William Faulkner
(1897-1962)


El broche
“The Brooch”
Originalmente publicado en Scribner’s Magazine, XCIX (enero de 1936)
Faulkner lo adaptó para la televisión, emitiéndose el 2 de abril de 1953
en CBS Lux Video Theatrey.
Cuentos reunidos (1950)


I

       Le despertó el teléfono. Despertó ya con prisa, tanteando a oscuras en busca de la bata y las zapatillas, porque sin despertar aún del todo supo que la cama de al lado estaba sin ocupar, y el aparato estaba en la planta baja, frente a la puerta tras la cual su madre llevaba cinco años apoyada y encajada entre los almohadones, en cama, y porque supo nada más despertar que llegaría demasiado tarde, puesto que su madre ya lo habría oído, tal como oía todo lo que pasara en la casa, fuera la hora que fuese.
       Era viuda, y él, su único hijo. Cuando se fue a la universidad, ella se fue con él; tuvo casa en Charlottesville, Virginia, durante los cuatro años que pasó él de estudiante. Era hija de un acaudalado comerciante. Se casó con un viajante de comercio que llegó al pueblo un verano con cartas de recomendación: una, para el pastor de la iglesia, la otra para su padre. En tan sólo tres meses, el viajante y la hija se habían casado. Él se apellidaba Boyd. Dejó su empleo en menos de un año, se instaló en casa de su esposa y se dedicó a pasar el día sentado frente al hotel, con los abogados y los dueños de las plantaciones de algodón, un tipo oscuro, con una manera tan galante como chulesca de quitarse el sombrero para saludar a las damas. Durante el segundo año nació el hijo. Seis meses después Boyd se largó. Se fue como si tal cosa, dejando a su mujer una nota en la que le dijo que ya no era capaz de soportar la sola idea de pasar la noche tendido en cama, viéndola enrollar en carretes vacíos el cordel que ahorraba de los paquetes comprados en las tiendas. Su mujer nunca más volvió a saber de él, aunque se negó a que su padre tramitara la anulación matrimonial y cambiara el apellido de su hijo.
       Murió entonces el acaudalado comerciante, legando todas sus propiedades a la hija y al nieto que, si bien desde que tuvo siete u ocho años ya no vestía trajecitos al estilo del pequeño Lord Fauntleroy, a los doce lucía incluso entre semana trajes que le daban un aire no de niño, sino de enano; es probable que no hubiese podido mantener relaciones más o menos duraderas con otros niños ni siquiera si su madre se lo hubiese permitido. A su debido tiempo, su madre encontró un colegio masculino en el que el chiquillo pudo vestir con total impunidad chaqueta de uniforme y sombrero rígido, de hombre, aunque para cuando ambos se mudaron a Charlottesville con la idea de pasar allí cuatro años el hijo no tenía ninguna pinta de enano. Parecía más bien un personaje tomado de la Divina comedia, un hombre algo más enclenque que su padre, aunque en parte tenía la buena presencia, si bien oscura, que tuvo el padre, e iba siempre con prisa, con una mirada esquiva, aun cuando su madre no estuviera con él, al pasar por la calle, delante de las chicas, no sólo en Charlottesville, sino también en el villorrio perdido en Mississippi al que con el tiempo regresaron, con una expresión en la cara como la de los novicios o los ángeles en las alegorías del siglo XV. Entonces sufrió su madre el ataque, y no tardaron sus amigas en llevarle a la cama en que estaba postrada, casi a diario, informes detallados sobre la clase de chica con la que habría querido o esperado la madre no sólo que el hijo se relacionase, sino también que, llegado el día, contrajera matrimonio.
       Se llamaba Amy y era hija de un revisor de ferrocarriles que perdió la vida en un accidente de tren. Vivía con una tía suya que tenía una pensión, y era una jovencita vivaracha y desafiante, cuya reputación, con el tiempo, fue más bien imputable a las necesidades y las desventajas de su casta, las propias de un villorrio del Sur, que a la maldad propiamente dicha, y que al final sin lugar a dudas fue más humo que fuego; su nombre, aunque siempre recibiera invitaciones para acudir a los bailes más públicos, corría de boca en boca y se tomaba muy a la ligera sobre todo entre las mujeres de mayor edad, hijas de las familias de más alcurnia y ya en decadencia, como aquella en que vino al mundo su futuro esposo.
       Así las cosas, el hijo adquirió cierta destreza en el acto de entrar en casa y pasar por delante del dormitorio en que yacía postrada su madre, encajada entre almohadones, y subir la escalera a oscuras hasta su habitación. Pero hubo una noche en que no lo logró. Cuando entró en casa, el dintel de la puerta del dormitorio de su madre estaba a oscuras, como siempre, y aunque no hubiera sido así no habría tenido forma de saber que aquélla fue la tarde en que las amigas de la madre fueron a verla y le hablaron de Amy, tras lo cual su madre pasó cinco horas incorporada, tiesa, encajada entre los almohadones, a oscuras, atenta a la puerta invisible. Él entró con sigilo, como de costumbre, con los zapatos en la mano, pero sin haber cerrado aún la puerta de la calle la oyó llamarle por su nombre. No levantó la voz. Lo dijo una sola vez:
       —Howard.
       Abrió la puerta. En ese instante se encendió la lámpara de la mesilla de noche, junto a la cual había un reloj de mesa con la esfera como la cara de una muerta. Detener las manecillas del reloj fue lo primero que hizo la madre en cuanto pudo, dos años antes, mover las manos. Se acercó a la cama desde la cual lo miraba una mujer gruesa, con un rostro del color del sebo y los ojos negros, en apariencia sin pupilas y sin iris, bajo el cabello perfectamente blanco.
       —¿Qué pasa? —dijo—. ¿Te encuentras mal?
       —Acércate —dijo ella, y él se acercó. Se miraron. Entonces él pareció entenderlo; tal vez se lo esperase.
       —Ya sé quién ha venido a hablar contigo —dijo—. Esas malditas buitronas.
       —Vaya, me alegro de saber que sólo es carroña —dijo ella—. Ahora me puedo quedar tranquila, sabiendo que no la traerás a nuestra casa.
       —No te prives. Di que es tu casa.
       —No es preciso. No la llevarás a cualquier casa en la que viva una dama —se miraron a la luz constante de la lámpara, que poseía el rancio relumbre de las luces que hay en los cuartos de los enfermos—. Tú eres un hombre, y no te lo reprocho. Ni siquiera me sorprende. Sólo quiero advertírtelo antes de que hagas el ridículo. No confundas la casa con el establo.
       —¿Con el…? ¡Ja! —dijo. Dio un paso atrás y abrió la puerta de un tirón, con un gesto que remedó la chulería teatral de su padre—. Con tu permiso —añadió. No cerró la puerta. Ella permaneció incorporada sobre los almohadones, mirando el vestíbulo a oscuras, escuchándole ir al teléfono, llamar a la chica y pedirle que se casara con él al día siguiente, sin más dilación. Volvió entonces a la puerta—. Con tu permiso —dijo otra vez con una chulería que recordaba la de su padre, y cerró la puerta. Al cabo de un rato la madre apagó la luz. Para entonces ya era de día.
       No se casaron al día siguiente.
       —Me da miedo —dijo Amy—. Tu madre me da miedo. ¿Qué dice de mí?
       —No lo sé. Nunca he hablado de ti con ella.
       —¿Ni siquiera le has dicho que me amas?
       —¿Y eso qué más da? Casémonos.
       —¿Y vivir allí con ella? —se miraron a los ojos—. ¿Te pondrás a trabajar para que tengamos una casa propia?
       —¿Para qué? Tengo dinero suficiente. Y la casa es grande.
       —Es su casa. Es su dinero.
       —Serán míos… serán nuestros algún día. Anda, por lo que más quieras.
       —Vamos. Hagamos otro intento, vamos a bailar —esto fue en el salón de la pensión, donde ella intentó enseñarle a bailar, aunque sin éxito. La música no significaba nada para él; el ruido que le envolvía, o tal vez el contacto con el cuerpo de ella, desbarataban la poca coordinación que pudieran tener sus movimientos. Pero la llevó a los bailes del Club de Campo; se supo que se habían prometido. Ella siguió absteniéndose de bailar, pero salía con otros hombres a los coches aparcados en la oscuridad, a la entrada. Él intentó hablar con ella de esa costumbre y de la bebida.
       —Ven a mi coche a beber conmigo —le dijo.
       —Estamos prometidos. Contigo no tiene gracia.
       —Ya —dijo él con la docilidad con que aceptaba todas sus negativas. De pronto se detuvo y se encaró con ella—. ¿Qué es lo que no tiene gracia conmigo? —ella retrocedió cuando él la sujetó por el hombro—. ¿Qué es lo que no tiene gracia conmigo?
       —Ay —dijo ella—. Me haces daño.
       —Ya lo sé. ¿Qué es lo que no tiene gracia conmigo?
       Llegó entonces otra pareja y él la soltó. Pasada una hora, durante un descanso de la orquesta, la sacó a rastras, a pesar de sus alaridos y de su resistencia, de un coche a oscuras, y la arrastró por la pista de baile donde sólo estaban alineadas las señoras de compañía de las jóvenes como el público de un teatro, y tomó una silla para sentarse y ponérsela de través en el regazo y darle unos azotes. Con la luz del alba se habían alejado en el coche una veintena de millas, a otra localidad, donde se casaron.
       Esa misma mañana Amy llamó «madre» a la señora Boyd por primera y (con una sola excepción, y acaso por efecto de la sorpresa, o acaso del alborozo) última vez, aunque ese mismo día la señora Boyd hizo a Amy un obsequio: le regaló el broche, un objeto antiguo, un incordio, pero sin embargo valioso. Amy se lo llevó a su dormitorio y él la vio de pie mirándolo con perfecta frialdad, perfectamente impertérrito. Lo guardó en un cajón. Lo sostuvo entre dos dedos sobre el cajón abierto y lo soltó, y se frotó los dos dedos contra el muslo.
       —Alguna vez tendrás que ponértelo —dijo Howard.
       —Descuida, que me lo pondré. Le daré muestra de mi gratitud, no te preocupes.
       No tardó él en percibir que a ella le complacía ponérselo. Es decir, empezó a ponérselo a menudo. Luego se dio cuenta de que no era complacencia, sino una incongruencia vengativa; se lo puso durante toda una semana en el escote de un vestido de cuadros, de andar por casa, poco más que un delantal. Siempre se lo ponía donde la señora Boyd lo viera, siempre que ella y Howard se habían arreglado para salir y procedían a dar las buenas noches a la madre.
       Vivían en el piso de arriba, donde al cabo de un año nació su hijo. Llevaron al niño abajo, a que lo viese la señora Boyd. Volvió la cabeza sobre el almohadón y lo miró una sola vez.
       —Ah —dijo—. Nunca llegué a conocer al padre de Amy que yo sepa. Claro que tampoco viajé mucho en tren.
       —Será… será vieja, la vieja… —exclamó Amy con un estremecimiento, abrazándose a Howard—. ¿Por qué me odia tanto? ¿Qué le he hecho yo? Mudémonos a otra casa, ponte a trabajar.
       —No. Tampoco vivirá ella para siempre.
       —Sí, vivirá para siempre. Para siempre, sólo con tal de odiarme.
       —No —dijo Howard. Al año siguiente murió el niño. Amy intentó una vez más convencerle de que se mudaran.
       —Adonde sea. No me importa cómo tengamos que vivir.
       —No. No puedo dejarla aquí, tirada en la cama, sin ayuda de nadie. Tú lo que tienes que hacer es salir a divertirte de nuevo, salir a bailar. Ya verás como se arregla todo.
       —Sí —dijo ella más calmada—. Eso tendré que hacer. Esto no puedo soportarlo.
       Uno dijo «tú», la otra dijo «yo». Ninguno de los dos dijo «nosotros». Así, los sábados por la noche Amy se arreglaba y Howard se echaba por encima el abrigo y la bufanda, a veces sobre la camisa, sin más, y bajaban la escalera para hacer un alto en la habitación de la señora Boyd, y Howard acompañaba a Amy al coche y la veía marcharse. Luego volvía a la casa con los zapatos en la mano, como tantas veces hizo antes de casarse, pasando por delante del dintel iluminado. Poco antes de dar la medianoche, de nuevo con abrigo y bufanda, bajaba las escaleras con sigilo, pasaba por delante del dintel todavía iluminado y esperaba en el porche a que llegase Amy. Entraban en la casa y se asomaban a la habitación de la señora Boyd para darle las buenas noches.
       Una noche dio la una antes de que regresara. Llevaba una hora esperándola en pijama y zapatillas, en el porche. Era noviembre. El dintel de la habitación de la señora Boyd no estaba iluminado, y no se detuvieron.
       —Es que unos aguafiestas, unos zascandiles, atrasaron el reloj —le dijo. No le miró; se desvistió deprisa, arrojando de cualquier manera el broche con el resto de sus alhajas sobre la cómoda—. Tuve la esperanza de que no fueses tan tonto y no te quedaras ahí fuera esperándome.
       —Puede que la próxima vez que atrasen el reloj no te esté esperando.
       Ella se quedó quieta de pronto, perfectamente inmóvil, mirándole por encima del hombro.
       —¿Lo dices en serio? —dijo. Él no la estaba mirando; la oyó acercarse y luego la notó acercarse y quedarse a su lado. Ella le tocó el hombro—. ¿Howard? —dijo. Él no movió un músculo. En un abrir y cerrar de ojos ella se le había abrazado con todas sus fuerzas, se había lanzado sobre su regazo, lloraba de una manera incontenible—. ¿Qué nos está pasando? —exclamó, chocando una y otra vez contra él con desenfreno—. ¿Qué nos pasa, qué nos pasa? —él la tuvo abrazada hasta que se calmó, aunque después de acostarse cada uno en su cama (ya dormían en camas separadas) la oyó y luego la notó cruzar el espacio de separación y lanzarse de nuevo contra él con ese pavoroso desenfreno, con abandono, pero no de mujer, sino propio más bien de un niño a oscuras, y lo envolvió en sus brazos susurrándole—: No tienes por qué confiar en mí, Howard. ¡Puedes confiar! ¡No estás obligado! ¡Es que puedes confiar en mí, en serio!
       —Sí —dijo él—. Lo sé. No pasa nada. No pasa nada.
       Después de aquella noche, justo antes de dar las doce él se echaba por encima el abrigo y la bufanda, bajaba con sigilo la escalera, pasaba por delante del dintel iluminado, abría y cerraba la puerta de la calle haciendo ruido y se asomaba a la puerta de la habitación de su madre, donde la encontraba apoyada, encajada entre los almohadones, con el libro abierto y boca abajo sobre las rodillas.
       —¿Ya estáis de vuelta? —decía la señora Boyd.
       —Sí. Amy ya ha subido. ¿Necesitas alguna cosa?
       —No. Buenas noches.
       —Buenas noches.
       Subía y se acostaba y al cabo de un rato (a veces) dormía. Pero antes, a veces, llevándoselo esas veces al sueño, pensaba y se decía con el pesimismo reposado y fatalista de los impotentes que son por añadidura inteligentes, «pero es que esto no puede seguir así para siempre. Cualquier noche pasará algo. Ella cazará a Amy. Y sé bien lo que hará. ¿Y yo qué le voy a hacer?». Creía que en el fondo sí lo sabía. Es decir, una parte de su ser, la conciencia acaso, le aseguraba que lo sabía, pero prefería no tenerlo en cuenta: de nuevo la inteligencia: no lo entierres, no lo escondas, es mejor que huyas de eso; prefiriendo no tenerlo en cuenta, la inteligencia hablaba desde la impotencia: y es que no hay hombre que sepa qué hará en una situación dada, según circunstancias precisas: los sabios acaso, tal vez los otros, extraigan conclusiones, pero no así el implicado. A la mañana siguiente, Amy se encontraba en la cama de al lado; a la luz del día, se había esfumado el mal presagio. Pero de vez en cuando, e incluso con la luz del día, retornaba, y con el distanciamiento de sus cavilaciones, con la actividad cerebral que inconsciente contemplaba su vida, esa totalidad defectuosa un tercio de la cual habían producido los dos, si bien no eran capaces de salvar la ausencia de ese tercio, volvía a decirse: «Sí, sé bien lo que hará ella, y sé lo que Amy me pedirá que haga yo, y sé que eso no lo haré. Pero ¿qué he de hacer?». No duraba mucho; volvía a decirse que por el momento no había ocurrido, y que de todos modos quedaban seis largos días hasta el sábado siguiente: ya sólo la impotencia, ya ni siquiera el intelecto.


II

       Así que cuando despertó con el estridente timbrazo ya supo que la cama de al lado aún estaba sin ocupar, tal como supo, al margen de la prisa que se diera en alcanzar el teléfono, que ya sería demasiado tarde. Ni siquiera se paró a ponerse las zapatillas; bajó corriendo, descalzo, las escaleras heladas, viendo el dintel de la puerta de su madre encenderse al pasar, y fue al teléfono y descolgó.
       —Ay, Howard. Cuánto lo siento. Soy Martha Ross. Siento muchísimo molestarte, pero es que sabía que Amy estaría muy preocupada. Lo encontré en el coche, díselo, cuando volvimos a casa.
       —Sí —dijo él—. Entendido, en el coche.
       —En nuestro coche. Después de que ella se diera cuenta de que había perdido la llave del coche. La llevamos nosotros a casa, hasta la esquina. La invitamos a que viniera a la nuestra, era lo mejor, a tomarse unos huevos con jamón, pero ella… —se apagó la voz. Howard tenía el frío receptor del teléfono pegado a la oreja y oía al otro lado de la línea el silencio, un silencio colmado de una especie de consternación, como una respiración contenida: algo instintivo y femenino y protector de sí mismo. Pero la propia pausa apenas fue una pausa; casi de inmediato la voz siguió perorando, aunque había cambiado por completo y era inexpresiva, átona, reservada—. Amy estará en la cama, supongo.
       —Sí, está acostada.
       —Ah. Pues siento mucho haberte despertado, siento muchísimo molestarte. Pero es que sabía que estaría muy preocupada, ya que era de tu madre, era un recuerdo de familia. Claro que… si todavía no lo ha echado en falta, no tienes por qué decírselo —la línea zumbaba, tensa—. No le digas que he llamado ni nada —la línea zumbaba—. Eh, ¿Howard?
       —No —dijo—. Esta noche no le diré nada, mejor no molestarla. Llámala mañana por la mañana.
       —Sí, claro. Cuánto lo siento, perdona por haberte molestado. Espero no haber despertado a tu madre.
       Colgó. Estaba helado. Notó cómo se le retraían los dedos de los pies alejándose del suelo helado mientras permanecía inmóvil, mirando la puerta impávida tras la cual estaría su madre apoyada, encajada entre los almohadones, recta, con la cara pálida como el sebo y los ojos negros e inescrutables y el pelo que, según Amy, recordaba el algodón astroso, junto al reloj cuyas manecillas había parado ella a las cuatro menos diez aquella tarde, cinco años antes, en que por fin pudo moverse de nuevo. Cuando abrió la puerta la imagen resultó exacta, casi hasta la posición de las manos sobre la colcha.
       —Ella no está en esta casa —dijo la señora Boyd.
       —Claro que sí. Está acostada. Sabes muy bien cuándo llegamos. Se olvidó uno de los pendientes en casa de Martha Ross, y es Martha quien acaba de llamar para decírselo.
       Al parecer, su madre ni siquiera le había escuchado.
       —Así que juras que en este instante ella está en esta casa.
       —Sí, claro que sí. Está durmiendo, te lo aseguro.
       —Pues dile que baje ahora mismo a darme las buenas noches.
       —No digas tonterías. Eso sí que no.
       Se miraron uno a otro por encima del pie de la cama.
       —¿Te estás negando?
       —Claro que me niego.
       Aún se miraron unos instantes más. Él hizo entonces ademán de volverse; notó que ella lo miraba con insistencia.
       —Entonces dime otra cosa. Es el broche lo que había perdido.
       Tampoco a esto le contestó. Se limitó a mirarla a la vez que cerraba la puerta: los dos tenían una curiosa semejanza, enemigos mortales e implacables en la encarnizada e íntima antipatía de los lazos de sangre. Salió.
       Regresó a su dormitorio y encendió las luces; encontró las zapatillas y se dirigió a la chimenea para añadir carbón a las ascuas y atizarlas hasta que prendieran. El reloj de la repisa indicaba la una menos veinte. Al poco tuvo un buen fuego, con llama; había dejado de temblar. Volvió a la cama y apagó la luz, dejando sólo el titilar de las llamas, el relumbre en los muebles, el apagado destello en los frascos y los espejos sobre la cómoda del tocador, y en el espejo más pequeño que había sobre su propia cómoda, junto al cual se hallaban las tres fotografías en marcos de plata, dos más grandes, de Amy y de él, y otro marco más pequeño, en medio, vacío. Se tumbó. No estaba pensando en nada. Una sola vez pensó, en silencio, «así que es esto. Ahora supongo que lo sabré, ahora averiguaré qué es lo que voy a hacer», y no volvió a pensarlo, ni siquiera eso.
       La casa parecía estar aún colmada por el estridente timbre del teléfono, como un eco terco. Comenzó entonces a escuchar el reloj de la repisa, reiterativo y frío y no muy ruidoso. Encendió la luz y tomó el libro que tenía boca abajo en la mesilla, junto a la almohada, pero descubrió que no lograba concentrarse en las palabras por culpa del sonido del reloj, así que se levantó y fue a la repisa. Las manecillas indicaban las dos y media. Paró el reloj y lo volvió de cara a la pared, llevándose el libro junto a la chimenea, donde descubrió que sí era capaz de concentrarse en las palabras, de captar el sentido, de leer sin que el paso del tiempo le alterase. Por eso no podría haber precisado en qué momento se dio cuenta de que había dejado de leer, de que dio una sacudida con la cabeza. No había oído nada, si bien supo que Amy estaba en casa. No supo cómo lo supo: permaneció sentado, conteniendo la respiración, inmóvil, con el libro apacible en alto, quieto, a la espera. Oyó entonces la voz de Amy.
       —Soy yo, madre.
       «Ha dicho “madre” —pensó sin moverse todavía—. La ha vuelto a llamar “madre”». Se movió: dejó el libro cuidadosamente, abierto boca abajo, aunque al cruzar la habitación lo hizo con naturalidad, sin empeñarse en amortiguar sus pasos. Llegó hasta la puerta, la abrió y vio que Amy acababa de salir del dormitorio de la señora Boyd. Comenzó a subir las escaleras caminando también con toda naturalidad, acompañándose con el ruido de los tacones finos, que resonó de una manera antinatural en la casa atenazada por la noche. Debía de haberse detenido cuando su madre la llamó, con lo que seguramente volvió a calzarse, supuso él. Ella aún no lo había visto y subía los peldaños a buen paso, su rostro difuso, como un pétalo, a la escasa luz del vestíbulo, sobre el cuello de su abrigo de piel, proyectando por delante de ella, hacia donde él la esperaba, una especie de fragancia rosada, hialina, el aroma de la noche helada, de la que acababa de surgir. Lo vio entonces en lo alto de la escalera. Durante un solo segundo, un instante, se paró en seco, aunque había vuelto a avanzar antes de que pudiera decirse que fue una pausa, hablando ya a la vez que pasaba por delante de él y entraba en el dormitorio.
       —¿Se ha hecho muy tarde? He estado con los Ross. Me acaban de dejar en la esquina. Perdí la llave del coche en el club. A lo mejor se ha despertado con el ruido del coche.
       —No. Ya estaba despierta. La despertó el teléfono.
       Ella se dirigió a la chimenea y extendió las manos al calor del fuego sin haberse quitado el abrigo. No parecía que le hubiese oído, sonrosado el semblante a la luz del fuego, y de su presencia emanaba ese olor a frío, la escarchada fragancia que la precedió al subir las escaleras.
       —Ya me lo suponía. La luz de su habitación estaba encendida. Supe en cuanto abrí la puerta de la calle que nos hemos caído con todo el equipo. Ni siquiera entré del todo en la casa cuando la oí decir «Amy», a lo que dije: «Soy yo, madre», y ella dijo: «Entra un momento, por favor», y estaba con esos ojos que no tienen contorno, con ese pelo que parece que alguien se lo haya sacado a tirones de una bala de algodón del año pasado, y dijo: «Como es natural, entenderás que tienes que marcharte de esta casa inmediatamente. Buenas noches».
       —Sí —dijo él—. Estaba despierta desde las doce y media más o menos. No pude hacer otra cosa que insistir en que ya estabas acostada, y fiarme a la buena suerte.
       —¿Quieres decir que no ha dormido ni un momento?
       —Eso es. La despertó el teléfono, ya te lo he dicho. A eso de las doce y media.
       Con las manos extendidas aún ante el fuego, lo miró de reojo por encima del hombro que le cubrían las pieles del abrigo, el rostro rosado, los ojos a la vez iluminados y cargados, los ojos de una mujer después del placer, con una suerte de conmiseración desatenta y conspiradora.
       —¿El teléfono? ¿Aquí? ¿A las doce y media? Qué asco de… En fin, da lo mismo —se volvió de frente a él, como si sólo hubiera estado esperando a entrar en calor, el opulento abrigo sobre el frágil rielar de su vestido; en esos momentos había en ella algo de veras hermoso, no la belleza del rostro cuya réplica impecable mira desde la portada de mil revistas todos los meses, y tampoco la de la figura, la silueta de esa provocación intencionalmente epicena en la que kilómetros y kilómetros de celuloide han constreñido el cuerpo femenino de toda una raza, sino una cualidad por completo femenina, de una manera tan antigua como eterna, primitiva y confianzuda y despiadada, según se acercó a él con los brazos ya alzados—. ¡Sí! ¡También yo digo que es suerte! —afirmó, y lo rodeó con los brazos al tiempo que echaba hacia atrás todo el torso para mirarlo a la cara, triunfal su semblante, con un olor cálido, femenino, en el que la fragancia escarchada se había evaporado del todo—. Dijo que inmediatamente. ¿Lo ves? ¿No lo entiendes? Ahora podemos irnos. Déjale a ella el dinero, que se lo quede todo. No nos ha de importar. Ya encontrarás trabajo; me da lo mismo dónde y cómo tengamos que vivir. Ahora ya no tienes que quedarte aquí, con ella. Ella te ha… ¿cómo se dice eso? Te ha exonerado en persona, te libera de toda obligación. Sólo que he perdido la llave del coche. Pero eso no importa, podemos irnos a pie. Sí, vayámonos a pie. Vayámonos con lo puesto, sin llevarnos nada suyo. Igual que vinimos.
       —¿Ahora? ¿Esta misma noche?
       —¡Sí! Ella dijo que inmediatamente. Tiene que ser esta noche.
       —No —dijo él. Eso fue todo, sin dar indicio de qué pregunta era la que había contestado, qué era lo que negó. Pero tampoco tuvo necesidad, porque ella seguía abrazada a él; tan sólo había cambiado la expresión de su rostro. No era que se hubiese apagado aún, no era que delatase terror: tan sólo resultó incrédulo, con una incredulidad como la de una niña.
       —¿Me estás diciendo que tampoco ahora te irás? ¿Que no piensas dejarla? ¿Que prefieres llevarme a pasar la noche a un hotel y que mañana volverás? ¿O quieres decir que ni siquiera piensas pasar la noche conmigo en un hotel? ¿Me estás diciendo que me llevarás a un hotel y que me dejarás allí y que tú…? —lo abrazaba, lo miraba—. Espera, espera. Tiene que haber alguna razón, algo que… —empezó a decir—. Espera —exclamó. Seguía mirándolo con insistencia, las manos en tensión, las pupilas como dos cabezas de alfiler, la furia pintada en el semblante—. Es eso. Ésa es la razón. ¿Quién llamó por teléfono para hablar de mí? ¡Dímelo! Te desafío a que me lo digas. Yo te lo explicaré. ¡Dímelo!
       —Fue Martha Ross. Dijo que te acababa de dejar en la esquina.
       —¡Te ha mentido! —vociferó al punto, sin esperar apenas a oír el nombre—. ¡Te ha mentido! Me trajeron a casa, claro que sí, pero aún era temprano, por eso decidí ir con ellos a su casa, a tomarme unos huevos con jamón. Llamé a Frank antes de que doblase la esquina y fui con ellos. ¡Frank te lo podrá confirmar! ¡Ella te ha mentido! ¡Acaban de dejarme en la esquina, claro que sí, pero ha sido ahora mismo!
       Lo miró. Se miraron durante un largo instante, un instante lleno, inmóvil.
       —Entonces —dijo él—, ¿dónde está el broche?
       —¿El broche? —repuso—. ¿Qué broche? —él ya había visto cómo alzaba la mano por debajo del abrigo; además, le vio la cara y la vio quedarse boquiabierta, como una niña que se queda sin resuello antes de echarse a llorar desconsolada y con desenfreno incontenible y sin embargo inmóvil, con una incondicional entrega, de modo que habló a despecho del llanto, y lo hizo con el jadeo sofocado de una niña, rindiéndose del todo en su desesperación—. ¡Oh, Howard…! ¡Yo nunca te haría eso! ¡Nunca te lo haría! ¡Nunca!
       —De acuerdo —dijo él—. Anda, calla. Calla, Amy. Que te va a oír.
       —De acuerdo, ya lo intento —pero seguía de frente a él con el rostro contraído a la par que curiosamente rígido bajo su increíble fluir de humedad, como si no tanto los lagrimales, sino más bien todos los poros hubiesen manado a la vez. Habló directamente según pensaba, sin referirse al asunto ni a las circunstancias, sin más añadidos de desafío o de negativa—. ¿Habrías venido conmigo si no lo hubieras descubierto?
       —No. Ni por ésas. Yo no la dejaré. No dejaré de estar a su lado hasta que haya muerto. Tampoco me marcharé de esta casa, no. No puedo. Yo… —se miraron uno al otro, ella con intensidad, como si en sus pupilas viese no su propio reflejo, sino el rostro apergaminado de la planta baja, borrada su propia imagen por algo que iba más allá de la simple ceguera: por una cualidad de determinación invencible y crucificada.
       —Sí —le dijo. De alguna parte extrajo un trozo de muselina y se secó los ojos con delicadeza, poniendo instintivo cuidado en preservar el maquillaje que se le había corrido a regueros—. Nos ha vencido. Ahí tumbada en la cama, sin levantarse, y nos ha vencido —se volvió y fue al armario, de donde sacó un bolso de viaje, dentro del cual introdujo los objetos de cristal del tocador, y abrió un cajón—. Ahora no me lo puedo llevar todo. Tendré que…
       Él también cambió de sitio. De la cómoda en donde estaba el marco vacío tomó la cartera y sacó los billetes, para volver y depositar el dinero en la mano de ella.
       —No creo que aquí haya mucho. Pero hasta mañana no te hará falta el dinero.
       —Sí —dijo ella—. Ya me harás llegar entonces el resto de mis cosas.
       —Sí —repuso. Dobló los billetes y los alisó entre los dedos; no le miró entonces. Él no supo qué estaba mirando; sólo supo que no era el dinero—. ¿No tienes un bolso de mano o algo donde llevarlo?
       —Sí —dijo ella. Pero no dejó de doblar y alisar los billetes, aun sin mirarlos, como si no tuviera conciencia de ellos, como si no tuviesen ningún valor y los hubiera tomado entre las manos sin ser consciente de ello—. Sí —dijo—. Nos ha vencido. Ahí tumbada en esa cama de la que no se moverá nunca, hasta que vengan a llevársela algún día. Tomó ese broche y nos ha vencido a los dos —se echó a llorar. Lloró con tanto reposo como había hablado hasta entonces—. Mi pequeño —dijo—. Mi niñito querido…
       Él ya ni siquiera le dijo que callara. Aguardó hasta que se hubo secado los ojos casi con demasiada furia, animada, con una expresión que casi era una sonrisa, su rostro, el maquillaje, el semblante arreglado con todo detalle para la noche y hecho una ruina, a regueros, macilento, con las secuelas fatigadas y apacibles de las lágrimas.
       —En fin —dijo ella—. Se hace tarde —se agachó, pero él se le adelantó y tomó el bolso de viaje. Bajaron juntos las escaleras; vieron el dintel iluminado sobre la puerta de la señora Boyd.
       —Es una pena que no tengas el coche —dijo él.
       —Sí. Perdí la llave en el club. Pero ya he llamado por teléfono al garaje. Lo traerán mañana temprano.
       Se detuvieron en el vestíbulo mientras él llamaba para pedir un taxi. Esperaron, hablando de vez en cuando en voz queda los dos.
       —La verdad es que estoy cansada. No paré de bailar.
       —¿Qué tal la música? ¿Estuvo bien?
       —Sí. No sé. Supongo. Una cuando baila no se suele fijar si la música está o no está…
       —Claro, ya me lo imagino —llegó el taxi. Salieron al porche, él con pijama y bata; la tierra estaba helada, dura como el hierro, el cielo glacial y brillante. La ayudó a subir.
       —Anda, vuelve corriendo a casa —dijo ella—. Ni siquiera te has puesto el abrigo.
       —Sí, será lo mejor. Te llevaré tus cosas al hotel. Mañana temprano.
       —Que no sea demasiado temprano. Anda, corre —ya se había arrellanado en el asiento, con el abrigo bien cerrado. Él ya había reparado en que en algún momento, estando aún en el dormitorio, su cálido olor a mujer había vuelto a desaparecer, y que de nuevo emanaba aquella tenue y rosada fragancia, frágil, efímera, abatida; se marchó el taxi y él no se volvió a mirar. Cuando estaba cerrando la puerta de la calle lo llamó su madre. Pero no se detuvo, ni siquiera miró a la puerta. Subió las escaleras como si tal cosa, alejándose de aquella voz opacada, átona, insomne, perentoria. Se había apagado el fuego en la chimenea: un resplandor rosáceo y potente, apacible, sosegado, cálidamente reflejado en espejos y madera encerada. El libro estaba donde lo dejó, en la butaca. Lo tomó y fue a la mesilla que había entre ambas camas para buscar y encontrar el envoltorio de celofán que un día contuvo limpiapipas, y que utilizaba a modo de marcapáginas, para introducirlo en el libro antes de dejarlo. Era Verdes mansiones en una edición de bolsillo, la de la Modern Library. Había descubierto el libro en la adolescencia; desde entonces lo leía a menudo. En aquel entonces sólo leyó la parte que trata del viaje de las tres personas en busca de Riolama, que no existía; buscaba esa parte y la leía en secreto, tal como un chico normal se hubiera dedicado al erotismo o la obscenidad normales y convencionales, y así ascendía el monte yermo con Rima, hacia la cueva, sin saber que era el símbolo de la cueva lo que buscaba, escapando de él en el último instante por medio del deseo mismo, de la necesidad de huir, de fugarse, que sintió Rima, y así la seguía más allá de la cueva, hasta el lugar en que se encontraba sin haberle esperado siquiera, fugitiva como la llama de una cerilla, e igual de débil, bajo la luna fría y sin pesares. En su inocencia de entonces creía con una suerte de júbilo urgente y desesperado que el misterio que la envolvía no era un misterio, puesto que era algo físico; que era corpóreamente impenetrable, un ser incompleto; con apacible desesperación justificaba y vindicaba incluso lo que había vivido él (o así lo creía), seguro de que no había sido culpa suya, cifrándolo en lo leído en los libros, como suelen los jóvenes. Pero después de casarse no volvió a leer el libro hasta que murió el niño y dieron comienzo las noches de los sábados. Y entonces rehuyó el viaje a Riolama tal como en su día lo había anhelado. Leyó entonces sólo el pasaje en que Abel (el único hombre en toda la tierra que sabía que estaba solo) vagaba en el bosque infranqueable y prohibido, acompañado por los trinos de las aves. Fue entonces a la cómoda y abrió de nuevo el cajón en que guardaba la cartera y se apoyó un instante con la mano en el borde del cajón.
       —Sí —se dijo en alto, con voz queda—, parece que con tanto cavilar nunca estuve yo muy lejos de lo que he de hacer.
       El cuarto de baño estaba al final del pasillo, agregado a la casa con posterioridad a su construcción. Allí dentro hacía calor, pues había dejado el calefactor eléctrico encendido pensando en la hora a la que llegase Amy, pero lo había olvidado. Era allí donde guardaba el whisky. Había empezado a beber poco después de que su madre sufriese el ataque, al comienzo de lo que creyó que había de ser su libertad, y desde la muerte del niño dio en guardar en el cuarto de baño un barril con capacidad de dos galones, lleno de whisky de maíz. Aunque estaba separado de la casa en sí, y a la máxima distancia del dormitorio de su madre, no obstante con todo esmero introdujo varias toallas en la rendija del marco de la puerta, y por debajo, y luego las recogió y volvió al dormitorio y tomó la colcha de la cama de Amy y volvió al baño e introdujo las toallas alrededor y por debajo de la puerta y colgó la colcha delante. Pero ni siquiera así se dio por contento. Permaneció pensativo, meditabundo, un tanto gordezuelo (nunca había hecho ejercicio desde que desistió de aprender a bailar, y con lo que bebía a diario poco o nada quedaba en él de aquel novicio jovenzuelo e italianizante que fue), sin sujetar apenas la pistola en la mano. Dio en mirar en derredor. Su mirada se posó en la alfombrilla de la bañera, doblada sobre el borde. Se envolvió la mano con que sujetaba la pistola y la pistola misma con la alfombrilla y apuntó a la pared del fondo y disparó, la detonación amortiguada, seca, pero sin estrépito apenas. A pesar de todo permaneció a la escucha, como si contase con oír algo desde tan lejos. Nada oyó tampoco cuando, tras liberar la puerta, recorrió con sigilo el pasillo y con sigilo bajó las escaleras hacia el punto en que con toda claridad veía el dintel a oscuras de la habitación de su madre. Tampoco se detuvo esta vez. Volvió a las escaleras con sigilo, escuchando el frío e impotente raciocinio, pero sin hacerle caso. Igual que tu padre, parece que no eres capaz de vivir con ninguna de las dos; al contrario que tu padre, parece que no puedes vivir sin ellas, y se dijo en silencio: «Sí, parece que tanto cavilar en todo momento acertó. Parece que nos conociera a nosotros mejor que yo mismo», y cerró la puerta del cuarto de baño e introdujo con esmero las toallas alrededor y por debajo. Pero esta vez no colgó la colcha. Se la echó por encima y se acurrucó, se envolvió en ella, con el cañón de la pistola entre los dientes como si fuera una pipa, arropándose con la colcha gruesa y suave la cabeza, presuroso, veloz, porque ya empezaba a ahogarse.



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