho a Bon qué era lo que su madre tenía en mente (y ya había dicho a Bon qué tenía él en la suya); así pues, tal vez antes incluso de que emprendieran viaje para que Bon realizara su segunda visita (sería ya el mes de junio, ¿y cómo estaría en esa época el norte de Mississippi? ¿cómo fue lo que dijiste? las magnolias en flor y los sinsontes melodiosos, y así que pasaran otros cincuenta años, luego de haber marchado y haber luchado y haber perdido y haber muerto, el día de principio de mayo en que se recuerda a los caídos en combate, y los veteranos con los uniformes grises y planchados a mano, atildados, y las espúreas medallas de bronce que, de entrada, nunca tuvieron ningún significado, y las jovencitas escogidas, con sus vestidos blancos, ceñidos a la cintura con fajines carmesíes, y la banda de música que tocaría Dixie y los viejos achacosos y chochos desgañitándose por más que uno jamás hubiera llegado a creer que les quedara resuello siquiera para llegar allá, para ir caminando hasta sentarse en la tribuna)… sería ya el mes de junio, con las magnolias y los sinsontes a la luz de la luna, y las cortinas henchidas, mecidas por el aire de junio, la ceremonia de la graduación, la música de violines y triángulos y, en el interior, el meneo y la ondulación de los miriñaques: y Henry estaría un tanto achispado, tanto que poco le faltó para decir «Exijo saber cuáles son tus intenciones para con mi hermana», sólo que no lo dijo, y en cambio volvió a sonrojarse incluso a la luz de la luna, sólo que recto, erguido, y sonrojado, porque si eres tan orgulloso que sabes ser humilde no hay motivo para acobardarse (y cada vez que respiraba y pasaba el aliento por sus cuerdas vocales resonaba su Te pertenecemos; haz con nosotros lo que desees), diciendo «Antes pensaba que aborrecería al hombre al que tuviese que ver a diario, al hombre todas cuyas palabras y gestos y actos me dijesen he visto y he tocado partes del cuerpo de tu hermana que tú ni verás ni tocarás nunca: y ahora sé que he de aborrecerlo, y por eso quiero que ese hombre seas tú», a sabiendas de que Bon bien sabría qué quiso decir, tratando de decir, de decirle, pensando, diciéndose (Henry): No sólo porque es mayor que yo y porque ha conocido más de lo que yo jamás conoceré y ha recordado más, sino por mi propia y libre voluntad, y si entonces lo supe o no es algo que no importa, le di mi vida y la de Judith, ambas se las entregué a él…
       —Eso sigue sin ser amor —dijo Quentin.
       —De acuerdo —dijo Shreve—. Tú escucha… Recorrieron a caballo las cuarenta millas que los separaban de la cancela y llegaron a la casa. Y esta vez Sutpen ni siquiera estaba allí. Y Ellen ni siquiera sabía adonde había ido, convencida, con su blandura y volubilidad, de que había ido a Memphis e incluso quizás a Saint Louis en viaje de negocios, cosa que a Henry y a Judith ni siquiera les importó, y sólo él, Bon, pudo saber cuál era la razón de que Sutpen se hubiera ausentado, diciéndose Pues claro: no estaba seguro, tuvo que ir allí para cerciorarse, diciéndoselo incluso en voz alta, en voz alta y deprisa, para no oír, no tener la posibilidad de oír el pensamiento, el Pero si tenía sospechas, ¿por qué no me lo dijo? Yo lo habría hecho, habría ido a verle antes que nada a él, pese a recibir la sangre después que fuese mancillada y corrompida por lo que quiera que fuese que mi madre, alto y claro y deprisa, diciéndose Eso es lo que hay; tal vez se ha adelantado y piensa esperarme; no me ha dejado recado porque los demás todavía no deben sospechar nada y él sabe que yo sabré en el acto dónde está, que lo sabré en cuanto vea que se ha ausentado, pensando acaso en los dos, en la mujer sombría y vengativa que era su madre y en el hombre adusto y rocoso que lo había mirado a diario durante diez días sin que se le alterase absolutamente nada en la expresión del rostro, el uno frente a la otra en hosco armisticio tras casi treinta años en el suntuoso y barroco y trasnochado salón en la casa que él tenía por suya sólo porque al parecer todo el mundo tenía una casa propia, el hombre del que ahora tenía la certeza de que era su padre sin asomo de humildad por cierto (y él, Bon, orgulloso de ello), sin decir siquiera Estuve en un error sino Admito que así es… Por Dios, piensa en su ánimo durante aquellos dos días en que la mujer ya madura tuvo que ponerle a Judith delante de la cara a cada instante, porque ya había dado en difundir la noticia del compromiso confidencialmente por todo el condado al menos desde la pasada Navidad, ¿o no dijo tu padre que incluso viajó a Memphis con Judith, por primavera, para comprar el ajuar?, y sin que Judith tuviera que acceder siquiera a su exposición a ojos de Bon, sin que tuviera tampoco que resistirse, pues le bastó con ser, con ser y existir y respirar como hacía Henry, quien tal vez una mañana de aquella primavera despertó y se quedó tendido en cama y puso en claro las cuentas y se hizo cargo de la situación, sumó las cantidades, halló el resultado y se dijo De acuerdo. Voy a intentar convertirme en lo que creo que él quiere que sea; puede hacer conmigo lo que le venga en gana; hasta con que me diga qué hacer y yo lo haré; aun cuando lo que me pida que haga pueda parecer un deshonor, yo lo haré pese a todo, sólo que Judith, siendo hembra y siendo mucho más sabia, no lo tendría por deshonor: se limitaría a decir De acuerdo: haré todo lo que él pueda pedirme y por eso nunca me pedirá que haga nada que yo pueda tener por deshonroso: así pues (es posible que aquella vez incluso la besara, acaso la primera vez en que alguien la besó, tan inocente ella que ni siquiera pudo ser coqueta, ni pudorosa, y tampoco supo que fue objeto de mera condescendencia, tal vez después tan sólo le miró con una especie de sorpresa apacible e inexpresiva ante el hecho de que el novio la hubiera besado por lo visto de igual modo, al menos esa primera vez, que la besaba el hermano, siempre y cuando al hermano alguna vez se le hubiera ocurrido o se hubiera animado a besarla en la boca)… así pues, cuando pasaron los dos días y él volvió a ausentarse y Ellen se puso a gritarle «¿Cómo? ¿No hay compromiso, no hay promesa, no hay anillo?», ella estaba tan atónita que ni siquiera supo mentir, pues ése tuvo que ser el primer instante en que comprendió que no había recibido una proposición de matrimonio… Piensa, así pues, en su ánimo mientras seguía viaje a caballo hacia el río, y luego en el propio vapor en el que no dejó de pasear por cubierta, notando bajo los pies el chapaleo de las palas y el estrépito del motor que lo acercaban cada vez más, de día y de noche, al instante que ya tuvo que haber comprendido que le esperaba desde que tuvo edad suficiente para comprender. Claro está que de vez en cuando tuvo que decirse bastante deprisa y en voz alta Eso es todo lo que hay. Tan sólo quiere asegurarse antes para ahogar el ¿Por qué hacerlo así? que de antiguo llegaba. ¿Porqué no allí? Sabe que yo nunca reclamaré absolutamente nada de cuanto él posee, ganado a costa de sacrificios y resistencia y desdenes (eso me han dicho: no él: me lo han dicho ellos) que sólo él conoce; eso lo sabe tan bien que nunca se le puede haber ocurrido tal como sabe que nunca se me ocurriría a mí que ésa pueda ser su razón, que no sólo es generoso sino también despiadado, que debió de haber renunciado a todo lo que poseyeran él y mi madre para dejárselo a ella y también a mí en pago por repudiarla, no porque el hacerlo así le doliera, le mortificase y lo tuviera en vilo un tiempo innecesariamente mucho más dilatado, porque eso no le importaba; que sufriese insidias o que fuese incluso crucificado no pudo importarle: fue el hecho de que tuviera que conservar constantemente la memoria de que él no lo hubiera hecho así, si bien él había brotado de la sangre después de lo que quiera que fuese que su madre había sido o había hecho la mancillara y la corrompiera… cerca, cada vez más cerca, hasta que el suspense y el desconcierto y el apremio y todo parecieran fundirse en una sublimación de la rendición y la pasividad de la que él sólo dio en pensar De acuerdo. De acuerdo. Aunque así sea. Aunque él quiera que sea así. Nunca más volveré a verle. Entonces llegó a su casa. Y nunca llegó a saber si Sutpen había estado allí o no. Nunca lo supo. Lo creyó, pero nunca lo supo… Su madre seguía siendo la misma mujer sombría, inalterada, fiera y paranoica de la que se despidió en septiembre, de la cual nada pudo saber por indirectas, a la que nada pudo sonsacar y a la que nada se atrevió a preguntar a las claras; el mero hecho de que hubiese él adivinado qué había tras las preguntas del abogado (si le había gustado la universidad y las gentes de aquella región, si tal vez —¿o tal vez no?— había trabado amistades entre las buenas familias de la región) fue para él prueba tanto más sólida, en aquel momento, de que Sutpen no había estado allí, o de que al menos el abogado no era consciente de que hubiera estado allí, puesto que entonces creyó que había columbrado el designio del abogado al mandarlo a él a aquella universidad en concreto, y en sus preguntas nada halló que pudiera indicar que el abogado hubiera tenido conocimiento de nada nuevo desde entonces. (O lo que pudiera haber averiguado en aquella conversación con el abogado, puesto que fue breve; tuvo que ser prácticamente la más breve que jamás se hubiera dado entre ellos, la más breve de todas descartando, claro está, la última, la que tendría lugar durante el verano siguiente, estando Henry con él.) Y es que el abogado no pudo atreverse a preguntar nada a las claras, tal como él (Bon) no se atrevió a preguntárselo a su madre a las claras. Y es que si bien el abogado lo tenía más por necio e imprudente que por lerdo, ni siquiera él (el abogado) creyó jamás, ni un solo instante, que Bon pudiera llegar a ser el botarate que iba a ser. Así que nada dijo al abogado y el abogado nada le dijo, y pasó el verano y llegó septiembre y el abogado (al igual que su madre) ni una sola vez le preguntó si su deseo era volver a la universidad. Así que al final hubo de ser él quien lo dijera, quien afirmara que su intención era regresar; y quizá supiera que había perdido esa baza, pues nada vio en el rostro del abogado, nada, salvo la aquiescencia. Regresó así pues a la universidad, donde Henry lo estaba esperando (desde luego: lo estaba esperando) y ni siquiera le dijo «No has contestado a mis cartas. No has escrito a Judith», si bien le había dicho Cuanto mi hermana y yo somos y tenemos a ti te pertenece aunque tal vez sí escribió entonces a Judith aprovechando el primer negro del correo que fuese a caballo al Centenar de Sutpen, contándole que el verano había sido anodino y que por eso no había tenido nada que escribirle, y tal vez el nombre de Charles Bon fuese claramente legible e imborrable en el exterior del sobre y supuso Eso él tendrá que verlo. Quizá la devuelva pensando Tal vez si me viene devuelta ya nada me podrá detener y así tal vez por fin sepa qué es lo que voy a hacer. Pero no le fue devuelta. Y las demás no le fueron devueltas. Y pasó el otoño y llegó la Navidad y volvieron a caballo al Centenar de Sutpen y esta vez él tampoco estaba allí, sino que estaba en el campo, había ido al pueblo, estaba de caza, lo que fuera; Sutpen no estaba allí cuando llegaron los dos a caballo y Bon se dio cuenta de que no contaba con que él estuviera allí, diciéndose Ahora. Ahora. Ahora. Ha de ser ahora. Ha de ser esta vez y yo todavía soy joven, joven, pues todavía no sé qué es lo que voy a hacer. Y así lo que tal vez estaba haciendo a la hora del crepúsculo (pues supo que Sutpen había regresado, que estaba en la casa; sería como el viento, algo tenebroso y helado, que soplaba sobre él, y él se quedó inmóvil, serio, callado, alerta, pensando ¿Qué? ¿Qué es esto? Entonces tuvo que saberlo; tuvo que percibir que el otro había entrado en la casa, tuvo que soltar la respiración contenida en silencio, con alivio, un suspiro profundo, aquietado también su ánimo) en el jardín mientras paseaba con Judith y conversaba con ella, galante y elegante y automático (y Judith pensando en todo ello como pensaba en aquel primer beso del verano anterior: Así que es eso. Eso es el amor, dolorida una vez más por la decepción, pero sin ceder aún, sin abatirse); así, acaso lo que estaba haciendo era tan sólo esperar, decirse Quizá todavía mandará llamarme. Al menos me lo dirá cuando lo cierto es que no tenía motivos para esperar tal cosa: Está en la biblioteca, ha mandado al negro a buscar a Henry, ahora entra Henry en la estancia: así que acaso se detuvo y la miró de frente con una especie de sonrisa en el rostro, y la sujetó por los codos y la hizo volverse con suavidad y con dulzura, hasta tenerla de frente a la casa y le dijo: «Vete. Quiero estar solo y pensar en el amor», y ella se marchó igual que aquel día aceptó el beso, tal vez con la sensación de su mano leve y momentánea en la parte baja de la espalda. Y él quedó frente a la casa hasta que salió Henry, y se miraron uno al otro unos momentos sin decir palabra, y se volvieron y caminaron juntos por el jardín, atravesando el trecho que los separaba del establo, en el que tal vez hubiera un negro y tal vez ensillaron los dos caballos ellos mismos y esperaron a que el negro que se ocupaba de las tareas domésticas les llevase dos alforjas llenas. Y tal vez ni siquiera entonces preguntó «Pero ¿no ha mandado ningún recado para mí?».
