William Faulkner
(New Albany, Mississippi, 1897 - Byhalia, Mississippi, 1962)


La ciudad (1957)
(The Town)
(Nueva York: Random House, 1957, 388 págs.)


Para Phil Stone

Reímos a medias
durante treinta años


I. Charles Mallison

      Yo no había nacido aún, de manera que fue primo Gowan quien estuvo allí, con edad suficiente para ver y recordar y contármelo después a mí cuando ya era lo bastante mayor para entenderlo. Es decir, fue primo Gowan más tío Gavin o quizá tío Gavin más primo Gowan. Primo Gowan tenía trece arios. Su abuelo era el hermano del abuelo, de forma que cuando el parentesco llegó hasta nosotros, ni él ni yo sabíamos en qué grado éramos primos. Así que él nos llamaba «primo» o «prima» a todos menos al abuelo, y todos nosotros, excepto el abuelo, hacíamos lo mismo con él, y así nos arreglábamos.
       La familia del primo Gowan vivía en Washington, donde su padre trabajaba para el Departamento de Estado, y de repente lo mandaron durante dos arios a China o a la India o algún otro sitio así de lejano; su madre también se fue, de manera que enviaron a Gowan a vivir con nosotros y a que fuera al colegio de Jefferson hasta que volvieran. «Nosotros», por entonces, eran el abuelo, padre, madre y el tío Gavin. Así que esto es lo que Gowan supo del asunto hasta que yo nací y crecí lo suficiente para enterarme también. Y cuando hablo de «nosotros» y digo «creímos» me refiero en realidad a Jefferson y a lo que Jefferson pensaba.
       Al principio creímos que el depósito de agua era sólo el monumento a Flem Snopes. Estábamos así de poco enterados. Pero más adelante comprendimos que aquel objeto a poca altura en el cielo por encima de Jefferson, en el Estado de Mississippi, no era un monumento sino una huella.
       Un día de verano Flem Snopes entró en la ciudad por el sudeste en una carreta de dos mulas que contenía a su mujer y a su hijita y una reducida cantidad de mobiliario y accesorios domésticos. Al día siguiente se hallaba tras el mostrador de un pequeño restaurante a trasmano que pertenecía a V. K. Ratliff. Bueno, sólo a medias, porque tenía un socio. Ratliff se pasaba la mayor parte del tiempo en una calesa (eso fue antes de que comprara el Ford modelo T) recorriendo el condado con una máquina de coser de cuya marca era representante y con la que hacía demostraciones. Es decir, creíamos que Ratliff era aún el otro socio hasta que vimos al desconocido con el delantal manchado de grasa detrás del mostrador: un individuo rechoncho y nada comunicativo con una diminuta corbata de lazo, ojos opacos y una sorprendente nariz, pequeña y ganchuda, como el pico de un halcón diminuto; una semana después Snopes había instalado una tienda de lona detrás del restaurante y él, su mujer y la niñita vivían allí. Y fue entonces cuando Ratliff le dijo a tío Gavin:
       —Déle un poco de tiempo. Déle seis meses y también sacará de ese café a Grover Cleveland (Grover Cleveland Winbush había sido su socio).
       Aquél fue el primer verano, el primer Verano de los Snopes, lo llamaba tío Gavin, que estaba en Harvard por entonces, preparando su licenciatura. Después continuaría estudios de derecho en la universidad de Mississippi, dispuesto a convertirse en socio del abuelo, aunque a decir verdad ya pasaba las vacaciones ayudándole en sus tareas como fiscal municipal; apenas había tenido ocasión de ver a la señora Snopes, de manera que no sólo no sabía aún que iría a Alemania para estudiar en la universidad de Heidelberg, sino que ni siquiera estaba enterado de que alguna vez tendría ganas de hacerlo: tan sólo se trataba de una idea agradable que acariciar o utilizar como tema de conversación.
       Ratliff y tío Gavin hablaban con frecuencia. Porque si bien Ratliff nunca había estudiado en ningún sitio mucho tiempo seguido y se pasaba la vida recorriendo el condado Para vender máquinas de coser (o vender o hacer trueques con cualquier otra cosa, si vamos al caso), tío Gavin y él se interesaban por la gente…, al menos eso es lo que decía tío Gavin. Porque a mí siempre me pareció que estaban interesados en la curiosidad. Hasta ese momento, quiero decir. Y es que para entonces habían superado con mucho la simple curiosidad. Para entonces estaban ya muy asustados.
       Empezamos a saber de Snopes o, más bien, de los Snopes, por medio de Ratliff. Mejor dicho: hubo un Snopes en la unidad del coronel Sartoris en 1864: en el destacamento cuya misión era hacer incursiones en las avanzadillas yanquis en busca de caballos. Sólo que en aquella ocasión fue una patrulla confederada quien le sorprendió —a aquel Snopes— llevándose caballos de la Confederación y, según se creía, lo ahorcó. Lo que, evidentemente, tampoco era cierto, ya que (Ratliff se lo contó a tío Gavin) hacía cosa de diez años Flem y un hombre mayor que parecía ser su padre salieron de repente un día de la nada y alquilaron una pequeña granja al señor Will Varner, que era prácticamente el propietario de todo el término y distrito de Frenchman’s Bend, a unos treinta quilómetros de Jefferson. Era una granja pequeña y pobre y ya tan exprimida que únicamente los agricultores más desheredados de la fortuna aceptarían cultivarla, e incluso así sólo para quedarse un año. Sin embargo, Ab y Flem la alquilaron y evidentemente (palabras de Ratliff) él o Flem o ambos juntos lo encontraron…
       —¿Encontraron qué? —preguntó tío Gavin.
       —No lo sé —dijo Ratliff—. Lo que fuera que tío Billy y Jody habían enterrado allí y creían que estaba a salvo —porque aquel invierno Flem se convirtió en el dependiente del almacén del tío Billy. Y lo que encontraron en aquella granja tuvo que ser algo muy bueno, o quizá muy pronto dejaron de necesitarlo; quizá Flem encontró algo que los Varner creían que estaba escondido y a salvo bajo el mostrador del almacén mismo. Porque al cabo de un año el viejo Ab se mudó a Frenchman’s Bend para vivir con su hijo y otro Snopes salió de no se sabe dónde para quedarse en la granja alquilada; y al cabo de dos años más otro Snopes era el herrero oficial de la herrería del señor Varner. De manera que en Frenchman’s Bend había tantos Snopes como miembros de la familia Varner; y cinco años más tarde, es decir, el año en que Flem se mudó a Jefferson, había incluso más Snopes que Varner, ya que una Varner se había casado con un Snopes y estaba dando de mamar a otra Snopes recién nacida.
       Porque lo que Flem encontró esa última vez se hallaba en casa del tío Billy. Eula era su única hija y la más joven de todos, y no sólo la belleza local sino la más hermosa de todo el distrito. Y no únicamente en razón de las tierras y el dinero del viejo Will. Porque yo también la vi y sé de qué hablo, aunque fuese ya una persona de cierta edad, casada y con una hija mayor que yo, y yo sólo tuviera once, doce y trece arios. («Claro», dijo tío Gavin. «No creas haber sido el primer hombre que, incluso a los doce años, ha pasado momentos amargos por una razón como ella»). Y no es que fuese demasiado grande, heroica; no es que, como suele decirse, fuera demasiado parecida a la diosa Juno. Es sencillamente que había demasiado de todo en ella para que lo pudiera contener y sustentar un solo envoltorio humano del sexo femenino: demasiada blancura, demasiada feminidad, quizá, simplemente, demasiada gloria, no lo sé: pero al verla por primera vez se sentía una especie de estremecimiento de gratitud por el simple hecho de estar vivo y de ser varón coincidiendo con ella en el tiempo y en el espacio, y a continuación, en el instante siguiente, y después para siempre una especie de desesperación al descubrir que nunca habría bastante de un solo varón para igualarla, retenerla y merecerla; amargura para siempre, porque nunca nada menos perfecto resultaría aceptable.
       Eso fue lo que Flem encontró esta vez. Una mariana, según Ratliff, Frenchman’s Bend supo que la noche anterior Flem Snopes y Eula Varner habían cruzado la línea divisoria con el condado inmediato, que habían comprado una licencia y contraído matrimonio; el mismo día, también según Ratliff, Frenchman’s Bend se enteró de que tres jóvenes, tres de los antiguos pretendientes de Eula, habían abandonado el condado repentinamente y de noche, camino de Texas, se decía, o hacia el oeste; en cualquier caso lo bastante lejos hacia el oeste para estar más allá del sitio que tío Billy o Jody Varner habrían podido alcanzar si se hubieran propuesto perseguirlos. Luego, un mes más tarde, Flem y Eula salieron camino de Texas (esa meta de nuestra época, dijo tío Gavin, para los que tienen las manos manchadas, para los insolventes o para los que aún conservan la esperanza), y volvieron al verano siguiente con una niñita un poco más crecida de lo que cabría esperar al cabo de tan sólo tres meses…
       —Y los caballos —dijo tío Gavin. Porque eso sí lo sabíamos, quizá debido a que Flem Snopes no había sido el primero en importarlos. Todos los arios, más o menos, alguien regresaba al condado con una reata de caballos sin domar, procedentes de algún lugar del oeste, y los subastaba. Esta vez los caballos llegaron conducidos por un hombre que era evidentemente de Texas, al mismo tiempo que el señor y la señora Snopes regresaban a casa procedentes de ese Estado. Los animales de aquella reata, sin embargo, parecían ser desacostumbradamente salvajes, puesto que la dispersión resultante de caballos con manchas multicolores, sin domar y sin posibilidades de llegar a estarlo, no se limitó a Frenchman’s Bend, sino que afectó también a toda la mitad este del condado. Pero incluso al final nadie afirmó taxativamente que Snopes fuese su propietario.
       —No, no —dijo tío Gavin—. Tú no fuiste uno de aquellos tres que salió huyendo del olor de la escopeta de Will Varner. Y no me digas que Flem te cambió uno de esos caballos por la mitad del restaurante porque no me lo creeré. ¿Qué fue lo que pasó?
       Ratliff siguió allí sentado con su rostro moreno, afable, perfectamente afeitado y su pulcra camisa azul sin corbata, pero sin que sus ojos cordiales, inteligentes y astutos mirasen del todo a tío Gavin.
       —Fue aquella casa vieja —dijo. Tío Gavin esperó—. La casa del Viejo Francés —tío Gavin siguió esperando—. El dinero enterrado —entonces tío Gavin entendió: En todo Mississippi, o incluso en todo el Sur, ni una sola de las antiguas plantaciones anteriores a la guerra civil carecía de su leyenda sobre el dinero y la vajilla de plata escondidos en el jardín para salvarlos de los ladrones yanquis. En este caso particular se trataba de la mansión en ruinas que en los viejos tiempos había dominado y dado su nombre a toda la zona conocida como Frenchman’s Bend, ahora propiedad de los Varner—. Henry Armstid tuvo la culpa, por tratar de desquitarse con Flem del caballo que el tejano le vendió y que le rompió la pierna. No —dijo Ratliff—; yo tuve tanta culpa como el que más. Y es que me empeñé en averiguar qué hacía Flem como propietario de aquella casa vieja que todo el mundo se daba cuenta de que no valía nada. No me refiero a por qué la compró Flem. Me refiero a por qué la aceptó cuando tío Billy se la dio a él y a Eula como regalo de boda. De manera que cuando Henry se aficionó a seguir y a vigilar a Flem y finalmente lo sorprendió aquella noche cavando en lo que había sido el jardín, calculo que no tuvo que hacer grandes esfuerzos para convencerme de que le acompañara al día siguiente y viera yo mismo cavar a Flem.
       —De manera que cuando Flem dejó por fin de cavar y se marchó, Henry y tú salisteis de entre los matorrales y también cavasteis —dijo tío Gavin—. Y lo encontrasteis. Encontrasteis algo. Lo bastante. Exactamente lo justo para ir a cambiarle a Flem Snopes tu mitad del restaurante por la mitad de la casa del Viejo Francés casi antes de que amaneciera. ¿Cuánto tiempo seguisteis cavando Henry y tú antes de dejarlo?
       —Yo lo dejé después de la segunda noche —dijo Ratliff—. Cuando se me ocurrió mirar el dinero.
       —De acuerdo —dijo tío Gavin—. El dinero.
       —Eran dólares de plata lo que habíamos encontrado. Algunos de ellos bastante antiguos. Uno de los de Henry llevaba casi treinta años acuñado.
       —Una mina de oro amañada —dijo tío Gavin—. Una de las estafas más viejas del mundo, y tú picaste. No Henry Armstid: tú.
       —Sí —dijo Ratliff—. Casi tan vieja como aquel pañuelo que dejó caer Eula Varner. Casi tan vieja como la escopeta del tío Billy Varner —eso fue lo que dijo entonces. Porque ya había pasado otro año cuando Ratliff paró a tío Gavin en la calle y le dijo—: Con el permiso del tribunal, abogado, quisiera presentar una objeción. Me gustaría cambiar el pasado a presente.
       —¿Cambiar qué pasado a qué presente? —preguntó tío Gavin.
       —El año pasado dije «Aquel pañuelo que dejó caer la señora Snopes». Quiero cambiar aquel «dejó caer» por «sigue dejando caer». Me consta que hay un tipo que todavía anda tras él.
       Porque, al cabo de seis meses, Snopes, además de eliminar al socio del restaurante lo había abandonado él mismo, reemplazado detrás del grasiento mostrador y también dentro de la tienda de campaña por otro Snopes añadido desde Frenchman’s Bend al vacío dejado por el ascenso del primero, gracias a la misma especie de ósmosis con la que, según Ratliff, habían ocupado Frenchman’s Bend sin romper la cadena, con cada Snopes ya presente subiendo un escalón y dejando el hueco vacío al principio de la escalera para el siguiente Snopes que apareciera de la nada y lo llenase, lo que sin duda ya habría hecho, aunque Ratliff no hubiera tenido aún tiempo de ir allí a comprobarlo.
       Y ahora Flem vivía con su mujer en una casita alquilada en una calle a trasmano casi en las afueras, y era superintendente de la central que suministraba el agua a la ciudad y producía la energía eléctrica. Nuestra indignación fue sobre todo sorpresa; no porque Flem consiguiera el empleo (no habíamos llegado aún tan lejos) sino por no haber sabido hasta entonces que existiera el puesto; que hubiera en Jefferson el cargo de superintendente de la central eléctrica. Porque la central —las calderas y las máquinas que hacían funcionar la bomba y la dinamo— estaba a cargo del antiguo maquinista de una serrería llamado Harker, y de las dinamos y del tendido eléctrico de toda la ciudad se ocupaba un electricista contratado por el municipio, situación que había sido completamente satisfactoria desde que el agua corriente y la electricidad se incorporaron a la vida de Jefferson. Pero de repente, y sin aviso previo, necesitábamos un superintendente. Y de manera tan repentina y simultánea, y con la misma falta de aviso previo, un campesino que aún no llevaba dos años viviendo en la ciudad y que (suponíamos) probablemente no había visto la luz eléctrica en su vida hasta aquella primera noche dos años antes cuando entró en Jefferson con su carreta, era quien ocupaba ese cargo.
       Aquella fue la única sorpresa. No que el campesino fuese Flem Snopes. Porque para entonces todos habíamos visto ya a la señora Snopes: las pocas veces que la veíamos, y que solía ser detrás del mostrador del restaurante con otro grasiento delantal, friendo hamburguesas, huevos y jamón y filetes como suelas en la parrilla de queroseno incrustada de grasa, o quizá una vez a la semana en la plaza, siempre sola; sin ir, hasta donde se nos alcanzaba, a ningún sitio: simplemente moviéndose, andando rodeada por aquella atmósfera de decoro y modestia y soledad diez veces más inmodesta y cien veces más turbadora que cualquiera de los trajes de baño que las jóvenes empezarían a ponerse hacia la década de 1920 más o menos, como si en el segundo inmediatamente anterior a que uno la mirase, su ropa hubiera logrado en una frenética y atropellada carrera, alcanzarla y cubrirla. Pero sólo por un momento porque en el instante siguiente, si uno la seguía el tiempo suficiente, la ropa se marchitaba a consecuencia de su simple y normal manera de andar, y la señora Snopes se desprendía de ella como se desprende la rueda de una constelación de los girones y de la pegajosidad de unas insignificantes nubes arrastradas por el viento.
       Al alcalde, al comandante De Spain, lo conocíamos desde antes. Jefferson, Mississippi, todo el Sur en realidad, aún estaba lleno por entonces de hombres con el tratamiento de general, coronel o comandante porque sus padres o abuelos habían sido generales o coroneles o comandantes o quizá sencillamente soldados rasos en los ejércitos de la Confederación, o habían contribuido económicamente a las campañas electorales de gobernadores triunfantes. Pero el padre del comandante De Spain había sido de verdad comandante de la caballería confederada, y De Spain en persona un alumno de West Point que marchó a Cuba como alférez con mando de tropa y regresó a casa con una herida: una larga cicatriz que desde el pelo le cruzaba la oreja y llegaba hasta la mandíbula, y que podía haber sido producida por el sable o la baqueta con que lógicamente, suponíamos, algún español en orden de batalla le había golpeado, o por el hacha utilizada por un sargento durante una partida de dados, según lo que la táctica política impulsó a sus contrincantes a afirmar durante la campaña electoral para la alcaldía.
       Porque aún no llevaba mucho tiempo en casa ni hacía mucho tiempo que se había quitado el uniforme azul del ejército yanqui cuando comprendimos que Jefferson y él se llevaban irremediablemente mal, que uno de los dos tendría que ceder, y que no sería él quien cediera: De Spain no abandonaría Jefferson ni trataría de cambiar para acomodarse a Jefferson, sino que, por el contrario, se esforzaría por dominarla hasta que la ciudad se plegara a él, algo que los jóvenes vivían con la esperanza de que lograra antes o después.
       Hasta entonces Jefferson era como todas las demás pequeñas ciudades del Sur: no había sucedido nada desde que los últimos politicastros del Norte se rindieron y volvieron a casa o fueron asimilados, convirtiéndose en habitantes no regenerados de Mississippi. Teníamos el típico alcalde y los típicos concejales que, a ojos de los jóvenes, parecían estar ocupando sus cargos a perpetuidad desde el Arca de Noé o, por lo menos, desde que el último indio chickasaw salió camino de Oklahoma en 1820, tan viejos entonces como ahora e incluso no de más edad ahora: el viejo señor Adams, el alcalde, de luenga barba patriarcal, a quien los jóvenes como primo Gowan consideraban probablemente más viejo que el mismo Dios, hasta el punto de creerle en realidad el primer hombre; tío Gavin decía que había otras personas, además de los chicos de doce y trece arios como Gowan, que se referían a él mediante el apellido, pero suprimiendo la última «s», y a su anciana y gorda esposa como la señorita «Eve Adam», libre desde hacía ya mucho tiempo del peligro de incitar a una serpiente o a cualquier otra alimaña o tentarla.
       De manera que nos preguntábamos qué hacha utilizaría el teniente De Spain para cortarle las esquinas a Jefferson y lograr que se acomodara a él. Y un día la encontró. El electricista de la ciudad (el que mantenía en funcionamiento los generadores, las dinamos y los transformadores) era un genio. Una tarde de 1904 salió del patio trasero de su casa a la calle en el primer automóvil que habíamos visto nunca, completamente hecho a mano, motor incluido, desde la bobina de la magneto hasta la biela, y llegó a la plaza en el momento en que el coronel Sartoris, su simón y los dos purasangres idénticos que tiraban de él la estaban cruzando camino de su casa. Aunque ni el coronel Sartoris ni el cochero resultaron heridos y los caballos, cuando se logró capturarlos, no tenían ni un rasguño y el electricista se ofreció a reparar el simón (se dijo que se ofreció incluso a ponerle un motor de gasolina), el coronel Sartoris apareció en persona en la siguiente reunión del ayuntamiento, y en ella se aprobó un edicto que prohibía la circulación de vehículos a motor por las calles de Jefferson.
       Aquélla fue la oportunidad que esperaba De Spain. Pero no era solamente suya. Era también la que esperaban todos los varones de su edad —no ya en Jefferson sino por doquier— que habían visto en aquel maloliente, ruidoso, autopropulsado, diminuto cacharro de fabricación casera que el señor Buffaloe (el electricista) había fabricado con pedazos sueltos en el patio de atrás en sus ratos libres, no un simple fenómeno sino todo un augurio, una promesa del destino que esperaba a los Estados Unidos de América. De Spain no precisó siquiera hacer campaña para que lo eligieran alcalde: todo lo que necesitó fue anunciar su candidatura. Y los viejos padres de la ciudad, aunque atrincherados en sus cargos, también lo comprendieron, y ése fue el motivo de que recurrieran, desesperados, al expediente de crear o exhumar o repetir (fuera lo que fuese) la historia de la partida de dados en Cuba y del hacha del sargento. Y De Spain se afirmó aquella vez y para siempre como alguien por encima incluso de la política; el mismo César no podría haberlo hecho con más limpieza. Fue una mañana a la hora del correo. El alcalde Adams y su hijo menor Theron, más joven que De Spain, pero no más corpulento, aunque sí más alto, salían de la oficina de Correos cuando el candidato de la oposición se los encontró. Es decir, él ya estaba allí con un buen grupo, y se tocaba la cicatriz con el dedo cuando el señor Adams lo vio.
