William Faulkner
(1897-1962)


Falla
“Crevasse”
Originalmente publicado en These 13, 1931
Cuentos reunidos (1950)


       El grupo sigue su avance sorteando el límite que alcanza el fuego graneado de la artillería enemiga, bajando por cráteres viejos y nuevos hasta salir por el otro lado a gatas. Dos de los hombres a medias arrastran y a medias sostienen entre sí a un tercero, mientras otros dos portan los tres fusiles. El tercero lleva la cabeza cubierta por vendas ensangrentadas; trastabilla al caminar sin propósito, se le balancea la cabeza, el sudor le cae a chorros, lentamente, por la costra de barro que le cubre la cara.
       El fuego de artillería se extiende sin cesar por la llanura, distante e impenetrable. De vez en cuando se levanta una racha de viento desde ninguna parte, que avienta momentáneamente el humo pardo sobre los álamos mordidos. El grupo entra en un campo que hace un mes estaba sembrado de trigo, donde todavía hay espigas que crecen y se aferran con terquedad a la tierra revuelta, entre esquirlas de metal y bultos de tela podridos.
       Atraviesan el campo y llegan a un canal flanqueado por tocones de árboles cortados a la misma altura, a menos de dos metros. Los hombres se dejan caer y beben el agua contaminada y llenan las cantimploras. Los dos que llevan al herido lo dejan deslizarse a tierra; queda inerte en la orilla del canal, con ambos brazos en el agua y la cabeza también, de no habérsela sujetado los otros. Uno de ellos saca el casco lleno de agua, pero el herido no es capaz de tragar. Así pues, lo sostienen erguido y el otro le arrima a los labios el borde del casco, y lo vuelve a llenar y vierte el agua sobre la cabeza del herido, empapando el vendaje. Saca un trapo sucio del bolsillo y seca la cara del herido con torpe amabilidad.
       El capitán, el suboficial y el sargento, todavía en pie, examinan un mapa sucio. Al otro lado del canal el terreno se eleva gradualmente; el tajo del canal revela la formación caliza de la tierra en pálidos estratos. El capitán guarda el mapa y el sargento ordena a los hombres que se pongan en pie, pero sin gritar. Los dos que llevan al herido lo enderezan y siguen la orilla del canal, hasta llegar al cabo de un rato a un puente formado por una barcaza cuyo casco está lleno de agua, amarrada por proa y popa a ambas orillas. Pasan al otro lado. Allí se detienen de nuevo el capitán y el suboficial a consultar el mapa.
       El fuego de las ametralladoras llega con el pálido mediodía de primavera como el prolongado tableteo del granizo sobre una techumbre de metal interminable. Según siguen su avance, el terreno de piedra caliza se eleva poco a poco. El terreno es de una seca aspereza y se desmiga, con lo que la marcha es aún más ardua para los dos que portan al herido. Pero cada vez que se detienen el herido se esfuerza, se suelta a tirones, trastabilla al caminar solo, con las manos en la cabeza, y termina por caer. Los dos que llevan al herido lo alcanzan, lo sujetan, lo levantan, murmuran entre sí, le retuercen los brazos. El herido murmura «… la boina…» y libera una mano y vuelve a tirar de las vendas. La conmoción alcanza a los de delante. El capitán se detiene y se vuelve a mirarlos. Se frena el grupo entero sin que nadie lo haya ordenado; bajan los fusiles.
       —Se da tirones del vendaje, señor —dice al capitán uno de los dos que lo llevan. Permiten que el hombre se siente entre ellos; el capitán se arrodilla a su lado.
       —… la boina… la boina —murmura el hombre. El capitán le afloja el vendaje. El sargento le pasa una cantimplora y el capitán humedece el vendaje y pone la mano en la frente del herido. Los otros permanecen en pie, observan la escena con una suerte de interés sobrio y distanciado. El capitán se pone en pie. Los dos que llevan al herido lo levantan de nuevo. El capitán ordena que reanuden la marcha.
       Alcanzan la cima de la loma, una loma cuya ladera opuesta desciende por el oeste hacia una meseta levemente ondulada. Por el sur, a su parda sombra, siguen oyéndose enfurecidas las descargas de artillería; al norte y al oeste, en el fulgor de la llanura desierta, el humo asciende perezoso aquí y allá, entre las arboledas. Pero es el humo de la quema, de la madera que arde, no de la pólvora, y los dos oficiales lo escrutan cubriéndose los ojos con las manos, y los hombres de nuevo se detienen sin que medie una orden, y bajan las armas.
       —Por Dios, mi capitán —dice el suboficial de pronto con una voz muy aguda—. ¡Son casas que se queman! ¡Se baten en retirada! ¡Qué animales! ¡Qué animales!
       —Es posible —dice el capitán, y mira en derredor con los ojos apantallados por una mano—. Ahora sí podremos sortear el fuego de artillería. Tendría que haber un camino poco más allá —y echa a andar de nuevo.
       —March… —dice el sargento no demasiado alto. Los hombres de nuevo se echan las armas al hombro con la docilidad de quien no se hace preguntas.
       La loma está cubierta por una hierba áspera, resistente, como el tojo. Zumban en la hierba los insectos, se escabullen ante sus pies, caen con fuerza bajo el resplandor de mediodía. El herido vuelve a balbucear. De vez en cuando paran y le humedecen las vendas; otros dos relevan a los que lo llevan y apremian al hombre para que siga adelante y se acercan al grupo.
       Se detiene la cabeza de la fila; los hombres chocan unos con otros como los vagones de un tren de mercancías que frenase en seco. A los pies del capitán se abre una hondonada amplia, pero de escasa profundidad, en la que crece una hierba rala, exánime, como si fuesen amontonamientos de bayonetas cuyas puntas asomaran de la tierra. Es demasiado grande para que la haya hecho un obús pequeño; demasiado superficial para que la haya hecho uno grande. No presenta rastro de que la haya hecho nada semejante. La observan en silencio.
       —Qué raro —dice el suboficial—. ¿Qué le parece que puede haber causado esto?
       El capitán no responde. Se vuelve. Bordean la hondonada y la miran en silencio al pasar, pero en cuanto la han rodeado topan con otra igual, tal vez no tan grande.
       —No sabía yo que tuvieran nada con lo que hacer una cosa así —dice el suboficial. El capitán tampoco contesta. La rodean y siguen recorriendo la loma. Por la vertiente contraria, la loma cae bruscamente en sucesivos estratos de piedra caliza, pálida y erosionada.
       Un barranco de escasa profundidad corta en un tajo abierto su camino. El capitán vuelve a cambiar de rumbo en paralelo al barranco, hasta que poco después el barranco traza un ángulo recto y reanudan la misma dirección que llevaban antes. El fondo del barranco queda en sombra; el capitán encabeza el descenso por el tajo que forma repisas, adentrándose en la sombra. Bajan al herido con cuidado y siguen la marcha.
       Al cabo de un tiempo se abre el barranco. Descubren que han desembocado en otra de esas hondonadas de escasa profundidad. Ésta no se halla definida con la misma precisión, y la pared de enfrente parece horadada por lo que a todas luces debe de ser otra depresión, como si fuesen dos discos superpuestos. Atraviesan la primera hondonada, donde esas hierbas exánimes, como bayonetas, les rozan secamente las perneras, y pasan por la oquedad a la siguiente hondonada.
       Ésta es como un valle en miniatura entre riscos en miniatura. En lo alto se ve tan sólo el amodorrado y vacío cuenco del cielo, con unas tenues pinceladas del color del humo por el noroeste. El ruido de la artillería es ahora muy distante: una vibración en la tierra que más que oírse se percibe. No hay cráteres de obuses recientes, no hay marcas de ninguna clase. Es como si se hubiesen extraviado de pronto en una región, en un mundo al que no hubiera llegado la guerra, en donde no hay vida, en donde hasta el silencio está muerto. Dan agua al herido y siguen adelante.
       El valle, la hondonada, se difumina vagamente ante ellos. Ven que forma una serie de cuencas superpuestas, más o menos circulares, debidas a ningún agente comprensible o deducible a simple vista. Las pálidas bayonetas de la hierba les rozan la pernera, y al cabo de un tiempo vuelven a encontrarse entre viejas y ya curadas cicatrices de árboles, a los que se aferran unas cuantas hojas ni verdes ni muertas, como si también hubiesen caído en poder de un hiato en el tiempo y parloteasen secamente entre sí aun cuando no sople el viento. El lecho del valle no es llano. Desciende formando vagas depresiones, se eleva con vaguedad entre las paredes que lo encajonan y forman repisas sucesivas. En el centro de estas hondonadas menores sobresalen de la fina capa de tierra algunas rocas blanquecinas, bultos redondeados de piedra caliza. El terreno posee una curiosa elasticidad; es como si caminasen sobre un suelo de corcho. No hacen ruido sus pasos.
       —Bendita caminata —dice el suboficial. Aunque no ha levantado la voz, llena del todo el pequeño valle con la brusquedad de un trueno y colma el silencio; las palabras parecen suspendidas alrededor de ellos, como si allí el silencio llevara tanto tiempo sin perturbación ninguna que hubiera olvidado cuál es su finalidad. Todos a una miran callados y sobrios en derredor, las paredes que forman repisas, los tercos espectros de los árboles, el cielo blando y silencioso—. Un sitio estupendo para un pájaro que quiera emboscarse —añade el subalterno.
       —Pues sí —dice el capitán. Su voz queda en suspenso en el aire antes de desvanecerse. Los hombres que marchan al final de la hilera se acercan, su movimiento se transmite a los que van delante, miran callados y sobrios en derredor.
       —Pero aquí no hay pájaros —dice el subalterno—. Ni insectos quedan.
       —Así es —dice el capitán. Sus palabras, a su vez, se desdibujan en el aire, vuelve a caer el silencio, soleado y profundamente inmóvil. El suboficial se detiene y mueve algo con el pie. Los hombres también hacen un alto; el suboficial y el capitán, sin llegar a tocarlo, examinan un fusil semienterrado y ya herrumbroso. El herido ha vuelto a balbucear.
       —¿Qué es eso, señor? —dice el suboficial—. Parece uno de esos trastos que usaban los canadienses. Un Ross, ¿no es así?
       —Es francés —dice el capitán—. De 1914.
       —Ah —dice el suboficial. Vuelve el fusil de costado con la punta de la bota. Aún lleva la bayoneta calada en el cañón, pero la madera de la culata se ha podrido hace mucho tiempo. Siguen adelante, atraviesan el terreno desigual, entre los bultos de piedra caliza que sobresalen en el terreno. La luz, la luz apagada y amodorrada del sol de mediodía, se estanca en el valle, incorpórea, sin despedir calor. Las briznas de hierba como sables surgen rígidas, a trechos, del terreno. Vuelven a mirar las paredes de la roca que se descama, y los que van en cabeza del grupo ven entonces al suboficial detenerse e hincar el bastón en una de las rocas calizas, y le da la vuelta con la contera, poniendo a la vista las órbitas de los ojos, sucias de tierra, y la mueca sin fondo.
       —Adelante —dice el capitán con voz autoritaria. El grupo reanuda la marcha; los hombres miran en silencio y con curiosidad la calavera a la vez que siguen camino. Continúan adelante entre otros bultos blancuzcos, como canicas, encajados al azar en la superficie del terreno.
       —Todos en la misma postura. ¿Se ha dado cuenta, señor? —dice la voz del suboficial, en tono animado y conversador—. Todos bien tiesos. Qué raro, enterrar así a esos tíos. Parece que estén sentados. Y a escasa profundidad.
       —Pues sí —dice el capitán. El herido balbucea ahora sin cesar. Los dos que lo llevan se detienen con él, pero el resto, adelantándolos, se apiña tras los oficiales.
       —No nos paremos a darle agua —dice uno de los que lo llevan—. Ya beberá andando.
       Toman de nuevo al herido por las axilas y aprietan el paso con él, mientras uno trata de acercar el cuello de una cantimplora a la boca del herido, haciéndola entrechocar contra sus dientes y derramando el agua por su pechera. El capitán se vuelve a mirarlos.
       —¿Qué sucede? —pregunta bruscamente. Los hombres se apiñan. Tienen los ojos muy abiertos, la mirada sobria; el capitán mira los rostros callados, atentos—. ¿Qué es lo que está pasando ahí, sargento?
       —Son los nervios —dice el suboficial. Mira las paredes erosionadas, los bultos blancuzcos que asoman callados de la tierra—. Se palpa la tensión —dice, y la risa le traiciona, enflaquece, cesa—. Salgamos de aquí —dice—. Volvamos a donde da el sol.
       —Aquí da el sol —dice el capitán—. Tranquilizaos, muchachos. No os juntéis tanto. Pronto saldremos de aquí. Encontraremos el camino, pasaremos de la zona que barre el fuego enemigo, haremos contacto con las tropas —se da la vuelta y echa andar, y el grupo se pone en marcha de nuevo.
       Entonces se detienen todos a una en la actitud de seguir caminando, en completo suspenso, y se miran unos a otros. De nuevo se mueve la tierra bajo sus pies. Un hombre da un chillido agudo, como una mujer o un caballo; al hundirse la tierra firme por tercera vez bajo sus pies, los oficiales se dan la vuelta en redondo y ven más allá del hombre que se hunde un agujero abierto, cuyos bordes siguen siendo de polvo seco, antes que el orificio se desmigue de nuevo bajo los pies de otro hombre. Una grieta como el tajo de una espada se abre entonces por debajo de todos ellos; la tierra se quiebra bajo sus pies y se ladea como cuadrados mal cortados de un pastel pálido y terroso, enmarcando un bostezo negro del cual, como en una explosión silenciosa, emana en un estallido el olor inconfundible de la carne podrida. Mientras se afanan y saltan (ahora en silencio; no se ha oído nada desde que gritó el primero) de un terrón a otro, los trozos de tierra suelta se ladean y se deslizan hasta que todo el lecho del valle se precipita lentamente bajo sus pies y los sumerge en la negrura. Un grave rumor se propaga en la luz del sol con una estampida de putrefacción y de fino polvo que queda en suspenso y a la deriva en el aire tenue, sobre el orificio negro.
       El propio capitán siente como si se precipitase por una pared cortada a pico, desplazándose, de tierra removida, de sonidos de terror, de lucha en la negrura de tinta. Otro ha dado un alarido. Cesa el grito; oye la voz del herido que llega inaudible casi, reiterativa, en las entrañas de la putrefacción y las paredes hundidas.
       —¡Que no estoy muerto! ¡Que no estoy muerto! —y calla con la misma brusquedad, como si una mano le hubiera tapado la boca.
       La pared móvil por la que el capitán se ha precipitado amortigua la caída moderando gradualmente la vertical hasta dejarlo, ileso, sobre un terreno más duro, en donde yace unos momentos de espaldas, mientras por encima de su rostro corre veloz el estallido hacia la luz, hacia el aire, de la muerte y la descomposición. Ha ido a dar contra algo que cae despacio, liviano, encima de él, con un apagado estrépito, como si se hubiera hecho pedazos.
       Empieza entonces a ver la luz, el borde irregular de la boca de la cueva por encima de su cabeza, y ve al sargento inclinado sobre él con una linterna de bolsillo.
       —¿McKie? —dice el capitán. Por toda réplica, el sargento enfoca la linterna sobre su propio rostro—. ¿Dónde está McKie?
       —Ya no está, señor —dice el sargento en un susurro, con ronquera. El capitán se incorpora.
       —¿Cuántos quedan?
       —Catorce, señor —susurra el sargento.
       —Catorce. Hemos perdido a doce. Vamos a tener que cavar deprisa —se pone en pie. La tenue luz que llega desde arriba cae fríamente sobre la avalancha amontonada, sobre los trece cascos y el vendaje blanco del herido, acurrucado al pie de la pared—. ¿Dónde estamos?
       Por toda respuesta, el sargento mueve la linterna. Roza lateralmente la oscuridad a lo largo de una pared, de un túnel, adentrándose en la negrura, las paredes con facetas en las que destella más pálida la roca caliza. A la entrada del túnel, sentados, o apoyados contra las paredes, se ven los esqueletos con el oscuro uniforme y los pantalones abolsados de los zuavos, las armas herrumbrosas a su lado; el capitán los reconoce, son las tropas senegalesas de la batalla de mayo de 1915, sorprendidas y asesinadas probablemente por el gas en las mismas actitudes que adoptaron al refugiarse en las cuevas de roca caliza. Toma la linterna que empuña el sargento.
       —Veamos si queda alguien más —dice—. Que saquen los hombres las herramientas de trinchera —alumbra el precipicio. Se eleva hacia la penumbra, hacia la oscuridad, hacia el tenue rumor de la luz diurna que llega desde arriba. Con el sargento a su espalda trepa por el inestable amontonamiento de tierra, la tierra que suspira bajo su peso y se desmorona. El herido vuelve a gemir a voz en cuello.
       —¡Que no estoy muerto! ¡Que no estoy muerto! —hasta que su voz se diluye en un alarido prolongado. Alguien le tapa la boca con la mano. La voz, amordazada, se torna una risa en tono más agudo, se torna alarido otra vez, se apaga otra vez.
       El capitán y el sargento suben todo lo que pueden subir por la rampa, sondeando la tierra que se desmorona bajo su peso en suspiros largos, amortiguados. Al pie del precipicio se acurrucan los hombres las caras vueltas hacia lo alto, pálidas, tenues, pacientes, mirando hacia la luz. El capitán barre con la linterna toda la pared. No hay nada, no se ve un solo brazo, una mano. El aire va despejándose despacio.
       —Saldremos de ésta —dice el capitán.
       —Sí, señor —afirma el sargento.
       En ambas direcciones la cueva se diluye en la oscuridad, insondable y profunda, llena de callados esqueletos, sentados y apoyados contra las paredes, cada uno con el arma al lado.
       —El derrumbe nos precipitó hacia delante —dice el capitán.
       —Sí, señor —murmura el sargento.
       —Hable más alto —dice el capitán—. Esto no es más que una cueva. Si los hombres han entrado en ella, podremos igual salir.
       —Sí, señor —murmura el sargento.
       El capitán alumbra el camino. Los hombres se ponen en pie y se agrupan en silencio tras él, el herido entre ellos. Solloza. La cueva se prolonga y despliega sus paredes con brillos en la negrura; las siluetas acuclilladas sonríen en silencio, a la luz, a medida que pasan. El aire se adensa; no tardan en continuar al trote, jadeando, y luego el aire se adelgaza y la linterna barre otra pendiente de tierra que cierra el túnel. Los hombres se detienen y se apiñan. El capitán asciende por la ladera. Apaga la linterna y gatea despacio sobre la cresta del corrimiento de tierra, en donde se une al techo de la cueva. Olisquea. Vuelve a encender la linterna.
       —Dos hombres con herramientas de trinchera —dice.
       Dos hombres suben hasta él. Les muestra la fisura por la cual se cuela el aire en lentas, continuas bocanadas. Comienzan a cavar con furia, echando la tierra hacia atrás. Al cabo les relevan otros dos; poco a poco la fisura se ha convertido en un túnel en el que ya pueden faenar cuatro hombres al tiempo. El aire es más fresco. Cavan con furia, con chillidos cortos, como los perros. El herido, tal vez al oírles, tal vez al captar la emoción, se echa a reír otra vez, sin sentido, en voz alta. Por fin el hombre que está en cabeza rompe la pared del túnel. Entra la luz de golpe como si fuese agua; cava como loco; silueteado, ven los demás sus nalgas desaparecer e irrumpir de golpe la luz del día.
       Los demás dejan al herido y suben la pendiente a trompicones, deprisa, luchando y gruñendo al acercarse a la abertura. El sargento salta tras ellos y los aparta a empujones de la abertura, blandiendo una pala de trinchera, maldiciendo con voz ronca.
       —Déjelos, sargento —dice el capitán. El sargento desiste. Se hace a un lado y mira a los hombres afanarse por el túnel. Desciende y con ayuda del capitán acompañan al herido en la subida de la pendiente. En la boca del túnel el herido se rebela.
       —¡Que no estoy muerto! ¡Que no estoy muerto! —gimotea empeñándose en no salir. Con buenas palabras y a la fuerza lo introducen en el túnel, donde vuelve a ser dócil, y gatea veloz hacia la salida.
       —Fuera, sargento —dice el capitán.
       —Usted primero, señor —murmura el sargento.
       —¡He dicho fuera, hombre! —dice el capitán.
       El sargento entra en el túnel. El capitán lo sigue. Asoma por la rampa exterior de la avalancha que había cerrado la cueva, al pie de la cual los catorce hombres se arrodillan en grupo. A cuatro patas, como un animal, el capitán respira, y su respiración emite un áspero sonido. «Pronto llegará el verano —piensa a la vez que el aire entra en sus pulmones a mayor velocidad de lo que logra vaciarlos para respirar de nuevo—. Pronto llegará el verano, los días serán largos». Al pie de la pendiente, los catorce hombres se arrodillan. El del centro tiene una Biblia en la mano, de la que lee con monótona entonación. Por encima de su voz se alza el farfullar del herido, sin sentido, sin énfasis, sostenido.



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