William Faulkner
(New Albany, Mississippi, 1897 - Byhalia, Mississippi, 1962)


Luz de agosto (1932)
Light in August
(Nueva York: Harrison Smith & Robert Haas, 1932, 480 págs.)

1.

      Sentada en la orilla de la carretera, con los ojos clavados en la carreta que sube hacia ella, Lena piensa: «He venido desde Alabama: un buen trecho de camino. A pie desde Alabama hasta aquí. Un buen trecho de camino». Mientras piensa todavía no hace un mes que me puse en camino y heme aquí ya, en Mississippi. Nunca me había encontrado tan lejos de casa. Nunca, desde que tenía doce años, me había encontrado tan lejos del aserradero de Doane
       Hasta la muerte de su padre y de su madre, ni siquiera había estado en el aserradero de Doane. Sin embargo, los sábados, siete u ocho veces al año, iba a la ciudad en la carreta. Vestida con un trajecito de confección, colocaba de plano sus pies descalzos en el fondo de la carreta y sus botas en el pescante, junto a ella, envueltas en un pedazo de papel. Se ponía sus botas justo en el momento de llegar a la ciudad. Cuando ya era algo mayor, le pedía a su padre que detuviera la carreta en las cercanías de la ciudad para que ella pudiese descender y continuar a pie. No le decía a su padre por qué quería caminar en lugar de ir en el carruaje. El padre creía que era por el empedrado bien unido de las calles, por las aceras lisas. Pero Lena lo hacía con la idea de que, al verla ir a pie, las personas que se cruzaban con ella pudiesen creer que vivía también en la ciudad.
       Tenía doce años cuando su padre y su madre murieron, el mismo verano, en una casa de troncos compuesta de tres habitaciones y de un zaguán. No había rejas en las ventanas. El cuarto en que murieron estaba alumbrado por una lámpara de petróleo cercada por una nube de insectos revoloteantes; suelo desnudo, pulido como vieja plata por el roce de los pies descalzos. Lena era la menor de los hijos vivos. Su madre murió primero: «Cuida de tu padre», dijo. Después, un día, su padre le dijo: «Vas a ir al aserradero de Doane con McKinley. Prepárate para marchar. Tienes que estar lista cuando él llegue». Y murió. McKinley, el hermano, llegó en una carreta. Enterraron al padre, una tarde, bajo los árboles, detrás de una iglesia aldeana, y colocaron una tabla de abeto a guisa de piedra sepulcral. Al día siguiente, por la mañana, Lena partió hacia el aserradero de Doane, en la carreta, con McKinley. Y en aquel momento tal vez no sospechaba que se iba para siempre. La carreta era prestada, y el hermano había prometido devolverla al caer la tarde.
       El hermano trabajaba en el aserradero. Todos los hombres del pueblo trabajaban en el aserradero o para él. Serraban abetos. Hacía siete años que el aserradero estaba allí y, dentro de otros siete, toda la región se encontraría talada. Entonces, una parte de la maquinaria y la mayoría de los hombres que la hacían funcionar, y que sólo existían para ella o a causa de ella, serían cargados en vagones de mercancías y transportados a otro lugar. Pero, como podían comprarse a plazos las piezas de recambio, una parte del material se quedaría allí: grandes ruedas inmóviles, descarnadas, mirando al cielo con un aire de profundo asombro, entre pedazos de ladrillo y zarzas enmarañadas; calderas calcinadas, alzando con gesto testarudo, sorprendido y cansado unos tubos que ya no humeaban y que se enmohecían en medio de un paisaje erizado de tocones de árboles, un paisaje de desolación, tranquilo, apacible, inculto, tierra convertida en erial donde, lentamente, unos arroyos estancados y rojizos se iban ahondando con las largas lluvias tranquilas del otoño y con el furor galopante de los equinoccios de primavera. Y llegaría el día en el cual la aldea, que ni siquiera en los tiempos de su prosperidad figuraba en los anuarios de Correos y Telégrafos, acabaría por ser olvidada hasta por los miserables saqueadores de ocasión que derribarían los cobertizos para quemarlos a trozos en sus cocinas y, durante el invierno, en sus estufas.
       En la época en que llegó Lena, no vivían allí más de cinco familias. Había una vía férrea y una estación por la que, una vez al día, pasaba un rugiente tren mixto. Se le podía detener con una bandera roja, pero casi siempre salía de las taladas colinas súbitamente, como una aparición, y, gimiendo igual que un alma en pena, cruzaba aquel modesto embrión de aldea, la perla olvidada de un collar roto. Lena tenía veinte años menos que su hermano. Apenas le recordaba cuando se fue a vivir con él. El hermano habitaba en una casa de madera sin pulir, de cuatro habitaciones, con su mujer, a la que los embarazos y los trabajos de la maternidad habían agotado. Cada año, durante casi tres meses, la cuñada estaba en la cama o convaleciente. Durante aquel tiempo, Lena llevaba la casa y cuidaba de los otros niños. Más tarde se dijo a sí misma: «Creo que ésta debe de ser la causa de que yo haya tenido uno tan pronto».
       Lena dormía en una tejavana, detrás de la casa. Allí sólo había una ventana, que ella aprendió a abrir y cerrar en la oscuridad, sin hacer ruido, aunque primero compartía la tejavana con el mayor de sus sobrinos, después con los dos mayores y luego con los tres. Pero no abrió la ventana por primera vez hasta que pasaron ocho años. Y apenas la hubo abierto doce veces cuando se dio cuenta de que habría sido mejor no abrirla nunca. Se dijo a sí misma: «Cosas de mi mala suerte».
       La cuñada se lo dijo a su hermano. Y el hermano advirtió entonces el cambio en la silueta de Lena, cosa que habría debido advertir mucho antes. Era un hombre duro. El sudor de su frente había arrastrado consigo la ternura, la mansedumbre, la juventud (tenía justamente cuarenta años) y casi todo lo demás, no dejándole otra cosa que una especie de energía terca, desesperada, y la austera herencia del orgullo de su sangre. La llamó puta. Acusó al verdadero culpable (por lo demás, los jóvenes solteros y los Casanovas de pega eran bastante menos numerosos que las familias), pero Lena no quiso admitirlo hasta seis meses después de que el hombre se hubiese ido de allí. Se contentó con repetir obstinadamente: «Vendrá a buscarme. Me ha dicho que vendrá a buscarme»; inquebrantable, borreguil, vivía con esa reserva de paciencia y de constante felicidad con la que cuentan los Lucas Burch, incluso cuando no tienen la menor intención de estar allí el día en que sea necesario. Quince días después, Lena volvió a salir por la ventana. Esta vez fue algo más difícil. «Si hace unos meses me hubiese resultado tan difícil, creo que no habría tenido que hacerlo ahora», pensó. Nadie le habría impedido marcharse. Tal vez ella ya lo sabía, pero prefirió hacerlo de noche y por la ventana. Llevaba consigo un abanico de hojas de palma y un pequeño hatillo, cuidadosamente anudado con un pañuelo de colores. Contenía, entre otras cosas, treinta y cinco centavos en monedas de cinco y de diez centavos. Iba calzada con unas botas que habían sido de su hermano y que éste le había dado. Estaban casi nuevas porque, por lo común, ni ella ni su hermano llevaban botas. Cuando Lena sintió bajo sus pies el polvo de la carretera, se quitó las botas y las llevó en la mano.
       Pronto haría cuatro semanas que caminaba así. Tras ella, esas cuatro semanas, la sensación de lejos, se estiraban como un apacible corredor, pavimentado de una confianza tranquila y firme, y lleno de rostros, de voces anónimas y cordiales: ¿Lucas Burch? No le conozco. No conozco por aquí a nadie con ese nombre. ¿Esta carretera? Es la que va a Pocahontas. Es posible que lo encuentre allí. Esa carreta va hacia allá. La llevará, si quiere; ahora, detrás de ella, se desarrolla una larga y monótona sucesión de cambios regulares y apacibles, de días que se hacen noches, de noches que se hacen días, a lo largo de los cuales Lena ha avanzado, obstinadamente, en unas carretas anónimas, idénticas, como a través de sucesivas reencarnaciones de ruedas chirriantes, de orejas caídas, como en algo que avanzase siempre, y sin hacer progresos, por los costados de una urna.
       La carreta que ascendía por la cuesta se acercó a ella. Lena la había adelantado, camino abajo, a una milla de allí. Estaba detenida en el borde de la carretera. Las mulas dormían entre los varales, con la cabeza apuntada hacia la dirección que seguía Lena. Ella la vio, y vio también a los dos hombres, puestos en cuclillas cerca del granero, detrás de la valla. Echó una ojeada a la carreta y a los hombres; una ojeada única, circular, rápida, inocente y profunda. No se detuvo. Al parecer, los hombres que estaban detrás de la valla ni siquiera notaron que les había mirado; a ellos y a la carreta. Lena no se volvió tampoco. Desapareció lentamente, con las botas sin atar alrededor de sus tobillos. Al cabo de una milla, cuando llegó a lo alto de la cuesta, se sentó en el borde de la cuneta, con los pies en el fondo poco profundo, y se quitó las botas. Un momento después comenzó a oír la carreta. La estuvo oyendo durante algún tiempo, hasta que apareció a media cuesta.
       La madera y el metal, faltos de grasas, corroídos por las intemperies, crujen y se bambolean, agudos y secos, lentamente, tremendamente; es una serie de detonaciones secas, indolentes, que se oyen a seiscientos metros en el cálido silencio, sosegado y balsámico, de este atardecer de agosto. Aunque las mulas se afanan, en una especie de hipnosis constante e inflexible, la carreta no parece avanzar. Tan ínfimo es su avance que parece como si estuviese suspendida en medio del camino, como una perla descolorida enhebrada en el hilo rojizo de la carretera. Tan cierto es esto que, aun mirándola, los ojos la pierden cuando la vista y los sentidos se empañan lentamente y se difuminan, igual que la misma carretera con la sucesión sosegada y monótona de las noches y de los días, como un hilo ya medido que se embobinase de nuevo en el carrete. Tan cierto es que se diría también que, desde el fondo de una región trivial, insignificante, más allá incluso de toda idea de distancia, el sonido parece llegar, lento, terrible, desprovisto de sentido, como si fuese un doble que precediera seiscientos metros a su propio cuerpo. «Puedo oírla desde tan lejos antes de verla», piensa Lena. Se ve ya en camino, sobre la carreta, pensando y será como si avanzase en la carreta quinientos metros antes de subir a ella, antes incluso de que llegue al lugar en donde estoy, y después que haya bajado de ella se alejará, conmigo dentro, durante quinientos metros más Y espera, ya sin mirar siquiera a la carreta, mientras sus pensamientos se encadenan, ociosos, rápidos, fáciles, llenos de rostros, de voces cordiales: ¿Lucas Burch? ¿Dice usted que le ha buscado en Pocahontas? ¿Esta carretera? Lleva a Springvale. Espere aquí. Pasará una carreta que la llevará un buen trecho de camino Y piensa: «Y si va hasta Jefferson, Lucas Burch podrá oírme antes, incluso, de poder verme. Oirá la carreta, pero no lo sabrá. Así que habrá alguien que estará en sus oídos antes de estar en sus ojos. Y entonces me verá, y se quedará muy confuso. Y tendrá a dos dentro de sus ojos antes de que haya podido recordar».

       Acuclillados en la sombra, contra la pared del establo de Winterbottom, Armstid y Winterbottom la vieron pasar por la carretera. Vieron enseguida que era joven, y que estaba encinta, y que no era del país.
       —Me pregunto en dónde le habrán hecho esa barriga —dijo Winterbottom.
       —Me pregunto cuánto tiempo hará que la pasea —dijo Armstid.
       —Va a visitar a alguien que vive más abajo, supongo.
       —No creo. Yo lo habría oído decir. Desde luego no es a ninguno de por aquí. Yo habría oído hablar de ello.
       —Supongo que sabe adónde va —dijo Winterbottom—. Por la forma de andar, lo parece.
       —No tardará mucho en tener compañía —dijo Armstid.
       La mujer se alejaba, lentamente, agobiada por una carga sobre cuya naturaleza nadie podía engañarse. Ni uno ni otro la vieron echar una sola mirada hacia ellos, mientras pasaba con su vestido informe, de un azul desteñido, llevando en una mano su abanico de palma y, en la otra, su pequeño hatillo.
       —Seguro que no viene de muy cerca —dijo Armstid—. Por la forma de andar se ve que lo ha hecho mucho tiempo y que todavía le queda mucho por recorrer.
       —Vendrá a ver a alguien de por ahí —dijo Winterbottom.
       —Si fuese así, lo habría oído decir —dijo Armstid.
       La mujer se alejaba. No había vuelto la cabeza. Cuando llegó a lo alto de la pendiente desapareció, hinchada, lenta, resuelta, sin prisa ni fatiga, como la misma progresión de la tarde. Desapareció también de su conversación, y también, acaso, de su mente. Porque, al cabo de un rato, Armstid dijo lo que había venido a decir. Ya había venido dos veces para decir aquello, lo cual suponía, cada vez, cinco millas en carreta y tres horas dedicadas a escupir, acurrucado a la sombra, pegado a la pared del granero de Winterbottom, con esa lenta indecisión de las gentes de su especie, para las cuales no cuenta el tiempo. Se trataba de discutir el precio de un escarificador que Winterbottom deseaba vender. Finalmente, Armstid miró al sol y ofreció el precio que, tres noches antes, tendido en su cama, había decidido ofrecer:
       —Sé que hay uno en Jefferson que podría conseguir por ese precio —dijo.
       —Creo que harías muy bien en comprarlo —dijo Winterbottom—. Parece una buena ocasión.
       —Tenlo por seguro —dijo Armstid.
       Escupió, miró de nuevo al sol y se levantó:
       —Bueno, supongo que lo mejor será que vuelva a casa.
       Subió a su carreta y despertó a las mulas. O más bien las puso en movimiento, porque sólo un negro es capaz de decir cuándo las mulas duermen o no. Winterbottom le siguió hasta la valla, sobre la cual se acodó.
       —Claro que sí. Yo mismo compraría ese escarificador a ese precio. Si tú no lo haces, yo sería un tonto si no fuese a comprarlo. Y ese que lo vende, ¿no tendrá, por casualidad, un par de mulas que cuesten esos cinco dólares?
       —Tenlo por seguro —dijo Armstid.
       Y se alejó. La carreta reanuda su lento estrépito, devorador de kilómetros. Tampoco él vuelve la cabeza y al parecer tampoco mira hacia delante, porque no advierte a la mujer sentada en la cuneta, a la orilla de la carretera, hasta que la carreta casi ha llegado a lo alto de la cuesta. En el momento en que reconoce el vestido azul no podría decir si la mujer ha visto la carreta. Y tampoco habría podido adivinar nadie si él ha visto a la mujer, viéndoles acercarse el uno al otro, sin apariencia de progreso, mientras la carreta se arrastra implacablemente hacia ella, envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia, de polvo rojo, en el que los firmes cascos de las mulas se mueven como en un sueño, al ritmo desordenado de los crujientes arneses y de los leves sobresaltos de sus orejas de liebre. Cuando se detienen, las mulas no están ni dormidas ni despiertas.
       Por debajo de una capellina de un azul mustio, desteñida ya por algo más que por el agua y el jabón de lavadero, la mujer le mira tranquilamente, amablemente, joven, complaciente, cándida, amistosa y alertada. Todavía no se mueve. Bajo el ajado vestido, del mismo desteñido azul, su cuerpo deformado permanece inmóvil. El abanico y el fardillo están sobre sus rodillas. No lleva medias. Sus pies descalzos reposan, uno junto a otro, en la cuneta. Cerca, no están más inertes que ellos, bajo el polvo, las dos pesadas botas masculinas. Armstid sigue sentado en la detenida carreta, encorvado, con ojos incoloros. Ve que el abanico está minuciosamente ribeteado con el mismo azul desteñido de la capellina y el vestido.
       —¿Hasta dónde quiere ir? —pregunta Armstid.
       —Trataba de adelantar un poco antes de que sea de noche —dice ella.
       Lena se incorpora, coge sus botas. Sube a la carretera, lentamente, pero con decisión, y luego se acerca a la carreta. Armstid no baja a ayudarla. Se limita a mantener el tiro inmóvil mientras ella trepa pesadamente por la rueda y coloca sus botas bajo el pescante. Y la carreta reanuda su marcha.
       —Se lo agradezco —dice Lena—. Andar así, a pie, fatiga mucho.
       Aparentemente, Armstid no la ha mirado bien ni una sola vez. Sin embargo, ya se ha dado cuenta de que no lleva alianza. Ahora no la mira. La carreta continúa con su lento traqueteo.
       —¿Viene de muy lejos? —dice Armstid.
       Lena exhala el aliento. Más que un suspiro es una espiración sosegada, como para expresar un sosegado asombro.
       —Ahora me parece un buen trecho de camino. Vengo de Alabama.
       —¿De Alabama? ¿En su estado? ¿Dónde está su familia?
       Lena ya no le mira.
       —Trato de encontrarle por aquí. Tal vez lo conozca usted. Se llama Lucas Burch. Por ahí me dijeron que estaba en Jefferson, empleado en un aserradero.
       —¿Lucas Burch?
       El tono de Armstid es casi idéntico al suyo. Están sentados, codo con codo, en el pescante desfondado y con los muelles rotos. El hombre puede ver las manos de la mujer, colocadas en el regazo, y su perfil bajo la capellina. Lo ve de reojo. Lena parece atenta a la carretera que transcurre entre las ágiles orejas de las mulas.
       —¿Y ha hecho usted todo ese camino, tal como está, sin ninguna compañía, sólo para encontrarle?
       Lena tarda un momento en responder. Después dice:
       —La gente ha sido buena. Sí, muy buena conmigo, ya lo creo.
       —¿También las mujeres?
       Con el rabillo del ojo el hombre observa su perfil pensando no sé lo que Martha va a decir pensando: «Pero sí sé lo que Martha va a decir. Creo que, a veces, las mujeres pueden ser buenas sin parecer compasivas. Los hombres también, quizás. Pero sólo una mujer mala sabe compadecer a otra mujer que necesita compasión». Pensando Sí, ya lo sé. Sé exactamente lo que Martha va a decir.
       Lena está un poco inclinada hacia delante en su asiento, muy serena, con el perfil muy quieto, y la mejilla…
       —Es extraño… —dice.
       —¿Extraño el que la gente, al ver a una muchacha desconocida recorrer los caminos en su estado, comprenda que la ha abandonado su marido?
       Lena no se mueve. La carreta sigue ahora una especie de ritmo. Su madera gastada, sin engrasar, se confunde con el lento atardecer, con la carretera y con el calor.
       —¿Y piensa encontrarle por ahí?
       Lena no se mueve. Parece atenta a la carretera, lenta entre las orejas de las mulas, atenta tal vez a la distancia, cortada en forma de carretera, definida.
       —Creo que lo encontraré. No será difícil. Estará en un lugar en donde la gente se reúna, en donde la gente ría, en donde se bromee. Nunca es el último en eso.
       Armstid gruñe, con un tono brusco, huraño.
       —¡Yiiia, mulas! —dice. Y se dice a sí mismo, medio pensando, medio en voz alta: «Me parece que tiene razón. Creo que ese mozo se dará cuenta de que se ha equivocado el día en que se detuvo en este lado de Arkansas, e incluso de Texas».
       El sol baja. Ya sólo estará una hora por encima del horizonte, por encima de la rápida caída de la tarde de verano. La avenida comienza en la carretera, más en calma aún que la carretera misma.
       —Ya hemos llegado —dice Armstid.
       La mujer se agita en el acto. Se inclina y toma sus botas. Al parecer no quiere retrasar al carruaje ni el tiempo de calzárselas.
       —Le estoy muy agradecida —dice—. Me ha hecho un gran favor.
       La carreta se detiene de nuevo. La mujer se apresura a descender.
       —Aunque llegue antes de que sea de noche al almacén de Varner, todavía le faltarán doce millas hasta Jefferson —dice Armstid.
       Lena sujeta, torpemente, con una mano, sus botas, su hatillo, su abanico. Conserva la otra mano libre, para ayudarse a bajar.
       —Creo que será mejor que continúe —dice.
       Armstid no la toca.
       —Venga a pasar la noche en casa —dice—. Allí hay mujeres. Hay una mujer que podrá… si usted… Ande, venga. Mañana por la mañana, a primera hora, la llevaré hasta la tienda de Varner. Es sábado y seguramente habrá alguien que vaya hacia allá. Por una noche, no se le va a escapar. Si es que está en Jefferson, todavía estará mañana.
       Ella está sentada, tranquila, con sus cosas en la mano, dispuesta a descender. Mira ante sí, hacia donde la carretera hace una curva y se aleja, rayada de sombras.
       —Creo que todavía tengo algunos días…
       —Desde luego. Tiene todo el tiempo que quiera. Sólo que, de un momento a otro, podría encontrarse con un compañero que no sabría andar solo. Venga a casa conmigo.
       Hace arrancar a las mulas sin aguantar la respuesta. La carreta se adentra en la avenida, en el sombrío camino. La mujer se vuelve a hundir en el pescante, sin abandonar su abanico, su hatillo y sus botas.
       —No quisiera que se preocupasen por mí —dice—. No quisiera molestar.
       —No molestará —dice Armstid—, venga conmigo. Venga.
       Las mulas caminan rápidamente por primera vez, sin que nadie las apremie.
       —Huelen el maíz —dice Armstid, que piensa: «En esto se conoce a la mujer. Ella misma sería capaz de despellejar a otra mujer, pero se pasea sin la menor vergüenza por delante de todo el mundo, porque sabe que la gente, los hombres, la protegerán. No se preocupa de las demás mujeres. No es ninguna mujer quien la ha puesto en lo que ella ni siquiera llama un apuro. Perfectamente. En cuanto una de ellas se casa, o se ve metida en un lío sin estar casada, enseguida la veréis salirse de su casta, abandonar el sexo femenino y pasar el resto de su vida tratando de unirse a la casta de los hombres. Por eso beben, y fuman, y reclaman el derecho de voto».
       Cuando la carreta pasa por delante de la casa para ir hasta la cochera, su mujer está vigilando desde la puerta de entrada. Armstid no mira en esa dirección. No necesita mirar para saber que ella ha de estar allí, que ya está allí: «Sí —piensa, con melancólica ironía, mientras hace girar a las mulas hacia la verja abierta—, sé exactamente lo que va a decir. Claro que lo sé: exactamente». Detiene la carreta. No necesita mirar para saber que su mujer está ahora en la cocina, que ya vigila, que espera. Detiene la carreta:
       —Vaya a la casa —dice (él ha descendido ya, y la mujer desciende también, lentamente, con un aire resuelto que parece escuchar en su interior)—. Cuando encuentre a alguien, será Martha. En cuanto limpie a las bestias y les eche el pienso, iré yo también.
       No la mira cuando atraviesa el corral y se dirige a la cocina. No es necesario. La sigue paso a paso, franquea con ella la puerta de la cocina, se acerca a la mujer que ahora vigila desde la puerta de la cocina del mismo modo que, hace un momento, desde la puerta de entrada, veía pasar a la carreta. «Creo —piensa Armstid— que sé exactamente lo que va a decir».
       Desengancha sus mulas, las abreva, las lleva a la cuadra y les da de comer. Después va al prado en busca de las vacas para hacerlas entrar. Y enseguida, se dirige a la cocina. Allí está siempre ella, la mujer gris, de rostro frío, duro, irascible, la mujer que, en seis años, le ha dado cinco hijos a los que luego ha convertido en hombres y en mujeres. La mujer que nunca está ociosa. Armstid no la mira. Se acerca al fregadero, toma el cubo, vierte agua en una palangana y se arremanga la camisa.
       —Se apellida Burch —dice—. Al menos así dice que se llama el hombre que busca, un tal Lucas Burch. Alguien le ha dicho en el camino que ahora está en Jefferson.
       De espaldas, comienza a lavarse.
       —Viene de Alabama. Ha hecho todo el camino a pie. Y completamente sola, según dice.
       La señora Armstid no mira a su alrededor. Está atareada con la mesa.
       —Va a dejar de estar sola mucho tiempo antes de que regrese a Alabama —dice.
       Armstid está muy ocupado con el agua y el jabón del fregadero. Siente cómo le mira ella, cómo le mira la nuca, los hombros, por debajo de la camisa azul que el sudor ha desteñido:
       —Dice que alguien le ha dicho allá abajo, en la tienda de Samson, que hay un individuo que se apellida Burch, o algo parecido, que trabaja en el aserradero de Jefferson.
       —Y ella cree que va a encontrarlo. ¡Esperándola, con la casa amueblada y todo!
       Armstid no sabría decir ahora, por el sonido de su voz, si su mujer le mira o no; se enjuga con un saco de harina partido en dos.
       —Tal vez le encuentre. Si lo que él quiere es darle esquinazo, me parece que va a darse cuenta de que se ha equivocado deteniéndose antes de haber puesto el Mississippi en medio.
       Y ahora sí sabe que ella le mira; ella, la mujer gris, ni gorda ni delgada, dura ante el hombre, dura ante el trabajo, brusca y huraña, con su suelta ropa gris, las manos en las caderas y un rostro semejante al de los generales vencidos en la batalla.
       —¡Ah, los hombres! —dice.
       —¿Qué quieres que hagamos con ella? ¿Ponerla en la calle? ¿O mandarla a dormir al granero?
       —¡Ah, los hombres! —dice ella—. ¡Los cochinos hombres!

       Entran al mismo tiempo en la cocina, pero la señora Armstid va delante. Se acerca directamente al fogón. Lena se queda de pie cerca de la puerta. Ahora lleva la cabeza descubierta. Sus cabellos están bien alisados. Hasta su vestido azul parece más fresco, más descansado. Mira a la señora Armstid, que, delante del fogón, hace entrechocar los círculos de metal y maneja los haces de leña con la brusca violencia de un hombre.
       —Me gustaría mucho ayudarla —dice Lena.
       La señora Armstid ni siquiera vuelve la cabeza. Hurga furiosamente en su hornillo.
       —Hágame el favor de quedarse donde está. Cuanto menos tiempo esté ahora de pie, más se retrasará el momento en que tendrá que estar acostada.
       —Tenga la bondad de dejarme ayudarle.
       —Se quedará donde está. Hace treinta años que hago esto, tres veces por día. Ya pasó el tiempo en que necesitaba ayuda.
       Se atarea en su hornillo, sin volverse.
       —Armstid dice que se apellida usted Burch.
       La muchacha tarda en responder. La señora Armstid no hurgonea ya, pero sigue dándole la espalda. De pronto, se vuelve. Se miran, súbitamente desnudas, observándose recíprocamente: la muchacha en su silla, con sus cabellos alisados y sus manos inertes en el regazo; la vieja vuelta a medias, cerca del fogón, inmóvil también, con un mechón rebelde de cabellos grises en la base del cráneo y una cara que parece tallada en arenisca. Y la más joven comienza a hablar:
       —No he dicho la verdad. No me apellido Burch. Me llamo Lena Grove.
       Se miran. La voz de la señora Armstid no es ni fría ni cálida.
       —Y quiere reunirse con él para poder llamarse Burch antes de que sea demasiado tarde. ¿No es eso?
       Lena ha bajado los ojos, como para vigilar las manos que están en su regazo. Su voz es mate, huraña. Y sin embargo está serena:
       —Creo que no necesito que Lucas me prometa nada. Sólo la mala suerte le obligó a marcharse. Las cosas no salieron bien para que pudiese llevarme con él, como era su intención. Creo que ni él ni yo necesitamos prometer nada. Cuando se dio cuenta, aquella noche, de que tenía que irse, él…
       —¿Se dio cuenta qué noche? ¿La noche en que usted le habló del chiquillo?
       La otra tarda un momento en responder. Su rostro está quieto como una piedra, pero sin dureza. Aunque arisco, no deja de tener dulzura; refleja una luz interior, apacible, serena, llena de un alejamiento sin razón. La señora Armstid la observa. Lena habla, sin mirar a la otra mujer:
       —Le habían dicho algo, tiempo atrás, de esa posible partida. Pero él no me dijo nada antes para no inquietarme. Desde que supo que tendría que marchar, comprendió que sería mejor irse, que podría triunfar mejor en un lugar en donde el capataz no estuviese tan pendiente de él todo el tiempo. Aunque siempre lo retrasaba. Pero, cuando yo me vi así, no pudimos retrasarlo más tiempo. El capataz estaba siempre pendiente de Lucas porque le odiaba, porque Lucas era joven y lleno de entusiasmo, todo el tiempo, y porque el capataz quería la plaza de Lucas para dársela a uno de sus primos. Lucas no quería decirme nada para no inquietarme. Pero, cuando yo me vi así, no pudimos esperar más. Fui yo quien le dijo que se fuese. Ni siquiera así se quería ir. Él me dijo que se quedaría si yo quería, aunque el capataz le tratase mal. Pero le dije que se fuese. Ni siquiera así se quería marchar. Pero yo le dije que lo hiciese. Que me enviase sólo unas palabras en cuanto quisiera que me fuese con él. Y después, sus cosas no han salido como él quería para hacer que me reuniese con él, como era su intención. Hace falta tiempo para situarse cuando uno se va, de ese modo, a vivir entre extraños. Él no sabía nada de eso cuando se marchó; no sabía que necesitaría más tiempo de lo que se figuraba para situarse. Sobre todo un muchacho lleno de vida como Lucas, un muchacho que disfruta con la compañía y las diversiones, un muchacho que gusta a la gente. Él no sabía que necesitaría más tiempo de lo que pensaba porque es joven, y la gente anda siempre tras él, porque siempre está dispuesto a reír, a divertirse, interrumpiendo su trabajo, muy en contra suya, porque a él nunca le ha gustado contrariar a nadie. Y yo quería que se divirtiese bien por última vez, porque el matrimonio no es igual para una mujer que para un muchacho joven, un muchacho que es joven y está lleno de entusiasmo. Eso dura mucho tiempo, para un muchacho con entusiasmo, ¿no le parece?
       La señora Armstid no responde. La mira, sentada en su silla, con sus cabellos alisados, y sus manos tranquilas en el regazo y su dulce rostro soñador.
       —También podría ser que me hubiese avisado ya y que el aviso se perdiera por el camino. Hay un buen trecho, sólo desde aquí hasta Alabama; y todavía no estoy en Jefferson. Le dije que no contaba con que me escribiera, porque las cartas no son su fuerte. «Cuando estés dispuesto, me lo tendrás que decir por alguien; porque yo, dije, estaré ya lista.» Los demás me molestaban un poco, al principio, después que él se fue, porque todavía no me llamaba Burch y porque mi hermano y su familia no conocían a Burch tan bien como yo. ¿Cómo iban a conocerle? (Lentamente, una expresión de sorpresa, feliz y dulce, aparecía en su rostro, como si acabase de pensar en alguna cosa que ni siquiera sabía que ignoraba hasta entonces.) ¿Cómo iban a conocerle? Pero primero tenía que situarse. Él sí que tendría todas las dificultades, encontrándose en medio de extraños, y yo no tenía que ocuparme de nada, salvo de esperar, mientras que él tenía todas las dificultades y todos los problemas. Sólo al cabo de cierto tiempo comprendí que ya estaba demasiado ocupada con traer al mundo al chiquillo para inquietarme por mi nombre y por lo que la gente pensase. Pero Lucas y yo no necesitamos promesas entre nosotros. Algo imprevisto ha tenido que suceder; o tal vez me envió el recado y se ha perdido. Así que, entonces, un día, decidí que no podía esperar más tiempo.
       —¿Y cómo sabía en qué dirección ir cuando emprendió el viaje?
       Lena contempla sus manos. Ahora se mueven, y pliegan, en un ensueño absorto, un trozo de falda. Ninguna desconfianza, ninguna timidez: un simple reflejo distraído de la mano, sin duda.
       —He preguntado todo el tiempo. Con un muchacho como Lucas, que es joven y está lleno de vida, y que intima fácilmente y pronto, yo sabía que en todos los lugares por donde hubiese pasado se acordarían de él. Así que pregunté por todas partes. Y la gente ha sido muy buena. Así que, lo que hay de seguro es que hace dos días, en la carretera, me dijeron que estaba en Jefferson, empleado en el aserradero.
       La señora Armstid mira el rostro inclinado. Tiene las manos apoyadas en las caderas y mira a la muchacha con una expresión de desprecio frío e impersonal.
       —¿Y cree que estará allí cuando usted llegue? Eso suponiendo que haya estado allí alguna vez… ¿Que, al saber que está usted en la misma ciudad que él, seguirá allí todavía a la hora en que se pone el sol?
       El rostro inclinado de Lena es grave e impasible. Su mano se detiene. Ahora reposa, inmóvil, sobre el regazo, como si estuviese muerta. Su voz es calmosa, apacible, obstinada:
       —Creo que, cuando un niño llega, toda la familia debe estar reunida. Sobre todo si es el primero. Creo que el Señor me ayudará.
       —Y yo también creo que será Él quien tendrá que hacerlo —dice la señora Armstid bruscamente, con violencia.

       Armstid está en la cama, con la cabeza un poco alzada. La ve cómo se inclina, totalmente vestida, a la luz de la lámpara, y cómo busca rabiosamente en un cajón. Saca de allí una caja de metal y la abre con una llave colgada de su cuello, y toma una bolsa de lienzo, y la abre, y saca de ella un pequeño gallo de porcelana con una rendija en el lomo. Suenan unas monedas cuando la mujer lo toma, lo vuelca y lo sacude violentamente encima de la cómoda, haciendo salir por la rendija una escueta lluvia de calderilla. Armstid, desde su cama, la mira:
       —¿Qué vas a hacer con el dinero de tus huevos a estas horas de la noche? —dice.
       —Es mío, supongo. Puedo hacer con él lo que me dé la gana —se inclina bajo la lámpara, el rostro duro, amargo—. Dios sabe lo que yo he padecido para criarlos. Que lo que es tú, no has levantado ni el dedo meñique.
       —Tienes razón —dice el hombre—. Creo que no hay ningún cristiano en el país que se atreva a disputarte tus gallinas; a no ser las zarigüeyas y las serpientes. Ni ese gallo tampoco —añade.
       Así es. Porque, agachándose bruscamente, la mujer se arranca uno de sus zapatos y da con él un solo golpe en la hucha de porcelana, que se desmorona. Desde su cama, bien estirado, Armstid la ve recoger las monedas esparcidas entre los cascos. La mujer las mete, con las otras, en la bolsa, que anuda y vuelve a anudar tres o cuatro veces, con un gesto definitivo y encorajinado.
       —Le darás esto —dice—. Y, en cuanto salga el sol, engancharás y te la llevarás de aquí. Condúcela hasta Jefferson si quieres.
       —Supongo que en la tienda de Varner podrá encontrar a alguien que la lleve —dice el hombre.

       La señora Armstid se levantó antes del alba y preparó el almuerzo. Ya estaba servido en la mesa cuando Armstid volvió de ordeñar las vacas.
       —Ve a decirle que venga a comer —dijo la señora Armstid.
       Cuando regresó a la cocina con Lena, la señora Armstid ya se había ido. Lena echó una mirada alrededor del cuarto, haciendo, en el umbral de la puerta, una pequeña pausa (menos que una pausa), con el rostro inmovilizado en una expresión dispuesta a la sonrisa, dispuesta a las palabras, a unas palabras preparadas de antemano, Armstid estaba seguro de ello. Pero no dijo nada: la pausa fue menos que una pausa.
       —Comamos antes de salir —dijo Armstid—. Todavía tiene que andar un buen trecho.
       El hombre la veía comer con aquella misma dignidad tranquila y cordial que la muchacha había demostrado la noche precedente, durante la cena. Ahora, sin embargo, había en aquella dignidad una discreción cortés y casi afectada que la corrompía. Después, el hombre le dio la bolsa de tela bien anudada. Ella la tomó, con el rostro feliz, cálido, aunque moderadamente sorprendido.
       —¡Oh, qué buena ha sido! —dijo—. Pero no lo necesitaré. Ya casi he llegado.
       —Creo que será mejor que lo guarde. Supongo que habrá advertido usted que a Martha no le gusta que no se haga su voluntad.
       —¡Qué buena ha sido! —dijo Lena.
       Guardó el dinero en su hatillo y se cubrió con la capellina. La carreta esperaba. Cuando descendían por la avenida, Lena se volvió para mirar la casa.
       —Qué buenos han sido los dos —dijo.
       —Ha sido cosa de ella —dijo Armstid—. Me parece que a mí no me debe nada.
       —De todos modos, han sido muy buenos. Tendrá que decirle adiós de mi parte. Esperaba verla yo misma, pero…
       —Claro que sí… Debía de estar ocupada en algo. Yo se lo diré.
       Llegaron al almacén cuando el sol salía. Los hombres acuclillados escupían ya sobre los escalones gastados de la veranda. La vieron descender del pescante de la carreta, lentamente, con precaución, el hatillo y el abanico en la mano. Tampoco esta vez se molestó Armstid en ayudarla. Desde lo alto de su asiento, dijo:
       —Ésta es la señora Burch. Quisiera ir a Jefferson. Si alguno va hoy hacia allá, ella le agradecería mucho que la llevase.
       Lena posó en la tierra sus pesadas botas polvorientas. Y alzó los ojos hacia él, con la expresión serena, apacible.
       —Ha sido usted muy bueno —dijo.
       —Bien, bien —dijo Armstid—; creo que ahora podrá llegar a la ciudad.
       Bajó su mirada hacia ella, y le pareció entonces que un tiempo interminable transcurría mientras vigilaba su lengua, ocupada en buscar sus palabras, pensando rápida y calladamente pensamientos volantes Un hombre. Todos los hombres. Dejarán escapar cien ocasiones de hacer el bien por una ocasión de mezclarse en negocios de los demás sin que nadie se lo pida. Descuidarán, se olvidarán de ver oportunidades, ocasiones de riqueza, de reputación, de beneficio y a veces hasta de perjuicio; pero no perderán nunca una ocasión de intervenir Luego su lengua halló las palabras y, más asombrado que la propia Lena, se oyó a sí mismo:
       —Pero yo, en su lugar, no me fiaría demasiado con… demasiado de… —mientras pensaba Ella no me escucha. Si pudiese oír estas palabras, no descendería de la carreta, sola, con un vientre así, y ese abanico, y ese hatillo, camino de un lugar que no conoce, y en busca de un hombre al que no volverá a ver y al que ya vio una vez de más «Si alguna vez vuelve a pasar por aquí, mañana, incluso esta tarde…».
       —Creo que todo se arreglará —dijo ella—. Me han dicho que él está allí.
       Armstid hace que gire su carreta y vuelve, encorvado, los ojos pálidos, sentado en el pescante hundido, y piensa: «Eso no habría solucionado nada. Ella no me habría creído si me hubiese oído decírselo, como tampoco creería todos los pensamientos cuyo centro ha sido desde… ya hace cuatro semanas ahora, ha dicho ella. Como tampoco lo oirá, ni lo creerá en este momento. Y ella está allí, sentada en el escalón más alto, con las manos en el regazo, entre esos muchachos en cuclillas que escupen, cerca de ella, sobre la carretera. Y ella ni siquiera ha esperado a que la interroguen para empezar a contarles, a hablarles de ese modo, como si nunca hubiese tenido nada especial que ocultar o que decir, incluso cuando Jody Varner u otro le diga que ese muchacho del aserradero, allá en Jefferson, se llama Bunch y no Burch. Y esto no la atormentará tampoco. Me parece que ella sabe mucho más que la propia Martha; como ayer noche, cuando le dijo a Martha que el Señor se encargaría de hacer que sucediese lo que es justo».

       Han bastado una o dos preguntas para que Lena, sentada en el más alto escalón, con el abanico y el hatillo sobre sus rodillas, relate de nuevo su historia con la paciente y transparente recapitulación del niño que miente; y los hombres, con sus monos de trabajo, la escuchan tranquilamente, en cuclillas a su alrededor.
       —Ese muchacho se llama Bunch —dice Varner—. Y hará como unos siete años que trabaja en el aserradero. ¿Cómo sabe usted que Burch está también allí?
       Ella mira hacia la carretera, en dirección a Jefferson. Su rostro está tranquilo, atento, un poco despegado, pero sin nada de ausente:
       —Creo que estará allí, en ese aserradero. A Lucas le han gustado siempre el cambio y la novedad. Nunca le ha gustado una vida tranquila. Por eso no le convino nunca el aserradero de Doane. Por eso decidió… decidimos cambiar: por el dinero y por la novedad.
       —Por el dinero y por la novedad —dijo Varner—. Lucas no es el primer mocoso que, por el dinero y por la novedad, ha dejado de hacer aquello para lo que había nacido y ha abandonado a los que dependían de que lo hiciese.
       Pero, aparentemente, Lena no escuchaba. Sentada tranquilamente sobre el más alto escalón, mira aquel sitio en donde la carretera tuerce vacía y ascendente, hacia Jefferson. Los hombres, en cuclillas contra la pared, miran su rostro encalmado y plácido y piensan lo que Armstid pensaba y lo que Varner piensa: que sueña con un bribón que la ha dejado en apuros y a quien ellos saben muy bien que no volverá a ver jamás, a no ser, tal vez, los faldones de su chaqueta tensados por el viento de la carrera. «Quizás se refiera a los aserraderos de Sloane o de Bone —piensa Varner—. Me parece que ni una idiota necesitaría venir hasta el Estado de Mississippi para darse cuenta de que el lugar que ha dejado no difiere apenas del lugar en que está ahora. Aunque tenga allí un hermano que le echa en cara lo que zascandilea por las noches». Y, al mismo tiempo, piensa yo habría hecho igual que el hermano; el padre habría hecho lo mismo. Ella no tiene madre, porque la sangre paterna odia, llena de amor y de orgullo, mientras que la sangre materna, llena de odio, ama y cohabita
       Lena no piensa nada de eso. Piensa en el dinero guardado en el hatillo que está bajo sus manos. Recuerda su primer almuerzo, piensa que puede entrar en la tienda, en aquel instante mismo, y comprar queso y bizcochos y hasta sardinas, si le apetecen. En casa de Armstid sólo tomó una taza de café y un pedazo de pan de maíz; nada más, aunque Armstid insistió. «He comido muy educadamente», piensa, las manos sobre el fardillo, sabiendo que éste contiene las monedas ocultas, recordando su única taza de café y el decoroso trozo de pan ajeno, soñando con una especie de tranquilo orgullo: «Como una dama, he comido como una dama. Como una dama de viaje. Pero ahora puedo comprar también mis sardinas, si me apetecen».
       Así, Lena parece soñar, con los ojos clavados en la carretera que sube, mientras los hombres puestos en cuclillas escupen lentamente, vigilándola desde abajo, persuadidos de que piensa en el hombre, en el acontecimiento que se acerca, cuando en realidad sólo libra una batalla tímida con la prudencia providencial de esta vieja tierra de la cual, con la cual y por la cual vive. Esta vez resulta victoriosa. Se levanta y, con un paso algo torpe, no sin cierta precaución, cruza la enfilada batería de ojos de hombre y entra en la tienda, seguida del dependiente. «Lo voy a hacer —piensa en el momento mismo en que pide el queso y los bizcochos—. Lo voy a hacer»; y dice en voz alta:
       —Y una lata de sardinas (ella pronuncia sourdines), una lata de cinco centavos.
       —No tenemos sardinas de cinco centavos —dice el dependiente—. Las sardinas valen quince centavos. (También él pronuncia sourdines.)
       Lena vacila:
       —¿Qué tiene usted, en lata, por cinco centavos?
       —Nada, salvo betún. Y no creo que sea eso lo que usted quiere. Al menos, para comer.
       —En ese caso, creo que cogeré las de quince centavos.
       Abre su hatillo y la bolsa anudada. Necesita algún tiempo para deshacer los nudos. Pero los deshace, pacientemente, uno a uno. Paga, vuelve a anudar la bolsa y el paquete, y se va con sus compras. Cuando reaparece en la veranda, hay una carreta detenida al pie de la escalera. Un hombre está sentado en el pescante.
       —Ahí tiene una carreta que va a la ciudad —le dicen—. Puede llevarla.
       Su rostro se anima, sereno, calmo, cálido.
       —Si tiene usted la bondad…

       La carreta avanza lentamente, pero sin pausa, como si en la soledad llena de sol de la inmensa campiña escapase a las leyes del tiempo y de la prisa. Hay doce millas desde el almacén de Varner hasta Jefferson.
       —¿Llegaremos antes de la hora de comer? —dice Lena.
       El conductor escupe.
       —Podría ser —dice.
       Probablemente no la ha mirado todavía, ni siquiera cuando subió a la carreta, y, al parecer, ella tampoco le ha mirado, ni le mira ahora.
       —Supongo que va usted a menudo a Jefferson.
       Él dice:
       —Más de una vez.
       La carreta avanza entre crujidos. Campos y bosques parecen suspendidos a una distancia inevitable, mediatizadora. Parecen a la vez estáticos y fluidos, rápidos como espejismos. Y sin embargo, la carreta los deja atrás.
       —¿Por casualidad no conocerá en Jefferson a un tal Lucas Burch?
       —¿Burch?
       —Voy allí en su busca. Trabaja en el aserradero.
       —No —dice el carretero—. Creo que no le conozco. Pero hay más de una persona en Jefferson a quien no conozco. Probablemente estará allí.
       —Ojalá; así lo espero.
       El carretero la mira.
       —¿Viene desde lejos, de ese modo, en busca de él?
       —Desde Alabama. Un buen trecho de camino.
       Él no la mira. Habla con tono indiferente:
       —¿Cómo la han dejado marchar sus padres en ese estado?
       —Mis padres han muerto. Vivo con mi hermano. Fui yo quien decidió partir.
       —Entiendo. Él le ha dicho que venga a buscarle a Jefferson.
       Ella no responde. Bajo la capellina, el hombre puede ver su perfil inmóvil. La carreta avanza, lentamente, fuera del tiempo. Rojas y sin prisa, las millas se deslizan bajo los firmes cascos de las mulas, bajo el rechinar, bajo el crujir de las ruedas. El sol está ahora justamente sobre su cabeza. La sombra de la capellina cae sobre sus rodillas. Ella levanta los ojos hacia el sol.
       —Me parece que es hora de comer —dice.
       Él la observa con el rabillo del ojo mientras ella desempaqueta el queso, los bizcochos y las sardinas. Lena se los ofrece.
       —No tengo ganas de tomar nada —dice él.
       —Me gustaría que lo compartiese conmigo.
       —No tengo ninguna gana. No se preocupe. Coma.
       Lena comienza a comer. Come despaciosamente, sin interrumpirse, mientras relame, con una voluptuosidad lenta y completa, los dedos untados en el espeso aceite de las sardinas. Después, se detiene de pronto, pero sin brusquedad. Su mandíbula se agita débilmente. En su mano, un bizcocho empezado. Ha bajado la cabeza, los ojos vacíos, como si escuchase algo muy lejos, o tan cerca que lo siente dentro de sí misma. Su rostro ha perdido el color, el pleno ardor de su sangre, y permanece sentada, sin moverse, escuchando, sintiendo la tierra implacable e inmemorial, pero sin temor ni alarma. «Por lo menos deben de ser gemelos», se dice a sí misma, silenciosamente, sin mover los labios. Después, el espasmo desaparece. Lena reanuda su comida. La carreta no se ha detenido. El tiempo no se ha detenido. La carreta salva la última cuesta, y ven la humareda.
       —Jefferson —dice el carretero.
       —Entonces —dice ella—, ¿ya casi hemos llegado?
       Esta vez es el hombre el que no escucha. Mira enfrente de él, por encima del valle, hacia la ciudad, hacia la otra vertiente. Siguiendo su tralla que señala, Lena divisa dos columnas de humo: una, en la cima de la gran chimenea, densa, pesada como el humo del carbón; la otra, una gran columna amarilla que parece salir de un bosquecillo, a alguna distancia, más allá de la ciudad.
       —Es una casa que se quema —dice el carretero—. ¿Lo ve?
       Pero ella, a su vez, no parece ni escuchar ni oír.
       —Dios mío, Dios mío —dice—. ¡Cuando pienso que sólo hace cuatro semanas que me puse en camino y ya estoy en Jefferson! ¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánto camino se puede hacer, a pesar de todo!



2.

      He aquí lo que sabía Byron Bunch: fue un viernes por la mañana, hacía tres años. Los hombres, en el taller de acepillado, levantaron los ojos y vieron al forastero, de pie, mirándoles. No sabían cuánto tiempo llevaba allí. Tenía el aspecto de un vagabundo y, sin embargo, no era exactamente igual que un vagabundo. Sus zapatos estaban polvorientos y su pantalón estaba también sucio. Pero era de una sarga decorosa, con una raya bien marcada; y su camisa estaba sucia, pero era una camisa blanca; y llevaba una corbata, y un sombrero de paja casi nuevo cuya inclinación insolente daba a su rostro inmóvil un aire inquietante. No tenía el aspecto de un vagabundo profesional con ropa profesional, pero había en él algo de desarraigado, como si no perteneciera a ninguna ciudad, como si no tuviese una calle, una pared, una pulgada de terreno de los que se pudiese decir que eran su casa. Y era como si llevase constantemente consigo todo lo que sabía, del mismo modo que se lleva una bandera; con algo de cruel, de solitario, de altanero. «Como si atravesase una racha de mala suerte que esperaba que se acabase pronto, sin importarle un ápice la manera de salir de ella», dijeron los hombres después. Era joven. Y Byron le observaba: de pie, con un cigarrillo en la comisura de los labios, inclinando un poco, a causa del humo, su rostro sombrío, impregnado de una calma desdeñosa, continuaba mirando a los hombres con sus monos manchados de sudor. Al cabo de un rato, escupió su colilla sin llevar a ella la mano y, dando media vuelta, se dirigió hacia la oficina del aserradero. Los hombres de monos desteñidos y sucios miraban su espalda con una expresión indignada y sorprendida. «Habría que pasarle un poco por la acepilladora —dijo el capataz—; tal vez así se le quitara ese gesto que lleva en la cara».
       Los hombres no sabían quién era. Nadie le había visto nunca. «Además, es bastante arriesgado hacer un gesto así en público —dijo uno de los hombres—. A lo mejor se olvida de que puede encontrarse con algún tipo a quien no le guste nada ese gesto». Luego, dejaron de pensar en ello; o, por lo menos, de hablar de ello. Reanudaron su trabajo entre el torbellino y el rechinamiento de las correas y de las bielas. Pero no habían transcurrido diez minutos cuando el gerente del aserradero entró con el desconocido.
       —Dele trabajo a este hombre —le dijo al capataz—. Dice que sabe manejar una pala. Póngale en el montón de viruta.
       Los otros no interrumpieron su trabajo y, sin embargo, no había ninguno en el cobertizo que no observase al forastero, con sus ropas sucias de hombre de ciudad, su rostro sombrío, intolerable, y su gesto de desprecio tranquilo y frío. El capataz le echó una ojeada rápida, tan fría como las de los otros.
       —¿Es que va a trabajar vestido así?
       —Eso es cosa suya —dijo el gerente—. No es su ropa lo que yo contrato.
       —¡Ah! Por mí, ¿sabe?, que se vista como quiera; a mí me da igual, si a usted le conviene y a él también —dijo el capataz—. Bien, caballero —dijo—, vaya a buscar una pala y ayude a esos hombres a quitar la viruta.
       El recién llegado dio media vuelta sin decir una palabra. Los otros le vieron acercarse al montón de viruta, desaparecer y reaparecer con una pala, y poner luego manos a la obra. El capataz y el gerente charlaban en la puerta. Se separaron y el capataz entró.
       —Se llama Christmas —dijo.
       —¿Se llama cómo? —dijo alguien.
       —Christmas.
       —¿Es extranjero?
       —¿Habéis conocido alguna vez a un blanco con el nombre de Christmas?
       —Yo nunca he conocido a nadie con un nombre como ése —dijo el otro.
       Y, por primera vez, Byron comprendió que el nombre de un hombre, considerado en general como simple interpretación sonora de lo que es ese hombre, puede ser también, en cierto modo, un presagio de lo que hará, si se puede leer a tiempo el significado. A Byron le pareció que, antes de haber oído su nombre, ninguno de los obreros había prestado gran atención al forastero. Pero, en cuanto lo oyeron, tuvieron la impresión de que había algo en la sonoridad de la palabra que se esforzaba en hacerles comprender lo que debían esperar; como si el hombre llevase consigo una advertencia inseparable, lo mismo que una flor lleva su perfume o un crótalo el rumor de su cola. Pero nadie podía descifrar el sentido. Simplemente pensaban que era extranjero; y, aquel viernes, mientras le veían trabajar, con su corbata, su sombrero de paja y su pantalón con raya, decían entre ellos que probablemente en su país se trabajaba así. Sin embargo, hubo otros que dijeron: «Ya se cambiará esta noche. Mañana por la mañana no vendrá a trabajar endomingado de ese modo».
       La mañana del sábado llegó. Apenas entraron, justo antes del toque de sirena, los retrasados ya dijeron: «¿Está aquí él…? ¿Dónde…?». Los otros señalaban con el dedo. El nuevo obrero estaba allí, de pie, solo, y tenía las mismas ropas que la víspera, su sombrero petulante, su cigarrillo en la boca. «Ya estaba ahí cuando nosotros llegamos —decían los que vinieron primero. De pie, como ahora. Como si no se hubiese metido en la cama».
       El hombre no habló con nadie, y nadie trató de hablarle. Pero todos sentían su presencia, su espalda sólida (trabajaba bastante bien, con una especie de constancia restringida e inquietante), sus brazos. Llegó el mediodía. Solamente Byron había traído comida. Los demás reunieron sus cosas, y se dispusieron a salir, hasta el lunes. Byron se fue con su almuerzo al cobertizo donde estaba la bomba. Era allí donde los obreros comían habitualmente. Se sentó. Luego, algo le hizo alzar los ojos. No lejos de él, el extranjero, recostado en un poste, fumaba. Byron comprendió que estaba ya allí cuando él entró y que ni siquiera se tomaría la molestia de marcharse. O peor aún, que había entrado allí deliberadamente, sin hacer más caso de Byron que de otro pilar.
       —¿Es que piensa usted trabajar más? —dijo Byron.
       El otro lanzó una bocanada de humo. Después miró a Byron. Su rostro era descarnado. La carne tenía el tinte liso y muerto del pergamino. No la piel: la carne misma, como si el cráneo hubiese sido modelado con una regularidad inmóvil y muerta, y pasado luego por un horno recalentado.
       —¿A cuánto se pagan las horas suplementarias? —dijo.
       Entonces, Byron comprendió. Comprendió por qué el hombre trabajaba con sus ropas de domingo, por qué ni ayer ni hoy había comido con él y por qué no había salido con los demás al mediodía. Comprendió, tan claramente como si el hombre se lo hubiese dicho, que no tenía ni un cuarto en el bolsillo y que, sin duda alguna, vivía de cigarrillos desde hacía dos o tres días. Apenas formado este pensamiento, Byron le ofreció su propia fiambrera, acción tan refleja como el pensamiento. La acción no había acabado cuando el hombre, sin modificar su actitud de desprecio indolente, volvió la cabeza y, a través de las espirales de humo, echó una ojeada sobre la fiambrera abierta.
       —No tengo hambre. Guárdese su bazofia.
       La mañana del lunes dio la razón a Byron. El hombre llegó con un mono nuevo y con su comida en una bolsa de papel. Pero no se acuclilló con los otros, cerca de la bomba, a mediodía, y su rostro siguió conservando la misma expresión.
       —Dejadle tranquilo —dijo el capataz—. Simms no ha contratado su cara y su ropa.
       Simms tampoco había contratado la lengua del extranjero, pensó Byron. Por lo menos eso era lo que Christmas parecía pensar, por su modo de obrar. Seis meses transcurrieron sin que le dijese una sola palabra a nadie. Nadie sabía lo que hacía fuera de sus horas de trabajo. A veces, después de cenar, uno de sus camaradas le encontraba en la plaza, en la parte baja de la ciudad. Christmas se comportaba siempre como si nunca se hubieran visto. A esa hora, llevaba generalmente su sombrero nuevo y su pantalón planchado, y, en una esquina de la boca, el cigarrillo, cuyo humo parecía reírse sarcásticamente delante de su cara. Nadie sabía dónde vivía, dónde dormía por las noches. Sin embargo, de cuando en cuando, se le veía seguir un sendero que se perdía en los bosques, en los límites de la ciudad, como si viviese por allí.
       Todo esto no es, ni remotamente, lo que Byron sabe ahora; es lo que sabía entonces, lo que oía contar, lo que iba observando poco a poco. Nadie, por aquella época, sabía dónde vivía Christmas, ni lo que hacía realmente, detrás de la cortina, detrás de la pantalla de su oficio de negro en el aserradero. Tal vez no se habría sabido nunca sin el otro forastero, sin Brown. Pero, en cuanto Brown habló, una docena de hombres confesaron que, desde hacía dos años, le compraban su whisky a Christmas. Se encontraban con él, por la noche, a dos millas de la ciudad, en los bosques, detrás de una vieja casa de estilo colonial en la que una solterona, la señorita Burden, vivía completamente sola. Pero ni siquiera los que le compraban el whisky sabían que Christmas vivía en una cabaña de negro totalmente en ruinas, en la propiedad de la señorita Burden, y que vivía solo desde hacía dos años.
       Después, un buen día, hacía unos seis meses, otro forastero se presentó en el aserradero en busca de trabajo como Christmas hiciera antes. También era joven y alto, y llevaba un mono de obrero que no parecía haberse quitado desde mucho tiempo atrás. También tenía aspecto de haber viajado sin equipaje. Su rostro despabilado tenía una belleza algo blanda. En un ángulo de la boca se veía una pequeña cicatriz blanca que, probablemente, había sido contemplada en el espejo muchas veces. Y tenía un modo de mover la cabeza, bruscamente, y de mirar por encima de su hombro, que recordaba lo que hacen las mulas en el camino cuando pasa un automóvil, pensaba Byron. Pero no sólo era una mirada hacia atrás, un movimiento de temor. Byron también veía en ella una cierta seguridad, un cierto descaro, como si el hombre insistiese, se obstinase en querer demostrar que no tenía el menor miedo de lo que pudiera amenazarle por detrás. Y cuando Mooney, el capataz, vio al nuevo obrero, Byron comprendió que Mooney pensaba lo mismo que él. Mooney dijo:
       —Bueno, Simms parece estar muy seguro de sus buenos contratos cuando ha admitido a ese muchacho. Ni siquiera ha contratado a un par completo de pantalones.
       —Es verdad —dijo Byron—. Me hace pensar en esos coches que van por las calles con un aparato de radio. No se puede comprender lo que dicen. No van ni en una ni en otra dirección y, si se los mira de cerca, se ve que no hay nadie dentro.
       —Sí —dijo Mooney—. Me hace pensar en un caballo. No en un caballo vicioso. En un caballo inútil, sencillamente… Tiene muy buen aspecto cuando pasta, pero agacha las orejas en cuanto alguien se acerca a la talanquera con un ronzal. Corre bastante, eso sí; pero, cuando llega la hora de engancharlo, siempre tiene un casco enfermo.
       —Sí, pero a veces, hay yeguas que lo encuentran muy de su gusto.
       —Desde luego —dijo Mooney—. Pero éste no creo que haga daño, ni siquiera a una yegua, por mucho tiempo.
       El recién llegado se puso a trabajar con Christmas en el montón de viruta. Se hacía notar mucho, contándole a todo el mundo quién era y de dónde venía, con un tono y de un modo que revelaban la naturaleza misma del hombre, que sugerían la confusión y la mentira. Aunque era muy cierto —pensaba Byron— que nadie creía demasiado en lo que afirmaba que había hecho ni en el nombre que decía llevar. Nada impedía que se llamase Brown. Pero, al mirarle, se comprendía que, en un momento de su vida, su propia estupidez había debido llegar al máximo, y que entonces había cambiado de nombre y elegido el de Brown con una especie de exaltación radiante, como si fuera un nombre que nadie había tenido todavía. Nadie se inquietaba por ello, y Byron creía también que nadie (por lo menos nadie que usase calzones) se preocupaba por saber de dónde venía, o adónde iba, o cuánto tiempo se quedaría allí. Porque poco importaban el sitio de donde venía, los lugares en los que había vivido; se sabía que vivía por el país exactamente igual que un saltamontes. Se tenía la impresión de que hacía esto desde hacía tanto tiempo que su cuerpo se había dispersado, desparramado, y que, ahora, sólo quedaba de él una concha transparente e ingrávida que el primer viento que llegase enviaría a mariposear sin objeto en el olvido.
       Sin embargo, trabajaba un poco, a su manera. Byron pensaba que ya ni siquiera le quedaba bastante personalidad para escurrir el bulto decididamente, cínicamente. Ni siquiera para desear escurrir el bulto, porque un hombre debe salirse de lo común para poder hacer tanto en la simulación como en cualquier otra cosa (robo o incluso asesinato), un buen trabajo. Debe tender hacia algún objetivo específico y definido, y esforzarse en llegar a ese objetivo. Y él pensaba que no era éste el caso de Brown. Se supo que la noche del primer sábado había perdido a los dados su paga de la primera semana. Byron le dijo a Mooney:
       —Eso me extraña. Yo habría dicho que los dados eran lo único que sabía manejar.
       —¿Ése? —dijo Mooney—. ¿Qué te hace pensar que podría hacer alguna trampa, si recoger la viruta de madera ya resulta demasiado difícil para él? ¿Que podría engañar a alguien con algo tan difícil de manejar como un par de dados, cuando no puede manejar algo tan sencillo como una pala?
       Luego, añadió:
       —Bueno, supongo que no debe desesperar de ganarle a alguno por la mano. Porque, por lo menos, siempre le gana a Christmas cuando se trata de no hacer nada.
       —Desde luego —dijo Byron—. Creo que ser bueno es la cosa más fácil para un holgazán.
       Los dos se volvieron y miraron hacia la pila de viruta donde Brown y Christmas trabajaban, el uno con su regularidad pensativa y hosca, el otro con su gesticulación exuberante y alocada que no habría podido engañar a nadie, ni siquiera a sí mismo.
       —Quizás tengas razón —dijo Mooney—. Pero si yo tuviese la idea de tirar por el mal camino, creo que le escogería a él como compañero.
       Como Christmas, Brown vino a trabajar con la misma ropa que llevaba en la calle, sólo que, al contrario que Christmas, necesitó algún tiempo para poder cambiarla. «Uno de estos sábados —dijo Mooney— ganará a los dados lo suficiente para poder comprarse un traje nuevo y para que todavía le queden cincuenta centavos de calderilla que le suenen en el bolsillo; y el lunes siguiente, ya no le veremos». Sin embargo, Brown continuaba yendo al trabajo con el mismo mono y la misma camisa que el día de su llegada a Jefferson. El sábado por la noche, perdía a los dados su salario de la semana. Tal vez ganaba algunas veces. En ambos casos, rompía a reír, con la misma risa imbécil, bromeando y chanceándose con unos hombres que, según todas las apariencias, le robaban periódicamente. Luego, un buen día, se supo que había ganado sesenta dólares. «Vaya —dijo alguno—, seguro que ésta es la última vez que le vemos».
       —No lo sé —dijo Mooney—. Sesenta dólares es un mal número. Si fuesen diez dólares o cinco dólares, tal vez tendrías razón; pero no con sesenta. Se va a considerar, sencillamente, como definitivamente instalado aquí, donde al fin puede ganar lo que merece casi cada semana.
       Y el lunes, Brown estaba en el trabajo con su mono acostumbrado. Les veían a los dos, a Brown y a Christmas, junto a la pila de virutas. Les vigilaban a los dos desde el día en que Brown había sido contratado. Christmas hincaba su pala en la viruta, lentamente, regularmente, como si cortase en rodajas una serpiente enterrada (o un hombre, dijo Mooney). En cuanto a Brown, apoyado en su pala, sin duda le contaba a Christmas una historia, una anécdota. En efecto; rompía a reír bruscamente, a aullar de risa, con la cabeza echada hacia atrás, mientras, a su lado, el otro hombre trabajaba con su eterna constancia, huraña y silenciosa. Luego, Brown reanudaba su trabajo. Durante cierto tiempo trabajaba tan activamente como Christmas, pero cada vez cogía menos viruta con la pala, que acababa, en su trayectoria languideciente, por no rozar siquiera el montón. Entonces, se apoyaba de nuevo en ella y, al parecer, concluía lo que le había comenzado a contar a Christmas, al hombre que ni siquiera parecía oír su voz. Como si el otro —pensaba Byron— le hablase a más de una milla o hablase una lengua diferente de la que él sabía. Y, a veces, se les veía juntos, el sábado, en la parte baja de la ciudad: Christmas, con su traje de sarga limpio, de una sobriedad austera, y su sombrero de paja, y Brown, con su ropa nueva (un traje pardo con cuadros rojos), una camisa de color y un sombrero como el de Christmas, pero con una cinta de color. Brown charlaba y reía con Christmas. Su voz resonaba, clara, en la plaza, donde se repetía en ecos, con un sonido tan vacío de sentido como esos ruidos que se oyen en una iglesia y que parecen salir de todos los rincones a la vez. Como si quisiera que todo el mundo viese bien que Christmas y él eran amigos, pensaba Byron. Después, Christmas se volvía y, el rostro siempre tranquilo y arisco, se salía del grupo, a veces muy pequeño, que Brown, por el solo efecto de su verborrea, había atraído a su alrededor. Y Brown le seguía, riendo, hablando siempre. Y, cada vez, los demás obreros decían: «Bueno, esta vez sí que no irá al trabajo el lunes por la mañana». Pero todos los lunes por la mañana estaba allí. Fue Christmas el primero que se marchó.
       Se marchó un sábado por la tarde, sin avisar, al cabo de unos tres años. Fue Brown el que anunció que Christmas se había ido. Entre los demás obreros había padres de familia, solteros, hombres de todas las edades que llevaban unas vidas muy diferentes; sin embargo, el lunes todos llegaban al trabajo con una especie de dignidad, un cierto decoro. Entre ellos, los había muy jóvenes. Bebían y jugaban la noche del sábado. Incluso iban a Memphis de cuando en cuando. Y no obstante, el lunes por la mañana todos llegaban al trabajo silenciosamente, sobriamente, con trajes limpios y camisas limpias. Aguardaban el toque de sirena y se ponían tranquilamente a trabajar como si un resto de Sabbat flotase todavía, retrasado en el aire, como para subrayar el principio de que, sea lo que sea lo que un hombre haya podido hacer de su domingo, la única cosa decente que puede hacer el lunes es acudir a su trabajo tranquilo y limpio.
       Eso era lo que ellos habían observado siempre en Brown. El lunes por la mañana había muchas probabilidades de que apareciese con las mismas ropas sucias de la semana precedente y con una barba cerrada que no había conocido la navaja. Y hacía más ruido que nunca, con unos gritos y unas travesuras de niño de diez años. A los otros, tan pacíficos, esto no les parecía decente. Para ellos, era como si Brown hubiese llegado desnudo o borracho. Ahora bien, aquel lunes fue Brown quien les anunció que Christmas se había marchado. Llegó tarde, pero no era eso. Tampoco se había afeitado, pero no era eso: estaba tranquilo. Durante cierto tiempo, nadie advirtió siquiera que estaba allí. Cuando la mitad de los hombres ya estaban maldiciendo y diciendo pestes de él (y algunos de buena fe). Había aparecido justo en el momento en que la sirena sonaba y fue directamente hacia el montón de viruta, donde se puso a trabajar sin decir nada, ni siquiera cuando uno de los hombres le dirigió la palabra. Entonces se dieron cuenta de que estaba solo, de que Christmas, su camarada, no estaba allí. Cuando llegó el capataz, alguien dijo:
       —Al parecer ha perdido usted a uno de sus aprendices de fogonero.
       Mooney miró hacia el lugar en que Brown removía el montón de viruta como si removiese huevos. Escupió brevemente.
       —Sí, ha hecho fortuna demasiado pronto. Este mísero oficio no ha podido retenerle.
       —¿Ha hecho fortuna? —dijo un hombre.
       —Si no ha sido él, habrá sido el otro —dijo Mooney sin dejar de mirar a Brown—: Ayer les vi paseando con un coche nuevo. Era él (con la mirada indicaba a Brown), era él quien conducía. Lo que me sorprende es que hoy haya uno trabajando.
       —Bueno, creo que, con los tiempos que corren, Simms encontrará fácilmente alguien que le reemplace —dijo el otro.
       —Eso sería fácil en cualquier momento —dijo Mooney.
       —Me daba la impresión de que trabajaba bastante bien.
       —¡Ah! —dijo Mooney—. Ya entiendo. ¿Hablas de Christmas?
       —¿De quién habla usted, entonces? ¿Es que Brown le ha dicho que se marcha también?
       —¿Te figuras que se va a quedar aquí, trabajando, mientras el otro se pasea en su coche nuevo?
       —¡Oh! (el otro también miraba a Brown). Me gustaría saber de dónde sacaron ese coche nuevo.
       —A mí, no —dijo Mooney—. Lo que me gustaría saber es si Brown se va a largar al mediodía o si trabajará hasta las seis.
       —Pues yo —dijo Byron—, si pudiese ganar lo suficiente para comprarme un coche nuevo, también me largaría.
       Uno o dos obreros miraron a Byron. Sonrieron levemente.
       —Seguro que no ha sido aquí donde se han hecho ricos —dijo uno de ellos.
       Byron le miró.
       —Me parece que Byron es demasiado inocente para darse cuenta de lo que hace la gente —dijo el otro.
       Los dos miraron a Byron.
       —Brown es lo que se podría llamar un servidor público. Antes, Christmas les hacía ir por las noches allá abajo, a los bosques detrás de la casa de la señorita Burden. Ahora, Brown se lo entrega en plena ciudad. He oído decir que, si conoces la contraseña, le puedes comprar en cualquier callejón, el sábado por la noche, una pinta de whisky que saca de la pechera de su camisa.
       —¿Y cuál es la contraseña? —dijo otro—. ¿Setenta y cinco centavos?
       Byron les mira, primero a uno, después a otro:
       —¿Pero es verdad? ¿Es eso lo que hacen?
       —Es eso lo que hace Brown. De Christmas no sé nada. No me atrevería a jurarlo. Pero Brown no estará nunca muy lejos de Christmas. Dios los cría y ellos se juntan, como suele decirse.
       —Es cierto —dijo otro—. Creo que nunca se llegará a saber si Christmas está metido en ello. No es de los que se pasean en público con el culo al aire, como Brown.
       —No necesitará hacerlo —dijo Mooney mirando a Brown.
       Y Mooney tenía razón. Hasta el mediodía observaron a Brown, solo, allá abajo, junto al montón de viruta. Luego, la sirena sonó, y tomaron sus fiambreras, y se sentaron en cuclillas bajo el cobertizo de la bomba, y se pusieron a comer. Brown entró, sombrío, con una cara enfurruñada y ofendida a la vez, como la cara de un niño, y se puso en cuclillas entre ellos, con las manos colgándole entre las rodillas. Tampoco aquel día había traído su comida.
       —¿Qué? ¿No vas a comer nada? —le dijo alguien.
       —¿Bazofia fría en una cochina lata de grasa? —dijo Brown—. ¡Empezar con el alba, mantenerse vivo todo el día como un negro y una hora justa al mediodía para comer basura fría en un cacharro de hojalata!
       —Es posible que haya gentes que trabajen como los negros trabajan en su país —dijo Mooney—. Pero un negro no seguiría aquí, ni siquiera hasta la sirena del mediodía, si trabajase como trabajan ciertos blancos.
       Pero Brown, en cuclillas, con su rostro sombrío y sus manos colgantes, no parecía oír, no parecía escuchar. Se habría dicho que no escuchaba a nadie, salvo a sí mismo. Se habría dicho que sólo se escuchaba a sí mismo: «Un idiota. El hombre que hace eso es un idiota».
       —Nadie te ha amarrado a tu pala —dijo Mooney.
       —¡No faltaría más! —dijo Brown.
       Sonó la sirena. Volvieron al trabajo. Observaron a Brown, en su pila de virutas. Cavaba en ella durante un momento, después comenzaba a frenar, a ir cada vez más despacio hasta el momento en que manejaba la pala como si fuese una fusta; y todos veían que hablaba solo. «Porque no tiene a nadie a quien contárselo», dijo alguno.
       —No es eso —dijo Mooney—. Es que todavía no se ha convencido a sí mismo. No ha llegado todavía…
       —¿No ha llegado a qué?
       —No ha llegado a comprender que es aún más estúpido de lo que yo me figuraba —dijo Mooney.
       Por la mañana, Brown no apareció.
       —De ahora en adelante, su dirección será la de la barbería —dijo uno.
       —O la del callejón que hay detrás —dijo otro.
       —Creo que aún le veremos otra vez —dijo Mooney—. Vendrá por aquí a cobrar su jornal.
       Y eso fue lo que hizo. Llegó a eso de las once. Llevaba su traje nuevo y su sombrero de paja, y se detuvo cerca del cobertizo, y se quedó allí, de pie, viendo trabajar a los hombres. Igual que Christmas había hecho, tres años antes; como si hasta las actividades que el maestro había adoptado en su vida anterior actuasen, sin que él se diese cuenta, sobre los dóciles músculos del alumno, que había aprendido demasiado pronto y demasiado bien. Pero así como el maestro había aparecido silencioso y sombrío, fatal como una serpiente, Brown sólo conseguía mostrar un aire descarriado, perdido en el vacío.
       —¡Duro, adelante, montón de esclavos, pobres hijos de puta! —dijo Brown con una voz alta y jovial que quedaba cortada por la fila de los dientes.
       Mooney miró a Brown. Y los dientes de Brown desaparecieron.
       —¿No me dirás eso a mí? —dijo Mooney.
       El móvil rostro de Brown sufrió uno de sus habituales cambios. Como si estuviera tan desparramado, tan blandamente constituido que pudiese modificarlo sin el menor esfuerzo, pensaba Byron.
       —No estaba hablando con usted —dijo Brown.
       —¡Ah, ya entiendo! —Mooney hablaba con tono despreocupado, casi amable—. Llamabas hijos de puta a los demás.
       Uno de los demás dijo enseguida:
       —¿Me llamabas eso a mí?
       —Estaba hablando solo, sencillamente —dijo Brown.
       —Vaya, al fin has dicho la verdad por primera vez en tu vida —dijo Mooney—. Es decir, la mitad de la verdad. ¿Quieres acercarte para que yo te diga al oído la otra mitad?
       Y aquélla fue la última vez que le vieron en el aserradero. Pero Byron conocía, y lo recuerda ahora, el automóvil nuevo (que enseguida tuvo torcido el parachoques). Se le veía vagar por la ciudad constantemente, inútil, sin rumbo, conducido cómodamente por Brown, que no sabía muy bien cómo representar su papel de hombre ocioso, disoluto, envidiable. Algunas veces, no muchas, Christmas va con él. Ahora, sus actividades no son ningún secreto. Todos los jóvenes (incluso los niños) saben que es posible, en cualquier momento, comprarle whisky a Brown; y la ciudad está esperando cada día que lo capturen, que saque una botella de su impermeable y se la ofrezca a un policía de paisano. Nadie está muy seguro todavía de que Christmas sea su cómplice, aunque no hay quien crea que Brown sea capaz, solo, de obtener beneficios con alcohol de contrabando. Hay quienes saben que Christmas y Brown viven juntos en una cabaña, dentro de la propiedad de la señorita Burden. Pero ni ésos siquiera saben si la señorita Burden lo sabe o no. Por otra parte, no lo dirían si lo supieran.
       Es una mujer de mediana edad que vive sola en la gran casa. Vive en aquella casa desde que nació y, sin embargo, se la sigue considerando una forastera cuyos padres llegaron del Norte durante la Reconstrucción. Una yanqui, una negrófila. En la ciudad aún corren rumores de extrañas relaciones con negros de la localidad y de otras partes. Sin embargo, pronto hará sesenta años que su padre y su hermana murieron, en la plaza mayor, a manos de un ex propietario de esclavos y a causa de una discusión sobre el voto de los negros en las elecciones del Estado. Pero aunque sólo es una mujer descendiente de unas personas a las que los antepasados del pueblo odiaron o temieron con motivo (o sin él), aún flota sobre ella y sobre su casa algo siniestro, extraño e inquietante. Pero el hecho es éste: los descendientes de las dos partes están enfrentados con los fantasmas recíprocos y siempre separados por el espectro de la sangre antaño vertida, del antiguo horror, de la cólera y del miedo.

       Si el amor ha existido alguna vez, cualquier hombre o cualquier mujer tendría razón para creer que Byron Bunch lo ha olvidado. O más bien él (el amor) ha olvidado a este hombrecillo que ya no cumplirá la treintena y que, desde hace siete años, pasa seis días de la semana en el taller de acepillado, introduciendo tablones en las máquinas. Pasa también allí sus tardes de sábado, solo, mientras los demás obreros callejean por la ciudad con sus trajes de domingo y sus corbatas, presas de esa ociosidad terrible, reticente y sin objeto de los hombres habituados al trabajo.
       Byron dedica sus tardes de sábado a cargar las tablas acabadas en los vagones de mercancías, porque, solo, no puede manejar la acepilladora. Y él mismo vigila la hora, hasta el segundo final en que suena un imaginario toque de sirena. Los otros obreros, la ciudad misma, o al menos esa parte de la ciudad que se acuerda de él, que piensa en él, creen que hace eso por aumentar un poco el salario que percibe. Tal vez sea ésta la razón. El hombre sabe muy poco de su prójimo. A nuestros ojos, los hombres y las mujeres obran por los mismos motivos que nos empujarían a nosotros si estuviésemos lo bastante locos para obrar como ellos. En realidad, sólo hay un hombre, en toda la ciudad, que podría hablar de Bunch sin correr el peligro de equivocarse demasiado; y la ciudad no sabe que Bunch y ese hombre se conocen, ya que sólo se ven y se hablan por las noches. Ese hombre se llama Hightower. Veinte años antes era pastor en uno de los templos más importantes, en el más importante tal vez. Sólo este hombre sabe adónde va Bunch todos los sábados por la tarde, a la hora en que la sirena imaginaria suena (o cuando el gran reloj de plata de Bunch le avisa de que debería haber sonado). La señora Beard, que regenta la pensión familiar en que vive Bunch, sólo sabe que, cada sábado, un poco después de las seis, Bunch entra en casa, toma un baño, se endosa un modesto traje de sarga muy usado, cena, ensilla la mula que encierra en el cobertizo de la parte trasera de la casa (cobertizo que él mismo ha reparado y cubierto) y se aleja montado en la mula. La señora Beard no sabe adónde va. Sólo el pastor Hightower sabe que Bunch recorre treinta millas campo a través y pasa su domingo dirigiendo el coro de una iglesia rural… un oficio que dura todo el día. Después, hacia la medianoche, Bunch ensilla de nuevo su mula y regresa a Jefferson, trotando toda la noche sin punto de reposo. Y el lunes por la mañana, con su mono muy limpio y su camisa, está en su puesto, en el aserradero, a la hora del toque de sirena. La señora Beard sabe únicamente que, cada semana, entre la cena del sábado y el desayuno del lunes, su habitación y la improvisada cuadra están vacías. Sólo Hightower sabe adónde ha ido y lo que allí hace, porque dos o tres noches por semana, Bunch visita a Hightower en la casa en donde el pastor vive, solo con lo que la ciudad llama su desgracia…; una casita pequeña, oscura, mal alumbrada, mal pintada, que huele a hombre y a cerrado. Es allí, en el despacho del pastor, donde ambos charlan apaciblemente: el hombrecillo insignificante que ni siquiera sospecha hasta qué punto le consideran misterioso sus compañeros, y el quincuagenario marginado que ha sido repudiado por la iglesia.
       Y Byron se ha enamorado. Se ha enamorado en contra de todas las tradiciones de su educación provinciana, austera y celosa, que exige del objeto amado la inviolabilidad física. Aquello ocurrió el sábado por la tarde, cuando estaba solo en el aserradero. Allá abajo, a unas dos millas, la casa seguía ardiendo; el humo amarillo se elevaba sobre el horizonte, recto como un obelisco. Habían visto el fuego antes del mediodía, cuando el humo comenzaba a asomar por encima de los árboles, antes del toque de sirena, antes de que se fuesen los demás.
       —Hoy es seguro que Byron deja también el trabajo —dijo uno—. No es fácil poder ver gratis un incendio como ése.
       —Es un gran incendio —dijo otro—. ¿Dónde podrá ser? Por ese lado no recuerdo que haya nada lo bastante grande para hacer tanto humo. A no ser la casa Burden.
       —Tal vez sea ella —dijo otro—. Mi padre dice que recuerda que, hace cincuenta años, la gente decía que deberían prenderle fuego, con un poco de grasa humana al principio para que ardiese mejor.
       —A lo mejor ha sido tu papá el que se ha dado una vuelta por allí para prenderle fuego —dijo un tercero.
       Se rieron. Luego, reanudaron el trabajo, esperando el toque de sirena, deteniéndose de vez en cuando para mirar el humo. Al cabo de un rato, llegó un camión cargado de troncos de árbol. Preguntaron al chófer, que había atravesado la ciudad.
       —Burden —dijo el chófer—. Sí, ése es el nombre. En la ciudad han dicho que el sheriff ha ido a dar una vuelta por allí.
       —Vaya, estoy seguro de que a Watt Kennedy le gusta ver un incendio, aunque tenga que llevar la chapa consigo —dijo uno.
       —Por lo que vi y oí en la plaza, no creo que tenga que buscar mucho si quiere detener a alguien.
       La sirena de mediodía sonó. Todo el mundo se fue, menos Byron, que se puso a comer, con el reloj de plata abierto junto a él. Cuando el reloj marcó la una, volvió a su labor. Estaba solo en el cobertizo de carga. Iba y venía regularmente, inacabablemente, entre el cobertizo y el camión, con un trozo de tela de saco doblada en el hombro a modo de almohadilla; y trasladaba a cuestas unas pilas de tablas que nadie le hubiese creído capaz de levantar y de transportar. Fue entonces cuando Lena Grove apareció en la puerta, detrás de él, con el rostro ya todo iluminado con una sonrisa anticipada y la boca modelándose para pronunciar una palabra. Byron la oyó, se volvió hacia ella y vio que su rostro se extinguía como las últimas ondas producidas por un guijarro caído en un estanque.
       —Usted no es él —dice ella, por detrás de su rostro extinguido, con el grave asombro de un niño.
       —No, señora —dice Byron; se detiene y se vuelve a medias, con las tablas en equilibrio sobre su hombro—. Creo que no. ¿Pero quién es el que yo no soy?
       —Lucas Burch. Me habían dicho…
       —¿Lucas Burch?
       —Me habían dicho que le encontraría aquí.
       Lena habla con una especie de serenidad desconfiada, observándole sin pestañear, como si creyese que trata de engañarla.
       —Cuanto más me acercaba a la ciudad, más se empeñaban en llamarle Bunch en lugar de Burch. Pero yo creía que era solamente porque lo pronunciaban mal. O que era yo, algunas veces, la que no lo entendía bien.
       —Sí, señora —dice Byron—. Está bien dicho: Bunch, Byron Bunch.
       La mira, todavía con las tablas en equilibrio sobre su hombro; mira el cuerpo deformado, las caderas macizas, el polvillo rojizo sobre esas grandes botas de hombre que lleva puestas.
       —¿Es usted la señora Burch?
       Ella tarda en responder. Se queda allí, quieta, en la puerta, mirándole con intensidad, pero sin alarma, con su mirada impasible, un poco desorientada, levemente suspicaz. Sus ojos son muy azules. Pero se ve en ellos la sombra del pensamiento de que trata de engañarla.
       —Me dijeron allá, por el camino, que Lucas trabajaba en el taller de carpintería de Jefferson. Me lo han dicho montones de personas. Y he llegado a Jefferson, y me han indicado dónde estaba el aserradero, y pregunté en la ciudad por Lucas Burch, y me dijeron: «Querrá usted decir Bunch». Así que creía que no sabían bien el nombre, cosa que no tenía mucha importancia. Incluso después me dijeron que el hombre en cuestión no era moreno. ¿Me va usted a decir que no conoce por aquí a un tal Lucas Burch?
       Byron deposita su fardo de tablas en una pulcra pila, totalmente dispuesta para ser cargada de nuevo.
       —No, señora. Por aquí no. No hay ningún Lucas Burch por aquí. Y yo no conozco a todos los muchachos que trabajan en este lugar. Claro que a lo mejor trabaja en otra parte, en la ciudad o en algún otro taller.
       —¿Hay otro taller de carpintería?
       —No, señora. Pero hay almacenes de madera, y hasta más de uno.
       Ella le observa.
       —Allá, en la carretera, me dijeron que trabajaba en la carpintería.
       —No conozco por aquí a nadie con ese nombre —dijo Byron—. En realidad, no hay más Burch que yo. Y ni siquiera me llamo Burch, sino Bunch.
       Ella sigue observándole, con una expresión en la que se lee más la desconfianza del presente que la inquietud del futuro. Después, respira. No es un suspiro: es que respira, sencillamente; una sola vez, reposadamente, profundamente.
       —Entonces… —dice, y se vuelve a medias y ve a su alrededor las maderas acepilladas, las tablas apiladas—… me parece que me voy a sentar un rato. Es muy fatigoso andar por las calles de la ciudad, tan duras. Creo que me he cansado más andando por la ciudad que en todo el camino que he recorrido desde Alabama.
       Se dirige hacia un montoncito de tablas.
       —Espere —dice Byron; y se lanza hacia delante, salta casi, y hace que resbale desde su hombro el saco de arpillera; la mujer se detiene un momento, antes de sentarse, y Byron extiende el saco sobre las tablas—. Así estará mejor.
       —¡Ah, qué amable es usted!
       Se sienta.
       —Creo que así estará un poco mejor —dice Byron, y saca del bolsillo su reloj de plata y lo mira; después, se sienta también, en la otra punta del montón de tablas—. Creo que son cinco minutos…
       —¿Cinco minutos para descansar? —dice ella.
       —Cinco minutos desde que ha llegado usted. Me parece que he empezado ya mi descanso. Los sábados por la tarde cuento el tiempo yo mismo.
       —¿Y tiene en cuenta cada minuto que se detiene? ¿Quién va a saber que se ha detenido? Unos minutos más no tienen importancia, ¿no cree usted?
       —Pero no me pagan por estar sentado —dice Byron—. ¿De modo que viene usted de Alabama?
       Ahora es ella quien habla, sentada sobre el almohadón de arpillera, con el cuerpo pesado y el rostro sereno y quieto. Él escucha, muy tranquilo también. Ella le dice más de lo que cree decirle, como ha venido haciéndolo con todas las caras desconocidas entre las cuales ha viajado, durante cuatro semanas, con la lentitud imperturbable de un cambio de estación. Y Byron, a su vez, concibe también la imagen de una muchacha traicionada y abandonada, que ni siquiera se da cuenta de que ha sido abandonada ni de que no se apellida todavía Burch.
       —No, creo que no le conozco —dijo Byron, al fin—. De todos modos, aquí, esta tarde, sólo estoy yo. Todos los demás se han ido allá, probablemente a ver el incendio.
       Y le indica la columna de humo amarillo que sube muy recta sobre los árboles, por el aire en calma.
       —Lo vimos desde la carreta, antes de entrar en la ciudad —dice ella—. Debe de ser un gran fuego.
       —Es una casa vieja y grande. Hace tiempo que existe. No vive en ella nadie, únicamente una señora completamente sola. Seguro que ahora mismo estarán diciendo en el pueblo que es un castigo de Dios. Es una yanqui. Su familia vino aquí, durante la Reconstrucción, para agitar a los negros. Dos de sus parientes murieron por ello. Se dice que ella se mezcla todavía en cosas de los negros. Les va a ver cuando están enfermos, como si fuesen blancos. No quiere tener cocinera porque tendría que ser negra. Dicen que asegura que los negros son como los blancos. Por eso no va nadie a verla. Sólo un hombre…
       Lena le observa, mientras le escucha. Él no la mira. Mira un poco de reojo.
       —… o quizás dos, según dicen. Espero que hayan llegado a tiempo para ayudarle a sacar los muebles. A lo mejor ya estaban allí.
       —¿Quiénes son?
       —Dos muchachos que se llaman Joe y que viven muy cerca de ella: Joe Christmas y Joe Brown.
       —¿Joe Christmas? Es un nombre muy raro.
       —También él es un tipo muy raro…
       De nuevo desvía un poco los ojos para no encontrarse con el rostro interesado de Lena.
       —Su socio, Brown, tampoco es corriente. También trabajaba aquí. Pero se largaron los dos. Y creo que todos hemos salido ganando.
       La mujer está sentada en su almohadón de arpillera, interesada, tranquila. Era como si los dos estuviesen sentados, una tarde de domingo, delante de una casa de campo, en butacas de anea, sobre la tierra lisa y apisonada.
       —¿Su socio también se llama Joe?
       —Sí, señora. Joe Brown. Es posible que no sea su verdadero nombre. Pero cuando se piensa en alguien que se llama Joe Brown se ve enseguida a un bocazas que siempre se está riendo y que habla muy alto. Por eso creo que es su verdadero nombre. Aunque parece demasiado corto, y demasiado fácil, para ser un nombre real. Pero yo estoy seguro de que es el suyo. Porque, si sólo se tratase de hablar mucho, Brown, a estas horas, ya sería el dueño del aserradero. De todos modos, la gente parece apreciarle. Al menos, él y Christmas se entienden muy bien.
       Ella le observa. Su rostro sigue estando sereno, pero ahora es más grave, sus ojos son más graves y atentos.
       —¿Y qué hacen, esos dos?
       —Nada malo, supongo. Por lo menos, todavía no les han trincado. Brown trabajaba aquí, si así puede decirse, todo el tiempo que le quedaba después de reírse y gastar bromas a la gente. Pero Christmas se fue. Viven juntos allá abajo, en no sé qué lugar, cerca de la casa que está ardiendo. Me han hablado de cómo se ganaban la vida. Pero, en primer lugar, eso no es asunto mío, y en segundo lugar, suele haber muy poco de verdad en lo que la gente cuenta. A mí no me parece que soy mejor que los demás.
       Lena le observa. Ni parpadea siquiera.
       —¿Y dice que se apellida Brown?
       Esto podría ser una pregunta, pero Lena no aguarda la respuesta:
       —¿Qué historias ha oído contar sobre lo que hacen?
       —No me gusta ofender a nadie —dice Byron—. Creo que no debería hablar tanto. Lo cierto es que, en cuanto un muchacho deja de trabajar, puede meterse en algún lío.
       —¿Qué clase de historias? —dice Lena.
       No se ha movido. Su voz es tranquila. Y Byron ya se ha enamorado de ella, aunque todavía no lo sabe. No la mira. Pero siente que aquellos ojos graves, intensos, están clavados en su rostro, en su boca.
       —Hay quien dice que venden whisky, y que lo tienen escondido allí, donde se quema la casa. Y también se cuenta que un sábado en que Brown andaba borracho por la ciudad, llegó a decir algo que más le valdría no haber dicho: una historia sobre él y sobre Christmas, en Memphis, una noche; o en la carretera, cerca de Memphis. Había un revólver en el asunto, tal vez dos. Pero Christmas llegó enseguida, hizo callar a Brown y le sacó de allí. Era algo que Christmas no quería que se contase, y que Brown no habría contado nunca sin estar borracho. Eso es lo que han dicho. Yo no estaba allí.
       Cuando levanta la cabeza se da cuenta de que ha bajado los ojos para que sus miradas no tengan tiempo de cruzarse. Es como si ya tuviera el presentimiento de algo irreparable, de algo que no puede ser revocado. Él, que creía que aquí, solo en el aserradero, un sábado por la tarde, no corría ningún riesgo de herir, de hacer daño a nadie…
       —¿Cómo es él? —dice ella.
       —¿Quién, Christmas? ¿Por qué…?
       —No hablo de Christmas.
       —¡Ah, Brown! Sí. Es alto, joven, moreno. Las mujeres le encuentran muy guapo. Más de una, según dicen. No pierde ocasión de reír, y de divertirse, y de hacer bromas a la gente. Pero yo…
       Su voz se detiene. No se atreve a mirarla. Porque siente que aquellos ojos, sobrios e inmóviles, están clavados en su rostro.
       —Joe Brown —dice ella—. ¿Tiene una pequeña cicatriz blanca aquí, muy cerca de la boca?
       Byron no puede mirarla. Permanece quieto, sentado sobre el montón de tablas. Ahora ya es demasiado tarde; ahora quisiera haberse cortado la lengua de un mordisco.



3.

      Desde la ventana de su escritorio puede ver la calle. No está lejos, porque el cuadro de césped no es ancho. Sólo es un cuadrito de césped en el que crecen media docena de arces enanos. La casa, un modesto bungalow pardusco y mal pintado, es pequeña también. Unas matas de mirtos, de celindas y de alteas la ocultan casi por completo; sólo dejan un hueco, que es por donde él observa la calle. La casa está tan escondida que la luz del farol que hay en la esquina de la calle apenas la roza.
       Desde la ventana puede ver el rótulo que él llama su monumento. Está colocado en el ángulo del jardín, a poca altura, dando frente a la calle. Tiene un metro de largo y cuarenta centímetros de alto. Es un rectángulo muy neto que los transeúntes sólo ven por un lado. Él, en cambio, sólo lo ve por detrás. Pero no necesita leerlo, porque el día que comprendió que era necesario ganar dinero para poder alimentarse, calentarse y vestirse, hizo él mismo el rótulo con una sierra y un martillo, cuidadosamente, y cuidadosamente también, meticulosamente, pintó en él las palabras que lleva. Cuando salió del seminario tenía unas pequeñas rentas que le venían de su padre. En cuanto tuvo su iglesia, comenzó a enviarlas, al recibir los cheques trimestrales, a una institución de Memphis para jóvenes arrepentidas. Después fue expulsado de su iglesia, fue expulsado de la Iglesia; y la cosa más penosa que, a su juicio, había tenido que soportar en su vida —más penosa aún que la interdicción y la vergüenza— fue la carta que escribió para avisar de que, en lo sucesivo, sólo podría enviar la mitad de lo que hasta entonces había enviado siempre.
       Por consiguiente, continuó enviando la mitad de una renta que, en su integridad, le habría bastado, aunque muy justamente, para vivir. «Afortunadamente, hay cosas que puedo hacer», se dijo entonces. Y ahí el rótulo, carpinteado cuidadosamente por él mismo, y por él mismo escrito con fragmentos de vidrio diestramente mezclados con la pintura de modo que, por la noche, al resplandor del farol, las letras centelleasen y recordasen la idea de Navidad:

REVERENDO GAIL HIGHTOWER, D. D.
Lecciones de artes de adorno
Tarjetas de Navidad y de Aniversario pintadas a mano
Trabajos fotográficos

      Pero de esto hacía ya mucho tiempo, y nunca había tenido alumnos, y había hecho muy pocas tarjetas de Navidad y placas fotográficas; y la pintura y el vidrio machacado se habían desconchado sobre las letras descoloridas. Sin embargo, todavía se podían leer; pero la gente de la ciudad no tenía más necesidad de hacerlo que el propio Hightower. De vez en cuando, no obstante, una nodriza negra, con sus niños blancos, se detenía para descifrarlas en voz alta, con ese aire vacío y estúpido de las personas de su especie, ociosas e ignorantes. Y a veces, algún forastero que se encontraba en la calma de aquella calle alejada, desierta y sin pavimentar, se detenía para leer el rótulo, alzaba los ojos hacia la pequeña casa parda y semioculta y después se alejaba. De cuando en cuando podía ocurrir que el forastero mencionase el rótulo a algún amigo de la ciudad. «¡Ah, sí! Hightower. Vive allí, solo. Llegó aquí como pastor de una iglesia presbiteriana. Pero su mujer le jugó una mala pasada, de vez en cuando se largaba a Memphis de picos pardos. Esto fue hace unos veinticinco años, poco después de que llegara aquí. Algunos pretenden que él estaba al corriente. Que no podía o no quería satisfacerla él mismo y que sabía lo que ella hacía. Y después, un sábado por la noche, la mujer se mató en alguna parte, en una casa de Memphis. Los periódicos no hablaban de otra cosa. Hightower se vio forzado a abandonar la iglesia, pero, por alguna razón, no quiso salir de Jefferson. Trataron de obligarle, en su propio interés y en interés de la ciudad y de la iglesia. No era agradable para la iglesia, como usted comprenderá, que viniesen forasteros y oyesen hablar de aquello. Pero él se negaba a abandonar la ciudad. No quería irse. Desde entonces vive allá abajo, completamente solo, en lo que fue antaño calle mayor. Pero ahora ya no lo es, y algo es algo. Pero el hombre no molesta a nadie y estoy seguro de que la mayor parte de la gente le ha olvidado. Se hace él mismo las labores domésticas. Yo creo que nadie ha entrado en esa casa desde hace veinticinco años. No se sabe por qué continúa allí. Pero, si pasa usted por esa calle, cualquier día, a la caída de la tarde, podrá verle, sentado junto a su ventana. Eso es, sentado, sin hacer nada. El resto del tiempo no se le ve casi nunca, salvo alguna vez, cuando trabaja en su jardín.»
       Así pues, el rótulo que él carpinteó y escribió significa aún menos para él que para la ciudad. Ya no lo considera como un rótulo, como un mensaje. Lo olvida hasta el momento en que se sienta junto a la ventana de su escritorio cuando empieza el crepúsculo. Y entonces el rótulo, desde su punto de vista, no es más que una forma rectangular, familiar, sin ninguna significación, colocada a poca altura al final del angosto césped, a orillas de la calle. Muy bien habría podido nacer de la tierra trágica e inevitable, como habían nacido los arbustos, los arces con sus ramas desplegadas, sin que él los ayudase ni les pusiese obstáculos. Ya incluso ni lo mira, como tampoco mira los árboles a través de los cuales observa la calle esperando la caída de la noche, el momento en que la noche llega. Tras él, la casa, el escritorio, están en sombras; y él aguarda el instante en que toda la luz haya desaparecido del cielo y en que todo esté oscuro, sin ese débil resplandor que todavía retienen la hoja y la brizna de hierba, el débil resplandor que se retrasa un instante sobre la tierra cuando ya ha caído totalmente la noche. Ahora, enseguida, piensa; enseguida, ahora Y no dice, ni siquiera para sí mismo: «Aún queda un poco de orgullo y de honra, un poco de vida».

       Cuando, siete años antes, Byron Bunch llega por primera vez a Jefferson y ve el rótulo: Gail Hightower, D. D. Lecciones de artes de adorno. Tarjetas de Navidad. Trabajos fotográficos, piensa: «D. D. ¿Qué quiere decir D. D.?». Y lo pregunta, y le dicen que aquello significa Done Damned (Condenado para Siempre). Gail Hightower Condenado para Siempre; en Jefferson, por lo menos, así se lo dicen. Y también le dicen que Hightower vino a Jefferson directamente del seminario, después de rechazar todas las demás plazas que le ofrecieron. Que para venir a Jefferson había tocado los resortes que tenía a mano. Llegó con su joven esposa, lleno de agitación al descender del tren. Habló, les contó a los ancianos caballeros y a las ancianas damas, puntales de su iglesia, que había puesto sus miras en Jefferson desde el instante mismo en que decidió hacerse pastor. Les habló de todas las cartas que escribió, de todos los esfuerzos que hizo, de todas las influencias que puso en juego para que le destinasen a este lugar. A la gente de la ciudad, todo aquello les recordaba un poco al tratante de ganado que se vanagloria de haber hecho un buen negocio. Tal vez fue éste el mismo efecto que produjo a los miembros del consistorio. Le escucharon con cierta frialdad, cierto asombro y cierto escepticismo, porque parecía interesarle más vivir en la ciudad que servir al templo y a sus fieles. Como si no le importasen las personas, las personas vivas, ni el saber si estas personas deseaban o no que ocupase aquel puesto. Además era joven, y los ancianos caballeros y las ancianas damas trataron de apaciguar su agitación jubilosa recordándole los problemas serios de la iglesia, las responsabilidades del templo y las suyas propias. Y también le cuentan a Byron que, seis meses después de su llegada, el joven pastor seguía aún muy agitado, que todavía hablaba de la Guerra Civil y de su abuelo, un oficial de caballería que murió en la guerra, y del incendio de los almacenes de avituallamiento que el general Grant tenía en Jefferson, y que hablaba tanto que lo que decía acababa por no tener ningún sentido. Le cuentan a Byron que en el púlpito hablaba de la misma manera, que mostraba en el púlpito la misma extravagancia y que hablaba de la religión como si fuese un sueño. No una pesadilla, sino algo que iba mucho más aprisa que las palabras de la Escritura, una especie de ciclón que ni siquiera tenía necesidad de tocar la tierra. Y tampoco les gustó aquello a los ancianos caballeros y a las ancianas damas.
       Se diría que ni siquiera en el púlpito conseguía hacer una distinción entre la religión, la carga de caballería y su difunto abuelo, muerto en su caballo puesto al galope. Y que, acaso, tampoco podía hacer esta distinción en su hogar, en su vida privada. Y Byron piensa que a lo mejor en su casa ni siquiera lo intentaba. Y piensa que era esa clase de cosas las que los hombres hacen a las mujeres que les pertenecen, y que ésa es la razón de que las mujeres tengan que ser fuertes, y que no se las debe censurar por lo que hacen con los hombres, por ellos, a causa de ellos, pues bien sabe Dios que ser la mujer de alguien no es nada fácil. Le dicen a Byron que la esposa del pastor era una mujer pequeña, de aspecto vulgar, y que, a primera vista, dio a la ciudad la impresión de no tener gran cosa a su favor. Pero la ciudad también le dice que si Hightower hubiese sido un poco más equilibrado, si se hubiese comportado como un pastor debe comportarse, en lugar de haber venido al mundo unos treinta años después del único día en que parecía haber vivido de verdad —el día en que su abuelo había muerto montado en su caballo al galope—, también su mujer habría sido como se debe ser. Pero él no era esa clase de hombre y, a veces, por la tarde o ya entrada la noche, los vecinos oían llorar a la muchacha en la casa rectoral, y los vecinos sabían que el marido no podría evitarlo porque no conocía el origen del mal. Algunas veces, aunque fuese domingo, la muchacha se abstenía de ir al templo donde predicaba su marido, y la gente le miraba a él, preguntándose si habría advertido que ella no estaba allí, si aquel hombre, encaramado allá arriba en su púlpito, y que hacía revolotear las manos a su alrededor, no habría acabado por olvidar que tenía una mujer. Los dogmas que creía predicar se llenaban de cargas de caballería, de visiones de derrotas y de glorias, del mismo modo que cuando en la calle se esforzaba en describir las cargas de caballería sus relatos se mezclaban con absoluciones, con coros de serafines guerreros. Por eso era natural que los ancianos caballeros y las ancianas damas pensasen que lo que él predicaba el día del Señor y en la propia casa del Señor se parecía mucho a un sacrilegio.
       Y le cuentan a Byron que la mujer, un año después de que llegase a Jefferson, comenzó a mostrar en su rostro una mirada fija. Y cuando las damas de la parroquia iban a ver a Hightower, él las recibía solo en mangas de camisa, sin cuello, muy agitado, y, durante un instante, parecía no entender siquiera el objeto de aquella visita ni lo que tenía que hacer. Luego, les rogaba que entrasen, se disculpaba y desaparecía. Y ellas no oían ni un ruido en toda la casa. Sentadas, todas ellas vestidas con ropas de domingo, se miraban unas a otras, y miraban a su alrededor, escuchaban y no oían nada. Después, él volvía con su levita y su cuello. Se sentaba y hablaba con ellas del templo y de los enfermos, y ellas respondían, animadas y tranquilas, sin dejar de escuchar, tal vez vigilando la puerta, tal vez preguntándose si aquel hombre sabía lo que ellas creían ya saber.
       Las damas dejaron de visitarle. Y casi al mismo tiempo no volvieron a mirar en la calle a la esposa del pastor. Y ella seguía comportándose como si todo marchara bien. Después, comenzó a ausentarse y a estar fuera durante un día o dos. La veían partir en el tren de la mañana, con la cara enflaquecida, descarnada, como si no comiera lo suficiente, y aquella mirada que no parecía ver lo que estaba mirando. Y él decía que su mujer había ido a ver a su familia, en algún lugar del sur del Estado. Pero un día, durante una de sus ausencias, una mujer de Jefferson que había ido a hacer unas compras a Memphis la vio entrar apresuradamente en un hotel. Era un sábado. La mujer contó la cosa en cuanto regresó a casa. Sin embargo, al día siguiente, Hightower estaba en el púlpito, con su mezcla de religión y de cargas de caballería, y su mujer regresó el lunes y al domingo siguiente volvió al templo por primera vez en seis o siete meses, y se sentó totalmente sola en el fondo de la iglesia. Después de aquello, durante cierto tiempo, asistió al templo todos los domingos. Luego desapareció de nuevo, esta vez a media semana (era en julio y hacía mucho calor) y Hightower dijo que había ido a visitar a su familia al campo, donde hacía fresco; y los ancianos caballeros, los miembros del consistorio y las ancianas damas le observaban sin saber si creer o no creer lo que decía. Y los jóvenes murmuraban a sus espaldas.
       Tampoco él habría podido decir si él mismo creía o no creía lo que les contaba, ni si aquello le importaba o no, con la costumbre que tenía de mezclar su religión con su abuelo muerto en su caballo al galope, como si la simiente que el abuelo le había transmitido estuviese también sobre el caballo aquella noche y hubiese muerto también; como si, para la simiente, el tiempo se hubiese detenido allí; como si, desde entonces, nada hubiese nacido en el tiempo, ni siquiera él mismo.
       La mujer regresó antes del domingo. Hacía calor. Los viejos decían que nunca se había conocido en la ciudad una ola de calor como aquélla. La mujer fue al oficio aquel domingo y ocupó su sitio en el banco del fondo. Y en medio del sermón saltó de su banco y comenzó a gritar, a vociferar algo dirigiéndose al púlpito, donde su marido había dejado de hablar y se inclinaba hacia delante, con las manos en el aire, inmóvil. Las personas que estaban junto a ella trataron de dominarla, pero ella continuó debatiéndose. Y le cuentan a Byron que se quedó en pie, vociferando, agitando las manos hacia el púlpito en el que su marido seguía inclinado, con la mano levantada y el rostro despavorido, como pasmado en el párrafo tonante y alegórico que no había podido terminar. Nadie sabía si era a él o a Dios a quien la mujer mostraba el puño. Entonces, el pastor descendió y se acercó a ella, y ella dejó de debatirse y él la condujo hacia fuera. Todas las cabezas se volvieron a su paso hasta el momento en que el presidente del consistorio le dijo al organista que tocara. Aquella misma tarde, los miembros del consistorio se reunieron a puerta cerrada. Nunca se supo lo que allí ocurrió, pero Hightower volvió, entró en la sacristía y cerró también la puerta.
       Pero nunca se supo lo que había ocurrido. Sólo se supo que la iglesia había destinado una cierta suma para enviar a la mujer a una institución, a un sanatorio, y que Hightower la llevó, regresó y predicó como de costumbre el domingo siguiente. Las vecinas, algunas de las cuales no habían puesto los pies en la casa rectoral desde hacía meses, fueron muy amables con él. Le llevaron comida de vez en cuando, y se contaron unas a otras, y les contaron a sus maridos, el desorden que había en la casa rectoral, y que el pastor comía como los animales: lo que podía encontrar y solamente cuando tenía hambre. Cada quince días iba a ver a su mujer al sanatorio, y regresaba siempre uno o dos días después. Y el domingo subía al púlpito como si no hubiese sucedido nada. La gente, amable y curiosa, le preguntaba por la salud de su mujer y él se lo agradecía. Y el domingo, de nuevo al púlpito, con sus gestos desordenados y su voz violenta y apasionada, en la que se arremolinaban y giraban a la vez, como fantasmas, Dios y la salvación, su abuelo difunto y los caballos galopantes. Bajo él, los miembros del consistorio y los feligreses estaban sentados, asombrados y molestos. En otoño, la mujer regresó. Tenía mejor aspecto. Había engordado un poco. Y también había sufrido unos cambios más profundos que éstos. Tal vez era que estaba más tranquila o, por lo menos, más despierta. El caso es que ahora era como las damas habían deseado siempre que fuese, como ellas consideraban que tenía que ser la esposa de un pastor. Asistía con regularidad a los oficios, y las damas la visitaban, y ella les devolvía sus visitas, sentada, tranquila y modesta mientras ellas le decían cómo debía dirigir su casa, cómo tenía que ir vestida y las comidas que debía hacerle a su marido.
       Casi se hubiera podido decir que la habían perdonado. Nunca se mencionó ningún crimen, ninguna infracción, y ningún castigo había sido aplicado. Pero la ciudad no creía que las damas hubiesen olvidado los misteriosos viajes a Memphis, con una finalidad en la que todas estaban de acuerdo. Sin embargo, nadie dijo nada, nadie expresó su opinión en voz alta, porque la ciudad estaba segura de que las mujeres honestas nunca perdonaban tan fácilmente las cosas, ni las buenas ni las malas, y porque no quería que el gusto y el sabor del perdón desapareciesen del paladar de su conciencia. Porque la ciudad creía que las damas sabían la verdad, porque también creía que, si las mujeres culpables pueden engañarse en materia de pecado, ya que ocupan buena parte de su tiempo esforzándose en no ser sospechosas, las mujeres honestas, por el contrario, no pueden engañarse, porque, al ser honestas de por sí, no tienen que preocuparse de la propia honestidad ni de la de las demás y, por consiguiente, disponen de mucho tiempo para olfatear el pecado. Ésa es la razón —según creía la ciudad— de que el bien pueda engañarlas casi siempre haciéndolas creer que es el mal, mientras que el mal verdadero nunca puede engañarlas. Así que cuando, al cabo de cuatro o cinco meses, la mujer del pastor se ausentó de nuevo, cuando el marido dijo de nuevo que había ido a ver a su familia, la ciudad pensó que, por una vez, ni siquiera el marido había sido engañado. Fuese como fuese, la mujer volvió y él siguió predicando todos los domingos como si nada hubiera ocurrido, y visitando a la gente y a los enfermos, y hablando de su iglesia. Pero la mujer no asistió más al templo y las señoras dejaron enseguida de visitarla, de ir a la casa rectoral. E incluso los vecinos de enfrente dejaron de verla alrededor de la casa. Y poco tiempo después era como si ella ya no estuviese allí, como si todo el mundo se hubiese puesto de acuerdo en que ella no estaba allí y en que el pastor nunca había estado casado. Y él seguía predicando los domingos y ya no les decía que ella había ido a visitar a la familia. La ciudad pensó que acaso era feliz. Que acaso era feliz por no tener ya que mentir.
       Nadie la vio cuando tomó el tren aquel viernes (o tal vez era un sábado), el mismo día del acontecimiento. Fue el domingo cuando el periódico de la mañana informó a todo el mundo de que, en la noche del sábado, había saltado, o se había caído, por una ventana de un hotel de Memphis, y de que había muerto. En la habitación, estaba con ella un hombre. Le detuvieron. Estaba borracho. Se habían inscrito como marido y mujer, con un nombre falso. La policía descubrió su verdadero nombre, escrito por ella en un trozo de papel que después había roto y tirado a la papelera. Los periódicos lo imprimieron con todas sus letras al contar el suceso: esposa del reverendo Gail Hightower, de Jefferson, Mississippi. Y la información decía que el diario telefoneó al marido a las dos de la madrugada, y que el marido respondió que no tenía nada que decir. Y cuando los fieles llegaron aquel domingo a la iglesia, el patio ya estaba lleno de reporteros de Memphis, que fotografiaban el templo y la casa rectoral. Luego llegó Hightower. Los reporteros trataron de abordarle, pero él no les hizo caso, entró en la iglesia y subió al púlpito. Las ancianas damas y algunos de los ancianos caballeros estaban ya dentro de la iglesia, horrorizados e indignados, no tanto por el asunto de Memphis como por la presencia de los reporteros. Pero cuando Hightower entró y subió al púlpito, dejaron de pensar en los reporteros. Las damas fueron las primeras en levantarse y salir. Luego, los hombres se levantaron también y el templo se quedó vacío. Sólo quedaron en él Hightower, en el púlpito, ligeramente inclinado hacia delante, con las manos apoyadas junto a la Biblia abierta, una a cada lado, y la cabeza todavía erguida, y unos periodistas de Memphis, que tras haberle seguido hasta el interior de la iglesia, se habían sentado en hilera en el último banco. Luego dijeron que no miraba a los feligreses que salían. Que no miraba a nada.
       Se lo cuentan todo, a Byron. Le cuentan que, finalmente, el pastor cerró su Biblia con mucho cuidado y volvió a bajar a su templo vacío. Luego, tras recorrer la nave central sin mirar a la hilera de periodistas, lo mismo que habían hecho los feligreses, franqueó la puerta. Fuera le esperaban los fotógrafos, con sus cámaras preparadas y las cabezas bajo el paño negro. Era evidente que el pastor se había dado cuenta de todo aquello, porque salió de la iglesia tapándose la cara con el salterio abierto que sostenía en sus manos. Pero también era evidente que los fotógrafos esperaban aquello, porque le engañaron. Probablemente él no estaba acostumbrado a esas cosas y le pudieron engañar con toda facilidad, le dijeron a Byron. Uno de los fotógrafos tenía su máquina emplazada de lado, y el pastor no la vio o la vio demasiado tarde. Él ocultaba la cara para el otro, para el que estaba enfrente. Y al día siguiente apareció una fotografía, tomada de costado, en la que se veía al pastor caminando, con el salterio delante de la cara. Y, detrás del libro, se veían sus labios separados, como si sonriese. Pero sus dientes estaban apretados y su rostro recordaba el rostro de Satanás que se ve en los grabados antiguos. Al día siguiente, trajo a casa a su mujer y la enterró. La ciudad acudió a la ceremonia. No hubo oficio fúnebre. Hightower no llevó el cuerpo a la iglesia. Lo llevó directamente al cementerio, y se disponía a leer él mismo en la Biblia cuando se acercó otro pastor y le quitó el libro de las manos. Muchas personas, las más jóvenes, se quedaron contemplando la tumba después de que Hightower y los demás se fueron.
       Después, hasta los miembros de las demás iglesias supieron que la iglesia de Hightower le había rogado que presentase la dimisión y que él se negó a hacerlo. El domingo siguiente, muchos miembros de las demás iglesias fueron a aquélla para ver lo que iba a pasar allí. Hightower llegó y entró en el templo. Su feligresía, como movida por un resorte, se levantó y salió, dejando al pastor con la gente de las otras iglesias, que había ido allí como se va a un espectáculo. Y Hightower, entonces, predicó a aquella gente, del modo en que siempre había predicado, con aquella fogosidad apasionada que se consideró sacrílega y que a la gente de las demás iglesias le parecía demencial.
       Hightower se negaba a dimitir. Se solicitó del consistorio que le enviasen a otro lugar. Pero, después del escándalo, de las fotografías en los periódicos y de todo lo demás, ninguna otra ciudad le aceptaba. Todo el mundo insistía en que no había nada personal contra él. El hombre no había tenido suerte, eso era todo. Había nacido con la negra. Y dejaron de ir al templo hasta las gentes de las otras iglesias, que durante cierto tiempo habían acudido a ella por curiosidad. Aquello ya ni siquiera era un espectáculo; no era más que un escándalo. Pero él seguía yendo a su iglesia cada mañana de domingo a la misma hora, y subía al púlpito, y los feligreses se levantaban y salían, y los papanatas se reunían fuera, en la calle, para oírle predicar y rezar en su iglesia desierta. Y un domingo, cuando llegó, encontró cerrada la puerta, y los papanatas vieron cómo intentaba abrirla, cómo renunciaba enseguida a ello y cómo se quedaba allí, con la cabeza siempre levantada, en aquella calle llena de hombres que no iban nunca a la iglesia y de mozalbetes que no sabían exactamente lo que pasaba, pero que, olfateando que pasaba algo, se detenían para mirar, con unos ojos muy abiertos, al hombre que permanecía en pie, inmóvil, delante de la puerta cerrada. La ciudad supo al día siguiente que Hightower había ido a ver a los miembros del consistorio y les había presentado su dimisión para bien de la iglesia.
       Y la ciudad lamentó sentirse satisfecha, lo mismo que esas personas que a veces compadecen a los que han forzado a hacer lo que ellas deseaban que hiciesen. Se pensó, naturalmente, que el pastor se iría a vivir a otra parte. Pero el caso es que se negó a dejar la ciudad. Le cuentan a Byron la consternación que se apoderó de todos cuando se supo que había comprado la casita de la calle en donde ahora vivía y en la que siempre vivió después del día aquel. Y los miembros del consistorio se reunieron de nuevo, asegurando que le habían dado dinero para que se marchase y que el hecho de haberlo empleado en una cosa muy distinta constituía un abuso de confianza. Fueron a verle y se lo explicaron. Él solicitó licencia para salir un momento de la habitación y volvió a entrar enseguida en ella con la suma que los miembros del consistorio le habían dado. Les devolvió los mismos billetes que había recibido, hasta el último céntimo, e insistió para que los tomaran. Pero ellos se negaron. Y Hightower no dijo de dónde había sacado el dinero para comprar la casa. Por eso, al día siguiente —le cuentan a Byron— hubo quien dijo que Hightower había hecho un seguro de vida a su mujer y que luego pagó a alguien para que la asesinara. Pero todo el mundo sabía que eso no era verdad, incluidos los que lo decían y lo repetían, y los que prestaban oído a lo que éstos contaban.
       Hightower se obstinaba en quedarse en la ciudad. Y un buen día pudo verse el rótulo que había hecho, pintado por él mismo y colocado en el jardín frontero de la casa. Y todos comprendieron que había decidido no marcharse de allí. Seguía teniendo su cocinera que era una negra. La había tenido siempre. Pero le cuentan a Byron que, en cuanto su mujer murió, la gente pareció darse cuenta de pronto de que la negra era una mujer y de que esa mujer negra estaba sola con él en la casa durante todo el día. Y apenas se había enfriado su mujer en su tumba vergonzante cuando las murmuraciones comenzaron: Hightower había empujado a su mujer a la locura y al suicidio porque no era un marido normal, un hombre normal, y la causa de ello era la negra. Ya no faltaba nada: la historia quedaba completa. Byron oyó aquello en silencio, pensando para sí mismo que la gente es igual en todas partes, pero que, según parece, es en las pequeñas ciudades —en las que el mal es más difícil de cometer, más difícil de guardar en secreto— donde las gentes llegan a inventar más historias de unos y de otros; basta con una cosa: tener una idea, una sola y única idea, y susurrarla al oído de los demás. Un día, la cocinera se marchó. Se supo que, cierta noche, un grupo de hombres más o menos enmascarados se presentó en casa del pastor y le ordenó que pusiera en la calle a su cocinera. También se supo que, al día siguiente, la mujer dijo que se había ido por su propia voluntad, porque su amo le pidió que hiciera algo que, según ella, era contrario a Dios y a la naturaleza. Y se dijo que los hombres enmascarados la habían aterrorizado para que se marchase de la casa, porque la cocinera era lo que se llama una morena clara y se sabía que había dos o tres hombres en la ciudad que se opondrían a que hiciese lo que ella consideraba contrario a Dios y a la naturaleza, puesto que, como decían los más jóvenes, para que una negra considere que alguna cosa es contraria a Dios y a la naturaleza, esa cosa tiene que ser terriblemente mala. El caso es que el pastor no pudo —o no quiso— tomar otra cocinera. Quizás los hombres habían asustado aquella noche a todas las negras de la ciudad. Así que, durante algún tiempo, Hightower cocinó él mismo, hasta que un día se supo que había tomado un cocinero negro. Aquello fue el colmo. La misma noche, unos hombres, no enmascarados esta vez, se apoderaron del negro y lo azotaron. Y, cuando Hightower se despertó a la mañana siguiente, encontró rotos los cristales de la ventana de su escritorio y, en el suelo, un ladrillo con un papel escrito en el que se le ordenaba que abandonase la ciudad antes de la puesta del sol. El papel estaba firmado con las siglas K. K. K. Y él no se fue, y, a la mañana siguiente, un hombre lo encontró en el bosque, a una milla de la ciudad. Había sido atado a un árbol y golpeado hasta que perdió el conocimiento.
       Hightower se negó a decir quién lo había hecho. La ciudad sabía que se equivocaba, y algunos hombres vinieron a verlo y trataron de persuadirle para que dejase la ciudad, por su propio bien, porque, según ellos, la próxima vez lo matarían. Pero Hightower se negó a irse. Y ni siquiera quiso mencionar el hecho de que le habían golpeado, aunque le prometieron que se perseguiría a los culpables. Pero él no quería ni una cosa ni otra, ni marcharse ni hablar. Después, de repente, todo el asunto pareció calmarse como se calma un mal viento. Fue como si, por fin, la ciudad se diese cuenta de que Hightower formaría parte de ella hasta el día en que muriera y de que era mejor hacer las paces con él. Como si todo el asunto —piensa Byron— no hubiese sido más que una comedia representada por mucha gente. Ahora, cuando todos habían terminado de interpretar los papeles que les fueron encomendados, podrían vivir en paz los unos con los otros. Dejaron tranquilo al pastor. Se le veía trabajar en su patio o en su jardín, se le veía también en las calles, en las tiendas, con un cestillo colgado del brazo, y la gente le hablaba. Se sabía que guisaba y arreglaba la casa y, al cabo de algún tiempo, los vecinos comenzaron a enviarle comida. Se trataba de la clase de comida que habrían enviado a una familia indigente del aserradero, pero no dejaba de ser comida, y la intención era buena. Porque la gente —piensa Byron— es capaz de olvidar muchas cosas en veinte años. «Creo —piensa— que en Jefferson soy el único que sabe que, todos los días que Dios nos envía, Hightower está allí, sentado junto a aquella ventana, desde que empieza el crepúsculo hasta que se hace totalmente de noche. El único que sabe cómo es la casa por dentro. Los otros no saben siquiera que yo lo sé; y es mejor así, puesto que si lo supieran, tal vez se verían obligados a cogernos a los dos para azotarnos de nuevo, porque la gente no olvida mucho más tiempo que el que recuerda». Y hay otra cosa que Byron ha sabido y observado desde que vino a vivir a Jefferson.
       Hightower leía mucho. Es decir, que Byron había examinado, con una especie de consternación meditativa y respetuosa, los libros que tapizaban las paredes del escritorio: libros de religión, de historia y de ciencia de los que Byron lo ignoraba todo, hasta la existencia. Un día, hacía unos cuatro años, un negro llegó corriendo a casa del pastor. Era un negro que vivía en una cabaña del lindero del bosque, exactamente detrás de la casa del pastor, y dijo que su mujer estaba a punto de parir. Hightower no tenía teléfono. Le dijo al negro que fuese a casa de los vecinos y llamase a un médico. Vio que el negro se acercaba a la verja de la casa vecina, y que, en lugar de entrar, se quedó allí plantado, durante un momento, y luego subió por la calle, sin apresurarse, en dirección a la ciudad. Hightower comprendió que aquel hombre, antes que pedirle a una mujer blanca que telefonease para él, había preferido hacer el camino a pie y perder probablemente una media hora buscando a un médico, con esa forma de actuar de los negros que, como no tienen noción del tiempo, no saben tomar una decisión. Entonces, Hightower se dirigió hacia la puerta de su cocina y desde allí pudo oír los gemidos de la mujer en la cercana cabaña. No quiso esperar más. Corrió a la cabaña y vio que la mujer se había levantado, aunque nunca supo para qué. Estaba en el suelo, a cuatro patas, tratando de volver a subir a la cama. Gemía, lanzaba agudos gritos. Él la ayudó a meterse en el lecho y le dijo que estuviese tranquila. La asustó un poco para que obedeciese y volvió corriendo a su casa. Allí tomó un libro de uno de los estantes, cogió su navaja de afeitar y un cordón, y luego regresó a toda prisa a la cabaña y asistió al parto. Pero el niño nació muerto. Cuando el médico llegó, dijo que la madre le había herido, probablemente, cuando saltó de la cama en la postura que Hightower la había hallado. Aprobó igualmente el trabajo del pastor. Y el marido se mostró también muy complacido.
       «Pero esto sucedió demasiado pronto después de lo otro —piensa Byron—, aunque ya habían transcurrido quince años». Porque, dos días después, comenzaron a decir que el niño era de Hightower y que lo había dejado morir a propósito. Pero Byron cree que ni los mismos que lo contaban se lo creían. Cree que la ciudad se había acostumbrado a contar, a propósito del pastor, unas historias en las que nadie creía. «Porque —piensa Byron— cuando alguna cosa se convierte en costumbre, siempre está a mucha distancia de la verdad y de los hechos». Y recuerda una noche en que Hightower y él charlaban. «Es buena gente —dijo entonces Hightower—. Tienen que creer lo que creen que deben creer. Pero, sobre todo, teniendo en cuenta que, durante algún tiempo, fui yo el maestro y servidor de sus creencias, no me corresponde a mí criticar lo que ellos creen, ni Byron Bunch es nadie para poder decir que están equivocados. Porque todo lo que un hombre tiene derecho a esperar es que se le deje vivir en paz entre sus conciudadanos». Esto sucedía poco tiempo después de que Byron se hubiera enterado de lo ocurrido, poco después de que comenzaran sus visitas nocturnas al escritorio de Hightower. Y Byron aún se preguntaba por qué el otro se quedó en Jefferson, y allí, donde casi podía ver, donde casi podía oír la iglesia que le había repudiado y desposeído. Una noche, Byron se lo preguntó.
       —¿Por qué pasa usted la tarde de los sábados trabajando en el aserradero mientras los demás se divierten en la ciudad? —dijo Hightower.
       —No lo sé —dijo Byron—. Supongo que mi destino es ése.
       —Pues bien, yo también supongo que mi destino es éste —dijo el otro.
       «Pero ahora comprendo la razón —piensa Byron—. Es porque un hombre teme más a lo que pueda sobrevenirle que a los sufrimientos que ya ha padecido. Prefiere aferrarse a los sufrimientos que ya ha padecido para no arriesgarse a un cambio. Sí. Un hombre hablará de su deseo de escapar a los vivos. Pero los más peligrosos son los muertos. Porque de los muertos no se puede escapar; de los muertos que yacen tranquilamente en alguna parte y que no tratan de retenerlo».

       Ahora, la tarde ya ha pasado, y rápida, como fulminada, se desvanece silenciosamente en el ocaso. Ya es plena noche. Sin embargo, él todavía está allí, sentado ante la ventana de su escritorio. Tras él, la oscuridad de la habitación. El farol de la esquina parpadea y luce, creando la ilusión de que la sombra dentada de los arces, que ninguna brisa agita, se estremece suavemente sobre las tinieblas de agosto. Él puede oír en la lejanía, muy difuminadas y no obstante precisas, las ondas sonoras de las voces reunidas en la iglesia. El sonido es a la vez austero y cálido, humilde y orgulloso. Como una armoniosa marea, se hincha y decrece en la sombra de la noche de estío.
       Luego ve a un hombre que se acerca por la calle. Cualquier otro día de la semana habría reconocido la silueta, la forma, el porte, la manera de andar. Pero un domingo por la noche, y con el eco de los cascos fantasmales martilleando en el silencio del escritorio anegado de crepúsculo, observa calladamente la lamentable silueta que avanza a pie, con esa destreza artificial y precaria de los animales que se mantienen en equilibrio sobre sus patas traseras, esa destreza de que está tan pomposamente orgulloso el animal-hombre y que, sin embargo, le traiciona constantemente a causa de las leyes naturales, como la gravedad o el hielo, y también a causa de los cuerpos extraños que él mismo ha inventado: automóviles, muebles en la oscuridad, hasta los residuos de sus propios alimentos arrojados en el suelo o en el pavimiento. Y al ver al hombre de la calle, que pasa bajo el rótulo, franquea la verja y se acerca a la casa, Hightower piensa serenamente en la razón que tenían los antiguos cuando convertían el caballo en un atributo y un símbolo de los guerreros y de los reyes. Inclina el busto hacia delante y observa al hombre que avanza por el sombrío sendero hacia la oscuridad de la puerta. Oye que el hombre tropieza pesadamente en las tinieblas con el primer escalón. «Byron Bunch —dice—. ¡Byron Bunch, en la ciudad un domingo por la noche! ¡Byron Bunch, en la ciudad siendo domingo!».



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar