William Faulkner
(1897-1962)


Bufón en negro [Pantalón de negro]
(“Pantaloon in Black”)
Originalmente publicado en Harper’s Magazine (octubre 1940);
revisada para su inclusión en Go Down, Moses (1942);
Uncollected Stories (1979), Joseph Blotner, editor



      De pie, con el raído, descolorido, limpio mono que la propia Mannie le había lavado hacía sólo una semana, oyó cómo la primera palada de tierra golpeaba la caja de pino. Pronto tuvo él mismo una de las palas, que en sus manos (medía más de seis pies y pesaba más de doscientas libras) pareció una de esas palas de juguete con que los niños juegan en las orillas, y el medio pie cúbico de tierra lanzado por ella no mucho más que la liviana pizca de arena que hubiera lanzado la pala infantil.
       Uno de su cuadrilla en el aserradero le tocó el brazo y le dijo:
       —Déjamela a mí, Rider.
       Él ni siquiera vaciló. Soltó una mano en mitad del trayecto de la pala y la lanzó hacia atrás, y golpeando al otro en pleno pecho lo hizo retroceder unos pasos, y volvió a retomar con la mano la pala en movimiento; arrojaba la tierra con tal furia sin esfuerzo que el montículo parecía ir alzándose por propia voluntad, crecer no desde arriba sino emerger visiblemente hacia lo alto desde la tierra misma, hasta que al fin la tumba, salvo en su novedad patente, se asemejó a cualquier otra de las que se hallaban esparcidas por el terreno yermo, delimitadas sin ningún orden por trozos de barro cocido y botellas rotas y cascotes de ladrillo viejo y otros objetos sin significado aparente, pero que en realidad encerraban un profundo simbolismo y eran fatales para quien los tocara, y que ningún hombre blanco hubiera podido interpretar. Luego se irguió y lanzó con una mano e hincó sobre el montículo la pala, que quedó vibrando enhiesta como una jabalina, y se volvió y echó a andar, y siguió andando incluso cuando, del exiguo grupo de familiares y amigos y de unos cuantos viejos que les habían conocido a él y a su esposa muerta, desde su nacimiento, salió una anciana y le cogió del antebrazo. Era su tía. Lo había criado. Él no tenía de sus padres el mínimo recuerdo.
       —¿Adónde vas? —dijo ella.
       —Voy a casa —dijo él.
       —No debes volver allí tú solo. Necesitas comer. Ven a mi casa a comer.
       —Voy a casa —repitió él, liberándose de aquella mano como si su peso, sobre su antebrazo de hierro, no hubiera sido superior al de una mosca, mientras los otros (la cuadrilla del aserradero de la cual él era el capataz) le abrían paso en silencio. Pero antes de que llegara a la cerca uno de ellos le alcanzó; no hacía falta que nadie le dijera a Rider que se trataba de un emisario de su tía.
       —Espera, Rider —dijo el hombre—. Tenemos una jarra entre las matas...
       Y entonces dijo lo que no pretendía decir, lo que jamás se le había pasado por la cabeza decir en circunstancias como aquélla, por mucho que todo el mundo lo supiera: los muertos que aún no querían o no podían dejar la tierra, aunque la carne en la que un día habitaron hubiera sido devuelta a ella (pese a que los predicadores dijeran y reiteraran y sentenciaran que la dejaron no sólo sin pesar sino con júbilo para ascender a la gloria)—: No debes volver allí. Ella está ya caminando.
       No se detuvo; desde su alta cabeza, ligeramente echada hacia atrás, bajó la mirada hacia el otro, con los ojos enrojecidos en sus ángulos internos.
       —Déjame en paz, Acey —dijo—. No me molestes ahora.
       Y siguió su camino, pasando por encima de los tres alambres de la cerca sin alterar siquiera el paso, y cruzó el camino y entró en el bosque. Mediaba ya el crepúsculo cuando salió de él y atravesó el último campo y salvó la cerca también de una zancada y entró en el sendero. A aquella hora del anochecer de domingo estaba desierto —ninguna familia en carro, ningún jinete, ningún caminante camino de la iglesia que le hablara, que prudentemente reprimiera las ganas de volverse para mirarle una vez dejado atrás—, y en su suelo, en su polvo de agosto claro, liviano y seco como harina, la larga huella semanal de cascos y de ruedas había sido borrada por los pausados zapatos de paseo del domingo, bajo los cuales, en alguna parte, eclipsadas pero no idas, fijas y contenidas en el polvo apelmazado, se hallaban las delgadas huellas, de dedos gruesos y planos, de los pies desnudos de su esposa, cuando los sábados por la tarde caminaba hasta el economato para comprar las provisiones de la semana siguiente mientras él tomaba el baño, y él, sus propias huellas, clausuraban ahora un tiempo a medida que avanzaba, tan de prisa casi como un hombre más pequeño, arrostrando el aire que el cuerpo de ella había dejado vacío, tocando con los ojos los objetos —poste y árbol y campo y casa y colina— que los ojos de ella habían perdido.
       La casa era la última del sendero; no era suya, sino alquilada al terrateniente local blanco. Pero la renta la pagaba puntualmente por adelantado, e incluso, en el espacio de sólo seis meses, había echado un nuevo piso al porche y reconstruido y techado de nuevo la cocina, trabajando los sábados por la tarde y los domingos con la ayuda de su esposa, y había comprado un hornillo. Porque ganaba un buen sueldo: había estado trabajando en el aserradero desde que empezó a desarrollarse, a los quince y dieciséis años, y ahora, a los veinticuatro, era incluso capataz de la cuadrilla maderera, pues su cuadrilla movía desde el amanecer hasta el ocaso un tercio más de madera que cualquier otra, y a veces, envanecido por su propia fuerza, manejaba troncos, que normalmente dos hombres hubieran podido manejar sólo con ganchos; ni dejó de trabajar siquiera en los viejos tiempos, cuando en realidad no necesitaba el dinero, cuando gran parte de lo que deseaba —de lo que necesitaba, tal vez— no le costaba dinero: las mujeres brillantes y oscuras y siempre sin nombre a quienes no tenía que comprar; poco le importaba, además, qué ropa llevar, y siempre había comida a cualquier hora del día o de la noche en casa de su tía, que ni siquiera quería coger los dos dólares que él le entregaba todos los sábados. De modo que sólo había habido que pagar los dados y el whisky de los sábados y domingos hasta el día en que, seis meses atrás, vio por vez primera a Mannie, a quien había conocido toda su vida, y se dijo: “Se acabó con todo esto”, y se casaron y alquiló una cabaña a Carothers Edmonds y en la noche de bodas encendió el fuego en el hogar como decían los relatos que tío Lucas Beauchamp, el viejo colono de Edmonds, lo había hecho cuarenta y cinco años atrás en el suyo, que ardía desde entonces. Y se levantaba y se vestía y desayunaba a la luz de la lámpara, para caminar después cuatro millas y llegar al aserradero para la salida del sol, y exactamente una hora después del ocaso entraba en casa de nuevo, y así día tras día, cinco a la semana, hasta el sábado. Entonces, no habría pasado aún la primera hora después del mediodía cuando subía las escaleras y llamaba, no en el marco o en la jamba de la puerta, sino en la parte inferior del techo mismo de la veranda, y entraba y hacía sonar la brillante cascada de dólares de plata sobre la mesa fregada de la cocina, donde su comida hervía a fuego lento sobre el hornillo y le esperaban la tina galvanizada de agua caliente y la lata de levadura en polvo que contenía el suave jabón y la toalla hecha de sacos de harina cosidos y lavados con agua hirviendo y la camisa y el mono limpios, y Mannie recogía el dinero y caminaba la media milla hasta el economato para comprar las provisiones para la semana siguiente, y depositaba el resto del dinero en la caja fuerte de Edmonds y volvía a casa y comían una vez más sin prisa después de cinco días, la carne de cerdo salada, las verduras, el pan de maíz, el suero de leche de la casa del pozo, la tarta que ella horneaba cada sábado en la cocina que él había comprado.
       Pero cuando puso la mano en la puerta tuvo de pronto la impresión de que no había nada detrás de ella. La casa, de todas formas, nunca había sido suya, pero ahora hasta los nuevos tablones y soleras y tablillas del tejado, el hogar y el hornillo y la cama formaban parte de la memoria de alguien que no era él, así que se detuvo ante la puerta a medio abrir y dijo en alta voz, como si se hubiera acostado en un lugar y al despertar súbitamente se hubiera encontrado en otro: —¿Qué estoy haciendo aquí?
       Y entonces vio al perro. Se había olvidado de él. Recordó no haberlo visto ni oído desde que rompió en aullidos poco antes del amanecer del día anterior; era un perro grande, con algo de mastín (él le había dicho a Mannie un mes después de la boda: “Necesito un perro grande. Tú eres lo único que tendré a mi lado un día, y sola días y días...”); salió de debajo de la veranda y se acercó, no corriendo sino más bien como si se deslizara al aire del crepúsculo, hasta quedar ligeramente apoyado contra su pierna, con la cabeza alzada hasta que los dedos de él la tocaron apenas con las puntas, encarando la casa y sin hacer ningún ruido; entonces, como si el animal tuviera poder sobre ella, como si hubiera hecho guardia ante ella durante su ausencia y sólo en aquel instante pusiera fin a ella, el armazón de tablones y tablillas que su amo tenía ante los ojos se solidificó, se llenó, y durante un instante a Rider le pareció imposible entrar en él.
       —Pero necesito comer —dijo—. Los dos necesitamos comer —dijo, adelantándose; pero el perro no le siguió hasta que Rider se volvió y lo maldijo—. ¡Ven aquí! —dijo—. ¿De qué tienes miedo? Ella te falta también, igual que a mí.
       Subieron las escaleras y cruzaron el porche y entraron en la casa —la estancia única, llena del crepúsculo, en donde aquellos seis meses se acumulaban y apiñaban ahora en un instante único, hasta el punto de no dejar espacio al aire necesario para respirar, acumulados y apiñados en torno al hogar donde el fuego, que habría de haber durado hasta el fin de ellos dos, frente al cual, al entrar en los días que precedieron a la compra del hornillo y tras la caminata de cuatro millas desde el aserradero, solía encontrarla, en cuclillas, dándole el contorno estrecho de su espalda y sus caderas, con una mano delgada extendida, protegiéndose la cara de las llamas sobre las que sostenía la sartén con la otra, se había convertido, desde que el sol salió el día anterior, en una tenue y seca capa sucia de ceniza muerta— y él, allí de pie, mientras la última luz se apagaba en torno al latido fuerte e indomable de su corazón y al hondo y acompasado ensanchamiento y encogimiento del pecho que el caminar veloz a través de los accidentados bosques y campos no había acelerado y la permanencia inmóvil en la estancia umbría y quieta no había aminorado.
       El perro, entonces, se apartó de él; la leve presión desapareció de su costado; oyó el chasquido y el siseo de sus uñas sobre el piso de madera al alejarse, y en un principio pensó que estaba huyendo. Pero el animal se paró ante la entrada, afuera, y él lo vio entonces, vio cómo alzaba la cabeza y se ponía a aullar. Y entonces la vio él también.
       Estaba de pie, en la puerta de la cocina, mirándole. Él no se movió.
       No respiró ni habló hasta que estuvo seguro de que su voz sería la de siempre, hasta que compuso el semblante para no sobresaltarla.
       —Mannie —dijo—. Todo está bien. No tengo miedo.
       Luego avanzó un paso hacia ella, lentamente, sin levantar siquiera la mano todavía, y se detuvo. Luego avanzó un paso más. Pero esta vez, tan pronto como él se desplazó, ella empezó a esfumarse. Él se detuvo al instante, conteniendo de nuevo la respiración, inmóvil, deseando que sus ojos vieran que ella se había detenido igualmente. Pero ella no se había detenido. Se desvanecía, estaba yéndose.
       —Espera —dijo, con la mayor dulzura con que jamás había oído a su voz hablar a una mujer—: Déjame ir contigo, cariño.
       Pero ella seguía yéndose; se iba ya velozmente; él pudo sentir entonces realmente entre ellos la barrera insuperable de su propia fuerza, de aquella fuerza capaz de manejar un tronco que hubiera exigido el concurso de dos hombres, de la sangre y de los huesos y la carne demasiado fuertes, una barrera insalvable para la vida, pues había aprendido, cuando menos una vez y con sus propios ojos, cuán fuerte era en verdad —aun en caso de muerte violenta y súbita—, no la carne y los huesos de un hombre joven quizá, mas sí la voluntad de esa carne y esos huesos de seguir con vida.
       Y luego desapareció. Él pasó por la puerta en la que ella había estado y se dirigió hacia el hornillo. No encendió la lámpara. No necesitaba la luz. De los estantes para los cacharros, que él mismo había construido al asentar el hornillo, cogió dos platos a tientas, y del puchero, que descansaba frío sobre el frío hornillo, sirvió en ellos la comida que su tía le había traído el día anterior, había comido algo entonces, aunque no recordaba en qué momento ni lo que era.
       Llevó los platos a la mesa fregada con agua y desnuda, bajo la sola ventana, pequeña y oscurecida, y acercó dos sillas y se sentó, y esperó otra vez a que su voz fuera como él quería.
       —Ven aquí —dijo con aspereza—. Ven aquí ahora mismo y come tu cena. No voy a tener que...
       Y calló, y se quedó mirando su plato, respirando con fuerte y hondo resuello, ensanchando y encogiendo el pecho, hasta que al cabo hizo cesar el jadeo y se mantuvo inmóvil por espacio quizá de medio minuto, y entonces alzó la mano y se llevó a la boca una cucharada de guisantes fríos y pegajosos. La congelada e inerte masa pareció brincar al contacto de sus labios.
       Sin llegar siquiera a entibiarse con el calor de la boca, guisantes y cuchara salpicaron y resonaron contra el plato; la silla cayó hacia atrás y él se encontró de pie, y sintió que los músculos de sus mandíbulas empezaban a obligarle a abrir la boca, tirando con fuerza hacia arriba de la mitad superior de su cabeza. Pero hizo cesar también aquello antes de que se convirtiera en sonido, y se contuvo de nuevo mientras arañaba la comida de su plato y lo vaciaba en el otro, que recogió y salió con él de la cocina.
       Cruzó la estancia y la veranda y dejó el plato en el peldaño más bajo y se dirigió hacia la puerta de la cerca.
       El perro, que no había estado allí, lo alcanzó cuando aún no había andado media milla. Para entonces había luna; las dos sombras mudaban, ora rotas e intermitentes entre los árboles, ora largas e intactas, sesgadas a través del declive de los pastos o de los viejos campos abandonados que se extendían sobre las colinas; el hombre caminaba casi con la rapidez con que un caballo había cubierto aquella distancia, modificando el rumbo siempre que surgía ante la vista una ventana iluminada; el perro trotando en sus talones a medida que ambas sombras se acortaban según el curso de la luna, hasta que al fin pisaron sus propias sombras y se esfumó la última lámpara lejana y las sombras empezaron a alargarse hacia el costado opuesto; siguiendo en los talones del amo incluso cuando un conejo salió de pronto casi de entre sus pies, y yaciendo luego, con las primeras luces del alba, junto al cuerpo boca abajo del hombre, junto al ensanchamiento y encogimiento trabajoso del pecho, a los sonoros y ásperos ronquidos que parecían no tanto gemidos de dolor como el fragor producido por alguien que se debate inerme en prolongado y singular combate.
       Cuando llegó al aserradero no había nadie sino el fogonero, un hombre mayor que él que volvía en aquel momento de la pila de leña, y que lo miró mientras él cruzaba el claro, avanzando a tales zancadas que parecía que fuera a pasar no sólo a través del cobertizo de la caldera, sino a través (o por encima) de la caldera misma, con el mono —limpio el día anteriorembarrado y sucio y empapado hasta las rodillas de rocío, con la gorra de tela echada a un lado de la cabeza, y la visera a plomo sobre la oreja, como siempre solía, y el blanco de los ojos orlado de rojo y con algo apremiante y tenso en ellos.
       —¿Dónde tienes la tartera? —dijo.
       Pero antes de que el fogonero pudiera contestar él ya había pasado por su lado y descolgado de un clavo en el poste la pulida tartera—. Sólo quiero una galleta —dijo.
       —Cómetelo todo —dijo el fogonero—. Yo comeré de las de los muchachos a la hora del almuerzo. Luego vete a casa y acuéstate. No tienes buen aspecto.
       —No he venido para quedarme mirando —dijo él, sentándose en el suelo, con la espalda contra el poste y la tartera entre las rodillas, y se llevó a la boca las manos llenas de comida, y la engulló ávidamente: guisantes otra vez, otra vez gélidos, un trozo del pollo frito dominical del día anterior, unos cuantos pedazos bastos de tocino frito de la mañana, una galleta del tamaño de una gorra infantil, todo promiscuo e insulso. El resto de la cuadrilla se estaba congregando afuera; al cobertizo de la caldera llegaban voces y ruidos de ajetreo. Al poco entró a caballo en el claro el capataz blanco. Rider no alzó la vista; dejando a un lado la tartera vacía, se levantó sin mirar a nadie, fue hasta el riachuelo, se echó sobre el estómago, bajó la cara hasta el agua y bebió con las mismas hondas y fuertes y turbadas inhalaciones con que había roncado antes, o como cuando había permanecido en la casa vacía en el pasado crepúsculo, tratando de atraer el aire a sus pulmones.
       Entonces las vagonetas empezaron a rodar. El aire vibró con el rápido latido del vapor expulsado y el lamento y el rechinar de la sierra; las vagonetas avanzaban una a una hasta la rampa de descarga, donde él saltaba sobre la recién llegada y se mantenía en equilibrio sobre la carga que debía liberar: quitaba los calzos y soltaba las cadenas con argollas, y con el gancho maderero iba enfilando los troncos de ciprés y gomero y roble, uno por uno, hacia la rampa, donde los mantenía hasta que los dos hombres siguientes de su cuadrillas se hallaran listos para recibirlos y guiarlos, y entonces la descarga de cada vagoneta se convertía en un largo fragor tonante y único, subrayado por gruñidos vociferantes y, avanzaba la mañana y con la llegada del sudor, por retazos de canciones diseminados aquí y allá. Él no cantaba con ellos. En el pasado lo había hecho raras veces, y aquella mañana bien podía no haber sido diferente a cualquier otra; él mismo uno más entre los otros otra vez, por encima de las cabezas de quienes evitaban cuidadosamente mirarle, desnudo de cintura para arriba, sin camisa y con el mono anudado a las caderas mediante los tirantes, sin otra ropa en la parte superior del cuerpo que el pañuelo en torno al cuello y la gorra ceñida y a plomo sobre la oreja derecha, mientras el azul acerado del sol más y más alto centelleaba sobre el sudor de los haces y líneas de músculos color de medianoche, hasta que el silbato anunció el mediodía y él dijo a los dos hombres situados a la cabecera de la rampa: —Cuidado. Quitaos de en medio —y echó a rodar el tronco rampa abajo, y recuperó el equilibrio irguiéndose con rápidos y cortos pasos hacia atrás mientras el tronco se precipitaba por la pendiente como un trueno.
       El marido de su tía estaba esperándole; era un hombre viejo tan alto como él, pero delgado, frágil casi, que traía una tartera de hojalata en una mano y un plato tapado en la otra.
       Ambos se sentaron a la sombra, junto al arroyuelo, no lejos de donde los demás abrían sus tarteras. La suya contenía un tarro de suero de leche envuelto en una tela de saco limpia y húmeda. En el plato había una torta de melocotón, aún caliente.
       —La ha hecho para ti esta mañana —dijo su tío—. Dice que vengas a casa.
       No respondió; inclinado ligeramente hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y cogiendo la torta con ambas manos, comía ávidamente; el relleno almibarado se le escurría y le manchaba la barbilla, y él masticaba mientras parpadeaba ininterrumpidamente, con el blanco de los ojos circundados un poco más por el enrojecimiento progresivo.
       —Fui a tu casa anoche, pero no estabas. Me manda ella. Quiere que vengas a casa. Dejó la lámpara encendida toda la noche por si venías.
       —Estoy bien —dijo él.
       —No estás bien. El Señor te la dio, el Señor te la quitó. Pon tu fe en Él, confía en Él. Y ella podrá ayudarte.
       —¿Qué fe y qué confianza? —dijo él—. ¿Qué le había hecho a Él Mannie? ¿Qué es lo que Él pretende metiéndose conmigo y...?
       —¡Calla! —dijo el viejo—. ¡Calla!
       Y las vagonetas volvieron a rodar.
       Y entonces pudo dejar de sentir la necesidad de inventarse razones para respirar, y al cabo de un rato empezó a creer que había olvidado a hacerlo, pues no podía oír su propia respiración por encima del fragor constante de los troncos rodantes; así, en cuanto se sorprendió creyendo que en verdad lo había olvidado, supo que no lo había hecho, y entonces, en lugar de volcar el último tronco en dirección a la rampa, encaró el tronco que quedaba en la vagoneta. Lo había hecho otras veces, coger un tronco de la vagoneta con las manos, equilibrarlo, volverse con él y lanzarlo por la rampa, pero nunca con un tronco de tal tamaño. De modo que en la completa cesación de todo ruido, salvo la vibración del escape y el tenue quejido de la sierra odiosa, pues todos los ojos, hasta los del capataz blanco, estaban fijos en él, empujó el tronco hasta el borde de la vagoneta y se puso en cuclillas y puso las palmas contra la parte inferior del tronco. Durante unos instantes no se produjo movimiento alguno.
       Era como si la madera irracional e inanimada hubiera hipnotizado al hombre, le hubiera conferido algo de su propia inercia original.
       Alguien, entonces, dijo en voz baja:
       —Ya lo tiene. Ya lo tiene fuera de la vagoneta.
       Y entonces vieron la grieta, la brecha de aire, y contemplaron el infinitesimal enderezamiento de las piernas arqueadas, hasta que logró juntar las rodillas, la ascensión infinitesimal a través del vientre hundido, del arco del pecho, de las cuerdas del cuello, la elevación del labio sobre los blancos dientes apretados al pasar frente a ellos, la total inclinación hacia atrás de la cabeza —sólo la fijeza inyectada en sangre de sus ojos se mantenía impasible ante todo ello—, el alzamiento progresivo de los brazos y el enderezamiento de los codos, hasta que el tronco en equilibrio sobrepasó su cabeza.
       —Pero no podrá darse la vuelta con él —dijo la misma voz—. Y cuando trate de volverlo a poner en la vagoneta, lo va a matar.
       Pero nadie se movió. Entonces —no hubo acopio supremo de fuerzas—, el tronco pareció saltar de pronto hacia atrás, por encima de su cabeza, por propia voluntad, y giró en el aire y retumbó y se precipitó con estruendo rampa abajo. Él se volvió y salvó el carril de una zancada y pasó entre sus compañeros, que iban abriéndole paso, y cruzó el claro y se dirigió hacia los bosques desoyendo la llamada del capataz blanco: —¡Rider! —gritó. Y otra vez—: ¡Rider! A la caída del sol él y el perro se hallaban en la ciénaga del río, a cuatro millas; era otro claro más grande que un cuarto en el que había una casucha, una choza mitad tablas, mitad lona; un hombre blanco sin afeitar, de pie en la puerta a cuyo lado se apoyaba una escopeta, vio cómo se acercaba con cuatro dólares de plata sobre la palma extendida.
       —Quiero una jarra —dijo él.
       —¿Una jarra? —dijo el hombre blanco—. Querrás decir una pinta. Hoy es lunes. ¿Es que no trabajáis esta semana?
       —Me he despedido —dijo él—. ¿Dónde está mi jarra?
       Esperó; parecía no mirar nada, con un rápido pestañeo de sus ojos inyectados en sangre y la cabeza alta ligeramente echada hacia atrás; luego se volvió, con la jarra colgada del dedo corazón arqueado, pegada a la pierna, y en aquel preciso instante el hombre blanco le miró súbita y penetrantemente a los ojos, como si los viera por primera vez —aquellos ojos, tensos y apremiantes a la mañana, parecían ahora privados de visión y no se apreciaba en ellos blanco alguno—, y dijo: —Oye. Dame esa jarra. No necesitas un galón. Voy a darte una pinta, te la voy a regalar. Luego te vas y te quedas donde sea. Y no vuelvas hasta que...
       El hombre blanco extendió la mano y agarró la jarra, pero él tiró de ella y se la llevó a la espalda, mientras alzaba el otro brazo en abanico y golpeaba al blanco en el pecho.
       —Cuidado, blanco —dijo—. Es mía. La he pagado.
       El blanco lo maldijo.
       —No, no la has pagado. Aquí tienes tu dinero. Deja esa jarra, negro.
       —Es mía —dijo él con voz queda, amable incluso, y la cara inmóvil a excepción del rápido parpadeo de sus ojos rojos—. He pagado por ella.
       Dio la espalda al hombre y la escopeta, volvió a cruzar el claro y fue hasta donde estaba el perro, que le esperaba al lado de la senda para volver a pegarse a sus talones. Avanzaron de prisa a lo largo de la angosta senda flanqueada por impenetrables muros de cañas, que daban al crepúsculo una suerte de aura rubia y poseían algo de la opresión, de la falta de espacio para respirar, que había experimentado entre las paredes de su casa.
       Pero ahora, en lugar de ahuyentar tal sensación, se detuvo y levantó la jarra y quitó el tapón de mazorca que protegía el penetrante vapor oscuro del alcohol no envejecido y bebió, tragando el líquido, sólido y frío como agua helada, sin sentir siquiera sabor o calor hasta que bajó la jarra y el aire le penetró en los pulmones.
       —Ah —dijo—. Así está bien. Pruébame. Pruébame, muchacho. Tengo algo que puede ponerte a bailar de lo lindo.
       Y una vez fuera de la negrura irrespirable de la vaguada, volvió a haber luna. Su larga sombra y la de la jarra alzada se proyectaban sesgadas mientras bebía; mantenía la jarra en equilibrio luego, y atraía el aire de plata a su garganta hasta que le era posible volver a respirar, y le hablaba a la jarra: “Vamos. Siempre alardeas de ser más hombre que yo. Vamos. Demuéstralo”, y volvía a beber, ingiriendo sin medida el líquido frío, carente de sabor o calor mientras duraba el trago, sintiéndolo luego deslizarse sólido y ardientemente frío, reprimiendo el jadeo fuerte y persistente, hasta que sus pulmones se vieron de pronto libres como su cuerpo, que avanzaba de prisa encarando el plateado y sólido muro de aire. Y se sentía bien; su rauda sombra y la del perro que trotaba a su lado y se desplazaban veloces como las de dos nubes a través de la colina; su larga sombra inmóvil y la de la jarra levantada se derramaban por la ladera cuando vio la alta y frágil figura del marido de su tía subir penosamente por la colina.
       —Me dijeron en el aserradero que te habías ido —dijo el viejo—. Sabía dónde buscarte. Ven a casa, hijo. Eso no va a ayudarte.
       —Me ha sentado ya bien —dijo él—. Ya estoy en casa. La serpiente ya me ha mordido y el veneno no puede hacerme daño.
       —Entonces ven a verla. Deja que te vea. Es lo único que pide: que le dejes verte... —Pero él había vuelto a echar a andar—. Espera —gritó el viejo—. ¡Espera!
       —No puedes seguir mi paso —dijo él, hablando al aire de plata, cortando el aire sólido de plata y dejándolo atrás tan velozmente casi como un caballo a la carrera; la voz delgada y frágil se había ya perdido en la infinitud de la noche, y su sombra y la del perro surcaban las millas abiertas, y el hondo y fuerte jadeo de su pecho se sucedía ya libre como el aire, porque se sentía bien.
       Luego, mientras bebía, descubrió de pronto que en su boca no entraba ya más líquido; intentaba tragar, pero el líquido no se deslizaba ya garganta abajo; boca y garganta estaban llenas de una columna sólida y estática que, sin reflejo revulsivo alguno, saltaba vertical e intacta y conservando la forma del gaznate, y centelleaba en el aire a la luz de la luna, y se perdía en el murmullo innumerable de la hierba bañada de rocío. Volvió a beber, y otra vez su garganta se llenó de sólido, y al cabo dos hilillos helados se escaparon de las comisuras de su boca; volvió a saltar, intacta, la columna, despidiendo destellos de plata, y él atrajo a su garganta el aire frío, mientras le hablaba a la jarra suspendida ante su boca:
       —Muy bien. Intentaré catarte otra vez. Y en cuanto decidas quedarte donde yo quiero ponerte, te dejaré en paz.
       Y bebió de nuevo; se llenó el gaznate por tercera vez y por tercera vez bajó la jarra un instante antes de la repetición exacta y rutilante, jadeando, respirando el aire fresco hasta que al fin pudo respirar. Volvió a poner cuidadosamente a la jarra su tapón de mazorca y se quedó inmóvil, con la honda y fuerte agitación del pecho, parpadeando, mientras su sombra quieta y solitaria se proyectaba sesgada sobre la colina y más allá de la colina, a través de la intrincada inmensidad de la tierra ennochecida.
       —Muy bien —dijo—. Interpreté mal la señal. Esto ya me ha dado toda la ayuda que necesitaba. Estoy bien ya. Ya no necesito más.
       Al cruzar los pastos pudo ver la lámpara; pasó la plateada y negra brecha de la arenosa zanja donde de niño jugaba con latas vacías de rapé y hebillas herrumbrosas de arneses y trozos de cadenas de tirantes de caballerías y, de cuando en cuando, una auténtica rueda, el retazo de jardín donde había trabajado con la azada en primavera mientras su tía lo vigilaba desde la ventana de la cocina, el patio yermo en cuyo polvo había gateado y se había revolcado antes de aprender a nadar, y entró en la casa, en el cuarto, en la luz misma, con la cabeza un poco echada hacia atrás y la jarra colgada de su dedo arqueado, pegada a la rodilla.
       —Tío Alec dice que quieres verme —dijo.
       —No sólo verte —dijo su tía—. Quiero que vengas a casa, donde podremos ayudarte.
       —Estoy bien —dijo él—. No necesito que me ayuden.
       —No —dijo ella, y se levantó de la silla y se acercó a él y le agarró del brazo tal y como lo había hecho el día anterior, junto a la tumba; el antebrazo, igual que entonces, parecía de hierro—. ¡No! Cuando Alec vino y me dijo que te habías marchado del aserradero ni mediada la tarde, supe por qué y adónde. Pero eso no puede ayudarte.
       —Pues me ha hecho bien ya. Ahora me siento perfectamente.
       —No me mientas —dijo ella—. Tú nunca me has mentido. No me mientas ahora.
       Entonces él lo dijo. Era su propia voz; salía quedamente del enorme jadeo que agitaba su pecho y que pronto entraría en pugna también con las paredes de aquel cuarto. Pero se iría de allí en seguida.
       —No —dijo—. No me ha hecho ningún bien.
       —¡No puede hacértelo! Nada puede ayudarte, sólo Él. ¡Pídeselo! ¡Cuéntaselo! ¡Él quiere oírte y ayudarte!
       —Si es Dios, no necesito contárselo. Si es Dios, tiene que saberlo ya. De acuerdo. Aquí estoy. Que baje aquí y me haga bien.
       —¡De rodillas! —gritó ella—. ¡De rodillas, y pídeselo!
       Pero no fueron sus rodillas las que golpearon el suelo; fueron sus pies, y durante unos instantes él pudo oír también los de su tía sobre los tablones del pasillo, a su espalda, y la voz que le llamaba a gritos desde la puerta:
       —¡Spoot! ¡Spoot!
       Llamándole a través del patio moteado de luna el nombre que había tenido cuando niño y adolescente, antes de que empezaran a llamarle Rider los hombres con quienes trabajaba y las oscuras y brillantes mujeres sin nombre que había tomado y olvidado sucesivamente, hasta aquel día en que vio a Mannie y se dijo: “Se acabó con todo esto”.
      Cuando llegó al aserradero era poco más de medianoche. El perro no le acompañaba. No podía recordar cuándo ni dónde le había abandonado. Al principio creyó recordar que le había arrojado la jarra vacía. Pero más tarde la jarra seguía en su mano y no estaba vacía, y cada vez que bebía los dos hilillos helados se le deslizaban desde las comisuras de la boca, empapándole la camisa y el mono, y al cabo caminó continuamente sumido en el vivo frío del líquido, carente ya de sabor y calor y olor aun después de haber cesado el trago.
       —Además —dijo—, no sería capaz de tirarle nada. Puede que le pegase una patada si hiciera falta y se me pusiera a tiro. Pero no sería capaz de destrozar a ningún perro estrellándole algo contra el cuerpo.
       La jarra seguía en su mano cuando entró en el claro y se detuvo entre los cúmulos de madera que se alzaban mudos y dorados a la luz de la luna, y se quedó allí en pie, sobre su sombra sin obstáculos, pisándola como la había pisado la noche anterior, tambaleándose un poco, parpadeando en torno al mirar la madera apilada, la rampa, los montones de troncos a la espera del día siguiente, el cobertizo de la caldera, apacible y blanqueado por la luna. Y entonces todo estuvo bien.
       Estaba otra vez moviéndose, pero no avanzaba: estaba bebiendo. El líquido frío y veloz e insípido no necesitaba ser tragado, de forma que él no sabía si caía dentro o fuera. Pero todo estaba bien. Ahora había echado a andar y no llevaba ya la jarra, pero no sabía cuándo ni dónde se había desprendido de ella. Cruzó el claro, entró en el cobertizo de la caldera y lo atravesó, recorrió el tramo sinuoso que había detrás del trépano de tiempos y se dirigió a la puerta del almacén de herramientas; el débil resplandor del farol más allá de las junturas de los tablones, una sombra que se alzaba y descendía entre la luz y la pared, el murmullo de voces, el mudo golpe seco y el deslizamiento de los dados, su propia mano golpeando con fuerza la puerta atrancada, y su llamada en alta voz: —Abrid. Soy yo. Me ha mordido una serpiente y voy a morirme.
       Al poco estaba dentro. Eran las mismas caras: tres compañeros de cuadrilla, tres o cuatro operarios más del aserradero, el vigilante nocturno blanco con su pesada pistola a la cadera.
       En el suelo, ante él, pudo ver el pequeño montón de monedas y gastados billetes; se quedó allí de pie, sobre el círculo de hombres arrodillados y en cuclillas, tambaleándose un poco, parpadeando, con los embotados músculos de la cara esbozando una sonrisa mientras el hombre blanco lo miraba con fijeza.
       —Hacedme sitio, jugadores —dijo—. Me ha mordido una serpiente, pero el veneno no puede hacerme ningún daño.
       —Estás borracho —dijo el vigilante—. Fuera de aquí. Que uno de vosotros, negros, abra la puerta y lo saque de aquí.
       —Tranquilo, patrón —dijo con voz calma, casi deferente; su cara seguía manteniendo la tenue y rígida sonrisa bajo el parpadeo de los ojos enrojecidos—. No estoy borracho. Lo que me pasa es que no puedo andar derecho porque el peso de este dinero me hace ir encorvado.
       Estaba arrodillado, como los demás, con los seis dólares que le quedaban de la paga semanal delante de él, en el suelo; parpadeaba, seguía sonriendo al hombre blanco, cara a cara; luego, sin dejar de sonreír, observaba cómo pasaban de mano en mano los dados en torno al círculo mientras el vigilante aceptaba las apuestas, cómo el dinero manoseado y sucio aumentaba gradualmente delante del blanco, cómo el blanco tiraba los dados y ganaba una tras otra dos apuestas dobles y perdía luego una de veinticinco centavos; al fin los dados llegaron a él, y se oyó el ceñido entrechocar amortiguado de los dados en su mano ahuecada.
       —Apuesto un dólar —dijo, y tiró y vio cómo el hombre blanco recogía los dados y los hacía volver en dirección a él—. Me ha picado una serpiente —dijo—. Paso por todo —y volvió a tirar, y esta vez se los devolvió uno de los otros—. Sigo con la apuesta —dijo, y tiró, y se movió al tiempo que el hombre blanco, y le agarró la muñeca antes de que pudiera alcanzar los dados; ambos se miraron, frente a frente, sobre los dados y el dinero, con su mano izquierda aferrada a la muñeca derecha del blanco, y la cara exhibiendo aún la rígida y embotada sonrisa, y su voz, que seguía siendo casi deferente—: Puedo pasar por alto incluso mis pérdidas, pero estos chicos de aquí...
       Y al final la mano del blanco se abrió y el segundo par de dados cayó al suelo, al lado del primero, y el hombre blanco logró zafarse y saltó hacia atrás y echó la mano hacia el bolsillo trasero, donde tenía la pistola.
       La navaja, entre los omóplatos y debajo de la camisa, le colgaba de un cordón de algodón que llevaba atado al cuello. El mismo movimiento de la mano que atrajo la navaja hacia adelante, sobre el hombro, la soltó del cordón y abrió la hoja; la hoja siguió abriéndose hasta que el canto opuesto al filo descansó sobre sus nudillos, y el pulgar presionó para encajar el mando entre los dedos que se cerraban formando un puño, de forma que un instante antes de que la pistola a medio sacar hiciera fuego, él golpeó la garganta del hombre blanco, no con la hoja sino con el golpe en abanico del puño, que continuó su trayectoria de tal suerte que ni siquiera el primer chorro de sangre tocó su mano ni su brazo.
       Cuando todo hubo terminado (no llevó mucho tiempo; encontraron al preso al día siguiente, colgado de la cuerda de la campana de una escuela negra, a unas dos millas del aserradero; el juez pronunció su veredicto: muerto a manos de persona o personas desconocidas; se entregó el cuerpo a sus parientes más próximos; todo en cinco minutos), el delegado del sheriff, encargado oficialmente del caso, le contaba a su esposa pormenores del mismo.
       Estaban en la cocina; la esposa estaba haciendo la cena, y el delegado, que había estado en vela y de un lado para otro desde que le aplicaron al preso la ley de fugas, poco después de medianoche, se hallaba agotado por la falta de sueño y las comidas apresuradas a horas extrañas y apremiantes.
       Esos malditos negros —dijo, sentado en una silla junto al hornillo, algo histérico también—. Lo juro por Dios: es asombroso que tengamos con ellos tan pocos problemas como tenemos. ¿Que por qué? Porque no son seres humanos. Tienen aspecto humano y andan sobre las piernas traseras como los humanos, y pueden hablar y uno puede entenderlos y pensar que ellos le entiende a uno, por lo menos de vez en cuando. Pero cuando se trata de los sentimientos y sensibilidad normales en los humanos, pueden ser iguales a un maldito rebaño de búfalos salvajes. Fíjate, por ejemplo el de hoy...
       —Preferiría que lo dejases fuera de mi cocina —dijo su mujer con aspereza. Era una mujer robusta, antaño hermosa, que empezaba a encanecer y tenía un cuello decididamente corto, y que no parecía agobiada en absoluto, sino colérica. Había estado, además, en el club aquella tarde jugando al juego de los engaños, y después de ganar la partida, y el primer premio de cincuenta centavos, una de las participantes había insistido en un recuento de los tantos, y finalmente en la anulación de la partida entera—. ¡Vosotros los sheriffs! Todo el día sentados en ese Palacio de Justicia, charlando. No es extraño que dos o tres tipos entren y se lleven a los presos delante de vuestras narices.
       Se llevarían hasta las sillas y los escritorios y los antepechos de las ventanas si llegarais a apartar un palmo de ellos vuestros traseros y vuestros pies.
       —Esos Birdsong son bastante más que dos o tres —dijo el delegado—. Entre unos y otros son más de cuarenta y dos votos efectivos. Mayfield y yo cogimos un día la lista electoral y los contamos. Pero atiende... —La mujer dio la espalda al hornillo y se acercó con una fuente. El delegado apartó rápidamente los pies para dejar pasar a su esposa, que siguió hasta el comedor. Entonces alzó un poco la voz—: Se le murió la mujer. Bien. ¿Crees que se apena? Es el tipo más grande en el entierro. Agarra una pala, antes incluso de que metan la caja en la fosa, según he oído, y se pone a echar tierra encima de la mujer tan rápido como un molinete. Pero bueno, está bien... —Volvió su esposa. Volvió él a retirar los pies—. Es posible que tuviera esos sentimientos hacia ella. No hay ninguna ley que lo prohíba, siempre que no hubiera jugado también un papel activo en su muerte.
       Pero he aquí que al día siguiente es el primero en llegar al aserradero, si dejamos aparte al fogonero, que ni siquiera tenía encendida todavía la caldera; cinco minutos antes y hubiera podido ayudar al fogonero a despertar a Birdsong para que se fuera a casa a dormir, o cortarle el pescuezo entonces, ahorrándonos así todos estos problemas. Así que va a trabajar, y el primero de todos, cuando McAndrews le habría dado el día libre y se lo habría pagado, cuando McAndrews y todos los demás esperaban que se tomara el día libre, cuando cualquier blanco se lo hubiera tomado fueran cuales fuesen los sentimientos hacia su mujer difunta, cuando hasta un niño con sentido común se habría tomado un día de vacaciones pagadas. Pero él, no. Él el primero en su puesto, saltando de vagoneta en vagoneta antes incluso de que el silbato dejara de sonar, agarrando él solo troncos de ciprés de diez pies y tirándolos por allí como si fueran cerillas. Y luego, precisamente cuando todo el mundo decide que hay que tomarlo así, que es así como quiere que lo tomen, deja el trabajo y se larga a media tarde, sin un “con permiso” ni “gracias” ni “adiós” a McAndrews ni a nadie, y se compra un galón entero de ese whisky de baja estofa, y vuelve directamente al aserradero al juego de dados que Birdsong lleva organizando con dados trucados desde hace quince años, va directamente al juego en el que ha estado dócilmente perdiendo semana tras semana probablemente un promedio del noventa y nueve por ciento de su paga desde que tuvo edad suficiente para leer la numeración sobre los dados perdedores, y cinco minutos después le corta el pescuezo hasta el hueso a Birdsong.
       “Así que Mayfield y yo nos fuimos para allá. No es que esperáramos hacer gran cosa, ya que seguramente para el amanecer habría dejado atrás Jackson, en Tennessee. Además, la manera más sencilla de encontrarle sería mantenernos cerca de los Birdsong. Así que, por pura casualidad, pasamos por su casa; ahora ni siquiera recuerdo para qué. Y allí estaba. ¿Sentado acaso detrás de la puerta con la navaja abierta sobre una rodilla y la escopeta sobre la otra? No. Dormido.
       Había una gran cazuela de guisantes vacía sobre el hornillo. Y allí estaba él, echado en el patio trasero, dormido a pleno sol, con la cabeza resguardada bajo el borde del porche; había también un perro, que parecía un cruce de oso y de novillo Polled Angus, ladrando endemoniadamente desde la puerta trasera. Y él se despierta y dice: “Está bien, blancos. Yo lo hice. Pero no me encierren”. Aconsejando, ordenando al sheriff que no le encerrase; que sí, que lo había hecho, y que era horrible, pero que no le privasen de aire fresco. Así que le hicimos subir al coche, y entonces aparece la vieja (su madre o tía o algo así) jadeando camino arriba a trote de perro. Quería venir con nosotros; Mayfield trató de explicarle lo que podía sucederle a ella también si los Birdsong nos encontraban antes de que lo pusiéramos entre rejas, pero ella insistía en venir de todas formas, y, como dijo Mayfield, a lo mejor era bueno que ella viniera en el coche en caso de que nos encontráramos con los Birdsong, porque obstaculizar la ley no tiene perdón por mucho que el clan de los Birdsong le ayudara el verano pasado a Mayfield a ganar las elecciones. Así que la llevamos también y llegamos a la ciudad y fuimos a la cárcel y se lo entregamos a Ketcham, y Ketcham lo subió arriba, y la vieja detrás de él, diciendo: “Traté de educarle bien. Era un buen chico.
       Hasta ahora nunca se metió en ningún lío. Pagará por lo que ha hecho. Pero no deje que lo cojan esos blancos”.
       Ketcham le dijo: “Tanto él como tú deberíais haberlo pensado antes de empezar a afeitar blancos sin usar ninguna espuma” y los encerró a los dos en la celda, porque pensó, lo mismo que Mayfield, que el que ella estuviera allí podría ejercer alguna influencia positiva en la gente de Birdsong en caso de conflicto, y con vistas a la futura presentación de su candidatura para sheriff cuando acabase el mandato de Mayfield. Y volvió al piso de abajo y al poco entró la cuerda de presos y Ketcham pensó que las cosas iban a calmarse durante un rato, y de repente empezó a oír los alaridos; sí, los alaridos, no gritos, aunque no había palabras en ellos, y cogió la pistola y subió corriendo y entró en el cuarto de la cuerda de presos y miró en la celda a través de los barrotes de la puerta: aquel negro había arrancado de cuajo el catre de hierro que estaba atornillado al suelo, y aullaba en medio de la celda con el catre por encima de la cabeza como si fuera la cuna de un niño, y la vieja, acurrucada en un rincón, oyendo cómo el negro le decía: “No voy a hacerte daño”, y el negro lanza el catre contra la pared y se acerca y agarra la puerta de acero y la arranca del muro, con ladrillos, goznes y todo, y sale al cuarto grande con la puerta sobre la cabeza como si fuera una celosía metálica de ventana, diciendo: “No pasa nada. No estoy tratando de escaparme”.
       “Ketcham podía haberlo tumbado de un tiro allí mismo, pero, como él pensó, en caso de que no fuera la ley, tendrían que ser los Birdsong los que primero le dieran de lo lindo. Así que no disparó. Lo que hizo fue ponerse a resguardo detrás de los negros de la cuerda de presos, que estaban como amontonados retrocediendo ante la puerta de acero, y gritó: “¡Agarradle! ¡Tiradle al suelo!”, pero los negros seguían echándose hacia atrás, hasta que Ketcham logró situarse en el sitio adecuado y la emprendió a patadas con unos y a golpes de la parte roma de la pistola con otros, y al fin consiguió que se echaran encima del gigante. Y Ketcham cuenta que, durante un buen rato, el negro los iba cogiendo según llegaban y los lanzaba al otro extremo del cuarto como si fueran muñecos de trapo, mientras seguía diciendo: “No estoy tratando de escaparme. No estoy tratando de escaparme”, hasta que al fin lograron derribarlo y se formó una enorme masa de brazos y cabezas y piernas de negro revolcándose por el suelo, y Ketcham dice que incluso entonces salía un negro despedido de cuando en cuando por el aire, con los brazos y las piernas extendidos, como si fuera una ardilla voladora, y los ojos saliéndoseles de las órbitas como los faros de un coche, hasta que lo tuvieron bien sujeto en el suelo y Ketcham se acercó y empezó a apartar negros y por fin pudo verlo bajo el montón, riéndose, con lágrimas grandes como canicas saltándole de los ojos y cayéndole por la cara y por debajo de las orejas y haciendo un ruido sordo contra el suelo, como si alguien estuviera dejando caer huevos de pájaro, y reía y reía y decía: “Parece que me es imposible dejar de pensar. Parece que no me es posible”. ¿Qué opinas de lo que te cuento?
       —Opino que si vas a cenar algo en esta casa, tendrás que hacerlo en cinco minutos —dijo su esposa desde el comedor—. Luego quitaré la mesa y me iré al cine.





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