       —Buenos días, señor alcalde —dijo—. ¿Qué es lo que oigo sobre una partida de dados con hacha incluida?
       —Eso es lo que a los electores de la ciudad de Jefferson les gustaría preguntarle a usted, caballero —dijo el señor Adams—. Si sabe usted de alguna prueba en contra más cercana que Cuba, le aconsejaría que la presentara.
       —Sé de un sistema más rápido que ése —dijo De Spain—. Su señoría está demasiado entrado en años, pero Theron es lo bastante corpulento. Él y yo podemos acercarnos un momento a la ferretería de McCaslin, conseguir un par de hachas y descubrir ahora mismo si tiene usted razón.
       —Pero, teniente…, —dijo Theron.
       —Eso no importa —respondió De Spain—. Yo pagaré por las dos.
       —Buenos días, caballeros —dijo Theron. Y eso fue todo. En junio eligieron alcalde a De Spain. Fue una victoria aplastante y supuso un triunfo histórico. Los nuevos tiempos habían llegado a Jefferson; él era simplemente su campeón, el Godofredo de Bouillon, el Tancredo, el Ricardo Corazón de León de Jefferson en el siglo veinte.
       Llevaba bien el manto. No: no era un manto, sino un estandarte, una bandera, y él la llevaba siempre consigo, bien visible, antes de que Jefferson supiera incluso que estábamos preparados para ello. De Spain hizo Electricista Municipal al señor Buffaloe con un sueldo en mensualidades, aunque su primer acto oficial tuvo que ver con el edicto del coronel Sartoris contra los automóviles. Nosotros pensábamos, por supuesto, que él y sus nuevos concejales lo habrían abrogado simplemente por ser el resultado de que un viejo retrógrado como el coronel Sartoris le hubiera dicho a otro retrógrado como el alcalde Adams que lo aprobara, y el retrógrado número dos así lo había hecho. Pero no fue eso lo que pasó. Como he dicho, la victoria electoral del nuevo alcalde resultó aplastante; fue como si el enfrentamiento con el viejo alcalde Adams y Theron delante de la oficina de Correos aquella mañana por la cuestión del hacha se hubiera convertido en una antorcha para todos los demás jóvenes de Jefferson. Me refiero a los que todavía no eran propietarios de almacenes y desmotaderas ni tampoco abogados y médicos ya establecidos, sino tan sólo dependientes y oficinistas de los almacenes, desmotaderas y despachos, que procuraban ahorrar lo suficiente para casarse, porque fueron ellos quienes trabajaron para elegir alcalde a De Spain. Pero hicieron otras cosas además: antes de que se dieran cuenta o se lo propusieran, habían desalojado a los viejos concejales atrincherados y ellos mismos pasaron a ocupar el puesto de padre de la ciudad cabalgando sobre los faldones de la levita de Manfred De Spain y por lo menos sobre su hacha. De manera que cualquiera hubiera pensado que lo primero que harían sería abolir para siempre la ley contra los automóviles. Se limitaron en cambio a copiarla en un trozo de pergamino como un diploma o una mención honorífica, enmarcarla y colgarla, dentro de una caja de cristal iluminada, en el vestíbulo del palacio de justicia, a donde muy pronto empezó a acudir la gente en automóvil desde sitios tan remotos como Chicago para reírse de ella. Porque tío Gavin decía que se vivía aún en la fabulosa y legendaria época en que no existía contradicción entre automóvil y alegría, antes de que todo americano tuviera que tener uno, y antes de que los automóviles mataran más personas que las guerras.
       De Spain hizo todavía más: trajo personalmente a la ciudad el primer automóvil de verdad, un dos plazas rojo de la marca E.M.F., y vendió los caballos de la caballeriza de alquiler que le había dejado su padre, deshizo las cuadras, los pesebres y los cuartos donde se guardaban los arreos y las sillas de montar y fundó el primer garaje y agencia de automóviles de Jefferson, de manera que a partir de entonces todos sus concejales y el resto de los jóvenes a los que ninguno de los bancos prestaba un céntimo para comprar un vehículo a motor, por muy solventes que fueran, también pudieran tenerlos. ¡Ah, sí; la edad del motor había llegado a Jefferson! y De Spain abría la marcha con sus dos plazas rojo: el vehículo exótico y jovial, tan invencible e irrevocablemente polígamo como su propietario, que nunca dejaría de serlo, y que vivía solo en la gran casa de madera de su difunto padre, con una cocinera y un criado de chaqueta blanca. De Spain abría el cotillón anual y era el primero en la lista del baile que organizaban las señoras para presentar a las debutantes; si se hubiera inventado ya la sociedad de los frecuentadores de cafés de moda —no las personas cuyos nombres aparecen en Quién es quién ni las que forman parte de Los Cuatrocientos
[es decir, llamados así de acuerdo con la idea de que una elite social ha de contar necesariamente con un número reducido de personas]— De Spain la hubiera presidido también; de no haber nacido una generación demasiado pronto, lo habrían ordenado por aclamación como sacerdote del nuevo culto religioso nacional de las fotografías sugerentes y con poca ropa, al mismo tiempo que se incorporaba a las Grable, Harlow y Monroe, todavía vivas, al rango de querubines americanas.
       De manera que cuando vimos por vez primera a la señora Snopes cruzar la plaza dando la terrible impresión de que al cabo de un segundo su misma piel quemaría la ropa que llevaba, sin dejar siquiera un velo de cenizas entre ella y la luz del día, nos pareció que estábamos viendo con nuestros propios ojos al Destino, un destino del que ella y el alcalde De Spain eran las víctimas. Nunca supimos cuándo se encontraron, cuándo se vieron por primera vez. No nos hacía falta. En cierta manera, no queríamos saberlo. Dábamos por sentado, claro está, que De Spain introduciría a la señora Snopes en su casa de noche por algún medio o método tortuoso, pero tampoco teníamos certeza de ello. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, algunos de nosotros —algún chico o chicos o jóvenes— se habrían emboscado para descubrirlo. Pero no tratándose de él. Estábamos, por el contrario, de su parte. No queríamos saberlo. Éramos sus aliados, sus cómplices; toda nuestra ciudad era la encubridora de aquellos cuernos: de unos cuernos que, por lo que a las pruebas se refiere, nos los habíamos inventado nosotros de cabo a rabo; unos cuernos que dábamos por sentado cuando veíamos a De Spain y a Snopes pasear amigablemente juntos mientras (aunque nosotros no lo supiéramos aún) el alcalde creaba, planeaba cómo crear, aquel cargo de superintendente de la central eléctrica que ni siquiera sabíamos que no existía y menos aún que necesitábamos, y cómo nombrar luego al señor Snopes para ocuparlo. Y no era porque estuviésemos en contra del señor Snopes; aún no habíamos leído las seriales y portentos que deberían habernos avisado, prevenido, que deberían habernos hecho saltar unidos en frenético acuerdo para defender nuestra ciudad. Como tampoco estábamos realmente en favor del adulterio, del pecado: estábamos simplemente en favor de Eula Snopes y De Spain, por lo que tío Gavin denominaba el valor sagrado de la simple lujuria inmortal sin adulteraciones ni inhibiciones que ellos dos representaban; estábamos a favor de las dos personas que habían encontrado en la otra su personal destino prefijado; que habían encontrado en la otra la definitiva horma de su zapato; y a nosotros nos correspondía el orgullo de que Jefferson les proporcionase el campo de batalla.
       Incluso tío Gavin; tío Gavin también, que le preguntó a Ratliff:
       —Esta ciudad no es tan grande. ¿Por qué Flem no los ha pillado todavía?
       —No quiere —dijo Ratliff—. Todavía no le hace.
       Luego nos enteramos de que la ciudad —el alcalde, el concejo, quienquiera que fuese o como quiera que se hiciese— había creado el cargo de superintendente de la central eléctrica y nombrado a Flem Snopes para ocuparlo.
       Por la noche llevaba la central el señor Harker, el veterano maquinista de la serrería, con Tomey’s Turl Beauchamp, el fogonero negro, que alimentaba las calderas todo el tiempo que el señor Harker estaba allí para vigilar los manómetros, cosa que Tomey’s Turl no quería o no podía hacer, negándose sencillamente a establecer la menor relación entre el fogón debajo de la caldera y la sucia y diminuta esfera de reloj que ni siquiera daba la hora, por añadidura. De día el otro fogonero negro, Tom Tom Bird, llevaba la central solo, aunque el señor Buffaloe, por pura costumbre, echara una ojeada de cuando en cuando, puesto que Tom Tom no sólo alimentaba las calderas, sino que era tan capaz como Buffaloe y Harker de leer los manómetros y mantener el motor con la debida presión y las dinamos limpias y engrasadas: un arreglo perfectamente satisfactorio por cuanto Harker era lo bastante viejo para que no le importara o incluso prefiriese el turno de noche, y Tom Tom —un hombre grande como un toro que pesaba cerca de cien quilos y que a pesar de sus sesenta años aparentaba cuarenta y se había casado hacía dos años con su cuarta mujer: una joven a la que mantenía en la estricta reclusión celosa propia de un turco en una cabaña a unos tres quilómetros de la central siguiendo la línea férrea— se negaba a considerar otra cosa distinta del turno de día. Aunque para cuando primo Gowan se unió a Harker en el turno de noche, el señor Snopes había aprendido a leer los manómetros e incluso a llenar también las tazas lubricadoras.
       Esto sucedía unos dos años después de que lo nombraran superintendente. Gowan había decidido esforzarse para entrar aquel otoño en el equipo de fútbol y se le ocurrió, imagino que ni él mismo supo cómo, que un trabajo de fogonero en el turno de noche de una central eléctrica sería el perfecto y exacto entrenamiento para regatear o derribar a los jugadores del equipo contrario. Madre y padre no estaban de acuerdo hasta que tío Gavin intervino. (Licenciado por Harvard, había terminado los cursos de derecho en la universidad de Mississippi y aprobado el examen para el ejercicio de la profesión de abogado, por lo que, como el abuelo cada vez trabajaba menos, tío Gavin era realmente el fiscal municipal; había pasado todo un año: estábamos en junio, tío Gavin acababa de volver a casa de la universidad y todavía no había visto a la señora Snopes aquel verano, dado que habló incluso de Heidelberg como un agradable tema de conversación).
       —¿Por qué no? —dijo—. Gowan casi ha cumplido los trece: ya es hora de que empiece a pasar fuera noches enteras. ¿Y qué mejor sitio que la central eléctrica, donde el señor Harker y el fogonero se encargarán de mantenerlo despierto?
       De manera que Gowan consiguió el empleo como ayudante de Tomey’s Turl, e inmediatamente Harker empezó a mantenerlo despierto hablándole de Flem Snopes, hablando de él con un asombro tan ajeno a toda idea moral como el de alguien que contara el espectáculo de la colisión de dos planetas. Según Harker, la cosa empezó el año anterior. Una tarde Tom Tom había terminado de limpiar los fogones y estaba sentado en la pasarela fumando su pipa, con la presión alta y la válvula de seguridad de la caldera central pitando, cuando apareció el señor Snopes y se quedó allí un rato, masticando tabaco y mirando la válvula que silbaba.
       —¿Cuánto pesa ese pito? —dijo.
       —Si se refiere usted a la válvula, unos cuatro quilos —dijo Tom Tom.
       —¿Todo latón? —preguntó el señor Snopes.
       —Todo, excepto ese agujerito que es por donde sale lo que usted llama silbido —dijo Tom Tom. Y eso fue todo por entonces, dijo Harker; pero dos meses más tarde, cuando él, Harker, llegó a trabajar una noche, se encontró con que habían desaparecido las tres válvulas de seguridad de las calderas y con que los agujeros estaban cubiertos con tapones roscados de acero de centímetro y medio, capaces de soportar una presión de quinientos quilos, mientras Tomey’s Turl seguía echando paletadas de carbón a los fogones porque aún no había oído ningún silbido.
       —Y en la cabeza de cualquiera de las tres calderas se podía abrir un agujero con una paja para beber refrescos —dijo Harker—. Cuando vi el manómetro de la primera nunca creí que llegara vivo hasta el inyector.
       «De manera que cuando por fin le metí a Turl en la cabeza que aquel 100 en la esfera del manómetro significaba no sólo dónde Turl perdería su empleo, sino dónde lo perdería tan a conciencia que nadie los encontraría nunca más ni a él ni al empleo, me tranquilicé lo suficiente para interesarme por averiguar dónde habían ido a parar las válvulas de seguridad.
       »—El señor Snopes se las llevó —dijo.
       »—¿Para qué demonios?
       »—No lo sé. Sólo le estoy diciendo lo que Tom Tom me contó. Dijo que el señor Snopes le explicó que el flotador de cierre del depósito de agua no pesa lo suficiente. Que el depósito empezará a salirse algún día, de manera que iba a añadir las tres válvulas al flotador para que pesase más.
       »—Quieres decir —empecé. No pude llegar más que hasta ahí—. Quieres decir…
       »—Eso es lo que cuenta Tom Tom. Yo no sé nada de todo eso.
       »En cualquier caso habían desaparecido; tanto si estaban en el depósito de agua como si no, era demasiado tarde para averiguarlo. Hasta esa noche Turl y yo nos tomábamos el trabajo con bastante calma, porque cuando se terminaba la carga las cosas se tranquilizaban bastante. Pero puedes estar seguro de que esa noche no dimos ni una cabezada. Nos pasamos todo el tiempo encima del montón de carbón porque desde allí podíamos vigilar los tres manómetros al mismo tiempo. Y a partir de media noche, cuando se terminó la carga, nunca tuvimos suficiente vapor en las tres calderas juntas para hacer funcionar un tostador de cacahuetes. E incluso cuando ya me había acostado en casa no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos empezaba a ver un manómetro del tamaño de un barreño, con una aguja roja tan grande como una pala de carbón subiendo hacia los cincuenta quilos, y entonces me despertaba gritando y sudando.
       »Hasta que por fin hubo bastante luz como para ver; y no creas que mandé a Turl: trepé hasta allí yo mismo para ver el flotador. Y tampoco estaban las válvulas para hacer peso y quizá tampoco había sido intención de Snopes colgarlas allí para que el primer tipo que mirase dentro pudiera llevárselas. Y aunque ese depósito tiene trece metros de hondo, yo podía haber abierto la espita y vaciarlo. Sólo que trabajo allí, el señor Snopes era el superintendente, ya estábamos en el turno de día y Tom Tom podría contestar a todas las preguntas que Joe Buffaloe quisiera hacerle en caso de que apareciera por allí y viera los tapones roscados capaces de soportar quinientos quilos de presión donde teóricamente tenían que estar las válvulas de seguridad.
       »Así que me fui a casa y la noche siguiente apenas conseguí que Turl hiciera subir la aguja de los manómetros lo bastante para que girase el pistón de baja presión y no digamos nada de mover las dinamos; ni tampoco la noche que vino después ni la otra, hasta que pasaron unos diez días y nos llegó una caja por correo urgente; Tom Tom se había quedado esperando y él y yo la abrimos (decía C. R. en grandes letras negras, pero la etiqueta misma había sido arrancada. “Sé donde la ha tirado”, explicó Tom Tom), quitamos los tapones roscados de los orificios de salida y pusimos de nuevo las tres válvulas de seguridad; y claro está que Tom Tom encontró la etiqueta arrugada: Señor Flem Snopes, Central Eléctrica, Jefferson, Mississippi, Contra Rembolso, veintitrés dólares y ochenta y un centavos».
       Pero todavía quedaba otra parte de la historia que Harker mismo ignoraba hasta que tío Gavin se la transmitió después de que Tom Tom se la contara a él; cómo una tarde Tom Tom estaba fumando una pipa en el montón de carbón cuando apareció el señor Snopes con algo en la mano que a Tom Tom le pareció al principio una herradura para mula del número tres, hasta que el señor Snopes se fue a un rincón detrás de las calderas donde se había acumulado un montón de accesorios desechados —válvulas, varillas, pernos y cosas por el estilo— probablemente desde que en Jefferson se encendió la primera luz eléctrica; y arrodillándose (el señor Snopes) comprobó una a una todas las piezas y las colocó en dos montones en el pasillo que tenía detrás. Después Tom Tom vio cómo examinaba con el imán todas las piezas sueltas de metal que había en el cuarto de calderas, separando el hierro del latón. A continuación, Snopes le dijo a Tom Tom que reuniera todos los objetos de latón y los llevara al despacho.
       Tom Tom puso el latón en una caja. Snopes le esperaba mascando tabaco. Tom Tom explicó que no dejó nunca de mascar, ni siquiera para escupir.
       —¿Qué tal os lleváis Turl y tú? —preguntó.
       —Yo me ocupo de mis asuntos —dijo Tom Tom—. Lo que Turl haga con los suyos no es cosa mía.
       —Turl no piensa así —dijo el señor Snopes—. Quiere que le dé el turno de día que tú tienes. Se queja de que está cansado de alimentar las calderas por la noche.
       —Cuando haya echado al fuego tanto carbón como yo, se puede quedar con mi turno —dijo Tom Tom.
       —Lo que pasa es que no está dispuesto a esperar tanto —dijo el señor Snopes. Y a continuación le contó a Tom Tom cómo Turl planeaba robar hierro de la central, echar la culpa a Tom Tom y conseguir que lo despidieran. Sí. Esa es la palabra que Tom Tom le dijo a tío Gavin que el señor Snopes había empleado: hierro. Tal vez el señor Snopes no había oído hablar de imanes hasta un día antes y por eso pensó que Tom Tom tampoco sabía de su existencia e ignoraba lo que él estaba haciendo. Quiero decir que no sabía ni de imanes ni de latón y no era capaz de distinguir entre latón y hierro. O quizá se limitó a pensar que a Tom Tom, por ser negro, todo eso le daba igual. O, posiblemente, que, por ser negro, y tanto si le daba igual como si no, no querría tener nada que ver con los asuntos de un blanco. Sólo que esta parte nos la tuvimos que imaginar nosotros, por supuesto. Aunque no fue difícil: Tom Tom allí de pie, con el tamaño, la forma y el color de un toro Black Angus, mirando desde arriba al blanco. Turl, por el contrario, tenía un color como de cuero de silla de montar, e incluso empuñando una pala llena de carbón apenas llegaba a los sesenta y cinco quilos—. Eso es lo que planea —dijo el señor Snopes—. De manera que vas a llevarte esto a tu casa, vas a esconderlo y no le dirás ni una palabra a nadie. Y tan pronto como tenga suficientes pruebas contra Turl, lo despediré.
       —Sé una manera mejor de hacerlo —dijo Tom Tom.
       —¿Qué manera? —preguntó Snopes. Luego añadió—: No, no; eso no serviría. Si tienes una pelea con Turl os despediré a los dos. Haz lo que te he dicho. A no ser que estés cansado de tu trabajo y quieras que Turl se quede con él. Si es así, dímelo.
       —Nadie se ha quejado todavía de cómo llevo las calderas —dijo Tom Tom.
       —Entonces haz lo que yo te digo —insistió Snopes—. Esta noche te llevas eso a casa. Que no te vea nadie, ni siquiera tu mujer. Y si no quieres hacerlo, dilo. Supongo que encontraré a alguien que esté dispuesto.
       De manera que Tom Tom se llevó el metal a casa. Y cada vez que en el montón se acumulaban accesorios desechados, veía cómo Snopes separaba otra partida de latón con el imán para que Tom Tom se la llevase a casa y la escondiera. Tom Tom llevaba alimentando calderas desde que se hizo hombre, cuarenta años ya, y en el caso de aquellas tres, las veinte que llevaban instaladas, porque fue él quien construyó los primeros fogones que se utilizaron. Al principio había alimentado una caldera y le pagaban cinco dólares al mes. Ahora se ocupaba de las tres, recibía sesenta dólares mensuales, tenía sesenta años y era propietario de la pequeña cabaña donde vivía, de un trocito de tierra sembrado de maíz y de una mula y una carreta para ir dos veces a la iglesia todos los domingos, con un reloj de oro y la muchacha que era también probablemente la última esposa joven que llegaría a tener.
