William Faulkner
(1897-1962)


El oso
“The Bear”
Originalmente publicado, con diferencias sustanciales, en The Saturday Evening Post (May 9, 1942),
Go down, Moses (1946)
Big Woods (1955)


      Tenía diez años. Pero aquello había empezado ya, mucho antes incluso del día en que por fin pudo escribir con dos cifras su edad y vio por vez primera el campamento donde su padre y el mayor de Spain y el viejo general Compson y los demás pasaban cada año dos semanas en noviembre y otras dos semanas en junio. Para entonces había ya heredado, sin haberlo visto nunca, el conocimiento del tremendo oso con una pata destrozada por una trampa, que se había ganado un nombre en un área de casi cien millas, una denominación tan precisa como la de un ser humano.
       Hacía años que llevaba oyendo aquello; la larga leyenda de graneros saqueados, de lechones y cerdos adultos e incluso terneros arrastrados en vida hasta los bosques para ser devorados, de trampas de todo tipo desbaratadas y de perros despedazados y muertos, de disparos de escopeta e incluso de rifle a quemarropa sin otro resultado que el que hubiera logrado una descarga de guisantes lanzados por un chiquillo con un tubo, una senda de pillaje y destrucción que había comenzado mucho antes de que él hubiera venido al mundo, una senda a través de la cual avanzaba, no velozmente, sino más bien con la deliberación irresistible y despiadada de una locomotora, la velluda y tremenda figura.
       Estaba en su conocimiento antes de llegar siquiera a verlo. Aparecía y se alzaba en sus sueños antes incluso de que llegara a ver los bosques intocados por el hacha donde el animal dejaba su huella deforme —velludo, enorme, de ojos enrojecidos, no malévolo, sino simplemente grande, demasiado grande para los perros que trataban de acorralarlo, para los caballos que trataban de derribarlo, para los hombres y los proyectiles que dirigían contra él, demasiado grande para la tierra misma que constituía su ámbito forzoso—. Le parecía verlo todo entero, con la adivinación absoluta de los niños, mucho antes de que llegara siquiera a poner los ojos en alguna de ambas cosas: la tierra salvaje y condenada cuyas márgenes estaban siendo constante e ínfimamente roídas por las hachas y los arados de hombres que la temían porque era salvaje, hombres que eran miríada y que carecían de nombre unos para otros en aquella tierra donde el viejo oso se había hecho ya un nombre, a través de la cual transitaba no un animal mortal, sino un anacronismo, indomable e invencible, salido de un tiempo ancestral y muerto, un fantasma, epítome y apoteosis de la vieja vida salvaje en la que los hombres hormigueaban y lanzaban golpes de hacha con frenesí de odio y de miedo, como pigmeos en torno a las patas de un elefante somno¬liento; el viejo oso solitario, indómito y aislado, viudo, sin cachorros, liberado de la mortalidad, viejo Príamo privado de su vieja esposa y que ha sobrevivido a todos sus hijos.
       Cada noviembre, hasta que tuvo diez años, solía mirar el carro con los perros y la ropa de cama y las provisiones y las armas, y a su padre y a Tennie's Jim, el negro, y a Sam Fathers, el indio, hijo de una esclava y de un jefe chickasaw, y los veía partir camino de la ciudad, de Jefferson, donde se reunirían con el mayor de Spain y los demás. Para el chico, cuando tenía siete y ocho y nueve años, la partida no iba al Gran Valle a cazar osos o ciervos, sino a su cita anual con aquel oso al que ni siquiera pretendían dar muerte. Solían volver dos semanas después, sin trofeo, sin piel ni cabeza. Y él tampoco las esperaba. Ni siquiera temía que lo trajeran en el carro. Creía que incluso después de que hubiera cumplido diez años y su padre le permitiera ir con ellos aquellas dos semanas de noviembre, no haría sino participar, junto a su padre y el mayor de Spain y el general Compson y los otros, en una más entre las representaciones históricas anuales de la furiosa inmortalidad del viejo oso.
       Entonces oyó a los perros. Fue en la segunda semana de su primera estancia en el campamento. Permaneció con Sam Fathers contra el viejo roble, al lado del impreciso cruce en el que, al alba, llevaban nueve días apostándose; y oyó a los perros. Antes los había oído ya en una ocasión, una mañana de la primera semana de campamento, un murmullo sin procedencia que resonaba a través de los bosques húmedos, que crecía rápidamente en intensidad hasta disociarse en ladridos diferenciados que él podía reconocer y a los que podía asignar nombres. Había levantado y montado la escopeta, como Sam le había dicho, y había permanecido de nuevo inmóvil mientras la algarabía, la carrera invisible, llegaba velozmente y pasaba y se perdía; le había parecido que podía realmente ver al ciervo, al gamo —rubio, de color de humo, alargado por la velocidad— huyendo, esfumándose, mientras los bosques y la soledad gris seguían resonando incluso después de que los gritos de los perros se hubieran perdido en la distancia.
       —Ahora baja los percusores —dijo Sam.
       —Sabías que no venían aquí —dijo él.
       —Sí —dijo Sam—. Quiero que aprendas lo que debes hacer cuando no dispares. Es después que se ha presentado y se ha perdido la oportunidad de derribar al oso o al ciervo cuando los perros y los hombres resultan muertos.
       —De todas formas —dijo él—, era sólo un ciervo.
       Luego, en la mañana décima, oyó de nuevo a los perros. Y él, antes de que Sam hablara, tal como le había enseñado, aprestó el arma -demasiado larga, demasiado pesada-. Pero esta vez no había ciervo, no había coro clamoroso de jauría a la carrera sobre un rastro libre, sino un ladrar trabajoso, una octava demasiado alto, con algo más que indecisión y abyección en él, que ni siquiera avanzaba velozmente, que se demoraba demasiado en quedar fuera del oído por completo, que, incluso entonces, dejaba en el aire, en alguna parte, aquel eco tenue, levemente histérico, abyecto, casi doliente, sin el significado de que ante él huyera una forma no vista, comedora de hierba, de color de humo, y Sam, que le había enseñado antes que nada a montar el arma y a tomar una posición desde donde pudiera dominar todos los ángulos, y, una vez hecho esto, a quedarse absolutamente inmóvil, se había movido hasta situarse a su lado; podía oír la respiración de Sam sobre su hombro, podía ver cómo las aletas de la nariz del viejo se curvaban al atraer el aire a los pulmones.
       —Ajá —dijo Sam—. Ni siquiera corre. Camina.
       —¡Old Ben! —dijo el chico—. Pero ¡aquí! —exclamó—. ¡Por esta zona!
       —Lo hace todos los años —dijo Sam—. Una vez. Acaso para ver quién está ese año en el campamento; si sabe disparar o no. Para ver si tenemos ya un perro capaz de acorralarlo y retenerlo. Ahora a ésos se los llevará hasta el río, y luego hará que vuelvan. Será mejor que también nosotros volvamos; veremos qué aspecto tienen cuando regresen al campamento.
       Cuando llegaron, los perros estaban ya allí; había diez, y se acurrucaban al fondo, debajo de la cocina; el chico y Sam, en cuclillas, escrutaron la oscuridad: estaban apiñados, quietos, con los ojos luminosos centelleando hacia ellos y esfumándose; no se oía sonido alguno, sólo aquel efluvio de algo más que perruno, más fuerte que los perros y que no era sólo animal, no sólo bestial, pues nada había habido aún frente a aquel abyecto y casi doliente ladrido salvo la soledad, la inmensidad salvaje, de forma que cuando el undécimo perro, una hembra, llegó a mediodía, para el chico, que miraba junto a todos los demás -incluido el viejo tío Ash, que se consideraba antes que nada cocinero- cómo Sam embadurnaba con trementina y grasa de eje de carro la oreja desgarrada y el lomo surcado de heridas, seguía siendo no una criatura viviente, sino la propia inmensidad salvaje quien, inclinándose momentáneamente sobre la tierra, había rozado ligeramente la temeridad de aquella perra.
       —Exactamente igual que un hombre —dijo Sam—. Igual que las personas. Posponiendo todo lo posible la necesidad de ser valiente, sabiendo todo el tiempo que tarde o temprano tendría que ser valiente al menos una vez para seguir viviendo en paz consigo misma, y sabiendo siempre de antemano lo que le iba a suceder cuando lo hiciera.
       Aquella tarde, él en la mula tuerta del carro, a la que no le importaba el olor de la sangre ni —según le dijeron— el olor de los osos, y Sam en la otra mula, cabalgaron durante más de tres horas a través del veloz día de invierno que se agotaba por momentos. No seguían ninguna senda, ni siquiera un rastro que él pudiera identificar, y casi repentinamente estuvieron en una región que él jamás había visto antes. Entonces supo por qué Sam le había hecho montar la mula tuerta a la que nada espantaba. La otra, la cabal, se paró en seco y trató de revolverse y desbocarse incluso después de que Sam hubiera desmontado, dando sacudidas y tirando de las riendas mientras Sam la retenía, mientras la hacía avanzar con palabras dulces -no podía arriesgarse a atarla y la conducía hacia adelante mientras el chico desmontaba de la tuerta.
       Luego, de pie al lado de Sam en la penumbra de la tarde moribunda, miró el tronco derribado y podrido, dañado y arañado por surcos de garras, y junto a él, sobre la tierra húmeda, vio la huella de la torcida y enorme garra de dos dedos. Supo entonces lo que había olido cuando escudriñó debajo de la cocina en dirección a los perros apiñados. Por vez primera tuvo conciencia de que el oso que poblaba los relatos oídos y surgía amenazadoramente en sus sueños desde antes de que pudiese recordar, y que, por tanto, debía de haber existido igualmente en los relatos oídos y en los sueños de su padre y del mayor de Spain e incluso del viejo general Compson antes de que ellos a su vez pudieran recordar, era un animal mortal, y que si ellos viajaban al campamento cada noviembre sin esperanza real de volver con aquel trofeo, no era porque no se le pudiera dar muerte, sino porque hasta el momento no tenían ninguna esperanza real de poder hacerlo.
       —Mañana —dijo.
       —Lo intentaremos mañana —dijo Sam—. No tenemos el perro todavía.
       —Tenemos once. Lo han perseguido esta mañana.
       —No se necesitará más que uno —dijo Sam—. Pero no está aquí. Tal vez no exista en ninguna parte. Hay otra posibilidad, la única, y es que tropiece por azar con alguien que tenga una escopeta.
       —No seré yo —dijo el chico—. Será Walter o el mayor o...
       —Podría ser —dijo Sam—. Tú, mañana por la mañana, mantén los ojos bien abiertos. Porque es inteligente. Por eso ha vivido tanto. Si se ve acorralado y ha de pasar por encima de alguien, te elegirá a ti.
       —¿Cómo? —dijo el chico—. ¿Cómo podrá saber...? —Y calló—. Quieres decir que me conoce, a mí, que nunca he estado aquí antes, que ni siquiera he tenido ocasión de descubrir si yo... —Calló de nuevo mientras miraba a Sam, a aquel viejo cuya cara nada revelaba hasta que se dibujaba en ella la sonrisa. Y dijo con humildad, sin siquiera sorpresa—: Era a mí a quien vigilaba. Supongo que no necesitaría venir sobre mí más que una vez.
       A la mañana siguiente dejaron el campamento tres horas antes del alba. Era demasiado lejos para llegar a pie; fueron en el carro, también los perros. De nuevo la primera luz gris de la mañana lo sorprendió en un lugar desconocido por completo; Sam lo había apostado y le había dicho que permaneciera allí, y luego se había alejado. Con aquella escopeta demasiado grande para su tamaño, que ni siquiera era suya, sino del mayor de Spain y con la que había disparado una sola vez -el primer día y contra un tocón, para aprender a gobernar el retroceso y a recargarla-, permaneció apoyado contra un gomero, al lado de un brazo pantanoso cuya agua negra y quieta reptaba sin movimiento desde un cañaveral, cruzaba un pequeño claro y se internaba de nuevo en otro muro de cañas, donde, invisible, un ave —un gran pájaro carpintero llamado «Señor-para-Dios» por los negros— hacía sonar con estrépito la corteza de una rama muerta.
       Era un puesto como cualquier otro, sin diferencias sustanciales respecto del que había ocupado cada mañana por espacio de diez días; un territorio nuevo para él, aunque no menos familiar que el otro, que al cabo de casi dos semanas creía conocer un poco, la misma soledad, el mismo aislamiento por el que los seres humanos habían pasado sin alterarlo lo más mínimo, sin dejar señal ni estigma alguno, cuya apariencia debía de ser exactamente igual a la del pasado, cuando el primer ascendiente de los antepasados chickasaw de Sam Fathers se internó en él y miró en torno, con garrote o hacha de piedra o arco de hueso aprestado y tenso; sólo diferente porque, de cuclillas en el borde de la cocina, había olido a los perros, acobardados y acurrucados unos contra otros debajo de ella, y había visto la oreja y el lomo desgarrados de la perra que, según dijo Sam, había tenido que ser valiente una vez a fin de vivir en paz consigo misma, y, el día anterior, había contemplado en la tierra, al lado del tronco destrozado, la huella de la garra viva.
       No oyó en absoluto a los perros. Nunca llegó a oírlos. Únicamente oyó cómo el martilleo del pájaro carpintero cesaba de pronto, y entonces supo que el oso lo estaba mirando. No llegó a verlo. No sabía si estaba frente a él o a su espalda. No se movió; sostuvo la inútil escopeta; antes no había habido ninguna señal de peligro que le llevara a montarla, y ahora ni siquiera la montó; gustó en su saliva aquel sabor malsano, como a latón, que conocía ya porque lo había olido al mirar a los perros que se apiñaban debajo de la cocina.
       Y, luego, se había ido. Tan bruscamente como había cesado, el martilleo seco, monótono del pájaro carpintero volvió a oírse, y al rato él llegó a creer incluso que podía oír a los perros, un murmullo, apenas un sonido siquiera, que probablemente llevaba oyendo algún tiempo antes de que llegara a advertirlo, y que se hacía audible y volvía a alejarse y a desaparecer. En ningún momento se acercaron lo más mínimo al lugar donde él estaba. Si perseguían a un oso, era a otro oso. Fue el propio Sam quien surgió del cañaveral y cruzó el brazo pantanoso seguido de la perra herida el día anterior. Iba casi pegada a sus talones, como un perro de caza; no emitía sonido alguno, y al acercarse se acurrucó contra la pierna del chico, temblando, mirando fijamente hacia las cañas.
       —No lo he visto —dijo él—. ¡No lo vi, Sam!
       —Lo sé —dijo Sam—. Ha sido él quien ha mirado. Tampoco lo oíste, ¿no es cierto?
       —No —dijo el chico—. Yo...
       —Es inteligente —dijo Sam—. Demasiado inteligente. —Miró a la perra, que temblaba leve y persistentemente contra la rodilla del chico. Del lomo desgarrado rezumaron y quedaron colgando unas cuantas gotas de sangre fresca—. Demasiado grande. Todavía no hemos conseguido el perro. Pero quizá algún día. Quizá no la próxima vez. Pero algún día.

* * *

       Así que tengo que verle, pensó. Tengo que mirarle. De lo contrario —tenía la sensación—, todo seguiría igual eternamente; todo habría de ir como le había ido a su padre y al mayor de Spain, que era mayor que su padre, e incluso al general Compson, que era tan viejo como para haber mandado una brigada en 1865. De lo contrario, todo seguiría así para siempre, la vez próxima y la otra, después y después y una vez más. Le parecía poder verse a sí mismo y al oso, oscuramente, ambos en el limbo del que emerge el tiempo para convertirse en tiempo; el viejo oso, absuelto de su condición mortal, y él compartiendo, participando un poco en ello, lo bastante. Y ahora sabía qué era lo que había olido en los perros apiñados y gustado en su saliva. Reconoció el miedo. Así que tendré que verle, pensó, sin temor ni esperanza. Tendré que mirarle.
       Fue en junio del siguiente año. Tenía entonces once años. Estaban de nuevo en el campamento, celebrando los cumpleaños del mayor de Spain y del general Compson. Si bien uno había nacido en setiembre y el otro en pleno invierno y en décadas distintas, se habían reunido para pasar dos semanas en el campamento, pescando y cazando ardillas y pavos y persiguiendo mapaches y gatos monteses por la noche con los perros. O mejor, quienes pescaban y disparaban contra las ardillas y perseguían a los mapaches y a los gatos salvajes eran él y Boon Hoggenbeck y los negros, puesto que los cazadores experimentados, no sólo el mayor de Spain y el viejo general Compson, que se pasaban las dos semanas sentados en mecedoras ante una enorme olla de estofado tipo Brunswick, saboreándolo y revolviéndolo, mientras discutían con el viejo Ash acerca de cómo lo cocinaba y Tennie's Jim se echaba whisky de la damajuana en el cucharón de hojalata que utilizaba para beber, sino hasta el padre del chico y Walter Ewell, que eran aún bastante jóvenes, despreciaban ese tipo de actividades, y se limitaban a disparar a los pavos machos con pistola tras apostar por su buena puntería.
       Es decir, cazar ardillas era lo que su padre y los demás pensaban que hacía. Hasta el tercer día creyó que Sam Fathers pensaba lo mismo. Dejaba el campamento por la mañana, inmediatamente después del desayuno. Ahora tenía su propia escopeta: era un regalo de Navidad. Volvía al árbol que había al lado del brazo pantanoso donde se había apostado aquella mañana del año anterior. Y con la ayuda de la brújula que le había regalado el viejo general Compson, se desplazaba desde aquel punto. Sin saberlo siquiera, se estaba enseñando a sí mismo a ser un más-que-mediano conocedor de los bosques. El segundo día encontró incluso el tronco podrido junto al cual había visto por primera vez la huella deforme. Estaba desmenuzado casi por completo; retornaba con increíble rapidez -renuncia apasionada y casi visible- a la tierra de la que había nacido el árbol.
       Recorría los bosques estivales, verdes por la penumbra; más oscuros, de hecho, que en la gris disolución de noviembre, cuando, incluso al mediodía, el sol sólo alcanzaba a motear intermitentemente la tierra, nunca totalmente seca y plagada de serpientes mocasines y serpientes de agua y de cascabel, del color mismo de la moteada penumbra, de forma que él no siempre las veía antes de que se movieran; volvía al campamento cada día más tarde, y en el crepúsculo del tercer día pasó por el pequeño corral de troncos que circundaba el establo de troncos en donde Sam hacía entrar a los caballos para que pasaran la noche.
       —Aún no has mirado bien —dijo Sam.
       El chico se detuvo. Tardó unos instantes en contestar. Al cabo rompiendo a hablar impetuosa y apaciblemente, como cuando se rompe la diminuta presa que un muchacho ha levantado en un arroyo, dijo:
      —Está bien. Pero ¿cómo? Fui hasta el brazo pantanoso. Hasta volví a encontrar el tronco. Yo...
       —Creo que hiciste bien. Lo más seguro es que te haya estado vigilando. ¿No viste su huella?
       —Yo —dijo el chico—, yo no... Nunca pensé...
       —Es la escopeta —dijo Sam.
       Estaba de pie al lado de la cerca, inmóvil, el viejo, el indio, con su estropeado y descolorido mono y el sombrero de paja de cinco centavos deshilachado que en la raza negra había sido antaño estigma de esclavitud y era ahora emblema de libertad. El campamento —el claro, la casa, el establo y el pequeño corral que el mayor de Spain, por su parte, había arrebatado parca y efímeramente a la inmensidad salvaje— se desvanecía en el crepúsculo, volviendo a la inmemorial oscuridad de los bosques. La escopeta, pensó el chico. La escopeta.
       —Ten temor —dijo Sam—. No podrás evitarlo. Pero no tengas miedo. No hay nada en los bosques que vaya a hacerte daño a menos que lo acorrales, o que huela que tienes miedo. También un oso o un ciervo ha de temer a un cobarde, lo mismo que un hombre valiente ha de temerlo.
       La escopeta, pensó el chico.
       —Tendrás que elegir —dijo Sam.
       El chico dejó el campamento antes del alba, mucho antes de que tío Ash despertase entre sus colchas, sobre el suelo de la cocina, y encendiese el fuego para hacer el desayuno. Llevaba tan sólo la brújula y un palo para las serpientes. Podría caminar casi una milla sin necesidad de consultar la brújula. Se sentó en un tronco, con la brújula invisible en la mano invisible, mientras los secretos sonidos de la noche, que callaban cuando se movía, volvían a escabullirse y cesaban luego para siempre; y enmudecieron los búhos para dar paso al despertar de los pájaros diurnos, y él pudo ver la brújula. Entonces avanzó rápida pero silenciosamente; sin tener conciencia de ello todavía, se estaba convirtiendo día a día en un experto conocedor de los bosques.
       A la salida del sol se topó con una gama y su cría; los hizo huir de su lecho, y pudo verlos de cerca, el crujido de la maleza, la corta cola blanca, la cría siguiendo a su madre a la carrera mucho más rauda de lo que él hubiera podido imaginar. Iba de caza del modo correcto, contra el viento, como Sam le había enseñado; pero eso ahora no importaba. Había dejado la escopeta en el campamento; por propia voluntad y renuncia había aceptado no un gambito, no una elección, sino un estado en el cual no sólo el hasta entonces anonimato inviolable del oso sino todas las viejas normas y equilibrios entre cazador y cazado quedaban abolidos. No tendría miedo, ni siquiera en el momento en que el miedo se apoderara de él por completo, sangre, piel, entrañas, huesos, memoria del largo tiempo que había transcurrido hasta convertirse en su memoria: todo, salvo aquella fina, clara, inextinguible, inmortal lucidez, sola diferencia entre él y aquel oso, entre él y todos los otros osos y ciervos que habría de matar en la humildad y orgullo de su pericia y entereza, lucidez a la que había apuntado Sam el día anterior, apoyado sobre la cerca del corral a la caída del crepúsculo.
       Para mediodía había dejado muy atrás el pequeño brazo pantanoso, se había adentrado más que nunca en aquel territorio ajeno y nuevo. Ahora avanzaba no sólo con la ayuda de la brújula, sino también con la del viejo y pesado y grueso reloj de plata que había pertenecido a su abuelo. Cuando se detuvo al fin, lo hacía por primera vez desde que se levantó del tronco al alba, cuando pudo ver la brújula. Era ya lo bastante lejos. Había dejado el campamento hacía nueve horas; una vez transcurridas otras nueve, la oscuridad habría caído ya hacía una hora. Pero él no pensaba en ello. Pensó: De acuerdo. Sí. Pero ¿qué?, y se quedó quieto unos instantes, pequeño y extraño en la verde soledad sin techo, respondiendo a su propia pregunta antes incluso de que ésta se hubiera formulado y cesado. Eran el reloj y la brújula y el palo, los tres mecanismos sin vida mediante los cuales había repelido durante nueve horas a la inmensidad salvaje. Colgó cuidadosamente el reloj y la brújula de un arbusto, apoyó el palo junto a ellos y renunció a él por completo.
       Durante las últimas tres o cuatro horas no había avanzado muy de prisa. No caminaba más rápidamente ahora, pues la distancia no habría tenido importancia ni aun en el caso de que pudiera haberlo hecho. Y trataba de recordar la posición del árbol donde había dejado la brújula; trataba de describir un círculo que volviera a llevarle a él, o al menos que se intersecase a sí mismo, pues la dirección tampoco importaba ya. Pero el árbol no estaba allí, e hizo lo que Sam le había enseñado: describió otro círculo en dirección contraria, de forma que los dos círculos hubieran de bisecarse en algún punto, pero no se cruzó con huella alguna de sus pies, y al fin encontró el árbol, pero en lugar erróneo, pues no había arbusto ni reloj ni brújula, y el árbol era otro árbol, pues a su lado había un tronco derribado, y entonces hizo lo que Sam Fathers le había dicho que debía hacerse a continuación, que era también lo último que podía hacerse.
       Se sentaba sobre el tronco cuando vio la huella torcida, la deforme, tremenda hendidura de dos dedos, la cual, mientras el chico la miraba, se llenó de agua. Cuando alzó la vista, la inmensidad salvaje se fundió, se solidificó, el claro, el árbol que buscaba, el arbusto, y el reloj y la brújula brillaron al ser tocados por un rayo de sol. Y entonces vio al oso. No surgió, no apareció; simplemente estaba allí, inmóvil, sólido, fijado en el caliente moteado del verde mediodía sin viento no tan grande como lo había soñado pero tan grande como lo esperaba, aún más grande, sin dimensiones contra la moteada oscuridad, mirándole, mientras él, sentado sobre el tronco, inmóvil, le devolvía la mirada.
       Luego el oso se movió. No hizo ningún ruido. No se apresuró. Cruzó el calvero; por espacio de un instante entró dentro del pleno fulgor del sol; cuando llegó al otro lado se detuvo de nuevo y miró por encima de un hombro hacia él, cuya tranquila respiración aspiró y espiró el aire tres veces.
       Y se fue. No se internó en el bosque, en la maleza. Se esfumó, volvió a hundirse en la inmensidad salvaje, como si el chico estuviera viendo cómo un pez, una perca enorme y vieja, se sumergía y volvía a desaparecer en las oscuras profundidades del río sin mover las aletas lo más mínimo.
       Será el próximo otoño, pensó. Pero no fue el otoño siguiente, ni el siguiente ni el siguiente. Tenía entonces catorce años. Había matado ya su ciervo, y Sam Fathers le había marcado la cara con la sangre caliente, y al año siguiente mató un oso. Pero antes incluso de tal espaldarazo había llegado a ser tan diestro en los bosques como muchos adultos con la misma experiencia; a los catorce años era más experto en ellos que la mayoría de los adultos con más práctica. No había terreno a treinta millas en torno al campamento que él no conociera, brazo pantanoso, loma, espesura, árbol o senda que sirviera de lindero. Habría podido guiar a cualquiera a cualquier punto de aquel territorio sin desviarse lo más mínimo, y guiarlo de nuevo de regreso. Conocía rastros de caza que ni siquiera Sam Fathers conocía; cuando tenía trece años descubrió el lecho de un ciervo, y sin que su padre lo supiera tomó prestado el rifle de Walter Ewell y se apostó al acecho al alba y mató al ciervo cuando el animal volvía al lecho, tal como Sam Fathers le contó que hacían los viejos antepasados chickasaw.
       Pero no al viejo oso, por mucho que para entonces conociera sus huellas mejor incluso que las propias, y no sólo la deforme. Podía ver cualquiera de las tres cabales y distinguirla de la de cualquier otro oso, y no sólo por el tamaño. Dentro de aquel radio de treinta millas había otros osos que dejaban huellas casi tan grandes, pero era algo más que eso. Si Sam Fathers había sido su mentor y los conejos y ardillas del patio trasero del hogar, su jardín de infancia, la inmensidad salvaje por la que vagaba el viejo oso era su facultad universitaria, y el propio viejo oso macho, ya tanto tiempo viudo y sin hijos como para haberse convertido en su propio progenitor no engendrado, era su alma mater. Pero no lograba verlo nunca.
       Podía encontrar la huella deforme siempre que quería, a quince o diez millas del campamento; a veces más cerca incluso. En el curso de aquellos tres años, mientras estaba apostado, había oído dos veces cómo los perros tropezaban con su rastro por azar; la segunda vez, al parecer, lo hostigaron: las voces altas, abyectas, casi humanas en su histeria, como aquella primera mañana de hacía dos años. Pero no el oso mismo. Y recordaba el mediodía, tres años atrás, en que allá en el calvero el oso y él se vieron fijados en el fulgor moteado y sin viento, y le parecía que aquello nunca había sucedido, que se trataba de otro sueño. Pero había sucedido. Se habían mirado el uno al otro, habían emergido ambos de la inmensidad salvaje y vieja como la tierra, sincronizados en aquel instante merced a algo más que la sangre que anima la carne y los huesos que sustentan el cuerpo; y se tocaron, y se comprometieron a algo, y afirmaron algo más duradero que la frágil urdimbre de huesos y carne que cualquier accidente podía aniquilar.
       Y entonces lo vio de nuevo. Debido al hecho de que no pensaba en otra cosa, había olvidado buscarlo. Estaba cazando al acecho con el rifle de Walter Ewell. Lo vio cruzar al fondo de una larga franja arrasada, un corredor barrido por un tornado, precipitarse por la maraña de troncos y ramas, más a través de ella que por encima de ella, como una locomotora, a mayor velocidad de la que él hubiera creído que pudiera alcanzar nunca, casi tan veloz como un ciervo, pues un ciervo se habría mantenido la mayor parte del tiempo en el aire, tan veloz que él no tuvo tiempo siquiera de alzar las miras del rifle, de forma que luego habría de pensar que el hecho de no haber disparado se debía a que él había estado inmóvil a su espalda y el tiro jamás habría llegado a alcanzarlo.
       Y entonces supo cuál había sido el fallo de aquellos tres años de fracasos. Se sentó sobre un tronco, agitándose y temblando como si en su vida hubiera visto los bosques ni ninguna de sus criaturas, preguntándose con asombro incrédulo cómo podía haber olvidado lo que Sam Fathers le había dicho, lo que el propio oso había confirmado al día siguiente, lo que ahora, al cabo de tres años, había reafirmado.
       Y ahora entendía lo que Sam Fathers había querido decir cuando se refirió al perro adecuado, un perro cuyo tamaño poco o nada había de importar. Así que cuando volvió solo en abril —eran las vacaciones, de forma que los hijos de los granjeros podían ayudar a plantar la tierra, y al fin su padre, después de hacerle prometer que volvería en cuatro días, había accedido a concederle su permiso—, tenía el perro. Era su propio perro, un mestizo de esos que los negros llaman «mil razas», un ratonero, no mucho mayor que una rata y con esa valentía que ha tiempo ha dejado de ser valor para convertirse en temeridad.
       No le llevó cuatro días. Una vez solo de nuevo, halló el rastro la primera mañana. No era caza al acecho; era una emboscada. Fijó la hora del encuentro casi como si se tratara de una cita con un ser humano. Al amanecer de la segunda mañana. El sujetando al «mil razas», al que habían envuelto la cabeza con un saco, y Sam Fathers con dos de los perros sujetos por una cuerda de arado se apostaron con el viento a favor del rastro. Estaban tan cerca que el oso se volvió, sin correr siquiera, como estupefacto ante el estrépito frenético y estridente del «mil razas» recién liberado, y se puso a resguardo contra el tronco de un árbol, sobre las patas traseras. Al chico le pareció que el animal se hacía más y más alto y que no iba a dejar de alzarse nunca, y hasta los dos perros parecían haber tomado del «mil razas» una suerte de desesperada y desesperante valentía, pues lo siguieron cuando avanzó hacia el oso.
       Entonces se dio cuenta de que el «mil razas» no iba a detenerse. Se lanzó hacia adelante, arrojó la escopeta y echó a correr. Cuando alcanzó y agarró al perrito, que se debatía frenéticamente como un torbellino, al chico le dio la impresión de hallarse literalmente debajo del oso.
       Pudo sentir su olor: fuerte y caliente y fétido. Se agachó torpemente, alzó la vista hacia la bestia, que se cernía sobre él desde lo alto como un aguacero, del color del trueno, muy familiar, apacible e incluso lúcida mente familiar, hasta que al fin recordó: era así como solía soñarlo. Y ya se había ido. No lo vio irse. Permaneció de rodillas, sujetando al frenético «mil razas» con ambas manos, oyendo cómo se alejaba más y más el humilde lamento de los perros, hasta que llegó Sam. Traía la escopeta. La dejó en el suelo, en silencio, al lado del chico, y se quedó allí de pie mirándole.
       —Le has visto ya dos veces con una escopeta en las manos —dijo—. Esta vez no podías haber fallado.
       El chico se levantó. Seguía sujetando al «mil razas». Incluso en brazos, lejos del suelo, el animal seguía ladrando frenéticamente, debatiéndose y tratando de escapar, como un manojo de muelles, tras el fragor cada vez más lejano de los perros. El chico peleaba un poco, pero ni se agitaba ni temblaba ya.
       —¡Tampoco tú! —dijo—. ¡Tú tenías la escopeta! ¡Tampoco tú!

* * *

       —Y no disparaste —dijo su padre—. ¿A qué distancia estabas?

* * *

       —No lo sé, señor —dijo él—. Tenía una gran garrapata en la pata derecha trasera. Me fijé en eso. Pero en aquel momento no tenía la escopeta.
       —Pero tampoco disparaste cuando la tenías —dijo su padre—. ¿Por qué?
       El chico no respondió. Su padre, sin esperar a que lo hiciera, se levantó y cruzó la habitación; caminó sobre las pieles del oso que el chico había cazado dos años atrás y del otro oso, más grande, que él mismo había cazado antes de que su hijo naciera, y se dirigió a la librería sobre la que podía verse la cabeza del primer ciervo del chico. Era la habitación que su padre llamaba «la oficina», pues en ella tenían lugar todas las transacciones comerciales de la plantación. En ella, a lo largo de los catorce años de su vida, había oído las mejores charlas. Solía estar allí el mayor de Spain, y a veces el viejo general Compson, y también Walter Ewell y Boon Hoggenbeck y Sam Fathers y Tennie's Jim, porque también ellos eran cazadores y conocían los bosques y a sus criaturas.
       El solía escuchar, no hablaba, se limitaba a atender; la inmensidad salvaje, los grandes bosques, más grandes y más viejos que cualquier documento registrado de cualquier hombre blanco lo bastante fatuo como para creer que en determinado momento había adquirido un trozo de ellos, o de cualquier indio lo bastante cruel como para pretender que un trozo de ellos le pertenecía hasta el punto de poderlo transmitir; eran de los hombres, no blancos ni negros ni rojos sino sólo hombres, cazadores con la voluntad y la audacia necesarias para resistir y la humildad y la pericia necesarias para sobrevivir, y los perros y los osos y los ciervos se yuxtaponían y descollaban en ellos, abocados y compelidos, bien en torno a la inmensidad salvaje o dentro de ella, a la antigua e incesante contienda decretada por las antiguas e inflexibles normas que dispensaban de toda contrición y no admitían cuartel; las voces tranquilas y meditadas y graves, destinadas a la mirada retrospec-tiva y a la memoria y a los exactos recuerdos, mientras el chico se sentaba en cuclillas junto al fuego llameante del hogar al igual que Tennie's Jim, quien, en cuclillas, se movía únicamente para echar más leña al fuego y para pasar de un vaso a otro la botella. Porque la botella se hallaba siempre presente, de forma que al rato al chico le daba la impresión de que aquellos intensos momentos de corazón y cerebro y valor y astucia y rapidez se concentraban y destilaban hasta dar lugar a aquel licor de color pardo que ninguna mujer o muchacho o niño, sino sólo los cazadores bebían, y lo bebían no por la sangre que habían derramado sino por una suerte de quintaesencia del inmortal espíritu salvaje, y bebían moderadamente, incluso humildemente, no con la mezquina esperanza del pagano de adquirir por ello las virtudes de la astucia y la rapidez y la fuerza, sino como salutación hacia ellas.
       Volvió su padre con el libro y se sentó y lo abrió.
       —Escucha —dijo. Leyó en voz alta las cinco estrofas, con voz quieta y pausada; en la habitación no había lumbre, pues era ya primavera. Luego levantó la vista. El chico lo miraba—. Muy bien —dijo el padre—. Escucha. —Volvió a leer, pero esta vez sólo la segunda estrofa completa, y las dos últimas líneas, y cerró el libro y lo dejó en la mesa a su lado—. «Ella no puede desaparecer, aunque tú no tengas tu dicha; tú amarás eternamente, y ella será justa» —dijo.
       —Está hablando de una chica —dijo el chico.
       —Tiene que hablar de algo —dijo su padre. Y luego dijo—: Está hablando de la verdad. La verdad no cambia. La verdad es una. Abarca todas las cosas que tocan el corazón: honor y orgullo y piedad y justicia y valor y amor. ¿Entiendes ahora?
       No estaba seguro. De algún modo, era más sencillo que todo eso. Había un viejo oso fiero y cruel, mas no por el mero hecho de conservar la vida, sino con el fiero orgullo de la libertad, lo bastante orgulloso de su libertad como para verla amenazada y no sentir miedo y no alarmarse siquiera; aún más, un animal que a veces parecía incluso poner aquella libertad deliberadamente en peligro a fin de saborearla, a fin de recordar a sus viejos y fuertes huesos y carne la necesidad de mantenerse flexibles y rápidos para defenderla y preservarla. Había un hombre viejo, hijo de una esclava negra y de un rey indio, heredero por un lado de la larga crónica de un pueblo que había aprendido la humildad a través del sufrimiento, y el orgullo a través de la fortaleza que sobrevive al sufrimiento y la justicia, y por el otro, la crónica de un pueblo aún más antiguo en aquella tierra que el primero, y que sin embargo había desaparecido de ella por completo, perpetuándose sólo en la solitaria fraternidad entre la sangre extraña que corría en las venas de un viejo negro y el espíritu salvaje e invencible de un viejo oso. Había un muchacho que deseaba aprender la humildad y el orgullo a fin de llegar a ser diestro y valioso en los bosques, que de pronto se vio convirtiéndose en tan diestro con tanta rapidez que temió no llegar nunca a convertirse en valioso, pues no había aprendido la humildad y el orgullo, pese a haberlo intentado, hasta un día en que, súbitamente asimismo, descubrió que un viejo incapaz de definir ninguna de las dos virtudes le había guiado, como de la mano, a aquel punto en el que un viejo oso y un pequeño perro mestizo le habían enseñado que, poseyendo una de las dos, se poseía ambas.
       Y un pequeño perro sin nombre y mestizo y con muchos padres, adulto ya pero de menos de seis libras de peso, diciéndose como para sus adentros: «No puedo ser peligroso, porque no hay nada mucho más pequeño que yo mismo; no puedo ser fiero, porque dirán que sólo es ruido; no puedo ser humilde, porque ya estoy demasiado cerca del suelo como para doblar la rodilla; no puedo ser orgulloso, porque tampoco puedo estar tan cerca de él como para saber quién proyecta una sombra, y ni siquiera sé que no voy a ir al cielo, porque han decidido que no poseo un alma inmortal. Así que lo único que puedo es ser valiente. Pero está bien. Puedo serlo, aunque sigan diciendo que sólo es ruido.»
       Eso era todo. Era sencillo, mucho más sencillo que alguien hablando en un libro de un muchacho y una chica por la que nunca tendría que afligirse, por cuanto jamás podría acercarse más a ella ni tendría tampoco que alejarse. El había oído hablar acerca de un oso, y un día llegó a tener la edad necesaria para seguir su rastro, y lo siguió durante cuatro años, y al fin se encontró con él con una escopeta en las manos y no disparó. Porque un pequeño perro... Pero podía haber disparado mucho antes de que el perrito recorriera las veinte yardas hasta donde le esperaba el oso, y Sam Fathers podía haber disparado en cualquier momento durante el minuto interminable en que Old Ben, sobre sus patas traseras, se erguía sobre ellos. Se detuvo. Su padre le miraba con gravedad a través de la copiosa media luz de primavera del cuarto; cuando habló, sus palabras fueron tan apacibles como la media luz; no eran palabras en alta voz, no necesitaban serlo porque iban a ser duraderas:
       —El valor y el honor y el orgullo —dijo— y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad. Todo ello toca el corazón, y aquello a lo que se aferra el corazón se convierte en verdad, en aquello que alcanzamos a entender como verdad. ¿Entiendes ahora?
       Sam y Old Ben y Nip, pensó. Y también él mismo. El también había actuado correctamente. Su padre lo había dicho.
       —Sí, señor —dijo.



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