       Shreve se detuvo. Es decir, los dos, Shreve y Quentin, se percataron entonces de que se había detenido, puesto que por lo que a los dos se les alcanzaba sabían que nunca había comenzado, puesto que no importaba (y acaso ninguno de los dos era consciente de la distinción) cuál de los dos era el que llevaba el peso de la charla o había hecho uso de la palabra. De modo que en ese momento no eran dos, sino que eran cuatro los que montaban los dos caballos en la oscuridad, por la senda de roderas escarchadas, en diciembre, en la víspera de Navidad: los cuatro y luego sólo dos, Charles-Shreve y Quentin-Henry, ambos convencidos de que Henry estaba pensando Él (refiriéndose a su padre) nos ha destruido a todos, sin pensar por un instante Él (refiriéndose a Bon) tiene que haber sabido o al menos sospechado en todo momento que así había de ser; por eso ha actuado como lo ha hecho, por eso no contestó a mis cartas el pasado verano, ni escribió a Judith, por eso nunca le ha propuesto que se case con él; creyendo que eso tenía que habérsele ocurrido a Henry sin duda en ese momento, después que saliera de la casa y él y Bon se mirasen uno al otro un rato sin decir palabra para ir después juntos al establo y ensillar los caballos, aunque eso Henry se lo había tomado como si tal cosa, porque aún no daba crédito, por más que supiera que era verdad, porque entonces había tenido que comprender con desesperación absoluta el secreto de toda su actitud para con Bon a partir de aquel primer momento instintivo en que lo vio quince meses antes; sabía, pero no quería saber, y tenía que negarse a creer. Así que fueron los cuatro los que montaron los dos caballos aquella noche y luego llegó el día de Navidad luminoso y escarchado en el norte de Mississippi, en condiciones muy similares a las de los parias al pasar por delante de las casas de las plantaciones adornadas con ramas de acebo bajo las aldabas de las puertas y muérdago colgado de las arañas de cristal y cuencos de ponche de huevo y de ponche de whisky y limón y azúcar en las mesas de los salones, y el humo de leña, azulado y quieto, sin que lo agitase una brizna de viento, en las chimeneas de los barracones de los esclavos, camino del río y del barco de vapor. En el barco también se celebraría la Navidad: el mismo acebo y el mismo muérdago, el mismo ponche de huevo y el mismo ponche de whisky y limón y azúcar; tal vez, sin duda, una cena navideña y un baile, pero que no habrían de ser para ellos: los dos a oscuras, con frío, de pie, acodados en la borda, frente a las negras aguas del río y sin hablar aún, puesto que nada había que decir, los dos (los cuatro) retenidos, en suspenso, en el periodo de prueba impuesto por Henry, quien sabía pero aún no creía, quien iba a examinar a conciencia e iba a demostrarse a sí mismo aquello que, según creían Shreve y Quentin, sería para él como la muerte cuando lo supiera. Así pues, eran cuatro aún los que bajaron del barco en Nueva Orleans, ciudad que Henry nunca había visto (toda su experiencia cosmopolita, además de la universidad, consistía tal vez en uno o dos viajes que hizo a Memphis con su padre, para comprar ganado o esclavos) y que esta vez no tuvo tiempo de ver; Henry, que sabía pero no creía, y Bon, al que el señor Compson había llamado fatalista, aunque de acuerdo con Shreve y Quentin no se opuso a la sentencia y al designio de Henry por la razón de que ni sabía ni le importaba lo que Henry se propusiera hacer, puesto que tiempo atrás se había percatado de que aún tampoco sabía qué iba a hacer él; los cuatro sentados en aquel salón de barroco y trasnochado esplendor que Shreve había inventado y que seguramente se aproximaba bastante a la verdad, mientras la hija nacida en Haití del francés que fuera dueño de una plantación de caña de azúcar y de la mujer que según dijo el primer suegro de Sutpen era una española (la mujer menuda y un tanto desaliñada, con el cabello despeinado y negro como ala de cuervo aunque ya fueran abundantes las canas grises que peinaba, un cabello áspero como cola de caballo, con la piel de color pergamino y unos ojos negros e implacables y abolsados que por sí solos no daban ninguna pista sobre la edad, puesto que no daban ningún indicio sobre el olvido, la mujer que Shreve y Quentin del mismo modo habían inventado, y que del mismo modo se aproximaba bastante a la verdad) no les dijo nada porque no tuvo ninguna necesidad, porque ya lo había dicho, y no dijo «¿Mi hijo está enamorado de su hermana de usted?», sino «Así que su hermana de usted se ha enamorado de él», y acto seguido rió con estridencia y aspereza ante Henry, quien no podría haberle mentido ni siquiera viéndose en la obligación o en la necesidad, así como tampoco tuvo que responder ni Sí ni No… Los cuatro ahí, en aquel salón en Nueva Orleans, en 1860, así como de alguna manera estaban los cuatro en aquella habitación sepulcral, en Massachusetts, en 1910. Y quizá Bon, es probable, llevara a Henry a visitar a la amante ochavona y al niño, como dijo el señor Compson, aunque ni Shreve ni Quentin creían que la visita hubiera afectado a Henry como parecía suponer el señor Compson. De hecho, Quentin ni siquiera contó a Shreve lo que le había dicho su padre sobre aquella visita. Tal vez el propio Quentin no había prestado atención cuando el señor Compson lo relató (¿lo recreó?) durante aquella velada en su casa; tal vez en aquel momento en el porche, con el caluroso crepúsculo de septiembre, se lo tomó como si tal cosa sin escuchar siquiera, igual que hubiera hecho Shreve, puesto que ambos creían —y es probable que también en esto les asistiera la razón— que la ochavona y el niño habían sido para Henry sólo un aspecto más de Bon, algo no envidiado, aunque sí imitado si tal hubiera sido posible, si hubiera tenido tiempo y paz para imitarlo, paz no entre los hombres de la misma raza, de la misma nación, sino paz entre dos espíritus jóvenes y enfrentados en la batalla y el hecho incontrovertible que los enfrentaba, puesto que ni Henry ni Bon, así como tampoco Quentin y Shreve, fueron los primeros jóvenes que dieron en creer (o que al menos actuaron llevados por la suposición) que las guerras a veces se desencadenaban artificialmente con la sola intención de zanjar las dificultades y los descontentos particulares de los jóvenes.
       »Así pues, la anciana dama formuló a Henry esa única pregunta y se quedó sentada carcajeándose de él, y así él lo supo entonces, así lo supieron ambos. Y así tuvo que ser breve el encuentro con el abogado, el más breve de todos. Y es que el abogado habría estado pendiente de él; tal vez hubiera una carta durante el segundo otoño, mientras el abogado seguía a la espera y aún no parecía que sucediera nada allá (y es posible que el abogado fuese la razón por la cual Bon nunca contestó a las cartas de Henry y de Judith: porque nunca llegó a recibirlas), una carta, dos o tal vez tres hojas de tu modesto y obediente e y t y c que se reducía a trece palabras Sé que eres un necio, pero ¿qué clase de necio vas a ser? y Bon fue cuando menos lo suficientemente no necio para proceder a la reducción… Sí, pendiente de él, no preocupado por el momento, tan sólo bastante molesto, dando a Bon tiempo de sobra para que acudiese a él, dándole tal vez toda una semana (luego de que él, el abogado, se las hubiese ingeniado para echarle el guante a Henry y para averiguar en gran medida lo que Henry estaba pensando sin que Henry llegara a sospecharlo) antes de ingeniárselas del mismo modo con Bon, y es posible que le salieran tan bien todas sus artimañas que ni siquiera Bon llegara a darse cuenta de lo que se avecinaba. Tuvo que ser breve. Ya no había ningún secreto entre ellos; tan sólo lo que no se había dicho: el abogado detrás de su mesa (y acaso en el cajón secreto el libro de asiento en el que acababa de consignar el interés compuesto del año anterior, entre el capital intrínseco y el amor y el orgullo al doscientos por ciento)… el abogado al parecer inquieto, molesto, pero en modo alguno preocupado, toda vez que sabía que tenía en su poder todos los resortes, además de que seguía sin creer que de veras fuese Bon esa clase de necio, aunque estaba a punto de cambiar de parecer sobre su falta de luces o al menos sobre su cortedad; el abogado pendiente de él al decirle, con voz suave y untuosa, puesto que ya no tenía ningún secreto que guardar, sabedor ya de que Bon sabía todo lo que llegaría a saber, o todo lo que necesitara saber para dar el golpe: «¿Sabe usted que es un joven sumamente afortunado? La mayoría de nosotros, aun en caso de tener la suerte suficiente de cobrarnos venganza, hemos de pagar por ello a veces en dólares contantes y sonantes. En cambio, usted se encuentra en posición no sólo de cobrarse venganza, de limpiar el buen nombre de su madre, sino que el bálsamo con el que ha de curar usted su herida tendrá asimismo un valor colateral que podrá traducirse en aquellas cosas que un joven necesita, las cosas que le son debidas y que, gústenos o no, sólo pueden obtenerse a cambio de dólares costosamente ganados…» y Bon dijo ¿Qué quiere decir? y todavía no hizo ningún movimiento; es decir, él todavía no se había dado cuenta de que comenzaba ya a hacer un movimiento, continuando (el abogado) con voz suave y untuosa: «Y más aún que esto, por añadidura, como si fuera la ñapa de la venganza, para entendernos, este ramillete de flores de una sola tarde, esta flor de la pradera que no desprende aroma, que nadie echará en falta y que florecerá en su solapa, caballero, mucho mejor que en la de cualquier otro; esta… ¿cómo dicen ustedes los jóvenes? Esa cosa tan linda…». Y en ese instante oyó el movimiento de los pies. Y entonces, con pistola (de cañón corto y calibre grueso, revólver, pistola de arzón: lo que fuese) y todo se acoquinó de espaldas contra la pared, tras el sillón derribado, gruñendo «¡Atrás! ¡Alto! ¡Atrás!» y chillando acto seguido «¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Me quiere…!», y chillando al cabo sin decir palabra, puesto que habría sentido el chasquido de sus propios huesos antes de librar los dedos de la pistola, y también el chasquido en el cogote cuando Bon lo abofeteó con la palma de la mano en una mejilla y luego con el dorso en la otra; quizá también oyera decir a Bon «Basta. Cállese. No voy a hacerle daño», o quizá fuese el abogado en su interior el que dijera chitón, a lo que obedeció sin rechistar, el mismo que volvió a sentarlo en el sillón una vez enderezado, medio caído de bruces sobre la mesa; fue acaso el abogado de su interior el que le aconsejó que no dijera Ésta me la vas a pagar, sino que permaneciera medio caído sobre la mesa, doliéndose de la mano retorcida y aplicándose el pañuelo, mientras Bon, de pie, lo miraba, sujetando la pistola por el cañón, pegada al muslo, diciendo «Si considera que es necesaria una satisfacción, naturalmente sabe usted que…» y el abogado apoyado en el respaldo del sillón, aplicándose el pañuelo en la mejilla: «Estaba en un error. No he sabido entender correctamente sus sentimientos, caballero, en todo este asunto. Le pido disculpas», y Bon: «Concedidas. Como quiera. Acepto por igual sus disculpas que una bala, lo que usted prefiera», y el abogado (tendría una coloración enrojecida aunque tenue en la mejilla, pero poca cosa: en los ojos o en la voz nada): «Entiendo que va usted a cobrarse con creces mi desdichado error… mi ridículo incluso. Aun cuando supusiera yo que la razón está de mi parte, y le aseguro que no es el caso, tendría pese a todo que rechazar la oferta. No estaría yo a su misma altura si fuese con pistolas», y Bon: «¿Y tampoco con navajas o estoques?», y el abogado, suave y untuoso: «Ni con navajas o estoques». Así pues, el abogado ni siquiera tuvo que decir Ésta me la vas a pagar pues Bon lo habría dicho por él, y seguiría allí de pie, sujetando la pistola por el cañón, pensando Pero sólo con navajas o estoques. Así que no le puedo vencer. Podría pegarle un tiro. Le pegaría un tiro sin más compunción que la que tendría al pegarle un tiro a una serpiente o a un hombre que me hubiera puesto los cuernos. Pero aun y todo él me seguiría venciendo. Pensando Sí. Me venció mientras él… él… (—Escucha —dijo Shreve, exclamó más bien—. Tuvo que ser mientras él estuviera en el dormitorio en una casa particular en Corinth, después de Pittsburgh Landing, mientras se le curaba la herida del hombro dos años después y la caña de la ochavona (quizá la misma caña que contenía la fotografía de ella y del niño) por fin había llegado a sus manos, suplicándole que enviase dinero y contándole que el abogado había huido por fin a Texas o a México o a donde fuera y que ella (la ochavona) tampoco podía encontrar a su madre (la de Bon) así que sin duda el abogado la había asesinado antes de robarle el dinero, puesto que sería muy típico de ellos huir o hacerse matar sin dejarle a ella ninguna provisión.) Sí, entonces ya lo sabían. Y ¡Dios mío! piensa en él, en Bon, que había querido saber, que por lo que se le alcanzaba nunca había tenido padre ninguno, puesto que había sido creado a saber cómo entre aquella mujer que no le permitía jugar con los demás niños y aquel abogado que incluso decía a la mujer sí o no cada vez que ella compraba un pedazo de carne o una barra de pan; dos personas ninguna de las cuales había encontrado placer ni había sentido pasión en tenerle, ni había sufrido los dolores y esfuerzos del parto al alumbrarlo, y que si tal vez una de las dos le hubiera dicho sólo la verdad, la verdad al menos, nada de cuanto sucedió habría llegado a darse; en cambio, allí estaba Henry, que tenía padre y seguridad y no le faltaba de nada, si bien conoció la verdad cuando ambos se la dijeron mientras que a él (a Bon) no se la dijo ninguno. Y piensa en Henry, que al principio dijo que era una mentira y cuando supo en cambio que no era mentira aún había dicho «No lo creo», quien había descubierto incluso en ese «No lo creo» fuerza suficiente para repudiar tanto la casa como la sangre paterna con el fin de ser defensor de su propio desafío, y que en esa defensa demostró que su convicción era la falsa y que más que nunca topó en ella con la prohibición tajante de volver nunca a su casa; Dios mío, piensa en la carga que tuvo que sobrellevar, nacido de dos metodistas (o de una larga e invencible estirpe de metodistas y criado en el muy provinciano norte de Mississippi al verse frente al incesto, el incesto nada menos, entre todas las cosas que pudieran estarle reservadas, contra lo cual hubieron de rebelarse toda su herencia y toda su educación por principio, y en una situación que, como bien sabía, ni el incesto ni la educación iban a ayudarle a resolver. Así que quizá cuando salieron y aquella noche recorrieron las calles y por fin Bon dijo «Bueno, ¿y ahora qué?», Henry dijo «Espera. Espera. Déjame acostumbrarme a esto». Y quizá pasaron dos días, o tres días, y Henry dijo «No lo harás. De ninguna manera lo harás», y entonces fue Bon quien dijo «Espera. Soy tu hermano mayor. ¿Tú vas a decirme no lo harás?» y tal vez pasó una semana, tal vez Bon se llevó a Henry a conocer a la ochavona y Henry la miró y dijo «¿No tienes suficiente con esto?», y Bon le dijo «¿Quieres que sea suficiente?», y Henry dijo: «Espera. Espera. Necesito tiempo para acostumbrarme a esto. Tendrás que darme tiempo». Dios mío, piensa cómo tuvo que hablar Henry durante aquel invierno y luego durante aquella primavera en que Lincoln ya era presidente electo, cuando se celebró la convención de Alabama y el Sur comenzó a segregarse de la Unión, cuando hubo dos presidentes en Estados Unidos y el telégrafo traía las noticias de Charleston y Lincoln reunió a su ejército y la suerte quedó echada, cuando fue ya irrevocable, y Henry y Bon decidieron ir a la guerra sin necesidad de consultárselo el uno al otro, pues pese a todo habrían ido aun cuando nunca se hubieran visto el uno al otro, y en ese momento con mayor convicción que nunca, ya que a fin de cuentas nadie desperdicia una guerra; piensa cómo debieron hablar, cómo tuvo que decir Henry «¿De veras es preciso que te cases con ella? ¿Tienes que hacerlo?», y Bon dijo «Él tendría que habérmelo dicho a mí. Él tendría que habérmelo dicho en persona. Yo fui justo y fui honrado con él. Esperé. Tú sabes que esperé. Ahora sabes por qué esperé. Le di todas las posibilidades habidas y por haber para que me lo dijera él en persona. Pero no lo hizo. Si lo hubiese hecho, yo habría estado de acuerdo y le habría dicho que nunca más volvería a veros, ni a ella ni a ti. Pero él no lo dijo. Al principio pensé que pudo ser porque no lo sabía. Entonces supe que sí lo sabía, y seguí a la espera. Pero él no me lo dijo. Te lo dijo en cambio a ti, a mí me mandó recado como se manda por medio de un criado negro la orden que se da a un mendigo o a un pordiosero para que se largue. ¿No lo entiendes?», a lo que Henry habría dicho «Pero Judith… Nuestra hermana… Piensa en ella», y Bon: «De acuerdo. Pienso en ella. Y, luego, ¿qué?», porque los dos sabían que las mujeres demuestran orgullo y honor casi en cualquier circunstancia, salvo en el amor, y Henry dijo: «Sí. Lo entiendo. Lo comprendo. Pero tendrás que darme tiempo para que me acostumbre. Eres mi hermano mayor; seguro que podrás hacerlo por mí. Es poca cosa lo que te pido». Piensa en ellos dos: Bon, que no sabía qué iba a hacer y tuvo que decir y fingir que sí; Henry, que sabía qué iba a hacer y tuvo que decir que no. Y volvió entonces a ser Navidad, y entonces fue 1861 y no habían recibido noticias de Judith porque Judith no sabía con certeza cuál era su paradero porque Henry no permitió que Bon todavía le escribiera; entonces tuvieron noticia del regimiento, los Grises de la Universidad, que estaba en proceso de formación en Oxford, y es posible que ellos esperasen ese momento. Así pues, tomaron el barco de vapor con rumbo al norte y hallaron a bordo del vapor más alegría y más jolgorio incluso que por Navidad, como sucede siempre que comienza una guerra, antes que en derredor todo sean malos alimentos y soldados heridos y viudas y huérfanos, y ninguno de los dos tomó entonces parte en las actividades festivas, pues volvieron a acodarse de nuevo en la borda, por encima del agua revuelta del río, y quizá pasaron dos o tres días hasta que Henry de pronto dijo, exclamó de repente: «¡Pero si hasta los reyes lo han hecho! ¡Hasta los duques! ¡Había un duque de Lorena llamado Juan no sé qué que se casó con su hermana! ¡El Papa lo excomulgó, pero eso no le hizo ningún daño! ¡Ningún daño! Siguieron siendo marido y mujer. Siguieron vivos. ¡Siguieron amándose!», y de nuevo en voz alta, y de nuevo deprisa: «¡Pero tendrás que esperar! ¡Tendrás que darme tiempo! ¡Tal vez la guerra resuelva todo esto y ya no tendremos necesidad de hacer nada!». Y acaso fuera éste un lugar en que tu viejo estuviera en lo cierto: se llegaron a caballo hasta Oxford sin pasar por el Centenar de Sutpen y se alistaron los dos en el regimiento y en algún sitio se escondieron a esperar, y Henry permitió entonces a Bon que escribiera a Judith una carta; la enviaron en mano, por medio de un negro que de noche tuvo que colarse en el barracón de los esclavos para entregársela a la criada de Judith, y Judith envió la fotografía en una funda metálica y ellos siguieron camino a la espera de que el regimiento terminara de confeccionar las banderas y galopase por todo el estado despidiéndose de las muchachas antes de marchar al frente.
