William Faulkner
(1897-1962)


Ese sol del atardecer[1]
“That Evening Sun”
Originalmente publicado en The American Mercury, XXII (marzo de 1931), como «That Evening Sun Go Down»;
revisado, con el nuevo título, para These 13 (1931).
Esa es la versión que aparece The Portable Faulkner (1946)
Collected Stories (1950)



I

      Hoy en Jefferson los lunes no son muy distintos de cualquier otro día de la semana. Hoy las calles están pavimentadas, y las compañías del teléfono y de la luz talan cada vez más árboles de los que daban buena sombra —los robles de Virginia, los arces, las acacias, los olmos— haciendo sitio para los postes de hierro que soportan racimos de uvas hinchadas, espectrales, exangües, y tenemos en la ciudad un servicio de lavandería que hace la ronda el lunes por la mañana, recogiendo los fardos de ropa sucia en furgonetas pintadas de colores intensos, a propósito: la ropa sucia de toda la semana ahora desaparece como una aparición tras las bocinas alertas e irritables de las furgonetas, con un ruido prolongado y menguante, de neumático y asfalto, como la seda al desgarrarse, y hasta las negras que aún se hacen cargo de la colada de los blancos, a la antigua usanza, la recogen y la entregan en sus automóviles.
      En cambio, hace quince años, los lunes por la mañana las calles en silencio, polvorientas, en sombra, se llenaban de negras que, en equilibrio sobre las cabezas firmes, enturbantadas, llevaban los fardos de ropa sujetos en una sábana, todos casi tan grandes como una paca de algodón, sin ayudarse de las manos, entre la puerta de la cocina de la casa de un blanco y el lavadero renegrido, junto a la puerta de una cabaña, en el lugar que llamábamos el Hondón del Negro.
      Nancy se colocaba el fardo sobre la cabeza, y sobre el fardo depositaba el sombrero de paja, negro, de marinero, que llevaba por igual en verano y en invierno. Era alta y tenía la cara en relieve, tristona, algo hundida en donde le faltaban los dientes. A veces hacíamos parte del camino por la senda, hasta el prado, con ella, y veíamos el fardo en perfecto equilibrio y el sombrero que no oscilaba siquiera cuando bajaba por la zanja del otro lado y se agachaba para salvar la cerca. Se ponía a gatas y pasaba por el boquete, rígida la cabeza, bien erguida, el fardo de la ropa quieto como una piedra o como un globo, y nada más salvar la cerca se ponía en pie y seguía su camino.
      Algunas veces los maridos de las lavanderas venían a recoger la colada, aunque Jesús nunca le hizo ese favor a Nancy, ni siquiera antes de que papá le dijese que no se le pasara por la cabeza acercarse a nuestra casa, aun cuando Dilsey estaba enferma y fuese Nancy la que venía a cocinar para nosotros.
      Y luego, la mitad de las veces teníamos que ir por la senda hasta la cabaña de Nancy y decirle que viniese a prepararnos el desayuno. Nos quedábamos en la zanja, porque papá nos había dicho que no tuviésemos ningún trato con Jesús —era un negro más bien bajo, con una cicatriz de un tajo en la cara— y tirábamos piedras a la casa de Nancy hasta que salía a la puerta y asomaba la cabeza por la rendija sin haberse puesto ni una prenda encima.
      —¿A qué viene eso? ¿Qué queréis? ¿Destrozarme la casa, o qué? —dijo Nancy—. ¿A qué viene eso, diablillos?
      —Dice papá que vengas a prepararnos el desayuno —dijo Caddy—. Dice papá que ya pasa de media hora, y que tienes que venir ahora mismo.
      —No me venga a mí con desayuno —dijo Nancy—. Me voy a terminá de dormí un rato.
      —Me apuesto lo que quieras a que estás borracha —dijo Jason—. Papá dice que estás borracha. ¿Tú estás borracha, Nancy?
      —¿Y eso quién lo dice? —dijo Nancy—. Me voy a terminá de dormí un rato y a mí que no me venga con desayuno.
      Así que pasado un rato dejamos de apedrear la cabaña y nos volvimos a casa. Cuando por fin vino Nancy ya era demasiado tarde para que yo fuese al colegio. Así que pensamos que era el whiskey hasta el día en que la volvieron a detener y se la llevaron a la cárcel y se cruzaron por el camino con el señor Stovall. Era el cajero del banco y era uno de los diáconos del consejo de la iglesia baptista, y Nancy fue y le dijo:
      —¿Y cuándo me piensa pagá, blanco? ¿Cuándo me piensa pagá, blanco? Ya van tres veces desde la última que me pagó un centavo —el señor Stovall la derribó de un golpe, pero ella no paró de decir lo mismo—. ¿Cuándo me piensa pagá, blanco? Ya van tres veces desde la última que… —hasta que el señor Stovall le arreó una patada en toda la boca y el ayudante del sheriff tuvo que sujetar al señor Stovall y apartarlo, y Nancy quedó tirada en la calle, muerta de risa. Volvió la cabeza a un lado y escupió más sangre y más dientes—. Ya van tres veces desde la última que me pagó un centavo —dijo.
      Así fue como se quedó sin dientes, y aquel día todos hablaron sin parar de lo ocurrido entre Nancy y el señor Stovall, y durante aquella noche todos los que pasaron cerca de la cárcel oyeron a Nancy cantar y gritar. Vieron sus manos aferradas a los barrotes y fueron muchos los que se pararon junto a la cerca, escuchándola y escuchando al carcelero en sus intentos por hacerla callar. No cerró la boca hasta que casi era de día, cuando el carcelero oyó unos golpes arriba, y un ruido de algo que se restregaba, y subió y se encontró a Nancy colgada de los barrotes del ventanuco. Dijo que fue por la cocaína, no por el whiskey, porque ninguna negra intentaría suicidarse a no ser que estuviera hasta arriba de cocaína, porque una negra hasta arriba de cocaína ya ni es negra ni es nada.
      El carcelero la descolgó y la reanimó, y luego la golpeó y le dio una paliza. Se había querido ahorcar aprovechando su vestido. Lo había ideado bien, pero es que cuando la detuvieron no llevaba encima más que el vestido, así que no pudo atarse las manos y tampoco pudo soltar las manos del alféizar del ventanuco. Por eso oyó el ruido el carcelero, que subió corriendo y se encontró a Nancy colgada de los barrotes, en pelota picada y con el vientre ya un poco hinchado, como un globo.
      Cuando Dilsey estuvo enferma y se quedó en su cabaña y Nancy venía a cocinar para nosotros, nos fuimos dando cuenta de que el delantal se le hinchaba, pero eso fue antes de que papá le dijese a Jesús que ni de broma se le ocurriese acercarse por la casa. Jesús estaba en la cocina, sentado del otro lado de los fogones, con la cicatriz de un tajo en su cara negra como un trozo de cordel sucio. Dijo que lo que Nancy llevaba bajo el vestido era una sandía.
      —Sandio serás tú. Si fuera una sandía, de tu melonar na salío —dijo Nancy.
      —¿De qué melonar? —dijo Caddy.
      —El melonar del que ha salío lo pelaba yo en un pispás. De un tajo —dijo Jesús.
      —¿Por qué te pones a hablá asín delante los niños? —dijo Nancy—. ¿Por qué no te largas a trabajá? Ya has comío. ¿O es que quiere que el señó Jason te pille haciendo el haragán en la cocina de su casa y encima hablando así delante sus hijos, eh?
      —¿Hablando así? —dijo Caddy—. ¿Qué es hablar así? ¿Y qué melonar es ése?
      —O sea, que yo no pueo pasá por la cocina del blanco, pero el blanco pué pasá por mi cocina cuando le pete de la gana —dijo Jesús—. El blanco pué vení a mi casa y no se lo pueo yo impedí. Cuando al blanco le dé la gana de vení a mi casa, ni casa tengo yo. No se lo pueo yo impedí, y él me pué echar a patadas. Él sí que pué.
      Dilsey aún estaba enferma en su cabaña. Papá dijo a Jesús que ni se le ocurriese acercarse por casa. Dilsey aún estaba enferma. Fue mucho tiempo. Estábamos en la biblioteca después de cenar.
      —¿No ha terminado Nancy aún en la cocina? —dijo mamá—. Yo diría que tiempo de sobra ha tenido para terminar de fregar los platos.
      —Que Quentin vaya a ver qué pasa —dijo papá—. Ve a ver si Nancy ha terminado ya, Quentin. Dile que se puede marchar a su casa.
      Fui a la cocina. Nancy había terminado de fregar. Los platos estaban recogidos y los fogones apagados. Nancy estaba sentada en una silla, junto a los fogones fríos. Me miró.
      —Mi madre quiere saber si ya has terminado —le dije.
      —Sí —dijo Nancy. Me miró—. Ya terminao —dijo mirándome a la cara.
      —¿Qué te pasa? —dije—. ¿Qué te pasa?
      —Ná, que no soy ná má cuna pobre negra —dijo Nancy—. Pero eso culpa mía no es.
      Me miró, sentada como estaba en la silla delante de los fogones fríos, el sombrero de marinero ya puesto. Volví a la biblioteca. Era lo de los fogones fríos, cuando uno se para a pensar que en una cocina hace calorcito y siempre hay ajetreo y animación. Y con los fogones fríos y los platos recogidos y eso que nadie quisiera comer nada a esas horas.
      —¿Ya ha terminado? —dijo mamá.
      —Sí, señora —dije.
      —¿Y qué está haciendo? —dijo mamá.
      —No está haciendo nada. Ya ha terminado.
      —Iré a ver qué pasa —dijo papá.
      —A lo mejor está esperando a que venga Jesús para llevársela a casa —dijo Caddy.
      —Jesús se ha ido —dije. Nancy nos contó que una mañana al despertarse vio que Jesús ya no estaba.
      —Ma bandonao —dijo Nancy—. Pa largarse pa Memphis, seguro. Pa dar esquinazo a la poli aunque sea sólo un rato, seguro.
      —Pues a ver si lo perdemos de vista de una vez por todas —dijo mi padre—. Que le vaya bien y que no lo vuelva a ver.
      —A Nancy le da miedo lo oscuro —dijo Jason.
      —Igualita que tú —dijo Caddy.
      —A mí no me da miedo —dijo Jason.
      —Miedica, miedica —dijo Caddy.
      —Yo no soy un miedica —dijo Jason.
      —¡Candace, ya basta! —dijo mamá. Volvió mi padre.
      —Voy a acompañar a Nancy por la senda hasta su casa —dijo—. Dice que Jesús ha vuelto.
      —¿Lo ha visto ella? —dijo mamá.
      —No. Alguna negra le mandó aviso de que había vuelto al pueblo. No tardaré.
      —¿Y me dejas a mí sola para llevar a Nancy a su casa? —dijo mi madre—. ¿Es que te resulta más importante su seguridad que la mía?
      —No tardaré —dijo papá.
      —¿Y dejas a estos niños sin protección, con ese negro rondando por ahí fuera?
      —Yo también voy —dijo Caddy—. Déjame que te acompañe, papá.
      —¿Y qué iba a hacer ese desgraciado si tuviese la desgracia de encontrárselos? —dijo papá.
      —Yo también quiero ir —dijo Jason.
      —¡Jason! —dijo mi madre, pero se lo dijo a mi padre. Eso se le notaba por la manera que tenía de decir su nombre. Como si creyera que mi padre se había pasado el día entero pensando en hacer algo que a mi madre no le gustaba nada y como si en todo momento hubiera sabido que al final seguro que se le iba a ocurrir algo. Yo me quedé callado, porque mi padre y yo bien sabíamos los dos que mi madre se iba a empeñar en que me quedase con ella, sólo era cosa de que se le ocurriese a tiempo. Así que mi padre no me miró. Yo era el mayor. Tenía nueve años, y Caddy siete, y Jason cinco.
      —Pamplinas —dijo papá—. No tardaremos nada en volver.
      Nancy ya se había puesto el sombrero. Llegamos al arranque de la senda.
      —Jesú siempre ha sío bueno conmigo —dijo Nancy—. Si tenía do dólare, uno era pa mí —echamos a andar por la senda—. Si llego al otro lao de la senda —dijo Nancy—, seguro que to va bien.
      La senda siempre estaba a oscuras.
      —Aquí es donde a Jason le entró el canguelo en la noche de Halloween —dijo Caddy.
      —Eso no es verdad —dijo Jason.
      —¿Y la tía Rachel no puede hacer nada con él? —dijo papá.
      La tía Rachel era vieja. Vivía sola en la cabaña que estaba detrás de la de Nancy. Tenía el pelo blanco y fumaba en pipa durante todo el día; ya no trabajaba más. Decían que era la madre de Jesús. Unas veces ella decía que lo era, pero otras veces decía que no tenía nada que ver con Jesús.
      —Sí, te entró el canguelo —dijo Caddy—. Te dio aún más miedo que a Frony. Te dio aún más miedo que a T. P. Te entró más canguelo del que les entra a los negros.
      —Nadie pué hacé ná con él —dijo Nancy—. Dice que yo le despertao al demonio que lleva dentro y que no hay más cuna cosa que lo pueda adormilá otra vez.
      —En fin, ahora ya no está —dijo papá—. Ya no tienes nada que temer. Y si ahora dejaras en paz a los hombres blancos, pues…
      —¿Dejar en paz a qué blancos? —dijo Caddy—. ¿Y cómo? ¿Cómo se les deja en paz?
      —No sa marchao a ninguna parte —dijo Nancy—. Yo lo siento. Lo estoy sintiendo ahora mismito, en la senda. Anda por ahí. Nos oye hablá, oye to lo que digamos, anda escondío, a la espera. Yo no lo visto y no lo vía ve más cuna vé con ese tajo que tién la boca. Con la navaja que lleva colgá un cordel a la espalda, por dentro la camisa. Y entonces sí que no me va sorprendé.
      —Si te hubieras portado como es debido, todo esto no habría pasado —dijo papá—. Pero ahora todo está en orden. Lo más probable es que esté en St. Louis. Seguramente ya tendrá otra mujer y se habrá olvidado de ti.
      —A la que sea verdá, más vale que no me entere yo —dijo Nancy—. Porque me planto delante de ellos y cada vez que la acuchare le corto ese pedazo de brazo que tiene. Le rebano el pescuezo y a ella le rajo la panza y le meto…
      —Calla, calla —dijo papá.
      —¿A quién le rajas la panza, Nancy? —dijo Caddy.
      —A mí no me dio miedo —dijo Jason—. Soy capaz de ir por esa senda yo solito.
      —Ya te digo —dijo Caddy—. Tú no te atreverías a poner el pie ahí si no fuésemos contigo.

II

      Dilsey aún estaba enferma, así que todas las noches acompañábamos a Nancy a su casa. Hasta que mamá dijo:
      —¿Hasta cuándo va a seguir esto así? ¿Yo me tengo que quedar sola en esta casa tan grande mientras tú llevas a la suya a una negra muerta de miedo?
      Preparamos un jergón en la cocina para que durmiese Nancy. Una noche nos despertamos al oír el ruido. No era como una canción, no era como el llanto, llegaba por la escalera a oscuras. Había una luz encendida en la habitación de mi madre y oímos a mi padre bajar por la escalera de atrás, y Caddy y yo bajamos al vestíbulo. El suelo estaba frío. Se nos curvaban los dedos de los pies para alejarse del suelo mientras seguíamos oyendo aquel ruido. Era como si cantase y como si no cantase, como esos ruidos que hacen los negros. Cesó y oímos a papá bajar por la escalera de atrás, así que nos acercamos al arranque de la escalera. Volvió a empezar el ruido, en la escalera, no muy alto, y vimos los ojos de Nancy a mitad de la escalera, pegados a la pared. Eran como los ojos de los gatos, como si fuese una gata grande con el lomo arqueado, pegada a la pared, mirándonos. Cuando bajamos las escaleras hasta donde estaba ella dejó de hacer el ruido, y allí nos quedamos hasta que papá volvió de la cocina con la pistola en la mano. Bajó con Nancy y al poco subieron con el jergón de Nancy.
      Extendimos el jergón en nuestro cuarto. Cuando se apagó la luz en la habitación de mamá vimos de nuevo los ojos de Nancy.
      —Nancy —susurró Caddy—, ¿estás dormida, Nancy?
      Nancy dijo algo en voz muy queda. No sé si fue oh o si fue no, no lo sé. Como si nadie hubiese dicho nada, como si hubiese llegado de ninguna parte y a ninguna parte fuese, hasta que empezó a ser como si Nancy no estuviese allí en absoluto, igual que si la hubiese mirado yo a los ojos con tanta intensidad cuando estábamos en las escaleras que los suyos hubieran quedado impresos en los míos, como pasa con el sol cuando cierras los ojos y no hay sol y parece que se ha puesto y aún lo ves.
      —Jesú —susurró Nancy—. Jesú.
      —¿Fue Jesús? —dijo Caddy—. ¿Intentó entrar en la cocina?
      —Jesú —dijo Nancy. Pero lo dijo así: dijo más bien Jeeeeeeeeesús, hasta que se apagó el sonido como se apaga una cerilla o una vela.
      —Quiere decir el otro Jesús —dije.
      —¿Nos ves, Nancy? —susurró Caddy—. ¿Tú también nos ves los ojos?
      —Yo no soy ná má cuna pobre negra —dijo Nancy—. Bien lo sabe Dios. Bien lo sabe Dios.
      —¿Qué fue lo que viste abajo en la cocina? —susurró Caddy—. ¿Qué fue lo que intentó entrar?
      —Bien lo sabe Dios —dijo Nancy. Le veíamos los ojos—. Bien lo sabe Dios.
      Dilsey por fin se recuperó. Vino a cocinar para nosotros.
      —Más te valdría guardar cama un día o dos más —dijo papá.
      —¿Y eso pa qué? —dijo Dilsey—. De haberme retrasao un día más, esta casa sería un desastre. Ande, salga de aquí y déjeme poner orden en mi cocina, hombre.
      Dilsey también preparó la cena. Y esa noche, antes de que anocheciera, Nancy apareció en la cocina.
      —¿Y tú cómo sabes ca vuelto? —dijo Dilsey—. Si es que las visto.
      —Jesús es negro —dijo Jason.
      —Es que yo lo siento —dijo Nancy—. Lo siento allí agazapado en la zanja.
      —¿Esta noche? —dijo Dilsey—. ¿Está por aquí esta noche?
      —Dilsey también es negra —dijo Jason.
      —Prueba a comer algo —dijo Dilsey.
      —No tengo gana —dijo Nancy.
      —Yo no soy negro —dijo Jason.
      —Toma un poco de café —dijo Dilsey. Le sirvió una taza de café a Nancy—. ¿Sabes si esta noche anda por ahí? ¿Cómo sabes que es esta noche?
      —Porque yo lo sé —dijo Nancy—. Por ahí anda, está a la espera. Yo lo sé. Bastante he vivío con él. Sé lo que se trae entre mano ante que lo sepa él.
      —Toma un poco de café, anda —dijo Dilsey. Nancy se llevó la taza a la boca y sopló. Se le frunció para fuera la boca como la de una culebra de río al hincharse, como si la tuviera de goma, como si soplando se le borrase el color de los labios al soplar en el café.
      —Yo no soy negro —dijo Jason—. ¿Tú eres negra?
      —Yo soy nacida en el infierno, chico —dijo Nancy—. Y de aquí a ná no seré má ná. De aquí a ná me vuelvo al sitio del que vine.

III

      Se puso a tomarse el café. Mientras se lo tomaba, sujetando la taza con ambas manos, volvió a hacer el mismo ruido de antes. Hizo el ruido con la boca en la taza y se salpicó las manos y el vestido con el café. Nos miraban sus ojos estando ella ahí sentada, con los codos en las rodillas, sujetando la taza con ambas manos, mirándonos por encima de la taza que se le había mojado, haciendo el mismo ruido de antes.
      —Mirad a Nancy —dijo Jason—. Nancy ya no puede cocinar para nosotros. Dilsey ya se ha puesto buena.
      —Tú cállate la boca —dijo Dilsey. Nancy sujetaba la taza con ambas manos y hacía el ruido de antes como si en realidad fuesen dos: una la que nos miraba y otra la que hacía el ruido.
      —¿Y por qué no dices al señó Jason que llame al sheriff? —dijo Dilsey. Nancy se quedó parada con la taza entre las manos largas y morenas. Quiso beber otro sorbo de café, pero se le derramó por las manos y en el vestido y dejó la taza en la mesa. Jason la estaba mirando.
      —No pueo tragá —dijo Nancy—. Yo trago, pero no mentra.
      —Vete a la cabaña —dijo Dilsey—. Frony te preparará un jergón y yo no tardo ná en llegar.
      —No hay negro que le pare lo pie —dijo Nancy.
      —Yo no soy negro —dijo Jason—. ¿O sí lo soy, Dilsey?
      —Me paice a mí que no —dijo Dilsey. Miró a Nancy—. Me paice que no. ¿Y entonces qué vas a hacer?
      Nancy nos miró. Movía los ojos muy deprisa, como si le diese miedo quedarse sin tiempo para mirar, sin que se le moviera un pelo de la ropa. Nos miraba, nos miraba a los tres a la vez.
      —¿Sos acordái de la noche que pasé en vuestro cuarto? —dijo. Y nos contó que nos despertamos temprano a la mañana siguiente y nos pusimos a jugar. Tuvimos que jugar sin hacer ruido, en su jergón, hasta que mi padre se despertara y fuese la hora de desayunar—. Id a pedí a la mamá que me deje quedarme esta noche —dijo Nancy—. No necesito jergón. Así podremos jugar otro poco.
      Caddy se lo preguntó a mamá. Jason fue con ella.
      —No puedo consentir que los negros duerman en las habitaciones —dijo mamá.
      Jason se echó a llorar. Lloró hasta que mamá le dijo que se quedaba tres días sin postre si no paraba de llorar ya mismo. Y Jason dijo que dejaba de llorar si Dilsey hacía una tarta de chocolate. Llegó mi padre.
      —¿Por qué no haces algo para remediar todo esto? —dijo mamá—. ¿Para qué tenemos a la policía?
      —¿Por qué tiene Nancy tanto miedo de Jesús? —dijo Caddy—. ¿Tú tienes miedo de papá, mamá?
      —¿Y qué quieres que haga la policía? —dijo papá—. Si Nancy no lo ha visto, ¿cómo lo van a encontrar?
      —Entonces, ¿por qué tiene miedo? —dijo mamá.
      —Dice que ronda por ahí. Dice que sabe que esta noche anda rondando por ahí.
      —Pero para algo pagamos impuestos, ¿no? —dijo mamá—. ¿Tengo yo que quedarme sola en esta casa tan grande mientras tú llevas a una negra a la suya?
      —De sobra sabes que yo no ando de ronda por ahí con una navaja en la mano —dijo papá.
      —Me callo y no lloro más si Dilsey hace tarta de chocolate —dijo Jason. Mi madre nos dijo que saliésemos y mi padre dijo que no sabía si Jason tendría o no una tarta de chocolate, pero que sí sabía lo que se iba a llevar Jason en menos de un minuto. Volvimos a la cocina y se lo contamos a Nancy.
      —Papá dice que te vayas a tu casa y que cierres la puerta y que no pasará nada —dijo Caddy—. ¿Que no pasará nada de qué, Nancy? ¿Jesús está enfadado contigo? —Nancy sostenía otra vez la taza de café con las dos manos, los codos sobre las rodillas y las dos manos alrededor de la taza. Miraba la taza—. ¿Y tú qué has hecho para que Jesús se enfade? —dijo Caddy. Nancy soltó la taza. No se llegó a romper contra el suelo, pero sí se derramó todo el café, y Nancy se quedó sentada con las manos como si aún sostuvieran la taza. Comenzó a hacer el mismo ruido, aunque no muy fuerte. No era que cantase ni que no cantase. La miramos.
      —Ea —dijo Dilsey—. Ya basta con esa murga. Domínate, mujé. Tú espera aquí. Voy a buscá Versh pa que tacompañe a casa.
      Dilsey se marchó.
      Miramos a Nancy. Le temblaban los hombros, pero ya no hacía ese ruido. La miramos.
      —¿Y qué te va a hacer Jesús? —dijo Caddy—. Si ya se fue…
      Nancy nos miró.
      —Pues bien que nos lo pasamo la noche que me quedé en vuestro cuarto, ¿no?
      —Yo no —dijo Jason—. Yo no me lo pasé nada bien.
      —Pero si tú te fuiste a dormir al cuarto de mamá —dijo Caddy—. Si tú no estabas…
      —Vayamo a mi casa, que lo pasaremo bien —dijo Nancy.
      —Mamá no nos dejará —dije—. Ya es demasiado tarde.
      —No la vayái a molestá —dijo Nancy—. Ya se lo diremos por la mañana. Seguro que no le importa.
      —No nos dejaría —dije.
      —Pues no se lo pidái ahora —dijo Nancy—. No la vayái a molestá.
      —No ha dicho que podamos ir —dijo Caddy.
      —No se lo hemos preguntado —dije.
      —Como vayáis, se lo digo —dijo Jason.
      —Nos lo pasaremo bien —dijo Nancy—. Seguro que no le importa, sólo es ir a mi casa. Hace mucho que trabajo pa vosotro. No le importará.
      —A mí no me da miedo ir —dijo Caddy—. Es Jason el que tiene miedo. Se va a chivar.
      —Yo no tengo miedo —dijo Jason.
      —Sí, estás cagao —dijo Caddy—. Te vas a chivar.
      —No me chivaré —dijo Jason—. Yo no tengo miedo.
      —A Jason no le da miedo ir conmigo —dijo Nancy—. ¿Verdá que no, Jason?
      —Jason se va a chivar —dijo Caddy.
      La senda estaba a oscuras. Pasamos por la cancela del prado.
      —Me apuesto lo que quieras a que si algo saltara detrás de la cancela, Jason se pondría a gritar.
      —Que no —dijo Jason. Echamos a andar por la senda. Nancy hablaba muy alto.
      —¿Por qué hablas tan alto, Nancy? —dijo Caddy.
      —¿Quién, yo? —dijo Nancy—. Mire usté, Quentin y Caddy y Jason diciendo cablo alto.
      —Hablas como si fuésemos cinco —dijo Caddy—. Hablas como si papá también estuviese aquí.
      —¿Cómo? ¿Me está diciendo cablo demasiado alto, señó Jason? —dijo Nancy.
      —Nancy ha llamado «señor» a Jason —dijo Caddy.
      —Mire usté cómo hablan Caddy y Quentin y Jason —dijo Nancy.
      —No estamos hablando alto —dijo Caddy—. Eres tú la que habla como si papá…
      —Calla, calla —dijo Nancy—. Calle usté también, señó Jason.
      —Nancy ha vuelto a llamar «señor» a Ja…
      —Calla de una vez —dijo Nancy. Hablaba muy alto cuando cruzamos la zanja y se agachó para salvar la cerca, la misma que salvaba cuando iba con el fardo de ropa en la cabeza. Llegamos a su casa. Íbamos deprisa. Abrió la puerta. El olor de la casa era como la lámpara y el olor de Nancy como la mecha, como si estuvieran esperándose una a la otra para despedir su olor. Prendió la lámpara y cerró la puerta y la atrancó. Entonces dejó de hablar tan alto y nos miró.
      —¿Qué vamos a hacer? —dijo Caddy.
      —¿Y qué queréi hacé? —dijo Nancy.
      —Tú dijiste que lo pasaríamos bien —dijo Caddy.
      Algo había en la casa de Nancy; algo que se podía oler además de Nancy y de la casa. Hasta Jason notó ese olor.
      —Yo no me quiero quedar aquí —dijo—. Me quiero marchar a casa.
      —Pues entonces lárgate a casita —dijo Caddy.
      —Es que no quiero ir solo —dijo Jason.
      —Vamo a pasarlo bien —dijo Nancy.
      —¿Cómo? —dijo Caddy.
      Nancy estaba junto a la puerta. Nos miraba, sólo que era como si se le hubieran vaciado los ojos, como si ya no le sirvieran de nada.
      —¿Qué queréi que hagamo? —dijo.
      —Cuéntanos un cuento —dijo Caddy—. ¿Nos puedes contar un cuento?
      —Pues claro —dijo Nancy.
      —Anda, cuéntanoslo —dijo Caddy. Miramos a Nancy—. Tú no te sabes ningún cuento.
      —Sí —dijo Nancy—. Sí, claro que sé.
      Se acercó a sentarse en una silla junto al hogar. Había un poco de fuego. Nancy echó leña y lo atizó, aunque ya hacía calor allí dentro. Armó una buena fogata. Nos contó un cuento. Hablaba igual que cuando nos miraba con sus ojos y la voz con que nos hablaba no le perteneciese a ella. Como si viviera en otra parte, como si esperase algo en otra parte. Estaba fuera de la cabaña. Su voz estaba dentro y también su forma, la de la Nancy que sabía salvar una cerca de alambre de espino con un fardo de ropa en equilibrio sobre la cabeza como si no le pesara nada, como si fuera un globo. Pero eso era todo.
      —Y así que esta reina llega caminando a la zanja, en donde estaba escondido el malvado. Iba caminando hacia la zanja y se dice: «Si logro salvar aquella zanja de allá…». Eso se iba diciendo.
      —¿Qué zanja? —dijo Caddy—. ¿Una zanja como la de ahí fuera? ¿Y por qué iba a querer una reina meterse en una zanja?
      —Pues pa llegá su casa —dijo Nancy. Nos miró—. Tenía que cruzá la zanja para llegar a su casa y atrancar la puerta.
      —¿Y por qué quería llegar a casa y atrancar la puerta? —dijo Caddy.


IV

       Nancy nos miró. Dejó de hablar y nos miró. Jason, sentado en el regazo de Nancy, estiraba las piernas y le sobresalía un buen trozo por la pernera del pantalón.
      —A mí no me parece un buen cuento —dijo—. Me quiero marchar a casa.
      —Puede que sea lo mejor —dijo Caddy. Se levantó del suelo—. Me apuesto lo que quieras a que nos están buscando —se fue derecha a la puerta.
      —No —dijo Nancy—. No la abras —se levantó deprisa y pasó antes que Caddy. No llegó a tocar la puerta, ni la tranca.
      —¿Por qué no? —dijo Caddy.
      —Volved a la luz de la lámpara —dijo Nancy—. Lo pasaremos bien. Es mejor que no sos vayáis.
      —Que sí, que ya nos tenemos que marchar —dijo Caddy—. A menos que nos lo pasemos muy, muy bien, de maravilla —volvió con Nancy a la luz de la lámpara.
      —Yo me quiero ir a casa —dijo Jason—. Me voy a chivar.
      —Me sé otro cuento —dijo Nancy. Estaba muy cerca de la lámpara. Miraba a Caddy como cuando uno mira un palito que sostiene en la nariz. Tuvo que bajar los ojos para ver a Caddy, pero sus ojos estaban así, como si sostuviese un palito en la nariz.
      —No lo quiero oír —dijo Jason—. Voy a armar una pataleta.
      —Es que es de los buenos —dijo Nancy—. Es mucho mejó que el otro.
      —¿De qué va? —dijo Caddy. Nancy estaba junto a la lámpara. Tenía la mano en la lámpara, ante la luz, una mano larga y morena—. Tienes la mano en ese globo caliente —dijo Caddy—. ¿No te da calor en la mano?
      Nancy se miró la mano, que había puesto en la chimenea de la lámpara. La retiró muy despacio. Siguió en donde estaba, mirando a Caddy, sacudiendo la mano larga como si la tuviera sujeta a la cintura por un cordel.
      —Hagamos otra cosa —dijo Caddy.
      —Yo me quiero ir a casa —dijo Jason.
      —Tengo maíz pa palomita —dijo Nancy. Miró a Caddy y luego a Jason y luego a mí y luego a Caddy otra vez—. Tengo maíz pa palomita.
      —No me gustan las palomitas —dijo Jason—. Yo prefiero un caramelo.
      Nancy miró a Jason.
      —Te dejo sujetar la sartén.
      Seguía sacudiendo la mano, una mano larga, floja, morena.
      —Vale —dijo Jason—. Si puedo hacer eso, me quedo un rato. Pero que no la sujete Caddy. Si Caddy sujeta la sartén yo me quiero ir a casa.
      Nancy atizó el fuego.
      —Mirad a Nancy; está metiendo las manos en el fuego —dijo Caddy—. ¿Qué te está pasando, Nancy?
      —Tengo maíz pa palomita —dijo Nancy—. Tengo maíz pa una cuanta palomita.
      Sacó la sartén de debajo de la cama. Estaba rota por el mango. Jason se echó a llorar.
      —Pues ahora nos quedamos sin palomitas —dijo.
      —De todos modos, tenemos que irnos a casa —dijo Caddy—. Vámonos, Quentin.
      —Esperá —dijo Nancy—, esperá. La sé arreglá. ¿No queréi ayudarme arreglarla?
      —Yo creo que no quiero palomitas —dijo Caddy—. Ya se ha hecho demasiado tarde.
      —Ayúdame tú, Jason —dijo Nancy—. ¿No me quiere echá una mano?
      —No —dijo Jason—. Yo me quiero ir a casa.
      —Calla —dijo Nancy—; anda, calla. Mira. Mírame. Yo la sé arreglá pa que Jason la sujete y sagan la palomita —sacó un trozo de alambre y arregló la sartén.
      —No se sujetará bien —dijo Caddy.
      —Que sí, ya lo verá —dijo Nancy—. Tú mira y verá. Y mayuda desmenuzal maíz.
      El maíz también estaba debajo de la cama. Desmenuzamos unas mazorcas en la sartén y Nancy ayudó a Jason a sujetarla sobre el fuego.
      —No explota —dijo Jason—. Me quiero ir a casa.
      —Esperá —dijo Nancy—. Ya explotará. Ya veréi cómo lo pasamo bien —estaba sentada junto al fuego. La lámpara estaba puesta tan fuerte que empezó a humear.
      —¿Por qué no la bajas un poco? —dije.
      —Ya va bien como va —dijo Nancy—. Luego lo limpio. Esperá. La palomita sarán dentro de ná.
      —Yo no me lo creo. No se van a hacer —dijo Caddy—. De todos modos, nos tenemos que ir a casa. Estarán preocupados.
      —No, qué va —dijo Nancy—. Sí que se van a hacé. Ya le dirá Dilsey que estái conmigo. Hace mucho que trabajo pa vosotro. No le va a importar que estéi en mi casa. Esperá, ya veréi cómo se empiezan a hacé en cualquier momento ella sola.
      A Jason se le metió el humo en los ojos y empezó a lloriquear. Dejó caer la sartén al fuego. Nancy trajo un trapo húmedo y le limpió la cara a Jason, pero no dejó de lloriquear.
      —Calla, calla —le dijo—. Calla, hombrecito —pero él no dejó de lloriquear. Caddy tomó la sartén del fuego.
      —Se ha quemado —dijo—. Vas a tener que ir a buscar más maíz para hacer palomitas, Nancy.
      —¿Lo hemos echado todo? —dijo Nancy.
      —Sí —dijo Caddy. Nancy miró a Caddy. Tomó la sartén y abrió la tapa y se echó el maíz requemado en el delantal, y empezó a separar los granos de maíz, con las manos largas y morenas, y la miramos—. ¿Es que no tienes más? —dijo Caddy.
      —Sí —dijo Nancy—, claro que sí. Mira. Estos no san quemao. Sólo nace falta…
      —Yo me quiero ir a casa —dijo Jason—. Me voy a chivar.
      —Calla, anda —dijo Caddy. Nos quedamos todos a la escucha. Nancy había vuelto la cabeza hacia la puerta atrancada, los ojos enrojecidos por la luz de la lámpara—. Viene alguien —dijo Caddy.
      Nancy empezó entonces a hacer el mismo ruido, no muy alto, sentada junto al fuego, con las manos largas colgándole entre las rodillas; de repente empezó a salirle agua de la cara en gruesos goterones, que le corrían por la cara, llevando cada uno una bolita de lumbre que rodaba como una centella hasta caerle de la barbilla.
      —No está llorando —dije.
      —No estoy llorando —dijo Nancy. Tenía los ojos cerrados—. No estoy llorando. ¿Quién es?
      —No lo sé —dijo Caddy. Salió hasta la puerta y se asomó a mirar—. Ahora nos tenemos que marchar —dijo—. Por ahí viene papá.
      —Me voy a chivar —dijo Jason—. Me obligasteis a venir.
      El agua seguía corriendo por la cara de Nancy. Se dio la vuelta en la silla.
      —Escuchar. Decírselo. Decirle que lo pasaremo bien. Decirle que yo cuido bien de vosotro hasta mañana por la mañana. Decirle si no que me deje ir a la casa con vosotro y dormí en el suelo. Que no necesito jergón. Lo pasaremo bien. ¿Sos acordáis que la última vez lo pasamo muy bien?
      —Yo no me lo he pasado bien —dijo Jason—. Me has hecho daño. Me has metido el humo en los ojos. Me voy a chivar.

V

       Entró papá y nos miró. Nancy no se puso en pie.
      —Anda, decírselo —dijo.
      —Caddy nos obligó a venir —dijo Jason—. Yo no quería.
      Papá se acercó al fuego. Nancy levantó los ojos para mirarlo.
      —¿Y no te puedes ir a casa de la tía Rachel y quedarte con ella? —le dijo. Nancy miró a papá con respeto, las manos apretadas entre las rodillas—. Aquí no está —dijo papá—. Si estuviera, yo lo habría visto. Aquí no hay un alma.
      —Están la zanja —dijo Nancy—. Está a la espera, en la zanja de allá.
      —Pamplinas —dijo papá. Miró a Nancy—. ¿Cómo sabes de aquí?
      —Porque he recibido la señal —dijo Nancy.
      —¿Qué señal?
      —Yo ya la recibío. Estaba encima la mesa cuando llegué. Un hueso del cerdo, con carne y sangre aún pegá, junto a la lámpara. Por ahí anda. Cuando se vayan ustés por esa puerta, pa mí sacabó.
      —¿Que se acabó qué, Nancy? —dijo Caddy.
      —Yo no soy un chivato —dijo Jason.
      —Pamplinas —dijo papá.
      —Por ahí anda de ronda —dijo Nancy—. Ahora mismito mirando está por la ventana, a la espera de que se vayan ustés. Luego, pa mí sacabó.
      —Pamplinas —dijo papá—. Tú cierra tu cabaña y yo te llevo a donde la tía Rachel.
      —Eso no vale de ná —dijo Nancy. No miró a mi padre, pero él sí la miró y miró sus manos largas, flojas, morenas, en movimiento—. No vale de ná dejarlo pa luego.
      —Y entonces… ¿qué quieres hacer? —dijo papá.
      —No sé —dijo Nancy—. Yo no puedo hacé ná. A lo má, dejarlo pa luego. Y eso no vale de ná. Digo yo que será lo que me toca. Digo yo que la que me espera no es de nadie má que mía.
      —¿Qué es la que te espera? —dijo Caddy—. ¿Qué es lo que es tuyo?
      —Nada —dijo papá—. Ahora os vais todos a la cama.
      —A mí Caddy me ha obligado a venir —dijo Jason.
      —Ve a casa de la tía Rachel —dijo papá.
      —Eso no vale de ná —dijo Nancy. Se sentó ante el fuego con los codos en las rodillas, las manos largas entre las rodillas—. Ni su cocina de la casa usté vale de ná. Cuando dormía yo nel suelo del cuarto de su hijo y va a resultá ca la mañana siguiente aquí estoy, y la sangre por to…
      —Anda, calla, calla —dijo papá—. Cierra bien la puerta y apaga la luz y vete a dormir.
      —Me da miedo la oscuridá —dijo Nancy—. Me da miedo lo que pase en la oscuridá.
      —No me dirás que te piensas pasar aquí la noche con la lámpara encendida —dijo papá. Y Nancy empezó otra vez a hacer el mismo ruido, sentada delante del fuego, con las manos largas entre las rodillas—. Ah, maldita sea —dijo papá—. Vámonos, niños. Ya pasa de la hora de irse a la cama.
      —Cuando se vayan a casa, pa mí sacabó —dijo Nancy. Lo dijo en voz más baja, con la cara más sosegada, igual que las manos—. Me va da igual, porque ya tengo yo ahorrao el dinero del entierro, se lo he pagao al señó Lovelady.
      El señor Lovelady era un hombre bajito y sucio que recolectaba los pagos de los seguros de los negros, acercándose a las cabañas o a las cocinas todos los sábados por la mañana para cobrarles quince centavos. Vivía con su mujer en el hotel. Una mañana, su mujer se suicidó. Tenían una hija pequeña. Él se fue con la niña. Al cabo de una semana o dos volvió solo. Los sábados por la mañana lo veíamos recorrer las callejuelas y los caminos.
      —Pamplinas —dijo papá—. Mañana por la mañana serás lo primero que yo vea en la cocina.
      —Usté verá lo que tenga que ve, digo yo —dijo Nancy—. Pero haría falta preguntal Señó para sabé qué ha de sé.

VI

      La dejamos sentada junto al fuego.
      —No dejes de atrancar la puerta —le dijo papá. Pero ella no se movió. No volvió a mirarnos, sentada en silencio entre la lámpara y el fogón. Desde un buen trecho, caminando por la senda, aún nos volvimos a mirar y vimos la puerta abierta.
      —¿Qué pasa, papá? —dijo Caddy—. ¿Qué va a pasar?
      —Nada —dijo papá. Jason iba subido a hombros de papá, así que era el más alto de todos. Bajamos por el terraplén de la zanja. La miré en silencio. No alcancé a ver gran cosa allí donde la luz de la luna y las sombras se enmarañaban.
      —Si Jesús anda por ahí escondido, seguro que nos podrá ver, ¿verdad? —dijo Caddy.
      —No está por ahí —dijo papá—. Hace mucho tiempo que se marchó.
      —Tú me obligaste a venir —dijo Jason, y lo dijo en voz alta; recortados en el cielo era como si papá tuviera dos cabezas, una pequeña y una grande—. Yo no quería.
      Salimos de la zanja por el otro lado. Aún veíamos la casa de Nancy y la puerta abierta, pero ya no veíamos a Nancy sentada ante el fuego con la puerta abierta, porque estaba cansada.
      —Me cansao —dijo—. Yo no soy ná má cuna pobre negra. Pero eso culpa mía no es.
      Pero sí la oíamos, porque nada más cruzamos la zanja volvió a lo suyo, el ruido que no era ni canción ni no canción.
      —Y ahora… ¿quién nos hará la colada, papá? —dije.
      —Yo no soy negro —dijo Jason, y lo dijo bien alto, por encima de la cabeza de papá.
      —No, tú eres peor —dijo Caddy—, tú eres un chivato. Como algo te salte encima, te entra más canguelo que a un negro.
      —Te digo que no —dijo Jason.
      —Te echarías a llorar —dijo Caddy.
      —Caddy… —dijo papá.
      —¡Que no! —dijo Jason.
      —Miedica, miedica… —dijo Caddy.
      —¡Candace, ya basta! —dijo papá.

Notas de la traducción:
[1] El título está tomado del primer verso de «St. Louis Blues», de W. C. Handy:
Odio que se ponga ese sol del atardecer
[...] porque mi amor de la ciudad se fue.
Si mañana me siento igual que hoy
[...] hago la maleta y allá que me voy.
Las mujeres de St. Louis con sus anillos de diamante
tiran del hombre con los cordones del delantal.
De no ser por el maquillaje y la peluquería
el hombre al que amo no se hubiera ido.
Tengo el blues de St. Louis, la pena más grande.
Él tiene el corazón como una piedra tirada al mar.
Si no, no se habría ido tan lejos de mí.



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