William Faulkner
(New Albany, Mississippi, 1897 - Byhalia, Mississippi, 1962)


Incursión (1934)
(“Raid”)
Originalmente publicado en The Saturday Evening Post,
vol. 207, no. 18 (3 de noviembre de 1934);
The Unvanquished
(Nueva York: Random House, 1938, 293 págs.)


I

      Yaya escribió la nota con jugo de moras.
       —Llevádsela inmediatamente a la señora Compson y volved en seguida —dijo—. No os detengáis en ningún sitio.
       —¿Pretende que vayamos andando? —dijo Ringo—. ¿Quiere que recorramos a pie las cuatro millas que hay hasta Jefferson y la vuelta, con los dos caballos parados en el corral sin hacer nada?
       —Son caballos prestados —dijo yaya—. Voy a cuidar de ellos hasta que pueda devolverlos.
       —Creo que no sabe adónde nos manda ir, ni hasta cuándo va a cuidar de…
       —¿Quieres que te dé unos azotes?
       —No —dijo Ringo.
       Fuimos andando a Jefferson, dimos la nota a la señora Compson, recogimos el sombrero y la sombrilla y el espejo de mano, y volvimos caminando a casa. Aquella tarde engrasamos el carro y por la noche, después de cenar, yaya cogió otra vez el jugo de moras y escribió en un trozo de papel:
       «Coronel Nathaniel G. Dick, Regimiento de Caballería número… de Ohio», y lo dobló y se lo prendió dentro del vestido.
       —Así no se me olvida —dijo.
       —Si se le olvidara, me parece que esos chicos del demonio podrían recordárselo —dijo Louvinia—. Estoy segura de que ellos no le han olvidado: entrando por esa puerta para evitar que los otros les agarraran de debajo de sus faldas y les clavaran a la puerta del establo como dos pieles de mapache.
       —Si —dijo yaya—. Ahora, vámonos a la cama.
       Entonces vivíamos en la cabaña de Joby con una colcha escarlata clavada por un extremo a un montante de donde colgaba para hacer dos cuartos. Joby estaba esperando con el carro cuando salió yaya con el sombrero de la señora Compson puesto, y se metió en el carro y le dijo a Ringo que abriera la sombrilla y cogiera las riendas. Luego, todos nos pararnos y observamos cómo Joby introducía algo en el carro, debajo de las colchas; se trataba del cañón y las partes metálicas del mosquete, que Ringo y yo encontramos en las cenizas de la casa.
       —¿Qué es eso? —preguntó yaya. Joby no la miraba.
       —Si ellos ven aunque sólo sea la parte del final, quizá piensen que es un fusil entero —dijo.
       —¿Y luego qué? —replicó yaya. Joby no miraba entonces a nadie.
       —Sólo hago lo que puedo para ayudar a recuperar la plata y las mulas —dijo.
       Louvinia tampoco dijo nada. Simplemente, ella y yaya miraban a Joby. Al cabo de un momento, él sacó del carro el cañón del mosquete. Yaya empuñó las riendas.
       —Llévele con usted —dijo Louvinia—. Por lo menos podrá atender a los caballos.
       —No —dijo yaya—. ¿No ves que ya tengo demasiadas cosas de que ocuparme?
       —Entonces, quédese y deje que vaya yo —dijo Louvinia—. Yo las recuperaré.
       —No —repuso yaya—. No me pasara nada. Preguntaré hasta encontrar al coronel Dick, y luego cargaremos el arcón en el carro y Loosh conducirá las mulas y regresaremos a casa.
       Entonces Louvinia empezó a comportarse igual que hizo tío Buck MacCaslin aquella mañana que salimos para Memphis. Se quedó agarrada a la rueda del carro, miró a yaya por debajo del sombrero viejo de padre, y empezó a chillar.
       —¡No malgaste el tiempo ni en coroneles ni en nada! ¡Dígales a los negros que le envíen a Loosh y mándele a él a por el baúl y las mulas, y luego déle de latigazos! —el carro se estaba moviendo ya; había soltado la rueda y caminaba a su lado, gritando a yaya—: ¡Coja esa sombrilla y rómpasela encima!
       —Muy bien —dijo yaya.
       El carro siguió adelante; pasamos el montón de cenizas del que sobresalían las chimeneas; Ringo y yo también habíamos encontrado el mecanismo del gran reloj de pared. El sol estaba saliendo entonces, reflejándose en las chimeneas: entre ellas, aún podía ver a Louvinia, de pie frente a la cabaña, haciéndose sombra con la mano en los ojos para vernos. Joby seguía detrás de ella, sosteniendo el cañón del mosquete. Habían derribado las vallas por completo; y después salimos al camino.
       —¿Quieres que conduzca yo? —dije.
       —Yo lo haré —contestó yaya—. Son caballos prestados.
       —Pues hasta un yanqui podría decir nada más mirarlos que no serían capaces ni de seguir el paso a un regimiento de infantería —dijo Ringo—. Y me gustaría saber cómo podría alguien hacer daño a este par de caballos a menos que no tuviera suficiente fuerza para impedir que se tendieran en el camino para ser atropellados por su propio carro.
       Continuamos hasta el oscurecer, y acampamos. Al amanecer ya estábamos de nuevo en el camino.
       —Será mejor que me dejes conducir un poco —dije.
       —Conduciré yo —dijo yaya—. Fui yo quien los tomó prestados.
       —Si quieres hacer algo, puedes llevar un rato la sombrilla —dijo Ringo—. Y dar un descanso a mi brazo. —Cogí la sombrilla y él se tumbó en el carro, tapándose los ojos con el sombrero y añadiendo—: Llámame cuando estemos cerca de Hawkhurst, para que pueda ponerme a buscar ese ferrocarril del que hablas.
       Así viajó durante los seis días siguientes: tumbado de espaldas en la cama del carro con el sombrero en los ojos, durmiendo o cumpliendo su turno de sostener la sombrilla por encima de yaya y teniéndome despierto con el tema del ferrocarril, que él jamás había visto, pero yo si, en la Navidad que pasamos en Hawkhurst. Así éramos Ringo y yo. Casi teníamos la misma edad, y padre siempre decía que Ringo era un poco más listo que yo, pero eso no contaba para nosotros, como tampoco importaba el distinto color de nuestra piel. Lo importante era lo que uno de nosotros hubiera hecho o visto y que el otro desconociera, y desde aquella Navidad le llevaba ventaja a Ringo, porque yo había visto la vía férrea y una locomotora. Sólo que ahora se que Ringo poseía algo más, aunque ninguno de los dos veríamos comprobada mi opinión hasta pasado algún tiempo, y ni siquiera entonces la reconoceríamos como tal. Era como si Ringo también lo viera de ese modo, y que el ferrocarril, la arremetida de la locomotora que él esperaba ver, simbolizase aquello: el movimiento, el impulso de moverse que ya bullía en la cabeza de su gente, más oscuro que ellos mismos, irracional, siguiendo y persiguiendo una ilusión, un sueño; una forma brillante que ellos no podían conocer porque en su tradición no había nada, y nada en la memoria de los viejos, para contárselo a los otros. «Eso es lo que encontraremos»; ni él ni ellos podían saber qué era aquello, y sin embargo existía: uno de esos impulsos inexplicables pero invencibles que surgen en las razas humanas a intervalos y las llevan a seguir un camino y abandonar toda la seguridad y la intimidad de la tierra y el hogar y partir, sin saber adónde, con las manos vacías, ciegos hacia todo salvo a la esperanza y al destino.
       Seguimos adelante; no íbamos de prisa. O quizá teníamos la impresión de ir despacio porque habíamos entrado en una comarca donde no parecía vivir nadie en absoluto; en todo el día no vimos ni una casa. Yo no pregunté y yaya no dijo nada; simplemente iba ahí sentada, debajo de la sombrilla, con el sombrero de la señora Compson puesto, mientras los caballos iban al paso e incluso nuestro propio polvo se movía delante de nosotros; al cabo de un rato, hasta Ringo se incorporó y miro en torno.
       Pero poco después se acabaron las colinas y Ringo gritó de pronto:
       —¡Cuidado! ¡Ahí vienen otra vez para quitarnos éstos!
       Nosotros también lo vimos entonces: una nube de polvo a lo lejos, por el oeste, avanzando despacio, con demasiada lentitud para que fueran hombres a caballo, y luego el camino por el que íbamos desembocó directamente en otro muy ancho que se alargaba recto hacia el este, como hacia el ferrocarril cuando yaya y yo estuvimos allí aquella Navidad de antes de la guerra; y de pronto me acordé.
       —Ése es el camino de Hawkhurst —dije.