       »Dios del amor: piensa en ellos. Y es que Bon tenía que saber qué estaba haciendo Henry, tal como siempre había sabido qué era lo que pensaba Henry, lo supo desde el primer día en que se miraron el uno al otro a la cara. Tal vez supiera tanto mejor qué era lo que estaba haciendo Henry por no saber qué era lo que él mismo iba a hacer, porque seguiría sin saberlo hasta que de pronto y sin previo aviso un buen día lo entendiera con toda claridad, y entonces sabría que en todo momento había sabido qué iba a ser, por lo que no tuvo que andar pendiente de sí mismo, y todo cuanto tuvo que hacer fue vigilar a Henry en su intento por reconciliar lo que él (Henry) sabía que iba a hacer con todas las voces de su heredad y de su educación, que le decían No. No. No puedes. No debes. No lo harás. Tal vez ya estuvieran bajo el fuego enemigo, tal vez las balas del cañón ya silbaban y atronaban por encima de ellos, estallaban en derredor, y ellos estaban a la espera de salir a la carga, cuando Henry gritó de nuevo: «¡Pero ese duque de Lorena lo hizo! Tienen que haber sido infinidad las personas que lo han hecho sin que se sepa, personas que tal vez sufrieron por ello y murieron por ello y que por ello están ahora en el infierno. Pero lo hicieron y ahora ya no tiene importancia; incluso los que ahora sabemos que lo hicieron son tan sólo nombres y ya no tiene importancia ninguna», y Bon lo miraba y le escuchaba y pensaba Es porque yo no sé qué voy a hacer y por eso él es consciente de mi indecisión sin saber que es consciente. Quizá si ahora le dijera que lo voy a hacer él se daría perfecta cuenta de lo que piensa y me diría No lo harás. Y quizás esta vez tu viejo estuviera en lo cierto y ellos dos pensaran de veras que la guerra iba a resolverlo todo y que ellos no tendrían que hacer nada, o al menos Henry tal vez pensó que así habría de ser, porque tal vez tu viejo también en esto tuviera razón y a Bon no le importase; que como las dos personas que pudieron darle un padre habían rehusado dárselo ya nada podía importarle y nada le importaba, ni la venganza, ni el amor, ni nada, puesto que ya sabía que la venganza no podía compensarle, como tampoco podía apaciguarle el amor. Tal vez ni siquiera fuese Henry quien no le permitía escribir a Judith, sino que fue el propio Bon quien decidió no escribirle porque ya nada importaba, ni siquiera el hecho de no saber todavía qué iba a hacer. Llegó el año siguiente y Bon había obtenido el nombramiento de oficial y avanzaban hacia Shiloh sin tampoco saberlo, charlando otra vez al tiempo que avanzaban en columna, rezagándose el oficial a lo largo de la hilera de soldados rasos en la que marchaba el amigo y Henry volvió a exclamar, aunque conteniendo la desesperación que le acuciaba y sin levantar la voz: «¿Todavía sigues sin saber qué vas a hacer?» mientras Bon lo miró con aquella expresión que podría haber pasado por una sonrisa: «¿Y si te dijera que no es mi intención volver con ella?» y Henry caminaba hombro con hombro con el otro, con la mochila y los más de dos metros de mosquete, y se puso a jadear, resollaba, resoplaba, sin que Bon dejara de mirarlo: «Ahora me tienes muchas veces a tiro, cuando entramos en combate y me lanzo a la carga. Me tendrás a tiro…» y Henry resollaba «¡Basta! ¡Basta!» y Bon lo miraba con aquella expresión tenue y velada en la boca y en los ojos: «… y ¿quién llegaría a saberlo? Ni siquiera tú mismo podrías tener esa certeza, pues ¿quién iba a decir que no fue una bala yanqui la que me alcanzó en el instante exacto en que tú apretaras en gatillo, o incluso antes…?» y Henry resollaba y miraba al cielo con ira en los ojos, enseñando los dientes, con el rostro cubierto por el sudor y los nudillos blancos en la mano con que sujetaba la culata del mosquete, diciendo entre resoplidos «¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!» y llegó Shiloh, el segundo día, la batalla perdida, el retroceso de la brigada por Pittsburgh Landing… Y escucha —exclamó Shreve—. ¡Espera, espera un momento! —mirando a Quentin con ira, jadeando él también, como si hubiese tenido que dar pie a su sombra y darle además aliento para que hiciera caso de la indicación—. ¡Y es que tu viejo también en esto estaba equivocado! Dijo que fue Bon quien resultó herido, pero no fue así. Y es que… ¿quién se lo dijo? ¿Quién se lo dijo a Sutpen o a tu abuelo, cuál de los dos fue el que resultó herido? Sutpen no llegó a saberlo, porque no estuvo presente, y tu abuelo tampoco estuvo presente, puesto que también resultó herido, y fue allí donde perdió el brazo. Así que ¿quién se lo dijo a los dos? Henry no: su padre no volvió a ver a Henry más que una sola vez y quizá ni siquiera tuvieron tiempo de hablar de heridas, además de que hablar de heridas en 1865 y en el ejército confederado tuvo que ser como si los mineros de una mina de carbón hablasen del hollín; y Bon tampoco, porque Sutpen nunca volvió a verlo, porque había muerto; no fue Bon, fue Henry; fue Bon quien por fin encontró a Henry tendido en el campo de batalla y se agachó a recogerlo, a rescatarlo, y Henry plantó cara, se debatió, dijo «¡Déjalo estar! ¡Déjame morir! ¡Así no tendré que saberlo!», y Bon dijo: «Así que lo que quieres en el fondo es que vuelva con ella», y Henry yació negándose a dejarse ayudar, con el rostro cubierto por el sudor y los dientes ensangrentados de tanto morderse el labio, y Bon dijo: «Di que quieres que nunca vuelva con ella. Entonces tal vez no lo haga. Dilo», y Henry permaneció tendido, debatiéndose, con la mancha roja y reciente extendiéndose en la camisa y enseñando los dientes y con la cara cubierta de sudor hasta que Bon lo sujetó por los brazos y se lo echó a la espalda.
       Primero eran dos; luego fueron cuatro; volvían entonces a ser dos. La habitación era en efecto sepulcral: tenía un aire rancio y estático y moribundo, más allá de toda la intensidad viva del frío. Pero siguieron en ella, aunque a menos de diez metros tuvieran la cama y por tanto el calor. Quentin ni siquiera se había puesto el abrigo, que seguía en el suelo, donde cayó del brazo del sillón en que lo había dejado Shreve. No se retiraron del frío. Los dos lo aguantaron cual si fuese la exaltación intencionada del flagelante, de la adversidad física, transmutada en el esfuerzo espiritual de los dos jóvenes durante aquella etapa, cincuenta años atrás, o más bien cuarenta y ocho, y luego cuarenta y siete, y luego cuarenta y seis, puesto que llegó el 64 y luego el 65 y los restos de un ejército andrajoso y hambriento, tras haberse retirado por Alabama y Georgia hasta Carolina, eran empujados, barridos, no por un ejército victorioso que le siguiera los pasos, sino por la marea creciente de los nombres de las batallas perdidas por ambos bandos —Chickamauga y Franklin, Vicksburg y Corinth y Atlanta—, batallas perdidas no sólo por la superioridad numérica del enemigo y por la escasez de municiones y pertrechos, sino por culpa de generales que nunca debieran haber sido generales, que eran generales no por estar avezados en los métodos contemporáneos de la guerra, ni por sus aptitudes para entenderlos, sino por el derecho divino de decir «Id allá» que les había conferido un sistema de castas inamovible y absoluto; o bien porque los generales nunca vivieron lo suficiente para librar batallas en masa, con cautela, de acreción, puesto que eran tan obsoletos como Ricardo o Roldán o Du Guesclin, que llevaban penachos vistosos y capotes con forro escarlata a los veintiocho, a los treinta o treinta y dos, y capturaron buques de guerra mediante una carga de la caballería, pero no se hicieron con sacos de cereal, con carne, con balas, y fueron capaces de vapulear a tres ejércitos en otros tantos días y luego de arrancar el cercado de su campamento para asar la carne robada en sus propios ahumaderos, y en una noche y al frente de un puñado de hombres con gallardía pegaron fuego y destruyeron una guarnición enemiga con provisiones por valor de un millón de dólares y a la noche siguiente fueron descubiertos en la cama, con la esposa del vecino, que los mató de un solo disparo; dos, cuatro, dos de nuevo, según Quentin y Shreve, los dos los cuatro los dos charlando aún, el que aún no sabía qué iba a hacer, el que sabía qué tendría que hacer y no era capaz de reconciliarse con ello, Henry citando autoridades en el caso del incesto, hablando de su duque Juan de Lorena como si quizá tuviera la descabellada esperanza de invocar aquella sombra condenada y excomulgada para que le ratificase en persona que todo iba bien, tal como hay gente que tanto antes como después ha tratado de invocar a Dios o al demonio para justificarse en aquello en lo que insisten sus glándulas… los dos los cuatro los dos frente por frente en la habitación sepulcral: Shreve, el canadiense, el hijo de las tormentas de nieve y del frío, con un albornoz y un abrigo por encima, el cuello subido hasta las orejas; Quentin, el sureño, hijo delicado y taciturno de la lluvia y del calor húmedo, con la ropa liviana que se había traído de Mississippi y que era apropiada a aquel clima, el abrigo (tan liviano y tan inservible como el traje) tirado por el suelo, de donde no se había tomado la molestia de recogerlo.
       (… era el verano del 64, el ejército se había retirado a través de Alabama hasta Georgia; Carolina les quedaba a la espalda, y Bon, el oficial, meditaba: «O bien nos cercan y nos destruyen o, con suerte, el viejo Joe Johnston nos saca de ésta y establecemos contacto con Lee frente a Richmond y así gozaremos al menos del privilegio de firmar la rendición», y un buen día de súbito se le ocurrió, recordó que el batallón de Jefferson del que su padre era entonces coronel formaba parte del ejército a cuyo mando se encontraba Longstreet, y tal vez a partir de aquel momento toda la intención de la retirada le pareció que se concentrase exclusivamente en ponerle al alcance de su padre y dar a su padre una oportunidad más. Así pues tuvo que parecerle que por fin sabía por qué no había sido capaz de resolverse y decidir qué era lo que quería hacer. Tal vez pensó por un instante «Dios mío, todavía soy joven, incluso pasados estos cuatro años sigo siendo joven», pero no fue más que un instante, pues en ese mismo momento dijo «De acuerdo. Entonces soy joven. Pero sigo creyendo, aun cuando probablemente más bien creo que la guerra, el padecimiento, estos cuatro años empleados en mantener con vida a sus hombres, de mantenerlos capaces, con el fin de trocarlos, de cambiar su sangre por la mayor porción de terreno que haya sido posible comprar según el precio de la oferta, lo habrán cambiado (y sé que no es así) y lo habrán llevado a un punto en el que me diga no: Perdóname, sino Tú eres mi hijo primogénito, protege a tu hermana; nunca más vuelvas a vernos». Llegó entonces el 63 y lo que quedaba del Ejército del Oeste sin que nada quedara en pie, salvo la capacidad de desandar el camino con lentitud y terquedad, aguantando las cargas de mosquete y las balas de los cañones; quizá ni siquiera echaron a faltar ya las botas y los capotes y la comida, y por eso pudo escribir y contar aquello de la mina de plomo para lustrar fogones que habían capturado al enemigo, como hizo en la carta a Judith cuando por fin supo qué iba a hacer al fin y se lo dijo a Henry y Henry dijo «Gracias a Dios. Gracias a Dios» no por el incesto, claro está, sino porque al fin iban a hacer algo, al fin podría él ser algo, aun cuando ese algo no fuera sino el irrevocable repudio de la heredad de antaño y de la educación recibida y la aceptación de la condenación eterna. Tal vez pudo dejar incluso de hacer referencia entonces a su duque de Lorena, porque entonces pudo decir «No es el tuyo, ni el suyo, ni tampoco el infierno del Papa de Roma a donde vamos todos de cabeza: es el de mi madre y el de su madre y su padre y el de sus madres y sus padres, ése es el infierno al que vamos, y no eres tú el que va a ese infierno, sino que vamos todos, los tres… no, los cuatro. Y así al fin podremos estar todos juntos en el sitio que nos corresponde, puesto que si al menos él fuese allá nosotros aún tendríamos que seguir estando allá, puesto que los tres no somos sino ilusiones que él ha engendrado, y las ilusiones son tan parte de uno mismo como lo es su sangre, y su carne y sus huesos, y hasta su memoria. Y estaremos todos juntos en el tormento y así no tendremos necesidad de recordar ni el amor ni la fornicación y tal vez en el tormento ni siquiera recuerde uno quién es ni por qué está allá. Y si no alcanzamos a recordar todo esto, no podrá ser un tormento excesivo». Estuvieron entonces en Carolina en aquel enero y febrero del 63, y lo que de ellos quedaba llevaba casi un año desandando el camino, y la distancia que los separaba ya de Richmond era menos que la distancia recorrida: la distancia que mediaba entre ellos y el fin se había reducido mucho. Pero para Bon no era el espacio que mediaba entre ellos y la derrota, sino el espacio que mediaba entre él y el otro regimiento, entre él y el punto y hora, el momento: «Ni siquiera tendrá que pedírmelo; bastará con que mi carne y su carne se toquen, y yo mismo lo diré: No tienes porqué inquietarte, ella nunca más volverá a verme». Luego fue marzo en Carolina y seguían desandando el camino con lentitud y terquedad, con el oído aguzado hacia el Norte porque nada más, nada se oía procedente de ninguna otra dirección, ya que en cualquier otra dirección todo había terminado y no quedaba sino esperar a que llegara del Norte la noticia de la derrota. Un buen día (era oficial; habría estado al tanto, habría oído, de seguro, que Lee había mandado un destacamento de refuerzo para ellos; tal vez incluso estuviera al tanto de los nombres y de los números de los regimientos antes que llegasen) vio a Sutpen. Tal vez en aquel primer momento Sutpen no llegase a verlo en realidad; tal vez en aquella primera ocasión pudo decirse «Por eso era, porque no me vio», de modo que tuvo que interponerse en el camino de Sutpen, aprovechar la oportunidad, la situación. Entonces por segunda vez lo miró, miró el rostro