William Faulkner
(1897-1962)


Fue
(“Was”)
Originalmente publicado en Go Down, Moses, And Other Stories (1942)


1

      Isaac McCaslin, Tío Ike, pasados los setenta y más cerca de los ochenta de los que confesaba, viudo y tío de medio distrito y padre de nadie.
       Esto no fue algo en lo que hubiese participado o asistido él en persona, sino su primo mayor, McCaslin Edmonds, nieto de la hermana del padre de Isaac y descendiente así por línea de mujer, y a pesar de ello heredero, y a su tiempo testador, de aquello que algunos pensaron entonces y otros aún pensaban debía pertenecer a Isaac, puesto que suyo era el nombre al que el derecho de la tierra fue concedido por primera vez por la patente india y que algunos de los descendientes de los esclavos de su padre aún llevaban en la región. Pero Isaac no era uno de ésos: viudo desde hacía veinte años, que en toda su vida no poseyó sino un solo objeto que no pudiese ponerse o llevar en los bolsillos y en las manos, y ése era el catre de hierro y el sucio colchoncillo que usaba cuando dormía en los bosques para cazar gamos y osos, o para pescar o simplemente porque amaba los bosques; no tenía ninguna propiedad rural ni nunca la había deseado, ya que la tierra no era de un hombre sino de todos los hombres, como lo son la luz y el aire y las estaciones; que vivía aún en la frágil casa de madera en Jefferson que el padre de su esposa les dio cuando se casaron y que su esposa le legó al morir y que él simuló aceptar, para contentarla, para hacerle más fácil su partida, pero que no era suya, testamento o no, a pesar de la voluntad de la moribunda, y él únicamente la tenía para la hermana de su esposa y sus hijos que vivían allí desde la muerte de su esposa y él se consideraba feliz de alocarse en una sola habitación, como había hecho durante la vida de su esposa o ella durante su propio tiempo o la cuñada con los hijos durante el resto del suyo y después ni algo en lo que hubiese palpado o que al menos recordase sino por haberlo oído, por haberlo escuchado, llegando a él por y a través de su primo McCaslin nacido en 1850 y dieciséis años más viejo que él, y por tanto, estando su padre próximo a los setenta cuando Isaac, hijo único, nació, más hermano que primo y más padre que otra cosa, en el tiempo antiguo, en los viejos días.


2

      Cuando él y Tío Buck volvieron corriendo a la casa habiendo descubierto que Turl de Tomey se había escapado otra vez, oyeron al Tío Buddy maldiciendo y rugiendo en la cocina, luego el zorro y los perros salieron de la cocina y atravesaron la antesala y se metieron en el cuarto de los perros y los oyeron correr desde el cuarto de los perros al interior del cuarto suyo y del Tío Buck, luego los vieron cruzar de nuevo la antesala hacia la habitación del Tío Buddy y los oyeron correr por la habitación de Tío Buddy otra vez a la cocina y esta vez parecía como si toda la chimenea de la cocina se hubiese derrumbado y el Tío Buddy resoplando como un barco de vapor y esta vez el zorro y los perros y cinco o seis troncos de leña salieron juntos de la cocina con Tío Buddy en medio de ellos golpeando en todas direcciones con un palo.
       Fue una buena carrera.
       Cuando él y Tío Buck corrieron a su habitación para coger la corbata de éste, el zorro se había escondido detrás del reloj sobre la repisa de la chimenea. Tío Buck sacó la corbata del cajón y echó a los perros a patadas y cogió al zorro por el cuello y lo metió en el cuévano debajo de la cama y fueron a la cocina, donde Tío Buddy estaba recogiendo el desayuno de entre las cenizas y limpiándolo con su delantal.
       —¿En qué demonios estabas pensando —dijo— para dejar salir a ese zorro con todos los perros sueltos por la casa?
       —No te preocupe el zorro —dijo Tío Buck—. Turl de Tomey se ha escapado de nuevo. Danos pronto algo de desayunar a Cass y a mí. Quizá podamos atraparlo antes de que llegue allí.
       Porque ellos sabían exactamente a dónde había ido Turl de Tomey, a dónde siempre que podía escapar, lo que solía ocurrir un par de veces al año. Se dirigía hacia la propiedad de Mr. Hubert Beauchamp, apenas pasado el límite del distrito, que la hermana de Mr. Hubert, Miss Sophonsiba (Mr. Hubert era también soltero como Tío Buck y Tío Buddy) trataba aún de que la gente la llamase Warwick, por una localidad de Inglaterra de la que ella decía que Mr. Hubert hubiera sido el verdadero conde sólo con que hubiera tenido suficiente orgullo, para no hablar de energía, para tomarse el trabajo de hacer valer sus derechos. Turl de Tomey iba allí para rondar a una muchacha de Mr. Hubert, llamada Tennie, hasta que alguien iba a atraparlo. Ellos no podían retenerlo en casa comprando a Tennie a Mr. Hubert, porque Tío Buck decía que él y Tío Buddy tenían ya tantos negros que no podían andar libremente por sus tierras; y no podían vender Turl de Tomey a Mr. Hubert porque Mr. Hubert decía que no sólo no quería comprar a Turl de Tomey, sino que no le gustaría tener en sus tierras a aquel blanco medio McCaslin ni siquiera de regalo, ni aunque Tío Buck y Tío Buddy le pagaran la comida y el alojamiento. Y si alguien no iba pronto a buscar a Turl de Tomey, Mr. Hubert lo hubiera devuelto, llevándose tras él a Miss Sophonsiba, y se hubieran quedado allí una semana o más, Miss Sophonsiba viviendo en la habitación de Tío Buddy y Tío Buddy enviado sin contemplaciones fuera de casa, a dormir a una cabaña donde solían dormir los negros en tiempos de su bisabuelo, hasta que éste murió y Tío Buck y Tío Buddy enviaron a todos los negros a la casa grande que el bisabuelo no tuvo tiempo de acabar y ni siquiera podían cocinar cuando aquéllos estaban allí, y sólo iban a casa para sentarse en la veranda después de cenar, entre Mr. Hubert y Tío Buck, hasta que pasado un rato incluso Mr. Hubert se cansaba de decir cuántas cabezas de negros y acres de tierra añadiría a lo que quería darle a Miss Sophonsiba cuando se casase, y se iban a la cama. Y una medianoche del pasado verano Tío Buddy estaba despierto por casualidad y oyó a Mr. Hubert que se iba y antes de que despertase a todos y Miss Sophonsiba se hubiera levantado y vestido y los animales enganchados a la carreta y alcanzando a Mr. Hubert, ya era casi de día. Por eso eran siempre él y Tío Buck los que iban a buscar a Turl de Tomey, porque Tío Buddy no iba nunca a ningún sitio, ni siquiera a la ciudad y tampoco a buscar a Turl de Tomey a casa de Mr. Hubert, aunque todos ellos supiesen que Tío Buddy hubiera podido correr ese riesgo con mucha más seguridad que Tío Buck.
       Desayunaron de prisa. Tío Buck se puso la corbata mientras corrían hacia el cercado para coger los caballos. Las únicas veces que Tío Buck llevaba corbata se lo debía a Turl de Tomey, y no la había vuelto a sacar del cajón desde aquella noche del pasado verano en que Tío Buddy le despertó diciéndole:
       —Levántate de la cama y date prisa.
       Tío Buddy no poseía siquiera una corbata; Tío Buck decía que Tío Buddy no quería correr el riesgo ni siquiera en un distrito como aquél, donde las señoras eran tan escasas que un hombre podía cabalgar durante días enteros en línea recta sin encontrar ni una. Su abuela (era hermana de Tío Buck y de Tío Buddy y se hizo cargo de él cuando murió su madre. De ahí era de donde tomó su nombre: McCaslin, Carothers, McCaslin Edmonds) decía que Tío Buck y Tío Buddy usaban la corbata como uno de tantos sistemas para desafiar a la gente a que dijese que parecían gemelos, ya que aún a sus sesenta años estaban dispuestos a darse de puñetazos con cualquiera que se atreviese a decir que no podía distinguir a uno del otro; a lo que su padre respondió que quien jugase una vez al póquer con Tío Buddy no lo confundiría nunca más con Tío Buck ni con ninguna otra persona.
       Jonas había ensillado los dos caballos y estaba esperando. Por su manera de montar a caballo Tío Buck no parecía un hombre de sesenta años, pues era delgado y ágil como un gato, con su cabeza redonda, blanca, con el pelo casi cortado al rape y sus ojillos duros y grises y los hirsutos pelos blancos en el mentón. Al poner el pie en el estribo el caballo ya se movía, corriendo hacia la tranquera abierta, antes de que Tío Buck cayera en la montura. También él se encaramó sobre el poney, antes de que Jonas pudiese izarlo a la silla, y a fuerza de talones lo dirigía fuera de la tranquera, detrás de Tío Buck, cuando Tío Buddy (él ni siquiera lo había advertido) se paró en la tranquera y agarró el bocado.
       —Vigílale —dijo Tío Buddy—. Vigila a Theophilus. En el minuto mismo que parezca que la cosa no marcha, ven corriendo a llamarme. ¿Oyes?
       —Sí, señor —dijo él—. Pero ahora déjeme ir. No podré alcanzar a Tío Buck, y menos a Turl de Tomey…
       Tío Buck montaba Black John, porque si consiguieran solamente ver a Turl de Tomey por lo menos a una milla de la tronquera de Mr. Hubert, Black John le alcanzaría en dos minutos. Cuando llegaron a la inmensa llanura a unas tres millas de la propiedad de Mr. Hubert, estaba Turl de Tomey sobre la mula Jake a cosa de una milla delante de ellos. Tío Buck echó el brazo hacia fuera y atrás, tirando de las riendas, agazapado sobre el gran caballo, con la pequeña cabeza redonda y el cuello nudoso echados hacia delante como los de una cerceta.
       —¡Se escapó! —susurró—. Tú quédate atrás, no sea que te vea y eche a correr. Yo le rodearé a través del bosque y lo cogeremos en medio del vado.
       Él esperó hasta que Tío Buck desapareció en el bosque. Luego continuó. Pero Turl de Tomey le vio. Se había precipitado demasiado; quizá tenía miedo de no llegar allá a tiempo. Fue la mejor carrera que jamás viera. Nunca vio a la vieja Jake galopar tan de prisa, y nadie hubiera imaginado que Turl de Tomey pudiera andar más rápido de lo que era su paso normal, ni siquiera cuando montaba en mula. Tío Buck lanzó un grito de guerra, apareciendo a su vista, y Black John salió de entre los árboles, corriendo, rígido y plano como un halcón, con Tío Buck tieso detrás de las orejas y chillando tanto que parecía exactamente un gran halcón negro montado por un gorrión, a través de un campo y más allá del foso y a través del campo próximo, y él también corría y gritaba; la yegua se lanzó antes de que pudiera imaginárselo, y él también gritaba. Siendo negro, Turl de Tomey hubiera debido tirarse al suelo y correr a pie apenas los hubiese visto. Pero no lo hizo; quizá hubiese escapado de Tío Buck tantas veces que hasta había aprendido a hacerlo como los hombres blancos.
       Fue como si él y la vieja Jalee hubieran agregado la velocidad del paso natural de Turl de Tomey al paso más rápido que la vieja Jalee tuviera en su vida, siendo esto suficiente para ganar a Tío Buck al llegar al vado. Por eso cuando él llegó con su poney, Black John se hallaba jadeante y cubierto de sudor y Tío Buck estaba desmontado y le hacía andar en círculo para calmarlo, oyéndose ya a una milla de distancia el cuerno que anunciaba la comida en la plantación de Mr. Hubert.
       Solamente por cierto tiempo pareció que Turl de Tomey no se encontrase tampoco en la propiedad de Mr. Hubert. El muchacho estaba aún sentado en el palo de la tranquera tocando el cuerno, que no era una tranquera, sino sólo dos palos y encima de uno de ellos un muchacho negro, más o menos de la estatura de él, Cass, que tocaba un cuerno de caza; esto era lo que Miss Sophonsiba insistía en recordar a la gente que se llamaba Warwick, aunque supieran hacía ya tiempo que así hubiera querido llamarlo ella y hasta que no lo llamaba Warwick parecía como si ella no comprendiese de qué estaban hablando y le hacía el efecto de que ella y Mr. Hubert poseyeran dos plantaciones diferentes sobre la misma superficie de tierra, la una encima de la otra. Mr. Hubert estaba sentado en el pabellón del jardín, sin botas y con los pies en el agua, bebiendo un toddy. Pero allí nadie había visto a Turl de Tomey; durante un momento hasta pareció que Mr. Hubert ni siquiera llegase a comprender de qué estaba hablando Tío Buck.
       —¡Oh, ese negro! —dijo al fin—. Lo encontraremos después de comer.
       Pero parecía que, por el momento tampoco se fuese a comer. Mr. Hubert y Tío Buck tomaron un toddy, luego Mr. Hubert mandó decir al muchacho de la puerta que podía dejar de tocar el cuerno, y él y Tío Buck tomaron otro toddy repitiendo Tío Buck:
       —Sólo quiero mi negro. Tenemos que regresar.
       —Después de comer —dijo Mr. Hubert—. Si no lo encontramos cerca de la cocina, le echaremos los perros. Ellos lo encontrarán.
       Al fin una mano empezó a agitar un pañuelo, o alguna cosa blanca, a través de la rendija de un postigo en el primer piso. Entraron en la casa por la puerta de atrás, advirtiéndoles Mr. Hubert, como siempre lo hacía, que tuvieran cuidado con las tablas podridas del piso que aún no había podido arreglar.
       Luego permanecieron en la antesala hasta que poco después oyeron un ruido confuso y unos pasos y empezaron a oler un perfume, y Miss Sophonsiba bajó por la escalera. Sus cabellos estaban recogidos en una cofia de encaje; llevaba el vestido de los domingos, y collares y un lazo rojo alrededor de la garganta, y una negrita le llevaba el abanico, quedándose él en silencio detrás de Tío Buck, observando sus labios hasta que ella los abrió, pudiendo ver el diente de caballo. Hasta entonces él no había visto a nadie con un diente de caballo y recordaba que una vez su abuela y su padre estaban hablando de Tío Buddy y Tío Buck y su abuela dijo que Miss Sophonsiba se había hecho una hermosa mujer. Pudiera ser. Él no lo sabía. El entonces sólo tenía nueve años.
       —Caramba, Mr. Theophilus —dijo ella—. Y McCaslin. —Ella ni siquiera lo había mirado y no se dirigía a él y él lo sabía, aunque estaba preparado para echar el pie hacia atrás cuando Tío Buck lo hubiese hecho—. Bienvenidos a Warwick.
       Él y Tío Buck echaron el pie hacia atrás.
       —Sólo he venido a buscar mi negro —dijo Tío Buck—. Cuando lo hayamos cogido volveremos a casa.
       Entonces Miss Sophonsiba dijo algo de un abejorro, pero él no podía recordar nada. Fue todo demasiado de prisa y eran demasiadas cosas, los pendientes y los collares entrechocando y tintineando como la cadenita de una mula de juguete al trote, hasta el perfume demasiado fuerte, como si los pendientes y los collares lo esparcieran a su alrededor cada vez que se movían y él observaba el amarillo diente caballuno aparecer y brillar entre los labios; algo acerca de que Tío Buck era una abeja libando de flor en flor que no se detenía mucho tiempo en ningún sitio y todo aquel dulce acumulado se desperdiciaba en la desierta atmósfera de Tío Buddy, llamando a Tío Buddy señor Amodeus, como llamaba a Tío Buck señor Theophilus, o quizá toda aquella miel se estaba reservando para el advenimiento de una reina y ¿quién era la afortunada reina?
       —¿Señora? —dijo Tío Buck.
       Entonces Mr. Hubert dijo:
       —Ah. Una abeja macho. Creo que ese negro creerá que es un abejorro, cuando le eche mano. Pero creo que en cuanto a libar Buck está pensando en ente momento en una salsa de carne y unas galletas y una taza de café. Y yo también.
       Fueron al comedor y comieron y Miss Sophonsiba dijo entonces con mucha seriedad que unos vecinos que se encontraban sólo a media jomada a caballo no debían estar tanto tiempo sin dejarse ver como Tío Buck, y Tío Buck dijo: «Sí, señora», y Miss Sophonsiba dijo que Tío Buck no era sino un solterón recalcitrante y vagabundo desde su nacimiento, y esta vez Tío Buck dejó de masticar y levantó los ojos y dijo que sí, señora, que sin duda lo era y que era ya demasiado tarde para cambiar, pero que al menos podía dar gracia a Dios porque ninguna mujer tendría que padecer el suplicio de vivir con él y con Tío Buddy, y Miss Sophonsiba dijo ah, quizá Tío Buck no había encontrado aún a la mujer que no sólo hubiera aceptado aquello que Tío Buck se complacía en llamar suplicio, sino que hiciera que Tío Buck considerase su libertad bien poca cosa, y Tío Buck dijo:
       —No, señora; todavía no.
       Luego él y Mr. Hubert y Tío Buck fueron a la veranda y se sentaron. Mr. Hubert no había acabado aún de quitarse las botas y de invitar a Tío Buck a quitarse las suyas, cuando Miss Sophonsiba salió por la puerta llevando una bandeja con otro toddy.
       —Diablos, Sibbey —dijo Mr. Hubert—. Apenas acaba de comer. No quiere beber ahora.
       Pero Miss Sophonsiba pareció como si ni siquiera le hubiese oído. Se quedó allí, el diente de caballo no se le veía porque no hablaba, ofreciendo el toddy a Tío Buck, hasta que, pasado un rato, dijo que su padre solía decir siempre que nada endulzaría un toddy del Mississippi como la mano de una señorita del Mississippi y ¿quería ver Tío Buck cómo acostumbraba ella a endulzar el toddy de su papá? Cogió el toddy y bebió un sorbo y se lo ofreció de nuevo a Tío Buck y esta vez Tío Buck lo cogió. Echó el pie hacia atrás y bebió el toddy y dijo que si Mr. Hubert se iba a descansar, también él se echaría un poco, ya que como se habían puesto las cosas todo hacía creer que Turl de Tomey se había propuesto brindarles una caza larga y fatigosa, a menos que los perros de Mr. Hubert no fuesen mucho mejores de lo que solían ser.
       Mr. Hubert y Tío Buck entraron en la casa. Después de un rato también él se levantó y fue al patio de atrás a esperarles. La primera cosa que vio fue la cabeza de Turf de Tomey que se deslizaba a lo largo del seto del sendero. Pero cuando él atravesó el patio para cortarle el camino, Turf de Tomey ni siquiera estaba corriendo. Se había acurrucado tras unas matas, observando la casa, espiando a través del ramaje la puerta posterior y las ventanas, y le dijo con una voz que no era un susurro pero tampoco fuerte:
       —¿Qué están haciendo ahora?
       —Están durmiendo la siesta —dijo él—. Pero esto no importa; apenas se levanten te echarán los perros encima.
       —Ah —dijo Turf de Tomey—. Tampoco tú debes preocuparte por nada. Ahora tengo una protección. Lo que tengo que hacer es impedir al viejo Buck que me atrape hasta que yo reciba la palabra.
       —¿Qué palabra? —dijo él—. ¿Una palabra de quién? ¿Va Mr. Hubert a comprarte a Tío Buck?
       —Ah —dijo de nuevo Turf de Tomey—. Tengo una protección mejor que la que puede tener Mr. Hubert. —Se puso de pie—. Voy a decirle algo que debes recordar: cada vez que quieras que se haga una cosa, desde preparar una cosecha hasta casarte, encomienda el asunto a las mujeres. Luego todo lo que tienes que hacer es quedarte tranquilo y esperar. Recuerda esto.
       Luego Turf de Tomey se fue. Y pasado un momento él volvió a entrar en la casa. Pero allí no había más que ronquidos que procedían de la habitación donde se hallaban Mr. Hubert y Tío Buck, y un ronquido más leve que llegaba del piso de arriba. Fue al pabellón y se sentó con los pies en el agua como había hecho Mr. Hubert, porque dentro de poco ya habría refrescado bastante para la caza. Y, en efecto, al poco rato Mr. Hubert y Tío Buck aparecieron en la veranda, y tras de ellos Miss Sophonsiba con la bandeja del toddy, sólo que esta vez Tío Buck bebió el suyo antes de que Miss Sophonsiba tuviese tiempo de endulzarlo, y Miss Sophonsiba les dijo que volviesen pronto, porque Tío Buck no conocía de Warwick sino perros y negros y ya que ella lo tenía allí, quería enseñarle su jardín, en el que no mandaba ni Mr. Hubert ni nadie.
       —Sí, señora —dijo Tío Buck—. Yo sólo quiero atrapar mí negro. Cuando lo hayamos cogido nos volveremos a casa.
       Cuatro o cinco negros acercaron los tres caballos. Ya se podían oír los perros que esperaban aún sujetos en traílla en el sendero, y ellos montaron los caballos y fueron senda abajo, hacia las casas de los negros, con Tío Buck a la cabeza de todos, hasta de los perros. Por eso él no supo bien en qué momento ni dónde apareció Turl de Tomey, ni si había o no brotado de una de las cabañas. Tío Buck se hallaba delante de todos sobre Black John y ellos todavía no habían soltado los perros cuando Tío Buck rugió:
       ¡Vamos! ¡Ya salió! —y Black John hizo resonar sus cascos cuatro veces como cuatro pistoletazos, mientras se disponía a lanzarse, luego él y Tío Buck desaparecieron detrás de la colina como si fuesen corriendo más allá del confuso límite del mundo. También Mr. Hubert rugía:
       —¡Se ha ido! ¡Soltadlos!
       Y todos a la vez se amontonaron al otro lado de la colina apenas a tiempo para ver a Turl de Tomey lejos en la pradera, cerca del bosque, y el abigarrado enjambre de perros bajando la colina, siguiendo por la llanura. Y cuando tumultuosamente estuvieron alrededor de Turl de Tomey pareció como que trataban de saltarle encima con alegría y querían lamerle la cara, hasta que Turl de Tomey aflojó la marcha y él y los perros entraron juntos en el bosque, al paso como si regresasen de la caza del conejo. Y cuando alcanzaron a Tío Buck en el bosque, no estaban allí ni Turl de Tomey ni los perros, y no hallaron sino, al cabo de media hora, a la vieja Jake trabada en medio de un grupo de arbustos con la chaqueta de Turl de Tomey atada a la grupa como montura, y cerca de media arroba de la avena de Mr. Hubert desparramada por el suelo a su alrededor, porque la vieja Jake no tenía ya suficiente apetito para comérsela y la cogía y la volvía a escupir. No había sido una buena carrera.
       —Lo cogeremos esta noche —dijo Mr. Hubert—. Le tenderemos una trampa. Pondremos una guardia de negros y de perros en torno a la casa de Tennie a eso de la medianoche, y lo cogeremos.
       —Esta noche, un cuerno —dijo Tío Buck—. Yo y Cass y ese negro nos encontraremos a mitad de camino de casa cuando oscurezca. ¿No tiene ninguno de sus negros un perro bastardo que siga las huellas de los lebreles?
       —¿Y dar vueltas como idiotas por el bosque en medio de la noche? —dijo Mr. Hubert—. Me apuesto quinientos dólares a que lo único que se debe hacer para coger a ese negro es ir despacio a la cabaña de Tennie, después de que oscurezca, y llamarle.
       —¿Quinientos dólares? —dijo Tío Buck—. ¡Va! Porque ni yo ni él nos encontraremos de ningún modo cerca de la cabaña de Tennie cuando oscurezca. ¡Quinientos dólares! —Él y Mr. Hubert se miraron intensa y ferozmente.
       —¡Va! —dijo Mr. Hubert.
       Y se quedaron esperando mientras Mr. Hubert mandó a uno de los negros que volviera a casa montado en la vieja Jake, y al cabo de una media hora el negro volvió con un pequeño bastardo negro con la cola empenachada y una nueva botella de whisky. Luego se acercó a Tío Buck y le dio algo envuelto en un pedazo de papel.
       —¿Qué es? —dijo Tío Buck.
       —Es para usted —contestó el negro.
       Entonces Tío Buck lo cogió y lo desenvolvió. Era la cinta roja que había estado alrededor del cuello de Miss Sophonsiba y Tío Buck permanecía allí con Black John, sosteniendo el lazo como si fuese una pequeña serpiente venenosa, sólo que no quería hacer ver que le tenía miedo, y parpadeaba rápidamente mirando al negro. Luego dejó de parpadear.
       —¿Por qué? —dijo.
       —Se lo manda día —repuso el negro—. Me mandó que le dijera «éxito».
       —¿Qué dijo? —insistió Tío Buck.
       —No lo sé, señor —dijo el negro—. Ella dijo sólo «éxito».
       —¡Oh! —exclamó Tío Buck.
       Y el bastardo encontró a los perros. Primero los oyeron desde una distancia considerable. Era precisamente antes de la puesta del sol y no seguían una pista, sino que hacían el ruido que hacen los perros cuando quieren salir de algún sitio. Descubrieron también de qué se trataba. Era una pequeña cabaña en un campo a unas dos millas de la casa de Mr. Hubert y los once perros estaban allí dentro y la puerta atrancada con un leño. Contemplaron a los perros salir alborotando cuando los negros abrieron la puerta.
       Mr. Hubert estaba sentado en su caballo y miraba la nuca de Tío Buck.
       —Bien, bien —dijo Mr. Hubert—. Esto es algo, de todos modos. Puedes volver a emplearlos otra vez. Parece que no le dan más trabajo al negro que el que él les da a ellos.
       —No el suficiente —dijo Tío Buck—. Y esto va por todos ellos. Me quedaré con el bastardo.
       —Muy bien —dijo Mr. Hubert. Luego prosiguió—: Diablos, Filus, vámonos. Vamos a cenar. Te lo repito, todo lo que tienes que hacer para coger a ese negro es…
       —Quinientos dólares —dijo Tío Buck.
       —¿Qué? —dijo Mr. Hubert.
       Él y Tío Buck se miraron. Ahora no estaban furiosos. Tampoco bromeaban. Se miraban, a la luz del incipiente crepúsculo, parpadeando un poco.
       —¿Qué quinientos dólares? —dijo Mr. Hubert.
       —Que no podrás coger a ese negro a la medianoche en la cabaña de Tennie. Que ni yo ni ése negro estaremos cerca de ninguna casa que no sea la mía a medianoche.
       Se miraron con indignación.
       —Quinientos dólares —dijo Mr. Hubert—. Hecho.
       —Hecho —dijo Tío Buck.
       —Hecho —dijo Mr. Hubert.
       —Hecho —dijo Tío Buck.
       De modo que Mr. Hubert cogió los perros y algunos negros y volvió a la casa.
       Entonces él y Tío Buck y el negro con el bastardo continuaron, y el negro llevaba con una mano a la vieja Jake y sostenía la traílla del bastardo (que era un pedazo usado de la cuerda de un arado) con la otra. Tío Buck hizo olfatear al bastardo la chaqueta de Turl de Tomey; fue como si el bastardo comprendiese entonces por primera vez que estaban buscando, y ellos le habrían soltado de la traílla y le habrían dejado atrás con los caballos, sólo que en aquel momento el muchacho negro empezó a tocar el cuerno para la cena y por eso no se arriesgaron.
       Luego oscureció por completo. Y luego —él no sabía cuánto más tarde ni dónde se encontraban, ni a qué distancia de casa, salvo que se trataba de un buen trecho y ya hacía rato que estaba oscuro y ellos continuaban andando con Tío Buck que se agachaba de vez en cuando para que el bastardo le diera un buen olfateo a la chaqueta de Turl de Tomey mientras Tío Buck tomaba otro trago de la botella de whisky— descubrieron que Turl de Tomey había cambiado de dirección y estaba dando un gran rodeo para volver a casa.
       —¡Vaya, lo hemos cogido! —dijo Tío Buck—. Cortaremos hacia la casa y llegaremos antes de que se meta dentro.
       Por eso dejaron al negro que soltara al bastardo y lo siguiera montado en la vieja Jake, y él y Tío Buck se dirigieron hacia la propiedad de Mr. Hubert, deteniéndose en la colina para dejar descansar a los caballos y para escuchar al bastardo allá abajo, en el fondo del torrente, donde Turl de Tomey estaba todavía haciendo su rodeo.
       Pero no pudieron cogerle. Llegaron a las viviendas envueltas en la oscuridad; podían ver las luces encendidas en casa de Mr. Hubert y alguien estaba tocando el cuerno del zorro y no era un muchacho y él no había oído nunca un toque de cuerno tan loco, y él y Tío Buck se acomodaron sobre el declive más abajo de la cabaña de Tennie. Luego oyeron al bastardo, que no seguía la pista sino que ladraba, a eso de una milla de distancia, y luego oyeron el grito de reclamo del negro y supieron que el bastardo se había equivocado. Estaba sobre el torrente. Recorrieron las orillas de un lado y otro durante más de una hora, pero no consiguieron encontrar a Turl de Tomey. Por último, hasta Tío Buck renunció y se dirigieron hacia la casa, y el bastardo iba sobre la yegua delante del negro. Estaban precisamente volviendo a subir el sendero que llevaba a las viviendas; podían ver a lo largo de la colina la casa de Mr. Hubert ya a oscuras, cuando, de pronto, el bastardo ladró y se tiró al suelo, y se puso a correr ladrando a cada salto, y Tío Buck saltó a tierra también y le tiró del poney casi antes de que él pudiese libertar los pies de los estribos, y ellos también corrieron, entre las cabañas a oscuras, hacia aquélla a la que se había lanzado el bastardo.
       —¡Vamos a cogerle! —dijo Tío Buck—. Corre a la parte de atrás. No grites; coge un palo y pega fuerte a la puerta.
       Después, Tío Buck admitió que había sido culpa suya, que había olvidado hasta lo que un niño debiera saber: no estar nunca delante o detrás de un negro cuando se le asusta, sino siempre a un lado. Tío Buck olvidó esto. Se paró delante de la puerta, precisamente enfrente, y delante tenía al bastardo que ladraba con todas sus fuerzas, como si quisiera matar a alguien; y dijo que de lo primero que se dio cuenta fue de que el bastardo lanzó un aullido y giró sobre sí mismo, y detrás de aquello estaba Turl de Tomey. Tío Buck dijo que ni siquiera vio abrirse la puerta; que el bastardo lanzó apenas un aullido y se refugió entre sus piernas y luego Turl de Tomey corrió limpiamente por encima de él. No se turbó siquiera; derribó a Tío Buck, y lo cogió en seguida antes de que pudiese caer al suelo, sin detenerse, lo agarró por un brazo, siempre corriendo, y lo arrastró un par de metros diciendo: «Busca otro sitio, viejo Buck. Busca en otro sitio, viejo Buck», antes de soltarlo y de continuar corriendo. Mientras tanto, no se oía al bastardo.
       Tío Buck no se hizo daño; únicamente, dando con la espalda donde Turl de Tomey le había soltado, se quedó sin aliento. Pero llevaba en el bolsillo posterior del pantalón la botella de whisky y se había reservado un último trago para después de la captura de Turl de Tomey y se negó a moverse hasta que no estuvo completamente seguro de que se trataba de whisky y no de sangre. De modo que Tío Buck permaneció echado sobre un costado, y él se arrodilló a su lado y le sacó del bolsillo los trozos de vidrio. Luego siguieron hacia la casa, a pie. El negro avanzó con los caballos, pero nadie dijo nada a Tío Buck referente a montar de nuevo. El bastardo no se oía ya.
       —Iba de prisa, desde luego —dijo Tío Buck—. Pero no creo que ni siquiera él consiga alcanzar a ese bastardo. ¡Caramba, qué noche!
       —Lo cogeremos mañana —dijo él.
       —¡Mañana, un cuerno! —repuso Tío Buck—. Mañana estaremos en casa. Y la primera vez que Hubert Beauchamp o ese negro pongan los pies en mis tierras los haré arrestar por allanamiento y por vagabundos.
       La casa estaba a oscuras. Podían oír a Mr. Hubert que roncaba convenientemente como si cumpliese una obligación, con un ritmo igual y constante. Pero no oyeron ningún ruido en el primer piso, ni siquiera cuando se hallaron en la oscura antesala al pie de la escalera.
       —Probablemente su cuarto estará en la parte de atrás —dijo Tío Buck—. Desde donde pueda llamar a la gente de la cocina sin tener que levantarse. Además, una soltera seguramente tendrá la puerta cerrada con llave, con extraños en casa.
       Y Tío Buck se sentó en el último escalón y él se arrodilló y le quitó las botas. Luego se quitó las suyas y las puso junto a la pared, y él y Tío Buck subieron la escalera, avanzando a tientas la galería del primer piso. También allí estaba todo a oscuras, y no se oía ruido por ningún sitio, sino los ronquidos de Mr. Hubert en el piso bajo, y así avanzaron a tientas por la galería hacia la parte delantera de la casa, hasta que por el tacto reconocieron una puerta. No se oía ningún ruido detrás de la puerta y, cuando Tío Buck giró el picaporte, se abrió.
       —Muy bien —dijo Tío Buck—. Despacio.
       Podían ver un poco, lo suficiente para distinguir las molduras de la cama y el mosquitero. Tío Buck se bajó los tirantes y se desabrochó los pantalones y se acercó a la cama y se sentó despacio en el borde y él se arrodilló de nuevo y le quitó los pantalones a Tío Buck y se estaba bajando los suyos cuando Tío Buck alzó el mosquitero, levantó los pies y se introdujo en la cama. Fue entonces cuando Miss Sophonsiba se sentó al otro lado de Tío Buck y lanzó el primer chillido.


3

       Cuando llegó a casa al día siguiente, un poco antes de la cena, estaba verdaderamente exhausto. Estaba demasiado cansado para comer, aunque Tío Buddy esperaba que él comiese; y no hubiera podido mantenerse a caballo otra milla más sin dormirse. En realidad, debía haberse dormido mientras se lo estaba contando a Tío Buddy, porque lo primero que supo después es que estaba entrada la tarde y él echado sobre la paja en el fondo bamboleante del carro, Tío Buddy sentado en el banco encima de él, exactamente del mismo modo que se sentaba a caballo o en la mecedora delante del fogón de la cocina cuando guisaba, y sostenía en el puño la fusta exactamente como el tenedor o la cuchara para revolver y probar la comida. Tío Buddy tenía pan y carne fría y una jarra de suero de leche envuelta en un saco húmedo, todo preparado para cuando él despertara. Comió tarde, bebían haber andado de prisa porque no estaban a más de dos millas de la propiedad de Mr. Hubert. Tío Buddy esperó a que él comiese. Entonces dijo: «Cuéntamelo otra vez», y él se lo contó otra vez. Como él y Tío Buck encontraron por fin una habitación sin nadie dentro, y Tío Buck se sentó en el borde de la cama diciendo: «Caramba, Cass. Caramba, Cass», y luego oyeron los pasos de Mr. Hubert en la escalera y observaron la luz avanzando por la galería y a Mr. Hubert entrar, en camisón, y dejar la vela sobre la mesa y mirar a Tío Buck.
       —Bien, Filus —dijo—. Te ha pescado al fin.
       Ha sido un accidente —dijo Tío Buck—. Juro por Dios…
       ¡Ah! —dijo Mr. Hubert—. No me lo cuentes a mí. Cuéntaselo a ella.
       Se lo he dicho —dijo Tío Buck—. Se lo he dicho. Juro por Dios…
       —Claro —dijo Mr. Hubert—. Y ahora escucha.
       Escucharon un minuto. Ella había estado oyendo todo el tiempo; no tan fuerte como al principio, pero constantemente.
       —¿No quieres volver allí y decirle otra vez que ha sido un accidente, que tú no pretendías nada y te disculpas y se olvida todo? Muy bien.
       —¿Muy bien, qué? —dijo Tío Buck.
       —Vuelve allí y díselo otra vez —dijo Mr. Hubert.
       Tío Buck miró a Mr. Hubert durante un minuto. Parpadeaba de prisa.
       —¿Y cuando vuelva qué te digo? —dijo.
       —¿A mí? —dijo Mr. Hubert—. Eso es harina de otro costal. ¿No te parece?
       Tío Buck miraba a Mr. Hubert. De nuevo parpadeaba rápidamente. Luego se paró otra vez.
       —Espera —dijo—. Sé razonable. Concedamos que entré en la alcoba de una señora, aunque fuera la de Miss Sophonsiba; concedamos, aunque sólo sea por hablar, que no hubiese en el mundo más mujer que ella y que por eso yo fui a su alcoba y traté de ir a la rama con ella. ¿Habría llevado conmigo a un niño de nueve años?
       —Estoy siendo razonable —dijo Mr. Hubert—. Tú fuiste al país del oso por tu libre y espontáneo deseo. Está bien; eres un hombre hecho y sabías que era el país del oso y conocías el camino de salida como conocías el de entrada, y podías elegir a tu antojo. Pero no. Tú tenías que deslizarte en su madriguera y echarte con el oso. Y que tú supieses o no que el oso estaba dentro no tiene nada que ver. Por consiguiente, si tú hubieras salido de aquella madriguera sin el menor rasguño, yo no sólo sería irrazonable, sino un maldito idiota. Después de todo, yo quería un poco de paz y tranquilidad y libertad para mí, y ahora se me presenta la ocasión de tenerlo. Sí, señor. Ella te ha pescado, Filus, y tú lo sabes. Hiciste una dura carrera y corriste bien, pero por una vez te acercaste demasiado al gallinero.
       —Sí —dijo Tío Buck. Respiró y exhaló el aliento, despacio y sin ruido. Pero se le podía oír—. Bien —dijo—. Entonces me parece que tendré que encomendarme a la suerte.
       —Ya lo hiciste —dijo Mr. Hubert—. Lo hiciste cuando volviste aquí. —Entonces se calló también. Luego parpadeó, pero sólo unas seis veces. Luego se detuvo y miró a Tío Buck durante más de medio minuto—. ¿Qué suerte? —dijo.
       —Aquellos quinientos dólares —repuso Tío Buck.
       —¿Qué quinientos dólares? —dijo Mr. Hubert. Él y Tío Buck se miraron. Esta vez fue Mr. Hubert quien parpadeó de nuevo y luego se paró otra vez—. Creía que habías dicho que lo encontraste en la cabaña de Tennie.
       —Sí —dijo Tío Buck—. Pero lo que tú me apostaste era que lo cogería allí. Si allí hubiera habido diez como yo quietos delante de aquella puerta, no hubiéramos podido cogerle.
       Mr. Hubert miraba de reojo a Tío Buck, firme e insistente.
       —Entonces tú pretendes obligarme a pagar esa idiota apuesta.
       —Tú también aprovechaste tu oportunidad —dijo Tío Buck.
       Mr. Hubert parpadeaba mirando a Tío Buck. Luego se detuvo. Entonces fue y cogió la vela de la mesa y salió. Ellos se sentaron en el borde de la rama y vieron como la luz bajaba al vestíbulo y oyeron los pasos de Mr. Hubert en la escalera. Pasado un momento empezaron de nuevo a ver la luz subir la escalera. Luego Mr. Hubert entró y se dirigió a la mesa y dejó en ella la vela y a su lado un mazo de cartas.
       —Una mano —dijo—. Tira. Tú barajas, yo corto, este chico da. Quinientos dólares contra Sibbey. Y arreglaremos el asunto de ese negro de una vez para siempre. Si tú ganas compras a Tennie; si gano yo, compro a ese muchacho tuyo. El precio será él mismo para los dos: trescientos dólares.
       —¿Ganar? —dijo Tío Buck—. ¿El que gane compara los negros?
       —¡Gana Sibbey, maldición! —dijo Mr. Hubert—. ¡Gana Sibbey! ¿Por qué otra maldita cosa estamos discutiendo ahora? La mano más baja gana Sibbey y compra los negros.
       —Está bien —dijo Tío Buck—. Compraré a esa maldita muchacha y pondremos fin a esta tontería.
       —Ah —dijo Mr. Hubert—. Es la tontería más grande en que te has metido en toda tu vida. No. Tú dijiste que querías correr tu suerte, y ahora ahí la tienes. Aquí precisamente sobre esta mesa, esperándote.
       Tío Buck barajó las cartas, y Mr. Hubert las cortó. Entonces él cogió las cartas y dio alternativamente hasta que Tío Buck y Mr. Hubert tuvieron cinco.
       Y Tío Buck miró largo rato su mano y luego pidió dos cartas y él se las dio, y Mr. Hubert echó una rápida mirada a su mano y pidió una carta y él se la dio, y Mr. Hubert echó su carta de descarte sobre las dos que había descartado Tío Buck y deslizó la nueva carta en su mano y las abrió y les dio una rápida ojeada y volvió a cerrarlas y miró a Tío Buck y dijo:
       —¿Bien? ¿Reforzaste tu trío?
       —No —dijo Tío Buck.
       —Bien, yo sí —dijo Mr. Hubert. Tiró sus cartas encima de la mesa de modo que cayeron descubiertas delante de Tío Buck, y eran tres reyes y dos cincos, y dijo:
       —¡Por Dios, Buck McCaslin, ya encontraste la horma de tu zapato!
       —¿Y eso es todo? —dijo Tío Buddy.
       Era tarde ya, casi la puesta del sol; llegarían a casa de Mr. Hubert dentro de quince minutos.
       —Sí, señor —dijo él, diciendo, además, cómo Tío Buck lo había despertado de madrugada y él bajó descolgándose por la ventana y había cogido el poney y se había ido, y cómo Tío Buck dijo que si ellos le acercaban demasiado entretanto, él bajaría por el canalón y se escondería en el bosque hasta que llegase Tío Buddy.
       —Ah —dijo Tío Buddy—. ¿Estaba allí Turl de Tomey?
       —Sí, señor —dijo—. Estaba esperando en la cuadra cuando fui a buscar el poney. Me dijo: «¿Han arreglado la cosa?».
       —¿Y tú qué le dijiste? —dijo Tío Buddy.
       —Yo le dije: «Tío Buck parece que está arreglado. Pero Tío Buddy no ha venido todavía».
       —Ah —dijo Tío Buddy.
       Y eso fue casi todo. Llegaron a la casa. Pudiera ser que Tío Buck les estuviese observando, pero si estaba no se hizo ver ni salió del bosque. Tampoco se veía a Miss Sophonsiba por ninguna parte, así por lo menos Tío Buck no se había comprometido del todo; por lo menos todavía no la había pedido. Y él y Tío Buddy y Mr. Hubert cenaron y fueron a la cocina y limpiaron la mesa, dejando sólo la lámpara y el mazo de cartas. Luego fue exactamente como la noche anterior, excepto que Tío Buddy no llevaba corbata y Mr. Hubert estaba vestido en vez de estar en camisón, y había una lámpara con pantalla en la mesa en vez de una vela, y Mr. Hubert sentado en un extremo de la mesa con las cartas en las manos, haciendo correr el pulgar por el borde de las cartas y mirando a Tío Buddy. Entonces dio unos golpecitos a los bordes, igualándolos, y dejó el mazo en medio de la mesa, debajo de la lámpara, y cruzó los brazos en el borde de la mesa y se echó un poco hacia delante, mirando a Tío Buddy, que estaba sentado en el otro extremo de la mesa con las manos en el regazo, todo de un color gris, parecido a una vieja roca gris o a un tronco con musgo gris, lo mismo de inmóvil, con su redonda cabeza blanca como la de Tío Buck, pero él no parpadeaba como Tío Buck, como si a fuerza de estar sentado vigilando la comida que se guisaba, como si las cosas que había cocinado le hubieran hecho algo más macizo de lo que hubiera sido y las cosas que él cocinó, la harina y todo eso, le hubieran hecho de un semejante y apagado color.
       —¿Un poco de toddy antes de comenzar? —dijo Mr. Hubert.
       —No bebo —dijo Tío Buddy.
       —Está bien —dijo Mr. Hubert—. Yo sabía que había alguna otra cosa, aparte su debilidad por las mujeres, que hace parecer humano a Filus. Pero no importa. —Parpadeó dos veces mirando a Tío Buddy—. Buck McCaslin contra la tierra y los negros que tú me has oído prometer como dote de Sophonsiba el día de su boda. Si yo gano, Filus se casa con Sibbey sin dote. Si tú ganas, te llevas a Filus. Pero a mí me corresponden todavía los trescientos dólares que Filus me debe por Tennie. ¿Es justo?
       —Es justo —dijo Tío Buddy.
       —Vamos —dijo Mr. Hubert—. Una mano. Tú barajas, yo corto, este chico reparte.
       —No —dijo Tío Buddy—. Cass, no. Es demasiado joven. No quiero mezclarle en estos juegos de azar.
       —Ah —dijo Mr. Hubert—. Se dice que jugar a las cartas con Amodeus McCaslin no es un juego de azar. Pero no importa. —Pero él seguía mirando a Tío Buddy; ni siquiera volvió la cabeza cuando dijo: Vete a la puerta de servicio y llama. Tráete a la primera criatura que te conteste, sea animal o mula o ser humano, con tal que pueda dar diez cartas.
       Entonces él fue a la puerta de servicio. Pero no tuvo que llamar porque Turl de Tomey estaba acurrucado contra el muro detrás de 3a puerta, y volvieron al comedor donde Mr. Hubert seguía sentado con los brazos cruzados sobre la mesa y Tío Buddy en el lado opuesto con las manos en el regazo, y en medio de ellos, bajo la lámpara, la baraja.
       Ninguno levantó la vista cuando él y Turl de Tomey entraron.
       —Baraja —dijo Mr. Hubert.
       Tío Buddy barajó y dejó las cartas debajo de la lámpara y volvió a poner las manos en su regazo y Mr. Hubert cortó y volvió a cruzar los brazos en el borde de la mesa.
       —Reparte —dijo.
       Ni él ni Tío Buddy alzaron la vista. Permanecieron sentados inmóviles, mientras la mano de color de silla de montar de Turl de Tomey entró en el círculo de luz y cogió la baraja y repartió una carta cubierta a Mr. Hubert y otra cubierta a Tío Buddy v una descubierta a Mr. Hubert y era un rey, y una descubierta a Tío Buddy y era un seis.
       —Buck McCaslin contra la dote de Sibbey —dijo Mr. Hubert—. Da cartas.
       Y la mano dio una carta a Mr. Hubert y era un dos.
       Mister Hubert miró a Tío Buddy. Tío Buddy dio un golpe con los nudillos sobre la mesa.
       —Da cartas —dijo Mr. Hubert.
       Y la mano dio una carta a Mr. Hubert, y era otro tres, y otra a Tío Buddy y era un cuatro. Mr. Hubert miró las cartas de Tío Buddy. Entonces miró a Tío Buddy y Tío Buddy de nuevo golpeó la mesa con los nudillos.
       —Da cartas —dijo Mr. Hubert.
       Y la mano le dio un as y a Tío Buddy un cinco, entonces Mr. Hubert se quedó inmóvil. No miro nada y no se movió durante un minuto; seguía sentado y miraba a Tío Buddy poner una mano sobre la mesa por primera vez desde que había barajado y levantar una punta de su carta tapada y echarle un vistazo y volver a poner las manos sobre las rodillas.
       —Servido —dijo Mr. Hubert.
       —Te apuesto esos dos negros —dijo Tío Buddy.
       Tampoco se movió. Estaba sentado como en el carro o sobre un caballo o en la mecedora delante del fogón.
       —¿Contra qué? —dijo Mr. Hubert.
       —Contra los trescientos dólares que Teophilus te debe por Tennie, y los trescientos que tú y Teophilus habéis convenido para Turl de Tomey —dijo Buddy.
       —Ah —dijo Mr. Hubert, sólo que esta vez no lo dijo ruidosamente, ni con brusquedad. Entonces dijo. «Ah. Ah. Ah», y no muy alto. Luego dijo: «Bien». Luego dijo: «Bien, bien». Y después: «Aclaremos las cosas. Si yo gano, te quedas con Sibbey sin dote y los dos negros, y no le debo nada a Filus. Por el contrario, si tú ganas…».
       —Teophilus es libre. Y tú le debes trescientos dólares por Turl de Tomey —dijo Tío Buddy.
       —Eso es si hablo —dijo Mr. Hubert—. Si no hablo Filus no me deberá nada y yo no le deberé nada a Filus a menos que no me quede con ese negro al que durante años he tratado de explicar, y a vosotros también, que no lo quiero tener en mis tierras. Salvo esto nos encontraremos en el mismo punto en que se iniciaron todas estas tonterías. Así que todo se reduce a esto: o tengo que soltar una negra o corro el riesgo de comprar un negro que vosotros mismos habéis reconocido no poder sujetar en casa.
       Entonces cesó de hablar. Casi durante un minuto pareció como si él y Tío Buddy se hubieran dormido.
       Luego Mr. Hubert cogió su carta tapada y le dio la vuelta. Era otro tres, y Mr. Hubert permaneció sentado sin mirar nada, golpeando con los dedos, despacio y acompasadamente, y no muy fuerte, sobre la mesa.
       —Hum —dijo—. Y tú necesitas un tres y sólo hay cuatro de ellos y yo ahora tengo tres. Y tú acabas de barajar. Y yo corté después. Y si yo hablo tendré que comprar ese negro. ¿Quién dio las cartas, Amodeus?
       Sólo que no esperó la respuesta. Avanzó e inclinó la lámpara, la luz se dirigió a los brazos de Turl de Tomey que suponía fuesen negros pero que eran casi blancos, iluminó la camisa de los domingos que era de suponer fuese blanca pero no lo era del todo, la que él se ponía cada vez que se escapaba, así como Tío Buck se ponía la corbata cada vez que iba a buscarlo, y sobre su cara; y Mr. Hubert allí sentado, sosteniendo la lámpara y mirando a Turl de Tomey. Luego dejó la lámpara en su sitio y cogió sus cartas y las puso boca arriba y las empujó hacia el centro de la mesa.
       —Yo paso, Amodeus —dijo.


4

       Él estaba todavía demasiado cansado y falto de sueño para ir a caballo, por eso esta vez los tres, él, Tío Buddy y Tennie, iban en el carro, mientras que Turl de Tomey tiraba del poney, montado en la vieja Jake. Y cuando llegaron a casa poco después de amanecer, Tío Buddy ni siquiera tuvo tiempo de empezar a preparar el desayuno y el zorro tampoco lo tuvo para salir del cesto, porque los perros estaban precisamente en la habitación. El viejo Moses se metió directamente en el cuévano con el zorro, por lo que ambos se quedaron en el fondo. Esto es, el zorro lo estaba completamente, porque cuando Tío Buddy abrió la puerta para entrar, el viejo Moses aún llevaba la mayor parte del cuévano alrededor del cuello hasta que Tío Buddy lo sacó a patadas. Así ellos dieron sólo una carrera, a través de las galerías de delante y alrededores de la casa y pudieron oír los arañazos del zorro que quería encaramarse por el delgado poste hasta el techo. Fue una buena carrera mientras duró, pero terminó demasiado pronto.
       —¿Cómo demonios se te ocurre —dijo Tío Buddy— soltar esa maldita cosa con todos los perros en el mismo cuarto?
       —Maldito zorro —dijo Tío Buck—. Vete y prepáranos el desayuno. Me parece que he estado fuera de casa todo un mes.




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