William Faulkner
(1897-1962)


El otoño del delta
“Delta Autumn”
Originalmente publicado en Story (May/June 1942)
Go down, Moses (1946)


      Pronto entrarían en el delta. La sensación le era familiar; una sensación renovada cada última semana de noviembre por espacio de más de cincuenta años: la última colina, a cuyo pie empezaba la rica e intocada llanura de aluvión como empezaba el mar en la base de sus acantilados, se diluía bajo la despaciosa lluvia de noviembre tal como el propio mar se hubiera diluido. Al principio habían viajado en carros: las armas, los enseres de cama, los perros, los víveres, el whisky, la expectación de la caza; los jóvenes, que eran capaces de conducir durante toda la noche y todo el día siguiente bajo la lluvia fría, y armar el campamento en medio de la lluvia y dormir en las mantas húmedas y levantarse con el alba a la mañana siguiente para cazar. Había habido osos entonces, y se disparaba a una gama o a un cervato tan presto como a un ciervo, y en las tardes se tiraba contra los pavos salvajes con pistola para probar la pericia en la caza al acecho y la buena puntería, y se daba a los perros todo salvo las pechugas. Pero aquéllos eran tiempos ya pasados y ahora viajaban en coches, y conducían más rápido cada año, pues las carreteras eran mejores y debían ir más lejos, ya que los territorios en los que aún existía la caza se alejaban más y más año tras año, tal como la vida de él se iba acortando año tras año, hasta que a la sazón había llegado a ser el último de los que un día hicieron el viaje en carro, sin acusar cansancio, y ahora quienes le acompañaban eran los hijos y hasta los nietos de aquellos hombres que habían manejado los carros durante veinticuatro horas bajo la lluvia y el aguanieve, tras las mulas rezumantes de vapor, y ahora le llamaban tío Ike, y él ya no decía nunca a nadie cuán cerca en verdad estaba de los setenta, pues sabía tan bien como ellos que ya nada tenía que hacer en tales expediciones, ni siquiera viajando en automóvil. Ahora, de hecho, en la primera noche de acampada, mientras yacía insomne y dolorido, entre las mantas ásperas, con la sangre sólo ligeramente caldeada por el único y suave whisky con agua que se permitía, solía decirse año tras año que aquella vez habría de ser la última. Pero acababa soportando el eventual último viaje (seguía disparando casi tan bien como solía; seguía cobrando casi tantas de las piezas que veía como antaño; ya no podía recordar cuántos ciervos habían caído ante su escopeta), y el violento y largo calor del verano siguiente lo hacía revivir en cierto modo. Así, llegaba de nuevo noviembre y volvía a encontrarse en el coche con dos de los hijos de sus viejos camaradas, a quienes había enseñado no sólo a distinguir entre las huellas de un ciervo y de una gama, sino también los ruidos que hacían ambos al moverse, y miraba hacia delante, más allá del arco brusco del limpiaparabrisas, y veía cómo la tierra se allanaba repentinamente, diluyéndose bajo la lluvia como se diluiría el propio mar, y decía: «Bien, muchachos, henos aquí otra vez».
       En esta ocasión, sin embargo, no tuvo tiempo de hablar. El conductor detuvo el automóvil sin previo aviso, haciéndolo patinar sobre el resbaladizo pavimento, y el viejo McCaslin, que había estado mirando hacia la carretera desierta, dirigió una mirada penetrante, más allá del hombre que había en medio de ellos, al rostro del conductor, el rostro más joven de todos ellos: tétricamente aquilino, bello y saturnino y cruel, miraba fijamente hacia delante con ojos sombríos a través de los humeantes limpiaparabrisas gemelos que chasqueaban una y otra vez.
       —No tenía intención de venir aquí esta vez —dijo.
       Su nombre era Boyd. Tenía poco más de cuarenta años. El coche era suyo, lo mismo que dos de los tres perros Walker que viajaban a su espalda, en la plataforma descubierta, al igual que poseía, o gobernaba al menos a su antojo, cualquier cosa —animal, máquina, ser humano— que por una razón u otra estuviera utilizando.
       —Dijiste eso la semana pasada en Jefferson —dijo McCaslin—. Luego cambiaste de opinión. ¿Has vuelto a cambiar ahora?
       —Oh, Don también viene —dijo el tercer hombre. Su nombre era Legate. Parecía no dirigirse a nadie—. Si recorriera toda esta distancia sólo por un ciervo… Pero aquí tiene una gama. Sobre dos piernas…, cuando está de pie. De piel muy clara, además. La misma que perseguía aquellas noches, el otoño pasado, cuando decía que iba a cazar mapaches. La misma, imagino, que seguía persiguiendo cuando en enero pasado se fue de caza un mes. —Rió entre dientes, con la misma voz no dirigida a nadie, no enteramente burlona.
       —¿Qué? —dijo McCaslin—. ¿Qué es lo que estás diciendo?
       —Vamos, tío Ike —dijo Legate—, se trata de algo en lo que un hombre de su edad se supone dejó de interesarse hace veinte años.
       Pero McCaslin ni siquiera había dirigido la mirada a Legate; seguía mirando la cara de Boyd, con los ojos empañados de los viejos tras las gafas, unos ojos todavía bastante penetrantes, que podían ver aún el cañón de la escopeta y lo que corría ante él tan bien como cualquiera de ellos. Entonces recordó: el año anterior, durante la etapa final en motora en dirección al lugar donde acamparían, perdieron una caja de alimentos que cayó al agua por la borda; Boyd, el segundo día de campamento, había ido a la población más cercana en busca de provisiones, y a su vuelta, tras pernoctar en ella, algo había cambiado en él: se internaba con su escopeta en los bosques cada amanecer, como los otros, pero McCaslin, al observarle, supo que no estaba cazando.
       —Está bien —dijo—. Llévanos a Will y a mí al refugio; allí esperaremos al camión y tú podrás volverte.
       —Me quedo yo también —dijo Boyd con aspereza—. También yo conseguiré mi pieza. Porque esta vez será la última.
       —¿Te refieres al final de la caza del ciervo, o al de la caza de la gama? —dijo Legate.
       Pero esta vez McCaslin ni siquiera prestó atención a sus palabras; siguió mirando el rostro fiero e inmóvil de Boyd.
       —¿Por qué? —dijo.
       —¿No terminará Hitler con todo ello? O Yokohama o Pelley o Smith o Jones o comoquiera que vaya a llamarse en este país.
       —En este país lo detendremos —dijo Legate—. Aunque se llame George Washington.
       —¿Y cómo? —dijo Boyd—. ¿Cantando el Dios bendiga a América a medianoche en los bares y llevando en la solapa banderitas de tienda barata?
       —Así que es eso lo que te preocupa… —dijo McCaslin—. No he notado todavía que este país se haya encontrado falto de defensores cuando los ha necesitado. Tú mismo pusiste tu grano de arena hace veinte años, y muy bien, por cierto, si es que significan algo las medallas que trajiste a casa. Este país es una pizca mayor y más fuerte que cualquier hombre o grupo de hombres, tanto de fuera como de dentro. Creo que podrá entendérselas con un empapelador austríaco, se llame como se llame. Mi padre y algunos hombres más, mejores que cualquiera de los que has nombrado, trataron una vez de dividirlo en dos con una guerra, y fracasaron.
       —¿Y qué te ha quedado? —dijo Boyd—. La mitad de la gente sin empleo y la mitad de las fábricas cerradas por las huelgas. Demasiado algodón y maíz y demasiados cerdos, pero sin que haya lo suficiente para que la gente se vista y coma. Demasiada falta de mantequilla e incluso de armas…
       —Tenemos un campamento para cazar ciervos. Si es que alguna vez llegamos… —dijo Legate—. Y eso sin mencionar a las gamas.
       —Es un buen momento para mencionar a las gamas —dijo McCaslin—. A las gamas y a los cervatos. La única lucha que en cualquier lugar o tiempo haya merecido algún tipo de bendición divina ha sido la emprendida por el hombre para proteger a gamas y cervatos. Si ha de llegar la hora de luchar, es algo que conviene mencionar y recordar.
       —¿No has descubierto en sesenta años que las mujeres y los niños son algo de lo que nunca hay escasez? —dijo Boyd.
       —Tal vez sea ésa la razón por la cual lo único que me preocupa ahora es que nos queden todavía dieciséis kilómetros de río por delante antes de que podamos acampar —dijo McCaslin—. Así que continuemos.
       Siguieron adelante. Pronto avanzaban de nuevo a gran velocidad, una velocidad, habitual en Boyd, acerca de la cual no había pedido opinión a ninguno de ellos, lo mismo que no les había advertido antes, cuando detuvo el coche bruscamente. McCaslin se relajó de nuevo, y se puso a mirar, como había hecho noviembre tras noviembre durante más de cincuenta años, la tierra que había visto cambiar. Al principio habían sido sólo las viejas poblaciones diseminadas a lo largo del río y las viejas poblaciones diseminadas en la ladera de las colinas, desde las cuales los plantadores, con sus cuadrillas de esclavos primero y de jornaleros después, habían arrebatado a la selva impenetrables terrenos de acuáticos cañaverales y cipreses, gomeros y acebos y robles y fresnos, retazos de algodonales que con el tiempo se convirtieron en campos y luego en plantaciones, al igual que las sendas de los osos y los ciervos se convirtieron en carreteras y luego en autopistas, a cuyos flancos brotaron a su vez ciudades, como a lo largo de las orillas de los ríos Tallahatchie y Sunflower, que se unían y daban lugar al Yazoo, el Río de los Muertos de los choctaws, los cursos negros, espesos, lentos, intocados por el sol, casi sin corriente, que una vez al año dejaban de hecho de fluir y reculaban, expandiéndose, anegando la rica tierra, para descender de nuevo y retirarse, dejándola aún más rica. Aquellas cosas, en su mayoría, pertenecían al pasado. Ahora un hombre tenía que conducir trescientos kilómetros desde Jefferson antes de encontrar espacios vírgenes donde poder cazar; la tierra se extendía abierta desde las apaciguadoras colinas del este hasta las murallas de los diques del oeste, cubierta de algodón alto como un hombre a caballo y destinado a los telares del mundo, tierra negra y rica, vasta e inmensurable, fecunda hasta los umbrales mismos de las cabañas de los negros que las trabajaban y las mansiones de los blancos que las poseían, que esquilmaba la vida cazadora de un perro en un año, la vida de labor de un mulo en cinco y la de un hombre en veinte, tierra en la cual el neón de las innumerables y pequeñas poblaciones pasaba vertiginosamente a un costado y el ininterrumpido tráfico de los automóviles modelo-de-este-año discurría a gran velocidad por las anchas e impecablemente rectas autopistas, tierra en la cual, sin embargo, la sola y permanente señal de ocupación por el hombre parecían ser las enormes desmotadoras, construidas sin embargo en una semana y en cobertizos de chapa de hierro, ya que nadie, por millonario que fuera, levantaría allí para vivir más que un techado y unas paredes, con equipo de acampada en su interior, porque sabía que más o menos una vez cada diez años su casa se inundaría hasta el segundo piso, y todo lo que hubiera en ella quedaría destruido; tierra en la que no se oía ya el rugido de la pantera, sino el largo silbido de las locomotoras: trenes increíblemente largos tirados por una sola máquina, pues no había en el terreno pendientes ni otras elevaciones que las levantadas por olvidadas manos aborígenes como refugio contra las crecidas anuales, y utilizadas luego por sus sucesores indios como sepulcro de los huesos de sus padres; y todo lo que quedaba de aquel antiguo tiempo eran los nombres indios de las pequeñas poblaciones, con frecuencia relacionados con el agua: Aluschaskuna, Tillatoba, Homachitto, Yazoo.
       Para primeras horas de la tarde estaban sobre el río. En el último pueblecito con nombre indio, donde acababa el camino pavimentado, habían aguardado la llegada del otro coche y de los dos camiones, uno con los enseres de cama y las tiendas, el otro con los caballos. Luego dejaron atrás el hormigón y, alrededor de un kilómetro después, también la grava, y avanzaron trabajosamente en caravana a través de la incesante disolución de la tarde, sobre las ruedas con cadenas, dando bandazos y chapoteando en los charcos, hasta que al poco tuvo la sensación de que el movimiento retrógrado de su memoria había cobrado una velocidad inversa a su lento avance, y que aquella tierra no se hallaba ya a unos minutos del último tramo de grava, sino años, décadas atrás, y que retrocedía más y más hacia la que había sido cuando la conoció por vez primera: el camino que seguían volvía a ser una vez más la antigua senda de osos y ciervos, los menguantes campos que iban dejando atrás volvían a ser una vez más arrancados tramo a tramo y con dolor a la meditabunda e inmemorial maraña mediante hacha y sierra y arado tirado por mulas, en lugar de los despiadados paralelogramos de más de un kilómetro de anchura obra de la maquinaria para las acequias y sus presas.
       Dejaron los coches y los camiones en el embarcadero; los caballos seguirían por tierra río abajo, hasta llegar a la orilla opuesta al lugar del campamento, donde cruzarían el río a nado, y los hombres y los enseres de cama y los víveres y las tiendas y los perros ocuparían la motora. Luego, con su vieja escopeta de percusión de dos cañones —que tenía más de la mitad de los años que él tenía— entre las rodillas, contempló también las últimas e insignificantes huellas del hombre —cabañas, calveros, campos pequeños e irregulares que hacía un año habían sido selva y en los que los tallos desnudos del algodón se alzaban casi tan exuberantes y altos como las cañas que los precedieron, como si el hombre, para conquistar la tierra salvaje, hubiera tenido que maridar con ella sus formas de cultivo—, que se fueron alejando y desapareciendo, hasta que al fin discurrió la tierra salvaje a ambas orillas, como él la recordaba: las marañas de zarzales y cañaverales, herméticas incluso a seis metros, el alto y formidable vuelo de los robles y gomeros y fresnos y nogales americanos que jamás resonaron bajo hacha alguna salvo la del cazador, que jamás devolvieron eco a máquina alguna salvo al latido de los viejos barcos de vapor que atravesaban aquella tierra, o a los gruñidos de las motoras de quienes —como ellos— se adentraban para habitar en ella una o dos semanas precisamente porque seguía siendo una tierra salvaje. Aún quedaban algunas espesuras vírgenes, pero para encontrarlas, había que recorrer trescientos kilómetros desde Jefferson, mientras que en un tiempo habían sido sólo cincuenta. Él la había visto no tanto siendo conquistada o destruida cuanto retirándose, ya que su designio se había ya cumplido y su tiempo era un tiempo anticuado, retirándose hacia el sur a través de aquel territorio de forma peculiar, entre las colinas y el río, hasta que lo que había quedado de ella parecía ahora concentrado y momentáneamente detenido en una tremenda densidad de meditabunda e inescrutable impenetrabilidad en la extremidad última del cono.
       Llegaron al lugar donde habían montado el campamento el año anterior cuando aún faltaban dos horas para la puesta de sol.
       —Usted vaya bajo ese árbol, el más seco, y siéntese —le dijo Legate—. Haremos esto los jóvenes y yo.
       Pero él no le hizo caso. Se puso a dirigir, en impermeable, la descarga de la motora, las tiendas, el hornillo, los enseres de cama, la comida que habrían de consumir ellos y los perros hasta que hubiera carne en el campamento. Mandó a dos negros a cortar leña; había hecho ya levantar la tienda del cocinero y asentar el hornillo y encender una hoguera, y había ya una comida cocinándose; entretanto, seguían clavando las estacas de la tienda grande. Luego, al comienzo del crepúsculo, cruzó en la motora hasta donde esperaban los caballos, que reculaban y resoplaban ante la presencia del agua. Cogió los extremos de las riendas y sin otro peso en la mano y ayudado de su voz condujo a los caballos hasta el agua, y una vez dentro de ella los mantuvo junto a la motora y con sólo la cabeza por encima de la superficie, como si estuvieran suspendidos de sus frágiles y endebles manos, y la motora volvió a cruzar el río y los caballos avanzaron en hilera sobre las aguas poco profundas, trémulos y jadeantes, con los ojos inquietos a la luz del crepúsculo, y al cabo la misma mano sin peso y la voz queda volvieron a aunarse y a ascender salpicando y abriéndose paso orilla arriba.
       Al rato la comida estuvo lista. La última luz se había esfumado; sólo quedaba ya de ella un tenue tinte atrapado en alguna parte entre la lluvia y la superficie del agua. Él tenía en la mano el vaso de whisky aguado; ellos comían de pie sobre el suelo de barro, bajo la lona alquitranada. El negro más viejo, Isham, se había hecho ya la cama, el catre de hierro sólido y desvencijado, el colchón con manchas y no demasiado confortable, las ajadas y descoloridas mantas que abrigaban menos cada año. Luego, mientras los otros se acostaban y la cháchara última daba paso a los ronquidos, él acomodó su cuerpo delgado en la vieja y gastada grieta abierta entre el colchón y las mantas, vistiendo sólo su ropa interior de lana, holgada y con bolsas, con las gafas plegadas en el gastado estuche, bajo la almohada, al alcance de la mano, y se quedó boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados. Después abrió los ojos y siguió allí tendido, mirando la panza inmóvil de la lona sobre la que murmuraba la lluvia constante, sobre la que el fulgor de la estufa de chapa agonizaba lentamente y llegaría casi a extinguirse si el negro más joven, acostado sobre tablas delante de ella, no cumpliera su cometido de incorporarse y alimentarla de nuevo y volver a echarse.
       Habían tenido una casa en un tiempo. Hacía veinte y treinta y cuarenta años, cuando la gran ciénaga estaba a sólo cincuenta kilómetros de Jefferson y el viejo mayor de Spain —que había sido el comandante del regimiento de caballería de su padre en el 61 y el 62 y el 63 y el 64, y que le había llevado a los bosques por primera vez— poseía ocho o diez partes del total de su extensión. En aquel tiempo aún vivía el viejo Sam Fathers, mitad indio chickasaw, nieto de un jefe, y mitad negro, que fue quien le enseñó cómo y cuándo disparar; en un amanecer de noviembre, tal como el que habrían de vivir al día siguiente, le había conducido directamente hasta el gran ciprés, y él había sabido que el ciervo pasaría exactamente por allí, porque algo corría por las venas de Sam Fathers que corría también por las venas del ciervo, y habían permanecido apoyados contra el enorme tronco, el viejo y el chico de doce años, y nada había salvo el alba, y de pronto el ciervo estaba allí, salido de la nada con su color de humo, magnífico en su veloz avance, y Sam Fathers dijo: «Ahora. Dispara rápido y dispara despacio», y la escopeta se alzó sin prisa y hubo un estampido y él fue hasta el ciervo, que yacía intacto y conservando el ademán de su velocidad magnífica, y lo sangró con su propio cuchillo y Sam Fathers empapó sus manos en la sangre caliente y le marcó la cara con ella para siempre mientras él trataba de no temblar, humilde y orgulloso a un tiempo, aunque a sus doce años no había sabido expresarlo con palabras: «Te he matado; mi proceder no debe deshonrar tu vida, que te abandona. Mi conducta, ya para siempre, ha de traducirse en tu muerte». Habían tenido una casa en un tiempo. Aquel techo, las dos semanas que cada otoño habían pasado bajo él, se había convertido en su hogar. Y, pese a que desde aquel tiempo hubieran vivido las dos semanas de otoño bajo tiendas y no siempre en el mismo sitio un año y el siguiente, pese a que en la actualidad sus compañeros fueran los hijos e incluso los nietos de aquellos con quienes vivió en la casa, pese a que la casa misma no existiera ya, la convicción, el sentimiento de hallarse en el hogar se había sencillamente transferido al ámbito interior de aquella lona. Poseía una casa en Jefferson, en la cual tuvo en un tiempo una mujer y unos hijos, perdidos ya, y al cuidado de ella estaba ahora la sobrina de su mujer muerta y su familia, y él se sentía cómodo en ella, pues sus deseos y necesidades eran atendidos por una sangre emparentada al menos con la sangre elegida por él de entre la tierra entera para amar. Pero el tiempo que pasaba en ella era a la espera de noviembre, pues aquella tienda de suelo embarrado y cama sin demasiada blandura ni abrigo era su hogar, y aquellos hombres —a algunos de ellos no los veía sino aquellas dos semanas— eran más su familia que ningún otro pariente. Porque aquélla era su tierra…
       Se alzó la sombra del negro más joven, que hizo desaparecer del techo de la tienda el fulgor mortecino de la estufa; los leños cayeron pesadamente en ella, y al cabo el fulgor saltó a lo alto y brilló en torno a la lona. Pero la sombra del negro seguía allí, y transcurrido un momento McCaslin se incorporó sobre un codo y vio que no era el negro, sino Boyd; el viejo habló y, al volverse el otro, vio a la luz roja de la lumbre su perfil sombrío y cruel.
       —Nada —dijo Boyd—. Vuelve a dormirte.
       —Desde que lo mencionó Will Legate —dijo McCaslin—, he recordado que el pasado otoño también te era difícil dormir aquí. Sólo que entonces lo llamabas salir a cazar mapaches. ¿O era Will Legate quien lo llamaba así?
       Boyd no respondió. Se volvió y se metió en su cama de nuevo. McCaslin, incorporado sobre el codo, siguió mirándole hasta que la sombra se hundió y dejó de verse sobre la lona.
       —Así está bien —dijo—. Intenta dormir un poco. Mañana tenemos que tener carne en el campamento. Luego podrás quedarte en vela cuanto quieras.
       Volvió a echarse, volvió a cruzar las manos sobre el pecho y a mirar el fulgor de la estufa; la lumbre, viva y uniforme otra vez, había aceptado, asimilado la leña fresca; pronto volvería a hacerse mortecina, llevándose consigo el último eco de la súbita llamarada de pasión y desasosiego de un hombre joven. Que siga despierto un rato en la cama, pensó. Algún día yacerá inmóvil durante largo tiempo sin que siquiera lo perturbe la insatisfacción. Y el estar echado y despierto, en el paraje aquel, tendría la virtud de apaciguarlo, si es que existía algo que pudiera hacerlo, si es que existía algo capaz de apaciguar a un hombre que sólo tiene cuarenta años. La tienda, el globo de lona golpeado tenuemente por la lluvia, estaba lleno de aquello una vez más. Siguió echado boca arriba, con los ojos cerrados, respirando quieta y apaciblemente como un niño, atento a aquello: aquel silencio que no era nunca silencio sino miríada. Podía casi verlo: tremendo, prístino, tomando cuerpo y cerniéndose meditativamente sobre aquella insignificante y evanescente masa confusa de humana permanencia, de humana estancia que habría de desvanecerse en una breve y única semana, y que al cabo de una semana más quedaría definitivamente atrás, sin dejar huella alguna en la soledad intocada. Porque era su tierra, aunque jamás había poseído de ella un solo centímetro. Nunca había deseado poseerla, ni aun después de ver su destino último, de empezar a contemplar cómo se iba retirando año tras año ante el asalto violento de hacha y sierra y trenes madereros, y más tarde de dinamita y de arados tirados por tractores, porque aquella tierra no podía tener dueño. Pertenecía a todos; sólo había que usarla bien, con humildad y orgullo. Entonces, súbitamente, supo por qué jamás había deseado poseer ni un solo centímetro de ella, por qué no había deseado siquiera detener aquello que la gente llama progreso. Porque, con lo que tuvo de ella, bastaba. Le pareció verse a sí mismo y a la tierra salvaje como coetáneos; le pareció que su propia etapa como cazador, como hombre de los bosques, no fue contemporánea a su primer aliento sino que le había sido transmitida —y asumida por él con alegría y humildad y júbilo y orgullo— por aquel viejo mayor de Spain y aquel Sam Fathers que le enseñaron a cazar; y que las dos etapas se alejaban juntas, no hacia el olvido, hacia la nada, sino hacia un ámbito libre de tiempo y de espacio en donde la tierra sin árboles, deformada y retorcida hasta formar casillas matemáticas de algodón exuberante para que las gentes frenéticas de otros tiempos lo convirtieran en proyectiles con que dispararse mutuamente, volvería a hallar holgado espacio para ambas —las sombras de los altos árboles no tocados por el hacha y los cañaverales ciegos—, donde los animales salvajes y fuertes e inmortales corrían ya para siempre seguidos de infatigables y atronadoras e inmortales jaurías, abatiéndose y alzándose cual fénix ante silenciosas escopetas.
       Luego vio que ya había dormido. La lámpara estaba encendida, la tienda estaba llena del movimiento de los hombres, que se levantaban del lecho y se vestían, y fuera, en la oscuridad, el negro más viejo, Isham, golpeaba con una cuchara la base de una cazuela de hojalata y gritaba:
       —Levántense a tomar el café de las cuatro. Levántense a tomar el café de las cuatro.
       También oyó a Legate:
       —Salid fuera y dejad dormir a tío Ike. Si le despertáis, querrá venir a apostarse con nosotros. Y él no tiene nada que hacer en el bosque esta mañana.
       Así que no se movió. Los oyó abandonar la tienda; escuchó los ruidos del desayuno que llegaban de la mesa dispuesta bajo la lona. Luego los oyó partir: los caballos, los perros, las últimas voces en la lejanía. Al cabo de un rato tal vez llegaría incluso a oír, a través de los bosques húmedos y desde donde el ciervo hubiere hallado abrigo nocturno, la primera resonancia, débil y clara, del primer grupo de perros, y luego se echaría a dormir de nuevo. Entonces, sin embargo, el faldón de entrada de la tienda se alzó hacia el interior y volvió a caer y algo chocó contra el pie del catre y una mano le agarró la rodilla a través de la manta y lo sacudió antes de que tuviera ocasión de abrir los ojos. Era Boyd; llevaba la escopeta en lugar del rifle. Y habló con voz rápida y áspera:
       —Siento tener que despertarte. Va a…
       —Estaba despierto —dijo McCaslin—. ¿Utilizarás esa arma hoy?
       —Lo único que me dijiste la noche pasada fue que necesitabas carne —dijo Boyd—. Va a…
       —¿Desde cuándo tienes problemas para conseguir carne con tu rifle?
       —Está bien —dijo el otro con aquella áspera, contenida, furiosa impaciencia. Entonces McCaslin vio en la otra mano del hombre un objeto oblongo y grueso: un sobre—. Va a venir una mujer esta mañana; quiere verme. Dale este sobre y dile que mi respuesta es no.
       —¿Qué? —dijo McCaslin—. ¿Una qué?
       Se había medio incorporado sobre el codo cuando el otro, volviéndose ya en dirección a la entrada, le arrojó sobre el regazo el sobre, que golpeó sólido y pesado y sin ruido sobre la manta, y al punto empezó a deslizarse de la cama; McCaslin alcanzó a cogerlo y sintió a través del papel el grueso fajo de billetes.
       —Espera —dijo—. Espera.
       El otro se detuvo y miró atrás. Se miraron fijamente: el rostro viejo, fatigado, enrojecido por el sueño, sobre el lecho desordenado, y el otro rostro más joven, oscuro y hermoso, a un tiempo airado y frío.
       —Will Legate tenía razón —dijo McCaslin—. Eso era lo que llamabas cazar mapaches. Y ahora esto —añadió, sin levantar el sobre ni señalar en dirección a él en modo alguno—. ¿Qué le prometiste que no tienes el valor de enfrentarte a ella para retractarte?
       —Nada —dijo Boyd—. Esto es todo. Dile que he dicho que no.
       Y se fue; el faldón de la entrada de la tienda se alzó y dio paso a la fugaz y débil luz y al constante murmullo de la lluvia, y luego volvió a caer mientras McCaslin seguía medio incorporado sobre el codo, con el sobre en la mano temblorosa. Más tarde le parecería que había empezado a oír aproximarse la embarcación casi inmediatamente, antes incluso de que Boyd hubiera tenido tiempo para desaparecer. Le pareció que no había transcurrido tiempo alguno: el gruñido creciente del motor, cada vez más fuerte, cada vez más cerca, hasta que cesó repentinamente, se diluyó en el chapoteo y el salpicar del agua bajo la proa a medida que la embarcación se deslizaba hacia la orilla; el negro más joven, un muchacho, levantando el faldón de entrada de la tienda, más allá de la cual, durante un instante, McCaslin vio la embarcación, un pequeño esquife con un negro en la popa, al lado del motor, que sobresalía oblicuamente de la borda; y luego la mujer, entrando, con un sombrero de hombre y un impermeable de hombre y botas de goma, llevando un bulto de mantas y de lona y con un algo más, algo intangible, un efluvio que él sabía reconocería al instante, porque ahora sabía que Isham se lo había dicho ya, se lo había advertido al enviar a la tienda al negro joven en lugar de ir él mismo —una cara joven y unos ojos oscuros, un semblante extrañamente descolorido aunque no enfermizo, no el de una mujer del campo pese a las ropas que vestía—, le miraba, mientras él, ahora sentado sobre el catre, erguido, seguía asiendo el sobre, con la ropa interior manchada y haciendo bolsas, y las mantas revueltas y amontonadas en torno a sus caderas.
       —¿Es suyo? —dijo él—. ¡No me mientas!
       —Sí —dijo ella—. Él se ha ido.
       —Se ha ido —dijo él—. Aquí no podrás encontrarlo. Dejó esto para ti. Me dijo que te dijera que no.
       Le tendió el sobre. Estaba cerrado; no llevaba nada escrito. Sin embargo, él vio cómo ella lo cogía con una mano y lo rasgaba y dejaba caer el pulcro fajo de billetes atados sobre las mantas, sin mirarlo siquiera, y luego miraba en el interior vacío del sobre y finalmente lo arrugaba entre sus dedos y lo tiraba al suelo.
       —Sólo dinero —dijo.
       —¿Qué esperabas? —dijo él—. ¿Lo has conocido el tiempo suficiente o al menos con la frecuencia suficiente como para haber tenido el niño y, sin embargo, no lo has llegado a conocer hasta ese punto?
       —No muy a menudo —dijo ella—. No desde hace mucho. Sólo aquella semana del otoño pasado, aquí, y luego, en enero, envió por mí y nos fuimos al oeste, a Nuevo México, y vivimos allí seis semanas, y cociné para él y cuidé de sus ropas…
       —Pero nada de matrimonio —dijo él—. Él no te prometió nada de eso. No me mientas. No tenía por qué hacerlo.
       —No tenía por qué hacerlo —dijo ella—. Yo sabía lo que estaba haciendo. Lo sabía desde el principio, antes de que nos pusiéramos de acuerdo. Luego volvimos a estar de acuerdo, antes de que él dejara Nuevo México, en que aquello sería todo. Yo le creí. Debería haberle creído. No veo cómo podía haber hecho otra cosa que creerle. Le escribí el mes pasado para asegurarme, y la carta me fue devuelta sin abrir y ya no tuve ninguna duda. Así que ni yo sabía que iba a volver aquí hasta la semana pasada. Ayer, mientras esperaba allá, a un lado de la carretera, el coche pasó y él me vio y ya no tuve ninguna duda.
       —Entonces ¿qué es lo que quieres? —dijo él—. ¿Qué es lo que quieres?
       —Sí —dijo ella.
       Él la miró airadamente, tenía el pelo blanco desordenado por la almohada, y los ojos, incapaces de enfocar por la falta de las gafas, borrosos, sin iris y en apariencia sin pupilas.
       —Te encontró una tarde en una calle sólo porque aconteció que una caja de provisiones se había caído de la barca. Y un mes después te fuiste a vivir con él, y de todo ello tuviste un niño. Entonces él se quitó el sombrero y dijo adiós y desapareció. ¿No tienes ningún pariente?
       —Sí. Mi tía, en Vicksburg. Me fui a vivir con ella hace dos años, cuando murió mi padre. Hasta entonces habíamos vivido en Indianápolis. Pero mi tía tenía familia y se puso a trabajar de lavandera, y yo empecé a dar clases en una escuela de Aluschaskuna…
       —¿Se puso a qué? —dijo él—. ¿Se puso a lavar? —Dio un brusco respingo, se echó hacia atrás sobre un brazo, con el pelo desordenado, mirando airadamente. Ahora entendía lo que la mujer había traído también consigo, lo que el viejo Isham ya le había dicho, los labios y piel pálidos y sin color, aunque no enfermizos, los ojos trágicos y clarividentes. «Quizá dentro de mil o dos mil años se haya mezclado en América y ya lo hayamos olvidado, pensó. Pero que Dios se apiade de éstos.» Gritó, no en voz muy alta, en tono de asombro, compasión y agravio—: ¡Eres una negra!
       —Sí —dijo ella.
       —¿Y qué esperabas viniendo aquí?
       —Nada.
       —Entonces, ¿por qué viniste? Has dicho que estabas esperando ayer en Aluschaskuna y que él te vio.
       —Vuelvo al norte —dijo ella—. Mi primo me trajo en su barca anteayer desde Vicksburg. Va a llevarme hasta Leland, y allí cogeré el tren.
       —Pues vete —dijo él. Y gritó de nuevo con aquella voz fina, no demasiado elevada—: ¡Fuera de aquí; no puedo hacer nada por ti! ¡Nadie puede hacer nada por ti!
       Ella se movió, se dirigió hacia la entrada de la tienda.
       —Espera —dijo él.
       Ella se detuvo, se volvió. Él cogió el fajo de billetes y lo deslizó hasta el pie del catre y volvió a meter la mano debajo de las mantas.
       —Ahí tienes.
       —No lo necesito —dijo ella—. Me dio dinero el invierno pasado. Por lo que pudiera pasar. Lo dejamos todo arreglado cuando quedamos de acuerdo en que aquello sería todo.
       —Cógelo —dijo él. Su voz empezó de nuevo a alzarse, pero volvió a bajar el tono—: Llévatelo de mi tienda.
       Ella fue hasta el catre y cogió el dinero.
       —Muy bien —dijo él—. Vuelve al norte. Cásate con un hombre de tu propia raza. Es tu única salvación. Cásate con un negro. Eres joven, hermosa, casi blanca, encontrarás un hombre negro que verá en ti lo que tú viste en él, sea lo que fuere; un hombre que nada te pedirá, que esperará poco de ti y que obtendrá aún mucho menos si es desquite lo que buscas. Y luego, dentro de un año, habrás olvidado todo esto, olvidarás incluso que ha sucedido, que él ha existido.
       Calló; durante un instante estuvo casi a punto de dar otro respingo, pues le pareció que la mujer, sin moverse en absoluto, le estaba fulminando con sus ojos silenciosos. Pero no era así; ni siquiera se había movido; le miraba en silencio desde debajo del ala de su empapado sombrero.
       —Anciano —dijo—, ¿has vivido ya tanto que has llegado a olvidar todo lo que supiste o sentiste o hasta oíste acerca del amor?
       Y al poco se había ido; el fugaz destello de luz y la callada lluvia constante penetraron en la tienda, y el faldón de la entrada volvió a caer. De nuevo echado, tembloroso y jadeante, con las mantas apretadas contra la barbilla y las manos cruzadas sobre el pecho, oyó el chapoteo y el gruñido, el gemido creciente y luego decreciente del motor, hasta que se hubo perdido y de nuevo la tienda contuvo sólo el silencio y el sonido de la lluvia. Y el frío; sigue echado, tiritando ligera e ininterrumpidamente, rígido pese al temblor.
       El delta, pensó. El delta. Esta tierra, que el hombre ha librado de pantanos y ha despojado y ha hecho mudar en dos generaciones, de forma que el hombre blanco puede poseer plantaciones y viajar cada noche a Memphis, que el hombre negro puede poseer plantaciones e incluso pueblos y mantener hogares urbanos en Chicago, una tierra en la que los blancos arriendan granjas y viven como negros y los negros trabajan como aparceros y viven como animales, donde el algodón se planta y alcanza la altura de un hombre hasta en las grietas de las aceras, donde la usura y la hipoteca y la bancarrota y la riqueza desmedida, tanto china como africana o aria o judía, crecen y se multiplican juntas hasta el punto de que nadie puede al fin distinguir unas de otras, ni le importa… No es extraño que los bosques devastados que conocí en un tiempo no griten en demanda de justicia, pensó. Su venganza la llevará a cabo la misma gente que los ha destruido.
       El faldón de la entrada de la tienda se alzó bruscamente y volvió a caer. Él no se movió salvo para volver la cabeza y abrir los ojos. Legate, encorvado sobre la cama de Boyd, buscaba desordenada y precipitadamente en ella.
       —¿Qué pasa? —dijo McCaslin.
       —Busco el cuchillo de desollar de Don —dijo Legate—. Hemos cazado un ciervo. He venido a llevarme los caballos.
       Se incorporó con el cuchillo en la mano y se dirigió hacia la entrada.
       —¿Quién lo ha matado? —dijo McCaslin—. ¿Fue Don? —dijo.
       —Sí —dijo Legate alzando el faldón de la tienda.
       —Espera —dijo McCaslin—. ¿Qué ha sido?
       Legate se detuvo un instante en la entrada. No miró hacia atrás.
       —Sólo un ciervo, tío Ike —dijo con impaciencia—. Nada extraordinario.
       Y se fue; el faldón cayó a su espalda, y volvió a expulsar de la tienda la débil luz, la incesante y doliente lluvia. McCaslin se tendió de nuevo sobre el catre.
       —Era una gama —dijo al espacio vacío de la tienda.



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