inexpresivo, rocoso, los ojos pálidos, penetrantes, en los que no había ni un destello, nada, el rostro en el que vio sus propios rasgos, en el que vio el reconocimiento, y eso fue todo. Eso fue todo, no hubo aún nada más; tal vez respiró una sola vez con alivio, en su propio rostro aquella expresión que a primera vista pudo pasar por mera sonrisa, mientras pensaba «Podría obligarlo, podría ir a él y obligarlo», a sabiendas de que no lo haría porque todo había terminado, porque eso era todo por el momento y por fin. Y tal vez fue esa misma noche o tal vez una noche de una semana después cuando hicieron un alto (y es que hasta el propio Sherman tendría que hacer un alto de vez en cuando para pasar la noche), con las fogatas de campamento para darse calor al menos porque al fin el calor es barato y no se consume, y tal vez fuera entonces cuando Bon dijo «Henry», y cuando dijo «Ahora ya no puede quedar mucho, y entonces no quedará nada; ni siquiera nos queda ya nada por hacer, ni siquiera el privilegio de desandar el camino despacio por una razón, en aras del honor y del orgullo que nos reste. No queda Dios; es evidente que hemos terminado con Él en estos cuatro años, sólo que a Él no se le ha ocurrido que sea conveniente notificárnoslo; no sólo no hay calzado y no hay ropa, sino que tampoco hay necesidad de calzado ni de ropa, y no sólo no hay tierra y no hay manera de hacer la comida, sino que tampoco hay necesidad de comida, puesto que hemos aprendido también a vivir sin eso, y si no se tiene a Dios y no se tiene necesidad de comer ni de vestirse ni de cobijarse, no hay nada a lo que el honor y el orgullo puedan subirse, nada en donde puedan prosperar y florecer. Y si no se tiene honor y no se tiene orgullo ya nada importa. Sólo queda algo en ti, algo a lo que el honor y el orgullo le trae sin cuidado, pero es algo que sigue vivo, que incluso al desandar el camino durante un año entero sigue con vida; probablemente, cuando todo esto haya terminado y ni siquiera la derrota quede, es algo que seguirá negándose a tenderse al sol a morir, algo que estará perdido en el bosque, moviéndose sin cesar, en busca de un sitio del que por fuerza de voluntad, por resistencia, ya nada pueda moverlo, escarbando en busca de raíces y cosas así, la carne avejentada y sentiente, que ni sueña ni repara en nada, que ni siquiera sabrá cuál es la diferencia entre la desesperación y la victoria, Henry». Y Henry entonces comenzaría a decir «Gracias a Dios. Gracias a Dios», y lo diría jadeando, y diría «No intentes siquiera explicarlo. Hazlo, no pienses en nada más», y Bon: «¿Me das tu autorización? Siendo hermano de ella, ¿me das permiso?», y Henry: «¿Hermano? ¿Hermano? Tú eres el primogénito. ¿Por qué me lo pides?», y Bon: «No. Él nunca me ha reconocido. Tan sólo me ha advertido. Tú eres el hermano, tú eres el hijo. ¿Tengo tu permiso, Henry?», y Henry: «Escribe. Escribe. Escríbele». Así que Bon escribió la carta al cabo de los cuatro años y Henry la leyó y la envió. Pero entonces no rompieron las filas escasas que quedaban del ejército, no siguieron el camino de la carta. Siguieron desandando el camino con lentitud y con terquedad, aguzando el oído hacia el Norte, a la espera de que todo terminara, porque hace falta muchísimo carácter para dejar nada cuando uno está perdiendo y llevaban ya un año desandando el camino, de modo que todo lo que les quedaba era no la fuerza de voluntad, sino tan sólo la capacidad, el hábito arraigado de resistir. Una noche volvieron a detenerse, puesto que Sherman se había detenido de nuevo, y apareció un ordenanza que recorrió la hilera de las fogatas y encontró por fin a Henry y le dijo: «Sutpen, el coronel quiere que vayas a verlo a su tienda de campaña».)
       —Así que tú y la anciana dama, la tía Rosa, os llegasteis hasta allá aquella noche y la vieja negra Clytie quiso impediros el paso, impedírselo a ella; te sujetó por el brazo y te dijo «No permita que suba ahí, joven amo», pero tú no pudiste impedírselo, así fuese porque la fortalecía un odio acumulado a lo largo de cuarenta y tres años, como si fueran cuarenta y tres años de carne cruda, y todo lo que podía alcanzar Clytie a oponer eran a lo sumo cuarenta y cinco o cincuenta años de desesperanza y de espera, y tú, tú ni siquiera quisiste estar presente, eso de entrada. Y no se lo pudiste impedir tampoco, y viste entonces que lo que trastornaba a Clytie no era la ira, ni tampoco la desconfianza: era el terror, era el miedo. Y ella no te lo llegó a decir con esas palabras, porque seguía manteniendo ese secreto por el bien del hombre que había sido su padre, además de hacerlo por el bien de una familia que ya no existía, de cuyo mausoleo hasta ese momento inviolado y podrido seguía ella siendo custodia; no te llegó a decir con esas palabras que había estado en la habitación aquel día en que trajeron el cadáver de Bon y Judith extrajo del bolsillo la funda metálica que ella le había hecho llegar con su retrato; no te lo llegó a decir, salió a borbotones del terror y del miedo en cuanto te soltó y sujetó a la tía Rosa por el brazo y la tía Rosa se volvió en redondo y la apartó de un manotazo y se dirigió a las escaleras y Clytie corrió tras ella y esta vez la tía Rosa se detuvo y se volvió en el segundo peldaño y golpeó a Clytie con el puño, como hubiera hecho un hombre, y continuó subiendo las escaleras y Clytie quedó tendida en el suelo, con sus más de ochenta años y su menos de metro y medio de estatura, como si fuese un hatillo de trapos limpios, así que te acercaste a tomarla del brazo y la ayudaste a levantarse y notaste su brazo como una rama, tan liviano y tan reseco y quebradizo como una rama: y ella te miró y tú viste que no era ira sino terror, y no el terror de una negra, porque nada tenía que ver con ella, sino con aquello que fuera a suceder arriba, con lo que allí estuviera, con lo que ella había mantenido escondido allí durante casi cuatro años, y no te lo llegó a decir con esas palabras, una por una, porque pese a estar aterrada guardó el secreto; no obstante te dijo, o al menos de pronto supiste…
       Volvió a detenerse. Tampoco importó, puesto que no tenía oyente. Tal vez se hubiera percatado. De súbito tampoco tuvo quien hablase, aunque de esto es posible que no se hubiera dado cuenta. Y es que en esos momentos ninguno de los dos estaba allí. Estaban los dos en Carolina cuarenta y seis años antes, y ya no eran siquiera cuatro, sino que el grupo estaba compuesto por algo más, puesto que los dos eran entonces Henry Sutpen y los dos eran Bon, compuestos cada uno por ambos si bien ninguno era el otro, percibiendo el humo mismo que se había aventado cuarenta y seis años antes en las fogatas del campamento que ardían en un pinar, los hombres demacrados, harapientos, sentados o tendidos en derredor, charlando no a cuento de la guerra, si bien todos curiosamente (o tal vez no fuese ni mucho menos curioso) se hallaban vueltos hacia el Sur, donde más allá, en tinieblas, se encontraban los centinelas, los vigías que, mirando al Sur, alcanzaban a ver los destellos y el resplandor de las fogatas de campamento del ejército federal, una miríada, tenues, abarcando la mitad del horizonte y contando diez fogatas por cada una de las confederadas, y entre unos y otros (vigías rebeldes y fuegos yanquis) las avanzadillas de los yanquis pendientes también de las tinieblas, las dos líneas de vigías tan cerca una de la otra que en ambas se oía el desafío de los oficiales enemigos que pasaba de un puesto a otro y moría en la noche: y una vez extinta, la voz, invisible, cauta, no era demasiado audible, pero seguía llegando con toda nitidez.
       —Eh, Rebelde.
       —¿Qué pasa?
       —¿Adónde vais?
       —A Richmond.
       —Igual que nosotros. ¿Por qué no nos esperáis?
       —En eso estamos.
       Los hombres sentados en torno a las fogatas no habrían oído este diálogo, aunque llegado el momento oirían con toda claridad al ordenanza que iba pasando de una fogata a otra, preguntando por Sutpen, siguiendo indicaciones de unos y de otros hasta alcanzar la fogata, los rescoldos de la leña, con su monótona cantinela: «¿Sutpen? Estoy buscando a Sutpen» hasta que Henry se incorpora y dice «Aquí». Está demacrado, harapiento, sin afeitar; debido a los últimos cuatro años y debido a que cuando comenzaron los cuatro años no había alcanzado aún su estatura plena, no llega a ser un hombre alto, le faltan unos centímetros, y eso que dio promesa de llegar a ser alto, y le faltaban casi treinta libras para alcanzar el peso que llegará a tener pocos años después de sobrevivir a los cuatro años, si es que los sobrevive.
       —Aquí —dice—. ¿Qué sucede?
       —El coronel quiere verte.
       El ordenanza no regresa con él. Al contrario, él echa a caminar en soledad, en la oscuridad, por un camino surcado por las roderas, un camino bacheado, despanzurrado, por donde esa misma tarde han pasado los armones, y alcanza al fin la tienda, una de las pocas tiendas de campaña que se han levantado, un tenue resplandor en la pared de lona, una vela en el interior, la silueta de un centinela a la entrada que le impide el paso.
       —Soy Sutpen —dice Henry—. El coronel me ha mandado llamar.
       El centinela le indica que entre. Se agacha en la abertura de la entrada y la lona cae a su espalda cuando alguien, el único ocupante de la tienda, se pone en pie tras una mesa sobre la que se encuentra la vela, su sombra altísima de pronto, enorme, proyectada en la lona. Él (Henry) saluda marcialmente frente a una manga gris con galones de coronel, una mejilla barbuda, una nariz prominente, un mechón apelmazado de cabello color de hierro, un rostro que Henry no reconoce no por no haberlo visto en cuatro años, no por no contar con verlo ahí, ahora, sino más bien porque no lo mira. Saluda tan sólo ante los galones y permanece en pie mientras el otro dice
       —Henry.
       Tampoco ahora se sobresalta Henry. Sigue firme, los dos lo están, mirándose cara a cara. Es el hombre mayor quien primero se mueve, aunque se han encontrado en el centro de la tienda, donde se abrazan y se besan antes que Henry tenga conciencia de haberse movido, de que iba a moverse, de que lo ha llevado a moverse ese estrecho lazo de sangre que en el instante del reflejo abroga y reconcilia aun cuando todavía no (tal vez nunca) perdone, y permanece en pie mientras su padre le toma el rostro entre ambas manos y lo mira.
       —Henry —dice Sutpen—. Hijo mío.
       Se sientan entonces uno a cada lado de la mesa, en las sillas de campa ña reservadas para los oficiales, la mesa (hay un mapa desplegado) y la vela entre los dos.
       —Fuiste herido en Shiloh, según me ha dicho el coronel Willow —dice Sutpen.
       —Sí, señor —dice Henry.
       A punto está de añadir que Charles me trajo del campo de batalla pero no lo hace, porque ya sabe lo que le espera. Ni siquiera piensa Seguramente Judith no le ha escrito a propósito de aquella carta ni tampoco Fue Clytie quien le mandó recado, a saber cómo, de que Charles le ha escrito. No piensa ni una cosa ni la otra. Para él es lógico y es natural que su padre esté al corriente de su decisión y la de Bon: ese vinculo de sangre que por fuerza llevó a Bon a tomar la decisión de escribir, a él a mostrarse de acuerdo y a su padre a enterarse de todo ello en el mismo instante idéntico, al cabo de cuatro años, al margen de todo tiempo. Ahora sobreviene casi con toda exactitud, como siempre ha sabido que sucedería:
       —He visto a Charles Bon, Henry.
       Henry no dice nada. Ahora sucede. No dice nada, tan sólo mira impertérrito a su padre, los dos con el uniforme gris, de un tono de hoja desvaída, una sola vela, una tosca tienda de campaña que los amuralla de una oscuridad en la que los centinelas alerta se encaran unos con otros y en donde los hombres exhaustos duermen sin cobijo, a la espera de que amanezca, a la espera de los disparos, el tedio de desandar el camino para volver al comienzo: pero en otra tienda el gris y la vela han desaparecido y es la biblioteca decorada con acebo, en el Centenar de Sutpen, cuatro años antes, y la mesa no es una mesa de campaña apropiada para desplegar mapas, sino la mesa recia de palorrosa, de patas y cantos labrados, sobre la que reposa la fotografía de grupo de su madre y su hermana y él, su padre tras la mesa y tras su padre la ventana que da al jardín donde paseaban Judith y Bon con ese ritmo lento en el que el corazón acompasa los pasos y a los ojos les basta con mirarse el uno al otro.
       —Vas a permitirle que se case con Judith, Henry. Henry todavía no responde. Todo se ha dicho ya antes, y ahora ha vivido cuatro amargos años de lucha, tras los cuales, ya sea victoria o ya sea derrota lo que haya conquistado, al menos se lo habrá ganado y ahora goza de paz, aunque la paz sea sobre todo desesperanza.
       —No puede casarse con ella, Henry.
       Ahora es Henry quien toma la palabra.
       —Eso ya lo has dicho antes. Ya te lo dije entonces. Y ahora, ahora ya no puede quedar mucho tiempo, y entonces no nos quedará nada: ni honor ni orgullo ni Dios, puesto que Dios nos abandonó, sólo que a Dios no se le ha ocurrido que sea conveniente notificárnoslo; ni calzado ni ropa nos queda, ni necesidad de ello; no sólo no hay tierra y no hay manera de hacer la comida, sino que tampoco hay necesidad de comida, y si no se tiene a Dios, si no se tiene honor ni orgullo, nada importa, salvo que ahí está aún la carne avejentada e insensata a la que no le importa si fue derrota o fue victoria, porque no ha de morir, porque se esconderá por los bosques y los campos, arrancando hierbajos y raíces… Sí, lo he decidido. Hermano o no, lo he decidido. Lo voy a permitir. Lo voy a permitir.
       —No debe casarse con ella, Henry.
       —Sí. Dije que sí al principio, pero entonces no estaba decidido. No se lo permití. Pero ahora he tenido cuatro años para decidirlo. Lo voy a permitir. Lo haré.
       —Es preciso que no se case con ella, Henry. El padre de su madre me dijo que su madre era una mujer española. Le creí. Hasta que nació él no descubrí que su madre tenía en parte sangre de negra.
       Tampoco dijo Henry que no recordase haber abandonado la tienda. Lo recuerda todo. Recuerda haberse agachado de nuevo a la entrada y haber pasado junto al centinela otra vez; recuerda haber vuelto por las roderas del camino bacheado, dando tumbos en la oscuridad, tropezando contra las roderas a uno y otro lado de las cuales las fogatas se han apagado, son sólo ascuas, así que a duras penas distingue a los hombres dormidos en tierra a su alrededor. Deben de ser bastante más de las once, piensa. Y mañana otras ocho millas de camino. Si no fuera por esos malditos cañones. ¿Por qué no les regalará el viejo Joe los cañones a Sherman? Así podríamos recorrer veinte millas al día. Así alcanzaríamos a Lee. Lee al menos se detiene de vez en cuando, planta combate. Lo recuerda. Recuerda que no volvió a su fogata, sino que se detuvo al cabo en un sitio aislado y se apoyó contra un pino, se apoyó con calma, tranquilo, la cabeza echada hacia atrás para mirar las ramas encrespadas y enmarañadas como si fuesen de hierro forjado al extenderse inmóviles contra las estrellas heladas y luminosas de la primavera temprana, pensando Espero que no se olvide de dar las gracias al coronel Willow por haberle permitido utilizar su tienda, pensando no en lo que iba a hacer, sino en lo que tendría que hacer. Y es que sabía qué tendría que hacer; todo dependía de lo que hiciera Bon, de lo que le obligara a hacer, puesto que sabía que iba a hacerlo. He de volver con él, supuso, pensando Ahora pasan de las dos y pronto amanecerá.

