William Faulkner
(1897-1962)


El fuego y el hogar
(“The Fire and the Hearth”)
Cap. 1, sec. 1: Originalmente publicado como “A Point of Law” (Collier’s Magazine, junio 1940)
Cap. 2: Originalmente publicado, como “Gold Is Not Always” (The Atlantic Monthly, noviembre 1940)
Cap. 3: “An Absolution” (luego titulado “Apotheosis”), nunca se publicó en su forma original
Go Down, Moses, And Other Stories (1942)


CAPITULO I

1

      En primer lugar, a fin de prevenirse de George Wilkins de una vez y para siempre, tenía que ocultar su propio alambique. Y no solamente esto, tenía que hacerlo él solo —desmontarlo de noche y transportarlo sin ayuda de nadie a algún sitio apartado, bastante lejos y oculto para eludir el subsiguiente alboroto y conmoción—, y esconderlo allí. Era esta perspectiva la que le había enfurecido, sintiendo anticipadamente el cansancio físico y el agotamiento que tendría después de aquella noche. No era la momentánea interrupción de sus negocios; su comercio ya fue intervenido otra vez, unos cinco años antes, y él afrontó aquella crisis tan rápida y eficazmente como estaba afrontando la presente y desde aquella vez ese otro competidor —cuyo ejemplo George Wilkins hubiera seguido, probablemente, siempre que Carothers Edmonds fuese tan exactamente informado acerca de sus intenciones como afirmaba estarlo acerca de su cuenta en el Banco— se encontraba arando y cortando y recogiendo algodón que no era suyo en la granja del penal de Parchman.
       Y no era la pérdida de la ganancia que aquella interrupción llevaba consigo. Tenía sesenta y siete años y mucho dinero en el Banco, más de lo que hubiera podido gastar, más que el mismo Carothers Edmonds cuando trataba de conseguir en el economato algún suplemento en forma de dinero o en productos. El hecho era que tenía que hacerlo todo él solo, sin ayuda de nadie; debía volver al campo después dé una larga jomada en plena estación de siembra, e ir al establo y dar de comer a las mulas de Edmonds, y comer también él y luego enganchar su yegua al carro y hacer tres millas hacia donde estaba el alambique y desmontarlo a tientas en la oscuridad y llevarlo durante otra milla al mejor sitio que se le ocurriese donde pareciese razonable estuviese fuera de peligro después de que estallase el escándalo, y volver a casa, tras lo cual la noche habría ya transcurrido por entero, y no valdría la pena irse a dormir antes de volver al trabajo en el campo hasta que llegase el momento de decirle a Edmonds aquella palabra; todo esto solo y sin ayuda, porque las dos únicas personas de las que hubiera podido, razonable y lógicamente, no sólo esperar ayuda sino pedírsela, le: estaban completamente vedadas: su mujer, que era demasiado vieja y débil, atraque él hubiera podido fiarse no de su fidelidad sino de su discreción; y en cuanto a su hija, sólo darle una idea de lo que él pensaba hacer hubiera sido como pedirle a George Wilkins que le ayudase a esconder el alambique. No es que personalmente tuviese nada contra George, a pesar del trabajo físico y mental al que debía someterse en vez de estar en su casa durmiendo en su cama. Si George se hubiese limitado a cultivar la tierra que Edmonds le había asignado, él hubiera casado a Nat con George antes que con ningún otro, antes que con cualquiera de los negros que él conocía. Pero no iba a permitir a George Wilkins ni a ningún otro que fuera no sólo adonde él había vivido durante casi setenta años, sino al mismo sitio donde había nacido, a hacerle la competencia en un negocio que él había fundado y cultivado tan cuidadosa y discretamente durante veinte años, desde que lo había encendido en broma por primera vez a menos de una milla de la puerta de la encina de Zack Edmonds; ocultamente, claro, ya que no era necesario que nadie le dijese lo que Zack Edmonds o su hijo Carothers (o, para el caso, también el viejo Cass Edmonds) hubieran hecho si hubiesen descubierto aquello. No tenía miedo de que George pudiese perjudicarle en su comercio, ni con su antigua y habitual clientela, con el sucio brebaje que George empezó a fabricar hacía unos dos meses, y al que llamaba whisky. Pero George Wilkins era un idiota imprudente, al que tarde o temprano descubrirían, después de lo cual por lo menos durante diez años tras cada arbusto de la propiedad de Edmonds se agazaparía todas las noches un agente de policía, desde la puesta a la salida del sol. Y él no sólo no quería a un idiota por yerno, sino que no deseaba tener a un idiota viviendo en el mismo sitio donde él vivía. Si George debía ir a la cárcel para solucionar este estado de cosas, el asunto estaba entre George y Roth Edmonds.
       Pero ya estaba casi terminado. Otra hora más o menos y estaría de vuelta en su casa, podría dormir un poco en lo que quedaba de noche antes de que fuese la hora de volver al campamento y estar allí todo el día hasta que llegase el momento de hablar con Edmonds. Probablemente entonces se le habría pasado la rabia y sólo tendría que luchar contra el cansancio. Pero era su campo, aunque él no fuese el propietario ni desease ni tuviese necesidad de serlo. Él lo había cultivado durante cuarenta y cinco años, antes aun de que Carothers Edmonds hubiese nacido, y había arado y sembrado y trabajado cuándo y cómo le parecía (o incluso podía no hacerlo, podía estarse sentado durante toda la mañana en la galería mirándolo y pensando si sería ése el trabajo que le gustaría hacer), y Edmonds iba con su yegua unas tres veces a la semana a dar un vistazo al campo, y quizá una vez en la temporada se detenía lo bastante para darle un consejo sobre cosas que él ignoraba completamente, haciendo caso omiso no sólo al consejo sino incluso a la misma voz que se lo daba, como si el otro no hubiese hablado, tras lo que Edmonds volvía a montar y él continuaba con lo que estaba haciendo, el incidente ya olvidado, condonado y perdonado, satisfechos el tiempo y la necesidad. Así el día pasaría al fin. Entonces él se acercaría a Edmonds y le diría aquella palabra y sería como dejar caer una moneda en una máquina automática y apretar la palanca: entonces todo lo que tendría que hacer sería observarlo.
       Aun en la oscuridad sabía exactamente a dónde tenía que ir. Había nacido en aquella tierra, veinticinco años antes que Edmonds que ahora era el propietario. La había trabajado desde que fue lo bastante grande para mantener derecho el arado; y la recorrió palmo a palmo, yendo de caza durante toda la infancia y la juventud y la edad viril, hasta que dejó de ir a cazar no porque no pudiese ir de caza durante todo el día y toda la noche, sino porque sentía que perseguir conejos y ardillas para comer no era muy compatible con su posición, no sólo de hombre más anciano, sino de criatura viva más antigua de la plantación de Edmonds, el más viejo de los descendientes de McCaslin, aunque a los ojos del mundo él no descendiese de McCaslin sino de los esclavos de McCaslin, casi tan viejo como el viejo Isaac McCaslin que vivía en la ciudad, manteniéndose con lo que Roth Edmonds quisiera darle, y que hubiera sido propietario de aquella tierra y de todo lo que contenía sí sus justos derechos hubieran sido conocidos, si la gente hubiese sabido cómo el viejo Cass Edmonds, el abuelo del actual, le privó de su patrimonio; casi tan viejo como el viejo Isaac, casi, al igual que el viejo Isaac, contemporáneo de los viejos Buck y Buddy McCaslin, que habían vivido cuando su padre. Carothers McCaslin, consiguió la tierra de los indios en los viejos tiempos, cuando los negros y los blancos eran hombres.
       Se hallaba en el fondo del torrente. Era bastante extraño, la visibilidad parecía haber aumentado, como si las sombrías y espesas filas de los cipreses y los sauces y zarzas, en vez de intensificar la oscuridad, la hubiesen solidificado en la materia compacta de los troncos y las ramas, dejando libre el aire, el espacio, liberándolo y aclarándolo, y en comparación penetrable a la vista, al menos a la de la yegua, permitiendo a ésta ver adelante y atrás entre los troncos y los intransitables matorrales. Entonces vio el sitio que buscaba —un montecíllo casi simétrico de aplastada cima, que brotaba sin ninguna razón del fondo liso del valle. Los blancos lo llamaban un baluarte indio. Un día, hacía cinco o seis años, un grupo de blancos, incluso dos mujeres, la mayoría de ellos con gafas y todos con trajes caquis que, evidentemente, se hallaban veinticuatro horas antes muy doblados en los estantes de una tienda, fueron con picos y palas y tinajas y redomas de insecticidas y pasaron el día cavando por allí, mientras la mayor parte de la gente, hombres, mujeres y niños, iban a cada momento durante el día y los observaban en silencio; más tarde— no más de dos o tres días en realidad —él había recordado casi con un espantado asombro la fría y desdeñosa curiosidad con que él mismo los observara.
       Pero esto vendría después. Ahora simplemente estaba ocupado. No podía ver la esfera de su reloj, pero sabía que era casi medianoche. Detuvo el carro cerca del monte y descargó el alambique —la caldera de cobre que le había costado tanto que aún hoy prefería no pensar en ello a pesar del desprecio que toda su vida había sentido por las cosas de calidad inferior— y el serpentín y el pico y la pala. El lugar elegido era una ligera prominencia en un lado del monte; en cierto sentido una parte de la zanja estaba ya cavada por él, necesitando sólo ser un poco ensanchada, la tierra cedía fácilmente bajo el invisible pico y refluía con un tenue murmullo sobre la pala invisible, hasta que la zanja fue bastante profunda para contener el caldero y el serpentín, cuando —y era probablemente sólo un suspiro pero a él le resonó tan ruidosamente como una avalancha, como si todo el monte se hubiera volcado hacia él— todo el saliente se derrumbó. Retembló sobre la caldera vacía, cubriéndola así como al serpentín, y bullendo alrededor de sus pies y, cuando él saltó hacia atrás y resbaló y cayó, alrededor de su cuerpo también, llenándole de terrones y basuras, golpeándole por último con algo más grande que un terrón que le dio justamente en la cara —un golpe no malo sino simplemente pesado, una especie de última admonición cariñosa de los espíritus de las sombras y la soledad, de la vieja tierra, quizá de los mismos antepasados.
       Sentándose, recobrando al fin el aliento, jadeando y mirando la línea aparentemente inalterada del monte que parecía perfilarse suspendida encima de él, en una larga y ruidosa ola de silencio como una explosión de risa sarcástica y prolongada, sus manos encontraron el objeto que le golpeó y en la sombría oscuridad reconoció en él un fragmento de una vasija de barro que, entera, debió haber sido tan grande como un odre y cuando él lo levantó se deshizo de nuevo y dejó en la palma de su mano, como si hubiese ido a llevársela, una moneda.
       No hubiera podido decir cómo supo que era de oro. Pero no tuvo necesidad de encender un fósforo. No se atrevía a alumbrar, y con el cerebro que le hervía por todos los relatos de tesoros enterrados que había escuchado o de los que tenía noticia, en las siguientes cinco horas se arrastró con manos y rodillas por entre la tierra removida, buscando entre los escombros, completamente sucio, casi grano a grano, deteniéndose de vez en cuando calculando por las estrellas cuánto quedaba de la rápida y fugaz noche de primavera, entonces sondeando de nuevo en la árida e insensata tierra que había bostezado por un instante y le había permitido dar una rápida y cegadora mirada sobre lo absoluto, volviendo a cerrarse.
       Cuando el oriente empezó a palidecer, se detuvo y se irguió, de rodillas, estirando sus entumecidos y doloridos músculos, hasta adoptar, por primera vez después de la medianoche, una postura que se acercaba a la erecta. No había encontrado nada más. Ni siquiera otros fragmentos del odre o dé la olla. Eso quería decir que los trozos restantes podían estar esparcidos por cualquier sitio debajo de la cueva. Hubiera debido extraer moneda por moneda, con pico y pala. Eso requería tiempo, pero más que nada soledad. Era indudable que no debía haber la más remota posibilidad de alguaciles ni de representantes de la ley que humearan por allí en busca de destilerías de whisky. Por eso George Wilkins fue perdonado sin conocer su suerte, precisamente, como estuvo en peligro sin conocer su riesgo. Por un momento, recordando el tremendo poder que hacía tres horas lo empujó de espaldas sin siquiera tocarle, incluso pensaba en tomar a George en sociedad, con una participación menor basada en la excavación; naturalmente, no sólo para hacer el trabajo sino como una especie de justicia, saldo, homenaje a la Suerte y la Fortuna, ya que si no hubiera sido por George, él no hubiera hallado la moneda. Pero descartó esto antes de que tuviera tiempo de convertirse en idea. Él, Lucas Beauchamp, el más viejo de los descendientes vivos de los McCaslin que aún existían en la tierra heredada, que en la actualidad recordaba al viejo Buck y al viejo Buddy cuando estaban en vida, más viejo que Zack Edmonds, aunque Zack estuviera aún vivo, casi tan viejo como el viejo Isaac quien, en cierto sentido, dígase lo que se quiera, había apostatado de su nombre y linaje por debilidad, abandonando la tierra que era legalmente suya para vivir en la ciudad de la caridad de su sobrino nieto —él, dividir un ápice, un penique del dinero que los viejos Buck y Buddy enterraron hacía casi cien años, con un intruso sin freno y salido de quien sabe dónde y cuyo verdadero nombre veinticinco años antes era desconocido en el país— un torpe bufón que no pudo aprender cómo se hace el whisky, y que no sólo trató de interponerse y hacer peligrar sus negocios y arruinar su familia, sino que le hizo pasar una semana de furiosa ansiedad y rabia exasperada, culminando en aquella noche —o la última noche— y no acabada aún, ya que todavía tenía que esconder el serpentín y la caldera. Nunca. Que George tomase como recompensa el hecho de no tener que ir a la penitenciaría, donde Roth Edmonds le hubiera mandado probablemente aunque no lo hiciera la ley.
       La luz había aumentado y ya podía ver. El alud había tapado el alambique. Bastaría con unas cuantas ramas amontonadas para que la tierra no fuese demasiado visible para quien pasara casualmente. Se puso en pie. Pero no podía estar completamente derecho. Con una mano oprimiéndose la espalda, y un poco agachado, empezó a andar rígido y dolorido hacía un grupo de álamos a unos cincuenta pies de distancia, cuando algo cruzó huyendo allí dentro o más allá y continuó precipitadamente, debilitándose el sonido que ya empezaba a desvanecerse a lo lejos hacia la linde del bosque, mientras él permanecía quieto durante unos diez segundos, con la boca abierta en un gesto de estupor e incredulidad, la cabeza vuelta como siguiendo la invisible carrera. Luego giró rápidamente y dio un salto, no hacía el ruido sino corriendo paralelo a él, saltando con increíble agilidad y velocidad entre los árboles y la maleza, saliendo del bosque a tiempo para ver, a la débil luz de la aurora creciente, la presa que huía como un ciervo a través de un campo y penetraba en el bosque siguiendo aún envuelto en la noche.
       Él sabía quién era, aun antes de volver al matorral de dónde había surgido, y de permanecer mirando la huella que la hija imprimió en el fondo, conociendo aquella huella como hubiera conocido la de su yegua o su perro, y estuvo sobre ella, mirándola durante un rato sin verla en absoluto. Así pues era eso. En cierto modo, hasta simplificaba las cosas. Aunque hubiese habido tiempo (una hora más, y en cada campo a lo largo del valle habría un negro y una mula), aunque podía llegar a borrar todo rastro y señal de las removidas tierras cerca del monte, no sería conveniente llevar el alambique a otro escondite. Porque cuando fueran al monte a cavar, no sólo debían encontrar algo, sino que debían encontrarlo en seguida, inmediatamente, y algo cuyo descubrimiento y exhumación pudiera hacerles desistir e irse —esto es, enterrado sólo en parte y con suficiente hojarasca delante para que ellos no necesitaran ayuda sino que lo encontraran aun antes de que consiguieran remover completamente la hojarasca— porque era un asunto claro, admitido, nada de controversias, nada de discusiones. George Wilkins debía irse. Debía ponerse en camino antes de que pasase otra noche.


2

       Echó hacia atrás la silla de la mesa donde había cenado y se levantó. Dio una sola ojeada, no airada sino fría, a la impenetrable y ceñuda cara de su hija. Pero no dirigió la palabra directamente a ella ni a su mujer. Podía hablar a cualquiera de ellas, o a ambas o a ninguna:
       —Voy camino abajo.
       —¿Adónde vas a estas horas de la noche? —dijo su mujer—. Volviste a casa justo a la hora de levantarse y volviste al campo una hora después de amanecer. Necesitas descansar si vas a arar ese pedazo de tierra como el señor Roth…
       Entonces ya él estaba fuera de casa y no tuvo necesidad de oírla más. Era noche de nuevo. El fangoso camino se deslizaba descolorido y oscuro bajo el cielo sin luna de la estación de la siembra. Luego se extendía a lo largo del campo que él tenía que preparar para plantar su algodón, cuando la chotacabra empezase a cantar. Si no hubiera sido por George Wilkins lo tendría ya roturado y preparado y dispuesto. Pero eso estaba casi terminado. Diez minutos más y sería como dejar caer una moneda dentro de la ranura de una máquina, no para que se desparramase una lluvia de oro a su alrededor, él no pedía eso, no lo necesitaba; él mismo se ocuparía de la olla, si le daban la paz y la soledad que le eran necesarias. Ya que el trabajo, aun de noche y sin ayuda, aunque tuviera que remover medio monte, no le molestaba. Sólo tenía sesenta y siete años, y era un hombre mucho mejor que muchos que tenían la mitad de su edad; diez años más joven y hubiera podido hacer ambos trabajos, el de noche y el de día. Pero ahora no hubiera podido intentarlo. De todos modos sentía renunciar a la agricultura. Le había gustado; le gustaban sus campos y le agradaba trabajarlos, sintiendo un hondo orgullo en poseer buenos aperos y usarlos bien, despreciando los instrumentos de calidad inferior y el trabajo mal hecho, de la misma manera que compró la mejor caldera que encontró cuando instalo su destilería —esa caldera revestida de cobre cuyo precio menos que nunca le gustaba recordar cuando no sólo estaba a punto de perderla, sino que él mismo, deliberadamente, se desprendía de ella. Incluso había urdido las frases, el diálogo con el que, después de arreglar el primer asunto, informaría a Edmonds que había decidido renunciar al trabajo del campo, ya era bastante viejo para retirarse, y Edmonds debía repartir sus tierras a algún otro que acabase la recolección. «Muy bien— diría Edmonds—. Pero no puedes esperar que yo suministre casa y leña y agua a una familia que no trabaja la tierra». Y él dina, si realmente llegaran a ese punto —y probablemente llegarían ya que él, Lucas, hubiera jurado por su muerte que Zack Edmonds había sido mucho mejor que su hijo, así como el viejo Cass Edmonds fue mejor que ambos juntos: «Está bien. Le alquilaré a usted la casa. Dígame el precio y yo le pagaré todos los sábados por la noche durante todo el tiempo que decida permanecer aquí».
       Pero eso ya se arreglaría. El otro asunto era más importante. Al principio, al volver a su casa por la mañana, su plan era notificárselo él mismo al sheriff, de modo que nada pasara inadvertido, no fuera que Edmonds se contentase únicamente con destruir el alambique y el escondrijo de George y echar a George de aquel sitio. En ese caso, George continuaría rondando por el lugar, sólo que manteniéndose lejos de la destilería, que le mantenía ocupado, estaría holgazaneando todo el día y por lo tanto arriba y abajo toda la noche, constituyendo más que nunca una amenaza. El informe debería venir de Edmonds, el hombre blanco, porque para el sheriff Lucas no era sino un negro cualquiera y ambos, el sheriff y Lucas, lo sabían, aunque sólo uno de ellos sabía que para Lucas el sheriff era un animal sin el menor motivo para enorgullecerse de sus antepasados ni esperanza de ello para sus descendientes. Y si Edmonds resolviera tratar el asunto privadamente, sin recurrir a la ley, habría alguien en Jefferson a quien Lucas podría informar que no sólo él y George Wilkins sabían de una destilería en las tierras de Carothers Edmonds, sino que también Carothers Edmonds lo sabía.
       Penetró por la ancha puerta cochera ante la cual el camino hacía una curva subiendo hacia el bosque de encinas y cedros, desde donde podía ya ver, más luminoso que con petróleo, el resplandor de la electricidad en la casa donde hombres mejores se habían contentado con velones y hasta con velas. Había un tractor en el cobertizo que Zack Edmonds no hubiera admitido en sus tierras, y un automóvil en una caseta construida especialmente para él, en la que el viejo Cass nunca hubiera querido poner sus pies. Pero eran los viejos días, el tiempo antiguo, y hombres mejores que éstos; Lucas mismo era uno de ellos, él y el viejo Cass eran semejantes no sólo en espíritu, y su semejanza era tanto más estrecha cuanto más paradójica parecía: —el viejo Cass, McCaslin sólo por parte de madre, y por ello llevaba el nombre de su padre aunque poseyese las tierras y los beneficios y la responsabilidad; Lucas, McCaslin por parte de padre, aunque llevase el nombre de su madre y poseyese el uso y los beneficios de la tierra sin ninguna de las responsabilidades. Mejores hombres—. El viejo Cass, McCaslin sólo por parte de mujer, teniendo, sin embargo, bastante del viejo Carothers McCaslin en sus venas para quitar las tierras al verdadero heredero, simplemente porque las quería y sabía que podía hacer mejor uso de ellas y era bastante más fuerte, bastante endurecido, bastante viejo Carothers McCaslin; hasta Zack, que no era un hombre como lo fue su padre, pero a quien Lucas, el hombre McCaslin, había aceptado como a su igual hasta el punto de intentar matarlo, estuvo a la altura de las circunstancias cuando, con todos sus asuntos en orden como los de un hombre que se prepara a morir, se inclinó sobre el hombre blanco que estaba dormido aquella mañana, cuarenta y tres años antes, con la navaja de afeitar en la mano.
       Se acercó a la casa —las dos alas de madera que Carothers McCaslin había construido y que habían bastado al viejo Buck y al viejo Buddy, unidas por un pasillo abierto que, como monumento y epitafio de su orgullo, el viejo Cass Edmonds había cerrado y construido encima un segundo piso de blancas vigas y haciendo delante un pórtico—. No por la parte de atrás, por la puerta de la cocina. Sólo lo había hecho una vez cuando el actual Edmonds nació; no lo volvería a hacer en su vida. Tampoco subió la escalera. En cambio, se detuvo en la oscuridad al lado de la veranda y golpeó con los nudillos hasta que el hombre blanco se dirigió a la veranda y apareció en la puerta.
       —¿Y bien? —dijo Edmonds—. ¿Quién es?
       —Soy yo —dijo Lucas.
       —Bien, entra —dijo el otro—. ¿Qué haces ahí fuera?
       —Venga usted aquí —dijo Lucas—. Por lo que usted y yo sabemos, George puede estar por ahí escuchando.
       —¿George? —dijo Edmonds—. ¿George Wilkins? —Salió a la veranda— todavía joven, soltero, de cuarenta y tres años cumplidos el pasado marzo. Lucas no necesitaba que se lo recordasen. Nunca podría olvidarlo —aquella noche prematuramente primaveral—, después de diez días de una lluvia tal que hasta los viejos no recordaban nada que se le pudiese comparar, y la mujer del hombre blanco con el tiempo que se le echaba encima y el torrente que se había desbordado hasta que todo el valle se transformó en un río rebosante de árboles arrancados y de bestias ahogadas, tanto que ni siquiera un caballo hubiera podido al atravesarlo en la oscuridad para llegar a donde estaba el teléfono y volver con el doctor. Y Molly, entonces una mujer joven y criando a su primer hijo, fue despertada a medianoche por el hombre blanco y ellos siguieron al hombre blanco a través del tórrenle y la oscuridad a su casa y Lucas esperó en la cocina, cuidando el fuego en el hornillo, y Molly ayudó a nacer al niño blanco sin más asistencia que la de Edmonds y entonces supieron que había que ir a buscar al doctor. Así antes de amanecer él estaba en medio del agua y la atravesó, nunca supo cómo, y estuvo de vuelta aquella noche con el doctor, saliendo de aquella muerte (en un momento dado se había creído perdido, acabado, y que pronto él y la mula serían dos cosas flotantes con las mandíbulas descoyuntadas y los ojos blancos, restos de un naufragio, localizados por los círculos de los cuervos, hinchados no muy identificables, de allí a un mes cuando el agua hubiera descendido) en lo que había entrado no por su gusto, sino a causa del viejo Carothers McCaslin quien le había engendrado a él y a Zack Edmonds, para encontrar a la esposa del hombre blanco muerta y a su propia esposa ya instalada en la casa del hombre blanco. Era como si aquel día oscuro y amenazador él hubiera pasado y vuelto a pasar de nuevo una especie de Leteo, surgiendo de él, siéndole permitido escapar, comprando como precio de su vida un mundo aparentemente igual pero sutil e irrevocablemente cambiado.
       Fue como si la mujer blanca no sólo hubiera dejado nunca la casa, como si nunca hubiera existido —el objeto que ellos enterraron en el huerto, dos días después (no pudieron atravesar el valle para llegar al campo santo) una cosa sin importancia, profana, nada; su propia mujer, una negra, vivía sola en la casa que el viejo Cass había construido para ellos cuando se casaron, manteniendo vivo en el hogar el fuego que él encendió el día de su boda y que desde entonces estuvo ardiendo, aunque ahora se cocinase bien poco—; así hasta que pasó casi medio año y un día fue a ver a Zack Edmonds y le dijo:
       —Quiero mi mujer. La necesito en casa.
       Entonces —y él no tuvo intención de decir esto—. Pero había pasado ese medio año y él sólo manteniendo vivo aquel fuego que debía arder en el hogar hasta que ni él ni Molly pudieran alimentarlo, dominó y volvió a dejar el cubo en su soporte, toda la primavera y el verano, hasta que una noche se sorprendió inclinado sobre él, furioso, loco, ciego, el cubo del agua de cedro ya en alto hasta que se dominó y volvió a dejar el cubo en su soporte, todavía temblando, incapaz de recordar siquiera que cogió el cubo —entonces dijo:
       —Me imagino que usted pensaba que yo no quería llevármela ¿verdad?
       El hombre blanco estaba sentado. Por la edad él y Lucas podían haber sido hermanos, más aún, casi mellizos. Se recostó lentamente de espaldas en la silla mirando a Lucas.
       —Vaya por Dios —dijo sosegadamente—. Eso es lo que tú crees. ¿Qué clase de hombre crees que soy yo? ¿Qué clase de hombre te llamarías a ti mismo?
       —Yo soy un negro —dijo Lucas—. Pero también soy un hombre. Y soy algo más que un hombre. La misma cosa que hizo mi padre hizo su abuela. Yo vengo a llevármela.
       —Por Dios —dijo Edmonds—. Nunca pensé tener que jurar a un negro. Pero juraré…
       Lucas se había dado vuelta, yéndose ya. Se volvió de nuevo. El otro estaba de pie. Permanecieron mirándose cara a cara, aunque por un momento Lucas ni siquiera pudo verlo.
       —¡No a mí! —dijo Lucas—. La quiero tener en mi casa esta noche. ¿Me comprende?
       Volvió al campo, al arado que seguía en el surco donde él lo había dejado cuando descubrió de repente que iba al economato, o a la casa o adonde estuviera el hombre blanco, hasta a su alcoba si fuese necesario, para enfrentarse con él. Había atado la mula bajo un árbol. Al volverse al final de cada surco hubiera podido ver su casa, pero nunca miraba hacia allí, ni siquiera cuando supo que ella estaba en ella de nuevo, en casa otra vez, ni siquiera cuando el humo de la leña fresca empezó a salir por la chimenea como no había salido a media mañana desde hacía casi seis meses; ni siquiera cuando al mediodía ella fue a lo largo de la cerca, llevando un bote y una cacerola tapada y permaneció mirándole durante un momento, antes de dejar el cubo y la cacerola en el suelo e irse. Entonces la campana de la plantación dio el toque de mediodía, amplio, musical, pausadamente sonoro. Desunció la mula y le dio de beber y de comer y sólo entonces fue al ángulo de la valla y allí estaba —la cacerola con la galleta todavía caliente, el bote medio lleno de leche, con el estaño desgastado y pulido por la limpieza y el largo uso hasta tener una pátina como de plata antigua— exactamente como solía estar.
       Luego, la tarde pasó también. Llevó la mula de Edmonds al establo y le dio de comer y colgó el arnés en un determinado gancho hasta el día siguiente. Luego, en el sendero, a la verde luz del crepúsculo estival mientras las luciérnagas centelleaban y se empujaban y las chotacabras se llamaban y se contestaban a coro y las ranas croaban a lo largo del torrente, él miró por primera vez hacia su casa, hacia el penacho recto y sutil del humo de la cena que se elevaba por encima de la chimenea, su respiración cada vez más fuerte y cada vez más honda, hasta que los botones de su descolorida camisa le oprimieron el pecho. Quizá cuando fuese viejo se resignara a ello. Pero él sabía que eso no sucedería nunca, ni siquiera aun cuando llegara a vivir cien años y olvidara la cara y el nombre de ella, y los del hombre blanco y hasta los suyos. Tendré que matarle, pensó, o tendré que cogerla e irme. Por un momento pensó en ir a ver al hombre blanco y decirle que se iban, aquella noche, en seguida. Sólo si lo viese otra vez, precisamente ahora, podría cambiar. ¡Y ése es un hombre! La tiene con él en su casa durante seis meses y yo no haga nada: me la devuelve y yo la mato. Sería como si lo dijese en voz alta a todo el mundo que él no me la había devuelto porque yo se lo dije sino que me la devolvió porque estaba cansado de ella.
       Entró por la puerta de la valla que él mismo había construido cuando el viejo Cass les dio la casa, así como había acarreado y colocado las piedras del campo para el sendero, a través del patio sin hierba que su mujer acostumbraba barrer todas las mañanas con un manojo de varas de sauce y retama, barriendo y limpiando el polvo por entre los curvilíneos y complicados dibujos de los jardincillos bordeados de ladrillos y botellas rotas y pedazos de porcelana y vidrios de colores. Ella había vuelto de vez en cuando durante la primavera a trabajar los cuadros de flores, de modo que florecieron como habitualmente —las robustas y presumidas flores queridas de ella y de su raza: plumas de príncipes y girasoles, cañas y malvas— pero hasta aquel día el sendero a lo largo de ellas no había barrido desde el año pasado. Sí, pensó. Tengo que matarle o irme de aquí.
       Entró en la antesala, luego en la habitación donde dos años antes había encendido el fuego que debía haber durado más que ambos. Sin embargo, no pudo recordar después lo que había dicho, pero nunca olvidó la asombrada e incrédula rabia con que pensó: Diablos, ella nunca supo hasta este momento que yo sospechara de ella. Estaba sentada delante del hogar donde se estaba haciendo la comida, sostenía al niño, y con su mano le protegía la cara de la luz y del calor —una pequeña mujer todavía, años antes de que su carne, sus huesos en realidad, hubieran empezado a secarse y a contraerse interiormente, en sí mismos, y se acercó a ella, mirando no a su propio hijo sino a la cara del hiño blanco que mamaba del seno oscuro y lleno de ella— no la mujer de Edmonds, sino la suya propia que él había perdido; no su hijo, sino el del hombre blanco que le había sido restituido, su voz alterada, su mano como una garra lanzándose hacia el niño, cuando la mano de ella saltó como un resorte y le cogió de la muñeca.
       —¿Dónde está el nuestro? —gritó él—. ¿Dónde está el mío?
       —¡Allí, en la cama, durmiendo! —dijo ella—. ¡Ve y mírale! —Él no se movió, inclinado sobre ella, su mano y su muñeca todavía sujetas por ella—. ¡No podía dejarlo! ¡Tú sabes que no podía! ¡Tenía que traérmelo!
       —¡No mientas! —dijo él—. No me digas que Zack Edmonds sabe dónde está.
       —¡Él lo sabe! ¡Yo se lo dije!
       Liberó la muñeca, echando hacia atrás su mano y su brazo; oyó el débil entrechocar de sus dientes cuando el dorso de su mano golpeó la barbilla de ella y vio que ella hizo por llevarse la mano a la boca, y luego la dejó caer.
       —Está bien —dijo él—. ¡No es tu sangre la que intentó derramar y hacer correr!
       —¡Idiota! —gritó ella—. ¡Oh, Dios! —dijo—. ¡Oh, Dios! Está bien. Lo llevaré allí. Pensaba hacerlo de todos modos. Tía Thisbe puede darle un biberón azucarado…
       —Tú, no —dijo él—. Y tampoco yo. ¿Crees que Zack Edmonds va a quedarse en aquella casa cuando vuelva y encuentre que se ha ido? ¡No! Yo fui a casa de Zack Edmonds y le pedí mi mujer. ¡Que venga él a mi casa y me pida su hijo!
       Esperó en la veranda. Podía ver, a través del valle, el resplandor de la luz en la otra casa. Todavía no ha llegado a casa, pensó. Respiraba despacio y acompasado. No hay prisa. Él hará algo y entonces yo haré algo y todo se acabará. Y todo estará en orden. Entonces la luz se apagó. Empezó a decir, sosegadamente, en voz alta: «Ahora. Ahora. Él tendrá tiempo de venir hacia aquí». Continuó repitiéndolo mucho rato aún después de darse cuenta de que el otro había tenido tiempo de cubrir el trayecto entre las dos casas diez veces por lo menos. Entonces le pareció que había sabido todo el tiempo que el otro no iba a ir, como si él estuviera en la casa blanco esperaba, vigilando a su vez su casa, la de Lucas, Entonces se dio cuenta de que el otro no siquiera estaba esperando, y fue como si él estuviera en la misma alcoba, sobre la lenta respiración del sueño, sobre la garganta indefensa y entregada, ya en su mano la navaja desnuda.
       Volvió a entrar en la casa, al cuarto donde su mujer y los dos niños estaban dormidos en la cama. La cena que estaba cociendo en el bogar cuando él entró al atardecer, no había sido apartada, ya que fue dejada por un largo rato después de achicharrarse y consumirse, probablemente estaría ahora casi fría entre los rescoldos apagados. Puso a un lado la cazuela y el puchero del café y con un leño removió la ceniza a un lado del hogar, descubriendo los ladrillos, y tocando uno de ellos con el dedo húmedo. Estaba caliente, no quemante, no incandescente, pero tenía una tardía, profunda base de calor, una condensación de los dos años durante los cuales el fuego había ardido constantemente encima de ellos, una concentración, no de fuego, sino de tiempo, como si ni la extinción del fuego ni el agua pudiesen enfriarlo, sino únicamente el tiempo. Levantó el ladrillo con la hoja del cuchillo y rascó la tibia suciedad que tenía debajo y sacó una cajita de metal que su abuelo blanco, Carothers McCaslin en persona, poseyó hacía más de cien años, y sacó un trapo lleno de nudos muy apretados y sólidos por las monedas que contenía, algunas de las cuales databan casi del tiempo de Carothers McCaslin, ya que él había empezado a ahorrar aún antes de tener diez años. Su mujer se había quitado sólo los zapatos (él los reconoció; habían pertenecido a la mujer blanca que no había muerto, ni siquiera había existido) antes de echarse. Dejó el trapo anudado dentro de uno de ellos y se dirigió al escritorio de nogal que Isaac McCaslin le había dado como regalo de bodas y del cajón sacó su navaja de afeitar.
       Estaba esperando que amaneciera. No podía decir por qué. Se acurrucó contra un árbol a mitad de camino entre la entrada de los carros y la casa del hombre blanco, tan inmóvil como la oscuridad sin viento mientras las constelaciones giraban y las chotacabras cantaban cada vez más de prisa y se callaban y pautaron los primeros gallos y la falsa aurora vino y desapareció y empezaron los pájaros y la noche tuvo fin. Con las primeras luces subió las escaleras de la casa del hombre blanco y entró por la puerta delantera, que no estaba cerrada con llave, y cruzó el silencioso vestíbulo y entró en la alcoba en la que le pareció que ya había entrado y eso sólo un momento, permaneció con la navaja abierta sobre la respiración, sobre la débil e indefensa garganta, enfrentándose de nuevo con el acto que le parecía haber cumplido ya. Entonces encontró los ojos de la cara sobre la almohada que le miraban tranquilamente y supo por qué hubo de esperar hasta el amanecer.
       —Porque también usted es un McCaslin —dijo él—. Aunque usted lo sea por línea de mujer. Quizá sea ésa la razón. Quizá por eso lo hizo usted: porque lo que usted y su padre tienen del viejo Carothers les ha venido a través de una mujer, una criatura no responsable como son responsables los hombres, no puede ser juzgada como los hombres son juzgados. Por esto quizá yo casi le he perdonado, salvo que no le puedo perdonar porque sólo se puede perdonar a aquéllos que hacen daño; incluso el mismo Libro no le pide a un hombre que perdone a aquéllos a Quienes ha decidido perjudicar porque hasta Jesús encontró al fin que esto era mucho pedir a un hombre.
       —Deja la navaja y hablaré contigo —dijo Edmonds.
       —Usted sabe que yo no tengo miedo, porque usted sabe que yo también soy un McCaslin y por línea de hombre. Y usted nunca pensó que, como soy también un. McCaslin, no querría. Usted ni siquiera pensó nunca que, como también soy un negro, me atrevería. No. Usted pensó que como soy un negro ni siquiera haría caso. Tampoco yo pensé nunca en la navaja. Pero yo le di a usted una oportunidad. Tal vez yo no sabía lo que debía hacer cuando usted hubiera ido hasta mi puerta, pero sabía lo que yo quería hacer, lo que creía que haría, lo que Carothers McCaslin habría querido que hiciese. Pero usted no vino. Usted ni siquiera me dio nunca la oportunidad de hacer lo que el viejo Carothers me habría dicho que hiciese. Usted intentó ganarme. Y no lo conseguirá nunca, ni siquiera cuando yo esté muerto, ahorcado, suspendido por los miembros mañana a estas horas con el petróleo todavía ardiendo nunca lo conseguirá.
       —Deja la navaja, Lucas —dijo Edmonds.
       —¿Qué navaja? —dijo Lucas. Levantó la mano y la miró como si no supiera que la tenía, como si nunca la hubiese visto antes, y con el mismo impulso la arrojó por la ventana abierta; antes de desaparecer la hoja desnuda giró casi teñida en sangre por el primer rayo de sol color cobre—. No necesito navaja. Mis manos desnudas lo harán. Ahora coja el revólver de debajo de su almohada.
       Pero el otro no se movió, ni siquiera para sacar las manos de debajo de las sábanas.
       —No está bajo la almohada. Está en ese cajón donde está siempre, y tú lo sabes. Ve y mira. No me voy a escapar. No puedo.
       —Sé que no lo hará —dijo Lucas—. Y usted sabe que no lo hará. Porque usted sabe que todo lo que yo necesito, todo lo que quiero, es que usted intente correr, volverme la espalda y correr. Sé que no va a irse. Porque todo lo que usted debe vencer soy yo. Yo debo vencer al viejo Carothers. Coja su revólver.
       —No —dijo el otro—. Vete a casa. Vete de aquí. Esta noche iré a tu casa…
       —¿Después de esto? —dijo Lucas—. ¿Usted y yo en el mismo país, respirando hasta el mimo aire? No importa lo que usted pueda decir, lo que usted incluso pudiese demostrar para que yo lo creyese, después de esto. Coja el revólver.
       El otro sacó las manos de debajo de las sábanas y las colocó encima.
       —Está bien —dijo—. Estate contra aquel muro hasta que lo coja.
       —Ah —dijo Lucas—. Ah.
       El otro metió las manos bajo las sábanas.
       —Entonces ve y recoge tu navaja —le dijo.
       Lucas empezó a jadear, respirando con breves aspiraciones sin exhalar entre ellas. El hombre blanco podía ver la camisa descolorida que se ponía tensa por la presión del pecho.
       —¿Después de ver que la tiraba fuera? —dijo Lucas—. ¿Cuándo usted sabe que si yo dejara ahora esta habitación no podría volver? —Fue hacia el muro y apoyó su espalda en él, sin dejar de mirar hacia la cama—. Porque yo ya le he vencido —aseguró—. Es el viejo Carothers. Coja su revólver, hombre blanco.
       Permaneció jadeando con rápidas inhalaciones hasta parecer que sus pulmones no podían contener más aire. Observó al otro levantarse de la cama y arrastrarla de una pata lejos de la pared hasta que pudo acercarla al otro lado; observó al hombre blanco cruzar hacía el escritorio y coger el revólver del cajón. Lucas seguía sin moverse. Continuó apoyado contra el muro y observó al hombre blanco ir hasta la puerta y cerrarla y dar vuelta a la llave y volver nacía la cama y arrojar encima el revólver y sólo entonces mirar hacia él.
       Lucas empezó a temblar.
       —No —dijo.
       —Tú en un lado; yo, en el otro —dijo el blanco—. Nos arrodillaremos agarrándonos las manos. No necesitamos contar.
       —¡No! —dijo Lucas con voz estrangulada—. Por última vez, coja su revólver. Ya voy.
       —Ven entonces. ¿Crees tú que yo soy menos McCaslin porque lo soy como tú dices por línea de mujer. O tal vez tú ni siquiera eres un McCaslin por línea de mujer, sino un negro desmandado?
       Entonces, Lucas estuvo junto a la cama. No recordaba haberse movido. Estaba arrodillado, con las manos apretadas, mirando a través de la cama y del revólver al hombre que conocía desde su niñez, con el cual había vivido hasta que ambos crecieron casi como viven los hermanos. Habían pescado y cazado juntos, aprendido a nadar en la misma agua, comido en la misma mesa en la cocina del muchacho blanco y en la cabaña de la madre del negro, dormido bajo la misma manta delante del fuego en los bosques.
       —Por última vez —dijo Lucas—. Le digo… —Entonces grito, y no al hombre blanco, y el hombre blanco lo sabía; él vio los blancos ojos del negro estriarse repentinamente de rojo como son los de un animal acorralado—: un oso, un zorro. ¡Se lo digo! ¡No me pida demasiado!
       Me he equivocado, pensó el hombre blanco. He ido demasiado lejos. Pero ya era tarde. Aunque trató de liberar su mano del apretón, la mano de Lucas se cerró encima de ella. Impulsó la izquierda hacia revolver, pero Lucas la cogió por la muñeca también. Entonces no sé movieron salvó los antebrazos, las manos agarradas giraron gradualmente hasta que la del hombre blanco fue oprimida hacia bajo contra el revólver. Inmóvil, aprisionado, privado de movimiento, el hombre blanco clavó la vista en la consumida y furiosa cara frente a él.
       —Le doy una oportunidad —dijo Lucas—. Luego, usted se echa a dormir con la puerta sin cerrar y me da una a mí. Luego, yo se la devuelvo arrojando lejos la navaja, y entonces usted me la devuelve. Es así, ¿no es verdad?
       —Sí —dijo el hombre blanco.
       —¡Ah! —dijo Lucas. Echó hacía atrás con violencia el brazo y la mano izquierda del blanco, empujándole de espaldas contra la cama de modo que del tirón su mano derecha quedó libre; con el mismo impulso se hizo con el revólver, poniéndose en pie de un salto y retrocediendo mientras el hombre blanco se levantaba también, la cama entre ellos. Abrió la recámara del revólver y miró rápidamente el tambor y le dio vueltas hasta que un cartucho con bala se halló bajo el percutor en cualquier dirección que el tambor girase.
       —Porque necesitaré dos —dijo.
       Cerró con un chasquido la recámara y se encaró con el hombre blanco. De nuevo el blanco vio girar sus ojos hasta que no presentaron ni córnea ni iris. Esto es, pensó el hombre blanco, con claridad inmediata y sin asombro, sobreponiéndose todo lo que podía. Lucas pareció no darse cuenta. Ni siquiera puede verme ahora, pensó el hombre blanco. Pero, además, es demasiado tarde. Lucas estaba mirándole.
       —Usted pensaba que yo no podría, ¿verdad? —dijo Lucas—. Usted sabía que yo podría derrotarle, por eso usted pensaba derrotarme a mí con el viejo Carothers, como Cass Edmonds hizo con Isaac: se sirvió del viejo Carothers para inducir a Isaac a renunciar a las tierras que eran suyas, porque Cass Edmonds era McCaslin por línea de mujer, la rama femenina, la hermana, y el viejo Carothers le diría a Isaac que renunciara a favor de la parte femenina, que no podía defenderse por sí misma. Y usted pensaba que yo iba a hacer lo mismo, ¿no es verdad? Pensaba que lo haría pronto, más pronto que Isaac, puesto que no había ninguna tierra a la que tuviera que renunciar. Yo no tengo ninguna hermosa y grande plantación McCaslin a la que renunciar. Todo a lo que yo puedo renunciar es a la sangre McCaslin que legalmente ni siquiera es mía, o al menos no vale mucho, ya que el viejo Carothers no pareció echar mucho de menos lo que le dio a Tomey la noche que hizo a mi padre. Y si es eso lo que la sangre McCaslin me ha traído, no lo quiero en absoluto. Y si la comente de esa sangre en mi sangre negra no le ha hecho más daño que el que me hará a mí al derramarse, ni siquiera será el viejo Carothers el que tendrá más satisfacción. ¡Oh, no! —gritó.
       Otra vez no puede verme, pensó el hombre blanco. Ahora.
       —¡No! —gritó Lucas—. Imagínese que yo ni siquiera use esta primera bala, imagínese que use la última y venza a usted y al viejo Carothers juntos, dejándole algo en qué pensar ahora y luego cuando no esté demasiado ocupado para tratar de pensar en lo que le dirá el viejo Carothers cuando usted vaya adonde él ya ha ido, mañana y el día siguiente y el otro después de ese mañana…
       El hombre blanco saltó, lanzándose a través de la cama, agarrando el revólver y la mano que lo tenía. Lucas saltó también; se encontraron en el centro de la cama donde Lucas enganchó al otro con su brazo izquierdo casi como en un abrazo y apretó el gatillo y empujó al hombre blanco hacia él, todo en un solo movimiento, oyendo al hacer eso el leve, seco, increíblemente sonoro chasquido del disparo en el vacío.
       Aquél había sido un buen año, aunque tardase en comenzar después de las lluvias y las inundaciones: el año del largo verano. Él hubiera hecho más este verano que lo que había hecho en mucho tiempo, aun cuando y estando en agosto una parte del maíz carecía del último arado. Lo estaba haciendo ahora, siguiendo a la mula entre las filas de los altos y fuertes tallos que llegaban hasta la cintura y las ricas, oscuras y brillantes hojas, deteniéndose al final de cada surco para sacar el arado y girar éste y la mula hasta el siguiente, hasta que al fin el humo de la comida se elevó impalpable en el aire luminoso por encima de su chimenea y luego, como antiguamente, ella vino por la cerca con la cazuela tapada y el bote. Él no la miró. Continuó arando hasta que la campana de la plantación dio él toqué de mediodía. Dio de beber y de comer a la mula y comió él, la leche, la galleta todavía caliente, y descansó a la sombra hasta que la campana sonó de nuevo. Entonces, sin levantarse, sacó el cartucho del bolsillo y lo miró de nuevo, pensativo —el cartucho con bala, no manchado, no corroído, con la marca de la puntiaguda aguja de percusión, penetrante y profunda en la no disparada cápsula el pequeño y romo cilindro de cobre menos largo que un fósforo, no más grueso que un lápiz, no mucho más pesado, suficientemente grande, sin embargo, para contener dos vidas. Esto es, para haberlas contenido. Porqué yo no habría usado la segunda, pensó. Yo hubiera pagado. Hubiera esperado la soga, y hasta el petróleo. Hubiera pagado. Por esto pienso que después de todo por algo llevo la sangre del viejo Carothers. El viejo Carothers, pensó. Yo le necesitaba y él vino y habló por mí. Se puso a arar de nuevo. En seguida ella volvió por la cerca y cogió la cazuela y el bote, en vez de dejar que él los llevase a casa cuando regresase. Pero ella estaba ocupada; y le pareció que era todavía temprano cuando vio el humo de la cena, la cena que ella dejaría sobre el fogón para él cuando volviese a la casa grande con los niños—. Cuando ya anochecido llegó a la casa, ella estaba saliendo. Pero no llevaba los zapatos de la mujer blanca y su vestido era el mismo de percal descolorido y sin forma que había llevado puesto en la mañana.
       —Tu cena está lista —dijo ella—. Pero no he tenido tiempo de ordeñar. Lo harás tú.
       —Si yo puedo esperar esa leche, pienso que las vacas también pueden hacerlo —dijo él—. ¿Puedes llevar bien a los dos?
       —Creo que puedo. He estado cuidando de los dos bastante tiempo sin ayuda de ningún hombre. —No se volvió a mirarle—. Volveré cuando los deje dormidos.
       —Creo que es mejor dediques tu tiempo a ellos —dijo él ásperamente—. Puesto que es lo que has empezado a hacer.
       Ella se fue sin contestar ni mirar hacia atrás, inaccesible, tranquila, en cierto modo serena. Tampoco él estuvo observándola mucho rato. Respiró lento y tranquilo. Mujeres, pensó. Mujeres. Nunca las conoceré. Ni quiero conocerlas. Prefiero no saber a descubrir más tarde que he sido engañado. Volvió a la habitación donde estaba su cena. Esta vez habló en voz alta: «¿Cómo, Dios —dijo— puede un hombre negro pedir por favor a un hombre blanco que no se acueste con su esposa negra? Y aún si pudiese pedirlo, ¿cómo, Dios, puede el hombre blanco prometer que no lo hará?».


3

       —¿Gerorge Wilkins? —dijo Edmonds. Fue hasta el borde de la veranda, un hombre todavía joven, poseyendo ya, sin embargo, algo de aquella casi irascible cortedad de carácter que Lucas recordaba en el viejo Cass Edmonds, pero de la que había carecido Zack. Por la edad podía haber sido hijo de Lucas, pero de hecho era menor por más razón que ésa, ya que Lucas no tenía que pagar impuestos, seguros e intereses, ni poseía nada que tuviese que ser guardado, cavado, vallado, ahondando, ni perdido, excepto su sudor, y eso sólo cuando él lo juzgaba conveniente, con la ayuda de Dios para su mantenimiento anual—. ¿Qué diablos pasa con George Wilkins…?
       Sin cambiar la inflexión de la voz y aparentemente sin esfuerzo ni intención, Lucas se convirtió no en el moreno, sino en el negro, no tan secreto cuanto impenetrable, no servil ni borroso, sino todo él envuelto en un aura de estúpida impasibilidad, casi como un olor.
       —Está llevando una caldera a esa hondonada detrás del campo del Viejo Oeste. Si usted quiere, también el whisky, mire debajo del piso de su cocina.
       —¿Un alambique? —dijo Edmonds—. ¿En mis tierras? —Empezó a gritar—. ¿No he dicho y repetido a todo hombre, mujer o niño lo que haría por la primera gota del maldito whisky que encontrase en mis tierras?
       —No tenía usted necesidad de decírmelo a mí —dijo Lucas—. He vivido aquí desde que nací, antes aún de que naciese su padre. Y ni usted ni el viejo Cass, nadie ha oído nunca que yo haya andado con ninguna clase de whisky, excepto aquella botella de whisky de la ciudad que usted y él dieron a Molly por Navidad.
       —Lo sé —dijo Edmonds—. Y habría creído George Wilkins… —Se interrumpió. Dijo—. Ah. ¿Mí equivoco o he oído algo de que George quería casarse con tu hija?
       Por un momento Lucas no contestó. Luego dijo:
       —Es verdad.
       —Ah —dijo Edmonds otra vez—. Y por eso tú pensabas que diciéndome lo de George antes de que fuera atrapado, yo me contentaría con hacerle romper la caldera y tirar el whisky y luego olvidarme del asunto.
       —No lo sabía —dijo Lucas.
       —Bien, ahora lo sabes —dijo Edmonds—. Y George también lo sabrá cuando el sheriff…
       Volvió a entrar en la casa, Lucas oyó las fuertes, rápidas, irritadas pisadas en el pavimento, luego el prolongado y violento sonido de la manivela del teléfono.
       Luego, dejó de escuchar, se quedó inmóvil en la semioscuridad, parpadeando un poco. Pensó: Toda aquella inquietud. Nunca pensé en ello. Edmonds volvió.
       —Muy bien —dijo—. Ya puedes irte a casa. Vete a dormir. Sé que no sirve de maldita la cosas que te lo diga, pero me gustaría ver tu campo del sur sembrado mañana por la noche. Hoy parecías un sonámbulo dando vueltas por allí, como si no hubieras dormido en una semana. No sé lo que haces por la noche, pero eres demasiado viejo, lo creas o no, para trasnochar por los campos.
       Volvió a casa. Cuando todo estaba acabado, hecho, se dio cuenta de lo cansado que realmente estaba. Era como si las alternativas olas de alarma y ofensa y cólera y miedo de los últimos diez últimos días, culminando en la frenética actividad de la última noche y en las últimas treinta y seis horas, durante las cuales no se había quitado la ropa de encima, le hubieran narcotizado, amortiguando su gran cansancio. Pero no todo estaba bien. Si un pequeño esfuerzo físico, durante otros diez días o dos semanas, fuera todo lo que se le pidiera a cambio de aquel momento de la pasada noche, no se hubiera quejado. Luego recordó que no había comunicado a Edmonds su decisión de dejar la agricultura, para que Edmonds dispusiera el arrendamiento de la tierra que él había estado trabajando a algún otro que acabase la cosecha, Pero tal vez estaba bien así; tal vez una sola noche más seria suficiente para encontrar todas las otras monedas que un odre de aquel turnado podía haber contenido, y él conservaría la tierra, la cosecha, por una vieja costumbre, para tener algo que lo tuviese ocupado. Con tal que no necesite conservarla por un motivo todavía mejor, pensó, hosco. Puesto que probablemente no tuve todavía mía racha de esa clase de suerte que hasta yo que tengo sesenta y siete años puedo esperar, casi demasiado viejo hasta para quererla, para hacerme rico.
       La casa estaba oscura, excepto un débil resplandor del hogar en la habitación suya y de su mujer. La habitación al otro lado de la antesala donde dormía su hija también estaba a oscuras. Estaría vacía, además. Él esperaba eso. Supongo que George Wilkins tiene derecho a una noche más de compañía femenina, pensó. Por lo que he oído decir, no encontrará ninguna donde va a ir mañana.
       Cuando se metió en la cama, su mujer dijo, sin despertarse:
       —¿Dónde has estado? Vagabundeando anteanoche. Vagabundeando esta noche, mientras la tierra pide a gritos ser sembrada. Espero que el señor Roth… —y entonces cesó de hablar sin haberse despertado.
       Más tarde, él se despertó. Era pasada la media noche. Permaneció echado bajo el edredón, sobre el colchón de hojas de maíz. Estaría sucediendo en aquel momento aproximadamente. Él sabía cómo lo hacían: el sheriff blanco y los agentes fiscales y los de la policía deslizándose y arrastrándose entre los matorrales pistola en mano, rodeando la caldera, olfateando y soplando como perros de caza ante cada tronco y deformidad del terreno, hasta que hallaron todos los cántaros y los barrilitos y los llevaron a donde estaba el coche esperando; tal vez incluso tomarían un trago o dos para preservarse del frío de la noche, antes de regresar a agazaparse junto al alambique hasta que George llegase tranquilamente. Él no estaba triunfante ni vengativo. Hasta sentía algo personal hacia George. Todavía es joven, pensó. No lo tendrán allí para siempre. En realidad, por lo que se refería a él, Lucas, dos semanas hubieran sido suficientes. Él puede permitirse estar allí un año o dos. Y tal vez cuando salir será una lección para él respecto a con qué muchacha piensa tontear la próxima vez.
       Luego, su mujer estaba inclinada sobre la cama, sacudiéndole y gritándole. Ya había amanecido. En camisa y calzoncillos corrió tras ella, hasta la veranda trasera. Depositado en el suelo allí delante estaba el alambique de George, remendado y estropeado; en la veranda había una colección de tarros para la fruta y cacharros de barro y un barrilito o algo así y una lata de gasolina herrumbrosa, de unos cinco galones, la que, a los ojos horrorizados y todavía empañados por el sueño de Lucas, parecía capaz de contener bastante líquido para llenar un abrevadero de caballo. Todavía podía ver en los cacharros de vidrio el líquido pálido e incoloro en el que flotaban aún las partículas de las hojas del maíz, que por décima vez George no había apartado.
       —¿Dónde ha estado Nat esta noche? —gritó. Agarró a su mujer por el hombro, sacudiéndola—. ¿Dónde estuvo Nat, vieja?
       —¡Salió detrás de ti! —gritó su mujer—. Ella te siguió de nuevo, como anteanoche. ¿No lo sabías?
       —Ahora lo sé —dijo Lucas—. ¡Coge el hacha! ¡Rómpelo todo! No tenemos tiempo de llevarlo a otro sitio.
       Pero tampoco hubo tiempo para eso. Ninguno de los dos se había movido cuando el sheriff del distrito, seguido por un agente, apareció en la esquina de la casa, un hombre tremendo, gordo, que, evidentemente, había estado en pie toda la noche y también evidentemente, no le había gustado nada.
       —Maldición, Lucas —dijo—. Creía que tenías un poco más de juicio.
       —Esto no es mío —dijo Lucas—. Usted sabe que no lo es. Aunque lo fuese, ¿lo habría dejado aquí? George Wilkins…
       —No te ocupes de George Wilkins —dijo el sheriff—. También lo he cogido a él. Está ahí en el coche, con tu hija. Ponte los pantalones. Vamos a la ciudad.
       Dos horas después estaba en el despacho del comisario en el palacio de justicia federal de Jefferson. Seguía con un semblante impenetrable, parpadeando un poco, oyendo la fuerte respiración de George Wilkins a su lado y las voces de los hombres blancos.
       —Maldita sea, Carothers —dijo el comisario—. ¿Qué diablos de historia de Montescos y Capuletos es ésta?
       —¡Pregúntales a ellos! —dijo Edmonds, violentamente—. ¡Pregúntales a ellos! Wilkins y esa muchacha de Lucas quieren casarse. Lucas no quería oír hablar de eso por alguna razón, y ahora me parece haber descubierto el porqué. Por eso, ayer noche, Lucas fue a mi casa y me dijo que George tenía una destilería en mi tierra, porque… —sin una pausa para respirar, Edmonds empezó a gritar de nuevo—, él sabía condenadamente bien lo que yo hubiera hecho, porque durante años he dicho a todos los negros de mi plantación lo que haría si alguna vez encontraba una gota de ese condenado…
       —Sí, sí —dijo el comisario—; está bien, está bien. Luego, telefoneaste al sheriff…
       —Y nosotros recibimos el aviso —era uno de los agentes, un hombre rollizo, aunque ni mucho menos tan voluminoso como el sheriff, voluble, con las piernas enfangadas y algo de tensión y cansancio en la cara— y fuimos allí, y Mr. Roth nos dijo dónde debíamos buscar. Pero no había ninguna caldera en la zanja que él nos dijo, entonces nos sentamos y nos pusimos a pensar dónde hubiéramos escondido un alambique si hubiéramos sido uno de los negros de Mr. Roth y fuimos y buscamos allí y allí estaba, todo lo limpia y cuidada que usted quiera, desmontada y medio enterrada y cubierta con ramajes, contra una especie de monte sobre el lecho del torrente. Como estaba amaneciendo, decidimos retomar a casa de George y buscar debajo del piso de la cocina como nos había dicho Roth, y tener entonces una pequeña charla con George. Volvimos, pues, a casa de George, pero allí, no estaba ni George, ni nadie más, ni había nada debajo del suelo de la cocina y entonces nos volvimos hacia la casa de Mr. Roth a preguntarle si acaso no nos había dado equivocadas las señas de la casa; era ya casi de día y estábamos a unas cien yardas de la casa de Lucas cuando vimos nada menos que a George y a la muchacha qué marchaban por la colina hacia la cabaña de Lucas con un cántaro de un galón en cada mano, sólo que George rompió los cántaros contra unas raíces antes de que pudiésemos llegar. Y casi al mismo tiempo la esposa de Lucas empieza a gritar en la casa y nosotros corrimos a la parte de atrás y allí había otro alambique en el suelo del patio de Lucas y casi cuarenta galones de whisky depositados en la veranda de atrás, como si se hubiera propuesto instalar una subasta, y Lucas allí de pie, en camisa y calzoncillos, gritando: «¡Coge el hacha y rómpelo! ¡Coge el hacha y rómpelo!».
       —Sí —dijo el comisario—. Pero, ¿a quién acusa? Ustedes han ido allí a coger a George, pero todas las pruebas están contra Lucas.
       —Había dos alambiques —dijo el agente—. Y George y esa muchacha juran que Lucas ha estado haciendo y vendiendo whisky a espaldas de Edmonds durante veinte años.
       Por un momento, Lucas levantó la vista y encontró la mirada de Edmonds, no de reproche ni tampoco de gran sorpresa, sino ceñuda y furiosamente ofendido. Entonces, miró a otro lado, parpadeando, oyendo a George Wilkins respirar fuerte a su lado como un hombre en lo más profundo del sueño, y las voces.
       —Pero ustedes no pueden hacer que su propia hija declare contra él —dijo el comisario.
       —Pero George puede —dijo el agente—. George no tiene parentesco con él. Sin contar con que se encuentra en una situación en la que George tiene que pensar algo bueno que decir y pensarlo pronto.
       —Dejemos que el tribunal arregle todo esto, Tom —dijo el sheriff—. He estado en pie toda la noche y todavía no he podido desayunar. Le he traído un preso y treinta y cuatro galones de prueba y dos testigos. Arreglémoslo con esto.
       —Creo que me ha traído dos presos —dijo el comisario. Empezó a escribir en el papel que tenía delante. Lucas observaba, parpadeando, el movimiento de la mano—. Voy a encerrar a los dos. George puede declarar contra Lucas, y esa muchacha puede declarar contra George. Ella no tiene ningún parentesco con George.
       Él hubiera podido pagar su fianza y la de George para su presentación ante el tribunal sin alterar la primera cifra de su cuenta en el Banco. Cuando Edmonds extendió un cheque como garantía de ellos, volvieron al coche de Edmonds, Esta vez George conducía, y Nat iba delante con él. Eran diecisiete millas para volver a casa. Durante esas diecisiete millas él estuvo sentado al lado del ceñudo y agitado hombre blanco en el asiento de atrás, sin ver nada sino esas dos cabezas: La de su hija, que se apartaba de George todo lo posible, en su rincón, sin mirar ni una vez hacia atrás; y la de George, con el destrozado panamá inclinado sobre la oreja derecha, que todavía parecía fanfarronear aun estando sentado. Al menos, su cara no estaba toda llena de dientes como solía estar cada vez que se hallaba alguien que la mirase, pensó con malignidad. Pero tampoco importaba eso, precisamente en aquel momento. Así, pues, él estaba sentado en el auto cuando se paró en la entrada de carros y vio a Nat saltar del coche y correr por el sendero hacia su casa, como una gacela asustada, sin mirar hacia atrás, sin mirarle ni una vez. Luego, continuaron al patio de las mulas, al establo, y él y George bajaron y de nuevo pudo oír la respiración de George a su espalda, mientras Edmonds, al volante, apoyaba el codo en la ventanilla y les miraba ferozmente.
       —¡Coge tus mulas! —dijo Edmonds—. ¿Qué demonios estás esperando?
       —Pensaba que usted tenía que decir algo —dijo Lucas—. Así, pues, ¿los parientes de un hombre no pueden delatarle en el tribunal?
       —¡No te preocupes por eso! —dijo Edmonds—. George puede contar muchas cosas, y no es pariente tuyo. Y si él empezara a olvidarse, Nat no es pariente de George y ella puede decir mucho. Yo sé lo que estás pensando. Pero has esperado demasiado. Si George y Nat intentaran comprar ahora su licencia de matrimonio, probablemente os colgarían a ti y a George. Además, al diablo todo esto. Voy a llevaros a los dos a la cárcel en cuanto hayáis descansado. Ahora, vete a tu parcela del sur. Por Dios, esta vez seguirás mi consejo. Y es éste: no lo dejes hasta que no hayas acabado. Si te sorprende la noche, no te preocupes por eso. Mandaré a alguien allá abajo con una linterna.
       Él había terminado con la parcela del Sur antes del oscurecer; se había propuesto acabarlo de todos modos.
       Volvió al establo, dio de beber a las mulas y las limpió de arriba abajo, las metió en las cuadras y les dio de comer mientras que Geo aun quitando los arneses a las suyas. Luego, se caminó por el sendero y en el incipiente crepúsculo, andando hacia su casa, en lo alto de cuya chimenea se erguía el humo de la cena. No andaba de prisa, ni tampoco miró hacia atrás cuando habló.
       —George Wilkins —dijo.
       —Señor —dijo George, a su espalda. Caminaban en fila y casi paso a paso, a unos cinco pies de distancia.
       —¿Qué idea tuviste?
       —No lo sé bien, señor —dijo George—. Ha sido más cosa de Nat. Nosotros no queríamos ponerle en apuros. Ella decía que si cogíamos aquella caldera de donde usted y Mr. Roth les dijeron a aquéllos que estaba y usted se la encontraba en la veranda del patio, tal vez cuando le ofreciésemos ayudarle a quitarla de allí cuando ellos llegasen, usted hubiera podido cambiar de pensamiento acerca de prestarnos el dinero para…, quiero decir, nos dejaría casarnos.
       —Ah —dijo Lucas. Siguiendo andando. Podía oler la comida que se estaba cocinando. Llegó a la entrada y se volvió. George se detuvo también, delgado, de cintura de avispa, presumiendo hasta con el descolorido mono y la jactanciosa inclinación del sombrero—. Hay otras personas además de mí en este lío.
       —Sí, señor —dijo George—. Parece que es así. Espero que me servirá de lección.
       —Así lo espero también —dijo Lucas—. Cuando te manden a Parchman tendrás mucho tiempo, entre la faena del algodón y la del maíz de los que no recibirás ni siquiera un tercio ni un cuarto, para pensar en ello.
       Se miraron mutuamente.
       —Sí, señor —dijo George—. Especialmente con usted allí ayudándome a quitarme la preocupación.
       —Ah —dijo Lucas. No se movió; apenas elevó la voz cuando dijo—: Nat.
       Tampoco miró hacia la casa después, cuando la muchacha bajó por el sendero, descalza, con una linterna y desteñido vestido de percal y un pañuelo de vivos colores en Ja cabeza. Su cara estaba abotagada por el llanto, pero su voz era provocativa sin ser histérica.
       —¡No fui yo quien dijo a Mr. Roth que telefonease a esos agentes! —gritó.
       Él la miró por primera vez. La miró hasta que el gesto de desafío empezó a desvanecerse, para ser sustituido por otro de alerta y reflexión. La vio lanzar una rápida mirada por encima de su hombro hacia donde se hallaba George.
       —He cambiado de idea —dijo—. Voy a dejar que tú y George os caséis.
       Ella le miró fijamente. De nuevo él observó su mirada ir rápidamente hacia George y volver.
       —El cambio ha sido rápido —dijo ella. Le miró fijamente. Su mano, la larga, flexible, estrecha mano de su raza, de palma clara, se alzó y tocó por un momento el alegre pañuelo que ceñía su cabeza. La inflexión, el verdadero tono y el timbre de su voz habían cambiado—. ¿Casarme yo con Wilkins e irme a vivir a una casa donde toda la veranda de atrás está caída y dónde tengo que andar media milla para buscar el agua de la fuente? ¡Ni siquiera tiene hornillo!
       —En mi chimenea se cocina bien —dijo George—. Y puedo apuntalar la veranda.
       —Y yo puedo acostumbrarme a andar una milla con dos grandes cubos llenos de agua —dijo ella—. No quiero una veranda apuntalada. Quiero una veranda nueva en la casa de George y una cocina con hornillo y un pozo. ¿Y cómo podrías hacerlo? ¿Con qué vas a pagar un hornillo, y una nueva veranda, y alguien que te ayude a cavar un pozo?
       Seguía mirando a Lucas, y su voz alta y clara de soprano cesó sin extinguirse, observando la cara de su padre como si estuvieran esgrimiendo. El semblante de él no estaba ceñudo ni tampoco frío o enfadado. Carecía absolutamente de expresión, impenetrable. Podía haber estado durmiendo de pie, como duermen los caballos. Cuando habló, era como si hablase consigo mismo.
       —Una cocina con hornillo —dijo—. La veranda asegurada. Un pozo.
       —Una veranda nueva —dijo ella.
       Fue como sí él no la hubiese oído. Como si ella ni siquiera hubiese hablado.
       —La veranda asegurada —repitió. Ella ya no le miraba. De nuevo la mano se elevó, fina y delicada y sin huella de ningún trabajo, y se tocó la parte de atrás del pañuelo dé la cabeza. Lucas se movió—, George Wilkins —dijo.
       —Señor —dijo George.
       —Ven a casa —dijo Lucas.
       Y así, a su debido tiempo, el otro día llegó al fin. Con sus trajes de los domingos él y Nat y George estaban junto a la puerta de los carros cuando llegó el auto y se detuvo.
       —Buenos días, Nat —dijo Edmonds—. ¿Cuándo volviste a casa?
       —Volví a casa ayer, Mr. Roth.
       —Has estado en Vicksburg bastante tiempo. No supe que te hubieras ido hasta que tía Molly me dijo que ya te habías marchado.
       —Sí, señor —dijo ella—. Me fui el día siguiente después que los agentes estuvieron aquí… Yo no sabía nada de eso —dijo—. Yo no tenía muchos deseos de ir. Fue una idea de papá que fuese a ver a mi tía…
       —Calla y sube al coche —dijo Lucas—. Si voy a terminar de segar este campo o a terminar alguna otra cosecha en el campo de Parchman, me gustaría saberlo lo antes posible.
       —Sí —dijo Edmonds. Habló a Nat de nuevo—. Tú y George idos un momento. Quiero hablar con Lucas.
       Nat y George se adelantaron. Lucas permaneció junto al auto mientras Edmonds le miraba. Era la primera vez que Edmonds le hablaba desde aquella mañana tres semanas antes, como si hubiera necesitado aquellas tres semanas para que su rabia se disipara por sí misma, o se aplacara al menos. Ahora el hombre blanco apoyado en la ventanilla miraba aquella cara impenetrable con su definido rastro de sangre blanca, la misma sangre que corría por sus propias venas, que no sólo había ido al negro por la línea de varón mientras que a él fue por línea de mujer, sino que llegó al negro una generación antes: una cara tranquila, inescrutable, algo altanera, plasmada hasta en la expresión en el molde de la cara de su bisabuelo McCaslin.
       —Me imagino que sabes lo que te va a pasar —dijo—. Cuando ese fiscal federal acabe con Nat, y Nat con George, y George contigo y el juez Gowan con todos vosotros. Tú has estado aquí toda la vida, casi el doble más que yo. Has conocido a todos los McCaslin y a todos los Edmonds que Kan vivido aquí, excepto al viejo Carothers. ¿Eran tuyos el alambique y el whisky que estaban en tu patio?
       —Usted sabe que no —dijo Lucas.
       —Está bien —dijo Edmonds—. ¿Era tuyo el alambique que encontraron en el lecho del torrente?
       Se miraron.
       —No voy a ser procesado por eso —dijo Lucas.
       —¿Era tuyo ese alambique, Lucas? —dijo Edmonds.
       Se miraron. Pero el rostro que Edmonds veía seguía siendo absolutamente vacío, impenetrable. Incluso los ojos parecían no tener nada detrás. Pensó, y no por primera vez: No sólo estoy viendo una cara más vieja que la mía y que ha visto y ha analizado más, sino a un hombre cuya sangre en su mayor parte era pura hace diez mil años, cuando mis anónimos antepasados se mezclaron lo bastante para producirme a mí.
       —¿Quiere usted que conteste a eso? —dijo Lucas.
       —¡No! —dijo Edmonds, violentamente—. ¡Sube al coche!
       Cuando llegaron a la ciudad, las calles principales y la plaza misma estaban atestadas de autos y carros; la bandera ondeaba y flotaba sobre el tribunal federal en el aire luminoso de mayo. Siguiendo a Edmonds, él, y Nat y George atravesaron la acera llena de gente, marchando por el estrecho sendero de caras que ellos conocían —otras gentes de su mismo lugar, y gentes de otros parajes a lo largo de la ribera y de las cercanías, que también habían hecho aquellas diecisiete millas no con la esperanza de entrar en la sala del juzgado, sino para esperar en la calle y verles pasar a ellos— y caras que solo conocían de oídas: los ricos abogados blancos y jueces y alguaciles hablando entre sí, fumando magníficos cigarros, los grandes y poderosos de la tierra. Entraron en el vestíbulo de mármol, lleno también de gente y resonante de voces, donde George empezó a andar cuidadosamente con los pesados tacones de sus zapatos domingueros. Entonces Lucas sacó de la chaqueta el grueso documento, sucio y plegado que había estado escondido debajo del ladrillo suelto de su hornillo desde hacía tres semanas y tocó el brazo de Edmonds con él —el papel, bastante grueso y bastante sucio, a pesar de todo pareció abrirse por su cuenta a este roce, rígida, pero también fácilmente a lo largo de los viejos y manoseados pliegos, mostrando, presentando entre el disparatado e ignorante escrito en medio del encabezamiento y la firma las tres frases en la apretada escritura de cualquier innominado amanuense, el cual solamente juntó todo lo que Lucas había conseguido leer al menos: George Wilkins y Nathalie Beauchamp y una fecha del pasado octubre.
       —¿Quiere decirse —dijo Edmonds— que has tenido esto todo el tiempo? ¿Todas estas tres semanas?
       Pero la cara que él miraba con rabia seguía impenetrable, casi parecía dormida.
       —Déselo al juez Gowan —dijo Lucas.
       Él y Nat y George se sentaron calladamente en un duro banco de madera en un pequeño despacho, donde estaba un avejentado blanco —Lucas lo conoto aunque ignoraba que fuese un alguacil— masticando un mondadientes y leyendo un periódico de Memphis. Luego un hombre blanco, joven, enérgico, algo inquieto, con gafas, abrió la puerta y reflejó sus gafas por un momento y desapareció; luego, siguiendo al anciano blanco atravesaron de nuevo el vestíbulo, la caverna de mármol resonante de murmullos por las constantes pisadas y las voces, las caras les observaron de nuevo al subir la escalera. Atravesaron la sala del juzgado sin detenerse, y entraron en otro despacho más amplio, más hermoso, más tranquilo. Allí estaba un hombre de aspecto enojado a quien Lucas no conocía —el Fiscal del Estado, que había ido a Jefferson sólo después que la administración cambió, ocho años antes, después de que Lucas cesara de ir a la ciudad con mucha frecuencia Pero Edmonds estaba allí, y detrás de la mesa se hallaba sentado un hombre a quien Lucas conocía que acostumbraba ir en los tiempos del viejo Cass, hacía cuarenta o cincuenta años y permanecer allí durante algunas semanas en la época de la codorniz, yendo a cazar con Zack, y Lucas se ocupaba de los caballos cuando ellos bajaban a disparar donde los perros señalaban. Siempre era difícil lograrlas.
       —¿Lucas Beauchamp? —dijo el juez—. ¿Con treinta galones de whisky y un alambique colocados en la veranda de su patio en pleno día? Tonterías.
       —Así es —dijo el hombre enfadado, extendiendo las manos—. Yo no sabía nada de todo eso hasta que Edmonds…
       Pero el juez ni siquiera le oía. Miraba a Nat.
       —Ven, muchacha —dijo.
       Nat dio unos pasos adelante y se detuvo. Lucas podía ver que ella temblaba. Parecía pequeña, delgada como un junco, joven; era la más joven y la última. Diecisiete años, nacida cuando su esposa era ya vieja y, algunas veces lo creía así, cuando también él era viejo. Era demasiado joven para casarse y hacer frente a todos los inconvenientes que la gente casada tiene que atravesar hasta hacerse vieja y encontrar por sí misma el gusto y el sabor de la paz. Un hornillo y una nueva veranda y un pozo no eran suficientes.
       —¿Eres la hija de Lucas? —dijo el juez.
       —Sí, señor —dijo Nat, con su voz alta, dulce, cantarina, de soprano—. Me llamo Nat. Nat Wilkins esposa de George Wilkins. El papel que lo dice está en su mano.
       —Lo he visto —dijo el juez—. Tiene fecha del pasado octubre.
       —Sí, señor juez —dijo George—. Lo hemos tenido desde que vendí mi algodón el pasado otoño. Nos casamos entonces, sólo que ella no quiso ir a vivir a mi casa hasta que el señor Lu… quiero decir hasta que no puse un hornillo y una veranda estable y cavé un pozo.
       —¿Has hecho todo esto ahora?
       —Sí, señor juez —dijo George—. Ahora tengo el dinero para todo esto y arreglaré todo lo demás tan pronto pueda disponer el trabajo de martillo y azada.
       —Comprendo —asintió el juez—. Henry —dijo al otro anciano, al del mondadientes—, ¿ha llevado el whisky adonde pueda verterlo?
       —Sí, señor juez —dijo el otro.
       —¿Y los dos alambiques adonde puedan hacerlos pedazos y destrozarlos completamente?
       —Sí, señor juez.
       —Entonces, despejen la habitación. Llévense a éstos de aquí. Llévense de aquí al menos a ese bufón charlatán.
       —Está hablando de ti, George Wilkins —murmuró Lucas.
       —Sí, señor —dijo George—. Así parece.


4

       Al principio pensó que dos o tres días a lo sumo serían suficientes —o noches, claro, ya que George hubiera tenido que estar segando durante el día, y luego disponiéndose él y Nat a establecerse en su casa propia. Pero pasó una semana, y aunque Nat iba a casa de sus padres al menos una vez al día, generalmente para hacerse prestar algo, no había vuelto a ver a George. Se daba cuenta de la raíz de su impaciencia— el monte y sus secretos que cualquiera, cualquier otro, hubiera podido descubrir por casualidad como él, la rápida y diaria disminución del período en el que no sólo tenía que encontrar el tesoro, sino sacar algún beneficio y placer del mismo, y todo en espera de poder poner fin a aquella mezquina tarea en la que había intervenido, y nada con lo que pasar el período de espera —el buen año, la buena estación temprana, y el algodón y el maíz brotando casi bajo los pies del colono, de modo que no había otra cosa que hacer sino apoyarse en la cerca y verlo crecer—; por un lado, lo que había querido hacer y no había podido; por el otro, lo que podía haber hecho y no era necesario. Pero al fin, la segunda semana, cuando sintió que un día más y su paciencia se acabaría por completo, permaneció precisamente detrás de la puerta de su cocina y vio a George entrar y cruzar el solar en la oscuridad y entrar en el establo y aparecer con su yegua y engancharla al carro y salir disparado. Así, pues, a la mañana siguiente no fue más allá de su primera parcela y apoyado en la cerca miró su algodón bajo el brillante rocío hasta que su mujer empezó a gritarle desde la casa.
       Cuando entró, Nat estaba sentada en su silla cerca del hogar, inclinada hacia delante, con sus largas y delgadas manos colgando inertes entre las rodillas, y la cara de nuevo hinchada y abotagada por las lágrimas.
       —¡Tú y tu George Wilkins! —dijo Molly—. Anda, díselo.
       —No ha empezado a hacer el pozo ni nada —dijo Nat—. Ni siquiera ha apuntalado la veranda. Con todo el dinero que le diste, ni siquiera ha empezado.
       Y se lo dije, y él dice únicamente que no va a hacerlo todavía, y yo esperé y se lo dije otra vez, y él dice siempre que no va a hacerlo todavía. Hasta que al fin le dije que si no iba a comenzar como había prometido, yo iba a cambiar de idea sobre todo lo que había visto aquella noche cuando los agentes vinieron aquí y entonces ayer noche él dijo que tenía que hacer un buen trecho de camino y si yo quería venir aquí y quedarme porque él no volvería hasta tarde y yo le dije que podía atrancar la puerta, porque pensé que él iba a disponer el comienzo del pozo.
       Y cuando lo vi coger la yegua y el carro de papá, pensé que eso era. Y casi no era de día cuando volvió, y no trajo nada. Nada con qué cavar, ni los maderos para arreglar la veranda, y había gastado el dinero que papá le dio. Y yo le dije lo que iba a hacer y estuve esperando delante de la casa hasta que Mr. Roth se levantó y le dije que había cambiado de idea sobre lo que había visto aquella noche y Mr. Roth empezó a maldecir y dijo que yo había esperado demasiado, porque ahora era la mujer de George y la Ley no quiere escucharme y que viniera y te dijera a ti y a George que los dos dejarais este lugar antes de la puesto del sol.
       —¡Esto además! —gritó Molly—. ¡Mira tu George Wilkins! —Lucas estaba ya dirigiéndose hacia la puerta. —¿Adónde vas?— le dijo—. ¿Adónde vamos a ir?
       —Espera a preocuparte acerca de dónde iremos cuando Roth Edmonds empiece a preocuparse por qué no nos hemos ido —dijo Lucas.
       El sol estaba bastante alto ya. Iba a hacer calor; había que ocuparse del algodón y del maíz antes de que el sol se pusiese. Cuando llegó a casa de George, éste permaneció silencioso detrás de una esquina. Lucas atravesó el patio allanado y sin hierba, que lucía barrido y limpio entre los intrincados y curvos dibujos que Molly había enseñado a Nat.
       —¿Dónde está? —dijo Lucas.
       —Atiné a esconderlo en la hondonada donde solía estar el mío —dijo George—. Como aquellos agentes no encontraron nada la otra vez, pensarán que no sirve de nada miran allí de nuevo.
       —Idiota —dijo Lucas—. ¿No sabes que no pasará una semana desde hoy hasta las próximas elecciones sin que uno de ellos mire en esa hondonada pi mente porque Roth Edmonds les dijo que una había un alambique? Y cuando te cojan esta vez tendrás un testigo con quien estés ya casado desde el pasado otoño.
       —No me cogerán esta vez —dijo George—. He aprendido mi lección. Yo haré esta vez lo que usted me diga.
       —Harás bien —dijo Lucas—. Tan pronto como oscurezca coge el carro y llévate esa cosa de la hondonada. Yo te indicaré dónde ponerla. Ah —dijo—, y me imagino que ésta se parezca bastante a la que estabas antes en esa hondonada y que no valía siquiera la pena de moverla.
       —No, señor —dijo George—. Ésta es buena. El serpentín es casi nuevo. Es por eso por lo que no pude hacer que él bajase el precio que pedía. Para la veranda y el pozo faltaban unos dos dólares, pero los puse yo, sin necesidad de molestarle a usted. Pero no es la preocupación de ser cogido lo que me apura. Lo que no puedo dejar de meditar es lo que vamos a decir a Nat a propósito de esa veranda y ese pozo.
       —¿Lo que nosotros diremos? —preguntó Lucas.
       —Lo que yo, entonces —dijo George.
       Lucas le miró durante un momento.
       —George Wilkins —dijo.
       —Señor —dijo George.
       —No doy consejos a un hombre referente a su mujer —dijo Lucas.


CAPITULO II

1

       Unas cien yardas antes de llegar al economato, Lucas habló por encima de su hombro, sin detenerse. —Espere aquí— dijo.
       —No, no —dijo el viajante—. Le hablaré yo mismo. Si no puedo vendérselo yo, entonces…
       Se detuvo. Realmente, retrocedió; otro paso y hubiera caldo sobre Lucas. Era joven, aún no tenía treinta años, con el aplomo, ligeramente descuidado, energía y empuje de su oficio, y era un blanco. Sin embargo, cesó de hablar y miró al negro con su mono deteriorado que permanecía mirándole no sólo con dignidad, sino autoritariamente.
       —Espere aquí —dijo Lucas.
       El viajante se apoyó en la cerca, en la luminosa mañana de agosto, mientras Lucas entraba en el economato. Subió la escalera, al lado de la cual estaba una potranca de brillante pelaje con un lucero y tres calzas, firme bajo una ancha montea de campo, y entró en la larga habitación, con sus hileras de estantes con latas de víveres y tabaco, medicinas, y ganchos de los que colgaban cadenas y colleras y bridas. Edmonds se hallaba sentado ante un escritorio de cierre enrollable junto a la ventana del frente, escribiendo en un libro mayor. Lucas permaneció callado a espaldas de Edmonds, mirando su cuello, hasta que se volvió.
       —Ha venido —dijo Lucas.
       Edmonds se volvió de golpe con un movimiento de la silla giratoria. Aún no había acabado de girar, y ya Edmonds fulminaba a Lucas con la mirada; con sorprendente violencia dijo:
       —¡No!
       —¡Sí! —dijo Lucas.
       —¡No!
       —La ha traído consigo —dijo Lucas—. Yo vi con mis propios ojos…
       —¿Quiere decirse que les has escrito que venga aquí después que yo te dije que no te adelantaría, no ya trescientos dólares, sino ni trescientos centavos, ni siquiera tres centavos…?
       —Le digo que la he visto —dijo Lucas—. La he visto trabajar con mis propios ojos. Esta mañana enterré un dólar de plata en mi patio interior, y esa máquina fue directamente donde estaba y lo encontró. Esta noche encontraremos ese dinero y le pagaré a usted por la mañana.
       —¡Bien! —dijo Edmonds—. ¡Estupendo! Tú tienes más de tres mil dolores en el Banco. Anticipa tú mismo el dinero. Así, ni siquiera tienes que devolverlo. —Lucas le miraba. Ni siquiera parpadeaba—. ¡Ah! —prosiguió Edmonds—. ¿Y por qué no? Porque tú sabes tan condenadamente bien como yo que no hay ningún tesoro oculto por aquí. Vives aquí desde hace sesenta y siete años. ¿Has oído hablar de alguien de la región con bastante dinero para enterrarlo? ¿Puedes imaginarte a alguien de esta tierra enterrando algo que valga dos centavos sin que alguno de sus parientes o amigos vecinos lo hayan desenterrado y gastado antes de que él tuviera tiempo de llegar a su casa y poner la pala en su sitio?
       —Usted se equivoca —dijo Lucas—. Hay gente que lo encuentra. ¿No le hablé de aquellos dos forasteros blancos que vinieron aquí después de oscurecer, aquella noche, hace tres o cuatro años, y desenterraron veintidós mil dólares en un odre viejo y se marcharon antes de que nadie los viese? Yo he visto el hoyo que ellos volvieron a rellenar. Y el odre.
       —Sí —dijo Edmonds—. Me lo contaste. Y entonces tampoco Je creías tú. Pero ahora has cambiado de idea. ¿No es así?
       —Ellos Jo encontraron —dijo Lucas—. Se fueron limpiamente antes de que nadie lo supiese, antes siquiera que supiesen que habían estado aquí.
       —¿Entonces, cómo sabes tú que eran veintidós mil dólares?
       Pero Lucas se limitó a mirarle. No con obstinación, sino con una paciencia infinita, casi como la de Jehová, como si estuviera contemplando las extravagancias de un niño loco.
       —Su padre me hubiera prestado los trescientos dólares si estuviera aquí —dijo.
       —Pero yo, no —dijo Edmonds—. Y si pudiera prohibirte que gastaras nada de tu dinero en esa maldita máquina e ir a la caza de tesoros ocultos, también lo haría. Pero, vamos, tú no piensas emplear tu dinero, ¿verdad? Por eso has venido a mí. Tú tienes más juicio. Y esperabas que yo no lo tuviese. ¿No es verdad?
       —Parece que tendrá que emplear mi dinero —dijo Lucas—. Le pido una vez más…
       —¡No! —dijo Edmonds.
       Esta vez Lucas le miró por un minuto largo. Ni siquiera suspiró.
       —Está bien —dijo.
       Cuando salió de la administración, vio también a George, el brillo del sucio y destrozado panamá allá donde George y el viajante, agachados a la sombra de un árbol, estaban en cuclillas sobre los talones sin ningún otro apoyo. ¡Ah!, pensó, puede hablar como un hombre de la ciudad, y hasta puede pensar que lo es. Pero yo sé dónde ha nacido. El viajante alzó la vista al acercarse Lucas. Lanzó sobre Lucas una mirada y se levantó, encaminándose hacia el economato.
       —Diablos —dijo— le he estado diciendo todo el tiempo que me deje hablar con él.
       —No —dijo Lucas—. Usted no entra en esto.
       —¿Qué va usted a hacer entonces? —dijo el viajante—. He venido aquí desde Memphis… Y cómo consiguió usted persuadir a los de Saint Louis para que le mandasen esta máquina sin hacérsela pagar al contado allí, todavía no lo comprendo. Y le diré en seguida que si tengo que volvérmela a llevar, y presentar una cuenta de gastos por este viaje, y sin maldita la cosa que mostrar en cambio, algo…
       —Por lo menos, no hacemos nada útil estando aquí —dijo Lucas.
       Seguido por los otros, se dirigió a la puerta, a la carretera donde esperaba el auto del viajante. La máquina adivina estaba sobre el asiento posterior y Lucas se quedó ante la portezuela abierta, mirándola: una caja oblonga de metal, con un asa en cada lado para ser transportada, maciza y sólida, eficaz y práctica y un conjunto de interruptores y cuadrantes. No la tocó. Se apoyó en la portezuela y permaneció allí, parpadeando, atónito. Habló sin dirigirse a nadie.
       —Yo la he visto funcionar —dijo—. La he visto con mis propios ojos.
       —¿Qué se creía usted? —dijo el viajante—. Eso es lo que pretendieron hacer. Por eso es por lo que pedíamos trescientos dólares por ella. ¿Bien? ¿Qué es lo que va usted a hacer? Necesito saberlo, así podré saber lo qué haré yo. ¿No consiguió los trescientos dólares? ¿Y alguno de sus parientes? ¿No tendrá su esposa esos trescientos dólares escondidos en algún sitio, debajo del colchón?
       Lucas miró atónito la máquina. Aún no había levantado los ojos.
       —Encontraremos ese dinero esta noche —dijo—. Usted se pone a la máquina y yo le enseñaré dónde buscar, e iremos a medias.
       —Ah, ah, ah —dijo el viajante con aspereza, pero no se movió ni un músculo de su rostro, excepto los que le separaban los labios—. Ahora m mí contarle un cuento.
       Lucas seguía mirando, absorto, la caja.
       —Estoy seguro de que lo encontraremos, capitán —dijo George de pronto—. Dos blancos vinieron a escondidas hace tres años y una noche sacaron veintidós mil dólares en un odre viejo, y se fueron tranquilamente antes del amanecer.
       —Claro —dijo el viajante—. Y tú crees que había exactamente veintidós billetes grandes porque encontraste tirados unos centavos que no supieron qué hacer con ellos.
       —No, señor —dijo George—. Puede ser que hubiera más de veintidós mil dólares. Era un odre muy grande.
       —George Wilkins —dijo Lucas.
       Todavía estaba a medias dentro del auto. Ni siquiera volvió la cabeza.
       —Señor —dijo George.
       —Calla —dijo Lucas. Sacó la cabeza y medio cuerpo, se volvió y miró al viajante. De nuevo el joven blanco vio un rostro absolutamente impenetrable, incluso un poco frío—. Le daré en cambio una mula —dijo Lucas.
       —¿Una mula?
       —Cuando encontremos el dinero esta noche, le volveré a comprar la mula por los trescientos dólares.
       George suspiró con un ruido débil y silbante. El viajante lanzó una rápida ojeada a su sombrero ladeado, al veloz parpadeo. Luego miró otra vez a Lucas. Se miraron el uno al otro: la cara astuta, repentinamente seria, repentinamente atenta del joven blanco, y la completamente privada, de expresión del negro.
       —¿Es suya la mula?
       —¿Cómo podría cambiársela si no lo fuese? —dijo Lucas.
       —Vamos a verla —dijo el viajante.
       —¡George Wilkins! —dijo Lucas.
       —Señor —dijo George.
       —Ve a mi cuadra y coge el cabestro.


2

       Edmonds descubrió que faltaba la mula tan pronto como los pastores Dan y Oscar llevaron aquella tarde el ganado que estaba pastando. Era una mula de tres años, que pesaba mil cien libras, llamada Alice Ben Bolt, y había rechazado en la primavera trescientos dólares que le ofrecieron por ella. Ni siquiera soltó un taco, simplemente entregó la yegua a Dan y esperó a un lado de la valla mientras las rápidas pisadas de la yegua se extinguían gradualmente en la oscuridad y luego volvieron a oírse y Dan saltó a tierra y le entregó la linterna y la pistola. Entonces, él montado en la yegua y los dos negros en mulas sin silla, volvieron a través de los pastos, vadeando el torrente por la brecha en la cerca por la que había pasado la mula. Desde allí siguieron las huellas de la mula y el hombre sobre la tierra blanda por el borde de un campo de algodón, hasta la carretera. Y allí también pudieron seguirlas, Dan a pie y llevando la linterna, por donde el hombre había llevado a la mula sin herrar, en el blando cieno que bordeaba la grava.
       —Son las pisadas de Alice —dijo Dan—. Las conocería en cualquier parte.
       Más tarde, Edmonds se daría cuenta de que los dos negros también habían reconocido las huellas del hombre. Pero en este momento toda su ira y su preocupación establecieron como un cortocircuito en su normal sensibilidad sobre el comportamiento de los negros. No le hubieran dicho quién dejó las huellas, aunque él se lo hubiera preguntado, pero el conocimiento que ellos sabían le hubiera facilitado adivinar con justeza y se evitaría las cuatro o cinco horas de agitación mental y de esfuerzo físico en el que casi estaba por entrar.
       Perdieron el rastro. Confiaba en encontrar las huellas allí donde la mula habría sido cargada en un camión que estuviese a la espera; tras lo cual volvería a casa y telefonearía al sheriff de Jefferson y a la policía de Memphis para que al día siguiente vigilasen el mercado de caballos y mulas. Pero allí no había tales huellas. Les costó casi una hora hallar dónde había desaparecido el rastro sobre la grava, atravesarla, descender entre las malezas del lado puesto de la carretera y reaparecer en otro campo trescientas yardas más allá. Sin haber cenado, furioso, sobre la yegua que había estado ensillada todo el día y sin comer también, seguía la sombra indefinida de las dos mulas, maldiciendo a Alice y a la oscuridad, y a aquella única luz mezquina, a la que estaban obligados a someterse.
       Dos horas más tarde se hallaban en el lecho del torrente, a cuatro millas de la casa. También él iba a pie ahora, para no romperse la cabeza contra cualquier rama, y tropezaba y se hería entre espinos y matojos, y troncos podridos y árboles desmochados, llevando la yegua con una mano y resguardándose la cara con el otro brazo y tratando de ver dónde ponía los pies, pero anduvo hacia una de las mulas, saltando instintivamente hacia la dirección justa, mientras ésta le tiraba una coz, antes de descubrir que los negros se habían parado. Entonces, maldiciendo en voz alta, y saltando de nuevo rápidamente para evitar al invisible segundo mulo que debía estar en algún sitio en ese lado, comprobó que la linterna estaba apagada y vio también el débil y humeante reflejo de una antorcha de pino allá enfrente, entre los árboles. Se estaba moviendo.
       —Está bien —dijo de prisa—. No encienda la luz. —Llamó a Oscar—. Dale los mulos a Dan y vuelve aquí y coge la yegua.
       Esperó, mirando la luz, hasta que la mano del negro tocó la suya. Dejó las riendas y anduvo alrededor de los mulos, sacando la pistola, sin dejar de observar la luz que se movía.
       —Dame la linterna —dijo—. Tú y Oscar esperad aquí.
       —Mejor será que vaya con usted —dijo Dan.
       —Está bien —dijo Edmonds, observando la luz—. Deja los mulos a Oscar.
       Se adelantó sin esperar, aunque en seguida oyó al negro a su espalda, y los dos marchaban lo más de prisa que podían. La rabia no se había enfriado. Estaba caliente y sentía una ansiedad dentro de él, una especie de alborozo vengativo donde él se zambullía, sin reparar en la maleza ni en los troncos, la linterna en su mano izquierda y la pistola en la derecha, avanzando rápidamente hacia la antorcha.
       —Es el baluarte del Viejo Indio —murmuró Dan detrás de él—. Por eso esa luz parecía venir de lo alto. Él y George Wilkins deben haber cavado bastante.
       —¿Él y George Wilkins? —dijo Edmonds. Se detuvo súbitamente. Se volvió. No sólo estaba a punto de percibir toda la situación en su completa e instantánea integridad, como cuando la bombilla del fotógrafo se enciende, sino que sabía que lo había comprendido todo el tiempo y que se había negado a creerlo pura y simplemente porque sabía que cuando lo hubiera aceptado, su cerebro estallaría—. ¿Lucas y George?
       —Están cavando en el baluarte —dijo Dan—. Vienen todas las noches desde que Tío Lucas encontró aquella moneda de oro de mil dólares la primavera pasada.
       —¿Y tú lo sabías?
       —Todos nosotros lo sabemos. Los hemos estado observando. Una moneda de oro de mil dólares la encontró Tío Lucas la noche que estaba tratando de esconder su…
       La voz se apagó. Edmonds no podía oírla ya, sofocado por un agolpamiento de sangre en su cerebro, que si hubiera sido irnos años más viejo le hubiera ocasionado una apoplejía. Por un momento no pudo ni respirar ni ver. Luego se volvió de nuevo. Dijo algo con voz ronca y sofocada y se abalanzó, tirándose al fin desde el matorral al calvero donde se alzaba el achaparrado montículo, con la bostezante abertura de sus entrañas a un lado, como la manga de una cámara fotográfica, delante de la cual las dos sorprendidas figuras le miraban con la boca abierta. Una de ellas llevaba delante de sí lo que Edmonds podía haber tomado por un recipiente conteniendo comida, salvo que él todavía no sabía que ninguno de éstos había tenido tiempo de dar de comer a Alice ni a ninguna otra mula desde el oscurecer, la otra sostenía el humeante leño de pino en lo alto del ladeado y viejo panamá, y…
       —¡Tú, Lucas! —gritó.
       George tiró lejos la antorcha, pero la linterna de Edmonds ya los tenía ensartados. Luego vio al hombre blanco, al viajante, por primera vez, el sombrero de ala dura, la corbata y todo, precisamente surgiendo al lado de un árbol, con los pantalones enrollados hasta la rodilla y los pies invisibles en el fango endurecido.
       —Está bien —dijo Edmonds—. Vete, George. Corre. Creo que puedo acertar a ese sombrero sin siquiera tocarte…
       Se aproximó dirigiendo la luz de la linterna a la caja de metal que tenía Lucas, brillante y resplandeciente entre interruptores y cuadrantes.
       —Con que es esto —dijo—. Trescientos dólares. Quisiera que alguien trajese a esta tierra una simiente que tuviese que ser trabajada todos los días desde primero de año hasta Navidad. En cuanto a vosotros los negros se os deja de lado, empiezan los trastornos. Pero dejemos eso. No quiero preocuparme por Altee esta noche. Y si tú y George queréis pasaros el resto de la noche dando vueltas con esta maldita máquina, es asunto vuestro. Pero esta mula estará en su sitio en mi cuadra al salir el sol. ¿Has oído?
       De pronto el viajante apareció repentinamente al lado de Lucas.
       —¿Qué mula es ésa? —dijo.
       Edmonds le iluminó por un momento.
       —Mi mula, señor —dijo.
       —¿De veras? —dijo el otro—. Yo tengo el recibo de venta de esta mula. Firmado por Lucas.
       —¿Lo tiene usted? —dijo Edmonds—. Puede usted encender la pipa con él cuando esté en su casa.
       —¿De veras? Oiga, señor Cómo Se Llame…
       Pero ya Edmonds había vuelto a dirigir la luz sobre Lucas, que seguía teniendo la máquina adivina ante sí como si fuese algún objeto simbólico y consagrado para una ceremonia, para un rito.
       —Pensándolo bien —dijo Edmonds— no quiero preocuparme en absoluto por esa mula. Te dije esta mañana lo que pensaba acerca de estos asuntos. Pero tú eres un hombre hecho; si quieres hacer el tonto, yo no puedo impedírtelo. Por Dios, ni siquiera deseo impedírtelo. Pero si esta mula no está en su puesto mañana al salir el sol, telefonearé al sheriff. ¿Me has oído?
       —Le he oído —dijo Lucas con hosquedad.
       El viajante habló de nuevo.
       —Está bien, muchacho —dijo—. Si esta mula se mueve de aquí antes de que yo pueda cargarla y llevármela, iré a telefonear al sheriff. ¿Ha oído también esto?
       Edmonds lanzó, de golpe, el rayo de luz a la cara del viajante.
       —¿Me hablaba usted, señor? —dijo.
       —No —dijo el viajante—. Le decía a él. Y él me ha oído.
       Durante un rato. Edmonds mantuvo la luz sobre el otro.
       Luego la dejó caer, de modo que solo se veían sus piernas y sus pies clavados en el fango y su refracción como si se hallaran en el agua. Volvió a guardarse la pistola en el bolsillo.
       —Bien, usted y Lucas tienen hasta el amanecer para arreglar esto. Porque esta mula tiene que estar de vuelta a mi cuadra al salir el sol.
       Se volvió. Lucas le observó ir a donde Dan le esperaba en el borde del calvero. Luego los dos continuaron, la luz oscilaba y vacilaba entre los árboles y los matorrales. En seguida desapareció.
       —George Wilkins —dijo Lucas.
       —Señor —dijo George.
       —Busca la antorcha y enciéndela otra vez.
       George lo hizo así; una vez más el rojo resplandor flameó y siguió apestando con su humo denso, elevándose hacia las estrellas de agosto de la medianoche ya pasada. Lucas dejó la máquina en el suelo y cogió la antorcha.
       —Coge aquella cosa —dijo—. Voy a encontrarlo ahora.
       Pero cuando despuntó el día no lo habían encontrado. La antorcha palidecía a la débil luz, cargada de rocío. El viajante estaba dormido sobre la tierra húmeda, hecho una pelota para defenderse del frío del amanecer, con la barba crecida, el pretencioso sombrero de la ciudad aplastado contra una mejilla, la corbata torcida sobre el cuello de la sucia camisa blanca, los enfangados pantalones enrollados bajo las rodillas, los zapatos el día antes tan brillantes convertidos en dos informes masas de fango endurecido. Cuando al fin le despertaron se incorporó renegando. Pero en seguida se dio cuenta de dónde se hallaba y por qué.
       —Está bien —dijo—. Si esa mula se aleja un solo paso de la cabaña donde la hemos dejado, iré a buscar al sheriff.
       —Sólo necesito una noche más —dijo Lucas—. Ese dinero está aquí.
       —Tómese una más —dijo el viajante—. Tómese cien. Pásese aquí el resto de su vida, si así lo desea.
       Pero ¿quiere primeramente decirme algo acerca de aquel tipo que sostiene que la mula es suya?
       —De eso me ocupo yo —dijo Lucas—. Me ocuparé de él esta mañana. No debe usted preocuparse por eso. Además, si usted intenta llevarse la mula hoy, el sheriff se la quitará. Déjela donde está y no se angustie usted ni me angustie a mí. Déjeme sólo una noche más con esta cosa y yo lo arreglaré todo.
       —Está bien —dijo el viajante—. Pero ¿sabe usted lo que le va a costar otra noche? Le va a costar exactamente veinticinco dólares más. Ahora me voy al pueblo a dormir.
       Volvieron al coche del viajante. Él puso la máquina adivinadora dentro del portaequipajes y cerró con llave. Dejó a Lucas y George frente a la casa de Lucas. El auto prosiguió veloz, camino abajo. George parpadeó rápidamente mirándole.
       —¿Qué haremos ahora? —dijo.
       —Toma tu desayuno lo más pronto que puedas y vuelve aquí —dijo Lucas—. Tienes que ir al pueblo y volver al mediodía.
       —Necesito también ir a la cama. Estoy enfermo de no dormir.
       —Puedes dormir mañana. Tal vez una parte de esta noche.
       —Podía haber ido y vuelto con él, si esto me lo hubiera dicho antes —dijo George.
       —¡Ah! —repuso Lucas—. Pero no te lo dije. Vete a tomar tu desayuno lo más pronto que puedas. O si piensas que tal vez no encontrarás una montura para ir al pueblo, quizá es mejor que te vayas ahora sin esperar a desayunar. Porque serán unas treinta y cuatro millas a pie, y tienes que estar de vuelta al mediodía.
       Cuando George llegó a la puerta de Lucas diez minutos más tarde, Lucas fue a su encuentro, con el cheque llenado ya con su caligrafía trabajosa, apretada, aunque perfectamente legible. Era por cincuenta dólares.
       —Que te los den en plata —dijo Lucas—. Y estás de vuelta al mediodía.
       Empezaba a oscurecer cuando el auto del viajante se detuvo de nuevo a la puerta de Lucas, donde Lucas y George estaban esperando. George llevaba un pico y una pala. El viajante estaba recién afeitado y su semblante reposado; el sombrero de ala dura había sido cepillado y la camisa estaba limpia. Pero llevaba unos pantalones caquis de algodón que aún tenían la etiqueta de la fábrica y mostraban la señal por dónde estuvieron doblados en el estante de la tienda hasta que ésta abrió para la venta aquella mañana.
       Dirigió a Lucas una dura y burlona mirada cuando Lucas y George se acercaban.
       —No voy a preguntar si mi mula está bien —dijo—. Porque no hay necesidad. ¿Verdad?
       —Está bien —dijo Lucas.
       Él y George se sentaron detrás. La máquina adivina estaba sobre el asiento delantero, al lado del viajante. George se detuvo un momento y la miró, parpadeando rápidamente.
       —Se me ocurre pensar lo rico que yo sería si supiera lo que ella sabe adivinar —dijo—. Todos nosotros lo seríamos. No tendríamos necesidad de desperdiciar noche tras noche a la caza del dinero enterrado, ¿no es verdad? —Se dirigía al viajante, afable, deferente, parlanchín—: Entonces a usted y al señor Lucas no les importaría nada de quién era la mula, ni siquiera si había una mula, ¿no es verdad?
       —Calla, y sube al coche —dijo Lucas.
       El viajante conectó el motor, pero no lo puso en marcha. Se sentó de medio lado, mirando hacia atrás, a Lucas.
       —¿Bien? —dijo—. ¿Adónde quiere ir a dar su paseo esta noche? ¿Al mismo sitio?
       —Allí no —dijo Lucas—. Yo le mostraré dónde. Estuvimos mirando en el sitio equivocado. Había leído mal el papel.
       —Desde luego —dijo el viajante—. Haberlo descubierto bien vale el gasto de veinticinco dólares.
       Puso en marcha el auto, pero lo detuvo tan de prisa que Lucas y George, sentados cautamente en el borde del asiento, fueron proyectados contra el respaldo del asiento delantero.
       —¿Qué es lo que ha dicho? —dijo el viajante—. ¿Qué pasa con el papel?
       —Lo interpreté mal —dijo Lucas.
       —¿Interpretar qué?
       —El papel.
       —¿Quiere decir que tiene una carta o algo así que dice dónde está enterrado?
       —Eso es —dijo Lucas—. Ayer lo interpreté mal.
       —¿Dónde está?
       —Lo dejé en casa.
       —Vaya a buscarlo.
       —No importa —dijo Lucas—. No lo necesitaremos.
       Durante un largo rato el viajante miró a Lucas por encima del hombro. Luego volvió la cabeza y llevó la mano al contacto, pero el contacto estaba puesto ya.
       —Está bien —dijo—. ¿Dónde es ese sitio?
       —Vaya adelante —dijo Lucas—. Yo se lo indicaré.
       Necesitaron casi dos horas para llegar. El camino no era siquiera un camino sino una hondonada ancha que serpenteaba por entre las colinas, y el sitio que ellos buscaban no estaba en el fondo sino en lo alto de una colina que dominaba el torrente —un grupo de cedros desmochados, las ruinas de viejas chimeneas sin cimientos, una depresión que debía haber sido alguna vez un pozo o cisterna, el viejo caduco secadero— y los campos apretados de brezos extendiéndose a lo lejos y unos cuantos troncos de árboles en lo que había sido un huerto, oscuro y lleno de sombras bajo el cielo sin luna en el que flotaban las vehementes estrellas de últimos de verano.
       —Es en el huerto —dijo Lucas—. Está dividido, enterrado en dos sitios separados. Uno de ellos en el huerto.
       —Con tal de que el tipo que le escribió la carta no haya vuelto y lo haya reunido otra vez —dijo el viajante—. ¿Qué estamos esperando? Vamos, Jack —dijo a George—. Saca esto.
       George sacó del coche la máquina adivina. El viajante tenía una linterna, completamente nueva, y sin encenderla la metió en el bolsillo posterior del pantalón. Miró a su alrededor al oscuro horizonte de las otras colinas, visibles millas y millas aún en la oscuridad.
       —Por Dios, es mejor que lo encuentren en seguida esta vez. Probablemente no hay en diez millas hombre capaz de caminar que no esté aquí dentro de una hora, mirándoles.
       —No me diga eso a mí —dijo Lucas—. Dígaselo a esta máquina parlante de trescientos veinticinco dólares que he comprado que no parece saber decir sino No.
       —Todavía no la ha comprado —dijo el viajante—. Dice usted que uno de los sitios es entre estos árboles. Está bien. ¿Dónde?
       Lucas, llevando la pala, entró en el huerto. Los otros le siguieron. El viajante observó a Lucas, que se paraba atisbando los árboles y el cielo como para orientarse, continuando luego. Al fin se detuvo.
       —Podemos empezar aquí —dijo.
       El viajante alumbró con la linterna, cubriendo la luz con su mano de modo que diese sobre la máquina en manos de George.
       —Está bien, Jack —dijo—. Andando.
       —Es mejor que la cargue yo —dijo Lucas.
       —No —dijo el viajante—. Usted es demasiado viejo. Aún no sé si podrá aguantar con nosotros.
       —Aguanté anoche —dijo Lucas.
       —Ahora no es anoche —dijo el viajante—. ¡Vamos, Jack!
       Empezaron a andar, George en medio, llevando la máquina, mientras los tres observaban los pequeños cuadrantes bajo el rayo concentrado de la linterna, a la vez que avanzaban y retrocedían en el huerto en líneas paralelas, los tres observando cuando las agujas de los cuadrantes de pronto se animaron, oscilaron girando ampliamente, y luego se detuvieron, temblorosas. Entonces Lucas sostuvo la máquina y observó a George que cavaba bajo el haz de luz de la lámpara y vio al fin salir la lata herrumbrosa y una cascada de dólares de plata brillar y afluir en las manos del viajante y oyó la voz de éste:
       —Vaya, por Dios. Vaya, por Dios.
       También Lucas se puso en cuclillas. Él y el viajante estaban en cuclillas uno frente al otro a cada lado del hoyo.
       —Bien, yo he encontrado esto ahora —dijo Lucas.
       El viajante, con una mano extendida sobre las monedas esparcidas, hizo con la otra un rápido movimiento como si Lucas hubiese intentado tocar el dinero. En cuclillas, rió ronca y prolongadamente hacia Lucas.
       —¿Usted lo ha encontrado? Esta máquina no le pertenece, jefe.
       —Yo se la he comprado a usted —dijo Lucas.
       —¿Con qué?
       —Con una mula —dijo Lucas. El otro se rió de él al otro lado del hoyo, con risa ronca y sostenida—. Le he dado un vale de venta —dijo Lucas.
       —Que maldito lo que vale —dijo el viajante—. Está allí, en mi auto. Vaya y cójalo cuando quiera. Ni siquiera me he tomado la molestia de romperlo; de todos modos no valía la pena.
       Volvió a meter las monedas en la lata. La linterna permanecía en tierra, allí donde él la había dejado caer, donde la había tirado, todavía encendida. El hombre se levantó de golpe y en el rayo de luz quedaban sólo sus pantorrillas, bajo los pantalones nuevos de algodón con el pliegue bien marcado, y los zapatos negros que no habían sido cepillados sino simplemente lavados.
       —Está bien —dijo—. Esto es sólo una parte mínima. Usted ha dicho que estaba dividido, enterrado en dos sitios aparte. ¿Dónde está el otro?
       —Pregúnteselo a su máquina adivina —dijo Lucas—. ¿No es ella la que debe saberlo? ¿No es por eso que usted quería trescientos dólares por ella? —Estaban frente a frente, en la oscuridad, dos sombras sin rostro. Lucas empezó a andar—. Creo que podemos irnos a casa —dijo—. George Wilkins.
       —Señor —dijo George.
       —Espere —dijo el viajante. Lucas se detuvo. De nuevo se encontraron frente a frente, invisibles el uno al otro—. Aquí no había sino un centenar —dijo el viajante—. La mayor parte está en el otro sitio. Le daré el diez por ciento.
       —Yo tenía la carta —dijo Lucas—. No es bastante.
       —El veinte —dijo el viajante—. Y eso es todo.
       —Quiero la mitad —dijo Lucas.
       —¿La mitad?
       —Y el papel de la mula, y otro papel diciendo que esta máquina es mía.
       —Ja, ja —dijo el viajante—. Y ja, ja, ja. Usted dice que la carta decía en el huerto. El huerto no es muy grande. Y con la mayor parte de la noche por delante sin contar con mañana…
       —He dicho que decía que una parte estaba en la huerta —dijo Lucas.
       Se enfrentaban en la oscuridad.
       —Mañana —dijo el viajante.
       —Ahora —dijo Lucas.
       —Mañana.
       En rostro invisible miraba su propio invisible. Ambos él y George, parecían sentir el aire estancado del verano moverse al temblor del hombre.
       —Jack —dijo el viajante—, ¿cuánto dices que encontraron aquellos hombres?
       Pero Lucas contestó antes de que George pudiera hablar.
       —Veintidós mil dólares.
       —Podían ser más de veintidós mil —dijo George—. Era un gran…
       —Está bien —dijo el viajante—. Le daré el recibo de venta de la máquina en cuanto hayamos terminado.
       —Lo quiero ahora —dijo Lucas.
       Volvieron al auto. Lucas mantuvo la linterna. Observando al viajante mientras abría su carpeta de impresos y sacaba y le arrojaba a Lucas el recibo de venta de la mula. Luego observaron su temblorosa mano llenar el largo formulario duplicado con papel carbón y firmarlo y arrancar una de las dos.
       —Entrará en posesión mañana por la mañana —dijo—. Hasta entonces me pertenece. —Salto del coche—. Vamos.
       —Y la mitad de lo que se encuentre es mío —dijo Lucas.
       —¿Cómo diablos va a ser una mitad ni nada mientras está usted ahí moviendo la boca? —dijo el viajante—. Vamos.
       Pero Lucas no se movió.
       —¿Qué hay de esos cincuenta dólares que ya hemos encontrado? —dijo—. ¿No me corresponden la mitad?
       Esta vez el viajante se limitó a mirarle riendo, con una risa ronca e igual, pero sin alegría. Luego, se alejó. Ni siquiera había cerrado la carpeta. Arrancó la máquina a George y la linterna a Lucas y volvió corriendo hacia el huerto, y la luz oscilaba y saltaba según corría.
       —George Wilkins —dijo Lucas.
       —Señor —dijo George.
       —Lleva la mula a donde la cogiste. Luego ve a decirle a Roth Edmonds que puede dejar de inquietar a la gente acerca de esto.


3

       Subió la carcomida escalera, junto a la cual estaba la yegua lustrosa con su ancha silla y penetró en la larga habitación con sus filas de estantes de víveres en conserva, de garfios de los que colgaban colleras y jaeces y horcates y útiles de labranza, con su olor de melaza y de queso y de cuero y de petróleo. Edmonds giró la silla de espaldas al escritorio.
       —¿Dónde has estado? —dijo—. Te mandé decir hace dos días que quería verte. ¿Por qué no has venido?
       —Estaba en cama, me parece —dijo Lucas—. He estado en pie durante estas tres últimas noches. No puedo hacerlo ya como cuando era joven. Tampoco podrá usted cuando tenga mi edad.
       —Y yo tengo bastante más criterio, teniendo la mitad de tus años, para intentarlo. Y tal vez 15 tendrás tú también cuando tengas el doble de los míos. Pero no es esto lo que yo quería. Quería saber de ese condenado viajante de Saint Louis. Dan dice que aún está aquí. ¿Qué es lo que está haciendo?
       —A la caza de dinero enterrado —dijo Lucas.
       Por un momento Edmonds no habló. Luego dijo:
       —¿Qué? ¿A la caza de qué? ¿Qué has dicho?
       —A la caza de dinero enterrado —dijo Lucas.
       Se apoyó cómodamente en el borde del mostrador. Sacó del bolsillo del chaleco una pequeña cajita de hojalata con rapé y la destapó y llenó la tapa cuidadosa y fielmente con rapé y sacando el labio inferior entre el pulgar y el índice, volcó el rapé dentro y tapó la lata y la volvió a guardar en el chaleco.
       —Emplea mi máquina adivinadora. Me la alquila por la noche. Es por eso que he tenido que estar levantado toda la noche, para que me devuelva la máquina. Pero la noche pasada no se presentó, por eso he podido dormir bien una noche, para variar. Por eso imagino que ha regresado al lugar de donde había venido.
       Edmonds estaba sentado en la silla giratoria y miraba fijamente a Lucas.
       —¿Te la alquila a ti? La misma máquina por la que robaste mi… que tú… la misma máquina…
       —Por veinticinco dólares por noche —dijo Lucas—. Eso es lo que él me cobró por usarla una noche. Por eso calculé que es el alquiler corriente. Él las vende; debe saberlo. Por lo menos, eso es lo que yo cobro.
       Edmonds colocó las manos en los brazos de la silla, pero no hizo ningún otro movimiento. Permaneció sentado perfectamente inmóvil, un poco inclinado hacia delante, mirando fijamente al negro apoyado contra el mostrador, en el que sólo las ligeras arrugas en tomo de la boca revelaban al hombre viejo, con unos raídos pantalones de pelo de camello tales como Grover Cleveland o el presidente Taft hubieran podido ponerse en verano, una camisa blanca, sin cuello, de pechera almidonada, bajo una chaqueta de fustán amarillenta por el tiempo, y cruzada por una pesada cadena de oro, y el sombrero de castor de sesenta dólares que el abuelo de Edmonds le dio hacía cincuenta años, en la alto de la cara que no estaba ni seria ni pensativa, sino simplemente privada de expresión.
       —Porque él estaba buscando en el sitio equivocado —dijo—. Ha estado buscando allí en la colina. Ese dinero está enterrado allá abajo, en cualquier parte junto al riachuelo. Aquellos dos blancos que vinieron aquí aquella noche hace cuatro años y se largaron con veintidós mil dólares…
       Edmonds saltó de la silla y se quedó en pie. Respiró profundamente y empezó a andar con firmeza hacia Lucas.
       —Y ahora que nos hemos librado de él, yo y George Wilkins…
       Marchando con firmeza hacia él, Edmonds exhaló la respiración. Creía que sería un grito pero apenas si fue un susurro.
       —Vete de aquí —dijo—. Vete a casa. Y no vuelvas. No vuelvas jamás. Cuando necesites provisiones, manda a Tía Molly por ellas.


CAPITULO III

1

       Cuando Edmonds levantó la vista del libro mayor y vio a la vieja que subía por el camino, no la reconoció. Volvió a sus cuentas y sólo cuando la oyó subir con dificultad las escaleras y la vio entrar en el economato supo quién era. Porque hacía como cuatro o cinco años que no la había visto fuera de la puerta de su casa. Pasaba a caballo delante de la casa cuando iba a ver las cosechas y la veía sentada en la veranda, la arrugada cara inclinada sobre la boquilla de una pipa de barro, o moviéndose en torno al lavadero y al tendedero en el patio de atrás moviéndose lenta y dolorosamente, como se mueven las personas muy viejas, aparentando ser mucho más vieja, aún para Edmonds, cuando él pensaba en todo eso, de lo que Edmonds con toda seguridad sabía que era. Y regularmente una vez al mes él desmontaba y ataba la yegua a la valla y entraba en la casa con una lata de tabaco y una bolsita de confites blandos y baratos como a ella le gustaban, y le hacía una visita de una media hora. Él lo llamaba una libación al azar, como el centurión derramaba antes un poco de vino que bebía, aunque era a sus antepasados y a la conciencia de los cuales probablemente él hubiera afirmado no haber poseído, en la forma, en la persona, de la negra que fue la única madre que jamás conoció, que no sólo le ayudó a venir al mundo aquella noche de lluvia e inundación, cuando su marido había estado muy cerca de perder la vida al ir a buscar al doctor que llegó demasiado tarde, sino que se trasladó a la verdadera casa, llevando a su propia criatura, y el niño blanco y el negro durmieron en la misma habitación con ella, de modo que ella amamantó a los dos hasta que él fue destetado, y nunca se alejó por mucho tiempo de la casa hasta que él fue a la escuela a los doce años. Una mujer pequeña, casi minúscula, que en los siguientes cuarenta años parecía haberse hecho aún más pequeña, con el mismo pañuelo de cabeza y el mismo delantal blanco y limpio con los que él la recordaba de siempre, que él sabía que era más joven que Lucas pero que parecía más vieja, increíblemente vieja, que en los últimos años había empezado a llamarle por el nombre de su padre, e incluso por el título con el que los negros más viejos se referían a su abuelo.
       —Buen Dios —dijo—. ¿Qué has venido a hacer aquí? ¿Por qué no has enviado a Lucas? Él debía tener cuidado y no permitir que tú…
       —Él está ahora en la cama, durmiendo —dijo ella, jadeando un poco por la marcha—. Por eso he tenido una oportunidad para venir. No quiero nada. He venido a hablarle a usted.
       Se volvió un poco hacia la ventana. Entonces él vio su cara cubierta por miles de arrugas.
       —Bien ¿qué pasa? —dijo. Se levantó de la silla giratoria y cogió otra, una silla corriente, con las patas atadas con alambre, de detrás del escritorio—. Aquí —dijo.
       Pero ella sólo llevó la vista de él a la silla con la misma mirada ciega hasta que él la cogió por el brazo que, bajo dos o tres capas de ropas debajo del descolorido pero perfectamente limpio vestido, se notaba no más ancho que la cánula de la pipa que ella fumaba. La llevó de la mano hasta la silla y la sentó, y las voluminosas capas y sobrecargas de sus faldas y enaguas se desparramaron. Inmediatamente ella agachó la cabeza y la volvió a un lado y se llevó a los ojos una mano nudosa, como un exiguo montoncito de secas y ennegrecidas raíces.
       —La luz les hace daño —dijo.
       Él la ayudó a levantarse, y dio vuelta a la silla hasta que quedó con el respaldo hacia la ventana. Esta vez la encontró ella sola y se sentó. Edmonds volvió a su silla giratoria.
       —Muy bien —dijo—. ¿Qué hay?
       —Quiero dejar a Lucas —dijo ella—. Quiero uno de esos…, uno de esos…
       Edmonds estaba sentado sin moverse, mirando fijamente el rostro que no podía ver distintamente.
       —¿Cómo? —dijo él—. ¿Un divorcio? ¿Después de cuarenta y cinco años, a tu edad? ¿Y qué harás? ¿Cómo te las arreglarás en adelante, sin nadie…?
       —Puedo trabajar. Haré…
       —Maldita sea —dijo Edmonds—. Tú sabes que no quise decir eso. Aunque mi padre no hubiese ordenado en su testamento tener cuidado de ti durante toda su vida. Quiero decir ¿qué harás? ¿Dejar la casa que os pertenece a ti y a Lucas e ir a vivir con Nat y George?
       —Eso sería igual de malo —dijo ella—. Quiero irme del todo, lejos. Porque él está loco. Desde que ha cogido esa máquina, se ha vuelto loco. Él y…, y…
       Aunque él acababa de nombrarlo, se dio cuenta de que ella ni siquiera podía recordar el nombre de George. Ella habló de nuevo, inmóvil, sin mirar nada por lo que él veía, sus manos como dos retorcidas manchas de tinta sobre el inmaculado delantal.
       —… permanecen fuera toda la noche, todas las noches con eso, buscando ese dinero enterrado. Ni siquiera se cuida de su ganado como es debido. Y doy de comer a la yegua y a los cerdos y trato de ordeñar. Pero eso no importa. Yo puedo hacerlo. Me gusta hacerlo cuando él está enfermo del cuerpo. Pero ahora está enfermo de la mente. Mala enfermedad. Ni siquiera se levanta para ir a la iglesia el domingo. Él tiene mala enfermedad, amo. Está haciendo una cosa que el Señor no quiere que hagan las gentes. Y yo tengo miedo.
       —¿Miedo de qué? —dijo Edmonds—. Lucas es fuerte como un caballo. En la actualidad está mejor que yo. Ahora está descansando, sin nada que hacer hasta que esté la cosecha. No le hará daño estar en pie toda la noche andando arriba y abajo del riachuelo con George, por un tiempo. Tendrá que dejarlo el mes próximo para recoger su algodón.
       —No es de eso que tengo miedo.
       —¿De qué entonces? —dijo él—. ¿Qué pasa?
       —Tengo miedo de que lo encuentre.
       De nuevo Edmonds estaba sentado en su silla, mirándola.
       —¿Miedo de que vaya a encontrarlo?
       Ella continuaba mirando al vacío, inmóvil, minúscula, como una muñeca, un adorno.
       —Porque Dios dice: «Lo que está puesto en Mi tierra me pertenece a Mí hasta que Yo lo desentierre. Y quien lo toque, esté en guardia». Y yo tengo mucho miedo. Quiero irme. Quiero librarme de él.
       —No hay ningún dinero enterrado en esta región —dijo Edmonds—. ¿No ha estado hurgando por el suelo desde la primavera pasada, buscándolo? Y esa máquina tampoco se lo va a encontrar. Yo hice todo lo posible para que no la comprase. Hice todo lo que pude, salvo que ese maldito agente fuera arrestado por allanamiento. Ahora me gustaría haberlo hecho. Si yo hubiera previsto… Pero eso no habría servido para nada. Lucas se lo habría encontrado camino abajo, en algún sitio y la habría comprado. Pero no va a encontrar más dinero enterrado que el que ha encontrado andando arriba y abajo del riachuelo, haciendo que George Wilkins cavara donde él pensaba que debía estar. También él se convencerá pronto. Lo dejará. Entonces se pondrá bien.
       —No —dijo ella—. Lucas es un viejo. No lo parece, pero tiene sesenta y siete años. Y cuando un viejo de esa edad se mete a buscar tesoros, es como cuando se da al juego, o al whisky o a las mujeres. No va a tener tiempo de abandonarlo. Y entonces se va a ver perdido, perdido… —Se interrumpió.
       No se movió de la dura silla, ni tampoco se movieron las manchas de las manos nudosas en la extendida blancura del delantal. Diablos, diablos, diablos, pensó Edmonds.
       —Te diría cómo curarle en dos días —dijo—. Si tú fueras veinte años más joven. Pero no podrías hacerlo ahora.
       —Dígamelo. Puedo hacerlo.
       —No —dijo él—. Ahora eres demasiado vieja.
       —Dígamelo. Puedo hacerlo.
       —Espera a que él vuelva con eso mañana por la mañana; luego la coges tú y bajas al riachuelo y ponte a buscar el dinero enterrado. Hazlo la mañana siguiente y la otra. Deja que él se entere de lo que estás haciendo —usando su máquina mientras él duerme, durante todo el tiempo que él está dormido y no puede velar, no puede ir de caza él mismo. Déjale que vuelva y encuentre que no está preparado su almuerzo, que se despierte y halle que no está preparada la cena porque tú estás todavía en el lecho del riachuelo, buscando con su máquina el dinero oculto. Eso le curará. Pero eres demasiado vieja. Tú no puedes aguantarlo. Vuelve a casa y cuando Lucas se despierte, tú y él… No, es demasiado lejos para que des ese paseo dos veces en el mismo día. Dile que yo he dicho que me espere. Después de cenar iré y le hablaré.
       —Hablarle no le cambiará. Yo no he podido. Y usted tampoco podrá. Todo lo que puedo hacer es alejarme de él.
       —Puede que no sirva —dijo Edmonds—. Pero: puedo intentarlo, maldita sea. Y él me escuchará, maldita sea. Estaré allí después de cenar. Dile que me espere.
       Entonces ella se levantó. La observó emprender trabajosamente el camino hacia su casa, minúscula, casi como una muñeca. No era precisamente preocupación, y, si se hubiera confesado a sí mismo la verdad, no era en absoluto preocupación por ella. Estaba furioso. Un súbito borbotar de injurias y ofensas acumuladas que cubrían no sólo sus días sino toda la vida de su padre también, y llegaban hasta el tiempo de su abuelo McCaslin Edmonds. Lucas era no sólo la persona viviente más vieja del lugar, más viejo de lo que el padre de Edmonds hubiera sido, era ese cuarto de estirpe no sólo de sangre blanca y ni siquiera de sangre de Edmonds, sino del viejo Carothers McCaslin mismo, de quien Lucas descendía no sólo por línea de varón, pero únicamente de dos generaciones, mientras que Edmonds descendía de línea femenina y de cinco generaciones; hasta desde niño había notado que Lucas siempre se refería a su padre llamándole Mr. Edmonds, nunca Mr. Zack, como le llamaban los demás negros, y cómo con un frío y deliberado cálculo eludía siempre tener que dirigirse al blanco por ningún nombre cuando hablaba directamente con él.
       Sin embargo, Lucas no daba importancia a su sangre blanca o al menos a su sangre de McCaslin, sino al contrario. Era como si él fuese no sólo impermeable a esa sangre, sino indiferente. No tenía necesidad de competir con ella. No tenía siquiera que molestarse en luchar con ella. La resistía siendo la mezcla de las dos razas que le habían formado, simplemente poseyéndola. En vez de ser a la vez el campo de batalla y la víctima de los dos linajes, era un recipiente permanente, sin estirpe, no conductor, en el que las toxinas y las antitoxinas se daban mate mutuamente, sin que se notara al exterior. Una vez habían sido tres: James, luego una hermana llamada Fonsiba; luego, Lucas, hijos de Turl de la tía Tomey, hijo del viejo Carothers McCaslin, y de Tennie Beauchamp, que el tío abuelo de Edmonds, Amodeus McCaslin, le ganó a un vecino jugando al póquer en 1859. Fonsiba se casó y se fue a vivir a Arkansas y no volvió nunca, aunque Lucas continuó teniendo noticias de ella hasta su muerte. Pero James, el mayor, escapó antes de llegar a ser mayor de edad, y no se detuvo hasta haber atravesado el río Ohio y no volvieron a saber nada de él —esto es, que sus parientes blancos supieran—. Era como si no sólo (como su hermana hizo más tarde) hubiera puesto agua entre él y la tierra donde su abuela fue seducida y su padre nació sin nombre, sino que hubiese interpuesto también latitud y geografía, sacudiendo para siempre de sus pies el polvo de la tierra donde sus antepasados blancos podían reconocerlo o repudiarlo de un día a otro, de acuerdo con su capricho, pero donde él ni siquiera se hubiera atrevido a repudiar al antepasado blanco, salvo cuando esto conviniera al momentáneo humor del hombre blanco.
       Pero Lucas se quedó. No tenía por qué quedarse. De los tres hijos, él no sólo no tenía cadenas materiales (ni, como Carothers Edmonds empezó a comprender más tarde, tampoco morales) que lo sujetaran allí, sino que estaba dotado de antemano con independencia económica para poder partir para siempre en cuanto quisiera después de cumplir los veintiún años. Era sabido de padres a hijos entre los Edmonds, hasta que a su vez llegó a los Carothers, que cuando por el cincuenta los hijos gemelos del viejo Carothers McCaslin, Amodeus y Theophilus, por primera vez pusieron en vigor su proyecto de liberación de los esclavos de su padre, hicieron una cláusula especial (por consiguiente un reconocimiento formal, aunque sólo de un modo implícito y sólo por parte de sus hermanastros blancos) para el hijo negro de su padre. Era una suma de dinero, con los intereses acumulados, que debía ir al hijo negro a su requerimiento verbal, pero de la que Turl de Tomey, que eligió quedarse aún después de haber sido constitucionalmente liberado, nunca se sirvió. Y él murió, y el viejo Carothers McCaslin había muerto hacía más de cincuenta años, y Amodeus y Theophilus habían muerto también, de setenta y tantos años, el mismo año, lo mismo que nacieron en el mismo año, y McCaslin Edmonds tenía la tierra, la plantación, en dominio y propiedad ambas, renunciadas a su favor por Isaac McCaslin, hijo de Theophilus, y por qué razón o motivo otro que la pensión que McCaslin y su hijo Zachary y su hijo Carothers pagaban aún a Isaac en su pequeño y modesto bungalow en Jefferson, nadie lo sabía con certeza. Pero ciertamente había sido renunciada, de algún modo y en algún sitio lejano, en aquellos tiempos oscuros en el Mississippi, cuando un hombre que tenía que ser duro y despiadado para lograr un patrimonio que dejar a su muerte, y fuerte y duro para conservarlo hasta que pudiera legarlos; abandonada, repudiada incluso por su verdadero heredero (Isaac, «Tío Ike», sin hijos, viudo, viviendo en la casa de su difunta esposa, la propiedad de la cual también se negó a asumir, nacido cuando su padre era viejo y nacido viejo él también, y haciéndose constantemente cada vez más joven hasta que, pasados los setenta y al menos más cerca de los ochenta de los que de ningún modo hubiera admitido, había adquirido algo de la profunda y altruista inocencia de un muchacho) que del patrimonio había retenido, y por su propia instancia, sólo la administración del legado que su tío negro parecía no comprender aún que era suyo sólo con pedirlo.
       No lo pidió nunca. Murió. Luego su primer hijo, James, escapó, dejó la cabaña donde había nacido, la plantación, el Mississippi, por la noche y sólo con la ropa que llevaba puesta. Cuando Isaac McCaslin se enteró de ello en el pueblo, retiró un tercio del dinero del legado, con los intereses acumulados, y partió también él y estuvo fuera una semana y regresó y volvió a poner el dinero en el Banco. Luego la hija, Fonsiba, se casó y se fue a vivir a Arkansas. Esta vez Isaac marchó con ellos y transfirió un tercio del legado a un Banco de Arkansas y lo dispuso de modo que Fonsiba pudiese recibir tres dólares a la semana, ni más ni menos, y se volvió a su casa. Luego una mañana estaba Isaac en casa, mirando un periódico, no leyéndolo, sino mirándolo, cuando se dio cuenta de lo que era y por qué. Era la fecha. Es el cumpleaños de alguien, pensó. Dijo en voz alta: «Es el de Lucas. Hoy cumple veintiuno», cuando entraba su esposa. Entonces era una mujer joven; se habían casado hacía pocos años, pero él ya había aprendido a conocer la expresión de su cara mirándola como lo hacía ahora: sosegadamente y con lástima de ella y con remordimiento por ella, por los dos, conociendo la amarga tensión indómita de aquella voz, tanto como conocía la expresión:
       —Lucas Beauchamp está en la cocina. Quiere verte. Tal vez tu primo te manda decir que ha decidido no pagarte más ni siquiera esos cincuenta dólares al mes que te daba a cambio de la hacienda de tu padre.
       Pero estaba bien. No importaba. Él podía pedirle perdón tan fuerte como si gritase, manifestarle su piedad y su dolor; marido y mujer no necesitaban hablarse con palabras uno al otro, no tanto por la vieja costumbre de vivir juntos, sino porque en ese único y lejano instante del largo y mezquino período de sus vidas, aunque ellos sabían en ese momento que no duraría ni podría durar, habían llegado a imitar a Dios cuando voluntariamente y por adelantado se perdonaban mutuamente todo aquello que cada uno de ellos sabía que el otro no podría ser nunca. Luego Lucas apareció en la habitación, se quedó de pie junto a la puerta, el sombrero en una mano contra la pierna. La cara del color de una silla de montar usada, los rasgos sirios, no en un sentido racial, sino como heredero de diez siglos de jinetes del desierto. No era en absoluto la cara de la generación que les precedía: la composición fotográfica de los rostros de diez mil soldados no derrotados de la Confederación, casi imperceptiblemente caricaturizada, serena, fría, más fría que la de él, más cruel que la de él, con más profundidad que la de él había tenido.
       —¡Por muchos años! —dijo Isaac—. Caramba, estaba precisamente…
       —Sí —dijo Lucas—. El resto de ese dinero. Lo quiero.
       —¿Dinero? —dijo Isaac—. ¿Dinero?
       —Ese que el amo viejo dejó a papá. Si es todavía nuestro. Si usted va a dárnoslo.
       —No es cosa mía darlo o negarlo. Era de vuestro padre. Todo lo que teníais que hacer era pedirlo. He tratado de encontrar a Jim después que él…
       —Lo estoy pidiendo ahora —dijo Lucas.
       —¿Todo? La mitad es de Jim.
       —Yo puedo guardárselo igual que usted ha estado haciendo.
       —Sí —dijo Isaac—. También te vas tú. También te marchas.
       —Aún no lo he decidido —dijo Lucas—. Podría. Ahora soy un hombre. Puedo hacer lo que quiera. Me gusta saber que puedo irme cuando lo decida.
       —Podías hacerlo en cualquier momento. Aunque el abuelo no hubiera dejado dinero a Turl de Tomey. Todo lo que vosotros, cualquiera de vosotros, hubiera tenido que hacer era venir a verme… —Su voz se apagó. Pensaba: Cincuenta dólares al mes. Él lo sabe todo. Que yo he renunciado, chillado como un becerro atado, vendido mi primogenitura, traicionado mi sangre, por lo que él llama, además, no paz sino obliteración, y un poco de comida—. Está en el Banco —dijo—. Vamos a buscarlo.
       Sólo Zachary Edmonds y, a su tiempo, su hijo Carothers supieron todo esto. Pero casi toda la ciudad de Jefferson supo lo que siguió, de modo que la anécdota no sólo se asentó en los anales de la familia Edmonds, sino también en los más secundarios de la ciudad: cómo los primos, el blanco y el negro, fueron juntos al Banco aquella mañana y Lucas dijo:
       —Espere. Es un montón de dinero.
       —Es demasiado —dijo el blanco—. Demasiado para tenerlo escondido bajo un ladrillo del fogón. Deja que te lo guarde. Deja que te lo guarde.
       —Espere —dijo Lucas—. ¿Lo guardará el Banco a un negro lo mismo que a un blanco?
       —Sí —dijo el blanco—. Yo se lo pediré.
       —¿Cómo puedo recobrarlo? —dijo Lucas.
       El blanco le explicó el manejo de los cheques.
       —Está bien —dijo Lucas. Permanecieron uno al lado del otro junto a la ventanilla, mientras el blanco hacía transferir la cuenta y preparar una nueva libreta de cheques; de nuevo Lucas dijo—: Espere —y entonces uno al lado del otro se inclinaron sobre la repisa de madera llena de manchas de tinta, mientras Lucas extendía un cheque, escribiéndolo asesorado bajo la dirección del blanco con aquella caligrafía apretada, aunque perfectamente legible, que la madre del hombre blanco le había enseñado a él y a su hermano y a su hermana también. Luego, permanecieron de nuevo ante la ventanilla enrejada mientras el cajero pagaba el cheque y Lucas, cerrando la ventanilla, contaba el dinero aburrida y deliberadamente por dos veces y lo empujaba al cajero al otro lado de la reja.
       —Ahora puede volver a guardarlo —dijo—. Y deme mi papel.
       Pero no se fue. Dentro del año se casó, no con una mujer del campo, una labradora, sino con una mujer de la ciudad, y McCaslin Edmonds construyó una casa para ellos, y concedió a Lucas un campo para que lo cultivase como a él le pareciese durante todo el tiempo que viviera o que permaneciese en el lugar. Luego, McCaslin Edmonds murió y su hijo se casó y en aquella noche de primavera de aluvión y aislamiento había nacido el muchacho Carothers. Desde la infancia aceptó al negro como un atributo de la mujer que era la sola madre que él podía recordar, con la misma sencillez con que aceptaba a su negro hermano de leche, con la misma sencillez con que aceptaba a su padre como un atributo de su existencia. Aun antes de salir de la infancia, las dos casas se habían hecho intercambiables: su hermano de leche y él dormían sobre el mismo jergón en la casa del hombre blanco o en la misma cama en la del negro y comían la misma comida en la misma mesa en cualquiera de las dos, y realmente prefería la casa del negro, en cuya chimenea aun en verano, siempre estaba encendido un pequeño fuego, centrando la vida en él, en sí mismo. Ni siquiera fue necesario que llegase a él como parte de la crónica familiar que su padre blanco y el padre de su hermano de leche negro habían hecho lo mismo; ni nunca se le ocurrió que a ellos a su vez y simultáneamente hubieran tenido sus primeros recuerdos proyectados sobre una única mujer cuya piel era oscura. Un día supo, sin detenerse a recordar cuándo o cómo lo había sabido, que la mujer negra no era su madre, y no lo sintió; supo que su verdadera madre había muerto y no se entristeció. Quedaba todavía la mujer negra, constante, adicta, y el hombre negro a quien veía tanto y aún más que a su propio padre, y la casa del negro, el olor fuerte y caliente del negro, la chimenea de noche y su fuego incluso en verano, que él prefería a la suya propia. Y, además, él ya no era un niño. Él y su hermano de leche cabalgaban por la plantación sobre caballos y mulas, tenían una traílla de pequeños perros para ir a cazar y la promesa de una escopeta para dentro de un año poco más o menos; se bastaban a sí mismos, completos, esperando, como todos los niños, no ser comprendidos, defendiéndose mutuamente en orden de batalla ante cualquier amenaza a su intimidad, sino únicamente amar, preguntar y examinar sin cortapisas, y que los dejasen solos.
       Luego, un día, la vieja maldición de sus padres, el viejo, altanero y ancestral orgullo basado no en ningún mérito sino en un accidente geográfico, manteniéndose no por el valor y el honor sino por la injusticia y la vergüenza, descendió sobre él. Entonces no lo comprendió. Él y su hermano de leche, Henry, tenía siete años. Acababan de cenar en casa de Henry y Molly estaba mandándolos a la cama en la habitación del otro lado de la antesala donde ellos dormían cuando estaban allí, cuando de pronto él dijo:
       —Me voy a casa.
       —Quedémonos aquí —dijo Henry—. Creía que nos levantaríamos a la misma hora que papá y que iríamos de caza.
       —Quédate tú —dijo. Ya se dirigía hacia la puerta—. Yo me voy a casa.
       —Está bien —dijo Henry siguiéndole.
       Y él recordaba cómo anduvieron aquella media milla hasta su casa, en las primeras sombras de la noche estival, andando él muy de prisa para que el chico negro no pudiese ir a su lado, entraron en la casa uno detrás del otro y subieron la escalera y en la habitación con la cama y en el suelo el jergón sobre el que ellos dormían cuando pasaban la noche allí, y como él se desnudó con la suficiente lentitud para que Henry se dejara caer sobre el jergón y se echara en él. Entonces él se fue a la cama y se echó, rígido, mirando con fijeza el techo oscuro aun después de oír a Henry incorporarse sobre un codo, mirando hacia la cama con lento y apacible asombro.
       —¿Vas a dormir ahí arriba? —dijo Henry—. Bueno, está bien. Yo duermo bien en el jergón, pero creo que lo dejaré si quieres —y se levantó y se acercó a la cama y se quedó de pie junto al niño blanco, esperando que se moviese y le dejase sitio, hasta que el niño dijo, áspero y violento pero no en voz alta:
       —¡No!
       Henry no se movió.
       —¿Quieres decir que no quieres que yo duerma en la cama? —Tampoco se movió el niño. No contestó, rígido boca arriba, mirando fijo a lo alto—. Está bien —dijo Henry tranquilamente y se volvió al jergón y se echó de nuevo. El muchacho le oía, le escuchaba; no podía evitarlo, yaciendo firme y rígido con los ojos abiertos, oyendo la lenta y apacible voz—: Me parece que una noche de calor como ésta dormiríamos más frescos si…
       —¡Cállate! —dijo el niño—. ¿Cómo podemos dormir ninguno de los dos si sigues hablando?
       Henry se calló entonces. Pero el niño no dormía mucho tiempo después de haber empezado a oírse la tranquila y sedante respiración de Henry, y seguía echado con un rígido furor por un dolor que no podía explicar, por una vergüenza que no quería reconocer. Luego se durmió y le pareció que todavía estaba despierto, y cuando despertó no supo que había dormido hasta que vio a la luz gris del amanecer el jergón vacío en el suelo. Aquella mañana no fueron de caza. Nunca más durmieron en la misma habitación y nunca más comieron en la misma mesa, porque él se había confesado a sí mismo que era una vergüenza, y no fue a casa de Henry y durante un mes sólo vio a Henry de lejos, en el campo de Lucas, andando junto a su padre y llevando las riendas de la yegua mientras Lucas araba. Luego un día supo que era dolor y estaba pronto a admitir que también era vergüenza, deseaba admitirlo sólo que ya era demasiado tarde, para siempre demasiado tarde.
       Fue a casa de Molly. La tarde estaba avanzada; Henry y Lucas volverían del campo de un momento a otro. Molly estaba allí, mirándole desde la puerta de la cocina, mientras él atravesaba el patio. La cara de ella no transparentaba nada; él le dijo lo mejor que pudo por el momento, ya que más tarde hubiera podido decirlo como es debido, decirlo de una vez y para siempre de modo que fuera para siempre, encarándose con ella antes de entrar en su casa, deteniéndose, sus pies ligeramente separados, temblando un poco, altivo, perentorio:
       —Esta noche voy a cenar con todos vosotros.
       Estuvo bien. La cara de ella no transparentaba nada. Ahora podría decirlo en cualquier momento, cuando se presentase la ocasión.
       —Tu cubierto está —dijo ella—. Te prepararé un pollo.
       Luego fue como si no hubiera pasado nada. Henry llegó casi en seguida; debía haberle visto desde el campo y Henry y él mataron y desplumaron el pollo. Luego, llegó Lucas y él fue al establo con Henry y con Lucas mientras Henry ordeñaba. Luego estuvieron atareados en el patio, que ya estaba oscuro, sintiendo el olor del pollo que se guisaba, hasta que Molly llamó a Henry y luego un poco más tarde también a él, con la voz que siempre tuvo, serena y resuelta:
       —Ven a comer tu cena.
       Pero era demasiado tarde. La mesa estaba como siempre preparada en la cocina y Molly estaba de pie al lado del hornillo sacando las galletas como siempre lo había hecho, pero Lucas no estaba allí y no había sino una silla, un plato, su vaso de leche al lado, la bandeja llena de pollo todavía intocado, y cuando él reculaba, jadeando, por un momento ciego mientras el cuarto se precipitaba y se deslizaba, Henry se volvía hacia la puerta para salir.
       —¿Tienes vergüenza de comer dónde como yo? —gritó.
       Henry se detuvo, volvió un poco la cabeza para hablar con voz lenta y sin calor:
       —No tengo vergüenza de nadie —dijo tranquilamente—. Ni siquiera de mí.
       Así entró en posesión de su herencia. Comió su amargo fruto. Escuchó a Lucas referirse a su padre como a Mr. Edmonds, nunca como Mr. Zack; observó cómo evitaba dirigirse al hombre blanco directamente por ningún nombre, con un cálculo tan frío y constantemente alerta, con una astucia tan deliberada y tenaz, que por un tiempo no pudo decirse si siquiera su padre sabía que el negro se negaba a llamarle señor. Por fin, habló a su padre de ello. Éste le escuchó gravemente, con alguna cosa en su cara que el muchacho no podía leer y a lo que entonces prestó poca atención, porque era todavía demasiado joven, todavía un niño; él no había adivinado aún que había algo entre su padre y Lucas, algo más que lo que podía explicar la diferencia de raza y que eso no existía entre Lucas y cualquier otro hombre blanco, algo más que la sangre blanca, ni aún la sangre McCaslin, podía explicar ya que eso no existía entre su tío Isaac McCaslin y Lucas.
       —¿Tú crees que por ser Lucas más viejo que yo, lo bastante viejo para recordar un poco a Tío Buck y a tío Buddy, y descender de aquéllos que vivieron en este lugar donde nosotros los Edmonds somos unos usurpadores, piojos resucitados ayer, no es suficiente razón para que él no quiera llamarnos señor? —dijo su padre—. Crecimos juntos, comimos y dormimos juntos y cazamos y pescamos juntos, como tú y Henry. Lo hicimos hasta que fuimos hombres. Salvo que siempre le he vencido disparando, excepto una vez. Y de la forma en que se desenvolvió el asunto, también le gané entonces. ¿Crees que no es suficiente razón?
       —Nosotros no somos usurpadores —dijo el muchacho, casi lo gritó—. Nuestra abuela McCaslin era tan parienta del viejo Carothers como el Tío Buck y el Tío Buddy. El mismo Tío Isaac dio… Tío Isaac dice… —Se interrumpió. Su padre le observaba—. No, señor —dijo severamente—. No es suficiente razón.
       —Ah —dijo el padre.
       Entonces el muchacho pudo leer lo que había en su cara. Él lo había visto antes, como lo ven los niños —ese momento en que, envuelto y rodeado aún por el fervor y la confianza, descubre que la reserva que había creído haber rebasado, simplemente había retrocedido y levantado una nueva barrera, todavía inexpugnable—; ese momento en que el niño se da cuenta con un sentimiento conjunto de dolor y afrenta que el padre lo ha precedido, ha experimentado cosas, vergüenza y triunfos, en los cuales no puede tener parte.
       —Hagamos un trato. Deja que Lucas y yo arreglemos cómo debe tratarme él, y yo dejaré que tú y él arregléis cómo debe tratarle él.
       Después, en la adolescencia, supo lo que había visto en el rostro de su padre aquella mañana, qué sombra, qué mancha, qué marca —algo que había pasado entre Lucas y su padre, que nadie sino ellos sabía, ni lo sabrían si decirlo dependía de ellos— alguna cosa que había pasado ya que ellos eran hombres, no proviniendo de una diferencia de raza ni porque una sangre del mismo linaje corriera en ambos. Luego, en sus últimos años de adolescente, casi un hombre, supo lo que había sido. Hubo una mujer, pensó. Mi padre y un negro, tras una mujer. Mi padre y un hombre negro tras una mujer negra, ya que él simplemente evitó incluso darse cuenta de que hasta había rechazado pensar en una mujer blanca. Ni siquiera pensó en el nombre de Molly. Eso no importa. Y, por Dios, Lucas le pegó, pensó. Edmonds, pensó, áspera y rencorosamente. Edmonds. Hasta un negro McCaslin es más hombre, mejor que todos nosotros. El viejo Carothers se hacía sus bastardos negros en el patio y yo hubiera querido ver al marido o a cualquier otro decirle que no. Sí, Lucas le pegó, sino Lucas no estaría aquí. Si padre hubiera pegado a Lucas, no hubiera permitido a Lucas quedarse aquí ni siquiera para perdonarle. Sólo Lucas podía quedarse, porque Lucas es inaccesible a todos, hasta para perdonarles, hasta para perjudicarles.
       INACCESIBLE al tiempo también. Zachary Edmonds murió, y a su vez él heredó la plantación, cuyo verdadero heredero, por descendencia masculina y desde luego moralmente y, si la verdad fuese sabida, probablemente legalmente también, estaba todavía vivo, viviendo de la ración de limosna que su sobrino nieto, a su vez, le enviaba todos los meses. Hacía veinte años que dirigía la plantación, tratando de estar a la altura de los tiempos, como su padre y su abuelo y su bisabuelo lo hicieron antes que él. Sin embargo, cuando volvía la mirada sobre aquellos veinte años, le parecían una larga e ininterrumpida serie de disgustos y conflictos injuriosos, no con la tierra o con el tiempo (ni siquiera, luego, con el Gobierno federal) sino con el viejo negro que por sí o por no, ni siquiera se acordaba de que debía llamarle amo o patrón, y le llamaba Mr. Edmonds y I Mr. Carothers o Roth o hijo, o le hablaba en un grupo de negros más jóvenes englobándolos a todos al decir «vosotros, muchachos». Fueron los años durante los cuales Lucas había continuado cultivando su campo con los mismos rudimentarios y anticuados sistemas que probablemente había seguido el mismo Carothers McCaslin, rehuyendo consejos, oponiéndose a usar modernos aperos, oponiéndose a dejar que el tractor atravesara la tierra que sus antepasados McCaslin le habían concedido en usufructo de por vida, negándose incluso a permitir que el piloto que espolvoreaba todo el algodón con veneno contra el gorgojo, pasara con el aeroplano por encima de sus campos, y sin embargo retiraba del economato sus provisiones como si cultivase, con un provecho vergonzoso e increíble, un millar de acres, y en los libros de la administración tenía una cuenta que databa de treinta años atrás, que Edmonds sabía que no pagaría nunca, por la sencillísima razón de que Lucas no sólo sobreviviría al actual Edmonds, como había sobrevivido a los dos que le precedieron, sino que probablemente viviría más que los libros mayores que registraban su cuenta. Luego el alambique que Lucas estuvo explotando casi en su patio, en el de Edmonds, por lo menos durante veinte años, según su hija, hasta que su propia avaricia le descubrió, y la mula de trescientos dólares que había robado a quien no sólo era su socio y fiador sino realmente ligado a él por su propia sangre y la había malbaratado por una máquina que adivinaba el sitio oculto donde estaba enterrado el dinero; y ahora esto: destrozar después de cuarenta y cinco años el hogar de la mujer que había sido la única madre de él, Edmonds, había conocido, que le había criado, que le habían dado el pecho lo mismo que si fuera su propio hijo, que le había rodeado de atenciones lo mismo para su cuerpo que para su espíritu, enseñándole buenos modales, cómo debía comportarse —ser amable con sus inferiores, digno de sus iguales, generoso con el débil y considerado con el anciano, cortés, sincero y valeroso con todos— que le había dado a él, huérfano de madre, sin restricciones y sin esperar recompensa, esa constante y continua devoción y amor que no había existido en ninguna otra parte del mundo para él destrozarle su hogar, a ella, que no tenía pariente excepto un hermano viejo en Jefferson, a quien no había visto desde hacía diez años, y su hija, de dieciocho años, casada, con quien sin duda se negaría a vivir, ya que el marido de su hija también estaba expuesto a la maldición en que ella creía que su propio marido había incurrido.
       Inaccesible al tiempo también. Le parecía a Edmonds, sentado ante su cena solitaria, que no podía comer, como si realmente pudiera ver a Lucas allí en la habitación, de pie ante él —la cara que a los sesenta y siete años parecía verdaderamente más joven que la suya a los cuarenta y tres, mostrando menos que la suya propia los estragos de las pasiones y los pensamientos y las satisfacciones y los desengaños— la cara que no era en absoluto una réplica, ni siquiera en caricatura, de su abuelo McCaslin, sino que había heredado y reproducía con absoluta y espantosa fidelidad toda la generación y el pensamiento del viejo antepasado —la cara que, como había visto el viejo Isaac McCaslin aquella mañana hacía cuarenta y cinco años, era una mezcla de toda una generación de fieros e invencibles jóvenes soldados de la Confederación, embalsamada y ligeramente momificada— y pensó con asombro y algo muy parecido al horror: Es más viejo Carothers que todos nosotros juntos, incluyendo al viejo Carothers. Él es a la vez heredero y prototipo simultáneamente de toda la geografía y el clima y la biología que engendró el viejo Carothers y a todo el resto de nosotros y de nuestra especie, miríadas de seres, innumerables, sin rostro, hasta sin nombre ahora, excepto él que ha sido su propio padre, intacto y completo, despectivo, como debe haber sido el viejo Carothers, con todas las sangres negra, blanca, amarilla o roja, incluso la suya propia.