       Pero Ringo no escuchaba: estaba atento a la polvareda; entonces se para el carro, los caballos bajaron la cabeza y nuestro polvo volvió a rebasarnos mientras la enorme polvareda se acercaba lentamente por el oeste.
       —¿No les veis venir? —gritó Ringo—. ¡Vámonos de aquí!
       —No son yanquis —dijo yaya—. Los yanquis ya han pasado por aquí.
       Entonces, también lo vimos nosotros: una casa incendiada, como la nuestra, tres chimeneas que se erguían por encima de un montón de cenizas, y una mujer y un niño —blancos— que nos miraban por detrás de ellas. Yaya miró la nube de polvo luego el ancho camino desierto que iba hacia al este.
       —Ése es el camino —dijo.
       Proseguirnos la marcha. Parecía que ahora íbamos más despacio que nunca, con la nube de polvo detrás de nosotros y las casas y desmotadoras quemadas y las vallas derribadas a cada lado, y las mujeres y niños blancos —no vimos un solo negro— mirándonos desde las cabañas de los negros, donde vivían ahora. Igual que nosotros; no nos detuvimos.
       —Pobre gente —dijo yaya—. Ojalá tuviera lo suficiente para compartirlo con ellos.
       Cuando se puso el sol, salimos del camino y acampamos; Ringo empezó a mirar atrás, y dijo:
       —Sea lo que sea, nos hemos largado y los hemos dejado atrás. No veo polvo.
       Esta vez dormimos los tres en el carro. No sé qué hora sería, sólo que me desperté de pronto. Yaya estaba incorporada en el carro. Pude ver su cabeza contra las ramas y las estrellas. De repente, estábamos los tres sentados en el carro, escuchando. Avanzaban por el camino. Parecían ser unos cincuenta; oíamos sus apresurados pasos y una especie de murmullo jadeante. No era exactamente un cántico; no sonaba tan alto. Sólo era un ruido, una respiración, una especie de resuello, una salmodia susurrante y pasos siseando raudos en la densa polvareda. También pude oír a mujeres, y entonces, de pronto, empecé a olerles.
       —¡Negros! —dije—. ¡Chshhhh!
       No podíamos verles y ellos tampoco nos veían a nosotros; quizá ni siquiera miraban; sólo andaban de prisa en la oscuridad, mientras continuaba el jadeante y apresurado murmullo. Y entonces salió el sol y nosotros también seguimos la marcha por aquel ancho camino desierto, entre las casas, desmotadoras y vallas quemadas. Antes, había sido como pasar por una comarca en donde nadie había vivido jamás; ahora era como pasar por una en donde todo el mundo hubiera muerto en el mismo instante. Aquella noche nos despertamos tres veces; nos incorporamos en el carro, en la oscuridad, y oímos pasar a los negros por el camino. La última vez fue después de amanecer y de dar el pienso a los caballos. Entonces eran una gran multitud, y pareció como si fueran corriendo, como si tuvieran que correr para ir por delante de la luz del día. Luego, desaparecieron. Ringo y yo habíamos recogido ya los arneses, cuando yaya dijo:
       —Esperad. Silencio.
       Sólo era una mujer: podíamos oírla jadear y sollozar, y después escuchamos otro ruido. Yaya empezó a bajarse del carro, y dijo:
       —Se ha caído. Enganchad y venid.
       Cuando volvimos al camino, la mujer estaba como ovillada en la cuneta sosteniendo algo en los brazos, y yaya de pie a su lado. Era un niño de pocos meses; lo apretaba como si yaya fuera a quitárselo.
       —Estoy enferma y no podía seguirles —dijo—. Se marcharon y me dejaron.
       —¿Va tu marido con ellos? —le preguntó yaya.
       —Sí —contestó la mujer—. Todos van allá.
       —¿A quién perteneces? —dijo yaya. Pero no contestó. Se quedó agachada en el polvo, encorvada sobre el niño—. ¿Darás la vuelta y regresarás a casa, si te doy algo de comer? —dijo yaya. Ella siguió sin contestar. Simplemente se quedó en cuclillas—. Ya ves que no puedes seguir con ellos, y no te van esperar. ¿Quieres morirte ahí, en el camino, para que te coman los buitres?
       Pero ni siquiera miró a yaya; solamente permaneció agachada.
       —Es al Jordán a donde vamos —dijo—. Jesús me acompañará hasta allá.
       —Monta en el carro —dijo yaya. Subió; volvió a agacharse igual que había hecho en el camino, sujetando al niño, sin mirar a ninguna parte; simplemente se acurrucó y empezó a mecerse sobre las nalgas mientras el carro se balanceaba y traqueteaba. El sol ya estaba alto; bajamos por una larga pendiente y empezamos a cruzar la cañada de un río.
       —Me bajo aquí —dijo. Yaya paró el carro y ella se apeó. No había nada en absoluto, salvo gruesos alcornoques y cedros y la espesa maleza aún llena de sombra.
       —Vuélvete a casa, muchacha —dijo yaya. Pero ella se quedó ahí parada—. Pásame la cesta —dijo yaya.
       Se la alcancé, la abrió y le dio a la mujer un trozo de pan y carne. Seguimos adelante; empezamos a subir la loma. Cuando miré atrás, aún seguía allí, de pie, con el niño en brazos y el pan y la carne que yaya le había dado. No miraba hacia nosotros.
       —¿Estaban los otros ahí, en esa cañada? —preguntó yaya a Ringo.
       —Si —contestó Ringo—. Les ha encontrado. Aunque calculo que volverá a perderse esta noche.
       Continuamos; subimos la loma y rebasamos la cima. Esta vez, el camino estaba vacío cuando miré atrás. Era la mañana del sexto día.


II

      Entrada la tarde, volvimos a descender: doblamos una curva con las últimas sombras horizontales y nuestro propio polvo quieto, y vi el cementerio de la loma y el marmóreo fuste de la sepultura de tío Dennison; había una paloma entre los cedros. Ringo se había vuelto a dormir en el carro con el sombrero por encima, pero se despertó tan pronto como hablé, aunque no lo hice en voz alta ni dirigiéndome a él.
       —Ahí está Hawkhurst —dije.
       —¿Hawkhurst? —dijo, incorporándose—. ¿Dónde está ese ferrocarril?
       Ya estaba de rodillas, buscando algo que tendría que encontrar para estar igualado conmigo y que, cuando lo viera, sólo habría de reconocer de oídas.
       —¿Dónde está? ¿Dónde?
       —Tendrás que esperar.
       —Me parece que llevo esperándolo toda mi vida —dijo—. Supongo que luego me dirás que también se lo han llevado los yanquis.
       El sol empezaba a ponerse. Porque, de pronto, lo vi brillar de frente, por el sitio en donde debería haber estado la casa y ya no estaba. Pero no me sorprendió; sólo me dio pena por Ringo, porque (yo sólo tenía entonces catorce años) si la casa ya no estaba, también se habrían llevado el ferrocarril, pues nadie preferiría una casa antes que un ferrocarril. No nos detuvimos; sólo miramos tranquilamente al mismo montón de cenizas, a las cuatro chimeneas que se erguían sombrías y desoladas, iguales que las de casa. Cuando llegamos al portón, primo Denny corría hacia nosotros por el camino de entrada. Tenía diez años, corrió hacia el carro con los ojos desorbitados y la boca abierta, dando alaridos.
       —Denny —dijo yaya—, ¿nos reconoces?
       —Si —dijo primo Denny. Me miró, chillando—: ¡Ven a ver!
       —¿Dónde está tu madre? —preguntó yaya.
       —En la cabaña de Jingus —contestó primo Denny; ni siquiera miró a yaya—. ¡Quemaron la casa! —aulló—. ¡Venid a ver lo que han hecho con las vías!
       Echamos a correr los tres. Yaya gritó algo, me di la vuelta, dejé la sombrilla en el carro, gritándole a mi vez, «¡Si, señora!» y seguí corriendo y alcancé por el camino a primo Denny y a Ringo, y subimos la colina y entonces apareció a la vista. La vez anterior que yaya y yo estuvimos allí, primo Denny me enseñó la vía férrea, pero él era tan pequeño que Jingus tenía que llevarle a cuestas. Era la cosa más recta que había visto jamás, discurriendo derecha, vacía y tranquila por un largo y desierto tajo entre los árboles y también entre el campo, y la luz del sol la llenaba como el agua al río, sólo que iba más seguida que cualquier río, con las traviesas cortadas iguales, lisas y pulidas, y la luz se reflejaba en los rieles como sobre dos hilos de tela de araña, deslizándose en derechura hasta perderse de vista en la lejanía.
       Parecía limpia y arreglada, como el patio de atrás de la cabaña de Louvinia cuando lo barría los sábados por la mañana, con aquellos dos hilitos que no daban impresión de ser lo bastante fuertes para que nada pasase por encima corriendo derecho, de prisa y ligero, como si fueran cobrando velocidad para saltar limpiamente al otro lado del mundo.
       Jingus sabía cuándo venía el tren; me cogía de la mano al tiempo que llevaba a primo Denny, y nos poníamos entre los rieles y nos enseñaba por dónde venía, y luego nos indicaba hasta dónde la sombra de un pino muerto se acercaría a una estaca que él había clavado en el suelo, y entonces se oiría el silbido. Y nosotros retrocedíamos, mirábamos la sombra y luego oíamos el silbato; sonaba y se iba haciendo cada vez, más fuerte, y Jingus se acercaba a la vía, se quitaba el sombrero y lo levantaba con el rostro vuelto hacia nosotros y la boca abierta, gritando: «¡Mirad ahora! ¡Atención!», cuando ni siquiera le oíamos a causa del ruido del tren; y luego pasaba de largo; venía rugiendo y desaparecía; el cauce que habían abierto entre los árboles se llenaba de humo y de ruido y de chispas y de metal que brincaba, y luego volvía a quedarse vacío, y sólo el viejo sombrero de Jingus saltaba y rebotaba a lo largo de las desiertas vías, como si estuviera vivo.
       Pero esta vez lo que vimos era algo parecido a montones de negra paja apilada a cada pocas yardas, y corrimos hacia la zanja y vimos que habían arrancado las traviesas, amontonándolas y prendiéndoles fuego. Y primo Denny seguía chillando.
       —¡Venid a ver lo que han hecho con los rieles!
       Estaban detrás de los árboles: era como si cuatro o cinco hombres hubieran cogido cada rail y lo hubiesen atado en torno a un árbol, igual que se ata una caña de maíz verde alrededor de la vara de un carro. Ringo también se puso a vociferar.
       —¿Qué es eso? —gritó—. ¿Qué es eso?
       —¡Por encima de eso es por dónde pasa! —chilló primo Denny.
       —¿Quieres decir que tiene que venir hasta aquí y correr de un lado a otro por aquellos árboles, como una ardilla? —gritó Ringo.
       Entonces oímos el caballo todos a la vez; sólo tuvimos tiempo de ver cómo Bobolink salía al camino de entre los árboles y cruzaba el ramal por el aire. Decían que era la mejor amazona del país.
       —¡Ahí va Dru! —chilló primo Denny—. ¡Vamos! ¡Ha ido al río a ver a los negros! ¡Vamos!
       Él y Ringo echaron a correr otra vez. Cuando dejé atrás las chimeneas ya estaban entrando en el establo. La prima Drusilla acababa de desensillar a Bobolink y, cuando yo entré, le frotaba con un saco. Primo Denny seguía gritando:
       —¿Qué es lo que has visto? ¿Qué están haciendo?
       —Lo contaré en casa —dijo prima Drusilla. Entonces me vio. No era alta; lo parecía por el modo en que se erguía y caminaba. Llevaba pantalones, como un hombre. Era la mejor amazona del país. Cuando yaya y yo estuvimos allí aquella Navidad de antes de la guerra, Gavin Breckbridge, con quien hacia buena pareja, acababa de regalarle a Bobolink: hacían buena pareja, Jingus no necesitaba decir que eran la mejor pareja de Alabama y también de Mississippi. Pero Gavin murió en Shiloh, así que no llegaron a casarse. Se acercó a mí y me puso la mano en el hombro.
       —Hola —dijo—. Hola, John Sartoris —miró a Ringo—. ¿Éste es Ringo?
       —Así es cómo me llaman —dijo Ringo—. ¿Qué pasa con ese ferrocarril?
       —¿Qué tal estás? —le preguntó prima Drusilla.
       —Me las voy apañando —contestó Ringo—. ¿Qué pasa con ese ferrocarril?
       —También te lo contaré esta noche —dijo Drusilla.
       —Yo daré la última mano a Bobolink por ti —dije.
       —¿De veras? —dijo. Se acercó a la cabeza de Bobolink—. ¿Tolerarás al primo Bayard, muchacho? Entonces os veré en casa —añadió, y salió.
       —Tendréis que esconder bien a ese caballo cuando vengan los yanquis —dijo Ringo.
       —¿Ese caballo? —dijo primo Denny—. No queda ni un maldito yanqui que se atreva a meterse con el caballo de Dru —había dejado de gritar, pero en seguida empezó otra vez—: Cuando vinieron a pegar fuego a la casa Dru cogió la pistola y vino corriendo acá —llevaba el vestido de los domingos—, y ellos pisándole los talones. Llegó corriendo y de un salto montó a pele en Bobolink, sin esperar siquiera a ponerle la brida, y uno de ellos le gritó ahí mismo, en la puerta: «¡Alto!». y Dru le dijo: «¡Apártate o te pisoteo!». y él chillando: «¡Alto! ¡Alto!», también con la pistola sacada —primo Denny gritaba ahora a voz en cuello—, y Dru se agachó a la oreja de Bobolink y dijo: «¡Mátale Bob!», y el yanqui saltó hacia atrás justo a tiempo. Todo el terreno estaba lleno de ellos y Dru paró a Bobolink, desmontó de un brinco con su vestido de los domingos, puso la pistola en la oreja de Bobolink, y dijo: «No puedo mataros a todos porque no tengo bastantes balas, y además no serviría de nada; pero solo necesito un disparo para el caballo, y ¿qué pasaría?». ¡Así que incendiaron la casa y se marcharon! —Entonces hablaba a grito pelado, mientras Ringo le miraba en forma tan desorbitada que con un bastonazo se le podrían haber saltado los ojos de la cara—. ¡Vamos! —aulló primo Denny—. ¡Vamos a escuchar lo que pasa con los negros del río!
       —Yo tengo que oír hablar de negros durante toda mi vida —dijo Ringo—. Quiero oír algo de ese ferrocarril.
       Cuando llegamos a la casa, prima Drusilla ya estaba hablando, dirigiéndose sobre todo a yaya, aunque no era acerca del ferrocarril. Llevaba el pelo corto; debía de parecerse al de padre, que le contaba a yaya cómo él y sus hombres se lo cortaban mutuamente con una bayoneta. Estaba tostada por el sol y tenía manos fuertes y ásperas, como un trabajador. Hablaba principalmente para yaya.
       —Empezaron a pasar por el camino de allá mientras la casa aún ardía. No pudimos saber cuántos eran; hombres y mujeres llevando niños que no podían andar, y ancianos y ancianas que deberían estar en su casa esperando la muerte. Iban cantando, andando por el camino y cantando, sin mirar siquiera a los lados. El polvo no se asentó ni en dos días, porque siguieron pasando durante toda la noche; nos quedamos en vela, oyéndoles, y, a la mañana siguiente, los viejos que no podían resistir más estaban sentados o tirados a cada pocas yardas en el camino, y hasta seguían arrastrándose, llamando a los otros para que les ayudaran; y los otros —jóvenes y fuertes—, sin pararse, sin mirarles siquiera. No creo que les oyeran ni que les vieran. «Vamos al Jordán —me dijeron—. Vamos a cruzar el Jordán».
       —Eso es lo que dijo Loosh —dijo yaya—. Que el general Sherman les conducía a todos al Jordán.
       —Si —dijo prima Drusilla—. El río. Se han parado allí; es como un río estancado. Los yanquis han enviado una brigada de caballería con el fin de contenerles mientras construyen el puente para que pasen la infantería y la artillería; están perfectamente hasta que llegan allá y ven o huelen el agua. Entonces es cuando enloquecen. No hay lucha: es como si ni vieran los caballos que les empujan hacia atrás ni las espadas envainadas que les golpean; es como si no pudieran ver nada más que el agua y la otra orilla. No están furiosos, ni luchan: sólo son hombres, mujeres y niños que cantan y rezan y tratan de llegar a ese puente inacabado o al mismo fondo de la corriente, mientras la caballería les rechaza, golpeándoles con la vaina de las espadas. No sé cuándo habrán comido; nadie sabe exactamente desde qué distancia han venido algunos de ellos. Sólo pasan por aquí, sin comida ni nada, tal como dejaron lo que estuvieran haciendo cuando el espíritu, o la voz, o lo que sea, les ordenó ponerse en marcha. Durante el día, hacen alto y descansan; luego, por la noche, siguen caminando. Después les oiremos —la despertaré—, marchando por el camino hasta que la caballería les contenga. Había un oficial, un comandante, que se tomó su tiempo pero al final vio que yo no era uno de sus hombres: dijo: «¿No puede hacer algo por ellos? ¿Prometerles algo para que vuelvan a sus casas?». Pero parecía que no pudieran verme ni oírme; sólo existían el río y la orilla del otro lado. Pero ya lo verá usted misma mañana, cuando volvamos.
       —Drusilla —dijo tía Louise—, no vas a volver ni mañana ni ningún otro día.
       —Van a minar el puente para volarlo cuando haya pasado el ejército —dijo prima Drusilla—. Nadie sabe lo que harán entonces.
       —Pero nosotros no tenemos la culpa —dijo tía Louise—. Esto lo han causado los propios yanquis; que carguen con la responsabilidad.
       —Esos negros no son yanquis, madre —dijo prima Drusilla—. Al menos habrá una persona allí que tampoco lo sea. —Miro a yaya—. Cuatro, contando a Bayard y a Ringo.
       Tía Louise miró a yaya.
       —No irás. Rosa. Lo prohíbo. Mi hermano John me lo agradecerá.
       —Creo que iré —dijo yaya—. De todos modos, tengo que recuperar la plata.
       —Y las mulas —dijo Ringo—. No se olvide de ellas. Y no se preocupe por yaya. Ella decide lo que quiere hacer, y luego se arrodilla durante diez segundos y le dice a Dios lo que se propone, y después se levanta y lo hace. Y aquéllos a quienes no les guste, pueden apartarse de su camino o salir atropellados. Pero ese ferrocarril…
       —Y ahora creo que será mejor que nos acostemos —dijo yaya.
       Pero aún no lo hicimos; yo también tenía que enterarme de lo del ferrocarril; probablemente, era más la necesidad de quedar igualado con Ringo (o aun delante de él, porque yo había visto la vía férrea cuando había ferrocarril, y él no) que la atracción de un muchacho por el humo y la furia y el estruendo y la velocidad. Nos sentamos allí, en aquella cabaña de esclavos, dividida, como la cabaña de Louvinia en casa, en dos habitaciones mediante una colcha colgada, al otro lado de la cual tía Louise y yaya estaban ya en la cama, y donde primo Denny debía estar también de no haber sido por el permiso que le habían dado aquella noche para escuchar con nosotros, aunque no necesitaba oírlo otra vez porque había estado presente cuando todo ocurrió; Ringo y yo nos quedamos sentados, escuchando a prima Drusilla y mirándonos fijamente el uno al otro con la misma asombrada e incrédula pregunta: ¿En dónde podíamos haber estado en aquel momento? ¿Qué podíamos estar haciendo, aun a cien millas de distancia, para no haberlo notado, presentido, y habernos detenido para mirarnos, exaltados, estupefactos, mientras aquello sucedía? Porque, para nosotros, lo importante era eso. Ringo y yo habíamos visto yanquis; habíamos disparado a uno; acurrucados como dos ratas, habíamos oído a yaya, desarmada y sin levantarse siquiera de la mecedora, poner en fuga de la biblioteca a todo un regimiento. Y habíamos oído relatos de batallas y combates y conocido a quienes habían participado en ellos, no sólo en la persona de padre cuando aparecía una o dos veces al año y sin avisar en su fuerte caballo flaco procedente del otro lado de la región del montón de nubes que Ringo identificaba con Tennessee, sino también en las personas de otros hombres que de hecho volvían a casa con brazos y piernas de menos. Pero así era: había hombres que perdían brazos y piernas en serrerías: viejos que hablaban a jóvenes y niños de guerras y de batallas antes de saber cómo escribirlo: y qué mezquina precisión para utilizar evasivas respecto a la situación en el espacio o en la cronología, ante quien le importara o insistiera. Pero, dinos, viejo, di la verdad: ¿lo viste tú? ¿De veras estuviste ahí? Porque las guerras son guerras: la misma explosión de la pólvora cuando había pólvora, la misma estocada y quite del sable cuando no la había: una sola historia, un solo relato, el mismo que el siguiente o el anterior. De manera que sabíamos que había guerra; teníamos que creerlo, igual que debíamos creer que la clase de vida que habíamos llevado durante los últimos tres años se llamaba privación y sufrimiento. Sin embargo, no teníamos pruebas de ello. En realidad, teníamos incluso menos que falta de pruebas; nos habían arrojado a la cara el mismo ruin e ineludible anverso de las pruebas: se había visto a padre (y a los demás hombres también) volver a casa, a pie, como vagabundos, o montados en caballos esmirriados, con ropas gastadas y remendadas (y, a veces, claramente robadas), sin ir precedidos por ninguna bandera ni tambores, ni tampoco seguidos por dos hombres que llevaran el paso sin lustre ni galones dorados en las guerreras y con vainas en las que no descansaba espada alguna, casi arrastrándose realmente hasta casa para pasar dos, tres, o siete días ejecutando tareas que no sólo carecían de gloria (arar la tierra, reparar vallas, matar animales para el ahumadero) y para las que no tenían habilidad, sino cuya necesidad era, además, fruto de las ocupaciones de su ausencia, las cuales no podían demostrar a su regreso: trabajos en cuya desmañada realización la entera presencia de padre parecía (para nosotros: Ringo y yo) emanar una especie de humildad y justificación, como si dijera: «Creedme, chicos; os doy mi palabra: hay más que eso, no importa lo que parezca. No puedo demostrarlo, de modo que tendréis que creerme, simplemente». Y luego que hubiera ocurrido en un lugar donde podríamos haber estado para verlo, y no estuvimos. Y no se trataba del ataque y contraataque de la caballería apestando a sudor, algo de lo que rebosa toda historia de guerra, ni el galopante estruendo de los cañones revolviéndose y preparándose para la acción y los estampidos continuados en el lívido fulgor sucio de su propio y endiablado infierno que hasta un niño reconocería, ni harapientas filas de debilitada infantería lanzando alaridos bajo una andrajosa bandera, cosa que constituye una parte real de ese artificio infantil. Porque eso era: un intervalo, un espacio en el que los cañones, encogidos como sapos, los hombres jadeantes, los caballos temblorosos se detenían en semicírculo, en torno al campo de batalla, bajo la furia mermante del humo y de los débiles gritos, permitiendo el triste asunto que se arrastraba desde hacia tres años para petrificarse en un instante irrevocable y presentarle un gambito también irrevocable, no por dos regimientos, ni por dos baterías ni aun por dos generales, sino por dos locomotoras.
       Prima Drusilla lo contó mientras seguíamos sentados ahí, en la cabaña que olía a recién encalada y también (un poco todavía) a negros. Probablemente nos explicó la razón (debía saberla): qué punto de vista estratégico, qué desesperado juego, no para la conservación, pues se había perdido toda esperanza, sino al menos para el aplazamiento, a lo cual se tendía. Pero eso no significaba nada para nosotros. No oíamos, ni siquiera escuchábamos: seguíamos ahí sentados en la cabaña, y esperamos y contemplamos aquel ferrocarril que ya no existía, que ahora consistía en unas cuantas pilas de traviesas quemadas entre las cuales ya crecía hierba verde, en unos pocos hilos de acero atados y retorcidos en torno a los troncos de los árboles, que se ajustaban ya a la corteza viva llegando a ser parte indistinguible de la crecida maleza que acababa de aceptarlos, pero que para nosotros seguía fluyendo prístino e intacto y recto y estrecho, como la senda misma de la gloria, igual que discurría para todos aquellos que estuvieron allí y contemplaron lo que Ringo y yo no pudimos ver. Drusilla también nos habló de eso; salieron a relucir «Atlanta» y «Chattanooga» —los nombres, el principio y el fin—, pero, para nosotros, no significaban más que para el resto de los observadores —blancos y negros, viejos y niños, mujeres que durante meses no sabían aún si eran viudas o habían perdido a sus hijos— reunidos, advertidos por medios secretos, para contemplar la llamada efímera y el fulgor deslumbrante del indomable espíritu, sometido durante tres años, libre de las trabas de la carne. Lo contó (y Ringo y yo empezamos a verlo ya; también estábamos allí): el depósito de locomotoras de Atlanta, donde aguardaba la máquina; estábamos allí, éramos de los que solían (debían hacerlo) deslizarse dentro del depósito en la oscuridad, para acariciar ruedas y émbolos y flancos de hierro, para hablarles en voz baja, en la oscuridad, como el amante a la amada, o el jinete al caballo, halagándoles cruelmente para conseguir un esfuerzo que alcanzara algo por lo cual ella o él recibirían aniquilación a cambio (y quién no pagaría ese precio), halagándoles, susurrándoles, acariciándoles, tendiendo al momento supremo: formábamos parte de ellos —los viejos, los niños, las mujeres—, reunidos para observar, atraídos y advertidos por esa vía clandestina de los oprimidos, ya privados de todo salvo de la voluntad y de la maña para engañar, volviendo rostros secretos, inescrutables e impasibles, hacia los enemigos azules que vivían entre ellos. Porque ellos sabían lo que iba a pasar. Drusilla también nos lo contó: cómo parecían saber, de alguna manera, el momento exacto en que la máquina salía de Atlanta; era como si los propios generales grises hubieran enviado la contraseña, como si les hubieran dicho: «Habéis sufrido durante tres años; ahora os daremos, a vosotros y a vuestros hijos, un atisbo de aquello por lo que habéis padecido y os han rechazado». Porque todo se reducía a eso. Ahora lo sé. Ni el paso triunfal de cien máquinas con sus trenes de vagones podía haber cambiado la situación o sus consecuencias; ni, desde luego, dos máquinas solas chirriando separadamente a lo largo de cien yardas por la adormecida soledad de aquella vía que desde hacia más de un año no había visto el humo ni oído la campana. No creo que se pretendiera hacer eso. Era como un torneo entre dos caballeros acorazados de antaño, no por ganancia material, sino por principios: honor negado con honor, valor negado con valor; las hazañas realizadas no con miras al fin, sino por el placer de la acción, enfrentados a la prueba definitiva y sin demostrar nada, salvo la exactitud de la muerte y la vanidad de toda empresa. Lo vimos, estábamos allí, como si la voz de Drusilla nos hubiera transportado hasta el rayo de luz que vaga por el espacio y en el que aún se oculta la furiosa sombra —el breve tramo de la vía que entra en el campo visual de un solo par de ojos y en ningún otro sitio, que no viene de ninguna parte y no tiene ni necesita destino, la máquina que no surge a la vista pero que está cautiva en la visión humana, en atronadora pero nebulosa furia, solitaria, inviolada y desierta, gimiendo por el silbato su vapor precioso que podría significar segundos en el instante de pasar y millas al final del viaje (y diez veces más barato que su precio), el ardiente chorro humeante de la chimenea, la campana lanzada al vuelo, la estrellada cruz de San Andrés enganchada en el techo de la cabina del maquinista, las ruedas y las relucientes bielas motrices sobre las cuales las guarniciones de bronce brillaban como mismísimas espuelas de oro, y luego desapareciera y se esfumara. Sólo que no desaparecería ni tampoco se esfumaría en tanto que hubiera vencidos, o descendientes de vencidos, para contarlo y para escuchar el relato.
       —La otra, la yanqui, iba justamente detrás de ella —dijo Drusilla—. Pero no la alcanzó. Luego, al día siguiente, vinieron y arrancaron los rieles. Lo hicieron para que no volviéramos a repetirlo: podían arrancar las vías, pero no podían remediar el hecho de que lo hubiéramos conseguido. No podían arrebatarnos eso.
       Nosotros —Ringo y yo— sabíamos lo que ella quería decir; salimos y nos quedamos juntos en la puerta antes de que Ringo se fuera a la cabaña de miss Lena, donde iba a dormir.
       —Sé lo que estás pensando —dijo Ringo.
       Padre tenía razón; era más listo que yo. Pero lo he oído tan bien como tú. He escuchado las mismas palabras que tú.
       —Sólo que yo vi la vía antes de que la arrancaran. Vi el sitio donde pasaría eso.
       —Pero, cuando viste la vía, no sabías que iba a pasar eso. Así que no importa. Yo lo he oído. Y creo que a mí tampoco me lo quitarán jamás.
       Entonces se marchó, y yo volví a entrar en la casa, tras la cortina donde Denny ya dormía en el jergón. Drusilla no estaba allí, pero no tuve tiempo de preguntarme en dónde estaría, porque me puse a pensar que probablemente no dormiría nada en absoluto, a pesar de que ya era tarde. Luego se hizo más tarde todavía y Denny me zarandeaba, y me acuerdo de que entonces pensé que él tampoco estaba falto de sueño, que simplemente por haber descubierto la guerra durante tres o cuatro seguidos, había adquirido, incluso a los diez años tan sólo, esa cualidad con que padre y los demás hombres habían vuelto del frente: la facultad de pasarse sin dormir ni comer, necesitando únicamente la oportunidad de sobrevivir.
       —Dice Dru que salgas, si quieres oírles pasar —siseó.
       Ella estaba fuera de la cabaña; ni siquiera se había desvestido. La contemplé a la luz de las estrellas: la corta cabellera desigual, la camisa y los pantalones masculinos.
       —¿Les oyes? —dijo.
       Podíamos oírlo de nuevo, igual que en el carro: los apresurados pasos, el ruido como si fueran cantando en jadeantes murmullos, pasando rápidamente ante el portón y alejándose por el camino.
       —Es el tercero de esta noche —dijo prima Drusilla—. Pasaron dos mientras yo estaba abajo, en el portón. Estabais cansados y por eso no os desperté antes.
       —Creí que era tarde —dije—. Ni siquiera te has metido en la cama, ¿verdad?
       —No —dijo ella—. He renunciado a dormir.
       —¿Renunciado a dormir? —dije—. ¿Por qué?
       Me miró. Yo era tan alto como ella: no podíamos vernos la cara: sólo distinguía su cabeza, con el corto cabello a trasquilones, como si se lo hubiera cortado ella misma, sin molestarse en coger el espejo, y el cuello, que se le había afinado y fortalecido, como las manos, desde la vez que yaya y yo estuvimos allí.
       —Estoy haciendo callar al perro —dijo.
       —¿Al perro? —dije—. No he visto ningún perro.
       —No. Ahora está callado. Sólo tengo que enseñarle el palo de vez en cuando —me estaba mirando—. ¿Por qué no quedarse despierto ahora? ¿Quién quiere dormir, con todo lo que está pasando, con tanto como hay que ver? La vida solía ser aburrida, comprendes. Estúpida. Una vivía en la misma casa en que había nacido su padre, y los hijos e hijas de padre tenían que criar y mimar a los hijos e hijas de los mismos esclavos negros; y luego crecía una y se enamoraba de su agradable pretendiente, y a su debido tiempo se casaba con él, con el mismo traje de novia que su madre, quizás, y con los mismos regalos de plata que ella había recibido: y después sentaba una la cabeza para siempre, mientras tenía hijos que alimentar y bañar y vestir hasta que también fueran mayores; y luego una se moría tranquilamente, y también su marido, y les enterraban juntos, tal vez en una tarde de verano justo antes de la hora de la cena. Estúpida, como ves. Pero, ahora, una puede ver por sí misma cómo son las cosas; ahora es magnífico: ya no hay que preocuparse por la casa ni por la plata, porque pegaron fuego a una y se llevaron la otra; y no hay que preocuparse por los negros, porque vagabundean toda la noche por los caminos, esperando una oportunidad para ahogarse en un Jordán casero; y no hay que preocuparse por tener hijos que bailar y alimentar y cambiar de ropa, porque los jóvenes pueden marcharse a caballo y encontrar la muerte en las bellas batallas; y ni siquiera hay que dormir sola, ni tampoco dormir en absoluto; así que todo lo que hay que hacer es enseñar el palo al perro de vez en cuando, y decir, «¡Gracias, Dios mío, gracias!». ¿Comprendes? Mira. Ya han desaparecido. Y será mejor que te vayas a la cama para que podamos salir por la mañana temprano. Tardaremos mucho en alcanzarles.
       —¿No vas a entrar ahora? —dije.
       —Todavía no —dijo ella. Pero no nos movimos. Entonces me puso la mano en el hombro, y añadió—:
       —Escucha. Cuando vuelvas a casa y veas a tío John, pregúntale si puedo ir allí y marchar con su escuadrón. Dile que sé montar, y quizá pueda aprender a disparar. ¿Lo harás?
       —Si —contesté—. Y también le diré que no tienes miedo.
       —¿No? —dijo ella—. No he pensado en ello. De todos modos, no importa. Sólo dile que sé montar y que no me fatigo. —Tenía la mano en mi hombro; la sentía delgada y fuerte—. ¿Harás eso por mi? Pídele que me deje ir, Bayard.
       —Muy bien —dije. Luego, añadí—: Espero que te deje.
       —Yo también —dijo ella—. Ahora, vuélvete a la cama. Buenas noches.
       Volví al jergón y después me dormí; Denny me despertó zarandeándome otra vez; al salir el sol estábamos de nuevo en el camino, con Drusilla montada en Bobolink, cabalgando junto al carro. Pero no por mucho tiempo.
       Casi inmediatamente, empezamos a ver el polvo, y hasta creí que ya podía olerles, a pesar de que la distancia que nos separaba no disminuía de manera apreciable, porque ellos marchaban casi tan rápidamente como nosotros. No llegamos a alcanzarles, del mismo modo que no llega a alcanzarse la marea. Simplemente se sigue adelante, y de repente se da uno cuenta de que el movimiento está alrededor, debajo, envolviéndole, como si el lento e implacable poder se hiciera por fin consciente de su presencia y hubiera soltado un tentáculo, una antena, para recogerle con él y arrebatarle despiadadamente. Solos, por parejas, en grupos y en familias empezaron a surgir del bosque, enfrente, por detrás y junto a nosotros; cubrían y ocultaban de la vista el camino exactamente igual que si se hubiera desbordado una corriente de agua, tapando el camino, y luego las mismas ruedas del carro en que viajábamos, y nuestros dos caballos, lo mismo que Bobolink, abriéndose paso lentamente entre una masa de cabezas y hombros: hombres y mujeres llevando niños pequeños y arrastrando de la mano a los mayores, viejos y mujeres descansando en improvisados bastones y camillas, y algunos muy viejos sentados al borde del camino e incluso llamándonos cuando pasábamos: hubo una anciana que incluso camino junto al carro, agarrándose a la cama y suplicando a yaya que al menos le permitiera ver el río antes de morir.
       Pero la mayoría no nos miro. Hasta podríamos no haber estado allí. Ni siquiera les pedimos que nos dejaran pasar, porque, con sólo mirar sus rostros, comprendíamos que no podían vernos. Ya no cantaban, sólo se apresuraban, mientras nuestros caballos marchaban lentamente a través de ellos, entre los inexpresivos ojos que no miraban a nada más allá de sus caras, cuajadas de polvo y de sudor, avanzando a lentas y pavorosas arremetidas, como si condujéramos contra la corriente de un río lleno de troncos flotantes, y el polvo y el olor de ellos estaban en todas partes, y yaya, con aspecto de ponerse cada vez más enferma y el sombrero de la señora Compson puesto, sentada muy tiesa bajo la sombrilla que Ringo sujetaba, y ya había entrado la tarde, aunque no lo sabíamos, como también ignorábamos cuantas millas habíamos recorrido. De pronto, llegamos al río, donde la caballería les rechazaba del puente. Al principio solo era un ruido, como viento, como si el aire se enroscara entre el polvo mismo. No supimos qué era hasta que vimos que Drusilla tiraba de las riendas a Bobolink, con su pálida y pequeña cara vuelta hacia nosotros por encima del polvo, la boca abierta y gritando débilmente:
       —¡Cuidado, tía Rosa! ¡Oh, cuidado!
       Fue como si todos los oyéramos al mismo tiempo: nosotros, en el carro y en el caballo; ellos, todos en torno con la capa de polvo y sudor. Hicieron una suerte de largo y quejumbroso sonido, y luego sentí que el carro se alzaba enteramente del suelo y empezaba a precipitarse hacia adelante. Vi a nuestros viejos caballos de escuálidos costillares levantarse sobre las patas traseras durante un instante, y al siguiente, volverse de lado sobre sus huellas; y vi a Drusilla, erguida como el percutor de una pistola, que se inclinaba un poco hacia adelante para refrenar a Bobolink, y vi que hombres, mujeres y niños se metían bajo los caballos y pudimos sentir cómo el carro les pasaba por encima mientras les oíamos gritar. Y nos resultaba tan difícil parar, como si la tierra se hubiera inclinado y nos dejara caer a todos en el río.
       Ocurrió de prisa, sin más ni más, como pasaba siempre que alguien llamado Sartoris o Millard entraba en el campo visual, auditivo u olfativo de los yanquis, como si los yanquis no fueran personas, ni una creencia, ni una forma de conducta, sino más bien una especie de barranco, de precipicio en el que yaya, Ringo y yo caíamos atropelladamente cada vez que nos acercábamos a ellos. Se ponía el sol: ya era un subido color rosáceo, brillante y tranquilo, más allá de los árboles y reflejándose en el río, y entonces pudimos verlo claramente: la marea de negros, contenidos a la entrada del puente por un destacamento de caballería; el río, como una sábana de cristal soflamado bajo el delicado arco del puente que la retaguardia de la columna yanqui justamente cruzaba entonces. Su diminuta silueta se perfilaba muy por encima de la plácida corriente; recuerdo las cabezas de caballos y mulas todas mezcladas entre las bayonetas, y las bocas de los cañones apuntando hacia arriba y una especie de acompasado torrente cruzando el alto y suave aire rosado, como pinzas de caña bruscamente empujadas a lo largo de un tendedero de ropa, mientras el cántico se oía en todas partes de un lado a otro de la orilla del tío, con las voces de las mujeres viniendo débiles y agudas: «¡Gloria! ¡Gloria! ¡Aleluya!».
       Entonces había lucha; los caballos se empinaban y arremetían contra ellos, los soldados de caballería les golpeaban con la vaina de las espadas, manteniéndoles lejos del puente mientras el último de infantería empezaba a cruzar; de repente, había un oficial junto al carro blandiendo la vaina de la espada por la punta, como un palo, colgándose del carro y gritando hacia nosotros. No sé de dónde salió ni cómo llegó hasta nosotros, pero ahí estaba, con su pequeña cara pálida de barba cerdosa y una línea de sangre en ella, sin sombrero y con la boca abierta.
       —¡Vuélvanse! —aullaba—. ¡Vuélvanse! ¡Vamos a volar el puente!
       Chillaba justo en la cara de yaya, mientras ella le gritaba a su vez con el sombrero de la señora Compson caído a un lado de la cabeza, que no estaba ni una yarda separada de la del yanqui.
       —¡Quiero mi plata! ¡Soy la suegra de John Sartoris! Envíeme al coronel Dick.
       Entonces se marchó el oficial yanqui, justo en medio del griterío, golpeando las cabezas de los negros con el sable, con su pequeña cara sangrienta y aullante y todo. No sé adónde fue, del mismo modo que tampoco sé de dónde vino: simplemente se esfumó, aún agarrado al carro y golpeando en torno con el sable, y entonces apareció prima Drusilla montada en Bobolink; sujetaba por el ronzal al caballo de nuestra izquierda y trataba de volver al carro de costado. Me preparé para saltar a tierra y ayudarla.
       —Quédate en el carro —no chilló; sólo lo dijo—. Coge las riendas y dales la vuelta.
       Cuando logramos poner al carro de lado, nos paramos. Y luego, por un momento, pensé que íbamos hacia atrás, hasta comprender que eran los negros. Después vi que se había quebrado la caballería; vi rodar toda la turba, caballos y hombres y sables y negros, hacia el extremo del puente como cuando se rompe un dique, a diez segundos exactos detrás del último soldado de infantería. Y luego desapareció el puente. Yo lo estaba mirando en aquel mismo momento; vi la brecha abierta entre la infantería y la oleada de negros y de caballería, con un pequeño tramo vacío del puente uniéndolos en el aire por encima del agua y entonces hubo un brillante resplandor, sentí una succión en las entrañas y un golpe de aire me dio en la parte de atrás de la cabeza. No oí nada en absoluto. Simplemente seguí sentado en el carro con un zumbido extraño en los oídos y un sabor raro en la boca, contemplando a hombres diminutos y caballos de juguete y trozos de tablones flotando en el aire, por encima de la corriente. Pero no oí nada en absoluto, ni siquiera a prima Drusilla. Ya estaba justo al lado del carro, inclinándose hacia nosotros, con expresión apremiante y la boca abierta, sin que ningún sonido saliera en absoluto de ella.
       —¿Qué? —dije.
       —¡Quédate en el carro!
       —¡No puedo oírte!
       Eso es lo que dije, lo que yo creía; ni siquiera entonces me di cuenta de que el carro volvía a moverse. Pero, luego, si; era como si toda la larga orilla del río se hubiese desviado, elevándose por debajo de nosotros y precipitándose hacia el agua sobre otro río de caras que no podían ver ni oír. Prima Drusilla agarró otra vez por la brida al caballo de la izquierda, y yo también tiré, y yaya estaba de pie en el carro, golpeando las caras con la sombrilla de la señora Compson, y luego, la brida, enteramente podrida, se rompió en la mano de prima Drusilla.
       —¡Vete! —exclamé. ¡El carro flotará!
       —Sí —dijo ella—. Quedaos en él. Vigila a tía Rosa y a Ringo.
       —Si —dije.
       Entonces se marchó. La adelantamos; se volvió, y de nuevo inmovilizando como una piedra a Bobolink, inclinándose hacia él, hablándole y dándole palmadas en la quijada, desapareció. Quizá se hundiera entonces la orilla. No lo sé. Ni siquiera me daba cuenta de que estábamos en el río. Era como si la tierra y las caras y todo se hubiese derrumbado debajo del carro, y todos nos precipitásemos lentamente hacia abajo, con las caras mirando al cielo y los ojos ciegos y las bocas abiertas y los brazos alzados. A mucha altura, en el aire, al otro lado del río, vi un despeñadero y un gran fuego que se extendía rápidamente hacia un lado; y entonces, el carro empezó de pronto a moverse de costado, velozmente, y después un caballo muerto emergió por entre los rostros ululantes
[es decir, penosos, lastimosos] y volvió a hundirse poco a poco, igual que un pez buscando comida, arrastrando en la grupa a un hombre enganchado en el estribo con uniforme negro, pero luego me di cuenta de que era azul, sólo que estaba mojado. Los negros chillaban y pude notar que la cama del carro se ladeaba y deslizaba mientras se agarraban a ella. Yaya estaba de rodillas a mi lado, golpeando los vociferantes rostros con la sombrilla de la señora Compson. Detrás de nosotros, seguían marchando hacia la orilla y metiéndose en el río, cantando.

III

      Una patrulla yanqui nos ayudó a Ringo y a mí a cortar los arneses de los caballos ahogados y a arrastrar el carro a tierra. Rociamos con agua a yaya hasta que volvió en si, mientras varios de ellos preparaban arneses con cuerdas y aparejaban dos de sus caballos. Había un camino en lo alto del farallón, y entonces vimos las hogueras a lo largo de la orilla. Seguían cantando al otro lado del río, pero más suavemente. Había patrullas que cabalgaban de un lado a otro del despeñadero, por la parte más cercana, y pelotones de infantería, por abajo, en el agua, donde las hogueras. Luego, empezamos a pasar entre hileras de tiendas de campaña, con yaya recostada contra mi, y entonces pude verle la cara: pálida e inmóvil, tenía los ojos cerrados. Parecía vieja y cansada; no me había dado cuenta de lo vieja y pequeña que era. Después, empezamos a pasar grandes hogueras, con negros en ropa mojada, encogidos en torno a ellas, y soldados que les iban repartiendo comida; luego llegamos a una calle amplia, y nos paramos delante de una tienda con un centinela en la entrada y un farol en el interior. Los soldados miraron a yaya.
       —Será mejor que la llevemos al hospital —dijo uno de ellos.
       Yaya abrió los ojos; intentó incorporarse.
       —No —dijo—. Sólo llévenme ante el coronel Dick. Entonces me pondré bien.
       La llevaron dentro de la tienda y la pusieron en una silla.
       Ella no se había movido; se quedó ahí sentada, con los ojos cerrados y un mechón de mojados cabellos pegado a la cara, cuando entró el coronel Dick. Yo no le había visto antes —sólo había oído su voz cuando Ringo y yo nos quedamos acurrucados bajo la falda de yaya, reteniendo la respiración—, pero le reconocí inmediatamente, con su barba clara y los duros ojos brillantes, inclinado por encima de yaya, diciendo:
       —Maldita sea esta guerra. Maldita. Maldita sea.
       —Se llevaron la plata y los negros y las mulas —dijo yaya—. He venido a recuperarlos.
       —Los tendrá —dijo él—, si es que están en alguna parte de esta unidad. Veré al general personalmente. —Entonces nos miró a Ringo y a mi—. ¡Ah! Creo que también nos hemos visto antes.
       Luego, volvió a marcharse.
       Hacia calor en la tienda y había tranquilidad, con tres moscas revoloteando alrededor del farol, y afuera se oía el rumor del ejército, como viento a lo lejos. Ringo ya estaba dormido, sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas, y yo no estaba mucho mejor, porque, de pronto, había vuelto el coronel Dick con un ordenanza que escribía en la mesa, y yaya había vuelto a sentarse con los ojos cerrados y la cara pálida.
       —Quizá puedas describirlos tú —me dijo el coronel Dick.
       —Yo lo haré —dijo yaya. No abrió los ojos—. El cofre de la plata está atado con cuerda de cáñamo. La cuerda era nueva. Dos negros, Loosh y Philadelphy. Las mulas, Old Hundred y Tinney.
       —¿Ha tomado nota? —preguntó el coronel Dick, volviéndose para ver escribir al ordenanza, quien miró lo que había escrito, y dijo:
       —Supongo que el general se alegrará de darle el doble de plata y de mulas, si se llevan la misma cantidad de negros.
       —Ahora iré a ver al general —dijo el coronel Dick.
       Más tarde, estábamos de nuevo en movimiento. No sé cuánto tiempo pasó, porque tuvieron que despertarnos a Ringo y a mí; otra vez íbamos en el carro, del que tiraban dos caballos del ejército por aquella larga y ancha calle; venía otro oficial con nosotros, y el coronel Dick había desaparecido. Llegamos ante un montón de baúles y cajas que parecía más alto que una montaña. Detrás, había un corral de cuerdas, lleno de mulas y, además, esperando de pie, a un lado, lo que parecían ser mil negros, hombres, mujeres y niños, con la ropa mojada secándoseles encima. Y entonces todo empezó a ir de prisa otra vez; yaya se quedó en el carro, con los ojos ya completamente abiertos y el teniente leyendo el papel y los soldados sacando a empujones cofres y baúles del montón.
       —Diez cofres atados con cuerda de cáñamo —leyó el teniente—. ¿Los tenéis…? Ciento diez mulas. Dice que de Philadelphia. Esto está en Mississippi. Traed esas mulas de Mississippi. Deben tener trabas y ronzal.
       —No tenemos ciento diez mulas de Mississippi —dijo el sargento.
       —Trae lo que tengamos. De prisa. —Se volvió a yaya—. Y ahí están sus negros, señora.
       Yaya le miraba con ojos tan desorbitados como los de Ringo. Había retrocedido un poco, con la mano en el pecho.
       —Pero, no son… no son… —dijo.
       —¿No son todos suyos? —dijo el teniente—. Lo sé. El general ha ordenado que se le entregaran otros cien, con sus respetos.
       —Pero eso no es… Nosotros no… —balbuceó yaya.
       —Quiere que también le devuelvan la casa —dijo el sargento—. No tenemos ninguna casa, abuela. Tendrá que arreglárselas con baúles y negros y mulas. De todos modos, no tendría sitio en el carro para ella.
       Nos quedamos allí sentados mientras cargaban los diez baúles en el carro. Apenas cupieron todos. Trajeron otro equipo de maderos y arneses, y engancharon cuatro mulas.
       —Negros, que salga uno de vosotros que sepa manejar dos pares de mulas —dijo el teniente.
       Uno de los negros se acercó y subió al pescante con yaya; ninguno de nosotros le había visto antes. Detrás de nosotros, iban sacando las mulas del corral.
       —¿Quiere que vayan montadas algunas mujeres? —preguntó el teniente.
       —Si —musitó yaya.
       —Vamos —dijo el teniente—. Sólo una en cada mula, venga.
       Luego me tendió el papel.
       —Ahí tienes. Hay un vado a veinte millas río arriba; podéis cruzar por allí. Más valdría que os marcharais de aquí antes de que más negros de ésos decidieran ir con vosotros.
       Viajamos hasta el amanecer, con los diez baúles en el carro y nuestro ejército de negros detrás. Yaya no se había movido, sentada junto al negro desconocido, con el sombrero de la señora Compson puesto y la sombrilla en la mano. Pero no iba dormida, porque cuando hubo luz suficiente para leer, dijo:
       —Para el carro.
       El carro se detuvo. Se volvió y me miró, diciéndome:
       —Déjame ver ese papel.
       Desdoblamos el papel y miramos la pulcra caligrafía:

     Cuartel General de Campaña.
     Cuerpo de Ejército n.º…
     Distrito de Tennessee…
     14 de agosto de 1863…

     A todos los comandantes de brigada, coroneles y demás jefes: Se asegurarán de que el portador recupere íntegramente los siguientes bienes, a saber: Diez (10) baúles atados con cuerda de cáñamo y conteniendo plata. Ciento diez (110) mulas capturadas sin amarrar cerca de Philadelphia, en Mississippi. Ciento diez (110) negros de ambos sexos, pertenecientes a la misma localidad y que se habían extraviado.
     Además, deberán ocuparse de que al portador se le suministre la comida y el forraje necesarios para facilitarle el tránsito a su destino.

Por orden del General en Jefe.

       Nos miramos unos a otros a la pálida luz.
       —Calculo que irá a devolverlos ahora mismo —dijo Ringo.
       Yaya me miró.
       —Podemos conseguir comida, y forraje también —dije.
       —Si —dijo yaya—. Intenté explicárselo. Tú y Ringo me oísteis. Es obra de Dios.
       Nos paramos y dormimos hasta mediodía. Por la tarde llegamos al vado. Ya habíamos empezado a bajar la barranca, cuando vimos el escuadrón de caballería. Era demasiado tarde para detenernos.
       —Lo han descubierto y nos han atajado —dijo Ringo. Era demasiado tarde: un oficial y dos soldados cabalgaban ya hacia nosotros.
       —Les diré la verdad —dijo yaya—. No hemos hecho nada.
       Se quedó ahí sentada, de nuevo recostada un poco hacia atrás, con una mano ya levantada y extendiendo el papel con la otra cuando llegaron. El oficial era hombre de recia estructura y cara colorada; nos miró, cogió el papel, lo leyó y se puso a maldecir. Se quedó montado en el caballo, blasfemando mientras le observábamos.
       —¿Cuántas le faltan? —preguntó.
       —¿Cuántas me faltan de qué? —dijo yaya.
       —¡Mulas! —bramó el oficial—. ¡Mulas! ¡Mulas! ¿Es que tengo aspecto de guardar algún baúl con plata, o negros, atados con cuerda de cáñamo?
       —Nosotros… —dijo yaya, con la mano en el pecho, mirándole; creo que fue Ringo quien primero comprendió lo que quería decir.
       —Faltan cincuenta —dijo Ringo.
       —Cincuenta, ¿eh? —dijo el oficial. Juró otra vez, se volvió hacia uno de los soldados que estaba detrás de él y le maldijo, añadiendo—: ¡Cuéntalas! ¿Crees que voy a fiarme de su palabra?
       El soldado contó las mulas: no nos movimos; creo que ni respiramos apenas.
       —Sesenta y tres —dijo. El oficial nos miró, diciendo:
       —De sesenta y tres a ciento diez van cuarenta y siete —soltó una maldición—. ¡Traed cuarenta y siete mulas! ¡De prisa! —Volvió a mirarnos—. Creían que iban a birlarme a mi tres mulas, ¿eh?
       —Cuarenta y siete serán suficientes —dijo Ringo—. Sólo que calculo que nos vendría bien comer algo, como dice el papel.
       Cruzamos el vado. No nos detuvimos, sino que seguimos adelante tan pronto como trajeron las otras mulas y algunas mujeres más montaron en ellas. Proseguimos viaje. Entonces ya se había puesto el sol, pero no nos paramos.
       —¡Ja! —exclamó Ringo—. ¿Y de quién fue obra esto?
       Seguimos sin parar hasta medianoche. Esta vez fue a Ringo a quien miró yaya.
       —Ringo —dijo.
       —No he dicho nada que no dijera el papel —protestó Ringo—. Fue el otro quien lo dijo: no fui yo. Lo único que he hecho ha sido decir cuántas faltaban para ciento diez; nunca dije que quisiéramos tantas. Además, ya es inútil lamentarse por ello; no sabemos qué puede pasarnos antes de llegar a casa. Ahora, lo importante es saber qué vamos a hacer con todos estos negros.
       —Si —repuso yaya.
       Guisamos y comimos las provisiones que nos había dado el oficial de caballería; entonces, yaya dijo que se adelantaran todos los negros que vivieran en Alabama. Eran casi la mitad.
       —Supongo que todos vosotros querréis cruzar algunos ríos más y correr detrás del Ejército yanqui, ¿no? —dijo yaya. Se quedaron quietos, moviendo los pies en el polvo—. ¿Cómo? ¿Ninguno de vosotros quiere marcharse? —siguieron sin moverse—. Entonces, ¿a quién vais a hacer caso en adelante?
       —A usted, señora —contestó uno de ellos al cabo del rato.
       —Muy bien —dijo yaya—. Entonces, escuchadme. Marchaos a casa. Y si alguna vez me entero de que alguno de vosotros se extravía otra vez del mismo modo, yo me ocuparé de ello. Ahora, poneos en fila y acercaos de uno en uno mientras reparto la comida.
       Pasó mucho tiempo hasta que se marchó el último; cuando nos pusimos otra vez en marcha, casi teníamos suficientes mulas para que todo el mundo fuera montado, pero no bastaban, y Ringo conducía entonces. No lo pidió; simplemente se subió y cogió las riendas, con yaya en el pescante, junto a él; sólo una vez le dijo que no fuera tan de prisa. Así que yo tuve que ir atrás, sentado en uno de los baúles, y por la tarde me dormí; al parar el carro, me desperté. Acabábamos de bajar de una colina al llano, y entonces les vi, más allá de un sembrado: unos doce soldados de caballería con guerreras azules. Ellos no nos habían visto todavía, siguieron trotando mientras yaya y Ringo les observaban.
       —Casi no merece la pena que nos molestemos —dijo Ringo—. Sin embargo, llevan caballos.
       —Ya tenemos ciento diez —dijo yaya—. Eso es todo lo que pide el papel.
       —Muy bien —repuso Ringo—. ¿Quiere seguir adelante? Yaya no respondió; siguió sentada, recostada un poco hacia atrás, de nuevo con la mano en el pecho.
       —Bueno, ¿que quiere hacer? Tiene que decidirse en seguida, o se marcharán —dijo Ringo.
       La miró; ella no se movió. Ringo se inclinó por fuera del carro.
       —¡Eh! —gritó.
       Ellos miraron rápidamente hacia atrás, nos vieron y dieron la vuelta en redondo.
       —¡Yaya dice que vengáis acá! —gritó Ringo.
       —Oye, Ringo —susurró yaya.
       —Muy bien —dijo Ringo—. ¿Quiere que les diga que no hagan caso?
       Ella no respondió; con aquella especie de consumida expresión en la cara y la mano en la pechera del vestido, miraba más allá de Ringo, a los dos yanquis que venían cabalgando por el sembrado. Eran un teniente y un sargento; el teniente no parecía mucho mayor que Ringo y yo. Vio a yaya y se descubrió. Entonces, yaya se quitó la mano del pecho; tenía el papel en ella: se lo alargó al teniente sin decir palabra. El teniente lo desdobló y el sargento miró por encima de su hombro. Luego, el sargento nos miró, y dijo:
       —Aquí dice mulas, no caballos.
       —Sólo las cien primeras eran mulas —dijo Ringo—. Los doce restantes son caballos.
       —¡Maldita sea! —exclamó el teniente. Parecía como una niña maldiciendo—. ¡Le dije al capitán Bowen que no montáramos animales capturados!
       —¿Quiere decir que les va a dar los caballos?
       —¿Qué otra cosa puedo hacer? —dijo el teniente. Parecía que estaba a punto de echarse a llorar—. ¡Es la propia firma del general!
       Así que ya tuvimos suficientes animales para que montaran todos, excepto quince o veinte. Reanudamos la marcha. Los soldados estaban en pie debajo de un árbol, al lado del camino, con sus sillas y bridas en el suelo. Al arrancar nosotros, él se puso a correr junto al carro; daba la impresión de que iba a soltar las lágrimas, corriendo así, con el sombrero en la mano, mirando a yaya.
       —Encontrarán tropas en algún sitio —dijo—. Estoy seguro. ¿Querrán decirles dónde estamos y que nos envíen algo, monturas o carros, cualquier cosa en la que podamos ir? ¿No se les olvidará?
       —A unas veinte o treinta millas atrás, hay varios de los suyos que afirman tener tres mulas de sobra —dijo Ringo—. Pero, cuando veamos a algunos más, les diremos lo de ustedes.
       Seguimos. Apareció un pueblo a la vista, pero lo pasamos dando un rodeo; Ringo no quería siquiera parar y enviar el mensaje del teniente, pero yaya le hizo detenerse, y mandamos el mensaje por medio de un negro.
       —Ahí va otra boca menos que alimentar —dijo Ringo.
       Continuamos la marcha. Entonces íbamos más de prisa, cambiando de mulas a cada pocas millas; una mujer nos dijo que ya estábamos de nuevo en Mississippi, y luego, por la tarde, subimos por la colina y ahí aparecieron nuestras chimeneas, erguidas hacia el sol, y la cabaña detrás de ellas y Louvinia inclinada sobre un barreño de lavar y las prendas agitándose en la cuerda, luminosas y plácidas.
       —Para el carro —dijo yaya.
       Nos detuvimos: el carro, las ciento veintidós mulas y caballos, y los negros que nunca tuvimos tiempo de contar. Yaya se apeó despacio y se dirigió a Ringo.
       —Baja —le dijo; luego me miró a mí—. Tú también —añadió—. Porque no dijiste nada en absoluto.
       Bajamos del carro. Nos miró.
       —Hemos mentido —dijo.
       —Fue el papel quien mintió; nosotros, no —dijo Ringo.
       —El papel decía ciento diez. Tenemos ciento veintidós —dijo yaya—. Poneos de rodillas.
       —Pero ellos las robaron antes que nosotros —dijo Ringo.
       —Pero nosotros mentimos. Arrodillaos —dijo yaya.
       Ella se arrodilló primero. Después, nos quedamos los tres arrodillados junto al camino, mientras ella rezaba. La colada ondeaba suave, plácida y luminosa en el tendedero.
       Y entonces nos vio Louvinia; ya corría por los pastos mientras yaya rezaba.



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