       Amaneció entonces, o casi, y hacía frío: un frío que traspasaba el tejido desgastado de su uniforme, que atravesaba ese algo de fatiga y de desnutrición; la capacidad pasiva, no el querer volitivo, de resistir; asomaba la luz por alguna parte, luz suficiente para que distinguiera el rostro dormido de Bon entre los demás, envuelto en sus mantas, bajo el capote extendido; luz suficiente para que despertase a Bon y para que Bon distinguiera su rostro (o tal vez algo que le comunicase el tacto de la mano de Henry) porque Bon no dice nada, no exige saber quién es: tan sólo se pone en pie y se echa el capote sobre los hombros y se acerca a los rescoldos de la fogata y de una patada logra que se avive la llama cuando Henry toma la palabra:
       —Espera.
       Bon se detiene y mira a Henry; ahora le ha visto la cara.
       —Tendrás frío —le dice—. Tienes frío. No has dormido nada, ¿verdad? Ten.
       Se quita el capote y se lo tiende.
       —No —dice Henry.
       —Sí. Tómalo. Yo voy a por mi manta.
       Bon pone el capote sobre los hombros de Henry y va a recoger su manta, que sacude y se echa sobre los hombros. Se apartan, se sientan en un tronco. Ahora sí amanece. Por el este está grisáceo el cielo; pronto se pondrá de un tono rosado, luego enrojecerá con el fuego y se reanudará una vez más la tediosa marcha, desandar el camino, la retirada de la aniquilación, la vuelta a la derrota, aunque no todavía. Habrá aún algo de tiempo para que se sienten uno junto al otro en el tronco, a la luz que se va haciendo con el alba, uno con el capote, el otro con la manta; sus voces no son más audibles que el propio silencio del amanecer:
       —Así que es el mestizaje, y no el incesto, lo que no toleras.
       Henry no responde.
       —¿Y no manda recado para mí? ¿No te ha pedido que me digas que vaya a verle? ¿No ha dicho nada para mí, ni siquiera una palabra? Eso es todo lo que tenía que hacer aunque fuese ahora, hoy; hace cuatro años o en cualquier momento en estos cuatro años. Eso era todo. No habría tenido necesidad de pedírmelo, de exigírmelo. Yo se lo habría ofrecido. Le habría dicho Nunca más volveré a verla, se lo habría dicho antes que me lo pidiera. No tenía necesidad de esto, Henry. No tenía por qué decirte que soy un negro para así impedírmelo. Podría habérmelo impedido sin eso, Henry.
       —¡No! —exclama Henry—. ¡No! ¡No! Yo lo haré. Yo… Se pone en pie de un brinco; se le ha contraído el rostro. Bon le ve los dientes en medio de la barba rala que le cubre las mejillas hundidas, y el blanco de los ojos de Henry como si los ojos se desvivieran en las cuencas a la vez que la respiración jadeante se desvive en sus pulmones, el jadeo que cesó, la respiración contenida, los ojos mirándole desde arriba, pues seguía sentado en el tronco, la voz no mucho más alta que un resoplido.
       —Tú has dicho que pudo impedírtelo. ¿Qué quieres decir?
       Ahora es Bon quien no contesta, quien permanece sentado en el tronco, mirando el rostro que se inclina hacia él. Henry sigue hablando con una voz apenas más alta que la respiración:
       —¿Y ahora? ¿Quieres decir que…?
       —Sí. Ahora, ¿qué otra cosa puedo hacer? Le di la posibilidad de elegir. Se la he dado a lo largo de cuatro años.
       —Piensa en ella. No en mí: en ella.
       —Lo he hecho. Durante cuatro años. En ella y en ti. Ahora estoy pensando en mí.
       —No —dice Henry—. No. No.
       —¿No puedo?
       —No debes, no lo harás.
       —¿Y quién me lo va a impedir, Henry?
       —No —dice Henry—. No. No. No.
       Ahora es Bon quien mira a Henry. Le ve el blanco del ojo mientras sigue sentado, lo mira con esa expresión que podría pasar por una sonrisa. Su mano desaparece bajo la manta y aparece de nuevo con la pistola sujeta por el cañón, la culata tendida hacia Henry.
       —Entonces, que sea ahora —dice.
       Henry mira la pistola; ahora no sólo jadea, sino que también tiembla; cuando habla ahora su voz ni siquiera llega a ser un suspiro; es el aliento que inspira, que le colma y le sofoca.
       —Tú eres mi hermano.
       —No, no lo soy. Yo soy el negro que se va a acostar con tu hermana. A menos que tú me lo impidas, Henry. Henry de pronto coge el arma con fuerza, la arranca de la mano de Sony sigue en pie, con la pistola en la mano, jadeando sin cesar; Bon de nuevo le ve el blanco de los ojos mientras sigue sentado en el tronco, mirando a Henry con la tenue expresión en los ojos y en la boca que podría pasar por una sonrisa.
       —Hazlo ahora, Henry —le dice.
       Henry se vuelve en redondo; con ese mismo gesto, arroja la pistola lejos de sí y se agacha de nuevo, sujetando a Bon por los hombros y sin dejar de jadear.
       —¡No lo harás! —dice—. ¡No lo harás! ¿Me oyes?
       Bon no se ha movido bajo la fuerza con que sus manos lo sujetan; sigue sentado, inmóvil, con su mueca tenue e impávida; su voz es más suave que ese primer aliento con el que las ramas del pino han comenzado a moverse un poco:
       —Tendrás que impedírmelo, Henry
. —Y no se escabulló —dijo Shreve—. Pudo haberlo hecho, pero ni siquiera lo intentó. Dios mío, acaso fue incluso a donde estaba Henry y le dijo: «Henry, me marcho», y quizá se marcharon juntos y cabalgaron uno junto al otro esquivando las patrullas de los yanquis por todo el camino de regreso a Mississippi y hasta llegar a la cancela; uno junto al otro, sin que uno se adelantase nunca ni el otro jamás se rezagase, hasta que Henry espoleó a su montura y volvió la grupa para ponerse de frente a Bon y sacó la pistola; y Judith y Clytie oyeron el disparo, y quizá Wash Jones andaba por allí, no muy lejos, en la parte de atrás, así que echó una mano a Judith y a Clytie para introducirlo en la casa y colocarlo en la cama, y Wash entonces fue al pueblo a avisar a la tía Rosa y la tía Rosa llega presurosa aquella tarde y encuentra a Judith de pie sin una sola lágrima en la cara ante la puerta cerrada, con la funda metálica que le había dado con su retrato, sólo que ya no contiene su retrato, sino la fotografía de la ochavona con el niño. Y tu viejo eso tampoco pudo saberlo: por qué el hijo negro de una perra había retirado su retrato y había puesto el de la ochavona, así que se inventó una razón que lo explicara. Pero yo sí lo sé. Y tú también lo sabes. ¿No? No digas que no, ¿eh? —fulminó a Quentin con una mirada por encima de la mesa, tan enorme, tan sin forma como un oso envuelto en sus prendas de abrigo—. ¿No lo sabes? Fue porque se dijo: «Si Henry no dijo en serio lo que dijo, todo irá bien; puedo retirar la fotografía y destruirla. Pero si lo dijo en serio, será la única forma que tenga yo de decirle a ella No sirvo de nada; no te apenes por mí». ¿Es así? ¿Sí o no? Por Dios, ¿es así?
       —Sí —dijo Quentin.
       —Vamos —dijo Shreve—. Salgamos de esta nevera y vayámonos a dormir.



