William Faulkner
(1897-1962)


Desciende, Moisés
(“Go Down, Moses”)
Originalmente publicado en Collier’s (25 de enero, 1941)
Go Down, Moses, And Other Stories (1942)



      La cara era negra, suave, impenetrable; los ojos habían visto demasiadas cosas. El pelo negroide había sido moldeado de forma que le cubría el cráneo como un bonete, en una única mata pulcramente arqueada, con aspecto de haber sido untada de laca, y la raya esculpida a navaja, de forma que la cabeza parecía una cabeza de bronce, permanente, imperecedera. Llevaba uno de esos trajes deportivos que los anuncios de los periódicos llaman “conjuntos”; camisa y pantalones a juego, de la misma franela color de gamuza; ropa muy cara, demasiado engalanada, con demasiados pliegues. Estaba medio echado en el catre de hierro del cubículo de hierro, y fuera había un guardia armado que llevaba veinte horas en su puesto; fumaba cigarrillos y contestaba con voz deliberada y firmemente no sureña a las preguntas del joven blanco con gafas, sentado ante él en el taburete de hierro con su gruesa cartera de agente del censo.
       —Samuel Worsham Beauchamp. Veintiséis años. Nacido en los alrededores de Jefferson, Mississippi. Sin familia. Sin...
       —Espere —dijo el agente del censo mientras escribía con rapidez—. Ése no es el nombre con el que fue conden... que utilizaba en Chicago.
       El otro sacudió la ceniza del cigarrillo.
       —No. Fue otro tipo el que mató al polizonte.
       —Está bien. ¿Ocupación?
       —Enriquecerme demasiado rápido.
       —Ninguna —escribió con rapidez el agente del censo—. ¿Padres?
       —Claro. Dos. No los recuerdo. Me crió mi abuela.
       —¿Cuál es su nombre? ¿Vive todavía?
       —No lo sé. Mollie Worsham Beauchamp. Si aún vive, estará en la granja de Carothers Edmonds. Cerca de Jefferson, Mississippi. ¿Eso es todo?
       El agente del censo cerró la cartera y se levantó. Era uno o dos años más joven que el otro.
       —Si no saben quién es usted aquí, ¿cómo van a saber... cómo espera usted llegar adonde los suyos?
       El otro sacudió la ceniza del cigarrillo, y siguió echado en el catre de hierro, con su elegante ropa de Hollywood y un par de zapatos mejores que los que el agente del censo había tenido en su vida.
       —¿Y eso qué más me dará a mí? —dijo.
       El agente del censo, pues, dejó la celda; el guardia cerró de nuevo la puerta de hierro. Y el otro siguió echado en el catre de hierro, fumando, hasta que vinieron y le abrieron sendos tajos en los caros pantalones y le afeitaron el caro peinado y lo sacaron de la celda.

       Aquella misma cálida y luminosa mañana de julio, el mismo cálido y luminoso viento que agitaba fuera las hojas de las moreras sopló también en el despacho de Gavin Stevens, creando una apariencia de frescura en lo que tan sólo era movimiento. Alborotó entre los asuntos del fiscal del condado que había en su escritorio y sacudió la revuelta cabellera, prematuramente blanca, que coronaba su delgada, inteligente e inestable y su arrugado traje de lino, en cuya solapa colgaba de la cadena del reloj la divisa “Phi Beta Kappa” —Phi Beta Kappa, Harvard; doctor en Filosofía, Heidelberg—; Gavin Stevens, cuya oficina era su pasatiempo favorito, si bien le procuraba el sustento, y cuya verdadera vocación era una traducción inacabada del Antiguo Testamento al griego clásico en la que llevaba trabajando veintidós años.
       Sólo la visitante parecía insensible a aquella agitación, aunque a juzgar por su apariencia no debía poseer, en medio de aquel viento, más peso y consistencia que la ceniza intacta de un trozo de papel. Era una vieja y pequeña mujer negra, con una cara apergaminada e increíblemente vieja bajo el pañuelo de cabeza blanco y un sombrero de paja negro que bien podría haberse ajustado a la cabeza de un chiquillo.
       —¿Beauchamp? —dijo Stevens—. Usted vive en las tierras del señor Carothers Edmonds.
       —Me marché —dijo ella—. Vengo a buscar a mi chico. —Y entonces, allí sentada frente a él, inmóvil sobre la dura silla, empezó a decir en tono de salmodia—. Roth Edmonds vendió a mi Benjamín. Lo vendió en Egipto. El faraón lo compró...
       —Espere —dijo Stevens—. Espere, abuela. —Porque la memoria, los recuerdos se hallaban a punto de encajar—. Si no sabe dónde está su nieto, ¿cómo sabe que está en aprietos?
       ¿Quiere decir que el señor Edmonds se negó a ayudarle a encontrarlo?
       —Fue Roth Edmonds quien lo vendió —dijo ella—. Lo vendió en Egipto. No sé dónde está. Sólo sé que lo tiene el faraón. Y usted es la ley. Quiero encontrar a mi chico.
       —De acuerdo —dijo Stevens—, si no va a volver a casa, ¿dónde se va a alojar en la ciudad? Puede llevar algún tiempo: no sabe adónde se fue y no ha tenido noticias de él en cinco años.
       —Me alojaré con Hamp Worsham. Es mi hermano.
       —Muy bien —dijo Stevens.
       No estaba sorprendido. Conocía a Hamp Worsham, pero tampoco se habría sorprendido si jamás hubiera visto antes a aquella vieja negra. Ellos eran así. Uno los conocía de toda la vida; podían incluso haber trabajado para uno varios años; podían tener nombres diferentes, y sin embargo un día, de pronto, uno descubría que eran —o decían ser— hermanos o hermanas, y uno no se sorprendía.
       Se quedó sentado en medio de aquel movimiento caliente que no era brisa y la oyó bajar lenta y trabajosamente las escaleras de fuera, y recordó al nieto. Los papeles habían pasado por su escritorio antes de ir a parar al fiscal del distrito, cinco o seis años atrás: Butch Beauchamp, como el joven había sido conocido durante aquel año que se pasó entrando y saliendo de la cárcel de la ciudad, hijo de la hija de la anciana negra, huérfano de madre desde su nacimiento y abandonado por su padre, a quien la abuela había recogido y educado —o tratado de educar—. Porque a los diecinueve años había dejado el campo y se había venido a la ciudad, en donde entró y salió de la cárcel una y otra vez por jugador y pendenciero, hasta que finalmente fue acusado formalmente de allanamiento con fractura en una tienda.
       Atrapado con las manos en la masa, en el momento de la detención golpeó con un tubo de hierro al policía, quien a su vez lo derribó con la culata de la pistola, y una vez en el suelo se puso a maldecir por la boca partida, mientras sus dientes esbozaban entre la sangre y algo así como una risa burlona, dos noches después se escapó de la cárcel y ya no volvió a vérsele jamás; un joven, sin haber cumplido los veintiún años, mas con algo en él del padre que lo había engendrado y abandonado y que se hallaba ahora internado en la cárcel del estado por homicidio involuntario; una simiente no sólo violenta sino mala.
       “Y ése es el individuo a quien tengo que encontrar, salvar”, pensó Stevens. Porque ni por un momento dudó del instinto de la vieja. No se habría sorprendido tampoco si ella hubiera sido capaz de adivinar también dónde estaba su nieto y cuál era su problema, y sólo se sorprendió más tarde al comprobar cuán rápidamente había averiguado el paradero y el problema del muchacho.
       La granja de Edmonds estaba a diecisiete millas de la ciudad. Pero, según la vieja negra, Edmonds se había negado ya a tener que ver algo en el asunto. Y entonces Stevens comprendió lo que había querido decir la vieja. Recordó que había sido Edmonds quien hizo que el chico fuera a Jefferson; lo había sorprendido forzando el economato y lo había expulsado de sus tierras, prohibiéndole la vuelta para siempre. “El sheriff, no —pensó Stevens—. Algo de alcance más amplio, de desarrollo más rápido que lo que sus atribuciones le permiten...” Se levantó, bajó las escaleras de fuera y cruzó la plaza desierta en el caluroso interludio de comienzos de mediodía y se dirigió a la oficina del semanario del condado. Encontró en ella al director, un hombre mayor que él, aunque de pelo menos blanco, con corbata de lazo negra y anticuada camisa almidonada, enormemente gordo.
       —Una vieja negra llamada Mollie Beauchamp —dijo Stevens—. Vive con su marido en la granja de Edmonds. Se trata de su nieto. Ya te acuerdas de él: Butch Beauchamp, hace unos cinco o seis años, pasó un año en la ciudad, en la cárcel la mayor parte, al final lo cogieron una noche forzando la tienda de Rouncewell. Bien, ahora está en un apuro bastante más serio. No me cabe la menor duda de que la vieja tiene razón. Sólo espero, por su bien y por el bien de los ciudadanos a quienes represento, que el apuro sea grave y tal vez definitivo...
       —Espera —dijo el director. No tuvo siquiera que levantarse de la mesa. Desclavó del pincho una copia del papel de cebolla de la asociación de la prensa y se la tendió a Stevens—. Acaba de llegar —dijo.
       Estaba fechada en Joliet, Illinois, aquella misma mañana:

       “Negro de Mississippi, en víspera de ejecución por asesinato de un policía en Chicago, revela su verdadero nombre al responder al cuestionario del censo. Samuel Worsham Beauchamp...”

       Stevens cruzaba de nuevo la plaza desierta en cuyo caluroso interludio del mediodía se hallaba algo más próximo. Había pensado que lo que haría sería ir a la pensión donde vivía para almorzar, pero descubrió que no lo estaba haciendo. “Además, no he cerrado la puerta del despacho —pensó—. Tal parece que no pensaba de verdad lo que dije que esperaba”. Subió las escaleras de afuera, emergió del caliginoso y ya sin viento deslumbramiento del sol y entró en su despacho. Se detuvo. Luego dijo:
      —Buenos días, señorita Worsham.
       Era también muy vieja: delgada, erguida, con el pelo blanco recogido a la antigua bajo un sombrero desvaído de hacía treinta años, ataviada de un negro mohoso y con la sombrilla negra y raída y descolorida. Vivía sola en la casa en progresiva ruina que le había dejado su padre, donde daba clases de pintura de porcelanas y, con la ayuda de Hamp Worsham y su esposa, criaba pollos y cultivaba verduras para vender en el mercado.
       —Vengo por Mollie —dijo—. Mollie Beauchamp. Dice que usted...
       Y él se lo contó mientras ella, erguida en la dura silla que había ocupado antes la vieja negra, le observaba con la mohosa sombrilla apoyada sobre la rodilla. En su regazo, bajo las manos juntas, descansaba un inmenso y anticuado bolso de abalorios.
       —Va a ser ejecutado esta noche.
       —¿No puede hacerse nada? Los padres de Mollie y de Hamp pertenecieron a mi abuelo. Mollie y yo crecimos juntas. Cumplimos años en el mismo mes.
       —He telefoneado —dijo Stevens—. He hablado con el alcaide de la cárcel de Joliet, y con el fiscal del distrito de Chicago. Tuvo un juicio justo, un buen abogado. Tenía dinero. Estaba metido en el negocio de la lotería clandestina, un asunto en el que hace dinero la gente como él. —Ella le miraba, erguida, inmóvil—. Es un asesino, señorita Worsham. Disparó al policía por la espalda. Un mal hijo de un mal padre. Él mismo se confesó culpable después.
       —Ya veo —dijo ella. Entonces él se dio cuenta de que la anciana no le miraba. O cuando menos no le veía—. Es terrible.
       —También es terrible el asesinato —dijo Stevens—. Es mejor así.
       Al cabo ella volvía a mirarle.
       —No estaba pensando en él. Estaba pensando en Mollie. No debe enterarse.
       —Sí —dijo Stevens—. He hablado ya con el señor Wilmoth en el periódico. Ha accedido a no publicar nada. Voy a llamar por teléfono al periódico de Memphis, aunque seguramente será demasiado tarde, por mucho que ellos... Si al menos pudiéramos convencer a Mollie para que volviera a casa esta tarde, antes de que el periódico de Memphis... Allá en la granja a la única persona que ve es al señor Edmonds, y yo podría hablar con él y advertirle de que no le dijera nada; y aunque los negros oyeran hablar de ello, no... Y entonces, dentro de dos o tres meses, yo podría ir y decirle que está muerto y enterrado en algún lugar del Norte...
       Ahora ella le miraba con tal expresión en el semblante que Stevens dejó de hablar.
       —Ella querrá traerse el cuerpo a casa, junto a ella —dijo.
       —¿El cuerpo? —dijo Stevens.
       La expresión no era de disgusto ni de desaprobación. Simplemente hacía patente cierta antigua, intemporal afinidad de las mujeres con el pesar y la sangre. Al mirarle, Stevens pensó: “Ha venido hasta la ciudad caminando y soportando este calor. A menos que Hamp la hay traído en el carricoche con el que vende huevos y verduras”.
       —Es el único hijo de su hija mayor, de su propia primogénita muerta. Debe volver al hogar.
       —Debe volver al hogar —dijo Stevens—. Me ocuparé de ello al instante. Telefonearé ahora mismo.
       —Es usted muy amable. —Se agitó, se movió por vez primera. Stevens vio cómo las manos de ella atraían y abrazaban contra el regazo el bolso—. Yo costearé los gastos. ¿Podría darme alguna idea de...?
       Él la miró a la cara. Dijo la mentira sin pestañear, rápidamente, con desenvoltura.
       —Bastarán diez o doce dólares. Pondrán ellos la caja, así que sólo será el transporte.
       —¿Una caja? —Volvió a mirarle con aquella expresión de curiosidad y desapego, como si fuera una niña—. Es su nieto, señor Stevens. Cuando lo recogió para criarlo, le dio el nombre de mi padre. No basta con una caja, señor Stevens. Entiendo que podrá arreglarse pagando un tanto al mes.
       —Una caja no basta —dijo Stevens—. El señor Edmonds estará dispuesto a ayudar, estoy seguro. Y según tengo entendido el viejo Luke Beauchamp tiene algún dinero en el banco. Y si usted me lo permite...
       —No será necesario —dijo ella.
       Stevens vio como abría el bolso; vio cómo contaba sobre su escritorio veinticinco dólares en billetes ajados y en monedas, desde las más valiosas hasta las más menudas de diez y cinco y un centavo—. Esto cubrirá los gastos inmediatos. A ella se lo diré yo... ¿Está seguro de que no hay ninguna esperanza?
       —Estoy seguro. Morirá esta noche.
       —Entonces esta tarde le diré que ya está muerto.
       —¿Quiere que sea yo quien se lo diga?
       —Yo se lo diré —dijo ella.
       —¿Quiere que vaya a verla luego y hable con ella?
       —Sería muy amable de su parte.
       Luego se fue, muy erguida, y sus pasos tenues y vivos, casi enérgicos, fueron apagándose sobre las escaleras.
       Stevens volvió a telefonear a Illinois, al alcaide, y a un empresario de pompas fúnebres de Joliet. Luego volvió a cruzar una vez más la calurosa plaza desierta. Hubo de esperar tan sólo un breve rato a que el director volviera de almorzar.
       —Lo vamos a traer a casa —dijo—. La señorita Worsham y tú y yo y algunos más. Costará...
       —Espera —dijo el director—. ¿Quiénes más?
       —Aún no lo sé. Costará unos doscientos dólares. Sin contar las llamadas telefónicas; de ellas me ocupo yo. Le sacaré algo a Carothers Edmonds en cuanto le eche la vista encima; no sé cuánto, pero algo. Y quizá cincuenta aquí en la plaza. Pero el resto será tuyo y mío, ya que ella se empeñó en dejarme veinticinco dólares, justo el doble de lo que traté de convencerle que costaría, y exactamente cuatro veces lo que ella puede permitirse...
       —Espera —dijo el director. Espera.
       —Y llegará pasado mañana, en el Número Nueve, y saldremos a recibirlo: la señorita Worsham y la vieja negra, la abuela, en mi coche, y tú y yo en el tuyo.
       —¡Oh, vamos, Gavin! La gente va a decir que me he vuelto republicano y perderé la poca publicidad que inserta el semanario.
       Stevens, con una suerte de paciencia airada, dirigió al director una mirada casi fulminante.
       —¿Vas a permitir que esa dama vaya a recibir el cuerpo del asesino sola, acompañada únicamente de la vieja mujer negra, ante la mirada fija de una caterva de blancos sinvergüenzas? ¿No te das cuenta de que si a alguien se le ha ocurrido mandar la noticia a tu maldito periodicucho, con mucha más razón saldrá mañana por la mañana en los periódicos de Memphis?
       El director apartó la mirada al cabo de un instante.
       —De acuerdo —dijo—. Continúa.
       —La señorita Worsham y la vieja lo llevarán de vuelta a casa, adonde nació. O al sitio donde la vieja lo educó. O donde intentó educarlo. Y el coche fúnebre será otros quince dólares, sin contar las flores...
       —¿Flores?
       —Flores —dijo Stevens—. Pon en total doscientos veinticinco dólares. Y la mayor parte saldrá de nuestro bolsillo. ¿De acuerdo?
       —De acuerdo —dijo el director—. Por Júpiter —añadió—; aun en caso de que pudiera elegir, casi valdría la pena por la novedad del asunto. Será la primera vez en mi vida que pague por un tema que de antemano haya prometido no publicar.
       —Que de antemano has prometido no publicar —dijo Stevens.
       Y durante el resto de aquella tarde calurosa y ya sin viento, mientras funcionarios del Ayuntamiento y jueces de paz y alguaciles llegaban desde los confines del condado y después de recorrer quince y viente millas, subían las escaleras y se quedaban de pie en el despacho vacío y decían pestes de él y se sentaban y esperaban y se marchaban y volvían y se sentaban de nuevo. Stevens iba de tienda en tienda y de oficina en oficina alrededor de la plaza —comerciantes, dependientes, propietarios y empleados, médicos y dentistas y abogados con su rápido y preparado discurso.
       —Es para traer a casa a un negro muerto. Es por la señorita Worsham. No se preocupe no hay que firmar ningún papel. Sólo tiene que darme un dólar. O si no medio dólar.
       Y aquella noche, después de la cena, caminó en la oscuridad sin viento y llena de estrellas hasta el extremo de la ciudad, y llegó a casa de la señorita Worsham y tocó en la puerta despintada. Hamp Worsham lo recibió y lo hizo entrar; era un hombre viejo, de vientre hinchado a causa de la dieta casi exclusiva de verduras de la señorita Worsham y de él y de su esposa, con rostro de senador romano y un fleco de pelo blanco y los ojos borrosos y sin pupila de los viejos.
       —Le está esperando —dijo—. Me manda decir que tenga la bondad de subir a la alcoba.
       —¿Está allí tía Mollie? —dijo Stevens.
       —Estamos todos allí —dijo Worsham.
       Así que Stevens cruzó el vestíbulo iluminado por la lámpara (seguían utilizando lámparas de aceite en toda la casa, y no había en ella agua corriente), precedió al negro a lo largo del descolorido empapelado que flanqueaba las limpias y despintadas escaleras, y lo siguió por el corredor hasta que entraron en un pulcro y amplio dormitorio en donde podía percibirse el tenue e inconfundible olor de las viejas doncellas. Como Worsham había dicho, estaban todos: su esposa, una enorme mujer con un vivo turbante, apoyada en la puerta; la señorita Worsham, siempre erguida, sentada en una silla dura; la vieja negra, en una mecedora al lado de la chimenea, en la que unas cuantas brasas seguían ardiendo débilmente incluso en una noche como aquélla.
       La vieja negra tenía en la mano una pipa de arcilla con boquilla de caña; no fumaba, sin embargo, y en la cazoleta manchada podía verse la ceniza blanca y muerta; y Stevens, mirándola de verdad por vez primera, pensó: “Santo Dios, no tiene siquiera el tamaño de un niño de diez años”. Luego tomó asiento, de modo que los cuatro —él, la señorita Worsham, la vieja negra y su hermano— formaban un círculo alrededor de la chimenea de ladrillo en la que ardía sin llama el antiguo símbolo de la cohesión física.
       —Llegará pasado mañana, tía Mollie —dijo Stevens.
       La vieja negra ni siquiera le miró; no le había mirado nunca.
       —Está muerto —dijo—. Se apoderó de él el faraón.
       —Oh, sí, Señor —dijo Worsham—. Se apoderó de él el faraón.
       —Vendieron a mi Benjamín —dijo la vieja negra—. Lo vendieron en Egipto.
       Y empezó a mecerse en la mecedora suavemente.
       —Oh, sí, Señor —dijo Worsham.
       —Calla —dijo la señorita Worsham—. Calla, Hamp.
       —Llamé al señor Edmonds por teléfono —dijo Stevens—. Lo tendrá todo preparado para cuando ustedes lleguen.
       —Roth Edmonds lo vendió —dijo la vieja negra. Seguía meciéndose en la mecedora—. Vendió a mi Benjamín.
       —Calla —dijo la señorita Worsham—. Calla, Mollie. Ahora calla.
       —No —dijo Stevens—. Él no lo hizo, tía Mollie. No fue el señor Edmonds. El señor Edmonds no...
       “Pero no hay duda de que no va a oírme”, pensó Stevens. Ni siquiera le estaba mirando, nunca le había mirado.
       —Vendió a mi Benjamín —dijo la vieja—. Lo vendió en Egipto.
       —Lo vendió en Egipto —dijo Worsham.
       —Roth Edmonds vendió a mi Benjamín.
       —Lo vendió al faraón.
       —Lo vendió al faraón y ahora está muerto.
       —Será mejor que me vaya —dijo Stevens.
       Se levantó con rapidez. También se levantó la señorita Worsham, pero los demás ni les miraron siquiera. Hermano y hermana, frente a frente, se mecían uno a cada lado de la chimenea; la mujer de Worsham estaba apoyada contra la pared, y Stevens, al pasar, la miró y vio que tenía los ojos vueltos hacia arriba por completo, de forma que se había esfumado en ellos el iris y sólo podía verse el blanco de la córnea. Stevens no esperó a que la vieja señorita le precediera; avanzó por el corredor de prisa. “Pronto estaré afuera —pensó—. Allí habrá aire, espacio, podré respirar”. A su espalda podía oír los pasos vivos, casi enérgicos, de ella, y más atrás las voces.
       —Vendió a mi Benjamín. Lo vendió en Egipto.
       —Lo vendió en Egipto. Oh, sí, Señor.
       Bajó las escaleras, corriendo casi.
       No estaba lejos ya; podía ya olerlo, sentirlo: la oscuridad sin viento, simple. Logró calmar el ánimo y se detuvo a esperar en la puerta, donde se volvió y vio acercarse a la señorita Worsham: la alta, blanca, erguida cabeza antigua aproximándose a través de la luz antigua de la lámpara, más allá de la cual Stevens alcanzó a oír entonces una tercera voz, que había de ser la de la esposa de Worsham; era una genuina y persistente voz de soprano que emitía un sonido sin palabras bajo la estrofa y la antiestrofa del hermano y de la hermana.
       —Lo vendió en Egipto y ahora está muerto.
       —Oh, sí, Señor. Lo vendió en Egipto.
       —Lo vendió en Egipto.
       —Y ahora está muerto.
       —Lo vendió al faraón.
       —Y ahora está muerto.
       —Lo siento —dijo Stevens—. Le ruego me perdone. Debí suponérmelo. No tenía que haber venido.
       —No se preocupe —dijo la señorita Worsham—. Es nuestra pena.
       Y en el caluroso y luminoso día que siguió al día siguiente, cuando llegó el tren del Sur, esperaban en la estación los dos coches y el coche fúnebre. Aguardaban también más de una docena de automóviles; Stevens y el director, empero, no empezaron a reparar en el gentío de negros y de blancos hasta la llegada del tren. Entonces, ante la mirada silenciosa de los ociosos hombres y jóvenes y chiquillos blancos y el medio centenar quizá de negros, hombres y mujeres, los empleados de la funeraria negra alzaron del tren el ataúd gris y plata y lo llevaron hasta el coche fúnebre; sacaron enérgica y eficientemente de él las coronas y símbolos florales de la mortalidad y metieron el ataúd y volvieron a colocar dentro las flores y dieron unos golpes a la portezuela con las palmas.
       Luego —la señorita Worsham y la vieja negra en el coche de Stevens, conducido por el chófer que él había contratado; él y el director del periódico en el coche de este último—, siguieron al coche fúnebre, que serpeaba colina arriba desde la estación, avanzando de prisa en una quejumbrosa marcha corta hasta llegar a la cima, más veloz luego y sin emitir otro sonido que un leve ronroneo, aminoró la marcha al fin y entró en la plaza, y la cruzó, y rodeó el monumento a la Confederación y el Palacio de Justicia, mientras los comerciantes y los profesionales y los empleados que dos días atrás habían entregado a Stevens el dólar o el medio dólar, y los que no habían dado nada, contemplaban en silencio desde puertas y ventanas el coche fúnebre, que dobló y enfiló la calle que en el límite de la ciudad había de convertirse en el camino vecinal que le conduciría a su destino, a diecisiete millas de distancia; volvió entonces a ganar velocidad, seguido por los dos coches con los cuatro pasajeros —la erguida dama de cabeza en alto, la vieja negra, el designado paladín de la justicia y la verdad, el doctor en Filosofía por Heidelbergque integraban el séquito formal del catafalco del asesino negro, del lobo ajusticiado.
       Cuando alcanzaron el límite de la ciudad el coche fúnebre avanzaba de prisa. Pasaron a gran velocidad el letrero metálico que señalaba en sentido contrario “Jefferson, Límite Municipal”, y desapareció el pavimento y el camino se transformó en gravilla e inició el descenso de otra larga colina. Stevens se inclinó hacia adelante y apagó el motor; el coche del director siguió su curso unos instantes, y empezó a perder velocidad al pisar el director el freno, mientras el coche fúnebre y el otro automóvil se alejaban velozmente, como en una huida, haciendo saltar de entre las ruedas el liviano y seco polvo estival; y pronto desaparecieron. El director hizo girar en redondo al coche torpemente; chirriaron los cambios, y el vehículo avanzó y reculó sucesivas veces hasta que el morro volvió a apuntar en dirección a la ciudad. El director, entonces, permaneció unos instantes en su asiento, con el pie sobre el embrague.
       —¿Sabes lo que me preguntó ella esta mañana allí abajo, en la estación? —dijo—. Me preguntó: “¿Va a ponerlo usted en el periódico?”
       —¿Qué? —dijo Stevens.
       —Eso es lo que dije yo —dijo el director—. Y ella volvió a preguntarme: “¿Va a ponerlo usted en el periódico? Quiero que salga todo en el periódico. Todo”. Y yo tuve ganas de decirle: “Y en caso de que yo supiera cómo murió en realidad, ¿querría que lo pusiera igualmente?” Y, por Júpiter, si le hubiera dicho eso, e incluso si ella hubiera sabido lo que nosotros sabemos, creo que habría dicho sí. Pero no lo dije. Lo que dije fue: “Vamos, abuela, usted no podría leerlo”. Y ella dijo: “La señorita Belle me dirá dónde mirar, y yo lo miraré. Usted póngalo en el periódico. Todo”.
       —Oh —dijo Stevens—. “Sí —pensó—. Ahora ya no le importa. Tuvo que ser y ella no pudo evitarlo, así que ahora, una vez que todo ha terminado, que todo está hecho y zanjado, ya no le importa cómo murió. Quiso que volviera a casa, pero quiso que volviera a casa como es debido. Quiso aquel ataúd y aquellas flores y aquel coche fúnebre, y quiso seguirlo a través de la ciudad en otro coche”—. Vamos —dijo—. Volvamos. No he visto en dos días mi mesa de despacho.




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