2

       Era noche cerrada cuando ató la yegua a la cerca de Lucas y subió el sendero de piedras, primorosamente bordeado con ladrillos rotos y botellas clavadas en la tierra y ascendió las escaleras y entró. Lucas estaba esperando, de pie en la puerta con el sombrero puesto, recortándose su figura contra la llama del hogar. La vieja no se levantó. Estaba sentada como por la tarde en el economato, inmóvil, sólo un poco inclinada hacia delante, con las diminutas y retorcidas manos quietas sobre el delantal blanco, la arrugada y trágica máscara lamida aquí y allá por la luz del fuego y, por primera vez en sus recuerdos, dentro o fuera de su casa sin la pipa de barro en la boca. Lucas le alcanzó una silla. Pero Lucas no se sentó. Fue al otro lado de la chimenea y se quedó de pie, la llama iluminándole también a él la ancha ala del sombrero de castor que él abuelo de Edmonds le había dado hacía cincuenta años, las facciones ligeramente sirias, la pesada cadena de oro del reloj cruzándole el chaleco desabrochado.
       —Bien, ¿qué es lo que pasa? —preguntó Edmonds.
       —Ella quiere un divorcio —dijo Lucas—. Está bien.
       —¿Está bien? —dijo Edmonds—. ¿Está bien?
       —Sí. ¿Cuánto me costará?
       —Ya comprendo —dijo Edmonds—. Si tuvieras que pagar dinero por ello, no la dejarías. Bien, éste es un asunto en el que no vas a tenemos al retortero. Ahora no estás comprando ni vendiendo una máquina para buscar oro, viejo. Ella no quiere ninguna mula.
       —Puede tenerla —dijo Lucas—. Sólo quiero saber cuánto me costará. ¿Por qué no puede usted declararnos divorciados como hizo usted con Oscar y aquella puerca amarilla que él se trajo de Memphis el verano pasado? No sólo los declaró usted divorciados, sino que usted mismo la llevó a la ciudad y le compró el billete del tren para Memphis.
       —Porque ellos no estaban casados en serio —dijo Edmonds—. Y tarde o temprano ella le hubiera hecho una caricia con la navaja que llevaba. Y si ella hubiera faltado o enredado, Oscar le hubiera roto la cabeza. Él estaba esperando una ocasión para ello. Por eso lo hice. Pero tú no eres Oscar. Esto es diferente. Escúchame, Lucas. Eres un hombre más viejo que yo; lo reconozco. Puede que tengas más dinero que yo, como creo que lo tienes, y puede que tengas más juicio que yo, como tú crees que lo tienes. Pero tú no puedes hacer esto.
       —No me lo diga a mí —dijo Lucas—. Dígaselo a ella. Yo no quiero hacerlo. Yo estoy satisfecho así.
       —Sí. Seguramente. Mientras puedas hacer lo que quieras —pasando todo el tiempo sin dormir ni comer, haciendo que George Wilkins ande arriba y abajo en el lecho del río, cargado con esa maldita… maldita…— Entonces se interrumpió y empezó de nuevo, manteniendo la voz no sólo baja, sino moderada, por un momento al menos: —Te he dicho y repetido que no hay ningún dinero enterrado por los alrededores. Que estás perdiendo el tiempo. Pero esto no importa. Tú y George Wilkins podéis dar vueltas por allí abajo hasta que caigáis reventados, por lo que a mí respecta. Pero tía Molly…
       —Yo soy un hombre —dijo Lucas—. Yo soy el hombre aquí. Soy el único que habla en mi casa, como usted y su padre y el padre de su padre fueron los únicos en la suya. Usted no tiene ninguna queja sobre el modo de cultivar mi tierra y hacer mi cosecha, ¿no es verdad?
       —¿Ninguna queja? —dijo Edmonds—. ¿Ninguna queja?
       El otro continuó:
       —Mientras yo haga esto, soy el único que puede hablar de mis asuntos privados, y su padre sería el primero en decirle a usted esto, si estuviese aquí. Además, tendré que dejar de ir de caza todas las noches ahora pronto, para recoger mi algodón. Entonces iré de caza sólo el sábado y el domingo por la noche. —Hasta este momento había estado hablando al techo, en apariencia. Miró a Edmonds—. Pero estas dos noches no trabajaré la tierra de nadie, ni me importa quién se proclame propietario de ella.
       —Bien —dijo Edmonds—. Dos noches a la semana. Tendrás que empezar la semana próxima, porque parte de tu algodón está en condiciones de ser recogido. —Se volvió hacia la vieja—. Vamos, tía Molly —dijo—. Dos joches a la semana, y al fin, aun siendo Lucas volverá pronto a su juicio…
       —Yo no le he pedido que deje de ir de caza salvo dos noches a la semana —dijo ella. No se había movido, hablando con una monótona cantilena, sin mirar a ninguno de ellos—. No le he pedido que deje de ir de caza del todo. Porque ahora es demasiado tarde. No lo puede evitar ya. Y yo quiero ser libre.
       Edmonds alzó la vista sobre la impasible, la impenetrable cara bajo el ancho, anticuado sombrero.
       —¿Quieres que ella se vaya? —dijo—. ¿Lo quieres?
       —Yo soy el hombre en esta casa —dijo Lucas. No había testarudez, sino serenidad: era definitivo. Su mirada era firme como la de Edmonds, pero infinitamente más fría.
       —Escucha —dijo Edmonds—. Tú vas tirando. No tienes mucho tiempo para vivir aquí. Hace un momento has dicho algo sobre mi padre. Está bien. Pero cuando le llegó su hora y él se acostó para morir, pudo hacerlo en paz. —Porque nunca tenía nada, Jesús, casi dijo en voz alta. Maldición, maldición, maldición, pensó no había tenido nada a propósito de su mujer, en su ancianidad, para tener que decirle a Dios perdóname por haber hecho esto. Casi en voz alta; se detuvo a tiempo—. Y se avecina el tiempo en que querrás descansar en paz, y no sabes cuándo llegará.
       —Tampoco usted.
       —Tienes razón. Pero yo tengo cuarenta y tres años. Tú tienes sesenta y siete.
       Se miraron uno a otro. El semblante bajo el sombrero seguía siendo impasible, impenetrable. Entonces Lucas se movió. Se volvió y escupió en el fuego.
       —Está bien —dijo quedamente—. También yo quiero reposar en paz. Me desprenderé de la máquina. Se la daré a George Wilkins…
       Fue entonces cuando la vieja se movió. Cuando Edmonds miró hacia ella, estaba tratando de levantarse de la silla, de darse impulso con una mano, el otro brazo extendido, no para evitar a Lucas, sino hacia él, Edmonds.
       —¡No! —gritó—. ¡Señor Zack! ¿No lo ve usted? No sólo quería continuar usándola como la ha estado usando, sino querría hacer caer sobre Nat, la última y la menor, la maldición de Dios que está destinada a destruir a cualquiera, hombre o mujer, que toque aquello que ha sido devuelto a Él. ¡Yo quiero que él la conserve! Es por eso que quiero irme, así él puede conservarla y no tiene siquiera que pensar en dársela a George. ¿No lo comprende?
       Edmonds se había levantado también, cayendo su silla con estrépito. Temblaba, mirando ferozmente a Lucas.
       —De modo que estabas tratando de engañarme a mí también. A mí —dijo con voz temblorosa—. Está bien. No vas a conseguir ningún divorcio. Y vas a deshacerte de esa máquina. Y lo primero que harás, mañana por la maña, es llevármela a casa. ¿Me has oído?
       Volvió a casa, es decir a la cuadra. La luna había salido, lanzando su pálida luz sobre el algodón abierto, casi pronto para ser recogido. La maldición de Dios. Supo lo que ella pensaba, lo que había querido decir. Admitiendo la casi increíble circunstancia de que allí hubiera tanto como un millar de dólares enterrados y olvidados en algún sitio en el radio de Lucas, y admitiendo la circunstancia aún más increíble de que Lucas lo encontrase, ¿de qué podía servirle a él, a un hombre de sesenta y siete años, que tenía, como sabía Edmonds, tres veces esa suma en el Banco de Jefferson? Incluso mil dólares, que no había ganado con el sudor, al menos con su sudor, Y a George, el marido de su hija, que rió tenía aún veinticinco años y con una esposa de veinte que esperaba un hijo la primavera próxima.
       No había nadie para recogerle la yegua; había dicho a Dan que no esperase. Le quitó la silla, le frotó el pelo y abrió la tranquera del prado, le quitó las bridas y le dio una palmada en la grupa iluminada por la luna, mientras ella se precipitaba rápidamente galopando un momento a la luz de la luna al darse vuelta.
       —Maldita sea —dijo—. Desearía con toda mi alma que uno de los dos, yo o Lucas Beauchamp, fuésemos un caballo. O una mula.
       Lucas no apareció al día siguiente con la máquina adivina. Cuando Edmonds salió de casa a las nueve de la mañana (era domingo) aún no había aparecido. Edmonds conducía su automóvil; por un momento pensó ir a casa de Lucas, detenerse allí. Pero era domingo; le parecía haber estado preocupándose y angustiándose de los asuntos de Lucas durante seis días a la semana desde el pasado mayo, y muy probablemente tendría que reanudar preocupaciones y molestias al amanecer del día siguiente, y como Lucas mismo había dicho que al comenzar la semana próxima dedicaría sólo los sábados y los domingos a la máquina, era probable que hasta entonces se considerara por su propia cuenta libre de abstenerse en esos dos días. Por lo tanto, continuó. Estuvo fuera todo el día —a la iglesia a cinco millas de distancia, luego a la comida de los domingos con algunos amigos tres millas más allá, donde pasó la tarde viendo el algodón de los otros y sumando su voz a las imprecaciones por las interferencias del Gobierno en el cultivo y mercado del algodón—. Había ya oscurecido cuando llegó de nuevo a la puerta de su casa y recordó una vez más a Lucas y a Molly y a la máquina adivina. Lucas no la hubiera dejado en la casa vacía en su ausencia, de modo que retrocedió y se dirigió a la de Lucas. Estaba a oscuras; cuando gritó no le respondieron. Entonces condujo el coche un cuarto de milla hasta la casa de George y Nat, pero también estaba a oscuras, y nadie respondió a su voz. Tal vez esté todo bien ahora, pensó. Tal vez hayan ido juntos a la iglesia. De todos modos, mañana, dentro de doce horas, tendré que empezar a preocuparme de Lucas y otras cosas y por ello puede muy bien ser esto, con lo que al menos estoy familiarizado, acostumbrado.
       Luego, a la mañana siguiente, lunes, estuvo en la cuadra casi durante una hora sin que apareciese nadie, ni Dan ni Oscar. Él mismo abrió las cuadras y sacó las mulas al prado y estaba saliendo de la cuadra de la yegua con la cesta del pienso cuando entró Oscar en el patio, no corriendo, sino trotando, cansada y regularmente. Entonces, Edmonds vio que todavía llevaba el traje de los domingos: una camisa flamante y una corbata, pantalones de sarga con un gran desgarrón en una pierna, y salpicado de barro hasta las rodillas.
       —La tía Molly Beauchamp —dijo Oscar—. Ha desaparecido desde ayer. La hemos estado buscando toda la noche. Descubrimos por dónde había bajado al torrente y seguimos su rastro. Pero es tan pequeña y ligera que su pie no deja mucha huella en el terreno. Tío Luke, y George, y Nat y Dan están buscándola todavía.
       —Yo ensillaré la yegua —dijo Edmonds—. Ya saqué las mulas; vete al prado y coge una. Corre.
       Las mulas, libres en el gran prado, eran difíciles de coger; pasó casi una hora antes de que Oscar volviese montado en una de ellas. Y fueron precisas dos horas más antes de que se reunieran con Lucas y George, y Nat, y Dan y otro hombre allí donde habían seguido y perdido y buscado y encontrado y seguido de nuevo las débiles y ligeras huellas de los pies de la anciana que parecía haber errado sin objeto entre la maraña de espinos y troncos podridos que bordea el torrente. Era casi mediodía cuando la encontraron, yaciendo con la cara en el fango, el inmaculado delantal y las limpias y descoloridas sayas manchadas y rasgadas, una mano todavía agarrada a la manilla de la máquina adivinadora, como si hubiera caído con ella. No estaba muerta. Cuando Oscar la alzó abrió los ojos, sin mirar a ninguno, sin mirar nada, y los cerró otra vez.
       —Corre —dijo Edmonds a Dan—. Coge la yegua. Ve por el auto y trae al doctor Rideout. Pronto.
       —¿Podrías llevarla en brazos?
       —Puedo llevarla —dijo Oscar—. No pesa casi nada. No tanto como esa máquina buscadora.
       —Yo la llevaré —dijo George—. Siendo ella la madre de Nat…
       Edmonds se volvió hacia él y también hacia Lucas.
       —Lleva tú esa máquina —dijo—. Llevadla los dos. Espero que encuentre algo de aquí a la casa. Porque si esas agujas vuelven a moverse sobre mis tierras, ninguno de vosotros estará para contemplarlas… Me ocuparé de ese divorcio —dijo a Lucas—. Antes de que ella se mate. Antes de que entre tú y esa máquina la matéis. Por Dios que me alegro de no encontrarme en tu pellejo. Me alegra no tener que acostarme esta noche en tu cama, pensando en lo que vas a tener que pensar tú.
       Se hizo de día. El algodón estaba todo dentro y desmotado, y embalado y había caído una helada, acabando de quemar el maíz que estaba siendo recogido y medido en las cribas. Con Lucas y Molly en el asiento de atrás condujo el coche hacia Jefferson y se paró delante del Palacio de Justicia del distrito donde se hallaba el juez.
       —No hace falta que entres —dijo a Lucas—. Probablemente no te harán entrar. Pero permanece por aquí. No voy a esperarte. Y recuerda. Tía Molly se quedará con la casa y la mitad de la cosecha de este año y la mitad de la de todos los años mientras permanezcas en mis tierras.
       —Usted quiere decir todos los años en que yo siga cultivando mi tierra.
       —Quiero decir todos los malditos años que permanezcas en mis tierras. Justamente lo que he dicho.
       —Cass Edmonds me dio esa tierra para que fuese mía hasta que yo…
       —Ya me has oído —dijo Edmonds.
       Lucas le miró. Parpadeó.
       —¿Quiere usted que me vaya? —preguntó.
       —¿Por qué? —dijo Edmonds—. ¿Para qué? ¿Dónde vas a estar cada noche y durante toda la noche buscando dinero enterrado? Lo mismo te daría pasarte todo el día durmiendo. Además, tendrás que quedarte para recoger la media cosecha de tía Molly. Y no quiero decir precisamente este año. Quiero decir todos…
       —Ella puede quedárselo todo —dijo Lucas—. Yo lo cultivaré como es debido. Y ella puede quedarse con todo. Yo tengo esos tres mil dólares que el viejo Carothers me dejó, ahí precisamente, en ese Banco. Me bastarán y me sobrarán para los días de mi vida, a menos que usted no haya decidido darle la mitad a alguien. Y cuando yo y George Wilkins encontremos ese dinero…
       —Baja del coche —dijo Edmonds—. Vamos.
       El juez estaba sentado en su despacho, en un pequeño edificio aparte, junto al tribunal propiamente dicho. Cuando se dirigía hacia allí, Edmonds cogió repentinamente a la vieja por el brazo, justo a tiempo de sostenerla, sintiendo de nuevo el delgado y casi descarnado brazo bajo la tela de la manga, seco e ingrávido, quebradizo y endeble como un leño podrido. Se detuvo, sosteniéndola.
       —Tía Molly —dijo—. ¿Quieres todavía hacer esto? No tienes necesidad de hacerlo. Yo le apartaré de esa cosa. Por Dios, yo…
       Ella pretendió avanzar, tirándole de la mano.
       —Quiero hacerlo —dijo—. Él conseguirá otra. Luego, él se la dará a George en seguida, para evitar que usted la coja. Y ellos lo encontrarán algún día y puede que yo me haya ido entonces y no podré ayudarle. Y Nat era mi pequeña y mi última. Nunca veré a los otros antes de morir.
       —Vamos —dijo Edmonds—. Vamos, pues.
       Algunas personas entraban y salían del despacho; en el interior había unas pocas, no muchas. Esperaron tranquilamente en el extremo de la habitación hasta que llegó su turno. Entonces, se dio cuenta de que realmente estaba sosteniéndola. La encaminó hacia delante, siempre ayudándola, sintiendo que si la hubiese soltado por un momento siquiera se habría derrumbado a sus pies como un manojo de astillas secas y sin vida, cubierta con sus ropas viejas, desteñidas y perfectamente limpias.
       —Ah, señor Edmonds —dijo el juez—. ¿Es ésta la demandante?
       —Sí, señor —dijo Edmonds.
       El juez (era bastante viejo) bajó la cabeza para mirar a Molly por encima de sus gafas. Luego, se las ajustó sobre la nariz y la miró a través de los cristales. Emitió un ruido chocante.
       —Después de cuarenta y cinco años, ¿no puede usted hacer nada?
       —No, señor —dijo Edmonds—. Ya lo intenté. Yo…
       El juez hizo de nuevo el ruido de cloqueo. Bajó la vista sobre el escrito que el escribiente había dejado delante de él.
       —A ella se le suministrará lo necesario, naturalmente.
       —Sí, señor. Me cuidaré de eso.
       El juez meditaba, mirando el escrito.
       —No hay oposición, supongo.
       —No, señor —dijo Edmonds.
       Y entonces —y él ni siquiera se había enterado de que Lucas los había seguido hasta que vio al juez bajar otra vez la cabeza y mirar detrás de ellos, esta vez a través de las gafas, y vio al escribiente levantar la vista y oyó decir:
       —¡Eh, negro! ¡Quítate el sombrero!
       Luego, Lucas apartó a Molly a un lado y llegó hasta la mesa, quitándose el sombrero al mismo tiempo que decía:
       —No vamos a tener ni oposición ni divorcio tampoco.
       —¿Cómo dice? —preguntó el juez—. ¿Quién es este hombre…?
       Lucas no había mirado una sola vez a Edmonds. Por lo que a Edmonds le parecía, tampoco estaba mirando al juez. Edmonds pensó estúpidamente que debían haber pasado muchos años desde que había visto a Lucas descubierto; en realidad, no podía recordar en absoluto haber notado antes que el cabello de Lucas era gris.
       —Nosotros no queremos ningún divorcio —dijo Lucas—. He cambiado de idea.
       —¿Es usted el marido? —dijo el juez.
       —Eso es —dijo Lucas.
       —¡Conteste en debida forma al tribunal! —dijo el escribiente.
       Lucas miró de soslayo al escribiente.
       —¿Qué…? —dijo—. Yo no quiero ningún tribunal. He cambiado de…
       —¡Cómo, atrevido…! —empezó el escribiente.
       —Espere —dijo el juez. Miró a Lucas—. Usted ha tardado demasiado. Esta demanda ha sido presentada en debida forma y en regla. Estoy dispuesto a dar mi fallo.
       —No ahora —dijo Lucas—. No queremos ningún divorcio. Roth Edmonds sabe lo que pienso.
       —¿Cómo? ¿Quién?
       —¡Vamos, atrevido…! —dijo el escribiente—. Vuestra Señoría…
       De nuevo el juez levantó la mano levemente hacia el escribiente. Seguía mirando a Lucas.
       —Mr. Roth Edmonds —dijo Lucas.
       Edmonds avanzó rápidamente, sin dejar de sostener a la vieja por el brazo. El juez le miró.
       —¿Sí, Mr. Edmonds?
       —Sí, señor —dijo Edmonds—. Está en razón. No lo queremos ahora.
       —¿Desea usted retirar la demanda?
       —Sí, señor; por favor.
       —Ah —dijo el juez. Dobló el escrito y lo extendió al escribiente—. Borre esto de la orden del día, Mr. Hulett —dijo.
       Cuando estuvieron fuera del despacho, casi tuvo que transportarla, aunque ella procuraba andar.
       —Vamos —dijo casi con aspereza—, ahora todo está en orden. ¿No has oído al juez? ¿No has oído a Lucas decirle al juez que Roth Edmonds sabía lo que él pensaba?
       Casi la cogió en vilo para meterla en el auto, Lucas estaba detrás de ellos. Pero en vez de subir, Lucas dijo:
       —Espere un momento.
       —¿Esperar un momento? —dijo Edmonds—. ¡Ah! —dijo—. Has agotado tus esperas. Ya has gastado…
       Pero Lucas se había ido. Y Edmonds esperó. Permaneció de pie junto al auto y vio a Lucas cruzar la plaza, hacia las tiendas, erguido bajo el viejo, elegante y bien conservado sombrero, andando con esa segura y digna decisión que de vez en cuando, y con algo como una punzada en el corazón, Edmonds reconocía que le venía de sus propios antepasados, como el sombrero. No se detuvo mucho. Volvió, sin prisas, y subió al coche. Llevaba una bolsita —evidentemente caramelos, por valor de un níquel—. La puso en manos de Molly.
       —Toma —dijo—. Ya no te quedan dientes, pero todavía puedes chuparlos.


3

       Hacía fresco aquella noche. Tenía un pequeño fuego y, para cenar, el primer jamón curado en el ahumadero, y estaba sentado ante su solitaria mesa, comiendo con más apetito del que le parecía haber tenido durante meses y meses, cuando oyó llamar a la entrada de la casa —y el ruido de los nudillos en el borde de la veranda, no fuerte, no apresurado, sencillamente perentorio. Se dirigió al cocinero a través de la puerta de la cocina:
       —Dile que entre aquí —dijo.
       Continuó comiendo. Estaba comiendo cuando Lucas entró y pasó a donde estaba él y depositó la máquina adivina en el otro extremo de la mesa. Estaba limpia de barro; parecía como si le hubieran sacado brillo, y de una apariencia a la vez compacta, complicada y eficiente con sus brillantes y secretos cuadrantes y sus relucientes interruptores. Lucas permaneció mirándola durante un momento. Luego, se volvió hacia otro lado. Hasta que salió de la habitación, ni una sola vez volvió a mirar hacia ella.
       —Aquí está —dijo—. Deshágase de ella.
       —Muy bien. La llevaré al desván. Puede ser que la primavera próxima tía Molly se haya olvidado de eso y tú podrás…
       —No. Deshágase de ella.
       —¿Definitivamente?
       —Sí. Llévesela de aquí, donde yo no pueda volverla a ver. No me diga dónde. Véndala si puede y guarde el dinero. Pero véndala lejos de aquí, donde yo no la vea nunca ni vuelva a oír hablar de ella.
       —Bien —dijo Edmonds—. Bien.
       Echó hacia atrás la silla, separándola de la mesa y se quedó sentado mirando al otro, al viejo que había surgido del trágico complejo de su infancia sin madre, como el marido de la mujer que había sido la única madre que había conocido, que ni una sola vez había dicho «señor» a su piel blanca y que sabía que le llamaba Roth a sus espaldas, por no decir en su casa.
       —Vamos a ver —le dijo—. No tienes por qué hacer esto. Tía Molly es vieja, y tiene algunas ideas raras. Pero lo que ella no sabe… Porque no vas a encontrar ningún dinero, enterrado o no, alrededor de aquí ni en ningún otro sitio. Y si tú quieres coger esa maldita cosa alguna vez que otra, digamos una o dos veces al mes, y pasar la noche arriba y abajo de ese maldito torrente…
       —No —dijo Lucas—. Deshágase de ella. Yo no quiero verla nunca más. El hombre tiene tres veces veinte y diez años en esta tierra, dice el Libro. Él puede querer un montón de cosas en ese tiempo y un montón de lo que él puede querer debe ir a él, si él empieza bastante pronto. Yo he esperado demasiado para empezar. Ese dinero está allí. Aquellos dos blancos que vinieron a escondidas aquella noche hace tres años y desenterraron veintidós mil dólares y se largaron con ellos antes de que nadie los viese. Yo lo sé. Yo vi el hoyo que ellos rellenaron de nuevo, y el cántaro que estaba enterrado allí. Pero yo estoy cerca del fin de mis tres veces veinte años y diez años, y pienso que ese dinero no es para mí.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar