William Faulkner
(1897-1962)


Mistral
“Mistral”
Originalmente publicado en These 13 (1931)
Cuentos reunidos (1950)


I

      Apenas quedaba ni gota del brandy milanés. Bebí un trago y le pasé la botella a Don, que elevó la petaca hasta que el licor cayó inclinado y amarillento por la ranura abierta en la funda de cuero, y así la tenía sujeta en alto cuando llegó el soldado por el camino, la guerrera abierta del todo, empujando la bicicleta. Era un hombre aún joven, con un rostro magro y osado. Nos dio los buenos días malhumorado y echó un vistazo a la petaca al pasar. Lo vimos desaparecer pasado un repecho; seguía empujando la bicicleta cuando lo perdimos de vista.
       Don se echó un buche al coleto y vertió el resto. Golpearon las gotas en la tierra reseca, levantando salpicaduras durante un efímero instante. Sacudió la botella hasta que cayó la última gota.
       —Salut —dijo, y me devolvió la petaca—. Gracias, dioses. Señor mío, sólo de pensar que tendría que irme a la cama con un poco más de eso en el estómago…
       —Tal como hay que bebérselo, no puede ser peor —dije—. Pero basta con que te lo bebas —guardé la petaca en su sitio y seguimos camino para subir el repecho. Al cabo, el sendero trazaba el descenso aún en sombras. El aire era vivo, iluminado como estaba por una luz solar que iba más allá de la mera calidad de la luz y del calor; se oyó repicar la esquila de una cabra en un lugar impreciso, pasado el siguiente recodo del camino, lejana, sin impedimento.
       —No sabes cómo me fastidia verte cargar con eso un día tras otro —dijo Don—. Por eso lo hago. No eres capaz de echártelo al coleto, pero tampoco eres capaz de tirarlo.
       —¿Por qué iba a tirarlo? Ha costado diez liras. ¿Para qué crees que lo he comprado?
       —Sabe Dios —dijo Don. Recortados contra el valle que inundaba la luz del sol, los árboles eran como los barrotes de una reja, el sendero una brecha entre uno y otro, el valle azulado, soleado. La esquila de la cabra se oía más adelante. Un camino más tenue trazaba ángulos rectos, más empinado que la ancha senda por la que caminábamos—. Se ha ido por allá —dijo Don.
       —¿Quién se ha ido por allá? —le dije. Don señalaba la huella tenue de unas ruedas de bicicleta, hacia el punto por el que había tomado el camino más tenue.
       —Ya lo ves.
       —Ésta no debía de ser una pendiente demasiado empinada para él —dije.
       —Pues eso es que iba con prisas.
       —Seguro que sí, con el giro que dio…
       —Puede que haya un henar al fondo.
       —Pero también pudo atravesar el valle y subir por el otro monte y luego volver a bajar a todo correr por ése y subir por éste hasta que se le acabase el fuelle.
       —O hasta que se muriese de hambre —dijo Don.
       —Ésa sí que es buena —le dije—. ¿Tú has oído alguna vez que alguien se haya muerto de hambre montado en una bicicleta?
       —No —dijo Don—. ¿Y tú?
       —No —dije. Descendimos. Dobló el camino y allí estaba la esquila de la cabra. La llevaba puesta una mula cargada que pacía con movimientos delicados, dando tirones que sacudían la esquila, pegada al otro lado del camino, cerca de una ermita de piedra. Junto a la ermita estaba sentado un hombre con traje de pana y una mujer con un echarpe de colores intensos, con una cesta cubierta a su lado. Nos observaron acercarnos.
       —Buen día, signor —dijo Don—. ¿Queda mucho?
       —Buen día, signori —dijo la mujer. El hombre nos miró. Tenía unos ojos azules con el iris medio disuelto, como si los hubiera tenido mucho tiempo en remojo. La mujer le tocó en el brazo, e hizo enseguida un veloz movimiento con los dedos delante de su cara.
       —Buen día, signori —dijo el hombre con una voz seca y metálica, como el canto de la cigarra.
       —Es que ya no oye nada —dijo la mujer—. No, no queda mucho. Desde poco más allá se ven los tejados.
       —Bien —dijo Don—. Estamos fatigados. ¿Es posible que uno descanse un rato aquí, signora?
       —Descansen, signori —dijo la mujer.
       Dejamos caer las mochilas y nos sentamos. El sol caía al sesgo sobre la ermita, sobre la serena y desgastada figura del nicho, sobre dos manojos de ásteres de montaña, ya resecos, que alguien había depositado allí. La mujer volvió a juguetear con los dedos delante del rostro del hombre. La otra mano, que reposaba sobre la cesta, a su lado, la tenía áspera y nudosa. Inmóvil, tenía esa rigidez de la desocupación desacostumbrada, no tanto en reposo cuanto, más bien, extenuada, yerta. Parecía una mano artificial y adherida al borde del echarpe, como si se la hubiese puesto con el echarpe a modo de oportuno complemento. La otra mano, la mano que empleaba para hablar con el hombre, era ágil, flexible, veloz, como la de un prestidigitador.
       El hombre nos miró.
       —Van ustedes a pie, signori —dijo con voz liviana, sin cadencias.
       —Sí —dijimos. Don sacó el tabaco. El hombre levantó la mano en un gesto de desdén apenas perceptible. Don insistió. El hombre hizo una inclinación de cabeza sin haberse levantado, e introdujo los dedos en el paquete de tabaco. La mujer fue quien sacó el cigarrillo del paquete y se lo puso en la mano al hombre. Éste volvió a hacer una inclinación al aceptar la lumbre.
       —A pie desde Milán —dijo Don—. Eso sí está lejos.
       —Está lejos, sí —dijo la mujer. Ondeó brevemente los dedos—. Él ha estado allí —añadió.
       —Estuve allí, signori —dijo el hombre. Sostenía el cigarrillo con gran cuidado entre el índice y el pulgar—. Hay que poner mucho cuidado para que no lo atropellen a uno los carruajes.
       —Sí —dijo Don—. Los que no tienen tiro de caballos.
       —Los que no tienen caballos —dijo la mujer—. Hay muchísimos. Los hay incluso aquí, en las montañas, según tenemos entendido.
       —Muchísimos —dijo Don—. Y siempre a toda pastilla.
       —Sí —dijo la mujer—. Incluso aquí. Yo lo he visto —ondeaba la mano a la luz del sol. El hombre nos miraba fumando en silencio—. Pero las cosas no eran así cuando él estuvo allí, claro —añadió.
       —Yo estuve allí hace mucho tiempo, signori —dijo—. Está lejos.
       Hablaba en el mismo tono que había empleado ella, el mismo tono de aplicada aclaración, serio y cortés.
       —Está lejos —dijo Don. Fumamos. La mula seguía paciendo y dando delicadas sacudidas a la esquila—. Pero se puede descansar un poco más allá —dijo Don, extendiendo la mano hacia el valle, que se disolvía en una soleada tonalidad azul más allá del precipicio en donde daba la vuelta el camino—. ¿Se puede tomar un plato de sopa, algo de vino? ¿Hay donde dormir?
       La mujer nos miraba desde el sereno bastión del sordo, sin almenas, que seguía fumando el cigarrillo y lo sujetaba entre el índice y el pulgar. La mano de la mujer aleteaba delante de su cara.
       —Sí —dijo—; sí. Con el cura, ¿por qué no? El cura los acogerá —dijo algo más, algo que no capté. La mujer retiró el mantel a cuadros que cubría la cesta y sacó una bota de vino. Don y yo dimos gracias con una inclinación y bebimos, primero uno, luego el otro, y el hombre nos devolvió los respetuosos saludos.
       —¿Y vive muy lejos el cura? —preguntó Don.
       La mano de la mujer aleteó con una rapidez difícil de creer. La otra mano, posada sobre la cesta, da la impresión de que perteneciera a otro cuerpo.
       —Pues que lo esperen allí —dijo el hombre. Nos miró—. Es que hoy hay un funeral. Lo encontrarán en la iglesia. Beban, signori.
       Bebimos decorosamente, por turnos, los tres. El vino era áspero, pugnaz, poderoso. La mula seguía paciendo, con una esquila que tintineaba rítmicamente, la sombra alargada con el sol al sesgo, del otro lado del camino.
       —¿Y quién es el muerto, signora? —dijo Don.
       —Tenía que haberse casado con la mujer que cuida del cura en cuanto estuviese recogida la cosecha —dijo la mujer—. Ya se habían leído las amonestaciones y todo. Un hombre rico, y no muy mayor. Hace dos días se murió.
       El hombre le miró a los labios.
       —Bah. Era dueño de unas tierras, de una casa: yo también. Eso no es nada.
       —Era rico —dijo la mujer—. Como era joven y afortunado, mi marido tiene celos de él.
       —Pero ahora ya no —dijo el hombre—. ¿Eh, signori?
       —Vivir es bueno —dijo Don. Dijo: è bello.
       —Es bueno —dijo el hombre, pero también dijo è bello.
       —Así que se iba a casar con la sobrina del cura, dice usted —dijo Don.
       —No, no son parientes —dijo la mujer—. El cura sólo la crió. Seis años tenía cuando él se hizo cargo de ella, que no tenía familia ni cercana ni lejana. La madre se había criado en un orfanato. Vivía en una choza en la montaña, allá mismo. No se supo quién era el padre, y eso que el cura durante mucho tiempo intentó convencer a alguno para que se casara con ella, más que nada por la niña.
       —¿Alguno? ¿De cuáles? —dijo Don.
       —Alguno de los que podrían haber sido el padre, signor. Pero nunca se supo cuál podía ser, no se supo hasta 1916. Era joven, un jornalero; al día siguiente nos enteramos de que la madre también se había marchado, y también a la guerra, porque nunca más se la volvió a ver, no la vieron más los que la conocían, hasta que uno de los nuestros, jovencito aún, volvió después de lo de Caporetto,[1] donde resultó muerto el padre, y nos contó que a la madre la mandaron a una casa de Milán, una casa no por cierto de las buenas. Así que el cura fue a recoger a la niña y hacerse cargo de ella. Seis años tenía entonces, morena y magra como una lagartija. Se había escondido en la montaña cuando el cura fue a recogerla; en la casa no había nadie. El cura la tuvo que perseguir entre las piedras y la capturó como si fuera un animal: iba medio desnuda, y descalza en pleno invierno.
       —Así que el cura se quedó con ella —dijo Don—. Qué valiente.
       —Ella no tenía a nadie, no tenía techo, no tenía pan que llevarse a la boca. Pero nadie lo diría, porque siempre aparecía con un vestido rojo o verde los domingos y festivos, incluso a los catorce años, y a los quince, cuando una muchacha tendría que estar aprendiendo las virtudes de la modestia, y a ser industriosa, para ser, como dice el proverbio, corona de su esposo. El cura había dicho que la chica había de ser para la Iglesia, así que nos preguntábamos cuándo la obligaría a dejarse de esas cosas a mayor gloria de Dios. Pero a los catorce y a los quince ya era la más luminosa, la más vistosa, la más incansable en los bailes, y los jóvenes ya empezaban a ir tras ella, incluso después de que se arreglase lo de la boda entre ella y él, el que se ha muerto allá mismo.
       —El cura cambió de idea con lo de la Iglesia y en cambio le buscó marido… —dijo Don.
       —Para ella encontró el mejor partido que había en toda la parroquia, signor. Joven, rico, con un traje nuevo que estrenaba cada año, comprado en una sastrería de Milán. Llegó entonces la época de la cosecha y… ¿a que no se lo creen, signori? Ella ya no se quiso casar con él.
       —Creí haber entendido que la boda no se había de celebrar hasta después de la cosecha —dijo Don—. ¿Quiere decir que la boda ya se había suspendido un año antes de esta cosecha?
       —Se fue posponiendo durante tres años. Hace tres años se decidió que había de ser después de la cosecha. El compromiso se anunció en la misma semana en que Giulio Farinzale fue llamado a filas. Recuerdo que a todos nos sorprendió mucho, porque ninguno creía que su número fuese a salir tan pronto, por más que fuera soltero y no tuviera más lazos de familia que un tío y una tía.
       —¿De veras? —dijo Don—. Los gobiernos a todos nos sorprenden de vez en cuando con sus decisiones. ¿Y cómo salió del mal paso?
       —No llegó a salir del mal paso.
       —Ah. Por eso se pospuso la boda, ¿no es así?
       La mujer miró a Don durante un minuto.
       —El novio de la muchacha no se llamaba Giulio.
       —Ah, entiendo. ¿Y quién era el tal Giulio?
       La mujer no le respondió de inmediato. Permaneció sentada, cabizbaja. El hombre había estado pendiente de los labios de ambos mientras conversaban.
       —Adelante —dijo—; adelante, cuéntaselo. Son hombres los dos, podrán escuchar la cháchara de las mujeres sólo con los oídos. No hacen más que parlotear, signori; si uno les da un respiro, se ponen a parlotear como los gansos. Beban, beban ustedes.
       —Era uno con el que tenía ella por costumbre reunirse al atardecer a la orilla del río; aún era joven, por eso nos sorprendió que su número saliera tan pronto. Antes de haber tenido tiempo de pensar que tenía ella edad para esas cosas, ya se veía con él a diario. Y se lo ocultaba al cura con más destreza que cualquier mujer hecha y derecha —por un momento, los ojos desleídos del hombre nos miraron con un punto de socarronería.
       —¿Se reunía con ese tal Giulio mientras estaba comprometida con el otro? —dijo Don.
       —No, no. El compromiso se anunció más adelante. Nunca pensamos que tuviera edad suficiente para esas cosas. Cuando nos enteramos, se dijo eso de que una niña sin apellido es como una carta en la oficina de correos: el sobre a lo mejor es como todos los demás, pero cuando uno lo abre… Y los santos se dejan engañar por el pecado más deprisa aún que ustedes y que yo mismo, signori. Más deprisa aún, justo porque son santos.
       —¿Y se llegó a enterar? —dijo Don.
       —Sí. No pasó mucho tiempo. Ella se escapaba de la casa con la caída de la tarde; una vez la vieron, y vieron al cura escondido en el jardín, pendiente de la casa: un siervo del Santísimo jugando al gato y al ratón delante de todo el mundo. Nada bueno, signori.
       —¿Y entonces al joven de pronto lo llamaron a filas? —dijo Don—. ¿Es así?
       —Fue muy repentino, a todos nos sorprendió. En su día todos pensamos que había sido la mano de Dios, y que el cura entonces la mandaría a ella al convento, con las monjas. Y en esa misma semana nos enteramos de que había un compromiso matrimonial entre la chica y ese que se ha muerto allá mismo, para casarse después de la cosecha, y todos dijimos que había sido la mano de Dios la que le había conferido un esposo muy por encima de sus merecimientos, porque el Señor deseaba proteger a Su siervo. Y es que los santos son susceptibles de caer en el mal, lo son igual que ustedes y yo, signori; también ellos están desvalidos ante el pecado si no tienen la ayuda de Dios.
       —Bah, bah —dijo el hombre—. Eso no fue nada. El cura también la miraba con ojos golosos —dijo—. Y es que un hombre es un hombre, por más que vista una casulla. ¿Eh, signori?
       —Y tú que lo digas —dijo la mujer—. Tú que no tienes la gracia del Señor.
       —Y el cura también la miraba con ojos golosos —dijo Don.
       —Ésa fue su prueba de fuego, su castigo por haberle consentido demasiado. Y el castigo no había terminado: llegó el tiempo de la cosecha y nos enteramos de que la boda se había aplazado un año: ¿qué les parece, signori? Una chica llegada de donde llegó ella encontró la oportunidad que le dio el cura para salvarse de sus bajos instintos, de la sangre que le corría por las venas… Nos enteramos de que habían tenido una pelea la chica y el cura, de que ella lo desafió, de que se escapaba de la casa cuando ya se había puesto el sol, de que se iba a los bailes, en donde podría su prometido verla o saber de ella en cualquier momento.
       —¿Y el cura la seguía mirando…? —dijo Don.
       —Ése fue su castigo, ésa fue su expiación. Llegó el tiempo de la cosecha siguiente y la boda se volvió a aplazar hasta después de la cosecha siguiente; ni siquiera se habían empezado a publicar las amonestaciones. Ella lo desafió hasta ese extremo, signori, ella, que era una pobretona, con lo que todos nos dijimos: «Cuando se entere su prometido, cuando sepa que no vale para nada, y eso que hay hijas de buena familia que han aprendido a comportarse con modestia, con decencia…».
       —¿Tiene usted hijas casaderas, signora? —dijo Don.
       —Sí. Una. A dos ya las he casado, pero una me queda en casa. Es una buena chica, signori, aunque se lo diga yo.
       —Bah, mujer —dijo el hombre.
       —Eso es bien fácil de creer —dijo Don—. Así que al final el joven tuvo que marchar al ejército y la boda se aplazó un año más.
       —Un año más, signori. Y luego un tercer año. Al final se iba a celebrar después de esta cosecha; dentro de un mes tenía que haber sido. Se leyeron las amonestaciones; el propio cura las leyó en la iglesia, por tercera vez el domingo pasado, estando él presente con su traje nuevo, recién comprado en un sastre de Milán, y ella a su lado, con el echarpe que él le regaló, y que le había costado cien liras, además de una cadena de oro, pues le hizo obsequios propios de una reina, más que regalos para una chica que no podía dar el nombre de su padre, y así creímos que por fin el cura había cumplido con su expiación, y que el mal por fin había desaparecido de su casa, puesto que el soldado recién reclutado cumpliría también este otoño. Y ahora resulta que el prometido ha muerto.
       —¿Llegó a estar muy enfermo? —dijo Don.
       —Fue todo muy repentino. Era un hombre que estaba sano, un hombre del que cualquiera hubiese dicho que le quedaba mucho tiempo de vida. Un día estaba estupendamente, al día siguiente había enfermado bastante. Y al tercero murió. A lo mejor le llega a usted el repicar de una campana, si es que aguza el oído, que para algo tiene un oído todavía joven.
       Las montañas de enfrente estaban en sombra. En medio se extendía el valle, aún invisible. En el silencio soleado, la esquila de la mula tintineaba con los tirones que daba el animal al azar.
       —Y es que eso queda en manos de Dios —dijo la mujer.
       —¿Quién va a decir que su vida le pertenece?
       —¿Quién va a decirlo? —dijo Don. No me miró, pero habló en inglés—. Dame un cigarro.
       —Los tienes tú.
       —No, no los tengo.
       —Sí, sí que los tienes tú. En el bolsillo del pantalón.
       Sacó el tabaco. Siguió hablando en inglés.
       —Y murió de repente. Y de repente se había anunciado el compromiso. Y también de repente a Giulio lo llamaron a filas. Qué sorprendente. Todo fue muy repentino, todo menos el afán de alguien porque se celebrase la boda. Para eso no parecía que hubiera prisa ninguna, ¿verdad que no?
       —No lo sé. Yo no espiquinglis.
       —De hecho, parece como si se lo hubiesen tomado todo con muchas prisas, más o menos hasta la hora en que a Giulio le hubiese tocado volver a casa. Y por eso creo que voy a preguntarles si es que los curas aquí en Italia tienen buena mano en las oficinas de reclutamiento —el viejo le miró atento a los labios, una mirada grave y concentrada—. Y si éste es el camino principal por el que se baja de la montaña, y si la bicicleta dobló por aquella senda, ¿qué es lo que opinan ustedes, signori?
       —A mí me parece estupendo. Puede que un poco áspero en el paladar. A lo mejor algo podemos encontrar por ahí para quitarnos el regusto.
       El hombre nos miraba a los labios; la mujer había vuelto a agachar la cabeza; con la mano envarada alisó el mantel de cuadros con que cubría la cesta.
       —Lo encontrarán en la iglesia, signori —dijo el hombre.
       —Sí —dijo Don—. En la iglesia.
       Volvimos a beber. El hombre aceptó otro cigarrillo con su cortesía exquisita e inflexible, confiriendo al acto algo tan espléndido como ceremonioso, pero no incongruente.
       La mujer guardó la bota en la cesta y la volvió a tapar. Nos pusimos en pie y tomamos las mochilas.
       —Habla usted muy veloz con su mano, signora —le dijo Don.
       —Pero él también sabe leer los labios. Lo otro lo inventamos acostados los dos en la cama, a oscuras. No duermen mucho los viejos. Los viejos se tumban en la cama a charlar. Eso a ustedes aún no les pasa.
       —Así es. ¿Y ha dado usted muchos hijos al padrone, signora?
       —Sí. Siete. Pero ahora ya somos viejos. En la cama nos tumbamos a hablar.


II

       Antes de llegar al pueblo comenzó a repicar la campana. Desde la flaca aguja que remataba la torre de la iglesia, las notas bien medidas parecían desprenderse de una rama en invierno llevadas por el viento. El viento había comenzado a soplar tan pronto se puso el sol. Vimos el sol rozar las montañas, con lo que perdió el cielo su intenso color azul y adquirió un relumbre vagamente verdoso, como el cristal, sobre el cual destacaba la loma que acabábamos de dejar atrás, donde la ermita se fue desdibujando con el puñado de flores secas tras el desvaído crucifijo, negra y visible aún. Entonces empezó a soplar el viento: una pared en movimiento continuo, llena de invisibles partículas de cualquier cosa. Ante el viento se combaban las ramas sin estremecerse, como si fuese ante la presión de una mano invisible, y con el viento se nos fue enfriando deprisa la sangre, antes incluso de haber terminado la caminata allí donde la senda daba paso a una calle adoquinada.
       La campana seguía repicando.
       —Para ser un entierro, tiene gracia —dije—. Cualquiera diría que debería haberse conservado mucho mejor a esta altitud. Ninguna necesidad había de que lo enterrasen deprisa y corriendo.
       —Se las ha tenido que ver con un hatajo de presurosos —dijo Don.
       La iglesia era invisible desde allí, protegida como estaba por un muro. Nos encontramos ante una verja, cuya cancela daba a un patio cerrado por tres muros y retechado por una parra que sujetaba un enrejado de vigas. Contenía una mesa de madera y dos bancos sin respaldo. Nos quedamos ante la cancela, mirando el patio.
       —Así que ésta es la casa del tío.
       —¿Del tío?
       —Claro. No tenía más lazo familiar que un tío y una tía —dijo Don—. Por allá está la puerta.
       La puerta se encontraba al fondo del patio. Había un fuego encendido más allá, y junto a la puerta había una bicicleta apoyada contra la pared.
       —La bicicleta, inconsciente —dijo Don.
       —¿Eso es una bicicleta?
       —Pues claro. Eso es una bicicleta.
       Era una máquina anticuada, de manillar alto y curvo, hacia atrás, como los cuernos de una gacela. La miramos.
       —El otro camino lleva a la entrada por la parte de atrás —dije—. La entrada de la familia —oímos la campana, a la vez que mirábamos el patio.
       —A lo mejor ahí no pega el viento —dijo Don—. Además, prisa no tenemos ninguna. De todos modos, no lo podríamos ver hasta que haya terminado.
       —Estos sitios a veces son albergues.
       Entramos. Vimos entonces al soldado. Cuando nos acercamos a la mesa salió a la puerta y se plantó de espaldas al fuego del hogar, mirándonos. Llevaba una camisa blanca. Pero por las perneras lo reconocimos. Entonces volvió él a la casa.
       —Así que Mambrú ha vuelto de la guerra —dijo Don.
       —Puede que haya venido para el entierro.
       Escuchamos el repicar de la campana. La luz del crepúsculo era más densa en el interior. Arriba, las hojas parecían rígidas al hacer frente al viento, punteadas sobre el cielo cerúleo y traslúcido. Las campanadas sonaban como si también fuesen hojas aplanadas sobre una parra inviolable por efecto del viento.
       —¿Cómo supo que iba a haber uno? —dijo Don.
       —No sé. A lo mejor el cura le escribió una carta.
       —Puede ser, sí —dijo Don. La luz del hogar tenía un aspecto acogedor al otro lado de la puerta. Vimos entonces a una mujer allí plantada, mirándonos—. Buen día, padrona —dijo Don—. ¿Se puede tomar aquí un sorbo de vino?
       Nos miraba inmóvil, recortada sobre el resplandor del hogar. Era alta y permanecía inmóvil ante el fuego, sin tocar la puerta. Repicaba la campana.
       —Ésa también ha estado en el ejército —dijo Don—. Ha sido sargenta.
       —Puede que fuese ella la coronela que ordenó a Mambrú que se volviera a casa.
       —No. Ése no iba muy deprisa, no mucho, cuando nos pasó por allá arriba. Imposible que fuese ella.
       —Así es, signori —dijo entonces la mujer—. Descansen —se volvió al interior de la casa. Dejamos caer las mochilas y nos sentamos. Miramos la bicicleta.
       —De la caballería —dijo Don—. Me pregunto por qué habrá llegado él por la puerta de atrás.
       —Estupendo —dije.
       —¿Estupendo? ¿El qué?
       —Estupendo. A ver si caes.
       —¿Es una broma?
       —Pues claro que es una broma. Es porque somos unos vejestorios. Será que nos quedamos dormidos a la fresca. Pero eso también es broma.
       —Cuéntame algo que no sea una broma, anda.
       —De acuerdo.
       —¿Tú has oído lo mismo que me ha parecido oír a mí?
       —No espiquinglis. Yo amo Italia. Yo amo a Mussolini.
       La mujer trajo el vino. Lo dejó sobre la mesa y ya se daba la vuelta para marchar.
       —Pregúntaselo —dije—. ¿Por qué no se lo preguntas?
       —De acuerdo, lo haré. ¿Tiene usted militares en la casa, signora?
       La mujer lo miró.
       —Nada de eso, signor. Es mi sobrino, que ha regresado.
       —¿Ha terminado, signora?
       —Ha terminado, signor.
       —Pues acepte nuestras felicitaciones. A buen seguro tendrá muchos amigos que se alegren de su regreso.
       Era delgada, no demasiado vieja, tenía los ojos fríos y miraba a Don con brusca atención, a la espera.
       —Pero hoy tienen ustedes un entierro en el pueblo.
       Ella no dijo nada. Se quedó plantada en donde estaba, a la espera de que Don terminase de hablar.
       —Seguro que se le echará de menos —dijo Don.
       —Esperémoslo —dijo ella. Hizo ademán de marcharse; Don le preguntó por los alojamientos. No había ningún albergue, respondió ella con inmediatez, terminantemente. Entonces nos dimos cuenta de que ya no soplaba la campana.
       Oímos más arriba el susurro constante del viento entre las hojas.
       —Nos han dicho que a lo mejor el cura… —dijo Don.
       —¿Sí? ¿Les han dicho que el cura…?
       —Que a lo mejor podríamos encontrar alojamiento aquí.
       —Pues entonces harán bien en ir a ver al cura, signor.
       Regresó al interior de la casa. Caminaba con largas zancadas, como un hombre, cuando pasó por delante de la lumbre del hogar, y allí desapareció. Cuando miré a Don, él apartó los ojos y alargó la mano al vaso de vino.
       —¿Por qué no le has insistido más? —le dije—. ¿Por qué te rendiste tan pronto?
       —Iba con prisas. Su sobrino acaba de volver a casa tras estar en el ejército, es lo que ha dicho. Llegó esta misma tarde. Quiere estar con él, que por algo no tiene más lazos familiares.
       —A lo mejor le da miedo que lo recluten.
       —¿Y eso también es una broma?
       —Para mí de broma no tendría ni un pelo —dijo, y llenó los vasos.
       —Anda, llámala, dile que vuelva. Dile que te has enterado de que su sobrino se va a casar con la protegida del cura. Dile que queremos hacerles un regalo a los novios. Una sonda para lavados de estómago. Y eso es poca broma.
       —Ya sé que no lo es —se llenó el vaso con todo cuidado—. ¿Qué te apetecería hacer, si pudieras no quedarte esta noche en la casa del cura?
       —Salut —dije.
       —Salut.
       Bebimos. Las hojas, allá arriba, emitían un ruido seco, desatado, continuo.
       —Ojalá fuese verano.
       —Aunque estuviésemos en un henar, esta noche íbamos a pasar frío.
       —Sí. Me alegro de no tener que pasar la noche en un henar.
       —Tampoco sería mala cosa si caldeamos un poco el heno y dormimos a pierna suelta.
       —Pero no va a ser necesario. Podemos dormir mucho mejor y emprender camino mañana bien temprano.
       Llené los dos vasos.
       —A saber cuánto queda hasta el pueblo siguiente.
       —Está demasiado lejos —bebimos—. Ojalá fuese verano. ¿No estás de acuerdo?
       —Sí.
       Vacié la botella en los dos vasos.
       —Ten, toma un poco de vino.
       Los dos levantamos el vaso y nos miramos el uno al otro. Las partículas del viento parecían penetrar bajo nuestra ropa, atravesar la carne, hacer mella en los huesos, traspasar los ladrillos y el yeso de las paredes para alcanzarnos.
       —Salut.
       —Eso ya lo dijimos antes —dijo Don.
       —De acuerdo. Entonces, salut.
       —Salut.
       Éramos jóvenes los dos: Don tenía veintitrés, yo veintidós. Y es mucho lo que cuenta la edad, además de ser indisoluble del lugar en que uno ha nacido o se ha criado. Así que estando tan lejos de casa, a una distancia considerable en el espacio y en el tiempo y en la experiencia, uno es a la vez mayor y es eternamente más joven de lo que en el fondo es al mismo tiempo.
       Nos quedamos de pie a merced del viento negro y vimos pasar el entierro, el cura, el ataúd, un puñado de deudos, las prendas de todos ellos y en especial las del cura de un negro herrumbroso, henchidas por el viento, el cura al frente de todos ellos, con lo que daba una ilusión de premura improcedente, como si en el fondo quisieran adelantarse los unos a los otros al atravesar el crudo crepúsculo de tonalidad verdosa (el aire era como tener que beber limonada helada en lo más crudo del invierno) y entrar en la iglesia.
       —Así nos guarecemos del viento —dijo Don.
       —Aún quedará una hora de luz.
       —Claro. Podríamos rebasar la loma antes de que anochezca —me miró. Yo aparté la vista. Las tejas rojas se habían ennegrecido—. Y así nos resguardamos del viento —la campana volvió a repicar—. No tenemos ni idea. Lo más probable es que no haya nada. Bueno, en cualquier caso no lo sabemos. Y no lo tenemos por qué saber. Resguardémonos del viento.
       Era una de esas iglesias espartanas, cuadradas, de piedra, construidas por mandato de aquellos rigurosos condes y férreos obispos que hubo en Lombardía. Era ya vieja de construcción; el paso del tiempo no la había suavizado, no podría haberla suavizado, ni aunque pasara todo el tiempo del mundo. Podrían con la misma haber construido las montañas y haber inventado el crepúsculo en una mazmorra bajo tierra.
       Y junto a la puerta estaba apoyada la bicicleta. La miramos en silencio al entrar en la iglesia y allí nos sentamos en silencio. Los dos a la vez, al ver a un barbudo, dijimos:
       —Me apunto el tanto.[2]
       —Es uno de los que portan el féretro —dijo Don—. Por eso ha venido ése a casa.
       Repicaba la campana. Pasamos por la cancela y nos detuvimos detrás de la iglesia. Estábamos ya a resguardo del viento, quitando los fríos remolinos que nos arremetían por la espalda. Lo oíamos allá fuera, desgarrando el tañido lento de la campana nada más nacer del campanario, de modo que cuando nos llegaban las campanadas era como si fueran ecos llegados desde muy lejos. La nave de la iglesia, engarzada en lo alto, en la sombra, empequeñecía el grupo nada nutrido de figuras cabizbajas. Más allá de ellas, sobre los cirios que ardían de firme, se alzó la Hostia, remontando el aire hacia las sombras hollinosas como festones de telarañas, con un aire tan entristecido como triunfante, como las alas. No sonaba el órgano, no había música, no hubo en principio ningún sonido humano. Se arrodillaron todos los presentes en medio de la penumbra empequeñecida, en medio de la luz fría, serena y tenue que despedían los cirios. Era como si estuvieran todos muertos.
       —Se hará de noche mucho antes de que terminen —susurró Don.
       —Puede que sea por la cosecha —le dije en un susurro—. Tendrán que trabajar seguramente durante el día entero. No pueden los vivos cuidarse de los muertos, ya lo sabes.
       —Pero si fuera rico, y nos han dicho que lo era, a mí me parece que…
       —¿Quiénes entierran a los ricos? ¿Son los ricos los que se ocupan, o se ocupan los pobres?
       —Se ocupan los pobres —dijo Don en un susurro.
       Apareció entonces el cura por encima de todas las cabezas inclinadas. Al principio no lo habíamos visto, pero por fin estaba allí, informe y desdibujado entre las sombras, por debajo de las llamas de los cirios, con el rostro como un manchurrón, una huella dactilar, sobre la penumbra en la que ascendía la Hostia en una serie de churretones disueltos como una cascada; su voz colmaba todo el ámbito de la iglesia bien despacio, de continuo, como alas que batieran contra la piedra fría, contra la resonancia del viento en la que las velas, sin que el viento las alcanzara, parecían pintadas.
       —Así que ése la miraba con ojos… —susurró Don—. Tenía que sentarse a la mesa frente a frente con ella, ¿me sigues?, y tenía que verla. Tenía que verla comer todo lo que la fue cambiando y la hizo pasar de no ser nada a serlo todo, a sabiendas de que ella no tenía nada que llevarse a la boca por sus propios medios, a sabiendas de que lo que él le daba era lo que estaba obrando el cambio, un cambio que no era para su disfrute. Ya sabes cómo son: las muchachas un buen día no son nada, y de pronto lo son todo. Las ves cambiar delante de tus propias narices. No, no delante de las narices: a oscuras es lo mismo. Tú sabes lo que ha de ser antes de que sea, antes de que lo sepan ellas; lo que te aterra no es que se conviertan en otra cosa, sino que lo descubran mucho después de que tú lo sepas: demasiadas veces mueres. Y eso no está bien. No es justo. Ojalá no tenga nunca una hija.
       —Eso es incestuoso —susurré.
       —Nunca he dicho que no lo fuera. Dije que era como el fuego. Como ver brotar el fuego y verlo escapar veloz.
       —Una de dos: o ves cómo arde el fuego o en el fuego te quemas. O no estás en ninguna de las dos. ¿Qué prefieres?
       —No lo sé. Si fuese chica, creo que preferiría arder en él.
       —¿Antes incluso que no estar allí en absoluto?
       —Sí.
       Y es que éramos jóvenes. Y los jóvenes parecen impermeables a todo menos a las bagatelas. A las bagatelas sabemos darles sin querer trágica profundidad, que es como es el mundo. Y es que a fin de cuentas no hay nada particularmente profundo en la realidad. Y es que cuando alcanza uno la realidad, más o menos a los cuarenta o cincuenta o sesenta, descubre que sólo tiene dos metros de profundidad y menos de seis metros cuadrados de superficie.
       La cosa terminó entonces. Otra vez a la intemperie, el viento soplaba de firme desde los negros cerros, ahuecando el cuenco de cristal verde del cielo. Los vimos salir en fila india de la iglesia y llevar el ataúd al cementerio. Eran cuatro los que llevaban unos faroles de hierro, y con el crepúsculo se apiñaron en silencio en torno a la tumba a la vez que el viento cargaba de firme sobre ellos y sobre las llamas de los faroles, escupiendo un fino polvo en la tumba como si la naturaleza tuviera prisa por ocultarla. Y terminaron pronto. Los faroles se pusieron en movimiento, bamboleantes, y vimos al cura. Cruzó el cementerio en dirección a la sacristía con andares presurosos, llevado por el viento racheado que le abultaba la negra sotana. El soldado iba vestido de paisano. Se destacó del gentío, caminando con las mismas zancadas largas que habíamos visto en su tía. Nos miró un instante con rostro enjuto y malhumorado, y montó en la bicicleta para marcharse.
       —Era uno de los portadores del ataúd —dijo Don.
       —¿Y qué opinan de eso, signori?
       —No espiquinglis —dije—. Yo amo a Italia. Yo amo a Mussolini.
       —Eso ya lo has dicho antes.
       —De acuerdo. Entonces, salut.
       Don me miró con rostro serio.
       —Salut —dijo. Y miró hacia la sacristía, sujetándose mejor las tiras de la mochila en los hombros. La puerta de la sacristía estaba cerrada.
       —Don —dije. Se detuvo, mirándome de nuevo. Los montes habían perdido toda perspectiva; parecía que se venciesen hacia nosotros. Era como estar en el fondo de un volcán extinguido y colmado de ese viento extraviado, salvaje, inerte en su propio empuje y colmado de un polvo en movimiento, insomne. Nos miramos uno al otro.
       —De acuerdo, maldita sea —dijo Don—. Tú dirás qué hacemos.
       Nos miramos uno al otro. Al cabo de un rato acaso el viento sonara como si se hubiese dormido. Si estuviéramos a resguardo, entre cuatro paredes, acaso así fuera.
       —De acuerdo —dije.
       —Eso no me lo dirás en serio, tú. Maldita sea, algo tenemos que hacer. Estamos en octubre, no en verano. Y no sabemos nada de nada. No nos enteramos de nada. No hablamos italiano. Amamos Italia, eso sí.
       —He dicho que de acuerdo —dije. La sacristía también era de piedra, desolada en medio de un jardín descuidado. Íbamos a mitad de camino por un camino de losas cuando se abrió un ventanuco bajo el alero y alguien de blanco se asomó a mirarnos y cerró en el acto la contraventana. Fue un visto y no visto. Volvimos a decirnos a la vez, en voz baja:
       —Me apunto el tanto.
       Pero estaba demasiado oscuro, y el ventanuco se había vuelto a cerrar. No tardó ni diez segundos.
       —Mejor habría sido decir que te apuntas la tanta —dijo Don.
       —Es verdad. ¿Es una broma?
       —Sí. Claro que es una broma.<[3]
       Una campesina con una cara que parecía de madera nos abrió la puerta. Llevaba una palmatoria en la mano, y la llama se inclinó hacia el interior debido al viento. A su espalda, el vestíbulo estaba a oscuras; emanaba un olor rancio, helado. Siguió plantada en donde estaba, los ásperos planos y el contorno de su rostro en marcado relieve, los ojos dos cavernas en las que relucían dos llamitas, mirándonos.
       —Adelante —dije—. Dile algo.
       —Nos han dicho que el reverendo, signora —dijo Don—, que a lo mejor es posible…
       Levantó la otra mano y protegió la llama a la vez que nos impedía el paso con su cuerpo en la puerta.
       —Somos viajeros, estamos de excursión; nos han dicho que a lo mejor es posible encontrar algo de comer y un sitio donde dormir…
       Cuando la seguimos por un pasillo llevamos con nosotros, en los oídos, el continuo y sordo ulular del viento reciente, como si fuese una concha de mar pegada al oído. No había más luz que la de la vela que llevaba en alto. Por eso, tras ella, caminamos en una casi total oscuridad, de la cual emergió la sombra quebrada de una escalera en una de las paredes, una sombra que se irguió en penumbra al paso de la vela y se disolvió en peldaños ascendentes, llevándose por los bordes dentados la mirada hasta una pared en la que ya no había luz ninguna.
       —De aquí a nada estará demasiado oscuro —dijo Don.
       —Puede que para entonces ya no necesite ésa el candil.
       —Puede ser.
       La mujer abrió una puerta; entramos en una estancia iluminada. Había en ella una mesa sobre la que reposaba una vela en un candil de hierro, una garrafa de vino, una barra larga de pan, una caja de metal con una ranura en la tapa. La mesa estaba puesta para dos. Dejamos las mochilas en un rincón y la vimos colocar otro plato y traer otra silla del vestíbulo. Pero con eso eran sólo tres servicios; la vimos llevarse el candil y salir por una segunda puerta. Entonces me miró Don.
       —Puede que a fin de cuentas la veamos.
       —¿Cómo sabes que no es él quien vendrá a sentarse?
       —¿Cuándo va a venir? ¿Es que no sabes dónde estará? —lo miré—. Tendrá que plantarse ahí fuera, en el jardín.
       —¿Cómo lo sabes?
       —El soldado estaba en la iglesia. Tiene que haberlo visto. Tiene que haberse enterado…
       Miramos a la puerta, pero era la mujer. Traía tres platos de sopa.
       —¿Sopa, signora? —dijo Don.
       —Sí. Sopa.
       —Qué bien. Venimos de muy lejos —dijo. Ella colocó los platos en la mesa—. Desde Milán —la mujer miró por encima del hombro a Don.
       —Pues más les valiera haberse quedado allá —dijo, y se fue. Don y yo nos miramos uno al otro. Seguía teniendo todo el viento en los oídos.
       —Entonces es que está en el jardín —dijo Don.
       —¿Cómo lo sabes?
       Pasado un rato, Don dejó de mirarme.
       —La verdad es que no lo sé.
       —No. Claro que no. Y yo todavía menos. Es mejor no saber. ¿No te parece?
       —No. No espiquinglis.
       —Pues yo estoy seguro.
       —Justo lo que yo quería decir —dijo Don. El susurro que aún llevábamos en los oídos parecía que llenase la estancia de viento. Al cabo nos dimos cuenta de que era el viento lo que estábamos oyendo, aun cuando el único ventanuco de la estancia estuviera cerrado a cal y canto. Era como si en la estancia apacible nos hallásemos aislados en la última cumbre del espacio, ahuecada entre murmullos en medio del caos y de la larga, oscura furia del tiempo. Parecía extraño que la llama de la vela aguantase inmóvil en el pábilo.



III

       Así que no lo vimos hasta que no estuvimos en la casa. Hasta entonces no había sido más que una figura informe, desaliñada, tirando a menuda, con andares presurosos en medio de la oscuridad que barría el viento, en cabeza de la comitiva del entierro, y una voz. Era como si ni lo uno ni lo otro formasen parte de lo mismo: la figura de negro sacudida por el viento y la voz que agitaba el aire quietado por encima de las velas, desapasionada, fría, incansable y exhausta y desamparada.
       Hubo algo precipitado en su manera de entrar, como un buceador que se llenase de aire los pulmones antes de zambullirse. Ni siquiera nos miró y ya estaba hablando, ya nos había saludado y se había disculpado por la tardanza, todo ello con una voz grave, con palabras veloces. Con todo, sin haber dejado de hablar y sin habernos mirado siquiera, se desplazó hacia las otras sillas y tomó asiento y agachó la cabeza sobre el plato y recitó una bendición en latín sin hacer una sola pausa; su voz de nuevo parecía brotar lenta y descansada, un punto por encima del ruido del viento, igual que en la iglesia. Así siguió un rato, de modo que al cabo levanté la cabeza. Don me estaba mirando, las cejas un tanto enarcadas; miramos los dos hacia el cura y vimos que flexionaba las manos, una a cada lado del plato. Fue entonces la mujer la que dijo una palabra con brusquedad a mi espalda; yo no la había oído entrar: una mujer macilenta, no muy alta, con un rostro del color de la caoba clara y cualquier edad comprendida entre los veinticinco y los sesenta años. El cura calló. Nos miró por primera vez con ojos débiles, presurosos. Los tenía castaños y sin iris, como los ojos de un perro viejo. Mirándonos, era como si se hubiese obligado a latigazos y como si sostuviera la mirada en alto, presa de una desesperación acongojada y precipitada.
       —Lo olvidaba —dijo—. A veces hay momentos…
       La mujer le volvió a escupir una sola palabra cuando depositó la sopera sobre la mesa, la sombra de su brazo sobre el rostro del cura, donde se quedó posada. Pero nosotros ya habíamos apartado la mirada. El viento constante azotaba los aleros de piedra; la llama de la vela seguía firme como un lápiz afilado en medio del ruido aquietado del viento. La oímos servir la sopa en los tres platos, aunque se quedó allí quieta más de lo necesario, el rostro del cura ensombrecido por su brazo. Parecía que nos retuviera a todos hasta que el momento, fuera el que fuese, hubiese pasado. Salió. Don y yo comenzamos a comer. A él no le miramos. Cuando por fin tomó la palabra, lo hizo en un tono llano, cortés, desinteresado.
       —¿Y vienen ustedes de lejos, signori?
       —De Milán —dijimos los dos.
       —Y, antes, de Florencia —dijo Don. El cura agachaba la cabeza sobre su plato. Comía deprisa. Sin alzar los ojos, indicó con un gesto la barra de pan. Se la acerqué. Partió un pedazo y siguió comiendo.
       —Ah —dijo—. Florencia. Eso sí que es una ciudad. Es mucho más… ¿cómo dicen ustedes? Mucho más spirituel que Milán.
       Comía deprisa, sin miramientos. Llevaba la sotana echada hacia atrás, y debajo una camiseta interior de franela que se había remangado. Hacía ruido con la cuchara, golpeando el plato; entró entonces la mujer con una fuente de brécol. Retiró los platos soperos. Él extendió la mano y ella le acercó la garrafa; el cura llenó los vasos sin levantar la vista, y alzó el suyo con un gesto veloz. Pero sólo había fingido beber; en realidad me miraba a la cara cuando yo lo miré. Aparté los ojos; oí el ruido que hacía con los cubiertos, y Don se volvió a mirarme. Entonces se interpuso el hombro de la mujer entre nosotros y el cura.
       —A veces hay momentos… —dijo. E hizo ruido con el plato.
       Cuando le habló la mujer en un dialecto endiablado, estridente, el cura echó la silla para atrás y vimos en un instante sus ojos acongojados por encima del brazo de ella.
       —A veces hay momentos… —dijo levantando la voz, pero la mujer ahogó lo que fuera a decir, interponiéndose del todo entre nosotros. Don y yo dejamos de mirarlo y los oímos salir de la estancia. Dejamos de oír sus pasos. Entonces ya sólo oímos el viento.
       —Era el oficio de difuntos —dijo Don, y es que Don era católico—. Lo que dijo al bendecir la mesa.
       —Ah —dije—. No lo sabía.
       —Sí. Era el oficio de difuntos. Se trabucó, se hizo un lío.
       —Claro —dije—. Eso tiene que ser. ¿Qué hacemos ahora?
       Nuestras mochilas estaban en el rincón. Dos mochilas pueden tener una pinta tan humana, tan absolutamente humana y exhausta, como dos zapatos. Mirábamos a la puerta cuando entró la mujer. Pero no iba a quedarse allí. Ni siquiera nos miró.
       —¿Y ahora qué hacemos, signora? —dijo Don.
       —Coman.
       No se detuvo. Volvimos a oír el viento.
       —Toma un poco de vino —dijo Don. Tomó la garrafa, la sostuvo en alto, encima de mi vaso y aguzamos los dos el oído. La voz llegaba del otro lado de la pared, tal vez con dos paredes de por medio, en un atropellado torrente de palabras indistinguibles. No estaba hablando con nadie, eso se notaba a la legua. Estuviera donde estuviese, estaba solo: eso se notaba a la legua. O acaso fuese el viento. Es posible que en toda situación exagerada por la naturaleza, con el viento, con la lluvia, con la sequía, el hombre seguramente siempre está solo. Siguió así durante más de un minuto, mientras Don sostenía la garrafa encima de mi vaso. Por fin me sirvió. Nos pusimos a comer. La voz llegaba apagada, en sordina, sostenida, como si fuese un ruido producido por una máquina.
       —Si al menos estuviésemos en verano… —dije.
       —Toma un poco de vino —sirvió los vasos. Cada uno sostuvo el suyo en alto. Aquello sonaba como una máquina. Se notaba que estaba solo. Cualquiera se hubiese dado cuenta—. Eso es lo malo —dijo Don—. Porque aquí no hay nadie. No hay nadie en toda la casa.
       —La mujer…
       —Y nosotros.
       Me miró.
       —Ah —dije.
       —Pues claro. ¿Qué mejor oportunidad pudo encontrar ella? ¿Qué más pudo pedir? Él estuvo aquí al menos cinco minutos. Y el otro acaba de volver del ejército tras tres años de ausencia. El primer día que está en casa, y entonces llega la tarde, y la puesta de sol, y se hace de noche. Ya la viste. ¿No la viste allá arriba?
       —Él cerró la puerta con cerrojo. Sabes que echó el cerrojo.
       —Esta casa es la casa de Dios: no se le pueden poner cerrojos. Eso sí que no lo sabías, ¿eh?
       —Correcto. Se me olvida que eres católico. Algunas cosas sí que sabes. O más bien es mucho lo que sabes, ¿no?
       —Qué va. Yo no sé nada. Yo no espiquinglis. Yo amo a Italia.
       Entró la mujer. Esta vez no traía nada. Se acercó a la mesa y se quedó plantada, su rostro macilento por encima de la vela, mirándonos a los dos.
       —Vamos a ver —dijo—. ¿Se piensan marchar ustedes?
       —¿Marcharnos? —dijo Don—. ¿No nos vamos a quedar aquí a pasar la noche?
       Ella nos miraba con la mano apoyada en la mesa.
       —¿Dónde podríamos pernoctar? ¿Quién nos dará cobijo? No se puede dormir en el monte en pleno mes de octubre, signora.
       —Sí —dijo ella. No nos estaba mirando. A través de las paredes nos llegaba el runrún de la voz y el viento.
       —De todos modos, ¿qué es todo esto? —dijo Don—. ¿Qué está pasando aquí, signora?
       Ella lo miró con seriedad, conjeturando, como si Don fuese un niño chico.
       —Está usted viendo la mano de Dios, signorino —dijo—. Ruegue a Dios que, siendo tan joven como es, nunca más vuelva a recordarlo.
       Y se marchó. Y al cabo de un rato calló la voz, cortada de pronto como si hubiera sido un hilo. Y sólo quedó el ruido del viento.
       —En cuanto nos resguardemos del viento no se estará del todo mal —dije.
       —Toma un poco de vino —Don levantó la garrafa. No quedaba ni la mitad.
       —Más vale que no bebamos más.
       —No —llenó los vasos y bebimos. Luego paramos. Volvió a oírse bruscamente la voz a toda máquina, como si esta vez el hilo cortado fuera el del silencio. Bebimos—. También nos podríamos terminar el brécol.
       —Yo ya no quiero más.
       —Pues toma un poco de vino.
       —Tú ya has bebido más que yo.
       —De acuerdo —dijo, y me llenó el vaso. Me lo bebí—. Ahora, toma un poco más de vino.
       —Creo que no deberíamos terminárnoslo.
       Levantó la garrafa.
       —Queda un par de vasos como mucho. No tiene sentido dejárselo ahí.
       —No queda ni para dos vasos.
       —Me apuesto una lira.
       —De acuerdo. Deja que sirva yo.
       —De acuerdo —dijo, y me dio la garrafa. Me llené el vaso y extendí el brazo para servirle el suyo—. Escucha —dijo. Durante un minuto oímos la voz subir y bajar de volumen, como una rueda que se deshinchase. Pero esta vez no volví a subir de tono; sólo quedó el prolongado ulular del viento—. Sírveme —dijo Don. Le serví. El vino alcanzó tres cuartos del vaso. Y el goteo terminó del todo—. Vuélcala —así lo hice. Quedó una sola gota colgando de la boca de la garrafa, que al cabo cayó al vaso—. Te debo una lira —dijo Don.

       Las monedas repicaron ruidosamente en la caja de la ranura en la tapa. Cuando la tomó de la mesa y la sacudió, en cambio, no hizo ningún ruido. Tomó las monedas del bolsillo y las introdujo por la ranura. La volvió a sacudir.
       —No suena como si hubiese gran cosa. Afloja la mosca, tú.
       Introduje unas cuantas monedas en la ranura; volvió a sacudir la caja.
       —Ahora suena mucho mejor —me miró desde el otro lado de la mesa, con el vaso vacío y vuelto boca abajo delante de él—. ¿Y qué tal un poco más de vino?

       Nos pusimos en pie y tomé mi mochila del rincón. Era la que estaba debajo, y tuve que echar a un lado la de Don. Me miró.
       —¿Qué piensas hacer con eso? —dijo—. ¿Sacarlo a dar un paseo?
       —Pues no lo sé —dije. Más allá del alero frío e invisible, el viento suspiraba sin cesar. En lo alto de la vela, la llama se aguantaba como una pluma en equilibrio sobre la nariz blanca y larga de un payaso.

       El vestíbulo estaba a oscuras; no se oía nada allí. No había nada más que el olor frío del yeso de las paredes que no tocaba el sol, el yeso y el silencio, y el olor de la vida, del lugar donde han vivido algunos, donde seguirán viviendo. Llevamos las mochilas pegadas cada cual a una pierna, como si las hubiésemos robado. Salimos hasta la puerta y la abrimos, para ponernos de nuevo a merced del viento negro. Había restregado el cielo hasta limpiarlo del todo, evacuando hasta la última luz, el último ápice del crepúsculo. Estábamos a mitad de camino de la cancela cuando lo vimos. Caminaba de un lado a otro pegado a la tapia. No se había cubierto la cabeza, y los ropajes se le abolsaban alrededor, mecidos por el viento. Cuando nos vio no se detuvo. Tampoco apresuró el paso. Se dio la vuelta y volvió a caminar pegado a la tapia, y al cabo se dio la vuelta y apretó el paso. Esperamos en la cancela. Le dimos las gracias por la cena, él inmóvil con los ropajes azotados por el viento, cabizbajo, apartando un poco la vista, como suele aguzar el oído el que es sordo. Cuando Don se arrodilló a sus pies, dio un respingo y un paso atrás como si Don estuviera a punto de golpearlo. Me sentí entonces como si también yo fuese católico y me arrodillé y presuroso hizo la señal de la cruz sobre nosotros dos, sobre la noche que caía con el viento negro y verdoso, como la hubiera hecho sobre el agua. Cuando salimos por la cancela y volvimos la vista atrás aún lo vimos, recortado contra el cielo, contra la casa impávida y a oscuras, una cabeza que iba y venía presurosa como la de un enano que fuese corriendo por encima de la tapia.



IV

       El café estaba en la acera más abrigada de la calle; nos sentamos a resguardo del viento. Pero veíamos las rachas que se llevaban los remolinos de despojos por el bordillo, y a veces nos lamía las piernas una ráfaga, y oíamos el constante apresurarse del viento imparable en lo alto, con la luz escasa de poniente entre los tejados. En la acera estaban dos músicos montañeses, un violinista y un gaitero, que tocaban una tonada animada y vivaz. De vez en cuando se detenían a beber, y volvían a tocar la misma tonada. Era una melodía que no tenía ni principio ni fin aparente, la enloquecida melodía desacordada que ascendía en remolinos llevada por el viento, con una tonalidad que al tiempo resultaba marcial y triste. El camarero nos trajo brandy y café, con un sucio delantal que de pronto levantó el viento y reveló otro de bayeta verde, y tan rígido como el cobre herrumbroso. En la otra mesa estaban sentados cinco hombres jóvenes, que bebían y dejaban cada cual por separado la calderilla en la bandeja del camarero, monedas de escaso valor que parecía éste contar por el timbre del golpe contra la bandeja antes de echárselas al bolsillo del chaleco en un movimiento veloz, y una campesina de largos flancos se detuvo a escuchar la música con un chiquillo encajado en la cadera. Dejó al niño en el suelo y éste se refugió bajo la mesa en la que estaban sentados los hombres, que retiraron las piernas para hacerle sitio, aprovechando que la mujer no miraba. Estaba pendiente de los músicos, la cara redonda y tranquila, la boca ligeramente entreabierta.
       —Bebamos algo más —dijo Don.
       —De acuerdo —dije—. Yo amo a Italia —dije. Tomamos otro brandy. La mujer hizo carantoñas al chiquillo, intentando que saliera de debajo de la mesa. Uno de los jóvenes que estaban sentados lo sacó al final y se lo devolvió a la madre. En la calle, la gente se paraba a escuchar la música, y una carreta alta, de dos ruedas, llena de haces de leña, con una mujer al pescante, de la que tiraba una mula diminuta, pasó sin detenerse, y entonces apareció por la calle la chica con su vestido blanco, y yo en ese momento dejé de sentirme como si fuera un católico. Iba toda de blanco, sin abrigo ni chaqueta, y caminaba con toda su esbeltez, ágil y flexible. Dejé de sentirme como si ya no fuera nada, viéndola caminar con su vestido blanco, liviana con la luz del crepúsculo, un vestido que la llevaba a alguna parte o que ella de todas formas a alguna parte llevaba: en todo caso, se movía cuando ella se movía, se movía porque se movía ella, perdiéndola cuando ella se perdiera, porque se movía cuando se movía ella e iba con ella hacia el momento de la perdición. Ahora lo recuerdo, ahora que he sabido lo de Thaw y White y Evelyn Nesbitt, ahora recuerdo cómo lloré.[4] Lloré porque Evelyn, que no era más que una palabra, era una hermosura y se había perdido, pues de lo contrario nunca hubiera sabido nada de ella. Porque tenía que perderse para que yo la encontrase, como tenía yo que encontrarla para perderla. Y cuando me enteré de que tenía edad suficiente para tener una hija ya crecida, o un hijo, no lo sé, lloré porque entonces fui yo el que se había perdido y porque ya nunca me haría daño la pérdida. Así que miré su blanco vestido, lo miré despacio, y pensé: «De aquí a un segundo estará más cerca de mí de lo que nunca ha estado ni estará, y luego seguirá su camino ya para siempre con su vestido blanco, con la luz del crepúsculo ya para siempre». Vi entonces que Don también la miraba y vimos entonces al soldado desmontar veloz de la bicicleta. Se juntaron los dos y se detuvieron y por un momento permanecieron en la calle, juntos los dos, entre los demás, el uno de cara al otro, pero sin tocarse. A lo mejor ni siquiera cruzaron una palabra, y no importó cuánto tiempo estuvieran así, el tiempo no hubiera tenido importancia. De pronto, Don me dio un codazo.
       —Mira la otra mesa —me dijo.
       Los cinco jóvenes se habían vuelto casi a la vez; habían apiñado las cabezas, de vez en cuando se unían las manos, los brazos, encubiertos, gesticulantes, todos vueltos hacia el mismo lado. Se habían recostado cada cual en su silla sin volver la cabeza, y hasta el camarero se quedó plantado, la bandeja en la cadera —una figura chaparra y sarcástica, más vieja que un viejo verde en persona—, atento a lo que miraban todos. Por fin se volvieron y se pusieron en pie y fueron todos juntos por la misma calle por la que habían llegado, él con la bicicleta en la mano. Justo antes de que los perdiésemos de vista hicieron un alto y se miraron unos a los otros entre la gente, entre las cabezas de los demás, sin tocarse en absoluto. Y siguieron su camino.
       —Tomemos algo más —dijo Don.
       El camarero dejó las copas de brandy sobre la mesa, el delantal como un tablón momentáneo a merced del viento.
       —Tienen ustedes militares en el pueblo —dijo Don.
       —Es cierto —dijo el camarero—. Uno sí que tenemos.
       —Bueno, con uno es más que suficiente —dijo Don. El camarero miró la calle por la que se marchó el grupo. Pero ya no había ninguno allí, el vestido blanco que dio forma a todos sus pasos, un blanco de doncella que no era para nosotros.
       —Hay quien dice que uno ya son demasiados —parecía mucho más monástico que el cura, con la nariz alargada y fina y la calva. Parecía un halcón en las últimas—. Y se quedan ustedes en casa del cura, ¿no?
       —Es que no hay albergue en el pueblo —dijo Don.
       El camarero sacó las vueltas del bolsillo del chaleco, dejando caer ruidosamente las monedas en la mesa.
       —¿Y para qué queremos un albergue? ¿Quién iba a parar aquí, salvo los que vienen a pie? Y nadie viaja a pie, nadie más que ustedes los ingleses.
       —Somos americanos.
       —En fin —dijo, y se encogió de hombros—. Eso es cosa suya —no es que nos mirase exactamente a nosotros; desde luego, a Don no lo miraba—. ¿Han probado en casa de los Cavalcanti?
       —¿Una taberna que hay casi en las afueras? Donde la tía del soldado, ¿no? Sí. Pero la señora nos dijo…
       El camarero en ese momento sí lo miraba.
       —¿No les mandó ella a la casa del cura?
       —No.
       —Ah —dijo el camarero. El delantal se le levantó de pronto. Se lo sujetó para que no se le alborotase y restregó la mesa con una esquina.
       —Así que americanos, ¿eh?
       —Sí —dijo Don—. ¿Y por qué no iba a decirnos ella adónde ir?
       El camarero terminó de fregar la mesa.
       —Esa Cavalcanti… no es de la parroquia.
       —¿No?
       —No, qué va. Al menos desde hace tres años. El padrone pertenece a la parroquia que queda detrás del monte —nombró la aldea por la que habíamos pasado a la mañana.
       —Ya entiendo —dijo Don—. No son naturales de aquí.
       —Ah, no, no. Nacieron aquí. Hasta hace tres años eran feligreses de esta parroquia.
       —Pero hace tres años todo cambió.
       —No, cambiaron ellos. Se mudaron —encontró otra mancha en la mesa. La limpió con una esquina del delantal. Y luego examinó el delantal—. Hay cambios y hay cambios, y algunos cambian las cosas más que otros.
       —La padrona cambió más que si se hubiese ido al otro valle, ¿no?
       —La padrona no es de ninguna parroquia —nos miró de hito en hito.
       —Igual que yo.
       —¿Igual que usted? ¿Ha intentado hablar con ella sobre la iglesia? —dijo, y miró a Don—. Pues pase mañana un momento y coméntele lo de la iglesia.
       —Y eso fue hace tres años —dijo Don—. Un año lleno de cambios para todos ellos.
       —Usted lo ha dicho. El sobrino, al ejército; el padrone, al otro valle; la padrona… Y encima todo en una semana. Pase mañana a verla y pregúntele.
       —¿Y qué opinan los demás en el pueblo de todos esos cambios?
       —¿Qué cambios?
       —Pues los que se han dado recientemente.
       —¿Recientemente? —miró a Don—. No hay ninguna ley que prohíba los cambios.
       —No. No al menos cuando se hacen de acuerdo con lo que dicta la ley. A veces la ley echa un vistazo, sólo por ver cómo va todo y por ver si todo ha cambiado como tiene que ser. ¿No es así?
       El camarero había adoptado una actitud de perezosa negligencia en todo su ser salvo en los ojos, en el rostro alargado. Le quedaba demasiado grande esa cara que tenía.
       —¿Cómo supo usted que era policía?
       —¿Policía?
       —Ha dicho usted soldado; sé que ha querido decir policía, y que no habla la lengua demasiado bien, aunque con la práctica la aprenderá —miró a Don—. Así que se ha dado también cuenta, ¿no es eso? Vino por aquí esta tarde y dijo que era viajante, que vendía calzado. Pero yo lo calé.
       —Aquí ya —dijo Don—. A saber por qué no les impidió que… Antes que ellos…
       —¿Cómo sabe que es policía? —dije.
       El camarero me miró.
       —Compadre, a mí lo mismo me da que sea o que no. ¿Qué prefiere usted? ¿Pensar que es un policía y descubrir que no, o pensar que no y descubrir que lo es?
       —Tiene razón —dijo Don—. Así que eso es lo que se dice por aquí.
       —Aquí se dicen muchas cosas. Siempre se han dicho y siempre se dirán. Como en cualquier otro pueblo.
       —¿Y a usted qué le parece? —dijo Don.
       —Yo no digo nada. Usted tampoco dice nada.
       —No.
       —No es asunto mío. Si alguien tiene ganas de beber, yo le sirvo; si tiene ganas de charlar, yo le escucho. Así ando ocupado, tanto como quiero, y así me paso el día entero ocupado.
       —Tiene usted razón —dijo Don—. Eso no es asunto suyo.
       El camarero oteó la calle, que estaba casi completamente a oscuras. No pareció que hubiese oído.
       —De todos modos, me pregunto quién mandó buscar al policía —dijo Don.
       —Cuando uno tiene pasta, encuentra sin buscar a muchos que le ayuden a causar molestias a los demás, y es así incluso después de muerto —dijo el camarero. Y nos miró—. ¿Yo? —dijo, y se inclinó sobre la mesa y se dio una palmadita en el pecho. Miró velozmente a la otra mesa, se acercó más y habló cuchicheando—. Yo soy ateo, como lo son en América —y se irguió y nos miró—. En América son todos ateos, eso lo sabemos todos —permaneció en pie con el delantal sucio, con la cara alargada, disoluta, cuando nosotros nos levantamos y le estrechamos la mano con mucha seriedad, al tiempo que los cinco jóvenes se volvían a mirarnos. Hizo un gesto con la otra mano, pegada al costado, baja—. Quédense, siéntense —chistó. Miró por encima del hombro a los jóvenes—. Siéntense —chistó. Con un gesto del mentón indicó la puerta que estaba a nuestra espalda, en dirección a la padrona, sentada tras el mostrador—. Tengo que comer, ¿entienden? —se escabulló y regresó con dos copas de brandy, que trajo con la habilidad y la pereza que había demostrado antes, como si no hubiese cruzado con nosotros más palabras que las necesarias para tomar la comanda—. Invito yo —dijo—. Acábenselo.

       —¿Y ahora qué? —dijo Don. Los músicos ya no tocaban; en la otra acera vimos al violinista, con el violín bajo el brazo, y lo vimos ponerse en pie ante la mesa en la que estaban los cinco jóvenes, gesticulando con la otra mano. La mujer joven ya iba caminando por la calle, de nuevo con el niño encajado en la cadera, moviendo la cabeza con un ritmo soñoliento, como un hombre a lomos de un elefante—. ¿Ahora qué?
       —Me da igual.
       —Vamos, no fastidies.
       —No.
       —Aquí no hay policía ninguno. Ése no ha visto un policía jamás. No sabría reconocer a un policía. En Italia no hay policía si no es uniformada: ¿te imaginas a un oficial de policía, italiano, vestido de paisano?
       —No.
       —Ya nos mostrará ella dónde dormir, y mañana por la mañana, bien temprano…
       —No. Si tú quieres, adelante. Pero yo no.
       Me miró. Y se echó entonces la mochila al hombro.
       —Pues buenas noches. Mañana nos vemos. En aquel café de allá.
       —De acuerdo.
       No se volvió a mirar. Caminando, dobló la esquina. Yo me encontré donde pegaba el viento. De todos modos, la chaqueta me la había quedado yo, una chaqueta de cazador, de buen paño, con refuerzos de cuero; once guineas habíamos pagado por la prenda, que llevaba uno el día entero mientras el otro se las apañaba con su jersey. En el Tirol, el verano anterior, Don nos tuvo parados tres días enteros mientras intentaba conquistar a la chica que servía las cervezas en la posada de un pueblo. Llevó él la chaqueta de paño tres días seguidos, que me permutó por una semana entera, a elegir cuando quisiera. Al tercer día regresó el novio de la chica. Era más grande que un silo, y llevaba una pluma verde en el sombrero tirolés. Lo vimos levantarla por encima del mostrador con una sola mano. Creo que la chica de las cervezas podría haber hecho lo propio con Don de la misma forma: por amarilla y rosa y blanca que fuera, como un campo de frutales. O más bien como cuando uno mira un campo cubierto de nieve a primerísima hora de la mañana. Podría haber hecho lo propio en cualquier momento y tuvo tres días para ello, le hubiera bastado con estirar la mano. Don engordó casi dos kilos mientras estuvimos allí.



V

       Entonces me expuse de lleno al viento. Todas las casas estaban a oscuras, aunque aún quedaba algo de luz, una luz baja, pegada a tierra, como si el viento la sujetara y la aplastara y la luz no hubiera logrado levantarse y escapar a tiempo. Terminaban las tapias donde arrancaba el puente; el río parecía de acero. Creí que me había expuesto de lleno al viento, pero no fue así. El puente era de piedra, tanto las balaustradas como el camino, y me acuclillé protegido por la balaustrada. Oía soplar el viento encima y debajo del puente, entrar por el río con un prolongado ulular, barriéndolo, como si atravesara sucesivos alambres. Allí me acuclillé a la espera. No fue mucho tiempo.
       Al principio no me vio, no me vio hasta que me puse en pie.
       —¿Te has acordado de llenar la cantimplora? —dijo.
       —No, se me olvidó. Tenía intención de hacerlo. Maldita suerte. Volvamos…
       —No es preciso. Tengo una botella. ¿Y ahora por dónde tiramos?
       —Me da lo mismo. Por donde sea, con tal de guarecernos del viento. Me da lo mismo.
       Cruzamos el puente. No hicieron ruido nuestros pasos sobre las piedras, porque si lo hicieron se lo llevó el viento de un soplido. Alisaba el agua del río, la barría; era como el acero. Despedía un relumbre como si sujetase la tierra comprendida entre el río y el viento, con reflejos suficientes para ver bastante bien. Pero barría todo sonido llevándoselo casi antes de que se produjera, de modo que cuando alcanzamos la otra orilla y enfilamos por la cortada en la que comenzaba a ascender el camino, tuvieron que pasar unos instantes hasta que logramos oír algo que no fuesen nuestros propios oídos; fue entonces cuando lo oímos.
       Era un gimoteo sordo, apagado, que parecía surgir del aire mismo. Hicimos un alto.
       —Es un niño —dijo Don—. Un niño de pecho.
       —No: es un animal. No sé cuál puede ser, pero es un animal.
       Nos miramos uno al otro en la tenue oscuridad, aguzando el oído.
       —De todos modos, por ahí arriba anda —dijo Don.
       Ascendimos hasta salir de la cortada. Había un murete bajo, de piedra seca, que cercaba un campo, un campo aún tenuemente luminoso, disolviéndose ya en la negrura. Justo antes de las sombras más negras, a menos de cien metros, vimos una arboleda negra, una mera mancha sin forma en la oscuridad. El viento soplaba sobre el campo y nos apoyamos en el murete, aguzando el oído, atentos a la arboleda. Pero aquel sonido había llegado de más cerca, y al cabo de unos momentos vimos al cura. Estaba tumbado boca abajo al otro lado del murete, con los ropajes por la cabeza, el negro manchurrón del manteo en un aleteo tenue y constante, ya fuese por el viento, ya fuese porque se estaba moviendo. Y al margen de lo que pudiera significar el ruido, que era él quien lo hacía, era un ruido no destinado a que nadie lo escuchara, pues cesó su voz en el instante en que hicimos un ruido. A pesar de todo, no se irguió a mirarnos, y tampoco cesó el tenue estremecimiento, el aleteo de sus ropajes. Se estremecía, se retorcía, se agitaba de un lado al otro, lo que fuera. Don me tocó entonces. Pasamos al otro lado del murete.
       —Por aquí es más fácil pasar —dijo en voz baja.
       La palidez del camino ascendía paulatinamente bajo nosotros, a medida que perdía pendiente la loma. La arboleda era una mancha imprecisa.
       —Sólo que no vi la bicicleta.
       —Pues entonces volvamos a casa de los Cavalcanti —dije—. ¿Dónde demonios contabas con verla?
       —La tienen que haber escondido. Se me pasó por alto. Pues claro que la habrán escondido.
       —Aprieta el paso —le dije— y no hables tanto, maldita sea.
       —A menos que hayan pensado que estaría ocupado con nosotros y que no… —calló de repente. Tropecé con él y entonces también la vi, los manillares detrás del murete, como los cuernos de un antílope escondido. Sobre la negrura de la noche, la mancha de la arboleda parecía titilar y diluirse como si respirase, como si viviera. Y es que éramos jóvenes, y la noche, la negrura, es terrible para los jóvenes, y más una negrura tan heladora como aquélla. Los jóvenes debieran estar hechos de manera que con la puesta del sol entrasen en estado de coma, adormeciéndose a salvo de toda negrura, de la secreta y nostálgica sensación de frustración y del deseo sin objeto, del deseo insaciable.
       —Baja de ahí, maldita sea —dije. Con la joroba que le formaba la mochila, con el jersey ceñido, tenía una pinta ridícula; parecía un payaso; estaba terrible, feo, triste, todo al mismo tiempo, puesto que se le veía ridículo, y sin abrigo tenía que estar pasando mucho frío. Igual que yo: feo, terrible, triste—. Maldito viento. Maldito viento…
       Volvimos al camino. Hallamos cobijo por un momento, y lo vi sacar la botella y bebimos los dos. Era un licor fuerte.
       —Hablando de mi brandy de Milán… —dije—. Maldito viento. Maldito viento. Maldito viento…
       —Dame un cigarrillo.
       —Los tienes tú.
       —No, te los di antes.
       —Eres un mentiroso. No me los diste.
       Los encontró en su bolsillo. Pero no esperé.
       —¿No quieres uno? Mejor prenderlos aquí, mientras estemos…
       No esperé. El camino ascendía hasta quedar a la altura del campo cercado. Al cabo de un rato le oí a mi espalda, y nos expusimos de lleno al viento. Por encima del hombro vi que su cigarrillo se le deshacía en ascuas encendidas por el ímpetu del mistral, que no encontraba obstáculo: un viento negro y helador, cargado de polvo, de motas de polvo como esquirlas de hielo.



N. del T.:

[1] Del 24 de octubre al 10 de noviembre de 1917, ataque por sorpresa de alemanes y austríacos en el frente de Italia, que se saldó con trescientas mil bajas, entre muertos y heridos, entre las tropas italianas.

[2] El término que emplea el inglés para decir «punto» (beaver) resulta a oídos de los americanos un sobrentendido de carácter sexual, por ser una de las palabras que en lenguaje coloquial y en Estados Unidos designa los genitales femeninos.

[3] De contenido sexual. Como se indica en la nota anterior, beaver designa coloquialmente el vello púbico de las mujeres, pero en esta ocasión además se explicita. Don dice incluso «Beaverette».

[4] Stanford White (1853-1906), destacado arquitecto y reconocido libertino, sedujo y desvirgó a Evelyn Nesbitt (1884-1967), modelo y corista. El marido de la joven, Harry Thaw (1871-1947), lo mató de un tiro en el Madison Square Garden el 25 de junio de 1906.


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