William Faulkner
(1897-1962)


Dr. Martino
“Dr. Martino”
Originalmente publicado, como “Doctor Martino”, en Harper’s Magazine, CLXIII (noviembre de 1931);
reimpreso en Doctor Martino and Other Stories (1934)
Cuentos reunidos (1950)


       Hubert Jarrod conoció a Louise King en Saint Louis, en una fiesta navideña celebrada en el domicilio de unos conocidos. Hizo un alto en el viaje de regreso a la casa familiar de Oklahoma sólo por cumplir, adornado como iba por el aura de los pozos petrolíferos y de Yale, y corresponder a la invitación de la hermana de un compañero de estudios. O eso se dijo al menos, o tal vez eso quiso creer. Su plan consistía en pasar dos días en Saint Louis, pero se quedó toda la semana y fue a Tulsa sólo a pasar la noche y el día de Navidad con su madre, para regresar «a jugar y tontear un poco más con mi ángel de las ciénagas», se dijo. En el tren, de vuelta, pensó bastante en ella: una chica delgada, tensa, morena. «Y además, proviene de Mississippi —pensó—. Se le nota que tiene lo que hay que tener: una chavala nacida y criada cerca de las ciénagas del Mississippi». Con ello no se refería a su atractivo sexual. Nunca se hubiera llamado a engaño sólo por una cosa así; llevaba ya tres años en New Haven, era socio de los mejores clubes, tenía todo el dinero que quisiera gastar. Además, Louise caía un poco hacia el lado de lo epiceno. A lo que más bien quiso referirse era a una cualidad de la que no llegó a ser consciente del todo: un sentido apasionado, que iba más allá de lo obvio, que la llevaba a creer en ese cambio inmanente al que la suficiencia de rinoceronte que él gastaba, con su barniz de Yale y de pozos petrolíferos, resultó al principio un tanto impermeable. Todo lo que al principio le llamó la atención en ella fue el aire expectante, el aire incluso ansioso, como si anduviera ella a la búsqueda; aire y búsqueda de los cuales en el acto se consideró él motivo.
       Según las apariencias, no estaba equivocado. La primera vez la vio al otro lado de la mesa, durante la cena. No les había presentado nadie, aunque a los diez minutos de levantarse, ella le había hablado, y diez minutos después salieron de la casa sin hacerse notar y tomaron un taxi. Ella dio la dirección.
       No podría él haberse explicado cómo sucedió a pesar de su mucha práctica, su experiencia en lo subrepticio. Tal vez estuvo demasiado absorto en contemplarla; tal vez empezaba a tener conciencia de que el aire tenso y expectante también estaba más allá de donde alcanzaba él, de su juventud, de su apostura, de los pozos petrolíferos y de Yale. Y es que la dirección que dio ella no tendía aparentemente hacia unas luces, hacia una música, hacia el lugar en que ella se sentara a su lado, envuelta en pieles, sin forma definida, su aliento evaporándose más deprisa que si se empeñara en reavivar la brasa de un cigarrillo apagado. Él reparó en las casas oscuras, las calles oscuras y sórdidas.
       —¿Adónde vamos? —le dijo.
       Ella no respondió, no le miró; iba ligeramente adelantada en el asiento.
       —Mi madre no quiso venir —dijo.
       —¿Tu madre?
       —Estaba conmigo, en la fiesta quiero decir. No te la han presentado.
       —Ah. Así que por eso huyes con tanto sigilo. Y yo que me había hecho ilusiones… Creí que había sido por mí —ella seguía sentada al borde del asiento, menuda, tensa, atenta a las casas oscuras: un barrio a medias de viviendas modestas y de tiendas pequeñas—. ¿Tu madre no ha permitido que él viniese a verte?
       Ella no respondió, y se inclinó hacia delante. De pronto dio un golpecito en el cristal.
       —¡Eh, eh! —dijo—. Es aquí mismo —el taxi se detuvo. Se volvió a mirar a Jarrod, que iba arrellanado en su rincón, embozado, con el frío en la cara—. Lo siento. Sé que es una jugarreta penosa. Pero no me quedaba más remedio.
       —No pasa nada —dijo Jarrod—. No le des más vueltas.
       —Sé que es penoso, pero de veras que no podía hacer otra cosa. Si al menos lo pudieras entender…
       —Claro —dijo Jarrod—. ¿Quieres que vuelva más tarde a recogerte? No me gustaría volver solo a la fiesta.
       —Tú vienes conmigo.
       —¿Cómo? ¿Que voy contigo?
       —Sí. Ya verás como todo va bien. Sé que no lo puedes entender, pero todo irá bien, te lo aseguro. Tú vienes conmigo.
       Él la miró a la cara.
       —Por lo que veo, creo que lo dices en serio —dijo—, pero me parece que no. De todos modos, tampoco voy a decepcionarte. Tú marca una hora y yo volveré a recogerte.
       —¿Es que no te fías de mí?
       —¿Por qué iba a fiarme? Esto no va conmigo. Hasta esta noche no te había visto nunca. Me alegra cumplir contigo. Es una lástima que mañana me marche, pero supongo que podrás encontrar a alguien de quien servirte. Anda, entra tú, yo vengo luego a recogerte.
       La dejó allí y regresó en dos horas. Ella debía de estar esperándole pegada a la puerta, porque nada más se detuvo el taxi ésta se abrió de golpe y ella bajó corriendo las escaleras, para montar en el taxi sin darle tiempo a bajar.
       —Gracias —le dijo—. Gracias de verdad. Has sido muy amable. Muy amable.
       Cuando el taxi hizo un alto ante la puerta cochera de la casa de la que entonces llegaba la música, ninguno de los dos se movió en un principio. Ninguno de los dos fue el primero en dar el paso, aunque pasado un instante se besaron. Ella tenía la boca quieta, fría.
       —Me gustas —le dijo—. De veras que me gustas.
       No había terminado la semana cuando Jarrod se ofreció a prestarle sus servicios, aunque ella se negó sin alterarse.
       —¿Por qué? —dijo él—. ¿Es que no quieres volver a verle?
       Pero ella no dijo nada, aunque para entonces él había conocido a su madre, y se dijo: «La vieja de todos modos sí que va detrás de mí». Lo entendió en el acto; también se tomó ese interés como el debido homenaje a sus pozos petrolíferos y su aureola de Yale, puesto que sus tres años de estudiante en New Haven, sin destacar en clase y sin ganar partidos de fútbol, no le habían despojado de la convicción de que estaba llamado a ser presa natural de todas las madres de hijas en edad casadera. Pero no se dio a la fuga, ni siquiera tras descubrir, pocas noches después, que Louise se había ausentado sin dar explicaciones, con lo que supo que había ido, sirviéndose de otro señuelo para disimular, a aquella casa tranquila de la sórdida calle. «Bueno, no hay nada que hacer —se dijo—. Esto se acabó». Pero tampoco se dio a la fuga, tal vez porque en esa ocasión ella se había servido de otro. «Es evidente que le importa mucho», se dijo.
       A la vuelta a New Haven se llevó una promesa de Louise: acudiría al baile de primavera. Ya sabía que la señora King iría con ella. No le importó; un día de pronto se dio cuenta de que en el fondo se alegraba. Supo entonces que era porque también él sabía, o creía, que Louise necesitaba de alguien que la cuidase; supo que él se había rendido incondicionalmente a una mujer entre todas las demás, por más que nunca hubiese dicho nada del amor hablando consigo mismo ni con ninguna mujer. Recordó aquella cualidad que iba más allá de lo evidente y recordó la casa oscura y sórdida, y pensó: «Bueno, pues la tendremos aquí. Tendremos a la vieja». Y un día creyó descubrir la razón, o acaso la respuesta. Fue en clase de psicología; se incorporó en la silla, de pronto muy erguido, sin darse cuenta, atento al profesor. Éste hablaba de las mujeres, en particular de las chicas jóvenes, refiriéndose a esa fase extraña y misteriosa en la que viven durante un tiempo. «Un punto ciego, como el punto en el que entran los pilotos de carreras a los mandos de un avión cuando han de trazar un giro brusco. Cuando lo que ven no es ni el bien ni el mal, y lo que hacen, por tanto, probablemente no sea ni lo uno ni lo otro. Probablemente sea algo más cercano al mal, ya que la maldad misma del mal brota de su realidad, mientras que el bien es la ausencia de un hecho preciso. Un lapso, una hora, en la que ellas mismas son víctimas de aquello por medio de lo cual se harán las víctimas.»
       Esa noche estuvo un rato sentado frente a la chimenea encendida, pero sin estudiar, sin hacer nada. «Tenemos que casarnos pronto —se dijo—. Pronto».
       La señora King y Louise llegaron para asistir al baile. La madre ya peinaba canas y tenía un rostro frío, severo, no arisco, aunque sí vigilante, alerta. Fue también como si Jarrod viese a Louise por vez primera. Hasta entonces no había reparado en que era consciente de la cualidad que iba más allá de lo evidente. Sólo en ese momento la captó al darse cuenta de que había aumentado la tensión, como si ya fuese a un tiempo temor y deseo, como si con la cercanía del verano se acercara ella a un clímax, a una crisis. Y así dio en pensar que estaba enferma.
       —Tal vez debiéramos casarnos cuanto antes —dijo a la señora King—. Yo a fin de cuentas no necesito el título de licenciado —eran todavía aliados, aún no antagonistas, aunque él no le había dicho nada de las dos expediciones en Saint Louis, una de la que tenía conocimiento, otra de la que sospechaba. Era como si no tuviera necesidad de decírselo. Era como si supiera que ella lo sabía, que sabía que él sabía que lo sabía ella.
       —Sí —contestó—. De inmediato.
       Pero la cosa no llegó más allá, aunque cuando marcharon de New Haven las dos, Louise tenía el anillo que él le dio. Pero no lo llevaba en el dedo, y en el semblante ostentaba esa expresión tensa, secreta, más allá de lo que resultaba evidente, que en ese momento descubrió él que también se hallaba más allá de donde alcanzaba él, más allá de la efigie y del porte aureolados que le prestaban los pozos petrolíferos y Yale.
       —Entonces, hasta el mes de julio —dijo él.
       —Así es —repuso ella—. Te escribiré. Te diré por carta cuándo podrás venir.
       Y eso fue todo. Él volvió a sus clubes, a sus clases; sobre todo en la de psicología prestaba atención. «Pues parece que esto de la psicología sí que lo voy a necesitar», pensó, y pensó a la vez en la casa oscura y pequeña de Saint Louis, en la puerta hosca y oscura por la que desapareció ella tan veloz. Tenía que ser eso: un hombre al que él nunca había visto, al que nunca oyó, encerrado en la casa pequeña y callada, en una callejuela sórdida, en Nochebuena. Con inquietud, pensó: «Y soy joven, tengo dinero, soy un hombre de Yale. Y ni siquiera sé cómo se llama».
       Una vez a la semana escribía a Louise; tal vez dos veces al mes recibía respuesta, notas breves, frías, siempre con matasello de sitios distintos, de lugares turísticos y hoteles, hasta mediados de junio, a una semana de la ceremonia de fin de curso y su graduación. Le llegó entonces un telegrama. De la señora King. Decía: «Venga enseguida», y daba por lugar de procedencia del envío Cranston’s Wells, en Mississippi. Una localidad de la que no había oído hablar nunca.
       Esto fue un viernes. A la media hora, su compañero de habitación llegó y lo vio haciendo el equipaje.
       —¿Qué, de fin de semana a Nueva York? —le dijo.
       —Sí —repuso Jarrod.
       —Pues voy contigo. No me vendrá nada mal un poco de distracción antes de vérmelas con el griterío de la multitud ante el altar del decano.
       —No —dijo Jarrod—. Es un asunto serio.
       —Ya —dijo el compañero—. Yo también conozco a una mujer muy seria en Nueva York. En esa ciudad hay más de una.
       —No —dijo Jarrod—. Esta vez no.
       —Pues que te vaya bonito —dijo el compañero.

       El sitio era un balneario, propiedad de una solterona atildada, baja, canosa, que lo había heredado de su padre, junto con algunos de los veraneantes asiduos, treinta años atrás. Era un hotel destartalado, una construcción de madera, y un pabellón donde estaba el manantial, donde los viejos con bolsas bajo los ojos y la piel de pergamino, llegados de las vecinas ciudades de Alabama y Mississippi, tomaban las aguas de alto contenido ferruginoso. Era el lugar en el que Louise había pasado los veranos desde que nació; desde la veranda del hotel, en donde las mujeres de cierta edad, desocupadas, con sus revistas ociosas y sus labores de punto, con sus echarpes de brillantes colores, contemplaban un verano tras otro la comedia que él empezaba a aprender, veía las puntas recortadas del seto de mirto tras las que se ocultaba el banco en el que el hombre al que había empezado a temer, y cuyo rostro ni siquiera había visto, había pasado el día entero a lo largo de tres meses, todos los veranos desde hacía más de quince años.
       Se plantó al lado de la acicalada y canosa propietaria en el último peldaño, a primera hora del día, mientras las ancianas iban y venían del hotel al pabellón, mirándole con ojos de curiosidad disimulada, luminosos y recatados, en secreto.
       «Miran al joven novio de Louise competir contra un muerto y un caballo», pensó Jarrod.
       Pero no se le notó en la cara. En la cara no se le notaba nada, ni siquiera una gran inteligencia, cuando con su alta estatura, muy erguido, con los pantalones de franela y la chaqueta de tweed pese a estar en pleno junio y en Mississippi, mientras que los demás hombres vestían trajes de lino en caso de que llevasen siquiera chaqueta, charlaba con la propietaria acerca del hombre cuyo rostro no había visto, cuyo nombre acababa de conocer.
       —Está delicado del corazón —dijo a Jarrod la propietaria—. Debe cuidarse. Tuvo que renunciar a la consulta, a todo. No tiene a nadie, y dispone del dinero justo para venir todos los años, en verano, y pasar las horas sentado en su banco. Lo llamamos el banco del doctor Martino. Cada verano suelo pensar que será el último, que ya no volveremos a verle. Pero por mayo siempre me llega un mensaje suyo, la reserva. ¿Y quiere que le diga qué pienso? Pienso que es Louise King quien lo mantiene con vida. Y pienso que Alvina King es boba.
       —¿Y por qué es boba? —dijo Jarrod.
       La propietaria lo estaba observando; era la mañana siguiente al día en que llegó. Al mirarla desde arriba por primera vez se dijo: «Se está preguntando cuánto es lo que sé, cuánto me han contado». Y luego pensó: «No. Es porque así está ocupada. Nada que ver con las otras, las de las revistas. Ésta anda ajetreada a todas horas, así sea con darles de comer a las demás, y por eso no se ha enterado de quién soy, ni tampoco se ha pasado todo el tiempo pensando en lo que han pensado las demás».
       Lo estaba observando.
       —¿Hace cuánto que conoce usted a Louise?
       —No hace mucho. La conocí en un baile en la universidad.
       —Ah. En fin, yo pienso que el Señor ha tenido compasión del doctor Martino y que por eso le ha permitido servirse del corazón de Louise, no sé si me explico, pero eso es lo que pienso. Y si quiere se puede reír, me da lo mismo.
       —No me estoy riendo —dijo Jarrod—. Hábleme de él.
       Mirándole a la cara, con aire luminoso, de ave, le contó cómo había aparecido aquel hombre un día de junio, con el traje de lino arrugado y el sombrero de panamá, y le habló de sus ojos. («Los tenía como unos botones de azabache. Y cuando se movía era con enorme lentitud, como si tuviera que insistir en decirse, incluso después de ponerse en marcha, “adelante, ahora, sigue, un paso más”.») Y le contó cómo firmó en el registro, con una letra tan diminuta que apenas se podía descifrar: Jules Martino, Saint Louis, Missouri. Y que año tras año volvía siempre por junio, a pasar el día sentado en el banco, tras el seto de mirtos, a donde el viejo portero negro le llevaba su correspondencia: dos revistas de medicina, un periódico de Saint Louis y las dos cartas de Louise King, una en junio, para decirle que llegaría a la semana siguiente, otra a finales de agosto, diciéndole que ya estaba de vuelta en su casa. En cambio, la propietaria no le contó que tres o cuatro veces al día echaba a caminar un trecho por el sendero, para ver si seguía estando bien, aunque él no se diera cuenta. Mientras la veía contarle todo esto, Jarrod pensó: «A saber qué ríos te habrá obligado a atravesar a ti a nado».
       —Llevaba tres años seguidos viniendo —dijo la propietaria— y no conocía a nadie, no parecía que tuviera ganas de conocer a nadie. Ni siquiera yo me había enterado de que tenía el corazón delicado. Pero siguió viniendo (olvidaba decirle que Alvina King ya pasaba el verano aquí, veranea aquí desde que nació Louise) y un día reparé en que siempre se sentaba de modo que pudiera ver cómo jugaba la pequeña Louise, y se me ocurrió que a lo mejor había perdido a una hija. Eso fue antes de que me dijera que no se había casado y que no tenía familia. Pensé que eso debía de ser lo que le atraía hacia Louise. Y lo miraba mientras él miraba a Louise y la veía crecer. Los veía conversar, lo veía a él mirándola año tras año, así que un día me dije: «Lo que quiere es casarse. Está esperando a que Louise esté en edad casadera». Eso pensé, así es —la propietaria ya no miraba a Jarrod. Rió un momento—. Señor mío, qué cantidad de tonterías he pensado en otros tiempos.
       —No me parece que eso fuera una tontería —dijo Jarrod.
       —Es posible que no. Louise sería una esposa de la que cualquiera estaría orgulloso, y con razón. Y él está completamente solo, sin nadie que le cuide cuando se haga viejo —la propietaria pasaba de los cincuenta—. Calculo que a mí ya se me ha pasado la hora en la que una piensa que es importante que una mujer se case. Calculo que… como me he encargado yo sola de llevar este negocio, he terminado por creer que no tiene mayor importancia lo que haga cada cual, al menos mientras se alimente bien y tenga una buena cama en que dormir —calló. Por un momento pareció que meditase sobre los jardines de sombras moteadas, las ancianas apiñadas bajo la marquesina que resguardaba el manantial.
       —Así que le obligaba a hacer cosas, ¿no? —dijo Jarrod.
       —Usted ha hecho caso de lo que cuenta Alvina King —dijo la propietaria—. Él nunca le obligó a hacer nada. ¿Cómo iba a hacer una cosa así, si nunca se levantaba de ese banco? Nunca se levanta de ese banco. Se sentaba allí y la veía jugar, hasta que la niña se fue haciendo mayor para jugar en la tierra. Entonces, a veces charlaban, sentados los dos en el banco. ¿Cómo iba a obligarle a hacer nada, en el supuesto de que quisiera obligarla, eh?
       —Supongo que tiene usted razón —dijo Jarrod—. Cuénteme qué pasó cuando ella atravesó el río a nado.
       —Ah, ya. A ella le daba miedo el agua, pero un verano aprendió a nadar, aprendió ella sola, en la piscina. Él no estaba allí. Ni tampoco estuvo en el río. Él no lo supo hasta que lo supimos los demás. Él sólo le dijo que no tuviera miedo, que nunca tuviera miedo de nada. ¿Y qué hay de malo en eso, si se puede saber?
       —Nada —dijo Jarrod.
       —Nada —dijo la propietaria, aunque como si no le escuchara, como si no le hubiese oído—. Así que vino ella y me lo dijo, y le dije: «¿Con las serpientes y todo, y no has tenido miedo?». A lo que ella me contestó:
       »“Sí, tuve miedo. Y por eso lo hice.”
       »“¿Por qué lo hiciste?”, le pregunté, y me dijo:
       »“Cuando te da miedo hacer una cosa, sabes que estás viva. Pero cuando te da miedo hacer lo que te da miedo, es que estás muerta.”
       »“Eso ya sé de dónde lo has sacado”, le dije. “Me juego lo que sea a que él no atravesó el río a nado.”
       »“No tenía por qué —contestó—. Todas las mañanas, cuando se despierta, hace lo mismo que tuve que hacer yo para atravesar el río a nado. Esto es lo que he sacado en claro al hacerlo, ¿no lo ves?”, y tomó algo que llevaba colgado de un cordel y me lo enseñó. Era un conejito de metal, o algo parecido; tenía dos centímetros de alto, uno de esos colgantes que se encuentran en las tiendas de baratillo. Se lo había regalado él.
       »“¿Y eso qué significa?”, le pregunté.
       »“Eso es lo que pasa cuando tengo miedo”, dijo. “Un conejo, ¿no lo ves? Pero ahora es de latón. La forma del miedo, pero en latón: no se le puede hacer daño. Mientras lo conserve, ni siquiera tendré miedo de tener miedo”.
       »“¿Y si tienes miedo?”, le dije. “Entonces, ¿qué, eh?”
       »“Entonces se lo devolveré a él”, dijo. ¿Y qué hay de malo en eso, digo yo? Dígame: ¿qué hay de malo en eso? Alvina King ha sido siempre una boba. Y es que Louise volvió al cabo de una hora. Había estado llorando. Vino con el conejo en la mano.
       »“¿Me quiere guardar esto, por favor?”, me dijo. “No permita que lo tenga nadie más que yo. Nadie. ¿Me lo promete?”
       »Y se lo prometí, y le guardé el conejito. Me lo pidió justo antes de que se marcharan. Fue entonces cuando Alvina dijo que no pensaban volver al verano siguiente.
       »“Esta tontería se tiene que acabar”, dijo. “Si no, va a terminar por matarla. Ese hombre es una amenaza.”
       »Y así fue: al verano siguiente no vinieron. Me llegó la noticia de que Louise estaba enferma y supe bien por qué. Supe que Alvina la había empujado a estar enferma, a guardar cama. Pero el doctor Jules vino en junio. “Louise ha estado enferma”, le dije.
       »“Sí”, dijo él, “lo sé”.
       »Pensé que se había enterado, que ella le había escrito. Pero entonces pensé que seguramente su enfermedad no le había permitido escribir, y que además esa boba de madre que tiene… —la propietaria miraba a Jarrod—. Y es que no habría tenido necesidad de escribirle.
       —¿No habría tenido necesidad?
       —Él sabía que estaba enferma. Lo sabía. No hacía falta que ella le escribiese para decírselo. Ahora, ríase si quiere.
       —No me estoy riendo. ¿Cómo lo sabía?
       —Porque lo sabía. Yo supe que lo sabía, así que cuando él no volvió a Saint Louis supe que ella iba a venir. Y en agosto vinieron. Louise había crecido mucho, había estirado, estaba más delgada, y aquella tarde los vi de pie, juntos a los dos, por primera vez. Ella era casi tan alta como él. Fue entonces cuando me di cuenta de que Louise ya era mujer. Y ahora, ahí la tiene: Alvina no hace más que dar la lata, toda preocupada con ese caballo que Louise dice que va a montar.
       —Ya ha matado a un hombre —dijo Jarrod.
       —Y los automóviles han matado a muchos más. Pero usted monta en automóvil. Usted vino en uno. No le hizo ningún daño atravesar el río a nado, ¿verdad?
       —Es que esto es distinto. ¿Cómo puede estar tan segura de que no le hará ningún daño?
       —Porque lo sé.
       —¿Y cómo lo sabe?
       —Usted vaya por allá, vaya a verlo, vaya a ese banco. No le moleste; vaya sólo a verle. Ya verá como entonces también se da cuenta de que lo sabe.
       —Hombre, yo querría tener un poco más de seguridad —dijo Jarrod.
       Volvió en busca de la señora King. Con Louise no había tenido más que una entrevista breve, violenta, amarga. Había sido la noche anterior; ese día había desaparecido. «Pero él sigue allí sentado, en el dichoso banco —pensó Jarrod—. Ni siquiera está con él. Parece como si no tuvieran que estar juntos siquiera: él sabe, incluso estando en Mississippi y ella en Saint Louis, si está enferma o no. En fin: ahora sí sé quién está en el punto ciego».
       La señora King estaba en su habitación.
       —A lo que se ve, mi máximo rival es ese caballo —dijo Jarrod.
       —¿Es que no se da cuenta de que él la obliga a montar, por la misma razón por la que la obligó a nadar en ese río infestado de serpientes? ¿No se da cuenta de que es sólo para demostrar que puede, y para humillarme?
       —¿Y qué puedo hacer yo? —dijo Jarrod—. Intenté hablar con ella ayer por la noche, pero ya vio usted adónde llegamos.
       —Si fuera yo un hombre, no tendría que pedirle que haga lo que ha de hacer. Si viese que la chica va camino de la ruina, de arruinarse por culpa de un hombre, y de un hombre al que no hubiera visto yo en la vida, y ni siquiera supiese quién es… viejo o no viejo, con corazón o sin él…
       —Volveré a hablar con ella.
       —¿A hablar? —dijo la señora King—. ¿A hablar? ¿A usted le parece que le mandé recado para que viniese cuanto antes sólo por hablar con ella?
       —Espere, espere —dijo Jarrod—. Ya verá como se arreglan las cosas. De esto me ocupo yo.
       Tuvo que esperar él bastante más de lo previsto. Era casi mediodía cuando Louise entró en el vestíbulo del hotel, donde estaba él sentado. Se puso en pie.
       —¿Y bien?
       Se miraron a los ojos.
       —¿Y bien qué?
       —¿Sigues decidida a montar ese caballo esta tarde? —preguntó Jarrod.
       —Creía que eso ya lo habíamos dejado bien claro anoche. Pero sigues empeñado en meterte donde no te llaman. No he sido yo quien mandó recado para que vinieras.
       —Pero estoy aquí. De todos modos, jamás pensé que tendría que venir para competir contra un caballo —ella lo miraba con ojos endurecidos—. Qué digo: con algo mucho peor que un caballo. Con un maldito muerto. Con un hombre que lleva veinte años muerto. Él mismo lo dice, según me han dicho. Y seguro que lo sabe de buena tinta: resulta que es médico, un especialista. Supongo que lo mantienes con vida a golpe de sustos, igual que la estricnina. Estás hecha una Florence Nightingale —ella lo miraba con el semblante impávido, fría—. No estoy celoso —siguió diciendo—. No podría tener celos de ese bicho. Pero cuando veo que te obliga a montar un caballo que ya ha matado… —bajó los ojos para mirarle al rostro helado con que lo miraba ella—. Louise, ¿no te quieres casar conmigo?
       Ella dejó de mirarle.
       —Pero es porque aún somos jóvenes. Tenemos muchísimo tiempo, tendremos todo el resto del tiempo. Y tal vez el año que viene, este mismo día, pero el año que viene, cuando todo esté tan bonito, tan cálido, tan verde, y él esté… Es que tú no lo entiendes. Yo al principio tampoco lo entendía, cuando él me dijo cómo es el vivir día tras día con una caja de cerillas llena de cápsulas de dinamita en el bolsillo de la camisa. Un día, cuando tenía yo edad de entender, me dijo que no hay en el mundo nada que no sea vivir, estar vivos, saber que estamos vivos. Y tener miedo es saber que estás vivo, pero cuando haces aquello que te da miedo es cuando vives. Dice que es mucho mejor tener miedo que estar muerto. Él me lo dijo aun cuando en todo momento seguía teniendo miedo, antes de renunciar a tener miedo y saber así que estaba vivo sin vivir. Y ahora que ha renunciado a eso, ahora sólo tiene miedo. ¿Qué quieres que haga yo?
       —Ya. Y yo en cambio puedo esperar, porque no llevo una caja de cerillas llena de cápsulas de dinamita en el bolsillo de la camisa. Ni tampoco una caja de polvos para hacer conjuros, claro.
       —No cuento con que lo entiendas. No fui yo quien te mandó recado para que vinieras. Yo no quería que te vieras mezclado en esto.
       —Pues en eso nunca te paraste a pensar cuando aceptaste el anillo que te di. Además, ya me has mezclado en todo esto, me mezclaste desde la primera noche en que te vi. Y eso aquella noche no te importó. Así que ahora sé mucho más de lo que sabía antes. Por cierto, ¿y él qué opina de ese anillo? —ella no respondió. No le estaba mirando, pero tampoco había apartado la cara—. Entiendo —dijo él al poco—. No sabe nada del anillo. Nunca se lo has querido enseñar —ella siguió sin decir nada, sin mirarle, sin apartar la mirada—. De acuerdo —dijo—, te daré una última oportunidad.
       Ella lo miró.
       —¿Una última oportunidad para qué? Ah —añadió—. El anillo. Quieres que te lo devuelva, es eso —él la miró, estirada, inexpresiva, al sacar del interior del vestido un delgado cordel del que estaba colgado el anillo y un segundo objeto que él reconoció en el gesto seco con que se rompió el cordel, el conejito de metal del que le había hablado la propietaria del hotel. Desapareció y algo le golpeó con fuerza, un picotazo en la mejilla. Ya se había dado la vuelta ella, ya caminaba veloz hacia las escaleras. Pasados unos instantes, se agachó a recoger el anillo del suelo. Miró en derredor. «Están todos en el manantial —pensó con el anillo en la palma de la mano—. A eso vienen todos aquí: a tomar las aguas».
       Allí estaban todas, apiñadas bajo la marquesina que resguardaba el manantial, con sus echarpes de colores y sus revistas. Cuando se acercó al grupo, la señora King se destacó con uno de los vasos empañados en la mano.
       —¿Y? —dijo—. ¿Y?
       Jarrod extendió la mano en la que llevaba el anillo. La señora King lo miró con semblante frío, callada, ultrajada.
       —A veces me pregunto si es de verdad mi hija. ¿Qué hará usted ahora?
       También Jarrod contempló el anillo, con el semblante igualmente frío, inmóvil.
       —Al principio pensé que tenía que competir contra un caballo —dijo—. Pero, a lo que se ve, aquí hay mucho más de lo que suponía, mucho más de lo que se me dijo.
       —Monsergas —dijo la señora King—. ¿O es que se ha parado a oír las bobadas que cuenta Lily Cranston, o las de esos vejestorios de allá? Están todas atontadas.
       —Pero es que nunca he llegado a saber más de lo que parece que todo el mundo ha sabido en todo momento. Claro que yo no soy sino el hombre con el que ella se iba a casar —miró el anillo—. ¿Qué le parece que debería hacer ahora?
       —Si es usted un hombre que tiene que pararse a oír consejos de una mujer en un caso como éste, yo diría que lo mejor es que acepte el consejo, tome su anillo y se vuelva a Nebraska, o a Kansas, o a donde sea.
       —Oklahoma, es Oklahoma —dijo Jarrod con resentimiento. Cerró la mano en torno al anillo—. Seguro que él está en su dichoso banco —añadió.
       —¿Y por qué no iba a estar allí? —dijo la señora King—. Allí no tiene a nadie a quien temer.
       Pero Jarrod ya se marchaba.
       —Vaya usted con Louise —dijo—. Yo me ocupo de esto.
       La señora King lo vio alejarse por el sendero. Se dio la vuelta entonces y arrojó el vaso empañado de agua sucia en una mata de adelfas para entrar deprisa en el hotel y subir la escalera. Louise estaba vistiéndose en su habitación.
       —Así que le has devuelto a Hubert el anillo —le dijo la señora King—. Ese hombre se habrá quedado contento. Ahora ya no tendrás secretos con él, caso de que el anillo fuera un secreto. Como no parece que en lo que a él se refiere guardes nada en privado, como no parece que desees ninguna…
       —Basta —dijo Louise—. Tú no me puedes hablar así.
       —Ah, vaya. Él estaría orgulloso si oyera hablar así a su discípula.
       —Él nunca me daría la espalda. Pero vosotros me dais la espalda —delgada, tensa, permanecía en pie con las manos pegadas a los costados. De pronto se echó a llorar con la cara bien levantada, las lágrimas rodando por sus mejillas—. Me desvivo y me desvivo y no sé qué hacer, y ahora tú, mi propia madre, me das la espalda.
       La señora King se sentó en la cama. Louise permanecía a medio vestir, las prendas que se había quitado esparcidas sobre la cama y la silla. En la mesilla, junto a la cama, estaba el conejito de metal. La señora King lo miró un instante.
       —¿Tú te quieres casar con Hubert? —le dijo.
       —¿Acaso no se lo he prometido, no te lo he prometido a ti? ¿No acepté su anillo de compromiso? Lo que pasa es que no me dejáis en paz. Él no me da tiempo, no me da una oportunidad. Y ahora tú también me das la espalda. Todo el mundo me da la espalda, todos, salvo el doctor Jules.
       La señora King la miraba con frialdad, inamovible.
       —Me parece que la boba de Lily Cranston tiene razón. Me parece que ese hombre tiene algún poder criminal sobre ti. Sólo doy gracias a Dios de que no lo haya usado nada más que para intentar obligarte a matarte, a quedar como una perfecta imbécil. Pero todavía no ha ocurrido, claro…
       —¡Basta! —dijo Louise—. ¡Ya basta! Basta, basta —siguió diciendo incluso cuando la señora King se acercó y la rozó—. ¡Tú me das la espalda! Y ahora Hubert me da la espalda. Te ha hablado de ese caballo cuando me prometió que no diría nada.
       —Yo ya lo sabía. Por eso mandé recado para que viniese. Yo sola no podía hacer nada contigo. Además, cualquiera debería impedir, como sea, que montes ese animal.
       —Tú no me lo puedes impedir. Me podrás encerrar hoy en esta habitación, pero no me podrás tener siempre encerrada. Porque eres más vieja que yo. Aunque falten cien años, te tendrás que morir antes que yo. Y entonces volveré y montaré ese caballo, así que necesite esperar mil años.
       —A lo mejor yo ya no estoy —dijo la señora King—, pero tampoco estará él. Más que él seguro que vivo. Y de todos modos sí te puedo tener encerrada un día en esta habitación.
       Al cabo de un cuarto de hora, el viejo portero del hotel llamó a la puerta. La señora King fue a abrir.
       —El señor Jarrod desea verla, la espera en el vestíbulo —dijo.
       Cerró la puerta con llave al salir. Jarrod estaba abajo. No había nadie más en el vestíbulo.
       —¿Y? —dijo la señora King—. ¿Y?
       —Ha dicho que a ver si Louise le dice en persona que quiere casarse conmigo. Que le envíe una señal.
       —¿Una señal? —los dos hablaban en voz baja, bastante tensos, aunque con calma, con seriedad.
       —Sí. Le mostré el anillo. Estaba sentado en ese dichoso banco, con ese traje que parece que lleva todo el verano sin quitárselo ni para dormir, mirándome con unos ojos como si no diera crédito a que ella haya llegado a ver el anillo. Y me dijo: «Ah, tiene usted el anillo. Su prueba parece estar en las manos en las que no debiera. Si Louise y usted se hubiesen prometido y si se fuesen a casar, es ella quien debiera llevar el anillo. ¿O será que me he quedado un poco anticuado?». Y yo estaba de pie como un idiota, y él miraba el anillo como si lo hubiera comprado en una tienda de baratillo. Ni siquiera quiso tocarlo.
       —¿Usted le mostró el anillo? ¿El anillo? Será idiota… ¿Qué…?
       —Sí, tiene razón. No lo sé. Fue, creo, por su manera de estar ahí sentado, por su manera de obligarle a ella a hacer lo que quiere, digo yo. Fue como si se estuviera riendo de mí a la cara, como si supiera perfectamente que no hay nada que pueda hacer, nada que se me ocurra hacer y que él no haya pensado antes. Como si supiera que siempre podrá interponerse entre nosotros antes de que… con el tiempo…
       —Y entonces… ¿qué? ¿Qué clase de señal dijo que…?
       —No lo dijo. Sólo dijo que una señal, algo que fuese derecho de la mano de ella a la de él. Para que pudiera creer, ya que al tener yo el anillo había saltado mi prueba por los aires. Tuve que sujetar la mano antes de soltarle una bofetada; él estaba sentado en el banco como si tal cosa. Ni se movió. Siguió sentado, con los ojos cerrados, sudando la gota gorda. Entonces abrió los ojos y dijo: «Ahora deme un puñetazo si quiere».
       —Un momento —dijo la señora King. Jarrod no se había movido. La señora King miró a la otra punta del vestíbulo desierto, dándose golpecitos en los dientes con una uña—. Una prueba —dijo—. Una señal —se movió—. Usted espere aquí —volvió a las escaleras, una mujer de peso considerable, desplazándose con la celeridad indomable de una locomotora. No tardó en volver—. Louise está durmiendo —dijo, aunque Jarrod no entendió por qué motivo: de haberle prestado atención tampoco lo hubiera adivinado—. ¿Puede usted tener el automóvil listo en veinte minutos?
       —Sí, claro, pero ¿para q…?
       —Y el equipaje hecho. Yo me ocupo de todo lo demás.
       —¿Y Louise? ¿Quiere usted decir…?
       —Se pueden casar en Meridian, no tardará más que una hora en llegar.
       —¿Casarnos? ¿Louise ha…?
       —Yo tengo una señal de ella que él sí creerá. Usted tenga listas sus cosas y no diga a nadie adónde va, ¿entendido?
       —Sí, sí. ¿Y Louise ha…?
       —He dicho a nadie. Tenga… —le puso algo en la mano—. Recoja sus cosas, y luego tome esto y se lo da a ese hombre. Es posible que insista en que quiere verla, pero de eso me encargo yo. También puede que quiera escribirle una nota. Usted haga lo que le he dicho —se volvió hacia las escaleras deprisa, con agilidad controlada, y desapareció. Jarrod abrió la mano y miró el objeto que ella le dio. Era el conejo de metal. Había tenido un baño dorado, pero eso fue años atrás. Ahora yacía en la palma de su mano, en su muda y deslucida oxidación. Cuando salió de allí no iba exactamente a la carrera, aunque sí muy deprisa.
       Pero al regresar al vestíbulo un cuarto de hora después, iba corriendo a toda velocidad. La señora King le estaba esperando.
       —Ha escrito la nota —dijo Jarrod—. Una para Louise y otra para dejársela aquí a la señorita Cranston. Me dijo que, si quería, podía leer la destinada a Louise —pero la señora King ya se la había arrebatado de la mano y la había abierto—. Me dijo que podía leerla —dijo Jarrod. Respiraba deprisa, jadeando—. Me vio leerla; estaba sentado allí, en el banco. Ni siquiera movió las manos desde que me planté delante de él. Y me dijo: «Joven, señor Jarrod, a usted le ha conquistado una mujer, igual que a mí. Pero con una diferencia: aún ha de pasar mucho tiempo hasta que comprenda usted que, con conquistarlo, lo ha aniquilado». Y le dije: «Si es Louise quien me va a aniquilar, me propongo morir a diario durante el resto de mi vida o de la suya». Y me dijo: «Ah, Louise. ¿Me estaba hablando usted de Louise?». Y le dije: «Muerto». Le dije: «Muerto». Le dije: «Muerto».
       Pero la señora King no estaba allí. Ya había arrancado a subir por las escaleras. Entró en la habitación. Louise se volvió en la cama con la cara hinchada por las lágrimas o el sueño. La señora King le dio la nota.
       —Toma, cariño. ¿Ves? ¿Qué te dije? Sólo quería dejarte en entredicho. Ponerte en ridículo. Utilizarte para pasar el rato.
       El coche circulaba a gran velocidad cuando enfiló por la carretera.
       —Deprisa —dijo Louise. El coche aceleró; miró una vez más hacia el hotel, los jardines repletos de adelfas y de setos de mirto, y entonces se agachó aún más en el asiento, al lado de Jarrod—. Más deprisa.
       —Eso digo yo, más deprisa —dijo Jarrod. La miró de reojo y la volvió a mirar. Iba llorando—. ¿Tan contenta estás? —le dijo.
       —He perdido una cosa —respondió llorando en silencio—. Una cosa que he tenido desde hace mucho tiempo, una cosa que me regalaron cuando era niña. Y ahora la he perdido. Esta mañana la tenía, pero luego no la pude encontrar.
       —¿La has perdido? —dijo él—. Te la regaló… —levantó el pie del acelerador; el coche perdió velocidad—. Pero si tú se la…
       —¡No, no! —dijo Louise—. ¡No te pares! ¡No vuelvas! ¡Sigue!
       El coche circulaba a escasa velocidad, cada vez más lento, aun sin pisar el freno.
       —Pero si tú se la… Ella me dijo que estabas durmiendo —dijo, y entonces sí frenó.
       —¡No, no! —exclamó Louise. Iba adelantada en el asiento; no pareció que le hubiese oído—. ¡No vuelvas! ¡Sigue, sigue!
       «Y él lo sabía —pensó Jarrod—. Allí sentado, en el dichoso banco, lo sabía. Cuando dijo lo que dijo, cuando dijo que yo ni siquiera había comprendido que me había aniquilado».
       El coche se detuvo casi por completo.
       —¡Sigue! —gritó Louise—. ¡Sigue!
       Él la estaba mirando. Por sus ojos, parecía que ella estuviera ciega. Estaba muy pálida, blanca, con la boca abierta, en una mueca de agonía, de desesperación, de una rendición tal que, de haber sido él más viejo, habría comprendido que nunca más volvería a ver en la cara de nadie. Miró entonces cómo su propia mano accionaba la palanca de cambios, cómo su pie volvía a pisar el acelerador. «Él mismo lo dijo —pensó Jarrod—: Tener miedo y pese a todo actuar. Él mismo lo dijo: no hay en el mundo nada que no sea vivir, estar vivos, saber que estamos vivos».
       —¡Más deprisa! —gritó Louise—. ¡Más deprisa!
       El coche ganó velocidad; quedaron atrás el edificio y la ancha veranda en donde los echarpes de colores guardaban silencio.
       En medio de esa reunión de holgados vestidos de verano, de respiraciones viejas y sibilantes, de voces femeninas y entrecortadas que farfullaban a ratos, la propietaria estaba en la veranda con la otra nota en la mano.
       —¿Casada? —dijo—. ¿Casada?
       Como si no fuera ella, sino otra persona, se vio abrir la nota y leerla de nuevo. No le llevó apenas tiempo:

      Lily:
      No se preocupe por mí durante un rato más. Me quedaré aquí sentado hasta la hora de la cena. No se preocupe por mí.

      

J. M.

       —No se preocupe por mí —dijo—. Por mí… —fue al vestíbulo, donde el negro viejo faenaba con la escoba—. ¿Y dices que esto te lo dio el señor Jarrod?
       —Sí, señora. Me lo dio deprisa y corriendo. Y cuando me quise dar cuenta… ¡bruum!, ya habían salido la señorita Louise y él a todo meter por el camino, hacia la carretera, como una patrulla en busca de negros fugitivos.
       —¿Y se fueron camino de Meridian?
       —Sí, señora. Pasando por delante del banco en que se sienta el doctor Jules.
       —Casada —dijo la propietaria—. Casada…
       Con la nota todavía en la mano, salió del edificio y tomó el sendero hasta que avistó el banco en que vio sentada, inmóvil, una figura vestida de blanco. Se detuvo de nuevo, releyó la nota; una vez más oteó el camino hacia el banco que miraba a la carretera. Y volvió al edificio. Las mujeres se habían dispersado en las tumbonas, aunque sus murmullos aún resonaban en la veranda, sibilantes, inextricables unos de los otros; cesaron de pronto cuando la propietaria se acercó y entró en el edificio a buen paso. Fue cuando faltaba una hora para que se pusiera el sol.
       Caía la tarde cuando entró en la cocina. El portero estaba sentado en una silla, junto a los fogones, hablando con la cocinera.
       —Tío Charley —dijo la propietaria desde la puerta—, ve a decirle al doctor Jules que la cena estará lista enseguida, por favor.
       El portero se puso en pie y salió de la cocina por la puerta de servicio. Al pasar por la veranda, la propietaria se encontraba en el último peldaño. Lo vio marchar, desaparecer por el sendero, camino del banco. Pasó una mujer y le dijo algo, pero ella no respondió: fue como si no la hubiera oído, atenta a los matorrales tras los que desapareció el negro. Y cuando reapareció las huéspedes que estaban en la veranda la vieron ponerse en marcha y bajar los peldaños antes incluso de que se dieran cuenta de que el negro iba corriendo, y de súbito callaron y se adelantaron en las tumbones y la vieron cruzarse con el negro sin detenerse, con la falda recogida por el dobladillo, con sus pantorrillas y sus pies de maestra de escuela, y desaparecer por el sendero también a la carrera. Seguían sentadas todas al borde de las tumbonas, en silencio, cuando reapareció: la vieron llegar envuelta en la luz del crepúsculo y subir las escaleras del porche, con una cara en la que se notaba que había visto algo de cuya verdad no dudaba, aunque no estaba del todo dispuesta a creer que fuera en efecto verdad. Tal vez por eso habló con voz bastante baja cuando se dirigió a una de las huéspedes llamándola por su nombre, llamándola «querida».
       —El doctor Martino acaba de morir. ¿Le importaría llamar por teléfono al pueblo? Hágalo por mí.



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