William Faulkner
(1897-1962)


Gente de antaño [Los viejos del lugar]
(“The Old People”)
Originalmente publicada en Harper’s Magazine (septiembre 1940);
revisada substancialmente para su inclusión en Go Down, Moses (1942);
publicada intacta en Big Woods: : The Hunting Stories (1955);
Uncollected Stories (1979), Joseph Blotner, editor


      Al principio no había nada salvo la fría, tenue, persistente lluvia, la gris y constante luz de aquel amanecer de avanzado noviembre y las voces de los perros que convergían en ella en alguna parte. Entonces Sam Fathers, que estaba de pie a mi espalda, como cuando hace cuatro años disparé contra mi primer conejo, me tocó y empecé a temblar, aunque no de frío, y acto seguido allí estaba el ciervo. No podíamos verle pero allí estaba; no era como un fantasma, era como si toda la luz se hubiera condensado en él y él fuera la fuente de ella, y no sólo se moviera en ella, sino que la difundiera, y corría ya, y al principio lo vimos como siempre se ve a un ciervo en esa fracción de segundo que sigue al instante en que él le ha visto a uno, y se alzaba ya en ese primer salto en el aire, con las astas semejantes en la penumbra a una pequeña mecedora en equilibrio sobre la cabeza.
       —Ahora —dijo Sam—. Dispara rápido y sin precipitarte.
       No recuerdo en absoluto aquel tiro.
       Ni siquiera recuerdo lo que hice luego con la escopeta. Corría, y luego estaba en pie sobre él, que yacía sobre la tierra mojada, en ademán de seguir corriendo y sin ningún aspecto de estar muerto. Volví a temblar violentamente y Sam estaba a mi lado y yo tenía su cuchillo en la mano.
       —No te acerques a él de frente —dijo Sam—. Si no está muerto, te hará pedazos con las pezuñas. Acércate por detrás y cógele por las astas.
       Así lo hice —tiré hacia atrás de un asta y deslicé el cuchillo de Sam por la garganta tensa—, y Sam se agachó y empapó sus manos en la sangre caliente y las frotó contra mi cara. Luego hizo sonar el cuerno y hubo un alboroto de perros a nuestro alrededor, y Jimbo y Boon Hogganbeck los retiraron de allí una vez que todos ellos hubieron probado la sangre. Luego mi padre y el mayor de Spain, a caballo, y Walter Ewell, con aquel rifle —hacía mucho tiempo que la pátina azulada del cañón se había borrado— que no fallaba nunca, nos miraban: al viejo de setenta años que durante dos generaciones había sido un negro, pero cuyo porte y semblante seguía siendo el de un jefe chickasaw, y al chico blanco de doce años con huellas de manos ensangrentadas en la cara, sin otro afán que mantenerse erguido y evitar que su temblor fuera evidente.
       —¿Se portó como es debido, Sam? —dijo mi padre.
       —Se portó como es debido —dijo Sam Fathers.
       Éramos el chico blanco —no un hombre todavía—, cuyo abuelo había vivido en la misma región y del mismo modo más o menos en que el chico viviría al llegar a la edad adulta, dejando a su vez a sus descendientes en aquella tierra, y el viejo de más de setenta años, cuyos abuelos habían poseído esa tierra mucho antes de que el hombre blanco hubiera puesto los ojos sobre ella, y se habían ya esfumado de ella con todos los de su especie, y su sangre —aquella sangre que dejaron tras ellos y que corría ahora en otra raza, aquella sangre que incluso fue esclava durante un tiempo y que discurría ahora hacia el fin de su ajeno curso— había quedado estéril. Pues Sam Fathers no tenía hijos. Su abuelo fue el propio Ikkemotubbe, que se puso a sí mismo el nombre de Doom. Sam me contó la historia: Ikkemotubbe, hijo de la hermana del viejo Issetibbeha, escapó en su juventud a Nueva Orleans, y siete años más tarde volvió a la plantación, en el norte de Mississippi, con un compañero francés llamado Chevalier Soeur—Blonde de Vitry, que a su vez debía de haber sido el Ikkemotubbe de su familia y que llamaba ya “Du Homme” a Ikkemotubbe, y la esclava que habría de ser la abuela de Sam, y casaca y sombrero con galones de oro y una cesta de mimbre con una camada de cachorros y una tabaquera de oro llena de polvo blanco. Salieron a su encuentro en el río dos o tres compañeros de soltería en su juventud, y a la luz de una tea humeante, que centelleaba sobre los galones dorados de la casaca y el sombrero, Doom sacó de la cesta uno de los cachorros, le puso una pizca de polvo blanco de la tabaquera de oro en la lengua y el cachorro, de inmediato, dejó de ser un cachorro para siempre.
       Al día siguiente, el hijo de ocho años de su primo Moketubbe —jefe hereditario del clan al morir Issetibbeha— murió súbitamente, y aquella tarde Doom, en presencia de Moketubbe y de la mayor parte de los otros (de la Gente, como Sam los llamó siempre), sacó otro cachorro de la cesta y le puso una pizca de polvo blanco en la lengua, y entonces Moketubbe abdicó y Doom se convirtió en efecto en el Hombre, como su amigo francés ya le llamaba de antemano.
       Doom casó a la esclava, embarazada a la sazón, con uno de los esclavos que acababa de heredar —de ahí el nombre de Sam Fathers(1#), pues en chickasaw su nombre fue Tuvo—DosPadres—, y más tarde, hace casi cien años, vendió a ambos y al niño (su propio hijo) a mi bisabuelo.
       Sam había vivido hasta hacía tres años en nuestra granja, que estaba a cuatro millas de Jefferson, aunque de lo único que se ocupó allí siempre fue de los trabajos de herrería y carpintería. Vivía entre negros, en una cabaña entre cabañas, y trataba con negros y se vestía como los negros y hablaba como los negros y de cuando en cuando asistía a una iglesia para negros. Pero, pese a todo ello, seguía siendo el nieto de aquel jefe indio, y los negros lo sabían. También la abuela de Boon Hogganbeck había sido una chickasaw, y aunque a partir de entonces la sangre había sido blanca y Boon era él mismo un hombre blanco, su sangre india no era la de un jefe.
       Podía verse al instante la diferencia cuando se los veía juntos, e incluso Boon parecía saber que existía aquella diferencia; incluso Boon, a quien, siguiendo su tradición, jamás se le había ocurrido pensar que pudiera haber alguien mejor nacido que él mismo. Un hombre podía ser más listo, admitía, o más rico (con más suerte, como él decía), pero no mejor nacido.
       Boon era un mastín, absolutamente fiel a mi padre y al mayor de Spain, de quienes dependía por entero hasta para el propio sustento; era muy valeroso e intrépido, esclavo de todos los apetitos y casi irracional. Era Sam Fathers quien, no sólo ante mi padre sino ante todos los blancos, se comportaba con gravedad y dignidad y sin servilismo, o sin recurrir a aquel muro impenetrable de pronta y fácil risa jubilosa que los negros suelen alzar entre ellos y los blancos; trataba a mi padre no únicamente de hombre a hombre, sino como un hombre de edad trata a otro más joven.
       Él me enseñó lo que aprendí de los bosques, y a cazar, y cuándo debía disparar y cuándo no debía disparar, y cuándo matar y cuándo no matar, y mejor aún, lo que debía hacer luego con las piezas. Solía hablarme, sentados ambos bajo las cercanas y vivas estrellas, sobre la cima de una colina en el estío, mientras esperábamos oír a los perros, que volvían hostigando al zorro rojo o gris, o junto al fuego en los bosques de noviembre o de diciembre, mientras los perros seguían el rastro de un mapache a lo largo del arroyo, o en la negrura de pez y el pesado rocío de las mañanas de abril sin hoguera alguna, apostados bajo la percha donde dormían los pavos, a la espera de la luz del día. Yo no le hacía preguntas; Sam era sordo a las preguntas. Me limitaba a esperar y a escuchar, pues en su momento él empezaría a hablar de los viejos tiempos y de la Gente, a la cual no había conocido y por tanto no podía recordar, y para la que la otra raza cuya sangre corría en él no le había brindado sustituto alguno.
       Y gradualmente, a medida que hablaba de aquellos viejos tiempos y de aquellos hombres esfumados y muertos y pertenecientes a una raza distinta de las que yo conocía, los viejos tiempos dejaban de ser viejos tiempos y se convertían en presente, no sólo como si hubieran tenido lugar ayer sino como si estuvieran teniendo lugar hoy y algunos de ellos no hubieran tenido lugar todavía y fueran a acontecer mañana, de modo que al final me daba la impresión de que ni siquiera yo existía todavía, de que nadie de mi raza ni de la otra raza que trajimos con nosotros a esta tierra había puesto aún pie en ella; de que, aunque hubiera pertenecido a mi abuelo y ahora fuera de mi padre y algún día fuera mía aquella tierra en la que cazábamos y sobre la que ahora descansábamos, nuestro derecho sobre ella era en realidad tan banal e irreal como aquel título arcaico y desvaído que figuraba en uno de los libros de registro de propiedad de la ciudad, y de que allí el huésped era yo, y Sam Fathers el portavoz del anfitrión.
       Hasta hacía tres años habían sido dos: Sam y un chickasaw de pura raza, que en cierto modo resultaba más asombrosamente perdido incluso que el propio Sam Fathers. Se hacía llamar Jobaker, como si su nombre fuera una sola palabra. Nadie conocía nada de su historia. Era un eremita; vivía en una pequeña y mugrienta cabaña situada en la bifurcación del arroyo, a cuatro o cinco millas de nuestra granja y aproximadamente a la misma distancia de cualquier otra morada. Vivía de la caza y de la pesca y no tenía trato con nadie, ni negro ni blanco; ningún negro se atrevía siquiera a cruzarse en su camino, y ningún hombre se atrevía a acercarse a su choza excepto Sam, y yo solía verlos juntos, quizá una vez al mes, en el taller de Sam: los dos viejos, en cuclillas sobre el suelo sucio, hablando en una mezcla de inglés negroide y de dialecto llano de las colinas, en la que de cuando en cuando se deslizaba alguna frase en aquella vieja lengua que yo, a medida que pasaba el tiempo y seguía sentándome con ellos a escucharles, empezaba a aprender. Luego Jobaker murió. Es decir, nadie lo vio durante un tiempo.
       Entonces una mañana, Sam Fathers desapareció también; ninguno de los negros sabía dónde ni cuándo, hasta aquella noche en que unos negros que cazaban zarigüeyas vieron las súbitas llamaradas y se acercaron. Era la choza de Joe Baker, pero antes de que pudieran aproximarse a ella alguien disparó contra ellos. Era Sam.
       Nadie logró encontrar nunca a Joe Baker.
       Dos días después, Sam bajó a la ciudad a pie y entró en la oficina de mi padre. Yo estaba allí; entró sin llamar y se quedó de pie delante de mi padre, él, el indio, con aquel rostro indio pese a sus ropas de negro.
       —Quiero irme —dijo—. Quiero irme a vivir al gran valle.
       —¿A vivir? —dijo mi padre.
       —Puede arreglarlo con el mayor de Spain —dijo Sam—. Podría vivir en el campamento y mantenerlo listo para cuando vayan ustedes. O construirme yo mismo una casita.
       Ambos se miraron durante unos instantes. Al cabo mi padre dijo: —De acuerdo. Yo lo arreglaré.
       Y Sam se fue. Y eso fue todo.
       Yo tenía nueve años entonces; me parecía perfectamente natural el que nadie, ni siquiera mi padre, discutiera con Sam, del mismo modo que yo no hubiera osado hacerlo. Pero no podía entender por qué Sam actuaba así.
       —Si Joe Baker ha muerto, como dicen —dije—, y a Sam ya no le queda nadie de su raza, ¿por qué quiere irse al gran valle, donde nunca podrá ver a nadie más que a nosotros, y sólo unos pocos días, cuando vayamos a cazar en otoño?
       Mi padre me miró. No con ojos curiosos, sino pensativos. Entonces no me di cuenta. No recordé aquella mirada hasta más tarde. Luego dejó de mirarme.
       —Tal vez sea eso lo que quiere —dijo.
       Así que Sam se fue. Poseía tan poco que pudo llevárselo consigo. Y a pie. No permitió que mi padre hiciera que le llevaran en carro, no quiso llevarse ninguna mula. Simplemente se fue una mañana. La cabaña, en la que había vivido durante años y en la que no había sin embargo muchas cosas, quedó vacía; el taller, en el que nunca había habido gran actividad, quedó ocioso. En noviembre, año tras año, viajábamos al gran valle, al campamento; el mayor de Spain y mi padre y Walter Ewell y Boon y tío Ike McCaslin y dos o tres personas más, con Jimbo y tío Ash de cocineros, y los perros. Y allí estaba Sam; nunca dejó traslucir si se alegraba de vernos; nunca dejó traslucir si le apenaba vernos marchar. Iba conmigo cada mañana hasta mi puesto, antes de que soltaran a los perros. Mi emplazamiento era de los peores, naturalmente, pues yo tenía sólo nueve y diez y once años y nunca había visto siquiera un ciervo a la carrera. Y allí nos apostábamos; Sam un poco más atrás y desarmado, igual que cuando, a los ocho años, disparé a aquel conejo que corría. Solíamos quedarnos allí, en los amaneceres de noviembre, y al cabo de un rato oíamos a los perros. A veces llegaban raudos y pasaban de largo, muy cerca, fragorosos e invisibles; en cierta ocasión oímos los cinco pesados estampidos de la vieja escopeta de repetición de Boon, con la que jamás había matado nada mayor que un conejo o una ardilla —sorprendidos en reposo—, y en otra, desde nuestro puesto, oímos dos veces el estampido seco y sin reverberación del rifle de Walter Ewell, y entonces no era necesario esperar a oír su cuerno, pues no fallaba jamás.
       —Nunca conseguiré un buen disparo —decía yo—. Nunca conseguiré matar ninguna pieza.
       —Sí, lo lograrás —decía Sam—. Debes esperar. Llegarás a ser un cazador. Llegarás a ser un hombre.
       Y lo dejábamos allí. Solía venir hasta el camino, donde nos esperaba el coche, para volver solo al campamento con los caballos y las mulas; como Sam vivía en el campamento de forma permanente, mi padre y el mayor de Spain dejaban allí los caballos y los perros. Ellos solían adelantarnos a caballo, y tío Ash y Jimbo y yo íbamos con Sam en el carro, con las camas de campaña y la carne y las cabezas y las astas, las mejores astas.
       El carro serpeaba por entre los imponentes gomeros y cipreses y robles, en donde jamás había retumbado el hacha, y las impenetrables marañas de caña y brezo, murallas ambas cambiantes aunque inmutables, allende las cuales, no muy distante, la inmensidad salvaje parecía inclinarse, encorvándose un poco, para mirarnos y escuchar, no con hostilidad manifiesta, puesto que éramos demasiado insignificantes y nuestra estancia allí demasiado breve e inofensiva para concitar enemistad, sino tan sólo cerniéndose, oculta y casi indiferente. Luego emergíamos, dejábamos la espesura a nuestra espalda, y la línea de separación resultaba tan marcada como un muro con portón.
       Súbitamente, a ambos lados, se extendían esquilmados campos de algodón y de maíz, desolados e inmóviles bajo la lluvia gris; habría una casa también, y establos, donde la mano del hombre arañó en un tiempo fugazmente, manteniéndolos en pie. El muro de espesura quedaba a nuestra espalda, imponente y quieto y en apariencia impenetrable a la luz apagada y gris. El coche estaría esperándonos, y junto a él, ya pie en tierra, mi padre y el mayor de Spain y tío Ike. Entonces Sam se bajaba del carro y montaba uno de los caballos y se volvía atrás, con las demás monturas atadas en hilera a su espalda. Yo solía mirarlo unos instantes, recortado sobre el muro alto y arcano, haciéndose más pequeño por momentos. Él no miraba atrás. Y al fin se adentraba en él, retornando a lo que constituía —según creía yo, y pienso que también mi padre— su aislamiento y su soledad.
       Así, el momento había llegado; apreté el gatillo y dejé de ser un niño para siempre y me convertí en un cazador y en un hombre. Era el último día. Levantamos el campamento aquella tarde, y partimos; mi padre y el mayor de Spain y el tío Ike y Boon montando los caballos y las mulas, y Walter Ewell y el viejo Ash y Jimbo y yo con Sam en el carro, con el equipaje y la piel y las astas de mi ciervo. Podría haber habido otros trofeos en el carro, pero yo no habría reparado en ellos, pues para mí era prácticamente como si Sam y yo siguiéramos solos y juntos en mi puesto, como aquella mañana. El carro serpeaba zarandeándose entre aquellos muros cambiantes e inmutables, más allá de los cuales la inmensidad salvaje nos miraba al pasar, lejos de ser hostiles ya, nunca ya hostiles desde que mi ciervo seguía saltando y saltaba para siempre, mientras los trémulos cañones de mi escopeta cada vez más firmes, firmes para siempre al fin, retumbaban; y el instante en que el ciervo, pese a ser su instante mortal, saltó, ya para siempre inmortal, y el disparo y Sam Fathers y yo y la sangre con la que me había marcado para siempre éramos uno en la inmensidad salvaje, que al fin me había aceptado porque Sam había dicho que me había portado como debía.
       El carro seguía su curso serpenteante cuando, de pronto, Sam lo detuvo y todos pudimos oír el inconfundible e inolvidable ruido que hace un ciervo al salir al descubierto.
       Entonces Boon gritó desde más allá del recodo del sendero; mientras permanecíamos quietos en el carro parado, y Walter y yo tratábamos de alcanzar las escopetas, Boon volvía al galope por el sendero, azotando a la mula con el sombrero y gritándonos con la cara desencajada y llena de estupor. Luego aparecieron por el recodo mi padre y los demás.
       —¡Coged a los perros! —gritaba Boon—. ¡Coged a los perros! ¡Aunque tuviera sólo un asta, tendría catorce puntas! ¡Estaba allí mismo, en aquel bosquecillo de papayos! ¡Si llego a saberlo, le habría cortado el cuello con mi navaja!
       —A lo mejor por eso salió corriendo —dijo Walter—. Vio que no llevabas escopeta.
       Walter se había bajado ya del carro con su rifle. Luego me bajé yo con mi escopeta, y mi padre y el mayor de Spain y tío Ike acababan de llegar y Boon se bajó de la mula como pudo y se puso a hurgar entre el equipaje en busca de su escopeta, mientras seguía gritando:
       —¡Los perros! ¡Los perros!
       Y también a mí me pareció que iban a tardar toda una eternidad en decidir qué hacer: ellos, los viejos en cuyas venas la sangre discurría lenta y fría, en quienes la sangre, en el curso de los años que nos separaban, se había vuelto una sustancia diferente y más fría que la mía, e incluso que la de Boon y Walter.
       —¿Qué dices tú, Sam? —dijo mi padre—. ¿Podrán los perros hacer que vuelva?
       —No necesitamos a los perros —dijo Sam—. Si no oye a los perros tras él, dará un rodeo y hacia la puesta del sol volverá aquí para dormir.
       —Muy bien —dijo el mayor de Spain—. Vosotros, muchachos, coged los caballos. Nosotros seguiremos en el carro hasta el camino y nos quedaremos esperando.
       Así que mi padre y el mayor y tío Ike subieron al carro, y Boon y Walter y Sam y yo montamos en los caballos y dimos la vuelta y salimos del sendero. Cabalgamos durante aproximadamente una hora en la tarde gris e indistinta, cuya luz no era muy diferente de la del amanecer y se convertiría en oscuridad bruscamente, sin estadios intermedios. Entonces Sam hizo que nos detuviéramos.
       —Nos hemos alejado ya lo suficiente —dijo—. Vendrá en dirección contraria al viento, y le disgusta el olor de las mulas.
       Desmontamos, pues, y atamos a las mulas y seguimos a pie a Sam en la tarde indistinta, por los bosques sin sendas.
       —Tienes tiempo —me dijo Sam en cierto momento—. Llegaremos antes que él. Así que traté de ir más despacio.
       Es decir, traté de aminorar, de hacer más lenta la vertiginosa precipitación del tiempo, de aquel tiempo en el que el ciervo que ni siquiera había visto estaba moviéndose, de aquel tiempo que —según me parecía— lo estaba alejando más y más y cada vez más irremediablemente de nosotros, pese a que ningún perro lo hacía huir a la carrera todavía. Seguimos caminando; me pareció que caminamos por espacio de una hora.
       De pronto, estábamos sobre la ladera de un cerro. Nunca había estado allí, tampoco podía ver el cerro; lo único que sabía era que el terreno se había elevado ligeramente, pues la maleza se había espaciado un tanto y el suelo que no podía verse ascendía hacia una tupida urdimbre de cañas.
       —Aquí es —dijo Sam—. Seguid el cerro y llegaréis a dos cruces. Ya veis las huellas.
       Boon y Walter siguieron adelante.
       Pronto desaparecieron de nuestra vista, y una vez más Sam y yo nos quedamos inmóviles contra el tronco de un roble de los pantanos, entre unos matorrales semejantes a mechones, y de nuevo, como a la mañana, no hubo nada.
       Había la alta y melancólica soledad, a la luz mortecina; había el leve susurro de la tenue y fría lluvia que no había cesado en todo el día; entonces, como si hubiera estado esperando a que nos apostáramos y permaneciéramos inmóviles, la inmensidad salvaje volvió a respirar.
       Parecía inclinarse sobre sí misma, por encima de nuestras cabezas, por encima de Walter y de Boon, de mí y de Sam, ocultos en nuestros respectivos escondites, tremenda y alerta e imparcial y omnisciente, mientras el ciervo se movía dentro de ella en alguna parte, sin lanzarse a la carrera, pues no había sido perseguido, ni temeroso ni temible sino sólo alerta, como nosotros, tal vez ya dando un rodeo, tal vez muy cerca, consciente también de la mirada del Árbitro inveterado e inmortal. Porque yo tenía tan sólo doce años y algo me había sucedido aquella mañana: en menos de un segundo había dejado para siempre de ser el niño que había sido hasta ayer.
       O acaso aquello no importaba; acaso ni siquiera un hombre urbano —y menos aún un niño— habría podido comprenderlo; acaso únicamente quienes crecen en el campo lleguen a entender el amor por la vida que derraman. Empecé otra vez a temblar.
       —Me alegro de que el temblor me empiece ahora —susurré—. Así se me habrá pasado cuando levante la escopeta...
       —Calla —dijo Sam.
       —¿Tan cerca está? —susurré. No nos movíamos al hablar: sólo nuestros labios daban forma a las expirantes palabras—. ¿Crees que...?
       —Silencio —dijo Sam.
       Así que me callé. Pero no pude reprimir el temblor. No traté de hacerlo, pues sabía que cesaría cuando precisara la firmeza, ya que Sam Fathers había hecho de mí un cazador.
       Permanecimos allí inmóviles, respirando apenas. Pronto caería el sol, si es que aquel día había habido alguno. Hubo una condensación, una densificación de lo que en un principio consideré la luz constante y gris, hasta que caí en la cuenta de que era mi propia respiración, mi corazón, mi sangre... algo, y de que Sam me había marcado realmente con algo que conservaba de su pueblo desaparecido y olvidado. Entonces dejé de respirar, y quedó sólo mi corazón, mi sangre, y en el silencio que siguió, la inmensidad salvaje dejó de respirar también, inclinándose, agachándose en lo alto, con el aliento contenido, tremenda e imparcial y a la espera. Entonces el temblor cesó como ya sabía que sucedería, y quité el seguro de la escopeta.
       Entonces aquello pasó. Terminó.
       La soledad no volvió a respirar; había dejado de mirarme, simplemente, y miraba hacia otra parte, y yo sabía, tan bien como si lo hubiera visto, que el ciervo había llegado hasta el borde del cañaveral y que, al vernos u olfatearnos, había vuelto a internarse en él. Pero la soledad seguía sin respirar, se limitaba a mirar hacia alguna otra parte. Así que no me moví, y entonces, un segundo después de caer en la cuenta de lo que estaba esperando oír, lo oímos: el seco y único estampido del rifle de Walter Ewell, tras el cual no había que esperar el sonido del cuerno. Luego el sonido del cuerno nos llegó ladera abajo, y también de mi interior escapó algo y entonces supe que nunca había creído realmente que fuera a conseguir aquel disparo.
       —Parece que ya está —dije—. Walter lo atrapó.
       Me disponía ya a salir de la maleza, con la escopeta desplazada al frente y el pulgar otra vez sobre el seguro, cuando Sam dijo:
       —Espera.
       Y recuerdo que me volví a él, con la crueldad que da a un muchacho el pesar por la oportunidad perdida, por la fortuna perdida, y le dije:
       —¿Que espere? ¿A qué? ¿No has oído el cuerno?
       Y recuerdo cómo estaba Sam. No se había movido. No era alto, era más bien ancho y achaparrado; yo había crecido mucho en aquel último año y no había gran diferencia de estatura entre nosotros, y sin embargo Sam estaba mirando por encima de mi cabeza.
       Estaba mirando más allá de mí, hacia lo alto del cerro, de donde provenía el sonido del cuerno de Walter, y a mí no me veía. Simplemente sabía que estaba allí, pero no me veía. Y entonces vi al ciervo. Bajaba por el cerro; era como si saliera del sonido mismo del cuerno que anunciaba su muerte. No corría; caminaba, imponente y pausado, inclinando y ladeando la cabeza para hacer pasar las astas a través de la maleza, y yo permanecía allí, ahora con Sam a mi lado y no detrás, como siempre había estado, y mi escopeta, el arma que sabía que no iba a usar, estaba ya alzada hacia delante y sin seguro.
       Entonces nos vio. Y sin embargo no emprendió la huida. Se paró un instante, más alto que cualquier hombre, mirándonos; luego templó, aprestó los músculos. Ni siquiera modificó su rumbo, no huyó, no corrió siquiera; se puso en movimiento con esa soltura alada y sin esfuerzo de los ciervos, y pasó a menos de veinte pies de nosotros con la cabeza alta y la mirada sin orgullo ni altivez, sino abierta y salvaje y sin miedo, y Sam, a mi lado, estaba con el brazo derecho en alto y la palma hacia el frente, hablando en aquella lengua que yo había aprendido de escucharla en boca de él y Joe Baker, mientras el cuerno de Walter, allá en la cima, seguía sonando, convocándonos a festejar la muerte de un ciervo.
       —Salud, Jefe —dijo Sam—. Abuelo.
       Cuando llegamos arriba, Walter estaba de espaldas a nosotros, mirando al ciervo que yacía a sus pies. No alzó la vista siquiera.
       —Ven aquí, Sam —dijo quedamente.
       Nos acercamos a él, y tampoco alzó la vista; siguió de pie, mirando el pequeño ciervo de astas primarias que en la primavera pasada habría sido apenas un cervato—. Era tan pequeño que estuve a punto de dejarle escapar —dijo—. Pero mira las huellas que ha ido dejando. Son casi tan grandes como las de una vaca. Si al lado de estas huellas que llegan hasta él hubiera otras, juraría que hubo otro ciervo que no llegué a ver.
       Cuando llegamos al camino donde nos esperaba el coche había oscurecido.
       Empezaba a hacer frío, la lluvia había cesado, el cielo se iba despejando paulatinamente. Mi padre y el mayor de Spain y tío Ike habían encendido un fuego.
       —¿Lo cazasteis? —dijo mi padre.
       —Hemos cazado un conejo de los pantanos de buen tamaño y con astas primerizas —dijo Walter, descolgando de su mula el pequeño ciervo.
       —¿Ninguno de vosotros ha visto al grande? —dijo mi padre.
       —No creo siquiera que lo viera Boon —dijo Walter—. Puede que tropezara con una vaca perdida y la confundiera con un ciervo.
       Entonces Boon estalló en maldiciones; maldijo, para empezar, a Walter y a Sam por no llevarse a los perros, y luego al ciervo y finalmente contra todo.
       —No importa —dijo mi padre—. Lo tendremos aquí esperándonos el otoño que viene. Será mejor que salgamos para casa ahora mismo.
       Era pasada la medianoche cuando dejamos a Walter a la puerta de su casa, a dos millas de la ciudad, y bastante más tarde cuando hicimos lo mismo con el mayor de Spain y tío Ike en casa del mayor. Hacía frío; el cielo estaba despejado; para la salida del sol habría caído una intensa helada; bajo los cascos de los caballos y bajo las ruedas se había ya formado hielo en el terreno. Yo no había dormido gran cosa, sólo un poco, y no a causa del frío. Pero de pronto le estaba contando a mi padre todo aquello, mientras el coche rodaba hacia nuestra casa sobre el suelo helado y los caballos, ante la proximidad del establo, volvían a emprender el trote. Mi padre me escuchó en absoluto silencio.
       —¿Por qué no? —dijo—. Piensa en todo lo que ha sucedido aquí, en esta tierra. En toda la sangre ardiente y violenta y fuerte que ha perseguido la vida, el placer. También pasaron pesadumbre y sufrimiento, naturalmente, pero en cualquier caso sacando siempre algo de todo ello, mucho, porque en última instancia uno no tiene por qué seguir soportando aquello que considera sufrimiento, pues siempre puede poner fin a tales situaciones. E incluso el sufrimiento y la pesadumbre son mejores que nada; no hay nada peor que no estar vivo. Pero uno no puede vivir eternamente, uno siempre consume la vida antes de agotar todas las posibilidades de vivir. Y todo ello debe estar en alguna parte; la tierra es poco profunda; al cavar en ella pronto se llega a la roca. Y ni siquiera ella quiere retener en su seno a las cosas. Mira las simientes, las bellotas, mira lo que sucede con la carroña cuando uno trata de enterrarla: también ella se niega, también ella hierve y pugna hasta salir de nuevo al aire y a la luz, aún ávida del sol. Y ellos... —levantó la mano un instante hacia el cielo, donde brillaban las estrellas, bruñidas y heladas—, ellos no quieren eso, no lo necesitan. Además, ¿qué es lo que podría él buscar, vagando por aquellos parajes, cuando nunca tuvo tiempo suficiente para hacerlo por toda la tierra en vida, cuando hay multitud de lugares en la tierra, multitud de lugares aún idénticos a los de entonces, cuando, siendo él aún de carne y hueso, la sangre era gozada y consumida?
       —Pero nosotros deseamos su presencia —dije yo—. Queremos que sigan entre nosotros. Hay sitio para ellos.
       —De acuerdo —dijo mi padre—. Pero supón que carecen de sustancia, que no pueden proyectar sombra.
       —¡Pero yo lo vi! —grité—. ¡Lo vi!
       —Calma —dijo mi padre. Dejó que su mano descansara un instante sobre mi rodilla—. Calma. Sé que lo viste.
       También yo lo vi. Sam me llevó una vez allí después de matar mi primer ciervo.



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