William Faulkner
(1897-1962)


Lion
(“Lion”)
Originalmente publicado en Harper’s (diciembre 1935);
revisada y ampliada para su inclusión en “The Bear” de Go Down, Moses (1942);
Uncollected Stories (1979), Joseph Blotner, editor


      En la vida de los perros —me refiero a los perros utilizados para cazar osos y ciervos— juega un papel muy importante el whisky. Es decir; los hombres que los aman, los hombres que emprenden duras cacerías con estos duros e infatigables valientes perro de caza, son grandes bebedores. Tengo la plena certeza de que las mejores, las más deliciosas charlas acerca de perros que he escuchado en mi vida tuvieron lugar en torno a una botella, tal vez en torno a dos o a tres, bien en bibliotecas de casas urbanas o en dependencias domésticas de plantaciones o, mejor aún, en los mismos campamentos; ante los troncos ardientes de los hogares cuando se trataba de casas, o ante las altas llamas de las hogueras alimentadas por negros, a poca distancia de las tiendas desplegadas y fijas en la tierra con estacas, cuando se trataba de campamentos. De modo que esta historia bien podría empezar también con whisky.
       Era diciembre; era el diciembre más frío que había conocido en toda mi vida. Llevábamos acampados una semana —yo sólo tenía dieciséis años entonces— y a los hombres se les había acabado el whisky, así que Boon Hogganbeck y yo fuimos a Memphis a comprarlo, con una maleta y una nota del mayor de Spain. O sea, el mayor Spain mandaba a Boon a comprar el whisky, y a mí para hacer que Boon volviera al campamento con el whisky en la maleta y no dentro de Boon. Boon tenía sangre india. Decían que la mitad, pero yo no lo creo. Creo que fue su abuela la que había sido una india chickasaw, sobrina del jefe que poseyó un día la tierra que pertenecía ahora al mayor de Spain, la tierra en la que cazábamos.
       Boon medía más de un metro noventa de estatura, y tenía la mente de un niño y el corazón de un caballo y la cara más fea que yo había visto en mi vida. Era como si alguien hubiera encontrado una nuez un poco más pequeña que un balón de baloncesto y con un martillo de mecánico le hubiera moldeado los rasgos faciales y luego la hubiese pintado, sobre todo de rojo.
       No era el rojo de los indios, sino un rojizo brillante y espléndido en el que algo tendría que ver quizá el whisky, aunque lo más probable era que fuera debido primordialmente a la dichosa y violenta vida al aire libre.
       Sus arrugas —debía de tener unos cuarenta años— seguramente le vendrían de mirar con ojos entrecerrados al sol o en la penumbra de los cañaverales por donde había escapado la caza, o habían sido grabadas en su cara por los fuegos de los campamentos, mientras trataba de dormir sobre el frío suelo de noviembre o diciembre, a la espera del alba para salir de nuevo de caza, pues era como si el tiempo fuera simplemente algo que atravesara con su cuerpo como se atraviesa el aire, sin que lo envejeciera más de lo que le envejecía el aire. Sus ojos eran como botones de zapato, sin profundidad ni mezquindad ni generosidad ni perversidad ni bondad ni nada en absoluto. Eran simplemente algo con lo cual podía ver.
       No tenía profesión ni oficio ni cometido definido: se limitaba a hacer todo lo que el mayor Spain le mandaba.
       Años después, tras la muerte de Lion, el mayor le nombró jefe de policía de Hoke.s, la pequeña población situada en la linde del coto del mayor Spain. Pero aquello habría de suceder más tarde: Lion no había muerto todavía.
       Aquel día nos levantamos a las tres de la madrugada. Ad nos tenía preparado el desayuno y dimos cuenta de él mientras oíamos debajo de la cocina a los perros, que se habían despertado al olor del jamón que se estaba friendo o tal vez por el ruido de los pies de Ad en el piso de arriba. Pudimos oír a Lion, una vez tan sólo y breve y perentorio, del mismo modo que el mejor cazador de un grupo ha de hablar sólo una vez a los demás, salvo a los estúpidos, y entre los perros del mayor Spain no había ninguno estúpido.
       A veces —según decía el mayor— no podía evitar albergar en su casa a alguna gente estúpida. Pero no importaba, porque no pretendía cazar con ella ni dependía de ella para la caza.
       Ad tenía ya las mulas enganchadas en el carro, esperándonos; hacía frío, el suelo estaba helado y las estrellas lucían nítidas y rutilantes. Yo no tiritaba; tenía sólo un temblor fuerte y lento y constante; sentía el estómago aún caliente por el desayuno, una sensación cálida y grata en mi interior, mientras el exterior de mi cuerpo temblaba enérgica y lentamente, como si el estómago me flotara libre dentro igual que la esfera en el líquido de una brújula marina.
       —No perseguirán ninguna pieza esta mañana —dije—. Ningún perro puede hoy tener olfato.
       —Sólo Lion —dijo Ad—. Es capaz de perseguir a un oso a lo largo de un glaciar de mil acres. Y de atraparlo también. Los demás perros no importan, porque no hay ninguno que pueda compararse con él ni de lejos.
       —Bien, no van a salir a correr esta mañana —dijo Boon, cortante y categórico—. El mayor prometió que no saldrían a cazar hasta que Quentin y yo volvamos.
       Estaba sentado en el pescante, al lado de Ad, con los pies envueltos en sacos de estopa y embutidos en una colcha, la de su jergón de la cocina, que le tapaba la cabeza por completo, de forma que su figura no guardaba parecido alguno con nada conocido. Ad se rió.
       —Me gustaría saber por qué necesita esperarte a ti el mayor. Es a Lion a quien va a utilizar. En mi vida he oído decir que tú hayas traído ni un oso ni ninguna otra carne al campamento.
       —Santo Dios, el mayor no va a poner a Lion ni a ningún otro perro a perseguir ninguna pieza hasta que yo vuelva —dijo Boon—. Me lo prometió. Y tú azota a las mulas; ¿es que quieres que me congele?

       Se comportaban de un modo extraño, y era a causa de Lion. Boon tenía mala fama entre los negros, y sin embargo, cuando Lion tenía algo que ver en la conversación, aunque no se le mencionara siquiera, Ad se dirigía a Boon como si fuera un blanco quien hablara. Y Boon se lo permitía. Se comportaban de un modo extraño en relación con Lion. Ninguno de ellos era su dueño ni tenía esperanza alguna de llegar a serlo algún día, y no creo que se les ocurriera nunca pensar: “me gustaría que ese perro fuera mío”.

       Porque a nadie se le ocurriría pensar que Lion fuera propiedad de alguien, como a nadie se le ocurriría pensar que un hombre pertenece a otro, ni siquiera al mayor Spain. Era normal que se pensase que la casa y los bosques le pertenecían, e incluso los ciervos y osos que había en ellos; hasta los ciervos y osos cazados allí por otra gente eran abatidos por cortesía del mayor Spain, que los ofrecía por propia delicadeza y voluntad.

       Pero no Lion. Lion era como esos jefes de tribu aztecas o polinesios a quienes no se considera hombres, sino más que hombres y menos que hombres a un tiempo. Porque, una vez en el campamento, tampoco nosotros éramos hombres: éramos cazadores. Y Lion era el mejor cazador de todos nosotros, seguido por el mayor de Spain y por el tío Ike McCaslin. Y no hablaba nuestra lengua, no porque no pudiese, sino porque era el jefe, el Hijo del Sol; conocía nuestra lengua, pero pertenecía a un nivel superior para dignarse a hablarla; a eso se debía el que viviera en el subsuelo, debajo de la cocina, y no a que fuera un perro, un animal: vivía aparte por la misma razón que vivían aparte los jefes aztecas o polinesios, a quienes su propia divinidad se lo exigía. Lion no era en absoluto propiedad del mayor de Spain; lo que sucedía era que a Lion le gustaba más el mayor que cualquiera de nosotros, de la misma manera que en un ser humano podría haberse dado tal preferencia.
       Ad y Boon se comportaban de un modo extraño en lo relativo a Lion.
       Uno casi hubiera pensado que Lion era una mujer, una mujer hermosa. Yo solía escucharles; esperaban hasta que el mayor de Spain se sentara a la mesa de póquer, o se acostara si íbamos a salir temprano al día siguiente, y entonces Boon y Ad, cada uno por su parte, trataban de atraer a Lion para que durmiera en su jergón. Ad dormía en la cocina y Boon en el cobertizo.
       Era divertido. Ponían una seriedad extrema en el asunto; no discutían entre ellos, sino que dirigían sus desvelos hacia Lion, tratando de persuadirle o de tentarle. Y a Lion le tenía sin cuidado con quién acabaría durmiendo, y nunca se quedaba con ninguno de ellos mucho tiempo, ni siquiera cuando habían logrado persuadirle, pues el mayor de Spain entraba siempre con el farol en el cobertizo de Boon o en la cocina, según las ocasiones, y les obligaba a que sacaran fuera a Lion.
       —Maldita sea —solía decir—, si se pasara la noche durmiendo con cualquiera de vosotros la mitad de la noche tan sólo, a la mañana siguiente no sería capaz de rastrear siquiera una mofeta.
       Íbamos, pues, bajo las estrellas aceradas, y el carro avanzaba a sacudidas sobre las aceradas roderas, y a ambos lados se extendía el boscaje impenetrable y negro. A la derecha, no muy lejos, oímos gritar a dos gatos monteses que estaban peleando. Luego llegamos a la vía silenciosa, y Boon hizo señas al tren maderero de la madrugada, y nos montamos en el cálido furgón de cola rumbo a Hoke.s, y yo me eché a dormir detrás de la estufa roja mientras Boon y el revisor y el guardafrenos hablaban de Lion y de Old Ben como otra gente hablaría de Sullivan y Kilrain o de Dempsey y Tunney. Old Ben era un oso, y nosotros íbamos a perseguirle para darle caza al día siguiente, tal como hacíamos una vez al año, cuando montábamos el campamento. En la región conocían a Old Ben tanto como a Lion. No sé por qué le llamaban así, ni quién le puso ese nombre; sólo sé que fue hace mucho tiempo. Se le conocía bien por los lechones que había robado y los graneros que había saqueado y los perros que había matado y las veces que había sido acorralado y el plomo que llevaba dentro del cuerpo (se contaba que había sido alcanzado dos docenas de veces como mínimo, con escopetas de postas y hasta con rifles). Old Ben había perdido tres dedos de la pata izquierda trasera en una trampa de acero, y en la región todo el mundo conocía su huella, y sin necesidad incluso de tener en cuenta el tamaño.
       Deberían haberle llamado, pues, Dos Dedos; era como se les había venido llamando en la región durante un centenar de años a los osos de dos dedos.
       Su nombre, entonces, tal vez se debía a que Old Ben era un oso extraordinario —El Oso Jefe, como le llamaba el tío Ike McCaslin—, y a que todo el mundo sabía que merecía un nombre mejor.
       Llegamos a Hoke.s al amanecer.
       Nos apeamos del cálido furgón de cola con nuestra ropa caqui manchada, nuestras cazadoras y nuestras botas embarradas. Boon no se había afeitado desde que montamos el campamento, pero no importaba mucho porque Hoke.s no era más que un aserradero y unas cuantas tiendas, y la mayoría de los hombres llevaban también las botas embarradas y ropa caqui. Buscamos un rincón donde esperar. Boon compró tres paquetes de rosetas de maíz cubiertas de melaza y una botella de soda en el quiosco de periódicos, y yo me fui a dormir acompañado por el ruido de sus mandíbulas. Pero en Memphis nuestro aspecto ya no era el apropiado. Los altos edificios y los duros pavimentos y los tranvías hacían que nuestras botas y nuestra ropa caqui parecieran un poco más bastas y embarradas, y la barba de Boon peor afeitada y su cara, por momentos, menos digna de haber salido a la luz fuera de los bosques, o al menos fuera del alcance del mayor de Spain o de alguien que la conociera y pudiera decir: “No se asusten; este tipo no es malo; no les va a hacer daño”. Boon avanzó por el piso de baldosas de la estación, tratando de sacarse los restos de maíz de entre los dientes con la lengua —torcía toda la zona de la boca—, con las piernas un poco separadas y un poco rígidas a la altura de las caderas, como si caminara sobre cristal pringado de grasa, y aquella incipiente barba azulada sobre mejillas y barbilla, muy parecida a estropajo usado o a las hilachas de un cedazo. Fuimos directamente y llenamos la maleta, y Boon se compró una botella para él, pues —según dijo— se la pensaba llevar a casa cuando levantáramos el campamento. Para cuando llegamos de nuevo a Hoke.s al atardecer, sin embargo, la botella estaba vacía.
       Echó los primeros tragos en los lavabos de la estación. Un hombre uniformado entró para decirle que allí no se podía beber, pero después de poner los ojos en la cara de Boon prefirió no decir ni una palabra. La segunda vez bebió el whisky en su vaso de agua, llenándolo bajo el borde del mostrados donde estábamos comiendo, y la camarera le dijo que no podía hacerlo. Entretanto, había estado contándoles a la camarera y a los demás clientes cosas de Old Ben y de Lion. Entonces, en cierto momento le vino a las mientes el tema del zoo, y esbozó un plan que consistía en volver apresuradamente al campamento, coger a Lion y volver al zoo, donde —según él— los osos se alimentaban de lenguas de gato y de helados y donde enfrentaría a Lion a todas las fieras, incluidos los elefantes y los tigres. Pero logré subirlo al tren con la maleta, así que las cosas volvieron a su curso; Boon se puso a beber en medio del pasillo mientras les hablaba de Lion y de Old Ben a los viajeros, los cuales, al igual que el encargado de los lavabos no osó decirle a Boon que allí no se podía beber, no osaron comportarse como si no quisieran escucharle. Llegamos a Hoke.s a la caída del sol; hice apearse a Boon y a la maleta, y luego convencí a Boon para que cenara.
       Cuando nos montamos en el furgón de cola del tren maderero de la noche, que volvía para adentrarse de nuevo en la espesura de los bosques, el sol enrojecía en su descenso y la temperatura pareció hacerse más cálida. Yo volví a dormirme, sentado detrás de la estufa roja, mientras Boon y el revisor y el guardafrenos hablaron de Lion y de Old Ben y de la cacería del día siguiente. Ambos sabían de lo que Boon estaba hablando. En una ocasión me desperté; había oscurecido ya y el guardafrenos estaba asomado a la ventanilla.
       —El cielo está nublado —dijo—. Esta noche va a deshelar, y mañana los perros volverán a tener olfato. A lo mejor Lion lo atrapa mañana. Tendrá que ser Lion o cualquier otro cazador. No podría ser Boon.
       Boon no sabía disparar. Nunca había matado nada mayor que una ardilla, al menos que se supiera, aparte de aquel negro aquella vez. Sucedió hace algunos años. Se decía que el negro era un mal tipo, pero no puedo asegurarlo.
       Lo único que sé es que hubo un lío y el negro le dijo a Boon que la próxima vez que fuera a la ciudad sería mejor que se buscara una pistola, y Boon le pidió prestada una al mayor de Spain y, efectivamente, aquella tarde se encontró con el negro y el negro sacó una de esas pistolas de dólar y medio que se compran por correo, y hubiera acribillado a Boon con ella, pero los tiros nunca llegaron a salir. Se oyeron cinco chasquidos y el negro siguió avanzando hacia Boon y Boon disparó cuatro veces y rompió la luna de un escaparate y le dio en una pierna a una mujer negra que pasaba por allí y al fin, con el último disparo, logró alcanzar al negro en plena cara a seis pies de distancia.
       Nunca supo disparar. El primer día de campamento, en la primera salida que hicimos, el ciervo se fue derecho hacia Boon; al medir luego vimos que entre las huellas del ciervo y los cinco casquillos no había cincuenta pies de distancia. Oímos la vieja escopeta de repetición de Boon: “pam, pam, pam, pam, pam”, y luego le oímos a él, y seguro que los gritos se oyeron hasta en Hoke.s: —Maldición, ahí viene! ¡Cortadle el paso! ¡Cortadle el paso!
       A la mañana siguiente teníamos compañía en el campamento; había gente de Hoke.s y hasta de Jefferson, gente que venía todos los años para salir con el mayor de Spain el día de la batida en busca de Old Ben. Era un día gris y algo más cálido; desayunamos a la luz de los faroles, mientras Boon freía los huevos y seguía hablando, más excitado y más imprevisible y con la cara más desaseada que nunca, y Ad, sentado sobre una caja junto a la cocina, introducía los cartuchos pesados y macizos y grasientos en la carabina del mayor de Spain.
       Oíamos también a los perros en el patio, donde Ad los había atado ya en parejas a la cerca. Los oíamos a todos ellos —estallidos de gruñidos casi fragorosamente histéricos— salvo a Lion.
      No emitió sonido alguno; nunca lo hacía. Recuerdo que después del desayuno salimos fuera, a la luz débil y húmeda y gris, y allí estaba, separado de los demás perros y suelto; allí, sobre sus cuatro patas, parecían tan enorme como un ternero o como una cría de elefante o de búfalo, pese a su tamaño. Tenía algo de Walker, pero la mayor parte de mastín. Era de un color parecido al de los alazanes oscuros, aunque tal vez fueran sus ojos de color topacio lo que lo hacía parecer tan oscuro. Lo recuerdo allí plantado, con las grandes patas y la cabeza solemne y fuerte y aquel pecho casi tan grande como el mío. Podían apreciarse al tacto, bajo su piel, los músculos largos y suaves y fuertes y quietos, que nunca delataban placer o disgusto alguno ante las caricias de nadie, ni del mayor de Spain ni de Boon ni de Ad ni de ningún desconocido. Permanecía allí igual que un caballo, con la única diferencia de que un caballo promete únicamente rapidez, mientras que Lion prometía —con la serenidad y el aliento que procura la promesa de alguien en quien se confía plenamente— una capacidad inmensa no sólo de valor y de voluntad y de pericia para rastrear y matar, sino de tenacidad, de voluntad de soportarlo todo más allá de cualquier límite imaginable al que pudieran ser llamados su carne y su corazón. Lo recuerdo aquel verano en que cazábamos ardillas; recuerdo que cuando los demás perros recorrían de un lado a otro el fondo del valle, a la caza de mapaches o gatos monteses o de cualquier cosa que corriese y desprendiese olor, Lion no iba con ellos. Se quedaba en el campamento con nosotros, y no para permanecer al lado del mayor de Spain o de Boon o de Ad o de alguien en particular, sino que se limitaba a quedarse echado por allí cerca, en la actitud de esos leones tallados en piedra, con la cabeza alzada y las grandes patas extendidas ante él y quietas; nos acercábamos a él y le hablábamos o le acariciábamos, y él volvía la cabeza lentamente y nos miraba con aquellos ojos de color topacio tan impenetrables como los de Boon, tan libres de mezquindad o generosidad o perversidad o bondad, aunque mucho más inteligentes. Luego parpadeaba, y entonces uno se daba cuenta de que Lion no le estaba mirando en absoluto. Uno no sabía qué estaba Lion viendo, qué estaba Lion pensando. Era como cuando alguien está sentado en el mirador con los pies apoyados en una columna, y al cabo de un rato llega hasta a perder conciencia de que no está viendo ni la columna misma sobre la que apoya los pies.
       Las dos mulas estaban ya preparadas; una era para el mayor de Spain, que iría en compañía de Boon y Ad y de los perros, y la otra para tío Ike McCaslin, que nos llevaría hasta nuestras posiciones. Porque él y el mayor de Spain conocían a Old Ben tan bien como se conocían el uno al otro. Sabían dónde tenía su guarida y los lugares que frecuentaba y la dirección que solía tomar cuando lo acosaban los perros. Ésa era la razón por la que, pese a llevar una semana en el campamento, no habíamos salido a perseguirlo todavía. Era la táctica que empleaba el mayor de Spain. Salía a la caza de Old Ben todos los años, pero una vez tan sólo, a menos que Old Ben se dejase sorprender en el curso de alguna incursión fuera de su territorio y los perros se topasen con él fortuitamente, como sucedió el segundo día de campamento. Oímos cómo los perros descubrieron de pronto alguna pieza y la hicieron bajar en dirección al río. Lion no estaba con ellos. Dejamos de oírlos, y al cabo de un rato llegó Boon maldiciendo.
       Pero la caza había terminado por aquel día y volvimos al campamento.
       No habíamos vuelto a oír a los perros, pero al llegar al campamento vimos que ya habían vuelto: allí estaban, encogidos debajo de la cocina, acurrucados unos contra otros en el último rincón. Boon se sentó en el suelo y se asomó hacia abajo y los miró y maldijo, y tío Ike dijo que con quien se habían tropezado era con Old Ben. Porque los perros conocían también a Old Ben, y los que no lo conocían probablemente no tardaron mucho en conocerle. No eran cobardes. Lo que sucedía era que Lion no había estado con ellos para dirigirlos en su ataque y acorralar y retener a Old Ben. Lion estaba con el mayor de Spain; llegaron al campamento alrededor de una hora más tarde; el mayor sujetaba a Lion con la traílla y dijo que se trataba de Old Ben, pues había visto sus huellas, y seguía tirando de la traílla para sujetar a Lion porque la caza de Old Ben la reservaba para unos días más tarde. Recuerdo al mayor montado en su mula a la luz gris de la mañana, con el rifle cruzado sobre la silla, y a Boon, con su vieja escopeta al hombro, colgada de una cuerda de algodón, maldiciendo mientras él y Ad se esforzaban por mantener a los perros sujetos para que los demás los desataran. Sólo Lion y el mayor de Spain se mantenían serenos, y el mayor fue mirando en torno suyo hacia nosotros y dijo: —Nada de ciervos esta mañana, muchachos. Esta vez es a Old Ben a quien buscamos.
       Quería decir que no debía haber disparos ni ruidos que pudieran desviar a Old Ben, pues deseaba que todos tuviesen las mismas oportunidades.
       Tío Ike me lo explicó al indicarme el puesto que me tenía asignado, después de que viéramos alejarse al mayor de Spain, con Lion pegado a él y caminando al paso de la mula y Ad y Boon a la cabeza, encorvados hacia delante y casi al galope en medio del encrespado clamor de los perros, como si cabalgaran sobre el oleaje.
       —Quédate aquí hasta que mates un oso u oigas un cuerno, o hasta que pase una hora sin que oigas a ningún perro —me dijo—. Si Lion lo acorrala, el mayor o Boon o yo tocaremos el cuerno para que vengan todos. Si pasa un buen rato y no has oído nada, vuelve al campamento. Si te pierdes, quédate donde estés y grita y escucha. Te oirá alguno de los muchachos.
       —Tengo mi brújula —dije.
       —Muy bien. Ahora quédate aquí y no te muevas. Puede que cruce el agua pantanosa precisamente por aquí; sé que lo ha hecho otras veces. No andes por los alrededores. Si viene hacia ti, dale tiempo para acercarse. Y entonces dispárale al cuello —dijo, y desapareció en la penunbra gris.
       Había amanecido ya; quiero decir que era ya pleno día por encima de los árboles, ya que allá abajo, donde yo estaba, no llegaría a haber mucha luminosidad en todo el día. Nunca había estado antes en aquella parte de la vaguada, porque el mayor de Spain no nos permitió cazar allí para no importunar a Old Ben antes del día de la cacería. Me quedé allí, pues, bajo la copa de un gomero, junto al agua pantanosa, negra y apacible que salía de entre las cañas, cruzaba un pequeño claro y se internaba de nuevo en las cañas. Había estado apostado con anterioridad en lugares donde existía la posibilidad de ver un oso, y también había visto huellas de oso. Pero era diferente. Tenía diecisiete años; no hacía más que pensar en aquellos perros acurrucados unos contra otros en un rincón, debajo de la cocina, el día que tropezaron con Old Ben. Podía oler la soledad, el aislamiento, un algo que exhalaba aquel lugar en donde el mero paso de los humanos nada había modificado, en donde no había huella de hacha o arado, un lugar que seguía exactamente igual que cuando el primer indio se había internado en él y mirado a su alrededor, con el arco en las manos, presto para usarlo. Pensé en que Jefferson se hallaba sólo a veinte millas, con sus casas en las que las gentes pronto despertarían rodeadas de comodidad y seguridad, con sus tiendas y oficinas en las que a lo largo del día se reunirían para comprar y vender y conversar, y apenas podía creerlo. Pensé: “Está sólo a veinte millas. ¿Qué es lo que te pasa?”, pero el otro lado de mí, lo otro que había en mí decía: “Sí, pero no eres más que un insignificante montón de huesos y carne, incapaz de alejarte una milla sin la ayuda de tu brújula, incapaz de sobrevivir aquí esta noche sin un fuego que te dé calor y tal vez tampoco sin un arma que te proteja”.
       Había olvidado que tenía una escopeta. Lo había olvidado por completo.
       Me estaba diciendo a mí mismo que los osos negros no eran peligrosos, que no atacaban al hombre a menos que estuvieran acorralados, cuando de pronto, con una especie de admirado asombro, pensé: “Además, tengo una escopeta.
       ¡Vaya, tengo una escopeta!” Lo había olvidado por completo. Ni la había cargado siquiera. La abrí rápidamente; hurgué en los bolsillos de mi cazadora en busca de cartuchos. Ya no tenía miedo; sucumbí ante una de esas ilusiones inconscientes y supersticiosas que padece la gente (o yo al menos). Pensé que asustándome y no logrando cargar el arma a causa del miedo, iba a defraudar a los otros y dejar escapar a Old Ben cuando pasara por allí. Ahora le atribuía a Old Ben poderes sobrenaturales. Lo imaginé acechando entre las cañas, calibrando sus posibilidades a la espera de que alguno de los que le cerraban el paso cometiera una equivocación. Y yo la había cometido. Creía, sabía que de un momento a otro Old Ben embestiría desde el cañaveral y pasaría por mi lado y se alejaría antes de que yo pudiera cargar la escopeta. Tuve la sensación de que nunca llegaría a levantar los dos cartuchos, y luego sentí un deseo impetuoso de leer el número impreso en ellos para cerciorarme del calibre, aunque sabía perfectamente que lo único que tenía eran postas. Pero no lo hice; cargué la escopeta y la cerré de golpe, mientras me volvía en dirección al punto del cañaveral por donde —según me había hipnotizado a mí mismo— estaba convencido de que surgiría Old Ben. Creo que si se hubiera movido un simple pájaro en aquel punto, habría disparado.
       Pero no vi a Old Ben. A los que oí fue a los perros. De pronto supe que antes de caer en la cuenta de lo que era los había estado escuchando unos segundos. Debió de ser cuando hicieron abandonar su escondite a Old Ben, porque pude oír —sólo una vez— a Lion. Su ladrido no era particularmente profundo; era fuerte y rotundo, simplemente. En algún lugar del ámbito gris, quizá una milla de distancia, ladró una vez, y eso fue todo; era como si hubiera dicho: “Muy bien, Viejo. Adelante”. Fueron los otros perros los que armaron el alboroto; pero no vi a ninguno de ellos. Pienso que la vez que más cercanos estuvieron fue a media milla como mínimo, y no pasaron cerca de ninguno de los puestos, pues no oí ningún disparo. Me quedé allí, acurrucado, conteniendo la respiración, con el seguro quitado a pesar de que mi padre me había enseñado a no quitarlo nunca hasta ver contra qué iba a disparar. Escuché cómo los perros pasaban de largo y se alejaban.
       No me moví. Esperé. Pensé que tal vez Old Ben se daría la vuelta y volvería sobre sus pasos. Pero sabía que no lo haría. Seguramente Old Ben sabía dónde estábamos apostados nosotros, probablemente eligió el único trecho por donde podía pasar sin ser visto. Porque había vivido mucho, había sido perseguido muchas veces.
       Seguí allí, con el arma apuntada hacia adelante, pero ahora eché el seguro. No sé cuánto tiempo transcurrió.
       Me volví bruscamente: era mi padre.
       —¿No lo has visto? —dijo.
       —No, señor. Pero era Old Ben, ¿verdad?
       —Sí. Eso dice tío Ike. Ha cruzado el río. Hoy ya no volverá. Así que será mejor que volvamos al campamento.
       Volvimos al campamento. El mayor de Spain ya estaba allí, a lomos de la mula, con la escopeta de Boon colgada de la cuerda sobre el hombro (contó que Boon se había parado el tiempo justo para arrojarle la escopeta y le había dicho: “Ahí tiene; coja este maldito artefacto. No hay manera de que alcance a Old Ben con él”).
       Habían enganchado ya las otras mulas al carro, y algunos de ellos estaban cargando en él la barca cuando nosotros llegamos, y el mayor de Spain nos contó que Old Ben y los perros habían cruzado el río, y que Ad y Boon habían pasado a nado al otro lado, y que tío Ike esperaba en la orilla a que ellos volvieran con la barca.
       —Ha matado a Kate antes de cruzar el río, y sin necesidad siquiera de pararse —dijo el mayor de Spain—. Vamos, muchachos. Lion le seguía a menos de quinientas yardas. Lo acorralará pronto, y entonces lo cazaremos.
       Así que volvimos al río. Pero la barca era tan sólo un bote para cazar patos, de modo que no cabrían en él más que el mayor de Spain y tío Ike.
       Theophilus McCaslin, nieto de tío Ike, dijo que a unas tres millas río abajo había una barrera de troncos que lo cruzaba de orilla a orilla, así que él y algunos otros fueron a buscar el sitio. También yo quería ir, pero mi padre dijo que sería mejor que volviera al campamento, de modo que yo y unos cuantos más volvimos con las mulas y el carro y el cadáver del perro.
       Antes de llegar empezó a llover; llovió lenta e ininterrumpidamente durante toda la tarde; comimos y luego llegaron Theophilus y los demás y dijeron que habían cruzado el río, pero que al no oír nada habían vuelto. Los hombres jugaron a las cartas un rato, no mucho, porque siempre había alguien que se levantaba de cuando en cuando y se acercaba a la ventana y miraba el campo en dirección a los bosques, hacia los negros árboles que se erguían en medio de la lluvia y empezaban a diluirse como un dibujo a plumilla.
       —Debe de haberlos hecho salir fuera de la región —dijo alguien.
      Cuando oscureció seguía aún lloviendo. Pero no cenamos todavía; aguardamos, y para entonces vigilábamos los bosques continuamente, y poco antes de oscurecer, Theophilus McCaslin empezó a tocar el cuerno cada cinco minutos para guiarlos si volvían. Cuando volvieron, sin embargo, nadie los vio en absoluto; estábamos todos dentro, junto al fuego; sólo oímos el ruido en la puerta trasera y luego en el vestíbulo; estábamos todavía sentados cuando Boon entró en la habitación. Llevaba algo voluminoso envuelto en su cazadora, pero ni siquiera miramos aquel bulto, porque mirábamos a Boon. Estaba mojado y embarrado, y tenía sangre por todas partes, sangre surcada por la lluvia.
       Pero no era eso. Era su cara, su cabeza. Una estría ensangrentada (podían verse las cinco marcas de la zarpa), ancha como mi mano, partía su pelo y descendía por un lado de la cabeza y por el brazo hasta la muñeca; un colgajo sanguinolento le pendía de un costado de la cara (hasta el día siguiente no supe que era su oreja izquierda) y la pernera derecha del pantalón estaba desgarrada por completo y la pierna tenía apariencia de carne de vaca cruda y la sangre que le manaba de ella tenía sus botas, oscureciéndolas más que la propia lluvia. Pero tampoco era eso. Porque entonces vimos que lo que traía envuelto en la cazadora era Lion. Boon se quedó en la puerta, mirándonos, y se puso a llorar. Yo no había visto nunca llorar a un hombre. Se quedó allí, a la luz de los faroles, grande como los espacios abiertos y ensangrentado como un cerdo, con aquella cara dura y sin afeitar, arrugada y más parecida que nunca a una nuez seca, y las lágrimas le corrían por las mejillas con la rapidez de las gotas de lluvia.
       —¡Santo Dios, Boon! —dijo mi padre.
       Entonces nos levantamos; fue como si nos abalanzáramos hacia él, y alguien trató de tocar la cazadora; yo ni siquiera había visto hasta entonces al mayor de Spain, que estaba de pie detrás de Boon.
       —¡Apártate, maldita sea! —le gritó Boon al que había tocado la cazadora—. Tiene todas las tripas fuera.
       —Luego gritó de nuevo—: ¡Ensilladme una mula! ¡Rápido! —y se volvió, seguido de todos nosotros, y cruzó el vestíbulo y entró en el cobertizo donde dormía y tendió a Lion en el jergón—. ¡Por todos los demonios, preparadme una mula! —gritó.
       —¿Una mula? —dijo alguien.
       —¡Sí! —gritó Boon—. ¡Me voy a Hoke.s a buscar a un médico!
       —No, no vas a ir —dijo el mayor de Spain—. Quien necesita un médico eres tú. Irá uno de los muchachos.
       —¡Vaya si no iré, maldita sea! —gritó Boon. Ensangrentado y enfurecido, nos miró de uno en uno con ojos airados, y salió precipitadamente, con las ropas ensangrentadas y hechas jirones agitándose a su espalda, mientras seguía gritando—: ¡Ayudadme a coger una mula!
       —Vete a ayudarles —dijo mi padre, empujándome hacia la puerta.
       Fuimos tres de nosotros, y llegamos casi demasiado tarde para servir de alguna ayuda. Tuvimos que correr para seguirle. Tal vez seguía llorando, o tal vez tenía demasiada prisa para llorar. Intentamos repetidas veces averiguar lo que había pasado, pero Boon era incapaz incluso de oír nuestras preguntas. Hablaba para sí mismo, y mientras ensillaba la mula jadeaba y maldecía.
       —Traté de hacer que volviera; traté de mantenerlo alejado —decía—. Traté de hacerlo. Y los otros no lo ayudaron, no fueron en su ayuda.
       Sí, lo intentó. Ad contó (Ad estuvo allí; lo vio todo) que cuando Boon se acercó corriendo, Lion estaba ya en tierra, y que Boon agarró a Lion por una pata trasera y lo arrojó a unos veinte pies, pero nada más caer Lion estaba ya corriendo, y en la carrera que entablaron Boon y Lion hacia Old Ben, ganó Lion.
       Boon saltó sobre la silla sin tocar siquiera los estribos y partió; oímos alejarse a la mula, ya al galope.
       Volvimos a la casa; el mayor de Spain estaba sentado en el jergón, con la cabeza de Lion en el regazo, empapando un trapo en un cazo de agua y estrujándolo sobre la boca de Lion.
      Lion seguía envuelto en la cazadora y tapado con una manta, para evitar el contacto del aire con sus entrañas.
       Pero no creo que sufriera ya. Estaba tendido, con la cabeza sobre la rodilla del mayor de Spain y los ojos un poco abiertos y más amarillos que nunca a la luz de los faroles; en una ocasión vi cómo sacaba la lengua y tocaba con ella la mano del mayor. Luego, hacia medianoche (el mayor de Spain había mandado el carro al río antes de seguir a Boon al interior de la casa), tío Ike y Ad volvieron con Old Ben. Ad se quedó en la puerta, como había hecho Boon, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, como Boon, y tío Ike nos contó cómo había sido, tal como se lo había contado a él Ad: Lion había acorralado a Old Ben contra la copa de un árbol caído; los demás perros no se acercaron, y Old Ben alcanzó a Lion y lo derribó, y Boon entró en escena corriendo, con el cuchillo de caza en la mano, y arrojó hacia atrás a Lion, pero Lion no quiso quedar fuera de la lid; esta vez Boon saltó a horcajadas sobre la espalda de Old Ben y le hundió el cuchillo en la parte alta del costado; Boon —según contó Ad— agarró limpiamente a Old Ben por la espalda, rodeándole el cuello con un brazo, y Old Ben lanzaba sus zarpazos hacia atrás, a la cabeza y brazos de Boon, mientras Boon maniobraba con la hoja en torno, hasta que al fin halló la vida.
       Boon volvió con el médico poco antes de la salida del sol; el propio médico nos contó que cuando su mujer abrió la puerta, Boon la apartó y fue hasta su cama y lo despertó y lo sacó de la cama a rastras, como si fuera un saco de harina. Pensó que Boon estaba loco, en especial cuando le vio la cara y la sangre y todo lo demás.
       Boon rehusó quedarse el tiempo necesario para que se ocupara de sus heridas; ni siquiera quiso esperar a que el médico se vistiera. No permitió que el médico hiciera nada por él hasta que hubiera atendido a Lion; se quedó allí, ensangrentado y con las ropas desgarradas y el semblante desencajado diciendo: —Sálvelo, doctor. ¡Dios, más vale que lo salve!
       No pudieron administrar a Lion cloroformo; no se atrevieron. Tuvieron que ponerle las entrañas en su sitio y coserle sin anestesia. Pero creo que tampoco entonces lo sintió, no creo que sufriera. Permaneció echado sobre el jergón de Boon, con los ojos medio abiertos mientras el mayor le sostenía la cabeza, hasta que el médico terminó su tarea. Y ni siquiera Boon preguntó: “¿Vivirá?” Nos sentamos y hablamos quedamente hasta el amanecer, y entonces salimos a ver a Old Ben. Tenía los ojos también abiertos y los labios replegados en una mueca; vimos la hendidura limpia a la altura justo del hombro, donde Boon había dado al fin con su vida, y la zarpa trasera mutilada y las pequeñas protuberancias duras bajo la piel: los viejos proyectiles, las viejas victorias. Luego Ad nos dijo que el desayuno estaba listo. Comimos, y recuerdo que aquélla fue la primera vez que no oímos a los perros debajo de la cocina, aunque yo le pregunté a Ad y él me dijo que allí estaban. Era como si Old Ben, muerto como estaba y yaciendo inofensivo sobre el patio, emanara una fuerza más poderosa que la propia vida de los perros sin la guía de Lion, y que los perros lo supieran.
       La lluvia había cesado antes de medianoche, y hacia el mediodía se alzó un sol tenue y sacamos a Lion al porche, a la luz. Fue idea de Boon.
       —Maldita sea —dijo—. Nunca le gustó quedarse dentro de la casa. Lo sabéis. Al menos vamos a sacarle ahí fuera para que pueda ver los bosques.
       Así que Boon desprendió las tablas del piso que hacían de base del jergón, a fin de poder levantarlo sin necesidad de mover a Lion, y lo sacamos al porche y nos sentamos. La gente de Hoke.s se había enterado ya de que habíamos cazado a Old Ben, y también de lo de Lion. Debieron de llegar al centenar las personas que en el curso de la tarde vinieron a ver a Old Ben y luego a Lion; se sentaban y hablaban quedamente de Lion, de las batidas en las que había participado y los osos que había acorralado, y Lion, de cuando en cuando, abría los ojos (Boon lo había tendido de manera que pudiera ver los bosques sin moverse), no como si estuviera escuchando lo que decían, sino como si mirara los bosques unos instantes antes de volverlos a cerrar, como si recordara otra vez aquellos bosques o comprobara que aún seguían allí. Y acaso era eso lo que hacía, pues esperó hasta que oscureció para morir. Levantamos el campamento aquella noche; partimos en el carro, en medio de la oscuridad. Para entonces Boon estaba completamente borracho. Cantaba a voz en cuello.
      Así fue como la muerte de Lion afectó a las dos personas que más lo amaron, en caso de que pudiera llamarse amor a los sentimientos de Boon hacia Lion, o hacia cualquier otra cosa. Y creo que se podría, pues suele decirse que uno siempre ama aquello que le hace sufrir. O puede que Boon no considerase sufrimiento el haber sido alcanzado por los zarpazos de un oso.
       El mayor de Spain nunca volvió.
       Nosotros sí; nos invitó a volver siempre que quisiéramos; parecía complacerle el que lo hiciéramos. Mi padre y los demás protagonistas de aquella cacería solían hablar de ello, de que tal vez podrían persuadir al mayor de que volviera siquiera una vez... Pero el mayor no quería; llegaba a ser casi cortante cuando se negaba. Recuerdo que, el verano siguiente, fui a su despacho a pedirle permiso para ir a su hacienda a cazar ardillas.
       —Puedes hacerlo cuando te plazca —dijo—. Ad se sentirá contento de tener a alguien que le haga compañía.
       ¿Quieres llevarte a alguien contigo?
       —No, señor —dije yo—. He pensado que tal vez Boon...
       —Bien —dijo—. Le pondré un telegrama para que se encuentre contigo allí.
       Boon era entonces jefe de policía de Hoke.s. El mayor de Spain llamó a su secretario y envió un telegrama a Boon en aquel mismo momento. No había necesidad de aguardar una respuesta. Boon estaría allí; llevaba ya veinte años como mínimo haciendo lo que el mayor de Spain le mandaba que hiciera. De modo que le di las gracias y seguí allí de pie y al cabo de unos instantes hice acopio de valor y le dije: —Quizá si usted accediera a venir...
       Pero él hizo que callara. No sé cómo lo hizo porque no dijo nada de inmediato. Pareció simplemente dirigir su atención, sin siquiera moverse, hacia su escritorio y los papeles que había sobre él. Permanecí allí mirando a aquel hombre pequeño y rechoncho de cabello gris, con ropa cara y discreta e inmaculada y anticuada camisa almidonada, a quien yo estaba acostumbrado a ver con embarrada ropa caqui, sin afeitar, a lomos de una mula y con la carabina cruzada sobre la silla, mientras Lion se erguía a su lado con la prestancia de un caballo de pura raza e inmóvil como una estatua, con la cabeza fuerte y solemne y su pecho espléndido. Ambos habían sido curiosamente afines, tal como llegan a ser dos personas estrechamente unidas durante muchos años en la ejecución de algo que los dos aman y respetan. No volvió a mirarme.
       —No. Voy a estar muy ocupado. Pero, si tienes suerte, puedes traerme unas cuantas ardillas cuando vuelvas.
       —Sí, señor —dije—. Lo haré.
       Llegué a Hokes temprano y cogí el tren maderero de la mañana y nos internamos en los bosques y me dejaron en el cruce. Todo estaba igual, aunque diferente, porque era verano y los bosques estaban en la plenitud de las hojas, muy diferentes a cuando en aquella alba acerada Boon y yo hicimos señas al tren que habría de llevarnos a Hoke.s, camino de Memphis.
       Además hacía calor. Ad estaba allí en el carro para recibirme.
       Nos estrechamos la mano.
       —¿Está ya aquí el señor Boon? —dije.
       —Sí, claro. Llegó anoche. Para la salida del sol ya estaba en los bosques. Se fue hasta el Árbol Gomero.
       Yo sabía dónde era. Se trataba de un gomero aislado y grande, situado en un viejo claro que había junto a la linde de los bosques. Si se llegaba a él con sigilo en esta época del año, justo después del alba, podía cazarse a veces hasta una docena de ardillas que, atrapadas allí al no poder saltar a ningún otro árbol, no se habían atrevido a bajar al suelo.
       De modo que le dije a Ad que llevara mi equipaje a casa, que yo atravesaría el bosque cazando hasta encontrarme con Boon. No le dije que pensaba ir por la loma del acebo, pero debió de adivinarlo, porque el punto donde se paró para que me bajara estaba en línea recta con la loma y el Árbol Gomero.
       —Tenga cuidado con las serpientes —dijo—. Andarán ya por ahí reptando.
       —Lo tendré —dije.
       Partió y me interné en los bosques.
       Habían cambiado; eran diferentes.
       Naturalmente, era obra del verano; cuando llegara el otoño volverían a ser como yo los recordaba. Entonces caí en la cuenta de que estaba equivocado, que ya nunca volverían a ser como yo los recordaba, como cualquiera de nosotros los recordaba, y yo, que era un muchacho, que no había tenido nunca ningún Lion, supe entonces por qué el mayor Spain sabía que no habría de volver nunca; era demasiado sabio para intentarlo. Seguí andando.
       Pronto la tierra empezó a elevarse bajo mis pies y vi los acebos, y los cuatro descoloridos troncos que se alzaban en las cuatro esquinas, y en el centro la cruz de madera con la zarpa mutilada y seca de Old Ben clavada en ella. No quedaba ya rastro de la tumba; los torrentes de la primavera habían dado cuenta de ella. Pero así era mejor, porque no era Lion quien estaba allí; no era Lion. Acaso él ahora disfrutaba de algún lugar amable, ambos; el largo desafío y la larga caza, uno con un corazón que se negaba a ser acosado y ultrajado, otro con una carne que se negaba a ser malherida y desangrada. Hacía calor y los mosquitos eran demasiado fieros como para que me quedara allí quieto; además, era ya demasiado tarde para seguir cazando. Iría al encuentro de Boon y volveríamos al campamento.
       Conocía los bosques y sabía que no podía estar ya lejos del Árbol Gomero.
       Entonces empecé a oír un ruido extraño. Parecía el ruido de una herrería: alguien golpeando sobre metal repetida y rápidamente. El ruido se hizo más fuerte a medida que me iba aproximando. Entonces vi el calvero, el sol; el martilleo, el furioso golpear sobre metal, era ya estrepitoso, y los árboles se abrieron y vi el Árbol Gomero y luego a Boon. Era el mismo Bonn, no había cambiado; el mismo Boon que casi había errado el tiro contra aquel negro y que había errado el tiro contra aquel ciervo, que no sabía disparar y ni aun en caso de su vieja y destartalada escopeta respondiera sin caerse a pedazos. Estaba sentado bajo el árbol, golpeando contra algo que tenía en el regazo, y entonces vi que el árbol parecía haber cobrado vida a causa de las asustadas ardillas. Las vi correr de rama en rama, tratando de escapar, y precipitarse raudas tronco abajo, y volver a subir a la copa. Entonces vi lo que Boon estaba golpeando: un trozo de su escopeta. Al acercarme vi el resto de ella hecho trizas en torno a él, en el suelo; encorvado, con su cara de nuez desencajada y apremiante y empapada de sudor, golpeaba con furia la pieza que tenía en el regazo. Estaba viviendo, como siempre había hecho, el momento presente; nada en el mundo —ni Lion ni nada perteneciente al pasado— importaba para él, salvo su cólera impotente contra su escopeta rota. No se detuvo; ni siquiera alzó la mirada para ver quién era; se limitó a gritarme con voz ronca y desesperada.
       —¡Fuera de aquí! —dijo—. ¡No las toques! ¡Son mías!




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