William Faulkner
(1897-1962)


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Originalmente publicado en Story, IV (febrero de 1934);
reimpreso en Doctor Martino and Other Stories (1934);
Collected Stories (1950)


      Bordeando la caída a pico del precipicio, la valla de madera parecía un juguete de un niño. Seguía el curvo contorno de la carretera como si la ciñese un hilo, y al pasar el coche era poco más que una mancha endeble. Luego titiló a medida que quedaba atrás como una cinta tensada y cortada a tijera.
      Pasaron el rótulo, el primer rótulo, «Mills City. 6 millas», y Elly pensó, con meditabundo e irrevocable asombro: «Ya casi estamos; es ya demasiado tarde», mirando a Paul a su lado, las manos en el volante, de perfil, atento al trazado fugaz de la carretera.
      —Bueno, Paul —dijo—, ¿y qué puedo yo hacer para que te cases conmigo? —pensando… «en aquel campo había un labrador con el arado, nos vio salir del bosque cuando Paul llevaba la manta protectora del automóvil», pensándolo con sosiego, con desapasionamiento y desatención, pues algo más había, algo que estaba a punto de borrarlo. «Algo pavoroso que se me olvida», pensó, viendo los rótulos cada vez más numerosos que indicaban la proximidad cada vez mayor de Mills City. «Algo terrible que recordaré dentro de nada», y dijo en voz alta, sosegada—: No hay nada más que pueda yo hacer, ¿verdad?
      Paul siguió sin mirarla.
      —No —dijo—. No hay nada más que puedas tú hacer.
      Recordó entonces qué era lo que se le olvidaba. Recordó a su abuela, pensó en la anciana, impedida de oír nada, con los ojos fríos, ineludibles, que la esperaba en Mills City con atónita y reposada desesperanza: «¿Cómo he podido olvidarla? ¿Cómo he podido? ¿Cómo?».
      Tenía dieciocho años. Vivía en Jefferson, a doscientas millas de distancia, con su madre y su padre y su abuela, en una casa grandona. Tenía una terraza bastante amplia, con un emparrado que la apantallaba, y sin luces. En esa sombra se recostaba ella casi cada noche con un hombre distinto, jovenzuelos y jóvenes del pueblo al principio, pero luego casi con cualquiera, con cualquier transeúnte que pasara por la localidad y se encontrase ella por casualidad o según lo convenido, siempre y cuando tuviera una pinta decente. De noche nunca montaba con ellos en sus coches, y al punto creían todos saber por qué, aunque no siempre renunciaban de golpe a sus esperanzas, hasta que el reloj del juzgado diera las once. Entonces, y acaso durante otros cinco minutos (pese a llevar una hora o acaso más sin decir palabra) se hablaban en susurros apremiantes:
      —Te tienes que marchar.
      —No. Ahora no.
      —Sí. Ha de ser ahora.
      —¿Por qué?
      —Porque sí. Estoy cansada. Me quiero ir a la cama.
      —Ya entiendo. Hasta aquí hemos llegado, nada de ser madre. ¿Es eso?
      —Puede ser.
      En la sombra, estaba ella ahora alerta, enfriada, huida ya, sin moverse, al resguardo de cierta secreta reserva de júbilo, de risa. Y él se marchaba, y ella entraba en la casa a oscuras, mirando el único rectángulo de luz que caía sobre el rellano de arriba, y cambiaba del todo. Fatigada, con el paso casi cansino de una anciana, subía las escaleras y pasaba ante la puerta abierta del cuarto encendido en el que estaba sentada su abuela, erguida, un libro abierto entre las manos, de cara al pasillo. Por lo común no miraba al cuarto al pasar. Pero de vez en cuando sí lo hacía. Entonces, durante un instante se miraban y se veían del todo una a la otra: la anciana fría, penetrante; la muchacha de rostro cansado, agotada, los ojos oscuros y dilatados, llenos de un odio impotente. Seguía su paso y entraba en su habitación y se apoyaba un rato contra la puerta y oía al cabo a la abuela apagar la luz, a veces llorando en silencio y sin poder evitarlo, murmurando: «Qué perra la vieja, qué perra la vieja». Se desvestía y se miraba en el espejo, examinándose la boca ya sin nada de carmín, pesada, aplanada (o a ella se lo parecía), fatigada e insensible de tanto besar, pensando: «Dios mío, ¿por qué lo haré? ¿Qué es lo que me pasa?», pensando en que al día siguiente debería encarar de nuevo a la anciana con la huella de la noche anterior en la boca como una moradura, con la sensación clara del sinsentido y la vacuidad de la vida más honda que la rabia o la sensación de ser perseguida.
      Y una tarde, en casa de una amiga, conoció a Paul de Montigny. Cuando se marchó se quedaron a solas las dos. Se miraron una a la otra en silencio como dos espadachines, velados sus ojos.
      —Así que te ha gustado, ¿eh? —dijo la amiga—. Tienes un gusto muy raro, ¿que no?
      —¿Quién dices que me ha gustado? —dijo Elly—. No sé de qué me hablas.
      —Vaya, vaya —dijo la amiga—. Así que no te has fijado en el pelo que tiene. Parece un gorro de punto. Y qué labios. Gordezuelos, casi de pura grasa —Elly la miró.
      —¿Qué estás diciendo? —dijo.
      —Nada —dijo la otra. Miró hacia el corredor y tomó un cigarrillo del bolsillo del vestido para encenderlo—. A mí que me registren. Pero me he enterado de lo que se dice por ahí. Eso de que su tío una vez mató a un hombre que le había echado en cara tener sangre de negro.
      —Mientes —dijo Elly.
      La otra expulsó el humo.
      —Lo que tú digas. Pregúntale a tu abuela por su familia. ¿No vivía ella antes también en Louisiana?
      —¿Y a ti qué te pasa? —dijo Elly—. Si eres tú la que lo invitó, lo invitaste a tu casa.
      —Pero no me he escondido en el armario de la entrada a besarle, eso sí que no.
      —Ah, ya —dijo Elly—. Será porque no has podido.
      —Claro que no. Hasta que tú no quitaste de en medio tu linda cara —dijo la otra.
      Esa noche, Paul y ella se sentaron en la terraza apantallada, en sombra. Pero a las once en punto fue ella la que se puso toda tensa y apremiante:
      —¡No! ¡No! Por favor, por favor.
      —Oh, vamos… ¿Es que tienes miedo?
      —Pues sí, me da miedo. Vete, por favor. Por favor.
      —Entonces, ¿mañana?
      —No. Ni mañana ni nunca.
      —Sí. Mañana ha de ser.
      Esta vez no miró al pasar por delante de la puerta del cuarto de la abuela. Tampoco se apoyó contra la puerta de su cuarto para llorar en silencio. Pero jadeaba sin cesar cuando habló en voz alta contra la puerta, con feble acaloramiento:
      —Un negro. Un negro. Me pregunto qué diría si lo supiera.
      A la tarde siguiente, Paul llegó a pie hasta la terraza. Elly estaba sentada en el balancín, su abuela en un sillón allí cerca. Se puso en pie y recibió a Paul en los peldaños de acceso.
      —¿Por qué has venido? —le dijo—. ¿Por qué?
      Entonces se volvió y le pareció verse caminar por delante de él, hacia la anciana delgada que seguía sentada y muy erguida, implacable y casta en ese lugar resguardado, secreto, poblado de espectros, para Elly muy probablemente en cualquier momento incontables e innombrables, que bien pudieran haber sido dueños de una sola boca. Se agachó a hablarle a gritos:
      —¡Éste es el señor De Montigny, abuela!
      —¿Cómo?
      —¡El señor De Montigny! ¡De Louisiana! —gritó, y vio a la abuela, sin moverse de las caderas para abajo, dar un respingo violento, hacia atrás, como una culebra en el momento de atacar.
      Eso fue por la tarde. Esa noche se marchó de la terraza por vez primera. Estuvo con Paul entre unos arbustos cercanos, espesos, en el césped; en la despavorida y cercana oscuridad por un instante Elly estuvo perdida, la sangre ruidosa de desesperación y de acaloramiento y también de exultante vengatividad, la sangre que en su interior hablaba al borde mismo de la rendición, alta como una voz: «¡Ojalá estuviera ella aquí, ojalá estuviese y lo viera!», cuando algo —no medió sonido— le dio un grito y ella hizo un torpe y enloquecido gesto para recobrarse. La abuela estaba justo detrás de ellos, por encima de ellos. No acertó a imaginar ninguno cuándo había llegado, cuánto tiempo llevaba allí. Pero allí estaba sin decir nada, en el dilatado anticlímax, mientras Paul se marchaba sin prisas y Elly permanecía en pie, pensando como una estúpida… «Se me sorprende en el pecado sin haber tenido tiempo de pecar.» Llegó entonces a su cuarto y se apoyó contra la puerta, tratando de aquietar la respiración, escuchando a la abuela subir las escaleras e ir al cuarto de su padre. Pero los pasos de la anciana se detuvieron ante su puerta. Elly se fue a la cama y se tumbó sin desvestirse, jadeando aún, todavía alborotada y sonora la sangre. «Así —pensó— que ha de ser mañana. Se lo dirá por la mañana». Empezó entonces a retorcerse, a volverse ligera y rauda de un lado a otro. «Ni siquiera tuve ocasión de pecar», pensó con pesadumbre en el resuello, atónita. «Cree que lo he hecho y le dirá que lo hice, y eso que todavía soy virgen. Es ella la que me empujó a hacerlo, es ella la que me lo impidió en el último instante.» Se encontró entonces tendida con el sol en los ojos, aún vestida por completo. «Así que ha de ser esta mañana —pensó con apagamiento—. Dios mío. Cómo he sido capaz. Cómo he sido capaz. Yo no quiero a ningún hombre, no quiero nada».
      Estaba esperando en el comedor cuando su padre bajó a desayunar. No dijo nada; aparentemente, no sabía nada. «A lo mejor se lo ha dicho a mi madre», pensó Elly. Pero al cabo de un rato también apareció su madre y se fue al pueblo sin haber dicho nada. «Así que aún no ha sido», pensó, y subió las escaleras. La puerta del cuarto de la abuela estaba cerrada. Cuando la abrió, la anciana estaba sentada en la sala leyendo un periódico; alzó la mirada fría, impávida, implacable, cuando Elly se puso a darle voces en la casa desierta:
      —¿Y qué otra cosa puedo yo hacer en este poblachón muerto y sin remedio, eh? Me pondré a trabajar. No quiero quedarme mano sobre mano. Sólo he de encontrar un trabajo, el que sea, con tal de que sea tan lejos que nunca más me llegue a los oídos la palabra Jefferson.
       Se llamaba Ailanthia, como la abuela, aunque la anciana no había oído pronunciar su nombre, ni el de su nieta, ni el de nadie, desde quince años antes, salvo cuando alguien se lo decía a gritos, como Elly le estaba gritando en ese momento:
      —¡Si anoche ni siquiera pasó nada! ¿O es que no me quieres creer? ¡Pues así es! ¡Anoche ni siquiera pasó nada! De lo contrario, al menos algo hubiese tenido, algo… —y la otra la miraba con esos ojos fríos, clavados, inmóviles, ineludibles, que tienen los que son muy sordos—. ¡Como tú quieras! —gritó Elly—. ¡Pues entonces me casaré! ¿Así te darás por contenta?
      Esa misma tarde se encontró con Paul en el pueblo.
      —¿Todo bien anoche? —dijo él—. ¿Por qué, qué pasa? ¿Es que ellos…?
      —No. Paul, cásate conmigo —estaban en la parte de atrás del colmado, parcialmente ocultos por el mostrador en que se dispensaban las recetas, aunque en cualquier momento podría aparecer alguien al otro lado. Ella se apretó contra él, con la cara compungida, tensa, la boca pintada como una salvaje cicatriz que la rayase—. Cásate conmigo. Si no, será demasiado tarde, Paul.
      —Yo con ellos no me caso —dijo Paul—. Vamos. Compórtate.
      Se apretó contra él, preñada de promesas. Hablaba con voz compungida y urgente.
      —Anoche casi lo hicimos. Si te casas conmigo, te prometo que…
      —¿Lo harás? Y será… ¿antes o después?
      —Te lo prometo. Ahora mismo. Cuando tú quieras.
      —Lo lamento —dijo él.
      —¿Ni siquiera si lo hago ahora?
      —Vamos, vamos. Compórtate.
      —Ay, te oigo bien, pero no te creo. Y me da miedo probar y saber.
      Se echó a llorar. Él le habló con flojo y creciente encono:
      —¡Te he dicho que ya basta!
      —Sí. Como quieras. Ya he parado. Entonces… ¿no quieres? Te digo que, si no, será demasiado tarde.
      —Joder, no. Yo con ellos no me caso. Ya te lo he dicho.
      —Como quieras. Entonces, adiós. Adiós para siempre.
      —Por mí, estupendo. Si así te sientes, tú verás. Si alguna vez te vuelvo a ver, sabrás cuál es el porqué. Pero nada de casarnos. Y la próxima vez ya me encargaré yo de que no tengamos moscones.
      —No habrá una próxima vez —dijo Elly.
      Al día siguiente él se marchó. A la semana siguiente se publicó en los periódicos de Memphis el anuncio de la boda. Se había de casar con un joven al que conocía desde que era niña. Era adjunto al cajero del banco, y se decía de él que llegaría algún día a ser director de la sucursal. Era un joven serio y sobrio, de carácter y hábitos impecables, que llevaba un año cortejándola con plácida formalidad. Cenaba con la familia todos los domingos, y cuando llegaba al pueblo uno de aquellos infrecuentes espectáculos ambulantes siempre compraba entradas e invitaba a la velada a Elly y a su madre. Cuando iba a visitarla, ni siquiera después de anunciarse la boda se sentaban juntos en el balancín, a oscuras. Tal vez no supiera que alguien se había sentado a columpiarse con ella a oscuras. Ya nadie se sentaba allí, y Elly pasaba la monótona rueda de los días en una suerte de apagada paz. A veces, de noche, lloraba un poco, aunque no a menudo; de vez en cuando se examinaba la boca en el espejo y lloraba en silencio, con sosegada desesperación, resignada. «De todos modos, ahora puedo vivir tranquila —se dijo—. Al menos puedo vivir el resto de esta vida muerta que me resta tan tranquila como si estuviera muerta».
      Un buen día, sin previo aviso, como si también ella hubiese aceptado el armisticio y la capitulación, la abuela se marchó a visitar al hijo que tenía en Mills City. Su ausencia pareció dar a la casa mayor volumen, mayor vacuidad de la que nunca tuvo, como si la abuela hubiera sido la única persona que realmente viviera en ella. A diario empezaron a visitar la casa las costureras para preparar el ajuar, aunque Elly tenía la sensación de ir y venir en silencio y sin propósito, suspensa en un hiato, sin pensar ni sentir, yendo de un cuarto vacío a otro cuarto vacío que dieran una perspectiva idéntica, demasiado familiar y demasiado apacible para ser ya siquiera entristecedora. Largas horas pasaba ya ante la ventana del dormitorio de la madre, contemplando los lentos e infinitesimales zarcillos de la clemátide que trepaban y desbordaban la rejilla y se sobraban por el techo de la terraza con el verano en constante aumento. Así pasaron dos meses; quedaban tres semanas para el día de la boda.
      —Tu abuela quiere volver a casa el domingo —le dijo su madre un buen día—. ¿Por qué no vais en coche Philip y tú a Mills City y pasáis el sábado por la noche con tu tío y así la traéis el domingo?
      Cinco minutos después, ante el espejo, Elly miró su reflejo como se mira a alguien que acaba de salvarse de un peligro inminente. «Dios —pensó—, ¿qué estaba a punto de hacer? ¿Qué estaba yo a punto de hacer?».
      En menos de una hora tenía a Paul al teléfono, aunque salió de la casa para llamarlo, tomando todas las secretas precauciones que le permitieron las prisas.
      —¿El sábado por la mañana? —dijo él.
      —Sí. Le diré a mi madre que Phi… que quiere salir temprano, nada más amanezca. No te reconocerán a ti, no reconocerán el coche. Estaré esperándote y nos podremos marchar deprisa.
      —Sí —oía el zumbido del hilo telefónico, la conferencia; tuvo un sentimiento exultante, de huida—. De acuerdo. Pero ya sabes lo que eso significa. Si vuelvo, ya sabes cuál es el porqué. Te lo dije bien claro.
      —No me da miedo. Sigo sin creerte, pero ahora ya no me da miedo probar.
      Volvió a oír el zumbido del hilo.
      —No me pienso casar contigo, Elly.
      —Como quieras, amor. Te digo que ya no me da miedo probar. Exactamente nada más amanezca. Te estaré esperando.
      Fue al banco a ver a Philip. Pasado un tiempo, Philip tuvo un rato libre y fue a atenderla en donde la esperaba, la cara tensa y compungida bajo el maquillaje, los ojos brillantes y endurecidos.
      —Hay algo que tienes que hacer por mí. Me cuesta mucho pedírtelo, y me temo que te costará mucho hacerlo.
      —Descuida, que lo haré. ¿De qué se trata?
      —La abuela vuelve a casa el domingo. Mi madre quiere que tú y yo vayamos en coche a Mills City el sábado para traerla de vuelta el domingo.
      —De acuerdo. El sábado lo tengo libre.
      —Sí, lo que pasa… Ya te he dicho que costará mucho. No quiero que vengas conmigo.
      —¿Cómo? ¿Que no quieres que…? —miró el rostro iluminado de Elly, casi ojeroso—. ¿Quieres ir tú sola? —ella no respondió. De pronto se acercó y se arrimó a él con un movimiento ensayado, automático. Le tomó un brazo y se rodeó con él por la cintura—. Ah —dijo—. Ya entiendo. Quieres ir con alguien distinto.
      —Sí. Ahora no te lo puedo explicar, pero te lo explicaré más adelante. Es que mi madre no lo entendería nunca, date cuenta. No me dejaría ir si no cree que voy contigo.
      —Entiendo —el brazo con que la rodeaba estaba inerte; era ella quien lo sostenía ceñido a su cintura—. Quieres ir con otro hombre.
      Ella rió con fuerza, aunque no mucho.
      —No seas bobo. Sí, claro que hay otro hombre de por medio. Tú no lo conoces y yo no cuento con volver a verlo antes de casarme. Pero mi madre nunca lo entendería. Por eso he de pedírtelo. ¿Lo harás por mí?
      —Sí, claro. No pasa nada. Si no podemos fiarnos el uno del otro, no tiene sentido que nos casemos.
      —Sí. Debemos fiarnos el uno del otro —ella le soltó el brazo. Lo miró con atención, calibrándolo, con un frío y curioso desprecio—. Y a mi madre le harás creer…
      —Tú fíate de mí. Sabes que de mí te puedes fiar.
      —Sí. Desde luego que puedo —y de repente le tendió la mano—. Adiós.
      —¿Adiós?
      Se arrimó de nuevo a él. Lo besó.
      —Ten cuidado —dijo él—. A lo mejor alguien nos ve.
      —Sí. Entonces, hasta luego. Luego te explico —se alejó de él y lo miró con ojos ausentes, especulativa—. Es la última contrariedad que te causo, o al menos eso espero. A lo mejor para ti valdrá la pena. Adiós.
      Eso fue el jueves por la tarde. El sábado por la mañana, nada más amanecer, cuando Paul detuvo el coche ante la casa a oscuras, ella pareció materializarse de golpe, a la carrera ya por el césped de la entrada. Subió de un salto al coche sin darle tiempo a bajar y abrir la portezuela, arremolinándose en el asiento del pasajero, ansiosa y prieta de apremio y tensa en la fuga como un animal.
      —¡Deprisa! —le dijo—. ¡Deprisa! ¡Deprisa! ¡Deprisa!
      Pero él no arrancó el coche durante unos momentos.
      —No te olvides. Te dije bien claro cuál sería el porqué de que volviese. ¿Entendido?
      —Ya te oí. Y ya te dije que ahora el riesgo no me da ningún miedo. ¡Deprisa! ¡Deprisa! ¡Vámonos!
      Y así, diez horas después, cuando los rótulos indicadores de Mills City aumentaban con la irrevocable disminución de la velocidad, le dijo:
      —¿Así que no te vas a casar conmigo? ¿De veras que no?
      —Eso siempre te lo he dicho.
      —Sí. Pero nunca te he creído. Nunca me lo creí. Pensaba que cuando yo… después de… Pero ahora no hay nada más que pueda yo hacer, ¿verdad?
      —No —dijo él.
      —No —repitió ella. Y se echó a reír, rió cada vez más alto.
      —¡Elly! —dijo él—. ¡Ya basta!
      —Lo que tú digas —dijo ella—. Es que estaba pensando en mi abuela. Me había olvidado de ella.
      Al detenerse en la curva de la escalera, Elly oyó a Paul conversando con su tío y su tía en el cuarto de estar, abajo. Permaneció muy quieta, callada, en una actitud casi pensativa, monjil, virginal, como si posara, como si por un momento hubiese huido a un lugar en el que desconociera de dónde venía y adónde tenía pensado ir. Un reloj en el vestíbulo dio las once, y se movió. Siguió subiendo las escaleras sin hacer ruido y entró en la habitación de su prima, donde había de pasar la noche. La abuela estaba sentada en una silla baja, junto al tocador repleto de la parafernalia frívola de una jovencita, los frascos, las polveras, fotografías, unos cuantos programas de baile encajados en el marco del espejo. Elly se detuvo. Se miraron una a la otra durante un momento largo antes de que la anciana tomase la palabra.
      —No contenta con engañar a tus padres y a tus amigos, tienes que traer a un negro a la casa de mi hijo y encima en calidad de invitado.
      —¡Abuela! —dijo Elly.
      —Y me obligas a sentarme a la mesa con un negro.
      —¡Abuela! —gritó Elly en un ahogado susurro, la cara ojerosa y contraída en una mueca. Aguzó el oído. Alguien subía por la escalera, la voz de su tía y la de Paul—. ¡Calla! —gritó Elly—. ¡Calla!
      —¿Cómo? ¿Qué has dicho?
      Elly se acercó corriendo a la silla y se agachó y puso los dedos sobre los finos, exangües labios de la anciana, y —una furiosamente importuna, la otra furiosamente implacable— se miraron a los ojos por encima de la mano interpuesta, mientras los pasos y las voces pasaban de largo ante la puerta. Elly retiró la mano. De la hilera encajada en el marco del espejo extrajo uno de los tarjetones con cordón de seda y tomó un lápiz minúsculo, fútil. Escribió al dorso del tarjetón: No es un negro. Ha estado en Va. y en Harvard y en mil sitios.
      La abuela leyó el tarjetón. Alzó los ojos.
      —Lo de Harvard, lo puedo entender, pero no lo de Virginia.[25] Tú mira qué pelo, qué uñas tiene, si es que necesitas pruebas. Yo no. Sé muy bien cuál es el nombre de los suyos desde hace cuatro generaciones —le devolvió el tarjetón—. Ese hombre no debe dormir bajo este techo.
      Elly tomó otro tarjetón y garabateó veloz: Pues va a dormir aquí. Es mi invitado. Yo le pedí que viniera. Tú eres mi abuela. No querrás que trate de ese modo a un invitado, ni siquiera si fuese un perro.
      La abuela lo leyó. Permaneció con el tarjetón en la mano.
      —No será él quien me lleve a Jefferson. No pondré ni un pie en ese coche, y tú tampoco. Nos volveremos en tren. Nadie de mi sangre montará nunca en coche con él.
      Elly tomó otro tarjetón, garabateó con furia: Yo sí. No puedes impedírmelo. Intenta impedírmelo y verás.
      La abuela lo leyó. Miró a Elly. Se miraron las dos enfurecidas.
      —Entonces tendré que decírselo a tu padre.
      Elly ya estaba escribiendo de nuevo. Arrojó el tarjetón a la abuela casi antes de levantar el lápiz del papel, y con el mismo gesto quiso recuperarlo. Pero la abuela ya lo había apresado por una esquina, y volvieron a mirarse con ojos fulminantes, uniéndolas el tarjetón como un raro cordón umbilical.
      —¡Suelta! —gritó Elly—. ¡Suéltalo!
      —Déjalo —dijo la abuela.
      —Espera —gritó Elly en voz baja, susurrante, tirando del tarjetón, retorciéndolo—. Me he equivocado. Yo… —con un movimiento asombroso, la abuela retorció el tarjetón cuando Elly intentaba quitárselo.
      —Ah —dijo, y leyó en voz alta—. «Pues díselo. Qué sabrás tú.» Ajá. No lo has terminado, ya entiendo. ¿Y dices que qué sabré yo?
      —Sí —dijo Elly. Y comenzó a hablar en un susurro enfurecido—. ¡Díselo! Dile que esta mañana estuve en una arboleda y que allí pasé dos horas. ¡Por mí, díselo! —la abuela dobló el tarjetón con esmero, en silencio. Se puso en pie—. ¡Abuela! —gritó Elly.
      —Mi bastón —dijo la abuela—. Está ahí, apoyado en la pared.
      Cuando se hubo marchado, Elly cerró la puerta con llave y volvió al otro extremo del cuarto. Se desplazó en silencio, tomando una bata de su prima del armario, y se desvistió despacio, deteniéndose a bostezar poderosamente.
      —Dios, qué cansada estoy —dijo en voz alta, con otro bostezo. Se sentó ante el tocador y se hizo la manicura con los utensilios de su prima. Había un pequeño reloj de marfil sobre el tocador. Lo miró de vez en cuando.
      Luego, el reloj de la planta baja dio las doce. Permaneció unos momentos más con la cabeza inclinada sobre las uñas relucientes, esperando a la última campanada. Miró entonces el reloj de marfil que tenía al lado. «Contigo sí que perdería, seguro, cualquier tren», pensó. Al mirarlo, en el rostro se le fue pintando la cansina desesperación de la tarde. Fue a la puerta y salió al pasillo oscuro. Se quedó a oscuras, descalza, la cabeza inclinada, sollozando en silencio para sí, con aturdida y pueril compasión de sí misma. «Todo está en contra de mí —pensó—. Todo». Cuando se movió no hizo ruido con los pies. Caminó a oscuras con los brazos extendidos. Le pareció sentir que las órbitas de los ojos se le volvían por completo, a ciegas, hacia el interior del cráneo, empeñándose en ver. Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. La premura, la urgencia, se apoderaron de ella otra vez. Corrió hacia el ángulo de la pared lindante con el cuarto de los invitados y se agachó, abocinando la voz en el ángulo con ambas manos.
      —¡Paul! —susurró—. ¡Paul! —conteniendo la respiración a la vez que el susurro, moribundo y apremiante, caía contra el frío yeso de la pared. Se agachó, molesta con la bata prestada, los ojos a ciegas en la oscuridad, veloces de desesperación. Fue al lavabo, halló el grifo a oscuras y templó el correr del agua en un chorro monótono, pero penetrante. Abrió entonces la puerta y se quedó allí parada. Oyó el reloj de abajo dar la media. No se había movido, y temblaba despacio de frío cuando oyó que daba la una.
      Oyó a Paul en cuanto salió de la habitación de los invitados. Lo oyó llegar por el pasillo, oyó cómo tanteaba con la mano en busca del interruptor. Cuando se encendió la luz, descubrió que estaba con los ojos cerrados.
      —¿Qué pasa? —dijo Paul. Llevaba un pijama prestado por su tío—. ¿Qué demonios…?
      —Cierra la puerta —susurró ella.
      —Y un cuerno. Serás boba… Eres una jodida boba.
      —¡Paul! —lo sujetó como si diera por hecho que iba a escapársele. Cerró la puerta a espaldas de él y buscó el pestillo. Él la sujetó por la muñeca.
      —¡Déjame salir de aquí! —susurró.
      Se le arrimó más, temblando despacio y sujetándolo. En los ojos no se le veía ni rastro del iris.
      —¡Se lo va a contar a papá! ¡Mañana se lo dirá a papá, Paul! —entre un susurro y otro, el agua corría sin prisa, en tono menor.
       —¿Decirle el qué? ¿Qué sabrá ella?
      —Abrázame, Paul.
      —No, qué demonios, no. Suéltame. Vámonos de aquí.
      —Sí, te lo digo yo. Tú puedes evitarlo. Tú puedes impedir que se lo diga a papá.
      —¿Evitarlo? ¿Cómo voy a evitarlo? ¡Maldita sea, déjame salir!
      —Se lo dirá, sí, pero entonces ya no tendrá importancia. Prométemelo, Paul. Dime que sí.
      —¿Que me case contigo? ¿Es de eso de lo que me hablas? Ya te he dicho que no. Suéltame de una vez, ya basta.
      —De acuerdo, de acuerdo —le dijo en un ansioso susurro—. Ahora sí te creo. Al principio no te creía, pero ahora sí. Entonces, no tienes por qué casarte conmigo, pero aún lo puedes evitar aunque no te cases conmigo —se aferró a él, se apretó contra él con todo el cuerpo y el cabello cargados de promesas voluptuosas, abundantes, desmayadas—. No tienes por qué casarte conmigo. ¿Lo harás?
      —¿Hacer? ¿El qué?
      —Escucha. ¿Te acuerdas de aquella curva donde hay una pequeña valla blanca, desde donde hay una caída altísima hasta el fondo? ¿Donde si un coche atravesara la valla…?
      —Sí, me acuerdo. ¿Qué pasa?
      —Escucha. Tú y ella iréis en el coche. No se enterará de nada, no tendrá ni tiempo de sospechar. Y esa valla vieja y baja no aguantará nada, y dirán que fue un accidente. Es vieja; no hará falta gran cosa, puede que sólo con el susto… y tú eres joven, y a lo mejor ni siquiera… ¡Paul! ¡Paul! —con cada una de sus palabras, su voz parecía menguar y extinguirse, pues hablaba con una cadencia agónica, cargada de apremio y desesperación, mientras él la miraba a la cara blanca, a los ojos llenos de desesperación, de promesas voluptuosas—. ¡Paul!
      —¿Y tú dónde estarás mientras tanto? —ella no se movió ni un ápice, su rostro como el de una sonámbula—. Ah, entiendo. Tú volverás en el tren, ¿es eso?
      —¡Paul! —dijo ella en su prolongado y agónico susurro—. ¡Paul!
      En el instante de abofetearla, su mano, como si rechazase de propio acuerdo la orden, se abrió y tocó la cara de ella en un movimiento largo y estremecido, casi una caricia. De nuevo, sujetándola por la nuca, hizo ademán de abofetearla; de nuevo, su mano, o lo que fuera, se negó. Cuando la apartó de un empellón ella tropezó de espaldas contra la pared. Dejaron de oírse los pasos de él y el correr del agua comenzó a colmar el silencio con su sonido constante y sin prisa. Al cabo, el reloj dio las dos, y ella se movió con cansancio, con pesadez, y cerró el grifo. Pero no por eso pareció que cesara el ruido del correr del agua. Parecía que aún gotease en el silencio, en el que ella se tendía rígida en la cama, sin dormir, sin pensar siquiera. Seguía goteando el hilillo de agua mientras bajo la helada mueca de su rostro dolorido soportó el ritual del desayuno y de las despedidas, la abuela entre Paul y ella en el asiento corrido del coche. Ni siquiera el ruido del motor lo apagaba del todo, hasta que de pronto comprendió qué era. «Son los rótulos —pensó, y los vio disminuir en sentido contrario—. Me parece recordar incluso ése; ahora sólo quedan unas dos millas. Esperaré al próximo, y entonces… Entonces será el momento».
      —Paul —dijo. Él no la miró—. ¿Te quieres casar conmigo?
      —No —tampoco ella le miraba a la cara. Iba pendiente de sus manos, sobre el volante, que movía de continuo, ligeramente. Entre ambos, la abuela iba sentada muy tiesa, envarada, bajo el arcaico sombrerito negro, mirando muy derecha al frente, con un perfil recortado en pergamino.
      —Te lo voy a pedir por última vez. Después ya será demasiado tarde. Yo te diré cuándo será ya demasiado tarde. Paul… ¿Paul…?
      —No, te digo que no. Tú no me amas, yo no te amo. Nunca nos hemos dicho que nos amemos.
      —De acuerdo. Lo que tú digas. Pues que sea sin amor. ¿Te quieres casar conmigo aunque sea sin amor? Recuerda que dentro de nada ya será demasiado tarde.
      —No. De ninguna manera.
      —Pero… ¿por qué no? ¿Por qué no, Paul? —él no respondió. El coche iba a toda velocidad. Vio entonces el primero de los rótulos en que se fijó. «Ya casi debemos de haber llegado», pensó con calma. «Es la siguiente curva»—. ¿Y por qué no, Paul? —dijo en voz alta, hablando por encima de la anciana sorda—. Si es por eso que se dice de que tienes sangre de negro, ni me lo creo ni me importa —«Sí», se dijo, «ésa es la curva». La carretera se adentró en la curva a la vez que descendía. Se arrellanó en el asiento y vio que su abuela la miraba de lleno. Pero ni siquiera intentó velar su expresión, sus ojos, tal como tampoco habría querido dar disimulo a su voz—: ¿Y si tengo un hijo?
      —¿Y qué pasa si lo tienes? Eso ya no tiene remedio. Más te valdría haberlo pensado antes. No te olvides de que fuiste tú quien me llamó; yo no te pedí permiso para volver.
      —No. No me pediste permiso. Yo te pedí que vinieras. Yo te hice venir. Y ésta es la última vez que te lo pido. ¿Quieres? ¡Rápido, dime que sí!
      —No.
      —Lo que tú digas —dijo ella.
      Se arrellanó en el asiento. En ese instante, la carretera pareció detenerse, posarse y elevarse antes de iniciar un pronunciado descenso por el borde del precipicio; la valla blanca empezó a titilar a medida que quedaba atrás. Al apartar Elly la manta protectora del automóvil vio a su abuela, que seguía mirándola; al abalanzarse sobre las rodillas de la anciana se miraron con ojos encendidos una a la otra —la muchacha desesperada y ojerosa y la anciana cuyo oído mucho tiempo atrás había dejado de ser de ninguna utilidad, y a cuya vista no escapaba nada— durante un hondo instante de ultimátum desesperado y de rechazo implacable.
      —¡Pues muérete! —exclamó en la cara de la anciana—; ¡muérete! —y sujetó el volante a la vez que Paul intentaba echarla para atrás. Pero logró meter el codo entre los radios del volante y cargar con todo su peso, extendida sobre el cuerpo de su abuela, sujetando el volante con fuerza a la vez que Paul le daba un puñetazo en toda la boca—. ¡Ay! —exclamó—. ¡Me has golpeado! ¡Me has golpeado!
      Cuando el coche se estrelló contra la valla se vio libre a la vez que encajó el impacto, de modo que durante un momento aterrizó con ligereza como un pájaro que se posara en el pecho de Paul, la boca abierta, los ojos redondos de asombro, de sorpresa.
      —¡Me has golpeado! —gimió. Inició entonces la caída libre, sola, en un silencio apacible, como un vacío. La cara de Paul, su abuela, el coche, habían desaparecido, se habían esfumado como por arte de magia; en paralelo a sus ojos, los remates destrozados de la valla blanca, el borde del precipicio en donde el polvo susurraba, la tierra desmoronada y un tenue resabio de todo ello pendía como un globo de juguete, se precipitaron en silencio hacia el cielo.
      Allá arriba en alguna parte pasó un ruido, se apagó el ronquido de un motor, el dilatado susurro de unos neumáticos en la grava, y el viento susurró en los árboles de nuevo, agitando la fronda contra el cielo. Contra el tronco de uno de ellos se encontraba el coche en un amasijo inextricable e indistinguible, y Elly se encontró sentada en medio de los cristales rotos, mirándolo sin verlo apenas.
      —Algo ha pasado —gimió—. Me ha golpeado. Y ahora están muertos los dos; soy yo la que está herida, no vendrá nadie —gimió un poco, quejumbrosa. Con un aire de aturdido asombro levantó una mano. Tenía la palma roja y húmeda. Sollozaba en silencio, rascándose con estupidez la palma de la mano—. Son cristales y ni siquiera los veo —dijo con un sollozo, mirándose la palma de la mano mientras la sangre cálida le manchaba despacio la falda. El ruido volvió a pasar de largo allá arriba, y desapareció. Miró hacia lo alto, siguiéndolo—. Allá va otro —gimió—. Y ni siquiera van a parar a ver si estoy herida.



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