       Pero todo lo que Harker sabía por entonces era que el metal desechado se acumulaba lentamente en el rincón detrás de las calderas y luego desaparecía de repente de un día para otro; y llegó a convertirse en su chiste de todas las noches entrar en la central con su aire de persona activa y muy ocupada y decirle a Turl: «Vaya, ya veo que esa maquinita funciona todavía. Hay una buena cantidad de latón en esos cojinetes y pasadores de pistón, pero calculo que se mueven demasiado deprisa para acercarles el imán ese de marras. Aunque supongo que tenemos suerte, después de todo. Supongo que también vendería las calderas si encontrase una manera de que tú y Tom Tom mantuvierais la presión alta sin ellas».
       Fue sin embargo él, Harker, quien contó lo que vino después, y que sucedió a principios de año, cuando se revisó la contabilidad de la ciudad: «Vinieron aquí dos tipos con gafas. Examinaron los libros y miraron por todas partes, contándolo todo y anotándolo. Luego se fueron al despacho y aún seguían allí a las seis, cuando llegué yo. Parece que algo no marchaba del todo bien; parece que había algunos viejos accesorios de latón apuntados en los libros, pero el latón en cuestión faltaba o algo por el estilo. Estaba en los libros sin duda alguna, y las válvulas nuevas y demás cosas para sustituirlo también estaban allí. Pero no había manera de encontrar ni uno solo de los viejos accesorios excepto un grifo reventado que se había extraviado, quedando fuera del radio de acción de los imanes, por así decirlo, bajo una mesa de trabajo de una forma u otra. Era francamente extraño. De manera que volví con ellos y sostuve la luz mientras miraban de nuevo por todos los rincones, añadiendo una buena cantidad de hollín, grasa y polvo de carbón a las camisas blancas que llevaban. Pero en cuanto al latón era exactamente como si nunca hubiera existido. De manera que se marcharon.
       »Y volvieron a la mañana siguiente. Esta vez venía con ellos el contable municipal y además llegaron antes que Snopes, por lo que tuvieron que esperarle hasta que apareció con su gorra a cuadros y su tabaco de mascar, moviendo las mandíbulas y mirándolos mientras ellos carraspeaban y tartamudeaban hasta que se lo dijeron. Lo sentían mucho; carraspearon y tartamudearon una barbaridad por lo mucho que lo sentían, pero no podían hacer otra cosa que volver a verle puesto que él era el superintendente; y ¿quería detenernos a Turl, a Tom Tom y a mí en aquel mismo momento o bastaría con hacerlo al día siguiente? y él allí delante, mascando, los ojos como dos trozos de grasa lubricante sobre un puñado de masa cruda, y ellos insistiendo en decirle lo mucho que lo sentían.
       »—¿Cuánto suma en total? —dijo.
       »—Doscientos dieciocho dólares y cincuenta y dos centavos, señor Snopes.
       »—¿Es ésa la cantidad definitiva?
       »—Hemos revisado dos veces las cifras, señor Snopes.
       »—De acuerdo —dijo. Se buscó en el bolsillo, sacó el dinero, pagó los doscientos dieciocho dólares y cincuenta y dos centavos en efectivo y pidió un recibo».
       Al verano siguiente Gowan se convirtió en aprendiz de fogonero, de manera que vio y oyó la historia de primera mano, tal como se la contó Turl; era ya de noche cuando el señor Snopes se quedó parado de repente en la puerta del cuarto de calderas e hizo un gesto con el dedo a Turl, así que esta vez fueron Turl y Snopes frente a frente en el despacho.
       —¿Qué problemas son esos que tienes con Tom Tom? —preguntó el superintendente.
       —¿Problemas con quién? —dijo Turl—. Si Tom Tom cuenta conmigo para tener problemas, más le valdrá que deje de ser fogonero y se haga camarero. Hacen falta dos tipos para una pelea y como Tom Tom no es más que uno, me da lo mismo lo grande que sea.
       —Tom Tom cree que tú quieres su turno —dijo el señor Snopes.
       Turl miraba a todas partes sin mirar a ninguna en concreto.
       —Echo al fuego tanto carbón como Tom Tom —respondió.
       —Eso también lo sabe Tom Tom —dijo el señor Snopes—. Sabe que se está haciendo viejo. Pero también que tú eres el único que puedes hacerle sombra —y a continuación le contó cómo Tom Tom llevaba dos años robando latón de la central y echándole la culpa a Turl para que lo despidieran; cómo precisamente aquel mismo día Tom le había dicho a él, al señor Snopes, que Turl era el ladrón.
       —Eso es mentira —dijo Turl—. Ningún negro me va a acusar de robar algo que no he robado, y me da igual lo grande que sea.
       —Claro —dijo el señor Snopes—. Pero lo que hay que hacer es recuperar ese latón.
       —Eso no es cosa mía —dijo Turl—. Al señor Buck Connor le pagan por hacer eso. —Buck Connor era el jefe municipal de policía.
       —En ese caso, seguro que vas a la cárcel —dijo Snopes—. Tom Tom dirá que no sabía que estuviera allí. Tú habrás sido el único en saberlo. ¿Qué te imaginas que va a pensar el señor Connor? Tú habrás sido el único que sabía dónde estaba escondido, y Buck Connor no ignora que hasta un tonto tiene suficiente sentido común como para no esconder en su propia cuadra algo que haya robado. Lo único que puedes hacer es recuperar el latón. Has de ir allí durante el día, mientras Tom Tom trabaja, cogerlo, traérmelo y yo lo guardaré para usarlo como prueba contra Tom Tom. O puede que no quieras el turno de día. Dímelo, si es así. No me costará trabajo encontrar a otro.
       Y es que Turl no llevaba cuarenta años alimentando calderas. No se había dedicado a ninguna ocupación durante tanto tiempo, entre otras cosas porque sólo tenía treinta. Y aunque fuera centenario, nadie podría acusarle de haber hecho ningún trabajo que, sumado, supusiera cuarenta años de actividad. «A no ser que la suma de las noches que ha pasado buscando hembras dé ese total», dijo Harker. «Si Turl tiene alguna vez la desgracia de casarse, deberá trepar por la ventana trasera de su propia casa para saber qué es lo que está buscando. ¿No tengo razón, Turl?».
       De manera que, como dijo Harker, más que mérito de Turl fue error por parte de Snopes. «Que consistió», explicó Harker, «en olvidar la existencia de la nueva mujer de color chocolate que tenía Tom Tom. No se explica cómo, entre todos los negros de Jefferson, eligió a Turl, que ha asaltado, o intentado asaltar, por lo menos una vez, a todas las mozas en un radio de quince quilómetros, para que fuese a casa de Tom Tom (sabiendo como sabía que a Tom Tom lo vigilaba el señor Snopes mientras se peleaba con el carbón hasta las seis de la tarde y que luego necesitaba andar tres quilómetros por la vía para volver a casa) con la esperanza de que Turl emplease el tiempo que pasaba allí». (Gowan hacía ahora casi todo el trabajo de la noche. No le quedaba más remedio; Turl tenía que recuperar algo de sueño en la carbonera después de medianoche. También perdía peso, cosa que podía permitirse aún menos que perder sueño), «buscando algo que no estuviera escondido en la cama de Tom Tom. Y cuando pensaba en Tom Tom peleándose con las calderas en el mismo ambiente de amistosa aceptación de los cuernos que tu tío dice que rodea a la señora Snopes y al alcalde De Spain, y robando latón para evitar que Turl le quitara el puesto, y que durante todo ese tiempo Turl estaba allí fuera, ocupándose durante el día de las tareas para casa que a Tom Tom le correspondía hacer por la noche, a veces creía que me iba a dar un ataque».
       Pero se libró de esto último; todos sabíamos que no podría durar mucho más. La cuestión era adivinar qué sucedería primero: ¿cazaría Tom Tom a Turl, lo cazaría el señor Snopes o le estallaría una vena a Harker? Ganó el señor Snopes. Aquella noche estaba en la puerta del despacho cuando Harker, Turl y Gowan entraron a trabajar; una vez más hizo una señal con el dedo a Turl y una vez más estuvieron frente a frente en el despacho.
       —¿Lo has encontrado esta vez? —preguntó el señor Snopes.
       —¿A qué vez se refiere? —respondió Turl.
       —Hoy, justo antes de que anocheciera —dijo el señor Snopes—, desde la esquina de la cuadra te vi salir del maizal y trepar por la ventana de atrás —y ahora sí que Turl miraba deprisa a todas partes sin mirar a ningún sitio—. Quizá todavía sigues buscando donde no está —dijo el señor Snopes—. Si Tom Tom escondiera el hierro en su cama ya tendrías que haberlo encontrado hace tres semanas. Sera mejor que mires una vez más. Si no lo encuentras, quizá sea mejor que le pida a Tom Tom que te ayude —Turl seguía mirando muy deprisa a todas partes sin mirar a ningún sitio.
       —Me va a hacer falta disponer de tres o cuatro horas libres mañana por la noche —dijo—. Y hay que retener aquí a Tom Tom hasta que yo vuelva.
       —Yo me encargo de ello —dijo Snopes.
       —Quiero decir, tenerlo aquí hasta que yo llegue —dijo Turl—. Me da lo mismo lo tarde que sea.
       —Yo me encargo de eso —dijo Snopes.
       Excepto que ya había durado todo lo que podía durar; cuando Gowan y Harker entraron en la central la noche siguiente, este último echó una ojeada alrededor, pero incluso antes de que pudiera decir nada ya estaba el señor Snopes en la puerta del despacho, preguntando: «Dónde está Tom Tom?». Porque no era Tom Tom quien esperaba para hacer el relevo con los del turno de noche: era un sustituto, que alimentaba las calderas los domingos cuando Tom Tom llevaba a la iglesia a su joven esposa; Gowan dijo que Harker exclamó: «Demonios coronados», moviéndose ya, evitando al señor Snopes para entrar corriendo en el despacho y descolgar frenéticamente el teléfono. En seguida volvió a salir, sin pararse siquiera mientras gritaba a Gowan: «De acuerdo, Otis (su sobrino o primo o algo así que había heredado la serrería y que venía a sustituirle cuando Harker quería disponer de una noche libre) estará aquí dentro de quince minutos. Hazlo lo mejor que puedas hasta entonces».
       —Espere —dijo Gowan—. Yo también voy.
       —Ni hablar —dijo el señor Harker, todavía corriendo—, yo me he dado cuenta primero —y salió por atrás, donde el ramal para los vagones de carbón llevaba a la línea principal que Tom Tom recorría todas las mañanas y todas las noches entre su casa y el trabajo, corriendo (Harker) a la luz de la luna porque casi había luna llena. Y todo estaba también lleno de luz de luna cuando la noche siguiente Harker y Turl aparecieron tranquilamente a la hora normal para reemplazar el sustituto de Tom Tom.
       —Como lo oyes —Harker le dijo a Gowan—: llegué justo a tiempo. Fue la desesperación de Turl, ¿comprendes? Iba a ser su última correría. No le quedaba otro remedio que encontrar el latón, o volver y decirle a Snopes que renunciaba; en cualquiera de los dos casos sus giras campestres se iban a terminar. De manera que llegué justo a tiempo de verle salir del maizal, cruzar hasta la ventana trasera iluminado por la luz de la luna, trepar como un gato y entrar; y luego el tiempo suficiente para llegar hasta la cama, retirar probablemente la colcha, poner la mano sobre la carne tibia de color chocolate y decir: «No te muevas, cielo. Acaba de llegar papaíto». Pero Gowan explicó cómo incluso veinticuatro horas más tarde compartió un instante la horrible sorpresa de Turl cuando apartó la colcha, convencido como estaba de que en aquel momento Tom Tom se hallaba a tres quilómetros de distancia en la central eléctrica esperando a que él (Turl) apareciera para entregarle la pala del carbón, y se lo encontró, en cambio, completamente vestido, empuñando un cuchillo de carnicero.
       —Exactamente el tiempo necesario —dijo Harker—. Con tanta precisión como dos locomotoras intercambiando vagones de mercancías. Tom Tom debió saltar exactamente en el momento en que Turl se volvía para correr, así que cuando salió por la ventana, de nuevo a la luz de la luna, llevaba a Tom Tom y el cuchillo de carnicero a la espalda, de manera que parecían exactamente… ¿cómo se llaman esos tipos en los viejos libros de estampas que son mitad caballos?
       —Centauros —dijo Gowan.
       —… un centauro corriendo sólo con las patas traseras y tratando de alcanzarse a sí mismo con un cuchillo de carnicero de un metro de largo que empuñaba una de las patas delanteras supernumerarias, hasta que dejó de darles la luz de la luna y desaparecieron de nuevo entre los árboles. Sí señor, Turl no es ni la mitad de grande que Tom Tom, pero no hay duda de que cargó con él. Si llegas a caerte, el cuchillo de carnicero te hubiera alcanzado, tanto si Tom Tom se proponía clavártelo como si no, ¿no es cierto?
       —Tom Tom es un toro de hombre —dijo Turl—. De un Tom Tom salen tres como yo. Pero cargué con él. No me quedaba más remedio. Y cada vez que miraba de reojo y veía la luz brillando en ese cuchillo de carnicero hubiera podido cargar con otros dos como él sin aflojar siquiera el paso. —Turl explicó que al principio sólo corrió; únicamente cuando se encontró (o se encontraron) entre los árboles, se le ocurrió tratar de quitarse a Tom Tom de encima con ayuda de uno de los troncos—. Pero me apretaba tan fuerte con un brazo que cada vez que trataba de golpearlo contra un árbol también me hacía daño yo. Cada vez que salíamos despedidos, volvía a ver el reflejo de la luna en la hoja del cuchillo y todo lo que se me ocurría era seguir corriendo.
       »Fue por entonces cuando Tom Tom empezó a gritar para que le dejara bajarse. Se agarraba con las dos manos, y supe que habíamos dejado atrás el cuchillo. Pero había cogido demasiada carrerilla; cuando empezó a gritar para que parase y le dejara bajar, los pies me hicieron tan poco caso a mí como a Tom Tom. Entonces me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a retorcérmela como si yo fuera una mula desbocada montada a pelo, y en ese momento vi la zanja. Tenía más de diez metros de hondo y en cuanto a anchura, daba la impresión de pasar del quilómetro, pero ya era demasiado tarde. Ni siquiera aflojé la marcha. Corrí por el aire como desde aquí hasta ese montón de carbón antes de empezar a caer. Y aún seguía arañando la luz de la luna con los pies cuando Tom Tom y yo nos dimos contra el fondo».
       Lo primero que Gowan quiso saber fue qué había usado Tom Tom en sustitución del cuchillo de carnicero. Turl se lo dijo. Nada. Se quedaron sentados a la luz de la luna en el fondo de la zanja y hablaron. Y tío Gavin le explicó lo que había pasado: un refugio, una súbita racionalidad que los animales, y también los seres humanos, no sólo alcanzan sino que ganan al superar estados emocionales tan insoportables como la cólera frenética o el miedo incontrolable; así que los dos se quedaron allí sentados, no sólo compartiendo el amistoso entendimiento cornúpeta de que hablaba tío Gavin sino alcanzando también una mutua y total alianza: el hogar de Tom Tom violado no por Tomey’s Turl sino por Flem Snopes; la vida y las extremidades de Turl puestos en terrible peligro no por Tom Tom sino por Flem Snopes.
       —Ahí es donde intervengo yo —dijo Harker.
       —¿Usted? —preguntó Gowan.
       —Él nos ayudó —explicó Turl.
       —Nada de eso —dijo Harker—. ¿Ya os habéis olvidado de lo que os dije anoche en la zanja? Yo nunca he sabido nada, no tengo la menor intención de llegar nunca a saber nada, y ninguno de los dos conseguirá que cambie de opinión por mucho que se esfuerce.
       —De acuerdo —dijo Gowan—. ¿Qué pasó luego? —Turl se lo contó: cómo volvieron a la casa, Tom Tom desató a su mujer de la silla de la cocina, los tres engancharon la mula a la carreta, sacaron el latón del granero y lo cargaron para llevárselo. Casi había media tonelada; necesitaron el resto de la noche para terminar la operación.
       —¿Llevárselo a dónde? —preguntó Gowan. Pero a continuación dijo que pronto saldría el sol, aparecería Tom Tom con su fiambrera, viniendo por el ramal desde la línea principal, para empezar el turno de día; y muy poco después ya estaba allí, con su cabeza pequeña, redonda y obstinada con forma de bala de cañón; y cuando todos se volvieron, también estaba allí el señor Snopes, en la puerta del cuarto de calderas. Y Gowan dijo que hasta Snopes parecía saber que esta vez sería una pérdida de tiempo intentar llamar a alguien haciéndole un gesto con el dedo; quizá por eso se limitó a preguntarle directamente a Turl:
       —¿Por qué no lo has encontrado?
       —Porque no estaba allí —dijo Turl.
       —¿Cómo sabes que no estaba allí? —preguntó el señor Snopes.
       —Porque Tom Tom me dijo que no estaba —respondió Turl.
       Y es que ya no era cuestión de seguir perdiendo tiempo. El señor Snopes se limitó a mirar a Tom Tom durante un minuto. Luego dijo:
       —¿Qué hiciste con ello?
       —Lo pusimos donde usted dijo que quería tenerlo —respondió Tom Tom.
       —¿Quiénes lo pusisteis? —dijo el señor Snopes.
       —Turl y yo —respondió Tom Tom. Y esta vez el señor Snopes se quedó otro minuto mirando a Tom Tom. Luego dijo:
       —¿Cuándo dije yo dónde quería tenerlo?
       —Cuando me explicó lo que se proponía hacer con las válvulas de seguridad —dijo Tom Tom.
       Aunque cuando el agua del depósito tuviera un sabor tan fuerte a latón como para que a alguien se le ocurriera vaciarlo y limpiarlo, no sería el señor Snopes quien diera la orden. Y es que ya no era superintendente, ya que dimitió «por el bien de la administración pública», como hubiera dicho el señor De Spain cuando aún era el teniente De Spain. Así que ya podía pasarse todo el día sentado en el porche de su casita alquilada, situada en una calle a trasmano, y contemplar la silueta del depósito de agua, recortada contra el cielo por encima de los techos de Jefferson: contemplar su propio monumento, podría haber pensado alguien. Excepto que no era un monumento, sino una huella. Un monumento sólo dice Por lo menos llegué hasta aquí, mientras que una huella dice Aquí era donde estaba antes de dar el paso siguiente.

       —¿Ni siquiera ahora? —preguntó tío Gavin a Ratliff.
       —Ni siquiera ahora —respondió Ratliff—. Seguir sin pillar a su mujer con Manfred De Spain es como esa moneda de oro de veinte dólares que alguien se cose a la camiseta, con la esperanza de visitar una casa de putas en su primer viaje a Memphis. Flem Snopes todavía no necesita descoserla.


II. Gavin Stevens

      No la había descosido aún. Así que todos nos preguntábamos qué utilizaba para subsistir, qué usaba como dinero, sentado (al parecer) de la mañana a la noche, día tras día, durante el resto del verano en el endeble porche de aquella casita alquilada, contemplando el depósito de agua. Ni sabríamos nunca, hasta que el municipio decidiera vaciar el depósito y limpiarlo para quitarle el sabor al agua, exactamente cuánto latón había utilizado con uno de los fogoneros para forzar al otro a robar para él y cuál de los dos negros, aliados por un simple motivo de supervivencia, lo había metido en el depósito donde Snopes no podría, no se atrevería nunca a recuperarlo.
       E incluso ahora no sabemos si aquél era todo el latón que había. Nunca sabremos exactamente cuánto robó y vendió por su cuenta (quiero decir, cuando aún no se le había ocurrido alistar a Tom Tom o a Turl para que le ayudaran) antes o después de que alguien —probablemente Buffaloe, puesto que si el viejo Harker se hubiera fijado lo bastante en aquellos accesorios desechados como para advertir su ausencia, quizá se hubiera adelantado a Snopes a la hora de llevarlos al mercado; es muy posible porque, pese a su insistencia en que sólo había disfrutado como espectador, sus verdaderos sentimientos eran de rabia por su propia ceguera— notificara lo que sucedía a algún funcionario del ayuntamiento e hiciera venir a los inspectores. Todo lo que supimos fue que un día faltaron de las calderas las tres válvulas de seguridad; tuvimos que suponer, imaginar, lo que pasó a continuación: Manfred De Spain —sería Manfred— enviaría a buscarlo y le diría: «Vamos a ver, socio», o doctor o colega o cualquier otro nombre que Manfred utilizara para dirigirse a su…, podríamos decir marido adoptivo; ¿quién sabe?, tal vez incluso superintendente: «Bueno, superintendente, esos veintitrés dólares y ochenta y un centavos de latón» —naturalmente habría mirado el catálogo antes de mandar por él— «se echaron en falta durante su administración, que, como es lógico, usted desea mantener tan inmaculada como la esposa de César: para lo cual bastaría una simple etiqueta contra reembolso dirigida a usted». Y también sabíamos que, según Harker, los dos inspectores carraspearon y tartamudearon durante dos días antes de armarse de valor para decirle la cantidad de latón que, hasta donde a ellos se les alcanzaba, había desaparecido, y que Snopes se sacó del bolsillo el dinero en efectivo y pagó.
