William Faulkner
(1897-1962)


Cuestión de leyes
(“A Point of Law”)
Originalmente publicada en Collier’s Magazine (junio 22, 1940);
revisada para su inclusión en Go Down, Moses (1942), primer capítulo de “The Fire and the Hearth”;
Uncollected Stories (1979), Joseph Blotner, editor


      Lucas echó hacia atrás la silla y se levantó de la mesa donde había cenado. Dirigió a su hija Nat, cuya expresión era hosca y alerta, una sola mirada fría.
       —Me voy camino abajo —dijo.
       —¿A estas horas de la noche? ¿Adónde? —le preguntó su mujer—. ¡Ayer te pasaste la noche entera rondando por el valle; volviste justo a tiempo para enganchar y llegar al campo a la salida del sol! Necesitas acostarte si es que has de acabar de sembrar antes de que Roth Edmonds...
       Pero ya estaba fuera de la casa y no tenía que seguir oyéndola, ahora estaba en el camino, que discurría desvaído y en penumbra bajo el cielo sin luna de la temporada de la siembra del maíz, luego entre los campos donde el mes próximo, cuando la chotacabras empezase a cantar, plantaría el algodón, después en el portón y en el camino particular y bordeado de robles que ascendía hacia la cima, donde brillaban las vivas luces de la casa del amo.
      Personalmente, no tenía nada en contra de George Wilkins. Si George Wilkins se hubiera limitado a cultivar, a trabajar la tierra que, lo mismo que él, tenía en aparcería con Roth Edmonds, él, Lucas, habría accedido de buen grado a que Nat se casara con George, de mejor grado que con cualquiera de la mayor parte de los negros machos de la vecindad. Pero no estaba dispuesto a permitir que ni George Wilkins ni nadie viniera a la región en la que él había vivido durante cuarenta y cinco años y se pusiera a hacerle la competencia en un negocio que, desde sus comienzos, venía trabajando cuidadosa y discretamente por espacio de veinte años; desde que montó su primer alambique, durante la noche y en el mayor secreto, pues no había necesidad de que nadie le dijera lo que Roth Edmonds haría en caso de enterarse.
      No tenía miedo de que George lograra robarle parte de su clientela de siempre con aquella especie de bazofia para cerdos que había empezado a fabricar hacía tres meses y a la que llamaba whisky. Pero George Wilkins era un necio sin discreción a quien tarde o temprano, inevitablemente, acabarían atrapando, y en consecuencia, tras cada arbusto de la hacienda de Roth Edmonds habría un agente del sheriff apostado toda la santa noche durante los próximos diez años. Y él, Lucas, no sólo no estaba dispuesto a que su hija Nat se casara con un necio, sino que no tenía intención de permitir que un necio viviera en el mismo lugar que él.
       Cuando llegó a la gran casa, no subió las escaleras. Se quedó al pie de ellas, golpeando con los nudillos el borde de la veranda, hasta que Edmonds apareció en la puerta y escrutó la oscuridad.
       —¿Quién es? —dijo.
       —Luke —dijo Lucas.
       —Acércate, ponte a la luz —dijo Edmonds.
       —Hablaré desde aquí —dijo Lucas.
       Edmonds se adelantó. Lucas era el más viejo; de hecho, cuando el padre de Carothers Edmonds murió, él llevaba ya veinticinco años en aquella tierra, trabajando los mismos acres y viviendo en la misma casa. Lucas tenía sesenta años como mínimo; se sabía que tenía una hija ya con nietos, y que probablemente era más solvente que el propio Edmonds, pues no poseía nada que exigiera reparaciones y vallados y acequias fertilizantes, y por lo cual hubiera de pagar impuestos.
       Y sin embargo Lucas, en aquel momento, dejó de ser el negro que era y se convirtió en un “negro” no servil ni recatado en extremo, sino inmóvil allí en la penumbra, bajo el hombre blanco, envuelto en una aura de estupidez intemporal e impasible, casi como un olor.
       —George Wilkins tiene una destilería en la hondonada que hay detrás del viejo campo del oeste —dijo con voz absolutamente uniforme y sin inflexiones—. Si quieren también el whisky, dígales que miren debajo del suelo de la cocina.
       —¿Qué? —dijo Edmonds. Y entonces empezó a rugir (en el mejor de los casos, era un hombre de temperamento sanguíneo)—: ¿No os he dicho ya a vosotros, negros, lo que haría en cuanto descubriera la primera gota de ese brebaje ilegal en mis tierras?
       —George Wilkins debería oírlo también —dijo Lucas—. A mí no tiene que decírmelo. Llevo en este lugar cuarenta y cinco años, y usted jamás habrá oído que yo haya tenido tratos con whisky de ningún tipo aparte de esa botella de whisky de la ciudad que su padre y usted me han regalado siempre por Navidad.
       —Ya lo sé —dijo Edmonds—. Tienes la sensatez suficiente, pues sabes de sobra lo que haría si alguna vez te cogiera. Y George Wilkins, para la salida del sol, deseará... —Lucas permaneció allí de pie, inmóvil, parpadeando un poco, escuchando primero el rápido golpeteo de los tacones iracundos del hombre blanco, y luego el prolongado y violento chirrido de la manivela del teléfono, y a Edmonds gritando al aparato—: ¡Sí! ¡Él sheriff! ¡Me tiene sin cuidado dónde esté! ¡Encuéntrele!
       Lucas esperó a que Edmonds hubiera terminado.
       —Supongo que no me necesitará para nada más —dijo.
       —No —dijo Edmonds desde el interior de la casa—. Vete a casa y acuéstate. Quiero que para mañana a la noche tengas plantada toda tu parcela sur del arroyo. Te has pasado el día por ahí alelado, como si no te hubieras acostado en una semana.
       Lucas volvió a casa. Estaba cansado. Se había pasado en vela la mayor parte de la noche anterior, primero siguiendo a Nat para ver si iba a encontrarse con George Wilkins después de habérselo prohibido, luego en su rincón secreto de la parte baja del arroyo, ejecutando la última parte del plan y desmantelando su alambique y transportándolo pieza a pieza y ocultándolo más abajo del valle, y finalmente volviendo a casa apenas una hora antes del alba.
       La casa estaba oscura; sólo se alcanzaba a ver el débil fulgor en la habitación donde él y su mujer dormían: las brasas entre cenizas, el fuego que encendiera en el hogar cuarenta y cinco años atrás, cuando se mudó a aquella casa, y que seguía ardiendo entonces. El cuarto donde dormía su hija estaba a oscuras. No necesitaba entrar en él para saber que estaba vacío. Contaba con ello. A George Wilkins le había sido dado disfrutar una noche más de compañía femenina, porque al día siguiente iba a fijar su residencia para mucho tiempo en un lugar en donde no la tendría.
       Cuando se metió en la cama, su mujer, sin despertar siquiera, dijo: —¿Dónde has estado? Toda la noche por los caminos, mientras la tierra pide a gritos la siembra... —Y dejó de hablar, aún dormida, y él, algún tiempo después, despertó.
       Era pasada la medianoche; yacía bajo la colcha, sobre el colchón desnudo; no triunfante, no vindicativo.
       Estaría sucediendo más o menos entonces. Sabía cómo actuaban: el sheriff blanco y los funcionarios del fisco y los policías reptarían sigilosamente entre los matorrales, empuñando una o dos pistolas, rodearían el alambique y olisquearían cada tocón y alteración del terreno como perros de caza, hasta dar con todas y cada una de las jarras y barriles, que cargarían luego hasta donde les esperaba el coche; tal vez hasta echarían un trago o dos para protegerse del frío nocturno antes de volver al escondrijo del alambique, donde esperarían sentados a que George Wilkins entrara en él candorosamente.
       Tal vez —pensó— aquello le serviría de lección a George Wilkins: la próxima vez se pensaría muy bien con la hija de quién se le ocurriría tontear.
       Luego su mujer, inclinada sobre la cama, le sacudía y gritaba. Acababa de amanecer. Corrió tras ella, en camisa y calzoncillos, y salieron al porche trasero. En el suelo, desvencijado y lleno de composturas, estaba el alambique de George Wilkins; sobre el porche podía verse también un abigarrado conjunto de tarros para fruta y jarras de gres y algún barril y un bidón de aceite de cinco galones que, a los ojos horrorizados y aún ofuscados por el sueño de Lucas, parecía poder contener el suficiente líquido como para llenar un abrevadero para caballos de diez pies de largo.
       Hasta podía ver tal líquido en los tarros de cristal: un fluido desvaído e incoloro, en el que aún flotaban las cáscaras trituradas de grano que el alambique de décima mano de George Wilkins no había logrado desechar.
       —¿Dónde estuvo Nat anoche? —gritó, sacudiendo a su mujer por el hombro—. ¿Dónde estuvo Nat, mujer?
       —Salió nada más salir tú —gritó su mujer—. ¡Te siguió! ¿No lo sabías?
       —Lo sé ahora —dijo Luke—. ¡Trae el hacha! —dijo—. ¡Destroza esto! No tenemos tiempo para llevárnoslo de aquí.
       Pero tampoco tuvieron tiempo de hacer nada. Fue el sheriff en persona, seguido de uno de sus agentes, quien apareció por una esquina de la casa.
       —Maldita sea, Luke —dijo el sheriff—. Te creía más sensato.
       —Esto no es mío —dijo Lucas—. Y usted lo sabe. George Wilkins...
       —No te preocupes por George Wilkins —dijo el sheriff—. También le he detenido. Está ahí fuera, en el coche, con esa chica tuya. Vete a ponerte los pantalones. Nos vamos a la ciudad.
       Dos horas después se encontraba en el despacho del comisario, en el Palacio de Justicia Federal de Jefferson; con semblante inescrutable, parpadeando un poco, escuchaba la pesada respiración de George Wilkins, que estaba a su lado, y las voces de los hombres blancos.
       —Maldita sea, Carothers —dijo el comisario—. ¿Qué clase de historia de Montescos y Capuletos senegambianos es ésta?
       —¡Pregúnteles a ellos! —dijo Edmonds con violencia—. Wilkins y la chica de Luke quieren casarse. Luke no quiere ni oír hablar del asunto por algún motivo..., y ahora creo que estoy descubriendo cuál es. Así que anoche Luke vino a mi casa y me dijo que Wilkins tenía un alambique en mis tierras, pues sabía condenadamente bien lo que yo haría, no en vano llevo años diciéndoles a esos negros de mi hacienda lo que iba a hacer si alguna vez descubría una sola gota de ese maldito whisky del demonio en mis tierras...
       —Y recibimos la llamada telefónica del señor Roth —ahora era uno de los agentes quien hablaba: un hombre rechoncho y locuaz, con las piernas embarradas a la altura de las pantorrillas y el semblante un tanto tenso y fatigado—, y fuimos allí y el señor Roth nos dijo dónde mirar. Pero en la hondonada donde él dijo no había ningún alambique, así que nos sentamos y nos pusimos a pensar dónde esconderíamos un alambique si fuéramos uno de los negros del señor Roth, y fuimos y miramos y al cabo de un rato, en efecto, allí estaba, desmontado y escondido todo con el cuidado y esmero del mundo, en la parte baja del arroyo, entre unos espesos matorrales. Pero se acercaba la hora del amanecer, así que decidimos volver a casa de George Wilkins para mirar debajo del piso de la cocina, como nos había dicho el señor Roth, y tener luego una pequeña charla con George.
       “Llegamos como a la salida del sol, y lo único que nos dio tiempo a ver fue a George y a esa chica caminando colina arriba en dirección a la casa de Luke, con una jarra de un galón en cada mano, pero George estrelló las jarras contra unas raíces antes de que le echáramos el guante. Luego la mujer de Luke empieza a chillar dentro de casa y damos la vuelta corriendo hasta la parte trasera y nos encontramos con otro alambique en el patio de Luke, con unos cuarenta galones del cuerpo del delito allí apilados en el porche de atrás, como si tuviera intención de organizar una subasta, y Luke en calzoncillos y faldones, de pie chillando: —¡Trae el hacha y destrózalo! ¡Trae el hacha y destrózalo!”
       —¿Pero a quién acusa? —dijo el comisario—. Fueron a detener a George, pero las pruebas acusan todas a Luke.
       —Había alambiques —dijo el agente—. Y George y la chica, los dos afirman que Luke lleva veinte años haciendo y vendiendo whisky allí mismo, en el patio trasero de esa casa propiedad del señor Roth.
       Parpadeando, Lucas se encontró con la mirada airada de Edmonds, una mirada en la que no había reproche, en la que ya no había sorpresa, sino un agravio torvo y furibundo. Luego, sin mover siquiera los ojos y sin que se operara cambio alguno en su semblante, había dejado de mirar a Edmonds y parpadeaba con calma, escuchando a su lado la respiración pesada de George Wilkins —semejante a la de alguien sumido en un profundo sueño— y las voces de los blancos: —Pero no pueden hacer que su propia hija testifique contra él.
       —Pero puede hacerlo George —dijo el agente—. George no es pariente suyo. Y no digamos si George se ve, como ahora, en el aprieto de tener que pensar, y rápido, en algo que decir que valga la pena.
       —Que el tribunal se ocupe de ello, Tom —dijo el sheriff—. Me he pasado la noche en vela y ni siquiera he desayunado todavía. Le he traído un detenido y dos testigos y treinta o cuarenta galones de prueba. Dejémoslo así por nuestra parte.
       —Yo creo que han traído dos detenidos —dijo el comisario. Y se puso a escribir en el papel que tenía delante. Lucas observaba, parpadeando, la mano en movimiento—. Voy a encerrarles a los dos. George puede declarar contra Luke si lo desea. Y la chica contra George. Tampoco ella es pariente de él.
       Lucas podría haber pagado las fianzas de ambos sin alterar siquiera el número de cifras en el saldo de su cuenta corriente. Una vez Edmonds hubo pagado ambas fianzas, sin embargo, volvieron al coche. Conducía George ahora, y Nat iba a su lado, acurrucada contra un costado del asiento delantero. Diecisiete millas más tarde, cuando el coche se detuvo ante la puerta, Nat se apeó de un salto —seguía sin mirar a Lucas— y corrió camino arriba hacia la casa.
       Ellos siguieron hasta la cuadra, donde se apeó George. Aún llevaba el sombrero inclinado sobre la oreja derecha, pero su cara color sepia no estaba llena de dientes como solía.
       —Adelante, coge tu mula —dijo Edmonds. Luego miró a Lucas—. ¿Y tú a qué esperas?
       —Pensé que quería decirme usted algo —dijo Lucas—. ¿Así que los parientes de uno no pueden declarar contra él ante el tribunal?
       —Tú no tienes que preocuparte por eso —dijo Edmonds—. George no es pariente tuyo y puede contar muchas cosas. Y si él empieza a olvidar las cosas, Nat, que no es pariente suyo, también puede contar mucho. Ya no hay remedio. Si George Wilkins y Nat intentaran ahora comprar una licencia de matrimonio, probablemente os colgarían a los dos, a ti y a George. Además, si el juez Cowan no lo hace, yo mismo os voy a mandar a la penitenciaría en cuanto terminéis la siembra. Ahora baja al arroyo, a tu parcela sur. No vuelvas hasta que la hayas plantado entera. Si aún sigues al anochecer, mandaré a alguien con un farol.
       Pero antes de la caída del sol había acabado su trabajo. Ya estaba de vuelta en el establo, y había dado de beber y de comer y cepillado y acomodado en su cuadra a la mula y colgado los aperos en el gancho, junto a la puerta de la cuadra, mientras George aún le estaba quitando los arreos a la suya. Luego, en el incipiente crepúsculo, subió por la colina en dirección a su casa. No caminaba de prisa, y ni siquiera miró hacia atrás al hablar:
       —George Wilkins.
       —Señor —dijo George, a su espalda.
       Lucas no aminoró el paso ni miró hacia atrás. Siguieron caminando colina arriba, y llegaron a la puerta desvencijada de la gastada cerca que rodeaba el pequeño patio polvoriento.
       Entonces Lucas se paró y volvió la vista a George, que, esbelto y atildado incluso en mono, con cintura de avispa, seguía sin exhibir los dientes y tenía la cara seria, por no decir grave, bajo su ajado jipijapa ladeado.
       —¿Qué es lo que pretendías exactamente? —dijo Lucas.
       —No lo sé con certeza, señor —dijo George—. Fue idea de Nat principalmente. No pretendimos nunca crearle problemas. Nat dijo que si cogíamos el perol donde usted y el señor Roth le dijeron al sheriff que estaba y lo traíamos aquí y usted se lo encontraba ahí en el porche trasero, a lo mejor, cuando le brindáramos nuestra ayuda para deshacerse de él antes de que llegara el sheriff usted cambiaba de opinión en lo de prestarnos el dinero necesario para... Bueno, para que nos casáramos...
      Lucas miró a George. No pestañeó.
       —¡Ja! —dijo—. Hay más gente que yo metida en este lío.
       —Sí, señor —dijo George—. Así parece. Espero que me sirva de lección.
       —Eso espero yo también —dijo Lucas—. Cuando te manden a Parchman tendrás tiempo de sobra para meditar al respecto.
       —Sí, señor —dijo George—. Y máxime con usted allí para ayudarme a hacerlo.
       —¡Ja! —volvió a decir Lucas. Siguió mirando fijamente a George; alzó la voz, aunque muy poco: una palabra sola, fría y perentoria, mientras seguía con la mirada fija en George—: Nat.
       La chica bajó por el sendero, descalza, con un vestido de percal descolorido y pulcro y un pañuelo de color vivo en la cabeza. Había estado llorando.
       —No fui yo quien le dijo al señor Roth que telefoneara al sheriff y su gente —dijo.
       —He cambiado de opinión —dijo Lucas—. Voy a dejar que tú y George Wilkins os caséis.
       Ella le miró; él vio cómo la mirada de ella iba veloz hasta George y volvía.
       —El cambio ha sido rápido —dijo ella. Le estaba mirando. Pero luego Lucas se dio cuenta de que no le miraba a él; vio cómo levantaba la mano y se tocaba un instante el vivo pañuelo de algodón que ceñía su cabeza—. ¿Casarme yo con George e irme a vivir a esa casa que tiene el porche trasero todo caído, donde para ir a buscar agua a la fuente tendría que andar media milla de ida y otra media de vuelta? ¡Si ni siquiera tiene hornillo!
       —En mi chimenea se cocina bien, y puedo apuntalar el porche —dijo George.
       —Y yo podría acostumbrarme a andar una milla con dos grandes cubos de agua —dijo ella.
       Y, sin que su alta y clara voz de soprano decayese, dejó de mirar la cara de su padre.
       —Un hornillo para la cocina. Y el porche de atrás apuntalado. Y un pozo.
       —Un porche trasero nuevo —dijo ella. Pero fue como si no hubiera dicho nada.
       —El porche de atrás reparado —dijo él. Era evidente que ella ya no le miraba. Volvió a levantar la mano, de dedos ágiles y delicados y palma de matiz más tenue y claro, y se tocó la parte de atrás del pañuelo de cabeza. Lucas se movió—. George Wilkins —dijo.
       —Señor —dijo George.
       —Entra en casa —dijo Lucas.
       Llegó el día por fin. Él y Nat y George, en traje de domingo, esperaron en la puerta hasta que el coche descendió por el sendero privado.
       —Buenos días, Nat —dijo Edmonds—. ¿Cuándo has llegado?
       —Volví ayer, señor Roth.
       —Te quedaste bastante tiempo en Jackson.
       —Sí, señor. Me fui al día siguiente de que usted y papá y George se fueran a la ciudad con el sheriff y su gente.
       —Tú y George adelantaos un momentito —dijo Edmonds.
       Echaron a andar. Lucas se quedó al lado del coche. Era la primera vez que Edmonds le dirigía la palabra desde aquel día, hacía tres semanas; como si su cólera hubiera tardado ese tiempo en consumirse, o mejor aún, en amainar, pues aún seguía latente.
       —Supongo que sabes lo que te va a pasar —dijo Edmonds—, cuando ese abogado se despache con Nat, y Nat se despache con George, y George se despache contigo, y el juez Gowan se despache con George y contigo. Has estado aquí con mi padre durante veinticinco años, hasta su muerte; llevas conmigo veinte años... ¿Eran tuyos aquel alambique y aquel whisky que encontraron en tu patio trasero?
       —Usted sabe que no —dijo Lucas.
       —De acuerdo —dijo Edmonds—. ¿Y el otro alambique que encontraron en la parte baja del arroyo? ¿Era tuyo?
       Se miraron.
       —No se me juzga por ése —dijo Lucas.
       —¿Era tuyo ese alambique, Luke? —dijo Edmonds.
       Se miraron. La cara de Edmonds miraba una cara vacía por completo, impenetrable.
       —¿Quiere usted que le conteste? —dijo Lucas.
       —¡No! —dijo Edmonds con violencia—. ¡Sube al coche!
       Tanto la plaza como las calles que conducían al lugar estaban atestadas de coches y carros. Precedidos por Edmonds, cruzaron la abarrotada acera situada ante la puerta principal, flanqueados por caras conocidas —otros arrendatarios de la misma hacienda, de otras haciendas asentadas a lo largo del arroyo, venidos también en desvencijados y renqueantes camiones y automóviles cerrados, que habían recorrido las diecisiete millas sin esperanza siquiera de llegar a entrar en la sala del proceso, resignados a esperar en la calle y verlos pasar—, y por caras que conocían sólo de oídas: los ricos abogados blancos, que charlaban entre sí en torno a vegueros, los poderosos y altivos de la tierra.
       Luego, en el vestíbulo de mármol, George empezó a andar cautelosamente sobre los duros tacones de sus zapatos de domingo, y Edmonds, al sentir un golpecito en el brazo, se volvió y vio en la mano extendida de Lucas el grueso, doblado y sucio documento, el cual, al abrirse rígidamente por los viejos y manoseados pliegues, dejó ver, entre el texto llano y categórico que figuraba arriba de la firma y el sello, la letra impersonal y legible del anónimo escribiente que había consignado los dos nombres: “George Wilkins” y “Nathalie Beauchamp”, y una fecha de octubre del año anterior.
       —¿Quieres decir —dijo Edmondsque has tenido este papel todo el tiempo? “¿Has tenido este papel todo el tiempo?” Pero el rostro que miraba seguía impenetrable, casi somnoliento.
       —Entrégueselo al juez Gowan —dijo Lucas.
       El asunto no llevó mucho tiempo.
       En el pequeño despacho, circunspectos y en silencio, se sentaron en el borde del duro banco, sin que sus espaldas tocaran el respaldo, mientras el alguacil masticaba un palillo de dientes y leía el periódico. Luego atravesaron la sala del tribunal sin detenerse; pasaron entre los bancos vacíos y entraron por una puerta a otro despacho, más grande y tranquilo y confortable que el primero, donde les aguardaba un hombre de aire enojado a quien Lucas conocía sólo de oídas: el fiscal federal, afincado en Jefferson tras el cambio de administración, hacía apenas ocho años. Pero también estaba Edmonds, y detrás de la mesa se hallaba sentado un hombre a quien Lucas sí conocía, un hombre que treinta y cuarenta años atrás, en tiempos del viejo Zach Edmonds, solía aparecer en la temporada de la codorniz y quedarse unas semanas, y a quien Lucas le sujetaba el caballo para que desmontara y disparaba cuando los perros mostraban la pieza.
       —¿Lucas Beauchamp? —dijo el juez—. ¿Con treinta galones de whisky y un alambique sobre su porche trasero en pleno día? Tonterías.
       —Pues ahí tiene —dijo el hombre enojado, extendiendo las manos abiertas—. Tampoco yo sabía nada hasta que Edmonds...
       Pero el juez no escuchaba al hombre enojado. Miraba a Nat.
       —Ven aquí, muchacha —dijo.
       Nat dio unos pasos hacia adelante y se detuvo. Lucas pudo ver cómo temblaba. Pequeña, delgada como un tallo, joven, era la menor de sus hijos y la última; tenía diecisiete años, había nacido en la edad anciana de su esposa y —según admitía Lucas a veces— de él mismo. Era demasiado joven para casarse, para enfrentar los problemas que la gente casada ha de superar a fin de llegar a la vejez y descubrir por sí misma el sabor de la paz. No bastaban un hornillo y un porche trasero nuevo y un pozo.
       —¿Eres la chica de Luke? —dijo el juez.
       —Sí, señor —dijo Nat—. Me llamo Nat. Nat Wilkins. Esposa de George Wilkins. Lo dice el papel que tiene usted en la mano.
       —Ya lo veo —dijo el juez—. Está fechado en octubre pasado.
       —Sí, señor juez —dijo George—. Tenemos ese papel desde el año pasado, cuando vendí el algodón. Nos casamos entonces, pero ella no quiso venir a vivir a mi casa hasta que el señor Luke..., bueno, quiero decir hasta que yo no consiguiera un hornillo y reparara el porche y cavara un pozo.
       —¿Y has hecho ya todo eso?
       —Sí, señor juez —dijo George—. Estoy en ello. Estará todo listo en cuanto me ponga a dar martillazos y a cavar.
       —Ya —dijo el juez—. Henry —le dijo al alguacil—, ¿tiene el whisky en algún sitio donde pueda ser vertido?
       —Sí, juez.
       —¿Y los alambiques donde pueda destrozarlos, hacerlos añicos?
       —Sí, juez.
       —Pues despeje mi despacho. Lléveselos de aquí. Llévese al menos a esa especie de payaso charlatán.
       —George Wilkins —susurró Lucas—, está hablando de ti.
       —Sí, señor —dijo George—. Así parece.
       Pero antes de que transcurrieran tres semanas empezó a sentirse impaciente, probablemente a causa de la inactividad. Había sembrado ya toda su tierra, tras una buena estación, y las semillas de algodón y de maíz brotaban casi bajo los pies, entre las breves e impetuosas lluvias y el rico caudal del sol del norte. Un día a la semana de trabajo bastaría para hacer que arraigaran, de modo que después de dar su bazofia a los cerdos y de cortar un poco de leña para cocinar, no tendría nada que hacer sino apoyarse en la cerca al fresco matinal y mirar cómo crecían.
       Pero a la tercera semana, finalmente, estaba en la cocina junto a la puerta cuando vio a George Wilkins entrar en la parcela a la luz del crepúsculo y dirigirse al establo y entrar en él y salir al punto con su yegua —la yegua de Lucas—, un animal gordo y de edad mediana, y engancharla al carro montado sobre ballestas y dejar la parcela y seguir hacia adelante. Así que a la mañana siguiente no llegó más allá del primero de sus campos, donde se quedó mirando el algodón, en medio del luminoso rocío, hasta que su mujer empezó a llamarle desde la casa a gritos.
       Nat estaba sentada al lado del hogar, aquel hogar en donde desde hacía cuarenta y cinco años ardía el fuego, inclinada hacia adelante, con las manos colgando blandamente entre las rodillas y la cara congestionada y abotargada por el llanto.
       —¡Tú y tu George Wilkins! —dijo la mujer de Lucas cuando lo vio entrar—. Anda, díselo.
       —No ha empezado a hacer el pozo —dijo Nat—. Ni siquiera ha apuntalado el porche trasero. Ni siquiera ha empezado..., con todo el dinero que le diste. Y se lo dije y lo único que me respondió fue que no se había puesto a hacerlo todavía. Y esperé y se lo volví a decir y lo único que me respondió fue que no se había puesto a hacerlo todavía. Hasta que al final le dije que si no se ponía manos a la obra, como había prometido, iba a cambiar de opinión acerca de lo que vi aquella noche en que el sheriff y su gente vinieron por aquí, así que anoche me dijo que tenía que irse camino arriba, algo lejos, y que si quería venirme aquí a casa a pasar la noche, porque a lo mejor no volvía hasta tarde, y yo le dije que podía atrancar la puerta, pues pensé que se iba a hacer los preparativos para empezar el pozo.
       “Y cuando le vi coger la yegua y el carro de papá, estaba segura de que era eso lo que iba a hacer. Y no ha vuelto hasta que casi era de día, y no sólo no traía nada con que arreglar el porche o cavar el pozo, sino que se había gastado el dinero. Y entonces le dije lo que pensaba hacer, y he estado esperando a que se levantara el señor Roth y le he dicho que he cambiado de opinión acerca de lo que vi aquella noche, y el señor Roth se ha puesto a jurar y ha dicho que era demasiado tarde, pues ahora, al resultar que estaba casada con George, el tribunal no me escucharía, y me ha dicho también que vaya a buscaros y os diga a George y a ti que recojáis vuestras cosas y os vayáis de aquí antes de la caída del sol.
       —¡Encima eso! —dijo la mujer de Lucas—. ¡Ahí tienes a tu George Wilkins! —Pero Lucas se dirigía ya hacia la puerta—. ¿Adónde vas? —dijo la mujer—. ¿Y ahora adónde vamos a mudarnos?
       —No empieces a preocuparte acerca de adónde iremos hasta que Roth Edmonds empiece a preocuparse acerca de por qué no nos hemos ido —dijo Lucas.
       El sol estaba ya alto. Iba a ser un día muy caluroso; antes de que se pusiera el sol crecerían un tanto el algodón y el maíz. Cuando llegó a casa de George, Lucas lo vio; su figura, de pie y en calma, asomaba detrás de la esquina. Lucas cruzó el patio sin yerba y cegado por el sol.
       —¿Dónde lo tienes? —dijo.
       —Lo escondí en la hondonada donde solía esconder el otro —dijo George—. Si esos policías no encontraron nada entonces, pensarán seguramente que de nada sirve mirar allí otra vez.
       —Necio —dijo Lucas—. ¿No te das cuenta de que no ha de pasar ni una semana, de aquí a las próximas elecciones, sin que haya uno de esos policías registrando la hondonada precisamente porque Roth Edmonds les dijo una vez que allí había un alambique? Cuando te cojan ahora, no tendrás ya ningún testigo con el que lleves casado desde el otoño pasado.
       —No van a cogerme —dijo George—. Ahora llevaré el negocio como usted me diga. He aprendido la lección.
       —Será mejor que así sea —dijo Lucas—. Llévate el carro en cuanto anochezca y saca eso de allí. Yo te diré dónde tienes que esconderlo. Ja —dijo—. Imagino que éste será más o menos como el que tenías en la hondonada, ¿eh?
       —No, señor —dijo George—. Éste es bueno. El serpentín es casi nuevo. Por eso no pude conseguir que el tipo me lo vendiera más barato. Fueron dos dólares más del dinero del porche y el pozo, pero los puse yo. Pero lo que me preocupa no es la posibilidad de que me cojan. Lo que no me puedo quitar de la cabeza es lo que vamos a decirle a Nat a propósito del porche trasero y del pozo.
       —¿A qué te refieres con “vamos”? —dijo Lucas.
       —Bueno, voy —dijo George.
       Lucas se quedó mirándole un instante.
       —George Wilkins —dijo.
       —Señor —dijo George.
       —Yo no le doy consejos acerca de su mujer a ningún hombre —dijo Lucas.



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