William Faulkner
(1897-1962)

Gambito de caballo
(“Knight’s Gambit”)
Knight’s Gambit (1949)


I

      Uno de ellos golpeó. Pero la puerta se abrió en medio de los golpes, girando mientras los nudillos golpeaban, de modo que los dos visitantes estuvieron dentro de la habitación antes de que Charles y su tío levantasen los ojos del tablero de ajedrez. Y entonces su tío, a su vez, los reconoció.
       Su nombre era Harriss. Eran hermano y hermana. A primera vista podrían haber sido gemelos, no sólo para los extraños, sino también para la mayor parte de los habitantes de Jefferson. En efecto, posiblemente no había ni media docena de personas en el distrito de Yoknapatawpha que supiera en realidad cuál era el mayor de los hermanos. Vivían a seis millas del pueblo, en lo que veinte años atrás fuera simplemente una de las tantas plantaciones en las que se cultivaba algodón para el mercado, y maíz y heno para alimentar las mulas y caballos que trabajaban en dichos cultivos. Ahora, en cambio, estaba transformada en un lugar famoso del distrito, más aún, de todo el norte de Mississippi: una milla cuadrada de parque y campos de pastoreo, caballerizas de paneles blancos, cercos y cuadros, establos con luz eléctrica y una casa que en una época fuera simple y austera, transformada ahora en algo sin estilo, en algo poco más pequeño que un escenario de Hollywood de antes de la guerra.
       Entraron y se detuvieron, sonrosados, jóvenes, delicados, vistiendo ropas costosas, ateridos por el frío de la noche de diciembre. El tío de Charles se levantó.
       —Miss Harriss, Mr. Harriss —dijo—. Pero como ya han entrado, no puedo invitarlos a…
       Pero el muchacho no esperó tampoco a que terminara de hablar. Y Charles advirtió que el hermano tenía a la hermana, no del brazo o del codo, sino del antebrazo, arriba de la muñeca, como en las viejas litografías que muestran al agente policial con su detenido o al soldado arrebatado por la victoria, con su cautiva sabina. Y sólo entonces advirtió el rostro de la muchacha.
       —Usted es Stevens —dijo el muchacho. No formuló una pregunta, sino que mencionó el hecho, simplemente.
       —Correcto en parte —dijo su tío—. Pero, dejemos eso. ¿Qué puedo hacer…?
       Tampoco esperó el muchacho esta vez. Volviéndose hacia su hermana, le dijo:
       —Es Stevens. Díselo.
       Pero ella no habló. Estaba de pie, vistiendo un traje de noche y un abrigo de piel que había costado más que lo que cualquier muchacha o señora en Jefferson y en el distrito de Yoknapatawpha podían gastar en tales prendas, mirando al tío con aquella expresión helada, de terror o de temor, o lo que fuere, que había en su rostro, mientras los nudillos de la mano de su hermano palidecían cada vez más sobre su muñeca.
       —Dile —dijo el muchacho.
       Por fin habló. Apenas se la podía oír.
       —El capitán Gualdres. En casa…
       Su tío había dado uno o dos pasos hacia ellos. Ahora se detuvo, en medio de la habitación, contemplándola.
       —Sí —dijo—. Cuénteme todo.
       Pero parecía que todo había terminado con aquel impulso inicial. La muchacha estaba allí, inmóvil, tratando de decirle algo, lo que fuera, con los ojos; tratando de decirlo a ambos, puesto que el sobrino, Charles, también estaba presente. Mas muy pronto descubrieron de qué se trataba, o lo que el hermano quería que ella dijese, y para lo cual la había traído por la fuerza hasta el pueblo; o por lo menos, lo que él creía que ella deseaba contar. Porque debió saber desde un principio que probablemente el tío sabía ya más de lo que tanto él como ella tenían intención de contar; quizás, aun en aquel momento, todo. Pero transcurriría algún tiempo antes de que Charles lo supiera a su vez. Y el motivo de que tardase tanto tiempo en descubrirlo fue el tío mismo.
       —Sí —dijo el muchacho, exactamente con el mismo tono de voz con que se negara a dirigirse al hombre mayor con algún título de cortesía, o con la deferencia que merecía su edad. El sobrino, Charles, vio que el hermano miraba a su tío también: el mismo rostro delicado de su hermana, pero sin ninguna ternura en los ojos, que contemplaban al tío sin tomarse siquiera el trabajo de ser duros: aguardaban, simplemente.
       —El capitán Gualdres, nuestro supuesto huésped. Queremos que abandone nuestra casa y también el distrito.
       —Comprendo —observó el tío. A continuación añadió—: Estoy en el comité de conscripción militar de este lugar. No recuerdo haber visto su nombre en el registro. Pero la mirada del muchacho no registró cambio alguno. No era ni siquiera despreciativa. Aguardaba, simplemente.
       Y luego el tío miró a la hermana; su voz era muy diferente ahora.
       —¿Se trata de eso? —preguntó.
       Pero ella no repuso. Se limitó a contemplar al tío con aquella desesperación insistente, un brazo caído a un costado y los nudillos de la mano de su hermano lívidos en torno a su muñeca. Ahora el tío se estaba dirigiendo al hermano, a pesar de que seguía mirando a la muchacha, y su voz era todavía suave, o por lo menos, serena:
       —¿Por qué ha venido a mi casa? ¿Qué le hace suponer que puedo ayudarlo, que lo ayudaré?
       —Usted representa a la Ley aquí, ¿no? —dijo el muchacho.
       El tío seguía mirando a la hermana.
       —Soy el fiscal del distrito —todavía se dirigía a ambos—. Pero aun cuando pudiese ayudarlo, ¿por qué habría de hacerlo?
       Una vez más habló el muchacho:
       —Porque no estoy dispuesto a que un cazador de fortunas se case con mi madre.
       Entonces se le antojó a Charles que su tío miraba al muchacho por primera vez.
       —Comprendo —dijo el tío. Y su voz era diferente ahora. No más fuerte, ni tampoco tenía mayor suavidad, sino que era como si por primera vez hubiese dejado de dirigirse a la hermana—. Ése es asunto suyo y está en su derecho. —Nuevamente le preguntó—: ¿Por qué habría de hacer yo nada para impedirlo, aun cuando me fuese posible hacerlo? —y ahora ambos hablaron, el tío y el muchacho; hablaron concisa y rápidamente; era casi como si estuviesen en puntas de pie y se golpearan uno al otro, mutuamente.
       —Estaba comprometido para casarse con mi hermana. Cuando descubrió que el dinero seguiría siendo de mi madre mientras viviera, se echó atrás.
       —Comprendo. Desea recurrir a las leyes de deportación del gobierno federal para vengar a su hermana y a la vez vengarse del que la dejó.
       Esta vez el muchacho ni siquiera contestó. Miró simplemente al hombre mayor con una malevolencia tan fría, tan controlada, tan adulta, que el sobrino, Charles, vio que su tío hacía una pausa deliberada antes de encararse con la hermana, hablando luego una vez más con aquella voz suave, a pesar de que debió repetir la pregunta antes de que ella respondiese:
       —¿Es verdad eso?
       —No estábamos comprometidos —murmuró ella.
       —Pero ¿usted lo quiere?
       El hermano no le dio tiempo, ni a ella ni a nadie.
       —¿Qué sabe ella de amor? —dijo—. ¿Tomará este caso, o también deberé denunciar a usted ante sus superiores?
       —¿Puede arriesgarse a dejar su casa durante tanto tiempo? —preguntó el tío con aquella voz tranquila que él, Charles, conocía tan bien, y que, de haberse dirigido a él, le habría hecho saltar y ponerse alerta. Pero el muchacho ni siquiera se detuvo.
       —Hable claro, si le es posible —dijo.
       —No tomaré su caso —replicó el tío.
       Durante un momento el muchacho contempló al tío, mientras aferraba a su hermana de la muñeca. Luego él, Charles, creyó que la sacudiría, la arrojaría contra el suelo. Pero en cambio la soltó, mientras él mismo, que no era el dueño de casa, ni el propietario de aquella puerta que ya atravesara una vez sin esperar autorización, por no decir invitación, la abrió, y se apartó para que su hermana le precediese al salir por ella. Fue un gesto, una parodia de cortesía y deferencia, automático al cabo de largos años de hábito y educación. Automático, sí, surgido de hábitos prolongados y de la mejor educación bajo los mejores maestros y preceptores, en medio de lo que las señoras del distrito de Yoknapatawpha habrían denominado el mejor de los ambientes. Pero ahora no había ninguna diferencia en su gesto; sólo arrogancia, una arrogancia insolente, insultante, no sólo para quienes iba dirigida, sino para todos los presentes, sin una mirada para la hermana por quien sostenía la puerta abierta, pero fija en cambio en el hombre que podía ser su padre y cuyo domicilio había violado ahora dos veces.
       —Muy bien —dijo el muchacho—. No diga que no se lo advertí.
       Y entonces partieron. El tío cerró la puerta, pero durante un segundo no se movió. Fue una pausa, una tregua, un instante infinitesimal de inmovilidad, tan fugaz que probablemente nadie, excepto Charles, lo habría notado. Y Charles lo notó sólo porque nunca había visto a su tío, aquel hombre rápido y nervioso, expresarse torpemente en el habla o en el movimiento, ni vacilar o detenerse una vez iniciada alguna de estas formas de expresión. Luego el tío se volvió y se acercó a Charles que seguía sentado frente al tablero de ajedrez, sin advertir siquiera —tan rápido y movido había sido todo el incidente—, no sólo que no se había puesto de pie, sino que, de haber pensado en ello, tampoco habría tenido tiempo para hacerlo. Y tal vez tuviese la boca algo entreabierta, pues no tenía aún dieciocho años, y a los dieciocho años hay todavía algunas situaciones que hasta un hombre de la capacidad de su tío ante las emergencias reconocía como imposibles de asimilar inmediatamente, en un instante, mientras se golpea una puerta. O por lo menos Charles todavía no había tenido necesidad de hacerlo, sentado frente al tablero de ajedrez, con la partida empezada, mirando a su tío mientras éste se sentaba nuevamente y al mismo tiempo tomaba su pipa de marlo de maíz, que había caído de la mesita de fumar.
       —¿Una advertencia? —inquirió Charles.
       —Así dijo —repuso su tío, arrellanándose en el asiento, al tiempo que acercaba la boquilla de la pipa a la boca y tomaba un fósforo de la mesita de fumar, de modo que el acto de encender la pipa fue simplemente la continuación del de regresar a la mesa —. Personalmente, yo lo llamaría una amenaza.
       Y Charles repitió también esta palabra, quizás con la boca todavía entreabierta.
       —Bien —dijo su tío—. ¿Cómo lo llamarías tú? —y con un solo movimiento encendió el fósforo y acercó la llama a las cenizas frías de la pipa, y luego siguió hablando con la pipa entre los labios, esperando en vano las nubes de humo de tabaco. Cuando advirtió que todo lo que le quedaba por fumar era el fósforo, lo arrojó al cenicero y con la otra mano hizo el movimiento que sin duda planeara mucho antes de que sonasen los golpes sobre la puerta, aquellos golpes a los que había tardado demasiado en contestar, por lo menos con un «Adelante». Hizo el movimiento sin mirar siquiera, desplazando con la otra mano el peón que dejaba expuesta la torre de Charles a la torre que desde hacía mucho rato, según estaba convencido, aquél había olvidado vigilar; luego se quedó inmóvil, con su rostro delgado y ágil y su mata de cabellos prematuramente blancos, y su insignia de Phi Beta Kappa, y la ordinaria pipa de marlo de maíz, y el traje en el cual parecía haber dormido todas las noches desde que lo comprara. Por fin dijo:
       —Juega.
       Pero él, Charles, no era tan tonto, aun cuando su boca estuviese ligeramente entreabierta. En realidad, no estaba ni siquiera sorprendido, pasado el choque inicial de la irrupción, aquella irrupción abrupta y sin ceremonia, a esa hora, tarde en la noche y con ese frío: el muchacho sin duda arrastrando a su hermana del brazo hasta obligarla a cruzar la puerta del frente, sin molestarse en tocar el timbre ni golpear, a través del vestíbulo desconocido —pues si lo había visto una vez, había sido diecisiete o dieciocho años atrás, siendo un niñito con niñera—, hasta llegar a una puerta extraña y golpear esta vez, es verdad, pero sin esperar respuesta, y entrar por fin en una habitación en la cual bien podría haber hallado, aunque ello no le importaba, a la madre de Charles desvistiéndose para acostarse.
       Lo que le sorprendía era su tío, aquel hombre tan locuaz que, sobre todo, hablaba tanto de cosas que no le concernían en lo más mínimo, al punto de que la suya era verdaderamente una doble personalidad: la del abogado, la del fiscal del distrito que caminaba, respiraba y ocupaba espacio, y la de la voz charlatana y locuaz, tan charlatana y locuaz que aparentemente no tenía conexión con la realidad, y que por momentos daba la impresión a quien lo escuchaba, de ser no ya ficción, sino literatura.
       Sin embargo, dos extraños se habían introducido en su hogar, en su sala privada, y habían pronunciado primero una orden perentoria, luego una amenaza, y por fin habían salido otra vez. Y su tío se había sentado calmosamente a reanudar la partida de ajedrez interrumpida y a continuar fumando su pipa, completando una jugada planeada de antemano como si no hubiese advertido ninguna interrupción; más aún, como si ésta no hubiese ocurrido. Esto, en presencia de lo que habitualmente habría proporcionado a su tío material para hablar incansablemente el resto de la noche, ya que, de todo lo que podría haber llegado a aquella habitación de los confines más alejados de todo el distrito, esto era lo que menos le concernía: las complicaciones domésticas, situaciones o enredos de una familia, de una casa situada a seis millas del pueblo, acerca de cuyos cuatro miembros, o por lo menos habitantes, no más de una docena de personas en el distrito sabían más de lo que se puede saber cambiando unas palabras en la calle. La viuda rica, millonaria, según aclaraba la gente del distrito, la mujer levemente marchita, pero de suave belleza todavía, de menos de cuarenta años, y los dos hijos malcriados, con un año de diferencia de edad entre ellos, de menos de veintiún años ambos, y el huésped, un capitán retirado del ejército, un capitán sudamericano: los cuatro semejantes a los personajes de rigor en las elegantes novelas de las grandes revistas, hasta por la presencia de un cazador de fortunas extranjero.
       Por esta razón, quizás, su tío no necesitaba realmente hablar del asunto, si bien habría sido necesario mucho más que su increíble taciturnidad para convencer a Charles. Durante veinte años, en verdad desde antes de que nacieran los hijos, y aún desde mucho antes de que nada justificase la aparición de un cazador de fortunas, todo el distrito había visto desarrollarse esta novela, en la misma forma en que los suscriptores de una revista leen y esperan la aparición del próximo número para leer la entrega correspondiente.
       Y estos veinte años eran también anteriores a la época de Charles. Con todo, era también su época: la había heredado, como a su debido tiempo heredaría de su madre y de su padre —quienes por su parte los heredaran también— los anaqueles de la biblioteca de la habitación del lado opuesto del vestíbulo, exactamente frente a ésta donde estaba sentado ahora con su tío, y que contenían no los libros que eligiera su abuelo o que heredara a su vez de su padre, sino los que comprara su abuela en sus viajes semestrales a Memphis, los tomos sombríos anteriores a la era de las cubiertas de colores chillones, con el nombre y la dirección de su abuela en la contratapa, y hasta el de la tienda o librería donde los adquiriera, y la fecha de mil ochocientos noventa y tantos o de principios de mil novecientos, con desteñidos rasgos de academia de señoritas, volúmenes que se cambiaban y prestaban y devolvían para ser tópico de las principales charlas en las reuniones de los clubes literarios, y entre cuyas páginas amarillentas aparecían aún, cuarenta y cincuenta años más tarde, los rastros de flores secas y desaparecidas, a través de las cuales se movían, con gestos de sombras estereotipados, los hombres y las mujeres que habrían de dar sus nombres de pila a toda una generación: las Clarisas y Judiths y Marguerites, los St. Elmos y Rolands y Lothairs: mujeres que siempre eran damas, y hombres que eran siempre valientes, moviéndose todos en una especie de eterna claridad lunar, sin angustia y sin dolores, desde su nacimiento sin mácula hasta su muerte sin corrupción, de modo que era posible llorarlos sin tener que sufrir ni lamentarse, y regocijarse con ellos sin tener que triunfar o conquistar.
       Así, pues, la leyenda era también de Charles. Hasta había recibido parte de ella directamente de su abuela, mediante el inevitable método de los niños de escuchar a hurtadillas, desobedeciendo a su madre, quien en cierto modo había participado a su vez en dicha leyenda. Y hasta aquella noche ésta se había mantenido tan inofensiva e irreal como los viejos volúmenes amarillentos: la vieja plantación a seis millas del pueblo, que era vieja ya en la época de su abuela, no tan grande en extensión, pero de tierra buena, debidamente cuidada y cultivada, con la casa, que tampoco era grande, sino simplemente una casa, un domicilio, más espartano que confortable, aún en aquellos días en que la gente deseaba y necesitaba comodidades en su hogar, debido a que pasaba parte de su tiempo en él. Luego el propietario viudo que permanecía en su propiedad y cultivaba la tierra ancestral, con su eterno vaso de whisky muy aguado, cerca del codo, y una vieja perra setter dormitando a sus pies, sentado durante las largas tardes de verano en un rústico sillón en medio del corredor, leyendo los poetas romanos en latín. Y la niña, su hija, la niña sin madre que creciera en el aislamiento más conventual, sin compañeros ni camaradas de juego, sin nadie en realidad, salvo unos pocos servidores negros y el padre de edad madura que le prestaba, también según comentarios del distrito, poca o ninguna atención, y quien por lo tanto, sin haberlo dicho nunca a nadie, naturalmente, quizás ni siquiera a sí mismo, cargaba contra la vida de la hija la muerte de la mujer que parecía ser el único amor de su vida. Esta niña, en fin, que a los diecisiete años, y en forma inesperada para todos, por lo menos para el distrito, se había casado con un hombre de quien nadie oyera hablar nunca en aquella región de Mississippi.
       Y había algo más, como apéndice, o de todos modos, como secuela: una leyenda relacionada o bien encerrada u oculta detrás de la leyenda original o inicial; digamos, apéndices apócrifos a una leyenda apócrifa. No sólo no podía recordar si era de boca de su madre o de su abuela que lo había oído, sino que ni siquiera recordaba si su madre o su abuela lo habían visto en realidad, conocido directamente, o por el contrario lo habían oído de otra persona. Era algo relacionado con un romance anterior, anterior al matrimonio: un compromiso, una promesa recíproca, en realidad con el consentimiento formal del padre —según decía la leyenda—, un compromiso luego roto, deshecho, invalidado a raíz de algo, antes de que el hombre con quien ella se casó apareciera en la escena; en efecto, un compromiso recíproco —según la leyenda— pero tan nebuloso que aún veinte años más tarde, años de chismes de corredor, lo que su tío llamaba las tías solteronas de ambos sexos del distrito de Yoknapatawpha, podrían haber tendido aquel manto romántico sobre los hombros de todo hombre menor de sesenta años que alguna vez bebiera en la casa de su padre o le comprara un fardo de algodón. El pretendiente carecía no sólo de nombre sino de fisonomía, lo cual tenía por lo menos el otro, el forastero, a pesar de haber aparecido sin aviso de alguna parte, de haberse casado con ella apresuradamente, en un instante, sin intervalo, sin lo que se llamaba período de compromiso, por no decir ya de noviazgo prolongado. Así, pues, el primero, el otro, el verdadero compromiso, merecedor de tal título por la sencilla razón de que de él no surgió nada, salvo los efímeros epílogos de las leyendas apócrifas, se había desvanecido ya: un aroma, una sombra, un susurro; el sí tembloroso de una muchacha en un viejo jardín al atardecer, una flor cambiada o guardada; de todo ello, nada, salvo quizás la flor, la rosa apretada entre las páginas de un libro, como solían hacerlo a veces los sucesores de la generación de su abuela, y todo debió ser, probablemente, el epílogo de algún romance de los días escolares. Pero indudablemente dicho romance se refería a alguien de Jefferson, o por lo menos, del distrito. Porque hasta ahora ella nunca había vivido en ninguna otra parte para haberse envuelto o para haber comprometido sus inclinaciones y luego perder su amor.
       Pero el hombre, o el muchacho, no tenía rostro, ni nombre. En verdad, no tenía ninguna sustancia. No tenía pasado, ayer; protagonista del efímero romance de una joven, era sombra, mancha, y en sí mismo virgen como las pasiones latentes de aquella doncella enclaustrada y casta. Ni siquiera las cinco o seis muchachas —entre ellas, la madre de Charles— que fueran casi amigas de ella cuando concurrió durante tres o cuatro años al sector femenino de la Academia, llegaron a saber con certeza que existiese un compromiso, sin considerar ya un pretendiente de carne y hueso. Ella nunca habló del tema. El rumor o la leyenda sin base de otra leyenda, nació un día de un comentario casual de su padre y se incorporó así a la leyenda principal. El comentario fue que el compromiso de una muchacha de dieciséis años era como el de un ciego al adquirir un manuscrito original de Horacio.
       Pero por lo menos su tío tenía motivos para no hablar de esta parte del romance, porque él ignoraba el episodio del primer compromiso, o por lo menos no se enteró de él directamente hasta dos o tres años más tarde. En realidad, su tío no estaba en el país, a la sazón; era 1919, y una vez más Europa —Alemania— había abierto sus puertas a estudiantes y turistas con certificados de estudiantes, y por lo tanto había vuelto a Heidelberg a terminar su doctorado en filosofía; cuando regresó, cinco años más tarde, ella estaba ya casada con otro, con alguien que tenía un rostro y un nombre, a pesar de que nadie en el pueblo ni en el distrito había visto el primero u oído mencionar el segundo casi hasta que llegaron al altar de la iglesia. Luego había tenido los hijos y a su vez partido para Europa, y de todos modos aquel antiguo episodio romántico nunca fue más que una sombra, y se había olvidado aun en Jefferson, con excepción quizás de ocasiones aisladas en que surgía someramente en medio de tazas de té o café o bebidas para damas, o bien entre el vaivén de alguna cuna, cuando las seis muchachas que fueran sus amigas se reunían.
       Se casó con aquel forastero, desconocido no sólo en Jefferson, sino también en todo el norte de Mississippi, y quizás en el resto de Mississippi, dentro de lo que era posible juzgar; con aquel forastero acerca del cual el pueblo no sabía nada, excepto que no era la materialización de aquella sombra anónima del otro romance que nunca surgiera lo suficiente como para que en él participasen dos personas. Porque en esta oportunidad no se trató ya de un compromiso largo ni de un compás de espera hasta que ella cumpliera un año más; y la madre de Charles había comentado que bastaba mirar a Harriss para saber que nunca cedería un ápice, que nunca postergaría ni un instante la toma de posesión de lo que consideraba suyo.
       Casi le doblaba en edad, siendo lo suficientemente viejo como para poder ser su padre: un hombre grande, rubicundo, alegre, en quien se advertía inmediatamente que sus ojos no reían; era una comprobación tan rápida, que sólo después se advertía que su risa nunca había pasado mucho más lejos de sus labios; un hombre con lo que su tío llamaba la suerte de Midas; un hombre que, siempre al decir de su tío, caminaba en medio de un halo de viudas y menores despojados, como algunos hombres marchan en medio del fracaso o de la muerte.
       En verdad, su tío opinaba que toda la estructura estaba al revés. Él, su tío, estaba en el pueblo una vez más, definitivamente ahora, y su hermana y su madre —la madre y la abuela de Charles— así como todas las mujeres a quienes no pudo evitar escuchar, le habían contado la historia del casamiento y también de aquel otro misterioso romance. Todo lo cual debió haber sido suficiente para desatar su lengua cuando la violación de su hogar no lo lograra, por aquella misma razón de que no sólo no le concernía, sino que, no teniendo relación con ninguna realidad próxima a él, no encerraba nada que pudiese confundirlo o contenerlo.
       Por su parte, él, Charles, no había estado nunca en la sala de su abuela hasta dos años atrás, pero en su imaginación veía a su tío, en el pasado, con el mismo aspecto que tenía ahora, y que tendría siempre, sentado allí, junto a la hamaca y al banquillo de la abuela de Charles, la pipa de marlo de maíz llena una vez más de tabaco local, y bebiendo el café que la madre de Charles les preparaba, pues la abuela no podía soportar el té: decía que era para enfermos. Su tío, con su rostro delgado y ágil y los cabellos alborotados, que ya comenzaban a encanecer cuando regresó en 1919, luego de haber actuado tres años como camillero en el ejército francés. Pasó aquella primavera y el verano sin hacer nada, aparentemente, antes de volver a Heidelberg a completar su doctorado en filosofía. Y hablaba constantemente, no porque le agradase hablar, sino porque sabía que mientras lo hacía, nadie más podía expresar lo que él no expresaba.
       Toda la trama estaba al revés; decía su tío que todos los papeles y las partes estaban mezclados y confusos: la niña repetía lo que debieron ser las líneas del padre, suponiendo, naturalmente, que el ambiguo comentario de éste acerca del manuscrito de Horacio tuviese algún significado; no ya el padre, sino la hija, repudiaba al novio de la infancia (por efímeras que hubiesen sido esas relaciones, como decía su tío, quien preguntaba, según su madre contó a Charles, si alguien se había enterado alguna vez del nombre del pretendiente, o qué había sido de él), y esto con el objeto de levantar la hipoteca sobre la propiedad ancestral; la niña misma elegía a un hombre que le doblaba en edad, pero con la mano de Midas, que en verdad hubiera correspondido elegir a su padre; y a su padre, también en caso necesario, habría correspondido ejercer la presión necesaria para que el viejo romance fuese descartado y olvidado y para que el nuevo matrimonio se consumase. En este punto, la madre de Charles comentó que su tío había dicho una vez más que no interesaba su carácter efímero y sin valor. Pero aunque hubiese sido el padre quien eligió al marido, la trama habría estado siempre al revés, porque el dinero era ya del padre, aun cuando no fuese mucho, pues, como decía su tío, un hombre que leía en latín para su placer no habría querido más dinero del que tenía ya. La madre de Charles le contó, en fin, que en este punto su tío había hecho la siguiente pregunta, en dos oportunidades: si Harriss era ya rico, o bien si tenía el aspecto de que con tiempo y hombres suficientes llegaría a serlo.
       Se casaron. Luego, durante los cinco años subsiguientes, toda aquella extensa generación de lo que su tío llamaba las tías solteronas, sobrevivientes aún después de la Guerra de Secesión, y que forma la estructura y el sostén de toda la solidaridad social, política y económica del Sur, observó a ese matrimonio como nosotros observamos la historia que se desenvuelve en los números sucesivos de una revista.
       Fueron a Nueva Orleans a pasar la luna de miel, como solía hacerlo en aquel tiempo todo aquél que considerase legal su matrimonio. Luego regresaron, y durante dos semanas aproximadamente se los vio a diario en el pueblo, en un coche viejo (el padre de ella nunca había tenido ni tendría automóvil), destartalado y sucio, pues con frecuencia se refugiaban en él los pollos y quizá también las lechuzas, tirado por un par de caballos de arado y conducido por un peón de color. Posteriormente el coche fue visto de vez en cuando en la plaza durante un mes o más, ocupado sólo por la recién casada, antes de que el pueblo se enterase de que el marido había partido de regreso a Nueva Orleans, llamado por sus negocios: fue la primera vez que alguien se enteró de que tenía un negocio y dónde estaba situado. Pero ni aun entonces, ni tampoco durante los cinco años que siguieron, supieron de qué se trataba.
       Ahora, pues, sólo quedaba al pueblo y al distrito observar a la mujer, sola en el viejo coche, recorriendo las seis millas hasta el pueblo para visitar quizás a la madre de Charles o alguna de las seis muchachas que fueran sus amigas, o para pasear por el pueblo y por la plaza, lo que hacía ahora una vez por semana, cuando antes lo hiciera diariamente. Después transcurrió un mes y ni siquiera el coche apareció en el pueblo. Era como si hubiera comprendido por fin, como si se le hubiera ocurrido lo que todo el pueblo y todo el distrito habían estado pensando y diciendo durante dos meses. Tenía sólo dieciocho años, y según la madre de Charles, no aparentaba tener esa edad; era menuda, de cabellos oscuros y ojos negros, y no parecía mucho mayor que una niñita, sentada sola en medio de la abertura de caverna de la capota del coche, cuya capacidad habría permitido ubicar a cinco o seis como ella. Una muchacha que no había sido demasiado lista en la escuela y que nunca había intentado tampoco serlo, y que, como decía su tío, quizás no necesitaba ser inteligente, criada como había sido para el amor y el sufrimiento, simplemente. Por cierto que no había sido criada para la altivez y el orgullo, puesto que había fracasado, si es que alguna vez lo ensayó, en el intento de desplegar seguridad, sin haber llegado siquiera a la baladronada.
       Y había más personas, además de las que su tío llamaba las tías solteronas, que creían saber qué tipo de negocio tenía Harriss, y que recientemente sus ocupaciones lo habían llevado mucho más lejos de Nueva Orleans, probablemente a cuatrocientas o quinientas millas, ya que si bien era la década que siguió a 1920, época en la cual quienes huían de algo todavía consideraban que México era un lugar lo suficientemente seguro y alejado, este hombre no habría hallado dinero suficiente en aquella familia o en aquella plantación como para que México fuese una necesidad factible. Pero, en realidad, no estaba establecido que la huida fuese una necesidad, y probablemente eran sus propios temores los que lo habían impulsado a cubrir las trescientas millas que representaba Nueva Orleans.
       La gente estaba equivocada. Regresó en Navidad. Y una vez que estuvo de regreso, donde todos podían verlo, fue el hombre de siempre: el mismo, de edad indefinida, afable, rubicundo, sereno, sin elegancia y sin imaginación, y todo marchó bien nuevamente. En realidad, nada había marchado mal en ningún momento, y aun quienes habían afirmado con mayor convicción y apresuramiento que la había abandonado, nunca lo habían creído; cuando partió una vez más después de Año Nuevo, como cualquier otro marido con la desgracia de tener su trabajo y sus negocios en un punto, y su familia en otro, nadie señaló el día. Tampoco se preocuparon ya de la naturaleza de sus negocios. Sabían ahora de qué se trataba: contrabando de bebidas alcohólicas. Y no era el pequeño contrabando y la venta de botellas de medio litro en las peluquerías de los hoteles, porque cuando ella paseaba por la plaza en el coche, iba envuelta en un abrigo de piel. Y con el abrigo de piel, tan pronto como todos lo vieron, el hombre mismo ganó considerablemente en la opinión y aun en el respeto del pueblo y del distrito. No sólo era un hombre de éxito en los negocios, sino que, siguiendo la mejor tradición, gastaba sus ganancias en su mujer. Más aún: la suya era una tradición norteamericana más vieja y más firme todavía. Tenía éxito no sólo a pesar de la Ley, sino por encima de la Ley, como si la Ley en sí, y no el fracaso, fuese el adversario vencido. Y ahora, cuando regresaba a casa, se movía entre todos en medio de una aureola no ya de éxito, de romance y arrogancia y olor a pólvora, sino también de delicadeza, puesto que había tenido el buen gusto de desplegar sus actividades comerciales en otro Estado, a trescientas millas de distancia.
       Y eran grandes negocios. Aquel verano volvió al pueblo en el automóvil más grande y más reluciente que se hubiera visto en los límites del distrito, con un negro extraño, uniformado, que no hacía otra cosa que conducir el vehículo, lavarlo y lustrarlo. Y vino el primer hijo y tomaron una niñera: una cuarterona mucho más elegante, o por lo menos más moderna, que ninguna otra mujer blanca o de color de Jefferson. Y luego Harriss se fue una vez más, y ahora todos los días los cuatro —la mujer, el niño de meses, el chófer uniformado y la niñera— paseaban en el gran automóvil reluciente por la plaza y por el pueblo dos y tres veces por día, y muchas veces sin detenerse en ninguna parte, hasta que muy pronto todo el distrito y el pueblo supieron que eran los dos negros quienes decidían a dónde irían y hasta cuándo saldrían a pasear en automóvil.
       Harriss regresó para Navidad, y al verano siguiente. Y llegó el segundo vástago, y el primogénito comenzó a caminar, y para ese entonces todo el distrito, además de la madre de Charles y de las otras cinco muchachas que fueran sus compañeras de adolescencia, sabían ya por fin si era niño o niña. Murió el abuelo, y aquella Navidad, Harriss asumió el control de la plantación, efectuando en nombre de su mujer un acuerdo o convenio con los arrendatarios negros para el cultivo de las tierras durante el año siguiente. Era un convenio que, según todo el mundo sabía, no podía dar buenos resultados, y Harriss mismo ni siquiera se molestó en que los diera. Porque no le importaba: él estaba ganando dinero, y haberse detenido a dirigir una modesta plantación de algodón aunque fuese durante un año, habría sido como si un inveterado jugador de carreras interrumpiese su actividad en medio de la temporada para dirigir un reparto de leche.
       Harriss ganaba el dinero y aguardaba, y un día no tuvo que aguardar más. Cuando volvió al hogar aquel verano, permaneció dos meses, y cuando partió había luz eléctrica y agua corriente en la casa, y el rumor ininterrumpido de la bomba y de la dínamo, día y noche, fueron los sonidos mecánicos que reemplazaron al chirrido del balde del pozo y del balde de hacer helados en las mañanas de domingo; y ahora no quedaba ya nada del viejo plantador, que se sentara en el corredor del frente con su whisky aguado y su Ovidio, su Horacio y su Cátulo, durante cincuenta años, salvo su sillón hamaca de nogal de fabricación casera, y las huellas digitales en los lomos de cuero de sus libros, y el vaso de plata en que acostumbrara beber, y la vieja perra setter que siempre dormitaba a sus pies.
       El tío de Charles dijo que el impacto de tanto dinero había sido más fuerte que el fantasma del viejo estoico, del cosmopolita sedentario y provinciano. Tal vez su tío pensaba que era más fuerte aún que la capacidad de su hija para el sufrimiento. De todos modos, el resto de Jefferson lo pensaba. Porque transcurrió aquel año y Harriss volvió para Navidad, y luego permaneció un mes durante el verano, y los dos niños ya caminaban; es decir, se creía que caminaban, porque nadie podía afirmarlo con certeza, pues nadie los vio nunca, salvo en el automóvil en marcha. Y también había muerto la perra. Y aquel año Harriss arrendó las tierras en un solo lote a un hombre que ni siquiera residía en el distrito, un hombre que recorría setenta millas desde Memphis todos los domingos por la noche, durante la época de plantación y de cosecha, y habitaba una de las cabañas abandonadas por los negros, hasta el momento de regresar a Memphis, el sábado siguiente a mediodía.
       Llegó el año siguiente, y aquella primavera el arrendatario trajo sus propios peones de color, de modo que hasta los negros que habían dejado el sudor de su frente en las viejas tierras debieron partir a su vez, y entonces no quedó nada del antiguo propietario, porque su sillón de fabricación doméstica y su vaso de plata, y los cajones con los viejos libros encuadernados en cuero estaban en el altillo de la madre de Charles; y el hombre que arrendaba las tierras de cultivo vivía en la casa como cuidador.
       Un día estaba allí, en la casa que, según Jefferson suponía, nunca habría deseado abandonar, hiciera él lo que hiciere en ella, aun cuando la casa donde naciera y viviera toda su vida, salvo durante la luna de miel de dos semanas en Nueva Orleans, fuese ahora una especie de mausoleo de alambres eléctricos y cañerías, de cocinas automáticas y máquinas de lavar, de cuadros y muebles sintéticos.
       Y al día siguiente, se había ido ella con los niños, con los dos negros que aún al cabo de cuatro años en el campo seguían siendo negros de la ciudad, y con el automóvil largo y reluciente como una carroza fúnebre. Se decía que a Europa, por la salud de los niños, y nadie sabía tampoco quién lo había dicho, pues no había sido ni la madre de Charles ni tampoco las otras cinco que, en todo Jefferson, y en todo el distrito eran las únicas que sabían que se iba. Tampoco lo había dicho ella, sin duda. En definitiva, se había ido, huyendo de algo que la gente del pueblo creía conocer. Pero si había huido en busca de algo, o si en verdad buscaba algo, nadie lo sabía, ni siquiera su tío, que siempre tenía algo que decir, y a menudo algo que tenía mucho sentido, aun cuando se refiriese a cosas que no le concernían; o si lo sabía, por lo menos no lo dijo.
       Y entonces no solamente Jefferson, sino todo el distrito se dedicó a contemplar el espectáculo, y no sólo lo que su tío llamaba las tías solteronas que opinaban por rumores o inferencias, y quizás por esperanzas, desde los corredores de sus casas, sino también los hombres, y no solamente los hombres del pueblo que tenían que recorrer seis millas, sino los hortelanos que debían recorrer todo el distrito. Llegaban familias enteras, en automóviles deteriorados y carros polvorientos, o bien a caballo o en mulas retiradas la noche anterior del arado, para detenerse junto a la carretera y contemplar las cuadrillas de hombres desconocidos en el lugar, con maquinaria suficiente para construir una carretera principal o un depósito, ocupados en nivelar los campos que en una época estuvieran destinados a la simple producción lucrativa de algodón y maíz, y en sembrar pastos finos que costaban por libra más que el azúcar.
       Recorrían en sus vehículos o cabalgaduras milla tras milla de cercos de tablas blancas, o bien, sentados cómodamente, contemplaban la construcción de largas hileras de caballerizas, con materiales mejores que los de sus propios hogares, con luz eléctrica y relojes luminosos y agua corriente y ventanas con alambre tejido, como no las tenía la mayoría de las casas de la región; solían regresar en sus mulas, a veces sin ensillar, con el correaje del arado cruzado simplemente sobre la grupa para que no arrastrase, a contemplar los camiones que descargaban los hermosos caballos de pura sangre, los potrillos, las yeguas, cuyos antepasados durante cincuenta generaciones —como lo habría comentado el tío de Charles, aunque no lo hizo, porque todo aquello tuvo lugar durante ese año en que al parecer, no estaba dispuesto a hablar mucho acerca de nada— habrían palidecido frente a una matadura causada por una correa tanto como un ama de casa frente a un pelo en la mantequera.
       Él, Harriss, reconstruyó la casa. A la sazón realizaba semanalmente visitas en avión; decían que era el mismo aparato que transportaba el whisky desde el Golfo hasta Nueva Orleans. La nueva casa iba a ocupar el mismo terreno que la antigua; es decir, el mismo terreno, si hubieran habido cuatro casas una al lado de la otra. Había habido en cambio, una sola casa, de un piso, con el corredor al frente, donde su antiguo dueño solía sentarse en su sillón rústico con su whisky aguado y su Cátulo. Cuando Harriss completó su obra, parecía una mansión del Sur según las películas cinematográficas, sólo que cinco veces mayor, y diez veces más típicamente sureña.
       A continuación Harriss comenzó a traer amistades desde Nueva Orleans, a pasar los fines de semana y aun temporadas, no sólo para Navidad o durante el verano, sino cuatro o cinco veces por año, como si el dinero estuviese afluyendo tan rápida y uniformemente que ni siquiera tuviese necesidad de permanecer él allá para vigilar todo. A veces no venía, sino que enviaba a sus amigos. Tenía un cuidador que residía permanentemente en la mansión: no el antiguo mayordomo, el primer arrendatario, sino uno nuevo de Nueva Orleans a quien llamaba su mayordomo: un italiano o griego, grueso, en mangas de camisa de seda sin cuello y con una pistola en el bolsillo trasero del pantalón, hasta que llegaban los invitados. Entonces se afeitaba, se ponía una corbata de moño de suave seda escarlata, y también un saco, cuando hacía mucho frío. Y decían en Jefferson que llevaba la pistola aun cuando servía la comida, a pesar de que ningún habitante del pueblo ni del distrito había comido alguna vez allí para poder comprobarlo.
       Harriss solía enviar, pues, a sus amigos, encomendándolos a la atención del mayordomo: hombres y mujeres de aspecto duro, elegante, con aire de solteros, aun cuando a veces algunos de ellos eran casados. Los extraños forasteros llegaban en grandes automóviles para pasear a través del pueblo y por el camino, que todavía era camino rural durante un trecho, por grandiosa que fuese la obra que él había construido al final del mismo, y sobre el cual se tendían pollos y perros en busca de fresco, y por donde merodeaban cerdos, terneros y mulas. A menudo se producía una explosión, un remolino de plumas, una sacudida, un aullido o un chillido (o bien si se trataba de un caballo, de una mula o de una vaca, o peor aún, de un cerdo, un paragolpes o un guardabarros torcido); pero el automóvil no se detenía siquiera. Hasta que al cabo de un tiempo el mayordomo colocó una cantidad de monedas, billetes y unos cuantos cheques de Harriss, en blanco, en una bolsa de arpillera colgada del picaporte interior de la puerta principal, y el hortelano, su mujer o su hijo llegaban hasta ella diciendo simplemente «cerdo», o «mula», o «gallina»; y el mayordomo no necesitaba alejarse de la puerta, siquiera, para tomar la bolsa, contar el dinero o bien llenar un cheque y pagarles antes de despedirlos. En verdad, aquello se había transformado en una fuente adicional de ingresos rurales para esas seis millas de carretera, como lo era la recolección y venta de moras o huevos.
       Había además un campo de polo. Estaba junto a la carretera principal: los hombres del pueblo, los comerciantes, los abogados y los miembros de la policía rural solían llegar hasta él en automóvil para ver los partidos sin bajar de sus vehículos. Y también los hombres del campo, los agricultores, los colonos, los arrendatarios, medieros y aparceros, los hombres que usaban botas solamente cuando tenían que caminar en el barro, y que solamente montaban sus caballos para trasladarse de un lugar a otro sin tener que caminar, y que, con las mismas ropas que vistieran al despertarse, llegaban a caballo y en mulas retiradas del arado, para detenerse junto a los cercos a contemplar los hermosos caballos, pero más a menudo las ropas: las ropas de los hombres y mujeres que no cabalgaban sino con botas relucientes y pantalones especiales, y las del resto, con pantalones, botas y galeras y que ni siquiera cabalgaban.
       Y a poco llegaron a contemplar algo más. Habían oído hablar del polo, y creyeron en él aun antes de verlo. Pero lo otro no lo creyeron ni aun cuando llegaron a ver las cuadrillas de hombres que retiraban tablones enteros de los costosos cercos de vigas blancas, y también de los cercos exteriores más caros aún por ser de alambre tejido; y luego en las brechas así abiertas, colocaban barreras más bajas de listones poco más gruesos que fósforos, que no habrían detenido ni a un perro, mucho menos a un ternero o a una mula; y en un punto, una sección moldeada y pintada de tal modo que parecía una pared de piedra. Decían que era de papel, pero la gente del distrito no lo creía, naturalmente; es decir, sabía que no era piedra por lo mismo que parecía piedra, y ya estaban preparados para oír mentiras acerca de lo que era en realidad. Y dos hombres tomaban esta parte de la barrera por sus extremos y la apartaban como lo hubieran hecho dos mucamas al mover un catre de lona. En otro punto, en medio de un espacio de césped de cuarenta acres, tan liso y desnudo como una cancha de béisbol, había una sección de cerco natural que ni siquiera crecía directamente en la tierra sino en una tina alargada de madera, como un bebedero de caballos, y detrás de ella, una zanja artificial llena de agua que bombeaban desde la casa, situada a una milla de distancia, y que enviaban por una cañería de hierro galvanizado.
       Y cuando esto hubo ocurrido dos o tres veces y se divulgó la noticia, la mitad de los hombres del distrito acudieron a contemplar el espectáculo: los dos muchachos negros colocando un señalador de papel roto desde un salto hasta el siguiente, y luego los hombres, uno de ellos con una casaca roja y una corneta de bronce, y las mujeres con pantalones y botas cabalgando los caballos de mil dólares.
       Al año siguiente había, además, una jauría de lebreles, animales hermosos, demasiado hermosos para ser simplemente perros —como también lo eran los caballos para ser simplemente caballos—; demasiado limpios, demasiado delicados, quizás, que vivían en casillas cuidadosamente construidas para preservarlos de las inclemencias del tiempo, con agua corriente y hombres dedicados especialmente a cuidarlos, como ocurría con los caballos. Y ahora, en lugar de dos negros con dos grandes bolsas para recolectar algodón llenas de papel desmenuzado, había uno que cabalgaba una mula, arrastrando por el suelo con fatigoso esmero después de cada salto, algo envuelto en una bolsa de arpillera, sujeta al extremo de una soga; desmontando luego y atando la mula a algún poste cercano mientras conducía cuidadosamente la bolsa en torno a los obstáculos, y por fin montando nuevamente y arrastrando la bolsa hasta el obstáculo siguiente, de modo que completaba el largo círculo al volver al punto de donde partiera en la pista cubierta de césped, el punto más próximo a la carretera y al cerco, junto al cual las mulas y los caballos de arado cubiertos de mataduras aguardaban con sus jinetes inmóviles.
       Entonces el negro detenía la mula y se sentaba sobre ella, mientras sus ojos se movían dejando ver el blanco, y uno de los observadores que había contemplado ya el espectáculo otras veces, seguido por los seis o diez o quince que no lo habían visto, saltaba el cerco, y, sin mirar siquiera al negro, pasaba junto a la mula y levantaba la bolsa en el aire mientras cada uno de los seis, de los doce o de los quince, olían su contenido. Entonces el hombre dejaba la bolsa en el suelo, y siempre sin pronunciar una palabra ni hacer el menor ruido, todos regresaban y saltaban el cerco y una vez más se ubicaban a lo largo del mismo: hombres que acostumbraban pasar la noche entera sentados en el suelo en torno a una damajuana de whisky de maíz y de un tronco ardiendo, mencionando correctamente los nombres de los perros de caza, reconocidos por el tono y por el timbre de sus ladridos a una milla de distancia. Observaban ahora, no sólo a los caballos que no necesitaban de una presa para correr, sino también el bullicioso alboroto de los perros mismos, persiguiendo no ya a un fantasma, sino a una quimera; hombres apoyados contra el cerco, inmóviles, sardónicos y contenidos, masticando tabaco y escupiendo.
       Y todas las Navidades y Años Nuevos, la madre de Charles y las otras cinco que fueron las amigas de la adolescencia, recibían las tarjetas alusivas a las festividades. Llevaban el sello postal de Roma, de Londres, de París, de Viena o de El Cairo, pero no las habían comprado en aquellas ciudades. No las habían comprado en ninguna parte en los cinco o diez años últimos, sino que las habían elegido, adquirido y reservado, en una época más tranquila que ésta, en una época en que en las casas donde nacía la gente no se advertía siquiera la falta de electricidad y de agua corriente.
       Hasta tenían el olor característico de aquella época. Ahora había no solamente los veloces transatlánticos, sino también los aviones postales que sobrevolaban el océano, y Charles solía pensar en las bolsas de correspondencia procedentes de todas las capitales del mundo, franqueadas un día y entregadas, leídas y prácticamente olvidadas al siguiente, y entre ellas, aquellas anticuadas tarjetas postales de una época desaparecida, exhalando aquel levísimo perfume de viejos sentimientos y pensamientos, invulnerables a nombres e idiomas extranjeros, como si su madre las hubiese llevado consigo a través del océano desde un cajón del escritorio de la vieja casa que no existía desde hacía cinco o diez años.
       Y entre las tarjetas, para el cumpleaños de su madre y los de las otras cinco, llegaban las cartas que al cabo de diez años no habían cambiado, cartas constantes en sentimientos y en expresión, de ortografía vacilante, escritas con la letra de una niña de dieciséis años, que no sólo aludían a todos los triviales temas locales, sino que utilizaban los viejos términos provincianos, como si en diez años de brillo mundano todavía no hubiese visto nada que no poseyese ya; hablando no de nombres y lugares, sino de la salud y la actividad escolar de los niños, no de embajadores y millonarios y reyes exiliados, sino de las familias de los porteros y camareros que se habían mostrado generosos o por lo menos gentiles con ella y con los niños, y de los carteros que entregaban la correspondencia procedente del pueblo natal. No siempre se acordaba de mencionar, y menos aún de subrayar, los nombres de las escuelas famosas y de moda a las que concurrían sus hijos, como si ignorase que eran famosas y de moda.
       Así, pues, la reserva señalada no era algo reciente. Ya entonces solía ver a su tío, leyendo una de las cartas recibidas por la madre de Charles; el solterón inveterado, en presencia de algo que por primera vez en su vida no le inspiraba ningún comentario, exactamente como en este momento, diez años más tarde, en que estaba sentado frente al tablero de ajedrez, silencioso, reservado, taciturno.
       Pero ni su tío ni ninguna otra persona podrían haber afirmado que la estructura de los Harriss estaba al revés. Y él mismo, Harriss, la seguía, y rápidamente: casarse con una muchacha cuya edad doblaba, y en diez años multiplicarle la dote. Y por fin, una mañana el secretario de su abogado había telefoneado a Europa e informado a la mujer que su marido acababa de morir sentado frente a su escritorio.
       Tal vez, en verdad, murió sentado frente a su escritorio; tal vez fue frente a un escritorio en una oficina, como lo implicaba el mensaje. Porque es posible ser muerto de un tiro por encima de un escritorio en una oficina con la misma discreción que en cualquiera otra parte. Y quizás murió, sí, mientras estaba sentado frente al suyo, porque para entonces había sido abolida la Ley Seca y él era ya muy rico cuando terminó la época de la Prohibición. No se volvió a abrir el ataúd una vez que el abogado y ocho o diez de los mayordomos con sus ropas chillonas y sus pistolas suspendidas debajo del brazo lo trajeron a su casa para el pomposo velatorio en su mansión ancestral construida hacía diez años. Había un mayordomo con pistola en cada habitación de la planta baja, de modo que cualquiera que lo deseara en Jefferson podía pasar junto al ataúd con su prolija tarjeta litografiada apoyada entre las flores, y la suma de 5500 dólares escrita en ella, y recorrer el interior de la casa, antes de que el abogado y los mayordomos llevasen el cadáver de regreso a Nueva Orleans, o adondequiera que fuese, para enterrarlo.
       Aquello ocurrió el primer año de la nueva guerra en Europa, o mejor dicho, de la segunda fase de la anterior, aquélla en que participara su tío. Pero de todos modos, la familia habría debido regresar al cabo de tres meses.
       Regresaron en menos de dos. Por fin los vio Charles por primera vez, es decir, al muchacho y a su hermana. No vio a Mrs. Harriss entonces. Pero no era necesario. Durante demasiado tiempo había escuchado las anécdotas relatadas por su madre; sabía de antemano cómo era, y tenía la sensación de que no sólo la había visto con anterioridad, sino que la conocía desde hacía tanto tiempo como su madre: la mujer menuda, de cabellos oscuros, que parecía aún una muchacha a los treinta y cinco años —en realidad no mucho mayor que sus hijos—, tal vez porque tenía el poder, o la capacidad, o lo que fuere, o bien el don, o la suerte, de haber pasado diez años entre lo que la tía abuela de Charles habría llamado las testas coronadas de Europa, sin advertir realmente que había salido del distrito de Yoknapatawpha. Y no era sólo que aparentaba ser poco mayor que sus hijos, sino que parecía más suave, más tranquila, más serena, quizás.
       Charles no los vio más que en unas pocas ocasiones, como les ocurría a todos. El muchacho andaba a caballo, pero sólo dentro de la propiedad, en el paddock o en la cancha de polo, y aparentemente no por placer, sino para elegir los mejores animales y conservarlos, porque antes de transcurrir un mes se efectuó un remate en uno de los paddocks más pequeños y se vendieron todos los caballos, con excepción de una docena. El muchacho entendía de caballos, pues los que conservó eran los mejores.
       Y quienes lo habían visto decían que sabía montar, aunque de una manera extraña, probablemente extranjera, con las rodillas muy altas; una manera desconocida en Mississippi, o por lo menos en el distrito de Yoknapatawpha. El distrito se enteró al poco tiempo de que dominaba otro arte, y con mayor destreza aún que el de la equitación: había sido el discípulo predilecto de un famoso profesor de esgrima italiano. También solían ver a la hermana, de vez en cuando, en uno de los automóviles, recorriendo las tiendas como todas las muchachas, que son capaces de encontrar todo lo que desean o que por lo menos están dispuestas a comprar en cualquier tienda, por pequeña que sea, aunque hayan crecido en París, Londres y Viena, o simplemente en Jefferson, Mottstown y Hollyknowe, Mississippi.
       Pero él, Charles, no vio en esa época a Mrs. Harriss. Por eso, la imaginaba caminando por aquella casa increíble, que probablemente reconocía tan sólo por su ubicación topográfica, pero no como un fantasma, porque para Charles no tenía nada de etéreo. Era demasiado…, demasiado…, y por fin halló la palabra: «resistente». Resistencia: aquella constancia, aquella invulnerabilidad, aquella maleabilidad suave y tranquila que le había permitido vivir diez años en las resplandecientes capitales europeas sin siquiera advertir que se había resistido a ellas; simplemente blanda, simplemente maleable; un hálito de un viejo manojo de espliego, como si uno de los cajones de alguna cómoda de la vieja casa se hubiese mantenido firme y constante contra todos los cambios y alteraciones, no sólo inalterable, sino ignorante de haber resistido el cambio, dentro de aquella monstruosa excrecencia levantada por el nuevo rico, y como si alguien al pasar hubiese sacudido el cajón hasta abrirlo. Y de pronto Charles vio, sin aviso alguno, la verdadera yuxtaposición, la verdadera perspectiva: no era ella el fantasma; el espíritu etéreo era la monstruosa casa de Harriss: un hálito, un levísimo aroma de espliego en aquel cajón abierto, y toda la vasta masa de paredes, la estructura y majestad de los pórticos, se volvían inmediatamente transparentes y sin substancia.
       Pero Charles no la vio en esa oportunidad. Porque dos meses más tarde partieron nuevamente, para América del Sur esta vez, por cuanto Europa les estaba prohibida. Y durante un año más llegaron las cartas y las tarjetas para su madre y las otras cinco, sin hacer más mención de las tierras extrañas que las que se habrían hecho si hubiesen sido escritas en el distrito vecino, y hablaba no sólo sobre los hijos ahora, sino también sobre el hogar; no sólo sobre esa monstruosidad en que lo había convertido Harriss, sino sobre el hogar como existiera antes; como si viendo otra vez el solar en el espacio, recordara su forma en el tiempo; y como si, escapando del tiempo, el antiguo hogar subsistiera intacto esperando, esperando… Era como si cerca ya de los cuarenta años, ella tuviese menos inclinación que nunca a lo novedoso, a la experiencia de nuevas cosas y nuevos escenarios.
       Al cabo de un tiempo regresaron. Eran cuatro, ahora: estaba además el sudamericano, el capitán de caballería retirado, que perseguía, o seguía, o por lo menos parecía atraído, no por la hija, sino por la madre. Y aquí la trama estaba una vez más al revés, porque el capitán Gualdres era tanto mayor que la muchacha como lo fuera su padre con relación a su madre. En este punto, por lo menos, el cuadro era consistente.
       Una mañana Charles y su tío atravesaban la plaza, mientras Charles pensaba en cualquier cosa salvo en aquello, cuando levantó la vista y la vio. Y tenía razón Charles. Era exactamente como él la imaginara; y entonces sintió su perfume aun antes de acercarse; el perfume de hierbas secas en un cajón de cómoda antigua, perfume a lavanda, a tomillo, que —cualquiera podía pensarlo— el primer contacto con el brillo del mundo debería haber borrado, hasta que al segundo siguiente se advertía que aquel perfume, aquel hálito, aquel susurro, era el elemento constante e inalterable, y que lo que pasaba era el brillo inconstante y mutable.
       —Éste es Charles —dijo su tío—. El hijo de Maggie. Que seas muy feliz.
       —¿Qué? —dijo ella.
       Su tío repitió:
       —Que seas muy feliz.
       Y en aquel momento Charles intuyó que algo andaba mal, aún antes de que ella hubiera hablado.
       —¿Feliz?
       —Sí —dijo el tío de Charles—. ¿Acaso no lo he visto en tu expresión? ¿O no debiera haberlo visto?
       Y entonces Charles advirtió qué era lo que andaba mal. Algo que se relacionaba con su tío. Era como si desde aquella vez, diez años atrás, en que su tío dejara de hablar, hubiese transcurrido demasiado tiempo. En efecto, probablemente el hablar era como el golf o el tiro: no es posible dejar de practicarlo un día; y cuando por alguna razón se pierde todo un año, nunca se recuperan la destreza ni la puntería.
       Y Charles se quedó también inmóvil, observándola, mientras ella miraba a su tío. Y entonces ella se ruborizó; y Charles vio cómo el rubor subía lentamente por el cuello y le cubría gradualmente el rostro, como la sombra de una nube al cruzar un trozo iluminado del cielo. Y hasta cubrió sus ojos, como la nube-sombra al llegar al agua, cuando es posible ver no sólo la sombra, sino también la nube. Todo ello mientras contemplaba a su tío. Luego desvió algo la cabeza en un rápido movimiento, y su tío se apartó para dejarla pasar. Y a su vez su tío se volvió bruscamente, tropezando con Charles, y en seguida reanudaron el camino, y aún luego de que Charles y su tío hubieron recorrido una cierta distancia, le pareció a aquél que todavía percibía el perfume.
       —Tío —dijo.
       —¿Qué?
       —Dijiste algo.
       —¿Sí?
       —Dijiste: «menos frecuente es la paz».
       —Esperemos que no —dijo su tío—. No, no me refiero a la paz, sino a la cita. La verdad es que seguramente lo dije. ¿Para qué sirven Heidelberg, Cambridge, la Escuela Secundaria de Jefferson o la de Yoknapatawpha, sino para proporcionar a un hombre una cierta afortunada volubilidad que pueda aplicar mediante sus millares de lenguas?
       De modo que quizás había estado equivocado. Quizás su tío no había malgastado aquel año, después de todo, como el golfista avezado o el tirador diestro que, a pesar de estar fuera de entrenamiento y aún en momentos en que está errando tiro tras tiro, todavía puede hacer un esfuerzo excepcional, no solamente cuando sobreviene una presión externa, sino también cuando lo desea. Porque casi antes de que hubiese tenido tiempo de pensar en todo esto, su tío habló sin disminuir su paso, voluble, familiar, rápido, incorregiblemente ampuloso, incorregiblemente locuaz. Su tío, que siempre tenía algo curiosamente exacto y a la vez extraño que decir sobre casi todo lo que no le concernía, dijo:
       —No, lo dejaremos tranquilo. Lo menos que podemos desear al capitán Gualdres, un forastero en nuestra tierra, es que la paz sea más frecuente o que por lo menos no desaparezca del todo.
       Para entonces, todo el distrito conocía al capitán Gualdres de oídas, y la mayoría hasta de vista. Y un día también él, Charles, lo vio. El capitán Gualdres estaba cruzando la plaza en uno de los caballos de Harriss, y su tío, el tío de Charles, lo describió muy bien. No sólo quién o qué era el hombre, sino lo que eran el hombre y el caballo juntos: no un centauro, sino un unicornio. Tenía un aspecto sólido, pero no aquella solidez blanda de la vida fácil de que disfrutaran muchos de los mayordomos de Harriss, sino la dureza del metal, del acero templado y del bronce, una dureza disecada, casi epicena. Y tan pronto como lo dijo el tío, él, Charles, lo advirtió a su vez: el caballo-hombre de la antigua poesía, con su único cuerno, no de hueso, sino de algún metal tan curioso y durable y extraño que aun los hombres más sabios no acertaban a darle nombre; algún metal forjado del principio mismo de los sueños del hombre, y también de sus deseos y sus temores, cuya fórmula se perdiera o quizás fuera deliberadamente destruida por el propio Artífice; algo mucho más remoto que el acero o el bronce y mucho más resistente que toda la capacidad de sufrimiento y terror y muerte encerrados en el oro o la plata. Así era como, dijo su tío, el hombre parecía parte del caballo que montaba; tal era la cualidad del hombre que formaba parte viva del caballo vivo: aquella criatura compuesta podría morir, y moriría, como era inevitable, pero sólo el caballo dejaría huesos; y con el tiempo los huesos se reducirían a polvo y desaparecerían de la tierra, pero el hombre, en cambio, permanecería intacto e inalterable donde enterraran a ambos.
       Pero el hombre mismo era interesante. Hablaba un inglés duro y rígido, cuyo sentido no siempre era claro, pero lo hablaba con cualquiera, con todos. Muy pronto todos lo conocían, lo conocían bien, no sólo en el pueblo, sino también en el distrito. Pasados un mes o dos, había recorrido los diversos puntos del distrito a donde era posible llegar a caballo, hasta los caminos y senderos apartados que ni el tío de Charles había visto nunca, seguramente, a pesar de las extensas recorridas que solía hacer antes de las elecciones.
       No sólo conocía el distrito, sino que se hizo de amigos en él. Muy pronto toda clase de gente acudía a visitar no ya a los Harriss, sino al extranjero, no como invitados de la dueña de casa cuyo apellido habían conocido toda la vida, así como el de sus antepasados, sino del forastero, de quien nunca habían oído hablar y cuyo lenguaje no comprenderían totalmente todavía ni aun un año más tarde; eran hombres que vivían al aire libre, generalmente solteros, hortelanos, mecánicos, un fogonero, un ingeniero civil, dos jóvenes que trabajaban en el mantenimiento de carreteras, un vendedor profesional de caballos y de mulas. Todos iban allá, a invitación suya, a cabalgar los animales de propiedad de la mujer que lo hospedaba y que era su amante, según la convicción de todo el distrito desde antes de conocer los intereses y las intenciones del capitán. Estaban, sí, convencidos de ello, aún antes de saber que tenía puestos los ojos en la mujer mayor, la madre, que tenía el control del dinero; en cualquier momento y mucho antes de abandonar su país, podría haberse casado con la hija, y también podría casarse con la viuda cuando lo desease. Lo cual, según la opinión unánime, ocurriría cuando no tuviese otra alternativa, ya que se trataba no sólo de un extranjero, sino además de un latino, que descendía probablemente de un largo linaje de Don Juanes célibes y que debía ser adúltero no ya por inclinación, sino simplemente por la misma causa por la que un leopardo nace con la piel manchada.
       En realidad, al poco tiempo llegó a decirse que si Mrs. Harriss hubiese sido un caballo en lugar de una mujer, se habría casado con ella inmediatamente, hacía mucho tiempo. Porque muy pronto se supo que los caballos eran su gran amor, así como la bebida, las drogas o el juego son la pasión de otros hombres. Todo el distrito oía decir que iba a las caballerizas de noche, con luna o sin ella, y que ensillaba media docena de caballos y los cabalgaba por turno hasta el amanecer. Y aquel verano hizo construir una pista de obstáculos en comparación con la cual la que había instalado Harriss era una pista para niños de corta edad: secciones de empalizada y vallas no ya incrustadas en los cercos, sino más elevadas, y no del diámetro de palillos esta vez, sino vigas capaces de soportar techos, no de papier maché, sino de roca viva transportada a través de largas distancias desde el este de Tennessee y Virginia.
       Y ahora mucha gente del pueblo iba también allá, porque había algo que ver: el hombre y el caballo fundidos, unidos, convertidos en una unidad, para sobrepasar luego ese punto, esa etapa, no ya desafiando, sino probando, palpando casi físicamente el punto hasta donde aquella combinación mutuamente integrada, llevada hasta el máximo absoluto, se convertía una vez más, violentamente, en dos partes. Como el hombre-proyectil, que se dirige hacia su vértice definitivo, en el cual el vehículo transportador explota y desaparece, mientras su contenido de carne tierna y desnuda continúa lanzándose vertiginosamente hacia el otro lado del sonido.
       Pero en este caso, en el del jinete y el caballo, el fenómeno era a la inversa. Era como si el hombre supiese que él mismo era invulnerable e indestructible, y que de las dos partes integrantes, sólo el caballo podía fallar, y como si el hombre hubiese dispuesto la pista y levantado los obstáculos simplemente para comprobar dónde vacilaría el caballo. Todo lo cual, dentro de la tradición de aquella tierra agraria y ecuestre, era totalmente correcto: aquélla era la forma de cabalgar un caballo. Rafe McCallum, uno de los asiduos observadores del capitán, que había criado, adiestrado y vendido caballos toda su vida y que probablemente sabía más acerca de caballos que nadie en todo el país, apoyaba esta teoría. Es decir, que si el animal está en su caballeriza, debemos tratarlo como si hubiese costado mil dólares; pero en cambio cuando lo utilizamos para algo que debemos hacer, o bien que nos gusta hacer a los dos, debemos tratarlo como si pudiésemos comprar diez como él por otros tantos centavos.
       Y ocurrió algo más, o comenzó a ocurrir, hace más o menos tres meses; una cosa de la cual debió enterarse, o por lo menos formarse una opinión todo el distrito, porque aquélla era precisamente la única fase o aspecto de la vida del capitán Gualdres en Mississippi que había tratado de mantener, si no secreta, por lo menos para su fuero privado.
       Tenía que ver con un caballo, naturalmente, puesto que tenía que ver con el capitán Gualdres. En verdad, el distrito sabía concretamente de qué caballo se trataba. Era el único animal —o criatura, incluyendo al capitán Gualdres— en toda aquella extensión cercada y cuidada, que no pertenecía ni aun nominalmente a los Harriss.
       Este animal era de propiedad del capitán Gualdres. Lo había adquirido por su propia elección y pagado con su propio dinero, o con lo que usaba como dinero propio. Y el hecho de que hubiese comprado un caballo con lo que según creencia del distrito era el dinero de su amante era el mejor gesto que pudo tener el capitán Gualdres para acreditarse ante la opinión de los norteamericanos del lugar. Si hubiera utilizado el dinero de Mrs. Harriss para comprarse una muchacha —lo cual todos habían esperado que ocurriría tarde o temprano, pues se trataría de una mujer mucho más joven que ella—, el desprecio y la repugnancia que el distrito sentiría hacia él habrían sido sobrepasados sólo por el desprecio y la repugnancia que sentiría hacia Mrs. Harriss. En cambio, habiendo invertido decentemente su dinero en un caballo, el distrito lo absolvió de antemano aceptando el hecho prima facie; así había ganado con él una especie de honorabilidad varonil mediante la honestidad dentro del adulterio, y la fidelidad y la continencia dentro de su dudoso estado. Así, pues, el capitán Gualdres disfrutó de este crédito durante casi seis semanas, y fue personalmente a St. Louis, donde adquirió el caballo, y finalmente lo trajo él mismo en el camión.
       Era una yegua, un animal joven, hija de un famoso caballo de salto, importado, que tenía una ceguera progresiva de origen traumático; según suponía el distrito fue adquirida, sin duda, para cría. Eso era prueba para ellos de que el capitán Gualdres consideraba que su permanencia en Mississippi justificaba sus planes para un año, por lo menos. Evidentemente, no se podía hacer ninguna otra cosa con la yegua, por adiestrada que estuviese, ya que al año siguiente estaría completamente ciega. Y el distrito continuó creyendo esto durante las seis semanas subsiguientes, aun después de descubrir que estaba haciendo algo más con el animal, además de esperar simplemente la obra de la naturaleza. No descubrió lo que estaba haciendo con la yegua, pero sí que algo estaba haciendo con ella, precisamente porque era la primera de sus actividades relacionadas con caballos que tratara de mantener oculta.
       En realidad, en esta oportunidad no había espectadores, porque fuera lo que fuere lo que estaba haciendo el capitán Gualdres con la yegua, ello tenía lugar durante la noche, y generalmente tarde, y además él mismo les pidió que no fueran a observarlo. Lo pidió con aquella muestra latina de decoro y cortesía que se ha hecho instintiva en el contacto recíproco de esa raza rápida de genio, y su cortesía aparecía aun a través de la torpeza lingüística:
       —No deben venir a mirar, porque, palabra de honor, no hay nada que mirar ahora. Así, pues, se abstuvieron de ir. Se inclinaron, no quizás frente a su honor de latino, pero se inclinaron. Tal vez no había nada que ver en realidad, ya que no podía ocurrir tanto allá, a esa hora, que justificase recorrer esa distancia; sólo de vez en cuando, alguien, un vecino que regresaba tarde a su casa, pasando por el lugar en el silencio de la hora avanzada de la noche, oía los cascos en uno de los picaderos detrás de las caballerizas, a cierta distancia de la carretera, los cascos de un solo caballo: trote, luego trote largo durante unos instantes, y por fin carrera, pasando de pronto del ruido a un silencio absoluto, durante el cual quien escuchaba podía contar quizás hasta tres, y luego comenzaba nuevamente una carrera, que por fin disminuía en trote largo o trote, como si el capitán Gualdres hubiera asido, sacudido, arrancado al animal y lo hubiera hecho pasar de la velocidad máxima a la inmovilidad, manteniéndolo así durante dos o tres segundos, lanzándolo luego nuevamente a la carrera. Qué le estaba enseñando, nadie lo sabía, a menos que fuese, según dijo una vez el chistoso de la peluquería, en vista de que se estaba volviendo ciega, a eludir el tránsito en el trayecto en que lo conducía para cobrar su pensión.
       —Tal vez le esté enseñando a saltar —dijo el barbero, un hombre atildado y prolijo, con un rostro fatigado, hastiado, y la piel del color de una seta, sobre la cual brillaba el sol por lo menos una vez al día, porque a mediodía debía cruzar la calle abierta para trasladarse de su peluquería al restaurante donde acostumbraba almorzar, y quien, si alguna vez había andado a caballo, había sido durante su indefensa infancia, antes de haber sido capaz de protegerse por sí mismo.
       —¿De noche? —dijo el parroquiano—. ¿En la oscuridad?
       —Si el caballo está casi ciego, ¿cómo puede saber que es de noche? —repuso el barbero.
       —Pero ¿por qué saltar a caballo de noche? —dijo el otro.
       —¿Por qué saltar a caballo a ninguna hora? —dijo a su vez el barbero, agitando la brocha dentro de la vasija llena de espuma—. ¿Y por qué en un caballo?
       Pero eso era todo. No tenía sentido. Y si el capitán Gualdres tenía una cualidad, según la opinión del distrito, ella era indudablemente la sensatez, la cual, o por lo menos su espíritu práctico, se había probado a raíz de la acción misma que manchaba su reputación en otro aspecto. Ahora conocían la respuesta, la explicación de la yegua, de la yegua ciega que él utilizaba de noche: él, el jinete inigualable, estaba utilizando un caballo no como caballo, sino como pantalla; él, el amoral perseguidor de viudas de cierta edad, estaba traicionando la integridad de su amoralidad.
       No se hablaba de su moral, sino de su moralidad. Nunca habían abrigado muchas ilusiones acerca de su moral, tratándose de un extranjero, de un latino además, de modo que habían aceptado su falta de moral ya de antemano, antes de que él exigiera o solicitara siquiera esta aceptación. En cambio, lo habían adornado y vestido con una moralidad, con un código que según había demostrado ahora tampoco era suyo; y esto nunca se lo perdonarían.
       Se trataba de una mujer, de otra mujer; por fin se vieron obligados a aceptar aquello que, según comprendían ahora, siempre habían esperado de un extranjero y latino; y supieron por fin el porqué del caballo, de aquel caballo casi ciego, el rumor de cuyos cascos, en la madrugada, nadie podía explicar, probablemente, o por lo menos nadie estaba dispuesto a investigar. Era un caballo troyano. El extranjero, que por ahora apenas hablaba el inglés, se había trasladado hasta St. Louis, tan distante como estaba, para encontrar y adquirir con su propio dinero, un animal que llenase ciertos requisitos, la ceguera, por ejemplo, para que sirviera de excusa aceptable para sus ausencias nocturnas; un caballo ya adiestrado, o bien que él mismo pudiese enseñar a hacer una señal, quizás un sonido eléctrico cada cinco o diez minutos por medio de un cronómetro porque para esa fecha la imaginación de todo el distrito se había elevado a alturas que ni los traficantes de caballos, mucho menos los simples entrenadores, eran capaces de alcanzar, en aquellos breves períodos de galope alrededor de un picadero desierto, hasta que terminaba su misión, desensillaba el animal y lo recompensaba tal vez con azúcar o avena.
       Naturalmente, debía ser una mujer más joven, quizá una muchacha. Sí, seguramente una muchacha, puesto que había en él una hombría dura, implacable, sin imaginación, que le hacía llevar con armonía su formalidad latina, como lleva un joven su ropa de etiqueta porque le sienta y le proporciona prestigio, mas sin esfuerzo alguno de su parte. Pero todo ello no tenía importancia. En realidad, sólo aquéllos con imaginación sensual se preguntaban quién podría ser la muchacha. Para los otros, para el resto, para la mayoría, la nueva víctima no era más importante que Mrs. Harriss. Dirigían la mirada severa del repudio no hacia el seductor, sino simplemente hacia el mocetón de otras tierras que merodeaba por las de ellos, como si la producción local de jóvenes mujeriegos no fuese suficiente. Cuando pensaban en Mrs. Harriss era como si fuesen los albaceas o los administradores de su millón de dólares. No pensaban nunca en la «pobre mujer», sino en la «pobre tonta».
       Y durante algún tiempo, durante los primeros meses de aquel primer año, después que todos regresaron de América del Sur, el muchacho solía pasear a caballo con el capitán Gualdres. Y él, Charles, sabía desde mucho tiempo atrás que el muchacho cabalgaba muy bien; pero sólo cuando se lo veía tratando de seguir al capitán Gualdres en la pista de obstáculos se llegaba a comprender qué significaba ser un buen jinete. Y él, Charles, pensaba que, con un invitado de sangre española en la casa, el muchacho tendría probablemente con quién tirar esgrima. Pero si tiraban o no, nadie lo supo nunca. Al cabo de un tiempo, el muchacho dejó de salir a caballo con el invitado o amante de su madre, o bien futuro padrastro, o lo que fuera, y el pueblo sólo veía al muchacho cuando pasaba por la plaza en el poderoso automóvil de paseo con la capota baja y la parte trasera repleta de equipaje, ya fuera yendo hacia algún sitio o regresando a su casa. Y pasados los seis meses, cuando Charles vio al muchacho lo suficiente como para observar su mirada, pensó: Aunque hubiese sólo dos caballos en el mundo y ambos fuesen suyos, yo tendría que tener muchas ganas de cabalgar uno de ellos para salir con él, aun cuando mi nombre fuera Gualdres.

II

      Sin embargo, éstas eran las personas, los fantoches, los muñecos de papel; ésta la situación, el impasse, el drama alegórico moral, la demostración de curas maravillosas, o lo que se prefiera, que cayó del cielo sobre las rodillas de su tío a las diez de la noche de aquel día frío, cuatro semanas antes de Navidad; y todo lo que éste consideró conveniente o se sintió inclinado o bien obligado a hacer, fue volver al tablero de ajedrez, mover el peón y decir «Juega», como si el incidente nunca hubiera ocurrido, nunca hubiera existido. Y no sólo lo alejó de su mente, sino que lo repudió, lo rechazó.
       Pero Charles no movió ninguna pieza. Y esta vez se repitió a sí mismo, obstinadamente:
       —Es el dinero.
       Y esta vez también el tío repitió las palabras con voz todavía brusca, concisa, dura, si se quiere:
       —¿Dinero? ¿Qué le importa el dinero a ese muchacho? Probablemente lo aborrece, se enfurece cada vez que se ve obligado a llevar una buena cantidad encima cuando desea comprar algo o ir a alguna parte. Si fuera solamente el dinero, nunca me hubiera enterado yo de nada. No hubiera tenido necesidad de venir aquí, tan abruptamente a las diez de la noche, primero con un ucase real, luego con una mentira, y por fin con una amenaza, todo ello para impedir que su madre se case con un hombre que no tiene dinero. No lo hubiera hecho ni aun cuando el hombre no tuviese ningún dinero, lo cual puede no ser la realidad en el caso del capitán Gualdres.
       —Muy bien —insistió Charles—. No quiere que su madre ni tampoco su hermana se casen con ese extranjero. El que no le agrade el capitán Gualdres es motivo suficiente para su actitud.
       Ahora su tío había terminado de hablar; estaba sentado frente a él junto al tablero, esperando. Y entonces comprobó que su tío lo estaba observando, firme, especulativa e intensamente.
       —Bueno, bueno —dijo su tío—. Bueno, bueno, bueno.
       Y mientras su tío lo miraba así, Charles descubrió que todavía no había olvidado tampoco cómo ruborizarse. En realidad, debía de estar acostumbrado a ello para esta fecha, o por lo menos, al hecho de que su tío lo recordase todavía, aun cuando Charles no hubiera reparado en ello. Por lo menos, se mantuvo con la cabeza alta, sosteniendo la mirada de su tío, el rostro cubierto de rubor, mirándolo tan intensamente como éste lo miraba a él, y respondiendo por fin:
       —Y no mencionemos el hecho de que haya arrastrado aquí a su hermana a decir esa mentira.
       El tío lo estaba observando, no irónicamente ya, ni siquiera con fijeza: lo miraba, simplemente.
       —¿Por qué será —dijo su tío— que los jóvenes de diecisiete años…?
       —Dieciocho —lo corrigieron—. Casi dieciocho, por lo menos.
       —Muy bien —dijo su tío—, ¿de dieciocho o casi dieciocho años… están tan convencidos de que los octogenarios como yo somos incapaces de aceptar, de respetar o siquiera de recordar lo que los jóvenes consideran pasión y amor?
       —Quizás sea porque los mayores ya no pueden señalar la diferencia entre eso y la simple decencia, como sería no arrastrar a tu hermana seis millas a las diez de la noche, de una fría noche de diciembre, para que diga una mentira.
       —Muy bien —dijo su tío—. Touché. ¿Estás satisfecho? Porque yo conozco un octogenario de cincuenta años capaz de imaginar cualquier cosa de un joven de diecisiete, dieciocho o diecinueve años, y aun de dieciséis, y especialmente, la pasión y el amor y la decencia, y el hecho de arrastrar a una hermana seis o veintiséis millas en medio de la noche para obligarla a decir una mentira, violar una caja de hierro o cometer un asesinato. Y eso, si en verdad tiene que arrastrarla. Ella no tenía por qué venir; por lo menos, no observé que llevase grillos.
       —Pero ella vino —dijo Charles—. Y dijo la mentira. Negó que el capitán Gualdres y ella hubiesen estado comprometidos alguna vez. Pero en cambio cuando tú le preguntaste inesperadamente si lo quería, te dijo «Sí».
       —Y la sacaron de aquí por haberlo dicho —observó su tío—. Entonces fue cuando dijo la verdad, lo cual, dicho sea de paso, no considero tampoco una imposibilidad en jóvenes de diecisiete, dieciocho y aun diecinueve años, cuando existe una razón práctica para ello. La muchacha entró aquí, o mejor dicho, entraron los dos, con la mentira que debían decirme ya ensayada. Pero ella se asustó. Y en vista de ello, cada uno trató de utilizar al otro para lograr un fin. Sólo que los respectivos fines no eran iguales. Pero por lo menos ambos renunciaron a la tentativa cuando vieron que había fracasado. Él abandonó su intento con bastante rapidez y con la misma violencia con que lo iniciara. Durante un minuto creí que la iba a arrojar al vestíbulo como si fuera una muñeca de trapo. Sí. Con excesiva rapidez. Abandonó el plan para ensayar otro tan pronto como descubrió que no podía contar con ella. Y ella ya había renunciado. Había renunciado tan pronto como se convenció de que su hermano se estaba escapando de todo control, o bien de que yo no estaba dispuesto a tragarme el engaño y quizás a mi vez me escaparía de todo control. Así, pues, ambos han decidido ensayar otra cosa, y ello no me agrada nada. Porque son peligrosos. Peligrosos, no porque sean tontos. La estupidez —y perdona que lo diga, Charles— es de esperar a esa edad. No; son peligrosos porque nunca han tenido a alguien que les diga que son jóvenes y tontos, a alguien a quien respeten lo suficiente como para creerle. Mueve.
       Aparentemente eso fue todo, en cuanto se refería a su tío; por lo menos, no parecía dispuesto a explayarse más sobre el asunto.
       Y en verdad era todo. Charles movió su pieza. Había planeado esta movida con mucha anticipación, mucho más que su tío, calculando, como los aviadores, no por el tiempo transcurrido, sino por el contiguo, ya que no había tenido que hacer aterrizajes tan prolongados como para repeler la fuerza invasora y levantar vuelo nuevamente, como le ocurriera a su tío. Dio jaque a la dama de su tío y a su torre con el caballo. A continuación, su tío le entregó el peón que sólo él, Charles, pensaba que ninguno de los dos había olvidado; hizo la movida, luego movió su tío, y por fin, como siempre, todo terminó.
       —Quizás debí tomar la dama hace veinte minutos, mientras podía hacerlo, y dejar escapar la torre —dijo.
       —Lo de siempre —dijo su tío, comenzando a separar las piezas blancas de las negras, mientras él, Charles, traía la caja del estante inferior de la mesita de fumar—. No podías haber tomado ambas piezas sin hacer dos movidas. Y un caballo puede saltar dos cuadros a la vez y también en dos direcciones a la vez. Pero en cambio no puede moverse dos veces. —Dicho esto, empujó las piezas negras hacia Charles—. Tomaré las blancas, esta vez, y puedes ensayarlo.
       —Son más de las diez —dijo Charles—: Las diez y media, casi.
       —Así es —dijo su tío, distribuyendo las piezas negras—. Siempre sucede eso.
       —Se me ocurre que es hora de acostarme.
       —Quizás sea mejor —dijo su tío, siempre absorto en su tarea inmediata, siempre sereno—. No tienes inconveniente en que me quede levantado, ¿no?
       —Seguramente tendrás una partida mucho más interesante, jugando solo, y por lo menos tendrás la experiencia novedosa de sorprenderte frente a los errores de tu adversario.
       —Muy bien, muy bien —dijo su tío—. ¿Acaso no te dije ya touché? Por lo menos distribuye las piezas en el tablero, vayas a usarlas o no.
       Eso es todo lo que supo, entonces. Ni siquiera sospechó algo más. Pero se enteró rápidamente, o bien lo advirtió. Esta vez oyeron primero los pasos, el staccato leve y marcado que hacen las muchachas al caminar, mientras se aproximaban por el vestíbulo. Ya había aprendido, al cabo de tantas horas pasadas en la casa de su tío, que en realidad nunca se oye el ruido de los pasos en cualquier casa o edificio que tenga como mínimo dos departamentos más o menos separados entre sí. En el mismo momento, o sea antes de que ella golpeara la puerta, antes de que su tío dijera «Ahora te toca a ti llegar demasiado tarde para abrirla», comprendió que éste sabía que volvería, y seguramente él, Charles, también lo había sabido de antemano. Sólo que él, Charles, pensó en un principio que la había enviado su hermano; sólo más tarde se le ocurrió preguntarse cómo se las había arreglado para deshacerse de él tan pronto. Tenía el aspecto de haber estado corriendo desde que saliera; de pie, inmóvil en la puerta abierta apretando el abrigo de piel contra su garganta con una mano, mientras el largo vestido blanco flotaba por debajo. Y tal vez el terror estaba todavía presente en su rostro, pero no había en cambio confusión en los ojos. Y esta vez hasta miró a Charles, en tanto que la otra, dentro de lo que él pudiera juzgar, ni siquiera había advertido su presencia en la habitación.
       En seguida dejó de mirarlo. Entró y cruzó rápidamente la habitación hacia donde estaba su tío, de pie ahora, junto al tablero de ajedrez.
       —Quiero verlo a solas —dijo.
       —Estamos a solas —dijo su tío—. Éste es Charles Mallison, mi sobrino —y retirando una de las sillas de al lado del tablero, añadió—: Tome asiento.
       Pero ella no se movió.
       —No —dijo—. A solas.
       —Si no puede decirme la verdad con tres personas en la habitación, seguramente no me la dirá con dos —dijo su tío—. Siéntese.
       La joven permaneció inmóvil. Él, Charles, no podía ver su rostro, porque le daba la espalda. Pero su voz había cambiado completamente.
       —Sí —dijo, y se dirigió a la silla. Luego se detuvo una vez más, ya inclinada para sentarse, vuelta a medias hacia la puerta, como si esperase oír los pasos del hermano aproximándose por el vestíbulo, o más bien como si estuviese por correr nuevamente a la puerta principal y observar la calle para ver si él venía.
       Pero fue una pausa, apenas, porque inmediatamente se sentó, dejándose caer sobre la silla con aquel rápido movimiento de faldas y piernas, como lo hacen las mujeres, como si sus articulaciones tuviesen un mecanismo distinto del de los hombres, en puntos también distintos.
       —¿Puedo fumar? —preguntó.
       Pero antes de que su tío alcanzase la caja de cigarrillos que él personalmente no fumaba, ella extrajo uno de alguna parte, no de una cigarrera de platino y piedras preciosas, como cabía esperar: era un único cigarrillo doblado y arrugado, del cual se había escapado ya el tabaco al estar suelto en su bolsillo durante días. Se inclinó para encenderlo en la llama que le ofreció el tío. Luego exhaló una sola bocanada de humo y dejó el cigarrillo en el cenicero, cruzando las manos sobre el regazo, sin apretarlas, entrelazándolas, simplemente, pequeñas e inmóviles sobre la piel oscura.
       —Está en peligro —dijo—. Tengo miedo.
       —¡Ah! —dijo su tío—. Su hermano está en peligro.
       —No, no —repuso ella casi con petulancia—. Max, no. Sebas…, el capitán Gualdres.
       —Comprendo —murmuró el tío—. El capitán Gualdres está en peligro. He oído decir que anda muy bien a caballo, pero nunca lo he visto cabalgar.
       Ella tomó el cigarrillo y lo aspiró dos veces rápidamente, y en seguida lo aplastó contra el cenicero y colocando la mano nuevamente en el regazo, miró al tío de Charles.
       —Sea —dijo—. Lo quiero. Se lo dije ya. Pero no importa. Son cosas que suceden. Eso no se puede evitar. Mamá lo vio primero, o bien él la vio a ella. De todas maneras, pertenecen a la misma generación. Y yo no, puesto que Se… el capitán Gualdres es por lo menos ocho o diez años mayor que yo, quizás más. Pero no importa. Porque no es eso. Está en peligro. Y aun cuando me haya dejado por mamá, a pesar de ello, no quiero que le hagan mal. Por lo menos, no quiero que encierren a mi hermano en la cárcel por haberlo hecho.
       —Especialmente cuando el encerrarlo no desharía lo ya hecho —observó el tío—. Estoy de acuerdo con usted: es mejor encerrarlo antes.
       Ella lo miró:
       —¿Antes? ¿Antes de qué?
       —Antes de que haga eso por lo cual sería necesario encerrarlo —dijo el tío de Charles con aquella voz rápida, fantástica, serena y a la vez concisa que confería no sólo un elemento de perspicacia, sino también de sólido sentido común a la inconsecuencia más fantástica.
       —¡Ah! —dijo ella y lo miró otra vez—. ¿Encerrarlo ahora? Personalmente, no sé mucho sobre leyes, pero sé que no es posible mantener encerrado a nadie por lo que esté contemplando hacer. Además, entregaría simplemente doscientos o trescientos dólares a un abogado de Memphis y al día siguiente estaría nuevamente en libertad. ¿No es verdad?
       —Es verdad —repuso el tío—. Es increíble lo que puede trabajar un abogado por trescientos dólares.
       —Entonces eso sería inútil, ¿no es así? —dijo ella—. Deportarlo.
       —¿Deportar a su hermano? —preguntó el tío—. ¿Adónde? ¿Para qué?
       —¡Basta! —dijo ella—. ¡Basta! ¿Acaso no sabe usted que si tuviera alguien más a quien dirigirme, no estaría aquí? Deportar a Se… al capitán Gualdres.
       —¡Ah! —murmuró el tío—. Al capitán Gualdres. Temo que las autoridades de inmigración carezcan no sólo de la buena voluntad necesaria, sino también del campo de acción que tienen los abogados de Memphis y de los trescientos dólares. Llevaría semanas, quizás meses, deportarlo, cuando, si sus temores son justificados, dos días serían demasiado tiempo. Porque, ¿qué estaría haciendo su hermano durante todo ese tiempo?
       —¿Quiere decir que usted, un abogado, no podría tenerlo encerrado en alguna parte hasta que Sebastián haya salido del país?
       —¿Tener a quién? —dijo el tío—. ¿Encerrado dónde?
       Ella dejó de mirarlo, pero no se movió.
       —¿Tiene un cigarrillo? —preguntó.
       El tío le dio uno de la caja que estaba sobre la mesita y luego se lo encendió, y ella se reclinó en su asiento, fumando rápidamente, y hablando entre cada bocanada de humo, siempre sin mirarlo.
       —Muy bien —dijo—. Cuando las cosas se pusieron tan mal finalmente entre Max y él, cuando por fin comprendí que Max lo odiaba tanto que algo iba a suceder, persuadí a mi hermano de que…
       —De que salvase al novio de su madre —dijo el tío—; su futuro padrastro.
       —Como usted quiera —dijo ella, entre las rápidas bocanadas de humo, sosteniendo el cigarrillo entre dos dedos con uñas puntiagudas y pintadas—. La verdad es que no había nada decidido entre él y mamá, si es que alguna vez hubo algo que decidir. Así, pues, mi madre por lo menos no tenía interés en decidir nada, porque… Y él habría tenido los caballos, o bien el dinero para comprarlos, cualquiera de las dos que… —aquí se detuvo y siguió fumando rápidamente, sin mirar al tío de Charles ni a nada—. Cuando descubrí que tarde o temprano Max lo mataría si nadie hacía nada para impedirlo, hice un convenio con mi hermano de que si esperaba veinticuatro horas, yo lo acompañaría aquí y lo persuadiría a usted de que lo hiciese deportar, de vuelta a Sudamérica…
       —… donde no tendría nada salvo su sueldo de capitán —dijo el tío—. Y entonces usted lo seguiría.
       —Muy bien —dijo ella—. Está bien. Entonces vinimos a verlo, y yo me di cuenta de que usted no nos creía ni haría nada, de modo que lo único que se me ocurrió hacer fue mostrar a Max, en presencia suya, que también yo lo quería, a fin de que Max reaccionara en forma tal que usted descubriese sus intenciones serias contra el capitán. Reaccionó así, como usted vio, y tiene malas intenciones, y es peligroso y usted tiene que ayudarme. ¡Tiene que ayudarme!
       —También usted debe hacer algo —dijo el tío—. Debe comenzar a decirme la verdad.
       —Se la he dicho. Se la estoy diciendo.
       —No toda la verdad. Lo que ocurre entre su hermano y el capitán Gualdres no es una bagatela, como dicen a veces.
       La muchacha miró al tío durante un segundo, en medio del humo del cigarrillo, tan consumido ya, que casi le quemaba las uñas pintadas.
       —Tiene razón —dijo ella—. No es el dinero. A Max no le interesa el dinero. Hay todo el que se quiera para Se… y para todos nosotros. Tampoco es por mamá. Es porque Sebastián siempre lo supera en todo, en todo. Sebastián llegó sin su caballo propio, siquiera, y Max anda bien a caballo, pero Sebastián, le gana, le gana con los propios caballos de mi hermano, con los mismos caballos que, según piensa Max, serán suyos tan pronto como mamá se decida y diga que sí. Y Max ha sido el mejor discípulo de esgrima que tuviera Paoli en diez años, y un día Sebastián tomó una escoba de la chimenea y lo venció en dos asaltos, hasta que Max sacó de un tirón el botón de la punta y lo atacó, y Sebastián, usando la escoba como sable, también paró este golpe, hasta que alguien contuvo a Max…
       No respiraba afanosamente, sino con rapidez, con dificultad casi, tratando aún de aspirar el cigarrillo, que era ya demasiado corto a pesar de que su mano era lo suficientemente firme como para sostenerlo. Y estaba acurrucada ahora en su silla, en una nube de tul y raso blanco con el brillo costoso y sombrío de los pequeños animales muertos; y de aspecto no tanto pálido como delicado y frágil; y no tanto frágil como frío, etéreo, como una de las flores blancas del comienzo de la primavera, florecida antes de época en medio de la nieve y la escarcha y condenada frente a nuestros propios ojos, sin saber casi que se está muriendo, sin sentir casi dolor.
       —Eso fue después —observó su tío.
       —¿Qué? ¿Después de qué?
       —Eso sucedió —dijo su tío—, pero posteriormente. No deseamos la muerte de un hombre porque nos haya vencido, ya sea con un caballo o con una espada. Por lo menos, no se dan los pasos concretos para convertir el deseo en hecho.
       —Sí.
       —No.
       —Sí.
       —No.
       La muchacha se inclinó y dejó la colilla del cigarrillo en el cenicero, con tanto cuidado como si fuese un huevo, o tal vez una cápsula de nitroglicerina, y se sentó nuevamente, pero sus manos no estaban ahora apretadas sino que yacían abiertas sobre su regazo.
       —Muy bien —dijo—. Temía esto. Yo le dije… yo sabía que usted no quedaría satisfecho. Es una mujer.
       —¡Ah! —dijo el tío.
       —Yo pensé que usted lo descubriría —dijo ella, y su voz cambió nuevamente, por tercera vez desde que entrara en la habitación, no hacía aún diez minutos—. Allá, a unas dos millas de nuestro portón trasero. La hija de un hortelano. Sí, sí: lo conozco también. Aquello de Scott o Hardy, o no sé quién, hace trescientos años, aquello sobre el joven señor del castillo y los villanos, droit du seigneur, y el resto. Sólo que esta vez no se trataba de esto, porque Max le había dado un anillo de compromiso.
       Sus manos descansaban ahora sobre los brazos de la silla, otra vez crispadas, y ya no miraba al tío de Charles.
       —Esta vez, como verá, era bastante diferente. Mejor que nada de lo que imaginaron Shakespeare o Hardy. Porque esta vez había dos jóvenes de la ciudad: no solamente el rico príncipe heredero, sino además el amigo extranjero del príncipe, o por lo menos, su invitado, ese romántico caballero extranjero, moreno y audaz, que vencía al joven señor cabalgando los caballos de éste y que luego le quitaba la espada con un golpe de escoba. Hasta que por fin, todo lo que tenía que hacer era ir a caballo durante la noche a la ventana de la novia del príncipe y silbar… Espere.
       Se puso de pie, pero antes de haberlo hecho ya parecía estar caminando. Atravesó la habitación y abrió la puerta bruscamente, antes de que el tío de Charles pudiese moverse, y sus pasos se alejaron rápidamente por el vestíbulo. En ese momento la puerta principal se cerró ruidosamente. Y siempre el tío estaba inmóvil, contemplando la puerta abierta.
       —¿Qué? —dijo Charles—. ¿Qué?
       Pero el tío no repuso: permanecía contemplando la puerta abierta, y entonces, antes de que el tío pudiese responder a la pregunta de su sobrino, oyeron una vez más el golpe de la puerta principal al cerrarse, y a continuación los pasos femeninos en el vestíbulo, dos pares de tacones altos ahora, y la muchacha entró rápidamente, atravesó la habitación, y extendiendo una mano hacia atrás, dijo:
       —Aquí la traigo —y se sentó con rapidez en la silla que ocupara antes, mientras Charles y su tío contemplaban a la otra muchacha, una muchacha del campo, cuyo rostro Charles había visto en el pueblo, los sábados. Esto era el único indicio de que vivía en el campo, porque las dos tenían los labios y las mejillas pintados, y también las uñas, y en esta época las ropas del gran almacén de ramos generales Sears Roebuck, emporio de la población rural, no tenían aspecto de ser de Sears Roebuck, y muchas veces ni siquiera procedían de esta tienda, aun cuando no estuvieran adornadas con piel de visón de millares de dólares. Era una muchacha de la misma edad, aproximadamente, que la de Harriss, pero no tan alta; esbelta y sólida a la vez, con el aspecto característico de las muchachas del campo, de ojos y cabellos oscuros. Miró a Charles un instante y luego a su tío.
       —Entre —dijo éste—. Soy Mr. Stevens. Su nombre es Mossop.
       —Ya lo sé —dijo la muchacha—. No, señor. Mi madre era Mossop. Mi padre es Hence Cayley.
       —Tiene el anillo —dijo la muchacha de Harriss—. Le dije que lo trajera porque sabía que usted no lo creía, como no lo creí yo cuando oí hablar de eso. Y no la culpo de que no lo lleve puesto. Yo tampoco usaría un anillo de un hombre que me hubiese dicho las cosas que Max le dijo a ella.
       La muchacha de Cayley miró a la de Harriss, con una mirada tranquila, sombría, fija, totalmente serena; la miró durante un minuto, aproximadamente, mientras la de Harriss tomaba otro cigarrillo de la caja. Esta vez nadie se movió para encendérselo.
       Luego la muchacha de Cayley miró nuevamente al tío de Charles. Sus ojos no tenían nada extraño en la mirada, sino que estaban simplemente como al acecho.
       —Nunca lo usé —dijo—. Debido a mi padre. Él no cree que Max sea una buena persona. Y no pienso conservarlo tampoco. Tan pronto como lo vea se lo devolveré. Yo no creo que sea bueno, ahora…
       La muchacha de Harriss murmuró algo. Algo que, según entendió el tío de Charles, no sonaba como nada que pudiese haber aprendido en un internado de señoritas de Suiza. La muchacha de Cayley le dirigió otra mirada fría, fija, escrutadora. Pero todavía no había nada extraño en sus ojos. Luego volvió a fijarlos sobre el tío de Charles. Dijo:
       —No me importa lo que me dijo. Pero no me gustó la forma en que lo dijo. Quizás aquélla fuese la única forma en que se le ocurrió decirlo en el momento. Pero debió ocurrírsele otra diferente. A pesar de todo, yo no estaba enojada porque él hubiese sentido la necesidad de decirlo.
       —Comprendo —dijo el tío.
       —No me hubiera importado que tuviese necesidad de decirlo, de todos modos — añadió ella.
       —Comprendo —repitió él.
       —Pero estaba equivocado. Estaba equivocado desde el principio. Él fue quien dijo primero que tal vez no debía llevar yo el anillo donde la gente me viese con él, por ahora. Ni siquiera tuve oportunidad de decirle que conocía demasiado a mi padre para dejar que descubriese siquiera que lo tenía…
       Una vez más la muchacha de Harriss murmuró algo. Esta vez la otra se interrumpió, volvió la cabeza lentamente y la miró durante cinco o seis segundos, mientras la de Harriss permanecía inmóvil, con el cigarrillo sin encender entre los dedos. A continuación la de Cayley volvió a mirar al tío de Charles.
       —De modo que él fue quien dijo que era mejor no estar comprometidos, salvo secretamente. De modo que, puesto que yo no estaba comprometida, salvo secretamente, no veía ninguna razón por qué el capitán Goldez…
       —Gualdres —dijo la otra.
       —Goldez —repitió la muchacha de Cayley— o cualquier otro, no pudiera venir a conversar en el corredor de nuestra casa. Además, me agradaba cabalgar en animales sin mataduras, para variar, de modo que cuando él podía traerme uno…
       —¿Cómo sabía si tenía mataduras o no, en la oscuridad? —dijo la otra.
       Ahora la muchacha de Cayley, siempre sin apresurarse, se volvió con todo el cuerpo y miró a la de Harriss.
       —¿Qué? —preguntó—. ¿Qué dijo?
       —Un momento —dijo el tío—. ¡Basta!
       —¡Viejo tonto! —dijo la muchacha de Harriss. Ni siquiera miraba al tío de Charles—. ¿Cree que un hombre, excepto un viejo con un pie en el sepulcro como usted, se pasaría la mitad de la noche cabalgando en una cancha de polo desierta sin ninguna compañía?
       Y entonces la muchacha de Cayley se movió. Se movió rápidamente, inclinándose, levantando el ruedo de su vestido y sacando algo de la parte superior de una de sus medias mientras se movía, y se detuvo frente a la silla: y si lo que sacó hubiese sido un cuchillo, Charles y su tío habrían llegado demasiado tarde.
       —¡Levántese! —dijo.
       Y la muchacha de Harriss dijo a su vez:
       —¿Qué? —y levantó la vista, siempre con el cigarrillo sin encender entre los labios.
       La muchacha de Cayley no habló más. Se apoyó simplemente sobre los tacones, inclinándose hacia atrás, sólida y a la vez esbelta, y levantó el brazo. El tío avanzó un paso, gritando:
       —¡Basta! ¡Basta!
       Pero la otra ya se había movido, golpeando el rostro de la muchacha de Harriss, golpeando el cigarrillo y la mano que lo sostenía, golpeándolo con la mano abierta, y la muchacha de Harriss se sacudió en el asiento y luego se quedó inmóvil con el cigarrillo quebrado entre los dedos, y un rasguño largo y delgado en la mejilla; y por último el anillo, un solitario de gran tamaño, se deslizó con un fulgor sobre su abrigo hasta llegar al suelo.
       La muchacha de Harriss contempló su cigarrillo un instante. Luego al tío:
       —¡Me pegó! —dijo.
       —Ya la vi —dijo éste—. Estaba por pegarle yo…
       Y entonces él saltó a su vez; tenía que hacerlo; porque la muchacha de Harriss se había levantado en un segundo de la silla, y la otra estaba una vez más apoyada sobre los tacones, como para atacar nuevamente. Pero el tío llegó a tiempo esta vez, interponiéndose entre ambas, arrojando a un lado a la muchacha de Cayley con un brazo y a la de Harriss con el otro, hasta que en el instante siguiente las dos estaban de pie, llorando, llorando a gritos, exactamente como dos niños de tres años que han reñido. El tío las contempló un momento, y luego se inclinó y recogió el anillo.
       —¡Suficiente! —dijo—. Basta. Las dos. Vayan al cuarto de baño y lávense la cara. Por esa puerta de allá. —Señaló y agregó rápidamente—: ¡Juntas, no! —cuando vio que ambas se movían a la vez—. Primero una y después la otra. Usted primero — dijo a la muchacha de Harriss—. En el botiquín encontrará desinfectante, si quiere; hay que temer a la hidrofobia en lugar de creer simplemente en ella. Llévala, Chick.
       Pero ella ya había entrado en el dormitorio. La muchacha de Cayley estaba de pie en el mismo sitio, enjugándose la nariz con el dorso de la mano, hasta que el tío le dio su pañuelo.
       —Perdone —dijo ella, suspirando, o, mejor dicho, resoplando—. Pero no debió provocarme.
       —No debió haber sido capaz de ello —observó el tío—. Me imagino que la tuvo esperando en el automóvil todo el tiempo, que fue hasta su casa y que la hizo venir aquí.
       La muchacha se sonó ruidosamente con el pañuelo.
       —Sí, señor.
       —Entonces tú deberás llevarla a su casa —dijo el tío a Charles—. No pueden volver juntas…
       Pero la muchacha de Cayley ya estaba serena. Se enjugó la nariz vigorosamente en uno y otro sentido, y estaba por devolver el pañuelo al tío de Charles, cuando se detuvo y dejó caer el brazo a un costado.
       —Volveré con ella —dijo—. No le tengo miedo. No son más que dos millas hasta casa, aun cuando no me lleve más lejos de su portón.
       —Muy bien —dijo el tío—. Tome —y le ofreció el anillo. Tenía un solitario muy grande, pero ello no tenía importancia. La muchacha apenas lo miró.
       —No lo quiero —dijo.
       —Tampoco yo en su lugar —dijo el tío—. Pero se debe a sí misma el gesto de devolverlo con sus propias manos.
       Ella tomó, pues, el anillo, y luego volvió la muchacha de Harriss. La de Cayley fue a su vez a lavarse la cara, llevándose el pañuelo. La muchacha de Harriss parecía también serena, ahora, y tenía un trozo de tira emplástica en la mejilla. Llevaba una cajita de platino y piedras preciosas que contenía polvos y otras cosas. Se miró en el espejo de la cajita, terminando de maquillarse.
       —Supongo que debo disculparme —dijo—. Pero estoy segura de que los abogados están acostumbrados a estas escenas.
       —Siempre tratamos de evitar el derramamiento de sangre —murmuró el tío.
       —Derramamiento de sangre —repitió ella. Y entonces olvidó su rostro y la cajita de platino, y desaparecieron instantáneamente su aparente despreocupación y su impertinencia, y cuando miró al tío, el terror y la aprensión estaban en sus ojos nuevamente. Y Charles intuyó que, cualquiera que fueran sus opiniones y las de su tío acerca de las intenciones de su hermano, ella por lo menos no tenía ninguna duda.
       —Tiene que hacer algo —dijo—. Tiene que hacer algo. Si hubiera sabido de otra persona a quien dirigirme, no lo habría molestado. Pero…
       —Usted me dijo que él tenía un pacto con usted de no hacer nada en veinticuatro horas —dijo el tío—. ¿Cree que todavía se considerará atado a ese compromiso, o bien que hará lo mismo que hizo usted? Quiero decir, hacer una tentativa independiente a espaldas suyas.
       —No lo sé —repuso ella—. Si usted pudiese encerrarlo hasta que yo…
       —Cosa que no puedo hacer, como tampoco podría hacer que deportasen al otro antes del desayuno. ¿Por qué no lo hace deportar usted misma? Me dijo ya que…
       Ahora había terror y a la vez desesperación en su rostro.
       —No puedo. Lo intenté. Quizás mamá me haya vencido también en esto. Hasta traté de decírselo. Pero él es como usted: no cree que Max sea peligroso. Dice que sería como huir de un niño.
       —Eso es exactamente lo que sería —dijo el tío—. Y ésa es exactamente la razón.
       —¿La razón de qué?
       —De nada —dijo el tío.
       No la miraba más, como tampoco a nadie en la habitación, ni a nada, dentro de lo que podía juzgar Charles; estaba inmóvil, acariciando con la yema del pulgar la taza de su pipa de marlo de maíz. Luego ella dijo:
       —¿Me da otro cigarrillo?
       —¿Por qué no? —repuso el tío.
       Ella tomó el cigarrillo de la caja, y esta vez Charles se lo encendió, pasando cuidadosamente entre las piezas de ajedrez desparramadas por el suelo para darle fuego. En aquel momento entró la muchacha de Cayley, sin mirar tampoco a nadie, y dijo al tío:
       —Está sobre el espejo.
       —¿Qué cosa?
       —Su pañuelo. Se lo lavé.
       —¡Ah! —exclamó el tío, y la muchacha de Harriss dijo:
       —No servirá de nada hablar con él. Usted lo intentó una vez, no lo olvide.
       —No lo recuerdo —dijo el tío—. No recuerdo haber oído nada, salvo su voz. Pero tiene razón en cuanto a hablarle. Tengo una idea de que todo este asunto comenzó porque alguien habló demasiado.
       Pero ella no prestaba atención.
       —Y nunca conseguiremos que vuelva aquí. De modo que usted tendrá que ir allá…
       —Buenas noches —dijo el tío.
       Ella no escuchaba.
       —… por la mañana, antes de que pueda levantarse e ir a alguna parte. Yo le telefonearé por la mañana, cuando sea la hora más oportuna…
       —Buenas noches —repitió él.
       Se fueron, atravesando la puerta de la salita, y dejándola abierta, naturalmente; es decir, la muchacha de Harriss la dejó abierta, pero cuando el tío de Charles fue a cerrarla, la muchacha de Cayley se había vuelto a medias para hacerlo, hasta que advirtió que él estaba ya allí. Pero cuando Charles iba a cerrarla, su tío le dijo:
       —¡Espera!
       Y Charles se quedó con la puerta abierta y ambos oyeron el ruido seco de los tacones alejándose por el vestíbulo, y por fin, como esperaban, el de la puerta principal al cerrarse tras ellas.
       —Eso es lo que creímos la otra vez —dijo su tío—. Ve y asegúrate.
       Pero se habían ido. De pie, en la puerta principal abierta a la oscuridad vívida, fría y serena de diciembre, Charles oyó el motor poderoso y vio el automóvil enorme lanzarse a toda velocidad con un quejido, con un chillido de neumáticos sobre el pavimento, doblando luego la esquina, absorbidas bruscamente las luces traseras con tanta rapidez, que aún mucho tiempo después de que hubiesen cruzado la plaza, seguramente, creyó percibir todavía el olor del caucho martirizado.
       En seguida Charles volvió a la sala. Su tío estaba ahora sentado entre las piezas de ajedrez dispersas, llenando su pipa. Entró sin detenerse, levantó el tablero y lo puso sobre la mesa. Afortunadamente, la riña había tenido lugar en una sola dirección, de modo que no habían pisoteado ninguna de las piezas. Charles las recogió de entre los pies de su tío y las colocó una vez más sobre el tablero, adelantando luego el peón de la dama en la movida inicial ortodoxa en la cual insistía siempre su tío. Éste seguía llenando su pipa.
       —Tenías razón acerca del capitán Gualdres —dijo Charles—. Era una muchacha.
       —¿Qué muchacha? —preguntó su tío—. ¿Acaso una de ellas no recorrió seis millas dos veces esta noche sólo para asegurarse de que habíamos comprendido que quería que asociasen el nombre de la otra con el capitán Gualdres, y acaso la otra no sólo apeló a sus puños para refutar la insinuación, sino que además apenas sabía el nombre del capitán?
       —¡Ah! —dijo Charles, pero no añadió lo que había pensado decir, sino que acercó su silla a la mesa y se sentó. Su tío lo miró:
       —¿Dormiste bien? —preguntó.
       Esta vez, como en las anteriores, Charles tardó en captar el significado del comentario. Pero sólo le quedaba esperar, porque las únicas oportunidades en que su tío se negaba categóricamente a explicar sus comentarios eran cuando éstos eran verdaderamente ingeniosos, verdaderamente brillantes; nunca cuando eran simplemente intencionados.
       —Hace media hora estabas ya por dormirte. No pude detenerte, entonces.
       —Y por poco pierdo algo —dijo Charles—. No tengo intención de que me suceda otra vez.
       —No perderás nada esta noche.
       —Así lo creí la otra vez. Esa muchacha de Cayley…
       —… está sana y salva en su casa —dijo su tío—. En donde, confío y espero, se quedará. Y la otra también. Mueve las piezas.
       —Ya he movido.
       —Mueve otra vez, pues —dijo el tío, atacando al peón blanco—. Y esta vez fíjate en lo que haces.
       Charles estaba convencido de haberlo hecho, siempre, en todas las movidas. Pero toda su atención le había servido esta vez para demostrarle, un poco antes que lo habitual, que su movida terminaría exactamente como la anterior, hasta que de pronto su tío retiró todas las piezas del tablero con un solo movimiento y presentó un problema aislado, con los caballos, las torres y dos peones.
       —Ahora no tenemos ya una partida —observó Charles.
       —Nada mediante lo cual es posible reflejar todas las pasiones, esperanzas e insensateces humanas puede considerarse como una partida o un juego —dijo su tío —. Mueve.
       Y esta vez fue el teléfono; y esta vez Charles sabía que sería el teléfono, y sabía asimismo qué diría el teléfono, sin tener siquiera necesidad de escuchar; su tío no tardó en adivinarlo:
       —Sí… Con él habla… ¿Cuándo?… Comprendo. Cuando llegó a su casa le dijeron simplemente que él había preparado una valija y tomado su automóvil diciendo que iba a Memphis… No, no. Nunca recete nada a un médico ni invite a un cartero a caminar.
       El tío depositó el auricular sobre la horquilla, y permaneció sentado sin retirar la mano del aparato, sin respirar, aparentemente, sin acariciar la taza de su pipa con la yema del pulgar. Permaneció inmóvil tanto tiempo, que cuando Charles se disponía a hablar, su tío levantó el auricular y solicitó un número, y tampoco esto requirió mucho tiempo: el número de Mr. Robert Markley en Memphis, un abogado y político de la ciudad, que había estado en Heidelberg con él:
       —No, no. La policía no; no podrían detenerlo. No quiero que lo detengan, de todos modos. Quiero que lo vigilen, a fin de que no salga de Memphis sin que yo me entere. Un buen detective particular, simplemente para vigilarlo sin que él lo sepa… a menos que intente salir de Memphis… ¿Cómo? Yo nunca autorizo el derramamiento de sangre; por lo menos no lo hago cuando se trata de testigos… Sí, hasta que yo llegue y le eche mis propias manos encima, mañana o pasado… En el hotel… Hay uno solo: el Greenbury. ¿Alguna vez oíste hablar de un nativo de Mississippi que se haya enterado de que existe otro hotel? (Era verdad. Se decía en el norte de Mississippi que el estado comenzaba en el vestíbulo principal del hotel Greenbury). ¿Nombre supuesto? ¿Él? De lo que menos quiere escapar es de la publicidad. Probablemente informará a todos los diarios a fin de que registren su nombre y su dirección… No, no, telegrafíame por la mañana que ya lo tienes vigilado, y haz mantener la vigilancia hasta que yo te avise.
       Luego de dejar el teléfono en su sitio, se levantó y se dirigió no al tablero de ajedrez, sino a la puerta, y la abrió y se detuvo con la mano apoyada en el picaporte, hasta que por fin Charles comprendió, y a su vez se puso de pie y levantó el libro que pensaba llevar al piso superior tres horas atrás. Pero esta vez Charles habló y su tío le contestó.
       —¿Qué quieres hacer con él?
       —No quiero hacer nada —repuso su tío—. Sólo quiero estar seguro de que se encuentra en Memphis y de que permanece allí. Y lo hará. Desea que yo y el resto del mundo estemos convencidos de que se halla segura e inofensivamente en Memphis o en cualquier parte excepto Jefferson, Mississippi. Lo desea con un interés diez veces mayor que el mío.
       Una vez más Charles tardó en comprender, y tuvo que formular otra pregunta.
       —Su coartada —dijo su tío—. Para lo que sea que está planeando, para la estratagema que urde a fin de asustar al novio de su madre y lograr que se vaya del país.
       —¿Estratagema? ¿Qué estratagema?
       —¿Cómo puedo saberlo yo? —dijo el tío—. Pregúntate a ti mismo: tú tienes dieciocho años, o casi dieciocho años, de modo que has de saber qué es capaz de hacer un muchacho de diecinueve. Quizás una carta de la Mano Negra, o un tiro cuidadosamente dirigido contra él a través de una ventana de dormitorio. Yo tengo cincuenta años. Lo único que sé es que a los diecinueve años se puede hacer cualquier cosa, y que lo único que protege al mundo adulto contra las personas de esa edad es el hecho de que están tan convencidos de antemano de alcanzar el éxito que el simple deseo y la voluntad son para ellos como el hecho logrado, y no prestan atención a los simples detalles mecánicos y vulgares.
       —Entonces, si la estratagema no ha de dar resultado, no necesitas preocuparte — dijo Charles.
       —Yo no me preocupo —dijo su tío—. Me preocupa a mí. Más: me molesta. Quiero simplemente mantener puesto el ojo, o mejor dicho, el de Mr. Markley, en él hasta poder telefonear mañana a su hermana y ella… o su madre, o cualquiera de la familia que tiene o confía tener algún control sobre él, o las dos, pueda ir hasta allí y traerlo, o hacer lo que quiera con él. Yo propondría que lo aten en una de las caballerizas y que su futuro padrastro trabajase un poco con un látigo. Y creo que éste debe ser un incentivo suficiente como para que el capitán Gualdres abandone sus vacilaciones de doncella y consienta en un matrimonio inmediato.
       —¡Ah! —observó Charles—. Y sea como fuere, esa muchacha de Cayley parece muy buena. Quizás si él hubiera estado aquí esta noche y hubiera visto cuando su hermana…
       —Nadie creyó que hubiese nada, salvo la hermana —dijo su tío—. Ella fue quien lo convenció en primer término de que había algo, quien empezó todo, para conseguir su hombre. Tal vez pensaba que, tan pronto como su hermano tomase la espada una vez más, el capitán Gualdres saldría del país. O tal vez esperaba que la simple discreción y el sentido común serían suficientes para conmoverlo; en cualquiera de los dos casos, todo lo que tenía que hacer ella era seguirlo, a algún otro punto de los Estados Unidos y aun hasta Sudamérica, donde, naturalmente, no haya otras mujeres, y ya sea por el elemento de sorpresa o bien por simple rendición, ganar la victoria final, volviéndolo, por lo menos, monógamo. Pero ella lo subestimó, adornando su carácter con ese crimen de la madurez.
       El tío mantenía la puerta abierta, mientras lo miraba.
       —Ninguno de ellos sufre de nada serio, excepto, quizás, de juventud. Sólo que, según creo haberlo señalado hace un rato, la juventud se asemeja mucho a la viruela o a la peste bubónica.
       —¡Ah! —dijo nuevamente Charles—. Quizás es lo que le ocurre al capitán Gualdres, también. Nos equivocamos acerca de él. Yo creía que tenía cuarenta años. Pero la muchacha dijo que no es más de ocho o diez años mayor que ella.
       —Lo cual quiere decir que es quince años mayor —dijo su tío—. Lo que significa, a su vez, que seguramente es veinticinco años mayor.
       —¿Veinticinco? Con ello quedaría una vez más en la edad que le atribuimos.
       —¿Alguna vez dejó de tenerla? —dijo su tío. Estaba siempre junto a la puerta abierta—. ¿Bien? ¿Qué esperas?
       —Nada —repuso el muchacho.
       —Bueno, buenas noches, entonces. Vete a tu casa, tú también. El jardín de infantes se ha cerrado por hoy.

III

      Y allí quedó todo. Charles subió a su habitación. Se acostó, luego de quitarse el uniforme de aspirante, de «pelarse la cáscara», como decían en el Cuerpo. Era jueves, y el batallón siempre hacía sus ejercicios militares los jueves. Y este año era no sólo teniente coronel en el cuerpo de cadetes, sino que además nadie dejaba de asistir a la instrucción militar, porque, a pesar de ser la Academia una escuela preparatoria, simplemente un liceo militar, tenía las calificaciones más altas del país entre las instituciones semejantes, en cuanto a instrucción militar. En la última revista, el inspector general en persona les había dicho que cuando viniese la guerra, todos los que pudiesen probar que tenían dieciocho años serían casi automáticamente candidatos para las escuelas de oficiales.
       Lo cual lo incluía a él, puesto que estaba tan cerca ya de los dieciocho años, que no era posible apreciar la diferencia a simple vista. Salvo que ahora no importaba que tuviese dieciocho u ochenta; sería demasiado tarde, aunque al despertar a la mañana siguiente tuviese ya los dieciocho años. Todo habría terminado y la gente ya habría empezado a olvidarlo antes de que él llegase a ingresar siquiera en la escuela de oficiales, y antes de que acabase el curso.
       Ya había terminado en cuanto a los Estados Unidos se refería: los ingleses, el grupo de muchachos, algunos de ellos no mayores que él, y otros probablemente menores aún, que volaban en las escuadrillas de caza de las Fuerzas Aéreas Reales, habían logrado detener al enemigo en el oeste, y ahora no quedaba nada, para la avalancha irresistible de victoria y destrucción, salvo dispersarse en las inconmensurables profundidades de Rusia, como avanza un estropajo empapado en agua sucia por el piso de una cocina. Sí, su uniforme de sarga de color pardo era igual al que llevaban los verdaderos oficiales, pero sin las auténticas jinetas, sino, en lugar de ellas, los distintivos de color azul claro de los cuerpos de adiestramiento de reserva, que recordaban los de las sociedades fraternales universitarias, y las inocentes insignias sin pasado, idénticas a las que se suele ver en los hombros de un portero de hotel elegante o del director de una banda de circo, divorciándolo así más aún del dominio del valor y del riesgo, y del ansia espiritual de gloria y renombre. Cada vez que veía aquel uniforme con los ojos de su ansia espiritual, si en verdad era eso lo que sentía, e indudablemente con la nostalgia que había hecho presa de él aquellos últimos meses, cuando comprendiera que era ya demasiado tarde, que se había demorado, que se había entretenido demasiado, careciendo no sólo del coraje sino además de la voluntad y de las ansias, el color pardo se alteraba, se transformaba en algo extraño y heterogéneo, disolviéndose como en ciertas tomas cinematográficas, hasta convertirse en el azul de los uniformes británicos, con las alas enlazadas de un halcón en vuelo descendente y el modesto galón del rango. Pero sobre todo veía el azul, el color cuya tonalidad aquel grupo de jóvenes anglosajones estableciera y decretara como un símbolo tal de gloria, que la primavera anterior una asociación de comerciantes de artículos para hombres en los Estados Unidos lo había adoptado como lema comercial, de modo que a cualquier habitante masculino del país que podía pagarlo le era permitido entrar en la iglesia una mañana de Pascua envuelto en el halo auténtico del valor y al mismo tiempo a salvo de las insignias de la responsabilidad y de las jinetas del riesgo.
       Había hecho, empero, algo que se asemejaba a una tentativa, y exageraba la importancia de esta tentativa por el hecho mismo de que el recordar haberla hecho no le proporcionaba ningún consuelo. Estaba el capitán Warren, un agricultor que residía a pocas millas de la ciudad, y que había sido comandante de escuadrilla en el antiguo Cuerpo Aéreo Real, antes de que se convirtiera en las Fuerzas Aéreas Reales; había ido a visitarlo aquel día, hacía cerca de dos años, cuando acababa de cumplir dieciséis.
       —Si pudiese llegar a Inglaterra de algún modo, me aceptarían, ¿no? —le dijo entonces.
       —Dieciséis años… demasiado joven. Y llegar a Inglaterra es un poco difícil ahora.
       —Pero me aceptarían si lograse llegar, ¿no? —insistió.
       —Sí —dijo el capitán Warren—. Pero, mira: hay mucho tiempo. Habrá bastante para todos, y para más de nosotros, antes de que esto termine. ¿Por qué no esperar? Y Charles esperó. Esperó demasiado. Podía repetirse a sí mismo que lo había hecho siguiendo el consejo de un héroe, lo cual, por lo menos, tenía el siguiente efecto sobre su ansia espiritual: el haber aceptado y seguido el consejo de un héroe le impediría olvidarlo. No lo olvidaría nunca. Por mucho que careciese de coraje, por lo menos no le faltaba vergüenza.
       Era demasiado tarde ahora. En realidad, en cuanto se refería a los Estados Unidos, no había comenzado siquiera; de modo que lo único que costaría al país sería dinero, el cual, al decir de su tío, era lo más barato que uno podía gastar o perder. Y por ello la civilización había inventado el dinero: para que fuese la sustancia única con la cual el hombre podría comerciar y obtener provecho, comprara lo que comprase.
       En apariencia, entonces, el único objeto de la conscripción había sido simplemente establecer un medio que permitiese a su tío identificar a Max Harriss, y como la identificación de Max Harriss no había tenido como consecuencia otra cosa que la interrupción de una partida de ajedrez y un llamado de sesenta centavos a Memphis, ni aun ello justificaba su precio.
       Charles se acostó y se dispuso a dormir: el día siguiente sería viernes, y no tendría que ponerse el pseudo-uniforme a fin de «pelarse la cáscara» posteriormente, y durante otra semana, sufrir aquella sed espiritual, si era eso en realidad. Y tomó el desayuno; su tío había comido ya y partido, y en marcha hacia la escuela se detuvo en la oficina de su tío para recoger el cuaderno que dejara allí el día anterior, y se enteró de que Max Harriss no estaba en Memphis. El telegrama de Mr. Markley llegó mientras estaba aún en la oficina:

Príncipe ausente aquí, ¿y ahora qué?

       Y todavía estaba allí cuando su tío dijo al muchacho que esperase y redactó la respuesta:

Y ahora nada; gracias.

       Y eso fue todo, aparentemente; así lo creía él, cuando regresó a mediodía a la esquina donde lo esperaba su tío para caminar con él hasta la casa y almorzar, y ni siquiera se le ocurrió preguntar; fue su tío quien le dijo espontáneamente que Mr. Markley había telefoneado diciendo que Harriss parecía una figura familiar no sólo entre todos los empleados, telefonistas, porteros de color y botones del Hotel Greenbury, sino también en los comercios de bebidas alcohólicas y entre los conductores de taxímetros de aquel sector de la ciudad. Por último, que él, Mr. Markley, había visitado otros hoteles, en la suposición fantástica de que existiese algún nativo de Mississippi que hubiese oído hablar de otros hoteles en Memphis.
       Y Charles dijo, como dijera antes Mr. Markley:
       —¿Ahora, qué?
       —No lo sé —repuso su tío—. Quisiera creer que se ha deshecho de todos ellos definitivamente y que está actualmente a unos cuantos centenares de millas de aquí, y, a estas horas, viajando todavía, salvo que me cuesta mucho insultarlo atribuyéndole un poco de sentido común, aun a espaldas suyas.
       —Quizás lo tenga —dijo Charles.
       Su tío se detuvo.
       —¿Qué? —dijo.
       —Tú dijiste anoche que los jóvenes de diecinueve años son capaces de cualquier cosa.
       —¡Ah! —comentó su tío—. Sí. Naturalmente. Quizás lo tenga.
       Y eso fue todo. Almorzar. Caminar con su tío hasta la esquina de la oficina. Pasar la tarde en la escuela, en clase de historia que Miss Melissa Hogganbeck llamaba ahora Sucesos Mundiales, ambos términos con mayúscula, y que, teniendo lugar dos veces por semana, era seguramente mucho más insoportable para su sed espiritual que los inevitables próximos jueves en que debería vestir su uniforme una vez más, el sable inútil y las jinetas sin pasado y moverse maquinalmente a través del mundo falso de su comando, que no era nada en realidad. La voz incansable, culta, de señorita distinguida, hablando con una especie de frenético fanatismo, de paz y de seguridad; de que estaban seguros porque las gastadas naciones de Europa habían aprendido su lección muy bien en 1918; de que no sólo no se atrevían a afrentarnos, sino que ni siquiera podían permitírselo, hasta que toda la masa tambaleante y furiosa del mundo se reducía a aquel murmullo sin substancia, interminable, sin eco dentro de las paredes aisladas y polvorientas de un aula de academia militar, y cuya relación con la realidad era cien veces menor que la de los sables y las jinetas. Porque por lo menos los sables y las jinetas eran una copia de lo que parodiaban, en tanto que para Miss Hogganbeck toda la organización de adiestramiento de reservas militares era un fenómeno ineludible e inexplicable del edificio educacional, como la necesidad de que hubiese niños en los cursos inferiores.
       Y eso era todo, aun después que hubo visto el caballo. Estaba dentro de un camión especial cubierto de barro, detenido en un callejón detrás de la plaza, cuando pasó por allí al salir de la escuela; y había una media docena de hombres contemplándolo desde una distancia decididamente respetuosa, y sólo más tarde advirtió que el caballo estaba atado en el interior del camión, no con sogas, sino con cadenas de acero, como si se tratase de un león o de un elefante. En realidad, no había mirado bien el camión hasta entonces. Ni había llegado aún a afirmar esto, aceptando que hubiese un caballo dentro de él, porque en aquel momento vio a Mr. Rafe McCallum en persona acercarse por el callejón. Y Charles fue a saludarlo, pues solía ir con su tío a la granja de McCallum a cazar gallinetas en la estación propicia, y hasta que los muchachos fueran reclutados el verano anterior, tenía el hábito de ir allá sólo a pasar la noche en el bosque o en el lecho del arroyo, persiguiendo zorros o coatíes con los sobrinos mellizos de McCallum.
       Por ello reconoció también al caballo, no a simple vista, porque nunca lo había visto, sino al ver a Mr. McCallum. En verdad todos en el distrito conocían el caballo o bien habían oído hablar de él: un potro de pura sangre y con pedigree, pero sin ningún valor. Todo el distrito sabía que aquélla había sido la única oportunidad en su vida en que McCallum había sido engañado en una transacción de caballos, aun cuando, como en este caso, hubiese adquirido el animal con cupones de tabaco o de jabón.
       Lo habían arruinado ya fuera cuando potrillo o bien cuando era un animal muy joven; probablemente algún propietario que intentara quebrantarlo mediante el temor y la violencia. Sólo que no se había quebrantado su espíritu, y todo lo que evidenciaba como resultado de la experiencia que sufriera, cualquiera que hubiera sido, era un odio feroz contra cualquier cosa que caminase sobre dos miembros, algo parecido a ese odio e ira y deseo de matar que sienten algunos seres humanos frente a las más inofensivas culebras.
       Era imposible cabalgarlo, dominarlo, o utilizarlo para cría siquiera. Se decía que había matado a dos hombres que por casualidad entraron del mismo lado del cerco en que él estaba. Pero eso no era muy probable, porque el animal habría sido sacrificado. Se afirmaba, no obstante, que Mr. McCallum lo había adquirido porque su dueño había querido matarlo. O quizás creyese que podría domarlo. De todos modos, él siempre negaba que hubiese matado a nadie, de manera que por lo menos debía pensar que podría venderlo, puesto que ningún caballo era nunca tan malo como afirmaba su presunto comprador, ni tan bueno como afirmaba su vendedor.
       A pesar de ello, Mr. McCallum sabía que era capaz de matar, y el distrito creía que eso era lo que él pensaba. Porque si bien él mismo entraba en el potrero donde estaba el animal (aunque nunca en una caballeriza o box donde pudiese ser acorralado) no permitía que nadie más lo hiciera. Se decía, por último, que una vez un hombre le había propuesto comprarlo, pero él había rechazado la oferta. A su vez esto sonaba a falso, puesto que McCallum mismo afirmaba que era capaz de vender cualquier animal que no pudiese pararse sobre las patas traseras, puesto que aquél era su oficio.
       Sea como fuere, allí estaba el caballo, atado, encadenado y cubierto con una manta, a quince millas de su potrero, y Charles dijo a Mr. McCallum:
       —De modo que lo vendió, por fin.
       —Espero que sí —dijo éste—. Un caballo nunca está vendido hasta que se cierra tras él la puerta de su nueva caballeriza. A veces, ni aun entonces.
       —Pero, por lo menos, la venta está en marcha.
       —Sí, por lo menos.
       Todo lo cual no quería decir mucho; no quería decir nada, en realidad, excepto que Mr. McCallum tendría que correr mucho para probar que no lo había vendido. Y si lo vendía, sería a oscuras y al cabo de bastante tiempo: ahora eran las cuatro de la tarde, y cualquiera que hubiese pensado comprar aquel caballo debía vivir a gran distancia para no haber oído hablar de él.
       A continuación pensó Charles que cualquiera que comprase aquel caballo debía vivir demasiado lejos para que fuese posible llegar hasta él en un solo día, aun cuando hubiera sido el veintidós de junio y pleno verano en lugar de ser el cinco de diciembre, de modo que quizás no tenía importancia la hora en que emprendiese la marcha Mr. McCallum.
       Así, pues, Charles se encaminó hacia la oficina de su tío y eso fue todo, salvo la postdata, y aun ésta no estaba muy distante. Su tío tenía ya el material jurídico preparado en el escritorio, y junto a él las listas de referencias, y Charles comenzó a trabajar. No transcurrió mucho tiempo antes de que empezase a oscurecer. Encendió, pues, la lámpara de escritorio, y entonces sonó el teléfono. La voz de la muchacha se oía ya cuando levantó el auricular y no se detuvo ni un instante, de modo que transcurrieron uno o dos segundos antes de que la reconociera.
       —¡Hola! ¡Hola! ¡Mr. Stevens! Estuvo aquí. ¡Nadie se enteró siquiera! ¡Acaba de irse! Me llamaron desde el garaje, corrí hacia allá, pero cuando llegué ya estaba en el automóvil con el motor en marcha, y me dijo que si usted quería verlo, estaría en la esquina de su oficina dentro de cinco minutos; dijo además que no podría llegar hasta su oficina, de modo que usted debía estar en la esquina dentro de cinco minutos; de otro modo, quizás usted puede obtener una entrevista con él en el hotel Greenbury mañana… —y todavía estaba hablando cuando el tío de Charles entró y tomo el auricular y escuchó unos instantes, y seguramente seguía hablando aún cuando éste colgó el auricular.
       —¿Cinco minutos? —dijo el tío—. ¿Seis millas?
       —Tú nunca lo viste correr —dijo Charles—. Seguramente está ya atravesando la plaza.
       Mas aquello habría sido demasiado rápido aun para Harriss. Charles y su tío salieron a la calle y se detuvieron en la esquina, en la penumbra destemplada, durante un período que Charles calculó como de diez minutos, hasta que por fin empezó a creer que se trataría una vez más de la misma confusión y petulancia y ruido en medio de los cuales, o, por lo menos, al borde de los cuales habían estado desde la noche anterior, durante lo cual lo menos que esperaban era no sólo lo que debieran haber esperado, sino lo que les habían advertido que debían esperar.
       Pero lo vieron. Oyeron el automóvil, la bocina: la palma de la mano del muchacho estaba apoyada sobre ella, tal vez, o simplemente había hurgado en el interior del tablero o del capot y deshecho la conexión de un tirón, y probablemente si el muchacho hubiera pensado en algo definido en aquel momento, habría sido que lamentaba no llevar puesta una de aquellas gorras antiguas con orejeras. Y él, Charles, pensó en Hampton Killegrew, el sereno policial nocturno, corriendo fuera de la sala de billar o de la fonda, o de dondequiera que estuviese a aquella hora, y llegando tarde, seguramente, mientras el automóvil chillaba y aullaba por la calle en dirección a la plaza, con los faros encendidos, cortando el tránsito y la neblina, y por fin pasando velozmente entre las paredes de ladrillos, por donde la calle se estrechaba antes de llegar a la plaza; y más tarde recordó un gato, cuya silueta se perfiló al saltar frente a las luces fugaces, de modo que durante un segundo pareció tener tres metros de largo y al siguiente ser alto y delgado como una varilla de alambrado.
       Pero por fortuna no había nadie, salvo él y su tío en la esquina. En aquel momento el muchacho los vio y enfocó los faros sobre ellos como si se dispusiese a subir a la acera con el automóvil. Entonces se hicieron a un lado de un salto y Charles casi habría podido tocar a Harriss —el rostro con los dientes brillantes—, mientras el automóvil pasaba velozmente hasta llegar a la plaza y la cruzaba patinando, con un rechinar de cubiertas contra el pavimento, en dirección a la carretera de Memphis, oyéndose cada vez más lejos la bocina y los neumáticos, hasta que por fin ambos vieron a Hampton Killegrew corriendo hacia la esquina, maldiciendo y gritando.
       —¿Cerraste la puerta de la oficina? —preguntó su tío.
       —Sí, tío.
       —Pues vamos a casa a comer —dijo—. Durante el trayecto nos detendremos en la oficina de correos y telégrafos.
       Se detuvieron allí, y Charles envió el telegrama a Mr. Markley, exactamente como lo redactara su tío:
       Está ahora Greenbury. Recurre policía por solicitud Jefe Jefferson caso necesario.
       Luego salió y alcanzó a su tío en la esquina siguiente.
       —¿Por qué la policía, ahora? —dijo—. Creí que habías dicho que…
       —Para escoltarlo fuera de Memphis, a dondequiera que se dirija —dijo su tío—, en cualquier dirección, salvo de regreso a ésta.
       —Pero ¿por qué se va a otra parte? Anoche dijiste que el último lugar donde querrá estar es fuera de nuestra vista; el último lugar donde querrá estar es donde nadie pueda verlo, hasta después de su estratagema…
       —En ese caso, me equivoqué —dijo su tío—. Y además le hice una injusticia. Por lo visto, atribuí a los diecinueve años no solamente mayor ingenio del que él es capaz de desplegar, sino también mayor malicia. Vamos. Es tarde, para ti. No sólo debes comer, sino que luego debes regresar al pueblo.
       —¿A la oficina? —dijo Charles—. ¿No pueden telefonearte a casa? Además, si ni siquiera piensa detenerse en Memphis, ¿para qué han de telefonearte…?
       —No —dijo su tío—. Al cinematógrafo. Y antes de que lo preguntes, la razón es que ése es el único lugar donde nadie de diecinueve o veintiún años llamado Harriss, ni de cerca de dieciocho llamado Mallison, puede hablarme. Voy a trabajar. Pasaré la velada en compañía de bandidos y rufianes que tienen no solamente el coraje de su maldad, sino además su competencia.
       Charles sabía a qué se refería: la traducción. En vista de ello no entró siquiera en la sala de su tío. Y éste fue el primero en levantarse de la mesa, de modo que no lo vio otra vez.
       Y si él, Charles, no hubiese ido al cinematógrafo, tampoco habría visto en toda la noche a su tío: comió su cena sin prisa puesto que había mucho tiempo —a pesar de que su tío, y sólo su tío, parecía desear evitar todo contacto con la raza humana—; caminó sin prisa, puesto que todavía quedaba bastante tiempo, en medio de la oscuridad vívida y fría en dirección a la plaza y el cinematógrafo, sin saber qué iba a ver y sin que ello le importase; sería quizás otra película sobre la guerra lo que le tocaría ver, pero ni siquiera le preocupaba, y pensó entonces que en un tiempo una película sobre la guerra debió de haber sido lo peor de todo para su sed espiritual, salvo que no lo era, porque había entre ellas y los sucesos mundiales de Miss Hogganbeck una distancia mil veces mayor que la distancia insuperable que mediaba entre los sucesos mundiales de Miss Hogganbeck y las insignias y espadas del cuerpo de adiestramiento de la reserva. Pensó que si la humanidad pudiese pasar todo su tiempo viendo películas cinematográficas, quizás no habrían más guerras ni angustias forjadas por los mismos hombres; pero el hombre no podía pasar tanto tiempo viendo películas, puesto que el hastío es la única pasión humana contra la cual el cinematógrafo es impotente, y los hombres tendrían que pasar por lo menos ocho horas diarias viéndolas, ya que necesitan otras ocho para dormir, y su tío afirmaba que lo único que el hombre puede soportar durante ocho horas, fuera del sueño, es el trabajo.
       Charles fue, pues, al cinematógrafo. Y si no hubiera ido al cinematógrafo, no habría pasado frente a la fonda, «Abierta día y noche», donde pudo ver y reconocer el camión para caballos, vacío junto a la acera, con las cadenas y grillos sueltos enganchados en las paredes laterales; y, al mirar por la ventana, a Mr. McCallum en persona junto al mostrador, comiendo, el grueso garrote de roble claro que llevaba invariablemente consigo cuando andaba entre caballos y mulas desconocidos, apoyado contra el mostrador junto a él. Y si no hubieran faltado todavía catorce minutos para el fin del plazo que se le acordaba para regresar a casa los días de trabajo, salvo los sábados, a menos que se tratase de una fiesta, no habría entrado en la fonda ni preguntado a Mr. McCallum quién había comprado el caballo.
       Había salido la luna. Una vez que dejó atrás la plaza iluminada, pudo observar las sombras de sus piernas cortando las sombras de los tablones de los cercos, aunque no durante mucho tiempo, porque para cortar camino, saltó uno de ellos, en la esquina del jardín del fondo de su casa, y de esta manera economizó un trecho entre éste y el portón. Y ahora veía ya el suave resplandor de la lámpara del escritorio detrás de la ventana de su tío, y siguió caminando, sin prisa, según creía, impulsado por aquella ola de puro asombro y desconcierto, pero en realidad, aunque en el momento no lo discerniera, con prisa, y su instinto le dictó vagamente detenerse, evitar, eludir toda violación a aquel código tácito, a aquella hora, a aquel ritual de la Traducción, a la cual toda la familia solía referirse con especial énfasis: la traducción del Viejo Testamento una vez más al griego clásico al cual fuera traducido de su perdida infancia hebrea. Su tío estaba dedicado a esta tarea desde hacía veinte años, dos años más que la edad de Charles, y siempre se retiraba a su salita privada una vez por semana, y a veces dos y tres, siempre que ocurría algo que lo indignaba o desagradaba, cerrando la puerta tras sí. Y ningún hombre, mujer o niño, cliente o amigo, osaba tocar siquiera el picaporte de aquella puerta cuando su tío la había cerrado por dentro.
       Y él, Charles, pensó que de haber tenido ocho años en lugar de dieciocho, no habría prestado ninguna atención a aquella lámpara de estudiante ni a aquella puerta cerrada. O bien, de haber tenido veinticuatro, en lugar de dieciocho, no habría estado en aquel momento allí, por el hecho de que otro muchacho de dieciocho años hubiera adquirido un caballo. A continuación se le ocurrió que habría sido al revés, que quizás de tener veinticuatro años se habría apresurado más que nunca, y de haber tenido ocho, no habría estado allí, puesto que ahora, a los dieciocho años, todo lo que había en él era la prisa, la prontitud, el asombro, por cuanto, quisiera o no su tío, sus dieciocho años eran exclusivamente suyos y no podían comenzar a predecir siquiera cómo los diecinueve de Max Harriss esperaban impedir algo o vengarse de alguien con aquel caballo.
       Pero no necesitaba preocuparse por este último punto. Su tío se ocuparía de ello. Todo lo que se exigía de él era la prisa, la prontitud, la velocidad. Y había cumplido con estos requisitos manteniendo el paso rápido, mitad marcha, mitad trote, desde aquel primer escalón de la puerta de la fonda, cuando doblara la esquina, a través del jardín del fondo, por los escalones que conducían al vestíbulo principal y por fin hasta la puerta cerrada, sin hacer una pausa, mientras sus manos se extendían ya hacia el picaporte. Y así entró en la salita, donde estaba sentado su tío en mangas de camisa, con una visera sobre los ojos, junto al escritorio, debajo de la lámpara, sin levantar la vista, con la Biblia sobre un atril frente a sí y el diccionario griego y la pipa de marlo de maíz cerca de su codo, y buena parte de un manojo de hojas de papel amarillo diseminadas por el suelo a su alrededor.
       —Compró el caballo —dijo Charles—. ¿Qué puede hacer con ese caballo?
       Y tampoco ahora el tío levantó la vista ni se movió.
       —Cabalgarlo, supongo —repuso su tío. Y levantando la vista, tomó su pipa y añadió—: Creí que estaba entendido que…
       Y de pronto calló, y la pipa quedó inmóvil antes de llegar a la boca, mientras la mano que la sostenía también quedaba inmóvil en el aire. Charles había visto esto antes, y durante un instante le pareció que lo veía una vez más: el instante durante el cual los ojos de su tío no lo veían, mientras detrás de ellos se delineaba ya con un resplandor de enojo la frase concisa, irónica, fácil, a menudo de menos de dos palabras, con que lo obligaría a salir precipitadamente de la habitación.
       —Bueno —dijo su tío—. ¿Qué caballo?
       Y Charles repuso concisamente, a su vez:
       —El de McCallum. El potro.
       —Bien —comentó su tío.
       Pero cuando Charles habló nuevamente, no lo hizo con la lentitud habitual, ni tampoco necesitó que le aclarasen nada.
       —Acabo de dejarlo en la fonda, comiendo. Lo llevó allí esta tarde. Cuando volvía de la escuela esta tarde vi el camión en la callejuela, pero no…
       Su tío parecía no verlo: los ojos estaban tan vacíos como los de la muchacha de Harriss cuando atravesara aquella misma puerta por primera vez la noche anterior. Luego su tío dijo algo. En griego, griego clásico, pues estaba todavía envuelto en aquella época remota en que el Viejo Testamento fuera traducido o escrito por primera vez. A veces su tío hacía esto: decirle en inglés algo que ninguno de los dos hubiera deseado que fuera oído por la madre de Charles, y luego, lo mismo en griego clásico, que aun para él que no lo comprendía, sonaba mucho más vigoroso, mucho más eficaz, en el sentido de expresar exactamente lo que su tío quería decir, aun para quienes no podían entenderlo o que por lo menos no lo habían entendido hasta aquel momento. Y éste era uno de esos momentos, y tampoco sonaba como algo que pudiese haber sido extraído de la Biblia, por lo menos después de que los puritanos anglosajones la tuvieran en sus manos. Y su tío estaba de pie, quitándose la visera y arrojándola lejos, empujando violentamente la silla y tomando precipitadamente su chaqueta y su chaleco de la otra.
       —Mi abrigo y mi sombrero —dijo—. Sobre la cama. Corre.
       Y Charles corrió. Salieron de la habitación exactamente como un automóvil con un trozo de papel arrastrado tras él, cruzando el vestíbulo, su tío delante de los faldones de su chaqueta que parecían alas y con los brazos extendidos hacia atrás para ponerse el abrigo, y él, Charles, tratando siempre de acercarse lo suficiente como para introducir los brazos de su tío en las mangas de la prenda.
       Luego, cruzaron el jardín iluminado por la luna hasta llegar al automóvil, al que subieron mientras Charles sostenía aún el sombrero; y sin calentar el motor, su tío dio marcha atrás precipitadamente, salió a la calle con un rechinar de neumáticos, y cambiando de dirección, partieron ambos a toda velocidad, doblaron la esquina a contramano, cruzaron la plaza casi tan velozmente como lo hiciera Max Harriss, y detuviéronse con brusquedad junto al camión de Mr. McCallum, frente a la fonda.
       —Espera —dijo su tío. Y bajando del automóvil entró en la fonda, por cuya ventana Charles podía ver a Mr. McCallum sentado aún junto al mostrador, tomando café, su garrote siempre a su lado, hasta que su tío se acercó y se apoderó de él y dio media vuelta sin detenerse, arrastrando tras sí a Mr. McCallum, como arrastrara a Charles de la salita, cinco minutos antes. De regreso junto al automóvil, abrió la puerta de un tirón y le dijo a Charles que se corriese para conducir, y por fin empujó el garrote y a Mr. McCallum dentro del vehículo y por último subió él mismo, cerrando bruscamente la portezuela.
       En realidad, Charles no tenía inconveniente en conducir, porque su tío era peor que Max Harriss, aun cuando no tuviese prisa ni se dirigiese a un lugar especial. Es decir, el velocímetro señalaba solamente la mitad de la cifra registrada por el de Max Harriss, pero en tanto que éste tenía la noción de estar corriendo mucho, su tío, en cambio, estaba convencido de que no corría.
       —Apresúrate —le dijo su tío—. Son las diez menos diez. Pero los ricos comen tarde, de modo que es posible que lleguemos a tiempo.
       Charles aceleró la marcha. Muy pronto estuvieron fuera del pueblo, y le fue posible correr algo más, a pesar de que la carretera estaba sólo afirmada y cubierta con grava. Lo único que el Barón Harriss había olvidado hacer, o por lo menos había muerto demasiado pronto para tener tiempo de hacerlo, era una carretera de cemento a lo largo del trayecto de seis millas entre su propiedad y el pueblo. Sea como fuere, corrían a gran velocidad, el tío de Charles empinado en el borde del asiento y observando la aguja del velocímetro, como si en el momento en que se inclinase estuviese dispuesto a saltar y seguir la marcha a la carrera.
       —Déjame de «¿cómo estás, Gavin?» —dijo su tío a McCallum—. Espera y dímelo luego de que te entable juicio como cómplice.
       —Conocía el caballo —dijo McCallum—, y a pesar de ello vino hasta casa e insistió en comprarlo. Estuvo al amanecer, dormido en el automóvil detenido junto al portón principal, con cuatrocientos o quinientos dólares sueltos en el bolsillo, como si fuesen un manojo de hojas. ¿Por qué? ¿Dice que es menor de edad?
       —No dice nada —repuso su tío—. Aparentemente la cuestión de su edad no es de incumbencia de nadie, ni aun de su tío en Washington. Pero no hablemos de esto. ¿Qué hiciste con el caballo?
       —Lo dejé en la caballeriza, en un box —dijo Mr. McCallum—. Pero no te preocupes; era la caballeriza chica, con un solo box, y no había nada más. Me dijo que no me preocupase, porque no pondría nada más en ella. La tenía elegida y lista cuando yo llegué allí. A pesar de ello miré todo, las puertas, el cerco, todo. La caballeriza estaba muy bien. De lo contrario, no habría dejado el caballo, por mucho que me hubiera querido pagar por él.
       —Ya sé todo eso —dijo su tío—. ¿Cuál caballeriza chica?
       —La que está separada del resto y que él hizo construir el verano pasado, detrás de una arboleda, alejada de las demás y de los paddocks. Tiene paddock individual, y no hay nada en toda la caballeriza, salvo ese único box y un galpón de depósito. También lo revisé, pero no había nada allí: sólo una montura y un juego de riendas, mantas, una rasqueta, un cepillo y un poco de forraje. Y él me dijo que cualquiera que tuviese que tocar esas cosas, ya sabría que el caballo estaba allí. Yo le dije que es mejor que lo esté, porque si cualquiera entraba en ese sector y abría la puerta esperando encontrar un caballo común, no sólo sería de lamentar para quien la abriera, sino también para el dueño del caballo. Él me dijo que yo estaba a salvo de este riesgo, puesto que era simplemente quien se lo había vendido. Pero la caballeriza estaba perfectamente. Hasta había una ventana al exterior por la cual se puede trepar al altillo y arrojar forraje al caballo hasta que el animal se acostumbre a esa persona.
       —¿Y cuándo será eso? —preguntó el tío de Charles.
       —Yo aprendí a alimentarlo —observó McCallum.
       —Entonces, es posible que dentro de un minuto podamos ver cómo lo haces.
       En efecto, estaban casi en la propiedad de Harriss. No habían llegado con la misma rapidez que Harriss, pero estaban ya corriendo entre los cercos blancos que, a la luz de la luna, no parecían más sólidos que si fuesen de azúcar, con los extensos prados bañados por la luna, más allá, donde su tío probablemente podía recordar los cultivos de algodón, o por lo menos, afirmaría recordarlo, con seguridad, mientras el antiguo propietario se sentaba en la silla rústica en el corredor, para estudiarlos un rato y luego volver a su libro y a su whisky con agua.
       A continuación cruzaron los portones; tanto su tío como Mr. McCallum estaban sentados en el borde del asiento, y avanzaron rápidamente por el sendero principal entre espacios cubiertos de césped esmeradamente recortado, entre los arbustos y plantas y árboles tan cuidados como el algodón ya cosechado, hasta que avistaron por fin lo que fuera la casa del antiguo propietario; la tremenda masa de columnas, alas y balcones que cubría seguramente medio acre.
       Y habían llegado a tiempo. El capitán Gualdres debió salir por la puerta lateral a tiempo para ver los faros del automóvil en el sendero. Sea como fuere, estaba inmóvil bajo la luz de la luna cuando lo vieron, y todavía estaba en el mismo sitio cuando los tres bajaron del automóvil y se aproximaron; estaba con la cabeza descubierta, y llevaba una corta chaqueta de cuero, botas y un rebenque corto colgando de una muñeca.
       Comenzó en castellano. Tres años atrás Charles había seguido cursos de castellano en la escuela secundaria, y ahora no recordaba, más aún, nunca había sabido, cómo o por qué había comenzado a seguirlos; no, no sabía exactamente qué había hecho su tío, como consecuencia de lo cual él, Charles, se había encontrado siguiendo cursos que nunca tuviera intención de elegir. No había sido persuasión, ni tampoco soborno, porque su tío afirmaba que no es necesario ser sobornado para hacer algo cuando verdaderamente se desea hacerlo, o se necesita hacerlo, se sepa o no en el momento si se necesita o si se ha de necesitar algún día. Quizás su error había residido en tener tratos con un abogado. De todos modos, seguía tomando cursos de castellano; había leído el Don Quijote, era capaz de entender la lectura de la mayoría de los diarios mejicanos y sudamericanos y había comenzado a leer el Cid. Pero aquello había ocurrido el año anterior, en 1940, y su tío le había dicho: «Pero ¿por qué? Debe de ser más sencillo que el Quijote, porque el Cid trata de héroes». A pesar de ello no podría haber explicado a nadie, y menos aún a un hombre de cincuenta años, aun tratándose de su tío, que no era posible saciar la sed de su espíritu con la polvorienta crónica del pasado, mientras a menos de mil quinientas millas de distancia, en Inglaterra, jóvenes no mucho mayores que él estaban escribiendo diariamente con sus vidas el inmortal epílogo de su propia época.
       En vista de todo ello la mayoría de las veces podía comprenderlos; sólo una pequeña porción del idioma resultaba demasiado rápida para él. Pero de cualquier manera, una porción del inglés era también demasiado rápida para el capitán Gualdres, y en un momento estuvo por creer que había dos personas presentes que no lograban mantenerse a la par del castellano de su tío.
       —Pero usted sale a cabalgar a la luz de la luna —dijo su tío.
       —Es verdad —dijo el capitán, todavía cortés, todavía algo sorprendido, con sus cejas negras sólo imperceptiblemente arqueadas, tan cortés que su voz no revelaba la más mínima sorpresa, y ni siquiera su tono, el tono de lo que estaba diciendo, expresaba lo que fuera que decía un hombre en castellano en lugar del so what? inglés, del «¿Qué hay con ello?».
       —Soy Stevens —dijo su tío con aquel tono rápido que, según advertía Charles, era algo más para el capitán Gualdres que simplemente rápido, puesto que para un hombre de raza española la rapidez y la brusquedad debían ser el peor de los crímenes. Y el castellano, según advertía asimismo, representaba toda la dificultad: su tío no había tenido tiempo de hacer otra cosa que hablarlo—. Éste es Mr. McCallum. Y éste es el hijo de mi hermana, Charles Mallison.
       —Conozco bien a Mr. McCallum —dijo el capitán Gualdres en inglés, volviéndose. Durante un segundo vieron su dentadura—. También él tiene un gran caballo. Una lástima —y estrechó la mano de Mr. McCallum con un apretón breve y recio. Pero aun al hacer este ademán parecía de bronce, a pesar del cuero flexible de la chaqueta bañado en luz de luna y de los cabellos relucientes, como si estuviese forjado de metal, cabellos, botas, chaqueta y demás, en una sola pieza íntegra—. No conozco tan bien a este joven. —Estrechó la mano de Charles, con un apretón también rápido y vigoroso. Luego dio un paso hacia atrás. Y esta vez no estrechó la mano del tío de Charles—. Y tampoco conozco muy bien a Mr. Stevens. Una lástima, quizás —y aún en aquel momento el tono de su voz no decía: «Ahora pueden someter a mi consideración sus disculpas». Ni tampoco: «Pues bien, señores». Sólo se oía la voz perfectamente cortés, perfectamente fría, sin la menor inflexión—: ¿Han venido a pasear? No hay caballos aquí, pero hay bastantes en el campito. Iremos a buscarlos.
       —Espere —dijo el tío de Charles en castellano—. Mr. McCallum ha debido contemplar demasiados caballos todos los días para desear cabalgar uno ahora, y el hijo de mi hermana y yo no necesitamos mirar ninguno para tener ganas de hacerlo. Hemos venido a hacerle un favor.
       —¡Ah! —dijo el capitán Gualdres, también en castellano—. ¿Qué favor?
       —Bueno —dijo el tío, siempre con aquella voz rápida, con aquel rápido repiquetear del idioma del capitán Gualdres, resonante, no del todo musical, como metal en parte destemplado—. Teníamos mucha prisa. Quizás debí venir tan rápidamente que mis buenos modales quedaron rezagados.
       —Cuando un hombre puede dejar atrás su cortesía es porque quizás, fue suya desde el principio —observó el capitán Gualdres, y, con deferencia, añadió—: ¿Qué favor?
       Y él, Charles, pensó a su vez: «¿Qué favor?». El capitán Gualdres no se había movido. En ningún momento había habido duda o incredulidad en su voz; ahora no había ni siquiera sorpresa o asombro en ella. Y él, Charles, estaba casi de acuerdo con él en que hubiera algo que se le pudiese hacer y sobre lo cual su tío o cualquiera tuviese necesidad de protegerlo o advertirlo. Y a continuación Charles pensó no sólo en el caballo de McCallum, sino en una tropilla de caballos semejantes cayendo sobre él con el ruido atronador de sus cascos, arrojándolo tal vez al suelo y aun ensuciándolo, y aun quizás tocándolo ligeramente y hasta magullándolo levemente, pero nada más.
       —Una apuesta, entonces —dijo su tío.
       El capitán Gualdres no se movió.
       —Un pedido, si usted quiere —dijo su tío.
       El capitán Gualdres no se movió.
       —Un favor personal para mí.
       —¡Ah! —dijo entonces el capitán Gualdres. Pero ni aún entonces se movió. Sólo aquella interjección, aquella única palabra que no era castellana ni tampoco inglesa por ser igual en todos los idiomas, que él, Charles, había oído.
       —Usted saldrá a caballo esta noche —dijo su tío.
       —Es verdad —repuso el capitán Gualdres.
       —Permítanos acompañarlo a la caballeriza donde tiene su caballo de cabalgar de noche —dijo su tío.
       Nuevamente el capitán Gualdres se movió, aunque esta vez sólo movió los ojos. Charles vio su resplandor mientras el capitán Gualdres les dirigía una mirada, volviendo nuevamente la vista hacia el tío de Charles. Y luego, nada, nada más, nada, aparentemente ni respiración, mientras él, Charles, podría haber contado casi hasta sesenta. Y por fin el capitán Gualdres se movió.
       —Es verdad —dijo, y emprendió la marcha, seguido por los tres, en torno a la casa demasiado grande; el grupo cruzó el parque donde los arbustos y los árboles crecían abundantemente, dejando atrás el garaje que albergaba más automóviles que los que podrían utilizar cuatro personas, y el jardín de invierno y los invernáculos, con demasiadas flores y uvas para que pudiesen olerías y comerlas las cuatro personas; cruzó aquel dominio feudal de silencio de luna, de palidez de luna, de quietud de luna, con el capitán Gualdres a la cabeza, sobre los pistones arqueados de piernas resplandecientes de cuero, y luego su tío y él y Mr. McCallum con su garrote de roble claro, los tres en fila india detrás del capitán Gualdres, como tres de los gauchos que trabajaban con su familia, si en verdad el capitán Gualdres tenía familia, y si en verdad eran gauchos, y no otro término que Charles no podía recordar y que terminaba en «ones».
       Pero no iban en dirección a las grandes caballerizas con relojes y luces eléctricas, con fuentes doradas para beber y con lujosos pesebres; tampoco iban por el sendero que conducía a ellas, sino que lo cruzaron, treparon el cerco blanco y atravesaron un campo bañado por la luna, rodeando un pequeño macizo de árboles. Allí estaba, y Charles imaginó la voz de Mr. McCallum mientras hablara anteriormente: la pequeña caballeriza con su cerco individual, y un solo establo del tamaño de un garaje para dos automóviles, todo ello nuevo desde setiembre último, prolijo, con olor a pintura fresca. La parte superior de la puerta del único box estaba abierta: un cuadrado negro rodeado de blanco deslumbrante. Y de pronto, a sus espaldas, Mr. McCallum emitió un sonido especial.
       Y en este punto fue donde las cosas comenzaron a desenvolverse con demasiada rapidez para Charles. Hasta el capitán Gualdres se convirtió en latino ahora, volviéndose de espaldas al cerco, compacto, recio, y por alguna razón misteriosa, más alto, diciendo a su tío lo que hasta aquel momento el tono de su voz no había expresado siquiera, hablando ambos cara a cara en un rápido repiqueteo del idioma nativo del capitán Gualdres, de modo que parecían dos carpinteros escupiendo tachuelas uno contra el serrucho del otro. Y ello, aunque el tío de Charles comenzó en inglés y el capitán Gualdres lo siguió en un principio, como si su tío pensara que Mr. McCallum tenía derecho a enterarse de algo, por lo menos.
       —Ahora, Mr. Stevens, ¿quiere explicarse?
       —¿Con su permiso?
       —Muy bien.
       —Aquí es donde usted tiene su caballo nocturno, el ciego.
       —Sí —dijo el capitán Gualdres—. No hay ningún caballo aquí, salvo la pequeña yegua, durante la noche. El negrito la deja en la caballeriza grande todas las tardes.
       —Y después de comer, cuando está suficientemente oscuro, usted viene aquí, se acerca a esa caballeriza y abre la puerta, a oscuras, como ahora.
       Y en un principio Charles había pensado que había demasiada gente allí, una persona de más, por lo menos. Ahora advirtió que faltaba una persona, el barbero, porque el capitán Gualdres dijo:
       —Primero coloco los obstáculos.
       —¿Obstáculos? —repitió el tío de Charles.
       —La pequeña yegua no ve. Muy pronto estará completamente ciega. Pero todavía puede saltar, sin ver, por el tacto y el oído. Yo le enseño…, ¿cómo se dice?…, la fe.
       —Creo que la palabra que busca es «invulnerabilidad» —dijo su tío. Y a continuación la conversación prosiguió en castellano, hablando los dos rápidamente, como boxeadores, salvo en cuanto a fluidez. Y Charles podría haber entendido a Cervantes cuando escribía, pero oír a aquel Sansón estatuario y al jefe de los yanquis que hablaban de caballos en su presencia, y en castellano, era demasiado para él, o por lo menos así lo creyó hasta que luego, cuando la conversación hubo terminado, su tío le explicó todo en forma muy parecida a lo que Charles imaginara.
       —¿Y qué ocurrió entonces? ¿Qué le dijiste?
       —No mucho —repuso el tío—. Le dije simplemente «ese favor». Y Gualdres dijo: «Por el cual, naturalmente, debo agradecerle de antemano». Y yo agregué a mi vez: «Pero en el cual, por supuesto, no cree usted. Aunque, también naturalmente, desea conocer su precio». Nos pusimos, pues, de acuerdo en cuanto al precio, y yo le hice el favor, y eso fue todo.
       —Pero ¿qué precio? —dijo Charles.
       —Fue una apuesta.
       —¿Una apuesta sobre qué?
       —Sobre su destino. Así lo llamaba él. Porque si en algo le agrada creer a un hombre como ése, es en su destino. Pero no cree en un destino fijo, ni siquiera lo acepta.
       —Muy bien —dijo Charles—. La apuesta. ¿Qué le apostaste?
       Su tío no repuso, empero, sino que lo miró silencioso, sardónico, contradictorio, fantástico y siempre familiar, aun cuando él, Charles, acababa de descubrir que no lo conocía en lo más mínimo. Y a continuación el tío dijo:
       —De pronto surge un caballo de cualquier parte, del oeste, si lo prefieres, y da jaque a la reina y a la torre en una sola movida. ¿Qué haces tú?
       Por lo menos, para entonces, conocía ya la respuesta a esta pregunta:
       —Salvo a la reina y dejo ir la torre —y en seguida agregó—: Del oeste de América del Sur. Fue esa muchacha, la de Harriss. Le apostaste la muchacha. A que no cruzaría aquel terreno ni abriría la puerta del establo. Y perdió.
       —Perdió —repitió su tío—. ¿Una princesa y medio castillo, contra varios de sus huesos y quizás también sus sesos? ¿Perdió?
       —Perdió la reina.
       —¿La reina? ¿Qué reina? ¡Ah! Te refieres a Mrs. Harriss. Quizás comprendió que habían movido la reina en el mismo instante en que advirtió que tendría que aceptar la apuesta. Quizás se dio cuenta de que la reina y la torre habían desaparecido en el momento en que desarmó al príncipe con aquella escoba de barrer la chimenea. Si es que alguna vez la quiso.
       —¿Qué estaba haciendo allí, pues?
       —¿Por qué estaba esperando?
       —Tal vez era una plaza muy agradable —dijo Charles—. Un cuadro, mejor dicho. Quizás por el placer de moverse no sólo de a dos cuadros por vez, sino además en direcciones opuestas.
       —O bien indecisión, puesto que puede hacerlo —dijo su tío—. Una indecisión casi fatal para esta movida, porque debía hacerla. Por lo menos, es mejor que lo haga. Su amenaza y su atractivo residen en su capacidad de movimiento. Y esta vez, olvidó que su seguridad también residía en eso.
       Pero aquella conversación tuvo lugar al día siguiente. En aquel momento apenas si podía seguir todo lo que estaba ocurriendo. Él y Mr. McCallum estaban allí contemplando y escuchando al tío y al capitán Gualdres, el uno frente al otro, lanzando las sílabas cortantes y ágiles, hasta que por fin el capitán Gualdres hizo un movimiento que no fue encogimiento de hombros ni tampoco saludo militar. Y su tío se volvió a Mr. McCallum.
       —¿Qué piensas, Rafe? —dijo el tío de Charles—. ¿Quieres ir hasta allí y abrir la puerta?
       —¿Por qué no? —dijo Mr. McCallum—. Pero no veo…
       —He hecho una apuesta con el capitán Gualdres —dijo el tío de Charles—. Si no lo haces, lo haré yo.
       —Espere —dijo el capitán Gualdres—. Creo que me corresponde.
       —Esperará usted, señor capitán —dijo Mr. McCallum. Levantó su pesado garrote en la otra mano y se quedó contemplando el cerco blanco y más allá de él, la pista bañada por la luna, en dirección a la pared silenciosa y blanca del establo, con su único cuadrado negro de la puerta abierta en la parte superior, durante cerca de medio minuto. Luego cambió el garrote de mano una vez más, trepó al cerco y volviendo la cabeza, dijo al capitán Gualdres—: Acabo de descubrir de qué se trata y también lo descubrirá usted dentro de un minuto.
       Lo observaron mientras trepaba sin apresurarse, hasta entrar en el paddock. Era un hombre corpulento, ágil, calmoso, rodeado de una especie de atmósfera semejante a la del capitán Gualdres, con su instinto frente a los caballos, caminando con paso firme a la luz de la luna, en dirección a la caballeriza blanca y al cuadrado negro, negro de vacío, de total y absoluto silencio, en medio de la pared blanca, hasta que llegó por fin a él y levantó el pesado pasador de hierro forjado, abriendo así la parte inferior de la puerta. Y sólo entonces se movió con increíble rapidez, abriendo la puerta hasta que giró totalmente sobre sus goznes. Al hacer esto quedó a medias oculto entre la puerta y la pared, aferrando su garrote con una mano, y moviendo la puerta imperceptiblemente cuando el potro, del mismo color que la negrura de tinta de la noche, salió como un estampido en medio del campo bañado por la luna, como si hubiese estado atado a la puerta misma con una soga no más larga que una cadena de reloj.
       Salió relinchando. Parecía enorme, alado: una masa furiosa del color del destino o de la medianoche, que se lanzaba hacia la luna en un remolino de crines y cola como llamas negras, con aspecto no ya de muerte, porque la muerte es estática, sino de demonio, un bruto condenado, eternamente condenado, que se arrojaba hacia la luna, piafando, galopando en un círculo breve y alocado mientras sacudía la cabeza hacia un lado y hacia otro, buscando al hombre, hasta que vio a Mr. McCallum por fin y dejó de relinchar y se lanzó hacia él, sin reconocerlo hasta que éste salió de detrás de la puerta y le gritó.
       Entonces se detuvo, las patas arqueadas y clavadas, el cuerpo arqueado sobre ellas, mientras Mr. McCallum, otra vez con aquella increíble rapidez, caminó hacia él y descargó el garrote con todas sus fuerzas sobre su cara. El animal relinchó y dio media vuelta, galopando a toda velocidad, y Mr. McCallum se volvió también y caminó hacia el cerco. No corrió, sino que caminó, y a pesar de que el potro describió dos círculos completos en torno a él antes de llegar al cerco y de trepar por él, no lo amenazó abiertamente otra vez.
       Y durante otro intervalo el capitán Gualdres no se movió, duro como el metal, inviolable, ni pálido, siquiera. Y luego se volvió hacia el tío de Charles; todavía hablaba en castellano, pero Charles pudo comprender.
       —He perdido —dijo.
       —Perdido, no —dijo el tío.
       —Verdad —dijo el capitán Gualdres—. Perdido, no —y luego añadió—: Gracias.

IV

      Llegó el sábado, y no había clase: todo aquel día sin desafíos en el cual podría haberse sentado en la oficina y presenciado el pequeño resto que quedaba, el resumen, lo poco que quedaba. Por lo menos, así lo creía Charles, quien aun a aquella hora avanzada de la tarde de diciembre no conocía su propia capacidad para sorprenderse y maravillarse.
       En realidad, nunca había creído que Max Harriss regresaría de Memphis. Tampoco lo había creído Mr. Markley, en Memphis, según parecía.
       —La policía de la ciudad de Memphis no puede trasladar a un detenido de regreso a Mississippi —dijo Mr. Markley—. Ya lo sabes. Tu sheriff deberá enviar a alguien…
       —No es un detenido —dijo el tío de Charles—. Dile eso. Dile que sólo deseo que venga a conversar conmigo.
       Entonces, durante un minuto aproximadamente no se oyó nada en el teléfono, excepto el leve zumbido de la fuerza que mantenía aquella línea, y que costaba dinero a alguien, pasasen o no voces por ella. Y en ese momento Mr. Markley dijo:
       —Si yo le diese el mensaje y le dijese que puede irse, ¿esperarías realmente volver a verlo?
       —Dale el mensaje —dijo el tío de Charles—. Dile que quiero que vuelva aquí y que converse conmigo.
       Y Max Harriss volvió. Llegó apenas antes que el resto, lo suficiente como para poder atravesar la antesala y entrar en la oficina mientras los otros dos estaban todavía subiendo las escaleras. Y él, Charles, cerró la puerta de la antesala, y Max se detuvo frente a ella, observando a su tío, delicado, juvenil y bien vestido, y también con aspecto de cansado y de haber sufrido una gran tensión, como si no hubiese dormido muy bien la noche anterior. Sólo sus ojos no tenían el aspecto de los de un joven, ni tampoco parecían cansados, mientras miraban al tío de Charles exactamente como lo miraran dos noches atrás, con una expresión que distaba mucho de ser tranquila y normal. Pero, por lo menos, no había en ellos una expresión atemorizada, hubiese lo que hubiere en su lugar.
       —Siéntese —dijo el tío.
       —Gracias —dijo Max, y su tono fue rápido, áspero, no despreciativo, simplemente incisivo y negativo. Pero en seguida se movió. Se aproximó al escritorio y comenzó a escudriñar el recinto en todas direcciones, con gestos teatrales y exagerados—. Estoy buscando a Hamp Killegrew —dijo—. O a lo mejor al sheriff mismo. ¿Dónde lo tiene escondido? ¿En la fuente de tomar agua? Si ha puesto allí a cualquiera de los dos, para este momento han de haber muerto de sorpresa.
       Pero su tío no repuso, hasta que él, Charles, lo miró a su vez. Su tío no estaba mirando a Max, siquiera. Había hecho girar su silla lateralmente y estaba mirando por la ventana, inmóvil, salvo su pulgar que hacía un movimiento casi imperceptible al acariciar la taza de la pipa.
       Entonces Max se detuvo a su vez y se quedó mirando el perfil del tío de Charles con los ojos duros y sin profundidad, en los cuales había poco de juventud, de paz o de ninguno de los elementos que debían haber encerrado.
       —Muy bien —dijo Max—. No podrá probar intención ni designio. Todo lo que podrá probar, no tendrá necesidad de hacerlo. Lo admito desde ya. Lo afirmo. Compré un caballo y lo dejé en una caballeriza individual en la propiedad de mi madre. También yo sé algo de la ley, como verá. Probablemente sé exactamente lo necesario para ser un abogadillo de primer orden en un pueblo de Mississippi. Quizás hasta un legislador del Estado, aunque probablemente sé demasiado para que alguna vez me elijan gobernador.
       El tío de Charles seguía inmóvil, salvo por el pulgar.
       —En su lugar, yo me sentaría —dijo.
       —En mi lugar, haría mucho más que eso, en este momento —dijo Max—. ¿Pues bien?
       Ahora el tío de Charles se movió. Apoyando la rodilla contra el escritorio, hizo girar rápidamente su silla, hasta mirar de frente a Max.
       —No necesito probarlo —dijo—. Porque usted no dejará de admitirlo.
       —No —dijo Max. Lo dijo inmediatamente, con desdén. No había siquiera violencia en su tono—. No lo niego. ¿Qué hay con ello? ¿Dónde está su sheriff?
       El tío miró a Max. Luego llevó la boquilla de su pipa apagada a los labios y aspiró, como si tuviese fuego y tabaco, y habló con tono tranquilo, y como restando importancia al asunto:
       —Supongo que cuando Mr. McCallum llevó el caballo y usted ordenó ponerlo en la caballeriza del capitán Gualdres, dijo a los caballerizos y a los demás negros que el capitán Gualdres lo había comprado él mismo y deseaba que no lo tocara nadie. Lo cual no les habrá costado mucho creer, ya que el capitán Gualdres había comprado antes un caballo que no dejaba que nadie tocase.
       Max no repuso, en la misma forma en que no respondiera la otra noche, cuando el tío de Charles mencionó que no se había enrolado para la conscripción. No había siquiera desdén en su rostro, mientras aguardaba que el tío prosiguiese.
       —Muy bien —dijo el tío—. ¿Cuándo se casarán el capitán Gualdres y su hermana?
       Y entonces fue cuando él, Charles, descubrió qué más había en aquellos ojos duros e impasibles: desesperación y pena. Sí, vio cómo la ira surgía como una llamarada, ardiendo, consumiéndose, desplazando todo de aquellos ojos hasta dejar en ellos sólo la ira y el odio, y pensó que quizás su tío tenía razón, y que había cosas más innobles que el odio, y que, si se odia a alguien, es seguramente al hombre a quien no se ha logrado matar, aun cuando él lo ignore.
       —Recientemente he hecho algunos tratos —dijo su tío—. Muy pronto sabré si me ha ido mal en ellos o no. Ahora haré otro trato con usted. Usted no tiene diecinueve años, sino veintiuno, pero no se ha enrolado todavía. Alístese.
       —¿Alistarme? —dijo Harriss.
       —Sí, alístese.
       —Comprendo —dijo Harriss—. Alistarme, o de lo contrario…
       Y entonces Harriss se echó a reír. Estaba de pie junto al escritorio, mirando al tío de Charles y riendo a carcajadas. Pero en ningún momento su risa había llegado a sus ojos, de modo que tampoco podía dejarlos. Su risa desapareció, pues, sólo de su rostro, esfumándose gradualmente aun de esos ojos en los que nunca estuviera, hasta que por fin tuvieron la misma expresión que los de su hermana dos noches atrás: la pena y la desesperación, pero sin el terror y el temor. Entretanto, las mejillas de su tío se hundían en el movimiento de aspirar por la pipa como si ésta estuviese cargada.
       —No —dijo el tío de Charles—. Alístese y nada más. No le ofrezco alternativa. Mire. Usted está jugando al poker, o por lo menos, a lo que juega la mayoría de la gente bajo este nombre. Entiendo que usted lo juega. Usted roba cartas. Al hacerlo, usted afirma dos cosas: o bien que tiene algo para hacer juego con las cartas robadas, o que está dispuesto a apoyar con el último centavo que le quede el hecho de que no tiene juego. Usted no roba y luego vuelve a dejar las cartas en el mazo por no ser las que necesitaba, esperaba o deseaba. Y no roba, no, simplemente por el beneficio de su propia alma y bolsillo, sino por el beneficio de los demás participantes en el juego, que han asumido la misma obligación tácita.
       A continuación ambos permanecieron inmóviles. Hasta el gesto mecánico de su tío de fumar su pipa vacía cesó. Y entonces Harriss aspiró profundamente. Fue posible oírlo, como también en su inmediata espiración.
       —¿Ahora? —dijo.
       —Sí. Ahora. Regrese a Memphis y alístese.
       —Yo… —dijo Harriss—. Hay cosas que…
       —Ya lo sé —dijo el tío de Charles—. Pero no conviene que vaya allí ahora. Cuando se haya alistado le acordarán unos cuantos días para volver aquí y…, digamos…, ordenar sus asuntos. Vaya ahora. Su automóvil está abajo, ¿no? Vaya a Memphis ahora e incorpórese al ejército.
       —Bueno —dijo Harriss. Y una vez más respiró profundamente—. Bajar esas escaleras solo, subir a mi automóvil solo, y partir. ¿Qué le hace suponer que usted o el ejército o nadie podrá atraparme otra vez?
       —No había pensado para nada en ello —dijo el tío—. ¿Se sentiría mejor si me da su palabra de honor?
       Y eso fue todo. Harriss permaneció allí unos minutos más, junto al escritorio, luego regresó a la puerta y se detuvo, con la cabeza levemente inclinada. Y en seguida la levantó. Charles creyó que él habría hecha exactamente lo mismo: pasar por la antesala donde estaban los otros dos. Pero su tío habló a tiempo.
       —Por la ventana —dijo, y levantándose de su silla, la abrió y descubrió el corredor exterior desde el cual descendían las escaleras hasta la calle. Max salió por la ventana y el tío la cerró. Eso fue todo. Y esta vez no se oyó el gemido cada vez más distante de la bocina, y si Hampton Killegrew o alguien, más corrió tras él gritando, ni Charles ni su tío llegaron a enterarse. Inmediatamente Charles abrió la puerta de la antesala e invitó a entrar al capitán Gualdres y a la hermana de Harriss.
       El capitán Gualdres parecía siempre como forjado de bronce o en otro metal, aun en su traje de saco cruzado de color oscuro, igual al que llevaría cualquier otro hombre y al que poseía la mayoría de los hombres. Y también tenía aspecto de tener algo que ver con caballos, y Charles advirtió que ello se debía a que el caballo no estaba allí: y entonces fue cuando notó asimismo que la mujer del capitán Gualdres era algo más alta que el capitán. Era como si, sin el caballo, el capitán Gualdres estuviese no sólo incompleto en cuanto a su movilidad, sino también en cuanto a su estatura, como si sus piernas no tuviesen por objeto ser vistas ni comparadas con otras mientras se apoyaba en ellas.
       Ella llevaba un vestido oscuro, del azul marino que las novias llevan para el viaje de luna de miel, con el abrigo de suntuosas pieles oscuras y un ramo de flores en la solapa, orquídeas, naturalmente. Charles había oído hablar de orquídeas toda su vida, de modo que se dio cuenta de que nunca las había visto antes. Pero las reconoció en seguida. Sobre aquel abrigo de aquella novia no podía haber otra cosa sino orquídeas, prendidas a la solapa. El fino rastro de la uña de la muchacha de Cayley todavía era visible en su mejilla.
       El capitán Gualdres no quiso sentarse, de modo que Charles y su tío permanecieron también de pie.
       —Vengo a decirles adiós —dijo el capitán Gualdres en inglés—. Y a recibir…, ¿cómo se dice?…
       —Felicitaciones —dijo el tío de Charles—. Nuestras felicitaciones, y mil votos de dicha. ¿Puedo preguntarle desde cuándo?
       —Desde… —el capitán Gualdres miró rápidamente su muñeca— hace una hora. Acabamos de dejar al padre. Nuestra mamá ha vuelto a casa. Nosotros decidimos no esperar. De modo que hemos venido a despedirnos. A decirle adiós, por lo menos, yo.
       —Adiós, no —dijo el tío.
       —Sí. Ahora. Para la una… —el capitán Gualdres miró nuevamente su reloj—, dentro de cinco minutos, ya no estaremos aquí.
       En verdad, como dijera una vez su tío, el capitán Gualdres tenía una buena cualidad: sabía exactamente qué pensaba hacer, y con frecuencia lo hacía.
       —Volveremos a mi país. Al campo. Quizás nunca debí dejarlo. Este país… es magnífico, pero demasiado complicado para un hombre de campo, para un paisano. Pero por el momento, no importa. Por ahora, todo ha terminado aquí. De modo que he venido a decirle adiós nuevamente, y nuevamente un millón de gracias.
       Y entonces volvió a hablar castellano. Pero Charles pudo entenderlo todo. El capitán añadió:
       —Ustedes saben hablar castellano. Mi mujer, educada en los mejores conventos europeos, no tiene un idioma. En mi país, en el campo, hay un dicho: «Casada, enterrada». Pero también tenemos este otro: «Para saber dónde dormirá el jinete esta noche, preguntarle al caballo». De modo que eso tampoco importa. Esto ha terminado también. He venido, pues, a despedirme, a darles las gracias, y a recibir felicitaciones por no tener hijastros que cuidar el resto de mi vida. Pero en realidad tengo confianza de que aun en esas condiciones usted pueda solucionar todo, porque nada está fuera de las posibilidades de un hombre de su capacidad y talento, para no mencionar su imaginación. Volvemos a mi…, a nuestro país, a tiempo, a un país donde no estará usted. Porque considero que es usted un hombre peligroso, y no me agrada nada. De modo que, adiós.
       —Adiós —dijo el tío de Charles, también en castellano—. Por mí, no se apresure.
       —No tiene importancia —dijo el capitán Gualdres—. No necesita apurarme, no necesita desear poder apurarme siquiera.
       Se fueron en seguida, atravesando la antesala. Charles y su tío oyeron cerrarse la puerta exterior, y luego los vieron pasar frente a la ventana del corredor, en dirección a la escalera. El tío sacó del bolsillo del chaleco el pesado reloj con la cadena y la insignia de oro suspendida de ella, y lo colocó sobre el escritorio.
       —Cinco minutos —dijo el tío. Que era todo lo que necesitaba Charles para preguntarle exactamente cuál era la otra condición de la apuesta que hiciera la noche anterior con el capitán Gualdres, pero ahora estaba convencido de que no era necesario preguntar. En realidad, no tenía ya necesidad de preguntarlo desde aquel instante, el jueves por la noche, en que cerrara la puerta luego de que Max Harriss y su hermana salieran de la habitación y él descubriera que su tío no tenía intención de acostarse.
       Por lo tanto, no dijo nada, y contempló simplemente a su tío mientras dejaba el reloj sobre el escritorio, deteniéndose luego a mirarlo, con los brazos algo separados y apoyados sobre el escritorio a cada lado del reloj, y sin tomar asiento.
       —Por decencia. Por moderación —dijo su tío, y luego, inmediatamente—: Aunque tal vez he soportado ya bastante de las dos cosas —y tomando el reloj lo guardó nuevamente en el bolsillo del chaleco, cruzó la antesala, tomó su abrigo y su sombrero y salió por la puerta exterior, sin volverse ni decir a su sobrino la palabra de rigor: «cierra». Y cuando Charles lo alcanzó, estaba ya junto al automóvil, con la portezuela abierta.
       —Sube y conduce —dijo—. Y recuerda que no es anoche.
       Así, pues, Charles tomó el volante y condujo el automóvil por la plaza llena de gente, por ser sábado, debiendo eludir los vehículos que se dirigían a casa y los camiones y carros una vez que salieron del centro del pueblo. Pero la carretera estaba todavía libre y permitía desplegar cierta velocidad; mucha, en realidad, si en lugar de Charles Mallison conduciendo a su tío a casa, se hubiera tratado de Max Harriss.
       —¿Qué ocurre, ahora? —dijo su tío—. ¿Qué ocurre con el automóvil? ¿O acaso se te ha dormido el pie?
       —Acabas de decirme que ya no es anoche —dijo Charles.
       —Por supuesto que no. Ahora no hay un caballo esperando para matar al capitán Gualdres. Ahora tiene algo mucho más eficaz y fatal que un simple caballo loco.
       —¿Qué? —dijo Charles.
       —Una paloma —dijo su tío—. ¿Por qué, entonces, vas arrastrándote? ¿Tienes miedo del movimiento?
       Siguieron corriendo, a la mitad de la velocidad de Max Harriss, por la carretera que el Barón no tuviera tiempo de asfaltar, pero que probablemente habría asfaltado dejando otras cosas menos urgentes, si le hubieran advertido a tiempo, no para su propia comodidad, ya que él no la utilizaba. Él solía viajar en aeroplano desde Nueva Orleans, de modo que cuando los de Jefferson querían verlo, debían ir hasta su propiedad. No, la habría asfaltado por la experiencia única de gastar dinero en algo que no sólo no le pertenecía, sino que nadie que lo conociera esperaba siquiera que utilizara, en la misma forma en que Huey Long, de Luisiana, se había convertido en fundador, propietario y protector de lo que según su tío era una de las mejores revistas literarias existentes. Y Huey Long lo había hecho sin haberla hojeado nunca probablemente, y sin importarle qué pensaban de él las personas que la escribían y editaban, así como el Barón nunca se preocupó tampoco por lo que pensaban de él los granjeros, cuyo ganado saltaba y gritaba y moría bajo las ruedas veloces de sus invitados.
       Charles y su tío avanzaban velozmente ahora, en la tarde de diciembre que comenzaba, tarde de invierno, del sexto día de invierno, como lo llamaban los viejos que contaban el invierno a partir del primero de diciembre.
       Y la carretera era más antigua que la grava, pues se remontaba a los antiguos tiempos de la tierra rojiza; serpenteaba entre las colinas y luego se extendía en línea recta y negra por las planicies de tierras de aluvión, ricas y fértiles; escasa en cuanto a ancho, puesto que la tierra era demasiado rica, demasiado fecunda en maíz y en algodón, para permitir más espacio que el necesario para el paso de dos hombres; señalada solamente por las finas huellas de los carros y carretas y las marcas de las herraduras de caballos y mulas, cuando el antiguo propietario, el suegro del Barón, dejaba su Horacio y su whisky aguado para ir al pueblo, y esto solamente cuando tenía que votar, vender el algodón, pagar los impuestos o para asistir a un funeral o a una boda, regresando una vez más al whisky y a sus versos latinos, por el simple sendero de tierra en el cual ni siquiera los cascos de los caballos, a menos que corrieran, hacían ruido, para no mencionar las ruedas o los arneses al crujir.
       Y ahora, de regreso a las tierras que apenas tenían alambrados, salvo los que él llevaba en su memoria y en su convicción; y a las de sus vecinos, sin cercos de ninguna clase, mucho menos los de roble y nogal cuidadosamente aserrados y diseñados en Virginia y Long Island y fabricados en las fábricas de Grand Rapids; al parque, entonces cubierto de viejos robles, sin rastros de guadañas, tijeras de podar ni jardineros; y a la casa que era simplemente una casa que formaba el fondo de un viejo corredor para sentarse con su vaso de plata y sus tomos de cuero sobado; y al jardín que era simplemente un jardín, agreste, viejo, lleno de plantas perennes, de rosas sin nombre y lilas y margaritas y flox, en el recio florecer polvoriento del otoño, en sí mismo dentro de la tradición del whisky aguado y de las odas de Horacio, modesto, durable.
       Era el silencio, según decía su tío. La primera vez que lo había dicho fue doce años atrás, cuando Charles, que no había cumplido aún seis años, era ya lo bastante crecido para escuchar.
       —No creo que tengas edad para oírlo, sino que yo soy suficientemente joven como para señalarlo. Dentro de diez años, ya no lo seré.
       Y Charles había dicho:
       —¿Quieres decir que dentro de diez años ya no será verdad?
       —Quiero decir que dentro de diez años no lo diré porque para entonces seré diez años mayor, y lo único que enseña la edad no es el temor, ni tampoco más verdad, sino solamente la vergüenza. Aquella primavera de 1919, como un jardín en el extremo de un túnel de cuatro años de sangre, excrementos y terror, en el cual esa generación de jóvenes de todo el mundo vivió como hormigas enloquecidas, cada uno solo frente al instante en que él también debería entrar en el anonimato sin rostro, oculto detrás de la sangre y de la suciedad, cada uno de ellos solo —y al decir esto su tío probó uno de los puntos que antes alegara, el de la verdad, por lo menos—, con su eterna especulación sobre si su temor era tan evidente para los otros como para él mismo. Porque el infante durante los minutos en que se arrastraba, y el aviador durante sus segundos condensados, no tienen amigos ni camaradas, como no lo tienen el cerdo en su charco, ni el lobo en su manada. Y cuando por fin termina el túnel y salen de él, si salen, tampoco tienen ninguno. Porque —por lo menos Charles esperó en este punto que su tío tuviese razón acerca de la vergüenza— han perdido algo, algo de sí mismos, algo caro e irreemplazable, que está diseminado, disperso y convertido en acervo común entre los otros rostros y cuerpos que también sobrevivieron. Y yo ya no soy John Doe, un habitante cualquiera de Jefferson; soy también Joe Ginotta de East Orange, New Jersey, y Charles Longfeather de Shoshone, Idaho, y Harry Wong de San Francisco; y a la vez Harry y Charley y Joe son todos John Doe de Jefferson, Mississippi. Pero cada uno de esos compuestos es siempre nosotros, de modo que no podemos repudiarlos. De ahí, las legiones americanas. Y aunque hayamos podido hacer frente y desmentir todo lo que hemos visto hacer a Harry y a Joe y a Charley en la persona de John Doe de Jefferson, no podemos hacer frente ni desmentir lo que vimos hacer a John Doe como Charley o Harry o Joe. Y por eso, mientras eran todavía jóvenes y tenían fe en la vida, las legiones americanas se han embriagado de fanatismo en masa.
       En verdad sólo el punto relativo a la vergüenza era correcto, puesto que su tío había dicho aquello doce años atrás, pero nunca más desde entonces. Pero el resto era equivocado, porque aún doce años atrás, cuando todavía su tío no tenía cuarenta, había perdido ya contacto con lo que era la verdad verdadera: que se va y que los jóvenes siempre irán a la guerra por la gloria, porque no hay otra manera tan gloriosa de ganarla, y el riesgo y el miedo a la muerte son no solamente el único precio a que merece comprarse lo que se compra, sino el más barato que pueda pedirse, y la tragedia no es morir, sino no estar ya presente para contemplar la gloria: y no se desea obliterar el corazón sediento: se desea saciar esa sed.
       Pero aquello había sido doce años atrás. Ahora su tío sólo dijo:
       —Basta. Yo conduciré.
       —No —dijo Charles—. Vamos ya demasiado rápido.
       En menos de una milla comenzarían a pasar junto a los cercos blancos y al cabo de otra llegarían al portón y hasta verían la casa.
       —Era el silencio —dijo su tío—. Al principio era tan grande que no se podía dormir de noche. Pero no importaba; no tenía deseos de dormir; no quería perder aquella parte del silencio: quería quedarme simplemente en cama a oscuras y recordar mañana y mañana y toda la primavera con sus colores, abril y mayo y junio, mañana, tarde y noche, vacías, luego oscuras una vez más, y el silencio en el cual yacía, porque no necesitaba dormir. Entonces la vi. Iba en el viejo coche con los caballos que no formaban un par idéntico, los caballos de arado, y el peón en el pescante, que no llevaba siquiera zapatos. Y tu madre estaba equivocada. No parecía una muñeca exhibiéndose. Parecía una niñita jugando a ser grande en la cochera, pero jugando con toda seriedad. Una niña de doce años, quizás, huérfana a raíz de una inesperada catástrofe, a cuyo cuidado estaban muchos hermanitos y tal vez un abuelo anciano, que vigilaba la alimentación y cambiaba y lavaba pañales de niños; demasiado joven para tener un interés indirecto en ello, y menos aún para tener un concepto y una identificación con la pasión y el misterio que los trajera al mundo, único sentimiento que podía hacer de la monótona tarea de cuidarlos algo soportable, o, por lo menos, explicable. Naturalmente no era ése el caso: tenía sólo a su padre, y si se quiere, la situación era a la inversa. El padre, que no sólo cultivaba la tierra y dirigía la casa, sino que lo hacía de tal manera que siempre era posible disponer de un par de caballos de arado y de un cochero para viajar las seis millas de trayecto hasta el pueblo y de regreso, con el viejo coche contra cuya enorme extensión de almohadones ella parecía una miniatura antigua, tranquila, serena y callada, diez años mayor que su edad real, y cincuenta años más allá de su época. Pero aquélla era la impresión que yo tenía: una niñita jugando al ama de casa en aquel jardín sereno y sin edad, en el extremo rojo y maloliente del corredor. Y así un día supe inesperada e irrevocablemente que el simple silencio no era la paz. Fue cuando la vi por tercera o décima o trigésima vez, no recuerdo cuándo, en que me detuve junto al coche estacionado, con el negro descalzo en el pescante, y ella, como algo conservado de un viejo estuche o de una caja de bombones contra la desteñida extensión del asiento posterior. Cuando pasaba el coche, se veía sólo su cabeza, y desde atrás no se veía ni siquiera su cabeza, aunque evidentemente no podían haber retirado del arado el par de caballos y el peón para que éste diese un paseo hasta la ciudad. Una mañana, estaba yo junto al coche detenido, mientras por todas partes pasaban veloces y ruidosos los brillantes automóviles de reciente aparición, porque habíamos ganado la guerra y todo el mundo sería rico y viviría en paz el resto de su vida. «Yo soy Gavin Stevens», le dije. «Y estoy por cumplir treinta años». «Ya lo sé», dijo ella. Pero yo me sentía de treinta años, aunque no los había cumplido. Ella tenía dieciséis. Y ¿cómo era posible decirle a una niñita, como decíamos entonces: «Déme una cita»? Y ¿qué haría con una cita, por otra parte? Y no se puede invitar a una niña; debe pedirse a los padres autorización para que salga. Así, pues, al atardecer detuve el automóvil de tu abuela junto al portón y bajé. Había un jardín, entonces. No era el sueño de un paisajista. Era bastante más grande que cinco o seis alfombras extendidas una junto a la otra, con viejos arbustos de rosas y calicantos, y enrejados y empalizadas despintados, y canteros de flores perennes que se sembraban solos sin ayuda externa ni interferencia, y ella estaba en medio de él mirándome cuando pasé el portón y avancé por el sendero, hasta que no me vio más. Y yo sabía que no se movería del lugar en que estaba, y subí los escalones hasta donde estaba su padre sentado en la vieja silla de nogal, con la perra setter a sus pies y el vaso de plata y el libro abierto cerca de su mano, y le dije: «Permítame que me comprometa con ella». Fíjate cómo lo expresé: yo con ella. «Lo sé», añadí. «Lo sé: ahora, no. Permítanos estar comprometidos, y ni siquiera tendremos que pensar más en ello». Ella no se había movido de donde estaba, ni siquiera para escuchar. Porque quedaba demasiado lejos para escuchar, y además, no era necesario. Estaba allí, en la penumbra del atardecer, inmóvil. Sin retroceder, inmóvil. Hasta fui yo quien levanté su rostro, aunque bastó el leve movimiento con que se levanta una rama de madreselva. Fue como saborear un helado. «No sé hacerlo», me dijo ella. «Tendrás que enseñarme». «No aprendas», repuse. «No importa. No tiene ninguna importancia. No tienes que aprender». Fue como un helado, el resto de la primavera, el verano, el prolongado fin del verano. La oscuridad y el silencio en los que yacía recordando el helado. No es necesario haber probado mucho, porque no se olvida. Por fin llegó el momento de regresar a Alemania y le llevé el anillo yo mismo. Ya lo tenía suspendido de una cinta que comprara también yo. «¿No quieres que lo use todavía?», me preguntó. «Sí», repuse, «no», me corregí. «Bueno, cuélgalo de este arbusto, si quieres. Es sólo un pedacito de vidrio con un poco de hierro coloreado. Probablemente no durará mil años». Regresé a Heidelberg y todos los meses llegaban sus cartas, en las que no hablaba de nada. ¿Cómo podía decir nada? Tenía dieciséis años, y ¿qué puede haber ocurrido a los dieciséis años, que sea tema para escribir, o aun para hablar? Y todos los meses yo le contestaba, sin hablar de nada a mi vez, porque ¿cómo podría traducir lo que yo le hubiese escrito? Y eso es lo que nunca comprendí, lo que nunca pude descubrir — dijo el tío de Charles.
       Estaban casi en la casa. Charles estaba ya disminuyendo la marcha para atravesar el portón.
       —Cómo hizo para traducir el alemán —dijo el tío de Charles—, ni cómo quienquiera que le tradujo el alemán, le tradujo asimismo el inglés resultante de la traducción.
       —¿Alemán? —dijo Charles—. ¿Le escribías en alemán?
       —Eran dos cartas —dijo su tío—. Las escribí al mismo tiempo. Las sellé y las envié en los sobres que no correspondían a cada una. ¡Cuidado! —gritó en aquel instante, y ya había extendido la mano hacia el volante, cuando Charles detuvo el automóvil en el momento oportuno.
       —La otra era una mujer —dijo—. De modo que…
       —Sí —dijo su tío—, era rusa. Había huido de Moscú. Por un precio, pagado en cuotas, durante un largo tiempo, a distintos acreedores. También ella había vivido una guerra, mi querido filisteo. La conocí en París en 1918. Cuando partí de Estados Unidos en el otoño de 1919 para regresar a Heidelberg, creía, pensaba, que la había olvidado. Es decir, un día en medio del océano descubrí que no había pensado en ella desde la primavera. Y por ello comprendí que no la había olvidado. Cambié mi pasaje y fui a París primero. Ella debía seguirme a Heidelberg tan pronto como alguien pudiese visar los pocos documentos de que disponía. Mientras esperábamos convinimos en escribirnos todos los meses. Quizás mientras yo esperaba. Debes tener en cuenta mi edad en aquel entonces. Yo era un europeo, a la sazón. Estaba en aquella menopausia de todo norteamericano con sensibilidad, cuando cree que todo el futuro que puede esperar su pueblo, no ya en cuanto a espíritu humano sino también en cuanto a civilización, se encuentra en Europa. O tal vez estaba equivocado. Tal vez había sido simplemente el helado, y yo no era siquiera alérgico al helado ni refractario a él, sino sencillamente incapaz de él. Haber escrito las dos cartas a la vez, porque componer una de ellas no exigía ningún proceso cerebral, sino que fluía de alguna parte, desde los intestinos, hasta las puntas de los dedos, hasta la lapicera, la tinta, sin pasar por el cerebro, a consecuencia de lo cual nunca pude recordar siquiera qué contenía la carta que fue a donde yo no tenía intención de que fuera, aunque no podía tener muchas dudas. Nunca se me ocurrió tener cuidado con ellas puesto que no existían en un mismo mundo a pesar de que una sola mano las escribió, en el mismo escritorio, sobre hojas sucesivas de papel, con los mismos rasgos continuados debajo de los mismos dos peniques de electricidad, mientras el mismo espacio sobre el cuadrante del reloj reptaba bajo la mano que avanzaba.
       En aquel momento llegaron. El tío de Charles no tuvo necesidad de decirle que se detuviese. Charles había estacionado ya el automóvil en el sendero desierto, demasiado ancho, demasiado liso, demasiado limpio y rastrillado, aun para una camioneta rural y un convertible o dos y una limousine y algún otro vehículo para el servicio doméstico. Su tío no esperó ni un instante, sino que bajó con rapidez del automóvil y caminó hacia la casa mientras él, Charles, decía:
       —Yo no tengo necesidad de entrar, ¿no?
       —¿No crees que has ido demasiado lejos para abandonar ahora? —dijo su tío.
       Charles bajó entonces y siguió a su tío por el sendero de lajas, demasiado ancho y con demasiadas lajas, en dirección al pórtico lateral que, a pesar de ser simplemente un pórtico lateral, habría podido contener a un presidente con su gabinete o a una Suprema Corte, si bien era algo reducido para un Congreso, y la casa en sí era algo entre una torta nupcial digna de Gargantúa y un circo recientemente pintado. Y su tío caminaba siempre rápidamente, hablando sin interrupción:
       —Tenemos una extraña apatía frente a ciertas costumbres extranjeras decididamente sensatas. Piensa en la fogata que se podría haber hecho con su ataúd sobre travesaños impregnados de gasolina y elevados en medio de ella: la amortización de la casa y la viuda de su creador inmolados en la hoguera funeraria.
       Una vez en la casa, el mayordomo de color abrió la puerta y desapareció inmediatamente, mientras Charles y su tío esperaban en la habitación donde el capitán Gualdres, si en verdad había sido oficial de caballería, habría podido desfilar con todas sus tropas y caballos, inclusive. Pero Charles no advirtió mucho más, porque en seguida vio la orquídea, reconociéndola inmediatamente, sin sorpresa y sin excesiva atención. Y luego olvidó hasta el sabor agradable, hasta la opulencia de la simple grandeza, porque entró ella: sus pasos en el vestíbulo y luego en la habitación, aunque él había percibido ya su perfume, como si alguien hubiera abierto un viejo cajón por equivocación, por torpeza, por error, y cuarenta sirvientes con zapatos de suela de goma hubiesen corrido frenéticamente por los largos corredores y las habitaciones de brillo y resplandor para cerrarlo nuevamente. Entró en la habitación, y se detuvo, y extendió las manos con la palma hacia afuera, sin haber tenido tiempo de ver a Charles, porque su tío, que en realidad no se había detenido ni un instante, se dirigía ya hacia ella.
       —Soy Gavin Stevens y tengo cerca de cincuenta años —dijo aproximándose a ella aún después de que ella comenzó a retroceder, a alejarse, extendiendo las manos con las palmas hacia afuera en dirección a él, mientras él seguía avanzando hasta tocar con el cuerpo sus palmas y ella seguía intentando contener su avance lo suficiente por lo menos como para decidir si cambiaba de idea y se volvía para huir de la habitación. Era demasiado tarde, ahora, suponiendo que la huida hubiera sido el camino por el que ella optara finalmente. Demasiado tarde, y su tío se detuvo a su vez, y miró a Charles por sobre el hombro.
       —¿Bien, Charles? —dijo—. Puedes decir algo, si quieres. Aunque sólo sea «Buenas tardes, Mrs. Harriss».
       Charles comenzó a decir «Perdone». Pero ya había pensado en algo mejor.
       —Mi bendición, niños —dijo.

V

      Aquello ocurrió el sábado. El día siguiente era el 7 de diciembre. Pero aun antes de salir de su casa, sabía que los escaparates de las tiendas estaban relucientes de juguetes, papel plateado y nieve artificial, como en cualquier otro diciembre de cualquier otro año; la atmósfera alegre y brillante con el sabor y el aroma de Navidad, a pesar de llevar también el fuego de la artillería, el fuego de los cañones y el silbido de las balas y el ruido que hacían sobre la carne que se preparaba para detenerlas aún allí, en Jefferson, antes de que transcurrieran muchas semanas o meses.
       Pero cuando volvió a ver a Jefferson, era la primavera siguiente. Los carros y las carretas de los granjeros de las colinas y los camiones de cinco y diez toneladas de los plantadores de la llanura estaban ya detenidos frente a las plataformas de carga de las semillerías y de los depósitos de fertilizantes, y los tractores y las mulas debían estar moviéndose ya a través de las oscuras franjas de tierra despierta de su sueño invernal: arado y máquina agrícola, aradora, y rastra, y discos. Muy pronto florecerían los cornejos y cantarían los pájaros sus canciones nocturnas; pero era sólo 1942 y transcurriría algún tiempo todavía antes de que los teléfonos rurales comenzaran a transmitir los telegramas de los ministerios de Guerra y de Marina, y de que los jueves por la mañana los mensajeros del correo rural depositasen en los solitarios buzones de los postes los números semanales del diario de Yoknapatawpha con la fotografía y la nota necrológica, demasiado familiar para todos y a la vez tan misteriosa como el sánscrito o el chino; con el rostro del muchacho del campo demasiado joven para ser una fotografía de hombre con el uniforme en el cual eran visibles aún los dobleces de los depósitos del ejército o de la armada; con los nombres de lugares que aquéllos que al parecer crearan esos rostros y esa carne para que murieran en medio de la agonía en esos lugares, no habían oído mencionar nunca, y mucho menos podían pronunciar.
       Porque el inspector general había tenido razón… En verdad, Benbow Sartoris, que tuviera el décimo noveno lugar en el curso, era ya oficial y estaba en Inglaterra, en una misión secreta. Y también él, Charles, primero en el batallón y con el rango de cadete-coronel, podría haber estado desempeñando una misión semejante antes de que fuera demasiado tarde, sólo que, como de costumbre, había cambiado el diablo por la bruja, y no tenía ahora ni siquiera el correaje ni el sable y las insignias sin pasado, sino tan sólo la banda azul en la gorra, y ello no obstante ser un cadete coronel. Pero quizás esta situación particular había contribuido a cortar su vuelo preparatorio, aunque transcurriría probablemente un año aún antes de que la insignia alada en la gorra pasase a adornar la parte superior del bolsillo, con el escudo de piloto en el medio, según esperaba Charles, o por lo menos un globo de navegante o la bomba del bombardero.
       Y sin haber llegado hasta su casa, en realidad, sino pasando por ella simplemente, en camino desde los cursos preliminares a los básicos, detúvose en la estación el tiempo suficiente para que su madre subiese al tren y lo acompañase hasta la línea principal donde debía trasbordar al tren que se dirigía a Texas, mientras ella tomaba el local de regreso a Jefferson. Aproximarse, pasar, dejar atrás las tierras familiares, las encrucijadas de caminos que conocía, los campos y los bosques que recorriera a pie cuando niño y como boy-scout, y donde, al tener por fin edad suficiente para llevar un fusil, cazara conejos primero, y más tarde, codornices al vuelo.
       Luego, los pobres alrededores, sin edad, inmutables, familiares como su propio corazón insaciable, voraz, omnívoro, o como su cuerpo y sus miembros o como el crecer de sus cabellos y sus uñas. Las primeras cabañas de negros, curtidas y despintadas hasta que uno advertía que había más que eso, y que estaban además imperceptiblemente torcidas, no tanto fuera de eje, como detrás de su eje, como si hubieran sido hechas para un fin diferente o de cualquier manera con un pasado diferente, por un arquitecto diferente que las había concebido o visto en perspectiva también diferente. Y habían sobrevivido, o por lo menos aguantado sin desmedro y como sin advertirlo, el viento y el tiempo inclementes, o sea lo que fuere, cada una de ellas en su selva en miniatura, hirsuta y a la vez ordenada, con huerto, cada cual con su cerdo —en un corral demasiado pequeño para cobijar cualquier otro cerdo, a pesar de lo cual aquél vivía allí y engordaba— y generalmente con una vaca maneada y con unos pocos pollos, todo ello, cabaña, galpón, corral y pozo, con un aspecto frágil y transitorio, improvisado, extraño, y, a pesar de ello, inviolablemente durable, como la caverna de Robinson Crusoe; por fin las casas de los blancos, no más grandes que las de los negros, pero en ningún caso cabañas o chozas, por lo menos en cuanto a su aspecto exterior, pintadas aunque fuera hacía muchos años, con la única diferencia de que su interior no estaba tan limpio como el de las otras.
       Por fin se encontró en casa, mejor dicho, en un cruce pavimentado no muy lejos de la casa donde naciera; y ahora veía ya entre los árboles el tanque de agua y la veleta de la iglesia episcopal, y luego, nada: su rostro apretado contra el vidrio empañado, como si tuviese ocho años, y el tren que se detenía con un ruido metálico de tanques y de cambios entre los vagones de pasajeros y de ganado. Y allí estaban todos, tales como los ve un niño de ocho años, con una especie de sorpresa, destacados allí, débiles y a la vez sorprendentemente fuertes contra el fondo de la vasta tierra conmensurable: su madre, su tío, su nueva tía… Y su madre había estado casada con un hombre durante veinte años y había creado otro hombre; y su nueva tía había estado casada con dos durante el mismo período y había visto a dos más luchando el uno contra el otro en su propia casa, con mangos de escoba y caballos, de modo que Charles no estaba sorprendido ni tampoco sabía en realidad cómo había ocurrido. Su madre estaba ya en el tren y su nueva tía se había retirado al automóvil que los aguardaba, mientras él y su tío cambiaban unas palabras a solas:
       —Bien, jefe —dijo Charles—. No sólo has ido demasiadas veces a la fuente, sino que esta vez has ido, y luego de arrojar en ella el cántaro has saltado tras él. Tengo un mensaje de tu hijo.
       —¿Mi qué? —dijo su tío.
       —Muy bien, tu yerno. El marido de tu hija. El que no te quiere. Fue al campamento a visitarme. Está en la caballería, ahora. Quiero decir que es soldado, un soldado americano —y al decir esto, Charles se vio obligado a recapitular—: ¿Comprendes? Una noche un conocido norteamericano intentó matarlo con un caballo. Al día siguiente se casó con la hermana del norteamericano. Al día siguiente un japonés dejó caer una bomba sobre otro norteamericano en una pequeña isla a dos millas de distancia. Entonces, al tercer día se incorporó al ejército, no al suyo propio, en el cual tenía su rango ya en la reserva, sino a un ejército extranjero, renunciando no sólo a su rango militar sino a su ciudadanía al hacerlo, utilizando sin duda un intérprete para explicar a su mujer y a su gobierno adoptivo qué trataba de hacer.
       Y mientras hablaba, Charles recordó la tarde aquélla en que, sin asombro —o bien, si lo sintió, fue el asombro incansable y eterno del niño que contempla incansable y eterno la función de Polichinela— fuera llamado al casino de la tropa, y encontrara allí, sin aviso, sin tener idea de ello, al capitán Gualdres…
       —… y allí estaba el capitán Gualdres con uniforme de soldado raso, y parecía más que nunca un jinete, quizás por el hecho de haberse creado una situación, la única situación o condición de la tierra —en un regimiento de caballería estadounidense— en la cual mientras durase la guerra no tendría contacto alguna con caballos. —Charles se repitió a sí mismo en este punto—. Y no tenía aspecto de valiente, sino de indomable, no de que ofreciera una vida o uno de sus miembros a nadie, a ningún gobierno, como un gesto de gratitud, de protesta o de lo que fuere, sino como si en este momento decisivo y grave no estuviese tampoco dispuesto a adoptar una posición fingidamente sentimental frente al inútil golpear de la artillería, como no lo hiciera frente a los inútiles y frágiles cascos de los caballos; no en actitud de odio a los alemanes, a los japoneses, o a los Harriss, siquiera, sino yendo a la guerra contra los alemanes no porque hubiesen arruinado un continente o estuviesen convirtiendo toda una raza en fertilizante y aceite lubricante, sino porque habían abolido los caballos de la caballería tradicional. Cuando yo entré se levantó de la silla y me dijo: «He venido para que usted me vea. Ahora que me ha visto, deberá ver a su tío y decirle de mi parte que tal vez ahora esté satisfecho conmigo».
       —¿Qué? —dijo el tío de Charles.
       —Yo tampoco lo entiendo —dijo Charles—. Pero es lo que dijo: que había viajado desde Kansas para que yo lo viese en aquel uniforme pardo y luego viniese a decirte: «Ahora tal vez esté usted satisfecho».
       Era el momento de partir. Ya habían retirado la carretilla de equipajes del furgón, y el empleado de correos estaba asomado a su ventanilla mirando hacia atrás, y Mr. McWilliams, el jefe del tren, estaba en los escalones de un vagón con su reloj en la mano; pero por lo menos no le estaba gritando nada, porque él, Charles, vestía uniforme de soldado, y era 1942 y los civiles no se habían acostumbrado a la guerra todavía. Charles dijo:
       —Y una cosa más. Esas cartas. Dos cartas. Dos sobres cambiados.
       Su tío lo miró.
       —¿No te agrada la coincidencia? —dijo.
       —Me encanta. Es una de las cosas más importantes en la vida. Como la virginidad. Sólo que, como la virginidad, tiene valor sólo una vez. Pienso conservar la mía un tiempo, todavía.
       Su tío lo miró, desconcertante, fantástico, grave.
       —Muy bien —dijo por fin—. Prueba lo siguiente. Una calle. En París. A unos pocos pasos del Bois de Boulogne, de nomenclatura tan reciente que su nombre no es más antiguo que las últimas batallas de 1918 y la mesa de la paz de Versalles; por lo tanto, de cinco años o menos, a la sazón; tan selecta y tan discreta, que sólo conocían su ubicación los recolectores de desperdicios, las agencias de colocaciones de servicio doméstico de cierta categoría y los subsecretarios de embajadas. Pero no importa, probablemente no existe ya. Y además, nunca llegarías a verla si todavía existe.
       —Quizás la veré —dijo Charles—. Quizás miraré el lugar donde estaba antes.
       —Puedes hacerlo aquí —dijo su tío—. En la biblioteca. Simplemente abriendo la página correspondiente de un libro de Conrad: el mismo piso de mosaico rojo y negro encerado, el bronce dorado, la porcelana, el buhl; hasta el largo espejo que parecía encerrar como en una fuente de plata toda la condensación de luz de la tarde, y en cuyas profundidades parecía flotar, como un lirio sobre su propia imagen, aquella frente inocente y virgen de pensamientos, marchita sólo por el pesar y la fidelidad…
       —¿Cómo sabías que estaba allí? —preguntó Charles.
       —Lo leí en el diario —repuso su tío—. En el Herald de París. El gobierno de los Estados Unidos, con tiempo suficiente, era muy eficaz en la tarea de mantenerse al tanto de las actividades de su propia Fuerza Expedicionaria en Francia. Pero esa tarea no era nada en comparación con la forma en que el Herald de París se mantenía al tanto de las actividades de la otra fuerza que comenzó a desembarcar en Europa en 1919. Pero a ella nada la preocupaba: estaba sentada allí, exactamente como una niñita a quien todo el mundo está ayudando a imaginar que es una reina. Y esta vez no se trataba de un hombre que hubiese venido a hacer justicia a un muerto, porque el hombre, el individuo, cuyo mensaje llevaba este visitante, estaba en cualquier estado menos muerto. Había enviado su mensajero desde Heidelberg, no para entregar un mensaje sino una exigencia: quería saber. Y yo lo entregué. «¿Por qué no me esperaste?», le dije. «¿Por qué no me mandaste un cable?».
       —¿Y ella te contestó? —preguntó Charles.
       —¿Acaso no te he dicho que su frente no tenía arrugas, ni siquiera las de la indecisión? —dijo su tío—. Sí, ella me contestó «No me querías», me dijo. «No era bastante inteligente para ti».
       —¿Y qué le dijiste tú?
       —Yo le contesté correctamente, a mi vez. Le dije: «Buenas tardes, Mrs. Harriss». ¿Estás satisfecho?
       —Sí —dijo Charles.
       Era hora de partir. El jefe de estación tocó su silbato. Mr. McWilliams no gritó ni una vez: «Vamos, muchacho, si piensas venir con nosotros», como lo habría hecho cinco años o aun cinco meses atrás. Sólo los dos chorros impacientes de vapor. Y todo ello debido, simplemente, al uniforme que Charles llevaba; debido a aquel uniforme sin uso que vestía, un hombre cuyo hábito era hablar en forma continuada y que no habría advertido siquiera el paso por sus cuerdas vocales del aire necesario para gritarle, no había pronunciado un solo sonido. En lugar de ello y por el simple hecho de que Charles llevaba uniforme, un experto experimentado en una locomotora de cien toneladas, que costaba cien mil dólares, había gastado tres o cuatro dólares y muchas libras de costoso vapor para decir a un muchacho de dieciocho años que ya había dedicado bastante tiempo en cambiar chismes con su tío. Y a continuación se le ocurrió a Charles que aquel país, aquella nación, aquel modo de vida eran tal vez invencibles, por cuanto eran capaces de aceptar la guerra, y más aún, de asimilarla en cualquier circunstancia cediendo ante sus exigencias, y de aceptarla, por así decirlo, con la mano izquierda, sin perjudicar, ni siquiera desviar o malograr o forzar la atención de la mano derecha, todavía empeñada en las actividades esenciales y permanentes del camino.
       —Sí —dijo—. Está bien. Me parece una respuesta correcta. Y eso fue hace veinte años. Y entonces era la verdad, o por lo menos bastaba entonces, o por lo menos bastaba entonces para ti. Y ahora han pasado veinte años, y ha dejado de ser verdad, o por lo menos no basta ya, o por lo menos no basta para ti. ¿Cómo lograron los años solamente hacer todo eso?
       —Me envejecieron —repuso su tío—. He mejorado.





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