       Es decir, que, dejando a un lado su sueldo de cincuenta dólares al mes, el cargo le costó a Snopes doscientos cuarenta y dos dólares con treinta y tres centavos salidos de su bolsillo, en auténtico dinero en efectivo, por así decirlo. E incluso aunque hubiera ahorrado hasta el último céntimo de su salario, restada la pérdida de más de doscientos dólares, y suponiendo que ascendieran a otros doscientos las existencias de latón que robó con éxito durante aquel tiempo, seguía sin ser suficiente para mantener a una familia durante mucho tiempo. Y sin embargo llevaba ya dos años sentado en aquel diminuto porche delantero, contemplando (por lo que sabíamos) el depósito de agua. De manera que se lo pregunté a Ratliff.
       —Está cultivando —dijo Ratliff.
       —¿Cultivando? —dije yo (de acuerdo, grité, si ustedes prefieren)—. ¿Cultivando qué? ¿Sentado en ese porche desde que sale el sol hasta que se pone mientras contempla el depósito de agua?
       Cultivando Snopes, dijo Ratliff. Cultivando Snopes: toda la rigurosa jerarquía subiendo íntegra un escalón a medida que él lo desocupaba, con la excepción del heredero del restaurante, que no era un Snopes. Indudablemente y sin posibilidad de defensa no era Snopes; incluso ponerlo en tela de juicio era indefendible y escandaloso y para siempre imperdonable, aunque para ello hubiera que admitir que su madre, como su increíble cuñada una generación después, tuvo un tropezón, no le quedó más remedio que tener un tropezón, como dijo el viejo poeta bucólico, antes de casarse con el Snopes que oficialmente fuera el padre de Eck.
       Así se llamaba: Eck. El que ya tenía el cuello roto cuando se presentó en la ciudad como inmediato sucesor de Flem, y llevaba un aparato ortopédico de acero y cuero. Sin la menor relación posible con un Snopes. Ratliff lo dijo; sucedió en la serrería. (Dense cuenta, hasta la familia Flem sabía que no era un Snopes: porque se libró de él mandándolo a una serrería donde incluso el propietario tenía que ser un genio financiero para evitar la bancarrota y donde no hay porvenir para un granuja porque todo lo que se puede robar es madera, y llevarse un cargamento de tablones es como llevarse una caja de caudales empotrada o un…, sí: el condenado depósito de agua sin ir más lejos).
       De manera que Flem mandó a Eck a la serrería de Billy Varner (había que hacer eso o anestesiarlo o pegarle un tiro como se hace con un perro enfermo o con una mula agotada) y Ratliff contó lo que pasó: un día Eck propuso que, a dólar por cabeza, él y uno de los obreros negros (uno de los más corpulentos y desde luego el más imbécil) levantaran un tronco tremendo de ciprés y lo colocaran en la sierra. Y así lo hicieron (¿no acabo de explicar que uno de ellos no era siquiera un Snopes y el otro imbécil por naturaleza?); casi tenían el tronco instalado sin problemas cuando el negro resbaló, o algo por el estilo, el caso es que se cayó; todo lo que Eck tenía que hacer era dejar caer el extremo que sujetaba y saltar para que no le pillase debajo. Pero él no: no era lo suficientemente Snopes ni tenía el suficiente sentido común, de manera que tensó el hombro bajo el peso y sostuvo su extremo e incluso recibió el golpe cuando el extremo del negro cayó al suelo, y todavía siguió sosteniéndolo hasta que a alguien se le ocurrió sacar al negro de debajo.
       Pero aún le faltó el sentido común suficiente para saltar, y no digamos nada de comportarse como un Snopes, sin comprender tampoco siquiera que Jody Varner no iba a pagarle nada por salvar a uno de sus negros: de manera que siguió allí, sujetando aquel condenado tronco él solo, con algo de sangre que ya empezaba a salirle por la boca, hasta que por fin se les ocurrió calzar el tronco aquel con otro y llevar a Eck donde pudiera acuclillarse bajo un árbol, escupiendo sangre y quejándose de que le dolía la cabeza. («No me digas que le dieron el dólar», dije, de acuerdo: le grité a Ratliff. «¡No me digas que se lo dieron!»).
       Ni por lo más remoto un Snopes: él y su mujer y su hijo vivían en la tienda de campaña detrás del restaurante, y Eck ocupó el puesto que le correspondía con el delantal grasiento y el aparato ortopédico de acero y cuero (detrás del mostrador, friendo en la parrilla encostrada los huevos y la carne, aunque, debido al rígido corsé, no viese siquiera lo suficiente para calcular si estaban hechos, cocinando, como un pianista ciego, simplemente de oído), más descentrado todavía aquí que en la serrería, puesto que allí todo lo que podía hacer era romperse los huesos mientras que aquí era una amenaza para la larga tradición de toda su familia de lenta e incontenible rapacidad debido a la misma increíble e inocente suposición de que todo el mundo se comporta valerosa y honestamente por la simple razón de que si no lo hicieran todo el mundo se desconcertaría y asustaría; por lo que un día llegó a decir, no en la intimidad, sino en voz alta donde media docena de personas corrientes que no eran siquiera familia política de los Snopes, le oyeron: «¿No se supone que hacemos las hamburguesas con carne de vaca? No sé qué carne es ésta exactamente, pero desde luego no es de vaca».
       De manera que lo despidieron; al utilizar la tercera persona del plural me refiero a los Snopes, pero cuando en Jefferson se menciona a «los Snopes» se habla en realidad de Flem Snopes. Tuvieron que hacerlo; no podían tolerarlo allí. Sólo que, por supuesto, la cuestión se planteó inmediatamente: ¿en qué lugar de Jefferson, no en la economía de Jefferson sino de los Snopes (sí, claro, cuando se dice Snopes en Jefferson se está hablando de Flem Snopes), no resultaría Eck intolerable, dónde ponerlo para dejar a la familia a salvo? Ratliff también estaba al corriente de aquello. Quiero decir que lo supo todo el mundo en Jefferson porque antes de veinticuatro horas el comentario sobre las hamburguesas era vox populi y se daba por sentado que habría que hacer algo con Eck Snopes y pronto y, por consiguiente (como estaban interesados), supieron lo antes posible, casi tan pronto como lo supo el mismo Flem, qué y dónde. Quiero decir que me lo dijo el mismo Ratliff. No: más bien no tuvo que ser Ratliff quien me lo dijera: Ratliff con su condenada cara perfectamente afeitada y sus condenados ojos astutos, cordiales, inocentes y llenos de inteligencia; demasiado inocentes y demasiado llenos de inteligencia:
       —Está de vigilante nocturno en el depósito de queroseno de Renfrow, en la estación. Un sitio donde no tendrá problemas con el cuello, porque no necesitará mirar hacia abajo para ver qué es lo que huele a quemado. Tampoco tendrá que mirar hacia arriba para ver si el depósito sigue allí; le bastará con acercarse y tocarlo. O incluso sentarse a la puerta y mandar al chico para que mire. El chico de los caballos —dijo Ratliff.
       —¿El chico de qué? —dije, grité.
       —Ese chico de los caballos —repitió Ratliff—. El hijo de Eck. Wallstreet Panic. El día que el tipo de Texas subastó los caballos salvajes de Snopes yo estaba allí. Ya era casi de noche, habíamos terminado de cenar en casa de la señora Littlejohn y me estaba desnudando para acostarme cuando Henry Armstid, Eck y ese chico suyo entraron en el corral para coger sus caballos; Eck tenía dos: el que le regaló el tipo de Texas para empezar la subasta, y el otro, por el que pensó que no le quedaba más remedio que pujar después de que le hubieran regalado el primero, y que acabó comprando. Así que cuando Henry Armstid dejó el portón abierto y toda la manada salió de estampida por encima de él y abandonó el corral, imagino que el problema más difícil que ha tenido Eck en toda su vida fue decidir en un instante cuál de los dos caballos perseguiría: el que le había regalado el tipo de Texas, que representaba el mayor beneficio neto si lo capturaba, o aquel en el que ya había invertido cinco o seis dólares de su dinero; es decir, ¿valía más el ciento por ciento extra de un caballo gratis que el simple ciento por ciento de un caballo de seis dólares? Es decir, ¿hasta qué punto es rentable perder un caballo del que, consigas por él el precio que consigas, tendrás que restar seis dólares de esa cantidad, para dedicarte a capturar a otro que supondrá un beneficio neto?
       »O quizá decidió que su chico y él persiguieran uno cada uno mientras él se lo pensaba. En cualquier caso, cuando quise darme cuenta, después de haberme quitado los pantalones y mientras me asomaba por la ventana en camisa para ver qué estaba pasando, oí un ruido detrás de mí, volví la cabeza y vi uno de los caballos en la puerta, mirándome; y en el pasillo, detrás de él, estaba ese chico de Eck con un cabo de cuerda para el arado. Creo que los dos empezamos a movernos en el mismo momento: yo salté por la ventana y el caballo dio la vuelta para seguir corriendo por el pasillo; cuando me fijé en que no llevaba los pantalones, eché a correr alrededor de la casa hacia la entrada principal más o menos al mismo tiempo que el caballo tropezaba en el porche de atrás con la señora Littlejohn, que llevaba un montón de ropa sucia en una mano y la tabla de lavar en la otra; aseguran que dijo “sal de aquí hijo de puta”, que le rompió la tabla de lavar en la cabeza y luego le tiró los dos trozos sin cambiar siquiera de mano, con lo que el caballo dio media vuelta otra vez, galopó por el pasillo justo cuando yo llegaba a los escalones delanteros y saltó, sin rozarle ni un pelo, por encima del chico que seguía en el pasillo con el cabo de cuerda; al salir al porche delantero, me vio y no se detuvo en lo más mínimo: torció, galopó hasta el extremo del porche y saltó por encima de la barandilla para caer de nuevo en el corral, como si fuera un enorme halcón de colores abigarrados, planeando a la luz de la luna y cruzando de nuevo el corral en poco más de dos saltos hasta llegar al portón que a nadie se le había ocurrido cerrar todavía; yo le oí aún una vez más cuando llegó al puente de madera antes del camino que lleva a casa de Bookwright. Luego ese chico salió también, aún con el cabo de cuerda. “¿Qué tal, señor Ratliff?” —dijo—. “¿Por dónde se ha marchado?”. Sólo que está usted equivocado».
       El chico de los caballos, o de los perros, los gatos, los monos, o los elefantes: cualquier cosa menos el chico de los Snopes. Y luego imaginar, únicamente imaginar; imaginar y echarse a temblar; alejado una generación de Eck Snopes y su inocencia; una generación más para que aquella inocente y escandalosa fe en que la valentía y el honor eran cosas prácticas tuviera tiempo de borrarse y enfriarse de manera que quedase únicamente la costumbre de la valentía y el honor; añádase a eso entonces la herencia natural en esa generación de fría rapacidad tan instintiva como el respirar, y echarse a temblar ante semejante perspectiva: la costumbre de la valentía y el honor multiplicada por la rapacidad o la rapacidad elevada a la enésima potencia por la valentía y el honor: en lugar del chico de los caballos, el chico de los leones o de los tigres: Gengis Kan o Tamerlán o Atila en medio de la indefensa e indefendible Jefferson. Luego Ratliff me estaba mirando. Quiero decir que siempre me estaba mirando. Quiero decir que descubrí con una especie de terror que por un segundo lo había olvidado.
       —¿Qué? —dije—. ¿Qué acabas de decir?
       —Que está usted equivocado. Sobre el trabajo de Eck como vigilante nocturno en el depósito de queroseno. Esta vez no ha sido Manfred De Spain. Han sido los masones.
       —¿Cómo? —dije, grité.
       —Como lo oye. Eck era uno de los masones más importantes de tío Billy Varner en Frenchman’s Bend. Fue tío Billy quien pidió a los de Jefferson que le encontraran un trabajo ligero para alguien con el cuello roto.
       —¿Así de mal? —dije—. ¿Así de mal? ¿El siguiente en la progresión resulta tan escandaloso y portentoso y aterrador que Will Varner en persona ha tenido que usar su influencia a treinta quilómetros de distancia para salvar Frenchman’s Bend? —porque el siguiente después de Eck detrás del mostrador del restaurante fue I. O., el herrero, maestro de escuela y bígamo todo en una pieza, o herrero y maestro multiplicado por la bigamia: un individuo enteco y bajito, locuaz, con cara de comadreja, que lanzaba sin descanso un torrente de gastadas máximas y refranes que de ordinario carecían de relación entre sí y de aplicación a cualquier otra cosa, y que incluso con el martillo en la mano no hubiera pesado tanto como el yunque que él abrogó y desahució, y que (según Ratliff por supuesto, siempre Ratliff) entró en Frenchman’s Bend hablando ya, o más bien una mañana apareció hablando ya en la herrería propiedad de Varner que un sujeto llamado Trumbull había regentado durante cincuenta años de juventud y madurez.
       Pero I. O. tampoco era herrero. Simplemente disfrutaba del beneficio. Era el otro, nuestro Eck, su primo (fuera cual fuese la relación, a no ser que el simple hecho de ser los dos Snopes bastara hasta que uno de ellos demostrase ser indigno, como sucedería con Eck, al igual que dos masones, juramentados para siempre, desde aquel momento hasta una apostasía como la de Eck, a presentar un frente unido), quien hacía el trabajo. Hasta que un día, una mañana, quizá no estaba allí el coadjutor, Eck, o quizá simplemente se le ocurrió al párroco, al gran sacerdote, por vez primera, que le pertenecía el derecho y era suya la autoridad para celebrar un servicio eucarístico y nadie pudo en realidad evitarlo: ni Jack Houston aquella mañana con su semental, semental de reposados andares hasta que Snopes le avivó el paso con el primer clavo; momento en el que Houston levantó a Snopes y lo arrojó con martillo incluido a la tina para enfriar las herraduras y consiguió de algún modo sujetar al caballo corcoveante y arrancar la herradura y el clavo al mismo tiempo, sacar fuera al caballo, atarlo, volver a entrar y arrojar otra vez a Snopes a la tina.
       Ni tampoco maestro. No se limitó a usurparlo como un puesto entre extraños, sino que de hecho se lo robó como vocación a los de su misma sangre. Aunque en Frenchman’s Bend aún no lo sabían. Supieron tan sólo que apenas salido de la herrería (o apenas seco después de salir de la tina donde lo arrojó Houston) ya había tomado posesión del cargo de maestro (en Frenchman’s Bend se llamaba «profesor» al maestro con tal de que, por supuesto, llevase pantalones) en la escuela de una sola habitación que era parte integrante del principado del viejo Varner, no porque ni tío Will ni ninguna otra persona de Frenchman’s Bend considerase que la educación de la juventud cubriera un vacío o una necesidad comunitaria real, sino simplemente porque el pueblo necesitaba una escuela en funcionamiento para estar completo, de la misma manera que un tren de mercancías necesita un furgón de cola.
       Así que ahora I. O. Snopes era el maestro de escuela; poco después se casó con una de las beldades de Frenchman’s Bend, y antes del año él paseaba por el pueblo un cochecito de fabricación casera y su esposa estaba nuevamente encinta; en este caso, habría dicho cualquiera, nos encontramos con un hombre no simplemente asentado, sino condenado a la inmovilidad, pero he aquí que un día del tercer año una enorme mujer de color gris pero todavía joven, acompañada por un enorme niño de color gris y cinco años de edad, se detuvo ante el almacén de Varner en una calesa…
       —Era su mujer —dijo Ratliff.
       —¿Su mujer? —dije, grité—. Pero yo creía…
       —También nosotros —dijo Ratliff—. Porque ya paseaba otra vez el cochecito de fabricación casera con dos gemelos, llamados Bilbo y Vardaman, y distintos del primero, Clarence. Sí señor; tres chicos mientras esperaba que la primera mujer le alcanzara con el otro; y él era un tipo chupado, no mucho más grande que una quisquilla, y aunque la otra mujer, no, me refiero a la que tenía entonces en Frenchman’s Bend cuando la número uno se presentó, tampoco era una muchacha grande…, sobrina política, por cierto, de la hermana de la mujer de Vernon Tull, I. O. también fabricó con ella el mismo tipo de niños enormes de color gris, semejantes al que iba en la calesa cuando su mamá se paró delante del almacén y dijo a quienquiera que estuviese sentado en el porche en aquel momento: “Oigo dentro a I. O.” (Era cierto. Todos le oíamos). “Tenga la amabilidad de entrar y decirle que ha llegado su mujer”.
       «Eso fue todo. Pero fue suficiente. Cuando llegó al pueblo aquel mismo día tres años antes tenía una gran maleta de tela, y en aquellos tres años había acumulado probablemente algunas propiedades más; quiero decir aparte de los tres chicos. Pero no se paró ni un momento para recoger nada. Sencillamente salió por la puerta de atrás del almacén. Y ya hacía mucho tiempo que Flem había devuelto Trumbull a Varner como herrero, pero ahora iban a necesitar además un profesor nuevo tan pronto como I. O. lograse doblar la primera esquina a cubierto de vistas para empezar a atajar campo a través. Cosa que evidentemente hizo; nadie comunicó nunca la presencia en ningún sitio de una nube de polvo que viajara de prisa por una carretera. Aseguran que dejó incluso de hablar, aunque yo lo dudo. En algún momento hay que decir “hasta aquí hemos llegado”, ¿no le parece?».
       Así es, efectivamente. Aunque I. O. no lo hizo. Es decir, ya estaba hablando cuando, llegado el momento, apareció detrás del mostrador del restaurante con un delantal grasiento, escuchando lo que pedían los clientes y preparándolo mal o cocinando otra cosa distinta no porque trabajara muy deprisa sino simplemente porque nunca dejaba de hablar el tiempo suficiente para que alguien lo corrigiera o detuviera, siempre farfullando aquel continuo torrente de metáforas y refranes confusos y mutilados que no tenían relación con nada ni iban a ninguna parte.
       Y la esposa, me refiero a la número uno, a la que se podría llamar la esposa original, con el número uno en el reparto de personajes aunque luego fuese la número dos en salir a escena. Porque la otra, la número dos en el reparto aunque número uno en escena, la esposa que era sobrina de la hermana de la mujer de Tull, la que parió la segunda colección de lo que Ratliff llamaba los chicos de color gris, Clarence y los gemelos Vardaman y Bilbo, siguió en Frenchman’s Bend. Fue la esposa original, la que apareciera en Frenchman’s Bend sentada en una calesa, para marcharse poco después en la misma calesa, siempre sentada, quien apareció en Jefferson cinco años después todavía sentada, trasladada, no sabemos cómo, y sin intervalo visible, desde la calesa donde Ratliff la había visto a treinta quilómetros cinco años antes, a la mecedora del porche delantero de la pensión donde la veíamos ahora, conservando el mismo ángulo recto que encerraba su regazo, como si careciera de articulación movible en las caderas: una mujer que daba la impresión de una densidad e inmovilidad específicas, como plomo o uranio, de manera que la fuerza, cualquiera que fuese, que la había transportado de la calesa a aquella silla no podía ser meramente humana, ni siquiera la de diez I. O.
       Porque ahora Flem movía con rapidez sus peones escalones arriba. El Snopes del que estamos hablando —I. O., su enorme esposa sedente de color gris y el enorme chico también gris (que se llamaba Montgomery Ward)— ni siquiera hizo una pausa en la tienda de campaña detrás del restaurante donde seguían viviendo Eck, su mujer y sus dos hijos. («¿Por qué no?», dijo Ratliff. «Hay un montón de cosas que se pueden hacer sin necesidad de mirar, además de freír una hamburguesa»). Ellos —la familia de I. O.— la evitaron por completo, la esposa sentada ya en la mecedora del porche delantero de la pensión —un edificio cuadrado de grandes dimensiones, más o menos sin pintar, al lado de la plaza, donde vaqueros itinerantes y tratantes de caballos y mulas se detenían y donde se aislaba, alojaba y daba de comer a los jurados y principales testigos durante las sesiones de la judicatura—, donde ella se sentaba meciéndose sin hacer nada en particular, sin leer ni ocuparse especialmente de quién salía o entraba por la puerta ni de quién cruzaba por la calle: tan sólo meciéndose durante los siguientes cinco años mientras el sitio se transformaba (y también después de que eso sucediera) de pensión en una especie de colmena, con una tabla de pino clavada a uno de los postes del porche delantero con estas dos palabras horriblemente escritas a mano:

HOTEL SNOPES

       Y ahora Eck, cuya inocencia u honradez, o las dos cosas, le habían apartado hacía mucho tiempo del restaurante desplazándolo a una silla de vigilante nocturno junto al depósito de queroseno de la estación, había sacado a su mujer y a sus hijos (Wallstreet Panic: sí, claro, yo era como Ratliff, tampoco me creía ese nombre, aunque el del pequeño, Almirante Dewey, nos lo creyéramos los dos) de la tienda de campaña. De hecho el restaurante no se vendió completo junto con la buena voluntad, sino que se extrajo íntegro y se mudó intacto, clientes incluidos, y sin cerrar siquiera un solo día, a la nueva pensión donde la mujer de Eck era ahora patrona: trasladado intacto más allá de la figura meciéndose en el porche que continuó balanceándose allí hasta superar la simple leyenda y convertirse en un hito como esas efigies delante de las antiguas tabernas inglesas, de manera que a la gente del campo que llegaba a la ciudad y preguntaba por el hotel Snopes se les decía simplemente que siguieran en aquella dirección hasta que dieran con una mujer meciéndose, y eso bastaba.
       Y finalmente apareció aquel a quien I. O. Snopes había usurpado si no la vocación sí al menos la designación de su vocación. Se trataba del verdadero maestro dentro del clan Snopes. No; solamente parecía ser maestro de escuela. No; parecía John Brown
[es decir, el médico y teólogo escocés (1735-1788), autor de un sistema teórico para explicar las enfermedades] pero con un defecto no corregible e imposible de ocultar. Un hombre alto y demacrado con una levita sucia, corbata de lazo y ancho sombrero de político, de fríos ojos furiosos y barbilla saliente de hablador: no la diarrea verbal de su primo (cualquiera que fuese su relación familiar con I. O.; ninguno de ellos parecía tener ningún parentesco con los demás; eran simplemente Snopes, como las colonias de ratas o de termites no son nada más que ratas o termites) sino una especie de don infalible para razonar de una manera perversa y rastrera en las discusiones, y para entender correctamente a las personas con quienes trataba: las dotes de un demagogo capaz de utilizar a las personas al servicio de sus apetitos, todo ello desfigurado por un barniz de cultura y religión; los nombres mismos de sus hijos, Byron y Virgil, más que ejemplos eran advertencias.
       Y tampoco es que fuera maestro de escuela. Es decir, a diferencia de su primo, no estuvo con nosotros el tiempo suficiente para tener que probar que no lo era. O quizá, por aparecer entre nosotros en verano y marcharse antes de acabar el verano, tal vez se hallara simplemente entre dos trabajos. O tal vez se tomaba un día de fiesta laborable de unas vacaciones también laborables. O quizá entraba y salía de la pensión y se paseaba por la plaza en los breves intervalos de su auténtica vocación bucólica cuyo escenario y decorado eran las desperdigadas iglesias rurales, los arroyos y las charcas para abrevar caballos donde durante los calurosos domingos de verano se celebraban servicios evangélicos y ceremonias bautismales: él mismo decidía la melodía (tenía una buena voz de barítono y probablemente el último diapasón todavía utilizable del norte de Mississippi) y elegía la letra, hasta que un día un grupo de indignados padres lo sorprendió a él y a una chica de catorce años en un almacén de algodón vacío, le untaron de brea, lo emplumaron y lo echaron del condado. Se habló también de castración, pero algún tímido conservador disuadió a los más exaltados, manteniendo la promesa de hacerlo en caso de que reapareciera.
       Así que no quedaron de él más que los dos hijos, Byron y Virgil. Y tampoco Byron estaba ya con nosotros, porque se había ido a Memphis para aprender contabilidad; nos enteramos con incredulidad de que el mismo coronel Sartoris estaba detrás de aquello, el coronel Sartoris en persona en la habitación trasera, convertida en despacho, que ocupaba en el banco; nos enteramos con una incredulidad que pedía, que exigía la investigación al recordar lo que algunos de nosotros, los de más edad, mi padre entre ellos, no habían olvidado: el primer Ab Snopes, el patriota o el simple cuatrero (según el lado en que uno se colocara) que había sido ahorcado (no por un capitán preboste federal sino confederado, según el tenor de la vieja historia) cuando era miembro de la unidad de caballería del primer coronel Sartoris, el auténtico coronel, padre de nuestro actual banquero y coronel honorario que sólo había sido ayudante de campo sin rango de oficial en el estado mayor de su padre, durante el desesperado crepúsculo de 1864-1865 en que otras personas además de los individuos apellidados Snopes tuvieron que elegir no la supervivencia con honor, sino simplemente entre honor vacío y una supervivencia casi igual de vacía.
       El caballo que volvió a casa a descansar
[alusión a to come home to roost or “volver a casa para pasar la noche”: el humor consiste en que los animales que de ordinario come home to roost son las gallinas, no los caballos]. Sí, claro, todos lo dijimos, rebosantes de ingenio: no podíamos desperdiciar la oportunidad. No es que lo creyéramos ni lo dejáramos de creer; se trataba simplemente de defender la memoria del viejo coronel, diciendo nosotros los primeros en voz alta lo que creíamos que toda la tribu de los Snopes se decían entre sí riendo a escondidas desde hacía largo tiempo. Evidentemente, ningún capitán preboste confederado cambió en nada a aquel primer Ab Snopes, pero los mismos Snopes lo habían inmolado en aquel esqueleto, para colgar, por así decirlo, el sambenito a un descendiente del comandante de Ab tan pronto como su linaje produjera algo provechoso para los Snopes, en este caso el nuevo banco que nuestro coronel Sartoris fundó hace unos cinco años.
       No es que realmente creyéramos eso, por supuesto. Me refiero a que no era necesario hacer chantaje a nuestro coronel Sartoris con un esqueleto. Porque todos nosotros en nuestro país, incluso medio siglo después, hablábamos con sentimentalismo de los héroes de nuestro espléndido desastre, perdido, irrevocable e irreparable, y aquellos héroes eran efectivamente nuestros porque eran nuestros padres, abuelos, tíos y tíos abuelos en la época en que el coronel Sartoris organizó su unidad aquí mismo y en los condados limítrofes. Y ¿quién con más derecho a ponerse sentimental que nuestro coronel Sartoris, cuyo padre había sido el coronel Sartoris que formó y entrenó la unidad, y salvó la vida de sus componentes en la batalla cuando le fue posible e incluso los defendió o por lo menos los liberó de sus simples apetitos y vicios humanos cuando estaban ociosos entre combates? Byron Snopes no era el primer descendiente de los antiguos apellidos integrados en compañías, batallones y regimiento que disfrutaba de la liberalidad de nuestro coronel Sartoris.
       Pero el caballo que finalmente volvía a casa a descansar sonaba mejor. No ingenioso, sino más bien un frente inmediato y unido, irrevocablemente despreciativo de lo que la palabra Snopes iba a significar para nosotros y que se aplicaba a todas las demás personas, sin importar quiénes fueran, que por la simple yuxtaposición con ese apellido quedarían irrevocablemente manchadas y contaminadas. En todo caso, él (el caballo vuelto a casa a descansar) apareció en el momento oportuno, armado y ceñido con su título de profesor mercantil; lo veríamos a través, más allá, de la reja que defendía nuestro dinero y los complicados libros de contabilidad cuyo custodio era el coronel Sartoris, inclinado (él, Snopes, Byron) sobre el pupitre de contable en una actitud no realmente de oración, de homenaje; no realmente de humildad ante el brillo, el resplandor ciego del ciego dinero, sino más bien de algo así como una insistencia respetuosa pero nada humilde, una invencible curiosidad y un deferente deseo de información sobre los mecanismos para anotarlo; no era tanto que hubiese entrado arrastrándose ante el resplandor de un misterio, como que, sin llamar la atención sobre sí mismo, trataba discretamente de levantarle un extremo de la falda.
       Utilizando, dado que era el último hombre en la posición más baja de aquella jerarquía, una larga caña hasta que pudiera acercarse lo bastante como para servirse de la mano; utilizando, para mezclar de verdad, para hacer realmente confusa nuestra metáfora, una humilde caña salida del mismo carcaj que había contenido la superintendencia de la central eléctrica, puesto que el coronel Sartoris formó parte del grupo original de cazadores de osos y ciervos encabezado por el viejo comandante De Spain, cuando éste creó su campamento anual de caza en el Big Bottom poco después de la guerra; porque cuando el coronel Sartoris fundó su banco hace cinco años, Manfred De Spain utilizó el dinero de su padre para convertirse en uno de sus primeros accionistas y directores.
       Claro que sí: el caballo finalmente de vuelta a casa y metido en la cuadra. Para, a su tiempo, por supuesto (no teníamos más que esperar, siempre sin saber cómo, aunque vigiláramos estrechamente, pero sí al menos en qué momento aproximadamente), convertirse en dueño de la cuadra, con el coronel Sartoris privado de su establo y almiar cuando le llegara la vez como les sucediera a Ratliff y Grover Cleveland Winbush con su restaurante. Sin que supiéramos cómo, por supuesto, dado que eso no era de nuestra incumbencia, aunque de hecho no hubiera ni uno entre nosotros que no quisiera saberlo, al mismo tiempo que, conscientes ya de que nunca defenderíamos Jefferson de los Snopes, estábamos dispuestos a regalar, a entregar Jefferson a los Snopes, banquero alcalde concejales iglesia y todo de manera que, al defenderse de los Snopes, los mismos Snopes tuvieran necesariamente que defendernos y protegernos también a nosotros, sus vasallos y propiedades.
       El carcaj colgaba de la espalda de Manfred De Spain, pero las flechas las sacaba siempre otra mano distinta, siempre la misma, la de aquella increíble y maldita mujer, la Helena de Frenchman’s Bend, la Semíramis…, no: ni Helena ni Semíramis: Lilit: la que precedió a la misma Eva y a quien el Creador de la tierra tuvo, en persona y a la fuerza, movido por la desesperación y el asombro, que borrar, eliminar, tachar, para que Adán pudiese crear una descendencia que poblara el mundo; y ahora estábamos en mi despacho sin que yo hubiera mandado a buscarle ni tampoco le hubiese invitado: se había limitado a seguirme, a entrar, a sentarse al otro lado de la mesa con su pulcra camisa azul sin corbata, el rostro moreno, bien afeitado, cordial, y los ojos que me contemplaban, demasiado astutos, demasiado inteligentes.
       —También usted se reía de ellos —dijo.
       —¿Por qué no? —respondí—. ¿Qué otra cosa podemos hacer? Por supuesto tú eres quien más se divierte: ya no tienes que volver a freír hamburguesas. Pero dales tiempo; quizá tengan a uno que esté haciendo un curso de derecho por correspondencia. Entonces ya no tendré que volver a ser fiscal municipal en funciones.
       —He dicho «al principio» —replicó Ratliff.
       —¿Cómo? —dije yo.
       —Al principio también usted se reía de ellos —dijo—. ¿O quizá estoy equivocado y le estoy viendo reírse ahora? —mirándome, vigilándome, demasiado astuto, demasiado inteligente—. ¿Por qué no lo dice?
       —¿Decir qué? —pregunté.
       —Sal de mi despacho, Ratliff —dijo él.
       —Sal de mi despacho, Ratliff —repetí yo.


III. Charles Mallison

      Quizá madre supo casi al mismo tiempo que Ratliff cuál era el problema de tío Gavin porque eran hermanos gemelos.
       Por entonces todos vivíamos con el abuelo. Quiero decir que el abuelo vivía aún y que tío Gavin y él ocupaban un lado de la casa (el dormitorio del abuelo y la habitación que todos llamábamos el despacho en el piso bajo, y arriba y en el mismo lado el cuarto de tío Gavin, con una escalera exterior que él había hecho construir de manera que pudiera entrar y salir por el patio lateral) y madre y padre y primo Gowan al otro lado; por entonces Gowan iba al instituto de Jefferson, en espera de comenzar los cursos preparatorios en Washington para pasar después a la universidad de Virginia.
       Aquella vez madre estaba sentada en una cabecera de la mesa (la que solía ocupar la abuela), y el abuelo en la otra; padre a un costado y tío Gavin y Gowan (yo aún no había nacido y aunque lo hubiera hecho estaría aún comiendo en la cocina con Aleck Sander) al otro, y, según contó Gowan, tío Gavin ni siquiera fingía seguir comiendo: estaba allí sentado, hablando de los Snopes como llevaba haciendo en todas las comidas durante las dos últimas semanas. Era casi igual que hablar consigo mismo; era como si le hubieran dado cuerda y no se acabara nunca, ni tampoco se detuviera, aunque haciendo pensar al mismo tiempo que no había nadie ni nada con más deseos de parar que él mismo. No eran gruñidos, Gowan no sabía lo que era. Era algo que tío Gavin tenía que decir, pero resultaba muy divertido que su mayor trabajo al contarlo fuese evitar que resultara tan divertido como realmente era, porque si alguna vez permitía que fuese tan divertido como realmente era, todo el mundo, él incluido, reirían tan fuerte que nadie le oiría. Y en aquel momento madre tampoco comía: se limitaba a seguir sentada perfectamente inmóvil, mirando atentamente a tío Gavin, hasta que por fin el abuelo se sacó la servilleta del cuello y se puso en pie; padre, tío Gavin y Gowan también se levantaron, y el abuelo le dijo a madre, como todos los días:
       —Gracias por la comida, Margaret —dejando la servilleta sobre la mesa. Gowan se colocó junto a la puerta, como tendría que hacerlo yo después de nacer y de crecer lo suficiente, mientras salía el abuelo, y hubiera tenido que seguir allí hasta que salieran también madre, padre y el tío Gavin. Pero no aquella vez. Madre ni siquiera se había movido; seguía sentada y mirando a tío Gavin; y aún seguía mirándole cuando dijo a padre:
       —¿Es que Gowan y tú no queréis marcharos también?
       —No, señora —dijo Gowan. Porque él estaba en el despacho el día en que Ratliff entró y dijo:
       —Buenas noches, abogado. He venido por aquí para oír las últimas noticias de los Snopes —y tío Gavin dijo—: ¿Qué noticias? —y Ratliff dijo—: ¿O quiere usted decir simplemente qué Snopes? —y también se sentó allí mirando a tío Gavin, hasta que finalmente preguntó—: ¿Por qué no va y lo dice? —y tío Gavin dijo—: ¿Decir qué? —y Ratliff dijo—: Sal de mi despacho, Ratliff —así que Gowan dijo—: No, señora.
       —En ese caso, quizá me permitas marcharme a mí —dijo tío Gavin, dejando la servilleta en la mesa. Pero madre siguió sin moverse.
       —¿Quieres que vaya a visitarla? —dijo.
       —¿Visitar a quién? —preguntó tío Gavin. E incluso Gowan notó que lo decía demasiado de prisa. Porque hasta padre comprendió entonces. Aunque yo no estoy muy seguro de que tardara tanto. Si yo hubiera estado allí, incluso sin ser mayor que Gowan, habría sabido que con tener alrededor de veintiún años, o quizá incluso menos, cuando la señora Snopes atravesó por primera vez la plaza, no sólo estaría al tanto de lo que sucedía sino que tal vez hubiera sido yo mismo tío Gavin. Pero Gowan dijo que padre sonó como si sólo entonces lo comprendiera.
       —¡Caramba! —le dijo a tío Gavin—. De manera que es eso lo que te pasa desde hace dos semanas —luego le dijo a madre—: No, por Dios. Mi mujer ir a visitar a esa…
       —¿A esa qué? —dijo tío Gavin, muy de prisa y con violencia. Y madre seguía aún sin moverse: sentada entre ellos, que estaban de pie.
       —«Señor mío» —dijo madre.
       —¿Qué? —preguntó tío Gavin.
       —«¿A esa qué, señor mío?» —dijo madre—. O quizá simplemente «señor mío» con tono de interrogación.
       —Di tú la palabra, entonces —le dijo padre a tío Gavin—. Sabes perfectamente cuál. Lo que toda la ciudad le llama. Lo que la ciudad entera sabe de ella y Manfred De Spain.
       —¿Qué ciudad entera —dijo tío Gavin—, además de ti? ¿Tú y quién más? ¿Los mismos que probablemente también censuran con acritud a Maggie sin saber más de lo que tú sabes?
       —¿Estás hablando de mi mujer? —dijo padre.
       —No —dijo tío Gavin—. Estoy hablando de mi hermana y de la señora Snopes.
       —Vamos, vamos, vamos —dijo madre—. Al menos, tened consideración con mi sobrino. Gowan —le dijo a mi primo—, ¿de verdad no quieres marcharte?
       —No, señora —dijo Gowan.
       —Al diablo con tu sobrino —dijo padre—. No voy a permitir que su tía…
       —¿Todavía sigues hablando de tu esposa? —dijo tío Gavin. Esta vez madre también se puso en pie entre ellos, mientras los dos se inclinaban un poco hacia adelante, fulminándose con la mirada por encima de la mesa.
       —Creo que hemos llegado al límite por el momento —dijo madre—. Los dos vais a pedirme disculpas —así lo hicieron—. Ahora disculpaos ante Gowan —Gowan dijo que eso también lo hicieron.
       —Pero que me aspen si voy a consentir… —dijo padre.
       —Sólo la disculpa, por favor —dijo madre—. Incluso si la señora Snopes es lo que dices que es, mientras yo sea lo que tú y Gavin estáis de acuerdo en que soy, al menos, en eso sí estáis de acuerdo, ¿a qué me arriesgo sentándome durante diez minutos en su salón? El problema con vosotros dos es que no sabéis nada de mujeres. A las mujeres no les interesa la moral. Tampoco les interesa siquiera la falta de moral. A las señoras de Jefferson no les importa lo que haga esa mujer. Lo que no le perdonarán nunca es el aspecto que tiene. Mejor dicho: cómo la miran los caballeros de Jefferson.
       —Lo dirás por tu hermano —dijo padre—. Yo no la he mirado nunca.
       —En ese caso mucho peor para mí —dijo madre—, por tener a un topo por marido. No: los topos tienen sangre caliente; un pez de la Cueva del Mamut…
       —Vaya, ésta sí que es buena —dijo padre—. ¿De manera que es eso lo que quieres? ¿Un marido que se pase las noches de los sábados en Memphis persiguiendo mujeres entre Gayoso y Mulberry Street?
       —Ahora os vais a marchar, tanto si queréis como si no —dijo madre. Así que tío Gavin subió las escaleras camino de su cuarto, madre tocó la campanilla para llamar a Guster y Gowan se puso de nuevo al lado de la puerta para dejar pasar a mis padres; luego madre y Gowan salieron al porche delantero (era octubre y el tiempo lo bastante templado para sentarse fuera al mediodía), ella cogió otra vez el cesto de las labores y padre volvió a aparecer con el sombrero puesto.
       —Así que la mujer de Flem Snopes —dijo— entrará en la sociedad de Jefferson de la mano de la hija del juez Lemuel Stevens —y salió camino del almacén; a continuación salió tío Gavin y dijo:
       —¿Lo harás, entonces?
       —Claro que sí —dijo madre—. ¿Tan grave es la situación?
       —Me propongo que no llegue a serlo —dijo tío Gavin—. Incluso aunque no seas más que una mujer, has tenido que verla. No te ha quedado más remedio.
       —En cualquier caso, he visto hombres mirándola —dijo madre.
       —Sí —dijo tío Gavin. No sonó como una expulsión de aliento, como hablar. Sonó como aspirar aire—: Sí.
       —Vas a salvarla —dijo madre, sin mirar a tío Gavin esta vez: con la vista fija en el calcetín que zurcía.
       —¡Sí! —dijo tío Gavin, de prisa, precipitadamente: no aspirando, y a tanta velocidad que casi dijo el resto sin poder contenerse, y todo lo que madre tuvo que hacer fue decirlo por él:
       —… de Manfred De Spain.
       Pero tío Gavin se había recuperado para entonces; su voz volvía a ser seca.
       —Tú también —dijo—. Tú y tu marido. Las mejores personas, las puras, las que están libres de toda sospecha. Charles, que, según él mismo afirma, no la ha mirado siquiera una vez; tú, de acuerdo con la misma afirmación, no ya hija del juez Stevens sino esposa de César.
       —Se puede saber… —dijo madre, pero Gowan dijo que se calló y se le quedó mirando—. ¿No querrías marcharte un rato? ¿Como favor personal? —le preguntó.
       —No, señora —respondió Gowan.
       —Tú tampoco lo puedes evitar, ¿no es cierto? —dijo ella—. También tú tienes que ser un hombre, ¿no es así? —luego habló únicamente con tío Gavin—: ¿Se puede saber qué es lo que no soportas en todo este asunto? ¿Que tal vez la señora Snopes no sea casta, o la posibilidad de que haya elegido renunciar a la castidad con Manfred De Spain?
       —¡Sí! —exclamó tío Gavin—. ¡Quiero decir no! Son todo mentiras…, habladurías. Es todo…
       —Sí —dijo madre—. Tienes razón. Probablemente no es más que eso. La tarde del sábado no es la mejor para ir a la barbería, pero piensa en ello cuando pases por delante.
