William Faulkner
(New Albany, Mississippi, 1897 - Byhalia, Mississippi, 1962)


La emboscada (1934)
(“Ambuscade”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post,
vol. 207, no. 13 (29 de septiembre de 1934);
The Unvanquished
(Nueva York: Random House, 1938, 293 págs.)


I

      Detrás del ahumadero, Ringo y yo levantamos aquel verano un mapa viviente. Aunque Vicksburg no era más que un manojo de astillas de la pila de leña y el río sólo un canal escarbado en la apiñada tierra con la punta del azadón, aquello (río, ciudad y terreno) tenía vida, poseyendo incluso, en miniatura, la apreciable aunque pasiva obstinación con que la topografía supera a la artillería, y contra la cual la más brillante de las victorias y la más trágica de las derrotas no son sino el tumultuoso estrépito de un momento. Para Ringo y para mí aquello tenía vida, a pesar del hecho de que el terreno, cuarteado por el sol, absorbía el agua más rápidamente de lo que nosotros podíamos sacarla del pozo, y la misma puesta en escena de la contienda era una inacabable y casi desesperada prueba en la que corríamos sin parar, jadeando, con el chorreante cubo entre el pozo y el campo de batalla, los dos obligados primero a unir fuerzas y emplearnos contra un enemigo común, el tiempo, antes de que pudiéramos producir y mantener intacto como un paño, como un escudo entre nosotros y la realidad, entre nosotros, los hechos y el destino, el modelo de una furiosa victoria imitada y resumida. Parecía que aquella tarde nunca conseguiríamos llenarlo, calarlo lo suficiente, porque hacia tres semanas que ni siquiera había habido rocío. Pero por fin quedó lo bastante empapado, al menos con suficiente aspecto de mojado, y podíamos empezar. Justamente estábamos a punto de comenzar. Entonces, de repente, apareció Loosh ahí parado, observándonos. Era hijo de Joby y tío de Ringo; allí estaba (no sabíamos de dónde había salido; no le habíamos visto asomar ni presentarse), de pie bajo la ardiente y monótona luz del sol de primeras horas de la tarde, con la cabeza descubierta y un poco inclinada, un poco ladeada pero firme y sin torcer, como una bala de cañón (a la que se parecía) apresurada y descuidadamente alojada en cemento, con los ojos algo enrojecidos en los ángulos internos, como se ponen los ojos de los negros cuando han estado bebiendo, mirando hacia abajo, a lo que Ringo y yo llamábamos Vicksburg. Luego vi a Philadelphy, su mujer, al otro lado de la pila de leña, agachada, con una brazada de astillas ya recogida entre su codo doblado, mirando a la espalda de Loosh.
       —¿Qué es eso? —preguntó Loosh.
       —Vicksburg —contesté.
       Loosh se echó a reír. Allí se quedó, riéndose sin ruido, mirando las astillas.
       —Ven aquí, Loosh —dijo Philadelphy desde la pila de leña. En su voz también había algo raro, apremiante, temeroso quizá—. Si quieres cenar, será mejor que me traigas un poco de leña.
       Pero no distinguí si era premura o temor; no tuve tiempo de extrañarme o de pensarlo, porque Loosh se agachó de repente, antes de que Ringo o yo pudiéramos movernos, y de un manotazo echó por tierra las astillas.
       —Ahí tenéis vuestra Vicksburg —dijo.
       —¡Loosh! —exclamó Philadelphy.
       Pero Loosh se puso en cuclillas, mirándome con aquella expresión en la cara. Entonces yo no tenía más que doce años: no sabía lo que era el triunfo; incluso desconocía la palabra.
       —Y os diré otra que no conocéis —dijo—. Corinth.
       —¿Corinth? —dije. Philadelphy había soltado la leña y venía rápidamente hacia nosotros.
       —Eso también está en Mississippi. No está lejos. Yo he estado allí.
       —Lo lejos no importa —dijo Loosh.
       Pareció entonces que estaba a punto de recitar un salmo, de cantar; allí en cuclillas, con el ardiente y monótono sol sobre su férreo cráneo y el achatado sesgo de su nariz, no nos miraba ni a mí ni a Ringo; era como si sus ojos, enrojecidos en los ángulos, se le hubieran vuelto del revés en el cráneo y fuese el blanco y liso anverso de las órbitas lo que veíamos.
       —Lo lejos no importa —repitió Loosh—. El caso es que está en el camino.
       —¿En el camino? ¿En qué camino?
       —Pregunta a tu papá. Pregunta al amo John.
       —Está en Tennessee, combatiendo. No puedo preguntarle.
       —¿Crees que está en Tennessee? No tiene nada que hacer ahora en Tennessee.
       Entonces Philadelphy le agarró del brazo.
       —¡Cállate la boca, negro! —exclamó ella, con aquella voz tensa y grave—. ¡Ven acá y recógeme un poco de leña!
       Luego se marcharon. Ni Ringo ni yo les miramos alejarse. Nos quedamos ahí parados, sobre las ruinas de nuestra Vicksburg y la tediosa escarbadura de azadón, que ya ni siquiera tenía aspecto húmedo, mirándonos calladamente.
       —¿Qué? —dijo Ringo—. ¿Qué ha querido decir?
       —Nada —contesté. Me agaché y levanté Vicksburg otra vez—. Ya está.
       Pero Ringo no se movió; sólo me miraba.
       —Loosh se rió. También habló de Corinth. Se rió también de Corinth. ¿Crees que sabe algo que ignoremos nosotros?
       —¡Nada! —dije—. ¿Supones que Loosh pueda saber algo que mi padre desconozca?
       —El amo John está en Tennessee. Quizá no lo sepa él tampoco.
       —¿Crees que estaría allá lejos, en Tennessee, si hubiese yanquis en Corinth? ¿Crees que si hubiera yanquis en Corinth no estarían también allí mi padre, el general Van Dorn y el general Pemberton?
       Pero era consciente de que sólo hablaba por hablar, porque los negros saben cosas, las conocen; habría sido necesario algo más fuerte, mucho más fuerte que las palabras para que sirviera de algo. Así que me agaché, cogí un puñado de polvo con las dos manos, y me levanté: Ringo seguía de pie, sin moverse, sólo mirándome, y así siguió incluso cuando arrojé el polvo.
       —¡Soy el general Pemberton! ¡Yaaaii! ¡Yaaii! —aullé, mientras me agachaba, cogía más polvo, y lo volvía a tirar. Ringo seguía sin moverse.
       —¡Está bien! —exclamé—. Esta vez haré yo de Grant, entonces. Tú puedes ser el general Pemberton.
       Pues era urgente, ya que los negros saben. Lo acordado era que yo fuese el general Pemberton dos veces seguidas y Ringo fuera Grant; luego yo tendría que hacer una vez de Grant, para que Ringo pudiera ser el general Pemberton, o no querría seguir jugando. Pero precisamente ahora era urgente, aun cuando Ringo fuese un negro, porque Ringo y yo habíamos nacido el mismo mes, y ambos nos alimentamos del mismo pecho y dormimos y comimos juntos durante tanto tiempo, que llamaba «yaya» a mi abuela, lo mismo que yo, y hasta puede que él ya no fuera negro, o que yo tal vez ya no fuese un chico blanco, o que ni siquiera siguiésemos siendo personas ninguno de los dos: los dos últimos invictos, como dos mariposas nocturnas, como dos plumas flotando por encima del huracán. Así estábamos ambos; no vimos en absoluto a Louvinia, mujer de Joby y abuela de Ringo. Estábamos frente a frente, apenas a un brazo de distancia el uno del otro, mutuamente invisibles entre las furiosas y paulatinas sacudidas del polvo que arrojábamos, gritando: ¡Muerte a los bastardos! ¡Matadles! ¡Matadles!», cuando la voz de ella pareció descender sobre nosotros como una enorme mano, aplastando hasta el polvo que habíamos levantado, mientras nos hacíamos ya visibles el uno al otro, manchados de polvo hasta los ojos y todavía a punto de lanzarlo.
       —¡Eh, Bayard! ¡Eh, Ringo!
       Se quedó a unos diez pies de distancia, con los labios aún abiertos por los gritos. Observé que no llevaba el viejo sombrero de padre, que se ponía encima del pañuelo de la cabeza incluso cuando salía de la cocina sólo para recoger leña.
       —¿Qué palabra era ésa? —dijo—. ¿Qué os he oído decir? Pero no esperó contestación, y entonces noté que ella también había estado corriendo.
       —¡Mirad quién viene por el camino grande! —dijo.
       Nosotros —Ringo y yo— corrimos como uno solo, saliendo con una zancada de la petrificada inmovilidad, por el patio de atrás y alrededor de la casa, hasta donde estaba yaya, en lo alto de los escalones de la entrada, y adonde Loosh acababa de llegar desde el otro lado, dando la vuelta a la casa y deteniéndose, mirando al camino, hacia el portón. En la primavera, cuando padre vino a casa, Ringo y yo corrimos entonces por el camino para encontrarnos con él, y volvimos, yo montado en un estribo con el brazo de mi padre rodeándome, y Ringo agarrado al otro estribo, corriendo junto al caballo. Pero esta vez no lo hicimos. Subí los escalones y me puse al lado de yaya, mientras Ringo y Loosh se quedaban al pie de la galería, y miramos cómo el garañón de padre entraba por el portón, que ahora no se cerraba nunca, y subía por el camino de entrada. Les observamos: el enorme y enflaquecido caballo casi del color del humo, más claro que la costra de polvo que se le había pegado en la húmeda piel al atravesar el vado que había a tres millas, subiendo por el camino con una marcha firme que no era ni al paso ni al trote, como si la hubiera mantenido durante todo el camino desde Tennessee porque existiese una necesidad de abarcar tierra que prohibiera el sueño y el descanso y relegase algo tan trivial como el galope a ciertos límites aislados de una perpetua e insípida vacación; y mi padre, también mojado por el cruce, con otra costra de polvo en las ennegrecidas botas y los faldones de su guerrera gris, curtida por la intemperie, con sombras más oscuras que en la pechera, en la espalda y en las mangas, donde los deslustrados botones y los deshilachados galones de su rango de coronel brillaban apagadamente, y el sable que pendía suelto pero rígido a su costado como si fuera demasiado pesado para dar tumbos o estuviera incorporado, quizás, al propio muslo viviente y no recibiese del caballo más movimiento del que recibía él mismo. Se detuvo; nos miró a yaya y a mí, en el porche, y a Ringo y a Loosh, abajo.
       —Hola, miss Rosa —dijo—. Hola, chicos.
       —Hola, John —dijo yaya.
       Loosh se acercó y agarró la cabeza de Júpiter; mi padre desmontó ceremoniosamente, mientras el sable chocaba sorda y pesadamente contra su pierna y la bota mojada.
       —Cepíllalo —dijo mi padre—. Dale un buen pienso, pero no lo lleves a pastar. Que se quede en el cercado… Ve con Loosh —dijo, como si Júpiter fuese un niño, dándole una palmada en el flanco cuando Loosh se lo llevaba.
       Entonces pudimos verle bien. Me refiero a padre. No era grande; era simplemente por lo que hacia, por lo que sabíamos que hacia y había estado haciendo en Virginia y en Tennessee, por lo que nos parecía tan grande. Había otros además de él que estaban haciendo cosas, las mismas cosas, pero tal vez fuese porque él era el único que conocíamos, a quien siempre habíamos oído roncar por la noche en una casa tranquila, a quien habíamos visto comer, a quien habíamos escuchado cuando hablaba, de quien sabíamos cómo le gustaba dormir, qué le apetecía comer y cuánto le agradaba hablar. No era alto; pero, de algún modo, parecía más bajo todavía a caballo que a pie, porque Júpiter era grande y, cuando se pensaba en padre, uno creía que también era grande, de manera que cuando se imaginaba a padre montado en Júpiter, era como si se dijese: «Juntos serán excesivamente grandes; es increíble». De modo que uno no se lo creía y, además, no era así. Se aproximó a los escalones y comenzó a subirlos con el sable, pesado y plano, al costado. Entonces empecé a oler aquello de nuevo, como cada vez que volvía, como aquel día de la primavera pasada en que subí por el camino montado en un estribo: el olor de su ropa, de su barba y también de su cuerpo, que yo tenía por el olor de la pólvora y de la gloria, el de los elegidos por la victoria, pero ahora sé que no es así; ahora comprendo que sólo era la voluntad de resistir, un sarcástico e incluso chistoso rechazo a engañarse a si mismo, lo cual ni siquiera se acerca a ese optimismo por el que se considera que lo que está a punto de sucedernos es, posiblemente, lo peor que podamos sufrir, subió cuatro escalones, golpeando el sable contra cada uno de ellos (así era realmente de alto), luego se detuvo y se quitó el sombrero. Y a eso me refiero: a que hacia cosas más grandes que él. Pudo haberse puesto a la misma altura que yaya, y sólo habría tenido que inclinar un poco la cabeza hacia ella para que le diera un beso. Pero no lo hizo. Se detuvo dos escalones más abajo, con la cabeza descubierta y la frente alzada para que ella la rozara con sus labios, y el hecho de que tuviera entonces que inclinarse un poco, no disminuía para nada la ilusión de altura y talla que él conservaba, al menos, para nosotros.
       —He estado esperándote —dijo yaya.
       —Ah —dijo padre. Luego me miró a mí, que seguía mirándole a él, lo mismo que Ringo, que seguía abajo, al pie de los escalones.
       —Has cabalgado aprisa desde Tennessee —dije.
       —Ah —repitió padre.
       —Tennessee le ha hecho adelgazar —dijo Ringo—. ¿Qué es lo que comen allí, amo John? ¿Comen lo mismo que la gente de aquí?
       Entonces lo dije, mirándole a la cara mientras él me miraba a mi:
       —Dice Loosh que no has estado en Tennessee.
       —¿Loosh? —dijo padre—. ¿Loosh?
       —Entra —dijo yaya—. Louvinia te está poniendo la comida en la mesa. Tienes el tiempo justo para lavarte.



II

      Aquella tarde construimos el corral de troncos. Lo hicimos hondo, en la cañada del arroyo, donde no podría encontrarse a menos que se supiera donde buscar, y no podía verse hasta llegar a las nuevas estacas, cortadas a hachazos, y rezumantes de savia, zigzagueando entre la propia vegetación del bosque. Todos estábamos allí —padre, Joby, Ringo, Loosh y yo—, padre con las botas puestas todavía, pero sin la guerrera, de manera que por primera vez vimos que sus pantalones no eran de los confederados, sino de los yanquis, de un fuerte y flamante paño azul que ellos (él y su escuadrón) habían capturado, y tampoco llevaba el sable. Trabajamos aprisa, talando los arbolillos —sauces y robles, arces de pantano y castaños enanos— y, sin apenas esperar a mondarlos, arrastrándolos con los mulos y a mano también por entre el barro y las zarzas, hacia donde aguardaba padre. Y aquello también era grande: padre estaba en todas partes, con un arbolillo debajo de cada brazo, yendo entre los matorrales y las zarzas casi más de prisa que las mulas, clavando las estacas en su sitio, mientras Joby y Loosh seguían discutiendo sobre cuál de los extremos del tronco había que poner. Así era: no es que padre trabajara más aprisa y más duramente que cualquier otro, aun cuando alguien parezca más grande (a los doce años, al menos; para mí y para Ringo a los doce, en todo caso) quedándose quieto y ordenando «Haced esto o lo otro» a quienes están trabajando; era la manera en que lo hacia. Cuando se sentó en su sitio de siempre a la mesa del comedor y hubo terminado la carne de cerdo, las verduras, la torta de maíz y la leche que le trajo Louvinia (mientras nosotros mirábamos y aguardábamos, al menos Ringo y yo, esperando la noche y la conversación, el relato), se limpió la barba y dijo:
       —Ahora vamos a construir un corral nuevo. También tendremos que cortar las estacas.
       Cuando dijo eso, Ringo y yo tuvimos probablemente la misma visión. Allí estaríamos todos —Toby, Loosh, Ringo y yo—, al borde del barranco, formados para una especie de orden, una orden que no participaba de codicia alguna, no ansiaba el ataque ni la victoria, sino más bien esa pasiva aunque dinámica afirmación que debieron haber sentido las tropas de Napoleón, y, frente a nosotros, entre nosotros y el barranco, entre nosotros y los troncos rebosantes de savia que estaban a punto de convertirse en inertes estacas, mi padre. Iba montado en Júpiter; llevaba la capa gris con alamares de coronel; y, mientras le observábamos, desenvainó el sable. Lanzándonos a todos una última y comprensiva mirada, lo blandió, al tiempo que hacia girar a Júpiter mediante el freno acodado; su cabello ondeaba bajo el tricornio, el sable se agitaba y resplandecía; sin chillar, pero con voz fuerte, gritó: «¡Al trote! ¡A medio galope! ¡Carguen!». Luego, sin tener siquiera que movernos, pudimos verle y seguirle a la vez: el hombrecillo (que conjuntamente con el caballo aparentaba exactamente la talla adecuada, porque eso era todo lo grande que necesitaba semejar y, a los doce años, más grande de lo que la mayoría de la gente tendría esperanzas de parecer) iba erguido en los estribos por encima de aquel rayo menguante de color de humo, bajo el arco y los mil destellos del sable con el que los arbolillos escogidos, cortados, mondados y desmochados, saltaban a las bien arregladas hileras, necesitando solamente que los transportaran y colocaran para convertirse en una cerca.
       El sol se había ido de la hondonada cuando acabamos la cerca, es decir, cuando dejamos a Joby y a Loosh para que colocaran los tres últimos travesaños, pero seguía luciendo arriba, en la ladera del prado, cuando la atravesamos cabalgando: yo detrás de padre en una de las mulas, y Ringo en la otra. Pero se había ido hasta de los pastos cuando dejé a padre en casa y volví al establo, donde Ringo ya había atado un ronzal a la vaca. Así que volvimos al corral nuevo con la ternera siguiéndonos, escarbando en el suelo y aguijando a la vaca cada vez que se paraba a arrancar un buche de hierba, y la cerda trotando delante. Ella (la cerda) era la que se movía con lentitud. Parecía ir más despacio que la vaca, incluso cuando ésta se detenía y Ringo se encorvaba por la tirante sacudida del ronzal y se ponía a gritarle, de modo que ya era bastante de noche cuando llegamos al cercado nuevo. Pero allí todavía quedaba mucho espacio para pasar ganado. Aunque no nos habíamos preocupado de eso.
       Los metimos dentro: las dos mulas, la cerda, la vaca y la ternera; pusimos a tientas el último travesaño, y volvimos a casa. La oscuridad era completa entonces, incluso en el prado; podíamos ver la lámpara de la cocina y la sombra de alguien moviéndose a través de la ventana. Cuando entramos Ringo y yo, Louvinia estaba cerrando uno de los grandes baúles del desván que llevaban cuatro años sin bajarse, desde la Navidad que pasamos en Hawkhurst, cuando no había ninguna guerra y aún vivía tío Dennison. Era un baúl grande y pesado incluso cuando estaba vacío; no estaba en la cocina cuando salimos a construir el corral, de modo que debieron bajarlo en cualquier momento durante la tarde, mientras Joby y Loosh estaban en la cañada y no quedaba nadie para llevarlo hasta abajo, salvo yaya y Louvinia, y luego padre, más tarde, después de que volviéramos a casa en las mulas, así que aquello también formaba parte de la urgencia y también de la necesidad; tal vez fue también padre quien bajó el baúl desde el desván. Y cuando entré a cenar, la mesa estaba puesta con los cuchillos y tenedores de la cocina en lugar de los de plata, y el aparador (en el que se guardaba la vajilla de plata desde que yo tenía memoria, y donde había descansado desde entonces excepto los martes por la tarde, cuando yaya y Louvinia y Philadelphy solían limpiarlo, aunque nadie, salvo yaya, quizá, sabía por qué, pues jamás se había usado) estaba vació.
       No tardamos mucho en comer. Padre ya había comido una vez, a primera hora de la tarde, y, además, eso era lo que Ringo y yo estábamos esperando: porque después de la cena, con los músculos relajados y el estómago lleno, llegaba el momento de la charla.
       En la primavera, cuando vino a casa aquella vez, esperamos como lo hacíamos ahora, hasta que se sentó en su butaca de siempre, con los leños de nogal crujiendo y crepitando en el hogar mientras Ringo y yo nos acurrucábamos a cada lado de la chimenea, bajo la repisa, por encima de la cual el mosquete que había capturado y traído de Virginia hacia dos años, reposaba en dos clavijas, cargado, engrasado y listo para usarlo. Entonces escuchamos. Olmos: los nombres, Forrest y Morgan y Barksdale y Van Dorn; las palabras, como «brecha» y «marcha», que no teníamos en Mississippi, aunque contábamos con Barksdale, y con Van Dorn hasta que algún marido le mató, y el general Forrest que pasaba a caballo cierto día por South Street, en Oxford, desde donde le observaba, a través de una ventana, una jovencita que grabó su nombre en el cristal con el diamante de su anillo: Celia Cook.
       Pero nosotros sólo teníamos doce años; no escuchábamos esas cosas. Lo que oíamos Ringo y yo eran el cañón, las banderas y los gritos anónimos. Eso era lo que nos disponíamos a oír aquella noche. Ringo me aguardaba en el vestíbulo; esperamos hasta que padre se hubo acomodado en su butaca, en el cuarto que él y los negros llamaban el Despacho: padre, porque allí estaba su escritorio, donde guardaba la semilla de algodón y de maíz, y en esa habitación solía quitarse las embarradas botas y sentarse en calcetines mientras las botas se secaban en la chimenea, y a donde los perros podían ir y venir impunemente a echarse en la alfombra, ante el fuego, o simplemente a dormir en las noches frías; no sé si fue madre, que murió al nacer yo, quien le dio esa dispensa antes de morir y yaya lo aprobó después, o si fue la propia yaya quien le dio permiso una vez que murió madre; y los negros lo llamaban Despacho, porque tenían que ir a aquella habitación para presentarse ante el vigilante (que se sentaba en una de aquellas sillas rectas y sólidas y además se fumaba uno de los cigarros de padre, pero con el sombrero quitado), y juraban que no era posible que fueran ellos quienes él (el vigilante) decía, ni que hubieran estado donde él afirmaba; y yaya lo llamaba Biblioteca, porque había una estantería de libros que contenía un Coke Upon Littleton, un Josefo, un Corán, un volumen de informes sobre Mississippi fechado en 1848, un Jeremy Taylor, unas Máximas de Napoleón, un tratado de astrología de mil noventa y ocho páginas, una Historia de los Hombres Lobo de Inglaterra, Irlanda y Escocia, incluyendo Gales, por el reverendo Ptolemy Thorndike, M. A. (Edimburgo) y F. R. S. S., las obras completas de Walter Scott, las de Fenimore Cooper y las de Dumas, en rústica y también completas, a excepción de un volumen que a padre se le cayó del bolsillo en Manassas (en la retirada, según dijo).
       Ringo y yo volvimos, pues, a acurrucarnos, y esperamos en silencio mientras yaya cosía junto a la lámpara de la mesa y padre se sentaba en su butaca de siempre, en el sitio acostumbrado, las embarradas botas cruzadas y estiradas hasta las viejas marcas de tacones junto a la yerta y vacía chimenea, mascando tabaco que le había dado Joby. Joby era mucho más viejo que padre. Demasiado viejo para quedarse sin tabaco sólo por causa de la guerra. Había venido a Mississippi con padre, desde Carolina, y había sida su criado personal durante todo el tiempo que estuvo educando y preparando a Simón, el padre de Ringo, para que le sustituyera cuando él (Joby) se hiciera demasiado viejo, lo cual debió de haber ocurrido, sin embargo, algunos años atrás, si no hubiera sido por la guerra. De manera que Simón se marchó con padre y todavía estaba en Tennessee con el ejército. Esperamos a que padre empezara; aguardamos tanto que, por los ruidos que venían de la cocina, supusimos que Louvinia casi había terminado: así que pensé que padre estaba dando tiempo a que Louvinia terminase y viniera a escuchar también, de modo que dije:
       —¿Cómo se puede combatir en las montañas, padre?
       Y eso era lo que él esperaba, aunque no en la forma en que Ringo y yo pensábamos, porque dijo:
       —No se puede. Simplemente, hay que hacerlo. Ahora, chicos, corred a la cama.
       Subimos la escalera. Pero no hasta el final; nos paramos y nos sentamos en el último rellano, justamente fuera del circulo de la luz que venía de la lámpara del vestíbulo, espiando la puerta del Despacho, escuchando; al cabo de un rato, Louvinia cruzó el vestíbulo sin mirar hacia arriba y entró en el despacho. Les oímos a ella y a padre:
       —¿Está preparado el baúl?
       —Si, señor. Está preparado.
       —Entonces, dile a Loosh que coja el farol y las palas y me espere en la cocina.
       —Sí, señor —dijo Louvinia.
       Salió; volvió a atravesar el vestíbulo sin mirar siquiera a las escaleras, cuando ella solía seguirnos hasta arriba, quedarse en la puerta de la alcoba y regañarnos hasta que nos acostábamos: yo en la misma cama, y Ringo en el jergón de al lado. Pero aquella vez no sólo no se preguntaba dónde estaríamos, sino que ni siquiera pensó en dónde no deberíamos estar.
       —Sé lo que hay en ese baúl —susurró Ringo—. Es la plata. ¿Tú que crees?
       —¡Chisss! —dije. Podíamos oír la voz de padre, hablando con yaya. Al rato volvió Louvinia y cruzó el vestíbulo otra vez. Seguimos sentados en el descansillo de arriba, y oímos la voz de padre, que hablaba con yaya y Louvinia.
       —¿Vicksburg? —musitó Ringo.
       Estábamos en la parte oscura; yo no podía verle más que las órbitas de los ojos.
       —¿Qué ha caído Vicksburg? ¿Quiere decir que ha caído al río? ¿Y el general Pemberton con ella?
       —¡Chisssss! —repetí.
       Seguimos sentados muy juntos en la oscuridad, escuchando a padre. Acaso fueran las sombras, o quizá volvíamos a ser las dos mariposas nocturnas, las dos plumas, o tal vez se llega a un punto en que la credulidad, firme y serenamente, declina de modo irrevocable, porque de repente apareció Louvinia encima de nosotros, zarandeándonos hasta despertarnos. Ni siquiera nos regañó. Nos siguió escaleras arriba y se quedó en la puerta de la alcoba; no encendió la lámpara, y tampoco hubiera podido saber si nos habíamos desnudado o no, aunque hubiese prestado la debida atención para sospechar que no lo habíamos hecho. Quizá estuvo, como Ringo y yo, escuchando lo que nosotros creímos oír, aunque sabía que no era así, del mismo modo que sabía que nos quedamos dormidos un rato en las escaleras. «Ya lo han sacado, ahora están en el huerto, cavando», me decía a mí mismo. Porque existe el punto en que la credulidad declina; en alguna parte entre el sueño y la vigilia creí ver o soñé que vi el farol en el huerto, bajo los manzanos. Pero no sé si lo vi o no, porque ya había amanecido, llovía, y mi padre se había ido.



III

      Debió cabalgar bajo la lluvia, que seguía cayendo durante el desayuno y también a la hora de comer, de modo que parecía que no podríamos salir de casa para nada, hasta que yaya dejó por fin de coser, y dijo:
       —Muy bien. Ve por el libro de cocina, Marengo.
       Ringo vino de la cocina con el libro, y él y yo nos echamos en el suelo, boca abajo, mientras yaya lo abría.
       —¿Qué vamos a leer hoy? —preguntó.
       —Lo del pastel —contesté.
       —Muy bien. ¿Qué clase de pastel?
       Pero no necesitaba preguntarlo, porque Ringo ya estaba respondiendo antes de que ella terminara de hablar.
       —Pastel de coco, yaya.
       Él siempre decía pastel de coco, porque nunca habíamos logrado averiguar si Ringo había probado o no el pastel de coco. Habíamos comido alguno antes de Navidad, y Ringo trataba de recordar si en la cocina habían tomado un poco, pero no podía acordarse. De cuando en cuando, para que se decidiese, trataba de ayudarle, de que me dijese a qué sabía y cómo era, y a veces casi se decidía a arriesgarse, antes de cambiar de idea. Porque decía que quizá prefiriese simplemente haber probado el pastel de coco aunque no se acordara, en vez de saber con seguridad que no lo había hecho; y que, si se equivocaba al describirlo, jamás en la vida probaría el pastel de coco.
       —Creo que un poco más no nos hará daño —dijo yaya.
       La lluvia cesó a media tarde; lucia el sol cuando salí a la galería de atrás seguido de Ringo, que empezó a decir «¿A dónde vamos?», cosa que repitió después de pasar por el ahumadero, desde donde yo veía el establo y las cabañas: «¿A dónde vamos ahora?». Antes de llegar al establo descubrimos a Joby y a Loosh al otro lado de la cerca de los pastos, subiendo las mulas del corral nuevo.
       —¿Qué vamos a hacer ahora? —dijo Ringo.
       —Vigilarle —contesté.
       —¿Vigilarle? ¿Vigilar a quién?
       Observé a Ringo. Me miraba fijamente, con las órbitas de los ojos grandes y tranquilos, como la noche anterior.
       —Hablas de Loosh. ¿Quién nos ha dicho que le vigilemos?
       —Nadie. Pero lo sé.
       —¿Es que lo soñaste, Bayard?
       —Si. Anoche. Estaban mi padre y Louvinia. Mi padre hablaba de vigilar a Loosh, porque él sabe.
       —¿Sabe? —dijo Ringo—. ¿Qué sabe?
       Pero tampoco necesitaba preguntarlo; al instante siguiente se contestó él mismo, mirándome con sus redondos ojos tranquilos, parpadeando un poco.
       —Ayer. Vicksburg. Cuando la derribó. Él  ya lo sabía entonces. Igual que cuando dijo que el amo John no estaba en Tennessee y, efectivamente, el amo John no estaba allí. Sigue; ¿qué más te reveló el sueño?
       —Eso es todo. Que le vigiláramos. Que él se enteraría antes que nosotros. Mi padre dijo que Louvinia también tenía que vigilarle: aunque fuera su hijo, ella tenía que ser un poco más honrada todavía. Porque, si le vigilábamos, según lo que hiciese podríamos saber cuándo estaría a punto de ocurrir.
       —¿Cuándo estaría a punto de ocurrir el qué?
       —No lo sé.
       Ringo exhaló un profundo suspiro.
       —Entonces, así es —dijo—. Si te lo hubiera dicho alguien, podría ser mentira. Pero, si lo soñaste, no puede ser mentira, porque allí no había nadie para decírtelo. Así que vamos a vigilarle.
       Les seguimos cuando engancharon las mulas al carro y bajaron más allá de los pastos, donde habían estado cortando leña. Escondidos, les espiamos durante dos días. Entonces nos dimos cuenta de que Louvinia había mantenido todo el tiempo una estrecha vigilancia sobre nosotros. Unas veces, mientras estábamos ocultos, observando cómo cargaban el carro Joby y Loosh, la oíamos llamarnos a gritos, y teníamos que escabullirnos y luego echar a correr para que nos viera llegar desde otra dirección. Otras veces nos encontraba justo antes de que tuviéramos tiempo de dar un rodeo, y Ringo se escondía detrás de mí mientras ella nos regañaba.
       —¿Qué diabluras estáis haciendo ahora? Estáis tramando algo. ¿Qué es?
       Pero no se lo decíamos; la seguíamos de regreso a la cocina, y cuando ya estaba dentro de casa nos movíamos discretamente hasta que volvíamos a perdernos de vista, para luego echar a correr otra vez hacia el escondite y vigilar a Loosh.
       De esa manera, aquella noche estábamos rondando la cabaña donde vivía con Philadelphy, cuando salió. Le seguimos hacia abajo, hasta el corral nuevo, y le vimos montar la mula y marcharse. Echamos a correr, pero cuando nosotros llegamos al camino, sólo pudimos distinguir el paso largo de la mula perdiéndose en la lejanía. Pero habíamos avanzado un buen trecho, porque hasta las llamadas de Louvinia sonaban tenues y vagas. A la luz de las estrellas, miramos el camino, detrás de la mula.
       —Allá es donde está Corinth —dije.
       No volvió hasta el día siguiente, después de oscurecer. No nos apartamos de casa y vigilamos el camino por turno, para que Louvinia estuviera tranquila en caso de que se hiciera tarde antes de que él volviera. Se hizo tarde; nos acompañó a la cama y volvimos a escaparnos; al pasar justamente por la cabaña de Joby, se abrió la puerta y, de algún modo, surgió Loosh de la oscuridad justo al lado de nosotros. Estaba tan cerca de mí que podía tocarle, y él no nos vio en absoluto; de repente, pareció quedarse súbitamente suspendido contra la puerta iluminada, como si le hubieran recortado en lata en el acto de correr, y se metió en la cabaña, con lo que se cerró la puerta y volvió la oscuridad casi antes de que nos diésemos cuenta de qué era lo que habíamos visto. Cuando miramos por la ventana, estaba de pie ante el fuego, con la ropa desgarrada y embarrada por haberse escondido de los vigilantes en pantanos y tierras bajas, y de nuevo con aquella expresión en la cara que parecía embriaguez y no lo era, como si no hubiese dormido en mucho tiempo y no quisiera hacerlo todavía, mientras Joby y Philadelphy, inclinados frente a la lumbre, le miraban: Philadelphy con la boca abierta y también con la misma expresión en el rostro. Entonces vi a Louvinia, de pie en la puerta. No la oímos venir detrás de nosotros, pero allí estaba, con una mano en el quicio de la puerta, mirando a Loosh, y otra vez sin el sombrero viejo de padre.
       —¿Quieres decir que van a liberarnos a todos? —preguntó Philadelphy.
       —Si —contestó Loosh en voz alta, echando la cabeza hacia atrás; ni siquiera miró a Joby cuando éste exclamó:
       —¡Cállate, Loosh!
       —¡Si! —dijo Loosh—. ¡El general Sherman va a limpiar la tierra y toda la raza será libre!
       Entonces Louvinia atravesó el pavimento de dos zancadas y le sacudió fuerte en la cabeza con la mano abierta.
       —¡Oye, negro idiota! —exclamó—. ¿Crees que hay suficientes yanquis en el mundo entero para vencer a los blancos?
       Corrimos a casa sin esperar a Louvinia; tampoco nos dimos cuenta entonces de que venía detrás de nosotros. Entramos precipitadamente en la habitación donde estaba yaya, sentada junto a la lámpara, con la Biblia abierta en su regazo; torció el cuello y nos miro por encima de las gafas.
       —¡Vienen hacia acá! —grité—. ¡Vienen a liberarnos!
       —¿Cómo? —dijo ella.
       —¡Les ha visto Loosh! Están ahí mismo, en el camino. ¡Es el general Sherman y va a liberarnos a todos!
       Nos quedamos mirándola, esperando para ver a quién ordenaría descolgar el mosquete: si a Joby, porque era el más viejo, o a Loosh, porque él les había visto y sabría contra qué disparar.
       Entonces se puso a chillar ella también, con voz alta y fuerte como la de Louvinia.
       —¡Oye, Bayard Sartoris! ¿Todavía no estás en la cama? ¡Louvinia! —gritó.
       Entró Louvinia.
       —Sube a estos niños a la cama, y si esta noche les oyes hacer más alboroto, te doy permiso, mejor dicho, te exijo que les des unos azotes.
       No tardamos mucho en acostarnos. Pero no podíamos hablar, porque Louvinia iba a dormir en la colchoneta del pasillo. Y Ringo tenía miedo de subirse a la cama conmigo, así que me bajé al jergón con él.
       —Tendremos que vigilar el camino —dije.
       Ringo gimoteó.
       —Me parece que tendremos que ser nosotros.
       —¿Tienes miedo?
       —No mucho —dijo—. Sólo que desearía que el amo John estuviera aquí.
       —Pues no está —dije—. Tendremos que ser nosotros.
       Vigilamos el camino durante dos días, tumbados en el bosquecillo de cedros. De cuando en cuando, Louvinia nos llamaba a gritos, pero le decíamos dónde nos hallábamos y que estábamos levantando otro mapa, y, además, ella podía ver la arboleda desde la cocina. Aquello era fresco, umbrío y tranquilo; Ringo se pasaba durmiendo la mayor parte del tiempo, y yo también me echaba alguna siesta. Tuve un sueño: era como si estuviese mirando la vivienda y de pronto desaparecieran la casa y el establo y las cabañas y los árboles y todo, y contemplase un sitio raso y vacío como el aparador, mientras se hacia cada vez más oscuro, y luego dejase súbitamente de verlo; delante de mí pasaba una especie de atemorizada multitud de pequeños personajillos: padre, yaya, Joby, Louvinia, Loosh, Philadelphy, Ringo y yo; entonces, Ringo soltó una exclamación ahogada y miré al camino, en cuyo centro, montado en un brioso caballo bayo y mirando la casa a través de unos gemelos de campaña, había un yanqui.
       Durante largo rato nos quedamos allí tumbados, mirándole. No sé qué habíamos esperado ver, pero supimos inmediatamente lo que era; me acuerdo de que pensé: «Parece simplemente un hombre»; luego, Ringo y yo nos miramos fijamente y gateamos hacia atrás sin recordar cuándo empezamos a arrastrarnos, y después echamos a correr por el prado, hacia la casa. Nos pareció correr durante una eternidad, con las cabezas hacia atrás y los puños apretados, antes de llegar a la valla, saltarla y entrar corriendo en casa. La mecedora de yaya estaba vacía, junto a la mesa donde descansaba su costura.
       —¡Rápido! —dije—. ¡Empújala hacia acá!
       Pero Ringo no se movió; sus ojos parecían pomos de puerta mientras yo arrastraba la mecedora, me subía a ella y empezaba a descolgar el mosquete. Pesaba unas quince libras, aunque el peso no importaba tanto como su longitud; cuando quedó suelto, mosquete, mecedora y todo lo demás se vino abajo con tremendo estrépito. Oímos a yaya incorporarse en la cama, en el piso de arriba, y luego su voz.
       —¿Quién anda ahí?
       —¡Rápido! —dije—. ¡Aprisa!
       —Tengo miedo —dijo Ringo.
       —¡Oye, Bayard…! —dijo yaya—. ¡Louvinia!
       Cogimos el mosquete entre los dos, como un tronco de leña.
       —¿Quieres ser libre? —dije—. ¿Quieres ser libre?
       Lo llevamos de aquel modo, como un tronco, uno por cada extremo, corriendo. Pasamos el bosquecillo a todo correr hacia el camino, y nos agachamos detrás de las madreselvas justo cuando el caballo doblaba la curva. No oímos nada más, acaso por nuestra propia respiración o, quizá, porque no esperábamos oír nada más. Tampoco volvimos a mirar; estábamos demasiado atareados amartillando el mosquete. Habíamos practicado una o dos veces antes, cuando yaya no estaba y Joby iba a revisarlo y a cambiar el fulminante de la oreja del arma. Ringo lo sostuvo mientras yo cogía el cañón con las dos manos, en alto, y me levantaba cerrando las piernas en torno a él, para deslizarme hacia abajo, sobre el percutor, hasta que sonó el resorte. Eso era lo que hacíamos, estábamos demasiado ocupados para mirar: el mosquete se iba apoyando en la espalda de Ringo a medida que él se agachaba, con las manos en las rodillas y jadeando.
       —¡Tira a ese bastardo! ¡Tírale!
       Entonces quedó ajustada la puntería, y cuando cerré los ojos vi al hombre y al brioso caballo desvanecerse en humo. Retumbó como un trueno e hizo tanto humo como un millón de arbustos incendiados; oí relinchar al caballo, pero no vi nada más. Ringo lanzó un gemido.
       —¡Santo Dios, Bayard! ¡Es todo el ejército!



IV

      La casa no parecía hacerse más próxima; sólo estaba allí, suspendida ante nosotros, flotando y aumentando gradualmente de tamaño, como algo perteneciente a un sueño, mientras oía los lamentos de Ringo detrás de mí y, más lejos todavía, los gritos y el ruido de los cascos. Pero por fin llegamos a casa; Louvinia estaba justo al pasar la puerta, con el sombrero viejo de padre encima del pañuelo de la cabeza y la boca abierta, pero no nos detuvimos. Entramos corriendo en la habitación donde estaba yaya, de pie junto a la mecedora vuelta a colocar en su sitio, con una mano en el pecho.
       —¡Le hemos disparado, yaya! —grité—. ¡Le hemos disparado a ese bastardo!
       —¿Cómo?
       Me miró, con la cara casi del mismo color que su pelo, contra el que brillaban las gafas por encima de la frente.
       —¿Qué has dicho, Bayard Sartoris?
       —¡Le hemos matado, yaya! ¡En el portón! Sólo que también estaba todo el ejército, que no lo habíamos visto, y ya vienen.
       Se sentó; se dejó caer en la mecedora, rígidamente, con la mano en el pecho. Pero su voz era más firme que nunca.
       —¿Qué ha pasado? ¡Tú, Marengo! ¿Qué habéis hecho?
       —¡Le hemos disparado a ese bastardo, yaya! ¡Le hemos matado!
       Para entonces ya estaba allí Louvinia también, aún con la boca abierta y una cara como si alguien le hubiera echado ceniza. Pero la expresión de su rostro no era necesaria: oímos las sacudidas de los cascos al deslizarse en el barro y una voz que gritaba:
       —¡Algunos de vosotros dad la vuelta por la parte de atrás!
       Miramos y les vimos pasar a caballo por la ventana con sus guerreras azules y los rifles. Luego, oímos botas y espuelas en el porche.
       —¡Yaya! —dije—. ¡Yaya!
       Pero parecía que ninguno de nosotros pudiera moverse en absoluto; simplemente nos quedamos ahí parados, mirando a yaya, que tenía la mano en el pecho, una expresión cadavérica en el rostro y un tono como de ultratumba en la voz:
       —¡Louvinia! ¿Qué es eso? ¿Qué están tratando de decirme?
       Así fue cómo sucedió: una vez que el mosquete decidió dispararse, todo lo que iba a ocurrir después trataría de incorporarse simultáneamente al estampido. Aún podía escucharlo, los oídos me seguían pitando, de manera que yaya y Ringo y yo, todos, parecíamos hablar desde muy lejos.
       —¡Pronto! ¡Aquí! —dijo ella.
       Y entonces Ringo y yo nos acurrucamos uno a cada lado de ella, con la barbilla encima de las rodillas, pegados a sus piernas, mientras los duros picos de la mecedora nos machacaban la espalda y sus faldas se extendían sobre nosotros como una tienda de campaña, y los pesados pasos entraban ya y, según Louvinia nos contó después, el sargento yanqui blandía el mosquete delante de yaya, diciendo:
       —¡Vamos, abuela! ¿Dónde están? ¡Les vimos correr hasta aquí!
       No podíamos ver; simplemente seguíamos en cuclillas, en una especie de tenue luz gris, con aquel olor de yaya que tenían sus ropas, su cama, su habitación y todo lo suyo, y los ojos de Ringo que parecían dos platos de budín de chocolate, pensando ambos, quizá, que yaya jamás en la vida nos había dado azotes salvo por mentir, y eso incluso cuando la mentira no se decía, sólo por quedarse callado, y que primero nos daría unos azotes y luego haría que nos arrodilláramos y ella misma se arrodillaría con nosotros para pedir al Señor que nos perdonara.
       —Se equivocan ustedes —dijo—. No hay niños en esta casa ni en sus alrededores. Aquí no hay absolutamente nadie, excepto mi criada y yo, y la gente de las cabañas.
       —¿Quiere decir que niega haber visto antes este mosquete?
       —Efectivamente.
       Lo dijo con toda tranquilidad; no hizo el menor movimiento, sentada muy tiesa en el borde de la mecedora para que sus faldas siguieran extendidas sobre nosotros.
       —Si duda de mi, puede registrar la casa.
       —No se preocupe por eso; voy a hacerlo… Manda arriba a algunos muchachos —ordenó—. Si encontráis alguna puerta cerrada, ya sabéis lo que tenéis que hacer. Y di a los chicos de la parte de atrás que registren todo el establo, y también las cabañas.
       —No encontrarán ninguna puerta cerrada —dijo yaya—. Al menos, permítame preguntarle…
       —No pregunte nada, abuela. Quédese callada. Más valdría que hubiese hecho sus preguntitas antes de mandar fuera a esos dos diablillos con este fusil.
       —¿Hubo…?
       Oímos cómo se apagaba su voz y luego volvía a alzarse, como si yaya estuviera tras ella con una fusta, haciéndola hablar.
       —¿Está… eso… al que…?
       —¿Muerto? ¡Si, demonios! ¡Se rompió el espinazo y tuvimos que pegarle un tiro!
       —¿Qué… tuvieron que… pegarle un tiro?
       Yo tampoco sabía lo que era estar pasmado de espanto, pero así estábamos los tres, Ringo, yaya y yo.
       —Si, ¡por Dios! ¡Tuvimos que pegarle un tiro! ¡El mejor caballo de todo el ejército! El regimiento entero apostaba por él para el próximo domingo…
       Dijo algo más, pero no lo escuchamos. Tampoco respiramos, mirándonos fijamente el uno al otro en la penumbra gris, y estuve a punto de gritar yo también, hasta que yaya dijo:
       —No lo hicieron… No lo hicieron… ¡Oh, gracias a Dios! ¡Gracias a Dios!
       —No lo hicimos —dijo Ringo.
       —¡Calla! —dije.
       Como no teníamos que haber hablado, era como si hubiésemos debido retener el aliento durante mucho tiempo sin saberlo, y que ya podíamos soltarlo y respirar otra vez. Quizá fuera por eso por lo que, cuando entró el otro hombre no le oímos en absoluto; fue también Louvinia quien lo vio: un coronel de ojos grises y penetrantes, con una barba corta y clara, que se quitó el sombrero y miró a yaya sentada en la mecedora con la mano en el pecho. Pero se dirigió al sargento.
       —¿Qué es esto? —dijo—. ¿Qué ocurre aquí, Harrison?
       —Aquí es a donde corrieron —dijo el sargento—. Estoy registrando la casa.
       —¡Ah! —dijo el coronel. No parecía nada enfadado. Sólo que tenía un tono frió, seco y agradable—. ¿Con autorización de quién?
       —Bueno, alguien de esta casa hizo fuego sobre tropas de los Estados Unidos. Supongo que eso es autorización suficiente.
       Nosotros sólo pudimos oír el ruido; fue Louvinia quien nos dijo que blandió el mosquete y golpeó el suelo con la culata.
       —Y mataron un caballo —dijo el coronel.
       —Era un caballo de los Estados Unidos. Yo mismo he oído decir al general que si tuviera bastantes caballos, no andaría siempre preocupándose de si habría o no alguien para montarlos. Y llegamos aquí, cabalgando tranquilamente por el camino, sin molestar a nadie, además, cuando esos dos diablillos… El mejor caballo de todo el ejército; el regimiento entero apostaba…
       —¡Ah! —dijo el coronel—. Ya veo. ¿Y bien? ¿Les han encontrado?
       —Todavía no. Pero esos rebeldes son como ratas cuando se trata de esconderse. Ella dice que aquí no hay un solo niño.
       —¡Ah! —repitió el coronel.
       Louvinia contó cómo miró entonces a yaya por primera vez. Dijo que pudo ver cómo bajaban sus ojos del rostro de yaya a donde se extendían sus faldas, quedándose allí durante un minuto completo, para volver luego a la cara de ella. Y que yaya le devolvió mirada por mirada, mientras le mentía.
       —¿Debo entender, señora, que no hay niños en esta casa ni en sus alrededores?
       —No hay ninguno, señor —dijo yaya.
       Louvinia contó que él volvió a mirar al sargento.
       —No hay niños aquí, sargento. Evidentemente, el disparo partió de algún otro sitio. Puede llamar a los hombres y hacer que monten.
       —¡Pero; coronel, vimos correr a dos chicos hasta aquí! ¡Todos nosotros les vimos!
       —¿Es que no acaba de oír decir a esta dama que no hay niños aquí? ¿Dónde tiene las orejas, sargento? ¿O es que en realidad quiere que la artillería nos alcance, teniendo aún que cruzar la cañada de un riachuelo a menos de cinco millas?
       —Bueno, señor, usted es el coronel. Pero si yo fuera el coronel…
       —Entonces, indudablemente, yo sería el sargento Harrison. En cuyo caso, creo que debería preocuparme más por conseguir otro caballo para respaldar mi apuesta, que por una anciana dama sin nietos —Louvinia dijo que entonces su mirada se posó ligeramente en yaya y se retiró en seguida—, sola en una casa en la que, con toda probabilidad, y para su placer y satisfacción, me da vergüenza decirlo, espero… no volver a poner los pies jamás. Haga montar a sus hombres y en marcha.
       Seguimos agazapados, sin respirar, y les oímos salir de casa. Escuchamos al sargento llamar a los hombres del establo y alejarse a caballo. Pero no nos movimos todavía, porque el cuerpo de yaya no se había relajado en absoluto, y de ese modo supimos que el coronel seguía allí incluso antes de que hablara con un tono seco, enérgico, duro, con un deje de burla detrás de él.
       —De manera que no tiene usted nietos. Es una lástima, porque dos chicos podrían disfrutar en un sitio como éste: deportes, pesca, el juego de disparar, tal vez el más excitante de todos los juegos, y no lo es menos por ser, quizás, insuficiente en las proximidades de esta casa. Y con un fusil… un arma de gran precisión, por lo que veo.
       Louvinia dijo que el sargento había dejado el mosquete en el rincón, que el coronel lo miraba entonces; nosotros no respirábamos.
       —Aunque tengo entendido que ese arma no le pertenece a usted. Y es mejor así. Porque si ese arma fuera suya —que no lo es—, y tuviera usted dos nietos o, mejor dicho, un nieto y un compañero de juegos negro —que no los tiene—, y si ésta fuese la primera vez —que no lo es—, a la próxima podría salir alguien gravemente herido. Pero ¿qué estoy haciendo? Poner a prueba su paciencia, entreteniéndola en esa incómoda mecedora, mientras pierdo el tiempo soltando un sermón apropiado únicamente para una dama con nietos, o un nieto y un compañero negro.
       Ya estaba a punto de marcharse él también: podíamos saberlo incluso bajo la falda; esta vez fue la propia yaya quien habló:
       —Pocos refrescos puedo ofrecerle, señor. Pero, sí un vaso de leche fría después de lo que ha cabalgado…
       Pero no respondió durante largo rato; Louvinia dijo que sólo contemplaba a yaya con sus penetrantes ojos claros y mantenía el profundo silencio transparente, lleno de burla.
       —No, no —dijo—. Se lo agradezco. Está usted traspasando los límites de la mera cortesía, y haciendo un verdadero alarde.
       —Louvinia —dijo yaya—, conduce al caballero al comedor y sírvele lo que tengamos.
       Ya había salido de la habitación, porque yaya empezó a temblar, y siguió temblando, pero sin relajarse todavía; podíamos oírla jadear.
       —¡No le matamos! —susurré—. ¡No hemos matado a nadie!
       Fue el cuerpo de yaya el que nos advirtió de nuevo; pero esta vez pudimos casi sentir cómo miraba la extendida falda de yaya, donde estábamos agazapados, mientras le daba las gracias por la leche y le decía su nombre y su regimiento.
       —Quizá sea mejor que no tenga usted nietos —dijo—. Porque, sin duda, deseará vivir en paz. Yo tengo tres hijos, ¿sabe? Y ni siquiera he tenido tiempo de llegar a ser abuelo.
       Entonces no había burla alguna en su voz, y Louvinia contó que estaba de pie en la puerta, con el reluciente cobre en el azul añil, el sombrero en la mano y su pelo y barba claros, mirando a yaya sin ninguna burla.
       —No voy a disculparme; los imbéciles claman contra el viento o el fuego. Pero permítame decirle que espero que no llegue usted a tener de nosotros un recuerdo peor que éste.
       Luego se marchó. Oímos sus espuelas en el vestíbulo y en el porche, y después al caballo, desapareciendo en la lejanía, apagándose, y luego yaya se relajó. Se recostó en la mecedora, con la mano en el pecho y los ojos cerrados, mientras gruesas gotas de sudor le corrían por la cara; de repente, empecé a gritar:
       —¡Louvinia! ¡Louvinia!
       Pero entonces abrió ella los ojos y me miró. Luego miró un momento a Ringo, y volvió a mirarme a mí, jadeando.
       —Bayard —dijo—. ¿Qué palabra empleaste?
       —¿Palabra? —dije—. ¿Cuándo, yaya?
       Entonces me acordé; no la miré: seguía recostada en la mecedora, mirándome y jadeando.
       —No la repitas. Has maldecido. Has dicho una palabrota, Bayard.
       No la miré. Podía ver los pies de Ringo.
       —Ringo también la ha dicho… —no contestó, pero notaba que seguía mirándome; de pronto, añadí—: Y tú dijiste una mentira. Dijiste que no estábamos aquí.
       —Lo sé —repuso ella. Se movió—. Ayudadme a levantarme.
       Se levantó de la mecedora, apoyándose en nosotros. Ignorábamos lo que trataba de hacer. Simplemente nos mantuvimos tiesos mientras se apoyaba en nosotros y en la mecedora, junto a la cual se dejó caer de rodillas. Ringo se arrodilló primero, y a continuación yo también, mientras ella pedía al Señor que la perdonase por haber dicho una mentira. Luego se levantó; no tuvimos tiempo de ayudarla.
       —Id a la cocina a buscar un barreño de agua y el jabón —dijo—. Coged el jabón nuevo.



V

      Era tarde, como si el tiempo se nos hubiera escapado mientras permanecíamos atrapados, enredados en el estampido del mosquete, y estuviéramos demasiado ocupados para darnos cuenta de ello; el sol brillaba casi a la misma altura de nuestras caras mientras estábamos en la galería de atrás, escupiendo, enjuagándonos el jabón de la boca, dando vueltas y vueltas al cazo de calabaza, escupiendo directamente al sol. Durante un rato, con sólo respirar podíamos hacer pompas de jabón, pero pronto preferimos solamente escupir. Luego, hasta eso pasó, aunque no el impulso de hacerlo, mientras a lo lejos, hacia el norte, veíamos un distante montón de nubes, tenues y azules en la base, con un tinte cobrizo del sol en la cresta. Cuando padre vino a casa en primavera, tratamos de saber algo de montañas. Por fin señaló el montón de nubes para explicarnos a qué se parecían las montañas. De manera que, desde entonces, Ringo creía que el montón de nubes era Tennessee.
       —Allá están —dijo, escupiendo—. Allá está. Tennessee, donde el amo John suele combatir. También parece enormemente lejos.
       —Demasiado lejos para ir solamente a luchar contra los yanquis —dije, escupiendo también. Pero ya había desaparecido todo: la espuma, las cristalinas, ingrávidas, iridiscentes burbujas; incluso el sabor.



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