IX

      Al principio, en cama y a oscuras, parecía que hiciera más frío que nunca, como si en la única bombilla encendida hubiera una insignificante insinuación de tenuísimo calor hasta el instante en que Shreve la apagó y la oscuridad de hierro que todo lo impregnaba se hubiera hecho una y la misma con la ropa de cama, de hierro y como el hielo, tendida sobre la carne distendida y apenas vestida y dispuesta a dormir. La oscuridad pareció luego que tuviera respiración propia, que refluyera; la ventana que Shreve había abierto resultó visible, recortada sobre el tenue y ultraterreno resplandor de la nieve en el exterior, como si, obligada por el peso de la oscuridad, la sangre pujase y fluyera más acalorada.
       —La universidad de Mississippi —dijo la voz de Shreve en la oscuridad, a la derecha de Quentin—. El viejo Bayard Sartoris alivió cuarenta millas (fueron cuarenta millas, ¿no es así?); en medio de la pura nada regurgita con todo orgullo el honor cada semestre.
       —Sí —dijo Quentin—. Pertenecían a la décima promoción desde que se fundó.
       —No sabía yo que en Mississippi hubiera diez que asistieron a clase al mismo tiempo —dijo Shreve. Quentin no contestó. Permaneció tendido, atento al rectángulo de la ventana, sintiendo correr la sangre acalorada por sus venas, sus brazos y sus piernas. Y aunque había entrado en calor, aunque durante el tiempo que pasó sentado en la gélida habitación sólo tuvo un temblor tenue y constante, ahora le entró un estremecimiento violento e incontrolable, al punto que llegó a oír el rechinar del somier, hasta que Shreve también lo percibió y se dio la vuelta, apoyándose (a juzgar por el ruido) sobre un codo, para mirar a Quentin, si bien Quentin se encontraba perfectamente bien. Se sentía incluso de maravilla allí tendido, a la espera, con una apacible curiosidad, de la siguiente sacudida convulsa y violenta e inesperada—. Caramba, ¿tanto frío tienes? —dijo Shreve—. ¿Quieres que te eche los abrigos por encima?
       —No —dijo Quentin—. No tengo frío. Me encuentro bien. Estoy de maravilla.
       —Entonces, ¿para qué haces eso?
       —No lo sé. No lo puedo evitar. Estoy bien.
       —De acuerdo. Pero si quieres que te eche los abrigos por encima me lo dices. Si yo hubiera tenido que pasar nueve meses en este clima, qué caramba: te aseguro que habría detestado tener que marcharme del Sur. Tal vez no habría venido hasta aquí desde el Sur, la verdad, si hubiese podido quedarme allá. Espera. Escucha. No es mi intención hacerme el gracioso ni dármelas de listo. Sólo pretendo entenderlo, si es que puedo, y no sé cómo decirlo mejor. Y es que es algo que ni yo ni mis paisanos tenemos. Mejor dicho: si lo tenemos, todo sucedió hace demasiado tiempo y en la otra orilla del océano, así que ahora no hay nada a la vista, nada que nos lo recuerde. No vivimos entre abuelos derrotados y esclavos libertos (¿o acaso lo he captado mal y es justo al revés, y fueron tus paisanos los que hallaron la libertad y los negros los que perdieron?), ni hay balas que se hayan alojado en la madera de la mesa del comedor, ni nada por el estilo, nada que a todas horas nos recuerde que no olvidemos nunca. ¿Cómo es eso? ¿Algo en lo que se vive y se respira como el aire? ¿Una especie de vacío colmado por una cólera iracunda e indomeñable, y por la dignidad y el orgullo y la gloria por sucesos que acaecieron y terminaron hace cincuenta años? ¿Una especie de derecho legado por la sangre y transmitido de padre a hijo y de éste a su hijo y que consiste en no perdonar jamás al general Sherman, de modo que por siempre jamás, mientras los hijos de tus hijos tengan hijos, no serás sino un descendiente de la larga estirpe de coroneles que perdieron la vida con la carga que ordenó el general Pickett en Manassas?
       —Eso fue en Gettysburg —dijo Quentin—. Tú no puedes entenderlo. Tendrías que haber nacido allí.
       —¿Y así lo entendería? —Quentin no respondió—. ¿Tú lo entiendes?
       —No lo sé —dijo Quentin—. Sí, claro que lo entiendo. —Respiraban en la oscuridad—. No lo sé —dijo Quentin tras unos momentos.
       —Ya. No lo sabes. Ni siquiera sabes gran cosa de la vieja dama, de la tía Rosa.
       —La señorita Rosa —dijo Quentin.
       —De acuerdo. Ni siquiera de ella sabes gran cosa. Salvo que al final del todo se negó a ser tan sólo un fantasma. Que al cabo de cincuenta años siguió sin reconciliarse y no dejó que él descansara muerto y en paz. Que luego de cincuenta años no sólo fuera ella capaz de ponerse en pie y de ir allá a poner fin a lo que descubrió que no había terminado del todo, sino que además encontró a quien la acompañara y entró a la fuerza en la casa cerrada porque el instinto o algo así le dijo que aún no había terminado. ¿O sí lo sabes?
       —No —dijo Quentin con paz. Notó en la boca el sabor del polvo. Incluso entonces, con el peso puro y helado del aire de Nueva Inglaterra y su aliento de nieve en la cara, notó el sabor del polvo y lo percibió en aquella noche de septiembre en Mississippi, noche sin aliento o, más bien, con el aliento de una caldera. Percibió incluso el olor de la anciana sentada en la calesa a su lado, respiró el perfume trasnochado y alcanforado del echarpe e incluso el olor a cerrado del parasol de algodón negro en cuyos pliegues (no lo descubriría él hasta que no llegaran a la casa) había ocultado ella un hacha pequeña y una linterna. Le llegó el olor del caballo; oyó el rechinar seco y quejumbroso de las ruedas ligeras en el polvo ingrávido que todo lo revestía y le pareció sentir que el polvo mismo serpeaba seco y aletargado sobre su carne sudorosa, tal como creyó oír el suspiro único y profundo de la tierra reseca y cuarteada, que ascendía agónico hacia las estrellas altivas, imponderables. Habló entonces ella por vez primera desde que salieron de Jefferson, desde que montó en la calesa con una suerte de ansiedad torpe y temblorosa y desmadejada (que él creyó resultado del terror, de la alarma, hasta que descubrió que estaba muy equivocado) sin darle tiempo a que él la ayudase a acomodarse muy al borde del asiento, menuda, con el echarpe trasnochado, aferrada al parasol, inclinada hacia adelante, como si al inclinarse hacia adelante fuese a tardar menos en llegar y llegase inmediatamente después del caballo y antes que él, que Quentin, antes que la presciencia de su deseo y su necesidad pudiera avisar de su consumación. «Ahora sí —dijo—. Estamos en sus tierras. En sus pagos, suyos y de Ellen y de los descendientes de Ellen. Tengo entendido que se los han expropiado desde aquello. Pero siguen perteneciéndole a él. Y a Ellen y a sus descendientes.» Pero Quentin ya era consciente de esto. Antes que ella abriese la boca él se había dicho «Ahora, ahora sí», y (al igual que durante la tarde prolongada y calurosa en la casita en penumbra sofocante) le pareció que si detuviese la calesa y aguzara el oído alcanzaría a oír los cascos del caballo al galope; podría ver en cualquier momento al negro semental y a su jinete atravesar el camino por delante de ellos y proseguir a galope tendido, el jinete que otrora había sido dueño y señor absolutamente de todo cuanto se alcanzaba a ver desde un punto determinado, tanto que cada rama y cada hoja y cada pezuña y cada suela que lo hollaran eran recuerdo (en el supuesto de que alguna vez llegase a olvidarlo) de que era él lo más grande que alcanzarían a ver y lo más grande que él mismo tendría a la vista, no en vano fue a la guerra a protegerlo y perdió la guerra y regresó a la casa para descubrir que había perdido mucho más que la guerra, aunque no lo hubiera perdido absolutamente todo; se dijo Al menos me queda la vida pero no le quedaba vida, sino tan sólo vejez y aliento y horror y desdén y miedo e indignación: y todo cuanto quedaba para contemplarle a él con el mismo respeto de antaño era la muchacha que tan sólo era una niña la última vez que la vio, que sin duda acostumbraba a mirarlo desde una puerta o una ventana cuando él pasaba ajeno a su presencia, por más que ella lo mirase como seguramente habría mirado a Dios en persona, ya que todo cuanto su vista abarcaba también era propiedad de él. Acaso hiciera él un alto en la cabaña para pedirle agua, acaso tomara ella el pozal y recorriese a paso cansino la milla que la separaba del manantial y la desanduviera para llevarle agua clara y fresca, sin que se le hubiera pasado por la cabeza decirle «No hay agua en el pozal», tal como tampoco se le hubiera ocurrido decírselo a Dios en persona; hasta ahí el no todo que le restaba, puesto que al menos le quedaba el aliento.
       Quentin comenzó a respirar de manera trabajosa si bien llevaba un rato apaciblemente tendido en el calorcillo de la cama, a respirar de manera trabajosa la oscuridad embriagadora y pura y nacida de la nieve. Ella (la señorita Coldfield) no le permitió franquear la cancela. De pronto dijo «Alto»; él notó en el brazo el aleteo de su mano y pensó: «Vaya, tiene miedo». La oyó jadear, su voz casi un gemido de resolución cohibida, pero férrea: «No sé qué hacer. No sé qué hacer». («Yo sí —pensó él—. Volver al pueblo e irme a la cama.») Pero no lo dijo. Miró a las dos jambas podridas de la cancela a la luz de las estrellas, entre las cuales no había ya cancela de doble hoja que se abriese, y se preguntó por qué dirección pudieron llegar a caballo Henry y Bon aquel día, se preguntó qué fue lo que proyectaba la sombra que Bon ya no iba a cruzar con vida, si un árbol que aún siguiera vivo y diera hojas y se despojara de ellas o si un árbol desaparecido, del que no quedara rastro, quemado a cambio de calor y de alimento años antes, o tal vez desaparecido sin más, o si había sido alguna de aquellas dos jambas entre las que no había nada, a la vez que pensaba, deseaba que Henry estuviese allí en ese momento para pararle los pies a la señorita Coldfield y echarlos de allí a los dos, diciéndose que si Henry estuviese allí en esos momentos no sonaría un disparo que nadie acertase a oír. «Ella intentará impedírmelo —sollozó la señorita Coldfield—. Sé que lo hará. A lo mejor, pese a estar tan lejos del pueblo, aquí a solas, a medianoche, querrá permitir que ese negro… Y usted ni siquiera ha traído una pistola, ¿verdad que no?»
       —Pues no, señora —dijo Quentin—. ¿Qué es lo que tiene ahí escondido? ¿Qué puede ser? ¿Y qué más dará? ¿En qué cambiarían las cosas? Volvamos al pueblo, señorita Rosa.
       A esto, ella no le contestó nada.
       —Eso —se limitó a decir— es lo que he de averiguar —y se inclinó hacia adelante en el asiento, temblorosa, escrutando la avenida que formaba un túnel entre los árboles hasta desembocar en donde estaría la cáscara podrida de la casa—. Y ahora lo averiguaré —gimoteó, con una suerte de pasmada compasión de sí misma. Se movió de pronto—. Vamos —susurró, y comenzó a bajar de la calesa.
       —Espere —dijo Quentin—. Vayamos hasta la casa. Hay media milla.
       —No, no —susurró, un tenso y enfurecido siseo de sílabas atropelladas por la misma curiosa, aterrada e implacable resolución, como si no fuera ella quien debía seguir adelante y averiguarlo, como si no fuera más que la agente desvalida al servicio de alguien o de algo que sí debía a toda costa saber—. Sujete ahí mismo al caballo. Deprisa. —Bajó, avanzó con torpeza antes que pudiera él ayudarla, aferrada al parasol. A él le pareció que aún alcanzaba a oír gimoteos jadeos allí donde ella esperaba pegada a una de las jambas mientras él llevaba a la yegua del bocado para sujetar una de las riendas en un pino joven que crecía en la cuneta, atestada de hierbajos. No la veía en absoluto, tan pegada se hallaba a la jamba; se limitó a salir de allí y a ponerse a su paso cuando él enfiló por la cancela, respirando aún con sus gimoteos o jadeos al echar a andar entre las roderas de la avenida, bajo la bóveda que formaban los árboles. La oscuridad era intensa; ella tropezó; él la sujetó a tiempo. Ella se le cogió del brazo, aferrándolo con una tenaza dura y rígida y muerta, como si sus dedos, su mano, formasen una masa de alambre apretado.
       —Voy a tener que sujetarme de su brazo —susurró, gimoteó—. Y usted ni siquiera ha traído pistola… Aguarde —dijo. Se detuvo. Él se volvió; no la veía, pero la oyó respirar presurosa, oyó un susurro de una tela. Y algo empujaba hacia él—. Tenga —susurró—. Tómela. —Era un hacha. No la vista, sino el tacto, le dijo de qué se trataba: un hacha con un recio y desgastado mango de madera, con una hoja pesada, mellada, herrumbrosa.
       —¿Cómo? —dijo él.
       —¡Tómela! —susurró, siseó—. Usted no ha traído pistola. Algo es algo, digo yo.
       —A ver —dijo él—, espere.
       —Vamos —susurró—. Tendrá que dejarme que me sujete de su brazo. Estoy temblando sin poder contenerme.—Siguieron adelante, ella sujeta a uno de sus brazos, con el hacha en la otra mano—. Es probable que nos haga falta para entrar de todos modos en la casa —dijo ella trastabillando a su lado, casi arrastrándolo—. Sé que en algún sitio tiene que estar, sé que nos está mirando —susurró—. La presiento. Pero si logramos llegar a la casa, entrar en la casa… —La avenida parecía interminable. Él conocía el lugar. Había hecho a pie el camino de la cancela a la casa cuando era niño, cuando era chico, cuando las distancias parecían largas de veras (tanto que al hombre ya hecho y derecho la milla larga y trabajosa de recorrer en la niñez se le hace menos que un tiro de piedra), aunque en esos momentos le pareció que la casa nunca fuese a presentarse a la vista: así, a su pesar se descubrió repitiendo las palabras de la anciana: «Si logramos llegar a la casa, entrar en la casa…», diciéndose en ese preciso instante, recuperándose, «No tengo miedo. Lo que pasa es que no quiero estar aquí. Lo que pasa es que no tengo ningunas ganas de saber qué es lo que tiene ella ahí escondido». Pero por fin llegaron. Apareció la casa amenazante, cuadrada, abultada, enorme, con sus chimeneas semiderruidas, la curvatura del techo algo hundida; por unos momentos, a la vez que avanzaban deprisa hacia ella, Quentin vio en su totalidad, a través de la obra muerta del edificio, un segmento aserrado de cielo y tres estrellas rutilantes, como si la casa fuera de una sola dimensión y estuviera pintada en un lienzo en el que hubiera una desgarradura; casi inmediatamente debajo, el aliento mortífero de la caldera que era el aire en el que avanzaban paso a paso parecía apestar a una lenta y aplazada violencia, hedor mezclado al olor de la desolación y la podredumbre, como si el maderamen de que estaba hecha fuese de carne. Ella trotaba ahora a su lado, la mano temblorosa en su brazo, aunque bien sujeta aún con esa fuerza inerte, y sin embargo rígida; no hablaba, no decía palabra, si bien emitía un gemido continuo, casi un lamento. Al parecer no veía absolutamente nada, de modo que él tuvo que guiarla hacia donde sabía que tendrían que estar los peldaños y entonces sujetándola, susurrando, siseando, imitando sin darse cuenta la propia prisa tenue y tensa y trémula de ella.
       —Espere. Por aquí. Cuidado. Están podridos. —Poco menos que la levantó en vilo para subir los peldaños de la entrada, sujetándola por los codos, por detrás, como se hace con un niño; notó en esos momentos algo feroz, algo implacable y dinámico que impulsaba hacia tierra los brazos rígidos y delgados, hincándolos en las palmas de sus manos y en sus brazos; tendido en su cama, en Massachusetts, recordó de repente que pensó, que supo, que se dijo de pronto: «Vaya, no tiene ningún miedo. Y no es poco. No tiene miedo», y la notó escaparse de sus manos, oyó sus pies atravesar el porche, y la alcanzó allí donde se encontraba, junto a la invisible puerta de entrada, jadeando—. ¿Y ahora? —susurró.
       —Rómpala —susurró ella—. Estará cerrada con llave, clavada por dentro. Use el hacha. Rómpala.
       —Pero… —quiso él excusarse.
       —¡Que la rompa! —siseó—. Era de Ellen. Yo soy su hermana, su única heredera viva. Rómpala. No tarde. —Él empujó la puerta, que no cedió. Ella jadeó a su lado—. Dese prisa —insistió—. Rómpala.
       —Escuche, señorita Rosa —dijo él—. Escuche.
       —Deme el hacha.
       —Espere —dijo él—. ¿De veras quiere entrar?
       —Voy a entrar —gimoteó—. Deme el hacha.
       —Espere —dijo él. Se desplazó por el porche guiándose a tientas por la pared, con cuidado, por no saber qué tablones del suelo podían estar podridos, o hundidos, hasta que llegó a una ventana. Las persianas estaban cerradas y al parecer con llave, si bien cedieron casi de inmediato a la hoja del hacha, sin demasiado ruido —una endeble y destartalada barricada que había levantado o bien una persona sin fuerza, vieja, una mujer, o bien un hombre sin muchas luces—; había insertado ya el tajo del hacha bajo la hoja de la ventana cuando descubrió que no tenía cristal, que le bastaba con atravesar el marco vacío. Allí esperó unos momentos, diciéndose que era hora de entrar, diciéndose que no tenía miedo, que tan sólo prefería no llegar a saber qué era lo que podía haber dentro.
       —¿Y bien? —susurró la señorita Coldfield desde la puerta—. ¿La ha abierto?
       —Sí —dijo. No habló en susurros, aunque tampoco en voz muy alta; la estancia oscura ante la que se encontraba repitió su voz con hueca profundidad, como habría hecho una estancia sin amueblar—. Espere ahí. Voy a ver si puedo abrir la puerta. —«Así que ahora tendré que entrar,» pensó, y montó en el alféizar. Sabía que la estancia estaba desierta; el eco de su voz se lo había indicado, si bien avanzó con lentitud y con cautela, como había hecho al recorrer el porche, palpando la pared con la mano, siguiéndola allí donde formaba una esquina, hasta dar con la puerta. Tenía que estar en el vestíbulo; creyó prácticamente que alcanzaba a oír la respiración de la señorita Coldfield al otro lado de la pared. Estaba negro como boca de lobo; no veía nada, sabía que no podía ver, si bien notó que los párpados y los músculos de los ojos le dolían de la tensión, al tiempo que las manchitas rojas que se fundían y se disolvían formaban remolinos y se desvanecían sobre la retina. Siguió adelante; palpó la puerta por fin y oyó entonces el gimoteo de la señorita Coldfield por debajo de su respiración mientras buscaba a tientas el pomo y el cerrojo. A su espalda, entonces, el sonido de un fósforo al raspar la lija fue como una explosión, una detonación de un arma; antes incluso que la luz insignificante apareciese todos sus órganos dieron un vuelco pavoroso; por un instante ni siquiera pudo moverse, aun cuando un ápice de cordura rugió callado dentro de su cráneo: «¡No pasa nada! ¡Si hubiera peligro, no habría encendido un fósforo!». Pudo volver a moverse y se volvió para ver a un ser diminuto, como un gnomo, con una pañoleta en la cabeza y una falda voluminosa, el rostro desgastado, color café, que lo miraba fijamente, el fósforo en alto, sujeto por una mano color café, de muñeca. Entonces ya no miró a la recién aparecida, sino el fósforo que se iba quemando entre sus dedos; la miró con tranquilidad y la vio por fin moverse y encender otro fósforo con el primero y darse la vuelta; vio entonces el tocón aserrado junto a la pared y el candil depositado en él cuando ella levantó la caperuza y arrimó el fósforo al pábilo. Se acordó de aquel momento allí tendido en Massachusetts, respirando deprisa, ahora que la paz y la quietud de nuevo habían huido. Se acordó de que ella no le dijo una sola palabra, ni siquiera un ¿Quién es usted?, o un ¿Qué se le ha perdido aquí?, y que se limitó a aparecer con una enorme anilla llena de llaves antiguas, de hierro, como si en todo momento hubiera sabido que ese instante tenía que llegar y que no era posible resistirse, y abrió la puerta y dio un paso atrás al entrar la señorita Coldfield. Y recordó que ella (Clytie) y la señorita Coldfield no cruzaron palabra, como si Clytie hubiera visto una vez a la otra mujer y supiera que de nada iba a servir decir algo; que fue hacia él, a Quentin, a quien ella se volvió, y le puso la mano en el brazo y le dijo «No permita que suba ahí, joven amo». Y que acaso lo miró y supo que eso tampoco serviría de nada, porque se volvió y se acercó a la señorita Coldfield y la tomó por el brazo y le dijo «No subas ahí, Rosie», y la señorita Coldfield se desembarazó de la mano y siguió camino a las escaleras (y entonces vio él que llevaba una linterna; se acordó de que dio en pensar «Tenía que llevarla en el parasol, junto al hacha»), y Clytie dijo «Rosie», y echó a correr tras la otra, con lo que la señorita Coldfield se volvió en un peldaño y dio por tierra con Clytie de un solo golpe con todo el brazo, como habría hecho un hombre, y siguió subiendo las escaleras. Ella (Clytie) quedó tendida en el suelo desnudo, en el vestíbulo desierto, desconchado, como un bulto pequeño e informe hecho con trapos limpios. Cuando él llegó a donde estaba ella se dio cuenta de que no había perdido la conciencia, de que tenía los ojos abiertos, sosegados; se situó sobre ella, pensando «Sí, es ella la que es dueña del terror». Cuando la ayudó a levantarse fue como si hubiera recogido un puñado de astillas ocultadas entre los trapos del bulto, de tan ligera como le pareció. No fue capaz de sostenerse en pie; tuvo él que sujetarla, consciente de un débil movimiento o intención en sus extremidades, hasta darse cuenta de que pretendía sentarse en el último peldaño.
       —¿Quién es usted? —le dijo.
       —Soy Quentin Compson —respondió.
       —Sí. Recuerdo a su abuelo. Suba con ella y oblíguela a bajar. Que se vaya de aquí. No importa qué haya hecho, porque Judith y yo ya hemos pagado el precio. Vaya a por ella. Llévesela de aquí. —Así subió él las escaleras, los escalones desgastados, pelados, la pared desconchada y resquebrajada por un lado, la balaustrada de la que faltaban columnas intermitentes por el otro. Se acordó de haber vuelto la vista atrás y de haberla visto sentada tal como la había dejado, y de que en ese momento (y él no lo oyó entrar) apareció en el vestíbulo, abajo, un negro joven, de piel clara, inmenso, con un pantalón y una camisa de faena muy descoloridos, limpios, los brazos inertes, sin sorpresa, sin nada de nada en el rostro de color del cuero, en la boca desencajada del idiota. Se acordó de haber pensado «El vástago, el heredero inalienable (aunque no evidente)», y de haber oído los pasos de la señorita Coldfield y de ver la luz de la linterna que se acercaba por el rellano de la planta superior, y de que ella se le acercó y lo rebasó, de que trastabilló un poco y recobró el equilibrio y lo miró de hito en hito, como si nunca lo hubiera visto, los ojos muy abiertos, sin ver, como los de una sonámbula, el rostro que siempre había tenido el color de la cera en ese momento dotado de una calidad aún más profunda, aún más intolerable, aún más exangüe, y pensó: «¿Qué? ¿De qué se trata ahora? Eso no es el pasmo. Y nunca ha sido el miedo. ¿Será la sensación del triunfo?» y cómo pasó por delante de él y siguió su camino. Oyó que Clytie algo le decía al hombre:
       —Acompáñala a la cancela, a donde tiene la calesa —y se quedó pensativo, diciéndose «Soy yo quien tendría que ir con ella», y acto seguido «Pero ahora he de ver. También yo tendré que verlo. Tal vez mañana lo lamente, pero he de verlo». Así que cuando bajó él las escaleras (y recordó haber pensado «Quizá mi rostro tiene la misma apariencia que el de ella, pero no es el triunfo») sólo estaba Clytie en el vestíbulo, sentada, quieta, en el último peldaño, en la misma actitud en que él la había dejado. Ni siquiera lo miró ella cuando pasó por delante. Tampoco alcanzó a la señorita Coldfield y al negro. Estaba demasiado oscuro para ir deprisa, aunque sí los oyó caminar más adelante. No estaba ayudándose ella con la linterna; recordó haber pensado «Seguro que ahora no le puede dar miedo que se vea su luz». Pero no se ayudó de la linterna, y se preguntó si ella iba sujeta del brazo del negro; se lo preguntó hasta que oyó la voz del negro, sin entonación y sin interés: «Mejor por aquí», sin que hubiera respuesta de ella, aunque él ya estaba cerca en esos momentos para oír (o creer que oía) su respiración gimoteante, jadeante. Le llegó entonces el otro ruido y supo que ella al cabo había tropezado y había caído; prácticamente llegó a oír al negro inmenso, de rasgos distendidos, detenerse en seco, mirar abajo, hacia el ruido que produjo su caída, a la espera, sin interés, sin curiosidad, a la vez que él (Quentin) apretaba el paso y se apresuraba hacia las voces.
       —¡Tú, negro! ¿Cómo te llamas?
       —Me llaman Jim Bond.
       —Pues ayúdame a levantarme. ¡Tú no eres un Sutpen! ¡No tienes por qué tenerme ahí tirada por tierra!
       Cuando detuvo la calesa ante la puerta de su casa, ella no quiso esta vez bajar por su propio pie. Permaneció sentada hasta que él se bajó y dio la vuelta hasta su lateral; siguió sentada, aferrada con una mano al parasol, con la otra al hacha, hasta que él la llamó por su nombre. Sólo entonces dio muestras de moverse; él la ayudó, la bajó poco menos que en volandas; era casi tan liviana como Clytie; cuando la desplazó, le pareció una muñeca mecánica, así que le dio su sostén y la condujo por la cancela, por el breve paseo de entrada, hasta la casa de muñecas, y le encendió la luz y miró su rostro de sonámbula, los rasgos inamovibles, los ojos muy abiertos y muy oscuros allí quieta, aún aferrada al parasol y al hacha, el echarpe y el vestido negros manchados de tierra a raíz de la caída, el sombrero negro ladeado, torcido por el impacto.
       —¿Se encuentra bien? —le dijo él en ese momento.
       —Sí —dijo ella—. Sí. Estoy bien. Buenas noches. —Nada de gracias, pensó él: tan sólo «buenas noches», ya delante de la casa, respirando hondo, deprisa, cuando él regresó a la calesa y descubrió que estaba a punto de echarse a correr, pensando con calma «Dios mío, Dios mío, Dios mío», respirando deprisa, con dificultad, el aire oscuro de la noche, denso como el aire de una caldera, una noche en la que pendían las estrellas luminosas y altivas. Su propia casa estaba a oscuras; aún empleó el látigo cuando entró por la vereda hacia el establo. Bajó de un salto y desenganchó a la yegua de la calesa, quitándole el arnés, que lanzó al cuarto de los aperos sin tomarse la molestia de colgarlo, sudoroso, con la respiración agitada; cuando por fin se encaminaba a la casa sí echó a correr. No pudo evitarlo. Tenía veinte años; no tenía miedo, porque lo que había visto allá no podía hacerle daño, si bien echó a correr; ya dentro de la casa oscura, de la casa familiar, con los zapatos en la mano, siguió corriendo al subir las escaleras a su habitación y allí comenzó a desnudarse deprisa, sudoroso, con la respiración entrecortada. «Tendría que darme un baño», se dijo: acto seguido se encontró tendido en cama, desnudo, secándose el cuerpo con la camisa usada, sudoroso aún, jadeando: así que cuando con los músculos de los ojos doloridos, esforzados por ver en la oscuridad, y la camisa casi seca y sujeta en una mano, se dijo «He estado durmiendo», fue todo igual, no hubo diferencia: despierto o dormido recorrió aquella planta superior de la casa entre las paredes desconchadas, bajo el techo resquebrajado, hacia la tenue luz que se derramaba desde la última de las puertas, donde se detuvo diciendo «No. No» y al cabo «Sólo que debo. Tengo que hacerlo», y entró, entró en la habitación rancia, despojada de todo, con las persianas también cerradas, donde otro candil ardía apenas sobre una mesa improvisada; durmiendo o en vela era igual: la cama, las sábanas y la almohada amarillentas, el rostro amarillento y emaciado, los párpados cerrados, aunque casi transparentes, sobre la almohada, las manos yertas, cruzadas sobre el pecho, como si ya fuese cadáver; despierto o en sueños era todo igual y sería igual durante todo el tiempo que viviera:
       Y usted es…
       Henry Sutpen.
       Y lleva aquí desde hace…
       Cuatro años.
       Y volvió a su casa…
       A morir. Sí.
       ¿A morir?
       Sí. A morir.
       Y lleva aquí desde hace…
       Cuatro años.
       Y usted es…
       Henry Sutpen.

       Hacía frío en esos momentos en la habitación, en cualquier momento las campanas darían la una; el frío había adquirido una calidad compuesta, acumulada, como si se preparase para el momento de máxima quietud antes del amanecer.
       —Y ella esperó tres meses antes de volver a por él —dijo Shreve—. ¿Por qué hizo una cosa así? —Quentin no contestó. Permaneció tendido, inmóvil, de espaldas, con la fría noche de Nueva Inglaterra en la cara y la sangre que le corría cálida en el cuerpo rígido, en las extremidades, respirando con fuerza, pero despacio, los ojos abiertos y vueltos a la ventana, pensando «Nunca más de paz. Nunca más de paz. Nunca más. Nunca más. Nunca más»—. ¿Supones que fue porque sabía lo que iba a suceder cuando lo contó, cuando dio un solo paso, y que todo habría terminado para entonces, del todo, y que el odio es como el alcohol o las drogas, y que ella lo había consumido durante tanto tiempo que no se atrevió a cortar el suministro, a destruir la fuente, la raíz misma y la semilla de la amapola? —Quentin siguió sin responder—. Pero al menos y al final se reconcilió con ello, aunque sólo fuera por él, por salvarle a él, por llevarlo al pueblo, en donde los médicos podrían salvarle, y por eso lo contó entonces e hizo que la ambulancia y el equipo fuesen hasta allá. Y la vieja Clytie quizás estaba a la espera de que eso mismo sucediese, atenta, desde la ventana de la planta superior, donde llevaba tres meses al tanto; y tal vez incluso tu viejo tuviera razón esta vez, y cuando vio la ambulancia aparecer por la cancela creyó que era el mismo coche negro por el que había tenido pendiente al chico negro desde tres meses antes, el furgón que vino a llevarse a Henry al pueblo para que los blancos lo ahorcasen por haber matado de un tiro a Charles Bon. Y supongo que tuvo que ser él quien guardó en todo momento el cajón lleno de yesca y de despojos bajo las escaleras, como ella le dijera, tal vez sin que él lo entendiera del todo, pero ocupado de tenerlo bien lleno, tal como ella le indicó, incluido el queroseno, durante tres meses enteros, hasta que llegó la hora en que pudo ponerse a dar alaridos… —Las campanas comenzaron a dar la una. Shreve se detuvo como si aguardase a que cesaran o tal vez les estuvieran escuchando. Quentin yacía inmóvil, como si también estuviera a la escucha, aunque no lo estaba; las había oído sin tener que escuchar, las oyó desvanecerse a lo lejos, en el aire gélido y delicado, tenues y musicales, como notas de cristal. Y él, Quentin, también lo vio claro, aunque no había estado allí: la ambulancia con la señorita Coldfield entre el conductor y el segundo, tal vez un ayudante del sheriff, cubierta por el echarpe, con certeza, y tal vez también con el parasol, aunque seguramente sin hacha ni linterna esta vez, al entrar por la cancela y enfilar el camino con cautela por las roderas heladas (ya a trechos descongeladas) de la avenida; y quizá fueran los alaridos, o quizá fuese el ayudante del sheriff, o el conductor, o bien pudo ser ella la primera en gritar: «¡Se ha incendiado!», aunque eso no pudo gritarlo ella, pues ella habría dicho: «Deprisa. Más deprisa», inclinada hacia adelante en el asiento, la mujer enfurecida e implacable, arisca, no mucho mayor que una niña. Pero por esa avenida bacheada la ambulancia no podía ir más deprisa; de seguro Clytie lo sabía, y contaba con ello; pasarían de largo tres minutos hasta que pudieran llegar a la casa, la monstruosa cáscara seca como la yesca y podrida que rezumaba humo por las rendijas alabeadas de los tablones, como si estuviera hecha de estopa y llena de rugidos, más allá de la cual algo al acecho aullaba a voz en cuello, algo humano, puesto que los aullidos eran correspondientes al habla de los seres humanos, aun cuando la razón de los mismos no lo pareciera. Y el ayudante del sheriff y el conductor saldrían a la carrera y la señorita Coldfield a duras penas saldría tras ellos y los seguiría, también a la carrera, espectral e insustancial, mirándolos en medio de la humareda, en donde el ayudante del sheriff llegó a darse la vuelta para correr hacia él, con lo que él se retiró, huyó, por más que los aullidos no disminuyeran ni parecieran tampoco alejarse. Llegaron corriendo al porche, se internaron en la humareda que se sobraba de la casa, la señorita Coldfield chillando con estridencia «¡La ventana! ¡La ventana!» al segundo hombre que estaba en la puerta. Pero la puerta no estaba atrancada; se venció hacia el interior; la oleada de calor les dio de lleno. Toda la caja de la escalera estaba en llamas. Pero tuvieron que sujetarla; Quentin lo vio claro: aquella criatura liviana y enfurecida y flaca que no hacía el menor ruido, que se empeñaba con furia callada y amarga, que arañaba y mordía a los dos hombres que la sujetaron, que la arrastraron, que se la llevaron de las escaleras cuando la corriente creada por la puerta abierta pareció estallar como la pólvora entre las llamaradas al desaparecer la totalidad del vestíbulo. Él, Quentin, lo vio con claridad; vio al ayudante del sheriff que la sujetaba mientras el conductor de la ambulancia alejaba el vehículo a lugar seguro y volvía allá, los rostros de los tres un tanto atónitos, puesto que debían de haberla creído a ella; los tres mirando cautivados la casa condenada, y tal vez por un instante la aparición de Clytie en aquella ventana desde la cual debía de haber vigilado la cancela sin descanso, día y noche, por espacio de tres meses, el trágico rostro del gnomo bajo la pañoleta limpia, sobre el rojo trasfondo del fuego, entrevisto tan sólo un instante entre dos espirales de humo, mirándolos desde arriba, tal vez ni siquiera entonces con gesto triunfal, y tampoco de desesperanza, o no más acusado que el de siempre, acaso serena incluso en medio de los tablones que se iban consumiendo, antes que el humo de nuevo la ocultase. Y él, Jim Bond, el vástago, el último de la estirpe, también lo vio todo entre alaridos de razón humana, pues en ese momento también él tuvo que saber por qué se desgañifaba. Pero no pudieron sacarlo de allí. Lo oyeron; no pareció que se alejase apenas, pero no pudieron ellos acercarse, y tal vez al tiempo ni siquiera acertaron a localizar de dónde llegaban ya los aullidos. El conductor y el ayudante del sheriff sujetaron a la señorita Coldfield mientras ella se debatía; él (Quentin) la vio, los vio; no había estado allí, pero alcanzó a verla debatiéndose, luchando como una muñeca en una pesadilla, sin emitir un solo ruido, con espumarajos de saliva en la boca, el rostro incluso a la luz del sol iluminado por un último y despavorido reflejo carmesí cuando la casa se vino abajo entre rugidos, y no quedó más que el ruido del negro idiota.
       —Y así fue como volvió la tía Rosa al pueblo en la ambulancia —dijo Shreve. Quentin no respondió; ni siquiera dijo «la señorita Rosa». Permaneció tendido como estaba, mirando la ventana sin parpadear siquiera, respirando las tinieblas heladas, puras, embriagadoras, con su relumbre de nieve—. Y se fue a acostar porque todo había terminado, porque no quedaba nada ya, nada, salvo ese muchacho idiota que rondaría al acecho de las cenizas y de las cuatro chimeneas reventadas, aullando hasta que llegara alguien a llevárselo. No pudieron atraparlo y nadie pareció tener certeza nunca de que hubiera ido muy lejos; tan sólo calló un rato, no mucho. Al cabo volvieron a oírlo. Y así murió ella. —Quentin no respondió, mirando aún por la ventana; luego ya no supo si era la ventana de verdad o el pálido rectángulo de la ventana en sus párpados, aunque al poco empezó a emerger. Comenzó a tomar forma en esa misma actitud curiosa, liviana, desafiante de la gravedad, la hoja una vez doblada, llegada del verano cargado de glicinias en Mississippi, el revoloteo de las luciérnagas al azar—. El Sur —dijo Shreve—. El Sur. Dios. No me extraña que os sobreviváis largos años, muchos más años de los que os correspondería. —Empezaba a ser muy nítido, pronto podría descifrar las palabras, en cualquier momento. Ya casi podía, no parecía faltar nada.
       —A los veinte años soy más viejo que muchas personas ya difuntas —dijo Quentin.
       —Y son muchos los que han muerto antes de tener veintiuno —dijo Shreve. Él (Quentin) pudo entonces leerla, pudo terminarla, con la caligrafía inclinada, irónica, llegada de Mississippi a la nieve de hierro:

     … o tal vez lo haya. Seguramente a nadie haga daño creer que tal vez ella no ha rehuido ni mucho menos el privilegio de ser ultrajada, de vivir en el asombro, y de no perdonar; muy por el contrario, se ha ganado por sus méritos ese lugar o esa linde en donde los objetos del ultraje y de la conmiseración tampoco son ya espectros, sino personas de carne y hueso que de veras reciben el odio y la compasión. A nadie hará daño tener esperanza —ya ves, he escrito esperanza, no pensamiento. Sea pues la esperanza— de que no pueda escapar uno a la censura que sin duda merece, de que el otro no carezca de la conmiseración que, esperemos (ya que estamos en la esperanza), ansia, así sea por la sola razón de que se hallan a punto de recibirla, quieran o no. Hacía un tiempo hermoso, aunque frío, y tuvieron que emplear picos para abrir la tierra, para cavar la tumba, aunque en
       uno de los terrones más adentro vi una lombriz viva sin duda cuando el terrón salió por el aire, aunque al caer la tarde volvía a estar helado.

      —Así que hicieron falta Charles Bon y su madre para acabar con el viejo Tom, y Charles Bon y la ochavona para acabar con Judith, y Charles Bon y Clytie para acabar con Henry, y la madre de Charles Bon y la abuela de Charles Bon para acabar con Charles Bon. Así que hacen falta dos negros para acabar con un Sutpen, ¿no te parece? —Quentin no contestó; evidentemente, Shreve no deseaba una respuesta, pues continuó sin hacer pausa—. Todo lo cual bien está, está muy bien; pone en limpio todas las cuentas, se pueden arrancar ahora las hojas del libro de asiento y quemarlas todas, con una salvedad. ¿Y sabes cuál es? —Tal vez en ese momento sí tuviera esperanza de recibir contestación, tal vez hizo tan sólo una pausa para dar más fuerza a sus palabras, puesto que no hubo respuesta—. Te queda un negro. Te queda un negro de Sutpen. Claro que puedes atraparlo y que no siempre se le ve y que no podrás darle utilidad. Pero aún te queda uno allá. De noche, a veces aún lo oyes. ¿No es así?
       —Sí —dijo Quentin.
       —¿Y por eso… sabes qué pienso? —En ese instante sí esperaba respuesta, y la tuvo:
       —No —dijo Quentin.
       —¿Quieres saber qué pienso?
       —No —dijo Quentin.
       —Pues te lo voy a decir. Pienso que llegará el día en que los Jim Bond conquisten el hemisferio occidental. No será en nuestro tiempo, claro que no, y a medida que se extiendan hacia los polos se irán blanqueando como hacen los conejos y las aves, para no destacar demasiado en la nieve. Pero seguirá siendo Jim Bond; en unos cuantos milenios, yo, que ahora te contemplo, también habré brotado de las entrañas de los reyes de África. Y ahora quiero que me digas sólo una cosa más. ¿Por qué odias el Sur?
       —No lo odio —dijo Quentin al punto, de inmediato—. No lo odio —dijo. No lo odio pensó, jadeando en el aire frío, en las tinieblas de hierro de Nueva Inglaterra. No, no lo odio, ¡no! ¡No lo odio! ¡No lo odio!


FIN

Cronología

1807 Nace Thomas Sutpen en los montes de Virginia Occidental. Blancos empobrecidos de ascendencia inglesa y escocesa. Familia muy numerosa.
1817 La familia Sutpen se desplaza a Tidewater, estado de Virginia. Sutpen tiene diez años.
1818 Ellen Coldfield nace en Tennessee.
1820 Sutpen escapa de la casa paterna. Tiene catorce años.
1827 Sutpen contrae matrimonio con su primera esposa en Haití.
1828 Goodhue Coldfield se traslada al Condado de Yoknapatawpha (a Jefferson, la capital), estado de Mississippi, con su madre, su hermana y su hija Ellen.
1829 Nace Charles Bon en Haití.
1831 Sutpen se entera de que su esposa tiene sangre negra. Repudia tanto a ella como al hijo.
1833 Sutpen aparece en el Condado de Yoknapatawpha, Mississippi. Toma posesión de las tierras y construye su casa.
1834 Nace Clytemnestra (Clytie), hija de una esclava.
1838 Sutpen contrae matrimonio con Ellen Coldfield.
1839 Nace Henry Sutpen en el Centenar de Sutpen.
1841 Nace Judith Sutpen.
1845 Nace Rosa Coldfield.
1850 Wash Jones se instala en el campamento de pesca abandonado, en la plantación de Sutpen, junto con su hija.
1853 Nace Milly Jones, hija de la hija de Wash Jones.
1859 Henry Sutpen y Charles Bon se conocen en la Universidad de Mississippi. Judith y Charles se conocen por Navidad. Nace Charles Etienne St. Valery Bon en Nueva Orleans.
1860 Por Navidad, Sutpen prohíbe el matrimonio de Judith con Bon. Henry renuncia a su derecho de primogenitura y emprende viaje con Bon.
1861 Sutpen, Henry y Bon marchan a la guerra.
1862 Muere Ellen Coldfield.
1864 Muere Goodhue Coldfield.
1865 Henry mata a Bon en la cancela de la casa. Rosa Coldfield se muda a vivir al Centenar de Sutpen.
1866 Sutpen contrae compromiso matrimonial con Rosa Coldfield, la insulta. Ella regresa a Jefferson.
1867 Sutpen entabla relación con Milly Jones.
1869 Nace la hija de Milly. Wash Jones mata a Sutpen.
1870 Charles E. St. V. Bon aparece en el Centenar de Sutpen.
1871 Clytie se lleva a Charles E. St. V. Bon a vivir en el Centenar de Sutpen.
1881 Charles E. St. V. Bon regresa con una mujer negra.
1882 Nace Jim Bond.
1884 Judith y Charles E. St. V. Bon mueren a causa de la fiebre amarilla.

1910

Septiembre Rosa Coldfield y Quentin encuentran a Henry Sutpen escondido en la casa.
Diciembre Rosa Coldfield sale en busca de Henry para llevarlo al pueblo, Clytie pega fuego a la casa.


Genealogía

    THOMAS SUTPEN
     Nacido en los montes de Virginia Occidental en 1807. Uno de los varios hijos de una familia de blancos empobrecidos, de origen escocés e inglés. Estableció la plantación llamada el Centenar de Sutpen en el Condado de Yoknapatawpha, estado de Mississippi, en 1833. Casó con (1) Eulalia Bon, en Haití, en 1827; (2) Ellen Coldfield, en Jefferson, Mississippi, en 1838. Fue comandante y después coronel de regimiento de Infantería de Mississippi del Ejército Confederado. Murió en el Centenar de Sutpen en 1869.

     E
ULALIA BON
     Nacida en Haití. Hija única de un haitiano, dueño de una plantación de caña de azúcar, de origen francés. Casó con Thomas Sutpen en 1827; se divorció de él en 1831. Murió en Nueva Orleans en fecha desconocida.

     C
HARLES BON
     Hijo único de Thomas y Eulalia Bon Sutpen. Asistió a la Universidad de Mississippi, donde conoció a Henry Sutpen, y contrajo compromiso matrimonial con Judith. Soldado raso y después teniente de batallón (los Grises de la Universidad) de Infantería de Mississippi del Ejército Confederado. Murió en el Centenar de Sutpen en 1865.

     G
OODHUE COLDFIELD
     Nacido en Tennessee. Emigrado a Jefferson, Mississippi, en 1828. Allí estableció un pequeño negocio mercantil. Murió en Jefferson en 1864.

     E
LLEN COLDFIELD
     Hija de Goodhue Coldfield. Nacida en Tennessee en 1817. Casó con Thomas Sutpen en Jefferson, Mississippi, en 1838. Murió en el Centenar de Sutpen en 1863.

     R
OSA COLDFIELD
     Hija de Goodhue Coldfield. Nació en Jefferson en 1845. Murió en Jefferson en 1910.

     H
ENRY SUTPEN
     Nació en el Centenar de Sutpen en 1839, hijo de Thomas y Ellen Coldfield Sutpen. Asistió a la Universidad de Mississippi. Fue soldado raso de Infantería de Mississippi del Ejército Confederado (batallón llamado los Grises de la Universidad). Murió en el Centenar de Sutpen en 1910.

     J
UDITH SUTPEN
     Hija de Thomas y Ellen Coldfield Sutpen. Nació en el Centenar de Sutpen en 1841. Contrajo compromiso matrimonial con Charles Bon en 1860. Murió en el Centenar de Sutpen en 1884.

     C
LYTEMNESTRA SUTPEN
     Hija de Thomas Sutpen y de una esclava negra. Nació en el Centenar de Sutpen en 1834. Murió en el Centenar de Sutpen en 1910.

     W
ASH JONES
     Fecha y lugar de nacimiento desconocidos. Ocupante de un campamento de pesca abandonado, propiedad de Thomas Sutpen, del cual fue acompañante ocasional y encargado de tareas diversas en su casa mientras Sutpen estuvo ausente entre el 61 y el 65. Murió en el Centenar de Sutpen en 1869.

     M
EUCENT JONES
     Hija de Wash Jones. Fecha de nacimiento desconocida. Se rumoreaba que murió en un burdel de Memphis.

     M
ILLY JONES
     Hija de Melicent Jones. Nacida en 1853. Murió en el Centenar de Sutpen en 1869.

     N
IÑA SIN NOMBRE
     Hija de Thomas Sutpen y de Milly Jones. Nació y murió en el Centenar de Sutpen en el mismo día de 1869.

     C
HARLES ETIENNE DE SAINT-VALERY BON
     Hijo único de Charles Bon y de su amante ochavona, de cuyo nombre no queda constancia. Nacido en Nueva Orleans en 1859. Casó con una negra de nombre desconocido en 1879. Murió en el Centenar de Sutpen en 1884.

     J
IM BOND (BON)
     Hijo de Charles Etienne Saint-Valery Bon. Nació en el Centenar de Sutpen en 1882. Desapareció del Centenar de Sutpen en 1910. En paradero desconocido.

     Q
UENTIN COMPSON
     Nieto del primer amigo que tuvo Thomas Sutpen en el Condado de Yoknapatawpha. Nació en Jefferson en 1891. Asistió a la Universidad de Harvard entre 1909 y 1910. Murió en Cambridge, estado de Massachusetts, en 1910.

     S
HREVLIN MCCANNON
     Nacido en Edmonton, estado de Alberta, Canadá, en 1890. Asistió a la Universidad de Harvard entre 1910 y 1914. Capitán del Cuerpo Médico del Real Ejército, Fuerzas Expedicionarias, en Francia, entre 1914 y 1918. Hoy ejerce la especialidad de cirugía en Edmonton, Alberta.



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