       —Gracias —dijo tío Gavin—. Pero si voy a embarcarme en esta cruzada con alguna esperanza de éxito, lo menos que puedo hacer es parecer lo bastante frenético y desgreñado para que me crean. ¿Lo vas a hacer, entonces?
       —Por supuesto —dijo madre.
       —Gracias —dijo tío Gavin. Acto seguido se marchó.
       —Supongo que ahora me puedo ir —dijo Gowan.
       —¿Y ahora para qué? —dijo madre, que seguía mirando a tío Gavin, mientras recorría el camino del jardín hacia la calle—. Tendría que haberse casado con Melisandre Backus —dijo. Melisandre Backus vivía con su padre y una botella de whisky en una plantación a unos diez quilómetros de la ciudad. No quiero decir que el padre fuese un borracho. Era un excelente agricultor. Simplemente, tanto en el porche durante el verano como en la biblioteca durante el invierno, pasaba su tiempo libre con la botella, leyendo a los poetas latinos. La señorita Melisandre y madre habían estudiado juntas en el instituto y en la universidad, aunque la señorita Melisandre iba siempre cuatro años detrás de madre—. En una ocasión pensé que quizá Gavin se casara con ella; yo estaba un poco en la inopia por entonces.
       —¿El primo Gavin? —dijo Gowan—. ¿Casarse el primo Gavin?
       —Claro que sí —dijo madre—. Sólo que todavía es demasiado joven. Es el tipo de hombre condenado a casarse con una viuda que ya tenga hijos crecidos.
       —Aún podría casarse con la señorita Melisandre —dijo Gowan.
       —Es demasiado tarde —dijo madre—. Ni siquiera reparaba en ella cuando la tenía delante.
       —La ve todos los días que viene a la ciudad —dijo Gowan.
       —Se pueden ver las cosas sin mirarlas, de la misma manera que se puede oír sin escuchar —dijo madre.
       —Seguro que no hizo eso cuando vio aquel día a la señora Snopes —dijo Gowan—. ¿Quizá esperará a que tenga otro hijo además de Linda y a que crezcan los dos?
       —No, no —dijo madre—. Con Semíramis no se casa uno, sino que se comete alguna forma de suicidio. Sólo caballeros con tan poco que perder como el señor Flem Snopes se arriesgan a casarse con Semíramis… Es una lástima que también tú seas tan mayor. Hace unos años te habría llevado a visitarla sin preguntarte. Pero ahora tendrás que reconocer abiertamente que quieres venir; incluso decir «por favor».
       Pero Gowan no lo hizo. Era sábado por la tarde, había un partido de fútbol y aunque todavía no formaba parte del equipo titular, nunca se podía saber cuándo alguno de los elegidos se rompería una pierna o tendría una apoplejía o incluso una simple enfermedad en aritmética. Dijo además que madre no necesitaba en absoluto de su ayuda, dado que contaba con toda la ciudad; Gowan explicó cómo a la mañana siguiente aún no habían llegado a la plaza, camino de la iglesia, cuando la primera señora con la que se encontraron exclamó con tono radiante:
       —¿Qué es lo que acabo de oír acerca de ayer por la tarde? —y madre respondió exactamente con el mismo tono:
       —¿De verdad? —y la segunda señora con la que se encontraron (pertenecía a la Sociedad Byron y al Club del Cotillón por añadidura) dijo:
       —Siempre he opinado que todos seríamos mucho más felices si no creyéramos en nada que no viésemos con nuestros propios ojos, y aun sólo la mitad de eso —y madre repitió con el mismo tono radiante:
       —¿De veras?
       Los dos (la Sociedad Byron y el Club del Cotillón, unidos cuando era posible por supuesto, pero cualquiera de ellos por separado en caso de necesidad) parecían ser la prueba más palpable. Y ahora tío Gavin dejó de hablar de los Snopes. Me refiero a que Gowan dijo que tío Gavin dejó de hablar por completo. Era como si ya no tuviese tiempo para concentrarse en hablar con el fin de elevar esa función al nivel de conversación, de arte, como él creía deber de todo el mundo. Era como si no tuviera tiempo de hacer nada que no fuese esperar, porque quería algo para lo que no conocía otro camino que la espera. Más aún que eso, más que el simple esperar: no sólo no desaprovechaba ninguna oportunidad de hacer algo por madre, sino que incluso inventaba pequeñas ocupaciones en beneficio suyo, de manera que, incluso cuando hablaba un poco, era como si estuviera matando dos pájaros de un tiro.
       Porque cuando hablaba ahora, en repentinas rachas y estallidos que a veces no tenían la menor conexión con todo lo que padre, madre y el abuelo habían dicho un minuto antes, no era ni siquiera lo que él llamaba conversación estilo escopeta de aire comprimido. Solían ser los elogios más desmedidos, elogios tan desmedidos que incluso Gowan a sus trece años se daba cuenta. Elogios de señoras de Jefferson que madre y él conocían de toda la vida, de manera que cualquiera de los dos sabía de memoria todo lo que el otro pudiera decir. Sin embargo, de repente, cada pocos días durante todo un mes, tío Gavin dejaba de masticar y sacaba a una nueva de los pelos, por así decirlo, en medio de lo que fuese que el abuelo, madre y padre estaban comentando, y no para dirigirse al abuelo o a padre o a Gowan, sino para decirle a madre lo buena, o bonita o inteligente o ingeniosa que era alguna dama con la que madre había crecido o que, en cualquier caso, conocía de toda la vida.
       Sí, por supuesto; todas ellas miembros tanto de la Sociedad Byron como del Club del Cotillón o de uno de los dos (probablemente sólo madre sabía que tío Gavin trabajaba para el Club del Cotillón) si no quedaba más remedio, de manera que mis familiares sabían que otra dama había visitado a la señora Snopes hasta que Gowan empezó a preguntarse cómo tío Gavin se enteraba siempre de cuándo se producía una nueva visita, cómo borraba a la señora en cuestión de la lista de las que todavía no o la añadía al grupo de las que ya sí o cualquiera que fuese el sistema que seguía. Así que Gowan llegó a la conclusión de que quizá tío Gavin vigilaba la casa de la señora Snopes. Y ya estaban en noviembre por entonces, tiempo excelente para cazar, y, puesto que Gowan había renunciado definitivamente al equipo de fútbol, lo lógico era que él y Top (Top era el hermano mayor de Aleck Sander, sólo que Aleck Sander tampoco había nacido aún. Quiero decir que era hijo de Guster y también a su padre lo llamaban Top, de manera que el padre se quedó con Big Top y su hijo con Little Top) dedicaran el tiempo libre, después de clase, a buscar conejos con los perros de caza que tío Gavin les había regalado. Pero Gowan, en cambio, se pasó todas las tardes durante casi una semana en la gran zanja detrás de la casa de la señora Snopes, no para vigilar la casa, sino para ver si tío Gavin también estaba escondido en la zanja, comprobando quién visitaba a la señora Snopes. Porque Gowan sólo tenía trece años entonces; vigilaba únicamente a tío Gavin; sólo más adelante comprendió que si se hubiera esforzado más o durante más tiempo, quizá hubiera sorprendido al señor De Spain entrando o saliendo por una ventana trasera como la mayoría de los habitantes de Jefferson estaban convencidos de que hacía, ya que en ese caso podría haber vendido la información por un dólar o dos a un montón de gente de la ciudad.
       Pero si tío Gavin estaba escondido en algún sitio de aquella zanja, Gowan no le sorprendió nunca. Y, mejor aún, tío Gavin nunca pilló a Gowan espiándole. Porque si madre hubiera descubierto que Gowan se escondía en la zanja detrás de la casa de la señora Snopes porque pensaba que tío Gavin también estaba escondido allí, Gowan no sabía lo que podría haber hecho con tío Gavin pero tenía completa certeza sobre lo que le sucedería a él. Y aún peor: que el señor Snopes hubiera llegado a descubrir que Gowan pensaba que tío Gavin podía estar escondido en aquella zanja espiando su casa. O todavía peor: que la ciudad descubriera que Gowan se escondía en aquella zanja porque pensaba que tío Gavin también lo hacía.
       Porque cuando sólo se tienen trece años se carece del sentido común suficiente para darse cuenta de lo que uno está haciendo y echarse a temblar. Y es que incluso ahora recuerdo algunas de las cosas, por ejemplo, que hicimos Aleck Sander y yo sin pensarlas dos veces, y me pregunto cómo algún chico vive lo suficiente para llegar a persona mayor. Recuerdo que tenía doce años; tío Gavin acababa de regalarme la escopeta; eso fue después (así es como padre lo decía) de que la señora Snopes lo mandara a Heidelberg para terminar su educación y hubiera estado en la guerra y volviera a casa y lo eligieran por derecho propio fiscal del condado; éramos cinco; yo y otros tres chicos blancos y Aleck Sander, cazando conejos un sábado. Hacía frío, una de las peores rachas de frío que hemos tenido nunca; cuando llegamos, el arroyo Harrykin estaba completamente helado y empezamos a hablar de lo que tendrían que darnos para tirarnos dentro. Aleck Sander dijo que lo haría si cada uno de nosotros le daba un dólar, de manera que dijimos que sí y, naturalmente, antes de que pudiéramos pararlo, Aleck Sander se apartó de nosotros y saltó al arroyo, rompiendo el hielo, sin quitarse la ropa ni nada por el estilo.
       Así que lo sacamos del agua, hicimos fuego mientras se desnudaba, lo envolvimos en nuestras chaquetas de cazar mientras intentábamos secarle la ropa antes de que también se le helara por completo, y finalmente conseguimos vestirlo de nuevo. Y entonces fue y dijo: «De acuerdo. Ahora pagadme lo que me debéis».
       No habíamos pensado en eso. Por aquel entonces ningún chico negro de Jefferson, Mississippi, o, que yo supiera, de ningún otro sitio del estado, había tenido muchas veces un dólar entero, y no digamos nada de cuatro al mismo tiempo. De manera que tuvimos que hacer un trato. Buck Connors y Aleck Sander fueron los primeros en ponerse de acuerdo: si Buck Connors rompía el hielo saltando, Aleck le perdonaría el dólar. Así que Buck lo hizo y mientras lo secábamos dije:
       —Si es eso lo que tenemos que hacer, vamos a saltar todos juntos y acabemos de una vez —y ya nos dirigíamos hacia el arroyo cuando Aleck Sander dijo No, dijo que todos nosotros éramos chicos blancos que nos aprovechábamos, porque era negro, al pedirle que nos dejara hacer lo mismo que había hecho él. De manera que tuvimos que negociar de nuevo. Ashley Holcomb era el siguiente. Trepó a un árbol hasta que Aleck Sander dijo que estaba lo bastante alto, y que cerrara los ojos y saltase, y Aleck le perdonó el dólar. Después iba yo, y alguien dijo que como la madre de Aleck Sander era nuestra cocinera y él y yo más o menos habíamos vivido juntos desde que nacimos, probablemente me lo pondría muy fácil. Pero Aleck Sander dijo No; también él lo había pensado y por esa misma razón iba a tener que ser más duro conmigo que con Ashley y por tanto el árbol desde el que tuve que saltar estaba encima de unos arbustos de brezo: fue como saltar sobre un fuego frío que me señaló las manos y la cara y me rasgó los pantalones; la chaqueta de caza, en cambio, que estaba prácticamente nueva (tío Gavin me la había mandado por correo desde Alemania el día que recibió el telegrama de madre anunciándole mi nacimiento; todo el mundo dijo que era la mejor chaqueta de caza que había en Jefferson cuando por fin crecí lo suficiente para ponérmela), no se desgarró, si se exceptúa un bolsillo.
       De manera que ya sólo quedaba John Wesley Roebuck y quizá de pronto Aleck Sander se dio cuenta de que se le iba el último dólar, porque John Wesley sugirió todo lo imaginable, pero Aleck seguía diciendo No. Al final John Wesley se ofreció a hacerlo todo: saltar rompiendo el hielo, tirarse del árbol de Ashley y a continuación del mío, pero Aleck Sander aún dijo No. De manera que finalmente se pusieron de acuerdo como diré a continuación, aunque en cierta manera tampoco aquello fue justo, porque el viejo Ab Snopes ya le había pegado un tiro en la espalda una vez unos dos años antes, de manera que John Wesley estaba acostumbrado, lo que puede haber sido una de las razones que contribuyeron a que aceptase el trato. La cosa fue como sigue. John Wesley me pidió prestada la cazadora para ponérsela encima de la suya porque ya habíamos comprobado que la mía era la más resistente, y le pidió prestado el suéter a Ashley para envolverse la cabeza y el cuello; luego contamos veinticinco pasos, Aleck Sander metió un cartucho en su escopeta y alguien, quizá yo, contó Uno, Dos, Tres, despacio, y cuando quienquiera que fuese dijo Uno, John Wesley echó a correr y cuando quienquiera que fuese dijo Tres, Aleck Sander disparó contra la espalda de John Wesley y luego John nos devolvió a mí y a Ashley el suéter y la cazadora y, como era tarde para entonces, nos volvimos a casa. Excepto que yo tuve que correr todo el camino de vuelta (hacía mucho frío, la racha de tiempo más frío que yo recuerdo nunca) debido a que fue necesario quemar la cazadora porque iba a ser más fácil explicar su desaparición que llevarla a casa con la espalda llena de perdigonadas del número seis.
       Luego nos enteramos de cómo tío Gavin averiguaba quién hacía la siguiente visita. Era mi padre quien llevaba la cuenta por él. Y no es que padre fuese el espía de tío Gavin. Lo último que padre trataba de hacer era ayudar a tío Gavin, contribuir a tranquilizarle. Tal vez estaba incluso más en contra de tío Gavin de lo que había creído estarlo aquel primer día con motivo de la anunciada visita de madre a la señora Snopes; era como si tratara de vengarse tanto de madre como de tío Gavin: de tío Gavin por querer que madre visitase a la señora Snopes, de madre por decir inmediatamente en voz bien alta delante de tío Gavin y de Gowan que no sólo iba a hacerlo sino que no veía nada de malo en ello. De hecho, Gowan dijo que quien ahora parecía tener más en la cabeza a la señora Snopes era mi padre. Casi en cualquier momento podía entrar en la habitación frotándose las manos y canturreando estribillos de canciones pegadizas, y los demás miembros de la familia sabían que acababa de ver a la señora Snopes por la calle o había oído que otro miembro del Club del Cotillón o de la Sociedad Byron había ido a visitarla; si por entonces se hubieran inventado ya los silbidos de admiración, padre los habría utilizado.
       Luego llegó el mes de diciembre; madre acababa de contar cómo finalmente el Club del Cotillón había decidido, después de someterlo a votación, invitar al señor y a la señora Snopes al baile de Navidad y el abuelo se puso en pie, dejó la servilleta y dijo «Gracias por la comida, Margaret»; Gowan se levantó para sujetar la puerta mientras salía, y entonces padre dijo:
       —¿Baile? ¿Y si resulta que no sabe? —y Gowan dijo:
       —¿Es que le hace falta? —y esta vez todos se quedaron quietos; Gowan dijo que todos se detuvieron exactamente al mismo tiempo y le miraron; y dijo que si bien madre y tío Gavin eran hermanos, uno era hombre y la otra mujer y que padre no era familia de ninguno de los dos. Pero dijo que los tres le miraron exactamente con la misma expresión. Entonces padre le dijo a madre:
       —Sujétalo mientras le miro otra vez los dientes. Me dijiste que no tenía más que trece años.
       —¿Qué es lo que he dicho? —preguntó Gowan.
       —Sí —dijo padre—. ¿Qué estábamos diciendo? Ah, sí, bailar, el cotillón de Navidad —ahora hablaba con el tío Gavin—. Vaya, vaya, eso te coloca un punto por encima de Manfred De Spain, ¿no es cierto? Es huérfano y no tiene hermanos; tampoco tiene una esposa o hermana gemela que sea una de las fundadoras de los clubs literarios o sociales de Jefferson; todo lo que puede hacer por la mujer de Flem Snopes es… —Gowan dijo cómo hasta ese momento madre estaba siempre entre padre y tío Gavin, con una mano en cada pecho para mantenerlos aparte. Pero entonces madre y tío Gavin se volvieron los dos contra padre, con madre tapándole la boca a padre con una mano y con la otra buscando los oídos de Gowan, y tanto ella como tío Gavin dijeron lo mismo, aunque tío Gavin utilizó otras palabras:
       —¡No te atreverás!
       —Vamos. Dilo.
       Así que padre no lo dijo. Pero ni siquiera él adivinó lo que tío Gavin trató de hacer a continuación: quiso convencer a madre para que el comité del Cotillón no invitara al baile al señor De Spain.
       —Demonios coronados —dijo padre—. No puedes hacer eso.
       —¿Por qué no podemos? —preguntó madre.
       —¡Es el alcalde! —exclamó padre.
       —El alcalde es un servidor de la ciudad —dijo madre—. Es el jefe de la servidumbre, por supuesto: el mayordomo. Pero no se invita a un mayordomo a una fiesta porque sea mayordomo. Se le invita a pesar de serlo.
       Pero también el alcalde De Spain recibió su invitación. Tal vez la razón de que madre no lo impidiera, como tío Gavin quería que hiciese, fue simplemente la que ya había dado, explicado, descrito: que ni ella ni el Club del Cotillón tenían que invitarle porque fuese alcalde, y por lo tanto lo invitaron precisamente para demostrarlo, para probarlo. Pero padre no pensaba que fuese ésa la razón.
       —Nada de eso —dijo—. No creáis, mujeres del demonio, que nos engañáis ni a mí ni a nadie. Queréis jaleo. Queréis que pase algo. Os gusta. Queréis tener a dos gallos con la cresta bien roja pavoneándose, con tal de que una de vosotras, gallinas, sea el motivo. Y si se os ocurre algo más para empujarlos uno contra otro hasta llegar a derramar sangre en defensa propia, también lo haréis porque cada gota de esa sangre o cada ojo morado o cuello de camisa rasgado en público o pantalones rotos o embarrados es otro elemento más de la venganza contra esa raza de varones que os tiene esclavizadas día tras día las veinticuatro horas, sin nada que hacer entre las comidas excepto intercambiar habladurías por teléfono. Apostaría cualquier cosa —dijo—, que si ningún club fuese a dar un baile de Navidad dentro de dos semanas, todas vosotras lo organizaríais para invitar a la señora Snopes y a Gavin y a Manfred De Spain. Excepto que esta vez estás malgastando tu tiempo y tu dinero. Gavin no sabe cómo armar jaleo.
       —Gavin es un caballero —dijo madre.
       —Claro que sí —dijo padre—. Eso es lo que he dicho: no es que no quiera armar jaleo, es simplemente que no sabe cómo hacerlo. No; no quiero decir que no lo intente. Lo hará lo mejor que sepa. Pero no sabe cómo armar el tipo de jaleo que un hombre como Manfred De Spain se toma en serio.
       Si bien el señor De Spain hizo todo lo que estuvo en su mano para enseñar a tío Gavin cómo. Empezó el día que se enviaron las invitaciones y él recibió por fin la suya. Cuando compró aquel E. M. F. rojo, lo primero que hizo fue instalar un escape libre que se manejaba desde el asiento del conductor, y hasta que lo eligieron alcalde por primera vez, se le oía por todo el camino hasta la plaza desde el momento en que salía de casa. Y poco después de aquello Lucius Hogganbeck encontró a alguien (fue el señor Roth Edmonds y quizá también el señor De Spain, dado que el padre de Lucius, el viejo Boon Hogganbeck, había sido montero, encargado de los perros de caza y hombre para todo del padre del señor Roth, McCaslin Edmonds, de su tío, Ike McCaslin, y del viejo comandante De Spain en la época del antiguo campamento de caza del comandante De Spain) que firmara un aval para comprar un Ford del modelo T y poner en marcha el negocio del transporte colectivo de pasajeros, y él también dispuso de un escape libre, de manera que los domingos por la tarde la mitad de los hombres de Jefferson dejaban a sus mujeres y se iban a un trozo recto de carretera a unos tres quilómetros de la ciudad (incluso a tres quilómetros de distancia, se les oía en Jefferson cuando la dirección del viento era favorable) y el señor De Spain y Lucius echaban carreras. Lucius cobraba cinco centavos a sus acompañantes por participar en la carrera, pero el señor De Spain llevaba a los suyos gratis.
       Aunque lo primero que hizo el señor De Spain cuando lo eligieron alcalde fue aprobar una ordenanza para que no se pudiera utilizar el escape libre dentro de la ciudad. De manera que desde hacía años no se escuchaba ninguno. Hasta que una mañana lo oímos de nuevo. Quiero decir que lo oímos nosotros —el abuelo, madre, padre, tío Gavin y Gowan— porque sonó justo delante de nuestra casa. Era más o menos la hora en que todo el mundo iba a clase o a trabajar y Gowan supo de qué coche se trataba incluso antes de llegar a la ventana, debido a que el Ford de Lucius hacía un ruido distinto, y además nadie excepto el alcalde se hubiera atrevido a usar el escape libre con la ordenanza contra su utilización todavía vigente. Era él: el automóvil rojo perdiéndose a lo lejos y el escape libre enmudecido tan pronto como nuestra casa quedó atrás; y tío Gavin todavía sentado a la mesa terminando el desayuno como si no se hubiera oído nada.
       Y cuando Gowan llegó a la esquina, volviendo a casa del colegio a mediodía, lo oyó de nuevo; el señor De Spain se había apartado varias manzanas de su recorrido habitual para pasar en segunda a todo gas frente a nuestra casa con el escape libre bien abierto; y de nuevo mientras madre, padre, el abuelo y tío Gavin estaban terminando de comer, con mi madre inmóvil y sin mirar a nada y padre mirando a tío Gavin y tío Gavin moviendo el café como si no se oyera ningún ruido en ningún sitio, con la excepción, tal vez, del que hacía su cucharilla dentro de la taza.
       Y de nuevo hacia las cinco y media, al atardecer, cuando tenderos, médicos, abogados, alcaldes y otras personas parecidas volvían a casa al final de la jornada para cenar, todos en silencio y pacíficamente, ausentándose de la ciudad hasta la mañana siguiente; y esta vez Gowan vio incluso cómo tío Gavin escuchaba el escape libre cuando pasó frente a nuestra casa. Quiero decir que a tío Gavin no le importó esta vez que le vieran oírlo, levantar un poco la vista e inmovilizar el periódico que estaba leyendo mientras continuaba el ruido, hasta que el señor De Spain alcanzó el extremo de nuestro jardín y levantó el pie; los dos, tío Gavin y el abuelo, alzaron la vista mientras pasaba el coche, aunque todo lo que el abuelo hizo fue fruncir un poco el ceño y tío Gavin ni siquiera eso: tan sólo se limitó a esperar, con tranquilidad casi absoluta, de manera que Gowan casi le oyó decir: Por fin se acaba. Tenía que pasar por cuarta vez para volver a casa.
       Y eso fue todo durante la cena y cuando pasaron después al despacho, donde madre se sentaba en la mecedora siempre cosiendo algo, aunque la mayoría de las veces no fuese más que zurcir los calcetines y las medias de Gowan, y el abuelo y padre se sentaban a los dos lados de la mesa del despacho jugando a las damas y a veces también entraba tío Gavin con un libro cuando no le apetecía tratar una vez más de enseñar a madre a jugar al ajedrez, hasta que al año siguiente nací yo y a la larga crecí lo bastante para que tratara de enseñarme a mí. Y después pasó el momento en que aparecían los que iban al cine, y los hombres que volvían a la ciudad después de cenar para perder el tiempo en el drugstore de Christian o para hablar con los viajantes de comercio en el vestíbulo de Holston House o para tomar otra taza de café en el café, y cualquiera habría pensado que ya estaban a salvo. Sólo que esta vez ni siquiera fue padre. Fue el abuelo en persona quien dio un respingo y dijo:
       —¿Qué demonios sucede? Es la segunda vez que oigo hoy ese ruido.
       —Es la quinta vez —dijo padre—. Se le ha escurrido el pie.
       —¿Cómo? —dijo el abuelo.
       —Trataba de pisar a fondo el freno para cruzar en silencio por delante de casa —dijo padre—. Pero se le ha resbalado el pie y ha pisado en cambio el escape libre.
       —Telefonea a Connors —dijo el abuelo. Hablaba del señor Buck Connors—. No estoy dispuesto a consentirlo.
       —Eso es cosa de Gavin —dijo padre—. Es el fiscal municipal en funciones cuando está usted ocupado con una partida de damas. Es él quien debe hablar con el jefe de policía. O, mejor aún, con el alcalde. ¿No estoy en lo cierto, Gavin? —y Gowan dijo que todos miraron a tío Gavin, y que él mismo se avergonzó, no de tío Gavin: de nosotros, del resto de la familia. Dijo que fue como ver caérsele los pantalones a alguien que tiene las dos manos ocupadas tratando de sostener el techo: uno siente que sea divertido, se avergüenza de tener que estar allí viendo a tío Gavin que no había recibido el menor aviso de que necesitara esconder la desnudez de su rostro cuando el escape libre empezara a funcionar y el automóvil cruzara otra vez lentamente en segunda por delante de la casa, cuando cualquiera habría opinado que tenía derecho a creer que la vez antes de cenar sería la última por lo menos hasta el día siguiente, con el escape libre a toda pastilla y sonando exactamente como una carcajada, todavía sonando como una carcajada incluso después de que el coche llegara a la esquina en que el señor De Spain siempre retiraba el pie del escape libre. Porque eran risas: era padre, desde su lado del tablero de damas, mirando a tío Gavin y riéndose.
       —¡Charley! —dijo madre—. ¡Basta! —pero ya era demasiado tarde. Tío Gavin se levantó muy deprisa, se dirigió hacia la puerta dando la impresión de no verla con claridad, y salió inmediatamente.
       —¿Qué demonios pasa? —dijo el abuelo.
       —Ha salido corriendo para telefonear a Buck Connors —dijo padre—. Como era ya la quinta vez, habrá decidido que al conductor no se le ha resbalado el pie.
       Ahora madre estaba encima de padre con la media y el huevo de zurcir en una mano y la aguja en la otra como si fuera un puñal.
       —¿Vas a hacer el favor de callarte, querido? —dijo—. ¿Vas a hacerme el favor de cerrar esa maldita boca tuya?… Lo siento, papá —le dijo al abuelo—. Pero es que… —de nuevo vuelta hacia padre—: ¿Vas a hacerme ese favor?
       —Claro que sí, muchacha —dijo padre—. Yo también estoy totalmente a favor de la paz y el silencio.
       Madre se marchó en seguida y muy pronto fue hora de acostarse y luego Gowan contó cómo vio a tío Gavin sentado en el salón a oscuras, si se exceptúa la luz que llegaba del corredor, de manera que no podía leer aunque quisiera. También es cierto, como Gowan explicó, que no lo intentaba: sólo estaba allí medio a oscuras, hasta que madre bajó las escaleras en bata y con el pelo suelto y dijo:
       —¿Por qué no te acuestas? Vamos, vamos —y Gowan dijo:
       —Sí, señora —y ella entró en el salón, se colocó junto a la silla de tío Gavin y dijo:
       —Voy a telefonearle —y tío Gavin dijo:
       —¿Telefonear a quién? —y madre volvió a salir y dijo:
       —Vamos, vete ahora mismo —y esperó a que Gowan subiera las escaleras delante de ella. Cuando ya se había acostado y apagado la luz, madre se acercó a la puerta y dijo buenas noches y que todo lo que tendrían que hacer ya sería esperar y nada más. Porque incluso aunque cinco fuese un número impar e hiciera falta una cifra par para completar la noche de tío Gavin, no era posible que se retrasara mucho, ya que el drugstore cerraba en cuanto terminaba la película, y cualquiera que siguiese en el vestíbulo de Holston House después de que los viajantes de comercio se marcharan a la cama tendría que explicárselo a Jefferson antes o después, por muy soltero que fuese. Y Gowan dijo que pensó en que, por lo menos, tío Gavin y él tenían su agradable casa familiar, caliente y cómoda, para esperar, aunque tío Gavin lo hiciera levantado, en el salón a oscuras y solo, en lugar de utilizar el hotel o el drugstore para retrasar lo más posible el volver a casa.
       Y esta vez Gowan dijo que el señor De Spain abrió el escape libre tan pronto como salió de la plaza; se le oyó por todo el camino, cada vez más fuerte a medida que doblaba las dos esquinas para llegar a nuestra calle, el estruendo intenso y escarnecedor, pero por lo menos no en segunda esta vez, a toda velocidad por delante de la casa y del salón a oscuras donde se hallaba tío Gavin, y a continuación doblando las dos esquinas que tenía que dejar atrás para volver a la calle que le correspondía, perdiéndose a lo lejos finalmente hasta que sólo se oyó la noche y luego los pies de tío Gavin subiendo calmosamente las escaleras. Después se apagó la luz del Pasillo y eso fue todo.
       Todo por aquella noche; quiero decir Por aquel día. Porque ni siquiera tío Gavin esperaba que fuera el final. De hecho los demás descubrieron en seguida que tío Gavin no tenía intención de que se acabara; a la mañana siguiente durante el desayuno fue él quien alzó primero la cabeza y dijo: «Ahí va Manfred de nuevo a nuestra mina de sal». Y a continuación a Gowan: «El señor De Spain se divierte con ese automóvil casi tanto como te vas a divertir tú cuando tu primo Charley compre uno, ¿no es cierto?». —Si es que eso sucedía alguna vez, porque padre dijo casi antes de que tío Gavin terminase de hablar:
       —¿Yo propietario de uno de esos cacharros ruidosos y malolientes? No me atrevería. Demasiados clientes míos utilizan caballos y mulas para ganarse la vida —pero Gowan dijo que si padre compraba uno mientras él estaba allí, encontraría sin duda alguna ocupación mejor que pasar arriba y abajo por delante de casa con el escape abierto.
       Y de nuevo mientras regresaba a mediodía para almorzar, y una vez más cuando aún estaban sentados a la mesa. Y no fue Gowan únicamente quien descubrió que tío Gavin no estaba dispuesto a que las cosas quedaran así, porque madre sorprendió a Gowan casi antes de que tío Gavin volviera la espalda. Gowan no supo cómo lo hizo. Aleck Sander decía siempre que su madre veía y oía a través de la pared (cuando se hizo mayor decía que Guster le olía el aliento por teléfono), de manera que quizá todas las mujeres que ya son madres o que hacen ese papel, como madre mientras Gowan vivió con nosotros, tienen esa misma facultad y por eso se enteró ella: saliendo del salón justo en el momento en que Gowan se metía la mano en el bolsillo.
       —¿Dónde está? —preguntó madre—. Lo que Gavin acaba de darte. Era una caja de tachuelas; ¿no era una caja de tachuelas? ¿Para esparcirlas por la calle y que el automóvil las pise? ¿No era eso? Comportándose como un adolescente. Debería casarse con Melisandre Backus antes de desprestigiar a toda su familia.
       —Creía que usted había dicho que era demasiado tarde para eso —dijo Gowan—. Que la que se case con primo Gavin tendrá que ser una viuda con cuatro hijos.
       —Quizá quise decir que era demasiado pronto —respondió madre—. Melisandre ni siquiera tiene marido todavía —luego se olvidó de Gowan—. Que es exactamente como se está comportando Manfred De Spain —añadió—. Como un adolescente —Gowan dijo que le miraba directamente a la cara, pero sin verle, y de repente Gowan aseguró que estaba muy bonita, que parecía ni más ni menos que una muchacha—. No: exactamente como nos estamos comportando todos —y ahora ya le veía otra vez—. Pero no se te ocurra hacerlo de manera que yo te vea, ¿me oyes? ¡No se te ocurra!
       —Sí, señora —dijo Gowan. No era difícil. Todo lo que Top y él tenían que hacer era repartirse las tachuelas después de salir de clase y tontear un poco en medio de la calle como si estuvieran decidiendo en qué ocupar el tiempo a continuación, mientras se les caían las tachuelas sobre las huellas de los neumáticos; el señor De Spain había pasado ya nueve veces para entonces, y Gowan aseguró que casi había hecho rodadas. Sólo que él y Top tenían que estar fuera pasando frío porque querían verlo. Top decía que cuando reventaran las ruedas reventaría todo el automóvil. Gowan pensaba que no, pero tampoco lo sabía y quizá Top tuviera razón en parte, la suficiente en cualquier caso para que mereciese la pena verlo.
       Así que tuvieron que colocarse detrás del gran arbusto de jazmín, pero empezó a oscurecer y cada vez hacía más frío y Guster abrió la puerta de la cocina y se puso a gritar llamando a Top hasta que al cabo de un rato fue a la puerta principal y gritó llamándolos a los dos; cuando por fin vieron las luces que se acercaban era ya noche cerrada y hacía mucho frío; se colocaron en la esquina del patio y el escape libre empezó a sonar y el automóvil pasó despacio y haciendo mucho ruido y los dos escucharon y miraron pero no sucedió nada, nada en absoluto; el coche siguió adelante y el escape libre dejó de sonar. Gowan dijo que tal vez haría falta un poco de tiempo para que las tachuelas hicieran efecto y las ruedas reventaran, y siguieron esperando, pero no sucedió nada. Y muy pronto había pasado ya el tiempo suficiente como para que De Spain estuviera en casa.
       Y después de la cena, todos otra vez en el despacho, pero en esta ocasión nada en absoluto, ni la más mínima cosa cruzó la calle, así que Gowan pensó que tal vez las ruedas no habían reventado hasta después de que De Spain estuviera en su casa y tío Gavin no sabría ya nunca cuándo podría salir con tranquilidad del salón a oscuras y subir a acostarse; de manera que él, Gowan, se acercó como por casualidad a tío Gavin y le susurró al oído: «¿Quiere que vaya a su casa y mire?». Sólo que padre dijo:
       —¿Cómo? ¿De qué le hablas al oído? —así que aquello no sirvió. Y a la mañana siguiente tampoco sucedió nada: el escape libre rugiendo lentamente por delante de la casa, como si la vez siguiente fuese a aparecer cruzando el comedor. Y dos veces más al mediodía; y cuando aquella tarde Gowan llegó a casa del instituto Top le hizo un gesto con la cabeza y los dos se fueron al sótano; Top tenía un viejo rastrillo al que sólo le quedaba un poco de mango, de manera que hicieron una hoguera detrás de la cuadra y quemaron el mango, y cuando fue lo bastante de noche Gowan se puso a vigilar los dos lados de la calle mientras Top abría una zanja perpendicular a las rodadas de los neumáticos y colocaba allí el rastrillo con las púas hacia arriba y a continuación extendía hojas por encima para que no Se viera; después se quedaron otra vez a vigilar detrás del arbusto de jazmín mientras pasaba el automóvil armando estruendo. Pero tampoco sucedió nada, aunque cuando desapareció el coche vieron con sus propios ojos el sitio donde las ruedas habían pasado sobre el rastrillo.
       —Vamos a intentarlo una vez más —dijo Gowan. Lo hicieron a la mañana siguiente y no sucedió nada. Por la tarde Top trabajó un rato en el rastrillo con una vieja lima y luego Gowan trabajó otro rato, incluso después de que los dos se dieran cuenta de que aún estarían haciéndolo cuando el Club del Cotillón planeara el baile de Navidad del año siguiente.
       —Necesitamos una piedra de afilar —dijo Gowan.
       —Tío Noon —dijo Top.
       —Cogeremos la escopeta como si fuésemos a cazar conejos —dijo Gowan. Así lo hicieron: hasta llegar a la herrería de tío Noon Gatewood en las afueras de la ciudad. Tío Noon era voluminoso, de tez amarilla, y con una rodilla deformada que parecía responder exactamente al ángulo entre la caña y la cuartilla de un caballo; tío Noon levantaba la pata trasera de un caballo, encajaba la pezuña en la rodilla, extendía una mano para agarrarse al poste más cercano y si el poste no cedía, el caballo podía dar tirones y corcovear todo lo que quisiera, porque tío Noon y el caballo se balanceaban de acá para allá, pero la pezuña no se movía. El herrero les dejó usar su piedra de afilar y, mientras Tom sostenía e inclinaba la lata del agua, Gowan apretaba las púas una a una contra la piedra hasta que estuvieron en condiciones de atravesar prácticamente cualquier cosa que chocara con ellas, y por supuesto una cubierta de automóvil.
       Gowan dijo que esa vez sí que tuvieron que esperar a que fuese de noche. De noche y además tarde, para asegurarse de que nadie iba a verlos. Porque si el rastrillo afilado funcionaba, quizá el coche no reventara tan deprisa como para que el señor De Spain no tuviera tiempo de preguntarse cuál había sido la causa, empezara a buscar alrededor y encontrara el rastrillo. Y al principio parecía una buena cosa que dispusieran además de una larga noche de diciembre, porque el suelo estaba tan duro por la helada que, en lugar de un agujero para meter el rastrillo, tuvieron que cavar una verdadera zanja, lo bastante larga para atarle una cuerda y luego tirar de él y ocultarlo en el patio cuando reventara la rueda y antes de que el señor De Spain empezara a investigar la causa. Pero Gowan dijo que afortunadamente al día siguiente era sábado, dispondrían de todo el día para colocar el rastrillo y podrían estar detrás del arbusto de jazmín y verlo todo con luz de día.
       De manera que eso fue lo que hicieron: ya estaban detrás del seto con el rastrillo en posición y Gowan sujetando el extremo del cordel cuando lo oyeron venir y después lo vieron; en seguida el escape libre empezó a sonar y pasó ante la casa estruendosamente, como si dijera Jajajajajaja, y ya pensaban que también esta vez habían fallado cuando una rueda hizo BANG y Gowan dijo que no tuvo tiempo de tirar del cordel, porque salió disparado, escapándosele de la mano y enroscándose en el seto de jazmín como el rabo de una serpiente, mientras el automóvil decía Jajajajaclankjajajajaclank cada vez que el rastrillo que parecía estar pegado a la rueda golpeaba de nuevo contra el guardabarros, hasta que por fin el señor De Spain detuvo el coche. Luego Gowan dijo que se abrió la ventana del salón que tenían detrás, se asomaron madre y padre y al cabo de un momento madre dijo:
       —Tú y Top salid a ayudarle y así los dos aprenderéis algo para cuando tu primo Charley se compre un automóvil.
       —¿Comprar yo uno de esos cacharros ruidosos y malolientes? —dijo padre—. Ni hablar, perdería todos los clientes de caballo y mula que tengo…
       —Tonterías —dijo madre—. Comprarías hoy mismo uno si creyeras que papá lo consentiría… No —le dijo a Gowan—. Ayuda tú solo al señor De Spain. Necesito a Top en la casa.
       Así que Top entró en casa y Gowan se acercó al coche. El señor De Spain se hallaba de pie junto a la rueda deshinchada con el rastrillo en la mano, examinándolo con calma y dando la impresión de silbar una melodía para sus adentros, dijo Gowan. Luego alzó la vista para mirar a Gowan, sacó la navaja, cortó el cordel, se guardó el rastrillo en el bolsillo del abrigo y empezó a enrollar el cordel, contemplándolo mientras salía a saltos de nuestro patio, dando siempre la sensación de seguir silbando para sus adentros. En seguida apareció Top. Se había puesto la chaquetilla blanca que usaba cuando madre intentaba enseñarle cómo servir a la mesa y traía una bandeja con una taza de café, una jarrita de leche y un azucarero.
       —La señorita Maggie dice que si quiere usted una taza de café mientras descansa a la intemperie —dijo.
       —Muy agradecido —respondió el señor De Spain. Terminó de enrollar el cordel, cogió la bandeja, la colocó sobre el guardabarro y después le dio a Top el cordel enrollado—. Un buen sedal para pescar —explicó.
       —No es mío —protestó Top.
       —Ahora ya lo es —respondió el señor De Spain—. Te lo acabo de dar —de manera que Top cogió el cordel. A continuación el señor De Spain le dijo que se quitara la chaquetilla limpia, luego abrió la trasera del automóvil, enseñó a Gowan y a Top el gato y las herramientas para cambiar la rueda y se bebió el café mientras Top se arrastraba para meterse debajo del coche y colocar el gato en su sitio; después Gowan y él levantaron la rueda. Entonces el señor De Spain dejó la taza vacía, se quitó el abrigo y se acuclilló junto a la rueda deshinchada con una de las herramientas. Sólo que a partir de aquel momento Gowan dijo que lo único que Top y él aprendieron fueron algunas palabrotas que no habían oído nunca, hasta que el señor De Spain se incorporó, tiró la herramienta contra la rueda y dijo, esta vez dirigiéndose a Gowan:
       —Corre y telefonea desde la casa a Buck Connors para que traiga volando a Jabbo.
       Sólo que para entonces también padre estaba allí.
       —Quizá te sobran expertos —dijo—. Entra y tómate una copa. Ya sé que es muy temprano, pero estamos en navidades.
       Así que todos entraron en la casa y padre telefoneó al señor Connors para que trajera a Jabbo, que era el hijo de tío Noon Gatewood. También él iba para herrero hasta que el señor De Spain se presentó con el automóvil rojo en la ciudad y, como decía tío Noon, «lo echó a perder». Aunque Gowan decía que nunca entendió muy bien por qué decía eso, dado que Jabbo se emborrachaba y terminaba en la cárcel tres o cuatro veces al año cuando no era todavía más que aprendiz de herrero, mientras que ahora, desde que los automóviles habían llegado a Jefferson, Jabbo era el mejor mecánico del condado, y aunque seguía emborrachándose y yendo a la cárcel igual que siempre, nunca se quedaba más que una noche porque en seguida le necesitaba alguien con la suficiente urgencia para pagar la multa.
       Luego entraron en el comedor, donde madre había preparado la botella con tapón de cristal y las copas.
       —Espera —dijo padre—. Llamaré a Gavin.
       —Se ha marchado ya —respondió madre muy de prisa—. Ahora sentaos Y tomad el ponche.
       —Quizá no se haya ido aún —dijo padre, saliendo de todas formas.
       —Por favor, no los esperes —le dijo madre al señor De Spain.
       —No me importa esperar —dijo el señor De Spain—. Es demasiado temprano para empezar a beber.
       Padre regresó en seguida.
       —Gavin dice que le disculpemos —explicó—. Parece que tiene ardor de estómago últimamente.
       —Dile que para el ardor de estómago va bien la sal —dijo el señor De Spain.
       —¿Cómo? —dijo padre.
       —Dile que venga —respondió el señor De Spain—. Dile que Maggie colocará un salero entre los dos —y no pasó nada más. El señor Connors llegó con un rifle y Jabbo esposado y todos fueron a donde estaba el coche; Connors le pasó el rifle a Jabbo para que lo sostuviera mientras él sacaba la llave y le quitaba las esposas; luego volvió a hacerse cargo del rifle. A continuación Jabbo cogió las herramientas y sacó la rueda en un abrir y cerrar de ojos.
       —¿Por qué no…? —dijo padre—, si pudieras algo así como embalsamar un poco a Jabbo…, ya sabes: lo bastante para que no pasara hambre ni frío…, atarlo a la trasera del coche como si fuera una rueda de repuesto o un motor, cada vez que tuvieras un pinchazo y el coche no arrancara, todo lo que tendrías que hacer sería desatar a Jabbo, ponerlo de pie y desembalsamarlo…, ¿es ésa la palabra? ¿Desembalsamar?
       —Cuando la hayas arreglado —le dijo el señor De Spain a Jabbo—, tráela a mi despacho.
       —Sí, señor —respondió Jabbo—. El señor Buck puede llevar también el papel de la multa.
       —Dale las gracias a tu tía por el café —le dijo el señor De Spain a Gowan.
       —Es mi prima —dijo Gowan—. Y por el ponche.
       —Iré andando a la ciudad contigo —dijo padre al señor De Spain. Estábamos a sábado. El baile del club iba a ser el miércoles. El lunes, el martes y el miércoles Jefferson conoció la mayor demanda de flores de toda su historia, superando incluso a la que provocó la muerte del viejo general Compson, que, además de general de brigada confederado, había sido gobernador de Mississippi durante dos días. El señor De Spain no se enteró por ninguno de nosotros de lo que tío Gavin se proponía hacer, pero en cualquier caso decidió que a él, al señor De Spain, le convenía hacer lo mismo. Y sería estupendo suponer que a los dos se les ocurrió la misma idea al mismo tiempo. Pero eso sería mucho suponer.
       De manera que debió de decírselo la señora Rouncewell, que llevaba la floristería, y no, explicó tío Gavin, porque le gustaran las flores ni tampoco porque le gustase el dinero, sino porque le encantaban los funerales; ella personalmente había enterrado a dos maridos, y con el dinero del seguro de vida del segundo abrió la tienda y suministró flores para todos los funerales de Jefferson a partir de entonces; tuvo que ser ella quien explicó al señor De Spain que tío Gavin quería enviar un ramillete a la señora Snopes para que lo luciera en el baile, hasta que madre le dijo que la señora Snopes ya tenía marido y que no podía enviarle un ramillete a ella sola y cómo tío Gavin dijo «de acuerdo, ¿acaso quieres que le mande otro al señor Snopes?». Y madre dijo que tío Gavin sabía perfectamente lo que ella quería decir y tío Gavin dijo «de acuerdo, mandaré uno a todas las señoras del Cotillón». Así que el señor De Spain tuvo que hacer lo mismo, con lo que no sólo la señora Snopes sino todas las damas del Club del Cotillón iban a recibir dos ramilletes por cabeza.
       Por no decir nada del resto de la ciudad: no sólo los maridos y pretendientes de las señoras del Club, sino los maridos y pretendientes de todas las demás señoras invitadas; de manera especial quienes ya estaban casados, puesto que no habrían tenido que enviar ramilletes a sus esposas, dado que ellas no esperaban que lo hicieran, de no ser por tío Gavin y el señor De Spain. Pero sobre todo por culpa de tío Gavin, puesto que él empezó todo el asunto; al oírlos en la barbería mientras se cortaban el pelo para el baile, y en la sastrería del señor Kneeland alquilando los trajes de etiqueta, cualquiera habría pensado que iban a lincharlo.
       Y algunos estaban haciendo algo más que maldecir a tío Gavin: más concretamente el señor Grenier Weddel y la señora Maurice Parsons. Pero eso fue más adelante y sólo nos enteramos el día después del baile. Todo lo que sabíamos por el momento era la enorme demanda de flores en la tienda de la señora Rouncewell, lo que padre denominó el pánico Rouncewell. («No tuve más remedio que inventar esa expresión», dijo padre. «Aunque le correspondía hacerlo a Gavin por derecho; debería haberla inventado él pero la verdad es que en aquel momento tenía aún menos sentido del humor que esa frase». Porque también él maldecía a tío Gavin, ya que tendría que enviar a madre un ramillete, puesto que tío Gavin se lo iba a enviar, cuando no había sido intención suya hacerlo, con lo que ascenderían a tres los que madre recibiría…, es decir, si el resto de los varones que pensaban asistir al baile no se dejaban dominar por el pánico y decidían enviar a todas las asociadas otro ramillete). Porque cuando llegó la noche del lunes, a la señora Rouncewell no le quedaba una sola flor; y cuando el martes por la tarde pasó el tren en dirección norte, todas las ciudades de los alrededores de Jefferson a ambos lados de la carretera se habían quedado sin flores; de manera que a primera hora del miércoles un automóvil, alquilado especialmente, hizo un viaje de urgencia desde Memphis con flores suficientes para que la señora Rouncewell estuviera en condiciones de empezar a entregar los ramilletes a tiempo, utilizando a su propio mozo y el coche colectivo de Lucius Hogganbeck, e incluso alquilando el carretón de fabricación casera con el que la señorita Eunice Habersham vendía hortalizas, de manera que también en nuestra casa aparecieron cinco ramilletes que todos creyeron que eran para madre hasta que ella leyó los nombres de los paquetes y dijo:
       —Este no es para mí. Es para Gavin.
       Todos miraron a tío Gavin mientras él se quedaba inmóvil contemplándolo, con la mano ya levantada y luego detenida también a mitad de camino. Hasta que por fin rompió el cordel, levantó la tapa, apartó el papel de seda y entonces —Gowan dijo que todo fue de repente, pero que tampoco lo hizo de prisa— volvió a poner en su sitio el papel de seda, colocó otra vez la tapa y guardó la caja.
       —¿No nos vas a dejar verlo? —preguntó madre.
       —No —respondió tío Gavin. Pero Gowan lo había visto ya. Era el rastrillo, con dos flores como formando un ramo, y todo ello atado con una cinta o tira de algo que Gowan sabía que era goma muy fina pero que aún tardó uno o dos años, hasta que creció lo bastante y se hizo mucho mayor, en reconocer con precisión; y al mismo tiempo que se daba cuenta de lo que era, dijo que comprendió también que estaba usado; y al mismo tiempo supo cómo se suponía que tío Gavin tenía que creer que había sido utilizado, ya que ésa era la razón de que el señor De Spain se lo hubiera enviado: porque tanto si tío Gavin acertaba como si no, ya nunca estaría seguro y perdería la paz para siempre.
       Y Gowan no tenía más que trece años; hasta aquel baile nunca se le habría ocurrido que nadie pudiera pagarle lo suficiente para lograr que fuera, o incluso que pudieran llevarlo a rastras a un Baile de Cotillón. Pero dijo que ya había visto mucho para entonces; y que tenía que estar allí por si pasaba algo más, aunque no podía imaginar qué, después de todo lo sucedido; ¿qué más podía pasar en un simple baile? Así que se puso el traje azul de los domingos y vio a madre, muy bien peinada y con los pendientes de brillantes de la abuela, tratando de lograr que padre le dijera cuál de los cuatro ramilletes debía llevar: el que le había regalado él o, de los tres restantes, el que, según ella, iba mejor con su vestido; luego Gowan cruzó hasta la habitación de tío Gavin, que sacó otra corbata blanca de lazo como la suya y se la puso a Gowan y también una flor en el ojal y finalmente bajaron todos, montaron en el coche de alquiler que les estaba esperando, atravesaron el frío nocturno hasta la plaza y hasta el edificio de la Ópera donde los demás coches de alquiler, y de vez en cuando un automóvil, se detenían para que los otros invitados se apearan con plisados y rizos, chales y pendientes y perfume y guantes blancos hasta el codo, como los de madre, o con chaqué y camisas almidonadas y corbatas blancas de lazo y cortes de pelo del día anterior, como padre y tío Gavin y (al menos la corbata blanca) Gowan, junto con los mirones y los chicos negros, y también blancos, que holgazaneaban cerca de la puerta para oír la música cuando empezase a tocar la orquesta.
       Era el profesor Handy, de la calle Beale de Memphis. Su orquesta tocaba en todos los bailes del norte de Mississippi y Gowan contó que todo el salón estaba decorado para navidad y las señoras del Club del Cotillón, con sus acompañantes, alineadas para recibir a los invitados; dijo que se olían los ramilletes incluso antes de empezar a subir las escaleras y que cuando se entraba en el salón de baile se tenía la impresión de ver incluso el olor que despedían, como se ve la neblina sobre un pantano en una mañana fría. Y también contó que el señor Snopes estaba allí, con un chaqué alquilado, y cómo la ciudad de Jefferson pensó probablemente que aquel traje no era más que la segunda huella, hasta que llegaron a darse cuenta de que no lo era, de la misma manera que el depósito de agua tampoco era un monumento: que se trataba en realidad de una bandera roja. Mejor dicho: de esa señal en los pasos a nivel que dice Cuidado con la Locomotora.
       Y Gowan contó cómo, puesto que madre era la presidenta del Club aquel año, todo el mundo (porque una vez que la señora Rouncewell tomó conciencia finalmente de la mina de oro floral que le había tocado en suerte, no quedaba nadie en Jefferson que siguiera in albis acerca del señor De Spain, tío Gavin y la señora Snopes) esperaba que le concediera a Gavin el primer baile con la señora Snopes. Pero no lo hizo. Mandó a Grenier Weddel, que también era soltero. E incluso después mantuvo el equilibrio entre tío Gavin y el señor De Spain hasta que el alcalde lo estropeó todo. Porque era soltero. Me refiero a lo que decía tío Gavin: que hay algunos hombres que son incorregible e invenciblemente solteros prescindiendo de las veces que se casen, de la misma manera que hay otros que son maridos condenados y castrados aunque no encuentren nunca una mujer que cargue con ellos. Y el señor De Spain era uno de ésos. Quiero decir que pertenecía al primer grupo: soltero incorregible e invencible y también amenaza, le sucediera lo que le sucediese, porque, al decir de tío Gavin, a las personas como el señor De Spain no les suceden cosas ni les afectan circunstancias y situaciones; las personas como él afectan e influyen en circunstancias y situaciones.
       En esta ocasión contó con ayuda. Yo no estaba allí para ver y ahora sé que Gowan tampoco entendió lo que estaba viendo. Porque después de algún tiempo nací yo, y más adelante fui lo bastante mayor para ver a la señora Snopes y muy pronto crecí lo suficiente para sentir lo que tío Gavin y el señor De Spain (y todos los restantes varones de Jefferson y de Frenchman’s Bend y de cualquier otro sitio que llegaran a verla, imagino, incluidos los hombrecillos cautelosos que no eran tan valientes y desafortunados como tío Gavin ni tan valientes y afortunados como el señor De Spain, aunque probablemente ellos hablaran de ser razonables) sentían sólo con mirarla. Y al cabo de algún tiempo más, cuando ya había muerto y el señor De Spain abandonó la ciudad llevando públicamente luto por ella como si hubiera sido su mujer, y finalmente Jefferson dejó de hablar de ella, apuesto cualquier cosa a que había otros en Jefferson, además de mí mismo, que recordándola aún lo sentían y se afligían. Quiero decir que lamentaban que su hija no tuviera lo que fuese que la madre poseía; hasta que uno se daba cuenta de que no lamentaba que la hija no lo tuviera ni que ya no lo tuviéramos, sino que nunca más lo tendríamos: que ni siquiera toda la ciudad de Jefferson llena de hombrecillos débiles, insignificantes y asustados podría haber soportado más de una señora Snopes a lo largo de un siglo. Y supongo que al principio hubo incluso un segundo o dos en los que hasta el señor De Spain tuvo ocasión de asustarse. Imagino que hubo un segundo en el que incluso él dijo Párate ahí; ¿no me habré tropezado quizá con algo no sólo más puro que yo sino incluso más valiente que yo, más valiente y más resistente que yo porque es más puro y está más limpio que yo? Porque eso era lo que sucedía.
       Gowan dijo que fue la manera en que la señora Snopes y el señor De Spain se pusieron a bailar. Es decir, la manera en que de repente el señor De Spain empezó a bailar con la señora Snopes. Hasta entonces, dijo Gowan, tío Gavin y el señor De Spain y los otros caballeros que madre enviaba para apuntar sus nombres en el carné de la señora Snopes se habían turnado tranquila y pacíficamente. Luego, de pronto, Gowan dijo que todos los demás dejaron de bailar y se apartaron, y que vio a la señora Snopes y al señor De Spain bailando juntos dentro de un círculo de personas horrorizadas. Y cuando yo fui lo bastante mayor, de catorce o quince o dieciséis años, supe lo que Gowan había visto sin saber lo que veía: el segundo en que el señor De Spain sintió asombro, desconcierto, incredulidad y también miedo de sí mismo por lo que se descubrió haciendo sin saber siquiera que lo iba a hacer: bailar de aquella manera con la señora Snopes para vengarse de tío Gavin por haberle asustado lo bastante como para recurrir a trastadas de adolescente al estilo del escape libre y del rastrillo y el chisme de goma ya usado en un ramillete; miedo de sí mismo al descubrir que no podía ser únicamente lo que él había creído ser durante todos aquellos años, puesto que se encontraba en una situación anímica que le empujaba a realizar trastadas como aquéllas; mientras que la señora Snopes permitía que el señor De Spain la hiciera bailar en público de aquella forma sencillamente porque estaba viva y no se avergonzaba como quizá en aquel momento, o incluso durante las dos últimas semanas, el señor De Spain y tío Gavin se habían avergonzado; porque ella era lo que era, tenía el aspecto que tenía, no se avergonzaba de ello, ni le asustaba ni le avergonzaba alegrarse de ello, ni hacer aquello para demostrarlo, puesto que el hecho de no asustarse ni avergonzarse parecía ser el único modo de demostrarlo, de que aquellas gentecillas insignificantes que se habían apartado mudas y horrorizadas formando un círculo de consternación en torno a ellos, lo entendieran; mientras todos los otros insignificantes maridos casados y sin casar, cobardes, mezquinos y sin salvación posible, adoptaban expresiones de horror y dignidad ofendida con el fin de ocultarse mutuamente que, en realidad, lo que querían era echarse a llorar, llorar a lágrima viva porque no eran tan valientes, sabedores de que, aunque no hubiera ningún otro hombre sobre la tierra, prescindiendo de aquel salón de baile, tampoco ellos habrían podido sobrevivir, y mucho menos igualar o enfrentarse con aquel esplendor, con aquella espléndida desvergüenza.
       Debería de haber sido el señor Snopes, por supuesto, ya que él era el marido, el acompañante, el protector en el ritual oficial. Pero fue tío Gavin, sin ser marido, acompañante, caballero, defensor o protector de nadie excepto simple y precipitadamente de sí mismo: a quien en realidad tampoco le importaba hasta qué punto la señora Snopes resultara golpeada y magullada en aquel asunto con tal de que, cuando finalmente acabara a pisotones con la última chispa de vida del señor De Spain, quedara lo suficiente. Gowan contó cómo se adelantó, cogió por el hombro al señor De Spain y tiró, e inmediatamente se produjo una especie de sonido y dijo que después todos los hombres corrían por el salón hacia la escalera de atrás que llevaba al callejón y las señoras gritaban con toda el alma sólo que Gowan dijo que muchas de ellas corrían también detrás de los hombres de manera que él tuvo que hacerse una especie de túnel entre faldas y piernas, para bajar por la escalera de atrás; dijo que, a través de las piernas, vio a tío Gavin levantándose del suelo del callejón y que él, Gowan, avanzó a empujones hasta colocarse delante y volvió a ver a tío Gavin levantándose con la cara llena de sangre y dos hombres ayudándole o por lo menos tratando de hacerlo, porque los apartó y corrió de nuevo hacia el señor De Spain; y cuando fui mayor también entendí aquello: que tío Gavin ni siquiera trataba ya de destruir o incluso de herir al señor De Spain porque para entonces ya había descubierto que no podía. Y es que tío Gavin ya era otra vez él mismo. Lo que hacía no era más que defender con su sangre el principio de que, tanto si existen como si no, hay que defender la castidad y la virtud de las mujeres.
       —¡Ya está bien! —gritó el señor De Spain—. Sujételo alguno de ustedes, muchachos, y déjenme que me vaya.
       Así que padre sujetó a tío Gavin y alguien trajo el sombrero y el abrigo del señor De Spain, que se marchó inmediatamente; y Gowan dijo que en aquel momento tuvo la seguridad de que volvería a oírse el escape libre pero no fue así. No pasó nada: tan sólo tío Gavin de pie, limpiándose la sangre de la cara, primero con su pañuelo y luego con el de padre.
       —Estúpido —dijo padre—. Sabes perfectamente que no puedes pelear. Nunca has aprendido.
       —¿Se te ocurre otro aprendizaje mejor que el que acabo de intentar? —respondió tío Gavin.
       Y también en casa, en su cuarto de baño, donde pudo quitarse el chaleco y el cuello y la corbata y la camisa y tenía puesta una toalla húmeda sobre las heridas cuando entró madre, que traía en la mano una flor, una rosa roja de uno de los ramilletes.
       —Ten —dijo—. Te la manda la señora Snopes.
       —Mientes —dijo tío Gavin—. Eso es cosa tuya.
       —¡Vete al diablo! —dijo madre—. ¡Te la manda la señora Snopes!
       —No —dijo tío Gavin.
       —¡Pues debiera haberlo hecho! —respondió madre; y Gowan dijo que ahora madre estaba llorando, abrazando a medias a tío Gavin y a medias golpeándole con los puños mientras lloraba:
       —¡Estúpido, más que estúpido! ¡No te merecen! ¡No te llegan ni a la suela del zapato! ¡Ninguno de ellos, por mucho que se den aires y actúen como una…, como una maldita casa de putas! ¡Ninguno de ellos! ¡Ni uno solo!

       Aunque esa noche el señor Snopes dejó en Jefferson más huellas que aquéllas; dejó otra nariz sangrando y dos ojos morados. El cuarto ramillete que madre recibió aquella noche se lo mandó Grenier Weddel, que también era soltero, como el señor De Spain. Quiero decir que era el tipo de soltero que tío Gavin decía que siempre seguiría siéndolo prescindiendo de con quién y cuántas veces se casara. Tal vez Sally Hampton rompió con él por esa razón. En cualquier caso, le devolvió el anillo y se casó con Maurice Parsons, de manera que cuando tío Gavin y el señor De Spain comenzaron aquel día lo que padre denominó el pánico de la señora Rouncewell, Grenier vio el cielo abierto y envió a la señora Parsons lo que padre llamaba no un ramillete del tamaño de un pánico corriente sino triple. Quizá fuera ése el motivo de que la señora Parsons no lo llevara aquella noche al baile: era demasiado grande. En cualquier caso no lo llevó, pero cuando tío Gavin y el señor De Spain dejaron libre el callejón, Grenier y Maurice Parsons ocuparon su sitio: Grenier salió con un ojo morado y Maurice volvió a casa sangrándole la nariz; a la mañana siguiente, cuando Sally apareció por la ciudad era ella quien tenía otro ojo morado. Y tal vez no lució el ramillete en público, pero sí aquel ojo. No sólo estuvo paseándose por la ciudad toda la mañana, sino que volvió por la tarde para que todo el mundo en Jefferson tuviera ocasión de verlo o al menos de oír hablar de su ojo. Gowan dijo que cualquiera habría pensado que incluso estaba orgullosa de él.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar