William Faulkner
(1897-1962)


Hubo una reina
“There Was a Queen”
Originalmente publicado en Scribner’s Magazine, XCIII (enero de 1933);
reimpreso en Doctor Martino and Other Stories, (1934).
Cuenta un incidente que Faulkner incluyó
en su primera novela ambientada en Yoknapatawpha, Banderas en el polvo (publicada
tras un proceso editorial muy a fondo como Sartoris, en 1929).
Collected Stories (1950)


I

      Elnora se adentró por la parcela de atrás luego de salir por la puerta de su cabaña. En la tarde dilatada, la casa enorme, cuadrada, así como los terrenos circundantes, eran pura somnolencia, letargo apacible, tal como lo habían sido durante casi un siglo, desde el día en que John Sartoris llegó procedente de Carolina y la construyó. Y murió en ella, y en ella murió su hijo Bayard, y John, el hijo de Bayard, y Bayard, el hijo de John, de ella salieron para recibir sepultura, aun cuando el último Bayard no muriese allí.
      Así que la quietud reinante ahora era la quietud de las mujeres. Mientras Elnora cruzaba la parcela de atrás camino de la puerta de la cocina, recordó que diez años antes, a esa misma hora, el viejo Bayard, que era su hermanastro (aunque posible, que no probablemente, ninguno de ellos lo supiera, incluido el padre de Bayard), a menudo andaba haciendo bastante ruido de una punta a otra del porche de atrás, dando voces hacia el establo para apurar a los negros a que le ensillaran la yegua. Pero ya había muerto, como también murió a los veinte años su nieto Bayard, y tampoco estaban ya los negros: Simon, el marido de la madre de Elnora, también criaba malvas en el cementerio, y Caspey, el marido de Elnora, estaba en prisión por robo, y Joby, su hijo, se largó a Memphis a lucirse con ropa de buen ver pavoneándose por Beale Street. Así que sólo quedaban en la casa la hermana del primer John Sartoris, Virginia, que tenía noventa años y vivía en una silla de ruedas pegada a la ventana, con vistas a las flores del jardín, y Narcissa, viuda del joven Bayard, y su hijo. Virginia Du Pre había llegado a Mississippi en el 69; era la última de la familia que quedaba en Carolina, y llegó sólo con lo puesto y con una cesta en la que llevaba unas cuantas láminas de vidrio de colores, de una típica vidriera de Carolina, unos esquejes de flores y dos botellas de oporto. Había visto morir a su hermano y vio después morir a su sobrino y a su sobrino nieto y a sus dos sobrinos biznietos, y ahora vivía en la casa en la que no vivía varón con la esposa que fue de su sobrino biznieto y con el hijo de éste, Benbow, al que insistía en llamar Johnny, por su tío, que perdió la vida en Francia. Por lo que se refiere a los negros, estaba Elnora, que cocinaba, y su hijo Isom, que cuidaba de la parcela, y su hija Saddie, que dormía en un jergón junto a la cama de Virginia Du Pre y la atendía como si fuera una niña chica.
       Todo lo cual estaba muy bien. «Puedo yo sola cuidar de ella», pensó Elnora al cruzar la parcela.
      —Ayuda ninguna me hace falta —dijo con voz sonora sin dirigirse a nadie, una mujer alta, de color café, con la cabeza pequeña, ahusada, hermosa. «Porque es cosa de los Sartoris. Bien lo sabía el coronel; al morir me encomendó a mí que la cuidara. Me lo dijo a mí. Que no viniese nadie de fuera, nadie del pueblo.» Estaba pensando en la razón por la que acudió a la casa una hora antes de que fuera necesario. Y es que estando atareada en su cabaña vio a Narcissa, la esposa del joven Bayard, y al niño, que tenía diez años, atravesar el prado en plena tarde. Salió a la puerta de la cabaña y los vio pasar, el niño y la joven grandullona, de blanco, a lo ancho del prado, camino del arroyo. No se preguntó adónde irían, ni por qué, tal como se lo hubiese preguntado una mujer blanca. Pero era a medias negra, y se limitó a mirar a la blanca con esa expresión de sosegado y severo desdén con la que contemplaba a la esposa del heredero de la casa, o atendía sus órdenes, incluso cuando éste aún vivía. Así la escuchó dos días antes cuando Narcissa le informó de que marchaba a Memphis a pasar un día, tal vez algo más, con lo que Elnora tendría que ocuparse de cuidar a la anciana tía sin ayuda de nadie. «Como si no fuera eso mismo lo que hago siempre —pensó Elnora—. Poca cosa ha hecho usted por nadie desde el día en que llegó. Aquí nunca nos ha hecho usted ninguna falta, así que mejor será que no se llame a engaño». Pero no se lo dijo. Se limitó a pensarlo, y ayudó a Narcissa en sus preparativos de viaje y vio el coche de caballos salir hacia el pueblo, hacia la estación, sin hacer comentarios. «Y no hace falta que vuelva», pensó al ver desaparecer el coche. Pero esa misma mañana había regresado Narcissa sin dar ninguna explicación ni del repentino viaje ni del repentino regreso, y a primera hora de la tarde, desde la puerta de su cabaña, Elnora vio a la mujer y al niño atravesar el prado cuando más apretaba el calor de la tarde, con todo el sol de junio.
      —Igual me da a qué vaya: eso es cosa suya —dijo Elnora en voz alta al subir los escalones de la cocina—. Igual me da cómo le ha dado la ventolera de irse a Memphis dejando a la señorita Jenny ahí sentada, sin más que negros que la atiendan —añadió en voz alta con meditabunda incoherencia—. Ni siquiera me sorprende que haya ido. Si acaso, me sorprende que haya vuelto. No. Ni siquiera eso me sorprende. De aquí no se va a largar, y menos ahora, con lo que aquí tiene hecho —calló antes de añadir con aplomo, en voz alta, sin rencor, sin acalorarse—: Escoria. Escoria de ciudad.
      Entró en la cocina. Su hija Saddie estaba sentada a la mesa, comiendo un plato de sopa fría, de verdura y nabos, mirando una revista de moda bastante manoseada, sucia.
      —¿Y tú qué haces aquí? —le dijo—. ¿Cómo es que no estás allá, donde oigas a la señorita Jenny si es que te llama?
      —A la señorita Jenny no le falta de nada —dijo Saddie—. Está ahí sentada, junto a la ventana.
      —¿Adónde fue la señorita Narcissa?
      —Pues no lo sé —repuso Saddie—. Se ha ido con Bory no sé adónde. Todavía no ha vuelto.
      >Elnora resopló. No llevaba los cordones de los zapatos atados, y se los quitó con dos movimientos antes de salir de la cocina y dirigirse al vestíbulo apacible, de techos altos, colmado por el aroma que se filtraba desde el jardín y la miríada de ruidos aletargados de una tarde de junio, para entrar por la puerta de la biblioteca. Junto a la ventana de guillotina, levantada en ese momento del todo, con la franja inferior de vidrio de Carolina, coloreado, que en invierno enmarcaba su efigie y su busto como si fuese un retrato colgado en la pared, se hallaba sentada una anciana en su silla de ruedas. Estaba erguida: una mujer enjuta, envarada, de nariz delicada y el cabello del color de una pared enjalbegada. Sobre los hombros llevaba un chal de lana blanca, aunque no más blanca que su cabello sobre su vestido negro. Miraba por la ventana: de perfil, su rostro resultaba ojival e inmóvil por completo. Cuando entró Elnora volvió la cabeza y miró a la negra de inmediato, con gesto de interrogación.
      —No habrán vuelto por el camino de atrás, ¿verdad? —dijo.
      —Pues no —respondió Elnora. Se acercó a la silla.
      La anciana miró de nuevo por la ventana.
      —Debo decir que todo esto no lo entiendo. A la señorita Narcissa le ha dado por no parar, y de repente va y viene sin que se sepa a qué. Le ha dado la ventolera y…
      Elnora se llegó hasta la silla.
      —Muchos desvelos son ésos —dijo con su voz fría y reposada— para una mujer tan perezosa como ella.
      —Le ha dado la ventolera, ya —dijo la anciana. Calló—. Ni se te ocurra hablar de ella de esa manera.
      —Yo nada más he dicho la verdad —dijo Elnora.
      —Pues entonces te la callas. Es la esposa de Bayard. Ahora es una Sartoris.
      —Ésa no será una Sartoris ni por más años que viva —dijo Elnora.
      La otra miraba por la ventana.
      —Le ha dado la ventolera así por las buenas, hace un par de días, y se ha largado a Memphis a pasar un par de noches, y eso que no se había separado de ese niño ni una sola noche desde que nació, y lo ha dejado aquí durante dos noches, hay que ver, sin dar razón y sin decir ni cómo, y luego va y vuelve a casa y se lo lleva a pasear por el bosque cuando más aprieta el calor, en pleno día. Y no es que el niño la haya echado de menos. ¿A ti te parece que la ha echado de menos?
      —Pues no —dijo Elnora—. Ningún varón de los Sartoris ha echado de menos a nadie. Jamás.
      —Desde luego que no —la anciana miró por la ventana. Elnora se quedó algo retrasada, detrás de la silla—. ¿Han atravesado el prado?
      —No lo sé. Los perdí de vista y seguían caminando hacia el arroyo.
      —¿Hacia el arroyo? ¿Y eso para qué?
      Elnora no respondió. Seguía ligeramente detrás de la silla, muy erguida, inmóvil como un indio. La tarde continuaba su curso. El sol entraba al ras por el jardín, a la misma altura, bajo la ventana, y enseguida el jazmín empezó a desprender su perfume con el atardecer, un aroma que invadió la estancia en oleadas lentas, casi palpables: espesas, dulces, empalagosas. Las dos mujeres estaban quietas en la ventana: una un tanto inclinada hacia delante en la silla de ruedas, la negra algo más atrás, también inmóvil, erguida como una cariátide.
      En el jardín, la luz empezaba a tornarse cobriza cuando llegaron la mujer y el niño por el camino de la casa. La anciana, en su silla, se adelantó de pronto a mirar. A Elnora le pareció como si la anciana con ese movimiento hubiese escapado de su cuerpo desvalido como escapa un ave, y como si hubiera cruzado el jardín para recibir al niño; adelantándose también ella, sólo un poco, Elnora vio en la cara de la otra una expresión de afecto inmediato y desinhibido. Así, los dos cruzaron el jardín y ya casi estaban en la casa cuando la anciana se irguió y se recostó bruscamente.
      —¡Vaya, si vienen empapados! —dijo—. Fíjate cómo traen la ropa. ¡Se han bañado en el arroyo sin desvestirse! ¡Los dos!
      —Y digo yo si no será mejor que vaya a ver si preparo la cena —dijo Elnora.

II

       En la cocina, Elnora preparó la lechuga y los tomates y cortó en rebanadas el pan (no un honrado pan de maíz, ni siquiera pan de molde) que horneaba según le enseñó la mujer cuyo nombre no pronunciaba a no ser que fuese absolutamente necesario.
      Isom y Saddie estaban sentados en sendas sillas, de espaldas a la pared.
      —Yo no tengo nada contra ella —dijo Elnora—. Yo soy negra y ella blanca. Pero mis hijos negros tienen más sangre que ella, eso sí. Se portan mejor.
      —Para ti y para la señorita Jenny es como si no hubiese nacido nadie después de la señorita Jenny —dijo Isom.
      —¿Y quién ha nacido? —dijo Elnora.
      —La señorita Jenny se lleva bien con la señorita Narcissa —dijo Isom—. Para mí que es ella la que tendría que decirlo. Y yo no le he oído decir nada.
      —Porque la señorita Jenny es de buenísima pasta —dijo Elnora—. Por eso mismo. Y tú de eso no sabes nada, porque cuando naciste ya era tarde para que lo entendieras, y sólo la has conocido a ella.
      —Pues para mí que la señorita Narcissa es de tan buena pasta como cualquier otra —dijo Isom—. No veo ninguna diferencia.
      Elnora de pronto alejó la silla de la mesa y se puso en pie. Isom con la misma celeridad se levantó y dejó paso libre a su madre. Pero ésta sólo fue al aparador para sacar una fuente y regresó a la mesa, a los tomates.
      —Ser Sartoris de nacimiento, o ser de buena pasta, no es algo que en realidad uno sea: es algo que uno hace —lo dijo en un tono llano y sin inflexiones, hablando por encima de las manos morenas, ágiles, diestras. Cuando hablaba de las dos mujeres empleaba indistintamente el pronombre femenino, dándole una mínima inflexión para referirse a la señorita Jenny—. Hizo todo el viaje hasta aquí ella sola, y eso que el campo aún estaba infestado de yanquis. Todo el camino desde Carolina, y eso que habían matado a toda su parentela, con la excepción del viejo Amo John, que estaba a doscientas millas de ella, en Mississippi.
      —Hay más de doscientas millas de aquí a Carolina —dijo Isom—. Lo aprendí en la escuela. Son casi dos mil.
      Elnora no dejaba las manos quietas. No pareció escucharle.
      —Conque los yanquis habían matado a su padre y su esposo, y habían pegado fuego a la casa de Carolina estando allí su madre y ella, y se vino hasta Mississippi ella sola, en busca de la única familia que le quedaba. Para llegar al fin aquí con lo más crudo del invierno, sin otra cosa en este mundo de Dios que una cesta con semillas de flores y dos botellas de vino y los trozos de vidrio de colores que el viejo Amo John colocó en la ventana de la biblioteca para que a ella le pareciera que era Carolina. Llegó cuando ya anochecía y estaba oscuro, el día de Navidad, y el viejo Amo John y los niños y mi mamá la esperaban en el porche, llegó con la cabeza bien alta en la carreta y esperó a que el viejo Amo John la ayudase a bajar. No se saludaron con un beso por estar delante de tanta gente. El viejo Amo John sólo dijo «Bueno, Jenny», y ella sólo dijo «Bueno, Johnny», y entraron en la casa llevándole él de la mano, hasta que estuvieron dentro y nadie pudo espiarlos. Allí, ella se echó a llorar y el viejo Amo John la estrechó en sus brazos al cabo de cuatro mil millas de viaje.
      —No hay cuatro mil millas de aquí a Carolina —dijo Isom—. No hay más de dos mil. Es lo que decía el manual de la escuela.
      Elnora no le hizo caso, y no dejó de trajinar con las manos.
      —Le dio bien fuerte, le dio una llantina de cuidado. «Es porque no tengo costumbre de llorar», dijo. «Es un hábito que perdí hace mucho. Nunca he tenido tiempo de llorar. Malditos yanquis… malditos yanquis.» —Elnora volvió a levantarse al aparador. Fue como si dejase atrás en dos zancadas el sonido de su voz, como si la abandonase al caminar descalza, sin hacer ruido, dejando que así llenase la cocina en calma, aunque la voz misma ya no se oyera. Tomó otra fuente y regresó a la mesa, las manos de nuevo ajetreadas entre tomates y lechugas, alimentos que ella no podía comer.
      »Y así es como ella —se refirió de ese modo a Narcissa, los dos negros se dieron cuenta— se cree que, ahora, cuando le dé la ventolera, puede largarse a Memphis a dar gusto a sus caprichos, dejándola a ella sola en la casa, dos noches enteras, al solo cuidado de unos negros. Va, viene, se acomoda bajo el techo de los Sartoris, come de lo que le dan los Sartoris durante diez años y de pronto le da la ventolera y se larga de expedición como un negro, sin decir siquiera por qué se ha largado.
      —¿No habías dicho que la señorita Jenny no necesita a nadie, que te bastas tú sola para atenderla? —dijo Isom—. ¿No dijiste ayer mismo que igual te daba que volviera o no?
      Elnora emitió un sonido bronco, de menosprecio, no muy fuerte.
      —¿Cómo no iba a volver? Si durante cinco años hizo cuanto estuvo en su mano para casarse con Bayard… Si además hizo todo lo posible para ganarse a la señorita Jenny mientras Bayard estuvo fuera, en esa dichosa guerra… Yo misma la he visto con estos ojos, la he visto venir a la casa dos o tres veces por semana, mientras la señorita Jenny pensaba que venía de visita más que nada por lucir la buena pasta de que estaba hecha. Pero a mí no me engañó nunca. Siempre supe qué se traía entre manos. Yo conozco bien a la escoria. Yo sé bien cómo se las da esa escoria para parecer que es de buena pasta. Los de buena pasta no se dan cuenta porque son de buena pasta. Pero yo sí.
      —Entonces Bory debe de ser también escoria —dijo Isom.
      Elnora se dio la vuelta, pero Isom ya no estaba en su silla cuando abrió la boca.
      —Tú cierra el pico y prepárate para servir la cena —lo vio acercarse a la pila y disponerse a lavarse las manos. Volvió a la mesa y trajinó con sus manos largas, morenas, diestras, entre los tomates rojos y el verde absenta, el verde claro de la lechuga—. Necesidades —dijo—. No son necesidades ni de Bory ni son necesidades suyas. Son las necesidades de los muertos. Del viejo Amo John y del coronel y del señor John y de Bayard, que bien muertos están y nada pueden hacer para remediarlo. Ahí es donde están las necesidades. De eso estoy hablando. Y de todo eso no se entera nadie más que ella, que ahí está en esa silla, y yo, una negra que aquí estoy de trajín en la cocina. Yo no tengo nada contra ella. Lo único que digo es que la buena pasta casa bien con la buena pasta, y la mala hierba pues lo mismo. Anda a ponerte la chaqueta. Esto ya está todo listo.

III

       Fue el chiquillo quien se lo dijo. La anciana se adelantó en la silla de ruedas y miró por la ventana para ver a la mujer y al niño cruzar el jardín y desaparecer al doblar la esquina de la casa. Aún adelantada, encorvada incluso, atenta al jardín, los oyó entrar en la casa, pasar por delante de la puerta de la biblioteca, subir las escaleras. Siguió pendiente del jardín, los arbustos ya recios que se trajo de Carolina en forma de esquejes no mayores que unas cerillas. Fue en el jardín donde se conocieron ella y la joven que había de casarse con su sobrino y darle un hijo. Aquello fue en 1918, y el joven Bayard y su hermano John aún estaban en Francia. Fue antes de que John perdiese la vida, y dos o tres veces por semana Narcissa venía del pueblo a visitarla mientras ella faenaba entre las flores. «Y en todo momento estaba prometida con Bayard y sin decirme nada —pensó contemplando el jardín que empezaba a invadir el crepúsculo, el jardín al que no había salido desde cinco años antes—. Poca cosa dijo de nada. A veces aún me extraña que llegara a prometerse con Bayard, con lo poco que hablaba. A lo mejor lo hizo sólo a fuerza de ser, de ocupar un espacio, igual que recibió aquella carta». Fue la víspera de que regresara Bayard. Narcissa salió y pasó dos horas fuera, y justo antes de marcharse mostró la carta. Era anónima y era obscena; sonaba a chaladura, y ya entonces intentó ella que Narcissa le permitiera mostrar la carta al abuelo de Bayard y que éste hiciera lo preciso para hallar al autor y castigarle como merecía, pero Narcissa se negó. «La voy a quemar y la voy a olvidar», dijo Narcissa. «Bueno, eso es asunto tuyo —dijo la anciana—. Pero eso no debería estar permitido. Una dama no debería estar a merced de un hombre como ése ni siquiera por correo. Eso es algo de lo que cualquier caballero estará convencido, algo por lo que actuará en consecuencia. Además, si no haces algo te volverá a escribir otra carta igual». «Pues entonces sí se la mostraré al coronel Sartoris —dijo Narcissa. Era huérfana, su hermano también estaba en Francia—. ¿Es que no se da cuenta de que no puedo consentir que nadie se entere de que ningún hombre ha pensado o piensa esas cosas acerca de mí?». «Bueno, yo preferiría que todo el mundo supiera que alguien ha pensado esas cosas acerca de mí, una sola vez, y que por eso se ha llevado una tanda de latigazos, antes que consentir que siga pensando todo eso acerca de mí y siga impune. Pero eso es asunto tuyo.» «La voy a quemar y la voy a olvidar», dijo Narcissa. Entonces regresó Bayard y al poco tiempo se casaron Narcissa y él y Narcissa se fue a vivir a la casa. Se quedó entonces preñada, y antes de dar a luz Bayard murió a bordo de un avión, y murió luego su abuelo, el viejo Bayard, y nació el niño, y dos años pasaron hasta que a ella se le ocurrió preguntar a su sobrina si había recibido otras cartas, y Narcissa le dijo que no.
       Así vivieron entonces con tranquilidad, vivieron su vida de mujeres en la casa grande y sin varones. De vez en cuando apremió ella a Narcissa a que volviera a casarse. Pero ésta se negó con tranquilidad y en silencio, y así continuaron durante años, las dos y el niño, al que ella insistió en llamar igual que su difunto tío. Y entonces, una semana antes, Narcissa recibió a un invitado a la hora de la cena; cuando se enteró ella de que el invitado era varón, permaneció en su silla muy quieta un buen rato. «Ah —pensó sin decir nada—. Así que ha llegado la hora. Muy bien. Así había de ser. Ella es joven, y vivir aquí, tan lejos de todo, con una anciana impedida… Muy bien. No quisiera yo que le fuese como a mí. De ella no me lo esperaría. A fin de cuentas, no es una Sartoris. No es familia de los Sartoris, ese hatajo de fantasmas idiotas y sobrados de orgullo». Llegó el invitado. Ella no lo vio hasta que la llevaron en la silla de ruedas a la mesa puesta. Vio entonces a un joven algo calvo, de rostro inteligente, con una insignia de una hermandad estudiantil de campanillas en la leontina. No llegó a reconocer la insignia, pero supo en el acto que era judío, y cuando el invitado le dirigió la palabra fue tal el ultraje que le ganó la furia y se debatió en la silla de ruedas y quiso incrustarse en el respaldo como una serpiente antes de lanzar su mortífero ataque, con una sacudida tan fuerte que la silla se alejó de la mesa.
      —Narcissa —dijo—, ¿qué está haciendo aquí este yanqui?
      Así se hallaron en torno a la mesa iluminada por las velas, tres personas envaradas. Habló el hombre.
      —Señora, no quedaría ni un solo yanqui si las de su sexo hubiesen plantado cara contra nosotros en el campo de batalla.
      —Eso no tiene ni que recordármelo, joven —replicó—. Dé gracias a su buena estrella de que su señor abuelo sólo se enfrentase con hombres.
      Llamó entonces a Isom y le indicó que se la llevara de la mesa sin haber probado la cena. Y ya en su dormitorio les prohibió que encendiesen la luz y rechazó la bandeja que Narcissa indicó subir a los criados. Estuvo sentada junto a la ventana, a oscuras, hasta que se marchó el invitado.
      A los tres días, Narcissa hizo su repentino y misterioso viaje a Memphis y estuvo dos noches fuera, por más que nunca hubiera pasado una sola noche lejos de su hijo, desde el día en que lo trajo al mundo. Se fue sin que mediase explicación ninguna, y ahora la anciana acababa de verla cruzar el jardín con el chiquillo, los dos con la ropa mojada aún, como si se hubiesen bañado en el arroyo.
      Fue el chiquillo quien se lo dijo. Entró en su habitación nada más cambiarse de ropa, aunque con el pelo mojado aún, peinado con esmero. Ella no dijo ni palabra cuando entró el chiquillo y se acercó a su silla de ruedas.
      —Hemos ido al arroyo —le dijo—. No a nadar, sólo a darnos un remojón. Ella quiso enseñarme la poza donde se nada, pero no fuimos a nadar. No creo que ella sepa. Sólo nos metimos en el agua a remojarnos sin quitarnos la ropa. Toda la tarde. Ella tenía ganas de que nos diésemos un remojón.
      —Ah —dijo la anciana—. Bueno, vaya. Seguro que te has divertido. ¿Vendrá ella ahora?
      —Sí, señora. Tan pronto se vista.
      —Bueno… Pues tiempo tendrás de salir un rato… si es que te apetece.
      —Más prefiero quedarme con usted… Si usted lo desea.
      —No. Es mejor que salgas. Yo espero tranquilamente a que venga Saddie.
      —Vale —y salió.
      En la ventana se desdibujaban los contornos a la vez que se ponía el sol. El cabello plateado de la anciana también se difuminó como si fuera algo inmóvil, olvidado en un aparador. Los vidrios de austeros colores que enmarcaban la ventana soñaban solos, voluptuosos, callados. Estuvo sentada sin moverse hasta oír a la mujer de su sobrino bajar la escalera. Permaneció en silencio, mirando la puerta, hasta que entró la joven.
      Vestía de blanco: una mujer alta, grandullona, de treinta y tantos, en un halo crepuscular que recordaba la calidad heroica de las estatuas.
      —¿Enciendo la luz?
      —No —dijo la anciana—. No, todavía no.
      Estaba muy tiesa en la silla de ruedas, inmóvil, contemplando a la joven en el otro extremo de la estancia, la lenta caída de su vestido blanco, heroica y fluida, como una cariátide en la fachada de un templo que acabara de cobrar vida.
      —Fueron aquellas car… —dijo.
      —Aguarda —dijo la anciana—. Antes que me cuentes nada… El jazmín. ¿Lo hueles?
      —Sí. Fueron aquellas…
      —Aguarda. Siempre empieza a esta hora del día. Ha empezado a esta hora del día, en junio, desde hace cincuenta y siete años este verano. Me los traje de Carolina en un cesto. Me acuerdo de que aquel primer mes de marzo pasé una noche entera quemando hojas de periódico para dar calor a las raíces. ¿Lo hueles?
      —Sí.
      —Si va a haber boda, yo ya te lo dije. Te lo dije hace cinco años: ni pensaba ni pienso culparte. Eres todavía joven, eres viuda. Aunque tengas un hijo, te dije que con ese hijo no bastaría. Te dije que no te iba a culpar por no hacer lo que hice yo. ¿Estamos?
      —Sí. Pero no es tan grave.
      —¿No? Entonces, si es grave, ¿hasta qué punto lo es? —la anciana seguía muy derecha, la cabeza un tanto levantada, el rostro delgado desdibujándose en la luz del crepúsculo, que le daba profundidad—. No te pienso culpar. Eso ya te lo dije. A mí no me tengas en cuenta. Mi vida ya está hecha. Poca cosa necesito, nada que no puedan hacer los negros. Por mí no te preocupes. ¿Me has oído? —la otra no dijo nada, inmóvil como estaba, serena; las voces de ambas parecían materializarse en la creciente oscuridad que las separaba, sin tener origen en ninguna de ambas bocas, de ambas caras, aquietadas, borrosas—. Entonces… me lo tendrás que decir —añadió la anciana.
      —Fueron aquellas cartas. Hace trece años. ¿O es que no se acuerda? Antes de que Bayard volviera de Francia, antes de que supiera usted que estábamos prometidos. Le mostré una de las cartas, y usted quiso dársela al coronel Sartoris, y que él averiguase quién la mandó, y yo le dije que no, y usted dijo que ninguna dama consentiría recibir cartas de amor anónimas, por más ganas que tuviese.
      —Sí. Dije que era mejor que se supiera que una dama había recibido una carta como aquélla, en vez de consentir que un hombre en secreto siguiera teniendo esos pensamientos cuando pensaba en ella, y que además continuara impune. Me dijiste que la habías quemado.
      —Mentí. La guardé. Y tengo otras diez. No se lo dije a usted porque, a su entender, no era propio de una dama.
      —Ah —dijo la anciana.
      —Sí. Las guardé todas. Creí que las tenía bien escondidas, donde nadie podría encontrarlas.
      —Y las volviste a leer. Las sacabas de vez en cuando y las volvías a leer.
      —Creí que las tenía bien escondidas. Pero recordará usted aquella noche, después de que Bayard y yo nos casáramos, cuando alguien entró en la casa a hurtadillas; fue la misma noche en que aquel contable del banco del coronel Sartoris robó un dinero y se largó. A la mañana siguiente, las cartas ya no estaban en su sitio. Entonces entendí quién me las había enviado.
      —Sí —dijo la anciana. No se había movido. Su cabeza, más desdibujada, era algo inanimado, algo de plata.
      —Así que las cartas andaban por ahí, por el mundo. En alguna parte estaban. Me puse como una loca durante un tiempo. Pensé que más de un hombre las habría leído, que habría visto no sólo mi nombre en ellas, sino también las huellas que dejaron mis ojos al leerlas una y otra vez. Me puse como una loca. Cuando Bayard y yo estábamos en nuestro viaje de novios, me puse como una loca. Ni siquiera fui capaz de pensar sólo en él. Era como si me tuviera que acostar con todos los hombres del mundo al mismo tiempo. Entonces, hace casi doce años, tuve a Bory, y supuse que por fin se me había pasado. Me acostumbré a que las cartas anduvieran por el mundo, a saber dónde. Tal vez había dado en pensar que ya no existían, que alguien las había destruido, que yo estaba a salvo. De vez en cuando me volvían a la memoria, pero era en cierto modo como si Bory me protegiera, como si no pudieran pasar por encima de él, como si no pudieran alcanzarme. Como si, quedándome aquí tranquila, y siendo buena con Bory y con usted… Y entonces, una tarde, una tarde cualquiera, al cabo de doce años, aquel hombre vino a verme, aquel judío. El que se quedó a cenar aquella noche.
      —Ah —dijo la anciana—. Sí.
      —Era un agente federal. Aún estaban tratando de localizar al hombre que había robado el banco. El agente tenía mis cartas en su poder. Las encontró allí donde las perdió el contable, o donde se deshizo de ellas aquella noche al darse a la fuga, y el agente las había conservado durante doce años, los doce años que llevaba trabajando en el caso. Por fin vino a verme, a tratar de averiguar adónde pudo haberse largado aquel hombre, pensando que yo por fuerza tenía que saberlo, puesto que el hombre me había escrito aquellas cartas. Se acordará usted de él, se acordará de que lo miró de hito en hito y dijo… «Narcissa, ¿quién es este yanqui?».
      —Sí, me acuerdo.
      —Aquel hombre tenía mis cartas. Las había conservado durante doce años. Las…
      —¿Las había conservado? —dijo la anciana—. ¿Las había conservado?
      —Sí. Ahora las tengo yo. No las envió a Washington. Nadie, salvo él, las llegó a leer. Y ahora ya nadie las leerá —calló. Respiró hondo, con tranquilidad, reposada—. Todavía no lo entiende, ¿verdad? Aquel hombre tenía toda la información que pudo sacar de las cartas, pero habría tenido que entregarlas al departamento, y yo se las pedí. Me dijo que tendría que entregarlas y le pedí que tomara la decisión definitiva en Memphis. Él preguntó que por qué en Memphis, y yo le dije por qué. Supe que con dinero no podría comprárselas, dese cuenta. Por eso tuve que ir a Memphis. Tenía demasiada estima por Bory y por usted para haberme ido a otra parte. Y eso es todo. Los hombres son todos iguales, tienen las mismas ideas del bien y el mal. Unos imbéciles —respiró con tranquilidad. Y bostezó, un bostezo hondo, de absoluta relajación. Volvió a mirar la cabeza erguida, plateada, borrosa, que tenía delante—. ¿Es que todavía no lo entiende? Tuve que hacerlo. Eran mías, tenía que recuperarlas como fuera. Y ésa fue la única manera de hacerlo. Pero aún hubiera hecho más. Así las recuperé. Y ahora ya están quemadas. Nadie las verá nunca. Él no podrá contárselo a nadie, ¿lo entiende? Le llevaría a la ruina decir que existieron. Podrían incluso dar con él en presidio. Y ahora ya están quemadas.
      —Sí —dijo la anciana—. Y así volviste y te llevaste a Johnny al arroyo y os disteis un remojón, os sentasteis en el agua que corre. En el Jordán. Sí, en el Jordán, sólo que al fondo de un prado, en Mississippi.
      —Tenía que recuperarlas. ¿No se da usted cuenta?
      —Sí —dijo la anciana—. Sí —se irguió del todo en la silla de ruedas—. Ay, Señor. Pobres mujeres, qué imbéciles somos. ¡Johnny! —gritó de pronto con voz perentoria.
      —¿Qué pasa? —dijo la joven—. ¿Desea usted algo?
      —No —dijo la otra—. Que venga Johnny. Quiero que me traiga mi sombrero.
      La joven se puso en pie.
      —Yo se lo traeré.
      —No. Quiero que me lo traiga Johnny.
      La joven permaneció mirándola, la anciana erguida en la silla de ruedas, bajo la corona plateada que formaba su cabello. Y salió de la habitación. La anciana no se movió. Permaneció sentada en la oscuridad hasta que entró el chiquillo con un sombrero de hechura anticuada. De vez en cuando, si la anciana estaba molesta, le llevaban el sombrero y ella sola se lo colocaba con toda exactitud y seguía sentada junto a la ventana. Acudió con su madre y le llevó el sombrero. Ya era noche cerrada; la anciana era visible sólo por el cabello plateado.
      —¿Quiere que encienda la luz? —dijo la joven.
      —No —dijo la anciana. Se encasquetó el sombrero—. Id a cenar. Marchaos.
      La obedecieron, dejándola allí sentada: una silueta esbelta, erguida, visible tan sólo por el relumbre de su cabello, en la silla de ruedas, junto a la ventana enmarcada por el escaso, fúnebre vidrio de Carolina.

IV

      Desde que el chiquillo cumplió ocho años, ocupó el lugar de su difunto abuelo en la cabecera de la mesa. Esa noche, sin embargo, su madre dispuso que fuera de otro modo.
      —Como estamos los dos solos —dijo—, te puedes sentar a mi lado —el chiquillo titubeó—. Anda, por favor. ¿No quieres? Anoche, en Memphis, te eché de menos. ¿Tú no me echaste de menos?
      —Dormí en la habitación de la tía Jenny —dijo el chiquillo—. Lo pasamos muy bien.
      —Anda, por favor…
      —De acuerdo —dijo. Ocupó la silla contigua a ella.
      —Más cerca —insistió. Arrimó más la silla—. Pero ya nunca más, ¿verdad que no? —se inclinó hacia él y le tomó la mano.
      —¿Nunca más? ¿El qué? ¿Bañarnos en el arroyo?
      —No, nunca más nos dejaremos el uno al otro.
      —Yo no te eché de menos. Lo pasamos muy bien.
      —Prométemelo. Prométemelo, Bory —se llamaba Benbow, el apellido de su madre.
      —De acuerdo.
      Isom, con una chaqueta de dril, les sirvió la cena y regresó a la cocina.
      —¿Ella no va a cenar? —dijo Elnora.
      —Pues no —dijo Isom—. Allá está, sentada a la ventana, a oscuras. Dice que no va a cenar.
      Elnora miró a Saddie.
      —¿Qué estaban haciendo la última vez que las viste en la biblioteca?
      —Estaban hablando, la señorita Narcissa y ella.
      —Y seguían hablando cuando anuncié que la cena estaba lista —dijo Isom—. Eso ya te lo dije.
      —Lo sé —dijo Elnora. No lo dijo con mal humor. Tampoco con amabilidad. Su voz era sólo perentoria, blanda a la vez que fría—. ¿De qué hablaban?
      —Pues no lo sé —dijo Isom—. Tú me enseñaste que no hay que escuchar lo que se dicen los blancos.
      —Isom, ¿de qué hablaban? —dijo Elnora. Lo estaba mirando con gravedad, con intención, con autoridad.
      —De que no sé quién se iba a casar. La señorita Jenny dijo: «Te dije hace mucho tiempo que no te culpo. Una mujer todavía joven, como tú… Quiero que te cases. No hagas como yo». Eso fue lo que dijo.
      —Me apuesto cualquier cosa a que ella también está pensando en casarse —dijo Saddie.
      —¿Quién se va a casar? —dijo Elnora—. ¿Ella se va a casar? ¿Y para qué, digo yo? ¿Va a renunciar a todo lo que tiene aquí? Eso no puede ser así. Ojalá estuviera al tanto de lo que ha pasado durante toda esta semana… —calló. Se volvió hacia la puerta, como si pretendiera oír algo. Desde el comedor llegó la voz de la mujer joven, pero Elnora parecía haber aguzado el oído para captar algo que llegara de más allá. Y salió de la cocina. No con prisas, si bien su tranco largo y callado se la llevó con una brusquedad como la de una figura inanimada que, sobre ruedas, desapareciera de escena.
      Recorrió en silencio el vestíbulo, a oscuras, pasando por la puerta del comedor sin que se percatasen las dos personas sentadas a la mesa. Estaban muy cerca la una de la otra. La mujer hablaba inclinada hacia el chiquillo. Elnora pasó de largo sin hacer ruido: un converger de sombras sobre las cuales su rostro, más claro, parecía flotar incorpóreo, los ojos de una tenue blancura. Se detuvo de súbito. No había llegado a la puerta de la biblioteca, pero se detuvo invisible, insonora, los ojos de pronto luminosos en su rostro casi desvanecido, y entonó una cantinela en un murmullo apenas audible:
      —Ay, Señor; ay, Señor.
      Entonces llegó con agilidad a la puerta de la biblioteca y miró la estancia en donde, junto a la ventana oscura, permanecía inmóvil la anciana, indicada sólo por el tenue, único relumbre del cabello blanco, como si a lo largo de noventa años la vida hubiese ido abandonando lentamente su sobria figura, tan erguida, para quedar suspendida en un instante crepuscular por encima de su cabeza antes de apagarse, aun cuando la vida misma se hubiera extinguido. Elnora sólo se asomó un instante y volvió sobre sus pasos, ágiles y callados, a la puerta del comedor. La mujer seguía inclinada hacia el niño, hablándole. No repararon en la presencia de Elnora en un primer momento. Permaneció en la puerta, alta, sin tocar las jambas por ninguno de los lados. Su rostro era inexpresivo; no pareció que mirase a nadie, que hablase con nadie.
      —Mejor será que vengan cuanto antes, digo yo —dijo con esa voz perentoria, blanda a la vez que fría.



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