William Faulkner
(1897-1962)


Fue
(“Was”)
Originalmente publicado en Go Down, Moses, And Other Stories (1942)


1

      Isaac McCaslin, Tío Ike, pasados los setenta y más cerca de los ochenta de los que confesaba, viudo y tío de medio distrito y padre de nadie.
       Esto no fue algo en lo que hubiese participado o asistido él en persona, sino su primo mayor, McCaslin Edmonds, nieto de la hermana del padre de Isaac y descendiente así por línea de mujer, y a pesar de ello heredero, y a su tiempo testador, de aquello que algunos pensaron entonces y otros aún pensaban debía pertenecer a Isaac, puesto que suyo era el nombre al que el derecho de la tierra fue concedido por primera vez por la patente india y que algunos de los descendientes de los esclavos de su padre aún llevaban en la región. Pero Isaac no era uno de ésos: viudo desde hacía veinte años, que en toda su vida no poseyó sino un solo objeto que no pudiese ponerse o llevar en los bolsillos y en las manos, y ése era el catre de hierro y el sucio colchoncillo que usaba cuando dormía en los bosques para cazar gamos y osos, o para pescar o simplemente porque amaba los bosques; que no tenía ninguna propiedad rural ni nunca la había deseado, ya que la tierra no era de un hombre, sino de todos los hombres, como lo son la luz y cl aire y las estaciones; que vivía aún en la frágil casa de madera en Jefferson que el padre de su esposa le dio cuando se casaron y que su esposa le legó al morir, y que él simuló aceptar, para contentarla, para hacerle más fácil su partida, pero que no era suya, testamento o no, a pesar de la voluntad de la moribunda, y él únicamente la tenía para la hermana de su esposa y sus hijos, que vivían allí desde la muerte de su esposa, y él se consideraba feliz de alojarse en una sola habitación, como había hecho durante la vida de su esposa o ella durante su propio tiempo o la cuñada con los hijos durante el resto del suyo y después.
       Ni algo en lo que hubiese participado o que al menos recordase sino por haberlo oído, por haberlo escuchado, llegando a él por y a través de su primo McCaslin, nacido en 1850 y dieciséis años más viejo que él, y, por lo tanto, siendo su padre próximo a los setenta cuando Isaac, hijo único, nació, más hermano que primo y más padre que otra cosa, en el tiempo antiguo, en los viejos días.

2

      Cuando él y tío Buck volvieron corriendo a la casa habiendo descubierto que Turl de Tomey se había escapado otra vez, oyeron al tío Buddy maldiciendo y rugiendo en la cocina; luego el zorro y los perros salieron de la cocina y atravesaron la antesala y se metieron en el cuarto de los perros y los oyeron correr desde el cuarto de los perros al interior del cuarto suyo y del tío Buck; luego los vieron cruzar de nuevo la antesala hacia la habitación del tío Buddy y los oyeron correr por la habitación de tío Buddy otra vez a la cocina, y esta vez parecía como si toda la chimenea de la cocina se hubiese derrumbado y el tío Buddy resoplando como un barco a vapor, y esta vez el zorro y los perros y cinco o seis troncos de leña salieron juntos de la cocina con tío Buddy en medio de ellos golpeando en todas direcciones con un palo. Fue una buena carrera. Cuando él y Tío Buck corrieron a su habitación para coger la corbata de éste, el zorro se había escondido detrás del reloj, sobre la repisa de la chimenea. Tío Buck sacó la corbata del cajón y echó a los perros a patadas y cogió al zorro por el cuello y lo metió en el cuévano, debajo de la cama, y fueron a la cocina, donde tío Buddy estaba recogiendo el desayuno de entre las cenizas y limpiándolo con su delantal.
       —¿En qué demonios estabas pensando —dijo— para dejar salir a ese zorro con todos los perros sueltos por la casa?
       —No te preocupe el zorro —dijo tío Buck—. Turl de Tomey se ha escapado de nuevo. Danos pronto algo de desayunar a Cash y a mí. Quizás podamos atraparlo antes que llegue allí.
       Porque ellos sabían exactamente a dónde había ido Turl de Tomey, a dónde iba siempre que podía escapar, lo que solía ocurrir un par de veces al año. Se dirigía hacia la propiedad de míster Hubert Beauchamp, apenas pasado el límite del distrito, que la hermana de míster Hubert, miss Sophonsiba (míster Hubert era también soltero como tío Buck y tío Buddy), trataba aún de que la gente la llamase Warwick, por una localidad de Inglaterra de la que ella decía que míster Hubert hubiera sido el verdadero conde sólo con que hubiera tenido suficiente orgullo, para no hablar de energía, para tomarse el trabajo de hacer valer sus derechos. Turl de Tomey iba allí para rondar a una muchacha de míster Hubert, llamada Tennie, hasta que alguien iba a atraparlo. Ellos no podían retenerlo en casa comprando a Tennie a míster Hubert, porque tío Buck decía que él y tío Buddy tenían ya tantos negros que no podían andar libremente por sus tierras; y no podían vender a Turl de Tomey a míster Hubert porque míster Hubert decía que no sólo no quería comprar a Turl de Tomey, sino que no le gustaría tener en sus tierras a aquel maldito blanco medio McCaslin ni siquiera de regalo, ni aunque tío Buck y tío Buddy le pagaran la comida y el alojamiento. Y si alguien no iba pronto a buscar a Turl de Tomey, iníster Hubert lo hubiera devuelto, llevándose tras él a miss Sophonsiba, y se hubieran quedado allí una semana o más, miss Sophonsiba viviendo en la habitación de tío Buck y tío Buddy enviado sin contemplaciones fuera de casa, a dormir a una cabaña donde solían dormir los negros en tiempos de su bisabuelo, hasta que éste murió y tío Buck y tío Buddy enviaron a todos los negros a la casa grande que el bisabuelo no tuvo tiempo de acabar, y ni siquiera podían cocinar cuando aquéllos estaban allí, y sólo iban más a casa para sentarse en la veranda después de cenar, entre míster Hubert y tío Buck, hasta que pasado un rato incluso míster Hubert se cansaba de decir cuántas cabezas de negros y acres de tierra añadiría a lo que quería darle a miss Sophonsiba cuando se casase, y se iban a la cama. Y una medianoche del pasado verano tío Buddy estaba despierto por casualidad y oyó a míster Hubert que se iba, y antes que despertase a todos y miss Sophonsiba se hubiese levantado y vestido y los animales enganchados a la carreta y alcanzado a míster Hubert, ya era casi de día. Por eso eran siempre él y tío Buck los que iban a buscar a Turl de Tomey, porque tío Buddy no iba nunca a. ningún sitio, ni siquiera a la ciudad y tampoco a buscar a Turl de Tomey a casa de míster Hubert, aunque todos ellos supiesen que tío Buddy hubiera podido correr ese riesgo con mucha más seguridad que tío Buck.
       Se desayunaron de prisa. Tío Buck se puso la corbata mientras corrían hacia el cercado para coger los caballos. Las únicas veces que tío Buck llevaba corbata se lo debía a Turl de Tomey, y no la había vuelto a sacar del cajón desde aquella noche del pasado verano en que tío Buddy lo despertó, diciéndole:
       —Levántate de la cama y date prisa.
       Tío Buddy no poseía siquiera una corbata; tío Buck decía que tío Buddy no quería correr el riesgo ni siquiera en un distrito como aquél, donde las señoras eran tan escasas que un hombre podía cabalgar durante días enteros en línea recta sin encontrar ni una. Su abuela (era hermana de tío Buck y de tío Buddy y se hizo cargo de él cuando murió su madre. De ahí era de donde tomó su nombre: McCaslin, Carothers, McCaslin Edmonds) decía que tío Buck y tío Buddy usaban la corbata como uno de los tantos sistemas para desafiar a la gente a que dijese que parecían gemelos, ya que aún a sus sesenta años estaban dispuestos a darse de puñetazos con cualquiera que se atreviese a decir que no podía distinguir a uno del otro; a lo que su padre respondió que quien jugase una vez al póquer con tío Buddy no lo confundiría nunca más con tío Buck ni con ninguna otra persona.
       Jonás había ensillado ya los dos caballos y estaba esperando. Por su manera de montar a caballo, tío Buck no parecía un hombre de sesenta años, pues era delgado y ágil como un gato con su cabeza redonda, blanca, con el pelo casi cortado al rape y sus ojillos duros y grises y los hirsutos pelos blancos en el mentón. Al poner el pie en el estribo, el caballo ya se movía, corriendo hacia la tranquera abierta, antes que tío Buck cayera en la montura. También él se encaramó sobre el poney, antes que Jonás pudiese izarlo a la silla, y a fuerza de talones lo dirigía fuera de la tranquera, detrás de tío Buck, cuando tío Buddy (él ni siquiera lo había advertido) se paró en la tranquera y agarró el bocado.
       —Vigílale —dijo tío Buddy—. Vigila a Theophilus. En el minuto mismo que parezca que la cosa no marcha, ven corriendo a llamarme. ¿Oyes?
       —Sí, señor —dijo él—. Pero ahora déjame ir. No podré alcanzar a tío Buck, y menos a Turl de Tomey...
       Tío Buck montaba Black John, porque si consiguieran solamente ver a Turl de Tomey por lo menos a una milla de la tranquera de míster Hubert, Black John lo alcanzaría en dos minutos. Cuando llegaron a la inmensa llanura, a unas tres millas de la propiedad de míster Hubert, estaba Turl de Tomey sobre la mula Jake a cosa de una milla de ellos. Tío Buck echó el brazo hacia afuera y atrás, tirando de las riendas, agazapado sobre el gran caballo, con la pequeña cabeza redonda y el cuello nudoso echados hacia adelante como los de una cerceta.
       —¡Se escapó! —susurró—. Tú quédate atrás, no sea que te vea y eche a correr. Yo lo rodearé a través del bosque y lo cogeremos en medio del vado.
       Lo esperó hasta que tío Buck desapareció en el bosque. Luego continuó. Pero Turl de Tomey los vio. Se había precipitado demasiado; quizá no tenía miedo de no llegar allá a tiempo. Fue la mejor carrera que jamás viera. Nunca vio a la vieja Jake galopar tan de prisa, y nadie hubiera imaginado que Turl de Tomey pudiera andar más rápido de lo que era su paso normal, ni siquiera cuando montaba en mula. Tío Buck lanzó un grito de guerra, apareciendo a su vista, y Black John salió de entre los árboles, corriendo rígido y plano como un halcón, con tío Buck tieso detrás de las orejas y chillando tanto que parecía exactamente un gran halcón negro montado por un gorrión, a través de un campo y más allá del foso y a través del campo próximo, y él también corría y gritaba; la yegua se lanzó antes que pudiera imaginárselo, y él también gritaba. Siendo negro, Turl de Tomey hubiera debido tirarse al suelo y correr a pie apenas los hubiese visto. Pero no lo hizo; quizá había escapado de tío Buck tantas veces que hasta había aprendido a hacerlo como los hombres blancos. Fue como si él y la vieja Jake hubieran agregado la velocidad del paso natural de Turl de Tomey al paso más rápido que la vieja Jake tuviera en su vida, siendo esto suficiente para ganar a tío Buck al llegar al vado. Por eso cuando él llegó con su poney, Black John se hallaba jadeante y cubierto de sudor, y tío Buck estaba desmontado y le hacía andar en círculo para calmarlo, oyéndose ya a una milla de distancia el cuerno que anunciaba la comida en la plantación de míster Hubert.
       Solamente por cierto tiempo pareció que Turl de Tomey no se encontrase tampoco en la propiedad de míster Hubert. El muchacho estaba aún sentado en el palo de la tranquera tocando el cuerno, que no era una tranquera, sino sólo dos palos y encima de uno de ellos un muchacho negro, más o menos de la estatura de él, Cass, que tocaba un cuerno de caza; esto era lo que miss Sophonsiba insistía en recordar a la gente que se llamaba Warwick, aunque supieran hacía ya tiempo que así hubiera querido llamarle ella, y hasta que no lo llamaba Warwick parecía como si ella no comprendiese de qué estaban hablando y le hacía el efecto de que ella y mís-ter Hubert poseyeran dos plantaciones diferentes sobre la misma superficie de tierra, la una encima de la otra. Míster Hubert estaba sentado en el pabellón del jardín, sin botas y con los pies en el agua, bebiendo un toddy. Pero allí nadie había visto a Turl de Tomey; durante un momento hasta pareció que míster Hubert ni siquiera llegase a comprender de qué estaba hablando tío Buck.
       —¡Oh ese negro! —dijo al fin—. Le encontraremos después de comer.
       Pero parecía que, por el momento, tampoco se fuese a comer. Míster Hubert y tío Buck tomaron un toddy; luego míster Hubert mandó decir al muchacho de la puerta que podía dejar de tocar el cuerno, y él y tío Buck tomaron otro toddy, repitiendo tío Buck:
       —Sólo quiero mi negro. Tenemos que regresar.
       —Después de comer —dijo míster Hubert—. Si no lo encontramos cerca de la cocina, le echaremos los perros. Ellos lo encontrarán.
       Al fin una mano empezó a agitar un pañuelo, o alguna cosa blanca, a través de la rendija de un postigo en el primer piso. Entraron en la casa por la puerta de atrás, advirtiéndoles míster Hubert, como siempre lo hacía, que tuvieran cuidado con las tablas podridas del piso que aún no habían podido arreglar. Luego permanecieron en la antesala hasta que poco después oyeron un ruido confuso y unos pasos y empezaron a oler un perfume, y miss Sophonsiba bajó por la escalera. Sus cabellos estaban recogidos en una cofia de encaje; llevaba el vestido de los domingos, y collares y un lazo rojo alrededor de la garganta, y una negrita le llevaba el abanico, quedándose él en silencio detrás de tío Buck, observando sus labios hasta que ella los abrió, pudiendo ver el diente de caballo. Hasta entonces él no había visto a nadie con un diente de caballo y recordaba que una vez su abuela y su padre estaban hablando de tío Buddy y tío Buck, y su abuela dijo que miss Sophonsiba se había hecho una hermosa mujer. Pudiera ser. El no lo sabía. El entonces sólo tenía nueve años.
       —Caramba, míster Theophilus —dijo ella— y McCaslin. —Ella ni siquiera lo había mirado y no se dirigía a él, y él lo sabía, aunque estaba preparado para echar el pie hacia atrás cuando tío Buck lo hubiese hecho—. Bien venidos a Warwick.
       El y tío Buck echaron el pie hacia atrás.
       —Sólo he venido a buscar a mi negro —dijo tío Buck—. Cuando lo hayamos cogido volveremos a casa.
       Entonces miss Sophonsiba dijo algo de un abejorro, pero él no podía recordar nada. Fue todo demasiado de prisa y eran demasiadas cosas, los pendientes y los collares entrechocando y tintineando como la cadenita de una mula de juguete al trote, y hasta el perfume demasiado fuerte, como si los pendientes y los collares lo esparcieran a su alrededor cada vez que se movían y él observaba el amarillo diente caballuno aparecer y brillar entre los labios; algo acerca de que tío Buck era una abeja libando de flor en flor que no se detenía mucho tiempo en ningún sitio y todo aquel dulce acumulado se desperdiciaba en la desierta atmósfera de tío Buddy, llamando a tío Buddy señor Amadeus, como llamaba a tío Buck señor Theophilus, o quizá toda aquella miel se estaba reservando para el advenimiento de una reina, y ¿quién era la afortunada reina?
       —¿Señora? —dijo tío Buck.
       Entonces míster Hubert dijo:
       —¡Ah! Una abeja macho. Creo que ese negro creerá que es un abejorro, cuando le eche mano. Pero creo que, en cuanto a libar, Buck está pensando en este momento en una salsa de carne y unas galletas y una taza de café. Y yo también.
       Fueron al comedor y comieron, y miss Sophonsiba dijo entonces con mucha seriedad que unos vecinos que se encontraban sólo a media jornada a caballo no debían estar tanto tiempo sin dejarse ver como tío Buck, y tío Buck dijo: “Sí, señora”, y miss Sophonsiba dijo que tío Buck no era sino un solterón recalcitrante y vagabundo desde su nacimiento, y esta vez tío Buck dejó de masticar y levantó los ojos y dijo que sí, señora, que sin duda lo era y que era ya demasiado tarde para cambiar, pero que al menos podía dar gracias a Dios porque ninguna mujer tendría que padecer el suplicio de vivir con él y con tío Buddy, y miss Sophonsiba dijo “¡ah!, quizá tío Buck no había encontrado aún a la mujer que no sólo hubiera aceptado aquello que tío Buck se complacía en llamar suplicio, sino que hiciera que tío Buck considerase su libertad bien poca cosa”, y tío Buck dijo:
       —No, señora; todavía no.
       Luego él y míster Hubert y tío Buck fueron a la veranda y se sentaron. Míster Hubert no había acabado aún de quitarse las botas y de invitar a tío Buck a quitarse las suyas, cuando miss Sophonsiba salió por la puerta llevando una bandeja con otro toddy.
       —Diablos, Sibbey —dijo míster Hubert—. Apenas acaba de comer. No quiere beber ahora.
       Pero miss Sophonsiba pareció como si ni siquiera le hubiese oído. Se quedó allí, el diente de caballo no se le veía porque no hablaba, ofreciendo el toddy a tío Buck, hasta que, pasado un rato, dijo que su padre solía decir siempre que nada endulzaba un toddy del Missisippi como la mano de una señorita del Mississippi, y ¿quería ver tío Buck cómo acostumbraba ella a endulzar el toddy de su papá? Cogió el toddy y bebió un sorbo y se lo ofreció de nuevo a tío Buck, y esta vez tío Buck lo cogió. Echó el pie hacia atrás y bebió el toddy y dijo que si míster Hubert se iba a descansar, también él se echaría un poco, ya que como se habían puesto las cosas todo hacía creer que Turl de Tomey se había propuesto brindarles una caza larga y fatigosa, a menos que los perros de míster Hubert no fuesen mucho mejores de lo que solían ser.
       Míster Hubert y tío Buck entraron en la casa. Después de un rato también él se levantó y fue al patio de atrás a esperarles. La primera cosa que vio fue la cabeza de Turl de Tomey que se deslizaba a lo largo del seto del sendero. Pero cuando él atravesó el patio para cortarle el camino, Turl de Tomey ni siquiera estaba corriendo. Se había acurrucado tras unas matas, observando la casa, espiando a través del ramaje la puerta posterior y las ventanas, y le dijo con una voz que no era un susurro, pero tampoco fuerte:
       —¿Qué están haciendo ahora?
       —Están durmiendo la siesta —dijo él—. Pero esto no importa; apenas se levanten te echarán los perros encima.
       —¡Ah! —dijo Turl el de Tomey—. Pues tú tampoco te preocupes. Ahora tengo protección. Lo único que necesito es evitar que el viejo Buck me eche el guante hasta que me llegue el aviso.
       —¿Qué aviso? —dijo él—. Aviso ¿de quién? ¿Te va a comprar el señor Hubert al tío Buck?
       —¡Ah! —volvió a decir Turl el de Tomey—. Tengo más protección incluso que el señor Hubert —se puso en pie—. Voy a decirte algo que debes recordar: siempre que quieras que se haga algo, desde segar una cosecha hasta casarte, sólo tienes que poner a las mujeres a ello. Entonces no tienes más que sentarte y esperar. Recuérdalo.
       Entonces Turl el de Tomey se fue. Y al cabo de un rato él volvió a la casa. Pero no había más que los ronquidos que salían de la habitación donde estaban el tío Buck y el señor Hubert y algunos ronquidos más suaves procedentes del piso de arriba. Fue al cobertizo de la fuente y se sentó con los pies en el agua como había estado haciendo míster Hubert, porque dentro de poco haría fresco suficiente para la carrera. Y, tal como pensaba, al cabo de un rato el señor Hubert y el tío Buck salieron al porche posterior, con la señorita Sophonsiba justo detrás de ellos con la bandeja de ponche, sólo que esta vez el tío Buck se bebió el suyo antes de que la señorita Sophonsiba tuviera tiempo de endulzarlo y ella les dijo que volvieran pronto, que todo lo que el tío Buck conocía de Warwick eran los perros y los negros y que ahora que le tenía, quería enseñarle su jardín, sobre el que sólo el señor Hubert tenía algo que decir.
       —Sí, señora —dijo el tío Buck—. Yo sólo quiero coger a mi negro. Luego tenemos que volver a casa.
       Cuatro o cinco negros trajeron los tres caballos. Podían oír ya a los perros, esperando en la vereda, aún atados por parejas, y montaron y bajaron por la vereda en dirección a los alojamientos, con el tío Buck ya por delante incluso de los perros. Así que él no supo bien en qué momento ni dónde apareció Turl de Tomey, ni si había o no brotado de una de las cabañas. Tío Buck se hallaba delante de todos sobre Black John y ellos todavía no habían soltado los perros cuando tío Buck rugió:
       —¡Vamos! ¡Ya salió!
       Y Black John hizo resonar sus cascos cuatro veces como cuatro pistoletazos, mientras se disponía a lanzarse; luego él y tío Buck desaparecieron detrás de la colina como si fuesen corriendo más allá del confuso límite del mundo, También míster Hubert rugía:
       —¡Se ha ido! ¡Suéltenlos!
       Y todos a la vez se amontonaron al otro lado de la colina, apenas a tiempo para ver a Turl de Tomey lejos en la pradera, cerca del bosque, y el abigarrado enjambre de perros bajando la colina, siguiendo por la llanura, Y cuando tumultuosamente estuvieron alrededor de Turl de Tomey pareció como que trataban de saltarle encima con alegría y querían lamerle la cara, hasta que Turl de Tomey aflojó la marcha y él y los perros entraron juntos en el bosque, al paso, como si regresasen de la caza del conejo, Y cuando alcanzaron a tío Buck en el bosque, no estaban allí ni Turl de Tomey ni los perros, y no hallaron sino, al cabo de media hora, a la vieja Jake trabada en medio de un grupo de arbustos con la chaqueta de Turl de Tomey atada a la grupa como montura, y cerca de media arroba de la avena de míster Hubert desparramada por el suelo a su alrededor, porque la vieja Jake no tenía ya suficiente apetito para comérsela y la cogía y la volvía a escupir. No había sido una buena carrera.
       —Lo cogeremos esta noche —dijo míster Hubert—, Le tenderemos una trampa. Pondremos una guardia de negros y de perros en torno a la casa de Tennie a eso de la medianoche, y lo cogeremos.
       —Esta noche, un cuerno —dijo tío Buck—. Yo y Cass y ese negro nos encontraremos a mitad de camino de casa cuando oscurezca. ¿No tiene ninguno de sus negros un perro bastardo que siga las huellas de los lebreles?
       —¿Y dar vueltas como idiotas por el bosque en medio de la noche? —dijo míster Hubert—, Apuesto quinientos dólares a que lo único que se debe hacer para coger a ese negro es ir despacio a la cabaña de Tennie, después que oscurezca, y llamarlo.
       —¿Quinientos dólares? —dijo tío Buck—. ¡Bah! Porque ni yo ni él nos encontraremos de ningún modo cerca de la cabaña de Tennie cuando oscurezca, ¡Quinientos dólares! —El y míster Hubert se miraron intensa y ferozmente.
       —¡Bah! —dijo míster Hubert.
       Y se quedaron esperando mientras míster Hubert mandaba a uno de los negros que volviera a casa montado en la vieja Jake, y, al cabo de una media hora, el negro volvió con un pequeño bastardo negro con la cola empenachada y una nueva botella de whisky, Luego se acercó a tío Buck y le dio algo envuelto en un pedazo de papel.
       —¿Qué es? —dijo tío Buck.
       —Es para usted —contestó el negro.
       Entonces tío Buck lo cogió y lo desenvolvió. Era la cinta roja que había estado alrededor del cuello de miss Sophonsiba, y tío Buck permanecía allí con Black John, sosteniendo el lazo como si fuese una pequeña serpiente venenosa, sólo que no quería delatar que le tenía miedo, y parpadeaba rápidamente mirando al negro. Luego dejó de parpadear.
       —¿Por qué? —dijo.
       —Se lo manda ella —repuso el negro—. Me mandó que le dijera “éxito”. —¿Qué dijo? —insistió tío Buck.
       —No lo sé, señor —dijo el negro—. Ella dijo sólo “éxito”.
       —¡Oh! —exclamó tío Buck.
       Y el bastardo encontró a los perros, Primero los oyeron desde una distancia considerable. Era precisamente antes de la puesta del sol y no seguían una pista, sino que hacían el ruido que hacen los perros cuando quieren salir de algún sitio. Descubrieron también de qué se trataba. Era una pequeña cabaña en un campo a unas dos millas de la casa de míster Hubert y los once perros estaban allí dentro y la puerta atrancada con un leño. Contemplaron a los perros salir alborotando cuando los negros abrieron la puerta, Míster Hubert estaba sentado en su caballo y miraba la nuca de tío Buck.
       —Bien, bien —dijo míster Hubert—, Esto es algo, de todos modos, Puedes volver a emplearlos otra vez. Parece que no le dan más trabajo al negro que el que él les da a ellos.
       —No el suficiente —dijo tío Buck—. Y esto va por todos ellos. Me quedaré con el bastardo.
       —Muy bien —dijo míster Hubert. Luego prosiguió—: Diablo, Filus, vámonos, Vámonos a cenar. Te lo repito, todo lo que tienes que hacer para coger a ese negro es...
       —Quinientos dólares —dijo tío Buck.
       —¿Qué? —dijo míster Hubert.
       El y tío Buck se miraron. Ahora no estaban furiosos. Tampoco bromeaban. Se miraban a la luz del incipiente crepúsculo, parpadeando un poco.
       —¿Qué quinientos dólares? —dijo míster Hubert.
       —Que no podrás coger a ese negro a la medianoche en la cabaña de Tennie. Que ni yo ni ese negro estaremos cerca de ninguna casa que no sea la mía a medianoche.
       Se miraron con indignación.
       —Quinientos dólares —dijo míster Hubert—. Hecho.
       —Hecho —dijo tío Buck.
       —Hecho —dijo míster Hubert.
       —Hecho —dijo tío Buck.
       De modo que míster Hubert cogió los perros y algunos negros y volvió a la casa.
       Entonces él y tío Buck y el negro con el bastardo continuaron, y el negro llevaba con una mano a la vieja Jake y sostenía la traílla del bastardo (que era un pedazo usado de la cuerda del arado) con la otra, Tío Buck hizo olfatear al bastardo la chaqueta de Turl de Tomey; fue como si el bastardo comprendiese entonces, por primera vez, qué estaban buscando, y ellos lo habrían soltado de la traíllas y lo habrían dejado atrás con los caballos, sólo que en aquel momento el muchacho negro empezó a tocar el cuerno para la cena y por eso no se arriesgaron.
       Después oscureció por completo. Y luego —él no sabía cuánto más tarde ni dónde se encontraban, ni a qué distancia de casa, salvo que se trataba de un buen trecho, y ya hacía rato que estaba oscuro y ellos continuaban andando con tío Buck, que se agachaba de cuando en cuando para que el bastardo le diera un buen olfateo a la chaqueta de Turl de Tomey, mientras tío Buck tomaba otro trago de la botella del whisky— descubrieron que Turl de Tomey había cambiado de dirección y estaba dando un gran rodeo para volver a casa.
       —¡Vaya, lo hemos atrapado! —dijo el tío Buck—. Cortaremos hacia casa y llegaremos antes que se meta dentro.
       Por eso dejaron al negro que soltara al bastardo y lo siguiera montando en la vieja Jake, y él y tío Buck se dirigieron hacia la propiedad de míster Hubert, deteniéndose en la colina para dejar descansar a los caballos y para escuchar al bastardo allá abajo, en el fondo del torrente, donde Turl de Tomey estaba todavía haciendo su rodeo.
       Pero no pudieron cogerle. Llegaron a las viviendas envueltas en la oscuridad; podían ver las luces encendidas en casa de míster Hubert, y alguien estaba tocando el cuerno del zorro y no era un muchacho, y él no había oído nunca un toque de cuerno tan loco, y él y tío Buck se acomodaron sobre el declive más abajo de la cabaña de Tennie. Luego oyeron al bastardo, que no seguía la pista, sino que ladraba, a eso de una milla de distancia, y luego oyeron el grito de reclamo del negro y supieron que el bastardo se había equivocado. Estaba sobre el torrente. Recorrieron las orillas de un lado y otro durante más de una hora, pero no consiguieron encontrar a Turl de Tomey. Por último, hasta tío Buck renunció y se dirigieron hacia la casa, y el bastardo iba sobre la yegua, delante del negro. Estaban precisamente volviendo a subir el sendero que llevaba a las viviendas; podían ver a lo largo de la colina la casa de míster Hubert, ya a oscuras, cuando, de pronto, el bastardo ladró y se tiró al suelo, y se puso a correr ladrando a cada salto, y tío Buck saltó a tierra también y lo tiró del poney casi antes que él pudiera libertar los pies de los estribos, y ellos también corrieron, entre las cabañas a oscuras, hacia aquella a la que se había lanzado el bastardo.
       —¡Vamos a cogerle! —dijo tío Buck—. Corre a la parte de atrás. No grites; coge un palo y pega fuerte en la puerta.
       Después, tío Buck admitió que había sido culpa suya, que había olvidado hasta lo que un niño debiera saber: no estar nunca delante o detrás de un negro cuando se le asusta, sino siempre a un lado. Tío Buck olvidó esto. Se paró delante de la puerta, precisamente enfrente, y delante tenía al bastardo que ladraba con todas sus fuerzas, como si quisiera matar a alguien; y dijo que de lo primero que se dio cuenta fue de que el bastardo lanzó un aullido y giró sobre sí mismo, y detrás de aquello estaba Turl de Tomey, Tío Buck dijo que ni siquiera vio abrirse la puerta; que el bastardo lanzó apenas un aullido y se refugió entre sus piernas y luego Turl de Tomey corrió limpiamente por encima de él. No se turbó siquiera; derribó a tío Buck, y lo cogió en seguida antes que pudiese caer al suelo, sin detenerse, lo agarró por un brazo, siempre corriendo y lo arrastró consigo un par de metros, diciendo: “Busca en otro sitio, viejo Buck. Busca en otro sitio, viejo Buck”, antes de soltarlo y de continuar corriendo. Mientras tanto, no se oía al bastardo.
       El tío Buck no se hizo daño; únicamente, le faltaba el resuello de cuando Turl el de Tomey lo había arrojado de espaldas. Pero aún llevaba la botella de whisky en el bolsillo trasero, guardando el último trago para cuando capturaran a Turl el de Tomey y se negó a moverse hasta estar seguro de que era sólo whisky y no sangre. Así que el tío Buck se puso de lado cómodamente y él se arrodilló detrás de él y le sacó los vidrios rotos del bolsillo. Entonces se dirigieron hacia la casa. Caminaron. El negro llevaba los caballos, pero nadie le dijo nada al tío Buck de volver a montar. No oían al perrillo lo más mínimo.
       —Iba deprisa, desde luego —dijo el tío Buck—, pero no creo que ni siquiera él pueda atrapar a ese perrillo, por Dios, menuda noche.
       —Le cogeremos mañana —dijo él.
       —Mañana, un cuerno —dijo el tío Buck—. Mañana estaremos en casa. Y la primera vez que o Hubert Beauchamp o ese negro pongan un pie en mis tierras, los haré arrestar por allanamiento y por vagancia.
       La casa estaba oscura. Pudieron oír al señor Hubert roncando a base de bien, con un ritmo como para una larga jornada. Pero no oyeron nada del piso de arriba, ni siquiera cuando llegaron al vestíbulo oscuro, al pie de las escaleras.
       —Probablemente la de ella estará en la parte trasera —dijo el tío Buck—. Desde donde pueda gritar a la cocina sin tener que levantarse. Además, una dama soltera seguro que tiene la puerta cerrada con llave habiendo extraños en casa.
       Así que el tío Buck se sentó en el primer peldaño y él se arrodilló y le quitó las botas. Entonces se quitó las suyas propias y las colocó junto a la pared y él y el tío Buck subieron las escaleras, tanteando hasta llegar al vestíbulo de arriba. También estaba oscuro y seguía sin oírse sonido alguno excepto por los ronquidos del señor Hubert que llegaban desde abajo, así que tantearon por el vestíbulo hacia la parte delantera de la casa, hasta que dieron con una puerta. No se oía nada detrás de la puerta y cuando el tío Buck tocó el picaporte, la puerta se abrió.
       —Muy bien —susurró el tío Buck—. No hagas ruido.
       Podían ver un poco: lo suficiente para distinguir las molduras de la cama del mosquitero. Tío Buck se bajó los tirantes, y se desabrochó los pantalones, y se acercó a la cama, y se sentó despacito en el borde; y él se arrodilló de nuevo, y le quitó los pantalones a tío Buck, y se estaba bajando los suyos cuando tío Buck alzó el mosquitero, levantó los pies y se introdujo en la cama. Fue entonces cuando miss Sophonsiba se sentó al otro lado de tío Buck y lanzó el primer chillido.

3

       Cuando llegó a casa al día siguiente, un poco antes de la cena, estaba verdaderamente exhausto. Estaba demasiado cansado para comer, aunque tío Buddy esperaba que él comiese; y no hubiera podido mantenerse a caballo otra milla más sin dormirse. En realidad, debía de haberse dormido mientras se lo estaba contando a tío Buddy, porque lo primero que supo después era que estaba entrada la tarde y él echado sobre la paja, en el fondo bamboleante del carro, con tío Buddy sentado en él banco encima de él, exactamente del mismo modo que se sentaba a caballo o en la mecedora, delante del fogón de la cocina, cuando guisaba, y sostenía en el puño la fusta, exactamente como el tenedor o la cuchara para revolver y probar la comida. Tío Buddy tenía pan y carne fría y una jarra de suero de leche envuelta en su saco húmedo, todo preparado para cuando él despertara. Comió tarde. Debían de haber andado de prisa, porque no estaban a más de dos millas de la propiedad de míster Hubert. Tío Buddy esperó a que él comiese. Entonces dijo:
       —Cuéntemelo otra vez.
       Y él se lo contó otra vez. Como él y tío Buck encontraron por fin una habitación sin nadie dentro y tío Buck se sentó en el borde de la cama, diciendo:
       —Caramba, Cass; caramba, Cass.
       Y luego oyeron los pasos de mfster Hubert en la escalera, y observaron la luz avanzando por la galería y a míster Hubert entrar, en camisón, y sin dejar la vela sobre la mesa y mirar a tío Buck.
       —Bien, Filus —dijo—. Te he pescado al fin.
       —Ha sido un accidente —dijo tío Buck—. Juro por Dios...
       —¡Ah! —dijo míster Hubert—. No me lo cuentes a mí. Cuéntaselo a ella.
       —Se lo he dicho —dijo tío Buck—. Se lo he dicho. Juro por Dios...
       —Claro —dijo míster Hubert—. Y ahora escucha. —Escucharon un minuto; él la había estado oyendo todo el tiempo, no tan fuerte como al principio, pero constante—. ¿No quieres volver allí y decirle otra vez que ha sido un accidente, que tú no pretendías nada, y te disculpas y se olvida todo? Muy bien.
       —Muy bien, ¿qué? —dijo tío Buck.
       —Vuelve allí y díselo otra vez —dijo míster Hubert.
       Tío Buck miró a míster Hubert durante un minuto. Parpadeaba de prisa.
       —Y cuando vuelva, ¿qué te digo? —dijo.
       —¿A mí? —dijo míster Hubert—. Eso es harina de otro costal. ¿No te parece?
       Tío Buck miraba a míster Hubert. De nuevo parpadeaba rápidamente. Luego se paró otra vez.
       —Espera —dijo—. Sé razonable. Concedamos que entré en la alcoba de una señora, aunque fuera la de miss Sophonsiba; concedamos, aunque sólo sea por hablar, que no hubiese en el mundo más mujer que ella y que por eso yo fui a su alcoba y traté de ir a la cama con ella. ¿Habría llevado conmigo a un niño de nueve años?
       —Razonable es precisamente lo que estoy siendo —replicó míster Hubert—. Llegas al territorio del oso por tu propia voluntad. De acuerdo; eres un hombre hecho y derecho y sabías que era territorio del oso y sabías el camino de salida tanto como el de entrada y tuviste tu oportunidad. Pero no. Tuviste que meterte en la osera y acostarte con el oso. Y que no supieras si el oso estaba dentro no cambia las cosas. De modo que si salieras de la osera sin siquiera la huella de un zarpazo yo no sólo no sería razonable sino que sería un maldito idiota. Después de todo, me gustaría tener algo de paz y libertad, ahora que tengo la oportunidad de conseguirlas. Sí, señor. Te tiene cogido, Filus, y tú lo sabes. Has corrido una difícil carrera y lo has hecho bien, pero te has metido en el gallinero una vez y una vez ha resultado ser demasiadas veces.
       —Sí —dijo el tío Buck. Tomó aire y lo expulsó, despacio y no demasiado fuerte. Pero se podía oír—. Bueno —dijo—, supongo que tendré que correr el riesgo entonces.
       —Ya lo has corrido —replicó míster Hubert—. Lo hiciste cuando volviste aquí —entonces él también se interrumpió. Pestañeó, pero sólo unas seis veces. Luego paró y miró al tío Buck durante más de un minuto—. ¿Qué riesgo? —preguntó.
       —Esos quinientos dólares —contestó el tío Buck.
       —¿Qué quinientos dólares? —replicó el señor Hubert. Él y el tío Buck se miraron el uno al otro. Ahora fue míster Hubert el que pestañeó otra vez y paró de nuevo—. Pensé que habías dicho que lo encontraste en la cabaña de Tennie.
       —Eso sí lo hice —dijo el tío Buck—. Lo que apostamos fue que lo cogería allí. Aunque hubiéramos estado diez como yo delante de aquella puerta, no le habríamos cogido —míster Hubert parpadeó mirando al tío Buck, despacio y regularmente.
       —De modo que pretendes cogerme en esa estúpida apuesta —dijo.
       —Tú también corriste un riesgo —dijo el tío Buck. Míster Hubert parpadeó mientras miraba al tío Buck. Luego paró. Después fue y cogió la vela de la mesa y salió. Ellos se sentaron al borde de la cama y vieron la luz por el vestíbulo y oyeron los pasos del señor Hubert en la escalera. Pasado un rato empezaron a ver la luz de nuevo y oyeron cómo el señor Hubert volvía a subir las escaleras. Entonces el señor Hubert entró y se dirigió hacia la mesa y dejó la vela y una baraja de cartas al lado.
       —Una mano —dijo—. Tira. Tú barajas. Yo corto, este chico da. Quinientos dólares contra Sibbey. Y arreglaremos el asunto de ese negro de una vez para siempre. Si tú ganas, compras a Tennie; si gano yo, compro a ese muchacho tuyo. El precio será el mismo para los dos: trescientos dólares.
       —¿Ganar? —dijo tío Buck—. ¿El que gane compra los negros?
       —¡Gana Sibbey, maldición! —dijo míster Hubert—. ¡Gana Sibbey! Porque ¿qué otra maldita cosa estamos discutiendo ahora? La mano más baja: gana Sibbey y compra los negros.
       —Está bien —dijo el tío Buck—. Entonces te compro a esa chica y nos dejamos de todas las demás tonterías.
       —Ya —volvió a replicar Míster Hubert—. Ésta es la tontería más seria en la que has tomado parte en toda tu vida. No. Dijiste que querías una oportunidad y ahora la tienes. Aquí está, aquí mismo en la mesa, esperándote. Así que el tío Buck barajó y míster Hubert cortó. Entonces él cogió la baraja y le fue dando una a cada uno hasta que ambos tuvieron cinco. Y el tío Buck miró su juego largo rato y después pidió dos cartas y él se las dio, y míster Hubert miró su juego rápidamente y pidió una carta y él se la dio y míster Hubert echó su descarte sobre las dos de las que el tío Buck se había descartado y deslizó la carta en su mano y las extendió, las miró de nuevo de prisa y volvió a cerrar la mano y miró al tío Buck y dijo:
       —¿Qué? ¿Te sirvió alguna para esas tres?
       —No —respondió el tío Buck.
       —Pues a mí sí —dijo míster Hubert. Disparó la mano sobre la mesa de manera que las cartas cayeron boca arriba delante del tío Buck y eran tres reyes y dos cincos y dijo:
       —Buck McCaslin, por Dios que por fin has encontrado a tu igual.
       —¿Y eso fue todo? —dijo el tío Buddy. Ya era tarde, la puesta de sol estaba cercana; iban a llegar a casa de míster Hubert en otro cuarto de hora.
       —Sí, señor —dijo, contando también cómo el tío Buck le había despertado al alba y él había salido por una ventana y cogido el pony y había partido y el tío Buck dijo que si entretanto le presionaban demasiado, se iría deslizándose por los canalones de los desagües también y se escondería en el bosque hasta que llegara el tío Buddy.
       —¡Ah! —dijo el tío Buddy—. ¿Estaba allí Turl el de Tomey?
       —Sí, señor —dijo él—. Estaba esperando en los establos cuando cogí el pony. Dijo: ¿Aún no se han puesto de acuerdo?
       —¿Y tú qué dijiste? —inquirió el tío Buddy.
       —Yo dije: Parece que el tío Buck sí. Pero el tío Buddy no ha llegado todavía.
       —¡Ah! —dijo el tío Buddy.
       Y eso fue más o menos todo. Llegaron a la casa. Puede que el tío Buck estuviera vigilando pero, si lo estaba, no se dejó ver, no salió del bosque. Tampoco había ni rastro de la señorita Sophonsiba, así que por lo menos el tío Buck no se había rendido del todo; al menos no le había pregun tado todavía. Y él y el tío Buddy y míster Hubert cenaron y salieron de la cocina y entraron y despejaron la mesa, dejando en ella nada más que la lámpara y la baraja. Entonces todo estaba exactamente como la noche anterior, excepto que el tío Buddy no llevaba corbata y míster Hubert estaba vestido en lugar de ir en camisa de dormir y lo que había en la mesa era una lámpara con pantalla en vez de una vela, y el señor Hubert sentado en su extremo de la mesa con la baraja en las manos, peinando los bordes de las cartas con el pulgar y mirando al tío Buddy. Luego igualó los bordes de las cartas y colocó la baraja en el centro de la mesa, bajo la lámpara, y cruzó los brazos en el borde de la mesa y se inclinó un poco hacia adelante, mirando al tío Buddy, que estaba en su extremo de la mesa con las manos en su regazo, todo un color gris, como una vieja roca gris o un tocón cubierto de musgo gris, tan quieto estaba, con su redonda cabeza blanca como la del tío Buck aunque no parpadeaba como el tío Buck y estaba un poco más gordo que el tío Buck, como de estar sentado tanto tiempo mirando cómo la comida se hacía, como si las cosas que guisaba le hubieran hecho ponerse un poco más gordo que si no cocinara y las cosas con las que cocinaba, la harina y cosas similares, le hubieran dado ese color apagado.
       —¿Un ponche antes de empezar? —dijo míster Hubert.
       —No bebo —dijo tío Buddy.
       —Está bien —dijo míster Hubert—. Yo sabía que había alguna otra cosa, aparte su debilidad por las mujeres, que hace parecer humano a Filus. Pero no importa. —Parpadeó dos veces mirando a tío Buddy—. Buck McCaslin contra la tierra y los negros que tú me has oído prometer como dote de Sophonsiba el día de su boda. Si yo gano, Filus se casa con Sibbey sin dote. Si tú ganas, te llevas a Filus. Pero a mí me conrresponden todavía los trescientos dólares que Filus me debe por Tennie. ¿Es justo?
       —Es justo —dijo tío Buddy.
       —Vamos —dijo míster Hubert—. Una mano. Tú barajas, yo corto, este chico reparte.
       —No —dijo tío Buddy—. Cass, no. Es demasiado joven. No quiero mezclarle en estos juegos de azar.
       —¡Ah! —dijo míster Hubert—. Se dice que jugar a las cartas con Amadeus McCaslin no es un juego de azar. Pero no importa. —Pero él seguía mirando a tío Buddy; ni siquiera volvió la cabeza cuando dijo—: Vete a la puerta de servicio y llama. Tráete a la primera criatura que te conteste, sea animal o mula o ser humano, con tal que pueda dar diez cartas.
       Entonces él fue a la puerta de servicio. Pero no tuvo que llamar, porque Turl de Tomey estaba acurrucado contra el muro, detrás de la puerta, y volvieron al comedor, donde míster Hubert seguía sentado con los brazos cruzados sobre la mesa y tío Buddy, en el lado opuesto, con las manos en el regazo, y, en medio de ellos, bajo la lámpara, la baraja. Ninguno levantó la mirada cuando él y Turl de Tomey entraron.
       —Baraja —dijo misten Hubert.
       Tío Buddy barajó y dejó las cartas debajo de la lámpara y volvió a poner las manos en su regazo, y misten Hubert cortó y volvió a cruzar los brazos en el borde de la mesa.
       —Reparte —dijo.
       Ni él ni tío Buddy alzaron la vista. Permanecieron sentados inmóviles, mientras la mano de color de silla de montar de Turl de Tomey entró en el círculo de luz y cogió la baraja y repartió una carta cubierta a míster Hubert, y otra cubierta a tío Buddy, y una descubierta a míster Hubert, y era un rey; y una descubierta a tío Buddy, y era un seis.
       —Buck McCaslin contra la dote de Sibbey —dijo míster Hubert—. Da cartas.
       Y la mano dio una carta a misten Hubert, y era un tres, y una carta a tío Buddy, y era un dos.
       Míster Hubert miró a tío Buddy. Tío Buddy dio un golpe con los nudillos sobre la mesa.
       —Da cartas —dijo míster Hubert.
       Y la mano dio una carta a míster Hubert, y era otro tres, y otra a tío Buddy, y era un cuatro. Míster Hubert miró las cartas de tío Buddy. Entonces miró a tío Buddy, y tío Buddy de nuevo golpeó la mesa con los nudillos.
       —Da cartas —dijo míster Hubert.
       Y la mano le dio un as, y al tío Buddy un cinco y ahora el señor Hubert permaneció inmóvil. No miró a nada ni se movió durante todo un minuto; se quedó sentado allí y vio cómo el tío Buddy ponía una mano en la mesa por primera vez desde que había barajado, levantaba una esquina de la carta que tenía boca abajo, la miraba y luego volvía a poner la mano en su regazo.
       —Comprueba —dijo míster Hubert.
       —Te apuesto a esos dos negros —replicó el tío Buddy. Él tampoco se movió. Se quedó sentado igual que se sentaba en el carro, o a caballo o en la mecedora desde la que cocinaba.
       —¿Contra qué? —preguntó míster Hubert.
       —Contra los trescientos dólares que Theophilus te debe por Tennie y los trescientos que tú y Theophilus acordasteis por Turl el de Tomey —contestó el tío Buddy.
       —¡Ah! —dijo míster Hubert, pero no lo dijo alto en absoluto, ni tampoco corto siquiera. Entonces dijo:
       —Ah. Ah. Ah —tampoco en alto. Después dijo:
       —Vaya —entonces dijo:
       —Vaya, vaya —luego dijo:
       —Vamos a repasarlo un momento. Si yo gano, te llevas a Sibbey sin dote y a los dos negros y no le debo nada a Filus. Si tú ganas...
       —… Theophilus queda libre y tú le debes los trescientos dólares por Turl el de Tomey —dijo el tío Buddy.
       —Eso es sólo si yo veo —dijo míster Hubert—. Si no veo, Filus no me deberá nada y yo no le deberé nada a Filus, a menos que me quede con ese negro que durante tantos años os he tratado de explicar a los dos que no quiero en mi propiedad. Estaremos exactamente igual que cuando comenzó esta tontería, excepto por eso. En resumidas cuentas, o tengo que dar un negro o arriesgarme a comprar uno que ya has admitido que no puedes retener en casa.
       Entonces dejó de hablar. Durante un minuto fue como si él y el tío Buddy se hubieran dormido. Luego el señor Hubert cogió la carta que tenía boca abajo y le dio la vuelta. Era otro tres, y el señor Hubert siguió sentado sin mirar a nada en absoluto, tamborileando con los dedos sobre la mesa, despacio, regularmente y no muy fuerte.
       —Ejem —dijo—. Y necesitas un tres y no hay sino cuatro y yo ya tengo tres. Y tú barajaste. Y yo corté después. Y si veo, tendré que comprar a ese negro. ¿Quién dio las cartas, Amodeus?
       Pero no esperó la respuesta. Alargó la mano e inclinó la pantalla de la lámpara, y la luz subió por los brazos de Turl el de Tomey que debían ser negros, pero no eran del todo blancos, por su camisa del domingo, que debía ser blanca, pero tampoco lo era del todo, la que se ponía cada vez que se escapaba igual que el tío Buck se ponía la corbata sólo cuando iba a recogerle, y por su rostro; y el señor Hubert siguió sentado sujetando la pantalla de la lámpara y mirando a Turl el de Tomey. Luego volvió a poner la pantalla en su lugar y cogió sus cartas, las puso boca abajo y las empujó hacia el centro de la mesa.
       —Yo paso, Amodeus —dijo.


4

       Él estaba todavía demasiado cansado y falto de sueño para ir a caballo, por eso esta vez los tres, él, tío Buddy y Tennie, iban en el carro, mientras que Turl de Tomey tiraba del poney y, montado en la vieja Jake. Y cuando llegaron a casa poco después de amanecer, tío Buddy ni siquiera tuvo tiempo de empezar a preparar el desayuno, y el zorro tampoco lo tuvo para salir del cesto, porque los perros estaban precisamente en la habitación. El viejo Moses se metió directamente en el cuévano con el zorro, por lo que ambos se quedaron en el fondo. Esto es, el zorro lo estaba completamente, porque cuando tío Buddy abrió la puerta para entrar, el viejo Moses aún llevaba la mayor parte del cuévano alrededor del cuello, hasta que tío Buddy le sacó a patadas. Así ellos dieron sólo una carrera, a través de las galerías de delante y alrededor de la casa, y pudieron oír los arañazos del zorro, que quería encaramarse por el delgado poste hasta el techo. Fue una buena carrera mientras duró, pero terminó demasiado pronto.
       —¿Cómo demonios se te ocurre —dijo tío Buddy— soltar esa maldita cosa con todos los perros en el mismo cuarto?
       —Maldito zorro —dijo tío Buck—. Vete y prepáranos el desayuno. Me parece que he estado fuera de casa todo un mes.




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